Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
20 SEPTIEMBRE 2017
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Encrucijada

Gabriel Richi Alberti

“No conseguirán cambiar nuestra forma de vivir”. Esta es una de las expresiones que más se han repetido tras los terribles atentados de Barcelona y de Cambrils. La hemos escuchado en boca de políticos, de periodistas, de muchas de personas de buena voluntad que han manifestado públicamente su repulsa ante semejantes crímenes irracionales. “No conseguirán cambiar nuestra forma de vivir”. ¿Estamos seguros? De hecho, lo queramos o no, algunas cosas cambian: se acentúan las medidas de seguridad –cada vez más necesarias–, surgen brotes no solo de intolerancia, sino también de odio al islam y a los musulmanes que viven entre nosotros, brotes que pueden conducir a la violencia; y, sobre todo, se difunde una desconfianza generalizada respecto a lo diferente.

Ante esta expresión, sin embargo, se hace presente una batería de preguntas todavía más radicales: ¿cómo es que ahora hablamos de “nuestra forma de vivir”? ¿Qué significa ese “nuestra”? ¿Es posible identificar un núcleo de bienes y de valores comunes a todos por los que estamos dispuestos a trabajar juntos? ¿Qué hacemos entonces con el primado del individualismo que gobierna nuestra vida social? De repente, ante la hostilidad asesina del yihadismo, resurge de las cenizas la reivindicación de una “forma de vivir” –la occidental– que ha caracterizado Europa durante la llamada modernidad y que, casi solemnemente, se había dado ya por fenecida. Las muertes de los atentados parecen tener la virtud de resucitar el ideal ilustrado de una sociedad libre y racional, como si fuese un ideal socialmente compartido y anhelado por todos. Pero ¿es así? La fragmentación a todos los niveles que impera en la vida personal y social parece negarlo. Al menos el individualismo galopante de nuestra sociedad, que nos hace cada vez más incapaces de comunicar entre nosotros, no nos permite referirnos de forma pacífica e ingenua a una supuesta “forma de vivir” común. Basta pensar en las lógicas de exclusión que rigen la economía y la política y, por tanto, las relaciones sociales. La fragmentación impera hasta tal punto que se hace difícil poder decir con verdad que existe “nuestra forma de vivir”. En efecto, «el individualismo posmoderno y globalizado favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas» (Francisco, Evangelii gaudium 67). Ciertamente la situación es más compleja. No faltan entre nosotros, en efecto, expresiones de solidaridad y trabajo común –las hemos visto en acto durante los años más duros de la crisis– que señalan una cierta persistencia de la idea de bien común. Y, sin embargo, dichas expresiones –verdaderas y generadoras de vida buena en la sociedad– no parecen tener la fuerza de modificar la mentalidad individualista dominante.

¿Entonces?

Ante estos atentados –respecto a los que es necesario reaccionar con todas las medidas oportunas que asegura el estado de derecho y a todos los niveles, también y fundamentalmente a nivel educativo– cada uno de nosotros se encuentra ante una alternativa radical. Puede ser más o menos consciente de ella, pero el modo en el que “recomience” su existencia cotidiana tras la noticia de los atentados mostrará cuál es su elección.

Encrucijada

Gabriel Richi Alberti | 0 comentarios valoración: 5  6 votos

 

>Editorial

Más allá de los barrotes de nuestros valores

Fernando de Haro

A las afueras de Milán todavía hay pegados algunos carteles de un acto político celebrado hace unas semanas con la frase: “Un nuevo inicio con nuestros valores”. Es el lema de la escisión del PD de Renzi, que ha dado lugar al MDP, un partido que, liderado por el histórico Bersani, reivindica las esencias de la izquierda. En realidad, en toda Europa, y en todo el mundo, la izquierda y la derecha hablan de la necesidad de volver a “nuestros valores”, a los que en otro tiempo nos definieron, a los que nos dieron una identidad segura antes de que la globalización pusiera patas arribas todo. ¿Ha sido la globalización realmente la que nos ha “robado” una identidad estable? ¿O ha sido esta creciente diversidad que inunda el mundo?

“Nuestros valores”, lo que nos han quitado o nos quieren quitar. ¿Cuáles son esos valores? Los de nuestra nación, los de nuestra religión, los de nuestro pueblo… Sí, bien. ¿Pero cuáles son los valores de nuestra nación, de nuestra religión o de nuestro pueblo? A la segunda pregunta, quizás a la tercera, las respuestas se hacen más dubitativas, más imprecisas. La mayoría de los mortales no sabríamos responder con precisión. Los intelectuales, los clérigos, los tertulianos son los que saben recitar los idearios. En un porcentaje altísimo esos idearios son nocionales, doctrinalmente perfectos, sin carne alguna de experiencia. Los intelectuales se ganan a menudo el sueldo explotando la sensación que muchos tienen de haber sufrido un robo de lo suyo.

