Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
1 ABRIL 2020
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Voces en la pandemia

Fernando de Haro

Hoy. En un hospital de España o Italia. Ante la puerta que sella la zona en la que los médicos combaten para salvar vidas. Al otro lado las personas que queremos, nuestros padres. La conversación imposible y si hay suerte algunas palabras breves gracias al teléfono móvil. Palabras que siempre pueden ser las penúltimas. Conversaciones aparentemente leves que buscan decirlo todo. O silencios que se intuyen más fuertes que la soledad. Tampoco habíamos resuelto el reto de la soledad cuando nos podíamos tocar. Cada uno en su sitio, buscando más allá de las apariencias, la unidad que antes se daba por supuesta.

Esta pandemia desgarradora es, entre muchas cosas, la pandemia de los padres, de la relación con los padres. Es lógico que se cite una y otra vez La Peste de Camus. Es fácil reconocerse en lo que ocurre en Orán porque las pestes se parecen. Pero en la sed de voces de estos días quizás es la última novela del francés, ‘El primer hombre’, en la que más podemos reconocernos. El protagonista, Jacques, o sea Camus, viaja hasta la tumba del padre que no conoció, un joven muerto en guerra. El hijo, que se “creía dueño de sí”, ve cómo “la estatua que todo hombre termina por erigir y endurecer al fuego de los años” (...) se resquebrajaba rápidamente, se derrumbaba”. “No le bastaba toda su energía para construirse y conquistar o entender el mundo (...) no era más que ese corazón angustiado que latía siempre con la misma fuerza contra el muro que lo separaba del secreto de toda vida queriendo ir más lejos, más allá y saber, saber antes de morir, saber por fin para ser, una sola vez, un solo segundo, pero para siempre”. Ante los padres, visitados otra vez, queremos saber el secreto de toda vida, para ser y saber.

Esta urgencia para las despedidas, para las soledades, para afrontar el miedo, es la misma que tenemos para el confinamiento y para la reconstrucción. Ya se habla de una postguerra. El Consejo Europeo celebrado la semana pasada todavía parece no haber iniciado el diálogo con los padres y los abuelos que protagonizaron la reconstrucción. En la crisis de 2008 se cometió el error de no seguir los pasos de Estados Unidos. Hizo falta que llegara Draghi para apostar por una política monetaria expansiva. Algunos fallos se han evitado. Después de los primeros balbuceos del BCE, ya está en marcha el plan de compra de activos por valor de 750.000 millones de euros. Y además se ha aprobado también la flexibilización del marco fiscal. Pero el Consejo Europeo de la pasada semana demostró hasta qué punto los países del norte, Alemania y Holanda especialmente, no han comprendido que –como ha dicho la ministra de Exteriores española, González Laya– “estamos ante lo más cercano al momento Schuman. Como entonces, la clave hoy son pasos que creen solidaridad de hecho”.

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Voces en la pandemia

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En las tripas de la realidad

Fernando de Haro

Nos hemos quedado sin nuestros padres y no nos hemos podido despedir de ellos. Muchos están en hospitales a los que no podemos ir. Tenemos a los enfermos en casa, esperando que el suyo sea un caso leve. El teléfono móvil se ha convertido en un instrumento de tormento. Como ha señalado el escritor José Ángel González Saiz, “hay ocasiones en las que en la vida de un país y de una persona la realidad, no guisada, no cocinada, irrumpe”. La realidad, la enfermedad o la muerte, el límite, la incapacidad para prever todo, estaba ahí pero no la mirábamos. Ahora ha irrumpido de forma estrepitosa. “Y, de pronto, nos hemos dado cuenta de toda la frivolidad ideológica y emocional en la que estábamos instalados”. Nos hemos dado cuenta de todo el tiempo que hemos perdido en riñas absurdas, en acentuar las diferencias. Nos hemos dado cuenta de que no se puede dar por descontado que haya una vida próspera, y segura. De pronto nos hemos dado cuenta de que hay gente que está dando su vida para que no haya más muertes. De pronto “la distancia entre los hechos y los relatos, entre los nombres de las cosas y las cosas de los nombres, se reduce al mínimo” (…) y “la realidad nos pilla desarmados y cautivos de los hábitos mentales más contraproducentes”. Y se hacen urgentes razones y afectos para encarar la muerte, para convivir con ella, para afrontar lo incontrolable, para que el miedo a lo imprevisto no nos paralice.

Las nostalgias de otros tiempos juegan en contra y las proyecciones para cuando todo esto se acabe nos suenan a consuelos estúpidos. La realidad ha entrado sin permiso y queremos tener la seguridad de que somos más que la epidemia, que las incertidumbres que sufrimos, que las consecuencias de una crisis económica que va camino de paralizar toda actividad. Cuanto más exigentes se hacen los nuevos tiempos, más ridícula y desfasada nos parece la vida de hace un mes. Hace un mes era razonable elevar quejas porque no había de esto o de aquello, ahora sabemos que no hay mascarillas suficientes, sabemos que no hay respiradores. Hace un mes nos parecía normal que los políticos hicieran discursos ideológicos, que fueran triviales, que se dedicaran a ocupar espacios, nos parecía casi normal estar instalados en lo antepenúltimo, que hubiese una distancia abismal entre los hechos y los discursos. Y ya no soportamos a los que González Saiz, con expresión de Péguy, llama los “clérigos contra la realidad”. Por eso nos resulta tedioso e infantil que se busquen chivos expiatorios, que nos prediquen sobre las supuestas bondades de los modelos asiáticos en los que la falta de libertad es más eficaz para luchar contras las pandemias o sobre el final de Trump.

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En las tripas de la realidad

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Un antivirus para la culpa

Fernando de Haro

The Lancet acaba de publicar un oportuno artículo, ‘The psychological impact of quarantine and how to reduce it: rapid review of the evidence’ (“El impacto psicológico de la cuarentena y cómo reducirlo”). El trabajo es una recopilación de los estudios que se hicieron con motivo de las cuarentenas en las epidemias de SARS en 2003 en China y en Canadá, y las que hubo en África del Este durante el Ébola. A estas alturas, con toda España y toda Italia encerrada, no necesitamos leer un artículo científico para saber las consecuencias que trae vivir en cuatro paredes: estrés postraumático, desarreglos emocionales, ansiedad y un largo etcétera. Las recomendaciones también las conocemos: información, abastecimiento, lucha contra el aburrimiento y comunicación. Pero hay tres efectos descritos por The Lancet que difícilmente son superables con ejercicios de higiene psicológica: el miedo, el estigma y la culpa.

El virus muestra que somos vulnerables porque ni nuestras costumbres ni nuestros sistemas sanitarios estaban preparados para algo así. La vulnerabilidad, en el siglo en que lo tecnológico iba a estar muy por encima de lo biológico, es un dato con cientos de miles de infectados y muchos muertos. Un dato, no una evidencia, porque todavía hay quien se empeña en un gnosticismo imposible y cita algunas páginas del libro de David Deutsch (El comienzo del infinito) para defender que “todos los fracasos –todos los males– se deben a un conocimiento insuficiente. Esta es la clave de la filosofía racional de lo incognoscible. Carecería de contenido si hubiese limitaciones fundamentales a la creación de conocimiento, pero no las hay”. Predicar a estas alturas que el conocimiento insuficiente es culpable del mal que sufrimos es como echarle la culpa de la muerte por infección a todos los que investigaron antes que Fleming y no descubrieron la penicilina.

Pero el mal del virus, el mal es así, genera no solo miedo sino la necesidad de encontrar un culpable: los chinos y su costumbre de comer animales salvajes, la globalización, la falta de previsión, la del Gobierno nacional, la del Gobierno regional, la falta de coordinación de la Unión Europea o nuestra propia negligencia. No tenemos en este momento los datos suficientes para hacer una descomposición analítica de la cadena de errores que ha provocado la aparición de la pandemia. Pero esos datos y ese análisis siempre estarán por detrás del reto que supone encarar el dolor, el sufrimiento y la muerte. El estigma de los compañeros de trabajo, de los recluidos en cuarentena, no es otra cosa que recurso al viejo chivo expiatorio de los antiguos sacrificios. Desvela la tendencia universal que tenemos todos a descargar la violencia acumulada por el mal real o supuestamente sufrido en una víctima de recambio.

El virus muestra nuestra vulnerabilidad, exige experiencias y razones que nos saquen de la dinámica habitual de la transferencia de culpa. El miedo busca culpables más allá de lo razonable cuando lo supuestamente razonable es una descomposición casi infinita de causas.

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Un antivirus para la culpa

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The Lancet acaba de publicar un oportuno artículo, ‘The psychological impact of quarantine and how to reduce it: rapid review of the evidence’ (“El impacto psicológico de la cuarentena y cómo reducirlo”). El trabajo es una recopilación de los estudios que se hicieron con motivo de las cuarentenas en las epidemias de SARS en 2003 en China y en Canadá, y las que hubo en África del Este durante el Ébola. A estas alturas, con toda España y toda Italia encerrada, no necesitamos leer un artículo científico para saber las consecuencias que trae vivir en cuatro paredes: estrés postraumático, desarreglos emocionales, ansiedad y un largo etcétera. Las recomendaciones también las conocemos: información, abastecimiento, lucha contra el aburrimiento y comunicación. Pero hay tres efectos descritos por The Lancet que difícilmente son superables con ejercicios de higiene psicológica: el miedo, el estigma y la culpa.

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En el purgatorio del mundo

Fernando de Haro, Pazarkule

Assad salió el pasado miércoles del campo de refugiados que se había montado aquí en Pazarkule, en el puesto fronterizo entre Turquía y Grecia, cerca de la ciudad de Edirne. Assad, con un grupo de amigos de Kabul, enfiló el camino de tierra que une la frontera con el pequeño pueblo de Karach. Iban a buscar pan, algunos plásticos y ropa de abrigo para pasar la noche, todavía muy fría. Delante de Assad caminaba una pareja de subsaharianos, más allá dos kurdos iraquíes, y por detrás un grupo de sirios rubios. Pazarkule se ha convertido en el purgatorio del mundo, donde se hablan todas las lenguas de los que se han quedado sin pasado ni futuro, sin techo y sin país. Assad, como todos los que llegaron a la frontera, ha sufrido la intimidación de los turcos y la violencia de los griegos que utilizan gases lacrimógenos y balas de goma para no dejarle pasar a Europa. Lleva días sin poder asearse. “Yo era profesor en Kabul -explica el afgano en inglés- tenía mi trabajo, pero me vine a Turquía porque no soportaba la presión de los yihadistas. En este país he malvivido, lo dejé todo en Estambul porque Erdogan dijo que la frontera estaba abierta, y ahora no tengo dónde ir”. Assad, como todos los afganos, vive una situación peor que los sirios. Los sirios cuentan con el status de “protección temporal” que les permite trabajar de forma irregular y que sus hijos vayan a las escuelas y aprendan turco. Assad encuentra en el pueblo de Karach un supermercado en el que han tenido compasión de los que han ido a pedir pan. Se vuelve contento porque ya tiene para cenar. El pan de Karach, entregado gratuitamente, es un ejercicio de compasión de la pequeña política que no tiene equivalente en la gran política. Ha habido pan en Karach, bocadillos con mortadela en la estación de autobuses de Edirne donde han quedado atrapadas una veintena de familias. También ropa, regalada por campesinos turcos, para los niños en la rivera del río Evros. Llegaron porque querían cruzar a Grecia atravesando solo 40 metros de agua. A los que consiguieron pasar les quitaron la cartera, los móviles y los cordones de los zapatos y los devolvieron. En el purgatorio del mundo en el que se ha convertido esta frontera ha habido solidaridad de ciudadanos anónimos y ha habido instrumentalización de Erdogan que trajo en autobuses a los millares de refugiados, ha habido también durísima represión de Grecia que ha agotado su generosidad y que no quiere otros campos como el de Moria. Ha habido miedo de la Unión Europea a otra crisis como la de 2015.

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En el purgatorio del mundo

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El miedo que nos hace rehenes

Fernando de Haro

El desafío, más económico que sanitario, del coronavirus ha provocado que haya pasado bastante inadvertido el nuevo movimiento masivo de refugiados. Un acontecimiento que, de forma indirecta, ha puesto de manifiesto la desaparición del hombre europeo, al menos tal y como lo entendíamos hasta ahora. El casi millón de personas que han huido de la provincia de Iblid hacia el norte de Siria, después de nueve años de guerra en el país y de la última ofensiva de Assad, el enfrentamiento entre dos potencias de tipo medio (Rusia y Turquía) en la carne de los sirios, la utilización de los que se han quedado sin casa ni país como herramienta de presión por parte de Erdogan son acontecimientos más letales que la propagación del COVID-19. Constituyen un nuevo capítulo de una crisis de desplazados que revela el rostro más sombrío de una Europa que optó por una subcontratación del problema. Ahora llegan los recibos. El europeo para el que ya no es evidente el valor de acoger al que huye de la guerra, al que le da miedo el extranjero, el que sospecha del otro que necesita ayuda porque no tiene clara su identidad, el que acaricia sueños de soberanismos imposibles, presionó a sus líderes en 2015 para rechazar cualquier fórmula que no fuera dejar a los refugiados fuera de las fronteras de la UE. El cambio que tuvo que hacer Merkel en su política fue muy significativo. La canciller alemana se vio obligada a modificar sus primeras decisiones. Y hubo, por eso, en 2017 un acuerdo con Libia, Estado fallido y conculcador de derechos humanos, para frenar a los migrantes económicos. Y antes un acuerdo con Turquía, en 2016, para contener a los refugiados sirios a cambio de 6.000 millones de euros.

Ahora, cuando se hace de nuevo evidente que la guerra infinita de Siria no fue nunca una guerra civil, cuando la lucha por la hegemonía entre Moscú y Ankara en la provincia de Iblid está abierta, se desvelan las consecuencias de la escandalosa falta de implicación de Europa y de Estados Unidos en una solución al conflicto. Salen a la luz las raíces culturales de un problema que desvela la debilidad de Occidente.

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El miedo que nos hace rehenes

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Deseo de transhumanizarse

Fernando de Haro

Sanders va a ganar en las primarias demócratas. Al menos eso es lo que predice David Brooks en New York Times. La apuesta se basa en que Sanders tiene una historia, un mito, sobre todo un mito moral, que vende bien. Los problemas de Estados Unidos los generan los avariciosos de la Costa Este, la gente de Wall Sreet que está destruyendo los valores del país. Es un relato sencillo, con un mensaje ético en el centro, que da salida al resentimiento.

En el lado republicano no es complicado hacer predicciones. Trump será el candidato y, de facto, las primarias de este partido quedarán eliminadas tras el supermartes de comienzos de marzo. Hasta ese momento el “lunático” Zoltan Istvan seguirá disputándole al actual inquilino de la Casa Blanca el puesto. El resultado es lo de menos, como lo fue en 2016 cuando ya se presentó a las elecciones. Lo que le interesa a Zoltan es aprovechar la ocasión para difundir su programa transhumanista. En este caso, el programa es antropológico. Habría que decir “transantropológico”: el objetivo es “reconocer los derechos de los robots conscientes, de los ciborg y la posibilidad de que el 3D imprima un ser humano entero y de que la Inteligencia Artificial cree la singularidad de cada uno”. Las ideas de Zoltan pueden parecer descabelladas. Son las expresiones menos serias de un movimiento con elementos muy serios.

Como siempre, la ficción se adelanta. En uno de los capítulos de hace unos meses de Years and Years, los espectadores nos quedamos sobrecogidos con una escena que se desarrolla en la cocina de una casa familiar. Una adolescente explica que no se siente cómoda con el cuerpo que tiene. Los padres, atentos y solícitos, le muestran su apoyo para el cambio de sexo. La chica, sorprendida, les responde: “el problema no es el sexo, no soy transexual, quiero ser transhumana. No quiero ser carne, quiero ser datos, quiero vivir para siempre como información”. El drama de la identidad llevado hasta su extremo, no es ya una cuestión de nación o de género sino de especie.

Hay sin duda que distinguir, entre los candidatos lunáticos a las presidenciales estadounidenses, los guiones de series efectistas, las corrientes ideológicas y las posibilidades reales de lo que la tecnología o la genética pueden hacer. La profesora Elena Postigo, que ha dedicado tiempo a estudiar el pensamiento transhumano, señala que uno de sus principales teóricos es Nick Bostrom, filósofo sueco, experto en Inteligencia Artificial y presidente de la World Transhumanist Association. Según Bolton, el transhumano es el hombre que está caminando para convertirse en posthumano, por medio de la mejora de la especie que tendrá una vida mucho mas larga (hasta 500 años), con capacidades intelectuales que duplicarán las actuales y con un cuerpo sometido a sí mismo. Suena a película de ciencia ficción de sábado por la tarde. Pero antes de llegar al paraíso posthumano, hay proyectos transhumanos en marcha que plantean retos interesantes.

