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4 DICIEMBRE 2016
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De la patria al peor imperio

Fernando de Haro

La muerte de Fidel es como un espejo, las reacciones que provoca retratan las posiciones ideológicas de cada uno. Vuelven algunas viejas sensibilidades que ensalzan a Castro. Pero la pregunta más importante es la más práctica. ¿Todo ha quedado atado y bien atado? ¿Lo que no consiguió Franco tras su muerte lo logrará Fidel Castro? El Comandante, con mayúscula porque en la isla no hay otro, había dejado oficialmente el poder en 2008. Se había convertido en un anciano de movimientos torpes, enfundado siempre en ropa deportiva. Aparentemente no contaba nada. Ya ni tenía fuerzas para una de sus grandes pasiones: esos largos monólogos en los que pontificaba sobre lo divino y lo humano. Era incluso un estorbo para su hermano Raúl, el actual presidente, por sus salidas de tono. La muerte de Fidel es para algunos irrelevante, solo una ocasión del castrismo para mostrarse más vivo que nunca. Su fallecimiento en la cama no tendría otro valor político que confirmar la capacidad de resistencia del comunismo cubano.

Seguramente las cosas no son tan sencillas. Es cierto que el poder real en Cuba hasta el pasado viernes ha estado en y está en manos Raúl Castro y, sobre todo, en manos del grupo de militares, no más de diez, que integran el Politburó. Son esos militares los que controlan la industria pesada y la industria turística del país. Tienen más poder que el Partido Comunista. Se trata de una especie de Junta Militar en la que sus miembros se vigilan intensamente pensado en el día en que muera Raúl Castro (que tiene 85 años) o en el que se retire (tiene prometido que lo hará en 2018). En ese momento lo más probable es que haya un duelo abierto entre Miguel Díaz Canel, el vicepresidente del Gobierno, que representa el ala reformista, y Alejandro Castro, hijo de Raúl Castro, coronel que controla todos los servicios de inteligencia y que representa el ala dura.

Se van a cumplir dos años desde que se anunciara la reapertura de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos. Obama, en un gesto inteligente, que estuvo auspiciado por el Papa Francisco, quiso reabrir su país a Cuba, pero en este tiempo Raúl Castro no ha dado pasos significativos para abrir Cuba a la libertad. Las embajadas en La Habana y en Washington funcionan con normalidad, el presidente saliente ha paseado el deshielo por la Habana vieja, los cubanos han podido bailar con la música en directo de los Rolling Stones. Pero en lo esencial todo sigue igual. Como quedó claro en VII Congreso del Partido Comunista Cubano de la pasada primavera, Raúl Castro no es Gorbachov. Las reformas económicas en favor de la iniciativa privada son tan tímidas y tan simbólicas que no aportan más crecimiento. La tasa de formación de capital no rebasa el 9 por ciento mientras que en las economías más pobres de América Latina triplica esa referencia (27 por ciento República Dominicana, 21 por ciento Bolivia).

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De la patria al peor imperio

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La concertada puede dar el primer paso

Fernando de Haro

El nuevo Gobierno echa a andar en España. Las dos tareas más urgentes: aprobar unos presupuestos que permitan reducir el déficit al 3 por ciento (lo que supone un ajuste de 5.500 millones de euros) y el Pacto de Educación prometido para los próximos seis meses. La minoría parlamentaria de Rajoy no le va a impedir sacar adelante las cuentas públicas. A sus 137 diputados añadirá, sin dificultad, los de Ciudadanos (32), los del nacionalismo vasco (5) y el voto canario (1). Solo le haría falta un diputado más y es posible que los socialistas (84) acaben absteniéndose.

El presidente del Gobierno tiene el viento a favor. De vez en cuando, para ganar más fuerza, recuerda que puede convocar unas nuevas elecciones de las que él y su partido saldrían ganando. Y al final la economía se ha convertido en un terreno más o menos neutro en la que el acuerdo es fácil. Hay que subir impuestos y eso lo haría cualquier partido de la oposición constitucional.

Otra cosa bien diferente es el Pacto de Educación. La enseñanza es el mejor ejemplo de una política ideologizada en la que se enfrentan dos modos de entender el Estado, la sociedad y la persona, sin posibilidades aparentes de encontrar un terreno común. Desde que volvió la democracia a España hasta 2014, salvo un breve período, las leyes que han regido el sistema educativo han sido socialistas. En parte porque al centro-derecha le interesó poco la cuestión (Aznar solo impulsó un cambio cuando estaba a punto de finalizar sus ocho años de mandato) en parte porque los socialistas derogaron inmediatamente y con mucho sectarismo esa reforma. La actual ley de educación, la LOMCE (2014), promulgada por el PP, se ha encontrado con una oposición férrea. Es una norma que con timidez quiere corregir el modelo comprensivo puesto en marcha a mitad del siglo XX en el Reino Unido, vigente todavía en España, a pesar de sus malos resultados. La comprensividad, en nombre de la igualdad, da a todos los alumnos la misma enseñanza, sin distinguir entre resultados, aptitudes o inclinaciones. La LOMCE establecía reválidas externas para garantizar la calidad y fomentar la competencia entre los colegios. Y implantación de esas reválidas ha sido el caballo de batalla de toda la oposición. El Gobierno sufrió la semana pasada una derrota en el Parlamento porque hasta sus socios reclamaron que no las pusiera en marcha y derogara la LOMCE. La derrota ha sido más simbólica que real porque Rajoy había prometido ya que las suspendería, como así hizo el viernes.

La negociación para un Pacto de Educación fracasará si se centra en los presupuestos ideológicos. Es muy difícil localizar puntos de encuentro sobre la asignatura de Religión, el régimen de conciertos (que permite una alta tasa de subsidiariedad educativa) o la mayor o menor comprensividad necesaria. La izquierda entiende la laicidad a la francesa, es muy reacia a introducir criterios de competencia y quiere dar protagonismo a los centros de gestión pública. El PP, no por convencimiento propio sino porque tiene detrás a muchos votantes con esa sensibilidad, está inclinado a dar un mejor trato al sistema de conciertos. Se debate sobre un marco general, porque luego cada Comunidad Autónoma es la competente.

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La concertada puede dar el primer paso

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Reconquistar la ilustración americana

Fernando de Haro

No está todo dicho. La victoria de Trump nos ha dejado perplejos. Si aceptamos una respuesta fácil estaremos perdidos. Porque la onda es muy profunda. Y después vienen las elecciones en Francia, en Alemania, quizás otra vez en España, y siempre estará ahí la vida diaria de todas las sociedades occidentales, la que cuenta.

Es probable que el vicepresidente electo Pence y el partido republicano en su conjunto reorienten hacia políticas realizables las promesas incumplibles del candidato Trump. El tiempo dirá si ganan las instituciones o el hombre que las ha desafiado.

En cualquier caso, parece que el daño del discurso de la fragmentación ha sido profundo. Ahora vuelve como un boomerang (que despegó en la época de Obama). Es difícil encontrar precedentes en la historia de los Estados Unidos de manifestaciones como las de los últimos días, contra la legitimidad del presidente electo. Acaban de abrirse las urnas. Y estamos hablando del presidente, una figura casi sagrada. También es difícil encontrar precedentes de un presidente electo que critique a los manifestantes y a los medios. Estamos hablando de dos libertades básicas: libertad de manifestación y libertad de prensa.

A algunos les ha gustado la idea de construir un muro para aislarse de los mexicanos, a otros parece gustarle ahora otro muro: el que los separe de los votantes de Trump. La equidistancia no es aceptable. No es lo mismo lo que ha dicho Trump que lo que han dicho los demás (incluidos los candidatos republicanos al Senado y al Congreso y los candidatos republicanos de las primarias). Nada convalida las barbaridades de Trump. Pero hay reacciones anti-Trump que, al ser miméticas con el foco del conflicto, incrementan la confrontación.

¿Qué ha llevado a una parte importante de la sociedad estadounidense a soñar con muros tras los que ponerse a salvo? ¿Qué cambio, qué miedo, qué inseguridad provoca una reacción de este tipo?

Hay una primera respuesta más o menos evidente. El tan traído y llevado malestar contra el establishment de Washington (léase Bruselas, Madrid, Roma, París, Berlín…) no es solo provocado por su arrogancia, su lejanía de la gente que sufre, su riqueza en muchos casos. Es el malestar ante un Estado impotente, ante el final de la soberanía de los Estados nacionales tal y como se conocía hasta ahora. Reconozcamos que es difícil aceptarlo: en el despacho oval ya no hay botones que apretar. El presidente no tiene un botón para devolver la prosperidad a la clase media, para mantener la industria a flote. Solo le queda el botón nuclear. Lo demás está en manos de un “espacio de flujos”, una zona imprecisa que flota por encima de los Estados que no es de nadie y es de todos. La situación de inestabilidad se aguanta mal. Quizás por eso es más fácil ir detrás de quien dice haber recuperado todos los botones.

Aunque seguramente eso no es todo. El malestar ante la impotencia del Estado genera a su vez un distanciamiento del otro, una ruptura del pacto constitucional (yo-soy-contigo) y de la percepción del nosotros (que los somos, aunque pensemos diferente) propio de una democracia. Debajo debe haber algo más.

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Reconquistar la ilustración americana

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Trump no existe

Fernando de Haro

Esta vez es totalmente diferente. Lo que está en juego en las presidenciales de este martes es probablemente algo inédito, desconocido desde que Estados Unidos salió de su aislacionismo al final del siglo XIX, desde que acabó con los restos del Imperio español en Cuba bajo la presidencia de McKinley. Serán a buen seguro los hispanos de Florida los que decidan quién es el nuevo inquilino de la Casa Blanca (veremos entonces si apoyan la acertada política de apertura con los Castro). Pero esta vez estamos ante algo más relevante que la elección de un presidente.

En estas horas previas habría que sopesar las políticas de los dos aspirantes. Especialmente en el ámbito social y, sobre todo, en el exterior, el que nos interesa a los no estadounidenses. Estaríamos así ante el tradicional conflicto entre bienes posibles o males menores. ¿Debe tener más peso el desprecio hacia los inmigrantes de Trump, su declarada islamofobia y la falta de respeto por las mujeres o la política proabortista de Clinton? ¿Cómo hay que valorar la actitud hacia Rusia? La Rusia de Putin ha destrozado el sueño hegemónico que pudo tener Estados Unidos tras la caída del Muro de Berlín. También ha tirado por tierra la aspiración de una multipolaridad relativamente pacífica mediante un cierto compromiso con China. Moscú reclama, sin respeto por las reglas, su ración de protagonismo. Lo ha dejado claro en Ucrania y en Siria. Trump parece sentirse cercano a Putin. De hecho, lo admira. ¿Es más conveniente su no-beligerancia o una actitud más firme como la que postula Hillary? La candidata demócrata quiere un triunfo sobre el Daesh y al mismo tiempo sobre Assad en Siria. Sin dar espacio a los rusos. Clinton es, en principio, más intervencionista que el actual inquilino de la Casa Blanca: defendió la entrada en Iraq de 2003 y la injerencia en Libia de 2011 que tan nefastas consecuencias trajo. ¿Conviene la continuidad de Clinton con el segundo Obama (el primero quería hacer volver a las tropas de Afganistán) a pesar de los muchos errores que pueda cometer? ¿O es preferible un aislacionismo como el que parece predicar Trump? En principio una victoria del candidato republicano podría ser una vuelta a la postura del presidente John Quincy Adams (comienzos del XIX) y a su lema: “Estados Unidos no va al extranjero en busca de monstruos que destruir”. ¿Vendría bien algo así?

Sería interesante responder a estas y otras preguntas con detalle. Pero ese trabajo, siempre necesario, estaría hecho con esquemas viejos. Obama llegó a la presidencia en 2008, sin un gran cuerpo teórico a sus espaldas. Estaba aupado por el sueño del “sí se puede”, por el deseo de superar las consecuencias económicas de la desregulación y de los fracasos en la “Guerra contra el terror”. Bush había gobernado con los principios que le aportaron los neoconservadores tras el 11S, principios plasmados en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2002. “Solo existe un modelo de éxito nacional basado en la libertad, la democracia y la libre empresa”, decía aquel texto. Ahora ya no estamos ante nada de eso.

Trump no representa una reacción pendular ante una presidencia progresista. No hay un programa como el neoconservador que discutir, una visión y experiencia del mundo sobre la que dialogar. No hay dos modos de afrontar la realidad que se puedan valorar con sus pros y sus contras.

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Trump no existe

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Mosul es nombre de libertad seducida

Fernando de Haro

En arameo. Los dos curas se hablan entre ellos en la lengua de Jesús. Acuerdan cómo trepar al segundo piso de la parroquia de la Inmaculada Concepción de Qaraqosh, a 30 kilómetros de Mosul. La iglesia, que antes de la llegada del Daesh albergaba a 3.000 fieles, está ahora ennegrecida. El altar profanado, los libros de canto por el suelo, el órgano destrozado. Los yihadistas utilizaban el templo como arsenal porque sabían que la coalición no lo bombardearía. Los dos curas sirio católicos llegan al tejado e improvisan una cruz con dos trozos de madera. La plantan junto a la torre semiderruida. Son unos segundos. Pero la cruz vuelve a estar sobre el cielo de Qaraqosh, sujeta por los dos curas que cantan, en arameo, la lengua de Jesús. Cantan un Aleluya. Las campanas, las campanas cristianas de la llanura de Nínive han vuelto a sonar. Las crónicas que nos llegan invitan a viajar hasta el que ahora es el lugar más santo del mundo. Para ponerse de rodillas y besar de forma discreta, mientras el fragor de la batalla suena muy cerca, esa cruz de los curas sirio católicos que hablan en Arameo. Por los que ya no están, por los que se han mantenido fieles en medio de la gran persecución, por los musulmanes que han visto ultrajado el nombre del Corán con la barbarie de los yihadistas (“¿qué sentirías si unos terroristas estuvieran matando en nombre de tu religión?”, preguntan los piadosos seguidores de Mahoma). Qaraqosh, pueblo de 50.000 habitantes, fue un pueblo-refugio hasta agosto de 2014. Hacia Qaraqosh huyeron los cristianos de Mosul cuando las cosas se pusieron mal, de Qaraqosh huyeron hacia el Kurdistán.

Obama, antes de salir de la Casa Blanca, quiere conseguir una victoria. Y dejar así atrás los errores de Bush y sus propios errores. La intervención de Bush en 2003 y el desmantelamiento del ejército y de la policía convirtieron a Iraq en un estado casi fallido. El radicalismo democrático de Obama, hace cinco años, y sus idas y venidas impidieron una victoria más rápida sobre el Daesh. Nadie sabe ni cómo ni cuándo va a ser liberado Mosul. La toma de los pueblos circundantes está siendo relativamente rápida. La ambigüedad de hace dos años ha desaparecido. Haber acabado con las fuentes de financiación, sobre todo con la venta de petróleo a través de Turquía, y con el doble juego de Erdogan ha sido de gran ayuda. En las localidades pequeñas, rodeadas de campo, se puede utilizar armamento pesado y técnicas de guerra tradicional. Otra cosa bien distinta es conquistar y limpiar una ciudad grande como Mosul si los yihadistas resisten y no huyen a Raqa, la capital de su califato de horror, en el norte de Siria. Entonces habría que pelear casa por casa. La moral de los combatientes es un factor esencial. Hasta no hace mucho el nihilismo violento, la nada destructiva, ejercía una gran fascinación.

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Mosul es nombre de libertad seducida

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Escrito para España

Fernando de Haro

Estos días se ha presentado “La belleza desarmada” (Ediciones Encuentro, 2106) en Madrid. El propio Julián Carrón, presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación, residente en Milán, ha acudido a la capital de España para conversar con periodistas y diferentes personalidades sobre el contenido de un volumen que ha sido elaborado durante los últimos diez años. Buena parte del texto es fruto de un working in progress, el resultado de pronunciamientos y juicios al hilo de acontecimientos que se iban produciendo en la realidad italiana y europea.

Sabiendo ese origen, al lector le sorprende la pertinencia del texto para España. Su utilidad para la llamada especificidad hispánica, para la perplejidad que embarga al mundo laico y católico de un país que vive el mismo proceso que todo Occidente, pero con sus particularidades. La historia española no facilita mucho la superación de posiciones ideológicas, en creyentes y no creyentes, para reconocer los rasgos de un mundo muy diferente al que era habitual hasta hace poco.

Una de las frases más repetidas en los últimos meses por columnistas y analistas es la sentencia de Ortega: “no sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa” (En torno a Galileo: Esquema de la crisis). Carrón desde las primeras páginas ofrece una hipótesis para explicar la crisis a la que ponemos muchos adjetivos (crisis de valores, crisis institucional, crisis generacional…) como quien tantea en la oscuridad. La crisis, señala el autor siguiendo a Benedicto XVI, tiene su origen en el agotamiento del proyecto de la Ilustración: los valores de progreso, paz, dignidad de la persona y estima por el otro que las luces quisieron cristalizar no se han mantenido en pie desvinculados del acontecimiento cristiano del que surgieron. Lo que tendría que ser evidente a la razón ha dejado de serlo.

Hay una Ilustración española durante el siglo XVIII que asume las ideas venidas de Francia de forma pacífica. Pero desde comienzos del XIX, con la Guerra de la Independencia, la realización política de la revolución ilustrada a través del liberalismo se vuelve muy conflictiva. Surgen las dos Españas. El liberalismo laico, minoritario, quiere acelerar la historia. El catolicismo se atrinchera cada vez más y busca la ayuda del poder para defender el “derecho a la verdad”, los valores evidentes inscritos en la naturaleza humana. Se afirma una y otra vez que las consecuencias antropológicas de la revelación son de derecho natural. Se piensa que subrayar el naturaliter christiano de todo hombre, desvinculado de la revelación, es el mejor modo de defender la fe. La dialéctica con el mundo laico se retroalimenta casi hasta el infinito. Al tiempo, el sujeto cristiano y la experiencia que hace posibles esas evidencias se van disolviendo con un proceso largo y casi imperceptible. La disolución se acelera en dos momentos: en la época del desarrollo, en los años 60 del pasado siglo, y con la rápida transformación cultural del comienzo del siglo XXI.

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Educación y colaboración: paisaje para después de una batalla

Fernando de Haro

Ha llegado la hora de empezar a pensar por dónde empezar la reconstrucción después de la larga batalla que ha sufrido España durante diez meses sin Gobierno. Ya está bastante claro que, salvo sorpresa final, a finales de octubre (rozando el último plazo) habrá Ejecutivo. Con abstención completa o abstención técnica (de los once diputados necesarios para la investidura), los socialistas facilitarán que Rajoy renueve su contrato. Y entonces se hará más evidente que hace falto algo más: un paso adelante de una sociedad consciente de su responsabilidad, con españoles capaces de encontrarse, más allá de las barreras ideológicas, en la tarea de mejorar la educación y de construir empresas más productivas.

