Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
7 ABRIL 2020
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Para cuando volvamos a construir

Giorgio Vittadini

Estaría bien que muchos ejemplos grandes y pequeños que llenan los informativos de estos días quedaran grabados en la memoria colectiva. Nos vendrán bien cuando tengamos que volver a empezar. Es bueno recordar la dedicación y el sacrificio del personal sanitario, que está viviendo cada día entre la vida y la muerte; el ejército de voluntarios que está prodigando apoyo y asistencia de todo tipo; todos aquellos que van a trabajar en condiciones complicadas, con sueldo reducidos, vacaciones anticipadas; las enormes donaciones de empresarios y ciudadanos particulares; los profesores de todos los niveles que se inventan todo lo que pueden para dar clase online; la cantidad de empresas que han reconvertido su actividad para fabricar mascarillas u otro material sanitario.

El signo de estos tiempos no es solo la voluntad y la generosidad, sino también la capacidad. Cuando tengamos que reconstruir el tejido social y económico a nuestro alrededor, sabremos que disponemos de “recursos humanos”. Ciertamente, no bastarán, pero también aquellos que deben tomar decisiones públicas, cuando tengan que tomar medidas para volver a levantar su país, tendrán que dar todo de sí, lo mejor de su persona. Tendrán que tener una estatura, una perspectiva, una percepción del cambio de época que nos espera.

El problema es que no podemos esperar, hay que empezar a pensar ya en la reconstrucción. Será forzosamente una etapa que servirá también de ocasión para realizar cambios radicales de ruta y, a mayor razón, hay que empezar a recoger ideas cuanto antes.

Hay que empezar a planificar, por ejemplo, por qué sectores se va a empezar primero. La capacidad indiscutible de hacer frente a las emergencias debe convertirse en capacidad para programar con criterios claros, que respeten los valores que nos ha enseñado nuestra historia democrática y confirmados en la praxis reciente. Como, por ejemplo, el compromiso por reducir las grandes desigualdades.

Habrá que poner en discusión cómo sostener el empleo y la iniciativa laboral, con qué criterios financiar a las empresas, cómo repensar la estructura burocrática, como instrumento pero nunca como fin, cómo devolverle a la política su papel, sin confundirla con la comunicación, cómo repensar la relación entre el sector público y privado.

Pero para hacer todo eso será importante no olvidar todo lo que estos días el espíritu emprendedor ha sido capaz de hacer. Volver a empezar no significa volver al punto cero sino reconstruir lo humano, relanzar la iniciativa social.

A todos los niveles, los valores sobre los que se basa la experiencia humana vuelven a ser la clave de bóveda después de haber caído en el olvido. Lo recordaba recientemente Luciano Violante en el Corriere della Sera, afirmando que este virus debe acabar con algo que nos ha bloqueado durante los últimos años: “la sospecha hacia las clases dirigentes, la decadencia feliz, la exagerada vigilancia de la empresa por parte de los poderes públicos… el principio de que para construir una sociedad honesta antes hay que destruir todo lo que existe”. En cambio, hace falta “el reconocimiento de todos aquellos que estos meses se están entregando a los demás… la gratitud debe perdurar en el tiempo, también cuando esto acabe”.

Para cuando volvamos a construir

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Ecuador. Entre la vida y la muerte, una humanidad más verdadera

