Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
23 JULIO 2019
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>Editorial

No todo es desierto en el Golfo Pérsico

Fernando de Haro

Algunas de las ciudades bañadas por las aguas del Golfo Pérsico, muy cerca del Estrecho de Ormuz, donde se concentra estos días la tensión entre Estados Unidos e Irán, parecen asentamientos lunares. En Doha o en Abu Dabi los aviones aterrizan después de sobrevolar un desierto inhóspito, sacudido en el verano por tormentas de arena que hacen palidecer el sol. Los aeropuertos y los edificios se defienden del mundo exterior formando cápsulas protegidas por potentes sistemas de aire acondicionado, lujo internacional y trabajadores que llegan del Oriente Lejano. El petróleo ha permitido levantar, en un mundo dominado en otro tiempo por caravanas y tiendas, una arquitectura urbana y unas infraestructuras que hablan de una gran riqueza. Los analistas, tras el anuncio de que ha sido derribado un dron iraní y tras la detención de un barco británico, han subrayado precisamente que el Estrecho de Ormuz es uno de los puntos del planeta por los que más petróleo circula del mundo. Y es sin duda uno de los elementos que hay que tener en cuenta para entender lo que está ocurriendo. Pero no es el único, el Golfo Pérsico es la gran frontera entre el mundo sunní y el mundo chiita. A un lado, Arabia Saudí, Catar y los Emiratos Árabes Unidos, al otro lado Irán. El conflicto estos días se produce en el comienzo de lo que Kaplan llama el “mundo de Marco Polo”, el mundo que comienza en la zona este del Océano Índico y que se extiende hasta China. Ese mundo sobre el que seguramente gire buena parte del siglo XXI y que no se entiende sin el escenario de la postguerra de Siria y de Iraq y sin la rivalidad entre las dos principales tendencias del islam.

Mientras todavía no se había terminado la guerra contra el Daesh, Trump se puso del lado de Arabia Saudí sin matiz alguno y sin arreglar el escenario de hegemonía chií creado en Iraq y en Siria, en parte por la intervención de las tropas norteamericanas. El respaldo sin fisuras de Trump a la política de Netanyahu (con gestos innecesarios como el traslado de la Embajada a Jerusalén o el reconocimiento de los Altos del Golán como territorio israelí) y al principie saudí Mohamed Bin Salman (y su más que dudosa reforma) ha supuesto poner a Teherán en el centro del Eje del Mal. Eso explica que Estados Unidos se retirara del acuerdo nuclear del año pasado (uno de los pocos aciertos de Obama en la región) que ponía freno al desarrollo nuclear de Irán a cambio de levantar parte de las sanciones. La tensión de estos días es consecuencia de una apuesta en favor del sunnismo salafista (tradicionalista) de Arabia Saudí, aliado de Tel Aviv, y buen cliente en la compra de armas.

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No todo es desierto en el Golfo Pérsico

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La llegada del hombre a la Luna, una empresa sin grandes motivos... ni consecuencias

Robi Ronza

La llegada del hombre a la Luna fue una empresa sin motivo (aparte de un motivo político contingente) que pasó sin ninguna consecuencia relevante. No en vano, después de la visita de doce astronautas en siete misiones distintas (Apolo 11,12, 14, 15, 16, 17), el programa se suspendió y hasta hoy el pie de ningún otro ser humano ha vuelto a pisar suelo en nuestro satélite. Pero desde hace semanas los tambores del circo mediático internacional suenan con fuerza anunciando la conmemoración este sábado del 50º aniversario de la primera llegada del hombre a la Luna.

La primera y principal razón por la que nos encontramos inmersos en este aluvión de imágenes y comentarios, que durará aún varios días, es puramente técnica. La llegada del hombre a la Luna fue el primer evento espectacular “televisivo”, del que existe una vastísima documentación en los archivos de todas las televisiones del planeta. De modo que toda esta gigantesca espuma mediática a las televisiones les cuesta poco o nada.

