Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
24 AGOSTO 2019
Búsqueda en los contenidos de la web

El impasse del voto católico

Olivier Roy

En Francia, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta los primeros años dos mil, el voto de los católicos practicantes permaneció estable. Votaban mayoritariamente a la derecha conservadora y al centro-derecha, y tenían una mínima representación en la extrema derecha. El episcopado invitaba a votar teniendo en cuenta una visión global del “bien”, pero dejaba a cada uno la tarea de establecer una jerarquía entre los diversos “bienes” (era la visión de la Democracia Cristiana, aunque esta nunca puso un pie en Francia como partido político).

Todo cambió en torno al año 2010. El tabú contra el voto al Frente Nacional cayó, un pequeño grupo de católicos militantes empujó en 2007 al presidente Sarkozy a defender una idea más cristiana de Francia y de la sociedad, pero sobre todo la Manif pour Tous [MPT, colectivo de asociaciones nacido en 2012 en oposición a la ley del matrimonio homosexual, ndt] trajo consigo la aparición de un “partido católico” que luchaba por la defensa de los principios no negociables referidos a la familia y a la procreación. Se abandonaba la idea de una visión global del “bien” para concentrarse en un aspecto específico, que quedaba absolutizado.

Inicialmente, la Manif pour Tous no pretendía ser expresión de la comunidad católica pero, a pesar de los esfuerzos realizados, obtuvo poco apoyo fuera de los católicos practicantes, aparte de algún psicoanalista lacaniano cuyo peso electoral fue nulo. El movimiento Sens Commun lo expresó así: un “partido católico” que juega con un chantaje electoral a los candidatos de derecha para que estos se comprometan a aplicar los “principios no negociables” (abolición del matrimonio homosexual, prohibición de la procreación asistida, rechazo a la teoría de género).

Esta estrategia electoral resultó un fracaso. En las últimas elecciones europeas, el cabeza de lista de los republicanos, François-Xavier Bellamy, hizo una buena campaña, pero su 8,5% es el peor resultado obtenido por la derecha conservadora francesa. En primer lugar hay que señalar que el peso de los católicos practicantes en Francia es muy bajo (menos del 5% de los electores); en segundo lugar, la mayor parte de los católicos practicantes volvió a votar al centro-derecha tradicional, representado esta vez por La République en Marche (LRM); y, por último, a la opinión pública no le interesa una “contrarrevolución” anti-68. Por tanto, solo queda un pequeño núcleo irreductible de católicos “observantes”, según la expresión de Yann Raison du Cleuziou, que dan prioridad a los principios normativos de la Iglesia en su vida social y política. Más allá de estas consideraciones puramente electorales, el fracaso de la Manif pour Tous en versión política revela un profundo cambio en la sociedad francesa, que ha llevado a los católicos observantes a los márgenes de la vida política.

El fracaso de la estrategia de lobby electoral es estructural. Ningún candidato que desee ser elegido puede comprometerse con esos “principios no negociables”, so pena de derrota. La sociedad francesa ha ratificado los nuevos valores que emergieron de la revolución antropológica de los años 60. La secularización venció, y esto es algo que Marine Le Pen ha entendido muy bien, pues pone la laicidad y no el cristianismo en el centro de la identidad francesa.

El impasse del voto católico

Olivier Roy | 0 comentarios valoración: 2  46 votos

 

Libertad religiosa en China. El único método es el diálogo

Agostino Giovagnoli

La libertad religiosa es un problema dramático en muchas partes del mundo. Por ello nunca debería ser instrumentalizada. Este principio ocupa actualmente el centro de un duro enfrentamiento entre Estados Unidos y China. El congreso organizado recientemente por el primero ha supuesto la ocasión de un fuerte ataque contra la segunda. “China es la patria de una de las peores crisis de derechos humanos de nuestros tiempos, es sin duda la gran mancha de nuestro siglo”, afirmó el secretario de Estado americano, Mike Pompeo, refiriéndose a la situación de los uigures musulmanes de Xinjiang. “La carta de libertad religiosa es un truco que EE.UU usa desde hace mucho para presionar” a otros países, respondió el Global Times, diario oficioso de Pekín, estigmatizando las contradicciones de la administración Trump, que comenzó con el famoso veto a los visitantes procedentes de siete países musulmanes que agravó “la hostilidad y la extrañeza entre Oriente y el mundo islámico”.