Stefania Famlonga

El martes 17 de marzo comenzó en Ecuador la cuarentena contra el coronavirus, con toque de queda en todo el país desde las dos de la tarde hasta las cinco de la madrugada siguiente. En el momento de escribir estas líneas, aquí se han registrado casi 3.500 casos y 172 muertes por Covid-19 según datos oficiales, aunque el presidente Lenín Moreno ha tenido que admitir que estos datos no reflejan la realidad. De hecho, desde hace semanas, en la ciudad de Guayaquil (la más golpeada por el coronavirus) hay cada día cientos de muertos que, debido al colapso del sistema sanitario y funerario, no llegan ni siquiera a diagnosticarse y mueren en sus casas (por Covid-19 o cualquier otra enfermedad) y solo van a recogerles varios días después. Mientras tanto, por miedo al contagio, muchos cuerpos son envueltos con sábanas y abandonados en las calles. Hace unos días, el Gobierno respondió implicando a la policía y el ejército en la recogida de cuerpos e instalando salas mortuorias fuera de los hospitales, donde dejan los cadáveres que recogen por la calle a la espera de ser identificados por sus familiares. Al mismo tiempo, parece que el Gobierno está tratando de ayudar a las familias con más dificultades para darles sepultura en los cementerios. Una auténtica tragedia.

Llevo 16 años viviendo en Quito, donde el contagio de momento es menor, unos trescientos casos. El 22 de marzo, a las cinco de la mañana, un amigo de Guayaquil me llamó porque su madre, que sufre diabetes desde hace años, murió de repente en su cama, después de un episodio de fiebre y tos. Logró darle sepultura dignamente, en presencia de su padre y sus dos hermanos. Ese día comprendí mejor que con este virus lo que está en juego es el hecho de vivir o morir. No solo porque el coronavirus puede afectar a cualquiera, sino porque hay una vida que deseamos y podemos vivir incluso con el virus.

Trabajo en ciertos barrios pobres de la ciudad de Quito y todos los días acompañamos a niños, jóvenes y adultos, oreciendo espacios educativos y relaciones que les ayuden a vivir. Estos días, todo el trabajo lo hacemos desde casa con los medios tecnológicos de los que disponemos. Me llama la atención la creatividad que veo surgir entre mi gente, el deseo de acompañarse y apoyarse mutuamente, algo que en esta situación es como si se hubiera centuplicado, la ayuda que uno querría prestar para que la gente no se quede sin comer.

Hay todo un mundo de solidaridad que también aquí se ha puesto en marcha y es conmovedor. Existe una unidad que supera las muchas divisiones que siempre he visto en este país, entre ricos y pobres, entre los que tienen la piel de un color u otro, una unidad que deja sin palabras. Como recordando que todos somos iguales frente al Destino que nos espera, porque lo que nos llevaremos allí no es lo que hayamos recogido en este mundo.

Ecuador. Entre la vida y la muerte, una humanidad más verdadera

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Impotentes ante un enemigo peor que el 11-S

Riro Maniscalco

El 31 de marzo de 2020 el virus superó ya el número de víctimas mortales del 11 de septiembre, que para Estados Unidos constituye una piedra angular. Se imponía así un enemigo sin rostro al que no sabemos combatir. Solo podemos defendernos, pero ni siquiera eso sabemos hacerlo.

Las previsiones suenan a profecía apocalíptica. Las cifras crecen con una rapidez trágica, exponencial en las zonas densamente pobladas, como New York City, y al menos de momento más moderadamente en la Norteamérica “en medio de la nada”, donde el “social distancing”, más que una elección, es una dimensión cotidiana de la vida. Trump ya nos avisó de que nos preparáramos para dos semanas “very painful”, dos semanas muy dolorosas. Nadie se lo podía imaginar, pero solo oír las palabras “very painful” ya dolía. Sobre todo dicho por ese hombre que, ante los desastres que se estaban materializando en Europa, durante mucho tiempo –demasiado– se obstinó en repetir que nosotros nos libraríamos de eso.

No hace mucho el presidente soñaba con un país “open for business” en Pascua. Declaraciones que siempre sonaban a aproximaciones y superficialidades, ciertamente con la intención de animar, de dar aliento, pero apoyadas sobre un optimismo infundado. Sin embargo hoy, junto al miedo y el desempleo, lo único que parece crecer en Estados Unidos es la popularidad de Donald Trump. ¿Por qué?