El próximo Gobierno será un Gobierno débil con una larga lista de tareas pendientes. Si dejamos de lado la respuesta política al independentismo catalán, la más urgente es el control del déficit. El presupuesto aplazado supera en 5 décimas el objetivo fijado por Bruselas en su último ejercicio de generosidad. No tendría que suponer un problema especial. La economía española es la economía desarrollada que más crece, este año estará por encima del 3 por ciento y el que viene por encima del 2 por ciento. Pero hay que contener el gasto y, sobre todo, aumentar los ingresos. Y eso requiere una reforma fiscal en profundidad. En realidad, las reformas se enlazan como rabos de cereza y muestran lo mucho que dejó sin hacer el último Gobierno: la reforma fiscal lleva a la reforma del sistema de financiación de los gobiernos regionales y de ahí también sale la reforma del sistema de pensiones (que no es viable sin utilizar los impuestos y que necesita posponer la edad de jubilación) y una segunda reforma al mercado laboral.

¿Y el desempleo? ¿No es acaso su reducción la máxima urgencia de una España con un paro todavía cercano al 20 por ciento (4,5 millones de desempleados)? ¿Con estas cifras se puede hablar de fin de la crisis aunque el PIB se incremente más del 3 por ciento? Difícilmente. El ritmo de creación de empleo en los dos últimos años ha sido notable. La ocupación ha crecido a razón del 3 por ciento (500.000 puestos de trabajo al año). Pero harían falta ocho años excepcionales para llegar al pleno empleo. En los próximos años la economía no va a crecer al 3 por ciento y los desempleados cada vez serán menos empleables. Parte de la generación que no se formó en la época del boom inmobiliario es una generación trágicamente perdida.

El reto de crear de empleo quizás sea el ejemplo más claro de que no basta con tener gobierno para salir de la crisis. Más que nunca el protagonismo es de la sociedad. Para reducir el desempleo hace falta mejorar la educación y aumentar la colaboración empresarial. Dos objetivos que no se logran solo interviniendo desde arriba.

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Colombia en la escuela de Mandela

Fernando de Haro

Ciertamente a los referéndums (o para ser más exactos referenda) los carga el diablo. Primero el Brexit y ahora la consulta sobre el proceso de paz en Colombia. La Academia Sueca intenta salvar el fin de más de 50 años de violencia con un Premio Nobel a José Manuel Santos. El presidente, como todos, sobrevaloró la fuerza del sí, no supo contrarrestar el arrastre de la campaña del ex presidente Uribe y no se midió bien con la antipatía que entre muchos colombianos despiertan todavía las FARC. Una cuestión tan importante se ha decidido con una mayoría del 50,21 por ciento y una participación inferior al 40 por ciento. La UE exigió para una decisión de parecido calibre (la independencia de Montenegro) al menos un 50 por ciento de participación y un 55 por ciento de votos afirmativos.

No han sido las víctimas las protagonistas del no. En los cinco departamentos (Choco, Cauca, Nariño, Putumayo y Vaupés) donde más daño han hecho las FARC triunfo el sí. El rechazo al proceso de paz tiene mucho que ver con una clase urbana que habla de impunidad y que teme al líder de la guerrilla Timoleón Jiménez, más conocido como Timochenko. Cree que puede ser el próximo presidente. Hay miedo a que Colombia acabe como Venezuela.

Horas antes de que se celebrara el referéndum, las agencias internacionales enviaban la foto de un anciano, tomada en el Barrio de la Chinita de Apartadó, una localidad donde las FARC protagonizaron una matanza hace 22 años. La imagen era el reflejo de cómo afrontaban la consulta algunos de los que han sufrido más de cerca los ataques de la guerrilla. Un viejo, de espaldas, lucía una camiseta en la que se podía leer: “las víctimas sí perdonamos”.

La frase es un milagro. No sabemos a quién ha perdido este hombre, pero podemos imaginar el zarpazo que la violencia ha dejado en su vida. Podemos imaginar cómo en algún momento se vio sacudido por una injusticia descomunal. Una injusticia que le hizo perder a quien más quería. Primero llegó el golpe que le hizo perder una parte de sí mismo. Y luego el dolor que se prolonga en el tiempo, los días, los meses y los años, con el vacío de la ausencia mordiéndole el alma. Es imposible quitarse ese dolor de encima, es imposible quitarse de encima el deseo de justicia. En realidad, no podemos imaginar el dolor de la víctima más que con discreción, con silencio y con reverencia. Como tampoco podemos imaginar, salvo que nos dejemos dominar por otro silencio, por qué alguien se ha puesto una camiseta en la que dice que perdona. Suponemos que a este vecino del Barrio de la Chinita le ha ayudado que los guerrilleros de las FARC hayan pedido perdón, suponemos que le ha ayudado que estén entregando las armas. Pero seguro que eso no ha sido lo definitivo. Es de suponer que el protagonista de la foto, en algún momento de estos últimos años, se dio cuenta de que el dolor inmenso que sufría no era exclusivo. Suponemos que algo o alguien ha venido a satisfacer su deseo de justicia, quizás haya sido un amor, quizás se haya abierto una extraña esperanza a través de su herida. Y es sobrecogedor que el viejo haya pensado que vale la pena construir lo que le quede de futuro con aquellos que tantas penas le han causado. En realidad, no podemos más que suponer y quedar admirados ante los que han dado este paso que tiene mucho de misterioso. Es un paso, en cierto modo, incomprensible. Al mismo tiempo necesario y gratuito.

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El amargo fruto de los procedimientos

Fernando de Haro

Los españoles asisten asombrados a un nuevo capítulo del deplorable espectáculo en el que se ha convertido la vida política del país desde hace nueve meses. El nuevo capítulo, la dimisión de Pedro Sánchez, el secretario general del PSOE, ha llegado después de que él mismo transformara al principal partido de la oposición en un campo de batalla. Prácticamente ha habido que echarlo después de que dos bandos, sus partidarios y sus detractores, se hayan enfrentado como hacían las antiguas asociaciones universitarias en días de huelga, como solo se pelean las escisiones de las formaciones extraparlamentarias. Estamos hablando del partido que más ha gobernado en España, del que sigue gobernando en muchas Comunidades Autónomas y Ayuntamientos. El triste espectáculo ha tenido mucho que ver con la personal posición de Pedro Sánchez, que no ha estado dispuesto a aceptar las sucesivas derrotas, que no ha estado dispuesto a facilitar un Gobierno del PP.

Pero la crisis política que vive España desde hace meses y el esperpento en el que por desgracia se ha convertido el PSOE no es solo resultado de la actitud de Sánchez. Es consecuencia de una reducción de la democracia a procedimientos, a formación de mayorías. Reducción muy relacionada con la descomposición del sustrato antropológico que mantiene en pie la vida en común. El problema afecta, en mayor o menor medida, a todos.

El sistema democrático se basa en la toma de decisiones por mayoría dentro de los cauces constitucionales. Pero la mayoría no es el fundamento de la democracia. “Se elige el gobierno, pero no se elige el pueblo”, decía gráficamente Bertolt Brecht. No todo en la democracia es fruto de la voluntad, siempre se parte de un dato previo: una comunidad que ya existe, que acepta serlo. La aceptación de formar parte de una cierta unidad social no es consecuencia de la mayoría. Los primeros teóricos de la democracia moderna recurrieron, para explicarlo, a la figura del contrato social. El primer acuerdo, aunque sea metafóricamente, se basa en la unanimidad. Este dato previo de la vida democrática (yo-soy-contigo) se puede expresar de muchos modos. Pero cuando deja de ser algo evidente y se pretende, conscientemente o inconscientemente, que la mayoría proporcione lo que no puede dar la comunidad política queda empantanada en discusiones de procedimiento, que llevan a discusiones sobre las cuestiones previas al procedimiento y las cuestiones previas, que también son procedimiento, llevan a nuevas cuestiones de procedimiento de las que no hay quien salga. Es lo que le ha pasado al PSOE. Quien haya participado en asambleas universitarias sabe que la cuestión decisiva es la constitución de la mesa moderadora, su formación se enreda siempre otorgando el control no por razones de representatividad sino de poder.

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El amargo fruto de los procedimientos

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#prayandunderstandSiria

Fernando de Haro

Lo primero la compasión, y con la compasión, la compresión y el juicio. Alepo, zona cero del planeta. Después de cinco años de guerra, ahora la ofensiva final de Asad y de Putin sin distinguir entre “rebeldes buenos” y yihadistas. Sin miramiento alguno con la población civil. Ahora se comprende por qué la tregua de la semana pasada ha saltado por los aires, por qué el convoy humanitario de Naciones Unidas no llegó a su destino.

Alepo es una ciudad llena de “dolorosas”. Las agencias internacionales enviaban este fin de semana, tras los últimos bombardeos, una foto durísima, una foto que cuesta trabajo mirar. Una madre vestida de negro sostiene en sus brazos un niño con una gran herida en la cabeza. Un hiyab le tapa la boca. La mujer llora sin lágrimas. El pañuelo enmarca con más fuerza sus ojos, ojos levantados hacia el cielo, encharcados por el gran dolor, que no lo hay más grande que perder a un hijo.

Querría uno mirar para otro lado, que ya tiene uno bastante con lo suyo, y que ahora encima mirar a lo de Siria es demasiado. Parece que esta vez la actitud del postmoderno (esto-ya-lo-he-visto-y-ya-me-lo-sé) parece si no honrosa al menos recomendable.

Pero cuando se vence la primera resistencia se da uno cuenta de que mirar es conveniente, no por la dolorosas de Alepo, que también, sino por uno mismo. Todo es más humano que mirar para otro lado. Y al mirar uno puede blasfemar, puede quedarse en silencio, puede gritar, puede rezar, cada uno mirará con sus ojos, no puede ser de otro modo. Pero es más humano vivir con los dolores de los otros, que la compasión no ocupa espacio y recoloca todo, resitúa. Es más humano mirar la vida con los ojos llenos de las dolorosas de Alepo, con sus miradas doliente clavadas en el cielo.

Las dolorosas de Alepo lo son por una combinación de luchas de poder y porque algunos siguen cometiendo la inmensa torpeza de concebir la democracia como algo abstracto. Ni Asad ni Putin han querido una tregua efectiva, como tampoco la quisieron en febrero, porque ven cerca una victoria total. Sobre el Daesh, sobre el antiguo Al Nusra (filial de Al Qaeda) y sobre los grupos rebeldes no yihadistas. En realidad nadie sabe bien dónde está la frontera entre unos y otros, desde luego no lo sabe Estados Unidos que apadrina a la oposición nacida de la primavera Siria (¿qué quedará de ella?). Rusia ha encontrado la guerra perfecta para su nuevo imperialismo. El petróleo a menos de 48 dólares no es problema, tampoco lo es la crisis económica y demográfica si Moscú tiene una península de Crimea que invadir y subir así su testosterona nacionalista. No hay nada que le pueda venir mejor que plantarse en el Mediterráneo, segunda tenaza que encaja con la primera del Mar Negro. Y Putin no está para “delicadezas” occidentales. Si mueren unos cientos, unos miles, unas decenas de miles de civiles siempre será secundario para exhibir una victoria sobre el Daesh y para eliminar a la oposición no yihadista. Con Asad y con Irán de aliados, frente a Arabia Saudí.

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Buscando el salón de la señora Thompson

Fernando de Haro

Trump ha corregido. Por fin ha dejado de lado una de las mentiras con las que ha estado haciendo campaña desde hace meses. Ha reconocido que Obama ha nacido en Estados Unidos. Otras las mantiene: como la acusación a Hillary y al actual presidente de haber fundado el Daesh o la afirmación de que Estados Unidos es el país con más impuestos del mundo.

La declaración de Trump (“Barack Obama nació en Estados Unidos. Punto”) se ha producido unos días después de que The Economist dedicara su portada y un amplio servicio al “arte de mentir”, a la “postverdad”. No es probable que el candidato republicano haya decidido cambiar de posición por lo que ha escrito un semanario al otro lado del Atlántico, aunque sea uno de los más prestigiosos.

Lo interesante es que el mundo liberal, The Economist es uno de sus más prestigiosos e inteligentes referentes, se ocupe de algo más que el buen funcionamiento del mercado y entre en una cuestión tan sustantiva como la de la verdad y la mentira.

El término post-verdad en realidad no es nuevo. Lo utilizó en 2010 el bloguero David Roberts, retomando el título de un libro de Ralph Keyes (The Post-Truth Era: Dishonesty and Deception in Contemporary Life, 2004). La mentira siempre ha existido en política, pero ahora estaríamos ante una cultura pública desconectada de la legislación y de la realidad que ha sido favorecido por los medios de comunicación. Eso le permite a Trump ganar adeptos haciendo pasar como hechos puras invenciones, o a ciertos sectores de Polonia sostener que el anterior presidente fue asesinado por los rusos, a Erdogan sugerir que detrás del golpe de Estado de este verano está la CIA o alentar el Brexit con cifras falsas sobre el coste de la Unión para el Reino Unido. Lo novedoso no es que los que escuchan esas noticias las den por buenas, sino que quieren darlas por buenas, en cualquier caso. No les interesa su mayor veracidad sino los sentimientos que generan. El viejo poder imponía la censura desde fuera, el nuevo la impone desde dentro: la pertenencia a cierta sensibilidad está por encima de todo.

La post-verdad, según los especialistas, se ha hecho posible por la pérdida de fiabilidad de las instituciones y por un profundo cambio en el modo de acceder a la información, es decir al mundo. El proceso empezó en los años 80 y 90 del pasado siglo con el éxito de los canales por satélite. Los nuevos canales sustituyeron la tendencia a la objetividad, era necesario dar a cada uno aquello que quería oír y ver. El proceso se ha acelerado por el vínculo que genera un cierto uso de las redes sociales. Si al final solo sigo en twitter o en facebook aquellas fuentes o aquellos amigos que confirman mi visión del mundo, es fácil que el mundo se quede fuera de la pantalla de mi ordenador y de mi móvil. Primero se cree y luego se conoce. Se cree en unos determinados valores y en función de esa selección se conoce cierta parte del mundo (real o ficticia), la única con la que se quiere tener contacto. El proceso lógico de cualquier acto de confianza se ha invertido (el acto de fe sano siempre es consecuencia del conocimiento). Nosotros los potsmodernos hemos levantando el muro más alto que se pueda concebir respecto al resto de lo que no es, en cierto modo, nosotros mismos. Es una nueva vuelta de tuerca más al racionalismo que acaba en manos de los sentimientos.

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Buscando el salón de la señora Thompson

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Un universo curvo, nuevo

Fernando de Haro

Rentrée. Es inevitable hacer balance. Intentar comprender qué nos ha pasado. Es un ejercicio habitual en los meses de septiembre y de enero. Año natural, curso escolar. Sin duda el curso 2015-2016 que queda atrás ha sido el del yihadismo europeo. Pero junto al terror el otro acontecimiento que ha marcado el período que dejamos atrás, con mayor profundidad simbólica que el nihilismo violento para la compresión de la época que vivimos, ha sido la constatación empírica realizada por el Observatorio de Interferometría Láser de Ondas Gravitacionales (LIGO). El LIGO de Estados Unidos ha recogido en los dos meses precedentes las pruebas empíricas de las ondas gravitacionales descritas de forma teórica hace cien años por Einstein. Hemos “oído” el sonido de las ondas provocadas por una colisión de dos inmensos agujeros negros que se fundieron hace 1.400 años. La física de Newton ha quedado definitivamente enterrada. Ya no hay lugar para la especulación: la gravedad es una curvatura del espacio y del tiempo, no hay parámetros fijos.

La física de Newton encarna, de un modo subsconciente, el edificio de certezas en el que nos apoyábamos los modernos. Al despedirla, despedimos también un modo de concebir la soberanía de los Estados y de entender la economía. La física de Newton nos “liberó” de una espiritualidad acrítica. Nos proporcionó una mecánica “limpia” de infinito: los cuerpos se movían según unas leyes estables fácilmente comprensibles sin interferencias espirituales. La naturaleza, “liberada” de transcendencia, nos permitía vivir en un universo de normas simples que hacían relativamente sencilla la existencia.

La física de Newton hasta no hace mucho tenía una traducción órganica en el mundo de la economía. Así como los cuerpos materiales actuaban según unas leyes predecibles y asépticas, los agentes del mercado se movían en un armonía casi perfecta, garantizando cada uno, en la persecución de su propio interés, el interés colectivo. Creíamos, es verdad que con algunos matices, en la eficacia de la “codicia de los panaderos”. Los panaderos tenían el legítimo deseo de hacer dinero y eso hacía posible el milagro de que cada mañana sobre nuestra mesa hubiera un buen pan para el desayuno, pagado al precio justo. Ni siquiera la crisis del 29 del pasado siglo nos hizo perder esa seguridad elemental. Era necesario, eso sí, hacer ajustes, dotar al Estado de más capacidad para regular, para compensar (introducir ajustes éticos), para garantizar el bienestar. De hecho, a la crisis de los 70 y de los 80, respondimos con un entusiasmo desregulador y en muchos casos con una defensa de la subsidiariedad que tenía mucho de liberalismo ingenuo. Ocho años después de que estallara la burbuja creada por la exaltación del mercado seguimos desconcertados. Hemos intentado aplicar la solución que fue efectiva en 1929, pero nos hemos dado cuenta de que no hay a quién pedirle un “New Deal”. Si acaso podemos reclamar a nuestros bancos centrales que apliquen una política monetaria expansiva. Pero nos hemos dado cuenta de que el Estado tal y como lo entendíamos ya no existe.

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Un universo curvo, nuevo

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Sin Gobierno, sin políticos

Fernando de Haro

El fracaso para formar Gobierno en España va camino de convertirse en uno de los ejemplos paradigmáticos de cómo hacer mala política. Mala y vieja política en un mundo que reclama soluciones nuevas. Pésimo ejemplo de partidos nacionales que se aferran a una soberanía mínima reconocida por las leyes que las fuerzas de la globalización han dejado en nada. Caso práctico de identidades de partido cerradas, afirmadas con una inmadurez propia de otros tiempos, incapaces de abrirse al otro, imaginadas como un todo suficiente, disociadas de una realidad social que transcurre por otros cauces.

Las previsiones apuntaban a que el Debate de Investidura de la semana pasada iba a certificar, de nuevo, la situación de bloqueo que ya dura casi nueve meses. Rajoy iba a fracasar, a pesar del pacto con Ciudadanos, y los socialistas iban a mantener su no. Pero lo sucedido ha sido mucho peor que un fracaso anunciado.

El debate fue más negativo de lo previsto. No se limitó a certificar la parálisis, eso no hubiera sorprendido. El foso se ha agrandado. Los españoles, cuando no esperaban más que rutina, se han visto sacudidos por una profunda y nueva obcecación de sus políticos, por la terquedad en negar una fraternidad mínima, por la perserverancia en el desencuentro que empeora cada vez más las cosas, por la incapacidad para aprender. Por la falta de imaginación y de sencillez para superar el papel que ellos mismos se han asignado.

