Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
24 ENERO 2019
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Reacción y refugio

Fernando de Haro

“¡Orderrrr!”. No parece casualidad que este grito del speaker del Parlamento británico, que se ha oído con fuerza durante los últimos debates sobre el Brexit y en la moción de censura a May, se haya convertido en un fenómeno viral. El video con los gritos del excéntrico John Bercow, intentando poner orden en los debates, ha tenido decenas de miles de visitas. Es paradójico que lo que más interese del Reino Unido en redes sociales, en un momento en el que los políticos del país parecen empeñados en consumar un suicidio de inspiración nacionalista, sea la anécdota de un personaje que pretende encauzar la conversación.

No parece tampoco casualidad que el otro personaje del momento sea Marie Kondo (@MarieKondo), la consultora japonesa que, a través de su serie en Nextflix, nos aconseja cómo mantener nuestra casa, y de paso nuestra vida, en orden. El #10yearschallenge (el ultimísimo reto en redes sociales que consiste en colgar una foto actual y otra de diez años para comprobar las diferencias) nos ha sorprendido a todos más deseosos de orden que en 2008. Porque entendemos cada vez menos el mundo y porque, en muchas ocasiones, aspiramos a defendernos de él, a encontrar una “opción refugio” que pueda ponernos a salvo de los nuevos bárbaros.

Las consecuencias nefastas de buscar una “opción refugio” a toda costa están a la vista de todos en el Reino Unido. El Brexit, que iba a convertir a las islas en un oasis, está haciendo de ellas un endiablado laberinto. Es difícil que May pueda presentar el próximo 29 de enero un nuevo plan para la salida de la Unión Europea que cuente con apoyos suficientes. Y el mes de abril, con la posibilidad desastrosa de un Brexit sin acuerdo, está cada vez más cerca. Afortunadamente la Unión Europea se mantiene firme, no cambia las condiciones, y pone al nacionalismo británico ante sus propias contradicciones. Los políticos británicos no acaban de darse cuenta de que hay solo tres opciones: un brutal Brexit sin acuerdo que los dejaría absolutamente solos y muy indefensos ante un mundo globalizado, aceptar el acuerdo de transición (que supone no salir del todo de la Unión pero no contar con sus ventajas) pactado con Bruselas o volver atrás, celebrar otro referéndum y quedarse en la Unión como estaban.

Políticos laboristas y conservadores, parece que también una parte importante de la sociedad británica, están subyugados por el espíritu de la reacción. Posiblemente también muchos de los espectadores de Marie Kondo. Por todos lados proliferan los que ante la confusión reclaman una vuelta a los principios y los valores de la tradición, al orden.

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Occidentalismo del pánico

Fernando de Haro

Primeros pasos del nuevo partido ¿populista? que ha aparecido en Europa. Vox, formación que se autodenomina de “extrema necesidad”, ha llegado a un acuerdo con el PP para facilitar el relevo en el Gobierno de la Comunidad Autónoma de Andalucía. El texto del compromiso para ceder votos tiene muy poco de populista y nada de extremo. Pero, a pesar de lo firmado, los líderes del nuevo partido insisten en afirmar que se ha atendido una de sus reivindicaciones originales (muchas de ellas irrealizables y extravagantes): la expulsión de 52.000 inmigrantes irregulares que el Gobierno de Andalucía habría estado camuflando. No es cierto. Pero en el tiempo de las fake la veracidad no cuenta. Lo importante es poder utilizar el pánico que genera una “invasión de subsaharianos” en unos tiempos en los que el valor de la persona se ha oscurecido.

Hace semanas el secretario general de Vox, Ortega Smith, hablaba precisamente de una invasión de inmigrantes que estarían recurriendo a estrategias militares. El presidente del PP, Pablo Casado, se refería a “una avalancha” de millones de africanos. Palabras especialmente graves porque el PP es partido de Gobierno. Parece trasladarse miméticamente a España un discurso del miedo que se extiende en Italia y en Alemania, en buena parte de Europa.

El discurso del pánico no se alimenta de realidad sino de terrores y de desconciertos. La llegada de inmigrantes irregulares a Europa durante 2017 ha descendido a los niveles más bajos de los últimos cinco años. Mientras el “relato de la invasión” se disparaba exponencialmente en Italia durante 2018, las llegadas se reducían un 80 por ciento (23.000). Es cierto que en España las entradas irregulares (57.000) han marcado un récord. Pero esa cifra no supone ni mucho menos un dato que justifique una alerta desmedida. Según algunas estimaciones, entre un 33 y un 50 por ciento de los llegados son devueltos a su país de origen porque la mayoría de ellos son marroquíes o argelinos. Los últimos datos oficiales disponibles son los de 2016. Ese año llegaron 15.000 inmigrantes de forma irregular y fueron expulsados 19.000. El miedo se extiende, en parte, por la mala gestión que hace de la situación el Gobierno socialista de Sánchez (los centros de acogida e internamiento no funcionan, no se pide ayuda a Frontex para los rescates).

Hay que tener además en cuenta que la inmigración irregular representa un pequeño porcentaje respecto a la que establece de forma regular su residencia en España. En 2017 llegaron de forma regular más de 500.000 personas, las llegadas irregulares no alcanzaron el 5 por ciento. Solo desde 2016 el saldo migratorio, en un país que no tiene hijos, ha vuelto a ser positivo.

¿Por qué en España y en Europa se extiende este estado de pánico sin fundamento real? Cuando acabó la II Guerra Mundial, el Viejo Continente hubiera estallado por los aires si aquella generación hubiera tenido que afrontar el problema de los desplazados y refugiados con la conciencia que tenemos ahora. Todos los desplazados eran europeos, sí, pero eso hacía incluso más difícil el realojo porque pertenecían muchos de ellos a minorías y los particularismos representaban un gran obstáculo.

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Occidentalismo del pánico

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Exuberancia irracional

Fernando de Haro

El miedo y la insatisfacción son como dos grandes lentes que han acabado condicionando la percepción de la realidad y determinando buena parte de la actualidad política y social de España y del conjunto de Europa. El temor y la falta de satisfacción democrática actúan como inhibidores de cualquier conocimiento regido por los principios de universalidad. Y así tendemos a seleccionar aquellos aspectos particulares de la realidad que son negativos y que confirman una decisión tomada de antemano. Buscamos, como ciudadanos a los que el bien común les resulta una abstracción, los datos que justifican la queja o que confirman la incertidumbre que nos acompaña. La inseguridad previa opera como un filtro selectivo que engrandece los problemas de representación popular, el peso excesivo de las ideologías que nos parecen equivocadas, la amenaza de la inmigración o todo aquello que justifique la queja. Vivimos en un estado de exuberancia irracional negativa que silencia aquellos aspectos particulares positivos, los que todavía mantienen la sociedad en pie, aspectos que son cuantitativamente y cualitativamente más relevantes.

El proceso de exuberancia irracional se ve incrementado por agentes que necesitan explotar de forma muy agresiva los sentimientos. Los medios de comunicación generalistas han ido abandonando progresivamente la que debería ser la agenda más veraz. En la inmensa mayoría de las televisiones, radios y periódicos, el criterio de racionalidad periodística que tendía a distinguir lo importante de lo anecdótico (una traducción práctica del principio de universalidad) ha sido sustituido por “lo interesante”. Y “lo interesante” es simplemente lo que más vende o más cuota inmediata de audiencia proporciona. “Lo interesante” acaba siendo la particularidad negativa que confirma la pulsión sentimentalmente insegura e insatisfecha del público. Los partidos políticos caen en la misma dinámica. Las nuevas formaciones europeas, alimentadas en mayor o menor medida por el populismo, han nacido para explotar la irracionalidad y la inseguridad. Los partidos tradicionales, sin certezas ciudadanas, se ven desplazados hacia la exuberancia negativa. La incertidumbre inicial se alimenta por partidos y medios que quieren vender a toda costa.

El problema es pues de percepción. Hemos decidido no percibir la realidad tal y como es. En España se han sucedido en los últimos meses tres ejemplos que ilustran los mecanismos de la “exuberancia irracional de lo negativo”. Ejemplos referidos a la inseguridad ciudadana, la inmigración o la subsidiariedad vertical. En uno de los países más seguros del mundo, con una de las tasas más altas de estancia en prisión para los condenados, ha bastado un nuevo caso de presunta violación y asesinato de una joven en Huelva para que el público de todos los partidos se haya reforzado en su convicción de que hay que mantener la “prisión permanente revisable” (en la práctica una cadena perpetua). No importa que ese tipo de condena no estuviese prevista para el delito cometido o que no hubiera servido para evitar el crimen. Estamos hablando de una sociedad para la que el misterio del mal se hace insoportable y el sentimiento de indefensión se hace casi absoluto.

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Exuberancia irracional

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2019: el reto de la antidemocracia

Fernando de Haro

En el año que entra vamos a conmemorar el 30 aniversario de la caída del Muro de Berlín, momento celebrado por algunos como el fin de la historia. Hace 30 años no nos parecía un disparate pensar que la caída del comunismo en los países del Este supusiera la victoria definitiva de la democracia y de la libertad en el mundo. Teníamos una visión mucho más eurocéntrica. Y la democracia nos parecía una conquista definitiva, incuestionable.

Mientras celebremos la reunificación de Europa bajo el signo de la democracia, la generación nacida hace 30 años y las precedentes asistirán y serán los responsables de una crisis democrática sin precedentes en el Viejo Continente. La resolución de la crisis del Brexit es quizás uno de los ejemplos más paradójicos de un conflicto antidemocrático creado por unas sociedades que consideraron a la democracia parte de su paisaje. David Cameron metió al Reino Unido en un laberinto al tomar la poco democrática decisión de delegar en la democracia directa una permanencia en la Unión que tenía que haber tomado él porque democráticamente había sido designado para ello. En 2019 el Parlamento y el Gobierno británico podrán evitar el desastre recurriendo de nuevo a la antidemocrática democracia directa (nuevo referéndum) para abolir la precedente decisión de la democracia directa.

Semanas después, en las elecciones al Parlamento Europeo, es más que previsible que un alto porcentaje de votantes opte por fórmulas antieuropeas, de democracia “iliberal” o de populismo deconstructivo. Serán unos comicios asediados por las noticias falsas y la voluntad de desestabilizar de una Rusia que ha convertido a cualquier democracia occidental en su enemigo. No serán pocos los que consideren oportuno apoyar al enemigo externo. Todo esto en un contexto de guerra comercial y de desprestigio de todos los organismos internacionales incapaces de asegurar que los valores democráticos consigan abrirse camino.

La historia, lejos de acabarse, está muy viva. Es evidente que la antropología y la cultura que sustentaban la democracia tal y como la entendimos tras la postguerra, se ha disuelto. Hay varios síntomas que dan fe de ello. La democracia requiere de una conciencia del nosotros, de un bien común para aquellos que pertenecen a una comunidad siempre superior a los intereses de los grupos particulares y a sus diferencias. Es lo que ha desaparecido. Mark Lilla en su libro “El regreso liberal” atribuye esta disolución del nosotros a las políticas progresistas estadounidenses de las últimas décadas. El progresismo norteamericano, queriendo mejorar la situación de los negros, de las mujeres y de otras minorías habría acabado perdido en “la maleza de las políticas de identidad” y habría sido el responsable de la “retórica de la diferencia resentida y disgregadora”. El liberalismo, el progresismo de la identidad, acaba absolutizando el yo, lo particular que no se abre ni a lo universal ni a lo racional, se queda encerrado en la emotividad. Las redes sociales y la digitalización vienen a acrecentar esta reafirmación del sentido de grupo que no necesita, no quiere, una conversación con aquellos que son diferentes. El diagnóstico sirve del mismo modo para la izquierda que para la antiizquierda. Probablemente el análisis de Lilla atribuye más peso a lo que él denomina política progresista de lo que realmente tiene, pero su descripción de la situación es precisa.

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2019: el reto de la antidemocracia

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Sin posada ni en Jerusalén ni en Belén

Fernando de Haro

La diferencia es el sexo y algunos detalles más. Pero la ignorancia es la misma. Una ignorancia sin culpa. La soldado a la que toca a estas horas controlar el check point de la tumba de Raquel, el que permite el acceso a Belén, a Beit Jahour (donde estaban los pastores) y a Beit Jala hace su trabajo de forma exhaustiva. Quizás de forma demasiado exhaustiva para unos días como estos en los que hay más visitantes internacionales. Revisa el interior de los coches, se sube a los autobuses, de vez en cuando pide los pasaportes. La soldado israelí tiene el pelo largo y bien cuidado. Sabe que se celebra una fiesta cristiana. Pero no conoce los detalles. En el colegió escuchó algo de los cristianos y de su politeísmo pero para ella todos son palestinos. La soldado de pelo largo, con buenos estudios, desconoce que se está cumpliendo la promesa hecha al rey David, que nace el heredero de la casa de Jacob. El que está al frente de un reino que se extiende de mar a mar y que dura para siempre. Como hace 2.000 años, a las puertas del pesebre hay soldados y hay ocupación. También el soldado romano ignoraba lo que estaba sucediendo. Como hace 2.000 años el nacimiento llega con discreción, con una mayoría de los vecinos del país preocupados en otras cosas, con una necesidad muy real de liberación política que el heredero del trono no viene a solucionar. “La gente se va de aquí porque no hay futuro”, explica Suhail Daibles, el director de la escuela católica de Beit Jala.

Obstinadamente, las circunstancias hablan. Habla la situación de minoría de los bautizados, el éxodo creciente, el protagonismo absoluto de un islam tentado de radicalizarse, el proyecto de una gran Jerusalén solo judía que crezca en territorio de Cisjordania, las mujeres veladas, los soldados patrullando, la soledad de la Basílica de la Natividad en la cima de un pueblo que está a otra cosa. Obstinadamente las circunstancias certifican que el nacimiento no es el de una cristiandad que no existe, que el nacimiento es el del primer cristiano. Como si las circunstancias quisieran insistir en la naturaleza del reino que comienza.

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Sin posada ni en Jerusalén ni en Belén

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La diferencia es el sexo y algunos detalles más. Pero la ignorancia es la misma. Una ignorancia sin culpa. La soldado a la que toca a estas horas controlar el check point de la tumba de Raquel, el que permite el acceso a Belén, a Beit Jahour (donde estaban los pastores) y a Beit Jala hace su trabajo de forma exhaustiva. Quizás de forma demasiado exhaustiva para unos días como estos en los que hay más visitantes internacionales. Revisa el interior de los coches, se sube a los autobuses, de vez en cuando pide los pasaportes. La soldado israelí tiene el pelo largo y bien cuidado. Sabe que se celebra una fiesta cristiana. Pero no conoce los detalles. En el colegió escuchó algo de los cristianos y de su politeísmo pero para ella todos son palestinos. La soldado de pelo largo, con buenos estudios, desconoce que se está cumpliendo la promesa hecha al rey David, que nace el heredero de la casa de Jacob. El que está al frente de un reino que se extiende de mar a mar y que dura para siempre. Como hace 2.000 años, a las puertas del pesebre hay soldados y hay ocupación. También el soldado romano ignoraba lo que estaba sucediendo. Como hace 2.000 años el nacimiento llega con discreción, con una mayoría de los vecinos del país preocupados en otras cosas, con una necesidad muy real de liberación política que el heredero del trono no viene a solucionar. “La gente se va de aquí porque no hay futuro”, explica Suhail Daibles, el director de la escuela católica de Beit Jala.

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Un sí obstinado

Fernando de Haro

La experiencia que dio lugar al relato del Génesis y su valor político quizás sea lo más revolucionario en este tiempo en el que proliferan las soluciones antipolíticas, populistas e independentistas. Desde luego lo es para una España en la que cierto secesionismo catalán vuelve a creer en una ruptura como la propiciada hace año y medio. En un país en el que la polarización a izquierda y derecha diluye la certeza de un bien compartido y parece minusvalorar la intuición de que es posible construir desde una positividad experimentada junto a todos.

“Todo era bueno”, afirma con insistencia el primer capítulo del primer libro de la Biblia. Estas tres palabras se han quedado sepultadas y recluidas en el mundo espiritual sin que se perciba la gran carga de juicio histórico y social que las acompaña. La reducción que han sufrido muestra hasta qué punto la secularización es un hecho contundente en el mundo occidental.

La polarización, la apuesta por soluciones políticas de queja (antipolítica), en las que lo importante es la ruptura, tienen mucho que ver con una visión negativa del mundo propia del gnosticismo y del maniqueísmo. La vida, el tiempo, la sociedad, no son buenas, están sometidas al contraste violento del dios bueno y del dios malo. Eso dirían los viejos maniqueos. El avance del adversario ideológico, del extranjero, del otro, es percibido como una prueba clara de que el mundo, tal y como debe ser vivido, no tiene un orden último. Sugieren los nuevos maniqueos. Todo no es bueno y por eso está bloqueado el reconocimiento en deseos y necesidades con el que piensa diferente. Hay que alcanzar, a través del conocimiento, de la dictadura del proletariado, de los nuevos partidos, de la nueva nación, una nueva fase, el nuevo reino. Del maniqueísmo gnóstico se pasa a la región política. Como bien señaló Voegelin, hay un hilo que une el gnosticismo maniqueo del siglo II con las grandes religiones políticas del siglo XIX y XX. El marxismo no es sino una forma de gnosticismo. Quizás podríamos decir lo mismo de la antipolítica, del nacionalismo o del secesionismo. Como todo ha dejado de ser bueno, es necesario alcanzar un punto que esté más allá del mundo presente (independencia, freno a los desmanes de la izquierda, freno a los desmanes de la derecha, recuperación de la nación perdida en un mundo globalizado, recentralización, muro ante la inmigración, etc). No todo es bueno y, por eso, la idea de la realidad acaba estando por encima de la realidad.