Objetivamente, dan ganas de decir que frente a la crisis del coronavirus el presidente no ha dado una. El cóctel de arrogancia y facilonería con que ha afrontado el problema, el desdén hacia expertos y científicos, la dramática falta de preparación en que nos encontramos, la incapacidad evidente para gestionar lo que somos en medio del caos, la alarma, los requerimientos y procedimientos locales de todo tipo en los diversos Estados, de este a oeste, de norte a sur, empezaban a dar señales de la gravedad de la situación.

Todo esto son hechos inequívocos, a la vista de todos, como el colapso de los hospitales en Nueva York, las tiendas de campaña montadas a toda prisa en Central Park, el gran hospital de campaña instalado en un barco sobre el río Hudson. Pero en medio de todo ello está esa “enfermedad de los no enfermos” que en Trump encuentra la medicina necesaria y en cambio otorga al presidente un consenso nunca visto en estos tres años largos.

La “enfermedad de los no enfermos” es la pesadilla de que todo lo que estamos viviendo ahora pueda llegar a ser “normal”. Si los que combaten contra el coronavirus luchan por su vida, los que por gracia de Dios no han contraído el virus luchan contra una nueva pesadilla: que quizás esto nos esté arrastrando a una nueva vida normal que nunca habríamos imaginado. Una vida sin proyectos, sin encuentros, sin salir de casa, sin verse con los compañeros de trabajo ni tampoco con los amigos, lejos de nuestros seres queridos. Una vida sin dinero, que en un país sin Estado de bienestar significa el infierno en la tierra. Una vida despojada de todo aquello que parecía sostenerla.

Impotentes ante un enemigo peor que el 11-S

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Tocqueville y el virus del individualismo

Antonio R. Rubio Plo

En estos días he leído que la pandemia está atacando duramente al individualismo, tan arraigado en nuestra sociedad posmoderna. Pienso que no debemos hacernos muchas ilusiones porque es un virus muy difícil de combatir. La existencia humana es una lucha, a veces épica, contra el egoísmo y su secuela, el individualismo. Ese virus volverá a actuar cuando haya cesado la cuarentena, aunque soy lo suficientemente optimista para suponer que en la existencia de algunas personas, tras sus experiencias de estos días, el individualismo habrá sido herido de muerte.

Alexis de Tocqueville (1805-1859), autor de frecuente referencia en mis lecturas y escritos, presintió el triunfo del individualismo en las sociedades democráticas. De hecho, lo vio en acción en su viaje a EEUU en 1832, que fue el origen de ‘La democracia en América’. En dichas sociedades, según nuestro autor, predominan los individuos que “se imaginan placenteramente que su destino está por completo en sus manos”.  En ese sentido la pandemia ha puesto las cosas en su sitio, mucho más aún que los efectos sociales de la crisis de 2008. Dicha crisis, y también sucede algo de esto en la actual, echó abajo una creencia engañosa, existente también en tiempos de Tocqueville,  en especial los años anteriores a la revolución francesa de 1848: los asuntos económicos son autónomos respecto de los políticos y sociales. La economía se basta a sí misma. A estas alturas pocos creen en eso, salvo ciertos profesores universitarios, aferrados a sus dogmas con el mismo celo de los profesores marxistas de economía de hace años, y aquellos políticos más preocupados de los efectos económicos de la pandemia que de los humanos. Son esos políticos cuya inconsciencia les lleva a afirmar que los muertos son daños colaterales, inevitables como en cualquier guerra, pero si la economía es golpeada, los efectos para el país serán mucho peores. Dicho de otro modo, la recuperación económica “resucitará” a los muertos, curará a los heridos y llevará a los electores a dar nuevamente su confianza al gobierno.

Uno de los regímenes conocidos por Tocqueville, la monarquía de Luis Felipe de Orleans, conocido como el “rey ciudadano”, fomentaba ese primado por la economía que solo lleva a interesarse por el enriquecimiento personal. Un individualismo burgués del que el ciudadano estaba ausente. En aquel régimen la avidez de riquezas y la corrupción representaron engañosos espejismos que ocultaban las tensiones políticas y sociales que trajeron la Segunda República en 1848.

