Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
16 OCTUBRE 2019
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>Entrevista a Reyes Mate

´Los nacionalismos son inventos promovidos por los que les sacan provecho´

Fernando de Haro

¿La repetición de las elecciones tiene algo que ver con la "España de las castas" de la que hablaba don Américo Castro?

A primera vista parece un poco forzado remitir la incapacidad de los partidos políticos a pactar entre ellos a algo tan lejano como la “España de las castas”. Pero creo que está bien visto. Desde luego, Américo Castro lo suscribiría. Recordemos, en efecto, que cuando quiso contar a los jóvenes españoles de la posguerra las causas de la Guerra Civil, les decía que había que remontarse “a causas lejanas y ocultas”. ¿Qué claves nos revela ese pasado? Que el talante político de los españoles es una mímesis del que dominaba en aquel Al Andalus islámico. “Islam” significa creyente. Lo que marcaba la identidad política era la creencia. Eso lo heredaron los cristianos cuando transformaron aquel espacio ibérico en España. Ahora bien, las creencias tienden a ser absolutas y excluyentes, por eso los nuevos españoles del siglo XV expulsaron a los judíos y los del XVII, a los moriscos. A Don Américo no le gustaba hablar de las dos Españas porque, decía, la querencia a la exclusión la practica cada una por separado. Los españoles, todos, tenemos una lección pendiente y es la de la convivencia. No nos soportamos ni muertos, como bien mostró José Jiménez Lozano con ese monumental ensayo titulado “Los cementerios civiles y la heterodoxia española”.

¿La falta de diálogo de los políticos tiene alguna raíz cultural o ideológica?

Creo que sí y tiene que ver con lo que acabo de decir. Nos gusta divinizar, en el sentido de absolutizar, la posiciones políticas (por eso los conflictos entre nosotros tornan rápidamente en “guerras divinales” que decía Américo Castro). No fuimos capaces de desdivinizar en su momento la política mediante la prueba de fuego que Europa llamó “tolerancia”. Sobre la tolerancia hay tres grandes tratados: el del francés Voltaire (Tratado sobre la tolerancia, 1763), el del británico John Locke (Ensayo sobre la tolerancia, 1677), y el del alemán Efraim Lessing (Nathan el sabio, 1778). Ahí se fraguan las bases culturales de la convivencia moderna, a saber, que antes que diferentes somos iguales pues compartimos la dignidad de ser humanos; que lo propio del hombre es buscar la verdad y no poseerla; y que el mejor criterio de verdad es que nos lo reconozcan los demás. Pues bien, esa corriente nos pasó de largo y aunque hemos intentando luego atraparla, todavía no es nuestra segunda piel. En los momentos clave tendemos a la intolerancia, a la malvivencia, como si ahí, instalados en los principios absolutos, nos encontráramos más a gusto. Lo que ha ocurrido estas semanas pasadas, confundiendo al rival con el enemigo y levantando tan frívolamente muros o pintando líneas rojas, es una buena prueba de esta inmadurez. Se echa de menos el espíritu de la Ilustración que tiene que ver con madurez racional, según decía Kant.

¿En qué medida el problema de Cataluña está afectando a todo el panorama político español?

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"Los nacionalismos son inventos promovidos por los que les sacan provecho"

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Todo fue una quimera

Lola Martínez

La sentencia del procés, que conviene leer, explica que el derecho a decidir, que siempre ha invocado el independentismo, no existe en el derecho internacional ni en la Constitución. No existe el derecho a la autodeterminación salvo para los pueblos coloniales y oprimidos, que no es el caso.

A los chicos que recurren a la violencia para protestar por la sentencia quizás les convendría leerla, leer los párrafos en los que se dice que los condenados hicieron creer “a los ilusionados ciudadanos que el llamado referéndum de autodeterminación conduciría al ansiado horizonte de una república soberana”. Hay quien puede pensar que una condena por sedición con 12 o 13 años de cárcel, 12 o 13 años de inhabilitación es poca cosa. No estamos hablando de delitos de sangre. Los jueces explican que hubo violencia. Pero la violencia no fue funcional, no fue suficiente para romper con el orden constitucional y la integridad territorial. Bastaron unas líneas del BOE, dicen los jueces, para que el proyecto se acabase. Y añaden que "el Estado mantuvo en todo momento el control de la fuerza, militar, policial, jurisdiccional e incluso social. Y lo mantuvo convirtiendo el eventual propósito independentista en una mera quimera". Quimera, quizás es una de las palabras claves de la sentencia. Nunca estuvo realmente en riesgo la integridad de España. Si alguno de los que se ha manifestado en las últimas horas, de los que han cortado las carreteras, se tomase la molestia de leer algunas líneas de la sentencia, quizás se sentiría tentado de quitarse la capucha, de quitarse el lazo amarillo y de marcharse a casa y ponerse a trabajar para construir la Cataluña real.

