Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
23 ENERO 2020
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El pin parental y la necesidad de una experiencia elemental

Javier Folgado

Una nueva polémica, y no será la última, es la que ha surgido en los últimos días por el “pin parental”, una propuesta de Vox en algunas comunidades autónomas por la que los padres pueden “vetar” algunos contenidos especialmente sobre sexualidad, LGTBI y violencia de género.

Cada bando podría pensar que el otro es un malvado (que los habrá) y reducir el debate a las “trincheras ideológicas” pero me parece que este tipo de polémicas son consecuencia principalmente de las “fricciones” de una sociedad plural. La lucha no es entre buenos y malos sino entre hombres que se han emancipado de Dios y otros donde es una presencia que permite afrontar la vida de un modo novedoso. Es cierto, que en las declaraciones de la ministra Celaá (“no podemos pensar que los hijos pertenecen a los padres”, ha afirmado) se observan tics totalitarios. Pero no debemos olvidar que la polémica por el “pin parental” es una expresión más de una sociedad donde una vez descartada la hipótesis del cristianismo ciertas evidencias y juicios se han desvanecido. Aquellos que ya no viven de esta hipótesis buscan vivir como creen que es mejor y en esta búsqueda de nuevos derechos buscan cumplir sus expectativas. No podemos dar por supuesto que muchos planteamientos acerca del final de la vida, la sexualidad... sean compartidos por la sociedad sin la gracia. Lo observaba agudamente el catecismo. “Los preceptos de la ley natural no son percibidos por todos sin dificultad, con firme certeza y sin mezcla alguna de error. En la situación actual la gracias y la Revelación son necesarias al hombre pecador para que las verdades religiosas y morales sean reconocidas por todos y sin dificultad, con una firme certeza y sin mezcla de error”.

Es cierto que ante este desafío la objeción de conciencia podría ser una herramienta útil pero, sobre todo, es necesario que hablemos todos en un lenguaje donde nos podamos entender. ¿De dónde partir en esta sociedad plural como punto de encuentro?

Se puede enseñar a chicos de instituto los métodos anticonceptivos. De hecho, si van a tener relaciones promiscuas lo mejor es que los usen. Pero, ¿habrá algún profesor que les diga que no son una cosa de usar y tirar? ¿Existe un adulto que les diga que lo que buscan en la sexualidad, de un modo más o menos confuso, es un deseo de ser amados infinitamente? Que no son una vaca y un toro. ¿Tenemos algo más bello que mostrar que lo que ven en el colegio? ¿Este es el desafío al que nos enfrentamos los padres?

¿No forma parte de nuestra experiencia que una sexualidad vivida solamente como satisfacción de un placer deja un profundo vacío? O en positivo, ¿no forma parte de nuestra experiencia que la sexualidad cuando es vivida como donación gratuita al otro es una experiencia sublime?

En la experiencia elemental del ser humano, nos podemos entender todos: conservadores, progresistas, agnósticos, creyentes… Por tanto, hace falta testimoniar la belleza de lo que hemos encontrado. Los debates de estos días, y lo que nos queda de legislatura desde la trincheras ideológicas, son la trampa con la que Pedro Sánchez tiene todas las de ganar.

El pin parental y la necesidad de una experiencia elemental

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Los "dos" Papas y la crisis de autoridad en la Iglesia

Massimo Borghesi

El eco mundial provocado por la noticia de la publicación, por parte de Fayard, del libro “a cuatro manos” ‘Des profondeurs des nos coeurs’ (Desde lo más profundo de nuestros corazones) por parte del Papa emérito y el cardenal Sarah no solo se debe a su contenido –la confirmación del celibato de los curas como condición inderogable del sacerdocio– sino a su uso mediático pretendido por la parte eclesial contraria al papa Francisco. En estos años esa parte intenta utilizar por todos los modos posibles la figura de Benedicto XVI con el fin de contraponerlo al Papa actual. Sueñan con dividir a la Iglesia a nivel mundial de modo que puedan deslegitimar a Francisco y obligarlo a dimitir. Con su furor, no se dan cuenta de la tragedia, la desorientación y el escándalo que provocan, sembrando división, sospecha y acusaciones de herejía.

Una patología religiosa recorre la Iglesia y las víctimas son, sobre todo, los fieles sencillos a los que suelen pillar desprevenidos y se ven implicados en las oscuras tramas de poder que mueven los hilos tras motivaciones de aparente celo religioso. A la derecha del mundo no le gusta el Papa “argentino”, latinoamericano. A nivel social, lo considera demasiado situado a la izquierda, y por tanto no operativo ante los ejes de poder que modifican sensiblemente la realidad actual.

