Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
28 JUNIO 2017
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El mal del bando

Fernando de Haro

No se había podido poner mejor ejemplo. El cambio de posición de los socialistas españoles respecto al CETA, el acuerdo de libre comercio de Europa con Canadá, es un caso paradigmático del llamado “mal del bando”. El PSOE, como todo el socialismo europeo, estaba a favor del acuerdo al que solo se oponen los verdes, la extrema derecha y la izquierda extrema de la eurocámara. Pero su nuevo líder quiere cambiar de bando, quiere acercarse a Podemos, y las razones que hasta hace unos días eran válidas han dejado de serlo para castigo de los muchos socialistas que siguen usando la cabeza.

El mal del bando se caracteriza por una pertenencia muy poco sana que clausura la apertura de la razón. En política se justifica por razones tácticas, primero afecta a los partidos y a sus líderes y después a sus votantes. La fórmula se extiende también a la vida social de diferentes modos. El mal del bando le impide al PP, que se autoconcibe como la derecha que ha salvado a España del desastre y que ha hecho posible la recuperación económica, reconocer lo evidente: la falta de control y la acumulación de poder fue un caldo de cultivo para numerosos casos de corrupción. Algunos de sus votantes que lo son porque están convencidos de que el PP puede evitar una descomposición del país, porque creen que es la solución menos mala para la libertad de enseñanza, se sienten moralmente obligados a no tener muy en cuenta sus debilidades: su inclinación a la tecnocracia; su incapacidad para afrontar con seriedad todo lo que tiene que ver con la cultura o la educación; o simplemente su dificultad para dialogar con la sociedad. Como si el voto fuese una suerte de compromiso de fidelidad a unas siglas que exige no ser exhaustivo en la ponderación de los actores en juego. En la cuestión de la independencia de Cataluña o la unidad de España sucede lo mismo: hay formas de estar juntos, bajo ciertas siglas y ciertas identidades, que alimentan la pereza y que impiden escuchar al que no piensa igual.

El mal del bando tiene especiales consecuencias en la vida social. Si se pertenece, por ejemplo, al de los intelectuales que abanderaron en algún modo el 68 y han hecho un camino de vuelta, se hará gala de un occidentalismo sin fisuras. Nunca se estará dispuesto a reconocer algún valor al mundo musulmán, a la izquierda, y al deseo de cambio del movimiento en que militaron.

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El mal del bando

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El cantero de Alepo

Fernando de Haro

El cantero de Alepo es un hombre minucioso. No han dado aún las 9 de la mañana. Hace las marcas en una gran piedra blanca y luego las corta con esmero. Son las piedras que servirán para reparar la catedral melquita que ha perdido toda la cubierta por las bombas. La catedral melquita, la catedral armenia y la catedral maronita están juntas, en la pequeña Plaza de Fharat, donde comienza o comenzaba el Viejo Alepo. En las fiestas, en la plaza no cabía un alfiler.

Pero este domingo no hay nadie. Cuando el cantero apaga la sierra mecánica vuelve el silencio y se oye a las tórtolas de Alepo. Las tórtolas se posan sobre las piedras caídas, sobre los muros derribados. Se oyen las tórtolas volar y de vez en cuando las bombas que lanza todavía el ejército de Al Asad contra las posiciones de los yihadistas al oeste de la ciudad. (“No es nada -te explican los amigos cuando pones cara de preocupación- es solo para recordarles a los rebeldes que el ejército tiene controlada la ciudad”).

“Ver cómo ha quedado el Viejo Alepo hace mal al corazón”, me ha dicho una de las personas con las que he hablado estos días. Y lleva razón. No podías imaginar que las palabras mentirosas, la ideología, que parece un juego, sea capaz de sembrar tanta destrucción. Hasta que la ves. Y aquí son las piedras -piedras nobles, calles estrechas, tesoro de siglos que a pesar de haber sido prácticamente reducido a cascotes conserva su belleza-, pero el daño en las madres, en las esposas, en los hijos, ese daño que no se ve es como un océano de dolor inmenso y silencioso. Un océano que se vierte en lágrimas cuando entras en las casas de los vecinos de Alepo y empiezas a escuchar. No hay iglesia en la que no se celebre un funeral.

La bella Alepo, la ciudad cortejada por los cruzados, la que criaba a las más guapas princesas, es ahora una población diezmada. Todos los millennials deberían pasear por la zona este de Alepo, por sus calles reducidas a escombros, por los edificios semidesnudos, por el recuerdo vivísimo del infierno que se ha sufrido aquí en los dos últimos años. Todos deberían pasearse por estas calles de Alepo este para quedar dominados al menos un segundo por el silencio asombrado que te embarga al ver las consecuencias de las ideologías. Para derribar por un instante esa banalidad obstinada en la que vivimos. Detrás de cada piedra que está fuera de su sitio hay una historia, un drama.

Alepo este es una ciudad inhabitable. Alepo oeste es una ciudad sin luz regular, donde truenan los generadores, sin ascensores, con restaurantes de grandes comedores en los que solo se sirve café. A veces da la sensación de que solo las zapaterías y las heladerías tienen género. En algunos barrios solo hay agua corriente dos veces por semana. Y la mayoría de las familias no pueden pagar lo que cuesta un generador para poner una lavadora.

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El cantero de Alepo

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Diario de Siria 1

Fernando de Haro, Ammán

La tarde de Ammán es tranquila. La capital jordana siempre ha sido una entrada más dulce que la Sublime Puerta, la de Estambul, para los occidentales que viajamos a Oriente Próximo. Los jordanos no tienen ese enfado permanente que parece dominar al personal de los aeropuertos turcos: parecen ofendidos porque quien les habla no conozca la lengua de Erdogan.

No es solo una cuestión de carácter. Jordania ha acogido con generosidad a los refugiados sirios desde que comenzara en 2011 la primavera que luego se transformó rápidamente en guerra civil. Y son inolvidables las declaraciones del Rey Abadalá II, en Naciones Unidas (“los cristianos son una parte esencial del futuro de mi región”), en el Parlamento Europeo (los ataques a cristianos son un ataque al islam), es acogedor su sincero distanciamiento de cualquier tipo de utilización ideológica para justificar la violencia en nombre del islam.

Emprendo dentro de unas horas el camino inverso a esos dos millones de refugiados que sufren los efectos de la enfermedad de los que se han quedado sin tierra. Pasados ya cinco años desde que llegaran los primeros, se habla de la amenaza de una generación perdida. El 60 por ciento no reciben educación, no hay dinero para la atención sanitaria y el “mal del campo” gana terreno a medida que avanza el tiempo. El “mal del campo” es esa destrucción de lo humano que significa no trabajar, recibir un subsidio permanente que te deja por debajo del umbral de la pobreza pero que te quita las ganas de salir adelante por ti mismo, que te hace pasivo.

Para poder hacer a la inversa el camino de los refugiados he esperado durante muchas horas el visado en el consulado de Siria en Madrid. Y esas horas de espera han estado siempre presididas por una gran foto del presidente Bachar el Asad. Habrá a quien una imagen así incomode seriamente. Entre los colegas occidentales, salvo algunas excepciones, se suele seguir pensando que en Siria hay dos guerras: una contra el Daesh y otra la que libra el régimen contra la oposición. Pero desde que hace dos años y medio pasé una semana larga en Beirut, me quedó claro que esa oposición libre y democrática que se manifestaba en las calles en febrero de 2011 desapareció pronto. La oposición que se ha sentado en la mesa de negociación de Ginebra está formada por grupos yihadistas o islamistas respaldados por Arabia Saudí.

Hace unas semanas Robert F. Worth publicaba un “herético” largo reportaje enThe New York Times Magazine, titulado, seguramente con la pretensión de provocar, Aleppo after the Fall. Forth, un veterano corresponsal en la zona, buen conocedor de la ciudad, daba voz a sus vecinos. La “caída” de Alepo en diciembre de 2106 no fue una “caída” sino una liberación. Las voces de los vecinos de la ciudad, no de los que escriben sus informes desde Londres, señalan que desde muy pronto se combatió contra el yihadismo.

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No, Trump no mola

Fernando de Haro

¿Y si Trump llevase razón al sacar a Estados Unidos del Acuerdo de París, dándole con la puerta en las narices a todo el internacionalismo catastrófico del cambio climático? Bien, vale. Seguramente es excesivo decir una cosa así. El cambio climático está ahí. ¿Pero no mola que alguien haya sacado su voz del coro y le haya dado una buena sacudida a la casta, a las plañideras burocráticas de la ONU y a todo ese rollo del progresismo planetario? Al fin y al cabo, el Acuerdo de París no iba por buen camino como tampoco lo fue el Protocolo de Kioto. Las dos preguntas han quedado en el aire después de la decisión anunciada por el 45º presidente de los Estados Unidos. Y es que Trump no es un conservador, es un líder absolutamente postmoderno, un producto de la sociedad líquida que siembra dudas en aquel último punto firme que le quedaba a la razón moderna: la ciencia.

La primera gira internacional de Trump no comenzó en México o en Canadá, como es tradición desde hace algunos años, sino en Arabia Saudí. Para cerrar contratos millonarios de venta de armas (110.000 millones de dólares) en el principal país del Golfo. Rompía así con el único acierto de la política de Obama en Oriente Próximo: un acercamiento a Irán, cada vez más dispuesto a abrirse a las reformas, cada vez más patrocinador de un chiismo que permite el encuentro entre el islam y la modernidad. La “reconciliación” de Trump con el mundo musulmán se producía en la patria del wahabismo, esa corriente del sunismo que se ha convertido en la patrocinadora de todos los radicalismos que van desde el norte de África a buena parte de Asia. El último acto de la gira fue su participación en la reunión del G7 en Taormina. Allí destruyó cualquier posibilidad de que, al menos en la cuestión climática, haya un cierto germen de Autoridad Mundial que compense la cesión de la soberanía a los mercados (propia de la globalización) y la tendencia proteccionista.

El Acuerdo de París para la reducción de los gases de efecto invernadero, aprobado en 2015, tiene problemas. El objetivo es conseguir que la temperatura del planeta no aumente a final de siglo más de dos grados. No hay reducciones nacionales de las emisiones que se impongan desde fuera. Cada uno de los países firmantes es libre de determinar cuánto las rebaja. Y esas reducciones voluntarias, presentadas por los países firmantes, de momento no son suficientes para conseguir el propósito marcado para 2099. El anuncio de Trump siembra dudas en el arduo camino emprendido en la capital francesa. Además de reducir las emisiones (Estados Unidos y China son los dos países más contaminantes), el Acuerdo incluía la creación de un fondo de 100.000 millones para ayudar a los países más pobres en el desarrollo de energías sostenibles. Ahora todo eso será más difícil o imposible.

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No, Trump no mola

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Cataluña, a través de la libertad

Fernando de Haro

Dentro de unos meses, quizás semanas, se va a convocar el segundo referéndum de secesión en el seno de la Unión Europea. El primero fue el de Escocia en 2014, el segundo el de Cataluña. Nada impedía que los miembros del Reino de Escocia, unido al de Inglaterra en 1707, votasen tres siglos después sobre una eventual separación. En el caso de España la prohibición de la consulta está contenida en la Constitución de 1978. La libertad de unos cuantos no puede ejercerse sin contar con el soberano, el pueblo. Pero cuando las aguas se tranquilicen, habrá que dar alguna salida al “deseo de decidir” (la libertad) de muchos: las constituciones no son eternas.

En los últimos días hemos conocido el borrador de la llamada “ley de desconexión”. Un texto secretísimo que el Gobierno de la Generalitat de Cataluña tiene preparado para declarar de forma unilateral la independencia. Madrid no va permitir, a diferencia de lo que sucedió en 2014, que el Gobierno independentista instale las urnas para un referéndum que ha sido prohibido por el Tribunal Constitucional. Sobre el papel, según la ley de desconexión, tras la prohibición, se crearía de forma unilateral la República de Cataluña que pasaría a ser titular de los bienes del Estado español en la zona, asumiría a los funcionarios y nombraría a los jueces. El español dejaría de ser lengua oficial.

Con toda probabilidad, nada de esto va a suceder. De hecho, los partidos que defienden la independencia se preparan para unas elecciones autonómicas tras la anulación de la consulta por parte del Tribunal Constitucional. ERC, la formación que, según todos los pronósticos, va a vencer aplazará durante un tiempo la agenda independentista.

Todas las encuestas reflejan que Cataluña está dividida por la mitad entre los partidarios y los contrarios a la independencia (con una ventaja de 4 puntos entre los contrarios que va en aumento). Casi un 70 por ciento de los catalanes rechaza una declaración unilateral de independencia. Pero los partidarios del referéndum, si es pactado, superan el 70 por ciento. Hay una gran mayoría que quiere decidir.

Con el tiempo hemos ido siendo cada vez más conscientes de que en democracia no se pueden mantener en pie valores, por muy esenciales que sean, que no son evidentes para el soberano, es decir para el pueblo. Eso no quiere decir que en democracia todo esté siempre a disposición de cualquier mayoría. La Constitución, como pacto fundacional, establece el cauce por el que el soberano, el pueblo, quiere que naveguen las mayorías. El principio de autolimitación de las libertades rige también para la definición de quién es el propio soberano: una minoría no puede ir contra la mayoría del pueblo de España constitucionalmente definido.

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Cataluña, a través de la libertad

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La derecha (y la izquierda) sin pueblo

Fernando de Haro

Todo iba o va razonablemente bien en España. El Gobierno en minoría de Rajoy sufre derrotas en el Parlamento, pero goza de estabilidad y va a sacar adelante los presupuestos. La economía, según Bruselas, va a ser la que más crezca en la zona euro: un 2,8 por ciento. El déficit está controlado y el problema del desempleo, si no solucionado, en vías de ir mejorando. Sin populismo de derechas, sin xenofobia y con un populismo de izquierdas (Podemos) estancado en 5 millones de votos (las últimas encuestas oficiales del CIS reflejan un descenso en intención de voto del partido morado de dos puntos en los últimos 7 meses) puede parecer un paraíso en la agitada Europa. Por lo demás, el referéndum secesionista catalán no se va a celebrar y los partidos independentistas van a hibernar un cierto tiempo para intentar resolver sus contradicciones internas.

Todo iba o va razonablemente en España, si no fuera porque el partido de Gobierno se desayuna casi todas las mañanas con una nueva revelación de los muchos casos de corrupción que se le investigan (Gürtel, Púnica, Lezo, Auditorio…). El propio Rajoy va a testificar a finales de julio en la segunda parte del juicio de la trama de Correa. Son casos de presunta financiación ilegal, de presunto y bochornoso enriquecimiento personal de líderes del PP (sobre todo en Madrid). Todo iba o va bien, menos el estado de preocupación por la corrupción, disparado hasta el 45 por ciento entre el público. Esa preocupación alimenta, a largo plazo, el populismo y la polarización entre los que consideran inaceptable a un PP no renovado (responsable de un pasado de suciedad) y los que, por miedo a lo que pueda venir, están dispuestos a mirar para otro lado en nombre de la estabilidad. La corriente avanza de forma silenciosa, sacando a los españoles de su estado natural de moderación y reduciendo las opciones de la socialdemocracia clásica. El resultado de las primarias en el PSOE es buena prueba de ello.

El PP no puede considerarse víctima ni de un sistema judicial desequilibrado ni de jueces estrella. Más bien es víctima de sí mismo, de sus años en el poder, de la antropología muy deficiente de algunos de sus líderes y de un modelo de partido alejado de la sociedad y de la experiencia popular. El PP, como la mayoría de los partidos españoles y europeos del momento, son organizaciones absolutamente verticales, con poco contenido ideal, focalizados casi exclusivamente en la ocupación del mayor espacio posible dentro y fuera de las administraciones y con un contacto directo con los votantes (cada vez mayores) a través del marketing electoral, que no deja entrada al aire de la sociedad civil.

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Solo ahora, solo libres

Fernando de Haro

Hacer glosas a la entrevista que Fernando Palmero le ha hecho a Julián Carrón en El Mundo tiene poco sentido. Merece la pena leerla. Palmero es exponente de un pequeño nuevo grupo de jóvenes periodistas españoles, cultos, discretos, inteligentemente alejados de la estridencia de las tertulias y de los simplismos ideológicos, con abundancia de lecturas y de experiencia humana.

Sin apriorismos, el entrevistador plantea un amplio abanico de temas propios de la “agenda posmoderna” (o de la sociedad líquida, como la llaman otros): naturaleza de la crisis, yihadismo, nacionalismo-inmigración, posverdad, y un largo etcétera. El entrevistado no renuncia a abordar esas cuestiones, pero lo hace sin ese tic propio del cierto clericalismo que se refugia en lo moral o en lo “espiritual”, por no entrar en la contingencia de la historia o simplemente porque no tiene nada que decir.

Quizás de un modo subconsciente, esto es lo que más sorprende. Que leemos las respuestas de un líder de un movimiento de la Iglesia que no busca refugio en la “clásica agenda católica” (valores, vida, libertad religiosa, solidaridad). Habla de lo que hablamos todos con el acento de un auténtico laico posmoderno. La laicidad del entrevistado no es a pesar de su cristianismo, sino consecuencia de él.

Al lector le da la sensación, por eso, de que Carrón ha encontrado salida a esa trampa en la que buena parte del catolicismo español se metió con la llegada de la revolución liberal, tras la Guerra de la Independencia. Trampa que agrandó sus dimensiones en el posconcilio. El católico español moderno o posmoderno si no quería/quiere renunciar a serlo se encontraba/encuentra siempre atrapado en cómo resolver el problema de la libertad, sobre todo en el espacio público. La identidad católica exigía/exige como prioridad luchar para que se abran paso unos valores (ya en muchos casos más kantianos que cristianos) en una sociedad plural que nos los reconoce. La alternativa a esa cierta dosis de frustración y enfado, derivada del “laicismo de los otros”, podía/puede resolverse con la fórmula del “afrancesamiento”, un catolicismo anónimo.

Carrón, posmoderno entre los posmodernos, sale de la trampa: la libertad de los otros no es una fuente de mortificación, sino una riqueza. La fe no le traslada a un ángulo más o menos relevante de la historia. El autor de La Belleza Desarmada es posmoderno entre los posmodernos porque convierte el presente en criterio absoluto de juicio. Y así dice frases como las que siguen: “los valores que constituyen el mundo occidental han dejado de ser evidentes”; “la UE no ha funcionado como debiera”; “el problema de los inmigrantes no es suyo sino nuestro” que no creemos en nada; “antes un profesor tenía a los estudiantes dispuestos a aprender, ahora no”; “el problema de la educación es entrenar ahora la capacidad crítica”; “si el cristianismo es un entramado de costumbres no tendrá nada que hacer”…

No hay un frente laico y otro cristiano, un frente de izquierdas y otro de derechas que se tiran los trastos a la cabeza –mensaje esencial para una España polarizada por algunas élites mediáticas con intereses de poder–. La tradición bajo la que nos cobijábamos todos se derrumba y “ya no podemos dar respuestas prefabricadas”. Todos estamos en el mismo barco, en el barco del ahora.

