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29 JULIO 2016
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>Entrevista a Remi Brague

´Hay que distinguir entre islam y musulmanes´

Remi Brague, profesor emérito en la Sorbona, repasa el reto que supone el islamismo en una reciente entrevista concedida a firstthings.com

¿Qué cuenta del hecho de que a nuestros líderes políticos, de François Hollande para abajo, les cueste nombrar a nuestros enemigos? Hay un pánico extraño a mezclar islam con islamismo. ¿Por qué?

¿Tenemos algún líder político? ¿Hay algún piloto en este avión? Sería una grata sorpresa descubrir que alguien tiene el control. El miedo a poner nombre al enemigo viene de lejos. ¿Quién, antes de que cayera el muro de Berlín, se atrevió a dar un nombre verdadero al marxismo-leninismo o a la Unión Soviética? La gente prefería hablar vagamente de "ideologías". El plural era una niebla conveniente.

Esto sucede de nuevo hoy cuando la gente habla de "religiones". Del mismo modo, algunas personas prefieren usar el acrónimo DAESH, que sólo los escolares árabes entienden, antes que decir "el Estado islámico" porque el adjetivo nos remite al islam. Y no hay una verdadera línea divisoria entre islam e islamismo. Es una cuestión de grado y no de clase. Por esta razón es necesario distinguir verdaderamente entre, el islam por un lado, con todos sus niveles de intensidad, y por otro los musulmanes de carne y hueso. El rechazo legítimo a mezclar islam e islamismo conlleva la distinción de la gente concreta desde el sistema religioso que prevalece en su país de origen.

El sentimiento de mudez y angustia producido por el atropello de Niza (armando un camión, matando niños), ¿es síntoma de una cultura que ha perdido su sentido de la tragedia, su conciencia del mal y de la muerte?

La gente dice que estamos en guerra. Pero nadie tiene el coraje de hacer lo que hizo Churchill, y decirnos que no tiene nada que ofrecernos excepto sangre, sudor y lágrimas. Desde el final de la guerra en la que Churchill dejó su país, ha habido 70 años de paz y prosperidad. Eso se ha convertido en lo normal para nosotros, y pensamos en ello como nuestro derecho, como un hecho que es así sin que haya que decirlo. Guerra, hambruna... son cosas que le pasan a otra gente. Nuestro proverbio dice que "la gente feliz no tiene historia". Pero no nos hemos hecho a nosotros mismos más felices por imaginar que hemos escapado de la historia.

La intención de estos atropellos era dejarnos mudos, y los medios de comunicación con su cobertura continua están ayudando a conseguir ese objetivo. Olvidamos que la violencia es principalmente un medio, y que necesitamos quitar los ojos de la violencia en sí misma y preguntarnos cuál es el objetivo que persigue. Ese objetivo es establecer a lo largo del mundo un sistema legal que sea una especie de sharía y que legisle el comportamiento de los individuos, de las familias, de la economía, y a largo plazo, todo el sistema político. Nos hemos fijado en el aspecto espectacular de los atropellos, en las decapitaciones como las que el Estado Islámico pone ante nosotros con mucho cuidado y habilidad. Pero todo eso nos está distrayendo de la verdadera cuestión, que es la finalidad de estas cosas. Este final podría conseguirse a través de medios que son más discretos pero igualmente efectivos, como acusar de culpabilidad al enemigo, la presión social, incesante propaganda de guerra, cualquier tipo de truco.

La violencia quizá es un medio, sin la necesidad de implicar mucha acción. Todo lo que necesita es una amenaza lo suficientemente grande para forzar al adversario a rendirse sin luchar. Por un lado, el uso de la violencia psicológica podría ser contraproducente, en el sentido de que podría provocar un levantamiento del enemigo. Sería más inteligente tranquilizar a la gente con bonitas palabras o demostrar el poder sin utilizarlo.

En “L'Europe la voie romaine (Eccentric Culture: A Theory of Western Civilitation)”, muestra cómo nuestro continente fluye desde los griegos, los romanos y los cristianos. ¿Pueden Europa y Francia hacer una resistencia sólida a la amenaza islamista sin basarse en el legado intelectual que está en su ADN?

