Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
15 OCTUBRE 2018
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No sin mí

Fernando de Haro

EncuentroMadrid. Conversación infrecuente, de esas que prácticamente no existen en público en España ni en ningún país occidental. Pedro Cuartango, exdirector de El Mundo y columnista de ABC -uno de los periodistas más inteligentes del país- y Julián Carrón en un diálogo intenso, apasionado, sobre lo que no se puede hablar: ¿Dónde está Dios? (título del último libro del presidente de Comunión y Liberación).

Políticamente incorrecto el tema, hubiera sido subversivo en otros tiempos, y también el contenido del diálogo (el mal, el escándalo de la elección, de la racionalidad de la fe). Ninguna concesión de los dos para dar una buena imagen, para mantener el buen tono, para identificar artificialmente puntos comunes. Hay momentos en los que, dentro de una gran cordialidad, saltan chispas. A la española, sin filtros. ¿Qué hace posible una conversación así? ¿Por qué no cae en la languidez propia de muchos foros entre creyentes y no creyentes o en la contraposición ideológica? Porque los dos son personas en búsqueda, porque la fe no es una trinchera que separe dos campos en los que las posiciones estén cerradas. Porque los dos se necesitan.

Cuartango, en el momento más álgido de la conversación, confiesa que le gustaría tener fe: “la gracia es gratuita. Me gustaría creer en la existencia de Dios, mi situación no es una elección, es una condena”. Y Carrón le contesta que se descalza (en señal de respeto) ante este drama y añade que “todos buscamos, el haber encontrado no acaba con la búsqueda, la intensifica”.

Todos los occidentales del siglo XXI, creyentes o no creyentes, somos Cuartango. Todos tenemos frente al Misterio de Dios sus mismas objeciones: el escándalo por el mal y una libertad mal usada, la perplejidad ante el método de la elección. Son las objeciones que afloran en el diálogo y que culminan con una pregunta sobre la naturaleza de la fe por parte del periodista. Ni programándolo el itinerario refleja mejor el camino por el que transita la vida.

Cuartango recuerda sus visitas a Auschwitz y a Sarajevo, los zapatos de los niños masacrados, el genocidio en nombre de la raza y la religión. Y confiesa que, tras preguntarse sobre dónde estaba Dios cuando ocurrían estas cosas, le resulta imposible creer. Carrón sugiere que la pregunta no implica necesariamente la negación de Dios, como se ve en la experiencia del pueblo de Israel. El problema del mal, de hecho, no aparece en el mundo hasta que el más pequeño de los pueblos antiguos, exiliado en Babilonia, no construye el relato del Génesis. Ese relato repite una y otra vez el estribillo: “y todo era bueno”. ¿Por qué queda superado el viejo dualismo que atribuía al mal y al bien la misma entidad? “¿Qué experiencia había tenido el pueblo de Israel para afirmar en la primera página de la Biblia que todo era bueno?”, se pregunta Carrón. “El cristianismo no ha resuelto el problema del mal, lo ha planteado”, añade.

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Montini, el diplomático

Antonio R. Rubio Plo

Ante la canonización de Pablo VI, resulta de interés recordar alguna de las dimensiones de su variada personalidad. El papa del Concilio, el pontífice peregrino por diversos continentes o el intelectual eclesiástico influenciado por la cultura francesa, no debe de hacernos olvidar a Giovanni Battista Montini, diplomático vaticano. Fueron más de tres décadas las que dedicó a la diplomacia de la Iglesia: un breve período en Polonia y otro mucho más prolongado en una labor en apariencia burocrática, aunque no menos eficaz, en la secretaría de Estado. Después, en 1954, llegaría su nombramiento como arzobispo de Milán, que acabó sorprendiendo a muchos que veían difícilmente compatible sustituir las labores diplomáticas por las pastorales.

