Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
17 NOVIEMBRE 2018
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Ojos que ven

Fernando de Haro

Esta semana se presenta en Madrid El Abrazo (Almuzara), el último libro de Mikel Azurmedi. El sociólogo, el profesor de filosofía, uno de los grandes artífices de la resistencia intelectual a ETA, el estudioso de la inmigración, referente en tantas cuestiones del pensamiento y de la poca vida cultural independiente que queda en España, se ha internado ahora en una indagación en la vida de los cristianos de Comunión y Liberación. “Mi indagación sobre estos cristianos tan especiales no ha buscado más que inquirir en el sentido de la vida”, apunta.

Azurmendi comienza su trabajo por una serie de encuentros fortuitos, precipitado de infinitas improbabilidades. En un momento de su vida en el que percibe “que los otros me reclamaban”, el sociólogo emprende un sorprendente camino. Un itinerario marcado por decenas de relaciones personales que mira con una capacidad de penetración portentosa. Buena parte de las grandes cuestiones de la filosofía y de la sociología moderna están presentes en esos ojos que llegan con la genialidad que solo tienen ciertos artistas, con un oído absoluto, al “mundo de la vida” que se hace juicio, posibilidad. Lo fascinante es que todo el aparato crítico que Azurmendi lleva encima no sea fuente de escepticismo ante historias humanas llenas de límites, que no alimente objeciones razonables en un noventa por ciento de sus motivos.

“Yo no he sido jamás ateo, pero desde mi juventud siempre pensé que la cuestión de Dios es insoluble”, confiesa en las primeras páginas. Azurmendi acepta la hipótesis que le llega en uno de sus primeros encuentros: “tú puedes llegar a ser un hombre renovado por tu abrazo con Jesús. Eso es el otro”. Y comienza un recorrido en el que el lector se sorprende por la comparación constante entre lo visto y el que mira. Quizás sea este ejercicio el que hace único el libro. Llega un momento en el que la comparación sorprende al propio sociólogo: “aquí donde me hallo levantando acta de lo que he visto, me detiene la perplejidad de haberme salido de la norma científica”. La exigencia de racionalidad es tan seria que abandona el método “de lógica y no de búsqueda de verdad, solo interesado en mostrar la coherencia interna entre creencias y prácticas”. El conocimiento del objeto es tan importante para Azurmendi que decide superar la regla impuesta por Danièle Hervieu-Léger, regla por la que “en materia de sociología, el investigador debe escapar a la comunión con su objeto”.

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Ojos que ven

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El terremoto exige recimentar

Fernando de Haro, Santiago de Chile

Escribo en un café, a pocos metros de la iglesia de San Francisco. El templo más antiguo de la época colonial (siglo XVI) que queda en pie en el centro de Santiago de Chile. La ciudad ha sufrido múltiples terremotos. El claustro de los franciscanos, convertido en museo, guarda encantadores tesoros de un barroco mestizo, ese barroco que hizo la síntesis entre el catolicismo llegado de España y la cultura del país. La síntesis corre el riesgo de convertirse en una pieza de colección. Horas antes, muy cerca, se ha celebrado frente a la Casa de la Moneda, en la Plaza de la Constitución, una gran concentración de evangélicos. En las grandes pantallas instaladas al efecto se escuchaba a predicadores que hablaban de Dios entre el entusiasmo de los congregados, un Dios sin cultura y sin historia.

Sobre la mesa del café, el diario el Mercurio. En sus páginas la alta actividad sísmica que sacude la vida social, política y eclesial. En la portada un personaje público pide que esta Iglesia muera. No hay en este momento en Chile conversación pública o privada que no se refiera a los abusos. La fiscalía investiga más de 100 casos de líderes eclesiales y el Papa ha reducido al estado laical a dos obispos. El tsunami se ha llevado por delante el prestigio de algunos sacerdotes que protagonizaron la lucha por la libertad en los duros años de la dictadura. Lo hicieron a través de la famosa Vicaría de la Solidaridad. El patrimonio de compromiso ético ha caído como se derrumban los edificios cuando se produce un choque de placas tectónicas. Chile es en este momento el país más secularizado de América Latina, la confianza en la Iglesia católica es del 36 por ciento mientras la media en la región alcanza al 65 por ciento.

Pero en la vida social el suelo tampoco está firme. Uno de los columnistas del Mercurio se sorprende de la violencia escolar, de la paliza de unos estudiantes a un guardia. Y apunta con agudeza que es una trampa, una falsa dicotomía la que parece vivir el país entre los que reclaman un endurecimiento de la ley y los que apuestan por comprender los orígenes de la protesta. Debates muy europeos en el país más europeo de América Latina.

Se extiende el Chile del descontento y la polarización cuando la economía crece al cuatro por ciento, con un Índice Mundial de Fragilidad del 41,2, una referencia similar a la de España, mejor que la de Italia, y con el menor nivel de corrupción de la región. La vuelta al poder de Piñera no ha satisfecho a sus votantes que se quejan de que la última Bachelet abandonó la senda de la concertación y se convirtió en un agente radical. Sus reformas habrían sido una herencia envenenada que Piñera no consigue desactivar. Acusaciones de unos a la izquierda, acusaciones de otros (la derecha más derecha) a Piñera por no ser suficientemente contundente y estar demasiado centrado. A veces da la sensación de que el Chile de la concertación, el que gobernó tras la dictadura, el que supo pivotar entre un centro-derecha y un centro-izquierda muy próximos haya desaparecido.

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El terremoto exige recimentar

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Gesticulación contra la vida

Fernando de Haro

España se ha convertido en el ejemplo claro de un país en el que las élites políticas y mediáticas han construido, artificialmente, una agenda polarizada. Esa agenda pretende colonizar, incluso de un modo subconsciente, el mundo de la vida social que transita por caminos más tranquilos. Se produce el espejismo de que los españoles están enfrentados en posiciones irreconciliables y se tiende a darle poco peso a las experiencias de bien común. La imagen es la de una expansión hacia los extremos, mientras que la vida real transcurre en el centro. Hay razones coyunturales que fomentan la polarización. Pero también somos víctimas de una imagen de democracia que la reduce a la ley y a sus instituciones: no se percibe la mutua dependencia propia de la vida en común.

Sin duda la mayor fuente de polarización es el Gobierno de los socialistas, apoyado en una minoría muy reducida de diputados, que tiene que buscar apoyo en múltiples formaciones también minoritarias. El PSOE, partido que para la inmensa mayoría de sus votantes es un partido de centro (especialmente en Andalucía) o de centro izquierda, como se ha empeñado en gobernar, necesita permanentemente hacer concesiones (la mayoría simbólicas) a partidos que apuestan por la secesión de Cataluña o a Podemos (populismo de izquierda). La consigna es resistir en el Gobierno para recuperar apoyo electoral. Los socialistas no tienen el respaldo necesario para realizar las reformas de calado (educación, competitividad, mercado laboral, pensiones, demografía, etc). Por eso se dedican a cuestiones de alta tensión ideológica (Franco y la memoria histórica) o a lo que quedaba pendiente de los llamados nuevos derechos (eutanasia). Un partido con votantes de centro o centro-izquierda, tradicionalmente defensor de la unidad de España, por oportunismo, se ve escorado hacia las posiciones secesionistas o de la izquierda radical. Sánchez no consigue recuperar el equilibrio después de haberse puesto en una posición inestable.

En la oposición, el centro derecha del PP y el centro liberal de Ciudadanos también gesticulan en exceso, alejados de la sensibilidad de la mayoría de sus bases. El nuevo líder del PP, Pablo Casado, tiene que competir con el Gobierno, con el avance de Ciudadanos y con la herencia tecnocrática de su predecesor Rajoy. Demasiados frentes a la vez. Apuesta, así, por una nueva intervención en Cataluña para suspender al Gobierno autónomo, acusa a Sánchez de golpismo y enfatiza que la política económica lleva al país al desastre.

La economía y el modo de afrontar la situación en Cataluña, cuando se despejan todas las hipérboles, reflejan hasta qué punto los dos partidos mayoritarios juegan en una casilla mucho más similar de lo que parece.

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Gesticulación contra la vida

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Terapia para una democracia

Fernando de Haro

Tarde en una de las mayores residencias psiquiátricas de Madrid. Más de 1.000 internos en tratamiento por enfermedades mentales y por trastornos de conducta. En algunos televisores se puede seguir la ceremonia de los Premios Princesa de Asturias, los prestigiosos galardones que, mientras su hija no crezca, sigue entregando el Rey Felipe VI.

Estamos en tiempo libre. Los internos pasean por la residencia, mientras P, uno de sus especialistas, me explica su mayor desafío: “la mitad de los internos que tenemos en realidad no son enfermos mentales, son jóvenes que sufren un trastorno de conducta. No los podemos curar. Son víctimas de lo que llamamos el ‘mal del capitalismo’, el problema que tienen es de identidad”, me cuenta P.

En las pantallas de televisión aparece Michael J. Sandel. Es el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales de este año, un auténtico filósofo-estrella. Las clases de Sandel en Harvard son un auténtico acontecimiento. Los alumnos pugnan por poder sentarse a escuchar sus clases y los videos que las recogen en YouTube tienen decenas de miles de visitas. Sandel cuenta en Oviedo la historia de Reginaldo, un recogedor de basura casi analfabeto que encontró en un estercolero el diálogo de Platón en el que se relata el juicio a Sócrates. Explica que aprendió a leerlo. Y que discute de su contenido, en su favela, con sus amigos. “Reginaldo y yo –explica Sandel– queremos invitar a los ciudadanos a hacer preguntas difíciles sobre cómo debemos convivir. En un momento en que la democracia se enfrenta a tiempos oscuros, hacer estas preguntas es nuestra mayor esperanza”.

La intervención de Sandel me ha distraído de la larga explicación que me ha hecho P. Soy consciente de que me he perdido algo importante. Quiero que me lo repita. “Entiendo –le digo–. ¿Pero entonces en qué consiste ‘el mal del capitalismo’?”. “No es una cuestión de dinero –me repite pacientemente–. El problema es que estos jóvenes no han tenido una identidad que les viniera dada por sus relaciones, muchos de ellos acusan la falta de la figura del padre, la buscan en mí. Se han fabricado una identidad a su medida que no proviene de relaciones reales”.

Veo a Sandel bajar del estrado con su premio. La obra del este profesor de Harvard ha sido, en buena medida, una respuesta al libro Theory of Justice (1972) de John Rawls. La democracia es algo más que un procedimiento de ciudadanos que eligen libremente, “yoes independientes”, desarraigados, libres de ataduras morales y cívicas. No es posible separar nuestra identidad de ciudadanos de nuestra identidad de personas. Sandel ha defendido que “más allá de los yoes y de los estados soberanos”, la virtud cívica que hace posible la democracia echa raíces en “las memorias y pensamientos, incidentes e identidades que nos sitúan en el mundo y dan su particularidad moral a nuestras vidas”. Esa virtud cívica se ve corrompida cuando las identidades apuntalan fronteras y establecen fronteras insalvables entre los de fuera y de los dentro.

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Terapia para una democracia

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No sin mí

Fernando de Haro

EncuentroMadrid. Conversación infrecuente, de esas que prácticamente no existen en público en España ni en ningún país occidental. Pedro Cuartango, exdirector de El Mundo y columnista de ABC -uno de los periodistas más inteligentes del país- y Julián Carrón en un diálogo intenso, apasionado, sobre lo que no se puede hablar: ¿Dónde está Dios? (título del último libro del presidente de Comunión y Liberación).

Políticamente incorrecto el tema, hubiera sido subversivo en otros tiempos, y también el contenido del diálogo (el mal, el escándalo de la elección, de la racionalidad de la fe). Ninguna concesión de los dos para dar una buena imagen, para mantener el buen tono, para identificar artificialmente puntos comunes. Hay momentos en los que, dentro de una gran cordialidad, saltan chispas. A la española, sin filtros. ¿Qué hace posible una conversación así? ¿Por qué no cae en la languidez propia de muchos foros entre creyentes y no creyentes o en la contraposición ideológica? Porque los dos son personas en búsqueda, porque la fe no es una trinchera que separe dos campos en los que las posiciones estén cerradas. Porque los dos se necesitan.

Cuartango, en el momento más álgido de la conversación, confiesa que le gustaría tener fe: “la gracia es gratuita. Me gustaría creer en la existencia de Dios, mi situación no es una elección, es una condena”. Y Carrón le contesta que se descalza (en señal de respeto) ante este drama y añade que “todos buscamos, el haber encontrado no acaba con la búsqueda, la intensifica”.

Todos los occidentales del siglo XXI, creyentes o no creyentes, somos Cuartango. Todos tenemos frente al Misterio de Dios sus mismas objeciones: el escándalo por el mal y una libertad mal usada, la perplejidad ante el método de la elección. Son las objeciones que afloran en el diálogo y que culminan con una pregunta sobre la naturaleza de la fe por parte del periodista. Ni programándolo el itinerario refleja mejor el camino por el que transita la vida.

Cuartango recuerda sus visitas a Auschwitz y a Sarajevo, los zapatos de los niños masacrados, el genocidio en nombre de la raza y la religión. Y confiesa que, tras preguntarse sobre dónde estaba Dios cuando ocurrían estas cosas, le resulta imposible creer. Carrón sugiere que la pregunta no implica necesariamente la negación de Dios, como se ve en la experiencia del pueblo de Israel. El problema del mal, de hecho, no aparece en el mundo hasta que el más pequeño de los pueblos antiguos, exiliado en Babilonia, no construye el relato del Génesis. Ese relato repite una y otra vez el estribillo: “y todo era bueno”. ¿Por qué queda superado el viejo dualismo que atribuía al mal y al bien la misma entidad? “¿Qué experiencia había tenido el pueblo de Israel para afirmar en la primera página de la Biblia que todo era bueno?”, se pregunta Carrón. “El cristianismo no ha resuelto el problema del mal, lo ha planteado”, añade.

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No sin mí

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Futuro mestizo

Fernando de Haro

España ya ha superado en los últimos meses a Italia en la llegada de inmigrantes irregulares por mar. Durante los nueve primeros meses de 2018 han sido más de 41.000. Cerrada la ruta de Libia y con la política de Salvini (con su negativa a dar puerto seguro a los barcos de rescate), las rutas de los que buscan un paraíso mejor tienen ahora como objetivo Andalucía.

Durante el verano ha crecido significativamente la preocupación de los españoles por la crisis migratoria, según las encuestas más acreditadas ha pasado del 3 por ciento al 11 por ciento. Son porcentajes relevantes pero muy distantes de la media europea (38 por ciento) y de la preocupación que sigue habiendo en Alemania (39 por ciento). Son llamativos estos datos porque la política del Gobierno socialista de Sánchez ha sido durante los últimos meses totalmente errática. Ha pasado de acoger a los que viajaban en un barco de rescate (Aquarius) a rechazarlos en otra operación y a practicar “devoluciones en caliente” (sin respetar los requisitos y los plazos de identificación de los que han llegado) criticadas severamente por Bruselas. El Gobierno de Sánchez tiene desbordados los Centros de Internamiento de Migrantes (CIES), no sabe qué hacer con los menores no acompañados (no pueden ser devueltos) que se han convertido en “niños de la calle” en ciudades como Madrid y Barcelona. Tampoco pone sobre la mesa soluciones para afrontar la tragedia del Mediterráneo (cinco años después de la tragedia de Lampedusa, Vicent Cochelet de ACNUR ha denunciado que “la gente se muere ante la creciente indiferencia”) ni reclama con contundencia en Bruselas una política de apoyo a los países del sur (se suceden los Consejos Europeos sin que la cuestión se aborde con seriedad).

Una gestión nefasta del problema migratorio por parte del Gobierno socialista sería el campo abonado para que la preocupación se hubiera disparado y para que la “inquietud por una invasión” fuera utilizada políticamente. La oposición critica la falta de una estrategia de Sánchez, pero no explota el miedo al extranjero. No puede hacerlo. Las encuestas reflejan que el 70 por ciento de los españoles eran partidarios de dar acogida a los rescatados en el Aquarius. Los partidarios de la acogida en el centroderecha eran el 50 por ciento. No hay, de momento, en España ni movimientos anti-inmigración, ni instrumentalización política. El populismo es de izquierdas y, después de su gran crecimiento inicial, ahora está en un 16 por ciento de intención de voto (propia de un partido neocomunista). La destrucción de ciertas evidencias cívicas, a pesar de la creciente polarización, parece que va más lenta que en otras partes de Europa. Quizás influya el hecho de que España y Portugal sean las democracias más jóvenes del Viejo Continente. En cualquier caso esas certezas sobre el valor del otro pueden disolverse en cualquier momento.

Paradójicamente son los otros los que pueden salvar a España. El invierno demográfico y el envejecimiento de la población son dos problemas muy severos. La tasa de fertilidad está en el 1,3, una de las más bajas en Europa, y se prevé que los españoles y los japoneses sean los que tengan un mayor porcentaje de viejos en 2050.