Pedro Sánchez, el líder de los socialistas, que podría facilitar en las próximas semanas la formación de un Gobierno con solo diez abstenciones, se mostró más duró que nunca. En contra de la sensibilidad de sus votantes, en contra de una parte importante de su partido, destruyó todos los puentes y todos los cimientos que pudieran edificarlos en el futuro. Máxima dureza, mínima inteligencia política con la repetición del mismo discurso que suena desde hace meses. Rivera, el líder de Ciudadanos, que ha protagonizado el único acierto en mucho tiempo cerrando el acuerdo con el PP (muy similar al alcanzado con el PSOE), rechazaba con mucha rapidez el muy digno papel de facilitador de encuentros que la historia le ha asignado. Antes incluso de que se certificara el fracaso de Rajoy, quiso desmarcarse del apoyo que le había dado. Para no mancharse, para no ser recordado como el hombre que prestó auxilio al centro-derecha. A Rivera, como a todos, aunque él acaba de llegar, le quema la política ideológica, quiere estar más a la izquierda que a la derecha. No se ha creído lo que tanto predica: lo que cuentan no son las etiquetas sino las necesidades de la gente. Y Rajoy, aburrido hasta lo inimaginable. Difícilmente puede pensarse en un aspirante con tan poco empeño afectivo -factor decisivo también en política- cuando se quiere ser presidente del Gobierno. Difícilmente pudo dar una respuesta más previsible cuando se desató la ira de sus adversarios.

La política es más o menos buena en proporción al bien que es capaz de generar para un país, según las herramientas con las que cuente y las circunstancias en la que tenga que ser aplicada. Los políticos de la transición española, los líderes de la postguerra mundial europea o los disidentes del comunismo hicieron buena política porque supieron utilizar instrumentos muy limitados, en algunos casos casi inexistentes, para generar cambios beneficiosos en momentos muy difíciles. El sujeto político queda retratado por el uso que hace de las herramientas de las que dispone. Hay gigantes que sin instrumento institucional alguno a su disposición, desde un campo de concentración o desde una cárcel (Havel o Mandela), han sido capaces de generar cambios históricos impensables para otros que controlan buena parte de los mecanismos del Estado. Y hay enanos que quedan sepultados en las mejores condiciones posibles (los ejemplos son demasiado numerosos).

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Sin Gobierno, sin políticos

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Diferencias que no son insalvables

Fernando de Haro

Este martes debate de investidura. Esta semana no habrá, con toda probabilidad, Gobierno. Pero es una buena noticia que se celebre el debate. Y lo es por varias razones. En primer lugar, porque supone que Rajoy ha aceptado el encargo del Rey y se pone en marcha el mecanismo institucional que permite, si fuera necesario, unas terceras elecciones. El artículo 99 de la Constitución española no contempla la disolución de las Cortes sin que se haya producido un debate para elegir presidente del Gobierno. Hubiera sido una anomalía tener que haber arbitrado un mecanismo específico si no se hubiera producido la derrota de un candidato. Rajoy, que no lo tenía claro, ahora está dispuesto a fracasar.  Y lo está por que se ha convencido de que puede ser rentable para un segundo intento dentro de unas semanas. El candidato a presidente del Gobierno, y esta es el segundo motivo por el que es bueno que haya debate de investidura, llega al Congreso con un amplio respaldo de 170 diputados. Le faltan seis votos a favor o diez abstenciones. Una mayoría casi suficiente después de nueves meses sin Gobierno. Rajoy ha mostrado cintura política para sumar a sus 137 diputados, los 32 de Ciudadanos y el diputado (a) de Coalición Canaria. El voto en contra de los socialistas retrata una voluntad de bloqueo ampliamente rechazada por los electores del PSOE y por una amplia parte del partido. Será más fácil en un segundo intento.

La investidura se celera después de un pacto del PP con Ciudadanos. Es un buen pacto, aunque con toda seguridad casi ninguna de las medidas que contiene será aplicada. Hace falta una mayoría con la que no cuentan las dos formaciones en esta legislatura. Pero tiene un alto valor simbólico y en su contenido indica una dirección en la que trabajar. El PP es un partido que no lograba ningún acuerdo nacional para la formación de Gobierno desde 1996, desde la primera legislatura de José María Aznar. Se había convertido en una formación aislada y algo rígida. Los compromisos entre PP y Ciudadanos, que ya se firmaron el año pasado en las Comunidades Autónomas, ahora llegan al ámbito nacional. Las 150 medidas que incluye el acuerdo suponen para el PP, de hecho,  reconocer que en la pasada legislatura cometió errores. Algo que no se suele hacer en la política española. La disposición a corregir las medidas de amnistía fiscal, de revisar la política educativa o el complemento salarial para los sueldos más bajos, también la dación en pago para aquellos que no puedan pagar sus hipotecas,  son todas ellas fórmulas que corrigen el triunfalismo que de su propia gestión hacían los populares. Vienen a decir que no todo lo hicieron bien, que no se puede hacer ajustes sin tener en consideración el sufrimiento social. El acuerdo además indica tareas pendientes: es necesario limitar la partitocracia en el gobierno de los jueces, emprender una reforma electoral para elegir de forma directa a los alcaldes y para aumentar la proporcionalidad, es necesario revisar la regulación del mercado laboral que sigue siendo desastrosa. Y así un largo etcétera. Sin duda se podrían haber incluido otras. Pero lo importante es haber dejado claro que el PP puede corregir, que en política se puede llegar a acuerdos y que este pacto, aunque diferente, tiene muchos puntos en común con el firmado hace unos meses entre los socialistas y Ciudadanos. Un motivo más para dejar en evidencia que el no de los socialistas no tiene un contenido programático sino táctico. Triste táctica la que pone los intereses de un partido o de una persona por delante de las necesidades de un país.

El acuerdo con el que el PP y Ciudadanos llegan a la investidura, así como el acuerdo en su momento firmado por Ciudadanos y el PSOE ponen de manifiesto que no hay diferencias insuperables para reconocerse en ciertas políticas, al menos en los tres partidos de centro. La desunión, las “diferencias insalvables” son consecuencia de una postura previa. La identidad de los dos partidos mayoritarios, débil porque no tiene un contacto fluido con la vida social, se afirma buscando productos ideológicos opuestos a la marca con la que se compite. Pero lo que hoy se defiende con el cuchillo entre los dientes mañana puede ser relativizado, lo importante es garantizar un posicionamiento conflictivo. La aparición de un partido bisagra en un momento de necesidad, en este caso Ciudadanos, ha puesto de manifiesto que el conflicto es consecuencia de una identidad frágil, virtual. Las necesidades reales del país permiten, si no prevalece una asfixiante ideologización, el entendimiento.

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Diferencias que no son insalvables

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Habrá Gobierno, la crisis (política) sigue

Fernando de Haro

En España habrá Gobierno. Después de ocho meses. Salvo que todo se tuerza mucho habrá Gobierno a finales de agosto o a principios de septiembre. Se cerrará así la crisis política más larga desde la recuperación de la democracia en 1975. El cambio de posición de Ciudadanos habrá sido decisivo para superar el bloqueo. Ciudadanos ha exigido al PP de Rajoy 6 condiciones, encaminadas fundamentalmente a la lucha contra la corrupción, para darle el sí de sus 32 diputados en la investidura. Las condiciones son perfectamente asumibles por el partido ganador en las elecciones que hubo que repetir. El líder de los populares se ha dado unos días para que su cesión no parezca demasiado rápida. Podrá así presentarse en el Congreso con el respaldo de 169 diputados que serán 170 (con el apoyo de la diputada canaria). Está a seis diputados de una mayoría suficiente y sería incomprensible que los socialistas no facilitaran la formación de Gobierno cuando hay una agenda tan urgente que afrontar. Por fin habrá solución aritmética. La crisis más urgente se resuelve, pero permanecen los problemas de fondo que lastran la vida democrática: la ideologización de la política que impide el acercamiento al otro y un sistema de partidos distanciado de la vida social. Sin afrontarlos este largo período se habrá cerrado en falso.

El nuevo Gobierno no debería olvidarse de que la crisis (término que no tiene por qué ser negativo) política no comienza tras las elecciones de 2015. Aflora con las concentraciones del movimiento del 15 M de 2011. Los indignados que se concentran en la Puerta del Sol son la punta del iceberg de un amplio rechazo al sistema de partidos creado tras la muerte de Franco. Incluso entre los votantes más conservadores ese rechazo avanza a lo largo de la legislatura del PP. Entre 2011 y 2015 los populares pierden más de 3,5 millones votos por los sacrificios exigidos. Pero también por la partitocracia y la corrupción, la excesiva tecnocracia y la falta de alma cultural de la política del centro-derecha. En 2015 el bipartidismo no desaparece pero los votantes buscan alternativas. Los dos nuevos, aunque no tan fuertes como en un principio se pensaba, se han quedado en el Congreso y condicionan la formación de mayorías. La falta de flexibilidad de los viejos partidos ha hecho el resto.

Hay algo en el sistema institucional de la democracia española que ha favorecido esta situación. La democracia española pertenece a lo que Huntington llama la tercera ola democratizadora. La primera se produce en el XIX y es directamente heredera de las revoluciones francesa y estadounidense. La segunda es la que llega tras la II Guerra Mundial y la tercera es la que protagonizan Portugal, España y Grecia. Del Mediterráneo salta a América Latina y Asia Oriental. La tercera ola democrática, dispuesta a corregir los errores de las anteriores, y el mal recuerdo de la II República, busca la estabilidad institucional. El sistema electoral corrige la proporcionalidad y tiende a ser mayoritario, sobre todo en las circunscripciones con poca población. Esas circunscripciones tienen mucho peso. Se favorece la creación de un sistema de partidos fuertes, que acaban encerrados en sí mismos. Los diputados no necesitan escuchar las demandas sociales, no dependen de forma directa de sus votantes. Las propuestas y el posicionamiento ideológico no vienen de abajo a arriba. La base cuenta poco. Son los “gurús” demoscópicos los que “diseñan” el “producto político” que más venta puede tener. Se forma así un círculo vicioso, la sociedad civil débil, heredada de la dictadura, no tiene interlocutores políticos y los políticos no tienen interés en la conversación social.

De una situación así no se puede salir con invocaciones a la buena voluntad. Urge una reforma del sistema electoral que “invite” a los políticos a estar en la calle. De las seis peticiones de Ciudadanos al PP la más interesante a largo plazo es la que reclama superar el sistema de listas cerradas y desbloqueadas. La Constitución española no permite listas abiertas. Pero si permite un sistema electoral como el alemán. El modelo germánico es complejo a la hora de distribuir los escaños pero sencillo para el elector. El votante dispone de dos votos, uno para una lista cerrada y otro para elegir directamente a un diputado (escaño uninominal) en cada circunscripción. Al final la composición del Bundestag depende a partes iguales de los votos directos y de los votos de la lista cerrada. Eso le quita poder a los partidos, obliga a una parte importante de los diputados a estar tan pendientes de la gente. Sin volver a conectar la política con la vida social, más tarde o más temprano, el populismo que ahora está agazapado, avanzará.

Habrá Gobierno, la crisis (política) sigue

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Verano apocalíptico

Fernando de Haro

Todos respiramos aliviados al escuchar las palabras contundentes del jefe de la policía de Múnich, Hubertus Andrae. Palabras en las que desvinculaba al joven responsable de la matanza del pasado viernes del terrorismo islámico. Fue un respiro saber que la muerte de nueve personas había sido obra de un adolescente desequilibrado, obsesionado con los asesinatos en masa. Afectados por tanto dolor, nos habíamos hecho una imagen demasiado apocalíptica de este verano en el que la vida parece no valer nada, tampoco aquí en Occidente. Sobre el alma pesaban los 50 muertos del club gay de Orlando causados por un musulmán de identidad conflictiva, los tiroteos raciales en Estados Unidos, los 84 fallecidos en el atentado de Niza y ahora los nueve asesinados en la ciudad bávara.

Andrae parecía poner las cosas en su sitio. Aunque, mirando más despacio, quizás no sea tan fácil desmontar la suma de muertos que nos dejó la primera impresión. Sin duda son casos diferentes. No es lo mismo que un joven de origen iraní, depresivo, la emprenda a tiros con el público de un centro comercial a que un reservista negro asesine en Texas a cinco policías blancos por su color de piel. O que menos de diez días después un ex marine repita una acción similar en Luisiana. Tampoco, en principio, hay una conexión inmediata entre la violencia de origen más o menos racial y la radicalización islamista experimentada por un tunecino en Niza o por un refugiado afgano que se dedica a dar hachazos en un tren de Baviera.

Hay quien hace paralelismos entre lo que está sucediendo este verano y lo que ocurrió en Estados Unidos, en 1968, cuando llegaban miles de ataúdes de Vietnam, los disturbios raciales incendiaban las grandes ciudades y la polarización política alcanzó una temperatura altísima por la campaña electoral en la que Richard Nixon y Hubert Humphrey se disputaban la presidencia. Ahora, afortunadamente, no hay una guerra como la de Vietnam. El conflicto protagonizado por el islamismo es más difuso y causa otro tipo de víctimas. No se pueden exagerar las comparaciones, pero todo parece indicar que estamos ante un cambio de época en un contexto de gran violencia.

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Verano apocalíptico

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Horas de furia en la III Guerra Mundial

Fernando de Haro

Todavía estaba sin recoger la sangre de las víctimas en el Paseo de los Ingleses de Niza, cuando el intento de golpe de Estado en Turquía ha reclamado nuestra atención. Horas de vértigo y de angustia en esta III Guerra Mundial a trozos que no nos deja tiempo para dolernos, para sufrir y para rezar por los muertos. La perplejidad parece asaltarnos a cada minuto. ¿Es que no hay un punto estable?

No es fácil orientarse en el laberinto turco. Erdogan ha derrotado a carros de combate y aviones con un iPhone. Un videomensaje ha servido para sacar a la calle a la población a la que el presidente quita libertades. El pueblo turco ha preferido estar del lado del Sultán duro. Turquía se desestabiliza en el momento en que Erdogan se acerca a Israel y a Rusia, en el momento en que combate con más decisión que nunca al Daesh. ¿Puede estar la mano de los islamistas detrás de la asonada? El presidente ha señalado como responsable de la intentona a Fethullah Gülen, líder en el exilio de una organización islamista moderada. Nunca nada es lo que parece en Turquía. Por lo pronto el que sale beneficiado y reforzado es el propio Erdogan.

Y con Erdogan reforzado, Europa respira aliviada. Es Turquía la que contiene a los refugiados, es el tapón de Oriente Próximo. Un alivio que en cualquier caso es muy relativo después del ataque de Niza. Lo sucedido en el Paseo de los Ingleses de la ciudad francesa trae dolor sobre dolor, luto sobre luto, y un desconcierto y una perplejidad que nos acercan al desequilibrio mental. El primer ministro Manuel Valls aseguraba horas después del ataque que “Francia tendrá que acostumbrarse a vivir con la amenaza terrorista”. Todos entendemos lo que quiere decir. ¿Quién puede prever que un asesino haya planeado sembrar la destrucción y la muerte con un camión? Pero es justo a eso a lo que no nos acostumbramos. A lo que no podemos acostumbrarnos después del año y medio más terrible en la reciente historia europea: primero fue Charlie Hebdo, luego Bataclan, más tarde Bruselas y ahora Niza. Francia se ha convertido en objetivo preferente del terrorismo por diversas razones. La intervención del país en el Sahel y el protagonismo en la coalición que combate el Daesh en Siria y en Iraq pesan en el imaginario de los radicales. Como también pesa que sea el símbolo de una cierta forma de laicismo.

En Niza se repite lo que sucedió en París y en Bruselas. El terrorista Mohamed Lahouaiej Bouhlel tenía antecedentes por delitos comunes, al parecer era consumidor habitual de alcohol y hachís. No estamos ante terroristas de origen religioso sino ante personas inestables, posiblemente captadas a través de internet. Estamos ante un radicalismo que se ha hecho islamista más que ante un islam que se haya hecho radical. El perfil de estos terroristas no es el de personas que hayan rezado mucho o hayan ido mucho a la mezquita y por ello se hayan hecho radicales. La narrativa islamista parece en ellos una segunda piel. La constatación de que estamos más ante un nihilismo violento que ante un fenómeno de violencia de raíz religiosa no simplifica ni muchos menos el problema. Si acaso lo complica. Porque la tarea de controlar a los imanes o desradicalizar las prisiones, acelerada desde el ataque de Bataclan, es absolutamente necesaria pero insuficiente. El problema de fondo tiene más que ver con una fallida integración que con otra cosa. Por eso el islam europeo tiene también una grave responsabilidad educativa: es el único que puede recuperar la mediación con el mundo que en muchos de los radicales solo se produce a través de internet. El islam institucional ha perdido la capacidad de influencia que ejerce en la cultura tradicional magrebí o de Oriente Próximo. El radical islamista ha perdido buena parte de la relación habitual que el creyente mantiene con su comunidad.

Insatisfechos. Una vez examinados algunos de los posibles factores sociales y políticos que han entrado en juego en estas horas bárbaras nos quedamos insatisfechos. La inquietud, el desasosiego, quizás también el miedo, siguen a nuestro lado. El desafío que este misterio de mal y de destrucción supone para la razón se antoja demasiado grande. Quizás sea más sencillo reconocer que hay un núcleo último del problema que es inaferrable. ¿Cómo alguien puede llegar a convencerse de que los otros son el chivo expiatorio que tiene que ser sacrificado? ¿Cómo el otro puede convertirse en alguien tan distinto que solo se le desea la muerte? Es ciertamente incomprensible. Tenemos que admitir humildemente los límites de la razón. Pero eso tampoco nos deja tranquilos. No hay quien se olvide. No es humano olvidarse de este dolor y de esta perplejidad que nos trae la III Guerra Mundial a trozos. Lo único humano es esperar, cada uno en el camino por el que transite, un motivo, un rostro, que permita seguir esperando.

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Horas de furia en la III Guerra Mundial

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El reto del califato

Fernando de Haro

El comienzo del tercer año del califato del Daesh, ahora en retroceso, ha estado marcado por una ola de atentados. La bomba de un suicida ha llegado hasta la ciudad santa de Medina. El ISIS golpea sus orígenes, golpea el sunismo wahabita. Los seguidores de la bandera negra han convertido el mes del Ramadán en una orgía de sangre en Bagdad (más de 300 muertos en un intervalo de pocos días), en el aeropuerto de Estambul y en Dacca (Bangladesh). Es la respuesta a los éxitos militares en la lucha contra el terror.

El Daesh ha perdido Faluya, Ramadi, Palmira, Tikrit y Kobani. Según algunas estimaciones ha perdido el 47 por ciento del territorio que controlaba en Iraq y el 20 por ciento del que dominaba en Siria. La guerra, con todas sus contradicciones y limitaciones, lentamente, produce avances. La recuperación de terreno no lo es todo. La población sunní de Siria y de Iraq puede ver a los liberadores como unos conquistadores más crueles que los precedentes. El Gobierno de Iraq está lejos de la estabilidad. Siria sigue siendo el país de las mil guerras en la que todos luchan contra todos. Pero el giro que ha dado Turquía a su política exterior –Erdogan siempre reinventándose-, el fin de su ambigüedad con los yihadistas y la decisión de cortar sus fuentes de financiación han sido factores decisivos. Ahora el Daesh parece querer ser otra vez Al Qaeda, golpear en cualquier sitio: a los infieles, a los chiítas y a los sunníes. Habrá todavía mucho sufrimiento.

