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20 SEPTIEMBRE 2017
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Más allá de los barrotes de nuestros valores

Fernando de Haro

A las afueras de Milán todavía hay pegados algunos carteles de un acto político celebrado hace unas semanas con la frase: “Un nuevo inicio con nuestros valores”. Es el lema de la escisión del PD de Renzi, que ha dado lugar al MDP, un partido que, liderado por el histórico Bersani, reivindica las esencias de la izquierda. En realidad, en toda Europa, y en todo el mundo, la izquierda y la derecha hablan de la necesidad de volver a “nuestros valores”, a los que en otro tiempo nos definieron, a los que nos dieron una identidad segura antes de que la globalización pusiera patas arribas todo. ¿Ha sido la globalización realmente la que nos ha “robado” una identidad estable? ¿O ha sido esta creciente diversidad que inunda el mundo?

“Nuestros valores”, lo que nos han quitado o nos quieren quitar. ¿Cuáles son esos valores? Los de nuestra nación, los de nuestra religión, los de nuestro pueblo… Sí, bien. ¿Pero cuáles son los valores de nuestra nación, de nuestra religión o de nuestro pueblo? A la segunda pregunta, quizás a la tercera, las respuestas se hacen más dubitativas, más imprecisas. La mayoría de los mortales no sabríamos responder con precisión. Los intelectuales, los clérigos, los tertulianos son los que saben recitar los idearios. En un porcentaje altísimo esos idearios son nocionales, doctrinalmente perfectos, sin carne alguna de experiencia. Los intelectuales se ganan a menudo el sueldo explotando la sensación que muchos tienen de haber sufrido un robo de lo suyo.

En esta época, que la profesora de literatura de Harvard Svetlana Boym ha calificado como una época afectada por una “epidemia de nostalgia”, domina un sentimiento de pérdida y desplazamiento, un deseo de reconstruir un hogar perdido, que en realidad nunca ha existido. Es lo propio de un momento de desconcierto.

Como señaló Bauman en uno de sus últimos escritos antes de morir, el anhelo de volver a una patria moral que nunca existió está acompañado de un retorno a la tribu. Los síntomas están por todos lados. Prosperan los que ofrecen una versión simplificada de los hechos. A pesar de las llamadas al diálogo, nadie escucha a nadie porque se ha creado un filtro emocional. Y solo se oyen aquellos mensajes que tienen un significado emotivo para quien necesita más que nunca alguna forma de pertenencia. El debate solo tiene como propósito conjurar la ansiedad para mostrar al adversario lo ciego y lo sordo. El otro sirve, fundamentalmente, como señalaba el gran sociólogo, para “saciar nuestra propia sed de superioridad”. Si no existieran los extranjeros, los gentiles, los enemigos de la verdad, los grandes centros de poder que están cambiando el mundo habría que inventarlos.

La ciudad que dice estar construida sobre los pilares de la racionalidad, la eficiencia y la utilidad se fragmenta en bandos que, a través de una recompensa afectiva, prometen reducir la incomprensible y paralizante complejidad de un mundo que se percibe como amenaza.

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Colombia: el Papa que enseña a hacer justicia (y pueblo)

Fernando de Haro

Ha vuelto a suceder, como ocurrió hace unas semanas en su viaje a Egipto. Francisco, en su viaje a Colombia, ha vuelto a desatar un nudo que parecía definitivo, o al menos ha indicado el camino para deshacerlo. En El Cairo fue el problema de la incomprensión entre las dos religiones mayoritarias, el cristianismo y el islam.

En Colombia Francisco ha afrontado muchas cuestiones, imposible subrayar todas. Pero ha destacado su atención a la violencia sufrida, la fractura de una sociedad en la que los paramilitares y las FARC, también los narcos, han dejado profundas heridas y el reto histórico, fundacional, presente desde hace 200 años, de una Colombia, de una América Latina, dividida entre los criollos y el pueblo.

Son dos retos regionales pero también universales en el mundo de la globalización: la reconstrucción tras la violencia y la integración de identidades diversas.

Francisco ha subrayado una premisa de método que en América Latina resuena con especial relevancia. Si hay una parte del mundo donde se han ensayado mediaciones y alianzas ideológicas para dar eficacia social al Evangelio, esa ha sido la tierra que ha visitado el Papa. Podemos remontarnos a la alianza con el marxismo tan propia de los años 70 y 80 del pasado siglo, a las dictaduras de derechas que dijeron ser católicas, a los nuevos populismos indigenistas o a las respuestas antipopulistas de corte neoliberal, Francisco ha sido rotundo frente a la tentación de una presencia que busca palancas de poder o de partido, la Iglesia que quiere Francisco es una Iglesia libre de ataduras. “A la Iglesia no le interesa otra cosa que la libertad de pronunciar esta Palabra. No sirven alianzas con una parte u otra, sino la libertad de hablar a los corazones de todos”, señalaba en el encuentro con los obispos en Bogotá. La llamada de atención es para todos.

Ya antes de que comenzara el viaje, la elección de Colombia como destino tenía un gran valor simbólico. Francisco ha querido apoyar un proceso de paz que ha puesto fin a décadas de conflicto y que ha encontrado una gran resistencia no tanto entre los que han sufrido la violencia sino, sobre todo, entre jóvenes de origen urbano. Esos jóvenes, a los que el expresidente Uribe ha servido de referente, han sido quienes más han rechazado las condiciones ofrecidas y aceptadas por las FARC. El proceso de paz, es cierto, ha sido generoso y ha permitido a los antiguos combatientes algo más que acogerse al estricto cumplimiento de la ley. Ha sido un gran proceso de justicia restaurativa en la que los responsables del mal lo han reconocido y han pedido perdón a las víctimas.

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Reentrada: entre la bioquímica y la filosofía zen

Fernando de Haro

“Ok Google”. El chatbot del teléfono móvil se enciende inmediatamente. De hecho, últimamente es casi imposible decir la palabra ok sin que el todavía rudimentario mecanismo de reconocimiento de voz se ponga en marcha. “Ok Google, empieza el curso. ¿Qué puedo desear en esta reentrada, qué me recomiendas tú que has leído todos mis correos electrónicos, tú que sabes cuánto tiempo empleo en ir y volver del trabajo, tú que has analizado todas mis búsquedas en los últimos meses, tú que conoces mis “me gusta” en Facebook y el uso que he hecho de Twitter? ¿Cómo me va a afectar el proyecto de independencia de Cataluña al que le falta menos de un mes para llegar a la fecha fijada? ¿Qué crees que me convendría hacer antes las elecciones alemanas? ¿Crees que una victoria amplia de Merkel, como la que se espera, puede afectarme personalmente? ¿Tras la victoria de Macron, una contundente victoria de Merkel, me permite esperar que el modelo europeo que sabes que tanto me gusta se consolide y supere la amenaza del populismo? ¿Cómo va evolucionar el desgaste de Trump? ¿Puedo esperar razonablemente que las instituciones estadounidenses lo terminen aislando? ¿Y de mí qué me dices, Google, qué me dices de esos propósitos que me he hecho en los días de descanso? ¿Te parecen bien? ¿Crees que pueden darme un poquito de esa satisfacción que tanto deseo? ¿O debería abandonarla? Vamos Google, si yo tuviera una décima parte de los datos, una centésima, sobre el mundo y sobre mí mismo que tú tienes sabría responder con claridad a todas esas preguntas”.

El chatbot emite la señal de que está pensando. “Lo siento, todavía no estoy preparado para responder a estas cuestiones”. La voz suena dulce y en el “todavía” hay un acento de esperanza que invita a intentarlo de nuevo.

“Ok Google”. “Vamos a simplificar. De la política ya hablaremos otro día. Quédate con la última pregunta. No te voy a explicar que cada comienzo de curso, cada reentrada, despierta en nosotros los humanos la nostalgia de que las cosas vuelvan a empezar. Sé que el algoritmo todavía no está muy desarrollado para la empatía, para procesar la información relacionada con las cuestiones de autoconciencia, de sentido. Vayamos a lo esencial: ¿con las metas que me he marcado podré conseguir una pequeña dosis mayor de satisfacción este curso?”.

Silencio. Google está pensando. “Lo siento, todavía no estoy preparado para responder a esa pregunta pero puede consultar nuestro buscador”.

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Malditas malas palabras de partido ante el yihadismo

Fernando de Haro

Habíamos deseado como se desea en la sala de espera de un médico especializado en enfermedades terminales. Habíamos esperado, y no por eso hemos sido inocentes, que esta vez fuera diferente. Casi sin querer mirar las portadas de los periódicos y, por supuesto, sin abrir nuestra cuenta en las redes sociales, sin escuchar a los tertulianos que para ganarse el suelo defienden a unos u otros. Pero ha vuelto a suceder como sucedió en 2004. No quisimos escuchar al ministro del Interior hace unos días anunciado la disolución de la célula que había atentado en Cataluña, cuando todavía no estaba detenido el sospechoso del atropello de la Rambla. No quisimos escuchar al consejero de Interior distinguir entre los muertos españoles y los muertos catalanes.

Pero ya no podemos hacer oídos sordos, el yihadismo ha vuelto a conseguir lo que obtuvo hace 13 años: un daño que no se limita a los muertos y a los heridos. El daño de no reconocer que los únicos culpables son los terroristas, el daño perverso de hacer culpable al Gobierno de Madrid, a los musulmanes, cada cual a su “otro”, al que no quiere reconocer, al que quiere ver detrás de un muro. La culpa se transfiere retratando la mezquindad ideológica del transferidor.

En 2004, tras el 11-M, el Gobierno del PP vivió las horas más extrañas que haya vivido un Gobierno en Europa porque la inercia ideológica le impedía admitir, en momentos decisivos, la hipótesis de que tras los atentados estuviera el yihadismo. No era conveniente, no era posible. Para la burbuja ideológica del PSOE era necesario y conveniente que el atentado fuera un acto de venganza del yihadismo contra la guerra en Iraq. La realidad fue, como siempre, más compleja. Fue el yihadismo, pero con una decisión que se había tomado antes de que la guerra empezase.

La ideología está blindada con hormigón, un material en el que rebotan las bombas y los atropellos. La onda expansiva se multiplica y, después de las víctimas mortales, muere la nación, muere el país, muere la vida social. Porque todas las partes necesitan un chivo expiatorio. Y se deja de escuchar a los muertos y a los heridos y solo escuchan las voces profanas, las voces de partido.

Los defensores de la independencia de Cataluña tenían toda la legitimidad para reclamar un nuevo país. Pero no deberían estar orgullosos de que el actual presidente de la Generalitat haya sugerido en Financial Times que la culpa de lo sucedido la tiene Madrid por haber enviado menos dinero y por no haber dejado a la policía catalana recibir la información que utiliza Europol. Puigdemont, el presidente catalán, ha encarnado la expresión superlativa de esa socialización de la culpa que solo afecta a quien ya considere culpable de todo: se llame Gobierno de Madrid, para otros Generalitat, musulmanes, inmigrantes… la lista es larga.

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Malditas malas palabras de partido ante el yihadismo

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Meeting de Rímini: nuestra herencia no viene de ningún testamento

Fernando de Haro

“Nuestra herencia no proviene de ningún testamento”, decía el poeta surrealista René Char. Y, sin embargo, desde que estallara la crisis de las subprime hace diez años y desde que la globalización económica ha hecho notar sus efectos en todo el planeta, no se habla más que del testamento. De los testamentos legados por un pasado que se recuerda con nostalgia, como una época dorada. Sería la recuperación de ese pasado el que permitiría tener una identidad fuerte ahora que las soberanías nacionales están diluidas y solo impera el mercado. Esta operación está en la base de muchos de los fundamentalismos que han crecido a comienzos del siglo XXI.

En nombre del pasado, el salafismo quiere recuperar las tradiciones medievales del Golfo Pérsico. Pretende universalizarlas y convertirlas en la forma definitiva de un islam que se siente agredido por la modernidad. También en nombre del pasado el movimiento nacionalista hindú, que gobierna al 20 por ciento de la población mundial, y que ha crecido con la ruptura de las barreras culturales, pretende mantener estable un sistema de castas. Tiene 5.000 años -aseguran sus responsables-, ¿por qué tenemos que cambiarlo? Los tiempos pretéritos son, de igual modo, los que se invocan para conseguir un rearme moral que responda a las nuevas ideologías de la deconstrucción. El Meeting de Rímini ha comenzado este domingo. Tiene como lema: “Lo que heredaste de tus padres, vuelve a ganártelo para que sea tuyo”. Habla de una herencia pero, por lo que hemos visto en su arranque, no parece que sea una simple reivindicación del pasado.

En realidad, es imposible fundar una identidad en un testamento que per se tuviera la fuerza de mantenerse en pie. El hecho de que se invoque continuamente el pasado es la mejor constatación de que la tradición se ha roto. La tradición, cuando estaba viva, siempre era algo del presente. Se habla mucho de testamento, de legado, porque está perdido.

El fracaso para transmitir la tradición europea que se produjo hace décadas en la mayoría de nuestros colegios o la impotencia de muchas familias musulmanas para transmitir la pertenencia a una comunidad islámica, en un contexto occidental, ha provocado que los mercados de las ideologías coticen al alza las “identidades de sustitución”. Son barnices baratos, pertenencias virtuales que no tienen capacidad para desafiar la razón ni para sostener la fatiga del vivir. Muchos de los nuevos terroristas yihadistas, antes de atentar en nombre del Corán, se han dedicado a la droga y alcohol. No vienen de ninguna historia consistente relacionada con el islam. Cuanto uno más bucea en los orígenes del islamismo político suní y chiita, más se encuentra la pista del pensamiento revolucionario y rupturista que se enseñaba en las universidades europeas hace décadas. Lo mismo sucede con el hinduismo ideológico fabricado en el Reino Unido con los moldes del nacionalismo del XIX.

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Meeting de Rímini: nuestra herencia no viene de ningún testamento

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Barcelona: la urgencia de vivir a la altura del desafío

Fernando de Haro

Horas de muerte, de terror, de miedo y de confusión en Barcelona, el destino turístico más visitado de Europa. Atropello en Las Ramblas, en el centro de la ciudad, una decena de asesinados y ochenta heridos. Durante horas información confusa y el miedo a que los terroristas estuvieran atrincherados. Antes de cualquier análisis, lo primero es un instante de humanidad, una oración de quien sepa rezar por las víctimas, los heridos y su familia. Un segundo para tomar en consideración el dolor de cada uno de los golpeados. Sin ese gesto para hacernos cargo del mucho sufrimiento, el mal que quieren sembrar los bárbaros se expande. España lo sabe bien. Ante la voluntad de causar un mal irreparable por parte de quien conducía la furgoneta de la muerte, solo un gesto de libertad, gratuito, de com-pasión para afirmar la vida está a la altura del reto. Los cientos de donantes de sangre que han visitado los hospitales de Barcelona en las últimas horas lo intuían. A los que vierten la sangre solo se les responde con un acto de donación. Sabemos que es necesario conseguir medidas de seguridad más eficaces, más colaboración policial en Europa, más inteligencia geoestratégica para acabar con los santuarios que alimentan el yihadismo, más y mejor educación para combatir el radicalismo de grupos minoritarios que abrazan un nihilismo huérfano de identidad. Pero todo eso no será suficiente. Solo una respuesta gratuita que afirme la vida es eficaz.

Hasta ahora España había quedado a salvo de la barbarie de los violentos que siembran la muerte con atropellos. Hace algo más trece meses comenzaron con el atentado de Niza y luego vinieron Estocolmo, Berlín, París y Londres (en tres ocasiones). La policía esperaba algo así. El terrorismo yihadista ya hizo mucho daño hace 13 años en Madrid, el conocido como 11-M dejó casi 200 muertos. Pero aquel yihadismo, el de Al Qaeda, ya es algo muy lejano. Los atentados de Atocha fueron preparados por una célula de extranjeros a las órdenes de uno de los responsables de una organización terrorista vertebrada, organizada, que se vengaba de detenciones previas. Esto es otra cosa. Aquí estamos ante un terrorismo que no necesita ni comandos, ni organización, ni preparación previa. La policía española lleva muchos años consiguiendo importantes logros en la lucha contra el terrorismo islamista. Pero ni la experiencia acumulada tras los atentados de 2004 en Madrid, ni la intensa actividad policial que ha permitido detener a 200 yihadistas en los últimos cinco años ha impedido que se produjera un atentado que es muy difícil de evitar. Aunque la integración de los dos millones de musulmanes que viven en España es alta, hay algunas bolsas de radicalismo violento en la provincia de Barcelona, en Ceuta y Melilla (ciudades en suelo africano) y en el área metropolitana de Madrid. Los que planean el dolor pueden ser identificados, los que no utilizan planificación alguna son casi invisibles.

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Barcelona: la urgencia de vivir a la altura del desafío

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El loco, las pastillas y la geoestrategia

Fernando de Haro

La época de la Guerra Fría desarrolló fórmulas diplomáticas mucho más complejas de las que se usan en estos tiempos. En plena tensión con el bloque comunista, la administración estadounidense creó la llamada “teoría del loco” como instrumento disuasivo. La utilizó el equipo de Nixon para intentar forzar a los vietnamitas a negociar. Kissinger tuvo mucho que ver en el desarrollo de un recurso que consistía en hacer creer a los soviéticos, o a cualquier potencial adversario, que en el Despacho Oval había sentado un presidente al que no se podía controlar, dispuesto a cualquier cosa.

Quizás la “teoría del loco” se haya sofisticado. Quizás las amenazas volcadas durante los últimos días por Trump contra Corea del Norte (también contra Venezuela) sean parte de una complicada operación de disuasión. Aunque es difícil creer que todo esté planificado. El presidente de Estados Unidos ha hablado de responder con “furia y fuego”, ha asegurado que está dispuesto a disparar y a provocar algo “que no se ha visto nunca”. El Secretario de Estado, Rex Tillerson, se ha ocupado, como en otras ocasiones, de hacer de “policía bueno” y de rebajar las amenazas. Ya ha sucedido en otros incendios de los muchos que ha provocado Trump.