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Políticos, no intachables

Fernando de Haro

La España de Pedro Sánchez tiene un aire a la España y a la Italia de los años 90, al último Felipe González y a la época de Mane Pulite. No hay que agrandar las similitudes. El Gobierno socialista no está al fin de una larga época de más de diez años en el poder, acosado por una gran fatiga de materiales y por los casos de corrupción. Tampoco hay un sistema judicial que en nombre de la limpieza de la política se extralimite en sus competencias y tenga el objetivo de acabar con un cierto sistema de partidos.

Pero sí arde con intensidad una hoguera nacional en la que presuntas irregularidades cometidas por los miembros del Gobierno –ninguna de ellas constitutiva de delito– quema la actualidad, la vida de los partidos, la opinión publicada. Los medios se lanzan día tras día a rescatar y a detallar la última incorrección cometida en algún momento de su pasado por un ministro o por el presidente (trabajos académicos plagiados, conversaciones con policías corruptos, sociedades para pagar menos impuestos). La oposición exige dimisiones hasta que aparece, a las pocas horas, el siguiente caso. No se hace política ni por parte del Gobierno, que no tiene apoyo parlamentario para hacerla, ni por parte de la oposición que solo alimenta la polarización a la espera de que la caída de Sánchez sea inminente. Como en los años 90, se exige una ética que olvida la principal regla moral en política: el bien del pueblo.

Sánchez arde en su propia hoguera de inalcanzable intachabilidad. Para comprender la situación es necesario recordar cómo el socialista llegó al Gobierno. Lo consiguió con solo 84 diputados (de un total de 350) tras la sentencia del caso Gürtel que daba por probada la financiación ilegal del PP y que condenaba al partido (si bien por un ilícito civil y en dos supuestos pequeños). La sentencia de la primera época de la Gürtel conocida en mayo no es la más dañina para el PP en términos jurídicos. Mucho más demoledores son las posibles tramas que se investigan en Madrid o en Valencia. Pero el PP no supo ver el cambio radical que se ha producido en la opinión pública en los últimos 25 años. Después de una gravísima crisis y del cuestionamiento de las instituciones por parte del populismo, la tolerancia a la corrupción es mínima. Rajoy no quiso verlo, no quiso pedir perdón y el resucitado Aznar sigue negando cualquier irregularidad. La soberbia de un partido que había prestado grandes servicios al país facilitando una alternancia y respondiendo a los desafíos de la crisis (como habían hecho los socialistas durante los 80) le impidió pedir perdón. Le impidió reconocer que a nivel regional los muchos años en el poder (coincidentes con el boom inmobiliario) desarrollaron una cultura en que la financiación irregular y, sobre todo, las comisiones para beneficio particular no eran extraños. Las urnas daban sensación de impunidad.

Como el PP en los 90, con una opinión pública más sensible a la corrupción, Sánchez llegó hace tres meses a la Moncloa montado en el caballo de una regeneración que ahora le patea. No quiso distinguir grados en la corrupción, casos investigados de casos sentenciados. Delitos de cosas feas.

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Políticos, no intachables

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China: una pequeña gran grieta en la esfera

Fernando de Haro

Se equivocan los que critican el acuerdo de Pekín con el Vaticano al estimar que Roma ha cedido demasiado. Es justo lo contrario: una victoria en toda regla en el corazón del nuevo emperador. La China que ha firmado con la Santa Sede un acuerdo para la designación de los obispos es una China abiertamente expansiva. Xi Jinping ha hecho de ella un imperio que no se esconde, ha recuperado el control absoluto del partido y del Gobierno como lo tenía Mao. Y el presidente plenipotenciario ya no oculta sus intenciones de una hegemonía mundial, como sí la ocultaron sus predecesores.

Los errores de Trump con la guerra comercial, su aislacionismo en Asia, el modo en el que ha negociado con Corea del Norte y su enfrentamiento con todos sus posibles socios están allanándole el camino a Xi. La expansión a través del Golfo de Malaca y el control de cabezas de puente como el puerto del Pireo en Grecia están permitiendo hacer realidad una Nueva Ruta de la Seda que llega hasta América Latina. La nueva China por fin ha dejado de ser una potencia solo terrestre, ha realizado su sueño de dominar también los mares.

La expansión exterior está acompañada de un creciente nacionalismo que le da a Xi apoyo popular. Buena parte de la opinión pública china, si es que cabe utilizar esa expresión, se siente orgullosa de los sistemas de control de un Estado que lo filma todo, lo graba todo, lo controla todo con una inteligencia artificial muy potente. El consumo y la posibilidad de hacer dinero se encargan de sumar a lo peor del comunismo lo peor del capitalismo.

¿Cómo es posible que esta China haya firmado un acuerdo con el Papa de Roma (que no tiene legiones ni dinero) para aceptar alguna forma de soberanía externa en la designación de los líderes de la comunidad católica (obispos)? Mucho antes de que el comunismo llegase al país, China se concebía ya como una esfera cerrada. La mentalidad de un Imperio milenario, en la que el marxismo no modifica los resortes más profundos, concibe el poder como algo autosuficiente. La Ciudad Prohibida no es solo el palacio del emperador, en todo el país, en su conjunto está vetado tener referencias externas. El emperador es el principio y el fin. Por eso es tan relevante que, para el nombramiento de obispos, Xi reconozca que hay algo fuera de él. Hay algo fuera de la esfera y se llama Papa de Roma.

El acuerdo con la Santa Sede es provisional. Y Pekín lo incumplirá, lo incumplirá quizás una de cada dos veces, una de cada cuatro. Siempre es así, porque nada en China es lineal, porque nada está sometido al principio de no contradicción. China dirá que el acuerdo sigue vigente y probablemente volverá a designar obispos no autorizados por el Papa. No importa.

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China: una pequeña gran grieta en la esfera

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Diez años de una crisis (de confianza)

Fernando de Haro

Diez años de la quiebra de Lehman Brothers, diez años de estallido de la crisis que cambió definitivamente nuestras vidas. ¿Cuándo se equivocaron las autoridades estadounidenses? ¿Se equivocaron cuando dejaron quebrar a Lehman y no lo rescataron como habían hecho antes con Bear Stearns y harían luego con JP Morgan? ¿Se equivocó George Bush y su equipo al corregir su credo liberal y adoptar una intervención no vista hasta el momento? La discusión no se ha terminado todavía. Se cometió una injusticia porque se utilizó el dinero de todos para rescatar bancos quebrados por la codicia de algunos. ¿Era necesario asumir una gran injusticia, el riesgo moral de acciones canallas (el “envasado” de hipotecas basura), para salvar el bien de todos?

Las preguntas persisten, pero al menos, una década después, hay algunas respuestas. No podemos seguir diciendo con la alegría de los años 90 aquello de que es necesario “menos Estado y más sociedad”. Sobre todo si más sociedad se entiende como más mercado. Difícilmente la burbuja hubiera crecido tanto sin la desregulación del sistema financiero. No le hubiera sido tan fácil a las finanzas de la codicia convertir, a través de la titulización, deudas fallidas en productos de inversión aparentemente convenientes y rentables. No se distinguían de los que estaban relacionados con la economía productiva. El sistema financiero inventó herramientas diabólicas para multiplicar un fraude que las instituciones públicas debían haber detectado y prohibido. Pero la soberanía de los supervisores había desaparecido en un mercado global. Todo ello mientras se teorizaba sobre las falsas virtudes liberales, esas que, por arte de magia, convierten el egoísmo privado en un bien público. Tras la caída de Lehman descubrimos que no había mercados perfectos, capaces de autorregularse y de proporcionarnos una transparencia que nos haga libres. Dejado a su inercia, el mercado es víctima de la codicia y se olvida de que las finanzas deben estar al servicio de la economía real, del trabajo de la gente.

La crisis de hace diez años no fue como la del 29 porque hubo una intervención decidida del Estado a través de la Reserva Federal y del Banco Central Europeo (este último lo hizo tarde porque hasta la llegada de Draghi los europeos estuvimos atenazados por el tabú antiinflacionista de los alemanes). Afortunadamente al frente de la Reserva Federal estaba entonces Bernanke que había estudiado los errores cometidos en el 29 y apostó desde el principio por una política monetaria expansiva de tipos de interés negativos y de compra de activos. Toda la munición disponible y más, inventando nuevos instrumentos, para meter mucha liquidez en el sistema. Era necesario que corriera el dinero. La solución no llegó a Europa hasta que en 2015 el BCE no puso en marcha nuestro programa de Quantitative Easing. Diez años después de esta política de dinero barato estamos experimentado la resaca de tanta expansión monetaria. Desde que Estados Unidos empezó a retirar los estímulos y dejó atrás la política de tipos ultrabajos, los países emergentes han empezado a notarlo. No sabemos lo que pasará en Europa. La guerra comercial, la transición digital y la subida del precio del petróleo plantea nuevas incógnitas.

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Diez años de una crisis (de confianza)

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Ni refugios ni contenciones: gracias cívicas

Fernando de Haro

En este inicio de curso político 2018-19 hay algo que hermana a Italia y a España. Los dos países tienen dos gobiernos que solo van a tomar decisiones en función de unas elecciones generales que no están convocadas pero que no tardarán en llegar. En Italia, Salvini, primer ministro de facto, trabaja para conseguir una futura victoria rotunda de la Liga. Sabiendo utilizar como palanca los temores y las perplejidades de una buena parte de la opinión pública, muta los valores de la república. En España, Sánchez, que debiera ser un socialdemócrata centrista y antipopulista, conducido por sus socios de Podemos, vuelve a alimentar la crispación en cuestiones sociales e impugna de facto el pacto de la transición. En las próximas semanas se van a celebrar los 40 años de la Constitución del 78. Podemos empuja para cuestionar el acuerdo que refundó España tras la dictadura.

En Italia y en España, en este inicio de curso político, se asoman tres tentaciones frente a lo que de verdad cuenta: el avance de una antropología positiva de base que no caiga en la polarización, que abra nuevos espacios sociales y que permita hacer política de otro modo.

La destrucción de los valores de la República en un caso y de los valores de la Constitución en otro puede despertar una “ansiedad por contener” la disolución social. Es una disolución acelerada por gobiernos, de un modo u otro, determinados por el populismo. Contener lo que se pueda contener es necesario siempre que se tenga realismo y proporcionalidad. Como existe una minoría-mayoritaria o una mayoría-minoritaria que está con los valores de la República o de la Constitución, es fácil que en este momento el espejismo de la contención sea especialmente atractivo. La contención es una tentación cuando se convierte en la única actividad que realizan todos en todo momento, cuando todas las energías disponibles se emplean en ella. De hecho la contención solo tiene sentido como tarea para algunos, en ciertos momentos, si saben que contendrán poco y durante un breve espacio de tiempo.

Junto a la contención, la segunda tentación es un optimismo desmedido sobre la naturaleza humana, o lo que es lo mismo, sobre la capacidad que tienen los valores cívicos para mantenerse en pie. Da lo mismo que hablemos de inmigración, convivencia, eutanasia o cualquier otro aspecto de la vida democrática. La naturaleza es áspera, amarga e induce a la confusión. Los recientes comentarios de Benedicto XVI sobre la multiplicación de los derechos son, por eso, muy sugerentes. A los todavía ilustrados y católicos demasiado optimistas, el papa emérito les recuerda: “con el olvido del pecado original se constituye una confianza ingenua en la razón que no alcanza a comprender la complejidad fáctica del conocimiento racional en el campo ético. El drama de la disputa sobre el derecho natural muestra claramente que la racionalidad metafísica no es inmediatamente evidente” (Liberar la libertad).

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Ni refugios ni contenciones: gracias cívicas

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La gran luz del pontificado de Francisco

Fernando de Haro

En medio de la gran tormenta, de la traición, del pecado de los suyos, la mirada la mantiene fija en lo esencial. A la vuelta de su viaje a Irlanda, uno de los países donde la pederastia y los delitos de los sacerdotes más daño han hecho, después de que el ex nuncio Viganò pidiera su renuncia con mentiras, Francisco afirma en la audiencia general: Cristo quiere “hacer del mundo un hogar donde nadie esté solo, no querido, o excluido”. Los ojos del papa argentino buscan, en un momento de prueba, la mirada de Jesús hacia el mundo. No cae en la trampa, mil veces denunciada, de la autorreferencialidad. Francisco reacciona ante la crisis como un cristiano en el que el cristianismo no se ha convertido en una “doctrina sin misterio” o en una “voluntad sin humildad”. Responde, alzando la vista, “reconociendo la presencia de Jesucristo y siguiendo”. Este cristianismo cristiano de Francisco, este estar “fascinado y lleno de estupor ante la excepcionalidad” del “encuentro con un acontecimiento, con una Persona” es lo que hace luminoso su pontificado. Luz para un mundo en transición, herido por el colapso de los tiempos modernos. Claridad para una Iglesia afectada por una crisis severa en la que la fe de los sencillos pretende ser confundida por instancias clericales que cuestionan su fundamento y garantía: la autoridad. Francisco mira a lo esencial y anuncia, incasablemente, la gran alegría de la encarnación.

Bergoglio es un joven que encuentra su vocación en un confesionario. Luego será un joven ex provincial de los jesuitas que, sin tarea alguna, pasa larguísimas horas en otro confesionario. Y en los confesionarios aprende cuál es el signo de los tiempos. En un mundo postcristiano, “el deseo de la bondad divina es lo propio del hombre de hoy” que “bajo la pátina de seguridad de sí mismo y de la propia justicia, esconde un profundo conocimiento de sus heridas” (Benedicto XVI). Ya no es el hombre quien se justifica ante Dios, sino Dios el que se justifica ante el hombre, como Aquel que responde al mal con una ternura vencedora. Esta es la gran inteligencia histórica de Bergoglio, el jesuita, el papa para el que solo la Misericordia es digna de fe. Ante el don de un papado así es sorprendente que prevalezca la queja o la incomodidad por el “estilo de Francisco”, por su forma de hablar, por sus supuestas imprecisiones o imprudencia.

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La gran luz del pontificado de Francisco

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Un Gobierno antifranquistamente franquista

Fernando de Haro

Ni un minuto más. A España no le conviene caer en la trampa en la que le quiere meter el Gobierno de Pedro Sánchez. No le conviene seguir hablando ni un minuto más de Franco. El Gobierno socialista ha comenzado un largo proceso para sacar los restos mortales del dictador del Valle de los Caídos, un mausoleo casi olvidado, construido por presos de la república, en el que yacen fallecidos de los dos bandos de la Guerra Civil.

El proceso de la exhumación va a durar tres meses. Una desgracia, lo mejor que podría suceder es que el Gobierno lo hiciera mañana mismo. Para que 40 años después de aprobada la Constitución no se vuelva a caer en la buscada y ficticia polarización franquismo-antifranquismo. Que lo vuelvan a enterrar donde quieran, pero que lo entierren otra vez.

Es evidente que es un despropósito iniciar el proceso de exhumación con un decreto-ley, figura legal prevista para los casos urgentes. El dictador lleva más de 40 años en su tumba. Es evidente que el Gobierno no ha buscado consenso alguno. La Comisión de Expertos que en 2011 recomendó el traslado de Franco lo hizo con importantes votos particulares en contra. En abstracto, parece recomendable el traslado. Pero como no hay nada abstracto, lo mejor es que se hubiera llegado a un acuerdo con la familia y con todos los grupos parlamentarios. Ahora que el Gobierno ha decidido resucitar a Franco (para esconder su debilidad parlamentaria, para contentar a la izquierda-izquierda, para ganar quién sabe qué votos) hay que pedirle que se dé prisa. Se equivoca el PP al anunciar el recurso al decreto de exhumación (algo que técnicamente no tiene sentido porque se convalidará como ley) y al insistir en criticar con pasión la decisión. Era precisamente el objetivo buscado por un Gobierno débil que no puede ni quiere gobernar. Está en campaña electoral.

Como señalaba en su momento con agudeza Augusto del Noce, en ocasiones, la mejor manera de ser fascista es ser un antifascista. El antifascismo, como el antifranquismo, está definido por aquello a lo que se opone. Franco fue despiadado con su anticomunismo. El propio Del Noce señalaba que “el postfascismo no debe ser un fascismo en sentido contrario (antifascismo) sino lo contrario del fascismo”. El Gobierno de Sánchez se empeña en enterrar el postfascismo y el postcomunismo construidos por la sociedad española durante la transición.

El verdadero milagro español, propiciado por comunistas y católicos (muy conscientes de sus errores) fue que, de un modo natural, popular, el país salió de la dictadura con una democracia postfranquista y postcomunista. Los dos polos estaban superados. No aniquilados, no superados por una síntesis que anulara las experiencias, las creencias, las heridas de las personas de una u otra sensibilidad. La lección, el tesoro, de la transición española es que se produjo, como en toda verdadera reconciliación, algo nuevo que superó a lo antiguo. Es por lo que luchaba hace muchas décadas Bergoglio: ni peronismo ni antiperonismo, sino unidad polar. No hay que negar nada para afirmar cada parte, no hay que buscar una síntesis dialéctica sino algo nuevo, superior, en lo que todos puedan reconocerse. Y eso fue lo que tuvimos.

