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17 ENERO 2018
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No hay fuertes sobre la colina

Fernando de Haro

En Madrid, en la sede del Congreso, han comenzando los trabajos de la comisión que va a estudiar la oportunidad de reformar la Constitución del 78. Empieza el debate sobre la oportunidad de revisar una Carta Magna que cumple 40 años. Es la más joven de los países europeos que no estuvieron bajo el telón de acero. España se tumba en el diván y se pregunta cuándo una historia de éxito se convirtió en un relato problemático. La perplejidad se explica, en gran medida, porque estamos ante un caso práctico del carácter no acumulativo en el progreso social. Ha desaparecido la cultura ilustrada que sustentaba a la Constitución, pero seguimos pensando que el derecho o la convivencia son como la expansión del Universo: una vez conocida no hay vuelta atrás.

La primera sesión dejó claro que en este campo puede haber un acusado retroceso. Intervinieron los tres ponentes que quedan vivos. Y la comparación entre los diputados de hace 40 años y los actuales hacía evidente lo mucho que hemos perdido. El nivel de los representantes de la Soberanía Nacional ha caído drásticamente. Pero no es ese el indicativo más decisivo.

El éxito de la Constitución de 1978 se valora adecuadamente cuando se mira la reciente historia española. Durante dos siglos (desde comienzo del XIX), la voluntad de imponer una revolución liberal sin apenas sujeto, por parte de unos, y la resistencia de otros a aceptar la libertad como criterio definitivito en la vida pública hizo conflictivo, a veces sangriento, el proyecto nacional. La voluntad de superar lo mucho que se había sufrido y un encuentro de facto engendraron el acuerdo constitucional del 78.

Los derechos fundamentales consagrados entonces recogían, esencialmente, los valores compartidos en Occidente. Se les sumaron algunas conquistas sociales de nueva generación. A finales de los 70 esos valores, aportaciones de una cultura cristiana recogidos por la cultura laica, no eran especialmente problemáticos. Solo los socialistas se opusieron a una definición de la libertad religiosa que incluyera una mención explícita a la colaboración con la Iglesia católica. La apuesta en favor de una laicidad positiva se abrió paso porque los comunistas, todavía con peso en ese momento, la defendieron.

El resto del articulado, a grandes rasgos, no es conflictivo. Sin embargo, el modelo territorial, todo el mundo lo reconoce, constituye una auténtica chapuza. Se adoptó una mala solución, o la única posible para satisfacer los deseos de los nacionalistas (catalanes y vascos). España no se configuraba ni como un Estado federal, ni centralista, quedaba abierto. Al texto de la Constitución no se le pueden poner grandes objeciones, pero sí al proceso que debería haberle dado vida. Una Carta Magna no es solo el texto inicial. Es su historia: su desarrollo normativo, su reforma o no reforma, la conversación que la hace posible. Y esa es la que no ha habido. No es de extrañar que en este momento una minoría considerable (mayoría de jóvenes) no se reconozca en ella, o que la mitad de los votantes de Cataluña la den por absolutamente amortizada.

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No hay fuertes sobre la colina

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El (único) poder útil contra las 'fakes'

Fernando de Haro

Dispuestos a acabar con la amenaza. Si 2017 fue el año de las fake news (noticias falsas), ha llegado el momento de ponerles coto. El objetivo es que no interfieran como lo han hecho en los procesos electorales (Alemania, Estados Unidos, Francia, etc.), y que no aumenten la inestabilidad como ha sucedido en los momentos delicados vividos en Cataluña. ¿Hay capacidad para detener las viejas y nuevas mentiras?

Macron, el “chico listo y culto” de las democracias europeas, anunció la semana pasada un proyecto de ley para controlar las televisiones estatales extranjeras (o sea rusas) y para dotar de más transparencia a internet. En otro tiempo hubiera sido difícil que un líder de la “regeneración institucional” propusiera con tanta alegría una mayor intervención del Estado para limitar la libertad de prensa. Es el signo de los tiempos. España ha incluido en su Estrategia de Seguridad Nacional la lucha contra las noticias falsas. La OTAN trabaja a través de su Allied Command Transformation en una estrategia en este campo que debería estar preparada a finales de año.

Las noticias falsas amenazan la democracia por dos razones. Una obvia: existen poderes interesados en utilizarlas. La segunda se refiere al modo que tenemos de relacionarnos con la realidad.

La desinformación se ha convertido en un arma de desestabilización. Y el ejemplo más claro es lo que se conoce como la “guerra de combinación” (kombinaciya) utilizada por Rusia al integrar ciberguerra, ciberinteligencia, desinformación y propaganda.

La nueva arma funciona porque nuestro modo de informarnos ha cambiado radicalmente. Los medios clásicos (radio, televisión, prensa), incluso los sitios informativos de internet están pasando a segundo plano. Las redes sociales se convierten en las fuentes principales para conectar con mundo: el 44% de los estadounidenses se informa ya a través de Facebook. El cambio ha provocado, como señala Andrés Ortega, analista del Instituto Elcano, que “vivamos en burbujas informativas, en cámaras de eco o de resonancia”.

Las redes sociales multiplican a menudo el “efecto tribu”, generado por la perplejidad de globalización y de las sociedades multiplurales. Los medios informativos clásicos, aunque estén sesgados por las orientaciones ideológicas, tienen que justificarse ante sí mismos y ante su audiencia con una cierta tendencia a la veracidad. En el consumo tribal de las redes sociales esa tensión desaparece. El filtro emotivo, que reduce la apertura de la realidad a las propias inclinaciones, está justificado de antemano. Los miembros de una cierta “etnia informativa” solo quieren escuchar lo que creen ya saber. Los hechos se diluyen hasta convertirse en un pretexto. El hecho de informar e informarse es un ejercicio práctico (y humilde) de una racionalidad de la que abdicamos con demasiada frecuencia. Otro signo de esta época marcada por la desconfianza y el miedo hacia la razón.

La debilidad crítica, que renuncia a los hechos y a su observación, es la que permite el éxito de la desinformación. Con solo 200 dólares de inversión en publicidad en Facebook se puede crear un conflicto cívico entre indignados por la presencia de inmigrantes musulmanes e indignados por la creciente islamofobia. Es lo que hizo un grupo ruso en Texas en 2016.

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El (único) poder útil contra las 'fakes'

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Empieza el siglo

Fernando de Haro

Hoy empieza el siglo XXI. Ahora que hemos celebrado el centenario de la revolución de octubre, que se cumplen diez años del estallido de la Gran Crisis provocada por las subprime, ahora que el califato del Daesh ha sido derrotado territorialmente y que es un grupo yihadista más (ni Estado, ni Islámico), ahora que hemos inaugurado 2018, podemos decir que empieza el siglo XXI. Empieza un nuevo siglo que de momento es estadounidense, ruso, chino, o sea nacionalista, siglo que cerrará el ciclo comenzado con la revolución americana y francesa de finales del XVIII.

Podríamos considerar todo lo sucedido en los últimos 25 o 26 años -más o menos la extensión de una generación- como un período de transición que ha convertido a los millennials en adultos. La euforia de la caída del Muro de Berlín y del fin de la historia llevó a decisiones como la derogación, en 1999, de la ley Glass-Steagall (la que separaba en Estados Unidos la banca de depósito y la de inversión). Fue el símbolo de un entusiasmo por el mercado que acabó en desastre. Al tiempo que los millennials crecían y aumentaba la burbuja inmobiliaria, Estados Unidos intentaba responder al mazazo del atentado del 11 de septiembre. La Guerra de Iraq, mal planteada, contribuyó, junto con el apoyo saudí, a hacer posible la pesadilla del califato, pesadilla de un islam perplejo ante la modernidad.

Los millennials ya se han incorporado al mundo de los adultos. Después de los muchos sufrimientos pasados y de una política monetaria que ha inyectado mucha liquidez (afortunadamente se perdieron los complejos), Europa y Estados Unidos crecen por encima del 2 por ciento. Es otra economía, otro mundo. Ha vuelto la desigualdad, el nivel de bienestar general no será nunca semejante al del final del pasado siglo y la cuarta revolución industrial (la digital) plantea muchas dudas. Ahora sabemos que el mercado no tiene una mano invisible para hacer magia y que el Estado no es soberano. Pero, con más pobres y con más heridas, hemos levantado la cabeza.

Tras la derrota del Daesh, quince años después del comienzo de la “Guerra contra el terrorismo”, hemos aprendido que los desequilibrios en Oriente Próximo son decisivos. Pero, sobre todo, tras habernos convertido en víctimas, nos hemos dado cuenta de que el enemigo no es externo, se llama nihilismo.

En este comienzo de siglo, en este inicio de 2018, Oriente Próximo como América Latina van a ser regiones importantes. Pero de momento los puntos en rojo son Beijing, Washington y Moscú. Arabia Saudí (en manos del “pequeño Salman”, el príncipe heredero) se ha convertido en un actor descontrolado y dispuesto a mantener, sin apenas límites, su rivalidad con Irán. Cuenta con el inestimable apoyo de los Estados Unidos de Trump y del Israel de Netanyahu. América Latina, con numerosas elecciones en 2018 (las de México son quizás las más importantes), parece iniciar un giro hacia la derecha como en los años 90 (vuelve Piñera a Chile y Argentina cambia de rumbo con Macri). Todo depende de si el izquierdista López Obrador se hace con la presidencia mexicana.

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Empieza el siglo

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Más disponibles

Fernando de Haro

Esta Navidad de 2017, Navidad de un comienzo de siglo que no acaba de desperezarse, nos encuentra a todos más disponibles que otras veces. No se trata del bagaje religioso que cada uno lleve a cuestas. A estas alturas lo suponemos escaso. Se trata de la disposición a acoger lo “infinitamente” improbable como hipótesis de partida. Belén y Beit-Sahur (el campo de los pastores), en Cisjordania, son noticia estos días no solo por la disputada capitalidad de Jerusalén. Ahora que nos hemos quedado casi sin sistemas, que andamos temerosos los unos de los otros, aflora en cada esquina la necesidad de una ternura consistente.

Nuestra seguridad en lo que somos capaces de hacer ha disminuido considerablemente, ni siquiera tenemos claro si una maquina o un ordenador puede llegar a sustituirnos dentro de poco. Y menos aún tenemos claras las referencias morales. No hay razones ni causas suficientes prácticamente para nada.

Hemos dejado atrás la crisis. La zona euro puede cerrar este año y el que viene con un crecimiento del 2 por ciento. Pero las cosas no han vuelto a ser como eran en 2008. La cicatriz no nos deja sentirnos cómodos. Por más que los mensajes de tranquilidad proliferan para ahuyentar los fantasmas del “fin del trabajo”, los miedos perduran. Hay temor a lo que pueda traer la cuarta revolución industrial, la digitalización.

No es solo la natural prevención que provoca el futuro ciclo o un modelo productivo que no ha acabado de surgir y del que sabemos muy poco. Es una inquietud más profunda que cuestiona la certeza del hombre liberal y socialdemócrata. La concesión este año del Premio Nobel de Economía a Richard Thaler es una buena muestra de la sensibilidad dominante. Thaler se distingue por haber estudiado nuestra conducta. Ha puesto de manifiesto que no somos máquinas perfectas de consumir y producir. Nuestros actos responden a una racionalidad limitada y tomamos decisiones con preferencias “deformadas”. Las soluciones que propone Thaler para “empujar” a los individuos a tomar opciones “más acertadas” no son lo más interesante de su pensamiento. Lo importante es que, desde la ciencia económica, como antes desde la neurociencia o desde la biología, se nos invita a revisar cierta imagen que teníamos de nosotros mismos, la imagen de una libertad sana, de una autonomía lograda.

En estas circunstancias es difícil mantener la idea de que somos dueños de una racionalidad casi perfecta y exclusiva. El avance de la Inteligencia Artificial nos hace preguntarnos intensamente qué nos diferencia de las máquinas pensadoras, capaces de aprender. Nos preguntamos, cada vez con más insistencia y con menos soberbia, qué nos hace humanos. Y repetimos más que nunca la palabra autoconciencia y la expresión inteligencia emocional.

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Más disponibles

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Tres votos para Cataluña

Fernando de Haro

Cataluña vota este jueves. Cataluña vota después de una declaración unilateral de independencia, después de una intervención de su Gobierno autónomo. A juzgar por la participación récord que pronostican las encuestas (algunas han hablado de hasta un 90 por ciento que luego se ha rebajado al 82), una inmensa mayoría de los catalanes está convencido de la utilidad de su voto. Las elecciones no van a resolver de modo automático ningún problema. De hecho, es posible que haya que repetirlas. El resultado de las urnas no cerrará la herida de años, acrecentada tras los últimos meses. Pero los votos cuentan y cuentan mucho.

Los últimos datos económicos certifican por enésima vez las consecuencias de la quiebra de fe mutua entre los catalanes. El cuarto trimestre se cerrará en Cataluña con un incremento del 0,4/0,5 por ciento del PIB, la mitad de lo que creció en el trimestre anterior. Dicen los economistas que esta factura es la traducción en términos productivos del conflicto social. Sin confianza mutua no hay quien construya país. Según el Colegio General de Economistas se pueden dejar de crear 60.000 puestos de trabajo.

Habrá quien interprete los datos culpando a los de fuera. Las burbujas ideológicas suelen reciclar la realidad en su beneficio. Hay una gran tarea humana y cívica por hacer en Cataluña. Nunca se ha utilizado tanto la palabra diálogo y nunca ha sido tan escaso: diálogo para comprender las razones que llevan al otro a sostener lo que sostiene, para tener la experiencia de que el otro puede ser una riqueza. Nunca hasta ahora el “perdón” de la diferencia ha sido tan escaso. Nunca como hasta ahora se había delegado tanto la responsabilidad de la persona, única instancia de la que puede surgir el cambio, en “el país”, la ley o un proyecto abstracto.

La burbuja ideológica se irá desinflando a medida que se abra paso el diálogo sustantivo, el encuentro con el otro y la construcción personal (es decir social). El resultado electoral puede ayudar a remover obstáculos.

Y hay tres votos que pueden contribuir a pinchar la burbuja ideológica. El primero es el voto en blanco. En el bloque independentista, entre los que apuestan por la independencia y por el derecho a decidir, lo lógico es que se abriera paso un voto de reproche, quizás la abstención. La gestión del proceso ha sido un fiasco para quien quiere la secesión. Hasta el inventor, Artur Mas, horas antes de que Carles Puigdemont hiciese la declaración unilateral de independencia, reconocía que no era posible seguir adelante. Los propios promotores, como revelan las actas de sus reuniones de 2016, sabían que se encaminaban hacia el fracaso. Si la bunkerización frente a la realidad no fuera tan sólida, a estas horas estaríamos asistiendo a una discusión rotunda entre los independentistas en la que se exigirían responsabilidades. Los errores cometidos han hecho mucho daño a la causa. Tendría sentido no renovar la confianza a los que ofrecen más de lo mismo.

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Tres votos para Cataluña

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A la espera de una herida que sane

Fernando de Haro

La semana pasada dos noticias simultáneas, pero no paralelas. Con resultados divergentes. Las negociaciones para cerrar la primera fase del brexit (los términos del divorcio) y el comienzo de la campaña electoral en Cataluña han coincidido en el tiempo. Una y otra eran consecuencia del nacionalismo. El Gobierno del Reino Unido tiene que concretar la ruptura con la Unión aprobada en el nefasto referéndum de junio de 2016. Los partidos en Cataluña empezaban a buscar el voto, después de que el independentismo hiciera necesaria una intervención del Gobierno autónomo y la convocatoria de comicios.

Solo hace ocho meses May partía con una posición arrogante. Pedía formalmente en una carta subida de tono la salida de la Unión. Y llegaba a amenazar con no colaborar en cuestiones de seguridad. Al final la primera ministra británica ha acabado aceptando todo lo que pedía la Comisión. Ha aceptado el pago de la factura pendiente que le reclamaba Bruselas (hasta 60.000 millones de euros) y la tutela de los derechos de los ciudadanos europeos que viven en el Reino Unido, incluida la jurisdicción del Tribunal Europeo de Derechos Humanos. No habrá tampoco frontera entre la República de Irlanda e Irlanda del Norte.

La frontera del Ulster, que parecía el escollo insalvable (el Gobierno de May se apoya en los diputados unionistas), ha dejado de ser un obstáculo para convertirse en la oportunidad de negociar un brexit blando. Esa frontera es la memoria de una herida muy presente, la que durante años sembró muertos y terror. Levantar de nuevo la marca hubiera sido volver al escenario anterior a los Acuerdos del Viernes Santo (1998) que hicieron posible la paz. Y pocos estaban dispuestos a ello. Para evitar la frontera entre las dos Irlandas se ha recurrido a mantener en el Ulster el mercado único y en la unión aduanera a cambio de que haya una “convergencia regulatoria” entre la provincia del Reino Unido y la República de Irlanda (UE). Ya han empezado a oírse voces que reclaman la misma solución para todo el país. Si así fuera el brexit se sustanciaría con una fórmula de asociación como la que tiene Noruega: participación en el mercado único sin intervención en sus órganos de decisión. Brexit blando, brexit que con el tiempo sería reversible porque no tiene ninguna ventaja.