Conviene también leer las páginas en las que el Supremo se pronuncia sobre la concesión del tercer grado penitenciario. Los condenados, que llevan ya dos años en prisión, pueden obtener pronto un régimen que les permita pronto solo ir a dormir a la cárcel. La fiscalía había solicitado que a los acusados se les impusiera el llamado periodo de seguridad que impide obtener el tercer grado penitenciario antes de que se haya cumplido la mitad de la pena. El Supremo no le ha hecho caso a la fiscalía porque argumenta que no se puede imponer el periodo de seguridad. Los jueces no creen que haya posibilidad de reincidencia. Junqueras dijo claramente que volvería a hacerlo. Si Junqueras dijo que volvería a hacerlo, ¿por qué los jueces del Supremo aseguran que no hay pronóstico de reincidencia? Para cometer un nuevo delito de sedición Junqueras y sus compañeros tendrían que volver a ser consejeros de la Generalitat y no es posible porque han sido inhabilitados por mucho tiempo.

¿Es un coladero? El Código Penal es el que es, la rebelión exige violencia funcional. Las competencias penitenciarias están cedidas. Y la justicia no consiste nunca en que alguien que ha cometido un delito grave se pudra en la cárcel.  

Todo fue una quimera

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¿Cuál es el puesto de la persona en una "casa" enferma e inhóspita?

Federico Pichetto

El Sínodo de los obispos dedicado a la Amazonía se ha visto precedido por meses de polémicas en las que se enfrentaban, desde una perspectiva cada vez más política, los que consideran que el pontificado de Francisco es solo un paréntesis y los que –por el contrario– perciben en las líneas trazadas por el Papa argentino en estos siete años una auténtica declinación metodológica del Concilio Vaticano II, sobre todo respecto a las relaciones de la Iglesia de Roma con el mundo moderno.

Estos dos bloques se encaminaron abiertamente hacia el cónclave transformando cada episodio de la vida de la Iglesia en un pretexto para reafirmar sus propias tesis y consolidar el consenso entre los grandes electores del próximo sucesor de Pedro. Desde este punto de vista, no cabe duda de que a ambos bandos les conviene alimentar la confusión en torno a las grandes citas de la Iglesia, empezando por este sínodo.

En realidad, el instrumento del sínodo lo puede utilizar un pontífice de tres maneras: por vía ordinaria, cuando la asamblea representativa de los obispos de todo el mundo se ve llamada –bajo la guía del Papa– a reflexionar y discutir cuestiones inherentes a la vida de la Iglesia que además el propio obispo de Roma considera especialmente dirimentes; por vía extraordinaria, cuando el Papa perciba una especial urgencia por tomar posición o reflexionar sobre un determinado problema; o por vía especial, en cuyo caso el Romano Pontífice juzga significativa la situación de una determinada zona del mundo, hasta el punto de detener sobre ella la mirada del episcopado de dicha zona y –en general– de los representantes de la Iglesia del mundo entero.

Este último caso es el que emprende el camino de la reflexión sobre la Amazonía como tierra de “nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral”. Bergoglio señala la Amazonía como una síntesis muy eficaz de nuestro tiempo.  De hecho, en ella vemos cómo la economía capitalista consume los recursos del planeta sin crear otros nuevos y –algo aún más significativo– sin preocuparse por las consecuencias humanas, espirituales y éticas que ese consumo comporta. La Amazonía es símbolo de un liberalismo que ha vencido la batalla con el comunismo, pero que no ha sido capaz de afirmar ni difundir el bienestar para todos los hombres, incrementando los desequilibrios sociales y reduciendo considerablemente las potencialidades propias del ecosistema de nuestro planeta.

Se trata por tanto de una casa enferma, inhóspita, maltratada. Ese es el tema central del Instrumentum Laboris del sínodo, un resumen potente y preciso de cómo la responsabilidad humana –con sus decisiones– puede comprometer el desarrollo y el derecho a la felicidad de cualquier persona. Tal derecho, afirma el documento preparatorio del sínodo, se ve especialmente perjudicado en la medida en que las condiciones sociales, económicas y políticas de una región no hagan viable el camino del anuncio del Evangelio, de modo que la difusión de la Buena Nueva en las poblaciones más alejadas de la tierra necesita esa “plenitud de los tiempos” que ya en los orígenes del cristianismo permitió que la fe pudiera penetrar hasta los ganglios más profundos de la sociedad.

¿Cuál es el puesto de la persona en una "casa" enferma e inhóspita?

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>Editorial

Plaza de las Salesas, kilómetro cero

Fernando de Haro

La sentencia con más trascendencia política que se haya pronunciado en los últimos años en Europa se ha escrito, paradójicamente, en un antiguo convento de Madrid. El Convento de las Salesas Reales diseñado por un arquitecto francés en el XVIII. Las Salesas Reales, sede del Tribunal Supremo, ha fijado la “verdad jurídica” de los acontecimientos que acabaron al final de 2017 con la declaración/no declaración de independencia de Cataluña. La verdad jurídica, con todas sus limitaciones, se erige como una objetivación de los hechos después de que en los dos últimos años los catalanes y el resto de españoles hayan asistido a una guerra de interpretaciones. Las versiones sobre lo sucedido han ido desde el golpe de Estado al ejercicio cívico y pacífico de los derechos políticos fundamentales.