Todo no es bueno y, por tanto, la vida política y social están regidas por una dialéctica en la que el bien ha de salir del mal, la luz de las tinieblas. Hay que alcanzar una síntesis abstracta en la que el otro polo, el opuesto, quede destruido. La ruptura con Madrid, la ruptura con “el régimen del 78” y con el sistema constitucional, la ruptura con los que rompen el país, en cualquier caso la ruptura, se convierte en una necesidad para afirmar la propia identidad. La negación, lo malo, se considera como una herramienta para alcanzar lo bueno. Todos gnósticos y maniqueos aunque aparentemente católicos, todos marxistas aunque formalmente liberales, todos confiando en nuevas formas de religión política aunque rabiosamente laicos.

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Un sí obstinado

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El sueño de volver a contar

Fernando de Haro

En España, la celebración del 40 aniversario de la Constitución ha coincidido con la aparición como fuerza parlamentaria (de momento solo en Andalucía) de una fuerza de derecha con un ideario hasta ahora ausente. Vox cuestiona algunos de los principios esenciales de la Carta Magna como Podemos lo hace por la izquierda o el independentismo catalán de forma transversal. El nuevo partido, al rechazar el modelo territorial de las Comunidades Autónomas (un federalismo no reconocido ni vertebrado del todo), alimenta uno de sus vectores en la reacción al proceso secesionista que se intentó materializar hace algo más de un año. Es nuevo. Ni siquiera hace cuatro décadas existía una derecha parlamentaria que rechazara el texto constitucional.

La solemnidad de las celebraciones del 40 cumpleaños de la Constitución, con buenos discursos de la presidenta del Congreso y del Rey Felipe VI, ha silenciado por unos momentos la crisis política. Cuanto más solemnes han sido las celebraciones en torno a la Constitución de 1978 (la que más tiempo ha estado en vigor desde que se iniciara la revolución liberal en España hace 200 años), más evidente se ha hecho que en las cuatro últimas décadas la experiencia que la hizo posible ha ido apagándose por la “neutralidad liberal” que domina el espacio público. Una neutralidad, alimentada por izquierda y derecha, que ha considerado una cuestión privada el reconocimiento del otro, la reconciliación, la unidad pre-política y pre-jurídica, los elementos de significado implicados en el hecho de ser ciudadano.

Más de un 85 por ciento de los españoles hacen una valoración positiva de la Constitución del 78. Valoración que no es del texto sino del acuerdo que lo fundamenta. Pero un 27 por ciento cree que en este momento España está estancada. Al menos uno de cada cuatro españoles cuestiona los partidos y la política. No es de extrañar que desde la derecha surjan ahora “opciones de protesta” que hasta el momento no habían existido. La política como pura gestión, la política como fuente de corrupción, provoca rechazo y resurge la política como utopía, como queja. Es el síntoma de un proceso que exige una respuesta adecuada. Al final lo que está en juego es si la participación en el espacio público tiene que optar entre la tecnocracia neutral o la frustración, si hay algún protagonismo posible en un ámbito dominado por la partitocracia.

Vox ha surgido en Andalucía con fuerza (10 por ciento de votos) sumando, según los primeros estudios demoscópicos, diversos elementos. El rechazo a la descentralización autonómica es uno de ellos, seguramente el más importante. A eso hay que añadir la reacción provocada por aumento de la llegada de inmigrantes (percibida falsamente como una suerte de invasión) y la voluntad de que, por fin, haya quien defienda cierta “agenda católica”. Una agenda que querría ser respuesta a una secularización inducida desde el poder y que pone el énfasis en ciertos aspectos –la defensa del no nacido, respuesta a la ideología de género– y minusvalora otros –migrantes, proyecto común–. A todo eso hay que sumar la reacción a las políticas emprendidas para luchar contra la tremenda lacra de la violencia que sufren las mujeres (la inmensa mayoría de los votantes de Vox son hombres). Hay muchos otros componentes que con el tiempo irán desvelando su peso.

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El sueño de volver a contar

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La Europa del contrapunto

Fernando de Haro

Huang y John han seguido con poca atención la cumbre del G20. John, vecino de Miami, ha visto las imágenes de la cena de Donald Trump y de Xi Jinping en la televisión del 7Eleven donde suele comprar su café con sabor a vainilla. Y Haung le ha echado un vistazo a la foto publicada en la prensa oficial. No se ha detenido a leer la información. Ni Huang ni John siguen de cerca la guerra comercial que desde junio enfrenta a las dos principales economías del mundo.

Huang trabaja en una compañía inmobiliaria de Wenzhou, una ciudad al borde del mar, de tamaño medio, en la costa, en plena expansión. El clima es más benigno que en la cercana Sanghai. La empresa de Huang, controlada por el Estado, realiza inversiones en la Nueva Ruta de la Seda. Huang trabaja muy duro, su nivel de vida ha subido, está orgulloso de lo que está haciendo Xi Jinping por su país, orgulloso de la capacidad de control que el Estado tiene sobre los ciudadanos –es una garantía de seguridad–, de la expansión más allá de los mares de Asia. Huang piensa que, después de tantos años de un trabajo callado, China por fin puede mostrarle al mundo cómo es de grande.

John es votante de Trump, siente rechazo hacia su arrogancia, hacia sus excesos. No le gusta el modo que tiene de hablar de los inmigrantes. Pero aunque no se lo confiese del todo, vibra cuando le escucha hablar de América. Aunque no es ese el motivo por el que votó al actual presidente. Le votó y le volvería a votar porque su historia le impide votar a los demócratas. John es un hombre religioso, convertido después de algunos problemas con el alcohol, rechaza la vida de los ricos que han venido a jubilarse a Florida. Rechaza esa vida liberal, que parece haber perdido las esencias de la América que madruga, esos Estados Unidos de la infelicidad donde cunde la adicción a los opiáceos.

Huang y John no deciden el destino del mundo. O sí. Al menos no lo deciden como sus presidentes, pero sin ellos no hubiéramos tenido el G20 que se ha celebrado en Buenos Aires. A comienzos de siglo ya era evidente que el Planeta Tierra necesitaba algo así como un “Gobierno del Mundo”. Sabíamos que las soberanías nacionales, tal y como habían quedado definidas en Westfalia, eran incapaces de hacer frente a las necesidades de la globalización, al imperio del dinero. Tampoco los proyectos de integración regional estaban a la altura. Era necesario crear nuevas instancias. Y por algunos momentos se pensó que el G20 podría servir como herramienta inicial para desarrollar ese nuevo gobierno global. La cumbre del G20, de hecho, celebrada en Washington en 2008, si no fue un Consejo de Ministros planetario al menos sirvió para tomar la decisión de no cometer los errores del 29 y apostar por la mayor fiesta de política monetaria expansiva de la historia.

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La Europa del contrapunto

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Dependencia en tiempos transhumanos

Fernando de Haro

Arkangel es el título del segundo episodio de la cuarta temporada de Black Mirror, una de las series que forman parte ya de la mitología del momento. La producción la presentó la compañía Endemol como un producto “que se nutre de nuestro malestar por el mundo contemporáneo”. Refleja, con una alta factura de calidad audiovisual, las perplejidades y los dolores de un futuro inmediato en el que la tecnología que ya tenemos ha desarrollado todas sus potencialidades.

Ankangel fue dirigida por Jodie Foster con un estilo frío y clásico. Relata la historia de una madre que cría a su hija sola. Ante el miedo de los peligros que debe afrontar la niña en su vida normal, la madre decide instalarle un chip en la cabeza. Este pequeño ejercicio de transhumanismo parece no tener más que ventajas. Frente al miedo que provoca la libertad de la hija, la tecnología permite saber siempre dónde está, qué hace. El chip puede ser también utilizado como inhibidor que censura las situaciones desagradables que causan malestar. La madre se da cuenta de que necesita abandonar la herramienta cuando su hija ha crecido, pero es incapaz de abandonar el control parental que le proporcionan los nuevos medios. No depende de su hija. Depende demasiado de su miedo, del proyecto que tiene sobre ella. Sus intervenciones son cada vez más invasivas.

Joseba Arregi, expolítico en el País Vasco y uno de los hombres que ha luchado contra el mal uso de la libertad de los terroristas, sin referirse al capítulo de Black Mirror, ha señalado hace unos días que este síndrome que sufre la madre de Arkangel es uno de los rasgos del momento actual. En este periódico, tras leer el libro de Mikel Azurmendi El Abrazo, indicaba, citando al antropólogo alemán Arnold Gehlen, que hemos vuelto “al arcaísmo”. Lo que antes se atribuía a la magia o a las viejas religiones se atribuye ahora a la tecnología. “La tecnología como continuación de la magia de la religión, por otros medios, busca lo mismo, establecer ritmos, control. La magia es controlar los poderes ocultos y la tecnología nos permite exactamente lo mismo; buscar las rutinas y sobre todo la subjetivación y la desaparición de la frontera entre yo mismo y el exterior”. La digitalización se extiende en un mundo en el que el deseo de libertad se ha convertido en miedo, y la voluntad de autonomía ha provocado que “el otro no existe”.

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Dependencia en tiempos transhumanos

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Síndrome de la ciudad asediada

Fernando de Haro

La inseguridad identitaria quizás sea uno de los rasgos más característicos de este tiempo. En lo personal, en lo social y en lo nacional. Se manifiesta como una voluntad de autoafirmación inmadura, por eso se engrandece y se obsesiona con ataques reales o imaginarios. La globalización pone al descubierto la debilidad de pertenencias que parecían sólidas. Y así surge el “síndrome de la ciudad asediada”: todo lo que sucede se interpreta como ataque de un enemigo que está a las puertas, que quiere destruir las esencias, la tradición, todo lo que bueno hay en el jardín cerrado. Todos los temores tienen su origen en que el huerto que se quiere proteger está deshabitado, vacío, solo quedan sombras de lo que fue.

El “síndrome de la ciudad asediada” bien sirve para comprender qué está ocurriendo con el Brexit y con el escenario creado por las elecciones de medio mandato en Estados Unidos.

El referéndum del Brexit consiguió, en junio de 2016, su pírrica victoria a favor de la salida del Reino Unido de la Unión porque en la mitad de los británicos dominaba la idea de que la Europa continental suponía una amenaza. Nada bueno venía de Bruselas, de los socios de tierra firme. Hay ocasiones en que la arrogancia y la falta de sentido de la realidad se apoderan de los pueblos (el fenómeno se extiende como un fantasma incluso entre los países más beneficiados por la UE). Nada entonces permite romper la decisión de no conocer las cosas tal y como son. Es inútil aportar todos los datos que certifican que si el Reino Unido abre una fosa en el Canal de la Mancha su prosperidad se verá comprometida. Todas las explicaciones sobre el comprometido futuro de la industria de los servicios o el suicidio que supone ir por libre en un mundo globalizado (la relación con las viejas colonias no puede solucionarlo todo) chocan con la decisión de no querer entender, de imponerle a la realidad los propios prejuicios.

Por fortuna, en ocasiones esa obtusidad queda vencida por la realidad. Es el caso de Theresa May. Todavía en marzo de 2017, al firmar la carta solicitando la salida de la Unión Europea, se permitía una actitud altanera y la amenaza de no cooperar en materia de seguridad. Desde aquella fecha hasta la semana pasada, la primera ministra parece haber ido comprendiendo que las mejores cartas las tenía Bruselas. Intentó dividir a los socios, no lo consiguió. Intentó (Cumbre de Salzburgo) mantener algunos privilegios en la libre circulación de mercancías y en la regulación del mercado financiero. No lo consiguió.

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Síndrome de la ciudad asediada

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Ojos que ven

Fernando de Haro

Esta semana se presenta en Madrid El Abrazo (Almuzara), el último libro de Mikel Azurmedi. El sociólogo, el profesor de filosofía, uno de los grandes artífices de la resistencia intelectual a ETA, el estudioso de la inmigración, referente en tantas cuestiones del pensamiento y de la poca vida cultural independiente que queda en España, se ha internado ahora en una indagación en la vida de los cristianos de Comunión y Liberación. “Mi indagación sobre estos cristianos tan especiales no ha buscado más que inquirir en el sentido de la vida”, apunta.

Azurmendi comienza su trabajo por una serie de encuentros fortuitos, precipitado de infinitas improbabilidades. En un momento de su vida en el que percibe “que los otros me reclamaban”, el sociólogo emprende un sorprendente camino. Un itinerario marcado por decenas de relaciones personales que mira con una capacidad de penetración portentosa. Buena parte de las grandes cuestiones de la filosofía y de la sociología moderna están presentes en esos ojos que llegan con la genialidad que solo tienen ciertos artistas, con un oído absoluto, al “mundo de la vida” que se hace juicio, posibilidad. Lo fascinante es que todo el aparato crítico que Azurmendi lleva encima no sea fuente de escepticismo ante historias humanas llenas de límites, que no alimente objeciones razonables en un noventa por ciento de sus motivos.

“Yo no he sido jamás ateo, pero desde mi juventud siempre pensé que la cuestión de Dios es insoluble”, confiesa en las primeras páginas. Azurmendi acepta la hipótesis que le llega en uno de sus primeros encuentros: “tú puedes llegar a ser un hombre renovado por tu abrazo con Jesús. Eso es el otro”. Y comienza un recorrido en el que el lector se sorprende por la comparación constante entre lo visto y el que mira. Quizás sea este ejercicio el que hace único el libro. Llega un momento en el que la comparación sorprende al propio sociólogo: “aquí donde me hallo levantando acta de lo que he visto, me detiene la perplejidad de haberme salido de la norma científica”. La exigencia de racionalidad es tan seria que abandona el método “de lógica y no de búsqueda de verdad, solo interesado en mostrar la coherencia interna entre creencias y prácticas”. El conocimiento del objeto es tan importante para Azurmendi que decide superar la regla impuesta por Danièle Hervieu-Léger, regla por la que “en materia de sociología, el investigador debe escapar a la comunión con su objeto”.

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Ojos que ven

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El terremoto exige recimentar

Fernando de Haro, Santiago de Chile

Escribo en un café, a pocos metros de la iglesia de San Francisco. El templo más antiguo de la época colonial (siglo XVI) que queda en pie en el centro de Santiago de Chile. La ciudad ha sufrido múltiples terremotos. El claustro de los franciscanos, convertido en museo, guarda encantadores tesoros de un barroco mestizo, ese barroco que hizo la síntesis entre el catolicismo llegado de España y la cultura del país. La síntesis corre el riesgo de convertirse en una pieza de colección. Horas antes, muy cerca, se ha celebrado frente a la Casa de la Moneda, en la Plaza de la Constitución, una gran concentración de evangélicos. En las grandes pantallas instaladas al efecto se escuchaba a predicadores que hablaban de Dios entre el entusiasmo de los congregados, un Dios sin cultura y sin historia.

Sobre la mesa del café, el diario el Mercurio. En sus páginas la alta actividad sísmica que sacude la vida social, política y eclesial. En la portada un personaje público pide que esta Iglesia muera. No hay en este momento en Chile conversación pública o privada que no se refiera a los abusos. La fiscalía investiga más de 100 casos de líderes eclesiales y el Papa ha reducido al estado laical a dos obispos. El tsunami se ha llevado por delante el prestigio de algunos sacerdotes que protagonizaron la lucha por la libertad en los duros años de la dictadura. Lo hicieron a través de la famosa Vicaría de la Solidaridad. El patrimonio de compromiso ético ha caído como se derrumban los edificios cuando se produce un choque de placas tectónicas. Chile es en este momento el país más secularizado de América Latina, la confianza en la Iglesia católica es del 36 por ciento mientras la media en la región alcanza al 65 por ciento.

Pero en la vida social el suelo tampoco está firme. Uno de los columnistas del Mercurio se sorprende de la violencia escolar, de la paliza de unos estudiantes a un guardia. Y apunta con agudeza que es una trampa, una falsa dicotomía la que parece vivir el país entre los que reclaman un endurecimiento de la ley y los que apuestan por comprender los orígenes de la protesta. Debates muy europeos en el país más europeo de América Latina.

Se extiende el Chile del descontento y la polarización cuando la economía crece al cuatro por ciento, con un Índice Mundial de Fragilidad del 41,2, una referencia similar a la de España, mejor que la de Italia, y con el menor nivel de corrupción de la región. La vuelta al poder de Piñera no ha satisfecho a sus votantes que se quejan de que la última Bachelet abandonó la senda de la concertación y se convirtió en un agente radical. Sus reformas habrían sido una herencia envenenada que Piñera no consigue desactivar. Acusaciones de unos a la izquierda, acusaciones de otros (la derecha más derecha) a Piñera por no ser suficientemente contundente y estar demasiado centrado. A veces da la sensación de que el Chile de la concertación, el que gobernó tras la dictadura, el que supo pivotar entre un centro-derecha y un centro-izquierda muy próximos haya desaparecido.

