Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
19 FEBRERO 2020
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¿La guadaña o la flor?

Alfonso Calavia

Hace un par de días me metí en la web de Público y me topé con esta sugerente fotografía. Aparece un monigote –que supongo quiere representar a una persona huyendo del fuego– corriendo a todo correr para refugiarse a la vuelta de la esquina; bueno, mejor a la vuelta de la guadaña, donde imagino que habrá un sitio calentito sin sobresaltos impertinentes. También pude leer su explicación, título, subtítulo o como quieran llamarlo: Más allá no duele. Pero lo mejor de la imagen es que el muñecajo tiene un solo ojo y la nariz más grande que las manos, no tiene boca ni tampoco orejas. Yo creo que el dibujante quería hacerle correr hacia el más allá y sanseacabó.

Pero hablemos del más acá. No sé si conocerán al escritor húngaro Imre Kertész. Le dieron el Nobel de Literatura a principios de siglo, y mucho antes, siendo adolescente, lo metieron en Auschwitz. Fíjense en lo que dejó escrito: “Pese a la reflexión y al sentido común, no podía ignorar un deseo sordo que se había deslizado dentro de mí, vergonzosamente insensato y sin embargo tan obstinado: yo quería vivir todavía un poco más en aquel bonito campo de concentración”. ¡Aquel bonito campo de concentración! “Una antítesis en toda regla”, diría un profesor de Lengua. Aunque, curiosamente, aquí no es un recurso literario, sino la pura realidad. Impresiona mucho constatar la capacidad de atracción que tiene el más acá, incluso en Auschwitz. Vamos que si este señor se hubiera dibujado a sí mismo lo habría hecho agarrándose al fuego. Como el hombre del que habla Ortega en sus Meditaciones, que por lo visto fue a ahorcarse de un árbol y finalmente cambió de opinión porque cuando se echaba la cuerda al cuello, percibió el aroma de una flor a los pies del tronco. O como uno de los pacientes oncológicos de mi mujer, que no le queda mucho tiempo en esta vida, pero es hablarle del Madrid-Atleti y de la patada de Valverde en los últimos minutos de aquel partidazo y se enciende; se podría tirar hablando de ello horas y horas.

¿La guadaña o la flor?

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Hoy la vida vuelve a renacer

Giorgio Vittadini

En tiempos complicados como estos, la pasión humana y civil, la que hace interesante la convivencia cotidiana con los que nos rodean, parece haberse convertido en un bien raro. Por no hablar de la confianza en la posibilidad de dar un giro de tuerca. Por esa razón conviene seguir contando historias de renacimiento como esta que viene del lejano Brasil pero que podría suceder en cualquier parte.

En los años 90, la Ribeira Azul de Salvador de Bahía era una zona señalada en el mapa pero no se veía porque estaba totalmente anegada. Una espléndida entrada del océano totalmente cubierta de chozas, puentes desvencijados, palafitos pegados unos a otros. Podías ver a un anciano durmiendo en una cabaña con el agua mojando los muebles, o a un niño corriendo peligrosamente por pasarelas de madera que se balanceaban, o mujeres buscando desesperadamente lugares donde lavar la ropa.

Era el infierno de las favelas de Bahía, la antigua y fascinante capital de Brasil. Incomparable a las grandes aglomeraciones de Sao Paulo o Belo Horizonte, una realidad más trágica debido a las condiciones de vida y las relaciones humanas.

En la franja de playa que llevaba hasta la Ribeira Azul, a mediodía solía haber una fila de niños y jovencitos que todos los días se lanzaban en busca de comida. Pero lo que las ONG conseguían hacer entonces era, como mucho, asegurar un menú un día sí y otro no. Veías a chavales llorando cuando no les tocaba ese día, lloraban en silencio, apartados, partícipes de la desesperación común.

La ONG Avsi no se rindió ante aquello. Reunió a los habitantes de los palafitos y se comprometió con ellos en un proyecto de reconstrucción habitacional con servicios en la cosa. La iniciativa era ambiciosa, pero el Banco Mundial se interesó en el proyecto y puso dinero. Cuando la construcción casi había terminado, la Ribeira Azul reapareció en todo su esplendor. El proyecto podía darse por finalizado.

En cambio, un hombre de negocios acompañado por su mujer visitó la zona y se dieron cuenta de que la reconstrucción material solo era una premisa, que para hacer estable el desarrollo hay que invertir en las personas.

Enfrente de Bahía hay islas espléndidas donde los alemanes han invertido en turismo de lujo y han ganado mucho dinero. Pero aquella pareja milanesa tenía otras ideas y se preguntó: ¿de qué sirve construir casas con servicios higiénicos si luego los jóvenes que pasan de la favela a la casa siguen presos de la delincuencia, de la ignorancia, del tráfico de drogas, del desempleo estructural? Sin educación, cualquier intervención innovadora acaba destinada al fracaso. Tras su ayuda y compromiso, la pareja fue a hablar con don Luigi Giussani y decidió construir una iglesia. El resultado habla por sí solo. Mucha gente, sobre todo muchos jóvenes, conoció en esta iglesia a los sacerdotes misioneros que la guían, reconociendo en ellos un punto de referencia humano, afectivo, espiritual e incluso material. Por primera vez había alguien que pensaba en ellos, que se dedicaba a ellos.

