Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
16 JULIO 2019
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>Editorial

¿Libertad para todos?

Fernando de Haro

Este martes sabremos hasta dónde llegará la obstinación de los socialistas en el Parlamento Europeo para bloquear la designación de Ursula von der Leyen como presidenta de la Comisión Europea. Recurren para vetarla al argumento de que no era uno de los llamados spitzenkandidaten (los aspirantes presentados a las elecciones por los partidos). En el Parlamento Europeo ha suscitado el lógico enfado que el Consejo Europeo de hace unos días no respetara el sistema utilizado hace cinco años. Entonces el Consejo sí tuvo en cuenta el hecho de que Juncker hubiera sido designado previamente y estuviera al frente de la lista más votada. Pero quizás sea precipitado calificar lo que ocurre como la enésima crisis provocada por “el déficit democrático” de las instituciones europeas que dan la espalda a los ciudadanos. La alianza inicial de socialistas y liberales, apoyada hasta determinado momento por Macron, sí tenía en cuenta a los spitzenkandidaten. Proponía a Timmermans como presidente de la Comisión, que había sido anunciado como aspirante. Pero esta fórmula también implicaba darle la espalda a lo que habían decidido los electores. Suponía nombrar como presidente de la Comisión a un socialista y los socialistas no fueron la opción más votada en mayo. El hecho de que no se haya respetado el sistema de spitzenkandidaten no significa que el pacto de los jefes de Estado y de Gobierno esté en contra de lo que votaron los electores europeos. El acuerdo respeta más el resultado de los comicios que lo pretendido por los socialistas. Quizás esa sea la razón y su pragmatismo lo que llevó a Macron a “conformarse” con poner al frente del Banco Central Europeo a la francesa Lagarde. Será ella quien decida las cuestiones más esenciales.

En cualquier caso, estamos ante una tormenta en un vaso de agua. Hay dos cuestiones mucho más decisivas. Desde el punto de vista institucional, lo relevante es que el Gobierno del euro sigue sin construir. Desde el punto de visto cultural, lo esencial es que seguimos sin superar la crisis de onda larga que provocó la llegada de refugiados en 2015.

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¿Libertad para todos?

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Un deseo no formal de diálogo entre Putin y el Papa

Giovanna Parravicini

Hace unos días un destacado representante de la diplomacia vaticana me desveló una “confidencia” del papa Francisco sobre las visitas de jefes de Estado: “Las cuestiones de política internacional las tratan abajo, en el sótano, con la Secretaría de Estado. Cuando llegan a mí suelen preguntarme otras cosas, cosas personales, a veces hasta me interpelan para saber si Dios existe de verdad. Y, honestamente, estas cosas son las que más me interesan”.

En el décimo aniversario de la instauración de plenas relaciones diplomáticas entre Rusia y la Santa Sede, el presidente ruso ha visitado por tercera vez al papa Francisco (es su quinta visita al Vaticano). Evidentemente, haber sacado tiempo para una cita con el Papa dentro del intenso programa de la jornada romana de Putin indica ya un interés no formal por este encuentro.

Hablar de “interés no formal” no significa, evidentemente, reducir el coloquio a una dimensión intimista, de “confesionario”, sino al contrario, reconocerle un respiro más amplio, global, respecto al ámbito estrictamente político. Un interés “no formal” que existe por ambas partes, y ciertamente por parte del Papa –como dijo recientemente en una entrevista monseñor Paolo Pezzi, arzobispo metropolita de la Madre de Dios en Moscú–, que no pierde una ocasión para hacer “que haya una implicación lo más amplia posible para ayudar a la presencia de los cristianos, sostener un proceso de paz, favorecer la salvaguarda de la casa común, nuestra tierra”.

No es casual que precisamente sobre el aspecto de la “globalidad” del interés de este encuentro hayan insistido estos días, entre las diversas entrevistas y declaraciones en los medios de comunicación, dos figuras pertenecientes a ambas “partes”. Por un lado, el embajador ruso en el Vaticano, Aleksander Avdeev; por otra, el secretario de la Conferencia Episcopal católica en Rusia, el padre Igor’ Kovalevski. Este último deseó que “el encuentro pueda contribuir a la solución de los problemas globales que se plantean en la civilización actual –no solo los problemas políticos, sino cuestiones más amplias– y que el diálogo abra un camino humano independientemente de las respectivas visiones políticas y pertenencias confesionales”.

