Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
24 ABRIL 2019
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>Manifiesto CL

A favor de un documento cristiano, un `pero`

Mikel Azurmendi

1. “Por una amistad social”, documento de la fraternidad Comunidad y Liberación redactado con motivo de las próximas elecciones, aporta el criterio esencial del cristiano para intervenir en política: una vocación de servicio dirigido a generar el bien común. Pero, además, especifica que ese servicio no parte de aplicar tal o cual programa político en pos del “bien de la mayoría” sino que ha de partir de la experiencia concreta en la resolución de las necesidades de la gente.

El valor de esa posición política viene refrendado por siete ejemplos en los que se comprueba cómo unos cristianos trabajando en diferentes sectores sociales logran que los inmigrantes sean tratados como humanos y sirven asimismo a familias necesitadas de alimento, de guardería y de acogida de sus hijos, o sirven incluso re-uniendo a estudiantes influenciados por una ideología separatista. De esta manera haber salido al encuentro del necesitado aparece como la ocasión para una intervención institucional dirigida hacia el bien común.

El documento nos ofrece, por tanto, una indicación de cómo orientar de manera cristiana nuestra participación política. Sin embargo también pretende estar redactado “de cara a las próximas convocatorias electorales”. ¿Es esto así? A mi parecer no lo es del todo pues, hoy y ahora, a cualquier ciudadano que quiera acomodar su voto hacia una posición lo más favorable posible al cristianismo no le basta este criterio de salir al encuentro. No le basta por la sencilla razón de que hay partidos construidos expresamente para no salir al encuentro sino para romperlo allí donde lo haya. Partidos que, por cierto, han pactado –incluso con la organización terrorista ETA– la exclusión de partidos democráticos (Pactos del Tinell y de Lizarra, jamás criticados todavía por sus firmantes). Y es necesario ayudar a razonar si un cristiano pueda en las actuales circunstancias dar su voto a un partido secesionista que está deshaciendo nuestros tan tenues vínculos ciudadanos y hasta los más firmes vínculos intrafamiliares.

2. El Estado español, hoy constitucional y democrático, apuesta por el atomismo social y el individuo como sujeto. Sus instituciones pretenden que los individuos puedan perseguir sus propios objetivos de manera que, en lugar de buscar el bien común, lo hagan tras el “bien general”, que así se le llama al bien votado por la mayoría. Esta visión de la “sociedad civil” entendida como suma de las voluntades individuales mantiene no obstante la reclamación constitucional de la lealtad a la nación, una lealtad que antaño se reclamaba a las comunidades tradicionales, en las que muchos podían morir por el bien común. O sea, la Constitución exige al individuo la defensa de la unidad nacional en tanto que patrimonio y bien común. Esta es la única vez que la democracia española usa la palabra “bien” en tanto que objetivo, porque lo que habitualmente usa es “ley” y “respeto a la ley” siendo de notoriedad que el sentido de la ley no puede ser el logro de algún bien más allá de la ley.

>Manifiesto CL

A favor de un documento cristiano, un 'pero'

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>Reconectar el voto y la experiencia social

"El tribalismo es una verdadera amenaza para la democracia y la libertad"

P.D.

El asesor parlamentario del PP Juan Milián Querol analiza la situación política que vivimos a unos días de que se celebren las elecciones generales.

En las campañas electorales se produce una situación polarización, pero parece que desde diciembre de 2015 estamos en un escenario nuevo. La polarización ha aumentado tanto que parece haberse disuelto el “nosotros” de un país compartido. ¿Exageramos cuando aseguramos que se disuelve el “nosotros” compartido? ¿Hay alguna relación entre esta disolución y la aparición de cordones sanitarios a izquierda y derecha?

Las nuevas tecnologías de la comunicación han permitido la difusión de ideas radicales que cuestionan cualquier statu quo. Las mismas redes sociales que han servido para debilitar a los dictadores e impulsar, por ejemplo, las primaveras árabes, también han fomentado la fragmentación social y la pérdida de confianza en las democracias liberales, creando burbujas de opinión, aislando a los votantes en colectivos donde solo se escucha el eco de sus propios prejuicios y eliminando a referentes que en el pasado eran comunes. Así, como señalas, se va disolviendo el “nosotros compartido”. Esta fragmentación, a su vez, facilita una preponderancia de lo emocional sobre lo racional que dificulta el diálogo y la reforma, y, lo que es peor, acaba convirtiendo a conciudadanos en enemigos.