Ahora el Estado, a través del Tribunal Supremo, limita la subjetivación. Se puede discutir sobre la decisión de los jueces, manifestarse contra ella, considerarla demasiado blanda o demasiado dura. La aplicación de las condenas será una fuente de tensión. Pero lo importante es que la restitución de una cierta objetividad se puede convertir en un punto de partida para Cataluña y para el resto de España. Incluso si no se acepta. No fue una rebelión, no fue un intento de golpe de Estado, han dicho los jueces. En contra de lo que sostenía la Fiscalía. Hubo, sí, violencia de los promotores de la secesión. El independentismo no ha sido hijo de Gandhi (algo esencial para no caer en cierta patología). Pero esa violencia no fue planificada ni instrumental para una modificación estructural del Estado, sirvió para organizar tumultos que intentaron evitar la aplicación de la ley.

El Estado ha proporcionado “un mínimo fáctico”. ¿Cómo puede este mínimo ser un punto de partida y no de llegada? Desde que se ha dado a conocer el fallo, se ha externalizado algo que los líderes del independentismo habían interiorizado. El Estado fue incapaz, por mala gestión política, de frenar la celebración del falso referéndum del 1 de octubre de 2017. Pero tras la fuga de Puigdemont y de algunos de sus consejeros, tras el inicio del proceso, se hizo claro que el poder judicial estaba corrigiendo los errores del poder Ejecutivo. La llamada vía unilateral a la secesión se convirtió en un callejón sin salida. A pesar de la torpeza del Gobierno por explicar lo que estaba sucediendo en Cataluña, a pesar de la simpatía de ciertos sectores de la opinión pública europea por la secesión y a pesar de los fallos del sistema de la eurorden, la vía de la independencia estaba cerrada. Hace tiempo. La sentencia lo ha puesto negro sobre blanco. Ahora los líderes independentistas tienen que decidir cómo mantienen en pie su causa. La división que se ha producido entre ellos en los últimos meses es la prueba de la inutilidad de repetir consignas en favor de una Cataluña inmediatamente separada de España.

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Plaza de las Salesas, kilómetro cero

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La Iglesia de rostro amazónico y los nuevos ministerios

Andrea Tornielli

De las intervenciones en el aula estos primeros días del Sínodo, junto al grito de las poblaciones indígenas que piden respeto invocando atención y cuidado por lo creado, emerge otro grito. El de las comunidades cristianas diseminadas por territorios vastísimos. El de los pastores que, con solo una decena de sacerdotes deben atender a quinientas comunidades dispersas en cien mil kilómetros cuadrados, con dificultades considerables para trasladarse de un lugar a otro.

Se ha puesto en evidencia y se ha criticado una manera de afrontar este tema sin el corazón del pastor. Un enfoque que no parte de ese grito y no lo hace suyo, que no parte de la exigencia de esos cristianos a los que no se les permite celebrar la eucaristía más de una o dos veces al año, cristianos que no pueden confesarse ni contar con el conforto de un sacerdote cuando van a morir.

Cualquier reflexión, cualquier intento de respuesta, cualquier confrontación desde posiciones distintas a esta debería identificarse con este sufrimiento. Una situación que tiene características propias, que no se pueden superponer a otras. El Sínodo sobre la evangelización en la Amazonía está llamado, por tanto, a proponer respuestas posibles. Una de ellas, como es sabido, es la posibilidad de abrir –como excepción y de manera experimental– la ordenación sacerdotal a hombres ancianos de probada fe (no de abolir ni hacer opcional el celibato permitiendo que los sacerdotes se casen). Pero no se trata de la única vía posible, a pesar de que sobre ella se concentre todo el debate mediático.

De hecho, existen otras vías y otras respuestas al grito de esas comunidades que miran, por ejemplo, hacia una mayor valorización del diaconado permanente conferido a hombres casados, tratando de incrementar y formar adecuadamente vocaciones indígenas. La formación adecuada para los ministros ordenados, religiosos y laicos es, de hecho, una exigencia que ha salido en muchas de las intervenciones en el aula sinodal. Por ejemplo, se ha planteado la posibilidad de nuevos ministerios para laicos, especialmente para las mujeres, reconociendo la extraordinaria dedicación de muchas religiosas que dedican toda su vida al servicio de las comunidades amazónicas.

La eucaristía es que lo que hace la Iglesia, la celebración eucarística es el corazón, la fuente y el fundamento de la vida comunitaria. Pero, con la creatividad del Espíritu, allí donde el sacerdote no pueda estar presente, podría pensarse –y así se ha llegado a decir– en nuevos ministerios que se correspondan con las necesidades de los pueblos amazónicos para predicar la Palabra, guiar a las comunidades, acompañar en los sacramentos del bautismo, el matrimonio y la unción de enfermos, o presidir las liturgias de exequias. Nuevos caminos que deberían implicar sobre todo a los indígenas como agentes pastorales, como diáconos permanentes y como nuevos ministros no ordenados capaces de reconocer los dones que el Señor hace a los miembros de las comunidades nativas. El Sínodo está en camino.