No parece una causalidad que la herida abierta entre las dos Irlandas, la memoria y el deseo de no volver a un pasado sombrío, haya sido un elemento determinante para disolver parte de la ceguera ideológica. Hay otros factores sin duda. En el gen británico, junto al nacionalismo, el vector pragmático es decisivo. La humillación de May en las elecciones de junio, la presión de los sectores económicos (en especial de la city) por lo mucho que se puede perder y la firmeza de la Europa que quiere seguir unida han sido también determinantes. Pero las Irlandas que no quieren muro han contado mucho.

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A la espera de una herida que sane

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Lo viejo y lo nuevo

Fernando de Haro

El cocinero y el político. Lo nuevo y lo viejo. Lo nuevo buscado con ahínco, con mucho anhelo, casi con angustia. Lo viejo, como un respiro, como un alivio, pero insuficiente. Dos escenas. Una en Madrid y otra en Berlín. En Madrid, me toca entrevistar delante de un público selecto a Ferrán Adrià. El cocinero más famoso del mundo, cinco años después de haber cerrado El Bulli, el restaurante que fue sinónimo de revolución, sigue rodeado de gurús de la tecnología, de las finanzas, de la gestión que esperan de sus labios el método para crear lo nuevo, para identificar una ley universal de la que surja la creatividad. En Berlín, horas después, Martin Schulz, el líder del SPD, anuncia las condiciones para que vuelva lo viejo, el posible acuerdo con Angela Merkel que reedite algo parecido a la Gran Coalición. Respiro porque las palabras de Schulz alejan el fantasma de nuevas elecciones en Alemania. Alivio porque lo conocido vuelve, porque la fórmula supone más Europa y se despejan las incertidumbres.

¿Será que lo nuevo es solo un juego para snob? No parece a juzgar por la seriedad con la que escuchan mis preguntas y las respuestas de Adrià los directivos de las grandes corporaciones. Al cocinero le han convertido en profesor de Harvard y los sesudos profesores del MIT, que trabajan 16 horas y duermen en el despacho, se desviven por escuchar la receta que convirtió lo de siempre, comer y dar de comer, en un nuevo mundo. Adrià cobra 80.000 euros por conferencia, pero sus respuestas dejan insatisfecho a quien busque una fórmula general. La creatividad no es continuidad ni desarrollo, pero tampoco surge de la nada, aparece en una larga tradición, en este caso la de alimentarse. “Hicimos algo distinto, llevamos la cocina al límite, pero seguía siendo cocina, no era una performance”, señala. Trabajo, horas, renovación de plantilla… Parece difícil encontrar el secreto que hizo saltar una particular chispa frente al Mediterráneo, bajo unos pinos catalanes.

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India: el nuevo muro

Fernando de Haro

Francisco ha iniciado su esperado viaje a Asia en Nueva Delhi. Ha aterrizado este lunes en el aeropuerto Indira Ghandi de la capital de la India. Y ha sido recibido por el primer ministro Narendra Modi. El hecho de que el líder del BJP, un partido muy nacionalista y muy hinduista, le haya dado personalmente la bienvenida supone un gesto de una gran transcendencia. Han sido muchos los que han acudido a saludar al Papa en su trayecto hasta el centro de la ciudad, en su mayoría hinduistas. El cristianismo es absolutamente minoritario en este país (2,5 por ciento de la población) pero la visita es decisiva porque dos de cada diez habitantes del mundo son indios.

El Papa, después de los primeros discursos de bienvenida, y de un breve descanso en la nunciatura, se ha dirigido en un modesto utilitario a Trilokpuri, uno de los grandes slums (barrio marginal) de la capital. Un slum en el que viven los pobres de los pobres, los dalit, los que no tienen casta. Ha querido, antes de pronunciar palabra alguna, entrar en una de las infraviviendas del barrio y abrazar a un matrimonio de “impuros”. Luego, en una breve intervención, ha asegurado que “para que estos hombres y mujeres concretos puedan escapar de la pobreza extrema, hay que permitirles ser dignos actores de su propio destino”. La frase se ha entendido como una crítica al sistema de castas que sigue vigente en la India. El Papa ha añadido: "la libertad religiosa es un derecho fundamental que da forma a nuestro modo de interactuar social y personalmente con nuestros vecinos, que tienen creencias religiosas distintas a la nuestra". Y ha terminado su intervención señalando que “los líderes religiosos estamos llamados a desenmascarar la violencia que se disfraza de supuesta sacralidad (...), a poner al descubierto los intentos de justificar todas las formas de odio en nombre de las religiones”.

Los dos párrafos precedentes son una fake news, una noticia falsa. El Papa ha iniciado su viaje a Asia, pero no ha podido ir a la India. Francisco no ha estado ni estará en Delhi. Lo único verdadero son las frases entrecomilladas (pronunciadas en Naciones Unidas, en el viaje a Estados Unidos y en el viaje a Egipto en la mezquita de Al-Azhar). Porque las frases son ciertas, el resto de la noticia tenía que ser falso. El nacionalismo hinduista del BJP, el partido del primer ministro Modi, quería evitar que esas palabras pudieran pronunciarse, que el abrazo a los dalit pudiera tener lugar.

La India, la mayor democracia del planeta, el país con más periódicos del mundo en inglés, con una tasa de crecimiento del 8 por ciento en 2015, capaz de competir por la juventud de su población y por la calidad de su educación en algunos sectores con China, es un país gobernado por un nacionalismo que instrumentaliza la religión.

Modi acumula un poder considerable. La gente le ama. Según el Pew Research Center nueve de cada diez indios le valoran bien. Su partido ha dejado atrás la vieja hegemonía del Partido del Congreso, el partido-estado de los Ghandi, y controla 18 de los 29 gobiernos regionales. Nadie duda de que la hegemonía del BJP se prolongará más allá de las elecciones legislativas de 2019.

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Soplando en soledad

Fernando de Haro

Tres escenas londinenses de la semana pasada. Miércoles: un grupo de estudiantes avanza por las calles de selecto barrio de Bloomsbury, muy cerca de la universidad central de la ciudad (UCL). Marchan bien organizados, al son de varios tambores, coreando consignas que piden un descenso drástico de las tasas universitarias. Un curso de grado puede llegar a costar 10.000 libras y consideran insultante que el Gobierno May haya prometido bajarlo a 9.500. La manifestación exhibe pancartas grandes y pequeñas, hay orden. Las bengalas de colores que encienden los estudiantes le dan un toque estético a la protesta. En su cara hay excitación, parecen estar contentos de luchar juntos por una buena causa. Es el gusto de hacer con otros. Los organizadores, que cuentan con el apoyo del Partido Laborista, esperaban a 10.000 participantes. Al pasar por Russell Square, los movilizados no llegan a 1.000. El vínculo de la causal social ha movido a pocos.

También el pasado miércoles. También en el barrio de Bloomsbury. Oficinas de la sede de Google. Ambiente informal, oficina de cristal. Reunión de los responsables de estrategia de YouTube. Un puñado de jóvenes directivos, con una media que no supera los 30 años, educados en las mejores escuelas de negocios del mundo, estudian el tiempo máximo y el tiempo mínimo que pueda durar un anuncio en cada una de las regiones del mundo para que el “vinculo” entre los anunciantes, los usuarios de la red social y los productores de contenidos no se vea perturbado. Están decidiendo el vínculo virtual que unirá a millones de personas en el planeta, vínculo de segundos, vínculo que no es vínculo.

Tercera escena. David Davis sale de Downing Street y anuncia que el acuerdo del Brexit se someterá al examen del parlamento. Es lo que exigían muchos diputados. El viernes Davis asegurará que el Reino Unido ya ha sido todo lo flexible que puede ser en su oferta de divorcio para separarse de la Unión Europea. El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, le contestará que debe estar de broma. La Unión Europea lleva semanas exhibiendo dureza. La ruptura del vínculo entre el Reino Unido y los 27, que iba a traer el paraíso, se ha convertido en un infierno para la política británica. Tras la arrogancia de los primeros meses se ha hecho evidente la división entre los miembros del Gobierno, entre la clase dirigente y los políticos, entre los londinenses y el resto del país. El proyecto nacional que siempre estuvo claro ahora no aparece por ningún lado.

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Caso Trump: ¿cómo valorar a un político?

Fernando de Haro

Primer año de la era Trump. Doce meses después, su apoyo popular es uno de los más bajos de un presidente reciente: poco más del 30 por ciento. Hay que remontarse a Harry Truman, en 1946, para encontrar un nivel tan bajo. ¿Un fracaso?

El presidente de los Estados Unidos era hasta ahora una figura tendencialmente “inclusiva”, el de todos los estadounidenses. Pero con Trump la presidencia ha cambiado radicalmente. Es el presidente post-moderno que ha perdido la aspiración al bien común: un particular que representa a un particular sector de la población, a una minoría mayoritaria sin voluntad de universalidad. Obama y Bush, los dos expresidentes vivos más distanciados ideológicamente entre ellos, han coincidido en cargar contra las políticas del inquilino de la Casa Blanca. Son las críticas de la vieja política.

Trump, un año después, mantiene el apoyo de los que le hicieron presidente, y eso es lo que cuenta. Un éxito. El “alto” nivel de respaldo se apoya en un mecanismo muy líquido: a base de fake news (falsas noticias) se ha convertido en un fake president. Este es un buen momento para revisar qué ha anunciado, dando a entender que se había producido un cambio, y qué ha cambiado realmente. El primer decreto del magnate, firmado en enero en el despacho oval, fue contra el Obamacare. Tema obsesivo en su campaña. Diez meses después no ha conseguido que su partido, mayoritario en las dos cámaras, lo derribe y ha tenido que recurrir a un decreto para conseguir un retoque, importante porque modifica en parte el sistema de seguros, pero muy lejos del derribo anunciado.

En el campo económico estaba previsto un gran programa de expansión de infraestructuras con gasto público. La propuesta que llegó al Congreso era de tres billones de dólares de déficit extra, de momento la cifra ya se ha rebajado a 1,5 billones. Y ya veremos qué sucede si efectivamente se pone en marcha la reforma fiscal prometida. No es posible recaudar menos y gastar más.

El presidente ha dado un giro relevante a la política exterior de Estados Unidos en Oriente Próximo, pero mucho menos agudo de lo que asegura su propaganda. Uno de los pocos aciertos de la política exterior de Obama fue el acuerdo con Irán para frenar su programa nuclear. Sirvió de contrapeso a la relación preferente con Arabia Saudí. Trump, por el contrario, ha cultivado el eje Arabia Saudí-Israel para atacar Irán. Ha anunciado que no certificará el acuerdo, pero no lo ha roto y lo ha dejado en manos del Congreso. En Siria, se puso teóricamente frente a Bashar Al Assad y los rusos, con el bombardeo de la base aérea de Shayrat por el uso de armas químicas. Pero ha acabado llegando a un entendimiento práctico con Moscú. Lo mismo ha sucedido con China.

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Caso Trump: ¿cómo valorar a un político?

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La inteligencia tiene nombre de encuentro

Fernando de Haro

Dos meses escasos para que termine 2017 y se puede decir que en Europa hemos parado el golpe. La política monetaria expansiva del BCE, que muy poco a poco se va reduciendo, ha permitido mantener un cierto crecimiento económico. Francia y Alemania han frenado los populismos. La UE ha ganado peso por su firmeza en la negociación del Brexit y se ha hecho imprescindible para que la crisis de Cataluña fuera encauzada de forma razonable. No podemos ni imaginar lo que hubiera significado para España la pretendida secesión sin el auxilio de la Comisión o en el Parlamento europeo. Puigdemont, el expresidente catalán fugado de la justica, solo ha encontrado cierto eco en Bruselas porque Bélgica es un país separado por un muro, el que divide al nacionalismo flamenco del nacionalismo valón.

¿Tiempo pues para retomar proyectos, para reconstruir el edificio derrumbado sobre los cimientos que han quedado en pie? ¿A pesar de que la extrema derecha se haya convertido en la tercera fuerza en Alemania? ¿A pesar de que la mitad de los catalanes quieran un estado independiente porque persiguen un proyecto nacionalista? Hace unas semanas, la investigadora Catarina Kinnvall, de la Universidad de Lund (Suecia), publicaba “Racism and the role of imaginary others in Europe”. El estudio constata el aumento de la xenofobia entre los europeos. Es el miedo, según la profesora, lo que genera la nostalgia de una “identidad pura”.

El tiempo de la claridad, el tiempo de la luz parece haber desaparecido. Solo hay amenazas. Hay quien insiste en recurrir a la voluntad. A comienzos del año que entra va a publicarse (el título lo dice todo) “Enlightenment now: The case for reason, science, humanism and progress” (Ilustración ahora, el caso para la razón, el humanismo y el progreso). Será el último libro de Steven Pinker, psicólogo y filósofo del lenguaje, referencia de culto del liberalismo más optimista. Pinker lo deja muy claro: frente al nacionalismo y al populismo, la solución es defender la democracia, la ley y el orden, defender con militancia los valores de la Ilustración. Se podría añadir, quizás con más sutileza, para completar el argumento de este canadiense, que es necesario hacer un ejercicio de inteligencia y decir, en esta época de crisis, toda la verdad. La tradición liberal, la tradición cristiana, todas las tradiciones aún en pie, deberían someter a examen “la gran deriva” de la luz a la incertidumbre y construir un edifico sólido y consistente de argumentos y juicios que den adecuada respuesta.

Es una solución que, a juzgar por los resultados, puede calificarse como un ejercicio de voluntarismo, en palabras del sociólogo español Víctor Pérez Díaz. Un ejemplo es lo que sucedió minutos después de que en Cataluña se declarara la independencia. El ex vicepresidente Oriol Junqueras, hombre culto, aseguró que la secesión se proclamaba en nombre de "valores universales que el mundo cristiano llama la igualdad a ojos de Dios, o el amor fraterno, y que el mundo ilustrado llama fraternidad, igualdad y libertad”. Un buen catálogo de valores y de juicios, desligados de la experiencia que los generó, sirven ya para casi cualquier cosa.

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La inteligencia tiene nombre de encuentro

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El proceso y los procesos

Fernando de Haro

El procés se ha acabado, ahora es el tiempo de los procesos. Procés (=proceso) es la palaba que se escogió para designar todos los pasos, iniciados en 2012, que debían acabar con la independencia de Cataluña. El procés, de momento, se ha terminado. El Parlament de Cataluña aprobó el pasado viernes una declaración unilateral de independencia, votada sin una buena parte de la Cámara, en un acto sin ley, sin reconocimiento internacional y sin alegría alguna.

El Gobierno en Madrid, en virtud de sus prerrogativas constitucionales, similares a las de cualquier país con estructura federal, ha disuelto el Parlament, ha intervenido temporalmente las instituciones de autogobierno y ha convocado elecciones. Lo ha hecho con un amplio respaldo parlamentario y de la comunidad internacional. Las encuestas reflejan que la decisión se ha tomado con el apoyo de una ligera mayoría de catalanes. Hay en torno a un 40 por ciento, quizás algo más, que, a pesar de la falta de respeto a ley, de la falta de seriedad del procés, de la posibilidad de que condujera a algún sitio, sigue apostando por la independencia. Un dato decisivo.

La fórmula escogida por Rajoy para la intervención del autogobierno catalán es prudente. Frente a las voces que le invitaban a aprovechar la situación para modificar toda la administración autonómica, corregir años de educación nacionalista, controlar durante un largo período de tiempo los despachos y los pasillos, el presidente del Gobierno ha optado por una intervención quirúrgica que garantice elecciones rápidas, que ponga al independentismo frente a sus contradicciones y que lo polarice todo hacia los resultados electorales. Los partidos que impulsaron la república catalana ya están pensando en el modo de participar en unas elecciones “españolas”.

Ni el Estado tenía medios en Cataluña para garantizarse el éxito en una intervención profunda y prologada. Ni se puede tener la ingenuidad de pensar que un Gobierno, por estar del lado de la ley y por contar con el monopolio de la violencia, puede revertir una mentalidad.

Si eso sucede en el terreno de la política, que es el ámbito en el que el tiempo prima de forma casi absoluta sobre el espacio, ¿qué no será en el campo de la sensibilidad, del progreso de la conciencia de un pueblo, de la superación de la ideología? En política a veces se tiene la ingenuidad de pensar que el control de los mecanismos del Estado es suficiente para garantizar el cumplimiento de la ley y los principios que la inspiran. Y en el mundo prepolítico sucede algo semejante: se piensa que la existencia de la democracia presupone que están en pie los valores antropológicos que la sustentan. Bastaría enumerar esos principios con claridad, ante una circunstancia difícil, bastaría decir toda la verdad con detalle (valor de la ley, historia de unidad, etc) para que las cosas cambiaran. En realidad, la verdad no se acredita como tal porque pueda ser enunciada, sino porque pueda ser reconocida libremente como lo más conveniente donde ha sido vivida como una fuente de mortificación.