Tengo suficiente edad como para haber sido un joven telespectador en directo del evento que ahora se celebra, y recuerdo muy bien que ya entonces me sorprendió el hecho de que se hablaba de todo menos de los motivos culturales y científicos que eventualmente podían justificar tal empresa. Sustancialmente, eso no era extraño, pues hasta el momento no había precedentes. Se había querido ir a la Luna porque técnicamente había sido posible. Eso es todo. En este punto, nada ha cambiado desde entonces. Al no saber o no poder hablar de lo sustancial de la historia, se enfatizaban los más minúsculos detalles irrelevantes.

El único motivo real por el que EE.UU. envió a sus astronautas a la Luna era puramente político y se situaba en el escenario de la guerra fría. En los años precedentes, la Unión Soviética había alcanzado antes que EE.UU. ciertos objetivos en la exploración espacial alrededor de la Tierra, y el impacto propagandístico del evento había sido muy notable. Como no querían permitir de ninguna manera que eso volviera a suceder, Washington se empeñó con todas sus fuerzas en ser los primeros en mandar hombres que tocaran suelo en la Luna. Eso era todo, no había ni hay nada más. La exploración espacial continuó después de otro modo, por otras vías y con vehículos que no requieren la presencia humana. Esta última solo subsiste hoy en… lunas artificiales, es decir, en bases espaciales que orbitan alrededor de la Tierra. Naturalmente, digamos que como un “subproducto”, de los viajes de la Tierra a la Luna también derivaron consecuencias técnicas útiles para el desarrollo de los vectores y bases espaciales actuales, pero esto se podría haber conseguido también de otro modo. Así están las cosas. El resto es espuma mediática.

La llegada del hombre a la Luna, una empresa sin grandes motivos... ni consecuencias

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Realidad real

Lola Martínez

A Daniel los Reyes le trajeron su primera Nitendo cuando tenía 12 años. Era un apasionado de los videojuegos, demasiado apasionado. Daniel, de hecho, pronto se convirtió en un adicto. Los estudios empezaron a irle mal, no quería salir de casa, engordó mucho.

La desintoxicación de los videojuegos no fue fácil para Daniel, que tuvo que ingresar en una clínica para su tratamiento. Sufría mono de las pantallas.

Estas situaciones las hemos visto en series, pero la historia de Daniel no es una serie. Hace unos días en la reunión que la OMS ha celebrado en Ginebra en su 72ª reunión anual ha incluido la adicción a los videojuegos en su lista de trastornos. En España el control y prevención de este tipo de enfermedades ya lleva meses incluido en la Estrategia contra las Drogas. El 18% de los jóvenes entre 14 y 17 años en nuestro país hace un uso excesivo de los videojuegos.

El abuso de los videojuegos es solo uno de los trastornos que está provocando la saturación digital. Saturación digital es una expresión que se está utilizando últimamente para describir la desconexión de la realidad real que nos acecha.

El lujo antes era la tecnología. Ahora el lujo es lo analógico, lo real, real. De un modo probablemente intuitivo nos rebelamos contra un exceso de virtualidad, y quizás por eso buscamos cámaras analógicas en los mercadillos, discos de vinilo, turismo rural en algún sitio donde cante un gallo con cresta y con plumas. Ahora lo offline, lo desconectado es tendencia. Podemos comprar por Amazon cualquier libro pero volvemos a las librerías, podemos saludar a todos nuestros amigos por WS pero de lo que tenemos nostalgia es de un desayuno o de una comida lenta con mucha sobremesa y mucha conversación, donde poder mirarnos a los ojos y poder tocarnos.

Este fin de semana he leído una estupenda columna de esa buena directora de cine que es Isabel Coixet. Coixet explicaba que cuando está en pleno rodaje de un proyecto, “hay un momento mágico en el que todo parece encajar y sientes que la cámara capta algo intangible, una corriente de amor que tiene que ver con la química y hasta con la metafísica. Minutos más tarde, me doy cuenta de que era un espejismo y de que tengo que seguir intentando plasmar algo que quizá es inalcanzable: la realidad en todas sus capas, compleja, inasible, complicada, rica, dura”. La realidad inasible, que no se puede aferrar del todo, dice Coixet, quizá eso es lo de que tenemos nostalgia en esta época virtual.