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Un Gobierno antifranquistamente franquista

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Barcelona: preguntas que debemos hacernos

Fernando de Haro (Barcelona)

A pesar de los intentos de politización, a pesar de la insuficiencia de los homenajes, Barcelona ha podido llorar a los que no pudo llorar aquí hace un año. A las 16 víctimas del yihadismo asesinadas en la ciudad y en Cambrils. Una de esas víctimas fue Julian Cadman (7 años). Era australiano y británico, tenía doble nacionalidad. Hace doce meses estaba pasando por las Ramblas de Barcelona. Julian y su madre habían venido a la boda de un familiar. Sufrió el atropello de la furgoneta utilizada por el yihadista. Se le dio primero por desaparecido, su madre estaba ingresada con heridas serias. Luego, después de unas horas angustiosas, se certificó su muerte. La vida de Julian era una vida empezando, la cara redonda, el flequillo travieso, los ojos muy negros, la sonrisa preciosa, y esa gran curiosidad, esa curiosidad que solo se tiene a los 7 años. El sufrimiento, el dolor, la muerte siempre incomprensible de los inocentes, de los justos. Julian fue una de las víctimas de estos atentados que se quisieron olvidar muy pronto en nombre de la ideología, de un futuro que había que construir con prisa. El despiadado yihadismo que golpeó Madrid, Niza, Estocolmo, Berlín y París golpeó hace un año en Barcelona. Pero aquí fue diferente.

El estudio “Atentados de Cambrils y Barcelona: reacciones, explicaciones y debates pendientes” del CIDOB subraya que tras los atentados se echó tierra sobre los debates de fondo que un ataque así provoca. Hubo un ruido intenso durante unos días, hubo abucheos en las manifestaciones. La onda expansiva del mal causado por los yihadistas se extendió ensuciándolo todo. Vimos y escuchamos esa obscena polarización que ante el dolor no sabe y no quiere callarse. Al dolor de 16 injustas muertes hubo que sumar el dolor de quien quiso sacar ventaja, de la transferencia de culpa. ¿Pero cuándo aprenderemos que cuando el terrorismo golpea los únicos culpables son los terroristas? Las víctimas nos invitaban y nos invitan un año después a salir de nuestra burbuja ideológica. Si no abandonamos esa burbuja ideológica la onda expansiva se multiplica y después de las víctimas mortales, muere la nación, muere el país, muere la vida social.

Las ideologías, los paraísos políticos que quieren traer el cielo a la tierra son siempre abstractas, no quieren saber de historias singulares. De historias como las de Julian. Los proyectos abstractos que quieren construir el paraíso en la tierra consideran una simple anécdota la solidaridad, la caridad, la gratuidad con la que hace un año los traductores, los dueños de los comercios, los taxistas acudieron a ayudar. Las ideologías abstractas desprecian esa compasión que se puso en marcha hace un año. Cuando quizás no haya nada que esté a la altura del sufrimiento y de la muerte de los inocentes como la compasión, la solidaridad, la caridad. La compasión quizás sea la categoría política más definitiva.

Barcelona: preguntas que debemos hacernos

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Las fuerzas que mueven la historia (3)

Fernando de Haro

No es la economía. Es la sensación de que las fuerzas de la historia definitivamente les han abandonado. A comienzos del verano, el prestigioso Pew Research hacía público un informe sobre las razones del auge del populismo en Europa. La inmensa mayoría de los votantes de los partidos populistas en Alemania y en Francia reconoce que la economía atraviesa un buen momento. Es la nostalgia la que mantiene alta la intención de voto de los que cuestionan el orden institucional. El 62% de los partidarios del Frente Nacional piensa que hace 50 años se vivía mejor en su país. El 44% de los partidarios de Alternativa por Alemania piensa lo mismo. Pero no son los populistas los únicos molestos por haber perdido el tren de la historia.

En realidad desde que los europeos nos hicimos modernos, todos perdimos el tren de la historia y las fuerzas que la mueven se convirtieron en algo muy diferente a las fuerzas que laten bajo los afanes personales, el deseo de felicidad, el anhelo de inmortalidad. De hecho, lo que nos caracteriza como modernos es haber separado los dos movimientos. Por eso es tan revolucionario el lema del Meeting de Rímini de 2018 al revindicar la identidad entre las fuerzas del corazón y de la historia.

Después de Galileo el Sol dejó de dar vueltas en torno a la Tierra y desde entonces todos empezamos a pensar que nuestros sentidos nos engañaban. No podíamos fiarnos de la realidad tal y como era percibida, lo único seguro eran nuestras sensaciones. Nos metimos en una jaula cruel. Fue necesario salir de ella. Para conseguirlo pensamos que había algo de lo que podíamos fiarnos: de lo que hacíamos. Nuestras acciones fueron el único terreno firme bajo nuestros pies. La acción y los procesos se convirtieron en el espacio a salvo de toda duda. La capacidad de hacer se nos antoja ahora menos etérea que la capacidad de asombrase y de pensar que siempre depende de datos externos, de algo que no se puede controlar. Y entonces el desarrollo y el progreso se transformaron en las dos palabras clave y todo se llenó de procesos. De la historia dejaron de interesarnos los acontecimientos singulares, los personajes particulares. ¿Qué eran y qué son los acontecimientos y los sujetos particulares en el océano de los procesos históricos severos, anónimos, científicos? Si acaso esos acontecimientos singulares y sujetos particulares mantuvieron un cierto valor para ilustrar y ayudar a las mentes más infantiles, siempre necesitadas de anécdotas. Pero para los iniciados, para los que acceden sin mediaciones primitivas al verdadero conocimiento, no había necesidad de fechas, nombres o lugares.

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Las fuerzas que mueven la historia (3)

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Las fuerzas que mueven la historia (2)

Fernando de Haro

Se han cumplido ya seis años de la famosa frase que salvó a la moneda única. “Haré todo lo posible por sostener el euro”, anunció Draghi arqueando una ceja. El gobernador del Banco Central Europeo corregía la posición de sus predecesores y adoptaba, con años de retraso, la política monetaria que había salvado a los Estados Unidos de la Gran Recesión: tipos de interés negativos y un ambicioso programa de Quantitative Easing (compra de deuda pública). Toda la munición posible para incrementar la liquidez y solucionar los problemas de los balances bancarios. Atrás quedaba el miedo de los alemanes a una subida de los precios por un exceso de demanda. A Draghi le quedan pocos meses para abandonar el BCE, la inflación no ha aparecido por ningún lado. La subida de los tipos de interés parece que está a la vuelta de la esquina y se discute la mejor agenda para la retirada de los estímulos.

La parte más dura de la Gran Recesión ha quedado atrás y ahora la digitalización se ha convertido en una fuente de optimismo. Se teme la aparición de nuevas burbujas pero de eso no se quiere hablar. Los últimos diez años han dejado numerosas heridas, la conciencia de que la desregulación fue un grave error. Pero el debate sobre la naturaleza del mercado, sobre las fuerzas que mueven económicamente la historia, no se ha abierto, siguen alejadas de las fuerzas que hacen al hombre feliz. A pesar de lo mucho sufrido durante los años de la crisis más severa desde la II Guerra Mundial, el homo economicus sigue en pie, con su racionalidad unidimensional, impulsada solo por el interés tanto en el ámbito del consumo como de la producción, protagonista de un mercado anónimo. Las fuerzas económicas, en contra de la experiencia, se siguen pensando anónimas, desvinculadas de las relaciones humanas que las sostienen.

Hay algo que corregir, sí, pero es externo. Quizás una nueva síntesis después de todo lo sucedido. Desde luego una mayor vigilancia, una regulación más precisa de los mercados, pero sin un replanteamiento antropológico. La IV Revolución Industrial parece hacer innecesaria esa corrección, es más, la digitalización alimenta de nuevo la utopía algo arrinconada de los mercados “perfectos” o “casi perfectos”. El Big Data, el blockchain y todas las nuevas herramientas pondrán, ponen ya de hecho, a disposición del consumidor una cantidad ingente de información que desplaza el poder efectivo desde el lado de la oferta al lado de la demanda. El viejo sueño de las decisiones “racionales”, guiadas por el interés particular, al alcance de la mano por un océano de datos que permiten decidir con una nueva supuesta transparencia. La mano invisible, de nuevo en marcha, al menos entre los teóricos, para hacer el milagro de la asignación de recursos escasos y la construcción de un bien superior en una totalidad anónima a partir de los egoísmos particulares. Este resurgir de la teoría clásica y neoclásica y de su modo de explicar las “fuerzas que mueven la historia” tiene que olvidarse de que todo ese flujo de información, puesto en teoría a disposición de las elecciones “racionales”, es en realidad utilizado por un nuevo poder de mediación o de instrumentalización de grandes compañías (Google, Amazon, Facebook, Apple y otras) con una capacidad de dominio hasta ahora desconocida.

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Las fuerzas que mueven la historia (2)

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Las fuerzas que mueven la historia (1)

Fernando de Haro

Europa ha aplazado en los últimos días una guerra de aranceles con Estados Unidos. Guerra comercial tras la Gran Recesión, guerrillas geoestratégicas en todos los rincones del planeta. Confusión en torno a las claves de lo que ocurre. Por eso es interesante como hipótesis el lema del Meeting de Rímini que se celebrará en la ciudad italiana a finales de agosto: “Las fuerzas que mueven la historia son las mismas que hacen al hombre feliz”, o (infeliz) añadimos nosotros.

La frase que presidirá los encuentros del Meeting tiene mucho de provocativo, establece una conexión entre lo macro y lo micro. Así es más fácil superar la distancia entre el discurso y la realidad de un mundo dominado por la globalización y la multipolaridad.

Nos parece que hemos dejado atrás la época de las ideologías. Pero no es cierto. La versión más simplificada de cierto liberalismo ilustrado, el que surgió tras la II Guerra Mundial, se ha quedado entre nosotros como un paisaje, como una herramienta interpretativa. Suele ser la única que utilizamos y, por eso, aumenta nuestra perplejidad.

Hemos aceptado haber entrado en un mundo postoccidental: el mapa del mundo debe ser invertido y el eje sobre el que pivotamos se encuentra en el Pacífico. Pero a pesar de esta evidencia seguimos pensando que la democracia, la libertad, la igualdad de género y de oportunidades, la tolerancia… todos aquellos valores y creencias levantados por Occidente siguen en pie, robustos, quizás nublados, pero como un último imán y juez hacia los que el mundo converge. No es así. No hay valores sin sujeto, y el sujeto ya no existe o está muy debilitado. Las fuerzas que mueven la historia no son mecánicas, coinciden con el corazón del hombre concreto, histórico. Rodrik, en su famoso trilema, ha sostenido que no es posible compatibilizar globalización, democracia y soberanía nacional. Lo que no es posible es mantener los tres vectores activos sin persona, sin pueblo.

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Las fuerzas que mueven la historia (1)

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A la orilla del río

Fernando de Haro

Mañana. En una de las orillas del manso río Cam, en compañía de su agua verde, pacífica y educada. A las espaldas quedan los colleges, sus agujas góticas, sus jardines ahora secos (a lo mejor el agostamiento es consecuencia de un brexit imposible), sus iglesias, la mayoría con aíre de museo, la vida universitaria de uno de los centros que sigue siendo puntero en muchas cuestiones. Lejos, eso sí, muy lejos los años fundacionales, el distante siglo XIII de los orígenes, cuando el estudio era la expresión de una identidad precisa, clara. Cambridge, vieja ciudad europea, educada como su río, primero por los romanos y luego por los cristianos, se pasea junto al agua en un mosaico de roles. La ribera, salteada con grandes tilos, castaños y nogales asiste a un desfile: parejas de todo tipo, esforzados deportistas, asiáticos de acento británico, británicas que aspiran a ser latinas, amantes que desean ser miméticamente gemelos a pesar de la distante genética... la lista es interminable. Se antoja que solo los grandes árboles que crecen junto al río Cam saben quiénes son. Leo bajo ellos, citado por un buen amigo, algunas líneas del sociólogo de Erving Goffman, padre de la microsociología. Buenos párrafos para entender la procesión que tengo ante mis ojos.

No importa lo que uno sea, sino lo que logra parecer. El yo no existe, es un producto circunstancial, lo que realmente cuenta es el papel que se asume en función de la situación en la que se está. Es necesario abandonarse en el rol y aprovechar las ventajas de identidad que puede proporcionar, explica Goffman. Los paseantes junto al río Cam no lo hacen por maldad, por renegar del origen o de lo dado. ¿Quién conoce el origen? Simplemente están en su laberinto, en un juego de espejos infinito, sin más energía que la voluntad, sin más posibilidad que crearse y recrearse a sí mismos. Incluso los que, en su acento, en sus creencias, en sus ropas, quieren mostrarse “tradicionales”, han construido una máscara nueva, decorada eso sí con los viejos ornamentos de lo antiguo para huir del anonimato de la globalización. El manso Cam no refleja en su agua verde la educación de siglos (¿hay dónde encontrarla?). A los nuevos remeros y a los nuevos paseantes el agua del río, el camino, no les parecen suficientemente reales.

Tarde. En la sala de pintura italiana del museo Fitzwilliam. Quatroccento. Una Anunciación deliciosa. La casa de María pintada de un rosa pálido, el mundo atento a la escena a través de una ventana abierta. Gabriel sutilísimo, inclinado, con un dedo señalando al cielo. La Elegida, a unos metros, con los brazos cruzados sobre el pecho. Aceptando, acogiendo, diciendo sí. El silencio, la elocuencia del cuadro, de la escena, tiene siglos. Las dos libertades, la que elige y la que acepta la elección, en su momento más dramático. La Elegida conociéndose, descubriendo su identidad al aceptar la elección. Y no hay quien se separe de tanta belleza. Pasan los minutos en un suspiro. ¿Acaso ha dejado de suceder esta belleza en las riberas de los educados ríos de Europa? ¿No sucede o la hemos tapado? ¿Acaso no puede reconocerse y por eso hay que inventar?

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A la orilla del río

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El PP y la verdadera fuente de renovación

Fernando de Haro

España cambió de Gobierno hace 45 días. En este mes y medio se han producido dos grandes novedades. El Gobierno socialista, que por primera vez desde la transición llegó al poder sin pasar por las urnas y sin ser el partido más votado, paradójicamente no tiene fuerza más que para tomar medidas de alto voltaje ideológico. Medidas que tienen poco que ver con las necesidades de la gente-gente. Sea porque quiere ocultar su debilidad con gestos simbólicos, sea porque tiene que cumplir con sus múltiples socios de la izquierda-izquierda o del nacionalismo, todo lo que ha hecho hasta ahora ha sido impulsar una agenda de polarización y de un radicalismo de bajo vuelo.

Por eso ha frenado el desarrollo de los cuidados paliativos para impulsar la eutanasia, ha querido presentarse como el Gobierno más antifranquista en un país en el que no hay franquistas, como el más feminista cuando el origen de la violencia machista sigue sin atacarse de modo adecuado. Es un Gobierno que resucita conflictos viejos contra la dictadura, la clase de Religión, o la enseñanza concertada (de iniciativa social). Socialismo del siglo XX cuando el siglo XXI reclama reforma en el sistema de pensiones, reforma del mercado laboral, reforma fiscal, reforma para mejorar la productividad y la competitividad… y una larga lista de cambios de los que ni habla. El ciclo de expansión económica permite continuar la política de aumento del gasto iniciada por el PP y olvidarse de lo importante.

El Gobierno socialista ha iniciado, eso sí, un intento de diálogo con el independentismo que puede ser útil como fuente de distensión pero que está condenado al fracaso. El secesionismo catalán, a pesar de su intensa gesticulación, está en un impasse: sabe que no puede seguir por la vía de la ruptura, al menos de momento, pero no encuentra una salida honrosa. En esta cuestión poco ha cambiado en los últimos 45 días. Donde sí han cambiado las cosas y mucho es en el PP, en un centroderecha que está profundamente desorientado. Es lógico que no haya asimilado la repentina pérdida de poder (después de siete años y después de haber ganado las últimas elecciones con un nada despreciable porcentaje del 33 por ciento). Ni el partido ni el expresidente Rajoy estaban mentalmente preparados para asimilar el daño que le estaban haciendo los juicios por casos de corrupción ni la posibilidad de ser derrotados por un pacto tan heterogéneo como el que hizo falta el uno de junio. No se habían dado cuenta de lo profundo y lo intenso que era el “Rajoy no”.

Tampoco ahora el PP parece haber entendido el alcance del proceso de primarias que se ha autoimpuesto. Ha caído en una dicotomía falsa. Los dos candidatos de la segunda vuelta, Soraya Sáenz de Santamaría (la que fue mano derecha en los gobiernos de Rajoy) y Pablo Casado (un hombre de partido, pero sin experiencia de Gobierno) quieren que el próximo sábado los compromisarios elijan entre dos alternativas rotundamente enfrentadas. La tecnocracia eficaz, pragmática y experimentada, útil en una sociedad que necesita, sobre todo, buena gestión que encarna Santamaría y la juventud de un Casado, con menos pasado, alejado de la corrupción, con unos “principios, valores e ideas” que este último postula recuperar.

