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22 MAYO 2018
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El resentimiento que rechazamos

Fernando de Haro

El nombramiento de Quim Torra como nuevo presidente de la Generalitat de Cataluña, a pocos días de que expirara el plazo para la convocatoria de unas nuevas elecciones, supone el inicio de un capítulo inédito en el proceso de secesión. El nuevo capítulo inédito, en un océano de capítulos inéditos, está sin duda marcado por la nula voluntad de Torra de encontrar un punto de entendimiento con el Gobierno. No hay voluntad de encontrar una fórmula posible, de esperar para ampliar las bases de los partidarios de la independencia tal y como reclamaba ERC. Torra aplica la política que marca el expresident Puigdemont desde Berlín. Va a la confrontación directa y elige para su nuevo Gobierno a cuatro exconsejeros que están en prisión o en el exilio, procesados por delito de rebelión.

Pero el capítulo es inédito, sobre todo, porque supone la “verbalización del rencor” por parte de quien tiene la máxima responsabilidad institucional. Torra es conocido por sus tuits y por sus escritos en los que les falta el respeto a los españoles no catalanes. Son ellos, los maleducados, los que solo saben expoliar, los ocupadores desde 1714. Torra verbaliza la culpa situándola en el otro de forma expresa. Incomoda a los defensores de la Constitución del 78 y a muchos independentistas que se ven atrapados en la descalificación.

Es la dinámica que domina buena parte de la vida política del planeta y, aunque con otros tonos, todos la hemos practicado. Es el signo de los tiempos en esta edad de la ira. En Alemania se azuza el odio al inmigrante, al que se le culpa de todos los males; el islamismo radical, en nombre de una tradición que desconoce, se lanza contra el occidente laico del que copia su última estación nihilista; la islamofobia aglutina a los que se sienten olvidados en sociedades desiguales; los nacionalistas proteccionistas del comercio y de una cultura que ya no tiene nada que ver con local se lanzan contra la mundialización… la lista de los fenómenos es muy larga y cada uno de ellos tiene muchas cosas en común.

Lo de Torra tiene precedentes muy clásicos en la historia de Europa. Con mucha menos genialidad intelectual, con menos capacidad de construcción de discurso, el nuevo presidente de la Generalitat alimenta la misma reacción que tuvo parte de la cultura alemana romántica cuando vio avanzar la ideología de la Ilustración francesa. Era necesario, frente al proyecto homologador, que el individuo volviera a sentirse bien en su mundo, rescatar la comunidad tradicional, reencontrar el orgullo frente al otro, huir de la tecnocracia, recuperar el espíritu, consumar la “transferencia de sacralidad”, de modo que los nombres de la fe quedaran vacíos de contenido y ahora exaltaran la nueva patria. Entonces como ahora, la reacción se parece mucho a la acción. Ni la tradición es tradición ya, ni el espíritu pertenece al pueblo ni hay memoria viva. Son construcciones que toman de prestado el contenido y la forma de aquello contra lo que se sublevan.

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Sucederá la flor, también al final

Fernando de Haro

Ha llegado estos días a las librerías españolas un librito, “Sucederá la flor” (Pretextos). Pocas páginas en las que el joven poeta Jesús Montiel relata con excelente prosa sus experiencias mientras su hijo es tratado de leucemia. En el hospital, con el sufrimiento de los inocentes en el alma, con la muerte en ocasiones como compañera, Montiel, herido por el hijo enfermo, llorando, escribe que “el dolor se abraza o no se abraza” y confiesa que “el dolor me ha dado el canto”.

Páginas luminosas y silenciosas las de Montiel que llegan mientras en la vida pública aparece la enésima crispación, por el enésimo debate, que lo llena todo de un griterío sordo. Esta vez se trata de la eutanasia. El último de los “nuevos derechos” que no estaba recogido en la legislación española. Se alzan voces encrespadas, casi todas ellas muy diferentes a las que se emplean en los pasillos y en las habitaciones de los hospitales.

Hasta hace poco más de un año el PSOE había rechazado que la eutanasia y el suicidio asistido se convirtieran en derechos. Coincidía con el PP, el partido en el Gobierno, y ese acuerdo básico de las dos formaciones todavía (quizás por poco tiempo) mayoritarias permitió frenar el cambio de legislación propuesto por Podemos. Pero hace unos días los socialistas, con un giro inesperado, han presentado en el Congreso una propuesta que recoge las principales ideas de la formación morada sobre la llamada “muerte digna”. También se ha tomado en consideración una propuesta similar que llega desde el Parlament de Cataluña. El PP sigue en contra, pero está en minoría.

Antes de iniciarse cualquier tipo de diálogo sobre una cuestión tan delicada, ya ha quedado sentenciada para la opinión pública. De un lado están los que, probablemente con un amplio apoyo, entienden que es inconcebible no sacar hasta el final las consecuencias del principio de autodeterminación personal. Consideran inaceptable, una rémora de una cultura religiosa que ensalza el sufrimiento, admitir algún tipo de coto al derecho a decidir sobre la propia existencia. Máxime cuando se trata de decidir sobre el final. Es el último resto de dependencia a una referencia externa que limita la libertad. De otro lado se sostiene que el principio del valor de la persona, desde su nacimiento hasta su último respiro, es innegociable, expresión de su dignidad. Parece no comprenderse que en democracia un principio es innegociable para quien lo es, y para todos si lo determina la Constitución o la mayoría.

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Liberación número 1

Fernando de Haro

Hablo con Irene Villa mientras ETA, la última banda terrorista de Europa, anuncia su disolución sin pedir perdón a las víctimas, reivindicando su pasado de sangre. Irene Villa perdió, cuando tenía doce años, las dos piernas. Fue en un atentado de los que, en estos días, al despedirse, justifican su violencia por la represión de la Guerra Civil. Mentira arqueológica.

“Tras al atentado empecé una vida mucho más dramática de lo que había pensado. Mi vida era la de una adolescente feliz. De pronto, empecé a vivir sin piernas -me cuenta Villa-. Decidí perdonar porque quería rehacerme, renacer”.

Escucho a Irene mientras las televisiones emiten una y otra vez el acto montado por el ya disuelto grupo terrorista en Cambo, en el País Vasco francés. Los autodenominados mediadores internacionales dan lectura a la Declaración de Arnaga. Horas antes, Josu Ternera, el que fuera jefe de los terroristas, ha grabado un mensaje para solemnizar el punto final.

La Declaración de Arnaga, como el mensaje de Ternera, falta dolorosamente a la verdad cuando hay más de 850 personas asesinadas. Llama a ETA grupo armado, sigue hablando de “conflicto”, pide solución para los presos y para los fugados de la justicia y le riñe al Gobierno por no haber dialogado con los terroristas.

Aparto la vista del televisor y me agarró, como un náufrago a punto de sucumbir, a la voz firme de Villa. Voz firme y cálida que perdió la adolescencia, pero no la vida y que me rescata de esa ola de suciedad que despierta en mí el mal y el daño que causaron y causan los violentos.

“El hecho de perdonar significa romper el vínculo con la persona que te ha hecho daño -me explica Irene-. Cuando no perdonas a alguien, te mantienes de algún modo vinculado al mal que te ha hecho esa persona. Hay un hilo invisible que te vincula al terrorista para siempre. Lo he visto en mi hermana, que estuvo a punto de quedarse sin hermana y sin madre y que es incapaz de perdonar. He visto en ella más dolor que en mí porque yo perdoné”.

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Liberación número 1

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Enfermos de derecho

Fernando de Haro

España, una parte de España, otra vez en la calle. Esta vez para protestar por la sentencia de Navarra que condena a los cinco responsables de una agresión sexual múltiple, no con el delito de violación sino con el de abuso sexual. Se cuestiona a los jueces y el sistema judicial, aunque la sentencia no es firme. Casi el 90 por ciento de los ciudadanos rechaza el modo en el que se han pronunciado los magistrados. Los políticos del Gobierno y de la oposición prometen, ante la indignación, cambios en el Código Penal, una nueva reforma legislativa, seguramente un endurecimiento de las penas.

La lectura de los hechos probados es difícil de soportar para una sensibilidad sana. Lo más sagrado, lo que sólo debe ser entregado en un libérrimo acto de libertad, la intangibilidad de la persona en su carne, en la carne de una joven, convertido en objeto de presa. La barbarie, el mal. Y ante el mal, más derecho, mejor derecho, leyes más duras, jueces implacables.

Se repite semana tras semana la misma reacción. El sobresalto es continuo. ETA, la banda terrorista que tanto daño ha causado a los españoles, de la que ya no queda nada, va a anunciar su disolución. Antes, para facilitar el acercamiento de sus presos al País Vasco, pide un perdón tramposo a sus víctimas. No deja de reivindicar sus fechorías. El mal, también el mal de quien no se arrepiente. Solución: que los terroristas se pudran en la cárcel. No hay razones jurídicas para impedirles que disfruten de beneficios penitenciarios. Pero que a nadie se le ocurra hablar de ellos.

Y para los responsables de delitos atroces, cárcel de por vida. Si a la izquierda se le ocurre proponer una modificación de la cadena perpetua (revisable), una de las más duras de Europa, en un país con las condenas más largas de Europa, salta el escándalo. Porque la inmensa mayoría de los españoles, ante el mal, ante el conflicto, quieren más dureza.

Y para resolver el conflicto de una mitad de Cataluña que se quiere hacer independiente, en este caso el mal de la fractura, solo Código Penal.

Enfermos de derecho, desarmados ante la iniquidad. Derecha contra izquierda por su “buenismo” jurídico, feministas contra jueces por su machismo al aplicar las leyes, jueces reclamando respeto, políticos con partidos en crisis que buscan más apoyo, periodistas haciendo amarillismo. Violencia creciente. Retrato de una gran perplejidad.

Porque el mal es así, porque fractura. A menos que, por algún milagro extraño, se pueda volver a usar la razón cívica y se pueda empezar a hablar de algo más que de leyes. Las preguntas son sencillas: ¿por qué aumentan los casos en los que una mujer es convertida en objeto de presa?, ¿qué estamos haciendo mal?, ¿en qué falla nuestro sistema educativo? No son preguntas para que los católicos reprochen a los laicos su permisividad, para que los laicos reprochen a los católicos su educación machista, para que la derecha insulte a la izquierda, la izquierda a la derecha, el postfeminismo al feminismo crítico, el feminismo crítico al feminismo clásico y todos a los jueces. Son preguntas para todos y cada uno. ¿Cómo se puede vivir cuando el daño parece irreparable?

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Enfermos de derecho

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La verdadera frontera

Fernando de Haro

Hace ya casi ocho décadas. Corría el año 40. Había acabado la guerra española y comenzaba la tremenda postguerra, la larga postguerra de represión. El Viejo Continente sucumbía al desastre. Fue en ese momento cuando María Zambrano escribió el ensayo “La Agonía de Europa”, que después de tanto tiempo y de tantas historias nos ayuda a comprender qué nos pasa.

“Europa está en decadencia -señala la pensadora española-. Ahora ya no parece necesario el decirlo”. Ante el desastre, “el acumulado rencor se desata, sale a luz sin máscara. Hoy este rencor se junta y extiende con tremendo ímpetu negativo; corroe, deshace, borra, va convirtiendo al mundo en vacío espacio desolado. Priva a los ojos de la hermosura de las apariencias y escamotea astutamente al corazón todo lo que puede amar”. La crisis como resentimiento, como rencor. ¿Pero rencor contra qué, contra quién? ¿Cuál es la promesa incumplida que lo desata? Contra Estados que han dejado de ser soberanos y se han vuelto impotentes, contra mercados que no son perfectos… contra un sistema que no ha funcionado. Porque nos habían educado en el principio de la “razón suficiente”, porque creíamos que si algo sucedía era por unas determinadas causas, porque a cada causa debía seguirle su efecto, y ahora ya no aguantamos más en la jaula. Resentimiento contra la realidad. “Lo terrible del rencor es su esencial apostasía; el que se revuelva siempre, ciego, contra aquello que podría salvarle”, dice Zambrano.

Rencor, tristeza, incomodidad y queja por la libertad, porque la libertad se haya desbocado y desbordado. Rencor y rebelión por una libertad todavía demasiado constreñida. Que los que andan entristecidos por una libertad desbordada o por una liberad insuficiente no están en diferentes bandos, que el bando es el mismo, el de los que creen todavía, cuando el sistema ha colapsado, que pensar bien, en orden, precisar causas y consecuencias de modo ordenado, lo resuelve todo.

En los mismos años en los que escribía Zambrano lo hacía la poetisa uruguaya Idea Vilariño. En un memorable poema sus versos dicen: “Tal vez no era pensar, la fórmula, el secreto, / sino darse y tomar perdida, ingenuamente. / Tal vez no era pensar, la fórmula, el secreto. / Tal vez no era pensar, la fórmula, el secreto, / sino amar y amarse, perdida, ingenuamente, /ingenuamente”.

Quizás la alternativa entre el rencor y la tristeza que produce una jaula siempre demasiado estrecha, y el ver y tomar la hermosura de lo dado sea la que marque la verdadera diferencia. Por supuesto que queremos seguir pensado, pero ¿cómo?, ¿desde dónde?

La diferencia no está entre los defensores de la tradición y los defensores del progreso, entre laicos y religiosos, entre los partidarios de los nuevos derechos y los partidarios de los viejos derechos, entre derecha e izquierda. La cuestión es transversal.

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La verdadera frontera

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Chacras para lo humano

Fernando de Haro, Lima

Cerro Esmeralda, en Lima, está a menos de una hora en carro del centro de la ciudad donde se celebra la VIII Conferencia de las Américas. Pero parece que un abismo separa el barrio de Huachipa del Gran Teatro Nacional, en San Borja, donde las calles están bien asfaltadas y limpias. En el Cerro Esmeralda la tierra tiene color arcilla, la arcilla que sirve para hacer ladrillos y que ha dado de comer ya a varias generaciones desde que llegaron los primeros desde el Perú más pobre hasta este asentamiento informal donde han sido tanto o más pobres de lo que lo eran antes. La tierra de Cerro Esmeralda es polvo porque rara vez cae la garua, la lluvia escasa de Lima que moja poco. Y el polvo es duro, como la vida en el cerro. Los jóvenes se juntan pronto, que no se casan. Las chicas se suelen quedar embarazadas antes de los 17 años y se unen a los padres de sus hijos sin que muchas veces haya amor. Las parejas no suelen compartir lo poco que tienen y los hombres a menudo se buscan a otra mujer. Los jóvenes padres trabajan haciendo ladrillos, de taxistas, vendiendo algo en los mercados de la ciudad. No les gusta que las jóvenes madres estén fuera de casa. A menudo hay violencia doméstica y mucho alcohol para acompañar la miseria. Y los niños en Cerro Esmeralda crecen sin afecto. Al volver a casa desde el colegio no hay ni tiempo ni sitio ni ganas para estudiar. Y sin estudiar no hay futuro.

No hay mucho verde en los ojos de los niños de Cerro Esmeralda porque el polvo lo llena todo. Las chacras, los pequeños campos de cultivo que se abastecían del agua del río, se han ido abandonado. La fiebre del ladrillo lo llenó todo, cambió el terreno. El superciclo de las materias primas que, gracias a la explotación de la minería, dejó tasas de crecimiento en Perú del 7% anual provocó una intensa actividad ladrillera en Huachipa. Pero la lluvia de millones que cayó entre 2003 y 2013 en una buena parte de América Latina sorprendió a muchas zonas sin capacidad ni voluntad de diversificar económicamente, sin instituciones democráticas consolidadas, sin buena gobernanza como la llaman ahora. Y se acabó el dinero, ya no hay garua de millones, y muchas cosas han seguido igual en Huachipa.

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Chacras para lo humano

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Liberación: ninguna pulsión antimoderna

Fernando de Haro

No hay por qué negarlo. Han vuelto las viejas cadenas. Cadenas gastadas, simples. 50 años después de que el deseo de liberación se impusiera como criterio único (68), la fuerza de múltiples poderes se ha incrementado. Un buen ejemplo es la guerra comercial entre Estados Unidos y China, episodio de rancio nacionalismo. Lo extraño es que el fracaso del deseo de liberación sirva para descalificar, como si fueran lo mismo, la aspiración de mayor libertad con los métodos utilizados para conseguirla y los resultados obtenidos. La pulsión antimoderna no distingue.

La insistencia, el tiempo y la energía que se dedican a analizar y denostar los rasgos de la cultura de la post-liberación (género, liquidez, etc.) son inversamente proporcionales a la capacidad de rescatar el deseo de libertad que renace una y otra vez, y de emprender caminos nuevos. La pulsión antimoderna, blandiendo los fracasos de la Ilustración y del 68, quiere rescatar el viejo temor al deseo (la hibris tiene que ser conjurada). Quiere hacernos creer que hay algo de peligroso en convertir la libertad -la crítica subjetiva, la satisfacción, el camino de cada uno- en criterio. El nuevo miedo a la libertad y al sujeto es parte de la crisis, del problema, no de la solución.

