Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
10 JULIO 2020
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Ennio Morricone. La originalidad nace de la sorpresa

Elena Santa María

A menudo la vida de los grandes genios pasa inadvertida, eclipsada por sus grandes obras. Y cuando uno de estos grandes genios muere, a uno le da por investigar. Algo especial debe haber en el alma de un hombre que compone bandas sonoras como La Misión o Cinema Paradiso.

Para emocionar a todo el mundo hay que emocionarse antes con lo que nadie ve. Ennio Morricone reconoció en una entrevista el año pasado –con nada menos que 90 años– que en toda su vida solo había llorado dos veces. Es evidente que no contó las veces que se le ha escapado la lagrimita en público al dirigir una orquesta o por el agradecimiento de ver reconocida su obra.

Se ha dicho de él que es un mago del sonido, un revolucionario del cine, una leyenda. ¿Pero de dónde nace ese don? A Giuseppe Tornatore –otro genio– le pidieron en una ocasión que describiera a su amigo. Su respuesta fue: “Morricone es un hombre sorprendido”. Sorprendido por la belleza de la música, del cine, de sus hijos y de su mujer. Quizá se entienda mejor con un ejemplo. La primera vez que lloró el compositor italiano fue al visionar La Misión. Imagínese ver La Misión sin escuchar el tema Gabriel’s Oboe. Así la vio él, la primera vez. Y tras hacerlo, se negó a componer la banda sonora, pues pensaba que la película ya lo tenía todo, no había que añadir nada. Gabriel´s Oboe y los demás temas de la película nacieron de esa sorpresa, de esas lágrimas.

Dos días después de su muerte ha salido a la luz una carta de despedida con su firma. En la misiva Ennio pide un funeral privado “para no molestar” y se despide sencillamente de todos los que le eran queridos. De sus palabras se desprende de nuevo esta sorpresa, esta vez por el amor que compartió con su mujer, María, durante más de 60 años. “A ella renuevo el amor extraordinario que nos ha mantenido juntos y que lamento abandonar. Para ella es mi más doloroso adiós”, escribe.

A ella le dedicó este poema: “El sonido de tu voz recoge en el aire un tiempo invisible, inmovilizándolo en un momento eterno. Ese eco ha entrado en mí quebrando los frágiles cristales de mi presente suspendido, sin vuelta atrás. Tendré que buscar el futuro siguiendo ese sonido yo mismo, desesperado eco, para reencontrarme”.

Ennio Morricone. La originalidad nace de la sorpresa

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Un magisterio por la paz y contra la hipocresía

Andrea Tornielli

Estos días el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ha aprobado una resolución para el “cese inmediato de hostilidades en todas las situaciones durante al menos noventa días consecutivos) para garantizar la asistencia humanitaria a las poblaciones afectadas y verificar las devastadoras consecuencias de la expansión del Covid-19. Francisco, con su intervención al final del Ángelus, ha querido mostrar su apoyo a esta iniciativa, deseando que el alto el fuego global sea observado “efectiva y puntualmente”. Este gesto del Papa representa un nuevo paso en un largo camino. Un paso aún más urgente por la crisis provocada por la pandemia, cuyas consecuencias más devastadoras –al igual que las de las guerras– recaen sobre los más pobres.

El domingo 29 de marzo, el pontífice ya avanzó esta petición, apoyando el llamamiento en este sentido lanzado cinco días antes por el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, pidiendo un “alto el fuego global e inmediato en todos los rincones del mundo”, debido a la emergencia provocada por el Covid-19, que no conoce fronteras. Francisco se sumó “a todos aquellos que acojan este llamamiento” e invitó a “todos a secundarlo poniendo fin a toda forma de hostilidad bélica, favoreciendo la creación de corredores humanitarios, la apertura de la diplomacia, la atención a los que se encuentran en situación de mayor vulnerabilidad”.

El Papa mostró su deseo de que el compromiso conjunto contra la pandemia pudiera “llevar a todos a reconocer la necesidad de reforzar nuestros vínculos fraternos como miembros de una única familia. Espero especialmente que suscite en los responsables de las naciones y demás partes involucradas un compromiso renovado para superar rivalidades. Los conflictos no se resuelven con la guerra. Es necesario superar los antagonismos y contrastes mediante el diálogo y una búsqueda constructiva de la paz”.

