Estados Unidos está por votar una reforma en sus políticas migratorias. La iniciativa de reforma, promovida sobre todo por una importante sección del Partido Republicano, quiere aumentar y reforzar las medidas policiales en contra de los migrantes lo que, por supuesto, ha desatado fuerte polémicas entre los miembros del Partido Demócrata y los defensores de los derechos humanos.
Esta reforma no es una reforma como cualquier otra, sino que su carácter eminentemente internacional afecta a otros actores fuera de Estados Unidos y, en especial, a lo migrantes latinoamericanos, que ponen en verdadero riesgo sus vidas para poder cruzar el Río Bravo y aspirar a mejores oportunidades de trabajo, mejores oportunidades económicas y, con todo ello, sin embargo, también a una fractura identitaria en las comunidades que abandonan.
La vida del migrante, y del migrante latinoamericano a Estados Unidos es siempre una vida nutrida y alimentada por el drama de la desesperación. Simone Weil sostenía que echar raíces es una de las necesidades más profundas del alma humana. Sin caer en los absurdos racistas o nacionalistas que llevan a pensar que la migración es, de suyo, un mal, hay que entender que la vida de una persona que ha de abandonarlo todo, su familia, su lengua y sus tradiciones, se presenta ya como una vida especialmente dura. Es una necesidad humana contar con un suelo, con una casa que haga del mundo un sitio habitable. Y eso no lo otorga la ciudad por sí misma, sino la red de relaciones humanas que hacen que la ciudad en la que se habita haya un trasfondo de sentido y de significado, que permitan que lo propiamente humano de la vida humana pueda desplegarse.
Por otra lado, además, no podemos olvidar que, desde el punto de vista histórico, el ser humano ha sido migrante desde siempre. Las más maravillosas eclosiones culturales de la historia del ser humano han tenido lugar gracias a movimientos migratorios. Y ya no solamente en términos culturales, sino que el fenómeno migratorio ha representado un factor positivo para el crecimiento de la economía. La migración no es para nada en sí misma un mal, sino al contrario: el intercambio cultural y económico saca al ser humano de un posible anquilosamiento. Pero para que no se convierta en un tránsito que pulveriza la personalidad del migrante, ha de realizarse bajo condiciones dignas, en primer lugar, olvidarse de la idea de que el migrante ilegal es en sí mismo un criminal.
La migración ha salvado economías e inventado culturas. Pero si ésta es interpretada desde los símbolos de la legalidad vacua y el ostracismo cultural, entonces se convierte en un terror, tanto para el migrante como para la comunidad a la que llega. Mientras las leyes escleroticen las fronteras y tapen los sanos poros por los que las culturas se empapan de alteridad, seguiremos navegando hacia una barbarie racista con cara de civilización legalizada.
Los argumentos del editorial El Futuro no está escrito responden a la falta de un proyecto global de España. Un proyecto de nación ante la nueva realidad global. El propio editorial lo señala al plantear que la mayoría de los votantes “lamenten la falta de una visión global de la sociedad que se desea”. Si no hay una visión global que se desea es porque no hay un proyecto global de España así percibido por la mayoría.
Sabemos que es normal que cualquier Papa busque ayudas y aportaciones para trenzar el texto de una encíclica que sólo puede llevar una firma, pero aquí se trata de mucho más. Francisco asume explícitamente el trabajo de su predecesor: aquí la continuidad no necesita ser teorizada, resulta sencillamente un hecho bien elocuente.
La noticia, comunicada de viva voz y sin papeles por el propio Papa, de que pronto verá la luz una nueva encíclica dedicada a la fe, fruto del trabajo iniciado por Benedicto XVI que Francisco llevará a término, es muy significativa. “Es un documento fuerte”, ha comentado Francisco al referirse al texto que le entregó personalmente Benedicto XVI, para añadir algo más que un guiño: “dicen que estará escrita a cuatro manos”. Sabemos que es normal que cualquier Papa busque ayudas y aportaciones para trenzar el texto de una encíclica que sólo puede llevar una firma, pero aquí se trata de mucho más. Francisco asume explícitamente el trabajo de su predecesor: aquí la continuidad no necesita ser teorizada, resulta sencillamente un hecho bien elocuente.
Y no es un hecho baladí, cuando asistimos todos los días a las reconstrucciones y a los juegos de espejos que pretenden crear dos imágenes contrapuestas, con la perniciosa conclusión (falsa pero efectiva en cierto imaginario social) de una especie de ruptura, de una suerte de nueva estación que dejaría atrás el legado de más de treinta años de conducción de la Iglesia. Es interesante anotar aquí el comentario realizado por Joseph Ratzinger y desvelado por su amigo, el siquiatra y teólogo Manfred Lütz que le ha visitado en su retiro del convento Mater Ecclesiae: “Desde el punto de vista teológico (Francisco y yo) estamos perfectamente de acuerdo”. Pero que nadie atribuya el comentario a la mera cortesía. Precisamente Lütz acaba de escribir junto al cardenal Josef Cordes (otro viejo amigo de confianza de Ratzinger) un libro titulado “La heredad de Benedicto y la misión de Francisco”, cuyo eje es la idea de “desmundanizar la Iglesia”. Esta idea, tan explícita y reiteradamente abordada por Francisco en la predicación de su primer trimestre de pontificado, estaba ya muy presente en el magisterio del Papa Benedicto.