Más que una sofisticada operación de simulación parece que estamos ante un nuevo error, consecuencia del gusto o de la necesidad de alimentar la imagen de la “fortaleza asediada”. A Trump no le importa tener unos índices de popularidad muy bajos, pero necesita que su suelo no descienda del 36 por ciento de aprobación. Y para ese fin es necesario mantener la imagen de un gran peligro del que hay que defenderse con firmeza y de forma elemental, algo más urgente para Trump que las victorias en política internacional.

El presidente, de hecho, al enzarzarse en una polémica con Kim Jong-un ha perdido buena parte de la ventaja que consiguió hace unos días su embajadora en Naciones Unidas. Nikki Haley arrancó una interesante resolución del Consejo de Seguridad para aumentar las sanciones. El veto a las exportaciones de carbón, hierro, plomo y marisco, al que no se opuso China, supuso una gran conquista. En lugar de quedarse callado, después de semejante avance, Trump ha incumplido una de las reglas fundamentales en cualquier conflicto: no polemices, no discutas con quien está en una posición inferior. Es el mismo error que ha cometido con Venezuela. Nada le puede venir mejor a Maduro que un presidente de los Estados Unidos amenazándole con una intervención armada.

La primera advertencia de “furia y fuego” se producía curiosamente después de que Trump participara en una reunión para afrontar la grave epidemia por el consumo de opiáceos que afecta al país. La cuestión es seria y refleja el profundo “estado de infelicidad” de un importante segmento de la población estadounidense. Por mucho que algunos pretendan restarle relevancia, recordando que ya hubo unas epidemias similares por el consumo de los derivados del opio en el siglo XIX, los datos son contundentes.

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Venezuela: un cambio que puede tardar

Fernando de Haro

La palabra dictadura ha dejado de ser una metáfora para describir lo que sucede en Venezuela. El inicio de los trabajos de la falsa Constituyente, la destitución de la fiscal general Luisa Ortega -una de las pocas voces libres del chavismo que se alzaba todavía contra Maduro-, el modo en el que los opositores Leopoldo López y Antonio Ledezma han ido y vuelto desde sus casas a la prisión de Ramo Verde son todos ellos indicios más que suficientes. La decisión del Vaticano de reclamar la suspensión de la Asamblea, elegida de forma fraudulenta para redactar una nueva Constitución, supone la constatación de que el presidente venezolano ha volado todos los puentes.

La Secretaría de Estado está convencida de que en este momento no hay diálogo posible. Roma apuró hasta el final las posibilidades de un entendimiento, apuesta que muchos no entendieron. Es lógico que la Iglesia hablara con una voz a través de los obispos locales y con otra desde el Vaticano. Es una fórmula tradicional. Las críticas que ahora se formulan desde la Sede de Pedro pueden ser un buen ejemplo para Zapatero. El expresidente español intentó también una negociación que se ha visto frustrada por un régimen que no tiene ninguna voluntad de encontrar una salida a la situación. Ahora convendría que hablara.

Algunos exiliados cubanos encuentran muchas similitudes entre lo que está sucediendo este verano en Venezuela y lo que ocurrió en Cuba en enero de 1959, cuando Fidel Castro tomó el poder. No hay que exagerar los parecidos. No estamos ante un golpe sino ante un autogolpe de Estado. A diferencia de lo que ocurrió hace casi 60 años, en este caso hay un sólido bloque opositor que está resistiendo heroicamente al tirano, ahora no hay una Comunidad Internacional confundida (Estados Unidos reconoció el primer Gobierno de Fidel). Pero sí existe una alta posibilidad de que fragüe una dictadura sostenida por el ejército y por el negocio del narcotráfico de algunos de sus líderes. Una dictadura que, paradójicamente, no puede presentarse como la solución a la miseria del pueblo, al clima de terror y de violencia sino como una prolongación de una postración que dura ya demasiado tiempo.

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Venezuela: un cambio que puede tardar

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La legitimidad quebrada

Fernando de Haro

Fin de curso político. Todo parece invitar al optimismo, al menos desde la perspectiva española. Y, ¿por qué no?, también desde la europea. Hace once meses volvíamos de las vacaciones estivales con el miedo a las citas electorales en Holanda y en Francia. May estaba ya instalada en el número 10 de Downing Street con la promesa de negociar un Brexit duro y la amenaza de una salida del Reino Unido sin acuerdo. El descanso en la playa o en la montaña llega con un Macron, presidente europeísimo, en el Elíseo y con mayoría suficiente en las cámaras. Merkel está muy reforzada para los comicios de octubre. La lucha contra el proteccionismo y el “negacionismo ambiental” ha consolidado en el último G20 un cierto frente europeo que, de pronto, sabe por lo que luchar. Y la primera ministra británica ya no cuenta con mayoría absoluta, tendrá que aceptar un Brexit blando. El caso de Italia tendrá que esperar unos meses antes de que se despeje la incógnita. ¿Podemos dar por superada la turbulencia? ¿Año ganado al nacionalismo y al populismo que cuestionaban la Europa fraguada en la posguerra?

Hace un año España seguía sin Gobierno. Y se enfrentaba a un tormentoso verano, no eran descartables unas terceras elecciones. Por eso Rajoy se ha presentado en los últimos días, antes de unas “vacaciones normales”, como el campeón europeo de la estabilidad política y de los buenos resultados económicos. Ya dijo hace nueve meses Merkel que el español tenía la piel de elefante. A pesar de no poder contar el apoyo de los socialistas, Rajoy ha sacado adelante los Presupuestos de 2017, y va a conseguir aprobar los de 2018. La legislatura va a ser larga y el presidente, cuestionado en el año del bloqueo incluso dentro de su partido, acaricia la idea de volver a presentarse en las próximas elecciones. “¿Por qué no?”, debe preguntarse en sus paseos matinales. La economía española es la que más crece en el mundo desarrollado: acabará el año con un crecimiento superior al 3 por ciento. El PIB ha recuperado los niveles previos a la crisis, se generan más de 500.000 puestos de trabajo al año. Todo parece haber vuelto a la normalidad si no fuera porque el Gobierno de Cataluña quiere declarar la independencia dentro de unos meses. La “piel de elefante” de Rajoy le ha hecho un superviviente, a pesar de ser un líder de los 90, cuando su partido y todos los partidos hacían política de otra forma, sin controlar de dónde salía el dinero, sin poner distancia con la fiesta demasiado alegre de un mercado demasiado descontrolado.

¿Por qué no exportar el modelo Rajoy al resto de Europa? Políticos tranquilos, con partidos disciplinados, dispuestos a realizar reformas pero sin voluntad de liquidar el acuerdo tácito entre los liberales y los socialdemócratas para mantener en pie el Estado del Bienestar. Estabilidad y crecimiento económico para responder al populismo y al nacionalismo que inflama a la juventud, y no solo a la juventud, de toda Europa.

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La legitimidad quebrada

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No decir nunca nada que, en cierto modo, no esté ocurriendo

Fernando de Haro

Tiempos interesantes. El desarrollo de la inteligencia artificial más allá de lo que podríamos haber imaginado hace unos años y la crisis de cierta forma de pensamiento moderno plantean retos apasionantes. Quizás sean una invitación a recuperar una forma de pensar y de hablar diferente, más humana.

La inteligencia artificial (IA) parece estar llevando a cabo el viejo sueño de crear sistemas perfectos que, al menos en ciertos aspectos de la vida, resuelvan la fatiga de tener que ejercer la libertad. Las “máquinas pensantes” vienen en auxilio del ser humano en ámbitos decisivos. La policía de Nueva York utiliza desde años la IA para seguir o dejar de seguir a un sospechoso. Cada vez es más frecuente que los operadores del mercado utilicen el high frequency trading, un sistema que toma decisiones de compra y venta de títulos en fracciones de segundo. Protagoniza ya casi la mitad de las operaciones en las bolsas europeas y ha dejado obsoletos los modelos de análisis de comportamiento basados en el modo de invertir de los “sapiens de carne y hueso”. En todos estos casos se procesan datos y se toman decisiones gracias a algoritmos. El algoritmo, por definición, es un conjunto de reglas que permite obtener un resultado previsible.

Hace unos días, Ramón López de Mantaras, premio Walker de la Conferencia Internacional de Inteligencia Artificial, advertía de los riesgos de dejar a los algoritmos tomar decisiones por sí solos. Primero, porque en la selección de datos siempre se producen sesgos que es necesario corregir. Y segundo -señalaba López de Mantaras en una entrevista de La Vanguardia- porque una cosa es el conocimiento y otra son los datos.

Todos las posibilidades que ofrece el Big Data -los resultados en el campo de la intervención humanitaria y social son ya muy llamativos- replantean la distinción entre información y saber. “El conocimiento implica -señalaba Mantaras- que se comprende cómo se toma una decisión. Con los datos, el algoritmo llega a una decisión, pero no tenemos acceso al razonamiento que hay detrás. Es una caja negra. Si dejamos que un algoritmo tome decisiones que nos afectan deberíamos poder exigir que rinda cuentas”. Las máquinas pensantes pueden tomar decisiones, de hecho ya hemos dejado que las tomen. Pero según Mantaras no pueden conocer en sentido literal, porque no conocen que conocen, y por eso es absurdo exigirles responsabilidad. Sin saber que se está conociendo no hay conocimiento y no hay libertad. Batty, el replicante de Blade Runner que está a punto de morir, al lamentarse porque todo lo que ha visto vaya a perderse como “lágrimas en la lluvia”, ha dejado de ser IA para convertirse en una inteligencia humana que desea lo eterno.

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No decir nunca nada que, en cierto modo, no esté ocurriendo

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El futuro afortunadamente no es lo que solía ser

Fernando de Haro

Este es un tiempo de distopías (neologismo anglosajón que se utiliza para describir sociedades del futuro indeseables). Las distopías vuelven a dominar la narrativa cinematográfica (estos días se estrena el tercer capítulo de un remake del clásico Planeta de los Simios), los relatos económicos y también los sociológicos y antropológicos. Estos últimos se pueblan de barbarie y de humanos desnaturalizados que han adquirido características propias de los primates más elementales.

Seguramente esta “literatura del declive” en la que hay mucho material de no ficción tiene que ver con el momento de transición que vivimos, con la incertidumbre de un cambio demasiado agudo, con el miedo que suscita percibir que la tierra conocida ha desparecido y no emerge la nueva.

La digitalización, por ejemplo, ha generado pulsiones apocalípticas. En un trabajo publicado ya hace unos meses por Carl Benedikt, profesor de la Universidad de Oxford, titulado “The future is not what it used to be” (El futuro no es lo que solía ser), se pronostica que casi el 50 por ciento de los trabajos que en este momento realizamos van a desaparecer por la automatización. La cuarta revolución industrial (la de los datos) suscita temores y reacciones semejantes a los que provocó el ludismo de hace doscientos años, cuando los artesanos ingleses se alzaron contra los telares industriales de la primera revolución industrial. La máquina era entonces el enemigo, ahora lo es esa actividad digital que representa el 20 por ciento del PIB mundial, porcentaje que irá en aumento, y ese flujo de datos que se ha multiplicado al menos por 45 desde 2005.

El asunto es complejo y sin duda los efectos de la “destrucción creativa” no serán inmediatos, la digitalización genera nuevas formas de exclusión (no por casualidad se habla de la famosa brecha) y como señalaba el informe "The Future of Jobs: Employment, Skills and Workforce Strategy for the Fourth Industrial Revolution" (presentado en el World Economic Forum de 2016) hay ámbitos en los que se pueden destruir 7 millones de empleos y crear solo 2. Pero responder al reto y al cambio pensando que estamos ante el “fin del trabajo”, como señalan algunos, es ignorar el más elemental de los principios económicos: las necesidades son infinitas, los recursos son escasos.

Percibir en el cambio una amenaza y no oportunidad dice mucho de los recursos disponibles que tiene el observador, de con qué y cómo afronta el presente. La regla sirve lo mismo para lo económico como para lo antropológico. Rod Dreher, editor de www.theamericanconservative.com y autor del gran best seller espiritual de los últimos meses en los Estados Unidos (The Benedict-Option), en uno de sus recientes post hacía una loa del discurso pronunciado por Trump en su visita a Polonia. Rod Dreher, que aboga por refugiarse en un arca mientras pasa el diluvio antropológico, sostenía que “mantener la hegemonía judeo-cristiana -lo que significa comprendernos como el pueblo que encuentra su unidad en las historias de la Biblia- es vital para mantener nuestra identidad. Como hace tiempo que no lo hacemos, estamos en declive”.

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El futuro afortunadamente no es lo que solía ser

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Terrorismo: ¿algo más que memoria?

Fernando de Haro

Las conclusiones de la cumbre del G20 celebrada en Hamburgo han incorporado una aportación española para que sean reconocidas y apoyadas las víctimas del terrorismo. España, después de haber sufrido durante años el terrorismo de ETA, se ha convertido en una experta en víctimas. Tiene mucho que decir en este campo ahora que la lacra del asesinato político e ideológico se extiende por todo el mundo.

La aportación llega cuando se cumplen 20 años del asesinato de ETA que cambió radicalmente las cosas: el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Hasta bien entrada la década de los 90 había todavía una ambigüedad sobre la banda terrorista. Se condenaban los atentados. Pero perduraba la duda sobre la posible legitimidad no de los medios, pero sí de alguno de sus fines. Contribuía a ello que hubiera empezado a utilizar la violencia bajo la dictadura de Franco y la cantinela de que en el País Vasco había un conflicto político. El asesinato de Blanco en el 97 abrió los ojos, proporcionó una dolorosa claridad moral y permitió deshacerse de ciertos complejos propios de una democracia demasiado joven. A partir de ese momento fue evidente que los asesinos no podían seguir haciendo política.

Las víctimas, que durante muchos años habían sufrido no solo la violencia sino una perversa transferencia de culpa de los victimarios, empezaron a ser reconocidas política y socialmente. Se acuñó entonces el lema “memoria, dignidad y justicia”. Una fórmula que quería escribir en mármol el agradecimiento de la sociedad española a los más débiles, a los que más han sufrido y a los que han sido siempre leales al Estado de Derecho. Ahora que la violencia va quedando atrás y que es necesario construir el relato de lo ocurrido, el recuerdo de los asesinados, torturados, humillados, secuestrados, mutilados es esencial. Lo han puesto de manifiesto dos recientes novelas: Patria y Ojos que no ven.

Hasta el momento, la obstinación de una banda terrorista que se resiste a disolverse y la pretensión de sus sucesores políticos de imponer la mentira sobre lo sucedido han hecho difícil abrir una posibilidad que en casos similares ha servido para reparar muchas vidas y reconciliar algunas sociedades. Estamos hablando de la posibilidad de que las víctimas que lo deseen den un paso más allá de su gran sufrimiento. Gestos como el que ha hecho el alcalde de Rentería, de Bildu (partido sucesor de ETA), pidiendo perdón a dos víctimas facilitan las cosas.

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Terrorismo: ¿algo más que memoria?

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El último nombre

Fernando de Haro

Es relativamente sencillo seguir la línea que unió la semana pasada el Parlamento de Estrasburgo, el Bundestag y el Congreso de los Diputados en España. Empecemos por el final. El sábado la Cámara Europea rendía un homenaje debido a uno de los grandes refundadores de la Unión: Helmut Kohl. Sin el canciller que rigió la política alemana durante más de 15 años no se entiende casi nada. Hizo posible la unificación, apostó con ella sin reparar en gastos. Fue un auténtico gigante.

Kohl era la encarnación de muchas de las evidencias y de las certezas de la generación de la postguerra. Empezó a hacer política en el 47 y dedicó sus estudios precisamente al resurgir de la vida política tras la II Guerra Mundial. El canciller personalizó hasta el fin del siglo pasado el sueño de que los valores cristianos secularizados, materializados en el proyecto europeo, podían permanecer en pie. El europeísmo, el occidentalismo, el hundimiento del Bloque del Este, parecían sugerirlo. Pero ya algunas décadas antes, los más avisados (Guardini) habían indicado que esos valores serían considerados pronto puro sentimentalismo.

El segundo punto de la línea es la aprobación del matrimonio homosexual en el Bundestag. Aprobación con el voto a favor de 80 diputados de los cristiano-demócratas en vísperas de las elecciones. Merkel dio libertad de voto a sus diputados porque, política realista, sabía que su defensa del matrimonio como algo propio de un hombre y una mujer era percibido por muchos como un “sentimentalismo”, cuando no como una forma de opresión.

Y llegamos al tercer punto: el Congreso de los Diputados de la Carrera de San Jerónimo. España está curada de espanto ante debates que ya parecen viejos. La derecha nada sentimental de Rajoy nunca pensó corregir la herencia socialista de Zapatero en materia de nuevos derechos. Por eso ha sido llamativa la reacción a la propuesta que ha hecho esta semana Ciudadanos, el pequeño partido en el que se apoya el PP, para dar carta de naturaleza a los vientres de alquiler. El partido naranja quiere permitir la maternidad subrogada si es gratuita. El propio PP, los socialistas y la izquierda de Podemos han rechazado la proposición. Ya veremos qué sucede en las filas del partido de Mariano Rajoy cuando comiencen los debates. No pocos de sus diputados están a favor de una propuesta como la que ha hecho Ciudadanos. De momento la mayoría de la Cámara parece suscribir la frase formulada por el líder comunista, Alberto Garzón: “ni las mujeres son máquinas de fabricar bebés ni los bebés son bienes de consumo que se pueden comprar y vender”. Curiosa situación esta en la que los comunistas recuerdan, con más decisión que la derecha, la intangibilidad de la persona y de la maternidad.

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El último nombre

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El mal del bando

Fernando de Haro

No se había podido poner mejor ejemplo. El cambio de posición de los socialistas españoles respecto al CETA, el acuerdo de libre comercio de Europa con Canadá, es un caso paradigmático del llamado “mal del bando”. El PSOE, como todo el socialismo europeo, estaba a favor del acuerdo al que solo se oponen los verdes, la extrema derecha y la izquierda extrema de la eurocámara. Pero su nuevo líder quiere cambiar de bando, quiere acercarse a Podemos, y las razones que hasta hace unos días eran válidas han dejado de serlo para castigo de los muchos socialistas que siguen usando la cabeza.

