Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
20 SEPTIEMBRE 2020
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Una encíclica para todos y todas

Andrea Tornielli

“Todos hermanos” es el título que el Papa ha dado a su nueva encíclica, dedicada como dice el subtítulo a la “fraternidad” y a la “amistad social”. El título original en lengua italiana, “Fratelli tutti”, permanecerá tal cual, sin traducirse en todas las lenguas en las que se difundirá el documento. Tomando así la primera palabra de la nueva “carta circular” (eso es lo que significa la palabra “encíclica”) del gran santo de Asís del que el papa Francisco tomó su nombre.

A la espera de conocer el contenido de este mensaje que el sucesor de Pedro quiere dirigir a toda la humanidad y que firmará el próximo 3 de octubre ante la tumba del santo, durante los últimos días hemos asistido a discusiones a propósito del único dato disponible, es decir, el título y su significado. Al tratarse de una cita de san Francisco (Admoniciones, 6, 1: FF 155), el Papa no ha querido modificarla. Pero sería absurdo pensar que el título, en su formulación, contenga intención alguna de excluir entre sus destinatarios a más de la mitad de la población humana, es decir a las mujeres.

Al contrario, Francisco ha elegido estas palabras del santo de Asís para inaugurar una reflexión que le preocupa mucho sobre la fraternidad y la amistad social, y por tanto quiere dirigirse a todas las hermanas y hermanos, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que pueblan la tierra. A todos, de manera inclusiva y nunca excluyente. Vivimos un tiempo marcado por guerras, pobreza, migraciones, cambios climáticos, crisis económicas, pandemia: reconocernos hermanos y hermanas, reconocer en quién encontramos a un hermano o hermana, y para los cristianos reconocer en el que sufre el rostro de Jesús, es una manera de reafirmar la dignidad irreductible de todo ser humano creado a imagen de Dios. También es una forma de recordarnos que de las dificultades actuales nunca podremos salir solos, unos contra otros, norte contra sur, ricos contra pobres, o separados por cualquier otra diferencia excluyente.

Una encíclica para todos y todas

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Covid, imprevisto y esperanza

Giorgio Vittadini

De manera muy esquemática, las reacciones al imprevisto, cuando no al trauma, de la pandemia, puede decirse que han sido de dos tipos. En la primera parte del confinamiento, cuando el Covid-19 dejó de ser una nueva y extraña enfermedad que amenazaba a una ciudad china desconocida para la mayoría, en los balcones de las casas, en los debates televisivos, en los mensajes de internet, empezó a circular el tranquilizador eslogan de “todo saldrá bien”. Luego llegaron las imágenes de camiones militares transportando féretros y el clima se oscureció. Muchos no han resistido ante una realidad cada vez más imprevisible y sometida a un miedo que, en muchos casos, todavía dura, mientras que otros, al menos aparentemente, lo han vencido con una especie de descuido. Ante el riesgo de un posible nuevo contagio, muchos ya no van a bares y restaurante, no viajan, no se reúnen, preferirían prolongar indefinidamente el teletrabajo.

Se han visto y se siguen viendo reacciones, públicas y privadas, de todo tipo: desde la banalización de problemas muy complejos hasta la utilización de esta situación para saldar ciertas cuentas políticas, y no solo eso. Mientras tanto, muchas autoridades, en vez de admitir más que comprensiblemente que aún no tienen la situación bajo control, fingen que ya lo saben todo y prometen milagros que todos sabemos que son imposibles.

A esto se corresponde la pretensión de los que preferirían que las intervenciones asistenciales, inevitables y obligadas a corto plazo, se transformaran en eternas, pues siempre tiene que haber alguien que nos saque de las situaciones difíciles.

Sin embargo, ha habido y hay otro tipo de reacción ante este imprevisto. Lo constatamos durante los peores momentos de la emergencia sanitaria, con la creación de puestos de cuidados intensivos, multiplicando hasta ocho veces los que había antes, con el compromiso humano y profesional de médicos, enfermeros, personal sanitario, voluntarios, profesores, solo por citar algunos.

Una gran capacidad para reaccionar al imprevisto, volviéndose a poner en pie, que vemos ahora en empresario y trabajadores que vuelven a poner en marcha un país que casi se ha parado y que parecía haber perdido su deseo antes del Covid-19.

