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24 NOVIEMBRE 2020
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Razón herida

Fernando de Haro

“In Spain we say joder qué largo”, canta Rigoberta Bandini, la nueva voz de la música electrónica en España. Mezcla el castellano y el inglés. “In Spain we call it soledad”, golpea el tema que detalla los efectos de la pandemia en un alma joven. Paradojas del momento, ahora que el alargamiento del tiempo y la reducción del espacio que ha traído el Covid podría acabarse, ahora aparece una gran duda. Es una desconfianza que señala no el daño sanitario ni el daño económico que ha provocado el virus. Es una inseguridad que afecta a la única de las razones que parecía estar en pie.

La UE no quiso la semana pasada ponerle fechas a una vacunación significativa entre la población europea durante 2021. Reclamó planes de vacunación nacionales y recordó que todavía es necesaria la aprobación de la Agencia Europea del Medicamento. Las operaciones logísticas van a ser complicadas: la vacuna de Pfizer exige 70 grados centígrados bajo cero y la de Moderna 20 grados. En cualquier caso, las tasas de eficacia están por encima del 90 por ciento. Lo que supondrá mucho más de lo inicialmente previsto cuando las notas de prensa de las farmacéuticas sean corroboradas por los estudios científicos pendientes de publicar. La solución puede estar cercar. COVAX, la plataforma de 187 países creada para llevar el remedio a todos los rincones del planeta, trabaja para que dos mil millones de vacunas se distribuyan el próximo año. Sin inmunizar a un 60 por ciento de los más de siete mil millones del planeta, no podremos dar por superada la pandemia. Al menos tenemos un camino. Todavía con plazos inciertos, pero con una meta clara.

En esta ruta ha aparecido la incertidumbre moral. Son muchos los que podrán vacunarse pero no quieren hacerlo. No estamos hablando de esa minoría, cuatro por ciento, que a base de consumir teorías conspirativas considera cualquier tipo de inmunización frente a cualquier enfermedad una amenaza. En España, las últimas encuestas reflejan que el 47 por ciento no está dispuesto a vacunarse inmediatamente. Los estudios del Pew Research Center apuntan que, en Estados Unidos, de mayo a septiembre, el porcentaje de los ciudadanos dispuestos a vacunarse cayó del 72 al 51 por ciento. La confianza en el remedio bajó 20 puntos en todos los niveles educativos. Menos de la mitad de los que tienen entre 30 y 49 años estaban dispuesto a recibir el remedio.

Nature Medicine ha hecho una encuesta interesante que compara la aceptación de las vacunas para el Covid entre 19 países. Los ciudadanos de China y de Corea del Sur son los más dispuestos a vacunarse. En el caso de China todo resultado estadístico debe ser puesto en cuestión. Hace unos días el Partido Comunista del país ha proclamado que el modelo de represión de libertades es el mejor para combatir una pandemia. No nos podemos fiar de las respuestas de ninguna encuesta y todavía está por comprobar la veracidad de la información sobre la evolución de la segunda ola. El caso de Corea del Sur es muy significativo. En aquellos países donde los ciudadanos están satisfechos con la gestión que han hecho sus gobiernos frente al Covid, la disposición a vacunarse es mayor.

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Arriesgar la libertad

Fernando de Haro

Hace poco más de dos meses, tres jóvenes pintaban, en el acceso a un colegio de Madrid, flechas verdes y rojas. Vestían ropa deportiva por si la pintura acababa en sus pantalones. No eran pintores profesionales y no tenían mucha destreza. Eran el profesor de matemáticas, el de lengua y la profesora de lengua. Ni el Gobierno nacional ni el de la Comunidad Autónoma habían dado instrucciones claras sobre cuándo y cómo reabrir las clases. Las indicaciones solo llegaron días antes de que los chicos pudieran volver a las aulas. Muchos colegios de la concertada pudieron contar con sus profesores para hacer tareas de acondicionamiento con urgencia. Ahora esos tres profesores que llevan diez semanas dando sus lecciones, con mascarilla y con la ventana abierta, dedican buena parte de su poco tiempo libre a enterarse de cómo queda la enseñanza concertada en la nueva ley educativa que se aprueba esta semana en España. Es la octava ley en 40 años en un país en el que, desde la transición a la democracia, la enseñanza ha sido motivo de confrontación. Casi desde 1978, el derecho a la educación y la libertad de enseñanza han causado enfrentamientos.

Hace falta una reforma del sistema educativo español. De eso no hay duda. Los programas son demasiados extensos y suelen abordarse sin profundidad. La tasa de abandono escolar temprano se ha reducido considerablemente en los últimos años, pero con más de un 17 por ciento sigue estando por encima de los objetivos de la Comisión Europea. Las fórmulas de refuerzo todavía no son eficaces. La Formación Profesional sigue sin acercarse al mundo de la empresa. Tiene el estigma de ser la opción para los perdedores. La única referencia en la que destacan los alumnos españoles en las evaluaciones de Pisa es la competencia global: la habilidad blanda de respeto al otro. Los resultados en matemáticas, comprensión lectora y ciencias tienen pendiente una mejora.

El cambio impulsado por el Gobierno PSOE-Podemos, cuando salió del Gobierno, ya iba en la dirección contraria a las necesidades reales. Durante la tramitación parlamentaria, la ideologización se ha incrementado por los acuerdos con los nacionalistas vascos y catalanes. Podemos, muy lejos de la moderación socialdemócrata propia de la izquierda europea, ha incrementado la intervención del Estado y la colonización radical de contenidos. Sobre todo, en materias en las que no hay consenso y en las que la capacidad de decisión de los padres debe ser tenida especialmente en cuenta.

Es dudoso –tal y como prevé el proyecto– que la facilidad para pasar de curso, a pesar de acumular suspensos, sirva para mejorar la calidad de la enseñanza. Especialmente en el bachillerato. En la práctica supone reducir la autonomía de decisión de los claustros. La supresión de un sistema objetivo de selección de los inspectores educativos hace temer una politización de la administración.

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Cerrar heridas

Fernando de Haro

“Es el momento para cerrar las heridas”, una buena frase, una estupenda frase del presidente electo de los Estados Unidos. Biden, después de un recuento de infarto, ha hecho un buen discurso para celebrar una victoria que Trump se niega a reconocer. Va a ser un programa difícil de ejecutar porque las heridas en su país, como en buena parte de Occidente, llegan hasta la última célula del organismo social.

Biden ha ganado con un margen amplio, pero no aplastante. Pero los electores, aunque se empeñen algunos editorialistas de la Costa Este, no han mandado el mensaje de que Trump es inaceptable. El candidato demócrata se ha impuesto por tres puntos en el voto popular. Los titulares que atribuyen la derrota del republicano al abandono de los votantes blancos críticos con la globalización, en el cinturón industrial del Medio Oeste, pueden ser efectistas. Pero la realidad es siempre más compleja. Ni en Wisconsin, ni en Michigan, ni en Pensilvania, Biden ha superado a Trump por más de un punto. No ha habido un abandono masivo y radical del hombre que hizo del proteccionismo una de sus banderas. Las categorías demoscópicas se han revelado demasiado esquemáticas. Hay sí, más evangélicos blancos, que han votado a Biden que a Trump. Biden ha avanzado entre los blancos y Trump entre los negros, los hispanos y los asiáticos. Pero intentar entender el voto solo con moldes identitarios es la mejor manera de caer, desde el principio, en la trampa en la que está atascada la política de Estados Unidos y la política occidental desde hace décadas.

Si Biden quiere realmente cerrar heridas tendrá que superar lo que, con acierto, David Brooks ha llamado una “guerra religiosa”. Una polarización que traslada a la política y usa la política para enfrentar diferentes modos de entender la vida. Cada parte en conflicto considera que el ejercicio del poder es la mejor manera de hacer triunfar un determinado sistema de ideas.

La derecha estadounidense, hace algo más de diez años, creyó llegado el momento de deshacerse del complejo tecnocrático. Era necesario hacer una guerra cultural al mundo liberal (progresista). En la primera oleada de guerras culturales, muchos en la izquierda rechazaban los ideales de la Ilustración por imperialistas. Desde hace un decenio la derecha ataca al progreso porque lo considera parte de un plan de las élites intelectuales para socavar los valores tradicionales. El trumpismo, no Trump, ha estado apoyado por algunos grupos convencidos de la urgencia de plantar batalla a una concepción que utilizaba los resortes del poder para imponer su sensibilidad. El término guerra cultural ha hecho fortuna en la nueva derecha de algunos países de Europa.

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Paz para el imperio

Fernando de Haro

La paz del imperio. El criterio de San Agustín en la Ciudad de Dios parece el más conveniente para afrontar los resultados de las elecciones de este martes en Estados Unidos. El mejor resultado será el que mantenga la paz en el imperio. A menos que se apueste por una teologización de la política y se espere de uno de los candidatos la defensa de determinados valores. No parece conveniente, teniendo en cuenta la condición histórica de la sociedad y del hombre del siglo XXI, el mayor bien posible para todos.

Pax Americana. Estados Unidos ya no es el imperio de hace 70 años. Aunque tiene el 43 por ciento de las bombas atómicas del mundo y acumula el 40 por ciento del gasto en defensa. Y en tiempos absolutamente problemáticos como los que vivimos, los errores de un gigante en lento declive –tampoco hay que exagerar– pueden acelerar la formación de la tormenta perfecta.

Para que haya paz en el imperio lo primero es una victoria clara. Si no se produce en estados decisivos como Michigan, Carolina del Norte o Wisconsin todo se puede complicar mucho. Los gobernadores son demócratas y los parlamentos están en manos de los republicanos. Cada uno puede reclamar a su candidato como vencedor. Hay más voto por correo que nunca y el recuento de ese voto no aparece en la noche electoral. Trump puede proclamarse ganador dentro de unas horas y negar la validez del voto por correo si no le es favorable. El caos sería grande.

Un ganador claro. Y mejor si el perdedor es Trump y su presidencia se acaba en el primer mandato. El presidente republicano no es el demonio, pero su salida de la Casa Blanca podría detener algo la segmentación del país. Las políticas identitarias de la izquierda estadounidense, enfocadas en cuestiones de raza, sexo y etnia, han acentuado la fragmentación desde finales del siglo pasado. Han fortalecido la conciencia de pertenecer a una comunidad que estaba por encima de todo. El pensamiento de derechas de los últimos años no ha superado el molde identitario y ha vertido sobre la misma estructura otros contenidos: la defensa de los blancos que no viven en las costas y que han sufrido la globalización, de las comunidades religiosas, del uso de las armas. El proyecto común se diluye. No hay que gobernar para todos, es suficiente con obtener el respaldo de un 30 por ciento de la población. Un país a cuotas. Trump tuvo la inteligencia de conectar con los que no se sentían representados. Y el plan ha seducido a importantes comunidades evangélicas y algunas católicas. Pero no es bueno que el modelo de la polarización infinita, basada en la identidad, se perpetúe. Mina las bases elementales de la democracia: la percepción del otro como una oportunidad. No conviene que desde el centro de uno de los imperios se extienda, como se ha extendido, un modo de concebirse que no tiene en cuenta el conjunto. Tampoco es conveniente que se apoyen modelos de democracia iliberal.

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Por elevación

Fernando de Haro

La política española se vio sacudida la semana pasada por un extraño discurso. Un discurso cada vez más sorprendente en ciertos ámbitos políticos europeos, colonizados por la polarización de los contrarios que se vive en Estados Unidos. La inoportuna moción de censura de Vox, partido afín a todas las formaciones antieuropeas, no tenía oportunidad de prosperar. No podía relevar en la presidencia del Gobierno a Sánchez. Su objetivo era reforzar al nuevo partido y ganar terreno a la derecha clásica del PP. Cuando su líder parecía arrinconado, pronunció una intervención rara en estos tiempos. Casado criticó la voluntad de crear bloques cerrados, de enfrentar, de romper la convivencia común. Palabras que en otro tiempo hubieron sido habituales. Sonaron nuevas después de que el polo de la izquierda y del nacionalismo se haya estado retroalimentado de las posiciones de una derecha cada vez más radicalizada por la aparición de Vox. Casado rompía de forma contundente con el partido que toma como referencia a Trump, que rechaza cada vez más a la Unión Europea. Hasta hace unos días, el líder del PP intentaba no perder votantes contemporizando con el partido que reclama un nuevo centralismo. Pero ha decidido que el mejor modo de ofrecer una alternativa no es confirmar el centrifugado de la vida política. De momento la rentabilidad en intención de voto no ha sido muy grande. No ha recuperado a muchos de sus antiguos votantes que se confirman en sus posiciones. Pero ha mostrado voluntad de romper la dialéctica de polarización entre contrarios que tanto daño ha hecho al país. Y ha desenmascarado la retroalimentación de los externos que favorece la radicalización de la izquierda. Otra cosa es que sea capaz de materializar su declaración de intenciones. No lo tiene fácil.

Vox, la tercera fuerza política en España, bebe de diferentes corrientes. Una de ellas, la menos dañina, es un nacionalismo español de corte conservador que antes estaba cómodo en el PP. Otras conectan con el tipo de reacción que llevó a Trump a ganar las elecciones en Estados Unidos hace cuatro años. También hay católicos que intentan copiar la respuesta de algunos católicos y protestantes estadounidenses a la llamada “hegemonía progresista”. Sensibilidades, como los de la izquierda populista, que reflejan el mismo fenómeno: el consenso en torno a los valores universales que sustenta la democracia ha ido adelgazando hasta llegar a la anorexia.

Hace cuatro años los resultados en ciudades como Kenosha (Wisconsin) o los suburbios de Detroit (Michigan) le dieron la victoria en el voto electoral, que no popular, a Trump. Eran zonas demócratas que apostaron por Obama en su momento y que votaron al republicano. Se ha descrito hasta la saciedad cómo el péndulo pasó de un lado a otro por razones emocionales, por un sentimiento de abandono ante los efectos de la globalización. No había ya una base común de valores compartidos que detuviera a los votantes ante las posiciones de Trump. Muchos vecinos de Kenosha, donde las protestas contra el racismo han sido respondidas con milicias privadas, tenían más motivos para estar enfadados que para buscar la moderación.

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Memoria del futuro en Rímini

Fernando de Haro

Hace unas horas ha terminado el Meeting de Rímini, la tradicional cita cultural que marca el final del verano y el comienzo del curso en Italia. Ha sido probablemente la edición más extraña desde que echara A andar hace cuarenta años esta iniciativa. No había multitudes, como siempre. Ha sido, de hecho, uno de los primeros congresos que se han celebrado en el país desde que apareciera el Covid. Una mezcla de 'on line' y 'on life'. En el antiguo Palacio de Congresos de Rímini, mil personas presentes al día en carne y hueso. En la web del Meeting, decenas de miles de visitantes. La digitalización ha favorecido una intensa internacionalización. El mundo post-Covid y el mundo durante el Covid han estado muy presentes, no solo entre los políticos, los hombres de empresa y científicos que han intervenido. Quizás la aportación más original del Meeting de 2020 ha sido interrogarse si hay alguna posibilidad de superar ese nihilismo que ha crecido con la pandemia y que no se puede vencer ni con mascarilla ni con distancia social. Las palabras que iban a marcar el final de este verano eran reconstrucción y recomienzo. Pero la primera ola del virus prolongada o la segunda ola que ya está presente impide cualquier posibilidad de concretar ese juego de palabras utilizado en España, "nueva normalidad", cada vez más se antoja como un sueño. Pensábamos que a estas alturas ya estaríamos hablando de los malos meses que nos trajo el virus conjugando los verbos en pasado, pero el patógeno se ha instalado obstinadamente en el presente y cuestiona de forma insistente cualquier forma de optimismo. El virus no se va, no hay progreso garantizado a la vista. Casi 23 millones de contagiados en el mundo, casi 800.000 muertos oficiales, las previsiones de recuperación son absolutamente vaporosas.

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Primacía del asombro

Fernando de Haro

Abraham Joshua Heschel no escribía sobre el asombro después de haber vivido una vida tranquila y sosegada. Polaco, rabino hijo de rabinos, supo pronto lo nocivo que puede ser un virus: su padre murió de gripe en 1916. Después de trasladarse a Berlín, conoció en propia carne la otra pandemia: la del odio racial. La Gestapo lo deportó a Varsovia, desde donde consiguió escapar a tiempo a Londres y luego a Nueva York. Buena parte de su familia murió en los campos de concentración. “Esta es la tarea en la más negra noche: estar seguro del amanecer, seguro de poder transformar una maldición en una bendición, seguro de que la agonía se convertirá en una canción”, escribía Heschel mientras todo su mundo se derrumbaba. Es seguro que los organizadores del Meeting de Rímini no tuvieron presente, al elegir como lema una de sus frases, las circunstancias en las que se había desarrollado la vida del rabino. Nadie hace un año podía prever que a estas alturas una epidemia habría provocado más de 21 millones de contagios, casi 800.000 muertes y una crisis económica difícil de calificar. Pero aquí estamos, en una devastación para Europa sin precedentes desde la época en la que Heschel tuvo que escapar.