Realidad real

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Trabajar hoy en Venezuela

Rodolfo Casadei

Después de que la perspectiva de la caída del régimen de Nicolás Maduro dejara de parecer inminente, Venezuela ha dejado de ocupar las primeras páginas de la prensa. Para estar al día de la catástrofe económica, social y humanitaria que sufre este país latinoamericano hay que buscar informaciones en webs especializadas, y así podemos saber que este año se han producido 23.860 apagones eléctricos, que el 95% de los venezolanos no dispone de agua corriente continua, que el salario mínimo mensual es inferior al equivalente a cinco euros mientras que una familia necesitaría una cifra 30 veces superior para hacer la compra y sobrevivir, que productos básicos como azúcar, harina, papel higiénico son imposibles de encontrar durante varios días.

Así que cuando te enteras de que un venezolano (de orígenes italianos) va a hablar en un encuentro público, te esperas un grito de dolor y un llamamiento a la conciencia de la opinión pública del mundo entero. Pero no. Alejandro Marius, fundador y presidente de la asociación Trabajo y Persona, habla de “un irreductible deseo de bien”. No reserva ni siquiera una frase ni un pensamiento a la crisis política actual sino que cuenta lo que, con un término que ahora está muy de moda, muchos definirían como una historia de resiliencia. “Hace tiempo en Caracas hubo un apagón que afectó a toda la ciudad, una capital de dos millones de habitantes. Salimos a tumbarnos en el jardín para contemplar el cielo. Nunca había visto un cielo estrellado tan hermoso, una belleza que iluminaba dentro, en el alma”.

Qué hace Trabajo y Persona

La persona que dice estas cosas no es un soñador propenso a evadirse de la triste realidad, sino un directivo que ha renunciado a una carrera internacional para crear, hace diez años, una obra social comprometida en afirmar la dignidad de la persona y del trabajo mediante cursos de formación profesional y empresarial. Trabajo y Persona está presente en 14 regiones de Venezuela y colabora con entidades locales. No dispone de centros formativos propios, colabora con los que ya existen, como escuelas salesianas, universidades, cámaras de comercio, empresas locales o multinacionales, etc. Imparte cursos de peluquería, carpintería, mecánica, chocolatería y últimamente también de cuidados. “Debido a la emigración que en los últimos años ha hecho que muchos venezolanos salgan del país, en Venezuela hay ahora muchos ancianos que viven solos y sobreviven con el dinero que sus hijos y nietos les envían desde el extranjero. Necesitan cuidados, y si alguien puede ofrecerlos podría ganarse la vida de esta manera. Por eso hemos empezado con la formación en cuidados”.

Trabajar hoy en Venezuela

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>Entrevista a Pierbattista Pizzaballa

"A algunos judíos les fascina la figura de Jesús"

Aldo Cazzullo

Estamos delante del santo sepulcro con el hombre que lo custodió durante doce años, hasta que el Papa lo nombró arzobispo, confiándole el patriarcado de Jerusalén, “donde soy una especie de comisario prefecto”, dice con una sonrisa Pierbattista Pizzaballa.

Lleva 29 años en Jerusalén, ¿cómo es ser cristiano hoy en el lugar donde Cristo fue crucificado?

No somos perseguidos, como en Siria e Iraq, ni nos hemos extinguido como está sucediendo en el norte de África y en Turquía.

Pero después de la Segunda Guerra Mundial, en Palestina el 20% de la población era cristiana, ahora no llega al 2%.

Los cristianos tienen menos hijos. Y muchos se han ido a Occidente o América Latina. Tal vez la Providencia nos quiere pequeños. La época en que estamos en el poder, el tiempo de los bizantinos y los cruzados, fue la más difícil.

El Evangelio se pregunta si cuando vuelva el Hijo del hombre encontrará fe en la Tierra.

Sí, la encontrará. Como una comunidad recogida, vital y muy valiosa.

¿El Evangelio se refería al planeta o a Tierra Santa?

En Jerusalén, yo he aprendido que no se trata de elegir sino de sumar. Valen ambas cosas.

