Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
29 SEPTIEMBRE 2020
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Limpiando el mundo

Elena Santa María

El mismo día que se hace evidente la guerra entre el Gobierno y la Comunidad de Madrid por cómo controlar la situación, ya incontrolable, se desata la polémica entre el Poder Judicial y el Gobierno a causa de la monarquía. Y, además, cada vez da más miedo salir a la calle. Cualquiera con el que te cruzas se convierte inmediatamente en sospechoso de transmitir el maldito virus. En días como este, no es una buena idea refugiarse en Twitter. Las discusiones de los telediarios se trasladan al timeline, también lo hace mi queja. Pero entre clamores por el país que nos están dejando, me llama la atención el hilo que escribe una médico. Ella, desde luego, sí tiene razón para quejarse, pero no lo hace.

La mujer relata el último episodio que ha vivido en Urgencias. Con la que está cayendo, se presentó en su hospital un individuo de 50 años con lumbago. La sanitaria pensaba cómo despacharlo rápido cuando el hombre le pidió que no le recetara relajantes; después de la muerte de su hija le había costado mucho desengancharse. “Hoy me han curado a mí”, concluye ella la historia.

Me ha hecho pensar en una de las señoras que limpian la oficina todos los días. La pobre está muy preocupada por la situación de Madrid y cada día pregunta: ¿qué se dice hoy?, ¿vamos mejor? Últimamente la respuesta siempre es negativa. Ella vive en uno de los barrios del sur que están confinados así que se ha hecho con un salvoconducto para poder venir al centro. Un día confesó que su miedo no es tener que atravesar media ciudad en transporte público, sino lo que le pueda pasar a su hermano, que es médico.

Está muy orgullosa de él, luchando en primera línea contra el virus. Pero sabe que su propio trabajo es fundamental. “Yo limpio todo a fondo para que los que venís a la oficina no os contagiéis”. No sé si nos habrá librado del virus, pero desde luego, después de hablar con ella, resuenan las palabras de la médico de Urgencias. Hoy me han limpiado a mí.

Limpiando el mundo

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>Editorial

Reconstrucción: un caso de razón

Fernando de Haro

Madrid se ha convertido en la zona cero de Europa en la segunda ola del COVID. Con la tasa de incidencia (positivos por cada 100.000 habitantes) por encima de los 700 casos, el Gobierno de Sánchez y el Gobierno de la Comunidad Autónoma siguen enzarzados en una polémica estéril. A diferencia de lo que sucede en Nueva York, en Milán o en Venecia, los errores de la primera ola se han repetido. Pocas pruebas, poco rastreo. No ha habido una campaña adecuada para sensibilizar a la opinión pública. Los madrileños y el conjunto de los españoles saben que la gestión política ha sido ineficaz. Las encuestas reflejan, desde el pasado mes de marzo, una confianza baja en el Gobierno central, que ha disminuido considerablemente en las últimas semanas (solo un 22 por ciento considera que su actuación ha sido buena). La valoración de los Gobiernos regionales hasta el mes de junio estaba cerca del aprobado, pero en septiembre se ha precipitado a niveles muy semejantes a los del Ejecutivo de Sánchez. Pero lo más sorprendente es cómo se ha desplomado la confianza de la sociedad en sí misma. En plena primera ola, cuando los hospitales estaban saturados y los españoles solo podían saludarse por las ventanas, el 80 por ciento elogiaba la responsabilidad ciudadana y la respuesta que se estaba dando desde la base. Ahora esa estima ha caído al 22 por ciento.

El virus no solo se ha llevado por delante más de 50.000 vidas y ha provocado ya una recesión histórica (la caída del PIB en el segundo trimestre ha sido del 17,8 por ciento). En la vida social se ha producido lo que hace unos meses Sandra J. Sucher, en Harvard Business Review, denominaba “una crisis de confianza” para describir el cáncer que mina el mundo de los negocios. Sucher denunciaba el mal de las grandes empresas multinacionales del siglo XXI, empeñadas en salir al paso de las necesidades de sus empleados, inversores y consumidores (stakeholders), sin saber ganarse su confianza. La destrucción de la confianza es destrucción de capital social, es una incapacidad para saber de quién me puedo fiar. Y no fiarse de nadie es una patología.