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El PP y la verdadera fuente de renovación

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Cuando vuelva

Fernando de Haro, Gaza

Suhaila Tarazi completó sus estudios de Gestión y Dirección en Londres. Con unos 60 años, la actividad al frente del Al Ahli Hospital la tiene exhausta. Antes de responderme algunas preguntas se detiene para tomar aire. El hospital es un oasis en el centro de la ciudad de Gaza. Fuera de sus puertas la vida hierve. Las calles están sucias en la capital de la franja. Los carros tirados por burros o caballos son frecuentes. La gasolina es muy cara en esta gran prisión a cielo abierto de 365 kilómetros cuadrados de la que no pueden salir, salvo especial permiso que no se concede casi nunca, sus dos millones de habitantes.

Al occidental se le saluda con sorpresa, los niños ensayan su única frase en inglés al ver a los periodistas: “What is your name?”. La inmensa mayoría de los jóvenes menores de 20 años no han salido nunca de esta parte de los territorios palestinos. A pocos kilómetros de aquí, en la frontera este, algunos de esos jóvenes se enfrentan a las balas del ejército de Israel. Desde hace semanas el goteo de los que mueren solo se convierte en noticia cuando los fallecidos superan la docena. Jóvenes sin futuro, encarcelados por la política del Gobierno de Israel, ya sin los túneles hacia Egipto que Al Sisi ha cerrado (por los que llegaron a circular camiones), con una ira que el ineficiente y manipulador Gobierno de Hamas instrumentaliza para no asumir responsabilidad alguna y para no reconocer que es incapaz de proporcionar a su pueblo una vida digna.

Suhaila, tan pronto sale de su despacho y se dirige a las clínicas, es asaltada por un médico que le cuenta una nueva urgencia y por un paciente que le da las gracias. Nuestra conversación se ve interrumpida a menudo. Las instalaciones médicas son modestísimas. En un viejo y desvencijado frigorífico se guardan las bolsas de plasma. El frigorífico está conectado a un generador. En Gaza solo hay cuatro horas de electricidad al día y nunca se sabe cuándo se va a poder contar con ella. Si la luz llega de madrugada hay que aprovechar ese momento para poner una lavadora. Suhaila se detiene especialmente en la consulta infantil. Con la ayuda de la Misión Pontificia el hospital mantiene un programa para luchar contra la malnutrición de los niños. Hay zonas de la franja donde el 50 por ciento de los menores están por debajo del peso que deberían tener y la tasa de mortalidad infantil se acerca al 23 por mil. Cinco niños pálidos, sin fuerzas para jugar, esperan con sus madres el turno para ser atendidos.

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Cuando vuelva

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Tierra Santa, tierra hostil para cristianos

Fernando de Haro, Jerusalén

Se pone el sol en Jerusalén con un cielo incendiado. Se pone el sol y se levanta esa brisa fresca que acompaña siempre las noches de verano de la ciudad llorada por Jesús. Al fresco, en la parte árabe, los hombres toman el té delante de grandes pantallas instaladas para el mundial.

Esta Jerusalén, como toda Tierra Santa, se ha convertido en una tierra hostil para cristianos. El muro de separación de Cisjordana, una discriminación de baja intensidad por un Gobierno cada vez más confesional como el de Netanyahu, la falta de oportunidades económicas, la presión de los ultraortodoxos judíos, pero también la mutación genética que se ha producido en el sentimiento nacional de los palestinos amenazan con dejar al país de Jesús sin cristianos.

Lo que ha sucedido en los últimos años en el triángulo formado por Belén, Beit Sahour (donde el ángel anunció a los pastores que un niño se les había dado) y Beit Jala es muy significativo. Este es el triangulo en el que más cristianos viven de toda Cisjordania. Desde 2007 el número de vecinos bautizados ha disminuido considerablemente. En Beit Jala, por ejemplo, ha pasado de representar el 70 por ciento a quedarse en el 60 por ciento. Muchas familias han perdido sus campos por las expropiaciones que se han hecho para construir el muro. En Belén ya solo son el 12 por ciento. Un estudio reciente de la Universidad Dar al-Kalima apunta que el 28 por ciento de los cristianos de esta zona quieren marcharse cuanto antes.

A comienzos del siglo XX, en el momento en el que se derrumbó el Imperio Otomano, los cristianos en Tierra Santa representaban en torno al 11 por ciento de la población. En este momento no llegan al 2 por ciento. El descenso más significativo se produjo entre 1948-1949, en el momento en el que se creó el Estado de Israel. Fue entonces cuando descendió del 8 al 2,3 por ciento. La construcción del Muro a partir de 2002 ha acelerado las salidas al extranjero. Las condiciones laborales se han complicado y el acceso a las celebraciones en Jerusalén es cada vez más difícil. No solo se producen salidas desde Cisjordania, en los últimos años se han marchado de Gaza el 40 por ciento de los pocos cristianos que había en la franja.

La vida no es fácil para los cristianos en los territorios ocupados ni en Israel. La polémica fiscal de las autoridades de Jerusalén y del Gobierno de Netanyahu con las iglesias durante los últimos meses ha sido emblemática. El Gobierno inició la tramitación de un controvertido proyecto de ley por el que se iba a permitir al Estado expropiar las tierras cedidas o vendidas a partir de 2010 por las iglesias a entidades privadas. El ayuntamiento de la ciudad reclamaba, por su parte, 150 millones de euros por unos impuestos que los lugares sagrados no habían pagado nunca. Se dio un paso atrás, pero quedó la amenaza. La red de escuelas que los cristianos mantienen en el conjunto del país cada vez cuenta con menos ayudas.

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Tierra Santa, tierra hostil para cristianos

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Al amanecer, cantos

Fernando de Haro

Es un pánico moral, sin base en la realidad. Alimentado por los fantasmas, por las frustraciones, por un enfado con un mundo insatisfactorio, por la búsqueda de un chivo expiatorio en el que descargar los (supuestos) agravios sufridos. El Viejo Continente se agita estos días dividido ante el nuevo y previsible fracaso del Consejo Europeo del jueves y del viernes próximo. Seis meses después de que fuera imposible un acuerdo sobre la política de asilo e inmigración, nada ha avanzado, salvo la histeria. Este domingo Juncker convocó cumbre informal en Bruselas y el Consejo ha hecho circular la propuesta de las “plataformas” en África, una especie de placebo para alejar el pánico. Mano dura para una amenaza más pensada que real. A lo mejor esta Europa del miedo aprende algo si escucha qué se dice, cómo se ve la realidad, cómo se reza en algunos de los barcos de subsaharianos.

La crisis política provocada por la inmigración se produce en un momento de descenso del flujo de personas. La OCDE hacía públicas hace unos días las cifras de llegadas a los 37 países de esta organización. Por primera vez desde 2011, han disminuido un 5 por ciento. Alemania, que es en gran medida el epicentro del terremoto, vio cómo en 2017 las peticiones de asilo se reducían de forma drástica (un 44 por ciento). El impacto en la población laboral de los refugiados que nos han llegado al mundo desarrollado, según la OCDE, será de menos del 1 por ciento.

Durante los cinco primeros meses del año, según la OIM (Organización Internacional de las Migraciones), han llegado a través del Mediterráneo algo más de 40.000 inmigrantes, el año pasado en el mismo período lo habían hecho 80.000 y en 2015 fueron 215.000. Salvini ha desatado la crisis cuando las estadísticas son contundentes. Según Frontex, en los cuatro primeros meses del año las llegadas a Italia se han reducido un 60 por ciento, después de que en 2017 se hubieran reducido ya un 60 por ciento respecto a 2016. En España se han triplicado, pero según los últimos datos del CIS, la inmigración solo representa un problema para el 6 por ciento de los ciudadanos. No hay una relación directa entre la preocupación de la opinión pública, la reacción de los políticos y los hechos.

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Al amanecer, cantos

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Un miedo a los inmigrantes que nos retrata

Fernando de Haro

La flotilla del Aquarius ha recalado en Valencia después de que el Gobierno del socialista Pedro Sánchez aceptara dar puerto seguro a los 630 inmigrantes sacados del mar. Mientras los barcos se acercaban a la ciudad levantina, en las horas previas a su llegada, cerca de 1.000 subsaharianos eran rescatados en las costas andaluzas. En el sur de España, desde hace algunos meses, hay un Aquarius cada poco tiempo. Hasta el pasado mes de mayo las llegadas se habían duplicado respecto al año pasado. Según algunas estimaciones habían llegado 8.300 inmigrantes en cinco meses. La primera obligación es sacar del agua a los que están a punto de fenecer. Garantizar unas fronteras seguras no significa ni mucho menos dejar morir a nadie. Si Europa dejara de ser Europa, si Europa dejara de proteger efectivamente la dignidad de cualquier persona, no sería ese paraíso al que muchos quieren saltar.

La ruta que antes llevaba a Italia hora encamina a España. El número de inmigrantes a costas italianas en lo que va de 2018 ha disminuido un 80 por ciento. En los últimos meses las llegadas se han reducido considerablemente tras el más que dudoso acuerdo al que llegó la Unión Europea con Libia para cerrar “la vía italiana”. Los países del sur están armados de razones para quejarse de la falta de apoyo y de ayuda que reciben de sus socios de la Unión. Lo dijeron en la cumbre celebrada el pasado mes de enero en Roma. Lo han repetido en su encuentro de las últimas horas el francés Macron y el italiano De Ponte: esto es cosa de todos. Eso no significa ni mucho menos que esté justificado lo que ha hecho Salvini, el líder de la Liga Norte, y el verdadero hombre fuerte de Italia: dejó a la deriva al Aquarius para dar un golpe en la mesa. Los 630 del Aquarius no podían ni debían haber sido utilizados como herramienta política.

La crisis migratoria es algo muy serio. Pero no son los refugiados y los migrantes económicos los que nos han puesto en crisis, ellos simplemente reflejan la crisis política, cultural y existencial que vive Europa. Si Europa estuviera unida y compartiera un proyecto tendríamos recursos institucionales para dar respuestas al reto migratorio con más inteligencia y con más eficacia. La solución no es fácil pero otra Europa podría convertir este desafío en una oportunidad.

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Un miedo a los inmigrantes que nos retrata

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Tierra baldía para millennials

Fernando de Haro, Londres

A crowd flowed over London Bridge, so many (sobre el Puente de Londres la multitud fluía). No es el Puente de Londres, sino Hyde Park. Y tampoco exactamente una multitud, pero sí muchos millennials, universitarios con mochila a las espaldas, auriculares en los odios, solitarios. Todos encaminándose hacia una de las más importantes universidades de Londres. Ciudad irreal, esta vez bajo la luz de una mañana que no acaba de arrancar. Como en el gran poema de Thomas, otra vez, cada cual lleva la vista fija ante sus pies (And each man fixed his eyes before his feet). Vienen muchos de ellos de residencias o pisos compartidos en los que no han hablado durante días con nadie, si acaso unas palabras de cortesía muy británica que distancian aún más.

Algunos de estos estudiantes se forman en las mejores universidades del mundo, las de Londres compiten abiertamente con las top de los Estados Unidos. Aprenden con los mejores profesores, con los mejores investigadores, cuentan con la mejor tecnología, con clases grabadas, con seminarios abiertos, con excepcionales bibliotecas y laboratorios… el máximo de lo deseable.

Esta mirada fija ante sus pies esconde un secreto doloroso. En el reino de la soledad, en Londres, los millennials son los más solos. La Oficina Nacional de Estadística hacía público hace unas semanas el informe Loneliness - What characteristics and circumstances are associated with feeling lonely? Según ese trabajo, los “jóvenes adultos” con edades comprendidas entre los 16 y los 24 años se sienten más solos que la gente de mayor edad. Investigación que se complementa con otra realizada por la Universidad de Cambridge (Lonely young adults in modern Britain: findings from an epidemiological cohort study) en la que se concluye que un 7 por ciento de los nacidos entre 1994 y 1995 se sienten a menudo solos. A un porcentaje comprendido entre el 23 y el 31 por ciento no les resulta extraño sentirse aislados o faltos de acompañamiento.

Antes de entrar en clase, o en la biblioteca, se puede desayunar en cualquiera de los supermercados de camino al campus. Londres, que hasta hace unos años era la ciudad en la que no se podía comer dignamente sin gastar una fortuna, cuenta ahora con un supermercado en cada esquina. Ensaladas para uno, platos preparados para uno, alimentos orgánicos para uno, la fórmula es económica, saludable, por poco más de tres libras el almuerzo o la cena están solucionados. No hay que preocuparse por cocinar. Está socialmente aceptado comer a todas horas, comer incluso en clase mientras el profesor imparte sus lecciones. No es necesario socializar para alimentarse. En realidad, sentarse a la mesa va camino de convertirse en una costumbre del pasado.

Tierra baldía para millennials

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No nos meteremos en trinchera alguna

Fernando de Haro

Imprevisible, inédito, desconcertante… se acaban los adjetivos para describir el cambio de Gobierno que se ha producido en España en el plazo de diez días. El inesperado giro ha sido descrito hasta la saciedad. Rajoy tenía el terreno despejado para acabar la legislatura con el apoyo del nacionalismo vasco a los presupuestos de 2018. Casi se había olvidado de que había en el Congreso una mayoría suficiente para firmar su despido. Bastaba con un cambio de los vascos, que es lo que se ha producido. Y a partir de ese momento han empezado a llegar los estrenos: la primera moción de censura que triunfa desde la vuelta de la democracia, la primera ocasión en que el régimen parlamentario pone al frente del Ejecutivo a un partido que no ha ganado las elecciones, la primera vez que los socialistas gobiernan con el apoyo de independentistas…

El PP culpa de lo sucedido a quien hasta hace unos días era su socio: Ciudadanos. A partir de la primera sentencia del caso Gürtel, en la que se acredita la financiación ilegal del centroderecha, los naranjas están convencidos de que provocar unas elecciones y ganarlas iba a ser lo mismo. Los casos de corrupción, sobre todo de la época Aznar, pero no solo, minan el prestigio de la marca PP. El partido mantiene un suelo importante en intención de voto, pero los pronósticos de las encuestas hablan de batacazo. Rajoy parece no enterarse de que el ciclo político de su partido se está agotando a velocidad de vértigo. No renueva los cuadros, no ofrece un proyecto de sucesión, sigue rodeado de un equipo de altos funcionarios que están cada vez más desconectados de la vida social. Se empeña en repetir que los casos de corrupción son cosa del pasado, que la economía va bien, insiste en las hazañas realizadas en la época de la crisis. Su estrategia es resistir. El famoso “síndrome de La Moncloa”, el que se apodera de todos los presidentes en su última fase de mandato, hace presa en él. La tarde en la que se certifica su pérdida del poder se queda encerrado en un restaurante sin acudir al Congreso. Se niega a presentar la dimisión que le hubiera permitido ganar algunos días e intentar una nueva alianza para convocar elecciones.

La moción de censura de Sánchez no ha hecho más que precipitar de forma abrupta y con la peor de las soluciones el fin del segundo periodo de Gobierno del PP (iniciado hace siete años). Es la peor de las soluciones porque los socialistas tienen solo 84 de 350 diputados, no pueden prácticamente tomar ninguna decisión relevante y han llegado al poder aupados por nacionalistas, populistas de izquierdas e independentistas catalanes. No habrá estabilidad y cada uno de esos grupos reclamará alguna compensación que será especialmente negativa en el caso de los promotores de la independencia. El proyecto de sedición tomará más fuerza con un Gobierno débil. Rajoy no había acometido las necesarias reformas (educación, impuestos, financiación autonómica, etc). No tenía apoyos necesarios ni voluntad política. Tampoco había aportado soluciones políticas al conflicto catalán, casi todo se lo había dejado a los jueces. Ahora habrá menos reformas, y más política con Cataluña, pero no necesariamente buena.

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No nos meteremos en trinchera alguna

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El sur ya no es el sur

Fernando de Haro

El Mediterráneo se ha estrechado. Los vecinos del sur de Europa han quedado más cerca después de lo sucedido en los últimos días. Italia ya tiene primer ministro para ejecutar un programa de Gobierno de imposible cumplimiento con dos formaciones antieuropeas, muy disconformes con el modo en el que se ha concebido la democracia en el Viejo Continente desde la II Guerra Mundial. España, aunque no lo reconozcan buena parte de sus líderes ni de la opinión pública, se encamina hacia algo similar.

La moción de censura planteada por los socialistas para echar a Rajoy en plena crisis catalana y la incapacidad de Rajoy para reconocer el daño de la corrupción son signos de una descomposición con unas raíces antropológicas que nadie parece querer ver. Los presupuestos sobre los que se asentaban las dos democracias se diluyen.

Los puntos de partida son bien diferentes, pero tienden a converger. Italia es fundadora de la Unión Europea. España llegó muy tarde, en una ampliación de mediados de los años 80, junto con Portugal. Los dos países salían de sendas dictaduras. Italia dejó atrás sus partidos de postguerra tras la crisis de mediados de los 90 y el surgimiento de la II República. El resultado de las últimas elecciones ha pulverizado lo que todavía podía quedar en pie del viejo orden.