En los días siguientes, Francisco volvió a deplorar el gasto en armamento y en la homilía pascual afirmó: “Acallemos los gritos de muerte, que terminen las guerras. Que se acabe la producción y el comercio de armas, porque necesitamos pan y no fusiles”. El papa Bergoglio quiso volver a recordar este tema, que representa una constante en su pontificado, así como en la más larga de sus oraciones marianas, a las que invitó a los fieles al término del rezo del rosario en el mes de mayo. “Asiste a los líderes de las naciones, para que actúen con sabiduría, diligencia y generosidad, socorriendo a los que carecen de lo necesario para vivir, planificando soluciones sociales y económicas de largo alcance y con un espíritu de solidaridad. Santa María, toca las conciencias para que las grandes sumas de dinero utilizadas en la incrementación y en el perfeccionamiento de armamentos sean destinadas a promover estudios adecuados para la prevención de futuras catástrofes similares”.

Muchas veces y con diversos motivos el papa Francisco denunció en años pasados la “hipocresía” y el “pecado” de los líderes de esos países que “hablan de paz y venden armas para mantener estas guerras”. Palabras que volvió a repetir tras su último viaje internacional antes de la pandemia, a Tailandia y Japón. “En Nagasaki e Hiroshima permanecí en oración, me reuní con algunos supervivientes y familiares de las víctimas, y reiteré la firme condena a las armas nucleares y la hipocresía de hablar de paz construyendo y vendiendo artefactos de guerra”.

Un magisterio por la paz y contra la hipocresía

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Adiós a Georg Ratzinger

Federico Pichetto

Primeros años noventa del siglo pasado. El majestuoso coro de la catedral de Ratisbona que acompaña la imponente melancolía de la música de Bach en la Pasión de Mateo acaba de sonar ante el crucifijo que ocupa la nave central cuando, entre la suave luz de las vidrieras góticas, asoma la figura de Georg Ratzinger. La mirada firme y decidida del anciano director del coro parece atormentada por la búsqueda de lo sublime mientras otros tormentos, en ese mismo momento, afligen a su hermano menor Joseph en la lejana Roma, donde se enfrenta a las crecientes desviaciones de la fe, que muestran una incapacidad cada vez más evidente de las palabras de la doctrina para mover los corazones.

Georg y Joseph crecieron juntos a la sombra de una cítara que tocaba su padre, como queriendo recordar a los dos hermanos que algo que no es capaz de “mover” tampoco puede aspirar a “enseñar”. Si para Joseph, el teólogo, esto siempre supuso la búsqueda de una fe sencilla que mostrar a aquellos que se adentraban en el nuevo milenio, para Georg, el músico, la trampa se escondía justo en el tercer polo de la tríada ciceroniana, el “delectare”, donde veía el riesgo de la música sacra contemporánea que él estigmatizaba como destino de cualquier canción “moderna”, buscando por el contrario en la profunda inquietud de Mozart y Bach la auténtica clave de su propio ministerio.

Tocar no para gustar sino para despertar. Al principio parecía casi imposible arrogarse una tarea semejante en una época tan proclive al sentimentalismo, pero hasta en los años más oscuros –como soldado reclutado en la Wehrmacht, “liberado” por los aliados y encarcelado en Nápoles– las notas del órgano que aprendió a tocar a los once años compusieron en la mente de Georg una sólida base de la que partir constantemente para poder mirar hacia adelante, a la misericordia de ese Dios por el que siempre se sintió amado y buscado.

Esta firmeza en su fe, este brillo en sus ojos fue lo que empujó a su docto hermano Joseph por el mismo camino, que les llevó juntos al sacerdocio el mismo día en una lejana tarde de junio de 1951. La pregunta de Georg, su perenne insatisfacción y melancolía, se convirtió así para Joseph en puerto seguro para toda certeza conquistada racionalmente, hasta el punto de que para el teólogo bávaro el logos ya no podía calificarse como un razonamiento abstracto formal sino que era necesariamente una Persona, el Verbo de Dios. En el Verbo, lo divino y lo humano, la certeza y la pregunta, el cielo y la tierra, se encuentran sin confundirse ni distinguirse. La grandeza del Dios cristiano reside justamente en el hecho de que Él no necesita apagar el deseo para poder reinar sino, por el contrario, viene al mundo para que ese deseo brille en todo su esplendor.