Vamos con el ejemplo de la guerra comercial. Si Estados Unidos y China acaban imponiendo aranceles por valor de 50.000 o 100.000 millones de dólares se produciría un desastre. Se rompería el difícil equilibrio que permite un sistema de colaboración entre las dos principales economías del planeta (China exporta al Tío Sam, Estados Unidos financia al Gigante Asiático). Estamos al borde de una gran catástrofe porque buena parte de los estadounidenses y de los chinos están dispuestos a satisfacer su deseo de liberación en el nacionalismo low cost de Trump y de Xi Jinping. Trump sabe que se juega su futuro en las elecciones de noviembre. Por eso, en contra la de élite republicana, está dispuesto a alimentar esa sustitución de las aspiraciones existenciales de buena parte del electorado estadounidense por un buen chivo expiatorio. Los chinos son los culpables de la decadencia porque venden a los americanos lo que antes les han robado, asegura el karma nacionalista. Del otro lado, lo mismo. Los pasos dados por Xi Jinping para consolidarse como el nuevo Mao hubieran sido imposibles sin la exaltación que habla mañana, tarde y noche de un país fuerte, líder mundial. El verdadero rostro del comunismo-capitalismo también es nacionalista. No habría guerra comercial sin manipulación antropológica, si el nuevo poder no ofreciera libertad a cambio de banderas.

Nadie lo niega ya. La Ilustración ha fracasado. Pero como solución, no como aspiración. Porque el deseo de universalidad es inextirpable. Y porque la laicidad, una vez que entró en la historia, se ha mostrado más conveniente que todas las teologías políticas que confunden Iglesia-Estado. El siglo XXI de momento está siendo un siglo muy religioso y las teologías políticas de la confusión han vuelto con fuerza.

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Liberación: ninguna pulsión antimoderna

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Cataluña: política contra la vida

Fernando de Haro

Cien días después de las elecciones celebradas en Cataluña, cuando no parecía posible que la situación política pudiera empeorar, la crisis institucional y la herida social se han ahondado. Quizás lo peor de todo es que se insiste en “soluciones” imposibles que dan la espalda al sentir de la mayoría de los catalanes, que no haya reencuentro en el horizonte, ni vía por explorar.

Ciudadanos, el partido que ganó los comicios de Navidad, renunció a gobernar la misma noche electoral. No puede conseguir una mayoría suficiente. Los que sí podrían tener una mayoría suficiente, los partidos que defienden la independencia, no han conseguido una investidura. Han propuesto un candidato imposible, que había huido del país para evitar a los jueces, y un candidato en prisión. El único candidato válido durante algunas horas, el único que efectivamente se votó, no consiguió un apoyo suficiente de los partidarios de la secesión. El independentismo no forma un bloque tan monolítico como parece.

La detención en Alemania del expresident Puigdemont, promotor de la vía unilateral de la independencia, ha cerrado el “paréntesis” de sus cinco meses en Bélgica. Un paréntesis que le permitió esquivar la eurorden en la que se solicitaba su detención por haber cometido un presunto delito de rebelión. Salvo sorpresa, las autoridades judiciales alemanas los entregarán a España. Durante este tiempo Puigdemont ha sido, desde el exterior, el líder único del independentismo, el que ha bloqueado cualquier Gobierno para Cataluña que aplazara o “pospusiera” la república independiente. Está por ver si en sus nuevas condiciones puede ejercer ese liderazgo.

Aquella media Cataluña (47,4 por ciento de los votos y dos millones de electores) que votó a favor de las fuerzas independentistas no ha tenido ni secesión ni un diálogo bilateral para encontrar una “solución política”. Era lo que se le prometía. El Gobierno de Rajoy se ha limitado a seguir aplicando, con un perfil bajo, el artículo 155 de la Constitución para mantener intervenido el Gobierno autonómico.

En lugar de la independencia o de una negociación bilateral hay un auto del juez del Tribunal Supremo Pablo Llarena, en el que se procesa a 25 líderes del independentismo, de los que nueve (diez con Puigdemont) permanecerán en prisión hasta la celebración del juicio. El auto del juez argumenta que los promotores de la secesión son responsables de actos violentos. Es lógico que haya sensación de frustración entre quien participó en octubre en la consulta no autorizada. No ha habido fiesta alguna, como se les prometió, ni tampoco revolución pacífica.

La actividad parlamentaria inexistente de una cámara de momento bloqueada y la renuncia a formar un Gobierno posible, que no tenga el visto bueno de Puigdemont, convertirán las decisiones judiciales y el debate jurídico en torno a la responsabilidad de la violencia en los protagonistas absolutos de las próximas semanas.

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Cataluña: política contra la vida

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Caso Facebook: no eres una mercancía

Fernando de Haro

Caso Facebook & Cambridge Analytica. Queda confirmado lo que todos imaginábamos. La red que creó Mark Zuckerberg, al abandonar hace 13 años Harvard, no es solo un instrumento de socialización virtual. También es una potente arma de poder, con un número inmenso de datos a su disposición que permite segmentar la información y crear una pseudoinformación, entrando en el yo más íntimo, en las relaciones de “amistad”.

Tanto es el poder acumulado por la red social que el caso destapado, el uso de datos personales de 50 millones de usuarios para la campaña de Trump, invita a repensar a qué retos se enfrenta el derecho a la intimidad, el derecho a la información y la participación política. Los principios del Estado liberal puestos patas arriba. El caso invita, sobre todo, a recuperar la intangibilidad del yo.

En Facebook no hay intimidad. Como en ninguna de las redes sociales. Toda la gran presa jurídica, construida durante años para poner a salvo los datos de los usuarios, se ha venido abajo. Las excusas de Zuckerberg y sus promesas de hacer más visibles y explícitos los consentimientos de las aplicaciones que manejan información personal han sido absolutamente inverosímiles. Todos sabemos que, de momento, no hay barreras. El reto para el futuro es inmenso. Los algoritmos de la Inteligencia Artificial trabajan incansablemente para sacar conclusiones de nuestra huella digital, huella grande como la vida.

Washington, Bruselas y Londres han exigido la comparecencia del fundador de Facebook en sus parlamentos. Habrá buenas palabras, pero de momento, pocas soluciones. Las prácticas de las redes sociales, no solo la filtración de datos, son un asunto político de primera magnitud. Una cuestión que pone de manifiesto cómo nuestras democracias no pueden concebirse solo como una relación vertical entre el Estado y el individuo. Nuestra democracia no es solo un sistema que gestiona bien la circulación de ciudadanos aislados y que ordena los derechos subjetivos de mónadas.

La democracia es mucho más: un ecosistema de relaciones en el que sus protagonistas conversan, debate y discuten sobre los retos que afrontan juntos. Los derechos de información, de reunión, las libertades cívicas no solo son esenciales en su dimensión personal o individual, lo son también porque al ejercitarlas se hace posible la formación de la opinión pública y de la voluntad común. Esta es la primera ambigüedad de las redes sociales: pueden contribuir a una segmentación de la realidad mucho mayor que la de los medios tradicionales. En la prensa, en la radio y la televisión clásicas hay siempre un sesgo ideológico, pero es más difícil que el sesgo sea tan absoluto que los hechos desaparezcan. En las redes sociales se acrecienta la tendencia a atrincherarnos en la tribu de los “amigos” sin que haya límite. El lector ya no busca información. Es la información, en muchos caos la desinformación, la que busca al miembro de la secta.

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Caso Facebook: no eres una mercancía

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Como en Praga hace 50 años

Fernando de Haro

Esta semana se cumplen 50 años de un momento decisivo de la llamada Primavera de Praga. No hubo solo un 68, y el de Praga está algo olvidado. A diferencia del francés, alemán, japonés, estadounidense, italiano o español, el checoslovaco se levantó contra el poder soviético. El 22 de marzo de 1968, Antonin Novotný perdía la presidencia del país, ya en enero había sido sustituido por Alexander Dubcek al frente de la secretaría general del Partido Comunista. A partir del mes de abril, Dubcek puso en marcha el socialismo de rostro humano que incluía un aumento de la libertad de prensa, la libertad de expresión y de circulación.

Los cambios se producían en un contexto cultural en el que iniciativas como el Club de Escritores Independientes, liderado por Václac Havel, rechazaban lo que luego llamaría “la vida en la mentira”. En agosto de ese año, el sueño de un socialismo abierto era aplastado por la invasión soviética. Havel, en los primeros momentos de la intervención se traslada a Liberec, una ciudad al norte de Praga, y desde una radio todavía libre realiza durante varios días una serie de transmisiones en las que llama a la resistencia. Los llamamientos tienen toda la fuerza de quien sabe que frente a los tanques solo tiene la fuerza de la conciencia, del sujeto. Estamos viviendo una “ocupación inusual (…) pistolas y tanques tienen menos poder que las ideas y las fuerzas éticas de lo humano”, apunta. Y añade: “nuestras armas son más efectivas que sus armas. Y lo que digo no es una exageración. Tenemos nuestra unidad espontánea, nuestra determinación de no renunciar a nuestra visión patriótica y a nuestros ideales morales (…) Dejemos a la inteligencia triunfar sobre la brutalidad, la humanidad sobre la inhumanidad, la solidaridad sobre las órdenes militares, la disciplina de la conciencia sobre la disciplina de las armas”.

En un país bajo el gran poderío militar soviético del momento, emociona imaginarse a Havel, perseguido, afirmar a través de un micrófono la superioridad de la conciencia frente al poder. La Primavera de Praga quizá sea lo mejor del 68. Y lo mejor del 68, con todas sus limitaciones, es su voluntad de afirmar la conciencia como deseo de libertad y de plenitud.

Ahora que se acerca el 50 aniversario del movimiento del que ha surgido buena parte de nuestro mundo de referencia, conviene recordar que no fue solo un fenómeno francés. Y conviene que ni los moralistas ni los optimistas ingenuos reduzcan el valor de la fecha.

Háganse todas las críticas necesarias, señálense todas las limitaciones del 68, por ejemplo, su destructiva relación con la tradición o sus muchas desviaciones. Pero que los moralistas no silencien el deseo de autenticidad, el deseo de “vida en la verdad” que lo animó. Vuelve a ser sofocante, como entonces, el miedo al deseo, la necesidad de adjetivarlo, de encauzarlo. A la cultura laica y al cristianismo moralista les falta esa confianza última en la naturaleza humana que proviene de la mejor tradición católica. El deseo, cualquier deseo, es siempre una expresión religiosa.

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Como en Praga hace 50 años

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Mao, imperialista y digital, ha vuelto

Fernando de Haro

La semana pasada ha habido muchos nervios en Beijing. Se celebraba la anual Asamblea del Pueblo, el parlamento de pega de la dictadura china, con la agenda más importante de los últimos años. Una agenda que, en cierto modo, supone revertir la apertura iniciada por Deng Xiaoping en 1978. Xi Jinping, el actual presidente, temía que las reformas constitucionales que sometía a los 3.000 delegados venidos de todo el país no salieran adelante con la unanimidad habitual. Los controles de siempre en la plaza de Tiananmen redoblados, todos los vecinos de la ciudad advertidos de su deber de dar un chivatazo en cuanto detectaran algo extraño.

En las calles de la capital china los miles de voluntarios del partido desplegados para acompañar las sesiones, uno en cada esquina, eran ajenos a la inquietud de Xi Jinping. Los chinos de a pie no saben lo que sucede en su país. Solo pueden consumir propaganda, el acceso a internet está severamente restringido. Pero los eficacísimos servicios de inteligencia artificial de los que dispone el Gobierno han estado rastreando con especial atención cualquier expresión de disidencia.

Xi Jinping ha conseguido su propósito. El domingo obtuvo con holgura los votos para introducir dos reformas constitucionales que acaban con la apertura iniciada hace 40 años. Se suprime la limitación de mandatos y se le otorga al partido un nuevo protagonismo “en todos los sectores de la política”.

Se consagra así la entronización de Xi como nuevo emperador que puede prolongar su presidencia diez años, quién sabe si quince o más. La reforma constitucional supone un paso más sobre lo aprobado en octubre del año pasado. El partido, previsiblemente, dará una vuelta de tuerca al control de las empresas, las organizaciones sociales, las empresas extranjeras, las iglesias…

Xi recupera la tradición del sanweiyiti (tres cargos en una sola persona) con el control del partido, del país y de los asuntos militares. El que puede ser el nuevo Mao, en contra de lo que ya era habitual, no introdujo en el 19 Congreso a nadie de la sexta generación de líderes (nacida entre 1950 y 1960) dentro del Comité Permanente del Politburó. Hubiera sido el camino lógico para ir preparando una sucesión de la que XI no quiere oír hablar. Todos los órganos del partido están en manos de su gente.

La tecnología viene en ayuda de este proyecto en el que el totalitarismo se refuerza. La IV Revolución Industrial en China ya es un hecho. Y aquí los algoritmos trabajan para conferir un poder a Xi que no tuvieron nunca sus predecesores. Mientras Estados Unidos reduce sus inversiones en este sector, el Gigante Rojo las amplía. Y no solo con intereses empresariales. El Gran Hermano se ha hecho realidad. Todo chino que necesite comprar (cada vez se paga menos con dinero), pedir un taxi, comunicarse con un amigo, o saber cómo llegar a algún sitio tiene que recurrir a la aplicación We Chat, controlada por el poder. Durante la pasada semana he tenido ocasión de comprobar cómo esa aplicación era utilizada para rastrear cualquier forma de crítica, contacto con el extranjero, cualquier movimiento no deseado. La policía dispone en minutos de cualquiera de sus mensajes. Y Beijing es un gran plató, en cada rincón una cámara te vigila. Es literalmente imposible moverse sin ser detectado.

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Mao, imperialista y digital, ha vuelto

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Alegría en casa de Zhu

Fernando de Haro, Shanghai

La nueva regulación del presidente Xi JingPing, que ha entrado en vigor a comienzos de febrero, quiere “chinizar” de forma definitiva las religiones, especialmente el cristianismo. El proyecto es viejo, al menos tan viejo como la llegada al poder de Mao al final de los años 40. Parece que esta vez va a costar menos sangre y que no va a impidir que las pocas cosas importantes se transmitan. Se ve bien en la casa de Zhu Lan, un apartamento de 45 metros cuadrados en el que vive con su marido, su madre y su hijo. Nada que ver con los inmensos rascacielos construidos en el Bund, ni con las calles comerciales donde un lujo desmedido pasea en Ferraris y los escaparates contienen moda y joyas más caras de las que se encuentran en Londres o en París. La casa de Zhu Lan está en un bloque construido en los años 70, a pocos kilómetros del centro financiero, con ventanas que cierran mal, con balcones llenas de ropa tendida y consignas del partido por todas las esquinas que explican cómo hay que comportarse para “el bien de todos”. Son las mismas consignas que, impresas en grandes letras, cuelgan de algunos edificios y que nadie lee.

Zhu Lan, 50 años, escucha música mientras cocina. En el comedor, diminuto, su madre, de 80 años, reza el rosario. La madre de Zhu Lan, Xu Feng Ying, no habla mandarín, solo la lengua de Shanghai, peina canas nobles y cuando sonríe, lo que hace a menudo, se le ven unos dientes grandes. Recuerda muy bien “los tiempos oscuros” que sucedieron a la llegada al poder de Mao. No es muy explícita para referirse a esos años que provocaron el arresto del entonces cardenal de la ciudad, Ignacio Gong Pinmei, muchos mártires y 70 millones de muertos. Ella trabajaba en un taller de costura porque su familia era pobre, “aunque ya entonces procedíamos de siete generaciones de cristianos”. Las cosas fueron a peor cuando llegó la revolución cultural, a mediados de los años 60, cuando nació su hija Zhu Lan, cuando las iglesias fueron asaltadas y cerradas a cal y canto. Le duele no haber podido educar a su hija en la fe.

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Alegría en casa de Zhu

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Un nuevo derecho de gentes

Fernando de Haro

La Peste, la nueva serie de Movistar que ha hecho furor en las últimas semanas, ha reabierto el debate en torno a la América española. Un debate en realidad nunca cerrado desde mediados del XVIII, cuando los criollos se hicieron nacionalistas. Las Indias, a las que muchos quieren partir, son ahora miradas, desde esta orilla, desde la Sevilla del XVI.

El guion no se libra de los tópicos de una leyenda negra, tópicos repetidos una y mil veces. La ventaja es que en esta ocasión hay quien denuncia esa leyenda y quien recuerda que la España del XVI fue en muchos aspectos casi ejemplar y muy cuidadosa con los derechos de los indios.

