Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
31 OCTUBRE 2020
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El trauma colectivo

Eugenio Borgna

¿Qué ha pasado en estos meses de cambios tan profundos en nuestra vida con la aparición y extensión de la pandemia? Quiero decir que en la génesis de lo que hoy sigue siendo un drama colectivo han concurrido dos factores: el aislamiento en casa, en residencias y hospitales, y el miedo, miedo al contagio y miedo a la muerte. La virulencia y la rapidez con que se ha difundido la pandemia han sido de tal magnitud que no han permitido tomar medidas inmediatas de prevención y tratamiento, estas han tenido que ceñirse a las consecuencias y, al menos en las primeras semanas de pandemia, no resultaron demasiado útiles. Solo en el momento en que la prensa empezó a mostrar imágenes desgarradoras de gente, y no solo ancianos, que moría en una soledad desértica, percibimos de manera dramática la presencia de una enfermedad de origen desconocido, de evolución imprevisible, y mortal.

De repente cambiaron nuestros hábitos de conducta y se prohibieron hasta los gestos más sencillos y afectuosos, como estrecharse la mano, hacer una caricia, acercarse a una persona enferma o a un amigo. La primera dimensión de lo que todavía hoy sigue siendo un trauma colectivo ha sido el aislamiento. Sus consecuencias psicológicas han sido mucho menos evidentes en los que son más proclives al diálogo interior y a la reflexión, a la meditación y al recogimiento, al silencio y la oración, que han dado un sentido a la pérdida de las relaciones sociales dando paso a todo ello en nuestra vida. Claro que, en la manera de enfrentarse al malestar causado por el aislamiento, también han influido factores como la edad y el lugar de residencia: en grandes ciudades, sobre todo en sus periferias, o en ciudades pequeñas, en casas con espacios amplios o en viviendas con espacios asfixiantes que no permitían la privacidad ni la autonomía.

Las semanas que vivimos aislados podían resultar de ayuda para conocer mejor nuestra vida interior, sus límites y confines, nuestras fragilidades y sensibilidad, pero también podían ser fuente de angustia, desesperación, nostalgia, memoria del corazón, arideciendo nuestras expectativas y esperanzas, y generando las raíces de un trauma colectivo que ni siquiera se apagó cuando la pandemia parecía reducir su intensidad.

La segunda dimensión de este trauma colectivo ha sido el miedo, miedo al contagio, miedo a la muerte, que ha despertado en nuestro interior. La muerte acompaña a la vida en muchas circunstancias dolorosas: la muerte natural, la muerte debida a una enfermedad o a un accidente, la muerte voluntaria. Y cada vez que aparece nos obliga a tomar conciencia de ella, con dolor, desesperación, resignación y oración. La muerte, que las pantallas de televisión nos mostraban en las semanas más duras de la pandemia, se ha visto dañada en su dignidad, en su intimidad, una muerte desgarrada y cosificada, una muerte que llegaba a menudo en una situación de aislamiento atroz. El silencio de la muerte, la soledad de la muerte, la dignidad y la piedad de la muerte, no aparecían en las imágenes que circulaban por las pantallas, que mostraban la humanidad torturada y lacerada por algo radicalmente ajeno al sentido de la muerte como otra imagen de la vida, como decía Rainer Maria Rilke.

El trauma colectivo

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>Entrevista a Marco Bersanelli

Nobel de Física. Agujeros negros, una energía "fuente" de preguntas

Los agujeros negros son los objetos astronómicos más sugerentes y los que despiertan más curiosidad. Su propia denominación tiene algo de fascinante y tenebroso al mismo tiempo, y su omnívora capacidad para engullirlo todo a su alrededor suscita una curiosidad temerosa. Ahora, con el anuncio del Premio Nobel de Física 2020, llegan a lo más alto del podio científico mundial, y a las portadas de todos los medios.

No es la primera vez que su extraño nombre circula entre los motivos de los premios de la Academia de las Ciencias de Estocolmo. Ya se comentaba cuando recibió el Nobel el físico italiano Riccardo Giacconi, padre de la astronomía de rayos X, que permitió identificar los primeros agujeros negros en los años 70, y volvieron a la palestra en 2017, cuando se premió a los descubridores de las ondas gravitacionales generadas en las profundidades cósmicas por la colisión entre dos agujeros negros.