¿Cuál es la diferencia entre la primera y la segunda reacción? La expresa una palabra pronunciada muchas veces por el papa Francisco en sus intervenciones: esperanza. La esperanza es la experiencia de un presente que nos da la certeza del futuro, según una definición de Luigi Giussani. Un presente que es un Dios encarnado que camina cada día al lado del hombre cansado y agotado para darle consuelo.

Esperanza es también una palabra laica. Y se refiere al verdadero vínculo con los seres queridos, los amigos, la comunidad, el grupo social de pertenencia, el propio pueblo.

Covid, imprevisto y esperanza

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 3  7 votos

De Virgilio al Apolo 13. Quien tiene esperanza sabe volver a empezar

Emilia Guarnieri

“A quien más sabe es a quien más duele perder el tiempo”. Con estas palabras, mientras Virgilio comienza con Dante la subida al Purgatorio, explica la urgencia que siente de conocer el camino para llegar a la cima de la montaña. Para quien es consciente de una tarea o de un objetivo a alcanzar (¡para “quien más sabe”!, por tanto), perder el tiempo es doloroso.

He aprendido por experiencia que una de las maneras más sencillas de perder el tiempo ante los objetivos que alcanzar es no utilizar los recursos disponibles. Tergiversar, quejarse, echar la culpa a otros, litigar, ceder a la reactividad más instintiva, no mirar todos los factores de la realidad, fingir que no se sabe algo que sí se sabe: así nos defendemos de los problemas, tratando de evitar afrontarlos. Mientras que la vida es una aparición continua de problemas que exigen que se afronten y se intenten resolver.

Siempre me ha fascinado la historia del Apolo 13, la misión espacial americana que en 1970, después de una explosión en el módulo de servicio, no llegó a la Luna pero logró devolver vivos a casa a los tres astronautas. “Houston we have a problem!”. Así empezó todo, dándose cuenta de que tenían un problema. Estaba claro que había que “resolverlo”, a pesar de que todo, desde el agua hasta el oxígeno, iba desapareciendo. Coraje, determinación, preparación, flexibilidad, por parte de los astronautas y del equipo de Houston, todo contribuyó a lograrlo. Y cuando hizo falta construir un adaptador de filtros de anhídrico carbónico, fue el momento en que saltó la intuición de los “recursos”. En la base de Houston, los ingenieros de la NASA se encerraron en una sala en busca de una solución posible usando solo los objetos que los astronautas podían utilizar a bordo. Los únicos recursos disponibles. “Inventaron” el adaptador utilizando un calcetín, cinta adhesiva y trozos de plástico que arrancaron de las portadas de los manuales de a bordo. Tenía una forma tan insólita que los astronautas lo llamaron “buzón”, feo pero adecuado para resolver el problema.

Ante la presión de la vida, cuando uno es leal y está abierto, se da cuenta de manera evidente de los recursos disponibles. Porque los recursos no son lo que nos gustaría tener para resolver problemas sino lo que la realidad nos da a cada instante para “arreglarnos”.

Estos días dominados por el caos por la reapertura de las aulas, el tema de los recursos suena terriblemente actual. Faltan muchas cosas (espacio, transporte, docentes), pero también hay otras muchas. Existen recursos que podemos valorar y utilizar, también en una ocasión como esta. Desde materiales hasta las ganas que los alumnos tienen de volver a clase.

Otro recurso fundamental es la conciencia arraigada en la historia de nuestro pueblo: la capacidad para volver a empezar, la capacidad para buscar soluciones, juntarse, valorar los intentos positivos, vengan de donde vengan, mediar y ponerse de acuerdo. Si hoy, entre los que tienen que volver a poner en marcha la educación, dominara este deseo positivo de resolver problemas y no solo la contraposición (por razones que poco tienen que ver con el bien de los alumnos) tal vez se podrían identificar antes las soluciones posibles, con menos pérdida de tiempo, con menos daño, con más sabiduría y realismo.