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Deseo de transhumanizarse

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Eutanasia: fuera del bucle

Fernando de Haro

Ezra Klein es un periodista judío, liberal en el sentido norteamericano del término, que trabajó para medios tradicionales y que desde hace años ha puesto en marcha un producto multimedia llamado Vox. La plataforma es aire fresco en un panorama estadounidense de periódicos y televisiones, en muchos casos anclados en fórmulas tradicionales. El sesgo de los contenidos a menudo es demasiado evidente pero sus videos y sus podcasts, con un inteligente tratamiento de postproducción, se han convertido en un buen modelo para que la opinión pública entre en la complejidad de asuntos a menudo demasiado simplificados. Ezra Klein acaba de publicar 'Why We’re Polarized' (Por qué estamos polarizados), un libro en el que intenta describir las razones del conflictivo clima que reina en su país. Klein sostiene que las coaliciones políticas de los últimos 50 años se han tejido en torno a preferencias ideológicas, geográficas y culturales. Parecería lógico que así fuera. Pero esta dinámica ha provocado una serie de bucles en los que los medios, los partidos y las instituciones se han ido extremando para responder a una audiencia y a una ciudadanía cada vez más polarizadas hasta que el mismo sistema ha acabado cuestionándose. Que el sistema se cuestione, esto no lo dice Klein, pero es fácil de deducir, pone en duda que exista un espacio común. Los partidos, las instituciones, en lugar de poner freno a la espiral, la han aumentado. Probablemente porque son demasiado débiles para sostener unas referencias que ya no son evidentes para nadie.

La descripción que hace Klein es perfectamente extrapolable a España, a Italia y a buena parte de Europa. En este contexto y en este clima, en el que las preferencias ideológicas y culturales, las opciones identitarias, se convierten en un absoluto, se debate, por tercera vez en España, una proposición para despenalizar la eutanasia. Es sin duda el peor escenario posible para afrontar una cuestión tan importante. De un lado una ideología que concibe los nuevos derechos como la ocasión de afirmar la autonomía absoluta del individuo (para la que la eutanasia se presenta como la última meta). De otro, aunque con voz minoritaria, un esencialismo incapaz de tener en cuenta los límites de la razón, sometida a los avatares de historia, frente a los desafíos más exigentes de la ética. Cualquier posibilidad de conversación desaparece. El modo de vivir los últimos días es combustible para la polarización. La que sería una ocasión preciosa para dialogar sobre el momento en el que todas las preferencias ideológicas y todas las identidades son puestas a prueba, se convierte en un gallinero de voces estridentes. Habría que pedir a los políticos y a los moralistas que hablaran de estas cosas como si estuvieran al pie de la cama de un enfermo severo y crónico, de un enfermo terminal o en el pasillo de un hospital, junto a las habitaciones de quien acaba su vida. El primer debate parlamentario, sin embargo, ha sido todo lo contrario. La derecha, con absoluta ceguera, ha utilizado como gran argumento que la eutanasia se promueve para ahorrar costes y la izquierda ha insistido en presentarla como la última libertad.

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Eutanasia: fuera del bucle

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¿Cuánto barro tienen los pies del gigante?

Fernando de Haro

Usera. Un barrio con más de 10.000 ciudadanos chinos. Una de las “china town” más grandes de Europa. Farmacias, supermercados, restaurantes y hasta una misa a la semana para los miembros del Imperio del Centro que han emigrado a Madrid. Hay calles que parecen ya de Pekín. Muchos negocios han cerrado, por prevención. Porque no hay ningún caso de coronavirus ni sospechas. En uno de los negocios, en el escaparate, un cartel en español explica que el cierre se debe a las vacaciones, otro cartel en caracteres chinos da otra versión: el cierre se debe a la epidemia. Doble verdad. Probablemente para no crear una alarma innecesaria entre los clientes españoles, quizás por la costumbre, por la necesidad de no ser demasiado transparentes. Hay valores por encima de la precisión informativa.

La falta de transparencia, la falta de eficacia burocrática del régimen comunista va camino de convertir el coronavirus en el Chernóbil chino. El número de víctimas está lejos de las provocadas por el accidente de la central nuclear ucraniana en los años 80, pero la crisis política y la desconfianza se extiende como la radiación. Chernóbil acabó con el hombre soviético, el tiempo dirá la dimensión del daño que el coronavirus causa en el hombre neo-maoísta-comunista-capitalista diseñado por Xi Jinping. El año 2021 iba a ser, con ocasión del primer centenario del Partido Comunista, el año en que China se iba a convertir “en una sociedad de un bienestar moderado”. El país que ya controla un tercio del PIB mundial ha sido capaz de poner en cuarentena a 50 millones de personas, pero ha sido incapaz de gestionar con eficacia la información, el bien intangible decisivo en una epidemia. El país donde todo dato y todo movimiento está controlados con la aplicación We Chat, en el que cada rincón tiene una cámara y en el que los sistemas de Inteligencia Artificial procesan a toda velocidad billones de datos, las noticias más relevantes para evitar una pandemia no llegaron donde tenían que llegar a tiempo.

Según The Lancet, los primeros casos se detectaron a principios de diciembre. Se produjeron algunas denuncias de la enfermedad a principio de enero pero fueron silenciadas. Solo el 20 de enero, la Comisión Nacional de Salud anunciaba la extensión del virus. No por casualidad, la muerte del doctor Li Wenliang, sancionado después de haber denunciado la presencia del patógeno en algunos enfermos, lo ha convertido en el icono de unas críticas al poder que algunos ya comparan con el movimiento que dio lugar a Tiananmen. Es muy significativo que las críticas de la disidencia hayan estallado en internet a pesar del férreo sistema de control impuesto por Xi. Cualquiera que haya estado en China haciendo información sabe que es prácticamente imposible difundir una noticia que cuestione el poder o una opinión crítica sin ser inmediatamente interceptado.

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Se nos olvidó la libertad

Fernando de Haro

El viernes, pocas horas antes de que se materializara el Brexit, no se hablaba de otra cosa en la Main Sreet de Gibraltar, la última colonia en suelo europeo. Los vecinos de la estrecha calle que serpentea bajo la Roca, en conversaciones que empezaban en inglés y terminaban en un español muy del sur, hacían comparaciones con su vida y lo que sucede en la raya entre Estados Unidos y México. Las charlas informales, en las terrazas o en los encuentros fortuitos, terminaban con consignas estoicas sobre la capacidad de supervivencia de los vecinos del Peñón. Pocos minutos antes de las doce de la noche, en la frontera, se arrió la bandera de la Unión Europea y se izó la de la Commonwealth. No hubo fiesta alguna. Solo 800 llanitos (que es como se les conoce a los 34.000 británicos de Gibraltar) votaron en el referéndum de 2016 a favor de la salida de la Unión Europea. La retórica de la resistencia no disipa la memoria de lo que supone una frontera sin libertad de circulación (sobre todo de personas). Todos los mayores de 50 años recuerdan el cierre de la verja, el aislamiento, la necesidad de salir del extremo sur de la Península Ibérica por mar. Y a los niños se les ha transmitido la herida de la memoria. Los gibraltareños pueden vivir de sus ingresos como paraíso fiscal no reconocido, del juego, del contrabando de tabaco, del bunkering petrolero, pero saben que fuera de un mercado único, sin libertad de movimientos para los 14.000 trabajadores que cruzan la frontera cada mañana, la vida será mucho más difícil. La vida sin poder comer, dormir, tomar el sol, residir en España, será mucho más difícil.

Sería exagerado comparar el mestizaje económico, social y cultural que hay entre Gibraltar y el sur de España con las conexiones que se han creado desde 1973 hasta hoy entre el Reino Unido y la Unión. Pero la interdependencia es grande. En los últimos años se ha repetido hasta la saciedad el dato: el 53 por ciento de las importaciones provienen de la UE y el 45 por ciento de las exportaciones del Reino Unido van dirigidas a la UE. El país, fuera de la UE, es una potencia media, sexta economía del mundo con “solo” 66 millones de habitantes en un mundo globalizado. Hace tiempo que las cifras han dejado de significar algo relevante para muchos. Se las responde con el proyecto de nuevo tratado de libre comercio con EEUU y con un futuro acuerdo con Bruselas como el que tiene Canadá. Un acuerdo que tardará años en negociarse (es difícil que se concluya antes del final del período transitorio) y que supondría estar en peores condiciones que las de un socio europeo. El Reino Unido siempre ha sido un socio a la carta, que estaba fuera del euro, y que estaba fuera de Schengen. A partir de ahora Londres controlará, según sus propios criterios, la migración europea. Pero no se puede decir que les haya ido mal con el movimiento de los continentales.

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Sin apearnos del bus amarillo

Fernando de Haro

Tras la pausa navideña, los autobuses amarillos que llevan a los niños a los colegios han vuelto a rodar por las calles de los pueblos y de las ciudades estadounidenses. Algunos no los necesitan porque pueden llegar a clase caminando o porque un familiar los acerca. Pero hay dos millones que no toman el autobús amarillo porque su escuela es su casa. El fenómeno del homeschooling, que comenzó en los Estados Unidos en los años 60, es el método utilizado ya para formar a más de dos millones de personas. Las tasas de crecimiento anuales son altas. Hace 50 años el homeschooling era una expresión de contracultura. Pero cuando en los 70 el Tribunal Supremo decidió eliminar la oración en las escuelas públicas, algunas comunidades cristianas apostaron por la fórmula. Un diez por ciento de los hijos de evangélicos, según algunas estimaciones, forma a sus hijos en el salón. Parecen buscar una opción que aleje a los niños de los peligros de la enseñanza que es para todos. Para salvar la fe, para cultivarla, mejor evitar peligros. Pero la motivación religiosa no es la única, también hay quien prefiere la escuela en casa porque así evita el acoso y un ambiente muy agresivo. Casi desde hace cinco décadas se discute sobre las consecuencias socio-emocionales de la escuela en casa, en la que el ámbito de las relaciones se reduce. Se debate sobre la conveniencia de favorecer opciones que “protegen” la transmisión de los valores en los que se quiere educar. O, por el contrario, la conveniencia de que los chicos verifiquen las hipótesis que les ha ofrecido la familia en un ambiente plural o incluso abiertamente hostil.

El homeschooling ha sido utilizado por parte de la nueva derecha estadounidense como una bandera. Y así Grover Norquist ha defendido que su “ciudadano ideal es un trabajador autoempleado, formado por el homeschooling, con un permiso de portar armas. Esta persona no necesita ningún maldito Gobierno”. Es evidente que las expresiones de Norquist pertenecen a un anarquismo de derechas extremo. El homeschooling, aunque sea invocado por estos radicales, no está bien representado por sus posiciones. No implica necesariamente un desprecio absoluto por el Gobierno o por el Estado, pero sí conecta con un rechazo muy propio de cierta tradición estadounidense solitaria. Una cierta tradición que no acierta a reconocerse en lo común y en unos contenidos educativos y políticos que sean compartibles por todos. La describía ya Tocqueville en su época con unas palabras que podrían haber sido escritas hoy: “veo una multitud de gente formada por hombres iguales y similares (…) viviendo aparte, como extranjeros los unos de los otros. Sus hijos y amigos son para ellos toda la raza humana. Existen para ellos mismos, están solos. Pueden tener todavía una familia, pero ya no tienen un país”.

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Victimización: herramienta del poder

Fernando de Haro

Los movimientos de Trump y de Putin últimamente ilustran a la perfección la “ideología de la victimización” que domina el mundo. Trump ha podido vender la “paz comercial” con China como un gran éxito y Putin ha cesado al Gobierno ruso y puesto en marcha una acelerada reforma constitucional porque vivimos en un mundo de “humillados y ofendidos”. No solo los rusos y los estadounidenses, todos los habitantes del planeta, en este comienzo de los años 20, estamos dispuestos a comprar narrativas y discursos que se aprovechan de un sentimiento de expropiación y desposesión.

Mientras el tercer impeachment de la historia de los Estados Unidos daba comienzo en el Senado (proceso condenado al fracaso de antemano), Trump exhibía una victoria en la guerra comercial contra China, firmando un acuerdo con el viceprimer ministro Liu He. No era la paz definitiva porque Estados Unidos mantiene 360.000 millones de dólares en aranceles, pero Trump ha podido exhibir el compromiso de que China va a gastar más de 200.000 millones de dólares en la compra de productos norteamericanos. Estados Unidos vuelve a ser grande de nuevo, después de haber puesto firme al Gigante Asiático, que con su moneda artificialmente devaluada había conseguido una balanza comercial muy favorable. Todo a costa de la buena industria estadounidense mantenida y sostenida por los buenos estadounidenses.

En realidad, cuando se examinan con detalle las cifras, la victoria no es ni tan clara ni tan rotunda. La guerra comercial de los últimos meses ha causado serios daños a la economía norteamericana. En el verano de 2018, China ya ofreció comprar productos agrícolas y manufacturas por un valor semejante al actual antes de que Trump decidiera subir los aranceles con sus consiguientes perjuicios. Los analistas de Financial Times han sido categóricos: los compromisos de compra por parte de China no significan que se vaya a conseguir reducir el déficit de la balanza comercial, la mayoría de los aranceles se mantiene y el compromiso de lucha contra el ciberespionaje no está en el texto del acuerdo.

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Cuando la moderación no es suficiente

Fernando de Haro

El nuevo Gobierno de España va a ser el tercero de la Unión Europea con populistas de izquierda en su seno. Los dos precedentes provocan que la situación sea bastante inédita. Hasta el pasado mes de julio, gobernó la Syriza de Tsipras en Grecia. Pero el populismo griego se había convertido en los últimos años en un centroizquierda convencional. De hecho, Tsipras ha recurrido a fórmulas económicas ortodoxas. El país ha vuelto a un sistema político bipartidista. El caso de Italia con el Gobierno de 5 Estrellas y de Salvini tampoco se puede tomar como referente. Sería demasiado simplista calificar a 5 Estrellas como un movimiento populista de izquierdas y su “convivencia” con Salvini lo convirtió en un experimento particular.

En España Podemos llega al Gobierno equipado de un contundente aparato ideológico y un pacto con el PSOE que, de aplicarse, supondrá una importante expansión del gasto, una contrarreforma del mercado laboral y una subida de impuestos. El errático Sánchez, desde los primeros pasos, se ha mostrado obsesionado en no perder terreno frente a Podemos, ha nombrado varios ministros económicos de “pura raza” socialdemócrata que bien podrían haber estado en un gabinete de centro-derecha. El líder socialista parece querer recuperar la buena consideración que tenía entre los líderes europeos (en especial de Macron) antes de aliarse con Iglesias.

La mala experiencia del socialista-pre-populista Zapatero está muy viva. El anterior presidente socialista, en plena crisis, se vio obligado a reformar de urgencia la Constitución para evitar una crisis del euro después de haber disparado el déficit. En materia económica, es previsible que haya muchas escaramuzas, que el mercado laboral se haga más rígido, que el desequilibrio de las cuentas públicas vuelva a aumentar de forma significativa, que ciertas subidas de impuestos provoquen miedo entre los inversores. El tiempo que Podemos y PSOE estén en el Gobierno retrasará las reformas educativas y estructurales que permitirían caminar hacia una mayor modernización. Reformas que el PP tampoco acometió con decisión, en parte porque la crisis le comió la agenda. Pero no es difícil imaginar, como ha sucedido en Grecia y en Italia, que Bruselas actuará como salvaguarda contra grandes desmanes.

Otra cosa distinta es el ámbito de las políticas ideológicas, identitarias y antropológicas. El apoyo del independentismo catalán de ERC segmentará, como ya lo está haciendo, al Gobierno hacia unas políticas de identidad territorial que rozarán los límites constitucionales. Quizás los sobrepasen. Pero el identitarismo no se acaba en la cuestión catalana.

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Cuando la moderación no es suficiente

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Identarismos tóxicos

Fernando de Haro

El debate de investidura de Sánchez ha dado protagonismo a varios identarismos de signo tóxico. Son estos identarismos los que van a marcar lo que dure la legislatura que se inicia. El empeño del candidato socialista de gobernar no buscando el apoyo del centroderecha del PP y del centro liberal de Ciudadanos supone pagar un alto precio. El coste más caro, no suficientemente indicado en el marasmo de los últimos días, es que aquellas formaciones que basan su discurso en una identidad excluyente acceden a importantes cuotas de poder. La socialdemocracia del PSOE, caracterizada desde la transición a la democracia por un proyecto modernizador y europeísta para toda España, se diluye en beneficio de la posición independentista catalana y vasca, en beneficio del populismo de izquierda de Podemos.

Sánchez ha estado obligado a normalizar las posiciones de ERC. A cambio de la abstención del independentismo, el socialismo ha asumido como propias tres posiciones de una concepción de la identidad catalana excluyente: la definición de lo que sucede en Cataluña como un conflicto político, la necesidad de que no intervengan las autoridades judiciales y la creación de una mesa de negociación bilateral que desvirtúa a los organismos de representación de la soberanía (el Congreso y el Parlamento de Cataluña). Solo si acepta que el modo normal de ser de los catalanes es semejante al de los irlandeses del norte, que han sufrido la “ocupación británica”, tiene sentido utilizar el término conflicto. Solo si se entiende que ser catalán significa tener una identidad que excluye la española, se reivindica y se asume la necesidad de que los jueces suspendan la aplicación de las leyes que garantizan la soberanía de todos los españoles (la aplicación de las leyes se llama ahora “judicialización"). Solo así se entiende, en fin, la creación de una mesa bilateral de negociación entre el Gobierno de España y el Gobierno de Cataluña con una agenda de asuntos de los que constitucionalmente no se puede disponer.