Pero no hay un Montini diplomático y otro pastor. Es la misma persona, aunque ejerza una función diferente. Plenamente montiniano es, por ejemplo, el discurso que pronunciara el 25 de abril de 1951 con motivo del 250º aniversario de la fundación de la Academia Pontificia Eclesiástica, una interesante reflexión sobre la diplomacia que no ha perdido un ápice de actualidad. Corrían los años de la guerra fría, de los conflictos interpuestos como el de Corea y de las tensiones internacionales que hacían temer una devastadora guerra nuclear. El mundo se había vuelto sombrío, y particularmente Europa con su división artificial del telón de acero. En este contexto parecía secundario hablar de la diplomacia de un pequeño Estado europeo, que no contaba con las divisiones de ejército de las que tanto alardeaba Stalin como símbolo de su poder expansionista. Habían pasado más de ochenta años tras la desaparición del poder temporal del Papado, aunque la diplomacia vaticana había conocido una revitalización como instrumento en favor de la paz, tal y como demostraron las iniciativas papales durante las dos guerras mundiales y el período de entreguerras.

En su discurso Montini rechaza esa caricatura de la diplomacia, que ha llegado hasta nuestros días, donde para tener éxito, en función de los intereses nacionales, todos los medios son válidos. Astucia y fortuna forman un todo inseparable en la política, oficialmente desde los escritos de Maquiavelo, aunque en realidad esta alianza se fraguó en tiempos inmemoriales. Diplomacia vendría a ser sinónimo de ambigüedades y pluralidad de sentidos. En definitiva, con la diplomacia la palabra no sería un reflejo de la veracidad sino el velo del pensamiento, en expresión de Montini. De ahí la identificación de la diplomacia con etiquetas y formalismos, sobre todo desde los siglos XVII y XVIII, cuando imperaba el sistema de Westfalia en el que el equilibrio de las grandes potencias se presentaba como un modelo ideal, aunque por naturaleza inestable. No es casual que esos mismos Estados, en ejercicio de su poder omnímodo, quisieran controlar a la Iglesia y a las respectivas confesiones religiosas.

Montini, el diplomático

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Nosotros y Lehman Brothers

Lucas de Haro

En la primavera de 2008, los miembros de la Asociación Cultural Charles Péguy y de la Compañía de las Obras pensamos organizar una mesa redonda que ayudara a entender en qué consistía la incipiente crisis de entonces. Invitamos a la misma a Leopoldo Abadía, uno de los fundadores de IESE, quien acababa de publicar un original artículo sobre la crisis NINJA, le acompañarían el empresario Rafael Saco y el hoy catedrático de Economía Luis Rubalcaba. “En tiempos de crisis, ¿qué empresa?, ¿qué trabajo?” tuvo lugar durante el otoño de aquel año, sorprendiéndonos que entre la idea de celebrarlo y la celebración cayó Lehman Brothers y Abadía se convirtió en una estrella mediática, cosa que no le impidió cumplir con su compromiso de hablar en nuestra mesa redonda. El resultado lleva una década colgado en Youtube y ha recibido más de 18.000 visitas.

La pasada primavera, la Compañía de las Obras pensó en organizar un panel en EncuentroMadrid 2018 que se titulase “Diez años después de Lehman Brothers, ¿qué hemos aprendido?”. En ese momento nos movió la inquietud de percibir que muchos agentes económicos comenzaban a actuar como si la crisis no les hubiera enseñado nada, como si se hubiera tratado de un largo chaparrón y no de un cambio de época; porque lo cierto es que hemos vivido un terremoto global que debería haber obligado a modificar las estructuras y dinámicas del mundo económico y laboral. Hemos atravesado la peor recesión desde la Segunda Guerra Mundial y, aunque la mayoría de países e índices macroeconómicos afirman que la crisis ya finalizó hace tres o cuatro años, seguimos sufriendo la precariedad del empleo, la difícil reinserción en el mercado laboral de ciertos sectores de la sociedad, la pérdida del poder adquisitivo, y otros problemas esenciales que afectan a las personas. A esto se suma que ciertos vectores económicos parecen afrontar el actual renacimiento volviendo a dinámicas similares a las pre-2008: altos endeudamientos, crecimiento por volumen con baja innovación, etc.

