Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
4 JULIO 2020
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Importa la diferencia

Fernando de Haro

Hace unos días se presentaba la segunda temporada de The Politician. Una de las series de éxito en Netflix durante 2019, con Ryan Murphy como uno de sus guionistas. Habrá que ver si los nuevos episodios reflejan el cambio que ha supuesto el COVID. Las series, los grandes relatos de este comienzo del siglo XXI, son el mejor test para identificar los cambios culturales. En este caso, la posible transformación provocada por la pandemia. Las series suelen ser más incisivas que las reflexiones teóricas, algunas de ellas interesantes, otras simples reciclados de las sobras del desconcierto anterior. Sobras con las que se han elaborado las “sopas de Wuhan”. Teorías y discursos en los que es difícil encontrar algún ingrediente que no conociéramos ya.

En la primera temporada de The Politician se cuenta la historia de Payton, un joven estudiante que quiere ser presidente de los Estados Unidos. Inicia su carrera política en unas elecciones del instituto. Quiere entrar en Harvard, porque es “la fábrica” de presidentes. La serie decae y hace las típicas concesiones que son necesarias para que una historia se considere correcta. En cualquier caso es relevante cómo denuncia una forma de hacer política basada en lo fake. Los sentimientos y la razón de los votantes están permanentemente manipulados por falsedades que instrumentalizan la realidad. Pero lo más interesante, al menos al comienzo, es que los personajes se ven tan atrapados en lo que no es real: lo fake se ha convertido en su identidad. No distinguen las reacciones humanas prefabricadas por intereses de las que son auténticas. Parecen incluso tener nostalgia de algo con peso. En una de las escenas más dramáticas del primer capítulo, se ve a Payton en la entrevista previa al ingreso en Harvard. El profesor que le está evaluando le pregunta cuándo fue la última vez que lloró. Payton responde refiriéndose a una situación en la que lloran todos los estadounidenses y el profesor le pregunta: “¿Lloraste porque se supone que debías llorar o porque te afectó?”. Y Payton responde: “¿importa la diferencia?”.

Difícilmente un personaje post-pandemia hubiera respondido con este cinismo o esta incapacidad de distinguir entre el llanto sincero y el llanto causado por un deber, por una apariencia. O sí. El tiempo lo dirá. En cualquier caso, nosotros hemos llorado como quizás no habían llorado las dos o tres últimas generaciones. Hemos sentido que “no podíamos respirar”. Hemos visto algo sólido moverse dentro de nosotros, hemos distinguido realidad de fake. Quizás una prueba de ello es que, de momento, ciertas instrumentalizaciones buscadas por los radicalismos políticos, siempre dispuestos a utilizar en su favor la sensación de vacío, no han prosperado en Europa. El último trabajo de Krastev, con las encuestas de Datapraxix y YouGOv, revela que no se ha producido un repunte de posturas populistas y nacionalistas. Los europeos piden más cooperación entre los Estados de la Unión. Los españoles, de hecho, se alejan de los extremos. Lo que coincide con otras encuestas (GAD3) en las que el 80% por ciento reclama un pacto.

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Experiencias positivas, no postulados

Fernando de Haro

“No puedo respirar”. Antes de que George Floyd fuera asfixiado en Minneapolis, la misma violencia homicida había provocado miles de víctimas. ¿Por qué ahora las protestas contra el racismo han prendido con más fuerza? ¿Por qué reclaman con justicia una igualdad para los negros y descabezan estatuas con odio hacia el pasado? Porque las cosas han ido demasiado lejos, porque el movimiento Black Lives Matter lleva años organizándose, porque la ceguera de Trump ha complicado todo. Y quizás porque esas tres palabras, “no puedo respirar”, expresan un desencanto, una sensación de angustia, de miedo que va más allá de la lucha en favor de los negros. No puedo respirar con la mascarilla, no puedo respirar metido en casa, no puedo respirar porque he tenido que cerrar mi negocio, no puedo respirar porque no tengo respuestas y compañía para afrontar la muerte y la enfermedad. Las protestas en Estados Unidos, uno de los países occidentales que más sufre los efectos del COVID, pueden ser el primer estallido del malestar que recorre el planeta. El virus que surgió en China (por más que nos digan que ahora ha vuelto con el salmón europeo) estaría manifestándose en Estados Unidos.

El fastidio, las protestas, el desapego hacia las instituciones pueden ir a más. Al menos eso es lo que denunció Merkel la semana pasada, en el discurso con motivo de la presidencia de la UE por Alemania. La canciller, pensando en lo que sucede en su país y en el resto del mundo, alertó de la presencia de fuerzas antidemocráticas, radicales y autoritarias, dispuestas a aprovechar la crisis del COVID. Revindicó la voz de Europa para proteger la dignidad del hombre, la democracia y la libertad. A pesar de todos sus errores, la alemana, que ya está de salida, es lo más parecido a un líder con visión que hayamos tenido en mucho tiempo.

El malestar es alto en España y en Italia, ahora que han desaparecido las medidas excepcionales y se hace balance. La encuesta de Kantar para el Parlamento Europeo refleja que el 63% de los españoles rechaza la gestión de su Gobierno. En Italia el rechazo es del 43%. Pero los italianos están al frente del rechazo de la Unión Europea, por encima de España. Solo un16% de los italianos y solo un 19% de los españoles están satisfechos de la actuación de la UE, algo novedoso en uno de los países más europeístas. El enfado y el fastidio no es solo con las instituciones. Otras encuestas (GAD 3) reflejan cómo el número de españoles que se han sentido tristes ha ido aumentado, ya son más de la mitad. Lo mismo que el número de españoles que se han sentido deprimidos, más de un tercio. El estado de ánimo empeorará porque, como dice el BCE, lo peor está por llegar: el otoño será muy duro.

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Identidad y hechos, en conflicto

Fernando de Haro

Paradójico. Estados Unidos, Bélgica y el Reino Unido pertenecen al club de países occidentales más golpeados por el COVID. La realidad de la pandemia ha irrumpido con fuerza desbaratando, con su irreductibilidad, opiniones e interpretaciones. La objetividad de los muertos, los enfermos, los problemas del sistema sanitario y la crisis económica es difícil de diluir. Y ha sido en estos países en los que con más furia ha prendido la guerra de las estatuas. Rueda por el suelo Colón, Leopoldo II, o Churchill. La lucha contra el racismo, siempre necesaria, exige ahora derribar la memoria de piedra. Y la emprende con figuras tan absolutamente dispares y lejanas entre sí como el descubridor de América y un monarca belga responsable de las mayores atrocidades del colonialismo contemporáneo. Cuando un hecho biológico se ha impuesto de forma incontestable, algunos han sentido la necesidad de cancelar los hechos, personajes en este caso complejos, con la guillotina de un juicio anacrónico.

La guillotina que decapita estatuas está afilada en un catálogo de valores que pretende simplificar la complejidad de la historia. Colón no fue un santo, pero tampoco un genocida. Su descubrimiento y la posterior conquista de América están llenos de sombras pero generaron un fecundo mestizaje que inaugura la Edad Moderna y permite el desarrollo de los derechos humanos universales. Churchill era un británico a caballo del XIX y del XX, sabemos o sabíamos lo que eso significa. Pero sin él hubiera sido más difícil acabar con el racismo nazi.

La guerra de las estatuas, cuando no ha acabado la pandemia, posiblemente tiene que mucho que ver el conflicto tan propio de nuestro tiempo entre la identidad y los hechos. Tenemos una extraña facilidad para que sea la identidad (en este caso pensada y decidida al margen de la realidad) la que determine los hechos. Cuando lo normal y lo sano es lo contrario, que sean los hechos los que configuran la identidad. La lucidez, todavía no alcanzada en el terreno práctico, sobre la igualdad de todos los hombres (en realidad no hay razas) y lo abominable del racismo, se alcanza a través de un largo y complejo proceso histórico. Nuestra identidad de personas del siglo XXI, conscientes de que “Black Lives Matter” no surge por un ejercicio abstracto de ingenuo maniqueísmo.

Los hechos, con su tozudez, son los que nos configuran. Antes de la pandemia podíamos haber elegido una identidad antiglobalización, soberanista, partidaria del cierre de fronteras para los migrantes. Pero los hechos nos han mostrado que sin la mano de obra extranjera, que vive en nuestros países de forma irregular, nuestras economías no están en pie: no se pueden recoger las cosechas en el campo. Italia y Portugal han tenido que regularizar una buena cantidad de migrantes. Han sido menos en España, pero el país se ha dado cuenta de que sin los 700.000 irregulares con los que cuenta hay muchas cosas que no funcionan.

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Identidad y hechos, en conflicto

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Lo común no tiene color

Fernando de Haro

La violencia que acabó con la vida de George Lloyd el pasado 25 de mayo no se explica solo por el viejo racismo contra los negros. Ni es solo un problema de los Estados Unidos. Ni tampoco Trump ha sido el causante de los abusos policiales. La historia cuenta, pero probablemente la vieja historia se ha refrescado con una historia nueva: un problema de identidades conflictivas, creciente en todas las sociedades occidentales.

La violencia policial contra los negros existía antes de que Trump llegara a la Casa Blanca. Las estadísticas lo certifican. Ya en 2013 las muertes causadas por los agentes ascendían a más de mil al año. Y ya entonces los negros tenían tres veces más posibilidades de morir por esa violencia que los blancos. El número de muertos anuales sigue, más o menos, en los mismos niveles. Los negros explican que su color de piel los convierte en sospechosos en el 65 por ciento de las ocasiones de conflicto. Mientras que los hispanos, la minoría ya más importante en el país, denuncian que su origen les hace presuntos culpables solo en el 37 por ciento de las ocasiones. Son datos del prestigioso Pew Research Institute. Este mismo instituto ha puesto de manifiesto que un mes antes de la muerte de Lloyd, solo un 56 por ciento de los negros estadounidenses confiaba en que la policía actuara en beneficio de los estadounidenses, mientras que entre los hispanos la respuesta subía al 74 por ciento.

Posiblemente, antes de los sucesos del 25 de mayo, simplemente las cosas seguían tan mal como habían estado en los últimos años. Trump no había empeorado la violencia policial contra los negros. Lo que ha hecho el presidente de los Estados Unidos, al sacar el ejército a las calles de Washington, y al hacer un llamamiento a que los gobernadores recurran al ejército es lo que siempre hace: un ejercicio de brutal irresponsabilidad política, buscando el apoyo de la minoría que le dio la victoria. Su gesto de posar con una Biblia, en un ejercicio de teología política, buscaba la protección de lo sagrado, cuando lo sagrado en esos momentos obligaba a estar cerca de las víctimas, rebajar la ira y fomentar la unidad. Trump, con su comportamiento, parece ratificar el análisis que hicieron algunos progresistas. Dijeron hace cuatro años que el actual inquilino de la Casa Blanca había ganado las elecciones porque había conseguido transformar la desventaja económica y la afrenta de muchos blancos de clases bajas, en una ira racial. La victoria se la habría dado el famoso whitelash, el rechazo de los blancos empobrecidos a las políticas en favor de las minorías no blancas, de las minorías de las costas. Trump estaría comportándose, según el retrato dibujado por sus oponentes, para garantizarse una reelección puesta en peligro por la gestión del Covid.

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Lo común no tiene color

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El claroscuro de la vulnerabilidad

Fernando de Haro

La primera invasión que han sufrido los Estados Unidos. Así titulaba David Brooks su columna en The New York Times hace unos días. Brooks, brillante editorialista, explicaba que su país “era inmune a las invasiones exteriores y a las corrupciones del viejo mundo. Para Estados Unidos era frecuente permanecer al margen de las plagas que afectaban a otras partes del planeta”. Esta sensación de estar a salvo de las maldiciones, según Brooks, ha tenido hasta ahora una traducción existencial: “nacer estadounidense significaba ser un individualista valiente, atrevido y autosuficiente”. Aislados por dos océanos, se puede sentir uno seguro. Seguramente un estadounidense blanco si vive en Boston o en Sacramento se sentirá mucho más seguro que un negro en Minneapolis. Pero el articulista tiene la lucidez de apuntar qué ha supuesto la pandemia para un país en el que han muerto más de 100.000 personas. “La vieja idea estadounidense sobre la falta de vínculos podía contener un torrente de energía, sin embargo la identidad que ha crecido en las sombras de la plaga puede ser una ocasión de compartir la vulnerabilidad, la humildad que surge cuando se entiende la precariedad de la vida”.

Brooks retoma, en estas circunstancias, el valor de la vulnerabilidad que se ha abierto paso en algunos exponentes culturales de los Estados Unidos con proyección popular. Uno de ellos es la investigadora Brené Brown de la Universidad de Houston. Archiconocida por su charla en TED sobre El poder de la vulnerabilidad, su documental en Netflix de hace un año ha causado furor. La tesis de Brown, después de décadas de investigación, es sencilla: la fuerza de la conexión entre las personas es no ocultar sino mostrar sus debilidades. Un mensaje liberador en un mundo en el que las exigencias de éxito personal, profesional y financiero son asfixiantes. Aire fresco en un país donde la “auto-explotación” está a la orden del día.

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El claroscuro de la vulnerabilidad

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La primera invasión que han sufrido los Estados Unidos. Así titulaba David Brooks su columna en The New York Times hace unos días. Brooks, brillante editorialista, explicaba que su país “era inmune a las invasiones exteriores y a las corrupciones del viejo mundo. Para Estados Unidos era frecuente permanecer al margen de las plagas que afectaban a otras partes del planeta”. Esta sensación de estar a salvo de las maldiciones, según Brooks, ha tenido hasta ahora una traducción existencial: “nacer estadounidense significaba ser un individualista valiente, atrevido y autosuficiente”. Aislados por dos océanos, se puede sentir uno seguro. Seguramente un estadounidense blanco si vive en Boston o en Sacramento se sentirá mucho más seguro que un negro en Minneapolis. Pero el articulista tiene la lucidez de apuntar qué ha supuesto la pandemia para un país en el que han muerto más de 100.000 personas. “La vieja idea estadounidense sobre la falta de vínculos podía contener un torrente de energía, sin embargo la identidad que ha crecido en las sombras de la plaga puede ser una ocasión de compartir la vulnerabilidad, la humildad que surge cuando se entiende la precariedad de la vida”.

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Todos laicos, todos religiosos

Fernando de Haro

Religiosamente laicos. Esta expresión puede ser la síntesis de una nueva conversación en torno al último libro de Julián Carrón (‘El despertar de lo humano’) que ha tenido lugar con motivo de la presentación del volumen digital en España. Un nuevo diálogo que ha roto la tradicional discontinuidad, incomunicabilidad, que habitualmente preside el mundo de los creyentes y de los no creyentes. Y no ha sido uno de esos habituales gestos ecuménicos en los que se cuida mucho de no pisar terrenos fronterizos ni afirmar certezas. El encuentro, celebrado telemáticamente el pasado miércoles, ha girado en torno a lo que uno de los ponentes, el periodista agnóstico Pedro Cuartango, llamó “la derrota del nihilismo”, o lo que la también la agnóstica Pilar Rahola denominó “el retorno de las preguntas que no queríamos plantearnos”. Dos agnósticos, dos católicos (el poeta Jesús Montiel y el propio autor del libro) más allá de los confines de dos mundos diferentes creados por la reciente historia de España. La razón de la experiencia, urgida por el desafío del coranavirus, no se aísla fácilmente en limites preestablecidos. El cristianismo, como aseguró Rahola, “cuando no es un concepto abstracto, cuando no son fórmulas que se repiten” sino una presencia luminosa, invita a “deslizarse de la duda a la posibilidad de creer”.

La conversación ha tenido especial valor: una ocasión más en la que las reglas de la sociedad secular –que obligaban a no hablar de ciertas cosas salvo en las sacristías– han sido superadas. La refundación de la democracia española tuvo, trescientos años después, su Paz de Wetsfalia en el pacto constitucional del 78. La historia de buena parte de los siglos XIX y XX de este país es una reedición de las guerras de religión entre laicos y católicos. La palabra guerra no es por desgracia una metáfora. Hasta que la transición a la democracia consagró un consenso en torno a ciertos principios sobre cuyos fundamentos ni se discutía ni se hablaba. Los postulados que van más allá de lo ético quedaron privatizados para garantizar la convivencia. Hay sin duda factores positivos en este proceso: el Partido Comunista con su estrategia de reconciliación nacional había renunciado a imponer un proyecto hegemónico a través del poder, como lo hacía la Iglesia católica tras el Concilio Vaticano II. Pero a la postre aquello se tradujo para los católicos tecnocráticos y los católicos de izquierda en una reinterpretación ética de su papel social. La experiencia de fe debía quedar oculta en la nueva ciudad. Pasando el tiempo, el consenso-sobre-los principios-de-los-que-no-se-discute se disuelve. Y vuelven a desarrollarse los recelos: hacia un mundo católico al que se le ve con la pretensión de imponer un mínimo ético ya no compartido y hacia un mundo laico al que se le acusa de querer reducir la diferencia a un pensamiento único.