Sánchez, sin haber firmado un acuerdo con Bildu, a cambio de su abstención ha tenido que normalizar el identarismo excluyente de un independentismo vasco que justificó la violencia. El blanqueo de Bildu es pasivo. A cambio de su abstención, el socialismo español no combate el discurso de una forma de concebir la identidad vasca que no ha abjurado del terrorismo. Bildu, al no haber pedido perdón por los 900 asesinatos de ETA, formación de la que es heredera, asume que para ser vasco, para liberarse del yugo que suponía y supone España, hubo un tiempo cercano en el que era necesario recurrir a la violencia. El identarismo en este caso es tan excluyente que contempla la aniquilación del otro. Aceptar este discurso supone dar un paso atrás en la tarea de construir un relato preciso de lo que pasó en el País Vasco durante décadas. Bildu nunca permitirá que se cuente la verdadera historia de ETA, lo que supone condenar a los vascos a vivir en la mentira.

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Identarismos tóxicos

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Ya veremos si los años 20 empiezan

Fernando de Haro

Empiezan en estas horas los años 20 del siglo XXI. ¿Comienzan de verdad? A pesar de lo que diga el calendario, no es algo automático. En el ya lejano 1956 James Baldwin, el provocador activista y en muchos aspectos genial escritor estadounidense (que ha vuelto a recuperar cierto protagonismo con el documental ‘I am not your negro’), mantenía una sugerente polémica con William Faulkner. En 1954 el Tribunal Supremo de Estados Unidos había emitido su histórica sentencia contra la segregación en las escuelas de blancos y negros. Faulkner, que reconocía la tremenda injusticia de la separación, defendió la necesidad de “ir despacio” para desmontarla. En un vibrante artículo (titulado “Faulkner and desegregation”) Baldwin le responde y escribe una de sus mejores páginas refiriéndose al significado de la palabra cambio y a las reacciones que provoca. “Todo cambio -escribe el ensayista negro- verdadero lleva implícita la ruptura del mundo tal y como siempre lo hemos conocido, la pérdida de todo lo que nos ofrecía una identidad, el fin de la seguridad”. “En semejante momento -añade-, incapaces de ver y no atreviéndonos a imaginar lo que el futuro nos acarrea, nos aferramos a lo que ya sabíamos o creíamos saber, a lo que poseíamos o soñábamos poseer”.

La descripción de la perplejidad y de la inseguridad provocadas por el cambio que hace Baldwin es totalmente aplicable a las reacciones que vemos ante la globalización, ante la crisis de los fundamentos de la cultura y de la democracia occidental que ya “creíamos saber. La inflación de soluciones identitarias y soberanistas del 2019 que dejamos atrás tiene mucho que ver con el agarrarse a lo que soñábamos poseer”. Pero esta respuesta, apunta Baldwin, es una forma de esclavitud. “Solo cuando un hombre -apunta- es capaz de abandonar, sin amargura o autocompasión, un sueño que por largo tiempo ha acariciado, o un privilegio por largo tiempo poseído, es que se ha liberado, se ha liberado a sí mismo, para concebir sueños más elevados, para alcanzar privilegios mayores”. La liberación, indica con precisión el neoyorquino, no es mantener lo ya conquistado o poseído, sino lo nuevo, lo que permite elevarse a una nueva posesión. En este caso la mezcla de blancos y negros. Y remata Baldwin: “todos los hombres han pasado y pasan por esto, cada uno según su categoría, a lo largo de sus vidas”. No es solo un proceso histórico, es un proceso personal. O mejor, porque es un proceso personal es un proceso histórico.

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Ya veremos si los años 20 empiezan

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De Jerusalén a Belén

Fernando de Haro

Se levantan mucho antes de que amanezca, antes de que el sol en amanecida tiña de rojo las piedras blancas con que todo está construido en Tierra Santa. Comienzan a llegar estos días los peregrinos, sobre todo de Asia, a la explanada de la Basílica de la Natividad antes de las cinco de la mañana. Ya hay alguien vendiéndoles té o café. Vienen, como dice Francisco, a “sentir, a tocar, la pobreza que el Hijo de Dios eligió para sí mismo en su encarnación”. Son los nuevos pastores que corren a Belén, muchos de ellos llegados de un Oriente lejano, “contemporáneos del acontecimiento que se hace vivo y actual en los más diversos contextos históricos y culturales”. Paradojas del momento, a los que vienen de lejos, de mundos diversos, se les deja pasar a ver el lugar en el que ese “modo de actuar de Dios que casi aturde (...) porque duerme, toma leche de su madre, llora y juega como todos los niños”. Los que están cerca, a una hora y media de coche, tendrán que mirar las figuritas de los belenes que se han instalado en la parroquia católica de la Sagrada Familia y la parroquia ortodoxa de San Porfirio en el centro histórico de Gaza. Quedan ya menos de 1.000 cristianos en la Franja y algunos de ellos habían pedido esta Navidad salir por el paso de Erez pero no podrán hacerlo.

Los peregrinos hacen largas colas antes de la Basílica de la Natividad. Ha habido que ampliar el horario, hasta las ocho de la tarde. El año se cerrará con más de tres millones de peregrinos, lo que supone un crecimiento del 17 por ciento respecto al año pasado. Hay ya 12.000 camas disponibles para pasar la noche en ese pequeño pueblo en el que nació Jesús, aislado del resto del mundo por un muro vergonzoso que se sigue extendiendo por Cisjordania para construir la Gran Jerusalén. No hace muchos años solo había 2.000 camas. Se ha seguido trabajando en este tiempo junto al pesebre de María para recibir a los peregrinos. Una buena noticia cuando los datos de emigración de cristianos siguen siendo altísimos, cuando la expresión un territorio-dos Estados es ya retórica, cuando no hay –ni se le espera– proceso de paz y cuando las terceras elecciones en Israel seguirán dándole la llave de la gobernabilidad a Liberman, defensor de una política durísima no solo con los asentamientos, también con los árabes-israelíes. La noticia de los peregrinos es una noticia importante cuando la presión de los grupos judíos como Ateret Cohanim sigue trabajando para limitar la presencia cristiana en Jerusalén.

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De Jerusalén a Belén

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Es la confianza, la confianza

Fernando de Haro

Johnson es un histrión, un político con muchas dosis de oportunismo, pero no es tonto. Y en su primer discurso frente al número 10 de Downing Street, después de visitar a la reina, hizo un llamamiento a la unidad y expresó su deseo de que el Reino Unido se cure de la discusión árida sobre el Brexit. Parte de esa discusión la ha protagonizado él mismo. Johnson sabe que la mayoría absoluta de 365 diputados no significa ni una victoria rotunda de los partidarios del Brexit ni va a cerrar las heridas de una sociedad profundamente fracturada.

La amplia mayoría que han obtenido los conservadores en Westminster tiene varias causas. El sistema electoral mayoritario del país da un plus de representación a los ganadores. Corbyn ha llevado al Partido Laborista al mayor de los desastres conocidos desde los años 80: ha perdido apoyo en el centro y el norte de Inglaterra, donde tradicionalmente tenía su reserva de votos. Las opciones excesivamente izquierdistas del líder laborista no han conectado con las nuevas preocupaciones de su electorado. El “Get Brexit Done” de Johnson sin duda ha sido decisivo. Pero no ha sido la única variable. Los conservadores han ganado más de seis puntos por el apoyo de los partidarios de abandonar la Unión Europea que no les habían votado antes. Los laboristas han perdido diez puntos de los brexiters que les han abandonado. Pero no todos los votantes conservadores necesariamente son brexiters ni todos los laboristas son remainers. Admitamos, por un momento y para simplificar, que fuera así y que las elecciones hubieran sido un referéndum El voto popular de Johnson es del 43,6 por ciento, apenas un punto más que en 2017 cuando los conservadores obtuvieron un 42,4 por ciento. Probablemente un nuevo y auténtico referéndum arrojaría una nueva división entre dos partes casi iguales.

Unidad. Recuperación de los vínculos. Johnson sabe que ese es el reto. Unidad de Escocia con el resto del Reino Unido. De Irlanda del Norte. Recuperar los vínculos de Londres con el norte de Inglaterra, de las diferentes clases sociales y de los británicos con la realidad. De esto último es de lo que menos se habla.

La crisis territorial de Escocia es inminente. El SNP (el partido nacionalista escocés) ha obtenido una aplastante victoria y sus líderes ya están reclamando un nuevo referéndum. ¿Si el Reino Unido se separa de la Unión Europea, por el resultado ajustado de un referéndum, por qué no va a derogarse el Acta de la Unión de 1707 que hizo de Escocia parte del Reino Unido con otro referéndum? El virus de la fractura. Y habrá que ver qué sucede en Irlanda del Norte, donde los partidos nacionalistas (remainers) han obtenido más escaños que los unionistas.

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Es la confianza, la confianza

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Demasiadas suposiciones

Fernando de Haro

La crisis de la OTAN resuelta. Al menos momentáneamente. Por elevación. Los desacuerdos entre Estados Unidos y Europa se han querido solventar apuntando al riesgo que supone China. La OTAN es más que una organización militar. Es el símbolo de un mundo en el que la cultura occidental estaba todavía en pie para hacer frente al totalitarismo y a las amenazas contra el mundo libre.

Trump y Macron, aunque enfrentados, cada uno a su manera, han denunciado en los últimos meses que la Organización tiene serios problemas. Está en crisis ciertamente la estrategia de defensa. Pero también el acuerdo tácito entre Estados Unidos, los países del Oeste y del Este de Europa para defender los valores que sustentaron las democracias liberales. De esto no hablan los líderes. Turquía en realidad nunca participó en esos valores. Y ahora la OTAN parece buscarse una cierta unidad en torno a una nueva frontera, no física, pero sí económica, tecnológica, y por supuesto antropológica. ¿Hay todavía algo común en el terreno de los ideales entre los que siguen siendo formalmente aliados? ¿Hay algo que pueda mantenerlos unidos? ¿Qué respuesta tiene, tenemos, al reto que supone un capitalismo de Estado como el chino en el que el valor del yo no puede darse por supuesto?

La cumbre de Londres amenazaba fracaso. Trump está convencido de que los socios europeos son unos aprovechados porque siguen sin pagar la fiesta que le proporciona el ejército más caro del mundo. Y Macron había dicho en The Economist aquello de que la organización está en coma cerebral y que es necesario impulsar un proyecto de seguridad europea. Razón no le falta. No hay estrategia común para hacer frente al yihadismo en el Sahel ni en Siria. La Organización sigue siendo necesaria para contener la amenaza de Rusia en Europa del Este. Pero Turquía se ha aliado con Rusia para ganarle terreno a los kurdos y los alemanes dependen del gas ruso. De momento Estados Unidos y Europa, especialmente Francia, se han reconocido en la amenaza que supone el desarrollo armamentístico chino y las inversiones del Gigante Asiático en el Ártico, en África, y en sectores estratégicos de la economía del Viejo Continente así como en el desarrollo de la tecnología del 5G.

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Demasiadas suposiciones

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Por la desigualdad ecológica

Fernando de Haro

Arranca la Cumbre del Clima COP25 que tenía que haberse celebrado en Santiago de Chile, pero que al final va a tener lugar en Madrid. Durante dos semanas se debatirá en la capital de España cómo conseguir que la subida de la temperatura se limite a 1,5 grados. Los objetivos del Acuerdo de Paris con los que se buscaba limitar el ascenso de la temperatura a 2 grados han sido superados en muy poco tiempo. El Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma) sostiene que, con las emisiones actuales, la temperatura global subirá 3,2 grados. Los compromisos nacionales para reducir esas emisiones son insuficientes.

Habrá reuniones de alto contenido técnico, pero también un enfrentamiento ideológico sobre los modelos de desarrollo más convenientes. Escucharemos, de nuevo, a Greta Thunberg acusando a muchos de no estar dispuestos a abandonar su forma de pensar cuando La Tierra está en riesgo. Las profetisas, aun cuando sean laicas, siempre utilizan un lenguaje duro e incómodo. Son necesarias. La situación es dramática.

Lo que no es tan necesario, ni siquiera conveniente, es lo que Ramón del Castillo llama en su libro 'El jardín de los delirios' una forma de ecología que ha convertido “la naturaleza en el nuevo foco de atención del mercado de la religión y de la religión del mercado”.

La teologización de la ecología no es ni mucho menos un fenómeno nuevo. Y ahora que todos tenemos que luchar seriamente por la descarbonización y por la modificación de nuestro sistema energético, ahora que hay que debatir con calma sobre los cambios sociales que esa lucha implica, es necesario, como señala Manuel Arias Maldonado, liberar “a la causa ambiental de la hiperideologizacion” .

Quizás convenga retomar el debate que se produjo hace treinta años (este no es un asunto nuevo) en Estados Unidos. Y ahí destaca la figura de Murray Bookchin, el ya desaparecido ecologista social que se inspiraba en una matriz libertaria y anticapitalista. Un año después del desastre de Chernobil, Murray Bookchin asistió a un congreso de los verdes norteamericanos. Se quedó tan sorprendido de lo que escuchó en esa reunión que dedicó uno de sus libros (Rehacer la sociedad. Senderos hacia un futuro verde) a responderlo. En aquel congreso uno de los ponentes defendió la necesidad de “obedecer a las leyes de la naturaleza” porque la gente era la amenaza. Era la misma tesis que Bookchin había encontrado en una exposición del Museo de Historia Natural, en la que “al público se le exponía una larga serie de presentaciones y se terminaba con una instalación con un cartel asombroso: el animal más peligroso de la Tierra. La instalación consistía en un espejo gigantesco que reflejaba al visitante humano”.

Boockchin denunció, en nombre de la ecología social, la extensión de “la ecología profunda” fundada por el escalador Arne Naess. Esta ecología profunda está basada en el “igualitarismo biosférico” para el que los seres humanos no tienen mayor derecho a la vida que los organismos no humanos. El respeto a la Madre Tierra, con estos y otros autores, se “cargaba de mitos biocéntricos” provenientes de una creencia budista y taoísta en una unidad tan cósmica que los seres humanos con toda su peculiaridad son disueltos en una forma de igualdad biocéntrica omnicomprensiva”.

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La América de la que no se habla

Fernando de Haro

Cuando en 2015 estalló la crisis de refugiados en Europa, en la fachada de muchos ayuntamientos de España se colgaron pancartas que daban la bienvenida a los que huían de la guerra de Siria. Llegaron pocos porque el país no estaba en sus rutas ni era un destino anhelado. Ahora que ha estallado la otra crisis de refugiados, la crisis de los refugiados americanos, no se habla de ellos y España concede poco asilo y poco techo. En el último año las peticiones se han duplicado y en 2019 van a ser casi 100.000. La política con el Gobierno de Rajoy y con el Gobierno de Sánchez, con la derecha y la izquierda, ha sido la misma. España concede asilo solo a uno de cada cuatro solicitantes. Es una de las tasas más baja de toda Europa. No hay motivo alguno para negarlo. Los que lo piden vienen huyendo de Venezuela (un tercio) donde la crisis humanitaria y la persecución política hace muy difícil la vida. También de Colombia y de los países de Centroamérica duramente castigados por la violencia. Los refugiados americanos que llegan a España suelen pertenecer a la clase media, tienen un buen nivel de formación en muchos casos y el idioma y su cultura les permite una integración plena en un país con una de las tasas de natalidad más bajas de todo el Viejo Continente.

Ni acogida ni reflexión crítica. La crisis de los refugiados americanos no genera un debate público a la altura del fenómeno. La América de habla hispana que vivió muy de lejos la II Guerra Mundial está sufriendo un fenómeno histórico que no había vivido nunca. Es ya uno de los acontecimientos más decisivos desde que se produjeran las independencias. Probablemente tan importante o más que la revolución cubana o que la llamada década perdida. Sin embargo la falta de “utilidad ideológica” lo hace pasar como una cuestión puramente asistencial o humanitaria. Naciones Unidas estima que en muy poco tiempo habrá cinco millones de refugiados procedentes de Venezuela que intenten iniciar una nueva vida en los países cercanos. Con todo lo que eso supone para las políticas sociales y de integración. El fenómeno venezolano tiene proporciones descomunales pero no es el único. Ha habido cuatro millones de movimientos en el último año y la ruta desde Centroamérica hacia el norte ha tenido un intenso tránsito.

Mientras se producen estos movimientos de población, clases populares y clases medias salen a las calles de Bolivia, Ecuador, Chile, Colombia. Tampoco hay sobre esta cuestión una conversación seria. Solo se recurre a explicaciones simplistas, conspirativas. Después de décadas de análisis polarizado entre las interpretaciones liberales que denunciaban a los “redentores populistas” y las interpretaciones del socialismo del siglo XXI que cargaban contra el neocapitalismo, no parece haber más que perplejidad.