El Meeting de Rímini ha mantenido el lema inicial: “sin asombro nos quedamos sordos ante lo sublime”, frase del rabino polaco. La valoración de la sorpresa que la realidad provoca, la trascendencia que en cada cosa se insinúa no fue para Heschel un motivo para fugarse de lo concreto. Todo lo contrario. El polaco se preguntaba: “¿Es acaso inconcebible que nuestra civilización entera haya sido construida sobre una mala interpretación del hombre? O que la tragedia del hombre se deba a que es un ser que ha olvidado la pregunta: ¿quién es el hombre?”. Fueron esas preguntas las que le hicieron a Heschel comprometerse en la lucha contra el racismo, apoyando a Luther King.

Encerrados en nuestras casas, rodeados por la muerte y la enfermedad, empujados por la necesidad de una reconstrucción económica que exige repensar muchas cosas, nos hemos encontrado todos preguntándonos quiénes somos. En estos últimos meses todos nos hemos planteado de forma muy concreta ese interrogante, asomados a un abismo en el que la tentación de la nada, el nihilismo, no era un juego filosófico. “¿De quién dependo, del azar, de una cadena de ARN o de algo positivo?”, nos hemos preguntado, cientos, miles de veces. “Sin asombro nos quedamos sordos ante lo sublime”. Comentando la frase de Heschel, el presidente del Meeting de Rímini, Bernhard Scholz, ha señalado que “el estupor ante la realidad, incluso en las circunstancias más difíciles, genera una capacidad de iniciativa casi indomable. Sorprenderse de la propia existencia y de la existencia de los otros provoca que atendamos a fuentes de humanidad que en tiempos normales no sabríamos tener. Sin la sorpresa no es posible recomenzar, sin la sorpresa recomenzar es un cálculo. Esa sorpresa es la conciencia de que lo que se ha dado, se te ha dado, gratuitamente”.

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Primacía del asombro

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Buscando razones

Fernando de Haro

La segunda ola del virus, que ya se extiende por toda Europa, se topa con la fatiga. El Centro Europeo de Control de Enfermedades tenía registrados a mediados de septiembre 2,3 millones de contagiados en el Viejo Continente. Ahora son casi el doble. Hubo en la primera ola responsabilidad para aceptar un confinamiento duro, confianza no en los políticos, pero sí en el personal sanitario y en el resto de la sociedad. Hubo solidaridad espontánea. Ahora aparecen, con mucha más rapidez, la irritación y las reacciones individualistas. Lo saben bien los que trabajan en los hospitales y en los centros de salud. Lo apuntan las encuestas. El cuadro es especialmente acusado en España donde se salió mal del encierro, apenas hubo transición entre la primera y la segunda ola y la polarización política sigue disparada

Seguramente es inevitable que suceda algo así. Por más que se advirtió que esto sería largo, nos habíamos imaginado un final, un momento en el que todo se acabaría. Desde luego no ha ayudado la expresión “nueva normalidad” que nos ha invitado a poner límites temporales. Curiosamente ahora ya casi no se habla de lo que hemos aprendido y de cómo será el mundo después de la pandemia. Muchas de las energías iniciales han desaparecido. Y son las razones de carácter moral, que fundan esas energías, las que más necesitamos.

Se han hecho avances en el conocimiento sobre la propagación y en la respuesta médica. Pero a la hora de aclarar cómo convivir con el virus del modo menos dañino posible, la razón científica sigue sin encontrar un suelo firme. A partir de determinado grado de incidencia, si la capacidad de rastreo se ve superada, solo son útiles los confinamientos para frenar la transmisión comunitaria. Es la tesis de la OMS y de buena parte de la comunidad médica. Tesis rebatida por la Declaración de Great Barrington de hace unos días que ha apostado por suprimir los confinamientos, dejar circular el virus, hacer una protección focalizada a los más vulnerables y lograr la inmunidad de rebaño. El documento ha sido impulsado por expertos de Harvard, Oxford y Stanford. En ayuda de esta posición, completamente heterodoxa, ha venido David Nabarro, profesor del Instituto del Imperial College de Londres y asesor especial del secretario general de la OMS. Nabarro sostiene que los confinamientos solo sirven para ganar tiempo y que, si son generales, aumentan la pobreza. Días antes, el FMI, en su documento ‘The Great Lockdown: Dissecting The Economic Effects’, sostenía lo contrario. Sus expertos defendían que permitir la movilidad cuando hay una circulación significativa del virus podía ser más negativo para la economía que un confinamiento temporal.

No hay evidencias científicas para la segunda ola. Seguramente el progreso tecnológico nos ha acostumbrado a pensar que el desarrollo del conocimiento tiene los mismos tiempos que el desarrollo de una herramienta. Y son dos cosas diferentes. Desde marzo hemos visto cómo la biología se imponía a la tecnología. Y, sorprendidos y alertados, descubrimos que los tiempos de la razón, también de la científica, no son igual a cero.

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La imposible colonización (definitiva) del hastío

Fernando de Haro

Instagram, propiedad de Facebook desde 2012, ha cumplido diez años en el momento en el que arrecian las críticas a los gigantes de internet y de las redes sociales, al llamado capitalismo de vigilancia. El informe de la Subcomisión Antitrust de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, después de estudiar más de un millón de documentos y de celebrar algunas audiencias, ha concluido que Facebook, Google, Amazon y Apple actúan como monopolios, con poco o ningún respeto a la privacidad. Especialmente dramáticas han sido algunas de las intervenciones que han señalado la debilidad de los medios de comunicación tradicionales, dependientes ya de la “granja industrial de Facebook”. El informe pierde fuerza porque no ha sido ratificado por los republicanos, pero en cualquier caso aporta material interesante.

Para los que no podemos adentrarnos en las complejidades de cómo actúan las empresas de Silicon Valley, The Social Dilemma, el documental de Jeff Orlowski, es muy útil. Entendemos mejor con este trabajo cómo “monetizan” (es decir ganan toneladas y toneladas de dinero) e influyen en las conductas personales y sociales

El caso de Cambridge Analytica en 2018 nos abrió los ojos. Entendimos que los algoritmos de la Inteligencia Artificial se utilizan para explotar la psicología de muchos. En aquel escándalo se procesaron datos de 50 millones de usuarios de Facebook para influir, quizás la palabra más precisa sea manipular, a los votantes de las elecciones presidenciales en 2016. “En lugar de estar en la plaza pública, decir lo que piensas y luego dejar que la gente venga y te escuche, estás susurrando en los oídos de todos y cada uno de los votantes. Y puedes susurrar una cosa a uno y otra a otro”, explica Christopher Wylie, uno de los creadores de la empresa británica, en su libro Mindf*ck.

Pero ahora hemos ido más allá. No se trata de que una consultora, un bando político, haga campaña por un candidato o por una causa con los datos de las redes sociales. Lo interesante de The Social Dilemma es que detalla cómo las propias redes pueden generar, y de hecho en muchos casos lo hacen, lo que Tristan Harris, exdirectivo de Google, llama una modificación existencial. Junto a Harris, muchas voces de personas que tuvieron altas responsabilidades en las grandes compañías de internet y de redes sociales denuncian que la adicción y la violación de la privacidad no son errores o abusos, forman parte del sistema. Sabíamos que cuando en internet algo es gratis es porque nosotros, nuestro tiempo, es el producto. Pero en el documental Jaron Lanier relata, con eficacia, que el producto, en realidad, es un cambio ligero e imperceptible del comportamiento y del usuario. Con el objetivo de hacerlo más dependiente, más necesitado de las aprobaciones a través de los “like”, más intervenido en su modo de mirar al mundo y a sí mismo. Jaron Lanier ya había denunciado este mecanismo en su libro Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato.

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La imposible colonización (definitiva) del hastío

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Todos somos Trump

Fernando de Haro

“Yo no llevo una mascarilla como él. Siempre que lo miras llevas una mascarilla”. Estas dos frases, pronunciadas por el candidato republicado señalando a Biden, en el primer y ¿último? debate de campaña, no pueden ser usadas contra la persona de Donald Trump. Es ahora uno más entre los millones de infectados del mundo que necesitan la mejor atención y los mejores deseos. Pero esas palabras del presidente número 45 de los Estados Unidos revelan hasta qué punto la realidad es testaruda, y se obstina (en sentido figurado) en desmontar construcciones ideológicas. El virus, por supuesto, no tiene propósito alguno, no tenemos claro ni siquiera si es un ser vivo. Forma parte de una naturaleza que no tiene conciencia, que solo es madre en un sentido figurativo (las metáforas son peligrosas), que ni premia ni se venga, pero que exige a quien sí la tiene que la use siguiendo un principio básico: primar los hechos sobre las interpretaciones. No lo sabemos a ciencia cierta. Pero si los colaboradores de Trump en las muchas reuniones de las últimas semanas hubieran usado la mascarilla, se hubieran reunido en lugares ventilados y hubiesen respetado las pocas evidencias que tenemos sobre el virus, es posible que el 45 presidente de los Estados Unidos no hubiera dado positivo.

Esta naturaleza sin conciencia y su amenaza retrata la conciencia de cada uno, retrata culturas, sistemas políticos, debilidades y fortalezas y situaciones económicas. La UE, tan lenta y tan reticente a desarrollar una política exterior común (más necesaria que nunca), ha sabido dar un paso adelante flexibilizando los criterios de restricción de deuda y de déficit (problemas de otra época) y creando el fondo Next Generation. Lo que parecía un tronco seco ha reverdecido. Alemania ha quedado retratada con un país en el que los jóvenes no viven en familia, pero también como un país con un buen sistema sanitario, pragmático, con un modelo federal que funciona, con un acuerdo político elemental entre los partidos mayoritarios que permite resolver problemas. Francia ha quedado fotografiada como un país mucho más alejado de Alemania de lo que sus líderes proclaman habitualmente, a menudo poco transparente, pero con unos servicios públicos que funcionan. Italia, golpeada duramente en la primera ola, frágil por la inestabilidad política y por el estancamiento económico, ha sabido recurrir a su proverbial flexibilidad.

¿Y España? España quedó retratada en la primera ola como un país con un pésimo Gobierno, ejemplo de la reducción ideológica. Y, a la par, como un país con un personal sanitario muy vocacional que, a menudo sin medios, dio lo mejor de sí mismo. Esa misma energía social que se derrochó entre marzo y junio en los hospitales se volcó en iniciativas de solidaridad y de voluntariado. La segunda ola ha terminado de perfilar la imagen.

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Reconstrucción: un caso de razón

Fernando de Haro

Madrid se ha convertido en la zona cero de Europa en la segunda ola del COVID. Con la tasa de incidencia (positivos por cada 100.000 habitantes) por encima de los 700 casos, el Gobierno de Sánchez y el Gobierno de la Comunidad Autónoma siguen enzarzados en una polémica estéril. A diferencia de lo que sucede en Nueva York, en Milán o en Venecia, los errores de la primera ola se han repetido. Pocas pruebas, poco rastreo. No ha habido una campaña adecuada para sensibilizar a la opinión pública. Los madrileños y el conjunto de los españoles saben que la gestión política ha sido ineficaz. Las encuestas reflejan, desde el pasado mes de marzo, una confianza baja en el Gobierno central, que ha disminuido considerablemente en las últimas semanas (solo un 22 por ciento considera que su actuación ha sido buena). La valoración de los Gobiernos regionales hasta el mes de junio estaba cerca del aprobado, pero en septiembre se ha precipitado a niveles muy semejantes a los del Ejecutivo de Sánchez. Pero lo más sorprendente es cómo se ha desplomado la confianza de la sociedad en sí misma. En plena primera ola, cuando los hospitales estaban saturados y los españoles solo podían saludarse por las ventanas, el 80 por ciento elogiaba la responsabilidad ciudadana y la respuesta que se estaba dando desde la base. Ahora esa estima ha caído al 22 por ciento.

El virus no solo se ha llevado por delante más de 50.000 vidas y ha provocado ya una recesión histórica (la caída del PIB en el segundo trimestre ha sido del 17,8 por ciento). En la vida social se ha producido lo que hace unos meses Sandra J. Sucher, en Harvard Business Review, denominaba “una crisis de confianza” para describir el cáncer que mina el mundo de los negocios. Sucher denunciaba el mal de las grandes empresas multinacionales del siglo XXI, empeñadas en salir al paso de las necesidades de sus empleados, inversores y consumidores (stakeholders), sin saber ganarse su confianza. La destrucción de la confianza es destrucción de capital social, es una incapacidad para saber de quién me puedo fiar. Y no fiarse de nadie es una patología.

La crisis de confianza no es únicamente uno de los efectos secundarios de la pandemia. Era ya un mal antes de que llegara el virus. El Edelman Trust Barometrer de 2020, un clásico en la materia, revelaba que, a pesar de la fortaleza global de la economía (fue publicado en el mes de enero), ni los Gobiernos, ni las empresas ni las ONG, ni tampoco los medios de comunicación eran considerados fiables. La desconfianza era alta, sobre todo en los países en vías de desarrollo porque consideraban que el actual modelo de capitalismo era una fuente de desigualdad. Pero es llamativo que los autores del barómetro consideraran una paradoja que con un crecimiento económico alto pudiera haber desconfianza. Como en mucha literatura económica, no distinguían entre crecimiento y desarrollo.

Ni cierta derecha liberal clásica, ni cierta izquierda estatalista clásica parecen entender que el crecimiento o las políticas de bienestar social, por sí solas, son capaces de producir un desarrollo integral. La confianza siempre queda fuera de sitio. Como máximo, se establece como un factor ético externo que debe corregir los errores del sistema.

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Reconstrucción: un caso de razón

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El arriesgado giro de Europa en Venezuela

Fernando de Haro

El informe de Naciones Unidas sobre Venezuela, dado a conocer la semana pasada, es demoledor. Oficializa lo que ya sabíamos. El Consejo de Derechos Humanos ha investigado casi 3.000 casos de asesinatos, torturas y desapariciones denunciadas en el país durante los últimos años. Sus conclusiones son que el Gobierno de Maduro y los generales Néstor Reverol y Vladimir Padrino han ordenado crímenes de lesa humanidad y que hay que investigarlos judicialmente.

El estudio se ha publicado en un momento en el que se vuelve a debatir cuáles son las condiciones en las que se pueden dar por buenas las elecciones legislativas convocadas por el régimen de Maduro para finales de este año. Henrique Capriles, uno de los líderes históricos de la oposición, en contra de Juan Guaidó, el presidente encargado, reconocido por 27 países, se ha mostrado dispuesto a participar en los comicios. En España el Gobierno de Sánchez y el socialista español Josep Borrell, el Alto Representante de política exterior de la UE, también se han mostrado dispuestos a apoyar la celebración de esas elecciones bajo ciertas condiciones y después de un aplazamiento. Posición que, de facto, supone distanciarse de las tesis de Guaidó. Borrell ha puesto a la UE más cerca de Capriles que del presidente encargado.

El problema es si la hipótesis de unas elecciones con unas mínimas garantías, después del informe de Naciones Unidas, es verosímil. El Grupo de Contacto (grupo promovido por la Unión con países latinoamericanos), que busca una salida negociada y democrática a la crisis, hizo la semana pasada una lista de requisitos para respaldar las elecciones. El elenco, en la práctica, es una descripción de cómo Maduro ha convertido Venezuela en una dictadura. Se reclama respeto al mandato constitucional de la Asamblea Nacional. Desde que en 2016 ganara las elecciones todos los mecanismos del Estado, incluido el Tribunal Supremo, han sido utilizados para sofocar a la única instancia democrática que quedaba. Se exige también devolver el control de los partidos políticos a sus auténticos responsables. En el mes de julio Maduro, a través del Tribunal Supremo, cambió las juntas directivas de Voluntad Popular, Acción Democrática, Primero Justicia y Un Nuevo Tiempo, las cuatro formaciones con más peso en la oposición. El Grupo de Contacto añade que es necesario dejar de acosar a los líderes de esos partidos, actualizar el padrón para que puedan votar también los cinco millones de refugiados que han tenido que salir del país, permitir el libre acceso a los medios de comunicación y un Consejo Nacional Electoral (CNE) independiente y equilibrado. El CNE, como el Supremo, es otra de las instituciones que utiliza el chavismo para hostigar la libertad.

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El arriesgado giro de Europa en Venezuela

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Moria como retrato

Fernando de Haro

Los miembros del Eurogrupo, los ministros del euro, se veían las caras presencialmente en Berlín el pasado viernes. Por primera vez después de seis meses. La gobernadora del BCE, Christine Lagarde, era contundente: hay que mantener los estímulos (más gasto) para hacer frente a la situación económica que el COVID ha provocado en Europa. La UE se juega su futuro en esta crisis. Por fin, tenemos lo más parecido que hemos tenido nunca a una política económica común con el fondo Next Generation.