¿Realmente Jesús fue crucificado y sepultado aquí?

Pruebas científicas no las tendremos nunca. Pero es una creencia que dura ya dos mil años. Tenemos la tradición bíblica, la coherencia desde entonces hasta hoy, y el reconocimiento oficial de la Iglesia.

¿El Gólgota y la tumba no están demasiado cerca?

Era un lugar dañado, justo fuera de los muros, un lugar de muerte. Es verosímil que los sepulcros estuvieran en el lugar de la ejecución. Lo cierto es que se encontraron muchas cruces. Según la tradición, hicieron que las tocara un enfermo y la cruz verdadera le devolvió la salud.

¿Usted siente una fuerza especial en este lugar?

Sí, sobre todo de noche, cuando hay menos gente.

A veces la multitud es insoportable. Ahora mismo hay una mujer haciéndose un selfie delante de la cruz.

Algunos son turistas, no peregrinos. A veces se convierte en un mercado. Pero la intensidad de la fe de muchos contribuye a la potencia del lugar.

¿Quién es Jesús para los judíos?

Hay todo un abanico de posturas. Algunos lo consideran un falso profeta y aborrecen su nombre. A otros les fascina. Muchos defienden que un judío cambió la historia. Y hay una comunidad de judíos mesiánicos convencidos de que Jesús era realmente el mesías.

¿Usted se encuentra con ellos?

Sí, pero no reconocen a la Iglesia. Su idea es devolver a Jesús a los judíos. Algunos están fascinados y me hacen muchas preguntas sobre nuestra religión, pero no es fácil de entender. En parte por los contrastes seculares entre cristianos y judíos, en parte también por los dogmas.

¿Qué es lo más difícil de explicar?

La resurrección. Es durísimo hacer que acepten la resurrección de la carne. Una amiga judía me dijo: “Jesús es un personaje extraordinario, y lo seguiría siendo aunque no hubiera resucitado”. Pero sin la resurrección de Cristo –le respondí–, no existiría el cristianismo.

También hay católicos de lengua hebrea, ¿no?

Sí. Muchos nacieron aquí de inmigrantes filipinos e indios. Para ellos he traducido la liturgia al hebreo.

La Iglesia es considerada tradicionalmente filopalestina.

Bueno, es una Iglesia compuesta por árabes palestinos…

>Entrevista a Pierbattista Pizzaballa

"A algunos judíos les fascina la figura de Jesús"

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Una muerte impuesta por el Estado

Michel Houellebecq

El Estado francés ha logrado imponer lo que perseguía con ahínco y desde hace unos años también varios familiares, la muerte de Vincent Lambert.

Debo confesar que cuando la ministra de “Solidaridad y Salud” (en este caso valoro mucho la solidaridad) presentó un recurso de casación me quedé estupefacto. Estaba convencido de que el gobierno permanecería neutral en este caso. Después de todo, Emmanuel Macron había declarado poco antes que no tenía ninguna intención de implicarse. Pensé, estúpidamente, que sus ministros seguirían la misma línea.

Tendría que haber sospechado de Agnès Buzyn. A decir verdad, no me fiaba demasiado de ella desde que declaró que la conclusión que podemos sacar de las tristes historias parecidas a esta es que nunca hay que olvidarse de dejar por escrito, y con tiempo, las últimas voluntades (en realidad, hablaba como cuando uno recuerda a los niños que tienen que hacer sus deberes y ni siquiera se preocupó de precisar en qué sentido podían ir estas voluntades, como dándolo casi por descontado).

Vincent Lambert no había dejado ninguna disposición escrita. Circunstancia agravante, era enfermero. Debería saber, mejor que cualquier otro, que el hospital público tiene otras muchas cosas de las que ocuparse que de mantener con vida a los incapacitados (gentilmente recalificados como “vegetales”).

La sanidad pública está al límite y, si hay demasiados Vincent Lambert, corremos el riesgo de perder un montón de dinero (a propósito, me gustaría saber por qué: una sonda para el agua, otra para la alimentación, no me parece que eso suponga una intervención de alta tecnología, se podría hacer en el domicilio, se hace en la mayoría de los casos, y es lo que siempre han reclamado, a voces y con gran insistencia, sus padres).