Tocqueville y el virus del individualismo

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>El kiosco

El amor en tiempos de coronavirus

Elena Santa María

Dice Íñigo Domínguez en El País: “El aplauso es bonito sobre todo cuando se te olvida. Supongo que nos ocurre a la mayoría, pero tiene que haber gente que, no sé, pone la alarma o está mirando el reloj. De pronto te llega un ruido anómalo, como si fuera el mar, que es imposible, porque aquí no hay mar, y tienes un segundo de estupor que está muy bien, hasta que recuerdas: ‘¡Ah, es el aplauso, son las ocho!’. Y sales a ver a los demás, que son muchos, levantan la mano en la trinchera para decir: estamos aquí, seguimos vivos. Conocidos que son médicos, amigos ingresados, te describen emocionados que sí, que los aplausos los oyen, que es un ruido ondulante que llega a todas partes, un minuto de epifanía callejera que acerca a todos los demás, a los desconocidos, y los hace reconocibles. Se eleva en el cielo y, no me creo que esté diciendo esta frase tan cursi, de repente el cielo son los otros”.

Lorena G. Maldonado en El Español: “Todo es menos sexy, pero, a cambio, es más puro. Ya no nos seducen las vidas de los otros –sus planes, el jersey preferido, sus amigos, los conciertos, los vermús–, ahora nos seducen los otros como realmente son, renunciando a su contexto y sus abalorios. Terriblemente humanos. Terriblemente mundanos. Es bello, también”.

Remei Margarit en La Vanguardia: “Tal vez el amor es otra cosa, una afinidad con algunas personas con las que podemos comunicarnos, dejando de lado la posesión; los momentos compartidos de alegrías; la disponibilidad por si alguien nos necesita; la casa ordenada; la amabilidad en el trato; el trabajo bien hecho; el sentimiento de saber que todos somos iguales; la compasión en los momentos de tristeza; la comprensión de la delicadeza; el silencio de los árboles y el canto del viento. Estos quizás pequeños amores de nuestra vida”.

Dice Daniel Capó en The Objective: “No es necesario ser creyente ni haber aprendido el rico simbolismo de la liturgia para entender que, en estas circunstancias, sólo los antiguos son nuestros contemporáneos. No los datos ni la inteligencia artificial; no la propaganda babélica de Harari con su prometida inmortalidad de clase ni los politólogos que recurren a la imaginería de Netflix; no los fakes de Twitter, que confunden la realidad con la ideología, así de forma solemne y boba. No, nuestros contemporáneos no son los que repiten tópicos envueltos en una verborrea vacía ni los que venden la imagen del presidente como un timonel al mando, aunque todos ellos vivan en nuestro tiempo y sean la sustancia de una época. No, porque cuando llegan las grandes crisis retorna ese mundo trágico que han descrito los clásicos, cada uno con sus palabras, cada uno desde unas circunstancias distintas. Es el mundo de los profetas bíblicos, de Homero y Virgilio, de los mártires romanos, de los cronistas medievales, de la caída de Constantinopla, de Shakespeare y Boccaccio”. Quizá el gesto más potente haya sido el de un Papa débil en una plaza de San Pedro totalmente vacía, bajo la lluvia, cargando con todo el dolor del mundo. Quizá el amor que necesitamos en tiempos de coronavirus sea este.

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El amor en tiempos de coronavirus

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Dice Íñigo Domínguez en El País: “El aplauso es bonito sobre todo cuando se te olvida. Supongo que nos ocurre a la mayoría, pero tiene que haber gente que, no sé, pone la alarma o está mirando el reloj. De pronto te llega un ruido anómalo, como si fuera el mar, que es imposible, porque aquí no hay mar, y tienes un segundo de estupor que está muy bien, hasta que recuerdas: ‘¡Ah, es el aplauso, son las ocho!’. Y sales a ver a los demás, que son muchos, levantan la mano en la trinchera para decir: estamos aquí, seguimos vivos. Conocidos que son médicos, amigos ingresados, te describen emocionados que sí, que los aplausos los oyen, que es un ruido ondulante que llega a todas partes, un minuto de epifanía callejera que acerca a todos los demás, a los desconocidos, y los hace reconocibles. Se eleva en el cielo y, no me creo que esté diciendo esta frase tan cursi, de repente el cielo son los otros”.