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El proceso y los procesos

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Autodeterminación

Fernando de Haro

La Unión Europea, con sus máximos representantes, acudió en respaldo de uno de sus miembros en el momento en que su soberanía era contestada. Un cuestionamiento de lenguaje moderno y alma postmoderna. Los presidentes del Parlamento Europeo, del Consejo y de la Comisión acudieron a Oviedo, a la entrega de los Premios Princesa de Asturias, a dar soporte al Rey de España (Jefe de Estado de un socio de la Unión) y a Mariano Rajoy. Lo hicieron horas antes de que el Gobierno decidiera limitar severamente las competencias de autogobierno de Cataluña para imponer la obediencia constitucional. Antonio Tajani, presidente del Parlamento Europeo, recordó el fantasma nacionalista del pasado: “demasiadas veces se nos ha ofrecido el paraíso cambiando las fronteras, y se nos ha llevado con ello a los infiernos”. Cataluña puede ser la primera ficha de un dominó que el Viejo Continente conoce demasiado bien. “No quiero una Europa de 98 Estados”, había asegurado Juncker días antes.

El nacionalismo resurge como fórmula potsmoderna –fórmula de neo soberanía–, como proyecto de construcción de una identidad alternativa, justificada en un pasado recreado. Y lo hace como intento de respuesta frente a las incertidumbres de un mundo líquido. Los días de tensión que está viviendo España se explican por un conflicto de soberanía entendido en el modo más clásico. Es llamativo que este conflicto se produzca cuando la globalización y la fuerza de los mercados parecían haberse disuelto o relativizado las atribuciones propias de los Estados. La amenaza tradicional de la pérdida de integridad territorial, aparentemente superada porque a los nuevos poderes no les interesan los territorios sino las almas, ha resucitado al Estado clásico y las atribuciones que se le dieron en Westfalia. El Gobierno de España ha recurrido a un mecanismo límite, copiado de la Constitución de Alemania. Ese mecanismo permite intervenir y limitar las facultades de autogobierno de uno de los estados federales (en este caso autonomías). Se trata de tutelar el derecho de soberanía de todos los españoles ante un poder que se autoproclama soberano. La duda es si, en el mediano y en el largo plazo, en este mundo líquido las atribuciones del Estado clásico son suficientes.

El discurso de Carmen Forcadell, presidenta del parlamento de Cataluña, horas después de la intervención del Gobierno en Madrid, ilustra bien qué mentalidad fundamenta la voluntad de convertir el autogobierno en independencia. Forcadell se lamentó de que se hubiera vulnerado la soberanía del Parlamento catalán. Cataluña, según esta mentalidad, ya es soberana.

Esa mentalidad que atribuye a Cataluña una soberanía clásica se ha fraguado desde el siglo XIX. Fue ese momento en el que se produjo una transferencia de sacralidad. Durante un largo tiempo las iglesias siguieron llenas, pero de forma imperceptible el sujeto eclesial, como criterio de acción y de afecto, como cultura primaria, fue sustituido por el pueblo, la nación catalana. Y las iglesias se vaciaron porque lo que sobra en la vida se desecha. La salvación ya estaba en otra parte. La “razón del corazón”, propia del romanticismo, fue ocupándolo todo, la voluntad de lo que se quiere ser –y se quiere ser nación y toda nación exige un Estado– se fue haciendo más determinante que la identidad recibida.

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Al despertar, la realidad seguía allí

Fernando de Haro

Cuando despertó, cuando despertaron, la realidad seguía allí. El problema es si la realidad es el dinosaurio del cuento de Augusto Monterroso o un animal menos amenazador y frustrante. Imaginemos lo que supone tener en frente un diplodocus de 30 metros de longitud, la amenaza que conlleva si queremos sentirnos mínimamente libres.

Bastantes catalanes, el pasado martes, al comprobar que no se proclamaba de forma clara y rotunda la secesión, sintieron que el diplodocus seguía allí. Algunos que trabajan en el campo se llevaron esa tarde la radio como compañera, otros cerraron antes la empresa, todos conectados al móvil. La independencia no fue declarada, pero sí suspendida por el presidente de la Generalitat. Frustración y rabia.

La realidad seguía allí. 540 empresas han cambiado de domicilio porque no quieren estar donde no hay seguridad jurídica. Cataluña se ha quedado sin grandes bancos, el gran destino turístico que es Barcelona ha visto caer de forma drástica sus reservas. La gran burguesía que “hizo el país” y que tan ambigua había sido durante tanto tiempo pedía echar el freno. El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, reclamaba que se respetase el orden constitucional. Horas más tarde el presidente de la Comisión Europea, Jean Claude Juncker, dejaba claro, una vez más, que no quería una Cataluña independiente, porque no quería una Europa de 98 Estados. Porque –Juncker no lo dijo explícitamente, pero todos los sabemos– la construcción europea ha sido, con todas sus limitaciones, el esfuerzo más inteligente que se haya hecho nunca para superar ese espejismo que es el nacionalismo, el que llevó a millones de jóvenes a alistarse en varias guerras como si fueran al paraíso, el que luego los dejó muertos, mutilados de alma y cuerpo en el fondo de las más oscuras trincheras.

¿Por qué esos vientos del nacionalismo vuelven a soplar con fuerza en Europa? La carta de la CUP, la formación anticapitalista en la que se apoya la Generalitat, pidiendo ya la república catalana permite entender el proceso. Está en juego, decía la misiva, la posibilidad de ser feliz. “Seguiremos –afirmaban– sin apoyos de mercados y estados, seguiremos sin grandes riquezas naturales y sin poderes económicos que nos den apoyo, pero lo haremos con la gente y con sus esperanzas y con toda su dignidad”.

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Al despertar, la realidad seguía allí

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No basta con ser libres e iguales

Fernando de Haro

“Durante décadas ha existido un consenso sobre lo que es la democracia, pero ese consenso se ha perdido”. Estas palabras de Kazuo Isighuro, tras conocer que había sido galardonado con el Premio Nobel de Literatura de este año, quizás sean las más oportunas para comprender qué sucede en Cataluña. En una Cataluña en la que se puede producir una declaración de independencia en las próximas horas. Isighuro, que sitúa en el mismo plano la amenaza de los nacionalismos y de los populismos, apunta que “el mundo no tiene ninguna seguridad sobre sus valores”.

Digámoslo otra vez. Desde el principio. Para despejar cualquier duda. Para los analistas británicos, franceses, y sobre todo los italianos, para los desinformados, románticos o quintacolumnistas del nacionalismo y del populismo que aprovechan las circunstancias para minar la actual Europa. La declaración de independencia de una región europea, después de haber celebrado una consulta sin garantía de ningún tipo, anticonstitucional, no reconocida por la Unión, en contra de la soberanía de un país miembro, es un disparate que va a generar mucho sufrimiento. Es una forma de violencia política hacerlo después de que esa consulta trucada (con votos repetidos y sin un recuento digno de tal nombre) arrojara solo el apoyo del 38 por ciento del censo. La legalidad debe reinstaurarse. Repetido.

Ante el disparate, y ante la falta de un relato consistente por parte del Gobierno del PP, se ha abierto paso la respuesta de un grupo de pensadores y de ex políticos que defienden el patriotismo constitucional en nombre de los ciudadanos libres e iguales. Libres e iguales frente a los que actúan contra la ley. Ya hace algunos años se creó una plataforma con este nombre. Sus miembros más activos son los que más se han movilizado. La iniciativa es muy saludable en una España en la que faltan sujetos sociales con capacidad de reflexión crítica. Todo iría mejor si desde muchos sitios surgieran realidades parecidas. Muchos de los miembros de esta plataforma han tenido que trabajar en condiciones muy difíciles y han superado ese escepticismo cínico de los intelectuales que se lo saben todo, que piensan que no hay verdad por la que merezca sacrificarse.

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No basta con ser libres e iguales

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Cataluña, hora de reconstruir

Fernando de Haro

El 1 de octubre, día fijado para la celebración de un referéndum de autodeterminación de Cataluña no permitido por el Tribunal Constitucional, es ya un día muy triste para la reciente historia de España. Ha sido un día en el que las autoridades han vulnerado la ley, un día de violencia, y un día en que la dialéctica amigo-enemigo ha alcanzado unos niveles que en pocas ocasiones se habían visto desde la recuperación de la democracia. La fractura social, ya muy honda, se ha agravado.

Aunque en estos momentos reine la confusión, al menos algunos hechos parecen firmes. Un Gobierno autonómico legítimamente constituido ha ido más allá de lo que era jurídicamente y políticamente razonable en su plan de celebrar una consulta que estaba vetada. Para no obedecer las decisiones de los jueces, que habían ordenado incautar el material electoral y cerrar los colegios, se han realizado ocupaciones, actos de resistencia a la autoridad favorecidos por el mismo Gobierno y se ha mantenido una consulta sin garantía alguna que no puede ser llamada con seriedad referéndum. La policía autonómica ha desobedecido a los jueces. Y la Policía Nacional y la Guardia Civil, las policías de todo el Estado, han actuado en sustitución de la policía autonómica en unas condiciones en las que ni podían conseguir lo que habían establecido los tribunales –la clausura de todos los colegios electores– ni podían evitar el uso de la fuerza. Un uso de la fuerza que, en este caso, para muchos ha sido una pérdida de legitimidad del Estado.

Todavía habrá quien se sienta orgulloso de lo ocurrido. Pero sea cual sea la pertenencia ideológica, al menos se puede concordar en que la experiencia que estamos teniendo es negativa, por lo menos traumática y poco deseable.

No sabemos lo que puede suceder en las próximas horas. Lancemos una provocación, al menos para recuperar un poco de aire en medio de un ambiente que a todos se nos ha vuelto asfixiante. ¿Y si toda esta grave crisis que se vive en Cataluña y en el resto de España fuera una oportunidad?

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Cataluña ante el gran desafío

Fernando de Haro

Faltan pocos días para el referéndum secesionista en Cataluña. Una de las voces que con más sensatez se han pronunciado en las últimas horas ha sido la de Joan Manuel Serrat. El cantautor catalán, exiliado durante unos años en la época de Franco, partidario del derecho a decidir, ha criticado la consulta convocada para el próximo domingo. La considera “poco transparente”, apoyada en una ley catalana que se ha aprobado sin discusión alguna y a las espaldas de la oposición. “Votar sí, pero no así”, ha venido a decir. Pero quizás lo más interesante de lo que ha señalado Serrat es que “en Cataluña hay una fractura social que tardará mucho tiempo en superarse”.

La convocatoria y el mantenimiento de la convocatoria del referéndum en Cataluña, también la respuesta que se le está dando, es una muestra estrepitosa de cómo aquellos valores y evidencias que sustentaban la democracia –los dábamos por adquiridos para siempre– se han disuelto de forma silenciosa. La evaporación de esas certezas ha seguido un proceso casi inadvertido, las consecuencias están formando un gran escándalo.

Justificar la violencia o no querer verla, pensar que el proyecto en el que uno cree debe salir adelante cuando la mitad de la sociedad no lo comparte y exigir su materialización cuando está en contra de las leyes y de las instituciones… todo eso supone que convencimientos que fueron elementales se han esfumado. No hacer daño, aceptar con realismo los límites del marco constitucional, primar en política la paciencia que exige el tiempo sin sucumbir a las urgencias del espacio, no convertir la mayoría en la regla única de la convivencia… eran algunas de las certezas cívicas que se han derrumbado. También ha desaparecido la evidencia de que la sola ley, por mucho que se insista en ella, no puede fundamentar la democracia.

Pero de todas las evidencias elementales, la que más ha sufrido es la que reconoce en el otro, piense como piense, sienta como sienta, a un compañero de camino. A eso es lo que apunta Serrat con inteligencia. A las conversaciones censuradas mientras se almuerza en familia, a la renuncia al esfuerzo por relatar aquello que se desea y en lo que se cree, al ruido atronador de discursos cerrados, al no escucharse. Para vivir hay que estar callado. Y mientras calla la voz de la vida solo se siente el parloteo de los aparatos. Casi todas las heridas se pueden cerrar, siempre y cuando los miembros de una sociedad mantengan una estima por el que consideran diferente. Sin la experiencia que los españoles hicieron durante la Transición y los europeos tras la II Guerra Mundial, se mira con recelo, con miedo al otro y surge la pretensión de eliminarlo cívicamente porque se piensa que resta algo. Una identidad madura, segura de sí misma –que es lo que falta– convierte la relación con otro en una ocasión.

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Más allá de los barrotes de nuestros valores

Fernando de Haro

A las afueras de Milán todavía hay pegados algunos carteles de un acto político celebrado hace unas semanas con la frase: “Un nuevo inicio con nuestros valores”. Es el lema de la escisión del PD de Renzi, que ha dado lugar al MDP, un partido que, liderado por el histórico Bersani, reivindica las esencias de la izquierda. En realidad, en toda Europa, y en todo el mundo, la izquierda y la derecha hablan de la necesidad de volver a “nuestros valores”, a los que en otro tiempo nos definieron, a los que nos dieron una identidad segura antes de que la globalización pusiera patas arribas todo. ¿Ha sido la globalización realmente la que nos ha “robado” una identidad estable? ¿O ha sido esta creciente diversidad que inunda el mundo?

“Nuestros valores”, lo que nos han quitado o nos quieren quitar. ¿Cuáles son esos valores? Los de nuestra nación, los de nuestra religión, los de nuestro pueblo… Sí, bien. ¿Pero cuáles son los valores de nuestra nación, de nuestra religión o de nuestro pueblo? A la segunda pregunta, quizás a la tercera, las respuestas se hacen más dubitativas, más imprecisas. La mayoría de los mortales no sabríamos responder con precisión. Los intelectuales, los clérigos, los tertulianos son los que saben recitar los idearios. En un porcentaje altísimo esos idearios son nocionales, doctrinalmente perfectos, sin carne alguna de experiencia. Los intelectuales se ganan a menudo el sueldo explotando la sensación que muchos tienen de haber sufrido un robo de lo suyo.

En esta época, que la profesora de literatura de Harvard Svetlana Boym ha calificado como una época afectada por una “epidemia de nostalgia”, domina un sentimiento de pérdida y desplazamiento, un deseo de reconstruir un hogar perdido, que en realidad nunca ha existido. Es lo propio de un momento de desconcierto.

Como señaló Bauman en uno de sus últimos escritos antes de morir, el anhelo de volver a una patria moral que nunca existió está acompañado de un retorno a la tribu. Los síntomas están por todos lados. Prosperan los que ofrecen una versión simplificada de los hechos. A pesar de las llamadas al diálogo, nadie escucha a nadie porque se ha creado un filtro emocional. Y solo se oyen aquellos mensajes que tienen un significado emotivo para quien necesita más que nunca alguna forma de pertenencia. El debate solo tiene como propósito conjurar la ansiedad para mostrar al adversario lo ciego y lo sordo. El otro sirve, fundamentalmente, como señalaba el gran sociólogo, para “saciar nuestra propia sed de superioridad”. Si no existieran los extranjeros, los gentiles, los enemigos de la verdad, los grandes centros de poder que están cambiando el mundo habría que inventarlos.

La ciudad que dice estar construida sobre los pilares de la racionalidad, la eficiencia y la utilidad se fragmenta en bandos que, a través de una recompensa afectiva, prometen reducir la incomprensible y paralizante complejidad de un mundo que se percibe como amenaza.

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Colombia: el Papa que enseña a hacer justicia (y pueblo)

Fernando de Haro

Ha vuelto a suceder, como ocurrió hace unas semanas en su viaje a Egipto. Francisco, en su viaje a Colombia, ha vuelto a desatar un nudo que parecía definitivo, o al menos ha indicado el camino para deshacerlo. En El Cairo fue el problema de la incomprensión entre las dos religiones mayoritarias, el cristianismo y el islam.

En Colombia Francisco ha afrontado muchas cuestiones, imposible subrayar todas. Pero ha destacado su atención a la violencia sufrida, la fractura de una sociedad en la que los paramilitares y las FARC, también los narcos, han dejado profundas heridas y el reto histórico, fundacional, presente desde hace 200 años, de una Colombia, de una América Latina, dividida entre los criollos y el pueblo.

Son dos retos regionales pero también universales en el mundo de la globalización: la reconstrucción tras la violencia y la integración de identidades diversas.

Francisco ha subrayado una premisa de método que en América Latina resuena con especial relevancia. Si hay una parte del mundo donde se han ensayado mediaciones y alianzas ideológicas para dar eficacia social al Evangelio, esa ha sido la tierra que ha visitado el Papa. Podemos remontarnos a la alianza con el marxismo tan propia de los años 70 y 80 del pasado siglo, a las dictaduras de derechas que dijeron ser católicas, a los nuevos populismos indigenistas o a las respuestas antipopulistas de corte neoliberal, Francisco ha sido rotundo frente a la tentación de una presencia que busca palancas de poder o de partido, la Iglesia que quiere Francisco es una Iglesia libre de ataduras. “A la Iglesia no le interesa otra cosa que la libertad de pronunciar esta Palabra. No sirven alianzas con una parte u otra, sino la libertad de hablar a los corazones de todos”, señalaba en el encuentro con los obispos en Bogotá. La llamada de atención es para todos.