La ocasión es un buen pretexto para recordar algunos de los argumentos que utilizaba el Cardenal Cayetano, apenas 20 años después de la llegada de Colón a La Española (República Dominicana y Haití). El rey Fernando el Católico había solicitado a Cayetano, superior de los dominicos, que le enviara frailes para predicar. Esos frailes, con una independencia ejemplar, empezaron a denunciar los abusos. Los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, ya habían prohibido la esclavitud y determinado que los indios fueran “bien y justamente tratados”.

Comienza entonces uno de los debates jurídicos y filosóficos más apasionante de la modernidad recién inaugurada. Cayetano, para defender la soberanía de los indios, distingue el derecho de gentes, derecho derivado de la naturaleza, y el derecho divino, derecho de los que son fieles. Y en una página memorable señala que “no pertenece a la Iglesia castigar la infidelidad de los paganos que nunca abrazaron la fe, según aquello del Apóstol: ¿qué me toca a mí juzgar de las cosas de fuera?”. El hecho de que los indios no sean cristianos no les priva de la soberanía y del dominio, “pues el dominio proviene del derecho de gentes que es derecho humano”.

Estos frailes españoles del XVI que defendieron el derecho de los indios, el derecho de los “infieles”, no tenían precisamente ante sí prácticas que los teóricos del derecho natural consideraron después, en un ejercicio evidente de exageración, conquistas a las que la sola razón puede llegar con sus fuerzas. Los indios eran politeístas y animistas, algunos de ellos llevaban a cabo sacrificios humanos, practicaban la antropofagia y la poligamia. No estaban precisamente cerca de un estado natural como el descrito por Rousseau siglos después. Tampoco andaban cerca de aquellas costumbres que luego se consideraron lógicas conquistas de la evolución moral. Ante estos indios reales, ante estos infieles, es ante los que Cayetano recuerda las palabras de San Pablo: ¡qué me toca a mí juzgar de las cosas de fuera!”.

A veces, escuchando algunos análisis escandalizados sobre la desaparición de ciertas evidencias en la sociedad del siglo XXI (diferencia entre los sexos, estabilidad en las relaciones, intangibilidad de la maternidad, dignidad de los inmigrantes), se echa en falta el sano realismo del siglo XVI. Cayetano y muchos otros sabían bien que hay algunas cosas que solo el derecho divino (el cristianismo) hace posible. Es inútil y contraproducente pretender que estén recogidas en el derecho de gentes. Aquellos frailes sabían que esas pocas cosas esenciales solo pueden recuperarse a través de la libertad.

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Un nuevo derecho de gentes

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Re/Irrelevancia política

Fernando de Haro

Paradoja. La globalización está acabando con el concepto y la experiencia de soberanía nacional tal y como la conocíamos desde hace tres siglos. Los partidos políticos de la postguerra (Alemania y Francia), los que se crearon con el ciclo de democratización de los años 70 (España y Portugal) y las nuevas formaciones surgidas en los años 90 (Italia) dan síntomas de agotamiento. Y, sin embargo, en la vida social, el ser para/en/con partido, se convierte casi en una obsesión.

Las almas nobles, defensoras de grandes ideales, con una sana vocación histórica, advierten del riesgo de la irrelevancia política si no hay comercio de partido. Histórico y realista comercio de partido: votos por políticas. No ser reconocido por el partido, por alguno de los partidos, no ser en cierto modo “partido” se identifica con la insignificancia social o política y produce ansiedad. Tanto es así que los movimientos que han nacido en los últimos años con la pretensión de renovar la vida pública (15M en España, 5 Stelle en Italia), o de protestar por la política migratoria (populismos varios) han adoptado inmediatamente la estructura y las prácticas de las antiguas formaciones.

Los viejos y nuevos partidos consiguen, en un momento de evidente declive, su máximo poder. Solo existes, solo eres alguien si eres capaz de que los partidos incluyan en algún rincón de su agenda aquellas cosas bonitas en las que crees o que has levantado con tu esfuerzo y sacrificio. La libertad depende de que haya un político que defienda “lo nuestro”. Y “lo nuestro”, de este modo, deja de ser lo nuestro para transformarse en el hueco que hemos conseguido abrir en la agenda de un partido. Sin abrir un espacio político, entendido tal y como lo entienden los partidos, creemos no tener tiempo, no ser. Es el más alto grado de partitocracia y probablemente una de las consecuencias de entender la política como simple mediadora entre intereses privados.

La evolución de los partidos en los últimos años en buena parte de los países de Europa ha provocado que su base popular, su relación con la sociedad civil, sea cada vez menos relevante. El fenómeno ha sido especialmente acusado en España. Ha acabado imponiéndose un tipo de formación que es partido-Estado. Concebida y preparada para captar el mayor número de votos, a través de una mediación mediática, su único fin parece ser el de ocupar el mayor espacio posible de la Administración con la menor implicación social posible. La voluntad de ocupar espacios administrativos se acaba trasladando a la justicia, a las organizaciones colegiales, a la vida universitaria, a las iglesias.

Si la política es una simple mediación y ordenación de los intereses privados, capaces por sí mismos de generar prosperidad, es lógico que se entienda al partido-Estado como el mediador o el conseguidor por excelencia.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

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Las ventajas de mirar (insistentemente) una lata de sopa

Fernando de Haro

Warhol ha desembarcado en Madrid. Y a muchos les pasará inadvertido que la llegada del líder del pop-art, más allá de ser un acontecimiento pictórico para las élites, supone una provocación social, un juicio político, una moción a la mirada post-ideológica/superideológica de la España de 2018.

En una de las salas de referencia del Paseo del Prado (Caixa Fórum), se exponen casi 350 piezas de aquel chico de Pittsburgh que subió a los cielos de Nueva York. Warhol es pre-impresionista y postmoderno al mismo tiempo, y sin duda postdigital. Nos quedamos imantados ante su repetición del retrato de Mao. No resulta fácil despegarse del rostro del líder comunista que es el mismo y es diferente, según tenga los labios rosas, la piel azul marino, los párpados blancos. Lo mismo sucede ante su Jackie Kennedy o su Marilyn. La desconexión del arte contemporáneo ha desaparecido: la repetición de los mitos que la cultura televisiva hizo archifamosos invita a mirar una y otra vez, y a descubrir lo que ya no se mira porque se cree conocer. El tratamiento del color, o la insistencia en la representación de objetos cotidianos como la lata de sopa Campbell, se convierten en una especie de corrección de la mirada del homo videns: el hombre al que el abuso de la pantalla ha mutado antropológicamente. El homo videns es el hombre que mira y ya no ve. Está en el último escalón evolutivo que comenzó en el momento en que el ser humano se identificó con una forma de abstracción, de ejercer el noble ejercicio de la crítica y del pensamiento, sin someterlo a vínculo alguno con las cosas. Esas cosas son ahora solo imágenes a las que se dedica poco más que un instante. Si no fuera una exageración, se podría decir que con su repetición de lo mirado y no visto Warhol nos obliga a hacer un ejercicio que nos rescata, nos recupera de los efectos más nocivos que puede tener la digitalización.

En el mundo anglosajón hay una corriente pedagógica que ha subrayado durante los últimos años lo que Warhol parece proponer. Esta corriente insiste en la observación para fomentar la capacidad de innovación. Algunos teóricos subrayan la importancia de enseñar a los más jóvenes a mirar un cuadro, no los 30 segundos que le solemos dedicar sino al menos 10 minutos. De este modo se fomentan las capacidades creativas. Por eso quizás, cuando el Ministerio de Educación de Finlandia, referencia por sus buenos resultados educativos, se planteó nuevas mejoras hace unos años propuso aumentar las horas semanales de Arts & Crafts (educación artística). Hay cierta “educación de la mirada” que parece ser muy conveniente. Es precisamente este tipo de educación en el modo de ver la que viene revindicando desde hace algún tiempo Andrés Trapiello, uno de los grandes referentes del mundo literario español. Trapiello sostiene que nos conviene a todos educarnos para recuperar “la mirada compasiva” de Cervantes, el autor del Quijote. Un modo de enfrentarse al mundo, nacido de la primacía de la observación, que huye del resentimiento: cuanto más y mejor se mira más difícil es que prevalezca la queja e incluso esa casi inevitable distancia que siempre deja el mal sufrido o causado.

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Esa forma de hacer política (y de votar) que se ha quedado vieja

Fernando de Haro

El Foro de Davos celebrado la semana pasada ha sido el fiel reflejo de lo rápido que cambia el mundo. En la edición de 2017, la preocupación por el populismo era obsesiva. La inquietud ha disminuido considerablemente, hasta casi desaparecer. La economía mundial crece, Estados Unidos crece, Europa crece. Los líderes más nacionalistas parecen haber aprendido la lección y se hacen los simpáticos. Trump ha asegurado que “América primero” no significa “América sola”. El adalid del proteccionismo ha llegado a postular mercados abiertos y libres. Theresa May ha defendido la política industrial británica, pero se ha olvidado del Brexit. Hasta Narendra Modi, el primer ministro que pretende hacer de la India un país dominado por un único color, el color azafrán del hinduismo, ha postulado la multiculturalidad.

¿Ha quedado atrás la epidemia de particularismo en política? No precisamente. Davos ha sido testigo de la fractura creciente (y preocupante) entre la sociedad civil, el mundo de la ciencia y la empresa, y los líderes políticos. Es la impresión que le queda a Mike Rosenberg, profesor del IESE, probablemente la mejor escuela de negocios de Europa. Rosenberg, que ha seguido muchas de las sesiones, asegura que “hay dos mundos. Por un lado, está el mundo de las ONG, de los académicos, de las empresas, que intenta solucionar los problemas y que tiene un gran optimismo (seguramente excesivo). Y en el otro lado está el mundo de la política. Los políticos, bajo su discurso oficial, reflejan un mundo fracturado. Se ve que les interesa más movilizar a sus votantes que la solución de los problemas de todos. Domina el ninguneo del contrincante sea nacional o internacional”.

Davos, como todo foro nacional o internacional que se precie estos días, hierve excitado por las posibilidades que trae la IV Revolución Industrial. La digitalización suscita entusiasmo. La nueva fiebre seguramente tiene algo de ingenua e incorpora muchas dosis de vieja avaricia. Pero siempre es positivo que el comienzo de un nuevo universo, en este caso tecnológico, despierte los “deseos socializadores”, el deseo de construir con otros. Lo llamativo es que a pesar de la derrota relativa (muy relativa) del populismo y del nacionalismo, el mundo de la política, como señala Rosenberg, siga pensando con esquemas particularistas. Defender lo propio, lo particular, en política es legítimo. El populismo y el nacionalismo son las formas patológicas de esa posición originariamente justa.

Seguramente hará falta tiempo para que el populismo y el nacionalismo, que tanto han dominado la escena en los últimos meses, y que pueden volver en cualquier momento (ahí está Cataluña), hagan efecto como vacuna universal y generalizada. Pero como le ocurre a Rosenberg, cada vez se hace más incómodo el espectáculo de una política entendida como la defensa de una parte, aunque sea “la parte de la verdad”.

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Esa forma de hacer política (y de votar) que se ha quedado vieja

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Es la vida, amigo, (la que cuenta)

Fernando de Haro

La frase sonó como una pedrada: “es el mercado, amigo”. La pronunció en Madrid, en la sede del Congreso de los Diputados, hace unos días, el que fuera el gran mago de la economía de los gobiernos de Aznar. Un mago caído ahora en desgracia y enfrentado a muerte con Rajoy.

La sentencia, pronunciada por Rodrigo Rato, fue como una pedrada en la frente. Cierta arrogancia liberal, después de lo sucedido en el mundo durante los últimos diez últimos años, es ya insostenible. Duele que se lancen palabras como golpes. Y duele aún más que tanto el que la pronunció como los socialdemócratas tradicionales que la criticaron sigan haciendo gala de cierta arrogancia cuando utilizan fórmulas ideológicas que no explican lo nuevo.

Rato comparecía ante el Congreso no para evaluar su política económica sino para informar sobre su gestión al frente de Bankia (segunda Caja de Ahorro del país, ahora pública). Obstinadamente defendió una salida a bolsa en la que los jueces ven indicios de una gran estafa. No hay mercados perfectos cuando se trata de finanzas. Nos ha quedado claro. La mano invisible que reparte, supuestamente con justicia, éxitos y fracasos, en el caso de Bankia les va a costar a los españoles 14.000 millones. El coste total del rescate financiero va a suponer unos 60.000 millones. Falló el mercado, falló el Estado, que a través de sus órganos supervisores (Banco de España) tendría que haber impedido la venta fraudulenta de productos financieros (acciones y participaciones preferentes) que nadie entendía. Hemos aprendido, desde la quiebra de Lehman Brothers, que la regulación y la supervisión es esencial y que cuanto más europea y más global sea, mejor. Ya no podemos decir, como decíamos en los 90, que la mejor solución es “menos Estado y más sociedad”. No podemos decirlo sin explicar a continuación que, en realidad, queremos decir “mejor Estado para una mejor sociedad”. Sin saber bien, además, qué significa mejor Estado. Todos los que hemos tenido nuestro propio Lehman Brothers vivimos con la inquietante intuición de que el viejo Estado, el que vigila a los banqueros, el que nos paga la pensión, el que provee de servicios, no está en condiciones de darnos lo que nos dio.

Parece que las nuevas experiencias sociales y económicas que vivimos no encuentran un cauce crítico adecuado. Un buen ejemplo es lo que le ocurre al partido que, según las encuestas, puede suceder al PP. Ciudadanos sigue confiando en la teoría ingenua del mercado, tanto como lo hace el discurso de los populares (su política en realidad es socialdemócrata). Ciudadanos ha presentado hace meses en el Congreso una propuesta en favor de los vientres de alquiler. Aunque formalmente se hable de un contrato sin contraprestación para la maternidad subrogada, todo el mundo sabe que al final se extenderían las relaciones comerciales hasta ese pequeño reducto (relación madre-hijo) en el que todavía la única regla es la gratuidad.

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Es la vida, amigo, (la que cuenta)

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No hay fuertes sobre la colina

Fernando de Haro

En Madrid, en la sede del Congreso, han comenzando los trabajos de la comisión que va a estudiar la oportunidad de reformar la Constitución del 78. Empieza el debate sobre la oportunidad de revisar una Carta Magna que cumple 40 años. Es la más joven de los países europeos que no estuvieron bajo el telón de acero. España se tumba en el diván y se pregunta cuándo una historia de éxito se convirtió en un relato problemático. La perplejidad se explica, en gran medida, porque estamos ante un caso práctico del carácter no acumulativo en el progreso social. Ha desaparecido la cultura ilustrada que sustentaba a la Constitución, pero seguimos pensando que el derecho o la convivencia son como la expansión del Universo: una vez conocida no hay vuelta atrás.

La primera sesión dejó claro que en este campo puede haber un acusado retroceso. Intervinieron los tres ponentes que quedan vivos. Y la comparación entre los diputados de hace 40 años y los actuales hacía evidente lo mucho que hemos perdido. El nivel de los representantes de la Soberanía Nacional ha caído drásticamente. Pero no es ese el indicativo más decisivo.

El éxito de la Constitución de 1978 se valora adecuadamente cuando se mira la reciente historia española. Durante dos siglos (desde comienzo del XIX), la voluntad de imponer una revolución liberal sin apenas sujeto, por parte de unos, y la resistencia de otros a aceptar la libertad como criterio definitivito en la vida pública hizo conflictivo, a veces sangriento, el proyecto nacional. La voluntad de superar lo mucho que se había sufrido y un encuentro de facto engendraron el acuerdo constitucional del 78.

Los derechos fundamentales consagrados entonces recogían, esencialmente, los valores compartidos en Occidente. Se les sumaron algunas conquistas sociales de nueva generación. A finales de los 70 esos valores, aportaciones de una cultura cristiana recogidos por la cultura laica, no eran especialmente problemáticos. Solo los socialistas se opusieron a una definición de la libertad religiosa que incluyera una mención explícita a la colaboración con la Iglesia católica. La apuesta en favor de una laicidad positiva se abrió paso porque los comunistas, todavía con peso en ese momento, la defendieron.

El resto del articulado, a grandes rasgos, no es conflictivo. Sin embargo, el modelo territorial, todo el mundo lo reconoce, constituye una auténtica chapuza. Se adoptó una mala solución, o la única posible para satisfacer los deseos de los nacionalistas (catalanes y vascos). España no se configuraba ni como un Estado federal, ni centralista, quedaba abierto. Al texto de la Constitución no se le pueden poner grandes objeciones, pero sí al proceso que debería haberle dado vida. Una Carta Magna no es solo el texto inicial. Es su historia: su desarrollo normativo, su reforma o no reforma, la conversación que la hace posible. Y esa es la que no ha habido. No es de extrañar que en este momento una minoría considerable (mayoría de jóvenes) no se reconozca en ella, o que la mitad de los votantes de Cataluña la den por absolutamente amortizada.