Esa misma noche, en el campo de Moria, en la Isla de Lesbos, muchos de sus 13.000 refugiados dormían a la intemperie después de que un nuevo incendio hubiera devastado sus precarios alojamientos. Moria es la gran denuncia de cómo la penúltima crisis de la UE, una crisis más pensada que real, la llamada crisis de refugiados, sigue sangrando. Sigue poniendo de manifiesto la debilidad política y jurídica de la integración, la debilidad cultural de la región del mundo que, por historia y por presente, está llamada a ser una región diferente: una reserva práctica de humanidad. Veremos pronto si el Pacto Europeo de Asilo e Inmigración, que en principio debe ser presentado después de muchos aplazamientos a finales de septiembre, sirve para lograr algún avance. La mejora de la política de asilo europea es una ocasión para construir más Europa.

Antes de que se produjera el incendio en Moria, las condiciones para sus 13.000 habitantes ya eran inhumanas desde hacía mucho tiempo. Antes de la llegada del Covid ya había diarrea, difteria y algunas enfermedades raras. Moria iba a ser en 2015 uno de los hotspot que aliviara la presión que estaba sufriendo Grecia, iba a facilitar una identificación y derivación rápida de los refugiados. Se convirtió pronto en un campo de internamiento. Sus ocupantes solo tienen un litro de agua al día para beber, lavarse y cocinar. Las letrinas son las de un campamento militar para 800 personas. La suciedad está por todas partes y falta la más mínima intimidad para todo. La desesperación en algunos casos provoca un fenómeno tan poco frecuente como los suicidios infantiles. De momento, lo único anunciado por la UE es la ayuda para sacar de la isla a unos centenares de Menores No Acompañados.

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Moria como retrato

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No estamos condenados a la guerra de libertades

Fernando de Haro

Vuelve la guerra de las caricaturas. Y con la guerra se hace evidente, otra vez, que la visibilidad del islam en la vida social y pública europea ha cambiado el espacio público: replantea problemas nuevos u olvidados. Vuelve también al primer plano el conflicto, aparentemente irresoluble, entre libertad de expresión y libertad religiosa.

Septiembre ha traído en París el inicio del juicio por los atentados contra la revista Charlie Hebdo y el supermercado kosher de enero de 2015, ataques que acabaron con la vida de once personas. El semanario ha vuelto a imprimir las caricaturas de Mahoma porque quiere “reivindicar el espíritu con el que fueron publicadas”, la defensa de la libertad de expresión. La Universidad de Al Azhar, desde Egipto, referencia del mundo sunní, ha considerado el gesto un “acto criminal” porque incita al odio. No estamos hablando de una institución ni mucho menos radical, recordemos que fue la promotora, junto con los Emiratos Árabes Unidos, de la Declaración de la Fraternidad Humana, documento que de momento supone el mayor avance en el diálogo entre el mundo musulmán y el cristianismo.

¿La tensión entre libertad de expresión y la libertad religiosa no tiene solución? Desde luego es uno de los puntos calientes de la globalización, según el Informe de 2019 de Ahmed Shaheed, el Relator Especial sobre la libertad religiosa, dependiente del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. El Relator sostiene que, en un mundo cada vez más interconectado, donde se registra un intercambio rápido de información, se está produciendo una restricción de la libertad de expresión mediante leyes contra la blasfemia y la apostasía. Esas limitaciones se justifican para frenar el odio. Según algunas estimaciones, casi la mitad de los países del mundo cuenta con leyes antiblasfemia.

Tras los atentados del 11-S, la Organización para la Cooperación Islámica (OIC) intentó que se introdujeran en la normativa de la ONU medidas contra la difamación religiosa. Lo hizo invocando la necesaria protección a la comunidad musulmana que estaba sufriendo daño en su buen nombre por los ataques yihadistas. Parecía buscarse una victoria de la libertad de religión sobre la libertad de expresión. Pero en 2009 la cuestión fue resuelta con una resolución del Consejo de Derechos Humanos, promovida por Estados Unidos y Egipto. El texto aclaraba que solo se protege de la difamación a las personas, no a las religiones. La libertad de expresión, tal y como está definida en el Pacto de Derechos Civiles y Políticos de Naciones Unidas, debe estar por encima. El derecho internacional también se ha pronunciado a favor de que prevalezca la libertad de expresión sobre las leyes que quieren prohibir y penar la blasfemia. Así lo sostiene el Comité de Derechos Humanos. En el Plan de Acción de Rabat de 2013, Naciones Unidas postula que se suprima toda la legislación contra la blasfemia. Desde luego los ejemplos de cómo se utilizan estas normas en Pakistán y en Myanmar reflejan que a menudo se convierten en instrumentos de represión de minorías. En Pakistán de la minoría cristiana, por parte de la mayoría musulmana, y en Myanmar de la minoría musulmana por parte de la mayoría budista

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No estamos condenados a la guerra de libertades

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La batalla del otoño

Fernando de Haro

Melania lució la semana pasada en la Convención Nacional de los Republicanos, para apoyar a su marido, un traje verde con hombreras anchas, botones metálicos, falda por debajo de las rodillas y un cinturón que le ceñía la chaqueta. El estilo recordaba claramente el de un oficial del ejército. Melania es conocida por los mensajes que lanza a través de sus atuendos. Explican los especialistas en la primera dama de los Estados Unidos que cuando está enfadada con su marido recurre, por ejemplo, a los trajes de corte masculino. Melania quiso dejar claro la semana pasada que está preparada para la batalla. ¿Qué batalla? ¿Contra los demócratas liderados por un candidato demasiado viejo? ¿Contra la segunda ola del coronavirus? ¿Contra la crisis económica? La batalla para que la está preparada Melania es la batalla del temor. De esa batalla depende la recuperación de la intención de voto de Trump, que sigue por detrás de Biden en las encuestas.

El editorialista del New York Times, David Brooks, aseguraba este fin de semana que las elecciones presidenciales de los Estados Unidos las va a ganar quien sepa usar mejor el miedo. El resultado estará en función “de cómo los dos rivales manejen la percepción de cuáles son las amenazas” que ponen en peligro la seguridad personal de los estadounidenses. Ganará el candidato que mejor “nos persuada de aquello que debemos temer”. Es una lucha no en el campo de los hechos sino de las percepciones. Brooks venía a sugerirle a Biden que era imposible sustraerse a esta dinámica. Y el columnista del New York Times sugería al candidato demócrata que utilizara la “extendida ansiedad por la seguridad personal”, insistiendo en que el peligro real no son los desórdenes públicos o la globalización sino la incompetencia de Trump y su destrucción del orden social. Doble ración de polarización en unas elecciones presidenciales en las que un estado patológico se considera un dato insuperable y determinante. Todo esto en un contexto en el que las redes sociales y la segmentación de las audiencias en internet están convertidas, después del confinamiento, en un modo de separar el mundo y la percepción que se tiene del mundo. Cada vez son más una realidad en sí misma que instrumentaliza, a menudo, la angustia para echarle la culpa al otro.

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Mi corazón no duerme

Fernando de Haro
Not too much to ask. No es demasiado pedir. Es el título, que nos remite a una vieja canción de Bob Dylan, con el que el Meeting de Rímini de este año agrupa una serie de tres documentales-entrevistas. Tres conversaciones con José Ángel González Sainz -escritor español-, Maurizio Maggiani -escritor italiano- y Cornel West -filósofo estadounidense-. No es demasiado pedir que en el marasmo de los juegos con la nada alguien tenga un vínculo efectivo con la realidad, alguien sea capaz de ofrecer un rato de conversación que supere los esquemas y las fórmulas manidas. Esas santas y buenas fórmulas que han convertido en nostalgias podridas y en herramientas de poder las palabras que en un tiempo sucedieron. No es demasiado pedir una mirada que nos devuelva el gerundio: lo que está sucediendo. O quizás sí, quizás sea pedir un poco demasiado y eso hace interesante esta serie. 'Mi corazón no duerme' es el título del capítulo que tiene como protagonista a J.A. González Sainz, autor de 'Ojos que no ven', la novela que quizás haya retratado con más agudeza la contaminación nihilista con que la banda terrorista ETA invadió la sociedad española. Los ojos de González Sainz, promotor de un ambicioso proyecto cultural para extranjeros en la ciudad de Soria, miran y remiran buscando "la irrupción de la realidad". "El problema de no querer ver -explica- me pareció siempre esencial; todos en nuestra vida tenemos momentos en los que no queremos ver ciertas cosas y otros momentos en los que se nos abren los ojos, viene una luz y vemos". Confiesa que su obra, su vida, es una búsqueda, una lucha entre lo dado y las palabras, la imaginación, la memoria. Quiere huir de la palabra de los demagogos, de los clérigos, de los ideólogos, de los comunicadores y de la publicidad. Busca esos instantes en los que delante de las cosas, de los árboles, del agua, se produce una "epifanía". "Un ejercicio que hago a menudo con los extranjeros que vienen - explica- es pasearlos y preguntarlos: ¿qué veis? Y al cabo unos días les pregunto otra vez: ¿y ahora qué veis? Reconocen que no habían visto". A González Sainz se le puede atribuir lo que él mismo dice de su gran personaje Felipe Díaz Carrión. Felipe es un hombre de Castilla al que ETA ha arruinado la vida. Ante la tentación de la nada, da un paso atrás. Da un paso atrás por una extraña sabiduría. "Esa sabiduría le viene del camino, es una apertura a lo eterno. Es una sabiduría sabia con deje melancólico, una puerta que se abre sobre los goznes elaborados a partir de los grandes enigmas de la vida del hombre", apunta. "Cualquier narración que se precie, o al menos las que más me interesan, son aquellas en las que aparece un eco de que alguien ha tenido que ver con esos goznes".
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Mi corazón no duerme

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La admiración como conocimiento

Fernando de Haro

Azurmendi en italiano. El libro El Abrazo de Mikel Azurmendi, publicado hace un par de años en español, aparece dentro de unos meses en italiano. El que fuera profesor en la Universidad del País Vasco y en París, antropólogo y ensayista, con motivo de esta nueva edición, ha recorrido de nuevo su itinerario de aproximación al cristianismo en un documental-entrevista que será presentado en el Meeting de Rímini.

En su infancia su padre le educó desde muy pronto en el trabajo duro. Dos horas antes de entrar en el colegio y dos horas después trabajaba en la carbonería familiar. Allí aprendió a hacer bien las cosas, a hacerlas hasta que estuvieran realmente terminadas. Entró muy joven en el seminario de San Sebastián, pero a los 21 años el cristianismo ya había dejado de ser algo significativo, se había reducido a un referente mítico y a reglas. Lo que realmente le interesaba en ese momento -estamos en los años 60- era la justicia social, la justica que consideraba imposible bajo el régimen de Franco. Así que salió del País Vasco, viajó a Francia y a Alemania. Estuvo trabajando en una fábrica, en un empleo muy duro. Fuera de España, uno de los miembros de la banda terrorista ETA, que estaba naciendo en ese momento, le captó. Ingresó en la organización, volvió a España y trabajó de descargador para conseguir nuevos adeptos.

Pero pronto se topa con lo que realmente significa el terrorismo. En una reunión de su grupo se vota si hay que matar a una persona. Por un solo voto “se le perdona la vida”. Esa experiencia le marcará para siempre. Le repugna profundamente el hecho de atentar contra la vida, de matar o de ser matado. Cuando se produce en el 68 el primer asesinato de ETA, el terrorista que lo comete es uno de los jóvenes que había captado. Y se da cuenta de que él podría haber sido el asesino. Desde ese momento empieza una lucha contra ETA que marca buena parte de su vida. La banda no le perdona su oposición y vivirá muchos años amenazado. Tendrá que utilizar un cierto tiempo una identidad falsa.

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Bizancio desarmado: ninguna guerra de civilizaciones

Fernando de Haro

No ha sido un 29 de mayo. Pero casi. A finales de mayo de 1543, Mehmet II, conocido luego como el conquistador, conseguía entrar en Constantinopla. La tomaba después de un largo asedio. Y hacía su camino triunfal desde Santa Sofía hasta el Palacio Imperial, aclamado por sus soldados. El viernes pasado, el camino ha sido el inverso: Erdogan salía de su residencia en un largo coche negro con dos banderas en las que ondeaba la media luna. Entraba en Santa Sofía para iniciar la oración del viernes. Los mosaicos cubiertos, que no quedara rastro de la Roma cristiana de Oriente. Erdogan ha querido deshacer simbólicamente el camino emprendido por Kemal Atatürk y su proyecto de una república laica. El presidente turco deja atrás el kemalismo con un nacionalismo religioso neotomano. En el momento en el que agarraba el micrófono para rezar hacía un gesto de teología política muy propio de este siglo XXI.

Los cristianos de Oriente lloran estos días la conversión de Haghia Sofia, de nuevo, en una mezquita. Hemos vuelto al siglo XVI, a la caída de Bizancio. Hay sin duda motivos para las lágrimas. Pero antes de la “reconquista de Constantinopla” por Erdogan, se había ya producido otra reconquista más importante. Esos cristianos orientales han recuperado, con su testimonio, no con las armas ni con la política, el Bizancio anterior a la primera basílica del 360, la construida por Constancio II. Con el testimonio dado bajo la presión sangrienta del Daesh y del yihadismo, los cristianos de Oriente han vuelto al Bizancio sin fracturas. El ecumenismo de la sangre ha devuelto la unidad que se perdió tras el Concilio de Nicea (325) y el de Calcedonia (451). Se ha cerrado, con la última persecución, la fractura abierta con la revuelta de Alejandría y de Antioquía contra el Bizancio que proclamaba la divinidad y la humanidad de Jesús. Ya no hay en la vida práctica distinción entre nestorianos, monofisitas e “imperiales”. El testimonio supera, por elevación, el buscado conflicto de civilizaciones.

El gesto de Erdogan es contrario a una tradición que es normativa en el islam. Los piadosos recuerdan que, cuando se le ofreció al segundo califa Umar (581-644) la posibilidad de rezar en el Santo Sepulcro, la rechazó. No quería que los musulmanes pudieran utilizar su oración como argumento para transformar una iglesia en mezquita.

El presidente turco lucha por recuperar su popularidad que ha descendido de forma considerable desde la crisis de 2008. La nueva recesión provocada por el Covid ha disminuido aún más el respaldo. Erdogan intenta poner de su parte a los sectores islamistas a los que tanto necesita. De hecho, en las elecciones municipales de marzo del año pasado, buscó la bendición de un grupo de clérigos.

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Bizancio desarmado: ninguna guerra de civilizaciones

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Fumar en solitario

Fernando de Haro

Disonancia cognitiva. Esa fue la expresión que fue acuñada ya hace más de 70 años por el psicólogo social Leon Festinger. Es un término con el que quiso explicar cómo reaccionamos cuando conocemos dos hechos contradictorios o cuando un hecho conocido contradice un comportamiento. La disonancia no puede mantenerse mucho tiempo. Es necesario olvidar el hecho conocido, cambiar de conducta o construir una justificación. El fumador sigue encendiendo doce o veinte pitillos al día, pero sabe que “fumar mata” porque lo dicen todas las cajetillas. La contradicción no se puede mantener mucho tiempo. Por eso los fumadores o lo dejan o tienden a darse un motivo que justifique sus actos: “fumo porque me mantengo delgado, porque no quiero morir de viejo” (las justificaciones no suelen ser coherentes). La disonancia cognitiva es más dolorosa cuando las evidencias ponen en cuestión el modo habitual en el que una persona o un grupo se ven a sí mismos.

El votante que ha optado por determinado partido, casi inconscientemente, tiende a justificar las acciones de los líderes que representan a sus siglas, aunque sean incorrectas o inconvenientes. Y el comprador habitual de una marca de coches suele olvidar que es cara o que los modelos gastan mucha gasolina. Las decisiones tomadas disparan una especie de pertenencia que acaba olvidándose de los hechos. El mecanismo es sencillo y lo conocemos todos, pero solemos minusvalorar su poder emotivo. Y este es un tiempo en el que la emotividad es prácticamente todo.

Un par de psicólogos sociales han retomado la disonancia cognitiva para explicar en The Atlantic el comportamiento de muchos estadounidenses durante el Covid. El país está siendo golpeado duramente por la pandemia. El confinamiento, el aislamiento o el uso de mascarilla, evidentemente, sirven para frenar al virus. Esos datos están en contradicción con la decisión de volver al trabajo, al bar favorito o a la reunión de amigos. Por eso hay tanta gente diciendo que las mascarillas les impiden respirar o reclamando una libertad que va contra sus vidas.

La disonancia cognitiva explica comportamientos sociales, pero también comportamientos de las élites y de la clase política. Es una buena herramienta, por ejemplo, para entender lo que sucede en la vida política española. Los datos son contundentes, la pandemia se ha gestionado mal. El Informe Anual sobre Desarrollo Sostenible de la Universidad de Cambridge ha llegado a asegurar que, de todos los países de la OCDE, España ha sido el que peor ha respondido al virus. Y esta mala nota no se puede atribuir desde luego al comportamiento de los ciudadanos que, en su inmensa mayoría, han sido ejemplares durante el confinamiento. Ni a sus médicos y a sus enfermeras, que han sido heroicos. La sociedad civil, el mundo de la empresa, se ha volcado con una generosidad que ha ido más allá de un cansancio que hubiera sido comprensible. España está a la cola por la gestión de su Gobierno central y, probablemente, de buena parte de sus Gobiernos Autonómicos. Es un problema, fundamentalmente, del Gobierno de Sánchez, pero también de la organización del sistema territorial de competencias entre las Comunidades Autónomas y la Administración Central.