El Estado Islámico nunca fue del todo Estado ni del todo islámico. El retroceso militar y la debilidad institucional más bien hacen pensar en un sistema de terror que en una estructura administrativa clásica. Habría además un error fundacional en el propósito de Al Zarqawi, padre del Daesh, cuando anunció que se “encontraba en Iraq para darle una patria al islam y un Estado al Corán”. El propósito de recuperar el califato, perdido hace “solo” 100 años, a través de un Estado-nación similar a los occidentales, sería contradictorio con el derecho islámico clásico. Es la tesis que sostiene Wael Hallaq en su libro "The Impossible State". Tesis interesante que viene a añadirse a la de otros pensadores para los que el fenómeno del yihadismo y la pretensión de fundar un neo-califato no es una evolución lógica de la religiosidad musulmana y de la doctrina coránica sino más bien consecuencia de un choque. El choque entre el nihilismo y el pensamiento político occidental de una parte y una modernidad islámica que no ha resuelto sus contradicciones de otra. Para completar el cuadro de factores que explican lo ocurrido hasta ahora habría que añadir las pretensiones hegemónicas de Irán y de Arabia Saudí y los errores cometidos en la II Guerra del Golfo ahora recordados por el Informe Chilcot.

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El reto del califato

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La bella tarea sigue ahí

Fernando de Haro

Gran Bretaña la frívola. España la responsable. 17 millones y medio de votos (51,9 por ciento) a favor de la salida de la Unión Europea en el Reino Unido. Solo 5 millones (21, 2 por ciento) a favor de Podemos en las elecciones del pasado 26 de junio. El populismo de marca hispánica, muy por debajo de sus expectativas. Repite resultado a pesar de su alianza con Izquierda Unida. Por el camino se ha dejado un millón de votos. El valor de estar en Europa es una de las pocas evidencias políticas que todavía se mantienen en pie en la Península Ibérica. El miedo desatado por el resultado del referéndum sobre el brexit, conocido 48 horas antes de que se abrieran las urnas, probablemente restó apoyos a la formación morada, formación fácilmente asimilable al populismo antieuropeo.

Pero sería simplista pensar que, al menos en esto, se cumple el casi nunca cierto “Spain is different”. La mayoría más holgada del PP y el no sorpasso de Podemos al PSOE no suponen ni mucho menos una victoria definitiva. Si acaso se gana tiempo. De momento se ha tapado la hemorragia. No es poca cosa. Una legislatura, aunque sea corta, puede ayudar a limpiar la casa y a corregir errores de bulto.

No conviene confiarse. Los 700.000 votos más que ha tenido el PP en esta ocasión no solucionan la situación. Tampoco el segundo puesto del PSOE, estancado e inmerso en una crisis de identidad que dura ya demasiado tiempo, permite muchas alegrías. El reto populista sigue ahí. El desafío es sin duda político, pero también, y esencialmente, antropológico.

No somos diferentes al resto del mundo. El fenómeno que adquiere múltiples caras (populismo, nacionalismo, fundamentalismo) también tiene versión española. Se expresa políticamente, pero sus raíces se encuentran en ese espacio que tradicionalmente se ha denominado religiosidad. Decididamente, también en Occidente, estamos en una sociedad post-secular en la que las cuestiones de sentido reaparecen con fuerza en la vida pública.

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La bella tarea sigue ahí

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La revolución tendrá que esperar, habrá Gobierno moderado

Fernando de Haro

La noche electoral deja muchas sorpresas, la mayoría positivas. El PP gana los comicios, recupera 600.000 votos y sube 14 diputados (137). Fulmina las encuestas. La coalición Unidos Podemos, lejos de conseguir el previsto sorpasso respecto a los socialistas, pierde un millón de votos respecto a diciembre. Es llamativo el retroceso en la capital, Madrid. El PSOE sigue liderando la izquierda, se mantiene prácticamente en el mismo número de votos, aunque se deja 5 diputados (se queda con 85). Ciudadanos pierde 400.000 votos que recupera el PP y pierde 8 escaños.

El avance del populismo en España, afortunadamente, no es tan rápido como parecía. Ya no es tan claro que Podemos tenga en un futuro inmediato opciones de Gobierno. Un número considerable de votantes de Podemos pueden haberse quedado en casa, otros habrán vuelto al PSOE. Iglesias, el líder de la formación morada, ya no es el hombre elegido por el destino para alcanzar el cielo de forma inmediata. El miedo a su triunfo y seguramente el Brexit han sacado de la abstención a decenas de miles de votantes del PP que estaban desencantados por la corrupción. Ha funcionado el mensaje del voto útil de Rajoy que ha restado peso a Ciudadanos. La suma de los diputados del PP y de Ciudadanos (169) está muy cerca de la mayoría absoluta (176). Sería difícil de entender que Ciudadanos no apoyara la investidura de un Rajoy al que no puede vetar. Sería también difícil de entender que el PSOE, después de haber descendido a 85 diputados, no facilitara esa investidura con una abstención. La intervención de Pedro Sánchez, el secretario general de los socialistas, tras conocer los resultados parece anticipar una actitud diferente, una superación de los vetos de los últimos seis meses. Es razonable pensar que haya un Gobierno del PP con participación de Ciudadanos. Se superarían así los bloqueos de los meses anteriores: España tendría Gobierno y un Gobierno constitucional.

Eso no significa que todo esté resuelto. El PP tiene pendiente una urgente tarea de renovación. Rajoy con la victoria de este domingo debería empezar a trabajar cuanto antes en una sucesión ordenada. El PSOE tiene por delante el inmenso reto de rehacerse. Ha sido un alivio no verse superado por Podemos, pero está en mínimos históricos y el riesgo de perder el liderazgo de la izquierda no ha quedado eliminado. Ciudadanos ha quedado colocado como un partido bisagra con un papel más humilde que el que sus líderes se atribuían. Si quiere mantener su hueco, que está más en el centro derecha que en la centro izquierda, tendrá que madurar y superar ciertas arrogancias. Y el hecho de que Podemos no se haya convertido en la segunda fuerza no supone ni mucho menos que el populismo haya desaparecido de la escena política española. La legislatura va a ser muy difícil. Hay importantes sacrificios pendientes y esos sacrificios alimentarán el victimismo populista. Ese victimismo exige superar la polarización, hacer pedagogía y una llamada a la responsabilidad colectiva.

Afortunadamente se ha producido una amplia victoria de las fuerzas moderadas. Y eso da un poco más de tiempo, estabilidad económica y respiro para acometer grandes reformas pendientes (educación, sistema productivo, estructura territorial). Pero hay tres tareas urgentísimas: una auténtica regeneración democrática que acerca a la vida política a la sociedad, una conversación que saque a los partidos de su ensimismamiento y una educación popular de la capacidad crítica que permita superar sueños utópicos. Son cuestiones en las que los gobiernos del centro derecha, que han pecado de tecnocráticos, no se han querido meter hasta ahora.

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La revolución tendrá que esperar, habrá Gobierno moderado

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26-J: un voto complejo y nada ideológico

Fernando de Haro

Tres podrían ser los objetivos que buscara un voto moderado el próximo domingo: llevar a la Moncloa un Gobierno constitucional, reducir la creciente polarización y fomentar una renovación de la vida pública. Cada uno de esos propósitos puede desplegarse. Un Gobierno constitucional no será solo aquel que sea fiel al espíritu de la Carta Magna del 78, será también el que impulse, con ánimo de consenso, la larga lista de reformas pendientes para favorecer la creación de empleo, aumentar la productividad, mejorar el sistema educativo y un largo etcétera en el que hay que incluir una salida propositiva para la situación de Cataluña. La renovación no es solo un cambio de caras, que también. Implica además una transformación de los partidos que hasta ahora han sido mayoritarios para abrirlos a la sociedad y para impulsar la necesaria modificación del sistema electoral. Son muchos propósitos para dos papeletas, pero el solo hecho de aceptar la complejidad es ya una riqueza a la hora de ponerse ante la urna. Con independencia de cuáles sean los sobres finalmente elegidos, puede aportar mucho no aceptar de entrada las visiones simplistas: las que separan al país entre buenos y malos, entre los de arriba y los de abajo, entre la derecha y la izquierda. Los bienes y las libertades a tutelar son numerosos, unos sin duda más importantes que otros.

En política puede suceder cualquier cosa. Las encuestas apuntan a un empate entre el bloque de centro y de centro-derecha con el bloque formado por el centro-izquierda y la izquierda-izquierda. La mayoría de los partidos constitucionales es rotunda. Si el resultado del 26-J coincide con lo que apuntan los sondeos, la posibilidad de que el PSOE apoye un Gobierno de Podemos parece no ser muy alta. Sobre todo porque sería la tercera fuerza. De hecho, en el cuartel general de Podemos ya dan por sentado que se quedan en la oposición. Y están encantados con ese papel. Sería un suicido para la formación política que todavía lidera Pedro Sánchez apoyar a un Gobierno de Pablo Iglesias. Repetir lo que hicieron los socialistas hace un año en los ayuntamientos de Madrid, Barcelona o Valencia supondría sepultar para siempre sus siglas en la irrelevancia. Los Gobiernos de coalición siempre salen muy caros para la fuerza minoritaria. De hecho, lo sucedido desde las pasadas elecciones municipales y autonómicas bien podría considerarse un aviso. Eso no significa que el riesgo sea cero. El riesgo existe, en el PSOE se pueden volver todos locos, pueden no quitarse de encima a un Sánchez doblemente fracasado, pueden olvidarse de su pasado y de su presente socialdemócrata y pueden dejarse dominar por la obsesión de no dejar gobernar al centro-derecha. La mayor o menor percepción del riesgo de un nada conveniente Gobierno de socialistas y podemitas, junto al peso que se les otorgue a los mencionados objetivos de saneamiento y superación de la polarización pueden inclinar el voto en favor de una u otra de las fuerzas constitucionales.

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26-J: un voto complejo y nada ideológico

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Elecciones: el otro bien

Fernando de Haro

En la campaña electoral se habla de bienes importantes que se deben preservar en nuestra democracia: la igualdad, la libertad religiosa, la libertad de educación, el estado del bienestar. Todos son, sin duda, importantes. Pero se habla menos de otro bien: el bien de otro. Este periódico ha querido suscitar un debate entre pensadores y responsables de la sociedad civil en torno a los fundamentos de nuestra convivencia. Para eso ha tomado como base el manifiesto de Comunión y Liberación hecho público con motivo de los comicios: La aventura de descubrir al otro también en política. A continuación, se recogen, en una síntesis muy libre, algunas conclusiones de las aportaciones recibidas. El trabajo de reflexión no está ni mucho menos cerrado.

Hay desconfianza por el modo de hacer política. Tanto la política como la economía se están volviendo autorreferenciales. Parece que su objeto es servir al dinero y al poder. Esto afecta también a las palabras: las palabras que se usan en la vida política suscitan recelo. Las palabras se sanean cuando se refutan y van más allá de sí mismas, se convierten en una invitación a hacer algo juntos.

Hemos llegado a una situación en la que el bien del otro ya no es evidente. La raíz última de esta despersonalización es la disolución del humus humanista de la cultura occidental que convierte sus mejores frutos –el Estado de Derecho y la democracia– en fantasmas desquiciados carentes de fundamento. La despersonalización se expresa en una “cosificación del adversario político”.

El aprecio por el otro, ahora perdido, empezó en Grecia y fue universalizado por el cristianismo. Los primeros pensadores griegos intuyeron que el hombre podía identificar con certeza bienes objetivos dignos de ser protegidos y las mejores mentes romanas vieron que hay algo justo y bueno en todos que nos hace buenos si lo respetamos. La gran aportación cristiana fue dar un fundamento objetivo a esas intuiciones y universalizar su alcance.

Pero las ideologías han acabado destruyendo esa conquista que la Ilustración quiso hacer llegar a todos. Y las ideologías dominan la vida política. Es un fenómeno que consideramos normal, pero puede haber una política no ideológica. Hoy nos cuesta imaginar en qué consiste.

Política no ideológica

Las ideologías intentan dar explicaciones globales de todo lo que ocurre en una sociedad. Una ideología define cuáles son las preguntas importantes y cuáles son las únicas respuestas correctas para esas preguntas. La pretensión de las ideologías ha invadido muchas áreas de la sociedad. El propio catolicismo en su esfuerzo por oponerse a las ideologías ha acabado, en no pocas ocasiones, sucumbiendo a lo ideológico. Y ha perdido así lo más interesante que tiene. En una política invadida por las ideologías, es normal que el otro no sea un bien: el otro es quien sostiene una ideología diferente a la mía, el otro es un peligro. Como las ideologías intentan explicarlo todo, aspiran continuamente a un mundo cerrado, atrapado y fijado. Para ese propósito, el otro, el diferente, el que no cabe del todo en esa totalidad inventada, resulta incómodo. Se crean así mapas sociales marcados por fronteras que sirven para proyectar temores no reconocidos: lo que cuenta es una nueva solidaridad intergrupal donde el otro no pinta nada. Hay una cierta forma de concebir el Estado de Derecho que apuntala nuestro miedo a que el otro me impida ser yo.

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Libertad para ser de todos

Fernando de Haro

Empieza la campaña electoral en España. Campaña para unas elecciones repetidas. ¿Campaña también para la comunidad católica que, por el hecho de ser comunidad, es un factor de la vida política? ¿Qué posición es la más conveniente para esta realidad “sui generis”? Desde luego la respuesta no es sencilla y seguramente buena parte debe quedar abierta.

El presidente de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Ricardo Blázquez, en una reciente entrevista ha asegurado que España “se encuentra en una encrucijada histórica”. Por eso es necesario mantenerse en el cauce constitucional, superar “proyectos ideologizados”. Ya en otra ocasión reciente Blázquez advertía de una descalificación mutua en el ámbito político y de una confrontación que resucita las dos o las muchas Españas. El presidente de la CEE criticaba, además, las posiciones anticlericales de los ayuntamientos en los que gobierna Podemos. Sin mencionar a la formación populista aseguraba que “no se ven aciertos en las instituciones”.

Si la hora es tan “grave”, ¿no convendría que los líderes de la comunidad cristiana y sus instituciones se pronunciaran de modo más concreto para frenar la amenaza del populismo? ¿No habría que establecer al menos unos criterios claros para orientar el “voto bueno”?

El Concilio Vaticano II y su adecuada asimilación, todavía pendiente como ha señalado el cardenal Sebastián, ayudan a hacer una distinción entre la comunidad cristiana, sujeto político en sentido amplio, los políticos cristianos y las opciones que toman los cristianos en política. A la luz del Vaticano II, de la historia española de los dos últimos siglos y de las circunstancias actuales se puede comprender la conveniencia de no sugerir un voto.

Los pastores de la Iglesia al indicar que en España falta diálogo, capacidad de superar los proyectos ideológicos o falta de valoración del otro no están haciendo escapismo político ni consagrando necesariamente una forma de dualismo que saca a la fe de la vida pública. Apuntar a las tendencias de fondo que se mueven en esta encrucijada no representa una huida de la realidad, sino ofrecer una mirada más profunda. Mirada de la que luego habrá que sacar las consecuencias contingentes en un nivel de la política más concreto que no es el propio de la comunidad cristiana entendida en su conjunto. Sin esa mirada larga no se hace una aportación decisiva.

Hay preocupación lógica por la libertad. La libertad de la Iglesia –ejercida en beneficio de todos- es, de hecho, el gran criterio político. Pero esa libertad no se ve solo limitada de forma externa, también se restringe con ciertas alianzas que se han producido a lo largo de la historia. Alianzas que han restado limitación para la catolicidad propia de su misión: ser para todos testigos de la novedad del acontecimiento cristiano. Hemos tenido experiencia en los últimos siglos y en los últimos decenios de lo mucho que se pierde con cierto tiempo de alianzas. El “occidentalismo cristiano” de la segunda postguerra mundial - resucitado por los teocon estadounidenses de la época Bush en contra del relativismo-, el “tercermundismo cristiano” de la descolonización y de los años 70, algunas formas de teología de la liberación o ciertas teologías anticasta en la India han acabado siendo todas ellas formas de teología política. Son todos abrazos del oso, llevados a cabo con muy buena voluntad en nombre de la urgencia y de las necesarias mediaciones, que pusieron y han puesto a la comunidad cristiana de una parte, haciéndole perder su libertad esencial: la posibilidad de ser con todos y para todos. Se pierde mucho más de lo que se gana con este tipo de alianzas. Sería absurdo que la defensa de las obras cristianas obligara a renunciar al derecho y el deber de catolicidad. Ni estamos en los años de la postguerra europea en la que el sur de Europa estaba amenazado por el comunismo, ni estamos en la Europa de los años 90 del pasado siglo. Quizás entonces el partido único, el voto único fueran necesarios. Han cambiado las circunstancias. Ha cambiado la conciencia que tiene la comunidad cristiana de su tarea.

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El miedo siempre es estéril

Fernando de Haro

Window of opportunity. El sociólogo español de referencia, Víctor Pérez Díaz, muy norteamericano por formación, utiliza una expresión anglosajona –ventana de oportunidad- para describir lo que puede suponer la actual crisis económica y política. En vísperas de unas elecciones, percibidas por muchos como una amenaza por el posible pacto de izquierdas que lleve el populismo al poder, Pérez Díaz habla de una ocasión para superar viejas lacras. El académico acaba de publicar un papel titulado "La calidad del debate público en España", en el que recoge una conversación entre intelectuales, periodistas y responsables de fundaciones.

Las crisis, que son comunes a toda Europa, han sacado a la luz relieves del paisaje que, por habituales, hasta ahora se distinguían mal. Uno es la dinámica de la tribu en la que la izquierda o la derecha ya no representan hipótesis de interpretación sino identidades que alimentan la pereza, el pretexto para no escuchar o para no dialogar. Otro es el cainismo que busca un chivo expiatorio en el otro. A lo que se añade la consideración del adversario político como enemigo y una excitación emocional que engrandece las objeciones al diálogo. El bien común solo está de una parte. La confianza es solo posible entre los míos, si acaso en el círculo próximo o en la familia.

No hay nada de ingenuidad en considerar el momento como una oportunidad. La ocasión quizá lo sea porque muestra que la agenda pública sigue determinada por gobiernos cada vez más impotentes; revela la falta de adecuación de los partidos políticos al reto del momento; y pone de manifiesto una concepción de la democracia que la reduce a un sistema de turnos en el que las mayorías del momento se imponen a las que por un tiempo son minorías. Si de la descripción social e institucional pasáramos al retrato antropológico tendríamos que utilizar los colores que dejan en la paleta los tonos del desierto. Son muchos. Todos desoladores.

Lo interesante es comparar. Donde unos ven una ventana otros señalan una amenaza. Los segundos consideran que la crisis política supone un grave riesgo para las libertades. La brecha abierta por el populismo puede dar al traste con el poco espacio que quedaba para la iniciativa social, puede hacer entrar a los neo-totalitarismos, puede poner en peligro el sistema del bienestar. Eso en lo político, en el capítulo de los valores habría, por ejemplo, que redoblar las defensas contra una ideología de género. Ideología que, como en el pasado el marxismo, pretende derribar lo más propio de la tradición occidental.