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No hay fuertes sobre la colina

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El (único) poder útil contra las 'fakes'

Fernando de Haro

Dispuestos a acabar con la amenaza. Si 2017 fue el año de las fake news (noticias falsas), ha llegado el momento de ponerles coto. El objetivo es que no interfieran como lo han hecho en los procesos electorales (Alemania, Estados Unidos, Francia, etc.), y que no aumenten la inestabilidad como ha sucedido en los momentos delicados vividos en Cataluña. ¿Hay capacidad para detener las viejas y nuevas mentiras?

Macron, el “chico listo y culto” de las democracias europeas, anunció la semana pasada un proyecto de ley para controlar las televisiones estatales extranjeras (o sea rusas) y para dotar de más transparencia a internet. En otro tiempo hubiera sido difícil que un líder de la “regeneración institucional” propusiera con tanta alegría una mayor intervención del Estado para limitar la libertad de prensa. Es el signo de los tiempos. España ha incluido en su Estrategia de Seguridad Nacional la lucha contra las noticias falsas. La OTAN trabaja a través de su Allied Command Transformation en una estrategia en este campo que debería estar preparada a finales de año.

Las noticias falsas amenazan la democracia por dos razones. Una obvia: existen poderes interesados en utilizarlas. La segunda se refiere al modo que tenemos de relacionarnos con la realidad.

La desinformación se ha convertido en un arma de desestabilización. Y el ejemplo más claro es lo que se conoce como la “guerra de combinación” (kombinaciya) utilizada por Rusia al integrar ciberguerra, ciberinteligencia, desinformación y propaganda.

La nueva arma funciona porque nuestro modo de informarnos ha cambiado radicalmente. Los medios clásicos (radio, televisión, prensa), incluso los sitios informativos de internet están pasando a segundo plano. Las redes sociales se convierten en las fuentes principales para conectar con mundo: el 44% de los estadounidenses se informa ya a través de Facebook. El cambio ha provocado, como señala Andrés Ortega, analista del Instituto Elcano, que “vivamos en burbujas informativas, en cámaras de eco o de resonancia”.

Las redes sociales multiplican a menudo el “efecto tribu”, generado por la perplejidad de globalización y de las sociedades multiplurales. Los medios informativos clásicos, aunque estén sesgados por las orientaciones ideológicas, tienen que justificarse ante sí mismos y ante su audiencia con una cierta tendencia a la veracidad. En el consumo tribal de las redes sociales esa tensión desaparece. El filtro emotivo, que reduce la apertura de la realidad a las propias inclinaciones, está justificado de antemano. Los miembros de una cierta “etnia informativa” solo quieren escuchar lo que creen ya saber. Los hechos se diluyen hasta convertirse en un pretexto. El hecho de informar e informarse es un ejercicio práctico (y humilde) de una racionalidad de la que abdicamos con demasiada frecuencia. Otro signo de esta época marcada por la desconfianza y el miedo hacia la razón.

La debilidad crítica, que renuncia a los hechos y a su observación, es la que permite el éxito de la desinformación. Con solo 200 dólares de inversión en publicidad en Facebook se puede crear un conflicto cívico entre indignados por la presencia de inmigrantes musulmanes e indignados por la creciente islamofobia. Es lo que hizo un grupo ruso en Texas en 2016.

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Empieza el siglo

Fernando de Haro

Hoy empieza el siglo XXI. Ahora que hemos celebrado el centenario de la revolución de octubre, que se cumplen diez años del estallido de la Gran Crisis provocada por las subprime, ahora que el califato del Daesh ha sido derrotado territorialmente y que es un grupo yihadista más (ni Estado, ni Islámico), ahora que hemos inaugurado 2018, podemos decir que empieza el siglo XXI. Empieza un nuevo siglo que de momento es estadounidense, ruso, chino, o sea nacionalista, siglo que cerrará el ciclo comenzado con la revolución americana y francesa de finales del XVIII.

Podríamos considerar todo lo sucedido en los últimos 25 o 26 años -más o menos la extensión de una generación- como un período de transición que ha convertido a los millennials en adultos. La euforia de la caída del Muro de Berlín y del fin de la historia llevó a decisiones como la derogación, en 1999, de la ley Glass-Steagall (la que separaba en Estados Unidos la banca de depósito y la de inversión). Fue el símbolo de un entusiasmo por el mercado que acabó en desastre. Al tiempo que los millennials crecían y aumentaba la burbuja inmobiliaria, Estados Unidos intentaba responder al mazazo del atentado del 11 de septiembre. La Guerra de Iraq, mal planteada, contribuyó, junto con el apoyo saudí, a hacer posible la pesadilla del califato, pesadilla de un islam perplejo ante la modernidad.

Los millennials ya se han incorporado al mundo de los adultos. Después de los muchos sufrimientos pasados y de una política monetaria que ha inyectado mucha liquidez (afortunadamente se perdieron los complejos), Europa y Estados Unidos crecen por encima del 2 por ciento. Es otra economía, otro mundo. Ha vuelto la desigualdad, el nivel de bienestar general no será nunca semejante al del final del pasado siglo y la cuarta revolución industrial (la digital) plantea muchas dudas. Ahora sabemos que el mercado no tiene una mano invisible para hacer magia y que el Estado no es soberano. Pero, con más pobres y con más heridas, hemos levantado la cabeza.

Tras la derrota del Daesh, quince años después del comienzo de la “Guerra contra el terrorismo”, hemos aprendido que los desequilibrios en Oriente Próximo son decisivos. Pero, sobre todo, tras habernos convertido en víctimas, nos hemos dado cuenta de que el enemigo no es externo, se llama nihilismo.

En este comienzo de siglo, en este inicio de 2018, Oriente Próximo como América Latina van a ser regiones importantes. Pero de momento los puntos en rojo son Beijing, Washington y Moscú. Arabia Saudí (en manos del “pequeño Salman”, el príncipe heredero) se ha convertido en un actor descontrolado y dispuesto a mantener, sin apenas límites, su rivalidad con Irán. Cuenta con el inestimable apoyo de los Estados Unidos de Trump y del Israel de Netanyahu. América Latina, con numerosas elecciones en 2018 (las de México son quizás las más importantes), parece iniciar un giro hacia la derecha como en los años 90 (vuelve Piñera a Chile y Argentina cambia de rumbo con Macri). Todo depende de si el izquierdista López Obrador se hace con la presidencia mexicana.

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Empieza el siglo

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Más disponibles

Fernando de Haro

Esta Navidad de 2017, Navidad de un comienzo de siglo que no acaba de desperezarse, nos encuentra a todos más disponibles que otras veces. No se trata del bagaje religioso que cada uno lleve a cuestas. A estas alturas lo suponemos escaso. Se trata de la disposición a acoger lo “infinitamente” improbable como hipótesis de partida. Belén y Beit-Sahur (el campo de los pastores), en Cisjordania, son noticia estos días no solo por la disputada capitalidad de Jerusalén. Ahora que nos hemos quedado casi sin sistemas, que andamos temerosos los unos de los otros, aflora en cada esquina la necesidad de una ternura consistente.

Nuestra seguridad en lo que somos capaces de hacer ha disminuido considerablemente, ni siquiera tenemos claro si una maquina o un ordenador puede llegar a sustituirnos dentro de poco. Y menos aún tenemos claras las referencias morales. No hay razones ni causas suficientes prácticamente para nada.

Hemos dejado atrás la crisis. La zona euro puede cerrar este año y el que viene con un crecimiento del 2 por ciento. Pero las cosas no han vuelto a ser como eran en 2008. La cicatriz no nos deja sentirnos cómodos. Por más que los mensajes de tranquilidad proliferan para ahuyentar los fantasmas del “fin del trabajo”, los miedos perduran. Hay temor a lo que pueda traer la cuarta revolución industrial, la digitalización.

No es solo la natural prevención que provoca el futuro ciclo o un modelo productivo que no ha acabado de surgir y del que sabemos muy poco. Es una inquietud más profunda que cuestiona la certeza del hombre liberal y socialdemócrata. La concesión este año del Premio Nobel de Economía a Richard Thaler es una buena muestra de la sensibilidad dominante. Thaler se distingue por haber estudiado nuestra conducta. Ha puesto de manifiesto que no somos máquinas perfectas de consumir y producir. Nuestros actos responden a una racionalidad limitada y tomamos decisiones con preferencias “deformadas”. Las soluciones que propone Thaler para “empujar” a los individuos a tomar opciones “más acertadas” no son lo más interesante de su pensamiento. Lo importante es que, desde la ciencia económica, como antes desde la neurociencia o desde la biología, se nos invita a revisar cierta imagen que teníamos de nosotros mismos, la imagen de una libertad sana, de una autonomía lograda.

En estas circunstancias es difícil mantener la idea de que somos dueños de una racionalidad casi perfecta y exclusiva. El avance de la Inteligencia Artificial nos hace preguntarnos intensamente qué nos diferencia de las máquinas pensadoras, capaces de aprender. Nos preguntamos, cada vez con más insistencia y con menos soberbia, qué nos hace humanos. Y repetimos más que nunca la palabra autoconciencia y la expresión inteligencia emocional.

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Tres votos para Cataluña

Fernando de Haro

Cataluña vota este jueves. Cataluña vota después de una declaración unilateral de independencia, después de una intervención de su Gobierno autónomo. A juzgar por la participación récord que pronostican las encuestas (algunas han hablado de hasta un 90 por ciento que luego se ha rebajado al 82), una inmensa mayoría de los catalanes está convencido de la utilidad de su voto. Las elecciones no van a resolver de modo automático ningún problema. De hecho, es posible que haya que repetirlas. El resultado de las urnas no cerrará la herida de años, acrecentada tras los últimos meses. Pero los votos cuentan y cuentan mucho.

Los últimos datos económicos certifican por enésima vez las consecuencias de la quiebra de fe mutua entre los catalanes. El cuarto trimestre se cerrará en Cataluña con un incremento del 0,4/0,5 por ciento del PIB, la mitad de lo que creció en el trimestre anterior. Dicen los economistas que esta factura es la traducción en términos productivos del conflicto social. Sin confianza mutua no hay quien construya país. Según el Colegio General de Economistas se pueden dejar de crear 60.000 puestos de trabajo.

Habrá quien interprete los datos culpando a los de fuera. Las burbujas ideológicas suelen reciclar la realidad en su beneficio. Hay una gran tarea humana y cívica por hacer en Cataluña. Nunca se ha utilizado tanto la palabra diálogo y nunca ha sido tan escaso: diálogo para comprender las razones que llevan al otro a sostener lo que sostiene, para tener la experiencia de que el otro puede ser una riqueza. Nunca hasta ahora el “perdón” de la diferencia ha sido tan escaso. Nunca como hasta ahora se había delegado tanto la responsabilidad de la persona, única instancia de la que puede surgir el cambio, en “el país”, la ley o un proyecto abstracto.

La burbuja ideológica se irá desinflando a medida que se abra paso el diálogo sustantivo, el encuentro con el otro y la construcción personal (es decir social). El resultado electoral puede ayudar a remover obstáculos.

Y hay tres votos que pueden contribuir a pinchar la burbuja ideológica. El primero es el voto en blanco. En el bloque independentista, entre los que apuestan por la independencia y por el derecho a decidir, lo lógico es que se abriera paso un voto de reproche, quizás la abstención. La gestión del proceso ha sido un fiasco para quien quiere la secesión. Hasta el inventor, Artur Mas, horas antes de que Carles Puigdemont hiciese la declaración unilateral de independencia, reconocía que no era posible seguir adelante. Los propios promotores, como revelan las actas de sus reuniones de 2016, sabían que se encaminaban hacia el fracaso. Si la bunkerización frente a la realidad no fuera tan sólida, a estas horas estaríamos asistiendo a una discusión rotunda entre los independentistas en la que se exigirían responsabilidades. Los errores cometidos han hecho mucho daño a la causa. Tendría sentido no renovar la confianza a los que ofrecen más de lo mismo.

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Tres votos para Cataluña

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A la espera de una herida que sane

Fernando de Haro

La semana pasada dos noticias simultáneas, pero no paralelas. Con resultados divergentes. Las negociaciones para cerrar la primera fase del brexit (los términos del divorcio) y el comienzo de la campaña electoral en Cataluña han coincidido en el tiempo. Una y otra eran consecuencia del nacionalismo. El Gobierno del Reino Unido tiene que concretar la ruptura con la Unión aprobada en el nefasto referéndum de junio de 2016. Los partidos en Cataluña empezaban a buscar el voto, después de que el independentismo hiciera necesaria una intervención del Gobierno autónomo y la convocatoria de comicios.

Solo hace ocho meses May partía con una posición arrogante. Pedía formalmente en una carta subida de tono la salida de la Unión. Y llegaba a amenazar con no colaborar en cuestiones de seguridad. Al final la primera ministra británica ha acabado aceptando todo lo que pedía la Comisión. Ha aceptado el pago de la factura pendiente que le reclamaba Bruselas (hasta 60.000 millones de euros) y la tutela de los derechos de los ciudadanos europeos que viven en el Reino Unido, incluida la jurisdicción del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. No habrá tampoco frontera entre la República de Irlanda e Irlanda del Norte.

La frontera del Ulster, que parecía el escollo insalvable (el Gobierno de May se apoya en los diputados unionistas), ha dejado de ser un obstáculo para convertirse en la oportunidad de negociar un brexit blando. Esa frontera es la memoria de una herida muy presente, la que durante años sembró muertos y terror. Levantar de nuevo la marca hubiera sido volver al escenario anterior a los Acuerdos del Viernes Santo (1998) que hicieron posible la paz. Y pocos estaban dispuestos a ello. Para evitar la frontera entre las dos Irlandas se ha recurrido a mantener en el Ulster el mercado único y en la unión aduanera a cambio de que haya una “convergencia regulatoria” entre la provincia del Reino Unido y la República de Irlanda (UE). Ya han empezado a oírse voces que reclaman la misma solución para todo el país. Si así fuera el brexit se sustanciaría con una fórmula de asociación como la que tiene Noruega: participación en el mercado único sin intervención en sus órganos de decisión. Brexit blando, brexit que con el tiempo sería reversible porque no tiene ninguna ventaja.

No parece una causalidad que la herida abierta entre las dos Irlandas, la memoria y el deseo de no volver a un pasado sombrío, haya sido un elemento determinante para disolver parte de la ceguera ideológica. Hay otros factores sin duda. En el gen británico, junto al nacionalismo, el vector pragmático es decisivo. La humillación de May en las elecciones de junio, la presión de los sectores económicos (en especial de la city) por lo mucho que se puede perder y la firmeza de la Europa que quiere seguir unida han sido también determinantes. Pero las Irlandas que no quieren muro han contado mucho.

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A la espera de una herida que sane

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Lo viejo y lo nuevo

Fernando de Haro

El cocinero y el político. Lo nuevo y lo viejo. Lo nuevo buscado con ahínco, con mucho anhelo, casi con angustia. Lo viejo, como un respiro, como un alivio, pero insuficiente. Dos escenas. Una en Madrid y otra en Berlín. En Madrid, me toca entrevistar delante de un público selecto a Ferrán Adrià. El cocinero más famoso del mundo, cinco años después de haber cerrado El Bulli, el restaurante que fue sinónimo de revolución, sigue rodeado de gurús de la tecnología, de las finanzas, de la gestión que esperan de sus labios el método para crear lo nuevo, para identificar una ley universal de la que surja la creatividad. En Berlín, horas después, Martin Schulz, el líder del SPD, anuncia las condiciones para que vuelva lo viejo, el posible acuerdo con Angela Merkel que reedite algo parecido a la Gran Coalición. Respiro porque las palabras de Schulz alejan el fantasma de nuevas elecciones en Alemania. Alivio porque lo conocido vuelve, porque la fórmula supone más Europa y se despejan las incertidumbres.

¿Será que lo nuevo es solo un juego para snob? No parece a juzgar por la seriedad con la que escuchan mis preguntas y las respuestas de Adrià los directivos de las grandes corporaciones. Al cocinero le han convertido en profesor de Harvard y los sesudos profesores del MIT, que trabajan 16 horas y duermen en el despacho, se desviven por escuchar la receta que convirtió lo de siempre, comer y dar de comer, en un nuevo mundo. Adrià cobra 80.000 euros por conferencia, pero sus respuestas dejan insatisfecho a quien busque una fórmula general. La creatividad no es continuidad ni desarrollo, pero tampoco surge de la nada, aparece en una larga tradición, en este caso la de alimentarse. “Hicimos algo distinto, llevamos la cocina al límite, pero seguía siendo cocina, no era una performance”, señala. Trabajo, horas, renovación de plantilla… Parece difícil encontrar el secreto que hizo saltar una particular chispa frente al Mediterráneo, bajo unos pinos catalanes.

