Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
23 JULIO 2019
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No todo es desierto en el Golfo Pérsico

Fernando de Haro

Algunas de las ciudades bañadas por las aguas del Golfo Pérsico, muy cerca del Estrecho de Ormuz, donde se concentra estos días la tensión entre Estados Unidos e Irán, parecen asentamientos lunares. En Doha o en Abu Dabi los aviones aterrizan después de sobrevolar un desierto inhóspito, sacudido en el verano por tormentas de arena que hacen palidecer el sol. Los aeropuertos y los edificios se defienden del mundo exterior formando cápsulas protegidas por potentes sistemas de aire acondicionado, lujo internacional y trabajadores que llegan del Oriente Lejano. El petróleo ha permitido levantar, en un mundo dominado en otro tiempo por caravanas y tiendas, una arquitectura urbana y unas infraestructuras que hablan de una gran riqueza. Los analistas, tras el anuncio de que ha sido derribado un dron iraní y tras la detención de un barco británico, han subrayado precisamente que el Estrecho de Ormuz es uno de los puntos del planeta por los que más petróleo circula del mundo. Y es sin duda uno de los elementos que hay que tener en cuenta para entender lo que está ocurriendo. Pero no es el único, el Golfo Pérsico es la gran frontera entre el mundo sunní y el mundo chiita. A un lado, Arabia Saudí, Catar y los Emiratos Árabes Unidos, al otro lado Irán. El conflicto estos días se produce en el comienzo de lo que Kaplan llama el “mundo de Marco Polo”, el mundo que comienza en la zona este del Océano Índico y que se extiende hasta China. Ese mundo sobre el que seguramente gire buena parte del siglo XXI y que no se entiende sin el escenario de la postguerra de Siria y de Iraq y sin la rivalidad entre las dos principales tendencias del islam.

Mientras todavía no se había terminado la guerra contra el Daesh, Trump se puso del lado de Arabia Saudí sin matiz alguno y sin arreglar el escenario de hegemonía chií creado en Iraq y en Siria, en parte por la intervención de las tropas norteamericanas. El respaldo sin fisuras de Trump a la política de Netanyahu (con gestos innecesarios como el traslado de la Embajada a Jerusalén o el reconocimiento de los Altos del Golán como territorio israelí) y al principie saudí Mohamed Bin Salman (y su más que dudosa reforma) ha supuesto poner a Teherán en el centro del Eje del Mal. Eso explica que Estados Unidos se retirara del acuerdo nuclear del año pasado (uno de los pocos aciertos de Obama en la región) que ponía freno al desarrollo nuclear de Irán a cambio de levantar parte de las sanciones. La tensión de estos días es consecuencia de una apuesta en favor del sunnismo salafista (tradicionalista) de Arabia Saudí, aliado de Tel Aviv, y buen cliente en la compra de armas.

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¿Libertad para todos?

Fernando de Haro

Este martes sabremos hasta dónde llegará la obstinación de los socialistas en el Parlamento Europeo para bloquear la designación de Ursula von der Leyen como presidenta de la Comisión Europea. Recurren para vetarla al argumento de que no era uno de los llamados spitzenkandidaten (los aspirantes presentados a las elecciones por los partidos). En el Parlamento Europeo ha suscitado el lógico enfado que el Consejo Europeo de hace unos días no respetara el sistema utilizado hace cinco años. Entonces el Consejo sí tuvo en cuenta el hecho de que Juncker hubiera sido designado previamente y estuviera al frente de la lista más votada. Pero quizás sea precipitado calificar lo que ocurre como la enésima crisis provocada por “el déficit democrático” de las instituciones europeas que dan la espalda a los ciudadanos. La alianza inicial de socialistas y liberales, apoyada hasta determinado momento por Macron, sí tenía en cuenta a los spitzenkandidaten. Proponía a Timmermans como presidente de la Comisión, que había sido anunciado como aspirante. Pero esta fórmula también implicaba darle la espalda a lo que habían decidido los electores. Suponía nombrar como presidente de la Comisión a un socialista y los socialistas no fueron la opción más votada en mayo. El hecho de que no se haya respetado el sistema de spitzenkandidaten no significa que el pacto de los jefes de Estado y de Gobierno esté en contra de lo que votaron los electores europeos. El acuerdo respeta más el resultado de los comicios que lo pretendido por los socialistas. Quizás esa sea la razón y su pragmatismo lo que llevó a Macron a “conformarse” con poner al frente del Banco Central Europeo a la francesa Lagarde. Será ella quien decida las cuestiones más esenciales.

En cualquier caso, estamos ante una tormenta en un vaso de agua. Hay dos cuestiones mucho más decisivas. Desde el punto de vista institucional, lo relevante es que el Gobierno del euro sigue sin construir. Desde el punto de visto cultural, lo esencial es que seguimos sin superar la crisis de onda larga que provocó la llegada de refugiados en 2015.

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Indio americano o cachorro dálmata

Fernando de Haro

Tom Peters es un británico de 32 años que se ha paseado en las últimas semanas por los programas matutinos de televisión explicando que quiere ser un cachorro dálmata. Declara que le gustaría ser reconocido como el primer hombre transespecie, mezcla de humano y de perro. El caso parece el producto típico de un momento de crisis en los medios: las televisiones generalistas luchan con cualquier cosa contra la inexorable caída de audiencia en favor de pantallas y contenidos más segmentados. Las televisiones de siempre intentan evitar su declive con la industria de la nostalgia, la explotación del miedo y los relatos inverosímiles. En cualquier caso, Tom Peters insiste en que, desde hace años, al salir de su trabajo, vive como si fuera un perro, come golosinas para mascotas y pienso para animales. Asegura que lo hace para huir de una realidad que le resulta demasiado gravosa. Es fácil imaginarnos respondiendo a Tom con un largo discurso dedicado a la objetividad de su naturaleza y la belleza de la condición humana. Podríamos leerle el discurso de Pico de la Mirándola sobre la excelencia de la especie a la que pertenece. Pero seguramente no nos escucharía o diría que precisamente lo que está haciendo es responder a la invitación del gran humanista: ha elegido, y ha elegido no ser hombre. Toda esta conversación (no-conversación) sería fácil. Más difícil es comprender por qué Tom quiere ser perro. Más interesante es asumir, acompañar la soledad, el desconcierto, la inquietud que lleva a Tom a ponerse su disfraz canino.

Miguel Ángel Quintana Paz explicaba en un acertado artículo hace unos días lo que nos ocurre y por qué se dan casos como el de Tom. Quintana no es precisamente un tradicionalista que defienda la incuestionable evidencia objetiva de la naturaleza humana. Se dedica a los estudios de género. El filósofo ha dedicado buenas energías en defensa no de la ideología de género, que dice que no existe, pero sí de todos los valores culturales, variables, que junto al sexo determinan la personalidad. Quintana señala atinadamente que vivimos en una época de hiperindividualismo. Podría parecer que este término es contradictorio con el auge de los nacionalismos y de otros tipos de identidades de grupo. Quintana sostiene que son dos fenómenos confluyentes. “¿No vivimos una época en que cada vez más personas se sienten parte de una identidad común y ansían disolverse en ella? ¿No estamos ante un apogeo de los nacionalismos, ante un resurgir de los fundamentalismos religiosos, ante un empeño de todos por fundirse cada cual en su colectivo (las mujeres, los gais, los distintos grupos de inmigrantes, los negros, los pensionistas, los triscaidecáfobos) y olvidarnos allí de que yo soy yo?” –se pregunta el pensador–. Estamos ante “colectivos que elige el individuo: esa es la ironía de nuestros días”. Es lo que está pasando “con el fundamentalismo islámico: a menudo son jóvenes musulmanes los que optan por afiliarse a mezquitas más y más radicales, obedecer a imanes más y más integristas, alejándose así del islam más moderado de sus familias (o del que ellos mismos profesaban poco tiempo atrás). Es una decisión estrictamente individual. También en los nacionalismos podemos observar idéntico fenómeno. Pronto, con el transhumanismo, quizá podamos elegir incluso nuestra especie o en qué soporte (o bien un cuerpo de carne y hueso, o bien unos bits en un superordenador) preferimos vivir”.

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Indio americano o cachorro dálmata

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Esperando el #Me Too del islam

Fernando de Haro, Lahore

El comisario del servicio secreto militar me explica con mucho énfasis que en el islam no está permitido que el hombre lleve al descubierto la parte del cuerpo comprendida entre el ombligo y las rodillas. Lo hace levantándome la camiseta y tocándome las piernas. El clérigo de la madrasa (escuela coránica) donde sucede la escena mira al militar con satisfacción. La madrasa en la que hemos estado grabando hasta unos minutos es una de las históricas de Lahore, la capital del Punjab. En sus aulas, sentados en el suelo, con movimientos rítmicos, a gritos, los niños aprenden de memoria las suras del Corán. El interrogatorio del comisario, que nos obligará más tarde a abandonar precipitadamente Pakistán, demuestra quién manda en el país. Da igual que el primer ministro sea de un partido musulmán o un play boy populista. Quien rige los destinos de esta nación de más de 200 millones de habitantes, encrucijada de Asia, es la alianza entre islamismo y ejército que le dio su identidad. El comisario tiene que demostrar al clérigo que hace cumplir la interpretación más estricta del islam y el clérigo presta su apoyo al comisario. Hasta no hace mucho era frecuente en Lahore, la ciudad fronteriza con la India, que los hombres paseasen con pantalones cortos y zapatillas por sus parques. El avance del partido radical Tehreek-e-Labaik ha cambiado las costumbres. Islamismo sobre islamismo, sobre el de Ali Bhutto de los años 70, sobre el del general Zia de los años 80, sobre el islamismo que impulsó Estados Unidos para combatir en Afganistán a los talibanes.