América Latina. Los movimientos del Covid-19 alimentan una bomba social

Arturo Illia

El Covid-19 golpea el mundo, y por tanto también América Latina, pero aquí, como sucede en Australia y en todo el hemisferio sur, le cuesta desarrollarse sobre todo, según dicen los expertos, por el factor estacional. El verano, que está acabando, y el calor han actuado como factor determinante para impedir, al menos de momento, una difusión masiva. Pero lo del calor es una variable que para muchos científicos importa poco o nada, para otros sí, y se sostiene con datos pero, en comparación con Asia y Europa, resultan irrelevantes.

La cuestión parece carecer de la importancia global propia de una guerra bacteriológica que ya ha invadido literalmente todos los medios, hasta llegar incluso a la publicidad, pero lamentablemente el optimismo, por no hablar del descaro ostentado por Bolsonaro en Brasil y López Obrador en México (dos presidentes que animan a la gente a no preocuparse y seguir relacionándose), nos hace estar literalmente en las manos de Dios, por dos motivos.

El primero es la incapacidad, al menos de momento, para realizar controles masivos a la población y la oposición de varios gobiernos a realizarlos, por considerar al Covid-19 como un virus importado, y por tanto se piensa que basta con el cierre del espacio aéreo como medida selectiva para evitar su propagación. Pero también en el caso de medidas de cuarentena general, ya en marcha en muchos países latinoamericanos, hay una bomba a punto de estallar que, en ciertos aspectos, resulta tan peligrosa como el propio virus: la social.

Porque aquí, como en todo el sur, el trabajo en negro ya campa a sus anchas, a lo que se suma la marginación masiva en las favelas y villas miseria donde es imposible no ya realizar un control médico sino incluso velas por el cumplimiento de las normas.

Todo ello pone en riesgo la creación de una situación extremadamente explosiva, también por decisiones francamente increíbles por parte de algunos gobiernos (concretamente el argentino) que han decidido cerrar los bancos durante la cuarentena. Ergo, para poder sacar el dinero necesario uno tiene que dirigirse a los cajeros automáticos con tarjetas de crédito o débito. Pero muchos subsidios, como por ejemplo las pensiones sociales, suelen pagarse en efectivo y eso supone un problema: bancos cerrados, cajeros que por tanto pronto se quedarán sin dinero con la imposibilidad de cargarlos de otro modo, de modo que empeoran la ya crítica situación de grandes masas que si no sufren en su vida diaria la falta de empleo (el trabajo en negro prácticamente desaparece cuando no se permite la movilidad), sufrirán la falta de dinero en efectivo. Pero eso no es todo. Hace unos días, por motivos de trabajo, se me permitió acercarme a una de las mayores villas miseria de Buenos Aires. El espectáculo era increíble, pues en su interior la vida social continuaba como todos los días, sin ningún control operativo como los que se realizan incluso al nivel del toque de queda en más de cien barrios de la capital argentina, como en todo el país.

América Latina. Los movimientos del Covid-19 alimentan una bomba social

Arturo Illia | 0 comentarios valoración: 2  7 votos
>Entrevista a Francisco Aldecoa Luzárraga

"La UE no abandonará a ninguno de los países, porque sería abandonar a los europeos"

Ángel Satué

Para el presidente del Consejo General Español del Movimiento Europeo, esta crisis global pone de manifiesto que ha llegado “la hora federal. Habrá que dar un paso más en el modelo federal, sabiendo que nunca será el paso definitivo, pero sí un paso más. Como decía Ortega, Europa es camino y no posada”.

