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16 DICIEMBRE 2018
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>Entrevista a Olivier Roy

´Los islamistas se radicalizan en la cárcel´

P.R.

“Radicalizarse en prisión significa ante todo recuperar la dignidad perdida”, afirma el orientalista y politólogo francés Olivier Roy. “Además, la conversión a un islam extremo te puede hacer entrar en una fraternidad que te ayuda a combatir la violencia en las cárceles. Cuando formas parte de un clan musulmán, los demás se lo piensan dos veces antes de agredirte porque tienes a tus ‘hermanos’ para defenderte”.

¿Este es el motivo por el que la mitad de los terroristas franceses tienen antecedentes penales?

Sí, la delincuencia y la prisión suelen preceder a la islamización más extrema. Pero radicalizarse en la cárcel también es una forma de autoafirmarse. Da la impresión de que has llegado a ser alguien, porque la prisión también es una contra-sociedad con sus dinámicas perversas, a las que los grupos islamizados resisten mejor. El que se convierte al islam, o a un islam más “puro”, se siente “renacer”.

¿Pero cómo se radicalizan en prisión?

Nunca hemos identificado un imán enviado a las cárceles para radicalizar a los jóvenes delincuentes. Eso sucede siempre por voluntad individual. El que predica suele tener más carisma que los demás y u n poder de convicción que hace que todos le escuchen, no es por su sabiduría real sino por su prestigio. Luego, los presos están abandonados a su suerte y en una celda con seis personas basta una radicalizada para convencer fácilmente a las demás.

¿Radicalizarse puede ser también una forma de revuelta?

Claro, es una revuelta generacional contra el orden del mundo, contra el islam de sus padres, contra los valores de la sociedad, y no es para nada una construcción ideológica.

¿Todos los que se radicalizan en la cárcel son jóvenes, pobres y desempleados de los suburbios?

No son necesariamente pobres y desempleados, pero dos tercios de ellos son inmigrantes de segunda generación que viven en barrios complicados.

Lo que está claro es que no ha bastado con derrotar al Califato en Raqqa y Mosul para acabar con los atentados.

No, porque no es el Estado islámico el que recluta a estos terroristas, sino que son los jóvenes radicalizados los que quieren enrolarse en sus filas. Dicho esto, gracias a la destrucción de gran parte de su logística en Siria e Iraq, en los últimos dos años los atentados terroristas en Europa han sido artesanales e individuales, es decir, realizados por gente que puede haber sido contactada por algún emisario yihadista.

¿Es posible detenerlos?

Puesto que no se trata de fenómenos sociales ni grupos organizados ni movimientos de masas, la única carta que les queda a las autoridades es la de la inteligencia, que funciona bastante bien, pues Chérif, el terrorista de Estrasburgo, estaba en la lista de posibles terroristas para ser detenido. Gracias a esto, muchos jóvenes radicalizados han sido encarcelados antes de que cometieran un atentado.

Entonces, ¿debemos acostumbrarnos a la idea de que cualquier lobo solitario pueda cometer una masacre en Europa?

Habrá una cadena de atentados, pero se irá desvaneciendo con el tiempo. Algo parecido pasó en Italia. Después de que el Estado derrotara a las Brigadas Rojas, durante un tiempo aún hubo algunos atentados esporádicos, pero luego se acabó. Y creo que la estrategia yihadista está actualmente muy debilitada.

>Entrevista a Olivier Roy

"Los islamistas se radicalizan en la cárcel"

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Cuarenta años de democracia

Juan Carlos Hernández

Con motivo del aniversario de la Constitución española hemos querido retomar algunas ideas que algunos autores han dicho en estas Páginas sobre este periodo de nuestra historia reciente.

Según el prestigioso hispanista Stanley Payne, la Transición española fue “un modelo porque consiguió la transformación de una dictadura fuertemente arraigada, y establecida por mucho tiempo [...] Fue un paso original no solo en la historia política de España, sino en la historia política de Europa y del mundo. Y fue respaldado enseguida por el apoyo del pueblo. Se cometieron algunos errores, en cuanto al modelo de Estado, pero abrió paso a una nueva fase de democratización en todo el mundo”.

El historiador Álvaro de Diego habla de “un proceso político al que el pueblo se suma y respalda rotundamente una sociedad civil bastante pujante que está preparada para el cambio y que quiere hacerlo además de forma ordenada, no quiere perder la relativa tranquilidad”. Este periodo, afirma Álvaro de Diego, se puede describir por la frase de que “el empresario era el Rey, el que tenía la idea de llevar al país a la democracia desde la cúspide del Estado, de que hubo un autor de escena que fue Torcuato Fernández Miranda, que era el que tenía el guion y finalmente el actor principal, el que ejecuta lo que otro quiere y lo que otro diseña, que es Adolfo Suárez”.