Mientras escucho al comisario predicar se me viene a la cabeza el rostro de Sadaf, una niña de 12 años que horas antes acaba de contarme su historia. Sadaf usa un pañuelo que le cubre la cabeza, viste como una musulmana, o como una hindú. Muchos cristianos del Punjab no se distinguen por su ropa. Son el vivo retrato de lo que decía la carta a Diogneto. Sadaf tiene el rostro severo y la expresión tímida pero enseguida le sale el carácter. Sadaf me ha explicado que una compañera de clase le invitó el pasado mes de abril a pasar una tarde con ella. Después de resistirse durante un tiempo accedió. La invitación fue una trampa para que el hermano de su compañera, Sabtain, la raptara. A Sadaf la drogaron, la trasladaron a Faisalabad y allí Sabtain abusó de ella. Sadaf lo relata todo con aplomo, sin bajar la mirada. Después de la agresión sexual, recibió una instrucción rápida de nociones sobre el islam y fue forzada a convertirse. A la conversión forzada se unió un matrimonio también forzado con un expediente falso. Sadaf no quería ser musulmana y no quería ser una posesión de Sabtain. Así que en un nuevo traslado tuvo el coraje de saltar del autobús en el que viajaba. Huyó y pidió un móvil a una persona desconocida. Consiguió llamar a su padre que fue rápidamente a recogerla. Ahora ha vuelto a ser acogida en su familia. Sadaf, que ya no tiene la mirada de una niña, me explica que ella no quería dejar de ser cristiana.

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En medio de la encrucijada asiática

Fernando de Haro, Islamabad

Encrucijada de todos los caminos de Asia y uno de los puntos de más alto riesgo de enfrentamiento nuclear del planeta (ese riesgo no ha desaparecido), Pakistán es una tierra dura para los cristianos. La absolución de Asia Bibi y su salida del país para vivir en Canadá no significan que la vida haya cambiado sustancialmente para una minoría integrada por dos o tres millones de personas en una población de casi 200 millones. Es el caso de Jonathan, un muchacho de quince años que vive en el Barrio 100, un suburbio donde se han ido reuniendo cristianos que han llegado en las últimas dos generaciones desde el Punjab a la capital. Jonathan, que arrastra uno de sus pies por haber sido víctima de un ataque terrorista, ha sufrido también la discriminación. “Mis compañeros de clase, como era cristiano, no me dejaban beber de la misma fuente que ellos porque eran musulmanes”, me cuenta sin acritud.

El gran mundo no se ocupa de los problemas de chicos de quince años. El enfrentamiento del pasado mes de febrero con la India, en la siempre caliente zona fronteriza de Kachemira, tras un atentado cometido por un grupo terrorista de matriz pakistaní (Jais e-Mohamme), nos recordó a todos que los dos países tienen armamento nuclear. La escalada puso en evidencia hasta qué punto las heridas de la partición de 1947 (1,5 millones de muertos y 20 millones de desplazados) siguen abiertas. Nada le venía en ese momento mejor a Modi, el presidente indio, para las elecciones que se celebrarían semanas después que alimentar el nacionalismo en un enfrentamiento con su vecino de mayoría musulmana. Nacionalismo musulmán y nacionalismo hindú, frente a frente para dejar claro que el mundo del siglo XXI no es un mundo secular. Los enfrentamientos en la frontera de Kachemira son un buen producto político y también un buen producto para los medios de comunicación indios cuando necesitan aumentar su audiencia. Nada, por otra parte, como el atentado para poner de relieve que la presidencia del populista y famoso jugador de criquet Imra Khan iniciada el pasado verano no ha servido para cambiar nada. Aunque Khan se presentara como la alternativa a los que han mandado siempre, los destinos de Pakistán siguen en manos de un “Estado profundo” dominado por los militares que instrumentalizan para sus fines el islamismo radical. La alianza puesta en pie entre ejército e islamismo por el general Zia en los años 80 sigue muy viva. El “Estado profundo” puede utilizar el terrorismo o no combatirlo, no acabar del todo con los talibanes. Si le resulta útil.

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En medio de la encrucijada asiática

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Convicciones sin realidad

Fernando de Haro

La miniserie Chernóbil de HBO ha hecho furor. Los cinco capítulos escritos por Craig Mazin y dirigidos por Johan Renck han ocupado el hueco dejado en la audiencia por Juego de Tronos. La pasión por lo sucedido en el reactor nuclear ha generado un extraño turismo de la catástrofe. Chernóbil es mucho más que un desastre nuclear. El accidente de 1986, la cadena de decisiones tomadas, la reacción del poder soviético, la respuesta de los científicos y de la población nos hablan del riesgo de la energía atómica, pero también de la fe y de la realidad, de una realidad negada, y de un pensamiento, de una creencia que construía/construye un sistema contra la experiencia.

Nos atrae la serie porque en estos tiempos de miedo y de incertidumbre refleja las consecuencias de un uso imprudente de la tecnología. Efectos que se prolongan en el tiempo más allá de lo que se puede imaginar. No es solo terror al átomo. La ficción da forma a ese fantasma de la sociedad del riesgo que llevamos en el alma y que puede tener mil maneras de concretarse. El temor está dentro de nosotros y sentimos cierta afinidad por los relatos que alimentan lo que el sociólogo Luhmann llamaba “la extravagante preocupación por las improbabilidades extremas”. Es improbable una invasión de migrantes, una muerte por epidemia generalizada, una violenta guerra en todo el planeta. Pero las distopías cinematográficas que insisten en mundos creados por sucesos de este tipo florecen. La afición que tenemos en este comienzo del siglo por las improbabilidades extremas de destrucción más que por las improbabilidades extremas de ser nos retrata.

Ha habidos algunas críticas que le han afeado a Chernóbil no haber reflejado de modo adecuado cómo funcionaba el poder soviético a mitad de los años 80. Probablemente no se le puede pedir a una serie capacidad suficiente para describir algo que era no solo un conflicto entre la verdad o la mentira, o entre los expertos y los burócratas. Los privilegios de las autoridades, la escasa estima por la vida humana y el abuso del Estado marcaron la reacción a la crisis. Pero el caso Chernóbil es más que todo eso. Es el momento en el que se hace evidente el choque entre la fe del hombre soviético y la realidad. Por eso es tan actual. Y por eso hay que volver a la lectura de Voces de Chernóbil. Con el imponente mosaico de testimonios que construye Svetlana Alexievich, en la que aparece la vida real, el amor, el sufrimiento de los que vivieron el accidente y de los que trabajaron cerca de la central, se comprende por qué, como dice uno de los protagonistas, lo ocurrido sirvió para “aprender a decir yo”.

El monólogo de Marat Filipovich, ex ingeniero del Instituto de Energía Nuclear, refleja el sistema de “doble verdad” en el que se vivía y que se parece, a pesar de que estamos en sociedades libres, al nuestro. El problema era la fe, una fe sin base alguna en la realidad.

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Convicciones sin realidad

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¿De qué marca son hoy los tanques?

Fernando de Haro

Las palabras de justificación del ministro de defensa chino, Wie Fenghe, han clarificado casi todo. Cuando se cumplían 30 años de la masacre de Tiananmen, el Gobierno-Partido que rige los destinos del Imperio del Centro, ha explicado que era necesario, para mantener la estabilidad y generar la prosperidad de las tres últimas décadas, reprimir a unos estudiantes que reclamaban más libertad. Casi todo ha quedado claro. En 1989 hubo que recurrir a la violencia y matar a miles de universitarios y hoy es necesario seguir utilizando campos de internamiento, la amenaza, la tortura, la persecución del disidente.

Antes del aniversario se habían recrudecido los controles en torno a la plaza de Tiananmen, como cuando se celebra la reunión anual de un Parlamento totalmente controlado por Xi Jinping. Pekín ha vivido las jornadas habituales de un nerviosismo cuyo origen es difícil de precisar. Los responsables de los hoteles, los miembros de base del partido, la ciudad entera está atenta para identificar cualquier movimiento, cualquier persona, que pueda ser una “fuente de inestabilidad”. Las cámaras distribuidas por cada rincón de la capital recogen todas las imágenes posibles y estos días se han examinado, gracias a la nueva tecnología, con especial vigilancia para detectar cualquier tipo de anomalía. Ahora no es como hace 30 años, el poder totalitario con sistemas de Inteligencia Artificial lo hace mucho más eficaz.