En España se produce una participación electoral del 70 por ciento y una participación ciudadana (en iniciativas sociales, asociaciones civiles y otras fórmulas) del 20 por ciento. ¿Provoca esto que la opción por un determinado partido a la hora de votar tenga que ver más con opciones ideológicas o con pulsiones de última hora que con experiencias concretas de implicación social?

La fragmentación de la sociedad estimula la aparición de nuevos partidos y, por lo tanto, la fragmentación política. La oferta de partidos políticos con posibilidades de obtener una representación importante en las instituciones se ha duplicado. Al tradicional eje izquierda-derecha se le ha sumado la eclosión de partidos populistas. Así, hoy más que ayer, cabeza y corazón pueden dictar diferentes sentidos del voto, por lo que será normal que el día de las elecciones muchos votantes salgan de casa con una papeleta en la mano, pero acaben votando con otra.

Se apela mucho al diálogo en la vida pública, ¿cuál es nuestro nivel de diálogo social?

El eje ideológico, el debate entre la izquierda y la derecha, se ha ido disolviendo durante los últimos años y se ha sustituido por las cuestiones de la identidad. Como advierte Francis Fukuyama en su último libro, las motivaciones sociales o económicas son importantes, pero las ideas son fundamentales y hoy, en ellas, influyen de manera determinante cuestiones como la dignidad o el resentimiento. En esto tuvo mucho que ver cierta izquierda que, tras el fracaso de sus utopías, relegó la defensa de los intereses socioeconómicos de los trabajadores para centrarse en las políticas de identidad. Zapatero y Sánchez son dos claros ejemplos. Tanto el populismo como el nacionalismo juegan con esos mismos marcos retóricos, que acaban dividiendo la sociedad de tal manera que hacen tremendamente complicado el diálogo y, por lo tanto, cualquier posibilidad de reformismo.

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"El tribalismo es una verdadera amenaza para la democracia y la libertad"

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>El kiosco

Nuestra Notre Dame

Elena Santa María

Todavía ardía Notre Dame el pasado 15 de abril cuando redes sociales y diarios digitales se llenaban ya de historias y recuerdos, de infinidad de versiones de ‘Mi Notre Dame’. Una de ellas, que precisamente llevaba este nombre, la escribía Pilar Rahola en La Vanguardia. “Recuerdo la primera visita a Notre Dame, joven, atolondrada, sabihonda, descreída. La soberbia de la edad. Y, sin embargo, sólo contemplar el magnífico portal, el tímpano del Juicio Final, las dos elegantes torres, la aguja custodiada por los doce apóstoles..., y en el interior, la inmensa nave gótica (gótico rayonnant, si bien recuerdo), los gigantescos rosetones de los transeptos, el majestuoso órgano..., entonces, ¡qué sensación de humildad! La grandeza del arte se imponía a la impetuosa arrogancia de la juventud, y durante unos instantes fui víctima del síndrome de Stendhal, definitivamente herida por tanta belleza”.

Una belleza que, reconocía Santiago Alba Rico en la Revista Contexto, no puede arder. “Cuando miramos Notre Dame –o cualquier otra catedral– ni la hizo nadie ni somos nadie. Eso es la belleza, que no puede arder. ¿Cómo va a arder la capa de Dios? ¿Cómo va a arder el tiempo en sus vértebras? ¿Cómo va a arder la sobada corteza de la eternidad? ¿Cómo va a arder la objetividad misma y sus manzanas?”.

¿Por qué el incendio de una catedral ha conmocionado a todos? “Aún no se había consumido el fuego y los franceses ya habían postergado los conflictos de la cotidianidad y se habían dado cinco años para volver a levantar su iglesia”, explicaba David Gistau en El Mundo, dando ya una pista, “su iglesia en la que todo les ha ocurrido, en la que todo lo han sido y lo serán todavía”.

También lo dijo Ignacio Camacho en ABC. “Ese es el secreto de esta zozobra que te duele como una punzada: que París es nuestra. Aunque ya no sea, en realidad, como la sientes o como la piensas, aunque ya no responda a la llamada de su propio mito. La fuerza de los símbolos. Por eso te da igual que Notre Dame fuese hoy, más que una iglesia, más que un templo de la fe que ha alumbrado la unidad de un continente, un simple receptáculo turístico. Para ti es un paradigma, un signo, una metáfora de algo que sabes tuyo más allá incluso de su existencia física. De un proyecto de convivencia, de una acumulación de sedimentos históricos, de un modelo de pensamiento y de vida que te estremece contemplar envuelto en llamas, quebrado bajo el presagio de ruina”.