Pero ahora el agujero negro ocupa el escenario entero, dividiendo en dos el monto del prestigioso premio. La mitad de la suma será para el inglés Roger Penrose, de la Universidad de Oxford, “por el descubrimiento de que la formación de agujeros negros es una robusta previsión de la teoría general de la relatividad”; la otra mitad la compartirán el alemán Reinhard Genzel, de la Universidad de Berkeley en California, y la estadounidense Andrea Ghez, de la Universidad de California en Los Ángeles, “por el descubrimiento de un objeto compacto supermasivo en el centro de nuestra galaxia”.

Hablamos con Marco Bersanelli, profesor de Astrofísica en la Universidad degli Studi de Milán, para que nos guíe por los senderos del espacio-tiempo en relación al significado y valor de este Nobel.

Los agujeros negros son los protagonistas de esta edición del Premio Nobel de Física. Los astrónomos siempre han intentado describir y explicar los fenómenos y cuerpos celestes  luminosos, objeto de posible observación. Pero los agujeros negros no se ven, ni siquiera con megatelescopios. ¿Cómo se llegó a pensar en su existencia?

La idea de que puedan existir cuerpos con un campo gravitacional tan intenso que impida incluso que emerja la luz no es nueva, se remonta a finales del siglo XVIII. Entonces se creía que la luz estaba compuesta por corpúsculos y sometida a las leyes de gravitación de Newton. Pero cuando se descubrió la naturaleza ondulatoria de la luz esta idea entró en crisis. Solo con la introducción de la teoría de la relatividad de Einstein, en 1916, este concepto se retomó y transformó en una hipótesis creíble, y al final consolidada desde el punto de vista físico. Einstein demostró que la gravedad es el efecto de la curvatura del espacio en torno a una masa: cuando mayor es el campo gravitacional, más pronunciada es la curvatura. Dos años después, gracias sobre todo al trabajo de Karl Schwarzschild, se hizo evidente que, dada una masa cualquiera, si esta masa está confinada dentro de una esfera de cierto radio crítico (el llamado “radio de Schwarzschild”), la curvatura del espacio es digamos completa. El espacio se cierra sobre sí mismo alrededor de esa masa. Entonces nada, ni siquiera la luz, puede escapar.

Pero entonces, si los agujeros negros no dan ninguna señal, ¿cómo se pueden estudiar?

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Nobel de Física. Agujeros negros, una energía "fuente" de preguntas

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Una lógica distinta

Maurizio Vitali

Lo tengo. No lo tengo. Me falta Pizzaballa. Es decir, el cromo de Pierluigi Pizzaballa, mítico portero del Atalanta, y de la Roma, Verona, Milán y de la selección italiana. Al empezar la temporada 63-64 los de Panini no le incluyeron en la colección en la colección de cromos porque no asistió a la sesión de fotos por un accidente, y el cromo faltó durante mucho tiempo. Luego volvió a imprimirse y se convirtió en uno de los más buscados. Aquello acrecentó su fama, que ya era considerable debido a su seriedad profesional y a su curioso apellido. Ahora su sobrino Pierbattista ha sido nombrado patriarca latino de Jerusalén. Igual que su tío es de origen bergamasco, franciscano y sacerdote por vocación, fue custodio de Tierra Santa de 2004 a 2016, administrador apostólico de la sede de Jerusalén (mientras estuvo vacante y llena de deudas) y ahora titular de la misma a todos los efectos, después de haber saneado sus cuentas.

El nombramiento de Pizzaballa ha pasado un poco desapercibido en un momento en que todo el espacio informativo está copado por el Covid, pero se trata de un hecho muy relevante al que conviene mirar. Pizzaballa es una presencia clave en la encrucijada entre el catolicismo y Oriente Medio, y también entre Occidente y Oriente Medio. Una presencia dictada por una lógica distinta a las de las potencias políticas. Quien haya pasado alguna vez por el Meeting de Rímini seguramente lo ha podido constatar en alguna de sus intervenciones, en 2007, 2011, 2014 y 2017.