Es cierto que en la agenda había temas de política internacional como Siria, Venezuela, Ucrania, pero, como señalaba también monseñor Pezzi, se puede “imaginar que sobre la mesa de confrontación no faltaron los temas preferidos del Santo Padre: el progreso hacia la paz, la salvaguarda de la casa común, la defensa de lo creado”.

A propósito de “interés no formal” tampoco será casual que, al margen del encuentro entre el presidente ruso y el Papa, se haya firmado un acuerdo de colaboración entre el ministerio ruso de Sanidad y las estructuras pediátricas del Vaticano, que prevé –además del tratamiento en el hospital del Niño Jesús de pequeños pacientes con patologías raras (incurables en su país) procedentes de Rusia– una serie de intercambios a nivel de nuevas tecnologías, investigaciones científicas y experiencias médicas. Siguiendo el espíritu de Francisco y de su caridad operativa, pero también las nuevas aperturas al voluntariado y a la solidaridad que se observan en la sociedad civil rusa. Que sin duda Putin no habrá dejado pasar inadvertidas.

Un deseo no formal de diálogo entre Putin y el Papa

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Guardini. La libertad es el auténtico "efecto Europa"

Monica Scholz-Zappa

Las grandes preguntas de la historia suelen tener su origen en biografías sufridas, como la de Romano Guardini (1885-1968), entre su pertenencia a su Italia natal y su patria cultural alemana, donde creció. La cuestión de Europa se planteó con fuerza en él cuando tuvo que elegir el país donde quería desarrollar su profesión de docente. “Di el paso hacia Alemania con la conciencia de ser europeo”, declaró. ¿Qué podía significar para él entonces (estamos en 1911) dar ese paso con la “conciencia de ser europeo”?

En su discurso de agradecimiento, en 1955 en la Universidad de Mónaco de Baviera con motivo de su 70º cumpleaños, Guardini decía que “el nacionalismo ha causado sin duda bastantes desastres; sin embargo, surge a menudo el interrogante sobre si, con su desaparición, la pertenencia al propio pueblo y Estado no se haría más débil o, mejor dicho, más insegura, más abstracta”. La originalidad de la respuesta que él dará en aquella ocasión no solo representa el fruto de un camino recorrido sino la exhortación implícita a una comprensión de la “cuestión Europa” más viva y turbulenta que nunca. “Se me había hecho evidente para comprometerme personalmente en esa realidad cuyo nombre hoy está en boca de todos, pero de la que entonces nadie hablaba: el hecho ‘Europa’. Pero entonces lo reconocía únicamente como la base sobre la que podía existir: esa realidad ‘Europa’ que sin duda nace de necesidades históricas pero también de la vida de aquellos que viven esa experiencia en su propia existencia”.

En primer lugar, destaca la intensa implicación personal, ese “comprometerme personalmente” que es la clave de su vida. Compromiso no solo en la búsqueda de una ciudadanía, sino de una identidad; lealtad con esa dolorosa tensión, esta polaridad intrínseca de la realidad y del propio yo. Pues la cuestión de la ciudadanía y de la vocación europea son para él, en el fondo, el signo de una pregunta más profunda que le mueve en lo más íntimo: la pregunta sobre la identidad, sobre el espacio de una “fidelidad” y una “pertenencia”. Guardini habla de un “hacerse evidente”, de un reconocimiento. Reconocer algo que está, algo llamado a aclararse, a hacerse claro, una especie de “Europa en él” como criterio de una posible correspondencia.

Durante una reunión del movimiento juvenil de Quickborn, en 1923 en Grüssau, en una época oscurecida por la llegada del nacionalsocialismo, Guardini observaba que “hay un cierto número de personas para las cuales, como consecuencia de su desarrollo, el plano espiritual de Alemania es demasiado pequeño, que reflexionan sobre su núcleo esencial, perciben estar en el plano de Europa (…) Nosotros vemos la ‘Europa viviente’, que ha salido a flote, que vive y ejerce su influjo en un cierto número de personas”.

Guardini. La libertad es el auténtico "efecto Europa"

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Los antivacunas y la epidemia irracional

Lola Martínez

El Colegio de Médicos de Madrid hace unos días inhabilitó a la doctora Isabel Bellostas durante 364 días por una falta grave por “divulgar tesis no avaladas y contrarias a la evidencia sobre el origen y las causas del trastorno del autismo”.