A los hermanos Ratzinger les encantaba hablar  de esto en sus habituales encuentros y por eso, por un pensamiento tan fresco y verdadero, el joven teólogo estuvo desde el principio entre los acompañantes de su obispo en el Concilio Vaticano II, para luego convertirse en arzobispo de Múnich y prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Adiós a Georg Ratzinger

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>Editorial

Las manos de Ana llegan a Hong Kong

Fernando de Haro

Una mañana de la semana pasada. En Madrid. Ana tiene que acudir al médico. Es su primera salida en la “nueva normalidad” (expresión naíf: nunca hubo normalidad, hubo sucesión de comienzos y de declives). Ana tiene más de 75 años, es una superviviente. En España, al menos 37.000 de su generación ha muerto por el virus. Son los que pasaron hambre en la postguerra, los que amasaron con discreción la reconciliación, los que dejaron de hablar de las dos España, los que emigraron masivamente del campo a la ciudad o Alemania y a Francia para darle un futuro a sus hijos, los que saludaron el retorno de la democracia, los que sufrieron el terrorismo, la desindustrialización, la epidemia de la heroína de los 80… Están hechos de otro material, de otra pasta. Ana vive con una hija a la que ayuda una cuidadora latinoamericana. Levantar a Ana de la cama, lavarla, vestirla requiere dedicación. No se vale por sí misma. Esta mañana han empezado antes para llegar a tiempo a su cita.

Seis horas antes, a más de 10.000 kilómetros de Madrid, se despierta Astrid en Hong Kong. Se dirige al centro de la ciudad. Astrid lleva una bandera de color azul oscuro con un lema en chino y en inglés: Hong Kong Independence. Es difícil comprender y describir el material del que está hecho Astrid. Nació poco antes de que los británicos se marcharan de la ciudad. Ha crecido en un mundo próspero, sin restricciones y sus habilidades tecnológicas y la información de la que dispone es muy similar o superior a la de un joven occidental. Conoce con detalle cómo Xi JinPing ha transformado el régimen chino, conoce su proyecto imperial. Ha seguido de cerca, desde enero, las noticias de la expansión del coranavirus. Y está convencido de que la falta de transparencia en Wuhan impidió dominarlo a tiempo. Es un acontecimiento que recuerda a menudo para darse fuerzas. Buena parte del carácter se le ha terminado de formar en las protestas que comenzaron hace un año, estuvo en el encierro de la Universidad Politécnica, vivió días de excitación cuando él y sus compañeros, algunos cristianos, consiguieron tumbar la ley de extradición. Ahora que se ha aprobado la nueva ley de seguridad, muchos de sus amigos han decidido exiliarse.

Ana apenas responde a las palabras que le dirigen su hija y su cuidadora. Las dos la llevan casi en volandas hasta una silla de ruedas. La sientan, le ponen la mascarilla. Y Ana se queda arrugada. La postura de su cuerpo refleja un cansancio casi infinito. Las manos se le caen sobre su regazo. La cara, inexpresiva, parece reflejar el agotamiento de una generación que lo dio todo, muchas veces sin hacerse preguntas, casi siempre sin formular discursos: porque era evidente que había que perdonar, porque era evidente que había que trabajar para prosperar. Así fue en los 50 y en los 60 y así fue en la crisis de 2008, cuando alguno de sus hijos vivió de su pensión.

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Las manos de Ana llegan a Hong Kong

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Coronavirus. Cuando falta la política

Martino Diez

Ha habido cuatro grandes protagonistas en este drama planetario que ha puesto en escena el coronavirus. El primero, sin duda, es la ciencia. Médicos, virólogos, investigadores de enfermedades infecciosas, pero también biólogos, estadistas y matemáticos nos han ayudado a comprender lo que estaba pasando, realizando un considerable esfuerzo de divulgación. En todas partes ha crecido la estima por el conocimiento científico, como si hubiéramos redescubierto que la razón humana, cuando se aplica en serio, es capaz de conocer porciones significativas de la realidad, adaptándose rápidamente a desafíos enormes. Pues solo es cuestión de tiempo, la cura y la vacuna contra el virus acabarán llegando.

En paralelo, hemos asistido a una aceleración tecnológica. Amplias franjas de la población que en Europa habían quedado al margen de la revolución digital por su edad o por pereza han tenido un curso acelerado de alfabetización informática, especialmente urgente en el caso de los profesores, que han tenido que introducirse en ellas de cabeza, y también a sus alumnos, sobre todo enseñándoles un uso crítico.