La historia muestra que los Estados han tratado de afirmar o ampliar su soberanía sirviéndose de cuestiones religiosas. Durante siglos, España, Portugal, Francia y otros países europeos han afirmado su poder en América Latina, África y Asia erigiéndose como “protectores” de los derechos de los fieles católicos. En el ámbito anglosajón, han perseguido objetivos parecidos mediante la afirmación de la “libertad religiosa”. A menudo, la afirmación de esta libertad ha ido ligada a la imposición de “puertas abiertas”, donde la presencia de múltiples minorías nacionales, lingüísticas y religiosas favorece el desarrollo de tráficos comerciales, económicos o financieros. En otros casos, en cambio, la libertad religiosa es reivindicada en situaciones –como las regiones fronterizas– donde este problema se mezcla con el de las minorías étnicas, repartidas en diversas soberanías. Suma y sigue.

Hace tiempo, la Iglesia católica se desvinculó de las instrumentalizaciones del colonialismo europeo, rechazando la lógica del protectorado. En China, el Evangelio se anuncia mejor sin los cánones de la armada francesa, afirmaba ya León XIII a finales del siglo XIX. Pero hoy la Iglesia sufre grandes presiones para decantarse en las batallas occidentales en cuestión de libertad religiosa. El acuerdo entre la Santa Sede y China del 22 de septiembre de 2018 no gustó a los que querían usar la cuestión religiosa como arma política contra el gobierno de Pekín. Pero la firmeza de la fe no puede confundirse con afirmaciones de fuerza. Si la Santa Sede aceptara un uso instrumental de la libertad religiosa, se vería como aliada de potencias enemigas de China, y conseguiría bastante poco para la libertad de los creyentes.

Libertad religiosa en China. El único método es el diálogo

Agostino Giovagnoli | 0 comentarios valoración: 1  40 votos
>Editorial

A España no le falta el cromosoma del pacto

Fernando de Haro

Pedro Sánchez no consiguió la semana pasada la mayoría suficiente para ser presidente del Gobierno porque en España falta cultura del pacto. La cultura del pacto se crea pactando, pero el líder de los socialistas durante los tres meses que mediaron entre las elecciones generales y la investidura no realizó el esfuerzo necesario para lograr un acuerdo, no lo hizo por incapacidad o por cálculo. Esa es la incógnita que todavía queda por despejar. En cualquier caso, la responsabilidad fundamental de lo sucedido es de Sánchez y, en menor medida, del líder de Ciudadanos, Rivera. De hecho, en 2016 hubo pacto, cuando Sánchez fue apartado.

Con las elecciones de diciembre de 2015 la vida política española cambió sustancialmente. Desde 1977 hasta hace menos de cuatro años, con una ley electoral que establece un sistema proporcional para las circunscripciones grandes y un sistema casi mayoritario para las circunscripciones pequeñas, la gobernabilidad había sido posible por la existencia de un gran partido de centro-derecha y un gran partido de centro-izquierda que obtenían sus mayorías apoyándose en los partidos nacionalistas vascos y catalanes. El sistema generó un hastío en una parte importante de los votantes. La corrupción, la desconexión entre partidos y sociedad y la crisis provocaron el deseo de un cambio. Expresión de ese deseo fue el movimiento de los indignados del 15M de 2011. A raíz de aquellas protestas, Podemos se convirtió en una formación de peso a la izquierda del PSOE. Y Ciudadanos, nacido en Cataluña, se transformó en un nuevo centro que ha oscilado entre la socialdemocracia y el liberalismo, y que se ha alimentado, sobre todo, de la preocupación por el avance del proyecto secesionista. La deriva de los partidos nacionalistas catalanes hacia la independencia los ha alejado de su papel de partidos-bisagra en Madrid. La emergencia de Vox es el último fruto de esta nueva generación. La nueva formación se alimenta, sobre todo, de votantes descontentos con el PP.

Y así llegamos al pasado mes de abril con cinco formaciones donde durante décadas, a lo sumo, hubo dos o tres. Después de la investidura fallida reaparece el fantasma de una repetición electoral en el mes de noviembre. Serían las cuartas elecciones en menos de cuatro años después de una legislatura con dos Gobiernos de diferente color y una moción de censura. Inestabilidad inédita.

>Editorial

A España no le falta el cromosoma del pacto

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 1  39 votos

Autolesión juvenil. ¿Por qué buscan el dolor?

Federico Pichetto

El Observatorio Nacional de Adolescencia afirma en un informe publicado en Italia que casi el 18% de los jóvenes entre 14 y 19 años prueba con prácticas autolesivas, unas cifras que se pueden extrapolar a toda Europa, también a España. Los datos apuntan a que este fenómeno es muy precoz, pues ya lo reconocen el 20% de los niños entre 12 y 14 años. Normalmente, una vez cerrados los colegios y empezadas las vacaciones, la cuestión educativa queda aparcada, como si fuera un tema estacional, como el calor de verano y el mal tiempo en otoño. Pero las exigencias de los chavales no se van de vacaciones. En el caso de las autolesiones, estamos ante un hecho muy complejo y generalizar es, cuando menos, arriesgado.