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El terremoto exige recimentar

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Gesticulación contra la vida

Fernando de Haro

España se ha convertido en el ejemplo claro de un país en el que las élites políticas y mediáticas han construido, artificialmente, una agenda polarizada. Esa agenda pretende colonizar, incluso de un modo subconsciente, el mundo de la vida social que transita por caminos más tranquilos. Se produce el espejismo de que los españoles están enfrentados en posiciones irreconciliables y se tiende a darle poco peso a las experiencias de bien común. La imagen es la de una expansión hacia los extremos, mientras que la vida real transcurre en el centro. Hay razones coyunturales que fomentan la polarización. Pero también somos víctimas de una imagen de democracia que la reduce a la ley y a sus instituciones: no se percibe la mutua dependencia propia de la vida en común.

Sin duda la mayor fuente de polarización es el Gobierno de los socialistas, apoyado en una minoría muy reducida de diputados, que tiene que buscar apoyo en múltiples formaciones también minoritarias. El PSOE, partido que para la inmensa mayoría de sus votantes es un partido de centro (especialmente en Andalucía) o de centro izquierda, como se ha empeñado en gobernar, necesita permanentemente hacer concesiones (la mayoría simbólicas) a partidos que apuestan por la secesión de Cataluña o a Podemos (populismo de izquierda). La consigna es resistir en el Gobierno para recuperar apoyo electoral. Los socialistas no tienen el respaldo necesario para realizar las reformas de calado (educación, competitividad, mercado laboral, pensiones, demografía, etc). Por eso se dedican a cuestiones de alta tensión ideológica (Franco y la memoria histórica) o a lo que quedaba pendiente de los llamados nuevos derechos (eutanasia). Un partido con votantes de centro o centro-izquierda, tradicionalmente defensor de la unidad de España, por oportunismo, se ve escorado hacia las posiciones secesionistas o de la izquierda radical. Sánchez no consigue recuperar el equilibrio después de haberse puesto en una posición inestable.

En la oposición, el centro derecha del PP y el centro liberal de Ciudadanos también gesticulan en exceso, alejados de la sensibilidad de la mayoría de sus bases. El nuevo líder del PP, Pablo Casado, tiene que competir con el Gobierno, con el avance de Ciudadanos y con la herencia tecnocrática de su predecesor Rajoy. Demasiados frentes a la vez. Apuesta, así, por una nueva intervención en Cataluña para suspender al Gobierno autónomo, acusa a Sánchez de golpismo y enfatiza que la política económica lleva al país al desastre.

La economía y el modo de afrontar la situación en Cataluña, cuando se despejan todas las hipérboles, reflejan hasta qué punto los dos partidos mayoritarios juegan en una casilla mucho más similar de lo que parece.

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Gesticulación contra la vida

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Terapia para una democracia

Fernando de Haro

Tarde en una de las mayores residencias psiquiátricas de Madrid. Más de 1.000 internos en tratamiento por enfermedades mentales y por trastornos de conducta. En algunos televisores se puede seguir la ceremonia de los Premios Princesa de Asturias, los prestigiosos galardones que, mientras su hija no crezca, sigue entregando el Rey Felipe VI.

Estamos en tiempo libre. Los internos pasean por la residencia, mientras P, uno de sus especialistas, me explica su mayor desafío: “la mitad de los internos que tenemos en realidad no son enfermos mentales, son jóvenes que sufren un trastorno de conducta. No los podemos curar. Son víctimas de lo que llamamos el ‘mal del capitalismo’, el problema que tienen es de identidad”, me cuenta P.

En las pantallas de televisión aparece Michael J. Sandel. Es el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales de este año, un auténtico filósofo-estrella. Las clases de Sandel en Harvard son un auténtico acontecimiento. Los alumnos pugnan por poder sentarse a escuchar sus clases y los videos que las recogen en YouTube tienen decenas de miles de visitas. Sandel cuenta en Oviedo la historia de Reginaldo, un recogedor de basura casi analfabeto que encontró en un estercolero el diálogo de Platón en el que se relata el juicio a Sócrates. Explica que aprendió a leerlo. Y que discute de su contenido, en su favela, con sus amigos. “Reginaldo y yo –explica Sandel– queremos invitar a los ciudadanos a hacer preguntas difíciles sobre cómo debemos convivir. En un momento en que la democracia se enfrenta a tiempos oscuros, hacer estas preguntas es nuestra mayor esperanza”.

La intervención de Sandel me ha distraído de la larga explicación que me ha hecho P. Soy consciente de que me he perdido algo importante. Quiero que me lo repita. “Entiendo –le digo–. ¿Pero entonces en qué consiste ‘el mal del capitalismo’?”. “No es una cuestión de dinero –me repite pacientemente–. El problema es que estos jóvenes no han tenido una identidad que les viniera dada por sus relaciones, muchos de ellos acusan la falta de la figura del padre, la buscan en mí. Se han fabricado una identidad a su medida que no proviene de relaciones reales”.

Veo a Sandel bajar del estrado con su premio. La obra del este profesor de Harvard ha sido, en buena medida, una respuesta al libro Theory of Justice (1972) de John Rawls. La democracia es algo más que un procedimiento de ciudadanos que eligen libremente, “yoes independientes”, desarraigados, libres de ataduras morales y cívicas. No es posible separar nuestra identidad de ciudadanos de nuestra identidad de personas. Sandel ha defendido que “más allá de los yoes y de los estados soberanos”, la virtud cívica que hace posible la democracia echa raíces en “las memorias y pensamientos, incidentes e identidades que nos sitúan en el mundo y dan su particularidad moral a nuestras vidas”. Esa virtud cívica se ve corrompida cuando las identidades apuntalan fronteras y establecen fronteras insalvables entre los de fuera y de los dentro.

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Terapia para una democracia

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No sin mí

Fernando de Haro

EncuentroMadrid. Conversación infrecuente, de esas que prácticamente no existen en público en España ni en ningún país occidental. Pedro Cuartango, exdirector de El Mundo y columnista de ABC -uno de los periodistas más inteligentes del país- y Julián Carrón en un diálogo intenso, apasionado, sobre lo que no se puede hablar: ¿Dónde está Dios? (título del último libro del presidente de Comunión y Liberación).

Políticamente incorrecto el tema, hubiera sido subversivo en otros tiempos, y también el contenido del diálogo (el mal, el escándalo de la elección, de la racionalidad de la fe). Ninguna concesión de los dos para dar una buena imagen, para mantener el buen tono, para identificar artificialmente puntos comunes. Hay momentos en los que, dentro de una gran cordialidad, saltan chispas. A la española, sin filtros. ¿Qué hace posible una conversación así? ¿Por qué no cae en la languidez propia de muchos foros entre creyentes y no creyentes o en la contraposición ideológica? Porque los dos son personas en búsqueda, porque la fe no es una trinchera que separe dos campos en los que las posiciones estén cerradas. Porque los dos se necesitan.

Cuartango, en el momento más álgido de la conversación, confiesa que le gustaría tener fe: “la gracia es gratuita. Me gustaría creer en la existencia de Dios, mi situación no es una elección, es una condena”. Y Carrón le contesta que se descalza (en señal de respeto) ante este drama y añade que “todos buscamos, el haber encontrado no acaba con la búsqueda, la intensifica”.

Todos los occidentales del siglo XXI, creyentes o no creyentes, somos Cuartango. Todos tenemos frente al Misterio de Dios sus mismas objeciones: el escándalo por el mal y una libertad mal usada, la perplejidad ante el método de la elección. Son las objeciones que afloran en el diálogo y que culminan con una pregunta sobre la naturaleza de la fe por parte del periodista. Ni programándolo el itinerario refleja mejor el camino por el que transita la vida.

Cuartango recuerda sus visitas a Auschwitz y a Sarajevo, los zapatos de los niños masacrados, el genocidio en nombre de la raza y la religión. Y confiesa que, tras preguntarse sobre dónde estaba Dios cuando ocurrían estas cosas, le resulta imposible creer. Carrón sugiere que la pregunta no implica necesariamente la negación de Dios, como se ve en la experiencia del pueblo de Israel. El problema del mal, de hecho, no aparece en el mundo hasta que el más pequeño de los pueblos antiguos, exiliado en Babilonia, no construye el relato del Génesis. Ese relato repite una y otra vez el estribillo: “y todo era bueno”. ¿Por qué queda superado el viejo dualismo que atribuía al mal y al bien la misma entidad? “¿Qué experiencia había tenido el pueblo de Israel para afirmar en la primera página de la Biblia que todo era bueno?”, se pregunta Carrón. “El cristianismo no ha resuelto el problema del mal, lo ha planteado”, añade.

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No sin mí

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Futuro mestizo

Fernando de Haro

España ya ha superado en los últimos meses a Italia en la llegada de inmigrantes irregulares por mar. Durante los nueve primeros meses de 2018 han sido más de 41.000. Cerrada la ruta de Libia y con la política de Salvini (con su negativa a dar puerto seguro a los barcos de rescate), las rutas de los que buscan un paraíso mejor tienen ahora como objetivo Andalucía.

Durante el verano ha crecido significativamente la preocupación de los españoles por la crisis migratoria, según las encuestas más acreditadas ha pasado del 3 por ciento al 11 por ciento. Son porcentajes relevantes pero muy distantes de la media europea (38 por ciento) y de la preocupación que sigue habiendo en Alemania (39 por ciento). Son llamativos estos datos porque la política del Gobierno socialista de Sánchez ha sido durante los últimos meses totalmente errática. Ha pasado de acoger a los que viajaban en un barco de rescate (Aquarius) a rechazarlos en otra operación y a practicar “devoluciones en caliente” (sin respetar los requisitos y los plazos de identificación de los que han llegado) criticadas severamente por Bruselas. El Gobierno de Sánchez tiene desbordados los Centros de Internamiento de Migrantes (CIES), no sabe qué hacer con los menores no acompañados (no pueden ser devueltos) que se han convertido en “niños de la calle” en ciudades como Madrid y Barcelona. Tampoco pone sobre la mesa soluciones para afrontar la tragedia del Mediterráneo (cinco años después de la tragedia de Lampedusa, Vicent Cochelet de ACNUR ha denunciado que “la gente se muere ante la creciente indiferencia”) ni reclama con contundencia en Bruselas una política de apoyo a los países del sur (se suceden los Consejos Europeos sin que la cuestión se aborde con seriedad).

Una gestión nefasta del problema migratorio por parte del Gobierno socialista sería el campo abonado para que la preocupación se hubiera disparado y para que la “inquietud por una invasión” fuera utilizada políticamente. La oposición critica la falta de una estrategia de Sánchez, pero no explota el miedo al extranjero. No puede hacerlo. Las encuestas reflejan que el 70 por ciento de los españoles eran partidarios de dar acogida a los rescatados en el Aquarius. Los partidarios de la acogida en el centroderecha eran el 50 por ciento. No hay, de momento, en España ni movimientos anti-inmigración, ni instrumentalización política. El populismo es de izquierdas y, después de su gran crecimiento inicial, ahora está en un 16 por ciento de intención de voto (propia de un partido neocomunista). La destrucción de ciertas evidencias cívicas, a pesar de la creciente polarización, parece que va más lenta que en otras partes de Europa. Quizás influya el hecho de que España y Portugal sean las democracias más jóvenes del Viejo Continente. En cualquier caso esas certezas sobre el valor del otro pueden disolverse en cualquier momento.

Paradójicamente son los otros los que pueden salvar a España. El invierno demográfico y el envejecimiento de la población son dos problemas muy severos. La tasa de fertilidad está en el 1,3, una de las más bajas en Europa, y se prevé que los españoles y los japoneses sean los que tengan un mayor porcentaje de viejos en 2050.

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Futuro mestizo

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Políticos, no intachables

Fernando de Haro

La España de Pedro Sánchez tiene un aire a la España y a la Italia de los años 90, al último Felipe González y a la época de Mane Pulite. No hay que agrandar las similitudes. El Gobierno socialista no está al fin de una larga época de más de diez años en el poder, acosado por una gran fatiga de materiales y por los casos de corrupción. Tampoco hay un sistema judicial que en nombre de la limpieza de la política se extralimite en sus competencias y tenga el objetivo de acabar con un cierto sistema de partidos.

Pero sí arde con intensidad una hoguera nacional en la que presuntas irregularidades cometidas por los miembros del Gobierno –ninguna de ellas constitutiva de delito– quema la actualidad, la vida de los partidos, la opinión publicada. Los medios se lanzan día tras día a rescatar y a detallar la última incorrección cometida en algún momento de su pasado por un ministro o por el presidente (trabajos académicos plagiados, conversaciones con policías corruptos, sociedades para pagar menos impuestos). La oposición exige dimisiones hasta que aparece, a las pocas horas, el siguiente caso. No se hace política ni por parte del Gobierno, que no tiene apoyo parlamentario para hacerla, ni por parte de la oposición que solo alimenta la polarización a la espera de que la caída de Sánchez sea inminente. Como en los años 90, se exige una ética que olvida la principal regla moral en política: el bien del pueblo.

Sánchez arde en su propia hoguera de inalcanzable intachabilidad. Para comprender la situación es necesario recordar cómo el socialista llegó al Gobierno. Lo consiguió con solo 84 diputados (de un total de 350) tras la sentencia del caso Gürtel que daba por probada la financiación ilegal del PP y que condenaba al partido (si bien por un ilícito civil y en dos supuestos pequeños). La sentencia de la primera época de la Gürtel conocida en mayo no es la más dañina para el PP en términos jurídicos. Mucho más demoledores son las posibles tramas que se investigan en Madrid o en Valencia. Pero el PP no supo ver el cambio radical que se ha producido en la opinión pública en los últimos 25 años. Después de una gravísima crisis y del cuestionamiento de las instituciones por parte del populismo, la tolerancia a la corrupción es mínima. Rajoy no quiso verlo, no quiso pedir perdón y el resucitado Aznar sigue negando cualquier irregularidad. La soberbia de un partido que había prestado grandes servicios al país facilitando una alternancia y respondiendo a los desafíos de la crisis (como habían hecho los socialistas durante los 80) le impidió pedir perdón. Le impidió reconocer que a nivel regional los muchos años en el poder (coincidentes con el boom inmobiliario) desarrollaron una cultura en que la financiación irregular y, sobre todo, las comisiones para beneficio particular no eran extraños. Las urnas daban sensación de impunidad.

Como el PP en los 90, con una opinión pública más sensible a la corrupción, Sánchez llegó hace tres meses a la Moncloa montado en el caballo de una regeneración que ahora le patea. No quiso distinguir grados en la corrupción, casos investigados de casos sentenciados. Delitos de cosas feas.

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Políticos, no intachables

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China: una pequeña gran grieta en la esfera

Fernando de Haro

Se equivocan los que critican el acuerdo de Pekín con el Vaticano al estimar que Roma ha cedido demasiado. Es justo lo contrario: una victoria en toda regla en el corazón del nuevo emperador. La China que ha firmado con la Santa Sede un acuerdo para la designación de los obispos es una China abiertamente expansiva. Xi Jinping ha hecho de ella un imperio que no se esconde, ha recuperado el control absoluto del partido y del Gobierno como lo tenía Mao. Y el presidente plenipotenciario ya no oculta sus intenciones de una hegemonía mundial, como sí la ocultaron sus predecesores.

Los errores de Trump con la guerra comercial, su aislacionismo en Asia, el modo en el que ha negociado con Corea del Norte y su enfrentamiento con todos sus posibles socios están allanándole el camino a Xi. La expansión a través del Golfo de Malaca y el control de cabezas de puente como el puerto del Pireo en Grecia están permitiendo hacer realidad una Nueva Ruta de la Seda que llega hasta América Latina. La nueva China por fin ha dejado de ser una potencia solo terrestre, ha realizado su sueño de dominar también los mares.

La expansión exterior está acompañada de un creciente nacionalismo que le da a Xi apoyo popular. Buena parte de la opinión pública china, si es que cabe utilizar esa expresión, se siente orgullosa de los sistemas de control de un Estado que lo filma todo, lo graba todo, lo controla todo con una inteligencia artificial muy potente. El consumo y la posibilidad de hacer dinero se encargan de sumar a lo peor del comunismo lo peor del capitalismo.

¿Cómo es posible que esta China haya firmado un acuerdo con el Papa de Roma (que no tiene legiones ni dinero) para aceptar alguna forma de soberanía externa en la designación de los líderes de la comunidad católica (obispos)? Mucho antes de que el comunismo llegase al país, China se concebía ya como una esfera cerrada. La mentalidad de un Imperio milenario, en la que el marxismo no modifica los resortes más profundos, concibe el poder como algo autosuficiente. La Ciudad Prohibida no es solo el palacio del emperador, en todo el país, en su conjunto está vetado tener referencias externas. El emperador es el principio y el fin. Por eso es tan relevante que, para el nombramiento de obispos, Xi reconozca que hay algo fuera de él. Hay algo fuera de la esfera y se llama Papa de Roma.