En esta época, que la profesora de literatura de Harvard Svetlana Boym ha calificado como una época afectada por una “epidemia de nostalgia”, domina un sentimiento de pérdida y desplazamiento, un deseo de reconstruir un hogar perdido, que en realidad nunca ha existido. Es lo propio de un momento de desconcierto.

Como señaló Bauman en uno de sus últimos escritos antes de morir, el anhelo de volver a una patria moral que nunca existió está acompañado de un retorno a la tribu. Los síntomas están por todos lados. Prosperan los que ofrecen una versión simplificada de los hechos. A pesar de las llamadas al diálogo, nadie escucha a nadie porque se ha creado un filtro emocional. Y solo se oyen aquellos mensajes que tienen un significado emotivo para quien necesita más que nunca alguna forma de pertenencia. El debate solo tiene como propósito conjurar la ansiedad para mostrar al adversario lo ciego y lo sordo. El otro sirve, fundamentalmente, como señalaba el gran sociólogo, para “saciar nuestra propia sed de superioridad”. Si no existieran los extranjeros, los gentiles, los enemigos de la verdad, los grandes centros de poder que están cambiando el mundo habría que inventarlos.

La ciudad que dice estar construida sobre los pilares de la racionalidad, la eficiencia y la utilidad se fragmenta en bandos que, a través de una recompensa afectiva, prometen reducir la incomprensible y paralizante complejidad de un mundo que se percibe como amenaza.

>Editorial

Más allá de los barrotes de nuestros valores

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  12 votos

Libertad de educación, apertura a la razón

Giorgio Vittadini

En el estupendo libro de Marco Bersanelli, titulado "El gran espectáculo del cielo", se narra la historia de las relaciones entre Albert Einstein, descubridor de la teoría de la relatividad general, y George Lemaître, sacerdote y estudioso muy importante, aunque menos conocido fuera del ámbito de los especialistas. Lemaître avanzó tres hipótesis sobre la estructura del cosmos: su origen con el big bang, su expansión y la llamada constante cosmológica, hoy aceptadas como verdaderas por toda la comunidad científica. El hecho es que Einstein no solo rechazó al inicio las tres hipótesis sino que trató a Lemaître con suficiencia. Pero con el paso de los años se convenció de la primera tesis, y se hizo amigo de Lemaître, aunque nunca llegó a aceptar las otras dos.

Ni siquiera Einstein, hombre con amplitud de miras y de gran humanidad, fue inmune al riesgo de caer en prejuicios cerrados. No son raras estas situaciones en el mundo científico. Pasteur también fue ferozmente contestado por los científicos de su tiempo, que tenían miedo a perder sus privilegios si las teorías que defendían se veían confutadas. Delante de propuestas nuevas, un científico no puede preocuparse de defender su "patria", sino que debe ser en cierto modo "apátrida": abrirse a la novedad y verificar a quién dan la razón los hechos. Eso no significa renunciar a la propia tradición, sino someterla a crítica sin ahorrarse nada para ver si vale en el presente. Este enfoque realista, en el ámbito educativo, lo sugieren muchos libros de Luigi Giussani contra dos extremismos ideológicos opuestos: el empirista-relativista, que no tiene valores ni principios; y el idealista, que defiende a priori la propia convicción contra la evidencia.

Dice Giussani en "Educar es un riesgo": «Nosotros insistimos en una educación crítica: el muchacho recibe el pasado a través de una vivencia presente en la que está implicado, que le propone ese pasado y le proporciona sus razones; pero él debe tomar ese pasado y esas razones, ponérselas delante, compararlas con su corazón y decir: "es verdad", "no es verdad" o "dudo"».

Un enfoque así no pone en discusión el propio credo ni los propios ideales. No se trata de poner en discusión dogmas ni pertenencias, ni verdades morales, sino ver cómo respecto al mundo de lo cognoscible, siempre en movimiento, nunca igual a sí mismo, se puede tener en cuenta todo. No se puede juzgar una afirmación extrapolándola del contexto al que se refiere si no queremos ser incorrectos o incluso facciosos.

Libertad de educación, apertura a la razón

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 3  29 votos

La culpa siempre es del otro

Francisco Pou

No vale la pena entrar en el debate de “cuántos eran” el día de la Diada. Una fiesta de Cataluña absorbida en exclusiva por los separatistas. Basta observar que las respetables fuentes van desde 300.000 a un millón. Los primeros contando metros cuadrados y personas, los segundos contando con la “intuición”. ¿Qué va a pasar en Cataluña? Si en la realidad de cuántos eran hay tantas versiones, calcúlese cuántas habrá para predecir el futuro.

Porque el futuro a tres semanas tiene dos ópticas tan lejanas como el número de asistentes. Para Puigdemont amaneceremos en un orden nuevo, la República Catalana Independiente. Para Rajoy, aquí no va a pasar nada.