La crisis de confianza no es únicamente uno de los efectos secundarios de la pandemia. Era ya un mal antes de que llegara el virus. El Edelman Trust Barometrer de 2020, un clásico en la materia, revelaba que, a pesar de la fortaleza global de la economía (fue publicado en el mes de enero), ni los Gobiernos, ni las empresas ni las ONG, ni tampoco los medios de comunicación eran considerados fiables. La desconfianza era alta, sobre todo en los países en vías de desarrollo porque consideraban que el actual modelo de capitalismo era una fuente de desigualdad. Pero es llamativo que los autores del barómetro consideraran una paradoja que con un crecimiento económico alto pudiera haber desconfianza. Como en mucha literatura económica, no distinguían entre crecimiento y desarrollo.

Ni cierta derecha liberal clásica, ni cierta izquierda estatalista clásica parecen entender que el crecimiento o las políticas de bienestar social, por sí solas, son capaces de producir un desarrollo integral. La confianza siempre queda fuera de sitio. Como máximo, se establece como un factor ético externo que debe corregir los errores del sistema.

>Editorial

Reconstrucción: un caso de razón

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  9 votos

La confianza necesaria

Javier Folgado

Los asuntos de la vida social y económica –cooperación, creatividad, innovación– requieren tanto riesgo como confianza. Para que nuestras instituciones funcionen bien, debemos creer que la gente que trabaja o aprende junto a nosotros es en general decente (hasta que se demuestre lo contrario). Si la cautela y la sospecha son nuestras actitudes por defecto, y si cada uno de nosotros sabe que una palabra o acción malinterpretada se podría usar contra nosotros, aunque la motivara la mejor de las intenciones, no necesitaremos de un virus para mantener nuestra distancia social. Quien escribe esto es Emily Yoffe en “Una taxonomía del miedo”. Aunque lo escribe en referencia a Norteamérica parece un juicio igualmente válido para la situación de nuestro país.

En un contexto con un Congreso totalmente fragmentado, más que nunca urge entender que el otro es un bien. Frente a esto vivimos en una asfixiante política del cortoplacismo y de la imagen, del cálculo de ‘te doy un indulto para que me apoyes en los presupuestos’ en lugar de ponernos a trabajar buscando los presupuestos más adecuados para la situación del país. ¿Acaso en nuestro trabajo no tenemos que ponernos de acuerdo con personas que piensan distinto para buscar una solución adecuada?

En una sociedad plural se nos pone delante el desafío de buscar una síntesis de consensos básicos que nos permitan construir. Lo explicaba agudamente Redondo Terreros en una columna en El Mundo. “Seguimos sin comprender que la pluralidad de las sociedades modernas exige, para no asfixiarse o disolverse en el desbarajuste, de democracias capaces de integrar esa diversidad política, social, cultural y hasta religiosa. Pero para conseguir tan grandioso objetivo, las democracias necesitan de consensos sólidos y de unidad en cuestiones básicas”. 

No parece que la ruptura drástica con el 78, otra cosa son las reformas necesarias, con todo lo que ello implica, sea el modo más adecuado de buscar este suelo seguro desde donde construir. El PSOE busca irresponsablemente agitar el fantasma de Franco y la memoria histórica, como si no tuviéramos ya suficientes problemas, para movilizar a su electorado. Para buscar esta movilización del electorado más a la izquierda les ha salido un aliado perfecto en Vox, que junto a Unidas Podemos ha generado el efecto, deseado por ellos o no, de radicalizar las posturas de los partidos constitucionalistas y que previsiblemente eran más moderados.