Volvemos a esta muestra La Belleza Encerrada, exhibida en los espacios de exposición temporal del Museo del Prado. Nada más acceder a la tercera sala una curiosa mesa totalmente pintada nos cautiva por su originalidad y complicación, con pequeñas escenas de la vida cotidiana flamenca, y otras de trascendencia religiosa. El título de la misma empieza a sugerirnos: es la tabla de Los Siete Pecados Capitales, que su autor y la época entendían causantes del aniquilamiento de la condición humana.
Su autor, El Bosco (1450-1516) es uno de los pintores estrella del Museo, que no en vano, y gracias al coleccionismo de Felipe II, guarda el mejor conjunto de obras suyas. Y nos encontramos con que todas ellas son un cúmulo de miniaturas, desde el Jardín de las Delicias hasta El Carro del Heno y que por derecho propio podrían al completo haberse incorporado a esta muestra.
Este artista es un hombre de personalidad genial, tanto por su forma pictórica en la que nos sorprenden estructuras naturales fantásticas o pequeñas figuras en las que se funde lo humano, el reino animal, y hasta vegetal, como por las historias que desarrolla en las que denuncia y satiriza las limitaciones y defectos humanos, incorporando en muchas ocasiones un humor corrosivo y sarcástico. Un mensaje prioritario se imponen en sus tablas para la sociedad de su siglo y para todo el que vea sus obras: al margen del acontecimiento cristiano lo que existe para el hombre es la violencia y la reducción de la condición humana, por la tentación del maligno que lleva al hombre al empequeñecimiento de su papel protagonista en el orden del universo.
La mesa se ordena en cinco círculos. En los laterales el hombre en el momento de la muerte, luego el Juicio Final, el Averno –lugar de dolor permanente, de sufrimiento y violencia-, y la belleza de la Gloria. En el centro la estructura principal, exuberante en claridad y color, es el ojo de Dios, que todo lo conoce –como reza la inscripción-, con Cristo resucitado en la pupila, que abraza con su triunfo los límites humanos. En los laterales - el iris del ojo- tres escenas de interior nos sitúan en viviendas flamencas, y otras cuatro son exteriores, urbanos o campestres, costumbrismo el flamenco como ninguna otra escuela pictórica europea ha alcanzado.
La escena más grande, lo que indica su alcance, es la ira. Una columnita a cada lado lo remarca. Dos hombres se pelean con violencia en el campo, llevan armas, y uno ya saca el alfanje, una mujer –la templanza- intenta sujetarlo. Las guerras proceden de este mal porque está relacionado con el odio. Los objetos tirados por el suelo, o fuera de lugar, traducen este desorden moral.
La envidia corroe los huesos, y por eso debajo de la portezuela del próspero negocio del protagonista hay huesos caídos y perros. Éste no valora lo que tiene, sólo le desencaja no ser el noble con su halcón, mientras otro camina por la vida aplastado por el peso de la misma. La avaricia es un jurista con clientes y enriquecido como sus ropajes indican, que antes que hacer justicia prefiere cobrar a dos manos del denunciante y denunciado.
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Almuerzo en el Palacio Chigi. El primer ministro italiano invitó a comer la semana pasada a los ministros de Economía y Empleo de Alemania, Francia, Italia y España. En su casa, para hablar del Consejo Europeo de finales de mes. Acordaron reclamar que se ponga en marcha, cuanto antes, el plan de empleo que incluye 6.000 millones de euros para combatir el paro juvenil.
Letta lanzó un SOS: o se cambia o las elecciones al parlamento de Estrasburgo del próximo año van a ser un terremoto de antipolítica, una revolución contra una Europa que no es capaz de dar soluciones a sus ciudadanos.
Los países del sur, España e Italia, se sentaban a la mesa del Palacio Chigi respaldados por sendos pactos de política interna con los que llegarán al Consejo Europeo. En el caso de Rajoy se trata de su primer acuerdo con los socialistas desde su victoria electoral. En el caso de Letta, del pacto de Gobierno que ha salvado al país del abismo en el que le precipitó el Movimiento 5 Estrellas de Grillo. Se habla mucho del riesgo de que Letta pierda el apoyo de los italianos, de la necesidad de que actúe rápido para llevar a cabo una reforma constitucional de calado. Se agitan los peligros de la división interna en el Pdl (centro-derecha) y en el Pd (centroizquierda). Pero lo cierto es que el acuerdo de hace casi dos meses ha sido una solución exitosa cuando el desastre parecía descontado. La estabilidad de la I República italiana se basaba en una inestabilidad en la que era posible que todos pactaran con casi todos. Eso desapareció en los años 90. Y la generación de italianos que tiene 20 años no ha conocido el juego del compromiso.
Tampoco la generación de jóvenes que en España nació a comienzos o a mediados de los 90 ha conocido el pacto entre los dos grandes partidos políticos, el PP y el PSOE. Y por eso son más escépticos. La izquierda socialista española, primero ante la posible victoria de Aznar y, luego cuando su triunfo era cierto, decidió romper el consenso en torno a las grandes cuestiones de Estado. Se quebró el gran acuerdo que hizo posible la transición de la dictadura a la democracia. El diálogo entre los socialdemócratas, los conservadores, los liberales y los democratacristianos, que fraguó la Europa de postguerra, desapareció pocos años después de la caída del Muro de Berlín. Esa falta de conversación ha provocado que la derecha, al menos la española, se haya dejado llevar en los peores momentos por las nefastas influencias de los neocon estadounidenses. Y que la izquierda haya abrazado un republicanismo radical. La polarización llegó al extremo en 2003, antes y después de la victoria de Zapatero.