Mirando esta presencia, uno queda impactado por ciertos rasgos inconfundibles. Ante todo, la perseverancia. “Me quedo” fueron sus primeras palabras como patriarca. Me quedo, sencillamente, en nombre de una Presencia que testimoniar. Luego se ve que de esta conciencia nace una inteligencia aguda de la realidad social y política y la posibilidad de ofrecer una contribución al bien común empezando “desde abajo”. “Me quedo para caminar entre vosotros y con vosotros, con fe y esperanza, esperando la Fuerza que viene de lo alto. No puedo sustraerme a la sugestión y al ‘peso’ de este verbo (quedarse). Es el verbo de la paciencia madura, de la espera vigilante, de la fidelidad cotidiana y seria, no sentimental y ni pasajera”. “Me quedo”, se entiende, en Jerusalén. Esta ciudad no es un detalle de la historia del mundo. “La Iglesia no puede vivir sin Jerusalén, y tampoco Occidente, porque nacieron allí. Y la tarea de los cristianos es estar allí y testimoniar esa presencia con la ‘p’ minúscula”.

Pero Jerusalén también es “el corazón del mundo, donde convergen todas nuestras aspiraciones, pero también las tensiones que hay en todo el mundo”, y la cuestión palestino-israelí, como recuerda Pizzaballa, sigue siendo decisiva aunque haya sido “eliminada de la agenda pública internacional”.

Una lógica distinta

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Pueblo y populismo en Fratelli Tutti

Antonio R. Rubio Plo

Se comprenden mejor los documentos e intervenciones del papa Francisco si tenemos en cuenta sus años de episcopado en Buenos Aires, una gran ciudad, capital de un país de enormes expectativas que fue devastado por las tormentas políticas y sociales durante gran parte del siglo XX. Por ejemplo, en 2010 el cardenal Bergoglio se refería al bicentenario de la patria en un documento que mencionaba además otras comunicaciones del episcopado argentino. Sin ir más lejos, en una de ellas se decía que "no podemos dividir el país de una manera simplista, buenos y malos, justos y corruptos, patriotas y apátridas". Esta fractura social, que hoy no parece superada en Argentina, resulta incompatible con los conceptos de pueblo y de fraternidad, muy presentes en el magisterio del actual pontífice y podría decirse, sin exagerar, que la fractura vacía de contenido la palabra "patria".

Esa situación guarda, sin duda, relación con el populismo, al que se refiere la encíclica Fratelli Tutti. Allí podemos leer que "la pretensión de instalar el populismo como clave de lectura de la realidad social tiene otra debilidad: que ignora la legitimidad de la noción de pueblo" (157). En efecto, el populismo es una de las expresiones de la polarización de una sociedad dividida, una elección inapelable entre un "nosotros" y un "ellos" que intenta privar al adversario de su condición humana. El populismo mata, aunque pretenda no estar haciéndolo, la propia idea de pueblo. No se puede esperar otra cosa de una ideología que en los últimos años ha crecido a izquierda y derecha.

La condición insana del populismo es denunciada en Fratelli Tutti (159): "Se convierte en la habilidad de alguien para cautivar en orden a instrumentalizar políticamente la cultura del pueblo, con cualquier signo ideológico, al servicio de su proyecto personal y de su perpetuación en el poder. Otras veces busca sumar popularidad exacerbando las inclinaciones más bajas y egoístas de algunos sectores de la población. Esto se agrava cuando se convierte, con formas groseras o sutiles, en un avasallamiento de las instituciones y de la legalidad". Los ejemplos históricos, y los actuales, están ahí. El populismo desconoce la posibilidad de la alternancia en el poder. Su mesianismo le hace confundir los intereses de los dirigentes con los del pueblo. Persuadido de haber encontrado una fórmula mágica para resolver los problemas de toda índole, pretende llevarnos, sin poder evitar la caricatura, a un pasado o a un futuro mítico, pues es incapaz de reconocer las dificultades del presente.