Aunque la inesperada notoriedad ha generado episodios de protagonismo autocomplaciente, en general los científicos han conservado el sentido del límite. Experiencias como la enfermedad y el contagio, pero también el confinamiento, han despertado preguntas radicales sobre el significado del vivir y el morir. Los positivistas de todos los tiempos sostienen que al progreso de la ciencia corresponde una regresión de la fe. Pero no ha sido así. La gran mayoría de fieles cristianos y musulmanes se han atenido a las rígidas normas del confinamiento, a pesar de que hayan supuesto el sacrificio de renunciar a celebraciones comunitarias tan importantes, aunque no solo, como la Pascua y el Ramadán.

Si la ciencia no ha sustituido a la religión, tampoco la religión –nuestro segundo protagonista– ha sustituido a la ciencia. Es cierto que ha habido grupos que, por ejemplo en Pakistán, han contrapuesto ambas realidades (“mejor escuchar a Dios que a los médicos”), como si ciencia y fe no brotara ambas de la misma fuente. Pero en general ha prevalecido la convicción de que, si bien Dios es totalmente libre para realizar milagros, tampoco hay que forzarle. Cuando el diablo le sugiere que se tire desde el alero del templo, Jesús responde: “No tentarás al Señor, tu Dios” (Mt 4,7). Y dice un famoso hadith: “Un hombre se acercó al enviado de Dios y le preguntó: ‘¿Ato mi camello y confío en Dios o lo dejo libre y confío en Dios?’. Y este le respondió: ‘Átalo y confía en Dios’”.

El problema del mal

Naturalmente, la pandemia plantea de manera ineludible el problema del mal. Por eso han sido tan potentes los gestos del papa Francisco en una plaza vacía, en una basílica desierta, volviendo a hacer visible la respuesta cristiana: que el mal no forma parte del proyecto originario de Dios en su creación y que si Dios lo permite (no “lo quiere”), es para asumirlo en la pasión y resurrección de su hijo, que pasó por ello y salió victorioso

Coronavirus. Cuando falta la política

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Bernard-Henri Lévy. "Un virus mata, no manda mensajes"

Leonardo Martinelli

No ha vivido el confinamiento en su casa de Tánger ni se ha refugiado en la campiña francesa. Bernard-Henri Lévy, filósofo prototipo del intelectual comprometido (a sus 71 años una especie de Dorian Gray que no envejece nunca, ni siquiera físicamente), lo pasó en su apartamento de París. Respetando las reglas impuestas desde arriba (no sin esfuerzo, como un león enjaulado), cada vez que salía nunca cayó en la tentación de pararse a admirar la metrópoli trastornada y silente.

En el Fígaro escribió que París vacía le resultaba fea. Que una ciudad no está hecha para estar vacía. Así que BHL, las siglas por las que lo conocen en su país, se puso a escribir y el resultado es un libro breve y apasionado, ‘Este virus nos vuelve locos’. Se trata de una reflexión sobre la pandemia, pero no sobre un mañana esplendoroso. Nada de la ilusión de tantos que dicen que el coronavirus nos hará mejores y más conscientes. No, lo suyo es un himno escéptico a la libertad en contra de la retórica del “retorno a la naturaleza” o “la supuesta sabiduría recuperada”.

Según su hija Justine, escritora, que le ha acompañado durante estos meses, “el libro ha sido como un impulso nervioso. Se le parece mucho, el resultado es realmente coherente. En él se encuentran su lirismo y su vehemencia”. Lo mismo que expresan sus textos fruto de los múltiples viajes del autor durante los últimos años, del Kurdistán iraquí a los campos de refugiados de Lesbos. El filósofo ha dicho que quería señalar con el dedo “esta epidemia de miedo que se cierne sobre el mundo. En Lacan y Freud existe una diferencia entre ansia y miedo. La primera puede ser buena consejera pero el segundo paraliza. Y con el coronavirus hemos asistido a un miedo mundial. El Primer Miedo Mundial, como la Primera Guerra Mundial”. Este fenómeno igualó a todos los hombres. “La información sobre el Covid-19 lo invadió todo. Era el horror de la mundialización. Una especie de silencio mortal se ciñó sobre el globo y lo han aprovechado los sembradores de la muerte”.