La consecución de una nueva Constitución a pesar de: una reciente Guerra Civil, los años de dictadura, las propias limitaciones humanas… es posible porque hay una sociedad civil con un deseo positivo y una clase política que lidera este deseo positivo.

Fernando Álvarez de Miranda afirmaba: “Yo creo que sería imprescindible volver a ese deseo positivo y a esa actitud de concordia para poder resolver nuestra vida parlamentaria. Yo recuerdo un espíritu después de las elecciones del 15 de junio de 1977, a pesar de las diferencias políticas, de concordia por parte de todos para poder buscar fórmulas de entendimiento y de articular lo que llego pues a ser primero la Constitución de 1978 y luego la consolidación de toda la transición”.

La España de hoy en día no es la del 78, ni podemos pretender que vuelva a serlo. Pero sí podemos aprender las lecciones de la historia.

El que fuera presidente de las Cortes Constituyentes, en una entrevista para este periódico poco antes de fallecer, nos dejaba una tarea ante los desafíos del presente. Recuperar el espíritu de concordia suficiente para poder vivir en una democracia parlamentaria.

Posiblemente el valor de nuestra Constitución no esté tanto en el propio texto, siempre susceptible de ser mejorado, sino en el espíritu que lo hizo posible.

Cuarenta años de democracia

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 1  4 votos

¿Por qué se suicidan tantos jóvenes en Japón?

Federico Pichetto

El encuentro entre una cultura arraigada en el sentido del deber y los mecanismos del sistema capitalista ha llevado al nacimiento y a la fortuna del Japón contemporáneo. Reducir un país a una estructura económica, y creer comprenderlo, siempre es una operación arriesgada. Sin embargo, impresiona ver cumplidas en el Japón actual muchas de las profecías con que Pasolini acompañaba la autoafirmación de la sociedad de consumo y su individualismo desenfrenado. El mito del éxito y la conducta perfecta ha transformado la promesa de bienestar de la sociedad occidental en una pretensión que es la principal causa, según el ministerio nipón de Interior, del récord de suicidios entre menores de 18 años, líder mundial desde 1986.

Pero ni siquiera el suicidio es el signo más preocupante. Medio millón de hikikomori –gente que se encierra en casa retirándose de la vida– hablan de una alienación radical que afecta transversalmente a ancianos y a jóvenes, dejándolos a todos más solos y más vacíos.

Así se entienden las noticias que a veces se miran de pasada, como si fueran mero folclore, como el matrimonio de un hombre de 35 años con el holograma de una estrella del pop que no existe sino que es fruto de un sintetizador de voz, o la extraordinaria afluencia de peregrinos a un santuario donde se reza para tener un pelo bonito. Mantener unidos todos estos factores parece complicado, mientras se intenta leerlos sociológicamente, como si tuvieran que revelarnos algo lejano o exótico, mientras que por el contrario se desvelan con una naturalidad extraordinaria cuando nos miramos en casa, fijando nuestra atención en la cantidad de jóvenes que se han quedado literalmente bloqueados en el engranaje que les acoge en el mundo laboral.

¿Qué puede llevar al suicidio, a la extrañeza, al aislamiento? La respuesta es casi banal, pero no podemos darla por descontado. Cada vez que percibimos la falta de espacio para nosotros mismos, un espacio donde poder decir “yo” con toda la originalidad e irreductibilidad que se percibe cuando afirmamos lo que somos, todo se vuelve chantaje, medida, y el valor de nuestra vida se pone en función del éxito, del consenso con el jefe, de los objetivos alcanzados, del hecho de ser aptos según los estándares propuestos.

Es el grito que expresa uno de los últimos éxitos de la banda One Republic, “Connection”, cuando el cantante se pregunta: “Si hay tanta gente aquí, ¿por qué estoy entonces tan solo?”. La falta de un momento de tiempo donde tener espacio para uno mismo, para el propio corazón, genera soledad, distancia y desesperación. En una época hiperconectada, acabamos desconectados de nosotros mismos y de los que tenemos al lado, dotados de la dignidad que puede darles un candado, pendientes de que nadie les sustituya rápidamente o –cosa mucho más plausible– de una inteligencia artificial que en el plazo de diez años sabrá hacer muchas de las cosas que ya sabemos hacer nosotros, pero mucho mejor que nosotros.

