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24 OCTUBRE 2018
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>Entrevista a Andrés Trapiello

`Es necesaria una reforma constitucional`

Juan Carlos Hernández

El escritor Andrés Trapiello valora para páginasDigital.es la actualidad de nuestro país. Según este intelectual, son necesarias correcciones fundamentales en la educación y en la propaganda para afrontar el desafío catalán.

¿Cuál es su valoración de la legislatura?

Teniendo en cuenta que Sánchez promovió la moción de censura para convocar elecciones; que está pactando los presupuestos generales del Estado, y lo que haga falta, con los golpistas catalanes; que no se han abordado ninguna de las reformas capitales del Estado (cambio de la ley electoral, supresión de privilegios regionales, garantía de la igualdad de educación y sanidad); que el propio Sánchez es un plagiario; que está decidido a llevar la legislatura hasta 2020, convirtiéndola en una campaña electoral financiada por los presupuestos generales del Estado… En fin, teniendo en cuenta todo esto: mi valoración es de lo más positiva.

Vivimos en un momento marcado por la política de la imagen. Hay, muchas veces, una separación entre las preocupaciones de la gente en su vida cotidiana y el discurso de la clase política. ¿Existe una corresponsabilidad de la sociedad civil en esta deriva?

Lo de la imagen, la buena imagen, fue las dos primeras semanas, y se evaporó el día que cesó a su ministro de Cultura. El CIS se empleará a fondo para hacer que la ilusión dure todo lo más posible. Cuando la tendencia cambie a la baja, Sánchez, Iglesias y Junqueras convocarán elecciones. En cuanto a las responsabilidades de la sociedad civil, ¡¿qué quiere que le diga?! La sociedad civil valoraba a Rosa Díez como la mejor política española, y a UPyD el mejor partido: sacó menos votos que el partido animalista. Lo decía Ramón Gaya: “Me gustan mucho las gentes, pero espero muy poco de ellas”.

¿Qué puede ayudar a la sociedad civil a recuperar independencia respecto a la partitocracia?

Ahora que el congreso ha apoyado por unanimidad la enseñanza de la filosofía en los institutos, no vendría mal que los diputados se aplicaran el cuento, y empezaran leyendo a los filósofos: si ellos mismos no creen ni en la libertad ni en la igualdad de los españoles, ¿con qué cara se les va a exigir nada a los ciudadanos?

Usted afirma en un artículo reciente (El procés en su fase bífida), que “la mayoría de los dirigentes independentistas jamás creyeron que la independencia fuera viable”. ¿Es el procés, principalmente, una construcción artificiosa para que algunos se mantengan en el poder?

Como digo, eso es precisamente lo que saben ellos. Las ficciones son ficciones desde el primer momento. En El barón rampante de Calvino se nos presenta a un noble que se sube a un árbol y que no se baja de él durante muchos años. Es una ficción, pero uno la cree, por el poder fabulador de Calvino, desde la primera página. Claro que las ficciones literarias raramente tienen consecuencias sociales (hubo excepciones a esto: Werther, sembrando Europa de suicidios), en tanto las ficciones políticas han sembrado de millones de muertos el mundo.

>Entrevista a Andrés Trapiello

'Es necesaria una reforma constitucional'

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>Varios cursos presenciales, online y gratuitos, en noviembre en el CEHS

Sanar heridas emocionales, Cuidados Paliativos, Inteligencia emocional, El niño ante la enfermedad y el duelo...

Noviembre se acerca y con él numerosas posibilidades de mejorar tu formación, reciclarte o incluso regalar a alguien querido una actividad formativa que sabes que le viene "como anillo al dedo".

El CEHS propone tres cursos presenciales, un seminario, tres on-line y las XIV Jornadas sobre Duelo.

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Vamos más lejos: impartimos uno de los cursos en Sevilla, extendiendo así las actividades por otros lugares de la geografía.