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Fumar en solitario

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Caminos ásperos

Fernando de Haro

Suena el viejo, el nuevo, Dylan. Suena el último disco 'Rough and Rowdy Ways'. (Ásperos y ruidosos caminos). Más que cantar, recita con lentitud sobre una melodía que desgarra con suavidad. Canta el viejo, nuevo, Dylan su 'Murder Most Foul'. Cuenta el asesinato de Kennedy. Está el presidente sobre la mesa de autopsias, los doctores mutilan su cuerpo, "but his soul was no there where it was supposed to be at" (pero su alma no estaba donde se suponía que debía estar). Cincuenta años buscándola y el viejo trovador no la ha encontrado. Cincuenta años buscando 'Freedom above me' (la libertad sobre mí).

Suena el viejo, el nuevo Dylan, convocando una antigua emoción y leo en Harper´s la carta de 150 personalidades contra la intolerancia del activismo progresista. Lo quieren dejar claro: nada que objetar a la lucha contra el racismo, el problema es la falta de libertad de expresión. Lo explica Mark Lilla, el que ya hace tiempo criticó el progresismo identitario y ha sido uno de sus promotores. Se trata de reclamar el derecho a disentir sobre lo que se supone que “hay que pensar” sin autocensura, sin censura en la prensa (despido de Bennet en The New York Times). Lilla señala que Estados Unidos no se ha movido “hacia el siglo XXI sino que ha regresado realmente al siglo XIX. Un siglo de denuncia, de indiferencia”.

Lilla habla del siglo XIX en la semana en la que un vicepresidente del Gobierno de España ha señalado a los periodistas que informan de forma crítica y ha “pedido” que se normalice el insulto en las redes sociales. “La libertad de prensa pertenece a la ciudadanía, no a las empresas de comunicación ni a los periodistas”, explica en un tuit su principal ideólogo. Y cuando leo ciudadanía, leo Estado. ¿Vuelta al comienzo del siglo XIX? ¿Son otra vez necesarias las revoluciones burguesas que consagraron la dimensión negativa de la libertad frente al poder? "But his soul was no there where it was supposed to be at".

Sigue Dylan, repetitivo, la canción dura dieciséis minutos. "Freedom above me". Y leo que Tik Tok, la gran red social que está descargada en 2.000 millones de dispositivos, ha anunciado que se retira de Hong Kong. Es la respuesta a la aplicación de la ley de seguridad nacional. Tik Tok, basada en microvídeos, hace furor entre los adolescentes de todo el mundo. Probablemente su retirada de la excolonia británica es un ejercicio de camuflaje. Tik Tok pertenece a ByteDance, empresa china. Y todas las empresas chinas tienen el mismo dueño. Y se me agolpan las preguntas: ¿Es Tik Tok un fenómeno similiar a Huawei? ¿Sería efectiva una sentencia como la que ha dictado un tribunal alemán contra la compañía de telefonía por no respetar la protección de datos? ¿Dónde va el ánima inmensa de miles de millones de jóvenes retratada en esas imágenes cortas, subidas aprisa, que buscan en el cielo de la nube un abrazo? ¿Es la minería de datos el poder del siglo XXI? "But his soul was no there where it was supposed to be at".

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Las manos de Ana llegan a Hong Kong

Fernando de Haro

Una mañana de la semana pasada. En Madrid. Ana tiene que acudir al médico. Es su primera salida en la “nueva normalidad” (expresión naíf: nunca hubo normalidad, hubo sucesión de comienzos y de declives). Ana tiene más de 75 años, es una superviviente. En España, al menos 37.000 de su generación ha muerto por el virus. Son los que pasaron hambre en la postguerra, los que amasaron con discreción la reconciliación, los que dejaron de hablar de las dos España, los que emigraron masivamente del campo a la ciudad o Alemania y a Francia para darle un futuro a sus hijos, los que saludaron el retorno de la democracia, los que sufrieron el terrorismo, la desindustrialización, la epidemia de la heroína de los 80… Están hechos de otro material, de otra pasta. Ana vive con una hija a la que ayuda una cuidadora latinoamericana. Levantar a Ana de la cama, lavarla, vestirla requiere dedicación. No se vale por sí misma. Esta mañana han empezado antes para llegar a tiempo a su cita.

Seis horas antes, a más de 10.000 kilómetros de Madrid, se despierta Astrid en Hong Kong. Se dirige al centro de la ciudad. Astrid lleva una bandera de color azul oscuro con un lema en chino y en inglés: Hong Kong Independence. Es difícil comprender y describir el material del que está hecho Astrid. Nació poco antes de que los británicos se marcharan de la ciudad. Ha crecido en un mundo próspero, sin restricciones y sus habilidades tecnológicas y la información de la que dispone es muy similar o superior a la de un joven occidental. Conoce con detalle cómo Xi JinPing ha transformado el régimen chino, conoce su proyecto imperial. Ha seguido de cerca, desde enero, las noticias de la expansión del coranavirus. Y está convencido de que la falta de transparencia en Wuhan impidió dominarlo a tiempo. Es un acontecimiento que recuerda a menudo para darse fuerzas. Buena parte del carácter se le ha terminado de formar en las protestas que comenzaron hace un año, estuvo en el encierro de la Universidad Politécnica, vivió días de excitación cuando él y sus compañeros, algunos cristianos, consiguieron tumbar la ley de extradición. Ahora que se ha aprobado la nueva ley de seguridad, muchos de sus amigos han decidido exiliarse.

Ana apenas responde a las palabras que le dirigen su hija y su cuidadora. Las dos la llevan casi en volandas hasta una silla de ruedas. La sientan, le ponen la mascarilla. Y Ana se queda arrugada. La postura de su cuerpo refleja un cansancio casi infinito. Las manos se le caen sobre su regazo. La cara, inexpresiva, parece reflejar el agotamiento de una generación que lo dio todo, muchas veces sin hacerse preguntas, casi siempre sin formular discursos: porque era evidente que había que perdonar, porque era evidente que había que trabajar para prosperar. Así fue en los 50 y en los 60 y así fue en la crisis de 2008, cuando alguno de sus hijos vivió de su pensión.

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Las manos de Ana llegan a Hong Kong

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Importa la diferencia

Fernando de Haro

Hace unos días se presentaba la segunda temporada de The Politician. Una de las series de éxito en Netflix durante 2019, con Ryan Murphy como uno de sus guionistas. Habrá que ver si los nuevos episodios reflejan el cambio que ha supuesto el COVID. Las series, los grandes relatos de este comienzo del siglo XXI, son el mejor test para identificar los cambios culturales. En este caso, la posible transformación provocada por la pandemia. Las series suelen ser más incisivas que las reflexiones teóricas, algunas de ellas interesantes, otras simples reciclados de las sobras del desconcierto anterior. Sobras con las que se han elaborado las “sopas de Wuhan”. Teorías y discursos en los que es difícil encontrar algún ingrediente que no conociéramos ya.

En la primera temporada de The Politician se cuenta la historia de Payton, un joven estudiante que quiere ser presidente de los Estados Unidos. Inicia su carrera política en unas elecciones del instituto. Quiere entrar en Harvard, porque es “la fábrica” de presidentes. La serie decae y hace las típicas concesiones que son necesarias para que una historia se considere correcta. En cualquier caso es relevante cómo denuncia una forma de hacer política basada en lo fake. Los sentimientos y la razón de los votantes están permanentemente manipulados por falsedades que instrumentalizan la realidad. Pero lo más interesante, al menos al comienzo, es que los personajes se ven tan atrapados en lo que no es real: lo fake se ha convertido en su identidad. No distinguen las reacciones humanas prefabricadas por intereses de las que son auténticas. Parecen incluso tener nostalgia de algo con peso. En una de las escenas más dramáticas del primer capítulo, se ve a Payton en la entrevista previa al ingreso en Harvard. El profesor que le está evaluando le pregunta cuándo fue la última vez que lloró. Payton responde refiriéndose a una situación en la que lloran todos los estadounidenses y el profesor le pregunta: “¿Lloraste porque se supone que debías llorar o porque te afectó?”. Y Payton responde: “¿importa la diferencia?”.

Difícilmente un personaje post-pandemia hubiera respondido con este cinismo o esta incapacidad de distinguir entre el llanto sincero y el llanto causado por un deber, por una apariencia. O sí. El tiempo lo dirá. En cualquier caso, nosotros hemos llorado como quizás no habían llorado las dos o tres últimas generaciones. Hemos sentido que “no podíamos respirar”. Hemos visto algo sólido moverse dentro de nosotros, hemos distinguido realidad de fake. Quizás una prueba de ello es que, de momento, ciertas instrumentalizaciones buscadas por los radicalismos políticos, siempre dispuestos a utilizar en su favor la sensación de vacío, no han prosperado en Europa. El último trabajo de Krastev, con las encuestas de Datapraxix y YouGOv, revela que no se ha producido un repunte de posturas populistas y nacionalistas. Los europeos piden más cooperación entre los Estados de la Unión. Los españoles, de hecho, se alejan de los extremos. Lo que coincide con otras encuestas (GAD3) en las que el 80% por ciento reclama un pacto.

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Experiencias positivas, no postulados

Fernando de Haro

“No puedo respirar”. Antes de que George Floyd fuera asfixiado en Minneapolis, la misma violencia homicida había provocado miles de víctimas. ¿Por qué ahora las protestas contra el racismo han prendido con más fuerza? ¿Por qué reclaman con justicia una igualdad para los negros y descabezan estatuas con odio hacia el pasado? Porque las cosas han ido demasiado lejos, porque el movimiento Black Lives Matter lleva años organizándose, porque la ceguera de Trump ha complicado todo. Y quizás porque esas tres palabras, “no puedo respirar”, expresan un desencanto, una sensación de angustia, de miedo que va más allá de la lucha en favor de los negros. No puedo respirar con la mascarilla, no puedo respirar metido en casa, no puedo respirar porque he tenido que cerrar mi negocio, no puedo respirar porque no tengo respuestas y compañía para afrontar la muerte y la enfermedad. Las protestas en Estados Unidos, uno de los países occidentales que más sufre los efectos del COVID, pueden ser el primer estallido del malestar que recorre el planeta. El virus que surgió en China (por más que nos digan que ahora ha vuelto con el salmón europeo) estaría manifestándose en Estados Unidos.

El fastidio, las protestas, el desapego hacia las instituciones pueden ir a más. Al menos eso es lo que denunció Merkel la semana pasada, en el discurso con motivo de la presidencia de la UE por Alemania. La canciller, pensando en lo que sucede en su país y en el resto del mundo, alertó de la presencia de fuerzas antidemocráticas, radicales y autoritarias, dispuestas a aprovechar la crisis del COVID. Revindicó la voz de Europa para proteger la dignidad del hombre, la democracia y la libertad. A pesar de todos sus errores, la alemana, que ya está de salida, es lo más parecido a un líder con visión que hayamos tenido en mucho tiempo.

El malestar es alto en España y en Italia, ahora que han desaparecido las medidas excepcionales y se hace balance. La encuesta de Kantar para el Parlamento Europeo refleja que el 63% de los españoles rechaza la gestión de su Gobierno. En Italia el rechazo es del 43%. Pero los italianos están al frente del rechazo de la Unión Europea, por encima de España. Solo un16% de los italianos y solo un 19% de los españoles están satisfechos de la actuación de la UE, algo novedoso en uno de los países más europeístas. El enfado y el fastidio no es solo con las instituciones. Otras encuestas (GAD 3) reflejan cómo el número de españoles que se han sentido tristes ha ido aumentado, ya son más de la mitad. Lo mismo que el número de españoles que se han sentido deprimidos, más de un tercio. El estado de ánimo empeorará porque, como dice el BCE, lo peor está por llegar: el otoño será muy duro.

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Identidad y hechos, en conflicto

Fernando de Haro

Paradójico. Estados Unidos, Bélgica y el Reino Unido pertenecen al club de países occidentales más golpeados por el COVID. La realidad de la pandemia ha irrumpido con fuerza desbaratando, con su irreductibilidad, opiniones e interpretaciones. La objetividad de los muertos, los enfermos, los problemas del sistema sanitario y la crisis económica es difícil de diluir. Y ha sido en estos países en los que con más furia ha prendido la guerra de las estatuas. Rueda por el suelo Colón, Leopoldo II, o Churchill. La lucha contra el racismo, siempre necesaria, exige ahora derribar la memoria de piedra. Y la emprende con figuras tan absolutamente dispares y lejanas entre sí como el descubridor de América y un monarca belga responsable de las mayores atrocidades del colonialismo contemporáneo. Cuando un hecho biológico se ha impuesto de forma incontestable, algunos han sentido la necesidad de cancelar los hechos, personajes en este caso complejos, con la guillotina de un juicio anacrónico.

La guillotina que decapita estatuas está afilada en un catálogo de valores que pretende simplificar la complejidad de la historia. Colón no fue un santo, pero tampoco un genocida. Su descubrimiento y la posterior conquista de América están llenos de sombras pero generaron un fecundo mestizaje que inaugura la Edad Moderna y permite el desarrollo de los derechos humanos universales. Churchill era un británico a caballo del XIX y del XX, sabemos o sabíamos lo que eso significa. Pero sin él hubiera sido más difícil acabar con el racismo nazi.

La guerra de las estatuas, cuando no ha acabado la pandemia, posiblemente tiene que mucho que ver el conflicto tan propio de nuestro tiempo entre la identidad y los hechos. Tenemos una extraña facilidad para que sea la identidad (en este caso pensada y decidida al margen de la realidad) la que determine los hechos. Cuando lo normal y lo sano es lo contrario, que sean los hechos los que configuran la identidad. La lucidez, todavía no alcanzada en el terreno práctico, sobre la igualdad de todos los hombres (en realidad no hay razas) y lo abominable del racismo, se alcanza a través de un largo y complejo proceso histórico. Nuestra identidad de personas del siglo XXI, conscientes de que “Black Lives Matter” no surge por un ejercicio abstracto de ingenuo maniqueísmo.

Los hechos, con su tozudez, son los que nos configuran. Antes de la pandemia podíamos haber elegido una identidad antiglobalización, soberanista, partidaria del cierre de fronteras para los migrantes. Pero los hechos nos han mostrado que sin la mano de obra extranjera, que vive en nuestros países de forma irregular, nuestras economías no están en pie: no se pueden recoger las cosechas en el campo. Italia y Portugal han tenido que regularizar una buena cantidad de migrantes. Han sido menos en España, pero el país se ha dado cuenta de que sin los 700.000 irregulares con los que cuenta hay muchas cosas que no funcionan.

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Identidad y hechos, en conflicto

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Lo común no tiene color

Fernando de Haro

La violencia que acabó con la vida de George Lloyd el pasado 25 de mayo no se explica solo por el viejo racismo contra los negros. Ni es solo un problema de los Estados Unidos. Ni tampoco Trump ha sido el causante de los abusos policiales. La historia cuenta, pero probablemente la vieja historia se ha refrescado con una historia nueva: un problema de identidades conflictivas, creciente en todas las sociedades occidentales.

La violencia policial contra los negros existía antes de que Trump llegara a la Casa Blanca. Las estadísticas lo certifican. Ya en 2013 las muertes causadas por los agentes ascendían a más de mil al año. Y ya entonces los negros tenían tres veces más posibilidades de morir por esa violencia que los blancos. El número de muertos anuales sigue, más o menos, en los mismos niveles. Los negros explican que su color de piel los convierte en sospechosos en el 65 por ciento de las ocasiones de conflicto. Mientras que los hispanos, la minoría ya más importante en el país, denuncian que su origen les hace presuntos culpables solo en el 37 por ciento de las ocasiones. Son datos del prestigioso Pew Research Institute. Este mismo instituto ha puesto de manifiesto que un mes antes de la muerte de Lloyd, solo un 56 por ciento de los negros estadounidenses confiaba en que la policía actuara en beneficio de los estadounidenses, mientras que entre los hispanos la respuesta subía al 74 por ciento.

Posiblemente, antes de los sucesos del 25 de mayo, simplemente las cosas seguían tan mal como habían estado en los últimos años. Trump no había empeorado la violencia policial contra los negros. Lo que ha hecho el presidente de los Estados Unidos, al sacar el ejército a las calles de Washington, y al hacer un llamamiento a que los gobernadores recurran al ejército es lo que siempre hace: un ejercicio de brutal irresponsabilidad política, buscando el apoyo de la minoría que le dio la victoria. Su gesto de posar con una Biblia, en un ejercicio de teología política, buscaba la protección de lo sagrado, cuando lo sagrado en esos momentos obligaba a estar cerca de las víctimas, rebajar la ira y fomentar la unidad. Trump, con su comportamiento, parece ratificar el análisis que hicieron algunos progresistas. Dijeron hace cuatro años que el actual inquilino de la Casa Blanca había ganado las elecciones porque había conseguido transformar la desventaja económica y la afrenta de muchos blancos de clases bajas, en una ira racial. La victoria se la habría dado el famoso whitelash, el rechazo de los blancos empobrecidos a las políticas en favor de las minorías no blancas, de las minorías de las costas. Trump estaría comportándose, según el retrato dibujado por sus oponentes, para garantizarse una reelección puesta en peligro por la gestión del Covid.