¿Por qué se suicidan tantos jóvenes en Japón?

Federico Pichetto | 0 comentarios valoración: 3  7 votos

Estados Unidos reconsidera su mítico derecho a la felicidad

Giorgio Vittadini

Las elecciones de medio mandato de Estados Unidos del pasado 6 de noviembre, desde el punto de vista del analista político no han tenido nada realmente excepcional. El pato no ha acabado cojo del todo, como se suele decir en el mundo anglosajón, con la imagen que identifica a un presidente de EE.UU que pierde la mayoría en el Congreso. Resumiendo mucho, al perder la cámara, Donald Trump podrá ver bloqueadas sus leyes fundamentales sobre política interna, como impuestos e inmigración, pero reforzado en el Senado no tendrá condicionamientos importantes en política exterior, que es de su estricta competencia, y podrá ver confirmados muchos de los nombramientos importantes que vaya a hacer.

Si se confirma el hecho de que las elecciones de medio mandato se usan tradicionalmente para reequilibrar el poder entre fuerzas políticas, y resulta por tanto habitual que suelan ir acompañadas de un castigo al presidente en el cargo (también la pasó a líderes considerados de éxito, como Ronald Reagan o Barack Obama), podríamos concluir que no hay nada nuevo bajo el sol. Pero en realidad, EE.UU está viviendo la crisis de identidad más aguda de toda su historia. Hasta el punto de que, como me comentaba un amigo californiano, el sentimiento dominante está atravesado por preguntas angustiosas, como “¿todavía existe un pueblo americano?, ¿qué significa ser americanos?, ¿qué es capaz de unir?”. Otro amigo neoyorquino me decía: “Nunca he visto un país tan partido en dos: dos sociedades totalmente divididas que parecen no tener nada que decirse y tampoco quieren intentarlo”.

En realidad, hay muchísimas facciones, tantas que se vuelve a hablar de tribalismo. Los Estados Unidos nacieron con una gran ambición, la de afirmar el derecho de todos a perseguir el progreso y la felicidad, como recita la Constitución de 1776. “Los pueblos americanos reconocen la dignidad de la persona, y sus constituciones nacionales reconocen que las instituciones jurídicas y políticas, que regulan la vida de la sociedad humana, tienen como principal objetivo la tutela de los derechos esenciales del hombre y la creación de condiciones que le permitan realizar un progreso espiritual y material, y alcanzar la felicidad”.

Es la idea de que cualquiera puede hacerse rico, elevarse socialmente, favorecerse del dinamismo excepcional de la vida económica. A fin de cuentas, es la misma idea de la conquista del Oeste, la frontera que se convierte en dinámica cotidiana: aun afrontando peligros, dificultades enormes, incluso violencia y abusos –muchos, en comparación con el resto del mundo–, lo conseguirán. Una selección basada en el mérito, en las capacidades, en el valor, tal como documenta la mayoría de las películas que vienen del otro lado del charco. Pero se trata de una afirmación de igualdad que ha producido en cambio profundas desigualdades. Pensemos en el genocidio de los nativos americanos, la discriminación racial que ni siquiera la guerra civil consiguió resolver. Así como los incontables perdedores que siguen poblando esta sociedad.

Estados Unidos reconsidera su mítico derecho a la felicidad

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 3  9 votos
>ENTREVISTA A TOMÁS GÓMEZ

"En la política energética española nos falta tener reguladores independientes"

Francisco Medina

Páginas Digital analiza con el profesor Tomás Gómez, del Instituto Tecnológico de la Universidad Pontificia de Comillas-ICAI, los retos energéticos de España en el momento actual.

A modo de visión global, ¿cuál es el panorama del sector energético en España y en la Unión Europea?

El mundo de la energía ha ido atravesando diferentes etapas a lo largo de las últimas décadas. En los años 70 la crisis del petróleo con sus consecuencias sobre los precios y el desarrollo de los programas de eficiencia energética. En los 90, la introducción de los mercados y la globalización Hoy en día, el cambio climático y los impactos ambientales de la energía plantean la urgente necesidad de descarbonizar el sistema energético. Es algo que muy pocos dudan, aunque hay todavía quien se resiste. Ligado a esto, el potencial de las energías renovables para conseguir este objetivo permite ser optimistas. Hace unos años estas tecnologías estaban en su infancia, pero hoy en día ya son competitivas. Además se cuenta con el impulso político logrado con los acuerdos de París. La Unión Europea está también acordando objetivos ambiciosos para reducir más las emisiones de CO2 en 2030 y 2050. Las propias empresas energéticas están tomando decisiones estratégicas para virar a negocios basados en la generación y consumo de energía limpia. Yo diría que estamos en una dinámica para avanzar decididamente hacia la descarbonización de la economía en los próximos 20-30 años.