Aunque no todas las ideologías son iguales y algunas son más dañinas que otras, un punto de partida para buscar este suelo desde donde construir debería ser la conciencia de lo que afirma Joseba Arregi: “en el espacio público de la democracia no hay ninguna verdad última ni legitimidad última y nadie es, por tanto, poseedor ni de la verdad última ni de la legitimidad última”. ¿Acaso no es culturalmente más revolucionaria una postura que busque la parte de verdad que me aporta el otro? ¿No es signo de una identidad segura aceptar matizar las propias opiniones al escuchar otras que tengan algo que aportarnos?

La confianza necesaria

Javier Folgado | 0 comentarios valoración: 2  12 votos

Cuidar a los enfermos y aprender lo que significa amar

Andrea Tornielli

Incurable nunca es sinónimo de intratable. Esta es la clave de lectura para comprender la carta de la Congregación de la Doctrina de la Fe “Samaritanus bonus”, dedicada al “tratamiento de las personas en fases críticas y terminales de la vida”. El documento, ante una pérdida de la conciencia común acerca del valor de la vida y debido a debates públicos demasiado condicionados a veces por casos concretos que aparecen en los medios, reitera claramente que “el valor inviolable de la vida es una verdad básica de la ley moral natural y un fundamento esencial del orden jurídico”.

Por tanto, “no se puede decidir directamente atentar contra la vida de un ser humano aunque este lo pida”. Desde este punto de vista, la clave de bóveda que sostiene la “Samaritanus bonus” no es una novedad. El magisterio de la Iglesia ha rechazado muchas veces toda forma de eutanasia o suicidio asistido, explicando que alimentación e hidratación son apoyos vitales que se deben garantizar al enfermo. El magisterio también se ha expresado en contra del llamado “encarnizamiento terapéutico” porque ante la inminencia de una muerte inevitable “es lícito tomar la decisión de renunciar a tratamientos que solo provocarían una prolongación precaria y penosa de la vida”.

La carta vuelve a proponer de manera puntual lo que los últimos pontífices ya han señalado, lo cual se consideraba necesario ante legislaciones cada vez más permisivas sobre estos temas. Sus páginas más novedosas son las que se refieren a que el acompañamiento y cuidado de estas personas nunca pueden limitarse a la perspectiva médica. Hace falta una presencia coral para acompañar con afecto la presencia, las terapias adecuadas y proporcionadas, la asistencia espiritual. Resultan significativas las referencias a la familia, que “necesita ayuda y medios adecuados”. Hace falta que los estados reconozcan la primera y fundamental función social de la familia “y su papel insustituible, también en este ámbito, proporcionando recursos y estructuras necesarias para apoyarla”, afirma el documento. El papa Francisco recuerda que la familia “siempre ha sido el ‘hospital’ más cercano”. Pues aún hoy, en muchos lugares del mundo, el hospital es un privilegio para unos pocos, y suele estar muy lejos.

Cuidar a los enfermos y aprender lo que significa amar

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Pregúntame si soy feliz

Costantino Esposito

¿Al final lograremos ser felices de verdad? Esa promesa muda que nos inquieta, y a veces nos roe, ¿se cumplirá? ¿O solo dejará tras de sí un lamento? Eso de la felicidad es como una intencionalidad profunda en cada uno de nuestros gestos, en cada uno de nuestros actos conscientes, en cada iniciativa. Es cierto, de vez en cuando queremos una cosa u otra, miramos determinados resultados, tratamos de resolver problemas concretos, pero esa espera de autocumplimiento es el motor que da arranque y energía a nuestra humanidad.

Normalmente miramos esta espera con una especie de pudor o, como dijo Rilke en una ocasión, con “vergüenza, un poco como se calla una esperanza”. Todo el esfuerzo del pensamiento humano, al menos en esa parte del mundo donde se afirma la filosofía occidental, siempre ha mirado hacia esa realización impronunciable. ¿Cómo podría definirse la plenitud de la vida, es decir, una satisfacción que no sea solo un momento pasajero sino que dure para siempre? Es verdad, a nosotros los “nihilistas” nos sale casi por instinto el manejar estas palabras con gran cautela, mezclada con escepticismo, por lo grande que es su pretensión y por cuánto quema la desilusión que tantas veces hemos sentido. Por eso la felicidad se queda como al margen de nuestros programas, como una espera en el fondo irracional porque no se puede calcular. Muchas veces, cuando hemos intentado producirla nosotros, la felicidad se ha revelado en el fondo como un sueño irreal, acaso imposible.