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Lo viejo y lo nuevo

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India: el nuevo muro

Fernando de Haro

Francisco ha iniciado su esperado viaje a Asia en Nueva Delhi. Ha aterrizado este lunes en el aeropuerto Indira Ghandi de la capital de la India. Y ha sido recibido por el primer ministro Narendra Modi. El hecho de que el líder del BJP, un partido muy nacionalista y muy hinduista, le haya dado personalmente la bienvenida supone un gesto de una gran transcendencia. Han sido muchos los que han acudido a saludar al Papa en su trayecto hasta el centro de la ciudad, en su mayoría hinduistas. El cristianismo es absolutamente minoritario en este país (2,5 por ciento de la población) pero la visita es decisiva porque dos de cada diez habitantes del mundo son indios.

El Papa, después de los primeros discursos de bienvenida, y de un breve descanso en la nunciatura, se ha dirigido en un modesto utilitario a Trilokpuri, uno de los grandes slums (barrio marginal) de la capital. Un slum en el que viven los pobres de los pobres, los dalit, los que no tienen casta. Ha querido, antes de pronunciar palabra alguna, entrar en una de las infraviviendas del barrio y abrazar a un matrimonio de “impuros”. Luego, en una breve intervención, ha asegurado que “para que estos hombres y mujeres concretos puedan escapar de la pobreza extrema, hay que permitirles ser dignos actores de su propio destino”. La frase se ha entendido como una crítica al sistema de castas que sigue vigente en la India. El Papa ha añadido: "la libertad religiosa es un derecho fundamental que da forma a nuestro modo de interactuar social y personalmente con nuestros vecinos, que tienen creencias religiosas distintas a la nuestra". Y ha terminado su intervención señalando que “los líderes religiosos estamos llamados a desenmascarar la violencia que se disfraza de supuesta sacralidad (...), a poner al descubierto los intentos de justificar todas las formas de odio en nombre de las religiones”.

Los dos párrafos precedentes son una fake news, una noticia falsa. El Papa ha iniciado su viaje a Asia, pero no ha podido ir a la India. Francisco no ha estado ni estará en Delhi. Lo único verdadero son las frases entrecomilladas (pronunciadas en Naciones Unidas, en el viaje a Estados Unidos y en el viaje a Egipto en la mezquita de Al-Azhar). Porque las frases son ciertas, el resto de la noticia tenía que ser falso. El nacionalismo hinduista del BJP, el partido del primer ministro Modi, quería evitar que esas palabras pudieran pronunciarse, que el abrazo a los dalit pudiera tener lugar.

La India, la mayor democracia del planeta, el país con más periódicos del mundo en inglés, con una tasa de crecimiento del 8 por ciento en 2015, capaz de competir por la juventud de su población y por la calidad de su educación en algunos sectores con China, es un país gobernado por un nacionalismo que instrumentaliza la religión.

Modi acumula un poder considerable. La gente le ama. Según el Pew Research Center nueve de cada diez indios le valoran bien. Su partido ha dejado atrás la vieja hegemonía del Partido del Congreso, el partido-estado de los Ghandi, y controla 18 de los 29 gobiernos regionales. Nadie duda de que la hegemonía del BJP se prolongará más allá de las elecciones legislativas de 2019.

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Soplando en soledad

Fernando de Haro

Tres escenas londinenses de la semana pasada. Miércoles: un grupo de estudiantes avanza por las calles de selecto barrio de Bloomsbury, muy cerca de la universidad central de la ciudad (UCL). Marchan bien organizados, al son de varios tambores, coreando consignas que piden un descenso drástico de las tasas universitarias. Un curso de grado puede llegar a costar 10.000 libras y consideran insultante que el Gobierno May haya prometido bajarlo a 9.500. La manifestación exhibe pancartas grandes y pequeñas, hay orden. Las bengalas de colores que encienden los estudiantes le dan un toque estético a la protesta. En su cara hay excitación, parecen estar contentos de luchar juntos por una buena causa. Es el gusto de hacer con otros. Los organizadores, que cuentan con el apoyo del Partido Laborista, esperaban a 10.000 participantes. Al pasar por Russell Square, los movilizados no llegan a 1.000. El vínculo de la causal social ha movido a pocos.

También el pasado miércoles. También en el barrio de Bloomsbury. Oficinas de la sede de Google. Ambiente informal, oficina de cristal. Reunión de los responsables de estrategia de YouTube. Un puñado de jóvenes directivos, con una media que no supera los 30 años, educados en las mejores escuelas de negocios del mundo, estudian el tiempo máximo y el tiempo mínimo que pueda durar un anuncio en cada una de las regiones del mundo para que el “vinculo” entre los anunciantes, los usuarios de la red social y los productores de contenidos no se vea perturbado. Están decidiendo el vínculo virtual que unirá a millones de personas en el planeta, vínculo de segundos, vínculo que no es vínculo.

Tercera escena. David Davis sale de Downing Street y anuncia que el acuerdo del Brexit se someterá al examen del parlamento. Es lo que exigían muchos diputados. El viernes Davis asegurará que el Reino Unido ya ha sido todo lo flexible que puede ser en su oferta de divorcio para separarse de la Unión Europea. El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, le contestará que debe estar de broma. La Unión Europea lleva semanas exhibiendo dureza. La ruptura del vínculo entre el Reino Unido y los 27, que iba a traer el paraíso, se ha convertido en un infierno para la política británica. Tras la arrogancia de los primeros meses se ha hecho evidente la división entre los miembros del Gobierno, entre la clase dirigente y los políticos, entre los londinenses y el resto del país. El proyecto nacional que siempre estuvo claro ahora no aparece por ningún lado.

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Caso Trump: ¿cómo valorar a un político?

Fernando de Haro

Primer año de la era Trump. Doce meses después, su apoyo popular es uno de los más bajos de un presidente reciente: poco más del 30 por ciento. Hay que remontarse a Harry Truman, en 1946, para encontrar un nivel tan bajo. ¿Un fracaso?

El presidente de los Estados Unidos era hasta ahora una figura tendencialmente “inclusiva”, el de todos los estadounidenses. Pero con Trump la presidencia ha cambiado radicalmente. Es el presidente post-moderno que ha perdido la aspiración al bien común: un particular que representa a un particular sector de la población, a una minoría mayoritaria sin voluntad de universalidad. Obama y Bush, los dos expresidentes vivos más distanciados ideológicamente entre ellos, han coincidido en cargar contra las políticas del inquilino de la Casa Blanca. Son las críticas de la vieja política.

Trump, un año después, mantiene el apoyo de los que le hicieron presidente, y eso es lo que cuenta. Un éxito. El “alto” nivel de respaldo se apoya en un mecanismo muy líquido: a base de fake news (falsas noticias) se ha convertido en un fake president. Este es un buen momento para revisar qué ha anunciado, dando a entender que se había producido un cambio, y qué ha cambiado realmente. El primer decreto del magnate, firmado en enero en el despacho oval, fue contra el Obamacare. Tema obsesivo en su campaña. Diez meses después no ha conseguido que su partido, mayoritario en las dos cámaras, lo derribe y ha tenido que recurrir a un decreto para conseguir un retoque, importante porque modifica en parte el sistema de seguros, pero muy lejos del derribo anunciado.

En el campo económico estaba previsto un gran programa de expansión de infraestructuras con gasto público. La propuesta que llegó al Congreso era de tres billones de dólares de déficit extra, de momento la cifra ya se ha rebajado a 1,5 billones. Y ya veremos qué sucede si efectivamente se pone en marcha la reforma fiscal prometida. No es posible recaudar menos y gastar más.

El presidente ha dado un giro relevante a la política exterior de Estados Unidos en Oriente Próximo, pero mucho menos agudo de lo que asegura su propaganda. Uno de los pocos aciertos de la política exterior de Obama fue el acuerdo con Irán para frenar su programa nuclear. Sirvió de contrapeso a la relación preferente con Arabia Saudí. Trump, por el contrario, ha cultivado el eje Arabia Saudí-Israel para atacar Irán. Ha anunciado que no certificará el acuerdo, pero no lo ha roto y lo ha dejado en manos del Congreso. En Siria, se puso teóricamente frente a Bashar Al Assad y los rusos, con el bombardeo de la base aérea de Shayrat por el uso de armas químicas. Pero ha acabado llegando a un entendimiento práctico con Moscú. Lo mismo ha sucedido con China.

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La inteligencia tiene nombre de encuentro

Fernando de Haro

Dos meses escasos para que termine 2017 y se puede decir que en Europa hemos parado el golpe. La política monetaria expansiva del BCE, que muy poco a poco se va reduciendo, ha permitido mantener un cierto crecimiento económico. Francia y Alemania han frenado los populismos. La UE ha ganado peso por su firmeza en la negociación del Brexit y se ha hecho imprescindible para que la crisis de Cataluña fuera encauzada de forma razonable. No podemos ni imaginar lo que hubiera significado para España la pretendida secesión sin el auxilio de la Comisión o en el Parlamento europeo. Puigdemont, el expresidente catalán fugado de la justica, solo ha encontrado cierto eco en Bruselas porque Bélgica es un país separado por un muro, el que divide al nacionalismo flamenco del nacionalismo valón.

¿Tiempo pues para retomar proyectos, para reconstruir el edificio derrumbado sobre los cimientos que han quedado en pie? ¿A pesar de que la extrema derecha se haya convertido en la tercera fuerza en Alemania? ¿A pesar de que la mitad de los catalanes quieran un estado independiente porque persiguen un proyecto nacionalista? Hace unas semanas, la investigadora Catarina Kinnvall, de la Universidad de Lund (Suecia), publicaba “Racism and the role of imaginary others in Europe”. El estudio constata el aumento de la xenofobia entre los europeos. Es el miedo, según la profesora, lo que genera la nostalgia de una “identidad pura”.

El tiempo de la claridad, el tiempo de la luz parece haber desaparecido. Solo hay amenazas. Hay quien insiste en recurrir a la voluntad. A comienzos del año que entra va a publicarse (el título lo dice todo) “Enlightenment now: The case for reason, science, humanism and progress” (Ilustración ahora, el caso para la razón, el humanismo y el progreso). Será el último libro de Steven Pinker, psicólogo y filósofo del lenguaje, referencia de culto del liberalismo más optimista. Pinker lo deja muy claro: frente al nacionalismo y al populismo, la solución es defender la democracia, la ley y el orden, defender con militancia los valores de la Ilustración. Se podría añadir, quizás con más sutileza, para completar el argumento de este canadiense, que es necesario hacer un ejercicio de inteligencia y decir, en esta época de crisis, toda la verdad. La tradición liberal, la tradición cristiana, todas las tradiciones aún en pie, deberían someter a examen “la gran deriva” de la luz a la incertidumbre y construir un edifico sólido y consistente de argumentos y juicios que den adecuada respuesta.

Es una solución que, a juzgar por los resultados, puede calificarse como un ejercicio de voluntarismo, en palabras del sociólogo español Víctor Pérez Díaz. Un ejemplo es lo que sucedió minutos después de que en Cataluña se declarara la independencia. El ex vicepresidente Oriol Junqueras, hombre culto, aseguró que la secesión se proclamaba en nombre de "valores universales que el mundo cristiano llama la igualdad a ojos de Dios, o el amor fraterno, y que el mundo ilustrado llama fraternidad, igualdad y libertad”. Un buen catálogo de valores y de juicios, desligados de la experiencia que los generó, sirven ya para casi cualquier cosa.

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El proceso y los procesos

Fernando de Haro

El procés se ha acabado, ahora es el tiempo de los procesos. Procés (=proceso) es la palaba que se escogió para designar todos los pasos, iniciados en 2012, que debían acabar con la independencia de Cataluña. El procés, de momento, se ha terminado. El Parlament de Cataluña aprobó el pasado viernes una declaración unilateral de independencia, votada sin una buena parte de la Cámara, en un acto sin ley, sin reconocimiento internacional y sin alegría alguna.

El Gobierno en Madrid, en virtud de sus prerrogativas constitucionales, similares a las de cualquier país con estructura federal, ha disuelto el Parlament, ha intervenido temporalmente las instituciones de autogobierno y ha convocado elecciones. Lo ha hecho con un amplio respaldo parlamentario y de la comunidad internacional. Las encuestas reflejan que la decisión se ha tomado con el apoyo de una ligera mayoría de catalanes. Hay en torno a un 40 por ciento, quizás algo más, que, a pesar de la falta de respeto a ley, de la falta de seriedad del procés, de la posibilidad de que condujera a algún sitio, sigue apostando por la independencia. Un dato decisivo.

La fórmula escogida por Rajoy para la intervención del autogobierno catalán es prudente. Frente a las voces que le invitaban a aprovechar la situación para modificar toda la administración autonómica, corregir años de educación nacionalista, controlar durante un largo período de tiempo los despachos y los pasillos, el presidente del Gobierno ha optado por una intervención quirúrgica que garantice elecciones rápidas, que ponga al independentismo frente a sus contradicciones y que lo polarice todo hacia los resultados electorales. Los partidos que impulsaron la república catalana ya están pensando en el modo de participar en unas elecciones “españolas”.

Ni el Estado tenía medios en Cataluña para garantizarse el éxito en una intervención profunda y prologada. Ni se puede tener la ingenuidad de pensar que un Gobierno, por estar del lado de la ley y por contar con el monopolio de la violencia, puede revertir una mentalidad.

Si eso sucede en el terreno de la política, que es el ámbito en el que el tiempo prima de forma casi absoluta sobre el espacio, ¿qué no será en el campo de la sensibilidad, del progreso de la conciencia de un pueblo, de la superación de la ideología? En política a veces se tiene la ingenuidad de pensar que el control de los mecanismos del Estado es suficiente para garantizar el cumplimiento de la ley y los principios que la inspiran. Y en el mundo prepolítico sucede algo semejante: se piensa que la existencia de la democracia presupone que están en pie los valores antropológicos que la sustentan. Bastaría enumerar esos principios con claridad, ante una circunstancia difícil, bastaría decir toda la verdad con detalle (valor de la ley, historia de unidad, etc) para que las cosas cambiaran. En realidad, la verdad no se acredita como tal porque pueda ser enunciada, sino porque pueda ser reconocida libremente como lo más conveniente donde ha sido vivida como una fuente de mortificación.

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Autodeterminación

Fernando de Haro

La Unión Europea, con sus máximos representantes, acudió en respaldo de uno de sus miembros en el momento en que su soberanía era contestada. Un cuestionamiento de lenguaje moderno y alma postmoderna. Los presidentes del Parlamento Europeo, del Consejo y de la Comisión acudieron a Oviedo, a la entrega de los Premios Princesa de Asturias, a dar soporte al Rey de España (Jefe de Estado de un socio de la Unión) y a Mariano Rajoy. Lo hicieron horas antes de que el Gobierno decidiera limitar severamente las competencias de autogobierno de Cataluña para imponer la obediencia constitucional. Antonio Tajani, presidente del Parlamento Europeo, recordó el fantasma nacionalista del pasado: “demasiadas veces se nos ha ofrecido el paraíso cambiando las fronteras, y se nos ha llevado con ello a los infiernos”. Cataluña puede ser la primera ficha de un dominó que el Viejo Continente conoce demasiado bien. “No quiero una Europa de 98 Estados”, había asegurado Juncker días antes.

El nacionalismo resurge como fórmula potsmoderna –fórmula de neo soberanía–, como proyecto de construcción de una identidad alternativa, justificada en un pasado recreado. Y lo hace como intento de respuesta frente a las incertidumbres de un mundo líquido. Los días de tensión que está viviendo España se explican por un conflicto de soberanía entendido en el modo más clásico. Es llamativo que este conflicto se produzca cuando la globalización y la fuerza de los mercados parecían haberse disuelto o relativizado las atribuciones propias de los Estados. La amenaza tradicional de la pérdida de integridad territorial, aparentemente superada porque a los nuevos poderes no les interesan los territorios sino las almas, ha resucitado al Estado clásico y las atribuciones que se le dieron en Westfalia. El Gobierno de España ha recurrido a un mecanismo límite, copiado de la Constitución de Alemania. Ese mecanismo permite intervenir y limitar las facultades de autogobierno de uno de los estados federales (en este caso autonomías). Se trata de tutelar el derecho de soberanía de todos los españoles ante un poder que se autoproclama soberano. La duda es si, en el mediano y en el largo plazo, en este mundo líquido las atribuciones del Estado clásico son suficientes.

El discurso de Carmen Forcadell, presidenta del parlamento de Cataluña, horas después de la intervención del Gobierno en Madrid, ilustra bien qué mentalidad fundamenta la voluntad de convertir el autogobierno en independencia. Forcadell se lamentó de que se hubiera vulnerado la soberanía del Parlamento catalán. Cataluña, según esta mentalidad, ya es soberana.