Nosotros y Lehman Brothers

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José Carlos Bermejo presenta el programa de formación de másteres y posgrados CEHS 2018-2019

¿Cómo ayudar a personas en situación de dificultad? ¿O a aquellas que están pasando el duelo, por la pérdida reciente de un ser querido? ¿O a una persona en el final de su vida? ¿Y cómo ayudar a otros a desarrollar mejor sus potencialidades en el liderazgo, el trabajo en equipo?

José Carlos Bermejo, Director del Centro de Humanización de la Salud, nos presenta el programa de formación de másteres y posgrados 2018-2019.

En el CEHS impartimos:

Un máster en counselling, uno en duelo, un posgrado en humanización de la salud, otro en gestión de centros y dependencia, otro en pastoral de la salud y otro en cuidados paliativos.

Nos recuerda Bermejo varios de los puntos fuertes de estas opciones formativas de calidad, entre ellos el profesorado: un grupo multiprofesional de personas, apasionadas por la humanización de la salud y del mundo del sufrimiento, con amplia experiencia en intervención. El aval de la Universidad Ramón Llull de Barcelona, otro de los puntos claves.

Estudiar un máster o posgrado en el CEHS proporciona al alumno, sin duda alguna, una experiencia personal de crecimiento y de desarrollo personal, tanto para sí mismo como para el acompañamiento a personas que estén en situación de dificultad.

José Carlos Bermejo presenta el programa de formación de másteres y posgrados CEHS 2018-2019

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>Entrevista a Amelia Valcárcel

"El problema no es la rabia sino el fervor"

Fernando de Haro

Amelia Valcárcel, gran referente intelectual de la izquierda española y del feminismo, reflexiona con www.paginasdigital.es sobre la crisis democrática.

Decía en un artículo publicado en El País algo muy provocativo: en estos momentos todavía no estamos oyendo “el ruido del populismo genuino”, ¿por qué cree que aún no estamos delante de un auténtico populismo?

Porque falta el carisma. Estamos en los propileos, pero si no aparece realmente el liderazgo carismático, todavía no estamos ante el verdadero populismo.

¿Y eso de qué depende? ¿De que aparezca alguien, por ejemplo, como Trump?

No, con Trump incluso sus seguidores reconocen que carece por completo de carisma. Tenemos que pensar en individuos carismáticos. Individuos carismáticos genuinos no se comienzan a presentar en la política hasta después de la Revolución Francesa, es decir, son producto de las democracias o de sus intentos. No podemos encontrar individuos de este tipo, conductores políticos, antes. En el Antiguo Régimen funciona de otra manera. El carisma que tiene un monarca es otorgado de otra forma, no es el fervor popular el que lo apoya.

También habla de un hastío, ¿por qué? Por ejemplo, vamos a celebrar los 40 años de la Constitución. ¿Por qué en este periodo hemos pasado de un entusiasmo, de una estima por las instituciones, a ese hastío en España?

No creo que el hastío sea muy grande. He de matizar un juicio que quizá suene demasiado fuerte. Pero las generaciones se suceden y quien consigue las cosas y quien las disfruta no son los mismos, y pueden tener juicios bastante diferentes sobre lo que se ha conseguido. Pensemos que una persona que ha hecho, con cierta dificultad o no, una carrera universitaria y que no encuentra un trabajo como el que desea puede pensar perfectamente que después de todo, ¿dónde está el regalo?

¿Ha habido entonces una falta de transmisión de una generación a otra del valor de las instituciones

No. El asunto es que la globalización, un proceso que solo se está iniciando, no va a ser un proceso fácil. Hay muchas cosas en juego, hay valores en juego y hay enormes flujos económicos en juego. Cuando esto pasa, la gente teme por su presente y por su futuro, y deja de apreciar la política formal democrática. Puede ver que no le da soluciones a lo suyo, directamente, y entonces empieza el sentimiento de desafección. Ese sentimiento de desafección se puede transformar, y de hecho se ha transformado, en rabia, en ocasiones. Pero lo grave llega cuando se transforma en fervor por el líder carismático. Pensemos por ejemplo en un caso clarísimo. El primer gran líder carismático que nace en el tiempo es Napoleón. Napoleón es un producto de las nuevas condiciones de la Revolución Francesa. Napoleón es impensable en el Antiguo Régimen. Y es un tipo con carisma, ¡vaya si lo es! Y con un culto a la personalidad enorme, al cual se resistió poquísima gente. Pero el asunto es qué es el carisma; es una relación, no es algo que alguien tenga.