España mantiene, en apariencia, a los partidos protagonistas de la vida pública surgidos desde la transición (con excepción de la UCD). Pero quizás ya solo estemos ante un juego de espejos.

El gran PSOE que gobernó en la inmediata post-transición ya no existe. Con la moción de censura del pasado viernes se ha empeñado en demostrarlo a las claras. Los socialistas, en otro tiempo partido de Estado, solo cuentan ya con 86 diputados y con esas reducidas fuerzas y el apoyo necesario de los partidos independentistas, que quieren quebrar España, pretende echar a Rajoy. La jugada, de una irresponsabilidad mayúscula, pretende justificarse en la “indignidad” de las condenas por corrupción del partido en el Gobierno. Algunos de los galácticos de la época de Aznar han entrado en prisión, se da por probada la financiación irregular, se esperan más condenas…

Y Rajoy, en esta circunstancia, parece empeñado también en que el PP desaparezca. Niega la gravedad de los hechos, no pide perdón con contundencia y no promueve un relevo. Pretende, como pretendió cierta derecha italiana durante años, que en nombre de la estabilidad y del miedo a la izquierda, los que fueran sus votantes se olviden de lo inolvidable: su partido, convertido en una maquinaria alejada de la sociedad, albergó prácticas muy irregulares; algunos de sus líderes, algunos muy señalados, concebían la vida pública como fuente de enriquecimiento. La corrupción, grave por sus efectos, es el síntoma de un mal mayor: la inconsistencia personal de los políticos, la desconexión de las necesidades de la gente.

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El sur ya no es el sur

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El resentimiento que rechazamos

Fernando de Haro

El nombramiento de Quim Torra como nuevo presidente de la Generalitat de Cataluña, a pocos días de que expirara el plazo para la convocatoria de unas nuevas elecciones, supone el inicio de un capítulo inédito en el proceso de secesión. El nuevo capítulo inédito, en un océano de capítulos inéditos, está sin duda marcado por la nula voluntad de Torra de encontrar un punto de entendimiento con el Gobierno. No hay voluntad de encontrar una fórmula posible, de esperar para ampliar las bases de los partidarios de la independencia tal y como reclamaba ERC. Torra aplica la política que marca el expresident Puigdemont desde Berlín. Va a la confrontación directa y elige para su nuevo Gobierno a cuatro exconsejeros que están en prisión o en el exilio, procesados por delito de rebelión.

Pero el capítulo es inédito, sobre todo, porque supone la “verbalización del rencor” por parte de quien tiene la máxima responsabilidad institucional. Torra es conocido por sus tuits y por sus escritos en los que les falta el respeto a los españoles no catalanes. Son ellos, los maleducados, los que solo saben expoliar, los ocupadores desde 1714. Torra verbaliza la culpa situándola en el otro de forma expresa. Incomoda a los defensores de la Constitución del 78 y a muchos independentistas que se ven atrapados en la descalificación.

Es la dinámica que domina buena parte de la vida política del planeta y, aunque con otros tonos, todos la hemos practicado. Es el signo de los tiempos en esta edad de la ira. En Alemania se azuza el odio al inmigrante, al que se le culpa de todos los males; el islamismo radical, en nombre de una tradición que desconoce, se lanza contra el occidente laico del que copia su última estación nihilista; la islamofobia aglutina a los que se sienten olvidados en sociedades desiguales; los nacionalistas proteccionistas del comercio y de una cultura que ya no tiene nada que ver con local se lanzan contra la mundialización… la lista de los fenómenos es muy larga y cada uno de ellos tiene muchas cosas en común.

Lo de Torra tiene precedentes muy clásicos en la historia de Europa. Con mucha menos genialidad intelectual, con menos capacidad de construcción de discurso, el nuevo presidente de la Generalitat alimenta la misma reacción que tuvo parte de la cultura alemana romántica cuando vio avanzar la ideología de la Ilustración francesa. Era necesario, frente al proyecto homologador, que el individuo volviera a sentirse bien en su mundo, rescatar la comunidad tradicional, reencontrar el orgullo frente al otro, huir de la tecnocracia, recuperar el espíritu, consumar la “transferencia de sacralidad”, de modo que los nombres de la fe quedaran vacíos de contenido y ahora exaltaran la nueva patria. Entonces como ahora, la reacción se parece mucho a la acción. Ni la tradición es tradición ya, ni el espíritu pertenece al pueblo ni hay memoria viva. Son construcciones que toman de prestado el contenido y la forma de aquello contra lo que se sublevan.

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El resentimiento que rechazamos

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Sucederá la flor, también al final

Fernando de Haro

Ha llegado estos días a las librerías españolas un librito, “Sucederá la flor” (Pretextos). Pocas páginas en las que el joven poeta Jesús Montiel relata con excelente prosa sus experiencias mientras su hijo es tratado de leucemia. En el hospital, con el sufrimiento de los inocentes en el alma, con la muerte en ocasiones como compañera, Montiel, herido por el hijo enfermo, llorando, escribe que “el dolor se abraza o no se abraza” y confiesa que “el dolor me ha dado el canto”.

Páginas luminosas y silenciosas las de Montiel que llegan mientras en la vida pública aparece la enésima crispación, por el enésimo debate, que lo llena todo de un griterío sordo. Esta vez se trata de la eutanasia. El último de los “nuevos derechos” que no estaba recogido en la legislación española. Se alzan voces encrespadas, casi todas ellas muy diferentes a las que se emplean en los pasillos y en las habitaciones de los hospitales.

Hasta hace poco más de un año el PSOE había rechazado que la eutanasia y el suicidio asistido se convirtieran en derechos. Coincidía con el PP, el partido en el Gobierno, y ese acuerdo básico de las dos formaciones todavía (quizás por poco tiempo) mayoritarias permitió frenar el cambio de legislación propuesto por Podemos. Pero hace unos días los socialistas, con un giro inesperado, han presentado en el Congreso una propuesta que recoge las principales ideas de la formación morada sobre la llamada “muerte digna”. También se ha tomado en consideración una propuesta similar que llega desde el Parlament de Cataluña. El PP sigue en contra, pero está en minoría.

Antes de iniciarse cualquier tipo de diálogo sobre una cuestión tan delicada, ya ha quedado sentenciada para la opinión pública. De un lado están los que, probablemente con un amplio apoyo, entienden que es inconcebible no sacar hasta el final las consecuencias del principio de autodeterminación personal. Consideran inaceptable, una rémora de una cultura religiosa que ensalza el sufrimiento, admitir algún tipo de coto al derecho a decidir sobre la propia existencia. Máxime cuando se trata de decidir sobre el final. Es el último resto de dependencia a una referencia externa que limita la libertad. De otro lado se sostiene que el principio del valor de la persona, desde su nacimiento hasta su último respiro, es innegociable, expresión de su dignidad. Parece no comprenderse que en democracia un principio es innegociable para quien lo es, y para todos si lo determina la Constitución o la mayoría.

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Sucederá la flor, también al final

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Liberación número 1

Fernando de Haro

Hablo con Irene Villa mientras ETA, la última banda terrorista de Europa, anuncia su disolución sin pedir perdón a las víctimas, reivindicando su pasado de sangre. Irene Villa perdió, cuando tenía doce años, las dos piernas. Fue en un atentado de los que, en estos días, al despedirse, justifican su violencia por la represión de la Guerra Civil. Mentira arqueológica.

“Tras al atentado empecé una vida mucho más dramática de lo que había pensado. Mi vida era la de una adolescente feliz. De pronto, empecé a vivir sin piernas -me cuenta Villa-. Decidí perdonar porque quería rehacerme, renacer”.

Escucho a Irene mientras las televisiones emiten una y otra vez el acto montado por el ya disuelto grupo terrorista en Cambo, en el País Vasco francés. Los autodenominados mediadores internacionales dan lectura a la Declaración de Arnaga. Horas antes, Josu Ternera, el que fuera jefe de los terroristas, ha grabado un mensaje para solemnizar el punto final.

La Declaración de Arnaga, como el mensaje de Ternera, falta dolorosamente a la verdad cuando hay más de 850 personas asesinadas. Llama a ETA grupo armado, sigue hablando de “conflicto”, pide solución para los presos y para los fugados de la justicia y le riñe al Gobierno por no haber dialogado con los terroristas.

Aparto la vista del televisor y me agarró, como un náufrago a punto de sucumbir, a la voz firme de Villa. Voz firme y cálida que perdió la adolescencia, pero no la vida y que me rescata de esa ola de suciedad que despierta en mí el mal y el daño que causaron y causan los violentos.

“El hecho de perdonar significa romper el vínculo con la persona que te ha hecho daño -me explica Irene-. Cuando no perdonas a alguien, te mantienes de algún modo vinculado al mal que te ha hecho esa persona. Hay un hilo invisible que te vincula al terrorista para siempre. Lo he visto en mi hermana, que estuvo a punto de quedarse sin hermana y sin madre y que es incapaz de perdonar. He visto en ella más dolor que en mí porque yo perdoné”.

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Liberación número 1

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Enfermos de derecho

Fernando de Haro

España, una parte de España, otra vez en la calle. Esta vez para protestar por la sentencia de Navarra que condena a los cinco responsables de una agresión sexual múltiple, no con el delito de violación sino con el de abuso sexual. Se cuestiona a los jueces y el sistema judicial, aunque la sentencia no es firme. Casi el 90 por ciento de los ciudadanos rechaza el modo en el que se han pronunciado los magistrados. Los políticos del Gobierno y de la oposición prometen, ante la indignación, cambios en el Código Penal, una nueva reforma legislativa, seguramente un endurecimiento de las penas.

La lectura de los hechos probados es difícil de soportar para una sensibilidad sana. Lo más sagrado, lo que sólo debe ser entregado en un libérrimo acto de libertad, la intangibilidad de la persona en su carne, en la carne de una joven, convertido en objeto de presa. La barbarie, el mal. Y ante el mal, más derecho, mejor derecho, leyes más duras, jueces implacables.

Se repite semana tras semana la misma reacción. El sobresalto es continuo. ETA, la banda terrorista que tanto daño ha causado a los españoles, de la que ya no queda nada, va a anunciar su disolución. Antes, para facilitar el acercamiento de sus presos al País Vasco, pide un perdón tramposo a sus víctimas. No deja de reivindicar sus fechorías. El mal, también el mal de quien no se arrepiente. Solución: que los terroristas se pudran en la cárcel. No hay razones jurídicas para impedirles que disfruten de beneficios penitenciarios. Pero que a nadie se le ocurra hablar de ellos.

Y para los responsables de delitos atroces, cárcel de por vida. Si a la izquierda se le ocurre proponer una modificación de la cadena perpetua (revisable), una de las más duras de Europa, en un país con las condenas más largas de Europa, salta el escándalo. Porque la inmensa mayoría de los españoles, ante el mal, ante el conflicto, quieren más dureza.

Y para resolver el conflicto de una mitad de Cataluña que se quiere hacer independiente, en este caso el mal de la fractura, solo Código Penal.

Enfermos de derecho, desarmados ante la iniquidad. Derecha contra izquierda por su “buenismo” jurídico, feministas contra jueces por su machismo al aplicar las leyes, jueces reclamando respeto, políticos con partidos en crisis que buscan más apoyo, periodistas haciendo amarillismo. Violencia creciente. Retrato de una gran perplejidad.

Porque el mal es así, porque fractura. A menos que, por algún milagro extraño, se pueda volver a usar la razón cívica y se pueda empezar a hablar de algo más que de leyes. Las preguntas son sencillas: ¿por qué aumentan los casos en los que una mujer es convertida en objeto de presa?, ¿qué estamos haciendo mal?, ¿en qué falla nuestro sistema educativo? No son preguntas para que los católicos reprochen a los laicos su permisividad, para que los laicos reprochen a los católicos su educación machista, para que la derecha insulte a la izquierda, la izquierda a la derecha, el postfeminismo al feminismo crítico, el feminismo crítico al feminismo clásico y todos a los jueces. Son preguntas para todos y cada uno. ¿Cómo se puede vivir cuando el daño parece irreparable?

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Enfermos de derecho

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La verdadera frontera

Fernando de Haro

Hace ya casi ocho décadas. Corría el año 40. Había acabado la guerra española y comenzaba la tremenda postguerra, la larga postguerra de represión. El Viejo Continente sucumbía al desastre. Fue en ese momento cuando María Zambrano escribió el ensayo “La Agonía de Europa”, que después de tanto tiempo y de tantas historias nos ayuda a comprender qué nos pasa.

“Europa está en decadencia -señala la pensadora española-. Ahora ya no parece necesario el decirlo”. Ante el desastre, “el acumulado rencor se desata, sale a luz sin máscara. Hoy este rencor se junta y extiende con tremendo ímpetu negativo; corroe, deshace, borra, va convirtiendo al mundo en vacío espacio desolado. Priva a los ojos de la hermosura de las apariencias y escamotea astutamente al corazón todo lo que puede amar”. La crisis como resentimiento, como rencor. ¿Pero rencor contra qué, contra quién? ¿Cuál es la promesa incumplida que lo desata? Contra Estados que han dejado de ser soberanos y se han vuelto impotentes, contra mercados que no son perfectos… contra un sistema que no ha funcionado. Porque nos habían educado en el principio de la “razón suficiente”, porque creíamos que si algo sucedía era por unas determinadas causas, porque a cada causa debía seguirle su efecto, y ahora ya no aguantamos más en la jaula. Resentimiento contra la realidad. “Lo terrible del rencor es su esencial apostasía; el que se revuelva siempre, ciego, contra aquello que podría salvarle”, dice Zambrano.

Rencor, tristeza, incomodidad y queja por la libertad, porque la libertad se haya desbocado y desbordado. Rencor y rebelión por una libertad todavía demasiado constreñida. Que los que andan entristecidos por una libertad desbordada o por una liberad insuficiente no están en diferentes bandos, que el bando es el mismo, el de los que creen todavía, cuando el sistema ha colapsado, que pensar bien, en orden, precisar causas y consecuencias de modo ordenado, lo resuelve todo.

En los mismos años en los que escribía Zambrano lo hacía la poetisa uruguaya Idea Vilariño. En un memorable poema sus versos dicen: “Tal vez no era pensar, la fórmula, el secreto, / sino darse y tomar perdida, ingenuamente. / Tal vez no era pensar, la fórmula, el secreto. / Tal vez no era pensar, la fórmula, el secreto, / sino amar y amarse, perdida, ingenuamente, /ingenuamente”.

Quizás la alternativa entre el rencor y la tristeza que produce una jaula siempre demasiado estrecha, y el ver y tomar la hermosura de lo dado sea la que marque la verdadera diferencia. Por supuesto que queremos seguir pensado, pero ¿cómo?, ¿desde dónde?

La diferencia no está entre los defensores de la tradición y los defensores del progreso, entre laicos y religiosos, entre los partidarios de los nuevos derechos y los partidarios de los viejos derechos, entre derecha e izquierda. La cuestión es transversal.

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Chacras para lo humano

Fernando de Haro, Lima

Cerro Esmeralda, en Lima, está a menos de una hora en carro del centro de la ciudad donde se celebra la VIII Conferencia de las Américas. Pero parece que un abismo separa el barrio de Huachipa del Gran Teatro Nacional, en San Borja, donde las calles están bien asfaltadas y limpias. En el Cerro Esmeralda la tierra tiene color arcilla, la arcilla que sirve para hacer ladrillos y que ha dado de comer ya a varias generaciones desde que llegaron los primeros desde el Perú más pobre hasta este asentamiento informal donde han sido tanto o más pobres de lo que lo eran antes. La tierra de Cerro Esmeralda es polvo porque rara vez cae la garua, la lluvia escasa de Lima que moja poco. Y el polvo es duro, como la vida en el cerro. Los jóvenes se juntan pronto, que no se casan. Las chicas se suelen quedar embarazadas antes de los 17 años y se unen a los padres de sus hijos sin que muchas veces haya amor. Las parejas no suelen compartir lo poco que tienen y los hombres a menudo se buscan a otra mujer. Los jóvenes padres trabajan haciendo ladrillos, de taxistas, vendiendo algo en los mercados de la ciudad. No les gusta que las jóvenes madres estén fuera de casa. A menudo hay violencia doméstica y mucho alcohol para acompañar la miseria. Y los niños en Cerro Esmeralda crecen sin afecto. Al volver a casa desde el colegio no hay ni tiempo ni sitio ni ganas para estudiar. Y sin estudiar no hay futuro.

No hay mucho verde en los ojos de los niños de Cerro Esmeralda porque el polvo lo llena todo. Las chacras, los pequeños campos de cultivo que se abastecían del agua del río, se han ido abandonado. La fiebre del ladrillo lo llenó todo, cambió el terreno. El superciclo de las materias primas que, gracias a la explotación de la minería, dejó tasas de crecimiento en Perú del 7% anual provocó una intensa actividad ladrillera en Huachipa. Pero la lluvia de millones que cayó entre 2003 y 2013 en una buena parte de América Latina sorprendió a muchas zonas sin capacidad ni voluntad de diversificar económicamente, sin instituciones democráticas consolidadas, sin buena gobernanza como la llaman ahora. Y se acabó el dinero, ya no hay garua de millones, y muchas cosas han seguido igual en Huachipa.