El acuerdo con la Santa Sede es provisional. Y Pekín lo incumplirá, lo incumplirá quizás una de cada dos veces, una de cada cuatro. Siempre es así, porque nada en China es lineal, porque nada está sometido al principio de no contradicción. China dirá que el acuerdo sigue vigente y probablemente volverá a designar obispos no autorizados por el Papa. No importa.

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China: una pequeña gran grieta en la esfera

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Diez años de una crisis (de confianza)

Fernando de Haro

Diez años de la quiebra de Lehman Brothers, diez años de estallido de la crisis que cambió definitivamente nuestras vidas. ¿Cuándo se equivocaron las autoridades estadounidenses? ¿Se equivocaron cuando dejaron quebrar a Lehman y no lo rescataron como habían hecho antes con Bear Stearns y harían luego con JP Morgan? ¿Se equivocó George Bush y su equipo al corregir su credo liberal y adoptar una intervención no vista hasta el momento? La discusión no se ha terminado todavía. Se cometió una injusticia porque se utilizó el dinero de todos para rescatar bancos quebrados por la codicia de algunos. ¿Era necesario asumir una gran injusticia, el riesgo moral de acciones canallas (el “envasado” de hipotecas basura), para salvar el bien de todos?

Las preguntas persisten, pero al menos, una década después, hay algunas respuestas. No podemos seguir diciendo con la alegría de los años 90 aquello de que es necesario “menos Estado y más sociedad”. Sobre todo si más sociedad se entiende como más mercado. Difícilmente la burbuja hubiera crecido tanto sin la desregulación del sistema financiero. No le hubiera sido tan fácil a las finanzas de la codicia convertir, a través de la titulización, deudas fallidas en productos de inversión aparentemente convenientes y rentables. No se distinguían de los que estaban relacionados con la economía productiva. El sistema financiero inventó herramientas diabólicas para multiplicar un fraude que las instituciones públicas debían haber detectado y prohibido. Pero la soberanía de los supervisores había desaparecido en un mercado global. Todo ello mientras se teorizaba sobre las falsas virtudes liberales, esas que, por arte de magia, convierten el egoísmo privado en un bien público. Tras la caída de Lehman descubrimos que no había mercados perfectos, capaces de autorregularse y de proporcionarnos una transparencia que nos haga libres. Dejado a su inercia, el mercado es víctima de la codicia y se olvida de que las finanzas deben estar al servicio de la economía real, del trabajo de la gente.

La crisis de hace diez años no fue como la del 29 porque hubo una intervención decidida del Estado a través de la Reserva Federal y del Banco Central Europeo (este último lo hizo tarde porque hasta la llegada de Draghi los europeos estuvimos atenazados por el tabú antiinflacionista de los alemanes). Afortunadamente al frente de la Reserva Federal estaba entonces Bernanke que había estudiado los errores cometidos en el 29 y apostó desde el principio por una política monetaria expansiva de tipos de interés negativos y de compra de activos. Toda la munición disponible y más, inventando nuevos instrumentos, para meter mucha liquidez en el sistema. Era necesario que corriera el dinero. La solución no llegó a Europa hasta que en 2015 el BCE no puso en marcha nuestro programa de Quantitative Easing. Diez años después de esta política de dinero barato estamos experimentado la resaca de tanta expansión monetaria. Desde que Estados Unidos empezó a retirar los estímulos y dejó atrás la política de tipos ultrabajos, los países emergentes han empezado a notarlo. No sabemos lo que pasará en Europa. La guerra comercial, la transición digital y la subida del precio del petróleo plantea nuevas incógnitas.

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Diez años de una crisis (de confianza)

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Ni refugios ni contenciones: gracias cívicas

Fernando de Haro

En este inicio de curso político 2018-19 hay algo que hermana a Italia y a España. Los dos países tienen dos gobiernos que solo van a tomar decisiones en función de unas elecciones generales que no están convocadas pero que no tardarán en llegar. En Italia, Salvini, primer ministro de facto, trabaja para conseguir una futura victoria rotunda de la Liga. Sabiendo utilizar como palanca los temores y las perplejidades de una buena parte de la opinión pública, muta los valores de la república. En España, Sánchez, que debiera ser un socialdemócrata centrista y antipopulista, conducido por sus socios de Podemos, vuelve a alimentar la crispación en cuestiones sociales e impugna de facto el pacto de la transición. En las próximas semanas se van a celebrar los 40 años de la Constitución del 78. Podemos empuja para cuestionar el acuerdo que refundó España tras la dictadura.

En Italia y en España, en este inicio de curso político, se asoman tres tentaciones frente a lo que de verdad cuenta: el avance de una antropología positiva de base que no caiga en la polarización, que abra nuevos espacios sociales y que permita hacer política de otro modo.

La destrucción de los valores de la República en un caso y de los valores de la Constitución en otro puede despertar una “ansiedad por contener” la disolución social. Es una disolución acelerada por gobiernos, de un modo u otro, determinados por el populismo. Contener lo que se pueda contener es necesario siempre que se tenga realismo y proporcionalidad. Como existe una minoría-mayoritaria o una mayoría-minoritaria que está con los valores de la República o de la Constitución, es fácil que en este momento el espejismo de la contención sea especialmente atractivo. La contención es una tentación cuando se convierte en la única actividad que realizan todos en todo momento, cuando todas las energías disponibles se emplean en ella. De hecho la contención solo tiene sentido como tarea para algunos, en ciertos momentos, si saben que contendrán poco y durante un breve espacio de tiempo.

Junto a la contención, la segunda tentación es un optimismo desmedido sobre la naturaleza humana, o lo que es lo mismo, sobre la capacidad que tienen los valores cívicos para mantenerse en pie. Da lo mismo que hablemos de inmigración, convivencia, eutanasia o cualquier otro aspecto de la vida democrática. La naturaleza es áspera, amarga e induce a la confusión. Los recientes comentarios de Benedicto XVI sobre la multiplicación de los derechos son, por eso, muy sugerentes. A los todavía ilustrados y católicos demasiado optimistas, el papa emérito les recuerda: “con el olvido del pecado original se constituye una confianza ingenua en la razón que no alcanza a comprender la complejidad fáctica del conocimiento racional en el campo ético. El drama de la disputa sobre el derecho natural muestra claramente que la racionalidad metafísica no es inmediatamente evidente” (Liberar la libertad).

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La gran luz del pontificado de Francisco

Fernando de Haro

En medio de la gran tormenta, de la traición, del pecado de los suyos, la mirada la mantiene fija en lo esencial. A la vuelta de su viaje a Irlanda, uno de los países donde la pederastia y los delitos de los sacerdotes más daño han hecho, después de que el ex nuncio Viganò pidiera su renuncia con mentiras, Francisco afirma en la audiencia general: Cristo quiere “hacer del mundo un hogar donde nadie esté solo, no querido, o excluido”. Los ojos del papa argentino buscan, en un momento de prueba, la mirada de Jesús hacia el mundo. No cae en la trampa, mil veces denunciada, de la autorreferencialidad. Francisco reacciona ante la crisis como un cristiano en el que el cristianismo no se ha convertido en una “doctrina sin misterio” o en una “voluntad sin humildad”. Responde, alzando la vista, “reconociendo la presencia de Jesucristo y siguiendo”. Este cristianismo cristiano de Francisco, este estar “fascinado y lleno de estupor ante la excepcionalidad” del “encuentro con un acontecimiento, con una Persona” es lo que hace luminoso su pontificado. Luz para un mundo en transición, herido por el colapso de los tiempos modernos. Claridad para una Iglesia afectada por una crisis severa en la que la fe de los sencillos pretende ser confundida por instancias clericales que cuestionan su fundamento y garantía: la autoridad. Francisco mira a lo esencial y anuncia, incasablemente, la gran alegría de la encarnación.

Bergoglio es un joven que encuentra su vocación en un confesionario. Luego será un joven ex provincial de los jesuitas que, sin tarea alguna, pasa larguísimas horas en otro confesionario. Y en los confesionarios aprende cuál es el signo de los tiempos. En un mundo postcristiano, “el deseo de la bondad divina es lo propio del hombre de hoy” que “bajo la pátina de seguridad de sí mismo y de la propia justicia, esconde un profundo conocimiento de sus heridas” (Benedicto XVI). Ya no es el hombre quien se justifica ante Dios, sino Dios el que se justifica ante el hombre, como Aquel que responde al mal con una ternura vencedora. Esta es la gran inteligencia histórica de Bergoglio, el jesuita, el papa para el que solo la Misericordia es digna de fe. Ante el don de un papado así es sorprendente que prevalezca la queja o la incomodidad por el “estilo de Francisco”, por su forma de hablar, por sus supuestas imprecisiones o imprudencia.

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La gran luz del pontificado de Francisco

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Un Gobierno antifranquistamente franquista

Fernando de Haro

Ni un minuto más. A España no le conviene caer en la trampa en la que le quiere meter el Gobierno de Pedro Sánchez. No le conviene seguir hablando ni un minuto más de Franco. El Gobierno socialista ha comenzado un largo proceso para sacar los restos mortales del dictador del Valle de los Caídos, un mausoleo casi olvidado, construido por presos de la república, en el que yacen fallecidos de los dos bandos de la Guerra Civil.

El proceso de la exhumación va a durar tres meses. Una desgracia, lo mejor que podría suceder es que el Gobierno lo hiciera mañana mismo. Para que 40 años después de aprobada la Constitución no se vuelva a caer en la buscada y ficticia polarización franquismo-antifranquismo. Que lo vuelvan a enterrar donde quieran, pero que lo entierren otra vez.

Es evidente que es un despropósito iniciar el proceso de exhumación con un decreto-ley, figura legal prevista para los casos urgentes. El dictador lleva más de 40 años en su tumba. Es evidente que el Gobierno no ha buscado consenso alguno. La Comisión de Expertos que en 2011 recomendó el traslado de Franco lo hizo con importantes votos particulares en contra. En abstracto, parece recomendable el traslado. Pero como no hay nada abstracto, lo mejor es que se hubiera llegado a un acuerdo con la familia y con todos los grupos parlamentarios. Ahora que el Gobierno ha decidido resucitar a Franco (para esconder su debilidad parlamentaria, para contentar a la izquierda-izquierda, para ganar quién sabe qué votos) hay que pedirle que se dé prisa. Se equivoca el PP al anunciar el recurso al decreto de exhumación (algo que técnicamente no tiene sentido porque se convalidará como ley) y al insistir en criticar con pasión la decisión. Era precisamente el objetivo buscado por un Gobierno débil que no puede ni quiere gobernar. Está en campaña electoral.

Como señalaba en su momento con agudeza Augusto del Noce, en ocasiones, la mejor manera de ser fascista es ser un antifascista. El antifascismo, como el antifranquismo, está definido por aquello a lo que se opone. Franco fue despiadado con su anticomunismo. El propio Del Noce señalaba que “el postfascismo no debe ser un fascismo en sentido contrario (antifascismo) sino lo contrario del fascismo”. El Gobierno de Sánchez se empeña en enterrar el postfascismo y el postcomunismo construidos por la sociedad española durante la transición.

El verdadero milagro español, propiciado por comunistas y católicos (muy conscientes de sus errores) fue que, de un modo natural, popular, el país salió de la dictadura con una democracia postfranquista y postcomunista. Los dos polos estaban superados. No aniquilados, no superados por una síntesis que anulara las experiencias, las creencias, las heridas de las personas de una u otra sensibilidad. La lección, el tesoro, de la transición española es que se produjo, como en toda verdadera reconciliación, algo nuevo que superó a lo antiguo. Es por lo que luchaba hace muchas décadas Bergoglio: ni peronismo ni antiperonismo, sino unidad polar. No hay que negar nada para afirmar cada parte, no hay que buscar una síntesis dialéctica sino algo nuevo, superior, en lo que todos puedan reconocerse. Y eso fue lo que tuvimos.

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Un Gobierno antifranquistamente franquista

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Barcelona: preguntas que debemos hacernos

Fernando de Haro (Barcelona)

A pesar de los intentos de politización, a pesar de la insuficiencia de los homenajes, Barcelona ha podido llorar a los que no pudo llorar aquí hace un año. A las 16 víctimas del yihadismo asesinadas en la ciudad y en Cambrils. Una de esas víctimas fue Julian Cadman (7 años). Era australiano y británico, tenía doble nacionalidad. Hace doce meses estaba pasando por las Ramblas de Barcelona. Julian y su madre habían venido a la boda de un familiar. Sufrió el atropello de la furgoneta utilizada por el yihadista. Se le dio primero por desaparecido, su madre estaba ingresada con heridas serias. Luego, después de unas horas angustiosas, se certificó su muerte. La vida de Julian era una vida empezando, la cara redonda, el flequillo travieso, los ojos muy negros, la sonrisa preciosa, y esa gran curiosidad, esa curiosidad que solo se tiene a los 7 años. El sufrimiento, el dolor, la muerte siempre incomprensible de los inocentes, de los justos. Julian fue una de las víctimas de estos atentados que se quisieron olvidar muy pronto en nombre de la ideología, de un futuro que había que construir con prisa. El despiadado yihadismo que golpeó Madrid, Niza, Estocolmo, Berlín y París golpeó hace un año en Barcelona. Pero aquí fue diferente.

El estudio “Atentados de Cambrils y Barcelona: reacciones, explicaciones y debates pendientes” del CIDOB subraya que tras los atentados se echó tierra sobre los debates de fondo que un ataque así provoca. Hubo un ruido intenso durante unos días, hubo abucheos en las manifestaciones. La onda expansiva del mal causado por los yihadistas se extendió ensuciándolo todo. Vimos y escuchamos esa obscena polarización que ante el dolor no sabe y no quiere callarse. Al dolor de 16 injustas muertes hubo que sumar el dolor de quien quiso sacar ventaja, de la transferencia de culpa. ¿Pero cuándo aprenderemos que cuando el terrorismo golpea los únicos culpables son los terroristas? Las víctimas nos invitaban y nos invitan un año después a salir de nuestra burbuja ideológica. Si no abandonamos esa burbuja ideológica la onda expansiva se multiplica y después de las víctimas mortales, muere la nación, muere el país, muere la vida social.

Las ideologías, los paraísos políticos que quieren traer el cielo a la tierra son siempre abstractas, no quieren saber de historias singulares. De historias como las de Julian. Los proyectos abstractos que quieren construir el paraíso en la tierra consideran una simple anécdota la solidaridad, la caridad, la gratuidad con la que hace un año los traductores, los dueños de los comercios, los taxistas acudieron a ayudar. Las ideologías abstractas desprecian esa compasión que se puso en marcha hace un año. Cuando quizás no haya nada que esté a la altura del sufrimiento y de la muerte de los inocentes como la compasión, la solidaridad, la caridad. La compasión quizás sea la categoría política más definitiva.

Barcelona: preguntas que debemos hacernos

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Las fuerzas que mueven la historia (3)

Fernando de Haro

No es la economía. Es la sensación de que las fuerzas de la historia definitivamente les han abandonado. A comienzos del verano, el prestigioso Pew Research hacía público un informe sobre las razones del auge del populismo en Europa. La inmensa mayoría de los votantes de los partidos populistas en Alemania y en Francia reconoce que la economía atraviesa un buen momento. Es la nostalgia la que mantiene alta la intención de voto de los que cuestionan el orden institucional. El 62% de los partidarios del Frente Nacional piensa que hace 50 años se vivía mejor en su país. El 44% de los partidarios de Alternativa por Alemania piensa lo mismo. Pero no son los populistas los únicos molestos por haber perdido el tren de la historia.

En realidad desde que los europeos nos hicimos modernos, todos perdimos el tren de la historia y las fuerzas que la mueven se convirtieron en algo muy diferente a las fuerzas que laten bajo los afanes personales, el deseo de felicidad, el anhelo de inmortalidad. De hecho, lo que nos caracteriza como modernos es haber separado los dos movimientos. Por eso es tan revolucionario el lema del Meeting de Rímini de 2018 al revindicar la identidad entre las fuerzas del corazón y de la historia.

Después de Galileo el Sol dejó de dar vueltas en torno a la Tierra y desde entonces todos empezamos a pensar que nuestros sentidos nos engañaban. No podíamos fiarnos de la realidad tal y como era percibida, lo único seguro eran nuestras sensaciones. Nos metimos en una jaula cruel. Fue necesario salir de ella. Para conseguirlo pensamos que había algo de lo que podíamos fiarnos: de lo que hacíamos. Nuestras acciones fueron el único terreno firme bajo nuestros pies. La acción y los procesos se convirtieron en el espacio a salvo de toda duda. La capacidad de hacer se nos antoja ahora menos etérea que la capacidad de asombrase y de pensar que siempre depende de datos externos, de algo que no se puede controlar. Y entonces el desarrollo y el progreso se transformaron en las dos palabras clave y todo se llenó de procesos. De la historia dejaron de interesarnos los acontecimientos singulares, los personajes particulares. ¿Qué eran y qué son los acontecimientos y los sujetos particulares en el océano de los procesos históricos severos, anónimos, científicos? Si acaso esos acontecimientos singulares y sujetos particulares mantuvieron un cierto valor para ilustrar y ayudar a las mentes más infantiles, siempre necesitadas de anécdotas. Pero para los iniciados, para los que acceden sin mediaciones primitivas al verdadero conocimiento, no había necesidad de fechas, nombres o lugares.