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Solo ahora, solo libres

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Respiramos pero la deculturación avanza

Fernando de Haro

Francia respira tranquila. Europa respira tranquila. Los resultados han mejorado las encuestas. Macron 65 por ciento. Le Pen 35 por ciento. La solución de urgencia ha dado resultado. Derrotados el centro-derecha y el centro-izquierda tradicionales en la primera vuelta, el candidato con poco pasado, el socio-liberal sin pertenencia previa, salvo la de ser miembro de la élite, ha servido para frenar el nacionalismo ultra de pertenencia ideológica.

Respiramos tranquilos unos minutos. Es lógico, una victoria de Le Pen hubiera sido una gran debacle. Pero después nos asalta una pregunta acuciante. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo hemos llegado a una situación en la que una derrota del Frente Nacional con un 35,5 por ciento de los votos nos puede parecer un triunfo que celebrar? ¿Por qué tantos franceses han votado a la candidata antieuropea y xenófoba?

El proceso se parece al que le dio la victoria a Trump, aunque con diferencias. El mundo rural vota contra las élites también aquí. Pero no parece que en Francia la clase media blanca esté especialmente castigada ni que sufra un Estado de infelicidad general, como el que ha disparado los suicidios en Estados Unidos un 78 por ciento. El país vecino es la nación de Europa con la mayor tasa de fertilidad: un 1,96. Para concebir un hijo se requiere cierta sensación de positividad.

Y, sin embargo, en Francia no se habla más que del “declive”. Buena parte de los franceses han ido a votar con la sensación de que su país declina a causa de la globalización, de la inmigración, de la burocracia de la Unión Europea.

Cierta ceguera tecnocrática y liberal, especialmente difundida en España, atribuye el avance del populismo a los sufrimientos económicos causados por la crisis. Estamos ante el claro ejemplo de que se trata de una tesis insuficiente. El país que va a presidir Macron crece poco (1,3 por ciento). Una tasa de paro del 10 por ciento es mucho desempleo para la sociedad francesa (sería una excelente noticia en España y es un coeficiente que está cerca del desempleo técnico). Pero en Francia sigue en vigor la jornada de 35 horas y la jubilación a los 62 años. Con Hollande no ha habido austeridad real, los sueldos no han bajado y los recortes han sido poco significativos. El 50 por ciento del PIB está en manos del Estado. El declive es más imaginado que real.

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Respiramos pero la deculturación avanza

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Francisco no receta Westfalia

Fernando de Haro

Ni leyenda rosa ni leyenda negra sobre el islam. Ni maniqueísmo ni buenismo. Valoración de la experiencia religiosa, reconocimiento realista de los riesgos y de los retos que los seguidores de Mahoma tienen en este comienzo del siglo XXI. El discurso de Francisco en el acto organizado por la Mezquita de Al-Azhar, en su visita a El Cairo, supone ya una referencia muy clara para cristianos y no cristianos que ven con lógico temor la fuerza del yihadismo, que desean un avance de la libertad y de los derechos en los países de mayoría musulmana.

Primero el gesto. Francisco se abrazó con Al Tayeb, el principal imán de la mezquita. Abrazo con gran significado. Al Azhar inició en 2011 la publicación de una serie de documentos que han marcado, con todos sus límites, una apertura en el mundo islámico. Hace seis años se pronunció en contra de “indagar en la conciencia de los fieles” (lo que supone una posible formulación en favor de la libertad religiosa), hace cinco años habló de la libertad de pensamiento y el derecho de ciudadanía (muwatana), hace tres años condenó el uso del islam para atacar a cristianos, y hace poco más de un mes se ha manifestado, de nuevo, a favor de la igualdad de todos los ciudadanos (aunque no sean cristianos). Esto último supone ir más allá de lo establecido en la Constitución de Medina, atribuida a Mahoma, que incluye fórmulas de tolerancia muy restrictivas.

Hay voces, muy autorizadas, que consideran todos estos pronunciamientos como un ejercicio de propaganda cínico. A pesar de las buenas palabras, Al-Azhar estaría predicando en su Universidad la intolerancia. La gran mezquita seguiría bajo la influencia del wahabismo de Arabia Saudí y alentando el radicalismo. En el mejor de los casos, los imames de las mezquitas ordinarias estarían en otra honda. Sin duda la cuestión es compleja. Dentro de la Al- Azhar conviven diferentes corrientes, no digamos ya fuera. Pero Francisco ha querido ir a su encuentro. Y su intervención fue preparada en febrero con un congreso dedicado a los extremismos en el que participó el cardenal Tauran, el presidente del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso. Tauran es sin duda un hombre bueno pero no ingenuo.

Consciente de todos estos retos, Francisco comenzó y acabó subrayando el valor de una educación auténticamente religiosa: necesitamos “jóvenes que, como árboles plantados, estén enraizados en el terreno de la historia y creciendo hacia lo Alto”.

Francisco, como ha hecho en otras ocasiones, se distanció de cierto occidentalismo laicista que demoniza el islam. Este prejuicio ideológico, en su forma más extendida, afirma que el islam es necesariamente violento. La solución estaría en una Paz de Westfalia como la que hubo en Europa para los países de mayoría musulmana, que privatizara la religiosidad y redujera la dosis de islam. Con una expresión simple, Francisco subrayó que “la religión es parte de la solución y no del problema”. No menos religión, sino una religión más auténtica que “no confunda la esfera religiosa y la política sin distinguirlas adecuadamente”.

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Francisco no receta Westfalia

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Primera vuelta con López

Fernando de Haro

Me confieso. Este domingo he faltado a mis sacrosantos deberes profesionales. Mientras Francia votaba, en unas de las elecciones más decisivas para el país y para toda Europa, al menos durante una hora y media, no he apagado mi ansiedad como se debe hacer en estos casos. No he repasado por enésima vez los últimos sondeos, el empate técnico que daban las encuestas para Le Pen, Macron, Fillon, y Mélenchon. Tampoco he repasado los efectos del atentado de 2015 en la victoria del Frente Nacional en la primera vuelta de las regionales. Ni las posibilidades de que en la segunda vuelta pueda repetirse lo que sucedió en 2002, cuando Chirac consiguió un formidable 82 por ciento de votos para frenar a Le Pen padre que se había metido en la segunda vuelta.

Durante 90 minutos, quizás algo más, estuve escuchando una formidable conversación que se produjo en la edición 2017 de EncuentroMadrid. Una conversación entre el más famoso de los pintores españoles, Antonio López, y Rosa Hinojosa, una inteligente profesora de arte. Antonio López inició, junto a un grupo llamado la escuela realista de Madrid, una aventura muy arriesgada a mediados de los años 50: volver a hacer pintura figurativa después del largo viaje emprendido por el arte europeo con el postimpresionismo. La apuesta era difícil porque, como él mismo explica, a esas alturas la capacidad de representar la realidad era prerrogativa casi exclusiva del cine y de la fotografía. Ya parece que no es necesario un retrato de Inocencio X, como el de Velázquez, porque las disciplinas audiovisuales parecen darnos la representación perfecta de cosas y personas. López pinta objetos familiares, calles, vida cotidiana. Sus obras, realistas, tienen la fuerza y la discreción de un buen poema: invitan a mirar lo habitual de otro modo, es lo de siempre y ya no es lo de siempre, por algún sitio se abren a lo-no-visto.

Mientras escuchaba a Antonio López me distraje con la pregunta que me obsesionaba desde que a las ocho de la mañana habían abierto en los colegios electorales: ¿Cómo es posible que en Francia pueda haber una presidenta del Frente Nacional? ¿Cómo es posible que las encuestas otorguen a las opciones de ultraizquierda y ultraderecha, antieuropeas, un 40 por ciento en la intención de voto? Una frase del pintor me hizo volver a prestar atención a la conversación: en el arte hace tiempo que perdimos la claridad sobre cómo hacer las cosas. Antes se sabía cómo había que pintar. “Ahora –señalaba López– el arte es como en la vida, nada está claro. Es lo mismo que le pasa a la política. Te preguntas por qué no hay partidos a la altura de las circunstancias y te das cuentan de que tendrán que desaparecer, surgirán otros nuevos”.

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Primera vuelta con López

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Coptos: mártires por un fracaso

Fernando de Haro

Francisco viaja a finales de abril a un Egipto en el que el yihadismo de última generación, liderado por el Daesh, ha reconocido su fracaso. Las televisiones que emitirán las imágenes del Papa recorriendo las calles de El Cairo son las mismas televisiones que desde hace años se han convertido en el mejor altavoz de intelectuales y líderes de opinión que claman por un islam abierto a la modernidad. Por un islam dispuesto a aceptar una “muwatana” (ciudadanía) que de algún modo separe lo religioso de lo político. Egipto, que se ha convertido más que nunca en la tierra de los mártires coptos, lo es porque el ISIS se ha visto frustrado en su intento por extender la violencia sectaria.

Los atentados del Domingo de Ramos, los del pasado mes de diciembre y la limpieza étnica que el Daesh ha llevado a cabo en la Península del Sinaí (han expulsado de sus casas a 150 familias) forman parte de una nueva fase bien diferente en la persecución de los coptos. Los muertos entre diciembre (25) y abril (44) son muchos más que los provocados en las masacres precedentes: 28 muertos en Maspero (octubre de 2011) y los 22 de Alquidisim (enero de 2011). Pero el cambio no está solo en las cifras.

Hasta los años 80 del pasado siglo la situación de los coptos en Egipto era de una tranquilidad relativa, dentro de un régimen de libertad restringida. El giro de Sadat hacia el islamismo cambia las cosas. Y a partir de 2000 se empiezan a producir ataques frecuentes. El último Mubarak deja a los Hermanos Musulmanes el control de muchas mezquitas y de la educación, lo que populariza la violencia sectaria. Esa penetración en una parte de la sociedad es decisiva cuando llega la revolución de 2011. Los Hermanos Musulmanes tienen prisa en hacerse con la revolución que no han protagonizado. Y tienen que atacar un objetivo fácil (cristianos) cuando las masivas manifestaciones los echan del poder. Pero, a pesar de que la persecución se incrementa, no consigue destruir lo que Mokhtar Awad, investigador de la Georgetown University, llama la “relativa cohesión de la sociedad egipcia”.

Los coptos siguen haciendo política, siguen haciendo negocios, siguen manteniendo unas relaciones normales con una parte importante de la población musulmana. Su presencia anima a Al Sisi a pedir a Al Azhar que reforme el islam. Es difícil pensar que, sin los coptos en Egipto, Al Azhar, la gran mezquita de referencia para el mundo suní, hubiese celebrado en el mes de febrero un encuentro con una delegación del Vaticano y luego una conferencia sobre “libertad, ciudadanía, diversidad e integración”. Conferencia que ha terminado con una declaración sobre la coexistencia islámico-cristiana. Ha sido un escalón más en un proceso que dura ya años y que, con todas sus limitaciones, supone una importante apertura.

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Coptos: mártires por un fracaso

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Errado disparo de Trump

Fernando de Haro

Trump ya es un líder más normalizado. Desde que el viernes pasado decidiera lanzar los 59 misiles Tomahawk contra el campo aéreo de Shayrat, en la ciudad de Homs, se parece, un poco, solo un poco, a sus predecesores. Se parece al Bush que ordenó la invasión de Iraq en 2003 y al Obama que atacó Libia en 2011. También al Obama que quería bombardear en 2013 las posiciones de Assad en Siria, como represalia por el uso de armas químicas. Sadam y Gadafi, como Assad, eran dos tiranos con ningún respeto por los derechos humanos. Iraq no ha levantado cabeza en los últimos catorce años y Libia se ha convertido en un estado fallido, nido del yihadismo del Magreb. La diferencia, la ventaja, es que en el caso de Trump no parece que haya un plan, una voluntad firme de cambiar de rumbo. Por más que Nikki Haley, la embajadora de Estados Unidos ante la ONU, asegure en el Consejo de Seguridad que se puede seguir bombardeando, no parece que la cosa vaya a ir a más.

¿A quién beneficia la decisión de Trump? No parece que al pueblo sirio. Una acción de esas características, con dificultad, va a frenar el uso de armas químicas. Obama quiso eliminar esas armas con ataques desde el aire contra el ejército sirio. Afortunadamente el plan inicial se sustituyó por una negociación, en la que se involucró Rusia y el Gobierno de Damasco. Con la ayuda de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas se terminó de destruir buena parte del arsenal en enero de 2016. Es más que evidente que las armas no destruidas han sido usadas en el ataque de Jan Sheijun, en la provincia de Idlib. La masacre del pasado martes clama al cielo. Pero, militarmente, la respuesta de Trump no tiene ninguna consecuencia. Si acaso le da más fuerza a la Comisión Suprema para las Negociaciones, el grupo rebelde apoyado por Arabia Saudí, que ya se había visto crecido por el ataque químico de Assad y que es el que lleva la voz cantante en las conversaciones entre los rebeldes y el Gobierno.

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Errado disparo de Trump

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La Venezuela que ya es libre

Fernando de Haro

Error de cálculo, nerviosismo por el miedo a perder el poder. En los próximos días se irá aclarando por qué el chavismo protagonizó la semana pasada un autogolpe de Estado y después intentó dar marcha atrás. Todo indica que estamos ante una guerra civil dentro del propio chavismo. Maduro no controla todos los hilos.

Los hilos de las decisiones del Tribunal Superior de Justicia, que actúa como Tribunal Constitucional, los controla el Ejecutivo. Y el Ejecutivo, en principio, lo controla Maduro. Pero hay indicios de que las sentencias 155 y 156, que vaciaron de competencias a la Asamblea Nacional, son obra del ala extremista del chavismo liderada por Diosdado Cabello. Una decisión a la que se habría opuesto el propio Maduro. Eso explicaría las críticas de la fiscal general del Estado, Luisa Ortega Díaz, mujer que ha prestado grandes servicios al régimen. Sorprendieron sus declaraciones críticas con el Supremo y la descalificación del autogolpe que hizo el Consejo de Defensa Nacional, un organismo a medida del presidente.

El golpe de la semana pasada, impulsado por el sector radical, llegaba en el momento más inoportuno. Cuando la Organización de Estados Americanos (OE), después de años de dudas, estaba estudiando la aplicación de la Carta Interamericana a Venezuela. Esa carta supone en la práctica extender un certificado de dictadura o semidictadura. Privar al parlamento de sus poderes ha dado al resto de los países de la región motivos para su decisión.

El golpe podía ser inoportuno para quien quería mantener todavía una cierta apariencia de democracia. Pero no para los más extremistas, para esa facción del ejército con negocios de blanqueo y narcotráfico, dispuestos a que no haya más elecciones.

En realidad, el golpe en Venezuela ha sido un golpe a cámara lenta. Primero fue el encarcelamiento de muchos opositores (113 presos políticos), entre los que está Leopoldo López. Luego llegó el bloqueo permanente de la Asamblea, la utilización del Tribunal Supremo para validar un decreto de emergencia alimentaria que había rechazado la oposición, las trabas al referéndum revocatorio y su posterior suspensión, así como la eliminación de las elecciones locales. Y lo último había sido el complejo mecanismo, de cumplimiento obligatorio e imposible, para que los partidos de la oposición se inscribieran, de nuevo, en el Consejo Electoral Nacional. Decisión que, en realidad, suponía que las elecciones presidenciales de 2018 fueran elecciones de partido único.

A lo peor Diosdado Cabello y el ala radical del chavismo no han errado el cálculo y simplemente han buscado subir un grado más la polarización, con violencia en las calles, para justificar la cubanización definitiva del régimen.

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La Venezuela que ya es libre

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Islam: una ignorancia injustificada

Fernando de Haro

Khalid Masood, el terrorista del atentado de Westminster, había cumplido ya los 50. Algo atípico para un yihadista. Los radicales europeos suelen tener otro perfil. Son jóvenes o adolescentes. Pero, por lo demás, la biografía de Masood se parece mucho a la del terrorista de Orly de hace unos días, a la de los responsables de los ataques de París de 2015 y de Bruselas de 2016. Se trata de personas nacidas en Europa, delincuentes comunes que en un momento determinado encuentran en el terrorismo islamista un sentido a su vida. Parece que Masood se radicalizó en una estancia en Arabia Saudí.

Aunque la realidad se empeña en demostrarnos de forma testaruda que la amenaza yihadista viene de dentro, no de fuera, cada vez que se produce un atentado nos volvemos hacia los refugiados y hacia los extranjeros. Esta respuesta poco racional viene acompañada también, habitualmente, de un discurso fácil y perezoso sobre el islam. Es fácil, para responder a la inquietud que nos provoca el terror, recurrir a ciertas simplificaciones. Como si el islam fuera un fenómeno de otras tierras, como si fuera algo estático, como si los pasajes del Corán que hablan de muerte y destrucción permitieran sostener, sin detenerse mucho, que la religión de Mahoma es necesariamente violenta.

La importante comunidad musulmana que vive en España y en Europa nos invita a no aceptar ni leyendas negras ni leyendas rosas. Nos invita a adentrarnos en un mundo complejo con el que, de hecho, ya convivimos.

El yihadismo que sufrimos es un fenómeno relativamente reciente y está relacionado, posiblemente desde sus orígenes, con Europa. Es una de las reacciones que provoca el tercer o cuarto choque de la modernidad con el islam. Hay una primera modernidad islámica, a mitad del XIX, de raíz egipcia, protagonizada por Mehmet Ali. Entonces se acepta sin censura el progreso que viene de occidente. Durante buena parte del siglo XX, sobre todo hasta finales de los años 70, buena parte del islam de Oriente Próximo está vinculado al socialismo árabe. Una experiencia que en Iraq y en Siria, hasta comienzos del siglo XXI, consigue una relativa paz y una relativa libertad.

Solo a raíz de la revolución iraní de 1979, el chiismo abandona su vertiente más pacífica y espiritual. También en ese momento toma fuerza un sunismo de ruptura. Cuando se rastrean las raíces del islamismo revolucionario, político y violento, tanto en el chiismo como en el sunismo, aparece la pista europea.

El chiismo político fue desarrollado por Ali Shariati (1933-1977), un hombre que estudió en la Sorbona. Deseoso de ofrecer una alternativa a la occidentalización del Estado y a los grupos de oposición comunista, utilizó las categorías del marxismo para crear una nueva ideología. Una impresión semejante deja bucear en la historia de los Hermanos Musulmanes, inspiradores de un proyecto hegemónico de carácter político en terreno suní, que con el tiempo deriva en una forma violenta. El fundador de los Hermanos Musulmanes, Al Banna, comparte con Shariati la influencia marxista. Seguramente los yihadistas del siglo XXI pueden usar pasajes del Corán para justificar su violencia porque sus mentores ideológicos leyeron el texto sagrado con categorías políticas: las aprendidas de los maestros europeos de la revolución.