>Entrevista a Remi Brague

"Hay que distinguir entre islam y musulmanes"

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Fundamentalismo y deseo de una vida plena

Giuseppe Zaffaroni (Puerto Rico)

Una de las características más significativas del cambio de época que estamos viviendo es, sin duda, el hecho de que el fundamentalismo islámico ha sustituido a las ideologías revolucionarias del siglo pasado como líder en la lucha contra el estilo de vida, los valores y las instituciones políticas de Occidente. A primera vista, la ideología revolucionaria comunista y el fundamentalismo islámico son lo más opuesto y, sin embargo, también presentan fuertes analogías por su común carácter “ideológico”: en ambos se tiene toda la verdad en un pensamiento único, rígidamente cerrado a los datos de la experiencia; los demás que no comparten este pensamiento son el mal, son enemigos que hay que eliminar; la sociedad perfecta o el paraíso están siempre y exclusivamente en el futuro, de la historia (comunismo) o del más allá (fundamentalismo religioso).

De todas las características ideológicas anteriormente mencionadas, esta última tal vez no se ha considerado con la debida atención, mientras me parece que constituye uno de los motivos más presentes en los actos de terrorismo suicida-homicida de los últimos tiempos. El islam, en su versión simplificada por el fundamentalismo, promete una salvación que se cumplirá solo en el más allá. La vida presente no se puede “salvar”, pero es posible rescatarla de golpe, con un único gesto suicida-homicida, que al mismo tiempo permite acabar con una existencia vacía e inútil (a veces fracasada) y conquistar la deseada felicidad plena del paraíso.

Aquí se encuentra el desafío más agudo a nuestra cultura occidental, relativista y consumista, que ha intentado fascinar y conquistar el mundo entero con la promesa de una felicidad posible ya desde ahora gracias al gozo ilimitado de los bienes presentes. Pero, ¿y si alguien no tiene acceso a estos bienes? Y más dramáticamente, ¿si alguien que tiene acceso a estos bienes se da cuenta de que no bastan para satisfacer los deseos del corazón? ¿Si alguien desea ser protagonista de la historia y dar la vida por algo verdaderamente grande? El fundamentalismo islámico se ofrece precisamente como respuesta a estas inquietudes: es la razón por la cual también jóvenes que no tienen una afiliación directa con Isis o Al Qaeda pueden de repente decidirse por una acción terrorista.

Estaríamos bien equivocados si la tratáramos como una problemática exclusiva de los jóvenes inmigrados en Europa: estas son las preguntas de todos los que no nos resignamos a que la vida sea solo el pequeño disfrute de bienes de consumo, sin horizonte ni ideal. ¿Hay una alternativa al obtuso disfrute presente del consumidor y a la felicidad futura del fanático fundamentalista? ¿Dónde encontrar a alguien capaz de dar un horizonte grande a la vida presente y de hacerla amar con pasión en todos sus aspectos? Necesitamos encontrar experiencias, no discursos. Tal vez sea precisamente esta la secreta exigencia que llevará a Cracovia, junto al papa Francisco, también a tantos jóvenes puertorriqueños para la inminente Jornada Mundial de la Juventud.

Fundamentalismo y deseo de una vida plena

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El realismo cristiano de Guardini

Massimo Borghesi

Recientemente se conoció la noticia de que la archidiócesis de Munich y Freising ha abierto la causa de beatificación de Romano Guardini. La apertura oficial del proceso debería hacerla en el término de un año el cardenal Reinhard Marx. Constituye un evento muy especial, porque en cierta forma sella la continuidad ideal que une, con la evidente diversidad de estilos, al Papa Benedicto y al Papa Francisco. En efecto, Guardini fue el pensador ítalo alemán que marcó la formación intelectual y espiritual tanto de Ratzinger como de Bergoglio. Jorge Mario Bergoglio estuvo varios meses en Alemania en 1986, en la Facultad de Filosofía y Teología Sankt Georgen de Frankfurt, con el propósito de escribir una tesis doctoral sobre Guardini. Posteriormente debió abandonar el proyecto, pero no tanto como para olvidarlo. Bergoglio volvió después en varias ocasiones sobre su trabajo, sobre la idea guardiniana de la vida como oposición polar que encontramos en el centro de algunos pasajes fundamentales de la Evangelii Gaudium. La admiración y el aprecio que el pontífice actual nutrió siempre por el testimonio cristiano y el pensamiento de Guardini sin duda no son extraños a la decisión de comenzar el proceso de beatificación. Un regalo de Francisco –quizás el más grande– a su predecesor.