Pero para deslegitimar a un Papa no basta con atacarlo en el terreno político. Hace falta insinuar la duda religiosa, y ahí es donde entran en juego las diatribas teológicas, los grupos de presión, el activismo de los medios que lanzan obsesivamente acusaciones de herejía. Un Papa avanzado socialmente no puede dejar de ser progresista-modernista en el terreno doctrinal. Y así se crea la leyenda: el Papa buenista es una criatura de Soros, del “amo del mundo” vaticinado por Robert Hugh Benson, cuyo objetivo oculto es la disolución de la Iglesia desde dentro.

Delirios apocalípticos y profecías místicas se confunden en un imaginario según el cual la Iglesia y el mundo se acercan a su fin. La apocalíptica es la otra cara de un mundo oscuro que pide, con prepotencia, orden y seguridad, desorientado e iracundo ante un Papa que pide derribar bastiones y no tener miedo.

Así, la anti-Iglesia que se mueve contra Bergoglio busca sin cesar líderes que, tanto en el ámbito político como eclesial, puedan asumir la imagen del anti-Francisco. Desde Trump hasta Putin, de Orbán a Salvini, o los cardenales Burke, Müller, Sarah, el obispo Viganò, todo es un intento continuo de deslegitimar la obra del pontífice. Hasta el punto de que el pontificado de Bergoglio aparecerá ante los historiadores futuros como una constelación ininterrumpida de fases de retirada.

Esta estrategia de desgaste no tendría que la potencia que tiene si, durante estos años, no hubiera intentado por todos los medios involucrar inútilmente a la figura de Benedicto XVI. Para una parte del catolicismo conservador, la gran renuncia del papa Ratzinger fue un gesto “revolucionario”, imperdonable. “De la cruz no se baja”, decía violentamente el cardenal de Cracovia Stanisław Dziwisz. Ese mundo nunca perdonó a Benedicto su decisión.

Los "dos" Papas y la crisis de autoridad en la Iglesia

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Antes los principios que los hechos

Lola Martínez

El ministro de Consumo, Alberto Garzón, hizo el domingo unas declaraciones que han vuelto a incendiar a los fiscales. Aseguró Garzón que la fiscalía forma parte del Gobierno y no del poder judicial. El ministro ha dicho exactamente lo contrario de lo que formula el Estatuto Orgánico del Ministerio Fiscal. Ese estatuto y la realidad dejan claro que la fiscalía forma parte del Poder Judicial. ¿Por qué ha dicho eso Garzón? ¿Por ignorancia? Podría ser. Pero es una hipótesis poco plausible. Garzón es un ministro formado. Más bien se podría pensar que el problema es otro: al nuevo Gobierno de España no le interesan los hechos, lo que le interesan son las declaraciones de intenciones.

Lo mismo sucede con el pin parental. El pin parental, que es un hecho desde el pasado mes de septiembre en Murcia, no le ha interesado a Sánchez y a Iglesias hasta que no han puesto en marcha el Gobierno. También en este caso lo que les interesa es hacer una declaración de principios, una afirmación ideológica: necesitan afirmar que el Estado está por encima de los padres. Iglesias escribía el lunes este tuit: “el Pin Abascal no busca sólo normalizar la desobediencia de la derecha frente a la ley (mañana será el Pin fiscal para que los ricos no paguen impuestos) sino que es un ataque contra la educación pública y las familias que la necesitan”. Los hechos son que en una Comunidad Autónoma se ha puesto en marcha la posibilidad de que los padres autoricen las actividades complementarias para sus hijos si entran en cuestiones delicadas. Los hechos se retuercen, se ignoran. Son el pretexto para hablar de una presunta conspiración de la derecha contra la educación publica, una conspiración de padres homófobos que están intoxicando a sus hijos que necesitan ser rescatados por el Estado.

Antes los principios que los hechos

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¿Pin-Pon?

Alfonso Calavia

Una mañana me encuentro con dos artículos en la prensa: uno a favor del pin –qué palabreja– y otro a favor del pon –a partir de ahora, lo contrario del pin–. El primero se refería a las declaraciones de uno de los hombres de VOX, Hermann Tertsch, en las que defendía el pin parental “para evitar que tu hijo pretenda penetrar a su hermanito”. ¡Ea!