La suspensión del ejercicio de su profesión se produce por una denuncia de la Confederación Autismo España y es la primera sanción de esta clase vinculada a las vacunas y el autismo. Esta médico mantiene en varios escritos y entrevistas que pueden encontrarse en Internet tesis completamente contrarias a la medicina. Isabel Bellostas defiende que las vacunas provocan autismo. No contenta con eso la doctora asegura en sus videos que la varicela no tiene importancia. La varicela puede ser grave, especialmente para los bebés, las mujeres embarazadas, los adolescentes, los adultos y las personas con el sistema inmunitario debilitado. No habría doctoras como la doctora Isabel Bellostas o no le haríamos caso si no se hubiera difundido en los últimos tiempos una especie de confianza en la pseudociencia que parece superstición. Uno de cada cinco españoles ha usado para cuidar su salud productos y técnicas que carecen de utilidad demostrada contra dolencias o enfermedades.

Es muy curioso que en este comienzo del siglo XXI, en el que debería reinar una racionalidad científica, las supersticiones sin base alguna tengan tantos seguidores. En muchas ocasiones, nosotros que somos una sociedad modernísima, no confiamos en la razón científica. En teoría un hombre moderno es un hombre que confía en la razón científica y solo en la razón científica. Pero según las últimas encuestas, un 14,7% de los españoles cree en los horóscopos, un 22,9% en los curanderos y un 27,6% cree en los números y en cosas que dan suerte. Ahí están los grandes negocios con el tarot. Parece que los españoles estamos entre los europeos más supersticiosos por delante de italianos, alemanes y franceses.

Esto parece estar en contraste con el hecho de que España sea uno de los países que más rápido se ha secularizado. A lo mejor no es tan contradictorio, a lo mejor es que el abandono de las tradiciones religiosas, que subrayaban la necesidad de usar la razón y la cabeza, tiene que ver con este avance de las pseudociencias y de la pseudo-religiones. Así lo explicaba por lo menos ese gran escritor que fue Chesterton. En cualquier caso hay dos tareas pendientes: salvar la razón médica de los antivacunas y salvar la razón a secas. No va ser fácil.

Los antivacunas y la epidemia irracional

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Cuando ser madre te hace daño

Lola Martínez

Kelly Martínez vive en un pueblo de Dakota del Sur con poco más de 2.000 habitantes. Dejó los estudios para poder ayudar a su madre, en quimioterapia por un cáncer. A los 20 años se quedó por primera vez embarazada, alquiló su vientre para que una pareja de franceses tuvieran dos hijos. Años después lo volvió a hacer, pero ahora confiesa que haber sido madre de alquiler le ha dejado profundas heridas.

Kelly Martínez recorre el mundo con la plataforma Stop Surrogacy Now, dando charlas para concienciar sobre el destrozo que suponen los vientres de alquiler. La última experiencia de Kelly fue la más dolorosa. Un joven matrimonio la contrató para que gestara una pareja de mellizos, un niño y una niña. Las cosas no salieron como se habían planeado y Kelly quedó embarazada de dos chicos. La pareja que la había contratado no quería aceptar a los dos niños. Llevaba 35 semanas de embarazo cuando los riñones y el hígado empezaron a fallarle. Kelly contrató sus servicios a través de una agencia y no supo del destino de los niños que había gestado y alumbrado.

Los bebés son abruptamente separados de las mujeres que ellos reconocen como sus madres por el olor, el latido y el tono de voz.

En Ucrania, las leyes respaldan a los padres contratantes, que firman cláusulas en las que se puede concretar el derecho al aborto sobre la madre gestante, o abandonar el ‘producto-bebé’ si no cumple sus expectativas.

El Tribunal Supremo alemán ha sentenciado precisamente esta semana que una mujer no puede ser reconocida en Alemania como madre de un hijo si éste ha nacido de un vientre de alquiler a menos de que lo adopte formalmente.

A juicio de la corte alemana, al recién nacido –que fue llevado a Alemania con consentimiento de todas las partes poco después del parto– se le debe aplicar el derecho alemán, que no permite la gestación subrogada y que reconoce legalmente como madre sólo a la persona que da a luz.