¿Cuál es entonces, desde el punto de vista cristiano, el elemento de fondo del pensamiento guardiniano, el más actual, que explica el hilo rojo que une a Ratzinger con Bergoglio? La historicidad de la fe entendida como resultado del “encuentro con la realidad”, con la carne de Dios en la carne del mundo.

Guardini nació en Verona el 17 de febrero de 1885 y su familia se trasladó a Alemania un año después. Aquí se ordenó sacerdote en 1910 y en 1924 fue nombrado profesor de Filosofía de la Religión y Visión del Mundo Católico en la Universidad de Berlín, cátedra que fue suspendida por el régimen nacional socialista en 1939. En la posguerra volvió a la enseñanza en la Universidad de Tubingen y posteriormente en Munich, donde falleció el 1 de octubre de 1968. En el contexto del pensamiento cristiano Guardini se consideraba alguien que “camina solitario” (einzeganger), un outsider que escapaba de los esquemas comunes. En él, el elemento dominante era una atención y una pasión por la realidad, por una mirada plena sobre el ser. Los esquemas y los conceptos venían después; debían ayudar a abrir un resquicio de luz en el mundo, no a doblegarlo violentamente al propio arbitrio. Si la realidad era comprendida y mantenida en su concreción, la revelación cristiana podía también manifestarse en todo su espesor. Así como, a la inversa, solo cuando el cristianismo es real, el mundo puede ser acogido en su totalidad, sin censurar nada. Dice en su diario: “En el cristiano lo que decide todo, absolutamente todo, pensamiento, acción, ser, es que la realidad de Dios se perciba, que esté en la existencia como lo real, en última instancia como lo único real. Todo lo demás viene determinado por esto; y por lo tanto o está vivo o es solo algo pensado, o mejor, hablado”.

El realismo cristiano de Guardini

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Madre Teresa, protagonista de una de las exposiciones del Meeting

La Madre Teresa de Calcuta será canonizada por el Papa Francisco el 4 de septiembre de 2016. El Meeting ha preparado una exposición en la que ofrece un itinerario para conocer a esta monja sencilla que dedicó toda su vida a los pobres por amor a Cristo, y que dejó en herencia muchas hermanas y hermanos dedicados a las necesidades de los más pobres entre los pobres.

La exposición recorre la vida de la Madre Teresa a través de documentos inéditos que se han recuperado después de su muerte: cartas que la religiosa escribió a su familia, a su padre espiritual, al arzobispo de Calcuta, a su familia de misioneras de la caridad, que permitirán a los visitantes encontrarse con su humanidad y cotidianeidad. Junto a estos textos, los videos y las fotos, también se expondrán objetos que pertenecieron a la Madre Teresa, como su sari, su hábito blanco con rayas azules, así como muchos de los reconocimientos que se le atribuyeron, como el premio Nobel de la Paz en 1979.

Madre Teresa, protagonista de una de las exposiciones del Meeting

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Pedro Sánchez: obstinación temeraria

Juan Antonio Ortega Díaz-Ambrona, ex ministro de UCD

España tiene planteados, en estos momentos, al menos cuatro problemas muy importantes. El primero y más grave, el desafío independentista de Cataluña. El segundo, muy acuciante, el de la salida de la crisis económica y las delicadas relaciones con la Unión Europea, en un momento de reacomodo, tras anunciarse la salida del Reino Unido de Gran Bretaña. El tercero, de elemental limpieza e higiene, es el de la corrupción de nuestras costumbres políticas, que en ciertos casos desprende un hedor insoportable. El último, pero no el menor, es el de mantener la cohesión, la equidad y la justicia en el reparto de los esfuerzos para salir de la crisis económica.