>El kiosco

Nuestra Notre Dame

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>Reconectar el voto y la experiencia social

"El PP ha renovado su discurso y sus propuestas dentro de una línea que enlaza con su electorado tradicional"

Juan Carlos Hernández

Analizamos con Mikel Buesa la actualidad política con la vista puesta en las próximas elecciones. Buesa lamenta la falta de conciencia de la trascendencia que pudiera tener el papel del Parlamento Europeo y que se haya hecho coincidir con las elecciones municipales y autonómicas.

Desaparece el voto de pertenencia a los partidos tradicionales y sin embargo adquiere fuerza el voto identitario. En una sociedad cada vez más fragmentada parecen interesar no tanto ofertas políticas con soluciones generales sino opciones de sectores sociales que quieren hacer oír su voz. ¿Se podría decir que el voto es sentimental, no racional? ¿Es posible recuperar una agenda común en medio de esta vorágine?

No creo que se pueda generalizar en cuanto a si el voto es racional o sentimental. Lo que ocurre es que, después de la crisis, hay cada vez menos confianza en los partidos tradicionales y una parte de los electores busca refugio en los nuevos actores. El problema estriba en que, tanto en la derecha como en la izquierda (más en esta última), se han desdibujado los valores que inspiraban la política y se ha dado paso a un oportunismo que lo absorbe todo, incluso de manera contradictoria. De ahí que muchas veces se apele a los sentimientos identitarios y que éstos hayan adquirido un papel político significativo. En estas circunstancias, recuperar los consensos básicos, la agenda común a la que aludes, va a ser muy difícil, aunque ello dependerá de hasta dónde llegue el conflicto actual.

Paradójicamente la legislatura no parece haberle pasado factura al PSOE, al contrario ha sido una punta de lanza para ellos. ¿Por qué crece el PSOE en las encuestas?

En este momento las encuestas son muy poco fiables. Los institutos de opinión se han lanzado a hacer estimaciones de escaños con muy poca base y con errores de muestreo inaceptables. Ello está introduciendo mucha confusión, hasta el punto de que no tenemos una idea clara de por dónde se encamina el electorado. A esto se añade que hay resultados sesgados por la orientación política de los medios de comunicación. Por eso, no sabemos si es cierto que al PSOE su acción de gobierno no le ha pasado factura. Está, por otra parte, el desplome de Podemos, cuyo voto tiende a asignarse a los socialistas, aunque esto es muy dudoso.

¿Por qué se estanca e incluso retrocede Podemos?

Podemos retrocede porque carece de logros políticos significativos y ha defraudado a muchos de sus votantes. El comportamiento personal de sus líderes es, para muchos, inadmisible. Además han aflorado conflictos internos no resueltos que se han trasladado a la contienda electoral. Ello divide el voto y afecta muy negativamente al resultado.

>Reconectar el voto y la experiencia social

"El PP ha renovado su discurso y sus propuestas dentro de una línea que enlaza con su electorado tradicional"

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 1  3 votos
>Editorial

Un votante tipo

Fernando de Haro

Elecciones generales el próximo domingo en España. Unos comicios en los que es la primera vez para muchas cosas. La primera vez con cinco partidos de ámbito nacional que pueden obtener más de un 10 por ciento del voto. La primera vez después de un intento serio de secesión de una parte del territorio (Cataluña). La segunda vez que a una semana de las elecciones todavía entre un 25 y un 30 por ciento de los votantes están indecisos.

Todo esto provoca una especie de “curvatura en el tiempo y en el espacio” electoral. El voto que identifica a los electores con un cierto partido por sus valores o por sus reivindicaciones ha ido desapareciendo. Si queremos lograr ciertos propósitos con nuestro voto, en un escenario de cinco formaciones, con una alta tasa de indecisión, cada vez es más importante el momento y el lugar en el que se elige la papeleta. Cuanto más tarde, y cuanta mayor sea la información disponible, mejor. En este contexto, es determinante también en qué circunscripción se vota (el sistema electoral español es casi mayoritario puro en las circunscripciones pequeñas y casi proporcional puro en las circunscripciones grandes).

Hagamos un intento de simulación teniendo en cuenta los objetivos de un cierto votante y los datos disponibles. Supongamos un votante que tiene como primer criterio reducir la polarización creciente que existe en la vida política española, rebajando el peso de los extremos. Querría con su voto dar menos espacio a “las éticas que se nutren de una sola cuestión: antifascismo-prolibertad, cambio climático como única cuestión o feminismo como "la" cuestión por encima de todo” (Joseba Arregi), limitar la tendencia a “marcar nuestras señas de identidad excluyendo” (Reyes Mate), porque “la democracia es incompatible con la noción de enemigo (Juan José Laborda). Este votante reconoce que “el entrelazamiento de los destinos colectivos impide definir nuestro bien como el reverso del mal de otros” (Daniel Inneratity). Está preocupado por la desaparición del nosotros y por la posibilidad de que, a medio o largo plazo, el crecimiento del independentismo en Cataluña provoque una secesión. Desea un “proceso de reintegración de la mayoría de los catalanes en un marco común, con un consenso entre los constitucionalistas” (Juan José Laborda), y a la par está dispuesto a hacer una “interpretación flexible del texto constitucional para mantener consensos básicos” (Ferrán Pedret).