Cursos presenciales:

Cómo sanar tus heridas emocionales (en Sevilla)

Cómo crear y poner en marcha un CEA (Centro de Ética Asistencial) en un Centro de Atención a Personas Dependientes

Cómo sanar tus heridas emocionales (en Tres Cantos, Madrid)

Seminarios en Tres Cantos:

Espiritualidad y sufrimiento desde la fe

Jornadas en Tres Cantos:

XIV Jornadas sobre Duelo

Si te apetece la cómoda modalidad online, en este mes de noviembre te proponemos tres cursos, sobre temáticas en las que somos referencia en el sector:

Curso básico de cuidados paliativos

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>Editorial

Terapia para una democracia

Fernando de Haro

Tarde en una de las mayores residencias psiquiátricas de Madrid. Más de 1.000 internos en tratamiento por enfermedades mentales y por trastornos de conducta. En algunos televisores se puede seguir la ceremonia de los Premios Princesa de Asturias, los prestigiosos galardones que, mientras su hija no crezca, sigue entregando el Rey Felipe VI.

Estamos en tiempo libre. Los internos pasean por la residencia, mientras P, uno de sus especialistas, me explica su mayor desafío: “la mitad de los internos que tenemos en realidad no son enfermos mentales, son jóvenes que sufren un trastorno de conducta. No los podemos curar. Son víctimas de lo que llamamos el ‘mal del capitalismo’, el problema que tienen es de identidad”, me cuenta P.

En las pantallas de televisión aparece Michael J. Sandel. Es el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales de este año, un auténtico filósofo-estrella. Las clases de Sandel en Harvard son un auténtico acontecimiento. Los alumnos pugnan por poder sentarse a escuchar sus clases y los videos que las recogen en YouTube tienen decenas de miles de visitas. Sandel cuenta en Oviedo la historia de Reginaldo, un recogedor de basura casi analfabeto que encontró en un estercolero el diálogo de Platón en el que se relata el juicio a Sócrates. Explica que aprendió a leerlo. Y que discute de su contenido, en su favela, con sus amigos. “Reginaldo y yo –explica Sandel– queremos invitar a los ciudadanos a hacer preguntas difíciles sobre cómo debemos convivir. En un momento en que la democracia se enfrenta a tiempos oscuros, hacer estas preguntas es nuestra mayor esperanza”.

La intervención de Sandel me ha distraído de la larga explicación que me ha hecho P. Soy consciente de que me he perdido algo importante. Quiero que me lo repita. “Entiendo –le digo–. ¿Pero entonces en qué consiste ‘el mal del capitalismo’?”. “No es una cuestión de dinero –me repite pacientemente–. El problema es que estos jóvenes no han tenido una identidad que les viniera dada por sus relaciones, muchos de ellos acusan la falta de la figura del padre, la buscan en mí. Se han fabricado una identidad a su medida que no proviene de relaciones reales”.

Veo a Sandel bajar del estrado con su premio. La obra del este profesor de Harvard ha sido, en buena medida, una respuesta al libro Theory of Justice (1972) de John Rawls. La democracia es algo más que un procedimiento de ciudadanos que eligen libremente, “yoes independientes”, desarraigados, libres de ataduras morales y cívicas. No es posible separar nuestra identidad de ciudadanos de nuestra identidad de personas. Sandel ha defendido que “más allá de los yoes y de los estados soberanos”, la virtud cívica que hace posible la democracia echa raíces en “las memorias y pensamientos, incidentes e identidades que nos sitúan en el mundo y dan su particularidad moral a nuestras vidas”. Esa virtud cívica se ve corrompida cuando las identidades apuntalan fronteras y establecen fronteras insalvables entre los de fuera y de los dentro.

>Editorial

Terapia para una democracia

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  18 votos

Volver a aprender el valor de la democracia

Juan Carlos Hernández

El sábado 13 de octubre se celebró en EncuentroMadrid una mesa titulada “España, a 40 años de la Constitución”. Los tres ponentes coincidieron en la debilidad del Estado de derecho frente al desafío de los movimientos independentistas y populistas.

Si no tenemos una nación es imposible que no florezcan los nacionalismos, afirmaba Teo Uriarte. Por otra parte, el periodista Fernando Palmero aseveraba, acerca del desafío independentista, que el problema está en Cataluña pero es un problema español.

¿Cómo afrontar los desafíos de los nacionalismos con una propuesta más conveniente? ¿Cómo no caer en el mismo error pero con un nacionalismo español? ¿Tienen algún valor concreto, para un sujeto de hoy, las palabras nación, tradición, patriotismo…? Sin caer en una reducción que nos pone frente al otro como un enemigo. Acaso la debilidad del Estado no es expresión de una debilidad última del sujeto ¿Está en crisis la persona?