La Iglesia de rostro amazónico y los nuevos ministerios

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Que los profesores vuelvan a ser maestros

Laurent Lafforgue, miembro permanente de L’Institut des Hautes Études Scientifiques (IHES) de la Universidad de París, y Rafael Garesse, catedrático de bioquímica y rector de la Universidad Autónoma de Madrid, han participado en un acto patrocinado por la Asociación para la Investigación y Docencia Universitas y presentado por Rafael Gerez, abogado y presidente de EncuentroMadrid. En las intervenciones de ambos ponentes tan reconocidos en el ámbito científico se ha podido apreciar tanto la pasión por su vocación como su interés por la educación actual y los retos que existen en las escuelas y en las universidades.

Laurent Lafforgue, centrando su intervención en el sistema francés, pero haciéndolo extensivo al resto de Europa, ha afirmado la ruptura que se está llevando a cabo en la sociedad. En las últimas décadas, la educación ha dejado de convertirse en un ámbito de transmisión de conocimiento y sabiduría. Como consecuencia de ello, ha desaparecido una educación humanista basada en el aprendizaje de las lenguas y de la literatura. Otro ejemplo ha sido la disolución de la enseñanza de la historia, convirtiéndose en una materia sin ningún atractivo. Ello no responde a unos intereses concretos, sino más bien a “una desaparición del sentido de lo que se enseña que refleja el nihilismo de nuestra sociedad actual”. El papel de la escuela, ha continuado Lafforgue, debe de ser primero enseñar a leer y a escribir. Después, enriquecer el espíritu mediante lo que tradicionalmente se han llamado los clásicos por ser estos portadores de un gran valor. Y finalmente, transmitir y garantizar la continuidad de nuestras culturas. En este sentido, Lafforgue ha recalcado que la cultura no tiene por qué oponerse a la naturaleza, pues la cultura explicita la naturaleza, es decir, ayuda a entenderla.

Rafael Garesse ha reflexionado sobre la formación universitaria haciendo una comparación entre lo que tradicionalmente eran las universidades, fuente de conocimiento y lugar donde adquirirlo, y el papel que tienen hoy en día. Siendo consciente de que en los últimos años este conocimiento de las distintas áreas se ha hecho más disponible a través de diferentes vías, propone a las universidades el reto de formar para adaptarse a un mundo cada vez más cambiante. La universidad tiene que despertar el deseo de aprender a aprender y que quienes estudian mantengan el deseo de aprender a lo largo de toda la vida.

Ambos han puesto de manifiesto que el despertar del atractivo y el gusto por aprender solo es posible a través de la figura del maestro que con su generosidad y disponibilidad acompañan al estudiante en este recorrido. “Los profesores deben convertirse en maestros”, explicaba Garesse, “porque un buen profesor no es quien da una buena lección, sino aquel que se preocupa de que sus alumnos vayan adquiriendo la pasión por conocer, la belleza del conocimiento y la inquietud de estar formándose toda la vida”.

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Que los profesores vuelvan a ser maestros

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El exbrigadista Alberto Franceschini: "Para perdonar hace falta la verdad"

El acto que ha clausurado EncuentroMadrid llevaba por título “El rostro del otro es un bien para mí. Experiencias de perdón, reconciliación y convivencia”. Y para poner rostro a estas experiencias, esta mesa redonda ha contado con tres protagonistas que pueden decir en primera persona no solo que han pedido perdón, sino que han sido perdonados: Juan Manuel Cotelo, guionista y director de cine cuyo último largometraje, El mayor regalo, habla precisamente de la misericordia; Mikel Azurmendi, antropólogo y sociólogo vasco que estuvo en los orígenes de la banda terrorista ETA; y Alberto Franceschini, fundador del grupo terrorista italiano Brigate Rosse.

Marcelo López Cambronero ha sido el encargado de moderar el debate entre los tres ponentes. El profesor agregado de Filosofía en el Instituto de Filosofía Edith Stein ha comenzado recalcando que “el perdón es una de las necesidades humanas elementales, la única fuerza capaz de restituir un corazón herido que desea volver a mirar al futuro con la esperanza de un bien posible”.

Pero ¿qué ha llevado a figuras situadas en la ideología extrema, como Franceschini, a pedir perdón? el perdón es una de las necesidades humanas elementales “Mi vida ha sido muy complicada. Yo he disfrutado del perdón y también he perdonado. ¿Por qué? He pasado 19 años en la cárcel, aunque fui condenado a 72, y eso que no tengo delitos de sangre a mis espaldas: nunca maté a nadie, pero sí fundé una organización terrorista”, ha contestado el ex brigadista.