Hoy la vida vuelve a renacer

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 0  0 votos

Cómo poder mirar y acompañar el sufrimiento de la enfermedad

Cristina Morán*

En el momento actual las necesidades sanitarias para abordar una situación de enfermedad al final de la vida, tanto en pacientes oncológicos como no oncológicos, no llega ni al 50%, a diferencia de otros países como Inglaterra o los países escandinavos donde se llega a dar cobertura a prácticamente todas las personas que lo necesitan.

En España, las competencias en el ámbito de la sanidad están transferidas, en función de la comunidad autónoma en la que resides eres atendido por especialistas de cuidados paliativos las 24 horas al día tanto en hospitales como en domicilio como en las unidades que existen de apoyo, pero lamentablemente en otras no.

Los cuidados paliativos surgieron para dar respuesta de una manera humana, real y concreta, con la actitud de prevenir y tratar el sufrimiento evitable y de acompañar aquel sufrimiento que no pueda ser evitado.

Las herramientas fundamentales de los profesionales para realizar esta labor son la CIENCIA, que nos exige una evaluación precisa, rigor metodológico, experiencia clínica y fiabilidad terapéutica, para aliviar los síntomas (quitando el dolor, la fatiga, la falta de apetito, el insomnio, la tristeza…), y la COMPASIÓN, que posibilita percibir y comprender el sufrimiento del otro, e impulsa a aliviarlo.

A diario acompaño a pacientes y sus familias en este momento vital tan importante, donde de forma clara manifiestan su miedo a continuar con dolor o pasarlo mal o sentirse una carga para sus familias. Los cuidados paliativos nacieron para dar una respuesta humana para abordar de forma multidisciplinar acompañando el dolor físico, emocional y espiritual que todos en un momento así viviremos.

No solo damos la mano sino respuesta a las necesidades más concretas que en este momento salen a flor de piel y a las familias les enseñamos a mirar cuál es la mejor manera de cuidar y de abrazar a su ser querido en este momento.

A lo largo de estos años trabajando codo con codo con mi enfermera en los domicilios, algún paciente me ha pedido que le ponga algo para desaparecer, porque tal como está en ese momento no puede seguir adelante. No voy a negar que he visto personas con dolores tremendos, con situaciones muy complejas a las que en meses no se le ha dado respuesta y cuando me llaman para que empecemos a trabajar con ellos, encontramos a pacientes y familias desesperadas por situaciones que se han hecho habituales como tener dolor, ansiedad, fatiga, angustia…. todo el día sin que nadie les haya dado un correcto tratamiento. Es como si tuviéramos unas gafas de ver empañadas que hacen que todo lo que veas esté nublado, estar con mucha carga de síntomas no ayuda a ver nada de lo que tienes delante y tus familiares también se desesperan.

En estas situaciones mi respuesta siempre ha sido la misma: hemos venido para mejorar los síntomas que tiene, para acompañarle en esta etapa y para que sepa que no va a estar solo sino acompañado hasta el final. Puedo asegurar que ninguno de ellos me ha dicho “eso no lo quiero”, todo lo contrario, me han dado un abrazo, se han puesto a llorar, se han sorprendido de que extraños pongan en valor el bien que para todos es que él esté.

Cómo poder mirar y acompañar el sufrimiento de la enfermedad

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Declaración de Emergencia Climática: oportunidad para los cristianos

Francisco Medina

El pasado 21 de enero, el Consejo de Ministros aprobó la Declaración de Emergencia Climática y Ambiental en España, en virtud de la cual el Gobierno se compromete a adoptar, en los primeros 100 días, una batería de 30 medidas en el marco de la lucha contra el cambio climático; algunas de las cuales se concretarán en normas del ordenamiento jurídico; entre ellas, un proyecto de Ley de Cambio Climático y Transición Energética (que, en su día, había sido esbozado por el Ministerio de Energía, Turismo y Agenda Digital cuando Álvaro Nadal estaba al frente); o un proyecto de Ley para alcanzar las emisiones netas cero en 2050.

Otras medidas incluyen la hoja de ruta para la descarbonización de la economía; la aprobación del segundo Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático; o la creación de una Asamblea Ciudadana del Cambio Climático; o la Estrategia de Transición Justa, en la que se articularán los convenios que se firmen con los sectores industrial y de servicios. También se habla de una Estrategia de Lucha contra la Desertificación y de una Estrategia Nacional Forestal. La Estrategia frente al Reto Demográfico viene acompañada de otras acciones ambiciosas, como la transformación del sector financiero público y privado a través de un Plan Nacional de Acción de Finanzas Sostenibles y los llamados bonos verdes a emitir por el Tesoro Público. O la Estrategia de Economía Circular. Y ya se ha presentado el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima 2021-2030 para su aprobación por la Comisión Europea.