Nuestro votante ha visto con preocupación que un partido como el PSOE durante los ocho meses que ha gobernado, en contra de su mejor tradición, haya coqueteado con el independentismo para sacar adelante los presupuestos. Valora en los socialistas el que supongan un freno importante al ascenso del populismo que ha aumentado en Europa, pero lo preocupa su estatalismo y está incomodo con su uso de la memoria histórica. Tiene algunas dudas de su capacidad de gestionar una nueva crisis económica (tras la experiencia de Zapatero).

>Editorial

Un votante tipo

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  9 votos
>Entrevista a Gregorio Luri

'Manifiesto de CL, actividad terapéutica'

El pensador Gregorio Luri comenta en paginasdigital.es el manifiesto de Comunión y Liberación con motivo de las elecciones.

¿Qué valoración le merece el manifiesto "Por una amistad social"?

Cualquier ejercicio de alejamiento de lo inmediato para ganar perspectiva me parece una actividad terapéutica. Las campañas electorales tienden a animarnos a ver la realidad de manera sesgada (lo cual es normal, porque cada ideología política considera que su sesgo es un criterio de objetividad) y parcial (para sostener lo anterior es imprescindible focalizar unos aspectos de la realidad, especialmente los que confirman nuestros prejuicios, dejando fuera del objetivo otros, habitualmente los que los refutan). Esto es obvio, pero hay veces en que descubrir lo obvio es lo más urgente.

Se asegura en el texto que "nuestra vida pública, muy ideologizada y con una violencia dialéctica exasperante, parece haber perdido ese «nexo» con la realidad, con la vida cotidiana de la mayoría de los ciudadanos". ¿Le parece pertinente esta afirmación? ¿Por qué cree que ha sucedido?

La divergencia política que –con precaución– podemos calificar de “sana” es la que se da sobre un fondo de intereses comunes compartidos. Es decir, cuando la legítima pluralidad no olvida la imprescindible unidad (estoy pensando en el lema norteamericano “e pluribus unum”). Hay datos que parecen sugerir que lo que nos une está ahí (el país no va mal y en algunos aspectos va muy bien), pero que lo que nos interesa electoralmente es resaltar lo que nos separa.

También se afirma que "nuestra experiencia nos enseña que somos capaces de colaborar por el bien común en contextos donde no todos piensan igual, como en la familia o en el trabajo". ¿Tiene algún valor esa experiencia?

¡Claro que tiene valor! Esta experiencia es especialmente valiosa porque vive y se manifiesta en un tiempo más largo que el de las campañas electorales. Cuando se recuenten los votos y se proclamen ganadores y perdedores, continuará siendo inteligente llevarnos bien con el vecino del quinto, independientemente de lo que haya votado. El “nosotros” sociológico, que es el del sentido común, no encaja (¡gracias a Dios!) en el “nosotros” político-ideológico porque éste es más reducido que aquél.

¿Más allá de las diferencias ideológicas es posible que los españoles construyamos juntos a partir de problemas concretos?

Es posible, es necesario, luego el sentido común aconseja hacerlo. Recordemos aquello de Duns Scoto: “Potuit, decuit, ergo fecit”. En cualquier caso, en la medida en que las autopercepciones forman parte de la realidad política, el optimismo es un dato que no conviene escamotearle a la realidad.

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'Manifiesto de CL, actividad terapéutica'

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El drama de perder una casa que nació para albergar a todos

Giuseppe Frangi

“Notre Drame”, titulaba el diario de la izquierda laica e intelectual francesa, Libération. Un título emblemático y sintético, hasta el punto de que ni siquiera ha añadido una línea de sumario. Un título que documenta una conmoción inesperada. Ese “notre” (nuestra) es la palabra que más resonaba entre las miles de personas que se congregaron a orillas del Sena en un silencio casi irreal, con los ojos puestos en esas llamas que inflamaban el cielo parisino. En el momento en que la antigua catedral se plegaba a la acción devastadora del fuego, cada uno pudo sentir en sus propias carnes hasta qué punto aquella estructura antigua, mirada incluso muchas veces con la suficiencia con que se miran los despojos del pasado, era “suya”. Y por tanto “nuestra”.