Aunque en los cuatro primeros años de las Brigadas Rojas no se cometieron asesinatos, Franceschini asume su culpa. “Me arrestaron antes de que llegara a matar a nadie, pero eso no me absuelve: si hubiera tenido que combatir en la calle en aquellos años probablemente lo hubiera acabado haciendo”, ha confesado, para después añadir que tenía que “arreglar cuentas” consigo mismo. “No podía esconderme detrás de la excusa de que yo no había matado a nadie, porque los que mataron lo hicieron por mí. Yo sabía lo que teníamos que hacer, y quién empuñaba el arma era un aspecto totalmente secundario”. El ex brigadista ha despejado las dudas afirmando que quien entra en una organización terrorista conoce “sus obligaciones”, y que después, desde la cárcel, él observaba a sus sucesores llevarlas a cabo. “Para ser honesto, algunas cosas no las compartía, pero siempre predominaba un sentimiento de solidaridad, que es algo que caracteriza a los grupos terroristas: el saber que, aunque seamos pocos, estamos unidos”.

En 1974, Alberto Franceschini fue detenido. Tras el secuestro y asesinato de Aldo Moro, presidente del partido Democracia Cristiana, por las Brigadas Rojas, el ponente comenzó a revisar sus posturas. “En un principio decidimos no adherirnos a la invitación a la pacificación e incluso estábamos dispuestos al sacrificio para obtener la victoria. En los años siguientes llenamos el país de muertos, en un enfrentamiento constante entre nosotros y el poder, y entonces nos dimos cuenta de que la batalla estaba perdida”, ha continuado el ex líder comunista, si bien afirma que “no hubo una reflexión inmediata acerca de si nos habíamos equivocado o no”.

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El exbrigadista Alberto Franceschini: "Para perdonar hace falta la verdad"

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El destino de Europa se mide con Václav Havel

En la última jornada de EncuentroMadrid, la primera conferencia del día se ha basado en conocer más a fondo al político checo Václav Havel, al que está dedicada la exposición central de esta XVI edición. Ubaldo Casotto, periodista y comisario de la exposición ‘El poder de los sin poder’, Joseph H.H. Weiler, profesor universitario de la Facultad de Derecho de la Universidad de Nueva York, y Rocío Martinez-Sampere, directora de la Fundación Felipe González, han debatido sobre el presente y el destino de Europa después de la caída del Muro de Berlín, según los conocimientos de Havel.

La charla ha comenzado con las disculpas de uno de los ponentes, concretamente de Ubaldo Casotto. El periodista italiano no ha podido leer lo que tenía preparado debido a un problema en la garganta y ha pasado sus hojas a la persona que ha presentado la conferencia, David Blázquez, jefe del gabinete del consejero de Economía, Empleo y Competitividad de la Comunidad de Madrid. Ubaldo Casotto ha dado voz al político checo al hablar duramente de Europa. “Havel nos recuerda nuestra responsabilidad durante los 40 años del comunismo. Critica su burocracia y su materialismo. Dice que Europa carece de espíritu de corazón, está fijada en sus intereses económicos y es egocéntrica”.

Casotto ha hablado también de la “responsabilidad” ciudadana. “La nueva Europa debe redescubrir su libertad. La conciencia y la responsabilidad están relacionadas con el hombre”. El periodista italiano ha querido transmitir la idea que tenía el político checo sobre la ‘responsabilidad’ y ha resaltado estas palabras de Havel: “Me importa quién hace el bien sin que lo vean”. A esto, Ubaldo Casotto añadía: “La conciencia es eso por lo cual cuando estás solo te comportas como si alguien te estuviera mirando. Los europeos dudan cada vez más de ese otro”. Casotto ha reafirmado en palabras de Havel que hay que “respetar la libertad de los demás”. “Europa tiene que empezar a cambiar el mundo a partir de sí misma arriesgándose a que nadie siga su ejemplo, pero esta puede ser ejemplo de cómo vivimos juntos. Europa debe asumir la cruz de este mundo. Europa es la historia de un largo encuentro entre creyentes y no creyentes”.

El periodista italiano ha querido enlazar a Havel con el Papa emérito, Benedicto XVI. “Ratzinger decía que la libertad religiosa es también la libertad de decir ‘no’ a Dios. Es solo la posibilidad del ‘no’ lo que garantiza el ‘sí’”. Por esto mismo, Casotto ha recordado lo que dijo Havel en el Senado de Roma en 2002: “Debemos volver a la tradición de la duda y la pregunta, porque es la tradición de la maravilla y la humanidad a donde debemos volver. Para el no creyente siempre existe la duda de la incredulidad. Siempre seguirá acosado por la duda de si la fe es realmente la realidad. Tanto el creyente como el no creyente comparten dudas y fe, siempre y cuando no intenten escapar de sí mismos y de la verdad de la existencia”. El periodista italiano ha querido finalizar agradeciendo a Václav Havel “reconciliarme con la duda”.

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El globalismo egocéntrico que oprime a los débiles en nombre del "bien"

Aleksandr Solzhenitsyn*

Hace casi cinco siglos, el humanismo se apasionó por un proyecto tentador: hacer suyas las ideas más luminosas del cristianismo, su bondad, la compasión por los oprimidos y marginados, el respeto a la libre voluntad de cada persona… pero todo ello prescindiendo del creador del universo.