De Virgilio al Apolo 13. Quien tiene esperanza sabe volver a empezar

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El Papa ante el Covid: de tú a tú

Giuseppe Frangi

Carlo Chiodi, 50 años, de Bérgamo (Italia), transportista de profesión, en pocos días perdió durante la pandemia a su padre y a su madre. Un dolor del que no era capaz de recuperarse, hasta el punto de agarrar papel y bolígrafo para pedir ayuda al Papa, ya que es creyente. “Movido por mi amor a mis padres y para honrar su memoria, quería someter mi experiencia a la persona que, el pasado 27 de marzo, en el silencio de una plaza de San Pedro vacía, mostró con más fuerza el sufrimiento que estaba atravesando toda la humanidad”, explica. Al cabo de un tiempo, Carlo encontró en su buzón una carta procedente del Vaticano. No era simplemente una respuesta a sus palabras, sino una invitación. Una invitación (ampliada a su mujer y a sus dos hijos) para ir a ver al Papa a Roma y hablar directamente con él sobre su experiencia y sufrimiento.

No había rastro algo de recriminación en sus palabras, ni lamento por un destino tan amargo. Era algo más, y el papa Francisco lo captó enseguida. Era esa pregunta tan humana que todos nos planteamos cuando sufrimos una tragedia: “¿Señor, por qué?”. Una pregunta que puede acabar con nosotros, que a menudo halla respuestas basadas en un sentimentalismo religioso y en una fe reducida a una fórmula un poco mecánica. Pero esta vez, por una vez, Carlo y nosotros nos encontramos otra película, que por una vez resulta sinceramente creíble. El Papa no ha querido responder a la carta de Chiodi con simples palabras, que sin duda habrían sido de dolor, dado de dónde procedían, sino proponiendo un encuentro.

No ha respondido a esa pregunta tan angustiosa con un discurso sino con una presencia, su presencia. A las palabras ha respondido con un abrazo, como demuestra también el tono informal con que dicho encuentro se ha producido. Naturalmente, el Papa quería dar a entender que se trata de un abrazo personal pero que no solo él sino el Señor mismo se unía a ese abrazo a Carlo.

Naturalmente, Francisco también ha hablado y razonado con este hombre marcado por una doble pérdida. Pero hasta en las palabras ha evitado los consuelos fáciles. Se ha apegado a la realidad, una realidad que inevitablemente, como él mismo admitía, hace estallar en el corazón una profunda cólera por la desproporción de tal sufrimiento. Pues bien, ese enfado, decía el Papa, es una forma de oración. Es una manera de dirigirse al Señor no en abstracto sino en la concreción de una relación verdaderamente humana, dirigirse al Señor que es reconocido en la evidencia de su presencia real, justo en el momento en que, con sinceridad, se le pide cuentas de lo sucedido. En relación a la respuesta a ese porqué, el mismo Papa confesó su fragilidad, diciendo que reza “todos los días a Dios para comprender el sentido de este sufrimiento”.

Por último, el resultado más hermoso de este encuentro lo indicaba con gran sencillez el propio Carlo. “Durante la audiencia estábamos temblando”, reconoció. No temblaban porque se estuvieran enfrentando a verdades reveladas sino sencillamente “por la humanidad del Papa, que nos dedicaba un momento de escucha inolvidable”. Nada de discursos, sino un “tú a tú”.

El Papa ante el Covid: de tú a tú

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>Editorial

Moria como retrato

Fernando de Haro

Los miembros del Eurogrupo, los ministros del euro, se veían las caras presencialmente en Berlín el pasado viernes. Por primera vez después de seis meses. La gobernadora del BCE, Christine Lagarde, era contundente: hay que mantener los estímulos (más gasto) para hacer frente a la situación económica que el COVID ha provocado en Europa. La UE se juega su futuro en esta crisis. Por fin, tenemos lo más parecido que hemos tenido nunca a una política económica común con el fondo Next Generation.

Esa misma noche, en el campo de Moria, en la Isla de Lesbos, muchos de sus 13.000 refugiados dormían a la intemperie después de que un nuevo incendio hubiera devastado sus precarios alojamientos. Moria es la gran denuncia de cómo la penúltima crisis de la UE, una crisis más pensada que real, la llamada crisis de refugiados, sigue sangrando. Sigue poniendo de manifiesto la debilidad política y jurídica de la integración, la debilidad cultural de la región del mundo que, por historia y por presente, está llamada a ser una región diferente: una reserva práctica de humanidad. Veremos pronto si el Pacto Europeo de Asilo e Inmigración, que en principio debe ser presentado después de muchos aplazamientos a finales de septiembre, sirve para lograr algún avance. La mejora de la política de asilo europea es una ocasión para construir más Europa.

