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9 DICIEMBRE 2016
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>Entrevista a Carlos Vidal

`No creo que el independentismo se contente con modificar el modelo territorial`

Elena Santa María

Carlos Vidal es profesor titular de Derecho Constitucional en la UNED. Abordamos con él algunas de las cuestiones más debatidas de la Constitución española.

Estamos celebrando el 38º aniversario de la Constitución Española. ¿Qué supuso su aprobación?

Supuso poner fin a un periodo de 40 años de dictadura, gracias a la generosidad y el esfuerzo de los españoles, que supieron pasar página, mirar al futuro, y buscar los puntos de encuentro. La Constitución es el marco básico de convivencia, no tiene que regularlo todo. Recoge los fundamentos del régimen político, que luego se desarrollarán mediante otras fuentes del Derecho (leyes orgánicas, ordinarias, reglamentos...) que deben someterse a la Norma Suprema, la Carta Magna.

El consenso que la hizo posible, ¿es posible ahora?  

El consenso necesario viene determinado por la propia Constitución: mayorías reforzadas de dos tercios o de tres quintos, en función de los procedimientos de reforma que se utilicen. El hecho de no sobrepasar ampliamente esas mayorías no debe suponer una barrera para acometer o aprobar la reforma. En todo caso, cuanto más consenso haya, mejor. Lo que ocurre es que hoy, algunos (Podemos, por ejemplo) parece que están más por la ruptura que por la reforma, por eso hablan de un nuevo proceso constituyente.

Sobre la mesa está el debate acerca de una posible reforma de la Carta Magna. ¿Será esta la legislatura de la reforma?

Creo que esta legislatura se comenzará a hablar y a negociar, pero lo más normal es que la reforma se lleve a cabo, efectivamente, en la próxima legislatura. Entre otras cosas, porque si se escoge la vía del procedimiento agravado es necesario disolver las cámaras y convocar nuevas elecciones.

En el centro del debate está la reforma del modelo territorial. ¿Qué supondría esta reforma, especialmente en cuanto a Cataluña?

Tengo dudas de que cualquier modificación del modelo territorial sirva para contentar a los independentismos, porque la Constitución, por ejemplo, no puede (ni debe) contener un supuesto derecho a decidir. El sujeto de la soberanía solamente puede ser uno, que es el pueblo español. A partir de ahí, es necesario cerrar el modelo territorial, como ya dijera el Consejo de Estado en su informe de 2006. Si recurrir al modelo federal sirve para cerrar el modelo, puede ser una vía. Pero al margen de las denominaciones, nuestro modelo es ya muy descentralizado, y lo que hay que hacer es analizar si las políticas son eficaces o no: la descentralización no es buena o mala en sí misma, lo que hay que buscar es el interés de los ciudadanos, y de igual modo que puede haber materias en las que haya que intensificar la descentralización de las competencias, en otras puede ser necesario una corrección en sentido contrario.

A su juicio, ¿qué aspectos necesitan ser reformados?

Ya hemos hablado del modelo territorial, que es uno de ellos. Por otro lado, hay algunas reformas pequeñas pero necesarias, como son las que se refieren a la mención a la Unión Europea, incluir los nombres de las Comunidades Autónomas, o la supresión de la preferencia del varón sobre la mujer en la sucesión a la Corona. Además, hay que revisar el catálogo de derechos fundamentales y su sistema de garantías, especialmente en lo que se refiere a los derechos sociales.

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'No creo que el independentismo se contente con modificar el modelo territorial'

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Momento dramático en Indonesia

José Luis Restán

En Indonesia, un inmenso archipiélago en el que viven 255 millones de personas, tiene lugar un experimento político-social de profunda trascendencia. Se trata de comprobar si es posible una auténtica democracia y un Estado que garantice la libertad religiosa y la convivencia armónica de las minorías, en un país de abrumadora mayoría musulmana. Con ese programa alcanzó la presidencia en 2014 Joko Widodo, un musulmán reformista que ha gozado del apoyo entusiasta de los cristianos, y que lógicamente concita el violento rechazo de los sectores fundamentalistas del país.

La realización de su programa choca cotidianamente con obstáculos de diversa índole. Ahora mismo el volcán político indonesio tiene su boca de erupción en Yakarta, la capital, ya que su gobernador, el cristiano Basuki Purnama, aliado político del presidente Widodo, va a ser procesado bajo la acusación de un supuesto delito de blasfemia. Esta acusación, amparada por una legislación perversa, viene siendo usada por los islamistas en diferentes países para liquidar física o socialmente a las minorías.

El caso del gobernador Purnama es revelador de cuanto está en juego. En un discurso pronunciado el pasado septiembre para anunciar su segunda candidatura a la gobernación de Yakarta, se atrevió a citar una sura del Corán para sostener que todos los indonesios (musulmanes, cristianos o budistas) tienen el legítimo derecho a votar por él. La ira nunca escondida de los radicales islamistas encontró una vía en el atrevimiento del político cristiano al citar el Corán para defender su más que razonable postura. Según los inductores del proceso, Purnama habría incurrido en delito de blasfemia, ya que sólo un musulmán podría (según ellos) gobernar a otros musulmanes.