¿Cuál es el problema de las energías tradicionales frente a las energías renovables? ¿Por qué surge esta necesidad de descarbonizar la economía? Se han esgrimido factores medioambientales, pero también se habla de factores económicos…

La producción y consumo de energía siempre ha tenido una serie de externalidades sobre el medio ambiente y la salud de las personas que no se han internalizado en la toma de decisiones de las empresas. Sean un ejemplo la producción de energía con centrales de carbón o nucleares. Mientras esas externalidades no se internalicen mediante señales de precio, o regulaciones que limiten su uso, no habrá cambios reales, y el mundo seguirá consumiendo petróleo. Yo creo que ahora, motivado por la urgencia de combatir el cambio climático, las cosas están cambiando. Ya existe la idea de que el CO2 no se puede emitir gratuitamente, En Europa tenemos el mercado de emisiones de CO2, en otros lugares se han impuesto tasas a dichas emisiones. También tenemos regulaciones más estrictas con las emisiones de gases contaminantes de los vehículos. Todo ello debe resultar en que tanto las decisiones económicas de las empresas, como las propias restricciones en el uso de determinados tipos de tecnologías, nos conduzcan hacia una economía descarbonizada con ciudades más limpias y saludables.

Es decir, se está descubriendo que las energías renovables no solo son rentables, sino que son más limpias. ¿Qué ventajas ves en el uso de estas energías?

>ENTREVISTA A TOMÁS GÓMEZ

"En la política energética española nos falta tener reguladores independientes"

Francisco Medina | 0 comentarios valoración: 3  11 votos

Centenario del fin de una guerra y de una falsa paz

Antonio R. Rubio Plo

Termina 2018 con la conmemoración del centenario de la Primera Guerra Mundial, que irá acompañado en los próximos meses de otra efeméride de hace un siglo, la del tratado de Versalles, que supuestamente cerraba la contienda, pero lo hacía en falso al imponer la paz de los vencedores. En un siglo en el que el poder de la técnica no ha dejado de crecer, no hemos podido terminar con el fantasma de la guerra, o mejor dicho el de los temores a una violencia que sigue desatada en nuestro mundo, en el que las guerras no se declaran y la vida humana es destrozada y humillada por quienes ni siquiera se plantean derrotar al enemigo como sucedía en las batallas clásicas. Los soldados y sus brillantes uniformes, al menos en los desfiles de gala, han sido sustituidos por delincuentes y terroristas que no luchan cara a cara.

Vivimos en un mundo de las guerras sin victorias, que suelen ser también las guerras sin final, que brotan endémicamente sobre el terreno, se extinguen lentamente para emerger cuando menos cabe esperar. Por eso, la palabra paz se devalúa, se repite tanto que termina por carecer de sentido. La paz no es ausencia de guerra. Ese fue el error de cálculo de los vencedores de la Gran Guerra, que pensaba también en el equilibrio de fuerzas militares, lógicamente a su favor, y no tomaron en consideración los orgullos nacionales de los otros, de los vencidos o de sus propios aliados. El armisticio de 1918 fue incapaz de eliminar las semillas del rencor de pueblos muy diversos, no solamente de los alemanes vencidos sino también de los italianos, rusos y japoneses, por no hablar también de los pueblos colonizados. De las cenizas no emergió un mundo nuevo, aunque surgiera una organización que pretendía trabajar por la paz, la Sociedad de Naciones, si bien esta no era la voluntad política de una parte de sus Estados miembros. 1919 impuso una pax romana, obtenida por la fuerza, aunque el tratado de Versalles instituyera la Sociedad de Naciones, que pretendía asegurar la tranquilidad en el orden, sin querer darse cuenta de que aquel orden mundial era tan frágil como injusto.