Vincent Lambert vivía en un estado mental particular. Y no, no fue el centro universitario hospitalario quien le abandonó a su suerte, me sorprende darme cuenta. De hecho, Vincent Lambert no sufría dolores insoportables, no sufría en absoluto. Ni siquiera estaba al final de su vida. Vivía en un estado mental particular, sobre el que sería mucho más honesto admitir que aún no tenemos conocimientos precisos. No era capaz de comunicarse con los que le rodeaban, o lo hacía de un modo casi imperceptible (tampoco en esto hay nada extraño, su estado era parecido al que nos adentramos cada uno de nosotros al caer la noche). Su condición (esto es más raro) parecía irreversible. Escribo “parecía” porque he hablado con muchos médicos, por mí mismo y por otras personas (algunas agonizantes) y nunca, en ninguna circunstancia, un médico ha sido capaz de afirmar estar seguro, con una seguridad del cien por cien, de lo que iba a suceder. Pero también puede ser. Puede suceder que todos los médicos consultados, sin excepción, se hayan mostrado de acuerdo para formular un pronóstico idéntico: pero en mi experiencia nunca ha sucedido.

Una muerte impuesta por el Estado

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Las máquinas no saben de significados

Lola Martínez

Es tiempo de pre-matrículas y de matrículas para el próximo curso. Muchos apostarán por Administración y Dirección de Empresas, por Ingeniería informática o por Comercio y Marketing, ninguno de esos estudios en España tiene formación humanística. Algo muy diferente a lo que sucede en universidades como Oxford, la universidad de élite del Reino Unido que incluye en sus planes de estudio las lenguas clásicas, la filosofía, la literatura, y sus alumnos explican que esas materias que parecen no servir para nada les permiten entender mejor el mundo.

En España tener un título universitario no garantiza encontrar trabajo. En 2018, el 27,7% de los titulados que finalizaron sus estudios en 2014 no tenía empleo. Es un desafío en una situación como la que tenemos en plena Revolución Digital. En los próximos años muchos de los empleos en todas las escalas, que actualmente realizan los seres humanos, serán automatizados. Se estima que el 60% de todas las ocupaciones tienen al menos un 30% de posibilidades de automatizarse. Por eso es necesario reflexionar sobre el futuro del trabajo y de la educación. Es necesario plantearse cuál es el futuro de las universidades. Hay que tener en cuenta que el año pasado compañías como Facebook, Amazon y Google buscaron jóvenes que habían acabado el bachillerato para darles ellas mismas la educación superior.

En este contexto las humanidades, como en Oxford, quizás puedan rescatarnos. Ante el acelerado desarrollo tecnológico, ante la digitalización se hace más necesario todo lo que es propiamente humano: la creatividad, el pensamiento crítico, la inteligencia emocional, la capacidad de inspirar y de trabajar con otros, la capacidad de entender y valorar las cuestiones de sentido. Las humanidades nos dan habilidades para aprender a aprender. Esta habilidad es esencial, para que podamos ser capaces de reinventarnos, y las artes y humanidades son una ayuda imprescindible.

A más digitalización más humanización. La educación, capaz de desarrollar de forma integral a las personas (en lo emocional, en lo cognitivo y en lo social), no se puede concebir sin las humanidades y sin las artes. Son muchos los estudios que muestran el efecto beneficioso del arte en el aprendizaje de las matemáticas y la lengua. La música puede mejorar la capacidad de leer, escribir y aprender lenguas extranjeras. Canaliza nuestra curiosidad natural hacia la creación de lo nuevo y permite compartir significados complejos. A más digitalización, más humanización. Las máquinas no saben de significados.