¿Se habrán levantado hoy los españoles no murcianos con esta curiosa imagen? “Oye tío, vámonos a vivir a La Manga porque estoy viendo a mi hijo Pepito queriendo abrir hueco en su hermanito Menganito…”. En breves se cubrirán las plazas hoteleras de allí, claro… por el miedo al agujero. Y luego está el segundo artículo. Este de <i>Público</i>. Lo escribe Aníbal Malvar. En él afirma que “si esa teoría de la propiedad parental es cierta, el aborto debería también ser libre no solo durante la gestación, sino hasta la mayoría de edad del individuo”. Por supuesto, porque decir que los hijos son propiedad de los padres quiere decir que podemos hacer con ellos lo que nos venga en gana. Los unos incesto y los otros capricho impertinente.

El problema es que quizá existen hombres y mujeres que no están cómodos en ninguna de las posturas anteriores, que no les van bien ni los pantalones pitillo esos estrechos estrechitos, ni aquellos bombachos anchos anchotes. Quizá porque son posiciones extremas, pero extremas por mentirosas y reducidas, no por claras y contundentes, como algunos creen. Por tanto, si nos distanciamos un pelín de pin y pon, podremos darnos cuenta de que tenemos en nuestro país una ocasión de oro para debatir y entrar sin miedo en un tema verdaderamente interesante en cualquier democracia adulta: la educación de los hijos. No perdamos la oportunidad. Preguntas como a quién pertenece un hijo o quién es el sujeto educativo merecen respuestas o, al menos, argumentos de más nivel.

Personalmente me encuentro cercano al pin por entender que los padres tienen mucho que decir en cuestiones educativas de fondo relativas a sus hijos. Vale que el Estado proponga e imparta talleres sobre educación sexual, ambiental o laboral, pero este no debe tener miedo a la libertad de las familias. Si esas charlas son tan interesantes e importantes como afirman, los padres acabarán pagando una cuota para que sus hijos no se queden fuera de las mismas y puedan escuchar y aprender de lo que ahí se dice. Pero lo harán libremente. De la misma manera, es la madre quien decide que su hijo no pasará el fin de semana en casa de su amigo Fulano porque sus padres dicen muchas palabrotas en la comida.

¿Pin-Pon?

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>Editorial

Victimización: herramienta del poder

Fernando de Haro

Los movimientos de Trump y de Putin últimamente ilustran a la perfección la “ideología de la victimización” que domina el mundo. Trump ha podido vender la “paz comercial” con China como un gran éxito y Putin ha cesado al Gobierno ruso y puesto en marcha una acelerada reforma constitucional porque vivimos en un mundo de “humillados y ofendidos”. No solo los rusos y los estadounidenses, todos los habitantes del planeta, en este comienzo de los años 20, estamos dispuestos a comprar narrativas y discursos que se aprovechan de un sentimiento de expropiación y desposesión.

Mientras el tercer impeachment de la historia de los Estados Unidos daba comienzo en el Senado (proceso condenado al fracaso de antemano), Trump exhibía una victoria en la guerra comercial contra China, firmando un acuerdo con el viceprimer ministro Liu He. No era la paz definitiva porque Estados Unidos mantiene 360.000 millones de dólares en aranceles, pero Trump ha podido exhibir el compromiso de que China va a gastar más de 200.000 millones de dólares en la compra de productos norteamericanos. Estados Unidos vuelve a ser grande de nuevo, después de haber puesto firme al Gigante Asiático, que con su moneda artificialmente devaluada había conseguido una balanza comercial muy favorable. Todo a costa de la buena industria estadounidense mantenida y sostenida por los buenos estadounidenses.

En realidad, cuando se examinan con detalle las cifras, la victoria no es ni tan clara ni tan rotunda. La guerra comercial de los últimos meses ha causado serios daños a la economía norteamericana. En el verano de 2018, China ya ofreció comprar productos agrícolas y manufacturas por un valor semejante al actual antes de que Trump decidiera subir los aranceles con sus consiguientes perjuicios. Los analistas de Financial Times han sido categóricos: los compromisos de compra por parte de China no significan que se vaya a conseguir reducir el déficit de la balanza comercial, la mayoría de los aranceles se mantiene y el compromiso de lucha contra el ciberespionaje no está en el texto del acuerdo.

>Editorial

Victimización: herramienta del poder

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>Ante el nuevo gobierno

Aún se puede construir

Francisco Medina

Consummatum est. Tras un turbulento debate de investidura, finalmente, Pedro Sánchez ha logrado su objetivo de ser investido como presidente de Gobierno en coalición con Unidas Podemos y con el apoyo de un núcleo de partidos regionalistas, independentistas y localistas. Ya hay Gobierno. Y desde el 7 de enero de 2020 se han ido concretando los pasos para la puesta en marcha de la composición y nombramiento de los ministros.