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Lo común no tiene color

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El claroscuro de la vulnerabilidad

Fernando de Haro

La primera invasión que han sufrido los Estados Unidos. Así titulaba David Brooks su columna en The New York Times hace unos días. Brooks, brillante editorialista, explicaba que su país “era inmune a las invasiones exteriores y a las corrupciones del viejo mundo. Para Estados Unidos era frecuente permanecer al margen de las plagas que afectaban a otras partes del planeta”. Esta sensación de estar a salvo de las maldiciones, según Brooks, ha tenido hasta ahora una traducción existencial: “nacer estadounidense significaba ser un individualista valiente, atrevido y autosuficiente”. Aislados por dos océanos, se puede sentir uno seguro. Seguramente un estadounidense blanco si vive en Boston o en Sacramento se sentirá mucho más seguro que un negro en Minneapolis. Pero el articulista tiene la lucidez de apuntar qué ha supuesto la pandemia para un país en el que han muerto más de 100.000 personas. “La vieja idea estadounidense sobre la falta de vínculos podía contener un torrente de energía, sin embargo la identidad que ha crecido en las sombras de la plaga puede ser una ocasión de compartir la vulnerabilidad, la humildad que surge cuando se entiende la precariedad de la vida”.

Brooks retoma, en estas circunstancias, el valor de la vulnerabilidad que se ha abierto paso en algunos exponentes culturales de los Estados Unidos con proyección popular. Uno de ellos es la investigadora Brené Brown de la Universidad de Houston. Archiconocida por su charla en TED sobre El poder de la vulnerabilidad, su documental en Netflix de hace un año ha causado furor. La tesis de Brown, después de décadas de investigación, es sencilla: la fuerza de la conexión entre las personas es no ocultar sino mostrar sus debilidades. Un mensaje liberador en un mundo en el que las exigencias de éxito personal, profesional y financiero son asfixiantes. Aire fresco en un país donde la “auto-explotación” está a la orden del día.

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El claroscuro de la vulnerabilidad

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La primera invasión que han sufrido los Estados Unidos. Así titulaba David Brooks su columna en The New York Times hace unos días. Brooks, brillante editorialista, explicaba que su país “era inmune a las invasiones exteriores y a las corrupciones del viejo mundo. Para Estados Unidos era frecuente permanecer al margen de las plagas que afectaban a otras partes del planeta”. Esta sensación de estar a salvo de las maldiciones, según Brooks, ha tenido hasta ahora una traducción existencial: “nacer estadounidense significaba ser un individualista valiente, atrevido y autosuficiente”. Aislados por dos océanos, se puede sentir uno seguro. Seguramente un estadounidense blanco si vive en Boston o en Sacramento se sentirá mucho más seguro que un negro en Minneapolis. Pero el articulista tiene la lucidez de apuntar qué ha supuesto la pandemia para un país en el que han muerto más de 100.000 personas. “La vieja idea estadounidense sobre la falta de vínculos podía contener un torrente de energía, sin embargo la identidad que ha crecido en las sombras de la plaga puede ser una ocasión de compartir la vulnerabilidad, la humildad que surge cuando se entiende la precariedad de la vida”.

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Todos laicos, todos religiosos

Fernando de Haro

Religiosamente laicos. Esta expresión puede ser la síntesis de una nueva conversación en torno al último libro de Julián Carrón (‘El despertar de lo humano’) que ha tenido lugar con motivo de la presentación del volumen digital en España. Un nuevo diálogo que ha roto la tradicional discontinuidad, incomunicabilidad, que habitualmente preside el mundo de los creyentes y de los no creyentes. Y no ha sido uno de esos habituales gestos ecuménicos en los que se cuida mucho de no pisar terrenos fronterizos ni afirmar certezas. El encuentro, celebrado telemáticamente el pasado miércoles, ha girado en torno a lo que uno de los ponentes, el periodista agnóstico Pedro Cuartango, llamó “la derrota del nihilismo”, o lo que la también la agnóstica Pilar Rahola denominó “el retorno de las preguntas que no queríamos plantearnos”. Dos agnósticos, dos católicos (el poeta Jesús Montiel y el propio autor del libro) más allá de los confines de dos mundos diferentes creados por la reciente historia de España. La razón de la experiencia, urgida por el desafío del coranavirus, no se aísla fácilmente en limites preestablecidos. El cristianismo, como aseguró Rahola, “cuando no es un concepto abstracto, cuando no son fórmulas que se repiten” sino una presencia luminosa, invita a “deslizarse de la duda a la posibilidad de creer”.

La conversación ha tenido especial valor: una ocasión más en la que las reglas de la sociedad secular –que obligaban a no hablar de ciertas cosas salvo en las sacristías– han sido superadas. La refundación de la democracia española tuvo, trescientos años después, su Paz de Wetsfalia en el pacto constitucional del 78. La historia de buena parte de los siglos XIX y XX de este país es una reedición de las guerras de religión entre laicos y católicos. La palabra guerra no es por desgracia una metáfora. Hasta que la transición a la democracia consagró un consenso en torno a ciertos principios sobre cuyos fundamentos ni se discutía ni se hablaba. Los postulados que van más allá de lo ético quedaron privatizados para garantizar la convivencia. Hay sin duda factores positivos en este proceso: el Partido Comunista con su estrategia de reconciliación nacional había renunciado a imponer un proyecto hegemónico a través del poder, como lo hacía la Iglesia católica tras el Concilio Vaticano II. Pero a la postre aquello se tradujo para los católicos tecnocráticos y los católicos de izquierda en una reinterpretación ética de su papel social. La experiencia de fe debía quedar oculta en la nueva ciudad. Pasando el tiempo, el consenso-sobre-los principios-de-los-que-no-se-discute se disuelve. Y vuelven a desarrollarse los recelos: hacia un mundo católico al que se le ve con la pretensión de imponer un mínimo ético ya no compartido y hacia un mundo laico al que se le acusa de querer reducir la diferencia a un pensamiento único.

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Todos laicos, todos religiosos

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Despertar con un vasco y un navarro

Fernando de Haro

Un vasco y un navarro han sido los protagonistas en paginasdigital.es de un diálogo de altura con motivo de la publicación del último libro de Julián Carrón, ‘El despertar de lo humano’. En esta conversación, en tiempo de confinamiento, han surgido cuestiones decisivas para comprender existencialmente cómo usamos la razón los huérfanos de la Ilustración y cuál es la naturaleza del cristianismo.

El navarro es Gregorio Luri, pedagogo y ensayista. El vasco, Mikel Azurmendi, antropólogo. Luri, que ha acogido el libro de Carrón con una seriedad poco frecuente, ha confesado su admiración “por la entrega entusiasta e insistente de mis amigos de Comunión y Liberación (CL) a sus hermanos”, al tiempo que ha expresado sus dificultades para compartir el subrayado en “un cristianismo de la experiencia” y en un “cristianismo del encuentro”. Luri, al que hay que agradecer su franqueza, “no puede evitar encontrar en el encuentro un emotivismo”. Le resulta difícil “aceptar un cristianismo como religión de la experiencia que ignore el valor de la ley”, un cristianismo que se ha convertido en “una religión de la salida de la religión”.

El navarro teme la enésima reaparición de Marción, el famoso hereje gnóstico del siglo II, que opuso el Dios del Antiguo Testamento, el Demiurgo malo, al Demiurgo bueno, el Dios del evangelio. Es lógico que Luri esté preocupado por la dialéctica que enfrenta la ley y el evangelio. La reinterpretación gnóstica del cristianismo que opone los dos Testamentos, como ha indicado Borghesi, recurre una larga trayectoria que tiene mucho que ver con el proceso teórico de la secularización.

También se entiende que Luri sienta cierto rechazo por el “cristianismo de la experiencia”, después de que el modernismo hiciera un uso del término subjetivista. La inquietud del navarro es la misma que tenía en 1963, el entonces cardenal de Milán, Montini, futuro Pablo VI, cuando le pidió a Luigi Giussani que aclarase qué entendía por experiencia. El fundador de CL escribió entonces un cuadernillo dedicado a este tema en el que aseguraba que “lo que caracteriza a la experiencia es entender una cosa, descubrir su sentido” y el “sentido de una cosa no lo creamos nosotros; la conexión que la une a todas las demás cosas es objetiva”. En ese texto “el cristianismo del encuentro” se concibe, no como una alternativa a la ley o la objetividad, sino como la forma, el método para que el cristianismo conserve su naturaleza, no sea noción o ética. Cualquier experiencia cristiana, señalaba Giussani, está hecha del “encuentro con un hecho objetivo, originalmente independiente de la persona que tiene la experiencia”. Pero además es necesario “poder percibir adecuadamente el significado de ese encuentro”, su significado para la existencia. “El valor del hecho con el que nos topamos trasciende la fuerza de penetración de la conciencia humana, y requiere por consiguiente un gesto de Dios”.

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Despertar con un vasco y un navarro

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Aprendizaje fallido

Fernando de Haro

En silencio. A tres metros unos de los otros. Esperando el turno para rellenar la ayuda a los desempleados delante de la oficina de trabajo. En la boca, la mascarilla. En la cabeza una gorra o una capucha. Como si tuvieran que esconderse, como si haber sido despedido fuera una vergüenza. Como si fueran culpables y no víctimas. Nuevos parados. El paquete de dos billones de dólares de estímulo aprobado por Trump a finales de marzo no ha impedido que en el mes de abril se destruyeran más de 20 millones de empleos y la tasa de paro se eleve del 4,4 por ciento al 14,7 por ciento. Bajo las capuchas y detrás de las mascarillas, es muy probable que los nuevos parados no estén leyendo las recomendaciones de los mejores periódicos para “buscar un antídoto a la incertidumbre” a través de la rutina o canalizando la sensación de inestabilidad en una mayor energía creativa. No les servirían de mucho. Presuponemos que todos los intentos “por aprender qué hacíamos mal antes de que llegara el Covid” tienen buena intención. Lo que no significa que todos sirvan. Sobre todo cuando se está en la cola del paro y cuando aflora el sentimiento de culpa.

En Estados Unidos (con 330 millones de población) 20 millones de nuevos parados. En España (con una población de 47 millones) un millón de nuevos parados desde que empezó la pandemia, a los que hay que sumar los 3,3 millones acogidos a los ERTES (trabajadores pagados por la Seguridad Social, parados técnicos). Se trata de aprender. Aprendió rápido el Banco Central Europeo cuando decidió corregir su tímida respuesta de marzo. Se nota que ha aprendido porque ha hecho frente a la sentencia del Tribunal Constitucional de Alemania en contra de los programas de compra de deuda. Va aprendiendo, aunque con demasiada lentitud, la Unión Europea: Fondo de Rescate (MEDE) sin condiciones para los países del sur, programa de recuperación que puede alcanzar 1,5 billones de euros ligado al presupuesto.

Pero la UE tiene que darse prisa. Las colas del paro en Estados Unidos se parecen a las del 29. Por eso urge algo semejante a un New Deal. Es necesario discutir el destino de las inversiones: ¿no ha habido demasiada obra pública en infraestructura tradicional?, ¿no habría que pensar en vivienda social, en renovación energética? Quizás ni siquiera eso significa haber aprendido. Favorecer la inversión en sectores de futuro, mejorar la educación, renovar el tejido productivo son cambios necesarios. Pero seguramente no suficientes.

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El material del futuro

Fernando de Haro

Ni el papel higiénico, ni la harina para hacer pan en casa, ni el hidrogel. El producto estrella en esta pandemia y en su aislamiento son las predicciones, la descripción del futuro. Cuando los amigos nos mandan las fotos de nuestra ciudad sin coches y plagadas de corredores o paseantes, peregrinos del primer sol de mayo en busca de libertad, excitan nuestra imaginación sobre el mundo-que-vendrá. Consumimos futuro porque no podemos dejar de proyectar, porque el instante se ha vuelto demasiado vacilante y vertiginoso. La predicción quiere alcanzar el mañana con el material del que creemos que está hecho el presente. Muchas predicciones fabricadas con análisis abstractos. Pocas con la vida elemental que tenemos entre las manos. Quizá por eso seguimos pensando en el mundo-de-después como un compendio de propósitos éticos. Tras el estrés postraumático, un mayor compromiso con las tareas domésticas, una vida más modesta, más comprometida con la sostenibilidad del planeta, más capaz de prescindir de lo superficial, más centrada en la proximidad, más resiliente, sin uñas artificiales, sin peluquerías caninas, sin viajes por el mundo para hacernos selfis después de no saber dónde hemos estado.

Es posible que esos cambios se produzcan, aunque hay que confiar poco en los automatismos de la conducta colectiva. Los propósitos son más fuente de frustración que de creación. En realidad, ante la severa crisis económica que ya empezamos a sufrir, el aumento de la deuda, la redefinición de la globalización, las tensiones entre libertad y seguridad, la tentación del soberanismo y el reto de la innovación (educativa y productiva) lo que cuenta es cuánto nos hemos dado cuenta del material del que estamos hechos. Y ese material se desvela en las relaciones: con los demás, con nosotros mismos y con el mundo. La gente de los países ricos vamos a teletrabajar más y vamos a recurrir más a la telemedicina. Pero esa no es la cuestión. Lo decisivo es cómo nos concebimos, algo que no es nunca teórico.

Ya antes de que se produjera la pandemia habían proliferado “los-que-huían-del-colapso”, los que vivían con la idea de ponerse a salvo de este mundo moderno que se había hundido y del que había que huir refugiándose en una individualidad aislada, en comunidades espiritualmente (incluso económicamente) autosuficientes. ¡El imperio se ha derrumbado, huyamos al campo! Ahora aumentarán sin duda los-defensores-de la supervivencia (en Estados Unidos se ha triplicado la venta de armas) a cualquier precio. Dispuestos a cerrar el mundo, a teorizar la renuncia a las libertades. Por eso lo que cuenta es si queda poso y criticidad de algunas de las intuiciones que en algunos momentos han aparecido durante la pandemia (soy mucho más que un nudo de intereses que alimentan al mercado, mucho más que un buen contribuyente, soy necesidad de compañía, de sentido, soy energía capaz de compasión, de donación, soy pregunta sobre el mal y la muerte, soy relación con el que no conozco y con el que no tiene mi misma cultura). Ese es el material más sólido ante los posibles cambios.

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El material del futuro

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Sin espacios de descanso

Fernando de Haro

CuaIquier periódico o web que se precie publica estos días un diario sobre el confinamiento. Es, por ejemplo, muy ilustrativo el contenido de ese diario en la Agencia Magnum. Sin ponerse de acuerdo, muchos de los mejores fotógrafos del mundo retratan niños asomados a las ventanas, niños que juegan en casa, niños que duermen confiados, niños que juegan. Como si la mirada de un niño hacia un mundo extraño, hacia una realidad misteriosa, se hubiese convertido en un tesoro.

En el diario que publica el The New York Reviews of Books, Carina del Valle, una joven escritora portorriqueña afincada en Manhattan, reflejaba hace unos días qué ha aprendido con el confinamiento. Se ha dado cuenta de su relación infantil con el mundo, de la parte de la infancia que acusa falta de madurez para relacionarse con algo real y distinto de uno mismo. Del Valle nos cuenta que le ha sido muy reveladora la lectura del psicoanalista D.W. Winnicott (un metodista británico que estudió la relación entre la madre y el lactante). Sobre todo, la explicación de que los juguetes son “objetos de transición” que le permiten al niño construirse un espacio de descanso (resting place) en su apertura a aquello que no es el yo infantil. Porque en realidad “hay una perpetua tarea humana de mantener la realidad de fuera y la de dentro separadas pero relacionadas”. Al citar estas dos líneas del psicoanalista, Del Valle se derrumba y se confiesa avergonzada por su debilidad”, “avergonzada por mi hambre de tener un completo control de lo que me rodea”.

La pandemia nos ha invitado a volver a ese momento de maduración en el que la realidad no puede ser considerada como una prolongación de nosotros mismos. Del Valle suspira por juguetes con los que descansar, objetos de transición, lugares tranquilos y seguros, pero sabe que no existen o que al menos no son suficientes para controlar la tozudez de la realidad que es diferente a su/nuestro yo de niño autorreferencial. No parece haber más opción (aunque siempre se puede huir) que entrar en una realidad de la que dependemos e investigar si en ella hay algo más que una cadena de ARN descontrolada, si prevalece algo positivo que no nos haga soñar con espacios de descanso.