La idea pareció tener éxito. Un siglo tras otro, ese humanismo llegó a incidir en el mundo como un movimiento inspirado en altos ideales puramente humanitarios llegando incluso en ciertos casos a mitigar el mal y la crueldad de la historia. Sin embargo, en el siglo XX estallaron, casi como ollas a presión fuera de control, dos guerras de una crueldad monstruosa: la primera y segunda guerra mundial. Después de aquello, al humanismo-humanitarismo solo le quedaban dos vías: o dejar caer sus brazos con impotencia o, multiplicando sus esfuerzos, alzarse a un nuevo nivel. Así, a mediados del siglo XX, el humanismo reapareció con las directrices de un Globalismo Prometedor. En resumen, llegó la hora. Llegó la hora de institucionalizar en todo el planeta un orden racional (como si eso fuera posible) que ensalzara a los demás pueblos a un nivel aceptable, común para toda la humanidad, abrir a toda la población de la Tierra la perspectiva de sentirse ciudadanos del mundo de pleno derecho. Crear un único gobierno mundial regido por personas de alto nivel intelectual que se encarguen, con audacia y premura, de las necesidades de cualquier pequeño pueblo, en cualquier periferia de la Tierra. Durante un tiempo breve, parecía que el mito del gobierno mundial estaba a punto de hacerse realidad, se hablaba de ello con seguridad y se instituyó la Organización de las Naciones Unidas.

Pero en las décadas que siguieron inmediatamente a aquello, en la segunda mitad del siglo, empezó a resonar, como un reclamo alarmante, un gong. Su sonido nos decía que nuestro planeta es más pequeño y angosto de lo que imaginamos. Y mucho menos capaz de soportar, sin sufrir las consecuencias, la contaminación producida por la acción del hombre.

Todos recordamos la famosa conferencia sobre ecología en Río de Janeiro y otros consejos internacionales análogos que la siguieron. Todos los pueblos del mundo suplicaban a coro –¡a coro!– a EE.UU. y a los demás países más desarrollados: ¡moderaos, frenad el incremento incontrolado de vuestra industria, se está haciendo insoportable, para todos nosotros y para el planeta! Los habitantes de EE.UU. solo constituyen el 5% de la población mundial, pero consumen el 40% de todos los recursos minerales y semielaborados, y contribuyen con el 50% de la contaminación global. Su respuesta fue categórica: ¡no! O en algunos casos firmaron compromisos insignificantes que no resuelven el problema.

El globalismo egocéntrico que oprime a los débiles en nombre del "bien"

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>Entrevista a Antonio Rivera, catedrático de la Universidad del País Vasco

'No es demagógico ni populista acusar a la clase política'

Fernando de Haro

Antonio Rivera repasa con paginasdigital.es las causas que han provocado la repetición de elecciones. Reclama que los líderes y los partidos se adapten a las nuevas circunstancias.

¿Cuáles son las causas que han provocado esta repetición electoral?

Sin duda, la desconfianza de los socialistas, y a su frente Pedro Sánchez, con respecto a sus inevitables socios de Unidas Podemos a la vista de las decisiones que tendría que tomar en un hipotético gobierno, referidas en principio a la crisis catalana y a la crisis económica, sin olvidar los extremos de las reformas de las leyes tomadas por los gobiernos conservadores anteriores. A ello ha contribuido también un esquema de negociación entre esas dos formaciones que se ha mostrado ineficaz, tanto por las formas como posiblemente por las posibilidades de los negociadores de ambos lados.

En última instancia, los grupos ajenos a ese diálogo tampoco han proporcionado ningún atisbo de posibilidad razonable para ensayar una fórmula alternativa. Pero lo principal ha sido la percepción de Pedro Sánchez en cuanto a la confianza que le podía proporcionar su socio de Unidas Podemos e incluso la consideración de que unas nuevas elecciones moverían en su favor la situación en base a los nuevos resultados.

¿Pero va a ser posible la formación de mayorías estables en un futuro con un sistema de cinco partidos nacionales?

En puridad, eso no debería ser un problema. Los partidos tienen que adaptarse a los escenarios nuevos que marcan la cultura política de un país en un momento dado. La tradición de mayorías absolutas (o casi) con la fórmula de dos grandes partidos nacionales tampoco ha funcionado del todo porque demandaba finalmente depender de los grupos nacionalistas. Ahora se vuelve a una situación donde esas mayorías se fracturan en cada campo (izquierda-derecha) pero, al repetirse el equilibrio de bloques, posiblemente este se resuelve recurriendo de nuevo a los nacionalistas, cuando una parte de estos está en una posición poco colaborativa.