Sin embargo, hay dos elementos que destacan otro aspecto del problema. El primero es el prejuicio. Sonará extraño dicho a adultos, pero uno de los juicios de fondo más recurrentes en la vida de un adolescente es la inseguridad respecto al hecho de merecer vivir. Yo no valgo, doy asco, no estoy a la altura del afecto de los demás, soy un error y merezco un castigo. Es increíble cómo la edad de la primera juventud se ve a menudo atravesada por la necesidad de transformar el propio prejuicio en gesto, la propia opinión sobre uno mismo en realidad. Muchos consideran inconscientemente el dolor auto-infligido como una justa condena por esa verdad que todos saben y nadie admite: somos un fracaso, un error de la naturaleza, una dura derrota sin posibilidad alguna de realizarse ni ser feliz. Las notas así lo demuestran, los chat con los amigos así lo demuestran, los comentarios que me llegan así lo demuestran, el modo en que se tratan mis padres así lo demuestra, los chicos o chicas con los que salgo o no llego a salir así lo demuestran… todo es inútil, no merezco vivir.

Luego hay otro pensamiento, quizás aún más inquietante, que sale a relucir en ciertos casos de autolesiones: yo, chica (sobre todo) o chico, tengo una gran necesidad de que alguien me toque, que alguien, tocándome, me devuelva la percepción incluso corpórea y física de mi ser, del vivir dentro de unos límites que son mi lugar, mi casa, mi puesto. Un bien inseguro, ausencia de contactos, necesidad de una casa, ¿cómo puede ser esta la clave para los chavales de nuestros días, que tanto centran nuestra atención y la mirada de sus padres?

Autolesión juvenil. ¿Por qué buscan el dolor?

Federico Pichetto | 0 comentarios valoración: 1  43 votos

La filósofa que admiraba a Shakespeare

Antonio R. Rubio Plo

Agnes Heller, la filósofa húngara superviviente del Holocausto, murió a los noventa años el pasado 19 de julio. Una crisis cardiaca, mientras se bañaba en aguas del lago Balatón, fue la causa de su fallecimiento. Según cuenta quienes la conocieron, denotaba una actitud vital que acaso tuviera mucho que ver con la experiencia traumática de la persecución nazi a los judíos.

Su familia burguesa y de clase media fue víctima de un nacionalismo local y otro pangermanista a la caza de chivos expiatorios. Su padre fue deportado a Auschwitz, donde murió, pero tanto ella como la madre sobrevivieron al conseguir escapar antes de ser subidas a unos trenes sin retorno. Fue cosa de un instante, el aprovechamiento de una fugaz oportunidad, en medio de la confusión y el temor de unas gentes que eran llevadas como ovejas al matadero. Les salvó una decisión radical: aferrarse a la vida sin mirar a su alrededor. Sin embargo, Agnes Heller nunca atribuyó a mérito propio haber salvado la vida. No era una judía practicante de su religión, aunque seguramente conocía esta cita del salmo 123: “Hemos salvado la vida, como un pájaro de la trampa del cazador: la trampa se rompió y escapamos”. Sin necesidad de invocar, como en aquel salmo, que Dios había estado de su parte, aquella muchacha de dieciocho años siempre reconoció que su supervivencia se debió al hecho de que otros tuvieron que morir. Desde entonces, su conciencia tuvo una fuerte carga ética, pues no solo había adquirido la obligación de vivir, sino que además había hecho suyo el deber de que otros sobrevivieran frente a los totalitarismos, duros o blandos, que conoció a lo largo de su existencia. Lo hizo de continuo con sus palabras y escritos, aunque a algunos les resultara molesto.

Muchos húngaros saludaron la liberación de Hungría en 1945 de la mano del ejército soviético, aunque poco después comprenderían que uno de sus efectos había sido crear un régimen satélite de la URSS, la heredera estalinista de aquel imperio zarista que había aplastado la revuelta nacionalista de 1849. Por entonces, Heller estudiaba física y química en la universidad de Budapest, pero inesperadamente escuchó las clases del filósofo marxista heterodoxo György Lukacs sobre las relaciones entre la filosofía y la cultura. Le atraía el marxismo como filosofía universal, y ya no se planteaba, como algunos de sus compatriotas judíos, abandonar los lacerantes recuerdos del pasado emigrando a Israel. Pero al elegir a Lukacs, optaba por una heterodoxia que la llevaría a no adherirse a las consignas oficiales del partido comunista, del que su propio maestro sería expulsado, aunque dos años antes de su muerte, en 1971, enfilara el redil de la ortodoxia.