Cuando ser madre te hace daño

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«Busco lo nuevo braceando en las profundidades de lo conocido»

Guadalupe Arbona Abascal y Juan José Gómez Cadenas

Por su interés, publicamos la entrevista de Guadalupe Arbona Abascal y Juan José Gómez Cadenas al escritor Jesús Carrasco, publicada en Jot Down.

Tarde lluviosa de abril. Carrasco acaba de aterrizar en Madrid, viene de Edimburgo y dice que allí hacía mucho mejor tiempo que aquí. Han cambiado las tornas. Delgado y con un bigote llamativo, es austero de expresiones. La dulzura la lleva dentro, y la descubre como si fuese una cinta que deja resbalar ante sus interlocutores, estos la van viendo deslizarse y ofrecerse, lo hace al ritmo que exige la amistad. Así la conversación va haciéndose cordial, con sosiego y delicadeza, sin precipitaciones. Entonces sí se puede ver su sonrisa y su fuente oculta: el aprecio sincero por personas y cosas. Todo sin alharacas. Comenzamos la conversación en la cafetería del restaurante Mutis, en la calle López de Hoyos. Nos sentamos en una mesa del comedor, cara a cara. Él sin papeles. Está acostumbrado a la precisión y no dice ni una palabra de más ni una de menos, casi no hay que corregir nada de la grabación. Como su físico es escueto, también lo son sus palabras, acertadas y claras. Solamente después en la cena distendida, ríe, cuenta, anuncia, dice de sí, sin dejar de preguntar a los que tiene delante. Sus gestos nacen de la mirada de un hombre que ama lo familiar y aprecia las cosas sencillas. La velada se hace corta.

¿Quién es Jesús Carrasco?

Pues este que veis.

Hace unos meses publicabas un artículo en El País confiando algo de tu infancia.  Contabas cómo tus padres se dedicaban a encuadernar libros para ganar algo más y poder sostener la familia numerosa que erais. Los encuadernaban con trozos del vestido de novia de tu madre. ¿Era este artículo una forma de agradecimiento? ¿Un reconocimiento?

Todo eso y, además, un encargo. Me pidieron un artículo, busqué varias alternativas y, después de manejar varios temas, encontré este que, digamos, flotó. Porque es una historia que a mí siempre me ha enternecido, me pareció hermosa y al mismo tiempo muy triste, muy dramática porque contiene muchos elementos de la vida del país, de la historia reciente de España, de cómo las personas, la gente normal y corriente, se han tenido que manejar en un momento en el que nuestros padres venían de la guerra y nosotros llegábamos a la democracia. En esta pequeña anécdota familiar, que para mí es muy hermosa y dura también, se recogen todos esos elementos del contexto. Me pareció que era rica y también bella. Y es absolutamente cierta. Casi podría parecer un relato de pura ficción, pero es real, el vestido de mi madre terminó hecho trocitos. Ese ha sido mi entorno familiar, yo he crecido entre esos libros, libros deshechos, cubiertas, herramientas de encuadernador, los olores de los materiales que empleaba mi padre, que eran muy humildes. Me acuerdo de que el adhesivo que utilizaba era engrudo, un pegamento absolutamente básico, harina cocida, con un olor muy particular.

¿Y eso funcionaba?

«Busco lo nuevo braceando en las profundidades de lo conocido»

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>El kiosco

Reparar lo que se ha roto

Elena Santa María

Cuando las elecciones parecen cada vez más lejanas, estamos asistiendo a un penoso espectáculo de “pactos”. Pero, “¿quién pacta con el enemigo?”, se lo pregunta Fernando Vallespín en El País. “Este es el residuo que ha dejado tras de sí la nueva ola populista, que ha contagiado a los demás partidos su visión schmittiana de la política y la glorificación del enfrentamiento existencial. La polarización sataniza a los adversarios e inmuniza, en consecuencia, frente al entendimiento. Las palabras, los relatos, importan. Son actos performativos. No es fácil pactar con alguien al que previamente has calificado de felón. Y esto hace que se cree una burbuja en el precio de los escaños si se busca la transversalidad”, añade.