Por otro lado, la expectativa centrista de Ciudadanos se ha volatilizado por mor de la estrategia de su líder de solo jugar en el campo de la derecha, lo que ha reestablecido los dos grandes bloques que ya teníamos en el tiempo de los dos grandes partidos y de las mayorías absolutas (sumando a algún nacionalista). Los líderes y los partidos se tendrán que acostumbrar al nuevo escenario, quieran o no, salvo que se dispongan a someter al país a una crisis interminable, lo que redunda también gravemente en su legitimidad ante los ciudadanos.

¿Cómo ha afectado a la situación el intento de secesión de Cataluña?

>Entrevista a Antonio Rivera, catedrático de la Universidad del País Vasco

'No es demagógico ni populista acusar a la clase política'

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>Columna izquierda

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Indio americano o cachorro dálmata

Fernando de Haro

Tom Peters es un británico de 32 años que se ha paseado en las últimas semanas por los programas matutinos de televisión explicando que quiere ser un cachorro dálmata. Declara que le gustaría ser reconocido como el primer hombre transespecie, mezcla de humano y de perro. El caso parece el producto típico de un momento de crisis en los medios: las televisiones generalistas luchan con cualquier cosa contra la inexorable caída de audiencia en favor de pantallas y contenidos más segmentados. Las televisiones de siempre intentan evitar su declive con la industria de la nostalgia, la explotación del miedo y los relatos inverosímiles. En cualquier caso, Tom Peters insiste en que, desde hace años, al salir de su trabajo, vive como si fuera un perro, come golosinas para mascotas y pienso para animales. Asegura que lo hace para huir de una realidad que le resulta demasiado gravosa. Es fácil imaginarnos respondiendo a Tom con un largo discurso dedicado a la objetividad de su naturaleza y la belleza de la condición humana. Podríamos leerle el discurso de Pico de la Mirándola sobre la excelencia de la especie a la que pertenece. Pero seguramente no nos escucharía o diría que precisamente lo que está haciendo es responder a la invitación del gran humanista: ha elegido, y ha elegido no ser hombre. Toda esta conversación (no-conversación) sería fácil. Más difícil es comprender por qué Tom quiere ser perro. Más interesante es asumir, acompañar la soledad, el desconcierto, la inquietud que lleva a Tom a ponerse su disfraz canino.

Miguel Ángel Quintana Paz explicaba en un acertado artículo hace unos días lo que nos ocurre y por qué se dan casos como el de Tom. Quintana no es precisamente un tradicionalista que defienda la incuestionable evidencia objetiva de la naturaleza humana. Se dedica a los estudios de género. El filósofo ha dedicado buenas energías en defensa no de la ideología de género, que dice que no existe, pero sí de todos los valores culturales, variables, que junto al sexo determinan la personalidad. Quintana señala atinadamente que vivimos en una época de hiperindividualismo. Podría parecer que este término es contradictorio con el auge de los nacionalismos y de otros tipos de identidades de grupo. Quintana sostiene que son dos fenómenos confluyentes. “¿No vivimos una época en que cada vez más personas se sienten parte de una identidad común y ansían disolverse en ella? ¿No estamos ante un apogeo de los nacionalismos, ante un resurgir de los fundamentalismos religiosos, ante un empeño de todos por fundirse cada cual en su colectivo (las mujeres, los gais, los distintos grupos de inmigrantes, los negros, los pensionistas, los triscaidecáfobos) y olvidarnos allí de que yo soy yo?” –se pregunta el pensador–. Estamos ante “colectivos que elige el individuo: esa es la ironía de nuestros días”. Es lo que está pasando “con el fundamentalismo islámico: a menudo son jóvenes musulmanes los que optan por afiliarse a mezquitas más y más radicales, obedecer a imanes más y más integristas, alejándose así del islam más moderado de sus familias (o del que ellos mismos profesaban poco tiempo atrás). Es una decisión estrictamente individual. También en los nacionalismos podemos observar idéntico fenómeno. Pronto, con el transhumanismo, quizá podamos elegir incluso nuestra especie o en qué soporte (o bien un cuerpo de carne y hueso, o bien unos bits en un superordenador) preferimos vivir”.

Indio americano o cachorro dálmata

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Esperando el #Me Too del islam

Fernando de Haro, Lahore

El comisario del servicio secreto militar me explica con mucho énfasis que en el islam no está permitido que el hombre lleve al descubierto la parte del cuerpo comprendida entre el ombligo y las rodillas. Lo hace levantándome la camiseta y tocándome las piernas. El clérigo de la madrasa (escuela coránica) donde sucede la escena mira al militar con satisfacción. La madrasa en la que hemos estado grabando hasta unos minutos es una de las históricas de Lahore, la capital del Punjab. En sus aulas, sentados en el suelo, con movimientos rítmicos, a gritos, los niños aprenden de memoria las suras del Corán. El interrogatorio del comisario, que nos obligará más tarde a abandonar precipitadamente Pakistán, demuestra quién manda en el país. Da igual que el primer ministro sea de un partido musulmán o un play boy populista. Quien rige los destinos de esta nación de más de 200 millones de habitantes, encrucijada de Asia, es la alianza entre islamismo y ejército que le dio su identidad. El comisario tiene que demostrar al clérigo que hace cumplir la interpretación más estricta del islam y el clérigo presta su apoyo al comisario. Hasta no hace mucho era frecuente en Lahore, la ciudad fronteriza con la India, que los hombres paseasen con pantalones cortos y zapatillas por sus parques. El avance del partido radical Tehreek-e-Labaik ha cambiado las costumbres. Islamismo sobre islamismo, sobre el de Ali Bhutto de los años 70, sobre el del general Zia de los años 80, sobre el islamismo que impulsó Estados Unidos para combatir en Afganistán a los talibanes.