Pueblo y populismo en Fratelli Tutti

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>Editorial

Por elevación

Fernando de Haro

La política española se vio sacudida la semana pasada por un extraño discurso. Un discurso cada vez más sorprendente en ciertos ámbitos políticos europeos, colonizados por la polarización de los contrarios que se vive en Estados Unidos. La inoportuna moción de censura de Vox, partido afín a todas las formaciones antieuropeas, no tenía oportunidad de prosperar. No podía relevar en la presidencia del Gobierno a Sánchez. Su objetivo era reforzar al nuevo partido y ganar terreno a la derecha clásica del PP. Cuando su líder parecía arrinconado, pronunció una intervención rara en estos tiempos. Casado criticó la voluntad de crear bloques cerrados, de enfrentar, de romper la convivencia común. Palabras que en otro tiempo hubieron sido habituales. Sonaron nuevas después de que el polo de la izquierda y del nacionalismo se haya estado retroalimentado de las posiciones de una derecha cada vez más radicalizada por la aparición de Vox. Casado rompía de forma contundente con el partido que toma como referencia a Trump, que rechaza cada vez más a la Unión Europea. Hasta hace unos días, el líder del PP intentaba no perder votantes contemporizando con el partido que reclama un nuevo centralismo. Pero ha decidido que el mejor modo de ofrecer una alternativa no es confirmar el centrifugado de la vida política. De momento la rentabilidad en intención de voto no ha sido muy grande. No ha recuperado a muchos de sus antiguos votantes que se confirman en sus posiciones. Pero ha mostrado voluntad de romper la dialéctica de polarización entre contrarios que tanto daño ha hecho al país. Y ha desenmascarado la retroalimentación de los externos que favorece la radicalización de la izquierda. Otra cosa es que sea capaz de materializar su declaración de intenciones. No lo tiene fácil.

Vox, la tercera fuerza política en España, bebe de diferentes corrientes. Una de ellas, la menos dañina, es un nacionalismo español de corte conservador que antes estaba cómodo en el PP. Otras conectan con el tipo de reacción que llevó a Trump a ganar las elecciones en Estados Unidos hace cuatro años. También hay católicos que intentan copiar la respuesta de algunos católicos y protestantes estadounidenses a la llamada “hegemonía progresista”. Sensibilidades, como los de la izquierda populista, que reflejan el mismo fenómeno: el consenso en torno a los valores universales que sustenta la democracia ha ido adelgazando hasta llegar a la anorexia.

Hace cuatro años los resultados en ciudades como Kenosha (Wisconsin) o los suburbios de Detroit (Michigan) le dieron la victoria en el voto electoral, que no popular, a Trump. Eran zonas demócratas que apostaron por Obama en su momento y que votaron al republicano. Se ha descrito hasta la saciedad cómo el péndulo pasó de un lado a otro por razones emocionales, por un sentimiento de abandono ante los efectos de la globalización. No había ya una base común de valores compartidos que detuviera a los votantes ante las posiciones de Trump. Muchos vecinos de Kenosha, donde las protestas contra el racismo han sido respondidas con milicias privadas, tenían más motivos para estar enfadados que para buscar la moderación.

>Editorial

Por elevación

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Jesús también iba al colegio

Giuseppe Frangi

En la cripta de la catedral de Siena, a principios de la pasada década, tuvo lugar uno de los descubrimientos artísticos más extraordinarios de los últimos años. Liberando un espacio de los restos de una antigua obra de relleno por problemas en el coro de la catedral, aparecieron unos frescos extraordinarios de finales del siglo XIII. En algunas partes, esos frescos conservan una calidad cromática impresionante justamente porque han estado durante siglos “protegidos” de la luz y de otros agentes atmosféricos. Este ciclo es un documento precioso del inicio de la gran pintura sienesa, donde algunos expertos han llegado a reconocer en ciertas escenas al primer Duccio, y allí aparece una escena curiosa e insólita: un niño Jesús sentado en un banco de escuela con una tablilla escrita delante. Es un niño Jesús muy aplicado, que levanta la mano para hacer una pregunta al maestro que tiene delante. Es un tema extraño, pero no único. En Alemania, por ejemplo, en una de las vidrieras del siglo XIV de Nuestra Señora de Esslingen, en Stuttgart, el artista representa una escena bellísima de María llevando al colegio a Jesús niño, en este caso un poco reacio. De hecho, le agarra del brazo enérgicamente. Es probable que ambas escenas se inspiraran en el Evangelio de la infancia de Tomás, uno de los evangelios apócrifos. «Entró decidido en la escuela y tomó un libro colocado en el atril», se dice allí. Es bonito pensar en Jesús en clase durante estos días tan delicados e importantes para nuestros colegios. Él también pasó por las aulas, por los maestros, por los pupitres. Él también vivió esas actitudes opuestas de diligencia y pereza. Aquí el primero de la clase, allí un poco rebelde. Un alumno que causaba cierta preocupación a sus padres, aunque eran preocupaciones para las que todos los padres firmarían: Jesús sabía demasiado y dejaba sin palabras a sus maestros, como cuenta el Evangelio de Tomás. Es bonito ver que la escuela es una experiencia importante y decisiva para la historia y el crecimiento de una persona, tanto que hasta el hijo de Dios pasó por allí, como todos. Jesús también tuvo compañeros de clase, hizo deberes con ellos, escuchó las lecciones de los maestros. El hijo de María y José también aprendió a leer y escribir el arameo. Podemos imaginar que le gustaba el colegio, no por su naturaleza especial, sino porque el colegio es una experiencia que no puede no gustar, por mucho que cueste. Es el lugar donde se aprende a aprender. El lugar de los encuentros y de la apertura a la realidad, como dijo el papa Francisco, uno de los grandes forofos de la educación. “Ir a la escuela significa abrir la mente y el corazón a la realidad, en la riqueza de sus aspectos, de sus dimensiones. Y nosotros no tenemos derecho a tener miedo de la realidad. La escuela nos enseña a comprender la realidad. Ir a la escuela significa abrir la mente y el corazón a la realidad, en la riqueza de sus aspectos, de sus dimensiones. ¡Y esto es bellísimo!”, decía Bergoglio en 2014 a un grupo de estudiantes y profesores. Realmente, la escuela es mucho mayor que los miedos.