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Las fuerzas que mueven la historia (3)

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Las fuerzas que mueven la historia (2)

Fernando de Haro

Se han cumplido ya seis años de la famosa frase que salvó a la moneda única. “Haré todo lo posible por sostener el euro”, anunció Draghi arqueando una ceja. El gobernador del Banco Central Europeo corregía la posición de sus predecesores y adoptaba, con años de retraso, la política monetaria que había salvado a los Estados Unidos de la Gran Recesión: tipos de interés negativos y un ambicioso programa de Quantitative Easing (compra de deuda pública). Toda la munición posible para incrementar la liquidez y solucionar los problemas de los balances bancarios. Atrás quedaba el miedo de los alemanes a una subida de los precios por un exceso de demanda. A Draghi le quedan pocos meses para abandonar el BCE, la inflación no ha aparecido por ningún lado. La subida de los tipos de interés parece que está a la vuelta de la esquina y se discute la mejor agenda para la retirada de los estímulos.

La parte más dura de la Gran Recesión ha quedado atrás y ahora la digitalización se ha convertido en una fuente de optimismo. Se teme la aparición de nuevas burbujas pero de eso no se quiere hablar. Los últimos diez años han dejado numerosas heridas, la conciencia de que la desregulación fue un grave error. Pero el debate sobre la naturaleza del mercado, sobre las fuerzas que mueven económicamente la historia, no se ha abierto, siguen alejadas de las fuerzas que hacen al hombre feliz. A pesar de lo mucho sufrido durante los años de la crisis más severa desde la II Guerra Mundial, el homo economicus sigue en pie, con su racionalidad unidimensional, impulsada solo por el interés tanto en el ámbito del consumo como de la producción, protagonista de un mercado anónimo. Las fuerzas económicas, en contra de la experiencia, se siguen pensando anónimas, desvinculadas de las relaciones humanas que las sostienen.

Hay algo que corregir, sí, pero es externo. Quizás una nueva síntesis después de todo lo sucedido. Desde luego una mayor vigilancia, una regulación más precisa de los mercados, pero sin un replanteamiento antropológico. La IV Revolución Industrial parece hacer innecesaria esa corrección, es más, la digitalización alimenta de nuevo la utopía algo arrinconada de los mercados “perfectos” o “casi perfectos”. El Big Data, el blockchain y todas las nuevas herramientas pondrán, ponen ya de hecho, a disposición del consumidor una cantidad ingente de información que desplaza el poder efectivo desde el lado de la oferta al lado de la demanda. El viejo sueño de las decisiones “racionales”, guiadas por el interés particular, al alcance de la mano por un océano de datos que permiten decidir con una nueva supuesta transparencia. La mano invisible, de nuevo en marcha, al menos entre los teóricos, para hacer el milagro de la asignación de recursos escasos y la construcción de un bien superior en una totalidad anónima a partir de los egoísmos particulares. Este resurgir de la teoría clásica y neoclásica y de su modo de explicar las “fuerzas que mueven la historia” tiene que olvidarse de que todo ese flujo de información, puesto en teoría a disposición de las elecciones “racionales”, es en realidad utilizado por un nuevo poder de mediación o de instrumentalización de grandes compañías (Google, Amazon, Facebook, Apple y otras) con una capacidad de dominio hasta ahora desconocida.

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Las fuerzas que mueven la historia (2)

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Las fuerzas que mueven la historia (1)

Fernando de Haro

Europa ha aplazado en los últimos días una guerra de aranceles con Estados Unidos. Guerra comercial tras la Gran Recesión, guerrillas geoestratégicas en todos los rincones del planeta. Confusión en torno a las claves de lo que ocurre. Por eso es interesante como hipótesis el lema del Meeting de Rímini que se celebrará en la ciudad italiana a finales de agosto: “Las fuerzas que mueven la historia son las mismas que hacen al hombre feliz”, o (infeliz) añadimos nosotros.

La frase que presidirá los encuentros del Meeting tiene mucho de provocativo, establece una conexión entre lo macro y lo micro. Así es más fácil superar la distancia entre el discurso y la realidad de un mundo dominado por la globalización y la multipolaridad.

Nos parece que hemos dejado atrás la época de las ideologías. Pero no es cierto. La versión más simplificada de cierto liberalismo ilustrado, el que surgió tras la II Guerra Mundial, se ha quedado entre nosotros como un paisaje, como una herramienta interpretativa. Suele ser la única que utilizamos y, por eso, aumenta nuestra perplejidad.

Hemos aceptado haber entrado en un mundo postoccidental: el mapa del mundo debe ser invertido y el eje sobre el que pivotamos se encuentra en el Pacífico. Pero a pesar de esta evidencia seguimos pensando que la democracia, la libertad, la igualdad de género y de oportunidades, la tolerancia… todos aquellos valores y creencias levantados por Occidente siguen en pie, robustos, quizás nublados, pero como un último imán y juez hacia los que el mundo converge. No es así. No hay valores sin sujeto, y el sujeto ya no existe o está muy debilitado. Las fuerzas que mueven la historia no son mecánicas, coinciden con el corazón del hombre concreto, histórico. Rodrik, en su famoso trilema, ha sostenido que no es posible compatibilizar globalización, democracia y soberanía nacional. Lo que no es posible es mantener los tres vectores activos sin persona, sin pueblo.

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Las fuerzas que mueven la historia (1)

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A la orilla del río

Fernando de Haro

Mañana. En una de las orillas del manso río Cam, en compañía de su agua verde, pacífica y educada. A las espaldas quedan los colleges, sus agujas góticas, sus jardines ahora secos (a lo mejor el agostamiento es consecuencia de un brexit imposible), sus iglesias, la mayoría con aíre de museo, la vida universitaria de uno de los centros que sigue siendo puntero en muchas cuestiones. Lejos, eso sí, muy lejos los años fundacionales, el distante siglo XIII de los orígenes, cuando el estudio era la expresión de una identidad precisa, clara. Cambridge, vieja ciudad europea, educada como su río, primero por los romanos y luego por los cristianos, se pasea junto al agua en un mosaico de roles. La ribera, salteada con grandes tilos, castaños y nogales asiste a un desfile: parejas de todo tipo, esforzados deportistas, asiáticos de acento británico, británicas que aspiran a ser latinas, amantes que desean ser miméticamente gemelos a pesar de la distante genética... la lista es interminable. Se antoja que solo los grandes árboles que crecen junto al río Cam saben quiénes son. Leo bajo ellos, citado por un buen amigo, algunas líneas del sociólogo de Erving Goffman, padre de la microsociología. Buenos párrafos para entender la procesión que tengo ante mis ojos.

No importa lo que uno sea, sino lo que logra parecer. El yo no existe, es un producto circunstancial, lo que realmente cuenta es el papel que se asume en función de la situación en la que se está. Es necesario abandonarse en el rol y aprovechar las ventajas de identidad que puede proporcionar, explica Goffman. Los paseantes junto al río Cam no lo hacen por maldad, por renegar del origen o de lo dado. ¿Quién conoce el origen? Simplemente están en su laberinto, en un juego de espejos infinito, sin más energía que la voluntad, sin más posibilidad que crearse y recrearse a sí mismos. Incluso los que, en su acento, en sus creencias, en sus ropas, quieren mostrarse “tradicionales”, han construido una máscara nueva, decorada eso sí con los viejos ornamentos de lo antiguo para huir del anonimato de la globalización. El manso Cam no refleja en su agua verde la educación de siglos (¿hay dónde encontrarla?). A los nuevos remeros y a los nuevos paseantes el agua del río, el camino, no les parecen suficientemente reales.

Tarde. En la sala de pintura italiana del museo Fitzwilliam. Quatroccento. Una Anunciación deliciosa. La casa de María pintada de un rosa pálido, el mundo atento a la escena a través de una ventana abierta. Gabriel sutilísimo, inclinado, con un dedo señalando al cielo. La Elegida, a unos metros, con los brazos cruzados sobre el pecho. Aceptando, acogiendo, diciendo sí. El silencio, la elocuencia del cuadro, de la escena, tiene siglos. Las dos libertades, la que elige y la que acepta la elección, en su momento más dramático. La Elegida conociéndose, descubriendo su identidad al aceptar la elección. Y no hay quien se separe de tanta belleza. Pasan los minutos en un suspiro. ¿Acaso ha dejado de suceder esta belleza en las riberas de los educados ríos de Europa? ¿No sucede o la hemos tapado? ¿Acaso no puede reconocerse y por eso hay que inventar?

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A la orilla del río

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El PP y la verdadera fuente de renovación

Fernando de Haro

España cambió de Gobierno hace 45 días. En este mes y medio se han producido dos grandes novedades. El Gobierno socialista, que por primera vez desde la transición llegó al poder sin pasar por las urnas y sin ser el partido más votado, paradójicamente no tiene fuerza más que para tomar medidas de alto voltaje ideológico. Medidas que tienen poco que ver con las necesidades de la gente-gente. Sea porque quiere ocultar su debilidad con gestos simbólicos, sea porque tiene que cumplir con sus múltiples socios de la izquierda-izquierda o del nacionalismo, todo lo que ha hecho hasta ahora ha sido impulsar una agenda de polarización y de un radicalismo de bajo vuelo.

Por eso ha frenado el desarrollo de los cuidados paliativos para impulsar la eutanasia, ha querido presentarse como el Gobierno más antifranquista en un país en el que no hay franquistas, como el más feminista cuando el origen de la violencia machista sigue sin atacarse de modo adecuado. Es un Gobierno que resucita conflictos viejos contra la dictadura, la clase de Religión, o la enseñanza concertada (de iniciativa social). Socialismo del siglo XX cuando el siglo XXI reclama reforma en el sistema de pensiones, reforma del mercado laboral, reforma fiscal, reforma para mejorar la productividad y la competitividad… y una larga lista de cambios de los que ni habla. El ciclo de expansión económica permite continuar la política de aumento del gasto iniciada por el PP y olvidarse de lo importante.

El Gobierno socialista ha iniciado, eso sí, un intento de diálogo con el independentismo que puede ser útil como fuente de distensión pero que está condenado al fracaso. El secesionismo catalán, a pesar de su intensa gesticulación, está en un impasse: sabe que no puede seguir por la vía de la ruptura, al menos de momento, pero no encuentra una salida honrosa. En esta cuestión poco ha cambiado en los últimos 45 días. Donde sí han cambiado las cosas y mucho es en el PP, en un centroderecha que está profundamente desorientado. Es lógico que no haya asimilado la repentina pérdida de poder (después de siete años y después de haber ganado las últimas elecciones con un nada despreciable porcentaje del 33 por ciento). Ni el partido ni el expresidente Rajoy estaban mentalmente preparados para asimilar el daño que le estaban haciendo los juicios por casos de corrupción ni la posibilidad de ser derrotados por un pacto tan heterogéneo como el que hizo falta el uno de junio. No se habían dado cuenta de lo profundo y lo intenso que era el “Rajoy no”.

Tampoco ahora el PP parece haber entendido el alcance del proceso de primarias que se ha autoimpuesto. Ha caído en una dicotomía falsa. Los dos candidatos de la segunda vuelta, Soraya Sáenz de Santamaría (la que fue mano derecha en los gobiernos de Rajoy) y Pablo Casado (un hombre de partido, pero sin experiencia de Gobierno) quieren que el próximo sábado los compromisarios elijan entre dos alternativas rotundamente enfrentadas. La tecnocracia eficaz, pragmática y experimentada, útil en una sociedad que necesita, sobre todo, buena gestión que encarna Santamaría y la juventud de un Casado, con menos pasado, alejado de la corrupción, con unos “principios, valores e ideas” que este último postula recuperar.

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El PP y la verdadera fuente de renovación

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Cuando vuelva

Fernando de Haro, Gaza

Suhaila Tarazi completó sus estudios de Gestión y Dirección en Londres. Con unos 60 años, la actividad al frente del Al Ahli Hospital la tiene exhausta. Antes de responderme algunas preguntas se detiene para tomar aire. El hospital es un oasis en el centro de la ciudad de Gaza. Fuera de sus puertas la vida hierve. Las calles están sucias en la capital de la franja. Los carros tirados por burros o caballos son frecuentes. La gasolina es muy cara en esta gran prisión a cielo abierto de 365 kilómetros cuadrados de la que no pueden salir, salvo especial permiso que no se concede casi nunca, sus dos millones de habitantes.

Al occidental se le saluda con sorpresa, los niños ensayan su única frase en inglés al ver a los periodistas: “What is your name?”. La inmensa mayoría de los jóvenes menores de 20 años no han salido nunca de esta parte de los territorios palestinos. A pocos kilómetros de aquí, en la frontera este, algunos de esos jóvenes se enfrentan a las balas del ejército de Israel. Desde hace semanas el goteo de los que mueren solo se convierte en noticia cuando los fallecidos superan la docena. Jóvenes sin futuro, encarcelados por la política del Gobierno de Israel, ya sin los túneles hacia Egipto que Al Sisi ha cerrado (por los que llegaron a circular camiones), con una ira que el ineficiente y manipulador Gobierno de Hamas instrumentaliza para no asumir responsabilidad alguna y para no reconocer que es incapaz de proporcionar a su pueblo una vida digna.

Suhaila, tan pronto sale de su despacho y se dirige a las clínicas, es asaltada por un médico que le cuenta una nueva urgencia y por un paciente que le da las gracias. Nuestra conversación se ve interrumpida a menudo. Las instalaciones médicas son modestísimas. En un viejo y desvencijado frigorífico se guardan las bolsas de plasma. El frigorífico está conectado a un generador. En Gaza solo hay cuatro horas de electricidad al día y nunca se sabe cuándo se va a poder contar con ella. Si la luz llega de madrugada hay que aprovechar ese momento para poner una lavadora. Suhaila se detiene especialmente en la consulta infantil. Con la ayuda de la Misión Pontificia el hospital mantiene un programa para luchar contra la malnutrición de los niños. Hay zonas de la franja donde el 50 por ciento de los menores están por debajo del peso que deberían tener y la tasa de mortalidad infantil se acerca al 23 por mil. Cinco niños pálidos, sin fuerzas para jugar, esperan con sus madres el turno para ser atendidos.

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Cuando vuelva

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Tierra Santa, tierra hostil para cristianos

Fernando de Haro, Jerusalén

Se pone el sol en Jerusalén con un cielo incendiado. Se pone el sol y se levanta esa brisa fresca que acompaña siempre las noches de verano de la ciudad llorada por Jesús. Al fresco, en la parte árabe, los hombres toman el té delante de grandes pantallas instaladas para el mundial.

Esta Jerusalén, como toda Tierra Santa, se ha convertido en una tierra hostil para cristianos. El muro de separación de Cisjordana, una discriminación de baja intensidad por un Gobierno cada vez más confesional como el de Netanyahu, la falta de oportunidades económicas, la presión de los ultraortodoxos judíos, pero también la mutación genética que se ha producido en el sentimiento nacional de los palestinos amenazan con dejar al país de Jesús sin cristianos.

Lo que ha sucedido en los últimos años en el triángulo formado por Belén, Beit Sahour (donde el ángel anunció a los pastores que un niño se les había dado) y Beit Jala es muy significativo. Este es el triangulo en el que más cristianos viven de toda Cisjordania. Desde 2007 el número de vecinos bautizados ha disminuido considerablemente. En Beit Jala, por ejemplo, ha pasado de representar el 70 por ciento a quedarse en el 60 por ciento. Muchas familias han perdido sus campos por las expropiaciones que se han hecho para construir el muro. En Belén ya solo son el 12 por ciento. Un estudio reciente de la Universidad Dar al-Kalima apunta que el 28 por ciento de los cristianos de esta zona quieren marcharse cuanto antes.

A comienzos del siglo XX, en el momento en el que se derrumbó el Imperio Otomano, los cristianos en Tierra Santa representaban en torno al 11 por ciento de la población. En este momento no llegan al 2 por ciento. El descenso más significativo se produjo entre 1948-1949, en el momento en el que se creó el Estado de Israel. Fue entonces cuando descendió del 8 al 2,3 por ciento. La construcción del Muro a partir de 2002 ha acelerado las salidas al extranjero. Las condiciones laborales se han complicado y el acceso a las celebraciones en Jerusalén es cada vez más difícil. No solo se producen salidas desde Cisjordania, en los últimos años se han marchado de Gaza el 40 por ciento de los pocos cristianos que había en la franja.

La vida no es fácil para los cristianos en los territorios ocupados ni en Israel. La polémica fiscal de las autoridades de Jerusalén y del Gobierno de Netanyahu con las iglesias durante los últimos meses ha sido emblemática. El Gobierno inició la tramitación de un controvertido proyecto de ley por el que se iba a permitir al Estado expropiar las tierras cedidas o vendidas a partir de 2010 por las iglesias a entidades privadas. El ayuntamiento de la ciudad reclamaba, por su parte, 150 millones de euros por unos impuestos que los lugares sagrados no habían pagado nunca. Se dio un paso atrás, pero quedó la amenaza. La red de escuelas que los cristianos mantienen en el conjunto del país cada vez cuenta con menos ayudas.

