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20 MARZO 2019
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Nacionalismo del bienestar

Fernando de Haro

Ha sido en el campo de refugiados, ahora campo de detención, de Mòria. Francisco avanzaba lentamente sin que el servicio de seguridad le permitiera acercarse a un grupo de sirios que levantaban pancartas pidiendo ayuda y libertad. Una mujer de mediana edad conseguía sortear los controles y caía de rodillas ante el Papa. Entre lágrimas, lágrimas a tragos, le contaba su historia. Francisco no podía entender los detalles porque el traductor se había quedado atrás. Pero en silencio, en el lenguaje universal del sufrimiento, una y otro se entendieron.

La visita del Papa a Lesbos corre el peligro de ser interpretada como lo fue aquel grito de Juan Pablo II ante la segunda guerra de Iraq. “No a la guerra”, clamaba Juan Pablo. “Hemos venido para llamar la atención del mundo, para que se responda de una forma digna a vuestra situación”, ha asegurado Francisco en Lesbos. “¿Qué va a decir el Papa?”, se preguntaban muchos en 2003 antes de que las bombas empezaran a caer. La misma pregunta reaparece. Es lógico que los papas lancen mensajes espirituales, hablen de caridad y solidaridad. Pero luego hace falta “construir historia”. Hace 13 años, en nombre del realismo histórico, se llevó a cabo una intervención que desestabilizó todo Oriente Próximo. Se había creado un cierto consenso internacional sobre la necesidad de quitar de en medio a Sadam Hussein. Iraq es ahora un estado fallido, el baazismo ha desparecido y no pocos cuadros del sunismo se han pasado al Daesh.

El consenso sobre los refugiados, al menos desde el pasado mes de marzo, ha cambiado en el seno de la Unión. El Consejo Europeo ha querido, con el acuerdo de Turquía y con las expulsiones, frenar el efecto llamada. Ya en marzo, tras el cierre de las fronteras en los Balcanes, la llegada de inmigrantes a Alemania se redujo drásticamente. Merkel manda porque Alemania es la que más ha acogido. Y en política de refugiados no hay, como en política monetaria, un Draghi dispuesto a seguir inyectando liquidez en el sistema a pesar de las protestas del gobierno alemán.

Desde el pasado verano ha habido un giro y, con la canciller, buena parte de la intelligentsia y de los medios de comunicación ya están de acuerdo en que, tras el entusiasmo inicial, hay que poner orden. Y el orden incluye apoyarse en Turquía, socio siempre viscoso, socio de las mil caras que pacta con Europa y que también se muestra condescendiente con el Daesh.

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Nacionalismo del bienestar

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EncuentroMadrid: más allá de occidentalismos (de museo)

Fernando de Haro

Europa: un nuevo inicio. Ese es el título de la nueva edición del EncuentroMadrid que la gente de Comunión y Liberación celebra en la Casa de Campo esta semana. La primera fue en 2003, o sea que la cosa va cogiendo solera. Asociar la expresión “nuevo inicio” a Europa supone, cuando menos, sugerir que la inercia de la tradición institucional, cultural e incluso política del Viejo Continente es insuficiente.

No sé si los organizadores han sido conscientes. Al elegir un lema que habla de la necesidad de otro comienzo se alejan de una sensibilidad muy extendida. Aquella que, de un modo consciente o inconsciente, piensa en Europa como una especie de refugio de bienestar y de civilización. Una suerte de Gran Suiza, el mejor de los mundos posibles, en medio de mercados globales, grandes corrientes de refugiados y terceras guerras mundiales por fascículos. Buena parte de los últimos brotes de nacionalismo y de populismo son una forma de protesta porque Europa no haya sabido permanecer al margen de la historia. Parecen reclamar como una virtud el defecto que denunciaba Octavio Paz en 1983 con precisión hiriente. Querrían que el Viejo Mundo se “repliegue sobre sí mismo y consagre sus inmensas energías a crear una prosperidad sin grandeza y a cultivar un hedonismo sin pasión y sin riesgos”.

El programa es sencillamente irrealizable. Ha aparecido un mundo “posteuropeo” que está fuera y dentro de Europa. El arco temporal que comenzó con Colón y Juan Sebastián Elcano se ha cerrado. A comienzos del siglo XX la población europea representaba algo más del 25 por ciento de la población mundial, hoy solo es el 8 por ciento. El PIB de China, medido en poder adquisitivo paritario, ha superado al de Estados Unidos. En los años 90 Europa ganaba el 72 por ciento de las votaciones en Naciones Unidas. Ahora es China la que vence en el 74 por ciento de las ocasiones y Europa solo en el 50 por ciento. El centro de gravedad del mundo se ha desplazado en términos políticos, militares y económicos hacia el eje Asia-Pacífico.

Los optimistas subrayan que el mundo posteuropeo es mucho más europeo de lo que se cree. Sería prueba de ello el hecho de que nuestras grandes conquistas –el mercado, la democracia basada en ciertos principios, la racionalidad científica hija de la secularización y la técnica- se han convertido en señas de identidad mundiales en el siglo XXI. Este occidentalismo, construido con muchas dosis de ingenuidad, sostiene que el Espíritu en su camino ascendente por la escalera de la historia ha consolidado y convertido en universales los valores de la Ilustración.

Todos los datos fuera y dentro del Viejo Continente apuntan en otra dirección. La desigualdad amenaza la eficacia del mercado. La democracia es cuestionada. La razón, encerrada en un búnker desde hace siglos, cada vez tiene menos confianza en sí misma. Curiosamente la ciencia, más humilde que nunca y más dispuesta a reconocer los diferentes caminos del conocimiento, es el saber más abierto. Pero la separación entre Iglesia y Estado, promovida por el cristianismo y solo materializada efectivamente 18 siglos después de su aparición, se ve amenazada por la extensión de nuevas y viejas experiencias religiosas que vuelven a intentar sacralizar al poder. Cierto miedo a la libertad y al otro son síntomas de que el edificio occidental de las luces se ha quedado vacío y amenaza ruina.

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EncuentroMadrid: más allá de occidentalismos (de museo)

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Europa necesita signos

Fernando de Haro

No conviene repetir, con los atentados de Bruselas de la semana pasada, el mismo error cometido en 2004 en España. No conviene aceptar la transferencia de culpa que, como una onda expansiva, siempre acompaña al terrorismo. Esa transferencia que pretende convertir a las víctimas en verdugos. No hay más responsables del mal cometido que los yihadistas, nihilistas muchos de ellos nacidos y crecidos ya en Europa, asesinos que adoran al becerro de una nada sangrienta.

Pero con dolor tenemos que aceptar que no hemos estado a la altura del desafío del terrorismo. Ni en el plano de la inteligencia, ni en el policial, ni en el militar, ni en el cultural.

Es evidente que la célula terrorista que golpeó en Bruselas es la misma que golpeó en París. Dos hechos dejan poco lugar a dudas: el hallazgo de un plano de Zaventem en el apartamento de Atenas de Abdelhamid Abaaoud, el cerebro de los ataques de la capital francesa; así como la identificación de Najim Laachraoui, segundo suicida del ataque en el aeropuerto, implicado también en los atentados del pasado noviembre.

Frente a una amenaza global - terroristas que van y vienen a Siria, yihadistas que viajan entre las capitales europeas– la dinámica de los Estado-nación en el seno de la Unión nos deja indefensos. Los fallos en los sistemas de seguridad belgas y holandeses son evidentes. Ibrahim el Bakraoui, otro de los suicidas, fue extraditado de Turquía a Holanda y de ahí pasó a Bélgica sin que nadie se ocupara de él. La policía belga, tras detener a Salah Abdeslam, en búsqueda durante casi cinco meses por la matanza de París, solo le interrogó durante una hora.

La torpeza belga y la falta de cooperación con Francia son la punta del iceberg de un gran déficit de coordinación reconocida por los ministros de Interior reunidos en Bruselas el Jueves Santo. Algunos hablan de la necesidad de crear un FBI europeo. Habría que dar muchos otros pasos antes. El primero y elemental es que se comparta la información entre los diferentes servicios de inteligencia. Una vez más se pone de manifiesto la debilidad política de Europa para hacer frente a los retos del siglo XXI. La golpeada Bruselas, eficaz en las políticas de control de la competencia y capaz de poner en marcha una política agraria, se muestra impotente ante la crisis del euro, la de los refugiados y ante los desafíos del yihadismo. Se expresa en lenguaje nacional mientras que los acontecimientos y los mensajes que nos golpean tienen código global.

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Europa necesita signos

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Siria, socio de la Unión Europea

Fernando de Haro

¿Por qué no abrir negociaciones para que Siria sea el socio número 29 de la Unión Europea? ¿Por razones geográficas? Siria está en Oriente Próximo. También Turquía. ¿Por razones culturales? Siria es un país de mayoría musulmana. Turquía también y no cuenta con una minoría cristiana significativa como la que sí hay en Alepo, Damasco o Homs. ¿Por razones políticas y de derechos humanos? Siria está bajo un régimen dictatorial que no respeta las libertades. ¿Y es Turquía acaso un país democrático? Si vamos a facilitar los visados a los turcos, ¿por qué no dárselos a los sirios?

La propuesta para que Siria entre en la Unión Europea (solo una provocación) nos evitaría poner en marcha el acuerdo al que llegaron los 28 con Turquía el pasado viernes. El acuerdo por el que se va a expulsar a los refugiados que lleguen a las costas griegas. Si Ulises volviera a ser lanzado a las costas de la isla de los feacios, desnudo y desprovisto de todo, hoy ya no habría una bella princesa como Nausica para acogerlo, ya nadie pronunciaría las palabras que Homero pone en sus labios: “puesto que te hallas en nuestra ciudad y tierra, no temas carecer de vestidos ni de nada que necesites, en semejante trance, suplicante” (Odisea VI, 190 y ss).

El sagrado deber de hospitalidad -tratar con respeto y acoger al suplicante es el modo de ganarse el favor de los dioses- con el que se inaugura Europa hace 3.000 años ahora queda muy relativizado o desaparece.

El acuerdo con Turquía está destinado a quedar en papel mojado o a incumplirse. Para evitar la flagrante vulneración del derecho internacional que supone una deportación masiva, el compromiso alcanzado en Bruselas contempla la fórmula de la expulsión individual a un país seguro (Turquía). Fórmula que la semana pasada avalaba el Tribunal de Justicia de la UE. Para que se cumpla la ley es necesario que se examine cada caso, que se produzca una resolución administrativa y que el solicitante pueda recurrir ante un juez, en este caso un juez griego. La Unión fue incapaz de poner en marcha los hot posts (puntos calientes) que debían servir para identificar a los refugiados y distribuirlos según las cuotas acordadas y nunca cumplidas. Si no se consiguió poner en pie aquella fórmula, tampoco se va a poder cumplir con los requisitos que implica una expulsión individual realizada conforme a derecho.

Turquía, además, es un aliado complicado. Vamos a pagarle 3.000 millones ahora, otros 3.000 millones después, a facilitar la tramitación de visados y a abrir un nuevo capítulo de su adhesión a la UE. El dinero llegará, pero es muy probable que las otras promesas tampoco se cumplan. En cualquier caso, lo significativo es que Europa “subcontrata” a Turquía parte de la gestión de la crisis. Una Turquía que, desde que empezó la guerra hace cinco años, ha sido más que ambigua. Turquía ha bombardeado posiciones del ISIS, sí, pero al tiempo ha bombardeado posiciones kurdas. Turquía ha apoyado a los occidentales, pero al tiempo ha dejado pasar a través de sus fronteras a todos los europeos que han querido sumarse a las filas del Daesh. Ha dejado pasar también las columnas de camiones cargados de petróleo, contrabando con el que los yihadistas se financian (2.000 millones de dólares al año según estimaciones israelíes).

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Siria, socio de la Unión Europea

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Solución Monti

Fernando de Haro

Rajoy puede (debe) adoptar la solución que Giorgio Napolitano arbitró en 2011. O alguna parecida. Si España fuese una república, si el artículo 99 de la Constitución diera más facultades al monarca para encargar la formación de Gobierno, si Felipe VI no tuviera una hermana sentada en el banquillo, si se pudiera equivocar sin comprometer la Jefatura del Estado en una situación tan complicada como la que estamos, si todo eso ocurriera la negativa del PP y del PSOE a abstenerse para formar un Ejecutivo podría solucionarse con el encargo, hecho desde fuera del sistema de partidos, para que “un hombre bueno” asumiera la presidencia. Apoyado, eso sí, por las tres formaciones lealmente constitucionales que suman 253 diputados de 350.

El tiempo no arregla por sí solo las cosas ni tampoco las arreglan unas nuevas elecciones. Como hemos visto en las dos últimas semanas, con investidura y postinvestidura, todo es susceptible de empeorar. Pedro Sánchez necesitaba ganar terreno frente a los suyos y lo ha hecho a costa de reforzar el cordón sanitario. Rajoy también repite discursos de refuerzo interno que le distancian cada vez más de los socialistas y de Ciudadanos. Se defiende de los 130 diputados que suma el pacto Sánchez-Rivera, que son más que sus 123. Y Albert Rivera ha dejado muchas heridas al acusar al líder de los populares de poner en jaque al Rey. El enrocamiento es creciente.

Ya que no hay presidente de la república, Rajoy puede hacer sus funciones. El gallego pregunta una y otra vez en sus mítines: ¿cómo le voy a explicar a mis votantes que mi partido, que yo, que he ganado las elecciones, no vamos a gobernar y vamos a facilitar un gobierno que no sea del PP? Pues como se explican todas las cosas: desde el principio. “Queridos amigos ha llegado la hora de hacer un gran sacrificio, de que vosotros hagáis un gran sacrificio, y de que yo lo haga con vosotros. Por mí no va a quedar. Siempre he sido un hombre razonable, siempre he puesto el bien de España por encima de todo, y sé que vosotros también sabéis hacerlo cuando es necesario. Así que he decidido renunciar a presidir el Gobierno. Para facilitar un acuerdo con el PSOE y Ciudadanos. Para hacer posible esa gran coalición que necesita España, preferida por el 37,5 por ciento de los españoles según los sondeos. Vengo a proponer que el independiente tal sea presidente y que formemos un Gobierno de varios colores”. Los asesores de Moncloa no tendrían dificultad alguna en escribir algo así o incluso más convincente.

El país necesita Gobierno. En una coyuntura internacional que cada vez plantea más dudas sobre la recuperación económica, cuando la lista de reformas pendientes es kilométrica y mientras el proceso secesionista en Cataluña avanza, es una frivolidad pensar que senza governo, meglio. Antes de la investidura, el 50 por ciento de los votantes del PP, según un sondeo, quería que su partido se abstuviera para facilitar la formación de Ejecutivo. Aunque según GAD 3, en una encuesta de esas mismas fechas, el escepticismo era grande: el 53 por ciento no creía que el acuerdo se fuera a cerrar. Sin duda el escepticismo ha aumentado.

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Solución Monti

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Refugiados: no es imposible

Fernando de Haro

Horas antes de que comenzase la Cumbre Extraordinaria de la Unión Europea y Turquía, dedicada a la crisis de los refugiados, Francisco expresaba su admiración por la iniciativa de corredores humanitarios puesta en marcha en Italia. La iniciativa tiene un origen ecuménico, en ella participan católicos, y miembros de las iglesias evangélicas, metodistas y valdenses. La referencia del Papa era mucho más que una consideración piadosa en favor del entendimiento entre las iglesias. Señalaba una solución, un modelo que sirvió para solucionar anteriores crisis humanitarias como la de los Balcanes en los años 90 del pasado siglo, o la de Vietnam, Camboya y Laos en la primavera de 1975.

El corredor humanitario puesto en marcha en Italia por entidades de la sociedad civil, en colaboración con el Gobierno italiano, ha permitido a un centenar de solicitantes de asilo, entre ellos 40 menores, volar directamente desde campos de desplazados del Líbano hasta Europa con los papeles en regla. Al país de los cedros habían llegado desde Homs, Alepo y Damasco. El viaje directo les ha evitado caer en manos de las mafias. Antes de salir han sido identificados claramente como refugiados y no como inmigrantes económicos. Parece poca cosa cuando hablamos de un gran éxodo de cientos de miles de personas, pero la fórmula puede ser utilizada a gran escala.

Afrontar la crisis de los refugiados, a pesar de todo lo sucedido en los últimos meses, no es imposible. Requiere que Europa sea Europa, que reaccione con fidelidad a su historia y que recupere la inteligencia que parece haber perdido en los últimos diez meses.

Sobre el terreno se aprende mucho. Por ejemplo, en el barrio armenio de Burj Hamud en el Líbano. El barrio se formó tras el gran genocidio de hace cien años, cuando los jóvenes turcos decidieron hacer la primera limpieza étnica de la edad contemporánea. En Burj Hamud las familias y los amigos de los armenios de Alepo y de otras ciudades sirias han divido sus casas y sus apartamentos. Donde antes vivían cuatro personas ahora viven ocho. En todo el Líbano ha sucedido algo similar. Es la guerra, son las consecuencias de un conflicto en el que millones de personas han perdido sus casas. No se puede seguir viviendo como se vivía antes. En los centros sociales de los armenios, los recién llegados y los que llevan meses te piden que les ayudes a conseguir un visado.

No es necesario llegar a dividir todos los apartamentos de todas las ciudades de Europa como han hecho en Burj Hamud, pero sí darles un visado a los que sean realmente refugiados para que no emprendan un viaje a través de Turquía, de Grecia y de los Balcanes, controlado por las mafias y de éxito improbable. Un viaje así fomenta los abusos, el tráfico de pasaportes, la contaminación terrorista, la xenofobia, el fin de Schengen y la libre circulación de personas dentro de la Unión. La mala solución de la crisis de los refugiados es tan nociva para Europa como la mala gestión de la crisis del euro.

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Refugiados: no es imposible

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Pasar página y algo más

Fernando de Haro

Debate de investidura. Esta semana se celebra la investidura más extraña que se haya conocido desde que el país recuperó la democracia. El candidato es Pedro Sánchez, el secretario general de los socialistas. Lidera la segunda fuerza tras las elecciones del pasado 20 de diciembre. Sabe que no tiene los apoyos necesarios. Rajoy, el líder que ganó los comicios, ha declinado el encargo del Rey y ha perdido la iniciativa. El pacto del PSOE con Ciudadanos ha convertido al PP en partido de oposición, le ha hecho perder el centro y le ha convertido en formación del no. Ser del partido del no en cualquier ámbito de la vida es poco conveniente, pero en política suele llevar aparejada una desventaja mayúscula.

El pacto insuficiente del PSOE con Ciudadanos ha tenido la inmensa virtud de haber dejado a Podemos fuera de juego y de haber centrado a Sánchez, al menos algunas semanas. Pero se ha planteado de un modo que hacía imposible sumar al PP. Tiene su lógica que el partido más votado no facilite un Gobierno del segundo con el cuarto. Mientras Ciudadanos le pedía la abstención al PP, el PSOE insistía en que su pacto tenía como objetivo acabar con todo lo que el PP significa.

Han pasado once semanas escasas desde las elecciones. Un tiempo que a muchos nos parece excesivo pero que en realidad es breve para encajar un nuevo sistema de partidos. Porque eso es lo que ha sucedido: una mutación del sistema de representación. El debate y la votación de esta semana es solo una primera vuelta. La que cuenta es la segunda, esperemos que no haya tercera. Esa segunda vuelta de la investidura se producirá, con toda probabilidad, tras unas nuevas elecciones a finales de junio.

Todos somos lentos en aprender. Esperemos que de cara a la segunda vuelta los tres partidos constitucionales (PP, PSOE y Ciudadanos) hayan aprendido que en el nuevo contexto la política de mutua exclusión no va a ningún lado. Ciudadanos, que es nuevo, lo trae en su ADN. El PSOE tendrá que olvidarse de sus cordones sanitarios contra el PP. El PP del sueño de una hegemonía, fuente de prepotencia, como la que tuvo entre mayo de 2011 y mayo de 2015 (controló casi todas las instituciones).