Benedicto XVI en Spe Salvi formulaba que una convicción no existe por sí misma, sino que “ha de ser conquistada comunitariamente siempre de nuevo”. Soledad Becerril lo expresaba con otras palabras al decir que “la democracia siempre está en riesgo. Si no hubiera riesgo significaría que no habría libertad”.

No se puede hacer todo con legislación; hay un momento donde la sociedad tiene que ser protagonista o, mejor dicho, donde el sujeto debe corresponsabilizarse de forma comunitaria. Teo Uriarte testimoniaba cómo en sus comienzos, en la banda terrorista ETA, no luchaban por la libertad sino por imponer un proyecto político. En un momento de su vida empieza a reconocer la validez de la otra persona y es cuando se sorprende luchando por la libertad.

La transición española es un ejemplo paradigmático ya que, sin estar exenta de límites y dificultades, realizó una transición donde primó la generosidad y donde una clase política no alejada de la realidad lideró el deseo de libertad y reconciliación de la mayoría de la sociedad civil española.

Se empieza a reconstruir a partir de un yo que vive seriamente esta exigencia de libertad, no de forma individualista sino en relación con otros. Como testimoniaron Teo Uriarte, Soledad Becerril y Fernando Palmero. ¿Será que la libertad tiene que ver con entregar la vida buscando el bien común?

Volver a aprender el valor de la democracia

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La tribu de Comunión y Liberación, bajo la mirada del sociólogo Mikel Azurmendi

Elena Santa María

Una memorable conversación sobre el nuevo libro de Mikel Azurmendi se produjo el sábado 14 de octubre en EncuentroMadrid. Se titula ‘El Abrazo. Hacia una cultura del encuentro’. Publicado por la editorial Almuzara, describe lo que Mikel Azurmendi ha encontrado conviviendo a lo largo de dos años con la gente de Comunión y Liberación. El autor es un experimentado sociólogo y catedrático retirado de antropología en la Universidad del País Vasco, su larga trayectoria es la de un buscador infatigable, amante de la libertad e impetuoso perseguidor de la justicia.

En su juventud militó en ETA, organización que abandonó por su oposición a la violencia, fue miembro del Foro Ermua y fundó la plataforma Basta Ya. Lo que empezó siendo una relación casual con algunos miembros de CL ha llegado a ser un libro que, a juzgar por el autor, solo da parte de lo que he visto y, por eso, no lo considera una obra acabada. Es un libro en el que narra la realidad que ha conocido durante este tiempo que ha dedicado a "husmear", como él mismo dice, las obras de este movimiento eclesial, para entender qué hay detrás de esos rostros excepcionales que conoció en el que es uno de los encuentros culturales más importantes de la capital.

Ya el título da una pista sobre lo que ha encontrado: “un abrazo. Hacia una cultura del encuentro”. Durante la presentación que hizo el sábado lo explicó así: “¿Qué he visto? Un asombro del estilo existencial vuestro, de cómo estáis ante la vida”. Un estilo de vida del que Azurmendi destaca dos características fundamentales, o más bien, utilizando su vocabulario, dos motores: la concepción de la vida como don gratuito –“¡la vida es para darla! Y yo antes vivía para gastarla”, dice con énfasis–y la dependencia, “el otro es un bien, todo lo que soy yo en buena parte depende de otros”, explica. Siguiendo el recorrido que él mismo ha hecho, pregunta a la audiencia que estaba escuchándole: “¿cuál es la gasolina de estos dos motores? La gasolina es Dios, pero no sólo Dios, es Jesús, que es Dios hecho hombre”.

Pero ¿cómo ha llegado a dar esta respuesta? Como dice el título del libro, a través de un encuentro, o en su caso tres, que confiesa fueron fulminantes. Mucho antes de conocer EncuentroMadrid, en una temporada de hospital cuando estaba gravemente enfermo, el antropólogo empezó a escuchar un programa de radio temprano por la mañana. “Esa voz me enseñaba a mirar la realidad”, explica conmovido. Pensando que iba a morirse, le vino una idea a la cabeza: “tenía mucho bien que hacer antes de morirme”; y decidió empezar pidiendo perdón a un sacerdote que llevaba felicitándole la Navidad diez años sin obtener respuesta. Después de eso “vino a verme a San Sebastián y sentí una mirada alucinante dentro de mí, como si me perdonara, me estimaba, me sentí como nuevo”. Fue él quien le invitó a hablar en EncuentroMadrid. Pero la sorpresa no se la llevó durante su intervención, sino justo antes, cuando un chófer fue a recogerle. Un conductor que resultó ser ingeniero, y que estaba trabajando gratuitamente, un sábado por la mañana, para sostener el EncuentroMadrid.