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Islam: una ignorancia injustificada

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El errante error holandés

Fernando de Haro

Respiramos aliviados, con razón, por el resultado de las elecciones de la pasada semana. Pero nos cuesta trabajo reconocer que la derrota de la xenofobia es muy relativa. La agenda de Wilders se ha convertido en un fenómeno transversal en una Holanda próspera. En la nación de los tulipanes hay casi pleno empleo y los musulmanes suman un tercio de lo que los holandeses se imaginan. Los problemas de integración no vienen de fuera. Lo que ocurre en Holanda es el síntoma de una Europa que no sabe reconocer la realidad, perseguida por sus propios fantasmas. Desorientada se empeña en construir una ciudadanía si identidad. Prueba de ello es el pronunciamiento, también esta semana, del Tribunal Europeo de Justicia que ha confirmado la prohibición de usar el velo en el trabajo.

Las encuestas se equivocaron esta vez para bien. La primera de las tres citas electorales del año en Europa (después vendrán Francia y Alemania) no suma puntos a la xenofobia y al antieuropeísmo. Wilders no ha ganado las elecciones, pero ha vencido al determinar la agenda política holandesa. Con solo un 14 por ciento de los votos, el Partido por la Libertad ha impuesto un discurso duro contra la inmigración y una práctica de europeísmo tibio o problemático. Influencia que afecta a casi todas las formaciones y de la que solo se libran los verdes.

Ha cundido la desafortunada especie de que para frenar a Wilders había que ser como Wilders, pero más moderado. Seamos menos buenistas, más firmes con la inmigración porque algo de razón llevan los xenófobos –se argumenta–. Holanda, junto con el Reino Unido, ha sido el socio más problemático de la Unión Europea. El que nunca quería aprobar los rescates de Grecia (nos hubiéramos ahorrado muchos problemas con una condonación de la deuda a tiempo), el que ha dicho no a la asociación con Ucrania.

No hay ni ha habido una crisis en Holanda que justifique su rebelión contra Bruselas y contra sus propias instituciones. La tasa de paro está en torno al 5 por ciento: pleno empleo. Casi la mitad de los trabajadores tienen jornada a tiempo parcial por decisión propia. La renta per cápita es de 39.000 euros anuales. El gran superávit comercial es otro indicador de su prosperidad. Los holandeses gozan de servicios públicos de calidad, con un gran nivel de subsidiariedad, de buena educación. Es el enfado, la rebeldía de los satisfechos. De donde se deduce que la satisfacción cívica no puede ser solo económica.

La apreciación de los holandeses respecto a la inmigración y la comunidad musulmana no se ajusta a la realidad. Ni por asomo están sufriendo una invasión. Hace unos días la consultora Ipsos Mori ha hecho público el resultado de una encuesta en la que preguntaba cuántos musulmanes cree el público que hay en los diferentes países europeos. Después comparaba los resultados del sondeo con la realidad. Los holandeses creen que en su país la población musulmana representa el 19 por ciento, cuando en realidad asciende a un 6 por ciento del total. Porcentaje, sin duda, significativo pero que se compadece poco con el fantasma de una invasión.

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Cataluña y la sacra decisión

Fernando de Haro

En Vic. El camarero sirve el café. Y con una sonrisa cordial te explica sin que hayas preguntado nada: “Es que queremos que nos dejen decidir si queremos ser independientes, que nos dejen votar”. La conversación se prolonga. El camarero quiere explicarse. Vic es el centro, la yema de huevo del separatismo catalán. El pueblo se construyó en torno a uno de los obispados más antiguos de Europa. Ahora lo sacro, más que en la catedral, está en la calle, en la plaza central: de muchos balcones cuelga la estelada, la bandera de la independencia. Junto a la enseña se han escrito palabras sagradas: la independencia es libertad, la independencia es felicidad, la independencia es…

El camarero de Vic va a votar sin tardar. Va a votar para decidir, pero no si Cataluña es independiente, va a votar para elegir a los representantes del parlamento autonómico. Por cuarta vez en los últimos siete años los catalanes serán convocados a unas elecciones anticipadas. En eso es lo que va a acabar, de momento, el proceso de desconexión que se puso en marcha en octubre de 2015 para crear “la república” de Cataluña. Salvo sorpresa de última hora, la convocatoria de un referéndum con la que el Gobierno catalán desafiará de nuevo al Tribunal Constitucional quedará anulada. Esta vez no habrá urnas, como sí las hubo en el simulacro de 2014. El Gobierno de Rajoy tiene el propósito de ser inflexible pero proporcionado. Tiene la intención de no utilizar las herramientas extremas que le atribuye la Constitución.

Y también, salvo sorpresa de última hora, el independentismo aceptará tranquila y pacíficamente la suspensión del referéndum convocado. No deja de ser una forma de desbloquear la situación de parálisis en la que se encuentra el Gobierno de Junts pel Si, forzado a pactar con los antisistema de la CUP, con los que es imposible dar un paso. En el momento de la suspensión del referéndum quizás haya algunas manifestaciones en las calles y protestas. Si hubiera violencia estaríamos hablando de otra cosa. Pero no es probable.

En el momento en el que se convoquen nuevas elecciones se habrá llegado a un nuevo punto de partida. Todas las encuestas reflejan que hay dos Cataluñas (la española y la partidaria de la independencia) prácticamente del mismo tamaño. En los últimos meses los contrarios están por encima de los partidarios de la independencia, pero solo con un punto de ventaja. Una inmensa mayoría de los catalanes están a favor de la celebración de un referéndum –como el camarero de Vic– pero solo entre un 35 y un 37 apoya que ese referéndum no sea pactado con Madrid. El referéndum que los catalanes quieren no es posible porque la Constitución española lo prohíbe.

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Nos falta estima

Fernando de Haro

Hipótesis arriesgada. Pero en estos momentos de perplejidad, perdido ya mucho, quizás convenga asumir riesgos más allá de lo acostumbrado. Los informes hechos públicos en las dos últimas semanas en Bruselas detallan el laberinto en el que estamos. El Informe España 2017 y el Libro Blanco sobre el futuro de la Unión describen la impotencia de un crecimiento que no garantiza el bienestar. Acaso el problema económico no solo sea resultado de políticas monetarias tomadas a destiempo, o de las dificultades para aunar intereses del sur y del norte, para incrementar la productividad, o para mejorar la educación. Quizás falta algo previo, una estima elemental por lo que nos hacer ser europeos o españoles. ¿Será que los primeros que tienen necesidad de ser acogidos somos nosotros mismos -nuestra propia experiencia-?

El Libro Blanco presentado por Juncker la semana pasada apuesta sin decirlo claramente por aquello en lo que creen los franceses y los alemanes más europeístas: una Europa a dos velocidades que aparque el federalismo para todos. Ahora que el Reino Unido se marcha, reconoce que “la Unión ha estado por debajo de las expectativas en la peor crisis financiera, económica y social de la posguerra”. El problema no es solo que se recetara austeridad cuando era necesario gasto. Ahora que se ha iniciado la recuperación, la desigualdad permanece o se acrecienta y no se ha vuelto ni al nivel de renta ni al nivel de empleo de hace 10 años. Y, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, los jóvenes pueden vivir peor que sus padres. Por eso dudan de la eficacia de la economía social de mercado.

El Informe España 2017 va en la misma dirección: la economía crece con fuerza y la moderación salarial contribuye a la creación de empleo. Pero Bruselas señala que el amplio uso de los contratos temporales no es bueno para la productividad y que el riesgo de pobreza para los que están contratados persiste. Los servicios públicos de empleo no funcionan bien y la ayuda a las familias es baja. La desigualdad amenaza la cohesión de la vida social.

Parece difícil deshacer el enredo: para crear empleo se desregula el mercado laboral y el trabajo de no pocos no les saca de la pobreza. La reactivación genera ingresos para corregir las desviaciones de déficit, pero no para más gasto social (la política tributaria deja mucho que desear). Las políticas expansivas son cosa del BCE. No hay ni capacidad ni voluntad reformadora para darle la vuelta a las políticas públicas. Es es el caso de la política de empleo que está paralizada por un estatalismo absolutamente ineficaz propio de los años 80 del pasado siglo (el dinero de la formación acaba siendo una subvención a sindicatos y organizaciones empresariales a los que se les exige poco a cambio).

Dice la Comisión que crece la desconfianza ante la economía social de mercado. No es de extrañar. Los europeos, en general, y los españoles en particular, quizás sin ser muy conscientes, se encuentran atrapados en unas categorías que van del viejo liberalismo al viejo estatalismo sin conflicto alguno. La crisis ha desmontado muchas cosas, pero curiosamente no parece haber descabalgado esa interpretación de la vida social y económica que va en contra de la experiencia de mucha gente, de la experiencia elemental que te impulsa a trabajar, a crear empresa, a emprender.

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El comienzo de una conversación

Fernando de Haro

Solo un comienzo y todo un comienzo. El diálogo que auspició este periódico la semana pasada en el Senado sobre las “páginas políticas” de La Belleza Desarmada de Carrón fue una rara ocasión. Una de esas raras ocasiones en las que en España se conversa sobre lo que hay encima, debajo y dentro de la democracia. Lo interesante es que lo hicieran tres figuras que tienen las manos metidas en la masa. Pablo Casado, vicesecretario del PP, está en la cúpula del partido en el Gobierno y ha preparado una de las ponencias políticas más relevantes en el Congreso que los populares han celebrado hace algunos días. Ramón Jáuregui, aunque esté en el Parlamento Europeo, prepara los textos de referencia para el decisivo Congreso que los socialistas tienen en junio. Juan Carlos Girauta, portavoz de Ciudadanos, ha sido protagonista de las negociaciones que han contribuido a superar el bloqueo.

Políticos pues, muy políticos, hablando de la pre-política después de un año como el de 2016 dominado por los vetos y con la posibilidad de unas nuevas elecciones anticipadas en el horizonte. Políticos que aceptaron hablar de cómo el valor del otro ha sido determinante en sus experiencias personales de negociaciones pasadas y futuras. Dispuestos a hablar de la corriente de fondo que nos ha traído a la actual crisis, del deseo de cambio (incluso de régimen) y de la transformación del adversario en enemigo.

El inicio de esta conversación fue favorecido por una iniciativa cristiana que toma posición en público no para defender ciertos valores, que sin duda hay que defender, o para reivindicar ciertas libertades, que sin duda hay que reivindicar, sino para facilitar un debate sobre la matriz que hace posible la convivencia en una sociedad plural. Porque quizás la mayor urgencia de la vida política en Occidente sea reconocer que las bases de la vida en común se diluyen a una velocidad de vértigo e invitar a todos a aportar elementos para una nueva cimentación, sin tener la ingenua y arrogante pretensión de saber de antemano cuál es la solución. Como señaló uno de los invitados, en este momento no es necesaria una democracia de las ideologías sino de los métodos, de los significados.

No conviene dar por descontada la relevancia de conversaciones de este tipo cuando precisamente en el origen de la particular crisis política española, la que lleva a una buena parte de los jóvenes a rechazar el sistema constitucional, es haber dado por supuesto el valor de la democracia y de la transición que la hizo posible. Uno de los ponentes señaló con acierto que los españoles han considerado la democracia como un dato de la naturaleza, una especie de paisaje que crece solo y que no necesita ser regado. Al haber aplicado el método del progreso científico al progreso social, la transmisión crítica de la herencia recibida se ha descuidado y ha terminado por arruinarse.

Los tres ponentes coincidían en el gran valor de esa herencia. Después de un pasado reciente con escaso o ningún respeto y reconocimiento por el otro (sería apasionante adentrarse en qué errores del liberalismo y del catolicismo del siglo XIX provocaron esa situación), la transición a la democracia (1977-1978) abre un nuevo capítulo. Hay perdón mutuo y hay proyecto-país, deseo de caminar juntos en una cierta dirección. Lo llamativo es que Jáuregui, el único de los tres que fue protagonista de ese período, señalase que esa inercia positiva pierde fuerza con el cambio de siglo. La hoguera de la transición se convierte en un montón de cenizas frías a partir de los años 90. Y se señalan como causas la falta de liderazgo, la frivolización del discurso público y la fragmentación de los referentes mediáticos así como la desaparición de la cultura del esfuerzo. Son factores que describen lo propio de una sociedad líquida. A lo que se añade una crisis económica que acaba con lo que se ha llamado el “ascensor social”, la movilidad propia de un país con una clase media que no estaba condenada hasta ahora a permanecer estancada. Para certificar la importancia de este factor la Comisión Europea ha advertido hace unos días de las nefastas consecuencias de tanta desigualdad.

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Abatid los bastiones educativos

Fernando de Haro

En España se prepara un nuevo debate educativo. ¿Serán los cristianos, en este caso, algo más que una de las partes en litigio? ¿Podrán aportar algo original? ¿Están obligados a identificarse con una de las esperadas y conocidas posiciones que se van a enfrentar? La semana pasada se constituyó en el Congreso de los Diputados una subcomisión para estudiar un posible pacto de Estado sobre enseñanza. Pacto que ha sido imposible desde la vuelta a la democracia. Los trabajos van a incluir la comparecencia de 80 ponentes entre profesores, padres, alumnos y expertos.

La legislación educativa española ha sido hegemónicamente socialista desde la transición. Eso le ha dado un claro sesgo comprensivo. El segundo gobierno de Aznar, a última hora (2002), aprobó una ley que intentaba corregir las consecuencias negativas de la comprensividad. El primer Gobierno de Rajoy, con escaso convencimiento, poca ambición y sin escuchar a la comunidad educativa, aprobó una reforma (LOMCE, 2013) encaminada, sobre todo, a conseguir mejores resultados académicos y una cierta unidad en todo el territorio nacional. El segundo Gobierno de Rajoy ya ha renunciado algunos aspectos de la pasada reforma (las reválidas), rechazados radicalmente por la oposición. Y busca, parece que con más sinceridad que los socialistas (Zapatero), un acuerdo.

El problema es que las distancias ideológicas parecen insalvables. Los socialistas y el resto de partidos de izquierda están convencidos de que el Estado, en este caso las Comunidades Autónomas, que son las que tienen transferidas las competencias, son el sujeto educativo primordial para garantizar la igualdad. La planificación para que los nuevos centros de iniciativa social reciban dinero debe someterse, según este modo de pensar, a la existencia de una red completa de colegios de gestión pública. Se trata de una subsidiariedad a la inversa, a favor del Estado. El PP, por su parte, insiste en superar la mentalidad comprensiva, introducir criterios objetivos de evaluación y de calidad. El centro-derecha es más receptivo a defender la tímida subsidiaridad que supone el sistema de conciertos (creado por los socialistas). Un modelo que permite integrar en la red pública a colegios de iniciativa social con autonomía y libertad de ideario. En algunas Comunidades Autónomas donde gobierna el PP, no en todas, esta red subsidiaria supone hasta el 50 por ciento de los centros. Donde gobiernan los socialistas o Podemos el porcentaje tiende a reducirse drásticamente. En realidad, la bandera de los conciertos la mantiene levantada la comunidad católica.

Antes de seguir adelante dejemos claro que el sistema de conciertos, con todas sus imperfecciones, ha sido un instrumento útil para que los padres elijan la enseñanza que quieren para sus hijos. En una sentencia de mayo de 2016, el Tribunal Supremo además dejaba claro que la legislación no otorga “a los centros concertados un carácter secundario o accesorio respecto de los centros públicos, para llegar únicamente donde no lleguen estos últimos, es decir, para suplir las carencias de la enseñanza pública”.

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Abatid los bastiones educativos

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Vacuna corta

Fernando de Haro

Lo sucedido este fin de semana parece confirmar que España podría haberse convertido en un oasis político. En Francia, los leales a Europa tiemblan porque no tienen candidato. Le Pen de momento acapara el cartel electoral. El terremoto nacionalista amenaza con sacudir con fuerza en las elecciones holandesas y alemanas. Italia sigue a la espera. Por el contrario, los congresos simultáneos del PP, partido de Gobierno, y de Podemos, la fuerza populista, sugieren una cierta estabilidad dentro de los cauces del más tradicional y positivo europeísmo.

No hay formación xenófoba articulada a la vista. Y el enfrentamiento fratricida entre los dos grandes fundadores de Podemos, Iglesias y Errejón, en Vistalegre II (el Congreso que debía convertir al nuevo partido en opción de Gobierno) ha puesto de manifiesto que la nueva política puede convertirse de forma rápida en vieja política. De momento los sondeos no reflejan el desgaste de las luchas internas (Podemos mantiene una intención de voto del 22 por ciento y el segundo puesto) pero la aureola de “redentora” que acompañaba a la formación ha desaparecido. Y es difícil (aunque todo es posible) que en el inmediato futuro los socialistas vuelvan a buscar un pacto con quien le disputa el espacio político.

El PP ha celebrado quizás el más pacífico de los Congresos de su historia. El partido en el Gobierno está tranquilo por el rápido cambio de ciclo que se ha producido en el último año y medio. El único sucesor de Rajoy es el propio Rajoy. Hace quince meses, el ciclo del actual presidente del Gobierno era claramente declinante. La factura por los casos de corrupción, el deseo de una forma diferente de hacer política, el desgaste de las políticas aplicadas durante la crisis y la conjunción de fuerzas de izquierda hacían pensar que el PP, a pesar de ser la fuerza más votada, iba a estar alejada un tiempo de los centros de decisión. La marca PP era una marca de la que había que alejarse.

Ahora las cosas han cambiado. En 2106 el PP demostró disponer de un suelo electoral alto y, lo más importante, capacidad de recuperar votantes. Rajoy se ha redimido en gran medida al haber superado un veto que, según todos los españoles, había durado ya demasiado. Y además en los últimos meses ha convertido a los socialistas en su mejor socio de Gobierno. Muchos aplauden, incluso, el que consideran inteligente uso del miedo a Podemos. Un Podemos en el 22 por ciento de intención de voto es, según estos, el mejor argumento para mantener una alta fidelidad entre los votantes conservadores de siempre.

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Con el mejor feminismo y más allá

Fernando de Haro

Quizás sean diferentes lados del mismo poliedro. Por una parte, el deseo de seguridad, la inseguridad de la identidad perdida que se convierte en rechazo del migrante, del extranjero. Y el sueño y la violencia de los muros. Por otra el deseo de paternidad, la inseguridad de una identidad que sin hijos se considera infecunda. Y el sueño y la violencia de un mercado en el que se puedan comprar y alquilar vientres para una maternidad de otro modo imposible.

El Congreso del PP que se celebra en Madrid el próximo fin de semana ha desatado la polémica sobre lo que eufemísticamente se llama la “maternidad subrogada”. En España está prohibida. Pero un niño nacido fuera, a resultas de uno de estos contratos, puede ser inscrito en el registro de nuestro país como hijo de los “contratantes”. Eso ha provocado un fenómeno frecuente de “turismo reproductivo”.