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Lección austriaca para España

Fernando de Haro

La semana pasada todos los europeístas responsables respiraban tranquilos tras conocer el resultado de las elecciones presidenciales en Austria. El candidato del Partido de la Libertad (FPÖ), Norbert Hofer, no se hacía con la victoria. Si el próximo 23 de junio también son derrotados los partidarios del Brexit, se habrá puesto coto al populismo que amenaza lo más propio de la sensibilidad de la Unión.

Sería una conclusión bonita pero demasiado optimista. Hofer solo ha sido derrotado por 30.000 votos y en 2018 Austria vuelve a tener elecciones, esta vez parlamentarias. Y en 2017 hay presidenciales francesas para las que el empuje del Frente Nacional aumenta. La ola de fondo es suficientemente larga y profunda como para pensar que el dique de las victorias parciales del europeísmo y del constitucionalismo suponen una respuesta adecuada al reto.

El resultado de las elecciones presidenciales austriacas esconde una lección especialmente útil para España, que pronto tiene una cita con las urnas, y para el resto de Europa.

En Austria se daban tres condiciones que cualquiera consideraría excelentes para que el populismo, en este caso de ultraderecha, no hubiese prosperado. La primera condición es una historia que debería haber servido de vacuna. El FPÖ coquetea con el nazismo. El partido tiene como símbolo, y sus líderes lo usan a menudo, una flor de aciano. Es la misma flor que lucían los jefes nazis austriacos en los años 30. Hitler entró en Viena, una de la más sofisticadas y sutiles capitales del Viejo Continente, entre aclamaciones de sus vecinos. Los sufrimientos y las humillaciones de entreguerras provocaron en muchos una atracción fatal hacia el totalitarismo. Cualquiera podría pensar que la memoria del grave error del pasado podría evitar el error del presente. Pero no queda memoria, solo un recuerdo ineficaz.

Tampoco lo sucedido hace apenas 14 años -segunda condición- sirve para alejar a los austriacos del abismo. El FPÖ ya ha estado en el poder, los austriacos ya han conocido las lamentables consecuencias de lo que supone tener a los populistas en el Gobierno. En 1999 el partido se hizo con el 27 por ciento de los votos en la legislativas y gobernó con los democratacristianos. Hubo que convocar elecciones anticipadas porque la coalición no aguantó. El fallecido Jörg Haider, fundador de la formación, también estuvo al frente del Estado de Carintia.

Austria, por otra parte, es uno de los países (a diferencia de lo que sucede en España, Francia y el Reino Unido) en los que la deseada “gran coalición” ha funcionado durante años -tercera condición-. Los populares y los socialistas no han estado a la gresca y han colaborado de múltiples formulas. Pero ningún candidato de los dos partidos ha pasado a la segunda vuelta de las presidenciales. El rechazo a la “vieja política” es rotundo.

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Democracia conectada

Fernando de Haro

El partido del final de la Copa disputado en Madrid este domingo, con el fútbol como pretexto para hacer uso de las esteladas (las banderas independentistas catalanas), bien podría considerarse un símbolo del triunfo de la ideología de la desconexión. No solo territorial: desconexión del otro, afirmación de una identidad conflictiva que niega la experiencia de una relación más determinante y más concreta que cualquier diferencia. La ideología de la desconexión, en un momento de franco retroceso del secesionismo en la opinión pública catalana, se alimenta del victimismo y de la emotividad no racional propia del balompié. La independencia no posible por razones económicas y jurídicas se hace realidad virtual en el terreno de los sentimientos colectivos. El Gobierno de Rajoy ha estado, por otra parte, poco hábil con una prohibición del uso de las banderas independentistas -levantada por el juez- que exigía una interpretación muy forzada de la ley. Esperemos que no haya buscado deliberadamente el conflicto por razones electorales.

Pero la ideología de la desconexión no es solo propia del secesionismo catalán o vasco. Afecta a izquierda y a derecha. Y se hace más evidente en la pre-campaña electoral, en esta segunda vuelta que va a llevar a los españoles otra vez a las urnas. El PP atiza el miedo a un gobierno de coalición de izquierdas y Podemos repite una y otra vez que hay que echar a los populares. Los espacios de centro desaparecen. La partitocracia trata de trasladar a la sociedad una identidad conflictiva sin grises.

La democracia, por definición, tiene como propósito no eliminar el conflicto sino resolverlo por medio de las mayorías y de unos referentes constitucionales que ponen límites al pluralismo y crean un sistema de contrapesos institucionales. Es la fórmula para que las minorías no sean avasalladas. Pero la democracia puede ser precisamente un sistema “conflictivo” porque se basa en una identidad última relacional, en algo común compartido con los otros. El fundamento de lo común no se discute (Maritain), aunque es muy conveniente que todas las tradiciones que se dan citan en una democracia hagan valer qué experiencia les permite mantenerlo en pie. Y que lo hagan en términos civiles, no confesionales. Ese humus compartido es el que permite concebir los derechos subjetivos no solo como la frontera que me defiende de la libertad del otro sino como expresión de lo que me une a él.

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Ni populistas, ni tecnócratas

Fernando de Haro

Hay disyuntivas tóxicas que envenenan a los pueblos y a las personas. Dicotomías falsas que en determinados momentos parecen imponerse como las únicas alternativas. La perplejidad occidental, a un lado y a otro del Atlántico, erige una disyuntiva política que fuerza a elegir entre dos males: el populismo o la tecnocracia.

El populismo avanza a pie firme en países como Francia, España o el Reino Unido donde la clásica polarización entre izquierda y derecha no hace las cuentas con la nueva situación. La vieja izquierda socialista gala ha intentado tumbar en los últimos días la razonable y necesaria reforma laboral de Hollande. No pocos sectores sociales de la Francia que se resiste a reconocer el reto de la globalización han estado en contra del cambio de la legislación. Falta poco menos de un año para que se celebren las elecciones y, salvo que cambien mucho las cosas, Marine Le Pen va a llegar a la segunda vuelta y va a disputar la presidencia de la República a un candidato socialista o del centro-derecha. La izquierda y la derecha tendrán que unirse para frenar al radicalismo radical. No es tan difícil ver que sin reformas dolorosas pero necesarias, como la de la legislación laboral, es imposible ganar productividad, generar empleo y frenar así el malestar que alimenta a Le Pen.

Algo semejante sucede en el Reino Unido. El mundo entero ha tenido que acudir en rescate de Cameron tras su desgraciada idea de convocar el referéndum sobre el brexit. Después de Obama, ha sido el FMI el que ha tenido que advertir de las consecuencias nefastas para la economía mundial de la posible salida del Reino Unido de la Unión Europea. Cameron prometió el referéndum ante la presión del populista UKIP y de un buen sector de su partido. Una buena parte de los conservadores británicos han coqueteado durante mucho tiempo con la no-Europa. Ha faltado claridad y decisión para marcar una estrategia nacional conjunta. Así es como ha crecido el sueño de una Gran Bretaña libre y desvinculada de los patanes continentales.

Crece en España Podemos, en Francia la xenofobia del Frente Nacional y en el Reino Unido la utopía antieuropea porque las expectativas son desmesuradas. Se diluye la memoria que nos hizo realistas con la sabiduría acumulada, a base de errores, en el arco que va desde la Revolución Francesa a la postguerra de la II Guerra Mundial. Por eso la política vuelve a aparecer como una herramienta capaz de casi todo y la relación con el Estado, de nuevo, se torna religiosa. Con esta perspectiva la democracia es fuente de frustración. Ni los ciudadanos ni los partidos, acuciados por la ansiedad de la globalización, aceptan las limitaciones aprendidas en otros tiempos. El lenguaje se vuelve, necesariamente, figurado o mentiroso.

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Ni populistas, ni tecnócratas

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Más allá de la aritmética

Fernando de Haro

Las elecciones de junio pueden dejar el parlamento español como estaba en Navidad. Seis meses después se volvería a la casilla de salida. Esa es la principal conclusión del barómetro del CIS hecho público este viernes. Es la encuesta más solvente de todas las que se publican en España.

El PP se haría con la victoria (27,4%), pero con una mayoría insuficiente. La intención de voto de los populares desciende respecto a Navidad en 1,3 puntos. El PSOE cae respecto a las últimas elecciones (21%). Sube Ciudadanos, casi dos puntos (15,6%). Parece que los electores premian su voluntad de acuerdo.

La encuesta no refleja el posible efecto de una coalición de Izquierda Unida y Podemos. Podemos es el partido que más pierde, tres puntos. Castigo por la arrogancia y por los malos modos de Podemos. La coalición Podemos e Izquierda Unida podría tener un 24%, lo que puede convertirla en segunda fuerza.

No hay prácticamente cambio en la intención de voto. Las novedades pueden venir porque la coalición Podemos-Izquierda Unida logre un importante avance. Esa coalición puede cambiar la aritmética al aplicarse de otra manera la ley D´Hont, la ley que distribuye los escaños.

Rajoy espera, sin moverse mucho, recuperar el millón muy largo de votantes que se quedaron en la abstención. Espera sumar con Ciudadanos. Espera que el sentido común del PSOE le impida buscar un acuerdo con la izquierda radical de Podemos-Izquierda Unida. Ese acuerdo sería un desastre para el país.

Pero tampoco sería suficiente con que se llegara a un compromiso entre las tres fuerzas leales a la Carta Magna (PP, Ciudadanos, PSOE). Esa fórmula por sí misma no responde al clamor de la sociedad española. Según el CIS, ningún líder político obtiene el aprobado, el 82% de los españoles vemos la situación política mal o muy mal. Tres de cada cuatro españoles está convencido de que los políticos no le escuchan.

El verdadero problema no es aritmético. El cambio vendría de que todos superaran la política de líneas rojas. Después de décadas de democracia se han creado zanjas profundas detrás de los que se levantan grandes castillos ideológicos, que no de ideas. En muchos casos se trata de eslóganes sin consistencia reflexiva que sirven para mantener una parroquia fiel y para distanciarse de los otros. La política española necesita mucho más que parapetos construidos con palabras sacrosantas: libertad de mercado, solidaridad, redistribución, disciplina, excelencia y un largo etcétera. Sobra tacticismo y maximalismo por todas partes, falta sinceridad. Todo se justifica porque es necesario que ganen los nuestros, que no gobierne la otra España, a la que se concibe como la peor de las plagas.

Las premisas para el cambio son la sinceridad y la valoración del otro. Esa valoración del otro es el único motor para encontrar propuestas nuevas que, en la medida de lo posible, recojan los puntos comunes. Podrían no encontrarse esos puntos comunes, pero siempre es posible, al menos, llegar a un compromiso que no aliente el deseo de cambiar todo cuando se derrote al adversario. Pongamos el ejemplo de una de las cuestiones más calientes: el imposible pacto educativo.

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Más allá de la aritmética

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India, globalización religiosa

Fernando de Haro, (Kandhamal, India)

“¿Cómo es la presencia del hinduismo en España?”, me pregunta Ashok Kumar, un joven curioso con formación universitaria que me ha acompañado durante varios días por los pueblos y las sierras del distrito de Kandhamal en el Estado de la Odhisa. Su pregunta no es extraña. Una sexta parte de la población mundial es hinduista. Y en el seno de un país como India, llamado a ser protagonista del siglo XXI, se ha desarrollado una teología política inquietante. ¿Quién dijo que este siglo era un siglo secularizado? Cierta perspectiva occidental deforma la realidad. Estamos en tiempos muy religiosos, con religiones como lo eran todas antes de la aparición del cristianismo: creencias que sacralizan lo político. La globalización postmoderna de los mercados y de la tecnología no es laica en buena parte del mundo.

Ashok no puede imaginar, ni por asomo, que el hinduismo sea marginal en Europa. Ha crecido en una cultura y en un país donde los dioses están por todas partes, en cada esquina hay un templo. Aquí un árbol al que se le da culto, allí una piedra pintada de color azafrán a la que se adora con devoción.

El viejo politeísmo es utilizado por un nacionalismo, promovido por el movimiento Hindutva. Ashok baja la voz cuando habla de ciertas cosas en las calles marcadas con las banderas naranjas, señal de que la zona está controlada por los seguidores del hinduismo político.

La India de 1.200 millones de habitantes, la democracia más grande del planeta, la que compite con China y la que le ha superado en muchos aspectos (en población, en educación), el país que tiene dentro muchos universos, supera barreras y se siente orgulloso gracias, en gran medida, a una ideología que también en este caso se ha apropiado de la experiencia religiosa. “Yo soy hindi, tú también eres hindi, todos somos hindi”, me comentaba hace unos días un joven cordial en uno de los barrios más pobres de Delhi. “No, yo no soy hindi”, le contesté con un rostro serio. Puedo apreciar el yoga, intentar entender una religiosidad como la suya, pero decididamente no soy hindi. Ese chico simpático, de sonrisa franca, entiende que ser hindi es participar de un orgullo fundamentado en la dialéctica del enemigo. El Hindutva, con su brazo político (BJP) en el poder, considera necesario controlar las instituciones, tomar los puestos claves en las universidades, mantener en vigor las leyes anticonversión para que el cristianismo no se pueda manifestar públicamente. Cuando ha llegado el momento, ha considerado conveniente el recurso a la violencia, como hizo en los que algunos llaman el genocidio cristiano de Kandhamal de 2008. Es necesario imponer el “retorno a casa”, todos los indios tienen que ser necesariamente hindúes.

Modi no es solo el líder aparentemente simpático que hace yoga y que busca inversiones internacionales. Modi es el hombre que mantiene en vigor una doble discriminación de los intocables que se convierten al cristianismo. El 80 por ciento de la minoría cristiana pertenece a los “sin casta”. Se han convertido buscando una libertad que no tiene en la antigua religión. Pero al hacerlo pierde las ayudas que el Gobierno da a los que siguen siendo hindúes.

Es un pecado de origen. Gandhi, para promover la independencia, reelaboró algunas de las señas de identidad de la vieja religión (respeto a la vaca, alimentación vegetariana). Ahora que el mercado parece haber unificado el mundo, también en la India se recurre a la habitual fórmula para construir una identidad sencilla basada en estigmatizar al otro. En este caso el Hindutva le explica a sus seguidores que su aparente hegemonía es falsa, que la India está amenazada por los “extranjeros”: los musulmanes y los cristianos. No importa que los musulmanes hayan fraguado buena parte de la historia del país y que los cristianos llegasen probablemente hace dieciocho siglos con las misiones de la Iglesias de Iraq.

Aliya Nayak es un hombre de mediana edad. Anda descalzo y con el torso desnudo por las calles de Barokhoma, un pequeño pueblo de Kandhamal. Me cuenta que cada vez es más difícil celebrar la Navidad porque los seguidores del Hindutva siempre quieren impedírselo. Aliya seguramente no sabe que su tenacidad en celebrar la Encarnación es la mejor garantía de que en el futuro India pueda ser laica. No importa que no lo sepa. Lo importante es que lo considera decisivo para su vida. Lo importante es que nosotros somos testigos de ello.

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India, globalización religiosa

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Feminismo realista

Fernando de Haro

Los nuevos derechos tienen límites. No ha sido un iusnaturalista quien ha criticado una “libertad genérica no vinculada a nada” y el destrozo que causa absolutizar los derechos subjetivos. Ha sido Beatriz Gimeno, líder del movimiento gay y diputada de Podemos.

En el Parlamento de la Comunidad de Madrid se ha debatido hace unos días una proposición no de ley en favor de la regulación de la gestación subrogada. En España los contratos para hacer uso de vientres de alquiler se consideran nulos. Se establece que el parto determina la maternidad. Pero desde 2010 se da la posibilidad de inscribir una relación de filiación declarada por un tribunal extranjero. Con lo que, por la vía de los hechos, se permite recurrir a vientres de alquiler en otros países.

La Asamblea de Madrid no era competente en la materia. La iniciativa legislativa solo respondía a un intento de Ciudadanos, apoyado por el PP, de levantar la bandera de los nuevos derechos. La propuesta no ha salido adelante. Pero ha generado un interesante debate. Desde la izquierda feminista y gay se han vertido críticas muy sugerentes. La diputada Beatriz Gimeno ha expuesto sus argumentos en este periódico. Para la líder de Podemos, el uso de vientres de alquiler mercantiliza “el embarazo y el parto”, mercantiliza “a los niños” y abre un mercado mundial que someterá a las mujeres más pobres. “Todo el mundo tiene el derecho a querer formar una familia y a intentarlo, pero ningún deseo de tener hijos se puede convertir en el derecho a pasar por encima de los derechos de otra persona”, ha sostenido la que fue presidenta de la Federación Estatal de lesbianas, gais, transexuales y bisexuales.

Ni Gimeno ni el movimiento gay han renunciado a sus postulados tradicionales. Pero hacen una interesante reflexión sobre el perfil de los nuevos derechos, especialmente en el ámbito de la reproducción y de la maternidad.

Las bases del debate las puso hace 50 años el Tribunal Supremo de Estados Unidos. En el caso Griswold versus Connecticut consagra el derecho a la autonomía personal en el ámbito de lo privado. En 1973 también el Supremo de Estados Unidos, en el caso Roe versus Wade, invoca el derecho a la autonomía para permitir un aborto. La transformación jurídica se produjo al tiempo que se libraba una batalla en el campo del pensamiento. Simone de Beauvoir desarrollaba en esos momentos un feminismo en defensa de la autonomía de las mujeres que reclamaba capacidad de autodeterminación. Liberación frente a la opresión masculina. Esa es la misma terminología utilizada más recientemente por Lilia Rodríguez en el Fondo de Población de Naciones Unidas. El derecho de autodeterminación se articula con la teoría de género, se desarrolla con la reclamación de nuevas formas de familia. Y termina por proclamar la maternidad y la paternidad como un derecho para las parejas que no pueden concebir ni gestar biológicamente a un niño.

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Feminismo realista

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Nacionalismo del bienestar

Fernando de Haro

Ha sido en el campo de refugiados, ahora campo de detención, de Mòria. Francisco avanzaba lentamente sin que el servicio de seguridad le permitiera acercarse a un grupo de sirios que levantaban pancartas pidiendo ayuda y libertad. Una mujer de mediana edad conseguía sortear los controles y caía de rodillas ante el Papa. Entre lágrimas, lágrimas a tragos, le contaba su historia. Francisco no podía entender los detalles porque el traductor se había quedado atrás. Pero en silencio, en el lenguaje universal del sufrimiento, una y otro se entendieron.

La visita del Papa a Lesbos corre el peligro de ser interpretada como lo fue aquel grito de Juan Pablo II ante la segunda guerra de Iraq. “No a la guerra”, clamaba Juan Pablo. “Hemos venido para llamar la atención del mundo, para que se responda de una forma digna a vuestra situación”, ha asegurado Francisco en Lesbos. “¿Qué va a decir el Papa?”, se preguntaban muchos en 2003 antes de que las bombas empezaran a caer. La misma pregunta reaparece. Es lógico que los papas lancen mensajes espirituales, hablen de caridad y solidaridad. Pero luego hace falta “construir historia”. Hace 13 años, en nombre del realismo histórico, se llevó a cabo una intervención que desestabilizó todo Oriente Próximo. Se había creado un cierto consenso internacional sobre la necesidad de quitar de en medio a Sadam Hussein. Iraq es ahora un estado fallido, el baazismo ha desparecido y no pocos cuadros del sunismo se han pasado al Daesh.