Ya antes de que comenzara el viaje, la elección de Colombia como destino tenía un gran valor simbólico. Francisco ha querido apoyar un proceso de paz que ha puesto fin a décadas de conflicto y que ha encontrado una gran resistencia no tanto entre los que han sufrido la violencia sino, sobre todo, entre jóvenes de origen urbano. Esos jóvenes, a los que el expresidente Uribe ha servido de referente, han sido quienes más han rechazado las condiciones ofrecidas y aceptadas por las FARC. El proceso de paz, es cierto, ha sido generoso y ha permitido a los antiguos combatientes algo más que acogerse al estricto cumplimiento de la ley. Ha sido un gran proceso de justicia restaurativa en la que los responsables del mal lo han reconocido y han pedido perdón a las víctimas.

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Reentrada: entre la bioquímica y la filosofía zen

Fernando de Haro

“Ok Google”. El chatbot del teléfono móvil se enciende inmediatamente. De hecho, últimamente es casi imposible decir la palabra ok sin que el todavía rudimentario mecanismo de reconocimiento de voz se ponga en marcha. “Ok Google, empieza el curso. ¿Qué puedo desear en esta reentrada, qué me recomiendas tú que has leído todos mis correos electrónicos, tú que sabes cuánto tiempo empleo en ir y volver del trabajo, tú que has analizado todas mis búsquedas en los últimos meses, tú que conoces mis “me gusta” en Facebook y el uso que he hecho de Twitter? ¿Cómo me va a afectar el proyecto de independencia de Cataluña al que le falta menos de un mes para llegar a la fecha fijada? ¿Qué crees que me convendría hacer antes las elecciones alemanas? ¿Crees que una victoria amplia de Merkel, como la que se espera, puede afectarme personalmente? ¿Tras la victoria de Macron, una contundente victoria de Merkel, me permite esperar que el modelo europeo que sabes que tanto me gusta se consolide y supere la amenaza del populismo? ¿Cómo va evolucionar el desgaste de Trump? ¿Puedo esperar razonablemente que las instituciones estadounidenses lo terminen aislando? ¿Y de mí qué me dices, Google, qué me dices de esos propósitos que me he hecho en los días de descanso? ¿Te parecen bien? ¿Crees que pueden darme un poquito de esa satisfacción que tanto deseo? ¿O debería abandonarla? Vamos Google, si yo tuviera una décima parte de los datos, una centésima, sobre el mundo y sobre mí mismo que tú tienes sabría responder con claridad a todas esas preguntas”.

El chatbot emite la señal de que está pensando. “Lo siento, todavía no estoy preparado para responder a estas cuestiones”. La voz suena dulce y en el “todavía” hay un acento de esperanza que invita a intentarlo de nuevo.

“Ok Google”. “Vamos a simplificar. De la política ya hablaremos otro día. Quédate con la última pregunta. No te voy a explicar que cada comienzo de curso, cada reentrada, despierta en nosotros los humanos la nostalgia de que las cosas vuelvan a empezar. Sé que el algoritmo todavía no está muy desarrollado para la empatía, para procesar la información relacionada con las cuestiones de autoconciencia, de sentido. Vayamos a lo esencial: ¿con las metas que me he marcado podré conseguir una pequeña dosis mayor de satisfacción este curso?”.

Silencio. Google está pensando. “Lo siento, todavía no estoy preparado para responder a esa pregunta pero puede consultar nuestro buscador”.

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Malditas malas palabras de partido ante el yihadismo

Fernando de Haro

Habíamos deseado como se desea en la sala de espera de un médico especializado en enfermedades terminales. Habíamos esperado, y no por eso hemos sido inocentes, que esta vez fuera diferente. Casi sin querer mirar las portadas de los periódicos y, por supuesto, sin abrir nuestra cuenta en las redes sociales, sin escuchar a los tertulianos que para ganarse el suelo defienden a unos u otros. Pero ha vuelto a suceder como sucedió en 2004. No quisimos escuchar al ministro del Interior hace unos días anunciado la disolución de la célula que había atentado en Cataluña, cuando todavía no estaba detenido el sospechoso del atropello de la Rambla. No quisimos escuchar al consejero de Interior distinguir entre los muertos españoles y los muertos catalanes.

Pero ya no podemos hacer oídos sordos, el yihadismo ha vuelto a conseguir lo que obtuvo hace 13 años: un daño que no se limita a los muertos y a los heridos. El daño de no reconocer que los únicos culpables son los terroristas, el daño perverso de hacer culpable al Gobierno de Madrid, a los musulmanes, cada cual a su “otro”, al que no quiere reconocer, al que quiere ver detrás de un muro. La culpa se transfiere retratando la mezquindad ideológica del transferidor.

En 2004, tras el 11-M, el Gobierno del PP vivió las horas más extrañas que haya vivido un Gobierno en Europa porque la inercia ideológica le impedía admitir, en momentos decisivos, la hipótesis de que tras los atentados estuviera el yihadismo. No era conveniente, no era posible. Para la burbuja ideológica del PSOE era necesario y conveniente que el atentado fuera un acto de venganza del yihadismo contra la guerra en Iraq. La realidad fue, como siempre, más compleja. Fue el yihadismo, pero con una decisión que se había tomado antes de que la guerra empezase.

La ideología está blindada con hormigón, un material en el que rebotan las bombas y los atropellos. La onda expansiva se multiplica y, después de las víctimas mortales, muere la nación, muere el país, muere la vida social. Porque todas las partes necesitan un chivo expiatorio. Y se deja de escuchar a los muertos y a los heridos y solo escuchan las voces profanas, las voces de partido.

Los defensores de la independencia de Cataluña tenían toda la legitimidad para reclamar un nuevo país. Pero no deberían estar orgullosos de que el actual presidente de la Generalitat haya sugerido en Financial Times que la culpa de lo sucedido la tiene Madrid por haber enviado menos dinero y por no haber dejado a la policía catalana recibir la información que utiliza Europol. Puigdemont, el presidente catalán, ha encarnado la expresión superlativa de esa socialización de la culpa que solo afecta a quien ya considere culpable de todo: se llame Gobierno de Madrid, para otros Generalitat, musulmanes, inmigrantes… la lista es larga.

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Malditas malas palabras de partido ante el yihadismo

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Meeting de Rímini: nuestra herencia no viene de ningún testamento

Fernando de Haro

“Nuestra herencia no proviene de ningún testamento”, decía el poeta surrealista René Char. Y, sin embargo, desde que estallara la crisis de las subprime hace diez años y desde que la globalización económica ha hecho notar sus efectos en todo el planeta, no se habla más que del testamento. De los testamentos legados por un pasado que se recuerda con nostalgia, como una época dorada. Sería la recuperación de ese pasado el que permitiría tener una identidad fuerte ahora que las soberanías nacionales están diluidas y solo impera el mercado. Esta operación está en la base de muchos de los fundamentalismos que han crecido a comienzos del siglo XXI.

En nombre del pasado, el salafismo quiere recuperar las tradiciones medievales del Golfo Pérsico. Pretende universalizarlas y convertirlas en la forma definitiva de un islam que se siente agredido por la modernidad. También en nombre del pasado el movimiento nacionalista hindú, que gobierna al 20 por ciento de la población mundial, y que ha crecido con la ruptura de las barreras culturales, pretende mantener estable un sistema de castas. Tiene 5.000 años -aseguran sus responsables-, ¿por qué tenemos que cambiarlo? Los tiempos pretéritos son, de igual modo, los que se invocan para conseguir un rearme moral que responda a las nuevas ideologías de la deconstrucción. El Meeting de Rímini ha comenzado este domingo. Tiene como lema: “Lo que heredaste de tus padres, vuelve a ganártelo para que sea tuyo”. Habla de una herencia pero, por lo que hemos visto en su arranque, no parece que sea una simple reivindicación del pasado.

En realidad, es imposible fundar una identidad en un testamento que per se tuviera la fuerza de mantenerse en pie. El hecho de que se invoque continuamente el pasado es la mejor constatación de que la tradición se ha roto. La tradición, cuando estaba viva, siempre era algo del presente. Se habla mucho de testamento, de legado, porque está perdido.

El fracaso para transmitir la tradición europea que se produjo hace décadas en la mayoría de nuestros colegios o la impotencia de muchas familias musulmanas para transmitir la pertenencia a una comunidad islámica, en un contexto occidental, ha provocado que los mercados de las ideologías coticen al alza las “identidades de sustitución”. Son barnices baratos, pertenencias virtuales que no tienen capacidad para desafiar la razón ni para sostener la fatiga del vivir. Muchos de los nuevos terroristas yihadistas, antes de atentar en nombre del Corán, se han dedicado a la droga y alcohol. No vienen de ninguna historia consistente relacionada con el islam. Cuanto uno más bucea en los orígenes del islamismo político suní y chiita, más se encuentra la pista del pensamiento revolucionario y rupturista que se enseñaba en las universidades europeas hace décadas. Lo mismo sucede con el hinduismo ideológico fabricado en el Reino Unido con los moldes del nacionalismo del XIX.

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Barcelona: la urgencia de vivir a la altura del desafío

Fernando de Haro

Horas de muerte, de terror, de miedo y de confusión en Barcelona, el destino turístico más visitado de Europa. Atropello en Las Ramblas, en el centro de la ciudad, una decena de asesinados y ochenta heridos. Durante horas información confusa y el miedo a que los terroristas estuvieran atrincherados. Antes de cualquier análisis, lo primero es un instante de humanidad, una oración de quien sepa rezar por las víctimas, los heridos y su familia. Un segundo para tomar en consideración el dolor de cada uno de los golpeados. Sin ese gesto para hacernos cargo del mucho sufrimiento, el mal que quieren sembrar los bárbaros se expande. España lo sabe bien. Ante la voluntad de causar un mal irreparable por parte de quien conducía la furgoneta de la muerte, solo un gesto de libertad, gratuito, de com-pasión para afirmar la vida está a la altura del reto. Los cientos de donantes de sangre que han visitado los hospitales de Barcelona en las últimas horas lo intuían. A los que vierten la sangre solo se les responde con un acto de donación. Sabemos que es necesario conseguir medidas de seguridad más eficaces, más colaboración policial en Europa, más inteligencia geoestratégica para acabar con los santuarios que alimentan el yihadismo, más y mejor educación para combatir el radicalismo de grupos minoritarios que abrazan un nihilismo huérfano de identidad. Pero todo eso no será suficiente. Solo una respuesta gratuita que afirme la vida es eficaz.

Hasta ahora España había quedado a salvo de la barbarie de los violentos que siembran la muerte con atropellos. Hace algo más trece meses comenzaron con el atentado de Niza y luego vinieron Estocolmo, Berlín, París y Londres (en tres ocasiones). La policía esperaba algo así. El terrorismo yihadista ya hizo mucho daño hace 13 años en Madrid, el conocido como 11-M dejó casi 200 muertos. Pero aquel yihadismo, el de Al Qaeda, ya es algo muy lejano. Los atentados de Atocha fueron preparados por una célula de extranjeros a las órdenes de uno de los responsables de una organización terrorista vertebrada, organizada, que se vengaba de detenciones previas. Esto es otra cosa. Aquí estamos ante un terrorismo que no necesita ni comandos, ni organización, ni preparación previa. La policía española lleva muchos años consiguiendo importantes logros en la lucha contra el terrorismo islamista. Pero ni la experiencia acumulada tras los atentados de 2004 en Madrid, ni la intensa actividad policial que ha permitido detener a 200 yihadistas en los últimos cinco años ha impedido que se produjera un atentado que es muy difícil de evitar. Aunque la integración de los dos millones de musulmanes que viven en España es alta, hay algunas bolsas de radicalismo violento en la provincia de Barcelona, en Ceuta y Melilla (ciudades en suelo africano) y en el área metropolitana de Madrid. Los que planean el dolor pueden ser identificados, los que no utilizan planificación alguna son casi invisibles.

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El loco, las pastillas y la geoestrategia

Fernando de Haro

La época de la Guerra Fría desarrolló fórmulas diplomáticas mucho más complejas de las que se usan en estos tiempos. En plena tensión con el bloque comunista, la administración estadounidense creó la llamada “teoría del loco” como instrumento disuasivo. La utilizó el equipo de Nixon para intentar forzar a los vietnamitas a negociar. Kissinger tuvo mucho que ver en el desarrollo de un recurso que consistía en hacer creer a los soviéticos, o a cualquier potencial adversario, que en el Despacho Oval había sentado un presidente al que no se podía controlar, dispuesto a cualquier cosa.

Quizás la “teoría del loco” se haya sofisticado. Quizás las amenazas volcadas durante los últimos días por Trump contra Corea del Norte (también contra Venezuela) sean parte de una complicada operación de disuasión. Aunque es difícil creer que todo esté planificado. El presidente de Estados Unidos ha hablado de responder con “furia y fuego”, ha asegurado que está dispuesto a disparar y a provocar algo “que no se ha visto nunca”. El Secretario de Estado, Rex Tillerson, se ha ocupado, como en otras ocasiones, de hacer de “policía bueno” y de rebajar las amenazas. Ya ha sucedido en otros incendios de los muchos que ha provocado Trump.

Más que una sofisticada operación de simulación parece que estamos ante un nuevo error, consecuencia del gusto o de la necesidad de alimentar la imagen de la “fortaleza asediada”. A Trump no le importa tener unos índices de popularidad muy bajos, pero necesita que su suelo no descienda del 36 por ciento de aprobación. Y para ese fin es necesario mantener la imagen de un gran peligro del que hay que defenderse con firmeza y de forma elemental, algo más urgente para Trump que las victorias en política internacional.

El presidente, de hecho, al enzarzarse en una polémica con Kim Jong-un ha perdido buena parte de la ventaja que consiguió hace unos días su embajadora en Naciones Unidas. Nikki Haley arrancó una interesante resolución del Consejo de Seguridad para aumentar las sanciones. El veto a las exportaciones de carbón, hierro, plomo y marisco, al que no se opuso China, supuso una gran conquista. En lugar de quedarse callado, después de semejante avance, Trump ha incumplido una de las reglas fundamentales en cualquier conflicto: no polemices, no discutas con quien está en una posición inferior. Es el mismo error que ha cometido con Venezuela. Nada le puede venir mejor a Maduro que un presidente de los Estados Unidos amenazándole con una intervención armada.

La primera advertencia de “furia y fuego” se producía curiosamente después de que Trump participara en una reunión para afrontar la grave epidemia por el consumo de opiáceos que afecta al país. La cuestión es seria y refleja el profundo “estado de infelicidad” de un importante segmento de la población estadounidense. Por mucho que algunos pretendan restarle relevancia, recordando que ya hubo unas epidemias similares por el consumo de los derivados del opio en el siglo XIX, los datos son contundentes.

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Venezuela: un cambio que puede tardar

Fernando de Haro

La palabra dictadura ha dejado de ser una metáfora para describir lo que sucede en Venezuela. El inicio de los trabajos de la falsa Constituyente, la destitución de la fiscal general Luisa Ortega -una de las pocas voces libres del chavismo que se alzaba todavía contra Maduro-, el modo en el que los opositores Leopoldo López y Antonio Ledezma han ido y vuelto desde sus casas a la prisión de Ramo Verde son todos ellos indicios más que suficientes. La decisión del Vaticano de reclamar la suspensión de la Asamblea, elegida de forma fraudulenta para redactar una nueva Constitución, supone la constatación de que el presidente venezolano ha volado todos los puentes.

La Secretaría de Estado está convencida de que en este momento no hay diálogo posible. Roma apuró hasta el final las posibilidades de un entendimiento, apuesta que muchos no entendieron. Es lógico que la Iglesia hablara con una voz a través de los obispos locales y con otra desde el Vaticano. Es una fórmula tradicional. Las críticas que ahora se formulan desde la Sede de Pedro pueden ser un buen ejemplo para Zapatero. El expresidente español intentó también una negociación que se ha visto frustrada por un régimen que no tiene ninguna voluntad de encontrar una salida a la situación. Ahora convendría que hablara.

Algunos exiliados cubanos encuentran muchas similitudes entre lo que está sucediendo este verano en Venezuela y lo que ocurrió en Cuba en enero de 1959, cuando Fidel Castro tomó el poder. No hay que exagerar los parecidos. No estamos ante un golpe sino ante un autogolpe de Estado. A diferencia de lo que ocurrió hace casi 60 años, en este caso hay un sólido bloque opositor que está resistiendo heroicamente al tirano, ahora no hay una Comunidad Internacional confundida (Estados Unidos reconoció el primer Gobierno de Fidel). Pero sí existe una alta posibilidad de que fragüe una dictadura sostenida por el ejército y por el negocio del narcotráfico de algunos de sus líderes. Una dictadura que, paradójicamente, no puede presentarse como la solución a la miseria del pueblo, al clima de terror y de violencia sino como una prolongación de una postración que dura ya demasiado tiempo.

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Venezuela: un cambio que puede tardar

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La legitimidad quebrada

Fernando de Haro

Fin de curso político. Todo parece invitar al optimismo, al menos desde la perspectiva española. Y, ¿por qué no?, también desde la europea. Hace once meses volvíamos de las vacaciones estivales con el miedo a las citas electorales en Holanda y en Francia. May estaba ya instalada en el número 10 de Downing Street con la promesa de negociar un Brexit duro y la amenaza de una salida del Reino Unido sin acuerdo. El descanso en la playa o en la montaña llega con un Macron, presidente europeísimo, en el Elíseo y con mayoría suficiente en las cámaras. Merkel está muy reforzada para los comicios de octubre. La lucha contra el proteccionismo y el “negacionismo ambiental” ha consolidado en el último G20 un cierto frente europeo que, de pronto, sabe por lo que luchar. Y la primera ministra británica ya no cuenta con mayoría absoluta, tendrá que aceptar un Brexit blando. El caso de Italia tendrá que esperar unos meses antes de que se despeje la incógnita. ¿Podemos dar por superada la turbulencia? ¿Año ganado al nacionalismo y al populismo que cuestionaban la Europa fraguada en la posguerra?