Lo último que hubieran querido los dirigentes del PP es que este tema entrara en la agenda del Congreso de un centro-derecha que, a pesar de los vetos, ha conseguido gobernar. De hecho, en la ponencia social no se mencionaba. Pero el debate es irrefrenable. El más que posible sucesor de Rajoy, Núñez Feijoo, se ha mostrado dispuesto a que los vientres de alquiler se regulen. Un muy disminuido sector del partido reclama una discusión abierta y critica que la formación pueda lanzar un mensaje de aprobación. Los líderes pro-vida se han movilizado. Aunque en la España de 2017, paraíso de los nuevos derechos, ya nada es como antes. Uno de los exponentes de ese movimiento preguntaba estos días en privado: “Pero, ¿cómo podemos explicarle a alguien que quiere tener hijos y no puede que su deseo no está por encima de la dignidad de una madre?”. No es fácil. La pregunta es severa. Muchas razones se han quedado viejas.

Han intentado responder a esa cuestión, con mucha seriedad, desde el feminismo. Un grupo de mujeres, entre las que hay grandes nombres de la izquierda (Amparo Rubiales) o destacadas pensadoras (Amelia Valcárcel), unidas tradicionalmente por lo que se ha llamado “la ampliación de los derechos sexuales y reproductivos”, ha puesto en marcha la plataforma www.nosomosvasijas.eu. El lema es muy significativo: “las mujeres no se pueden alquilar o comprar”. Interesante esta reivindicación de la “intangibilidad” de la maternidad. En su manifiesto hay aportaciones sugerentes.

Las feministas que no quieren ser vasijas aseguran que “alquilar el vientre de una mujer no se puede catalogar como una técnica de reproducción asistida”. No aceptan “la lógica neoliberal” que quiere introducir está práctica en el mercado, “ya que se sirve de la desigualdad estructural de las mujeres”. En realidad –aseguran– estamos ante “un hecho social que cosifica el cuerpo de las mujeres y mercantiliza el deseo de ser padres-madres”. Provocativa la denuncia contra la instrumentalización del deseo por parte del mercado y la reducción de la persona a cosa. Concluyen, de hecho, afirmando la irreductibilidad de la persona, de esa dimensión de la persona que es el cuerpo. “El derecho a la integridad no puede quedar sujeto a ningún tipo de contrato”. En realidad, lo que afirma este feminismo es lo propio de la tradición europea, la esencia de la Ilustración.

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Los muros de la debilidad

Fernando de Haro

Los muros se construyen contra el enemigo interior, no contra el exterior. Cuando Alemania del Este levantó, en la noche del 12 al 13 de agosto de 1961, la barrera que partió Berlín la bautizó como Antifaschistischer Schutzwall, pared de protección antifascista. Se trataba de “proteger” a la población que había quedado en la zona comunista de los elementos totalitarios que impedían el desarrollo del verdadero socialismo. Tuvo cierta eficacia a corto plazo para contener la emigración masiva hacia la libertad, pero no resistió el medio plazo.

Tampoco ha sido nada eficaz el muro más famoso del siglo XXI: el que Israel comenzó a construir para defender a su población del terrorismo. En los 15 años que han transcurrido desde que se empezó a levantar, la posibilidad de una paz estable se ha ido alejando cada vez más. El muro y la política en favor de los asentamientos de los colonos en Cisjordania, en una tierra que según el derecho internacional es de los palestinos, ha convertido a Israel en una fortaleza asediada. No solo por las diferentes versiones del terrorismo palestino que se van sucediendo –la última protagonizada por lobos solitarios que ya no están controlados ni por Hamas ni por la OLP-. También por un desnivel demográfico que en algún momento tendrá consecuencias.

El muro en Jerusalén, por poner solo el ejemplo de uno de los puntos más conflictivos, en sus cinco primeros años produjo un descenso del 50 por ciento de las visitas de los palestinos a los hospitales. Las familias separadas, las dificultades para trabajar al otro lado, el aislamiento de muchas poblaciones o las arbitrariedades en los check-points son una herida permanentemente abierta. Y ahora Netanyahu, empeñado en ganar pequeñas batallas y perder la guerra definitiva por la paz, ha aprobado 2.500 viviendas más en Jerusalén Este, territorio ocupado.

Trump reivindica el muro israelí como un ejemplo. Pero como titulaba estos días una aguda columna del Chicago Tribune, "Trump´s wall is about resentment and fear, not inmigration". El muro de Trump en realidad lo empezó a construir Bill Clinton en 1993 y lo continuó W. Bush. De los 3.000 kilómetros de frontera que comparten México y Estados Unidos ya hay vallados y amurallados 1.100. En este momento el saldo migratorio es negativo: hay más mexicanos que vuelven a casa de los que se van. El número de “espaldas mojadas” detenidos en la frontera se ha reducido a los niveles más bajos desde 1971, y en su mayoría son menores o grupos familiares que llegan desde América Central. Douglas S. Massey, profesor de la Universidad de Princeton, que estudia desde hace años en el Mexican Migration Project los movimientos a un lado y a otro de la frontera, tiene una provocativa hipótesis. Asegura que el muro ha producido un efecto contraproducente porque ha frenado los movimientos de retorno que una frontera más porosa facilitaba. Los muros alimentan a las mafias.

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Un espacio a la altura del emperador

Fernando de Haro

Fue un discurso religioso. En realidad, todos los discursos de los nuevos presidentes de los Estados Unidos lo son de un modo u otro. Pero este lo fue especialmente. No solo por la presencia de la biblia de Lincoln y de la que le regaló su madre. No solo por las oraciones y por las referencias a Dios. Lo fue porque el presidente número 45 de los Estados Unidos ofrece nacionalismo como respuesta al deseo de salir de la nada, de esa nada en la que se sienten muchos de los que le han votado. “Os digo a todos los estadounidenses, en todas las ciudades próximas y lejanas, pequeñas y grandes, de montaña a montaña y de océano a océano, que oigáis estas palabras: nunca volveréis a ser ignorados”, anunció el nuevo inquilino de la Casa Blanca desde las escaleras del Capitolio. En la tierra en la que quizás más se lee la Escritura, muchos estadounidenses supieron identificar rápidamente en esas palabras una actualización de las promesas del gran profeta del Antiguo Testamento. Nunca más llamarán a tu tierra –el Medio Oeste, las ciudades de Detroit, Columbus o San Luis– devastada y abandonada. Ahora le llega un marido.

El que fuera un discurso religioso no significa ni mucho menos que fuese positivo. Las viejas religiones, las que no distinguían lo que había que dar al César y lo que había que dar a Dios, siempre acababan y acaban en idolatría del emperador. En estos tiempos dominados por la perplejidad que provoca la globalización vuelve lo viejo, la sacralización del poder. De momento el Trump presidente sigue siendo como el Trump candidato. Sabe bien cuál es su base. Se ha convertido en el número 45 de los Estados Unidos gracias a la frustración de buena parte de la clase media blanca. Una frustración no solo económica, una frustración antropológica: la de una soledad tan feroz como solo puede generarse en los Estados Unidos. Entre esos blancos las tasas de suicidio, alcoholismo y drogadicción se han incrementado de forma muy significativa. No se puede vivir mucho tiempo ignorado, ignorado por la élite de las costas y, sobre todo, por el destino.

La democracia de los Estados Unidos nunca ha sido laica, al menos tal y como la entendemos en Europa. Pero hay que distinguir. Una cosa es el deseo de construir la ciudad en la colina de los padres fundadores. Y otra cosa bien distinta es el ciclo de sacralización del poder que se ha producido desde que el segundo Bush fue elegido presidente, un ciclo que con Trump se ahonda. Con W. Bush llegaron a la Casa Blanca los teocon, de procedencia izquierdista, intelectuales que pretendían contrarrestar el relativismo y defender los valores del occidental con una sólida teología política. Obama fue una reacción y, como todas las reacciones, se pareció mucho a aquello a lo que se opuso (al movimiento anti-Trump va camino de pasarle lo mismo, se parece demasiado a Trump. Como el antifascismo se parecía mucho al fascismo). El primer presidente negro de los Estados Unidos vino acompañado de un mesianismo voluntarista resumido en el “Yes, We Can”. La política hecha de otro modo, la política bonita para la gente. La palabra gente es quizás la que más veces usó Trump en su primer discurso. La gente contra los políticos, la gente que, por fin, va a salir de la nada. El ciclo de presidencias “religiosas” en los Estados Unidos, muy diferente a las presidencias pragmáticas de Reagan, del primer Bush y de Clinton, es sin duda un signo de los tiempos. No hay quien soporte en la vida diaria el nihilismo postmoderno y el vacío fomenta la transferencia de la sacralidad. El deseo de no ser ignorado es irrefrenable, necesita una respuesta, aunque sea parcial.

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Un espacio a la altura del emperador

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Jonás llevaba razón

Fernando de Haro (Qaraqosh, Iraq)

Escribo desde Qarasqosh, el ground zero del genocidio cristiano en el norte de Iraq. Un genocidio que no se quiere reconocer. Cinco check points desde Erbil para llegar a la que fue la mayor ciudad cristiana del país. Los tres primeros de los peshmergas. El ejército kurdo dosifica la entrada. Desde la siete de la mañana, largas colas para cruzar los controles. Los kurdos permiten a los cristianos visitar sus casas a cuenta gotas. Dos horas antes de la puesta del sol tienen que volver. El ejército iraquí, que controla la zona más cercana a Qaraqosh, es más flexible. A la entrada de la ciudad patrullan también las fuerzas estadounidenses. De fondo se oyen los bombardeos, explosiones roncas, irreales. El responsable de la milicia cristiana cuenta que ha detenido a dos miembros del Daesh a escasos kilómetros.

Al llegar a las primeras calles la imagen es dantesca. Como la que he visto al norte de Mosul, en Batnaya y en Teleskof. Pero aquí la desolación si cabe es más impresionante. Se trata de un gran pueblo fantasma. La única ventaja es que no hay minas. Las casas abandonadas a toda prisa están saqueadas. Muchas de ellas bombardeadas por la coalición internacional. Los cristianos que han conseguido entrar esta mañana queman sus ropas a las puertas de sus hogares. No quieren recuperar nada que los milicianos del Daesh hayan usado. Se elevan columnas de humo aquí y allá. Todos los muebles han desaparecido. Cuando alguien del Daesh se casaba venía a Qaraqosh a abastecerse. Las pocas mujeres que no se marcharon fueron violadas repetidamente y convertidas en “esposas” del Estado Islámico.

En la gran catedral sirio católica, levantada con el esfuerzo de todo el pueblo, los representantes del califato instalaron una galería de tiro. Han quemado el techo y en las columnas de la nave principal hay pintadas en favor del Estado Islámico. La voluntad de destrucción del Daesh tiene una obsesión: las cruces. Las mutila todas, las derriba, las fusila.

El cementerio está custodiado por el ejército iraquí. Hace falta una larga negociación para visitarlo. La soledad de los muertos solo está acompañada por el ladrido de perros sin sueño. El Estado Islámico ha profanado las tumbas, como en los pueblos del norte.

Se ha cumplido la profecía del profeta Jonás. Las madres de los niños cristianos de Nínive les enseñaban a sus hijos desde hace 30 años que la profecía se había cumplido tres veces. Pero esta es la cuarta vez que Nínive (Mosul) y su llanura es destruida. Jonás llevaba razón. No será la última, pronto puede llegar la definitiva. El Daesh no es ya la mayor amenaza.

Cuando el Daesh tomó la llanura de Nínive había 120.000 cristianos. Escaparon a Erbil y a los pueblos del norte. La mitad se ha marchado ya del país. Y los otros 60.000 no saben si volver. Todo el mundo tiene pretensiones sobre sus tierras. Los kurdos, que no lo defendieron en su momento, quieren ampliar su frontera. El gobierno de Iraq, chiíta, acaricia la idea de transformar los pueblos cristianos en una zona de su propia confesión que sirva de contención a los suníes. La moderación islámica de los kurdos parece estar convirtiéndose en radicalismo.

Lo “extraño” es que, en estas circunstancias, Naciones Unidas se niegue a calificar lo sucedido como un genocidio. Lo ha hecho Estados Unidos y lo ha hecho el Parlamento Europeo. ¿Por qué no una resolución que reconozca los hechos? ¿Es necesario contentar en este caso las pretensiones chiítas?

Nínive ha sido destruida por cuarta vez pero Jonás sigue saliendo de la ballena al tercer día. Los cristianos no saben si podrán volver. Pero no pocos en estas circunstancias redescubren su fe. Con conmoción se puede escuchar cómo un joven de 20 años, que huyó del Daesh, en su cuarto desordenado y utilizado por el califato, me dice que en estos dos años y medio se ha dado cuenta de que Dios está a su lado. Si un joven mira sin odio su destino es que la ballena ha sido vencida. Jonás llevaba razón.

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Jonás llevaba razón

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Bajo aguas tranquilas

Fernando de Haro

Parece que después de la tormenta ha llegado la calma. España encara un 2017 relativamente tranquilo en política, desde luego más tranquilo que Francia, Alemania y Holanda donde las elecciones plantean muchas preguntas. Un 2017 que paradójicamente puede ser tranquilo con un Gobierno en minoría después de un 2016 sin acuerdos y sin Ejecutivo. La mayor incertidumbre en el horizonte, no precisamente pequeña, es qué va a pasar con el proceso de secesión de Cataluña.

El último Barómetro del CIS, la encuesta pública más representativa, muestra que los españoles se han relajado: la imagen de la política ha mejorado en 7,8 puntos. Rajoy en su mensaje de fin de año expresó su voluntad de acabar los cuatro años de legislatura. Tendió la mano a su socio de Gobierno -a Ciudadanos- y al que, en teoría, es el principal partido de oposición, el PSOE. Los socialistas respondieron con el doble lenguaje que vienen usando desde que echaron a su último secretario general, Pedro Sánchez. Hicieron críticas a la gestión de los populares pero después destacaron el valor de los acuerdos ya alcanzados con el Gobierno y reafirmaron su voluntad de seguir en la misma línea que han mantenido en los últimos meses.

Algo parecido a esa “gran coalición” por la que tanto se suspiró en 2016 funciona en la política española desde que los socialistas permitieron la investidura de Rajoy con su abstención. Una “gran coalición”, eso sí, a la española. Los socialistas, con el peor resultado electoral de su historia, una crisis interna que dura ya demasiado tiempo y la amenaza de convertirse en la tercera fuerza han decidido ganar tiempo y pactar. Pactar para hacerse valer, para poder sacar pecho ante sus electores y demostrar que cuentan, no como sus rivales, la izquierda ruidosa y utópica de Podemos que se pierde en los pasillos del Congreso.

El PSOE quiere pactar, Rajoy quiere pactar. Se ha olvidado de sus amenazas de convocar elecciones en mayo (las encuestas le siguen dando mejores resultados que en los comicios de verano). Los acuerdos con los socialistas le permiten dar estabilidad a su Gobierno y reducir a la insignificancia a Ciudadanos, su teórico socio, pero también su competidor: buena parte de sus votos son de antiguos votantes del PP.

La voluntad de pacto de Rajoy con los socialistas ha provocado que los dogmas de la anterior legislatura hayan dejado de serlo. Para acordar el techo de gasto (paso previo de los presupuestos) ha aceptado subir el salario mínimo. Los populares ya están dispuestos a financiar parte de las pensiones con impuestos, tal y como reclamaban los socialistas. No es descartable que el PSOE acabe permitiendo la aprobación de las cuentas públicas de 2017 a cambio de concesiones que el Gobierno del PP hasta hace nada consideraba imposibles.

La marcha de la economía permite esta “política de entendimiento”. 2016 se va a cerrar con un crecimiento muy por encima del 3 por ciento. Y las previsiones para 2017, aunque apuntan a una relativa desaceleración, son también positivas. El empleo aumenta a razón de 400.000 puestos de trabajo al año y es posible que en 2020 la tasa de paro sea parecida a la que había antes de la crisis. El objetivo de déficit, por fin, se puede alcanzar sin grandes esfuerzos y sin importantes recortes, si acaso con una reestructuración del IVA.

A la “pax económica” hay que añadir el pragmatismo de Rajoy. El PP ya ha renunciado a su ley de educación aprobada la pasada legislatura, ley de la que no se puede sentir especialmente orgulloso. Y estará seguramente dispuesto a hacer lo mismo con su ley de seguridad ciudadana también cuestionada por el centro-izquierda, también muy revisable.

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Bajo aguas tranquilas

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2017 razones para el sí

Fernando de Haro

No se ha cumplido casi ningún pronóstico. 2016 ha sido un año duro y difícil. Pero, sobre todo, inesperado. Hace doce meses el Financial Times hacía las típicas previsiones para estas fechas. Y aseguraba que los británicos votarían a favor de quedarse en la Unión Europea, Bélgica ganaría la Eurocopa y la demócrata Clinton le ganaría las elecciones al republicano Ted Cruz. No había apuestas sobre el resultado del referéndum por la paz en Colombia.

Era difícil imaginar que España, tras las elecciones de diciembre de 2015, fuera a estar casi un año sin Gobierno. Y que las terceras elecciones se hayan evitado in extremis por el miedo a una victoria más amplia del centro-derecha y no por convicción. Había algo que sí sabíamos: hace un año teníamos todavía el dolor entre los huesos por los 130 muertos del atentado de París. Y éramos conscientes de que habría más ataques en suelo europeo, más terrorismo. Pero el golpe del mal, como lo llama Merkel, no por anunciado es menos sorprendente en lo que tiene de inasumible.

2016 podría pasar a la historia como el año del no. Los resultados de los dos referéndums en Colombia y en el Reino Unido, así como las elecciones en Estados Unidos han sido consecuencia del triunfo del voto negativo. No a Hillary, no a la desindustrialización, no a la globalización y a los inmigrantes, no a Europa, no al perdón. En España no al diálogo, no a un-pacto-con-el-que-ideológicamente-es-diferente-porque-yo-llevo-razón.

El gran no de 2016 nace del enfado, del fastidio y la frustración. Aturdidos y asustados hemos dicho no al vínculo con los otros, con los diferentes, con los que no entienden quién soy. ¿Por qué dialogar, pactar, gobernar con otro si yo he ganado o si podría sumar más con el resto de minorías?

Después de haber lanzado con furia nuestro grito de negación en las redes sociales o en las urnas, tras el recuento –en España repetido– o al salir a la calle seguíamos interconectados. Los otros seguían ahí: obstinadamente extranjeros, conservadores o progresistas, europeos; tenazmente defensores de la ideología de género o de la tenencia de armas y del aislacionismo comercial. Irreductiblemente diferentes. Los vínculos, ciertos vínculos, no se pueden suprimir. Por eso el año del no, lejos de resolver la situación, ha incrementado la fragmentación. Lo estamos viendo en estos días en los que se hace efectivo el relevo de la presidencia en Estados Unidos.

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La Navidad es algo serio

P.D.