El mal del bando se caracteriza por una pertenencia muy poco sana que clausura la apertura de la razón. En política se justifica por razones tácticas, primero afecta a los partidos y a sus líderes y después a sus votantes. La fórmula se extiende también a la vida social de diferentes modos. El mal del bando le impide al PP, que se autoconcibe como la derecha que ha salvado a España del desastre y que ha hecho posible la recuperación económica, reconocer lo evidente: la falta de control y la acumulación de poder fue un caldo de cultivo para numerosos casos de corrupción. Algunos de sus votantes que lo son porque están convencidos de que el PP puede evitar una descomposición del país, porque creen que es la solución menos mala para la libertad de enseñanza, se sienten moralmente obligados a no tener muy en cuenta sus debilidades: su inclinación a la tecnocracia; su incapacidad para afrontar con seriedad todo lo que tiene que ver con la cultura o la educación; o simplemente su dificultad para dialogar con la sociedad. Como si el voto fuese una suerte de compromiso de fidelidad a unas siglas que exige no ser exhaustivo en la ponderación de los actores en juego. En la cuestión de la independencia de Cataluña o la unidad de España sucede lo mismo: hay formas de estar juntos, bajo ciertas siglas y ciertas identidades, que alimentan la pereza y que impiden escuchar al que no piensa igual.

El mal del bando tiene especiales consecuencias en la vida social. Si se pertenece, por ejemplo, al de los intelectuales que abanderaron en algún modo el 68 y han hecho un camino de vuelta, se hará gala de un occidentalismo sin fisuras. Nunca se estará dispuesto a reconocer algún valor al mundo musulmán, a la izquierda, y al deseo de cambio del movimiento en que militaron.

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El mal del bando

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El cantero de Alepo

Fernando de Haro

El cantero de Alepo es un hombre minucioso. No han dado aún las 9 de la mañana. Hace las marcas en una gran piedra blanca y luego las corta con esmero. Son las piedras que servirán para reparar la catedral melquita que ha perdido toda la cubierta por las bombas. La catedral melquita, la catedral armenia y la catedral maronita están juntas, en la pequeña Plaza de Fharat, donde comienza o comenzaba el Viejo Alepo. En las fiestas, en la plaza no cabía un alfiler.

Pero este domingo no hay nadie. Cuando el cantero apaga la sierra mecánica vuelve el silencio y se oye a las tórtolas de Alepo. Las tórtolas se posan sobre las piedras caídas, sobre los muros derribados. Se oyen las tórtolas volar y de vez en cuando las bombas que lanza todavía el ejército de Al Asad contra las posiciones de los yihadistas al oeste de la ciudad. (“No es nada -te explican los amigos cuando pones cara de preocupación- es solo para recordarles a los rebeldes que el ejército tiene controlada la ciudad”).

“Ver cómo ha quedado el Viejo Alepo hace mal al corazón”, me ha dicho una de las personas con las que he hablado estos días. Y lleva razón. No podías imaginar que las palabras mentirosas, la ideología, que parece un juego, sea capaz de sembrar tanta destrucción. Hasta que la ves. Y aquí son las piedras -piedras nobles, calles estrechas, tesoro de siglos que a pesar de haber sido prácticamente reducido a cascotes conserva su belleza-, pero el daño en las madres, en las esposas, en los hijos, ese daño que no se ve es como un océano de dolor inmenso y silencioso. Un océano que se vierte en lágrimas cuando entras en las casas de los vecinos de Alepo y empiezas a escuchar. No hay iglesia en la que no se celebre un funeral.

La bella Alepo, la ciudad cortejada por los cruzados, la que criaba a las más guapas princesas, es ahora una población diezmada. Todos los millennials deberían pasear por la zona este de Alepo, por sus calles reducidas a escombros, por los edificios semidesnudos, por el recuerdo vivísimo del infierno que se ha sufrido aquí en los dos últimos años. Todos deberían pasearse por estas calles de Alepo este para quedar dominados al menos un segundo por el silencio asombrado que te embarga al ver las consecuencias de las ideologías. Para derribar por un instante esa banalidad obstinada en la que vivimos. Detrás de cada piedra que está fuera de su sitio hay una historia, un drama.

Alepo este es una ciudad inhabitable. Alepo oeste es una ciudad sin luz regular, donde truenan los generadores, sin ascensores, con restaurantes de grandes comedores en los que solo se sirve café. A veces da la sensación de que solo las zapaterías y las heladerías tienen género. En algunos barrios solo hay agua corriente dos veces por semana. Y la mayoría de las familias no pueden pagar lo que cuesta un generador para poner una lavadora.

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El cantero de Alepo

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Diario de Siria 1

Fernando de Haro, Ammán

La tarde de Ammán es tranquila. La capital jordana siempre ha sido una entrada más dulce que la Sublime Puerta, la de Estambul, para los occidentales que viajamos a Oriente Próximo. Los jordanos no tienen ese enfado permanente que parece dominar al personal de los aeropuertos turcos: parecen ofendidos porque quien les habla no conozca la lengua de Erdogan.

No es solo una cuestión de carácter. Jordania ha acogido con generosidad a los refugiados sirios desde que comenzara en 2011 la primavera que luego se transformó rápidamente en guerra civil. Y son inolvidables las declaraciones del Rey Abadalá II, en Naciones Unidas (“los cristianos son una parte esencial del futuro de mi región”), en el Parlamento Europeo (los ataques a cristianos son un ataque al islam), es acogedor su sincero distanciamiento de cualquier tipo de utilización ideológica para justificar la violencia en nombre del islam.

Emprendo dentro de unas horas el camino inverso a esos dos millones de refugiados que sufren los efectos de la enfermedad de los que se han quedado sin tierra. Pasados ya cinco años desde que llegaran los primeros, se habla de la amenaza de una generación perdida. El 60 por ciento no reciben educación, no hay dinero para la atención sanitaria y el “mal del campo” gana terreno a medida que avanza el tiempo. El “mal del campo” es esa destrucción de lo humano que significa no trabajar, recibir un subsidio permanente que te deja por debajo del umbral de la pobreza pero que te quita las ganas de salir adelante por ti mismo, que te hace pasivo.

Para poder hacer a la inversa el camino de los refugiados he esperado durante muchas horas el visado en el consulado de Siria en Madrid. Y esas horas de espera han estado siempre presididas por una gran foto del presidente Bachar el Asad. Habrá a quien una imagen así incomode seriamente. Entre los colegas occidentales, salvo algunas excepciones, se suele seguir pensando que en Siria hay dos guerras: una contra el Daesh y otra la que libra el régimen contra la oposición. Pero desde que hace dos años y medio pasé una semana larga en Beirut, me quedó claro que esa oposición libre y democrática que se manifestaba en las calles en febrero de 2011 desapareció pronto. La oposición que se ha sentado en la mesa de negociación de Ginebra está formada por grupos yihadistas o islamistas respaldados por Arabia Saudí.

Hace unas semanas Robert F. Worth publicaba un “herético” largo reportaje enThe New York Times Magazine, titulado, seguramente con la pretensión de provocar, Aleppo after the Fall. Forth, un veterano corresponsal en la zona, buen conocedor de la ciudad, daba voz a sus vecinos. La “caída” de Alepo en diciembre de 2106 no fue una “caída” sino una liberación. Las voces de los vecinos de la ciudad, no de los que escriben sus informes desde Londres, señalan que desde muy pronto se combatió contra el yihadismo.

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Diario de Siria 1

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No, Trump no mola

Fernando de Haro

¿Y si Trump llevase razón al sacar a Estados Unidos del Acuerdo de París, dándole con la puerta en las narices a todo el internacionalismo catastrófico del cambio climático? Bien, vale. Seguramente es excesivo decir una cosa así. El cambio climático está ahí. ¿Pero no mola que alguien haya sacado su voz del coro y le haya dado una buena sacudida a la casta, a las plañideras burocráticas de la ONU y a todo ese rollo del progresismo planetario? Al fin y al cabo, el Acuerdo de París no iba por buen camino como tampoco lo fue el Protocolo de Kioto. Las dos preguntas han quedado en el aire después de la decisión anunciada por el 45º presidente de los Estados Unidos. Y es que Trump no es un conservador, es un líder absolutamente postmoderno, un producto de la sociedad líquida que siembra dudas en aquel último punto firme que le quedaba a la razón moderna: la ciencia.

La primera gira internacional de Trump no comenzó en México o en Canadá, como es tradición desde hace algunos años, sino en Arabia Saudí. Para cerrar contratos millonarios de venta de armas (110.000 millones de dólares) en el principal país del Golfo. Rompía así con el único acierto de la política de Obama en Oriente Próximo: un acercamiento a Irán, cada vez más dispuesto a abrirse a las reformas, cada vez más patrocinador de un chiismo que permite el encuentro entre el islam y la modernidad. La “reconciliación” de Trump con el mundo musulmán se producía en la patria del wahabismo, esa corriente del sunismo que se ha convertido en la patrocinadora de todos los radicalismos que van desde el norte de África a buena parte de Asia. El último acto de la gira fue su participación en la reunión del G7 en Taormina. Allí destruyó cualquier posibilidad de que, al menos en la cuestión climática, haya un cierto germen de Autoridad Mundial que compense la cesión de la soberanía a los mercados (propia de la globalización) y la tendencia proteccionista.

El Acuerdo de París para la reducción de los gases de efecto invernadero, aprobado en 2015, tiene problemas. El objetivo es conseguir que la temperatura del planeta no aumente a final de siglo más de dos grados. No hay reducciones nacionales de las emisiones que se impongan desde fuera. Cada uno de los países firmantes es libre de determinar cuánto las rebaja. Y esas reducciones voluntarias, presentadas por los países firmantes, de momento no son suficientes para conseguir el propósito marcado para 2099. El anuncio de Trump siembra dudas en el arduo camino emprendido en la capital francesa. Además de reducir las emisiones (Estados Unidos y China son los dos países más contaminantes), el Acuerdo incluía la creación de un fondo de 100.000 millones para ayudar a los países más pobres en el desarrollo de energías sostenibles. Ahora todo eso será más difícil o imposible.

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No, Trump no mola

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Cataluña, a través de la libertad

Fernando de Haro

Dentro de unos meses, quizás semanas, se va a convocar el segundo referéndum de secesión en el seno de la Unión Europea. El primero fue el de Escocia en 2014, el segundo el de Cataluña. Nada impedía que los miembros del Reino de Escocia, unido al de Inglaterra en 1707, votasen tres siglos después sobre una eventual separación. En el caso de España la prohibición de la consulta está contenida en la Constitución de 1978. La libertad de unos cuantos no puede ejercerse sin contar con el soberano, el pueblo. Pero cuando las aguas se tranquilicen, habrá que dar alguna salida al “deseo de decidir” (la libertad) de muchos: las constituciones no son eternas.

En los últimos días hemos conocido el borrador de la llamada “ley de desconexión”. Un texto secretísimo que el Gobierno de la Generalitat de Cataluña tiene preparado para declarar de forma unilateral la independencia. Madrid no va permitir, a diferencia de lo que sucedió en 2014, que el Gobierno independentista instale las urnas para un referéndum que ha sido prohibido por el Tribunal Constitucional. Sobre el papel, según la ley de desconexión, tras la prohibición, se crearía de forma unilateral la República de Cataluña que pasaría a ser titular de los bienes del Estado español en la zona, asumiría a los funcionarios y nombraría a los jueces. El español dejaría de ser lengua oficial.

Con toda probabilidad, nada de esto va a suceder. De hecho, los partidos que defienden la independencia se preparan para unas elecciones autonómicas tras la anulación de la consulta por parte del Tribunal Constitucional. ERC, la formación que, según todos los pronósticos, va a vencer aplazará durante un tiempo la agenda independentista.

Todas las encuestas reflejan que Cataluña está dividida por la mitad entre los partidarios y los contrarios a la independencia (con una ventaja de 4 puntos entre los contrarios que va en aumento). Casi un 70 por ciento de los catalanes rechaza una declaración unilateral de independencia. Pero los partidarios del referéndum, si es pactado, superan el 70 por ciento. Hay una gran mayoría que quiere decidir.

Con el tiempo hemos ido siendo cada vez más conscientes de que en democracia no se pueden mantener en pie valores, por muy esenciales que sean, que no son evidentes para el soberano, es decir para el pueblo. Eso no quiere decir que en democracia todo esté siempre a disposición de cualquier mayoría. La Constitución, como pacto fundacional, establece el cauce por el que el soberano, el pueblo, quiere que naveguen las mayorías. El principio de autolimitación de las libertades rige también para la definición de quién es el propio soberano: una minoría no puede ir contra la mayoría del pueblo de España constitucionalmente definido.

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Cataluña, a través de la libertad

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La derecha (y la izquierda) sin pueblo

Fernando de Haro

Todo iba o va razonablemente bien en España. El Gobierno en minoría de Rajoy sufre derrotas en el Parlamento, pero goza de estabilidad y va a sacar adelante los presupuestos. La economía, según Bruselas, va a ser la que más crezca en la zona euro: un 2,8 por ciento. El déficit está controlado y el problema del desempleo, si no solucionado, en vías de ir mejorando. Sin populismo de derechas, sin xenofobia y con un populismo de izquierdas (Podemos) estancado en 5 millones de votos (las últimas encuestas oficiales del CIS reflejan un descenso en intención de voto del partido morado de dos puntos en los últimos 7 meses) puede parecer un paraíso en la agitada Europa. Por lo demás, el referéndum secesionista catalán no se va a celebrar y los partidos independentistas van a hibernar un cierto tiempo para intentar resolver sus contradicciones internas.

Todo iba o va razonablemente en España, si no fuera porque el partido de Gobierno se desayuna casi todas las mañanas con una nueva revelación de los muchos casos de corrupción que se le investigan (Gürtel, Púnica, Lezo, Auditorio…). El propio Rajoy va a testificar a finales de julio en la segunda parte del juicio de la trama de Correa. Son casos de presunta financiación ilegal, de presunto y bochornoso enriquecimiento personal de líderes del PP (sobre todo en Madrid). Todo iba o va bien, menos el estado de preocupación por la corrupción, disparado hasta el 45 por ciento entre el público. Esa preocupación alimenta, a largo plazo, el populismo y la polarización entre los que consideran inaceptable a un PP no renovado (responsable de un pasado de suciedad) y los que, por miedo a lo que pueda venir, están dispuestos a mirar para otro lado en nombre de la estabilidad. La corriente avanza de forma silenciosa, sacando a los españoles de su estado natural de moderación y reduciendo las opciones de la socialdemocracia clásica. El resultado de las primarias en el PSOE es buena prueba de ello.

El PP no puede considerarse víctima ni de un sistema judicial desequilibrado ni de jueces estrella. Más bien es víctima de sí mismo, de sus años en el poder, de la antropología muy deficiente de algunos de sus líderes y de un modelo de partido alejado de la sociedad y de la experiencia popular. El PP, como la mayoría de los partidos españoles y europeos del momento, son organizaciones absolutamente verticales, con poco contenido ideal, focalizados casi exclusivamente en la ocupación del mayor espacio posible dentro y fuera de las administraciones y con un contacto directo con los votantes (cada vez mayores) a través del marketing electoral, que no deja entrada al aire de la sociedad civil.

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Solo ahora, solo libres

Fernando de Haro

Hacer glosas a la entrevista que Fernando Palmero le ha hecho a Julián Carrón en El Mundo tiene poco sentido. Merece la pena leerla. Palmero es exponente de un pequeño nuevo grupo de jóvenes periodistas españoles, cultos, discretos, inteligentemente alejados de la estridencia de las tertulias y de los simplismos ideológicos, con abundancia de lecturas y de experiencia humana.

Sin apriorismos, el entrevistador plantea un amplio abanico de temas propios de la “agenda posmoderna” (o de la sociedad líquida, como la llaman otros): naturaleza de la crisis, yihadismo, nacionalismo-inmigración, posverdad, y un largo etcétera. El entrevistado no renuncia a abordar esas cuestiones, pero lo hace sin ese tic propio del cierto clericalismo que se refugia en lo moral o en lo “espiritual”, por no entrar en la contingencia de la historia o simplemente porque no tiene nada que decir.

Quizás de un modo subconsciente, esto es lo que más sorprende. Que leemos las respuestas de un líder de un movimiento de la Iglesia que no busca refugio en la “clásica agenda católica” (valores, vida, libertad religiosa, solidaridad). Habla de lo que hablamos todos con el acento de un auténtico laico posmoderno. La laicidad del entrevistado no es a pesar de su cristianismo, sino consecuencia de él.

Al lector le da la sensación, por eso, de que Carrón ha encontrado salida a esa trampa en la que buena parte del catolicismo español se metió con la llegada de la revolución liberal, tras la Guerra de la Independencia. Trampa que agrandó sus dimensiones en el posconcilio. El católico español moderno o posmoderno si no quería/quiere renunciar a serlo se encontraba/encuentra siempre atrapado en cómo resolver el problema de la libertad, sobre todo en el espacio público. La identidad católica exigía/exige como prioridad luchar para que se abran paso unos valores (ya en muchos casos más kantianos que cristianos) en una sociedad plural que nos los reconoce. La alternativa a esa cierta dosis de frustración y enfado, derivada del “laicismo de los otros”, podía/puede resolverse con la fórmula del “afrancesamiento”, un catolicismo anónimo.