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Tierra Santa, tierra hostil para cristianos

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Al amanecer, cantos

Fernando de Haro

Es un pánico moral, sin base en la realidad. Alimentado por los fantasmas, por las frustraciones, por un enfado con un mundo insatisfactorio, por la búsqueda de un chivo expiatorio en el que descargar los (supuestos) agravios sufridos. El Viejo Continente se agita estos días dividido ante el nuevo y previsible fracaso del Consejo Europeo del jueves y del viernes próximo. Seis meses después de que fuera imposible un acuerdo sobre la política de asilo e inmigración, nada ha avanzado, salvo la histeria. Este domingo Juncker convocó cumbre informal en Bruselas y el Consejo ha hecho circular la propuesta de las “plataformas” en África, una especie de placebo para alejar el pánico. Mano dura para una amenaza más pensada que real. A lo mejor esta Europa del miedo aprende algo si escucha qué se dice, cómo se ve la realidad, cómo se reza en algunos de los barcos de subsaharianos.

La crisis política provocada por la inmigración se produce en un momento de descenso del flujo de personas. La OCDE hacía públicas hace unos días las cifras de llegadas a los 37 países de esta organización. Por primera vez desde 2011, han disminuido un 5 por ciento. Alemania, que es en gran medida el epicentro del terremoto, vio cómo en 2017 las peticiones de asilo se reducían de forma drástica (un 44 por ciento). El impacto en la población laboral de los refugiados que nos han llegado al mundo desarrollado, según la OCDE, será de menos del 1 por ciento.

Durante los cinco primeros meses del año, según la OIM (Organización Internacional de las Migraciones), han llegado a través del Mediterráneo algo más de 40.000 inmigrantes, el año pasado en el mismo período lo habían hecho 80.000 y en 2015 fueron 215.000. Salvini ha desatado la crisis cuando las estadísticas son contundentes. Según Frontex, en los cuatro primeros meses del año las llegadas a Italia se han reducido un 60 por ciento, después de que en 2017 se hubieran reducido ya un 60 por ciento respecto a 2016. En España se han triplicado, pero según los últimos datos del CIS, la inmigración solo representa un problema para el 6 por ciento de los ciudadanos. No hay una relación directa entre la preocupación de la opinión pública, la reacción de los políticos y los hechos.

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Al amanecer, cantos

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Un miedo a los inmigrantes que nos retrata

Fernando de Haro

La flotilla del Aquarius ha recalado en Valencia después de que el Gobierno del socialista Pedro Sánchez aceptara dar puerto seguro a los 630 inmigrantes sacados del mar. Mientras los barcos se acercaban a la ciudad levantina, en las horas previas a su llegada, cerca de 1.000 subsaharianos eran rescatados en las costas andaluzas. En el sur de España, desde hace algunos meses, hay un Aquarius cada poco tiempo. Hasta el pasado mes de mayo las llegadas se habían duplicado respecto al año pasado. Según algunas estimaciones habían llegado 8.300 inmigrantes en cinco meses. La primera obligación es sacar del agua a los que están a punto de fenecer. Garantizar unas fronteras seguras no significa ni mucho menos dejar morir a nadie. Si Europa dejara de ser Europa, si Europa dejara de proteger efectivamente la dignidad de cualquier persona, no sería ese paraíso al que muchos quieren saltar.

La ruta que antes llevaba a Italia hora encamina a España. El número de inmigrantes a costas italianas en lo que va de 2018 ha disminuido un 80 por ciento. En los últimos meses las llegadas se han reducido considerablemente tras el más que dudoso acuerdo al que llegó la Unión Europea con Libia para cerrar “la vía italiana”. Los países del sur están armados de razones para quejarse de la falta de apoyo y de ayuda que reciben de sus socios de la Unión. Lo dijeron en la cumbre celebrada el pasado mes de enero en Roma. Lo han repetido en su encuentro de las últimas horas el francés Macron y el italiano De Ponte: esto es cosa de todos. Eso no significa ni mucho menos que esté justificado lo que ha hecho Salvini, el líder de la Liga Norte, y el verdadero hombre fuerte de Italia: dejó a la deriva al Aquarius para dar un golpe en la mesa. Los 630 del Aquarius no podían ni debían haber sido utilizados como herramienta política.

La crisis migratoria es algo muy serio. Pero no son los refugiados y los migrantes económicos los que nos han puesto en crisis, ellos simplemente reflejan la crisis política, cultural y existencial que vive Europa. Si Europa estuviera unida y compartiera un proyecto tendríamos recursos institucionales para dar respuestas al reto migratorio con más inteligencia y con más eficacia. La solución no es fácil pero otra Europa podría convertir este desafío en una oportunidad.

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Un miedo a los inmigrantes que nos retrata

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Tierra baldía para millennials

Fernando de Haro, Londres

A crowd flowed over London Bridge, so many (sobre el Puente de Londres la multitud fluía). No es el Puente de Londres, sino Hyde Park. Y tampoco exactamente una multitud, pero sí muchos millennials, universitarios con mochila a las espaldas, auriculares en los odios, solitarios. Todos encaminándose hacia una de las más importantes universidades de Londres. Ciudad irreal, esta vez bajo la luz de una mañana que no acaba de arrancar. Como en el gran poema de Thomas, otra vez, cada cual lleva la vista fija ante sus pies (And each man fixed his eyes before his feet). Vienen muchos de ellos de residencias o pisos compartidos en los que no han hablado durante días con nadie, si acaso unas palabras de cortesía muy británica que distancian aún más.

Algunos de estos estudiantes se forman en las mejores universidades del mundo, las de Londres compiten abiertamente con las top de los Estados Unidos. Aprenden con los mejores profesores, con los mejores investigadores, cuentan con la mejor tecnología, con clases grabadas, con seminarios abiertos, con excepcionales bibliotecas y laboratorios… el máximo de lo deseable.

Esta mirada fija ante sus pies esconde un secreto doloroso. En el reino de la soledad, en Londres, los millennials son los más solos. La Oficina Nacional de Estadística hacía público hace unas semanas el informe Loneliness - What characteristics and circumstances are associated with feeling lonely? Según ese trabajo, los “jóvenes adultos” con edades comprendidas entre los 16 y los 24 años se sienten más solos que la gente de mayor edad. Investigación que se complementa con otra realizada por la Universidad de Cambridge (Lonely young adults in modern Britain: findings from an epidemiological cohort study) en la que se concluye que un 7 por ciento de los nacidos entre 1994 y 1995 se sienten a menudo solos. A un porcentaje comprendido entre el 23 y el 31 por ciento no les resulta extraño sentirse aislados o faltos de acompañamiento.

Antes de entrar en clase, o en la biblioteca, se puede desayunar en cualquiera de los supermercados de camino al campus. Londres, que hasta hace unos años era la ciudad en la que no se podía comer dignamente sin gastar una fortuna, cuenta ahora con un supermercado en cada esquina. Ensaladas para uno, platos preparados para uno, alimentos orgánicos para uno, la fórmula es económica, saludable, por poco más de tres libras el almuerzo o la cena están solucionados. No hay que preocuparse por cocinar. Está socialmente aceptado comer a todas horas, comer incluso en clase mientras el profesor imparte sus lecciones. No es necesario socializar para alimentarse. En realidad, sentarse a la mesa va camino de convertirse en una costumbre del pasado.

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No nos meteremos en trinchera alguna

Fernando de Haro

Imprevisible, inédito, desconcertante… se acaban los adjetivos para describir el cambio de Gobierno que se ha producido en España en el plazo de diez días. El inesperado giro ha sido descrito hasta la saciedad. Rajoy tenía el terreno despejado para acabar la legislatura con el apoyo del nacionalismo vasco a los presupuestos de 2018. Casi se había olvidado de que había en el Congreso una mayoría suficiente para firmar su despido. Bastaba con un cambio de los vascos, que es lo que se ha producido. Y a partir de ese momento han empezado a llegar los estrenos: la primera moción de censura que triunfa desde la vuelta de la democracia, la primera ocasión en que el régimen parlamentario pone al frente del Ejecutivo a un partido que no ha ganado las elecciones, la primera vez que los socialistas gobiernan con el apoyo de independentistas…

El PP culpa de lo sucedido a quien hasta hace unos días era su socio: Ciudadanos. A partir de la primera sentencia del caso Gürtel, en la que se acredita la financiación ilegal del centroderecha, los naranjas están convencidos de que provocar unas elecciones y ganarlas iba a ser lo mismo. Los casos de corrupción, sobre todo de la época Aznar, pero no solo, minan el prestigio de la marca PP. El partido mantiene un suelo importante en intención de voto, pero los pronósticos de las encuestas hablan de batacazo. Rajoy parece no enterarse de que el ciclo político de su partido se está agotando a velocidad de vértigo. No renueva los cuadros, no ofrece un proyecto de sucesión, sigue rodeado de un equipo de altos funcionarios que están cada vez más desconectados de la vida social. Se empeña en repetir que los casos de corrupción son cosa del pasado, que la economía va bien, insiste en las hazañas realizadas en la época de la crisis. Su estrategia es resistir. El famoso “síndrome de La Moncloa”, el que se apodera de todos los presidentes en su última fase de mandato, hace presa en él. La tarde en la que se certifica su pérdida del poder se queda encerrado en un restaurante sin acudir al Congreso. Se niega a presentar la dimisión que le hubiera permitido ganar algunos días e intentar una nueva alianza para convocar elecciones.

La moción de censura de Sánchez no ha hecho más que precipitar de forma abrupta y con la peor de las soluciones el fin del segundo periodo de Gobierno del PP (iniciado hace siete años). Es la peor de las soluciones porque los socialistas tienen solo 84 de 350 diputados, no pueden prácticamente tomar ninguna decisión relevante y han llegado al poder aupados por nacionalistas, populistas de izquierdas e independentistas catalanes. No habrá estabilidad y cada uno de esos grupos reclamará alguna compensación que será especialmente negativa en el caso de los promotores de la independencia. El proyecto de sedición tomará más fuerza con un Gobierno débil. Rajoy no había acometido las necesarias reformas (educación, impuestos, financiación autonómica, etc). No tenía apoyos necesarios ni voluntad política. Tampoco había aportado soluciones políticas al conflicto catalán, casi todo se lo había dejado a los jueces. Ahora habrá menos reformas, y más política con Cataluña, pero no necesariamente buena.

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No nos meteremos en trinchera alguna

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El sur ya no es el sur

Fernando de Haro

El Mediterráneo se ha estrechado. Los vecinos del sur de Europa han quedado más cerca después de lo sucedido en los últimos días. Italia ya tiene primer ministro para ejecutar un programa de Gobierno de imposible cumplimiento con dos formaciones antieuropeas, muy disconformes con el modo en el que se ha concebido la democracia en el Viejo Continente desde la II Guerra Mundial. España, aunque no lo reconozcan buena parte de sus líderes ni de la opinión pública, se encamina hacia algo similar.

La moción de censura planteada por los socialistas para echar a Rajoy en plena crisis catalana y la incapacidad de Rajoy para reconocer el daño de la corrupción son signos de una descomposición con unas raíces antropológicas que nadie parece querer ver. Los presupuestos sobre los que se asentaban las dos democracias se diluyen.

Los puntos de partida son bien diferentes, pero tienden a converger. Italia es fundadora de la Unión Europea. España llegó muy tarde, en una ampliación de mediados de los años 80, junto con Portugal. Los dos países salían de sendas dictaduras. Italia dejó atrás sus partidos de postguerra tras la crisis de mediados de los 90 y el surgimiento de la II República. El resultado de las últimas elecciones ha pulverizado lo que todavía podía quedar en pie del viejo orden.

España mantiene, en apariencia, a los partidos protagonistas de la vida pública surgidos desde la transición (con excepción de la UCD). Pero quizás ya solo estemos ante un juego de espejos.

El gran PSOE que gobernó en la inmediata post-transición ya no existe. Con la moción de censura del pasado viernes se ha empeñado en demostrarlo a las claras. Los socialistas, en otro tiempo partido de Estado, solo cuentan ya con 86 diputados y con esas reducidas fuerzas y el apoyo necesario de los partidos independentistas, que quieren quebrar España, pretende echar a Rajoy. La jugada, de una irresponsabilidad mayúscula, pretende justificarse en la “indignidad” de las condenas por corrupción del partido en el Gobierno. Algunos de los galácticos de la época de Aznar han entrado en prisión, se da por probada la financiación irregular, se esperan más condenas…

Y Rajoy, en esta circunstancia, parece empeñado también en que el PP desaparezca. Niega la gravedad de los hechos, no pide perdón con contundencia y no promueve un relevo. Pretende, como pretendió cierta derecha italiana durante años, que en nombre de la estabilidad y del miedo a la izquierda, los que fueran sus votantes se olviden de lo inolvidable: su partido, convertido en una maquinaria alejada de la sociedad, albergó prácticas muy irregulares; algunos de sus líderes, algunos muy señalados, concebían la vida pública como fuente de enriquecimiento. La corrupción, grave por sus efectos, es el síntoma de un mal mayor: la inconsistencia personal de los políticos, la desconexión de las necesidades de la gente.

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El sur ya no es el sur

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El resentimiento que rechazamos

Fernando de Haro

El nombramiento de Quim Torra como nuevo presidente de la Generalitat de Cataluña, a pocos días de que expirara el plazo para la convocatoria de unas nuevas elecciones, supone el inicio de un capítulo inédito en el proceso de secesión. El nuevo capítulo inédito, en un océano de capítulos inéditos, está sin duda marcado por la nula voluntad de Torra de encontrar un punto de entendimiento con el Gobierno. No hay voluntad de encontrar una fórmula posible, de esperar para ampliar las bases de los partidarios de la independencia tal y como reclamaba ERC. Torra aplica la política que marca el expresident Puigdemont desde Berlín. Va a la confrontación directa y elige para su nuevo Gobierno a cuatro exconsejeros que están en prisión o en el exilio, procesados por delito de rebelión.

Pero el capítulo es inédito, sobre todo, porque supone la “verbalización del rencor” por parte de quien tiene la máxima responsabilidad institucional. Torra es conocido por sus tuits y por sus escritos en los que les falta el respeto a los españoles no catalanes. Son ellos, los maleducados, los que solo saben expoliar, los ocupadores desde 1714. Torra verbaliza la culpa situándola en el otro de forma expresa. Incomoda a los defensores de la Constitución del 78 y a muchos independentistas que se ven atrapados en la descalificación.

Es la dinámica que domina buena parte de la vida política del planeta y, aunque con otros tonos, todos la hemos practicado. Es el signo de los tiempos en esta edad de la ira. En Alemania se azuza el odio al inmigrante, al que se le culpa de todos los males; el islamismo radical, en nombre de una tradición que desconoce, se lanza contra el occidente laico del que copia su última estación nihilista; la islamofobia aglutina a los que se sienten olvidados en sociedades desiguales; los nacionalistas proteccionistas del comercio y de una cultura que ya no tiene nada que ver con local se lanzan contra la mundialización… la lista de los fenómenos es muy larga y cada uno de ellos tiene muchas cosas en común.

Lo de Torra tiene precedentes muy clásicos en la historia de Europa. Con mucha menos genialidad intelectual, con menos capacidad de construcción de discurso, el nuevo presidente de la Generalitat alimenta la misma reacción que tuvo parte de la cultura alemana romántica cuando vio avanzar la ideología de la Ilustración francesa. Era necesario, frente al proyecto homologador, que el individuo volviera a sentirse bien en su mundo, rescatar la comunidad tradicional, reencontrar el orgullo frente al otro, huir de la tecnocracia, recuperar el espíritu, consumar la “transferencia de sacralidad”, de modo que los nombres de la fe quedaran vacíos de contenido y ahora exaltaran la nueva patria. Entonces como ahora, la reacción se parece mucho a la acción. Ni la tradición es tradición ya, ni el espíritu pertenece al pueblo ni hay memoria viva. Son construcciones que toman de prestado el contenido y la forma de aquello contra lo que se sublevan.

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El resentimiento que rechazamos

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Sucederá la flor, también al final

Fernando de Haro

Ha llegado estos días a las librerías españolas un librito, “Sucederá la flor” (Pretextos). Pocas páginas en las que el joven poeta Jesús Montiel relata con excelente prosa sus experiencias mientras su hijo es tratado de leucemia. En el hospital, con el sufrimiento de los inocentes en el alma, con la muerte en ocasiones como compañera, Montiel, herido por el hijo enfermo, llorando, escribe que “el dolor se abraza o no se abraza” y confiesa que “el dolor me ha dado el canto”.

Páginas luminosas y silenciosas las de Montiel que llegan mientras en la vida pública aparece la enésima crispación, por el enésimo debate, que lo llena todo de un griterío sordo. Esta vez se trata de la eutanasia. El último de los “nuevos derechos” que no estaba recogido en la legislación española. Se alzan voces encrespadas, casi todas ellas muy diferentes a las que se emplean en los pasillos y en las habitaciones de los hospitales.