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Contra el proceso de centrifugado

Fernando de Haro

La crisis política española que comenzó hace cuatro años ha incrementado la polarización hacia los extremos y el voto en defensa de intereses particularistas. En 2011, antes de que la formación de mayorías estables se complicara, siete de cada diez españoles apoyaba a las dos formaciones que coincidían en la defensa de la Constitución. El espacio de centro lo ocupaba casi todo. En 2015, a pesar de la aparición de los nuevos partidos, de la ruptura del bipartidismo y de la emergencia de una formación de izquierda-izquierda como Podemos, todavía había un 65 por ciento de españoles que optaban por el centro. En los comicios del 10 de noviembre pasado, los resultados muestran una centrifugación de las posiciones. A pesar de la caída de Podemos, ya solo la mitad de los electores (54 por ciento) optan por formaciones claramente constitucionales. El crecimiento de Vox por la derecha hasta llegar a sumar el 15 por ciento de los apoyos y la subida de las formaciones independentistas/nacionalistas vascas y catalanas ha hecho el resto. El sistema electoral y especialmente la estructura de las circunscripciones les ha dado un peso relevante a los partidos regionalistas creados para la defensa de intereses de pequeños territorios. Las causas de la radicalización son múltiples: tienen que ver en una primera fase con la crisis económica, en un segundo momento con el intento de secesión de Cataluña. A lo que hay que añadir el tacticismo y el autismo de los partidos constitucionales, empeñados en gobernar o en liderar la oposición al cualquier precio. La conexión con la sociedad civil no ha llegado a producirse en ningún momento. Las élites políticas han seguido con su propia agenda que ha acelerado la fuerza giratoria.

El Gobierno de coalición que busca el PSOE con Podemos, tras las elecciones del pasado domingo, está pendiente de la abstención del independentismo. Es difícil hacer pronósticos. Pero es previsible que los partidos secesionistas rebajen sus exigencias de una mesa de negociación paralela al Congreso, que supondría una expropiación de las reglas de representación de la soberanía nacional. Lo más probable es que los socialistas acaben haciendo un gesto al independentismo y que eche a andar un Ejecutivo claramente escorado hacia la izquierda. Se dará así la paradoja de que un Podemos minoritario (menos del 13 por ciento del voto) sea el que dé color a las políticas del Gobierno. Eso hará crecer previsiblemente a la derecha-derecha de Vox que ahora está en el 15 por ciento. Es fácil prever que el proceso de centrifugado se acelere. Más aún si se hacen concesiones al independentismo que no estén suficientemente pactadas y asimiladas por los partidos de centro.

En el terreno económico lo previsible es un considerable aumento del gasto público en materia de pensiones y en algunas políticas sociales sectoriales (de dudosa eficacia), así como subida de impuestos, incumplimiento de objetivo de reducción de déficit (2,2 por ciento previsto para 2020), aumento de los costes de la contratación, rigidificación del mercado laboral y estatalismo. Aumentarán las tensiones con Bruselas. Pero el problema no será el aumento del gasto sino que ese aumento no irá destinado a una modernización del tejido productivo.

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Contra el proceso de centrifugado

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Salvar el centro

Fernando de Haro

La repetición electoral en España deja un panorama político más fragmentado y radicalizado. Las fuerzas del consenso constitucional pierden peso. Avanza el independentismo catalán y vasco. Avanza una derecha soberanista. Las mayorías son más difíciles y la suma más probable es un “Frankenstein” de partidos que no puede dar estabilidad a gobierno alguno y que alejaría a los socialistas de una política de reformas razonables más necesaria que nunca.

Pedro Sánchez, a pesar de haber ganado los comicios, ha sido el gran derrotado. El líder de los socialistas desde el mes de mayo apostó por una repetición electoral y la convirtió en una suerte de plebiscito, una segunda vuelta irresponsable para obtener un respaldo mayor que en abril. Quería gobernar en solitario (con al menos 150 diputados de los 350 que tiene el Congreso). La nueva convocatoria de las urnas ha supuesto dejar al país sin presupuestos y sin un Gobierno estable que afronte la desaceleración económica y el reto de la situación en Cataluña. Sánchez, empeñado en convertir su agenda personal en la agenda del país, minusvaloró el efecto que tenía una cita electoral a pocos días de la sentencia del Tribunal Supremo sobre el intento de independencia de Cataluña. Era más que previsible una sentencia de condena, era más que previsible que esa sentencia provocase durante un cierto tiempo alteraciones del orden público y reacciones airadas.

Sánchez ha fracasado radicalmente, ha perdido tres escaños y 800.000 votos, después de haber utilizado durante meses los resortes del Gobierno para hacer campaña electoral. No suma votos ni de las formaciones a su izquierda ni de los liberales de Ciudadanos que se desploman. La sentencia del procés le da más fuerza al independentismo catalán en el Congreso. Y, sobre todo, la sensación de inseguridad provocada por los altercados tras el pronunciamiento del Tribunal Supremo provoca una subida récord de la derecha soberanista de VOX que se convierte en la tercera fuerza. Con toda probabilidad, si las elecciones se hubiesen celebrado dentro de un par de años, cuando las cosas en Cataluña hubieran estado más calmadas, las contradicciones internas del independentismo catalán habrían pasado factura a los secesionistas. Tampoco habría subido tanto una fuerza como Vox que recoge un voto enfadado y poco reflexivo. Vox trae a la vida política española un antieuropeísmo hasta el momento desconocido y una criminalización de los inmigrantes basada en noticias falsas. No llega a ser una fuerza de ultraderecha como las que han proliferado en Alemania, Italia y Francia, pero es una expresión más del populismo.

Lo llamativo es que, en estas circunstancias, después de este rotundo fracaso que polariza a la sociedad española, Sánchez no se haya planteado dar un paso atrás o al lado para favorecer un Gobierno de las fuerzas constitucionalistas. Se trataría de un acuerdo entre PSOE y PP porque Ciudadanos, que en las pasadas elecciones aspiraba a convertirse en la segunda formación, es ya casi irrelevante con diez diputados.

En la noche de este lunes, lejos de barajar la posibilidad de una Gran Coalición con el PP, que daría el único Gobierno estable, habló expresamente de un Ejecutivo de “fuerzas progresistas” (la solución Frankenstein).

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Salvar el centro

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Voto por un tripartito constitucional

PáginasDigital

Los españoles acudimos este domingo a las urnas molestos e incómodos por la actitud de la clase política. Nuestros líderes no han sabido ni han querido ponerse de acuerdo para conformar una mayoría suficiente tras las elecciones de abril. Y el resultado de las urnas, salvo sorpresas que contradigan todas las encuestas, va a ser muy parecido al de la pasada primavera. No había impedimento alguno para ese acuerdo.

La inmensa mayoría de los votantes habíamos optado por partidos constitucionalistas que, afortunadamente, comparten un amplio consenso en cuestiones básicas. Las diferencias ideológicas entre las formaciones con mayor representación parlamentaria en la legislatura que no echó a andar no son tan relevantes como algunos nos quieren hacer creer. La coincidencia en muchas cuestiones esenciales es un patrimonio político y social. Si no se cuida aumentará la tendencia a que los jóvenes apuesten, como ya lo están haciendo, por fórmulas contrarias al sistema. Esta polarización inducida por las élites, por desgracia, se traslada a la vida social. Coloniza y debilita una experiencia de concordia elemental que existe entre la gente.

Crece en los extremos un discurso antisistema, de izquierda y de derecha, pero solo ha sumado un 24 por ciento de los votos. Las fuerzas del independentismo catalán y vasco representan solo un 6 por ciento del total nacional. Es cierto que el secesionismo ha sido una fuente de tensión en la vida política pero también un acicate para encontrar soluciones dentro del marco constitucional. Más allá de las diferencias reales de ideas, que son absolutamente legítimas, es necesario llegar a un acuerdo. Sería inadmisible una repetición electoral. Votaremos el domingo sabiendo que el tiempo de las llamadas “mayorías suficientes” se ha acabado. La fragmentación parlamentaria no parece que vaya a hacer posible la mayoría de bloques de izquierda y de derecha.

Por eso nos parece que el voto más inteligente y realista es el que apoye una mayoría transversal de constitucionalistas. Una mayoría que dé estabilidad a España para dar respuesta a la cuestión catalana, para afrontar la ralentización de la economía, para empezar a afrontar las grandes reformas que están pendientes desde hace años.

Si todas las encuestas no se equivocan de forma rotunda, será el PSOE el que obtenga más votos y más escaños. El voto al PSOE es un voto a la formación que puede liderar un tripartito informal con PP y Ciudadanos. Cuando hablamos de tripartito no hablamos ni de gran coalición ni de entrada en el Gobierno de los de Casado y de los de Rivera. Hablamos una serie de acuerdos que permitan la investidura y aprobar unos presupuestos. El voto al PSOE tiene riesgos. Porque Pedro Sánchez ha mostrado poca flexibilidad y poca disposición para llegar a compromisos con el PP y Ciudadanos. Porque no ha mostrado empatía con el nuevo tiempo político. Porque el recuerdo de su acercamiento al independentismo está muy fresco. Porque su política económica plantea dudas. Y porque ha mostrado demasiada facilidad para la políticas de fractura.

Voto por un tripartito constitucional

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Las experiencias de las gentes

Fernando de Haro

Hay unas élites interesadas en que domine el relato de la polarización. Es una narrativa que tiene ventajas para movilizar partidarios y simpatizantes en las batallas de guerras y de intereses. Y así se comprende la democracia liberal como “un sistema partitocrático de competición intensa por el poder” y la sociedad civil como un ámbito “regido por la afirmación de la propia identidad y de la propia voluntad frente a las de los demás”. Así de contundente se muestra Víctor Perez Díaz en su último trabajo, "Europa como Dédalo o como Ícaro". El gran sociólogo español, defiende que “este escenario de borrosidad y de voluntarismo, que de por sí impulsa al bloqueo y al caos, puede ser interesante”. Porque ayuda a descubrir que frente a la experiencia del enfrentamiento hay “otra parte de esa experiencia que no es menos importante, por la que las gentes tienden (…) a algo tan aparentemente simple como “vivir en paz”; lo cual se refleja en la idea/el ideal tradicional de la sociedad política como una comunidad atenta a un bien común”. Pérez Díaz invita a que la sociedad “recuerde y aprenda del fondo de experiencias del que ya dispone. Un fondo de trabajo bien hecho y de convivencia, de lo que ingenuamente podemos llamar hábitos de “sensatez y decencia”.

Esta invitación, no a formular un deber ser o a soñar con un espacio más o menos utópico, sino a que la sociedad recuerde las experiencias que en ella hay, parece haberla secundado el movimiento de Comunión y Liberación (CL) en su manifiesto con motivo de las nuevas elecciones generales que se celebran en España. El texto, titulado "Necesitamos personas libres", formula explícitamente la misma invitación: “partamos de nuestra experiencia”. Más allá de las diferencias ideológicas hay una identidad que une a los españoles.

En realidad, como ha puesto de manifiesto un reciente trabajo ("Un proyecto para España") de la Fundación Transforma, las diferencias ideológicas entre los españoles están exageradas porque “los tres partidos en la órbita del centro representan un 70 por ciento del electorado, algo que no ocurre en casi ningún país europeo”. ¿Pero hay algo más en lo que puedan reconocerse los españoles que en la afinidad ideológica? La Fundación Transforma no se limita a señalar la Constitución y los valores reconocidos en ella como factor de unidad, apunta que en la refundación nacional de la Transicion lo que unió a los españoles fue la voluntad de ser europeos y de dotarse de una democracia moderna en un contexto de concordia. El ser europeos sigue siendo una certeza para una inmensa mayoría (el 83% de los españoles se siente ciudadano de la Unión Europea). Pero la propia Fundación Transforma reconoce que “igual que la tecnología y la sociedad atraviesan un periodo de cambio disruptivo, también está mutando el mundo de las ideas: hace cuarenta años queríamos vivir en una democracia liberal sobre las bases de la Ilustración (Rousseau, Voltaire, Montesquieu, etc.) y ahora nos encontramos con que esa idea ha entrado en crisis”. Está en crisis la democracia liberal y cada vez es menos suficiente la “pura ley”. El manifiesto de CL lo señala al afirmar que incluso la norma fundamental, nuestra Constitución, fue producto de un gran acuerdo de convivencia del que depende el texto legal.

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Las experiencias de las gentes

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¿Qué pasa en América?

Fernando de Haro

En América, no en Estados Unidos. ¿Qué pasa? En Chile se ha celebrado en los últimos días la manifestación más masiva desde la vuelta a la democracia (1990) contra el presidente Sebastián Piñera. Lenin Moreno en Ecuador se ha visto obligado a echar atrás las medidas de ajuste por las protestas. Morales en Bolivia se enfrenta a una grave crisis de legitimidad, después de haberse proclamado de nuevo presidente, tras una primera vuelta de las presidenciales en la que el recuento de votos ha dado sobrados indicios de fraude.

Hay fundamentalmente dos grandes “relatos” sobre lo que está sucediendo en la América que habla español. Son expresión de las claves interpretativas que han dominado en la región durante las últimas décadas. La que Moisés Naim denomina la “teoría de la conspiración” apunta a que en las protestas, “Cuba pone la inteligencia, el régimen de Maduro pone el dinero y Rusia la tecnología digital que ayuda a sembrar el caos”. Estaríamos ante la cuarta o la quinta ola de lo que Enrique Krauze llama “redentores”, caudillos del siglo XIX, marxistas del siglo XX, populistas del XXI que atacan a “los valores liberales y republicanos que dieron origen” a las naciones americanas. Las revueltas serían un ejercicio, ahora en plena revolución digital, “de la transferencia de la esfera religiosa a la laica, de los padres redentores a los redentores civiles y revolucionarios”. Para abonar esta tesis se puede mostrar el apoyo que los distribuidores rusos de fake news han dado a los que querían derribar a Lenin Moreno o el sostén que han prestado a Morales (después de que haya dinero de Moscú para la construcción de una central nuclear en El Alto). Las manifestaciones en Ecuador han estado alentadas por el expresidente Rafael Correa desde Bruselas. Y Correa ha sido y es uno de los populistas más hábiles de la región.

La otra historia es la que explica lo ocurrido con las claves “progresistas”. Las que culpan al FMI de haber provocado, con sus recetas neoliberales, una década perdida en los 80. Los errores no se habían corregido en lo sustancial, desde entonces. Si Ecuador se ha levantado no es porque la mano negra de Correa haya estado detrás de las protestas de los movimientos indigenistas, sino porque las medidas de ajuste recetadas por el FMI vuelven a no tener alma y a ser despiadadas con los más pobres. Ya veremos lo que sucede después de las presidenciales en Argentina porque, gane quien gane, el país depende del rescate y de las políticas que dicte el Fondo. Sin duda el factor de la desigualdad no se puede nunca olvidar en la región. Aunque la miseria se ha reducido desde el año 2000, uno de cada diez latinoamericanos vive en pobreza extrema. La crisis de 2008 apenas se notó gracias al boom de las materias primas, y hay barrios, por ejemplo en Lima, que son irreconocibles. Pero ahora ese boom se ha acabado, la desaceleración es evidente y la zona se ha quedado muy atrás respecto a Asia y a África.

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¿Qué pasa en América?

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Lo primero y lo último en Cataluña

Fernando de Haro

Barcelona se despertó durante toda la semana pasada como si en sus calles, horas antes, cada noche, no hubiera tenido lugar una batalla campal, un ritual de destrucción protagonizado por una guerrilla urbana que intenta colmar el vacío de la nada con violencia. Mientras ardían contenedores y los radicales provocaban cientos de heridos, los restaurantes cercanos a los altercados seguían abiertos. ¿Era la voluntad de que la vida continuara, a pesar de todo, su curso? ¿Era un silencio autoimpuesto en una sociedad fracturada para no abrir más heridas?

Violencia si no utilizada sí justificada por los que piensan que ha llegado el momentum de la ruptura tras la sentencia de condena del Tribunal Supremo. Cálculo político de los dos principales partidos políticos independentistas que siguen compitiendo por el liderazgo mientras Cataluña arde. Incomprensión y sentido de impotencia de una gran parte de la sociedad catalana ante una condena que parece demasiado alta, que 12 o 13 años de cárcel se ven como un exceso cuando no hay de por medio ni delitos sexuales, ni delitos de sangre, solo la aprobación de leyes para votar la autodeterminación, un referéndum ilegal y una declaración de independencia suspendida. Y una parte de Cataluña y muchos españoles pensando -incitados por líderes de opinión, un lobby liberal y por los partidos de la derecha en tiempo electoral- que el Tribunal Supremo ha sido demasiado blando y que solo era admisible una condena por rebelión y más de 20 años de cárcel. Sin querer comprender los razonamientos jurídicos, sin querer darse cuenta de que la justicia no es venganza y que nada se arregla dejando a alguien en prisión más de dos décadas. Es un cuadro de incomunicación, de incomprensión mutua. Sin líderes capaces de dar respuestas, con una sociedad civil desaparecida, sin casi nadie dispuesto a ser sincero, sin una educación a la altura de las circunstancias.