Con dificultad se ha podido acceder a la plaza para, aunque sea en silencio, hacer memoria de aquel joven desconocido que desafió a una fila de tanques. No importa. Desde cualquier región del planeta, se puede rendir homenaje a aquel muchacho indefenso, con los brazos caídos, pero con la cabeza bien erguida, delante de un carro de combate con su cañón enorme listo para disparar. La máquina de la opresión es un crustáceo gigante: el tanque de la nada, el tanque de la historia, el tanque sin rostro dispuesto a aplastar frente a la figura solitaria que se mantiene en pie. No se puede rendir homenaje a todas las víctimas sin releer las páginas de los Escritos Corsarios del gran Pasolini denunciando las nuevas formas de dominación de un poder que ya no necesita de la violencia para imponerse. ¿Han desaparecido los tanques de la nada, como decían los liberales ilustrados, precisamente hace tres décadas? ¿Cuáles son ahora los tanques del nuevo poder que domina las plazas del mundo? ¿Cuál es la marca de los nuevos carros de combate?

Ian Buruma, en un provocativo artículo publicado estos días, ha destacado en Tiananmen no triunfó el régimen comunista, sino “un capitalismo autoritario”, el creado por Deng Xiaoping, el hombre de la apertura. “Las clases urbanas educadas de las que había salido la mayoría de los estudiantes que protestaron en 1989 recibieron grandes beneficios”, a cambio de no meterse en política. Lo ocurrido tras Tiananmen dejó claro que democracia y capitalismo eran perfectamente separables. Posiblemente han hecho faltan treinta años para que nos demos cuenta. “Lo que sucedió tras su aplastamiento señala que el capitalismo autoritario se ha convertido en un modelo atractivo para autócratas de todo el mundo, incluso en países que hace treinta años consiguieron librarse del yugo comunista”, concluye con agudeza Buruma.

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La mitad de la historia sin contar

Fernando de Haro

Se acabó. Se terminó el largo proceso electoral en España. Ahora el ruido político se concentra en los posibles pactos municipales, autonómicos y en el acuerdo de investidura que haga presidente a Pedro Sánchez. La primera semana ha dejado constancia, sobre todo en los partidos llamados a ser bisagra, de una inflexibilidad proverbial para el entendimiento. La información política, por saturación y por agotamiento, deja espacio a otros acontecimientos. Uno de ellos es la preparación de la celebración del segundo bicentenario del Museo del Prado. Se vuelven los ojos hacia la gran pinacoteca madrileña, que “no es un museo sino una especie de patria”, como decía Ramón Gaya.

Es patria en muchas miradas, una de ellas, la de Goya, mirada dolida. Hace unos días Víctor Pérez Díaz, en su trabajo Europa entre el compromiso y la polarización, volvía a proponer su famoso cuadro del duelo a garrotazos. Pero esta vez, no para convertirlo en el emblema de una España dominada y enfrentada sino de lo contrario. “Goya nos ofrece, sí, una visión conflictiva de la sociedad, pero el mismo hecho de que nos da esa visión implica la invitación que el artista hace al observador para «verlo a distancia» y «rechazarlo» o «evitarlo». No es una simple expresión del cainismo; porque es también una denuncia del cainismo”, señala el sociólogo. El ojo que ve la polarización y la denuncia ya no es parte de la polarización.

Los datos de las elecciones generales de abril reflejaron un empate técnico entre el bloque de izquierda y de derechas, pero la segunda vuelta que han supuesto las elecciones de mayo ha traído un “corrimiento al centro”. Con un descenso de los extremos: en la izquierda Podemos ha perdido casi dos millones de votos y en la derecha, Vox ha perdido 1,3 millones. El independentismo en Cataluña, después de siete años traumáticos, solo ha subido dos puntos y no ha llegado al 50 por ciento. A juzgar por los datos disponibles, desarrollados por las reflexiones de algunos sociólogos, la narrativa simplista de una España enfrentada y cada vez más radicalizada en posiciones extremas es, por decirlo con terminología marxista, una superestructura que se añade a la vida real. Un relato que tiene mucho que ver con la narrativa simplista de partidos y de medios de comunicación. La España pensada por los políticos y por los medios no es la España de la experiencia. Es la tesis que viene defendido Víctor Pérez Díaz. Y en la que coinciden otros sociólogos insignes como Francisco Llera. “Tenemos datos desde hace mucho tiempo –apunta Llera– de que la gente está fatigada con la polarización de los políticos, y también de los medios. Los medios azuzan mucho la polarización para que la política sea fundamentalmente conflicto y no resolución de problemas”. El que fue director del Euskobarómetro añade que “la demanda de que se pongan de acuerdo es muy grande, tenemos un electorado y una ciudadanía muy moderada y pragmática”. Quizás por eso, el barómetro del CIS, la encuesta más solvente sobre el proceso electoral, señala que un 40 por ciento de los electores no se ha considerado bien informado de los programas de los partidos y un 60 por ciento rechaza la violencia verbal de la campaña.

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En busca de batallón

Fernando de Haro

Miedo a lo que vendrá. Miedo a que “el batallón” en el que se desfila sea el de los perdedores. Miedo a que el bienestar desaparezca. Pero no solo. Miedo a que los valores y los bienes del mundo en el que se había nacido se esfumen. Miedo a perder los rasgos distintivos que nos hacen hombres. Un temor sin un presente positivo, de pertenencias débiles, que nos hace a todos vulnerables a políticos que quieren sacar partido de nuestra zozobra. El miedo nos hace conflictivos. La campaña electoral que tiene lugar en España es un buen ejemplo. Todas las formaciones azuzan el temor al otro: la derecha destruirá el Estado del Bienestar, la izquierda destruirá España.

Ignacio Urquizu, sociólogo socialista, era una de las grandes promesas de su partido. Hasta que hace unos días Sánchez, que no perdona a los críticos, lo ha descabezado. Su defenestración de las listas ha coincidido con la publicación de su último libro, “¿Cómo somos?” (2019). Urquizu hace un retrato de lo que él llama la “gente corriente”. Ese amplio grupo de gente que representa el 40 por ciento de la población española, que está formado por obreros cualificados, con un nivel formativo medio-bajo, y con ingresos también bajos. Este español medio “teme perder mucho en el futuro”, “su condición de perdedor del presente y del futuro es el principal rasgo que define al hombre medio ante la incertidumbre del cambio tecnológico y de la globalización”. Los grandes perdedores de la crisis cuestionaron los sistemas políticos y económicos, ahora la respuesta es más identitaria. “Algunos pueden querer que el mundo se pare, que no avance y no se modernice, buscando además refugio en su comunidad más próxima: un repliegue sobre la tribu” –apunta el sociólogo–.

¿A qué se le tiene miedo? Urquizu responde desde el punto de vista económico y social, pero apunta algo más. El hombre medio es el que más miedo tiene a los robots y a la inteligencia artificial. Miedo a la globalización, a perder trabajos poco cualificados, a que el Estado del Bienestar no redistribuya. España siempre se ha presentado como uno de los países más tolerantes con la inmigración. Pero el inmigrante imaginado (23 por ciento) difiere del inmigrante real (9 por ciento). El hombre medio no teme que el inmigrante le quite servicios públicos sino que trabaje por menos dinero. De momento, no hay mayoría de gente corriente que se sienta tentada por opciones populistas. Pero Urquizu no tiene claro qué puede suceder en el futuro.

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En busca de batallón

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No reinan los extremos (salvo excepciones)

Fernando de Haro

No ha habido ola populista ni soberanista en Europa. El extremismo de izquierdas sufre un importante retroceso en las elecciones municipales y autonómicas de España. Todavía es pronto para entonar un canto para despedir a los populares y los socialdemócratas, a las familias políticas tradicionales de la Unión Europea.

Como siempre, por fortuna, la realidad en el Viejo Continente es más compleja que un simple esquema. Por comodidad interpretativa y analítica habíamos metido en un mismo saco a todas las fuerzas soberanistas y eurófobas. El resultado de las elecciones de este domingo pone de manifiesto hasta qué punto es un error generalizar.

Socialistas y populares dejarán de tener la mayoría en la Cámara Europea, pero podrán sumar con los liberales de ALDE. La emergencia de los Verdes frena el auge de las formaciones antieuropeas que quedan lejos de la minoría de bloqueo. En Alemania es cierto que la CDU y el SPD sufren un importante retroceso, lo que a nivel nacional pone en peligro la Gran Coalición. Pero el partido de Merkel con casi un 29 por ciento de los votos consigue un buen resultado. El principal varapalo es para el SPD (15,6 por ciento). Y la ultraderecha de Alternativa por Alemania no llega al 11 por ciento. En los países escandinavos y bálticos la derecha antieuropea cosecha malos resultados y en Holanda resucitan los socialdemócratas y también quedan frenados los radicales.