Es conveniente que unos y otros dejen, cuanto antes, de hacerse daño. Es el momento de eso que los anglosajones llaman “move on”, pasar página en romance. Lo que implica seguramente cambiar personas, pero sobre todo cambiar de actitud. Por tres razones:

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Pasar página y algo más

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Dos meses para aprender cómo

Fernando de Haro

Se suceden las rondas de negociaciones para conseguir la investidura de un presidente del Gobierno de España sin que haya sustanciales avances. Se cumplen dos meses de declaraciones y reuniones desde que se celebraran los comicios. Los más de quince días que restan para la primera votación se antojan una suerte de tortura para la opinión pública, cansada de gesticulación política. Nadie tiene los apoyos necesarios para formar Ejecutivo, todo el mundo dice querer seguir intentándolo sin que los vetos puestos el 20 de diciembre se levanten. Salvo sorpresa de última hora, el PSOE no va a obtener los apoyos que necesita. Rajoy dice que todavía quiere intentarlo, pero tampoco le salen las cuentas.

Tanto si hay nuevas elecciones el próximo 26 de junio como si de forma imprevista se evitan, lo verdaderamente conveniente es que esta sea ocasión para aprender. Para no seguir dándose con la cabeza en la pared que deja el callejón sin salida.

Desde que el 15M tomara la Puerta del Sol hace cinco años se han puesto en evidencia, de forma creciente, los límites de la democracia española. Los refiere bien Tom Burns en su reciente libro "De la fruta madura a la manzana podrida". La transición fue un éxito, pero tuvo sus límites. El Gobierno largo de Felipe González(1982-1996) creó un sistema de partido único cuando las nuevas instituciones estaban demasiado tiernas. La alternancia de la derecha se produjo demasiado tarde. Aznar no supo ni pudo impulsar la renovación necesaria para superar la partitocracia y el distanciamiento político de la vida social. Las inercias siguieron su curso. Y se convirtió en hábito, entre las dos formaciones mayoritarias, considerar al otro más como enemigo que como adversario. La dinámica de la enemistad se ha trasladado desde el poder a los ciudadanos cada vez que se ha producido un cambio de turno: 1996, 2004 y 2011.

El cuadro de una democracia débil se completa con otros factores: una sociedad civil enclenque; una mentalidad estatalista que es más dañina entre la gente que en la Administración; una clase empresarial demasiado obsesionada por el corto plazo y poco dispuesta a contribuir con el bien común, y una intelectualidad generalmente poco libre y poco creativa y demasiado dispuesta a enarbolar la bandera de la confrontación que otros ponían en sus manos.

No sería deseable que el período que España comenzó en Navidad se terminara, por una carambola, con un Gobierno populista. Pero tan negativo como contar con un Ejecutivo radical sería no aprender de la situación creada por las urnas.

Podemos es un aviso serio. Va a seguir creciendo. No es inteligente crear un cordón sanitario en torno al populismo. El partido de Pablo Iglesias señala lo que requiere una atención urgente: la desigualdad creciente; el sistema de partidos agotado por la corrupción y por su aislamiento de los ciudadanos; la falta de sinceridad y de verdad en la vida pública; un sistema educativo con poca capacidad de desarrollar capacidades críticas. La política se hace religión y se identifica con las cuestiones de sentido cuando las cuestiones de sentido son censuradas.

La dialéctica del enemigo, protagonizada por los partidos mayoritarios, está agotada. La incapacidad para formar un Gobierno fiel a la Constitución cuando PP y PSOE cuentan con una mayoría amplia en el Parlamento, y cuando hay un cuarto (Ciudadanos) dispuesto a apoyarlos, certifica el fin de ciclo.

Los españoles, lo dicen las encuestas, quieren que Rajoy y Sánchez no se presenten a las elecciones. Representan el veto mutuo. Los líderes más valorados son los que subrayan la necesidad del sumar. Identificar qué cambiar en el sistema democrático y en su relación con la sociedad civil requiere, desde luego, mucha conversación. Pero en los dos últimos meses se ha hecho evidente cómo conseguirlo. Ni la izquierda puede pretender llevar razón cuando le echa la culpa a la derecha, ni la derecha la lleva cuando hace lo mismo. Nunca hasta ahora era tan necesario un cambio de líderes y un cambio de método. El cambio solo se puede promover con el otro.

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Dos meses para aprender cómo

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Guerra Fría

Fernando de Haro

Putin lo ha conseguido. Ha conseguido una llamada telefónica de Obama para hablar de la guerra de Siria, una conversación que le convierte a los ojos del mundo, y sobre todo a los ojos de los rusos, en el segundo líder planetario. ¿Por qué no considerarlo el primero? A fin y al cabo los presidentes norteamericanos tienen que someterse a unas humillantes elecciones y a los ochos años suele acabarse su mandato.

Una parte importante de lo que sucede estos días en Oriente Próximo se explica por la necesidad que tienen los rusos de hacer de rusos. Otra parte se entiende por la urgencia de los saudíes de hacer de saudíes.

La conversación telefónica de Putin y Obama se producía después de que el primer ministro ruso Medvédev amenazara con una nueva Guerra Fría. Lo ha hecho en la Conferencia de Seguridad que se ha celebrado este fin de semana en Munich. Los rusos ni tenían voluntad de cumplir el alto el fuego pactado para dentro unos días en Siria ni querían ser fiscalizados.

El régimen de Assad, apoyado por Moscú, avanza en la toma de control de Alepo. No piensa detener los bombardeos sobre las fuerzas de la oposición y sobre Al Nusra (la filial de Al Qaeda en Siria) -en mucha menor medida sobre el Daesh- hasta que no consolide sus posiciones. Rusia y el régimen de Assad quieren ganar terreno antes de que se negocie el fin de una de las guerras que se libran en Siria: la guerra civil entre el Gobierno -apoyado por Moscú y Teherán- y la oposición suní. Putin quiere que Assad se consolide en la zona costera. Por eso hace grandes aspavientos cuando Estados Unidos pretende entorpecer sus planes, por eso y porque enfrentarse a Obama le viene de perlas en su política interior. No hay nada como una polémica con el emperador para elevar el orgullo patrio y hacer olvidar la crisis y la bajada del precio del petróleo. El nuevo zar gana una cabeza de puente en el Mediterráneo y además rodea por el sur a uno de sus clásicos adversarios: Turquía. Los decenas de miles de refugiados, que huyen de Alepo y a los que Erdogan no deja pasar la frontera, se han convertido en un instrumento con el que las dos potencias regionales, eternas rivales, se golpean delante de la comunidad internacional. La Unión Europea, especialmente Alemania, no consigue que las razones humanitarias estén por encima del enfrentamiento entre Ankara y Moscú.

El problema no es que los rusos hagan de rusos. El problema es que los rusos hacen con más inteligencia de rusos que los estadounidenses hacen de estadounidenses. Obama empezó la campaña de bombardeos en 2014 invirtiendo los factores. Era imposible ganar la guerra contra el Daesh sin una cierta colaboración con el régimen de Damasco. Primero hubiera sido necesario un acuerdo político entre el Gobierno y la oposición y luego debería haber llegado la intervención militar. Una vez que se hubiese ganado terreno contra el Daesh, se hubiera podido propiciar un cambio en el régimen sirio, contando con alguno de los círculos menos leales a Assad. Pero Estados Unidos quiso combatir en todos los frentes al mismo tiempo. Putin aprovechó el hueco y desde hace meses fortalece a Assad. A pesar de que ha sido la Casa Blanca la que ha rehabilitado a Irán, el otro gran sostén del régimen de Damasco, Washington no ha sacado rédito de ese movimiento.

Obama ni tiene ascendiente sobre Assad ni lo tiene sobre la oposición. Sus líderes, como ha quedado de manifiesto en las suspendidas conversaciones de Ginebra, están bajo el patrocinio de Arabia Saudí. Y los saudíes necesitan más que nunca hacer de saudíes, ahora que su principal enemigo, Teherán, es el gran amigo de Occidente.

La expresión Guerra Fría es un farol. Pero para conseguir algún avance en la paz hay que volver a empezar. La guerra civil en Siria y la guerra contra el Daesh son una expresión de la guerra de siempre entre chiíes y suníes. Del lado chií está Moscú, del lado suní está Arabia Saudí y Turquía. Con Irán y con Moscú hay que contar y hacerlo con habilidad para que Putin no siga ganando terreno. Para que no siga sufriendo como sufre la población civil. Primero ganar la guerra civil, luego la transición. Teniendo en cuenta que la victoria militar no es suficiente. La mayoría de la población es suní y hay que atraerla de algún modo. No puede volverse a repetir el error de Iraq en 2004. Los chiíes pueden con paciencia conseguir la victoria sobre el Daesh, pero solo los suníes pueden deslegitimarlos.

No es fácil. Hace falta paciencia e inteligencia. La tragedia es que el dolor aumenta a diario.

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Guerra Fría

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Recomenzar Europa

Fernando de Haro

Los signos se multiplican. Hasta el penúltimo ilustrado ha claudicado. Mejor sería decir que ha evolucionado. Una de las mentes más lúcidas de Europa, cuando en Europa escasean las cabezas de las que salga luz, ha dado un importante giro. Hablo de Todorov. El cambio del escritor búlgaro afincado en París no es una curiosidad para consumo de culturetas. Todo hemos sido Todorov. Europa entera, sin leerlo, piensa como él.

El pensador presenta Insumisos, su último libro, en estos días en que Europa sufre una derrota tras otra. El aplazamiento de las negociaciones de paz sobre Siria supone una nueva baza para el Daesh. La oposición siria, empujada por Arabia Saudí, se levanta de la mesa de diálogo. Sin acuerdo entre gobierno y rebeldes, los yihadistas y el régimen siguen generando refugiados. La solidaridad inicial hacia los que huyen de la guerra se transforma en sospecha. Se suspende por la vía de los hechos Schengen. La amenaza es seria. La Unión se basa en unas fronteras abiertas. El Consejo Europeo del próximo 18 y 19 de febrero difícilmente resolverá el problema. De lo que se va a debatir es de la propuesta para impedir el brexit con menos Europa.

Hace diez años era difícil pensar que nos encontraríamos en esta situación, ante una encrucijada difícil de resolver, flojos en los que nos ha mantenido unidos. Fue precisamente en 2006 cuando Todorov publicó “El espíritu de la ilustración”. Es una obra breve, en la que se propone responder a la pregunta que está en la primera línea: “Tras la muerte de Dios, tras el desmoronamiento de las utopías, ¿sobre qué base intelectual y moral queremos construir nuestra vida común?”. Por muerte de Dios entendían el fin de los regímenes totalitarios, todavía cercanos. La respuesta era sencilla y estaba bien articulada. La ilustración laica (hay una ilustración religiosa) podía resolver el problema. Autonomía, laicismo y universalidad componían los ingredientes fundamentales de la receta. Había que recuperar un espíritu para el que “lo sagrado ya no se encuentra entre los dogmas y en las reliquias sino en los derechos de los seres humanos. Para nosotros es sagrada determinada libertad del individuo, la vida humana, la integridad física”. La sacralidad de los derechos y de los valores, autónoma de cualquier dependencia religiosa, podía fundamentar la universalidad. Todorov hace diez años era un buen ilustrado. Por eso invocaba a Lessing: “basta con que los hombres se atengan al amor cristiano. Poco importa lo que suceda a la religión cristiana”.

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Recomenzar Europa

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Chatarra política y caridad constituyente

Fernando de Haro

Caucus en Iowa este lunes. En marcha la campaña electoral para las presidenciales estadounidenses de 2016. Iowa, primer Estado en las primarias, marca tendencia, o marcaba. Porque Iowa es wasp, no tiene muchos votantes hispanos. Y los electores de lengua española son ahora decisivos.

Las asambleas de Iowa certifican, eso sí, que el arranque de las presidenciales es anómalo. Sobre todo, en el lado republicano. A pesar de su ausencia en el último debate, o quizás por eso, Donald Trump acababa el fin de semana con un apoyo del 28 por ciento. El otro candidato radical de las filas republicanas, el evangelista Ted Cruz, inspirado por los postulados extremistas de la Universidad de Liberty, contaba con un 23 por ciento. Marcos Rubio, el primer candidato más centrado, más en línea con los postulados clásicos de los republicanos, se encontraba a mucha distancia, con un 15 por ciento. Jeb Bush, también representante de la opción moderada, ha llegado a Iowa prácticamente fuera de la carrera.

El giro de los líderes del partido republicano en los últimos días ha sido muy significativo. Ya no quieren que Trump pierda fuerza: lo consideran el mejor freno para un Ted Cruz que no es un outsider, que maneja ciertos resortes de la organización, que tiene más capacidad de ser el candidato final que el estrafalario millonario. ¿Qué ha sucedido en Estados Unidos para que una parte importante de la derecha se identifique con las opciones que fomentan la animadversión hacia los inmigrantes? En el lado demócrata lo “antistablishment” también tiene fuerza (Sanders ha llegado casi empatado con Clinton). ¿Es un capítulo más de esa polarización que Obama reconoció como fracaso de su gestión en su último discurso de la Unión? La polarización atraviesa los últimos años de Bush, es alimentada por el propio Obama y por el Tea Party. Pero quizás aquí estamos ante un paso más. Porque Trump ha hecho carrera a base de cuestionar referentes constitucionales, lo ha hecho al apostar por la discriminación religiosa, la tortura y la calumnia al extranjero.

El éxito de Trump se basa en la explotación del descontento de una clase media blanca que, a pesar del crecimiento económico, se ha visto empobrecida y se siente defraudada por el sistema. Quizás se pueda concluir que el fantasma del desconcierto y del descontento se ha instalado a los dos lados del Atlántico. El Occidente desilusionado y atemorizado compra en Estados Unidos la chatarra política de Trump, en Francia la del Frente Nacional, en Alemania la de Pegida, en Grecia la de Syriza, en España la de Podemos… La chatarra es de izquierdas y de derechas, los ingredientes son diferentes en casa caso, pero coinciden en su carácter anarquizante, milenarista, utópico y esencialista (la regla de la mayoría es absoluta y no tiene que someterse a cauce constitucional o institucional alguno).

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Chatarra política y caridad constituyente

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Se puede crecer con mal Gobierno

Fernando de Haro

A España la salvó Europa. Y seguramente volverá a suceder. La “milagrosa transición” de la dictadura a la democracia, excepcional por pacífica, se debió en gran medida a que existía un proyecto de construcción europea en el que izquierda y derecha se reconocían. Fue así hace 50 años cuando el republicano Salvador de Madariaga sentenció que la Guerra Civil había acabado. Lo hizo en una reunión del Movimiento Europeo (Contubernio de Múnich), reunión en la que los viejos contendientes estrecharon sus manos.

Si al final hay un Gobierno de socialistas, populistas de Podemos y comunistas (con la abstención de los independentistas catalanes de ERC y de Convergencia) será Bruselas la que limite los daños. Como los ha limitado en Grecia. Hace 30 años España fue acogida en el seno de la CEE de entonces con el propósito de estabilizar su democracia. El golpe de estado del 81 aceleró las negociaciones. El ingreso vino acompañado de sustanciosos fondos europeos que querían evitar cualquier radicalismo político. Había que evitar un posible avance de los comunistas. Los socialistas apoyaron la operación.

Bruselas vigilaría los excesos económicos y exigirá, en cualquier caso, control del gasto, reducción del déficit. Ya lo ha hecho con un Gobierno de centro-derecha (exige un ajuste adicional de 8.000 euros), con más motivo si hay un Gobierno social-populista. En derechos fundamentales también Europa supondría un límite a posibles excesos. Aunque la intervención de la Comisión llegaría cuando los daños fueran considerables. A corto plazo los efectos negativos serían inevitables.

En estos momentos solo un acuerdo del PSOE y Ciudadanos (del segundo y del tercero) con gran generosidad del PP o nuevas elecciones (los dos supuestos requieren un golpe de mano en el partido socialista) pueden evitar que se cumpla la previsión que hacía este periódico hace un mes. Rajoy no ha aceptado el encargo del Rey para someterse a una investidura, a pesar de estar al frente del partido más votado, con el propósito de propiciar un estallido dentro del PSOE. Solo los barones regionales y los históricos del partido pueden pararle los pies a su secretario general, que está dispuesto a aceptar un pacto suicida con Podemos. La posibilidad es remota. Las condiciones puestas por Pablo Iglesias para que Podemos apoye a los socialistas, y el modo en el que se presentaron, hubieran provocado la ruptura en la mayoría de los países europeos. Pero la socialdemocracia española parece haber desaparecido.

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Fuera de la zona de confort

Fernando de Haro

La entrevista a Bauman en El País ha hecho furor. Entendámonos: el furor que estas cosas pueden provocar. En las librerías de Madrid, donde se vende algo más que Juego de Tronos, sus últimas obras se han agotado, quizás se hayan vendido algunos cientos de ejemplares. Bauman, ya ocurrió con su “sociedad líquida”, tiene la virtud de dar algunas pistas para entender el mundo en transición de este comienzo del siglo XXI.

El sociólogo de origen polaco es estimulante porque no hace los insatisfactorios y manidos análisis morales (de izquierda y de derecha). No es un problema ético. “Las certezas han sido abolidas”, señala. Se refiere a las certezas institucionales y económicas. Pero la frase se podría extender a otros campos. La democracia cojea no solo porque los políticos sean corruptos, por falta de ideales, sino porque “el matrimonio entre poder y política en manos del Estado-nación se ha terminado. El poder se ha globalizado pero las políticas son tan locales como antes. La política tiene las manos cortadas”. Los políticos, aunque tuvieran la habilidad de decidir lo que hay que hacer, no podrían hacerlo porque no tienen capacidad.

La crisis que sacude por enésima vez los mercados en los últimos días ilustra bien lo que asegura Bauman. La devaluación del yuan chino y la bajada del precio del petróleo se han convertido en los dos fantasmas que amenazan el planeta. Como respuesta a la crisis de 2008, crisis de sobreendeudamiento, Estados Unidos puso en marcha una política monetaria expansiva, ahora utilizada por Europa. El reverso de la fórmula es una devaluación y la consiguiente guerra de divisas a la que se ha apuntado China. No hay poder político mundial que ponga orden. Sin Estado-nación es casi imposible mantener en pie el Estado de Bienestar.

Y lo mismo ocurre con la guerra y sus efectos. Juncker, el presidente de la Comisión Europea, esta semana le echaba un rapapolvo a Suecia y a Dinamarca por haber abolido Schengen. La Unión Europea, que no ha conseguido superar las dinámicas del Estado-nación, se ve desbordada por la llegada de refugiados, por las consecuencias de una guerra que se produce en Oriente Próximo. Afortunadamente Merkel nos ha recordado que ser europeos es acoger al que huye del terror, pero la política de fronteras ha fracasado y nada o poco de lo aprobado en Bruselas durante los últimos meses se ha puesto en vigor.

Esta impotencia de la política que ha traído una globalización irrefrenable nos enfada. Es lógico. Tenemos en nuestro ADN la idea de que el poder tiene la capacidad de darnos una vida mejor, más libre, más humana. Y, de pronto, el poder tradicional se nos queda vacío de contenido en favor de un poder abstracto, intangible. El edificio de libertades y derechos sigue en pie, pero a veces se antoja vacío. Nuestra perplejidad es lógica.

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El 'bien' de Podemos

Fernando de Haro

Es muy probable que en España se repitan las elecciones. Es muy probable que Podemos aumente su apoyo en los próximos meses. Es difícil que lo evite a corto plazo una derecha culturalmente vacía y encastillada, una izquierda desorientada y unas minorías creativas ausentes o poco creativas, enredadas en viejas fórmulas. El crecimiento de Podemos supone un reto social y cultural similar al que significó para Europa la oleada de protestas estudiantiles del 68. De hecho, en algunos aspectos, parece una nueva mutación del movimiento de deconstrucción iniciado ya hace 50 años. Por eso demanda una respuesta nueva.