Las máquinas no saben de significados

Lola Martínez | 0 comentarios valoración: 2  13 votos

A través de la pantalla

Lola Martínez

Israel ha vivido en las últimas semanas una intensa polémica porque una cuenta de Instagram, a nombre de un personaje ficticio, ha sido utilizada para contar en primera persona la historia de la Soah. Historias de Eva relata en primera persona –llena de etiquetas y emoticonos– la experiencia de una adolescente húngara conducida a las cámaras de gas en 1944. Las imágenes de @Eva.Stories en Instagram aspiran a mantener vivo ese recuerdo entre los nacidos en el actual milenio. Los partidarios aseguran que hay que utilizar las nuevas formas narrativas y los detractores aseguran que es un proyecto digital que, en su opinión, menosprecia a la juventud israelí.

“Una cuenta ficticia en Instagram de una chica asesinada en el Holocausto no parece el modo más correcto de contar las historias. Las historias de EVA reflejan hasta qué punto Istagram está cambiando las cosas. Pero el cambio de esta red social con 1.000 millones de seguidores es más profundo. Son ya muchos los que viajan y viven para poder colgar buenas fotos. Todavía no ha cumplido 10 años y esta app de fotografías y vídeos nacida en octubre de 2010 ya se ha convertido en el medio de comunicación dominante para muchos jóvenes.

Y esto ha cambiado la vida de muchos; según un estudio de Booking, el 21% de los viajeros españoles prefiere alojarse en establecimientos atractivos que puedan fotografiar y mostrar en redes sociales, el 19% aspira a convertirse en influencers viajando y el 13% busca alojamientos similares a los que escogen sus ídolos. Pero no solo eso: en la era del postureo un 7% de los viajeros españoles ha preferido publicar una foto más favorecedora de un viaje anterior en lugar de una tomada en el viaje que estaba haciendo; un 6% ha utilizado una foto de un alojamiento en el que no había estado. El esfuerzo por descubrir la cultura, la forma de vida o las gentes de un lugar ha dejado paso a montones de viajeros que hacen cola para inmortalizar el atardecer más codiciado sin tratar de conocer lo que están viendo.

Todos somos contadores de historias y cualquier herramienta que lo permita es buena. Otra cosa es que nos haya cambiado la mirada. Vamos súper preocupados por hacer la foto perfecta y terminamos viviendo a través de la pantalla del teléfono.

A través de la pantalla

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Esperando el #Me Too del islam

Fernando de Haro, Lahore

El comisario del servicio secreto militar me explica con mucho énfasis que en el islam no está permitido que el hombre lleve al descubierto la parte del cuerpo comprendida entre el ombligo y las rodillas. Lo hace levantándome la camiseta y tocándome las piernas. El clérigo de la madrasa (escuela coránica) donde sucede la escena mira al militar con satisfacción. La madrasa en la que hemos estado grabando hasta unos minutos es una de las históricas de Lahore, la capital del Punjab. En sus aulas, sentados en el suelo, con movimientos rítmicos, a gritos, los niños aprenden de memoria las suras del Corán. El interrogatorio del comisario, que nos obligará más tarde a abandonar precipitadamente Pakistán, demuestra quién manda en el país. Da igual que el primer ministro sea de un partido musulmán o un play boy populista. Quien rige los destinos de esta nación de más de 200 millones de habitantes, encrucijada de Asia, es la alianza entre islamismo y ejército que le dio su identidad. El comisario tiene que demostrar al clérigo que hace cumplir la interpretación más estricta del islam y el clérigo presta su apoyo al comisario. Hasta no hace mucho era frecuente en Lahore, la ciudad fronteriza con la India, que los hombres paseasen con pantalones cortos y zapatillas por sus parques. El avance del partido radical Tehreek-e-Labaik ha cambiado las costumbres. Islamismo sobre islamismo, sobre el de Ali Bhutto de los años 70, sobre el del general Zia de los años 80, sobre el islamismo que impulsó Estados Unidos para combatir en Afganistán a los talibanes.