¿Puede una mujer o un hombre mínimamente inteligente y experimentado tomarse en serio la Navidad? ¿Puede ser, para nosotros, gente “razonable”, algo más que un paréntesis de algunas horas? ¿Algo más que un momento –en el mejor de los casos– para reunirnos con los seres queridos en una cena o comida bonita, en la que nos felicitamos y nos deseamos sinceramente lo mejor? Eso sí, con la vaguedad de quien no tiene seguridad alguna de que ese deseo se vaya a cumplir y de quien se siente, consciente o inconscientemente, a merced del destino. La ocasión tiene también una gran pincelada dramática, el paso del tiempo dicta sus ausencias.

Esta Navidad de 2016 nos ha llegado en un momento en el que todos estamos especialmente perplejos y heridos. Una violencia nihilista nos ha vuelto a sacudir en suelo europeo, en esta ocasión en Berlín. Y por más que intentamos olvidarla nos sabemos inseguros. Sospechamos, sin confesarlo del todo, que las razones de siempre son insuficientes para afrontar estos tiempos extraños. Que no basta con pedir más seguridad. Que echarles la culpa a los refugiados o a los musulmanes (a los otros) es infantil. Pero tampoco sabemos muy bien en qué dirección movernos. Y no es solo el terrorismo. Es que es todo. Es como si, desde hace unos años, el paisaje habitual en el que se desarrollaba nuestra vida estuviera desapareciendo, disolviéndose de forma muy rápida. La economía ha mejorado algo, pero desde la crisis de 2008 nada ha vuelto a ser igual. Las guerras están más cerca que nunca. El hasta ahora sólido edificio de la democracia occidental se antoja cada vez más a merced de las tormentas. Y no sabemos por dónde volver a empezar.

Y en lo personal es lo mismo. El ambiente en el trabajo, en lo queda de familia, en todos sitios, se ha vuelto frío, acusa nuestra desorientación. Tenemos incluso miedo de decir “te quiero” porque no sabemos cuánto durará. Los más sinceros no se defienden y no ocultan su impotencia.

Nosotros, los hombres y mujeres “razonables”, no nos enfadamos, con la voluntad de estar contentos que parece invadirlo todo en estas horas. Pero sabemos que cuando se apaguen las luces de la fiesta y vuelvan los días grises de enero, la voluntad da, si hay suerte –otra vez el destino–, para “un buen pasar”. Lo paradójico es que, a pesar de todos los fracasos, de todo lo traicionado y de todo lo sufrido, hay en nosotros una suerte de memoria genética –una nostalgia tenaz– que se activa buscando días mejores. Si te descuidas reaparece de forma furtiva. Por eso hay ocasiones en las que nos tienta la esperanza amarga del optimismo o la utopía.

¿Tiene sentido para un hombre o una mujer seria, en estas circunstancias, tomarse en serio la Navidad? Una mujer muy seria, laica, de origen judío, como fue la pensadora Hannah Arendt, utilizaba una de las frases que más se repite en estos días de Navidad: “un niño se nos ha dado”. Es una expresión del profeta Isaías que la filósofa judía empleaba para explicar algo que a los hombres del siglo XXI, por supuesto a los cristianos, nos cuesta entender. Siempre hay –decía– una posibilidad real de que alguien, en algún lugar, en algún momento pueda decir o hacer algo que sea un inicio original en el reino de lo humano.

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En el país de todos

Fernando de Haro

Un país cristiano en Oriente Próximo. Es la solución que el diario El País proponía en sus páginas de opinión, horas después de la nueva masacre de coptos en El Cairo. Ahora que los acuerdos Sykes-Picot de 1916 (con los que los occidentales diseñaron la región) han saltado por los aires, no estaría de más intentar que los cristianos tuvieran un Estado propio en el que poder llevar una vida segura.

Es una excelente noticia que el periódico laico de referencia en España, o algún miembro de su equipo editorial, se preocupe sinceramente por lo que la secretaría de Estado de Estados Unidos ha calificado como un genocidio. Otra cosa diferente es que la solución de una “nación cristiana” sea conveniente. No lo parece por razones geoestratégicas y por razones de vocación. No parece recomendable una Declaración Balfour como la de 1917, esta vez no para los judíos sino para los seguidores de la cruz.

El caso de Oriente Próximo y la persecución de sus bautizados, aunque sea particular por su dramatismo, ilustra bien lo poco oportuno que es convertir el cristianismo en un adjetivo. No es tiempo para Estados cristianos, ni para partidos cristianos, escritores cristianos, ni siquiera para cultura cristiana, al menos para cierto modo de comprender la cultura cristiana. No es tiempo de adjetivos sino de sustantivos.

La propuesta de crear una “nación cristiana” en Oriente Próximo no es una invención periodística. Ante el terrible acoso y martirio sufrido desde 2003, surgió hace ya más de diez años, especialmente entre las comunidades iraquíes del exilio estadounidense, el proyecto de crear una zona en Nínive (en torno a Mosul) que les sirviera de refugio. Entre la comunidad asiria (la segunda comunidad cristiana de Iraq, menos numerosa que la caldea) y los evangélicos la idea ha tenido cierto éxito. De hecho, han sido los asirios los únicos en crear unas milicias propias. Lo han hecho desoyendo las invitaciones a integrar a los que quisieran luchar contra el Daesh en las filas de los pesmergas kurdos. Entre los líderes católicos se ha rechazado el “Estado cristiano de Nínive” porque supondría crear un gueto. El futuro es todavía incierto. El reparto de la región entre kurdos, milicias chiítas y el ejército iraquí es una incógnita.

La “solución Kissinger” para el Oriente Próximo de después de la guerra sería una mala solución, especialmente para los cristianos. El ex secretario de Estado de Estados Unidos ha propuesto en alguna ocasión cambiar los acuerdos de Sykes-Picot por estados de una sola confesión. La fórmula podría garantizar el futuro Israel, pero acentuaría, aún más, su carácter confesional. Supondría grandes movimientos de población y enquistaría para siempre el conflicto que explica todos los conflictos desde Egipto a Irán: el enfrentamiento entre chiíes y suníes por la hegemonía. Del Estado-nación pasaríamos al Estado-confesión. La falta de pluralidad radicaliza. Las grandes perdedoras de este escenario serían las minorías.

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Con el norte y con el sur

F.H.

Fue la semana pasada. Habían pasado pocas horas después de que el Banco Central Europeo tomara la decisión de prorrogar el plan de compra de deuda pública. Un periodista buscaba un titular rápido. Era una de las habituales entrevistas que se hacen a los expertos. ¿Quién lleva la razón en el debate sobre la política monetaria europea, los países del norte o los países del sur?, preguntó. “Draghi y su solución de compromiso”, respondió el economista haciendo referencia al italiano que está al frente de la entidad emisora. No hubo titular de fácil digestión que le diera la victoria a uno de los dos bandos en litigio. Pero sí una respuesta inteligente, que requiere una cierta explicación, y que apunta a una buena solución en estos tiempos de desconcierto y de fractura que se viven en Europa y en el conjunto de Occidente.

No sin el norte y no sin el sur, no sin los liberales, no sin los socialdemócratas, no sin los laicos, no sin los creyentes. No sin los musulmanes, no sin los agnósticos. No sin los que cuestionan el sistema, no sin los que lo defienden sin darse cuenta de que la tradición se ha quedado acartonada y es una reliquia que se antoja prisión. Si algo claro nos ha dejado este 2016 que está acabando, año de referéndums ganados por la mínima (salvo el de Renzi que ha tenido un resultado claro), es lo contraproducente que puede llegar a ser un líder o una política cuando no son inclusivas. En estos tiempos de perplejidad y de insatisfacción es fácil soñar con soluciones claras, rotundas, quién sabe si rápidas. Pero la ansiedad por demostrar quién tiene razón, también en política, puede ser inversamente proporcional a la capacidad para crear lugares en los que se pueda vivir mejor. Afortunadamente ser europeo todavía significa, en algunos ámbitos, no esperar una victoria absoluta a estar abiertos a soluciones diferentes.

La economía tiene la ventaja de ser muy concreta. En el euro conviven dos clubes que, aparentemente, tienen intereses muy diferentes, aunque en realidad juegan en el mismo campo. Los países del norte, bajo la sombra del gigante alemán, son países ahorradores. Los alemanes no suelen tener casas en propiedad, no pagan créditos hipotecarios, guardan lo que han ganado en el pasado (que suele ser mucho) en depósitos bancarios, seguros de vidas y productos con los que planifican metódicamente su jubilación. El dinero barato y fácil no les viene bien porque devalúa sus ahorros. No son gente con muchas deudas. No les gustan los tipos de interés a cero, no les gusta el programa de compra de deuda del BCE que es una forma de inyectar liquidez al sistema. Por eso el ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, ha llegado a culpar a Draghi y al BCE de ser responsable del partido populista Alternativa por Alemania.

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Cuando conviene obedecer a dos agnósticos

Fernando de Haro

“Esto es un nuevo paradigma, lo que propone Carrón (presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación) es el paso del sentido de la ley a la ley del sentido. La teleología y la teología se anclan en un encuentro, en algo que ha sucedido”. Con estas frases comenzaba Mikel Azurmendi, filósofo y antropólogo, su intervención en un sorprendente diálogo que se produjo la semana pasada en Madrid. El tema: “La Belleza Desarmada”. En el extraño encuentro con Julián Carrón, autor del volumen, también participó el físico Juan José Gómez Cadenas. Extraño porque Azurmendi y Cadenas, los dos agnósticos, aseguraron estar ante un modo de proponer el cristianismo que les resultaba razonable y atractivo, desconocido, lejano de la fe que habían conocido en su infancia, obsesionada por el pecado, aburrida, distante de las preocupaciones humanas.

¿Qué hizo posible este encuentro? ¿Por qué dos agnósticos y un cristiano dialogan a corazón abierto sobre los desafíos ante los que se enfrenta la España de comienzos del siglo XXI?

Una conversación así, entre laicos y creyentes, dedicada al sentido de la vida y al mejor modo de vivir juntos, no cuenta en España con una larga tradición. Ha habido diálogos semejantes pero, por desgracia, han sido escasos. La historia de nuestro país no ayuda. La temprana formación del Estado nacional en los siglos XV y XVI se basa en la supresión de la diferencia de confesiones que sí había sido una constante durante la Edad Media. Las revoluciones liberales que llegan a comienzos del XIX, con la Guerra de Independencia frente a Napoleón, provocan una reacción antimoderna. Se sospecha del que debería ser “naturalmente y nacionalmente cristiano” y no lo es. La sospecha se prolonga durante buena parte del siglo XX. Ciertas alianzas con el poder para defender lo que se considera evidente provocan una larga resaca. Las ideologías revolucionarias no facilitan las cosas.

Y así buena parte del catolicismo español moderno y contemporáneo no hace el esfuerzo de relatarse, pierde esa frescura y riqueza que siempre proporciona contarle a otro lo que se ha dado por sabido. Si acaso se han realizado dos esfuerzos de apertura. Uno tras el postconcilio y otro con el cambio de siglo, después del atentado contra las Torres Gemelas de 2001. El primero es una apertura/confusión con ese compromiso social de inspiración marxista que dominaba el panorama europeo desde los años 60 a los años 90 del siglo XX. Y el segundo es una apertura/confusión con el occidentalismo europeo de derechas que genera la amenaza terrorista y la confusión de comienzos del siglo XXI. En ambos casos se vuelve a dar por supuesta la fe y se pasa rápidamente a un encuentro sobre el compromiso moral (lucha contra la explotación/lucha contra el relativismo). Son expresiones de un cristianismo anónimo de izquierdas o derechas, que presuponen que el mundo laico comparte los valores (que varían según el momento) del humanismo cristiano. No se habla sobre el origen y la experiencia que hacen posibles esos valores.

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Cuando conviene obedecer a dos agnósticos

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De la patria al peor imperio

Fernando de Haro

La muerte de Fidel es como un espejo, las reacciones que provoca retratan las posiciones ideológicas de cada uno. Vuelven algunas viejas sensibilidades que ensalzan a Castro. Pero la pregunta más importante es la más práctica. ¿Todo ha quedado atado y bien atado? ¿Lo que no consiguió Franco tras su muerte lo logrará Fidel Castro? El Comandante, con mayúscula porque en la isla no hay otro, había dejado oficialmente el poder en 2008. Se había convertido en un anciano de movimientos torpes, enfundado siempre en ropa deportiva. Aparentemente no contaba nada. Ya ni tenía fuerzas para una de sus grandes pasiones: esos largos monólogos en los que pontificaba sobre lo divino y lo humano. Era incluso un estorbo para su hermano Raúl, el actual presidente, por sus salidas de tono. La muerte de Fidel es para algunos irrelevante, solo una ocasión del castrismo para mostrarse más vivo que nunca. Su fallecimiento en la cama no tendría otro valor político que confirmar la capacidad de resistencia del comunismo cubano.

Seguramente las cosas no son tan sencillas. Es cierto que el poder real en Cuba hasta el pasado viernes ha estado en y está en manos Raúl Castro y, sobre todo, en manos del grupo de militares, no más de diez, que integran el Politburó. Son esos militares los que controlan la industria pesada y la industria turística del país. Tienen más poder que el Partido Comunista. Se trata de una especie de Junta Militar en la que sus miembros se vigilan intensamente pensado en el día en que muera Raúl Castro (que tiene 85 años) o en el que se retire (tiene prometido que lo hará en 2018). En ese momento lo más probable es que haya un duelo abierto entre Miguel Díaz Canel, el vicepresidente del Gobierno, que representa el ala reformista, y Alejandro Castro, hijo de Raúl Castro, coronel que controla todos los servicios de inteligencia y que representa el ala dura.

Se van a cumplir dos años desde que se anunciara la reapertura de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos. Obama, en un gesto inteligente, que estuvo auspiciado por el Papa Francisco, quiso reabrir su país a Cuba, pero en este tiempo Raúl Castro no ha dado pasos significativos para abrir Cuba a la libertad. Las embajadas en La Habana y en Washington funcionan con normalidad, el presidente saliente ha paseado el deshielo por la Habana vieja, los cubanos han podido bailar con la música en directo de los Rolling Stones. Pero en lo esencial todo sigue igual. Como quedó claro en VII Congreso del Partido Comunista Cubano de la pasada primavera, Raúl Castro no es Gorbachov. Las reformas económicas en favor de la iniciativa privada son tan tímidas y tan simbólicas que no aportan más crecimiento. La tasa de formación de capital no rebasa el 9 por ciento mientras que en las economías más pobres de América Latina triplica esa referencia (27 por ciento República Dominicana, 21 por ciento Bolivia).

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De la patria al peor imperio

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La concertada puede dar el primer paso

Fernando de Haro

El nuevo Gobierno echa a andar en España. Las dos tareas más urgentes: aprobar unos presupuestos que permitan reducir el déficit al 3 por ciento (lo que supone un ajuste de 5.500 millones de euros) y el Pacto de Educación prometido para los próximos seis meses. La minoría parlamentaria de Rajoy no le va a impedir sacar adelante las cuentas públicas. A sus 137 diputados añadirá, sin dificultad, los de Ciudadanos (32), los del nacionalismo vasco (5) y el voto canario (1). Solo le haría falta un diputado más y es posible que los socialistas (84) acaben absteniéndose.

El presidente del Gobierno tiene el viento a favor. De vez en cuando, para ganar más fuerza, recuerda que puede convocar unas nuevas elecciones de las que él y su partido saldrían ganando. Y al final la economía se ha convertido en un terreno más o menos neutro en la que el acuerdo es fácil. Hay que subir impuestos y eso lo haría cualquier partido de la oposición constitucional.

Otra cosa bien diferente es el Pacto de Educación. La enseñanza es el mejor ejemplo de una política ideologizada en la que se enfrentan dos modos de entender el Estado, la sociedad y la persona, sin posibilidades aparentes de encontrar un terreno común. Desde que volvió la democracia a España hasta 2014, salvo un breve período, las leyes que han regido el sistema educativo han sido socialistas. En parte porque al centro-derecha le interesó poco la cuestión (Aznar solo impulsó un cambio cuando estaba a punto de finalizar sus ocho años de mandato) en parte porque los socialistas derogaron inmediatamente y con mucho sectarismo esa reforma. La actual ley de educación, la LOMCE (2014), promulgada por el PP, se ha encontrado con una oposición férrea. Es una norma que con timidez quiere corregir el modelo comprensivo puesto en marcha a mitad del siglo XX en el Reino Unido, vigente todavía en España, a pesar de sus malos resultados. La comprensividad, en nombre de la igualdad, da a todos los alumnos la misma enseñanza, sin distinguir entre resultados, aptitudes o inclinaciones. La LOMCE establecía reválidas externas para garantizar la calidad y fomentar la competencia entre los colegios. Y implantación de esas reválidas ha sido el caballo de batalla de toda la oposición. El Gobierno sufrió la semana pasada una derrota en el Parlamento porque hasta sus socios reclamaron que no las pusiera en marcha y derogara la LOMCE. La derrota ha sido más simbólica que real porque Rajoy había prometido ya que las suspendería, como así hizo el viernes.

La negociación para un Pacto de Educación fracasará si se centra en los presupuestos ideológicos. Es muy difícil localizar puntos de encuentro sobre la asignatura de Religión, el régimen de conciertos (que permite una alta tasa de subsidiariedad educativa) o la mayor o menor comprensividad necesaria. La izquierda entiende la laicidad a la francesa, es muy reacia a introducir criterios de competencia y quiere dar protagonismo a los centros de gestión pública. El PP, no por convencimiento propio sino porque tiene detrás a muchos votantes con esa sensibilidad, está inclinado a dar un mejor trato al sistema de conciertos. Se debate sobre un marco general, porque luego cada Comunidad Autónoma es la competente.

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La concertada puede dar el primer paso

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Reconquistar la ilustración americana

Fernando de Haro

No está todo dicho. La victoria de Trump nos ha dejado perplejos. Si aceptamos una respuesta fácil estaremos perdidos. Porque la onda es muy profunda. Y después vienen las elecciones en Francia, en Alemania, quizás otra vez en España, y siempre estará ahí la vida diaria de todas las sociedades occidentales, la que cuenta.

Es probable que el vicepresidente electo Pence y el partido republicano en su conjunto reorienten hacia políticas realizables las promesas incumplibles del candidato Trump. El tiempo dirá si ganan las instituciones o el hombre que las ha desafiado.

En cualquier caso, parece que el daño del discurso de la fragmentación ha sido profundo. Ahora vuelve como un boomerang (que despegó en la época de Obama). Es difícil encontrar precedentes en la historia de los Estados Unidos de manifestaciones como las de los últimos días, contra la legitimidad del presidente electo. Acaban de abrirse las urnas. Y estamos hablando del presidente, una figura casi sagrada. También es difícil encontrar precedentes de un presidente electo que critique a los manifestantes y a los medios. Estamos hablando de dos libertades básicas: libertad de manifestación y libertad de prensa.