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Plaza de las Salesas, kilómetro cero

Fernando de Haro

La sentencia con más trascendencia política que se haya pronunciado en los últimos años en Europa se ha escrito, paradójicamente, en un antiguo convento de Madrid. El Convento de las Salesas Reales diseñado por un arquitecto francés en el XVIII. Las Salesas Reales, sede del Tribunal Supremo, ha fijado la “verdad jurídica” de los acontecimientos que acabaron al final de 2017 con la declaración/no declaración de independencia de Cataluña. La verdad jurídica, con todas sus limitaciones, se erige como una objetivación de los hechos después de que en los dos últimos años los catalanes y el resto de españoles hayan asistido a una guerra de interpretaciones. Las versiones sobre lo sucedido han ido desde el golpe de Estado al ejercicio cívico y pacífico de los derechos políticos fundamentales.

Ahora el Estado, a través del Tribunal Supremo, limita la subjetivación. Se puede discutir sobre la decisión de los jueces, manifestarse contra ella, considerarla demasiado blanda o demasiado dura. La aplicación de las condenas será una fuente de tensión. Pero lo importante es que la restitución de una cierta objetividad se puede convertir en un punto de partida para Cataluña y para el resto de España. Incluso si no se acepta. No fue una rebelión, no fue un intento de golpe de Estado, han dicho los jueces. En contra de lo que sostenía la Fiscalía. Hubo, sí, violencia de los promotores de la secesión. El independentismo no ha sido hijo de Gandhi (algo esencial para no caer en cierta patología). Pero esa violencia no fue planificada ni instrumental para una modificación estructural del Estado, sirvió para organizar tumultos que intentaron evitar la aplicación de la ley.

El Estado ha proporcionado “un mínimo fáctico”. ¿Cómo puede este mínimo ser un punto de partida y no de llegada? Desde que se ha dado a conocer el fallo, se ha externalizado algo que los líderes del independentismo habían interiorizado. El Estado fue incapaz, por mala gestión política, de frenar la celebración del falso referéndum del 1 de octubre de 2017. Pero tras la fuga de Puigdemont y de algunos de sus consejeros, tras el inicio del proceso, se hizo claro que el poder judicial estaba corrigiendo los errores del poder Ejecutivo. La llamada vía unilateral a la secesión se convirtió en un callejón sin salida. A pesar de la torpeza del Gobierno por explicar lo que estaba sucediendo en Cataluña, a pesar de la simpatía de ciertos sectores de la opinión pública europea por la secesión y a pesar de los fallos del sistema de la eurorden, la vía de la independencia estaba cerrada. Hace tiempo. La sentencia lo ha puesto negro sobre blanco. Ahora los líderes independentistas tienen que decidir cómo mantienen en pie su causa. La división que se ha producido entre ellos en los últimos meses es la prueba de la inutilidad de repetir consignas en favor de una Cataluña inmediatamente separada de España.

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Caso Greta: ¿solo tenemos buenas ideas?

Fernando de Haro

Faltaba Putin. Faltaba el presidente de Rusia en el coro de comentarios y de reacciones al discurso, de no más de cinco minutos, que pronunció Greta Thunberg el pasado 23 de septiembre en Naciones Unidas. Y el hombre que se fotografía a caballo, con el torso desnudo en las estepas, y que quiere resucitar los viejos sueños imperiales ha sentenciado que la adolescente sueca está mal informada y que “el mundo moderno es complicado”.

Durante dos semanas, ese mundo moderno se ha divido entre partidarios y detractores de Greta en debates que han ponderado las formas, el contenido y la denuncia de una “extinción masiva” en el planeta. La denuncia contra “los mayores” que no han conseguido frenar de un modo adecuado la emisión de los gases con efecto invernadero. Las críticas le han llegado a Greta desde todos los frentes. En una columna del “liberal” New York Times, Christopher Caldwell aseguraba que Greta es antidemocrática cuando dice que su generación no puede esperar para salvar la Tierra. La “democracia es a menudo una llamada para esperar y para ver, la paciencia es la virtud cardinal en la democracia. El cambio climático es una cuestión seria, pero decir que no podemos esperar es crear un problema mayor”, apuntaba Caldwell señalando los riesgos del milenarismo de Greta. En The Federalist, Jonathan Tobin advertía, por su parte, de los peligros de atender a una niña que ha forzado a sus padres “a adoptar una dieta vegana” y ha “presionado a su madre a abandonar su carrera profesional porque tenía que coger aviones”.

Tras la pregunta de Greta, “¿cómo os atrevéis?”, y sus denuncias contra la avidez de dinero, muchos se han vuelto con miedo hacia losFridaysForFuture por su catastrofismo. Hay quien, para superar los efectos del enfado de Greta, ha retomado la lectura de Steven Pinker. Necesitaba escuchar, de nuevo, que la evaluación negativa del estado del mundo es un error intelectual si se atiende a los datos. Han querido leer una vez más que todo ha ido a mejor desde que el racionalismo ilustrado se convirtió en la base de su organización social entre los siglos XVIII y XIX. El efecto Greta ha incrementado también la consulta de los textos de Pascal Bruckner y su denuncia de que el ambientalismo es la forma más evolucionada de un marxismo que acusa al capitalismo de oprimir a los pueblos más pobres. Bruckner explica, a los que se sienten inquietos por las palabras de Greta, que la Tierra se ha convertido en el nuevo proletariado y que hay que cuidarse de la causa verde porque es fácil acabar en los extremos del Movimiento por la Extinción Voluntaria de los Humanos. Este neomarxismo ambientalista, convertido en puritanismo verde, sería el último avatar de un triste neocolonialismo que le estaría predicando a las culturas no occidentales una sabiduría que nunca han tenido. Estaría poniendo límites a su desarrollo, inevitablemente acompañado de polución.

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La Inteligencia Artificial salva la razón

Fernando de Haro

Nextfilx y HBO, las dos grandes plataformas de series de ficción, libran una dura batalla comercial. Los términos del enfrentamiento desvelan uno de los grandes conflictos que plantea la revolución digital. Reaparece, en una cuestión aparentemente banal, la pluralidad de caminos de la razón, la insuficiencia del método analítico, ahora auxiliado por la “minería de datos”. ¿De quién es razonable fiarse para elegir la serie que veremos esta noche en la pantalla del móvil o del ordenador? ¿Es más conveniente entregarse exclusivamente a los algoritmos de la Inteligencia Artificial (IA), que analizan hasta el último detalle de nuestras preferencias, o es necesario seguir contando con las recomendaciones de una persona que inspira confianza?

Elegir serie es algo muy serio. Estamos hablando del tiempo de ocio, del relato que vamos a dejar que entre en nuestra vida durante un cierto periodo de tiempo. Es la historia con la que vamos a evadirnos, la que va remover nuestros sentimientos y nuestra curiosidad. Antes, cuando no había más que cuatro o cinco canales de televisión, la cosa era más sencilla. Pero ahora Nextflix y HBO tienen una oferta inmensa. Es fácil pasar la noche entera curioseando entre los diferentes trailers sin llegar a ver un solo capítulo. Para solucionar este problema Netflix hace ciertas sugerencias en función de todos los datos de los que dispone de su cliente. La plataforma analiza lo que ya ha visto, las simpatías que ha expresado y recomienda lo que cree que puede satisfacer sus necesidades de entretenimiento. El análisis es automatizado. En no pocas ocasiones acierta. Lo que ha llevado a asegurar a los optimistas que los algoritmos pueden llegar a conocernos mejor que nosotros mismos. Pero, en otras ocasiones, las recomendaciones no satisfacen a los clientes de Netflix. Por eso HBO ha contraatacado con un anuncio muy sugerente que ha titulado Recommended by Humans (recomendado por humanos). En la publicidad de HBO aparecen personas que podrían ser nuestros vecinos o nuestros compañeros de trabajo: cuentan qué les ha entusiasmado. Una chica asiática y un chico occidental relatan que han visto uno de los títulos siete veces. Un chico negro con pinta de intelectual asegura que ver el primer capítulo es como leer el primer capítulo de un libro. HBO no subraya la promoción de una serie en concreto. Lo que HBO reivindica es el consejo no de máquinas sino de personas de las que los espectadores se pueden fiar. ¿Es más fácil decidir utilizando una razón analítica potenciada extraordinariamente, pero no humana, o recurriendo al testimonio personal que incluye siempre importantes elementos subjetivos?

La pregunta no solo afecta a la industria del entretenimiento, también es determinante en otros campos como el mundo médico, para hacer diagnósticos, o en el mundo de la gestión empresarial para tomar decisiones de management. Hace dos años un estudio de la consultora Accenture revelaba que el 85 por ciento de los ejecutivos de las grandes compañías querían invertir más en IA para poder decidir mejor. Pero para ciertas cuestiones nos resistimos a entregar nuestra libertad a una máquina. Las encuestas reflejan que el 73 por ciento de los estadounidenses tienen miedo de subirse en un coche sin conductor. Preferimos también doctores humanos a algoritmos, aunque la IA ofrezca diagnósticos más precisos.

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Un planeta que no debía existir

Fernando de Haro

La semana pasada los titulares de muchos periódicos coincidieron: “se ha descubierto un planeta que no debería existir”. De este modo la prensa divulgaba el contenido de un artículo publicado en la revista Science por un grupo de astrónomos españoles y alemanes. Los científicos, después de haber estudiado los sistemas solares de las enanas rojas (estrellas de pequeño tamaño) se habían sorprendido por la aparición de un cuerpo celeste, el GJ 3512b. A “solo” 30 años luz de nosotros, este planeta, por tamaño y masa, no debía estar donde estaba. “No encaja en los modelos teóricos” hasta ahora utilizados, explica el artículo. El modelo establece que “en torno a una estrella pequeña se formarán numerosos planetas pequeños, en todo caso del tamaño de la Tierra”, pero no un planeta gigante. Se trabaja ahora en reformular el modelo y se manejan varias hipótesis sobre su formación, entre otras, un “colapso gravitacional”. Contrasta la relativa facilidad con la que un nuevo objeto celeste transforma el sistema comprensivo de los astrónomos con las resistencias que se producen en el ámbito de la convivencia, la vida en común, la política o el derecho, para aceptar nuevos fenómenos. En la política y en la vida social sigue prevaleciendo, a menudo, la prevaricación de la idea sobre la realidad.

Fue precisamente la astronomía moderna y, en concreto, el método teorizado por Galileo el que, según Finkielkraut, impuso el dominio de la “razón como experimentación sobre la razón como experiencia”. Lo de Galileo fue “nada menos que una tesis general sobre el ser y una reforma del entendimiento. Con él nace un nuevo concepto de la ciencia (...) y es el Todo el que se debe leer como un libro de matemáticas”. El mundo matemático ideal, el modelo, se toma entonces como el único mundo real. Todo eso ha cambiado sustancialmente. El pluralismo de los caminos se ha impuesto en la comunidad científica (no en las ciencias sociales). Es más fácil que se abra paso la razón de la experiencia.

Dos acontecimientos, que se producían casi al mismo tiempo que se publicaba el artículo de Science, ilustran la falta de flexibilidad para encontrar, en otros ámbitos, nuevos caminos que permitan reconocer los “planetas” que no deberían existir. Uno ha sido la nueva sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) sobre el llamado derecho al olvido y otro el posicionamiento del nuevo partido, Más País, que va a concurrir a las elecciones generales en España en noviembre.

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Un planeta que no debía existir

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Encadenados al mal causado

Fernando de Haro

La reivindicación de un pasado oscuro no cesa en el País Vasco. Los homenajes a los miembros de ETA que están saliendo de sus cárceles, tras haber cumplido condena, parecen acreditar que no ha sucedido nada. ¿No ha ocurrido nada en los últimos años? ¿No les ha sucedido nada a los que abandonan la prisión? ¿No tienen un solo motivo que les permita distanciarse del mal causado? Parece que no. No hay espacio para que acontezca nada en un sistema donde la ideología sigue asfixiándolo todo. Queda así una parte importante de la sociedad vasca encadenada a la tiranía de intentar reescribir una historia de horror en términos positivos, de justificar lo injustificable. Sin admitir el mal hecho y sin pedir perdón, a las víctimas les resulta prácticamente imposible cualquier vía de justicia restaurativa. Se las encadena a poder reclamar solo la memoria, la dignidad y la justicia del Estado de Derecho. Todo ello es absolutamente necesario, pero insuficiente para encontrar el camino hacia una paz verdadera a quien tanto ha sufrido. Los dioses griegos tuvieron la sabiduría de frenar la cadena de reacciones que provocó la vuelta de Ulises a casa. Los que fueron miembros de ETA vuelven a casa sin haber hecho viaje alguno, sin haber cruzado el oscuro mar de la culpa.

Desde su disolución hace año y medio, la última banda terrorista que quedaba en Europa se ha convertido en un fenómeno carcelario que agrupa a 250 presos. De forma sistemática, cada liberación de los que han terminado de cumplir su condena, en algunos casos de más de 20 años, son recibidos como héroes en sus pueblos. El Gobierno viene denunciando sistemáticamente "estas fiestas de recepción" ante los tribunales. Pero los jueces archivan las denuncias argumentando, fundamentalmente, que las recepciones no constituyen un delito de exaltación del terrorismo. Ese tipo penal de delito requiere el riesgo de que se produzca otro atentado terrorista.

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La primera política es la confianza

Fernando de Haro

Los españoles volverán a votar el próximo mes de noviembre. Cuartas elecciones en cuatro años. Las preguntas se amontonan. ¿Es una catástrofe volver a las urnas? ¿Hay algo en el ADN de los nuevos políticos españoles que les impide llegar a acuerdos que sí se alcanzan en otros países? ¿El sistema de partidos que surgió tras la crisis y tras los casos de corrupción del PP ha provocado ingobernabilidad? ¿Qué consecuencias tiene esta repetición?

La emergencia de VOX en las elecciones del mes de abril provocó que el número de partidos nacionales con representación parlamentaria se elevara hasta cinco. Solo en las primeras elecciones democráticas de 1977 había sucedido algo remotamente parecido. Desde los inicios de los años 80 hasta las elecciones de 2015, el centro izquierda (PSOE) y el centro derecha (PP) se habían alternado en el poder con mayorías absolutas o mayorías simples, apoyados por nacionalistas vascos y catalanes. Estos últimos no habían optado hasta entonces abiertamente por la independencia. Hace cuatro años, tras los sacrificios exigidos por la crisis y la corrupción, el sistema de partidos se fragmentó a izquierda y a derecha con la aparición de Ciudadanos y de Podemos.

Pero no hay nada en ese sistema que impida la formación de mayorías suficientes. El PP y el PSOE, los dos partidos más clásicos, han sufrido importantes desgastes cuando han salido del poder pero luego se han recompuesto. Los populares parece que van camino de ello. Y la estructura ideológica es bastante clásica (izquierda-izquierda, centro-izquierda, liberales que pueden hacer de bisagra, y centro-derecha). Tampoco hay una especie de maldición oculta y una resistencia general al diálogo. En 2015 hubo que repetir comicios porque el líder de los socialistas, Pedro Sánchez, se negó –con una opción personalísima– a facilitar el Gobierno de Rajoy. Y en 2019 no ha habido investidura por la personalísima opción de Sánchez de no negociar seriamente los apoyos necesarios, por el personalísimo empeño de Iglesias, el líder de Podemos, de entrar en el Gobierno. Y por la personalísima opción del líder de Ciudadanos, Rivera, que ha preferido intentar ser el líder de la oposición. Algunas de estas opciones seguramente hubieran sido diferentes si Sánchez no hubiera llegado al Gobierno con el apoyo del independentismo catalán y si no hubiese buscado sus votos durante un tiempo.

La repetición de los comicios ha convertido a la clase política en la segunda preocupación de los españoles, pero no provoca un alejamiento de los partidos. Es lo que refleja el Estudio de Valores 2019 de la Fundación BBVA, que compara las actitudes en Alemania, Reino Unido, Francia, Italia y España. Los españoles son los que más piensan que los políticos se dedican a sus intereses y no al bien común (82%), solo superados por los italianos (87 por ciento). Pero el porcentaje de españoles que dice no identificarse con los partidos tradicionales es el más bajo de los países de su entorno, muy por debajo de Italia que está en máximos. Hay un 23 por ciento de españoles que dicen no estar interesados en la política, pero es un porcentaje idéntico a la media. La valoración de la democracia está en el 4,6 sobre 10 (similar a la de los países de su entorno), pero ha mejorado desde 2012 a pesar de las repeticiones electorales.

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Otra aparente guerra religiosa perdida

Fernando de Haro

La guerra está perdida. La primera guerra iniciada tras el 11 de septiembre se ha convertido en una guerra civil crónica. Fue y es una guerra aparentemente religiosa que nos deja avisos muy claros sobre los peligros de “teologizar” los conflictos.  