Digámoslo rápidamente. El avance político de Podemos no implica bien alguno. Su buen resultado electoral se debe, en gran parte, a su franquicia independentista de Cataluña. Las reivindicaciones nacionalistas y de secesión se han convertido en una prioridad de la formación morada en los últimos meses. Luego está la “agenda social”. La propuesta de la Ley 25, que sus líderes quieren debatir en el Congreso tan pronto como sea posible, tendría elementos asumibles. Hay que seguir trabajando para responder al problema de los desahucios. El sistema de copago sanitario puede no ser el mejor. La cuestión de una renta básica garantizada es más compleja, pero apunta a dos heridas reales: la pobreza y la desigualdad que sufren muchos.

El problema no es lo que denuncia el partido de Pablo Iglesias sino las soluciones que propone (inviables) y su ideología. Con Podemos crece la mentalidad que desresponsabiliza y atribuye al Estado la capacidad de resolverlo todo. Con Podemos crece ese “rencor político” que alimenta la mercancía utópica. La globalización nos ha dejado perplejos y no sabemos cómo mantener en pie el bienestar conquistado. Es fácil echarles la culpa a otros. Y luego justificar la limitación de derechos en nombre de la igualdad. El cuento es viejo. Las “fórmulas Podemos” hacen daño a la estabilidad del país, a la creación de empleo, a la concordia, a la pluralidad. El avance de Podemos a costa del socialismo más clásico es muy mala noticia. El PSOE, muy desorientado, pierde otra vez el centro compitiendo con el radicalismo. Se agota en esta batalla estéril.

¿Dónde está entonces el “bien” de Podemos? Como lo fue el 68, el avance de Podemos supone una provocación para una sociedad como la española o la europea en la que las razones para la convivencia común, la responsabilidad social, las razones para construir o para crear riqueza se han dado por supuestas. Puede ocurrir que, de pronto, descubramos que esas razones están vacías. El movimiento estudiantil de los años 60 del pasado siglo se levantó contra la gran construcción que habían generado los principios de la ilustración europea tras la postguerra: una sociedad relativamente próspera, pacífica después de los sangrientos conflictos de las décadas anteriores, fundamentada en los valores de las “luces” que eran compartidos por todos. Desde entonces hasta ahora, estamos hablando de dos generaciones, se suceden los “levantamientos” contra esa ilustración práctica, ese pacto no escrito entre los socialdemócratas y los conservadores (democratacristianos) que mantiene el edificio europeo en pie. Un edificio que se ha ido quedando vacío de ideales. Podemos está en esa onda. Europa hizo posible, en gran medida, la transición y la reconciliación de los españoles. Ese es el mundo que se rechaza.

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2016. Un año de esferas perplejas

Fernando de Haro

Nunca se ha podido hacer, con rigor absoluto, ese ejercicio que el periodismo tradicionalmente nos exige por estas fechas: una previsión de cómo puede ser el año que entra. Pero en este 2016 cualquier pronóstico se ha convertido en una temeridad. Vivimos en un mundo sin centro alguno, a merced del juego de esferas ¬¬-viejos y nuevos imperios- de diferente tamaño, esferas dominadas todas ellas por la perplejidad.

La esfera estadounidense, imperio maduro, celebra elecciones presidenciales después del ciclo Obama. Lo hace en una situación de desconcierto del que están siendo buena prueba las primarias. La subida de tipos de la Reserva Federal del pasado mes de diciembre certifica que la crisis iniciada con la quiebra de Lehman Brothers queda atrás. Siete años después del estallido de la burbuja de las subprime, después de haber gastado billones de dólares en el rescate del sector financiero y en inyectar liquidez, la decisión de Janet Yellen certifica que la recuperación se ha encarrilado. La primera economía del mundo ha superado una difícil prueba. Solo arriesgadas decisiones en favor de una política monetaria expansiva la han mantenido a flote.

Pero la hazaña no parece contar mucho en la campaña electoral. De hecho, el fenómeno Donald Trump solo se entiende porque una parte relevante de la población blanca se siente fuera del sistema. Tiene la percepción de que la mejora de los números solo beneficia a otros, tiene miedo del peso de los inmigrantes (en un país construido con la gente que llegaba de fuera), tiene la sensación de que vive en una América que ya no es la suya. Todos esperábamos que Trump, con sus mensajes xenófobos, fuera un fenómeno pasajero, pero sigue en la carrera. Desafía a los republicanos y toda la arquitectura institucional. Siempre ha habido outsiders pero no con tanto peso. Lo ideal hubiera sido un duelo de viejos apellidos: Bush (Jed) y Clinton (Hillary). Estados Unidos sale de la crisis extrañamente polarizado, con un proyecto nacional poco claro y sin saber cómo representar su papel de imperio maduro en un mundo multipolar. Los errores en Siria o en Egipto, la relación con Rusia y el sí pero no constante de Obama son el mejor ejemplo (en su balance positivo se puede apuntar la cuestión cubana) de la falta de rumbo. Si la victoria de Hillary supone la vuelta de los equipos de su marido a la Casa Blanca, las cosas podrían mejorar.

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Un milagro de improbabilidades infinitas

Fernando de Haro

No hay paz como en los tiempos de Augusto, y por eso quizás la profecía sigue hablando de la necesidad de un milagro. La globalización tiene poco que ver con lo que sucedía en la época de la Pax Romana, cuando el primer emperador impuso el orden en todo el mundo conocido. También, como entonces, estamos conectados. Hace 20 siglos era fácil llegar desde un pueblecito como Cafarnaún, de una región perdida, al corazón del Imperio. Muy cerca de aquel pueblo de cincuenta casas pasaba la “Via Maris”. Bastaba seguirla con decisión para plantarse en relativamente poco tiempo a las puertas de Roma. El idioma no suponía un grave problema, porque entonces, como ahora, se manejaban una o dos lenguas francas. La gran diferencia era el orden, una cierta tranquilidad. El centro estaba claro, la ley imperante también.

Ahora no hay un solo eje y tampoco hay paz. Hace un siglo estalló el equilibrio dominante durante el XIX y no hemos vuelto a encontrar quietud. El final de esa gran novela que es "El puente sobre el río Drina" de Ivo Andrich refleja ese instante en el que todo saltó por los aires. El relato acaba en el momento en el que la primera bomba de la I Guerra Mundial cae sobre uno de los pilares del histórico puente. Acaba el libro y acaba una historia de cinco siglos en la que los pueblos del Imperio Austro-húngaro han vivido en relativa concordia, sabiendo a qué atenerse. Las bombas siguen cayendo sobre ese Río Drina en el que se ha convertido el planeta a comienzos del siglo XXI. Aunque Hillary Clinton gane las elecciones en 2016, Estados Unidos no volverá a ejercer la vieja hegemonía. Rusia, ya lo sabemos, seguirá pugnando por su viejo protagonismo, intentando hacerse espacio frente a Europay a Turquía (que también se mira en el espejo del pasado otomano). Todos estamos deseando que China no renuncie a sus ambiciones financieras y esperamos que siga creciendo con tasas superiores al 5 por ciento y comprando la deuda de Occidente. El imperio del capitalismo comunista, viejo por su política de natalidad, compite con la joven y democrática India y se extiende en África y América Latina buscando materias primas. El yihadismo recorre como un fantasma el Sahel, desestabiliza el Cuerno de África, sueña con restablecer el Califato de Sokoto en Nigeria, domina parte de Siria e Iraq, determina los destinos de Pakistán, no está vencido en Afganistán y amenaza el corazón de Europa… No,decididamente estos no son tiempos como los de Augusto, cuando José subió a Belén.

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Un cambio radical, una ocasión de libertad

Fernando de Haro

España tendrá, tras las elecciones de este domingo, un gobierno de PSOE y Podemos con algún apoyo nacionalista. El cambio será radical. Las encuestas de hace unas semanas estaban equivocadas. Las que valían no eran las últimas sino las de septiembre. La mayoría de los votantes jóvenes que apuestan por una nueva política no lo han hecho dentro del cauce de la Constitución. Podemos, el partido hermano de Syriza, obtiene un formidable resultado de casi 70 diputados. Y Ciudadanos, la formación moderada de la nueva política, obtiene un resultado muy por debajo de los sondeos: quedarse en el entorno de los 40 diputados es un resultado muy inferior a las expectativas iniciales. A sus líderes les ha sobrado arrogancia y les ha faltado madurez.

Habrá gobierno radical porque aparece con fuerza Podemos y porque el PSOE se queda muy por debajo de su peor resultado: ha mejorado respecto a los sondeos y mantiene el tipo con 90 diputados. Los socialistas españoles no harán una gran coalición, no serán fieles a sus raíces socialdemócratas y se aliarán con el radicalismo de Podemos, que en gran medida marcará la agenda. Habrá un gobierno social-radical también porque el varapalo al PP es contundente: pasa de 186 escaños a quedarse por debajo de 125. La buena política económica no ha sido suficiente. El PP ha pagado no haber cortado a tiempo con la corrupción, no haber sabido explicar la política de ajustes, su distanciamiento astronómico de la vida social y una forma de ejercer el poder tecnocrática. No habrá efecto Cameron.

España tendrá un mal gobierno. Un gobierno que hará mala política económica (veremos qué sucede con la recuperación), que será muy estatalista y que limitará las libertades. ¿Por qué Podemos ha subido tanto? Podemos le ha arrebatado una parte de espacio al socialismo, al nacionalismo, y a las formaciones de la izquierda-izquierda. España se queda sin la socialdemocracia más clásica. Una importante pérdida. El avance de Podemos es el “no” de amplios sectores sociales a las referencias constitucionales, es el fracaso de una generación que no ha sabido transmitirle a otra el valor de la transición, es la otra cara de un exceso de tecnocracia y de descuido de la educación. Es el triunfo de la utopía que le atribuye a la política y al Estado la capacidad de hacernos felices.

En este contexto, en el que desde el poder se va a apostar por el estatalismo, reconocer y desarrollar el valor de la persona y su responsabilidad es más urgente que nunca. Es la hora de la sociedad civil pero no para propiciar la polarización de una vida democrática que va a estar muy tensa. No habrá un cambio rápido.

Habrá que librar pocas batallas y esenciales, centradas en la libertad. En la libertad de educación, en la libertad personal (tutela efectiva de la objeción de conciencia) y religiosa. Los espacios de libertad se conquistan ejerciéndola. Y, sobre todo, hace falta un trabajo lento de construcción social en favor de un encuentro que esté más allá de las posiciones ideológicas. El futuro está fuera de las trincheras. En un campo abierto donde no se dé nada por supuesto. Donde predomine la estima por el diferente y el intento por comprender qué hay detrás de la reivindicación de más Estado o los nuevos derechos, por poner dos ejemplos. Más que nunca es el tiempo de superar esquemas ideológicos y de poner en la vida pública una experiencia positiva. El radicalismo ha triunfado, en gran medida por el cansancio que provocaba un discurso gastado y resignado, por la sensación de que a la vida pública le faltaba autenticidad. Ese deseo de autenticidad puede ser un punto de encuentro. Todos necesitamos palabras frescas, palabras verdaderas, que nazcan de una experiencia humana real. Solo esa experiencia auténtica, libremente ofrecida, pueden abrirse paso en esta situación.

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Elecciones 20-D: sin mantras

Elena Santa María, Yolanda Menéndez, Juan Carlos Hernández, Fernando de Haro

Este domingo estamos llamados a votar. Estas elecciones se celebran en un escenario muy diferente al de comicios anteriores. Si se cumplen los pronósticos de las encuestas, habrá cuatro partidos –y no dos– con más del 15 por ciento de los votos. Parece evidente que tendrán que pactar entre ellos para lograr la mayoría suficiente ya sea para conseguir una coalición o para gobernar en solitario.

El nacimiento y el apoyo masivo a los nuevos partidos son reflejo de una sociedad que ha cambiado, que después de unos muy duros años de crisis y de desafección hacia la política parece implicarse más en la vida común. Llegamos a las elecciones cuando hay un sonoro clamor en favor de una nueva forma de hacer política. Hay un deseo de que prevalezcan palabras verdaderas sobre los reproches y los viejos discursos ideológicos. Hay, también, una gran expectación ante lo que digan las urnas. Y, sobre todo, ha surgido un interés nuevo por contrastar ideas, por que se ponga en juego el ideal que a cada uno le anima a construir la vida democrática. Muchos reclaman a los políticos que respondan en este nivel, que se dejen de confrontaciones infecundas. Afortunadamente, en España, el descontento no ha alimentado, como en países vecinos, una reacción mayoritariamente radical. Se ha despertado un anhelo de diálogo y de profundizar en el significado de la política. En las universidades, en los ámbitos de trabajo, entre los vecinos y en las familias se habla sobre la vida pública como antes no se hablaba.

Estos signos de cambio son una invitación a salir de fórmulas predeterminadas, de ideologías prefijadas. Muchos argumentos del pasado suenan ahora como mantras que no están a la altura de las circunstancias. Los mantras, si no llevan dentro una vida, duran poco y solo generan aburrimiento y descontento. Se hace más claro por eso que, en estas pocas horas que quedan antes de emitir nuestro voto, conviene preguntarnos por qué votamos lo que votamos. No es momento de dejarse llevar por la pereza intelectual. Esta pregunta y sus posibles respuestas, tendrán especial valor para lo que suceda a partir del 21-D, para que el cambio se materialice en el protagonismo personal propio de una democracia, en un mayor peso de la sociedad civil.

Nos parece que hay algunos criterios que deben pesar más que otros al tomar la decisión. No son pocos: subsidiariedad y solidaridad, libertad de educación, libertad de formular propuestas de significado, lucha contra la corrupción, reforma de las instituciones, protección de la ecología de lo humano, sostenibilidad de la Sociedad del Bienestar y del modelo productivo… No vamos desde aquí a sustituir a nadie en el ejercicio de valorar la complejidad de los factores en juego.

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Mucho más que 'votar bien'

Fernando de Haro

Las elecciones generales que se celebran el próximo domingo en España podrían tener como banda sonora la gran canción de Bob Dylan "The Times they are a-changin" (1963). La invitación está en pie. “Come writers and critics/who prophesize with your pen/and keep your eyes wide” (Venid escritores y críticos, los que profetizáis con vuestra pluma y tened los ojos bien abiertos).

La aparición de nuevas formaciones ha provocado que la campaña sea mucho más interesante que otras veces. No es tan fácil instalarse ya en esa pereza ideológica que evita la complejidad y que se queda tranquila con las soluciones simplistas.  Hay cierta apertura para distinguir, entre los blancos y los negros, los grises. Por primera vez en mucho tiempo se siguen con interés los debates de los políticos  y se habla de las propuestas de los diferentes partidos. Hay conversación.

Parece que Comunión y Liberación se ha querido sumar a este proceso con el manifiesto que ha hecho público con motivo de los comicios. Se titula "La persona en el centro de la política". El pasado mes de marzo el Papa Francisco le hizo algunas sugerencias a este movimiento eclesial. Una de ellas, formulada con palabras de Luigi Giussani, su fundador, recordaba que “el cristianismo no se realiza jamás en la historia como fijación de posiciones que hay que defender, que se relacionan con lo nuevo como pura antítesis; el cristianismo es principio de redención, que asume lo nuevo, salvándolo”.  El texto, a lo mejor, surge de esta indicación.

Se vuelve a hablar de casi todo. Quizás por eso los de CL aseguran que “estamos ante una ocasión privilegiada para reflexionar sobre las cuestiones más acuciantes que afectan a nuestra sociedad”. No han querido los "cielinos" limitarse a indicar criterios de voto. Hubiera sido legítimo (de hecho, el manifiesto incluye varios), pero más propio de otro tiempo y seguramente menos rico. Entre líneas parece intuirse el deseo de asumir el inicio de conversación nacional y proponer algunos contenidos propios de su experiencia. Seguramente este enfoque es lo que Francisco llama “abrir procesos y no ocupar espacios”. Ya veremos en qué acaba.

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Bienvenida sea la política

Fernando de Haro

Vuelve la política. Bienvenida sea. Podemos recibirla sin miedo. Hace unos días el salón de actos de la Universidad Carlos III en Madrid estaba lleno a rebosar. Más de 2.000 alumnos esperaban para seguir de cerca el debate entre Albert Rivera (Ciudadanos) y Pablo Iglesias (Podemos). Muchos se quedaron sin entrar. El acto se transmitió por internet y ha sido un hito en la pre-campaña. Los estudiantes, que hace años eran abstencionistas, abstencionistas del voto, de la democracia, de cualquier cosa que no fuera su pequeño y escapista huerto interior, ahora quieren saber de tipos marginales del IRPF, de rentas de inserción, de complementos salariales garantizados, de reformas constitucionales… Los debates a dos que habían perdido audiencia en la pasada campaña, ahora que son a tres o a cuatro despiertan pasiones. El ritmo en ellos es frenético: lluvia de propuestas, muchas de ellas muy técnicas. Las entrevistas de “rostro humano” a los políticos alcanzan shares altos. La campaña decide, todo es mucho más fresco que otras veces, todo más abierto que nunca. Las etiquetas se quedan viejas. Ha vuelto decididamente el interés por la política gracias a las nuevas formaciones.

Es un “fervor” que despierta simpatía. Por tres razones. Por principio, por estima hacia el compromiso con la vida pública y porque buena parte de este interés transcurre por el cauce constitucional.

Por principio no es inteligente ni humano ponerse ante los movimientos que marcan la historia y la vida de una sociedad como quien está en un castillo o en una trinchera defendiendo posiciones fijas que necesariamente son mejores que lo nuevo. Estamos ante un cambio de onda larga, que se ha manifestado en una crisis institucional y económica sin precedentes. Los nuevos procesos, y este es uno de ellos, requieren ser aclarados, depurados, sin duda comprendidos y, sobre todo, valorados. Todo tendrá que volver a comenzar más de una vez durante los próximos años en una Europa que no ha sabido dar sustancia a su proyecto de unidad política, en una España en la que los valores de la transición democrática se han quedado a menudo vacíos, en un Occidente que sigue recurriendo a fórmulas de mercado y de Estado que se han manifestado claramente insuficientes.

Este nuevo interés por la política tiene, en gran medida, su origen en el 15-M de 2011. En su grito contra los partidos políticos tradicionales y contra un sistema financiero rescatado y protagonista de unos desahucios manifiestamente deshumanos. Bruselas ha dicho en no pocas ocasiones cosas parecidas a las que decían los indignados: los lanzamientos hipotecarios en España no han sido justos. El 15-M ha sido un afluente de este nuevo río. Pero hay otros. En los últimos meses desde muchos campos han surgido numerosas iniciativas que reclaman otra forma de hacer política.

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Ironía electoral

Fernando de Haro

Lo llaman Estado del Bienestar paralelo. Es bienestar social, no estatal. Las personas mayores de 65 años dedican más de tres horas al día a atender a sus nietos y a gente de su propia generación. Lo hacen incluso cuando están enfermas. Hace unos días se ha presentado en Madrid el Indicador de Solidaridad Intergeneracional, una referencia puesta en marcha por una organización no lucrativa que intenta medir qué aportan los viejos, habitualmente considerados una carga. Lo intuíamos todos, pero cuando los datos se ponen negro sobre blanco se entiende mejor el valor político de la responsabilidad personal. Los mayores no solo dedican mucho tiempo a cuidar a los demás, también realizan importantes transferencias de renta (entre 1.000 y 3.000 euros anuales) a los miembros de sus familia con dificultades. A menudo solucionan también el problema de la vivienda. Son un agente decisivo de redistribución de renta, las pensiones han funcionado y siguen funcionando como subsidios para los más jóvenes.

Las conclusiones de esta investigación se hacían públicas al tiempo que los 55 Bancos de Alimentos de toda España llevaban a cabo su gran recogida anual de comida. Objetivo: 100 kilos para cada pobre. Son solo dos ejemplos a los que podrían sumarse muchos más. La Memoria de Actividades de la Iglesia católica de 2013 computa 8.500 centros asistenciales, educativos y sanitarios a su cargo y casi 5 millones de personas atendidas.