El soberanismo no es un problema generalizado en toda Europa: es un desafío serio en algunos países y en cado uno de ellos por razones diferentes. Especialmente preocupante es la victoria de Salvini en Italia, Le Pen en Francia y el buen resultado de Farage en el Reino Unido. En los tres casos estamos ante un paisaje dibujado por el desgaste por causas distintas de los partidos tradicionales. El auge de Salvini parece el penúltimo capítulo del agotamiento de los partidos de la II República, nacidos a mitad de los años 90. El líder de la Lega ha dado forma y ha aumentado un espejismo del descontento (inmigración, austeridad) que busca un chivo expiatorio en Bruselas, sin querer hacer las cuentas con la realidad. Es ese mismo descontento, de una parte importante de la Francia rural y de la Francia que se resiste a hacer reformas, el que le permite a Le Pen ganar. Los límites del neogaullismo de élite de Macron hacen imposible frenar a un Frente Nacional que ha conseguido convertirse en la formación transversal del resentimiento para una importante minoría. Los franceses están acostumbrados a dos vueltas y en esta ocasión no las hay.

Y lo del Reino Unido era más que previsible. Conservadores y Laboristas se han empeñado en suicidarse con motivo del Brexit, sin ofrecer una salida a un país encerrado en el laberinto que sus propios políticos arrogantes le han creado. El buen resultado de las fuerzas de la derecha no europea en Polonia y en Hungría responde también a historias particulares.

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No reinan los extremos (salvo excepciones)

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¿Quién debe prestar los servicios públicos?

Fernando de Haro

Los españoles llegan a las próximas elecciones del 26 de abril agotados por una campaña electoral que empezó en 2015 y que no se termina nunca. En realidad las elecciones municipales y las elecciones autonómicas, por las transferencias de competencias, son, en cierto modo, las más importantes. Deciden las políticas que más influyen en la vida cotidiana. Pero las agendas de los partidos están dominadas por reposicionamientos, tras la aparición de la quinta formación con peso significativo en el panorama nacional (Vox). Todo es búsqueda de una posición táctica, quizás estratégica, que proporcione una determinada imagen.

El debate sobre cuestiones concretas se ha dejado de lado. Y por eso no se ha producido una discusión seria sobre las ventajas y los inconvenientes que tiene la prestación de servicios públicos regionales o locales por la propia administración o a través de empresas privadas y/o entidades del tercer sector.

Si, por casualidad, aparece la cuestión, se zanja rápido. En cierto modo es lógico, teniendo en cuenta la historia reciente y la falta de parámetros válidos para examinar quién está prestando mejores servicios.

Hace cuatro años los que se autodenominaron “ayuntamientos del cambio”, los formados por Podemos y sus confluencias (con un fuerte sesgo de izquierda), dijeron que llegaban a hacer una nueva política municipal basada en la “renacionalización” de los servicios y en un incremento del gasto. Los datos de los que disponemos reflejan que esos ayuntamientos han gastado lo mismo que los ayuntamientos de la izquierda y de la derecha tradicional. Es lo que dice el Observatorio de Servicios Urbanos. Los gastos en becas y ayudas a comedor y conciliación son muy similares. A gestión de residuos, limpieza viaria, abastecimiento de agua, alcantarillado y otros servicios, los Gobiernos "tradicionales" dedican 153 euros/habitante de media anual frente a los 151,63 de los Gobiernos municipales de izquierda-izquierda.

Hay motivos para que ciertas formas de externalización de los servicios generen suspicacias. La Comisión Nacional del Mercado y de la Competencia avisó en 2015 de que, en algunos casos, los contratos públicos para la prestación de servicios sufrían un encarecimiento del 25 por ciento. A diferencia de lo que sucede en Alemania, Austria o Italia, la debilidad del Sector No Lucrativo provoca que algunos servicios sociales, como el de la atención a la dependencia de algunas Comunidades Autónomas, hayan sido adjudicados fundamentalmente a empresas y no a cooperativas o a entidades sin ánimo de lucro. El caso de Andalucía es ilustrativo. En los años 90, los servicios públicos concertados con cooperativas sociales, según algunas fuentes, representaban el 60 por ciento, y ahora ya son solo el 2 por ciento. Las empresas suelen tener más capacidad para hacer mejores ofertas económicas. Y no se puede pasar por alto que, en algunos casos, la externalización supone un empeoramiento de las condiciones de trabajo y no necesariamente una mejora de la calidad.

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¿Quién debe prestar los servicios públicos?

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Objetivo nosotros

Fernando de Haro

No es bueno que en España, tras las próximas elecciones generales, haya un gobierno en minoría, apoyado por la nueva izquierda de Podemos y por los independentistas catalanes. Es una opción que, según las encuestas, suma. La otra posibilidad que se le ofrece a los españoles en la campaña es un Gobierno de PP y de Ciudadanos, en minoría, apoyado por la nueva derecha de Vox. Esta opción, si nos atenemos a la mayoría de los sondeos, no suma de momento (la corrupción, el exceso de tecnocracia y la falta de respuesta eficaz a los intentos de secesión en Cataluña le pasan una alta factura a los populares). Bien es verdad que los sondeos revelan que un 30 por ciento no ha decidido aún su voto, lo que hace difícil cualquier pronóstico. La combinación de PSOE, Podemos e independentistas sacaría a los socialistas de la tradición socialdemócrata europea y los situaría en una posición alejada de los grandes consensos del centro. La fórmula de la contención (una combinación que diera protagonismo a Vox) tiene importantes costes y riesgos: permitiría que cuajase un partido, si no netamente populista, muy cercano a los movimientos antieuropeos, antiinmigración y soberanistas. Un partido que transforma malestares comprensibles en fracturas invencibles.

No hay unanimidad en las encuestas sobre la posibilidad de una tercera suma: PSOE y Ciudadanos. Si llegara a concretarse podría hacer que los socialistas se olvidaran de sus negociaciones con el secesionismo y de su tendencia a ciertos extremismos ideológicos (alentados por Podemos). Extremismos que les llevan, por ejemplo, al sectarismo con la iniciativa social en materia de enseñanza. Tampoco esta opción está exenta de problemas (Ciudadanos ha dado todavía muestras de inmadurez para ser partido de Gobierno). Hay una cuarta suma que sí daría para formar un nuevo Gobierno. Está en todas las encuestas pero en ninguna quiniela por el nivel de confrontación. Es la combinación de los tres partidos constitucionalistas (PSOE, Ciudadanos y PP). Solución, a la alemana, que si llegara a ser estable alimentaría los radicalismos. La existencia de un tercer partido, Ciudadanos, de carácter liberal, podría ser una buena fórmula para no tener que recurrir a la gran coalición. Puede y debe discutirse cuánto bien posible contienen cada una de estas posibilidades y alguna más.

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Objetivo nosotros

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Un votante tipo

Fernando de Haro

Elecciones generales el próximo domingo en España. Unos comicios en los que es la primera vez para muchas cosas. La primera vez con cinco partidos de ámbito nacional que pueden obtener más de un 10 por ciento del voto. La primera vez después de un intento serio de secesión de una parte del territorio (Cataluña). La segunda vez que a una semana de las elecciones todavía entre un 25 y un 30 por ciento de los votantes están indecisos.

Todo esto provoca una especie de “curvatura en el tiempo y en el espacio” electoral. El voto que identifica a los electores con un cierto partido por sus valores o por sus reivindicaciones ha ido desapareciendo. Si queremos lograr ciertos propósitos con nuestro voto, en un escenario de cinco formaciones, con una alta tasa de indecisión, cada vez es más importante el momento y el lugar en el que se elige la papeleta. Cuanto más tarde, y cuanta mayor sea la información disponible, mejor. En este contexto, es determinante también en qué circunscripción se vota (el sistema electoral español es casi mayoritario puro en las circunscripciones pequeñas y casi proporcional puro en las circunscripciones grandes).

Hagamos un intento de simulación teniendo en cuenta los objetivos de un cierto votante y los datos disponibles. Supongamos un votante que tiene como primer criterio reducir la polarización creciente que existe en la vida política española, rebajando el peso de los extremos. Querría con su voto dar menos espacio a “las éticas que se nutren de una sola cuestión: antifascismo-prolibertad, cambio climático como única cuestión o feminismo como "la" cuestión por encima de todo” (Joseba Arregi), limitar la tendencia a “marcar nuestras señas de identidad excluyendo” (Reyes Mate), porque “la democracia es incompatible con la noción de enemigo (Juan José Laborda). Este votante reconoce que “el entrelazamiento de los destinos colectivos impide definir nuestro bien como el reverso del mal de otros” (Daniel Inneratity). Está preocupado por la desaparición del nosotros y por la posibilidad de que, a medio o largo plazo, el crecimiento del independentismo en Cataluña provoque una secesión. Desea un “proceso de reintegración de la mayoría de los catalanes en un marco común, con un consenso entre los constitucionalistas” (Juan José Laborda), y a la par está dispuesto a hacer una “interpretación flexible del texto constitucional para mantener consensos básicos” (Ferrán Pedret).