En ese proceso, ¿qué importancia tiene, por ejemplo, el agotamiento de un proyecto socialdemócrata clásico, de un proyecto conservador clásico…? ¿Eso pesa para ese hastío?

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"El problema no es la rabia sino el fervor"

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>Entrevista a Joseba Arregui

"Los partidos no trabajan en el horizonte del bien común sino en el horizonte electoral"

Juan Carlos Hernández

La sociedad civil, la gente en su vida cotidiana, tiene su parte de responsabilidad ya que a cada grupo solo le interesa lo suyo, afirma Joseba Arregui. El ex consejero del Gobierno Vasco destaca que solo desde y en una situación de estabilidad se pueden llevar a cabo cambios y reformas duraderos.

¿Cuál es su valoración de la legislatura?

Su característica principal es la inestabilidad, la gran dificultad para llevar a cabo los proyectos políticos necesarios para el país, las reformas necesarias para el país. En un editorial reciente, y refiriéndose al discurso de Torra dirigiendo un ultimátum al presidente Sánchez, decía que en realidad el ultimátum se dirigía a los partidos de la oposición: debían unirse al gobierno en una respuesta común a los nacionalistas. Lo curioso es que esa unidad al parecer no era necesaria al comienzo de la legislatura para permitir la abstención a Rajoy, o para plantear una coalición PP-PSOE. Ahora que el gobierno está en manos del PSOE reclama El País unidad. ¿Y hasta ahora? Hasta los argumentos y la forma de pensar se han vuelto inestables, no porque cambien, sino porque cambian a rebufo de quien manda. Una legislatura perdida, estéril y que resultará dañina para todos al final.

Usted ha afirmado que los partidos políticos se limitan a hacer política partidista. Existe, muchas veces, una separación entre las preocupaciones de la gente en su vida cotidiana y el discurso de la clase política.

Al afirmar que los partidos hacen política partidista pretendía reclamar el buen nombre de la política. El mal nombre de la política lo merece la acción que llevan a cabo los partidos: partidismo puro y duro. La política no se agota en eso. Es algo más y lo debemos reclamar. Especialmente cuando el partidismo -no soy tan ingenuo como para no saber que los partidos tienen que hacer partidismo- pierde toda relación con el bien común y solo se dejan dirigir por las necesidades electorales, por la conquista del poder y por su mantenimiento.

>Entrevista a Joseba Arregui

"Los partidos no trabajan en el horizonte del bien común sino en el horizonte electoral"

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Josep Piqué presenta 'No me lamento', de Fernando de Haro

Este martes 9 de octubre a las 19:30 horas el exministro de Asuntos Exteriores Josep Piqué presenta en la librería Los Editores (Calle Gurtubay, 5) de Madrid el libro No me lamento (Editorial Elba) de Fernando de Haro dedicado a la persecución de los cristianos en la India.

India aparece en el imaginario occidental como un lugar fascinante, en el que las tradiciones milenarias siguen muy presentes en la existencia cotidiana y conviven, a su vez, con una modernidad que le permite competir con los países más avanzados del planeta. Pero detrás de esta imagen de exotismo, la India actual encierra una realidad cruel. Su sistema de castas, teóricamente abolido, sigue determinando la vida social de todos sus habitantes, en particular la de los dalit o intocables. Dentro de esta categoría, existe otra doblemente discriminada: los dalit cristianos que, además de la marginación por razón de casta, sufren una seria restricción de su libertad religiosa.