Hasta hace poco más de un año el PSOE había rechazado que la eutanasia y el suicidio asistido se convirtieran en derechos. Coincidía con el PP, el partido en el Gobierno, y ese acuerdo básico de las dos formaciones todavía (quizás por poco tiempo) mayoritarias permitió frenar el cambio de legislación propuesto por Podemos. Pero hace unos días los socialistas, con un giro inesperado, han presentado en el Congreso una propuesta que recoge las principales ideas de la formación morada sobre la llamada “muerte digna”. También se ha tomado en consideración una propuesta similar que llega desde el Parlament de Cataluña. El PP sigue en contra, pero está en minoría.

Antes de iniciarse cualquier tipo de diálogo sobre una cuestión tan delicada, ya ha quedado sentenciada para la opinión pública. De un lado están los que, probablemente con un amplio apoyo, entienden que es inconcebible no sacar hasta el final las consecuencias del principio de autodeterminación personal. Consideran inaceptable, una rémora de una cultura religiosa que ensalza el sufrimiento, admitir algún tipo de coto al derecho a decidir sobre la propia existencia. Máxime cuando se trata de decidir sobre el final. Es el último resto de dependencia a una referencia externa que limita la libertad. De otro lado se sostiene que el principio del valor de la persona, desde su nacimiento hasta su último respiro, es innegociable, expresión de su dignidad. Parece no comprenderse que en democracia un principio es innegociable para quien lo es, y para todos si lo determina la Constitución o la mayoría.

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Sucederá la flor, también al final

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Liberación número 1

Fernando de Haro

Hablo con Irene Villa mientras ETA, la última banda terrorista de Europa, anuncia su disolución sin pedir perdón a las víctimas, reivindicando su pasado de sangre. Irene Villa perdió, cuando tenía doce años, las dos piernas. Fue en un atentado de los que, en estos días, al despedirse, justifican su violencia por la represión de la Guerra Civil. Mentira arqueológica.

“Tras al atentado empecé una vida mucho más dramática de lo que había pensado. Mi vida era la de una adolescente feliz. De pronto, empecé a vivir sin piernas -me cuenta Villa-. Decidí perdonar porque quería rehacerme, renacer”.

Escucho a Irene mientras las televisiones emiten una y otra vez el acto montado por el ya disuelto grupo terrorista en Cambo, en el País Vasco francés. Los autodenominados mediadores internacionales dan lectura a la Declaración de Arnaga. Horas antes, Josu Ternera, el que fuera jefe de los terroristas, ha grabado un mensaje para solemnizar el punto final.

La Declaración de Arnaga, como el mensaje de Ternera, falta dolorosamente a la verdad cuando hay más de 850 personas asesinadas. Llama a ETA grupo armado, sigue hablando de “conflicto”, pide solución para los presos y para los fugados de la justicia y le riñe al Gobierno por no haber dialogado con los terroristas.

Aparto la vista del televisor y me agarró, como un náufrago a punto de sucumbir, a la voz firme de Villa. Voz firme y cálida que perdió la adolescencia, pero no la vida y que me rescata de esa ola de suciedad que despierta en mí el mal y el daño que causaron y causan los violentos.

“El hecho de perdonar significa romper el vínculo con la persona que te ha hecho daño -me explica Irene-. Cuando no perdonas a alguien, te mantienes de algún modo vinculado al mal que te ha hecho esa persona. Hay un hilo invisible que te vincula al terrorista para siempre. Lo he visto en mi hermana, que estuvo a punto de quedarse sin hermana y sin madre y que es incapaz de perdonar. He visto en ella más dolor que en mí porque yo perdoné”.

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Enfermos de derecho

Fernando de Haro

España, una parte de España, otra vez en la calle. Esta vez para protestar por la sentencia de Navarra que condena a los cinco responsables de una agresión sexual múltiple, no con el delito de violación sino con el de abuso sexual. Se cuestiona a los jueces y el sistema judicial, aunque la sentencia no es firme. Casi el 90 por ciento de los ciudadanos rechaza el modo en el que se han pronunciado los magistrados. Los políticos del Gobierno y de la oposición prometen, ante la indignación, cambios en el Código Penal, una nueva reforma legislativa, seguramente un endurecimiento de las penas.

La lectura de los hechos probados es difícil de soportar para una sensibilidad sana. Lo más sagrado, lo que sólo debe ser entregado en un libérrimo acto de libertad, la intangibilidad de la persona en su carne, en la carne de una joven, convertido en objeto de presa. La barbarie, el mal. Y ante el mal, más derecho, mejor derecho, leyes más duras, jueces implacables.

Se repite semana tras semana la misma reacción. El sobresalto es continuo. ETA, la banda terrorista que tanto daño ha causado a los españoles, de la que ya no queda nada, va a anunciar su disolución. Antes, para facilitar el acercamiento de sus presos al País Vasco, pide un perdón tramposo a sus víctimas. No deja de reivindicar sus fechorías. El mal, también el mal de quien no se arrepiente. Solución: que los terroristas se pudran en la cárcel. No hay razones jurídicas para impedirles que disfruten de beneficios penitenciarios. Pero que a nadie se le ocurra hablar de ellos.

Y para los responsables de delitos atroces, cárcel de por vida. Si a la izquierda se le ocurre proponer una modificación de la cadena perpetua (revisable), una de las más duras de Europa, en un país con las condenas más largas de Europa, salta el escándalo. Porque la inmensa mayoría de los españoles, ante el mal, ante el conflicto, quieren más dureza.

Y para resolver el conflicto de una mitad de Cataluña que se quiere hacer independiente, en este caso el mal de la fractura, solo Código Penal.

Enfermos de derecho, desarmados ante la iniquidad. Derecha contra izquierda por su “buenismo” jurídico, feministas contra jueces por su machismo al aplicar las leyes, jueces reclamando respeto, políticos con partidos en crisis que buscan más apoyo, periodistas haciendo amarillismo. Violencia creciente. Retrato de una gran perplejidad.

Porque el mal es así, porque fractura. A menos que, por algún milagro extraño, se pueda volver a usar la razón cívica y se pueda empezar a hablar de algo más que de leyes. Las preguntas son sencillas: ¿por qué aumentan los casos en los que una mujer es convertida en objeto de presa?, ¿qué estamos haciendo mal?, ¿en qué falla nuestro sistema educativo? No son preguntas para que los católicos reprochen a los laicos su permisividad, para que los laicos reprochen a los católicos su educación machista, para que la derecha insulte a la izquierda, la izquierda a la derecha, el postfeminismo al feminismo crítico, el feminismo crítico al feminismo clásico y todos a los jueces. Son preguntas para todos y cada uno. ¿Cómo se puede vivir cuando el daño parece irreparable?

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Enfermos de derecho

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La verdadera frontera

Fernando de Haro

Hace ya casi ocho décadas. Corría el año 40. Había acabado la guerra española y comenzaba la tremenda postguerra, la larga postguerra de represión. El Viejo Continente sucumbía al desastre. Fue en ese momento cuando María Zambrano escribió el ensayo “La Agonía de Europa”, que después de tanto tiempo y de tantas historias nos ayuda a comprender qué nos pasa.

“Europa está en decadencia -señala la pensadora española-. Ahora ya no parece necesario el decirlo”. Ante el desastre, “el acumulado rencor se desata, sale a luz sin máscara. Hoy este rencor se junta y extiende con tremendo ímpetu negativo; corroe, deshace, borra, va convirtiendo al mundo en vacío espacio desolado. Priva a los ojos de la hermosura de las apariencias y escamotea astutamente al corazón todo lo que puede amar”. La crisis como resentimiento, como rencor. ¿Pero rencor contra qué, contra quién? ¿Cuál es la promesa incumplida que lo desata? Contra Estados que han dejado de ser soberanos y se han vuelto impotentes, contra mercados que no son perfectos… contra un sistema que no ha funcionado. Porque nos habían educado en el principio de la “razón suficiente”, porque creíamos que si algo sucedía era por unas determinadas causas, porque a cada causa debía seguirle su efecto, y ahora ya no aguantamos más en la jaula. Resentimiento contra la realidad. “Lo terrible del rencor es su esencial apostasía; el que se revuelva siempre, ciego, contra aquello que podría salvarle”, dice Zambrano.

Rencor, tristeza, incomodidad y queja por la libertad, porque la libertad se haya desbocado y desbordado. Rencor y rebelión por una libertad todavía demasiado constreñida. Que los que andan entristecidos por una libertad desbordada o por una liberad insuficiente no están en diferentes bandos, que el bando es el mismo, el de los que creen todavía, cuando el sistema ha colapsado, que pensar bien, en orden, precisar causas y consecuencias de modo ordenado, lo resuelve todo.

En los mismos años en los que escribía Zambrano lo hacía la poetisa uruguaya Idea Vilariño. En un memorable poema sus versos dicen: “Tal vez no era pensar, la fórmula, el secreto, / sino darse y tomar perdida, ingenuamente. / Tal vez no era pensar, la fórmula, el secreto. / Tal vez no era pensar, la fórmula, el secreto, / sino amar y amarse, perdida, ingenuamente, /ingenuamente”.

Quizás la alternativa entre el rencor y la tristeza que produce una jaula siempre demasiado estrecha, y el ver y tomar la hermosura de lo dado sea la que marque la verdadera diferencia. Por supuesto que queremos seguir pensado, pero ¿cómo?, ¿desde dónde?

La diferencia no está entre los defensores de la tradición y los defensores del progreso, entre laicos y religiosos, entre los partidarios de los nuevos derechos y los partidarios de los viejos derechos, entre derecha e izquierda. La cuestión es transversal.

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Chacras para lo humano

Fernando de Haro, Lima

Cerro Esmeralda, en Lima, está a menos de una hora en carro del centro de la ciudad donde se celebra la VIII Conferencia de las Américas. Pero parece que un abismo separa el barrio de Huachipa del Gran Teatro Nacional, en San Borja, donde las calles están bien asfaltadas y limpias. En el Cerro Esmeralda la tierra tiene color arcilla, la arcilla que sirve para hacer ladrillos y que ha dado de comer ya a varias generaciones desde que llegaron los primeros desde el Perú más pobre hasta este asentamiento informal donde han sido tanto o más pobres de lo que lo eran antes. La tierra de Cerro Esmeralda es polvo porque rara vez cae la garua, la lluvia escasa de Lima que moja poco. Y el polvo es duro, como la vida en el cerro. Los jóvenes se juntan pronto, que no se casan. Las chicas se suelen quedar embarazadas antes de los 17 años y se unen a los padres de sus hijos sin que muchas veces haya amor. Las parejas no suelen compartir lo poco que tienen y los hombres a menudo se buscan a otra mujer. Los jóvenes padres trabajan haciendo ladrillos, de taxistas, vendiendo algo en los mercados de la ciudad. No les gusta que las jóvenes madres estén fuera de casa. A menudo hay violencia doméstica y mucho alcohol para acompañar la miseria. Y los niños en Cerro Esmeralda crecen sin afecto. Al volver a casa desde el colegio no hay ni tiempo ni sitio ni ganas para estudiar. Y sin estudiar no hay futuro.

No hay mucho verde en los ojos de los niños de Cerro Esmeralda porque el polvo lo llena todo. Las chacras, los pequeños campos de cultivo que se abastecían del agua del río, se han ido abandonado. La fiebre del ladrillo lo llenó todo, cambió el terreno. El superciclo de las materias primas que, gracias a la explotación de la minería, dejó tasas de crecimiento en Perú del 7% anual provocó una intensa actividad ladrillera en Huachipa. Pero la lluvia de millones que cayó entre 2003 y 2013 en una buena parte de América Latina sorprendió a muchas zonas sin capacidad ni voluntad de diversificar económicamente, sin instituciones democráticas consolidadas, sin buena gobernanza como la llaman ahora. Y se acabó el dinero, ya no hay garua de millones, y muchas cosas han seguido igual en Huachipa.

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Liberación: ninguna pulsión antimoderna

Fernando de Haro

No hay por qué negarlo. Han vuelto las viejas cadenas. Cadenas gastadas, simples. 50 años después de que el deseo de liberación se impusiera como criterio único (68), la fuerza de múltiples poderes se ha incrementado. Un buen ejemplo es la guerra comercial entre Estados Unidos y China, episodio de rancio nacionalismo. Lo extraño es que el fracaso del deseo de liberación sirva para descalificar, como si fueran lo mismo, la aspiración de mayor libertad con los métodos utilizados para conseguirla y los resultados obtenidos. La pulsión antimoderna no distingue.

La insistencia, el tiempo y la energía que se dedican a analizar y denostar los rasgos de la cultura de la post-liberación (género, liquidez, etc.) son inversamente proporcionales a la capacidad de rescatar el deseo de libertad que renace una y otra vez, y de emprender caminos nuevos. La pulsión antimoderna, blandiendo los fracasos de la Ilustración y del 68, quiere rescatar el viejo temor al deseo (la hibris tiene que ser conjurada). Quiere hacernos creer que hay algo de peligroso en convertir la libertad -la crítica subjetiva, la satisfacción, el camino de cada uno- en criterio. El nuevo miedo a la libertad y al sujeto es parte de la crisis, del problema, no de la solución.

Vamos con el ejemplo de la guerra comercial. Si Estados Unidos y China acaban imponiendo aranceles por valor de 50.000 o 100.000 millones de dólares se produciría un desastre. Se rompería el difícil equilibrio que permite un sistema de colaboración entre las dos principales economías del planeta (China exporta al Tío Sam, Estados Unidos financia al Gigante Asiático). Estamos al borde de una gran catástrofe porque buena parte de los estadounidenses y de los chinos están dispuestos a satisfacer su deseo de liberación en el nacionalismo low cost de Trump y de Xi Jinping. Trump sabe que se juega su futuro en las elecciones de noviembre. Por eso, en contra la de élite republicana, está dispuesto a alimentar esa sustitución de las aspiraciones existenciales de buena parte del electorado estadounidense por un buen chivo expiatorio. Los chinos son los culpables de la decadencia porque venden a los americanos lo que antes les han robado, asegura el karma nacionalista. Del otro lado, lo mismo. Los pasos dados por Xi Jinping para consolidarse como el nuevo Mao hubieran sido imposibles sin la exaltación que habla mañana, tarde y noche de un país fuerte, líder mundial. El verdadero rostro del comunismo-capitalismo también es nacionalista. No habría guerra comercial sin manipulación antropológica, si el nuevo poder no ofreciera libertad a cambio de banderas.

Nadie lo niega ya. La Ilustración ha fracasado. Pero como solución, no como aspiración. Porque el deseo de universalidad es inextirpable. Y porque la laicidad, una vez que entró en la historia, se ha mostrado más conveniente que todas las teologías políticas que confunden Iglesia-Estado. El siglo XXI de momento está siendo un siglo muy religioso y las teologías políticas de la confusión han vuelto con fuerza.

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Cataluña: política contra la vida

Fernando de Haro

Cien días después de las elecciones celebradas en Cataluña, cuando no parecía posible que la situación política pudiera empeorar, la crisis institucional y la herida social se han ahondado. Quizás lo peor de todo es que se insiste en “soluciones” imposibles que dan la espalda al sentir de la mayoría de los catalanes, que no haya reencuentro en el horizonte, ni vía por explorar.

Ciudadanos, el partido que ganó los comicios de Navidad, renunció a gobernar la misma noche electoral. No puede conseguir una mayoría suficiente. Los que sí podrían tener una mayoría suficiente, los partidos que defienden la independencia, no han conseguido una investidura. Han propuesto un candidato imposible, que había huido del país para evitar a los jueces, y un candidato en prisión. El único candidato válido durante algunas horas, el único que efectivamente se votó, no consiguió un apoyo suficiente de los partidarios de la secesión. El independentismo no forma un bloque tan monolítico como parece.

La detención en Alemania del expresident Puigdemont, promotor de la vía unilateral de la independencia, ha cerrado el “paréntesis” de sus cinco meses en Bélgica. Un paréntesis que le permitió esquivar la eurorden en la que se solicitaba su detención por haber cometido un presunto delito de rebelión. Salvo sorpresa, las autoridades judiciales alemanas los entregarán a España. Durante este tiempo Puigdemont ha sido, desde el exterior, el líder único del independentismo, el que ha bloqueado cualquier Gobierno para Cataluña que aplazara o “pospusiera” la república independiente. Está por ver si en sus nuevas condiciones puede ejercer ese liderazgo.

Aquella media Cataluña (47,4 por ciento de los votos y dos millones de electores) que votó a favor de las fuerzas independentistas no ha tenido ni secesión ni un diálogo bilateral para encontrar una “solución política”. Era lo que se le prometía. El Gobierno de Rajoy se ha limitado a seguir aplicando, con un perfil bajo, el artículo 155 de la Constitución para mantener intervenido el Gobierno autonómico.

En lugar de la independencia o de una negociación bilateral hay un auto del juez del Tribunal Supremo Pablo Llarena, en el que se procesa a 25 líderes del independentismo, de los que nueve (diez con Puigdemont) permanecerán en prisión hasta la celebración del juicio. El auto del juez argumenta que los promotores de la secesión son responsables de actos violentos. Es lógico que haya sensación de frustración entre quien participó en octubre en la consulta no autorizada. No ha habido fiesta alguna, como se les prometió, ni tampoco revolución pacífica.

