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30 MARZO 2020
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Voces en la pandemia

Fernando de Haro

Hoy. En un hospital de España o Italia. Ante la puerta que sella la zona en la que los médicos combaten para salvar vidas. Al otro lado las personas que queremos, nuestros padres. La conversación imposible y si hay suerte algunas palabras breves gracias al teléfono móvil. Palabras que siempre pueden ser las penúltimas. Conversaciones aparentemente leves que buscan decirlo todo. O silencios que se intuyen más fuertes que la soledad. Tampoco habíamos resuelto el reto de la soledad cuando nos podíamos tocar. Cada uno en su sitio, buscando más allá de las apariencias, la unidad que antes se daba por supuesta.

Esta pandemia desgarradora es, entre muchas cosas, la pandemia de los padres, de la relación con los padres. Es lógico que se cite una y otra vez La Peste de Camus. Es fácil reconocerse en lo que ocurre en Orán porque las pestes se parecen. Pero en la sed de voces de estos días quizás es la última novela del francés, ‘El primer hombre’, en la que más podemos reconocernos. El protagonista, Jacques, o sea Camus, viaja hasta la tumba del padre que no conoció, un joven muerto en guerra. El hijo, que se “creía dueño de sí”, ve cómo “la estatua que todo hombre termina por erigir y endurecer al fuego de los años” (...) se resquebrajaba rápidamente, se derrumbaba”. “No le bastaba toda su energía para construirse y conquistar o entender el mundo (...) no era más que ese corazón angustiado que latía siempre con la misma fuerza contra el muro que lo separaba del secreto de toda vida queriendo ir más lejos, más allá y saber, saber antes de morir, saber por fin para ser, una sola vez, un solo segundo, pero para siempre”. Ante los padres, visitados otra vez, queremos saber el secreto de toda vida, para ser y saber.

Esta urgencia para las despedidas, para las soledades, para afrontar el miedo, es la misma que tenemos para el confinamiento y para la reconstrucción. Ya se habla de una postguerra. El Consejo Europeo celebrado la semana pasada todavía parece no haber iniciado el diálogo con los padres y los abuelos que protagonizaron la reconstrucción. En la crisis de 2008 se cometió el error de no seguir los pasos de Estados Unidos. Hizo falta que llegara Draghi para apostar por una política monetaria expansiva. Algunos fallos se han evitado. Después de los primeros balbuceos del BCE, ya está en marcha el plan de compra de activos por valor de 750.000 millones de euros. Y además se ha aprobado también la flexibilización del marco fiscal. Pero el Consejo Europeo de la pasada semana demostró hasta qué punto los países del norte, Alemania y Holanda especialmente, no han comprendido que –como ha dicho la ministra de Exteriores española, González Laya– “estamos ante lo más cercano al momento Schuman. Como entonces, la clave hoy son pasos que creen solidaridad de hecho”.

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Voces en la pandemia

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  6 votos

 

Preguntas inaplazables

F.H.

Se llamaba, se llama, Fermín González, era de Jaén. Lo trajo a Madrid la Guerra Civil y aquí se quedó. Fermín ha estado trabajando 20 años de voluntario en el Hospital Centro de Cuidados Laguna de Madrid. De voluntario en el centro de paliativos, se dedicaba a agarrar de la mano a los que estaban solos para acompañarlos en sus últimos momentos. A Fermín el coranavirus le sorprendió hace unos días. Cuando le ingresaron pidió el móvil, un cargador, las gafas de cerca y su Biblia.