El proceso, que desembocará en una vista el próximo 13 de diciembre, ha provocado fuertes tensiones en la calle. Por un lado los islamistas han realizado varias manifestaciones para exigir el arresto y castigo del gobernador, mientras que el 30 de noviembre se producía una gran procesión para reivindicar la tolerancia y la acogida, que culminó con una gran oración por la unidad compartida por fieles de las diversas religiones. Se habla de una impresionante concentración superior al millón de personas, que reviste un carácter histórico y revela la profundidad y dramatismo de lo que está en juego: defender la identidad plural de Indonesia, consagrada por la llamada “Pancasila”, que subyace al actual sistema constitucional, abiertamente desafiado por los fundamentalistas.

La realidad es que bajo una legalidad formal que defiende el pluralismo y los derechos de todos, el acoso violento a las minorías es un hecho cotidiano en la Indonesia profunda, tanto mayor cuanto más alejado se esté de una capital cosmopolita cuya realidad es bien distinta a la de otras ciudades y a las extensas zonas rurales de las diversas islas. Lo más probable es que Purnama goce de una defensa en toda regla y de una adecuada protección personal, pero no puede decirse lo mismo de los diecinueve millones de cristianos esparcidos por el país.

En todo caso, la condena del gobernador cristiano por parte del Tribunal de Yakarta tendría un efecto devastador para el programa reformista del presidente Widodo y para el futuro de la convivencia.

Momento dramático en Indonesia

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>El Kiosco

Miseria y belleza

Elena Santa María

Ese suspiro del que hablábamos la semana pasada (Algo pide atención) sigue haciéndose un discreto hueco en las páginas de la prensa. Antonio Lucas ha dedicado su columna en El Mundo a recordar los diarios de la poetisa estadounidense Sylvia Plath. A la que describe como "una mujer que se desangra por dentro". "Todos los diarios tienen algo de vestigio de un naufragio. Sobre todos los felices, que son los menos", argumenta. Por su parte, Joana Banet, en La Vanguardia, en un artículo sobre la posverdad, deja escapar en un párrafo: "a pesar de que las cosas no vayan mal del todo, hay noches en que nos sentimos como una auténtica piltrafa porque alguna emoción nos ha noqueado; noches en las que prevalece un abatimiento que nos ha secuestrado por encima de la verdad". Incluso Pedro Simón, en un artículo sobre un partido de fútbol en El Mundo, deja leer un suspiro: "Lo mejor de los descansos también era que había tiempo para pensar. El descanso como respiro, el intermedio como borrón y cuenta nueva. La sensación de que no estaba todo dicho. Lo imprevisible como posible. Ese momento bisagra en el que todos tenemos muy claro que le podemos dar la vuelta a lo que sea. La posibilidad de cambiarlo todo en el segundo tiempo. El descanso es bueno porque te permite girarte y ves a los otros, porque eres consciente de tu lugar en mitad de la masa, porque tomas aire y distancia. La certeza de tener aún 45 minutos por delante, que en el fútbol equivale a media vida".

También en el mundo de la educación, un factor a tener en cuenta estos días que se discute sobre el posible pacto educativo, tiene cabida este suspiro. "Ignoramos un problema central de nuestro sistema educativo -resalta José Ignacio Torreblanca en El País- que es enormemente aburrido. Porque se aburren los que aprueban, los que suspenden, y hasta los que encuentran la disciplina y la concentración para sacar sobresaliente". También en El País, parece que Manuel Cruz le responde: "la única manera de enseñar filosofía es filosofando, esto es, intentando establecer esa relación viva con la propia tradición a la que nos instaba Hannah Arendt. Porque enseñar a filosofar es, en sustancia, enseñar a asombrarse, y asombrarse es precisamente no dar por bueno lo que por parte de la mayoría es tenido por obvio y, por tanto, es dejado fuera de discusión (...) La descripción es casi literal: cuando un filósofo imparte una clase, ofrece una charla o simplemente dialoga con alguien puede sucederle que, de pronto, advierta que la mirada de su interlocutor se ha iluminado con un nuevo brillo. La experiencia tiene algo de mágica y la conocen bien quienes han hecho de perseguirla el motor de sus vidas: se produce en el instante en que prende en los ojos del otro el fuego del asombro, y a los que se lo entregaron les es dado constatar la intensidad con la que ha empezado a arder".

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Miseria y belleza

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Hasta el último hombre

Juan Orellana

Mel Gibson vuelve a ponerse tras las cámaras después de muchos años de travesía por el desierto. Después de estrenar Apocalypto en 2006, Gibson entró en una fase complicada de su vida, tanto personal como profesional, en la que interrumpió su trabajo como director durante casi diez años. Ahora parece haber recuperado fuerzas al llevar a la pantalla de forma tan vigorosa la historia real de Desmond Thomas Doss (1919-2006), el primer objetor de conciencia que recibió la Medalla de Honor del Ejército norteamericano, durante la Segunda Guerra Mundial. Su adscripción a la Iglesia Adventista del Séptimo Día le impedía empuñar las armas, pero quiso alistarse como médico, y así servir a su país.