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Educación. Más allá del escepticismo de los adultos y las heridas de los jóvenes

Nicola Itri

Acaba de publicarse un libro de lectura ágil y agradable, escrito por Julián Carrón, bajo el título Educación. Comunicación de uno mismo, una contribución del presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación a la jornada convocada por el papa Francisco el pasado 15 de octubre bajo el lema “Reconstruir el pacto educativo global”.

Escribe Carrón en la introducción de este libro que “es difícil imaginar un reto mayor que el educativo. De hecho, el desconcierto domina en todas partes por el vértigo que experimentan los adultos (padres y educadores de todo tipo) y los jóvenes. La expresión «emergencia educativa» nunca ha estado tan cargada de significado como en estos tiempos. Por ello la iniciativa del papa Francisco para «reconstruir el pacto educativo global» es una ocasión para todos: «Todas las instituciones deben interpelarse […] asumiendo un compromiso personal y comunitario […] renovando la pasión por una educación más abierta e incluyente, capaz de la escucha paciente, del diálogo constructivo y de la mutua comprensión». Con este desafío chocan el escepticismo de los adultos y las heridas de los jóvenes. Las dificultades desbordan por todas partes. Hay quien propone acotarlas multiplicando las reglas y las instrucciones de uso, estableciendo normas y límites. Pero reglas e instrucciones de uso se revelan cada vez más incapaces de suscitar el yo, de despertar su interés hasta llegar a implicarlo en un camino que le permita crecer. ¿Y entonces? ¿Tenemos que tirar la toalla y declarar fallido el desafío? «Un imprevisto es la única esperanza», decía Eugenio Montale. (…) Por el contexto en que nos hallamos, se ha generado una sospecha; de hecho, en todos los ámbitos domina una desconfianza en las relaciones, con el consiguiente «basta» ante el riesgo de abuso y de manipulación de los pequeños por parte de los adultos, un riesgo propio de cualquier relación educativa. (…) Aunque, por un lado, esto va a hacer que resulte más difícil responder al desafío educativo, por otro lado –paradójicamente– podrá revelarse como una oportunidad extraordinaria para nosotros los cristianos: podremos testimoniar la sobreabundancia que experimentamos en la relación con Cristo, de la que brotan la libertad y la gratuidad en la relación con el otro”.

Después de la introducción, el primer capítulo del libro se titula “La educación es comunicar el sentido de la vida; no es una palabra, es una experiencia”, y es la transcripción de un discurso que Carrón pronunció con motivo de la inauguración de la escuela Oliver Twist en Como el 19 de septiembre de 2009.

Carrón parte de un hecho sucedido en una escuela para extranjeros en Dublín, donde solo el director lograba comprender a un joven francés que las había liado pardas. “Hizo falta un hombre que no tuviera miedo de arriesgar”, comenta Carrón, “que no se limitara a dar lecciones sino que le retara a tomarse en serio su corazón, mostrándole un modo desconocido para él de mirar la realidad”.

Educación. Más allá del escepticismo de los adultos y las heridas de los jóvenes

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CRISPR-Cas9: una técnica para un Nobel de Química

Nicolás Jouve

Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna han recibido el Nobel de Química por sus investigaciones en el sistema CRISPR-Cas9 como herramienta de “terapia génica” para la curación de enfermedades importantes. Realmente se podría decir que el “padre” de esta técnica es el español Francis Mojica pero la academia sueca ha preferido premiar a quienes han desarrollado las herramientas de edición genética más que a su descubridor. Con tal motivo hemos querido “recuperar” este artículo del profesor Jouve en donde describe el descubrimiento, potencialidad y desafíos que la técnica CRISPR/Cas9 ha aportado.