Hay que decir que el problema de la felicidad ha sido el motor de gran parte de nuestra historia –personal y cultural– hasta codificarse incluso como un “derecho inalienable” en la Declaración de independencia americana en 1776: “el derecho a buscar la felicidad” (pursuit of Happiness).

Las grandes estrategias del mundo clásico, griego y latino brillan aún por su elevación, pero cuanto más brillan más se alejan como cuerpos celestes inalcanzables. ¿Cómo no pensar en el ideal aristotélico según el cual la felicidad perfecta consiste en la actividad contemplativa? Una actividad a la que solo los dioses y filósofos pueden llegar, porque en ellos alcanza su cumplimiento la naturaleza racional de la vida, esa que nos hace libres para ver el mundo desinteresadamente, en su necesidad y eternidad. Pero acude a la mente el contrapunto epicúreo, el de un estoico antiguo, según el cual el hombre solo puede ser feliz si consigue moderar sus necesidades y alcanzar la ausencia de turbación y afanes anímicos, “contento” –es decir satisfecho y delimitado a la vez– en su justa medida. En ambos casos los seres humanos están llamados a realizar la felicidad mediante el ejercicio de sus virtudes o gracias a una estrategia defensiva.

Pregúntame si soy feliz

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El destino de Argentina, entre Argenzuela y el narco-estado

Arturo Illia

El camino hacia una Argentina presa del totalitarismo o, como la llaman muchos argentinos, hacia una Argenzuela, avanza imparable con un Gobierno que finge no entender la gran protesta social en su contra y que solo se nutre de contradicciones y también de mentiras. Cada vez resulta más evidente que, por primera vez en su tortuoso camino democrático, el país se encuentra con una figura presidencial que sustancialmente actúa como secretario de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner.

Su desconexión con el país, o al menos con gran parte del mismo, ya es total. Solo se sostiene políticamente por esa parte de la población que vive gracias a subsidios eternos, y también por todo un mundo de sindicalistas y políticos dispuestos a hacer de todo con tal de que nada cambie.

El 1 de septiembre sucedió algo inverosímil. El congreso de diputados tenía que debatir dos iniciativas muy importantes, como la grave crisis turística debida al Covid-19 y el problema de la pesca ilegal. Este segundo tema es fuente de continuos problemas porque el tramo atlántico argentino constituye uno de los mares de pesca más importante del mundo y durante décadas pesqueros de varias nacionalidades, pero sobre todo chinos, pescan ilegalmente en aguas territoriales argentinas. Pero los medios disponibles, en la desastrosa crisis que el país vive desde hace años, no permiten preparar una flota capaz de velar por la seguridad de sus aguas. Por eso era importante encontrar una solución para ambos problemas.

La oposición, que en el congreso de los diputados cuenta con una mayoría, aunque escasa, se personó en masa, mientras que los diputados que apoyan al Gobierno participaron de manera virtual. El presidente de la cámara, Sergio Massa, un delfín kirchnerista que durante años repudió a este bando político para luego volver al redil (como el presidente Alberto Fernández, por cierto) con una decisión que supera la metafísica, decidió considerar a la oposición ausente en la reunión, a pesar de que tenía ante sus ojos a todos sus miembros en persona. Luego la reunión prosiguió como si nada, a pesar de las protestas de los diputados presentes, y se prolongó hasta las cinco de la madrugada, con la aprobación de dichos procedimientos contando solo los votos virtuales. En la práctica, asistimos a la liquidación política del congreso de los diputados pero, a pesar de que los presentes protestaron por este auténtico “golpe” institucional, Massa decidió aprobar la sesión y por tanto darla por válida.