El consenso sobre los refugiados, al menos desde el pasado mes de marzo, ha cambiado en el seno de la Unión. El Consejo Europeo ha querido, con el acuerdo de Turquía y con las expulsiones, frenar el efecto llamada. Ya en marzo, tras el cierre de las fronteras en los Balcanes, la llegada de inmigrantes a Alemania se redujo drásticamente. Merkel manda porque Alemania es la que más ha acogido. Y en política de refugiados no hay, como en política monetaria, un Draghi dispuesto a seguir inyectando liquidez en el sistema a pesar de las protestas del gobierno alemán.

Desde el pasado verano ha habido un giro y, con la canciller, buena parte de la intelligentsia y de los medios de comunicación ya están de acuerdo en que, tras el entusiasmo inicial, hay que poner orden. Y el orden incluye apoyarse en Turquía, socio siempre viscoso, socio de las mil caras que pacta con Europa y que también se muestra condescendiente con el Daesh.

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EncuentroMadrid: más allá de occidentalismos (de museo)

Fernando de Haro

Europa: un nuevo inicio. Ese es el título de la nueva edición del EncuentroMadrid que la gente de Comunión y Liberación celebra en la Casa de Campo esta semana. La primera fue en 2003, o sea que la cosa va cogiendo solera. Asociar la expresión “nuevo inicio” a Europa supone, cuando menos, sugerir que la inercia de la tradición institucional, cultural e incluso política del Viejo Continente es insuficiente.

No sé si los organizadores han sido conscientes. Al elegir un lema que habla de la necesidad de otro comienzo se alejan de una sensibilidad muy extendida. Aquella que, de un modo consciente o inconsciente, piensa en Europa como una especie de refugio de bienestar y de civilización. Una suerte de Gran Suiza, el mejor de los mundos posibles, en medio de mercados globales, grandes corrientes de refugiados y terceras guerras mundiales por fascículos. Buena parte de los últimos brotes de nacionalismo y de populismo son una forma de protesta porque Europa no haya sabido permanecer al margen de la historia. Parecen reclamar como una virtud el defecto que denunciaba Octavio Paz en 1983 con precisión hiriente. Querrían que el Viejo Mundo se “repliegue sobre sí mismo y consagre sus inmensas energías a crear una prosperidad sin grandeza y a cultivar un hedonismo sin pasión y sin riesgos”.

El programa es sencillamente irrealizable. Ha aparecido un mundo “posteuropeo” que está fuera y dentro de Europa. El arco temporal que comenzó con Colón y Juan Sebastián Elcano se ha cerrado. A comienzos del siglo XX la población europea representaba algo más del 25 por ciento de la población mundial, hoy solo es el 8 por ciento. El PIB de China, medido en poder adquisitivo paritario, ha superado al de Estados Unidos. En los años 90 Europa ganaba el 72 por ciento de las votaciones en Naciones Unidas. Ahora es China la que vence en el 74 por ciento de las ocasiones y Europa solo en el 50 por ciento. El centro de gravedad del mundo se ha desplazado en términos políticos, militares y económicos hacia el eje Asia-Pacífico.

Los optimistas subrayan que el mundo posteuropeo es mucho más europeo de lo que se cree. Sería prueba de ello el hecho de que nuestras grandes conquistas –el mercado, la democracia basada en ciertos principios, la racionalidad científica hija de la secularización y la técnica- se han convertido en señas de identidad mundiales en el siglo XXI. Este occidentalismo, construido con muchas dosis de ingenuidad, sostiene que el Espíritu en su camino ascendente por la escalera de la historia ha consolidado y convertido en universales los valores de la Ilustración.

Todos los datos fuera y dentro del Viejo Continente apuntan en otra dirección. La desigualdad amenaza la eficacia del mercado. La democracia es cuestionada. La razón, encerrada en un búnker desde hace siglos, cada vez tiene menos confianza en sí misma. Curiosamente la ciencia, más humilde que nunca y más dispuesta a reconocer los diferentes caminos del conocimiento, es el saber más abierto. Pero la separación entre Iglesia y Estado, promovida por el cristianismo y solo materializada efectivamente 18 siglos después de su aparición, se ve amenazada por la extensión de nuevas y viejas experiencias religiosas que vuelven a intentar sacralizar al poder. Cierto miedo a la libertad y al otro son síntomas de que el edificio occidental de las luces se ha quedado vacío y amenaza ruina.

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EncuentroMadrid: más allá de occidentalismos (de museo)

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Europa necesita signos

Fernando de Haro

No conviene repetir, con los atentados de Bruselas de la semana pasada, el mismo error cometido en 2004 en España. No conviene aceptar la transferencia de culpa que, como una onda expansiva, siempre acompaña al terrorismo. Esa transferencia que pretende convertir a las víctimas en verdugos. No hay más responsables del mal cometido que los yihadistas, nihilistas muchos de ellos nacidos y crecidos ya en Europa, asesinos que adoran al becerro de una nada sangrienta.

Pero con dolor tenemos que aceptar que no hemos estado a la altura del desafío del terrorismo. Ni en el plano de la inteligencia, ni en el policial, ni en el militar, ni en el cultural.

Es evidente que la célula terrorista que golpeó en Bruselas es la misma que golpeó en París. Dos hechos dejan poco lugar a dudas: el hallazgo de un plano de Zaventem en el apartamento de Atenas de Abdelhamid Abaaoud, el cerebro de los ataques de la capital francesa; así como la identificación de Najim Laachraoui, segundo suicida del ataque en el aeropuerto, implicado también en los atentados del pasado noviembre.

Frente a una amenaza global - terroristas que van y vienen a Siria, yihadistas que viajan entre las capitales europeas– la dinámica de los Estado-nación en el seno de la Unión nos deja indefensos. Los fallos en los sistemas de seguridad belgas y holandeses son evidentes. Ibrahim el Bakraoui, otro de los suicidas, fue extraditado de Turquía a Holanda y de ahí pasó a Bélgica sin que nadie se ocupara de él. La policía belga, tras detener a Salah Abdeslam, en búsqueda durante casi cinco meses por la matanza de París, solo le interrogó durante una hora.

La torpeza belga y la falta de cooperación con Francia son la punta del iceberg de un gran déficit de coordinación reconocida por los ministros de Interior reunidos en Bruselas el Jueves Santo. Algunos hablan de la necesidad de crear un FBI europeo. Habría que dar muchos otros pasos antes. El primero y elemental es que se comparta la información entre los diferentes servicios de inteligencia. Una vez más se pone de manifiesto la debilidad política de Europa para hacer frente a los retos del siglo XXI. La golpeada Bruselas, eficaz en las políticas de control de la competencia y capaz de poner en marcha una política agraria, se muestra impotente ante la crisis del euro, la de los refugiados y ante los desafíos del yihadismo. Se expresa en lenguaje nacional mientras que los acontecimientos y los mensajes que nos golpean tienen código global.

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Europa necesita signos

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Siria, socio de la Unión Europea

Fernando de Haro

¿Por qué no abrir negociaciones para que Siria sea el socio número 29 de la Unión Europea? ¿Por razones geográficas? Siria está en Oriente Próximo. También Turquía. ¿Por razones culturales? Siria es un país de mayoría musulmana. Turquía también y no cuenta con una minoría cristiana significativa como la que sí hay en Alepo, Damasco o Homs. ¿Por razones políticas y de derechos humanos? Siria está bajo un régimen dictatorial que no respeta las libertades. ¿Y es Turquía acaso un país democrático? Si vamos a facilitar los visados a los turcos, ¿por qué no dárselos a los sirios?

La propuesta para que Siria entre en la Unión Europea (solo una provocación) nos evitaría poner en marcha el acuerdo al que llegaron los 28 con Turquía el pasado viernes. El acuerdo por el que se va a expulsar a los refugiados que lleguen a las costas griegas. Si Ulises volviera a ser lanzado a las costas de la isla de los feacios, desnudo y desprovisto de todo, hoy ya no habría una bella princesa como Nausica para acogerlo, ya nadie pronunciaría las palabras que Homero pone en sus labios: “puesto que te hallas en nuestra ciudad y tierra, no temas carecer de vestidos ni de nada que necesites, en semejante trance, suplicante” (Odisea VI, 190 y ss).

El sagrado deber de hospitalidad -tratar con respeto y acoger al suplicante es el modo de ganarse el favor de los dioses- con el que se inaugura Europa hace 3.000 años ahora queda muy relativizado o desaparece.

El acuerdo con Turquía está destinado a quedar en papel mojado o a incumplirse. Para evitar la flagrante vulneración del derecho internacional que supone una deportación masiva, el compromiso alcanzado en Bruselas contempla la fórmula de la expulsión individual a un país seguro (Turquía). Fórmula que la semana pasada avalaba el Tribunal de Justicia de la UE. Para que se cumpla la ley es necesario que se examine cada caso, que se produzca una resolución administrativa y que el solicitante pueda recurrir ante un juez, en este caso un juez griego. La Unión fue incapaz de poner en marcha los hot posts (puntos calientes) que debían servir para identificar a los refugiados y distribuirlos según las cuotas acordadas y nunca cumplidas. Si no se consiguió poner en pie aquella fórmula, tampoco se va a poder cumplir con los requisitos que implica una expulsión individual realizada conforme a derecho.

Turquía, además, es un aliado complicado. Vamos a pagarle 3.000 millones ahora, otros 3.000 millones después, a facilitar la tramitación de visados y a abrir un nuevo capítulo de su adhesión a la UE. El dinero llegará, pero es muy probable que las otras promesas tampoco se cumplan. En cualquier caso, lo significativo es que Europa “subcontrata” a Turquía parte de la gestión de la crisis. Una Turquía que, desde que empezó la guerra hace cinco años, ha sido más que ambigua. Turquía ha bombardeado posiciones del ISIS, sí, pero al tiempo ha bombardeado posiciones kurdas. Turquía ha apoyado a los occidentales, pero al tiempo ha dejado pasar a través de sus fronteras a todos los europeos que han querido sumarse a las filas del Daesh. Ha dejado pasar también las columnas de camiones cargados de petróleo, contrabando con el que los yihadistas se financian (2.000 millones de dólares al año según estimaciones israelíes).

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Solución Monti

Fernando de Haro

Rajoy puede (debe) adoptar la solución que Giorgio Napolitano arbitró en 2011. O alguna parecida. Si España fuese una república, si el artículo 99 de la Constitución diera más facultades al monarca para encargar la formación de Gobierno, si Felipe VI no tuviera una hermana sentada en el banquillo, si se pudiera equivocar sin comprometer la Jefatura del Estado en una situación tan complicada como la que estamos, si todo eso ocurriera la negativa del PP y del PSOE a abstenerse para formar un Ejecutivo podría solucionarse con el encargo, hecho desde fuera del sistema de partidos, para que “un hombre bueno” asumiera la presidencia. Apoyado, eso sí, por las tres formaciones lealmente constitucionales que suman 253 diputados de 350.

El tiempo no arregla por sí solo las cosas ni tampoco las arreglan unas nuevas elecciones. Como hemos visto en las dos últimas semanas, con investidura y postinvestidura, todo es susceptible de empeorar. Pedro Sánchez necesitaba ganar terreno frente a los suyos y lo ha hecho a costa de reforzar el cordón sanitario. Rajoy también repite discursos de refuerzo interno que le distancian cada vez más de los socialistas y de Ciudadanos. Se defiende de los 130 diputados que suma el pacto Sánchez-Rivera, que son más que sus 123. Y Albert Rivera ha dejado muchas heridas al acusar al líder de los populares de poner en jaque al Rey. El enrocamiento es creciente.

Ya que no hay presidente de la república, Rajoy puede hacer sus funciones. El gallego pregunta una y otra vez en sus mítines: ¿cómo le voy a explicar a mis votantes que mi partido, que yo, que he ganado las elecciones, no vamos a gobernar y vamos a facilitar un gobierno que no sea del PP? Pues como se explican todas las cosas: desde el principio. “Queridos amigos ha llegado la hora de hacer un gran sacrificio, de que vosotros hagáis un gran sacrificio, y de que yo lo haga con vosotros. Por mí no va a quedar. Siempre he sido un hombre razonable, siempre he puesto el bien de España por encima de todo, y sé que vosotros también sabéis hacerlo cuando es necesario. Así que he decidido renunciar a presidir el Gobierno. Para facilitar un acuerdo con el PSOE y Ciudadanos. Para hacer posible esa gran coalición que necesita España, preferida por el 37,5 por ciento de los españoles según los sondeos. Vengo a proponer que el independiente tal sea presidente y que formemos un Gobierno de varios colores”. Los asesores de Moncloa no tendrían dificultad alguna en escribir algo así o incluso más convincente.

El país necesita Gobierno. En una coyuntura internacional que cada vez plantea más dudas sobre la recuperación económica, cuando la lista de reformas pendientes es kilométrica y mientras el proceso secesionista en Cataluña avanza, es una frivolidad pensar que senza governo, meglio. Antes de la investidura, el 50 por ciento de los votantes del PP, según un sondeo, quería que su partido se abstuviera para facilitar la formación de Ejecutivo. Aunque según GAD 3, en una encuesta de esas mismas fechas, el escepticismo era grande: el 53 por ciento no creía que el acuerdo se fuera a cerrar. Sin duda el escepticismo ha aumentado.

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Refugiados: no es imposible

Fernando de Haro

Horas antes de que comenzase la Cumbre Extraordinaria de la Unión Europea y Turquía, dedicada a la crisis de los refugiados, Francisco expresaba su admiración por la iniciativa de corredores humanitarios puesta en marcha en Italia. La iniciativa tiene un origen ecuménico, en ella participan católicos, y miembros de las iglesias evangélicas, metodistas y valdenses. La referencia del Papa era mucho más que una consideración piadosa en favor del entendimiento entre las iglesias. Señalaba una solución, un modelo que sirvió para solucionar anteriores crisis humanitarias como la de los Balcanes en los años 90 del pasado siglo, o la de Vietnam, Camboya y Laos en la primavera de 1975.

El corredor humanitario puesto en marcha en Italia por entidades de la sociedad civil, en colaboración con el Gobierno italiano, ha permitido a un centenar de solicitantes de asilo, entre ellos 40 menores, volar directamente desde campos de desplazados del Líbano hasta Europa con los papeles en regla. Al país de los cedros habían llegado desde Homs, Alepo y Damasco. El viaje directo les ha evitado caer en manos de las mafias. Antes de salir han sido identificados claramente como refugiados y no como inmigrantes económicos. Parece poca cosa cuando hablamos de un gran éxodo de cientos de miles de personas, pero la fórmula puede ser utilizada a gran escala.

Afrontar la crisis de los refugiados, a pesar de todo lo sucedido en los últimos meses, no es imposible. Requiere que Europa sea Europa, que reaccione con fidelidad a su historia y que recupere la inteligencia que parece haber perdido en los últimos diez meses.

Sobre el terreno se aprende mucho. Por ejemplo, en el barrio armenio de Burj Hamud en el Líbano. El barrio se formó tras el gran genocidio de hace cien años, cuando los jóvenes turcos decidieron hacer la primera limpieza étnica de la edad contemporánea. En Burj Hamud las familias y los amigos de los armenios de Alepo y de otras ciudades sirias han divido sus casas y sus apartamentos. Donde antes vivían cuatro personas ahora viven ocho. En todo el Líbano ha sucedido algo similar. Es la guerra, son las consecuencias de un conflicto en el que millones de personas han perdido sus casas. No se puede seguir viviendo como se vivía antes. En los centros sociales de los armenios, los recién llegados y los que llevan meses te piden que les ayudes a conseguir un visado.

No es necesario llegar a dividir todos los apartamentos de todas las ciudades de Europa como han hecho en Burj Hamud, pero sí darles un visado a los que sean realmente refugiados para que no emprendan un viaje a través de Turquía, de Grecia y de los Balcanes, controlado por las mafias y de éxito improbable. Un viaje así fomenta los abusos, el tráfico de pasaportes, la contaminación terrorista, la xenofobia, el fin de Schengen y la libre circulación de personas dentro de la Unión. La mala solución de la crisis de los refugiados es tan nociva para Europa como la mala gestión de la crisis del euro.

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Refugiados: no es imposible

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Pasar página y algo más

Fernando de Haro

Debate de investidura. Esta semana se celebra la investidura más extraña que se haya conocido desde que el país recuperó la democracia. El candidato es Pedro Sánchez, el secretario general de los socialistas. Lidera la segunda fuerza tras las elecciones del pasado 20 de diciembre. Sabe que no tiene los apoyos necesarios. Rajoy, el líder que ganó los comicios, ha declinado el encargo del Rey y ha perdido la iniciativa. El pacto del PSOE con Ciudadanos ha convertido al PP en partido de oposición, le ha hecho perder el centro y le ha convertido en formación del no. Ser del partido del no en cualquier ámbito de la vida es poco conveniente, pero en política suele llevar aparejada una desventaja mayúscula.

El pacto insuficiente del PSOE con Ciudadanos ha tenido la inmensa virtud de haber dejado a Podemos fuera de juego y de haber centrado a Sánchez, al menos algunas semanas. Pero se ha planteado de un modo que hacía imposible sumar al PP. Tiene su lógica que el partido más votado no facilite un Gobierno del segundo con el cuarto. Mientras Ciudadanos le pedía la abstención al PP, el PSOE insistía en que su pacto tenía como objetivo acabar con todo lo que el PP significa.

Han pasado once semanas escasas desde las elecciones. Un tiempo que a muchos nos parece excesivo pero que en realidad es breve para encajar un nuevo sistema de partidos. Porque eso es lo que ha sucedido: una mutación del sistema de representación. El debate y la votación de esta semana es solo una primera vuelta. La que cuenta es la segunda, esperemos que no haya tercera. Esa segunda vuelta de la investidura se producirá, con toda probabilidad, tras unas nuevas elecciones a finales de junio.

Todos somos lentos en aprender. Esperemos que de cara a la segunda vuelta los tres partidos constitucionales (PP, PSOE y Ciudadanos) hayan aprendido que en el nuevo contexto la política de mutua exclusión no va a ningún lado. Ciudadanos, que es nuevo, lo trae en su ADN. El PSOE tendrá que olvidarse de sus cordones sanitarios contra el PP. El PP del sueño de una hegemonía, fuente de prepotencia, como la que tuvo entre mayo de 2011 y mayo de 2015 (controló casi todas las instituciones).

Es conveniente que unos y otros dejen, cuanto antes, de hacerse daño. Es el momento de eso que los anglosajones llaman “move on”, pasar página en romance. Lo que implica seguramente cambiar personas, pero sobre todo cambiar de actitud. Por tres razones:

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Dos meses para aprender cómo

Fernando de Haro

Se suceden las rondas de negociaciones para conseguir la investidura de un presidente del Gobierno de España sin que haya sustanciales avances. Se cumplen dos meses de declaraciones y reuniones desde que se celebraran los comicios. Los más de quince días que restan para la primera votación se antojan una suerte de tortura para la opinión pública, cansada de gesticulación política. Nadie tiene los apoyos necesarios para formar Ejecutivo, todo el mundo dice querer seguir intentándolo sin que los vetos puestos el 20 de diciembre se levanten. Salvo sorpresa de última hora, el PSOE no va a obtener los apoyos que necesita. Rajoy dice que todavía quiere intentarlo, pero tampoco le salen las cuentas.