Centenario del fin de una guerra y de una falsa paz

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>Editorial

El sueño de volver a contar

Fernando de Haro

En España, la celebración del 40 aniversario de la Constitución ha coincidido con la aparición como fuerza parlamentaria (de momento solo en Andalucía) de una fuerza de derecha con un ideario hasta ahora ausente. Vox cuestiona algunos de los principios esenciales de la Carta Magna como Podemos lo hace por la izquierda o el independentismo catalán de forma transversal. El nuevo partido, al rechazar el modelo territorial de las Comunidades Autónomas (un federalismo no reconocido ni vertebrado del todo), alimenta uno de sus vectores en la reacción al proceso secesionista que se intentó materializar hace algo más de un año. Es nuevo. Ni siquiera hace cuatro décadas existía una derecha parlamentaria que rechazara el texto constitucional.

La solemnidad de las celebraciones del 40 cumpleaños de la Constitución, con buenos discursos de la presidenta del Congreso y del Rey Felipe VI, ha silenciado por unos momentos la crisis política. Cuanto más solemnes han sido las celebraciones en torno a la Constitución de 1978 (la que más tiempo ha estado en vigor desde que se iniciara la revolución liberal en España hace 200 años), más evidente se ha hecho que en las cuatro últimas décadas la experiencia que la hizo posible ha ido apagándose por la “neutralidad liberal” que domina el espacio público. Una neutralidad, alimentada por izquierda y derecha, que ha considerado una cuestión privada el reconocimiento del otro, la reconciliación, la unidad pre-política y pre-jurídica, los elementos de significado implicados en el hecho de ser ciudadano.

Más de un 85 por ciento de los españoles hacen una valoración positiva de la Constitución del 78. Valoración que no es del texto sino del acuerdo que lo fundamenta. Pero un 27 por ciento cree que en este momento España está estancada. Al menos uno de cada cuatro españoles cuestiona los partidos y la política. No es de extrañar que desde la derecha surjan ahora “opciones de protesta” que hasta el momento no habían existido. La política como pura gestión, la política como fuente de corrupción, provoca rechazo y resurge la política como utopía, como queja. Es el síntoma de un proceso que exige una respuesta adecuada. Al final lo que está en juego es si la participación en el espacio público tiene que optar entre la tecnocracia neutral o la frustración, si hay algún protagonismo posible en un ámbito dominado por la partitocracia.

Vox ha surgido en Andalucía con fuerza (10 por ciento de votos) sumando, según los primeros estudios demoscópicos, diversos elementos. El rechazo a la descentralización autonómica es uno de ellos, seguramente el más importante. A eso hay que añadir la reacción provocada por aumento de la llegada de inmigrantes (percibida falsamente como una suerte de invasión) y la voluntad de que, por fin, haya quien defienda cierta “agenda católica”. Una agenda que querría ser respuesta a una secularización inducida desde el poder y que pone el énfasis en ciertos aspectos –la defensa del no nacido, respuesta a la ideología de género– y minusvalora otros –migrantes, proyecto común–. A todo eso hay que sumar la reacción a las políticas emprendidas para luchar contra la tremenda lacra de la violencia que sufren las mujeres (la inmensa mayoría de los votantes de Vox son hombres). Hay muchos otros componentes que con el tiempo irán desvelando su peso.

>Editorial

El sueño de volver a contar

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  41 votos

Tras las elecciones andaluzas: ahora, la responsabilidad

Francisco Medina

El resultado de las elecciones andaluzas ha sido contundente pero no totalmente imprevisible: es evidente que VOX iba a resurgir ante el agotamiento de los dos grandes partidos (PSOE y Partido Popular) y la política tan errática de confrontación ideológica por parte de la izquierda populista (Podemos, IU), que no ha dudado en activar una especie de “cordón sanitario” en torno al partido liderado por Santiago Abascal, legitimando sus alianzas con partidos nacionalistas y antisistema que han hecho del rechazo a la Constitución y de la utopía de un Estado independiente (PdCat, Junts per Sí, CUP, Bildu, EAJ-PNV, EA, Geroa Bai) su seña de identidad, y ello en aras de su proyecto político de una España confederal y republicana, aderezada con un concepto doctrinario de ciudadanía. La socialdemocracia ha sido engullida por un movimiento hegemónico en el ámbito de la cultura y cierto pensamiento dominante –importado de las corrientes sociológicas de izquierda del momento–, caracterizado por una desconfianza –yo diría aún más: un miedo– a una sociedad civil articulada en lazos personales y familiares generadores de vínculo, independientes del partido y del Estado.