Al día siguiente asistimos además a lo que se podría definir como “La parodia de la República”, con el presidente Fernández que desde el principio dio por nula la sesión, dada la gravedad de la situación que se produjo, pero al cabo de apenas una hora se convirtió en lo que ya es un clásico de su gestión, revertía la situación dando la sesión por válida. ¿Pero cómo? Porque claramente el “secretario” de Cristina Kirchner ha avalado las ideas de su vicepresidenta, que luego en la práctica, con esta decisión, ha mostrado quién detenta el poder en este país.

El destino de Argentina, entre Argenzuela y el narco-estado

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>Editorial

El arriesgado giro de Europa en Venezuela

Fernando de Haro

El informe de Naciones Unidas sobre Venezuela, dado a conocer la semana pasada, es demoledor. Oficializa lo que ya sabíamos. El Consejo de Derechos Humanos ha investigado casi 3.000 casos de asesinatos, torturas y desapariciones denunciadas en el país durante los últimos años. Sus conclusiones son que el Gobierno de Maduro y los generales Néstor Reverol y Vladimir Padrino han ordenado crímenes de lesa humanidad y que hay que investigarlos judicialmente.

El estudio se ha publicado en un momento en el que se vuelve a debatir cuáles son las condiciones en las que se pueden dar por buenas las elecciones legislativas convocadas por el régimen de Maduro para finales de este año. Henrique Capriles, uno de los líderes históricos de la oposición, en contra de Juan Guaidó, el presidente encargado, reconocido por 27 países, se ha mostrado dispuesto a participar en los comicios. En España el Gobierno de Sánchez y el socialista español Josep Borrell, el Alto Representante de política exterior de la UE, también se han mostrado dispuestos a apoyar la celebración de esas elecciones bajo ciertas condiciones y después de un aplazamiento. Posición que, de facto, supone distanciarse de las tesis de Guaidó. Borrell ha puesto a la UE más cerca de Capriles que del presidente encargado.

El problema es si la hipótesis de unas elecciones con unas mínimas garantías, después del informe de Naciones Unidas, es verosímil. El Grupo de Contacto (grupo promovido por la Unión con países latinoamericanos), que busca una salida negociada y democrática a la crisis, hizo la semana pasada una lista de requisitos para respaldar las elecciones. El elenco, en la práctica, es una descripción de cómo Maduro ha convertido Venezuela en una dictadura. Se reclama respeto al mandato constitucional de la Asamblea Nacional. Desde que en 2016 ganara las elecciones todos los mecanismos del Estado, incluido el Tribunal Supremo, han sido utilizados para sofocar a la única instancia democrática que quedaba. Se exige también devolver el control de los partidos políticos a sus auténticos responsables. En el mes de julio Maduro, a través del Tribunal Supremo, cambió las juntas directivas de Voluntad Popular, Acción Democrática, Primero Justicia y Un Nuevo Tiempo, las cuatro formaciones con más peso en la oposición. El Grupo de Contacto añade que es necesario dejar de acosar a los líderes de esos partidos, actualizar el padrón para que puedan votar también los cinco millones de refugiados que han tenido que salir del país, permitir el libre acceso a los medios de comunicación y un Consejo Nacional Electoral (CNE) independiente y equilibrado. El CNE, como el Supremo, es otra de las instituciones que utiliza el chavismo para hostigar la libertad.

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El arriesgado giro de Europa en Venezuela

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Una encíclica para todos y todas

Andrea Tornielli

“Todos hermanos” es el título que el Papa ha dado a su nueva encíclica, dedicada como dice el subtítulo a la “fraternidad” y a la “amistad social”. El título original en lengua italiana, “Fratelli tutti”, permanecerá tal cual, sin traducirse en todas las lenguas en las que se difundirá el documento. Tomando así la primera palabra de la nueva “carta circular” (eso es lo que significa la palabra “encíclica”) del gran santo de Asís del que el papa Francisco tomó su nombre.