Al igual que en 2018, cuando, tras la moción de censura, Sánchez fue investido, el mecanismo ha sido el siguiente: una vez comunicados los ministros del nuevo Gobierno, el proceso comienza con la publicación en el Boletín Oficial del Estado (BOE) de la reestructuración de los ministerios; posteriormente, con el nombramiento de quienes asumen las carteras y la posterior toma de posesión; y los sucesivos Consejos de Ministros en los que irán articulándose la concreción de la estructura: creación y nombramiento de los secretarios de Estado y subsecretarios; nombramiento de secretarios generales técnicos y directores generales y así, sucesivamente, hasta llegar a las unidades con rango de subdirección general. Y, finalmente, la publicación de la estructura orgánica básica de cada departamento ministerial. Así funciona.

Y así ha sido también ahora, con una particularidad: el lunes 13 de enero se publicaron en el BOE el Real Decreto 2/2020, de 12 de enero, por el que se reestructuraban los departamentos ministeriales; y el Real Decreto 3/2020, por el que se establecían cuatro vicepresidencias: la primera, designada a Carmen Calvo, encargada de la cartera de Presidencia, Relaciones con las Cortes y Memoria Democrática; la segunda, para Pablo Iglesias, que tendría la cartera de Derechos Sociales y Agenda 2030; la tercera, para Nadia Calviño, correspondiente a Asuntos Económicos y Transformación Digital; y la cuarta, para Teresa Ribera, responsable del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico.

El peso y tamaño de la administración se engrandece aún más con los ministerios de: Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación; Justicia; Defensa; Hacienda; Interior; Transportes, Movilidad y Agenda Urbana (nombre que sustituye a Fomento); Educación y Formación Profesional; Trabajo y Economía Social; Industria, Comercio y Turismo; Agricultura, Pesca y Alimentación; Política Territorial y Función Pública; Cultura y Deporte; Sanidad; Ciencia e Innovación; Igualdad; Consumo; Inclusión, Seguridad Social y Migraciones; y Universidades, a los que se añaden los ministerios que ostentan las vicepresidencias, en lo que, seguramente, constituya el Gobierno de mayor tamaño en toda la historia de la democracia española, si exceptuamos los primeros Gobiernos de Suárez en la Transición Española.

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Aún se puede construir

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"No habrá acuerdo árabe mientras siga habiendo presencia yihadista"

Entrevista a Wael Farouq

El mariscal Haftar dejó Moscú sin firmar el documento de siete puntos aunque sí lo había firmado Serraj. Según ciertas fuentes, Haftar se habría marchado a los Emiratos Árabes. ¿Para qué? ¿Y por qué no aceptó la propuesta de Putin y Erdogan? Hablamos con Wael Farouq, profesor de árabe en la American University de El Cairo y de Ciencias Islámicas en la facultad copto-católica de la capital egipcia.

¿Por qué cree que Haftar se ha ido de Moscú sin firmar? ¿Cree que puede haber volado a los Emiratos y a otros países árabes para valorar la propuesta y contar con su apoyo?

Seguro que sí. Creo que Haftar se ha dado cuenta de lo que está pasando en Siria.

¿En qué sentido?

La intervención rusa no ha llevado la paz a ese país, que sigue aún dividido y con un gobierno que solo controla una pequeña parte del territorio. El papel de Moscú sirve esencialmente a los intereses de Putin en Oriente Medio. Por eso, no creo que ningún acuerdo pueda ser bueno para los países árabes mientras no ponga el acento en la eliminación de los yihadistas del Isis que se han trasladado a Libia. Es una cuestión importante que el acuerdo de Moscú no contemplaba. Los periódicos árabes destacan justo este aspecto, que representa su mayor preocupación. Hay miles de yihadistas en Libia fuera de control. La experiencia histórica nos ha enseñado que estos libran una guerra por nosotros y luego contra nosotros. Sin eliminarlos totalmente, nunca se aceptará ningún acuerdo en el mundo árabe.

¿Y qué se dice en el mundo árabe de Erdogan, que se ha movido más bien a favor de estas milicias?

Erdogan también mira por sus intereses. En el escenario geopolítico de Oriente Medio actúan varios poderes regionales, como Turquía, Irán, Arabia Saudí y Egipto. Cada país tiene sus propios intereses. Los movimientos de Erdogan no van en dirección a la paz, su objetivo es conquistar las fuentes de energía del Mediterráneo. Y también tiene otro motivo.