En vísperas de la campaña electoral española, tan importante como seleccionar la papeleta justa –quizás más– es la valoración que se hace de la solidaridad intergeneracional, de la responsabilidad personal, de la caridad, de esa energía social que se ha desencadenado durante la crisis. No se puede minusvalorar. Todos sabemos que con la tasa de paro que sufrimos, sin ese fenómeno, el país hubiera estallado. Pero aunque aceptamos esa evidencia, valoramos la energía social con criterios propios de la mentalidad sesentera, estructuralista. En nuestra mentalidad siempre hay un sistema que debe mantener las cosas en pie. Para unos el sistema es el mercado, para otros el Estado. Y si se es católico quizás se esgrima la necesidad de crear un "sistema subsidiario" para apoyar a los cuerpos intermedios.

Pero precisamente lo que nos enseñan estos años es que ni el desastre del sistema financiero, ni la falta de un buen sistema educativo, ni las deficiencias de la representación política (partitocracia), ni la herencia recibida, ni décadas de estatalismo, ni el aumento de la desigualdad, ni la chata ideología en favor del mercado milagroso han impedido que la persona se interesara por la persona. Los abuelos han seguido educando a sus nietos, se ha seguido ayudando a los que lo necesitaban y se ha seguido haciendo empresa. Los últimos datos sobre la reducción de la deuda privada muestran que los españoles han aceptado drásticos recortes salariales para intentar mantener sus puestos de trabajo.

Nuestra obsesión por los sistemas puede considerar toda esa energía social como un remedio pasajero, una solución de urgencia que debe ser sustituida cuanto antes. Pero cabe otra interpretación quizás más atinada. El sistema ya no está en pie. Ni el sistema institucional y democrático creado en la democracia, ni el sistema económico. Este último lo ha barrido la globalización. La energía social que hemos visto desplegarse, la responsabilidad de persona a persona, de grupo humano a grupo humano, no es un recurso del pasado, es un recurso del futuro. Se podrá objetar que un discurso así solo vale en el sector no lucrativo. Pero la dinámica es la misma para hacer frente a la necesaria renovación del tejido productivo. España es un país de PYMES, para ganar competitividad necesita crear PYMES algo más grandes en sectores innovadores. Y para eso es necesario renovar el sistema de cotizaciones a la Seguridad Social, mejorar la formación profesional, seguir transformando la estructura de la negociación colectiva (a pesar de la resistencia de los jueces)... pero sobre todo, confianza mutua (saber hacer con otros) y capacidad para emprender.

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Liberación, no solo libertades

Fernando de Haro

Tenemos que reconocerlo. El asunto de la libertad, la defensa de las libertades, especialmente las más esenciales: la de educación, la religiosa y la de conciencia se ha convertido en un gran reto. El realismo exige ser conscientes de la complejidad con la que opera el poder en nuestros días y revisar, en consecuencia, ciertas formas de pensamiento. La seriedad del desafío es, por otra parte, una invitación a redescubrir qué hace posible la libertad, de dónde surge hoy una experiencia de auténtica liberación.

Hace un par de años Moisés Naim advirtió en "El fin del poder" del cambio radical que se ha producido en sus estructuras y en las formas de ejercerlo. Según Naim, el poder de siempre, de estados y empresas, se ha descompuesto en multipoderes que lo han degradado. La suya es una tesis que requeriría un debate muy amplio pero sin duda supone una invitación interesante a abandonar viejas categorías. El pensamiento liberal clásico nos hizo comprender las libertades básicas como un espacio que no debía ser invadido por el Estado. Y sigue siendo así. Es muy importante evitar que los gobiernos, a través del control que ejercen sobre la Administración, se queden con aquello que es propio de la persona y de la sociedad. Pero ya desde las Cartas Luteranas y los Escritos Corsarios de Pasolini sabemos que se ha producido una mutación en la naturaleza del poder. El pueblo ha pasado a ser no-pueblo, las nuevas formas de dominación, el nuevo totalitarismo no es un totalitarismo positivo, sino un totalitarismo negativo, una invasión multiforme que vacía la consistencia de la persona. Muy pocos advierten el proceso. Pasolini señala que ni la izquierda ni la derecha lo entienden. La defensa de las libertades frente al Estado siempre será decisiva. Pero habrá que encontrar el método más adecuado.

En este mundo nuevo se hace más urgente que nunca un trabajo en favor de la libertad que libere, que sea en sí mismo un ejercicio y una experiencia de liberación. Y para ello puede ser útil recordar cómo apareció el problema en la historia. El Edicto de Milán del 313 es el primer texto que reconoce la libertad religiosa para todos frente al Estado. Marta Sordi explicó en su momento que ese texto supone la "rrendición de un Estado que confundía a Dios con el César ante un hueso duro de roer: el ejercicio de la libertad religiosa y de conciencia ejercido sin descanso por un grupo humano, los cristianos. Este grupo había puesto en la historia, de forma sistemática, algo diferente que antes solo había sido intuido por algunas cumbres del pensamiento clásico. A través de sus gestos y de sus iniciativas, sobre todo de su negativa a sacrificar ante el emperador, ese grupo reflejaba que los derechos de cualquier hombre son pre-políticos, no tienen como fuente el Estado sino la dignidad del yo, concretamente sustentada en su relación con el infinito. Esta experiencia de liberación, anterior al reconocimiento formal de las libertades, es la que urge recuperar.

Los espacios de libertad no los concede el poder. Se conquistan ejerciéndola, poniendo en el mundo una forma diferente de vivir lo humano, una insobornable audacia que no depende de quién gobierne, de quién maneje el dinero sino de la simple y rotunda conciencia de estar siendo amado, preferido.

No es un problema de cantidad. Pablo, preso dos años en Cesarea Marítima, frente al mar y frente a todas las potencias del Imperio, aparentemente solo, encarna un cambio irrefrenable. Es la diferencia la que se abre paso, la diferencia de un hombre ya liberado.

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Liberación, no solo libertades

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L'Île de la lumierè

Fernando de Haro

Una joven desgarrada de dolor se derrumba a la puerta de Le Carrion, uno de los restaurantes atacados en París. Se lleva las manos a la cara, con los puños cerrados. Llora. Unos metros más allá otra joven levanta las palmas al cielo, reza en silencio, con los ojos cerrados. Manos atenazadas por el sufrimiento ante el amigo, el hermano muerto. Manos que suplican. Sí, es la guerra, la guerra que no conocíamos los europeos desde hace 70 años. Con su rastro brutal de destrucción, de miedo, de inseguridad…Hace 11 años fue en los trenes, hace quince días a la vuelta de unas vacaciones en Sharm el Seikh, el viernes cenando en una terraza o escuchando un concierto. Mañana no sabemos a quién y dónde golpeará.

Es la guerra, la que inunda de sangre desde hace meses Alepo, la que martiriza a Damasco, a Mosul. La guerra que llega hasta aquí, la que no conocía esta generación. Una guerra diferente. Ismael Omar Mostefai, uno de los siete terroristas, se inmoló en Bataclan después de haber pasado unos meses de entrenamiento en Siria. Originario de la periferia de París, identificado por delitos comunes, conquistado para el terror por la ideología nihilista que actúa en nombre del islam (un buen homenaje póstumo a Glusksmann sería volver a leer "Dostoievski en Manhattan"), entrenado por el Daesh. Ismael era miembro de esa quinta columna que golpea y volverá a golpear en Europa. La nuestra es una sociedad abierta y el terrorista, occidental, forma parte del paisaje humano. Imposible eliminar el riesgo, no hay manera de prevenirlo de forma sistemática.

No es un episodio aislado (Madrid, Londres, otra vez París). No volveremos a la normalidad. Este mal incomprensible, esta blasfemia en nombre de un dios de la violencia que no existe, que nos hace preguntarnos “cómo el corazón del hombre puede idear actos tan horribles”, se combate con fórmulas militares, políticas, pero también requiere un empeño social, personal.

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L'Île de la lumierè

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Encuestas insuficientes

Fernando de Haro

Suena “Sin ti soy nada” mientras espero que me llegue el café. El tema de Amaral es viejo, estaba en un disco de 2002. Pero sigue en buen puesto del ranking de la edición española de la revista Rolling Stone. Y siguen pinchándolo en algunas cafeterías. “Los días que pasan, las luces del alba, mi alma, mi cuerpo, mi voz, no sirven de nada porque yo… Sin ti no soy nada”.

Con el primer sorbo releo la encuesta del CIS de hace unos días. Es el último gran sondeo público antes de las próximas elecciones generales Lo han hecho antes de que Rajoy empezara a hacer gestos interesantes frente a la “insurgencia” independentista. El estudio refleja un ascenso del PP hasta el 29,1 por ciento. Seguro que el presidente del Gobierno, por cómo está gestionando la crisis catalana, ha sumado más apoyos. Sigue habiendo muchos indecisos. Ciudadanos se consolida como tercera fuerza con el 14,7 por ciento (hay otras encuestas que lo sitúan como segunda). Y los radicales de Podemos se hunden hasta el 10,8 por ciento, han caído once puntos en un año. La nueva izquierda se desinfla. Hay partido. El próximo gobierno no necesariamente tiene por qué ser un gobierno radical-socialista. El estribillo es insistente, “Sin ti no soy nada”.

De las encuestas paso a la biografía sobre Luigi Giussani de Alberto Savorana (Luigi Giussani: su vida). Ya está traducida al español, ya está en las librerías. La página 564 recoge una intervención de 1975 en la que, al hablar de cristianismo y política, aseguraba que “el primer nivel de incidencia política de una comunidad cristiana es su misma existencia”. La frase tiene un valor revolucionario para España. También en 1975 comenzó la transición a la democracia. El deseo justísimo y necesario de superar el franquismo y las soluciones integristas del XIX, la necesidad de dejar atrás cualquier confesionalidad del Estado, provocaron una forzada aconfesionalidad de la sociedad. Para evitar todo riesgo, el hecho cristiano debía ser privado y su dimensión comunitaria espiritualizada. En un contexto muy tecnocrático, parecía que la única solución moderna para los cristianos españoles era la liberal. La interpretación de los “cristianos por el socialismo” se agotó pronto por su incapacidad de dar respuesta a los retos del momento.

La interpretación liberal sigue siendo la dominante, también de cara a estas elecciones. Por eso la constatación que hacia Giussani en 1975 puede sonar rara. Pero, si se mira bien, expresa cómo aparece el fenómeno cristiano en una sociedad plural a comienzos del siglo XXI. Un solo ejemplo es muy ilustrativo: la caridad de la comunidad católica ha sido un factor decisivo durante la crisis. “La multiplicación y el crecimiento de comunidades cristianas vitales y auténticas no puede dejar de producir un movimiento social con relevancia”, señalaba Giussani.

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Encuestas insuficientes

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Revelador destello de unidad

Fernando de Haro

Escenas inéditas en España desde hace 15 años. La crisis desatada por la resolución secesionista en favor de la “república independiente de Cataluña” nos ha dejado fotos de una unidad que parecía material de archivo.

Rajoy, el hombre al que no le gusta tomar iniciativa política y prefiere la “gestión de los asuntos tranquilos”, se ha puesto al frente de un acuerdo de Estado, no escrito, en favor de la integridad del país. El presidente del Gobierno ha acertado al convocar a los líderes de los principales partidos. Y ha conseguido mucho. Ha conseguido el apoyo de los socialistas y de Ciudadanos, la nueva formación emergente a la que algunas encuestas sitúan ya en segundo puesto en intención de voto. Y ha cosechado también el rechazo de los nuevos radicales de Podemos. Ha sido una respuesta que retrata a esa nueva izquierda más empeñada en conseguir rédito electoral que en ayudar cuando la crisis es muy seria.

No se producía un acuerdo así desde el año 2000, cuando la derecha y la izquierda firmaron el Pacto Antiterrorista contra ETA, pacto que convirtió la cuestión en un asunto de Estado. Ni la grave crisis de los últimos años, ni la emergencia educativa ni tampoco el calvario del desempleo han conseguido la recuperación de un consenso básico. Fue esa concordia elemental, que a veces reaparece, lo que hizo posible una transición ejemplar. Pero la polarización lleva instalada en España, por desgracia, desde hace casi dos décadas. El otro es el mal, el adversario político un enemigo a destruir. La España de frentes políticos se transforma en una España de trincheras sociales.

La declaración de independencia tendrá poco recorrido. Será recurrida ante el Tribunal Constitucional y quedará suspendida. La principal tarea es política y social. El Gobierno y los dos partidos constitucionalistas que le apoyan tienen el reto de ganar la batalla jurídica y, al tiempo, hacer avanzar el rechazo a la secesión entre la sociedad catalana. Eso es posible solo con buena política, con pedagogía y con una unidad. Tres factores hasta ahora ausentes. Luego habrá que dar una “salida jurídica” al deseo de una España diferente. La reforma constitucional que reclaman los socialistas parece conveniente. Como lo es una ley de claridad similar a la canadiense que permita celebrar un referéndum.

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Revelador destello de unidad

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Más fuerte que la yihad

Fernando de Haro

Al rayar el alba, en la puerta de Damasco, los vendedores ambulantes instalan sus tenderetes. Primero los de fruta y verdura. Tomates y plátanos a buen precio. Algunas mujerucas abren dos o tres bolsas y ofrecen por cuatro shekels (un dólar) un kilo de peras o de pepinos dulces. Luego llegan los vendedores de pan, pan muy especiado, pan de sésamo con sabor ahumado. Lo acompañan de huevos duros, huevos manchados. Es el mejor desayuno a la entrada de la Ciudad Vieja de Jerusalén.

Aquí, a trescientos metros de la Explanada de las Mezquitas, donde estuvo el templo ampliado por Herodes el Grande, Mohammed, de 19 años, sacó un cuchillo para atacar a la patrulla de soldados israelíes que le pidió que se identificara. Los soldados dispararon y su cuerpo quedó sin vida sobre los adoquines de piedra blanca. Mohamed, borracho de odio, no vio a los panaderos que vendían pan de sésamo ni a las mujerucas que ofrecían pepinos dulces. Mohammed (19 años) y María Ángeles (22 años) tienen, en apariencia, poco en común. Si acaso la cercanía al Mediterráneo. Cada uno en su ribera. María Ángeles es del sur de España, de Almonte (Huelva) un pueblo de casas blancas, de pinos y de dehesa. María Ángeles vivía en uno de los sitos más bonitos que pueden soñarse, patria de la Blanca Paloma, trono del Rocío. María Ángeles, de familia católica, Mohammed, musulmán palestino, decidieron atravesar la raya roja, hacerse del partido de la nada, convertirse en terroristas: matar. María Ángeles hace un año era fan de un grupo de rock duro, ahora ha sido detenida por intentar unirse al Daesh. Se ha dejado captar por los yihadistas a través de internet.

Mohammed y María Ángeles son responsables de su decisión. Responsables hasta el final. Nunca nadie es “obligado” por las circunstancias a recurrir a la violencia. Mohammed y María Ángeles tienen amigos que viven en la misma condición y la inmensa mayoría no ha empeñado el cuchillo de la afrenta, no ha querido convertirse en novia o novio de la muerte.

De las “circunstancias” son responsables los adultos. Mohammed ha buscado, sin que se le pueda justificar, el “falso remedio” en el cuchillo (matar y morir) porque los yihadistas han ganado terreno en Palestina. Esos yihadistas han propagado por internet el rumor de que Israel quería modificar el estatus de la Explanadas de las Mezquitas, donde se asienta la Mezquita de Al Aqsa (el tercer lugar más sagrado del islam). En julio la policía judía entró en la Mezquita después de que algunos ultraortodoxos quisieran rezar en ese lugar que les está prohibido. Desde 1967 los judíos pueden orar en el Muro de las Lamentaciones, que está en la base de la Explanada, pero no hacerlo sobre ella. Hay una frontera invisible. Netanyahu ha tardado semanas en desmentir, lo hizo el pasado sábado, que se quisiera modificar el statu quo de la Explanada. Si lo hubiera hecho semanas antes quizás hubiera desarmado a los mayores enemigos de Israel: los extremistas que compiten con la Autoridad Nacional Palestina para quedarse con el alma de jóvenes como Mohammed.

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Más fuerte que la yihad

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Fin de ciclo

Fernando de Haro

No tocaba todavía. Pero se ha precipitado. Las cosas van muy rápido y no ha habido que esperar a una derrota. A dos meses de las elecciones, el PP, el partido de Gobierno en España, ha entrado en una grave crisis que anticipa el fin de ciclo. En la última semana la líder de los populares en el País Vasco ha presentado su dimisión, el ministro de Hacienda ha criticado con acidez al partido, al ministro de Exteriores (muy cercano a Rajoy) y al presidente fundador, José María Aznar. Aznar se ha despachado a gusto. Y el ministro de Exteriores ha respondido con duras descalificaciones personales al ministro de Hacienda. El ministro de Economía, responsable del “milagro” de haber reducido el déficit del 12 al 4 por ciento en cuatro años y de haber estabilizado el sistema financiero, ha anunciado que no quiere repetir.

Todos ellos se sientan luego juntos en el Consejo de Ministros mientras que el presidente del Gobierno repite que son la única opción seria que puede mantener la economía a flote. El mismo liderazgo que falta para poner orden entre los ministros es el que se echa en falta para afrontar la crisis de Cataluña o la precampaña electoral. Una precampaña en la que a ratos se utiliza el mensaje del miedo (sin nosotros la debacle) y en otros un relato de excelencia tecnocrática que no llega al electorado. Los logros están a la vista de todos: se acaba la legislatura con menos parados y más empleados de los que había hace cuatro años, la tasa de crecimiento del PIB va a ser superior al 3 por ciento. Pero en el 50 por ciento de los votantes el rechazo es casi absoluto: ¡no queremos al PP! José Marco, intelectual al que no se le puede acusar de frivolidades izquierdistas, decía en estas páginas que “ha sobrado arrogancia y –paradójicamente- frivolidad. Ese, más que la comunicación, me parece el problema del Partido Popular”.

La crisis interna se ha adelantado porque entre las filas de los populares se ha extendido el convencimiento de que no van a gobernar. Las encuestas más favorables le otorgan un descenso de los 186 diputados actuales a menos de 130. Los populares saben que solo con 150 o 160 diputados (la mayoría absoluta está en 175) Rajoy podría volver a la Moncloa, gracias al apoyo de Ciudadanos, el nuevo partido liderado por Rivera. La victoria no es suficiente. Los socialistas pueden conseguir un acuerdo con las demás fuerzas de izquierdas y con los nacionalistas para hacerse con el Gobierno, aunque no hayan ganado.

En política es imposible hacer proyecciones con un plazo superior a 24 horas y aun en ese tiempo cualquier pronóstico es arriesgado. Pero parece muy difícil que se produzca un “efecto Cameron” e improbable una reacción como la que se ha registrado con Passos Coelho en Portugal. A estas alturas lo más probable es que el próximo Gobierno de España sea socialista-radical-nacionalista. La marcha de la economía dependerá de la dosis de socialdemocracia clásica que tenga ese Ejecutivo. A mayor dosis de radicalismo, menos recuperación y menos creación de empleo.

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Fin de ciclo

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Andrea y la gran ocasión

Fernando de Haro

Andrea es ahora la que sabe, la que disfruta de un juego que siempre es nuevo, que siempre es diferente. Andrea entiende lo que nosotros no comprendemos: por qué los inocentes como ella sufren. Andrea es ahora la que ve cómo cada uno de sus dolores, cada una de sus lágrimas, cada una de sus risas ha sido recogida con una ternura infinita. Andrea es ahora la que ve, la que abraza desde el fondo de las cosas a su padre y a su madre.

Andrea ha ocupado la mente y el corazón de los españoles durante los últimos días. Murió la semana pasada a los 12 años, en el Hospital Clínico de Santiago. Sus padres habían solicitado que se le retirara el respirador y la alimentación que la mantenían viva. Los médicos no tomaron la decisión, fueron los jueces los que la autorizaron. Sufría una enfermedad degenerativa y no toleraba en los últimos meses el alimento que se le proporcionaba.