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Todos laicos, todos religiosos

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Despertar con un vasco y un navarro

Fernando de Haro

Un vasco y un navarro han sido los protagonistas en paginasdigital.es de un diálogo de altura con motivo de la publicación del último libro de Julián Carrón, ‘El despertar de lo humano’. En esta conversación, en tiempo de confinamiento, han surgido cuestiones decisivas para comprender existencialmente cómo usamos la razón los huérfanos de la Ilustración y cuál es la naturaleza del cristianismo.

El navarro es Gregorio Luri, pedagogo y ensayista. El vasco, Mikel Azurmendi, antropólogo. Luri, que ha acogido el libro de Carrón con una seriedad poco frecuente, ha confesado su admiración “por la entrega entusiasta e insistente de mis amigos de Comunión y Liberación (CL) a sus hermanos”, al tiempo que ha expresado sus dificultades para compartir el subrayado en “un cristianismo de la experiencia” y en un “cristianismo del encuentro”. Luri, al que hay que agradecer su franqueza, “no puede evitar encontrar en el encuentro un emotivismo”. Le resulta difícil “aceptar un cristianismo como religión de la experiencia que ignore el valor de la ley”, un cristianismo que se ha convertido en “una religión de la salida de la religión”.

El navarro teme la enésima reaparición de Marción, el famoso hereje gnóstico del siglo II, que opuso el Dios del Antiguo Testamento, el Demiurgo malo, al Demiurgo bueno, el Dios del evangelio. Es lógico que Luri esté preocupado por la dialéctica que enfrenta la ley y el evangelio. La reinterpretación gnóstica del cristianismo que opone los dos Testamentos, como ha indicado Borghesi, recurre una larga trayectoria que tiene mucho que ver con el proceso teórico de la secularización.

También se entiende que Luri sienta cierto rechazo por el “cristianismo de la experiencia”, después de que el modernismo hiciera un uso del término subjetivista. La inquietud del navarro es la misma que tenía en 1963, el entonces cardenal de Milán, Montini, futuro Pablo VI, cuando le pidió a Luigi Giussani que aclarase qué entendía por experiencia. El fundador de CL escribió entonces un cuadernillo dedicado a este tema en el que aseguraba que “lo que caracteriza a la experiencia es entender una cosa, descubrir su sentido” y el “sentido de una cosa no lo creamos nosotros; la conexión que la une a todas las demás cosas es objetiva”. En ese texto “el cristianismo del encuentro” se concibe, no como una alternativa a la ley o la objetividad, sino como la forma, el método para que el cristianismo conserve su naturaleza, no sea noción o ética. Cualquier experiencia cristiana, señalaba Giussani, está hecha del “encuentro con un hecho objetivo, originalmente independiente de la persona que tiene la experiencia”. Pero además es necesario “poder percibir adecuadamente el significado de ese encuentro”, su significado para la existencia. “El valor del hecho con el que nos topamos trasciende la fuerza de penetración de la conciencia humana, y requiere por consiguiente un gesto de Dios”.

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Aprendizaje fallido

Fernando de Haro

En silencio. A tres metros unos de los otros. Esperando el turno para rellenar la ayuda a los desempleados delante de la oficina de trabajo. En la boca, la mascarilla. En la cabeza una gorra o una capucha. Como si tuvieran que esconderse, como si haber sido despedido fuera una vergüenza. Como si fueran culpables y no víctimas. Nuevos parados. El paquete de dos billones de dólares de estímulo aprobado por Trump a finales de marzo no ha impedido que en el mes de abril se destruyeran más de 20 millones de empleos y la tasa de paro se eleve del 4,4 por ciento al 14,7 por ciento. Bajo las capuchas y detrás de las mascarillas, es muy probable que los nuevos parados no estén leyendo las recomendaciones de los mejores periódicos para “buscar un antídoto a la incertidumbre” a través de la rutina o canalizando la sensación de inestabilidad en una mayor energía creativa. No les servirían de mucho. Presuponemos que todos los intentos “por aprender qué hacíamos mal antes de que llegara el Covid” tienen buena intención. Lo que no significa que todos sirvan. Sobre todo cuando se está en la cola del paro y cuando aflora el sentimiento de culpa.

En Estados Unidos (con 330 millones de población) 20 millones de nuevos parados. En España (con una población de 47 millones) un millón de nuevos parados desde que empezó la pandemia, a los que hay que sumar los 3,3 millones acogidos a los ERTES (trabajadores pagados por la Seguridad Social, parados técnicos). Se trata de aprender. Aprendió rápido el Banco Central Europeo cuando decidió corregir su tímida respuesta de marzo. Se nota que ha aprendido porque ha hecho frente a la sentencia del Tribunal Constitucional de Alemania en contra de los programas de compra de deuda. Va aprendiendo, aunque con demasiada lentitud, la Unión Europea: Fondo de Rescate (MEDE) sin condiciones para los países del sur, programa de recuperación que puede alcanzar 1,5 billones de euros ligado al presupuesto.

Pero la UE tiene que darse prisa. Las colas del paro en Estados Unidos se parecen a las del 29. Por eso urge algo semejante a un New Deal. Es necesario discutir el destino de las inversiones: ¿no ha habido demasiada obra pública en infraestructura tradicional?, ¿no habría que pensar en vivienda social, en renovación energética? Quizás ni siquiera eso significa haber aprendido. Favorecer la inversión en sectores de futuro, mejorar la educación, renovar el tejido productivo son cambios necesarios. Pero seguramente no suficientes.

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El material del futuro

Fernando de Haro

Ni el papel higiénico, ni la harina para hacer pan en casa, ni el hidrogel. El producto estrella en esta pandemia y en su aislamiento son las predicciones, la descripción del futuro. Cuando los amigos nos mandan las fotos de nuestra ciudad sin coches y plagadas de corredores o paseantes, peregrinos del primer sol de mayo en busca de libertad, excitan nuestra imaginación sobre el mundo-que-vendrá. Consumimos futuro porque no podemos dejar de proyectar, porque el instante se ha vuelto demasiado vacilante y vertiginoso. La predicción quiere alcanzar el mañana con el material del que creemos que está hecho el presente. Muchas predicciones fabricadas con análisis abstractos. Pocas con la vida elemental que tenemos entre las manos. Quizá por eso seguimos pensando en el mundo-de-después como un compendio de propósitos éticos. Tras el estrés postraumático, un mayor compromiso con las tareas domésticas, una vida más modesta, más comprometida con la sostenibilidad del planeta, más capaz de prescindir de lo superficial, más centrada en la proximidad, más resiliente, sin uñas artificiales, sin peluquerías caninas, sin viajes por el mundo para hacernos selfis después de no saber dónde hemos estado.

Es posible que esos cambios se produzcan, aunque hay que confiar poco en los automatismos de la conducta colectiva. Los propósitos son más fuente de frustración que de creación. En realidad, ante la severa crisis económica que ya empezamos a sufrir, el aumento de la deuda, la redefinición de la globalización, las tensiones entre libertad y seguridad, la tentación del soberanismo y el reto de la innovación (educativa y productiva) lo que cuenta es cuánto nos hemos dado cuenta del material del que estamos hechos. Y ese material se desvela en las relaciones: con los demás, con nosotros mismos y con el mundo. La gente de los países ricos vamos a teletrabajar más y vamos a recurrir más a la telemedicina. Pero esa no es la cuestión. Lo decisivo es cómo nos concebimos, algo que no es nunca teórico.

Ya antes de que se produjera la pandemia habían proliferado “los-que-huían-del-colapso”, los que vivían con la idea de ponerse a salvo de este mundo moderno que se había hundido y del que había que huir refugiándose en una individualidad aislada, en comunidades espiritualmente (incluso económicamente) autosuficientes. ¡El imperio se ha derrumbado, huyamos al campo! Ahora aumentarán sin duda los-defensores-de la supervivencia (en Estados Unidos se ha triplicado la venta de armas) a cualquier precio. Dispuestos a cerrar el mundo, a teorizar la renuncia a las libertades. Por eso lo que cuenta es si queda poso y criticidad de algunas de las intuiciones que en algunos momentos han aparecido durante la pandemia (soy mucho más que un nudo de intereses que alimentan al mercado, mucho más que un buen contribuyente, soy necesidad de compañía, de sentido, soy energía capaz de compasión, de donación, soy pregunta sobre el mal y la muerte, soy relación con el que no conozco y con el que no tiene mi misma cultura). Ese es el material más sólido ante los posibles cambios.

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Sin espacios de descanso

Fernando de Haro

CuaIquier periódico o web que se precie publica estos días un diario sobre el confinamiento. Es, por ejemplo, muy ilustrativo el contenido de ese diario en la Agencia Magnum. Sin ponerse de acuerdo, muchos de los mejores fotógrafos del mundo retratan niños asomados a las ventanas, niños que juegan en casa, niños que duermen confiados, niños que juegan. Como si la mirada de un niño hacia un mundo extraño, hacia una realidad misteriosa, se hubiese convertido en un tesoro.

En el diario que publica el The New York Reviews of Books, Carina del Valle, una joven escritora portorriqueña afincada en Manhattan, reflejaba hace unos días qué ha aprendido con el confinamiento. Se ha dado cuenta de su relación infantil con el mundo, de la parte de la infancia que acusa falta de madurez para relacionarse con algo real y distinto de uno mismo. Del Valle nos cuenta que le ha sido muy reveladora la lectura del psicoanalista D.W. Winnicott (un metodista británico que estudió la relación entre la madre y el lactante). Sobre todo, la explicación de que los juguetes son “objetos de transición” que le permiten al niño construirse un espacio de descanso (resting place) en su apertura a aquello que no es el yo infantil. Porque en realidad “hay una perpetua tarea humana de mantener la realidad de fuera y la de dentro separadas pero relacionadas”. Al citar estas dos líneas del psicoanalista, Del Valle se derrumba y se confiesa avergonzada por su debilidad”, “avergonzada por mi hambre de tener un completo control de lo que me rodea”.

La pandemia nos ha invitado a volver a ese momento de maduración en el que la realidad no puede ser considerada como una prolongación de nosotros mismos. Del Valle suspira por juguetes con los que descansar, objetos de transición, lugares tranquilos y seguros, pero sabe que no existen o que al menos no son suficientes para controlar la tozudez de la realidad que es diferente a su/nuestro yo de niño autorreferencial. No parece haber más opción (aunque siempre se puede huir) que entrar en una realidad de la que dependemos e investigar si en ella hay algo más que una cadena de ARN descontrolada, si prevalece algo positivo que no nos haga soñar con espacios de descanso.

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Sin espacios de descanso

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CuaIquier periódico o web que se precie publica estos días un diario sobre el confinamiento. Es, por ejemplo, muy ilustrativo el contenido de ese diario en la Agencia Magnum. Sin ponerse de acuerdo, muchos de los mejores fotógrafos del mundo retratan niños asomados a las ventanas, niños que juegan en casa, niños que duermen confiados, niños que juegan. Como si la mirada de un niño hacia un mundo extraño, hacia una realidad misteriosa, se hubiese convertido en un tesoro.

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Ocasión para la razón

Fernando de Haro

Desconocimiento. No conocimiento. La razón científica no ha tenido tiempo para comprender bien cómo se extiende el virus, cómo afecta a los seres humanos. Las polémicas sobre la utilidad de la cloroquina para atender a los pacientes que sufren una reacción excesiva del sistema inmunológico se suceden mientras se sigue utilizando el fármaco. La medicina a tientas. “Estábamos haciendo medicina del siglo XXI y ahora hacemos medicina de guerra”, dicen los mejores doctores del mundo. No conocimiento. Es la expresión que utilizaba Habermas hace unos días cuando le hacían una entrevista en Le Monde: “Debemos actuar en el conocimiento explícito de nuestro no conocimiento”. Los políticos toman decisiones después de asesorarse con virólogos que no tienen certezas. También “la acción política se lleva a cabo sumergida en la incertidumbre”.

¿Está también la razón que se ocupa de las cuestiones del sentido condenada a sucumbir en el naufragio del coronavirus? Esta es una de las preguntas que viene a responder el nuevo volumen de Julián Carrón, ‘El despertar de lo humano.’

El autor del libro ya se había ocupado del “estado de incertidumbre” provocado por la crisis del mundo ilustrado tanto en ‘La Belleza Desarmada’ (Ediciones Encuentro, 2015) como en ‘¿Dónde está Dios?’ (Ediciones Encuentro, 2017).

La raíz de la crisis, que ahora se ha puesto de manifiesto de forma exponencial con el coronavirus, está en el mismo “hombre, en su razón, en su libertad, incluida la libertad de tener una razón crítica”, señalaba en su libro de hace cinco años. Ya entonces era necesario “preguntarse si la razón sobre la que pivota la filosofía ilustrada puede considerar legítimamente que ha alcanzado una conciencia completa de sí misma y puede decir la última palabra sobre la razón humana”. Carrón, como tantos otros, señalaba entonces que la razón ilustrada no ha resistido las pruebas de la historia. Con otras palabras, “la cultura dominante ha puesto en crisis las afirmaciones antropológicas de alcance universal” (Javier Prades) propiciadas por la Ilustración. En ‘¿Dónde está Dios?’, el propio Carrón, citando a De Lubac, señalaba que todos los intentos de matriz ilustrada “frecuentemente conservan muchos valores de origen cristiano, pero dado que se separan de su fuente, son impotentes para mantener su vigor”.

La tremenda devastación provocada por la pandemia y por el confinamiento ha pinchado la “burbuja que nos hacía percibirnos con suficiencia al resguardo de la vida”. Se ha revelado la “fragilidad estructural de la razón, acompañada de la sensación de vulnerabilidad y esta puede ser, para el autor de ‘El despertar de lo humano’, la ocasión de un ensanchamiento de la razón, que “recupere el nexo con la realidad”.

¿Cómo una bofetada tan intensa de la realidad cruda puede ayudarnos a ampliar la razón? Camiones del ejército desfilando con féretros que no se pueden enterrar, abuelos que no se pueden despedir, y “un miedo que pone al desnudo nuestra impotencia esencial, (...) un miedo que nos lleva a veces a desesperar”.

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Ocasión para la razón

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Configuración por defecto

Fernando de Haro

Es tan obsesiva como el parte desgarrador de bajas provocadas por la pandemia. La pregunta sobre cómo será el mundo “después de que todo esto haya pasado” lo domina todo. ¿Cómo será nuestra vida, cómo será la movilidad, cómo será la crisis y la recuperación? Y sobre todo: ¿cómo seremos nosotros mismos después de haber visto muy de cerca la muerte y la enfermedad, después de pasar dos meses encerrados? Lleva razón Javier Marías, “ni la tristeza, ni la preocupación, ni el sufrimiento, ni el miedo nos convierten en más inteligentes, ni en más modestos”. Al menos automáticamente. Si acaso podremos salir de esta con algo más de sentido ético, de sensibilidad, quizás con algo más de miedo. Pero la “configuración defecto” no se transforma por defecto en un estiramiento del modo en que miramos y sentimos lo que hay al otro lado de la ventana.

“Configuración por defecto” fue la expresión que el escritor estadounidense David Foster Wallace utilizó en su memorable discurso pronunciado en la Universidad de Kenyon. A los estudiantes que se iban a graduar Wallace les decía que “no hablamos nunca de dónde vienen nuestros patrones y creencias individuales (…) como si la orientación más básica de una persona hacia el mundo y el sentido de su experiencia fueran algo que ya viene de fábrica, igual que la estatura o la talla de los zapatos, o bien algo que se absorbe de la cultura, como el idioma”. Todos estamos de acuerdo en que, de pronto, nos hemos descubierto vulnerables. Pero nos cuesta recorrer el camino del enigma de nuestra vulnerabilidad y saltamos a la solución: más y mejor ciencia y/o confianza en la vida eterna. Soluciones absolutamente necesarias. Pero, entre tanto, la “configuración por defecto” no cambia porque, como dice Wallace, “seguimos automáticamente seguros de que sabemos qué es la realidad y de quién y qué es lo realmente importante”, y por eso “no queremos tomar en consideración posibilidades” que nos parecen irritantes. Wallace explicaba que su configuración por defecto consistía en considerarse “el centro absoluto del universo”. Cada uno tiene la suya, pero los occidentales modernos solemos coincidir en algunos elementos comunes de esa configuración en lo que respecta al mal y a Dios, la imposibilidad de que plenitud y sufrimiento estén emparejados o lo que significa una situación adversa.

Una crisis como esta, a quien quiera, puede enseñarle que las configuraciones por defecto se pueden cambiar, no estamos hechos de una vez por todas, “somos problemas vivientes”, “en un tiempo que no cesa y con una exigencia que no aguarda” (Zambrano).

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Configuración por defecto

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Voces en la pandemia

Fernando de Haro

Hoy. En un hospital de España o Italia. Ante la puerta que sella la zona en la que los médicos combaten para salvar vidas. Al otro lado las personas que queremos, nuestros padres. La conversación imposible y si hay suerte algunas palabras breves gracias al teléfono móvil. Palabras que siempre pueden ser las penúltimas. Conversaciones aparentemente leves que buscan decirlo todo. O silencios que se intuyen más fuertes que la soledad. Tampoco habíamos resuelto el reto de la soledad cuando nos podíamos tocar. Cada uno en su sitio, buscando más allá de las apariencias, la unidad que antes se daba por supuesta.