Carrón, posmoderno entre los posmodernos, sale de la trampa: la libertad de los otros no es una fuente de mortificación, sino una riqueza. La fe no le traslada a un ángulo más o menos relevante de la historia. El autor de La Belleza Desarmada es posmoderno entre los posmodernos porque convierte el presente en criterio absoluto de juicio. Y así dice frases como las que siguen: “los valores que constituyen el mundo occidental han dejado de ser evidentes”; “la UE no ha funcionado como debiera”; “el problema de los inmigrantes no es suyo sino nuestro” que no creemos en nada; “antes un profesor tenía a los estudiantes dispuestos a aprender, ahora no”; “el problema de la educación es entrenar ahora la capacidad crítica”; “si el cristianismo es un entramado de costumbres no tendrá nada que hacer”…

No hay un frente laico y otro cristiano, un frente de izquierdas y otro de derechas que se tiran los trastos a la cabeza –mensaje esencial para una España polarizada por algunas élites mediáticas con intereses de poder–. La tradición bajo la que nos cobijábamos todos se derrumba y “ya no podemos dar respuestas prefabricadas”. Todos estamos en el mismo barco, en el barco del ahora.

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Solo ahora, solo libres

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Respiramos pero la deculturación avanza

Fernando de Haro

Francia respira tranquila. Europa respira tranquila. Los resultados han mejorado las encuestas. Macron 65 por ciento. Le Pen 35 por ciento. La solución de urgencia ha dado resultado. Derrotados el centro-derecha y el centro-izquierda tradicionales en la primera vuelta, el candidato con poco pasado, el socio-liberal sin pertenencia previa, salvo la de ser miembro de la élite, ha servido para frenar el nacionalismo ultra de pertenencia ideológica.

Respiramos tranquilos unos minutos. Es lógico, una victoria de Le Pen hubiera sido una gran debacle. Pero después nos asalta una pregunta acuciante. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo hemos llegado a una situación en la que una derrota del Frente Nacional con un 35,5 por ciento de los votos nos puede parecer un triunfo que celebrar? ¿Por qué tantos franceses han votado a la candidata antieuropea y xenófoba?

El proceso se parece al que le dio la victoria a Trump, aunque con diferencias. El mundo rural vota contra las élites también aquí. Pero no parece que en Francia la clase media blanca esté especialmente castigada ni que sufra un Estado de infelicidad general, como el que ha disparado los suicidios en Estados Unidos un 78 por ciento. El país vecino es la nación de Europa con la mayor tasa de fertilidad: un 1,96. Para concebir un hijo se requiere cierta sensación de positividad.

Y, sin embargo, en Francia no se habla más que del “declive”. Buena parte de los franceses han ido a votar con la sensación de que su país declina a causa de la globalización, de la inmigración, de la burocracia de la Unión Europea.

Cierta ceguera tecnocrática y liberal, especialmente difundida en España, atribuye el avance del populismo a los sufrimientos económicos causados por la crisis. Estamos ante el claro ejemplo de que se trata de una tesis insuficiente. El país que va a presidir Macron crece poco (1,3 por ciento). Una tasa de paro del 10 por ciento es mucho desempleo para la sociedad francesa (sería una excelente noticia en España y es un coeficiente que está cerca del desempleo técnico). Pero en Francia sigue en vigor la jornada de 35 horas y la jubilación a los 62 años. Con Hollande no ha habido austeridad real, los sueldos no han bajado y los recortes han sido poco significativos. El 50 por ciento del PIB está en manos del Estado. El declive es más imaginado que real.

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Respiramos pero la deculturación avanza

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Francisco no receta Westfalia

Fernando de Haro

Ni leyenda rosa ni leyenda negra sobre el islam. Ni maniqueísmo ni buenismo. Valoración de la experiencia religiosa, reconocimiento realista de los riesgos y de los retos que los seguidores de Mahoma tienen en este comienzo del siglo XXI. El discurso de Francisco en el acto organizado por la Mezquita de Al-Azhar, en su visita a El Cairo, supone ya una referencia muy clara para cristianos y no cristianos que ven con lógico temor la fuerza del yihadismo, que desean un avance de la libertad y de los derechos en los países de mayoría musulmana.

Primero el gesto. Francisco se abrazó con Al Tayeb, el principal imán de la mezquita. Abrazo con gran significado. Al Azhar inició en 2011 la publicación de una serie de documentos que han marcado, con todos sus límites, una apertura en el mundo islámico. Hace seis años se pronunció en contra de “indagar en la conciencia de los fieles” (lo que supone una posible formulación en favor de la libertad religiosa), hace cinco años habló de la libertad de pensamiento y el derecho de ciudadanía (muwatana), hace tres años condenó el uso del islam para atacar a cristianos, y hace poco más de un mes se ha manifestado, de nuevo, a favor de la igualdad de todos los ciudadanos (aunque no sean cristianos). Esto último supone ir más allá de lo establecido en la Constitución de Medina, atribuida a Mahoma, que incluye fórmulas de tolerancia muy restrictivas.

Hay voces, muy autorizadas, que consideran todos estos pronunciamientos como un ejercicio de propaganda cínico. A pesar de las buenas palabras, Al-Azhar estaría predicando en su Universidad la intolerancia. La gran mezquita seguiría bajo la influencia del wahabismo de Arabia Saudí y alentando el radicalismo. En el mejor de los casos, los imames de las mezquitas ordinarias estarían en otra honda. Sin duda la cuestión es compleja. Dentro de la Al- Azhar conviven diferentes corrientes, no digamos ya fuera. Pero Francisco ha querido ir a su encuentro. Y su intervención fue preparada en febrero con un congreso dedicado a los extremismos en el que participó el cardenal Tauran, el presidente del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso. Tauran es sin duda un hombre bueno pero no ingenuo.

Consciente de todos estos retos, Francisco comenzó y acabó subrayando el valor de una educación auténticamente religiosa: necesitamos “jóvenes que, como árboles plantados, estén enraizados en el terreno de la historia y creciendo hacia lo Alto”.

Francisco, como ha hecho en otras ocasiones, se distanció de cierto occidentalismo laicista que demoniza el islam. Este prejuicio ideológico, en su forma más extendida, afirma que el islam es necesariamente violento. La solución estaría en una Paz de Westfalia como la que hubo en Europa para los países de mayoría musulmana, que privatizara la religiosidad y redujera la dosis de islam. Con una expresión simple, Francisco subrayó que “la religión es parte de la solución y no del problema”. No menos religión, sino una religión más auténtica que “no confunda la esfera religiosa y la política sin distinguirlas adecuadamente”.

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Francisco no receta Westfalia

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Primera vuelta con López

Fernando de Haro

Me confieso. Este domingo he faltado a mis sacrosantos deberes profesionales. Mientras Francia votaba, en unas de las elecciones más decisivas para el país y para toda Europa, al menos durante una hora y media, no he apagado mi ansiedad como se debe hacer en estos casos. No he repasado por enésima vez los últimos sondeos, el empate técnico que daban las encuestas para Le Pen, Macron, Fillon, y Mélenchon. Tampoco he repasado los efectos del atentado de 2015 en la victoria del Frente Nacional en la primera vuelta de las regionales. Ni las posibilidades de que en la segunda vuelta pueda repetirse lo que sucedió en 2002, cuando Chirac consiguió un formidable 82 por ciento de votos para frenar a Le Pen padre que se había metido en la segunda vuelta.

Durante 90 minutos, quizás algo más, estuve escuchando una formidable conversación que se produjo en la edición 2017 de EncuentroMadrid. Una conversación entre el más famoso de los pintores españoles, Antonio López, y Rosa Hinojosa, una inteligente profesora de arte. Antonio López inició, junto a un grupo llamado la escuela realista de Madrid, una aventura muy arriesgada a mediados de los años 50: volver a hacer pintura figurativa después del largo viaje emprendido por el arte europeo con el postimpresionismo. La apuesta era difícil porque, como él mismo explica, a esas alturas la capacidad de representar la realidad era prerrogativa casi exclusiva del cine y de la fotografía. Ya parece que no es necesario un retrato de Inocencio X, como el de Velázquez, porque las disciplinas audiovisuales parecen darnos la representación perfecta de cosas y personas. López pinta objetos familiares, calles, vida cotidiana. Sus obras, realistas, tienen la fuerza y la discreción de un buen poema: invitan a mirar lo habitual de otro modo, es lo de siempre y ya no es lo de siempre, por algún sitio se abren a lo-no-visto.

Mientras escuchaba a Antonio López me distraje con la pregunta que me obsesionaba desde que a las ocho de la mañana habían abierto en los colegios electorales: ¿Cómo es posible que en Francia pueda haber una presidenta del Frente Nacional? ¿Cómo es posible que las encuestas otorguen a las opciones de ultraizquierda y ultraderecha, antieuropeas, un 40 por ciento en la intención de voto? Una frase del pintor me hizo volver a prestar atención a la conversación: en el arte hace tiempo que perdimos la claridad sobre cómo hacer las cosas. Antes se sabía cómo había que pintar. “Ahora –señalaba López– el arte es como en la vida, nada está claro. Es lo mismo que le pasa a la política. Te preguntas por qué no hay partidos a la altura de las circunstancias y te das cuentan de que tendrán que desaparecer, surgirán otros nuevos”.

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Primera vuelta con López

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Coptos: mártires por un fracaso

Fernando de Haro

Francisco viaja a finales de abril a un Egipto en el que el yihadismo de última generación, liderado por el Daesh, ha reconocido su fracaso. Las televisiones que emitirán las imágenes del Papa recorriendo las calles de El Cairo son las mismas televisiones que desde hace años se han convertido en el mejor altavoz de intelectuales y líderes de opinión que claman por un islam abierto a la modernidad. Por un islam dispuesto a aceptar una “muwatana” (ciudadanía) que de algún modo separe lo religioso de lo político. Egipto, que se ha convertido más que nunca en la tierra de los mártires coptos, lo es porque el ISIS se ha visto frustrado en su intento por extender la violencia sectaria.

Los atentados del Domingo de Ramos, los del pasado mes de diciembre y la limpieza étnica que el Daesh ha llevado a cabo en la Península del Sinaí (han expulsado de sus casas a 150 familias) forman parte de una nueva fase bien diferente en la persecución de los coptos. Los muertos entre diciembre (25) y abril (44) son muchos más que los provocados en las masacres precedentes: 28 muertos en Maspero (octubre de 2011) y los 22 de Alquidisim (enero de 2011). Pero el cambio no está solo en las cifras.

Hasta los años 80 del pasado siglo la situación de los coptos en Egipto era de una tranquilidad relativa, dentro de un régimen de libertad restringida. El giro de Sadat hacia el islamismo cambia las cosas. Y a partir de 2000 se empiezan a producir ataques frecuentes. El último Mubarak deja a los Hermanos Musulmanes el control de muchas mezquitas y de la educación, lo que populariza la violencia sectaria. Esa penetración en una parte de la sociedad es decisiva cuando llega la revolución de 2011. Los Hermanos Musulmanes tienen prisa en hacerse con la revolución que no han protagonizado. Y tienen que atacar un objetivo fácil (cristianos) cuando las masivas manifestaciones los echan del poder. Pero, a pesar de que la persecución se incrementa, no consigue destruir lo que Mokhtar Awad, investigador de la Georgetown University, llama la “relativa cohesión de la sociedad egipcia”.

Los coptos siguen haciendo política, siguen haciendo negocios, siguen manteniendo unas relaciones normales con una parte importante de la población musulmana. Su presencia anima a Al Sisi a pedir a Al Azhar que reforme el islam. Es difícil pensar que, sin los coptos en Egipto, Al Azhar, la gran mezquita de referencia para el mundo suní, hubiese celebrado en el mes de febrero un encuentro con una delegación del Vaticano y luego una conferencia sobre “libertad, ciudadanía, diversidad e integración”. Conferencia que ha terminado con una declaración sobre la coexistencia islámico-cristiana. Ha sido un escalón más en un proceso que dura ya años y que, con todas sus limitaciones, supone una importante apertura.

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Coptos: mártires por un fracaso

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Errado disparo de Trump

Fernando de Haro

Trump ya es un líder más normalizado. Desde que el viernes pasado decidiera lanzar los 59 misiles Tomahawk contra el campo aéreo de Shayrat, en la ciudad de Homs, se parece, un poco, solo un poco, a sus predecesores. Se parece al Bush que ordenó la invasión de Iraq en 2003 y al Obama que atacó Libia en 2011. También al Obama que quería bombardear en 2013 las posiciones de Assad en Siria, como represalia por el uso de armas químicas. Sadam y Gadafi, como Assad, eran dos tiranos con ningún respeto por los derechos humanos. Iraq no ha levantado cabeza en los últimos catorce años y Libia se ha convertido en un estado fallido, nido del yihadismo del Magreb. La diferencia, la ventaja, es que en el caso de Trump no parece que haya un plan, una voluntad firme de cambiar de rumbo. Por más que Nikki Haley, la embajadora de Estados Unidos ante la ONU, asegure en el Consejo de Seguridad que se puede seguir bombardeando, no parece que la cosa vaya a ir a más.

¿A quién beneficia la decisión de Trump? No parece que al pueblo sirio. Una acción de esas características, con dificultad, va a frenar el uso de armas químicas. Obama quiso eliminar esas armas con ataques desde el aire contra el ejército sirio. Afortunadamente el plan inicial se sustituyó por una negociación, en la que se involucró Rusia y el Gobierno de Damasco. Con la ayuda de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas se terminó de destruir buena parte del arsenal en enero de 2016. Es más que evidente que las armas no destruidas han sido usadas en el ataque de Jan Sheijun, en la provincia de Idlib. La masacre del pasado martes clama al cielo. Pero, militarmente, la respuesta de Trump no tiene ninguna consecuencia. Si acaso le da más fuerza a la Comisión Suprema para las Negociaciones, el grupo rebelde apoyado por Arabia Saudí, que ya se había visto crecido por el ataque químico de Assad y que es el que lleva la voz cantante en las conversaciones entre los rebeldes y el Gobierno.

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La Venezuela que ya es libre

Fernando de Haro

Error de cálculo, nerviosismo por el miedo a perder el poder. En los próximos días se irá aclarando por qué el chavismo protagonizó la semana pasada un autogolpe de Estado y después intentó dar marcha atrás. Todo indica que estamos ante una guerra civil dentro del propio chavismo. Maduro no controla todos los hilos.

Los hilos de las decisiones del Tribunal Superior de Justicia, que actúa como Tribunal Constitucional, los controla el Ejecutivo. Y el Ejecutivo, en principio, lo controla Maduro. Pero hay indicios de que las sentencias 155 y 156, que vaciaron de competencias a la Asamblea Nacional, son obra del ala extremista del chavismo liderada por Diosdado Cabello. Una decisión a la que se habría opuesto el propio Maduro. Eso explicaría las críticas de la fiscal general del Estado, Luisa Ortega Díaz, mujer que ha prestado grandes servicios al régimen. Sorprendieron sus declaraciones críticas con el Supremo y la descalificación del autogolpe que hizo el Consejo de Defensa Nacional, un organismo a medida del presidente.

El golpe de la semana pasada, impulsado por el sector radical, llegaba en el momento más inoportuno. Cuando la Organización de Estados Americanos (OE), después de años de dudas, estaba estudiando la aplicación de la Carta Interamericana a Venezuela. Esa carta supone en la práctica extender un certificado de dictadura o semidictadura. Privar al parlamento de sus poderes ha dado al resto de los países de la región motivos para su decisión.

El golpe podía ser inoportuno para quien quería mantener todavía una cierta apariencia de democracia. Pero no para los más extremistas, para esa facción del ejército con negocios de blanqueo y narcotráfico, dispuestos a que no haya más elecciones.

En realidad, el golpe en Venezuela ha sido un golpe a cámara lenta. Primero fue el encarcelamiento de muchos opositores (113 presos políticos), entre los que está Leopoldo López. Luego llegó el bloqueo permanente de la Asamblea, la utilización del Tribunal Supremo para validar un decreto de emergencia alimentaria que había rechazado la oposición, las trabas al referéndum revocatorio y su posterior suspensión, así como la eliminación de las elecciones locales. Y lo último había sido el complejo mecanismo, de cumplimiento obligatorio e imposible, para que los partidos de la oposición se inscribieran, de nuevo, en el Consejo Electoral Nacional. Decisión que, en realidad, suponía que las elecciones presidenciales de 2018 fueran elecciones de partido único.

A lo peor Diosdado Cabello y el ala radical del chavismo no han errado el cálculo y simplemente han buscado subir un grado más la polarización, con violencia en las calles, para justificar la cubanización definitiva del régimen.

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Islam: una ignorancia injustificada

Fernando de Haro

Khalid Masood, el terrorista del atentado de Westminster, había cumplido ya los 50. Algo atípico para un yihadista. Los radicales europeos suelen tener otro perfil. Son jóvenes o adolescentes. Pero, por lo demás, la biografía de Masood se parece mucho a la del terrorista de Orly de hace unos días, a la de los responsables de los ataques de París de 2015 y de Bruselas de 2016. Se trata de personas nacidas en Europa, delincuentes comunes que en un momento determinado encuentran en el terrorismo islamista un sentido a su vida. Parece que Masood se radicalizó en una estancia en Arabia Saudí.

Aunque la realidad se empeña en demostrarnos de forma testaruda que la amenaza yihadista viene de dentro, no de fuera, cada vez que se produce un atentado nos volvemos hacia los refugiados y hacia los extranjeros. Esta respuesta poco racional viene acompañada también, habitualmente, de un discurso fácil y perezoso sobre el islam. Es fácil, para responder a la inquietud que nos provoca el terror, recurrir a ciertas simplificaciones. Como si el islam fuera un fenómeno de otras tierras, como si fuera algo estático, como si los pasajes del Corán que hablan de muerte y destrucción permitieran sostener, sin detenerse mucho, que la religión de Mahoma es necesariamente violenta.

La importante comunidad musulmana que vive en España y en Europa nos invita a no aceptar ni leyendas negras ni leyendas rosas. Nos invita a adentrarnos en un mundo complejo con el que, de hecho, ya convivimos.