Quizá lo único cierto es que sí que pasa y mucho. ¿Recuerdan lo de “cambio de época”? Es verdad, no es una época de cambios sino un cambio de época y quien no lo lea así no se va a enterar de nada. La división generada en la sociedad española y catalana no la arregla la Guardia Civil. Son estertores de un sistema en fase de crisálida. No es sólo nacionalismo. Es también un imperio ideológico de izquierda apuntado al festival burgués.

De las pancartas que vi me quedo con una, increpada y silbada por muchos aludidos: “Los malos gobiernos dividen los pueblos”, y más abajo: “La culpa siempre es del otro”. “Vete al valle de los caídos”, le increpaba la multitud. El hombre tranquilamente sonreía. Probablemente, de todos, fuese quien más razón tenía.

La culpa siempre es del otro

Francisco Pou | 0 comentarios valoración: 3  40 votos

Un reclamo para este hoy, tenso y complejo

José Luis Restán

En todos los viajes de Francisco es importante fijarse en los discursos que dirige a los obispos del lugar; quizás no sean siempre los que proporcionan más titulares para la prensa, pero suelen condensar los acentos que el Papa considera más urgentes y sustanciales para guiar el camino de la Iglesia. En el viaje a Colombia es evidente que el nudo gordiano estaba en el mensaje de la reconciliación, pero conviene no olvidar sendos discursos a los obispos colombianos y a la Dirección del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM). En ellos se refleja intensamente lo que Francisco quiere decir cuando se refiere a una “Iglesia en salida”, un núcleo precioso y lleno de sugerencias, que sin embargo corre el riesgo de verse vaciado o reducido por interpretaciones acomodaticias e ideológicas, de uno y otro signo.

Al final del discurso dirigido a los dirigentes del CELAM, tras haber dibujado un panorama nada tranquilizador del momento presente en América Latina, Francisco les pide hacerlo todo con pasión: “pasión en el trabajo de nuestras manos, pasión que nos convierte en continuos peregrinos en nuestras iglesias, como santo Toribio de Mogrovejo, que no se instaló en su sede: de 24 años de episcopado, 18 los pasó entre los pueblos de su diócesis. Hermanos, por favor, les pido pasión, pasión evangelizadora”. Esta frase ayuda más a comprender a Francisco que cualquier debate entre opuestos de los que ahora proliferan: doctrina y pastoral, verdad y misericordia, fe y moral. Hace unas semanas el Secretario de Estado, Pietro Parolin, decía en el Meeting de Rímini que “a través de este movimiento de ‘salida’ el corpus doctrinal de la Iglesia debe recobrar nueva vida en el marco del anuncio misionero”. Y añadía que “esto no tiene nada que ver con un debilitamiento de la identidad cristiana (como sostienen las críticas que algunos dirigen al Papa), sino que representa su reafirmación radical”. Me parece una clave decisiva para entender el pontificado.

En el discurso a los obispos colombianos, Francisco les insta a “tener siempre fija la mirada sobre el hombre concreto”, teniendo en cuenta su historia, sus sentimientos, sus heridas y desilusiones… y les advierte que esa concreción del hombre desenmascara las frías estadísticas, los cálculos manipulados, las estrategias ciegas, las falseadas informaciones”, para recordarles que “realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”. Se trata, por tanto, de entrar con esa luz viva de Jesús (viva y palpitante en la experiencia de la Iglesia) en las encrucijadas de los hombres y mujeres de esta época, y eso significa asumir el riesgo de implicarnos en un cuerpo a cuerpo, con todas sus consecuencias. De ahí la insistencia paternal de Francisco a los obispos en conservar la serenidad, más aún en este momento trepidante. Los tiempos de Dios son largos porque es inconmensurable su mirada de amor, por eso les invitó a fiarse de la potencia escondida de su levadura, sin dejarse atrapar por el desánimo o la impaciencia.

Un reclamo para este hoy, tenso y complejo

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  47 votos
>Editorial

Colombia: el Papa que enseña a hacer justicia (y pueblo)

Fernando de Haro

Ha vuelto a suceder, como ocurrió hace unas semanas en su viaje a Egipto. Francisco, en su viaje a Colombia, ha vuelto a desatar un nudo que parecía definitivo, o al menos ha indicado el camino para deshacerlo. En El Cairo fue el problema de la incomprensión entre las dos religiones mayoritarias, el cristianismo y el islam.

En Colombia Francisco ha afrontado muchas cuestiones, imposible subrayar todas. Pero ha destacado su atención a la violencia sufrida, la fractura de una sociedad en la que los paramilitares y las FARC, también los narcos, han dejado profundas heridas y el reto histórico, fundacional, presente desde hace 200 años, de una Colombia, de una América Latina, dividida entre los criollos y el pueblo.