Tanto si hay nuevas elecciones el próximo 26 de junio como si de forma imprevista se evitan, lo verdaderamente conveniente es que esta sea ocasión para aprender. Para no seguir dándose con la cabeza en la pared que deja el callejón sin salida.

Desde que el 15M tomara la Puerta del Sol hace cinco años se han puesto en evidencia, de forma creciente, los límites de la democracia española. Los refiere bien Tom Burns en su reciente libro "De la fruta madura a la manzana podrida". La transición fue un éxito, pero tuvo sus límites. El Gobierno largo de Felipe González(1982-1996) creó un sistema de partido único cuando las nuevas instituciones estaban demasiado tiernas. La alternancia de la derecha se produjo demasiado tarde. Aznar no supo ni pudo impulsar la renovación necesaria para superar la partitocracia y el distanciamiento político de la vida social. Las inercias siguieron su curso. Y se convirtió en hábito, entre las dos formaciones mayoritarias, considerar al otro más como enemigo que como adversario. La dinámica de la enemistad se ha trasladado desde el poder a los ciudadanos cada vez que se ha producido un cambio de turno: 1996, 2004 y 2011.

El cuadro de una democracia débil se completa con otros factores: una sociedad civil enclenque; una mentalidad estatalista que es más dañina entre la gente que en la Administración; una clase empresarial demasiado obsesionada por el corto plazo y poco dispuesta a contribuir con el bien común, y una intelectualidad generalmente poco libre y poco creativa y demasiado dispuesta a enarbolar la bandera de la confrontación que otros ponían en sus manos.

No sería deseable que el período que España comenzó en Navidad se terminara, por una carambola, con un Gobierno populista. Pero tan negativo como contar con un Ejecutivo radical sería no aprender de la situación creada por las urnas.

Podemos es un aviso serio. Va a seguir creciendo. No es inteligente crear un cordón sanitario en torno al populismo. El partido de Pablo Iglesias señala lo que requiere una atención urgente: la desigualdad creciente; el sistema de partidos agotado por la corrupción y por su aislamiento de los ciudadanos; la falta de sinceridad y de verdad en la vida pública; un sistema educativo con poca capacidad de desarrollar capacidades críticas. La política se hace religión y se identifica con las cuestiones de sentido cuando las cuestiones de sentido son censuradas.

La dialéctica del enemigo, protagonizada por los partidos mayoritarios, está agotada. La incapacidad para formar un Gobierno fiel a la Constitución cuando PP y PSOE cuentan con una mayoría amplia en el Parlamento, y cuando hay un cuarto (Ciudadanos) dispuesto a apoyarlos, certifica el fin de ciclo.

Los españoles, lo dicen las encuestas, quieren que Rajoy y Sánchez no se presenten a las elecciones. Representan el veto mutuo. Los líderes más valorados son los que subrayan la necesidad del sumar. Identificar qué cambiar en el sistema democrático y en su relación con la sociedad civil requiere, desde luego, mucha conversación. Pero en los dos últimos meses se ha hecho evidente cómo conseguirlo. Ni la izquierda puede pretender llevar razón cuando le echa la culpa a la derecha, ni la derecha la lleva cuando hace lo mismo. Nunca hasta ahora era tan necesario un cambio de líderes y un cambio de método. El cambio solo se puede promover con el otro.

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Guerra Fría

Fernando de Haro

Putin lo ha conseguido. Ha conseguido una llamada telefónica de Obama para hablar de la guerra de Siria, una conversación que le convierte a los ojos del mundo, y sobre todo a los ojos de los rusos, en el segundo líder planetario. ¿Por qué no considerarlo el primero? A fin y al cabo los presidentes norteamericanos tienen que someterse a unas humillantes elecciones y a los ochos años suele acabarse su mandato.

Una parte importante de lo que sucede estos días en Oriente Próximo se explica por la necesidad que tienen los rusos de hacer de rusos. Otra parte se entiende por la urgencia de los saudíes de hacer de saudíes.

La conversación telefónica de Putin y Obama se producía después de que el primer ministro ruso Medvédev amenazara con una nueva Guerra Fría. Lo ha hecho en la Conferencia de Seguridad que se ha celebrado este fin de semana en Munich. Los rusos ni tenían voluntad de cumplir el alto el fuego pactado para dentro unos días en Siria ni querían ser fiscalizados.

El régimen de Assad, apoyado por Moscú, avanza en la toma de control de Alepo. No piensa detener los bombardeos sobre las fuerzas de la oposición y sobre Al Nusra (la filial de Al Qaeda en Siria) -en mucha menor medida sobre el Daesh- hasta que no consolide sus posiciones. Rusia y el régimen de Assad quieren ganar terreno antes de que se negocie el fin de una de las guerras que se libran en Siria: la guerra civil entre el Gobierno -apoyado por Moscú y Teherán- y la oposición suní. Putin quiere que Assad se consolide en la zona costera. Por eso hace grandes aspavientos cuando Estados Unidos pretende entorpecer sus planes, por eso y porque enfrentarse a Obama le viene de perlas en su política interior. No hay nada como una polémica con el emperador para elevar el orgullo patrio y hacer olvidar la crisis y la bajada del precio del petróleo. El nuevo zar gana una cabeza de puente en el Mediterráneo y además rodea por el sur a uno de sus clásicos adversarios: Turquía. Los decenas de miles de refugiados, que huyen de Alepo y a los que Erdogan no deja pasar la frontera, se han convertido en un instrumento con el que las dos potencias regionales, eternas rivales, se golpean delante de la comunidad internacional. La Unión Europea, especialmente Alemania, no consigue que las razones humanitarias estén por encima del enfrentamiento entre Ankara y Moscú.

El problema no es que los rusos hagan de rusos. El problema es que los rusos hacen con más inteligencia de rusos que los estadounidenses hacen de estadounidenses. Obama empezó la campaña de bombardeos en 2014 invirtiendo los factores. Era imposible ganar la guerra contra el Daesh sin una cierta colaboración con el régimen de Damasco. Primero hubiera sido necesario un acuerdo político entre el Gobierno y la oposición y luego debería haber llegado la intervención militar. Una vez que se hubiese ganado terreno contra el Daesh, se hubiera podido propiciar un cambio en el régimen sirio, contando con alguno de los círculos menos leales a Assad. Pero Estados Unidos quiso combatir en todos los frentes al mismo tiempo. Putin aprovechó el hueco y desde hace meses fortalece a Assad. A pesar de que ha sido la Casa Blanca la que ha rehabilitado a Irán, el otro gran sostén del régimen de Damasco, Washington no ha sacado rédito de ese movimiento.

Obama ni tiene ascendiente sobre Assad ni lo tiene sobre la oposición. Sus líderes, como ha quedado de manifiesto en las suspendidas conversaciones de Ginebra, están bajo el patrocinio de Arabia Saudí. Y los saudíes necesitan más que nunca hacer de saudíes, ahora que su principal enemigo, Teherán, es el gran amigo de Occidente.

La expresión Guerra Fría es un farol. Pero para conseguir algún avance en la paz hay que volver a empezar. La guerra civil en Siria y la guerra contra el Daesh son una expresión de la guerra de siempre entre chiíes y suníes. Del lado chií está Moscú, del lado suní está Arabia Saudí y Turquía. Con Irán y con Moscú hay que contar y hacerlo con habilidad para que Putin no siga ganando terreno. Para que no siga sufriendo como sufre la población civil. Primero ganar la guerra civil, luego la transición. Teniendo en cuenta que la victoria militar no es suficiente. La mayoría de la población es suní y hay que atraerla de algún modo. No puede volverse a repetir el error de Iraq en 2004. Los chiíes pueden con paciencia conseguir la victoria sobre el Daesh, pero solo los suníes pueden deslegitimarlos.

No es fácil. Hace falta paciencia e inteligencia. La tragedia es que el dolor aumenta a diario.

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Recomenzar Europa

Fernando de Haro

Los signos se multiplican. Hasta el penúltimo ilustrado ha claudicado. Mejor sería decir que ha evolucionado. Una de las mentes más lúcidas de Europa, cuando en Europa escasean las cabezas de las que salga luz, ha dado un importante giro. Hablo de Todorov. El cambio del escritor búlgaro afincado en París no es una curiosidad para consumo de culturetas. Todo hemos sido Todorov. Europa entera, sin leerlo, piensa como él.

El pensador presenta Insumisos, su último libro, en estos días en que Europa sufre una derrota tras otra. El aplazamiento de las negociaciones de paz sobre Siria supone una nueva baza para el Daesh. La oposición siria, empujada por Arabia Saudí, se levanta de la mesa de diálogo. Sin acuerdo entre gobierno y rebeldes, los yihadistas y el régimen siguen generando refugiados. La solidaridad inicial hacia los que huyen de la guerra se transforma en sospecha. Se suspende por la vía de los hechos Schengen. La amenaza es seria. La Unión se basa en unas fronteras abiertas. El Consejo Europeo del próximo 18 y 19 de febrero difícilmente resolverá el problema. De lo que se va a debatir es de la propuesta para impedir el brexit con menos Europa.

Hace diez años era difícil pensar que nos encontraríamos en esta situación, ante una encrucijada difícil de resolver, flojos en los que nos ha mantenido unidos. Fue precisamente en 2006 cuando Todorov publicó “El espíritu de la ilustración”. Es una obra breve, en la que se propone responder a la pregunta que está en la primera línea: “Tras la muerte de Dios, tras el desmoronamiento de las utopías, ¿sobre qué base intelectual y moral queremos construir nuestra vida común?”. Por muerte de Dios entendían el fin de los regímenes totalitarios, todavía cercanos. La respuesta era sencilla y estaba bien articulada. La ilustración laica (hay una ilustración religiosa) podía resolver el problema. Autonomía, laicismo y universalidad componían los ingredientes fundamentales de la receta. Había que recuperar un espíritu para el que “lo sagrado ya no se encuentra entre los dogmas y en las reliquias sino en los derechos de los seres humanos. Para nosotros es sagrada determinada libertad del individuo, la vida humana, la integridad física”. La sacralidad de los derechos y de los valores, autónoma de cualquier dependencia religiosa, podía fundamentar la universalidad. Todorov hace diez años era un buen ilustrado. Por eso invocaba a Lessing: “basta con que los hombres se atengan al amor cristiano. Poco importa lo que suceda a la religión cristiana”.

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Chatarra política y caridad constituyente

Fernando de Haro

Caucus en Iowa este lunes. En marcha la campaña electoral para las presidenciales estadounidenses de 2016. Iowa, primer Estado en las primarias, marca tendencia, o marcaba. Porque Iowa es wasp, no tiene muchos votantes hispanos. Y los electores de lengua española son ahora decisivos.

Las asambleas de Iowa certifican, eso sí, que el arranque de las presidenciales es anómalo. Sobre todo, en el lado republicano. A pesar de su ausencia en el último debate, o quizás por eso, Donald Trump acababa el fin de semana con un apoyo del 28 por ciento. El otro candidato radical de las filas republicanas, el evangelista Ted Cruz, inspirado por los postulados extremistas de la Universidad de Liberty, contaba con un 23 por ciento. Marcos Rubio, el primer candidato más centrado, más en línea con los postulados clásicos de los republicanos, se encontraba a mucha distancia, con un 15 por ciento. Jeb Bush, también representante de la opción moderada, ha llegado a Iowa prácticamente fuera de la carrera.

El giro de los líderes del partido republicano en los últimos días ha sido muy significativo. Ya no quieren que Trump pierda fuerza: lo consideran el mejor freno para un Ted Cruz que no es un outsider, que maneja ciertos resortes de la organización, que tiene más capacidad de ser el candidato final que el estrafalario millonario. ¿Qué ha sucedido en Estados Unidos para que una parte importante de la derecha se identifique con las opciones que fomentan la animadversión hacia los inmigrantes? En el lado demócrata lo “antistablishment” también tiene fuerza (Sanders ha llegado casi empatado con Clinton). ¿Es un capítulo más de esa polarización que Obama reconoció como fracaso de su gestión en su último discurso de la Unión? La polarización atraviesa los últimos años de Bush, es alimentada por el propio Obama y por el Tea Party. Pero quizás aquí estamos ante un paso más. Porque Trump ha hecho carrera a base de cuestionar referentes constitucionales, lo ha hecho al apostar por la discriminación religiosa, la tortura y la calumnia al extranjero.

El éxito de Trump se basa en la explotación del descontento de una clase media blanca que, a pesar del crecimiento económico, se ha visto empobrecida y se siente defraudada por el sistema. Quizás se pueda concluir que el fantasma del desconcierto y del descontento se ha instalado a los dos lados del Atlántico. El Occidente desilusionado y atemorizado compra en Estados Unidos la chatarra política de Trump, en Francia la del Frente Nacional, en Alemania la de Pegida, en Grecia la de Syriza, en España la de Podemos… La chatarra es de izquierdas y de derechas, los ingredientes son diferentes en casa caso, pero coinciden en su carácter anarquizante, milenarista, utópico y esencialista (la regla de la mayoría es absoluta y no tiene que someterse a cauce constitucional o institucional alguno).

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Se puede crecer con mal Gobierno

Fernando de Haro

A España la salvó Europa. Y seguramente volverá a suceder. La “milagrosa transición” de la dictadura a la democracia, excepcional por pacífica, se debió en gran medida a que existía un proyecto de construcción europea en el que izquierda y derecha se reconocían. Fue así hace 50 años cuando el republicano Salvador de Madariaga sentenció que la Guerra Civil había acabado. Lo hizo en una reunión del Movimiento Europeo (Contubernio de Múnich), reunión en la que los viejos contendientes estrecharon sus manos.

Si al final hay un Gobierno de socialistas, populistas de Podemos y comunistas (con la abstención de los independentistas catalanes de ERC y de Convergencia) será Bruselas la que limite los daños. Como los ha limitado en Grecia. Hace 30 años España fue acogida en el seno de la CEE de entonces con el propósito de estabilizar su democracia. El golpe de estado del 81 aceleró las negociaciones. El ingreso vino acompañado de sustanciosos fondos europeos que querían evitar cualquier radicalismo político. Había que evitar un posible avance de los comunistas. Los socialistas apoyaron la operación.

Bruselas vigilaría los excesos económicos y exigirá, en cualquier caso, control del gasto, reducción del déficit. Ya lo ha hecho con un Gobierno de centro-derecha (exige un ajuste adicional de 8.000 euros), con más motivo si hay un Gobierno social-populista. En derechos fundamentales también Europa supondría un límite a posibles excesos. Aunque la intervención de la Comisión llegaría cuando los daños fueran considerables. A corto plazo los efectos negativos serían inevitables.

En estos momentos solo un acuerdo del PSOE y Ciudadanos (del segundo y del tercero) con gran generosidad del PP o nuevas elecciones (los dos supuestos requieren un golpe de mano en el partido socialista) pueden evitar que se cumpla la previsión que hacía este periódico hace un mes. Rajoy no ha aceptado el encargo del Rey para someterse a una investidura, a pesar de estar al frente del partido más votado, con el propósito de propiciar un estallido dentro del PSOE. Solo los barones regionales y los históricos del partido pueden pararle los pies a su secretario general, que está dispuesto a aceptar un pacto suicida con Podemos. La posibilidad es remota. Las condiciones puestas por Pablo Iglesias para que Podemos apoye a los socialistas, y el modo en el que se presentaron, hubieran provocado la ruptura en la mayoría de los países europeos. Pero la socialdemocracia española parece haber desaparecido.

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Fuera de la zona de confort

Fernando de Haro

La entrevista a Bauman en El País ha hecho furor. Entendámonos: el furor que estas cosas pueden provocar. En las librerías de Madrid, donde se vende algo más que Juego de Tronos, sus últimas obras se han agotado, quizás se hayan vendido algunos cientos de ejemplares. Bauman, ya ocurrió con su “sociedad líquida”, tiene la virtud de dar algunas pistas para entender el mundo en transición de este comienzo del siglo XXI.

El sociólogo de origen polaco es estimulante porque no hace los insatisfactorios y manidos análisis morales (de izquierda y de derecha). No es un problema ético. “Las certezas han sido abolidas”, señala. Se refiere a las certezas institucionales y económicas. Pero la frase se podría extender a otros campos. La democracia cojea no solo porque los políticos sean corruptos, por falta de ideales, sino porque “el matrimonio entre poder y política en manos del Estado-nación se ha terminado. El poder se ha globalizado pero las políticas son tan locales como antes. La política tiene las manos cortadas”. Los políticos, aunque tuvieran la habilidad de decidir lo que hay que hacer, no podrían hacerlo porque no tienen capacidad.

La crisis que sacude por enésima vez los mercados en los últimos días ilustra bien lo que asegura Bauman. La devaluación del yuan chino y la bajada del precio del petróleo se han convertido en los dos fantasmas que amenazan el planeta. Como respuesta a la crisis de 2008, crisis de sobreendeudamiento, Estados Unidos puso en marcha una política monetaria expansiva, ahora utilizada por Europa. El reverso de la fórmula es una devaluación y la consiguiente guerra de divisas a la que se ha apuntado China. No hay poder político mundial que ponga orden. Sin Estado-nación es casi imposible mantener en pie el Estado de Bienestar.

Y lo mismo ocurre con la guerra y sus efectos. Juncker, el presidente de la Comisión Europea, esta semana le echaba un rapapolvo a Suecia y a Dinamarca por haber abolido Schengen. La Unión Europea, que no ha conseguido superar las dinámicas del Estado-nación, se ve desbordada por la llegada de refugiados, por las consecuencias de una guerra que se produce en Oriente Próximo. Afortunadamente Merkel nos ha recordado que ser europeos es acoger al que huye del terror, pero la política de fronteras ha fracasado y nada o poco de lo aprobado en Bruselas durante los últimos meses se ha puesto en vigor.

Esta impotencia de la política que ha traído una globalización irrefrenable nos enfada. Es lógico. Tenemos en nuestro ADN la idea de que el poder tiene la capacidad de darnos una vida mejor, más libre, más humana. Y, de pronto, el poder tradicional se nos queda vacío de contenido en favor de un poder abstracto, intangible. El edificio de libertades y derechos sigue en pie, pero a veces se antoja vacío. Nuestra perplejidad es lógica.

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El 'bien' de Podemos

Fernando de Haro

Es muy probable que en España se repitan las elecciones. Es muy probable que Podemos aumente su apoyo en los próximos meses. Es difícil que lo evite a corto plazo una derecha culturalmente vacía y encastillada, una izquierda desorientada y unas minorías creativas ausentes o poco creativas, enredadas en viejas fórmulas. El crecimiento de Podemos supone un reto social y cultural similar al que significó para Europa la oleada de protestas estudiantiles del 68. De hecho, en algunos aspectos, parece una nueva mutación del movimiento de deconstrucción iniciado ya hace 50 años. Por eso demanda una respuesta nueva.