Desde la llegada del cristianismo a la India con los misioneros europeos en los siglos XIV y XV, la nueva religión se extendió sobre todo entre los sin casta, que encontraban en la nueva fe una dignidad que su religión de origen les negaba. El fenómeno ha seguido produciéndose durante más de cinco siglos, con el agravante de que los ataques contra los cristianos parecen ir en aumento. No me lamento indaga en los motivos de esta creciente violencia, de su coincidencia en el tiempo con el ascenso al poder del nacionalismo hinduista, y en cómo la ideologización de lo religioso promueve patrones de identidad conflictivos y dinámicas de chivo expiatorio. En su análisis y denuncia brilla, además, la belleza de una religión como el cristianismo, cuando es la fe de los perseguidos.

Josep Piqué presenta 'No me lamento', de Fernando de Haro

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Futuro mestizo

Fernando de Haro

España ya ha superado en los últimos meses a Italia en la llegada de inmigrantes irregulares por mar. Durante los nueve primeros meses de 2018 han sido más de 41.000. Cerrada la ruta de Libia y con la política de Salvini (con su negativa a dar puerto seguro a los barcos de rescate), las rutas de los que buscan un paraíso mejor tienen ahora como objetivo Andalucía.

Durante el verano ha crecido significativamente la preocupación de los españoles por la crisis migratoria, según las encuestas más acreditadas ha pasado del 3 por ciento al 11 por ciento. Son porcentajes relevantes pero muy distantes de la media europea (38 por ciento) y de la preocupación que sigue habiendo en Alemania (39 por ciento). Son llamativos estos datos porque la política del Gobierno socialista de Sánchez ha sido durante los últimos meses totalmente errática. Ha pasado de acoger a los que viajaban en un barco de rescate (Aquarius) a rechazarlos en otra operación y a practicar “devoluciones en caliente” (sin respetar los requisitos y los plazos de identificación de los que han llegado) criticadas severamente por Bruselas. El Gobierno de Sánchez tiene desbordados los Centros de Internamiento de Migrantes (CIES), no sabe qué hacer con los menores no acompañados (no pueden ser devueltos) que se han convertido en “niños de la calle” en ciudades como Madrid y Barcelona. Tampoco pone sobre la mesa soluciones para afrontar la tragedia del Mediterráneo (cinco años después de la tragedia de Lampedusa, Vicent Cochelet de ACNUR ha denunciado que “la gente se muere ante la creciente indiferencia”) ni reclama con contundencia en Bruselas una política de apoyo a los países del sur (se suceden los Consejos Europeos sin que la cuestión se aborde con seriedad).

Una gestión nefasta del problema migratorio por parte del Gobierno socialista sería el campo abonado para que la preocupación se hubiera disparado y para que la “inquietud por una invasión” fuera utilizada políticamente. La oposición critica la falta de una estrategia de Sánchez, pero no explota el miedo al extranjero. No puede hacerlo. Las encuestas reflejan que el 70 por ciento de los españoles eran partidarios de dar acogida a los rescatados en el Aquarius. Los partidarios de la acogida en el centroderecha eran el 50 por ciento. No hay, de momento, en España ni movimientos anti-inmigración, ni instrumentalización política. El populismo es de izquierdas y, después de su gran crecimiento inicial, ahora está en un 16 por ciento de intención de voto (propia de un partido neocomunista). La destrucción de ciertas evidencias cívicas, a pesar de la creciente polarización, parece que va más lenta que en otras partes de Europa. Quizás influya el hecho de que España y Portugal sean las democracias más jóvenes del Viejo Continente. En cualquier caso esas certezas sobre el valor del otro pueden disolverse en cualquier momento.

Paradójicamente son los otros los que pueden salvar a España. El invierno demográfico y el envejecimiento de la población son dos problemas muy severos. La tasa de fertilidad está en el 1,3, una de las más bajas en Europa, y se prevé que los españoles y los japoneses sean los que tengan un mayor porcentaje de viejos en 2050.