La actividad parlamentaria inexistente de una cámara de momento bloqueada y la renuncia a formar un Gobierno posible, que no tenga el visto bueno de Puigdemont, convertirán las decisiones judiciales y el debate jurídico en torno a la responsabilidad de la violencia en los protagonistas absolutos de las próximas semanas.

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Cataluña: política contra la vida

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Caso Facebook: no eres una mercancía

Fernando de Haro

Caso Facebook & Cambridge Analytica. Queda confirmado lo que todos imaginábamos. La red que creó Mark Zuckerberg, al abandonar hace 13 años Harvard, no es solo un instrumento de socialización virtual. También es una potente arma de poder, con un número inmenso de datos a su disposición que permite segmentar la información y crear una pseudoinformación, entrando en el yo más íntimo, en las relaciones de “amistad”.

Tanto es el poder acumulado por la red social que el caso destapado, el uso de datos personales de 50 millones de usuarios para la campaña de Trump, invita a repensar a qué retos se enfrenta el derecho a la intimidad, el derecho a la información y la participación política. Los principios del Estado liberal puestos patas arriba. El caso invita, sobre todo, a recuperar la intangibilidad del yo.

En Facebook no hay intimidad. Como en ninguna de las redes sociales. Toda la gran presa jurídica, construida durante años para poner a salvo los datos de los usuarios, se ha venido abajo. Las excusas de Zuckerberg y sus promesas de hacer más visibles y explícitos los consentimientos de las aplicaciones que manejan información personal han sido absolutamente inverosímiles. Todos sabemos que, de momento, no hay barreras. El reto para el futuro es inmenso. Los algoritmos de la Inteligencia Artificial trabajan incansablemente para sacar conclusiones de nuestra huella digital, huella grande como la vida.

Washington, Bruselas y Londres han exigido la comparecencia del fundador de Facebook en sus parlamentos. Habrá buenas palabras, pero de momento, pocas soluciones. Las prácticas de las redes sociales, no solo la filtración de datos, son un asunto político de primera magnitud. Una cuestión que pone de manifiesto cómo nuestras democracias no pueden concebirse solo como una relación vertical entre el Estado y el individuo. Nuestra democracia no es solo un sistema que gestiona bien la circulación de ciudadanos aislados y que ordena los derechos subjetivos de mónadas.

La democracia es mucho más: un ecosistema de relaciones en el que sus protagonistas conversan, debate y discuten sobre los retos que afrontan juntos. Los derechos de información, de reunión, las libertades cívicas no solo son esenciales en su dimensión personal o individual, lo son también porque al ejercitarlas se hace posible la formación de la opinión pública y de la voluntad común. Esta es la primera ambigüedad de las redes sociales: pueden contribuir a una segmentación de la realidad mucho mayor que la de los medios tradicionales. En la prensa, en la radio y la televisión clásicas hay siempre un sesgo ideológico, pero es más difícil que el sesgo sea tan absoluto que los hechos desaparezcan. En las redes sociales se acrecienta la tendencia a atrincherarnos en la tribu de los “amigos” sin que haya límite. El lector ya no busca información. Es la información, en muchos caos la desinformación, la que busca al miembro de la secta.

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Caso Facebook: no eres una mercancía

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Como en Praga hace 50 años

Fernando de Haro

Esta semana se cumplen 50 años de un momento decisivo de la llamada Primavera de Praga. No hubo solo un 68, y el de Praga está algo olvidado. A diferencia del francés, alemán, japonés, estadounidense, italiano o español, el checoslovaco se levantó contra el poder soviético. El 22 de marzo de 1968, Antonin Novotný perdía la presidencia del país, ya en enero había sido sustituido por Alexander Dubcek al frente de la secretaría general del Partido Comunista. A partir del mes de abril, Dubcek puso en marcha el socialismo de rostro humano que incluía un aumento de la libertad de prensa, la libertad de expresión y de circulación.

Los cambios se producían en un contexto cultural en el que iniciativas como el Club de Escritores Independientes, liderado por Václac Havel, rechazaban lo que luego llamaría “la vida en la mentira”. En agosto de ese año, el sueño de un socialismo abierto era aplastado por la invasión soviética. Havel, en los primeros momentos de la intervención se traslada a Liberec, una ciudad al norte de Praga, y desde una radio todavía libre realiza durante varios días una serie de transmisiones en las que llama a la resistencia. Los llamamientos tienen toda la fuerza de quien sabe que frente a los tanques solo tiene la fuerza de la conciencia, del sujeto. Estamos viviendo una “ocupación inusual (…) pistolas y tanques tienen menos poder que las ideas y las fuerzas éticas de lo humano”, apunta. Y añade: “nuestras armas son más efectivas que sus armas. Y lo que digo no es una exageración. Tenemos nuestra unidad espontánea, nuestra determinación de no renunciar a nuestra visión patriótica y a nuestros ideales morales (…) Dejemos a la inteligencia triunfar sobre la brutalidad, la humanidad sobre la inhumanidad, la solidaridad sobre las órdenes militares, la disciplina de la conciencia sobre la disciplina de las armas”.

En un país bajo el gran poderío militar soviético del momento, emociona imaginarse a Havel, perseguido, afirmar a través de un micrófono la superioridad de la conciencia frente al poder. La Primavera de Praga quizá sea lo mejor del 68. Y lo mejor del 68, con todas sus limitaciones, es su voluntad de afirmar la conciencia como deseo de libertad y de plenitud.

Ahora que se acerca el 50 aniversario del movimiento del que ha surgido buena parte de nuestro mundo de referencia, conviene recordar que no fue solo un fenómeno francés. Y conviene que ni los moralistas ni los optimistas ingenuos reduzcan el valor de la fecha.

Háganse todas las críticas necesarias, señálense todas las limitaciones del 68, por ejemplo, su destructiva relación con la tradición o sus muchas desviaciones. Pero que los moralistas no silencien el deseo de autenticidad, el deseo de “vida en la verdad” que lo animó. Vuelve a ser sofocante, como entonces, el miedo al deseo, la necesidad de adjetivarlo, de encauzarlo. A la cultura laica y al cristianismo moralista les falta esa confianza última en la naturaleza humana que proviene de la mejor tradición católica. El deseo, cualquier deseo, es siempre una expresión religiosa.

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Como en Praga hace 50 años

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Mao, imperialista y digital, ha vuelto

Fernando de Haro

La semana pasada ha habido muchos nervios en Beijing. Se celebraba la anual Asamblea del Pueblo, el parlamento de pega de la dictadura china, con la agenda más importante de los últimos años. Una agenda que, en cierto modo, supone revertir la apertura iniciada por Deng Xiaoping en 1978. Xi Jinping, el actual presidente, temía que las reformas constitucionales que sometía a los 3.000 delegados venidos de todo el país no salieran adelante con la unanimidad habitual. Los controles de siempre en la plaza de Tiananmen redoblados, todos los vecinos de la ciudad advertidos de su deber de dar un chivatazo en cuanto detectaran algo extraño.

En las calles de la capital china los miles de voluntarios del partido desplegados para acompañar las sesiones, uno en cada esquina, eran ajenos a la inquietud de Xi Jinping. Los chinos de a pie no saben lo que sucede en su país. Solo pueden consumir propaganda, el acceso a internet está severamente restringido. Pero los eficacísimos servicios de inteligencia artificial de los que dispone el Gobierno han estado rastreando con especial atención cualquier expresión de disidencia.

Xi Jinping ha conseguido su propósito. El domingo obtuvo con holgura los votos para introducir dos reformas constitucionales que acaban con la apertura iniciada hace 40 años. Se suprime la limitación de mandatos y se le otorga al partido un nuevo protagonismo “en todos los sectores de la política”.

Se consagra así la entronización de Xi como nuevo emperador que puede prolongar su presidencia diez años, quién sabe si quince o más. La reforma constitucional supone un paso más sobre lo aprobado en octubre del año pasado. El partido, previsiblemente, dará una vuelta de tuerca al control de las empresas, las organizaciones sociales, las empresas extranjeras, las iglesias…

Xi recupera la tradición del sanweiyiti (tres cargos en una sola persona) con el control del partido, del país y de los asuntos militares. El que puede ser el nuevo Mao, en contra de lo que ya era habitual, no introdujo en el 19 Congreso a nadie de la sexta generación de líderes (nacida entre 1950 y 1960) dentro del Comité Permanente del Politburó. Hubiera sido el camino lógico para ir preparando una sucesión de la que XI no quiere oír hablar. Todos los órganos del partido están en manos de su gente.

La tecnología viene en ayuda de este proyecto en el que el totalitarismo se refuerza. La IV Revolución Industrial en China ya es un hecho. Y aquí los algoritmos trabajan para conferir un poder a Xi que no tuvieron nunca sus predecesores. Mientras Estados Unidos reduce sus inversiones en este sector, el Gigante Rojo las amplía. Y no solo con intereses empresariales. El Gran Hermano se ha hecho realidad. Todo chino que necesite comprar (cada vez se paga menos con dinero), pedir un taxi, comunicarse con un amigo, o saber cómo llegar a algún sitio tiene que recurrir a la aplicación We Chat, controlada por el poder. Durante la pasada semana he tenido ocasión de comprobar cómo esa aplicación era utilizada para rastrear cualquier forma de crítica, contacto con el extranjero, cualquier movimiento no deseado. La policía dispone en minutos de cualquiera de sus mensajes. Y Beijing es un gran plató, en cada rincón una cámara te vigila. Es literalmente imposible moverse sin ser detectado.

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Mao, imperialista y digital, ha vuelto

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Alegría en casa de Zhu

Fernando de Haro, Shanghai

La nueva regulación del presidente Xi JingPing, que ha entrado en vigor a comienzos de febrero, quiere “chinizar” de forma definitiva las religiones, especialmente el cristianismo. El proyecto es viejo, al menos tan viejo como la llegada al poder de Mao al final de los años 40. Parece que esta vez va a costar menos sangre y que no va a impidir que las pocas cosas importantes se transmitan. Se ve bien en la casa de Zhu Lan, un apartamento de 45 metros cuadrados en el que vive con su marido, su madre y su hijo. Nada que ver con los inmensos rascacielos construidos en el Bund, ni con las calles comerciales donde un lujo desmedido pasea en Ferraris y los escaparates contienen moda y joyas más caras de las que se encuentran en Londres o en París. La casa de Zhu Lan está en un bloque construido en los años 70, a pocos kilómetros del centro financiero, con ventanas que cierran mal, con balcones llenas de ropa tendida y consignas del partido por todas las esquinas que explican cómo hay que comportarse para “el bien de todos”. Son las mismas consignas que, impresas en grandes letras, cuelgan de algunos edificios y que nadie lee.

Zhu Lan, 50 años, escucha música mientras cocina. En el comedor, diminuto, su madre, de 80 años, reza el rosario. La madre de Zhu Lan, Xu Feng Ying, no habla mandarín, solo la lengua de Shanghai, peina canas nobles y cuando sonríe, lo que hace a menudo, se le ven unos dientes grandes. Recuerda muy bien “los tiempos oscuros” que sucedieron a la llegada al poder de Mao. No es muy explícita para referirse a esos años que provocaron el arresto del entonces cardenal de la ciudad, Ignacio Gong Pinmei, muchos mártires y 70 millones de muertos. Ella trabajaba en un taller de costura porque su familia era pobre, “aunque ya entonces procedíamos de siete generaciones de cristianos”. Las cosas fueron a peor cuando llegó la revolución cultural, a mediados de los años 60, cuando nació su hija Zhu Lan, cuando las iglesias fueron asaltadas y cerradas a cal y canto. Le duele no haber podido educar a su hija en la fe.

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Un nuevo derecho de gentes

Fernando de Haro

La Peste, la nueva serie de Movistar que ha hecho furor en las últimas semanas, ha reabierto el debate en torno a la América española. Un debate en realidad nunca cerrado desde mediados del XVIII, cuando los criollos se hicieron nacionalistas. Las Indias, a las que muchos quieren partir, son ahora miradas, desde esta orilla, desde la Sevilla del XVI.

El guion no se libra de los tópicos de una leyenda negra, tópicos repetidos una y mil veces. La ventaja es que en esta ocasión hay quien denuncia esa leyenda y quien recuerda que la España del XVI fue en muchos aspectos casi ejemplar y muy cuidadosa con los derechos de los indios.

La ocasión es un buen pretexto para recordar algunos de los argumentos que utilizaba el Cardenal Cayetano, apenas 20 años después de la llegada de Colón a La Española (República Dominicana y Haití). El rey Fernando el Católico había solicitado a Cayetano, superior de los dominicos, que le enviara frailes para predicar. Esos frailes, con una independencia ejemplar, empezaron a denunciar los abusos. Los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, ya habían prohibido la esclavitud y determinado que los indios fueran “bien y justamente tratados”.

Comienza entonces uno de los debates jurídicos y filosóficos más apasionante de la modernidad recién inaugurada. Cayetano, para defender la soberanía de los indios, distingue el derecho de gentes, derecho derivado de la naturaleza, y el derecho divino, derecho de los que son fieles. Y en una página memorable señala que “no pertenece a la Iglesia castigar la infidelidad de los paganos que nunca abrazaron la fe, según aquello del Apóstol: ¿qué me toca a mí juzgar de las cosas de fuera?”. El hecho de que los indios no sean cristianos no les priva de la soberanía y del dominio, “pues el dominio proviene del derecho de gentes que es derecho humano”.

Estos frailes españoles del XVI que defendieron el derecho de los indios, el derecho de los “infieles”, no tenían precisamente ante sí prácticas que los teóricos del derecho natural consideraron después, en un ejercicio evidente de exageración, conquistas a las que la sola razón puede llegar con sus fuerzas. Los indios eran politeístas y animistas, algunos de ellos llevaban a cabo sacrificios humanos, practicaban la antropofagia y la poligamia. No estaban precisamente cerca de un estado natural como el descrito por Rousseau siglos después. Tampoco andaban cerca de aquellas costumbres que luego se consideraron lógicas conquistas de la evolución moral. Ante estos indios reales, ante estos infieles, es ante los que Cayetano recuerda las palabras de San Pablo: ¡qué me toca a mí juzgar de las cosas de fuera!”.

A veces, escuchando algunos análisis escandalizados sobre la desaparición de ciertas evidencias en la sociedad del siglo XXI (diferencia entre los sexos, estabilidad en las relaciones, intangibilidad de la maternidad, dignidad de los inmigrantes), se echa en falta el sano realismo del siglo XVI. Cayetano y muchos otros sabían bien que hay algunas cosas que solo el derecho divino (el cristianismo) hace posible. Es inútil y contraproducente pretender que estén recogidas en el derecho de gentes. Aquellos frailes sabían que esas pocas cosas esenciales solo pueden recuperarse a través de la libertad.

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Re/Irrelevancia política

Fernando de Haro

Paradoja. La globalización está acabando con el concepto y la experiencia de soberanía nacional tal y como la conocíamos desde hace tres siglos. Los partidos políticos de la postguerra (Alemania y Francia), los que se crearon con el ciclo de democratización de los años 70 (España y Portugal) y las nuevas formaciones surgidas en los años 90 (Italia) dan síntomas de agotamiento. Y, sin embargo, en la vida social, el ser para/en/con partido, se convierte casi en una obsesión.

Las almas nobles, defensoras de grandes ideales, con una sana vocación histórica, advierten del riesgo de la irrelevancia política si no hay comercio de partido. Histórico y realista comercio de partido: votos por políticas. No ser reconocido por el partido, por alguno de los partidos, no ser en cierto modo “partido” se identifica con la insignificancia social o política y produce ansiedad. Tanto es así que los movimientos que han nacido en los últimos años con la pretensión de renovar la vida pública (15M en España, 5 Stelle en Italia), o de protestar por la política migratoria (populismos varios) han adoptado inmediatamente la estructura y las prácticas de las antiguas formaciones.

Los viejos y nuevos partidos consiguen, en un momento de evidente declive, su máximo poder. Solo existes, solo eres alguien si eres capaz de que los partidos incluyan en algún rincón de su agenda aquellas cosas bonitas en las que crees o que has levantado con tu esfuerzo y sacrificio. La libertad depende de que haya un político que defienda “lo nuestro”. Y “lo nuestro”, de este modo, deja de ser lo nuestro para transformarse en el hueco que hemos conseguido abrir en la agenda de un partido. Sin abrir un espacio político, entendido tal y como lo entienden los partidos, creemos no tener tiempo, no ser. Es el más alto grado de partitocracia y probablemente una de las consecuencias de entender la política como simple mediadora entre intereses privados.

La evolución de los partidos en los últimos años en buena parte de los países de Europa ha provocado que su base popular, su relación con la sociedad civil, sea cada vez menos relevante. El fenómeno ha sido especialmente acusado en España. Ha acabado imponiéndose un tipo de formación que es partido-Estado. Concebida y preparada para captar el mayor número de votos, a través de una mediación mediática, su único fin parece ser el de ocupar el mayor espacio posible de la Administración con la menor implicación social posible. La voluntad de ocupar espacios administrativos se acaba trasladando a la justicia, a las organizaciones colegiales, a la vida universitaria, a las iglesias.

Si la política es una simple mediación y ordenación de los intereses privados, capaces por sí mismos de generar prosperidad, es lógico que se entienda al partido-Estado como el mediador o el conseguidor por excelencia.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

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