Ahora bien, la pregunta es: esta batería de medidas contenidas en la Declaración, ¿está en sintonía con el sentir de los ciudadanos? En el documento “Los españoles ante el cambio climático. Apoyo ciudadano a los elementos, instrumentos y procesos de una Ley de Cambio Climático y Transición Energética”, del Real Instituto Elcano, se refleja que la lucha contra el cambio climático y la cuestión de la transición energética no son aspectos alejados de la vida de la ciudadanía, así lo indican en cuatro aspectos:

1.- La preocupación por el medio ambiente y el cambio climático: en el que la respuesta de los españoles, cuando se formula una pregunta abierta (no dirigida), es mayoritaria la mención al cambio climático o sus impactos como aspectos que más les preocupan; como resulta mayoritaria la constatación de que estamos realizando acciones gravemente dañinas para el medioambiente.

En cuanto al nivel de conciencia ecológica, medido según el índice NEP (rango de 1 a 5 puntos), la puntuación media de la población española, según el Informe, vendría a situarse en los 3,69 puntos –aproximadamente, la media de los países desarrollados–.

2.- El conocimiento sobre la realidad del cambio climático: sólo un 3% tiene dudas sobre su existencia; y la atribución de sus efectos a la acción del hombre es prácticamente unánime, aunque es minoritario el hecho de que tales cambios sean ya perceptibles; y una mayoría piensa que no hay acuerdo en la comunidad científica. Es mayoritaria la opinión de quienes piensan que España no hace lo suficiente para tomar medidas (un 81%).

Declaración de Emergencia Climática: oportunidad para los cristianos

Francisco Medina | 0 comentarios valoración: 2  4 votos
>Editorial

Eutanasia: fuera del bucle

Fernando de Haro

Ezra Klein es un periodista judío, liberal en el sentido norteamericano del término, que trabajó para medios tradicionales y que desde hace años ha puesto en marcha un producto multimedia llamado Vox. La plataforma es aire fresco en un panorama estadounidense de periódicos y televisiones, en muchos casos anclados en fórmulas tradicionales. El sesgo de los contenidos a menudo es demasiado evidente pero sus videos y sus podcasts, con un inteligente tratamiento de postproducción, se han convertido en un buen modelo para que la opinión pública entre en la complejidad de asuntos a menudo demasiado simplificados. Ezra Klein acaba de publicar 'Why We’re Polarized' (Por qué estamos polarizados), un libro en el que intenta describir las razones del conflictivo clima que reina en su país. Klein sostiene que las coaliciones políticas de los últimos 50 años se han tejido en torno a preferencias ideológicas, geográficas y culturales. Parecería lógico que así fuera. Pero esta dinámica ha provocado una serie de bucles en los que los medios, los partidos y las instituciones se han ido extremando para responder a una audiencia y a una ciudadanía cada vez más polarizadas hasta que el mismo sistema ha acabado cuestionándose. Que el sistema se cuestione, esto no lo dice Klein, pero es fácil de deducir, pone en duda que exista un espacio común. Los partidos, las instituciones, en lugar de poner freno a la espiral, la han aumentado. Probablemente porque son demasiado débiles para sostener unas referencias que ya no son evidentes para nadie.

La descripción que hace Klein es perfectamente extrapolable a España, a Italia y a buena parte de Europa. En este contexto y en este clima, en el que las preferencias ideológicas y culturales, las opciones identitarias, se convierten en un absoluto, se debate, por tercera vez en España, una proposición para despenalizar la eutanasia. Es sin duda el peor escenario posible para afrontar una cuestión tan importante. De un lado una ideología que concibe los nuevos derechos como la ocasión de afirmar la autonomía absoluta del individuo (para la que la eutanasia se presenta como la última meta). De otro, aunque con voz minoritaria, un esencialismo incapaz de tener en cuenta los límites de la razón, sometida a los avatares de historia, frente a los desafíos más exigentes de la ética. Cualquier posibilidad de conversación desaparece. El modo de vivir los últimos días es combustible para la polarización. La que sería una ocasión preciosa para dialogar sobre el momento en el que todas las preferencias ideológicas y todas las identidades son puestas a prueba, se convierte en un gallinero de voces estridentes. Habría que pedir a los políticos y a los moralistas que hablaran de estas cosas como si estuvieran al pie de la cama de un enfermo severo y crónico, de un enfermo terminal o en el pasillo de un hospital, junto a las habitaciones de quien acaba su vida. El primer debate parlamentario, sin embargo, ha sido todo lo contrario. La derecha, con absoluta ceguera, ha utilizado como gran argumento que la eutanasia se promueve para ahorrar costes y la izquierda ha insistido en presentarla como la última libertad.