Ha habido mucho ruido. La izquierda ha clamado por una ley de “muerte digna”. La derecha, como es habitual, ha guardado silencio. La muerte, por mucho que se empeñen, nunca puede ser digna, estamos hechos para la vida. Se puede, eso sí, morir dignamente. Pero eso es otra cosa. Con las palabras hemos querido huir de un caso demasiado incómodo. Ha habido palabras en favor de la eutanasia. Han sonado oportunistas. Ha habido palabras que recordaban que la vida es sagrada desde su concepción hasta su fin natural. Estas últimas se han antojado insuficientes, pequeñas para la gran pregunta que nadie se atrevía a formular pero que, consciente o inconscientemente, ha mantenido el debate vivo desde un fondo silencioso. ¿Quién puede estar en pie junto al dolor de los inocentes? Es la cuestión de la que todos hemos huido. Todos la hemos respondido con prisa para evitar que nos quemara. Unos han apagado el fuego en la lucha política y en la reivindicación, otros repitiendo principios.

Esta prisa, este huir hacia otras cosas, constituye una gran oportunidad. Andrea ha puesto de manifiesto que la tradición que en un tiempo nos sostenía en la vida y en la muerte se ha disuelto. En algunos momentos nos consolamos pensando que la moral será suficiente pero cuando la vida golpea sin silenciador se hace evidente que no tenemos el coraje, la fuerza o la seriedad que son necesarias para expresar las preguntas decisivas.

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Caso Siria: la democracia contra el pueblo

Fernando de Haro

El caso de Siria es un claro ejemplo de “esencialismo democrático”. En nombre de una democracia, concebida de forma abstracta, se toman decisiones y se actúa contra la vida de la gente. Hace más de un año que se sabe en todas las cancillerías occidentales: sin Bashar al-Assad no se puede lograr una victoria sobre el Daesh. El presidente sirio es un tirano cruel que lleva meses utilizando en sus bombardeos barriles de dinamita. Los explosivos golpean a menudo a civiles. No se puede suavizar esta forma de terrorismo de Estado. Pero es necesario optar por el único bien posible para el pueblo sirio.

La administración estadounidense, desde septiembre de 14 al frente de la coalición internacional contra los yihadistas, ha conseguido pocos avances. Va camino, además, de cometer el mismo error que cometió Bush en Iraq, que cometió el propio Obama en Egipto y que Hollande perpetró en Libia. Bush se empeñó en quitar del poder a Sadam Husein, desmanteló la policía y el ejército y fomentó así la proliferación del yihadismo en un país en el que no existía. Iraq no se ha repuesto. Se ha convertido en un Estado fracasado y lo será durante mucho tiempo.

Obama apoyó decididamente a los Hermanos Musulmanes en nombre de un modelo democrático que absolutiza las mayorías y que no tiene en cuenta muchos otros factores. Afortunadamente el pueblo egipcio tuvo la tenacidad y la audacia suficientes como para quitarse de encima a unos extremistas que gobernaban solo para una minoría. Francia abrió fuego en Libia a comienzos de 2011. Ahora el país se ha sumado a la lista de Estados fallidos. El inquilino de la Casa Blanca apoyó las protestas de la primavera árabe en Siria. Su Gobierno no supo ver que el florecimiento democrático mutaba para convertirse en un invierno de destrucción. A Bush le empujaban los teocon conservadores; a Obama su progresismo. El mal es el mismo. Una estrategia de national builduing descarnada y ahistórica, diseñada en despachos cerrados, sin escuchar a las iglesias ni a los representantes del islam religioso. Una política que no escucha el grito de los refugiados: “¡Assad es un tirano, pero necesitamos un Estado para hacer frente al Daesh!”.

No hay soluciones fáciles. Lo de Siria a veces más parece una guerra civil entre sunníes -la relación entre Al Nusra (filial de Al Qaeda) y el Daesh cambia por minutos- que una lucha contra el régimen de Bachar el Asad. La mitad del territorio en manos de los yihadistas, la otra mitad en manos del régimen. Las fuerzas extenuadas.

Pero los servicios de inteligencia de Estados Unidos saben a la perfección que el régimen de Assad es un entramado complejo, que se mantiene en pie gracias a equilibrios de poder complicados. No es ni mucho menos un sistema monolítico. Y saben que se podría haber jugado en ese campo. Se podría haber aprovechado la debilidad de un presidente que no gana batallas para forzar algún tipo de acuerdo, para negociar con algunos representantes delentourage alauí. Obama hubiera podido también “invitar” a la oposición libre a llegar a un acuerdo de unidad nacional en la reunión del Cairo del pasado mes de junio. No le falta información, como no faltaba en Iraq en 2003. Sobran, como entonces, prejuicios ideológicos.

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Cataluña: hora de empezar de nuevo

Fernando de Haro

El resultado de las elecciones catalanas no le da una victoria clara al independentismo. Se abre un escenario para la formación de Gobierno muy complicada. El ya ex presidente de la Generalitat Artur Mas había convocado las elecciones como un referéndum. Las dos formaciones que defienden la secesión han obtenido un 47,5 por ciento. No habrían ganado un plebiscito. Hay ahora dos diputados independentistas menos que en la anterior legislatura. Mas ha fracasado y su lista si quiere gobernar tiene que llegar a un acuerdo con una formación radical (CUP) que va a exigir su cabeza.

La situación tras estas elecciones es complicada para la convivencia. Es evidente que la sociedad civil catalana está divida por la mitad. Son unas circunstancias difíciles. Uno de cada dos catalanes no se identifica con el proyecto común que representa España. Pero en estas circunstancias no es imposible una forma de relación entre los catalanes que supere la polarización. Y esa es la tarea más urgente. Las diferentes opciones ideológicas nacen de un terreno poco explorado: el deseo de justicia, el deseo de realización personal, el deseo de un país más humano, el deseo de recuperar la tradición o de crear algo nuevo. Esos deseos se convierten en posiciones rígidas, incluso violentas, cuando se cristalizan y se convierten en sistemas cerrados. Eso es lo que hace considerar al que piensa de un modo diferente como un enemigo, alguien que debe ser neutralizado. Mejor si desaparece.

En Cataluña hace mucho tiempo que la conversación nacional ha desaparecido. Casi todo son monólogos porque todo el mundo constata que la cantidad de ideología que comparte con el otro es muy pequeña. Solo se puede retomar la conversación si esta se sitúa en el mencionado nivel del deseo, no en la forma imaginada para que se cumpla. Serán necesarias respuestas. Pero no hay que correr para encontrarlas. Primero es necesario reconocerse en un deseo común. Eso es lo único que permite salir de una enemistad que se ha convertido en un laberinto. En la historia reciente de Europa y de España tenemos experiencia de un auténtico diálogo. La transición de la dictadura a la democracia se hizo así. “¿Qué permitió a los padres fundadores de Europa encontrar la disponibilidad necesaria para hablar entre ellos tras la Segunda Guerra Mundial?”, se pregunta Julián Carrón en su libro “La bellezza disarmata”. Y se responde: “la conciencia de que es imposible eliminar al otro los hizo menos presuntuosos, menos impermeables al diálogo. Y eso permitió que se percibiera al otro, en su diversidad, como un recurso, como un bien”.

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Cataluña: hora de empezar de nuevo

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Más Estado

Fernando de Haro

Se cumplen siete años de la quiebra de Lehman Brothers, el momento que señala el comienzo de la gran crisis. La onda expansiva todavía dura y obliga a superar ciertos clichés sobre el papel del Estado, ideas que se acuñaron en las décadas de los 80 y 90 del pasado siglo. En los años inmediatamente anteriores e inmediatamente posteriores a la caída del comunismo parecía conveniente utilizar la expresión “más sociedad menos Estado”. Se hacía para defender el protagonismo de los cuerpos intermedios. Era una fórmula que sintetizaba el principio de subsidiariedad, nacido en la doctrina social de la Iglesia. La interpretación liberal que se hizo de aquel principio, y lo sucedido en los últimos años, parece sugerir la necesidad de acompañar la subsidiariedad con la solidaridad. Y, sobre todo, invita a repensar el valor del Estado y de las instituciones globales.

El aniversario de la quiebra de Lehman Brothers ha coincidido con una decisión muy significativa de la FED. La Reserva Federal de los Estados Unidos no ha subido el precio del dinero. Desde hace semanas se habla de la conveniencia de poner fin a los estímulos monetarios que precisamente están en vigor desde 2008. En el país de Obama hay casi pleno empleo y el incremento del PIB es notable. Habría llegado el momento de acabar con la política de dinero barato. Pero los economistas no se fían. Nadie sabe qué se esconde detrás del estallido bursátil de China. A lo mejor es solo un ajuste, una señal para emprender una modernización que no ha llegado al Gigante Asiático. A lo peor es el comienzo de un cambio con efectos desastrosos: el que supondría pasar de tasas de crecimiento del 7 por ciento al 3 ó al 4 por ciento. La segunda locomotora del mundo dejaría entonces de tirar. En realidad nadie sabe qué hay tras la muralla china. Pero hay quien marca el calendario con un pronóstico funesto: 2008, empieza la crisis financiera en Estados Unidos; 2010, estalla en Europa; 2015, se pincha la burbuja china.

Hay economistas liberales para los que el error no fue dejar caer Lehman Brothers. La equivocación habría sido que el presidente de la Reserva Federal, Bernanke, y el secretario del Tesoro, Paulson, pidieran al Congreso un paquete por valor de 700.000 millones de dólares para el rescate del sistema financiero. En realidad la quiebra de Lehman fue una excepción. El Gobierno de Estados Unidos ha gastado mucho dinero en mantener a flote su sistema bancario. Los bancos fueron rescatados y también fueron rescatados los ciudadanos con la política de compra de bonos (1,6 billones de dólares hasta el año pasado) por parte de la FED. Comprar bonos significa meter más dinero en el sistema, lo que facilita el consumo y la creación de empleo.

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Cataluña: no la mayoría sino la caridad

Fernando de Haro

La democracia no se fundamenta en el principio de la mayoría sino en la experiencia de la caridad. Sustitúyase la palabra caridad por cualquiera de las fórmulas generadas oportunamente por la secularización: solidaridad, estima por el otro, tutela de los derechos fundamentales… El debate sobre la posible secesión de Cataluña es un buen caso práctico para ilustrarlo.

A unos pocos metros del Congreso de los Diputados (sede de la soberanía nacional española), en la Plaza Mayor de Madrid, viven desde hace meses unos mendigos. Se visten y se alimentan gracias a la asistencia de algunos voluntarios. El Congreso no se mantendría en pie sin lo que sucede en la Plaza Mayor. Sin igualdad o sin el compromiso de la sociedad civil el Estado del Bienestar, y con él la democracia, se vendría abajo. Pero ahora estamos hablando de otra cosa: de la inexcusable experiencia de la dignidad que provoca ser afirmado y afirmar al otro y sin la que no hay democracia fuerte. Los mendigos y los voluntarios tienen esa experiencia que tanta falta nos hace. “La democracia moderna no se fundamenta en la voluntad popular, sino en los derechos razonables de la dignidad humana”, ha escrito recientemente Ruiz Soroa.

Los partidarios de la independencia de Cataluña argumentan que les asiste el derecho a la autodeterminación y que son mayoría. Ya veremos lo que sucede en las elecciones del próximo 27 de septiembre. Las encuestas pronostican una mayoría, con uno o dos diputados de ventaja, favorable a la secesión. Los sondeos también anuncian una mayoría de votos contraria a la independencia. Estamos ante una sociedad partida por la mitad, con una ligera ventaja de los catalanes que quieren ser también españoles.

Es evidente que unas elecciones autonómicas no son el procedimiento adecuado para proclamar la independencia. Y está también bastante claro que no existe el derecho natural a la segregación. El derecho natural se ha inflado siempre para justificar ciertas necesidades históricas. Es lógico que con la descolonización se hablara del derecho a la autodeterminación. Pero los textos emanados de Naciones Unidas no tutelan ya esa pretensión (última Declaración de los pueblos indígenas de 2007).

Sin embargo hemos llegado a un punto en el que es inútil tirarse el derecho internacional a la cabeza. Más decisivo y urgente parece comprender qué puede mantener en pie nuestra convivencia.

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Cataluña: no la mayoría sino la caridad

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Refugees Welcome!

Fernando de Haro

La pancartas han sido contundentes: Refugees Welcome! (Refugiados, ¡bienvenidos!). No han colgado del Bundestag o de una sede del Gobierno. Las hemos visto en los estadios de fútbol alemanes. Muchos dicen que acoger a los refugiados sirios es una exigencia moral. Seguramente. Pero antes que eso es una gran oportunidad, una ocasión para descubrirse a sí mismo. Para que Europa recupere energías en la tarea siempre pendiente de recomenzar.

Lo tiene bastante claro Cristina. Es una berlinesa que ha acogido a un sirio en casa. “Estamos encantados de tener en nuestra casa a este nuevo inquilino. Estamos aprendiendo mucho”, le comenta a un periodista radiofónico. En Berlín la sociedad civil se ha organizado antes que las autoridades políticas, antes que las instituciones europeas. Los médicos hacen turnos para atender a los que llegan, las madres de familia mandan mensajes a través de las redes sociales para pedir enseres, se reparten paquetes de bienvenida. No es inútil que municipios y Comunidades Autónomas en España se movilicen para facilitar la acogida. Algunos los critican solo porque sus gobiernos son de izquierdas.

Esta crisis migratoria, la mayor desde la II Guerra Mundial, parece haberse convertido en un gran revulsivo. Una parte de Europa despierta. Alrededor de 270.000 inmigrantes ilegales han llegado en lo que llevamos de año. Grecia se ha convertido en el gran punto de entrada para los que huyen de la guerra de Siria a través de Turquía. Las escenas de dolor y sufrimiento que han abierto los informativos durante todo el verano, la situación en la estación de tren de Budapest, el ahogamiento del pequeño Aylan y su hermano han provocado una movilización de la opinión pública. Merkel se ha convertido esta vez en la líder no de los recortes, sino de la compasión. Los jefes de Estado y de Gobierno europeos tienen sobre la mesa la propuesta de acoger no ya a 40.000 refugiados, cifra propuesta por Bruselas el pasado mes de mayo, sino a 160.000. La ONU dice que el número tiene que elevarse hasta 200.000. Europa podría inspirarse en el sistema de acogida y recolocación que ha puesto en marcha Alemania. De momento se ha suspendido el Acuerdo de Dublín, que obliga a solicitar asilo en el país al que se llega. La inmensa mayoría de refugiados quiere instalarse en las tierras de Merkel o en Suecia. Sin duda es necesario aprobar un sistema de reparto ordenado. La Unión Europea, que ha mostrado una incapacidad política vergonzosa para afrontar el problema griego y la crisis de los bancos, a lo mejor encuentra ante este gran problema un modo de estar a la altura de las circunstancias.

Al reparto de los refugiados con cuotas se oponen el grupo de los antiguos países del Este con Hungría y Polonia a la cabeza. Son los países que más beneficiados resultaron por la generosidad europea de los años 90. Budapest se ha convertido en la capital del miedo. El primer ministro Orban ha sostenido en la última semana, después de levantar un nuevo muro, que hay que defender a Europa de la invasión de los que vienen de “otra civilización”. Electoralismo de corto plazo, miedo a que la prosperidad de Europa se vea desbordada, a no tener capacidad para atender a los que huyen de la guerra. Hungría está en todas partes: como egoísmo, como preocupación lógica por la integración, como una identidad débil. Todos tenemos dentro un voluntario alemán y un primer ministro húngaro.

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Reencuentro en Cataluña

Fernando de Haro

La "reentrada" en España está marcada por el calendario electoral. Queda menos de un mes para los comicios catalanes que los promotores de la independencia quieren plebiscitarios. La convocatoria electoral del próximo 27 de septiembre no es un referéndum. La ley y el Tribunal Constitucional dejan claro en qué casos se pueden celebrar referenda. Unas elecciones autonómicas son unas elecciones autonómicas. Pero del resultado de las elecciones del 27 de septiembre depende que dentro de unos meses se produzca o no una declaración unilateral de secesión.

Es difícil en este momento predecir el resultado. Las encuestas apuntan a un empate entre las fuerzas partidarias de la independencia y las partidarias de una Cataluña española. Al final, es muy probable que sea la lista de Podemos la que decida. Los últimos sondeos señalan que hay una mayoría de catalanes que están en contra de la creación de un nuevo país. La inmediata salida del euro que supondría la independencia ha provocado "deserciones" entre los partidarios de la secesión. En cualquier caso estamos ante una sociedad dividida por la mitad, donde la polarización política se ha trasladado hasta lo más íntimo de las familias. Hay cosas de las que ya no se puede hablar salvo que se esté rodeado de los que son afines.

Hay razones suficientes para afirmar que es preferible una Cataluña española que una Cataluña independiente. Razones de titularidad de soberanía, razones históricas, razones económicas. La unidad es un bien. Y en este caso la unidad es una garantía de mayor libertad. Libertad para las personas, para las células sociales.

El hecho de que sea más razonable la unidad no impide que se escuchen y se intenten comprender las razones que llevan a algunos a defender la independencia. Detrás de esas razones no solo hay un sistema de ideas que rebatir o que vencer sino personas que canalizan sus aspiraciones de felicidad y de plenitud humana a través de un proyecto político. Es evidente que la forma del Estado, sea cual sea, no estará nunca a la altura de la profundidad de ese deseo.

Pero las aspiraciones, compartidas en su raíz última por los partidarios de una Cataluña española y de una catalana, dan forma a un territorio común que es necesario explorar. Un territorio desconocido porque de las cosas que tienen que ver con la felicidad y con el sentido de la vida es de lo último de lo que se habla. Todos estamos sometidos a esa censura diabólica. La ideología, el poder, pretende impedirnos que nos reconozcamos en ese río silencioso y obstinado que nos lleva a tomar parte por una u otra solución. Los detalles de las dos opciones deben ser debatidos. Pero debemos iniciar también una conversación, todavía inédita, sobre qué buscamos al sostener nuestras posiciones.

El otro, sosteniendo una posición diferente a la mía, es un bien. No solo porque purifica mis argumentos. Escucharlo me permite entenderme mejor, me ayuda a liberarme de la ideologización. En el otro, como en mí, la opción política nace, aunque sea de un modo inconsciente, de la inmensidad del deseo humano. Recorrer el camino que lleva de la política al deseo y del deseo a la política nos libera de la angostura de las ideas siempre previsibles, siempre construidas a nuestra medida.

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Reencuentro en Cataluña

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Experiencia frente a experiencia

Fernando de Haro

El deseo de cambio encauzado, reducido. Lejos quedan los momentos tormentosos del inicio y ahora la torrentera baja ya entre los diques de una vieja ideología. Estamos hablando de Podemos y del 15-M. Quizás estuviera en sus genes. Habrá quien lo celebre. Parece cerca “el asalto al cielo”. El proyecto de Pablo Iglesias está a punto de realizarse. Pero la necesidad de algo nuevo se ha quedado huérfana.

El curso electoral en España cierra con dos grandes incógnitas que producen una lógica inquietud. Agosto va a ser mes de pre-campaña electoral en Cataluña. El 27 de septiembre se celebran las elecciones autonómicas que los independentistas quieren “plebiscitarias”. O mucho se equivocan todas las encuestas, o las dos listas que apuestan claramente por la independencia no van a obtener una mayoría suficiente que les permita declarar la secesión. La lista del president Mas, a la que se ha sumado ERC y la llamada sociedad civil catalana (que nunca fue civil porque ha nacido y crecido con dinero público) y la lista radicalísima de la CUP se van a quedar lejos de la mayoría absoluta. Va a ser la lista de Podemos la que decida. Y Podemos en Cataluña, de momento, asegura que está por lo que llama “la integridad del Estado español”. Pero hasta el último momento la cuestión quedará abierta. Lenin no era partidario del nacionalismo pero cuando llegó el momento lo utilizó para acelerar la revolución. No hay que descartar que el nuevo partido apoye la fractura para crear inestabilidad.