El argumento fue concebido en dos partes muy diferenciadas por el coguionista Robert Shenkkan. Una primera describe el mundo familiar y personal del protagonista, interpretado por Andrew Garfield y por Darcy Bryce en sus años de infancia. Un mundo rural, tradicional, en la Virginia profunda. Un mundo que Mel Gibson ha querido comparar con los dibujos de Norman Rockwell. La segunda parte, según el director, nos lleva por el contrario a un cuadro terrible de El Bosco, en el corazón de la batalla anfibia de Okinawa, una de las más sangrientas de la guerra, en la que murieron unos 250 mil hombres, pocas semanas antes de finalizar la contienda.

Gibson, por un lado, ha querido hacer un homenaje a un héroe de la conciencia, un hombre –Desmond Doss– que quiso ser fiel a sus convicciones hasta las últimas consecuencias. Según el cineasta, no estamos ante una película bélica, sino ante una historia de amor, de amor al ser humano, de amor a Dios. Y en ese sentido, Gibson nos brinda algunas escenas especialmente épicas y emotivas, escenas que subrayan la grandeza interior del personaje. Pero por otro lado, a pesar de sus palabras, “Hasta el último hombre” es una de las mejores cintas bélicas de los últimos años, que nos muestra el infierno de aquella batalla de forma brutalmente explícita, recurriendo a un montaje de John Gilbert trepidante e impresionista, que no nos ahorra espantos. Aquí reside una de las posibles objeciones al film, que por un lado elogia a un pacifista y, por otro, nos ofrece un festival de violencia extrema, a la que Gibson es tan patológicamente aficionado. No es casual que en New York Times un articulista hable de “violencia pornográfica” refiriéndose al film. Pero el hecho es que en su estreno en el Festival de Venecia recibió una ovación de pie de casi 10 minutos.

A la brillante interpretación de Andrew Garfield, y al excelente coro de secundarios, hay que añadir el trabajo de Sam Worthington, en el papel de Capitán Glover, y a Hugo Weaving, en el dramático rol del padre de Desmond. Sin duda, estamos ante una película que no sólo supone el retorno del Gibson cineasta por la puerta grande, sino también ante un film en el que ética y épica coinciden; un film que puede alinearse con los mejores títulos de Spielberg y Eastwood.

Hasta el último hombre

Juan Orellana | 0 comentarios valoración: 1  1 votos
>Entrevista a Francesc Carreras

"La Constitución es un ente vivo para todos"

Elena Santa María

Francesc Carreras es jurista y artículista, y catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Barcelona. Analiza con Páginas Digital el valor de la Constitución española coincidiendo con su aniversario.

Celebramos el aniversario de la Constitución del 78. ¿Qué supuso su aprobación?

Supuso cerrar el ciclo de la Transición, que a su vez cerraba el ciclo de la dictadura, y empezar otro de libertad y democracia y convertirnos en un país de sistema político similar a los demás países europeos con una democracia que hoy en día se ha consolidado absolutamente.

Muchos jóvenes, que no vivieron la etapa de la Transición ni la aprobación de la Constitución, no entienden su importancia. ¿Qué se puede rescatar de esos años para la actualidad? ¿Qué valor tiene hoy?

La Constitución no es solo un conjunto de palabras escritas y aprobadas en un momento dado. Sino que estas palabras son interpretadas por el legislador, por quien ostenta los gobiernos y por quien emite sentencias. Por tanto hay que entender, y así se entiende en los países democráticos, que la Constitución es una ley que está viva, que se puede reformar si es el caso, que sus palabras se pueden transformar si es el caso, pero que se puede desarrollar de muy distintas maneras, y la Constitución Española es un ejemplo de cómo los diversos gobiernos de posiciones políticas distintas, en el Estado y en las Comunidades Autónomas han desarrollado esto de maneras distintas, y en el futuro seguirá siendo así. Esto que se dice de la Constitución como un ente vivo, no es de aquellos que la aprobaron en un momento determinado sino que es de todos. Tal y como la Constitución americana que fue aprobada en 1787, hace bastante más de 200 años y que sigue vigente y nadie la pone en duda. Ha sido reformada en muy pocas ocasiones. En España sucede con otras leyes como el Código Civil, que es de finales del siglo XIX, y se ha reformado en algunos puntos, pero sigue vigente, podría añadir muchas otras leyes. La idea de "como yo no la voté, no me afecta, o querría votar otra", ni se aplica ni se entiende en los países de democracias consolidadas, ni se entiende si lo comparamos con otras leyes españolas.

¿Es posible actualizar el consenso que hubo entonces ahora que se habla de reforma?