>Editorial

Eutanasia: fuera del bucle

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>Entrevista a Pedro G. Cuartango

"Europa ha sufrido una amputación"

Juan Carlos Hernández

El periodista analiza para paginasDigital.es la actualidad política marcada por el Brexit y el encuentro del ministro Ábalos con Delcy Rodríguez, entre otros asuntos.

Estamos ante el hecho histórico de la salida del Reino Unido de la UE. ¿Qué lecciones debería sacar Europa de este hecho?

La salida unilateral de Gran Bretaña de la UE debilita a las dos partes. Europa es más débil sin Gran Bretaña porque es un país muy implicado en la historia de nuestro continente, por su potencial económico, por lo que representa como primera democracia liberal del mundo. Por tanto, Europa ha sufrido una amputación. Pero también creo que Gran Bretaña tiene mucho que perder, y no solo porque pueda perder el acceso al mercado único o una serie de ventajas comerciales, sino también porque creo que una Gran Bretaña aislada, fuera de Europa, será mucho más débil y estará más sometida a los intereses de Estados Unidos, que es su gran aliado.

Con el Reino Unido fuera, ¿Europa podrá quitar el “freno de mano” de los ingleses?

Yo era periodista cuando las cumbres del 12+1 y Margaret Thatcher siempre se quedaba fuera de los acuerdos. Gran Bretaña ha sido una rémora, de eso no hay duda, pero no hay nada positivo, no creo que Europa pueda avanzar más rápidamente sin Gran Bretaña. La salida de Gran Bretaña produce un impacto muy negativo en la medida de que es el primer país que se va. Queda la fuerza simbólica del hecho de que se ha ido, y eso objetivamente debilita la cohesión de la UE. Soy escéptico respecto a que se pueda avanzar más rápido sin Gran Bretaña porque hay otros países, como Polonia, los países bálticos, Hungría, incluso ahora Italia, que también pueden ser un lastre.

“La posición del Gobierno respecto a Venezuela es tremendamente ambigua”

Mucho se ha escrito en prensa sobre el encuentro del ministro Ábalos con Delcy Rodríguez. ¿Es tan grande la influencia de Podemos en el Gobierno como para que el presidente no reciba a Juan Guaidó?

El problema del episodio de Ábalos y Delcy Rodríguez es que no se ha explicado. El Gobierno ha dado seis explicaciones distintas. El propio Sánchez ha dicho que fue para evitar una crisis internacional, ¿pero qué crisis? No lo han explicado. Estos sucesos han pasado hace ya tiempo y seguimos sin tener ninguna explicación. Ese es el problema, cuando un Gobierno no es transparente, cuando se niega a explicar algo de tanto relieve como lo que pasó en el aeropuerto de Barajas. Entonces, no podemos opinar porque sencillamente carecemos de la información. Podemos pensar que lo que ha sucedido ha podido ser por influencia de Podemos, que ha podido ser determinante en el hecho de que Ábalos tuviera que ir al aeropuerto, pero no lo sabemos, es una pura especulación. Insisto en que lo esencial es saber lo que pasó.

Que Zapatero esté a favor del régimen de Maduro parece evidente pero no en el caso de Pedro Sánchez.

>Entrevista a Pedro G. Cuartango

"Europa ha sufrido una amputación"

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Los "grandes sueños" de Francisco

Andrea Tornielli

“El sueño es un lugar privilegiado para buscar la verdad. También Dios eligió muchas veces hablar en lo sueños”. Estas palabras pronunciadas por Francisco en diciembre de 2018 en una homilía en Santa Marta y referidas a san José, hombre silencioso y concreto, nos ayudan a comprender la mirada del Papa hacia la Amazonia a través de su exhortación postsinodal. Un texto escrito como una carta de amor, donde abundan las citas de poetas que ayudan al lector a entrar en contacto con la extraordinaria belleza de esa región, pero también con sus dramas cotidianos. ¿Por qué el obispo de Roma ha querido dar un valor universal a un sínodo circunscrito a una determinada región? ¿Por qué nos interesa la Amazonia y su destino?

Hojeando las páginas de la exhortación, surge una primera respuesta. Para empezar, porque todo está conectado. De hecho, el equilibrio de nuestro planeta depende del estado de salud de la Amazonia. Puesto que el cuidado de las personas y el de los ecosistemas no pueden ir por separado, no nos debe dejar indiferentes ni la destrucción de la riqueza humana y cultural de las poblaciones indígenas, ni la devastación y las políticas extractoras que destruyen los bosques. Pero hay otro elemento que hace a la Amazonia universal. En cierto modo, las dinámicas que allí se ponen de manifiesto anticipan desafíos que ya tenemos muy cerca: los efectos de una economía globalizada y de un sistema financiero cada vez menos sostenible en la vida de los seres humanos y en el medio ambiente, la convivencia entre pueblos y culturas profundamente distintas, las migraciones, la necesidad de proteger la creación, que corre el riesgo de sufrir heridas irreversibles.