A algunos les ha gustado la idea de construir un muro para aislarse de los mexicanos, a otros parece gustarle ahora otro muro: el que los separe de los votantes de Trump. La equidistancia no es aceptable. No es lo mismo lo que ha dicho Trump que lo que han dicho los demás (incluidos los candidatos republicanos al Senado y al Congreso y los candidatos republicanos de las primarias). Nada convalida las barbaridades de Trump. Pero hay reacciones anti-Trump que, al ser miméticas con el foco del conflicto, incrementan la confrontación.

¿Qué ha llevado a una parte importante de la sociedad estadounidense a soñar con muros tras los que ponerse a salvo? ¿Qué cambio, qué miedo, qué inseguridad provoca una reacción de este tipo?

Hay una primera respuesta más o menos evidente. El tan traído y llevado malestar contra el establishment de Washington (léase Bruselas, Madrid, Roma, París, Berlín…) no es solo provocado por su arrogancia, su lejanía de la gente que sufre, su riqueza en muchos casos. Es el malestar ante un Estado impotente, ante el final de la soberanía de los Estados nacionales tal y como se conocía hasta ahora. Reconozcamos que es difícil aceptarlo: en el despacho oval ya no hay botones que apretar. El presidente no tiene un botón para devolver la prosperidad a la clase media, para mantener la industria a flote. Solo le queda el botón nuclear. Lo demás está en manos de un “espacio de flujos”, una zona imprecisa que flota por encima de los Estados que no es de nadie y es de todos. La situación de inestabilidad se aguanta mal. Quizás por eso es más fácil ir detrás de quien dice haber recuperado todos los botones.

Aunque seguramente eso no es todo. El malestar ante la impotencia del Estado genera a su vez un distanciamiento del otro, una ruptura del pacto constitucional (yo-soy-contigo) y de la percepción del nosotros (que los somos, aunque pensemos diferente) propio de una democracia. Debajo debe haber algo más.

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Reconquistar la ilustración americana

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Trump no existe

Fernando de Haro

Esta vez es totalmente diferente. Lo que está en juego en las presidenciales de este martes es probablemente algo inédito, desconocido desde que Estados Unidos salió de su aislacionismo al final del siglo XIX, desde que acabó con los restos del Imperio español en Cuba bajo la presidencia de McKinley. Serán a buen seguro los hispanos de Florida los que decidan quién es el nuevo inquilino de la Casa Blanca (veremos entonces si apoyan la acertada política de apertura con los Castro). Pero esta vez estamos ante algo más relevante que la elección de un presidente.

En estas horas previas habría que sopesar las políticas de los dos aspirantes. Especialmente en el ámbito social y, sobre todo, en el exterior, el que nos interesa a los no estadounidenses. Estaríamos así ante el tradicional conflicto entre bienes posibles o males menores. ¿Debe tener más peso el desprecio hacia los inmigrantes de Trump, su declarada islamofobia y la falta de respeto por las mujeres o la política proabortista de Clinton? ¿Cómo hay que valorar la actitud hacia Rusia? La Rusia de Putin ha destrozado el sueño hegemónico que pudo tener Estados Unidos tras la caída del Muro de Berlín. También ha tirado por tierra la aspiración de una multipolaridad relativamente pacífica mediante un cierto compromiso con China. Moscú reclama, sin respeto por las reglas, su ración de protagonismo. Lo ha dejado claro en Ucrania y en Siria. Trump parece sentirse cercano a Putin. De hecho, lo admira. ¿Es más conveniente su no-beligerancia o una actitud más firme como la que postula Hillary? La candidata demócrata quiere un triunfo sobre el Daesh y al mismo tiempo sobre Assad en Siria. Sin dar espacio a los rusos. Clinton es, en principio, más intervencionista que el actual inquilino de la Casa Blanca: defendió la entrada en Iraq de 2003 y la injerencia en Libia de 2011 que tan nefastas consecuencias trajo. ¿Conviene la continuidad de Clinton con el segundo Obama (el primero quería hacer volver a las tropas de Afganistán) a pesar de los muchos errores que pueda cometer? ¿O es preferible un aislacionismo como el que parece predicar Trump? En principio una victoria del candidato republicano podría ser una vuelta a la postura del presidente John Quincy Adams (comienzos del XIX) y a su lema: “Estados Unidos no va al extranjero en busca de monstruos que destruir”. ¿Vendría bien algo así?

Sería interesante responder a estas y otras preguntas con detalle. Pero ese trabajo, siempre necesario, estaría hecho con esquemas viejos. Obama llegó a la presidencia en 2008, sin un gran cuerpo teórico a sus espaldas. Estaba aupado por el sueño del “sí se puede”, por el deseo de superar las consecuencias económicas de la desregulación y de los fracasos en la “Guerra contra el terror”. Bush había gobernado con los principios que le aportaron los neoconservadores tras el 11S, principios plasmados en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2002. “Solo existe un modelo de éxito nacional basado en la libertad, la democracia y la libre empresa”, decía aquel texto. Ahora ya no estamos ante nada de eso.

Trump no representa una reacción pendular ante una presidencia progresista. No hay un programa como el neoconservador que discutir, una visión y experiencia del mundo sobre la que dialogar. No hay dos modos de afrontar la realidad que se puedan valorar con sus pros y sus contras.

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Trump no existe

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Mosul es nombre de libertad seducida

Fernando de Haro

En arameo. Los dos curas se hablan entre ellos en la lengua de Jesús. Acuerdan cómo trepar al segundo piso de la parroquia de la Inmaculada Concepción de Qaraqosh, a 30 kilómetros de Mosul. La iglesia, que antes de la llegada del Daesh albergaba a 3.000 fieles, está ahora ennegrecida. El altar profanado, los libros de canto por el suelo, el órgano destrozado. Los yihadistas utilizaban el templo como arsenal porque sabían que la coalición no lo bombardearía. Los dos curas sirio católicos llegan al tejado e improvisan una cruz con dos trozos de madera. La plantan junto a la torre semiderruida. Son unos segundos. Pero la cruz vuelve a estar sobre el cielo de Qaraqosh, sujeta por los dos curas que cantan, en arameo, la lengua de Jesús. Cantan un Aleluya. Las campanas, las campanas cristianas de la llanura de Nínive han vuelto a sonar. Las crónicas que nos llegan invitan a viajar hasta el que ahora es el lugar más santo del mundo. Para ponerse de rodillas y besar de forma discreta, mientras el fragor de la batalla suena muy cerca, esa cruz de los curas sirio católicos que hablan en Arameo. Por los que ya no están, por los que se han mantenido fieles en medio de la gran persecución, por los musulmanes que han visto ultrajado el nombre del Corán con la barbarie de los yihadistas (“¿qué sentirías si unos terroristas estuvieran matando en nombre de tu religión?”, preguntan los piadosos seguidores de Mahoma). Qaraqosh, pueblo de 50.000 habitantes, fue un pueblo-refugio hasta agosto de 2014. Hacia Qaraqosh huyeron los cristianos de Mosul cuando las cosas se pusieron mal, de Qaraqosh huyeron hacia el Kurdistán.

Obama, antes de salir de la Casa Blanca, quiere conseguir una victoria. Y dejar así atrás los errores de Bush y sus propios errores. La intervención de Bush en 2003 y el desmantelamiento del ejército y de la policía convirtieron a Iraq en un estado casi fallido. El radicalismo democrático de Obama, hace cinco años, y sus idas y venidas impidieron una victoria más rápida sobre el Daesh. Nadie sabe ni cómo ni cuándo va a ser liberado Mosul. La toma de los pueblos circundantes está siendo relativamente rápida. La ambigüedad de hace dos años ha desaparecido. Haber acabado con las fuentes de financiación, sobre todo con la venta de petróleo a través de Turquía, y con el doble juego de Erdogan ha sido de gran ayuda. En las localidades pequeñas, rodeadas de campo, se puede utilizar armamento pesado y técnicas de guerra tradicional. Otra cosa bien distinta es conquistar y limpiar una ciudad grande como Mosul si los yihadistas resisten y no huyen a Raqa, la capital de su califato de horror, en el norte de Siria. Entonces habría que pelear casa por casa. La moral de los combatientes es un factor esencial. Hasta no hace mucho el nihilismo violento, la nada destructiva, ejercía una gran fascinación.

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Mosul es nombre de libertad seducida

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Escrito para España

Fernando de Haro

Estos días se ha presentado “La belleza desarmada” (Ediciones Encuentro, 2106) en Madrid. El propio Julián Carrón, presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación, residente en Milán, ha acudido a la capital de España para conversar con periodistas y diferentes personalidades sobre el contenido de un volumen que ha sido elaborado durante los últimos diez años. Buena parte del texto es fruto de un working in progress, el resultado de pronunciamientos y juicios al hilo de acontecimientos que se iban produciendo en la realidad italiana y europea.

Sabiendo ese origen, al lector le sorprende la pertinencia del texto para España. Su utilidad para la llamada especificidad hispánica, para la perplejidad que embarga al mundo laico y católico de un país que vive el mismo proceso que todo Occidente, pero con sus particularidades. La historia española no facilita mucho la superación de posiciones ideológicas, en creyentes y no creyentes, para reconocer los rasgos de un mundo muy diferente al que era habitual hasta hace poco.

Una de las frases más repetidas en los últimos meses por columnistas y analistas es la sentencia de Ortega: “no sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa” (En torno a Galileo: Esquema de la crisis). Carrón desde las primeras páginas ofrece una hipótesis para explicar la crisis a la que ponemos muchos adjetivos (crisis de valores, crisis institucional, crisis generacional…) como quien tantea en la oscuridad. La crisis, señala el autor siguiendo a Benedicto XVI, tiene su origen en el agotamiento del proyecto de la Ilustración: los valores de progreso, paz, dignidad de la persona y estima por el otro que las luces quisieron cristalizar no se han mantenido en pie desvinculados del acontecimiento cristiano del que surgieron. Lo que tendría que ser evidente a la razón ha dejado de serlo.

Hay una Ilustración española durante el siglo XVIII que asume las ideas venidas de Francia de forma pacífica. Pero desde comienzos del XIX, con la Guerra de la Independencia, la realización política de la revolución ilustrada a través del liberalismo se vuelve muy conflictiva. Surgen las dos Españas. El liberalismo laico, minoritario, quiere acelerar la historia. El catolicismo se atrinchera cada vez más y busca la ayuda del poder para defender el “derecho a la verdad”, los valores evidentes inscritos en la naturaleza humana. Se afirma una y otra vez que las consecuencias antropológicas de la revelación son de derecho natural. Se piensa que subrayar el naturaliter christiano de todo hombre, desvinculado de la revelación, es el mejor modo de defender la fe. La dialéctica con el mundo laico se retroalimenta casi hasta el infinito. Al tiempo, el sujeto cristiano y la experiencia que hace posibles esas evidencias se van disolviendo con un proceso largo y casi imperceptible. La disolución se acelera en dos momentos: en la época del desarrollo, en los años 60 del pasado siglo, y con la rápida transformación cultural del comienzo del siglo XXI.

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Escrito para España

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Educación y colaboración: paisaje para después de una batalla

Fernando de Haro

Ha llegado la hora de empezar a pensar por dónde empezar la reconstrucción después de la larga batalla que ha sufrido España durante diez meses sin Gobierno. Ya está bastante claro que, salvo sorpresa final, a finales de octubre (rozando el último plazo) habrá Ejecutivo. Con abstención completa o abstención técnica (de los once diputados necesarios para la investidura), los socialistas facilitarán que Rajoy renueve su contrato. Y entonces se hará más evidente que hace falto algo más: un paso adelante de una sociedad consciente de su responsabilidad, con españoles capaces de encontrarse, más allá de las barreras ideológicas, en la tarea de mejorar la educación y de construir empresas más productivas.

El próximo Gobierno será un Gobierno débil con una larga lista de tareas pendientes. Si dejamos de lado la respuesta política al independentismo catalán, la más urgente es el control del déficit. El presupuesto aplazado supera en 5 décimas el objetivo fijado por Bruselas en su último ejercicio de generosidad. No tendría que suponer un problema especial. La economía española es la economía desarrollada que más crece, este año estará por encima del 3 por ciento y el que viene por encima del 2 por ciento. Pero hay que contener el gasto y, sobre todo, aumentar los ingresos. Y eso requiere una reforma fiscal en profundidad. En realidad, las reformas se enlazan como rabos de cereza y muestran lo mucho que dejó sin hacer el último Gobierno: la reforma fiscal lleva a la reforma del sistema de financiación de los gobiernos regionales y de ahí también sale la reforma del sistema de pensiones (que no es viable sin utilizar los impuestos y que necesita posponer la edad de jubilación) y una segunda reforma al mercado laboral.

¿Y el desempleo? ¿No es acaso su reducción la máxima urgencia de una España con un paro todavía cercano al 20 por ciento (4,5 millones de desempleados)? ¿Con estas cifras se puede hablar de fin de la crisis aunque el PIB se incremente más del 3 por ciento? Difícilmente. El ritmo de creación de empleo en los dos últimos años ha sido notable. La ocupación ha crecido a razón del 3 por ciento (500.000 puestos de trabajo al año). Pero harían falta ocho años excepcionales para llegar al pleno empleo. En los próximos años la economía no va a crecer al 3 por ciento y los desempleados cada vez serán menos empleables. Parte de la generación que no se formó en la época del boom inmobiliario es una generación trágicamente perdida.

El reto de crear de empleo quizás sea el ejemplo más claro de que no basta con tener gobierno para salir de la crisis. Más que nunca el protagonismo es de la sociedad. Para reducir el desempleo hace falta mejorar la educación y aumentar la colaboración empresarial. Dos objetivos que no se logran solo interviniendo desde arriba.

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Colombia en la escuela de Mandela

Fernando de Haro

Ciertamente a los referéndums (o para ser más exactos referenda) los carga el diablo. Primero el Brexit y ahora la consulta sobre el proceso de paz en Colombia. La Academia Sueca intenta salvar el fin de más de 50 años de violencia con un Premio Nobel a José Manuel Santos. El presidente, como todos, sobrevaloró la fuerza del sí, no supo contrarrestar el arrastre de la campaña del ex presidente Uribe y no se midió bien con la antipatía que entre muchos colombianos despiertan todavía las FARC. Una cuestión tan importante se ha decidido con una mayoría del 50,21 por ciento y una participación inferior al 40 por ciento. La UE exigió para una decisión de parecido calibre (la independencia de Montenegro) al menos un 50 por ciento de participación y un 55 por ciento de votos afirmativos.

No han sido las víctimas las protagonistas del no. En los cinco departamentos (Choco, Cauca, Nariño, Putumayo y Vaupés) donde más daño han hecho las FARC triunfo el sí. El rechazo al proceso de paz tiene mucho que ver con una clase urbana que habla de impunidad y que teme al líder de la guerrilla Timoleón Jiménez, más conocido como Timochenko. Cree que puede ser el próximo presidente. Hay miedo a que Colombia acabe como Venezuela.

Horas antes de que se celebrara el referéndum, las agencias internacionales enviaban la foto de un anciano, tomada en el Barrio de la Chinita de Apartadó, una localidad donde las FARC protagonizaron una matanza hace 22 años. La imagen era el reflejo de cómo afrontaban la consulta algunos de los que han sufrido más de cerca los ataques de la guerrilla. Un viejo, de espaldas, lucía una camiseta en la que se podía leer: “las víctimas sí perdonamos”.

La frase es un milagro. No sabemos a quién ha perdido este hombre, pero podemos imaginar el zarpazo que la violencia ha dejado en su vida. Podemos imaginar cómo en algún momento se vio sacudido por una injusticia descomunal. Una injusticia que le hizo perder a quien más quería. Primero llegó el golpe que le hizo perder una parte de sí mismo. Y luego el dolor que se prolonga en el tiempo, los días, los meses y los años, con el vacío de la ausencia mordiéndole el alma. Es imposible quitarse ese dolor de encima, es imposible quitarse de encima el deseo de justicia. En realidad, no podemos imaginar el dolor de la víctima más que con discreción, con silencio y con reverencia. Como tampoco podemos imaginar, salvo que nos dejemos dominar por otro silencio, por qué alguien se ha puesto una camiseta en la que dice que perdona. Suponemos que a este vecino del Barrio de la Chinita le ha ayudado que los guerrilleros de las FARC hayan pedido perdón, suponemos que le ha ayudado que estén entregando las armas. Pero seguro que eso no ha sido lo definitivo. Es de suponer que el protagonista de la foto, en algún momento de estos últimos años, se dio cuenta de que el dolor inmenso que sufría no era exclusivo. Suponemos que algo o alguien ha venido a satisfacer su deseo de justicia, quizás haya sido un amor, quizás se haya abierto una extraña esperanza a través de su herida. Y es sobrecogedor que el viejo haya pensado que vale la pena construir lo que le quede de futuro con aquellos que tantas penas le han causado. En realidad, no podemos más que suponer y quedar admirados ante los que han dado este paso que tiene mucho de misterioso. Es un paso, en cierto modo, incomprensible. Al mismo tiempo necesario y gratuito.

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El amargo fruto de los procedimientos

Fernando de Haro

Los españoles asisten asombrados a un nuevo capítulo del deplorable espectáculo en el que se ha convertido la vida política del país desde hace nueve meses. El nuevo capítulo, la dimisión de Pedro Sánchez, el secretario general del PSOE, ha llegado después de que él mismo transformara al principal partido de la oposición en un campo de batalla. Prácticamente ha habido que echarlo después de que dos bandos, sus partidarios y sus detractores, se hayan enfrentado como hacían las antiguas asociaciones universitarias en días de huelga, como solo se pelean las escisiones de las formaciones extraparlamentarias. Estamos hablando del partido que más ha gobernado en España, del que sigue gobernando en muchas Comunidades Autónomas y Ayuntamientos. El triste espectáculo ha tenido mucho que ver con la personal posición de Pedro Sánchez, que no ha estado dispuesto a aceptar las sucesivas derrotas, que no ha estado dispuesto a facilitar un Gobierno del PP.

Pero la crisis política que vive España desde hace meses y el esperpento en el que por desgracia se ha convertido el PSOE no es solo resultado de la actitud de Sánchez. Es consecuencia de una reducción de la democracia a procedimientos, a formación de mayorías. Reducción muy relacionada con la descomposición del sustrato antropológico que mantiene en pie la vida en común. El problema afecta, en mayor o menor medida, a todos.

El sistema democrático se basa en la toma de decisiones por mayoría dentro de los cauces constitucionales. Pero la mayoría no es el fundamento de la democracia. “Se elige el gobierno, pero no se elige el pueblo”, decía gráficamente Bertolt Brecht. No todo en la democracia es fruto de la voluntad, siempre se parte de un dato previo: una comunidad que ya existe, que acepta serlo. La aceptación de formar parte de una cierta unidad social no es consecuencia de la mayoría. Los primeros teóricos de la democracia moderna recurrieron, para explicarlo, a la figura del contrato social. El primer acuerdo, aunque sea metafóricamente, se basa en la unanimidad. Este dato previo de la vida democrática (yo-soy-contigo) se puede expresar de muchos modos. Pero cuando deja de ser algo evidente y se pretende, conscientemente o inconscientemente, que la mayoría proporcione lo que no puede dar la comunidad política queda empantanada en discusiones de procedimiento, que llevan a discusiones sobre las cuestiones previas al procedimiento y las cuestiones previas, que también son procedimiento, llevan a nuevas cuestiones de procedimiento de las que no hay quien salga. Es lo que le ha pasado al PSOE. Quien haya participado en asambleas universitarias sabe que la cuestión decisiva es la constitución de la mesa moderadora, su formación se enreda siempre otorgando el control no por razones de representatividad sino de poder.