En su ensayo explica que han vuelto a su mente las enseñanzas de uno de los pensadores que más han influido en él, Georges Canguilhem, filósofo y epistemólogo francés, muy famoso en los años 70. “Ante este mesianismo virológico –afirma Lévy–, ante estas riadas de terror y muerte, no podemos cansarnos de recordar el principio básico de mi maestro Canguilhem: ‘Los virus no hablan, los virus no portan mensaje alguno, un virus es, desde tiempos inmemoriales, puro desorden, pura muerte’”.

Lévy insiste en reiterar que su enfoque no pretende negar la urgencia sanitaria. Y que él no es un Trump o un Bolsonaro cualquiera. “Que el confinamiento era necesario desde un punto de vista sanitario es un dato. Por espíritu patriota y por respeto a médicos y enfermeros, expuestos en primera línea y sobrepasados por el trabajo, he respetado todas las reglas impuestas”. Pero no está dispuesto a renunciar a buscar el origen de esto en “una supuesta sabiduría recuperada”, en la “idea de que el confinamiento fura un momento irrepetible para poner orden dentro de uno mismo y recuperar esta relación conmigo mismo como si fuera la más rica de las relaciones humanas”.

Bernard-Henri Lévy. "Un virus mata, no manda mensajes"

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George Floyd, el grito de la América profunda

Giorgio Vittadini

Una América que parece incapaz de encontrarse a sí misma se está mostrando ante el mundo entero. El sueño americano, que siempre ha servido de vínculo de unión en una sociedad tan plural y basada en una meritocracia exasperada, hoy está en una profunda crisis. La carta de un joven de Miami, Joe, a un amigo suyo, puede ayudar a entender algo más de lo que está pasando tras las protestas que se están sucediendo:

“Querido Enrico, probablemente debería empezar diciendo cuánto te agradezco que me hayas pedido que te cuente algo, a pesar de mis reticencias, pues tampoco sé muy bien cómo mirar a muchos de los que me rodean, pero estos hechos y las reacciones que han surgido me han entristecido profundamente. Dicho esto, intentaré describir lo  mejor posible lo que está pasando y tal vez eso pueda ayudarnos a entender.

Estas protestas y revueltas se están produciendo como un grito contra el racismo y la discriminación provocada por el brutal asesinato de George Floyd, condenado casi universalmente tanto por los civiles de todas las razas como por las propias fuerzas del orden. Para nadie es un secreto que el racismo sigue existiendo en América, igual que en otras partes del mundo, pero la falta de humanidad en la muerte de este hombre ha llevado a mucha gente a interrogarse profundamente.

Honestamente, si no hubiera sido por el Covid–19, no estoy totalmente convencido de que las cosas hubieran llegado a este nivel. Las circunstancias son ‘idóneas’: un hombre de color detenido y asesinado por un oficial blanco, todo filmado, la gente tenía más tiempo del que normalmente habría tenido y ya estaba bastante frustrada por el confinamiento. Pero todo eso no lo puede explicar todo. Hay un factor más que percibo en todo esto. En las últimas semanas, con innumerables entrevistas y artículos, todo ha salido a la luz: el miedo de mucha gente (sobre todo ancianos) a que las cosas no cambien, el asesinato y la idealización de George Floyd, la llamada a las armas para defender o condenar, y concretamente los auténticos gritos de dolor y sufrimiento de la gente de la comunidad negra. En muchas de esas entrevistas he percibido que la verdad de la experiencia del dolor y el sufrimiento que muchas de estas personas han vivido es innegable y muy difícil de mirar. Es la manera en que se presta atención a estas experiencias lo que me da esperanzas para un cambio positivo con todo lo que está pasando.

George Floyd, el grito de la América profunda

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Bernanos, las máquinas y el determinismo

Antonio R. Rubio Plo

‘Francia contra los robots’, publicada en 1946, es una obra de poco más de un centenar de páginas, escrita por George Bernanos y dada a conocer dos años antes de su prematuro fallecimiento. Está editada en español por Nuevo Inicio, una editorial que aprecia especialmente a dos autores católicos fuera de lo común, Péguy y Bernanos, a los que algunos quisieron arrojar a las tinieblas de un catolicismo heterodoxo, o incluso negar su condición de católicos. Ambos autores tienen algo en común: quieren a su patria y asumen como un todo su historia, pero no son ni católicos nacionalistas, ni nacionalistas católicos. Católicos franceses, aunque universales. Tampoco estaban dispuestos a que el Estado usurpara el papel de la nación, algo que sí sucedió durante las dos guerras mundiales. En el caso de Bernanos, hay que añadir la cualidad de tener un corazón generoso, capaz de reconocer la grandeza de una obra, por encima de ideologías y religiones. De ahí su explícito reconocimiento a Balzac, Hugo, Baudelaire, Proust o Picasso.