Esta pandemia desgarradora es, entre muchas cosas, la pandemia de los padres, de la relación con los padres. Es lógico que se cite una y otra vez La Peste de Camus. Es fácil reconocerse en lo que ocurre en Orán porque las pestes se parecen. Pero en la sed de voces de estos días quizás es la última novela del francés, ‘El primer hombre’, en la que más podemos reconocernos. El protagonista, Jacques, o sea Camus, viaja hasta la tumba del padre que no conoció, un joven muerto en guerra. El hijo, que se “creía dueño de sí”, ve cómo “la estatua que todo hombre termina por erigir y endurecer al fuego de los años” (...) se resquebrajaba rápidamente, se derrumbaba”. “No le bastaba toda su energía para construirse y conquistar o entender el mundo (...) no era más que ese corazón angustiado que latía siempre con la misma fuerza contra el muro que lo separaba del secreto de toda vida queriendo ir más lejos, más allá y saber, saber antes de morir, saber por fin para ser, una sola vez, un solo segundo, pero para siempre”. Ante los padres, visitados otra vez, queremos saber el secreto de toda vida, para ser y saber.

Esta urgencia para las despedidas, para las soledades, para afrontar el miedo, es la misma que tenemos para el confinamiento y para la reconstrucción. Ya se habla de una postguerra. El Consejo Europeo celebrado la semana pasada todavía parece no haber iniciado el diálogo con los padres y los abuelos que protagonizaron la reconstrucción. En la crisis de 2008 se cometió el error de no seguir los pasos de Estados Unidos. Hizo falta que llegara Draghi para apostar por una política monetaria expansiva. Algunos fallos se han evitado. Después de los primeros balbuceos del BCE, ya está en marcha el plan de compra de activos por valor de 750.000 millones de euros. Y además se ha aprobado también la flexibilización del marco fiscal. Pero el Consejo Europeo de la pasada semana demostró hasta qué punto los países del norte, Alemania y Holanda especialmente, no han comprendido que –como ha dicho la ministra de Exteriores española, González Laya– “estamos ante lo más cercano al momento Schuman. Como entonces, la clave hoy son pasos que creen solidaridad de hecho”.

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Voces en la pandemia

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En las tripas de la realidad

Fernando de Haro

Nos hemos quedado sin nuestros padres y no nos hemos podido despedir de ellos. Muchos están en hospitales a los que no podemos ir. Tenemos a los enfermos en casa, esperando que el suyo sea un caso leve. El teléfono móvil se ha convertido en un instrumento de tormento. Como ha señalado el escritor José Ángel González Saiz, “hay ocasiones en las que en la vida de un país y de una persona la realidad, no guisada, no cocinada, irrumpe”. La realidad, la enfermedad o la muerte, el límite, la incapacidad para prever todo, estaba ahí pero no la mirábamos. Ahora ha irrumpido de forma estrepitosa. “Y, de pronto, nos hemos dado cuenta de toda la frivolidad ideológica y emocional en la que estábamos instalados”. Nos hemos dado cuenta de todo el tiempo que hemos perdido en riñas absurdas, en acentuar las diferencias. Nos hemos dado cuenta de que no se puede dar por descontado que haya una vida próspera, y segura. De pronto nos hemos dado cuenta de que hay gente que está dando su vida para que no haya más muertes. De pronto “la distancia entre los hechos y los relatos, entre los nombres de las cosas y las cosas de los nombres, se reduce al mínimo” (…) y “la realidad nos pilla desarmados y cautivos de los hábitos mentales más contraproducentes”. Y se hacen urgentes razones y afectos para encarar la muerte, para convivir con ella, para afrontar lo incontrolable, para que el miedo a lo imprevisto no nos paralice.

Las nostalgias de otros tiempos juegan en contra y las proyecciones para cuando todo esto se acabe nos suenan a consuelos estúpidos. La realidad ha entrado sin permiso y queremos tener la seguridad de que somos más que la epidemia, que las incertidumbres que sufrimos, que las consecuencias de una crisis económica que va camino de paralizar toda actividad. Cuanto más exigentes se hacen los nuevos tiempos, más ridícula y desfasada nos parece la vida de hace un mes. Hace un mes era razonable elevar quejas porque no había de esto o de aquello, ahora sabemos que no hay mascarillas suficientes, sabemos que no hay respiradores. Hace un mes nos parecía normal que los políticos hicieran discursos ideológicos, que fueran triviales, que se dedicaran a ocupar espacios, nos parecía casi normal estar instalados en lo antepenúltimo, que hubiese una distancia abismal entre los hechos y los discursos. Y ya no soportamos a los que González Saiz, con expresión de Péguy, llama los “clérigos contra la realidad”. Por eso nos resulta tedioso e infantil que se busquen chivos expiatorios, que nos prediquen sobre las supuestas bondades de los modelos asiáticos en los que la falta de libertad es más eficaz para luchar contras las pandemias o sobre el final de Trump.

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Un antivirus para la culpa

Fernando de Haro

The Lancet acaba de publicar un oportuno artículo, ‘The psychological impact of quarantine and how to reduce it: rapid review of the evidence’ (“El impacto psicológico de la cuarentena y cómo reducirlo”). El trabajo es una recopilación de los estudios que se hicieron con motivo de las cuarentenas en las epidemias de SARS en 2003 en China y en Canadá, y las que hubo en África del Este durante el Ébola. A estas alturas, con toda España y toda Italia encerrada, no necesitamos leer un artículo científico para saber las consecuencias que trae vivir en cuatro paredes: estrés postraumático, desarreglos emocionales, ansiedad y un largo etcétera. Las recomendaciones también las conocemos: información, abastecimiento, lucha contra el aburrimiento y comunicación. Pero hay tres efectos descritos por The Lancet que difícilmente son superables con ejercicios de higiene psicológica: el miedo, el estigma y la culpa.

El virus muestra que somos vulnerables porque ni nuestras costumbres ni nuestros sistemas sanitarios estaban preparados para algo así. La vulnerabilidad, en el siglo en que lo tecnológico iba a estar muy por encima de lo biológico, es un dato con cientos de miles de infectados y muchos muertos. Un dato, no una evidencia, porque todavía hay quien se empeña en un gnosticismo imposible y cita algunas páginas del libro de David Deutsch (El comienzo del infinito) para defender que “todos los fracasos –todos los males– se deben a un conocimiento insuficiente. Esta es la clave de la filosofía racional de lo incognoscible. Carecería de contenido si hubiese limitaciones fundamentales a la creación de conocimiento, pero no las hay”. Predicar a estas alturas que el conocimiento insuficiente es culpable del mal que sufrimos es como echarle la culpa de la muerte por infección a todos los que investigaron antes que Fleming y no descubrieron la penicilina.

Pero el mal del virus, el mal es así, genera no solo miedo sino la necesidad de encontrar un culpable: los chinos y su costumbre de comer animales salvajes, la globalización, la falta de previsión, la del Gobierno nacional, la del Gobierno regional, la falta de coordinación de la Unión Europea o nuestra propia negligencia. No tenemos en este momento los datos suficientes para hacer una descomposición analítica de la cadena de errores que ha provocado la aparición de la pandemia. Pero esos datos y ese análisis siempre estarán por detrás del reto que supone encarar el dolor, el sufrimiento y la muerte. El estigma de los compañeros de trabajo, de los recluidos en cuarentena, no es otra cosa que recurso al viejo chivo expiatorio de los antiguos sacrificios. Desvela la tendencia universal que tenemos todos a descargar la violencia acumulada por el mal real o supuestamente sufrido en una víctima de recambio.

El virus muestra nuestra vulnerabilidad, exige experiencias y razones que nos saquen de la dinámica habitual de la transferencia de culpa. El miedo busca culpables más allá de lo razonable cuando lo supuestamente razonable es una descomposición casi infinita de causas.

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Un antivirus para la culpa

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The Lancet acaba de publicar un oportuno artículo, ‘The psychological impact of quarantine and how to reduce it: rapid review of the evidence’ (“El impacto psicológico de la cuarentena y cómo reducirlo”). El trabajo es una recopilación de los estudios que se hicieron con motivo de las cuarentenas en las epidemias de SARS en 2003 en China y en Canadá, y las que hubo en África del Este durante el Ébola. A estas alturas, con toda España y toda Italia encerrada, no necesitamos leer un artículo científico para saber las consecuencias que trae vivir en cuatro paredes: estrés postraumático, desarreglos emocionales, ansiedad y un largo etcétera. Las recomendaciones también las conocemos: información, abastecimiento, lucha contra el aburrimiento y comunicación. Pero hay tres efectos descritos por The Lancet que difícilmente son superables con ejercicios de higiene psicológica: el miedo, el estigma y la culpa.

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En el purgatorio del mundo

Fernando de Haro, Pazarkule

Assad salió el pasado miércoles del campo de refugiados que se había montado aquí en Pazarkule, en el puesto fronterizo entre Turquía y Grecia, cerca de la ciudad de Edirne. Assad, con un grupo de amigos de Kabul, enfiló el camino de tierra que une la frontera con el pequeño pueblo de Karach. Iban a buscar pan, algunos plásticos y ropa de abrigo para pasar la noche, todavía muy fría. Delante de Assad caminaba una pareja de subsaharianos, más allá dos kurdos iraquíes, y por detrás un grupo de sirios rubios. Pazarkule se ha convertido en el purgatorio del mundo, donde se hablan todas las lenguas de los que se han quedado sin pasado ni futuro, sin techo y sin país. Assad, como todos los que llegaron a la frontera, ha sufrido la intimidación de los turcos y la violencia de los griegos que utilizan gases lacrimógenos y balas de goma para no dejarle pasar a Europa. Lleva días sin poder asearse. “Yo era profesor en Kabul -explica el afgano en inglés- tenía mi trabajo, pero me vine a Turquía porque no soportaba la presión de los yihadistas. En este país he malvivido, lo dejé todo en Estambul porque Erdogan dijo que la frontera estaba abierta, y ahora no tengo dónde ir”. Assad, como todos los afganos, vive una situación peor que los sirios. Los sirios cuentan con el status de “protección temporal” que les permite trabajar de forma irregular y que sus hijos vayan a las escuelas y aprendan turco. Assad encuentra en el pueblo de Karach un supermercado en el que han tenido compasión de los que han ido a pedir pan. Se vuelve contento porque ya tiene para cenar. El pan de Karach, entregado gratuitamente, es un ejercicio de compasión de la pequeña política que no tiene equivalente en la gran política. Ha habido pan en Karach, bocadillos con mortadela en la estación de autobuses de Edirne donde han quedado atrapadas una veintena de familias. También ropa, regalada por campesinos turcos, para los niños en la rivera del río Evros. Llegaron porque querían cruzar a Grecia atravesando solo 40 metros de agua. A los que consiguieron pasar les quitaron la cartera, los móviles y los cordones de los zapatos y los devolvieron. En el purgatorio del mundo en el que se ha convertido esta frontera ha habido solidaridad de ciudadanos anónimos y ha habido instrumentalización de Erdogan que trajo en autobuses a los millares de refugiados, ha habido también durísima represión de Grecia que ha agotado su generosidad y que no quiere otros campos como el de Moria. Ha habido miedo de la Unión Europea a otra crisis como la de 2015.

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En el purgatorio del mundo

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El miedo que nos hace rehenes

Fernando de Haro

El desafío, más económico que sanitario, del coronavirus ha provocado que haya pasado bastante inadvertido el nuevo movimiento masivo de refugiados. Un acontecimiento que, de forma indirecta, ha puesto de manifiesto la desaparición del hombre europeo, al menos tal y como lo entendíamos hasta ahora. El casi millón de personas que han huido de la provincia de Iblid hacia el norte de Siria, después de nueve años de guerra en el país y de la última ofensiva de Assad, el enfrentamiento entre dos potencias de tipo medio (Rusia y Turquía) en la carne de los sirios, la utilización de los que se han quedado sin casa ni país como herramienta de presión por parte de Erdogan son acontecimientos más letales que la propagación del COVID-19. Constituyen un nuevo capítulo de una crisis de desplazados que revela el rostro más sombrío de una Europa que optó por una subcontratación del problema. Ahora llegan los recibos. El europeo para el que ya no es evidente el valor de acoger al que huye de la guerra, al que le da miedo el extranjero, el que sospecha del otro que necesita ayuda porque no tiene clara su identidad, el que acaricia sueños de soberanismos imposibles, presionó a sus líderes en 2015 para rechazar cualquier fórmula que no fuera dejar a los refugiados fuera de las fronteras de la UE. El cambio que tuvo que hacer Merkel en su política fue muy significativo. La canciller alemana se vio obligada a modificar sus primeras decisiones. Y hubo, por eso, en 2017 un acuerdo con Libia, Estado fallido y conculcador de derechos humanos, para frenar a los migrantes económicos. Y antes un acuerdo con Turquía, en 2016, para contener a los refugiados sirios a cambio de 6.000 millones de euros.

Ahora, cuando se hace de nuevo evidente que la guerra infinita de Siria no fue nunca una guerra civil, cuando la lucha por la hegemonía entre Moscú y Ankara en la provincia de Iblid está abierta, se desvelan las consecuencias de la escandalosa falta de implicación de Europa y de Estados Unidos en una solución al conflicto. Salen a la luz las raíces culturales de un problema que desvela la debilidad de Occidente.

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El miedo que nos hace rehenes

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Deseo de transhumanizarse

Fernando de Haro

Sanders va a ganar en las primarias demócratas. Al menos eso es lo que predice David Brooks en New York Times. La apuesta se basa en que Sanders tiene una historia, un mito, sobre todo un mito moral, que vende bien. Los problemas de Estados Unidos los generan los avariciosos de la Costa Este, la gente de Wall Sreet que está destruyendo los valores del país. Es un relato sencillo, con un mensaje ético en el centro, que da salida al resentimiento.

En el lado republicano no es complicado hacer predicciones. Trump será el candidato y, de facto, las primarias de este partido quedarán eliminadas tras el supermartes de comienzos de marzo. Hasta ese momento el “lunático” Zoltan Istvan seguirá disputándole al actual inquilino de la Casa Blanca el puesto. El resultado es lo de menos, como lo fue en 2016 cuando ya se presentó a las elecciones. Lo que le interesa a Zoltan es aprovechar la ocasión para difundir su programa transhumanista. En este caso, el programa es antropológico. Habría que decir “transantropológico”: el objetivo es “reconocer los derechos de los robots conscientes, de los ciborg y la posibilidad de que el 3D imprima un ser humano entero y de que la Inteligencia Artificial cree la singularidad de cada uno”. Las ideas de Zoltan pueden parecer descabelladas. Son las expresiones menos serias de un movimiento con elementos muy serios.

Como siempre, la ficción se adelanta. En uno de los capítulos de hace unos meses de Years and Years, los espectadores nos quedamos sobrecogidos con una escena que se desarrolla en la cocina de una casa familiar. Una adolescente explica que no se siente cómoda con el cuerpo que tiene. Los padres, atentos y solícitos, le muestran su apoyo para el cambio de sexo. La chica, sorprendida, les responde: “el problema no es el sexo, no soy transexual, quiero ser transhumana. No quiero ser carne, quiero ser datos, quiero vivir para siempre como información”. El drama de la identidad llevado hasta su extremo, no es ya una cuestión de nación o de género sino de especie.

Hay sin duda que distinguir, entre los candidatos lunáticos a las presidenciales estadounidenses, los guiones de series efectistas, las corrientes ideológicas y las posibilidades reales de lo que la tecnología o la genética pueden hacer. La profesora Elena Postigo, que ha dedicado tiempo a estudiar el pensamiento transhumano, señala que uno de sus principales teóricos es Nick Bostrom, filósofo sueco, experto en Inteligencia Artificial y presidente de la World Transhumanist Association. Según Bolton, el transhumano es el hombre que está caminando para convertirse en posthumano, por medio de la mejora de la especie que tendrá una vida mucho mas larga (hasta 500 años), con capacidades intelectuales que duplicarán las actuales y con un cuerpo sometido a sí mismo. Suena a película de ciencia ficción de sábado por la tarde. Pero antes de llegar al paraíso posthumano, hay proyectos transhumanos en marcha que plantean retos interesantes.