Con todo, y siendo esto cierto, resulta evidente que en Andalucía ha sucedido algo: el surgimiento del partido VOX en el Parlamento andaluz con nada más y nada menos que 12 escaños; lo que significa que mucha gente –incluidos votantes de Podemos– han decidido dar su apoyo a un partido que ha puesto sobre el tapete muchas propuestas que, ab initio, suscribiría cualquier ciudadano sensato. Muchos hablan de aire fresco; y, en cierto modo, VOX viene a serlo en cuanto a que socava el tradicional bipartidismo de una forma importante. Ahora es llave de gobernabilidad: eso es un dato a tener en cuenta.

Sin embargo, no me sustraigo al hecho de un inquietante proceso que parece inundar ya el panorama político y social europeo y nacional: el de la búsqueda de soluciones fáciles a la complejidad y riqueza de los fenómenos y procesos sociales, políticos y jurídicos. Es decir, la tentación de respuestas simples y contundentes a problemas como la inmigración, la cultura del descarte, la extensión de los nuevos derechos (la identidad de género, la denominada “muerte digna”, la gestación subrogada…), la memoria histórica, la educación, la sanidad, la justicia, la política económica, la política energética y medioambiental.

VOX ha vuelto a propugnar, recientemente, esgrimiendo como parte de la negociación, la reducción de competencias autonómicas en sanidad y educación; parte de considerar la inmigración como un problema a resolver con la restricción de entrada y la supresión del arraigo; vuelve a una acuñación de la identidad nacional, de la historia de España y del castellano en clave nacionalista; y una política económica y social en clave muy liberal; la propugnación de una política familiar con un Ministerio de Familia y ayudas y subvenciones… si se echa un vistazo al programa electoral el latente recurso a la defensa de los valores en casi todas sus medidas –llevado casi al extremo– hace difícil no ver en ello otra forma de populismo. La identidad y la pertenencia que se presentan aquí como propuesta tienen un tinte hegemónico.

Tras las elecciones andaluzas: ahora, la responsabilidad

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>Entrevista a José María Marco

"El balance de estos cuarenta años es muy positivo"

Juan Carlos Hernández

“Los que propugnan una República la imaginan no como un régimen neutro en lo ideológico –como es la monarquía–, sino como una palanca para un cambio, cuando no una revolución”, afirma el profesor de la Universidad Pontificia de Comillas.

En este próximo cuarenta aniversario de la Constitución, ¿cuál le parece que podría ser el balance global?

Excelente, en casi todos los términos. La España de hoy es un país más próspero, más moderno, más abierto y los españoles están mejor preparados e incluso han empezado a dejar atrás algunos de los complejos que las minorías gobernantes siempre se habían empeñado en inculcarles. Hay problemas, claro está: una educación que no acaba de despegar, con un fracaso escolar dramático; una economía dual, que deja a mucha gente fuera; un exceso de gasto por el Estado y, sobre todo –herencia de estos cuarenta años–, un empeño suicida en construir una democracia liberal sin nación que la sostenga, como si las naciones fueran algo prescindible o caduco. De ahí el poder que han adquirido los nacionalistas, que hasta hace muy pocos años eran un elemento vertebrador de España y el colmo del progresismo. Los que no comulgábamos con los nacionalistas fuimos fascistas hasta ayer.

¿Es necesaria una reforma constitucional? ¿Existe una clase política con la suficiente altura de miras para llevar a cabo una obra de tal calibre?

No es absolutamente necesaria una reforma constitucional, pero estaría bien proceder a fijar de una vez las competencias del Estado central y las de las Autonomías. Podría ser una reforma federal, y no obligadamente recentralizadora. Se trata de reafirmar lo que nos es común a todos los españoles. El problema, como insinúa usted, es que la reforma de la Constitución no es posible en la actualidad. Se ha frivolizado con la reforma constitucional hasta el punto de hacer de ella parte de algunos programas políticos. Así se ha bloqueado cualquier reforma. Efectivamente, los políticos españoles, a veces, no parecen muy finos.

Nuestra monarquía se pone actualmente en tela de juicio desde algunos sectores. Sin duda un sistema republicano es también una forma de gobierno lícita y, de hecho, es el sistema de democracias occidentales análogas a la nuestra. Pero en el caso concreto de España parece que siempre la opción de una república es más por un deseo de ruptura que una propuesta propositiva. ¿Qué opinión le merece?

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"El balance de estos cuarenta años es muy positivo"

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  18 votos

La hipocresía ante la manipulación de embriones humanos para investigación

Nicolás Jouve

Hace tres años que un gran revuelo en el mundo científico la noticia de que unos investigadores chinos habían manipulado unos embriones humanos, con la técnica llamada CRISPRCas9 [1]. La justificación que se usó es que los embriones eran no viables y que nunca serían implantados. El pequeño detalle de su naturaleza de seres humanos en el inicio de su desarrollo fue así ignorado.