Antes de que se produjera el incendio en Moria, las condiciones para sus 13.000 habitantes ya eran inhumanas desde hacía mucho tiempo. Antes de la llegada del Covid ya había diarrea, difteria y algunas enfermedades raras. Moria iba a ser en 2015 uno de los hotspot que aliviara la presión que estaba sufriendo Grecia, iba a facilitar una identificación y derivación rápida de los refugiados. Se convirtió pronto en un campo de internamiento. Sus ocupantes solo tienen un litro de agua al día para beber, lavarse y cocinar. Las letrinas son las de un campamento militar para 800 personas. La suciedad está por todas partes y falta la más mínima intimidad para todo. La desesperación en algunos casos provoca un fenómeno tan poco frecuente como los suicidios infantiles. De momento, lo único anunciado por la UE es la ayuda para sacar de la isla a unos centenares de Menores No Acompañados.

>Editorial

Moria como retrato

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Una oposición dividida solo ayuda a Maduro

Arturo Illia

En poco más de tres meses, el 6 de diciembre, se celebrarán elecciones parlamentarias en Venezuela, aunque el país sigue sumido en una crisis que ha causado daños que tardarán mucho en repararse. Y todo debido al régimen dictatorial que rige desde 1999, aunque disfrazado de democracia, y que ha dejado a la nación diezmada. Lástima que la oposición no tendrá mucho que decir en la cita electoral, reducida como está por las disputas internas que se han sucedido a lo largo de los años, pero también y sobre todo por la represión con que el régimen de Maduro la ha tratado, que ha llegado a turbar aún más el clima electoral pues hasta en Estados Unidos han pensado en invadir el país, según declaró el senador republicano Marco Rubio, aunque luego lo desmintieron altos cargos estadounidenses. Pero las últimas declaraciones norteamericanas, que hablan de un estricto control de la actividad electoral por parte del llamado G4 (grupo de cuatro partidos representantes de la oposición venezolana), apuntan a no aceptar el resultado, ya sobradamente “cantado” en las anteriores citas electorales, que no tenían nada de libres.

El problema, uno de los problemas de este riquísimo país latinoamericano doblegado al hambre más amarga, reside en una oposición que, insistimos, se encuentra partida en dos y sin rastro de unidad. De hecho, dentro del G4 (que agrupa a Voluntad Popular de Leopoldo López, Primero Justicia de Henrique Capriles, Acción Democrática y Un Nuevo Tiempo) se está librando una lucha entre los que quieren participar en las elecciones (Capriles) para no reducirlas a un plebiscito sin sentido, frente a Leopoldo López, que propone la abstención pero al mismo tiempo un férreo control de las urnas por parte de casi cien mil personas. El presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, tras conseguir, aunque por poco tiempo, reunir una propuesta masiva contra el régimen de Maduro convirtiéndose en líder de la oposición, ha perdido terreno porque en la práctica nunca ha gozado d un verdadero apoyo por parte de EE.UU, que sobre todo después de la llegada de Trump a la Casa Blanca se ha puesto en contra de la oposición más radical y que también es contrario a participar en la votación: “27 partidos, instituciones y exiliados tienen muy claro que no se puede legitimar el fraude y que hace falta un camino único. No se trata de convocar una marcha sino de incrementar la presión nacional e internacional para lograr la transición”. Una declaración que trata de obligar al dictador a negociar bajo presión internacional. Pero dicha presión parece debilitarse, y de ello se aprovecha Maduro, como es habitual, que estos días ha concedido el indulto a 103 opositores que en su momento fueron arrestados, torturados y estaban a la espera de juicio.

Pero esta enésima maniobra de inauguración democrática, muy parecida en sus expectativas a la apertura al diálogo con la oposición de hace años, tampoco tendrá prácticamente ningún efecto más que el de mostrar aún más cuánto necesita este país unas elecciones libres de verdad, en el sentido más real de la palabra, para llevar a cabo ese cambio necesario para salir del túnel de la peor crisis institucional y económica de la historia latinoamericana.