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Futuro mestizo

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Memoria, esperanza, perdón: la respuesta de los cristianos de Oriente ante la persecución

Amal Marogy

“Pero ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas; cuéntaselas a tus hijos y a tus nietos” (Dt 4,9). Son las palabras que Moisés dirige a los israelitas en el desierto tras haber derrotado a Sijón, rey de los amorreos, y Og, rey de Basán. Resumen perfectamente la herencia de mi familia y la de tantas otras familias cristianas que recientemente han vuelto a sus ciudades, en los pueblos liberados del Isis al norte de Iraq y en la llanura de Nínive. ¿Pero qué pide Dios a los israelitas y cuál es esta herencia?

“Congrégame al pueblo y les haré oír mis palabras para que aprendan a temerme mientras vivan en la tierra, y las enseñen a sus hijos” (Dt 4,10). A primera vista, la respuesta podría sorprender, puesto que hablar del temor de Dios en tiempos de persecución sería difícil de aceptar. Frente al sufrimiento, ¿acaso no es el temor lo que nos esforzamos en evitar? Ante esta paradoja, el principio de la hermenéutica de la continuidad del papa Benedicto XVI podría ayudarnos, por analogía, a distinguir un rasgo significativo y en sintonía con el comportamiento y la respuesta de los cristianos de Oriente Medio a la persecución que sufren.

Solo poniendo el acento en la respuesta cristiana al sufrimiento y a la persecución, resulta más claro ver que el temor de Dios siempre ha sido el antídoto al odio y a la desesperación. Lo más asombroso de vivir en el temor de Dios en tiempos de persecución es que eso nos pueda empujar a recordar su bondad pasada y confiar en su providencia. El temor de Dios no es más que una solicitud de sabiduría y comprensión, y la oración para no perder el sentido de nuestro ser pecadores, vulnerables.

Por eso, cuando la oleada de persecuciones disminuye, los supervivientes se enfrentan a tres preguntas existenciales: cómo dar sentido a un pasado trágico; cómo afrontar un presente desconsolador, marcado por lo que se ha perdido y por la incertidumbre; y qué futuro podemos garantizar a nuestros hijos y nietos. Estas preguntas nos permiten centrarnos en tres palabras clave que, a lo largo del tiempo, engloban la respuesta cristiana a la persecución: la memoria, la esperanza y el perdón.

Los perseguidos también han visto golpeada su posibilidad de sostenimiento cotidiano y han sufrido pérdidas materiales, exilio y humillaciones. Muchos han pagado con el sacrificio último. Aliviar las necesidades materiales inmediatas de nuestros hermanos y hermanas supone por tanto una cuestión de justicia y caridad. Sin embargo, no podemos sucumbir a la tentación de convertir estas ayudas en la respuesta principal, en condición sine qua non para la supervivencia de la Iglesia perseguida. De hecho, los perseguidos tienen necesidades espirituales a las que hay que responder con igual celo y fervor. Hacerse cargo espiritualmente de los perseguidos no es un deber sino un privilegio. Aún debe madurar una adecuada atención pastoral orientada especialmente a las víctimas de persecución, tanto durante como después de la misma.

Memoria, esperanza, perdón: la respuesta de los cristianos de Oriente ante la persecución

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¿Por qué todo puede ser ocasión?

Federico Pichetto

Delante de los discípulos, que se alarman por los desconocidos que usan el nombre de su maestro para realizar milagros, Jesús se muestra libre y desarmado, y les invita a ir más allá de los bandos y reconocer en esos milagros el signo de la benevolencia del Padre. Esta libertad interior la ha señalado el Papa para indicar –en el Ángelus del domingo– una actitud radical, una posición revolucionaria que está muy lejos del corazón de muchos pero que resulta decisiva para el camino humano de cada uno: la apertura última del corazón a algo que no es nuestro, a lo que no viene de nosotros, a las sorpresas de Dios.

La comunidad cristiana en Occidente está actualmente impregnada de un nuevo sectarismo, una incapacidad última para percibir y acoger el bien que proviene del otro. Es como si el diálogo entre cristianos estuviera construido sobre la búsqueda del error del otro, impugnando esta o aquella doctrina para demostrar una incoherencia, una herejía, que solo puede condenarse con la exclusión de la comunidad o del grupo de los que son creíbles.