El yihadismo que sufrimos es un fenómeno relativamente reciente y está relacionado, posiblemente desde sus orígenes, con Europa. Es una de las reacciones que provoca el tercer o cuarto choque de la modernidad con el islam. Hay una primera modernidad islámica, a mitad del XIX, de raíz egipcia, protagonizada por Mehmet Ali. Entonces se acepta sin censura el progreso que viene de occidente. Durante buena parte del siglo XX, sobre todo hasta finales de los años 70, buena parte del islam de Oriente Próximo está vinculado al socialismo árabe. Una experiencia que en Iraq y en Siria, hasta comienzos del siglo XXI, consigue una relativa paz y una relativa libertad.

Solo a raíz de la revolución iraní de 1979, el chiismo abandona su vertiente más pacífica y espiritual. También en ese momento toma fuerza un sunismo de ruptura. Cuando se rastrean las raíces del islamismo revolucionario, político y violento, tanto en el chiismo como en el sunismo, aparece la pista europea.

El chiismo político fue desarrollado por Ali Shariati (1933-1977), un hombre que estudió en la Sorbona. Deseoso de ofrecer una alternativa a la occidentalización del Estado y a los grupos de oposición comunista, utilizó las categorías del marxismo para crear una nueva ideología. Una impresión semejante deja bucear en la historia de los Hermanos Musulmanes, inspiradores de un proyecto hegemónico de carácter político en terreno suní, que con el tiempo deriva en una forma violenta. El fundador de los Hermanos Musulmanes, Al Banna, comparte con Shariati la influencia marxista. Seguramente los yihadistas del siglo XXI pueden usar pasajes del Corán para justificar su violencia porque sus mentores ideológicos leyeron el texto sagrado con categorías políticas: las aprendidas de los maestros europeos de la revolución.

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El errante error holandés

Fernando de Haro

Respiramos aliviados, con razón, por el resultado de las elecciones de la pasada semana. Pero nos cuesta trabajo reconocer que la derrota de la xenofobia es muy relativa. La agenda de Wilders se ha convertido en un fenómeno transversal en una Holanda próspera. En la nación de los tulipanes hay casi pleno empleo y los musulmanes suman un tercio de lo que los holandeses se imaginan. Los problemas de integración no vienen de fuera. Lo que ocurre en Holanda es el síntoma de una Europa que no sabe reconocer la realidad, perseguida por sus propios fantasmas. Desorientada se empeña en construir una ciudadanía si identidad. Prueba de ello es el pronunciamiento, también esta semana, del Tribunal Europeo de Justicia que ha confirmado la prohibición de usar el velo en el trabajo.

Las encuestas se equivocaron esta vez para bien. La primera de las tres citas electorales del año en Europa (después vendrán Francia y Alemania) no suma puntos a la xenofobia y al antieuropeísmo. Wilders no ha ganado las elecciones, pero ha vencido al determinar la agenda política holandesa. Con solo un 14 por ciento de los votos, el Partido por la Libertad ha impuesto un discurso duro contra la inmigración y una práctica de europeísmo tibio o problemático. Influencia que afecta a casi todas las formaciones y de la que solo se libran los verdes.

Ha cundido la desafortunada especie de que para frenar a Wilders había que ser como Wilders, pero más moderado. Seamos menos buenistas, más firmes con la inmigración porque algo de razón llevan los xenófobos –se argumenta–. Holanda, junto con el Reino Unido, ha sido el socio más problemático de la Unión Europea. El que nunca quería aprobar los rescates de Grecia (nos hubiéramos ahorrado muchos problemas con una condonación de la deuda a tiempo), el que ha dicho no a la asociación con Ucrania.

No hay ni ha habido una crisis en Holanda que justifique su rebelión contra Bruselas y contra sus propias instituciones. La tasa de paro está en torno al 5 por ciento: pleno empleo. Casi la mitad de los trabajadores tienen jornada a tiempo parcial por decisión propia. La renta per cápita es de 39.000 euros anuales. El gran superávit comercial es otro indicador de su prosperidad. Los holandeses gozan de servicios públicos de calidad, con un gran nivel de subsidiariedad, de buena educación. Es el enfado, la rebeldía de los satisfechos. De donde se deduce que la satisfacción cívica no puede ser solo económica.

La apreciación de los holandeses respecto a la inmigración y la comunidad musulmana no se ajusta a la realidad. Ni por asomo están sufriendo una invasión. Hace unos días la consultora Ipsos Mori ha hecho público el resultado de una encuesta en la que preguntaba cuántos musulmanes cree el público que hay en los diferentes países europeos. Después comparaba los resultados del sondeo con la realidad. Los holandeses creen que en su país la población musulmana representa el 19 por ciento, cuando en realidad asciende a un 6 por ciento del total. Porcentaje, sin duda, significativo pero que se compadece poco con el fantasma de una invasión.

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Cataluña y la sacra decisión

Fernando de Haro

En Vic. El camarero sirve el café. Y con una sonrisa cordial te explica sin que hayas preguntado nada: “Es que queremos que nos dejen decidir si queremos ser independientes, que nos dejen votar”. La conversación se prolonga. El camarero quiere explicarse. Vic es el centro, la yema de huevo del separatismo catalán. El pueblo se construyó en torno a uno de los obispados más antiguos de Europa. Ahora lo sacro, más que en la catedral, está en la calle, en la plaza central: de muchos balcones cuelga la estelada, la bandera de la independencia. Junto a la enseña se han escrito palabras sagradas: la independencia es libertad, la independencia es felicidad, la independencia es…

El camarero de Vic va a votar sin tardar. Va a votar para decidir, pero no si Cataluña es independiente, va a votar para elegir a los representantes del parlamento autonómico. Por cuarta vez en los últimos siete años los catalanes serán convocados a unas elecciones anticipadas. En eso es lo que va a acabar, de momento, el proceso de desconexión que se puso en marcha en octubre de 2015 para crear “la república” de Cataluña. Salvo sorpresa de última hora, la convocatoria de un referéndum con la que el Gobierno catalán desafiará de nuevo al Tribunal Constitucional quedará anulada. Esta vez no habrá urnas, como sí las hubo en el simulacro de 2014. El Gobierno de Rajoy tiene el propósito de ser inflexible pero proporcionado. Tiene la intención de no utilizar las herramientas extremas que le atribuye la Constitución.

Y también, salvo sorpresa de última hora, el independentismo aceptará tranquila y pacíficamente la suspensión del referéndum convocado. No deja de ser una forma de desbloquear la situación de parálisis en la que se encuentra el Gobierno de Junts pel Si, forzado a pactar con los antisistema de la CUP, con los que es imposible dar un paso. En el momento de la suspensión del referéndum quizás haya algunas manifestaciones en las calles y protestas. Si hubiera violencia estaríamos hablando de otra cosa. Pero no es probable.

En el momento en el que se convoquen nuevas elecciones se habrá llegado a un nuevo punto de partida. Todas las encuestas reflejan que hay dos Cataluñas (la española y la partidaria de la independencia) prácticamente del mismo tamaño. En los últimos meses los contrarios están por encima de los partidarios de la independencia, pero solo con un punto de ventaja. Una inmensa mayoría de los catalanes están a favor de la celebración de un referéndum –como el camarero de Vic– pero solo entre un 35 y un 37 apoya que ese referéndum no sea pactado con Madrid. El referéndum que los catalanes quieren no es posible porque la Constitución española lo prohíbe.

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Nos falta estima

Fernando de Haro

Hipótesis arriesgada. Pero en estos momentos de perplejidad, perdido ya mucho, quizás convenga asumir riesgos más allá de lo acostumbrado. Los informes hechos públicos en las dos últimas semanas en Bruselas detallan el laberinto en el que estamos. El Informe España 2017 y el Libro Blanco sobre el futuro de la Unión describen la impotencia de un crecimiento que no garantiza el bienestar. Acaso el problema económico no solo sea resultado de políticas monetarias tomadas a destiempo, o de las dificultades para aunar intereses del sur y del norte, para incrementar la productividad, o para mejorar la educación. Quizás falta algo previo, una estima elemental por lo que nos hacer ser europeos o españoles. ¿Será que los primeros que tienen necesidad de ser acogidos somos nosotros mismos -nuestra propia experiencia-?

El Libro Blanco presentado por Juncker la semana pasada apuesta sin decirlo claramente por aquello en lo que creen los franceses y los alemanes más europeístas: una Europa a dos velocidades que aparque el federalismo para todos. Ahora que el Reino Unido se marcha, reconoce que “la Unión ha estado por debajo de las expectativas en la peor crisis financiera, económica y social de la posguerra”. El problema no es solo que se recetara austeridad cuando era necesario gasto. Ahora que se ha iniciado la recuperación, la desigualdad permanece o se acrecienta y no se ha vuelto ni al nivel de renta ni al nivel de empleo de hace 10 años. Y, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, los jóvenes pueden vivir peor que sus padres. Por eso dudan de la eficacia de la economía social de mercado.

El Informe España 2017 va en la misma dirección: la economía crece con fuerza y la moderación salarial contribuye a la creación de empleo. Pero Bruselas señala que el amplio uso de los contratos temporales no es bueno para la productividad y que el riesgo de pobreza para los que están contratados persiste. Los servicios públicos de empleo no funcionan bien y la ayuda a las familias es baja. La desigualdad amenaza la cohesión de la vida social.

Parece difícil deshacer el enredo: para crear empleo se desregula el mercado laboral y el trabajo de no pocos no les saca de la pobreza. La reactivación genera ingresos para corregir las desviaciones de déficit, pero no para más gasto social (la política tributaria deja mucho que desear). Las políticas expansivas son cosa del BCE. No hay ni capacidad ni voluntad reformadora para darle la vuelta a las políticas públicas. Es es el caso de la política de empleo que está paralizada por un estatalismo absolutamente ineficaz propio de los años 80 del pasado siglo (el dinero de la formación acaba siendo una subvención a sindicatos y organizaciones empresariales a los que se les exige poco a cambio).

Dice la Comisión que crece la desconfianza ante la economía social de mercado. No es de extrañar. Los europeos, en general, y los españoles en particular, quizás sin ser muy conscientes, se encuentran atrapados en unas categorías que van del viejo liberalismo al viejo estatalismo sin conflicto alguno. La crisis ha desmontado muchas cosas, pero curiosamente no parece haber descabalgado esa interpretación de la vida social y económica que va en contra de la experiencia de mucha gente, de la experiencia elemental que te impulsa a trabajar, a crear empresa, a emprender.

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El comienzo de una conversación

Fernando de Haro

Solo un comienzo y todo un comienzo. El diálogo que auspició este periódico la semana pasada en el Senado sobre las “páginas políticas” de La Belleza Desarmada de Carrón fue una rara ocasión. Una de esas raras ocasiones en las que en España se conversa sobre lo que hay encima, debajo y dentro de la democracia. Lo interesante es que lo hicieran tres figuras que tienen las manos metidas en la masa. Pablo Casado, vicesecretario del PP, está en la cúpula del partido en el Gobierno y ha preparado una de las ponencias políticas más relevantes en el Congreso que los populares han celebrado hace algunos días. Ramón Jáuregui, aunque esté en el Parlamento Europeo, prepara los textos de referencia para el decisivo Congreso que los socialistas tienen en junio. Juan Carlos Girauta, portavoz de Ciudadanos, ha sido protagonista de las negociaciones que han contribuido a superar el bloqueo.

Políticos pues, muy políticos, hablando de la pre-política después de un año como el de 2016 dominado por los vetos y con la posibilidad de unas nuevas elecciones anticipadas en el horizonte. Políticos que aceptaron hablar de cómo el valor del otro ha sido determinante en sus experiencias personales de negociaciones pasadas y futuras. Dispuestos a hablar de la corriente de fondo que nos ha traído a la actual crisis, del deseo de cambio (incluso de régimen) y de la transformación del adversario en enemigo.

El inicio de esta conversación fue favorecido por una iniciativa cristiana que toma posición en público no para defender ciertos valores, que sin duda hay que defender, o para reivindicar ciertas libertades, que sin duda hay que reivindicar, sino para facilitar un debate sobre la matriz que hace posible la convivencia en una sociedad plural. Porque quizás la mayor urgencia de la vida política en Occidente sea reconocer que las bases de la vida en común se diluyen a una velocidad de vértigo e invitar a todos a aportar elementos para una nueva cimentación, sin tener la ingenua y arrogante pretensión de saber de antemano cuál es la solución. Como señaló uno de los invitados, en este momento no es necesaria una democracia de las ideologías sino de los métodos, de los significados.

No conviene dar por descontada la relevancia de conversaciones de este tipo cuando precisamente en el origen de la particular crisis política española, la que lleva a una buena parte de los jóvenes a rechazar el sistema constitucional, es haber dado por supuesto el valor de la democracia y de la transición que la hizo posible. Uno de los ponentes señaló con acierto que los españoles han considerado la democracia como un dato de la naturaleza, una especie de paisaje que crece solo y que no necesita ser regado. Al haber aplicado el método del progreso científico al progreso social, la transmisión crítica de la herencia recibida se ha descuidado y ha terminado por arruinarse.

Los tres ponentes coincidían en el gran valor de esa herencia. Después de un pasado reciente con escaso o ningún respeto y reconocimiento por el otro (sería apasionante adentrarse en qué errores del liberalismo y del catolicismo del siglo XIX provocaron esa situación), la transición a la democracia (1977-1978) abre un nuevo capítulo. Hay perdón mutuo y hay proyecto-país, deseo de caminar juntos en una cierta dirección. Lo llamativo es que Jáuregui, el único de los tres que fue protagonista de ese período, señalase que esa inercia positiva pierde fuerza con el cambio de siglo. La hoguera de la transición se convierte en un montón de cenizas frías a partir de los años 90. Y se señalan como causas la falta de liderazgo, la frivolización del discurso público y la fragmentación de los referentes mediáticos así como la desaparición de la cultura del esfuerzo. Son factores que describen lo propio de una sociedad líquida. A lo que se añade una crisis económica que acaba con lo que se ha llamado el “ascensor social”, la movilidad propia de un país con una clase media que no estaba condenada hasta ahora a permanecer estancada. Para certificar la importancia de este factor la Comisión Europea ha advertido hace unos días de las nefastas consecuencias de tanta desigualdad.

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Abatid los bastiones educativos

Fernando de Haro

En España se prepara un nuevo debate educativo. ¿Serán los cristianos, en este caso, algo más que una de las partes en litigio? ¿Podrán aportar algo original? ¿Están obligados a identificarse con una de las esperadas y conocidas posiciones que se van a enfrentar? La semana pasada se constituyó en el Congreso de los Diputados una subcomisión para estudiar un posible pacto de Estado sobre enseñanza. Pacto que ha sido imposible desde la vuelta a la democracia. Los trabajos van a incluir la comparecencia de 80 ponentes entre profesores, padres, alumnos y expertos.

La legislación educativa española ha sido hegemónicamente socialista desde la transición. Eso le ha dado un claro sesgo comprensivo. El segundo gobierno de Aznar, a última hora (2002), aprobó una ley que intentaba corregir las consecuencias negativas de la comprensividad. El primer Gobierno de Rajoy, con escaso convencimiento, poca ambición y sin escuchar a la comunidad educativa, aprobó una reforma (LOMCE, 2013) encaminada, sobre todo, a conseguir mejores resultados académicos y una cierta unidad en todo el territorio nacional. El segundo Gobierno de Rajoy ya ha renunciado algunos aspectos de la pasada reforma (las reválidas), rechazados radicalmente por la oposición. Y busca, parece que con más sinceridad que los socialistas (Zapatero), un acuerdo.

El problema es que las distancias ideológicas parecen insalvables. Los socialistas y el resto de partidos de izquierda están convencidos de que el Estado, en este caso las Comunidades Autónomas, que son las que tienen transferidas las competencias, son el sujeto educativo primordial para garantizar la igualdad. La planificación para que los nuevos centros de iniciativa social reciban dinero debe someterse, según este modo de pensar, a la existencia de una red completa de colegios de gestión pública. Se trata de una subsidiariedad a la inversa, a favor del Estado. El PP, por su parte, insiste en superar la mentalidad comprensiva, introducir criterios objetivos de evaluación y de calidad. El centro-derecha es más receptivo a defender la tímida subsidiaridad que supone el sistema de conciertos (creado por los socialistas). Un modelo que permite integrar en la red pública a colegios de iniciativa social con autonomía y libertad de ideario. En algunas Comunidades Autónomas donde gobierna el PP, no en todas, esta red subsidiaria supone hasta el 50 por ciento de los centros. Donde gobiernan los socialistas o Podemos el porcentaje tiende a reducirse drásticamente. En realidad, la bandera de los conciertos la mantiene levantada la comunidad católica.

Antes de seguir adelante dejemos claro que el sistema de conciertos, con todas sus imperfecciones, ha sido un instrumento útil para que los padres elijan la enseñanza que quieren para sus hijos. En una sentencia de mayo de 2016, el Tribunal Supremo además dejaba claro que la legislación no otorga “a los centros concertados un carácter secundario o accesorio respecto de los centros públicos, para llegar únicamente donde no lleguen estos últimos, es decir, para suplir las carencias de la enseñanza pública”.

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Vacuna corta

Fernando de Haro

Lo sucedido este fin de semana parece confirmar que España podría haberse convertido en un oasis político. En Francia, los leales a Europa tiemblan porque no tienen candidato. Le Pen de momento acapara el cartel electoral. El terremoto nacionalista amenaza con sacudir con fuerza en las elecciones holandesas y alemanas. Italia sigue a la espera. Por el contrario, los congresos simultáneos del PP, partido de Gobierno, y de Podemos, la fuerza populista, sugieren una cierta estabilidad dentro de los cauces del más tradicional y positivo europeísmo.

No hay formación xenófoba articulada a la vista. Y el enfrentamiento fratricida entre los dos grandes fundadores de Podemos, Iglesias y Errejón, en Vistalegre II (el Congreso que debía convertir al nuevo partido en opción de Gobierno) ha puesto de manifiesto que la nueva política puede convertirse de forma rápida en vieja política. De momento los sondeos no reflejan el desgaste de las luchas internas (Podemos mantiene una intención de voto del 22 por ciento y el segundo puesto) pero la aureola de “redentora” que acompañaba a la formación ha desaparecido. Y es difícil (aunque todo es posible) que en el inmediato futuro los socialistas vuelvan a buscar un pacto con quien le disputa el espacio político.