Meses después de los atentados del 11 de septiembre, la periodista Elizabeth Spiers escribía algunas frases que sintetizaban parte del desconcierto del momento. “Miramos más allá de las ruinas de aquel día y vemos… ¿qué vemos? No vemos ningún enemigo. Solo humo y cascotes. Un rostro terrible de contemplar”, aseguraba en su artículo Beatiful Day. Cuando se tiene entre las manos las ruinas del futuro, el carácter enigmático e incomprensible del daño sufrido genera un dolor difícil de soportar. Se busca el nombre del violento, se intenta localizar los apellidos del terrorista. Y una vez que se encuentran, nunca se acaba de dar crédito porque el rostro del atacante, su historia y su ideología siempre parecen insuficientes para explicar el mal que ha causado. La sensación, habitual en estos casos, fue aún mayor tras el derrumbamiento de las Torres Gemelas porque detrás de tanto sufrimiento no había “enemigos al uso”.

Por eso tuvo tanto éxito político la “guerra contra el terror” inventada por Bush y el grupo de teocon que le asesoraba. La respuesta iniciada con los ataques contra Afganistán, que luego se extendió a Iraq, simplificaba las cosas. No era necesario entender la naturaleza de los pastunes, ni la relación entre islam e islamismo. Por fin había un rostro malvado al otro lado de las ruinas contra el que se podía luchar.

La “guerra contra el terror” cometió dos errores fundamentales. El primero fue la despolitización. Al considerar terroristas a los talibanes y a los combatientes sunníes, no les reconoció capacidad de ser interlocutores políticos. Eso redujo desde el primer momento la posibilidad de obtener buenos resultados. El segundo fue la “teologización”. La guerra contra el terror interpretó la ideología islamista como un fenómeno religioso al que había que oponer la religión cristiana o lo que quedaba de ella, sus valores. Tras la invasión soviética de Afganistán, Estados Unidos fomentó “la alianza de los creyentes” (fortaleciendo el islamismo) para combatir a los comunistas ateos. Esta vez se alimentó el imaginario de una guerra entre cristianos y musulmanes. No se supo ver que el islamismo es un factor de secularización.

A pesar de sus promesas, Obama no pudo acabar con la guerra “supuestamente” religiosa iniciada por Bush. Hubiera sido un error marcharse sin arreglar el desastre provocado. Como fue un error marcharse demasiado pronto (2011) de Iraq. Es el  que va a cometer un presidente aislacionista como Trump.  

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La soberanía es (afortunadamente) secular

Fernando de Haro

Una prueba más. El enfrentamiento de los últimos días entre el primer ministro británico Johnson y el Parlamento de Westminster es una prueba más de cómo el progreso en materia de democracia y de soberanía no es lineal. Las conquistas alcanzadas en un determinado momento pueden perderse. Lo ha subrayo con lucidez Tom Burns al explicar que el fondo del asunto del Brexit cuestiona el “relato liberal ascendente y optimista”. Un relato que parte de la Gloriosa Revolución en Inglaterra de 1688 y de la Constitución de los Estados Unidos y que da por consolidadas las fórmulas para hacer efectivo el contrato entre gobernantes y gobernados.

¿Cuál es el fondo del Brexit? Una discusión sin fin sobre la representación del pueblo soberano, sobre la soberanía, que parecía zanjada. “Por un lado hay un claro mandato popular para abandonar la Unión Europea (UE), y por otro hay una asamblea representativa que se opone a un Brexit en el que no se definan los términos de un acuerdo con la UE”, explicaba la semana pasada en The Atlantic Yascha Mounk, autor del libro The People versus democracy. Mounk señalaba que “Johnson se presenta como el campeón que va a realizar la voluntad popular a cualquier precio, voluntad de la que se considera intérprete”. La partida está llena de trampas porque el referéndum no especificaba cómo debía ser la salida de la UE. Pero en medio del ruido esta cuestión se desprecia. El caso es que, en el Reino Unido, como en algunos otros países de Europa, hemos visto últimamente un enfrentamiento entre la supuesta voluntad del pueblo expresada a través de la democracia directa y la voluntad de la mayoría, encarnada en los parlamentarios. El Parlamento Británico, argumentan Johnson y muchos otros, no debería impedir que se materialice lo que el pueblo soberano ha decidido. El Parlamento es el problema. La evidencia del valor de la democracia representativa como fórmula para encauzar la soberanía popular, uno de los grandes fundamentos de nuestros sistemas constitucionales, se pone en cuestión.

El “soberanismo” del pueblo británico, frente a su Parlamento, es solo una de las muchas reacciones de quien revindica, en estos tiempos de globalización, una vuelta al “poder popular” y a las atribuciones propias de los Estados tal y como quedaron definidas en la Paz de Westfalia. Esto último sería necesario para que la política recuperara su dignidad y la gente pudiera tener el protagonismo que le es propio. De un lado se reclama poder para el pueblo, de otro se exige con nostalgia una soberanía plena de los Estados. La añoranza de una soberanía “como la de antes” lleva a acariciar a algunos la teoría de una especie de conspiración neoliberal. Las corporaciones y los grandes poderes económicos mundiales habrían llevado a cabo un plan alimentado por su codicia para suprimir barreras comerciales, para impulsar la libre circulación de mercancías y capitales. El mundo del dinero contra la gente.

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Conspiraciones y anzuelos digitales

Fernando de Haro

No hace falta creer que el hombre no ha llegado a la Luna, o que Hillary Clinton dirigió una red de tráfico infantil desde una pizzería de Washington para ser consumidor de desinformación conspirativa. No es solo un producto para supremacistas blancos estadounidenses. La conspiración la consume la izquierda y la derecha, está muy cerca de nosotros ahora que la intermediación de la información está desapareciendo a pasos agigantados. Hay conspiraciones de alta intensidad y de baja intensidad. Desde el llamado Plan Kalergi, que explica la inmigración como un complot para debilitar a la raza europea con inmigrantes africanos, a los supuestos proyectos de poder político y financiero que quieren convertir a los Estados europeos en meras colonias. Si los partidos suben o bajan, si se forman o destruyen Gobiernos, si la economía amenaza con ralentizarse y los Bancos Centrales no toman una decisión acertada con el precio del dinero siempre es más fácil pensar en un conspiración que aceptar simple y llanamente que la realidad es compleja, que el mundo es diferente y que nosotros, los consumidores de (des)información tenemos miedo. "Nos resulta más fácil aceptar una teoría de la conspiración en la que alguien maneja los hilos porque la realidad… la realidad es mucho más caótica y azarosa, y es muy difícil asumir algo así", explicaba la profesora de la Universidad de Washington Kate Starbird hace unos meses, cuando se produjo una de las matanzas, por desgracia habituales, en Estados Unidos. La razón abdica, se hace perezosa ante la diversidad de un mundo para el que a menudo no se tienen las claves.

La desinformación tiene sin duda un valor estratégico y buen ejemplo es cómo la ha usado Rusia. A comienzos del verano Bruselas acusó a Moscú de estar detrás de una campaña de este tipo con motivo de las elecciones europeas. Se utilizó, entre otros elementos, el incendio de Notre-Dame para ilustrar la decadencia de los valores occidentales y cristianos en el Viejo Continente. Richard H. Shultz y Roy Godson ya estudiaron el fenómeno de la desinformación soviética en su trabajo Dezinformatsia de mediados de los 80.

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La chica de Hong Kong

Fernando de Haro

Siempre es imposible sintetizar una edición del Meeting de Rimini. Pero si en su 40 cumpleaños el Meeting sigue fresco es porque nos ha abierto a todos los asistentes un horizonte de conocimiento (por eso ha movido libertades). Un horizonte allí donde los más lúcidos atisban solo a señalar -y no es poco- la insuficiencia de una respuesta a la crisis con una ética basada en los principios universales abstractos que puso en pie la Ilustración, o con una reforma y refuerzo de las instituciones. Es inútil buscar lugares seguros, refugios, opciones supuestamente inspiradas en la Edad Media. Lo señalaba con ironía una de las mejores exposiciones de este año, "Bolle, Pionieri e la ragazza di Hong Kong", dedicada a los Estados Unidos. En esa misma exposición se citaba un conocido artículo de DeLillo: “vivimos en una posición de peligro y de rabia”. El artículo se había escrito para definir la situación tras el 11S, pero sigue siendo certero. “¿Y entonces? No me lo pidáis”, decía DeLillo. ¿Podemos todavía preguntar o pedir una respuesta sobre lo que nos pasa, sobre el futuro?

A estas alturas lo que queremos todos es comprender qué le pasa al mundo y qué nos pasa a nosotros. Y se nos queda corto, respondernos que el problema es antropológico, sin entender qué significa eso. En el Meeting se ha hablado, como no podía ser de otro modo, de las perplejidades provocadas por la globalización, de la crisis de la democracia, de los retos de la inteligencia artificial, los últimos descubrimientos de la neurociencia, del islam después de la derrota del Daesh, o de la sostenibilidad del planeta. No ha habido conclusiones cerradas. Las respuestas no pueden ser inmediatas, los retos de un mundo en transformación son complejos. Pero lo que le ha dado al Meeting de Rimini especial fuerza es habernos ayudado a entender la crisis del yo. La explicación del lema apuntaba en esa dirección al citar una carta del poeta español Federico García Lorca: “Ahora he descubierto una cosa terrible (no se lo digas a nadie). Yo no he nacido todavía. Yo vivo de prestado, lo que tengo dentro no es mío, veremos a ver si nazco”. “Este deseo de nacer de nuevo puede llevar aparejada la incertidumbre de no saber quién se es, de sentir ferozmente la falta de identidad. La pérdida de ese sentimiento del nacimiento, de la unidad donada del primer palpitar, les hace a nuestros jóvenes deshacerse en fragmentos”, se señalaba en esa presentación en la que se ponía como ejemplo el tema Twenty-four del grupo Switchfoot. Nuestros jóvenes, nosotros, vivimos descompuestos en los 24 fragmentos de las 24 horas del día. Con lucidez lo señalaba Greg Lukianoff, el autor de Clodding of Mind, que lleva años estudiando las disfunciones cognitivas de los estudiantes estadounidenses en los campus universitarios. Esas disfunciones, entre otras cosas, incluyen la intolerancia, el carácter catastrófico, la absolutización de la emotividad, o la división del mundo entre buenos y malos.

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A España no le falta el cromosoma del pacto

Fernando de Haro

Pedro Sánchez no consiguió la semana pasada la mayoría suficiente para ser presidente del Gobierno porque en España falta cultura del pacto. La cultura del pacto se crea pactando, pero el líder de los socialistas durante los tres meses que mediaron entre las elecciones generales y la investidura no realizó el esfuerzo necesario para lograr un acuerdo, no lo hizo por incapacidad o por cálculo. Esa es la incógnita que todavía queda por despejar. En cualquier caso, la responsabilidad fundamental de lo sucedido es de Sánchez y, en menor medida, del líder de Ciudadanos, Rivera. De hecho, en 2016 hubo pacto, cuando Sánchez fue apartado.

Con las elecciones de diciembre de 2015 la vida política española cambió sustancialmente. Desde 1977 hasta hace menos de cuatro años, con una ley electoral que establece un sistema proporcional para las circunscripciones grandes y un sistema casi mayoritario para las circunscripciones pequeñas, la gobernabilidad había sido posible por la existencia de un gran partido de centro-derecha y un gran partido de centro-izquierda que obtenían sus mayorías apoyándose en los partidos nacionalistas vascos y catalanes. El sistema generó un hastío en una parte importante de los votantes. La corrupción, la desconexión entre partidos y sociedad y la crisis provocaron el deseo de un cambio. Expresión de ese deseo fue el movimiento de los indignados del 15M de 2011. A raíz de aquellas protestas, Podemos se convirtió en una formación de peso a la izquierda del PSOE. Y Ciudadanos, nacido en Cataluña, se transformó en un nuevo centro que ha oscilado entre la socialdemocracia y el liberalismo, y que se ha alimentado, sobre todo, de la preocupación por el avance del proyecto secesionista. La deriva de los partidos nacionalistas catalanes hacia la independencia los ha alejado de su papel de partidos-bisagra en Madrid. La emergencia de Vox es el último fruto de esta nueva generación. La nueva formación se alimenta, sobre todo, de votantes descontentos con el PP.

Y así llegamos al pasado mes de abril con cinco formaciones donde durante décadas, a lo sumo, hubo dos o tres. Después de la investidura fallida reaparece el fantasma de una repetición electoral en el mes de noviembre. Serían las cuartas elecciones en menos de cuatro años después de una legislatura con dos Gobiernos de diferente color y una moción de censura. Inestabilidad inédita.

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A España no le falta el cromosoma del pacto

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No todo es desierto en el Golfo Pérsico

Fernando de Haro

Algunas de las ciudades bañadas por las aguas del Golfo Pérsico, muy cerca del Estrecho de Ormuz, donde se concentra estos días la tensión entre Estados Unidos e Irán, parecen asentamientos lunares. En Doha o en Abu Dabi los aviones aterrizan después de sobrevolar un desierto inhóspito, sacudido en el verano por tormentas de arena que hacen palidecer el sol. Los aeropuertos y los edificios se defienden del mundo exterior formando cápsulas protegidas por potentes sistemas de aire acondicionado, lujo internacional y trabajadores que llegan del Oriente Lejano. El petróleo ha permitido levantar, en un mundo dominado en otro tiempo por caravanas y tiendas, una arquitectura urbana y unas infraestructuras que hablan de una gran riqueza. Los analistas, tras el anuncio de que ha sido derribado un dron iraní y tras la detención de un barco británico, han subrayado precisamente que el Estrecho de Ormuz es uno de los puntos del planeta por los que más petróleo circula del mundo. Y es sin duda uno de los elementos que hay que tener en cuenta para entender lo que está ocurriendo. Pero no es el único, el Golfo Pérsico es la gran frontera entre el mundo sunní y el mundo chiita. A un lado, Arabia Saudí, Catar y los Emiratos Árabes Unidos, al otro lado Irán. El conflicto estos días se produce en el comienzo de lo que Kaplan llama el “mundo de Marco Polo”, el mundo que comienza en la zona este del Océano Índico y que se extiende hasta China. Ese mundo sobre el que seguramente gire buena parte del siglo XXI y que no se entiende sin el escenario de la postguerra de Siria y de Iraq y sin la rivalidad entre las dos principales tendencias del islam.

Mientras todavía no se había terminado la guerra contra el Daesh, Trump se puso del lado de Arabia Saudí sin matiz alguno y sin arreglar el escenario de hegemonía chií creado en Iraq y en Siria, en parte por la intervención de las tropas norteamericanas. El respaldo sin fisuras de Trump a la política de Netanyahu (con gestos innecesarios como el traslado de la Embajada a Jerusalén o el reconocimiento de los Altos del Golán como territorio israelí) y al principie saudí Mohamed Bin Salman (y su más que dudosa reforma) ha supuesto poner a Teherán en el centro del Eje del Mal. Eso explica que Estados Unidos se retirara del acuerdo nuclear del año pasado (uno de los pocos aciertos de Obama en la región) que ponía freno al desarrollo nuclear de Irán a cambio de levantar parte de las sanciones. La tensión de estos días es consecuencia de una apuesta en favor del sunnismo salafista (tradicionalista) de Arabia Saudí, aliado de Tel Aviv, y buen cliente en la compra de armas.

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¿Libertad para todos?

Fernando de Haro

Este martes sabremos hasta dónde llegará la obstinación de los socialistas en el Parlamento Europeo para bloquear la designación de Ursula von der Leyen como presidenta de la Comisión Europea. Recurren para vetarla al argumento de que no era uno de los llamados spitzenkandidaten (los aspirantes presentados a las elecciones por los partidos). En el Parlamento Europeo ha suscitado el lógico enfado que el Consejo Europeo de hace unos días no respetara el sistema utilizado hace cinco años. Entonces el Consejo sí tuvo en cuenta el hecho de que Juncker hubiera sido designado previamente y estuviera al frente de la lista más votada. Pero quizás sea precipitado calificar lo que ocurre como la enésima crisis provocada por “el déficit democrático” de las instituciones europeas que dan la espalda a los ciudadanos. La alianza inicial de socialistas y liberales, apoyada hasta determinado momento por Macron, sí tenía en cuenta a los spitzenkandidaten. Proponía a Timmermans como presidente de la Comisión, que había sido anunciado como aspirante. Pero esta fórmula también implicaba darle la espalda a lo que habían decidido los electores. Suponía nombrar como presidente de la Comisión a un socialista y los socialistas no fueron la opción más votada en mayo. El hecho de que no se haya respetado el sistema de spitzenkandidaten no significa que el pacto de los jefes de Estado y de Gobierno esté en contra de lo que votaron los electores europeos. El acuerdo respeta más el resultado de los comicios que lo pretendido por los socialistas. Quizás esa sea la razón y su pragmatismo lo que llevó a Macron a “conformarse” con poner al frente del Banco Central Europeo a la francesa Lagarde. Será ella quien decida las cuestiones más esenciales.