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Sin espacios de descanso

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CuaIquier periódico o web que se precie publica estos días un diario sobre el confinamiento. Es, por ejemplo, muy ilustrativo el contenido de ese diario en la Agencia Magnum. Sin ponerse de acuerdo, muchos de los mejores fotógrafos del mundo retratan niños asomados a las ventanas, niños que juegan en casa, niños que duermen confiados, niños que juegan. Como si la mirada de un niño hacia un mundo extraño, hacia una realidad misteriosa, se hubiese convertido en un tesoro.

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Ocasión para la razón

Fernando de Haro

Desconocimiento. No conocimiento. La razón científica no ha tenido tiempo para comprender bien cómo se extiende el virus, cómo afecta a los seres humanos. Las polémicas sobre la utilidad de la cloroquina para atender a los pacientes que sufren una reacción excesiva del sistema inmunológico se suceden mientras se sigue utilizando el fármaco. La medicina a tientas. “Estábamos haciendo medicina del siglo XXI y ahora hacemos medicina de guerra”, dicen los mejores doctores del mundo. No conocimiento. Es la expresión que utilizaba Habermas hace unos días cuando le hacían una entrevista en Le Monde: “Debemos actuar en el conocimiento explícito de nuestro no conocimiento”. Los políticos toman decisiones después de asesorarse con virólogos que no tienen certezas. También “la acción política se lleva a cabo sumergida en la incertidumbre”.

¿Está también la razón que se ocupa de las cuestiones del sentido condenada a sucumbir en el naufragio del coronavirus? Esta es una de las preguntas que viene a responder el nuevo volumen de Julián Carrón, ‘El despertar de lo humano.’

El autor del libro ya se había ocupado del “estado de incertidumbre” provocado por la crisis del mundo ilustrado tanto en ‘La Belleza Desarmada’ (Ediciones Encuentro, 2015) como en ‘¿Dónde está Dios?’ (Ediciones Encuentro, 2017).

La raíz de la crisis, que ahora se ha puesto de manifiesto de forma exponencial con el coronavirus, está en el mismo “hombre, en su razón, en su libertad, incluida la libertad de tener una razón crítica”, señalaba en su libro de hace cinco años. Ya entonces era necesario “preguntarse si la razón sobre la que pivota la filosofía ilustrada puede considerar legítimamente que ha alcanzado una conciencia completa de sí misma y puede decir la última palabra sobre la razón humana”. Carrón, como tantos otros, señalaba entonces que la razón ilustrada no ha resistido las pruebas de la historia. Con otras palabras, “la cultura dominante ha puesto en crisis las afirmaciones antropológicas de alcance universal” (Javier Prades) propiciadas por la Ilustración. En ‘¿Dónde está Dios?’, el propio Carrón, citando a De Lubac, señalaba que todos los intentos de matriz ilustrada “frecuentemente conservan muchos valores de origen cristiano, pero dado que se separan de su fuente, son impotentes para mantener su vigor”.

La tremenda devastación provocada por la pandemia y por el confinamiento ha pinchado la “burbuja que nos hacía percibirnos con suficiencia al resguardo de la vida”. Se ha revelado la “fragilidad estructural de la razón, acompañada de la sensación de vulnerabilidad y esta puede ser, para el autor de ‘El despertar de lo humano’, la ocasión de un ensanchamiento de la razón, que “recupere el nexo con la realidad”.

¿Cómo una bofetada tan intensa de la realidad cruda puede ayudarnos a ampliar la razón? Camiones del ejército desfilando con féretros que no se pueden enterrar, abuelos que no se pueden despedir, y “un miedo que pone al desnudo nuestra impotencia esencial, (...) un miedo que nos lleva a veces a desesperar”.

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Ocasión para la razón

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Configuración por defecto

Fernando de Haro

Es tan obsesiva como el parte desgarrador de bajas provocadas por la pandemia. La pregunta sobre cómo será el mundo “después de que todo esto haya pasado” lo domina todo. ¿Cómo será nuestra vida, cómo será la movilidad, cómo será la crisis y la recuperación? Y sobre todo: ¿cómo seremos nosotros mismos después de haber visto muy de cerca la muerte y la enfermedad, después de pasar dos meses encerrados? Lleva razón Javier Marías, “ni la tristeza, ni la preocupación, ni el sufrimiento, ni el miedo nos convierten en más inteligentes, ni en más modestos”. Al menos automáticamente. Si acaso podremos salir de esta con algo más de sentido ético, de sensibilidad, quizás con algo más de miedo. Pero la “configuración defecto” no se transforma por defecto en un estiramiento del modo en que miramos y sentimos lo que hay al otro lado de la ventana.

“Configuración por defecto” fue la expresión que el escritor estadounidense David Foster Wallace utilizó en su memorable discurso pronunciado en la Universidad de Kenyon. A los estudiantes que se iban a graduar Wallace les decía que “no hablamos nunca de dónde vienen nuestros patrones y creencias individuales (…) como si la orientación más básica de una persona hacia el mundo y el sentido de su experiencia fueran algo que ya viene de fábrica, igual que la estatura o la talla de los zapatos, o bien algo que se absorbe de la cultura, como el idioma”. Todos estamos de acuerdo en que, de pronto, nos hemos descubierto vulnerables. Pero nos cuesta recorrer el camino del enigma de nuestra vulnerabilidad y saltamos a la solución: más y mejor ciencia y/o confianza en la vida eterna. Soluciones absolutamente necesarias. Pero, entre tanto, la “configuración por defecto” no cambia porque, como dice Wallace, “seguimos automáticamente seguros de que sabemos qué es la realidad y de quién y qué es lo realmente importante”, y por eso “no queremos tomar en consideración posibilidades” que nos parecen irritantes. Wallace explicaba que su configuración por defecto consistía en considerarse “el centro absoluto del universo”. Cada uno tiene la suya, pero los occidentales modernos solemos coincidir en algunos elementos comunes de esa configuración en lo que respecta al mal y a Dios, la imposibilidad de que plenitud y sufrimiento estén emparejados o lo que significa una situación adversa.

Una crisis como esta, a quien quiera, puede enseñarle que las configuraciones por defecto se pueden cambiar, no estamos hechos de una vez por todas, “somos problemas vivientes”, “en un tiempo que no cesa y con una exigencia que no aguarda” (Zambrano).

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Voces en la pandemia

Fernando de Haro

Hoy. En un hospital de España o Italia. Ante la puerta que sella la zona en la que los médicos combaten para salvar vidas. Al otro lado las personas que queremos, nuestros padres. La conversación imposible y si hay suerte algunas palabras breves gracias al teléfono móvil. Palabras que siempre pueden ser las penúltimas. Conversaciones aparentemente leves que buscan decirlo todo. O silencios que se intuyen más fuertes que la soledad. Tampoco habíamos resuelto el reto de la soledad cuando nos podíamos tocar. Cada uno en su sitio, buscando más allá de las apariencias, la unidad que antes se daba por supuesta.

Esta pandemia desgarradora es, entre muchas cosas, la pandemia de los padres, de la relación con los padres. Es lógico que se cite una y otra vez La Peste de Camus. Es fácil reconocerse en lo que ocurre en Orán porque las pestes se parecen. Pero en la sed de voces de estos días quizás es la última novela del francés, ‘El primer hombre’, en la que más podemos reconocernos. El protagonista, Jacques, o sea Camus, viaja hasta la tumba del padre que no conoció, un joven muerto en guerra. El hijo, que se “creía dueño de sí”, ve cómo “la estatua que todo hombre termina por erigir y endurecer al fuego de los años” (...) se resquebrajaba rápidamente, se derrumbaba”. “No le bastaba toda su energía para construirse y conquistar o entender el mundo (...) no era más que ese corazón angustiado que latía siempre con la misma fuerza contra el muro que lo separaba del secreto de toda vida queriendo ir más lejos, más allá y saber, saber antes de morir, saber por fin para ser, una sola vez, un solo segundo, pero para siempre”. Ante los padres, visitados otra vez, queremos saber el secreto de toda vida, para ser y saber.

Esta urgencia para las despedidas, para las soledades, para afrontar el miedo, es la misma que tenemos para el confinamiento y para la reconstrucción. Ya se habla de una postguerra. El Consejo Europeo celebrado la semana pasada todavía parece no haber iniciado el diálogo con los padres y los abuelos que protagonizaron la reconstrucción. En la crisis de 2008 se cometió el error de no seguir los pasos de Estados Unidos. Hizo falta que llegara Draghi para apostar por una política monetaria expansiva. Algunos fallos se han evitado. Después de los primeros balbuceos del BCE, ya está en marcha el plan de compra de activos por valor de 750.000 millones de euros. Y además se ha aprobado también la flexibilización del marco fiscal. Pero el Consejo Europeo de la pasada semana demostró hasta qué punto los países del norte, Alemania y Holanda especialmente, no han comprendido que –como ha dicho la ministra de Exteriores española, González Laya– “estamos ante lo más cercano al momento Schuman. Como entonces, la clave hoy son pasos que creen solidaridad de hecho”.

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En las tripas de la realidad

Fernando de Haro

Nos hemos quedado sin nuestros padres y no nos hemos podido despedir de ellos. Muchos están en hospitales a los que no podemos ir. Tenemos a los enfermos en casa, esperando que el suyo sea un caso leve. El teléfono móvil se ha convertido en un instrumento de tormento. Como ha señalado el escritor José Ángel González Saiz, “hay ocasiones en las que en la vida de un país y de una persona la realidad, no guisada, no cocinada, irrumpe”. La realidad, la enfermedad o la muerte, el límite, la incapacidad para prever todo, estaba ahí pero no la mirábamos. Ahora ha irrumpido de forma estrepitosa. “Y, de pronto, nos hemos dado cuenta de toda la frivolidad ideológica y emocional en la que estábamos instalados”. Nos hemos dado cuenta de todo el tiempo que hemos perdido en riñas absurdas, en acentuar las diferencias. Nos hemos dado cuenta de que no se puede dar por descontado que haya una vida próspera, y segura. De pronto nos hemos dado cuenta de que hay gente que está dando su vida para que no haya más muertes. De pronto “la distancia entre los hechos y los relatos, entre los nombres de las cosas y las cosas de los nombres, se reduce al mínimo” (…) y “la realidad nos pilla desarmados y cautivos de los hábitos mentales más contraproducentes”. Y se hacen urgentes razones y afectos para encarar la muerte, para convivir con ella, para afrontar lo incontrolable, para que el miedo a lo imprevisto no nos paralice.

Las nostalgias de otros tiempos juegan en contra y las proyecciones para cuando todo esto se acabe nos suenan a consuelos estúpidos. La realidad ha entrado sin permiso y queremos tener la seguridad de que somos más que la epidemia, que las incertidumbres que sufrimos, que las consecuencias de una crisis económica que va camino de paralizar toda actividad. Cuanto más exigentes se hacen los nuevos tiempos, más ridícula y desfasada nos parece la vida de hace un mes. Hace un mes era razonable elevar quejas porque no había de esto o de aquello, ahora sabemos que no hay mascarillas suficientes, sabemos que no hay respiradores. Hace un mes nos parecía normal que los políticos hicieran discursos ideológicos, que fueran triviales, que se dedicaran a ocupar espacios, nos parecía casi normal estar instalados en lo antepenúltimo, que hubiese una distancia abismal entre los hechos y los discursos. Y ya no soportamos a los que González Saiz, con expresión de Péguy, llama los “clérigos contra la realidad”. Por eso nos resulta tedioso e infantil que se busquen chivos expiatorios, que nos prediquen sobre las supuestas bondades de los modelos asiáticos en los que la falta de libertad es más eficaz para luchar contras las pandemias o sobre el final de Trump.

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Un antivirus para la culpa

Fernando de Haro

The Lancet acaba de publicar un oportuno artículo, ‘The psychological impact of quarantine and how to reduce it: rapid review of the evidence’ (“El impacto psicológico de la cuarentena y cómo reducirlo”). El trabajo es una recopilación de los estudios que se hicieron con motivo de las cuarentenas en las epidemias de SARS en 2003 en China y en Canadá, y las que hubo en África del Este durante el Ébola. A estas alturas, con toda España y toda Italia encerrada, no necesitamos leer un artículo científico para saber las consecuencias que trae vivir en cuatro paredes: estrés postraumático, desarreglos emocionales, ansiedad y un largo etcétera. Las recomendaciones también las conocemos: información, abastecimiento, lucha contra el aburrimiento y comunicación. Pero hay tres efectos descritos por The Lancet que difícilmente son superables con ejercicios de higiene psicológica: el miedo, el estigma y la culpa.

El virus muestra que somos vulnerables porque ni nuestras costumbres ni nuestros sistemas sanitarios estaban preparados para algo así. La vulnerabilidad, en el siglo en que lo tecnológico iba a estar muy por encima de lo biológico, es un dato con cientos de miles de infectados y muchos muertos. Un dato, no una evidencia, porque todavía hay quien se empeña en un gnosticismo imposible y cita algunas páginas del libro de David Deutsch (El comienzo del infinito) para defender que “todos los fracasos –todos los males– se deben a un conocimiento insuficiente. Esta es la clave de la filosofía racional de lo incognoscible. Carecería de contenido si hubiese limitaciones fundamentales a la creación de conocimiento, pero no las hay”. Predicar a estas alturas que el conocimiento insuficiente es culpable del mal que sufrimos es como echarle la culpa de la muerte por infección a todos los que investigaron antes que Fleming y no descubrieron la penicilina.

Pero el mal del virus, el mal es así, genera no solo miedo sino la necesidad de encontrar un culpable: los chinos y su costumbre de comer animales salvajes, la globalización, la falta de previsión, la del Gobierno nacional, la del Gobierno regional, la falta de coordinación de la Unión Europea o nuestra propia negligencia. No tenemos en este momento los datos suficientes para hacer una descomposición analítica de la cadena de errores que ha provocado la aparición de la pandemia. Pero esos datos y ese análisis siempre estarán por detrás del reto que supone encarar el dolor, el sufrimiento y la muerte. El estigma de los compañeros de trabajo, de los recluidos en cuarentena, no es otra cosa que recurso al viejo chivo expiatorio de los antiguos sacrificios. Desvela la tendencia universal que tenemos todos a descargar la violencia acumulada por el mal real o supuestamente sufrido en una víctima de recambio.

El virus muestra nuestra vulnerabilidad, exige experiencias y razones que nos saquen de la dinámica habitual de la transferencia de culpa. El miedo busca culpables más allá de lo razonable cuando lo supuestamente razonable es una descomposición casi infinita de causas.

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Un antivirus para la culpa

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The Lancet acaba de publicar un oportuno artículo, ‘The psychological impact of quarantine and how to reduce it: rapid review of the evidence’ (“El impacto psicológico de la cuarentena y cómo reducirlo”). El trabajo es una recopilación de los estudios que se hicieron con motivo de las cuarentenas en las epidemias de SARS en 2003 en China y en Canadá, y las que hubo en África del Este durante el Ébola. A estas alturas, con toda España y toda Italia encerrada, no necesitamos leer un artículo científico para saber las consecuencias que trae vivir en cuatro paredes: estrés postraumático, desarreglos emocionales, ansiedad y un largo etcétera. Las recomendaciones también las conocemos: información, abastecimiento, lucha contra el aburrimiento y comunicación. Pero hay tres efectos descritos por The Lancet que difícilmente son superables con ejercicios de higiene psicológica: el miedo, el estigma y la culpa.

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En el purgatorio del mundo

Fernando de Haro, Pazarkule

Assad salió el pasado miércoles del campo de refugiados que se había montado aquí en Pazarkule, en el puesto fronterizo entre Turquía y Grecia, cerca de la ciudad de Edirne. Assad, con un grupo de amigos de Kabul, enfiló el camino de tierra que une la frontera con el pequeño pueblo de Karach. Iban a buscar pan, algunos plásticos y ropa de abrigo para pasar la noche, todavía muy fría. Delante de Assad caminaba una pareja de subsaharianos, más allá dos kurdos iraquíes, y por detrás un grupo de sirios rubios. Pazarkule se ha convertido en el purgatorio del mundo, donde se hablan todas las lenguas de los que se han quedado sin pasado ni futuro, sin techo y sin país. Assad, como todos los que llegaron a la frontera, ha sufrido la intimidación de los turcos y la violencia de los griegos que utilizan gases lacrimógenos y balas de goma para no dejarle pasar a Europa. Lleva días sin poder asearse. “Yo era profesor en Kabul -explica el afgano en inglés- tenía mi trabajo, pero me vine a Turquía porque no soportaba la presión de los yihadistas. En este país he malvivido, lo dejé todo en Estambul porque Erdogan dijo que la frontera estaba abierta, y ahora no tengo dónde ir”. Assad, como todos los afganos, vive una situación peor que los sirios. Los sirios cuentan con el status de “protección temporal” que les permite trabajar de forma irregular y que sus hijos vayan a las escuelas y aprendan turco. Assad encuentra en el pueblo de Karach un supermercado en el que han tenido compasión de los que han ido a pedir pan. Se vuelve contento porque ya tiene para cenar. El pan de Karach, entregado gratuitamente, es un ejercicio de compasión de la pequeña política que no tiene equivalente en la gran política. Ha habido pan en Karach, bocadillos con mortadela en la estación de autobuses de Edirne donde han quedado atrapadas una veintena de familias. También ropa, regalada por campesinos turcos, para los niños en la rivera del río Evros. Llegaron porque querían cruzar a Grecia atravesando solo 40 metros de agua. A los que consiguieron pasar les quitaron la cartera, los móviles y los cordones de los zapatos y los devolvieron. En el purgatorio del mundo en el que se ha convertido esta frontera ha habido solidaridad de ciudadanos anónimos y ha habido instrumentalización de Erdogan que trajo en autobuses a los millares de refugiados, ha habido también durísima represión de Grecia que ha agotado su generosidad y que no quiere otros campos como el de Moria. Ha habido miedo de la Unión Europea a otra crisis como la de 2015.