No cae simplemente un símbolo. Cae un lugar, una casa que precisamente por esa primera persona del plural era una casa que nació para albergar a todos. Se podía pasar de largo, se podía desdeñar las ceremonias y ritos que, en estos tiempos tan desenvueltamente secularizados, se seguían celebrando en su interior igualmente. Pero esa catedral era una presencia de la que era inimaginable poder prescindir. Una presencia necesaria, algo parecido a la tierra bajo nuestros pies. Ni siquiera consideramos la posibilidad de que pudiera no estar. Imposible pensar en su ausencia.

Nos damos cuenta ahora, frente a ese incendio que en pocas horas se ha tragado la antigua techumbre de la catedral, con sus inclinaciones de 55 grados de pendiente, cubiertas con placas de plomo y apoyadas en una carpintería en madera de roble que en gran parte se remonta hasta el año 1220, “el bosque de Notre-Dame” le llamaban, debido a los 1.300 árboles que hicieron falta para conseguir la madera necesaria.

“Notre” (nuestro) era el fuerte sentimiento de impotencia para detener el desastre que en directo y con una velocidad inimaginable estaba devorando el techo y hacía que se precipitara la enorme ajuga del siglo XIX proyectada por Viollet-le-Duc. Lo que mostraba su fragilidad no era la catedral, éramos nosotros (todos) al descubrirnos dramáticamente frágiles al quedar privados de la catedral. “Notre Drame”, como con espontánea sinceridad y con un inesperado dolor de corazón afirma el titular de Libération, aunque quizá lo haya escrito alguien que probablemente no haya puesto un pie allí desde quién sabe cuándo…

El drama de perder una casa que nació para albergar a todos

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>Manifiesto CL

Cultura del encuentro sí, pero con discernimiento

Miguel Ángel Quintana Paz

El manifiesto “Por una amistad social” me merece una muy buena valoración. Apostar por la posibilidad de encuentro, y aportar testimonios de la vida real como apoyo para ello, es algo que no solo responde al carisma más propio de Comunión y Liberación, sino especialmente valiente en tiempos de crispación como los actuales. También lo es rememorar la Transición como un momento en que fue posible la concordia.

Ahora bien, veo difícil ayudar a una cultura del encuentro si no hay un discernimiento previo que evite ver pardos todos los gatos. Porque ver todos los gatos pardos no es especialmente bondadoso ni loable. Es simplemente cortedad de miras.

¿Ponen todas las opciones políticas las mismas trabas al encuentro y la amistad social? Estos días Cayetana Álvarez de Toledo, candidata del PP por la circunscripción de Barcelona, ha sufrido un ataque de decenas de personas en la Universidad Autónoma de Barcelona que simplemente no la querían dejar hablar. ¿Está a la misma altura Cayetana que los energúmenos que trataban de negar su derecho a la libertad de expresión? Las declaraciones de Junts per Catalunya, echándole la culpa a ella por acudir "donde no es bienvenida"; o de José Zaragoza, diputado del PSC, que aprovechó para tildarla de "la derecha más reaccionaria", ¿están a la misma altura (a la hora de favorecer una "amistad social") que la simple voluntad de Cayetana de hablar? Creo que todos vemos que obviamente no. Por ello, en la medida que el manifiesto "Por una amistad social" sobrevuela estos problemas, en la medida en que no identifica que ciertos partidos y ciertas ideologías están avivando el desprecio al contrincante de un modo mucho más grave, me parece que no cumple del todo con el deber de justicia que todos tenemos.

En democracia no es necesario hacer las cosas "todos juntos"; de hecho, la democracia es inseparable de la pluralidad, y en el momento en que somos plurales es inevitable que ya no todos hagamos las mismas cosas. Aunque se trate de una cosa tan loable como "construir juntos". Lo que tiene que haber, simplemente para que esa pluralidad sobreviva, es respeto de todos para con todos: eso también es inseparable de la democracia. El problema actual de España es que mucha gente, avivada por numerosos líderes políticos, basa sus proyectos en la exclusión del otro, en la falta de respeto a su proyecto personal de vida, en no considerarlo como un igual ante la ley. Eso sí que es intolerable. Y me refiero, obviamente, a ideologías que se nutren de la intolerancia: el nacionalismo y el populismo. En la medida en que el manifiesto "Por una amistad social" ignora ese elefante en nuestra habitación, aun con todas las cosas buenas que sin duda le animan, creo que adolecerá de una carencia palpable.