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El amargo fruto de los procedimientos

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#prayandunderstandSiria

Fernando de Haro

Lo primero la compasión, y con la compasión, la compresión y el juicio. Alepo, zona cero del planeta. Después de cinco años de guerra, ahora la ofensiva final de Asad y de Putin sin distinguir entre “rebeldes buenos” y yihadistas. Sin miramiento alguno con la población civil. Ahora se comprende por qué la tregua de la semana pasada ha saltado por los aires, por qué el convoy humanitario de Naciones Unidas no llegó a su destino.

Alepo es una ciudad llena de “dolorosas”. Las agencias internacionales enviaban este fin de semana, tras los últimos bombardeos, una foto durísima, una foto que cuesta trabajo mirar. Una madre vestida de negro sostiene en sus brazos un niño con una gran herida en la cabeza. Un hiyab le tapa la boca. La mujer llora sin lágrimas. El pañuelo enmarca con más fuerza sus ojos, ojos levantados hacia el cielo, encharcados por el gran dolor, que no lo hay más grande que perder a un hijo.

Querría uno mirar para otro lado, que ya tiene uno bastante con lo suyo, y que ahora encima mirar a lo de Siria es demasiado. Parece que esta vez la actitud del postmoderno (esto-ya-lo-he-visto-y-ya-me-lo-sé) parece si no honrosa al menos recomendable.

Pero cuando se vence la primera resistencia se da uno cuenta de que mirar es conveniente, no por la dolorosas de Alepo, que también, sino por uno mismo. Todo es más humano que mirar para otro lado. Y al mirar uno puede blasfemar, puede quedarse en silencio, puede gritar, puede rezar, cada uno mirará con sus ojos, no puede ser de otro modo. Pero es más humano vivir con los dolores de los otros, que la compasión no ocupa espacio y recoloca todo, resitúa. Es más humano mirar la vida con los ojos llenos de las dolorosas de Alepo, con sus miradas doliente clavadas en el cielo.

Las dolorosas de Alepo lo son por una combinación de luchas de poder y porque algunos siguen cometiendo la inmensa torpeza de concebir la democracia como algo abstracto. Ni Asad ni Putin han querido una tregua efectiva, como tampoco la quisieron en febrero, porque ven cerca una victoria total. Sobre el Daesh, sobre el antiguo Al Nusra (filial de Al Qaeda) y sobre los grupos rebeldes no yihadistas. En realidad nadie sabe bien dónde está la frontera entre unos y otros, desde luego no lo sabe Estados Unidos que apadrina a la oposición nacida de la primavera Siria (¿qué quedará de ella?). Rusia ha encontrado la guerra perfecta para su nuevo imperialismo. El petróleo a menos de 48 dólares no es problema, tampoco lo es la crisis económica y demográfica si Moscú tiene una península de Crimea que invadir y subir así su testosterona nacionalista. No hay nada que le pueda venir mejor que plantarse en el Mediterráneo, segunda tenaza que encaja con la primera del Mar Negro. Y Putin no está para “delicadezas” occidentales. Si mueren unos cientos, unos miles, unas decenas de miles de civiles siempre será secundario para exhibir una victoria sobre el Daesh y para eliminar a la oposición no yihadista. Con Asad y con Irán de aliados, frente a Arabia Saudí.

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Buscando el salón de la señora Thompson

Fernando de Haro

Trump ha corregido. Por fin ha dejado de lado una de las mentiras con las que ha estado haciendo campaña desde hace meses. Ha reconocido que Obama ha nacido en Estados Unidos. Otras las mantiene: como la acusación a Hillary y al actual presidente de haber fundado el Daesh o la afirmación de que Estados Unidos es el país con más impuestos del mundo.

La declaración de Trump (“Barack Obama nació en Estados Unidos. Punto”) se ha producido unos días después de que The Economist dedicara su portada y un amplio servicio al “arte de mentir”, a la “postverdad”. No es probable que el candidato republicano haya decidido cambiar de posición por lo que ha escrito un semanario al otro lado del Atlántico, aunque sea uno de los más prestigiosos.

Lo interesante es que el mundo liberal, The Economist es uno de sus más prestigiosos e inteligentes referentes, se ocupe de algo más que el buen funcionamiento del mercado y entre en una cuestión tan sustantiva como la de la verdad y la mentira.

El término post-verdad en realidad no es nuevo. Lo utilizó en 2010 el bloguero David Roberts, retomando el título de un libro de Ralph Keyes (The Post-Truth Era: Dishonesty and Deception in Contemporary Life, 2004). La mentira siempre ha existido en política, pero ahora estaríamos ante una cultura pública desconectada de la legislación y de la realidad que ha sido favorecido por los medios de comunicación. Eso le permite a Trump ganar adeptos haciendo pasar como hechos puras invenciones, o a ciertos sectores de Polonia sostener que el anterior presidente fue asesinado por los rusos, a Erdogan sugerir que detrás del golpe de Estado de este verano está la CIA o alentar el Brexit con cifras falsas sobre el coste de la Unión para el Reino Unido. Lo novedoso no es que los que escuchan esas noticias las den por buenas, sino que quieren darlas por buenas, en cualquier caso. No les interesa su mayor veracidad sino los sentimientos que generan. El viejo poder imponía la censura desde fuera, el nuevo la impone desde dentro: la pertenencia a cierta sensibilidad está por encima de todo.

La post-verdad, según los especialistas, se ha hecho posible por la pérdida de fiabilidad de las instituciones y por un profundo cambio en el modo de acceder a la información, es decir al mundo. El proceso empezó en los años 80 y 90 del pasado siglo con el éxito de los canales por satélite. Los nuevos canales sustituyeron la tendencia a la objetividad, era necesario dar a cada uno aquello que quería oír y ver. El proceso se ha acelerado por el vínculo que genera un cierto uso de las redes sociales. Si al final solo sigo en twitter o en facebook aquellas fuentes o aquellos amigos que confirman mi visión del mundo, es fácil que el mundo se quede fuera de la pantalla de mi ordenador y de mi móvil. Primero se cree y luego se conoce. Se cree en unos determinados valores y en función de esa selección se conoce cierta parte del mundo (real o ficticia), la única con la que se quiere tener contacto. El proceso lógico de cualquier acto de confianza se ha invertido (el acto de fe sano siempre es consecuencia del conocimiento). Nosotros los potsmodernos hemos levantando el muro más alto que se pueda concebir respecto al resto de lo que no es, en cierto modo, nosotros mismos. Es una nueva vuelta de tuerca más al racionalismo que acaba en manos de los sentimientos.

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Un universo curvo, nuevo

Fernando de Haro

Rentrée. Es inevitable hacer balance. Intentar comprender qué nos ha pasado. Es un ejercicio habitual en los meses de septiembre y de enero. Año natural, curso escolar. Sin duda el curso 2015-2016 que queda atrás ha sido el del yihadismo europeo. Pero junto al terror el otro acontecimiento que ha marcado el período que dejamos atrás, con mayor profundidad simbólica que el nihilismo violento para la compresión de la época que vivimos, ha sido la constatación empírica realizada por el Observatorio de Interferometría Láser de Ondas Gravitacionales (LIGO). El LIGO de Estados Unidos ha recogido en los dos meses precedentes las pruebas empíricas de las ondas gravitacionales descritas de forma teórica hace cien años por Einstein. Hemos “oído” el sonido de las ondas provocadas por una colisión de dos inmensos agujeros negros que se fundieron hace 1.400 años. La física de Newton ha quedado definitivamente enterrada. Ya no hay lugar para la especulación: la gravedad es una curvatura del espacio y del tiempo, no hay parámetros fijos.

La física de Newton encarna, de un modo subsconciente, el edificio de certezas en el que nos apoyábamos los modernos. Al despedirla, despedimos también un modo de concebir la soberanía de los Estados y de entender la economía. La física de Newton nos “liberó” de una espiritualidad acrítica. Nos proporcionó una mecánica “limpia” de infinito: los cuerpos se movían según unas leyes estables fácilmente comprensibles sin interferencias espirituales. La naturaleza, “liberada” de transcendencia, nos permitía vivir en un universo de normas simples que hacían relativamente sencilla la existencia.

La física de Newton hasta no hace mucho tenía una traducción órganica en el mundo de la economía. Así como los cuerpos materiales actuaban según unas leyes predecibles y asépticas, los agentes del mercado se movían en un armonía casi perfecta, garantizando cada uno, en la persecución de su propio interés, el interés colectivo. Creíamos, es verdad que con algunos matices, en la eficacia de la “codicia de los panaderos”. Los panaderos tenían el legítimo deseo de hacer dinero y eso hacía posible el milagro de que cada mañana sobre nuestra mesa hubiera un buen pan para el desayuno, pagado al precio justo. Ni siquiera la crisis del 29 del pasado siglo nos hizo perder esa seguridad elemental. Era necesario, eso sí, hacer ajustes, dotar al Estado de más capacidad para regular, para compensar (introducir ajustes éticos), para garantizar el bienestar. De hecho, a la crisis de los 70 y de los 80, respondimos con un entusiasmo desregulador y en muchos casos con una defensa de la subsidiariedad que tenía mucho de liberalismo ingenuo. Ocho años después de que estallara la burbuja creada por la exaltación del mercado seguimos desconcertados. Hemos intentado aplicar la solución que fue efectiva en 1929, pero nos hemos dado cuenta de que no hay a quién pedirle un “New Deal”. Si acaso podemos reclamar a nuestros bancos centrales que apliquen una política monetaria expansiva. Pero nos hemos dado cuenta de que el Estado tal y como lo entendíamos ya no existe.

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Un universo curvo, nuevo

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Sin Gobierno, sin políticos

Fernando de Haro

El fracaso para formar Gobierno en España va camino de convertirse en uno de los ejemplos paradigmáticos de cómo hacer mala política. Mala y vieja política en un mundo que reclama soluciones nuevas. Pésimo ejemplo de partidos nacionales que se aferran a una soberanía mínima reconocida por las leyes que las fuerzas de la globalización han dejado en nada. Caso práctico de identidades de partido cerradas, afirmadas con una inmadurez propia de otros tiempos, incapaces de abrirse al otro, imaginadas como un todo suficiente, disociadas de una realidad social que transcurre por otros cauces.

Las previsiones apuntaban a que el Debate de Investidura de la semana pasada iba a certificar, de nuevo, la situación de bloqueo que ya dura casi nueve meses. Rajoy iba a fracasar, a pesar del pacto con Ciudadanos, y los socialistas iban a mantener su no. Pero lo sucedido ha sido mucho peor que un fracaso anunciado.

El debate fue más negativo de lo previsto. No se limitó a certificar la parálisis, eso no hubiera sorprendido. El foso se ha agrandado. Los españoles, cuando no esperaban más que rutina, se han visto sacudidos por una profunda y nueva obcecación de sus políticos, por la terquedad en negar una fraternidad mínima, por la perserverancia en el desencuentro que empeora cada vez más las cosas, por la incapacidad para aprender. Por la falta de imaginación y de sencillez para superar el papel que ellos mismos se han asignado.

Pedro Sánchez, el líder de los socialistas, que podría facilitar en las próximas semanas la formación de un Gobierno con solo diez abstenciones, se mostró más duró que nunca. En contra de la sensibilidad de sus votantes, en contra de una parte importante de su partido, destruyó todos los puentes y todos los cimientos que pudieran edificarlos en el futuro. Máxima dureza, mínima inteligencia política con la repetición del mismo discurso que suena desde hace meses. Rivera, el líder de Ciudadanos, que ha protagonizado el único acierto en mucho tiempo cerrando el acuerdo con el PP (muy similar al alcanzado con el PSOE), rechazaba con mucha rapidez el muy digno papel de facilitador de encuentros que la historia le ha asignado. Antes incluso de que se certificara el fracaso de Rajoy, quiso desmarcarse del apoyo que le había dado. Para no mancharse, para no ser recordado como el hombre que prestó auxilio al centro-derecha. A Rivera, como a todos, aunque él acaba de llegar, le quema la política ideológica, quiere estar más a la izquierda que a la derecha. No se ha creído lo que tanto predica: lo que cuentan no son las etiquetas sino las necesidades de la gente. Y Rajoy, aburrido hasta lo inimaginable. Difícilmente puede pensarse en un aspirante con tan poco empeño afectivo -factor decisivo también en política- cuando se quiere ser presidente del Gobierno. Difícilmente pudo dar una respuesta más previsible cuando se desató la ira de sus adversarios.

La política es más o menos buena en proporción al bien que es capaz de generar para un país, según las herramientas con las que cuente y las circunstancias en la que tenga que ser aplicada. Los políticos de la transición española, los líderes de la postguerra mundial europea o los disidentes del comunismo hicieron buena política porque supieron utilizar instrumentos muy limitados, en algunos casos casi inexistentes, para generar cambios beneficiosos en momentos muy difíciles. El sujeto político queda retratado por el uso que hace de las herramientas de las que dispone. Hay gigantes que sin instrumento institucional alguno a su disposición, desde un campo de concentración o desde una cárcel (Havel o Mandela), han sido capaces de generar cambios históricos impensables para otros que controlan buena parte de los mecanismos del Estado. Y hay enanos que quedan sepultados en las mejores condiciones posibles (los ejemplos son demasiado numerosos).

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Sin Gobierno, sin políticos

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Diferencias que no son insalvables

Fernando de Haro

Este martes debate de investidura. Esta semana no habrá, con toda probabilidad, Gobierno. Pero es una buena noticia que se celebre el debate. Y lo es por varias razones. En primer lugar, porque supone que Rajoy ha aceptado el encargo del Rey y se pone en marcha el mecanismo institucional que permite, si fuera necesario, unas terceras elecciones. El artículo 99 de la Constitución española no contempla la disolución de las Cortes sin que se haya producido un debate para elegir presidente del Gobierno. Hubiera sido una anomalía tener que haber arbitrado un mecanismo específico si no se hubiera producido la derrota de un candidato. Rajoy, que no lo tenía claro, ahora está dispuesto a fracasar.  Y lo está por que se ha convencido de que puede ser rentable para un segundo intento dentro de unas semanas. El candidato a presidente del Gobierno, y esta es el segundo motivo por el que es bueno que haya debate de investidura, llega al Congreso con un amplio respaldo de 170 diputados. Le faltan seis votos a favor o diez abstenciones. Una mayoría casi suficiente después de nueves meses sin Gobierno. Rajoy ha mostrado cintura política para sumar a sus 137 diputados, los 32 de Ciudadanos y el diputado (a) de Coalición Canaria. El voto en contra de los socialistas retrata una voluntad de bloqueo ampliamente rechazada por los electores del PSOE y por una amplia parte del partido. Será más fácil en un segundo intento.

La investidura se celera después de un pacto del PP con Ciudadanos. Es un buen pacto, aunque con toda seguridad casi ninguna de las medidas que contiene será aplicada. Hace falta una mayoría con la que no cuentan las dos formaciones en esta legislatura. Pero tiene un alto valor simbólico y en su contenido indica una dirección en la que trabajar. El PP es un partido que no lograba ningún acuerdo nacional para la formación de Gobierno desde 1996, desde la primera legislatura de José María Aznar. Se había convertido en una formación aislada y algo rígida. Los compromisos entre PP y Ciudadanos, que ya se firmaron el año pasado en las Comunidades Autónomas, ahora llegan al ámbito nacional. Las 150 medidas que incluye el acuerdo suponen para el PP, de hecho,  reconocer que en la pasada legislatura cometió errores. Algo que no se suele hacer en la política española. La disposición a corregir las medidas de amnistía fiscal, de revisar la política educativa o el complemento salarial para los sueldos más bajos, también la dación en pago para aquellos que no puedan pagar sus hipotecas,  son todas ellas fórmulas que corrigen el triunfalismo que de su propia gestión hacían los populares. Vienen a decir que no todo lo hicieron bien, que no se puede hacer ajustes sin tener en consideración el sufrimiento social. El acuerdo además indica tareas pendientes: es necesario limitar la partitocracia en el gobierno de los jueces, emprender una reforma electoral para elegir de forma directa a los alcaldes y para aumentar la proporcionalidad, es necesario revisar la regulación del mercado laboral que sigue siendo desastrosa. Y así un largo etcétera. Sin duda se podrían haber incluido otras. Pero lo importante es haber dejado claro que el PP puede corregir, que en política se puede llegar a acuerdos y que este pacto, aunque diferente, tiene muchos puntos en común con el firmado hace unos meses entre los socialistas y Ciudadanos. Un motivo más para dejar en evidencia que el no de los socialistas no tiene un contenido programático sino táctico. Triste táctica la que pone los intereses de un partido o de una persona por delante de las necesidades de un país.

El acuerdo con el que el PP y Ciudadanos llegan a la investidura, así como el acuerdo en su momento firmado por Ciudadanos y el PSOE ponen de manifiesto que no hay diferencias insuperables para reconocerse en ciertas políticas, al menos en los tres partidos de centro. La desunión, las “diferencias insalvables” son consecuencia de una postura previa. La identidad de los dos partidos mayoritarios, débil porque no tiene un contacto fluido con la vida social, se afirma buscando productos ideológicos opuestos a la marca con la que se compite. Pero lo que hoy se defiende con el cuchillo entre los dientes mañana puede ser relativizado, lo importante es garantizar un posicionamiento conflictivo. La aparición de un partido bisagra en un momento de necesidad, en este caso Ciudadanos, ha puesto de manifiesto que el conflicto es consecuencia de una identidad frágil, virtual. Las necesidades reales del país permiten, si no prevalece una asfixiante ideologización, el entendimiento.

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Diferencias que no son insalvables

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Habrá Gobierno, la crisis (política) sigue

Fernando de Haro

En España habrá Gobierno. Después de ocho meses. Salvo que todo se tuerza mucho habrá Gobierno a finales de agosto o a principios de septiembre. Se cerrará así la crisis política más larga desde la recuperación de la democracia en 1975. El cambio de posición de Ciudadanos habrá sido decisivo para superar el bloqueo. Ciudadanos ha exigido al PP de Rajoy 6 condiciones, encaminadas fundamentalmente a la lucha contra la corrupción, para darle el sí de sus 32 diputados en la investidura. Las condiciones son perfectamente asumibles por el partido ganador en las elecciones que hubo que repetir. El líder de los populares se ha dado unos días para que su cesión no parezca demasiado rápida. Podrá así presentarse en el Congreso con el respaldo de 169 diputados que serán 170 (con el apoyo de la diputada canaria). Está a seis diputados de una mayoría suficiente y sería incomprensible que los socialistas no facilitaran la formación de Gobierno cuando hay una agenda tan urgente que afrontar. Por fin habrá solución aritmética. La crisis más urgente se resuelve, pero permanecen los problemas de fondo que lastran la vida democrática: la ideologización de la política que impide el acercamiento al otro y un sistema de partidos distanciado de la vida social. Sin afrontarlos este largo período se habrá cerrado en falso.