La tribu de Comunión y Liberación, bajo la mirada del sociólogo Mikel Azurmendi

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Memoria Histórica y conciencia del yo (II)

Francisco Medina

Hace un mes, leí un artículo de Félix Bornstein publicado en el diario El Mundo en el que denunciaba la instrumentalización de la memoria histórica como negocio y reivindicaba lo que el historiador Enzo Trapiello llamaba la virtud cívica del olvido, frente a los intentos de construir una segunda Transición que estaría destinada a restañar definitivamente las heridas de la Guerra Civil y el franquismo.

Confieso que no tenía muy claro cómo afrontar la cuestión de la memoria histórica, tan esgrimida en lo que se refiere a la historia de España –no sólo de la Guerra Civil de 1936-1939–, hasta que encontré un artículo escrito por Aníbal Fornari acerca del acontecimiento del yo, la memoria y la libertad en la experiencia agustiniana (Fornari, A (2003) Memoria, deseo e historia. Acontecimiento del yo y alternativa de la libertad, desde San Agustín).

En las últimas décadas se ha acuñado el concepto ideológico e historiográfico de memoria histórica, acuñado por Pierre Nora y definido –en palabras de M. Halbwachs– como “la memoria de acontecimientos no vividos directamente, sino transmitidos por otros medios, un registro intermedio entre la memoria viva y las esquematizaciones de la disciplina histórica”, como motor de construcción de una identidad o conciencia colectiva: construyendo un relato que constituye su razón de ser y de ser-con-otros; en muchas ocasiones, de forma muy unilateral.

Sin embargo, auténticas construcciones teóricas como la que está vigente no parecen tener en cuenta el factor de lo concreto de la experiencia de la persona humana, como experiencia del mí mismo, como sorpresa en el estupor, en la que la memoria también es olvido y tensión condicionada por lo negativo. Así lo señala Fornari cuando se atreve a decir, nada más y nada menos, que en la memoria se conserva el olvido; que el yo es tensión de su memoria, en la que subyace la tarea de volver a reencontrarse, conservando el dato esencial que señaló H. Arendt de que el yo no puede alcanzar su sí por su sí-mismo. Así también nos advierte de que mi yo es lo que recuerdo y lo que olvido; pero, por encima de todo, mi relación constitutiva con Algo más grande que yo, con Alguien que me da la vida.

Y es que, como agudamente nos dice Hanna Arendt, hay un dato: que yo no me he hecho a mí mismo. Dato con el que tenemos que hacer cuentas y que nos lleva al vasto campo del tiempo que me es dado y que atravieso, donde queda a salvo la experiencia del encuentro con la experiencia del recuerdo y del olvido. Dato tal que constituye el trasfondo de nuestra libertad. “Que yo no pueda reducir lo real a lo pensable, he aquí el triunfo de la libertad posible”, está grabado en nuestro genoma, aunque en el mundo tan líquido del siglo XXI parezca haberse olvidado. A la pregunta ¿qué hubiera pasado si me hubiese hecho a mí mismo?, la filósofa se atreve a responder: habría sido predecible por mí misma…y, por ende, habría perdido la libertad. En el fondo, es la cuestión de la predeterminación, de la pregunta acerca del hombre y su destino.

Memoria Histórica y conciencia del yo (II)

Francisco Medina | 0 comentarios valoración: 2  25 votos

"De momento la polarización no ha afectado a las clases medias"

P.D.

Manuel Mostaza, consultor de administraciones públicas, analiza con paginasdigital.es la situación política y social en España. Mostaza sostiene que el espacio público es cada vez más emocional y menos racional. La polarización actúa como vía de escape.

¿Qué impresión tienes de la situación política actual, que has definido como una hoguera continua?