Por lo que veo este consenso es enormemente difícil. Hay tres partidos, hablando en general, quizá cuatro, que son el Partido Socialista, el Partido Popular, Ciudadanos y quizá en este momento el PNV, y algún otro pequeño partido, que podrían llegar a un acuerdo para reformar alguno de los aspectos que se crean convenientes reformar en la Constitución, pero no veo que ni por parte de partidos nacionalistas catalanes o vascos, que optan por la independencia y por tanto dicen que esto de la Constitución no les interesa, ni siquiera en Cataluña la celebran hoy, o por parte de Podemos y sus confluencias que dicen que hay que iniciar un nuevo proceso constituyente sobre bases democráticas distintas, que no es la democracia liberal sino otra cosa, y por tanto ponen en cuestión las raíces mismas de la Constitución; no pueden estar de acuerdo con los tres partidos centrales PSOE, Ciudadanos y PP. Tal como están las cosas ahora -haría falta iniciar conversaciones para un nuevo consenso- lo veo muy difícil.

Hablaba usted ahora de Cataluña. El acercamiento de posturas con respecto a la cuestión catalana, ¿pasa por una reforma constitucional? ¿Y la vasca?

Los vascos, tanto el lehendakari Urkullu como los socialistas que lo sostienen en el poder, han dicho que quieren hacer una reforma del Estatuto dentro del marco constitucional, entiendo que del marco actual. Aquí no se plantea problema.

En el caso catalán, con sus diversos partidos, con unos matices u otros, han sostenido que lo que quieren no es otra cosa que la independencia, y por tanto buscar una manera, un procedimiento por el cual se pueda acceder a esta independencia. Unos lo ven como un referéndum y otros como una declaración unilateral de independencia por parte del parlamento. Creo que en ninguno de los dos casos, en el segundo seguro que no, se ve que quieran una reforma de la Constitución, porque es pretender que se incluya dentro de la Constitución una cláusula que permita un referéndum de autodeterminación. Eso no se admite en ninguna Constitución del mundo, excepto Etiopía y alguna isla del Caribe, países no homologables con democracias de nuestra cultura política. El derecho de autodeterminación lo ejercieron los españoles en el momento de darse una Constitución hace 38 años, y pueden seguir ejerciéndolo, a través del procedimiento que se establece en el título décimo de la Constitución actual.

>Entrevista a Francesc Carreras

"La Constitución es un ente vivo para todos"

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El nuevo sueño cubano

Giovanna Parravicini

"Cuba libre". Así dice el cartel pegado en un bar en la esquina de la calle donde está la sede de nuestro centro en Moscú, la Biblioteca del Espíritu. Y ayer la revista “Literaturnaja gazeta” dedicaba un poema al “comandante Fidel”, invocándolo en los puntos calientes de hoy en día, desde el Donbass hasta Damasco y Alepo.

Con la muerte de Fidel Castro se cierra para Rusia toda una época de mitos nunca superados, ni siquiera en la época en que cayeron muros e ilusiones. Para generaciones de soviéticos y exsoviéticos sigue quedando una leyenda del comandante que llevó la revolución a las puertas de América. Pero desde hace casi un año Cuba ha vuelto a aparecer en el horizonte de los rusos en otro contexto muy distinto: como lugar del encuentro histórico del 12 de febrero entre el patriarca Kiril y el papa Francisco.

Quizás también por esto, al leer la noticia de la muerte de Fidel Castro la primera imagen que me ha venido a la mente es la que Francisco definió como “icono” de lo que hemos celebrado este año santo, la “misericordia y la mísera”, el encuentro entre Cristo y la adúltera.

No se trata ciertamente de apelar a los sentimientos personales de la fe del último líder comunista del siglo XX, aunque sus largos discursos sobre lo divino y lo humano lo convirtieron en un caso anómalo entre tantos políticos pragmáticos y burócratas ideológicos. En estos días alguno lo ha definido, probablemente con razón, como “un nacionalista redentor, que se apropió de categorías de la religión aprendidas en su juventud y en nombre de la liberación nacional se sometió al peor de los imperialismos”.

Recientemente, el cardenal Jaime Lucas Ortega, arzobispo emérito de La Habana, recordaba una frase pronunciada por Benedicto XVI después de su visita a Cuba: “La Iglesia debe ser para el diálogo. La Iglesia no está en el mundo para cambiar gobiernos sino para penetrar con el Evangelio en el corazón de los hombres. Este debería ser siempre el camino de la Iglesia”. Benedicto era consciente de que había podido visitar Cuba, como hizo antes Juan Pablo II, precisamente porque la Iglesia local –destaca Ortega– había mantenido una posición dialógica. De nuevo el cardenal Ortega citó pocos meses después, durante el cónclave, estas palabras de Ratzinger a Bergoglio, que le respondió: "Esta frase del papa Benedicto habría que ponerla en un cartel a la entrada de todas las ciudades del mundo”.

Fidel Castro es un personaje difícil de clasificar dentro de un esquema. Si Putin le ha rendido homenaje llamándole “amigo sincero de Rusia” y definiendo a su Cuba como “libre e independiente” y un “ejemplo de inspiración para muchos países”, algunos documentos desclasificados del Politburo publicados por el periódico Kommersant muestran que la historia de las relaciones con la URSS estaba llena de desacuerdos y desconfianzas, incluso de escándalos como las declaraciones del líder al periodista americano Herbert Matthews en 1967: "Los países comunistas como Rusia se están volviendo cada vez más capitalistas, cada vez más basados en estímulos materiales”.