Son dos retos regionales pero también universales en el mundo de la globalización: la reconstrucción tras la violencia y la integración de identidades diversas.

Francisco ha subrayado una premisa de método que en América Latina resuena con especial relevancia. Si hay una parte del mundo donde se han ensayado mediaciones y alianzas ideológicas para dar eficacia social al Evangelio, esa ha sido la tierra que ha visitado el Papa. Podemos remontarnos a la alianza con el marxismo tan propia de los años 70 y 80 del pasado siglo, a las dictaduras de derechas que dijeron ser católicas, a los nuevos populismos indigenistas o a las respuestas antipopulistas de corte neoliberal, Francisco ha sido rotundo frente a la tentación de una presencia que busca palancas de poder o de partido, la Iglesia que quiere Francisco es una Iglesia libre de ataduras. “A la Iglesia no le interesa otra cosa que la libertad de pronunciar esta Palabra. No sirven alianzas con una parte u otra, sino la libertad de hablar a los corazones de todos”, señalaba en el encuentro con los obispos en Bogotá. La llamada de atención es para todos.

Ya antes de que comenzara el viaje, la elección de Colombia como destino tenía un gran valor simbólico. Francisco ha querido apoyar un proceso de paz que ha puesto fin a décadas de conflicto y que ha encontrado una gran resistencia no tanto entre los que han sufrido la violencia sino, sobre todo, entre jóvenes de origen urbano. Esos jóvenes, a los que el expresidente Uribe ha servido de referente, han sido quienes más han rechazado las condiciones ofrecidas y aceptadas por las FARC. El proceso de paz, es cierto, ha sido generoso y ha permitido a los antiguos combatientes algo más que acogerse al estricto cumplimiento de la ley. Ha sido un gran proceso de justicia restaurativa en la que los responsables del mal lo han reconocido y han pedido perdón a las víctimas.

>Editorial

Colombia: el Papa que enseña a hacer justicia (y pueblo)

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  49 votos

Colegio: lugar para el encuentro

Ferrán Riera

Empezamos el curso escolar a medio camino entre los atentados de Barcelona y Cambrils y el desafío soberanista catalán cuyo punto álgido se prevé para el próximo 1 de octubre. ¿Qué tienen que ver ambos hechos –tristemente entrelazados por la mezquindad y la irresponsabilidad política de algunos cargos electos de nuestro país– con lo que va a suceder en las aulas de nuestras escuelas estos días? ¿Qué significa hoy para un colegio y para sus profesores tener en cuenta las circunstancias históricas que nos toca vivir a la hora de educar a nuestros chavales y jóvenes de un modo que esté a la altura de responder a la estatura de su corazón? Grande es el desafío y no menos grande debe ser nuestra respuesta si no queremos traicionar el destino y el cumplimiento de la vida a la que están llamados y al que, a su vez, te reclaman con su mirada cada vez que vuelven a entrar en el aula en la que los esperas.

En estos días nos han acompañado análisis y diagnósticos sobre lo sucedido el 17 de agosto. En muchos medios se ha apuntado a la educación como factor clave para evitar la ideologización de los musulmanes de 2ª o 3ª generación. En otros tantos se repartía esta responsabilidad con medidas políticas de incidencia social y económica. Muchos han insistido en desviar la causa de un hecho o militancia religiosa a la consecuencia del nihilismo y la falta de sentido de nuestro mundo occidental. Pocos han hablado de algo que en la tradición de la Iglesia se denomina como “misteryum iniquitatis” (misterio del mal).

En su gran obra literaria, Tolkien describe de forma paradigmática la dinámica a través de la cual el mal se extiende por la Tierra Media. No hay una causa contingente única sino que el propio mal (identificado con Sauron, el ojo de Mordor que todo lo ve y que no tiene cuerpo) aprovecha todos los factores a su alcance para extender su tenebrosa sombra y estos factores van asociados siempre al olvido que los hombres experimentan de los motivos de su existencia, de las razones que tenían para vivir y para morir. De hecho, tan sólo podrán hacer frente a la destrucción y al terror aquellos cuya compañía es el lugar de la memoria de aquellas razones que los hombres, reyes poderosos algunos, habían olvidado.

Nuestra sociedad líquida, la de la posverdad, no puede responder a la falta de significado del hombre de hoy. El consumo y la autorreferencialidad que se expresa en “la república independiente de tu casa” (según reza una famosa campaña publicitaria), en los selfies, el culto desmesurado al propio cuerpo, las interminables fiestas de cumpleaños y los proyectos educativos que transforman al niño de protagonista a rey de una monarquía absoluta, o aquellos que tan solo pretenden desarrollar la eficiencia del chico en un mundo que te mide por lo que eres capaz de hacer, son intentos de respuesta (a veces conmovedores) que se acaban convirtiendo en el envoltorio lujoso del vacío existencial que deja esa ausencia de significado.