¿Cuál?

Erdogan necesita encontrar un lugar al que poder mandar a los miles de militantes islámicos que desde Siria llegan ahora a Turquía. Tiene el problema de sacarlos. Naturalmente, también quiere gas, que sigue siendo un gran interés estratégico.

La conferencia de Berlín de este fin de semana, ¿logrará establecer un nuevo orden?

Libia es una bomba muy potente que puede estallar en cualquier momento. Y si estalla, desde luego que no serán Rusia ni Turquía los que paguen las consecuencias, sino los países vecinos, como Egipto, Chipre o Italia. Estos tres países deberían llegar a un acuerdo para actuar juntos e imponer una iniciativa común ante la situación libia.

"No habrá acuerdo árabe mientras siga habiendo presencia yihadista"

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Lo que cuenta es el hacer, no el ser

Lola Martínez

Sánchez ofreció su primera rueda de prensa como presidente del Gobierno el martes. Le preguntaron por la que va a ser la nueva fiscal general del Estado, Dolores Delgado. Y Sánchez dio un triple salto mortal para justificar su elección. Evitó dar explicaciones de por qué ha propuesto a alguien como fiscal general del Estado que ha sido diputada del PSOE y ministra hasta ayer. Acabó asegurando que el PP y las asociaciones de fiscales critican el nombramiento porque bloquean todo, bloquean la justicia. La oposición critica su decisión porque no reconoce el resultado electoral.

El presidente del Gobierno equiparó la crítica a una de sus primeras decisiones con un cuestionamiento de su legitimidad. Reconocer su legitimidad como presidente del Gobierno no significa considerar bueno todo lo que hace. El ser y el hacer son dos cosas distintas en democracia. De hecho, la democracia se basa en la distinción entre los dos planos. Porque se le reconoce como legítimo presidente de un Gobierno democrático y no como monarca absoluto, se critica lo que ha hecho. Sánchez confunde la legitimidad de “su persona” –como le gusta decir– como presidente del Gobierno, legitimidad que solo cuestiona Vox, con que aceptemos todo lo que hace, aunque quiebre claramente la independencia de las instituciones.

Cuando la política se traslada al ámbito de la identidad se crea una fractura insalvable. La política es el ámbito de la gestión, de lo contingente. La identidad como negro, como blanco, como progresista, como liberal o como presidente del Gobierno, perfectamente legítima, ni es cuestionada ni da un plus de valor a las decisiones que se toman. Quien acepta entrar en un debate de legitimidad y de identidades hace la misma política de Sánchez, que es una política de fracturas insalvables. El que ha sido elegido por el Congreso como presidente tiene toda la legitimidad, es decir toda la bendita vulnerabilidad de un sistema democrático, para ser valorado, juzgado y votado por lo que hace, no por lo que es.

Lo que cuenta es el hacer, no el ser

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Haití, diez años después

Patrizia Caiffa

Una corona de flores, una oración en silencio ante las fosas comunes que en aquellos infelices días acogieron a decenas de miles de víctimas. Así se desarrolló, un poco en sordina por cuestiones de seguridad, la conmemoración de las al menos 230.000 personas muertas hace diez años en el terremoto que a las 16.53 horas del 12 de enero de 2010, hora punta en la vida de la ciudad, echó abajo a Puerto Príncipe, la capital de Haití.

Una fecha infausta en una situación sociopolítica “insostenible, desoladora e inaceptable”, según cuenta desde Puerto Príncipe Fiammetta Cappellini, responsable de AVSI, ONG presente en Haití desde 1999, que conoce muy bien la isla caribeña, donde vive desde hace 14 años y donde ha formado su familia: un marido haitiano y un hijo de 12 años. Hace diez años estaba allí y vivió en primera persona el terror del seísmo de grado 7 en la escala Richter.

Se quedó para trabajar en la emergencia y luego en la reconstrucción y desarrollo. Entonces se vio obligada a separarse durante meses de su hijo. Era demasiado pequeño y demasiado dramática la situación para dejarlo en Puerto Príncipe, estaría mejor con su familia en Italia. Pero esa amarga posibilidad corre el riesgo de volver a repetirse ahora y de hecho está más preocupada que nunca por su país de adopción y por su gente.