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La verdadera crisis empieza ahora

Gianluigi Da Rold

“Mi experiencia de gobierno acaba aquí”, dijo Matteo Renzi, con dificultades para ocultar su conmoción por el resultado del referéndum constitucional del domingo. Termina su gobierno y empieza el gran baile final de la crisis italiana. Para comprender la realidad siempre hay que recordar la lección de la historia, que no avanza a saltos. Quien no respeta los tiempos de la historia, al final termina siendo inevitablemente arrasado.

El premier habló al país en un clima de dramática decepción por la derrota. El resultado es despiadado. El “revoltijo”, como lo llamaba Renzi, no solo ha ganado sino que literalmente ha barrido. Tras toneladas de arrogancia y superficial seguridad, lo mínimo que se podía hacer era admitir públicamente que había sido derrotado por un misil de cabeza múltiple. El “no” a la reforma constitucional se impone exactamente por un 59,5% frente al 40,5% del “sí”, propuesto hace un año como la panacea, una suerte de remedio universal contra todos los males de los italianos. Además, esta vez los italianos no se han quedado en casa, no han desertado de las urnas, y han superado los porcentajes de participación en las europeas, acercándose a los datos del año 2013. Ha ido a votar el 68%, una afluencia muy alta teniendo en cuenta los tiempos en los que estamos y delante de un referéndum que parecía un crucigrama para-jurídico.

Bien mirado, es como si los italianos hubieran ido a votar no tanto para defender que la Constitución es intocable sino para rechazar una línea política fracasada. Han ido a votar para denunciar el profundo malestar social que sienten por las cifras del PIB, el desempleo, el crecimiento, las exportaciones, la deuda… Probablemente sea un error entender que contra el “sí” ha ganado un movimiento político opuesto, un proyecto alternativo al gobierno apoyado en el centro-izquierda y en socios incómodos, o un movimiento que ha querido defender la Constitución a toda costa. Si nos fijamos en la afluencia de voto y en el reparto del “no” por el territorio nacional, da la sensación de que se muestra rechazo a toda una clase dirigente que no ha sido capaz de elaborar una línea política.

Los que hoy recogen las protestas de los italianos tienen que cambiar en primer lugar y radicalmente la política económica y social, pues de otro modo la protesta y la contestación de la llamada “nueva clase política” seguirán tal cual. Tal vez el presidente del Consejo y sus ministros todavía no han comprendido que la política económica que han hecho después de casi diez años de crisis económica no ha servido para resolver nada. Igual que el brexit y la elección de Donald Trump, la gran mayoría de los analistas, la inteligencia mediática y económica se esfuerza en buscar explicaciones, pero en este caso hay algo más. Si con el brexit y con Trump estábamos en el “filo de la navaja”, aquí la brecha entre el sí y el no es mucho más clara, impresionante y despiadada.

La verdadera crisis empieza ahora

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¿Es nuestra mente una secreción del cerebro?

Nicolás Jouve

En el momento actual la neurociencia se ha convertido en una de las áreas más dinámicas y de mayor expectativa social de la investigación biomédica. Ello se debe a dos tipos de motivos. En primer lugar por el auge de las nuevas tecnologías que permiten analizar las causas de las enfermedades mentales y neurodegenerativas, y en segundo lugar por contribuir a un nuevo espacio de discusión sobre la relación entre el cerebro y la mente.

Refiriéndome a esto último, algunos científicos se afanan por demostrar la existencia de un determinismo biológico de nuestra conciencia, y como consecuencia de nuestra conducta, y por lo tanto de nuestra libertad, lo que de llegar a confirmarse conduciría a la negación de la existencia del alma. El intento por naturalizar la mente queda clara en la afirmación de que todo lo espiritual es un producto de lo neuronal, proclamada por Antonio Damasio, neurofisiólogo Premio Príncipe de Asturias 1985, en su obra «Y el cerebro creó al hombre» (Ed. Destino-Planeta, Barcelona 2010). De demostrarse tal afirmación, tendría razón la Dra. Brigitte Falkenburg, profesora de Filosofía de la Ciencia de la Universidad Tecnológica de Dortmund, que señalaba que «si hubiera tal determinismo el conocimiento sería como un órgano totalmente inútil y nosotros seríamos como zombis».

Sin embargo, reducir la mente a circuitos neuronales, impulsos eléctricos, canales de iones o reacciones químicas es difícil de abordar desde el punto de vista experimental. ¿Cómo probar que algo inmaterial y por tanto inmanejable, como la mente, surja de algo material, como lo es el cerebro?, ¿cómo demostrar el determinismo biológico de algo etéreo como nuestra conciencia? El primer problema está precisamente en la inaplicabilidad del método científico a la resolución de un problema que carece de materialidad. A este respecto me parecen acertados los análisis del problema de dos autores españoles. En primer lugar el Prof. Juan Arana Cañedo-Argüelles, catedrático de Filosofía de la Universidad de Sevilla, que en un reciente ensayo titulado “La Conciencia Inexplicada” (Biblioteca Nueva, Madrid, 2016), revisa los principales hechos y argumentos que abogan por una explicación naturalista de la conciencia, evidenciando cómo todos esos intentos han sido infructuosos. ¿Es posible explicar todos los aspectos y dimensiones de nuestra mente con el método experimental y sobre la base de la estructura del cerebro? No, no hay evidencia empírica ni demostración experimental que lo explique.