Frente a estos cuatro desafíos la respuesta de la clase política no ha podido ser más desalentadora. Unas primeras elecciones generales a finales de 2015 dieron un resultado que, en la mayor parte de las democracias consolidadas, hubieran permitido la formación rápida de un gobierno. Pero entre nosotros no fue así. En vez de adaptarse los políticos a la voluntad bastante nítida de los electores se pensó –¡el mundo al revés!– que los electores se ciñesen a las apetencias de los líderes políticos y sus partidos.

Tras las segundas elecciones generales los votantes han insistido en sus preferencias, pero han mejorado la posición del Partido Popular y debilitado al PSOE. Pero hoy por hoy tampoco se vislumbra una buena salida y la investidura de un gobierno sólido, durable y con autoridad. O sea el que se precisaría para resolver los cuatro problemas antedichos, amén de otros pocos más.

En esta situación todos los líderes de los partidos tienen su cuota de responsabilidad. Todos sin excepción. Pero se lleva la palma, en mi opinión, Pedro Sánchez, el todavía secretario general del PSOE.

El régimen democrático surgido de la Constitución es obra de todos, claro está. Pero quien hizo mayor inversión en él fue el PSOE, pues gobernó más años que ningún otro. Por eso se le debe exigir más. Y por tal razón se debe subrayar que su líder no está actuando bien ni para su partido ni para España. Ya tras las primeras elecciones generales, con sus muy pobres resultados para los socialistas, le debían haber llevado a dimitir. Quizá no habría sido la única dimisión esperable, según módulos europeos, pero sin duda la más clara. La siguiente convocatoria a las urnas le ha hundido más en la miseria irremisible, mientras que otorgaba un balón de oxígeno a Mariano Rajoy.

Su posición actual de votar en cualquier caso “no” a la investidura del Partido Popular es insostenible. Muestra un grado preocupante de irresponsabilidad. Denota una obstinación temeraria. Es absurdo arrojar al Partido Popular a los brazos de nacionalistas e independentistas para que forme un gobierno débil y tambaleante desde el principio. Un gobierno por definición incapaz de solucionar los problemas dichos.

Pedro Sánchez debería saber que por ese camino la opinión pública no le sigue, ni tampoco sus votantes, ni buena parte de sus militantes, no digamos los socialistas más renombrados, curtidos y experimentados. Para alguno de ellos Sánchez se convertirá en un “cadáver viviente”. Acaso ya lo sea. Lo cierto es que se ha colocado muy de espaldas a los problemas acuciantes de España.

Pedro Sánchez: obstinación temeraria

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Niños, sacerdotes, discapacitados... ¿de dónde nace tanto odio?

Federico Pichetto

En este largo verano de terror y locura, resulta realmente difícil contener la rabia. Después del “martirio de Rouen”, que ha devuelto al continente europeo la sangre de un sacerdote asesinado solo por ser cristiano, el cuadro que se está pintando es lúgubre y triste. El terrorismo islámico parece haber desatado un círculo mortal, donde un hombre puede matar en Tokio a 19 discapacitados gritando su “inutilidad”, del mismo modo que en Estados Unidos se mata a agentes policiales y a personas de color en una carnicería racial que lleva al mundo cuarenta años atrás.

De repente parece que la eterna solución fácil para cualquier problema, es decir, propiamente su eliminación, vuelva a ser el camino maestro para afrontar las circunstancias de la vida con los vientos de la ideología de una violencia mezquina. “Tú eres un mal para mí”, “si tú mueres, mi vida será mejor”, “yo te odio”. En un resentimiento creciente hacia el otro –auténtico obstáculo para mi felicidad– el odio, núcleo de todas las matrices religiosas, políticas y psíquicas que existen y que deben mirarse por lo que son, nos invade a nosotros mismos y a lo que nos rodea.