El CRISPRCas9 es un mecanismo natural de defensa que existe en las bacterias, para eliminar ADN extraño, que fue descubierto hace más de veinte años por el microbiólogo ilicitano Francisco Juan Martínez Mojica [2]. Tras ello, y aprovechando que desde hace ya quince años se conoce el genoma completo del ser humano, el ADN, y después el de miles de otras especies, los investigadores han emprendido la utilización del sistema CRISPRCas9 en el laboratorio, como una herramienta que permite localizar y eliminar o modificar editar), cualquier secuencia de ADN de bases nucleotídicas conocidas. A diferencia de otros métodos de corrección de genes ensayados previamente, el sistema CRISPRCas9 es más económico, rápido y preciso, por lo que su utilización se ha extendido por los laboratorios de todo el mundo. Esta ingeniosa herramienta de ingeniería genética se ha convertido en las manos de los genetistas en un gran procedimiento para modificar a voluntad el genoma de bacterias, hongos, plantas o animales, con expectativas espectaculares de aprovechamiento en la industria farmacéutica, la mejora genética de plantas cultivadas y de animales domésticos, y ahora para la terapia de enfermedades humanas debidas a alteraciones de los genes.

Realmente Francis Mojica no investigaba para editar genes, sino para conocer mejor la organización estructural y funcional del genoma de los microorganismos, pero su extraordinario descubrimiento dio paso a que se pensara en aplicaciones de todo tipo. Las relacionadas con la corrección de genes implicados en patologías fueron planteadas por dos investigadoras, la francesa Emmanuelle Charpentier y la americana Jennifer Doudna, que propusieron el uso de CRISPR–Cas9 como herramienta para la curación de enfermedades humanas importantes [3].

El uso previsto era en células somáticas de los pacientes, que serían convenientemente extraídas, modificadas o editadas genéticamente en el laboratorio y devueltas a los pacientes. Los errores potenciales solo se evidenciarían en el propio paciente. Desde un principio se descartó la utilización de esta técnica en células del tejido germinal, el que da lugar a los gametos, para evitar que cualquier error pasase a las generaciones futuras.

De hecho, en 2015, ante la precipitación de este tipo de investigaciones, los doctores David Baltimore, Premio Nobel de Medicina en 1975, y Paul Berg, Premio Nobel de Química de 1980, entre otros, promovieron una moratoria voluntaria para la aplicación de las nuevas tecnologías CRISPR–Cas9 con fines de modificación del genoma de la línea germinal en los seres humanos. Se trataba de detener este tipo de aplicaciones hasta tener garantías de seguridad y un buen análisis de las consecuencias [4].

La hipocresía ante la manipulación de embriones humanos para investigación

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El sueño de volver a contar

Fernando de Haro

En España, la celebración del 40 aniversario de la Constitución ha coincidido con la aparición como fuerza parlamentaria (de momento solo en Andalucía) de una fuerza de derecha con un ideario hasta ahora ausente. Vox cuestiona algunos de los principios esenciales de la Carta Magna como Podemos lo hace por la izquierda o el independentismo catalán de forma transversal. El nuevo partido, al rechazar el modelo territorial de las Comunidades Autónomas (un federalismo no reconocido ni vertebrado del todo), alimenta uno de sus vectores en la reacción al proceso secesionista que se intentó materializar hace algo más de un año. Es nuevo. Ni siquiera hace cuatro décadas existía una derecha parlamentaria que rechazara el texto constitucional.

La solemnidad de las celebraciones del 40 cumpleaños de la Constitución, con buenos discursos de la presidenta del Congreso y del Rey Felipe VI, ha silenciado por unos momentos la crisis política. Cuanto más solemnes han sido las celebraciones en torno a la Constitución de 1978 (la que más tiempo ha estado en vigor desde que se iniciara la revolución liberal en España hace 200 años), más evidente se ha hecho que en las cuatro últimas décadas la experiencia que la hizo posible ha ido apagándose por la “neutralidad liberal” que domina el espacio público. Una neutralidad, alimentada por izquierda y derecha, que ha considerado una cuestión privada el reconocimiento del otro, la reconciliación, la unidad pre-política y pre-jurídica, los elementos de significado implicados en el hecho de ser ciudadano.