En segundo lugar y sobre el mismo asunto, el Prof. Francisco José Soler Gil, Doctor en filosofía de la física por la Universidad de Bremen, en su obra «Mitología materialista de la existencia» (Ediciones Encuentro, Madrid. 2013) incide sobre el empeño de algunos científicos por ignorar el método propio de la ciencia e instalarse en la especulación filosófica, como cuando se nos vende como ciencia lo que no es sino filosofía materialista y se insiste en que la base de todo es la materia y no lo mental, lo que lleva a afirmar que la mente es un derivado, un producto, un segregado de la materia. En coincidencia con los doctores Brigitte Falkenburg y Juan Arana, el Dr. Soler Gil afirma que si pudiéramos explicar la conciencia en términos materiales, la libertad de decisión no sería más que una ficción del cerebro. Una ficción útil, seguramente, pero no por ello menos ilusoria. La vida subjetiva, mental -por ejemplo, las decisiones conscientes o lo que consideramos decisiones libres-, no serían tales, sino el resultado de tal o cual parámetro cerebral. Esto nos llevaría a la negación de nuestra existencia como personas, seres libres y capaces de obrar moralmente, y nos obligaría a modificar toda la legislación al pasar de seres éticos y responsables de nuestros actos a meros autómatas obedientes al dictado de nuestras neuronas y de nuestros genes.

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>Editorial

Cuando conviene obedecer a dos agnósticos

Fernando de Haro

“Esto es un nuevo paradigma, lo que propone Carrón (presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación) es el paso del sentido de la ley a la ley del sentido. La teleología y la teología se anclan en un encuentro, en algo que ha sucedido”. Con estas frases comenzaba Mikel Azurmendi, filósofo y antropólogo, su intervención en un sorprendente diálogo que se produjo la semana pasada en Madrid. El tema: “La Belleza Desarmada”. En el extraño encuentro con Julián Carrón, autor del volumen, también participó el físico Juan José Gómez Cadenas. Extraño porque Azurmendi y Cadenas, los dos agnósticos, aseguraron estar ante un modo de proponer el cristianismo que les resultaba razonable y atractivo, desconocido, lejano de la fe que habían conocido en su infancia, obsesionada por el pecado, aburrida, distante de las preocupaciones humanas.

¿Qué hizo posible este encuentro? ¿Por qué dos agnósticos y un cristiano dialogan a corazón abierto sobre los desafíos ante los que se enfrenta la España de comienzos del siglo XXI?

Una conversación así, entre laicos y creyentes, dedicada al sentido de la vida y al mejor modo de vivir juntos, no cuenta en España con una larga tradición. Ha habido diálogos semejantes pero, por desgracia, han sido escasos. La historia de nuestro país no ayuda. La temprana formación del Estado nacional en los siglos XV y XVI se basa en la supresión de la diferencia de confesiones que sí había sido una constante durante la Edad Media. Las revoluciones liberales que llegan a comienzos del XIX, con la Guerra de Independencia frente a Napoleón, provocan una reacción antimoderna. Se sospecha del que debería ser “naturalmente y nacionalmente cristiano” y no lo es. La sospecha se prolonga durante buena parte del siglo XX. Ciertas alianzas con el poder para defender lo que se considera evidente provocan una larga resaca. Las ideologías revolucionarias no facilitan las cosas.

Y así buena parte del catolicismo español moderno y contemporáneo no hace el esfuerzo de relatarse, pierde esa frescura y riqueza que siempre proporciona contarle a otro lo que se ha dado por sabido. Si acaso se han realizado dos esfuerzos de apertura. Uno tras el postconcilio y otro con el cambio de siglo, después del atentado contra las Torres Gemelas de 2001. El primero es una apertura/confusión con ese compromiso social de inspiración marxista que dominaba el panorama europeo desde los años 60 a los años 90 del siglo XX. Y el segundo es una apertura/confusión con el occidentalismo europeo de derechas que genera la amenaza terrorista y la confusión de comienzos del siglo XXI. En ambos casos se vuelve a dar por supuesta la fe y se pasa rápidamente a un encuentro sobre el compromiso moral (lucha contra la explotación/lucha contra el relativismo). Son expresiones de un cristianismo anónimo de izquierdas o derechas, que presuponen que el mundo laico comparte los valores (que varían según el momento) del humanismo cristiano. No se habla sobre el origen y la experiencia que hacen posibles esos valores.