Esa mentalidad que atribuye a Cataluña una soberanía clásica se ha fraguado desde el siglo XIX. Fue ese momento en el que se produjo una transferencia de sacralidad. Durante un largo tiempo las iglesias siguieron llenas, pero de forma imperceptible el sujeto eclesial, como criterio de acción y de afecto, como cultura primaria, fue sustituido por el pueblo, la nación catalana. Y las iglesias se vaciaron porque lo que sobra en la vida se desecha. La salvación ya estaba en otra parte. La “razón del corazón”, propia del romanticismo, fue ocupándolo todo, la voluntad de lo que se quiere ser –y se quiere ser nación y toda nación exige un Estado– se fue haciendo más determinante que la identidad recibida.

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Al despertar, la realidad seguía allí

Fernando de Haro

Cuando despertó, cuando despertaron, la realidad seguía allí. El problema es si la realidad es el dinosaurio del cuento de Augusto Monterroso o un animal menos amenazador y frustrante. Imaginemos lo que supone tener en frente un diplodocus de 30 metros de longitud, la amenaza que conlleva si queremos sentirnos mínimamente libres.

Bastantes catalanes, el pasado martes, al comprobar que no se proclamaba de forma clara y rotunda la secesión, sintieron que el diplodocus seguía allí. Algunos que trabajan en el campo se llevaron esa tarde la radio como compañera, otros cerraron antes la empresa, todos conectados al móvil. La independencia no fue declarada, pero sí suspendida por el presidente de la Generalitat. Frustración y rabia.

La realidad seguía allí. 540 empresas han cambiado de domicilio porque no quieren estar donde no hay seguridad jurídica. Cataluña se ha quedado sin grandes bancos, el gran destino turístico que es Barcelona ha visto caer de forma drástica sus reservas. La gran burguesía que “hizo el país” y que tan ambigua había sido durante tanto tiempo pedía echar el freno. El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, reclamaba que se respetase el orden constitucional. Horas más tarde el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, dejaba claro, una vez más, que no quería una Cataluña independiente, porque no quería una Europa de 98 Estados. Porque –Juncker no lo dijo explícitamente, pero todos los sabemos– la construcción europea ha sido, con todas sus limitaciones, el esfuerzo más inteligente que se haya hecho nunca para superar ese espejismo que es el nacionalismo, el que llevó a millones de jóvenes a alistarse en varias guerras como si fueran al paraíso, el que luego los dejó muertos, mutilados de alma y cuerpo en el fondo de las más oscuras trincheras.

¿Por qué esos vientos del nacionalismo vuelven a soplar con fuerza en Europa? La carta de la CUP, la formación anticapitalista en la que se apoya la Generalitat, pidiendo ya la república catalana permite entender el proceso. Está en juego, decía la misiva, la posibilidad de ser feliz. “Seguiremos –afirmaban– sin apoyos de mercados y estados, seguiremos sin grandes riquezas naturales y sin poderes económicos que nos den apoyo, pero lo haremos con la gente y con sus esperanzas y con toda su dignidad”.

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No basta con ser libres e iguales

Fernando de Haro

“Durante décadas ha existido un consenso sobre lo que es la democracia, pero ese consenso se ha perdido”. Estas palabras de Kazuo Isighuro, tras conocer que había sido galardonado con el Premio Nobel de Literatura de este año, quizás sean las más oportunas para comprender qué sucede en Cataluña. En una Cataluña en la que se puede producir una declaración de independencia en las próximas horas. Isighuro, que sitúa en el mismo plano la amenaza de los nacionalismos y de los populismos, apunta que “el mundo no tiene ninguna seguridad sobre sus valores”.

Digámoslo otra vez. Desde el principio. Para despejar cualquier duda. Para los analistas británicos, franceses, y sobre todo los italianos, para los desinformados, románticos o quintacolumnistas del nacionalismo y del populismo que aprovechan las circunstancias para minar la actual Europa. La declaración de independencia de una región europea, después de haber celebrado una consulta sin garantía de ningún tipo, anticonstitucional, no reconocida por la Unión, en contra de la soberanía de un país miembro, es un disparate que va a generar mucho sufrimiento. Es una forma de violencia política hacerlo después de que esa consulta trucada (con votos repetidos y sin un recuento digno de tal nombre) arrojara solo el apoyo del 38 por ciento del censo. La legalidad debe reinstaurarse. Repetido.

Ante el disparate, y ante la falta de un relato consistente por parte del Gobierno del PP, se ha abierto paso la respuesta de un grupo de pensadores y de ex políticos que defienden el patriotismo constitucional en nombre de los ciudadanos libres e iguales. Libres e iguales frente a los que actúan contra la ley. Ya hace algunos años se creó una plataforma con este nombre. Sus miembros más activos son los que más se han movilizado. La iniciativa es muy saludable en una España en la que faltan sujetos sociales con capacidad de reflexión crítica. Todo iría mejor si desde muchos sitios surgieran realidades parecidas. Muchos de los miembros de esta plataforma han tenido que trabajar en condiciones muy difíciles y han superado ese escepticismo cínico de los intelectuales que se lo saben todo, que piensan que no hay verdad por la que merezca sacrificarse.

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No basta con ser libres e iguales

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Cataluña, hora de reconstruir

Fernando de Haro

El 1 de octubre, día fijado para la celebración de un referéndum de autodeterminación de Cataluña no permitido por el Tribunal Constitucional, es ya un día muy triste para la reciente historia de España. Ha sido un día en el que las autoridades han vulnerado la ley, un día de violencia, y un día en que la dialéctica amigo-enemigo ha alcanzado unos niveles que en pocas ocasiones se habían visto desde la recuperación de la democracia. La fractura social, ya muy honda, se ha agravado.

Aunque en estos momentos reine la confusión, al menos algunos hechos parecen firmes. Un Gobierno autonómico legítimamente constituido ha ido más allá de lo que era jurídicamente y políticamente razonable en su plan de celebrar una consulta que estaba vetada. Para no obedecer las decisiones de los jueces, que habían ordenado incautar el material electoral y cerrar los colegios, se han realizado ocupaciones, actos de resistencia a la autoridad favorecidos por el mismo Gobierno y se ha mantenido una consulta sin garantía alguna que no puede ser llamada con seriedad referéndum. La policía autonómica ha desobedecido a los jueces. Y la Policía Nacional y la Guardia Civil, las policías de todo el Estado, han actuado en sustitución de la policía autonómica en unas condiciones en las que ni podían conseguir lo que habían establecido los tribunales –la clausura de todos los colegios electores– ni podían evitar el uso de la fuerza. Un uso de la fuerza que, en este caso, para muchos ha sido una pérdida de legitimidad del Estado.

Todavía habrá quien se sienta orgulloso de lo ocurrido. Pero sea cual sea la pertenencia ideológica, al menos se puede concordar en que la experiencia que estamos teniendo es negativa, por lo menos traumática y poco deseable.

No sabemos lo que puede suceder en las próximas horas. Lancemos una provocación, al menos para recuperar un poco de aire en medio de un ambiente que a todos se nos ha vuelto asfixiante. ¿Y si toda esta grave crisis que se vive en Cataluña y en el resto de España fuera una oportunidad?

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Cataluña ante el gran desafío

Fernando de Haro

Faltan pocos días para el referéndum secesionista en Cataluña. Una de las voces que con más sensatez se han pronunciado en las últimas horas ha sido la de Joan Manuel Serrat. El cantautor catalán, exiliado durante unos años en la época de Franco, partidario del derecho a decidir, ha criticado la consulta convocada para el próximo domingo. La considera “poco transparente”, apoyada en una ley catalana que se ha aprobado sin discusión alguna y a las espaldas de la oposición. “Votar sí, pero no así”, ha venido a decir. Pero quizás lo más interesante de lo que ha señalado Serrat es que “en Cataluña hay una fractura social que tardará mucho tiempo en superarse”.

La convocatoria y el mantenimiento de la convocatoria del referéndum en Cataluña, también la respuesta que se le está dando, es una muestra estrepitosa de cómo aquellos valores y evidencias que sustentaban la democracia –los dábamos por adquiridos para siempre– se han disuelto de forma silenciosa. La evaporación de esas certezas ha seguido un proceso casi inadvertido, las consecuencias están formando un gran escándalo.

Justificar la violencia o no querer verla, pensar que el proyecto en el que uno cree debe salir adelante cuando la mitad de la sociedad no lo comparte y exigir su materialización cuando está en contra de las leyes y de las instituciones… todo eso supone que convencimientos que fueron elementales se han esfumado. No hacer daño, aceptar con realismo los límites del marco constitucional, primar en política la paciencia que exige el tiempo sin sucumbir a las urgencias del espacio, no convertir la mayoría en la regla única de la convivencia… eran algunas de las certezas cívicas que se han derrumbado. También ha desaparecido la evidencia de que la sola ley, por mucho que se insista en ella, no puede fundamentar la democracia.

Pero de todas las evidencias elementales, la que más ha sufrido es la que reconoce en el otro, piense como piense, sienta como sienta, a un compañero de camino. A eso es lo que apunta Serrat con inteligencia. A las conversaciones censuradas mientras se almuerza en familia, a la renuncia al esfuerzo por relatar aquello que se desea y en lo que se cree, al ruido atronador de discursos cerrados, al no escucharse. Para vivir hay que estar callado. Y mientras calla la voz de la vida solo se siente el parloteo de los aparatos. Casi todas las heridas se pueden cerrar, siempre y cuando los miembros de una sociedad mantengan una estima por el que consideran diferente. Sin la experiencia que los españoles hicieron durante la Transición y los europeos tras la II Guerra Mundial, se mira con recelo, con miedo al otro y surge la pretensión de eliminarlo cívicamente porque se piensa que resta algo. Una identidad madura, segura de sí misma –que es lo que falta– convierte la relación con otro en una ocasión.

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Cataluña ante el gran desafío

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Más allá de los barrotes de nuestros valores

Fernando de Haro

A las afueras de Milán todavía hay pegados algunos carteles de un acto político celebrado hace unas semanas con la frase: “Un nuevo inicio con nuestros valores”. Es el lema de la escisión del PD de Renzi, que ha dado lugar al MDP, un partido que, liderado por el histórico Bersani, reivindica las esencias de la izquierda. En realidad, en toda Europa, y en todo el mundo, la izquierda y la derecha hablan de la necesidad de volver a “nuestros valores”, a los que en otro tiempo nos definieron, a los que nos dieron una identidad segura antes de que la globalización pusiera patas arribas todo. ¿Ha sido la globalización realmente la que nos ha “robado” una identidad estable? ¿O ha sido esta creciente diversidad que inunda el mundo?

“Nuestros valores”, lo que nos han quitado o nos quieren quitar. ¿Cuáles son esos valores? Los de nuestra nación, los de nuestra religión, los de nuestro pueblo… Sí, bien. ¿Pero cuáles son los valores de nuestra nación, de nuestra religión o de nuestro pueblo? A la segunda pregunta, quizás a la tercera, las respuestas se hacen más dubitativas, más imprecisas. La mayoría de los mortales no sabríamos responder con precisión. Los intelectuales, los clérigos, los tertulianos son los que saben recitar los idearios. En un porcentaje altísimo esos idearios son nocionales, doctrinalmente perfectos, sin carne alguna de experiencia. Los intelectuales se ganan a menudo el sueldo explotando la sensación que muchos tienen de haber sufrido un robo de lo suyo.

En esta época, que la profesora de literatura de Harvard Svetlana Boym ha calificado como una época afectada por una “epidemia de nostalgia”, domina un sentimiento de pérdida y desplazamiento, un deseo de reconstruir un hogar perdido, que en realidad nunca ha existido. Es lo propio de un momento de desconcierto.

Como señaló Bauman en uno de sus últimos escritos antes de morir, el anhelo de volver a una patria moral que nunca existió está acompañado de un retorno a la tribu. Los síntomas están por todos lados. Prosperan los que ofrecen una versión simplificada de los hechos. A pesar de las llamadas al diálogo, nadie escucha a nadie porque se ha creado un filtro emocional. Y solo se oyen aquellos mensajes que tienen un significado emotivo para quien necesita más que nunca alguna forma de pertenencia. El debate solo tiene como propósito conjurar la ansiedad para mostrar al adversario lo ciego y lo sordo. El otro sirve, fundamentalmente, como señalaba el gran sociólogo, para “saciar nuestra propia sed de superioridad”. Si no existieran los extranjeros, los gentiles, los enemigos de la verdad, los grandes centros de poder que están cambiando el mundo habría que inventarlos.

La ciudad que dice estar construida sobre los pilares de la racionalidad, la eficiencia y la utilidad se fragmenta en bandos que, a través de una recompensa afectiva, prometen reducir la incomprensible y paralizante complejidad de un mundo que se percibe como amenaza.

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Más allá de los barrotes de nuestros valores

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Colombia: el Papa que enseña a hacer justicia (y pueblo)

Fernando de Haro

Ha vuelto a suceder, como ocurrió hace unas semanas en su viaje a Egipto. Francisco, en su viaje a Colombia, ha vuelto a desatar un nudo que parecía definitivo, o al menos ha indicado el camino para deshacerlo. En El Cairo fue el problema de la incomprensión entre las dos religiones mayoritarias, el cristianismo y el islam.

En Colombia Francisco ha afrontado muchas cuestiones, imposible subrayar todas. Pero ha destacado su atención a la violencia sufrida, la fractura de una sociedad en la que los paramilitares y las FARC, también los narcos, han dejado profundas heridas y el reto histórico, fundacional, presente desde hace 200 años, de una Colombia, de una América Latina, dividida entre los criollos y el pueblo.

Son dos retos regionales pero también universales en el mundo de la globalización: la reconstrucción tras la violencia y la integración de identidades diversas.

Francisco ha subrayado una premisa de método que en América Latina resuena con especial relevancia. Si hay una parte del mundo donde se han ensayado mediaciones y alianzas ideológicas para dar eficacia social al Evangelio, esa ha sido la tierra que ha visitado el Papa. Podemos remontarnos a la alianza con el marxismo tan propia de los años 70 y 80 del pasado siglo, a las dictaduras de derechas que dijeron ser católicas, a los nuevos populismos indigenistas o a las respuestas antipopulistas de corte neoliberal, Francisco ha sido rotundo frente a la tentación de una presencia que busca palancas de poder o de partido, la Iglesia que quiere Francisco es una Iglesia libre de ataduras. “A la Iglesia no le interesa otra cosa que la libertad de pronunciar esta Palabra. No sirven alianzas con una parte u otra, sino la libertad de hablar a los corazones de todos”, señalaba en el encuentro con los obispos en Bogotá. La llamada de atención es para todos.

Ya antes de que comenzara el viaje, la elección de Colombia como destino tenía un gran valor simbólico. Francisco ha querido apoyar un proceso de paz que ha puesto fin a décadas de conflicto y que ha encontrado una gran resistencia no tanto entre los que han sufrido la violencia sino, sobre todo, entre jóvenes de origen urbano. Esos jóvenes, a los que el expresidente Uribe ha servido de referente, han sido quienes más han rechazado las condiciones ofrecidas y aceptadas por las FARC. El proceso de paz, es cierto, ha sido generoso y ha permitido a los antiguos combatientes algo más que acogerse al estricto cumplimiento de la ley. Ha sido un gran proceso de justicia restaurativa en la que los responsables del mal lo han reconocido y han pedido perdón a las víctimas.

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Reentrada: entre la bioquímica y la filosofía zen

Fernando de Haro

“Ok Google”. El chatbot del teléfono móvil se enciende inmediatamente. De hecho, últimamente es casi imposible decir la palabra ok sin que el todavía rudimentario mecanismo de reconocimiento de voz se ponga en marcha. “Ok Google, empieza el curso. ¿Qué puedo desear en esta reentrada, qué me recomiendas tú que has leído todos mis correos electrónicos, tú que sabes cuánto tiempo empleo en ir y volver del trabajo, tú que has analizado todas mis búsquedas en los últimos meses, tú que conoces mis “me gusta” en Facebook y el uso que he hecho de Twitter? ¿Cómo me va a afectar el proyecto de independencia de Cataluña al que le falta menos de un mes para llegar a la fecha fijada? ¿Qué crees que me convendría hacer antes las elecciones alemanas? ¿Crees que una victoria amplia de Merkel, como la que se espera, puede afectarme personalmente? ¿Tras la victoria de Macron, una contundente victoria de Merkel, me permite esperar que el modelo europeo que sabes que tanto me gusta se consolide y supere la amenaza del populismo? ¿Cómo va evolucionar el desgaste de Trump? ¿Puedo esperar razonablemente que las instituciones estadounidenses lo terminen aislando? ¿Y de mí qué me dices, Google, qué me dices de esos propósitos que me he hecho en los días de descanso? ¿Te parecen bien? ¿Crees que pueden darme un poquito de esa satisfacción que tanto deseo? ¿O debería abandonarla? Vamos Google, si yo tuviera una décima parte de los datos, una centésima, sobre el mundo y sobre mí mismo que tú tienes sabría responder con claridad a todas esas preguntas”.