Estos son buenos días para releer ese gran reportaje de una tragedia que en cierto modo se parece a esta. La Premio Nobel Svetlana Aleksievich escribió un gran reportaje hablando con los supervivientes de la fuga radioactiva de Chernobil, en lo que ahora es Ucrania. No sabemos el número exacto de muertos indirectos pero pudieron ser decenas de miles. Una de las personas que sufrió aquella tragedia decía: “Vivimos en una tierra contaminada (como nosotros), aramos, sembramos…Traemos hijos al mundo. ¿Quiénes somos? ¿Cuál es pues el sentido de nuestro sufrimiento? ¿Por qué hay tanto sufrimiento? Ahora discutimos mucho sobre esto mi amigos y yo. Hablamos de ello a menudo. Nosotros estamos como la gente de Chernobil hace 35 años, estamos ante el desastre virológico, no nuclear. Pero sería un desastre que estuviéramos delante de esto sin hacernos las preguntas que se hacía la gente de Chernobil. No sería humano.

Preguntas inaplazables

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¿Cómo se abraza por WhatsApp?

Elena Santa María

Esta mañana mi hermano y yo hemos buscado en nuestros teléfonos cuándo fue la primera vez que hablamos del dichoso coronavirus por WhatsApp: el 27 de febrero. Y era una broma. Resulta que el auriga romano de Astérix se llamaba así –por cierto, su dibujante, Albert Uderzo, ha fallecido esta semana–.

Casi un mes después los chistes de entonces suenan más fríos que nunca. Hace apenas dos semanas discutíamos entre colegas periodistas si había que estar informando del minuto a minuto del coronavirus, si no estaríamos generando una alerta innecesaria por lo que parecía algo similar a una gripe. También esas discusiones parecen hoy absurdas cuando las cifras se han incrementado tan drásticamente y nuestro sistema de salud está colapsado.

Unas cifras que te estallan en la cara cuando poco a poco van alcanzando a rostros queridos. Primero, la abuela de unos amigos, al día siguiente tu jefa, al siguiente el padre de otro amigo, luego otro y otro más. Hasta que tu propio padre empieza también a tener fiebre. ¿Qué nos está pasando? ¿Cómo estar a la altura del dolor de unos amigos que han tenido que enterrar a su abuela con mascarillas y a un metro de distancia entre ellos? ¿Qué le dices a una amiga médico que se tiene que incorporar a trabajar después de una baja a un hospital desbordado? ¿Cómo se abraza por WhatsApp?

Los consuelos de antes ya no sirven. No es un consuelo pensar que solo afecta a las personas mayores, ni que el 80% de los afectados son leves, ni siquiera que los políticos digan que saldremos de esta. Porque como dice un querido amigo, estos muertos, estos 4.366 muertos (en el momento de publicar este artículo) son nuestros muertos. Son la abuela de Javi y el amigo de Silvia.

¡Qué gran desafío escribir pensando en que los que te van a leer son Javi y Silvia! Me asaltaba este pensamiento al leer un párrafo del columnista Salvador Sostres en ABC: “Tenemos este día, este día de hoy, los ojos, los ojos de tu hija de hoy, los juegos de tu hija de hoy, los besos de tu hija de hoy (…) aunque de repente se hiciera de noche, y nunca más volviera a salir el sol, hemos vivido la historia de belleza, amor y Gracia más extraordinaria que jamás haya sido contada”. Hay que ser valiente para escribir algo así en estos tiempos, señor Sostres.

Pero en algo tiene razón, el hoy se ha vuelto más sencillo que nunca. La vida ahora consiste en obedecer y decir sí al hoy. Sí al gobierno y sí a quedarse en casa, sí a preparar la comida, sí al trabajo que hay que entregar cada día, sí al juego con los pequeños. Y cuando llegan las 20:00h aplaudir en los balcones y encontrarnos con los vecinos, que como nosotros agradecen a los que están dando su vida por salvar la de otros. Y en ese momento resuena otra vez la pregunta. ¿Cómo se abraza por WhatsApp? En estos pequeños gestos también se juega todo.

¿Cómo se abraza por WhatsApp?

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Compañeros de camino

Angelo Scola

En estos días de grave emergencia, la invitación a permanecer en casa tiene una connotación paradójica. Se nos pide que tomemos  distancia unos de otro en términos radicales. Un distanciamiento forzoso que, provocando la amarga experiencia de la soledad, requiere relaciones nuevas, constructivas, libres por fin del narcisismo y el nihilismo.