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Cuando conviene obedecer a dos agnósticos

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Cuba después de los hermanos Castro

Luis Badilla

Raúl Castro cumplió 85 años el pasado 3 de junio y en 2018, según lo que él mismo dijo durante el cónclave del máximo órgano del Partido Comunista de Cuba (VII Congreso nacional – La Habana, 16-19 de abril de 2016) no presentará su candidatura para dirigir el país por un tercer mandato. Este será el momento clave en la historia actual de Cuba y no la desaparición de Fidel Castro o la elección de Donald Trump en Estados Unidos. Aunque pueda parecer curioso, estos dos eventos citados no tienen en realidad ninguna influencia.

Se conoce poco, se minimiza o se lee mal la poderosa conducción del Partido Comunista de Cuba al frente del Estado y del país, y por eso se imaginan escenarios sin fundamentos reales. Se ignora o se descarta un hecho fundamental, e indiscutido: el Partido Comunista de Cuba tiene una presa sobre la población, un control capilar, cotidiano y profundo y a eso se debe agregar el de una gran parte de los ciudadanos que no son comunistas sino castristas. Guste o no, ésta es la verdadera realidad cubana y ningún análisis que prescinda de ella se acerca a la verdad.

Los cambios en Cuba, de cualquier tipo que sea su naturaleza o dirección, llegarán, y siempre gradualmente, a partir del momento en que Raúl Castro ya no gobierne la isla; del momento que se podría llamar “Cuba sin los hermanos Castro”; líderes que pensaron, diseñaron y guiaron la transición tumultuosa que vive el país y que terminará su primera gran etapa en el instante en que el mando pase a las nuevas generaciones del Partido, dentro de dos años. Y en ese traspaso la existencia o no del embargo estadounidense también será una condición decisiva para el futuro del país. El que espere cambios en Cuba a partir del 4 de diciembre, día del funeral de Fidel, se equivoca rotundamente. El gobierno del presidente Raúl Castro seguirá aplicando hasta 2018 el programa que decidió en el Congreso y por tanto nada detendrá o cambiará el proceso, gradual y lento, para introducir en el sistema cambios, correcciones y ajustes. Si Donald Trump pone realmente en práctica sus amenazas, como revisar o cancelar los Acuerdos para la normalización de las relaciones bilaterales que comenzaron el 17 de diciembre de 2014, en Cuba no cambiará nada. Trump tendría, junto con la mayoría republicana del Congreso, que bloquear por tiempo indeterminado cualquier intento de derogar el embargo, y encontrará oposición incluso en sus propias filas, y además debería romper de nuevo las relaciones diplomáticas con La Habana, expulsar al embajador cubano en Washington, José Ramón Cabañas. Cuba, por su parte, haría cerrar la Representación estadounidense invitando al embajador Jeffrey De Laurentis a dejar la isla. Para llevar a la práctica el confuso y contradictorio “pensamiento Trump”, las anunciadas hostilidades anti cubanas deben atravesar necesariamente/no pueden esquivar estas etapas.

¿Pero realmente Trump podría tomar esas decisiones? Sin duda, existe la posibilidad de semejante locura (con él existen todas las posiblidades, incluso las impensables o escalofriantes) pero las probabilidades son muy escasas. Es posible que Trump use el recurso de “decir y no hacer”, método al que nos está acostumbrando. A Trump, sus consejeros más equilibrados y serios, y los poderes paralelos a la Casa Blanca (¡que en Estados Unidos tienen peso!) muy probablemente le advertirán que Cuba ha resistido las políticas hostiles, incluso los complots, de 11 presidente estadounidenses. Y seguramente agregarán una consideración no secundaria: una decisión de ese tipo no solo hace girar hacia atrás las agujas del reloj de la historia más de medio siglo en las relaciones con La Habana, sino también con toda América Latina. Los Estados Unidos de hoy no son los mismos que en los tiempos del presidente Dwight D. Eisenhower. Con Cuba, Trump se juega la relación con los 32 países de América Latina y el Caribe, desde México hasta Chile.

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Cuando conviene obedecer a dos agnósticos

Fernando de Haro

“Esto es un nuevo paradigma, lo que propone Carrón (presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación) es el paso del sentido de la ley a la ley del sentido. La teleología y la teología se anclan en un encuentro, en algo que ha sucedido”. Con estas frases comenzaba Mikel Azurmendi, filósofo y antropólogo, su intervención en un sorprendente diálogo que se produjo la semana pasada en Madrid. El tema: “La Belleza Desarmada”. En el extraño encuentro con Julián Carrón, autor del volumen, también participó el físico Juan José Gómez Cadenas. Extraño porque Azurmendi y Cadenas, los dos agnósticos, aseguraron estar ante un modo de proponer el cristianismo que les resultaba razonable y atractivo, desconocido, lejano de la fe que habían conocido en su infancia, obsesionada por el pecado, aburrida, distante de las preocupaciones humanas.

¿Qué hizo posible este encuentro? ¿Por qué dos agnósticos y un cristiano dialogan a corazón abierto sobre los desafíos ante los que se enfrenta la España de comienzos del siglo XXI?