La sensación que tengo es que el escenario de polarización en que llevamos años metidos no decrece sino que va a más, y eso va generando una especie de hoguera continua y enorme, que no se apaga, que se alimenta, y creo que eso se carga un poco la conexión de ciudadanía, la concordia de ciudadanos que respetan al adversario. Me parece preocupante desde el punto de vista del ciudadano, más incluso que como analista, porque al final la democracia se basa en el respeto a las instituciones, el respeto a las formas y también el respeto al adversario. Y está siendo una cosa demasiado demoledora.

¿Crees que esa polarización se acaba trasladando a la sociedad?

Creo que son dos cosas diferentes. Esa polarización sí cala en el aspecto del debate público, pero como esta es una sociedad de clase media y no la de los años treinta, digamos que la sangre no llega al río. Porque para que la sangre llegue al río necesitas una sociedad empobrecida, muy enfadada. Aquí el enfado se sustancia de manera simbólica a través de esa polarización, pero es verdad que estas cosas degradan los usos y la convivencia, y acabamos aceptando como normal cosas que son auténticas barbaridades. Eso degrada la calidad democrática de un país pero creo que estamos muy lejos de que esa polarización afecte de verdad a la convivencia. En Cataluña sí se parte, pero al final son sociedades de clases medias, insisto, y las sociedades de clases medias es muy complicado que entren en conflicto civil entre ellas o dentro de sí mismas, porque la gente tiene cosas que perder y eso es la mejor vacuna contra las aventuras.

Entonces, ¿hay como dos niveles? Por un lado la polarización política y mediática, y por otro las clases medias construyendo empresa, sociedad.

Eso es. Hace tiempo que nos hemos dado cuenta de que la comunicación y el espacio público es cada vez más emocional y menos racional, y si hace treinta años lo racional en el espacio público tenía un peso y la gente hacía análisis sesudos, se escuchaban o se leían con respeto y autoridad, como esto se ha ido convirtiendo en algo muy emocional, la polarización se lo está comiendo. Pero insisto en que creo que eso es el debate público, el espacio público. Luego, en la vida privada de la gente, eso es una válvula de escape en una situación de crisis pero una sociedad donde la gente tiene unos ingresos, podemos discutir si son muchos o pocos, pero esto no es la España del año 30, donde la gente se moría de hambre, y eso es una garantía de paz social. En ese sentido, la polarización actúa como válvula de escape de la frustración.

Pero que haya esos dos niveles al final genera una especie de esquizofrenia: por un lado una vida más concreta, más normal, pero por otro un discurso que no tiene nada que ver con la realidad.

"De momento la polarización no ha afectado a las clases medias"

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Los conflictos de intereses enturbian el mundo de la ciencia

Nicolás Jouve

Hacer ciencia supone el deseo de profundizar en la verdad. La ciencia trata de encontrar explicaciones a los fenómenos naturales y de hallar aplicaciones útiles para la humanidad por lo que, para hacer frente a este reto, los científicos deben estar armados no solo de grandes cualidades intelectuales sino también éticas. No basta con una mente abierta y una inteligencia especial para hacerse preguntas, plantear hipótesis, elegir unos materiales y unos métodos de experimentación, y tras abordar el trabajo, aceptar o desestimar la idea de partida y extraer unas conclusiones que aporten algo nuevo. Es evidente que el rigor, la transparencia y la honestidad deben primar en sus acciones. Estas cualidades deben extremarse cuando, terminado el trabajo, vayan a darse a conocer los resultados mediante una publicación. Esta fase es trascendente para compensar el esfuerzo de quien o quienes la hayan llevado a cabo y de quienes la hubiesen facilitado.

Pero publicar los resultados de una investigación no es una tarea fácil y exige una serie de condiciones. Habrá que ser conciso en la exposición de los objetivos, resultados y conclusiones, honesto en el respeto de lo evidente y aceptación de los resultados contradictorios, sincero en el manejo de las citas y las aportaciones de otros investigadores, transparente en la comunicación y franco en la declaración de quién y cómo se financió la investigación. Todo este conjunto de preceptos básicos han de formar parte de una especie de juramento hipocrático del científico.