El PP ha celebrado quizás el más pacífico de los Congresos de su historia. El partido en el Gobierno está tranquilo por el rápido cambio de ciclo que se ha producido en el último año y medio. El único sucesor de Rajoy es el propio Rajoy. Hace quince meses, el ciclo del actual presidente del Gobierno era claramente declinante. La factura por los casos de corrupción, el deseo de una forma diferente de hacer política, el desgaste de las políticas aplicadas durante la crisis y la conjunción de fuerzas de izquierda hacían pensar que el PP, a pesar de ser la fuerza más votada, iba a estar alejada un tiempo de los centros de decisión. La marca PP era una marca de la que había que alejarse.

Ahora las cosas han cambiado. En 2106 el PP demostró disponer de un suelo electoral alto y, lo más importante, capacidad de recuperar votantes. Rajoy se ha redimido en gran medida al haber superado un veto que, según todos los españoles, había durado ya demasiado. Y además en los últimos meses ha convertido a los socialistas en su mejor socio de Gobierno. Muchos aplauden, incluso, el que consideran inteligente uso del miedo a Podemos. Un Podemos en el 22 por ciento de intención de voto es, según estos, el mejor argumento para mantener una alta fidelidad entre los votantes conservadores de siempre.

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Con el mejor feminismo y más allá

Fernando de Haro

Quizás sean diferentes lados del mismo poliedro. Por una parte, el deseo de seguridad, la inseguridad de la identidad perdida que se convierte en rechazo del migrante, del extranjero. Y el sueño y la violencia de los muros. Por otra el deseo de paternidad, la inseguridad de una identidad que sin hijos se considera infecunda. Y el sueño y la violencia de un mercado en el que se puedan comprar y alquilar vientres para una maternidad de otro modo imposible.

El Congreso del PP que se celebra en Madrid el próximo fin de semana ha desatado la polémica sobre lo que eufemísticamente se llama la “maternidad subrogada”. En España está prohibida. Pero un niño nacido fuera, a resultas de uno de estos contratos, puede ser inscrito en el registro de nuestro país como hijo de los “contratantes”. Eso ha provocado un fenómeno frecuente de “turismo reproductivo”.

Lo último que hubieran querido los dirigentes del PP es que este tema entrara en la agenda del Congreso de un centro-derecha que, a pesar de los vetos, ha conseguido gobernar. De hecho, en la ponencia social no se mencionaba. Pero el debate es irrefrenable. El más que posible sucesor de Rajoy, Núñez Feijoo, se ha mostrado dispuesto a que los vientres de alquiler se regulen. Un muy disminuido sector del partido reclama una discusión abierta y critica que la formación pueda lanzar un mensaje de aprobación. Los líderes pro-vida se han movilizado. Aunque en la España de 2017, paraíso de los nuevos derechos, ya nada es como antes. Uno de los exponentes de ese movimiento preguntaba estos días en privado: “Pero, ¿cómo podemos explicarle a alguien que quiere tener hijos y no puede que su deseo no está por encima de la dignidad de una madre?”. No es fácil. La pregunta es severa. Muchas razones se han quedado viejas.

Han intentado responder a esa cuestión, con mucha seriedad, desde el feminismo. Un grupo de mujeres, entre las que hay grandes nombres de la izquierda (Amparo Rubiales) o destacadas pensadoras (Amelia Valcárcel), unidas tradicionalmente por lo que se ha llamado “la ampliación de los derechos sexuales y reproductivos”, ha puesto en marcha la plataforma www.nosomosvasijas.eu. El lema es muy significativo: “las mujeres no se pueden alquilar o comprar”. Interesante esta reivindicación de la “intangibilidad” de la maternidad. En su manifiesto hay aportaciones sugerentes.

Las feministas que no quieren ser vasijas aseguran que “alquilar el vientre de una mujer no se puede catalogar como una técnica de reproducción asistida”. No aceptan “la lógica neoliberal” que quiere introducir está práctica en el mercado, “ya que se sirve de la desigualdad estructural de las mujeres”. En realidad –aseguran– estamos ante “un hecho social que cosifica el cuerpo de las mujeres y mercantiliza el deseo de ser padres-madres”. Provocativa la denuncia contra la instrumentalización del deseo por parte del mercado y la reducción de la persona a cosa. Concluyen, de hecho, afirmando la irreductibilidad de la persona, de esa dimensión de la persona que es el cuerpo. “El derecho a la integridad no puede quedar sujeto a ningún tipo de contrato”. En realidad, lo que afirma este feminismo es lo propio de la tradición europea, la esencia de la Ilustración.

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Los muros de la debilidad

Fernando de Haro

Los muros se construyen contra el enemigo interior, no contra el exterior. Cuando Alemania del Este levantó, en la noche del 12 al 13 de agosto de 1961, la barrera que partió Berlín la bautizó como Antifaschistischer Schutzwall, pared de protección antifascista. Se trataba de “proteger” a la población que había quedado en la zona comunista de los elementos totalitarios que impedían el desarrollo del verdadero socialismo. Tuvo cierta eficacia a corto plazo para contener la emigración masiva hacia la libertad, pero no resistió el medio plazo.

Tampoco ha sido nada eficaz el muro más famoso del siglo XXI: el que Israel comenzó a construir para defender a su población del terrorismo. En los 15 años que han transcurrido desde que se empezó a levantar, la posibilidad de una paz estable se ha ido alejando cada vez más. El muro y la política en favor de los asentamientos de los colonos en Cisjordania, en una tierra que según el derecho internacional es de los palestinos, ha convertido a Israel en una fortaleza asediada. No solo por las diferentes versiones del terrorismo palestino que se van sucediendo –la última protagonizada por lobos solitarios que ya no están controlados ni por Hamas ni por la OLP-. También por un desnivel demográfico que en algún momento tendrá consecuencias.

El muro en Jerusalén, por poner solo el ejemplo de uno de los puntos más conflictivos, en sus cinco primeros años produjo un descenso del 50 por ciento de las visitas de los palestinos a los hospitales. Las familias separadas, las dificultades para trabajar al otro lado, el aislamiento de muchas poblaciones o las arbitrariedades en los check-points son una herida permanentemente abierta. Y ahora Netanyahu, empeñado en ganar pequeñas batallas y perder la guerra definitiva por la paz, ha aprobado 2.500 viviendas más en Jerusalén Este, territorio ocupado.

Trump reivindica el muro israelí como un ejemplo. Pero como titulaba estos días una aguda columna del Chicago Tribune, "Trump´s wall is about resentment and fear, not inmigration". El muro de Trump en realidad lo empezó a construir Bill Clinton en 1993 y lo continuó W. Bush. De los 3.000 kilómetros de frontera que comparten México y Estados Unidos ya hay vallados y amurallados 1.100. En este momento el saldo migratorio es negativo: hay más mexicanos que vuelven a casa de los que se van. El número de “espaldas mojadas” detenidos en la frontera se ha reducido a los niveles más bajos desde 1971, y en su mayoría son menores o grupos familiares que llegan desde América Central. Douglas S. Massey, profesor de la Universidad de Princeton, que estudia desde hace años en el Mexican Migration Project los movimientos a un lado y a otro de la frontera, tiene una provocativa hipótesis. Asegura que el muro ha producido un efecto contraproducente porque ha frenado los movimientos de retorno que una frontera más porosa facilitaba. Los muros alimentan a las mafias.

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Los muros de la debilidad

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Un espacio a la altura del emperador

Fernando de Haro

Fue un discurso religioso. En realidad, todos los discursos de los nuevos presidentes de los Estados Unidos lo son de un modo u otro. Pero este lo fue especialmente. No solo por la presencia de la biblia de Lincoln y de la que le regaló su madre. No solo por las oraciones y por las referencias a Dios. Lo fue porque el presidente número 45 de los Estados Unidos ofrece nacionalismo como respuesta al deseo de salir de la nada, de esa nada en la que se sienten muchos de los que le han votado. “Os digo a todos los estadounidenses, en todas las ciudades próximas y lejanas, pequeñas y grandes, de montaña a montaña y de océano a océano, que oigáis estas palabras: nunca volveréis a ser ignorados”, anunció el nuevo inquilino de la Casa Blanca desde las escaleras del Capitolio. En la tierra en la que quizás más se lee la Escritura, muchos estadounidenses supieron identificar rápidamente en esas palabras una actualización de las promesas del gran profeta del Antiguo Testamento. Nunca más llamarán a tu tierra –el Medio Oeste, las ciudades de Detroit, Columbus o San Luis– devastada y abandonada. Ahora le llega un marido.

El que fuera un discurso religioso no significa ni mucho menos que fuese positivo. Las viejas religiones, las que no distinguían lo que había que dar al César y lo que había que dar a Dios, siempre acababan y acaban en idolatría del emperador. En estos tiempos dominados por la perplejidad que provoca la globalización vuelve lo viejo, la sacralización del poder. De momento el Trump presidente sigue siendo como el Trump candidato. Sabe bien cuál es su base. Se ha convertido en el número 45 de los Estados Unidos gracias a la frustración de buena parte de la clase media blanca. Una frustración no solo económica, una frustración antropológica: la de una soledad tan feroz como solo puede generarse en los Estados Unidos. Entre esos blancos las tasas de suicidio, alcoholismo y drogadicción se han incrementado de forma muy significativa. No se puede vivir mucho tiempo ignorado, ignorado por la élite de las costas y, sobre todo, por el destino.

La democracia de los Estados Unidos nunca ha sido laica, al menos tal y como la entendemos en Europa. Pero hay que distinguir. Una cosa es el deseo de construir la ciudad en la colina de los padres fundadores. Y otra cosa bien distinta es el ciclo de sacralización del poder que se ha producido desde que el segundo Bush fue elegido presidente, un ciclo que con Trump se ahonda. Con W. Bush llegaron a la Casa Blanca los teocon, de procedencia izquierdista, intelectuales que pretendían contrarrestar el relativismo y defender los valores del occidental con una sólida teología política. Obama fue una reacción y, como todas las reacciones, se pareció mucho a aquello a lo que se opuso (al movimiento anti-Trump va camino de pasarle lo mismo, se parece demasiado a Trump. Como el antifascismo se parecía mucho al fascismo). El primer presidente negro de los Estados Unidos vino acompañado de un mesianismo voluntarista resumido en el “Yes, We Can”. La política hecha de otro modo, la política bonita para la gente. La palabra gente es quizás la que más veces usó Trump en su primer discurso. La gente contra los políticos, la gente que, por fin, va a salir de la nada. El ciclo de presidencias “religiosas” en los Estados Unidos, muy diferente a las presidencias pragmáticas de Reagan, del primer Bush y de Clinton, es sin duda un signo de los tiempos. No hay quien soporte en la vida diaria el nihilismo postmoderno y el vacío fomenta la transferencia de la sacralidad. El deseo de no ser ignorado es irrefrenable, necesita una respuesta, aunque sea parcial.

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Un espacio a la altura del emperador

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Jonás llevaba razón

Fernando de Haro (Qaraqosh, Iraq)

Escribo desde Qarasqosh, el ground zero del genocidio cristiano en el norte de Iraq. Un genocidio que no se quiere reconocer. Cinco check points desde Erbil para llegar a la que fue la mayor ciudad cristiana del país. Los tres primeros de los peshmergas. El ejército kurdo dosifica la entrada. Desde la siete de la mañana, largas colas para cruzar los controles. Los kurdos permiten a los cristianos visitar sus casas a cuenta gotas. Dos horas antes de la puesta del sol tienen que volver. El ejército iraquí, que controla la zona más cercana a Qaraqosh, es más flexible. A la entrada de la ciudad patrullan también las fuerzas estadounidenses. De fondo se oyen los bombardeos, explosiones roncas, irreales. El responsable de la milicia cristiana cuenta que ha detenido a dos miembros del Daesh a escasos kilómetros.

Al llegar a las primeras calles la imagen es dantesca. Como la que he visto al norte de Mosul, en Batnaya y en Teleskof. Pero aquí la desolación si cabe es más impresionante. Se trata de un gran pueblo fantasma. La única ventaja es que no hay minas. Las casas abandonadas a toda prisa están saqueadas. Muchas de ellas bombardeadas por la coalición internacional. Los cristianos que han conseguido entrar esta mañana queman sus ropas a las puertas de sus hogares. No quieren recuperar nada que los milicianos del Daesh hayan usado. Se elevan columnas de humo aquí y allá. Todos los muebles han desaparecido. Cuando alguien del Daesh se casaba venía a Qaraqosh a abastecerse. Las pocas mujeres que no se marcharon fueron violadas repetidamente y convertidas en “esposas” del Estado Islámico.

En la gran catedral sirio católica, levantada con el esfuerzo de todo el pueblo, los representantes del califato instalaron una galería de tiro. Han quemado el techo y en las columnas de la nave principal hay pintadas en favor del Estado Islámico. La voluntad de destrucción del Daesh tiene una obsesión: las cruces. Las mutila todas, las derriba, las fusila.

El cementerio está custodiado por el ejército iraquí. Hace falta una larga negociación para visitarlo. La soledad de los muertos solo está acompañada por el ladrido de perros sin sueño. El Estado Islámico ha profanado las tumbas, como en los pueblos del norte.

Se ha cumplido la profecía del profeta Jonás. Las madres de los niños cristianos de Nínive les enseñaban a sus hijos desde hace 30 años que la profecía se había cumplido tres veces. Pero esta es la cuarta vez que Nínive (Mosul) y su llanura es destruida. Jonás llevaba razón. No será la última, pronto puede llegar la definitiva. El Daesh no es ya la mayor amenaza.

Cuando el Daesh tomó la llanura de Nínive había 120.000 cristianos. Escaparon a Erbil y a los pueblos del norte. La mitad se ha marchado ya del país. Y los otros 60.000 no saben si volver. Todo el mundo tiene pretensiones sobre sus tierras. Los kurdos, que no lo defendieron en su momento, quieren ampliar su frontera. El gobierno de Iraq, chiíta, acaricia la idea de transformar los pueblos cristianos en una zona de su propia confesión que sirva de contención a los suníes. La moderación islámica de los kurdos parece estar convirtiéndose en radicalismo.

Lo “extraño” es que, en estas circunstancias, Naciones Unidas se niegue a calificar lo sucedido como un genocidio. Lo ha hecho Estados Unidos y lo ha hecho el Parlamento Europeo. ¿Por qué no una resolución que reconozca los hechos? ¿Es necesario contentar en este caso las pretensiones chiítas?

Nínive ha sido destruida por cuarta vez pero Jonás sigue saliendo de la ballena al tercer día. Los cristianos no saben si podrán volver. Pero no pocos en estas circunstancias redescubren su fe. Con conmoción se puede escuchar cómo un joven de 20 años, que huyó del Daesh, en su cuarto desordenado y utilizado por el califato, me dice que en estos dos años y medio se ha dado cuenta de que Dios está a su lado. Si un joven mira sin odio su destino es que la ballena ha sido vencida. Jonás llevaba razón.

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Jonás llevaba razón

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Bajo aguas tranquilas

Fernando de Haro

Parece que después de la tormenta ha llegado la calma. España encara un 2017 relativamente tranquilo en política, desde luego más tranquilo que Francia, Alemania y Holanda donde las elecciones plantean muchas preguntas. Un 2017 que paradójicamente puede ser tranquilo con un Gobierno en minoría después de un 2016 sin acuerdos y sin Ejecutivo. La mayor incertidumbre en el horizonte, no precisamente pequeña, es qué va a pasar con el proceso de secesión de Cataluña.

El último Barómetro del CIS, la encuesta pública más representativa, muestra que los españoles se han relajado: la imagen de la política ha mejorado en 7,8 puntos. Rajoy en su mensaje de fin de año expresó su voluntad de acabar los cuatro años de legislatura. Tendió la mano a su socio de Gobierno -a Ciudadanos- y al que, en teoría, es el principal partido de oposición, el PSOE. Los socialistas respondieron con el doble lenguaje que vienen usando desde que echaron a su último secretario general, Pedro Sánchez. Hicieron críticas a la gestión de los populares pero después destacaron el valor de los acuerdos ya alcanzados con el Gobierno y reafirmaron su voluntad de seguir en la misma línea que han mantenido en los últimos meses.

Algo parecido a esa “gran coalición” por la que tanto se suspiró en 2016 funciona en la política española desde que los socialistas permitieron la investidura de Rajoy con su abstención. Una “gran coalición”, eso sí, a la española. Los socialistas, con el peor resultado electoral de su historia, una crisis interna que dura ya demasiado tiempo y la amenaza de convertirse en la tercera fuerza han decidido ganar tiempo y pactar. Pactar para hacerse valer, para poder sacar pecho ante sus electores y demostrar que cuentan, no como sus rivales, la izquierda ruidosa y utópica de Podemos que se pierde en los pasillos del Congreso.

El PSOE quiere pactar, Rajoy quiere pactar. Se ha olvidado de sus amenazas de convocar elecciones en mayo (las encuestas le siguen dando mejores resultados que en los comicios de verano). Los acuerdos con los socialistas le permiten dar estabilidad a su Gobierno y reducir a la insignificancia a Ciudadanos, su teórico socio, pero también su competidor: buena parte de sus votos son de antiguos votantes del PP.

La voluntad de pacto de Rajoy con los socialistas ha provocado que los dogmas de la anterior legislatura hayan dejado de serlo. Para acordar el techo de gasto (paso previo de los presupuestos) ha aceptado subir el salario mínimo. Los populares ya están dispuestos a financiar parte de las pensiones con impuestos, tal y como reclamaban los socialistas. No es descartable que el PSOE acabe permitiendo la aprobación de las cuentas públicas de 2017 a cambio de concesiones que el Gobierno del PP hasta hace nada consideraba imposibles.