Una conversación así, entre laicos y creyentes, dedicada al sentido de la vida y al mejor modo de vivir juntos, no cuenta en España con una larga tradición. Ha habido diálogos semejantes pero, por desgracia, han sido escasos. La historia de nuestro país no ayuda. La temprana formación del Estado nacional en los siglos XV y XVI se basa en la supresión de la diferencia de confesiones que sí había sido una constante durante la Edad Media. Las revoluciones liberales que llegan a comienzos del XIX, con la Guerra de Independencia frente a Napoleón, provocan una reacción antimoderna. Se sospecha del que debería ser “naturalmente y nacionalmente cristiano” y no lo es. La sospecha se prolonga durante buena parte del siglo XX. Ciertas alianzas con el poder para defender lo que se considera evidente provocan una larga resaca. Las ideologías revolucionarias no facilitan las cosas.

Y así buena parte del catolicismo español moderno y contemporáneo no hace el esfuerzo de relatarse, pierde esa frescura y riqueza que siempre proporciona contarle a otro lo que se ha dado por sabido. Si acaso se han realizado dos esfuerzos de apertura. Uno tras el postconcilio y otro con el cambio de siglo, después del atentado contra las Torres Gemelas de 2001. El primero es una apertura/confusión con ese compromiso social de inspiración marxista que dominaba el panorama europeo desde los años 60 a los años 90 del siglo XX. Y el segundo es una apertura/confusión con el occidentalismo europeo de derechas que genera la amenaza terrorista y la confusión de comienzos del siglo XXI. En ambos casos se vuelve a dar por supuesta la fe y se pasa rápidamente a un encuentro sobre el compromiso moral (lucha contra la explotación/lucha contra el relativismo). Son expresiones de un cristianismo anónimo de izquierdas o derechas, que presuponen que el mundo laico comparte los valores (que varían según el momento) del humanismo cristiano. No se habla sobre el origen y la experiencia que hacen posibles esos valores.

Cuando conviene obedecer a dos agnósticos

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>Editorial

De la patria al peor imperio

Fernando de Haro

La muerte de Fidel es como un espejo, las reacciones que provoca retratan las posiciones ideológicas de cada uno. Vuelven algunas viejas sensibilidades que ensalzan a Castro. Pero la pregunta más importante es la más práctica. ¿Todo ha quedado atado y bien atado? ¿Lo que no consiguió Franco tras su muerte lo logrará Fidel Castro? El Comandante, con mayúscula porque en la isla no hay otro, había dejado oficialmente el poder en 2008. Se había convertido en un anciano de movimientos torpes, enfundado siempre en ropa deportiva. Aparentemente no contaba nada. Ya ni tenía fuerzas para una de sus grandes pasiones: esos largos monólogos en los que pontificaba sobre lo divino y lo humano. Era incluso un estorbo para su hermano Raúl, el actual presidente, por sus salidas de tono. La muerte de Fidel es para algunos irrelevante, solo una ocasión del castrismo para mostrarse más vivo que nunca. Su fallecimiento en la cama no tendría otro valor político que confirmar la capacidad de resistencia del comunismo cubano.

Seguramente las cosas no son tan sencillas. Es cierto que el poder real en Cuba hasta el pasado viernes ha estado en y está en manos Raúl Castro y, sobre todo, en manos del grupo de militares, no más de diez, que integran el Politburó. Son esos militares los que controlan la industria pesada y la industria turística del país. Tienen más poder que el Partido Comunista. Se trata de una especie de Junta Militar en la que sus miembros se vigilan intensamente pensado en el día en que muera Raúl Castro (que tiene 85 años) o en el que se retire (tiene prometido que lo hará en 2018). En ese momento lo más probable es que haya un duelo abierto entre Miguel Díaz Canel, el vicepresidente del Gobierno, que representa el ala reformista, y Alejandro Castro, hijo de Raúl Castro, coronel que controla todos los servicios de inteligencia y que representa el ala dura.

Se van a cumplir dos años desde que se anunciara la reapertura de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos. Obama, en un gesto inteligente, que estuvo auspiciado por el Papa Francisco, quiso reabrir su país a Cuba, pero en este tiempo Raúl Castro no ha dado pasos significativos para abrir Cuba a la libertad. Las embajadas en La Habana y en Washington funcionan con normalidad, el presidente saliente ha paseado el deshielo por la Habana vieja, los cubanos han podido bailar con la música en directo de los Rolling Stones. Pero en lo esencial todo sigue igual. Como quedó claro en VII Congreso del Partido Comunista Cubano de la pasada primavera, Raúl Castro no es Gorbachov. Las reformas económicas en favor de la iniciativa privada son tan tímidas y tan simbólicas que no aportan más crecimiento. La tasa de formación de capital no rebasa el 9 por ciento mientras que en las economías más pobres de América Latina triplica esa referencia (27 por ciento República Dominicana, 21 por ciento Bolivia).

De la patria al peor imperio

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>CINE

Hasta el último hombre

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Animales nocturnos

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>Columna derecha

>CULTURA

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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La imagen del día

Rascacielos entre las nubes en una mañana de niebla en Dubái (Emiratos Árabes). Rene Slama (AFP)

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