Nuestro votante ha visto con preocupación que un partido como el PSOE durante los ocho meses que ha gobernado, en contra de su mejor tradición, haya coqueteado con el independentismo para sacar adelante los presupuestos. Valora en los socialistas el que supongan un freno importante al ascenso del populismo que ha aumentado en Europa, pero lo preocupa su estatalismo y está incomodo con su uso de la memoria histórica. Tiene algunas dudas de su capacidad de gestionar una nueva crisis económica (tras la experiencia de Zapatero).

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Un votante tipo

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Concretamente europeos

Fernando de Haro

Estamos ya en plena campaña de unas elecciones al Parlamento Europeo que van a ser decisivas. Decisivas por muchas razones. Por primera vez un grupo antieuropeo y nacionalista, como es el encabezado por Salvini y Le Pen, se puede convertir en la cuarta fuerza. El resultado de los populares y socialdemócratas, debilitados, va a ser determinante para que el alemán Manfred Weber (conservador) o el holandés Frans Timmermans (socialista) puedan aspirar a presidir la Comisión Europea (el verdadero órgano legislativo europeo). Si las que hasta ahora han sido las dos grandes familias políticas europeas salen muy debilitadas, la presidencia de la Comisión y otros cargos relevantes no tendrán en cuenta la composición de la Cámara. El resultado de los comicios será también decisivo para la elaboración del presupuesto 2021-2027. Si los partidos netamente europeístas pierden fuerza, será más difícil una presión efectiva a la Comisión y a los gobiernos nacionales para aumentar el gasto y modernizar la distribución de sus partidas. Y con menos votos en favor de esas formaciones será también más difícil terminar la reforma del euro. Aunque no dependa del Parlamento Europeo, es inevitable que un voto por menos Europa suponga una dificultad mayor para aprobar un presupuesto que actúe como estabilizador ante recesiones, para convertir el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) en un Fondo Monetario Europeo y para culminar la unión bancaria.

Pero estas elecciones no solo son decisivas porque el resultado puede suponer un freno en la construcción de Europa. Sino por el “ánimo” con el que muchos electores acudirán o no acudirán a votar y porque el mundo ha cambiado sustancialmente en los últimos cinco años. La victoria de Trump supone, en gran medida, haber perdido el apoyo del vínculo atlántico. El presidente de los Estados Unidos recibe a Orban, el antieuropeo presidente de Hungría, mientras que la semana pasada el secretario de Estado Pompeo cancelaba una entrevista con Merkel. China ya no oculta su voluntad imperial y sus planes de hacerse con sectores estratégicos y Rusia está decidida a desestabilizar todo lo que pueda.

En este contexto, como bien señala Ivan Krastev (autor de After Europe), los europeos están dominados por la nostalgia. A una Europa cansada porque ha renegado de su origen (Francisco), le asalta ahora el miedo. Estamos ante una nostalgia imprecisa que no sabe definir cuál fue nuestra edad dorada (quizás la reconstrucción tras la II Guerra Mundial). Y ante un miedo no solo a un futuro peor o a la creciente desigualdad (Habermas). Más bien es el temor de no saber bien quiénes somos. La mayor o menor confianza en Europa no depende solo de un déficit democrático (Weiler) sino de una inseguridad sobre nuestra identidad.

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La oportunidad tras la victoria socialista

Fernando de Haro

Una semana después estamos en mejores condiciones de comprender lo que ha sucedido en las elecciones generales y de entender la oportunidad que puede proporcionar la nueva situación política. Tras diez meses de un Gobierno en precario, el PSOE ha conseguido una victoria amplia (123 escaños de un total de 350) en un Congreso con cinco fuerzas de peso nacional. Todo esto en una Europa en la que los partidos tradicionales tienden a desaparecer. La victoria se debe a la recuperación de parte del voto que había emigrado al populismo de izquierdas (Podemos), a la movilización de un millón extra de votantes de izquierda y a la fragmentación de la derecha en tres fuerzas (PP, Ciudadanos y Vox). Algo más de un tercio de los votos de Vox (700.000 votos) se han quedado sin representación parlamentaria y han favorecido al PSOE por la ley electoral.

En realidad no se entiende la victoria de los socialistas sin la emergencia de Vox, convenientemente utilizada para sembrar el pánico y movilizar a los abstencionistas de la izquierda. La nueva formación se presentaba como el partido que, después de años de renuncias de la derecha a principios y valores, venía a restaurarlos. Ha hecho de la unidad de España, de la lucha contra la ideología de género, de la lucha contra el aborto, del combate contra el feminismo, sus banderas. No es un partido como el Frente Nacional o Alternativa por Alemania porque apenas recibe un cinco por ciento de votos desencantados de la izquierda. Es un partido apoyado por cierta derecha sociológica que, curiosamente, hace suyo algo propio de la izquierda utópica: convertir la política en un instrumento salvífico, reclamar la teologización de la política para que defienda ciertos valores aunque estos hayan sido abandonados o relativizados por la sociedad (se acaba culpando a la “ingeniería social” de su destrucción).

Vox, que se enfrenta al progresismo, acaba asumiendo los principios metodológicos revolucionarios, sobre todo cierto maniqueísmo dialéctico (cuanto peor, mejor). Para algunos es el partido católico, a pesar de haber perdido lo más católico que hay en política: la “reserva escatológica”, la referencia de las dos ciudades.

La voluntad expresa de afirmar políticamente ciertos valores, porque el PP no lo hacía, y el corrimiento del PP hacia posiciones de Vox ha provocado la movilización de una casi-mayoría de izquierda (48 por ciento) y el crecimiento de la opción liberal que no se reconoce en esos principios. El empeño en afirmar un bien innegociable ha contribuido a que no se realizara el bien posible.

La victoria de los socialistas en cualquier otro país de la Unión Europea podría verse como una buena noticia. Ha estado acompañada de la emergencia con fuerza de un partido bisagra liberal (Ciudadanos), y llega después de que el ciclo del centro-derecha (PP) quedara claramente agotado por la gestión de la crisis y por la corrupción.

Pero no todo es tan sencillo. La derrota cosechada por el centro-derecha (PP) permite vaticinar, si no la desaparición del partido, sí una larga travesía del desierto, lo que sin duda no será bueno para el sistema de contrapesos. A menos que los liberales de Ciudadanos lo sustituyan por completo (lo han sustituido ya en la mente muchos ex votantes del PP).

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La hora de una sociedad poco extremada

Fernando de Haro

Sánchez, el líder del PSOE, diseñó a mitad del mes de febrero una estrategia para ganar las elecciones y el plan se ha cumplido con la precisión de las viejas ciencias exactas. De hecho, hay mucho de matemática aplicada a ley electoral en lo que ha sucedido este domingo en España. Los socialistas calcularon que el momento de crisis de la izquierda de Podemos, la división de la derecha, el miedo a la aparición de Vox y la buena imagen proporcionada por “las medidas sociales”, tomadas desde el Gobierno, le permitirían obtener una victoria suficiente. Y así ha sido. La recuperación de poco más de un seis por ciento de votos le ha permitido a Sánchez pasar de 85 a 123 diputados. En este momento puede elegir entre gobernar con Ciudadanos o con Podemos y el independentismo catalán. Y también, y esto es lo más probable, gobernar en solitario con una geometría variable.

La izquierda (PSOE y Podemos) en la práctica está prácticamente empatada, con un 43,01 por ciento de los votos, con la derecha (PP, Ciudadanos y Vox) que tiene el 42,7 por ciento. Pero la aparición de Vox, por el sistema electoral que es más mayoritario que proporcional en las provincias pequeñas, ha provocado que los 2.700.000 votos de la nueva formación solo se traduzcan en 24 diputados. El miedo a Vox ha movilizado a la izquierda y muchos de sus votos le han restado al PP sin haber obtenido escaños. A eso hay que sumar la sombra de un fin de ciclo de los populares (asociados a la corrupción) y una campaña de su nuevo líder, Pablo Casado, demasiado separada del centro sociológico donde se ganan las elecciones en España. El PP comienza una larga travesía del desierto de incierto futuro. Sí ha jugado en el centro Ciudadanos y eso, y el posible valor-bisagra para moderar a Sánchez, ha permitido al partido de Albert Rivera robarle votos al PP y subir con fuerza.

Si nos olvidáramos de los últimos diez meses, los resultados electorales en España no tendrían por qué ser especialmente preocupantes. El PSOE, un partido socialdemócrata de corte clásico, toma el relevo del PP, sirve de contención y recupera votos del populismo de izquierda (Podemos). El populismo de derechas, Vox, obtiene un resultado lejos de las grandes expectativas que se habían creado en torno a él y entra en el Congreso de los Diputados con el estigma de haber facilitado el Gobierno de Sánchez. El partido bisagra, Ciudadanos, emerge con fuerza. Eso sí, con tanta fuerza que hace posible una grave crisis del PP. Pero esta descripción tiene algo de espejismo porque el radicalismo está en los partidos nacionalistas-independentistas. La alta participación, especialmente en Cataluña, se debe a una movilización de un independentismo que demuestra capacidad para superar su propio techo. Sube más de un punto porcentual, lo que significa un importante ascenso. ERC, el partido de los políticos presos que están siendo juzgados en el Tribunal Supremo, se convierte en una fuerza decisiva en el próximo Parlamento. Va a estar asociada a Bildu (el partido de la antigua ETA), también independentista, que duplica su representación. La presión para que Sánchez busque una “solución política” a las demandas de secesión de Cataluña va a ser creciente.