La naturaleza del yo, que solo se puede comprender como yo-en-relación –“Debes vivir para otro si deseas vivir para ti mismo” (Séneca)– aflora de manera aguda en la autoconciencia de cada uno de nosotros. El hombre siempre experimenta el valor del ideal hacia el que tiende su corazón cuando se ve obligado a percibir su ausencia. La ausencia de una presencia es constitutiva del hombre, y lo es de manera especial en la tragedia actual. “¿Quién eres tú que llenas mi corazón de tu ausencia?” (Lagerkvist).

Tal vez en este momento, los ciudadanos de a pie tenemos más tiempo para pensar, para reflexionar y para leer. Necesitamos una compañía que dilate nuestro horizonte y lo prepare para el momento en que, superada esta situación trágica, podamos retomar una vida más normal.

Por tanto, pueden venir en nuestro auxilio obras imperecederas de hombres y mujeres que marcaron la historia.

Entre los compañeros de camino que podemos encontrar como antídoto a la soledad en la que nos adentramos, puede ser útil retomar ‘Crimen y castigo’, de Dostoievski. En ella, atravesando el drama del mal, sobre todo del mal moral, el gran autor nos permite tocar el fruto noble del yo-en-relación: el amor.

El tríptico de Crimen y castigo

El potente fresco de esta novela se dibuja en tres partes, de dimensiones muy distintas entre sí. La primera, circunscrita, está totalmente ocupada por el análisis del crimen: de la génesis de la idea inicial en la mente de Raskolnikov a su obsesivo agigantamiento, hasta llegar a la ejecución material. En la segunda parte, amplísima, Dostoievski desciende al abismo del alma del protagonista y describe cómo emerge –al inicio frágil y contradictorio, luego cada vez más incontenible– el remordimiento, que le lleva a entregarse y, en cierto sentido, a invocar el castigo para poder librarse del peso de la culpa que lo oprime.

Este análisis ocupa la mayor parte de la novela, porque Dostoievski –aquí como en todas sus obras– es insuperable al ahondar en la raíz profunda del mal en el hombre y, fuera del hombre, en la potencia del demonio.

La tercera es la parte de la redención, la resurrección, condensada en las pocas pero decisivas páginas del epílogo.

Compañeros de camino

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>El kiosco

Distancia

Elena Santa María

“Tenemos la vida que nos espera y el reto de sobrevivirla. Tenemos nuestra capacidad de adaptación, nuestra humanidad flexible y maravillosa, y cada día sigue siendo un regalo prodigioso e inmerecido, una caricia de Dios (…) Tenemos este día, este día de hoy, los ojos, los ojos de tu hija de hoy, los juegos de tu hija de hoy, los besos de tu hija de hoy (…) aunque de repente se hiciera de noche, y nunca más volviera a salir el sol, hemos vivido la historia de belleza, amor y Gracia más extraordinaria que jamás haya sido contada”.

Hay que ser valiente para publicar un párrafo como este de Salvador Sostres en ABC. Valiente porque estas palabras las leerán aquellos que en estos días han perdido familiares y amigos sin poder decirles adiós, sin poder abrazarse en los entierros. También los que cuentan las horas en casa, impotentes, mientras su padre o su madre está grave y solo en una habitación de hospital. Cuenta Ana Fuentes en El País que “estaba viviendo esta pandemia de manera virtual, siguiendo la evolución de los datos desde mi ordenador. Hasta que hace una semana me estalló en la cara y todo se volvió real: mi padre dio positivo. Se lo contagiaron en el hospital cuando estaba a punto de recibir el alta por otro achaque. Murió ayer. No pude despedirme de él”. Y sigue: “Miles de familias en medio mundo están siendo privadas de algo que los humanos necesitamos hacer desde que el mundo es mundo: decir adiós”. Cuando todo esto acabe, dice, “celebraremos que estamos vivos”.