Pero en este contexto, Manuel Valls y Nicolás Redondo Terreros creen que tenemos una gran oportunidad. “Hoy en sucesivas elecciones, los ciudadanos españoles han abierto la posibilidad de volver a esa política de entendimiento en las grandes cuestiones que nos afectan, y rechazarla sería una gravísima frivolidad, sólo entendida por el triunfo entre nuestros políticos del egoísmo tribal sobre los intereses generales. Tal vez iría mejor a todos los españoles si nuestros representantes pusieran más interés en imitar a sus antecesores que en nombrarlos, muchas veces exclusivamente para tapar alguna vergüenza”.

¿Son esas grandes cuestiones comunes? ¿Qué es lo que nos afecta? “Estoy bien, tranquila, normal, y entonces una mala noticia, la enfermedad de un amigo o una reprimenda de mi jefe hacen que me hunda, que me sienta pequeña y llena de angustia”. Son las palabras de una lectora que reproduce Rosa Montero en El País Semanal. Montero entiende bien la sensación. “Cuando nos muerde el miedo, no suele ser por estos motivos de sobrado peso, sino por locuritas. Miedo a quedar mal. A que no te quieran. A hacer el ridículo. Miedo a que se demuestre que no vales lo suficiente, que no sabes, que no sirves, que eres una impostora (ay, el estúpido síndrome del impostor, padecido mayoritariamente por mujeres). Miedo a que te odien, exacerbado por la ponzoña de las redes. Pero también: a que te despidan, a que tu pareja te abandone, a que tu hijo se drogue. (…) Miro hoy hacia atrás y me doy cuenta de que esos soponcios silenciosos forman parte de la vida de muchos. De que, para bastantes personas, vivir es ir cayendo de cuando en cuando en esos pozos”.

Alba Carballal, en El Norte de Castilla, da un paso más. “Santiago Alba Rico escribió una vez que un polvo rápido es muy frustrante cuando uno busca un abrazo largo, y tiene razón: frente a la acumulación y el coleccionismo de cuerpos ajenos, la verdadera apuesta radical pasa por la construcción en común, por los cuidados y por la reparación delicada de lo que se ha roto. Pero el Escorial no se levantó en un día, y hoy nos faltan horas; no ya para imaginar una vida en común, sino para crear un relato que nos permita narrarnos en plural”.

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Reparar lo que se ha roto

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A la espera de otra FP

Lola Martínez

Carlos tiene 26 años, al acabar el bachillerato empezó el grado de filosofía en la Universidad de Málaga. Le gustaba la materia y quería ser profesor.

Pero al llegar a segundo, a Carlos le faltaba motivación y acabó abandonándola. Después de lo que él llama un año sabático, decidió hacer una FP de técnico de sonido, esta sí la acabo, pero ahora trabaja de camarero y ha empezado una nueva FP de programador con la esperanza de encontrar un trabajo mejor. No se plantea retomar los estudios universitarios, cree que lo de intentar hacer filosofía fue consecuencia de la inmadurez.

Carlos es uno de los muchos españoles que abandonan los estudios universitarios. En España tenemos un alto abandono escolar, somos el país con una mayor tasa de abandono escolar de la Unión Europea, casi un 18 por ciento de nuestros jóvenes solo tienen la enseñanza obligatoria. Pero es que además uno de cada tres abandona la carrera que empieza. Esto es una gran fuente de frustración social y personal pero también provoca la pérdida de mucho dinero. 12 de cada 100 euros destinados a la financiación de las universidades, tanto públicas como privadas, se desaprovechan.

¿Por qué nuestros chicos abandonan los estudios universitarios? Por lo mismo que Carlos. Una mala orientación a los jóvenes a la hora de elegir carrera; una formación deficiente de los estudiantes que llegan a las aulas de las facultades; una mala praxis de los docentes en el seguimiento de sus alumnos; un bajo rendimiento académico de los universitarios por falta de capacidad, esfuerzo o motivación y un nivel de exigencia inadecuada.

En España tenemos mucha titulitis universitaria y eso tiene múltiples culpables: parece que si no tienes un título universitario no eres nadie, la falta de orientación en los institutos y también los políticos, por mucho que repitan en campaña su mantra de «prestigiar la FP», no la prestigian. La OCDE nos ha dicho muchas veces que faltan estudios de FP. En este curso, en Bachillerato hay 686.000 alumnos y, en FP de grado medio, el que se empieza a estudiar tras cuarto de ESO, apenas 345.000.