En cualquier caso, estamos ante una tormenta en un vaso de agua. Hay dos cuestiones mucho más decisivas. Desde el punto de vista institucional, lo relevante es que el Gobierno del euro sigue sin construir. Desde el punto de visto cultural, lo esencial es que seguimos sin superar la crisis de onda larga que provocó la llegada de refugiados en 2015.

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Indio americano o cachorro dálmata

Fernando de Haro

Tom Peters es un británico de 32 años que se ha paseado en las últimas semanas por los programas matutinos de televisión explicando que quiere ser un cachorro dálmata. Declara que le gustaría ser reconocido como el primer hombre transespecie, mezcla de humano y de perro. El caso parece el producto típico de un momento de crisis en los medios: las televisiones generalistas luchan con cualquier cosa contra la inexorable caída de audiencia en favor de pantallas y contenidos más segmentados. Las televisiones de siempre intentan evitar su declive con la industria de la nostalgia, la explotación del miedo y los relatos inverosímiles. En cualquier caso, Tom Peters insiste en que, desde hace años, al salir de su trabajo, vive como si fuera un perro, come golosinas para mascotas y pienso para animales. Asegura que lo hace para huir de una realidad que le resulta demasiado gravosa. Es fácil imaginarnos respondiendo a Tom con un largo discurso dedicado a la objetividad de su naturaleza y la belleza de la condición humana. Podríamos leerle el discurso de Pico de la Mirándola sobre la excelencia de la especie a la que pertenece. Pero seguramente no nos escucharía o diría que precisamente lo que está haciendo es responder a la invitación del gran humanista: ha elegido, y ha elegido no ser hombre. Toda esta conversación (no-conversación) sería fácil. Más difícil es comprender por qué Tom quiere ser perro. Más interesante es asumir, acompañar la soledad, el desconcierto, la inquietud que lleva a Tom a ponerse su disfraz canino.

Miguel Ángel Quintana Paz explicaba en un acertado artículo hace unos días lo que nos ocurre y por qué se dan casos como el de Tom. Quintana no es precisamente un tradicionalista que defienda la incuestionable evidencia objetiva de la naturaleza humana. Se dedica a los estudios de género. El filósofo ha dedicado buenas energías en defensa no de la ideología de género, que dice que no existe, pero sí de todos los valores culturales, variables, que junto al sexo determinan la personalidad. Quintana señala atinadamente que vivimos en una época de hiperindividualismo. Podría parecer que este término es contradictorio con el auge de los nacionalismos y de otros tipos de identidades de grupo. Quintana sostiene que son dos fenómenos confluyentes. “¿No vivimos una época en que cada vez más personas se sienten parte de una identidad común y ansían disolverse en ella? ¿No estamos ante un apogeo de los nacionalismos, ante un resurgir de los fundamentalismos religiosos, ante un empeño de todos por fundirse cada cual en su colectivo (las mujeres, los gais, los distintos grupos de inmigrantes, los negros, los pensionistas, los triscaidecáfobos) y olvidarnos allí de que yo soy yo?” –se pregunta el pensador–. Estamos ante “colectivos que elige el individuo: esa es la ironía de nuestros días”. Es lo que está pasando “con el fundamentalismo islámico: a menudo son jóvenes musulmanes los que optan por afiliarse a mezquitas más y más radicales, obedecer a imanes más y más integristas, alejándose así del islam más moderado de sus familias (o del que ellos mismos profesaban poco tiempo atrás). Es una decisión estrictamente individual. También en los nacionalismos podemos observar idéntico fenómeno. Pronto, con el transhumanismo, quizá podamos elegir incluso nuestra especie o en qué soporte (o bien un cuerpo de carne y hueso, o bien unos bits en un superordenador) preferimos vivir”.

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Esperando el #Me Too del islam

Fernando de Haro, Lahore

El comisario del servicio secreto militar me explica con mucho énfasis que en el islam no está permitido que el hombre lleve al descubierto la parte del cuerpo comprendida entre el ombligo y las rodillas. Lo hace levantándome la camiseta y tocándome las piernas. El clérigo de la madrasa (escuela coránica) donde sucede la escena mira al militar con satisfacción. La madrasa en la que hemos estado grabando hasta unos minutos es una de las históricas de Lahore, la capital del Punjab. En sus aulas, sentados en el suelo, con movimientos rítmicos, a gritos, los niños aprenden de memoria las suras del Corán. El interrogatorio del comisario, que nos obligará más tarde a abandonar precipitadamente Pakistán, demuestra quién manda en el país. Da igual que el primer ministro sea de un partido musulmán o un play boy populista. Quien rige los destinos de esta nación de más de 200 millones de habitantes, encrucijada de Asia, es la alianza entre islamismo y ejército que le dio su identidad. El comisario tiene que demostrar al clérigo que hace cumplir la interpretación más estricta del islam y el clérigo presta su apoyo al comisario. Hasta no hace mucho era frecuente en Lahore, la ciudad fronteriza con la India, que los hombres paseasen con pantalones cortos y zapatillas por sus parques. El avance del partido radical Tehreek-e-Labaik ha cambiado las costumbres. Islamismo sobre islamismo, sobre el de Ali Bhutto de los años 70, sobre el del general Zia de los años 80, sobre el islamismo que impulsó Estados Unidos para combatir en Afganistán a los talibanes.

Mientras escucho al comisario predicar se me viene a la cabeza el rostro de Sadaf, una niña de 12 años que horas antes acaba de contarme su historia. Sadaf usa un pañuelo que le cubre la cabeza, viste como una musulmana, o como una hindú. Muchos cristianos del Punjab no se distinguen por su ropa. Son el vivo retrato de lo que decía la carta a Diogneto. Sadaf tiene el rostro severo y la expresión tímida pero enseguida le sale el carácter. Sadaf me ha explicado que una compañera de clase le invitó el pasado mes de abril a pasar una tarde con ella. Después de resistirse durante un tiempo accedió. La invitación fue una trampa para que el hermano de su compañera, Sabtain, la raptara. A Sadaf la drogaron, la trasladaron a Faisalabad y allí Sabtain abusó de ella. Sadaf lo relata todo con aplomo, sin bajar la mirada. Después de la agresión sexual, recibió una instrucción rápida de nociones sobre el islam y fue forzada a convertirse. A la conversión forzada se unió un matrimonio también forzado con un expediente falso. Sadaf no quería ser musulmana y no quería ser una posesión de Sabtain. Así que en un nuevo traslado tuvo el coraje de saltar del autobús en el que viajaba. Huyó y pidió un móvil a una persona desconocida. Consiguió llamar a su padre que fue rápidamente a recogerla. Ahora ha vuelto a ser acogida en su familia. Sadaf, que ya no tiene la mirada de una niña, me explica que ella no quería dejar de ser cristiana.

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En medio de la encrucijada asiática

Fernando de Haro, Islamabad

Encrucijada de todos los caminos de Asia y uno de los puntos de más alto riesgo de enfrentamiento nuclear del planeta (ese riesgo no ha desaparecido), Pakistán es una tierra dura para los cristianos. La absolución de Asia Bibi y su salida del país para vivir en Canadá no significan que la vida haya cambiado sustancialmente para una minoría integrada por dos o tres millones de personas en una población de casi 200 millones. Es el caso de Jonathan, un muchacho de quince años que vive en el Barrio 100, un suburbio donde se han ido reuniendo cristianos que han llegado en las últimas dos generaciones desde el Punjab a la capital. Jonathan, que arrastra uno de sus pies por haber sido víctima de un ataque terrorista, ha sufrido también la discriminación. “Mis compañeros de clase, como era cristiano, no me dejaban beber de la misma fuente que ellos porque eran musulmanes”, me cuenta sin acritud.

El gran mundo no se ocupa de los problemas de chicos de quince años. El enfrentamiento del pasado mes de febrero con la India, en la siempre caliente zona fronteriza de Kachemira, tras un atentado cometido por un grupo terrorista de matriz pakistaní (Jais e-Mohamme), nos recordó a todos que los dos países tienen armamento nuclear. La escalada puso en evidencia hasta qué punto las heridas de la partición de 1947 (1,5 millones de muertos y 20 millones de desplazados) siguen abiertas. Nada le venía en ese momento mejor a Modi, el presidente indio, para las elecciones que se celebrarían semanas después que alimentar el nacionalismo en un enfrentamiento con su vecino de mayoría musulmana. Nacionalismo musulmán y nacionalismo hindú, frente a frente para dejar claro que el mundo del siglo XXI no es un mundo secular. Los enfrentamientos en la frontera de Kachemira son un buen producto político y también un buen producto para los medios de comunicación indios cuando necesitan aumentar su audiencia. Nada, por otra parte, como el atentado para poner de relieve que la presidencia del populista y famoso jugador de criquet Imra Khan iniciada el pasado verano no ha servido para cambiar nada. Aunque Khan se presentara como la alternativa a los que han mandado siempre, los destinos de Pakistán siguen en manos de un “Estado profundo” dominado por los militares que instrumentalizan para sus fines el islamismo radical. La alianza puesta en pie entre ejército e islamismo por el general Zia en los años 80 sigue muy viva. El “Estado profundo” puede utilizar el terrorismo o no combatirlo, no acabar del todo con los talibanes. Si le resulta útil.

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Convicciones sin realidad

Fernando de Haro

La miniserie Chernóbil de HBO ha hecho furor. Los cinco capítulos escritos por Craig Mazin y dirigidos por Johan Renck han ocupado el hueco dejado en la audiencia por Juego de Tronos. La pasión por lo sucedido en el reactor nuclear ha generado un extraño turismo de la catástrofe. Chernóbil es mucho más que un desastre nuclear. El accidente de 1986, la cadena de decisiones tomadas, la reacción del poder soviético, la respuesta de los científicos y de la población nos hablan del riesgo de la energía atómica, pero también de la fe y de la realidad, de una realidad negada, y de un pensamiento, de una creencia que construía/construye un sistema contra la experiencia.

Nos atrae la serie porque en estos tiempos de miedo y de incertidumbre refleja las consecuencias de un uso imprudente de la tecnología. Efectos que se prolongan en el tiempo más allá de lo que se puede imaginar. No es solo terror al átomo. La ficción da forma a ese fantasma de la sociedad del riesgo que llevamos en el alma y que puede tener mil maneras de concretarse. El temor está dentro de nosotros y sentimos cierta afinidad por los relatos que alimentan lo que el sociólogo Luhmann llamaba “la extravagante preocupación por las improbabilidades extremas”. Es improbable una invasión de migrantes, una muerte por epidemia generalizada, una violenta guerra en todo el planeta. Pero las distopías cinematográficas que insisten en mundos creados por sucesos de este tipo florecen. La afición que tenemos en este comienzo del siglo por las improbabilidades extremas de destrucción más que por las improbabilidades extremas de ser nos retrata.

Ha habidos algunas críticas que le han afeado a Chernóbil no haber reflejado de modo adecuado cómo funcionaba el poder soviético a mitad de los años 80. Probablemente no se le puede pedir a una serie capacidad suficiente para describir algo que era no solo un conflicto entre la verdad o la mentira, o entre los expertos y los burócratas. Los privilegios de las autoridades, la escasa estima por la vida humana y el abuso del Estado marcaron la reacción a la crisis. Pero el caso Chernóbil es más que todo eso. Es el momento en el que se hace evidente el choque entre la fe del hombre soviético y la realidad. Por eso es tan actual. Y por eso hay que volver a la lectura de Voces de Chernóbil. Con el imponente mosaico de testimonios que construye Svetlana Alexievich, en la que aparece la vida real, el amor, el sufrimiento de los que vivieron el accidente y de los que trabajaron cerca de la central, se comprende por qué, como dice uno de los protagonistas, lo ocurrido sirvió para “aprender a decir yo”.

El monólogo de Marat Filipovich, ex ingeniero del Instituto de Energía Nuclear, refleja el sistema de “doble verdad” en el que se vivía y que se parece, a pesar de que estamos en sociedades libres, al nuestro. El problema era la fe, una fe sin base alguna en la realidad.

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¿De qué marca son hoy los tanques?

Fernando de Haro

Las palabras de justificación del ministro de defensa chino, Wie Fenghe, han clarificado casi todo. Cuando se cumplían 30 años de la masacre de Tiananmen, el Gobierno-Partido que rige los destinos del Imperio del Centro, ha explicado que era necesario, para mantener la estabilidad y generar la prosperidad de las tres últimas décadas, reprimir a unos estudiantes que reclamaban más libertad. Casi todo ha quedado claro. En 1989 hubo que recurrir a la violencia y matar a miles de universitarios y hoy es necesario seguir utilizando campos de internamiento, la amenaza, la tortura, la persecución del disidente.

Antes del aniversario se habían recrudecido los controles en torno a la plaza de Tiananmen, como cuando se celebra la reunión anual de un Parlamento totalmente controlado por Xi Jinping. Pekín ha vivido las jornadas habituales de un nerviosismo cuyo origen es difícil de precisar. Los responsables de los hoteles, los miembros de base del partido, la ciudad entera está atenta para identificar cualquier movimiento, cualquier persona, que pueda ser una “fuente de inestabilidad”. Las cámaras distribuidas por cada rincón de la capital recogen todas las imágenes posibles y estos días se han examinado, gracias a la nueva tecnología, con especial vigilancia para detectar cualquier tipo de anomalía. Ahora no es como hace 30 años, el poder totalitario con sistemas de Inteligencia Artificial lo hace mucho más eficaz.

Con dificultad se ha podido acceder a la plaza para, aunque sea en silencio, hacer memoria de aquel joven desconocido que desafió a una fila de tanques. No importa. Desde cualquier región del planeta, se puede rendir homenaje a aquel muchacho indefenso, con los brazos caídos, pero con la cabeza bien erguida, delante de un carro de combate con su cañón enorme listo para disparar. La máquina de la opresión es un crustáceo gigante: el tanque de la nada, el tanque de la historia, el tanque sin rostro dispuesto a aplastar frente a la figura solitaria que se mantiene en pie. No se puede rendir homenaje a todas las víctimas sin releer las páginas de los Escritos Corsarios del gran Pasolini denunciando las nuevas formas de dominación de un poder que ya no necesita de la violencia para imponerse. ¿Han desaparecido los tanques de la nada, como decían los liberales ilustrados, precisamente hace tres décadas? ¿Cuáles son ahora los tanques del nuevo poder que domina las plazas del mundo? ¿Cuál es la marca de los nuevos carros de combate?

Ian Buruma, en un provocativo artículo publicado estos días, ha destacado en Tiananmen no triunfó el régimen comunista, sino “un capitalismo autoritario”, el creado por Deng Xiaoping, el hombre de la apertura. “Las clases urbanas educadas de las que había salido la mayoría de los estudiantes que protestaron en 1989 recibieron grandes beneficios”, a cambio de no meterse en política. Lo ocurrido tras Tiananmen dejó claro que democracia y capitalismo eran perfectamente separables. Posiblemente han hecho faltan treinta años para que nos demos cuenta. “Lo que sucedió tras su aplastamiento señala que el capitalismo autoritario se ha convertido en un modelo atractivo para autócratas de todo el mundo, incluso en países que hace treinta años consiguieron librarse del yugo comunista”, concluye con agudeza Buruma.

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La mitad de la historia sin contar

Fernando de Haro

Se acabó. Se terminó el largo proceso electoral en España. Ahora el ruido político se concentra en los posibles pactos municipales, autonómicos y en el acuerdo de investidura que haga presidente a Pedro Sánchez. La primera semana ha dejado constancia, sobre todo en los partidos llamados a ser bisagra, de una inflexibilidad proverbial para el entendimiento. La información política, por saturación y por agotamiento, deja espacio a otros acontecimientos. Uno de ellos es la preparación de la celebración del segundo bicentenario del Museo del Prado. Se vuelven los ojos hacia la gran pinacoteca madrileña, que “no es un museo sino una especie de patria”, como decía Ramón Gaya.

Es patria en muchas miradas, una de ellas, la de Goya, mirada dolida. Hace unos días Víctor Pérez Díaz, en su trabajo Europa entre el compromiso y la polarización, volvía a proponer su famoso cuadro del duelo a garrotazos. Pero esta vez, no para convertirlo en el emblema de una España dominada y enfrentada sino de lo contrario. “Goya nos ofrece, sí, una visión conflictiva de la sociedad, pero el mismo hecho de que nos da esa visión implica la invitación que el artista hace al observador para «verlo a distancia» y «rechazarlo» o «evitarlo». No es una simple expresión del cainismo; porque es también una denuncia del cainismo”, señala el sociólogo. El ojo que ve la polarización y la denuncia ya no es parte de la polarización.