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Aprender del Imperio, no defenderlo

Fernando de Haro

Mario Vargas Llosa, al responder a Andrés Manuel López Obrador, ha retomado una interesante línea de autocrítica sobre la revolución liberal y el proceso de independencia de América. Sus palabras han rescatado la tesis de Octavio Paz con el que coincidió en muchas cosas y discutió en otras. A estas alturas es difícil seguir manteniendo un relato simplista, sostenido por algún criollismo de élite y por algún indigenismo ideológico, sobre el papel de España en el Nuevo Mundo.

El Premio Nobel de Literatura aprovechó el III Congreso Internacional de la Lengua para criticar las cartas con las que el presidente de México ha reclamado al Rey de España y al Papa que pidan perdón por los excesos de la conquista. Vargas Llosa recordó que América es independiente de España desde hace doscientos años y que sigue teniendo millones de indios marginados, pobres e ignorantes. Sorprende que, después de todo lo que se ha escrito y estudiado en las últimas décadas, López Obrador haya recurrido a la versión más simple de la leyenda negra. El recurso a los fantasmas del pasado, el abuso de la memoria, sigue siendo un resorte político útil.

El lema que acompañó a López Obrador hasta las elecciones fue “Primero los pobres”. Si alguien sabe de pobreza y exclusión en México son los indios. En México hay una población de 15,7 millones. Casi todos sufren la marginación.

López Obrador quiso en su campaña fotografiarse con indios de estados como el Chiapas, les prometió trenes y estaciones hidroeléctricas. Pero los líderes de las comunidades llevan semanas criticándole por hacer demagogia.

La economía mexicana se ha enfriado desde el pasado mes de octubre y apenas ha crecido en los primeros meses del año. La mayoría de los economistas pronostica un drástico declive en los ingresos públicos este año, así como un descenso de las inversiones extranjeras y nacionales. El presidente ha prometido pensiones para los ancianos, becas para los estudiantes, asistencia financiera para las personas con discapacidad y muchas cosas más. Va a ser difícil que cumpla sus promesas. Tampoco está, de momento, teniendo mucho éxito en la lucha contra la violencia. Resucitar un debate sobre los excesos del imperio siempre es más fácil que gobernar.

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Aprender del Imperio, no defenderlo

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En busca de las confluencias

Fernando de Haro

Afortunadamente la propuesta realizada por Vox en la precampaña electoral, para permitir un más fácil acceso a las armas de autodefensa personal, ha sido rechazada por la inmensa mayoría de la opinión publicada, queremos creer también que del público y por el resto de los partidos. Es un ejemplo extremo de creación de un conflicto artificial y de su utilización para captar la atención y ganar adeptos. El resto de formaciones políticas no han llegado –todavía hay grandes diferencias– a una tergiversación e instrumentalización de la realidad tan radical para aprovecharse de un miedo creado o existente. Pero en la política española y europea cunde la tendencia a exagerar las diferencias, a centrarse en problemas inexistentes, a no afrontar en su complejidad los auténticos, a alentar las enemistades y a silenciar las conversaciones públicas, los puntos positivos de construcción.

Lo peor es que un estado de conflicto y de pánico (in) moral, jaleado por los medios de comunicación, coloniza la conciencia de la ciudadanía que, a menudo, tiene dificultades para leer su experiencia social, que suele ser mucho más rica y más alentadora. Lo ha hecho Vox con las armas. Y, salvando todas las diferencias, que son muchas, lo ha hecho la Liga en Italia con la inmigración. Lo hace el PSOE cuando sostiene que necesita un nuevo mandato para que la vuelta de la derecha al poder no acabe con el Estado del Bienestar que Mariano Rajoy estuvo a punto de destruir. Lo hace el PP cuando augura que un nuevo Gobierno de Sánchez supondrá el fin de la libertad de educación y un acuerdo con los independentistas que romperá España. Lo hace Ciudadanos cuando promete no pactar con Sánchez, limitando así uno de los posibles Gobiernos constitucionales. Es así en España desde 1996, desde que Aznar obtuvo la primera mayoría absoluta. El expresidente se ha convertido en uno de los promotores del pánico moral que él mismo sufrió.

La técnica del pánico llega a su punto máximo de inmoralidad cuando el riesgo en nombre del que se quiere actuar no existe. Es el caso de las armas. La inseguridad ciudadana es el decimosegundo problema para los españoles. Solo 2 de cada 100 españoles la ven como amenaza. El 69 por ciento aseguran sentirse seguros porque viven en un país seguro. En España apenas se cometieron el último año 225 robos por cada 100.000 con fuerza en viviendas.

La cuestión de la inmigración no es exactamente igual pero tiene similitudes. Un estudio publicado hace unos días por el Pew Research Institute refleja que, en los 20 países de todo el mundo que más inmigrantes han recibido en los últimos años, la inmensa mayoría de los ciudadanos piensa que la llegada de extranjeros hace más fuerte su nación. Curiosamente algunos de los países que menos inmigrantes han recibido en ese grupo son los que peor valoran a los inmigrantes. En esos países hay partidos políticos dispuestos a explotar el pánico moral.

Ni las armas personales son necesarias para defenderse, ni los inmigrantes llegados constituyen necesariamente una amenaza, ni una victoria de los socialistas supone el fin de la España constitucional y de la libertad educativa ni tampoco una victoria del PP acabaría con las conquistas sociales. Al menos en términos netos. Las cosas son mucho más complejas.

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En busca de las confluencias

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Vía Grossman

Fernando de Haro

Días de furia. La transmisión en directo, a través de Facebook, de la matanza (casi 50 muertos) perpetrada en Nueva Zelanda por Brenton Tarrant, añade un plus de repugnante espectáculo al acto de terror. El terrorismo siempre fue un acto de propaganda. Ahora, el odio a los musulmanes puede convertirse en un diabólico video, con aspecto de juego, en un mundo en el que cada vez es más difícil distinguir la realidad de lo virtual. Matanza islamofóbica cuando se cumplen ocho años de una guerra en Siria en la que el yihadismo del Daesh ha llevado a cabo genocidios sistemáticos. El mismo nihilismo con diversas máscaras. Voluntad de destrucción del otro y de uno mismo.

Solo algunas voces dan un respiro e indican el camino en un mundo en el que la nada parece a veces haberse convertido en la emperatriz. Y una de ellas es sin duda la de Vasili Grossman, que aparece de nuevo luminosa con la publicación en España de su último libro Que el bien os acompañe (Galaxia Gutenberg). Es un Grossman, como siempre preciso, profundo, sobrio en la descripción de los colores y de los dolores de mundo. Fue apartado sin hacer ruido por su obra Vida y Destino y enviado, a comienzos de los años 60, a Armenia. Tuvo el encargo de traducir un texto de una lengua que no conocía.

El gran escritor está enfermo, nadie acude a recibirlo después de un largo viaje, nadie está interesado en su obra, le oprime la devastación de lo humano del régimen soviético. Pero en el encuentro con las personas, en la belleza, en la fe de los sencillos, encuentra una vía en la que “ya nada me parecía banal o meramente rutinario, era como si por primera vez participara en un drama maravilloso y solemne en un solo acto armonioso: la vida”.

Grossman se instalan en el pueblo armenio de Tsajkadzor y en la relación con sus gentes encuentra su camino. Los vecinos del pueblo, sus historias dolorosas, su deseo de afirmar el bien a pesar del mal padecido, en la pluma del autor de Vida y Destino adquieren la hermosura que solo tiene lo concreto. Y el escritor apunta que “el nacionalismo de quienes atacan y el nacionalismo de quienes se defienden son muy parecidos”. Por eso “lo esencial es abandonar el férreo rigor de lo estereotipado para volver a lo humano; hay que descubrir las riquezas de las almas, de los caracteres y de los corazones humanos”. Mientras Grossman escribe las historias de sus nuevos amigos afirma que “la verdadera humanidad y los auténticos vínculos entre personas, pueblos y culturas no nacen en los despachos, ni en los palacios de los gobernadores, sino en las isbas, en los caminos al exilio, en los campos de prisioneros y en los cuarteles de los soldados”.

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Recordemos lo aprendido en la crisis

Fernando de Haro

La frase ha provocado que la semana pasada se volviera a hablar de crisis. "El debilitamiento en los datos apunta a una moderación notable en el ritmo de expansión económica, que se extenderá a lo largo del año", aseguró Mario Draghi, el gobernador del BCE, el pasado jueves, en una comparecencia que había generado mucha expectación. La notable rebaja de las previsiones de crecimiento para 2019 en apenas unas semanas (del 1,7 por ciento de diciembre al 1,1 por ciento de comienzos de marzo) y, sobre todo, la contundencia de las medidas de política monetaria adoptadas, reflejan hasta qué punto el riesgo de que volvamos a tener problemas serios es alto. Tanto el BCE como la OCDE han rechazado la posibilidad de una nueva recesión (dos trimestres de crecimiento negativo), pero hay expertos menos optimistas.