Una oposición dividida solo ayuda a Maduro

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Preguntas abiertas

Francisco Medina

Cuando el estado de alarma llegaba a su fin y comenzaba la llamada “desescalada”, llegué a pensar que lo peor había pasado, que íbamos a ir volviendo poco a poco a la normalidad, a retomar nuestra vida de antes: vivir en casa como si no hubiese pasado nada, ir a trabajar como antes, salir de paseo, ir con amigos, ir a la iglesia…como antes del confinamiento.

Pero no ha sido así.

La verdad, tal como han ido desarrollándose las cosas, no podía ser de otra manera: con el ocio nocturno, las salidas de vacaciones a la playa, o las reuniones familiares y de grupos de amigos, los contagios se han disparado, los ingresos hospitalarios han subido y en algunos municipios se ha vuelto a lo que parece ser un nuevo confinamiento. La segunda ola ha llegado para quedarse, con un inicio de curso aciago e incierto en los colegios -con un más que probable incremento de los contagios- y, en lo político, lo económico y lo social, aún no hemos visto nada de lo que se avecina.

Es difícil asimilar la huella de los 50.000 muertos que el coronavirus ha dejado en estos meses. Detrás de las cifras está el rostro de gente que, directa o indirectamente, hemos conocido (padres, madres, hijos, abuelos, primos, hermanos, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, conciudadanos…); el dolor de sus familiares, las secuelas de aquellos que lo han padecido, el miedo de los mayores que viven solos o en residencias…

¿Hemos aprendido algo de todo este tsunami?

Me temo que estamos estancados. Inmersos en nuestras peleas ancestrales. El COVID-19 ha desatado otros virus latentes en nosotros: el hooliganismo político, (pongo de Fiscal General del Estado a uno de los nuestros; de Secretarios de Estado, Subsecretarios, Secretarios Generales Técnicos, Directores Generales, y demás, a gente de los nuestros; construyo un relato histórico que legitime a los nuestros; utilizo las cátedras y Departamentos de las Universidades para poner a uno de los nuestros; creo Comisiones de investigación para dar caña a los otros y oculto los pecados de los nuestros; en los Plenos del Congreso y del Senado maniobro para proteger a los nuestros y lincharles a ellos); el hooliganismo social (el individualismo tan concreto del consumo de las plataformas digitales; el móvil como referencia cognoscitiva; la inmediatez de los mensajes colgados en Twitter…) y el hooliganismo económico, traducido en una obscena veneración de una concepción economicista de la libertad en las relaciones y transacciones comerciales, fruto de esa economía líquida.

En España, hemos vivido muchos años de forofismo: frente a la ensoñación ideológica de un hombre nuevo que el PSOE de Rodríguez Zapatero había alentado, el Partido Popular de José María Aznar y Mariano Rajoy sólo ofrecía tecnocracia y un capitalismo irresponsable de los amiguetes, y dejó completamente abandonado el tema educativo y social, ahondando en el páramo cultural en el que estamos, fruto de una endogamia corrosiva que ha penetrado hasta la médula en nuestra sociedad y se ha reflejado en el mundo educativo y en nuestras universidades.

Preguntas abiertas

Francisco Medina | 0 comentarios valoración: 2  23 votos
>Entrevista a Dmitri Strotsev

El "fiurer" Lukashenko se preparaba para el "Maydan" y recibió "evalución"

Larisa Danilenko

«¿Qué novedad tenemos? Un pueblo», escribía Dmitri Strotsev en su página de Facebook uno de los días de las protestas en Bielorrusia.

Dmitri es un conocido poeta bielorruso, pensador y ciudadano comprometido, autor de diez poemarios, organizador del festival Pamezhzhza (“zona fronteriza”) y director del proyecto literario “Escuela de Minsk”. En estos momentos, la editorial de Kiev Dux y litera está preparando la edición de uno de sus libros de poemas en cuatro lenguas, dedicado a Bielorrusia y Ucrania.

En sus páginas de redes sociales, durante estos días, vemos fotografías de las acciones de protesta, algunos análisis breves de la situación y nuevos versos. Son leídos, citados y traducidos al ucraniano, georgiano, inglés, alemán y chino.