Hace un año España seguía sin Gobierno. Y se enfrentaba a un tormentoso verano, no eran descartables unas terceras elecciones. Por eso Rajoy se ha presentado en los últimos días, antes de unas “vacaciones normales”, como el campeón europeo de la estabilidad política y de los buenos resultados económicos. Ya dijo hace nueve meses Merkel que el español tenía la piel de elefante. A pesar de no poder contar el apoyo de los socialistas, Rajoy ha sacado adelante los Presupuestos de 2017, y va a conseguir aprobar los de 2018. La legislatura va a ser larga y el presidente, cuestionado en el año del bloqueo incluso dentro de su partido, acaricia la idea de volver a presentarse en las próximas elecciones. “¿Por qué no?”, debe preguntarse en sus paseos matinales. La economía española es la que más crece en el mundo desarrollado: acabará el año con un crecimiento superior al 3 por ciento. El PIB ha recuperado los niveles previos a la crisis, se generan más de 500.000 puestos de trabajo al año. Todo parece haber vuelto a la normalidad si no fuera porque el Gobierno de Cataluña quiere declarar la independencia dentro de unos meses. La “piel de elefante” de Rajoy le ha hecho un superviviente, a pesar de ser un líder de los 90, cuando su partido y todos los partidos hacían política de otra forma, sin controlar de dónde salía el dinero, sin poner distancia con la fiesta demasiado alegre de un mercado demasiado descontrolado.

¿Por qué no exportar el modelo Rajoy al resto de Europa? Políticos tranquilos, con partidos disciplinados, dispuestos a realizar reformas pero sin voluntad de liquidar el acuerdo tácito entre los liberales y los socialdemócratas para mantener en pie el Estado del Bienestar. Estabilidad y crecimiento económico para responder al populismo y al nacionalismo que inflama a la juventud, y no solo a la juventud, de toda Europa.

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La legitimidad quebrada

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No decir nunca nada que, en cierto modo, no esté ocurriendo

Fernando de Haro

Tiempos interesantes. El desarrollo de la inteligencia artificial más allá de lo que podríamos haber imaginado hace unos años y la crisis de cierta forma de pensamiento moderno plantean retos apasionantes. Quizás sean una invitación a recuperar una forma de pensar y de hablar diferente, más humana.

La inteligencia artificial (IA) parece estar llevando a cabo el viejo sueño de crear sistemas perfectos que, al menos en ciertos aspectos de la vida, resuelvan la fatiga de tener que ejercer la libertad. Las “máquinas pensantes” vienen en auxilio del ser humano en ámbitos decisivos. La policía de Nueva York utiliza desde años la IA para seguir o dejar de seguir a un sospechoso. Cada vez es más frecuente que los operadores del mercado utilicen el high frequency trading, un sistema que toma decisiones de compra y venta de títulos en fracciones de segundo. Protagoniza ya casi la mitad de las operaciones en las bolsas europeas y ha dejado obsoletos los modelos de análisis de comportamiento basados en el modo de invertir de los “sapiens de carne y hueso”. En todos estos casos se procesan datos y se toman decisiones gracias a algoritmos. El algoritmo, por definición, es un conjunto de reglas que permite obtener un resultado previsible.

Hace unos días, Ramón López de Mantaras, premio Walker de la Conferencia Internacional de Inteligencia Artificial, advertía de los riesgos de dejar a los algoritmos tomar decisiones por sí solos. Primero, porque en la selección de datos siempre se producen sesgos que es necesario corregir. Y segundo -señalaba López de Mantaras en una entrevista de La Vanguardia- porque una cosa es el conocimiento y otra son los datos.

Todos las posibilidades que ofrece el Big Data -los resultados en el campo de la intervención humanitaria y social son ya muy llamativos- replantean la distinción entre información y saber. “El conocimiento implica -señalaba Mantaras- que se comprende cómo se toma una decisión. Con los datos, el algoritmo llega a una decisión, pero no tenemos acceso al razonamiento que hay detrás. Es una caja negra. Si dejamos que un algoritmo tome decisiones que nos afectan deberíamos poder exigir que rinda cuentas”. Las máquinas pensantes pueden tomar decisiones, de hecho ya hemos dejado que las tomen. Pero según Mantaras no pueden conocer en sentido literal, porque no conocen que conocen, y por eso es absurdo exigirles responsabilidad. Sin saber que se está conociendo no hay conocimiento y no hay libertad. Batty, el replicante de Blade Runner que está a punto de morir, al lamentarse porque todo lo que ha visto vaya a perderse como “lágrimas en la lluvia”, ha dejado de ser IA para convertirse en una inteligencia humana que desea lo eterno.

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No decir nunca nada que, en cierto modo, no esté ocurriendo

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El futuro afortunadamente no es lo que solía ser

Fernando de Haro

Este es un tiempo de distopías (neologismo anglosajón que se utiliza para describir sociedades del futuro indeseables). Las distopías vuelven a dominar la narrativa cinematográfica (estos días se estrena el tercer capítulo de un remake del clásico Planeta de los Simios), los relatos económicos y también los sociológicos y antropológicos. Estos últimos se pueblan de barbarie y de humanos desnaturalizados que han adquirido características propias de los primates más elementales.

Seguramente esta “literatura del declive” en la que hay mucho material de no ficción tiene que ver con el momento de transición que vivimos, con la incertidumbre de un cambio demasiado agudo, con el miedo que suscita percibir que la tierra conocida ha desparecido y no emerge la nueva.

La digitalización, por ejemplo, ha generado pulsiones apocalípticas. En un trabajo publicado ya hace unos meses por Carl Benedikt, profesor de la Universidad de Oxford, titulado “The future is not what it used to be” (El futuro no es lo que solía ser), se pronostica que casi el 50 por ciento de los trabajos que en este momento realizamos van a desaparecer por la automatización. La cuarta revolución industrial (la de los datos) suscita temores y reacciones semejantes a los que provocó el ludismo de hace doscientos años, cuando los artesanos ingleses se alzaron contra los telares industriales de la primera revolución industrial. La máquina era entonces el enemigo, ahora lo es esa actividad digital que representa el 20 por ciento del PIB mundial, porcentaje que irá en aumento, y ese flujo de datos que se ha multiplicado al menos por 45 desde 2005.

El asunto es complejo y sin duda los efectos de la “destrucción creativa” no serán inmediatos, la digitalización genera nuevas formas de exclusión (no por casualidad se habla de la famosa brecha) y como señalaba el informe "The Future of Jobs: Employment, Skills and Workforce Strategy for the Fourth Industrial Revolution" (presentado en el World Economic Forum de 2016) hay ámbitos en los que se pueden destruir 7 millones de empleos y crear solo 2. Pero responder al reto y al cambio pensando que estamos ante el “fin del trabajo”, como señalan algunos, es ignorar el más elemental de los principios económicos: las necesidades son infinitas, los recursos son escasos.

Percibir en el cambio una amenaza y no oportunidad dice mucho de los recursos disponibles que tiene el observador, de con qué y cómo afronta el presente. La regla sirve lo mismo para lo económico como para lo antropológico. Rod Dreher, editor de www.theamericanconservative.com y autor del gran best seller espiritual de los últimos meses en los Estados Unidos (The Benedict-Option), en uno de sus recientes post hacía una loa del discurso pronunciado por Trump en su visita a Polonia. Rod Dreher, que aboga por refugiarse en un arca mientras pasa el diluvio antropológico, sostenía que “mantener la hegemonía judeo-cristiana -lo que significa comprendernos como el pueblo que encuentra su unidad en las historias de la Biblia- es vital para mantener nuestra identidad. Como hace tiempo que no lo hacemos, estamos en declive”.

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El futuro afortunadamente no es lo que solía ser

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Terrorismo: ¿algo más que memoria?

Fernando de Haro

Las conclusiones de la cumbre del G20 celebrada en Hamburgo han incorporado una aportación española para que sean reconocidas y apoyadas las víctimas del terrorismo. España, después de haber sufrido durante años el terrorismo de ETA, se ha convertido en una experta en víctimas. Tiene mucho que decir en este campo ahora que la lacra del asesinato político e ideológico se extiende por todo el mundo.

La aportación llega cuando se cumplen 20 años del asesinato de ETA que cambió radicalmente las cosas: el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Hasta bien entrada la década de los 90 había todavía una ambigüedad sobre la banda terrorista. Se condenaban los atentados. Pero perduraba la duda sobre la posible legitimidad no de los medios, pero sí de alguno de sus fines. Contribuía a ello que hubiera empezado a utilizar la violencia bajo la dictadura de Franco y la cantinela de que en el País Vasco había un conflicto político. El asesinato de Blanco en el 97 abrió los ojos, proporcionó una dolorosa claridad moral y permitió deshacerse de ciertos complejos propios de una democracia demasiado joven. A partir de ese momento fue evidente que los asesinos no podían seguir haciendo política.

Las víctimas, que durante muchos años habían sufrido no solo la violencia sino una perversa transferencia de culpa de los victimarios, empezaron a ser reconocidas política y socialmente. Se acuñó entonces el lema “memoria, dignidad y justicia”. Una fórmula que quería escribir en mármol el agradecimiento de la sociedad española a los más débiles, a los que más han sufrido y a los que han sido siempre leales al Estado de Derecho. Ahora que la violencia va quedando atrás y que es necesario construir el relato de lo ocurrido, el recuerdo de los asesinados, torturados, humillados, secuestrados, mutilados es esencial. Lo han puesto de manifiesto dos recientes novelas: Patria y Ojos que no ven.

Hasta el momento, la obstinación de una banda terrorista que se resiste a disolverse y la pretensión de sus sucesores políticos de imponer la mentira sobre lo sucedido han hecho difícil abrir una posibilidad que en casos similares ha servido para reparar muchas vidas y reconciliar algunas sociedades. Estamos hablando de la posibilidad de que las víctimas que lo deseen den un paso más allá de su gran sufrimiento. Gestos como el que ha hecho el alcalde de Rentería, de Bildu (partido sucesor de ETA), pidiendo perdón a dos víctimas facilitan las cosas.

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El último nombre

Fernando de Haro

Es relativamente sencillo seguir la línea que unió la semana pasada el Parlamento de Estrasburgo, el Bundestag y el Congreso de los Diputados en España. Empecemos por el final. El sábado la Cámara Europea rendía un homenaje debido a uno de los grandes refundadores de la Unión: Helmut Kohl. Sin el canciller que rigió la política alemana durante más de 15 años no se entiende casi nada. Hizo posible la unificación, apostó con ella sin reparar en gastos. Fue un auténtico gigante.

Kohl era la encarnación de muchas de las evidencias y de las certezas de la generación de la postguerra. Empezó a hacer política en el 47 y dedicó sus estudios precisamente al resurgir de la vida política tras la II Guerra Mundial. El canciller personalizó hasta el fin del siglo pasado el sueño de que los valores cristianos secularizados, materializados en el proyecto europeo, podían permanecer en pie. El europeísmo, el occidentalismo, el hundimiento del Bloque del Este, parecían sugerirlo. Pero ya algunas décadas antes, los más avisados (Guardini) habían indicado que esos valores serían considerados pronto puro sentimentalismo.

El segundo punto de la línea es la aprobación del matrimonio homosexual en el Bundestag. Aprobación con el voto a favor de 80 diputados de los cristiano-demócratas en vísperas de las elecciones. Merkel dio libertad de voto a sus diputados porque, política realista, sabía que su defensa del matrimonio como algo propio de un hombre y una mujer era percibido por muchos como un “sentimentalismo”, cuando no como una forma de opresión.

Y llegamos al tercer punto: el Congreso de los Diputados de la Carrera de San Jerónimo. España está curada de espanto ante debates que ya parecen viejos. La derecha nada sentimental de Rajoy nunca pensó corregir la herencia socialista de Zapatero en materia de nuevos derechos. Por eso ha sido llamativa la reacción a la propuesta que ha hecho esta semana Ciudadanos, el pequeño partido en el que se apoya el PP, para dar carta de naturaleza a los vientres de alquiler. El partido naranja quiere permitir la maternidad subrogada si es gratuita. El propio PP, los socialistas y la izquierda de Podemos han rechazado la proposición. Ya veremos qué sucede en las filas del partido de Mariano Rajoy cuando comiencen los debates. No pocos de sus diputados están a favor de una propuesta como la que ha hecho Ciudadanos. De momento la mayoría de la Cámara parece suscribir la frase formulada por el líder comunista, Alberto Garzón: “ni las mujeres son máquinas de fabricar bebés ni los bebés son bienes de consumo que se pueden comprar y vender”. Curiosa situación esta en la que los comunistas recuerdan, con más decisión que la derecha, la intangibilidad de la persona y de la maternidad.

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El mal del bando

Fernando de Haro

No se había podido poner mejor ejemplo. El cambio de posición de los socialistas españoles respecto al CETA, el acuerdo de libre comercio de Europa con Canadá, es un caso paradigmático del llamado “mal del bando”. El PSOE, como todo el socialismo europeo, estaba a favor del acuerdo al que solo se oponen los verdes, la extrema derecha y la izquierda extrema de la eurocámara. Pero su nuevo líder quiere cambiar de bando, quiere acercarse a Podemos, y las razones que hasta hace unos días eran válidas han dejado de serlo para castigo de los muchos socialistas que siguen usando la cabeza.

El mal del bando se caracteriza por una pertenencia muy poco sana que clausura la apertura de la razón. En política se justifica por razones tácticas, primero afecta a los partidos y a sus líderes y después a sus votantes. La fórmula se extiende también a la vida social de diferentes modos. El mal del bando le impide al PP, que se autoconcibe como la derecha que ha salvado a España del desastre y que ha hecho posible la recuperación económica, reconocer lo evidente: la falta de control y la acumulación de poder fue un caldo de cultivo para numerosos casos de corrupción. Algunos de sus votantes que lo son porque están convencidos de que el PP puede evitar una descomposición del país, porque creen que es la solución menos mala para la libertad de enseñanza, se sienten moralmente obligados a no tener muy en cuenta sus debilidades: su inclinación a la tecnocracia; su incapacidad para afrontar con seriedad todo lo que tiene que ver con la cultura o la educación; o simplemente su dificultad para dialogar con la sociedad. Como si el voto fuese una suerte de compromiso de fidelidad a unas siglas que exige no ser exhaustivo en la ponderación de los actores en juego. En la cuestión de la independencia de Cataluña o la unidad de España sucede lo mismo: hay formas de estar juntos, bajo ciertas siglas y ciertas identidades, que alimentan la pereza y que impiden escuchar al que no piensa igual.

El mal del bando tiene especiales consecuencias en la vida social. Si se pertenece, por ejemplo, al de los intelectuales que abanderaron en algún modo el 68 y han hecho un camino de vuelta, se hará gala de un occidentalismo sin fisuras. Nunca se estará dispuesto a reconocer algún valor al mundo musulmán, a la izquierda, y al deseo de cambio del movimiento en que militaron.

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El cantero de Alepo

Fernando de Haro

El cantero de Alepo es un hombre minucioso. No han dado aún las 9 de la mañana. Hace las marcas en una gran piedra blanca y luego las corta con esmero. Son las piedras que servirán para reparar la catedral melquita que ha perdido toda la cubierta por las bombas. La catedral melquita, la catedral armenia y la catedral maronita están juntas, en la pequeña Plaza de Fharat, donde comienza o comenzaba el Viejo Alepo. En las fiestas, en la plaza no cabía un alfiler.

Pero este domingo no hay nadie. Cuando el cantero apaga la sierra mecánica vuelve el silencio y se oye a las tórtolas de Alepo. Las tórtolas se posan sobre las piedras caídas, sobre los muros derribados. Se oyen las tórtolas volar y de vez en cuando las bombas que lanza todavía el ejército de Al Asad contra las posiciones de los yihadistas al oeste de la ciudad. (“No es nada -te explican los amigos cuando pones cara de preocupación- es solo para recordarles a los rebeldes que el ejército tiene controlada la ciudad”).

“Ver cómo ha quedado el Viejo Alepo hace mal al corazón”, me ha dicho una de las personas con las que he hablado estos días. Y lleva razón. No podías imaginar que las palabras mentirosas, la ideología, que parece un juego, sea capaz de sembrar tanta destrucción. Hasta que la ves. Y aquí son las piedras -piedras nobles, calles estrechas, tesoro de siglos que a pesar de haber sido prácticamente reducido a cascotes conserva su belleza-, pero el daño en las madres, en las esposas, en los hijos, ese daño que no se ve es como un océano de dolor inmenso y silencioso. Un océano que se vierte en lágrimas cuando entras en las casas de los vecinos de Alepo y empiezas a escuchar. No hay iglesia en la que no se celebre un funeral.