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Deseo de transhumanizarse

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Eutanasia: fuera del bucle

Fernando de Haro

Ezra Klein es un periodista judío, liberal en el sentido norteamericano del término, que trabajó para medios tradicionales y que desde hace años ha puesto en marcha un producto multimedia llamado Vox. La plataforma es aire fresco en un panorama estadounidense de periódicos y televisiones, en muchos casos anclados en fórmulas tradicionales. El sesgo de los contenidos a menudo es demasiado evidente pero sus videos y sus podcasts, con un inteligente tratamiento de postproducción, se han convertido en un buen modelo para que la opinión pública entre en la complejidad de asuntos a menudo demasiado simplificados. Ezra Klein acaba de publicar 'Why We’re Polarized' (Por qué estamos polarizados), un libro en el que intenta describir las razones del conflictivo clima que reina en su país. Klein sostiene que las coaliciones políticas de los últimos 50 años se han tejido en torno a preferencias ideológicas, geográficas y culturales. Parecería lógico que así fuera. Pero esta dinámica ha provocado una serie de bucles en los que los medios, los partidos y las instituciones se han ido extremando para responder a una audiencia y a una ciudadanía cada vez más polarizadas hasta que el mismo sistema ha acabado cuestionándose. Que el sistema se cuestione, esto no lo dice Klein, pero es fácil de deducir, pone en duda que exista un espacio común. Los partidos, las instituciones, en lugar de poner freno a la espiral, la han aumentado. Probablemente porque son demasiado débiles para sostener unas referencias que ya no son evidentes para nadie.

La descripción que hace Klein es perfectamente extrapolable a España, a Italia y a buena parte de Europa. En este contexto y en este clima, en el que las preferencias ideológicas y culturales, las opciones identitarias, se convierten en un absoluto, se debate, por tercera vez en España, una proposición para despenalizar la eutanasia. Es sin duda el peor escenario posible para afrontar una cuestión tan importante. De un lado una ideología que concibe los nuevos derechos como la ocasión de afirmar la autonomía absoluta del individuo (para la que la eutanasia se presenta como la última meta). De otro, aunque con voz minoritaria, un esencialismo incapaz de tener en cuenta los límites de la razón, sometida a los avatares de historia, frente a los desafíos más exigentes de la ética. Cualquier posibilidad de conversación desaparece. El modo de vivir los últimos días es combustible para la polarización. La que sería una ocasión preciosa para dialogar sobre el momento en el que todas las preferencias ideológicas y todas las identidades son puestas a prueba, se convierte en un gallinero de voces estridentes. Habría que pedir a los políticos y a los moralistas que hablaran de estas cosas como si estuvieran al pie de la cama de un enfermo severo y crónico, de un enfermo terminal o en el pasillo de un hospital, junto a las habitaciones de quien acaba su vida. El primer debate parlamentario, sin embargo, ha sido todo lo contrario. La derecha, con absoluta ceguera, ha utilizado como gran argumento que la eutanasia se promueve para ahorrar costes y la izquierda ha insistido en presentarla como la última libertad.

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¿Cuánto barro tienen los pies del gigante?

Fernando de Haro

Usera. Un barrio con más de 10.000 ciudadanos chinos. Una de las “china town” más grandes de Europa. Farmacias, supermercados, restaurantes y hasta una misa a la semana para los miembros del Imperio del Centro que han emigrado a Madrid. Hay calles que parecen ya de Pekín. Muchos negocios han cerrado, por prevención. Porque no hay ningún caso de coronavirus ni sospechas. En uno de los negocios, en el escaparate, un cartel en español explica que el cierre se debe a las vacaciones, otro cartel en caracteres chinos da otra versión: el cierre se debe a la epidemia. Doble verdad. Probablemente para no crear una alarma innecesaria entre los clientes españoles, quizás por la costumbre, por la necesidad de no ser demasiado transparentes. Hay valores por encima de la precisión informativa.

La falta de transparencia, la falta de eficacia burocrática del régimen comunista va camino de convertir el coronavirus en el Chernóbil chino. El número de víctimas está lejos de las provocadas por el accidente de la central nuclear ucraniana en los años 80, pero la crisis política y la desconfianza se extiende como la radiación. Chernóbil acabó con el hombre soviético, el tiempo dirá la dimensión del daño que el coronavirus causa en el hombre neo-maoísta-comunista-capitalista diseñado por Xi Jinping. El año 2021 iba a ser, con ocasión del primer centenario del Partido Comunista, el año en que China se iba a convertir “en una sociedad de un bienestar moderado”. El país que ya controla un tercio del PIB mundial ha sido capaz de poner en cuarentena a 50 millones de personas, pero ha sido incapaz de gestionar con eficacia la información, el bien intangible decisivo en una epidemia. El país donde todo dato y todo movimiento está controlados con la aplicación We Chat, en el que cada rincón tiene una cámara y en el que los sistemas de Inteligencia Artificial procesan a toda velocidad billones de datos, las noticias más relevantes para evitar una pandemia no llegaron donde tenían que llegar a tiempo.

Según The Lancet, los primeros casos se detectaron a principios de diciembre. Se produjeron algunas denuncias de la enfermedad a principio de enero pero fueron silenciadas. Solo el 20 de enero, la Comisión Nacional de Salud anunciaba la extensión del virus. No por casualidad, la muerte del doctor Li Wenliang, sancionado después de haber denunciado la presencia del patógeno en algunos enfermos, lo ha convertido en el icono de unas críticas al poder que algunos ya comparan con el movimiento que dio lugar a Tiananmen. Es muy significativo que las críticas de la disidencia hayan estallado en internet a pesar del férreo sistema de control impuesto por Xi. Cualquiera que haya estado en China haciendo información sabe que es prácticamente imposible difundir una noticia que cuestione el poder o una opinión crítica sin ser inmediatamente interceptado.

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Se nos olvidó la libertad

Fernando de Haro

El viernes, pocas horas antes de que se materializara el Brexit, no se hablaba de otra cosa en la Main Sreet de Gibraltar, la última colonia en suelo europeo. Los vecinos de la estrecha calle que serpentea bajo la Roca, en conversaciones que empezaban en inglés y terminaban en un español muy del sur, hacían comparaciones con su vida y lo que sucede en la raya entre Estados Unidos y México. Las charlas informales, en las terrazas o en los encuentros fortuitos, terminaban con consignas estoicas sobre la capacidad de supervivencia de los vecinos del Peñón. Pocos minutos antes de las doce de la noche, en la frontera, se arrió la bandera de la Unión Europea y se izó la de la Commonwealth. No hubo fiesta alguna. Solo 800 llanitos (que es como se les conoce a los 34.000 británicos de Gibraltar) votaron en el referéndum de 2016 a favor de la salida de la Unión Europea. La retórica de la resistencia no disipa la memoria de lo que supone una frontera sin libertad de circulación (sobre todo de personas). Todos los mayores de 50 años recuerdan el cierre de la verja, el aislamiento, la necesidad de salir del extremo sur de la Península Ibérica por mar. Y a los niños se les ha transmitido la herida de la memoria. Los gibraltareños pueden vivir de sus ingresos como paraíso fiscal no reconocido, del juego, del contrabando de tabaco, del bunkering petrolero, pero saben que fuera de un mercado único, sin libertad de movimientos para los 14.000 trabajadores que cruzan la frontera cada mañana, la vida será mucho más difícil. La vida sin poder comer, dormir, tomar el sol, residir en España, será mucho más difícil.

Sería exagerado comparar el mestizaje económico, social y cultural que hay entre Gibraltar y el sur de España con las conexiones que se han creado desde 1973 hasta hoy entre el Reino Unido y la Unión. Pero la interdependencia es grande. En los últimos años se ha repetido hasta la saciedad el dato: el 53 por ciento de las importaciones provienen de la UE y el 45 por ciento de las exportaciones del Reino Unido van dirigidas a la UE. El país, fuera de la UE, es una potencia media, sexta economía del mundo con “solo” 66 millones de habitantes en un mundo globalizado. Hace tiempo que las cifras han dejado de significar algo relevante para muchos. Se las responde con el proyecto de nuevo tratado de libre comercio con EEUU y con un futuro acuerdo con Bruselas como el que tiene Canadá. Un acuerdo que tardará años en negociarse (es difícil que se concluya antes del final del período transitorio) y que supondría estar en peores condiciones que las de un socio europeo. El Reino Unido siempre ha sido un socio a la carta, que estaba fuera del euro, y que estaba fuera de Schengen. A partir de ahora Londres controlará, según sus propios criterios, la migración europea. Pero no se puede decir que les haya ido mal con el movimiento de los continentales.

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Sin apearnos del bus amarillo

Fernando de Haro

Tras la pausa navideña, los autobuses amarillos que llevan a los niños a los colegios han vuelto a rodar por las calles de los pueblos y de las ciudades estadounidenses. Algunos no los necesitan porque pueden llegar a clase caminando o porque un familiar los acerca. Pero hay dos millones que no toman el autobús amarillo porque su escuela es su casa. El fenómeno del homeschooling, que comenzó en los Estados Unidos en los años 60, es el método utilizado ya para formar a más de dos millones de personas. Las tasas de crecimiento anuales son altas. Hace 50 años el homeschooling era una expresión de contracultura. Pero cuando en los 70 el Tribunal Supremo decidió eliminar la oración en las escuelas públicas, algunas comunidades cristianas apostaron por la fórmula. Un diez por ciento de los hijos de evangélicos, según algunas estimaciones, forma a sus hijos en el salón. Parecen buscar una opción que aleje a los niños de los peligros de la enseñanza que es para todos. Para salvar la fe, para cultivarla, mejor evitar peligros. Pero la motivación religiosa no es la única, también hay quien prefiere la escuela en casa porque así evita el acoso y un ambiente muy agresivo. Casi desde hace cinco décadas se discute sobre las consecuencias socio-emocionales de la escuela en casa, en la que el ámbito de las relaciones se reduce. Se debate sobre la conveniencia de favorecer opciones que “protegen” la transmisión de los valores en los que se quiere educar. O, por el contrario, la conveniencia de que los chicos verifiquen las hipótesis que les ha ofrecido la familia en un ambiente plural o incluso abiertamente hostil.

El homeschooling ha sido utilizado por parte de la nueva derecha estadounidense como una bandera. Y así Grover Norquist ha defendido que su “ciudadano ideal es un trabajador autoempleado, formado por el homeschooling, con un permiso de portar armas. Esta persona no necesita ningún maldito Gobierno”. Es evidente que las expresiones de Norquist pertenecen a un anarquismo de derechas extremo. El homeschooling, aunque sea invocado por estos radicales, no está bien representado por sus posiciones. No implica necesariamente un desprecio absoluto por el Gobierno o por el Estado, pero sí conecta con un rechazo muy propio de cierta tradición estadounidense solitaria. Una cierta tradición que no acierta a reconocerse en lo común y en unos contenidos educativos y políticos que sean compartibles por todos. La describía ya Tocqueville en su época con unas palabras que podrían haber sido escritas hoy: “veo una multitud de gente formada por hombres iguales y similares (…) viviendo aparte, como extranjeros los unos de los otros. Sus hijos y amigos son para ellos toda la raza humana. Existen para ellos mismos, están solos. Pueden tener todavía una familia, pero ya no tienen un país”.

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Victimización: herramienta del poder

Fernando de Haro

Los movimientos de Trump y de Putin últimamente ilustran a la perfección la “ideología de la victimización” que domina el mundo. Trump ha podido vender la “paz comercial” con China como un gran éxito y Putin ha cesado al Gobierno ruso y puesto en marcha una acelerada reforma constitucional porque vivimos en un mundo de “humillados y ofendidos”. No solo los rusos y los estadounidenses, todos los habitantes del planeta, en este comienzo de los años 20, estamos dispuestos a comprar narrativas y discursos que se aprovechan de un sentimiento de expropiación y desposesión.

Mientras el tercer impeachment de la historia de los Estados Unidos daba comienzo en el Senado (proceso condenado al fracaso de antemano), Trump exhibía una victoria en la guerra comercial contra China, firmando un acuerdo con el viceprimer ministro Liu He. No era la paz definitiva porque Estados Unidos mantiene 360.000 millones de dólares en aranceles, pero Trump ha podido exhibir el compromiso de que China va a gastar más de 200.000 millones de dólares en la compra de productos norteamericanos. Estados Unidos vuelve a ser grande de nuevo, después de haber puesto firme al Gigante Asiático, que con su moneda artificialmente devaluada había conseguido una balanza comercial muy favorable. Todo a costa de la buena industria estadounidense mantenida y sostenida por los buenos estadounidenses.

En realidad, cuando se examinan con detalle las cifras, la victoria no es ni tan clara ni tan rotunda. La guerra comercial de los últimos meses ha causado serios daños a la economía norteamericana. En el verano de 2018, China ya ofreció comprar productos agrícolas y manufacturas por un valor semejante al actual antes de que Trump decidiera subir los aranceles con sus consiguientes perjuicios. Los analistas de Financial Times han sido categóricos: los compromisos de compra por parte de China no significan que se vaya a conseguir reducir el déficit de la balanza comercial, la mayoría de los aranceles se mantiene y el compromiso de lucha contra el ciberespionaje no está en el texto del acuerdo.

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Victimización: herramienta del poder

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Cuando la moderación no es suficiente

Fernando de Haro

El nuevo Gobierno de España va a ser el tercero de la Unión Europea con populistas de izquierda en su seno. Los dos precedentes provocan que la situación sea bastante inédita. Hasta el pasado mes de julio, gobernó la Syriza de Tsipras en Grecia. Pero el populismo griego se había convertido en los últimos años en un centroizquierda convencional. De hecho, Tsipras ha recurrido a fórmulas económicas ortodoxas. El país ha vuelto a un sistema político bipartidista. El caso de Italia con el Gobierno de 5 Estrellas y de Salvini tampoco se puede tomar como referente. Sería demasiado simplista calificar a 5 Estrellas como un movimiento populista de izquierdas y su “convivencia” con Salvini lo convirtió en un experimento particular.

En España Podemos llega al Gobierno equipado de un contundente aparato ideológico y un pacto con el PSOE que, de aplicarse, supondrá una importante expansión del gasto, una contrarreforma del mercado laboral y una subida de impuestos. El errático Sánchez, desde los primeros pasos, se ha mostrado obsesionado en no perder terreno frente a Podemos, ha nombrado varios ministros económicos de “pura raza” socialdemócrata que bien podrían haber estado en un gabinete de centro-derecha. El líder socialista parece querer recuperar la buena consideración que tenía entre los líderes europeos (en especial de Macron) antes de aliarse con Iglesias.

La mala experiencia del socialista-pre-populista Zapatero está muy viva. El anterior presidente socialista, en plena crisis, se vio obligado a reformar de urgencia la Constitución para evitar una crisis del euro después de haber disparado el déficit. En materia económica, es previsible que haya muchas escaramuzas, que el mercado laboral se haga más rígido, que el desequilibrio de las cuentas públicas vuelva a aumentar de forma significativa, que ciertas subidas de impuestos provoquen miedo entre los inversores. El tiempo que Podemos y PSOE estén en el Gobierno retrasará las reformas educativas y estructurales que permitirían caminar hacia una mayor modernización. Reformas que el PP tampoco acometió con decisión, en parte porque la crisis le comió la agenda. Pero no es difícil imaginar, como ha sucedido en Grecia y en Italia, que Bruselas actuará como salvaguarda contra grandes desmanes.

Otra cosa distinta es el ámbito de las políticas ideológicas, identitarias y antropológicas. El apoyo del independentismo catalán de ERC segmentará, como ya lo está haciendo, al Gobierno hacia unas políticas de identidad territorial que rozarán los límites constitucionales. Quizás los sobrepasen. Pero el identitarismo no se acaba en la cuestión catalana.

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Cuando la moderación no es suficiente

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Identarismos tóxicos

Fernando de Haro

El debate de investidura de Sánchez ha dado protagonismo a varios identarismos de signo tóxico. Son estos identarismos los que van a marcar lo que dure la legislatura que se inicia. El empeño del candidato socialista de gobernar no buscando el apoyo del centroderecha del PP y del centro liberal de Ciudadanos supone pagar un alto precio. El coste más caro, no suficientemente indicado en el marasmo de los últimos días, es que aquellas formaciones que basan su discurso en una identidad excluyente acceden a importantes cuotas de poder. La socialdemocracia del PSOE, caracterizada desde la transición a la democracia por un proyecto modernizador y europeísta para toda España, se diluye en beneficio de la posición independentista catalana y vasca, en beneficio del populismo de izquierda de Podemos.

Sánchez ha estado obligado a normalizar las posiciones de ERC. A cambio de la abstención del independentismo, el socialismo ha asumido como propias tres posiciones de una concepción de la identidad catalana excluyente: la definición de lo que sucede en Cataluña como un conflicto político, la necesidad de que no intervengan las autoridades judiciales y la creación de una mesa de negociación bilateral que desvirtúa a los organismos de representación de la soberanía (el Congreso y el Parlamento de Cataluña). Solo si acepta que el modo normal de ser de los catalanes es semejante al de los irlandeses del norte, que han sufrido la “ocupación británica”, tiene sentido utilizar el término conflicto. Solo si se entiende que ser catalán significa tener una identidad que excluye la española, se reivindica y se asume la necesidad de que los jueces suspendan la aplicación de las leyes que garantizan la soberanía de todos los españoles (la aplicación de las leyes se llama ahora “judicialización"). Solo así se entiende, en fin, la creación de una mesa bilateral de negociación entre el Gobierno de España y el Gobierno de Cataluña con una agenda de asuntos de los que constitucionalmente no se puede disponer.