>Manifiesto CL

Cultura del encuentro sí, pero con discernimiento

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>La comparación de los genomas

La singularidad biológica de la especie humana II

Nicolás Jouve

Una vez alcanzada la capacidad de leer el lenguaje de los genes y de todo el ADN del genoma humano, cuyo proyecto finalizó en 2003, quedaron abiertas las posibilidades de aplicación del enorme caudal de datos que suponía para desvelar los secretos de la información responsable de la vida. Además de los deseados estudios en Medicina, especialmente en los campos diagnóstico, explicado en un artículo anterior, y terapéutico, sobre el que hablaremos más adelante, surgió una aplicación biológica de enorme interés. Se pensó que la comparación de las secuencias del ADN de los genomas humano y de diferentes especies permitiría conocer, con enorme detalle, sus relaciones evolutivas.

Recordemos que todos los seres vivos partieron de un ancestro común, algunos lo llaman el “cenancestro”, otros “LUCA” (Last Universal Common Ancestor), que vivió hace más de 3.500 millones de años. Aquel organismo primitivo ya tendría el mismo tipo de moléculas de la vida, el ADN, y un código genético, que por su eficacia se ha conservado en todos los seres surgidos desde entonces, con mínimas excepciones que no contradicen su universalidad,

El estudio de los genomas y la comparación de los de distintas especies, permitiría conocer su parentesco y reconstruir su historia evolutiva con mayor precisión que ningún otro método utilizado anteriormente. Es como tener una máquina del tiempo que nos permitiría saber, a través de la comparación de los genomas, qué se conserva y qué se ha diferenciado de una información genética que tiempo atrás fue común, pero que desde su separación, empezó a diferenciarse por acumulación de mutaciones. Se puede incluso tasar el tiempo transcurrido desde que un grupo de especies se separaron de su ancestro común.

La “genómica comparada” se basa en contrastar las coincidencias y diferencias en las secuencias del genoma de diferentes especies. La comparación del genoma humano con el del chimpancé, el mono Rhesus, el ratón, etc. O cualquier otra especie, ofrece por tanto una perspectiva de enorme interés para explicar las grandes diferencias entre unos y otros. Conocido el genoma de las especies actuales, e incluso muchas de las ya extinguidas –si las condiciones de conservación de su ADN no lo han deteriorado-, se podría indagar la proximidad filogenética entre ellas. Esto, a su vez, permitiría desvelar las causas de las características morfológicas y propiedades de adaptación a los tipos de ambientes y condiciones de vida de las especies implicadas en el estudio. En consecuencia, la genómica comparada constituye la más poderosa herramienta que jamás se haya podido soñar para estudiar los cambios evolutivos entre los organismos.

>La comparación de los genomas

La singularidad biológica de la especie humana II

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>Editorial

En busca de batallón

Fernando de Haro

Miedo a lo que vendrá. Miedo a que “el batallón” en el que se desfila sea el de los perdedores. Miedo a que el bienestar desaparezca. Pero no solo. Miedo a que los valores y los bienes del mundo en el que se había nacido se esfumen. Miedo a perder los rasgos distintivos que nos hacen hombres. Un temor sin un presente positivo, de pertenencias débiles, que nos hace a todos vulnerables a políticos que quieren sacar partido de nuestra zozobra. El miedo nos hace conflictivos. La campaña electoral que tiene lugar en España es un buen ejemplo. Todas las formaciones azuzan el temor al otro: la derecha destruirá el Estado del Bienestar, la izquierda destruirá España.

Ignacio Urquizu, sociólogo socialista, era una de las grandes promesas de su partido. Hasta que hace unos días Sánchez, que no perdona a los críticos, lo ha descabezado. Su defenestración de las listas ha coincidido con la publicación de su último libro, “¿Cómo somos?” (2019). Urquizu hace un retrato de lo que él llama la “gente corriente”. Ese amplio grupo de gente que representa el 40 por ciento de la población española, que está formado por obreros cualificados, con un nivel formativo medio-bajo, y con ingresos también bajos. Este español medio “teme perder mucho en el futuro”, “su condición de perdedor del presente y del futuro es el principal rasgo que define al hombre medio ante la incertidumbre del cambio tecnológico y de la globalización”. Los grandes perdedores de la crisis cuestionaron los sistemas políticos y económicos, ahora la respuesta es más identitaria. “Algunos pueden querer que el mundo se pare, que no avance y no se modernice, buscando además refugio en su comunidad más próxima: un repliegue sobre la tribu” –apunta el sociólogo–.