La bella Alepo, la ciudad cortejada por los cruzados, la que criaba a las más guapas princesas, es ahora una población diezmada. Todos los millennials deberían pasear por la zona este de Alepo, por sus calles reducidas a escombros, por los edificios semidesnudos, por el recuerdo vivísimo del infierno que se ha sufrido aquí en los dos últimos años. Todos deberían pasearse por estas calles de Alepo este para quedar dominados al menos un segundo por el silencio asombrado que te embarga al ver las consecuencias de las ideologías. Para derribar por un instante esa banalidad obstinada en la que vivimos. Detrás de cada piedra que está fuera de su sitio hay una historia, un drama.

Alepo este es una ciudad inhabitable. Alepo oeste es una ciudad sin luz regular, donde truenan los generadores, sin ascensores, con restaurantes de grandes comedores en los que solo se sirve café. A veces da la sensación de que solo las zapaterías y las heladerías tienen género. En algunos barrios solo hay agua corriente dos veces por semana. Y la mayoría de las familias no pueden pagar lo que cuesta un generador para poner una lavadora.

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El cantero de Alepo

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Diario de Siria 1

Fernando de Haro, Ammán

La tarde de Ammán es tranquila. La capital jordana siempre ha sido una entrada más dulce que la Sublime Puerta, la de Estambul, para los occidentales que viajamos a Oriente Próximo. Los jordanos no tienen ese enfado permanente que parece dominar al personal de los aeropuertos turcos: parecen ofendidos porque quien les habla no conozca la lengua de Erdogan.

No es solo una cuestión de carácter. Jordania ha acogido con generosidad a los refugiados sirios desde que comenzara en 2011 la primavera que luego se transformó rápidamente en guerra civil. Y son inolvidables las declaraciones del Rey Abadalá II, en Naciones Unidas (“los cristianos son una parte esencial del futuro de mi región”), en el Parlamento Europeo (los ataques a cristianos son un ataque al islam), es acogedor su sincero distanciamiento de cualquier tipo de utilización ideológica para justificar la violencia en nombre del islam.

Emprendo dentro de unas horas el camino inverso a esos dos millones de refugiados que sufren los efectos de la enfermedad de los que se han quedado sin tierra. Pasados ya cinco años desde que llegaran los primeros, se habla de la amenaza de una generación perdida. El 60 por ciento no reciben educación, no hay dinero para la atención sanitaria y el “mal del campo” gana terreno a medida que avanza el tiempo. El “mal del campo” es esa destrucción de lo humano que significa no trabajar, recibir un subsidio permanente que te deja por debajo del umbral de la pobreza pero que te quita las ganas de salir adelante por ti mismo, que te hace pasivo.

Para poder hacer a la inversa el camino de los refugiados he esperado durante muchas horas el visado en el consulado de Siria en Madrid. Y esas horas de espera han estado siempre presididas por una gran foto del presidente Bachar el Asad. Habrá a quien una imagen así incomode seriamente. Entre los colegas occidentales, salvo algunas excepciones, se suele seguir pensando que en Siria hay dos guerras: una contra el Daesh y otra la que libra el régimen contra la oposición. Pero desde que hace dos años y medio pasé una semana larga en Beirut, me quedó claro que esa oposición libre y democrática que se manifestaba en las calles en febrero de 2011 desapareció pronto. La oposición que se ha sentado en la mesa de negociación de Ginebra está formada por grupos yihadistas o islamistas respaldados por Arabia Saudí.

Hace unas semanas Robert F. Worth publicaba un “herético” largo reportaje enThe New York Times Magazine, titulado, seguramente con la pretensión de provocar, Aleppo after the Fall. Forth, un veterano corresponsal en la zona, buen conocedor de la ciudad, daba voz a sus vecinos. La “caída” de Alepo en diciembre de 2106 no fue una “caída” sino una liberación. Las voces de los vecinos de la ciudad, no de los que escriben sus informes desde Londres, señalan que desde muy pronto se combatió contra el yihadismo.

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Diario de Siria 1

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No, Trump no mola

Fernando de Haro

¿Y si Trump llevase razón al sacar a Estados Unidos del Acuerdo de París, dándole con la puerta en las narices a todo el internacionalismo catastrófico del cambio climático? Bien, vale. Seguramente es excesivo decir una cosa así. El cambio climático está ahí. ¿Pero no mola que alguien haya sacado su voz del coro y le haya dado una buena sacudida a la casta, a las plañideras burocráticas de la ONU y a todo ese rollo del progresismo planetario? Al fin y al cabo, el Acuerdo de París no iba por buen camino como tampoco lo fue el Protocolo de Kioto. Las dos preguntas han quedado en el aire después de la decisión anunciada por el 45º presidente de los Estados Unidos. Y es que Trump no es un conservador, es un líder absolutamente postmoderno, un producto de la sociedad líquida que siembra dudas en aquel último punto firme que le quedaba a la razón moderna: la ciencia.

La primera gira internacional de Trump no comenzó en México o en Canadá, como es tradición desde hace algunos años, sino en Arabia Saudí. Para cerrar contratos millonarios de venta de armas (110.000 millones de dólares) en el principal país del Golfo. Rompía así con el único acierto de la política de Obama en Oriente Próximo: un acercamiento a Irán, cada vez más dispuesto a abrirse a las reformas, cada vez más patrocinador de un chiismo que permite el encuentro entre el islam y la modernidad. La “reconciliación” de Trump con el mundo musulmán se producía en la patria del wahabismo, esa corriente del sunismo que se ha convertido en la patrocinadora de todos los radicalismos que van desde el norte de África a buena parte de Asia. El último acto de la gira fue su participación en la reunión del G7 en Taormina. Allí destruyó cualquier posibilidad de que, al menos en la cuestión climática, haya un cierto germen de Autoridad Mundial que compense la cesión de la soberanía a los mercados (propia de la globalización) y la tendencia proteccionista.

El Acuerdo de París para la reducción de los gases de efecto invernadero, aprobado en 2015, tiene problemas. El objetivo es conseguir que la temperatura del planeta no aumente a final de siglo más de dos grados. No hay reducciones nacionales de las emisiones que se impongan desde fuera. Cada uno de los países firmantes es libre de determinar cuánto las rebaja. Y esas reducciones voluntarias, presentadas por los países firmantes, de momento no son suficientes para conseguir el propósito marcado para 2099. El anuncio de Trump siembra dudas en el arduo camino emprendido en la capital francesa. Además de reducir las emisiones (Estados Unidos y China son los dos países más contaminantes), el Acuerdo incluía la creación de un fondo de 100.000 millones para ayudar a los países más pobres en el desarrollo de energías sostenibles. Ahora todo eso será más difícil o imposible.

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No, Trump no mola

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Cataluña, a través de la libertad

Fernando de Haro

Dentro de unos meses, quizás semanas, se va a convocar el segundo referéndum de secesión en el seno de la Unión Europea. El primero fue el de Escocia en 2014, el segundo el de Cataluña. Nada impedía que los miembros del Reino de Escocia, unido al de Inglaterra en 1707, votasen tres siglos después sobre una eventual separación. En el caso de España la prohibición de la consulta está contenida en la Constitución de 1978. La libertad de unos cuantos no puede ejercerse sin contar con el soberano, el pueblo. Pero cuando las aguas se tranquilicen, habrá que dar alguna salida al “deseo de decidir” (la libertad) de muchos: las constituciones no son eternas.

En los últimos días hemos conocido el borrador de la llamada “ley de desconexión”. Un texto secretísimo que el Gobierno de la Generalitat de Cataluña tiene preparado para declarar de forma unilateral la independencia. Madrid no va permitir, a diferencia de lo que sucedió en 2014, que el Gobierno independentista instale las urnas para un referéndum que ha sido prohibido por el Tribunal Constitucional. Sobre el papel, según la ley de desconexión, tras la prohibición, se crearía de forma unilateral la República de Cataluña que pasaría a ser titular de los bienes del Estado español en la zona, asumiría a los funcionarios y nombraría a los jueces. El español dejaría de ser lengua oficial.

Con toda probabilidad, nada de esto va a suceder. De hecho, los partidos que defienden la independencia se preparan para unas elecciones autonómicas tras la anulación de la consulta por parte del Tribunal Constitucional. ERC, la formación que, según todos los pronósticos, va a vencer aplazará durante un tiempo la agenda independentista.

Todas las encuestas reflejan que Cataluña está dividida por la mitad entre los partidarios y los contrarios a la independencia (con una ventaja de 4 puntos entre los contrarios que va en aumento). Casi un 70 por ciento de los catalanes rechaza una declaración unilateral de independencia. Pero los partidarios del referéndum, si es pactado, superan el 70 por ciento. Hay una gran mayoría que quiere decidir.

Con el tiempo hemos ido siendo cada vez más conscientes de que en democracia no se pueden mantener en pie valores, por muy esenciales que sean, que no son evidentes para el soberano, es decir para el pueblo. Eso no quiere decir que en democracia todo esté siempre a disposición de cualquier mayoría. La Constitución, como pacto fundacional, establece el cauce por el que el soberano, el pueblo, quiere que naveguen las mayorías. El principio de autolimitación de las libertades rige también para la definición de quién es el propio soberano: una minoría no puede ir contra la mayoría del pueblo de España constitucionalmente definido.

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Cataluña, a través de la libertad

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La derecha (y la izquierda) sin pueblo

Fernando de Haro

Todo iba o va razonablemente bien en España. El Gobierno en minoría de Rajoy sufre derrotas en el Parlamento, pero goza de estabilidad y va a sacar adelante los presupuestos. La economía, según Bruselas, va a ser la que más crezca en la zona euro: un 2,8 por ciento. El déficit está controlado y el problema del desempleo, si no solucionado, en vías de ir mejorando. Sin populismo de derechas, sin xenofobia y con un populismo de izquierdas (Podemos) estancado en 5 millones de votos (las últimas encuestas oficiales del CIS reflejan un descenso en intención de voto del partido morado de dos puntos en los últimos 7 meses) puede parecer un paraíso en la agitada Europa. Por lo demás, el referéndum secesionista catalán no se va a celebrar y los partidos independentistas van a hibernar un cierto tiempo para intentar resolver sus contradicciones internas.

Todo iba o va razonablemente en España, si no fuera porque el partido de Gobierno se desayuna casi todas las mañanas con una nueva revelación de los muchos casos de corrupción que se le investigan (Gürtel, Púnica, Lezo, Auditorio…). El propio Rajoy va a testificar a finales de julio en la segunda parte del juicio de la trama de Correa. Son casos de presunta financiación ilegal, de presunto y bochornoso enriquecimiento personal de líderes del PP (sobre todo en Madrid). Todo iba o va bien, menos el estado de preocupación por la corrupción, disparado hasta el 45 por ciento entre el público. Esa preocupación alimenta, a largo plazo, el populismo y la polarización entre los que consideran inaceptable a un PP no renovado (responsable de un pasado de suciedad) y los que, por miedo a lo que pueda venir, están dispuestos a mirar para otro lado en nombre de la estabilidad. La corriente avanza de forma silenciosa, sacando a los españoles de su estado natural de moderación y reduciendo las opciones de la socialdemocracia clásica. El resultado de las primarias en el PSOE es buena prueba de ello.

El PP no puede considerarse víctima ni de un sistema judicial desequilibrado ni de jueces estrella. Más bien es víctima de sí mismo, de sus años en el poder, de la antropología muy deficiente de algunos de sus líderes y de un modelo de partido alejado de la sociedad y de la experiencia popular. El PP, como la mayoría de los partidos españoles y europeos del momento, son organizaciones absolutamente verticales, con poco contenido ideal, focalizados casi exclusivamente en la ocupación del mayor espacio posible dentro y fuera de las administraciones y con un contacto directo con los votantes (cada vez mayores) a través del marketing electoral, que no deja entrada al aire de la sociedad civil.

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Solo ahora, solo libres

Fernando de Haro

Hacer glosas a la entrevista que Fernando Palmero le ha hecho a Julián Carrón en El Mundo tiene poco sentido. Merece la pena leerla. Palmero es exponente de un pequeño nuevo grupo de jóvenes periodistas españoles, cultos, discretos, inteligentemente alejados de la estridencia de las tertulias y de los simplismos ideológicos, con abundancia de lecturas y de experiencia humana.

Sin apriorismos, el entrevistador plantea un amplio abanico de temas propios de la “agenda posmoderna” (o de la sociedad líquida, como la llaman otros): naturaleza de la crisis, yihadismo, nacionalismo-inmigración, posverdad, y un largo etcétera. El entrevistado no renuncia a abordar esas cuestiones, pero lo hace sin ese tic propio del cierto clericalismo que se refugia en lo moral o en lo “espiritual”, por no entrar en la contingencia de la historia o simplemente porque no tiene nada que decir.

Quizás de un modo subconsciente, esto es lo que más sorprende. Que leemos las respuestas de un líder de un movimiento de la Iglesia que no busca refugio en la “clásica agenda católica” (valores, vida, libertad religiosa, solidaridad). Habla de lo que hablamos todos con el acento de un auténtico laico posmoderno. La laicidad del entrevistado no es a pesar de su cristianismo, sino consecuencia de él.

Al lector le da la sensación, por eso, de que Carrón ha encontrado salida a esa trampa en la que buena parte del catolicismo español se metió con la llegada de la revolución liberal, tras la Guerra de la Independencia. Trampa que agrandó sus dimensiones en el posconcilio. El católico español moderno o posmoderno si no quería/quiere renunciar a serlo se encontraba/encuentra siempre atrapado en cómo resolver el problema de la libertad, sobre todo en el espacio público. La identidad católica exigía/exige como prioridad luchar para que se abran paso unos valores (ya en muchos casos más kantianos que cristianos) en una sociedad plural que nos los reconoce. La alternativa a esa cierta dosis de frustración y enfado, derivada del “laicismo de los otros”, podía/puede resolverse con la fórmula del “afrancesamiento”, un catolicismo anónimo.

Carrón, posmoderno entre los posmodernos, sale de la trampa: la libertad de los otros no es una fuente de mortificación, sino una riqueza. La fe no le traslada a un ángulo más o menos relevante de la historia. El autor de La Belleza Desarmada es posmoderno entre los posmodernos porque convierte el presente en criterio absoluto de juicio. Y así dice frases como las que siguen: “los valores que constituyen el mundo occidental han dejado de ser evidentes”; “la UE no ha funcionado como debiera”; “el problema de los inmigrantes no es suyo sino nuestro” que no creemos en nada; “antes un profesor tenía a los estudiantes dispuestos a aprender, ahora no”; “el problema de la educación es entrenar ahora la capacidad crítica”; “si el cristianismo es un entramado de costumbres no tendrá nada que hacer”…

No hay un frente laico y otro cristiano, un frente de izquierdas y otro de derechas que se tiran los trastos a la cabeza –mensaje esencial para una España polarizada por algunas élites mediáticas con intereses de poder–. La tradición bajo la que nos cobijábamos todos se derrumba y “ya no podemos dar respuestas prefabricadas”. Todos estamos en el mismo barco, en el barco del ahora.

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Solo ahora, solo libres

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Respiramos pero la deculturación avanza

Fernando de Haro

Francia respira tranquila. Europa respira tranquila. Los resultados han mejorado las encuestas. Macron 65 por ciento. Le Pen 35 por ciento. La solución de urgencia ha dado resultado. Derrotados el centro-derecha y el centro-izquierda tradicionales en la primera vuelta, el candidato con poco pasado, el socio-liberal sin pertenencia previa, salvo la de ser miembro de la élite, ha servido para frenar el nacionalismo ultra de pertenencia ideológica.

Respiramos tranquilos unos minutos. Es lógico, una victoria de Le Pen hubiera sido una gran debacle. Pero después nos asalta una pregunta acuciante. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo hemos llegado a una situación en la que una derrota del Frente Nacional con un 35,5 por ciento de los votos nos puede parecer un triunfo que celebrar? ¿Por qué tantos franceses han votado a la candidata antieuropea y xenófoba?

El proceso se parece al que le dio la victoria a Trump, aunque con diferencias. El mundo rural vota contra las élites también aquí. Pero no parece que en Francia la clase media blanca esté especialmente castigada ni que sufra un Estado de infelicidad general, como el que ha disparado los suicidios en Estados Unidos un 78 por ciento. El país vecino es la nación de Europa con la mayor tasa de fertilidad: un 1,96. Para concebir un hijo se requiere cierta sensación de positividad.

Y, sin embargo, en Francia no se habla más que del “declive”. Buena parte de los franceses han ido a votar con la sensación de que su país declina a causa de la globalización, de la inmigración, de la burocracia de la Unión Europea.

Cierta ceguera tecnocrática y liberal, especialmente difundida en España, atribuye el avance del populismo a los sufrimientos económicos causados por la crisis. Estamos ante el claro ejemplo de que se trata de una tesis insuficiente. El país que va a presidir Macron crece poco (1,3 por ciento). Una tasa de paro del 10 por ciento es mucho desempleo para la sociedad francesa (sería una excelente noticia en España y es un coeficiente que está cerca del desempleo técnico). Pero en Francia sigue en vigor la jornada de 35 horas y la jubilación a los 62 años. Con Hollande no ha habido austeridad real, los sueldos no han bajado y los recortes han sido poco significativos. El 50 por ciento del PIB está en manos del Estado. El declive es más imaginado que real.