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En el purgatorio del mundo

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El miedo que nos hace rehenes

Fernando de Haro

El desafío, más económico que sanitario, del coronavirus ha provocado que haya pasado bastante inadvertido el nuevo movimiento masivo de refugiados. Un acontecimiento que, de forma indirecta, ha puesto de manifiesto la desaparición del hombre europeo, al menos tal y como lo entendíamos hasta ahora. El casi millón de personas que han huido de la provincia de Iblid hacia el norte de Siria, después de nueve años de guerra en el país y de la última ofensiva de Assad, el enfrentamiento entre dos potencias de tipo medio (Rusia y Turquía) en la carne de los sirios, la utilización de los que se han quedado sin casa ni país como herramienta de presión por parte de Erdogan son acontecimientos más letales que la propagación del COVID-19. Constituyen un nuevo capítulo de una crisis de desplazados que revela el rostro más sombrío de una Europa que optó por una subcontratación del problema. Ahora llegan los recibos. El europeo para el que ya no es evidente el valor de acoger al que huye de la guerra, al que le da miedo el extranjero, el que sospecha del otro que necesita ayuda porque no tiene clara su identidad, el que acaricia sueños de soberanismos imposibles, presionó a sus líderes en 2015 para rechazar cualquier fórmula que no fuera dejar a los refugiados fuera de las fronteras de la UE. El cambio que tuvo que hacer Merkel en su política fue muy significativo. La canciller alemana se vio obligada a modificar sus primeras decisiones. Y hubo, por eso, en 2017 un acuerdo con Libia, Estado fallido y conculcador de derechos humanos, para frenar a los migrantes económicos. Y antes un acuerdo con Turquía, en 2016, para contener a los refugiados sirios a cambio de 6.000 millones de euros.

Ahora, cuando se hace de nuevo evidente que la guerra infinita de Siria no fue nunca una guerra civil, cuando la lucha por la hegemonía entre Moscú y Ankara en la provincia de Iblid está abierta, se desvelan las consecuencias de la escandalosa falta de implicación de Europa y de Estados Unidos en una solución al conflicto. Salen a la luz las raíces culturales de un problema que desvela la debilidad de Occidente.

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El miedo que nos hace rehenes

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Deseo de transhumanizarse

Fernando de Haro

Sanders va a ganar en las primarias demócratas. Al menos eso es lo que predice David Brooks en New York Times. La apuesta se basa en que Sanders tiene una historia, un mito, sobre todo un mito moral, que vende bien. Los problemas de Estados Unidos los generan los avariciosos de la Costa Este, la gente de Wall Sreet que está destruyendo los valores del país. Es un relato sencillo, con un mensaje ético en el centro, que da salida al resentimiento.

En el lado republicano no es complicado hacer predicciones. Trump será el candidato y, de facto, las primarias de este partido quedarán eliminadas tras el supermartes de comienzos de marzo. Hasta ese momento el “lunático” Zoltan Istvan seguirá disputándole al actual inquilino de la Casa Blanca el puesto. El resultado es lo de menos, como lo fue en 2016 cuando ya se presentó a las elecciones. Lo que le interesa a Zoltan es aprovechar la ocasión para difundir su programa transhumanista. En este caso, el programa es antropológico. Habría que decir “transantropológico”: el objetivo es “reconocer los derechos de los robots conscientes, de los ciborg y la posibilidad de que el 3D imprima un ser humano entero y de que la Inteligencia Artificial cree la singularidad de cada uno”. Las ideas de Zoltan pueden parecer descabelladas. Son las expresiones menos serias de un movimiento con elementos muy serios.

Como siempre, la ficción se adelanta. En uno de los capítulos de hace unos meses de Years and Years, los espectadores nos quedamos sobrecogidos con una escena que se desarrolla en la cocina de una casa familiar. Una adolescente explica que no se siente cómoda con el cuerpo que tiene. Los padres, atentos y solícitos, le muestran su apoyo para el cambio de sexo. La chica, sorprendida, les responde: “el problema no es el sexo, no soy transexual, quiero ser transhumana. No quiero ser carne, quiero ser datos, quiero vivir para siempre como información”. El drama de la identidad llevado hasta su extremo, no es ya una cuestión de nación o de género sino de especie.

Hay sin duda que distinguir, entre los candidatos lunáticos a las presidenciales estadounidenses, los guiones de series efectistas, las corrientes ideológicas y las posibilidades reales de lo que la tecnología o la genética pueden hacer. La profesora Elena Postigo, que ha dedicado tiempo a estudiar el pensamiento transhumano, señala que uno de sus principales teóricos es Nick Bostrom, filósofo sueco, experto en Inteligencia Artificial y presidente de la World Transhumanist Association. Según Bolton, el transhumano es el hombre que está caminando para convertirse en posthumano, por medio de la mejora de la especie que tendrá una vida mucho mas larga (hasta 500 años), con capacidades intelectuales que duplicarán las actuales y con un cuerpo sometido a sí mismo. Suena a película de ciencia ficción de sábado por la tarde. Pero antes de llegar al paraíso posthumano, hay proyectos transhumanos en marcha que plantean retos interesantes.

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Deseo de transhumanizarse

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Eutanasia: fuera del bucle

Fernando de Haro

Ezra Klein es un periodista judío, liberal en el sentido norteamericano del término, que trabajó para medios tradicionales y que desde hace años ha puesto en marcha un producto multimedia llamado Vox. La plataforma es aire fresco en un panorama estadounidense de periódicos y televisiones, en muchos casos anclados en fórmulas tradicionales. El sesgo de los contenidos a menudo es demasiado evidente pero sus videos y sus podcasts, con un inteligente tratamiento de postproducción, se han convertido en un buen modelo para que la opinión pública entre en la complejidad de asuntos a menudo demasiado simplificados. Ezra Klein acaba de publicar 'Why We’re Polarized' (Por qué estamos polarizados), un libro en el que intenta describir las razones del conflictivo clima que reina en su país. Klein sostiene que las coaliciones políticas de los últimos 50 años se han tejido en torno a preferencias ideológicas, geográficas y culturales. Parecería lógico que así fuera. Pero esta dinámica ha provocado una serie de bucles en los que los medios, los partidos y las instituciones se han ido extremando para responder a una audiencia y a una ciudadanía cada vez más polarizadas hasta que el mismo sistema ha acabado cuestionándose. Que el sistema se cuestione, esto no lo dice Klein, pero es fácil de deducir, pone en duda que exista un espacio común. Los partidos, las instituciones, en lugar de poner freno a la espiral, la han aumentado. Probablemente porque son demasiado débiles para sostener unas referencias que ya no son evidentes para nadie.

La descripción que hace Klein es perfectamente extrapolable a España, a Italia y a buena parte de Europa. En este contexto y en este clima, en el que las preferencias ideológicas y culturales, las opciones identitarias, se convierten en un absoluto, se debate, por tercera vez en España, una proposición para despenalizar la eutanasia. Es sin duda el peor escenario posible para afrontar una cuestión tan importante. De un lado una ideología que concibe los nuevos derechos como la ocasión de afirmar la autonomía absoluta del individuo (para la que la eutanasia se presenta como la última meta). De otro, aunque con voz minoritaria, un esencialismo incapaz de tener en cuenta los límites de la razón, sometida a los avatares de historia, frente a los desafíos más exigentes de la ética. Cualquier posibilidad de conversación desaparece. El modo de vivir los últimos días es combustible para la polarización. La que sería una ocasión preciosa para dialogar sobre el momento en el que todas las preferencias ideológicas y todas las identidades son puestas a prueba, se convierte en un gallinero de voces estridentes. Habría que pedir a los políticos y a los moralistas que hablaran de estas cosas como si estuvieran al pie de la cama de un enfermo severo y crónico, de un enfermo terminal o en el pasillo de un hospital, junto a las habitaciones de quien acaba su vida. El primer debate parlamentario, sin embargo, ha sido todo lo contrario. La derecha, con absoluta ceguera, ha utilizado como gran argumento que la eutanasia se promueve para ahorrar costes y la izquierda ha insistido en presentarla como la última libertad.

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¿Cuánto barro tienen los pies del gigante?

Fernando de Haro

Usera. Un barrio con más de 10.000 ciudadanos chinos. Una de las “china town” más grandes de Europa. Farmacias, supermercados, restaurantes y hasta una misa a la semana para los miembros del Imperio del Centro que han emigrado a Madrid. Hay calles que parecen ya de Pekín. Muchos negocios han cerrado, por prevención. Porque no hay ningún caso de coronavirus ni sospechas. En uno de los negocios, en el escaparate, un cartel en español explica que el cierre se debe a las vacaciones, otro cartel en caracteres chinos da otra versión: el cierre se debe a la epidemia. Doble verdad. Probablemente para no crear una alarma innecesaria entre los clientes españoles, quizás por la costumbre, por la necesidad de no ser demasiado transparentes. Hay valores por encima de la precisión informativa.

La falta de transparencia, la falta de eficacia burocrática del régimen comunista va camino de convertir el coronavirus en el Chernóbil chino. El número de víctimas está lejos de las provocadas por el accidente de la central nuclear ucraniana en los años 80, pero la crisis política y la desconfianza se extiende como la radiación. Chernóbil acabó con el hombre soviético, el tiempo dirá la dimensión del daño que el coronavirus causa en el hombre neo-maoísta-comunista-capitalista diseñado por Xi Jinping. El año 2021 iba a ser, con ocasión del primer centenario del Partido Comunista, el año en que China se iba a convertir “en una sociedad de un bienestar moderado”. El país que ya controla un tercio del PIB mundial ha sido capaz de poner en cuarentena a 50 millones de personas, pero ha sido incapaz de gestionar con eficacia la información, el bien intangible decisivo en una epidemia. El país donde todo dato y todo movimiento está controlados con la aplicación We Chat, en el que cada rincón tiene una cámara y en el que los sistemas de Inteligencia Artificial procesan a toda velocidad billones de datos, las noticias más relevantes para evitar una pandemia no llegaron donde tenían que llegar a tiempo.

Según The Lancet, los primeros casos se detectaron a principios de diciembre. Se produjeron algunas denuncias de la enfermedad a principio de enero pero fueron silenciadas. Solo el 20 de enero, la Comisión Nacional de Salud anunciaba la extensión del virus. No por casualidad, la muerte del doctor Li Wenliang, sancionado después de haber denunciado la presencia del patógeno en algunos enfermos, lo ha convertido en el icono de unas críticas al poder que algunos ya comparan con el movimiento que dio lugar a Tiananmen. Es muy significativo que las críticas de la disidencia hayan estallado en internet a pesar del férreo sistema de control impuesto por Xi. Cualquiera que haya estado en China haciendo información sabe que es prácticamente imposible difundir una noticia que cuestione el poder o una opinión crítica sin ser inmediatamente interceptado.

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Se nos olvidó la libertad

Fernando de Haro

El viernes, pocas horas antes de que se materializara el Brexit, no se hablaba de otra cosa en la Main Sreet de Gibraltar, la última colonia en suelo europeo. Los vecinos de la estrecha calle que serpentea bajo la Roca, en conversaciones que empezaban en inglés y terminaban en un español muy del sur, hacían comparaciones con su vida y lo que sucede en la raya entre Estados Unidos y México. Las charlas informales, en las terrazas o en los encuentros fortuitos, terminaban con consignas estoicas sobre la capacidad de supervivencia de los vecinos del Peñón. Pocos minutos antes de las doce de la noche, en la frontera, se arrió la bandera de la Unión Europea y se izó la de la Commonwealth. No hubo fiesta alguna. Solo 800 llanitos (que es como se les conoce a los 34.000 británicos de Gibraltar) votaron en el referéndum de 2016 a favor de la salida de la Unión Europea. La retórica de la resistencia no disipa la memoria de lo que supone una frontera sin libertad de circulación (sobre todo de personas). Todos los mayores de 50 años recuerdan el cierre de la verja, el aislamiento, la necesidad de salir del extremo sur de la Península Ibérica por mar. Y a los niños se les ha transmitido la herida de la memoria. Los gibraltareños pueden vivir de sus ingresos como paraíso fiscal no reconocido, del juego, del contrabando de tabaco, del bunkering petrolero, pero saben que fuera de un mercado único, sin libertad de movimientos para los 14.000 trabajadores que cruzan la frontera cada mañana, la vida será mucho más difícil. La vida sin poder comer, dormir, tomar el sol, residir en España, será mucho más difícil.

Sería exagerado comparar el mestizaje económico, social y cultural que hay entre Gibraltar y el sur de España con las conexiones que se han creado desde 1973 hasta hoy entre el Reino Unido y la Unión. Pero la interdependencia es grande. En los últimos años se ha repetido hasta la saciedad el dato: el 53 por ciento de las importaciones provienen de la UE y el 45 por ciento de las exportaciones del Reino Unido van dirigidas a la UE. El país, fuera de la UE, es una potencia media, sexta economía del mundo con “solo” 66 millones de habitantes en un mundo globalizado. Hace tiempo que las cifras han dejado de significar algo relevante para muchos. Se las responde con el proyecto de nuevo tratado de libre comercio con EEUU y con un futuro acuerdo con Bruselas como el que tiene Canadá. Un acuerdo que tardará años en negociarse (es difícil que se concluya antes del final del período transitorio) y que supondría estar en peores condiciones que las de un socio europeo. El Reino Unido siempre ha sido un socio a la carta, que estaba fuera del euro, y que estaba fuera de Schengen. A partir de ahora Londres controlará, según sus propios criterios, la migración europea. Pero no se puede decir que les haya ido mal con el movimiento de los continentales.

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Sin apearnos del bus amarillo

Fernando de Haro

Tras la pausa navideña, los autobuses amarillos que llevan a los niños a los colegios han vuelto a rodar por las calles de los pueblos y de las ciudades estadounidenses. Algunos no los necesitan porque pueden llegar a clase caminando o porque un familiar los acerca. Pero hay dos millones que no toman el autobús amarillo porque su escuela es su casa. El fenómeno del homeschooling, que comenzó en los Estados Unidos en los años 60, es el método utilizado ya para formar a más de dos millones de personas. Las tasas de crecimiento anuales son altas. Hace 50 años el homeschooling era una expresión de contracultura. Pero cuando en los 70 el Tribunal Supremo decidió eliminar la oración en las escuelas públicas, algunas comunidades cristianas apostaron por la fórmula. Un diez por ciento de los hijos de evangélicos, según algunas estimaciones, forma a sus hijos en el salón. Parecen buscar una opción que aleje a los niños de los peligros de la enseñanza que es para todos. Para salvar la fe, para cultivarla, mejor evitar peligros. Pero la motivación religiosa no es la única, también hay quien prefiere la escuela en casa porque así evita el acoso y un ambiente muy agresivo. Casi desde hace cinco décadas se discute sobre las consecuencias socio-emocionales de la escuela en casa, en la que el ámbito de las relaciones se reduce. Se debate sobre la conveniencia de favorecer opciones que “protegen” la transmisión de los valores en los que se quiere educar. O, por el contrario, la conveniencia de que los chicos verifiquen las hipótesis que les ha ofrecido la familia en un ambiente plural o incluso abiertamente hostil.

El homeschooling ha sido utilizado por parte de la nueva derecha estadounidense como una bandera. Y así Grover Norquist ha defendido que su “ciudadano ideal es un trabajador autoempleado, formado por el homeschooling, con un permiso de portar armas. Esta persona no necesita ningún maldito Gobierno”. Es evidente que las expresiones de Norquist pertenecen a un anarquismo de derechas extremo. El homeschooling, aunque sea invocado por estos radicales, no está bien representado por sus posiciones. No implica necesariamente un desprecio absoluto por el Gobierno o por el Estado, pero sí conecta con un rechazo muy propio de cierta tradición estadounidense solitaria. Una cierta tradición que no acierta a reconocerse en lo común y en unos contenidos educativos y políticos que sean compartibles por todos. La describía ya Tocqueville en su época con unas palabras que podrían haber sido escritas hoy: “veo una multitud de gente formada por hombres iguales y similares (…) viviendo aparte, como extranjeros los unos de los otros. Sus hijos y amigos son para ellos toda la raza humana. Existen para ellos mismos, están solos. Pueden tener todavía una familia, pero ya no tienen un país”.