Colegio: lugar para el encuentro

Ferrán Riera | 0 comentarios valoración: 3  64 votos

La sola ley no salva

P.D.

El Parlamento de Cataluña ha aprobado la ley del referéndum, una norma a todas luces contraria a derecho. La decisión del independentismo catalán es un buen ejemplo de una mala política: la que pretende dar primacía al espacio sobre el tiempo, la que quiere resolver de forma inmediata un conflicto sin utilizar el diálogo ni el respeto al marco constitucional. La ley, cuando es contraria a la Constitución, no salva y se convierte en una forma de violencia. Hay un porcentaje importante de catalanes que quieren la independencia pero este no es, seguro, el modo de darles respuesta. Lo que hizo ayer el Parlamento de Cataluña es un caricatura de la peor democracia liberal: utilizar una mayoría de diputados, que no de votos, contra una amplia minoría de votos, mayoría de escaños, para imponerse en contra de lo dictado por el Tribunal Constitucional. Si algún día llega la independencia a Cataluña tendrá que ser por otros cauces.

La ley que ahora el Gobierno debe hacer cumplir, no obstante, tampoco salva. La democracia se basa en el cumplimiento de la ley pero también en un proceso deliberativo constante a través de los canales parlamentarios y de canales informales en el que los sujetos públicos se narran, concuerdan y redefinen continuamente el proyecto común. La nación es algo vivo que, ante nuevas circunstancias, renueva sus vínculos esenciales. Esa renovación es tarea de todos, pero en este momento difícil es tarea especialmente del Gobierno.

El diálogo, rechazado por unos, debe ser el arma de quien tiene la ley de su lado. Diálogo con los partidos constitucionalistas, diálogo con los independentistas que no quieren saltarse la ley, diálogo con todos. Las palabras de Francisco, tras la recogida del Premio Carlomagno, son un programa, también en estas circunstancias: “Si hay una palabra que tenemos que repetir hasta cansarnos es ésta: diálogo. Estamos invitados a promover una cultura del diálogo, tratando por todos los medios de crear instancias para que esto sea posible y nos permita reconstruir el tejido social. La cultura del diálogo implica un auténtico aprendizaje, una ascesis que nos permita reconocer al otro como un interlocutor válido; la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones”.

La sola ley no salva

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Colombia: la paz necesita raíces

José Luis Restán

A las 23.30, hora española, el papa Francisco aterrizará hoy en Bogotá. Comenzará así un importante viaje a uno de los países con mayor potencial de crecimiento económico en América Latina, pero no solo. Colombia es un país de tremendos contrastes que tienen mucho que ver con su atribulada historia política y social, un país con élites culturales muy desarrolladas y tremendas bolsas de pobreza, con una enorme fractura entre las grandes urbes modernas y las zonas selváticas, y con la sombra pestilente del narcotráfico. Pero, sobre todo, es un país marcado por la traumática experiencia de más de cincuenta años de enfrentamiento armado con diferentes guerrillas, que ha dejado fuera del control del Estado inmensas regiones durante largos períodos, y ha sembrado un cúmulo de dolor y resentimiento que no va a desaparecer de un plumazo.

Francisco había dejado claro que sólo pisaría tierra colombiana cuando se hubiera aclarado la situación en torno a los acuerdos de paz con las FARC, la principal guerrilla del país. Tras la polarización vivida meses atrás en torno a esos acuerdos y el fiasco del referéndum, ahora el escenario parece despejado. A ello contribuye el alto el fuego recién acordado con la otra guerrilla que permanece activa, el ELN. En estas horas los obispos colombianos y los responsables de la Santa Sede han insistido en precisar que el Papa nunca ha sido mediador ni garante de estos acuerdos; lo que ha hecho siempre la Iglesia en Colombia ha sido alentar la negociación, el empeño de buscar la paz y la reconciliación, y en eso el apoyo de los sucesivos Papas, y concretamente de Francisco, ha sido decisivo.

El cardenal Rubén Salazar, arzobispo de Bogotá, ha sido muy cuidadoso a la hora de delimitar las cosas: la Iglesia siempre ha apoyado y sostenido el empeño de buscar la paz, pero no ha sido (ni podía ser) un agente político que participara en la definición del contenido de unos acuerdos que han suscitado encendidos debates en la sociedad colombiana. También ha advertido que las cosas están lejos de haberse resuelto. “Demos el primer paso” es el lema del viaje de Francisco, y quiere indicar precisamente esto: “no se trata de dejar atrás la guerra, sino también de dejar atrás todo aquello que ha conducido a situaciones de inequidad, que han estado en la raíz de la violencia de Colombia, se trata de que la visita del Santo Padre nos ayude… a dejar atrás todos esos fangos que nos impiden caminar y a empezar, decididamente, la construcción de un país nuevo”.