Otro posible lector de Sostres es el que está encerrado en casa. Solo o no, enfermo o no, con niños o no, agobiado con el teletrabajo o con el ERTE que si no ha llegado ya está por llegar. Dice Íñigo Domínguez en El País que después de cuatro años ha conocido a su vecino. “No veíamos lo que teníamos delante. Ni al vecino de enfrente, que ayer por primera vez hablamos con él, de balcón a balcón, como en las películas italianas, algo que siempre quise hacer. Solo nos preguntamos qué tal y si todo iba bien, suficiente para empezar después de cuatro años”. Sol Aguirre dice en El Español que ella dedica este tiempo a la escritura. “Ante la sensación de agobio, qué mejor que aprovechar una herramienta invisible para muchos, pero factible para todos: escribamos. Démosle la vuelta a este calcetín que somos para arrojar sobre el papel lo que se esconde dentro, sea lo que sea. Aprendernos es siempre la mejor opción”. Quien quiera que coja el guante.

¿Por qué se nos impone esta distancia en un momento tan desgarrador?

>El kiosco

Distancia

Elena Santa María | 0 comentarios valoración: 3  15 votos

Libros para el confinamiento

Juan Carlos Hernández

En este periodo en casa, en el que vivimos saturados por un exceso de información, la lectura puede ser un instrumento, no de evasión sino de pararse a comprender mejor ciertos acontecimientos que el “ruido” del día a día no nos permite discernir. Aquí elaboramos un listado de libros que pueden ayudar al lector, según sus inquietudes, a profundizar en algunos aspectos que hemos discutido en páginasDigital.es en los últimos tiempos.

“El golpe posmoderno” de Daniel Gascón (Ed. Debate)

El articulista de El País ha escrito este libro fundamental para entender el procés gracias al recorrido que hace el autor desde los años del pujolismo, pasando por el 11-M, que modela al nacionalismo catalán, hasta el 1-O. Para Gascón el discurso identitario acaba por negar lo que tenemos en común: la idea de que nuestras experiencias son comunicables, de que podemos entender la alegría o el dolor de los demás. El articulista nos aclara algunas importantes lecciones que deberíamos tener en cuenta para afrontar el desafío catalán como que es más eficaz la violencia administrativa que la violencia física.

“Vida líquida” de Zygmunt Bauman (Ed. Austral)

El sociólogo que acuñó la famosa expresión de “vida líquida” como descripción del modo de vivir de nuestras sociedades modernas. Característica de esta sociedad es la velocidad. “La velocidad, y no la duración, es lo que importa. A la velocidad correcta, es posible consumir toda la eternidad dentro del presente continuo de la vida terrenal” y también el consumismo. “Una economía de consumo debe ser también una economía de objetos que envejecen con rapidez, así como de exceso y de despilfarro”.

“El islam en Europa: ¿una religión más o una cultura diferente?” (Ed. Foro Complutense)

Olivier Roy, en este pequeño libro, analiza el fenómeno del islam en Europa y sus desafíos frente a la globalización. Porque los fundamentalismos son una respuesta al fenómeno de la globalización según el autor. Roy habla de una crisis cultural donde muchos son extranjeros en ambas culturas. ¿Se puede compartir una misma cultura sin compartir una misma fe? Este es el gran desafío porque es lo que está en crisis hoy según Roy.

“¿Postcristianismo? El malestar y las esperanzas de Occidente” de Angelo Scola (Ed. Encuentro)

El cardenal analiza los desafíos del cristianismo frente a la modernidad. Describiendo el momento actual con la metáfora de dolores de parto y transición. Al cristiano le exhorta a que “si no sabe dialogar adecuadamente y teme asistir a la escuela de preguntas del hombre para acogerlas y abrirlas de par en par, está destinado a ser un postcristianismo, una especie de anestesia demasiado débil y, a estas alturas, inútil a la hora de afrontar los dolores de parto”. ¿Cómo es posible la convivencia en una sociedad plural? La relación con el islam, la gratuidad también en la economía, la ecología… son algunos de los desafíos con los el cardenal se confronta en un libro esencial para entender los desafíos que plantea la modernidad al cristianismo.