Esa “Querida Amazonia”, protagonista de esta carta de amor de Francisco, representa ante todo un desafío para la Iglesia, llamada a encontrar nuevas vías para evangelizar, anunciando el corazón del mensaje cristiano, ese kerygma que hace presente al Dios de la misericordia que amó tanto al mundo que sacrificó a su Hijo en la cruz. En la Amazonia, el hombre no es la enfermedad a combatir para cuidar el medio ambiente. Los pueblos nativos deben preservarse, con sus culturas y tradiciones. Pero también tienen derecho a un testimonio evangélico. No hay que excluirlos de la misión, de la atención pastoral de una Iglesia representada por los rostros curtidos por el sol de tantos misioneros, capaces de recorrer días y días en canoa solo para visitar a grupos de gente perdida y llevarles la caricia de Dios y el conforto regenerador de sus sacramentos.

Los "grandes sueños" de Francisco

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La España que se encuentra y construye

CDO España y el diario www.paginasdigital.es ponen en marcha juntos el proyecto “La España que se encuentra y construye” como aportación a la situación política y social que vive nuestro país. Atravesamos unas circunstancias que son una invitación a asumir un protagonismo responsable de la sociedad civil, basado no tanto en ideas abstractas como en la experiencia del mundo del trabajo, del emprendimiento, de quien hace empresa, de quien se dedica al Tercer Sector, a la educación o al servicio público. Sentimos la urgencia de hacer visible que es posible edificar juntos el país, por encima de las diferencias ideológicas, afrontando la complejidad de los retos de una sociedad plural y de un mundo con cambios profundos. Cambios que, para hacer posible la prosperidad y el bien común a los que aspiramos, requieren innovación, reformas y un modo diferente de convivir.

El contexto político fomenta la imagen de que los otros, los diferentes, son el mal absoluto. Escuchando ciertos discursos da la sensación de que todos tenemos una identidad (territorial, sexual, cultural y económica) conflictiva que debe enfrentarse necesariamente a otras identidades para vivir mejor. Y, sin embargo, la experiencia diaria en el colegio, en la universidad, en la empresa o en el sector no lucrativo es que cuando se enciende la chispa de una posible mejora, el deseo de hacer mejor las cosas, nos reconocemos sin dificultad. En la educación de las nuevas generaciones, ante una nueva oportunidad de negocio, en la atención a las necesidades de quien sufre exclusión social, afrontado los retos de la globalización y de la digitalización, es frecuente la experiencia de un encuentro que va más allá de diferencias que a menudo parecen insalvables. La experiencia de reconocimiento mutuo es el mayor recurso social y político para que España dé respuesta a los retos y las oportunidades que en este momento tiene planteados. Haciendo juntos, y asumiendo de forma crítica lo que nos hace estar juntos, se disuelve la polarización que algunos parecen querer alimentar. Polarización que paraliza y nos atasca en polémicas infértiles y búsquedas de hegemonías excluyentes.

La forma en la que hemos afrontado la última crisis, la respuesta del tejido asociativo, la capacidad de internacionalizar en el mundo de la empresa o de asumir fuertes devaluaciones salariales han sido indicadores de una energía social que no se puede desaprovechar. Pero esa energía puede consumirse fácilmente. Hay señales de disgregación y desertificación humana. Si el hacer, el estar juntos, el modo de afrontar retos como la creación de empleo, la mejora del tejido productivo o la integración de los inmigrantes (por poner algunos ejemplos) no son objeto de una reflexión crítica que nazca de la experiencia, es fácil que sucumbamos a los intentos de simplificar el mundo en bandos.

Se habla mucho de que es la hora de la sociedad civil. Y es verdad, pero esta afirmación no puede ser un buen deseo ni una proclama voluntarista. Cada uno de nosotros, cada yo, tiene necesidad de ámbitos en los que se pueda reconstruir la conciencia de por qué y cómo hacemos lo que hacemos, de apertura, de confianza, de una nueva motivación.

La España que se encuentra y construye

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CDO España y el diario www.paginasdigital.es ponen en marcha juntos el proyecto “La España que se encuentra y construye” como aportación a la situación política y social que vive nuestro país. Atravesamos unas circunstancias que son una invitación a asumir un protagonismo responsable de la sociedad civil, basado no tanto en ideas abstractas como en la experiencia del mundo del trabajo, del emprendimiento, de quien hace empresa, de quien se dedica al Tercer Sector, a la educación o al servicio público. Sentimos la urgencia de hacer visible que es posible edificar juntos el país, por encima de las diferencias ideológicas, afrontando la complejidad de los retos de una sociedad plural y de un mundo con cambios profundos. Cambios que, para hacer posible la prosperidad y el bien común a los que aspiramos, requieren innovación, reformas y un modo diferente de convivir.

Devorados por la carcoma de la mala fe y la soledad

Federico Pichetto

Parece que existe un lugar, no demasiado lejos de la fantasía, donde la mítica “peste de 1348” se duele del exceso de atención hacia el pequeño “coronavirus”, auténtica figura estelar de este inicio de década. La protesta la compartirían la “peste de Atenas”, la del siglo XVII, el cólera, la fiebre amarilla e incluso la rabia y el Sars. Todos ellos manifestarían el evidente desequilibrio comunicativo en favor de un pequeño virus que está causando muchas preocupaciones pero pocas razones de una auténtica emergencia.