Hace más de veinte años que el microbiólogo ilicitano Francisco Juan Martínez Mojica, que firma sus publicaciones como Francis Mojica, descubrió que unos microorganismos que habitan en las salinas de Santa Pola (Alicante), las arqueas de la especie Haloferax mediterranei, poseen en su genoma unas cortas secuencias de ADN, repetidas regularmente e interespaciadas, a las que dio el nombre de CRISPR, que en combinación con una enzima llamada Cas9 constituye un sistema de defensa frente a ADN extraño que pudiera invadir su ambiente intracelular [1]. Este descubrimiento es doblemente trascendental, tanto por el interés básico que encierra como por sus potenciales aplicaciones.

En primer lugar por desvelar que no solo los seres más evolucionados han desarrollado sistemas inmunológicos para defenderse de los miles de agentes agresivos que limitan su existencia. El trabajo de Mojica demostraba que también los procariotas unicelulares, archaeas y bacterias, poseen un sistema para defenderse de sus enemigos naturales, usualmente ADN invasor procedente de virus (bacteriófagos), plásmidos u otros orígenes. La primera vez que un ADN extraño entra en el ámbito citoplásmico de una bacteria o una archaea, el ADN invasor se trocea y los pequeños trocitos se integran en el genoma de la bacteria, justo en los espacios intercalares que median entre las secuencias repetidas del sistema CRISPR. Estas pequeñas secuencias de ADN invasor se denominan protoespaciadores y serán utilizadas para defenderse de una ulterior entrada de ADN del mismo agente invasor. La denominación Cas9 se refiere a una enzima que corta el ADN invasor. De este modo, cuando se produce el segundo ataque o posteriores de ADN extraño, la bacteria expresa la región CRISPR. Es decir genera una molécula de ARN mediante el ensamblado de bases nucleotídicas complementarias del ADN previamente integrado, los protoespaciadores. Esta molécula será procesada para dar lugar a varios ARN más pequeños denominados crARN (CRISPR ARN) cada uno de los cuales llevará información de un protoespaciador distinto y una parte de las secuencias repetidas. Lo que va a ocurrir a continuación, es que cada crARN se unirá a otro ARN del sistema denominado transactivador y juntos formarán un complejo con la enzima Cas9. El protoespaciador presente en cada complejo dirige al conjunto hacia las secuencias del ADN invasor, reconoce las bases homólogas presentes en él, hibrida con ellas y promueve su degradación por medio de la enzima Cas9. Se trata de un sistema inmunológico magníficamente ordenado y su descubrimiento se debe a la excelente y meticulosa investigación de Francis Mojica [1].

CRISPR-Cas9: una técnica para un Nobel de Química

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Una nueva "Pacem in terris"

Massimo Borghesi

“Fratelli tutti”, la encíclica recién publicada, hay que leerla con atención para comprenderla adecuadamente. De hecho, corremos el riesgo de una banalización mediática que, centrándose en dos o tres puntos, reduzca este documento a una serie de intenciones piadosas. Se trata, sobre todo, de precisar el horizonte en el que se sitúa: un mundo que se precipita hacia destinos de guerra. Los Papas no escriben encíclicas sobre la fraternidad para una tierra tranquila.

La Pacem in Terris de Juan XXIII salió después de que, con la crisis de los misiles en Cuba, estuviéramos a dos pasos de la tercera guerra mundial. No es el caso actual, afortunadamente. Sin embargo, resulta innegable que la crisis de la globalización, el enfrentamiento cada vez más insistente entre bloques (EE.UU, China, Rusia), el continuo combate de guerras por diversas vías, el terrorismo religioso, etc., están configurando un mundo altamente inestable, a punto de estallar.

Hay que añadir las grandes disparidades económicas, la tragedia del Covid con sus efectos en los países más pobres, la inmigración. El cambio de época asiste, después del 89, a un progresivo desmoronamiento de los esquemas y contrapesos que la humanidad había previsto tras la enorme tragedia de la segunda guerra mundial, desde los grandes organismos a la declaración de derechos universales o el proceso de unificación europea. Todo se descompone: la ONU, la UE, el vínculo entre EE.UU y Europa, mientras que el relativismo cultural tiende a exaltar el particularismo y el aislamiento. El espíritu de los tiempos eleva el maniqueísmo en todas sus formas: política, económica, religiosa. Por todas partes resurgen las barreras, antiguas diferencias y viejos nacionalismos.