¿A qué se le tiene miedo? Urquizu responde desde el punto de vista económico y social, pero apunta algo más. El hombre medio es el que más miedo tiene a los robots y a la inteligencia artificial. Miedo a la globalización, a perder trabajos poco cualificados, a que el Estado del Bienestar no redistribuya. España siempre se ha presentado como uno de los países más tolerantes con la inmigración. Pero el inmigrante imaginado (23 por ciento) difiere del inmigrante real (9 por ciento). El hombre medio no teme que el inmigrante le quite servicios públicos sino que trabaje por menos dinero. De momento, no hay mayoría de gente corriente que se sienta tentada por opciones populistas. Pero Urquizu no tiene claro qué puede suceder en el futuro.

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En busca de batallón

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>Columna izquierda

>Editorial

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>Editorial

Aprender del Imperio, no defenderlo

Fernando de Haro

Mario Vargas Llosa, al responder a Andrés Manuel López Obrador, ha retomado una interesante línea de autocrítica sobre la revolución liberal y el proceso de independencia de América. Sus palabras han rescatado la tesis de Octavio Paz con el que coincidió en muchas cosas y discutió en otras. A estas alturas es difícil seguir manteniendo un relato simplista, sostenido por algún criollismo de élite y por algún indigenismo ideológico, sobre el papel de España en el Nuevo Mundo.

El Premio Nobel de Literatura aprovechó el III Congreso Internacional de la Lengua para criticar las cartas con las que el presidente de México ha reclamado al Rey de España y al Papa que pidan perdón por los excesos de la conquista. Vargas Llosa recordó que América es independiente de España desde hace doscientos años y que sigue teniendo millones de indios marginados, pobres e ignorantes. Sorprende que, después de todo lo que se ha escrito y estudiado en las últimas décadas, López Obrador haya recurrido a la versión más simple de la leyenda negra. El recurso a los fantasmas del pasado, el abuso de la memoria, sigue siendo un resorte político útil.

El lema que acompañó a López Obrador hasta las elecciones fue “Primero los pobres”. Si alguien sabe de pobreza y exclusión en México son los indios. En México hay una población de 15,7 millones. Casi todos sufren la marginación.

López Obrador quiso en su campaña fotografiarse con indios de estados como el Chiapas, les prometió trenes y estaciones hidroeléctricas. Pero los líderes de las comunidades llevan semanas criticándole por hacer demagogia.

La economía mexicana se ha enfriado desde el pasado mes de octubre y apenas ha crecido en los primeros meses del año. La mayoría de los economistas pronostica un drástico declive en los ingresos públicos este año, así como un descenso de las inversiones extranjeras y nacionales. El presidente ha prometido pensiones para los ancianos, becas para los estudiantes, asistencia financiera para las personas con discapacidad y muchas cosas más. Va a ser difícil que cumpla sus promesas. Tampoco está, de momento, teniendo mucho éxito en la lucha contra la violencia. Resucitar un debate sobre los excesos del imperio siempre es más fácil que gobernar.

Aprender del Imperio, no defenderlo

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>Editorial

En busca de las confluencias

Fernando de Haro

Afortunadamente la propuesta realizada por Vox en la precampaña electoral, para permitir un más fácil acceso a las armas de autodefensa personal, ha sido rechazada por la inmensa mayoría de la opinión publicada, queremos creer también que del público y por el resto de los partidos. Es un ejemplo extremo de creación de un conflicto artificial y de su utilización para captar la atención y ganar adeptos. El resto de formaciones políticas no han llegado –todavía hay grandes diferencias– a una tergiversación e instrumentalización de la realidad tan radical para aprovecharse de un miedo creado o existente. Pero en la política española y europea cunde la tendencia a exagerar las diferencias, a centrarse en problemas inexistentes, a no afrontar en su complejidad los auténticos, a alentar las enemistades y a silenciar las conversaciones públicas, los puntos positivos de construcción.

Lo peor es que un estado de conflicto y de pánico (in) moral, jaleado por los medios de comunicación, coloniza la conciencia de la ciudadanía que, a menudo, tiene dificultades para leer su experiencia social, que suele ser mucho más rica y más alentadora. Lo ha hecho Vox con las armas. Y, salvando todas las diferencias, que son muchas, lo ha hecho la Liga en Italia con la inmigración. Lo hace el PSOE cuando sostiene que necesita un nuevo mandato para que la vuelta de la derecha al poder no acabe con el Estado del Bienestar que Mariano Rajoy estuvo a punto de destruir. Lo hace el PP cuando augura que un nuevo Gobierno de Sánchez supondrá el fin de la libertad de educación y un acuerdo con los independentistas que romperá España. Lo hace Ciudadanos cuando promete no pactar con Sánchez, limitando así uno de los posibles Gobiernos constitucionales. Es así en España desde 1996, desde que Aznar obtuvo la primera mayoría absoluta. El expresidente se ha convertido en uno de los promotores del pánico moral que él mismo sufrió.