Libros para el confinamiento

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 1  9 votos

Coronavirus. Lo que estoy aprendiendo

Giorgio Vittadini

Ha empezado el tormento para personas cada vez más cercanas. Y yo fui de los que lucharon por minimizar la amenaza del coronavirus insistiendo a todos una y otra vez en que era “poco más que una gripe”. Me parecía una locura colectiva, no podían ser razonables las medidas que contribuían a doblegar aún más a un pueblo ya con muchos problemas y una economía en recesión. “Hasta las peores gripes se pasan, no perdamos la cabeza y sigamos con nuestras vidas como siempre”. Como estadístico que soy, llevaba la cuenta de las muertes, las comparaba con el número excepcional de decesos por gripe hace tres años y todos los que sucumben cada año a infecciones hospitalarias. “Todo lo que nos dicen es un engaño, una exageración mediática”, pensaba. Es difícil aceptar cambiar, cambiar de idea y de vida.

Para evitarlo, uno puede incluso refugiarse en polémicas que usa como pretexto, convicciones consolidadas (gracias en parte a una vida rica), y hasta puede blandir principios sagrados. Durante la clausura, que al principio viví más bien como una condena, tuve que dedicar mucho tiempo a dar clases online. Me pasaba horas delante del ordenador grabando sin nadie delante, teniendo que volver a empezar cada vez que me equivocaba en algo.

A medida que pasaban los días, la realidad se fue aclarando. Las voces que había dejado en la lejanía se fueron acercando. Hasta que no pude evitar empezar a escucharlas con atención. Los recuentos y las muertes aumentaban. La preocupación se agigantaba. Se disparaban las cifras de muertos y los cálculos de coste-beneficio.

Responder a las preguntas de los alumnos, dialogar con ellos, discutir sobre las tesis, llevar adelante proyectos de investigación, seguir construyendo iniciativas culturales, llegado a cierto punto dejó de ser un intento para mantener alejados el miedo y el dolor, para cicatrizar aprisa las heridas, y empezó a convertirse en mi pequeñísima contribución al mundo, mi manera de decir “aquí estoy”, “estoy presente”. Mientras tanto, me quedaba admirado por lo que hacían y hacen muchos médicos y enfermeros. En la esencialidad y pobreza de la forma, también he visto la raíz profunda de tantas amistades.

Luego empezaron a enfermar amigos y familiares de gente que conozco directamente. El asedio se hacía cada vez más duro. Escuchando el relato de médicos y enfermeros, la enfermedad se fue presentando ante mis ojos como lo que es, una agresión contra la vida: la progresiva pérdida de la capacidad de respirar, la sensación de ahogo, el alejamiento de los familiares, la muerte en soledad.

Luego llegó el tormento de amigos que no podían acompañar a sus seres queridos al cementerio y que solo han rezar juntos por un familiar difunto a través de skype, a miles de kilómetros. También llegó la muerte de un querido amigo.

Nadie tiene ni idea de qué nos espera en el futuro, ni en el más cercano. Medirse con la realidad ahora significa para mí aceptar que no sé, no entiendo y necesito aprender de lo que sucede.

Coronavirus. Lo que estoy aprendiendo

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 2  20 votos

Desde mi casa (1)

P.M.

Ha transcurrido la primera semana completa desde que se declaró el estado de alarma y el confinamiento en casa por la emergencia sanitaria provocada por la pandemia del coronavirus, que ha llegado a nuestro país. El número de contagiados va aumentando por doquier, y el de muertos alcanza la escalofriante cifra de 2.200, y en ascenso.