Digámoslo rápidamente. El avance político de Podemos no implica bien alguno. Su buen resultado electoral se debe, en gran parte, a su franquicia independentista de Cataluña. Las reivindicaciones nacionalistas y de secesión se han convertido en una prioridad de la formación morada en los últimos meses. Luego está la “agenda social”. La propuesta de la Ley 25, que sus líderes quieren debatir en el Congreso tan pronto como sea posible, tendría elementos asumibles. Hay que seguir trabajando para responder al problema de los desahucios. El sistema de copago sanitario puede no ser el mejor. La cuestión de una renta básica garantizada es más compleja, pero apunta a dos heridas reales: la pobreza y la desigualdad que sufren muchos.

El problema no es lo que denuncia el partido de Pablo Iglesias sino las soluciones que propone (inviables) y su ideología. Con Podemos crece la mentalidad que desresponsabiliza y atribuye al Estado la capacidad de resolverlo todo. Con Podemos crece ese “rencor político” que alimenta la mercancía utópica. La globalización nos ha dejado perplejos y no sabemos cómo mantener en pie el bienestar conquistado. Es fácil echarles la culpa a otros. Y luego justificar la limitación de derechos en nombre de la igualdad. El cuento es viejo. Las “fórmulas Podemos” hacen daño a la estabilidad del país, a la creación de empleo, a la concordia, a la pluralidad. El avance de Podemos a costa del socialismo más clásico es muy mala noticia. El PSOE, muy desorientado, pierde otra vez el centro compitiendo con el radicalismo. Se agota en esta batalla estéril.

¿Dónde está entonces el “bien” de Podemos? Como lo fue el 68, el avance de Podemos supone una provocación para una sociedad como la española o la europea en la que las razones para la convivencia común, la responsabilidad social, las razones para construir o para crear riqueza se han dado por supuestas. Puede ocurrir que, de pronto, descubramos que esas razones están vacías. El movimiento estudiantil de los años 60 del pasado siglo se levantó contra la gran construcción que habían generado los principios de la ilustración europea tras la postguerra: una sociedad relativamente próspera, pacífica después de los sangrientos conflictos de las décadas anteriores, fundamentada en los valores de las “luces” que eran compartidos por todos. Desde entonces hasta ahora, estamos hablando de dos generaciones, se suceden los “levantamientos” contra esa ilustración práctica, ese pacto no escrito entre los socialdemócratas y los conservadores (democratacristianos) que mantiene el edificio europeo en pie. Un edificio que se ha ido quedando vacío de ideales. Podemos está en esa onda. Europa hizo posible, en gran medida, la transición y la reconciliación de los españoles. Ese es el mundo que se rechaza.

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El 'bien' de Podemos

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2016. Un año de esferas perplejas

Fernando de Haro

Nunca se ha podido hacer, con rigor absoluto, ese ejercicio que el periodismo tradicionalmente nos exige por estas fechas: una previsión de cómo puede ser el año que entra. Pero en este 2016 cualquier pronóstico se ha convertido en una temeridad. Vivimos en un mundo sin centro alguno, a merced del juego de esferas ¬¬-viejos y nuevos imperios- de diferente tamaño, esferas dominadas todas ellas por la perplejidad.

La esfera estadounidense, imperio maduro, celebra elecciones presidenciales después del ciclo Obama. Lo hace en una situación de desconcierto del que están siendo buena prueba las primarias. La subida de tipos de la Reserva Federal del pasado mes de diciembre certifica que la crisis iniciada con la quiebra de Lehman Brothers queda atrás. Siete años después del estallido de la burbuja de las subprime, después de haber gastado billones de dólares en el rescate del sector financiero y en inyectar liquidez, la decisión de Janet Yellen certifica que la recuperación se ha encarrilado. La primera economía del mundo ha superado una difícil prueba. Solo arriesgadas decisiones en favor de una política monetaria expansiva la han mantenido a flote.

Pero la hazaña no parece contar mucho en la campaña electoral. De hecho, el fenómeno Donald Trump solo se entiende porque una parte relevante de la población blanca se siente fuera del sistema. Tiene la percepción de que la mejora de los números solo beneficia a otros, tiene miedo del peso de los inmigrantes (en un país construido con la gente que llegaba de fuera), tiene la sensación de que vive en una América que ya no es la suya. Todos esperábamos que Trump, con sus mensajes xenófobos, fuera un fenómeno pasajero, pero sigue en la carrera. Desafía a los republicanos y toda la arquitectura institucional. Siempre ha habido outsiders pero no con tanto peso. Lo ideal hubiera sido un duelo de viejos apellidos: Bush (Jed) y Clinton (Hillary). Estados Unidos sale de la crisis extrañamente polarizado, con un proyecto nacional poco claro y sin saber cómo representar su papel de imperio maduro en un mundo multipolar. Los errores en Siria o en Egipto, la relación con Rusia y el sí pero no constante de Obama son el mejor ejemplo (en su balance positivo se puede apuntar la cuestión cubana) de la falta de rumbo. Si la victoria de Hillary supone la vuelta de los equipos de su marido a la Casa Blanca, las cosas podrían mejorar.

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2016. Un año de esferas perplejas

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Un milagro de improbabilidades infinitas

Fernando de Haro

No hay paz como en los tiempos de Augusto, y por eso quizás la profecía sigue hablando de la necesidad de un milagro. La globalización tiene poco que ver con lo que sucedía en la época de la Pax Romana, cuando el primer emperador impuso el orden en todo el mundo conocido. También, como entonces, estamos conectados. Hace 20 siglos era fácil llegar desde un pueblecito como Cafarnaún, de una región perdida, al corazón del Imperio. Muy cerca de aquel pueblo de cincuenta casas pasaba la “Via Maris”. Bastaba seguirla con decisión para plantarse en relativamente poco tiempo a las puertas de Roma. El idioma no suponía un grave problema, porque entonces, como ahora, se manejaban una o dos lenguas francas. La gran diferencia era el orden, una cierta tranquilidad. El centro estaba claro, la ley imperante también.

Ahora no hay un solo eje y tampoco hay paz. Hace un siglo estalló el equilibrio dominante durante el XIX y no hemos vuelto a encontrar quietud. El final de esa gran novela que es "El puente sobre el río Drina" de Ivo Andrich refleja ese instante en el que todo saltó por los aires. El relato acaba en el momento en el que la primera bomba de la I Guerra Mundial cae sobre uno de los pilares del histórico puente. Acaba el libro y acaba una historia de cinco siglos en la que los pueblos del Imperio Austro-húngaro han vivido en relativa concordia, sabiendo a qué atenerse. Las bombas siguen cayendo sobre ese Río Drina en el que se ha convertido el planeta a comienzos del siglo XXI. Aunque Hillary Clinton gane las elecciones en 2016, Estados Unidos no volverá a ejercer la vieja hegemonía. Rusia, ya lo sabemos, seguirá pugnando por su viejo protagonismo, intentando hacerse espacio frente a Europay a Turquía (que también se mira en el espejo del pasado otomano). Todos estamos deseando que China no renuncie a sus ambiciones financieras y esperamos que siga creciendo con tasas superiores al 5 por ciento y comprando la deuda de Occidente. El imperio del capitalismo comunista, viejo por su política de natalidad, compite con la joven y democrática India y se extiende en África y América Latina buscando materias primas. El yihadismo recorre como un fantasma el Sahel, desestabiliza el Cuerno de África, sueña con restablecer el Califato de Sokoto en Nigeria, domina parte de Siria e Iraq, determina los destinos de Pakistán, no está vencido en Afganistán y amenaza el corazón de Europa… No,decididamente estos no son tiempos como los de Augusto, cuando José subió a Belén.

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Un milagro de improbabilidades infinitas

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Un cambio radical, una ocasión de libertad

Fernando de Haro

España tendrá, tras las elecciones de este domingo, un gobierno de PSOE y Podemos con algún apoyo nacionalista. El cambio será radical. Las encuestas de hace unas semanas estaban equivocadas. Las que valían no eran las últimas sino las de septiembre. La mayoría de los votantes jóvenes que apuestan por una nueva política no lo han hecho dentro del cauce de la Constitución. Podemos, el partido hermano de Syriza, obtiene un formidable resultado de casi 70 diputados. Y Ciudadanos, la formación moderada de la nueva política, obtiene un resultado muy por debajo de los sondeos: quedarse en el entorno de los 40 diputados es un resultado muy inferior a las expectativas iniciales. A sus líderes les ha sobrado arrogancia y les ha faltado madurez.

Habrá gobierno radical porque aparece con fuerza Podemos y porque el PSOE se queda muy por debajo de su peor resultado: ha mejorado respecto a los sondeos y mantiene el tipo con 90 diputados. Los socialistas españoles no harán una gran coalición, no serán fieles a sus raíces socialdemócratas y se aliarán con el radicalismo de Podemos, que en gran medida marcará la agenda. Habrá un gobierno social-radical también porque el varapalo al PP es contundente: pasa de 186 escaños a quedarse por debajo de 125. La buena política económica no ha sido suficiente. El PP ha pagado no haber cortado a tiempo con la corrupción, no haber sabido explicar la política de ajustes, su distanciamiento astronómico de la vida social y una forma de ejercer el poder tecnocrática. No habrá efecto Cameron.

España tendrá un mal gobierno. Un gobierno que hará mala política económica (veremos qué sucede con la recuperación), que será muy estatalista y que limitará las libertades. ¿Por qué Podemos ha subido tanto? Podemos le ha arrebatado una parte de espacio al socialismo, al nacionalismo, y a las formaciones de la izquierda-izquierda. España se queda sin la socialdemocracia más clásica. Una importante pérdida. El avance de Podemos es el “no” de amplios sectores sociales a las referencias constitucionales, es el fracaso de una generación que no ha sabido transmitirle a otra el valor de la transición, es la otra cara de un exceso de tecnocracia y de descuido de la educación. Es el triunfo de la utopía que le atribuye a la política y al Estado la capacidad de hacernos felices.

En este contexto, en el que desde el poder se va a apostar por el estatalismo, reconocer y desarrollar el valor de la persona y su responsabilidad es más urgente que nunca. Es la hora de la sociedad civil pero no para propiciar la polarización de una vida democrática que va a estar muy tensa. No habrá un cambio rápido.

Habrá que librar pocas batallas y esenciales, centradas en la libertad. En la libertad de educación, en la libertad personal (tutela efectiva de la objeción de conciencia) y religiosa. Los espacios de libertad se conquistan ejerciéndola. Y, sobre todo, hace falta un trabajo lento de construcción social en favor de un encuentro que esté más allá de las posiciones ideológicas. El futuro está fuera de las trincheras. En un campo abierto donde no se dé nada por supuesto. Donde predomine la estima por el diferente y el intento por comprender qué hay detrás de la reivindicación de más Estado o los nuevos derechos, por poner dos ejemplos. Más que nunca es el tiempo de superar esquemas ideológicos y de poner en la vida pública una experiencia positiva. El radicalismo ha triunfado, en gran medida por el cansancio que provocaba un discurso gastado y resignado, por la sensación de que a la vida pública le faltaba autenticidad. Ese deseo de autenticidad puede ser un punto de encuentro. Todos necesitamos palabras frescas, palabras verdaderas, que nazcan de una experiencia humana real. Solo esa experiencia auténtica, libremente ofrecida, pueden abrirse paso en esta situación.

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Un cambio radical, una ocasión de libertad

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Elecciones 20-D: sin mantras

Elena Santa María, Yolanda Menéndez, Juan Carlos Hernández, Fernando de Haro

Este domingo estamos llamados a votar. Estas elecciones se celebran en un escenario muy diferente al de comicios anteriores. Si se cumplen los pronósticos de las encuestas, habrá cuatro partidos –y no dos– con más del 15 por ciento de los votos. Parece evidente que tendrán que pactar entre ellos para lograr la mayoría suficiente ya sea para conseguir una coalición o para gobernar en solitario.

El nacimiento y el apoyo masivo a los nuevos partidos son reflejo de una sociedad que ha cambiado, que después de unos muy duros años de crisis y de desafección hacia la política parece implicarse más en la vida común. Llegamos a las elecciones cuando hay un sonoro clamor en favor de una nueva forma de hacer política. Hay un deseo de que prevalezcan palabras verdaderas sobre los reproches y los viejos discursos ideológicos. Hay, también, una gran expectación ante lo que digan las urnas. Y, sobre todo, ha surgido un interés nuevo por contrastar ideas, por que se ponga en juego el ideal que a cada uno le anima a construir la vida democrática. Muchos reclaman a los políticos que respondan en este nivel, que se dejen de confrontaciones infecundas. Afortunadamente, en España, el descontento no ha alimentado, como en países vecinos, una reacción mayoritariamente radical. Se ha despertado un anhelo de diálogo y de profundizar en el significado de la política. En las universidades, en los ámbitos de trabajo, entre los vecinos y en las familias se habla sobre la vida pública como antes no se hablaba.

Estos signos de cambio son una invitación a salir de fórmulas predeterminadas, de ideologías prefijadas. Muchos argumentos del pasado suenan ahora como mantras que no están a la altura de las circunstancias. Los mantras, si no llevan dentro una vida, duran poco y solo generan aburrimiento y descontento. Se hace más claro por eso que, en estas pocas horas que quedan antes de emitir nuestro voto, conviene preguntarnos por qué votamos lo que votamos. No es momento de dejarse llevar por la pereza intelectual. Esta pregunta y sus posibles respuestas, tendrán especial valor para lo que suceda a partir del 21-D, para que el cambio se materialice en el protagonismo personal propio de una democracia, en un mayor peso de la sociedad civil.

Nos parece que hay algunos criterios que deben pesar más que otros al tomar la decisión. No son pocos: subsidiariedad y solidaridad, libertad de educación, libertad de formular propuestas de significado, lucha contra la corrupción, reforma de las instituciones, protección de la ecología de lo humano, sostenibilidad de la Sociedad del Bienestar y del modelo productivo… No vamos desde aquí a sustituir a nadie en el ejercicio de valorar la complejidad de los factores en juego.

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Elecciones 20-D: sin mantras

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Mucho más que 'votar bien'

Fernando de Haro

Las elecciones generales que se celebran el próximo domingo en España podrían tener como banda sonora la gran canción de Bob Dylan "The Times they are a-changin" (1963). La invitación está en pie. “Come writers and critics/who prophesize with your pen/and keep your eyes wide” (Venid escritores y críticos, los que profetizáis con vuestra pluma y tened los ojos bien abiertos).

La aparición de nuevas formaciones ha provocado que la campaña sea mucho más interesante que otras veces. No es tan fácil instalarse ya en esa pereza ideológica que evita la complejidad y que se queda tranquila con las soluciones simplistas.  Hay cierta apertura para distinguir, entre los blancos y los negros, los grises. Por primera vez en mucho tiempo se siguen con interés los debates de los políticos  y se habla de las propuestas de los diferentes partidos. Hay conversación.

Parece que Comunión y Liberación se ha querido sumar a este proceso con el manifiesto que ha hecho público con motivo de los comicios. Se titula "La persona en el centro de la política". El pasado mes de marzo el Papa Francisco le hizo algunas sugerencias a este movimiento eclesial. Una de ellas, formulada con palabras de Luigi Giussani, su fundador, recordaba que “el cristianismo no se realiza jamás en la historia como fijación de posiciones que hay que defender, que se relacionan con lo nuevo como pura antítesis; el cristianismo es principio de redención, que asume lo nuevo, salvándolo”.  El texto, a lo mejor, surge de esta indicación.

Se vuelve a hablar de casi todo. Quizás por eso los de CL aseguran que “estamos ante una ocasión privilegiada para reflexionar sobre las cuestiones más acuciantes que afectan a nuestra sociedad”. No han querido los "cielinos" limitarse a indicar criterios de voto. Hubiera sido legítimo (de hecho, el manifiesto incluye varios), pero más propio de otro tiempo y seguramente menos rico. Entre líneas parece intuirse el deseo de asumir el inicio de conversación nacional y proponer algunos contenidos propios de su experiencia. Seguramente este enfoque es lo que Francisco llama “abrir procesos y no ocupar espacios”. Ya veremos en qué acaba.

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Mucho más que 'votar bien'

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Bienvenida sea la política

Fernando de Haro

Vuelve la política. Bienvenida sea. Podemos recibirla sin miedo. Hace unos días el salón de actos de la Universidad Carlos III en Madrid estaba lleno a rebosar. Más de 2.000 alumnos esperaban para seguir de cerca el debate entre Albert Rivera (Ciudadanos) y Pablo Iglesias (Podemos). Muchos se quedaron sin entrar. El acto se transmitió por internet y ha sido un hito en la pre-campaña. Los estudiantes, que hace años eran abstencionistas, abstencionistas del voto, de la democracia, de cualquier cosa que no fuera su pequeño y escapista huerto interior, ahora quieren saber de tipos marginales del IRPF, de rentas de inserción, de complementos salariales garantizados, de reformas constitucionales… Los debates a dos que habían perdido audiencia en la pasada campaña, ahora que son a tres o a cuatro despiertan pasiones. El ritmo en ellos es frenético: lluvia de propuestas, muchas de ellas muy técnicas. Las entrevistas de “rostro humano” a los políticos alcanzan shares altos. La campaña decide, todo es mucho más fresco que otras veces, todo más abierto que nunca. Las etiquetas se quedan viejas. Ha vuelto decididamente el interés por la política gracias a las nuevas formaciones.

Es un “fervor” que despierta simpatía. Por tres razones. Por principio, por estima hacia el compromiso con la vida pública y porque buena parte de este interés transcurre por el cauce constitucional.

Por principio no es inteligente ni humano ponerse ante los movimientos que marcan la historia y la vida de una sociedad como quien está en un castillo o en una trinchera defendiendo posiciones fijas que necesariamente son mejores que lo nuevo. Estamos ante un cambio de onda larga, que se ha manifestado en una crisis institucional y económica sin precedentes. Los nuevos procesos, y este es uno de ellos, requieren ser aclarados, depurados, sin duda comprendidos y, sobre todo, valorados. Todo tendrá que volver a comenzar más de una vez durante los próximos años en una Europa que no ha sabido dar sustancia a su proyecto de unidad política, en una España en la que los valores de la transición democrática se han quedado a menudo vacíos, en un Occidente que sigue recurriendo a fórmulas de mercado y de Estado que se han manifestado claramente insuficientes.

Este nuevo interés por la política tiene, en gran medida, su origen en el 15-M de 2011. En su grito contra los partidos políticos tradicionales y contra un sistema financiero rescatado y protagonista de unos desahucios manifiestamente deshumanos. Bruselas ha dicho en no pocas ocasiones cosas parecidas a las que decían los indignados: los lanzamientos hipotecarios en España no han sido justos. El 15-M ha sido un afluente de este nuevo río. Pero hay otros. En los últimos meses desde muchos campos han surgido numerosas iniciativas que reclaman otra forma de hacer política.

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Vista general de un colorido pueblo conocido por los lugareños como Kampung Warna-Warni en Malang, Java Oriental (Indonesia). Fully Handoko (EFE)

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