Efectivamente, este enésimo coronavirus refleja más el estado de salud emocional del planeta que el físico o epidemiológico, porque basta algo pequeño y pestífero que afecte al ser humano en un mercado de peces en China para subyugar a los gobiernos y economías de todo el mundo.

En una especie de camino hacia atrás, es justo preguntarse cómo puede suceder hoy un fenómeno de tal alcance por un hecho que en su conjunto no resulta demasiado relevante. La primera respuesta que surge, y que conviene tomar en consideración, se refiere a la confianza. La difusión que provoca internet desde los años dos mil no ha reforzado el vínculo entre personas sino que ha robustecido las sospechas mutuas. Si nunca hemos estado en la luna, si la inmigración tiene un plan de invasión islámica, si la tierra es plana y las vacunas producen autismo, ¿cómo es posible fiarse de la información oficial que quién sabe qué diabólico plan está promoviendo en estos momentos para engañarnos y alcanzar sus oscuros objetivos mediante esta nueva enfermedad?

La decadencia de la certeza moral que gobierna el mundo no nos deja más libres ni agradecidos a los que contribuyen a nuestra felicidad con su conocimiento, sino que nos devuelve a nosotros mismos y a la sociedad más enfadados y más solos. Esta extraña soledad, como una gota de agua de un grifo que pierde, sirve de telón de fondo para toda nuestra época, no nace de quién sabe qué consideraciones filosóficas o psicoanalíticas, sino que es la consecuencia directa de un vacío afectivo que nos hace dudar de que la vida sea un bien.

No sé cuántos chavales, adolescentes y no tanto, cuántos jóvenes y adultos compartirían hasta el fondo la afirmación de que haber nacido es algo hermoso, un don precioso del que alegrarse, un regalo que nos han hecho por nuestro bien. En todas las lecturas post-positivistas de Occidente siempre prevalece la idea de que el hombre es un mal, que su vida es una realidad desafortunada y que, en el fondo, nadie habita en el mundo para un objetivo positivo, por un destino bueno.

Devorados por la carcoma de la mala fe y la soledad

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Anton Chejov. El amor por la belleza y la verdad

Antonio R. Rubio Plo

Anton Chejov coleccionaba iconos y tenía un crucifijo en la cabecera de su cama en la casa que se había comprado en Yalta. Le gustaban las lecturas sobre los monasterios de Rusia y las vidas de los santos. Se emocionaba con el sonido de las campanas y acudía a la iglesia para deleitarse con la liturgia ortodoxa, quizás en recuerdo de aquellos días en que cantaba con sus hermanos en las ceremonias, estimulado por un padre que amaba la música y entonaba himnos en su propia casa, aunque su progenitor nunca se planteó que esto fuera incompatible con imponer su autoridad sobre sus hijos y subordinados a fuerza de golpes.

Estos detalles no convierten necesariamente a alguien en una persona religiosa, pues el amor por la belleza no siempre es paralelo a la búsqueda de la verdad, más exigente que la mera delectación. Pero si Anton Pavlovic Chejov, nacido hace ciento sesenta años, el 29 de enero de 1860, no hubiera buscado algo más con estas aficiones, éstas se hubieran agotado en sí mismas.

En los últimos años de su vida el escritor comentaba que había perdido la fe, le incomodaban las inquietudes metafísicas de un Tolstoi y no quería encontrar a Dios en Dostoievski y, pese a todo, era el mismo que ponía esta reflexión en boca de Masha, una de las protagonistas de ‘Las tres hermanas’: «Me parece que un hombre debe tener fe o buscarla. De otro modo, su vida está vacía, completamente vacía».

Chejov era un hombre con dudas de fe, aunque al mismo tiempo estaba convencido de la necesidad que los rusos tenían de creer, y no precisamente en esa religión secular, difundida por intelectuales como Tolstoi y Turgueniev que hacía del campesino una especie de santo. Al hombre no se le debe juzgar por lo que es, sino por sus obras. El campesino descrito por Chejov ayunaba y se abstenía de carne en la Cuaresma, pero no enseñaba oraciones a los niños; se emocionaba al oír las Escrituras, aunque era incapaz de leerlas.

El campesino idealizado sólo existía en los libros, donde se olvidaba que podía ser bruto e ignorante, o algo mucho peor: ser capaz de la misma bajeza y crueldad que sus amos. No deja de ser una tremenda paradoja que los campesinos se convirtieran, décadas después, en las principales víctimas de un régimen cuyas ansias de ingeniería social enlazaban con aquellas teorías librescas del siglo XIX.