‘Francia contra los robots’ es el resultado de una serie de experiencias vitales que marcaron a Bernanos: el compromiso de Múnich que supuso la cesión a la Alemania de Hitler de territorios checos por parte de las democracias francesa y británica, o la Francia de Vichy, una pretendida “revolución nacional”, desmentida por la colaboración con una potencia tan totalitaria como desprovista de escrúpulos. Georges Bernanos huyó a Brasil durante los años de la Segunda Guerra Mundial y desde allí alimentó la llama de la resistencia al ocupante de su país y a los colaboracionistas. Con la llegada de la victoria sobre las potencias del Eje en 1945, el escritor no creía que hubiera comenzado una nueva era para el mundo, marcada por la paz y la democratización. Sin pelos en la lengua, califica a los vencedores de democracia plutocrática americana, democracia imperial inglesa e imperio marxista soviético. Fueron los participantes en la histórica conferencia de Yalta, que excluyó de un papel destacado en el mundo de la posguerra a Francia, y en general a Europa occidental.

Más allá de una reflexión sobre las relaciones internacionales, Bernanos va a lo esencial y piensa que el mundo triunfante es el de la concepción del hombre que tenían los economistas ingleses de finales del siglo XVIII, lo que más tarde se conocería como liberalismo manchesteriano. Subraya también que Marx y Lenin, pese a su oposición a estas ideas, eran los continuadores de una visión del mundo que reducía al hombre a la categoría de animal económico. Todos estos pensadores estaban lastrados por un determinismo que rebajaba al ser humano a la categoría de hombre masa. Todos apelaban al progreso, aunque en realidad lo único que progresaba era la técnica. Bernanos denuncia a los profetas del determinismo económico, con independencia de su ideología, que eran capaces de justificar por igual las crisis socioeconómicas que las guerras.

Bernanos, las máquinas y el determinismo

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Importa la diferencia

Fernando de Haro

Hace unos días se presentaba la segunda temporada de The Politician. Una de las series de éxito en Netflix durante 2019, con Ryan Murphy como uno de sus guionistas. Habrá que ver si los nuevos episodios reflejan el cambio que ha supuesto el COVID. Las series, los grandes relatos de este comienzo del siglo XXI, son el mejor test para identificar los cambios culturales. En este caso, la posible transformación provocada por la pandemia. Las series suelen ser más incisivas que las reflexiones teóricas, algunas de ellas interesantes, otras simples reciclados de las sobras del desconcierto anterior. Sobras con las que se han elaborado las “sopas de Wuhan”. Teorías y discursos en los que es difícil encontrar algún ingrediente que no conociéramos ya.

En la primera temporada de The Politician se cuenta la historia de Payton, un joven estudiante que quiere ser presidente de los Estados Unidos. Inicia su carrera política en unas elecciones del instituto. Quiere entrar en Harvard, porque es “la fábrica” de presidentes. La serie decae y hace las típicas concesiones que son necesarias para que una historia se considere correcta. En cualquier caso es relevante cómo denuncia una forma de hacer política basada en lo fake. Los sentimientos y la razón de los votantes están permanentemente manipulados por falsedades que instrumentalizan la realidad. Pero lo más interesante, al menos al comienzo, es que los personajes se ven tan atrapados en lo que no es real: lo fake se ha convertido en su identidad. No distinguen las reacciones humanas prefabricadas por intereses de las que son auténticas. Parecen incluso tener nostalgia de algo con peso. En una de las escenas más dramáticas del primer capítulo, se ve a Payton en la entrevista previa al ingreso en Harvard. El profesor que le está evaluando le pregunta cuándo fue la última vez que lloró. Payton responde refiriéndose a una situación en la que lloran todos los estadounidenses y el profesor le pregunta: “¿Lloraste porque se supone que debías llorar o porque te afectó?”. Y Payton responde: “¿importa la diferencia?”.