A la espera de conocer el contenido de este mensaje que el sucesor de Pedro quiere dirigir a toda la humanidad y que firmará el próximo 3 de octubre ante la tumba del santo, durante los últimos días hemos asistido a discusiones a propósito del único dato disponible, es decir, el título y su significado. Al tratarse de una cita de san Francisco (Admoniciones, 6, 1: FF 155), el Papa no ha querido modificarla. Pero sería absurdo pensar que el título, en su formulación, contenga intención alguna de excluir entre sus destinatarios a más de la mitad de la población humana, es decir a las mujeres.

Al contrario, Francisco ha elegido estas palabras del santo de Asís para inaugurar una reflexión que le preocupa mucho sobre la fraternidad y la amistad social, y por tanto quiere dirigirse a todas las hermanas y hermanos, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que pueblan la tierra. A todos, de manera inclusiva y nunca excluyente. Vivimos un tiempo marcado por guerras, pobreza, migraciones, cambios climáticos, crisis económicas, pandemia: reconocernos hermanos y hermanas, reconocer en quién encontramos a un hermano o hermana, y para los cristianos reconocer en el que sufre el rostro de Jesús, es una manera de reafirmar la dignidad irreductible de todo ser humano creado a imagen de Dios. También es una forma de recordarnos que de las dificultades actuales nunca podremos salir solos, unos contra otros, norte contra sur, ricos contra pobres, o separados por cualquier otra diferencia excluyente.

Una encíclica para todos y todas

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Covid, imprevisto y esperanza

Giorgio Vittadini

De manera muy esquemática, las reacciones al imprevisto, cuando no al trauma, de la pandemia, puede decirse que han sido de dos tipos. En la primera parte del confinamiento, cuando el Covid-19 dejó de ser una nueva y extraña enfermedad que amenazaba a una ciudad china desconocida para la mayoría, en los balcones de las casas, en los debates televisivos, en los mensajes de internet, empezó a circular el tranquilizador eslogan de “todo saldrá bien”. Luego llegaron las imágenes de camiones militares transportando féretros y el clima se oscureció. Muchos no han resistido ante una realidad cada vez más imprevisible y sometida a un miedo que, en muchos casos, todavía dura, mientras que otros, al menos aparentemente, lo han vencido con una especie de descuido. Ante el riesgo de un posible nuevo contagio, muchos ya no van a bares y restaurante, no viajan, no se reúnen, preferirían prolongar indefinidamente el teletrabajo.

Se han visto y se siguen viendo reacciones, públicas y privadas, de todo tipo: desde la banalización de problemas muy complejos hasta la utilización de esta situación para saldar ciertas cuentas políticas, y no solo eso. Mientras tanto, muchas autoridades, en vez de admitir más que comprensiblemente que aún no tienen la situación bajo control, fingen que ya lo saben todo y prometen milagros que todos sabemos que son imposibles.

A esto se corresponde la pretensión de los que preferirían que las intervenciones asistenciales, inevitables y obligadas a corto plazo, se transformaran en eternas, pues siempre tiene que haber alguien que nos saque de las situaciones difíciles.

Sin embargo, ha habido y hay otro tipo de reacción ante este imprevisto. Lo constatamos durante los peores momentos de la emergencia sanitaria, con la creación de puestos de cuidados intensivos, multiplicando hasta ocho veces los que había antes, con el compromiso humano y profesional de médicos, enfermeros, personal sanitario, voluntarios, profesores, solo por citar algunos.

Una gran capacidad para reaccionar al imprevisto, volviéndose a poner en pie, que vemos ahora en empresario y trabajadores que vuelven a poner en marcha un país que casi se ha parado y que parecía haber perdido su deseo antes del Covid-19.