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Liberación: ninguna pulsión antimoderna

Fernando de Haro

No hay por qué negarlo. Han vuelto las viejas cadenas. Cadenas gastadas, simples. 50 años después de que el deseo de liberación se impusiera como criterio único (68), la fuerza de múltiples poderes se ha incrementado. Un buen ejemplo es la guerra comercial entre Estados Unidos y China, episodio de rancio nacionalismo. Lo extraño es que el fracaso del deseo de liberación sirva para descalificar, como si fueran lo mismo, la aspiración de mayor libertad con los métodos utilizados para conseguirla y los resultados obtenidos. La pulsión antimoderna no distingue.

La insistencia, el tiempo y la energía que se dedican a analizar y denostar los rasgos de la cultura de la post-liberación (género, liquidez, etc.) son inversamente proporcionales a la capacidad de rescatar el deseo de libertad que renace una y otra vez, y de emprender caminos nuevos. La pulsión antimoderna, blandiendo los fracasos de la Ilustración y del 68, quiere rescatar el viejo temor al deseo (la hibris tiene que ser conjurada). Quiere hacernos creer que hay algo de peligroso en convertir la libertad -la crítica subjetiva, la satisfacción, el camino de cada uno- en criterio. El nuevo miedo a la libertad y al sujeto es parte de la crisis, del problema, no de la solución.

Vamos con el ejemplo de la guerra comercial. Si Estados Unidos y China acaban imponiendo aranceles por valor de 50.000 o 100.000 millones de dólares se produciría un desastre. Se rompería el difícil equilibrio que permite un sistema de colaboración entre las dos principales economías del planeta (China exporta al Tío Sam, Estados Unidos financia al Gigante Asiático). Estamos al borde de una gran catástrofe porque buena parte de los estadounidenses y de los chinos están dispuestos a satisfacer su deseo de liberación en el nacionalismo low cost de Trump y de Xi Jinping. Trump sabe que se juega su futuro en las elecciones de noviembre. Por eso, en contra la de élite republicana, está dispuesto a alimentar esa sustitución de las aspiraciones existenciales de buena parte del electorado estadounidense por un buen chivo expiatorio. Los chinos son los culpables de la decadencia porque venden a los americanos lo que antes les han robado, asegura el karma nacionalista. Del otro lado, lo mismo. Los pasos dados por Xi Jinping para consolidarse como el nuevo Mao hubieran sido imposibles sin la exaltación que habla mañana, tarde y noche de un país fuerte, líder mundial. El verdadero rostro del comunismo-capitalismo también es nacionalista. No habría guerra comercial sin manipulación antropológica, si el nuevo poder no ofreciera libertad a cambio de banderas.

Nadie lo niega ya. La Ilustración ha fracasado. Pero como solución, no como aspiración. Porque el deseo de universalidad es inextirpable. Y porque la laicidad, una vez que entró en la historia, se ha mostrado más conveniente que todas las teologías políticas que confunden Iglesia-Estado. El siglo XXI de momento está siendo un siglo muy religioso y las teologías políticas de la confusión han vuelto con fuerza.

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Cataluña: política contra la vida

Fernando de Haro

Cien días después de las elecciones celebradas en Cataluña, cuando no parecía posible que la situación política pudiera empeorar, la crisis institucional y la herida social se han ahondado. Quizás lo peor de todo es que se insiste en “soluciones” imposibles que dan la espalda al sentir de la mayoría de los catalanes, que no haya reencuentro en el horizonte, ni vía por explorar.

Ciudadanos, el partido que ganó los comicios de Navidad, renunció a gobernar la misma noche electoral. No puede conseguir una mayoría suficiente. Los que sí podrían tener una mayoría suficiente, los partidos que defienden la independencia, no han conseguido una investidura. Han propuesto un candidato imposible, que había huido del país para evitar a los jueces, y un candidato en prisión. El único candidato válido durante algunas horas, el único que efectivamente se votó, no consiguió un apoyo suficiente de los partidarios de la secesión. El independentismo no forma un bloque tan monolítico como parece.

La detención en Alemania del expresident Puigdemont, promotor de la vía unilateral de la independencia, ha cerrado el “paréntesis” de sus cinco meses en Bélgica. Un paréntesis que le permitió esquivar la eurorden en la que se solicitaba su detención por haber cometido un presunto delito de rebelión. Salvo sorpresa, las autoridades judiciales alemanas los entregarán a España. Durante este tiempo Puigdemont ha sido, desde el exterior, el líder único del independentismo, el que ha bloqueado cualquier Gobierno para Cataluña que aplazara o “pospusiera” la república independiente. Está por ver si en sus nuevas condiciones puede ejercer ese liderazgo.

Aquella media Cataluña (47,4 por ciento de los votos y dos millones de electores) que votó a favor de las fuerzas independentistas no ha tenido ni secesión ni un diálogo bilateral para encontrar una “solución política”. Era lo que se le prometía. El Gobierno de Rajoy se ha limitado a seguir aplicando, con un perfil bajo, el artículo 155 de la Constitución para mantener intervenido el Gobierno autonómico.

En lugar de la independencia o de una negociación bilateral hay un auto del juez del Tribunal Supremo Pablo Llarena, en el que se procesa a 25 líderes del independentismo, de los que nueve (diez con Puigdemont) permanecerán en prisión hasta la celebración del juicio. El auto del juez argumenta que los promotores de la secesión son responsables de actos violentos. Es lógico que haya sensación de frustración entre quien participó en octubre en la consulta no autorizada. No ha habido fiesta alguna, como se les prometió, ni tampoco revolución pacífica.

La actividad parlamentaria inexistente de una cámara de momento bloqueada y la renuncia a formar un Gobierno posible, que no tenga el visto bueno de Puigdemont, convertirán las decisiones judiciales y el debate jurídico en torno a la responsabilidad de la violencia en los protagonistas absolutos de las próximas semanas.

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Cataluña: política contra la vida

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Caso Facebook: no eres una mercancía

Fernando de Haro

Caso Facebook & Cambridge Analytica. Queda confirmado lo que todos imaginábamos. La red que creó Mark Zuckerberg, al abandonar hace 13 años Harvard, no es solo un instrumento de socialización virtual. También es una potente arma de poder, con un número inmenso de datos a su disposición que permite segmentar la información y crear una pseudoinformación, entrando en el yo más íntimo, en las relaciones de “amistad”.

Tanto es el poder acumulado por la red social que el caso destapado, el uso de datos personales de 50 millones de usuarios para la campaña de Trump, invita a repensar a qué retos se enfrenta el derecho a la intimidad, el derecho a la información y la participación política. Los principios del Estado liberal puestos patas arriba. El caso invita, sobre todo, a recuperar la intangibilidad del yo.

En Facebook no hay intimidad. Como en ninguna de las redes sociales. Toda la gran presa jurídica, construida durante años para poner a salvo los datos de los usuarios, se ha venido abajo. Las excusas de Zuckerberg y sus promesas de hacer más visibles y explícitos los consentimientos de las aplicaciones que manejan información personal han sido absolutamente inverosímiles. Todos sabemos que, de momento, no hay barreras. El reto para el futuro es inmenso. Los algoritmos de la Inteligencia Artificial trabajan incansablemente para sacar conclusiones de nuestra huella digital, huella grande como la vida.

Washington, Bruselas y Londres han exigido la comparecencia del fundador de Facebook en sus parlamentos. Habrá buenas palabras, pero de momento, pocas soluciones. Las prácticas de las redes sociales, no solo la filtración de datos, son un asunto político de primera magnitud. Una cuestión que pone de manifiesto cómo nuestras democracias no pueden concebirse solo como una relación vertical entre el Estado y el individuo. Nuestra democracia no es solo un sistema que gestiona bien la circulación de ciudadanos aislados y que ordena los derechos subjetivos de mónadas.

La democracia es mucho más: un ecosistema de relaciones en el que sus protagonistas conversan, debate y discuten sobre los retos que afrontan juntos. Los derechos de información, de reunión, las libertades cívicas no solo son esenciales en su dimensión personal o individual, lo son también porque al ejercitarlas se hace posible la formación de la opinión pública y de la voluntad común. Esta es la primera ambigüedad de las redes sociales: pueden contribuir a una segmentación de la realidad mucho mayor que la de los medios tradicionales. En la prensa, en la radio y la televisión clásicas hay siempre un sesgo ideológico, pero es más difícil que el sesgo sea tan absoluto que los hechos desaparezcan. En las redes sociales se acrecienta la tendencia a atrincherarnos en la tribu de los “amigos” sin que haya límite. El lector ya no busca información. Es la información, en muchos caos la desinformación, la que busca al miembro de la secta.

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Caso Facebook: no eres una mercancía

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Como en Praga hace 50 años

Fernando de Haro

Esta semana se cumplen 50 años de un momento decisivo de la llamada Primavera de Praga. No hubo solo un 68, y el de Praga está algo olvidado. A diferencia del francés, alemán, japonés, estadounidense, italiano o español, el checoslovaco se levantó contra el poder soviético. El 22 de marzo de 1968, Antonin Novotný perdía la presidencia del país, ya en enero había sido sustituido por Alexander Dubcek al frente de la secretaría general del Partido Comunista. A partir del mes de abril, Dubcek puso en marcha el socialismo de rostro humano que incluía un aumento de la libertad de prensa, la libertad de expresión y de circulación.

Los cambios se producían en un contexto cultural en el que iniciativas como el Club de Escritores Independientes, liderado por Václac Havel, rechazaban lo que luego llamaría “la vida en la mentira”. En agosto de ese año, el sueño de un socialismo abierto era aplastado por la invasión soviética. Havel, en los primeros momentos de la intervención se traslada a Liberec, una ciudad al norte de Praga, y desde una radio todavía libre realiza durante varios días una serie de transmisiones en las que llama a la resistencia. Los llamamientos tienen toda la fuerza de quien sabe que frente a los tanques solo tiene la fuerza de la conciencia, del sujeto. Estamos viviendo una “ocupación inusual (…) pistolas y tanques tienen menos poder que las ideas y las fuerzas éticas de lo humano”, apunta. Y añade: “nuestras armas son más efectivas que sus armas. Y lo que digo no es una exageración. Tenemos nuestra unidad espontánea, nuestra determinación de no renunciar a nuestra visión patriótica y a nuestros ideales morales (…) Dejemos a la inteligencia triunfar sobre la brutalidad, la humanidad sobre la inhumanidad, la solidaridad sobre las órdenes militares, la disciplina de la conciencia sobre la disciplina de las armas”.

En un país bajo el gran poderío militar soviético del momento, emociona imaginarse a Havel, perseguido, afirmar a través de un micrófono la superioridad de la conciencia frente al poder. La Primavera de Praga quizá sea lo mejor del 68. Y lo mejor del 68, con todas sus limitaciones, es su voluntad de afirmar la conciencia como deseo de libertad y de plenitud.

Ahora que se acerca el 50 aniversario del movimiento del que ha surgido buena parte de nuestro mundo de referencia, conviene recordar que no fue solo un fenómeno francés. Y conviene que ni los moralistas ni los optimistas ingenuos reduzcan el valor de la fecha.

Háganse todas las críticas necesarias, señálense todas las limitaciones del 68, por ejemplo, su destructiva relación con la tradición o sus muchas desviaciones. Pero que los moralistas no silencien el deseo de autenticidad, el deseo de “vida en la verdad” que lo animó. Vuelve a ser sofocante, como entonces, el miedo al deseo, la necesidad de adjetivarlo, de encauzarlo. A la cultura laica y al cristianismo moralista les falta esa confianza última en la naturaleza humana que proviene de la mejor tradición católica. El deseo, cualquier deseo, es siempre una expresión religiosa.

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Como en Praga hace 50 años

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Mao, imperialista y digital, ha vuelto

Fernando de Haro

La semana pasada ha habido muchos nervios en Beijing. Se celebraba la anual Asamblea del Pueblo, el parlamento de pega de la dictadura china, con la agenda más importante de los últimos años. Una agenda que, en cierto modo, supone revertir la apertura iniciada por Deng Xiaoping en 1978. Xi Jinping, el actual presidente, temía que las reformas constitucionales que sometía a los 3.000 delegados venidos de todo el país no salieran adelante con la unanimidad habitual. Los controles de siempre en la plaza de Tiananmen redoblados, todos los vecinos de la ciudad advertidos de su deber de dar un chivatazo en cuanto detectaran algo extraño.

En las calles de la capital china los miles de voluntarios del partido desplegados para acompañar las sesiones, uno en cada esquina, eran ajenos a la inquietud de Xi Jinping. Los chinos de a pie no saben lo que sucede en su país. Solo pueden consumir propaganda, el acceso a internet está severamente restringido. Pero los eficacísimos servicios de inteligencia artificial de los que dispone el Gobierno han estado rastreando con especial atención cualquier expresión de disidencia.

Xi Jinping ha conseguido su propósito. El domingo obtuvo con holgura los votos para introducir dos reformas constitucionales que acaban con la apertura iniciada hace 40 años. Se suprime la limitación de mandatos y se le otorga al partido un nuevo protagonismo “en todos los sectores de la política”.

Se consagra así la entronización de Xi como nuevo emperador que puede prolongar su presidencia diez años, quién sabe si quince o más. La reforma constitucional supone un paso más sobre lo aprobado en octubre del año pasado. El partido, previsiblemente, dará una vuelta de tuerca al control de las empresas, las organizaciones sociales, las empresas extranjeras, las iglesias…

Xi recupera la tradición del sanweiyiti (tres cargos en una sola persona) con el control del partido, del país y de los asuntos militares. El que puede ser el nuevo Mao, en contra de lo que ya era habitual, no introdujo en el 19 Congreso a nadie de la sexta generación de líderes (nacida entre 1950 y 1960) dentro del Comité Permanente del Politburó. Hubiera sido el camino lógico para ir preparando una sucesión de la que XI no quiere oír hablar. Todos los órganos del partido están en manos de su gente.

La tecnología viene en ayuda de este proyecto en el que el totalitarismo se refuerza. La IV Revolución Industrial en China ya es un hecho. Y aquí los algoritmos trabajan para conferir un poder a Xi que no tuvieron nunca sus predecesores. Mientras Estados Unidos reduce sus inversiones en este sector, el Gigante Rojo las amplía. Y no solo con intereses empresariales. El Gran Hermano se ha hecho realidad. Todo chino que necesite comprar (cada vez se paga menos con dinero), pedir un taxi, comunicarse con un amigo, o saber cómo llegar a algún sitio tiene que recurrir a la aplicación We Chat, controlada por el poder. Durante la pasada semana he tenido ocasión de comprobar cómo esa aplicación era utilizada para rastrear cualquier forma de crítica, contacto con el extranjero, cualquier movimiento no deseado. La policía dispone en minutos de cualquiera de sus mensajes. Y Beijing es un gran plató, en cada rincón una cámara te vigila. Es literalmente imposible moverse sin ser detectado.

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Alegría en casa de Zhu

Fernando de Haro, Shanghai

La nueva regulación del presidente Xi JingPing, que ha entrado en vigor a comienzos de febrero, quiere “chinizar” de forma definitiva las religiones, especialmente el cristianismo. El proyecto es viejo, al menos tan viejo como la llegada al poder de Mao al final de los años 40. Parece que esta vez va a costar menos sangre y que no va a impidir que las pocas cosas importantes se transmitan. Se ve bien en la casa de Zhu Lan, un apartamento de 45 metros cuadrados en el que vive con su marido, su madre y su hijo. Nada que ver con los inmensos rascacielos construidos en el Bund, ni con las calles comerciales donde un lujo desmedido pasea en Ferraris y los escaparates contienen moda y joyas más caras de las que se encuentran en Londres o en París. La casa de Zhu Lan está en un bloque construido en los años 70, a pocos kilómetros del centro financiero, con ventanas que cierran mal, con balcones llenas de ropa tendida y consignas del partido por todas las esquinas que explican cómo hay que comportarse para “el bien de todos”. Son las mismas consignas que, impresas en grandes letras, cuelgan de algunos edificios y que nadie lee.

Zhu Lan, 50 años, escucha música mientras cocina. En el comedor, diminuto, su madre, de 80 años, reza el rosario. La madre de Zhu Lan, Xu Feng Ying, no habla mandarín, solo la lengua de Shanghai, peina canas nobles y cuando sonríe, lo que hace a menudo, se le ven unos dientes grandes. Recuerda muy bien “los tiempos oscuros” que sucedieron a la llegada al poder de Mao. No es muy explícita para referirse a esos años que provocaron el arresto del entonces cardenal de la ciudad, Ignacio Gong Pinmei, muchos mártires y 70 millones de muertos. Ella trabajaba en un taller de costura porque su familia era pobre, “aunque ya entonces procedíamos de siete generaciones de cristianos”. Las cosas fueron a peor cuando llegó la revolución cultural, a mediados de los años 60, cuando nació su hija Zhu Lan, cuando las iglesias fueron asaltadas y cerradas a cal y canto. Le duele no haber podido educar a su hija en la fe.