La FP Dual, un sistema formativo que favorece la inserción laboral de los jóvenes mediante un programa conjunto entre centros educativos y empresas, no termina de despuntar en España. Las regulaciones que tenemos son de las distintas Comunidades Autónomas y son tan dispares que se corre el riesgo de no garantizar a los alumnos unas competencias generales mínimas.

A la espera de otra FP

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Stonewall Inn. Entender el proceso de construcción identitaria

Francisco Medina

New York, junio de 1969. La redada policial producida en la madrugada del día 28 en Stonewall Inn, un bar situado en el corazón del barrio de Greenwich Village, es la mecha para la serie de manifestaciones y protestas organizadas por la comunidad de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales de la ciudad, que empieza a movilizarse de forma organizada: fundan periódicos, crean estructuras… en pocos años, se ponen en marcha varias organizaciones potentes, a nivel nacional e internacional, para defender los derechos del colectivo LGTBI: en 1970, las primeras marchas del Orgullo gay tienen lugar en New York, Los Ángeles y, con el tiempo, otras ciudades se sumaron. Hoy día, la celebración del Día del Orgullo se ha globalizado, y muchos países han ido aprobando leyes de equiparación del matrimonio homosexual y heterosexual, la posibilidad de adopción de niños por parejas LGTBI, y otras medidas que supondrían una carta de ciudadanía que consumaría su integración total en la sociedad.

Stonewall Inn es un símbolo: en su origen, fue un sitio popular entre las personas de ámbitos más marginados de la comunidad homosexual: transexuales, drag queens, jóvenes afeminados, personas que ejercían la prostitución y jóvenes sin techo. Un lugar, además, y esto es igualmente importante, que se insertaba en un país que hervía en ebullición en pleno 1968: la escalada de la Guerra del Vietnam con Johnson; el rechazo a la guerra y el inicio del 68 en Berkeley, Washington D.C., y otras ciudades; el movimiento hippy; el auge de las drogas; el surgimiento del movimiento feminista, el asesinato de Robert Kennedy y Martin Luther King, el movimiento afroamericano y los Black Panther… Claramente, el panorama estaba cambiando, como muestra, el hecho de que la cuestión identitaria volvió a problematizarse a nivel global: Marcuse y tantos otros empezaron a aplicar las categorías del marxismo a las relaciones humanas; y la relación hombre-mujer no podía quedar fuera. Se trataba de acabar con lo antiguo: había que matar la figura del padre, aniquilar la cultura del patriarcado. Y comenzaron a cuestionarse los roles tradicionales de género: el trabajo de la mujer en el hogar fue definido como el reflejo de la explotación por el hombre, al igual que el cuidado de los hijos o la propia figura del matrimonio.

Este proceso que se iba desarrollando –y que sería el germen de lo que hoy día asistimos, el derrumbe de las evidencias– se ha desvelado como un prisma complejo como para ser reducido a las categorías que un cierto pensamiento ideológico –revestido de un disfraz cristiano– tiende a emplear. A mi juicio, puede intuirse que en los Estados Unidos de los años 50, inmersos en un clima de prosperidad económica, la mentalidad conservadora empezaba a mostrarse, en lo económico, pujante; y en lo político y en lo social, asfixiante – quizá por la influencia tan fuerte de la mentalidad protestante puritana y su tendencia a la privatización de la vida (que, en ocasiones, legitimaba dualidades en el comportamiento de las personas, especialmente en lo sexual). En estas coordenadas, no resulta extraño que germinase lo que se conoce hoy día como el movimiento LGTBI.

Stonewall Inn. Entender el proceso de construcción identitaria

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>Editorial

Indio americano o cachorro dálmata

Fernando de Haro

Tom Peters es un británico de 32 años que se ha paseado en las últimas semanas por los programas matutinos de televisión explicando que quiere ser un cachorro dálmata. Declara que le gustaría ser reconocido como el primer hombre transespecie, mezcla de humano y de perro. El caso parece el producto típico de un momento de crisis en los medios: las televisiones generalistas luchan con cualquier cosa contra la inexorable caída de audiencia en favor de pantallas y contenidos más segmentados. Las televisiones de siempre intentan evitar su declive con la industria de la nostalgia, la explotación del miedo y los relatos inverosímiles. En cualquier caso, Tom Peters insiste en que, desde hace años, al salir de su trabajo, vive como si fuera un perro, come golosinas para mascotas y pienso para animales. Asegura que lo hace para huir de una realidad que le resulta demasiado gravosa. Es fácil imaginarnos respondiendo a Tom con un largo discurso dedicado a la objetividad de su naturaleza y la belleza de la condición humana. Podríamos leerle el discurso de Pico de la Mirándola sobre la excelencia de la especie a la que pertenece. Pero seguramente no nos escucharía o diría que precisamente lo que está haciendo es responder a la invitación del gran humanista: ha elegido, y ha elegido no ser hombre. Toda esta conversación (no-conversación) sería fácil. Más difícil es comprender por qué Tom quiere ser perro. Más interesante es asumir, acompañar la soledad, el desconcierto, la inquietud que lleva a Tom a ponerse su disfraz canino.