Mientras escucho al comisario predicar se me viene a la cabeza el rostro de Sadaf, una niña de 12 años que horas antes acaba de contarme su historia. Sadaf usa un pañuelo que le cubre la cabeza, viste como una musulmana, o como una hindú. Muchos cristianos del Punjab no se distinguen por su ropa. Son el vivo retrato de lo que decía la carta a Diogneto. Sadaf tiene el rostro severo y la expresión tímida pero enseguida le sale el carácter. Sadaf me ha explicado que una compañera de clase le invitó el pasado mes de abril a pasar una tarde con ella. Después de resistirse durante un tiempo accedió. La invitación fue una trampa para que el hermano de su compañera, Sabtain, la raptara. A Sadaf la drogaron, la trasladaron a Faisalabad y allí Sabtain abusó de ella. Sadaf lo relata todo con aplomo, sin bajar la mirada. Después de la agresión sexual, recibió una instrucción rápida de nociones sobre el islam y fue forzada a convertirse. A la conversión forzada se unió un matrimonio también forzado con un expediente falso. Sadaf no quería ser musulmana y no quería ser una posesión de Sabtain. Así que en un nuevo traslado tuvo el coraje de saltar del autobús en el que viajaba. Huyó y pidió un móvil a una persona desconocida. Consiguió llamar a su padre que fue rápidamente a recogerla. Ahora ha vuelto a ser acogida en su familia. Sadaf, que ya no tiene la mirada de una niña, me explica que ella no quería dejar de ser cristiana.

Esperando el #Me Too del islam

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Convicciones sin realidad

Fernando de Haro

La miniserie Chernóbil de HBO ha hecho furor. Los cinco capítulos escritos por Craig Mazin y dirigidos por Johan Renck han ocupado el hueco dejado en la audiencia por Juego de Tronos. La pasión por lo sucedido en el reactor nuclear ha generado un extraño turismo de la catástrofe. Chernóbil es mucho más que un desastre nuclear. El accidente de 1986, la cadena de decisiones tomadas, la reacción del poder soviético, la respuesta de los científicos y de la población nos hablan del riesgo de la energía atómica, pero también de la fe y de la realidad, de una realidad negada, y de un pensamiento, de una creencia que construía/construye un sistema contra la experiencia.

Nos atrae la serie porque en estos tiempos de miedo y de incertidumbre refleja las consecuencias de un uso imprudente de la tecnología. Efectos que se prolongan en el tiempo más allá de lo que se puede imaginar. No es solo terror al átomo. La ficción da forma a ese fantasma de la sociedad del riesgo que llevamos en el alma y que puede tener mil maneras de concretarse. El temor está dentro de nosotros y sentimos cierta afinidad por los relatos que alimentan lo que el sociólogo Luhmann llamaba “la extravagante preocupación por las improbabilidades extremas”. Es improbable una invasión de migrantes, una muerte por epidemia generalizada, una violenta guerra en todo el planeta. Pero las distopías cinematográficas que insisten en mundos creados por sucesos de este tipo florecen. La afición que tenemos en este comienzo del siglo por las improbabilidades extremas de destrucción más que por las improbabilidades extremas de ser nos retrata.

Ha habidos algunas críticas que le han afeado a Chernóbil no haber reflejado de modo adecuado cómo funcionaba el poder soviético a mitad de los años 80. Probablemente no se le puede pedir a una serie capacidad suficiente para describir algo que era no solo un conflicto entre la verdad o la mentira, o entre los expertos y los burócratas. Los privilegios de las autoridades, la escasa estima por la vida humana y el abuso del Estado marcaron la reacción a la crisis. Pero el caso Chernóbil es más que todo eso. Es el momento en el que se hace evidente el choque entre la fe del hombre soviético y la realidad. Por eso es tan actual. Y por eso hay que volver a la lectura de Voces de Chernóbil. Con el imponente mosaico de testimonios que construye Svetlana Alexievich, en la que aparece la vida real, el amor, el sufrimiento de los que vivieron el accidente y de los que trabajaron cerca de la central, se comprende por qué, como dice uno de los protagonistas, lo ocurrido sirvió para “aprender a decir yo”.

El monólogo de Marat Filipovich, ex ingeniero del Instituto de Energía Nuclear, refleja el sistema de “doble verdad” en el que se vivía y que se parece, a pesar de que estamos en sociedades libres, al nuestro. El problema era la fe, una fe sin base alguna en la realidad.

Convicciones sin realidad

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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