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Un nuevo derecho de gentes

Fernando de Haro

La Peste, la nueva serie de Movistar que ha hecho furor en las últimas semanas, ha reabierto el debate en torno a la América española. Un debate en realidad nunca cerrado desde mediados del XVIII, cuando los criollos se hicieron nacionalistas. Las Indias, a las que muchos quieren partir, son ahora miradas, desde esta orilla, desde la Sevilla del XVI.

El guion no se libra de los tópicos de una leyenda negra, tópicos repetidos una y mil veces. La ventaja es que en esta ocasión hay quien denuncia esa leyenda y quien recuerda que la España del XVI fue en muchos aspectos casi ejemplar y muy cuidadosa con los derechos de los indios.

La ocasión es un buen pretexto para recordar algunos de los argumentos que utilizaba el Cardenal Cayetano, apenas 20 años después de la llegada de Colón a La Española (República Dominicana y Haití). El rey Fernando el Católico había solicitado a Cayetano, superior de los dominicos, que le enviara frailes para predicar. Esos frailes, con una independencia ejemplar, empezaron a denunciar los abusos. Los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, ya habían prohibido la esclavitud y determinado que los indios fueran “bien y justamente tratados”.

Comienza entonces uno de los debates jurídicos y filosóficos más apasionante de la modernidad recién inaugurada. Cayetano, para defender la soberanía de los indios, distingue el derecho de gentes, derecho derivado de la naturaleza, y el derecho divino, derecho de los que son fieles. Y en una página memorable señala que “no pertenece a la Iglesia castigar la infidelidad de los paganos que nunca abrazaron la fe, según aquello del Apóstol: ¿qué me toca a mí juzgar de las cosas de fuera?”. El hecho de que los indios no sean cristianos no les priva de la soberanía y del dominio, “pues el dominio proviene del derecho de gentes que es derecho humano”.

Estos frailes españoles del XVI que defendieron el derecho de los indios, el derecho de los “infieles”, no tenían precisamente ante sí prácticas que los teóricos del derecho natural consideraron después, en un ejercicio evidente de exageración, conquistas a las que la sola razón puede llegar con sus fuerzas. Los indios eran politeístas y animistas, algunos de ellos llevaban a cabo sacrificios humanos, practicaban la antropofagia y la poligamia. No estaban precisamente cerca de un estado natural como el descrito por Rousseau siglos después. Tampoco andaban cerca de aquellas costumbres que luego se consideraron lógicas conquistas de la evolución moral. Ante estos indios reales, ante estos infieles, es ante los que Cayetano recuerda las palabras de San Pablo: ¡qué me toca a mí juzgar de las cosas de fuera!”.

A veces, escuchando algunos análisis escandalizados sobre la desaparición de ciertas evidencias en la sociedad del siglo XXI (diferencia entre los sexos, estabilidad en las relaciones, intangibilidad de la maternidad, dignidad de los inmigrantes), se echa en falta el sano realismo del siglo XVI. Cayetano y muchos otros sabían bien que hay algunas cosas que solo el derecho divino (el cristianismo) hace posible. Es inútil y contraproducente pretender que estén recogidas en el derecho de gentes. Aquellos frailes sabían que esas pocas cosas esenciales solo pueden recuperarse a través de la libertad.

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Re/Irrelevancia política

Fernando de Haro

Paradoja. La globalización está acabando con el concepto y la experiencia de soberanía nacional tal y como la conocíamos desde hace tres siglos. Los partidos políticos de la postguerra (Alemania y Francia), los que se crearon con el ciclo de democratización de los años 70 (España y Portugal) y las nuevas formaciones surgidas en los años 90 (Italia) dan síntomas de agotamiento. Y, sin embargo, en la vida social, el ser para/en/con partido, se convierte casi en una obsesión.

Las almas nobles, defensoras de grandes ideales, con una sana vocación histórica, advierten del riesgo de la irrelevancia política si no hay comercio de partido. Histórico y realista comercio de partido: votos por políticas. No ser reconocido por el partido, por alguno de los partidos, no ser en cierto modo “partido” se identifica con la insignificancia social o política y produce ansiedad. Tanto es así que los movimientos que han nacido en los últimos años con la pretensión de renovar la vida pública (15M en España, 5 Stelle en Italia), o de protestar por la política migratoria (populismos varios) han adoptado inmediatamente la estructura y las prácticas de las antiguas formaciones.

Los viejos y nuevos partidos consiguen, en un momento de evidente declive, su máximo poder. Solo existes, solo eres alguien si eres capaz de que los partidos incluyan en algún rincón de su agenda aquellas cosas bonitas en las que crees o que has levantado con tu esfuerzo y sacrificio. La libertad depende de que haya un político que defienda “lo nuestro”. Y “lo nuestro”, de este modo, deja de ser lo nuestro para transformarse en el hueco que hemos conseguido abrir en la agenda de un partido. Sin abrir un espacio político, entendido tal y como lo entienden los partidos, creemos no tener tiempo, no ser. Es el más alto grado de partitocracia y probablemente una de las consecuencias de entender la política como simple mediadora entre intereses privados.

La evolución de los partidos en los últimos años en buena parte de los países de Europa ha provocado que su base popular, su relación con la sociedad civil, sea cada vez menos relevante. El fenómeno ha sido especialmente acusado en España. Ha acabado imponiéndose un tipo de formación que es partido-Estado. Concebida y preparada para captar el mayor número de votos, a través de una mediación mediática, su único fin parece ser el de ocupar el mayor espacio posible de la Administración con la menor implicación social posible. La voluntad de ocupar espacios administrativos se acaba trasladando a la justicia, a las organizaciones colegiales, a la vida universitaria, a las iglesias.

Si la política es una simple mediación y ordenación de los intereses privados, capaces por sí mismos de generar prosperidad, es lógico que se entienda al partido-Estado como el mediador o el conseguidor por excelencia.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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Las ventajas de mirar (insistentemente) una lata de sopa

Fernando de Haro

Warhol ha desembarcado en Madrid. Y a muchos les pasará inadvertido que la llegada del líder del pop-art, más allá de ser un acontecimiento pictórico para las élites, supone una provocación social, un juicio político, una moción a la mirada post-ideológica/superideológica de la España de 2018.

En una de las salas de referencia del Paseo del Prado (Caixa Fórum), se exponen casi 350 piezas de aquel chico de Pittsburgh que subió a los cielos de Nueva York. Warhol es pre-impresionista y postmoderno al mismo tiempo, y sin duda postdigital. Nos quedamos imantados ante su repetición del retrato de Mao. No resulta fácil despegarse del rostro del líder comunista que es el mismo y es diferente, según tenga los labios rosas, la piel azul marino, los párpados blancos. Lo mismo sucede ante su Jackie Kennedy o su Marilyn. La desconexión del arte contemporáneo ha desaparecido: la repetición de los mitos que la cultura televisiva hizo archifamosos invita a mirar una y otra vez, y a descubrir lo que ya no se mira porque se cree conocer. El tratamiento del color, o la insistencia en la representación de objetos cotidianos como la lata de sopa Campbell, se convierten en una especie de corrección de la mirada del homo videns: el hombre al que el abuso de la pantalla ha mutado antropológicamente. El homo videns es el hombre que mira y ya no ve. Está en el último escalón evolutivo que comenzó en el momento en que el ser humano se identificó con una forma de abstracción, de ejercer el noble ejercicio de la crítica y del pensamiento, sin someterlo a vínculo alguno con las cosas. Esas cosas son ahora solo imágenes a las que se dedica poco más que un instante. Si no fuera una exageración, se podría decir que con su repetición de lo mirado y no visto Warhol nos obliga a hacer un ejercicio que nos rescata, nos recupera de los efectos más nocivos que puede tener la digitalización.

En el mundo anglosajón hay una corriente pedagógica que ha subrayado durante los últimos años lo que Warhol parece proponer. Esta corriente insiste en la observación para fomentar la capacidad de innovación. Algunos teóricos subrayan la importancia de enseñar a los más jóvenes a mirar un cuadro, no los 30 segundos que le solemos dedicar sino al menos 10 minutos. De este modo se fomentan las capacidades creativas. Por eso quizás, cuando el Ministerio de Educación de Finlandia, referencia por sus buenos resultados educativos, se planteó nuevas mejoras hace unos años propuso aumentar las horas semanales de Arts & Crafts (educación artística). Hay cierta “educación de la mirada” que parece ser muy conveniente. Es precisamente este tipo de educación en el modo de ver la que viene revindicando desde hace algún tiempo Andrés Trapiello, uno de los grandes referentes del mundo literario español. Trapiello sostiene que nos conviene a todos educarnos para recuperar “la mirada compasiva” de Cervantes, el autor del Quijote. Un modo de enfrentarse al mundo, nacido de la primacía de la observación, que huye del resentimiento: cuanto más y mejor se mira más difícil es que prevalezca la queja e incluso esa casi inevitable distancia que siempre deja el mal sufrido o causado.

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Esa forma de hacer política (y de votar) que se ha quedado vieja

Fernando de Haro

El Foro de Davos celebrado la semana pasada ha sido el fiel reflejo de lo rápido que cambia el mundo. En la edición de 2017, la preocupación por el populismo era obsesiva. La inquietud ha disminuido considerablemente, hasta casi desaparecer. La economía mundial crece, Estados Unidos crece, Europa crece. Los líderes más nacionalistas parecen haber aprendido la lección y se hacen los simpáticos. Trump ha asegurado que “América primero” no significa “América sola”. El adalid del proteccionismo ha llegado a postular mercados abiertos y libres. Theresa May ha defendido la política industrial británica, pero se ha olvidado del Brexit. Hasta Narendra Modi, el primer ministro que pretende hacer de la India un país dominado por un único color, el color azafrán del hinduismo, ha postulado la multiculturalidad.

¿Ha quedado atrás la epidemia de particularismo en política? No precisamente. Davos ha sido testigo de la fractura creciente (y preocupante) entre la sociedad civil, el mundo de la ciencia y la empresa, y los líderes políticos. Es la impresión que le queda a Mike Rosenberg, profesor del IESE, probablemente la mejor escuela de negocios de Europa. Rosenberg, que ha seguido muchas de las sesiones, asegura que “hay dos mundos. Por un lado, está el mundo de las ONG, de los académicos, de las empresas, que intenta solucionar los problemas y que tiene un gran optimismo (seguramente excesivo). Y en el otro lado está el mundo de la política. Los políticos, bajo su discurso oficial, reflejan un mundo fracturado. Se ve que les interesa más movilizar a sus votantes que la solución de los problemas de todos. Domina el ninguneo del contrincante sea nacional o internacional”.

Davos, como todo foro nacional o internacional que se precie estos días, hierve excitado por las posibilidades que trae la IV Revolución Industrial. La digitalización suscita entusiasmo. La nueva fiebre seguramente tiene algo de ingenua e incorpora muchas dosis de vieja avaricia. Pero siempre es positivo que el comienzo de un nuevo universo, en este caso tecnológico, despierte los “deseos socializadores”, el deseo de construir con otros. Lo llamativo es que a pesar de la derrota relativa (muy relativa) del populismo y del nacionalismo, el mundo de la política, como señala Rosenberg, siga pensando con esquemas particularistas. Defender lo propio, lo particular, en política es legítimo. El populismo y el nacionalismo son las formas patológicas de esa posición originariamente justa.

Seguramente hará falta tiempo para que el populismo y el nacionalismo, que tanto han dominado la escena en los últimos meses, y que pueden volver en cualquier momento (ahí está Cataluña), hagan efecto como vacuna universal y generalizada. Pero como le ocurre a Rosenberg, cada vez se hace más incómodo el espectáculo de una política entendida como la defensa de una parte, aunque sea “la parte de la verdad”.

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Es la vida, amigo, (la que cuenta)

Fernando de Haro

La frase sonó como una pedrada: “es el mercado, amigo”. La pronunció en Madrid, en la sede del Congreso de los Diputados, hace unos días, el que fuera el gran mago de la economía de los gobiernos de Aznar. Un mago caído ahora en desgracia y enfrentado a muerte con Rajoy.

La sentencia, pronunciada por Rodrigo Rato, fue como una pedrada en la frente. Cierta arrogancia liberal, después de lo sucedido en el mundo durante los últimos diez últimos años, es ya insostenible. Duele que se lancen palabras como golpes. Y duele aún más que tanto el que la pronunció como los socialdemócratas tradicionales que la criticaron sigan haciendo gala de cierta arrogancia cuando utilizan fórmulas ideológicas que no explican lo nuevo.

Rato comparecía ante el Congreso no para evaluar su política económica sino para informar sobre su gestión al frente de Bankia (segunda Caja de Ahorro del país, ahora pública). Obstinadamente defendió una salida a bolsa en la que los jueces ven indicios de una gran estafa. No hay mercados perfectos cuando se trata de finanzas. Nos ha quedado claro. La mano invisible que reparte, supuestamente con justicia, éxitos y fracasos, en el caso de Bankia les va a costar a los españoles 14.000 millones. El coste total del rescate financiero va a suponer unos 60.000 millones. Falló el mercado, falló el Estado, que a través de sus órganos supervisores (Banco de España) tendría que haber impedido la venta fraudulenta de productos financieros (acciones y participaciones preferentes) que nadie entendía. Hemos aprendido, desde la quiebra de Lehman Brothers, que la regulación y la supervisión es esencial y que cuanto más europea y más global sea, mejor. Ya no podemos decir, como decíamos en los 90, que la mejor solución es “menos Estado y más sociedad”. No podemos decirlo sin explicar a continuación que, en realidad, queremos decir “mejor Estado para una mejor sociedad”. Sin saber bien, además, qué significa mejor Estado. Todos los que hemos tenido nuestro propio Lehman Brothers vivimos con la inquietante intuición de que el viejo Estado, el que vigila a los banqueros, el que nos paga la pensión, el que provee de servicios, no está en condiciones de darnos lo que nos dio.

Parece que las nuevas experiencias sociales y económicas que vivimos no encuentran un cauce crítico adecuado. Un buen ejemplo es lo que le ocurre al partido que, según las encuestas, puede suceder al PP. Ciudadanos sigue confiando en la teoría ingenua del mercado, tanto como lo hace el discurso de los populares (su política en realidad es socialdemócrata). Ciudadanos ha presentado hace meses en el Congreso una propuesta en favor de los vientres de alquiler. Aunque formalmente se hable de un contrato sin contraprestación para la maternidad subrogada, todo el mundo sabe que al final se extenderían las relaciones comerciales hasta ese pequeño reducto (relación madre-hijo) en el que todavía la única regla es la gratuidad.

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Es la vida, amigo, (la que cuenta)

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No hay fuertes sobre la colina

Fernando de Haro

En Madrid, en la sede del Congreso, han comenzando los trabajos de la comisión que va a estudiar la oportunidad de reformar la Constitución del 78. Empieza el debate sobre la oportunidad de revisar una Carta Magna que cumple 40 años. Es la más joven de los países europeos que no estuvieron bajo el telón de acero. España se tumba en el diván y se pregunta cuándo una historia de éxito se convirtió en un relato problemático. La perplejidad se explica, en gran medida, porque estamos ante un caso práctico del carácter no acumulativo en el progreso social. Ha desaparecido la cultura ilustrada que sustentaba a la Constitución, pero seguimos pensando que el derecho o la convivencia son como la expansión del Universo: una vez conocida no hay vuelta atrás.

La primera sesión dejó claro que en este campo puede haber un acusado retroceso. Intervinieron los tres ponentes que quedan vivos. Y la comparación entre los diputados de hace 40 años y los actuales hacía evidente lo mucho que hemos perdido. El nivel de los representantes de la Soberanía Nacional ha caído drásticamente. Pero no es ese el indicativo más decisivo.

El éxito de la Constitución de 1978 se valora adecuadamente cuando se mira la reciente historia española. Durante dos siglos (desde comienzo del XIX), la voluntad de imponer una revolución liberal sin apenas sujeto, por parte de unos, y la resistencia de otros a aceptar la libertad como criterio definitivito en la vida pública hizo conflictivo, a veces sangriento, el proyecto nacional. La voluntad de superar lo mucho que se había sufrido y un encuentro de facto engendraron el acuerdo constitucional del 78.

Los derechos fundamentales consagrados entonces recogían, esencialmente, los valores compartidos en Occidente. Se les sumaron algunas conquistas sociales de nueva generación. A finales de los 70 esos valores, aportaciones de una cultura cristiana recogidos por la cultura laica, no eran especialmente problemáticos. Solo los socialistas se opusieron a una definición de la libertad religiosa que incluyera una mención explícita a la colaboración con la Iglesia católica. La apuesta en favor de una laicidad positiva se abrió paso porque los comunistas, todavía con peso en ese momento, la defendieron.