Seguramente ahí está una de las claves de esta visita, la tercera que un Papa realiza a tierras colombianas: se trata de profundizar las raíces de una paz que no puede consistir sólo en la rúbrica de un documento, que por lo demás no ha dejado de suscitar división. Como ya dijo San Juan Pablo II, “no hay paz sin justicia, y no hay justicia sin perdón”. Así que el reconocimiento de la verdad de la historia (tantas veces dolorosa e incómoda), la construcción de la justicia que pueda sustentar una vida civil buena, y el desafío del perdón, después de tanta violencia, son asuntos candentes en los que la presencia y la palabra de Francisco pueden suponer una clarificación y un impulso sustanciales.

Colombia: la paz necesita raíces

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Macron recupera el multilateralismo

Antonio R. Rubio Plo

La película Dunkerque se cierra con una cita de Churchill, tomada de su discurso ante la Cámara de los Comunes el 4 de junio de 1940, y en ella se dice que los británicos continuarían la lucha “hasta que el Nuevo Mundo venga al rescate y la liberación del Viejo”. Dicha cita, aunque la victoria definitiva no estaba cercana, hacía presentir un mundo dirigido por las potencias anglosajonas, aunque en realidad solo una de ellas estaría en condiciones de llevar la carga imperial y asociar a la vieja Europa en su objetivo de contención del bloque soviético. Pero hoy el vínculo trasatlántico tiene serias fisuras, que intentan taparse con cumbres políticas más o menos frecuentes e iniciativas que pretenden ser una reinvención de algo que perdió su finalidad originaria. Ya casi nadie cree que el Nuevo Mundo va a venir en rescate del Viejo, ni en lo político, ni en lo económico, ni en lo militar. Sin embargo, sería injusto echarle toda la culpa a Donald Trump. El vínculo trasatlántico se debilitó con Barack Obama, por mucho que este presidente fuera el favorito de bastantes políticos europeos, aunque también George W. Bush tuvo algo que ver pues, con o sin guerra de Iraq, las respectivas visiones del mundo eran divergentes.

Sin ir más lejos, Enmanuel Macron lo ha certificado en la tradicional reunión de finales de agosto del presidente de la República con los embajadores franceses. El orden de 1989, caracterizado por una globalización ultraliberal y la hiperpotencia de un solo Estado, ha tocado a su fin. No le falta razón, aunque algunos sigan especulando qué habría pasado si Trump no hubiese ganado o que a lo mejor en la elección presidencial de 2020 las aguas vuelven a su cauce. En cualquier caso, el presidente francés está en lo cierto al asegurar que el mundo a nuestro alrededor se está transformando y lo peor en este contexto es la inacción. Se refiere a Francia, pero podría ser aplicado a otros países, en los que el peso de la política interna se ha acentuado tanto en los últimos años, al compás de los efectos de la crisis, que no quedan ganas de mirar al exterior y se opta por el repliegue con la ilusión de que se pueden mantener unas fronteras herméticas, o al menos hacérselo creer al electorado. Según Macron, esto es una renuncia a la historia, y es lo mismo que decía Benedicto XVI al asegurar que Europa se está despidiendo de la historia. La inacción no necesariamente es apatía. Muchas veces es desconcierto o sencillamente miedo. Hay quien quiere convencerse de que las guerras de los telediarios no llegarán hasta aquí, salvo con algunos coletazos, en forma de inmigrantes o de terrorismo, que podrán abrir brechas y causar víctimas, pero no derribar los muros de la fortaleza. Quizás esa política exterior, entre la timidez y el desconcierto, sea un reflejo de nuestras sociedades occidentales tan ensimismadas que no ven más allá de su particular horizonte.

Macron recupera el multilateralismo

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Más allá de los barrotes de nuestros valores

Fernando de Haro

A las afueras de Milán todavía hay pegados algunos carteles de un acto político celebrado hace unas semanas con la frase: “Un nuevo inicio con nuestros valores”. Es el lema de la escisión del PD de Renzi, que ha dado lugar al MDP, un partido que, liderado por el histórico Bersani, reivindica las esencias de la izquierda. En realidad, en toda Europa, y en todo el mundo, la izquierda y la derecha hablan de la necesidad de volver a “nuestros valores”, a los que en otro tiempo nos definieron, a los que nos dieron una identidad segura antes de que la globalización pusiera patas arribas todo. ¿Ha sido la globalización realmente la que nos ha “robado” una identidad estable? ¿O ha sido esta creciente diversidad que inunda el mundo?