Así, la percepción de que cualquiera en nuestro entorno podría decidirse a actuar de esta manera se convierte en una pesadilla, una psicosis que provoca el cierre de paradas de metro, estaciones, lugares públicos, y nos condena a pensar que “yo no me puedo fiar de ti”. Todo esto empieza antes que el terrorismo. Es la carcoma que se insinúa entre el hombre y la mujer, entre amigos, entre compañeros de trabajo, entre padres e hijos.

La desconfianza, hija de una desconfianza lejana cultivada en el jardín del Edén hace mucho tiempo, habla de algo aún más atroz e inconfesable: nuestra percepción inconsciente de no sentirnos amados, de sentirnos solos y abandonados. La violencia surge siempre de la soledad, de la ausencia de un afecto que se haga cargo de nuestro dolor. No nos sentimos “amables”, no nos sentimos adecuados, y en el fondo esperamos que la vida nos lo haga pagar.

¿Por qué? ¿De dónde nace esta tristeza? ¿Dónde empieza a moverse esta condena ya escrita que temes que cualquiera pueda ejecutar, desde el revisor del autobús hasta tu jefe, pasando por tu mujer o el amigo de toda la vida? Justamente en estos momentos en que sería fácil ceder al populismo y al “ansia de venganza”, es necesario volver a partir de aquí, de la necesidad que somos y que llevamos dentro, que nos constituye. En todas partes y de todas formas.

Sobre esta necesidad hunde luego sus raíces la locura de una religiosidad demente, el nihilismo de una sociedad extenuada, el sadismo escondido que siente placer al percibir físicamente el dolor que cada uno lleva consigo. Sí, pero todo eso viene después. Antes estoy yo, estás tú, está esa vida que no sientes como una “promesa de felicidad” sino como una “sentencia a la espera de ejecución”. Para todo eso, la única medicina es la misericordia. No el perdón a buen precio ni la justificación a toda costa, sino un bien que está antes que cualquier mal, antes que cualquier percepción de mí mismo. ¿Dónde puedo beber de esa agua? ¿Dónde puedo encontrar todo esto? Tenemos necesidad hasta las lágrimas de que alguien nos diga: “no es así, tú no morirás”.

Niños, sacerdotes, discapacitados... ¿de dónde nace tanto odio?

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>Meeting 2016

El presidente de la República italiana inaugurará el próximo Meeting de Rímini

Durante la presentación de la XXXVII edición del Meeting de Rímini, su presidenta Emilia Guarnieri anunció que el presidente de la República italiana, Sergio Mattarella, será el encargado de inaugurar este evento el próximo 19 de agosto.

“Es propio de la tradición del Meeting confiar la comunicación de los contenidos a la sugerente energía de la belleza”. Así presentó Guarnieri el espectáculo inaugural de este año, titulado “Un solo canto”, con la cantante italiana Tosca, la soprano libanesa Tania Kassis y la joven intérprete siria Mirna Kassis, que interpretarán tres fragmentos de su repertorio, alternados con la lectura de algunos fragmentos del poeta portugués Fernando Pessoa. “La experiencia de la belleza se convierte así en ocasión para intuir una positividad posible en la vida, para alzar la mirada y abrirla de par en par a la realidad. Esta pasión por una verdad que se comunica mediante lo bello vuelve a ser este año el alma del espectáculo inaugural”.

Junto a Guarnieri, durante la presentación intervinieron también tres importantes protagonistas del próximo Meeting, como son la cantante y actriz italiana Tosca, el presidente emérito de la Cámara italiana de diputados, Luciano Violante, y Mons. Silvano Maria Tomasi, arzobispo y miembro del Pontificio Consejo Justicia y Paz.

Violante presentó el trabajo dedicado a los setenta años de historia de la República italiana, que en el Meeting tomará forma con seis encuentros y una exposición titulada “Le encuentro de uno con el otro. Genio de la República (1946-2016)”. Un proyecto que nació de una intuición de Violante al final del Meeting 2015, constatando la necesidad de hacer memoria, sobre todo para los jóvenes, de la historia de la República.

Por su parte, Mons. Tomasi abordó los grandes desafíos que el fenómeno de la inmigración plantea a todos, un tema dramáticamente actual que en el Meeting se profundizará y analizará en muchas ocasiones, especialmente en la exposición “Era forastero y me acogisteis”.