¿Se ve a Europa como un todo en esta crisis (COVID19) por el resto del mundo?

Creo que sí. En gran medida se empieza a ver como una unidad. No lo es del todo desgraciadamente en esta lucha contra la epidemia, pero es que la Unión no tiene competencias suficientes, son de los estados, a pesar de que hay cosas que se pueden hacer y se están haciendo a nivel de las instituciones europeas.

Parece que arrecian las críticas contra la Unión Europea en estos momentos (Covid19). ¿Qué medidas puede/podría haber adoptado que sean una respuesta europea? ¿Quién toma en esta crisis las decisiones: ¿los estados, la UE? ¿La UE solo puede aspirar a coordinar, y de aquella forma?

Ciertamente hay muchas críticas, pero son poco fundadas. Lo que la gente quiere, cuando mira hacia la Unión, es que funcione como una federación y, sin embargo, no lo es. Es una federación, se puede decir, incompleta. En determinados ámbitos importantes, aun no tiene competencias, como en el de la sanidad.

En cuanto a medidas, se ha planteado un conjunto amplio en los últimos 15 días, no de tipo sanitario estrictamente, pues insisto, no tiene esas competencias la Unión, pero sin duda, la decisión del Banco Central Europeo de movilizar unos 750.000 millones de euros para dar liquidez al sistema financiero, para, en definitiva, los ciudadanos europeos, es una gran medida.

Hay que decir que el Banco Central Europeo es la única institución de la Unión que se puede decir que funciona federalmente, de ahí las ventajas de una Federación europea.

Hay muchas más medidas que se han ido aprobado, por el Consejo, la Comisión, o reuniones de los diferentes consejos sectoriales, como el de transporte. La Comisión, por ejemplo, ha establecido un régimen de subvenciones directas, de ventajas fiscales y pagos anticipados, va a conceder garantías estatales subvencionadas para las empresas con préstamos bancarios, va a garantizar subvenciones públicas a empresas, crear salvaguardias para los bancos que canalizan las ayudas estatales a la economía real, conceder seguros de crédito a corto plazo para las exportaciones... Ha creado además una iniciativa o plan de inversiones para responder a la crisis del coronavirus (CRII) y ha canalizado excedentes de los fondos europeos Estructurales y de Inversiones, de 2019, y autorizado que la crisis del Covid 19 sea computable en la Fondos Estructurales para 2020.

¿Se puede hablar de solidaridad entre europeos cuando Francia y Alemania prohibieron exportar material sanitario?

>Entrevista a Francisco Aldecoa Luzárraga

"La UE no abandonará a ninguno de los países, porque sería abandonar a los europeos"

Ángel Satué | 0 comentarios valoración: 2  10 votos

Catástrofe y recuperación, la semilla del futuro solo está en el corazón

Riro Maniscalco

A primera vista, cuando uno mira por la ventana parece que todo es normal, tranquilo, silencioso, como cualquier domingo por la mañana. Uno casi pensaría que demasiado tranquilo para un barrio que ya de por sí suele ser bastante pacífico, como el barrio donde vivimos. New York City no solo está hecha de los rascacielos de Manhattan. Pasan poquísimos coches, no se ve a nadie por las calles y al fondo el parque también se ve desierto.

Una Nueva York fantasmal, como en una película de ciencia-ficción, de esos que te cortan la respiración, pendiente de no se sabe muy bien qué va a pasar pero que seguro será catastrófico. Los neoyorquinos también vemos esta ciudad igual que vosotros, a miles de kilómetros, al otro lado del océano. Vemos nuestra Nueva York por televisión, igual que vemos por televisión cómo se llenan sus hospitales, cómo se extreman las condiciones de trabajo de los sanitarios y cómo aumentan los boletines de guerra de las autoridades. Por televisión, igual que vosotros, sentados en el sofá, al lado de lo que está pasando pero al mismo tiempo tan lejos. Tanto que parece un mundo ajeno, no el nuestro. Mientras la salud nos asista.