Sánchez, sin haber firmado un acuerdo con Bildu, a cambio de su abstención ha tenido que normalizar el identarismo excluyente de un independentismo vasco que justificó la violencia. El blanqueo de Bildu es pasivo. A cambio de su abstención, el socialismo español no combate el discurso de una forma de concebir la identidad vasca que no ha abjurado del terrorismo. Bildu, al no haber pedido perdón por los 900 asesinatos de ETA, formación de la que es heredera, asume que para ser vasco, para liberarse del yugo que suponía y supone España, hubo un tiempo cercano en el que era necesario recurrir a la violencia. El identarismo en este caso es tan excluyente que contempla la aniquilación del otro. Aceptar este discurso supone dar un paso atrás en la tarea de construir un relato preciso de lo que pasó en el País Vasco durante décadas. Bildu nunca permitirá que se cuente la verdadera historia de ETA, lo que supone condenar a los vascos a vivir en la mentira.

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Identarismos tóxicos

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Ya veremos si los años 20 empiezan

Fernando de Haro

Empiezan en estas horas los años 20 del siglo XXI. ¿Comienzan de verdad? A pesar de lo que diga el calendario, no es algo automático. En el ya lejano 1956 James Baldwin, el provocador activista y en muchos aspectos genial escritor estadounidense (que ha vuelto a recuperar cierto protagonismo con el documental ‘I am not your negro’), mantenía una sugerente polémica con William Faulkner. En 1954 el Tribunal Supremo de Estados Unidos había emitido su histórica sentencia contra la segregación en las escuelas de blancos y negros. Faulkner, que reconocía la tremenda injusticia de la separación, defendió la necesidad de “ir despacio” para desmontarla. En un vibrante artículo (titulado “Faulkner and desegregation”) Baldwin le responde y escribe una de sus mejores páginas refiriéndose al significado de la palabra cambio y a las reacciones que provoca. “Todo cambio -escribe el ensayista negro- verdadero lleva implícita la ruptura del mundo tal y como siempre lo hemos conocido, la pérdida de todo lo que nos ofrecía una identidad, el fin de la seguridad”. “En semejante momento -añade-, incapaces de ver y no atreviéndonos a imaginar lo que el futuro nos acarrea, nos aferramos a lo que ya sabíamos o creíamos saber, a lo que poseíamos o soñábamos poseer”.

La descripción de la perplejidad y de la inseguridad provocadas por el cambio que hace Baldwin es totalmente aplicable a las reacciones que vemos ante la globalización, ante la crisis de los fundamentos de la cultura y de la democracia occidental que ya “creíamos saber. La inflación de soluciones identitarias y soberanistas del 2019 que dejamos atrás tiene mucho que ver con el agarrarse a lo que soñábamos poseer”. Pero esta respuesta, apunta Baldwin, es una forma de esclavitud. “Solo cuando un hombre -apunta- es capaz de abandonar, sin amargura o autocompasión, un sueño que por largo tiempo ha acariciado, o un privilegio por largo tiempo poseído, es que se ha liberado, se ha liberado a sí mismo, para concebir sueños más elevados, para alcanzar privilegios mayores”. La liberación, indica con precisión el neoyorquino, no es mantener lo ya conquistado o poseído, sino lo nuevo, lo que permite elevarse a una nueva posesión. En este caso la mezcla de blancos y negros. Y remata Baldwin: “todos los hombres han pasado y pasan por esto, cada uno según su categoría, a lo largo de sus vidas”. No es solo un proceso histórico, es un proceso personal. O mejor, porque es un proceso personal es un proceso histórico.

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Ya veremos si los años 20 empiezan

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De Jerusalén a Belén

Fernando de Haro

Se levantan mucho antes de que amanezca, antes de que el sol en amanecida tiña de rojo las piedras blancas con que todo está construido en Tierra Santa. Comienzan a llegar estos días los peregrinos, sobre todo de Asia, a la explanada de la Basílica de la Natividad antes de las cinco de la mañana. Ya hay alguien vendiéndoles té o café. Vienen, como dice Francisco, a “sentir, a tocar, la pobreza que el Hijo de Dios eligió para sí mismo en su encarnación”. Son los nuevos pastores que corren a Belén, muchos de ellos llegados de un Oriente lejano, “contemporáneos del acontecimiento que se hace vivo y actual en los más diversos contextos históricos y culturales”. Paradojas del momento, a los que vienen de lejos, de mundos diversos, se les deja pasar a ver el lugar en el que ese “modo de actuar de Dios que casi aturde (...) porque duerme, toma leche de su madre, llora y juega como todos los niños”. Los que están cerca, a una hora y media de coche, tendrán que mirar las figuritas de los belenes que se han instalado en la parroquia católica de la Sagrada Familia y la parroquia ortodoxa de San Porfirio en el centro histórico de Gaza. Quedan ya menos de 1.000 cristianos en la Franja y algunos de ellos habían pedido esta Navidad salir por el paso de Erez pero no podrán hacerlo.

Los peregrinos hacen largas colas antes de la Basílica de la Natividad. Ha habido que ampliar el horario, hasta las ocho de la tarde. El año se cerrará con más de tres millones de peregrinos, lo que supone un crecimiento del 17 por ciento respecto al año pasado. Hay ya 12.000 camas disponibles para pasar la noche en ese pequeño pueblo en el que nació Jesús, aislado del resto del mundo por un muro vergonzoso que se sigue extendiendo por Cisjordania para construir la Gran Jerusalén. No hace muchos años solo había 2.000 camas. Se ha seguido trabajando en este tiempo junto al pesebre de María para recibir a los peregrinos. Una buena noticia cuando los datos de emigración de cristianos siguen siendo altísimos, cuando la expresión un territorio-dos Estados es ya retórica, cuando no hay –ni se le espera– proceso de paz y cuando las terceras elecciones en Israel seguirán dándole la llave de la gobernabilidad a Liberman, defensor de una política durísima no solo con los asentamientos, también con los árabes-israelíes. La noticia de los peregrinos es una noticia importante cuando la presión de los grupos judíos como Ateret Cohanim sigue trabajando para limitar la presencia cristiana en Jerusalén.

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De Jerusalén a Belén

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Es la confianza, la confianza

Fernando de Haro

Johnson es un histrión, un político con muchas dosis de oportunismo, pero no es tonto. Y en su primer discurso frente al número 10 de Downing Street, después de visitar a la reina, hizo un llamamiento a la unidad y expresó su deseo de que el Reino Unido se cure de la discusión árida sobre el Brexit. Parte de esa discusión la ha protagonizado él mismo. Johnson sabe que la mayoría absoluta de 365 diputados no significa ni una victoria rotunda de los partidarios del Brexit ni va a cerrar las heridas de una sociedad profundamente fracturada.

La amplia mayoría que han obtenido los conservadores en Westminster tiene varias causas. El sistema electoral mayoritario del país da un plus de representación a los ganadores. Corbyn ha llevado al Partido Laborista al mayor de los desastres conocidos desde los años 80: ha perdido apoyo en el centro y el norte de Inglaterra, donde tradicionalmente tenía su reserva de votos. Las opciones excesivamente izquierdistas del líder laborista no han conectado con las nuevas preocupaciones de su electorado. El “Get Brexit Done” de Johnson sin duda ha sido decisivo. Pero no ha sido la única variable. Los conservadores han ganado más de seis puntos por el apoyo de los partidarios de abandonar la Unión Europea que no les habían votado antes. Los laboristas han perdido diez puntos de los brexiters que les han abandonado. Pero no todos los votantes conservadores necesariamente son brexiters ni todos los laboristas son remainers. Admitamos, por un momento y para simplificar, que fuera así y que las elecciones hubieran sido un referéndum El voto popular de Johnson es del 43,6 por ciento, apenas un punto más que en 2017 cuando los conservadores obtuvieron un 42,4 por ciento. Probablemente un nuevo y auténtico referéndum arrojaría una nueva división entre dos partes casi iguales.

Unidad. Recuperación de los vínculos. Johnson sabe que ese es el reto. Unidad de Escocia con el resto del Reino Unido. De Irlanda del Norte. Recuperar los vínculos de Londres con el norte de Inglaterra, de las diferentes clases sociales y de los británicos con la realidad. De esto último es de lo que menos se habla.

La crisis territorial de Escocia es inminente. El SNP (el partido nacionalista escocés) ha obtenido una aplastante victoria y sus líderes ya están reclamando un nuevo referéndum. ¿Si el Reino Unido se separa de la Unión Europea, por el resultado ajustado de un referéndum, por qué no va a derogarse el Acta de la Unión de 1707 que hizo de Escocia parte del Reino Unido con otro referéndum? El virus de la fractura. Y habrá que ver qué sucede en Irlanda del Norte, donde los partidos nacionalistas (remainers) han obtenido más escaños que los unionistas.

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Es la confianza, la confianza

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Demasiadas suposiciones

Fernando de Haro

La crisis de la OTAN resuelta. Al menos momentáneamente. Por elevación. Los desacuerdos entre Estados Unidos y Europa se han querido solventar apuntando al riesgo que supone China. La OTAN es más que una organización militar. Es el símbolo de un mundo en el que la cultura occidental estaba todavía en pie para hacer frente al totalitarismo y a las amenazas contra el mundo libre.

Trump y Macron, aunque enfrentados, cada uno a su manera, han denunciado en los últimos meses que la Organización tiene serios problemas. Está en crisis ciertamente la estrategia de defensa. Pero también el acuerdo tácito entre Estados Unidos, los países del Oeste y del Este de Europa para defender los valores que sustentaron las democracias liberales. De esto no hablan los líderes. Turquía en realidad nunca participó en esos valores. Y ahora la OTAN parece buscarse una cierta unidad en torno a una nueva frontera, no física, pero sí económica, tecnológica, y por supuesto antropológica. ¿Hay todavía algo común en el terreno de los ideales entre los que siguen siendo formalmente aliados? ¿Hay algo que pueda mantenerlos unidos? ¿Qué respuesta tiene, tenemos, al reto que supone un capitalismo de Estado como el chino en el que el valor del yo no puede darse por supuesto?

La cumbre de Londres amenazaba fracaso. Trump está convencido de que los socios europeos son unos aprovechados porque siguen sin pagar la fiesta que le proporciona el ejército más caro del mundo. Y Macron había dicho en The Economist aquello de que la organización está en coma cerebral y que es necesario impulsar un proyecto de seguridad europea. Razón no le falta. No hay estrategia común para hacer frente al yihadismo en el Sahel ni en Siria. La Organización sigue siendo necesaria para contener la amenaza de Rusia en Europa del Este. Pero Turquía se ha aliado con Rusia para ganarle terreno a los kurdos y los alemanes dependen del gas ruso. De momento Estados Unidos y Europa, especialmente Francia, se han reconocido en la amenaza que supone el desarrollo armamentístico chino y las inversiones del Gigante Asiático en el Ártico, en África, y en sectores estratégicos de la economía del Viejo Continente así como en el desarrollo de la tecnología del 5G.

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Demasiadas suposiciones

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Por la desigualdad ecológica

Fernando de Haro

Arranca la Cumbre del Clima COP25 que tenía que haberse celebrado en Santiago de Chile, pero que al final va a tener lugar en Madrid. Durante dos semanas se debatirá en la capital de España cómo conseguir que la subida de la temperatura se limite a 1,5 grados. Los objetivos del Acuerdo de Paris con los que se buscaba limitar el ascenso de la temperatura a 2 grados han sido superados en muy poco tiempo. El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma) sostiene que, con las emisiones actuales, la temperatura global subirá 3,2 grados. Los compromisos nacionales para reducir esas emisiones son insuficientes.

Habrá reuniones de alto contenido técnico, pero también un enfrentamiento ideológico sobre los modelos de desarrollo más convenientes. Escucharemos, de nuevo, a Greta Thunberg acusando a muchos de no estar dispuestos a abandonar su forma de pensar cuando La Tierra está en riesgo. Las profetisas, aun cuando sean laicas, siempre utilizan un lenguaje duro e incómodo. Son necesarias. La situación es dramática.

Lo que no es tan necesario, ni siquiera conveniente, es lo que Ramón del Castillo llama en su libro 'El jardín de los delirios' una forma de ecología que ha convertido “la naturaleza en el nuevo foco de atención del mercado de la religión y de la religión del mercado”.

La teologización de la ecología no es ni mucho menos un fenómeno nuevo. Y ahora que todos tenemos que luchar seriamente por la descarbonización y por la modificación de nuestro sistema energético, ahora que hay que debatir con calma sobre los cambios sociales que esa lucha implica, es necesario, como señala Manuel Arias Maldonado, liberar “a la causa ambiental de la hiperideologizacion” .

Quizás convenga retomar el debate que se produjo hace treinta años (este no es un asunto nuevo) en Estados Unidos. Y ahí destaca la figura de Murray Bookchin, el ya desaparecido ecologista social que se inspiraba en una matriz libertaria y anticapitalista. Un año después del desastre de Chernobil, Murray Bookchin asistió a un congreso de los verdes norteamericanos. Se quedó tan sorprendido de lo que escuchó en esa reunión que dedicó uno de sus libros (Rehacer la sociedad. Senderos hacia un futuro verde) a responderlo. En aquel congreso uno de los ponentes defendió la necesidad de “obedecer a las leyes de la naturaleza” porque la gente era la amenaza. Era la misma tesis que Bookchin había encontrado en una exposición del Museo de Historia Natural, en la que “al público se le exponía una larga serie de presentaciones y se terminaba con una instalación con un cartel asombroso: el animal más peligroso de la Tierra. La instalación consistía en un espejo gigantesco que reflejaba al visitante humano”.

Boockchin denunció, en nombre de la ecología social, la extensión de “la ecología profunda” fundada por el escalador Arne Naess. Esta ecología profunda está basada en el “igualitarismo biosférico” para el que los seres humanos no tienen mayor derecho a la vida que los organismos no humanos. El respeto a la Madre Tierra, con estos y otros autores, se “cargaba de mitos biocéntricos” provenientes de una creencia budista y taoísta en una unidad tan cósmica que los seres humanos con toda su peculiaridad son disueltos en una forma de igualdad biocéntrica omnicomprensiva”.

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La América de la que no se habla

Fernando de Haro

Cuando en 2015 estalló la crisis de refugiados en Europa, en la fachada de muchos ayuntamientos de España se colgaron pancartas que daban la bienvenida a los que huían de la guerra de Siria. Llegaron pocos porque el país no estaba en sus rutas ni era un destino anhelado. Ahora que ha estallado la otra crisis de refugiados, la crisis de los refugiados americanos, no se habla de ellos y España concede poco asilo y poco techo. En el último año las peticiones se han duplicado y en 2019 van a ser casi 100.000. La política con el Gobierno de Rajoy y con el Gobierno de Sánchez, con la derecha y la izquierda, ha sido la misma. España concede asilo solo a uno de cada cuatro solicitantes. Es una de las tasas más baja de toda Europa. No hay motivo alguno para negarlo. Los que lo piden vienen huyendo de Venezuela (un tercio) donde la crisis humanitaria y la persecución política hace muy difícil la vida. También de Colombia y de los países de Centroamérica duramente castigados por la violencia. Los refugiados americanos que llegan a España suelen pertenecer a la clase media, tienen un buen nivel de formación en muchos casos y el idioma y su cultura les permite una integración plena en un país con una de las tasas de natalidad más bajas de todo el Viejo Continente.

Ni acogida ni reflexión crítica. La crisis de los refugiados americanos no genera un debate público a la altura del fenómeno. La América de habla hispana que vivió muy de lejos la II Guerra Mundial está sufriendo un fenómeno histórico que no había vivido nunca. Es ya uno de los acontecimientos más decisivos desde que se produjeran las independencias. Probablemente tan importante o más que la revolución cubana o que la llamada década perdida. Sin embargo la falta de “utilidad ideológica” lo hace pasar como una cuestión puramente asistencial o humanitaria. Naciones Unidas estima que en muy poco tiempo habrá cinco millones de refugiados procedentes de Venezuela que intenten iniciar una nueva vida en los países cercanos. Con todo lo que eso supone para las políticas sociales y de integración. El fenómeno venezolano tiene proporciones descomunales pero no es el único. Ha habido cuatro millones de movimientos en el último año y la ruta desde Centroamérica hacia el norte ha tenido un intenso tránsito.

Mientras se producen estos movimientos de población, clases populares y clases medias salen a las calles de Bolivia, Ecuador, Chile, Colombia. Tampoco hay sobre esta cuestión una conversación seria. Solo se recurre a explicaciones simplistas, conspirativas. Después de décadas de análisis polarizado entre las interpretaciones liberales que denunciaban a los “redentores populistas” y las interpretaciones del socialismo del siglo XXI que cargaban contra el neocapitalismo, no parece haber más que perplejidad.