El chatbot emite la señal de que está pensando. “Lo siento, todavía no estoy preparado para responder a estas cuestiones”. La voz suena dulce y en el “todavía” hay un acento de esperanza que invita a intentarlo de nuevo.

“Ok Google”. “Vamos a simplificar. De la política ya hablaremos otro día. Quédate con la última pregunta. No te voy a explicar que cada comienzo de curso, cada reentrada, despierta en nosotros los humanos la nostalgia de que las cosas vuelvan a empezar. Sé que el algoritmo todavía no está muy desarrollado para la empatía, para procesar la información relacionada con las cuestiones de autoconciencia, de sentido. Vayamos a lo esencial: ¿con las metas que me he marcado podré conseguir una pequeña dosis mayor de satisfacción este curso?”.

Silencio. Google está pensando. “Lo siento, todavía no estoy preparado para responder a esa pregunta pero puede consultar nuestro buscador”.

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Malditas malas palabras de partido ante el yihadismo

Fernando de Haro

Habíamos deseado como se desea en la sala de espera de un médico especializado en enfermedades terminales. Habíamos esperado, y no por eso hemos sido inocentes, que esta vez fuera diferente. Casi sin querer mirar las portadas de los periódicos y, por supuesto, sin abrir nuestra cuenta en las redes sociales, sin escuchar a los tertulianos que para ganarse el suelo defienden a unos u otros. Pero ha vuelto a suceder como sucedió en 2004. No quisimos escuchar al ministro del Interior hace unos días anunciado la disolución de la célula que había atentado en Cataluña, cuando todavía no estaba detenido el sospechoso del atropello de la Rambla. No quisimos escuchar al consejero de Interior distinguir entre los muertos españoles y los muertos catalanes.

Pero ya no podemos hacer oídos sordos, el yihadismo ha vuelto a conseguir lo que obtuvo hace 13 años: un daño que no se limita a los muertos y a los heridos. El daño de no reconocer que los únicos culpables son los terroristas, el daño perverso de hacer culpable al Gobierno de Madrid, a los musulmanes, cada cual a su “otro”, al que no quiere reconocer, al que quiere ver detrás de un muro. La culpa se transfiere retratando la mezquindad ideológica del transferidor.

En 2004, tras el 11-M, el Gobierno del PP vivió las horas más extrañas que haya vivido un Gobierno en Europa porque la inercia ideológica le impedía admitir, en momentos decisivos, la hipótesis de que tras los atentados estuviera el yihadismo. No era conveniente, no era posible. Para la burbuja ideológica del PSOE era necesario y conveniente que el atentado fuera un acto de venganza del yihadismo contra la guerra en Iraq. La realidad fue, como siempre, más compleja. Fue el yihadismo, pero con una decisión que se había tomado antes de que la guerra empezase.

La ideología está blindada con hormigón, un material en el que rebotan las bombas y los atropellos. La onda expansiva se multiplica y, después de las víctimas mortales, muere la nación, muere el país, muere la vida social. Porque todas las partes necesitan un chivo expiatorio. Y se deja de escuchar a los muertos y a los heridos y solo escuchan las voces profanas, las voces de partido.

Los defensores de la independencia de Cataluña tenían toda la legitimidad para reclamar un nuevo país. Pero no deberían estar orgullosos de que el actual presidente de la Generalitat haya sugerido en Financial Times que la culpa de lo sucedido la tiene Madrid por haber enviado menos dinero y por no haber dejado a la policía catalana recibir la información que utiliza Europol. Puigdemont, el presidente catalán, ha encarnado la expresión superlativa de esa socialización de la culpa que solo afecta a quien ya considere culpable de todo: se llame Gobierno de Madrid, para otros Generalitat, musulmanes, inmigrantes… la lista es larga.

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Malditas malas palabras de partido ante el yihadismo

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Meeting de Rímini: nuestra herencia no viene de ningún testamento

Fernando de Haro

“Nuestra herencia no proviene de ningún testamento”, decía el poeta surrealista René Char. Y, sin embargo, desde que estallara la crisis de las subprime hace diez años y desde que la globalización económica ha hecho notar sus efectos en todo el planeta, no se habla más que del testamento. De los testamentos legados por un pasado que se recuerda con nostalgia, como una época dorada. Sería la recuperación de ese pasado el que permitiría tener una identidad fuerte ahora que las soberanías nacionales están diluidas y solo impera el mercado. Esta operación está en la base de muchos de los fundamentalismos que han crecido a comienzos del siglo XXI.

En nombre del pasado, el salafismo quiere recuperar las tradiciones medievales del Golfo Pérsico. Pretende universalizarlas y convertirlas en la forma definitiva de un islam que se siente agredido por la modernidad. También en nombre del pasado el movimiento nacionalista hindú, que gobierna al 20 por ciento de la población mundial, y que ha crecido con la ruptura de las barreras culturales, pretende mantener estable un sistema de castas. Tiene 5.000 años -aseguran sus responsables-, ¿por qué tenemos que cambiarlo? Los tiempos pretéritos son, de igual modo, los que se invocan para conseguir un rearme moral que responda a las nuevas ideologías de la deconstrucción. El Meeting de Rímini ha comenzado este domingo. Tiene como lema: “Lo que heredaste de tus padres, vuelve a ganártelo para que sea tuyo”. Habla de una herencia pero, por lo que hemos visto en su arranque, no parece que sea una simple reivindicación del pasado.

En realidad, es imposible fundar una identidad en un testamento que per se tuviera la fuerza de mantenerse en pie. El hecho de que se invoque continuamente el pasado es la mejor constatación de que la tradición se ha roto. La tradición, cuando estaba viva, siempre era algo del presente. Se habla mucho de testamento, de legado, porque está perdido.

El fracaso para transmitir la tradición europea que se produjo hace décadas en la mayoría de nuestros colegios o la impotencia de muchas familias musulmanas para transmitir la pertenencia a una comunidad islámica, en un contexto occidental, ha provocado que los mercados de las ideologías coticen al alza las “identidades de sustitución”. Son barnices baratos, pertenencias virtuales que no tienen capacidad para desafiar la razón ni para sostener la fatiga del vivir. Muchos de los nuevos terroristas yihadistas, antes de atentar en nombre del Corán, se han dedicado a la droga y alcohol. No vienen de ninguna historia consistente relacionada con el islam. Cuanto uno más bucea en los orígenes del islamismo político suní y chiita, más se encuentra la pista del pensamiento revolucionario y rupturista que se enseñaba en las universidades europeas hace décadas. Lo mismo sucede con el hinduismo ideológico fabricado en el Reino Unido con los moldes del nacionalismo del XIX.

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Barcelona: la urgencia de vivir a la altura del desafío

Fernando de Haro

Horas de muerte, de terror, de miedo y de confusión en Barcelona, el destino turístico más visitado de Europa. Atropello en Las Ramblas, en el centro de la ciudad, una decena de asesinados y ochenta heridos. Durante horas información confusa y el miedo a que los terroristas estuvieran atrincherados. Antes de cualquier análisis, lo primero es un instante de humanidad, una oración de quien sepa rezar por las víctimas, los heridos y su familia. Un segundo para tomar en consideración el dolor de cada uno de los golpeados. Sin ese gesto para hacernos cargo del mucho sufrimiento, el mal que quieren sembrar los bárbaros se expande. España lo sabe bien. Ante la voluntad de causar un mal irreparable por parte de quien conducía la furgoneta de la muerte, solo un gesto de libertad, gratuito, de com-pasión para afirmar la vida está a la altura del reto. Los cientos de donantes de sangre que han visitado los hospitales de Barcelona en las últimas horas lo intuían. A los que vierten la sangre solo se les responde con un acto de donación. Sabemos que es necesario conseguir medidas de seguridad más eficaces, más colaboración policial en Europa, más inteligencia geoestratégica para acabar con los santuarios que alimentan el yihadismo, más y mejor educación para combatir el radicalismo de grupos minoritarios que abrazan un nihilismo huérfano de identidad. Pero todo eso no será suficiente. Solo una respuesta gratuita que afirme la vida es eficaz.

Hasta ahora España había quedado a salvo de la barbarie de los violentos que siembran la muerte con atropellos. Hace algo más trece meses comenzaron con el atentado de Niza y luego vinieron Estocolmo, Berlín, París y Londres (en tres ocasiones). La policía esperaba algo así. El terrorismo yihadista ya hizo mucho daño hace 13 años en Madrid, el conocido como 11-M dejó casi 200 muertos. Pero aquel yihadismo, el de Al Qaeda, ya es algo muy lejano. Los atentados de Atocha fueron preparados por una célula de extranjeros a las órdenes de uno de los responsables de una organización terrorista vertebrada, organizada, que se vengaba de detenciones previas. Esto es otra cosa. Aquí estamos ante un terrorismo que no necesita ni comandos, ni organización, ni preparación previa. La policía española lleva muchos años consiguiendo importantes logros en la lucha contra el terrorismo islamista. Pero ni la experiencia acumulada tras los atentados de 2004 en Madrid, ni la intensa actividad policial que ha permitido detener a 200 yihadistas en los últimos cinco años ha impedido que se produjera un atentado que es muy difícil de evitar. Aunque la integración de los dos millones de musulmanes que viven en España es alta, hay algunas bolsas de radicalismo violento en la provincia de Barcelona, en Ceuta y Melilla (ciudades en suelo africano) y en el área metropolitana de Madrid. Los que planean el dolor pueden ser identificados, los que no utilizan planificación alguna son casi invisibles.

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El loco, las pastillas y la geoestrategia

Fernando de Haro

La época de la Guerra Fría desarrolló fórmulas diplomáticas mucho más complejas de las que se usan en estos tiempos. En plena tensión con el bloque comunista, la administración estadounidense creó la llamada “teoría del loco” como instrumento disuasivo. La utilizó el equipo de Nixon para intentar forzar a los vietnamitas a negociar. Kissinger tuvo mucho que ver en el desarrollo de un recurso que consistía en hacer creer a los soviéticos, o a cualquier potencial adversario, que en el Despacho Oval había sentado un presidente al que no se podía controlar, dispuesto a cualquier cosa.

Quizás la “teoría del loco” se haya sofisticado. Quizás las amenazas volcadas durante los últimos días por Trump contra Corea del Norte (también contra Venezuela) sean parte de una complicada operación de disuasión. Aunque es difícil creer que todo esté planificado. El presidente de Estados Unidos ha hablado de responder con “furia y fuego”, ha asegurado que está dispuesto a disparar y a provocar algo “que no se ha visto nunca”. El Secretario de Estado, Rex Tillerson, se ha ocupado, como en otras ocasiones, de hacer de “policía bueno” y de rebajar las amenazas. Ya ha sucedido en otros incendios de los muchos que ha provocado Trump.

Más que una sofisticada operación de simulación parece que estamos ante un nuevo error, consecuencia del gusto o de la necesidad de alimentar la imagen de la “fortaleza asediada”. A Trump no le importa tener unos índices de popularidad muy bajos, pero necesita que su suelo no descienda del 36 por ciento de aprobación. Y para ese fin es necesario mantener la imagen de un gran peligro del que hay que defenderse con firmeza y de forma elemental, algo más urgente para Trump que las victorias en política internacional.

El presidente, de hecho, al enzarzarse en una polémica con Kim Jong-un ha perdido buena parte de la ventaja que consiguió hace unos días su embajadora en Naciones Unidas. Nikki Haley arrancó una interesante resolución del Consejo de Seguridad para aumentar las sanciones. El veto a las exportaciones de carbón, hierro, plomo y marisco, al que no se opuso China, supuso una gran conquista. En lugar de quedarse callado, después de semejante avance, Trump ha incumplido una de las reglas fundamentales en cualquier conflicto: no polemices, no discutas con quien está en una posición inferior. Es el mismo error que ha cometido con Venezuela. Nada le puede venir mejor a Maduro que un presidente de los Estados Unidos amenazándole con una intervención armada.

La primera advertencia de “furia y fuego” se producía curiosamente después de que Trump participara en una reunión para afrontar la grave epidemia por el consumo de opiáceos que afecta al país. La cuestión es seria y refleja el profundo “estado de infelicidad” de un importante segmento de la población estadounidense. Por mucho que algunos pretendan restarle relevancia, recordando que ya hubo unas epidemias similares por el consumo de los derivados del opio en el siglo XIX, los datos son contundentes.

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Venezuela: un cambio que puede tardar

Fernando de Haro

La palabra dictadura ha dejado de ser una metáfora para describir lo que sucede en Venezuela. El inicio de los trabajos de la falsa Constituyente, la destitución de la fiscal general Luisa Ortega -una de las pocas voces libres del chavismo que se alzaba todavía contra Maduro-, el modo en el que los opositores Leopoldo López y Antonio Ledezma han ido y vuelto desde sus casas a la prisión de Ramo Verde son todos ellos indicios más que suficientes. La decisión del Vaticano de reclamar la suspensión de la Asamblea, elegida de forma fraudulenta para redactar una nueva Constitución, supone la constatación de que el presidente venezolano ha volado todos los puentes.

La Secretaría de Estado está convencida de que en este momento no hay diálogo posible. Roma apuró hasta el final las posibilidades de un entendimiento, apuesta que muchos no entendieron. Es lógico que la Iglesia hablara con una voz a través de los obispos locales y con otra desde el Vaticano. Es una fórmula tradicional. Las críticas que ahora se formulan desde la Sede de Pedro pueden ser un buen ejemplo para Zapatero. El expresidente español intentó también una negociación que se ha visto frustrada por un régimen que no tiene ninguna voluntad de encontrar una salida a la situación. Ahora convendría que hablara.

Algunos exiliados cubanos encuentran muchas similitudes entre lo que está sucediendo este verano en Venezuela y lo que ocurrió en Cuba en enero de 1959, cuando Fidel Castro tomó el poder. No hay que exagerar los parecidos. No estamos ante un golpe sino ante un autogolpe de Estado. A diferencia de lo que ocurrió hace casi 60 años, en este caso hay un sólido bloque opositor que está resistiendo heroicamente al tirano, ahora no hay una Comunidad Internacional confundida (Estados Unidos reconoció el primer Gobierno de Fidel). Pero sí existe una alta posibilidad de que fragüe una dictadura sostenida por el ejército y por el negocio del narcotráfico de algunos de sus líderes. Una dictadura que, paradójicamente, no puede presentarse como la solución a la miseria del pueblo, al clima de terror y de violencia sino como una prolongación de una postración que dura ya demasiado tiempo.

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La legitimidad quebrada

Fernando de Haro

Fin de curso político. Todo parece invitar al optimismo, al menos desde la perspectiva española. Y, ¿por qué no?, también desde la europea. Hace once meses volvíamos de las vacaciones estivales con el miedo a las citas electorales en Holanda y en Francia. May estaba ya instalada en el número 10 de Downing Street con la promesa de negociar un Brexit duro y la amenaza de una salida del Reino Unido sin acuerdo. El descanso en la playa o en la montaña llega con un Macron, presidente europeísimo, en el Elíseo y con mayoría suficiente en las cámaras. Merkel está muy reforzada para los comicios de octubre. La lucha contra el proteccionismo y el “negacionismo ambiental” ha consolidado en el último G20 un cierto frente europeo que, de pronto, sabe por lo que luchar. Y la primera ministra británica ya no cuenta con mayoría absoluta, tendrá que aceptar un Brexit blando. El caso de Italia tendrá que esperar unos meses antes de que se despeje la incógnita. ¿Podemos dar por superada la turbulencia? ¿Año ganado al nacionalismo y al populismo que cuestionaban la Europa fraguada en la posguerra?

Hace un año España seguía sin Gobierno. Y se enfrentaba a un tormentoso verano, no eran descartables unas terceras elecciones. Por eso Rajoy se ha presentado en los últimos días, antes de unas “vacaciones normales”, como el campeón europeo de la estabilidad política y de los buenos resultados económicos. Ya dijo hace nueve meses Merkel que el español tenía la piel de elefante. A pesar de no poder contar el apoyo de los socialistas, Rajoy ha sacado adelante los Presupuestos de 2017, y va a conseguir aprobar los de 2018. La legislatura va a ser larga y el presidente, cuestionado en el año del bloqueo incluso dentro de su partido, acaricia la idea de volver a presentarse en las próximas elecciones. “¿Por qué no?”, debe preguntarse en sus paseos matinales. La economía española es la que más crece en el mundo desarrollado: acabará el año con un crecimiento superior al 3 por ciento. El PIB ha recuperado los niveles previos a la crisis, se generan más de 500.000 puestos de trabajo al año. Todo parece haber vuelto a la normalidad si no fuera porque el Gobierno de Cataluña quiere declarar la independencia dentro de unos meses. La “piel de elefante” de Rajoy le ha hecho un superviviente, a pesar de ser un líder de los 90, cuando su partido y todos los partidos hacían política de otra forma, sin controlar de dónde salía el dinero, sin poner distancia con la fiesta demasiado alegre de un mercado demasiado descontrolado.