Miguel Ángel Quintana Paz explicaba en un acertado artículo hace unos días lo que nos ocurre y por qué se dan casos como el de Tom. Quintana no es precisamente un tradicionalista que defienda la incuestionable evidencia objetiva de la naturaleza humana. Se dedica a los estudios de género. El filósofo ha dedicado buenas energías en defensa no de la ideología de género, que dice que no existe, pero sí de todos los valores culturales, variables, que junto al sexo determinan la personalidad. Quintana señala atinadamente que vivimos en una época de hiperindividualismo. Podría parecer que este término es contradictorio con el auge de los nacionalismos y de otros tipos de identidades de grupo. Quintana sostiene que son dos fenómenos confluyentes. “¿No vivimos una época en que cada vez más personas se sienten parte de una identidad común y ansían disolverse en ella? ¿No estamos ante un apogeo de los nacionalismos, ante un resurgir de los fundamentalismos religiosos, ante un empeño de todos por fundirse cada cual en su colectivo (las mujeres, los gais, los distintos grupos de inmigrantes, los negros, los pensionistas, los triscaidecáfobos) y olvidarnos allí de que yo soy yo?” –se pregunta el pensador–. Estamos ante “colectivos que elige el individuo: esa es la ironía de nuestros días”. Es lo que está pasando “con el fundamentalismo islámico: a menudo son jóvenes musulmanes los que optan por afiliarse a mezquitas más y más radicales, obedecer a imanes más y más integristas, alejándose así del islam más moderado de sus familias (o del que ellos mismos profesaban poco tiempo atrás). Es una decisión estrictamente individual. También en los nacionalismos podemos observar idéntico fenómeno. Pronto, con el transhumanismo, quizá podamos elegir incluso nuestra especie o en qué soporte (o bien un cuerpo de carne y hueso, o bien unos bits en un superordenador) preferimos vivir”.

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Indio americano o cachorro dálmata

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Esperando el #Me Too del islam

Fernando de Haro, Lahore

El comisario del servicio secreto militar me explica con mucho énfasis que en el islam no está permitido que el hombre lleve al descubierto la parte del cuerpo comprendida entre el ombligo y las rodillas. Lo hace levantándome la camiseta y tocándome las piernas. El clérigo de la madrasa (escuela coránica) donde sucede la escena mira al militar con satisfacción. La madrasa en la que hemos estado grabando hasta unos minutos es una de las históricas de Lahore, la capital del Punjab. En sus aulas, sentados en el suelo, con movimientos rítmicos, a gritos, los niños aprenden de memoria las suras del Corán. El interrogatorio del comisario, que nos obligará más tarde a abandonar precipitadamente Pakistán, demuestra quién manda en el país. Da igual que el primer ministro sea de un partido musulmán o un play boy populista. Quien rige los destinos de esta nación de más de 200 millones de habitantes, encrucijada de Asia, es la alianza entre islamismo y ejército que le dio su identidad. El comisario tiene que demostrar al clérigo que hace cumplir la interpretación más estricta del islam y el clérigo presta su apoyo al comisario. Hasta no hace mucho era frecuente en Lahore, la ciudad fronteriza con la India, que los hombres paseasen con pantalones cortos y zapatillas por sus parques. El avance del partido radical Tehreek-e-Labaik ha cambiado las costumbres. Islamismo sobre islamismo, sobre el de Ali Bhutto de los años 70, sobre el del general Zia de los años 80, sobre el islamismo que impulsó Estados Unidos para combatir en Afganistán a los talibanes.