No solo por las catástrofes naturales –terremotos, huracanes, inundaciones, epidemias de cólera– que a cada poco sacuden la isla. Con el paso de los años, los que tuvieron que irse a vivir a los campamentos después del terremoto y luego a refugios temporales han ido recibiendo algo de dinero para trasladarse fuera de la capital. Resultado: se han instalado en un terreno árido e inhóspito a tres kilómetros de Puerto Príncipe donde han construido un inmenso suburbio con casas ilegales, hechas de materiales de desecho recogidos entre los escombros, sin servicios de ningún tipo. Allí viven al menos 300.000 personas en condiciones infrahumanas, tal vez sean más. “Si viene un nuevo terremoto, causará el doble de muertos con total seguridad –afirma–. Es una situación que da mucho miedo”.

En Puerto Príncipe ya no quedan edificios destruidos, ya no se ven escombros, los campamentos han desaparecido, pero la destrucción y las heridas invisibles se notan en la vida de la gente. Hay muchos desastres provocados por el hombre, como la corrupción, la violencia, la miseria y la inestabilidad de los dos últimos años.

Hasta el episcopado haitiano, normalmente cauto en las cuestiones políticas, el pasado mes de septiembre, en el culmen de las violentas protestas que pedían la dimisión del presidente Jovenel Moïse y que paralizaron el país, publicó una carta durísima pidiendo que cesaran. “A pesar de nuestros reiterados llamamientos durante los dos últimos años, los líderes actuales y los responsables políticos permanecen sordos, empeñados en gestionar su poder, sus privilegios y sus intereses mezquinos. Mientras tanto, ciertos sectores de la sociedad se hacen cada vez más ricos, a costa de los pobres que no pueden comer o pagar la escuela de sus hijos”.

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La caída y la gracia

Massimo Borghesi

El 4 de enero de 1960 el automóvil que conducía Michel Gallimard se estrelló contra un árbol en la Nacional 5, en el tramo Sens-París. En el coche, un deportivo Vacel Vega, viajaba también Albert Camus, que moría en el acto. Terminaba así, trágicamente, la existencia de un escritor cuya obra filosófico-literaria impactó profundamente y dio mucho que hablar a la generación de la segunda posguerra. Poco antes de morir, en diciembre del ’57, había recibido en Estocolmo el Premio Nobel de Literatura.

Cuando se cumplen 60 años de su desaparición, Camus sigue siendo uno de los pocos autores cuya figura y obra nunca han caído en el olvido. Siguen saliendo ensayos sobre él y la editorial Gallimard mantiene en París la edición de inéditos y epistolarios. A pesar de la mole de estudios sobre él, hay un aspecto de su reflexión todavía por explorar, el de su dimensión religiosa. Pero esta, especialmente a raíz del tema de ‘La caída’, publicada en 1956, resulta particularmente evidente. Después del ciclo del absurdo y de la revuelta –‘El extranjero’, ‘Calígula’, ‘La peste’, ‘El hombre rebelde’– emergen, en el Camus de los años 50, nuevas exigencias. El hombre rebelde puede juzgar al divino Demiurgo solo si es más justo que él, “pero eso”, escribe, “exige una inocencia que ya no tengo”. Un nuevo pesimismo entra en escena. Camus ya no cree en la beata inocencia del mundo. Por primera vez sale a la luz la exigencia de una gracia, esperada y violentada a la vez. “Cuando hemos visto una sola vez resplandecer la felicidad en el rostro de un ser querido, descubrimos que no puede existir para el hombre otra vocación que la de originar esa luz en los rostros que nos rodean… y desgarra pensar en el infortunio y las sombras que proyectamos, por el solo hecho de vivir, en los corazones que encontramos”. Para superar esta violencia natural, el corazón debería verse “transfigurado”, pero no es fácil. “Siempre hay una parte del hombre que quiere morir y que pide ser perdonada”. El perdón, que es una forma de amor, es complicado porque, rigurosamente, “nadie merece ser amado – nadie está a la altura de este don supremo”. Por eso, “el amor de Dios, por lo que parece, es el único que logramos soportar porque siempre queremos ser amados, a pesar de nosotros mismos”. Camus advierte entonces “el peso insoportable de este mundo, del cual, al comienzo, estaba tan satisfecho”.