¿Qué le pasa a Europa? ¿Otra nueva recaída, cuando, además, en el mes de mayo, las elecciones al Parlamento Europeo pueden suponer un tsunami político? La economía del Viejo Continente es una de las más expuestas a la situación global. Un estornudo de los dos gigantes, Estados Unidos y China, supone un resfriado o una gripe en Europa. La última crisis nos enseñó que los mercados perfectos no existen, la relación entre oferta y demanda no sigue unas leyes físicas neutrales que generan, de forma automática, el bienestar. Hay muchas “perturbaciones” que no permiten transformar el egoísmo de los que compran y venden en una globalización provechosa.

China y Estados Unidos compiten en una guerra tecnológica y comercial, animadas por una pulsión nacionalista, y eso no significa más crecimiento para todos. De momento supone una caída de las compras en el exterior, y eso nos afecta a los europeos, y especialmente al sector industrial (automovilístico) alemán. Las expectativas negativas de un Brexit sin acuerdo provocado por el nacionalismo británico también nos hacen daño. En este contexto es difícil entender el entusiasmo de algunos por “la solución rusa”, otro nacionalismo con severos problemas económicos y demográficos, que puede ofrecer gas, sí, pero sobre todo desestabilización democrática y noticias falsas (sus dos productos favoritos).

En este contexto de riesgo es esencial recordar lo que hemos aprendido en la última gran crisis: la ingenuidad liberal no está a la altura de los problemas. Estamos en un mundo globalizado en el que las soberanías nacionales no tienen prácticamente capacidad de intervención. Hacen falta decisiones políticas con más peso del que ofrece un solo país. Y a la par, aunque parezca paradójico, es necesario subrayar el protagonismo de la persona, no como individuo aislado que es capaz de sacar rédito del mercado, sino como sujeto relacional, dotado de toda una serie de recursos y de habilidades para reconstruir y reinventarse en un mundo global y en rápido proceso de digitalización, un mundo en el que las viejas formas de trabajo tienden a desaparecer.

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Recordemos lo aprendido en la crisis

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Europeos en suelo nuevo

Fernando de Haro

Las elecciones de mayo van a confirmar, salvo que todas las encuestas se equivoquen de forma rotunda, que la Europa de la postguerra se ha convertido en un fenómeno minoritario. Las dos familias políticas, la socialdemócrata y la popular (democratacristiana), las que inspiraron la gran reconstrucción de hace más de 60 años y han sido hegemónicas desde entonces, sumarán en torno a 318 diputados, según la media de las encuestas. La nueva Cámara contará con 705 escaños (pierde 45 por el Brexit). Algunas de las modificaciones serán consecuencia de la salida de los diputados británicos. Pero el mayor cambio lo provocará la falta de confianza en la Europa de siempre. El populismo de izquierda y de derecha, las formaciones antieuropeas y extremas de Italia, España, Alemania y Francia van a tener un peso considerable, dificultando el funcionamiento de las instituciones. Solo los liberales de ALDE, un grupo con ideologías muy diferentes, mejoras sus resultados.

Esta “pérdida de las esencias” en el seno de las instituciones europeas se ha acelerado a raíz de la crisis económica, pero venía ya produciéndose desde los primeros años del siglo. En Alemania, después de la unificación y durante todos los años 90, se mantuvo la hegemonía del SPD y la CDU con una suma de voto ligeramente inferior al 77 por ciento. Al cambiar el siglo, el porcentaje cae drásticamente. Aunque repunta de nuevo tras la segunda crisis de 2012, ahora estaría en el 45 por ciento. La derecha clásica y los socialistas franceses nunca tuvieron tanto apoyo como los alemanes, pero van a acabar en el mismo porcentaje. Antes de la crisis, en España, el PP y el PSOE se repartían el 84 por ciento de los diputados europeos. Esta vez no van a superar el 40 por ciento. En Italia la descomposición de la “Europa de siempre” ha sido mucho más acelerada. Antes de la crisis estaba en el 70 por ciento y ahora va a terminar por debajo del 30 por ciento.

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Europeos en suelo nuevo

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Reconectar el voto con la experiencia

Fernando de Haro

Elecciones generales dentro de dos meses en España. Después de una de las legislaturas más convulsas de la reciente democracia. Ni rastro de desinterés por la política. “Desde que se han convocado las elecciones, el consumo de información política se ha disparado”, comenta el directivo de uno de los grandes medios de comunicación del país, acostumbrado a repasar las audiencias casi al minuto. Si acaso los jóvenes son los más desconectados. Nadie se fía de las encuestas porque todo ha cambiado radicalmente. “Un porcentaje muy alto de voto se decide en las últimas semanas, quizás en los últimos días de campaña, por eso es muy difícil hacer predicciones”, asegura uno de los pocos sociólogos que ha acertado en los últimos comicios.

En las elecciones de 2015 casi un 40 por ciento decidió su voto durante la campaña. Ha desaparecido el “voto de pertenencia”. La fidelidad es cosa del pasado para muchos votantes, como puso de manifiesto el estudio “Desafección política: alcance, causas y remedios” (julio 2018). Probablemente eso ha aumentado la distancia entre la experiencia de construcción social y la papeleta. Solo en el “voto identitario”, el de quien cree haber encontrado una fórmula para canalizar su desencanto, esa conexión parece recuperarse. Se trata de los votantes altamente ideologizados para los que no interesa tanto la capacidad de influir en las políticas comunes como hacer oír su voz. Pero esta es también una forma de desconexión entre voto y experiencia, al menos si por experiencia de participación ciudadana entendemos un fenómeno particular del que se extraen consecuencias para el conjunto.

La antipolítica, de momento, no ha triunfado, pero sí la distancia con la clase política. También en Desafección Política se señala que “en el caso español convive una mejora del interés por la política (...) con una intensificación de la distancia hacia una clase política a la que la gran mayoría percibe como desconectada de las circunstancias de la ciudadanía del común”. Las opciones políticas que se pueden votar se perciben alejadas de la vida real. La culpa no es solo de los partidos, según los autores de este informe, también es cosa de los ciudadanos que se dejan “intoxicar”. Los comportamientos de los políticos “pueden empujar a una ‘infantilización’ de la ciudadanía, por ejemplo, acostumbrándola a operar con heurísticas muy simples, como la del amigo/enemigo”. Esta dialéctica inducida desde arriba desconecta el voto de las relaciones reales y de las formas de participación ciudadana. La “abstracción” y la volatilidad además tienen que ver con una escasa implicación en la vida de la ciudad común. La participación electoral en España se mantiene en torno al 70 por ciento, la media de su entorno (con un descenso progresivo de los jóvenes en parte solucionado por la aparición de los nuevos partidos). Pero la participación ciudadana es solo del 20 por ciento.

El voto identitario (contención de valores, independentista, feminista, etc (el paréntesis es nuestro)), según el estudio, es más prominente que en el pasado, ya que “los distintos segmentos de la sociedad se ven cada vez más como portadores de intereses distintos (micro intereses) y, en alguna medida, contrarios a los de otros segmentos”. Reconectar el voto con la experiencia solo para hacer espacio a determinados intereses (muy legítimos) o un determinado grupo no sana la democracia.

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Reconectar el voto con la experiencia

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28 de abril, no solo un cambio de Gobierno

Fernando de Haro

Las elecciones que se van a celebrar en España el próximo 28 de abril pondrán fin al ciclo que se inició con las celebradas en diciembre de 2015. O no. Los comicios de hace poco más de tres años tenían lugar en un país que había hecho un gran esfuerzo para responder a las crisis. Los recortes de Zapatero y las reformas de Rajoy habían dejado una sensación de cansancio y un distanciamiento de muchos electores de los dos partidos, PP y PSOE, que habían liderado la izquierda y la derecha durante décadas. El sufrimiento económico y social, la corrupción y el desencanto hicieron que muchos votantes, sobre todos los más jóvenes, buscaran otras opciones. Saltó por los aires el bipartidismo. Ni las nuevas ni las viejas formaciones estaban preparadas para afrontar una Cámara que necesitaba pactos. Los socialistas no dejaron gobernar al PP de Rajoy porque habían ido muy lejos en las críticas a la gestión de la crisis. Y la nueva izquierda, Podemos, no dejó gobernar al PSOE con los liberales de Ciudadanos. Impensable una gran coalición de socialistas y conservadores (aunque las coincidencias ideológicas son numerosas) en un país en el que el casticismo, la dialéctica del enemigo, domina la vida pública desde el año 2000. Prácticamente toda la clase política ha querido en este período instrumentalizar el desencanto y conducirlo hacia una creciente polarización que coloniza ideológicamente la experiencia social vivida durante la crisis. En lugar de destacar todas las energías positivas desplegadas, los partidos viejos y nuevos han favorecido una lectura de lo sucedido en términos de dialéctica de contrarios.