Decido teletrabajar desde casa y, a tal objeto, el viernes 13 me llevo trabajo suficiente para poder hacerlo estos días. El miedo ha sido lo primero que ha aflorado en mí ante la velocidad y la magnitud de lo que acontece estos días; y que ha calado hasta los tuétanos, porque temes que a tus más queridos les pille esta plaga durante sus idas y venidas en coche de casa al trabajo y del trabajo a casa; o la cantidad de información que te llega al cerebro procedente de los periódicos digitales, y los incesantes reenvíos vía whatsapp,…es tal la sobreestimulación que acabas haciendo “crack”.

En el fondo, sabes que no puedes detener ni controlar algo tan inconmensurable como la realidad. La vida es lo único que no permite el confinamiento, a Dios gracias. El lunes 16 pude ser testigo de la creatividad de muchos amigos míos que deciden organizar un encuentro on-line y poner sobre el tapete virtual cómo afrontaban estas circunstancias que nos tocan vivir. Gestos como éste, además del hecho de que, en nuestra comunidad parroquial, exista la posibilidad de oír misa en directo a través del canal de YouTube, o que algunos amigos de fuera de Madrid te escriban un ¿cómo estás? cargado de humanidad, te hacen caer en la cuenta que, en el fondo, no estoy solo. No estoy a merced de la casualidad. No soy puro azar. Más me vale.

No minusvaloro la dimensión de esta pandemia que se ha llevado por delante a mucha gente mayor, que está muriendo sola, sin una posibilidad de acompañamiento de sus familiares y allegados. Me sobrecoge sólo el hecho de imaginarme las plantas de cualquier hospital en medio de una actividad febril del personal sanitario y los rostros de los ingresados en la UCI, su soledad ante el hecho de la muerte –que todos, tarde o temprano, habremos de afrontar–, o el dolor de los familiares que se ven privados de un velatorio y un entierro en condiciones.

Ahora estoy viendo con más claridad que vivir en serio tu propia humanidad no es automático: no puedes darle al botón on y dejarte llevar por una especie de escalera mecánica que sube y baja Dios sabe hacia dónde. He vivido mucho tiempo a remolque de una especie de vida al tran-tran, a base de ahorrarte el trabajo de mirar tus fantasmas a la cara….y eso no funciona. Porque el problema subsiste: ¿quién vence este miedo que tengo ante la posibilidad de que la vida se me vaya de las manos? Sólo si Dios responde, en lo concreto, a esto, la afirmación de Feuerbach de que el hombre crea a Dios proyectándose sobre él se hace trizas.

Desde mi casa (1)

P.M. | 0 comentarios valoración: 1  11 votos
>Editorial

En las tripas de la realidad

Fernando de Haro

Nos hemos quedado sin nuestros padres y no nos hemos podido despedir de ellos. Muchos están en hospitales a los que no podemos ir. Tenemos a los enfermos en casa, esperando que el suyo sea un caso leve. El teléfono móvil se ha convertido en un instrumento de tormento. Como ha señalado el escritor José Ángel González Saiz, “hay ocasiones en las que en la vida de un país y de una persona la realidad, no guisada, no cocinada, irrumpe”. La realidad, la enfermedad o la muerte, el límite, la incapacidad para prever todo, estaba ahí pero no la mirábamos. Ahora ha irrumpido de forma estrepitosa. “Y, de pronto, nos hemos dado cuenta de toda la frivolidad ideológica y emocional en la que estábamos instalados”. Nos hemos dado cuenta de todo el tiempo que hemos perdido en riñas absurdas, en acentuar las diferencias. Nos hemos dado cuenta de que no se puede dar por descontado que haya una vida próspera, y segura. De pronto nos hemos dado cuenta de que hay gente que está dando su vida para que no haya más muertes. De pronto “la distancia entre los hechos y los relatos, entre los nombres de las cosas y las cosas de los nombres, se reduce al mínimo” (…) y “la realidad nos pilla desarmados y cautivos de los hábitos mentales más contraproducentes”. Y se hacen urgentes razones y afectos para encarar la muerte, para convivir con ella, para afrontar lo incontrolable, para que el miedo a lo imprevisto no nos paralice.