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Victimización: herramienta del poder

Fernando de Haro

Los movimientos de Trump y de Putin últimamente ilustran a la perfección la “ideología de la victimización” que domina el mundo. Trump ha podido vender la “paz comercial” con China como un gran éxito y Putin ha cesado al Gobierno ruso y puesto en marcha una acelerada reforma constitucional porque vivimos en un mundo de “humillados y ofendidos”. No solo los rusos y los estadounidenses, todos los habitantes del planeta, en este comienzo de los años 20, estamos dispuestos a comprar narrativas y discursos que se aprovechan de un sentimiento de expropiación y desposesión.

Mientras el tercer impeachment de la historia de los Estados Unidos daba comienzo en el Senado (proceso condenado al fracaso de antemano), Trump exhibía una victoria en la guerra comercial contra China, firmando un acuerdo con el viceprimer ministro Liu He. No era la paz definitiva porque Estados Unidos mantiene 360.000 millones de dólares en aranceles, pero Trump ha podido exhibir el compromiso de que China va a gastar más de 200.000 millones de dólares en la compra de productos norteamericanos. Estados Unidos vuelve a ser grande de nuevo, después de haber puesto firme al Gigante Asiático, que con su moneda artificialmente devaluada había conseguido una balanza comercial muy favorable. Todo a costa de la buena industria estadounidense mantenida y sostenida por los buenos estadounidenses.

En realidad, cuando se examinan con detalle las cifras, la victoria no es ni tan clara ni tan rotunda. La guerra comercial de los últimos meses ha causado serios daños a la economía norteamericana. En el verano de 2018, China ya ofreció comprar productos agrícolas y manufacturas por un valor semejante al actual antes de que Trump decidiera subir los aranceles con sus consiguientes perjuicios. Los analistas de Financial Times han sido categóricos: los compromisos de compra por parte de China no significan que se vaya a conseguir reducir el déficit de la balanza comercial, la mayoría de los aranceles se mantiene y el compromiso de lucha contra el ciberespionaje no está en el texto del acuerdo.

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Cuando la moderación no es suficiente

Fernando de Haro

El nuevo Gobierno de España va a ser el tercero de la Unión Europea con populistas de izquierda en su seno. Los dos precedentes provocan que la situación sea bastante inédita. Hasta el pasado mes de julio, gobernó la Syriza de Tsipras en Grecia. Pero el populismo griego se había convertido en los últimos años en un centroizquierda convencional. De hecho, Tsipras ha recurrido a fórmulas económicas ortodoxas. El país ha vuelto a un sistema político bipartidista. El caso de Italia con el Gobierno de 5 Estrellas y de Salvini tampoco se puede tomar como referente. Sería demasiado simplista calificar a 5 Estrellas como un movimiento populista de izquierdas y su “convivencia” con Salvini lo convirtió en un experimento particular.

En España Podemos llega al Gobierno equipado de un contundente aparato ideológico y un pacto con el PSOE que, de aplicarse, supondrá una importante expansión del gasto, una contrarreforma del mercado laboral y una subida de impuestos. El errático Sánchez, desde los primeros pasos, se ha mostrado obsesionado en no perder terreno frente a Podemos, ha nombrado varios ministros económicos de “pura raza” socialdemócrata que bien podrían haber estado en un gabinete de centro-derecha. El líder socialista parece querer recuperar la buena consideración que tenía entre los líderes europeos (en especial de Macron) antes de aliarse con Iglesias.

La mala experiencia del socialista-pre-populista Zapatero está muy viva. El anterior presidente socialista, en plena crisis, se vio obligado a reformar de urgencia la Constitución para evitar una crisis del euro después de haber disparado el déficit. En materia económica, es previsible que haya muchas escaramuzas, que el mercado laboral se haga más rígido, que el desequilibrio de las cuentas públicas vuelva a aumentar de forma significativa, que ciertas subidas de impuestos provoquen miedo entre los inversores. El tiempo que Podemos y PSOE estén en el Gobierno retrasará las reformas educativas y estructurales que permitirían caminar hacia una mayor modernización. Reformas que el PP tampoco acometió con decisión, en parte porque la crisis le comió la agenda. Pero no es difícil imaginar, como ha sucedido en Grecia y en Italia, que Bruselas actuará como salvaguarda contra grandes desmanes.

Otra cosa distinta es el ámbito de las políticas ideológicas, identitarias y antropológicas. El apoyo del independentismo catalán de ERC segmentará, como ya lo está haciendo, al Gobierno hacia unas políticas de identidad territorial que rozarán los límites constitucionales. Quizás los sobrepasen. Pero el identitarismo no se acaba en la cuestión catalana.

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Identarismos tóxicos

Fernando de Haro

El debate de investidura de Sánchez ha dado protagonismo a varios identarismos de signo tóxico. Son estos identarismos los que van a marcar lo que dure la legislatura que se inicia. El empeño del candidato socialista de gobernar no buscando el apoyo del centroderecha del PP y del centro liberal de Ciudadanos supone pagar un alto precio. El coste más caro, no suficientemente indicado en el marasmo de los últimos días, es que aquellas formaciones que basan su discurso en una identidad excluyente acceden a importantes cuotas de poder. La socialdemocracia del PSOE, caracterizada desde la transición a la democracia por un proyecto modernizador y europeísta para toda España, se diluye en beneficio de la posición independentista catalana y vasca, en beneficio del populismo de izquierda de Podemos.

Sánchez ha estado obligado a normalizar las posiciones de ERC. A cambio de la abstención del independentismo, el socialismo ha asumido como propias tres posiciones de una concepción de la identidad catalana excluyente: la definición de lo que sucede en Cataluña como un conflicto político, la necesidad de que no intervengan las autoridades judiciales y la creación de una mesa de negociación bilateral que desvirtúa a los organismos de representación de la soberanía (el Congreso y el Parlamento de Cataluña). Solo si acepta que el modo normal de ser de los catalanes es semejante al de los irlandeses del norte, que han sufrido la “ocupación británica”, tiene sentido utilizar el término conflicto. Solo si se entiende que ser catalán significa tener una identidad que excluye la española, se reivindica y se asume la necesidad de que los jueces suspendan la aplicación de las leyes que garantizan la soberanía de todos los españoles (la aplicación de las leyes se llama ahora “judicialización"). Solo así se entiende, en fin, la creación de una mesa bilateral de negociación entre el Gobierno de España y el Gobierno de Cataluña con una agenda de asuntos de los que constitucionalmente no se puede disponer.

Sánchez, sin haber firmado un acuerdo con Bildu, a cambio de su abstención ha tenido que normalizar el identarismo excluyente de un independentismo vasco que justificó la violencia. El blanqueo de Bildu es pasivo. A cambio de su abstención, el socialismo español no combate el discurso de una forma de concebir la identidad vasca que no ha abjurado del terrorismo. Bildu, al no haber pedido perdón por los 900 asesinatos de ETA, formación de la que es heredera, asume que para ser vasco, para liberarse del yugo que suponía y supone España, hubo un tiempo cercano en el que era necesario recurrir a la violencia. El identarismo en este caso es tan excluyente que contempla la aniquilación del otro. Aceptar este discurso supone dar un paso atrás en la tarea de construir un relato preciso de lo que pasó en el País Vasco durante décadas. Bildu nunca permitirá que se cuente la verdadera historia de ETA, lo que supone condenar a los vascos a vivir en la mentira.

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Ya veremos si los años 20 empiezan

Fernando de Haro

Empiezan en estas horas los años 20 del siglo XXI. ¿Comienzan de verdad? A pesar de lo que diga el calendario, no es algo automático. En el ya lejano 1956 James Baldwin, el provocador activista y en muchos aspectos genial escritor estadounidense (que ha vuelto a recuperar cierto protagonismo con el documental ‘I am not your negro’), mantenía una sugerente polémica con William Faulkner. En 1954 el Tribunal Supremo de Estados Unidos había emitido su histórica sentencia contra la segregación en las escuelas de blancos y negros. Faulkner, que reconocía la tremenda injusticia de la separación, defendió la necesidad de “ir despacio” para desmontarla. En un vibrante artículo (titulado “Faulkner and desegregation”) Baldwin le responde y escribe una de sus mejores páginas refiriéndose al significado de la palabra cambio y a las reacciones que provoca. “Todo cambio -escribe el ensayista negro- verdadero lleva implícita la ruptura del mundo tal y como siempre lo hemos conocido, la pérdida de todo lo que nos ofrecía una identidad, el fin de la seguridad”. “En semejante momento -añade-, incapaces de ver y no atreviéndonos a imaginar lo que el futuro nos acarrea, nos aferramos a lo que ya sabíamos o creíamos saber, a lo que poseíamos o soñábamos poseer”.

La descripción de la perplejidad y de la inseguridad provocadas por el cambio que hace Baldwin es totalmente aplicable a las reacciones que vemos ante la globalización, ante la crisis de los fundamentos de la cultura y de la democracia occidental que ya “creíamos saber. La inflación de soluciones identitarias y soberanistas del 2019 que dejamos atrás tiene mucho que ver con el agarrarse a lo que soñábamos poseer”. Pero esta respuesta, apunta Baldwin, es una forma de esclavitud. “Solo cuando un hombre -apunta- es capaz de abandonar, sin amargura o autocompasión, un sueño que por largo tiempo ha acariciado, o un privilegio por largo tiempo poseído, es que se ha liberado, se ha liberado a sí mismo, para concebir sueños más elevados, para alcanzar privilegios mayores”. La liberación, indica con precisión el neoyorquino, no es mantener lo ya conquistado o poseído, sino lo nuevo, lo que permite elevarse a una nueva posesión. En este caso la mezcla de blancos y negros. Y remata Baldwin: “todos los hombres han pasado y pasan por esto, cada uno según su categoría, a lo largo de sus vidas”. No es solo un proceso histórico, es un proceso personal. O mejor, porque es un proceso personal es un proceso histórico.

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De Jerusalén a Belén

Fernando de Haro

Se levantan mucho antes de que amanezca, antes de que el sol en amanecida tiña de rojo las piedras blancas con que todo está construido en Tierra Santa. Comienzan a llegar estos días los peregrinos, sobre todo de Asia, a la explanada de la Basílica de la Natividad antes de las cinco de la mañana. Ya hay alguien vendiéndoles té o café. Vienen, como dice Francisco, a “sentir, a tocar, la pobreza que el Hijo de Dios eligió para sí mismo en su encarnación”. Son los nuevos pastores que corren a Belén, muchos de ellos llegados de un Oriente lejano, “contemporáneos del acontecimiento que se hace vivo y actual en los más diversos contextos históricos y culturales”. Paradojas del momento, a los que vienen de lejos, de mundos diversos, se les deja pasar a ver el lugar en el que ese “modo de actuar de Dios que casi aturde (...) porque duerme, toma leche de su madre, llora y juega como todos los niños”. Los que están cerca, a una hora y media de coche, tendrán que mirar las figuritas de los belenes que se han instalado en la parroquia católica de la Sagrada Familia y la parroquia ortodoxa de San Porfirio en el centro histórico de Gaza. Quedan ya menos de 1.000 cristianos en la Franja y algunos de ellos habían pedido esta Navidad salir por el paso de Erez pero no podrán hacerlo.

Los peregrinos hacen largas colas antes de la Basílica de la Natividad. Ha habido que ampliar el horario, hasta las ocho de la tarde. El año se cerrará con más de tres millones de peregrinos, lo que supone un crecimiento del 17 por ciento respecto al año pasado. Hay ya 12.000 camas disponibles para pasar la noche en ese pequeño pueblo en el que nació Jesús, aislado del resto del mundo por un muro vergonzoso que se sigue extendiendo por Cisjordania para construir la Gran Jerusalén. No hace muchos años solo había 2.000 camas. Se ha seguido trabajando en este tiempo junto al pesebre de María para recibir a los peregrinos. Una buena noticia cuando los datos de emigración de cristianos siguen siendo altísimos, cuando la expresión un territorio-dos Estados es ya retórica, cuando no hay –ni se le espera– proceso de paz y cuando las terceras elecciones en Israel seguirán dándole la llave de la gobernabilidad a Liberman, defensor de una política durísima no solo con los asentamientos, también con los árabes-israelíes. La noticia de los peregrinos es una noticia importante cuando la presión de los grupos judíos como Ateret Cohanim sigue trabajando para limitar la presencia cristiana en Jerusalén.

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Es la confianza, la confianza

Fernando de Haro

Johnson es un histrión, un político con muchas dosis de oportunismo, pero no es tonto. Y en su primer discurso frente al número 10 de Downing Street, después de visitar a la reina, hizo un llamamiento a la unidad y expresó su deseo de que el Reino Unido se cure de la discusión árida sobre el Brexit. Parte de esa discusión la ha protagonizado él mismo. Johnson sabe que la mayoría absoluta de 365 diputados no significa ni una victoria rotunda de los partidarios del Brexit ni va a cerrar las heridas de una sociedad profundamente fracturada.

La amplia mayoría que han obtenido los conservadores en Westminster tiene varias causas. El sistema electoral mayoritario del país da un plus de representación a los ganadores. Corbyn ha llevado al Partido Laborista al mayor de los desastres conocidos desde los años 80: ha perdido apoyo en el centro y el norte de Inglaterra, donde tradicionalmente tenía su reserva de votos. Las opciones excesivamente izquierdistas del líder laborista no han conectado con las nuevas preocupaciones de su electorado. El “Get Brexit Done” de Johnson sin duda ha sido decisivo. Pero no ha sido la única variable. Los conservadores han ganado más de seis puntos por el apoyo de los partidarios de abandonar la Unión Europea que no les habían votado antes. Los laboristas han perdido diez puntos de los brexiters que les han abandonado. Pero no todos los votantes conservadores necesariamente son brexiters ni todos los laboristas son remainers. Admitamos, por un momento y para simplificar, que fuera así y que las elecciones hubieran sido un referéndum El voto popular de Johnson es del 43,6 por ciento, apenas un punto más que en 2017 cuando los conservadores obtuvieron un 42,4 por ciento. Probablemente un nuevo y auténtico referéndum arrojaría una nueva división entre dos partes casi iguales.

Unidad. Recuperación de los vínculos. Johnson sabe que ese es el reto. Unidad de Escocia con el resto del Reino Unido. De Irlanda del Norte. Recuperar los vínculos de Londres con el norte de Inglaterra, de las diferentes clases sociales y de los británicos con la realidad. De esto último es de lo que menos se habla.

La crisis territorial de Escocia es inminente. El SNP (el partido nacionalista escocés) ha obtenido una aplastante victoria y sus líderes ya están reclamando un nuevo referéndum. ¿Si el Reino Unido se separa de la Unión Europea, por el resultado ajustado de un referéndum, por qué no va a derogarse el Acta de la Unión de 1707 que hizo de Escocia parte del Reino Unido con otro referéndum? El virus de la fractura. Y habrá que ver qué sucede en Irlanda del Norte, donde los partidos nacionalistas (remainers) han obtenido más escaños que los unionistas.

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Es la confianza, la confianza

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Demasiadas suposiciones

Fernando de Haro

La crisis de la OTAN resuelta. Al menos momentáneamente. Por elevación. Los desacuerdos entre Estados Unidos y Europa se han querido solventar apuntando al riesgo que supone China. La OTAN es más que una organización militar. Es el símbolo de un mundo en el que la cultura occidental estaba todavía en pie para hacer frente al totalitarismo y a las amenazas contra el mundo libre.

Trump y Macron, aunque enfrentados, cada uno a su manera, han denunciado en los últimos meses que la Organización tiene serios problemas. Está en crisis ciertamente la estrategia de defensa. Pero también el acuerdo tácito entre Estados Unidos, los países del Oeste y del Este de Europa para defender los valores que sustentaron las democracias liberales. De esto no hablan los líderes. Turquía en realidad nunca participó en esos valores. Y ahora la OTAN parece buscarse una cierta unidad en torno a una nueva frontera, no física, pero sí económica, tecnológica, y por supuesto antropológica. ¿Hay todavía algo común en el terreno de los ideales entre los que siguen siendo formalmente aliados? ¿Hay algo que pueda mantenerlos unidos? ¿Qué respuesta tiene, tenemos, al reto que supone un capitalismo de Estado como el chino en el que el valor del yo no puede darse por supuesto?

La cumbre de Londres amenazaba fracaso. Trump está convencido de que los socios europeos son unos aprovechados porque siguen sin pagar la fiesta que le proporciona el ejército más caro del mundo. Y Macron había dicho en The Economist aquello de que la organización está en coma cerebral y que es necesario impulsar un proyecto de seguridad europea. Razón no le falta. No hay estrategia común para hacer frente al yihadismo en el Sahel ni en Siria. La Organización sigue siendo necesaria para contener la amenaza de Rusia en Europa del Este. Pero Turquía se ha aliado con Rusia para ganarle terreno a los kurdos y los alemanes dependen del gas ruso. De momento Estados Unidos y Europa, especialmente Francia, se han reconocido en la amenaza que supone el desarrollo armamentístico chino y las inversiones del Gigante Asiático en el Ártico, en África, y en sectores estratégicos de la economía del Viejo Continente así como en el desarrollo de la tecnología del 5G.

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