“Nuestros valores”, lo que nos han quitado o nos quieren quitar. ¿Cuáles son esos valores? Los de nuestra nación, los de nuestra religión, los de nuestro pueblo… Sí, bien. ¿Pero cuáles son los valores de nuestra nación, de nuestra religión o de nuestro pueblo? A la segunda pregunta, quizás a la tercera, las respuestas se hacen más dubitativas, más imprecisas. La mayoría de los mortales no sabríamos responder con precisión. Los intelectuales, los clérigos, los tertulianos son los que saben recitar los idearios. En un porcentaje altísimo esos idearios son nocionales, doctrinalmente perfectos, sin carne alguna de experiencia. Los intelectuales se ganan a menudo el sueldo explotando la sensación que muchos tienen de haber sufrido un robo de lo suyo.

En esta época, que la profesora de literatura de Harvard Svetlana Boym ha calificado como una época afectada por una “epidemia de nostalgia”, domina un sentimiento de pérdida y desplazamiento, un deseo de reconstruir un hogar perdido, que en realidad nunca ha existido. Es lo propio de un momento de desconcierto.

Como señaló Bauman en uno de sus últimos escritos antes de morir, el anhelo de volver a una patria moral que nunca existió está acompañado de un retorno a la tribu. Los síntomas están por todos lados. Prosperan los que ofrecen una versión simplificada de los hechos. A pesar de las llamadas al diálogo, nadie escucha a nadie porque se ha creado un filtro emocional. Y solo se oyen aquellos mensajes que tienen un significado emotivo para quien necesita más que nunca alguna forma de pertenencia. El debate solo tiene como propósito conjurar la ansiedad para mostrar al adversario lo ciego y lo sordo. El otro sirve, fundamentalmente, como señalaba el gran sociólogo, para “saciar nuestra propia sed de superioridad”. Si no existieran los extranjeros, los gentiles, los enemigos de la verdad, los grandes centros de poder que están cambiando el mundo habría que inventarlos.

La ciudad que dice estar construida sobre los pilares de la racionalidad, la eficiencia y la utilidad se fragmenta en bandos que, a través de una recompensa afectiva, prometen reducir la incomprensible y paralizante complejidad de un mundo que se percibe como amenaza.

Más allá de los barrotes de nuestros valores

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Barcelona: la urgencia de vivir a la altura del desafío

Fernando de Haro

Horas de muerte, de terror, de miedo y de confusión en Barcelona, el destino turístico más visitado de Europa. Atropello en Las Ramblas, en el centro de la ciudad, una decena de asesinados y ochenta heridos. Durante horas información confusa y el miedo a que los terroristas estuvieran atrincherados. Antes de cualquier análisis, lo primero es un instante de humanidad, una oración de quien sepa rezar por las víctimas, los heridos y su familia. Un segundo para tomar en consideración el dolor de cada uno de los golpeados. Sin ese gesto para hacernos cargo del mucho sufrimiento, el mal que quieren sembrar los bárbaros se expande. España lo sabe bien. Ante la voluntad de causar un mal irreparable por parte de quien conducía la furgoneta de la muerte, solo un gesto de libertad, gratuito, de com-pasión para afirmar la vida está a la altura del reto. Los cientos de donantes de sangre que han visitado los hospitales de Barcelona en las últimas horas lo intuían. A los que vierten la sangre solo se les responde con un acto de donación. Sabemos que es necesario conseguir medidas de seguridad más eficaces, más colaboración policial en Europa, más inteligencia geoestratégica para acabar con los santuarios que alimentan el yihadismo, más y mejor educación para combatir el radicalismo de grupos minoritarios que abrazan un nihilismo huérfano de identidad. Pero todo eso no será suficiente. Solo una respuesta gratuita que afirme la vida es eficaz.

Hasta ahora España había quedado a salvo de la barbarie de los violentos que siembran la muerte con atropellos. Hace algo más trece meses comenzaron con el atentado de Niza y luego vinieron Estocolmo, Berlín, París y Londres (en tres ocasiones). La policía esperaba algo así. El terrorismo yihadista ya hizo mucho daño hace 13 años en Madrid, el conocido como 11-M dejó casi 200 muertos. Pero aquel yihadismo, el de Al Qaeda, ya es algo muy lejano. Los atentados de Atocha fueron preparados por una célula de extranjeros a las órdenes de uno de los responsables de una organización terrorista vertebrada, organizada, que se vengaba de detenciones previas. Esto es otra cosa. Aquí estamos ante un terrorismo que no necesita ni comandos, ni organización, ni preparación previa. La policía española lleva muchos años consiguiendo importantes logros en la lucha contra el terrorismo islamista. Pero ni la experiencia acumulada tras los atentados de 2004 en Madrid, ni la intensa actividad policial que ha permitido detener a 200 yihadistas en los últimos cinco años ha impedido que se produjera un atentado que es muy difícil de evitar. Aunque la integración de los dos millones de musulmanes que viven en España es alta, hay algunas bolsas de radicalismo violento en la provincia de Barcelona, en Ceuta y Melilla (ciudades en suelo africano) y en el área metropolitana de Madrid. Los que planean el dolor pueden ser identificados, los que no utilizan planificación alguna son casi invisibles.