“Hoy hemos querido detenernos en estos tres grandes momentos del próximo Meeting –dijo Guarnieri al cerrar el acto– con tres amigos del Meeting, tres invitados extraordinarios que nos ayudan a adentrarnos más en el lema de este año, ‘Tú eres un bien para mí’, una afirmación, un horizonte que muestra una certeza que hay que descubrir y experimentar en toda su verdad, tan sencilla, tan dramáticamente actual y al mismo tiempo tan cargada de preguntas y provocaciones para cada uno de nosotros”.

>Meeting 2016

El presidente de la República italiana inaugurará el próximo Meeting de Rímini

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El heroísmo indefenso del P. Jacques

José Luis Restán

Una pequeña iglesia parroquial en Saint-Etienne-du-Rouvray, un pueblo de la periferia de Rouen, en la Alta Normandía. Es un día laborable y la asistencia a la Misa de la mañana es escasa, tan sólo el anciano sacerdote, Jacques Hamel, y otras cuatro personas. Nadie podía imaginar que este lugar tranquilo se convirtiera en objetivo de los asesinos del Daesh. Habían matado ya en discotecas, supermercados, redacciones de periódico, en transportes públicos y hasta en un paseo marítimo. Sería ingenuo pensar que una iglesia podía estar libre de peligro. Dos “valientes” matarifes han asaltado un lugar indefenso por definición, mientras se celebraba la Eucaristía, el amor de los amores. Siguiendo el ritual diabólico de tantas veces, han degollado al sacerdote y casi consiguen repetir la hazaña con uno de los asistentes a la Misa.

Este atentado no es más ni menos que otros tantos sufridos en nuestras carnes durante los últimos meses, pero a nadie se le escapa su valor simbólico para la batalla del yihadismo. Como había dicho semanas atrás con precisión el Patriarca de los Caldeos, Louis Sako, estamos ante algo de naturaleza demoníaca, de ahí nuestra dificultad de entender. Esperemos que en la redacción de Charlie Hebdo hayan tomado nota del contraste. En la pequeña iglesia de Saint-Etienne-du-Rouvray, unas pocas personas celebraban al Dios indefenso clavado en una cruz, al Dios que se hace pan para alimentar la debilidad de los pobres hombres y mujeres del mundo. Un Dios extraño que se ha dejado tocar muchas veces por las manos de un anciano de 84 años, un cura de pueblo como cientos, cuyo heroísmo ha consistido en comunicar la misericordia bajo la lluvia y el sol hasta el último día, un 26 de julio. Contra esto se ha abatido la furia blasfema de los asesinos, una historia vieja de hace más de dos mil años.

Al arzobispo de Rouen, Dominique Lebrun, la sacudida le ha sorprendido en Cracovia junto a cientos de jóvenes de su diócesis que empezaban a participar en la JMJ de Cracovia. Con ellos acababa de visitar la tumba del sacerdote polaco Jerzy Popieluszko, asesinado por algunos policías durante los estertores del régimen comunista. La mención a este gesto en su breve declaración, antes de partir precipitadamente de regreso a Francia, no es fruto de la casualidad. Sobre todo cuando a continuación señala que “la Iglesia católica no puede emplear otras armas sino la oración y la fraternidad entre los hombres”, descartando así cualquier inclinación al odio o a la venganza. Con el corazón encogido, el arzobispo Lebrun ha dejado en Cracovia a sus jóvenes, y ha señalado sin sombra de barroquismo que ellos “son el futuro de la humanidad, la verdadera”. Y les ha pedido “que no bajen los brazos ante la violencia y que se conviertan en apóstoles de la civilización del amor”.

Naturalmente, a las autoridades del Estado y a la comunidad internacional corresponde la tarea de combatir, desarmar y castigar a los asesinos del Daesh, con la mayor diligencia y eficacia posibles. Pero esta batalla se libra también, y sobre todo, en el corazón de las personas y en el tejido profundo de nuestra convivencia. El padre Jacques es la imagen de un modo de vida, de un significado que ha sostenido la grandeza y amplitud de la vocación europea. Como lo son los jóvenes que llenan estos días Cracovia, portadores de un amor desarmado pero invencible. Para vencer al nihilismo de los asesinos, Europa tiene que volver a ellos su mirada.