Los datos de las elecciones generales de abril reflejaron un empate técnico entre el bloque de izquierda y de derechas, pero la segunda vuelta que han supuesto las elecciones de mayo ha traído un “corrimiento al centro”. Con un descenso de los extremos: en la izquierda Podemos ha perdido casi dos millones de votos y en la derecha, Vox ha perdido 1,3 millones. El independentismo en Cataluña, después de siete años traumáticos, solo ha subido dos puntos y no ha llegado al 50 por ciento. A juzgar por los datos disponibles, desarrollados por las reflexiones de algunos sociólogos, la narrativa simplista de una España enfrentada y cada vez más radicalizada en posiciones extremas es, por decirlo con terminología marxista, una superestructura que se añade a la vida real. Un relato que tiene mucho que ver con la narrativa simplista de partidos y de medios de comunicación. La España pensada por los políticos y por los medios no es la España de la experiencia. Es la tesis que viene defendido Víctor Pérez Díaz. Y en la que coinciden otros sociólogos insignes como Francisco Llera. “Tenemos datos desde hace mucho tiempo –apunta Llera– de que la gente está fatigada con la polarización de los políticos, y también de los medios. Los medios azuzan mucho la polarización para que la política sea fundamentalmente conflicto y no resolución de problemas”. El que fue director del Euskobarómetro añade que “la demanda de que se pongan de acuerdo es muy grande, tenemos un electorado y una ciudadanía muy moderada y pragmática”. Quizás por eso, el barómetro del CIS, la encuesta más solvente sobre el proceso electoral, señala que un 40 por ciento de los electores no se ha considerado bien informado de los programas de los partidos y un 60 por ciento rechaza la violencia verbal de la campaña.

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En busca de batallón

Fernando de Haro

Miedo a lo que vendrá. Miedo a que “el batallón” en el que se desfila sea el de los perdedores. Miedo a que el bienestar desaparezca. Pero no solo. Miedo a que los valores y los bienes del mundo en el que se había nacido se esfumen. Miedo a perder los rasgos distintivos que nos hacen hombres. Un temor sin un presente positivo, de pertenencias débiles, que nos hace a todos vulnerables a políticos que quieren sacar partido de nuestra zozobra. El miedo nos hace conflictivos. La campaña electoral que tiene lugar en España es un buen ejemplo. Todas las formaciones azuzan el temor al otro: la derecha destruirá el Estado del Bienestar, la izquierda destruirá España.

Ignacio Urquizu, sociólogo socialista, era una de las grandes promesas de su partido. Hasta que hace unos días Sánchez, que no perdona a los críticos, lo ha descabezado. Su defenestración de las listas ha coincidido con la publicación de su último libro, “¿Cómo somos?” (2019). Urquizu hace un retrato de lo que él llama la “gente corriente”. Ese amplio grupo de gente que representa el 40 por ciento de la población española, que está formado por obreros cualificados, con un nivel formativo medio-bajo, y con ingresos también bajos. Este español medio “teme perder mucho en el futuro”, “su condición de perdedor del presente y del futuro es el principal rasgo que define al hombre medio ante la incertidumbre del cambio tecnológico y de la globalización”. Los grandes perdedores de la crisis cuestionaron los sistemas políticos y económicos, ahora la respuesta es más identitaria. “Algunos pueden querer que el mundo se pare, que no avance y no se modernice, buscando además refugio en su comunidad más próxima: un repliegue sobre la tribu” –apunta el sociólogo–.

¿A qué se le tiene miedo? Urquizu responde desde el punto de vista económico y social, pero apunta algo más. El hombre medio es el que más miedo tiene a los robots y a la inteligencia artificial. Miedo a la globalización, a perder trabajos poco cualificados, a que el Estado del Bienestar no redistribuya. España siempre se ha presentado como uno de los países más tolerantes con la inmigración. Pero el inmigrante imaginado (23 por ciento) difiere del inmigrante real (9 por ciento). El hombre medio no teme que el inmigrante le quite servicios públicos sino que trabaje por menos dinero. De momento, no hay mayoría de gente corriente que se sienta tentada por opciones populistas. Pero Urquizu no tiene claro qué puede suceder en el futuro.

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No reinan los extremos (salvo excepciones)

Fernando de Haro

No ha habido ola populista ni soberanista en Europa. El extremismo de izquierdas sufre un importante retroceso en las elecciones municipales y autonómicas de España. Todavía es pronto para entonar un canto para despedir a los populares y los socialdemócratas, a las familias políticas tradicionales de la Unión Europea.

Como siempre, por fortuna, la realidad en el Viejo Continente es más compleja que un simple esquema. Por comodidad interpretativa y analítica habíamos metido en un mismo saco a todas las fuerzas soberanistas y eurófobas. El resultado de las elecciones de este domingo pone de manifiesto hasta qué punto es un error generalizar.

Socialistas y populares dejarán de tener la mayoría en la Cámara Europea, pero podrán sumar con los liberales de ALDE. La emergencia de los Verdes frena el auge de las formaciones antieuropeas que quedan lejos de la minoría de bloqueo. En Alemania es cierto que la CDU y el SPD sufren un importante retroceso, lo que a nivel nacional pone en peligro la Gran Coalición. Pero el partido de Merkel con casi un 29 por ciento de los votos consigue un buen resultado. El principal varapalo es para el SPD (15,6 por ciento). Y la ultraderecha de Alternativa por Alemania no llega al 11 por ciento. En los países escandinavos y bálticos la derecha antieuropea cosecha malos resultados y en Holanda resucitan los socialdemócratas y también quedan frenados los radicales.

El soberanismo no es un problema generalizado en toda Europa: es un desafío serio en algunos países y en cado uno de ellos por razones diferentes. Especialmente preocupante es la victoria de Salvini en Italia, Le Pen en Francia y el buen resultado de Farage en el Reino Unido. En los tres casos estamos ante un paisaje dibujado por el desgaste por causas distintas de los partidos tradicionales. El auge de Salvini parece el penúltimo capítulo del agotamiento de los partidos de la II República, nacidos a mitad de los años 90. El líder de la Lega ha dado forma y ha aumentado un espejismo del descontento (inmigración, austeridad) que busca un chivo expiatorio en Bruselas, sin querer hacer las cuentas con la realidad. Es ese mismo descontento, de una parte importante de la Francia rural y de la Francia que se resiste a hacer reformas, el que le permite a Le Pen ganar. Los límites del neogaullismo de élite de Macron hacen imposible frenar a un Frente Nacional que ha conseguido convertirse en la formación transversal del resentimiento para una importante minoría. Los franceses están acostumbrados a dos vueltas y en esta ocasión no las hay.

Y lo del Reino Unido era más que previsible. Conservadores y Laboristas se han empeñado en suicidarse con motivo del Brexit, sin ofrecer una salida a un país encerrado en el laberinto que sus propios políticos arrogantes le han creado. El buen resultado de las fuerzas de la derecha no europea en Polonia y en Hungría responde también a historias particulares.

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No reinan los extremos (salvo excepciones)

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¿Quién debe prestar los servicios públicos?

Fernando de Haro

Los españoles llegan a las próximas elecciones del 26 de abril agotados por una campaña electoral que empezó en 2015 y que no se termina nunca. En realidad las elecciones municipales y las elecciones autonómicas, por las transferencias de competencias, son, en cierto modo, las más importantes. Deciden las políticas que más influyen en la vida cotidiana. Pero las agendas de los partidos están dominadas por reposicionamientos, tras la aparición de la quinta formación con peso significativo en el panorama nacional (Vox). Todo es búsqueda de una posición táctica, quizás estratégica, que proporcione una determinada imagen.

El debate sobre cuestiones concretas se ha dejado de lado. Y por eso no se ha producido una discusión seria sobre las ventajas y los inconvenientes que tiene la prestación de servicios públicos regionales o locales por la propia administración o a través de empresas privadas y/o entidades del tercer sector.

Si, por casualidad, aparece la cuestión, se zanja rápido. En cierto modo es lógico, teniendo en cuenta la historia reciente y la falta de parámetros válidos para examinar quién está prestando mejores servicios.

Hace cuatro años los que se autodenominaron “ayuntamientos del cambio”, los formados por Podemos y sus confluencias (con un fuerte sesgo de izquierda), dijeron que llegaban a hacer una nueva política municipal basada en la “renacionalización” de los servicios y en un incremento del gasto. Los datos de los que disponemos reflejan que esos ayuntamientos han gastado lo mismo que los ayuntamientos de la izquierda y de la derecha tradicional. Es lo que dice el Observatorio de Servicios Urbanos. Los gastos en becas y ayudas a comedor y conciliación son muy similares. A gestión de residuos, limpieza viaria, abastecimiento de agua, alcantarillado y otros servicios, los Gobiernos "tradicionales" dedican 153 euros/habitante de media anual frente a los 151,63 de los Gobiernos municipales de izquierda-izquierda.

Hay motivos para que ciertas formas de externalización de los servicios generen suspicacias. La Comisión Nacional del Mercado y de la Competencia avisó en 2015 de que, en algunos casos, los contratos públicos para la prestación de servicios sufrían un encarecimiento del 25 por ciento. A diferencia de lo que sucede en Alemania, Austria o Italia, la debilidad del Sector No Lucrativo provoca que algunos servicios sociales, como el de la atención a la dependencia de algunas Comunidades Autónomas, hayan sido adjudicados fundamentalmente a empresas y no a cooperativas o a entidades sin ánimo de lucro. El caso de Andalucía es ilustrativo. En los años 90, los servicios públicos concertados con cooperativas sociales, según algunas fuentes, representaban el 60 por ciento, y ahora ya son solo el 2 por ciento. Las empresas suelen tener más capacidad para hacer mejores ofertas económicas. Y no se puede pasar por alto que, en algunos casos, la externalización supone un empeoramiento de las condiciones de trabajo y no necesariamente una mejora de la calidad.

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¿Quién debe prestar los servicios públicos?

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Objetivo nosotros

Fernando de Haro

No es bueno que en España, tras las próximas elecciones generales, haya un gobierno en minoría, apoyado por la nueva izquierda de Podemos y por los independentistas catalanes. Es una opción que, según las encuestas, suma. La otra posibilidad que se le ofrece a los españoles en la campaña es un Gobierno de PP y de Ciudadanos, en minoría, apoyado por la nueva derecha de Vox. Esta opción, si nos atenemos a la mayoría de los sondeos, no suma de momento (la corrupción, el exceso de tecnocracia y la falta de respuesta eficaz a los intentos de secesión en Cataluña le pasan una alta factura a los populares). Bien es verdad que los sondeos revelan que un 30 por ciento no ha decidido aún su voto, lo que hace difícil cualquier pronóstico. La combinación de PSOE, Podemos e independentistas sacaría a los socialistas de la tradición socialdemócrata europea y los situaría en una posición alejada de los grandes consensos del centro. La fórmula de la contención (una combinación que diera protagonismo a Vox) tiene importantes costes y riesgos: permitiría que cuajase un partido, si no netamente populista, muy cercano a los movimientos antieuropeos, antiinmigración y soberanistas. Un partido que transforma malestares comprensibles en fracturas invencibles.

No hay unanimidad en las encuestas sobre la posibilidad de una tercera suma: PSOE y Ciudadanos. Si llegara a concretarse podría hacer que los socialistas se olvidaran de sus negociaciones con el secesionismo y de su tendencia a ciertos extremismos ideológicos (alentados por Podemos). Extremismos que les llevan, por ejemplo, al sectarismo con la iniciativa social en materia de enseñanza. Tampoco esta opción está exenta de problemas (Ciudadanos ha dado todavía muestras de inmadurez para ser partido de Gobierno). Hay una cuarta suma que sí daría para formar un nuevo Gobierno. Está en todas las encuestas pero en ninguna quiniela por el nivel de confrontación. Es la combinación de los tres partidos constitucionalistas (PSOE, Ciudadanos y PP). Solución, a la alemana, que si llegara a ser estable alimentaría los radicalismos. La existencia de un tercer partido, Ciudadanos, de carácter liberal, podría ser una buena fórmula para no tener que recurrir a la gran coalición. Puede y debe discutirse cuánto bien posible contienen cada una de estas posibilidades y alguna más.

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Objetivo nosotros

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Un votante tipo

Fernando de Haro

Elecciones generales el próximo domingo en España. Unos comicios en los que es la primera vez para muchas cosas. La primera vez con cinco partidos de ámbito nacional que pueden obtener más de un 10 por ciento del voto. La primera vez después de un intento serio de secesión de una parte del territorio (Cataluña). La segunda vez que a una semana de las elecciones todavía entre un 25 y un 30 por ciento de los votantes están indecisos.

Todo esto provoca una especie de “curvatura en el tiempo y en el espacio” electoral. El voto que identifica a los electores con un cierto partido por sus valores o por sus reivindicaciones ha ido desapareciendo. Si queremos lograr ciertos propósitos con nuestro voto, en un escenario de cinco formaciones, con una alta tasa de indecisión, cada vez es más importante el momento y el lugar en el que se elige la papeleta. Cuanto más tarde, y cuanta mayor sea la información disponible, mejor. En este contexto, es determinante también en qué circunscripción se vota (el sistema electoral español es casi mayoritario puro en las circunscripciones pequeñas y casi proporcional puro en las circunscripciones grandes).

Hagamos un intento de simulación teniendo en cuenta los objetivos de un cierto votante y los datos disponibles. Supongamos un votante que tiene como primer criterio reducir la polarización creciente que existe en la vida política española, rebajando el peso de los extremos. Querría con su voto dar menos espacio a “las éticas que se nutren de una sola cuestión: antifascismo-prolibertad, cambio climático como única cuestión o feminismo como "la" cuestión por encima de todo” (Joseba Arregi), limitar la tendencia a “marcar nuestras señas de identidad excluyendo” (Reyes Mate), porque “la democracia es incompatible con la noción de enemigo (Juan José Laborda). Este votante reconoce que “el entrelazamiento de los destinos colectivos impide definir nuestro bien como el reverso del mal de otros” (Daniel Inneratity). Está preocupado por la desaparición del nosotros y por la posibilidad de que, a medio o largo plazo, el crecimiento del independentismo en Cataluña provoque una secesión. Desea un “proceso de reintegración de la mayoría de los catalanes en un marco común, con un consenso entre los constitucionalistas” (Juan José Laborda), y a la par está dispuesto a hacer una “interpretación flexible del texto constitucional para mantener consensos básicos” (Ferrán Pedret).

Nuestro votante ha visto con preocupación que un partido como el PSOE durante los ocho meses que ha gobernado, en contra de su mejor tradición, haya coqueteado con el independentismo para sacar adelante los presupuestos. Valora en los socialistas el que supongan un freno importante al ascenso del populismo que ha aumentado en Europa, pero lo preocupa su estatalismo y está incomodo con su uso de la memoria histórica. Tiene algunas dudas de su capacidad de gestionar una nueva crisis económica (tras la experiencia de Zapatero).

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Un votante tipo

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Concretamente europeos

Fernando de Haro

Estamos ya en plena campaña de unas elecciones al Parlamento Europeo que van a ser decisivas. Decisivas por muchas razones. Por primera vez un grupo antieuropeo y nacionalista, como es el encabezado por Salvini y Le Pen, se puede convertir en la cuarta fuerza. El resultado de los populares y socialdemócratas, debilitados, va a ser determinante para que el alemán Manfred Weber (conservador) o el holandés Frans Timmermans (socialista) puedan aspirar a presidir la Comisión Europea (el verdadero órgano legislativo europeo). Si las que hasta ahora han sido las dos grandes familias políticas europeas salen muy debilitadas, la presidencia de la Comisión y otros cargos relevantes no tendrán en cuenta la composición de la Cámara. El resultado de los comicios será también decisivo para la elaboración del presupuesto 2021-2027. Si los partidos netamente europeístas pierden fuerza, será más difícil una presión efectiva a la Comisión y a los gobiernos nacionales para aumentar el gasto y modernizar la distribución de sus partidas. Y con menos votos en favor de esas formaciones será también más difícil terminar la reforma del euro. Aunque no dependa del Parlamento Europeo, es inevitable que un voto por menos Europa suponga una dificultad mayor para aprobar un presupuesto que actúe como estabilizador ante recesiones, para convertir el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) en un Fondo Monetario Europeo y para culminar la unión bancaria.

Pero estas elecciones no solo son decisivas porque el resultado puede suponer un freno en la construcción de Europa. Sino por el “ánimo” con el que muchos electores acudirán o no acudirán a votar y porque el mundo ha cambiado sustancialmente en los últimos cinco años. La victoria de Trump supone, en gran medida, haber perdido el apoyo del vínculo atlántico. El presidente de los Estados Unidos recibe a Orban, el antieuropeo presidente de Hungría, mientras que la semana pasada el secretario de Estado Pompeo cancelaba una entrevista con Merkel. China ya no oculta su voluntad imperial y sus planes de hacerse con sectores estratégicos y Rusia está decidida a desestabilizar todo lo que pueda.

En este contexto, como bien señala Ivan Krastev (autor de After Europe), los europeos están dominados por la nostalgia. A una Europa cansada porque ha renegado de su origen (Francisco), le asalta ahora el miedo. Estamos ante una nostalgia imprecisa que no sabe definir cuál fue nuestra edad dorada (quizás la reconstrucción tras la II Guerra Mundial). Y ante un miedo no solo a un futuro peor o a la creciente desigualdad (Habermas). Más bien es el temor de no saber bien quiénes somos. La mayor o menor confianza en Europa no depende solo de un déficit democrático (Weiler) sino de una inseguridad sobre nuestra identidad.

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