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Indio americano o cachorro dálmata

Fernando de Haro

Tom Peters es un británico de 32 años que se ha paseado en las últimas semanas por los programas matutinos de televisión explicando que quiere ser un cachorro dálmata. Declara que le gustaría ser reconocido como el primer hombre transespecie, mezcla de humano y de perro. El caso parece el producto típico de un momento de crisis en los medios: las televisiones generalistas luchan con cualquier cosa contra la inexorable caída de audiencia en favor de pantallas y contenidos más segmentados. Las televisiones de siempre intentan evitar su declive con la industria de la nostalgia, la explotación del miedo y los relatos inverosímiles. En cualquier caso, Tom Peters insiste en que, desde hace años, al salir de su trabajo, vive como si fuera un perro, come golosinas para mascotas y pienso para animales. Asegura que lo hace para huir de una realidad que le resulta demasiado gravosa. Es fácil imaginarnos respondiendo a Tom con un largo discurso dedicado a la objetividad de su naturaleza y la belleza de la condición humana. Podríamos leerle el discurso de Pico de la Mirándola sobre la excelencia de la especie a la que pertenece. Pero seguramente no nos escucharía o diría que precisamente lo que está haciendo es responder a la invitación del gran humanista: ha elegido, y ha elegido no ser hombre. Toda esta conversación (no-conversación) sería fácil. Más difícil es comprender por qué Tom quiere ser perro. Más interesante es asumir, acompañar la soledad, el desconcierto, la inquietud que lleva a Tom a ponerse su disfraz canino.

Miguel Ángel Quintana Paz explicaba en un acertado artículo hace unos días lo que nos ocurre y por qué se dan casos como el de Tom. Quintana no es precisamente un tradicionalista que defienda la incuestionable evidencia objetiva de la naturaleza humana. Se dedica a los estudios de género. El filósofo ha dedicado buenas energías en defensa no de la ideología de género, que dice que no existe, pero sí de todos los valores culturales, variables, que junto al sexo determinan la personalidad. Quintana señala atinadamente que vivimos en una época de hiperindividualismo. Podría parecer que este término es contradictorio con el auge de los nacionalismos y de otros tipos de identidades de grupo. Quintana sostiene que son dos fenómenos confluyentes. “¿No vivimos una época en que cada vez más personas se sienten parte de una identidad común y ansían disolverse en ella? ¿No estamos ante un apogeo de los nacionalismos, ante un resurgir de los fundamentalismos religiosos, ante un empeño de todos por fundirse cada cual en su colectivo (las mujeres, los gais, los distintos grupos de inmigrantes, los negros, los pensionistas, los triscaidecáfobos) y olvidarnos allí de que yo soy yo?” –se pregunta el pensador–. Estamos ante “colectivos que elige el individuo: esa es la ironía de nuestros días”. Es lo que está pasando “con el fundamentalismo islámico: a menudo son jóvenes musulmanes los que optan por afiliarse a mezquitas más y más radicales, obedecer a imanes más y más integristas, alejándose así del islam más moderado de sus familias (o del que ellos mismos profesaban poco tiempo atrás). Es una decisión estrictamente individual. También en los nacionalismos podemos observar idéntico fenómeno. Pronto, con el transhumanismo, quizá podamos elegir incluso nuestra especie o en qué soporte (o bien un cuerpo de carne y hueso, o bien unos bits en un superordenador) preferimos vivir”.

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Esperando el #Me Too del islam

Fernando de Haro, Lahore

El comisario del servicio secreto militar me explica con mucho énfasis que en el islam no está permitido que el hombre lleve al descubierto la parte del cuerpo comprendida entre el ombligo y las rodillas. Lo hace levantándome la camiseta y tocándome las piernas. El clérigo de la madrasa (escuela coránica) donde sucede la escena mira al militar con satisfacción. La madrasa en la que hemos estado grabando hasta unos minutos es una de las históricas de Lahore, la capital del Punjab. En sus aulas, sentados en el suelo, con movimientos rítmicos, a gritos, los niños aprenden de memoria las suras del Corán. El interrogatorio del comisario, que nos obligará más tarde a abandonar precipitadamente Pakistán, demuestra quién manda en el país. Da igual que el primer ministro sea de un partido musulmán o un play boy populista. Quien rige los destinos de esta nación de más de 200 millones de habitantes, encrucijada de Asia, es la alianza entre islamismo y ejército que le dio su identidad. El comisario tiene que demostrar al clérigo que hace cumplir la interpretación más estricta del islam y el clérigo presta su apoyo al comisario. Hasta no hace mucho era frecuente en Lahore, la ciudad fronteriza con la India, que los hombres paseasen con pantalones cortos y zapatillas por sus parques. El avance del partido radical Tehreek-e-Labaik ha cambiado las costumbres. Islamismo sobre islamismo, sobre el de Ali Bhutto de los años 70, sobre el del general Zia de los años 80, sobre el islamismo que impulsó Estados Unidos para combatir en Afganistán a los talibanes.