En este contexto es donde Francisco lanza el sueño de una fraternidad renovada entre pueblos y personas: fraternidad religiosa, política, económica, social. Un sueño análogo al de Martin Luther King, cuyo nombre aparece citado al final junto a los de san Francisco, Gandhi, Desmond Tutu, Charles de Foucauld: “I have a dream”. No se trata de ceder ingenuamente al espíritu utópico, a la filantropía humanitaria, como lamentan los críticos del Papa. Francisco es un realista que conoce perfectamente la crítica de san Agustín a la teología política, a la confusión entre el Reino de Dios y el reino de los hombres. Pero es un realista que sabe que el realismo, si no quiere ser cínico, debe ir siempre más allá, debe arriesgar un proyecto ideal, debe abrir a la esperanza. El cristiano es un hombre con esperanza y no con resignación. El auténtico realismo es un real-idealismo. Por eso, Fratelli Tutti representa en este momento una poderosa roca en el pantano de las ideas, de la política, de una fe estancada.

Una nueva "Pacem in terris"

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Buscando razones

Fernando de Haro

La segunda ola del virus, que ya se extiende por toda Europa, se topa con la fatiga. El Centro Europeo de Control de Enfermedades tenía registrados a mediados de septiembre 2,3 millones de contagiados en el Viejo Continente. Ahora son casi el doble. Hubo en la primera ola responsabilidad para aceptar un confinamiento duro, confianza no en los políticos, pero sí en el personal sanitario y en el resto de la sociedad. Hubo solidaridad espontánea. Ahora aparecen, con mucha más rapidez, la irritación y las reacciones individualistas. Lo saben bien los que trabajan en los hospitales y en los centros de salud. Lo apuntan las encuestas. El cuadro es especialmente acusado en España donde se salió mal del encierro, apenas hubo transición entre la primera y la segunda ola y la polarización política sigue disparada

Seguramente es inevitable que suceda algo así. Por más que se advirtió que esto sería largo, nos habíamos imaginado un final, un momento en el que todo se acabaría. Desde luego no ha ayudado la expresión “nueva normalidad” que nos ha invitado a poner límites temporales. Curiosamente ahora ya casi no se habla de lo que hemos aprendido y de cómo será el mundo después de la pandemia. Muchas de las energías iniciales han desaparecido. Y son las razones de carácter moral, que fundan esas energías, las que más necesitamos.

Se han hecho avances en el conocimiento sobre la propagación y en la respuesta médica. Pero a la hora de aclarar cómo convivir con el virus del modo menos dañino posible, la razón científica sigue sin encontrar un suelo firme. A partir de determinado grado de incidencia, si la capacidad de rastreo se ve superada, solo son útiles los confinamientos para frenar la transmisión comunitaria. Es la tesis de la OMS y de buena parte de la comunidad médica. Tesis rebatida por la Declaración de Great Barrington de hace unos días que ha apostado por suprimir los confinamientos, dejar circular el virus, hacer una protección focalizada a los más vulnerables y lograr la inmunidad de rebaño. El documento ha sido impulsado por expertos de Harvard, Oxford y Stanford. En ayuda de esta posición, completamente heterodoxa, ha venido David Nabarro, profesor del Instituto del Imperial College de Londres y asesor especial del secretario general de la OMS. Nabarro sostiene que los confinamientos solo sirven para ganar tiempo y que, si son generales, aumentan la pobreza. Días antes, el FMI, en su documento ‘The Great Lockdown: Dissecting The Economic Effects’, sostenía lo contrario. Sus expertos defendían que permitir la movilidad cuando hay una circulación significativa del virus podía ser más negativo para la economía que un confinamiento temporal.

No hay evidencias científicas para la segunda ola. Seguramente el progreso tecnológico nos ha acostumbrado a pensar que el desarrollo del conocimiento tiene los mismos tiempos que el desarrollo de una herramienta. Y son dos cosas diferentes. Desde marzo hemos visto cómo la biología se imponía a la tecnología. Y, sorprendidos y alertados, descubrimos que los tiempos de la razón, también de la científica, no son igual a cero.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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