El futuro de Cataluña puede estar en manos de Podemos como puede estarlo el Gobierno de la nación. España se marcha de vacaciones con el bipartidismo recuperando terreno: PP y PSOE vuelven a sumar el 50 por ciento de los votos y están empatados. Pero hasta el último minuto del recuento de las elecciones generales del próximo otoño no se sabrá quién va a ocupar el Palacio de la Moncloa. La derecha no gobernará si los socialistas suman con Podemos, con otras fuerzas de izquierdas y con los nacionalistas, un solo diputado más que Rajoy. Por primera vez en la democracia española la fuerza más votada puede no ser la que forme Ejecutivo.

Podemos decide. Aunque Podemos pierde apoyo. Según la última encuesta de Metroscopia, el populismo español ha pasado en los últimos meses del 28 por ciento al 18 por ciento en intención de voto. El proceso de primarias para elegir a sus candidatos ha sido un auténtico fracaso en la participación popular. La fuerza del partido del círculo consistía en movilizar a mucha gente a través de las redes sociales y de las asambleas ciudadanas. Pero ahora que ha llegado el momento de la institucionalización, solo un 16 por ciento de sus 380.000 inscritos han querido votar. El partido ha fosilizado una teología política y ya no canaliza las inquietudes fundacionales.

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Experiencia frente a experiencia

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Geometría no relativa pero sí variable

Fernando de Haro

Ha sido una semana de paradojas. El presidente estadounidense más errático en política internacional desde la época de Carter (1977-1981), el que más se había equivocado en Oriente Próximo hasta este momento, ha conseguido firmar un acuerdo con Irán que supone el paso más decisivo en décadas. Puede aportar algo de estabilidad a una de las regiones determinantes del planeta, región sometida en estos momentos a una tensión como la que sufría Europa en la I Guerra Mundial. Sin paz en el eje que va desde Egipto hasta Pakistán es difícil que haya algo de sosiego en el resto del mundo. Obama erró al apoyar a los Hermanos Musulmanes en Egipto, al desentenderse de Iraq, al apoyar en Siria primero a la oposición y luego al régimen. Y sin embargo ha acertado de pleno al sacar a Irán de su aislamiento con el acuerdo de Viena.

Para comprender lo sucedido en la capital austriaca no hay más que viajar a cualquiera de los pueblos cercanos a Baalbek, en el este del Líbano. Basta preguntarle a los refugiados sirios qué piensan de esas localidades controlados por Hezbollah, todas ellas decoradas con grandes carteles de su líder Nasrallah. Los que huyen de la limpieza étnica puesta en marcha por el Daesh se sienten al fin a salvo bajo la protección de la milicia pro-iraní. Irán se han convertido en el mejor aliado en la guerra civil que se desarrolla en Oriente Próximo, guerra civil en el interior del islam, guerra entre chiítas y suníes, y sobre todo, entre las diferentes facciones suníes. No habrá victoria sobre el Daesh sin la ayuda de los persas. No son demócratas pero gestionan un Estado digno de semejante nombre con capacidad de hacer frente al terrorismo. Abandonar los programas ideológicos de construcción nacional de Bush, que hace 11 años provocaron un desastre sin precedentes en Iraq, y alejarse un poco de Arabia Saudí y de Qatar han sido aciertos de Obama. Aciertos paradójicos promovidos por un presidente con muy poco bagaje al que incluso el título de pragmático le puede venir grande. Paradoja es apostar por un país que a finales de los años 70 del pasado siglo inauguró el islamismo político.

Paradójico es que Europa –con toda su historia y con todos sus méritos–, 27 horas antes del acuerdo de Viena, a 1.105 kilómetros, cerrara in extremis una fórmula para renegociar el tercer rescate de Grecia que ha puesto en evidencia las debilidades del Viejo Continente. La solución adoptada en el Consejo Europeo del pasado lunes, después de años de intentonas y de meses de negociaciones, ha sido un parche provisional. No está nada claro que el crédito-puente, el tercer paquete y las reformas acordadas vayan a deshacer ese círculo vicioso que han generado los incumplimientos y las obligaciones inatendibles. Europa se ha limitado a salir del entuerto durante unos meses, quizás sean solo semanas. No ha dado un solo paso para reforzar políticamente el euro. Bruselas, París y Berlín parecen cada vez más prisioneras de la tecnocracia y de ese nacionalismo que tiene forma de fondo de pensiones. Falta músculo para aportar una solución a la altura del reto populista.

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Geometría no relativa pero sí variable

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La contención es pobre

Fernando de Haro

Los ministros de Rajoy cantan como Sinatra. No es una metáfora. El nuevo responsable de la cartera de Educación, Íñigo Méndez de Vigo, se arrancó entonando el “I did it my way”. Ha sucedido este fin de semana, en la Conferencia Política del PP. Ha sido el último acto del partido en el Gobierno, antes de las elecciones generales de otoño. Los populares quieren hacerlo ahora todo muy moderno. El escenario para las intervenciones de los diferentes invitados se parecía al de una sala de fiestas y el ministro no resistió la tentación. Los nuevos líderes de la formación se han quitado la corbata y quieren dar una imagen de cercanía con la gente. Parece que van a cambiar el modo de elegir a su presidente y candidato. La última palabra la van a tener los militantes. La verdad es que tienen tarea por delante.

Mientras el partido intenta aggiornarse, el Gobierno ha adelantado la reforma fiscal y no para de aprobar medidas para que el castigado bolsillo de los españoles se vea algo aliviado. La previsión de crecimiento se ha elevado al 3,3 por ciento para 2015. Se van a crear 600.000 empleos este año y el FMI y Bruselas aplauden el despegue. Rajoy además recuerda siempre que puede que si él no gobierna lo hará una coalición de izquierdas en la que mandará la Syriza española, Podemos.

Pero ni por esas. Puede que dentro de unos meses el que tenga que entonar el “My way” de Sinatra sea el propio Rajoy. Sobre todo los dos primeros versos de la canción: "And now, the end is near/And so I face the final curtain”. El “último telón” político, claro.

Recuperación y participación

Dos de los institutos demoscópicos de más prestigio del país, uno de derechas y otro de izquierdas, GAD3 y Metrocospia, coinciden. Si se celebraran en este momento las elecciones es muy probable que Rajoy no gobernara. No está claro quién las ganaría. Hay empate técnico entre el PP y el PSOE. Pero ya está claro que, por primera vez desde que volvió la democracia a España, no se va a respetar el principio de que gobierne la lista más votada al designar al presidente del Gobierno. Aunque los socialistas queden por detrás de los populares, cerrarán acuerdos con la izquierda antigua y nueva, los nacionalistas o con quien haga falta para conseguir la presidencia. El acuerdo de los socialistas con Podemos no les gusta a sus votantes, un 61 por ciento prefiere otras soluciones. Pero si es aritméticamente posible se cerrará. Como se ha cerrado en muchas partes de la geografía española tras las elecciones municipales y autonómicas.

Los expertos demoscópicos le explican al PP que agitar el miedo a las izquierdas no sirve para ganar elecciones. Pero a los populares parece que les falta músculo político para responder a las pulsiones que dominan en la sociedad española. El populismo, como afirma con precisión Benigno Blanco, avanza por la “manipulación de las emociones y los sentimientos populares”.

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Grecia en una Europa más europea

Fernando de Haro

La victoria del no pone las cosas mucho más difíciles para afrontar la difícil situación que vive el país. Tsipras está ahora crecido y querrá hacer valer su triunfo pero en cualquier caso hay que volver a la mesa de negociación. En realidad antes de la convocatoria del referéndum el acuerdo estaba casi cerrado, sólo había una diferencia de 100 millones. Había consenso sobre el IVA, sobre el  recorte de gastos, sobre el calendario para prorrogar la edad de jubilación, sobre  las privatizaciones… Se habían armonizado las posiciones, por más que se quiera hacer guerra con el asunto, en torno a la  necesidad de reestructurar la deuda.

Habrá que volver a la mesa de negociación porque sin la ayuda del BCE Grecia cae en el infierno  y porque necesita urgentemente mucho dinero. El FMI ha estimado esa necesidad de fondos en 50.000 millones de euros para el tercer rescate,  a lo que hay que añadir una quita de la deuda y un alargamiento de los  plazos.  Grecia ha sido, sí, el socio díscolo. Ha engañado, ha hecho trampas, pero es nuestro socio.  Se puede retomar la conversación donde se había quedado. Y cuadrar el círculo: rescatarla de nuevo, esta vez con más inteligencia, y conseguir que modernice su economía. Es también una buena ocasión para acelerar la unión fiscal (no hay que parar hasta conseguir un Gobierno económico) y la  unión bancaria.

Europa como proyecto surgió en 1950 para cuadrar un dilema para el que tampoco parecía haber salida.  Durante 70 años el crecimiento económico de Francia y de Alemania, en los sectores industriales del acero y del carbón, había sido fuente de conflictos  muy sangrientos. Parecía irresoluble la ecuación que siempre daba como resultado la guerra cuando una de las dos potencias quería aumentar su riqueza.

No es inútil retomar los textos de aquellos años. Alemania, la que ahora reparte certificados de “europeidad”, era entonces la gran amenaza. Podemos releer las palabras que el secretario de Estado de los Estados Unidos, Dean Acheson, dirigía a Schuman, entonces ministro de Asuntos Exteriores de Francia,  en octubre de 1949. Acheson le explica a Schuman algo de lo que este estaba convencido: era necesario un cambio de paradigma. Podemos sustituir la palabra Alemania por Grecia y la misiva gana una actualidad sorprendente.  “En la mayoría de los casos, nos hemos acostumbrado durante los últimos cuatro años a decidir por los alemanes (griegos en 2015) o a imponerles nuestros puntos de vista. Evidentemente podríamos pretender que los alemanes (griegos de 2015) nos dieran una prueba de un comportamiento conforme a nuestra espera. ¿Pero nos lo podemos permitir con el poco tiempo del que disponemos? ¿No sería más sabio dar el primer paso y conceder de antemano a los alemanes (griegos de 2015) un crédito político que todavía no se han merecido del todo? No podemos esperar de los alemanes (griegos de 2015) un deseo de cooperar una vez que los hayamos condenado a la inanición”. La carta parece escrita hoy.

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Alegría frente al terror

Fernando de Haro

Ola de atentados yihadistas cuando se cumple un año de la proclamación del califato por el Daesh. Más de sesenta muertos en los tres ataques que tuvieron lugar durante el viernes, casi de forma simultánea, en Francia, Túnez y Kuwait. La noticia de la masacre, que parece coordinada, ocupa la portada de periódicos y noticiarios televisivos.

Las masacres son casi cotidianas en Siria y en Iraq, donde el Daesh ya controla una parte muy importante del terreno. Y merecen menos atención. También lo son en otros lugares del mundo donde los yihadistas golpean sin tregua: noreste de Nigeria, Somalia, Pakistán y un largo etcétera. Oriente Próximo es el epicentro de la guerra civil que se libra dentro del islam. Su violencia salpica a todo el mundo provocando una suerte de tercera guerra mundial seriada.

La proclamación del califato por Abú Bakr al Baghdadi, a finales de junio de 2014, fue un acto de fuerte contenido simbólico. Hace cien años que se abolió el último califato. Ataturk lo suprimió el 3 de marzo de 1914. El Daesh pretende utilizar ese hueco que ha quedado en el corazón de muchos creyentes. En realidad un siglo no es nada para la historia de una religión y de una teología política que se inició con Abu Bakr as-Siddiq o con Alí, según se mire, y que cuenta ya con 1.300 años.

Al Baghdadi pretende ser el sucesor legítimo de Abd-ul-Mejid II. Es un ejemplo claro de cómo funciona el Daesh. Se apropia del lenguaje del islam para dar consistencia a un proyecto, creado para combatir el chiísmo, en el que es fácil reconocer los rasgos nihilistas del terrorismo occidental. El islam es una realidad política y religiosa multiforme. El sunismo más radical (wahabismo) ha querido crear una alternativa al eje chiíta que se extendía desde Teherán hasta el sur del Líbano, zona controlada por Hezbollá, pasando por la Siria de Assad y el nuevo Iraq. Eso es lo que hizo engordar la rama babilónica de Al Qaeda (Al Qaeda de los Dos Ríos). Los dólares llegaron a raudales, seguramente siguen llegando, desde las arcas de donantes privados de Qatar y de Arabia Saudí. Luego el monstruo se independizó y ha cobrado vida propia. Ya no necesita apoyo para financiarse. Obtiene grandes cantidades de dinero en el mercado negro con la venta del petróleo que explota.

Un año después de la proclamación del califato es evidente que la respuesta no ha sido suficiente ni adecuada. Alrededor de seis millones de refugiados, cristianos pero también musulmanes moderados, intentan salir adelante en ciudades del Líbano, Turquía, Jordania y el Kurdistán.

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Madrid como ensayo

Fernando de Haro

En Madrid se ensayan ya las dos fórmulas entre las que se va a debatir la política española en los próximos años. Primera fórmula. En el ayuntamiento de la capital da los primeros pasos el Gobierno de Manuela Carmena, la alcaldesa amiga de Podemos apoyada por los socialistas. No ha sido noticia la reunión de Carmena con los máximos ejecutivos de los grandes bancos del país (Santander y BBVA) para encontrar una solución, que parece fácil, ante los desahucios. Los titulares se los ha llevado el cese de uno de sus concejales –que hace años hizo bromas de mal gusto sobre los judíos– y la imputación de su concejala-portavoz por desnudarse en el asalto a una capilla universitaria. Carmena puede convertirse rápidamente en una vacuna contra la epidemia de los que han buscado en Podemos una alternativa de izquierdas al gobierno de la derecha.

Segunda fórmula. En la Comunidad de Madrid –en el gobierno regional– se ha firmado un pacto que va a permitir gobernar al PP. Los populares han aceptado una serie de exigencias de Ciudadanos, el partido emergente de centro. El acuerdo es relevante porque el gobierno regional es el que tiene las competencias políticas más sustanciales y porque bien puede ser un modelo para lo que ocurra tras las generales de noviembre. El PP no gobernará más con mayoría absoluta y la única posibilidad que tiene de hacerlo es apoyado por la nueva formación.

Ciudadanos, que ha querido aparecer como un campeón de la regeneración, ha exigido una serie de compromisos razonables: limitación de mandatos, cese inmediato de los imputados, eliminación de los aforamientos, despolitización de la televisión del gobierno, etc. Se hace así más fácil luchar contra la corrupción. Queda pendiente, eso sí, una reforma de la ley electoral autonómica para adoptar unas listas abiertas como las alemanas. El pacto suprime órganos innecesarios y obliga al PP a hacer política con menos arrogancia. Siempre es positivo.

Hay tres capítulos especialmente interesantes: el económico, el de los servicios públicos y el de la educación. Ciudadanos está obsesionado con que el futuro de la economía pasa por la innovación. Y ha querido que el acuerdo incluyera un aumento de la inversión en este apartado. Es un buen mensaje.

En cuanto al Estado del Bienestar, el nuevo partido ha exigido que se frene el proceso de privatización de la sanidad y de algunas empresas públicas como la que se encarga de la gestión del agua. El debate es apasionante pero se ha planteado mal. En España, tradicionalmente, ha habido y hay una gran resistencia a que la gestión del Bienestar no sea hecha directamente por la Administración. El anterior gobierno de la Comunidad de Madrid abrió una encendida polémica al poner en marcha la gestión de algunos hospitales a través de entidades con ánimo de lucro. El sector sanitario y los madrileños, no sin parte de razón, percibieron la decisión como una privatización. No se avanzó en la transición del Estado del Bienestar al Sistema del Bienestar, no se le dio más peso a las entidades de iniciativa social. Se le concedió más protagonismo al mercado. Fue un ejercicio de liberalismo clásico. Ciudadanos ha impuesto ahora una marcha atrás de esa privatización. El debate, más tarde o más temprano, se reabrirá. Esperemos que en términos más sosegados.

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Una gran señora hausa

Fernando de Haro (Jos, Nigeria)

Elisabeth tiene 15 años. Carga a su hermana en la espalda. Pasadas las tres de la tarde golpea una pieza de metal que cuelga de un gran y viejo árbol africano. La llamada penetra en la sabana y llega hasta el último rincón de la aldea de Dogo Nahawa. La comunidad está esparcida, solo hay un cruce de caminos que sirve de plaza. Las casas, de una sola habitación. Las paredes de barro cocido. La tierra, de un rojo intenso. Los techos, bien de paja, bien de uralita. No hay agua corriente, solo dos fuentes en la calle principal. El sol es inmisericorde. Los cactus se utilizan para separar los pequeños campos. No hay ni máquinas ni bestias para arar la tierra. Se usa un azadón ancho.

Mientras los niños del pueblo acuden a la llamada de Elisabeth, algunas mujeres se encaminan a las tierras, a labrar. La mayoría de los vecinos de Dogo Nahawa son cristianos, son agricultores. El cultivo solo les da para sobrevivir. Tienen el blanco de los ojos amarillo. Las facciones muy marcadas. Pocos hablan inglés, la lengua dominante es el hausa.

Los niños del pueblo se reúnen en la única iglesia que quedó en pie. Bajo la dirección de Elisabeth empieza el baile. Una canción tras otra, al ritmo del tambor y del sonido que hace una olla al taparla y destaparla. "Cuando se sigue a Jesucristo no se mira atrás", dice la letra que se repite una y otra vez. Hasta la más pequeña, que no tendrá dos años, baila de un modo que no se puede aprender. Con un solo gesto de la mano mueve el mundo. "Cuando se sigue a Jesucristo no se mira atrás". Los niños que bailan con Elisabeth tendrían muchos motivos para mirar atrás. Cuando estaban en esa edad en la que todo se fija en la memoria, un centenar de hombres atacó su pueblo. Primero dispararon sus fusiles, luego quemaron muchas casas y la otra iglesia, y por último utilizaron los machetes. En la memoria de esos niños está la terrible frase de aquellos hombres que vinieron de fuera: "Vais a morir todos porque sois cristianos".

La masacre fue en 2015. Empezó a las 3 de la mañana, terminó a las 7. Bonifacio, voluntario de Caritas, llegó a las 8. El pueblo todavía estaba en llamas. Y por todas partes había cuerpos destrozados, miembros amputados. Bonifacio desde entonces viene con frecuencia a Dogo Nahawa y escucha el dolor que todavía supura cada rincón de la aldea. Oye a la gente, llora y reza con ellos. "No es fácil superar una cosa así", explica. Bonifacio respeta a los jefes del pueblo, elegidos según las antiguas tradiciones. Conversa con ellos despacio.

Una abuela hausa, señora la llaman, cruza una de las calles de Dogo Nahawa. Le falta un brazo, se lo amputaron la fatídica noche. No se avergüenza de estar mutilada. En el rostro lleva marcadas dos cruces. "Aunque volvieran otra vez y mataran a todos, aunque yo fuera la única que quedase viva, aunque fuera la única cristiana que quedara, no me convertiría al islam". Las palabras de la gran señora, la abuela hausa, suenan rotundas, firmes. No añade nada más y sonríe. La gran señora hausa quizás no lo sabe, pero es uno de los pilares del universo. Un sí así sostiene las estrellas.

No se sabe quién ordenó la matanza. Parece que Boko Haram llamó a los fulanis, una de las etnias más importantes de Nigeria, para que asesinaran a los cristianos. Vinieron de fuera de la aldea. Tampoco nadie sabe cuántos cristianos han muerto por la aplicación de la sharía en el norte del país desde el año 2000, ni a cuántos han matado ya los terroristas. El proyecto es claro: limpiar la zona septentrional de seguidores de la cruz. Decenas de miles, especialmente en la región cercana a Madiguri, han abandonado sus casas y han huido a Camerún. Mientras se ejecuta la limpieza étnica, la Nigeria cristiana baila y reza. Incesantemente. Las iglesias llenas, un himno tras otro, confesiones por las esquinas, catequesis en cualquier rincón. Parece la Polonia de los años 80. "No nos van a quitar la alegría", asegura monseñor Kaigama, el presidente de la Conferencia Episcopal.

Elisabeth danza. Y Bonifacio explica: el canto, el baile y la oración limpian el mal, ayudan a lavar el dolor. Caridad y música frente a la barbarie. Es el testimonio de la joven iglesia nigeriana. Apenas un siglo, miles de mártires. Frescura para la vieja cristiandad occidental cansada que no sabe bailar.