Mientras escucho al comisario predicar se me viene a la cabeza el rostro de Sadaf, una niña de 12 años que horas antes acaba de contarme su historia. Sadaf usa un pañuelo que le cubre la cabeza, viste como una musulmana, o como una hindú. Muchos cristianos del Punjab no se distinguen por su ropa. Son el vivo retrato de lo que decía la carta a Diogneto. Sadaf tiene el rostro severo y la expresión tímida pero enseguida le sale el carácter. Sadaf me ha explicado que una compañera de clase le invitó el pasado mes de abril a pasar una tarde con ella. Después de resistirse durante un tiempo accedió. La invitación fue una trampa para que el hermano de su compañera, Sabtain, la raptara. A Sadaf la drogaron, la trasladaron a Faisalabad y allí Sabtain abusó de ella. Sadaf lo relata todo con aplomo, sin bajar la mirada. Después de la agresión sexual, recibió una instrucción rápida de nociones sobre el islam y fue forzada a convertirse. A la conversión forzada se unió un matrimonio también forzado con un expediente falso. Sadaf no quería ser musulmana y no quería ser una posesión de Sabtain. Así que en un nuevo traslado tuvo el coraje de saltar del autobús en el que viajaba. Huyó y pidió un móvil a una persona desconocida. Consiguió llamar a su padre que fue rápidamente a recogerla. Ahora ha vuelto a ser acogida en su familia. Sadaf, que ya no tiene la mirada de una niña, me explica que ella no quería dejar de ser cristiana.

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>Editorial

Convicciones sin realidad

Fernando de Haro

La miniserie Chernóbil de HBO ha hecho furor. Los cinco capítulos escritos por Craig Mazin y dirigidos por Johan Renck han ocupado el hueco dejado en la audiencia por Juego de Tronos. La pasión por lo sucedido en el reactor nuclear ha generado un extraño turismo de la catástrofe. Chernóbil es mucho más que un desastre nuclear. El accidente de 1986, la cadena de decisiones tomadas, la reacción del poder soviético, la respuesta de los científicos y de la población nos hablan del riesgo de la energía atómica, pero también de la fe y de la realidad, de una realidad negada, y de un pensamiento, de una creencia que construía/construye un sistema contra la experiencia.

Nos atrae la serie porque en estos tiempos de miedo y de incertidumbre refleja las consecuencias de un uso imprudente de la tecnología. Efectos que se prolongan en el tiempo más allá de lo que se puede imaginar. No es solo terror al átomo. La ficción da forma a ese fantasma de la sociedad del riesgo que llevamos en el alma y que puede tener mil maneras de concretarse. El temor está dentro de nosotros y sentimos cierta afinidad por los relatos que alimentan lo que el sociólogo Luhmann llamaba “la extravagante preocupación por las improbabilidades extremas”. Es improbable una invasión de migrantes, una muerte por epidemia generalizada, una violenta guerra en todo el planeta. Pero las distopías cinematográficas que insisten en mundos creados por sucesos de este tipo florecen. La afición que tenemos en este comienzo del siglo por las improbabilidades extremas de destrucción más que por las improbabilidades extremas de ser nos retrata.

Ha habidos algunas críticas que le han afeado a Chernóbil no haber reflejado de modo adecuado cómo funcionaba el poder soviético a mitad de los años 80. Probablemente no se le puede pedir a una serie capacidad suficiente para describir algo que era no solo un conflicto entre la verdad o la mentira, o entre los expertos y los burócratas. Los privilegios de las autoridades, la escasa estima por la vida humana y el abuso del Estado marcaron la reacción a la crisis. Pero el caso Chernóbil es más que todo eso. Es el momento en el que se hace evidente el choque entre la fe del hombre soviético y la realidad. Por eso es tan actual. Y por eso hay que volver a la lectura de Voces de Chernóbil. Con el imponente mosaico de testimonios que construye Svetlana Alexievich, en la que aparece la vida real, el amor, el sufrimiento de los que vivieron el accidente y de los que trabajaron cerca de la central, se comprende por qué, como dice uno de los protagonistas, lo ocurrido sirvió para “aprender a decir yo”.

El monólogo de Marat Filipovich, ex ingeniero del Instituto de Energía Nuclear, refleja el sistema de “doble verdad” en el que se vivía y que se parece, a pesar de que estamos en sociedades libres, al nuestro. El problema era la fe, una fe sin base alguna en la realidad.

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>Editorial

Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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>Columna derecha

>CULTURA

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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