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Francisco no receta Westfalia

Fernando de Haro

Ni leyenda rosa ni leyenda negra sobre el islam. Ni maniqueísmo ni buenismo. Valoración de la experiencia religiosa, reconocimiento realista de los riesgos y de los retos que los seguidores de Mahoma tienen en este comienzo del siglo XXI. El discurso de Francisco en el acto organizado por la Mezquita de Al-Azhar, en su visita a El Cairo, supone ya una referencia muy clara para cristianos y no cristianos que ven con lógico temor la fuerza del yihadismo, que desean un avance de la libertad y de los derechos en los países de mayoría musulmana.

Primero el gesto. Francisco se abrazó con Al Tayeb, el principal imán de la mezquita. Abrazo con gran significado. Al Azhar inició en 2011 la publicación de una serie de documentos que han marcado, con todos sus límites, una apertura en el mundo islámico. Hace seis años se pronunció en contra de “indagar en la conciencia de los fieles” (lo que supone una posible formulación en favor de la libertad religiosa), hace cinco años habló de la libertad de pensamiento y el derecho de ciudadanía (muwatana), hace tres años condenó el uso del islam para atacar a cristianos, y hace poco más de un mes se ha manifestado, de nuevo, a favor de la igualdad de todos los ciudadanos (aunque no sean cristianos). Esto último supone ir más allá de lo establecido en la Constitución de Medina, atribuida a Mahoma, que incluye fórmulas de tolerancia muy restrictivas.

Hay voces, muy autorizadas, que consideran todos estos pronunciamientos como un ejercicio de propaganda cínico. A pesar de las buenas palabras, Al-Azhar estaría predicando en su Universidad la intolerancia. La gran mezquita seguiría bajo la influencia del wahabismo de Arabia Saudí y alentando el radicalismo. En el mejor de los casos, los imames de las mezquitas ordinarias estarían en otra honda. Sin duda la cuestión es compleja. Dentro de la Al- Azhar conviven diferentes corrientes, no digamos ya fuera. Pero Francisco ha querido ir a su encuentro. Y su intervención fue preparada en febrero con un congreso dedicado a los extremismos en el que participó el cardenal Tauran, el presidente del Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso. Tauran es sin duda un hombre bueno pero no ingenuo.

Consciente de todos estos retos, Francisco comenzó y acabó subrayando el valor de una educación auténticamente religiosa: necesitamos “jóvenes que, como árboles plantados, estén enraizados en el terreno de la historia y creciendo hacia lo Alto”.

Francisco, como ha hecho en otras ocasiones, se distanció de cierto occidentalismo laicista que demoniza el islam. Este prejuicio ideológico, en su forma más extendida, afirma que el islam es necesariamente violento. La solución estaría en una Paz de Westfalia como la que hubo en Europa para los países de mayoría musulmana, que privatizara la religiosidad y redujera la dosis de islam. Con una expresión simple, Francisco subrayó que “la religión es parte de la solución y no del problema”. No menos religión, sino una religión más auténtica que “no confunda la esfera religiosa y la política sin distinguirlas adecuadamente”.

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Primera vuelta con López

Fernando de Haro

Me confieso. Este domingo he faltado a mis sacrosantos deberes profesionales. Mientras Francia votaba, en unas de las elecciones más decisivas para el país y para toda Europa, al menos durante una hora y media, no he apagado mi ansiedad como se debe hacer en estos casos. No he repasado por enésima vez los últimos sondeos, el empate técnico que daban las encuestas para Le Pen, Macron, Fillon, y Mélenchon. Tampoco he repasado los efectos del atentado de 2015 en la victoria del Frente Nacional en la primera vuelta de las regionales. Ni las posibilidades de que en la segunda vuelta pueda repetirse lo que sucedió en 2002, cuando Chirac consiguió un formidable 82 por ciento de votos para frenar a Le Pen padre que se había metido en la segunda vuelta.

Durante 90 minutos, quizás algo más, estuve escuchando una formidable conversación que se produjo en la edición 2017 de EncuentroMadrid. Una conversación entre el más famoso de los pintores españoles, Antonio López, y Rosa Hinojosa, una inteligente profesora de arte. Antonio López inició, junto a un grupo llamado la escuela realista de Madrid, una aventura muy arriesgada a mediados de los años 50: volver a hacer pintura figurativa después del largo viaje emprendido por el arte europeo con el postimpresionismo. La apuesta era difícil porque, como él mismo explica, a esas alturas la capacidad de representar la realidad era prerrogativa casi exclusiva del cine y de la fotografía. Ya parece que no es necesario un retrato de Inocencio X, como el de Velázquez, porque las disciplinas audiovisuales parecen darnos la representación perfecta de cosas y personas. López pinta objetos familiares, calles, vida cotidiana. Sus obras, realistas, tienen la fuerza y la discreción de un buen poema: invitan a mirar lo habitual de otro modo, es lo de siempre y ya no es lo de siempre, por algún sitio se abren a lo-no-visto.

Mientras escuchaba a Antonio López me distraje con la pregunta que me obsesionaba desde que a las ocho de la mañana habían abierto en los colegios electorales: ¿Cómo es posible que en Francia pueda haber una presidenta del Frente Nacional? ¿Cómo es posible que las encuestas otorguen a las opciones de ultraizquierda y ultraderecha, antieuropeas, un 40 por ciento en la intención de voto? Una frase del pintor me hizo volver a prestar atención a la conversación: en el arte hace tiempo que perdimos la claridad sobre cómo hacer las cosas. Antes se sabía cómo había que pintar. “Ahora –señalaba López– el arte es como en la vida, nada está claro. Es lo mismo que le pasa a la política. Te preguntas por qué no hay partidos a la altura de las circunstancias y te das cuentan de que tendrán que desaparecer, surgirán otros nuevos”.

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Primera vuelta con López

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Coptos: mártires por un fracaso

Fernando de Haro

Francisco viaja a finales de abril a un Egipto en el que el yihadismo de última generación, liderado por el Daesh, ha reconocido su fracaso. Las televisiones que emitirán las imágenes del Papa recorriendo las calles de El Cairo son las mismas televisiones que desde hace años se han convertido en el mejor altavoz de intelectuales y líderes de opinión que claman por un islam abierto a la modernidad. Por un islam dispuesto a aceptar una “muwatana” (ciudadanía) que de algún modo separe lo religioso de lo político. Egipto, que se ha convertido más que nunca en la tierra de los mártires coptos, lo es porque el ISIS se ha visto frustrado en su intento por extender la violencia sectaria.

Los atentados del Domingo de Ramos, los del pasado mes de diciembre y la limpieza étnica que el Daesh ha llevado a cabo en la Península del Sinaí (han expulsado de sus casas a 150 familias) forman parte de una nueva fase bien diferente en la persecución de los coptos. Los muertos entre diciembre (25) y abril (44) son muchos más que los provocados en las masacres precedentes: 28 muertos en Maspero (octubre de 2011) y los 22 de Alquidisim (enero de 2011). Pero el cambio no está solo en las cifras.

Hasta los años 80 del pasado siglo la situación de los coptos en Egipto era de una tranquilidad relativa, dentro de un régimen de libertad restringida. El giro de Sadat hacia el islamismo cambia las cosas. Y a partir de 2000 se empiezan a producir ataques frecuentes. El último Mubarak deja a los Hermanos Musulmanes el control de muchas mezquitas y de la educación, lo que populariza la violencia sectaria. Esa penetración en una parte de la sociedad es decisiva cuando llega la revolución de 2011. Los Hermanos Musulmanes tienen prisa en hacerse con la revolución que no han protagonizado. Y tienen que atacar un objetivo fácil (cristianos) cuando las masivas manifestaciones los echan del poder. Pero, a pesar de que la persecución se incrementa, no consigue destruir lo que Mokhtar Awad, investigador de la Georgetown University, llama la “relativa cohesión de la sociedad egipcia”.

Los coptos siguen haciendo política, siguen haciendo negocios, siguen manteniendo unas relaciones normales con una parte importante de la población musulmana. Su presencia anima a Al Sisi a pedir a Al Azhar que reforme el islam. Es difícil pensar que, sin los coptos en Egipto, Al Azhar, la gran mezquita de referencia para el mundo suní, hubiese celebrado en el mes de febrero un encuentro con una delegación del Vaticano y luego una conferencia sobre “libertad, ciudadanía, diversidad e integración”. Conferencia que ha terminado con una declaración sobre la coexistencia islámico-cristiana. Ha sido un escalón más en un proceso que dura ya años y que, con todas sus limitaciones, supone una importante apertura.

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Errado disparo de Trump

Fernando de Haro

Trump ya es un líder más normalizado. Desde que el viernes pasado decidiera lanzar los 59 misiles Tomahawk contra el campo aéreo de Shayrat, en la ciudad de Homs, se parece, un poco, solo un poco, a sus predecesores. Se parece al Bush que ordenó la invasión de Iraq en 2003 y al Obama que atacó Libia en 2011. También al Obama que quería bombardear en 2013 las posiciones de Assad en Siria, como represalia por el uso de armas químicas. Sadam y Gadafi, como Assad, eran dos tiranos con ningún respeto por los derechos humanos. Iraq no ha levantado cabeza en los últimos catorce años y Libia se ha convertido en un estado fallido, nido del yihadismo del Magreb. La diferencia, la ventaja, es que en el caso de Trump no parece que haya un plan, una voluntad firme de cambiar de rumbo. Por más que Nikki Haley, la embajadora de Estados Unidos ante la ONU, asegure en el Consejo de Seguridad que se puede seguir bombardeando, no parece que la cosa vaya a ir a más.

¿A quién beneficia la decisión de Trump? No parece que al pueblo sirio. Una acción de esas características, con dificultad, va a frenar el uso de armas químicas. Obama quiso eliminar esas armas con ataques desde el aire contra el ejército sirio. Afortunadamente el plan inicial se sustituyó por una negociación, en la que se involucró Rusia y el Gobierno de Damasco. Con la ayuda de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas se terminó de destruir buena parte del arsenal en enero de 2016. Es más que evidente que las armas no destruidas han sido usadas en el ataque de Jan Sheijun, en la provincia de Idlib. La masacre del pasado martes clama al cielo. Pero, militarmente, la respuesta de Trump no tiene ninguna consecuencia. Si acaso le da más fuerza a la Comisión Suprema para las Negociaciones, el grupo rebelde apoyado por Arabia Saudí, que ya se había visto crecido por el ataque químico de Assad y que es el que lleva la voz cantante en las conversaciones entre los rebeldes y el Gobierno.

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La Venezuela que ya es libre

Fernando de Haro

Error de cálculo, nerviosismo por el miedo a perder el poder. En los próximos días se irá aclarando por qué el chavismo protagonizó la semana pasada un autogolpe de Estado y después intentó dar marcha atrás. Todo indica que estamos ante una guerra civil dentro del propio chavismo. Maduro no controla todos los hilos.

Los hilos de las decisiones del Tribunal Superior de Justicia, que actúa como Tribunal Constitucional, los controla el Ejecutivo. Y el Ejecutivo, en principio, lo controla Maduro. Pero hay indicios de que las sentencias 155 y 156, que vaciaron de competencias a la Asamblea Nacional, son obra del ala extremista del chavismo liderada por Diosdado Cabello. Una decisión a la que se habría opuesto el propio Maduro. Eso explicaría las críticas de la fiscal general del Estado, Luisa Ortega Díaz, mujer que ha prestado grandes servicios al régimen. Sorprendieron sus declaraciones críticas con el Supremo y la descalificación del autogolpe que hizo el Consejo de Defensa Nacional, un organismo a medida del presidente.

El golpe de la semana pasada, impulsado por el sector radical, llegaba en el momento más inoportuno. Cuando la Organización de Estados Americanos (OE), después de años de dudas, estaba estudiando la aplicación de la Carta Interamericana a Venezuela. Esa carta supone en la práctica extender un certificado de dictadura o semidictadura. Privar al parlamento de sus poderes ha dado al resto de los países de la región motivos para su decisión.

El golpe podía ser inoportuno para quien quería mantener todavía una cierta apariencia de democracia. Pero no para los más extremistas, para esa facción del ejército con negocios de blanqueo y narcotráfico, dispuestos a que no haya más elecciones.

En realidad, el golpe en Venezuela ha sido un golpe a cámara lenta. Primero fue el encarcelamiento de muchos opositores (113 presos políticos), entre los que está Leopoldo López. Luego llegó el bloqueo permanente de la Asamblea, la utilización del Tribunal Supremo para validar un decreto de emergencia alimentaria que había rechazado la oposición, las trabas al referéndum revocatorio y su posterior suspensión, así como la eliminación de las elecciones locales. Y lo último había sido el complejo mecanismo, de cumplimiento obligatorio e imposible, para que los partidos de la oposición se inscribieran, de nuevo, en el Consejo Electoral Nacional. Decisión que, en realidad, suponía que las elecciones presidenciales de 2018 fueran elecciones de partido único.

A lo peor Diosdado Cabello y el ala radical del chavismo no han errado el cálculo y simplemente han buscado subir un grado más la polarización, con violencia en las calles, para justificar la cubanización definitiva del régimen.

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Islam: una ignorancia injustificada

Fernando de Haro

Khalid Masood, el terrorista del atentado de Westminster, había cumplido ya los 50. Algo atípico para un yihadista. Los radicales europeos suelen tener otro perfil. Son jóvenes o adolescentes. Pero, por lo demás, la biografía de Masood se parece mucho a la del terrorista de Orly de hace unos días, a la de los responsables de los ataques de París de 2015 y de Bruselas de 2016. Se trata de personas nacidas en Europa, delincuentes comunes que en un momento determinado encuentran en el terrorismo islamista un sentido a su vida. Parece que Masood se radicalizó en una estancia en Arabia Saudí.

Aunque la realidad se empeña en demostrarnos de forma testaruda que la amenaza yihadista viene de dentro, no de fuera, cada vez que se produce un atentado nos volvemos hacia los refugiados y hacia los extranjeros. Esta respuesta poco racional viene acompañada también, habitualmente, de un discurso fácil y perezoso sobre el islam. Es fácil, para responder a la inquietud que nos provoca el terror, recurrir a ciertas simplificaciones. Como si el islam fuera un fenómeno de otras tierras, como si fuera algo estático, como si los pasajes del Corán que hablan de muerte y destrucción permitieran sostener, sin detenerse mucho, que la religión de Mahoma es necesariamente violenta.

La importante comunidad musulmana que vive en España y en Europa nos invita a no aceptar ni leyendas negras ni leyendas rosas. Nos invita a adentrarnos en un mundo complejo con el que, de hecho, ya convivimos.

El yihadismo que sufrimos es un fenómeno relativamente reciente y está relacionado, posiblemente desde sus orígenes, con Europa. Es una de las reacciones que provoca el tercer o cuarto choque de la modernidad con el islam. Hay una primera modernidad islámica, a mitad del XIX, de raíz egipcia, protagonizada por Mehmet Ali. Entonces se acepta sin censura el progreso que viene de occidente. Durante buena parte del siglo XX, sobre todo hasta finales de los años 70, buena parte del islam de Oriente Próximo está vinculado al socialismo árabe. Una experiencia que en Iraq y en Siria, hasta comienzos del siglo XXI, consigue una relativa paz y una relativa libertad.

Solo a raíz de la revolución iraní de 1979, el chiismo abandona su vertiente más pacífica y espiritual. También en ese momento toma fuerza un sunismo de ruptura. Cuando se rastrean las raíces del islamismo revolucionario, político y violento, tanto en el chiismo como en el sunismo, aparece la pista europea.

El chiismo político fue desarrollado por Ali Shariati (1933-1977), un hombre que estudió en la Sorbona. Deseoso de ofrecer una alternativa a la occidentalización del Estado y a los grupos de oposición comunista, utilizó las categorías del marxismo para crear una nueva ideología. Una impresión semejante deja bucear en la historia de los Hermanos Musulmanes, inspiradores de un proyecto hegemónico de carácter político en terreno suní, que con el tiempo deriva en una forma violenta. El fundador de los Hermanos Musulmanes, Al Banna, comparte con Shariati la influencia marxista. Seguramente los yihadistas del siglo XXI pueden usar pasajes del Corán para justificar su violencia porque sus mentores ideológicos leyeron el texto sagrado con categorías políticas: las aprendidas de los maestros europeos de la revolución.

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El errante error holandés

Fernando de Haro

Respiramos aliviados, con razón, por el resultado de las elecciones de la pasada semana. Pero nos cuesta trabajo reconocer que la derrota de la xenofobia es muy relativa. La agenda de Wilders se ha convertido en un fenómeno transversal en una Holanda próspera. En la nación de los tulipanes hay casi pleno empleo y los musulmanes suman un tercio de lo que los holandeses se imaginan. Los problemas de integración no vienen de fuera. Lo que ocurre en Holanda es el síntoma de una Europa que no sabe reconocer la realidad, perseguida por sus propios fantasmas. Desorientada se empeña en construir una ciudadanía si identidad. Prueba de ello es el pronunciamiento, también esta semana, del Tribunal Europeo de Justicia que ha confirmado la prohibición de usar el velo en el trabajo.