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Una gran señora hausa

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En un grito

Fernando de Haro

Rob y Juan no se conocen. Pertenecen a dos mundos distintos. Los dos son occidentales, pero les separan no menos de dieciséis horas de vuelo. Rob Rhinerhart es un joven ingeniero que trabaja en California para una de las compañías de la nueva economía. Nadie sabe cuál es su empresa salvo un círculo reducido de amigos. Bien puede tratarse de Google. Juan Español milita en uno de los nuevos movimientos populistas nacidos a partir del 15-M. Desde hace algunos años participa activamente en las asambleas que se han organizado en la periferia de Madrid para luchar contra los desahucios.

Rob ha suprimido las comidas. Es un exponente claro de lo que algunos llaman 24/7: 24 horas, 7 días a la semana. La vida sin pausa. Está comprometido en un proyecto muy exigente. Por eso dese hace semanas se alimenta con tres batidos al día. Cada uno de ellos contiene los carbohidratos, las proteínas, las grasas, las vitaminas y 35 nutrientes básicos necesarios. Los tres batidos sustituyen al desayuno, la comida y la cena. No hay que pasar por la cocina, no hay que masticar, no hay que perder el tiempo “socializando”. Cuando se quiere ser productivo hay que serlo de verdad. No hay mayor satisfacción que sentirse útil, que tener éxito, por el bien de la sociedad, claro. Las nuevas tecnologías le mejoran la vida a mucha gente. Ahora las nuevas fronteras son el internet de las cosas (en 2020 habrá 40.000 millones de aparatos conectados a la red); los asistentes de voz (new on tap) y el video inmersivo que permite visitar cualquier lugar en primera persona.

Juan ha encontrado en la lucha contra los desahucios la causa que siempre ha buscado. A pesar de lo duros que han sido los últimos años está agradecido a la crisis. Los días ya no son grises, aburridos, el compromiso le ha vuelto a poner color a sus jornadas. En España hay tres, cuatro millones de viviendas vacías. Buena parte de ellas pertenecen a la banca. A esa banca que ha sido rescatada con dinero prestado por Bruselas: 40.000 millones de euros que hay que devolver. Se rescata a la banca, pero no a las personas. Y mientras, la pobre gente es expulsada de sus casas porque en su día firmó una hipoteca por encima de sus posibilidades y ahora no puede pagarla. Es satisfactorio sentirse útil combatiendo por la justicia, acompañado en la militancia.

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El reto del socialpopulismo

Fernando de Haro

Han sido unas primarias. No se puede negar. Las elecciones municipales y autonómicas celebradas en España el pasado domingo han sido un adelanto de lo que puede suceder dentro de seis meses cuando se celebren las elecciones generales.

El diagnóstico está más o menos claro. El PP gana pero pierde importantes cuotas de poder. El centro-derecha se ha dejado por el camino dos millones y medio de votos. 800.000 se han ido a la nueva formación de centro, a Ciudadanos. Pero 1.700.000 de los antiguos votantes del centro-derecha se han quedado en casa. Los votantes de izquierda, especialmente los más jóvenes, se han movilizado y han apoyado a Podemos, el nuevo partido populista y radical. Sin embargo, una gran parte del electorado de centro-derecha se abstiene. Está defraudado por los casos de corrupción, por la mala gestión de los escándalos, por la falta de regeneración, porque se siente desencantado, porque no se identifica con un Gobierno al que considera demasiado técnico. La lista de reproches es larga. Ciudadanos es todavía demasiado joven como para compensar el batacazo del partido de Rajoy.

En los próximos días se irán cerrando los pactos de izquierdas. Los socialistas, aunque también salen debilitados de los últimos comicios, no se resistirán a ninguna tentación. En todos aquellos sitios donde puedan llegar a un acuerdo con Podemos lo firmarán. Y si hay que incorporar a un tercera formación para que la suma salga, lo harán. Ni se considera la posibilidad de un pacto a la alemana, una gran coalición entre socialistas y populares. Aunque el acercamiento del PSOE a los populistas suponga el abrazo del oso para los primeros (se disputan el mismo espacio político), ahora no se piensa ni en el medio ni en el largo plazo. Lo urgente es que la izquierda vuelva a gobernar. A cualquier precio.

¿Y el pronóstico? ¿Tendrá el PP capacidad de reacción para recobrar a sus antiguos votantes antes de las generales? ¿Los acuerdos de PSOE y Podemos en los ayuntamientos y en los gobiernos regionales movilizarán el voto del miedo? Los últimos cinco años han puesto de manifiesto que la capacidad política de Rajoy y del actual PP es limitada. Sus buenos resultados de hace cuatro años fueron consecuencia, en gran medida, del destrozo de Zapatero. El anterior presidente del Gobierno consiguió que la marca del PSOE fuera una marca maldita. Esa fue la razón por la que Rajoy obtuvo mayoría absoluta. Ahora al PP le sucede algo parecido.

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Cameron no vive en España

Fernando de Haro

El PP gana las elecciones municipales y autonómicas, pero va a perder importantes gobiernos de ciudades y regiones destacadas. Los pactos pueden darle a la izquierda el poder en emblemáticas Comunidades Autónomas, lo que puede significar un retroceso de la libertad de educación. La emergencia de Podemos y de Ciudadanos, los nuevos partidos, erosiona el bipartidismo pero no lo destruye. Esos son algunos de los titulares que deja la jornada del 24 de mayo.

El populismo de Podemos gana terreno y consigue victorias decisivas en las alcaldías de Madrid y Barcelona. Los acuerdos entre este nuevo partido y los socialistas seguramente harán que el PP aunque ha ganado en Castilla-La Mancha, en Valencia, en Baleares, en Cantabria y en Aragón no gobierne. Los populares pierden 11 puntos y Ciudadanos no sube tanto como para sostener en muchos sitios gobiernos de centro.

Estos resultados son una invitación a corregir cómo se ha hecho política en los últimos años. Una invitación a que el PP cambie de rumbo. Es inevitable y lógico que haya indignación entre los votantes. Normalísimo el rechazo de la corrupción y de una forma de ejercer el poder muy alejada de la vida cotidiana de los ciudadanos. Ya no queda tiempo para las reformas antes de las elecciones generales pero la lista la tenemos todos en la cabeza: elección directa de los alcaldes con dos vueltas; sustitución de las listas cerradas y bloqueadas -afrenta para los votantes en los ayuntamientos grandes, en los parlamentos regionales y en el Congreso- por fórmulas como la alemana; reforma de la Constitución para cerrar el modelo territorial (conforme al ya antiguo dictamen del Consejo de Estado); retirada de los partidos de las instituciones (televisiones autonómicas, judicatura, etc)…

PP y PSOE no han sido capaces de hacer esas reformas a tiempo. Y eso ha provocado la aparición de los nuevos partidos. La novedad no garantiza de forma automática la regeneración. El radicalismo de Podemos, lo que algunos llaman “integrismo democrático”, va a cambiar pocas cosas. Y el éxito demasiado rápido de Ciudadanos ha mostrado su debilidad. Rivera ha sucumbido a la tentación de presentarse a las municipales cuando su formación estaba muy lejos de tener los candidatos adecuados.

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Cameron no vive en España

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Votos por la libertad

Fernando de Haro

En tiempo de elecciones no hay mejor lectura que la de Agustín. En una mano, las papeletas con todas las siglas y todos los candidatos, en la otra algunas páginas de la Ciudad de Dios. Aunque parezca incómodo es el mejor modo, quizás el único, de mantener cierto equilibrio. Y sobre todo de ser realista. El realismo no es la condición del resignado sino la labor del auténtico (significado etimológico de realis).

El Agustín de la Ciudad de Dios es un hombre maduro, escribe a partir del 412, dos años después de que el visigodo Alarico haya tomado Roma. No pretende ofrecer fórmula alguna para detener el avance de la barbarie. Toma la pluma para responder a los que explican la caída del Imperio por el abandono de los dioses paganos. No hay alianza entre el poder y la religión que sirva de dique de contención. En sus páginas critica la teología política pagana pero también se distancia de la posición que, desde Eusebio de Cesarea, había justificado el imperio cristiano. Agustín se corrige. Años antes había defendido el uso del poder del emperador Honorio para frenar la herejía del donatismo. Ahora asegura que del Estado solo hay que esperar paz y libertad. Y punto.

Los tiempos de la herejía donatista, una herejía que ponía en duda el valor de la misericordia y de la gracia, quedan lejos. Avanza sin embargo la descomposición de una cultura derivada de la Ilustración más pretenciosa, la que ha creído que el hombre podía, con sus propias fuerzas, mantener en pie su proyecto vital y de convivencia. Al resultado de ese proceso de descomposición antropológica podría llamársele, de forma metafórica, nueva barbarie.

En los primeros años de este siglo algunos se hicieron la ilusión de que los gobiernos de centro-derecha en el Reino Unido, Italia, España, Francia y Estados Unidos podrían frenar de algún modo el proceso de disolución de los valores occidentales. La ilusión ha perdurado y muchos se enfadan y escandalizan porque no haya un mayor compromiso en la defensa de esos valores que son los propios del “hombre natural”. Diez años después los resultados de ese espejismo son evidentes. Tenemos muy fresco lo ocurrido en la última legislatura de Cameron y en la que va a concluir de Rajoy.

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Votos por la libertad

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El decisivo cuarto criterio

Fernando de Haro

El ex-presidente del Gobierno, Felipe González, sigue funcionando como una especie de gurú de la vida política. Al menos para algunos. La semana pasada pronosticaba que, tras las próximas elecciones,  España "se va a parecer a Italia, donde Renzi llega a acuerdos  con Berlusconi,  pero con la desventaja de que no somos italianos". Aludía así a lo poco acostumbrados que están los políticos hispanos a llegar a acuerdos.

España se va a parecer después de las elecciones municipales y regionales del próximo 24 de mayo a la Italia anterior a la reforma electoral de Renzi. Va a haber pocas o ninguna mayoría absoluta, salvo que todas las encuestas se equivoquen. Y eso a pesar de que los regímenes electorales locales y autonómicos están copiados del modelo nacional, un sistema que beneficia a los grandes partidos por la estructura de la circunscripciones y por la corrección de la proporcionalidad. ¿La fragmentación es buena o mala? Depende.

Hay tres criterios claros para las elecciones que se celebran dentro de unos días. Conviene que no accedan al gobierno partidos que pongan en peligro la recuperación económica,  en tasas de crecimiento del PIB cercanas al 3 por ciento. Tampoco parece adecuado apoyar a aquellas formaciones que de forma directa o indirecta, a través de los pactos postelectorales, pongan en cuestión  la Constitución del 78. Sin duda hay muchas reformas institucionales que hacer pero en ningún caso parece adecuada la ruptura. Y del mismo modo, para aquellos que están convencidos de que la subsidiariedad es un principio determinante, lo más aconsejable sería votar a los partidos que en las distintas Comunidades Autónomas y ayuntamientos han favorecido más claramente la libertad de educación.

La combinación de estos tres criterios inclina, en principio, el voto en muchos casos en favor del PP. Sobre todo después de que el PSOE haya llegado a un acuerdo en el que se compromete a hacer una contrarreforma educativa para derogar  la última ley de enseñanza, ley que aunque no resuelve todos los problemas supone un cierto avance en la tutela de la libertad de los padres. Los socialistas se han negado a aceptar un pacto para que gobierne la fuerza más votada. No hay duda. Allí donde la izquierda pueda hacerse con el poder gracias a un acuerdo con los populistas de Podemos o con Izquierda Unida lo hará.

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El decisivo cuarto criterio

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'Más Sociedad menos Estado' ya no sirve

Fernando de Haro

El lema “más sociedad menos Estado” se utilizó en los años 90 para reivindicar mayor protagonismo de la sociedad civil en el espacio público. Ahora ya se antoja una fórmula demasiado simple, un eslogan que quizás haya sido superado por las nuevas circunstancias. Es unas de las conclusiones que se extraen de una lectura atenta del libro “Autonomía(s) para la sociedad”, un volumen que acaba de publicar en España Ediciones Encuentro en colaboración con www.paginasdigital.es. En el texto diferentes especialistas abordan políticas sectoriales con las que se puede concretar la subsidiariedad en la política regional.

Hace 25 años, cuando todavía estaban muy vivos en la memoria los regímenes marxistas que habían dominado Europa, existía una lógica preocupación por restarle peso al Estado. Había que frenar su pretensión de ser el único protagonista tanto en la gestión de los servicios públicos como en la “gestación del buen ciudadano”. El Estado debía proporcionar estabilidad jurídica y constitucional, facilitar la prosperidad económica, renunciar a cualquier labor educadora y dar paso a los cuerpos intermedios. Es una reivindicación que sigue siendo justa pero necesita ser matizada y completada. La globalización, los efectos negativos de la desregularización –que explica buena parte la crisis– y la aportación del “pensamiento social” de los dos últimos Papas han puesto de manifiesto hasta qué punto es necesario repensar la relación entre sociedad y Estado.

El eslogan “más sociedad menos Estado” puede interpretarse en clave liberal y, de hecho, eso es lo que ha sucedido en no pocas ocasiones durante los últimos años con consecuencias negativas que están a la vista de todos. En España, de hecho, esta interpretación sigue siendo la dominante porque difícilmente se entiende que entre el Estado y el mercado exista algo con peso. Si el lema de los años 90 se repite sin llevar a cabo un trabajo de tipo cultural y antropológico y sin valorar el papel discriminador de la Administración es fácil que prevalezca una sensibilidad “economicista”. Sensibilidad con la que a un Gobierno se le juzga, sobre todo, por su capacidad de favorecer la creación de riqueza. Eso supone olvidar que nunca hay una política, tampoco en economía, que sea neutral.

En la historia de Europa hemos visto cómo en muchos casos la sociedad civil se ha reducido a sociedad económica y esa sociedad económica a intereses. El carácter autónomo de la economía, trasfondo cultural y antropológico de buena parte del capitalismo del siglo XXI, ha sido identificado por algunos como parte del proceso de secularización y como expresión de la pérdida de la sustancia de la persona.

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'Más Sociedad menos Estado' ya no sirve

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Europa así no

Fernando de Haro

La semana pasada fueron y vinieron los ministros de Asuntos Exteriores y del Interior a Luxemburgo. Fueron y vinieron los jefes de Estado y los presidentes del Gobierno a un Consejo de Estado extraordinario en Bruselas. Y tanto movimiento y tanta agitación se quedó en nada o en muy poco. Las reuniones se convocaron para hacer frente a la nueva crisis de inmigración, a la muerte en pocos días de 1.000 personas en aguas del Estrecho.

Hicieron oídos sordos a lo que había reclamado Italia y a lo que habían pedido multitud de organismos internacionales. Se ha elevado algo la dotación para la operación Tritón que pasa a contar a partir de ahora con 9 millones de euros mensuales. Esa era la cantidad que se gastaba en 2013 y en 2014 el dispositivo de rescate Mare Nostrum. El importe lo sufragaba íntegro Italia.

El problema no es solo la falta de recursos. La Unión Europea se niega a modificar el tipo de mandato de Tritón, un operativo de Frontex. Frontex es la agencia europea para el control de las fronteras que sacará a los inmigrantes del agua porque así lo establecen las reglas de mar y no porque tenga la misión de rescatar a nadie.

La falta de una política migratoria común es un síntoma claro de la debilidad ideal de la Unión Europea. El Reino Unido está dispuesto a poner más recursos para controlar las fronteras con tal de que los que lleguen no se queden. Cameron se muestra duro para no perder terreno frente a los xenófobos de UKIP. Los países del sur reclaman, con razón, ayudas de los del norte para responder a la avalancha de los que huyen de la guerra. Y los del norte, en especial Alemania, se quejan, también con razón, de que los países del sur restringen demasiado la concesión de asilo.

La actual crisis inmigratoria está en buena medida provocada por razones políticas. Gran parte de los que llegan huyen de Libia, un auténtico Estado fallido que, tras la intervención europea, ha empeorado sus condiciones de viabilidad. El yihadismo empuja a iraquíes y sirios. Hay 130.000 nacionales de este último país que tienen pedido refugio. El total de demandantes de asilo asciende a unos 626.000 en toda la Unión Europea. Este año pueden llegar 130.000 más. ¿Muchos? Somos 500 millones de europeos.

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Europa así no

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Tiempo de transición, tiempo de la persona

Fernando de Haro

Rato detenido. La noticia corría el jueves por Madrid acompañada de una mezcla de sorpresa, incredulidad y también, por qué no decirlo, de satisfacción.   De esa extraña recompensa rastrera, hija de la envidia, que se siente cuando se ve caer a los poderosos.

Rato lo había sido todo en la época de José María Aznar, entre mediados de los años 90 del pasado siglo y 2004. Su estrella incluso se prolongó más allá: se permitió,  de hecho, dejar la dirección del FMI en 2007, a medio mandato. Refundador de la derecha española, eficaz y duro en la oposición al “régimen socialista”, todopoderoso vicepresidente económico, brillante parlamentario, amigo de la prensa de izquierdas…, hubo una época en España en la que ninguna gran compañía ni banco daba un paso sin contar con su autorización. Era uno de los pocos políticos a los que los periodistas respetábamos. Se le atribuye el segundo milagro económico español: haber favorecido la creación de 5 millones de empleos, haber puesto de moda al país. Cuando él mandaba todo el mundo en Europa quería ser español. Y ahora el gran hombre es detenido por posibles delitos de fraude fiscal, alzamiento de bienes y blanqueo de capitales. Es la tercera causa en pocos meses. En una de ellas, la salida a bolsa de Bankia, se le acusa de haber estafado a decenas de miles de accionistas.

El Gobierno de Rajoy anda noqueado. El presidente del Gobierno, a pesar de las evidencias, estaba convencido de que la recuperación económica le iba a devolver a los 5 millones de votantes que ha perdido. Quizás ahora se haya dado cuenta, por fin, de que los españoles piden respuestas no solo para la crisis económica, también  quieren soluciones para la crisis institucional. Los analistas repiten una y otra vez que España afronta un cambio de ciclo.

¿Pero de qué ciclo hablamos? Desde que la democracia volviera a España ha habido tres grandes ciclos políticos y dos epílogos. El primero fue el de la Transición. Toda una generación de políticos y profesionales se agruparon (en torno a la UCD) para gobernar y dotar al país de una Constitución. Aquel período acabó con la descomposición del partido creado ex profeso para el momento. Tomaron el relevo los socialistas, con Felipe González al frente.  Los chicos del PSOE eran  socialdemócratas apoyados por Alemania y Estados Unidos. Aquellos jóvenes, de una izquierda moderna que dejaba en la marginalidad a los comunistas, se pusieron al frente de la modernización del país. Murieron de éxito. Después de 14 años al frente del Gobierno la corrupción los puso en la calle. Se acabó el ciclo.

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Tiempo de transición, tiempo de la persona

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EncuentroMadrid: el deseo hace bien

Fernando de Haro

El EncuentroMadrid, el evento que la gente de Comunión y Liberación organiza desde hace ya bastantes primaveras en la capital de España, tiene en esta edición como invitado a Wael Farouq. Farouq es un joven profesor de la American University de El Cairo, musulmán, apasionado defensor de la primavera egipcia. Después de algunas estancias en Estados Unidos y en Europa, tiene una especial agudeza para ver con una mirada fresca la sociedad occidental. Muy crítico con alguna de las expresiones del actual islam, ha desarrollado hipótesis interesantes para explicar qué nos sucede en esta parte del mundo.

Farouq ha leído con provecho a Patrick Smith, un ensayista que tuvo bastante éxito en los Estados Unidos de finales de los años 90 del pasado siglo. Smith explicaba que en el Japón de la postguerra el emperador siguió conservando sus atributos religiosos como una pura apariencia. Se creó entonces la “sacralidad de la nada”. Esa expresión, “sacralidad de la nada”, es la que, según el profesor musulmán, mejor expresa la vida occidental. Decimos regirnos por los grandes principios, los sagrados valores ilustrados de la libertad, la razón o la igualdad pero la postmodernidad los ha vaciado de contenido como vació la sacralidad imperial. La acusación es especialmente aguda porque Farouq la formuló hace unas semanas, cuando se llenaban páginas y páginas en defensa de la libertad de expresión, tras el atentado yihadista de París.