¿Cuál es la diferencia entre la primera y la segunda reacción? La expresa una palabra pronunciada muchas veces por el papa Francisco en sus intervenciones: esperanza. La esperanza es la experiencia de un presente que nos da la certeza del futuro, según una definición de Luigi Giussani. Un presente que es un Dios encarnado que camina cada día al lado del hombre cansado y agotado para darle consuelo.

Esperanza es también una palabra laica. Y se refiere al verdadero vínculo con los seres queridos, los amigos, la comunidad, el grupo social de pertenencia, el propio pueblo.

Covid, imprevisto y esperanza

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De Virgilio al Apolo 13. Quien tiene esperanza sabe volver a empezar

Emilia Guarnieri

“A quien más sabe es a quien más duele perder el tiempo”. Con estas palabras, mientras Virgilio comienza con Dante la subida al Purgatorio, explica la urgencia que siente de conocer el camino para llegar a la cima de la montaña. Para quien es consciente de una tarea o de un objetivo a alcanzar (¡para “quien más sabe”!, por tanto), perder el tiempo es doloroso.

He aprendido por experiencia que una de las maneras más sencillas de perder el tiempo ante los objetivos que alcanzar es no utilizar los recursos disponibles. Tergiversar, quejarse, echar la culpa a otros, litigar, ceder a la reactividad más instintiva, no mirar todos los factores de la realidad, fingir que no se sabe algo que sí se sabe: así nos defendemos de los problemas, tratando de evitar afrontarlos. Mientras que la vida es una aparición continua de problemas que exigen que se afronten y se intenten resolver.

Siempre me ha fascinado la historia del Apolo 13, la misión espacial americana que en 1970, después de una explosión en el módulo de servicio, no llegó a la Luna pero logró devolver vivos a casa a los tres astronautas. “Houston we have a problem!”. Así empezó todo, dándose cuenta de que tenían un problema. Estaba claro que había que “resolverlo”, a pesar de que todo, desde el agua hasta el oxígeno, iba desapareciendo. Coraje, determinación, preparación, flexibilidad, por parte de los astronautas y del equipo de Houston, todo contribuyó a lograrlo. Y cuando hizo falta construir un adaptador de filtros de anhídrico carbónico, fue el momento en que saltó la intuición de los “recursos”. En la base de Houston, los ingenieros de la NASA se encerraron en una sala en busca de una solución posible usando solo los objetos que los astronautas podían utilizar a bordo. Los únicos recursos disponibles. “Inventaron” el adaptador utilizando un calcetín, cinta adhesiva y trozos de plástico que arrancaron de las portadas de los manuales de a bordo. Tenía una forma tan insólita que los astronautas lo llamaron “buzón”, feo pero adecuado para resolver el problema.

Ante la presión de la vida, cuando uno es leal y está abierto, se da cuenta de manera evidente de los recursos disponibles. Porque los recursos no son lo que nos gustaría tener para resolver problemas sino lo que la realidad nos da a cada instante para “arreglarnos”.

Estos días dominados por el caos por la reapertura de las aulas, el tema de los recursos suena terriblemente actual. Faltan muchas cosas (espacio, transporte, docentes), pero también hay otras muchas. Existen recursos que podemos valorar y utilizar, también en una ocasión como esta. Desde materiales hasta las ganas que los alumnos tienen de volver a clase.

Otro recurso fundamental es la conciencia arraigada en la historia de nuestro pueblo: la capacidad para volver a empezar, la capacidad para buscar soluciones, juntarse, valorar los intentos positivos, vengan de donde vengan, mediar y ponerse de acuerdo. Si hoy, entre los que tienen que volver a poner en marcha la educación, dominara este deseo positivo de resolver problemas y no solo la contraposición (por razones que poco tienen que ver con el bien de los alumnos) tal vez se podrían identificar antes las soluciones posibles, con menos pérdida de tiempo, con menos daño, con más sabiduría y realismo.

De Virgilio al Apolo 13. Quien tiene esperanza sabe volver a empezar

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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El otro es un bien, también en política

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El caballero de la mano en el pecho

David vencedor de Goliat de Caravaggio

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