El heroísmo indefenso del P. Jacques

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La sangre de Jacques

Fernando de Haro

A Jacques lo han matado un día después de la fiesta del otro Jacques, del primero, de Santiago el Mayor. Como a Santiago, a Jacques Hamel lo han pasado a cuchillo. Lo han hecho en la iglesia del primero de los mártires, en la iglesia de St. Étienne, de San Esteban. Cuando a todos nos parecía que lo de los mártires era cosa del pasado se vuelve a derramar la sangre de los que confiesan la fe en suelo europeo. Ha muerto a los 86 años por una sola razón, por ser cristiano, por estar celebrando misa, por hacer memoria de la sangre derramada. Cuando la vida parecía cumplida, cuando ya parecía todo entregado, que sesenta años de párroco no son nada y lo son todo.

Atónitos y desconcertados volvemos a ver mártires en suelo europeo. El Viejo Continente deja de ser la tierra en la que los cristianos están a salvo. La Gran Persecución, la que deja al año 100.000 bautizados muertos, llega hasta nosotros. Jacques ha muerto como mueren los indios víctimas del hinduismo violento, como mueren muchos jóvenes en el norte de Nigeria cuando les exigen elegir entre su fe y la vida, como mueren en las ciudades y en los pueblos de Siria, de Iraq, de Egipto, como mueren en Pakistán. La hermandad de la sangre, la memoria de la sangre. Ahora nos toca a nosotros.

Un día tras otro de este apocalíptico verano nos hemos negado a reconocer que el islamismo nihilista había puesto a Europa entre sus objetivos. Ahora ya es imposible negarlo. La sangre de Jacques, como la de los muertos de Niza, de Bruselas, de París y la de muchos otros muertos clama contra los poderosos que engendraron al monstruo. Porque sin el dinero de Arabia Saudí y de Qatar no habría habido Daesh. Porque sin ciertos clérigos salafistas y wahabitas no habría esta violencia. Porque sin nuestros errores y nuestra ignorancia arrogante en Iraq y Siria no hubiéramos llegado hasta aquí. Porque sin las armas que los europeos les hemos vendido no les hubiéramos hecho grandes.

Es la hora de que el islam sea más contundente y más claro en la condena. Es la hora en la que necesitamos que los dos Jacques, el primero y el último, intercedan por nosotros para aprender cómo se entrega la vida sin odio, perdonando. Para hacerlo como lo hacen los nigerianos, los sirios, los indios, los pakistaníes y el inmenso coro de mártires de este siglo XXI. Jacques, ruega por nosotros.

La sangre de Jacques

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 4  20 votos

Je suis le père Jacques Hamel

Jean Duchesne

Lo que ha sucedido en Saint-Étienne du Rouvray no puede suscitar más que horror y también cólera ante tanto odio tan cobardemente cruel y estúpidamente suicida. Después de muchos atentados terroristas, en Francia pero también en Alemania, parece que en este caso los locos enfurecidos no han matado totalmente a ciegas.

Hasta ahora (excluyendo un intento afortunadamente fallido contra una iglesia en Ivry, una banlieue parisina), los fanáticos la habían tomado contra una cierta idea lisonjera que nuestros conciudadanos tienen de sí mismos: la insolencia iconoclasta de Charlie Hebdo, el culto pagano al deporte en el Estadio de Francia, la alegre ligereza del Bataclán y las terrazas de los cafés del distrito XI «radical chic» de París, los fuegos artificiales del 14 de julio en Niza, celebración de una Revolución que promovió ideales pero también produjo realidades menos nobles…

Hoy el caso es completamente distinto. El objeto de la venganza no es Occidente en general ni su prosperidad complaciente y egoísta, que puede parecer un insulto a los pobres del resto del mundo. Es su raíz, su fuente viva aunque tantas veces olvidada, el cristianismo, en uno de los lugares donde, de manera discreta pero invencible, se actualiza de la forma más explícita e intensa: la celebración de la Misa.