En la esfera pública es obligatorio someterse a la “sacralidad de la nada”. No puede haber identidades claras, religiosidad pública. Es necesario impedir que se discrimine al diferente y la mejor manera de evitarlo es que la diferencia no exista. Pero esa neutralidad es insostenible. Los valores de la república neutral, ideales de la Francia laica y de la España que tanto la imita –tan defendidos por Finkielkraut en su último libro La identidad desdichada-, se ven desbordados. Y las escuelas se llenan de velos y las librerías de manuales sobre budismo. La nada no puede satisfacer el hambre de pertenencia, de identidad. Por eso, dice Farouq, en realidad la “sacralidad de la nada” ha quedado superada por la existencia de dos mundos paralelos. “La nada y lo sacro”. Lo público es el campo regido por unos valores vacíos y lo privado el lugar del sentido. Lo privado no se somete al examen racional. La incomunicación es casi absoluta.

¿Qué hacer en esta situación? Desde luego no parece conveniente tirar por la borda una de las intuiciones de la ciudad moderna: la regla ilustrada que le pide al ciudadano que, en cuanto ciudadano, se exprese en términos universales. Es rechazable sin duda la pretensión de que lo religioso sea privatizado pero no la invitación a que comparezca en la vida pública en términos comprensibles y útiles para todos, la sugerencia de no prescindir de la razón.

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EncuentroMadrid: el deseo hace bien

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>Entrevistas

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Nuestra aportación

Fernando de Haro

Alberto López Basaguren es catedrático de Derecho Constitucional y se mueve en el entorno de los socialistas del País Vasco. Conversa con paginasdigital.es sobre el 40 aniversario de la Constitución y defiende una reforma de la Carta Magna. Se muestra convencido de la posibilidad de fraguar una mayoría no independentista en Cataluña y de un federalismo que, por fuerza, tiene que ser asimétrico.

¿Hemos conmemorado de modo adecuado los 40 años de la Constitución? ¿Qué es lo que debe quedar tras esta conmemoración?

La conmemoración del aniversario de la Constitución debía tener, necesariamente, un amplio aspecto de celebración, de reconocimiento laudatorio de su significado absolutamente excepcional en nuestra historia como sistema político democrático. Los elogios a la Constitución son absolutamente merecidos y es difícil excederse al hacerlos. Nada que objetar a ello. Es la primera Constitución plenamente democrática, en total sintonía con las de los sistemas democráticos más sólidos de Europa, que es integradora –y no de un partido– y que pervive durante cuarenta años. La combinación de estas características es única en nuestra historia, por lo que los elogios son merecidos. Pero he tenido la impresión de que, en muchos casos, los elogios eran una forma de auto-convencimiento, de encerramiento, de tratar de alejar cualquier otra consideración que no fuese la simplemente adulatoria, de tratar de que no se escuchase ninguna otra consideración. En mi opinión, se trata de alabanzas que, en el mejor de los casos, solo miran al pasado, de forma estéril, sin tratar de extraer ninguna enseñanza, sin mirar al futuro. Sin plantearse qué y cómo debemos hacer para que la Constitución, nuestro sistema democrático, tenga una más larga vida. Me gustaría que tras esta conmemoración quedase la convicción de que la Constitución, qué y cómo se hizo, es una fuente de enseñanza para ver cómo somos capaces de que, dentro de diez años, podamos conmemorar los cincuenta años de la Constitución; y de que las generaciones que nos siguen puedan llegar a conmemorar su primer centenario. Y estoy absolutamente convencido de que eso no se logrará sobre la base de declamaciones laudatorias puramente autocomplacientes, defensivas, atrincheradas en el inmovilismo, que se niegan a afrontar los retos que tenemos frente a nosotros, creyendo que esas declamaciones son una concha defensiva inexpugnable.

'Hay que advertir a los políticos de que es urgente la reforma de la Constitución'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  11 votos
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>Reconectar el voto y la experiencia social

Nuestra aportación

P.D.

paginasdigital.es conversa con Andrea Levy, vicesecretaria de Estudios y Programas del Partido Popular, sobre los retos de fondo que emergen en la campaña electoral. Levy responde a preguntas que no se le plantean habitualmente.

En las campañas electorales se produce una situación polarización, pero parece que desde diciembre de 2015 estamos en un escenario nuevo. La polarización ha aumentado tanto que parece haberse disuelto el “nosotros” de un país compartido.

Tenemos que asumir que España ha pasado de apostar por un sistema bipartidista que, a pesar de sus imperfecciones, otorgaba una estabilidad evidente al país, a un sistema pluripartidista con múltiples actores políticos donde se dificulta la posibilidad de alcanzar acuerdos y llegar a consensos debido a la multiplicidad de vetos cruzados.

Esto, además, es un balón de oxígeno para la izquierda, puesto que la dispersión del voto del centro derecha minimiza las opciones de gobierno. Lo vimos en 2015 en la ciudad de Madrid donde, a pesar de que el Partido Popular fue la fuerza más votada y preferida por los madrileños, los votos a VOX impidieron que tuviésemos la mayoría. Ahora, en el escenario electoral en el que nos encontramos, muchos advierten de la posibilidad de volver a vivir un escenario en el que el centro derecha tenga mayoría en votos pero cuya fragmentación disminuiría las opciones de una clara mayoría.

¿La opción por un determinado partido a la hora de votar tiene que ver más con opciones ideológicas o con pulsiones de última hora que con experiencias concretas de implicación social?

Las campañas electorales son más importantes que nunca. El ciudadano cada vez elige más tarde su voto por lo que los partidos nos vemos obligados a presentar los mejores proyectos posibles, los más viables y los más beneficiosos. Si algo ha cambiado en las últimas décadas es la infinidad de canales de comunicación existentes a través de los cuales cualquier ciudadano, con independencia de donde viva, puede tener acceso a toda la información sobre qué pensamos cada uno. En ese sentido, el Partido Popular tiene una clara ventaja: somos conocidos, reconocibles y previsibles. El ciudadano sabe que cuando gobierna el Partido Popular se crea empleo, se mejoran las condiciones de vida de la gente y se aumentan las oportunidades. Nos presentamos a las elecciones con un programa electoral atractivo para cumplirlo. Que nadie busque frases grandilocuentes disfrazadas de propuestas, porque lo que van a encontrar es soluciones reales a los problemas y preocupaciones de los ciudadanos, no eslóganes vacíos.

'Hay que huir del enfrentamiento y del revanchismo'

P.D. | 0 comentarios valoración: 2  14 votos
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>Reconectar el voto y la experiencia social

Nuestra aportación

P.D.

La Casa Estela de Cometa nació hace dos años, creada por un grupo de personas que hacen voluntariado de acompañamiento a niños y jóvenes tutelados que viven en residencias de la Comunidad de Madrid. La Casa se ocupa de acoger a jóvenes que han finalizado la tutela. Su directora, Meri Gómez, reflexiona con paginasdigital.es sobre el valor político de esta experiencia.

¿Qué experiencia de construcción social y de participación ciudadana habéis hecho desde que se fundara vuestra casa?

Construcción social se podría llamar a todo lo que hacemos. La casa se crea con la idea de construir un entorno en el que las chicas extuteladas puedan disfrutar de un lugar que les permita crecer como personas, formarse y poder participar de una vida activa dentro de la sociedad. Entendemos que para construir la sociedad hacen falta sujetos con una base firme en la vida y creemos que la casa es una experiencia de construcción social muy potente. Personas firmes en la vida son las que son capaces de construir dentro de la sociedad. En cuanto a participación ciudadana, en la casa hemos visto cómo hay un lenguaje que todo el mundo entiende y sabe hablar, basta tener un interlocutor, es el lenguaje de la caridad, hemos visto cómo gente, amigos cercanos, familiares, amigos de amigos, incluso desconocidos que han oído la existencia de la casa, nos han ayudado y nos ayudan diariamente, de muchas formas: con el mantenimiento de la casa, económicamente, con gestiones de cualquier índole y sobre todo siendo nuestros amigos. Hemos visto así que hay un punto común en el hombre más allá de condiciones sociales e ideologías en el que es posible el diálogo.

'Necesitamos un Gobierno que piense un futuro común para todos'

P.D. | 0 comentarios valoración: 2  15 votos
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>Entrevista a Francisco Igea

Nuestra aportación

F.H.

Francisco Igea es médico, entró en política como diputado nacional de Ciudadanos tras las elecciones que hubo que repetir. Acaba de ganar las primarias de su partido en Castilla y León.

La polarización ha aumentado mucho en el último tiempo y parece que se ha disuelto la percepción del “nosotros” como país.

En los tiempos del miedo y la incertidumbre en que vivimos, que son tiempos de incertidumbre económica y política, lo que está triunfando en gran parte es el mensaje del egoísmo. El mensaje nacionalista no es más que un mensaje egoísta, es el egoísmo elevado a categoría política. Siempre he dicho que es un mensaje egoísta y adolescente que se mira a sí mismo. Y el mensaje populista también es un mensaje egoísta, de que el culpable es otro, hay un enemigo responsable, se huye de la responsabilidad. Y todo eso hace que se diluya el “nosotros”, que se diluya la capacidad de pensar que nosotros somos responsables, que todos y cada uno somos responsables de las cosas, que todos y cada uno participamos de esto, pues siempre es más fácil buscar un enemigo que buscar una solución o asumir una responsabilidad.

Tenemos una participación electoral en torno al 70%, pero la participación ciudadana en España es del 20%. ¿Hay desconexión entre la vida política y la actividad social?

Hay mucha desconexión porque los partidos son estructuras muy cerradas y la gente piensa que el mundo es lo que pasa en twitter. Nos pasa a todos que se nos olvida llegar a casa y abrir la ventana, salir y hablar con la gente, y ver que a la mayoría de la población la política no le ocupa casi nada de su tiempo, le ocupa su familia, la enfermedad, el trabajo, las cosas importantes. A veces los políticos somos incapaces de hablarle a la gente de esas cosas, de escucharles y dejar un rato de hablar de política, de ser humanos, que es una de las cosas que a veces uno pierde cuando se mete en esa burbuja.

¿Cree que hay una burbuja, que la vida social va por otro lado, que las relaciones interpersonales son más sanas que las que se viven en el ámbito de los partidos?

Creo que afortunadamente sí, aunque hay sitios de España donde desafortunadamente eso no es real y donde se vive una polarización social potente, por ejemplo en Cataluña, donde se vive un grado de enfrentamiento civil real, pero la mayoría de la población en España sigue compartiendo amigos de uno y otro lado, tiene una vida normal, y eso es lo que hay que intentar, que la división política no se convierta en división social. Siempre ha sido una de mis obsesiones acabar con el frentismo, luchar contra esa manera de entender la política tan del Madrid y del Barça que a veces tiene este país.

'Es necesaria una política que vuelva a ser servicio al ciudadano'

F.H. | 0 comentarios valoración: 2  21 votos
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>Entrevista a Manuel Reyes Mate, filósofo

Nuestra aportación

Fernando de Haro

Manuel Reyes Mate posiblemente es el pensador español que más esfuerzo ha dedicado a reflexionar sobre la condición de las víctimas. paginasdigital.es conversa con Reyes Mate sobre el reto de la globalización, la crisis migratoria, las identidades excluyentes, el nacionalismo y otras cuestiones que marcan la actualidad.

Usted ha asegurado que “la pregunta que se hiciera Hannah Arendt en su ensayo de 1943 ‘We refugees’ sobre la significación política del refugiado sigue teniendo actualidad en pleno siglo XXI”. ¿Por qué?

Para Arendt los refugiados son la vanguardia de los pueblos –y no la retaguardia o un efecto secundario– porque lo que se hizo con ellos, el poder lo puede hacer con cualquiera. “Ellos” eran el pueblo judío alemán, alemanes por los cuatro costados, que habían luchado por Alemania en la I Guerra Mundial, que se sentían totalmente asimilados, y que, de repente, son señalados como “otros”, privados de su nacionalidad, es decir, desnaturalizados. Son devueltos a su estado natural de meros seres humanos. Y ellos descubren que eso es ser menos que nada, porque lo importante son los papeles. Bueno, pues su tesis es que lo que el Estado hitleriano ha hecho con ellos, los judíos, porque son de otra sangre aunque compartan la misma tierra, lo pueden hacer mañana con los gitanos, con los enfermos mentales, con los improductivos o con los viejos. De poco sirve decir que “todos nacemos iguales y libres” si el Estado se arroga la facultad de decir quiénes son los sujetos de los derechos políticos y sociales. Ese era un problema que tenía la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789. Hay que tomarse en serio los derechos del hombre. No hay que admitir la distinción entre “nacionales” y “nacionalizados”. Y hay que exigir que el ser humano sea siempre un ciudadano.

¿Qué desvela sobre Occidente la reacción a los refugiados y a las migraciones?

'Nos hemos acostumbrado a marcar nuestras señas de identidad excluyendo'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  22 votos
Juan José Laborda saludado por Su Majestad el Rey de España vista rápida >
>Entrevista a Juan José Laborda, expresidente del Senado

Nuestra aportación

Fernando de Haro

Juan José Laborda, socialista, fue una de las referencias en el Senado, donde tuvo escaño desde 1977 hasta 2004. Miembro del Consejo de Estado, analiza con www.paginasdigital.es los 40 años de la Constitución, el momento por el que pasa España y los retos del independentismo catalán.

Comienza el juicio por el proceso de secesión. ¿Además de una respuesta jurídica habría que dar otra política? ¿En qué términos?

La Justicia actúa de acuerdo con la ley, es independiente. Pero los que no acatan la Constitución dirán que el juicio es político. La respuesta política que los demócratas pueden dar es defender al Tribunal que juzga los delitos que presuntamente cometieron Carles Puigdemont, Oriol Junqueras y los demás procesados. Sería necesario que en este asunto hubiera una actitud común por parte de los partidos constitucionales, pero me temo que eso será imposible, lo cual me parece estúpido, además de negativo para la calidad de nuestra democracia.

¿Cómo sería posible volver a encuadrar a la mitad de los catalanes que apuestan por la independencia en el marco constitucional? ¿Es posible? ¿Qué sería necesario?

Para integrar a los catalanes que ahora no están dentro del marco constitucional, habrá que pensar primero en los catalanes que sí se sienten dentro de la Constitución Española. Y para eso es necesario argumentar en qué están equivocados los nacionalistas catalanes. Sin complejos, y con la verdad. No se puede ganar el juego de la integración sin rechazar la aceptación resignada de las ideas de los nacionalistas sobre el Estado y España. El Estado constitucional no es una jaula de nacionalidades, sino la norma que las ha reconocido por primera vez. Cataluña votó la Constitución el 6 de diciembre de 1978 con más porcentaje de votos afirmativos que la mayor parte de los territorios de España. El proceso de reintegración mayoritaria de los catalanes en un marco común requiere tiempo, y un consenso entre los constitucionalistas que dure todo ese tiempo. Y cuando hablo de consenso, no me refiero solo a los partidos. Existe una sociedad civil que espera un signo de la política para ponerse en marcha en ese proyecto, que podríamos calificar de patriotismo constitucional.

'La democracia es incompatible con la noción de enemigo'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  23 votos
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>Entrevista a Joseba Arregi

Nuestra aportación

Juan Carlos Hernández

Dialogamos con Joseba Arregi sobre los desafíos de la modernidad. “La posmodernidad es el resultado de la acumulación de los efectos colaterales secundarios no queridos pero estructuralmente propios de lo que ha querido la propia modernidad”, afirma exconsejero del Gobierno Vasco.

¿Existe una falta del sentimiento del nosotros que se diluye en los intereses particulares?

El nosotros, si tiene que ser un nosotros civilizado, cívico, adaptado al estado de derecho, no puede ser un yo o un nosotros construido fuera de la igualdad de derechos, fuera de la igualdad ante la ley. Tiene que ser contando y partiendo de esa igualdad ante la ley, igualdad en derechos y libertades. Lo que pasa es que los pequeños colectivos que se han constituido después de la crisis del capitalismo, de la cultura moderna, en el posmodernismo y demás, son yoes colectivos particulares pero que se unen en alguna identificación particular, no en la identificación universal de los derechos y de la igualdad ante la ley, sino en sentimientos étnicos, en las políticas de género, que también son identidades particulares que no llegan a ser universales.

En definitiva, no son representantes de un nosotros constituido en base a una conversación y a una negociación permanente de lo que es el bien público, el bien común. Son unidos por intereses o sentimientos particulares, y eso se ha acrecentado tremendamente en lo que se llama la cultura del capitalismo de consumo, que sobrevalora el sujeto, los sentimientos subjetivos, las emociones, los intereses colectivos particulares, sin que haya un horizonte de un nosotros que constituya al conjunto de la comunidad política.

Últimamente se ha hablado mucho de los movimientos feministas. ¿Cuál es su valoración?

'El populismo es peligroso cuando tiende a convertirse en totalitarismo'

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>Entrevista a Tulio Álvarez

Nuestra aportación

Juan Carlos Hernández

Hablamos con Tulio Álvarez, reconocido activista por los derechos humanos en Venezuela. Condenado por el régimen de Maduro, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos suspendió la sentencia condenatoria.

¿Cómo es la situación social hoy en día en Venezuela? Se ha hablado en los últimos días incluso de detenciones masivas y arbitrarias.

El rumor de que están llevándose jóvenes en las calles indiscriminadamente para una especie de reclutamiento forzado es falso. Creo que incluso está sembrado por el propio régimen. Lo que ha pasado es que muchachos jóvenes que han participado, como están participando todos los venezolanos, en la protesta han sido retenidos y detenidos, llevados a tribunales como si fueran adultos y condenados, y en este momento están retenidos varias decenas de niños y con órdenes de tribunales. Tenemos el testimonio de una juez que ha tomado esa decisión porque se ha visto forzado, lo cual no hace que esa decisión siga siendo aberrante, pero es una prueba irrefutable de la manipulación. Yo tengo conocimiento de tres jueces que han dictado medidas de detención de estos niños, son aproximadamente entre 70 y 100 niños. Estamos hablando de niños de 14-15 años, en realidad son niños que tienen conciencia política.

¿Cómo es la situación actual de abastecimiento de productos de primera necesidad?

Es imposible que yo te narre el drama social por el tema de la hambruna y la falta de medicinas que se vive en Venezuela. Si yo tratara de llevar esto al máximo grado de perversión que se pueda narrar, yo no tendría la capacidad de mostrar la situación límite en que está Venezuela. Es una situación de hambruna, donde no hay asistencia social, no hay medicinas. Todo enfermo de cualquier enfermedad que necesite un tratamiento está en riesgo de muerte. Las muertes en los hospitales son constantes. Tenemos una situación en la que no hay equipos médicos. Yo trabajo con empresas de equipos médicos que son las que prestan mantenimiento y no los hay. El 90% de los equipos médicos de los hospitales públicos en Venezuela están paralizados. No hay posibilidad de tratamiento de ningún tipo, no hay posibilidad de hacer exámenes básicos de hemodinamia, rayos X, radioterapia… ninguna posibilidad. Y las medicinas, cualquier ciudadano español que tenga una farmacia sabe que diariamente le llegan personas tratando de comprar medicinas para mandarlas a Venezuela. No hay ni las medicinas más básicas, ni para dolor de cabeza, ni antigripales… Es una situación desesperada.

Con la irrupción de Juan Guaidó, ¿se ha podido conseguir por fin la deseada unidad de la oposición en Venezuela?

En Venezuela no hay oposición. Oposición hay en un país que tiene democracia. En Venezuela hay factores democráticos activados y está unánimemente activado todo el factor democrático en contra de la dictadura.

¿Sería más correcto hablar de disidencia?

'En Venezuela no se enfrentan dos actores políticos, hay un régimen de facto contra un pueblo'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  17 votos

El otro es un bien, también en política

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