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Contra el proceso de centrifugado

Fernando de Haro

La crisis política española que comenzó hace cuatro años ha incrementado la polarización hacia los extremos y el voto en defensa de intereses particularistas. En 2011, antes de que la formación de mayorías estables se complicara, siete de cada diez españoles apoyaba a las dos formaciones que coincidían en la defensa de la Constitución. El espacio de centro lo ocupaba casi todo. En 2015, a pesar de la aparición de los nuevos partidos, de la ruptura del bipartidismo y de la emergencia de una formación de izquierda-izquierda como Podemos, todavía había un 65 por ciento de españoles que optaban por el centro. En los comicios del 10 de noviembre pasado, los resultados muestran una centrifugación de las posiciones. A pesar de la caída de Podemos, ya solo la mitad de los electores (54 por ciento) optan por formaciones claramente constitucionales. El crecimiento de Vox por la derecha hasta llegar a sumar el 15 por ciento de los apoyos y la subida de las formaciones independentistas/nacionalistas vascas y catalanas ha hecho el resto. El sistema electoral y especialmente la estructura de las circunscripciones les ha dado un peso relevante a los partidos regionalistas creados para la defensa de intereses de pequeños territorios. Las causas de la radicalización son múltiples: tienen que ver en una primera fase con la crisis económica, en un segundo momento con el intento de secesión de Cataluña. A lo que hay que añadir el tacticismo y el autismo de los partidos constitucionales, empeñados en gobernar o en liderar la oposición al cualquier precio. La conexión con la sociedad civil no ha llegado a producirse en ningún momento. Las élites políticas han seguido con su propia agenda que ha acelerado la fuerza giratoria.

El Gobierno de coalición que busca el PSOE con Podemos, tras las elecciones del pasado domingo, está pendiente de la abstención del independentismo. Es difícil hacer pronósticos. Pero es previsible que los partidos secesionistas rebajen sus exigencias de una mesa de negociación paralela al Congreso, que supondría una expropiación de las reglas de representación de la soberanía nacional. Lo más probable es que los socialistas acaben haciendo un gesto al independentismo y que eche a andar un Ejecutivo claramente escorado hacia la izquierda. Se dará así la paradoja de que un Podemos minoritario (menos del 13 por ciento del voto) sea el que dé color a las políticas del Gobierno. Eso hará crecer previsiblemente a la derecha-derecha de Vox que ahora está en el 15 por ciento. Es fácil prever que el proceso de centrifugado se acelere. Más aún si se hacen concesiones al independentismo que no estén suficientemente pactadas y asimiladas por los partidos de centro.

En el terreno económico lo previsible es un considerable aumento del gasto público en materia de pensiones y en algunas políticas sociales sectoriales (de dudosa eficacia), así como subida de impuestos, incumplimiento de objetivo de reducción de déficit (2,2 por ciento previsto para 2020), aumento de los costes de la contratación, rigidificación del mercado laboral y estatalismo. Aumentarán las tensiones con Bruselas. Pero el problema no será el aumento del gasto sino que ese aumento no irá destinado a una modernización del tejido productivo.

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Contra el proceso de centrifugado

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Salvar el centro

Fernando de Haro

La repetición electoral en España deja un panorama político más fragmentado y radicalizado. Las fuerzas del consenso constitucional pierden peso. Avanza el independentismo catalán y vasco. Avanza una derecha soberanista. Las mayorías son más difíciles y la suma más probable es un “Frankenstein” de partidos que no puede dar estabilidad a gobierno alguno y que alejaría a los socialistas de una política de reformas razonables más necesaria que nunca.

Pedro Sánchez, a pesar de haber ganado los comicios, ha sido el gran derrotado. El líder de los socialistas desde el mes de mayo apostó por una repetición electoral y la convirtió en una suerte de plebiscito, una segunda vuelta irresponsable para obtener un respaldo mayor que en abril. Quería gobernar en solitario (con al menos 150 diputados de los 350 que tiene el Congreso). La nueva convocatoria de las urnas ha supuesto dejar al país sin presupuestos y sin un Gobierno estable que afronte la desaceleración económica y el reto de la situación en Cataluña. Sánchez, empeñado en convertir su agenda personal en la agenda del país, minusvaloró el efecto que tenía una cita electoral a pocos días de la sentencia del Tribunal Supremo sobre el intento de independencia de Cataluña. Era más que previsible una sentencia de condena, era más que previsible que esa sentencia provocase durante un cierto tiempo alteraciones del orden público y reacciones airadas.

Sánchez ha fracasado radicalmente, ha perdido tres escaños y 800.000 votos, después de haber utilizado durante meses los resortes del Gobierno para hacer campaña electoral. No suma votos ni de las formaciones a su izquierda ni de los liberales de Ciudadanos que se desploman. La sentencia del procés le da más fuerza al independentismo catalán en el Congreso. Y, sobre todo, la sensación de inseguridad provocada por los altercados tras el pronunciamiento del Tribunal Supremo provoca una subida récord de la derecha soberanista de VOX que se convierte en la tercera fuerza. Con toda probabilidad, si las elecciones se hubiesen celebrado dentro de un par de años, cuando las cosas en Cataluña hubieran estado más calmadas, las contradicciones internas del independentismo catalán habrían pasado factura a los secesionistas. Tampoco habría subido tanto una fuerza como Vox que recoge un voto enfadado y poco reflexivo. Vox trae a la vida política española un antieuropeísmo hasta el momento desconocido y una criminalización de los inmigrantes basada en noticias falsas. No llega a ser una fuerza de ultraderecha como las que han proliferado en Alemania, Italia y Francia, pero es una expresión más del populismo.

Lo llamativo es que, en estas circunstancias, después de este rotundo fracaso que polariza a la sociedad española, Sánchez no se haya planteado dar un paso atrás o al lado para favorecer un Gobierno de las fuerzas constitucionalistas. Se trataría de un acuerdo entre PSOE y PP porque Ciudadanos, que en las pasadas elecciones aspiraba a convertirse en la segunda formación, es ya casi irrelevante con diez diputados.

En la noche de este lunes, lejos de barajar la posibilidad de una Gran Coalición con el PP, que daría el único Gobierno estable, habló expresamente de un Ejecutivo de “fuerzas progresistas” (la solución Frankenstein).

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Salvar el centro

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Voto por un tripartito constitucional

PáginasDigital

Los españoles acudimos este domingo a las urnas molestos e incómodos por la actitud de la clase política. Nuestros líderes no han sabido ni han querido ponerse de acuerdo para conformar una mayoría suficiente tras las elecciones de abril. Y el resultado de las urnas, salvo sorpresas que contradigan todas las encuestas, va a ser muy parecido al de la pasada primavera. No había impedimento alguno para ese acuerdo.

La inmensa mayoría de los votantes habíamos optado por partidos constitucionalistas que, afortunadamente, comparten un amplio consenso en cuestiones básicas. Las diferencias ideológicas entre las formaciones con mayor representación parlamentaria en la legislatura que no echó a andar no son tan relevantes como algunos nos quieren hacer creer. La coincidencia en muchas cuestiones esenciales es un patrimonio político y social. Si no se cuida aumentará la tendencia a que los jóvenes apuesten, como ya lo están haciendo, por fórmulas contrarias al sistema. Esta polarización inducida por las élites, por desgracia, se traslada a la vida social. Coloniza y debilita una experiencia de concordia elemental que existe entre la gente.

Crece en los extremos un discurso antisistema, de izquierda y de derecha, pero solo ha sumado un 24 por ciento de los votos. Las fuerzas del independentismo catalán y vasco representan solo un 6 por ciento del total nacional. Es cierto que el secesionismo ha sido una fuente de tensión en la vida política pero también un acicate para encontrar soluciones dentro del marco constitucional. Más allá de las diferencias reales de ideas, que son absolutamente legítimas, es necesario llegar a un acuerdo. Sería inadmisible una repetición electoral. Votaremos el domingo sabiendo que el tiempo de las llamadas “mayorías suficientes” se ha acabado. La fragmentación parlamentaria no parece que vaya a hacer posible la mayoría de bloques de izquierda y de derecha.

Por eso nos parece que el voto más inteligente y realista es el que apoye una mayoría transversal de constitucionalistas. Una mayoría que dé estabilidad a España para dar respuesta a la cuestión catalana, para afrontar la ralentización de la economía, para empezar a afrontar las grandes reformas que están pendientes desde hace años.

Si todas las encuestas no se equivocan de forma rotunda, será el PSOE el que obtenga más votos y más escaños. El voto al PSOE es un voto a la formación que puede liderar un tripartito informal con PP y Ciudadanos. Cuando hablamos de tripartito no hablamos ni de gran coalición ni de entrada en el Gobierno de los de Casado y de los de Rivera. Hablamos una serie de acuerdos que permitan la investidura y aprobar unos presupuestos. El voto al PSOE tiene riesgos. Porque Pedro Sánchez ha mostrado poca flexibilidad y poca disposición para llegar a compromisos con el PP y Ciudadanos. Porque no ha mostrado empatía con el nuevo tiempo político. Porque el recuerdo de su acercamiento al independentismo está muy fresco. Porque su política económica plantea dudas. Y porque ha mostrado demasiada facilidad para la políticas de fractura.

Voto por un tripartito constitucional

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Las experiencias de las gentes

Fernando de Haro

Hay unas élites interesadas en que domine el relato de la polarización. Es una narrativa que tiene ventajas para movilizar partidarios y simpatizantes en las batallas de guerras y de intereses. Y así se comprende la democracia liberal como “un sistema partitocrático de competición intensa por el poder” y la sociedad civil como un ámbito “regido por la afirmación de la propia identidad y de la propia voluntad frente a las de los demás”. Así de contundente se muestra Víctor Perez Díaz en su último trabajo, "Europa como Dédalo o como Ícaro". El gran sociólogo español, defiende que “este escenario de borrosidad y de voluntarismo, que de por sí impulsa al bloqueo y al caos, puede ser interesante”. Porque ayuda a descubrir que frente a la experiencia del enfrentamiento hay “otra parte de esa experiencia que no es menos importante, por la que las gentes tienden (…) a algo tan aparentemente simple como “vivir en paz”; lo cual se refleja en la idea/el ideal tradicional de la sociedad política como una comunidad atenta a un bien común”. Pérez Díaz invita a que la sociedad “recuerde y aprenda del fondo de experiencias del que ya dispone. Un fondo de trabajo bien hecho y de convivencia, de lo que ingenuamente podemos llamar hábitos de “sensatez y decencia”.

Esta invitación, no a formular un deber ser o a soñar con un espacio más o menos utópico, sino a que la sociedad recuerde las experiencias que en ella hay, parece haberla secundado el movimiento de Comunión y Liberación (CL) en su manifiesto con motivo de las nuevas elecciones generales que se celebran en España. El texto, titulado "Necesitamos personas libres", formula explícitamente la misma invitación: “partamos de nuestra experiencia”. Más allá de las diferencias ideológicas hay una identidad que une a los españoles.

En realidad, como ha puesto de manifiesto un reciente trabajo ("Un proyecto para España") de la Fundación Transforma, las diferencias ideológicas entre los españoles están exageradas porque “los tres partidos en la órbita del centro representan un 70 por ciento del electorado, algo que no ocurre en casi ningún país europeo”. ¿Pero hay algo más en lo que puedan reconocerse los españoles que en la afinidad ideológica? La Fundación Transforma no se limita a señalar la Constitución y los valores reconocidos en ella como factor de unidad, apunta que en la refundación nacional de la Transicion lo que unió a los españoles fue la voluntad de ser europeos y de dotarse de una democracia moderna en un contexto de concordia. El ser europeos sigue siendo una certeza para una inmensa mayoría (el 83% de los españoles se siente ciudadano de la Unión Europea). Pero la propia Fundación Transforma reconoce que “igual que la tecnología y la sociedad atraviesan un periodo de cambio disruptivo, también está mutando el mundo de las ideas: hace cuarenta años queríamos vivir en una democracia liberal sobre las bases de la Ilustración (Rousseau, Voltaire, Montesquieu, etc.) y ahora nos encontramos con que esa idea ha entrado en crisis”. Está en crisis la democracia liberal y cada vez es menos suficiente la “pura ley”. El manifiesto de CL lo señala al afirmar que incluso la norma fundamental, nuestra Constitución, fue producto de un gran acuerdo de convivencia del que depende el texto legal.

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Las experiencias de las gentes

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¿Qué pasa en América?

Fernando de Haro

En América, no en Estados Unidos. ¿Qué pasa? En Chile se ha celebrado en los últimos días la manifestación más masiva desde la vuelta a la democracia (1990) contra el presidente Sebastián Piñera. Lenin Moreno en Ecuador se ha visto obligado a echar atrás las medidas de ajuste por las protestas. Morales en Bolivia se enfrenta a una grave crisis de legitimidad, después de haberse proclamado de nuevo presidente, tras una primera vuelta de las presidenciales en la que el recuento de votos ha dado sobrados indicios de fraude.

Hay fundamentalmente dos grandes “relatos” sobre lo que está sucediendo en la América que habla español. Son expresión de las claves interpretativas que han dominado en la región durante las últimas décadas. La que Moisés Naim denomina la “teoría de la conspiración” apunta a que en las protestas, “Cuba pone la inteligencia, el régimen de Maduro pone el dinero y Rusia la tecnología digital que ayuda a sembrar el caos”. Estaríamos ante la cuarta o la quinta ola de lo que Enrique Krauze llama “redentores”, caudillos del siglo XIX, marxistas del siglo XX, populistas del XXI que atacan a “los valores liberales y republicanos que dieron origen” a las naciones americanas. Las revueltas serían un ejercicio, ahora en plena revolución digital, “de la transferencia de la esfera religiosa a la laica, de los padres redentores a los redentores civiles y revolucionarios”. Para abonar esta tesis se puede mostrar el apoyo que los distribuidores rusos de fake news han dado a los que querían derribar a Lenin Moreno o el sostén que han prestado a Morales (después de que haya dinero de Moscú para la construcción de una central nuclear en El Alto). Las manifestaciones en Ecuador han estado alentadas por el expresidente Rafael Correa desde Bruselas. Y Correa ha sido y es uno de los populistas más hábiles de la región.

La otra historia es la que explica lo ocurrido con las claves “progresistas”. Las que culpan al FMI de haber provocado, con sus recetas neoliberales, una década perdida en los 80. Los errores no se habían corregido en lo sustancial, desde entonces. Si Ecuador se ha levantado no es porque la mano negra de Correa haya estado detrás de las protestas de los movimientos indigenistas, sino porque las medidas de ajuste recetadas por el FMI vuelven a no tener alma y a ser despiadadas con los más pobres. Ya veremos lo que sucede después de las presidenciales en Argentina porque, gane quien gane, el país depende del rescate y de las políticas que dicte el Fondo. Sin duda el factor de la desigualdad no se puede nunca olvidar en la región. Aunque la miseria se ha reducido desde el año 2000, uno de cada diez latinoamericanos vive en pobreza extrema. La crisis de 2008 apenas se notó gracias al boom de las materias primas, y hay barrios, por ejemplo en Lima, que son irreconocibles. Pero ahora ese boom se ha acabado, la desaceleración es evidente y la zona se ha quedado muy atrás respecto a Asia y a África.

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¿Qué pasa en América?

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Lo primero y lo último en Cataluña

Fernando de Haro

Barcelona se despertó durante toda la semana pasada como si en sus calles, horas antes, cada noche, no hubiera tenido lugar una batalla campal, un ritual de destrucción protagonizado por una guerrilla urbana que intenta colmar el vacío de la nada con violencia. Mientras ardían contenedores y los radicales provocaban cientos de heridos, los restaurantes cercanos a los altercados seguían abiertos. ¿Era la voluntad de que la vida continuara, a pesar de todo, su curso? ¿Era un silencio autoimpuesto en una sociedad fracturada para no abrir más heridas?

Violencia si no utilizada sí justificada por los que piensan que ha llegado el momentum de la ruptura tras la sentencia de condena del Tribunal Supremo. Cálculo político de los dos principales partidos políticos independentistas que siguen compitiendo por el liderazgo mientras Cataluña arde. Incomprensión y sentido de impotencia de una gran parte de la sociedad catalana ante una condena que parece demasiado alta, que 12 o 13 años de cárcel se ven como un exceso cuando no hay de por medio ni delitos sexuales, ni delitos de sangre, solo la aprobación de leyes para votar la autodeterminación, un referéndum ilegal y una declaración de independencia suspendida. Y una parte de Cataluña y muchos españoles pensando -incitados por líderes de opinión, un lobby liberal y por los partidos de la derecha en tiempo electoral- que el Tribunal Supremo ha sido demasiado blando y que solo era admisible una condena por rebelión y más de 20 años de cárcel. Sin querer comprender los razonamientos jurídicos, sin querer darse cuenta de que la justicia no es venganza y que nada se arregla dejando a alguien en prisión más de dos décadas. Es un cuadro de incomunicación, de incomprensión mutua. Sin líderes capaces de dar respuestas, con una sociedad civil desaparecida, sin casi nadie dispuesto a ser sincero, sin una educación a la altura de las circunstancias.