Irene Nemirovsky, que describió el lado más humano del escritor, afirmó que la obra de Chejov no enseña nada, que no tiene pretensiones morales, como las de otros literatos rusos. También lo afirman aquellos que consideran sus historias como anodinas e insípidas, lo que confirmaría que el propio escritor llegara a decir que podía convertir a un cenicero en protagonista de un cuento. Otros le tachan de autor pesimista y sombrío, mas eso no encaja con su jovialidad y amabilidad, no exentas de melancolía, que testimonian muchos de sus contemporáneos.

Anton Chejov. El amor por la belleza y la verdad

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Indio americano o cachorro dálmata

Fernando de Haro

Tom Peters es un británico de 32 años que se ha paseado en las últimas semanas por los programas matutinos de televisión explicando que quiere ser un cachorro dálmata. Declara que le gustaría ser reconocido como el primer hombre transespecie, mezcla de humano y de perro. El caso parece el producto típico de un momento de crisis en los medios: las televisiones generalistas luchan con cualquier cosa contra la inexorable caída de audiencia en favor de pantallas y contenidos más segmentados. Las televisiones de siempre intentan evitar su declive con la industria de la nostalgia, la explotación del miedo y los relatos inverosímiles. En cualquier caso, Tom Peters insiste en que, desde hace años, al salir de su trabajo, vive como si fuera un perro, come golosinas para mascotas y pienso para animales. Asegura que lo hace para huir de una realidad que le resulta demasiado gravosa. Es fácil imaginarnos respondiendo a Tom con un largo discurso dedicado a la objetividad de su naturaleza y la belleza de la condición humana. Podríamos leerle el discurso de Pico de la Mirándola sobre la excelencia de la especie a la que pertenece. Pero seguramente no nos escucharía o diría que precisamente lo que está haciendo es responder a la invitación del gran humanista: ha elegido, y ha elegido no ser hombre. Toda esta conversación (no-conversación) sería fácil. Más difícil es comprender por qué Tom quiere ser perro. Más interesante es asumir, acompañar la soledad, el desconcierto, la inquietud que lleva a Tom a ponerse su disfraz canino.

Miguel Ángel Quintana Paz explicaba en un acertado artículo hace unos días lo que nos ocurre y por qué se dan casos como el de Tom. Quintana no es precisamente un tradicionalista que defienda la incuestionable evidencia objetiva de la naturaleza humana. Se dedica a los estudios de género. El filósofo ha dedicado buenas energías en defensa no de la ideología de género, que dice que no existe, pero sí de todos los valores culturales, variables, que junto al sexo determinan la personalidad. Quintana señala atinadamente que vivimos en una época de hiperindividualismo. Podría parecer que este término es contradictorio con el auge de los nacionalismos y de otros tipos de identidades de grupo. Quintana sostiene que son dos fenómenos confluyentes. “¿No vivimos una época en que cada vez más personas se sienten parte de una identidad común y ansían disolverse en ella? ¿No estamos ante un apogeo de los nacionalismos, ante un resurgir de los fundamentalismos religiosos, ante un empeño de todos por fundirse cada cual en su colectivo (las mujeres, los gais, los distintos grupos de inmigrantes, los negros, los pensionistas, los triscaidecáfobos) y olvidarnos allí de que yo soy yo?” –se pregunta el pensador–. Estamos ante “colectivos que elige el individuo: esa es la ironía de nuestros días”. Es lo que está pasando “con el fundamentalismo islámico: a menudo son jóvenes musulmanes los que optan por afiliarse a mezquitas más y más radicales, obedecer a imanes más y más integristas, alejándose así del islam más moderado de sus familias (o del que ellos mismos profesaban poco tiempo atrás). Es una decisión estrictamente individual. También en los nacionalismos podemos observar idéntico fenómeno. Pronto, con el transhumanismo, quizá podamos elegir incluso nuestra especie o en qué soporte (o bien un cuerpo de carne y hueso, o bien unos bits en un superordenador) preferimos vivir”.

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Esperando el #Me Too del islam

Fernando de Haro, Lahore

El comisario del servicio secreto militar me explica con mucho énfasis que en el islam no está permitido que el hombre lleve al descubierto la parte del cuerpo comprendida entre el ombligo y las rodillas. Lo hace levantándome la camiseta y tocándome las piernas. El clérigo de la madrasa (escuela coránica) donde sucede la escena mira al militar con satisfacción. La madrasa en la que hemos estado grabando hasta unos minutos es una de las históricas de Lahore, la capital del Punjab. En sus aulas, sentados en el suelo, con movimientos rítmicos, a gritos, los niños aprenden de memoria las suras del Corán. El interrogatorio del comisario, que nos obligará más tarde a abandonar precipitadamente Pakistán, demuestra quién manda en el país. Da igual que el primer ministro sea de un partido musulmán o un play boy populista. Quien rige los destinos de esta nación de más de 200 millones de habitantes, encrucijada de Asia, es la alianza entre islamismo y ejército que le dio su identidad. El comisario tiene que demostrar al clérigo que hace cumplir la interpretación más estricta del islam y el clérigo presta su apoyo al comisario. Hasta no hace mucho era frecuente en Lahore, la ciudad fronteriza con la India, que los hombres paseasen con pantalones cortos y zapatillas por sus parques. El avance del partido radical Tehreek-e-Labaik ha cambiado las costumbres. Islamismo sobre islamismo, sobre el de Ali Bhutto de los años 70, sobre el del general Zia de los años 80, sobre el islamismo que impulsó Estados Unidos para combatir en Afganistán a los talibanes.