Sin embargo, lo cierto es que nadie diseña racionalmente los derroteros de la ciencia actual y los miles de grupos de investigación en los países más desarrollados, impulsados por intereses personales o directrices políticas o sociales, trabajan repetidamente en los mismos problemas e impensadamente duplican sus esfuerzos, se pisan o se interfieren los objetivos, se pierde mucho tiempo y se produce una presión competitiva que puede arruinar la efectividad y el poder creativo de la ciencia.

Aun siendo una actividad muy atractiva, conviene hacer una reflexión sobre la inseguridad con la que a veces trabajan los investigadores, no por sus propias carencias o falta de ética, sino también por falta de unas normas reguladoras de la actividad que desarrollan.

Uno de los problemas que más ha crecido en relación con la divulgación de los resultados de la investigación es el de los “conflictos de intereses” que, aunque pueden afectar seriamente a la objetividad de la investigación, son ignorados o no considerados de importancia por muchos investigadores, a veces por falta de claridad de las revistas científicas.

Los conflictos de intereses enturbian el mundo de la ciencia

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>Editorial

No sin mí

Fernando de Haro

EncuentroMadrid. Conversación infrecuente, de esas que prácticamente no existen en público en España ni en ningún país occidental. Pedro Cuartango, exdirector de El Mundo y columnista de ABC -uno de los periodistas más inteligentes del país- y Julián Carrón en un diálogo intenso, apasionado, sobre lo que no se puede hablar: ¿Dónde está Dios? (título del último libro del presidente de Comunión y Liberación).

Políticamente incorrecto el tema, hubiera sido subversivo en otros tiempos, y también el contenido del diálogo (el mal, el escándalo de la elección, de la racionalidad de la fe). Ninguna concesión de los dos para dar una buena imagen, para mantener el buen tono, para identificar artificialmente puntos comunes. Hay momentos en los que, dentro de una gran cordialidad, saltan chispas. A la española, sin filtros. ¿Qué hace posible una conversación así? ¿Por qué no cae en la languidez propia de muchos foros entre creyentes y no creyentes o en la contraposición ideológica? Porque los dos son personas en búsqueda, porque la fe no es una trinchera que separe dos campos en los que las posiciones estén cerradas. Porque los dos se necesitan.

Cuartango, en el momento más álgido de la conversación, confiesa que le gustaría tener fe: “la gracia es gratuita. Me gustaría creer en la existencia de Dios, mi situación no es una elección, es una condena”. Y Carrón le contesta que se descalza (en señal de respeto) ante este drama y añade que “todos buscamos, el haber encontrado no acaba con la búsqueda, la intensifica”.

Todos los occidentales del siglo XXI, creyentes o no creyentes, somos Cuartango. Todos tenemos frente al Misterio de Dios sus mismas objeciones: el escándalo por el mal y una libertad mal usada, la perplejidad ante el método de la elección. Son las objeciones que afloran en el diálogo y que culminan con una pregunta sobre la naturaleza de la fe por parte del periodista. Ni programándolo el itinerario refleja mejor el camino por el que transita la vida.

Cuartango recuerda sus visitas a Auschwitz y a Sarajevo, los zapatos de los niños masacrados, el genocidio en nombre de la raza y la religión. Y confiesa que, tras preguntarse sobre dónde estaba Dios cuando ocurrían estas cosas, le resulta imposible creer. Carrón sugiere que la pregunta no implica necesariamente la negación de Dios, como se ve en la experiencia del pueblo de Israel. El problema del mal, de hecho, no aparece en el mundo hasta que el más pequeño de los pueblos antiguos, exiliado en Babilonia, no construye el relato del Génesis. Ese relato repite una y otra vez el estribillo: “y todo era bueno”. ¿Por qué queda superado el viejo dualismo que atribuía al mal y al bien la misma entidad? “¿Qué experiencia había tenido el pueblo de Israel para afirmar en la primera página de la Biblia que todo era bueno?”, se pregunta Carrón. “El cristianismo no ha resuelto el problema del mal, lo ha planteado”, añade.

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No sin mí

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Montini, el diplomático

Antonio R. Rubio Plo

Ante la canonización de Pablo VI, resulta de interés recordar alguna de las dimensiones de su variada personalidad. El papa del Concilio, el pontífice peregrino por diversos continentes o el intelectual eclesiástico influenciado por la cultura francesa, no debe de hacernos olvidar a Giovanni Battista Montini, diplomático vaticano. Fueron más de tres décadas las que dedicó a la diplomacia de la Iglesia: un breve período en Polonia y otro mucho más prolongado en una labor en apariencia burocrática, aunque no menos eficaz, en la secretaría de Estado. Después, en 1954, llegaría su nombramiento como arzobispo de Milán, que acabó sorprendiendo a muchos que veían difícilmente compatible sustituir las labores diplomáticas por las pastorales.