Cada uno ve lo que le ofrece el marco de su ventana: un par de árboles, calles desiertas y un silencio inmenso. Los más afortunados, como nosotros, incluso ardillas y flores. En el patio, flores y ardillas saben que ha llegado la primavera, no se saben la pandemia. No es que nosotros sepamos mucho más que ellas, aunque algo más podremos entender.

Hay una gran incertidumbre respecto a todo, hay sensación de confusión, hay quien empieza a pensar –y escribir– que estamos librando una batalla perdida, que hasta nuestra fortificación defensiva, nuestra barricada en casa, llegado a un cierto punto cederá. Será el día del juicio final. También hay quien se obstina en bombear optimismo, tratando de convencer y convencerse de que este desastre pasará y nosotros estaremos entre los que podremos contarla. Aunque cada día decenas de miles de personas pierdan trabajo y salario, hay que pensar que hasta la economía se recuperará rápidamente, y tal vez esos dos trillones de dólares del plan de estímulo que acaban de aprobar las cámaras serán el ventilador que nos devuelva el aire. Catástrofe y recuperación, resultados opuestos anunciados por profetas incapaces de ver y vivir lo que hoy es más evidente e importante: el presente.

La semilla del futuro está por entero en el corazón y en las obras de quien ofrece lo que puede y lo que está llamado a hacer. Ahora. Hoy.

Que Dios bendiga América.

Catástrofe y recuperación, la semilla del futuro solo está en el corazón

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Preguntas para construir en una economía de guerra contra el coronavirus

Luis Rubalcaba

La crisis actual supone la caída de la última de las evidencias económicas acumuladas desde los tiempos de paz de mitad del siglo XX hasta hoy: ya no existe, se ha dicho, ninguna guerra que ponga en peligro nuestra vida y nuestra economía de modo generalizado; afortunadamente las guerras mundiales son cosa de tiempo pretéritos, así como las epidemias y pestes globales eran propias de siglos atrás, y la mal llamada gripe española terminó hace justo un siglo. Es como si desde mediados del siglo XX el mundo siempre caminase en una senda de bienestar que ni siquiera el terrorismo del 9S y del 11S o los conflictos armados que han jalonado el devenir reciente de muchos países en desarrollo, guerras de Iraq y de Siria incluidas, han conseguido cuestionar la “evidencia” de que se podía vivir el propio trabajo y la economía sin miedo a las viejas crisis. Pregunta: ¿Por qué tendemos a pensar que el mundo y la economía transcurren hacia un progreso lineal, siempre hacia mejor?

Los tiempos remotos parecen haber vuelto. Un siglo después de 1918, un nuevo virus sacude al mundo a una escala nunca vista en la historia reciente. La crisis del ébola y de otros virus parecía mostrar la fortaleza del mundo desarrollado capaz de contener fuera de sus fronteras incluso las epidemias más virulentas. Pero la actual crisis muestra que el éxito pasado ante el ébola no fue el resultado de nuestra fortaleza como sociedad, sino de la debilidad de aquel virus, incapaz de transmitirse a gran escala y de viajar de modo asintomático en pacientes durante semanas. Ya lo profetizó Bill Gates en 2015, esto podía pasarnos y no estábamos preparados. Seguramente teníamos que haber invertido más en investigación e innovación para luchas contra pandemias. Hoy la pandemia tiene rasgos más parecidos a la de 1918 que a la del ébola, y la economía se enfrenta a una reducción del PIB muy sustancial, la OCDE dice un 2% de reducción por cada mes de confinamiento. Pregunta: Pero lo no hecho, no hecho está. Y ahora, ¿qué?