La cuestión es que esta actitud no proviene de un defecto del sistema propio del cristianismo, sino de una humanidad que todavía no está educada del todo, por una última resistencia ante el don de la fe. De hecho, toda cerrazón esconde un miedo, el miedo a perder algo, a verse expropiados de algo que percibimos como nuestro, sin lo cual nos sentimos perdidos, irreconocibles. La raíz definitiva de todo esto es la pereza, el antiguo vicio capital que deja a los hombres parados, sin aceptar hacer un camino, considerando lo que poseen como más importante que lo que aman.

La libertad interior de la que habla Francisco es por tanto una pobreza de espíritu integral, que nace de la conciencia de que nada es nuestro, que todo es recibido y podría desaparecer. Por eso el Papa ha rezado en el Ángelus mostrando su cercanía al pueblo indonesio en un momento en que, ante la indiferencia colectiva, sufre un gran duelo a causa de los desastres naturales. Porque no existe contradicción entre la pobreza que pide el Evangelio y conciencia de que toda nuestra riqueza, aunque aparentemente nos la quiten, será devuelta, donada de nuevo.

El Papa pide a la Iglesia que entre en la lógica de la cruz. Disponibles a dar la vida –todo lo que es nuestro y está vivo– con la conciencia de que todo nos será misteriosamente devuelto, con la conciencia de que la misericordia es la última palabra sobre la existencia. Una palabra para la cual no hay excusas. De hecho, todo lo que se defiende es, según esto, el residuo de un poder, de una posesión, que aridece la vida y condena al hombre a la insatisfacción, a un continuo y rencoroso resentimiento que todo lo transforma en lamento, que mortifica el deseo y aleja cualquier posible gusto de vivir.

¿Por qué todo puede ser ocasión?

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Futuro mestizo

Fernando de Haro

España ya ha superado en los últimos meses a Italia en la llegada de inmigrantes irregulares por mar. Durante los nueve primeros meses de 2018 han sido más de 41.000. Cerrada la ruta de Libia y con la política de Salvini (con su negativa a dar puerto seguro a los barcos de rescate), las rutas de los que buscan un paraíso mejor tienen ahora como objetivo Andalucía.

Durante el verano ha crecido significativamente la preocupación de los españoles por la crisis migratoria, según las encuestas más acreditadas ha pasado del 3 por ciento al 11 por ciento. Son porcentajes relevantes pero muy distantes de la media europea (38 por ciento) y de la preocupación que sigue habiendo en Alemania (39 por ciento). Son llamativos estos datos porque la política del Gobierno socialista de Sánchez ha sido durante los últimos meses totalmente errática. Ha pasado de acoger a los que viajaban en un barco de rescate (Aquarius) a rechazarlos en otra operación y a practicar “devoluciones en caliente” (sin respetar los requisitos y los plazos de identificación de los que han llegado) criticadas severamente por Bruselas. El Gobierno de Sánchez tiene desbordados los Centros de Internamiento de Migrantes (CIES), no sabe qué hacer con los menores no acompañados (no pueden ser devueltos) que se han convertido en “niños de la calle” en ciudades como Madrid y Barcelona. Tampoco pone sobre la mesa soluciones para afrontar la tragedia del Mediterráneo (cinco años después de la tragedia de Lampedusa, Vicent Cochelet de ACNUR ha denunciado que “la gente se muere ante la creciente indiferencia”) ni reclama con contundencia en Bruselas una política de apoyo a los países del sur (se suceden los Consejos Europeos sin que la cuestión se aborde con seriedad).