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Plaza de las Salesas, kilómetro cero

Fernando de Haro

La sentencia con más trascendencia política que se haya pronunciado en los últimos años en Europa se ha escrito, paradójicamente, en un antiguo convento de Madrid. El Convento de las Salesas Reales diseñado por un arquitecto francés en el XVIII. Las Salesas Reales, sede del Tribunal Supremo, ha fijado la “verdad jurídica” de los acontecimientos que acabaron al final de 2017 con la declaración/no declaración de independencia de Cataluña. La verdad jurídica, con todas sus limitaciones, se erige como una objetivación de los hechos después de que en los dos últimos años los catalanes y el resto de españoles hayan asistido a una guerra de interpretaciones. Las versiones sobre lo sucedido han ido desde el golpe de Estado al ejercicio cívico y pacífico de los derechos políticos fundamentales.

Ahora el Estado, a través del Tribunal Supremo, limita la subjetivación. Se puede discutir sobre la decisión de los jueces, manifestarse contra ella, considerarla demasiado blanda o demasiado dura. La aplicación de las condenas será una fuente de tensión. Pero lo importante es que la restitución de una cierta objetividad se puede convertir en un punto de partida para Cataluña y para el resto de España. Incluso si no se acepta. No fue una rebelión, no fue un intento de golpe de Estado, han dicho los jueces. En contra de lo que sostenía la Fiscalía. Hubo, sí, violencia de los promotores de la secesión. El independentismo no ha sido hijo de Gandhi (algo esencial para no caer en cierta patología). Pero esa violencia no fue planificada ni instrumental para una modificación estructural del Estado, sirvió para organizar tumultos que intentaron evitar la aplicación de la ley.

El Estado ha proporcionado “un mínimo fáctico”. ¿Cómo puede este mínimo ser un punto de partida y no de llegada? Desde que se ha dado a conocer el fallo, se ha externalizado algo que los líderes del independentismo habían interiorizado. El Estado fue incapaz, por mala gestión política, de frenar la celebración del falso referéndum del 1 de octubre de 2017. Pero tras la fuga de Puigdemont y de algunos de sus consejeros, tras el inicio del proceso, se hizo claro que el poder judicial estaba corrigiendo los errores del poder Ejecutivo. La llamada vía unilateral a la secesión se convirtió en un callejón sin salida. A pesar de la torpeza del Gobierno por explicar lo que estaba sucediendo en Cataluña, a pesar de la simpatía de ciertos sectores de la opinión pública europea por la secesión y a pesar de los fallos del sistema de la eurorden, la vía de la independencia estaba cerrada. Hace tiempo. La sentencia lo ha puesto negro sobre blanco. Ahora los líderes independentistas tienen que decidir cómo mantienen en pie su causa. La división que se ha producido entre ellos en los últimos meses es la prueba de la inutilidad de repetir consignas en favor de una Cataluña inmediatamente separada de España.

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Caso Greta: ¿solo tenemos buenas ideas?

Fernando de Haro

Faltaba Putin. Faltaba el presidente de Rusia en el coro de comentarios y de reacciones al discurso, de no más de cinco minutos, que pronunció Greta Thunberg el pasado 23 de septiembre en Naciones Unidas. Y el hombre que se fotografía a caballo, con el torso desnudo en las estepas, y que quiere resucitar los viejos sueños imperiales ha sentenciado que la adolescente sueca está mal informada y que “el mundo moderno es complicado”.

Durante dos semanas, ese mundo moderno se ha divido entre partidarios y detractores de Greta en debates que han ponderado las formas, el contenido y la denuncia de una “extinción masiva” en el planeta. La denuncia contra “los mayores” que no han conseguido frenar de un modo adecuado la emisión de los gases con efecto invernadero. Las críticas le han llegado a Greta desde todos los frentes. En una columna del “liberal” New York Times, Christopher Caldwell aseguraba que Greta es antidemocrática cuando dice que su generación no puede esperar para salvar la Tierra. La “democracia es a menudo una llamada para esperar y para ver, la paciencia es la virtud cardinal en la democracia. El cambio climático es una cuestión seria, pero decir que no podemos esperar es crear un problema mayor”, apuntaba Caldwell señalando los riesgos del milenarismo de Greta. En The Federalist, Jonathan Tobin advertía, por su parte, de los peligros de atender a una niña que ha forzado a sus padres “a adoptar una dieta vegana” y ha “presionado a su madre a abandonar su carrera profesional porque tenía que coger aviones”.

Tras la pregunta de Greta, “¿cómo os atrevéis?”, y sus denuncias contra la avidez de dinero, muchos se han vuelto con miedo hacia losFridaysForFuture por su catastrofismo. Hay quien, para superar los efectos del enfado de Greta, ha retomado la lectura de Steven Pinker. Necesitaba escuchar, de nuevo, que la evaluación negativa del estado del mundo es un error intelectual si se atiende a los datos. Han querido leer una vez más que todo ha ido a mejor desde que el racionalismo ilustrado se convirtió en la base de su organización social entre los siglos XVIII y XIX. El efecto Greta ha incrementado también la consulta de los textos de Pascal Bruckner y su denuncia de que el ambientalismo es la forma más evolucionada de un marxismo que acusa al capitalismo de oprimir a los pueblos más pobres. Bruckner explica, a los que se sienten inquietos por las palabras de Greta, que la Tierra se ha convertido en el nuevo proletariado y que hay que cuidarse de la causa verde porque es fácil acabar en los extremos del Movimiento por la Extinción Voluntaria de los Humanos. Este neomarxismo ambientalista, convertido en puritanismo verde, sería el último avatar de un triste neocolonialismo que le estaría predicando a las culturas no occidentales una sabiduría que nunca han tenido. Estaría poniendo límites a su desarrollo, inevitablemente acompañado de polución.

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La Inteligencia Artificial salva la razón

Fernando de Haro

Nextfilx y HBO, las dos grandes plataformas de series de ficción, libran una dura batalla comercial. Los términos del enfrentamiento desvelan uno de los grandes conflictos que plantea la revolución digital. Reaparece, en una cuestión aparentemente banal, la pluralidad de caminos de la razón, la insuficiencia del método analítico, ahora auxiliado por la “minería de datos”. ¿De quién es razonable fiarse para elegir la serie que veremos esta noche en la pantalla del móvil o del ordenador? ¿Es más conveniente entregarse exclusivamente a los algoritmos de la Inteligencia Artificial (IA), que analizan hasta el último detalle de nuestras preferencias, o es necesario seguir contando con las recomendaciones de una persona que inspira confianza?

Elegir serie es algo muy serio. Estamos hablando del tiempo de ocio, del relato que vamos a dejar que entre en nuestra vida durante un cierto periodo de tiempo. Es la historia con la que vamos a evadirnos, la que va remover nuestros sentimientos y nuestra curiosidad. Antes, cuando no había más que cuatro o cinco canales de televisión, la cosa era más sencilla. Pero ahora Nextflix y HBO tienen una oferta inmensa. Es fácil pasar la noche entera curioseando entre los diferentes trailers sin llegar a ver un solo capítulo. Para solucionar este problema Netflix hace ciertas sugerencias en función de todos los datos de los que dispone de su cliente. La plataforma analiza lo que ya ha visto, las simpatías que ha expresado y recomienda lo que cree que puede satisfacer sus necesidades de entretenimiento. El análisis es automatizado. En no pocas ocasiones acierta. Lo que ha llevado a asegurar a los optimistas que los algoritmos pueden llegar a conocernos mejor que nosotros mismos. Pero, en otras ocasiones, las recomendaciones no satisfacen a los clientes de Netflix. Por eso HBO ha contraatacado con un anuncio muy sugerente que ha titulado Recommended by Humans (recomendado por humanos). En la publicidad de HBO aparecen personas que podrían ser nuestros vecinos o nuestros compañeros de trabajo: cuentan qué les ha entusiasmado. Una chica asiática y un chico occidental relatan que han visto uno de los títulos siete veces. Un chico negro con pinta de intelectual asegura que ver el primer capítulo es como leer el primer capítulo de un libro. HBO no subraya la promoción de una serie en concreto. Lo que HBO reivindica es el consejo no de máquinas sino de personas de las que los espectadores se pueden fiar. ¿Es más fácil decidir utilizando una razón analítica potenciada extraordinariamente, pero no humana, o recurriendo al testimonio personal que incluye siempre importantes elementos subjetivos?

La pregunta no solo afecta a la industria del entretenimiento, también es determinante en otros campos como el mundo médico, para hacer diagnósticos, o en el mundo de la gestión empresarial para tomar decisiones de management. Hace dos años un estudio de la consultora Accenture revelaba que el 85 por ciento de los ejecutivos de las grandes compañías querían invertir más en IA para poder decidir mejor. Pero para ciertas cuestiones nos resistimos a entregar nuestra libertad a una máquina. Las encuestas reflejan que el 73 por ciento de los estadounidenses tienen miedo de subirse en un coche sin conductor. Preferimos también doctores humanos a algoritmos, aunque la IA ofrezca diagnósticos más precisos.

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Un planeta que no debía existir

Fernando de Haro

La semana pasada los titulares de muchos periódicos coincidieron: “se ha descubierto un planeta que no debería existir”. De este modo la prensa divulgaba el contenido de un artículo publicado en la revista Science por un grupo de astrónomos españoles y alemanes. Los científicos, después de haber estudiado los sistemas solares de las enanas rojas (estrellas de pequeño tamaño) se habían sorprendido por la aparición de un cuerpo celeste, el GJ 3512b. A “solo” 30 años luz de nosotros, este planeta, por tamaño y masa, no debía estar donde estaba. “No encaja en los modelos teóricos” hasta ahora utilizados, explica el artículo. El modelo establece que “en torno a una estrella pequeña se formarán numerosos planetas pequeños, en todo caso del tamaño de la Tierra”, pero no un planeta gigante. Se trabaja ahora en reformular el modelo y se manejan varias hipótesis sobre su formación, entre otras, un “colapso gravitacional”. Contrasta la relativa facilidad con la que un nuevo objeto celeste transforma el sistema comprensivo de los astrónomos con las resistencias que se producen en el ámbito de la convivencia, la vida en común, la política o el derecho, para aceptar nuevos fenómenos. En la política y en la vida social sigue prevaleciendo, a menudo, la prevaricación de la idea sobre la realidad.

Fue precisamente la astronomía moderna y, en concreto, el método teorizado por Galileo el que, según Finkielkraut, impuso el dominio de la “razón como experimentación sobre la razón como experiencia”. Lo de Galileo fue “nada menos que una tesis general sobre el ser y una reforma del entendimiento. Con él nace un nuevo concepto de la ciencia (...) y es el Todo el que se debe leer como un libro de matemáticas”. El mundo matemático ideal, el modelo, se toma entonces como el único mundo real. Todo eso ha cambiado sustancialmente. El pluralismo de los caminos se ha impuesto en la comunidad científica (no en las ciencias sociales). Es más fácil que se abra paso la razón de la experiencia.

Dos acontecimientos, que se producían casi al mismo tiempo que se publicaba el artículo de Science, ilustran la falta de flexibilidad para encontrar, en otros ámbitos, nuevos caminos que permitan reconocer los “planetas” que no deberían existir. Uno ha sido la nueva sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) sobre el llamado derecho al olvido y otro el posicionamiento del nuevo partido, Más País, que va a concurrir a las elecciones generales en España en noviembre.

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Un planeta que no debía existir

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Encadenados al mal causado

Fernando de Haro

La reivindicación de un pasado oscuro no cesa en el País Vasco. Los homenajes a los miembros de ETA que están saliendo de sus cárceles, tras haber cumplido condena, parecen acreditar que no ha sucedido nada. ¿No ha ocurrido nada en los últimos años? ¿No les ha sucedido nada a los que abandonan la prisión? ¿No tienen un solo motivo que les permita distanciarse del mal causado? Parece que no. No hay espacio para que acontezca nada en un sistema donde la ideología sigue asfixiándolo todo. Queda así una parte importante de la sociedad vasca encadenada a la tiranía de intentar reescribir una historia de horror en términos positivos, de justificar lo injustificable. Sin admitir el mal hecho y sin pedir perdón, a las víctimas les resulta prácticamente imposible cualquier vía de justicia restaurativa. Se las encadena a poder reclamar solo la memoria, la dignidad y la justicia del Estado de Derecho. Todo ello es absolutamente necesario, pero insuficiente para encontrar el camino hacia una paz verdadera a quien tanto ha sufrido. Los dioses griegos tuvieron la sabiduría de frenar la cadena de reacciones que provocó la vuelta de Ulises a casa. Los que fueron miembros de ETA vuelven a casa sin haber hecho viaje alguno, sin haber cruzado el oscuro mar de la culpa.

Desde su disolución hace año y medio, la última banda terrorista que quedaba en Europa se ha convertido en un fenómeno carcelario que agrupa a 250 presos. De forma sistemática, cada liberación de los que han terminado de cumplir su condena, en algunos casos de más de 20 años, son recibidos como héroes en sus pueblos. El Gobierno viene denunciando sistemáticamente "estas fiestas de recepción" ante los tribunales. Pero los jueces archivan las denuncias argumentando, fundamentalmente, que las recepciones no constituyen un delito de exaltación del terrorismo. Ese tipo penal de delito requiere el riesgo de que se produzca otro atentado terrorista.

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La primera política es la confianza

Fernando de Haro

Los españoles volverán a votar el próximo mes de noviembre. Cuartas elecciones en cuatro años. Las preguntas se amontonan. ¿Es una catástrofe volver a las urnas? ¿Hay algo en el ADN de los nuevos políticos españoles que les impide llegar a acuerdos que sí se alcanzan en otros países? ¿El sistema de partidos que surgió tras la crisis y tras los casos de corrupción del PP ha provocado ingobernabilidad? ¿Qué consecuencias tiene esta repetición?

La emergencia de VOX en las elecciones del mes de abril provocó que el número de partidos nacionales con representación parlamentaria se elevara hasta cinco. Solo en las primeras elecciones democráticas de 1977 había sucedido algo remotamente parecido. Desde los inicios de los años 80 hasta las elecciones de 2015, el centro izquierda (PSOE) y el centro derecha (PP) se habían alternado en el poder con mayorías absolutas o mayorías simples, apoyados por nacionalistas vascos y catalanes. Estos últimos no habían optado hasta entonces abiertamente por la independencia. Hace cuatro años, tras los sacrificios exigidos por la crisis y la corrupción, el sistema de partidos se fragmentó a izquierda y a derecha con la aparición de Ciudadanos y de Podemos.

Pero no hay nada en ese sistema que impida la formación de mayorías suficientes. El PP y el PSOE, los dos partidos más clásicos, han sufrido importantes desgastes cuando han salido del poder pero luego se han recompuesto. Los populares parece que van camino de ello. Y la estructura ideológica es bastante clásica (izquierda-izquierda, centro-izquierda, liberales que pueden hacer de bisagra, y centro-derecha). Tampoco hay una especie de maldición oculta y una resistencia general al diálogo. En 2015 hubo que repetir comicios porque el líder de los socialistas, Pedro Sánchez, se negó –con una opción personalísima– a facilitar el Gobierno de Rajoy. Y en 2019 no ha habido investidura por la personalísima opción de Sánchez de no negociar seriamente los apoyos necesarios, por el personalísimo empeño de Iglesias, el líder de Podemos, de entrar en el Gobierno. Y por la personalísima opción del líder de Ciudadanos, Rivera, que ha preferido intentar ser el líder de la oposición. Algunas de estas opciones seguramente hubieran sido diferentes si Sánchez no hubiera llegado al Gobierno con el apoyo del independentismo catalán y si no hubiese buscado sus votos durante un tiempo.

La repetición de los comicios ha convertido a la clase política en la segunda preocupación de los españoles, pero no provoca un alejamiento de los partidos. Es lo que refleja el Estudio de Valores 2019 de la Fundación BBVA, que compara las actitudes en Alemania, Reino Unido, Francia, Italia y España. Los españoles son los que más piensan que los políticos se dedican a sus intereses y no al bien común (82%), solo superados por los italianos (87 por ciento). Pero el porcentaje de españoles que dice no identificarse con los partidos tradicionales es el más bajo de los países de su entorno, muy por debajo de Italia que está en máximos. Hay un 23 por ciento de españoles que dicen no estar interesados en la política, pero es un porcentaje idéntico a la media. La valoración de la democracia está en el 4,6 sobre 10 (similar a la de los países de su entorno), pero ha mejorado desde 2012 a pesar de las repeticiones electorales.

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Otra aparente guerra religiosa perdida

Fernando de Haro

La guerra está perdida. La primera guerra iniciada tras el 11 de septiembre se ha convertido en una guerra civil crónica. Fue y es una guerra aparentemente religiosa que nos deja avisos muy claros sobre los peligros de “teologizar” los conflictos.  