Las nostalgias de otros tiempos juegan en contra y las proyecciones para cuando todo esto se acabe nos suenan a consuelos estúpidos. La realidad ha entrado sin permiso y queremos tener la seguridad de que somos más que la epidemia, que las incertidumbres que sufrimos, que las consecuencias de una crisis económica que va camino de paralizar toda actividad. Cuanto más exigentes se hacen los nuevos tiempos, más ridícula y desfasada nos parece la vida de hace un mes. Hace un mes era razonable elevar quejas porque no había de esto o de aquello, ahora sabemos que no hay mascarillas suficientes, sabemos que no hay respiradores. Hace un mes nos parecía normal que los políticos hicieran discursos ideológicos, que fueran triviales, que se dedicaran a ocupar espacios, nos parecía casi normal estar instalados en lo antepenúltimo, que hubiese una distancia abismal entre los hechos y los discursos. Y ya no soportamos a los que González Saiz, con expresión de Péguy, llama los “clérigos contra la realidad”. Por eso nos resulta tedioso e infantil que se busquen chivos expiatorios, que nos prediquen sobre las supuestas bondades de los modelos asiáticos en los que la falta de libertad es más eficaz para luchar contras las pandemias o sobre el final de Trump.

>Editorial

En las tripas de la realidad

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  23 votos

La vida no está en cuarentena

F.H.

Antes de la cita de las ocho de la tarde, ese momento en el que agradecemos a la gente que combate contra el COVID 19 su dedicación, antes de ese momento, ayer oí a un adolescente que abrió la ventana y gritó para desahogarse: ¡me aburro! Lo hizo tres veces y su clamor rompió el silencio de la calle desierta. Me di cuenta de que la vida no se para, la vida no está en cuarentena. La prueba de que la vida no está en cuarentena es que los adolescentes gritan por los balcones su tedio, y el tedio de ese chico de dieciséis o diecisiete años es la prueba más evidente de que la vida no se detiene. Mi vecino quiere vivir ahora.

Entiendo a los que se vuelven con nostalgia hacia el pasado y entiendo las conversaciones sobre cómo vivíamos cuando la vida era normal y no había COVID 19. Y entiendo a los que hacen planes para cuando esto acabe. Pero el grito de mi vecino adolescente me dice que la vida no está por venir, la vida está ahora entre estas cuatro paredes. Y porque la vida no está en cuarentena podemos llorar ahora a nuestros muertos, que son muchos: habíamos nacido en un mundo en el que nadie se moría o si alguien se moría era a escondidas. Y la vida no está en cuarentena porque de pronto nos hacemos cargo de que la muerte con su gran desafío está siempre cerca, ¡vaya si está cerca!

Y la vida no está en cuarentena porque de pronto nos despertamos a las dos, a las tres, a las cuatro de madrugada pensando en el hospital que está cerca de casa, y en la soledad de quien no puede ser abrazado. De pronto nos hacemos cargo del dolor del mundo. Ese dolor que nos era ajeno. Y nos preguntamos qué sentido tiene. La vida no está en cuarentena y la necesidad es una chispa que enciende las energías para afrontar unas circunstancias inéditas, y ahí están los miles de voluntarios que se ofrecen para repartir comida, y ahí están las zapateras de Petrer y Elda, en Alicante, que han formado una cadena para hacer mascarillas en casa, y ahí están los hosteleros de Madrid que antes de cualquier requisa ofrecieron sus instalaciones.

La vida no está en cuarentena y prueba de ello es que, de pronto, hemos visto a los políticos mostrarse algo unidos. Mi vecino adolescente y yo, entre nuestras cuatro paredes, queremos más que nunca que nuestro tiempo sea útil, queremos querer y queremos ser queridos, mi vecino adolescente y yo no solo queremos resistir, ni aplazar, por eso gritamos al destino, seguimos trabajando, seguimos viviendo.

La vida no está en cuarentena

F.H. | 0 comentarios valoración: 2  28 votos
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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón | 342 comentarios valoración: 2  4097 votos

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