Hubo que repetir elecciones en 2016. Y esta vez los socialistas sí dejaron gobernar al centro derecha, pero Rajoy no supo entender que el Gobierno es más que gestión y que los casos de corrupción habían minado el crédito de su partido. Tampoco supo comprender y reaccionar ante el proceso secesionista en Cataluña. Y Sánchez, tras el éxito de su moción de censura, en lugar de convocar elecciones, decidió formar Gobierno. Era imposible acabar la legislatura por su escaso respaldo parlamentario y porque necesitaba el apoyo de los independentistas. Pero al líder de los socialistas le interesaba, sobre todo, utilizar la presidencia como herramienta de promoción personal para las siguientes elecciones.

Hace ocho meses era evidente que no existía la vía que solo Pedro Sánchez creía haber encontrado para conseguir el apoyo de los independentistas catalanes y no incumplir las mínimas reglas constitucionales. Desde el principio se sabía que el secesionismo no iba a renunciar a sus peticiones de máximos mientras no tuviera lugar el juicio y no hubiera sentencia sobre los doce líderes acusados por el intento de secesión. Si en algún momento hay solución política (que se debe explorar) a las pretensiones de independencia de la mitad de los catalanes, será después de que la sentencia sea firme.

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28 de abril, no solo un cambio de Gobierno

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Ciudadanos, pero ¿de qué ciudad?

Fernando de Haro

El documento de Abu Dabi, dedicado a la fraternidad humana y firmado por el gran imán del Al Azhar y el Papa, da un paso más en la exploración de qué puede significar para la comunidad islámica el concepto de ciudadanía. Un avance que llega, curiosamente, desde el suelo más sagrado de los musulmanes (la Península Arábiga), cuando no han transcurrido aún cinco años de que cierta facción del sunismo proclamara un nuevo califato (con el proyecto de imponer una sanguinaria y falsa interpretación de la sharía). El islam se abre a la idea de una comunidad, que puede servir de referencia para las diversas pertenencias sociales y religiosas, mientras paradójicamente en Occidente el sentido del nosotros se diluye por identidades que casi absolutizan lo particular (género, religión, lengua, etnia, etc).

La defensa de la libertad religiosa, la condena del uso de la religión para justificar el terrorismo, y el compromiso “para establecer en nuestra sociedad el concepto de plena ciudadanía y de renunciar al uso discriminatorio de la palabra minorías” que contiene el documento de Abu Dabi llegan en un momento de especial tensión en Oriente Próximo. El abandono de las tropas de Estados Unidos de Siria resucita en el mundo sunní el miedo a una extensión de la influencia chiita. Puede completarse el arco que va desde Teherán al Mediterráneo (con el apoyo del Gobierno de Iraq, del régimen de Bachar al Asad que ha ganado la Guerra de Siria y de Hezbolá en Líbano). Fue ese miedo el que llevó a cierta parte del mundo sunní del Golfo Pérsico a apoyar la creación del Daesh. La hegemonía sunní está más condicionada que nunca, la política errática de Mohamed bin Salmán al frente de Arabia Saudí, la guerra de Yemen y el enfrentamiento entre Qatar y la casa de Saud son ingredientes más que suficientes para que el salafismo, la corriente más inmovilista del sunismo, se impusiera como única referencia. Por eso el texto de Abu Dabi, con su apertura, es especialmente significativo.

Un occidental cuando lee la expresión “plena ciudadanía” difícilmente comprende el valor que tienen esas dos palabras en los países de mayoría musulmana. Olivier Roy ha dejado claro que en la historia del islam no existe, como a menudo se piensa, una identificación absoluta entre la comunidad política y la comunidad religiosa (la separación ya apareció en el califato Omeya). Pero en el islam, cuando hay que afrontar el problema del estatus de aquellos miembros de la comunidad política que no son musulmanes, se toma como referencia la Constitución de Medina dada por Mahoma en el 622 y el documento del segundo califa, Omar, dictado en el 637 tras la toma de Jerusalén. Y la interpretación más extendida de los dos textos establece para los dhimmi (cristianos y judíos) un régimen de tolerancia basado en una condición de súbdito de segunda categoría que no goza de plenitud de derechos.

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Ciudadanos, pero ¿de qué ciudad?

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Europa retratada

Fernando de Haro

El Nuevo Mundo vuelve a ser estos días el espejo en el que se refleja el Viejo Mundo. La respuesta a la crisis de Venezuela y la posición ante Juan Guaidó retrata la situación de una Europa que está en vísperas de unas elecciones decisivas. Es muy probable que, si la “operación Guaidó” se hubiera retrasado algunos meses, con el nuevo Parlamento Europeo ya constituido, el respaldo a los venezolanos que se movilizan para recuperar su libertad no hubiera sido tan contundente como el obtenido la semana pasada (439 votos a favor –de los populares, socialistas y liberales– y 104 en contra). Antonio Tajani, presidente de la Cámara, era claro horas después de que los eurodiputados reconocieran al presidente interino: “hay países europeos a los que les falta coraje para defender la democracia”. La falta de coraje denunciada por Tajani, que ha provocado el retraso en el reconocimiento de España y la negativa de Italia, Grecia y Austria, salvo sorpresa, aumentará tras las elecciones de mayo con el incremento de representación de los populismos.

A España le ha faltado coraje hasta este lunes porque el Gobierno de Sánchez, como en casi todo, no tiene un rumbo claro. ¿La falta de audacia de Italia está más relacionada con las simpatías rusas de Salvini o con la cercanía de Di Maio al populismo de izquierdas? Rusia tiene intereses geoestratégicos y petroleros para los que la caída de Maduro sería un desastre. En el caso de Grecia la amistad con Putin y el populismo de Syriza no dejan lugar a dudas. En Austria la posición filorrusa la provoca el populismo de derechas del Partido de la Libertad (ahora en el Gobierno) y la dependencia del gas que llega de Moscú.

La falta de coraje revela la falta de una evidencia democrática que considera natural aliarse con el caballo de Troya ruso. Falta de claridad y de coraje que se convierten en respuesta clara a la pregunta que se hacía Thomas Mann en 1932: “¿Son eternos y universales los valores clásicos europeos o son temporales y están atados a un episodio de la historia de la humanidad?”. El caso de Venezuela retrata lo temporales que son/han sido los valores clásicos europeos.

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Reacción y refugio

Fernando de Haro

“¡Orderrrr!”. No parece casualidad que este grito del speaker del Parlamento británico, que se ha oído con fuerza durante los últimos debates sobre el Brexit y en la moción de censura a May, se haya convertido en un fenómeno viral. El video con los gritos del excéntrico John Bercow, intentando poner orden en los debates, ha tenido decenas de miles de visitas. Es paradójico que lo que más interese del Reino Unido en redes sociales, en un momento en el que los políticos del país parecen empeñados en consumar un suicidio de inspiración nacionalista, sea la anécdota de un personaje que pretende encauzar la conversación.

No parece tampoco casualidad que el otro personaje del momento sea Marie Kondo (@MarieKondo), la consultora japonesa que, a través de su serie en Nextflix, nos aconseja cómo mantener nuestra casa, y de paso nuestra vida, en orden. El #10yearschallenge (el ultimísimo reto en redes sociales que consiste en colgar una foto actual y otra de diez años para comprobar las diferencias) nos ha sorprendido a todos más deseosos de orden que en 2008. Porque entendemos cada vez menos el mundo y porque, en muchas ocasiones, aspiramos a defendernos de él, a encontrar una “opción refugio” que pueda ponernos a salvo de los nuevos bárbaros.

Las consecuencias nefastas de buscar una “opción refugio” a toda costa están a la vista de todos en el Reino Unido. El Brexit, que iba a convertir a las islas en un oasis, está haciendo de ellas un endiablado laberinto. Es difícil que May pueda presentar el próximo 29 de enero un nuevo plan para la salida de la Unión Europea que cuente con apoyos suficientes. Y el mes de abril, con la posibilidad desastrosa de un Brexit sin acuerdo, está cada vez más cerca. Afortunadamente la Unión Europea se mantiene firme, no cambia las condiciones, y pone al nacionalismo británico ante sus propias contradicciones. Los políticos británicos no acaban de darse cuenta de que hay solo tres opciones: un brutal Brexit sin acuerdo que los dejaría absolutamente solos y muy indefensos ante un mundo globalizado, aceptar el acuerdo de transición (que supone no salir del todo de la Unión pero no contar con sus ventajas) pactado con Bruselas o volver atrás, celebrar otro referéndum y quedarse en la Unión como estaban.

Políticos laboristas y conservadores, parece que también una parte importante de la sociedad británica, están subyugados por el espíritu de la reacción. Posiblemente también muchos de los espectadores de Marie Kondo. Por todos lados proliferan los que ante la confusión reclaman una vuelta a los principios y los valores de la tradición, al orden.

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