La técnica del pánico llega a su punto máximo de inmoralidad cuando el riesgo en nombre del que se quiere actuar no existe. Es el caso de las armas. La inseguridad ciudadana es el decimosegundo problema para los españoles. Solo 2 de cada 100 españoles la ven como amenaza. El 69 por ciento aseguran sentirse seguros porque viven en un país seguro. En España apenas se cometieron el último año 225 robos por cada 100.000 con fuerza en viviendas.

La cuestión de la inmigración no es exactamente igual pero tiene similitudes. Un estudio publicado hace unos días por el Pew Research Institute refleja que, en los 20 países de todo el mundo que más inmigrantes han recibido en los últimos años, la inmensa mayoría de los ciudadanos piensa que la llegada de extranjeros hace más fuerte su nación. Curiosamente algunos de los países que menos inmigrantes han recibido en ese grupo son los que peor valoran a los inmigrantes. En esos países hay partidos políticos dispuestos a explotar el pánico moral.

Ni las armas personales son necesarias para defenderse, ni los inmigrantes llegados constituyen necesariamente una amenaza, ni una victoria de los socialistas supone el fin de la España constitucional y de la libertad educativa ni tampoco una victoria del PP acabaría con las conquistas sociales. Al menos en términos netos. Las cosas son mucho más complejas.

En busca de las confluencias

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Recordemos lo aprendido en la crisis

Fernando de Haro

La frase ha provocado que la semana pasada se volviera a hablar de crisis. "El debilitamiento en los datos apunta a una moderación notable en el ritmo de expansión económica, que se extenderá a lo largo del año", aseguró Mario Draghi, el gobernador del BCE, el pasado jueves, en una comparecencia que había generado mucha expectación. La notable rebaja de las previsiones de crecimiento para 2019 en apenas unas semanas (del 1,7 por ciento de diciembre al 1,1 por ciento de comienzos de marzo) y, sobre todo, la contundencia de las medidas de política monetaria adoptadas, reflejan hasta qué punto el riesgo de que volvamos a tener problemas serios es alto. Tanto el BCE como la OCDE han rechazado la posibilidad de una nueva recesión (dos trimestres de crecimiento negativo), pero hay expertos menos optimistas.

¿Qué le pasa a Europa? ¿Otra nueva recaída, cuando, además, en el mes de mayo, las elecciones al Parlamento Europeo pueden suponer un tsunami político? La economía del Viejo Continente es una de las más expuestas a la situación global. Un estornudo de los dos gigantes, Estados Unidos y China, supone un resfriado o una gripe en Europa. La última crisis nos enseñó que los mercados perfectos no existen, la relación entre oferta y demanda no sigue unas leyes físicas neutrales que generan, de forma automática, el bienestar. Hay muchas “perturbaciones” que no permiten transformar el egoísmo de los que compran y venden en una globalización provechosa.

China y Estados Unidos compiten en una guerra tecnológica y comercial, animadas por una pulsión nacionalista, y eso no significa más crecimiento para todos. De momento supone una caída de las compras en el exterior, y eso nos afecta a los europeos, y especialmente al sector industrial (automovilístico) alemán. Las expectativas negativas de un Brexit sin acuerdo provocado por el nacionalismo británico también nos hacen daño. En este contexto es difícil entender el entusiasmo de algunos por “la solución rusa”, otro nacionalismo con severos problemas económicos y demográficos, que puede ofrecer gas, sí, pero sobre todo desestabilización democrática y noticias falsas (sus dos productos favoritos).

En este contexto de riesgo es esencial recordar lo que hemos aprendido en la última gran crisis: la ingenuidad liberal no está a la altura de los problemas. Estamos en un mundo globalizado en el que las soberanías nacionales no tienen prácticamente capacidad de intervención. Hacen falta decisiones políticas con más peso del que ofrece un solo país. Y a la par, aunque parezca paradójico, es necesario subrayar el protagonismo de la persona, no como individuo aislado que es capaz de sacar rédito del mercado, sino como sujeto relacional, dotado de toda una serie de recursos y de habilidades para reconstruir y reinventarse en un mundo global y en rápido proceso de digitalización, un mundo en el que las viejas formas de trabajo tienden a desaparecer.

Recordemos lo aprendido en la crisis

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>Editorial

Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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>Columna derecha

>CULTURA

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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