Pero no hay un Montini diplomático y otro pastor. Es la misma persona, aunque ejerza una función diferente. Plenamente montiniano es, por ejemplo, el discurso que pronunciara el 25 de abril de 1951 con motivo del 250º aniversario de la fundación de la Academia Pontificia Eclesiástica, una interesante reflexión sobre la diplomacia que no ha perdido un ápice de actualidad. Corrían los años de la guerra fría, de los conflictos interpuestos como el de Corea y de las tensiones internacionales que hacían temer una devastadora guerra nuclear. El mundo se había vuelto sombrío, y particularmente Europa con su división artificial del telón de acero. En este contexto parecía secundario hablar de la diplomacia de un pequeño Estado europeo, que no contaba con las divisiones de ejército de las que tanto alardeaba Stalin como símbolo de su poder expansionista. Habían pasado más de ochenta años tras la desaparición del poder temporal del Papado, aunque la diplomacia vaticana había conocido una revitalización como instrumento en favor de la paz, tal y como demostraron las iniciativas papales durante las dos guerras mundiales y el período de entreguerras.

En su discurso Montini rechaza esa caricatura de la diplomacia, que ha llegado hasta nuestros días, donde para tener éxito, en función de los intereses nacionales, todos los medios son válidos. Astucia y fortuna forman un todo inseparable en la política, oficialmente desde los escritos de Maquiavelo, aunque en realidad esta alianza se fraguó en tiempos inmemoriales. Diplomacia vendría a ser sinónimo de ambigüedades y pluralidad de sentidos. En definitiva, con la diplomacia la palabra no sería un reflejo de la veracidad sino el velo del pensamiento, en expresión de Montini. De ahí la identificación de la diplomacia con etiquetas y formalismos, sobre todo desde los siglos XVII y XVIII, cuando imperaba el sistema de Westfalia en el que el equilibrio de las grandes potencias se presentaba como un modelo ideal, aunque por naturaleza inestable. No es casual que esos mismos Estados, en ejercicio de su poder omnímodo, quisieran controlar a la Iglesia y a las respectivas confesiones religiosas.

Montini, el diplomático

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Terapia para una democracia

Fernando de Haro

Tarde en una de las mayores residencias psiquiátricas de Madrid. Más de 1.000 internos en tratamiento por enfermedades mentales y por trastornos de conducta. En algunos televisores se puede seguir la ceremonia de los Premios Princesa de Asturias, los prestigiosos galardones que, mientras su hija no crezca, sigue entregando el Rey Felipe VI.

Estamos en tiempo libre. Los internos pasean por la residencia, mientras P, uno de sus especialistas, me explica su mayor desafío: “la mitad de los internos que tenemos en realidad no son enfermos mentales, son jóvenes que sufren un trastorno de conducta. No los podemos curar. Son víctimas de lo que llamamos el ‘mal del capitalismo’, el problema que tienen es de identidad”, me cuenta P.

En las pantallas de televisión aparece Michael J. Sandel. Es el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales de este año, un auténtico filósofo-estrella. Las clases de Sandel en Harvard son un auténtico acontecimiento. Los alumnos pugnan por poder sentarse a escuchar sus clases y los videos que las recogen en YouTube tienen decenas de miles de visitas. Sandel cuenta en Oviedo la historia de Reginaldo, un recogedor de basura casi analfabeto que encontró en un estercolero el diálogo de Platón en el que se relata el juicio a Sócrates. Explica que aprendió a leerlo. Y que discute de su contenido, en su favela, con sus amigos. “Reginaldo y yo –explica Sandel– queremos invitar a los ciudadanos a hacer preguntas difíciles sobre cómo debemos convivir. En un momento en que la democracia se enfrenta a tiempos oscuros, hacer estas preguntas es nuestra mayor esperanza”.