Mientras escucho al comisario predicar se me viene a la cabeza el rostro de Sadaf, una niña de 12 años que horas antes acaba de contarme su historia. Sadaf usa un pañuelo que le cubre la cabeza, viste como una musulmana, o como una hindú. Muchos cristianos del Punjab no se distinguen por su ropa. Son el vivo retrato de lo que decía la carta a Diogneto. Sadaf tiene el rostro severo y la expresión tímida pero enseguida le sale el carácter. Sadaf me ha explicado que una compañera de clase le invitó el pasado mes de abril a pasar una tarde con ella. Después de resistirse durante un tiempo accedió. La invitación fue una trampa para que el hermano de su compañera, Sabtain, la raptara. A Sadaf la drogaron, la trasladaron a Faisalabad y allí Sabtain abusó de ella. Sadaf lo relata todo con aplomo, sin bajar la mirada. Después de la agresión sexual, recibió una instrucción rápida de nociones sobre el islam y fue forzada a convertirse. A la conversión forzada se unió un matrimonio también forzado con un expediente falso. Sadaf no quería ser musulmana y no quería ser una posesión de Sabtain. Así que en un nuevo traslado tuvo el coraje de saltar del autobús en el que viajaba. Huyó y pidió un móvil a una persona desconocida. Consiguió llamar a su padre que fue rápidamente a recogerla. Ahora ha vuelto a ser acogida en su familia. Sadaf, que ya no tiene la mirada de una niña, me explica que ella no quería dejar de ser cristiana.

Esperando el #Me Too del islam

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>Editorial

Convicciones sin realidad

Fernando de Haro

La miniserie Chernóbil de HBO ha hecho furor. Los cinco capítulos escritos por Craig Mazin y dirigidos por Johan Renck han ocupado el hueco dejado en la audiencia por Juego de Tronos. La pasión por lo sucedido en el reactor nuclear ha generado un extraño turismo de la catástrofe. Chernóbil es mucho más que un desastre nuclear. El accidente de 1986, la cadena de decisiones tomadas, la reacción del poder soviético, la respuesta de los científicos y de la población nos hablan del riesgo de la energía atómica, pero también de la fe y de la realidad, de una realidad negada, y de un pensamiento, de una creencia que construía/construye un sistema contra la experiencia.

Nos atrae la serie porque en estos tiempos de miedo y de incertidumbre refleja las consecuencias de un uso imprudente de la tecnología. Efectos que se prolongan en el tiempo más allá de lo que se puede imaginar. No es solo terror al átomo. La ficción da forma a ese fantasma de la sociedad del riesgo que llevamos en el alma y que puede tener mil maneras de concretarse. El temor está dentro de nosotros y sentimos cierta afinidad por los relatos que alimentan lo que el sociólogo Luhmann llamaba “la extravagante preocupación por las improbabilidades extremas”. Es improbable una invasión de migrantes, una muerte por epidemia generalizada, una violenta guerra en todo el planeta. Pero las distopías cinematográficas que insisten en mundos creados por sucesos de este tipo florecen. La afición que tenemos en este comienzo del siglo por las improbabilidades extremas de destrucción más que por las improbabilidades extremas de ser nos retrata.

Ha habidos algunas críticas que le han afeado a Chernóbil no haber reflejado de modo adecuado cómo funcionaba el poder soviético a mitad de los años 80. Probablemente no se le puede pedir a una serie capacidad suficiente para describir algo que era no solo un conflicto entre la verdad o la mentira, o entre los expertos y los burócratas. Los privilegios de las autoridades, la escasa estima por la vida humana y el abuso del Estado marcaron la reacción a la crisis. Pero el caso Chernóbil es más que todo eso. Es el momento en el que se hace evidente el choque entre la fe del hombre soviético y la realidad. Por eso es tan actual. Y por eso hay que volver a la lectura de Voces de Chernóbil. Con el imponente mosaico de testimonios que construye Svetlana Alexievich, en la que aparece la vida real, el amor, el sufrimiento de los que vivieron el accidente y de los que trabajaron cerca de la central, se comprende por qué, como dice uno de los protagonistas, lo ocurrido sirvió para “aprender a decir yo”.

El monólogo de Marat Filipovich, ex ingeniero del Instituto de Energía Nuclear, refleja el sistema de “doble verdad” en el que se vivía y que se parece, a pesar de que estamos en sociedades libres, al nuestro. El problema era la fe, una fe sin base alguna en la realidad.

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>Editorial

Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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>Columna derecha

>CULTURA

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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