Difícilmente un personaje post-pandemia hubiera respondido con este cinismo o esta incapacidad de distinguir entre el llanto sincero y el llanto causado por un deber, por una apariencia. O sí. El tiempo lo dirá. En cualquier caso, nosotros hemos llorado como quizás no habían llorado las dos o tres últimas generaciones. Hemos sentido que “no podíamos respirar”. Hemos visto algo sólido moverse dentro de nosotros, hemos distinguido realidad de fake. Quizás una prueba de ello es que, de momento, ciertas instrumentalizaciones buscadas por los radicalismos políticos, siempre dispuestos a utilizar en su favor la sensación de vacío, no han prosperado en Europa. El último trabajo de Krastev, con las encuestas de Datapraxix y YouGOv, revela que no se ha producido un repunte de posturas populistas y nacionalistas. Los europeos piden más cooperación entre los Estados de la Unión. Los españoles, de hecho, se alejan de los extremos. Lo que coincide con otras encuestas (GAD3) en las que el 80% por ciento reclama un pacto.

>Editorial

Importa la diferencia

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América necesita los dos pulmones

Francisco Medina

La recientes oleada de disturbios que ha seguido a la muerte de George Floyd en Minnesota, a manos de un policía, ha dado paso a la campaña orquestada de derribo –en Estados Unidos y en varios países del mundo– de símbolos y estatuas dedicadas a personajes identificados por el pensamiento dominante como representativos de una cultura identificada como racista: primero fue el almirante genovés Cristóbal Colón; posteriormente, la reina Isabel la Católica o el franciscano español Fray Junípero Serra; y hasta el propio Miguel de Cervantes; sin olvidar a los propios Padres Fundadores (George Washington, Thomas Jefferson), o quienes se aliaron en el bando de la Confederación en la Guerra civil de 1861-1865.

Es tentador comparar la revolución americana del Norte, producida en los últimos estertores del siglo XVIII y que, en muchos aspectos, ha sido señalada como superior a la Revolución Francesa, con la revolución americana que se dio en el Hemisferio Sur del continente en los inicios del siglo XIX. En ambos casos, existía el motor del deseo de iniciar algo nuevo, un nuevo comienzo, un hombre nuevo… pero lo que está sucediendo ahora obliga a apartar la mirada a otro punto, a mi juicio más importante: ¿qué significa esta oleada de protesta en toda la nación estadounidense? ¿Cómo entender estos intentos de reescritura, de implantación de un pensamiento dominante como el Black Lives Matter?

Nunca estuvo cerrada la herida de los años de racismo, fomentada por cierto pensamiento protestante originado en el Bible Belt del Sur. El tema resulta más complejo: muchos de los Padres Fundadores que participaron en la Convención de Filadelfia de 1787, que alumbró la Constitución de los Estados Unidos de América, poseían esclavos y el tema no quedó cerrado, dado que la economía de las colonias del Sur se sustentaba en las plantaciones de algodón, en la que los esclavos constituían el 40% de la población. El caso La Amistad, dilucidado en la Supreme Court, disparó las tensiones entre el Norte y el Sur, que ni el Compromiso de Missouri de 1850 ni la derrota de la Confederación en la Guerra de Secesión consiguieron solventar. La Reconstrucción posterior, planeada por el presidente Lincoln en 1865, fue torpemente puesta en práctica a finales del siglo XIX y no logró la integración de la comunidad negra, a pesar de las medidas adoptadas por el Gobierno Federal, ni desactivar movimientos como el Ku Klux Klan surgidos en el South. Ya en el siglo XX, hubo intentos infructuosos más serios, como el del presidente Kennedy, de eliminar barreras a la integración racial, o el movimiento pacifista de Martin Luther King, que acabó siendo instrumentalizado en el movimiento de oposición a la guerra de Vietnam o en los Black Panthers.

Ahora, en la América del siglo XXI el problema de la integración ya no se identifica exclusivamente con el “problema negro”. De los 325 millones de habitantes que viven en EE.UU., un 18% –59 millones– son de origen hispano; en su mayoría, mexicanos, pero también procedentes de Cuba, Puerto Rico, Guatemala, República Dominicana, Nicaragua. Estados como California, Texas, Florida, New York, Illinois, Arizona, New Jersey, Colorado, Nuevo México y Georgia son los que albergan mayor número de población inmigrante hispana.

América necesita los dos pulmones

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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