La marcha de la economía permite esta “política de entendimiento”. 2016 se va a cerrar con un crecimiento muy por encima del 3 por ciento. Y las previsiones para 2017, aunque apuntan a una relativa desaceleración, son también positivas. El empleo aumenta a razón de 400.000 puestos de trabajo al año y es posible que en 2020 la tasa de paro sea parecida a la que había antes de la crisis. El objetivo de déficit, por fin, se puede alcanzar sin grandes esfuerzos y sin importantes recortes, si acaso con una reestructuración del IVA.

A la “pax económica” hay que añadir el pragmatismo de Rajoy. El PP ya ha renunciado a su ley de educación aprobada la pasada legislatura, ley de la que no se puede sentir especialmente orgulloso. Y estará seguramente dispuesto a hacer lo mismo con su ley de seguridad ciudadana también cuestionada por el centro-izquierda, también muy revisable.

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Bajo aguas tranquilas

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2017 razones para el sí

Fernando de Haro

No se ha cumplido casi ningún pronóstico. 2016 ha sido un año duro y difícil. Pero, sobre todo, inesperado. Hace doce meses el Financial Times hacía las típicas previsiones para estas fechas. Y aseguraba que los británicos votarían a favor de quedarse en la Unión Europea, Bélgica ganaría la Eurocopa y la demócrata Clinton le ganaría las elecciones al republicano Ted Cruz. No había apuestas sobre el resultado del referéndum por la paz en Colombia.

Era difícil imaginar que España, tras las elecciones de diciembre de 2015, fuera a estar casi un año sin Gobierno. Y que las terceras elecciones se hayan evitado in extremis por el miedo a una victoria más amplia del centro-derecha y no por convicción. Había algo que sí sabíamos: hace un año teníamos todavía el dolor entre los huesos por los 130 muertos del atentado de París. Y éramos conscientes de que habría más ataques en suelo europeo, más terrorismo. Pero el golpe del mal, como lo llama Merkel, no por anunciado es menos sorprendente en lo que tiene de inasumible.

2016 podría pasar a la historia como el año del no. Los resultados de los dos referéndums en Colombia y en el Reino Unido, así como las elecciones en Estados Unidos han sido consecuencia del triunfo del voto negativo. No a Hillary, no a la desindustrialización, no a la globalización y a los inmigrantes, no a Europa, no al perdón. En España no al diálogo, no a un-pacto-con-el-que-ideológicamente-es-diferente-porque-yo-llevo-razón.

El gran no de 2016 nace del enfado, del fastidio y la frustración. Aturdidos y asustados hemos dicho no al vínculo con los otros, con los diferentes, con los que no entienden quién soy. ¿Por qué dialogar, pactar, gobernar con otro si yo he ganado o si podría sumar más con el resto de minorías?

Después de haber lanzado con furia nuestro grito de negación en las redes sociales o en las urnas, tras el recuento –en España repetido– o al salir a la calle seguíamos interconectados. Los otros seguían ahí: obstinadamente extranjeros, conservadores o progresistas, europeos; tenazmente defensores de la ideología de género o de la tenencia de armas y del aislacionismo comercial. Irreductiblemente diferentes. Los vínculos, ciertos vínculos, no se pueden suprimir. Por eso el año del no, lejos de resolver la situación, ha incrementado la fragmentación. Lo estamos viendo en estos días en los que se hace efectivo el relevo de la presidencia en Estados Unidos.

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2017 razones para el sí

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La Navidad es algo serio

P.D.

¿Puede una mujer o un hombre mínimamente inteligente y experimentado tomarse en serio la Navidad? ¿Puede ser, para nosotros, gente “razonable”, algo más que un paréntesis de algunas horas? ¿Algo más que un momento –en el mejor de los casos– para reunirnos con los seres queridos en una cena o comida bonita, en la que nos felicitamos y nos deseamos sinceramente lo mejor? Eso sí, con la vaguedad de quien no tiene seguridad alguna de que ese deseo se vaya a cumplir y de quien se siente, consciente o inconscientemente, a merced del destino. La ocasión tiene también una gran pincelada dramática, el paso del tiempo dicta sus ausencias.

Esta Navidad de 2016 nos ha llegado en un momento en el que todos estamos especialmente perplejos y heridos. Una violencia nihilista nos ha vuelto a sacudir en suelo europeo, en esta ocasión en Berlín. Y por más que intentamos olvidarla nos sabemos inseguros. Sospechamos, sin confesarlo del todo, que las razones de siempre son insuficientes para afrontar estos tiempos extraños. Que no basta con pedir más seguridad. Que echarles la culpa a los refugiados o a los musulmanes (a los otros) es infantil. Pero tampoco sabemos muy bien en qué dirección movernos. Y no es solo el terrorismo. Es que es todo. Es como si, desde hace unos años, el paisaje habitual en el que se desarrollaba nuestra vida estuviera desapareciendo, disolviéndose de forma muy rápida. La economía ha mejorado algo, pero desde la crisis de 2008 nada ha vuelto a ser igual. Las guerras están más cerca que nunca. El hasta ahora sólido edificio de la democracia occidental se antoja cada vez más a merced de las tormentas. Y no sabemos por dónde volver a empezar.

Y en lo personal es lo mismo. El ambiente en el trabajo, en lo queda de familia, en todos sitios, se ha vuelto frío, acusa nuestra desorientación. Tenemos incluso miedo de decir “te quiero” porque no sabemos cuánto durará. Los más sinceros no se defienden y no ocultan su impotencia.

Nosotros, los hombres y mujeres “razonables”, no nos enfadamos, con la voluntad de estar contentos que parece invadirlo todo en estas horas. Pero sabemos que cuando se apaguen las luces de la fiesta y vuelvan los días grises de enero, la voluntad da, si hay suerte –otra vez el destino–, para “un buen pasar”. Lo paradójico es que, a pesar de todos los fracasos, de todo lo traicionado y de todo lo sufrido, hay en nosotros una suerte de memoria genética –una nostalgia tenaz– que se activa buscando días mejores. Si te descuidas reaparece de forma furtiva. Por eso hay ocasiones en las que nos tienta la esperanza amarga del optimismo o la utopía.

¿Tiene sentido para un hombre o una mujer seria, en estas circunstancias, tomarse en serio la Navidad? Una mujer muy seria, laica, de origen judío, como fue la pensadora Hannah Arendt, utilizaba una de las frases que más se repite en estos días de Navidad: “un niño se nos ha dado”. Es una expresión del profeta Isaías que la filósofa judía empleaba para explicar algo que a los hombres del siglo XXI, por supuesto a los cristianos, nos cuesta entender. Siempre hay –decía– una posibilidad real de que alguien, en algún lugar, en algún momento pueda decir o hacer algo que sea un inicio original en el reino de lo humano.

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En el país de todos

Fernando de Haro

Un país cristiano en Oriente Próximo. Es la solución que el diario El País proponía en sus páginas de opinión, horas después de la nueva masacre de coptos en El Cairo. Ahora que los acuerdos Sykes-Picot de 1916 (con los que los occidentales diseñaron la región) han saltado por los aires, no estaría de más intentar que los cristianos tuvieran un Estado propio en el que poder llevar una vida segura.

Es una excelente noticia que el periódico laico de referencia en España, o algún miembro de su equipo editorial, se preocupe sinceramente por lo que la secretaría de Estado de Estados Unidos ha calificado como un genocidio. Otra cosa diferente es que la solución de una “nación cristiana” sea conveniente. No lo parece por razones geoestratégicas y por razones de vocación. No parece recomendable una Declaración Balfour como la de 1917, esta vez no para los judíos sino para los seguidores de la cruz.

El caso de Oriente Próximo y la persecución de sus bautizados, aunque sea particular por su dramatismo, ilustra bien lo poco oportuno que es convertir el cristianismo en un adjetivo. No es tiempo para Estados cristianos, ni para partidos cristianos, escritores cristianos, ni siquiera para cultura cristiana, al menos para cierto modo de comprender la cultura cristiana. No es tiempo de adjetivos sino de sustantivos.

La propuesta de crear una “nación cristiana” en Oriente Próximo no es una invención periodística. Ante el terrible acoso y martirio sufrido desde 2003, surgió hace ya más de diez años, especialmente entre las comunidades iraquíes del exilio estadounidense, el proyecto de crear una zona en Nínive (en torno a Mosul) que les sirviera de refugio. Entre la comunidad asiria (la segunda comunidad cristiana de Iraq, menos numerosa que la caldea) y los evangélicos la idea ha tenido cierto éxito. De hecho, han sido los asirios los únicos en crear unas milicias propias. Lo han hecho desoyendo las invitaciones a integrar a los que quisieran luchar contra el Daesh en las filas de los pesmergas kurdos. Entre los líderes católicos se ha rechazado el “Estado cristiano de Nínive” porque supondría crear un gueto. El futuro es todavía incierto. El reparto de la región entre kurdos, milicias chiítas y el ejército iraquí es una incógnita.

La “solución Kissinger” para el Oriente Próximo de después de la guerra sería una mala solución, especialmente para los cristianos. El ex secretario de Estado de Estados Unidos ha propuesto en alguna ocasión cambiar los acuerdos de Sykes-Picot por estados de una sola confesión. La fórmula podría garantizar el futuro Israel, pero acentuaría, aún más, su carácter confesional. Supondría grandes movimientos de población y enquistaría para siempre el conflicto que explica todos los conflictos desde Egipto a Irán: el enfrentamiento entre chiíes y suníes por la hegemonía. Del Estado-nación pasaríamos al Estado-confesión. La falta de pluralidad radicaliza. Las grandes perdedoras de este escenario serían las minorías.

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Con el norte y con el sur

F.H.

Fue la semana pasada. Habían pasado pocas horas después de que el Banco Central Europeo tomara la decisión de prorrogar el plan de compra de deuda pública. Un periodista buscaba un titular rápido. Era una de las habituales entrevistas que se hacen a los expertos. ¿Quién lleva la razón en el debate sobre la política monetaria europea, los países del norte o los países del sur?, preguntó. “Draghi y su solución de compromiso”, respondió el economista haciendo referencia al italiano que está al frente de la entidad emisora. No hubo titular de fácil digestión que le diera la victoria a uno de los dos bandos en litigio. Pero sí una respuesta inteligente, que requiere una cierta explicación, y que apunta a una buena solución en estos tiempos de desconcierto y de fractura que se viven en Europa y en el conjunto de Occidente.

No sin el norte y no sin el sur, no sin los liberales, no sin los socialdemócratas, no sin los laicos, no sin los creyentes. No sin los musulmanes, no sin los agnósticos. No sin los que cuestionan el sistema, no sin los que lo defienden sin darse cuenta de que la tradición se ha quedado acartonada y es una reliquia que se antoja prisión. Si algo claro nos ha dejado este 2016 que está acabando, año de referéndums ganados por la mínima (salvo el de Renzi que ha tenido un resultado claro), es lo contraproducente que puede llegar a ser un líder o una política cuando no son inclusivas. En estos tiempos de perplejidad y de insatisfacción es fácil soñar con soluciones claras, rotundas, quién sabe si rápidas. Pero la ansiedad por demostrar quién tiene razón, también en política, puede ser inversamente proporcional a la capacidad para crear lugares en los que se pueda vivir mejor. Afortunadamente ser europeo todavía significa, en algunos ámbitos, no esperar una victoria absoluta a estar abiertos a soluciones diferentes.

La economía tiene la ventaja de ser muy concreta. En el euro conviven dos clubes que, aparentemente, tienen intereses muy diferentes, aunque en realidad juegan en el mismo campo. Los países del norte, bajo la sombra del gigante alemán, son países ahorradores. Los alemanes no suelen tener casas en propiedad, no pagan créditos hipotecarios, guardan lo que han ganado en el pasado (que suele ser mucho) en depósitos bancarios, seguros de vidas y productos con los que planifican metódicamente su jubilación. El dinero barato y fácil no les viene bien porque devalúa sus ahorros. No son gente con muchas deudas. No les gustan los tipos de interés a cero, no les gusta el programa de compra de deuda del BCE que es una forma de inyectar liquidez al sistema. Por eso el ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, ha llegado a culpar a Draghi y al BCE de ser responsable del partido populista Alternativa por Alemania.

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Con el norte y con el sur

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Cuando conviene obedecer a dos agnósticos

Fernando de Haro

“Esto es un nuevo paradigma, lo que propone Carrón (presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación) es el paso del sentido de la ley a la ley del sentido. La teleología y la teología se anclan en un encuentro, en algo que ha sucedido”. Con estas frases comenzaba Mikel Azurmendi, filósofo y antropólogo, su intervención en un sorprendente diálogo que se produjo la semana pasada en Madrid. El tema: “La Belleza Desarmada”. En el extraño encuentro con Julián Carrón, autor del volumen, también participó el físico Juan José Gómez Cadenas. Extraño porque Azurmendi y Cadenas, los dos agnósticos, aseguraron estar ante un modo de proponer el cristianismo que les resultaba razonable y atractivo, desconocido, lejano de la fe que habían conocido en su infancia, obsesionada por el pecado, aburrida, distante de las preocupaciones humanas.

¿Qué hizo posible este encuentro? ¿Por qué dos agnósticos y un cristiano dialogan a corazón abierto sobre los desafíos ante los que se enfrenta la España de comienzos del siglo XXI?

Una conversación así, entre laicos y creyentes, dedicada al sentido de la vida y al mejor modo de vivir juntos, no cuenta en España con una larga tradición. Ha habido diálogos semejantes pero, por desgracia, han sido escasos. La historia de nuestro país no ayuda. La temprana formación del Estado nacional en los siglos XV y XVI se basa en la supresión de la diferencia de confesiones que sí había sido una constante durante la Edad Media. Las revoluciones liberales que llegan a comienzos del XIX, con la Guerra de Independencia frente a Napoleón, provocan una reacción antimoderna. Se sospecha del que debería ser “naturalmente y nacionalmente cristiano” y no lo es. La sospecha se prolonga durante buena parte del siglo XX. Ciertas alianzas con el poder para defender lo que se considera evidente provocan una larga resaca. Las ideologías revolucionarias no facilitan las cosas.

Y así buena parte del catolicismo español moderno y contemporáneo no hace el esfuerzo de relatarse, pierde esa frescura y riqueza que siempre proporciona contarle a otro lo que se ha dado por sabido. Si acaso se han realizado dos esfuerzos de apertura. Uno tras el postconcilio y otro con el cambio de siglo, después del atentado contra las Torres Gemelas de 2001. El primero es una apertura/confusión con ese compromiso social de inspiración marxista que dominaba el panorama europeo desde los años 60 a los años 90 del siglo XX. Y el segundo es una apertura/confusión con el occidentalismo europeo de derechas que genera la amenaza terrorista y la confusión de comienzos del siglo XXI. En ambos casos se vuelve a dar por supuesta la fe y se pasa rápidamente a un encuentro sobre el compromiso moral (lucha contra la explotación/lucha contra el relativismo). Son expresiones de un cristianismo anónimo de izquierdas o derechas, que presuponen que el mundo laico comparte los valores (que varían según el momento) del humanismo cristiano. No se habla sobre el origen y la experiencia que hacen posibles esos valores.

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Cuando conviene obedecer a dos agnósticos

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De la patria al peor imperio

Fernando de Haro

La muerte de Fidel es como un espejo, las reacciones que provoca retratan las posiciones ideológicas de cada uno. Vuelven algunas viejas sensibilidades que ensalzan a Castro. Pero la pregunta más importante es la más práctica. ¿Todo ha quedado atado y bien atado? ¿Lo que no consiguió Franco tras su muerte lo logrará Fidel Castro? El Comandante, con mayúscula porque en la isla no hay otro, había dejado oficialmente el poder en 2008. Se había convertido en un anciano de movimientos torpes, enfundado siempre en ropa deportiva. Aparentemente no contaba nada. Ya ni tenía fuerzas para una de sus grandes pasiones: esos largos monólogos en los que pontificaba sobre lo divino y lo humano. Era incluso un estorbo para su hermano Raúl, el actual presidente, por sus salidas de tono. La muerte de Fidel es para algunos irrelevante, solo una ocasión del castrismo para mostrarse más vivo que nunca. Su fallecimiento en la cama no tendría otro valor político que confirmar la capacidad de resistencia del comunismo cubano.

Seguramente las cosas no son tan sencillas. Es cierto que el poder real en Cuba hasta el pasado viernes ha estado en y está en manos Raúl Castro y, sobre todo, en manos del grupo de militares, no más de diez, que integran el Politburó. Son esos militares los que controlan la industria pesada y la industria turística del país. Tienen más poder que el Partido Comunista. Se trata de una especie de Junta Militar en la que sus miembros se vigilan intensamente pensado en el día en que muera Raúl Castro (que tiene 85 años) o en el que se retire (tiene prometido que lo hará en 2018). En ese momento lo más probable es que haya un duelo abierto entre Miguel Díaz Canel, el vicepresidente del Gobierno, que representa el ala reformista, y Alejandro Castro, hijo de Raúl Castro, coronel que controla todos los servicios de inteligencia y que representa el ala dura.

Se van a cumplir dos años desde que se anunciara la reapertura de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos. Obama, en un gesto inteligente, que estuvo auspiciado por el Papa Francisco, quiso reabrir su país a Cuba, pero en este tiempo Raúl Castro no ha dado pasos significativos para abrir Cuba a la libertad. Las embajadas en La Habana y en Washington funcionan con normalidad, el presidente saliente ha paseado el deshielo por la Habana vieja, los cubanos han podido bailar con la música en directo de los Rolling Stones. Pero en lo esencial todo sigue igual. Como quedó claro en VII Congreso del Partido Comunista Cubano de la pasada primavera, Raúl Castro no es Gorbachov. Las reformas económicas en favor de la iniciativa privada son tan tímidas y tan simbólicas que no aportan más crecimiento. La tasa de formación de capital no rebasa el 9 por ciento mientras que en las economías más pobres de América Latina triplica esa referencia (27 por ciento República Dominicana, 21 por ciento Bolivia).