El resto del articulado, a grandes rasgos, no es conflictivo. Sin embargo, el modelo territorial, todo el mundo lo reconoce, constituye una auténtica chapuza. Se adoptó una mala solución, o la única posible para satisfacer los deseos de los nacionalistas (catalanes y vascos). España no se configuraba ni como un Estado federal, ni centralista, quedaba abierto. Al texto de la Constitución no se le pueden poner grandes objeciones, pero sí al proceso que debería haberle dado vida. Una Carta Magna no es solo el texto inicial. Es su historia: su desarrollo normativo, su reforma o no reforma, la conversación que la hace posible. Y esa es la que no ha habido. No es de extrañar que en este momento una minoría considerable (mayoría de jóvenes) no se reconozca en ella, o que la mitad de los votantes de Cataluña la den por absolutamente amortizada.

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El (único) poder útil contra las 'fakes'

Fernando de Haro

Dispuestos a acabar con la amenaza. Si 2017 fue el año de las fake news (noticias falsas), ha llegado el momento de ponerles coto. El objetivo es que no interfieran como lo han hecho en los procesos electorales (Alemania, Estados Unidos, Francia, etc.), y que no aumenten la inestabilidad como ha sucedido en los momentos delicados vividos en Cataluña. ¿Hay capacidad para detener las viejas y nuevas mentiras?

Macron, el “chico listo y culto” de las democracias europeas, anunció la semana pasada un proyecto de ley para controlar las televisiones estatales extranjeras (o sea rusas) y para dotar de más transparencia a internet. En otro tiempo hubiera sido difícil que un líder de la “regeneración institucional” propusiera con tanta alegría una mayor intervención del Estado para limitar la libertad de prensa. Es el signo de los tiempos. España ha incluido en su Estrategia de Seguridad Nacional la lucha contra las noticias falsas. La OTAN trabaja a través de su Allied Command Transformation en una estrategia en este campo que debería estar preparada a finales de año.

Las noticias falsas amenazan la democracia por dos razones. Una obvia: existen poderes interesados en utilizarlas. La segunda se refiere al modo que tenemos de relacionarnos con la realidad.

La desinformación se ha convertido en un arma de desestabilización. Y el ejemplo más claro es lo que se conoce como la “guerra de combinación” (kombinaciya) utilizada por Rusia al integrar ciberguerra, ciberinteligencia, desinformación y propaganda.

La nueva arma funciona porque nuestro modo de informarnos ha cambiado radicalmente. Los medios clásicos (radio, televisión, prensa), incluso los sitios informativos de internet están pasando a segundo plano. Las redes sociales se convierten en las fuentes principales para conectar con mundo: el 44% de los estadounidenses se informa ya a través de Facebook. El cambio ha provocado, como señala Andrés Ortega, analista del Instituto Elcano, que “vivamos en burbujas informativas, en cámaras de eco o de resonancia”.

Las redes sociales multiplican a menudo el “efecto tribu”, generado por la perplejidad de globalización y de las sociedades multiplurales. Los medios informativos clásicos, aunque estén sesgados por las orientaciones ideológicas, tienen que justificarse ante sí mismos y ante su audiencia con una cierta tendencia a la veracidad. En el consumo tribal de las redes sociales esa tensión desaparece. El filtro emotivo, que reduce la apertura de la realidad a las propias inclinaciones, está justificado de antemano. Los miembros de una cierta “etnia informativa” solo quieren escuchar lo que creen ya saber. Los hechos se diluyen hasta convertirse en un pretexto. El hecho de informar e informarse es un ejercicio práctico (y humilde) de una racionalidad de la que abdicamos con demasiada frecuencia. Otro signo de esta época marcada por la desconfianza y el miedo hacia la razón.

La debilidad crítica, que renuncia a los hechos y a su observación, es la que permite el éxito de la desinformación. Con solo 200 dólares de inversión en publicidad en Facebook se puede crear un conflicto cívico entre indignados por la presencia de inmigrantes musulmanes e indignados por la creciente islamofobia. Es lo que hizo un grupo ruso en Texas en 2016.

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Empieza el siglo

Fernando de Haro

Hoy empieza el siglo XXI. Ahora que hemos celebrado el centenario de la revolución de octubre, que se cumplen diez años del estallido de la Gran Crisis provocada por las subprime, ahora que el califato del Daesh ha sido derrotado territorialmente y que es un grupo yihadista más (ni Estado, ni Islámico), ahora que hemos inaugurado 2018, podemos decir que empieza el siglo XXI. Empieza un nuevo siglo que de momento es estadounidense, ruso, chino, o sea nacionalista, siglo que cerrará el ciclo comenzado con la revolución americana y francesa de finales del XVIII.

Podríamos considerar todo lo sucedido en los últimos 25 o 26 años -más o menos la extensión de una generación- como un período de transición que ha convertido a los millennials en adultos. La euforia de la caída del Muro de Berlín y del fin de la historia llevó a decisiones como la derogación, en 1999, de la ley Glass-Steagall (la que separaba en Estados Unidos la banca de depósito y la de inversión). Fue el símbolo de un entusiasmo por el mercado que acabó en desastre. Al tiempo que los millennials crecían y aumentaba la burbuja inmobiliaria, Estados Unidos intentaba responder al mazazo del atentado del 11 de septiembre. La Guerra de Iraq, mal planteada, contribuyó, junto con el apoyo saudí, a hacer posible la pesadilla del califato, pesadilla de un islam perplejo ante la modernidad.

Los millennials ya se han incorporado al mundo de los adultos. Después de los muchos sufrimientos pasados y de una política monetaria que ha inyectado mucha liquidez (afortunadamente se perdieron los complejos), Europa y Estados Unidos crecen por encima del 2 por ciento. Es otra economía, otro mundo. Ha vuelto la desigualdad, el nivel de bienestar general no será nunca semejante al del final del pasado siglo y la cuarta revolución industrial (la digital) plantea muchas dudas. Ahora sabemos que el mercado no tiene una mano invisible para hacer magia y que el Estado no es soberano. Pero, con más pobres y con más heridas, hemos levantado la cabeza.

Tras la derrota del Daesh, quince años después del comienzo de la “Guerra contra el terrorismo”, hemos aprendido que los desequilibrios en Oriente Próximo son decisivos. Pero, sobre todo, tras habernos convertido en víctimas, nos hemos dado cuenta de que el enemigo no es externo, se llama nihilismo.

En este comienzo de siglo, en este inicio de 2018, Oriente Próximo como América Latina van a ser regiones importantes. Pero de momento los puntos en rojo son Beijing, Washington y Moscú. Arabia Saudí (en manos del “pequeño Salman”, el príncipe heredero) se ha convertido en un actor descontrolado y dispuesto a mantener, sin apenas límites, su rivalidad con Irán. Cuenta con el inestimable apoyo de los Estados Unidos de Trump y del Israel de Netanyahu. América Latina, con numerosas elecciones en 2018 (las de México son quizás las más importantes), parece iniciar un giro hacia la derecha como en los años 90 (vuelve Piñera a Chile y Argentina cambia de rumbo con Macri). Todo depende de si el izquierdista López Obrador se hace con la presidencia mexicana.

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Empieza el siglo

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Más disponibles

Fernando de Haro

Esta Navidad de 2017, Navidad de un comienzo de siglo que no acaba de desperezarse, nos encuentra a todos más disponibles que otras veces. No se trata del bagaje religioso que cada uno lleve a cuestas. A estas alturas lo suponemos escaso. Se trata de la disposición a acoger lo “infinitamente” improbable como hipótesis de partida. Belén y Beit-Sahur (el campo de los pastores), en Cisjordania, son noticia estos días no solo por la disputada capitalidad de Jerusalén. Ahora que nos hemos quedado casi sin sistemas, que andamos temerosos los unos de los otros, aflora en cada esquina la necesidad de una ternura consistente.

Nuestra seguridad en lo que somos capaces de hacer ha disminuido considerablemente, ni siquiera tenemos claro si una maquina o un ordenador puede llegar a sustituirnos dentro de poco. Y menos aún tenemos claras las referencias morales. No hay razones ni causas suficientes prácticamente para nada.

Hemos dejado atrás la crisis. La zona euro puede cerrar este año y el que viene con un crecimiento del 2 por ciento. Pero las cosas no han vuelto a ser como eran en 2008. La cicatriz no nos deja sentirnos cómodos. Por más que los mensajes de tranquilidad proliferan para ahuyentar los fantasmas del “fin del trabajo”, los miedos perduran. Hay temor a lo que pueda traer la cuarta revolución industrial, la digitalización.

No es solo la natural prevención que provoca el futuro ciclo o un modelo productivo que no ha acabado de surgir y del que sabemos muy poco. Es una inquietud más profunda que cuestiona la certeza del hombre liberal y socialdemócrata. La concesión este año del Premio Nobel de Economía a Richard Thaler es una buena muestra de la sensibilidad dominante. Thaler se distingue por haber estudiado nuestra conducta. Ha puesto de manifiesto que no somos máquinas perfectas de consumir y producir. Nuestros actos responden a una racionalidad limitada y tomamos decisiones con preferencias “deformadas”. Las soluciones que propone Thaler para “empujar” a los individuos a tomar opciones “más acertadas” no son lo más interesante de su pensamiento. Lo importante es que, desde la ciencia económica, como antes desde la neurociencia o desde la biología, se nos invita a revisar cierta imagen que teníamos de nosotros mismos, la imagen de una libertad sana, de una autonomía lograda.

En estas circunstancias es difícil mantener la idea de que somos dueños de una racionalidad casi perfecta y exclusiva. El avance de la Inteligencia Artificial nos hace preguntarnos intensamente qué nos diferencia de las máquinas pensadoras, capaces de aprender. Nos preguntamos, cada vez con más insistencia y con menos soberbia, qué nos hace humanos. Y repetimos más que nunca la palabra autoconciencia y la expresión inteligencia emocional.

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Tres votos para Cataluña

Fernando de Haro

Cataluña vota este jueves. Cataluña vota después de una declaración unilateral de independencia, después de una intervención de su Gobierno autónomo. A juzgar por la participación récord que pronostican las encuestas (algunas han hablado de hasta un 90 por ciento que luego se ha rebajado al 82), una inmensa mayoría de los catalanes está convencido de la utilidad de su voto. Las elecciones no van a resolver de modo automático ningún problema. De hecho, es posible que haya que repetirlas. El resultado de las urnas no cerrará la herida de años, acrecentada tras los últimos meses. Pero los votos cuentan y cuentan mucho.

Los últimos datos económicos certifican por enésima vez las consecuencias de la quiebra de fe mutua entre los catalanes. El cuarto trimestre se cerrará en Cataluña con un incremento del 0,4/0,5 por ciento del PIB, la mitad de lo que creció en el trimestre anterior. Dicen los economistas que esta factura es la traducción en términos productivos del conflicto social. Sin confianza mutua no hay quien construya país. Según el Colegio General de Economistas se pueden dejar de crear 60.000 puestos de trabajo.

Habrá quien interprete los datos culpando a los de fuera. Las burbujas ideológicas suelen reciclar la realidad en su beneficio. Hay una gran tarea humana y cívica por hacer en Cataluña. Nunca se ha utilizado tanto la palabra diálogo y nunca ha sido tan escaso: diálogo para comprender las razones que llevan al otro a sostener lo que sostiene, para tener la experiencia de que el otro puede ser una riqueza. Nunca hasta ahora el “perdón” de la diferencia ha sido tan escaso. Nunca como hasta ahora se había delegado tanto la responsabilidad de la persona, única instancia de la que puede surgir el cambio, en “el país”, la ley o un proyecto abstracto.

La burbuja ideológica se irá desinflando a medida que se abra paso el diálogo sustantivo, el encuentro con el otro y la construcción personal (es decir social). El resultado electoral puede ayudar a remover obstáculos.

Y hay tres votos que pueden contribuir a pinchar la burbuja ideológica. El primero es el voto en blanco. En el bloque independentista, entre los que apuestan por la independencia y por el derecho a decidir, lo lógico es que se abriera paso un voto de reproche, quizás la abstención. La gestión del proceso ha sido un fiasco para quien quiere la secesión. Hasta el inventor, Artur Mas, horas antes de que Carles Puigdemont hiciese la declaración unilateral de independencia, reconocía que no era posible seguir adelante. Los propios promotores, como revelan las actas de sus reuniones de 2016, sabían que se encaminaban hacia el fracaso. Si la bunkerización frente a la realidad no fuera tan sólida, a estas horas estaríamos asistiendo a una discusión rotunda entre los independentistas en la que se exigirían responsabilidades. Los errores cometidos han hecho mucho daño a la causa. Tendría sentido no renovar la confianza a los que ofrecen más de lo mismo.

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A la espera de una herida que sane

Fernando de Haro

La semana pasada dos noticias simultáneas, pero no paralelas. Con resultados divergentes. Las negociaciones para cerrar la primera fase del brexit (los términos del divorcio) y el comienzo de la campaña electoral en Cataluña han coincidido en el tiempo. Una y otra eran consecuencia del nacionalismo. El Gobierno del Reino Unido tiene que concretar la ruptura con la Unión aprobada en el nefasto referéndum de junio de 2016. Los partidos en Cataluña empezaban a buscar el voto, después de que el independentismo hiciera necesaria una intervención del Gobierno autónomo y la convocatoria de comicios.

Solo hace ocho meses May partía con una posición arrogante. Pedía formalmente en una carta subida de tono la salida de la Unión. Y llegaba a amenazar con no colaborar en cuestiones de seguridad. Al final la primera ministra británica ha acabado aceptando todo lo que pedía la Comisión. Ha aceptado el pago de la factura pendiente que le reclamaba Bruselas (hasta 60.000 millones de euros) y la tutela de los derechos de los ciudadanos europeos que viven en el Reino Unido, incluida la jurisdicción del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. No habrá tampoco frontera entre la República de Irlanda e Irlanda del Norte.

La frontera del Ulster, que parecía el escollo insalvable (el Gobierno de May se apoya en los diputados unionistas), ha dejado de ser un obstáculo para convertirse en la oportunidad de negociar un brexit blando. Esa frontera es la memoria de una herida muy presente, la que durante años sembró muertos y terror. Levantar de nuevo la marca hubiera sido volver al escenario anterior a los Acuerdos del Viernes Santo (1998) que hicieron posible la paz. Y pocos estaban dispuestos a ello. Para evitar la frontera entre las dos Irlandas se ha recurrido a mantener en el Ulster el mercado único y en la unión aduanera a cambio de que haya una “convergencia regulatoria” entre la provincia del Reino Unido y la República de Irlanda (UE). Ya han empezado a oírse voces que reclaman la misma solución para todo el país. Si así fuera el brexit se sustanciaría con una fórmula de asociación como la que tiene Noruega: participación en el mercado único sin intervención en sus órganos de decisión. Brexit blando, brexit que con el tiempo sería reversible porque no tiene ninguna ventaja.

No parece una causalidad que la herida abierta entre las dos Irlandas, la memoria y el deseo de no volver a un pasado sombrío, haya sido un elemento determinante para disolver parte de la ceguera ideológica. Hay otros factores sin duda. En el gen británico, junto al nacionalismo, el vector pragmático es decisivo. La humillación de May en las elecciones de junio, la presión de los sectores económicos (en especial de la city) por lo mucho que se puede perder y la firmeza de la Europa que quiere seguir unida han sido también determinantes. Pero las Irlandas que no quieren muro han contado mucho.

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Lo viejo y lo nuevo

Fernando de Haro

El cocinero y el político. Lo nuevo y lo viejo. Lo nuevo buscado con ahínco, con mucho anhelo, casi con angustia. Lo viejo, como un respiro, como un alivio, pero insuficiente. Dos escenas. Una en Madrid y otra en Berlín. En Madrid, me toca entrevistar delante de un público selecto a Ferrán Adrià. El cocinero más famoso del mundo, cinco años después de haber cerrado El Bulli, el restaurante que fue sinónimo de revolución, sigue rodeado de gurús de la tecnología, de las finanzas, de la gestión que esperan de sus labios el método para crear lo nuevo, para identificar una ley universal de la que surja la creatividad. En Berlín, horas después, Martin Schulz, el líder del SPD, anuncia las condiciones para que vuelva lo viejo, el posible acuerdo con Angela Merkel que reedite algo parecido a la Gran Coalición. Respiro porque las palabras de Schulz alejan el fantasma de nuevas elecciones en Alemania. Alivio porque lo conocido vuelve, porque la fórmula supone más Europa y se despejan las incertidumbres.

¿Será que lo nuevo es solo un juego para snob? No parece a juzgar por la seriedad con la que escuchan mis preguntas y las respuestas de Adrià los directivos de las grandes corporaciones. Al cocinero le han convertido en profesor de Harvard y los sesudos profesores del MIT, que trabajan 16 horas y duermen en el despacho, se desviven por escuchar la receta que convirtió lo de siempre, comer y dar de comer, en un nuevo mundo. Adrià cobra 80.000 euros por conferencia, pero sus respuestas dejan insatisfecho a quien busque una fórmula general. La creatividad no es continuidad ni desarrollo, pero tampoco surge de la nada, aparece en una larga tradición, en este caso la de alimentarse. “Hicimos algo distinto, llevamos la cocina al límite, pero seguía siendo cocina, no era una performance”, señala. Trabajo, horas, renovación de plantilla… Parece difícil encontrar el secreto que hizo saltar una particular chispa frente al Mediterráneo, bajo unos pinos catalanes.

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