El nuevo Gobierno no debería olvidarse de que la crisis (término que no tiene por qué ser negativo) política no comienza tras las elecciones de 2015. Aflora con las concentraciones del movimiento del 15 M de 2011. Los indignados que se concentran en la Puerta del Sol son la punta del iceberg de un amplio rechazo al sistema de partidos creado tras la muerte de Franco. Incluso entre los votantes más conservadores ese rechazo avanza a lo largo de la legislatura del PP. Entre 2011 y 2015 los populares pierden más de 3,5 millones votos por los sacrificios exigidos. Pero también por la partitocracia y la corrupción, la excesiva tecnocracia y la falta de alma cultural de la política del centro-derecha. En 2015 el bipartidismo no desaparece pero los votantes buscan alternativas. Los dos nuevos, aunque no tan fuertes como en un principio se pensaba, se han quedado en el Congreso y condicionan la formación de mayorías. La falta de flexibilidad de los viejos partidos ha hecho el resto.

Hay algo en el sistema institucional de la democracia española que ha favorecido esta situación. La democracia española pertenece a lo que Huntington llama la tercera ola democratizadora. La primera se produce en el XIX y es directamente heredera de las revoluciones francesa y estadounidense. La segunda es la que llega tras la II Guerra Mundial y la tercera es la que protagonizan Portugal, España y Grecia. Del Mediterráneo salta a América Latina y Asia Oriental. La tercera ola democrática, dispuesta a corregir los errores de las anteriores, y el mal recuerdo de la II República, busca la estabilidad institucional. El sistema electoral corrige la proporcionalidad y tiende a ser mayoritario, sobre todo en las circunscripciones con poca población. Esas circunscripciones tienen mucho peso. Se favorece la creación de un sistema de partidos fuertes, que acaban encerrados en sí mismos. Los diputados no necesitan escuchar las demandas sociales, no dependen de forma directa de sus votantes. Las propuestas y el posicionamiento ideológico no vienen de abajo a arriba. La base cuenta poco. Son los “gurús” demoscópicos los que “diseñan” el “producto político” que más venta puede tener. Se forma así un círculo vicioso, la sociedad civil débil, heredada de la dictadura, no tiene interlocutores políticos y los políticos no tienen interés en la conversación social.

De una situación así no se puede salir con invocaciones a la buena voluntad. Urge una reforma del sistema electoral que “invite” a los políticos a estar en la calle. De las seis peticiones de Ciudadanos al PP la más interesante a largo plazo es la que reclama superar el sistema de listas cerradas y desbloqueadas. La Constitución española no permite listas abiertas. Pero si permite un sistema electoral como el alemán. El modelo germánico es complejo a la hora de distribuir los escaños pero sencillo para el elector. El votante dispone de dos votos, uno para una lista cerrada y otro para elegir directamente a un diputado (escaño uninominal) en cada circunscripción. Al final la composición del Bundestag depende a partes iguales de los votos directos y de los votos de la lista cerrada. Eso le quita poder a los partidos, obliga a una parte importante de los diputados a estar tan pendientes de la gente. Sin volver a conectar la política con la vida social, más tarde o más temprano, el populismo que ahora está agazapado, avanzará.

Habrá Gobierno, la crisis (política) sigue

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Verano apocalíptico

Fernando de Haro

Todos respiramos aliviados al escuchar las palabras contundentes del jefe de la policía de Múnich, Hubertus Andrae. Palabras en las que desvinculaba al joven responsable de la matanza del pasado viernes del terrorismo islámico. Fue un respiro saber que la muerte de nueve personas había sido obra de un adolescente desequilibrado, obsesionado con los asesinatos en masa. Afectados por tanto dolor, nos habíamos hecho una imagen demasiado apocalíptica de este verano en el que la vida parece no valer nada, tampoco aquí en Occidente. Sobre el alma pesaban los 50 muertos del club gay de Orlando causados por un musulmán de identidad conflictiva, los tiroteos raciales en Estados Unidos, los 84 fallecidos en el atentado de Niza y ahora los nueve asesinados en la ciudad bávara.

Andrae parecía poner las cosas en su sitio. Aunque, mirando más despacio, quizás no sea tan fácil desmontar la suma de muertos que nos dejó la primera impresión. Sin duda son casos diferentes. No es lo mismo que un joven de origen iraní, depresivo, la emprenda a tiros con el público de un centro comercial a que un reservista negro asesine en Texas a cinco policías blancos por su color de piel. O que menos de diez días después un ex marine repita una acción similar en Luisiana. Tampoco, en principio, hay una conexión inmediata entre la violencia de origen más o menos racial y la radicalización islamista experimentada por un tunecino en Niza o por un refugiado afgano que se dedica a dar hachazos en un tren de Baviera.

Hay quien hace paralelismos entre lo que está sucediendo este verano y lo que ocurrió en Estados Unidos, en 1968, cuando llegaban miles de ataúdes de Vietnam, los disturbios raciales incendiaban las grandes ciudades y la polarización política alcanzó una temperatura altísima por la campaña electoral en la que Richard Nixon y Hubert Humphrey se disputaban la presidencia. Ahora, afortunadamente, no hay una guerra como la de Vietnam. El conflicto protagonizado por el islamismo es más difuso y causa otro tipo de víctimas. No se pueden exagerar las comparaciones, pero todo parece indicar que estamos ante un cambio de época en un contexto de gran violencia.

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Verano apocalíptico

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Horas de furia en la III Guerra Mundial

Fernando de Haro

Todavía estaba sin recoger la sangre de las víctimas en el Paseo de los Ingleses de Niza, cuando el intento de golpe de Estado en Turquía ha reclamado nuestra atención. Horas de vértigo y de angustia en esta III Guerra Mundial a trozos que no nos deja tiempo para dolernos, para sufrir y para rezar por los muertos. La perplejidad parece asaltarnos a cada minuto. ¿Es que no hay un punto estable?

No es fácil orientarse en el laberinto turco. Erdogan ha derrotado a carros de combate y aviones con un iPhone. Un videomensaje ha servido para sacar a la calle a la población a la que el presidente quita libertades. El pueblo turco ha preferido estar del lado del Sultán duro. Turquía se desestabiliza en el momento en que Erdogan se acerca a Israel y a Rusia, en el momento en que combate con más decisión que nunca al Daesh. ¿Puede estar la mano de los islamistas detrás de la asonada? El presidente ha señalado como responsable de la intentona a Fethullah Gülen, líder en el exilio de una organización islamista moderada. Nunca nada es lo que parece en Turquía. Por lo pronto el que sale beneficiado y reforzado es el propio Erdogan.

Y con Erdogan reforzado, Europa respira aliviada. Es Turquía la que contiene a los refugiados, es el tapón de Oriente Próximo. Un alivio que en cualquier caso es muy relativo después del ataque de Niza. Lo sucedido en el Paseo de los Ingleses de la ciudad francesa trae dolor sobre dolor, luto sobre luto, y un desconcierto y una perplejidad que nos acercan al desequilibrio mental. El primer ministro Manuel Valls aseguraba horas después del ataque que “Francia tendrá que acostumbrarse a vivir con la amenaza terrorista”. Todos entendemos lo que quiere decir. ¿Quién puede prever que un asesino haya planeado sembrar la destrucción y la muerte con un camión? Pero es justo a eso a lo que no nos acostumbramos. A lo que no podemos acostumbrarnos después del año y medio más terrible en la reciente historia europea: primero fue Charlie Hebdo, luego Bataclan, más tarde Bruselas y ahora Niza. Francia se ha convertido en objetivo preferente del terrorismo por diversas razones. La intervención del país en el Sahel y el protagonismo en la coalición que combate el Daesh en Siria y en Iraq pesan en el imaginario de los radicales. Como también pesa que sea el símbolo de una cierta forma de laicismo.

En Niza se repite lo que sucedió en París y en Bruselas. El terrorista Mohamed Lahouaiej Bouhlel tenía antecedentes por delitos comunes, al parecer era consumidor habitual de alcohol y hachís. No estamos ante terroristas de origen religioso sino ante personas inestables, posiblemente captadas a través de internet. Estamos ante un radicalismo que se ha hecho islamista más que ante un islam que se haya hecho radical. El perfil de estos terroristas no es el de personas que hayan rezado mucho o hayan ido mucho a la mezquita y por ello se hayan hecho radicales. La narrativa islamista parece en ellos una segunda piel. La constatación de que estamos más ante un nihilismo violento que ante un fenómeno de violencia de raíz religiosa no simplifica ni muchos menos el problema. Si acaso lo complica. Porque la tarea de controlar a los imanes o desradicalizar las prisiones, acelerada desde el ataque de Bataclan, es absolutamente necesaria pero insuficiente. El problema de fondo tiene más que ver con una fallida integración que con otra cosa. Por eso el islam europeo tiene también una grave responsabilidad educativa: es el único que puede recuperar la mediación con el mundo que en muchos de los radicales solo se produce a través de internet. El islam institucional ha perdido la capacidad de influencia que ejerce en la cultura tradicional magrebí o de Oriente Próximo. El radical islamista ha perdido buena parte de la relación habitual que el creyente mantiene con su comunidad.

Insatisfechos. Una vez examinados algunos de los posibles factores sociales y políticos que han entrado en juego en estas horas bárbaras nos quedamos insatisfechos. La inquietud, el desasosiego, quizás también el miedo, siguen a nuestro lado. El desafío que este misterio de mal y de destrucción supone para la razón se antoja demasiado grande. Quizás sea más sencillo reconocer que hay un núcleo último del problema que es inaferrable. ¿Cómo alguien puede llegar a convencerse de que los otros son el chivo expiatorio que tiene que ser sacrificado? ¿Cómo el otro puede convertirse en alguien tan distinto que solo se le desea la muerte? Es ciertamente incomprensible. Tenemos que admitir humildemente los límites de la razón. Pero eso tampoco nos deja tranquilos. No hay quien se olvide. No es humano olvidarse de este dolor y de esta perplejidad que nos trae la III Guerra Mundial a trozos. Lo único humano es esperar, cada uno en el camino por el que transite, un motivo, un rostro, que permita seguir esperando.

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Horas de furia en la III Guerra Mundial

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El reto del califato

Fernando de Haro

El comienzo del tercer año del califato del Daesh, ahora en retroceso, ha estado marcado por una ola de atentados. La bomba de un suicida ha llegado hasta la ciudad santa de Medina. El ISIS golpea sus orígenes, golpea el sunismo wahabita. Los seguidores de la bandera negra han convertido el mes del Ramadán en una orgía de sangre en Bagdad (más de 300 muertos en un intervalo de pocos días), en el aeropuerto de Estambul y en Dacca (Bangladesh). Es la respuesta a los éxitos militares en la lucha contra el terror.

El Daesh ha perdido Faluya, Ramadi, Palmira, Tikrit y Kobani. Según algunas estimaciones ha perdido el 47 por ciento del territorio que controlaba en Iraq y el 20 por ciento del que dominaba en Siria. La guerra, con todas sus contradicciones y limitaciones, lentamente, produce avances. La recuperación de terreno no lo es todo. La población sunní de Siria y de Iraq puede ver a los liberadores como unos conquistadores más crueles que los precedentes. El Gobierno de Iraq está lejos de la estabilidad. Siria sigue siendo el país de las mil guerras en la que todos luchan contra todos. Pero el giro que ha dado Turquía a su política exterior –Erdogan siempre reinventándose-, el fin de su ambigüedad con los yihadistas y la decisión de cortar sus fuentes de financiación han sido factores decisivos. Ahora el Daesh parece querer ser otra vez Al Qaeda, golpear en cualquier sitio: a los infieles, a los chiítas y a los sunníes. Habrá todavía mucho sufrimiento.

El Estado Islámico nunca fue del todo Estado ni del todo islámico. El retroceso militar y la debilidad institucional más bien hacen pensar en un sistema de terror que en una estructura administrativa clásica. Habría además un error fundacional en el propósito de Al Zarqawi, padre del Daesh, cuando anunció que se “encontraba en Iraq para darle una patria al islam y un Estado al Corán”. El propósito de recuperar el califato, perdido hace “solo” 100 años, a través de un Estado-nación similar a los occidentales, sería contradictorio con el derecho islámico clásico. Es la tesis que sostiene Wael Hallaq en su libro "The Impossible State". Tesis interesante que viene a añadirse a la de otros pensadores para los que el fenómeno del yihadismo y la pretensión de fundar un neo-califato no es una evolución lógica de la religiosidad musulmana y de la doctrina coránica sino más bien consecuencia de un choque. El choque entre el nihilismo y el pensamiento político occidental de una parte y una modernidad islámica que no ha resuelto sus contradicciones de otra. Para completar el cuadro de factores que explican lo ocurrido hasta ahora habría que añadir las pretensiones hegemónicas de Irán y de Arabia Saudí y los errores cometidos en la II Guerra del Golfo ahora recordados por el Informe Chilcot.

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El reto del califato

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La bella tarea sigue ahí

Fernando de Haro

Gran Bretaña la frívola. España la responsable. 17 millones y medio de votos (51,9 por ciento) a favor de la salida de la Unión Europea en el Reino Unido. Solo 5 millones (21, 2 por ciento) a favor de Podemos en las elecciones del pasado 26 de junio. El populismo de marca hispánica, muy por debajo de sus expectativas. Repite resultado a pesar de su alianza con Izquierda Unida. Por el camino se ha dejado un millón de votos. El valor de estar en Europa es una de las pocas evidencias políticas que todavía se mantienen en pie en la Península Ibérica. El miedo desatado por el resultado del referéndum sobre el brexit, conocido 48 horas antes de que se abrieran las urnas, probablemente restó apoyos a la formación morada, formación fácilmente asimilable al populismo antieuropeo.

Pero sería simplista pensar que, al menos en esto, se cumple el casi nunca cierto “Spain is different”. La mayoría más holgada del PP y el no sorpasso de Podemos al PSOE no suponen ni mucho menos una victoria definitiva. Si acaso se gana tiempo. De momento se ha tapado la hemorragia. No es poca cosa. Una legislatura, aunque sea corta, puede ayudar a limpiar la casa y a corregir errores de bulto.

No conviene confiarse. Los 700.000 votos más que ha tenido el PP en esta ocasión no solucionan la situación. Tampoco el segundo puesto del PSOE, estancado e inmerso en una crisis de identidad que dura ya demasiado tiempo, permite muchas alegrías. El reto populista sigue ahí. El desafío es sin duda político, pero también, y esencialmente, antropológico.

No somos diferentes al resto del mundo. El fenómeno que adquiere múltiples caras (populismo, nacionalismo, fundamentalismo) también tiene versión española. Se expresa políticamente, pero sus raíces se encuentran en ese espacio que tradicionalmente se ha denominado religiosidad. Decididamente, también en Occidente, estamos en una sociedad post-secular en la que las cuestiones de sentido reaparecen con fuerza en la vida pública.

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La bella tarea sigue ahí

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La revolución tendrá que esperar, habrá Gobierno moderado

Fernando de Haro

La noche electoral deja muchas sorpresas, la mayoría positivas. El PP gana los comicios, recupera 600.000 votos y sube 14 diputados (137). Fulmina las encuestas. La coalición Unidos Podemos, lejos de conseguir el previsto sorpasso respecto a los socialistas, pierde un millón de votos respecto a diciembre. Es llamativo el retroceso en la capital, Madrid. El PSOE sigue liderando la izquierda, se mantiene prácticamente en el mismo número de votos, aunque se deja 5 diputados (se queda con 85). Ciudadanos pierde 400.000 votos que recupera el PP y pierde 8 escaños.

El avance del populismo en España, afortunadamente, no es tan rápido como parecía. Ya no es tan claro que Podemos tenga en un futuro inmediato opciones de Gobierno. Un número considerable de votantes de Podemos pueden haberse quedado en casa, otros habrán vuelto al PSOE. Iglesias, el líder de la formación morada, ya no es el hombre elegido por el destino para alcanzar el cielo de forma inmediata. El miedo a su triunfo y seguramente el Brexit han sacado de la abstención a decenas de miles de votantes del PP que estaban desencantados por la corrupción. Ha funcionado el mensaje del voto útil de Rajoy que ha restado peso a Ciudadanos. La suma de los diputados del PP y de Ciudadanos (169) está muy cerca de la mayoría absoluta (176). Sería difícil de entender que Ciudadanos no apoyara la investidura de un Rajoy al que no puede vetar. Sería también difícil de entender que el PSOE, después de haber descendido a 85 diputados, no facilitara esa investidura con una abstención. La intervención de Pedro Sánchez, el secretario general de los socialistas, tras conocer los resultados parece anticipar una actitud diferente, una superación de los vetos de los últimos seis meses. Es razonable pensar que haya un Gobierno del PP con participación de Ciudadanos. Se superarían así los bloqueos de los meses anteriores: España tendría Gobierno y un Gobierno constitucional.

Eso no significa que todo esté resuelto. El PP tiene pendiente una urgente tarea de renovación. Rajoy con la victoria de este domingo debería empezar a trabajar cuanto antes en una sucesión ordenada. El PSOE tiene por delante el inmenso reto de rehacerse. Ha sido un alivio no verse superado por Podemos, pero está en mínimos históricos y el riesgo de perder el liderazgo de la izquierda no ha quedado eliminado. Ciudadanos ha quedado colocado como un partido bisagra con un papel más humilde que el que sus líderes se atribuían. Si quiere mantener su hueco, que está más en el centro derecha que en la centro izquierda, tendrá que madurar y superar ciertas arrogancias. Y el hecho de que Podemos no se haya convertido en la segunda fuerza no supone ni mucho menos que el populismo haya desaparecido de la escena política española. La legislatura va a ser muy difícil. Hay importantes sacrificios pendientes y esos sacrificios alimentarán el victimismo populista. Ese victimismo exige superar la polarización, hacer pedagogía y una llamada a la responsabilidad colectiva.

Afortunadamente se ha producido una amplia victoria de las fuerzas moderadas. Y eso da un poco más de tiempo, estabilidad económica y respiro para acometer grandes reformas pendientes (educación, sistema productivo, estructura territorial). Pero hay tres tareas urgentísimas: una auténtica regeneración democrática que acerca a la vida política a la sociedad, una conversación que saque a los partidos de su ensimismamiento y una educación popular de la capacidad crítica que permita superar sueños utópicos. Son cuestiones en las que los gobiernos del centro derecha, que han pecado de tecnocráticos, no se han querido meter hasta ahora.

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La revolución tendrá que esperar, habrá Gobierno moderado

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