¿Por qué no exportar el modelo Rajoy al resto de Europa? Políticos tranquilos, con partidos disciplinados, dispuestos a realizar reformas pero sin voluntad de liquidar el acuerdo tácito entre los liberales y los socialdemócratas para mantener en pie el Estado del Bienestar. Estabilidad y crecimiento económico para responder al populismo y al nacionalismo que inflama a la juventud, y no solo a la juventud, de toda Europa.

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La legitimidad quebrada

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No decir nunca nada que, en cierto modo, no esté ocurriendo

Fernando de Haro

Tiempos interesantes. El desarrollo de la inteligencia artificial más allá de lo que podríamos haber imaginado hace unos años y la crisis de cierta forma de pensamiento moderno plantean retos apasionantes. Quizás sean una invitación a recuperar una forma de pensar y de hablar diferente, más humana.

La inteligencia artificial (IA) parece estar llevando a cabo el viejo sueño de crear sistemas perfectos que, al menos en ciertos aspectos de la vida, resuelvan la fatiga de tener que ejercer la libertad. Las “máquinas pensantes” vienen en auxilio del ser humano en ámbitos decisivos. La policía de Nueva York utiliza desde años la IA para seguir o dejar de seguir a un sospechoso. Cada vez es más frecuente que los operadores del mercado utilicen el high frequency trading, un sistema que toma decisiones de compra y venta de títulos en fracciones de segundo. Protagoniza ya casi la mitad de las operaciones en las bolsas europeas y ha dejado obsoletos los modelos de análisis de comportamiento basados en el modo de invertir de los “sapiens de carne y hueso”. En todos estos casos se procesan datos y se toman decisiones gracias a algoritmos. El algoritmo, por definición, es un conjunto de reglas que permite obtener un resultado previsible.

Hace unos días, Ramón López de Mantaras, premio Walker de la Conferencia Internacional de Inteligencia Artificial, advertía de los riesgos de dejar a los algoritmos tomar decisiones por sí solos. Primero, porque en la selección de datos siempre se producen sesgos que es necesario corregir. Y segundo -señalaba López de Mantaras en una entrevista de La Vanguardia- porque una cosa es el conocimiento y otra son los datos.

Todos las posibilidades que ofrece el Big Data -los resultados en el campo de la intervención humanitaria y social son ya muy llamativos- replantean la distinción entre información y saber. “El conocimiento implica -señalaba Mantaras- que se comprende cómo se toma una decisión. Con los datos, el algoritmo llega a una decisión, pero no tenemos acceso al razonamiento que hay detrás. Es una caja negra. Si dejamos que un algoritmo tome decisiones que nos afectan deberíamos poder exigir que rinda cuentas”. Las máquinas pensantes pueden tomar decisiones, de hecho ya hemos dejado que las tomen. Pero según Mantaras no pueden conocer en sentido literal, porque no conocen que conocen, y por eso es absurdo exigirles responsabilidad. Sin saber que se está conociendo no hay conocimiento y no hay libertad. Batty, el replicante de Blade Runner que está a punto de morir, al lamentarse porque todo lo que ha visto vaya a perderse como “lágrimas en la lluvia”, ha dejado de ser IA para convertirse en una inteligencia humana que desea lo eterno.

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No decir nunca nada que, en cierto modo, no esté ocurriendo

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El futuro afortunadamente no es lo que solía ser

Fernando de Haro

Este es un tiempo de distopías (neologismo anglosajón que se utiliza para describir sociedades del futuro indeseables). Las distopías vuelven a dominar la narrativa cinematográfica (estos días se estrena el tercer capítulo de un remake del clásico Planeta de los Simios), los relatos económicos y también los sociológicos y antropológicos. Estos últimos se pueblan de barbarie y de humanos desnaturalizados que han adquirido características propias de los primates más elementales.

Seguramente esta “literatura del declive” en la que hay mucho material de no ficción tiene que ver con el momento de transición que vivimos, con la incertidumbre de un cambio demasiado agudo, con el miedo que suscita percibir que la tierra conocida ha desparecido y no emerge la nueva.

La digitalización, por ejemplo, ha generado pulsiones apocalípticas. En un trabajo publicado ya hace unos meses por Carl Benedikt, profesor de la Universidad de Oxford, titulado “The future is not what it used to be” (El futuro no es lo que solía ser), se pronostica que casi el 50 por ciento de los trabajos que en este momento realizamos van a desaparecer por la automatización. La cuarta revolución industrial (la de los datos) suscita temores y reacciones semejantes a los que provocó el ludismo de hace doscientos años, cuando los artesanos ingleses se alzaron contra los telares industriales de la primera revolución industrial. La máquina era entonces el enemigo, ahora lo es esa actividad digital que representa el 20 por ciento del PIB mundial, porcentaje que irá en aumento, y ese flujo de datos que se ha multiplicado al menos por 45 desde 2005.

El asunto es complejo y sin duda los efectos de la “destrucción creativa” no serán inmediatos, la digitalización genera nuevas formas de exclusión (no por casualidad se habla de la famosa brecha) y como señalaba el informe "The Future of Jobs: Employment, Skills and Workforce Strategy for the Fourth Industrial Revolution" (presentado en el World Economic Forum de 2016) hay ámbitos en los que se pueden destruir 7 millones de empleos y crear solo 2. Pero responder al reto y al cambio pensando que estamos ante el “fin del trabajo”, como señalan algunos, es ignorar el más elemental de los principios económicos: las necesidades son infinitas, los recursos son escasos.

Percibir en el cambio una amenaza y no oportunidad dice mucho de los recursos disponibles que tiene el observador, de con qué y cómo afronta el presente. La regla sirve lo mismo para lo económico como para lo antropológico. Rod Dreher, editor de www.theamericanconservative.com y autor del gran best seller espiritual de los últimos meses en los Estados Unidos (The Benedict-Option), en uno de sus recientes post hacía una loa del discurso pronunciado por Trump en su visita a Polonia. Rod Dreher, que aboga por refugiarse en un arca mientras pasa el diluvio antropológico, sostenía que “mantener la hegemonía judeo-cristiana -lo que significa comprendernos como el pueblo que encuentra su unidad en las historias de la Biblia- es vital para mantener nuestra identidad. Como hace tiempo que no lo hacemos, estamos en declive”.

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Terrorismo: ¿algo más que memoria?

Fernando de Haro

Las conclusiones de la cumbre del G20 celebrada en Hamburgo han incorporado una aportación española para que sean reconocidas y apoyadas las víctimas del terrorismo. España, después de haber sufrido durante años el terrorismo de ETA, se ha convertido en una experta en víctimas. Tiene mucho que decir en este campo ahora que la lacra del asesinato político e ideológico se extiende por todo el mundo.

La aportación llega cuando se cumplen 20 años del asesinato de ETA que cambió radicalmente las cosas: el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Hasta bien entrada la década de los 90 había todavía una ambigüedad sobre la banda terrorista. Se condenaban los atentados. Pero perduraba la duda sobre la posible legitimidad no de los medios, pero sí de alguno de sus fines. Contribuía a ello que hubiera empezado a utilizar la violencia bajo la dictadura de Franco y la cantinela de que en el País Vasco había un conflicto político. El asesinato de Blanco en el 97 abrió los ojos, proporcionó una dolorosa claridad moral y permitió deshacerse de ciertos complejos propios de una democracia demasiado joven. A partir de ese momento fue evidente que los asesinos no podían seguir haciendo política.

Las víctimas, que durante muchos años habían sufrido no solo la violencia sino una perversa transferencia de culpa de los victimarios, empezaron a ser reconocidas política y socialmente. Se acuñó entonces el lema “memoria, dignidad y justicia”. Una fórmula que quería escribir en mármol el agradecimiento de la sociedad española a los más débiles, a los que más han sufrido y a los que han sido siempre leales al Estado de Derecho. Ahora que la violencia va quedando atrás y que es necesario construir el relato de lo ocurrido, el recuerdo de los asesinados, torturados, humillados, secuestrados, mutilados es esencial. Lo han puesto de manifiesto dos recientes novelas: Patria y Ojos que no ven.

Hasta el momento, la obstinación de una banda terrorista que se resiste a disolverse y la pretensión de sus sucesores políticos de imponer la mentira sobre lo sucedido han hecho difícil abrir una posibilidad que en casos similares ha servido para reparar muchas vidas y reconciliar algunas sociedades. Estamos hablando de la posibilidad de que las víctimas que lo deseen den un paso más allá de su gran sufrimiento. Gestos como el que ha hecho el alcalde de Rentería, de Bildu (partido sucesor de ETA), pidiendo perdón a dos víctimas facilitan las cosas.

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Terrorismo: ¿algo más que memoria?

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El último nombre

Fernando de Haro

Es relativamente sencillo seguir la línea que unió la semana pasada el Parlamento de Estrasburgo, el Bundestag y el Congreso de los Diputados en España. Empecemos por el final. El sábado la Cámara Europea rendía un homenaje debido a uno de los grandes refundadores de la Unión: Helmut Kohl. Sin el canciller que rigió la política alemana durante más de 15 años no se entiende casi nada. Hizo posible la unificación, apostó con ella sin reparar en gastos. Fue un auténtico gigante.

Kohl era la encarnación de muchas de las evidencias y de las certezas de la generación de la postguerra. Empezó a hacer política en el 47 y dedicó sus estudios precisamente al resurgir de la vida política tras la II Guerra Mundial. El canciller personalizó hasta el fin del siglo pasado el sueño de que los valores cristianos secularizados, materializados en el proyecto europeo, podían permanecer en pie. El europeísmo, el occidentalismo, el hundimiento del Bloque del Este, parecían sugerirlo. Pero ya algunas décadas antes, los más avisados (Guardini) habían indicado que esos valores serían considerados pronto puro sentimentalismo.

El segundo punto de la línea es la aprobación del matrimonio homosexual en el Bundestag. Aprobación con el voto a favor de 80 diputados de los cristiano-demócratas en vísperas de las elecciones. Merkel dio libertad de voto a sus diputados porque, política realista, sabía que su defensa del matrimonio como algo propio de un hombre y una mujer era percibido por muchos como un “sentimentalismo”, cuando no como una forma de opresión.

Y llegamos al tercer punto: el Congreso de los Diputados de la Carrera de San Jerónimo. España está curada de espanto ante debates que ya parecen viejos. La derecha nada sentimental de Rajoy nunca pensó corregir la herencia socialista de Zapatero en materia de nuevos derechos. Por eso ha sido llamativa la reacción a la propuesta que ha hecho esta semana Ciudadanos, el pequeño partido en el que se apoya el PP, para dar carta de naturaleza a los vientres de alquiler. El partido naranja quiere permitir la maternidad subrogada si es gratuita. El propio PP, los socialistas y la izquierda de Podemos han rechazado la proposición. Ya veremos qué sucede en las filas del partido de Mariano Rajoy cuando comiencen los debates. No pocos de sus diputados están a favor de una propuesta como la que ha hecho Ciudadanos. De momento la mayoría de la Cámara parece suscribir la frase formulada por el líder comunista, Alberto Garzón: “ni las mujeres son máquinas de fabricar bebés ni los bebés son bienes de consumo que se pueden comprar y vender”. Curiosa situación esta en la que los comunistas recuerdan, con más decisión que la derecha, la intangibilidad de la persona y de la maternidad.

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El último nombre

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El mal del bando

Fernando de Haro

No se había podido poner mejor ejemplo. El cambio de posición de los socialistas españoles respecto al CETA, el acuerdo de libre comercio de Europa con Canadá, es un caso paradigmático del llamado “mal del bando”. El PSOE, como todo el socialismo europeo, estaba a favor del acuerdo al que solo se oponen los verdes, la extrema derecha y la izquierda extrema de la eurocámara. Pero su nuevo líder quiere cambiar de bando, quiere acercarse a Podemos, y las razones que hasta hace unos días eran válidas han dejado de serlo para castigo de los muchos socialistas que siguen usando la cabeza.

El mal del bando se caracteriza por una pertenencia muy poco sana que clausura la apertura de la razón. En política se justifica por razones tácticas, primero afecta a los partidos y a sus líderes y después a sus votantes. La fórmula se extiende también a la vida social de diferentes modos. El mal del bando le impide al PP, que se autoconcibe como la derecha que ha salvado a España del desastre y que ha hecho posible la recuperación económica, reconocer lo evidente: la falta de control y la acumulación de poder fue un caldo de cultivo para numerosos casos de corrupción. Algunos de sus votantes que lo son porque están convencidos de que el PP puede evitar una descomposición del país, porque creen que es la solución menos mala para la libertad de enseñanza, se sienten moralmente obligados a no tener muy en cuenta sus debilidades: su inclinación a la tecnocracia; su incapacidad para afrontar con seriedad todo lo que tiene que ver con la cultura o la educación; o simplemente su dificultad para dialogar con la sociedad. Como si el voto fuese una suerte de compromiso de fidelidad a unas siglas que exige no ser exhaustivo en la ponderación de los actores en juego. En la cuestión de la independencia de Cataluña o la unidad de España sucede lo mismo: hay formas de estar juntos, bajo ciertas siglas y ciertas identidades, que alimentan la pereza y que impiden escuchar al que no piensa igual.

El mal del bando tiene especiales consecuencias en la vida social. Si se pertenece, por ejemplo, al de los intelectuales que abanderaron en algún modo el 68 y han hecho un camino de vuelta, se hará gala de un occidentalismo sin fisuras. Nunca se estará dispuesto a reconocer algún valor al mundo musulmán, a la izquierda, y al deseo de cambio del movimiento en que militaron.

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El mal del bando

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El cantero de Alepo

Fernando de Haro

El cantero de Alepo es un hombre minucioso. No han dado aún las 9 de la mañana. Hace las marcas en una gran piedra blanca y luego las corta con esmero. Son las piedras que servirán para reparar la catedral melquita que ha perdido toda la cubierta por las bombas. La catedral melquita, la catedral armenia y la catedral maronita están juntas, en la pequeña Plaza de Fharat, donde comienza o comenzaba el Viejo Alepo. En las fiestas, en la plaza no cabía un alfiler.

Pero este domingo no hay nadie. Cuando el cantero apaga la sierra mecánica vuelve el silencio y se oye a las tórtolas de Alepo. Las tórtolas se posan sobre las piedras caídas, sobre los muros derribados. Se oyen las tórtolas volar y de vez en cuando las bombas que lanza todavía el ejército de Al Asad contra las posiciones de los yihadistas al oeste de la ciudad. (“No es nada -te explican los amigos cuando pones cara de preocupación- es solo para recordarles a los rebeldes que el ejército tiene controlada la ciudad”).

“Ver cómo ha quedado el Viejo Alepo hace mal al corazón”, me ha dicho una de las personas con las que he hablado estos días. Y lleva razón. No podías imaginar que las palabras mentirosas, la ideología, que parece un juego, sea capaz de sembrar tanta destrucción. Hasta que la ves. Y aquí son las piedras -piedras nobles, calles estrechas, tesoro de siglos que a pesar de haber sido prácticamente reducido a cascotes conserva su belleza-, pero el daño en las madres, en las esposas, en los hijos, ese daño que no se ve es como un océano de dolor inmenso y silencioso. Un océano que se vierte en lágrimas cuando entras en las casas de los vecinos de Alepo y empiezas a escuchar. No hay iglesia en la que no se celebre un funeral.

La bella Alepo, la ciudad cortejada por los cruzados, la que criaba a las más guapas princesas, es ahora una población diezmada. Todos los millennials deberían pasear por la zona este de Alepo, por sus calles reducidas a escombros, por los edificios semidesnudos, por el recuerdo vivísimo del infierno que se ha sufrido aquí en los dos últimos años. Todos deberían pasearse por estas calles de Alepo este para quedar dominados al menos un segundo por el silencio asombrado que te embarga al ver las consecuencias de las ideologías. Para derribar por un instante esa banalidad obstinada en la que vivimos. Detrás de cada piedra que está fuera de su sitio hay una historia, un drama.

Alepo este es una ciudad inhabitable. Alepo oeste es una ciudad sin luz regular, donde truenan los generadores, sin ascensores, con restaurantes de grandes comedores en los que solo se sirve café. A veces da la sensación de que solo las zapaterías y las heladerías tienen género. En algunos barrios solo hay agua corriente dos veces por semana. Y la mayoría de las familias no pueden pagar lo que cuesta un generador para poner una lavadora.

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El cantero de Alepo

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  389 votos
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