Meses después de los atentados del 11 de septiembre, la periodista Elizabeth Spiers escribía algunas frases que sintetizaban parte del desconcierto del momento. “Miramos más allá de las ruinas de aquel día y vemos… ¿qué vemos? No vemos ningún enemigo. Solo humo y cascotes. Un rostro terrible de contemplar”, aseguraba en su artículo Beatiful Day. Cuando se tiene entre las manos las ruinas del futuro, el carácter enigmático e incomprensible del daño sufrido genera un dolor difícil de soportar. Se busca el nombre del violento, se intenta localizar los apellidos del terrorista. Y una vez que se encuentran, nunca se acaba de dar crédito porque el rostro del atacante, su historia y su ideología siempre parecen insuficientes para explicar el mal que ha causado. La sensación, habitual en estos casos, fue aún mayor tras el derrumbamiento de las Torres Gemelas porque detrás de tanto sufrimiento no había “enemigos al uso”.

Por eso tuvo tanto éxito político la “guerra contra el terror” inventada por Bush y el grupo de teocon que le asesoraba. La respuesta iniciada con los ataques contra Afganistán, que luego se extendió a Iraq, simplificaba las cosas. No era necesario entender la naturaleza de los pastunes, ni la relación entre islam e islamismo. Por fin había un rostro malvado al otro lado de las ruinas contra el que se podía luchar.

La “guerra contra el terror” cometió dos errores fundamentales. El primero fue la despolitización. Al considerar terroristas a los talibanes y a los combatientes sunníes, no les reconoció capacidad de ser interlocutores políticos. Eso redujo desde el primer momento la posibilidad de obtener buenos resultados. El segundo fue la “teologización”. La guerra contra el terror interpretó la ideología islamista como un fenómeno religioso al que había que oponer la religión cristiana o lo que quedaba de ella, sus valores. Tras la invasión soviética de Afganistán, Estados Unidos fomentó “la alianza de los creyentes” (fortaleciendo el islamismo) para combatir a los comunistas ateos. Esta vez se alimentó el imaginario de una guerra entre cristianos y musulmanes. No se supo ver que el islamismo es un factor de secularización.

A pesar de sus promesas, Obama no pudo acabar con la guerra “supuestamente” religiosa iniciada por Bush. Hubiera sido un error marcharse sin arreglar el desastre provocado. Como fue un error marcharse demasiado pronto (2011) de Iraq. Es el  que va a cometer un presidente aislacionista como Trump.  

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La soberanía es (afortunadamente) secular

Fernando de Haro

Una prueba más. El enfrentamiento de los últimos días entre el primer ministro británico Johnson y el Parlamento de Westminster es una prueba más de cómo el progreso en materia de democracia y de soberanía no es lineal. Las conquistas alcanzadas en un determinado momento pueden perderse. Lo ha subrayo con lucidez Tom Burns al explicar que el fondo del asunto del Brexit cuestiona el “relato liberal ascendente y optimista”. Un relato que parte de la Gloriosa Revolución en Inglaterra de 1688 y de la Constitución de los Estados Unidos y que da por consolidadas las fórmulas para hacer efectivo el contrato entre gobernantes y gobernados.

¿Cuál es el fondo del Brexit? Una discusión sin fin sobre la representación del pueblo soberano, sobre la soberanía, que parecía zanjada. “Por un lado hay un claro mandato popular para abandonar la Unión Europea (UE), y por otro hay una asamblea representativa que se opone a un Brexit en el que no se definan los términos de un acuerdo con la UE”, explicaba la semana pasada en The Atlantic Yascha Mounk, autor del libro The People versus democracy. Mounk señalaba que “Johnson se presenta como el campeón que va a realizar la voluntad popular a cualquier precio, voluntad de la que se considera intérprete”. La partida está llena de trampas porque el referéndum no especificaba cómo debía ser la salida de la UE. Pero en medio del ruido esta cuestión se desprecia. El caso es que, en el Reino Unido, como en algunos otros países de Europa, hemos visto últimamente un enfrentamiento entre la supuesta voluntad del pueblo expresada a través de la democracia directa y la voluntad de la mayoría, encarnada en los parlamentarios. El Parlamento Británico, argumentan Johnson y muchos otros, no debería impedir que se materialice lo que el pueblo soberano ha decidido. El Parlamento es el problema. La evidencia del valor de la democracia representativa como fórmula para encauzar la soberanía popular, uno de los grandes fundamentos de nuestros sistemas constitucionales, se pone en cuestión.

El “soberanismo” del pueblo británico, frente a su Parlamento, es solo una de las muchas reacciones de quien revindica, en estos tiempos de globalización, una vuelta al “poder popular” y a las atribuciones propias de los Estados tal y como quedaron definidas en la Paz de Westfalia. Esto último sería necesario para que la política recuperara su dignidad y la gente pudiera tener el protagonismo que le es propio. De un lado se reclama poder para el pueblo, de otro se exige con nostalgia una soberanía plena de los Estados. La añoranza de una soberanía “como la de antes” lleva a acariciar a algunos la teoría de una especie de conspiración neoliberal. Las corporaciones y los grandes poderes económicos mundiales habrían llevado a cabo un plan alimentado por su codicia para suprimir barreras comerciales, para impulsar la libre circulación de mercancías y capitales. El mundo del dinero contra la gente.

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Conspiraciones y anzuelos digitales

Fernando de Haro

No hace falta creer que el hombre no ha llegado a la Luna, o que Hillary Clinton dirigió una red de tráfico infantil desde una pizzería de Washington para ser consumidor de desinformación conspirativa. No es solo un producto para supremacistas blancos estadounidenses. La conspiración la consume la izquierda y la derecha, está muy cerca de nosotros ahora que la intermediación de la información está desapareciendo a pasos agigantados. Hay conspiraciones de alta intensidad y de baja intensidad. Desde el llamado Plan Kalergi, que explica la inmigración como un complot para debilitar a la raza europea con inmigrantes africanos, a los supuestos proyectos de poder político y financiero que quieren convertir a los Estados europeos en meras colonias. Si los partidos suben o bajan, si se forman o destruyen Gobiernos, si la economía amenaza con ralentizarse y los Bancos Centrales no toman una decisión acertada con el precio del dinero siempre es más fácil pensar en un conspiración que aceptar simple y llanamente que la realidad es compleja, que el mundo es diferente y que nosotros, los consumidores de (des)información tenemos miedo. "Nos resulta más fácil aceptar una teoría de la conspiración en la que alguien maneja los hilos porque la realidad… la realidad es mucho más caótica y azarosa, y es muy difícil asumir algo así", explicaba la profesora de la Universidad de Washington Kate Starbird hace unos meses, cuando se produjo una de las matanzas, por desgracia habituales, en Estados Unidos. La razón abdica, se hace perezosa ante la diversidad de un mundo para el que a menudo no se tienen las claves.

La desinformación tiene sin duda un valor estratégico y buen ejemplo es cómo la ha usado Rusia. A comienzos del verano Bruselas acusó a Moscú de estar detrás de una campaña de este tipo con motivo de las elecciones europeas. Se utilizó, entre otros elementos, el incendio de Notre-Dame para ilustrar la decadencia de los valores occidentales y cristianos en el Viejo Continente. Richard H. Shultz y Roy Godson ya estudiaron el fenómeno de la desinformación soviética en su trabajo Dezinformatsia de mediados de los 80.

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La chica de Hong Kong

Fernando de Haro

Siempre es imposible sintetizar una edición del Meeting de Rimini. Pero si en su 40 cumpleaños el Meeting sigue fresco es porque nos ha abierto a todos los asistentes un horizonte de conocimiento (por eso ha movido libertades). Un horizonte allí donde los más lúcidos atisban solo a señalar -y no es poco- la insuficiencia de una respuesta a la crisis con una ética basada en los principios universales abstractos que puso en pie la Ilustración, o con una reforma y refuerzo de las instituciones. Es inútil buscar lugares seguros, refugios, opciones supuestamente inspiradas en la Edad Media. Lo señalaba con ironía una de las mejores exposiciones de este año, "Bolle, Pionieri e la ragazza di Hong Kong", dedicada a los Estados Unidos. En esa misma exposición se citaba un conocido artículo de DeLillo: “vivimos en una posición de peligro y de rabia”. El artículo se había escrito para definir la situación tras el 11S, pero sigue siendo certero. “¿Y entonces? No me lo pidáis”, decía DeLillo. ¿Podemos todavía preguntar o pedir una respuesta sobre lo que nos pasa, sobre el futuro?

A estas alturas lo que queremos todos es comprender qué le pasa al mundo y qué nos pasa a nosotros. Y se nos queda corto, respondernos que el problema es antropológico, sin entender qué significa eso. En el Meeting se ha hablado, como no podía ser de otro modo, de las perplejidades provocadas por la globalización, de la crisis de la democracia, de los retos de la inteligencia artificial, los últimos descubrimientos de la neurociencia, del islam después de la derrota del Daesh, o de la sostenibilidad del planeta. No ha habido conclusiones cerradas. Las respuestas no pueden ser inmediatas, los retos de un mundo en transformación son complejos. Pero lo que le ha dado al Meeting de Rimini especial fuerza es habernos ayudado a entender la crisis del yo. La explicación del lema apuntaba en esa dirección al citar una carta del poeta español Federico García Lorca: “Ahora he descubierto una cosa terrible (no se lo digas a nadie). Yo no he nacido todavía. Yo vivo de prestado, lo que tengo dentro no es mío, veremos a ver si nazco”. “Este deseo de nacer de nuevo puede llevar aparejada la incertidumbre de no saber quién se es, de sentir ferozmente la falta de identidad. La pérdida de ese sentimiento del nacimiento, de la unidad donada del primer palpitar, les hace a nuestros jóvenes deshacerse en fragmentos”, se señalaba en esa presentación en la que se ponía como ejemplo el tema Twenty-four del grupo Switchfoot. Nuestros jóvenes, nosotros, vivimos descompuestos en los 24 fragmentos de las 24 horas del día. Con lucidez lo señalaba Greg Lukianoff, el autor de Clodding of Mind, que lleva años estudiando las disfunciones cognitivas de los estudiantes estadounidenses en los campus universitarios. Esas disfunciones, entre otras cosas, incluyen la intolerancia, el carácter catastrófico, la absolutización de la emotividad, o la división del mundo entre buenos y malos.

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A España no le falta el cromosoma del pacto

Fernando de Haro

Pedro Sánchez no consiguió la semana pasada la mayoría suficiente para ser presidente del Gobierno porque en España falta cultura del pacto. La cultura del pacto se crea pactando, pero el líder de los socialistas durante los tres meses que mediaron entre las elecciones generales y la investidura no realizó el esfuerzo necesario para lograr un acuerdo, no lo hizo por incapacidad o por cálculo. Esa es la incógnita que todavía queda por despejar. En cualquier caso, la responsabilidad fundamental de lo sucedido es de Sánchez y, en menor medida, del líder de Ciudadanos, Rivera. De hecho, en 2016 hubo pacto, cuando Sánchez fue apartado.

Con las elecciones de diciembre de 2015 la vida política española cambió sustancialmente. Desde 1977 hasta hace menos de cuatro años, con una ley electoral que establece un sistema proporcional para las circunscripciones grandes y un sistema casi mayoritario para las circunscripciones pequeñas, la gobernabilidad había sido posible por la existencia de un gran partido de centro-derecha y un gran partido de centro-izquierda que obtenían sus mayorías apoyándose en los partidos nacionalistas vascos y catalanes. El sistema generó un hastío en una parte importante de los votantes. La corrupción, la desconexión entre partidos y sociedad y la crisis provocaron el deseo de un cambio. Expresión de ese deseo fue el movimiento de los indignados del 15M de 2011. A raíz de aquellas protestas, Podemos se convirtió en una formación de peso a la izquierda del PSOE. Y Ciudadanos, nacido en Cataluña, se transformó en un nuevo centro que ha oscilado entre la socialdemocracia y el liberalismo, y que se ha alimentado, sobre todo, de la preocupación por el avance del proyecto secesionista. La deriva de los partidos nacionalistas catalanes hacia la independencia los ha alejado de su papel de partidos-bisagra en Madrid. La emergencia de Vox es el último fruto de esta nueva generación. La nueva formación se alimenta, sobre todo, de votantes descontentos con el PP.

Y así llegamos al pasado mes de abril con cinco formaciones donde durante décadas, a lo sumo, hubo dos o tres. Después de la investidura fallida reaparece el fantasma de una repetición electoral en el mes de noviembre. Serían las cuartas elecciones en menos de cuatro años después de una legislatura con dos Gobiernos de diferente color y una moción de censura. Inestabilidad inédita.

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A España no le falta el cromosoma del pacto

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No todo es desierto en el Golfo Pérsico

Fernando de Haro

Algunas de las ciudades bañadas por las aguas del Golfo Pérsico, muy cerca del Estrecho de Ormuz, donde se concentra estos días la tensión entre Estados Unidos e Irán, parecen asentamientos lunares. En Doha o en Abu Dabi los aviones aterrizan después de sobrevolar un desierto inhóspito, sacudido en el verano por tormentas de arena que hacen palidecer el sol. Los aeropuertos y los edificios se defienden del mundo exterior formando cápsulas protegidas por potentes sistemas de aire acondicionado, lujo internacional y trabajadores que llegan del Oriente Lejano. El petróleo ha permitido levantar, en un mundo dominado en otro tiempo por caravanas y tiendas, una arquitectura urbana y unas infraestructuras que hablan de una gran riqueza. Los analistas, tras el anuncio de que ha sido derribado un dron iraní y tras la detención de un barco británico, han subrayado precisamente que el Estrecho de Ormuz es uno de los puntos del planeta por los que más petróleo circula del mundo. Y es sin duda uno de los elementos que hay que tener en cuenta para entender lo que está ocurriendo. Pero no es el único, el Golfo Pérsico es la gran frontera entre el mundo sunní y el mundo chiita. A un lado, Arabia Saudí, Catar y los Emiratos Árabes Unidos, al otro lado Irán. El conflicto estos días se produce en el comienzo de lo que Kaplan llama el “mundo de Marco Polo”, el mundo que comienza en la zona este del Océano Índico y que se extiende hasta China. Ese mundo sobre el que seguramente gire buena parte del siglo XXI y que no se entiende sin el escenario de la postguerra de Siria y de Iraq y sin la rivalidad entre las dos principales tendencias del islam.

Mientras todavía no se había terminado la guerra contra el Daesh, Trump se puso del lado de Arabia Saudí sin matiz alguno y sin arreglar el escenario de hegemonía chií creado en Iraq y en Siria, en parte por la intervención de las tropas norteamericanas. El respaldo sin fisuras de Trump a la política de Netanyahu (con gestos innecesarios como el traslado de la Embajada a Jerusalén o el reconocimiento de los Altos del Golán como territorio israelí) y al principie saudí Mohamed Bin Salman (y su más que dudosa reforma) ha supuesto poner a Teherán en el centro del Eje del Mal. Eso explica que Estados Unidos se retirara del acuerdo nuclear del año pasado (uno de los pocos aciertos de Obama en la región) que ponía freno al desarrollo nuclear de Irán a cambio de levantar parte de las sanciones. La tensión de estos días es consecuencia de una apuesta en favor del sunnismo salafista (tradicionalista) de Arabia Saudí, aliado de Tel Aviv, y buen cliente en la compra de armas.

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¿Libertad para todos?

Fernando de Haro

Este martes sabremos hasta dónde llegará la obstinación de los socialistas en el Parlamento Europeo para bloquear la designación de Ursula von der Leyen como presidenta de la Comisión Europea. Recurren para vetarla al argumento de que no era uno de los llamados spitzenkandidaten (los aspirantes presentados a las elecciones por los partidos). En el Parlamento Europeo ha suscitado el lógico enfado que el Consejo Europeo de hace unos días no respetara el sistema utilizado hace cinco años. Entonces el Consejo sí tuvo en cuenta el hecho de que Juncker hubiera sido designado previamente y estuviera al frente de la lista más votada. Pero quizás sea precipitado calificar lo que ocurre como la enésima crisis provocada por “el déficit democrático” de las instituciones europeas que dan la espalda a los ciudadanos. La alianza inicial de socialistas y liberales, apoyada hasta determinado momento por Macron, sí tenía en cuenta a los spitzenkandidaten. Proponía a Timmermans como presidente de la Comisión, que había sido anunciado como aspirante. Pero esta fórmula también implicaba darle la espalda a lo que habían decidido los electores. Suponía nombrar como presidente de la Comisión a un socialista y los socialistas no fueron la opción más votada en mayo. El hecho de que no se haya respetado el sistema de spitzenkandidaten no significa que el pacto de los jefes de Estado y de Gobierno esté en contra de lo que votaron los electores europeos. El acuerdo respeta más el resultado de los comicios que lo pretendido por los socialistas. Quizás esa sea la razón y su pragmatismo lo que llevó a Macron a “conformarse” con poner al frente del Banco Central Europeo a la francesa Lagarde. Será ella quien decida las cuestiones más esenciales.

En cualquier caso, estamos ante una tormenta en un vaso de agua. Hay dos cuestiones mucho más decisivas. Desde el punto de vista institucional, lo relevante es que el Gobierno del euro sigue sin construir. Desde el punto de visto cultural, lo esencial es que seguimos sin superar la crisis de onda larga que provocó la llegada de refugiados en 2015.

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