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De la patria al peor imperio

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La concertada puede dar el primer paso

Fernando de Haro

El nuevo Gobierno echa a andar en España. Las dos tareas más urgentes: aprobar unos presupuestos que permitan reducir el déficit al 3 por ciento (lo que supone un ajuste de 5.500 millones de euros) y el Pacto de Educación prometido para los próximos seis meses. La minoría parlamentaria de Rajoy no le va a impedir sacar adelante las cuentas públicas. A sus 137 diputados añadirá, sin dificultad, los de Ciudadanos (32), los del nacionalismo vasco (5) y el voto canario (1). Solo le haría falta un diputado más y es posible que los socialistas (84) acaben absteniéndose.

El presidente del Gobierno tiene el viento a favor. De vez en cuando, para ganar más fuerza, recuerda que puede convocar unas nuevas elecciones de las que él y su partido saldrían ganando. Y al final la economía se ha convertido en un terreno más o menos neutro en la que el acuerdo es fácil. Hay que subir impuestos y eso lo haría cualquier partido de la oposición constitucional.

Otra cosa bien diferente es el Pacto de Educación. La enseñanza es el mejor ejemplo de una política ideologizada en la que se enfrentan dos modos de entender el Estado, la sociedad y la persona, sin posibilidades aparentes de encontrar un terreno común. Desde que volvió la democracia a España hasta 2014, salvo un breve período, las leyes que han regido el sistema educativo han sido socialistas. En parte porque al centro-derecha le interesó poco la cuestión (Aznar solo impulsó un cambio cuando estaba a punto de finalizar sus ocho años de mandato) en parte porque los socialistas derogaron inmediatamente y con mucho sectarismo esa reforma. La actual ley de educación, la LOMCE (2014), promulgada por el PP, se ha encontrado con una oposición férrea. Es una norma que con timidez quiere corregir el modelo comprensivo puesto en marcha a mitad del siglo XX en el Reino Unido, vigente todavía en España, a pesar de sus malos resultados. La comprensividad, en nombre de la igualdad, da a todos los alumnos la misma enseñanza, sin distinguir entre resultados, aptitudes o inclinaciones. La LOMCE establecía reválidas externas para garantizar la calidad y fomentar la competencia entre los colegios. Y implantación de esas reválidas ha sido el caballo de batalla de toda la oposición. El Gobierno sufrió la semana pasada una derrota en el Parlamento porque hasta sus socios reclamaron que no las pusiera en marcha y derogara la LOMCE. La derrota ha sido más simbólica que real porque Rajoy había prometido ya que las suspendería, como así hizo el viernes.

La negociación para un Pacto de Educación fracasará si se centra en los presupuestos ideológicos. Es muy difícil localizar puntos de encuentro sobre la asignatura de Religión, el régimen de conciertos (que permite una alta tasa de subsidiariedad educativa) o la mayor o menor comprensividad necesaria. La izquierda entiende la laicidad a la francesa, es muy reacia a introducir criterios de competencia y quiere dar protagonismo a los centros de gestión pública. El PP, no por convencimiento propio sino porque tiene detrás a muchos votantes con esa sensibilidad, está inclinado a dar un mejor trato al sistema de conciertos. Se debate sobre un marco general, porque luego cada Comunidad Autónoma es la competente.

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La concertada puede dar el primer paso

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Reconquistar la ilustración americana

Fernando de Haro

No está todo dicho. La victoria de Trump nos ha dejado perplejos. Si aceptamos una respuesta fácil estaremos perdidos. Porque la onda es muy profunda. Y después vienen las elecciones en Francia, en Alemania, quizás otra vez en España, y siempre estará ahí la vida diaria de todas las sociedades occidentales, la que cuenta.

Es probable que el vicepresidente electo Pence y el partido republicano en su conjunto reorienten hacia políticas realizables las promesas incumplibles del candidato Trump. El tiempo dirá si ganan las instituciones o el hombre que las ha desafiado.

En cualquier caso, parece que el daño del discurso de la fragmentación ha sido profundo. Ahora vuelve como un boomerang (que despegó en la época de Obama). Es difícil encontrar precedentes en la historia de los Estados Unidos de manifestaciones como las de los últimos días, contra la legitimidad del presidente electo. Acaban de abrirse las urnas. Y estamos hablando del presidente, una figura casi sagrada. También es difícil encontrar precedentes de un presidente electo que critique a los manifestantes y a los medios. Estamos hablando de dos libertades básicas: libertad de manifestación y libertad de prensa.

A algunos les ha gustado la idea de construir un muro para aislarse de los mexicanos, a otros parece gustarle ahora otro muro: el que los separe de los votantes de Trump. La equidistancia no es aceptable. No es lo mismo lo que ha dicho Trump que lo que han dicho los demás (incluidos los candidatos republicanos al Senado y al Congreso y los candidatos republicanos de las primarias). Nada convalida las barbaridades de Trump. Pero hay reacciones anti-Trump que, al ser miméticas con el foco del conflicto, incrementan la confrontación.

¿Qué ha llevado a una parte importante de la sociedad estadounidense a soñar con muros tras los que ponerse a salvo? ¿Qué cambio, qué miedo, qué inseguridad provoca una reacción de este tipo?

Hay una primera respuesta más o menos evidente. El tan traído y llevado malestar contra el establishment de Washington (léase Bruselas, Madrid, Roma, París, Berlín…) no es solo provocado por su arrogancia, su lejanía de la gente que sufre, su riqueza en muchos casos. Es el malestar ante un Estado impotente, ante el final de la soberanía de los Estados nacionales tal y como se conocía hasta ahora. Reconozcamos que es difícil aceptarlo: en el despacho oval ya no hay botones que apretar. El presidente no tiene un botón para devolver la prosperidad a la clase media, para mantener la industria a flote. Solo le queda el botón nuclear. Lo demás está en manos de un “espacio de flujos”, una zona imprecisa que flota por encima de los Estados que no es de nadie y es de todos. La situación de inestabilidad se aguanta mal. Quizás por eso es más fácil ir detrás de quien dice haber recuperado todos los botones.

Aunque seguramente eso no es todo. El malestar ante la impotencia del Estado genera a su vez un distanciamiento del otro, una ruptura del pacto constitucional (yo-soy-contigo) y de la percepción del nosotros (que los somos, aunque pensemos diferente) propio de una democracia. Debajo debe haber algo más.

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Reconquistar la ilustración americana

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Trump no existe

Fernando de Haro

Esta vez es totalmente diferente. Lo que está en juego en las presidenciales de este martes es probablemente algo inédito, desconocido desde que Estados Unidos salió de su aislacionismo al final del siglo XIX, desde que acabó con los restos del Imperio español en Cuba bajo la presidencia de McKinley. Serán a buen seguro los hispanos de Florida los que decidan quién es el nuevo inquilino de la Casa Blanca (veremos entonces si apoyan la acertada política de apertura con los Castro). Pero esta vez estamos ante algo más relevante que la elección de un presidente.

En estas horas previas habría que sopesar las políticas de los dos aspirantes. Especialmente en el ámbito social y, sobre todo, en el exterior, el que nos interesa a los no estadounidenses. Estaríamos así ante el tradicional conflicto entre bienes posibles o males menores. ¿Debe tener más peso el desprecio hacia los inmigrantes de Trump, su declarada islamofobia y la falta de respeto por las mujeres o la política proabortista de Clinton? ¿Cómo hay que valorar la actitud hacia Rusia? La Rusia de Putin ha destrozado el sueño hegemónico que pudo tener Estados Unidos tras la caída del Muro de Berlín. También ha tirado por tierra la aspiración de una multipolaridad relativamente pacífica mediante un cierto compromiso con China. Moscú reclama, sin respeto por las reglas, su ración de protagonismo. Lo ha dejado claro en Ucrania y en Siria. Trump parece sentirse cercano a Putin. De hecho, lo admira. ¿Es más conveniente su no-beligerancia o una actitud más firme como la que postula Hillary? La candidata demócrata quiere un triunfo sobre el Daesh y al mismo tiempo sobre Assad en Siria. Sin dar espacio a los rusos. Clinton es, en principio, más intervencionista que el actual inquilino de la Casa Blanca: defendió la entrada en Iraq de 2003 y la injerencia en Libia de 2011 que tan nefastas consecuencias trajo. ¿Conviene la continuidad de Clinton con el segundo Obama (el primero quería hacer volver a las tropas de Afganistán) a pesar de los muchos errores que pueda cometer? ¿O es preferible un aislacionismo como el que parece predicar Trump? En principio una victoria del candidato republicano podría ser una vuelta a la postura del presidente John Quincy Adams (comienzos del XIX) y a su lema: “Estados Unidos no va al extranjero en busca de monstruos que destruir”. ¿Vendría bien algo así?

Sería interesante responder a estas y otras preguntas con detalle. Pero ese trabajo, siempre necesario, estaría hecho con esquemas viejos. Obama llegó a la presidencia en 2008, sin un gran cuerpo teórico a sus espaldas. Estaba aupado por el sueño del “sí se puede”, por el deseo de superar las consecuencias económicas de la desregulación y de los fracasos en la “Guerra contra el terror”. Bush había gobernado con los principios que le aportaron los neoconservadores tras el 11S, principios plasmados en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2002. “Solo existe un modelo de éxito nacional basado en la libertad, la democracia y la libre empresa”, decía aquel texto. Ahora ya no estamos ante nada de eso.

Trump no representa una reacción pendular ante una presidencia progresista. No hay un programa como el neoconservador que discutir, una visión y experiencia del mundo sobre la que dialogar. No hay dos modos de afrontar la realidad que se puedan valorar con sus pros y sus contras.

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Trump no existe

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Mosul es nombre de libertad seducida

Fernando de Haro

En arameo. Los dos curas se hablan entre ellos en la lengua de Jesús. Acuerdan cómo trepar al segundo piso de la parroquia de la Inmaculada Concepción de Qaraqosh, a 30 kilómetros de Mosul. La iglesia, que antes de la llegada del Daesh albergaba a 3.000 fieles, está ahora ennegrecida. El altar profanado, los libros de canto por el suelo, el órgano destrozado. Los yihadistas utilizaban el templo como arsenal porque sabían que la coalición no lo bombardearía. Los dos curas sirio católicos llegan al tejado e improvisan una cruz con dos trozos de madera. La plantan junto a la torre semiderruida. Son unos segundos. Pero la cruz vuelve a estar sobre el cielo de Qaraqosh, sujeta por los dos curas que cantan, en arameo, la lengua de Jesús. Cantan un Aleluya. Las campanas, las campanas cristianas de la llanura de Nínive han vuelto a sonar. Las crónicas que nos llegan invitan a viajar hasta el que ahora es el lugar más santo del mundo. Para ponerse de rodillas y besar de forma discreta, mientras el fragor de la batalla suena muy cerca, esa cruz de los curas sirio católicos que hablan en Arameo. Por los que ya no están, por los que se han mantenido fieles en medio de la gran persecución, por los musulmanes que han visto ultrajado el nombre del Corán con la barbarie de los yihadistas (“¿qué sentirías si unos terroristas estuvieran matando en nombre de tu religión?”, preguntan los piadosos seguidores de Mahoma). Qaraqosh, pueblo de 50.000 habitantes, fue un pueblo-refugio hasta agosto de 2014. Hacia Qaraqosh huyeron los cristianos de Mosul cuando las cosas se pusieron mal, de Qaraqosh huyeron hacia el Kurdistán.

Obama, antes de salir de la Casa Blanca, quiere conseguir una victoria. Y dejar así atrás los errores de Bush y sus propios errores. La intervención de Bush en 2003 y el desmantelamiento del ejército y de la policía convirtieron a Iraq en un estado casi fallido. El radicalismo democrático de Obama, hace cinco años, y sus idas y venidas impidieron una victoria más rápida sobre el Daesh. Nadie sabe ni cómo ni cuándo va a ser liberado Mosul. La toma de los pueblos circundantes está siendo relativamente rápida. La ambigüedad de hace dos años ha desaparecido. Haber acabado con las fuentes de financiación, sobre todo con la venta de petróleo a través de Turquía, y con el doble juego de Erdogan ha sido de gran ayuda. En las localidades pequeñas, rodeadas de campo, se puede utilizar armamento pesado y técnicas de guerra tradicional. Otra cosa bien distinta es conquistar y limpiar una ciudad grande como Mosul si los yihadistas resisten y no huyen a Raqa, la capital de su califato de horror, en el norte de Siria. Entonces habría que pelear casa por casa. La moral de los combatientes es un factor esencial. Hasta no hace mucho el nihilismo violento, la nada destructiva, ejercía una gran fascinación.

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Mosul es nombre de libertad seducida

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Escrito para España

Fernando de Haro

Estos días se ha presentado “La belleza desarmada” (Ediciones Encuentro, 2106) en Madrid. El propio Julián Carrón, presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación, residente en Milán, ha acudido a la capital de España para conversar con periodistas y diferentes personalidades sobre el contenido de un volumen que ha sido elaborado durante los últimos diez años. Buena parte del texto es fruto de un working in progress, el resultado de pronunciamientos y juicios al hilo de acontecimientos que se iban produciendo en la realidad italiana y europea.

Sabiendo ese origen, al lector le sorprende la pertinencia del texto para España. Su utilidad para la llamada especificidad hispánica, para la perplejidad que embarga al mundo laico y católico de un país que vive el mismo proceso que todo Occidente, pero con sus particularidades. La historia española no facilita mucho la superación de posiciones ideológicas, en creyentes y no creyentes, para reconocer los rasgos de un mundo muy diferente al que era habitual hasta hace poco.

Una de las frases más repetidas en los últimos meses por columnistas y analistas es la sentencia de Ortega: “no sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa” (En torno a Galileo: Esquema de la crisis). Carrón desde las primeras páginas ofrece una hipótesis para explicar la crisis a la que ponemos muchos adjetivos (crisis de valores, crisis institucional, crisis generacional…) como quien tantea en la oscuridad. La crisis, señala el autor siguiendo a Benedicto XVI, tiene su origen en el agotamiento del proyecto de la Ilustración: los valores de progreso, paz, dignidad de la persona y estima por el otro que las luces quisieron cristalizar no se han mantenido en pie desvinculados del acontecimiento cristiano del que surgieron. Lo que tendría que ser evidente a la razón ha dejado de serlo.

Hay una Ilustración española durante el siglo XVIII que asume las ideas venidas de Francia de forma pacífica. Pero desde comienzos del XIX, con la Guerra de la Independencia, la realización política de la revolución ilustrada a través del liberalismo se vuelve muy conflictiva. Surgen las dos Españas. El liberalismo laico, minoritario, quiere acelerar la historia. El catolicismo se atrinchera cada vez más y busca la ayuda del poder para defender el “derecho a la verdad”, los valores evidentes inscritos en la naturaleza humana. Se afirma una y otra vez que las consecuencias antropológicas de la revelación son de derecho natural. Se piensa que subrayar el naturaliter christiano de todo hombre, desvinculado de la revelación, es el mejor modo de defender la fe. La dialéctica con el mundo laico se retroalimenta casi hasta el infinito. Al tiempo, el sujeto cristiano y la experiencia que hace posibles esas evidencias se van disolviendo con un proceso largo y casi imperceptible. La disolución se acelera en dos momentos: en la época del desarrollo, en los años 60 del pasado siglo, y con la rápida transformación cultural del comienzo del siglo XXI.

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Escrito para España

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Educación y colaboración: paisaje para después de una batalla

Fernando de Haro

Ha llegado la hora de empezar a pensar por dónde empezar la reconstrucción después de la larga batalla que ha sufrido España durante diez meses sin Gobierno. Ya está bastante claro que, salvo sorpresa final, a finales de octubre (rozando el último plazo) habrá Ejecutivo. Con abstención completa o abstención técnica (de los once diputados necesarios para la investidura), los socialistas facilitarán que Rajoy renueve su contrato. Y entonces se hará más evidente que hace falto algo más: un paso adelante de una sociedad consciente de su responsabilidad, con españoles capaces de encontrarse, más allá de las barreras ideológicas, en la tarea de mejorar la educación y de construir empresas más productivas.

El próximo Gobierno será un Gobierno débil con una larga lista de tareas pendientes. Si dejamos de lado la respuesta política al independentismo catalán, la más urgente es el control del déficit. El presupuesto aplazado supera en 5 décimas el objetivo fijado por Bruselas en su último ejercicio de generosidad. No tendría que suponer un problema especial. La economía española es la economía desarrollada que más crece, este año estará por encima del 3 por ciento y el que viene por encima del 2 por ciento. Pero hay que contener el gasto y, sobre todo, aumentar los ingresos. Y eso requiere una reforma fiscal en profundidad. En realidad, las reformas se enlazan como rabos de cereza y muestran lo mucho que dejó sin hacer el último Gobierno: la reforma fiscal lleva a la reforma del sistema de financiación de los gobiernos regionales y de ahí también sale la reforma del sistema de pensiones (que no es viable sin utilizar los impuestos y que necesita posponer la edad de jubilación) y una segunda reforma al mercado laboral.

¿Y el desempleo? ¿No es acaso su reducción la máxima urgencia de una España con un paro todavía cercano al 20 por ciento (4,5 millones de desempleados)? ¿Con estas cifras se puede hablar de fin de la crisis aunque el PIB se incremente más del 3 por ciento? Difícilmente. El ritmo de creación de empleo en los dos últimos años ha sido notable. La ocupación ha crecido a razón del 3 por ciento (500.000 puestos de trabajo al año). Pero harían falta ocho años excepcionales para llegar al pleno empleo. En los próximos años la economía no va a crecer al 3 por ciento y los desempleados cada vez serán menos empleables. Parte de la generación que no se formó en la época del boom inmobiliario es una generación trágicamente perdida.

El reto de crear de empleo quizás sea el ejemplo más claro de que no basta con tener gobierno para salir de la crisis. Más que nunca el protagonismo es de la sociedad. Para reducir el desempleo hace falta mejorar la educación y aumentar la colaboración empresarial. Dos objetivos que no se logran solo interviniendo desde arriba.

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Educación y colaboración: paisaje para después de una batalla

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