Barcelona: la urgencia de vivir a la altura del desafío

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Venezuela: un cambio que puede tardar

Fernando de Haro

La palabra dictadura ha dejado de ser una metáfora para describir lo que sucede en Venezuela. El inicio de los trabajos de la falsa Constituyente, la destitución de la fiscal general Luisa Ortega -una de las pocas voces libres del chavismo que se alzaba todavía contra Maduro-, el modo en el que los opositores Leopoldo López y Antonio Ledezma han ido y vuelto desde sus casas a la prisión de Ramo Verde son todos ellos indicios más que suficientes. La decisión del Vaticano de reclamar la suspensión de la Asamblea, elegida de forma fraudulenta para redactar una nueva Constitución, supone la constatación de que el presidente venezolano ha volado todos los puentes.

La Secretaría de Estado está convencida de que en este momento no hay diálogo posible. Roma apuró hasta el final las posibilidades de un entendimiento, apuesta que muchos no entendieron. Es lógico que la Iglesia hablara con una voz a través de los obispos locales y con otra desde el Vaticano. Es una fórmula tradicional. Las críticas que ahora se formulan desde la Sede de Pedro pueden ser un buen ejemplo para Zapatero. El expresidente español intentó también una negociación que se ha visto frustrada por un régimen que no tiene ninguna voluntad de encontrar una salida a la situación. Ahora convendría que hablara.

Algunos exiliados cubanos encuentran muchas similitudes entre lo que está sucediendo este verano en Venezuela y lo que ocurrió en Cuba en enero de 1959, cuando Fidel Castro tomó el poder. No hay que exagerar los parecidos. No estamos ante un golpe sino ante un autogolpe de Estado. A diferencia de lo que ocurrió hace casi 60 años, en este caso hay un sólido bloque opositor que está resistiendo heroicamente al tirano, ahora no hay una Comunidad Internacional confundida (Estados Unidos reconoció el primer Gobierno de Fidel). Pero sí existe una alta posibilidad de que fragüe una dictadura sostenida por el ejército y por el negocio del narcotráfico de algunos de sus líderes. Una dictadura que, paradójicamente, no puede presentarse como la solución a la miseria del pueblo, al clima de terror y de violencia sino como una prolongación de una postración que dura ya demasiado tiempo.

Venezuela: un cambio que puede tardar

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Estreno de One, documental dedicado a los cristianos de la India

P.D.

One, la nueva película de Fernando de Haro que se estrena en Madrid el próximo lunes, cuenta lo que nunca te han contado sobre la India. En la mayor democracia del mundo, en el país que compite con China por el liderazgo de Asia y de buena parte del planeta, sigue vigente un rígido sistema de castas. Por eso la minoría cristiana, que se atreve a afirmar la igualdad efectiva entre los indios, es perseguida. Los parias (los sin-casta) que abandonan el hinduismo y abrazan el cristianismo, buscando una vida más digna, pierden las ayudas sociales. Los obstáculos legales que limitan las conversiones han sido respaldados por el Tribunal Supremo. Un nuevo nacionalismo hindú no duda en recurrir a la violencia para restringir la libertad y lleva a cabo prácticas que algunos califican como prácticas genocidas. Prueba de ello es lo que sucedió en el distrito de Kandhamal durante 2008. Se pretendió “limpiar” de bautizados una amplia zona.

Este documental está grabado en Nueva Delhi; en Bhubaneswhar, la gran ciudad del hinduismo; y en las selvas de Orissa, junto al Golfo de Bengala. Recoge los rostros y las historias de gente sencilla (la inmensa mayoría de los bautizados de la India son parias) que ha encontrado en el cristianismo una forma más humana de vivir. Muchos explican por qué abrazaron la nueva religión y han abandonado la antigua. Otros relatan las injusticias sufridas y los motivos que les permiten ser fieles al credo de la cruz. La película da voz también a los nacionalistas hindús que justifican las políticas de discriminación.

Estamos ante el cuarto documental de una serie dedicada a los cristianos perseguidos. El primero de ellos, "Walking next to the wall", fue rodado en Egipto y está dedicado a los coptos. El segundo, Nasarah, grabado en el Líbano, está dedicado a los sirios e iraquíes perseguidos por el Daesh. El tercero, Aleluya, a Nigeria. Los cuatro están disponibles en la plataforma Vimeo. La serie está dirigida por Fernando de Haro que trabaja con la productora N Medio. El proyecto se lleva a cabo con la ayuda del Instituto de Estudios Históricos de la Universidad CEU San Pablo y la Fundación Hernando de Larramendi.

A las 19 horas del lunes 23 de enero en el Salón de Grados de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. Julián Romea, 23. 28003 Madrid.

Estreno de One, documental dedicado a los cristianos de la India

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  2532 votos

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