Una gestión nefasta del problema migratorio por parte del Gobierno socialista sería el campo abonado para que la preocupación se hubiera disparado y para que la “inquietud por una invasión” fuera utilizada políticamente. La oposición critica la falta de una estrategia de Sánchez, pero no explota el miedo al extranjero. No puede hacerlo. Las encuestas reflejan que el 70 por ciento de los españoles eran partidarios de dar acogida a los rescatados en el Aquarius. Los partidarios de la acogida en el centroderecha eran el 50 por ciento. No hay, de momento, en España ni movimientos anti-inmigración, ni instrumentalización política. El populismo es de izquierdas y, después de su gran crecimiento inicial, ahora está en un 16 por ciento de intención de voto (propia de un partido neocomunista). La destrucción de ciertas evidencias cívicas, a pesar de la creciente polarización, parece que va más lenta que en otras partes de Europa. Quizás influya el hecho de que España y Portugal sean las democracias más jóvenes del Viejo Continente. En cualquier caso esas certezas sobre el valor del otro pueden disolverse en cualquier momento.

Paradójicamente son los otros los que pueden salvar a España. El invierno demográfico y el envejecimiento de la población son dos problemas muy severos. La tasa de fertilidad está en el 1,3, una de las más bajas en Europa, y se prevé que los españoles y los japoneses sean los que tengan un mayor porcentaje de viejos en 2050.

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Políticos, no intachables

Fernando de Haro

La España de Pedro Sánchez tiene un aire a la España y a la Italia de los años 90, al último Felipe González y a la época de Mane Pulite. No hay que agrandar las similitudes. El Gobierno socialista no está al fin de una larga época de más de diez años en el poder, acosado por una gran fatiga de materiales y por los casos de corrupción. Tampoco hay un sistema judicial que en nombre de la limpieza de la política se extralimite en sus competencias y tenga el objetivo de acabar con un cierto sistema de partidos.

Pero sí arde con intensidad una hoguera nacional en la que presuntas irregularidades cometidas por los miembros del Gobierno –ninguna de ellas constitutiva de delito– quema la actualidad, la vida de los partidos, la opinión publicada. Los medios se lanzan día tras día a rescatar y a detallar la última incorrección cometida en algún momento de su pasado por un ministro o por el presidente (trabajos académicos plagiados, conversaciones con policías corruptos, sociedades para pagar menos impuestos). La oposición exige dimisiones hasta que aparece, a las pocas horas, el siguiente caso. No se hace política ni por parte del Gobierno, que no tiene apoyo parlamentario para hacerla, ni por parte de la oposición que solo alimenta la polarización a la espera de que la caída de Sánchez sea inminente. Como en los años 90, se exige una ética que olvida la principal regla moral en política: el bien del pueblo.

Sánchez arde en su propia hoguera de inalcanzable intachabilidad. Para comprender la situación es necesario recordar cómo el socialista llegó al Gobierno. Lo consiguió con solo 84 diputados (de un total de 350) tras la sentencia del caso Gürtel que daba por probada la financiación ilegal del PP y que condenaba al partido (si bien por un ilícito civil y en dos supuestos pequeños). La sentencia de la primera época de la Gürtel conocida en mayo no es la más dañina para el PP en términos jurídicos. Mucho más demoledores son las posibles tramas que se investigan en Madrid o en Valencia. Pero el PP no supo ver el cambio radical que se ha producido en la opinión pública en los últimos 25 años. Después de una gravísima crisis y del cuestionamiento de las instituciones por parte del populismo, la tolerancia a la corrupción es mínima. Rajoy no quiso verlo, no quiso pedir perdón y el resucitado Aznar sigue negando cualquier irregularidad. La soberbia de un partido que había prestado grandes servicios al país facilitando una alternancia y respondiendo a los desafíos de la crisis (como habían hecho los socialistas durante los 80) le impidió pedir perdón. Le impidió reconocer que a nivel regional los muchos años en el poder (coincidentes con el boom inmobiliario) desarrollaron una cultura en que la financiación irregular y, sobre todo, las comisiones para beneficio particular no eran extraños. Las urnas daban sensación de impunidad.

Como el PP en los 90, con una opinión pública más sensible a la corrupción, Sánchez llegó hace tres meses a la Moncloa montado en el caballo de una regeneración que ahora le patea. No quiso distinguir grados en la corrupción, casos investigados de casos sentenciados. Delitos de cosas feas.

Políticos, no intachables

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 1  433 votos

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3307 votos

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