Como minskeño, Strotsev entiende y participa del estado de ánimo que los “expertos del diván” no perciben, cuando acusan a los bielorrusos de nos ser suficientemente radicales. Como poeta y filósofo, es capaz de formular el pensamiento sutil y menos evidente de lo que está sucediendo.

Grabamos esta entrevista durante varios días. Nuestros intentos de contacto tuvieron que ser interrumpidos en varias ocasiones, por los cortes de internet en Bielorrusia durante los primeros días de las protestas y por la decisión de Dmitri de acompañar a su hija a las calles y su participación en la marcha “Mujeres de blanco” por el mercado Komarovski, en Minsk.

Dmitri Strotsev ha relatado para Ucrainskaya Pravda cómo un pueblo supera su dependencia del absolutismo anclado en el poder. Nos ha hablado también del cuadro Eva (comúnmente llamado la Mona Lisa bielorrusa), que tras el año 92 se convirtió en el símbolo de las protestas, dando lugar a una nueva palabra en lengua bielorrusa: “evalución”. De por qué en Bielorrusia hoy no se escuchan las voces de Svetlana Alexievich y Serguey Mijalko, pero sí se escucha la de Victoria Tsoya. De cómo el sistema dictatorial construido en estos años está “fundiendo” a su creador. Y de por qué los bielorrusos no tienen prisa por asaltar el Palacio de la independencia, quemar su tejado y preparar “cócteles molotov”.

Nuestra primera pregunta es sobre lo que pasó en Minsk, el 23 de agosto, visto con los ojos de uno de los participantes en la marcha a la que asistieron cien mil bielorrusos.

La marcha del 23 de agosto estuvo precedida por amenazas de que dispararían a la gente. El ministro de defensa, Jrenin, en su discurso dijo más o menos: «Los soldados dispararán primero al aire y después, tirarán a dar». Acudimos a esta marcha como si fuera la última. Pero resultó que vino más gente de la esperada, más que el domingo anterior. Solo en la plaza de la Independencia y sus alrededores se concentraros más de 200.000 personas. La manifestación se encaminó al Palacio presidencial. Se trata de una construcción monstruosa en estilo asiático, a orillas del lago Kosmolski. Y resulta que el gobierno se asustó tanto, que montó una barricada de escudos, rodeándose de los geos y reforzándola con automóviles.

Entonces, en el territorio del palacio, vimos alzarse un helicóptero. Pensamos que el presidente escapaba, pero, en realidad, era lo contrario: el helicóptero volaba trayendo al dictador. Era una evidente puesta en escena: llega el “amo” y reparte a todos su merecido.

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El "fiurer" Lukashenko se preparaba para el "Maydan" y recibió "evalución"

Larisa Danilenko | 0 comentarios valoración: 2  20 votos
>Editorial

No estamos condenados a la guerra de libertades

Fernando de Haro

Vuelve la guerra de las caricaturas. Y con la guerra se hace evidente, otra vez, que la visibilidad del islam en la vida social y pública europea ha cambiado el espacio público: replantea problemas nuevos u olvidados. Vuelve también al primer plano el conflicto, aparentemente irresoluble, entre libertad de expresión y libertad religiosa.

Septiembre ha traído en París el inicio del juicio por los atentados contra la revista Charlie Hebdo y el supermercado kosher de enero de 2015, ataques que acabaron con la vida de once personas. El semanario ha vuelto a imprimir las caricaturas de Mahoma porque quiere “reivindicar el espíritu con el que fueron publicadas”, la defensa de la libertad de expresión. La Universidad de Al Azhar, desde Egipto, referencia del mundo sunní, ha considerado el gesto un “acto criminal” porque incita al odio. No estamos hablando de una institución ni mucho menos radical, recordemos que fue la promotora, junto con los Emiratos Árabes Unidos, de la Declaración de la Fraternidad Humana, documento que de momento supone el mayor avance en el diálogo entre el mundo musulmán y el cristianismo.

¿La tensión entre libertad de expresión y la libertad religiosa no tiene solución? Desde luego es uno de los puntos calientes de la globalización, según el Informe de 2019 de Ahmed Shaheed, el Relator Especial sobre la libertad religiosa, dependiente del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. El Relator sostiene que, en un mundo cada vez más interconectado, donde se registra un intercambio rápido de información, se está produciendo una restricción de la libertad de expresión mediante leyes contra la blasfemia y la apostasía. Esas limitaciones se justifican para frenar el odio. Según algunas estimaciones, casi la mitad de los países del mundo cuenta con leyes antiblasfemia.