Mientras escucho al comisario predicar se me viene a la cabeza el rostro de Sadaf, una niña de 12 años que horas antes acaba de contarme su historia. Sadaf usa un pañuelo que le cubre la cabeza, viste como una musulmana, o como una hindú. Muchos cristianos del Punjab no se distinguen por su ropa. Son el vivo retrato de lo que decía la carta a Diogneto. Sadaf tiene el rostro severo y la expresión tímida pero enseguida le sale el carácter. Sadaf me ha explicado que una compañera de clase le invitó el pasado mes de abril a pasar una tarde con ella. Después de resistirse durante un tiempo accedió. La invitación fue una trampa para que el hermano de su compañera, Sabtain, la raptara. A Sadaf la drogaron, la trasladaron a Faisalabad y allí Sabtain abusó de ella. Sadaf lo relata todo con aplomo, sin bajar la mirada. Después de la agresión sexual, recibió una instrucción rápida de nociones sobre el islam y fue forzada a convertirse. A la conversión forzada se unió un matrimonio también forzado con un expediente falso. Sadaf no quería ser musulmana y no quería ser una posesión de Sabtain. Así que en un nuevo traslado tuvo el coraje de saltar del autobús en el que viajaba. Huyó y pidió un móvil a una persona desconocida. Consiguió llamar a su padre que fue rápidamente a recogerla. Ahora ha vuelto a ser acogida en su familia. Sadaf, que ya no tiene la mirada de una niña, me explica que ella no quería dejar de ser cristiana.

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Convicciones sin realidad

Fernando de Haro

La miniserie Chernóbil de HBO ha hecho furor. Los cinco capítulos escritos por Craig Mazin y dirigidos por Johan Renck han ocupado el hueco dejado en la audiencia por Juego de Tronos. La pasión por lo sucedido en el reactor nuclear ha generado un extraño turismo de la catástrofe. Chernóbil es mucho más que un desastre nuclear. El accidente de 1986, la cadena de decisiones tomadas, la reacción del poder soviético, la respuesta de los científicos y de la población nos hablan del riesgo de la energía atómica, pero también de la fe y de la realidad, de una realidad negada, y de un pensamiento, de una creencia que construía/construye un sistema contra la experiencia.

Nos atrae la serie porque en estos tiempos de miedo y de incertidumbre refleja las consecuencias de un uso imprudente de la tecnología. Efectos que se prolongan en el tiempo más allá de lo que se puede imaginar. No es solo terror al átomo. La ficción da forma a ese fantasma de la sociedad del riesgo que llevamos en el alma y que puede tener mil maneras de concretarse. El temor está dentro de nosotros y sentimos cierta afinidad por los relatos que alimentan lo que el sociólogo Luhmann llamaba “la extravagante preocupación por las improbabilidades extremas”. Es improbable una invasión de migrantes, una muerte por epidemia generalizada, una violenta guerra en todo el planeta. Pero las distopías cinematográficas que insisten en mundos creados por sucesos de este tipo florecen. La afición que tenemos en este comienzo del siglo por las improbabilidades extremas de destrucción más que por las improbabilidades extremas de ser nos retrata.

Ha habidos algunas críticas que le han afeado a Chernóbil no haber reflejado de modo adecuado cómo funcionaba el poder soviético a mitad de los años 80. Probablemente no se le puede pedir a una serie capacidad suficiente para describir algo que era no solo un conflicto entre la verdad o la mentira, o entre los expertos y los burócratas. Los privilegios de las autoridades, la escasa estima por la vida humana y el abuso del Estado marcaron la reacción a la crisis. Pero el caso Chernóbil es más que todo eso. Es el momento en el que se hace evidente el choque entre la fe del hombre soviético y la realidad. Por eso es tan actual. Y por eso hay que volver a la lectura de Voces de Chernóbil. Con el imponente mosaico de testimonios que construye Svetlana Alexievich, en la que aparece la vida real, el amor, el sufrimiento de los que vivieron el accidente y de los que trabajaron cerca de la central, se comprende por qué, como dice uno de los protagonistas, lo ocurrido sirvió para “aprender a decir yo”.

El monólogo de Marat Filipovich, ex ingeniero del Instituto de Energía Nuclear, refleja el sistema de “doble verdad” en el que se vivía y que se parece, a pesar de que estamos en sociedades libres, al nuestro. El problema era la fe, una fe sin base alguna en la realidad.

Convicciones sin realidad

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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