Mientras escucho al comisario predicar se me viene a la cabeza el rostro de Sadaf, una niña de 12 años que horas antes acaba de contarme su historia. Sadaf usa un pañuelo que le cubre la cabeza, viste como una musulmana, o como una hindú. Muchos cristianos del Punjab no se distinguen por su ropa. Son el vivo retrato de lo que decía la carta a Diogneto. Sadaf tiene el rostro severo y la expresión tímida pero enseguida le sale el carácter. Sadaf me ha explicado que una compañera de clase le invitó el pasado mes de abril a pasar una tarde con ella. Después de resistirse durante un tiempo accedió. La invitación fue una trampa para que el hermano de su compañera, Sabtain, la raptara. A Sadaf la drogaron, la trasladaron a Faisalabad y allí Sabtain abusó de ella. Sadaf lo relata todo con aplomo, sin bajar la mirada. Después de la agresión sexual, recibió una instrucción rápida de nociones sobre el islam y fue forzada a convertirse. A la conversión forzada se unió un matrimonio también forzado con un expediente falso. Sadaf no quería ser musulmana y no quería ser una posesión de Sabtain. Así que en un nuevo traslado tuvo el coraje de saltar del autobús en el que viajaba. Huyó y pidió un móvil a una persona desconocida. Consiguió llamar a su padre que fue rápidamente a recogerla. Ahora ha vuelto a ser acogida en su familia. Sadaf, que ya no tiene la mirada de una niña, me explica que ella no quería dejar de ser cristiana.

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Convicciones sin realidad

Fernando de Haro

La miniserie Chernóbil de HBO ha hecho furor. Los cinco capítulos escritos por Craig Mazin y dirigidos por Johan Renck han ocupado el hueco dejado en la audiencia por Juego de Tronos. La pasión por lo sucedido en el reactor nuclear ha generado un extraño turismo de la catástrofe. Chernóbil es mucho más que un desastre nuclear. El accidente de 1986, la cadena de decisiones tomadas, la reacción del poder soviético, la respuesta de los científicos y de la población nos hablan del riesgo de la energía atómica, pero también de la fe y de la realidad, de una realidad negada, y de un pensamiento, de una creencia que construía/construye un sistema contra la experiencia.

Nos atrae la serie porque en estos tiempos de miedo y de incertidumbre refleja las consecuencias de un uso imprudente de la tecnología. Efectos que se prolongan en el tiempo más allá de lo que se puede imaginar. No es solo terror al átomo. La ficción da forma a ese fantasma de la sociedad del riesgo que llevamos en el alma y que puede tener mil maneras de concretarse. El temor está dentro de nosotros y sentimos cierta afinidad por los relatos que alimentan lo que el sociólogo Luhmann llamaba “la extravagante preocupación por las improbabilidades extremas”. Es improbable una invasión de migrantes, una muerte por epidemia generalizada, una violenta guerra en todo el planeta. Pero las distopías cinematográficas que insisten en mundos creados por sucesos de este tipo florecen. La afición que tenemos en este comienzo del siglo por las improbabilidades extremas de destrucción más que por las improbabilidades extremas de ser nos retrata.

Ha habidos algunas críticas que le han afeado a Chernóbil no haber reflejado de modo adecuado cómo funcionaba el poder soviético a mitad de los años 80. Probablemente no se le puede pedir a una serie capacidad suficiente para describir algo que era no solo un conflicto entre la verdad o la mentira, o entre los expertos y los burócratas. Los privilegios de las autoridades, la escasa estima por la vida humana y el abuso del Estado marcaron la reacción a la crisis. Pero el caso Chernóbil es más que todo eso. Es el momento en el que se hace evidente el choque entre la fe del hombre soviético y la realidad. Por eso es tan actual. Y por eso hay que volver a la lectura de Voces de Chernóbil. Con el imponente mosaico de testimonios que construye Svetlana Alexievich, en la que aparece la vida real, el amor, el sufrimiento de los que vivieron el accidente y de los que trabajaron cerca de la central, se comprende por qué, como dice uno de los protagonistas, lo ocurrido sirvió para “aprender a decir yo”.

El monólogo de Marat Filipovich, ex ingeniero del Instituto de Energía Nuclear, refleja el sistema de “doble verdad” en el que se vivía y que se parece, a pesar de que estamos en sociedades libres, al nuestro. El problema era la fe, una fe sin base alguna en la realidad.

Convicciones sin realidad

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>Editorial

Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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>Columna derecha

>CULTURA

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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