La cuestión que se plantea ahora es saber en qué medida los franceses (y los demás) se identifican con las víctimas: un sacerdote anciano, salvajemente degollado, y un puñado de fieles, entre ellos algunas monjas. ¿Osarán reconocerse en ellos y decir “Yo soy el padre Jacques Hamel”, como tanto se gritó y repitió “Je suis Charlie”? ¿O se contentarán con decir que nunca está bien matar a nadie, llegando incluso (a veces) a defender la libertad de conciencia y de culto? Tal vez algo ya se ha movido cuando en las redes sociales se hizo viral, después del camión asesino en el Paseo de los Ingleses, no cualquier otra auto-justificación, sino la de “Pray for Nice” – “Recemos por los inocentes de Niza”, porque el problema no es político ni cultural, sino sobre todo espiritual.

Los cristianos, por su parte, no pueden más que estar conmocionados e indignados, como cualquier ser humano civilizado y digno de este nombre. Pero si tienen que estar aún más conmocionados que los demás no es porque tienen derecho a pensar que sus asambleas eucarísticas ahora están en el punto de mira de estos frustrados presa de pulsiones homicidas desatadas por una propaganda delirante, sino porque se encuentran de nuevo enfrentados, como nadie podía desear ni prever, al misterio del mal en su brutalidad más cruda, ante este enigma insoportable por el cual el amor no es amado, como reveló la Cruz donde se dejó clavar su Señor.

Por tanto, seguiremos yendo a Misa, sean cuales sean nuestros miedos, para recibir al amor que vence al odio y no lo devuelve. Precisamente porque queremos amar a los que se creen nuestros enemigos, las puertas de nuestras iglesias permanecen abiertas.

Je suis le père Jacques Hamel

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Verano apocalíptico

Fernando de Haro

Todos respiramos aliviados al escuchar las palabras contundentes del jefe de la policía de Múnich, Hubertus Andrae. Palabras en las que desvinculaba al joven responsable de la matanza del pasado viernes del terrorismo islámico. Fue un respiro saber que la muerte de nueve personas había sido obra de un adolescente desequilibrado, obsesionado con los asesinatos en masa. Afectados por tanto dolor, nos habíamos hecho una imagen demasiado apocalíptica de este verano en el que la vida parece no valer nada, tampoco aquí en Occidente. Sobre el alma pesaban los 50 muertos del club gay de Orlando causados por un musulmán de identidad conflictiva, los tiroteos raciales en Estados Unidos, los 84 fallecidos en el atentado de Niza y ahora los nueve asesinados en la ciudad bávara.

Andrae parecía poner las cosas en su sitio. Aunque, mirando más despacio, quizás no sea tan fácil desmontar la suma de muertos que nos dejó la primera impresión. Sin duda son casos diferentes. No es lo mismo que un joven de origen iraní, depresivo, la emprenda a tiros con el público de un centro comercial a que un reservista negro asesine en Texas a cinco policías blancos por su color de piel. O que menos de diez días después un ex marine repita una acción similar en Luisiana. Tampoco, en principio, hay una conexión inmediata entre la violencia de origen más o menos racial y la radicalización islamista experimentada por un tunecino en Niza o por un refugiado afgano que se dedica a dar hachazos en un tren de Baviera.

Hay quien hace paralelismos entre lo que está sucediendo este verano y lo que ocurrió en Estados Unidos, en 1968, cuando llegaban miles de ataúdes de Vietnam, los disturbios raciales incendiaban las grandes ciudades y la polarización política alcanzó una temperatura altísima por la campaña electoral en la que Richard Nixon y Hubert Humphrey se disputaban la presidencia. Ahora, afortunadamente, no hay una guerra como la de Vietnam. El conflicto protagonizado por el islamismo es más difuso y causa otro tipo de víctimas. No se pueden exagerar las comparaciones, pero todo parece indicar que estamos ante un cambio de época en un contexto de gran violencia.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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