La intervención de Sandel me ha distraído de la larga explicación que me ha hecho P. Soy consciente de que me he perdido algo importante. Quiero que me lo repita. “Entiendo –le digo–. ¿Pero entonces en qué consiste ‘el mal del capitalismo’?”. “No es una cuestión de dinero –me repite pacientemente–. El problema es que estos jóvenes no han tenido una identidad que les viniera dada por sus relaciones, muchos de ellos acusan la falta de la figura del padre, la buscan en mí. Se han fabricado una identidad a su medida que no proviene de relaciones reales”.

Veo a Sandel bajar del estrado con su premio. La obra del este profesor de Harvard ha sido, en buena medida, una respuesta al libro Theory of Justice (1972) de John Rawls. La democracia es algo más que un procedimiento de ciudadanos que eligen libremente, “yoes independientes”, desarraigados, libres de ataduras morales y cívicas. No es posible separar nuestra identidad de ciudadanos de nuestra identidad de personas. Sandel ha defendido que “más allá de los yoes y de los estados soberanos”, la virtud cívica que hace posible la democracia echa raíces en “las memorias y pensamientos, incidentes e identidades que nos sitúan en el mundo y dan su particularidad moral a nuestras vidas”. Esa virtud cívica se ve corrompida cuando las identidades apuntalan fronteras y establecen fronteras insalvables entre los de fuera y de los dentro.

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Políticos, no intachables

Fernando de Haro

La España de Pedro Sánchez tiene un aire a la España y a la Italia de los años 90, al último Felipe González y a la época de Mane Pulite. No hay que agrandar las similitudes. El Gobierno socialista no está al fin de una larga época de más de diez años en el poder, acosado por una gran fatiga de materiales y por los casos de corrupción. Tampoco hay un sistema judicial que en nombre de la limpieza de la política se extralimite en sus competencias y tenga el objetivo de acabar con un cierto sistema de partidos.

Pero sí arde con intensidad una hoguera nacional en la que presuntas irregularidades cometidas por los miembros del Gobierno –ninguna de ellas constitutiva de delito– quema la actualidad, la vida de los partidos, la opinión publicada. Los medios se lanzan día tras día a rescatar y a detallar la última incorrección cometida en algún momento de su pasado por un ministro o por el presidente (trabajos académicos plagiados, conversaciones con policías corruptos, sociedades para pagar menos impuestos). La oposición exige dimisiones hasta que aparece, a las pocas horas, el siguiente caso. No se hace política ni por parte del Gobierno, que no tiene apoyo parlamentario para hacerla, ni por parte de la oposición que solo alimenta la polarización a la espera de que la caída de Sánchez sea inminente. Como en los años 90, se exige una ética que olvida la principal regla moral en política: el bien del pueblo.

Sánchez arde en su propia hoguera de inalcanzable intachabilidad. Para comprender la situación es necesario recordar cómo el socialista llegó al Gobierno. Lo consiguió con solo 84 diputados (de un total de 350) tras la sentencia del caso Gürtel que daba por probada la financiación ilegal del PP y que condenaba al partido (si bien por un ilícito civil y en dos supuestos pequeños). La sentencia de la primera época de la Gürtel conocida en mayo no es la más dañina para el PP en términos jurídicos. Mucho más demoledores son las posibles tramas que se investigan en Madrid o en Valencia. Pero el PP no supo ver el cambio radical que se ha producido en la opinión pública en los últimos 25 años. Después de una gravísima crisis y del cuestionamiento de las instituciones por parte del populismo, la tolerancia a la corrupción es mínima. Rajoy no quiso verlo, no quiso pedir perdón y el resucitado Aznar sigue negando cualquier irregularidad. La soberbia de un partido que había prestado grandes servicios al país facilitando una alternancia y respondiendo a los desafíos de la crisis (como habían hecho los socialistas durante los 80) le impidió pedir perdón. Le impidió reconocer que a nivel regional los muchos años en el poder (coincidentes con el boom inmobiliario) desarrollaron una cultura en que la financiación irregular y, sobre todo, las comisiones para beneficio particular no eran extraños. Las urnas daban sensación de impunidad.

Como el PP en los 90, con una opinión pública más sensible a la corrupción, Sánchez llegó hace tres meses a la Moncloa montado en el caballo de una regeneración que ahora le patea. No quiso distinguir grados en la corrupción, casos investigados de casos sentenciados. Delitos de cosas feas.

Políticos, no intachables

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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