Más de un 85 por ciento de los españoles hacen una valoración positiva de la Constitución del 78. Valoración que no es del texto sino del acuerdo que lo fundamenta. Pero un 27 por ciento cree que en este momento España está estancada. Al menos uno de cada cuatro españoles cuestiona los partidos y la política. No es de extrañar que desde la derecha surjan ahora “opciones de protesta” que hasta el momento no habían existido. La política como pura gestión, la política como fuente de corrupción, provoca rechazo y resurge la política como utopía, como queja. Es el síntoma de un proceso que exige una respuesta adecuada. Al final lo que está en juego es si la participación en el espacio público tiene que optar entre la tecnocracia neutral o la frustración, si hay algún protagonismo posible en un ámbito dominado por la partitocracia.

Vox ha surgido en Andalucía con fuerza (10 por ciento de votos) sumando, según los primeros estudios demoscópicos, diversos elementos. El rechazo a la descentralización autonómica es uno de ellos, seguramente el más importante. A eso hay que añadir la reacción provocada por aumento de la llegada de inmigrantes (percibida falsamente como una suerte de invasión) y la voluntad de que, por fin, haya quien defienda cierta “agenda católica”. Una agenda que querría ser respuesta a una secularización inducida desde el poder y que pone el énfasis en ciertos aspectos –la defensa del no nacido, respuesta a la ideología de género– y minusvalora otros –migrantes, proyecto común–. A todo eso hay que sumar la reacción a las políticas emprendidas para luchar contra la tremenda lacra de la violencia que sufren las mujeres (la inmensa mayoría de los votantes de Vox son hombres). Hay muchos otros componentes que con el tiempo irán desvelando su peso.

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La Europa del contrapunto

Fernando de Haro

Huang y John han seguido con poca atención la cumbre del G20. John, vecino de Miami, ha visto las imágenes de la cena de Donald Trump y de Xi Jinping en la televisión del 7Eleven donde suele comprar su café con sabor a vainilla. Y Haung le ha echado un vistazo a la foto publicada en la prensa oficial. No se ha detenido a leer la información. Ni Huang ni John siguen de cerca la guerra comercial que desde junio enfrenta a las dos principales economías del mundo.

Huang trabaja en una compañía inmobiliaria de Wenzhou, una ciudad al borde del mar, de tamaño medio, en la costa, en plena expansión. El clima es más benigno que en la cercana Sanghai. La empresa de Huang, controlada por el Estado, realiza inversiones en la Nueva Ruta de la Seda. Huang trabaja muy duro, su nivel de vida ha subido, está orgulloso de lo que está haciendo Xi Jinping por su país, orgulloso de la capacidad de control que el Estado tiene sobre los ciudadanos –es una garantía de seguridad–, de la expansión más allá de los mares de Asia. Huang piensa que, después de tantos años de un trabajo callado, China por fin puede mostrarle al mundo cómo es de grande.

John es votante de Trump, siente rechazo hacia su arrogancia, hacia sus excesos. No le gusta el modo que tiene de hablar de los inmigrantes. Pero aunque no se lo confiese del todo, vibra cuando le escucha hablar de América. Aunque no es ese el motivo por el que votó al actual presidente. Le votó y le volvería a votar porque su historia le impide votar a los demócratas. John es un hombre religioso, convertido después de algunos problemas con el alcohol, rechaza la vida de los ricos que han venido a jubilarse a Florida. Rechaza esa vida liberal, que parece haber perdido las esencias de la América que madruga, esos Estados Unidos de la infelicidad donde cunde la adicción a los opiáceos.

Huang y John no deciden el destino del mundo. O sí. Al menos no lo deciden como sus presidentes, pero sin ellos no hubiéramos tenido el G20 que se ha celebrado en Buenos Aires. A comienzos de siglo ya era evidente que el Planeta Tierra necesitaba algo así como un “Gobierno del Mundo”. Sabíamos que las soberanías nacionales, tal y como habían quedado definidas en Westfalia, eran incapaces de hacer frente a las necesidades de la globalización, al imperio del dinero. Tampoco los proyectos de integración regional estaban a la altura. Era necesario crear nuevas instancias. Y por algunos momentos se pensó que el G20 podría servir como herramienta inicial para desarrollar ese nuevo gobierno global. La cumbre del G20, de hecho, celebrada en Washington en 2008, si no fue un Consejo de Ministros planetario al menos sirvió para tomar la decisión de no cometer los errores del 29 y apostar por la mayor fiesta de política monetaria expansiva de la historia.

La Europa del contrapunto

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>Editorial

Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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>Columna derecha

>CULTURA

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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