Tras los atentados del 11-S, la Organización para la Cooperación Islámica (OIC) intentó que se introdujeran en la normativa de la ONU medidas contra la difamación religiosa. Lo hizo invocando la necesaria protección a la comunidad musulmana que estaba sufriendo daño en su buen nombre por los ataques yihadistas. Parecía buscarse una victoria de la libertad de religión sobre la libertad de expresión. Pero en 2009 la cuestión fue resuelta con una resolución del Consejo de Derechos Humanos, promovida por Estados Unidos y Egipto. El texto aclaraba que solo se protege de la difamación a las personas, no a las religiones. La libertad de expresión, tal y como está definida en el Pacto de Derechos Civiles y Políticos de Naciones Unidas, debe estar por encima. El derecho internacional también se ha pronunciado a favor de que prevalezca la libertad de expresión sobre las leyes que quieren prohibir y penar la blasfemia. Así lo sostiene el Comité de Derechos Humanos. En el Plan de Acción de Rabat de 2013, Naciones Unidas postula que se suprima toda la legislación contra la blasfemia. Desde luego los ejemplos de cómo se utilizan estas normas en Pakistán y en Myanmar reflejan que a menudo se convierten en instrumentos de represión de minorías. En Pakistán de la minoría cristiana, por parte de la mayoría musulmana, y en Myanmar de la minoría musulmana por parte de la mayoría budista

>Editorial

No estamos condenados a la guerra de libertades

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¿Qué hacer con nuestras heridas?

Giorgio Vittadini

En unos Estados Unidos más divididos que nunca, sucede algo que va contra corriente y que puede enseñarnos algo. El último día del Meeting de Rímini se emitió una entrevista conjunta a dos exponentes de la cultura norteamericana: Cornel West, intelectual de izquierdas, profesor de Práctica de Filosofía Pública en Harvard y Princeton, donde estudia el papel de la raza, el género y la clase social en la sociedad americana; y Robert George, filósofo político, profesor de Derecho en Princeton, considerado por el New York Times como "el pensador conservador cristiano más influyente”.

¿Qué tienen en común un blanco y un negro, un conservador católico pro-life y un activista político de izquierdas? En los 90 se encontraron en Princeton, compartían su rechazo a toda forma de dogmatismo y su pasión por el conocimiento, y desde entonces se hicieron amigos inseparables.

Dice Robert George: “Bueno, creo que el fundamento del vínculo entre nosotros, lo que lo hace tan especial, mucho más que una amistad, es el vínculo de la búsqueda de la verdad. En nuestra juventud ambos contrajimos ese virus de 'fiebre' por el deseo de verdad. Es lo que Sócrates llamaba el "diamante" que siempre nos está impulsando, de manera punzante”.

Responde Cornel West: “Una de las cosas que nos une a mí y a Robbie como hermanos, y que va aún más allá de una profunda amistad, es una sospecha radical hacia cualquier forma de ‘dogmatismo’ y ‘ortodoxia’, ya sea liberal, marxista, conservadora u ortodoxa cristiana. La gente tiende a pensar que las ideologías que dominan el mundo son expresiones de libertad, pero yo creo que el primer problema es darse cuenta de que siempre necesitamos ser liberados. Invoco aquí la gran obra de Chesterton de 1908: las doctrinas cristalizan y se petrifican, perdiendo de vista el amor y la experiencia vivida con el prójimo, que nos obliga a comprometernos en la kenosis, en uno vaciamiento, en el don de nosotros mismos”.

Ambos llegan a una conclusión sencilla y provocadora: “Como nos enseña la música blues, todos tienen heridas, hoy muchos viven desesperados. Pero cada uno se encuentra en el camino de la vida ante esta encrucijada: ¿qué harás con estas heridas? ¿Te convertirás en un amante herido, en alguien que ayuda, que atiende y cura, o en un odioso herido, alguien que odia, que ataca y que inflige aún más heridas al mundo?”.

Esta pregunta no debería dejar indiferente a nadie.

¿Qué hacer con nuestras heridas?

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>CULTURA

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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