Las encuestas se equivocaron esta vez para bien. La primera de las tres citas electorales del año en Europa (después vendrán Francia y Alemania) no suma puntos a la xenofobia y al antieuropeísmo. Wilders no ha ganado las elecciones, pero ha vencido al determinar la agenda política holandesa. Con solo un 14 por ciento de los votos, el Partido por la Libertad ha impuesto un discurso duro contra la inmigración y una práctica de europeísmo tibio o problemático. Influencia que afecta a casi todas las formaciones y de la que solo se libran los verdes.

Ha cundido la desafortunada especie de que para frenar a Wilders había que ser como Wilders, pero más moderado. Seamos menos buenistas, más firmes con la inmigración porque algo de razón llevan los xenófobos –se argumenta–. Holanda, junto con el Reino Unido, ha sido el socio más problemático de la Unión Europea. El que nunca quería aprobar los rescates de Grecia (nos hubiéramos ahorrado muchos problemas con una condonación de la deuda a tiempo), el que ha dicho no a la asociación con Ucrania.

No hay ni ha habido una crisis en Holanda que justifique su rebelión contra Bruselas y contra sus propias instituciones. La tasa de paro está en torno al 5 por ciento: pleno empleo. Casi la mitad de los trabajadores tienen jornada a tiempo parcial por decisión propia. La renta per cápita es de 39.000 euros anuales. El gran superávit comercial es otro indicador de su prosperidad. Los holandeses gozan de servicios públicos de calidad, con un gran nivel de subsidiariedad, de buena educación. Es el enfado, la rebeldía de los satisfechos. De donde se deduce que la satisfacción cívica no puede ser solo económica.

La apreciación de los holandeses respecto a la inmigración y la comunidad musulmana no se ajusta a la realidad. Ni por asomo están sufriendo una invasión. Hace unos días la consultora Ipsos Mori ha hecho público el resultado de una encuesta en la que preguntaba cuántos musulmanes cree el público que hay en los diferentes países europeos. Después comparaba los resultados del sondeo con la realidad. Los holandeses creen que en su país la población musulmana representa el 19 por ciento, cuando en realidad asciende a un 6 por ciento del total. Porcentaje, sin duda, significativo pero que se compadece poco con el fantasma de una invasión.

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Cataluña y la sacra decisión

Fernando de Haro

En Vic. El camarero sirve el café. Y con una sonrisa cordial te explica sin que hayas preguntado nada: “Es que queremos que nos dejen decidir si queremos ser independientes, que nos dejen votar”. La conversación se prolonga. El camarero quiere explicarse. Vic es el centro, la yema de huevo del separatismo catalán. El pueblo se construyó en torno a uno de los obispados más antiguos de Europa. Ahora lo sacro, más que en la catedral, está en la calle, en la plaza central: de muchos balcones cuelga la estelada, la bandera de la independencia. Junto a la enseña se han escrito palabras sagradas: la independencia es libertad, la independencia es felicidad, la independencia es…

El camarero de Vic va a votar sin tardar. Va a votar para decidir, pero no si Cataluña es independiente, va a votar para elegir a los representantes del parlamento autonómico. Por cuarta vez en los últimos siete años los catalanes serán convocados a unas elecciones anticipadas. En eso es lo que va a acabar, de momento, el proceso de desconexión que se puso en marcha en octubre de 2015 para crear “la república” de Cataluña. Salvo sorpresa de última hora, la convocatoria de un referéndum con la que el Gobierno catalán desafiará de nuevo al Tribunal Constitucional quedará anulada. Esta vez no habrá urnas, como sí las hubo en el simulacro de 2014. El Gobierno de Rajoy tiene el propósito de ser inflexible pero proporcionado. Tiene la intención de no utilizar las herramientas extremas que le atribuye la Constitución.

Y también, salvo sorpresa de última hora, el independentismo aceptará tranquila y pacíficamente la suspensión del referéndum convocado. No deja de ser una forma de desbloquear la situación de parálisis en la que se encuentra el Gobierno de Junts pel Si, forzado a pactar con los antisistema de la CUP, con los que es imposible dar un paso. En el momento de la suspensión del referéndum quizás haya algunas manifestaciones en las calles y protestas. Si hubiera violencia estaríamos hablando de otra cosa. Pero no es probable.

En el momento en el que se convoquen nuevas elecciones se habrá llegado a un nuevo punto de partida. Todas las encuestas reflejan que hay dos Cataluñas (la española y la partidaria de la independencia) prácticamente del mismo tamaño. En los últimos meses los contrarios están por encima de los partidarios de la independencia, pero solo con un punto de ventaja. Una inmensa mayoría de los catalanes están a favor de la celebración de un referéndum –como el camarero de Vic– pero solo entre un 35 y un 37 apoya que ese referéndum no sea pactado con Madrid. El referéndum que los catalanes quieren no es posible porque la Constitución española lo prohíbe.

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Nos falta estima

Fernando de Haro

Hipótesis arriesgada. Pero en estos momentos de perplejidad, perdido ya mucho, quizás convenga asumir riesgos más allá de lo acostumbrado. Los informes hechos públicos en las dos últimas semanas en Bruselas detallan el laberinto en el que estamos. El Informe España 2017 y el Libro Blanco sobre el futuro de la Unión describen la impotencia de un crecimiento que no garantiza el bienestar. Acaso el problema económico no solo sea resultado de políticas monetarias tomadas a destiempo, o de las dificultades para aunar intereses del sur y del norte, para incrementar la productividad, o para mejorar la educación. Quizás falta algo previo, una estima elemental por lo que nos hacer ser europeos o españoles. ¿Será que los primeros que tienen necesidad de ser acogidos somos nosotros mismos -nuestra propia experiencia-?

El Libro Blanco presentado por Juncker la semana pasada apuesta sin decirlo claramente por aquello en lo que creen los franceses y los alemanes más europeístas: una Europa a dos velocidades que aparque el federalismo para todos. Ahora que el Reino Unido se marcha, reconoce que “la Unión ha estado por debajo de las expectativas en la peor crisis financiera, económica y social de la posguerra”. El problema no es solo que se recetara austeridad cuando era necesario gasto. Ahora que se ha iniciado la recuperación, la desigualdad permanece o se acrecienta y no se ha vuelto ni al nivel de renta ni al nivel de empleo de hace 10 años. Y, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, los jóvenes pueden vivir peor que sus padres. Por eso dudan de la eficacia de la economía social de mercado.

El Informe España 2017 va en la misma dirección: la economía crece con fuerza y la moderación salarial contribuye a la creación de empleo. Pero Bruselas señala que el amplio uso de los contratos temporales no es bueno para la productividad y que el riesgo de pobreza para los que están contratados persiste. Los servicios públicos de empleo no funcionan bien y la ayuda a las familias es baja. La desigualdad amenaza la cohesión de la vida social.

Parece difícil deshacer el enredo: para crear empleo se desregula el mercado laboral y el trabajo de no pocos no les saca de la pobreza. La reactivación genera ingresos para corregir las desviaciones de déficit, pero no para más gasto social (la política tributaria deja mucho que desear). Las políticas expansivas son cosa del BCE. No hay ni capacidad ni voluntad reformadora para darle la vuelta a las políticas públicas. Es es el caso de la política de empleo que está paralizada por un estatalismo absolutamente ineficaz propio de los años 80 del pasado siglo (el dinero de la formación acaba siendo una subvención a sindicatos y organizaciones empresariales a los que se les exige poco a cambio).

Dice la Comisión que crece la desconfianza ante la economía social de mercado. No es de extrañar. Los europeos, en general, y los españoles en particular, quizás sin ser muy conscientes, se encuentran atrapados en unas categorías que van del viejo liberalismo al viejo estatalismo sin conflicto alguno. La crisis ha desmontado muchas cosas, pero curiosamente no parece haber descabalgado esa interpretación de la vida social y económica que va en contra de la experiencia de mucha gente, de la experiencia elemental que te impulsa a trabajar, a crear empresa, a emprender.

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El comienzo de una conversación

Fernando de Haro

Solo un comienzo y todo un comienzo. El diálogo que auspició este periódico la semana pasada en el Senado sobre las “páginas políticas” de La Belleza Desarmada de Carrón fue una rara ocasión. Una de esas raras ocasiones en las que en España se conversa sobre lo que hay encima, debajo y dentro de la democracia. Lo interesante es que lo hicieran tres figuras que tienen las manos metidas en la masa. Pablo Casado, vicesecretario del PP, está en la cúpula del partido en el Gobierno y ha preparado una de las ponencias políticas más relevantes en el Congreso que los populares han celebrado hace algunos días. Ramón Jáuregui, aunque esté en el Parlamento Europeo, prepara los textos de referencia para el decisivo Congreso que los socialistas tienen en junio. Juan Carlos Girauta, portavoz de Ciudadanos, ha sido protagonista de las negociaciones que han contribuido a superar el bloqueo.

Políticos pues, muy políticos, hablando de la pre-política después de un año como el de 2016 dominado por los vetos y con la posibilidad de unas nuevas elecciones anticipadas en el horizonte. Políticos que aceptaron hablar de cómo el valor del otro ha sido determinante en sus experiencias personales de negociaciones pasadas y futuras. Dispuestos a hablar de la corriente de fondo que nos ha traído a la actual crisis, del deseo de cambio (incluso de régimen) y de la transformación del adversario en enemigo.

El inicio de esta conversación fue favorecido por una iniciativa cristiana que toma posición en público no para defender ciertos valores, que sin duda hay que defender, o para reivindicar ciertas libertades, que sin duda hay que reivindicar, sino para facilitar un debate sobre la matriz que hace posible la convivencia en una sociedad plural. Porque quizás la mayor urgencia de la vida política en Occidente sea reconocer que las bases de la vida en común se diluyen a una velocidad de vértigo e invitar a todos a aportar elementos para una nueva cimentación, sin tener la ingenua y arrogante pretensión de saber de antemano cuál es la solución. Como señaló uno de los invitados, en este momento no es necesaria una democracia de las ideologías sino de los métodos, de los significados.

No conviene dar por descontada la relevancia de conversaciones de este tipo cuando precisamente en el origen de la particular crisis política española, la que lleva a una buena parte de los jóvenes a rechazar el sistema constitucional, es haber dado por supuesto el valor de la democracia y de la transición que la hizo posible. Uno de los ponentes señaló con acierto que los españoles han considerado la democracia como un dato de la naturaleza, una especie de paisaje que crece solo y que no necesita ser regado. Al haber aplicado el método del progreso científico al progreso social, la transmisión crítica de la herencia recibida se ha descuidado y ha terminado por arruinarse.

Los tres ponentes coincidían en el gran valor de esa herencia. Después de un pasado reciente con escaso o ningún respeto y reconocimiento por el otro (sería apasionante adentrarse en qué errores del liberalismo y del catolicismo del siglo XIX provocaron esa situación), la transición a la democracia (1977-1978) abre un nuevo capítulo. Hay perdón mutuo y hay proyecto-país, deseo de caminar juntos en una cierta dirección. Lo llamativo es que Jáuregui, el único de los tres que fue protagonista de ese período, señalase que esa inercia positiva pierde fuerza con el cambio de siglo. La hoguera de la transición se convierte en un montón de cenizas frías a partir de los años 90. Y se señalan como causas la falta de liderazgo, la frivolización del discurso público y la fragmentación de los referentes mediáticos así como la desaparición de la cultura del esfuerzo. Son factores que describen lo propio de una sociedad líquida. A lo que se añade una crisis económica que acaba con lo que se ha llamado el “ascensor social”, la movilidad propia de un país con una clase media que no estaba condenada hasta ahora a permanecer estancada. Para certificar la importancia de este factor la Comisión Europea ha advertido hace unos días de las nefastas consecuencias de tanta desigualdad.

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El comienzo de una conversación

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  779 votos
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Abatid los bastiones educativos

Fernando de Haro

En España se prepara un nuevo debate educativo. ¿Serán los cristianos, en este caso, algo más que una de las partes en litigio? ¿Podrán aportar algo original? ¿Están obligados a identificarse con una de las esperadas y conocidas posiciones que se van a enfrentar? La semana pasada se constituyó en el Congreso de los Diputados una subcomisión para estudiar un posible pacto de Estado sobre enseñanza. Pacto que ha sido imposible desde la vuelta a la democracia. Los trabajos van a incluir la comparecencia de 80 ponentes entre profesores, padres, alumnos y expertos.

La legislación educativa española ha sido hegemónicamente socialista desde la transición. Eso le ha dado un claro sesgo comprensivo. El segundo gobierno de Aznar, a última hora (2002), aprobó una ley que intentaba corregir las consecuencias negativas de la comprensividad. El primer Gobierno de Rajoy, con escaso convencimiento, poca ambición y sin escuchar a la comunidad educativa, aprobó una reforma (LOMCE, 2013) encaminada, sobre todo, a conseguir mejores resultados académicos y una cierta unidad en todo el territorio nacional. El segundo Gobierno de Rajoy ya ha renunciado algunos aspectos de la pasada reforma (las reválidas), rechazados radicalmente por la oposición. Y busca, parece que con más sinceridad que los socialistas (Zapatero), un acuerdo.

El problema es que las distancias ideológicas parecen insalvables. Los socialistas y el resto de partidos de izquierda están convencidos de que el Estado, en este caso las Comunidades Autónomas, que son las que tienen transferidas las competencias, son el sujeto educativo primordial para garantizar la igualdad. La planificación para que los nuevos centros de iniciativa social reciban dinero debe someterse, según este modo de pensar, a la existencia de una red completa de colegios de gestión pública. Se trata de una subsidiariedad a la inversa, a favor del Estado. El PP, por su parte, insiste en superar la mentalidad comprensiva, introducir criterios objetivos de evaluación y de calidad. El centro-derecha es más receptivo a defender la tímida subsidiaridad que supone el sistema de conciertos (creado por los socialistas). Un modelo que permite integrar en la red pública a colegios de iniciativa social con autonomía y libertad de ideario. En algunas Comunidades Autónomas donde gobierna el PP, no en todas, esta red subsidiaria supone hasta el 50 por ciento de los centros. Donde gobiernan los socialistas o Podemos el porcentaje tiende a reducirse drásticamente. En realidad, la bandera de los conciertos la mantiene levantada la comunidad católica.

Antes de seguir adelante dejemos claro que el sistema de conciertos, con todas sus imperfecciones, ha sido un instrumento útil para que los padres elijan la enseñanza que quieren para sus hijos. En una sentencia de mayo de 2016, el Tribunal Supremo además dejaba claro que la legislación no otorga “a los centros concertados un carácter secundario o accesorio respecto de los centros públicos, para llegar únicamente donde no lleguen estos últimos, es decir, para suplir las carencias de la enseñanza pública”.

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Abatid los bastiones educativos

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  812 votos
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Vacuna corta

Fernando de Haro

Lo sucedido este fin de semana parece confirmar que España podría haberse convertido en un oasis político. En Francia, los leales a Europa tiemblan porque no tienen candidato. Le Pen de momento acapara el cartel electoral. El terremoto nacionalista amenaza con sacudir con fuerza en las elecciones holandesas y alemanas. Italia sigue a la espera. Por el contrario, los congresos simultáneos del PP, partido de Gobierno, y de Podemos, la fuerza populista, sugieren una cierta estabilidad dentro de los cauces del más tradicional y positivo europeísmo.

No hay formación xenófoba articulada a la vista. Y el enfrentamiento fratricida entre los dos grandes fundadores de Podemos, Iglesias y Errejón, en Vistalegre II (el Congreso que debía convertir al nuevo partido en opción de Gobierno) ha puesto de manifiesto que la nueva política puede convertirse de forma rápida en vieja política. De momento los sondeos no reflejan el desgaste de las luchas internas (Podemos mantiene una intención de voto del 22 por ciento y el segundo puesto) pero la aureola de “redentora” que acompañaba a la formación ha desaparecido. Y es difícil (aunque todo es posible) que en el inmediato futuro los socialistas vuelvan a buscar un pacto con quien le disputa el espacio político.

El PP ha celebrado quizás el más pacífico de los Congresos de su historia. El partido en el Gobierno está tranquilo por el rápido cambio de ciclo que se ha producido en el último año y medio. El único sucesor de Rajoy es el propio Rajoy. Hace quince meses, el ciclo del actual presidente del Gobierno era claramente declinante. La factura por los casos de corrupción, el deseo de una forma diferente de hacer política, el desgaste de las políticas aplicadas durante la crisis y la conjunción de fuerzas de izquierda hacían pensar que el PP, a pesar de ser la fuerza más votada, iba a estar alejada un tiempo de los centros de decisión. La marca PP era una marca de la que había que alejarse.

Ahora las cosas han cambiado. En 2106 el PP demostró disponer de un suelo electoral alto y, lo más importante, capacidad de recuperar votantes. Rajoy se ha redimido en gran medida al haber superado un veto que, según todos los españoles, había durado ya demasiado. Y además en los últimos meses ha convertido a los socialistas en su mejor socio de Gobierno. Muchos aplauden, incluso, el que consideran inteligente uso del miedo a Podemos. Un Podemos en el 22 por ciento de intención de voto es, según estos, el mejor argumento para mantener una alta fidelidad entre los votantes conservadores de siempre.

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Vacuna corta

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