Tras esta crisis, el mundo ya ha cambiado, ¿y nosotros? Esto me escribía ayer un amigo mío desde México, asustado por lo que está llegando con el COVID19. Seguramente algo ya ha cambiado en nosotros. Con gran parte de la población mundial obligada a teletrabajar, y con muchos que se han quedado sin trabajo o con su puesto de trabajo en el alero, estamos llamados a no permanecer quietos. Del mismo modo que una vocación y generosidad encomiable lleva a muchos trabajadores de la sanidad y de otros servicios a dejarse la piel, y literalmente la vida en ocasiones, para responder a la pandemia y luchar por la supervivencia, también hay algo dentro de todos nosotros que, aun confinados en nuestras cosas, nos obliga a “salir” de una manera o de otra, a responder a lo que está pasando, aunque no sepamos cómo. Pregunta: ¿Alguien es capaz de decir cómo saldremos de esto?

Preguntas para construir en una economía de guerra contra el coronavirus

Luis Rubalcaba | 0 comentarios valoración: 3  24 votos

¿Resistiremos?

Juan Carlos Hernández

En España estamos viviendo un gran desafío para poder afrontar los altos índices de propagación del COVID19, hecho que se ve agravado por la saturación de los servicios sanitarios. Faltan respiradores y material de protección pero, más allá de eso, ¿cómo afrontar el drama de una circunstancia así?

El exceso de información y, también, de desinformación produce una gran angustia. En estos días las portadas de los periódicos se llena de noticias sobre el coronavirus, nos llega a nuestro móvil el enésimo chiste sobre el asunto y la enésima discusión sobre la inoperancia del Gobierno, sobre la chapuza de los pedidos de los test rápidos que resultaron inútiles, si era adecuado mantener la manifestación feminista del pasado 8M... Pero todas estas discusiones se vuelven penúltimas cuando lo que surge es la pregunta sobre la vida, cuando vemos la muerte cerca, que es algo que no tenemos en cuenta en nuestro quehacer diario.

En medio de tanto “ruido” una flor se ha asomado en mi jardín. Un columnista del periódico El Mundo, Vicente Lozano, afirmaba en una interesante columna: “Esta sociedad tecnológica, la del iPhone, la del coche autónomo, la del 5G, la de los algoritmos, la del viaje a Marte puede verse paralizada. No todo está al alcance del hombre [,,,] No somos autosuficientes. Lo que nos está ocurriendo es una lección de humildad que pone en evidencia la fragilidad de la condición humana”.

En estos momentos se hace palpable lo que el gran Leopardi escribía en unos de sus poemas:

Naturaleza humana, ¿cómo

si tan frágil y vil en todo,

si polvo y sombra eres, tan alto sientes?

Una de las lecciones de este desafío, una vez más, es ver cómo la sociedad civil que se mueve desde la gratuidad construye. Y la gratuidad no es una expresión bonita pero vacía sino algo que realmente permite hacer cosas que desde el individualismo serían imposibles. Cuántas empresas grandes o pequeñas que hacen donaciones, cuántos vecinos que se han prestado a ayudarse mutuamente… Y cómo, al mismo tiempo, nos surge la contradicción de que para ayudar al otro, a ese vecino mayor que vive solo o a esa vecina embarazada a punto de dar a luz y cuyo marido no puede regresar a España porque están las fronteras cerradas, me tengo que alejar de ellos. Reconozco que esta contradicción me produce un gran desasosiego.

Al mismo tiempo la saturación del sistema sanitario tiene efectos colaterales como que otras patologías, también graves, no se estén atendiendo correctamente o como que los familiares no puedan visitar a los enfermos en los hospitales.

El gesto de espontaneidad de los aplausos a las 20:00h para agradecer a todos aquellos que cuidan de los enfermos nos ha hecho sentir como una mirada amiga a ese vecino que antes considerábamos extraño y que ahora asoma por su ventana o balcón. Y la sociedad a las 20:00h se conjura al son de Resistiré, una canción del Dúo Dinámico que ahora es la banda sonora de nuestra lucha contra el virus. Un fragmento de la canción dice así:

¿Resistiremos?

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  12 votos
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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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