La filósofa que admiraba a Shakespeare

Antonio R. Rubio Plo | 0 comentarios valoración: 1  39 votos
>El kiosco

De lecturas y viajes

Elena Santa María

Viajar y leer son actividades reinas del verano. Dice Jordi Nadal en La Vanguardia que, en realidad, viajar es como leer. Y que ambas son necesarias para estar en el mundo real. “Hay que estar en ciudades, paisajes, pueblos, países que nos inviten –y exijan– una comprensión más amplia. Hay que estar con personas que significan lo distinto”.

Uno de los viajes más típicos es ir al pueblo. En el suyo, Pedro Simón –lo cuenta en El Mundo– se ha encontrado con Eme, del que dice: “podemos estar mucho rato juntos y ni hablamos. En este mundo en que todo dios es hacia fuera, Eme es hacia dentro. En rarísimas ocasiones me cita un viaje a las Antípodas, el día en que conoció al ministro, lo de Sole, las mañanas en que iba al rastro con Pe. Creo que cuando ve a mis hijos piensa en el suyo. Ha llegado a un punto en que no necesita el ruido para combatir el miedo. Tiene muy subrayado el libro de Jesús (Montiel) que me regaló. Por ejemplo: «Conquistar la mansedumbre del árbol requiere mucha intemperie»”.

Un poco más lejos, a Edimburgo, se ha ido Jesús Carrasco, aunque no de viaje sino a vivir. En una entrevista de Guadalupe Arbona y Juan José Gómez Cadenas publicada en Jotdown, Carrasco apunta que “la cultura no es solo un disfrute, también es un modo de conocimiento. Entretiene leer, entretiene ver una película, pero también contiene todos los elementos beneficiosos de la ficción, ese espejo que se nos pone delante para que seamos capaces de vernos y de ver el mundo desde otro punto de vista y ese otro punto de vista es el que verdaderamente nos enriquece. (…) Yo he probado las mieles de esa riqueza, como muchísima gente, y quiero seguir expandiendo mi percepción de la realidad, mi contacto con la realidad que tiene que ver con todo. Con el dolor, con la empatía, con el disfrute de la vida, en fin, con todo eso. Y ahí está la cultura, esa forma de percepción de la realidad más rica, más gozosa, más compartida”.

Respecto a su propio libro Intemperie, afirma: “Y luego hay un hecho en la propia historia que se cuenta que para mí es determinante y es que es la historia de un niño que sufre. La mayoría somos sensibles al sufrimiento de los demás y, particularmente, al sufrimiento de un ser desvalido, de un niño indefenso. En ningún momento lo pensé como un posible gancho literario, no iban por ahí los tiros, pero luego pensando y recibiendo lecturas de muchos lectores he llegado a la conclusión de que todos empatizan con el niño y con esa relación paterno filial que se establece entre el niño y el viejo, entre el que se va y el que llega, el que deja la mochila y el que la recoge, el que pierde el oficio y el que lo gana. Ese ciclo de la vida es muy fácilmente comprensible porque todos lo experimentamos. Todos tenemos vivencias de la pérdida, el encuentro, el aprendizaje, el error, el camino errado, el encuentro afortunado, la esperanza, el odio”.

>El kiosco

De lecturas y viajes

Elena Santa María | 0 comentarios valoración: 1  40 votos

La lección de Hong Kong: la libertad no es para siempre

Antonio Polito

Los jóvenes de Hong Kong nos recuerdan cuánto vale la libertad. Treinta años después de los de Berlín, que la conquistaron a golpe de pico y pala con el Muro; treinta años después de los de Pekín, aplastados por las orugas de los carros armados en la plaza de Tiananmen. Quién sabe si lo conseguirán. La gobernadora de la ciudad, jefa ejecutiva del régimen, ha dado por “muerta” la controversia sobre la ley de extradiciones que se había convertido en el símbolo de la revuelta antichina. Pero Hong Kong ya no es un modelo de éxito ni siquiera para China. Los rascacielos y el nivel de desarrollo ya son más altos en Shangai y Shenzhen; la antigua colonia británica parece haber quedado reducida a un oasis de nostalgia por la “rule of law” en el desierto de los derechos del capitalismo comunista.

Por lo demás, la libertad tampoco está muy de moda entre los jóvenes de Occidente. Menos de un tercio de millennials americanos valora hoy la importancia de vivir en una democracia. Una de cada seis personas en Estados Unidos afirma que un gobierno militar es un buen sistema para guiar el Estado. En los últimos quince años, los derechos individuales se han restringido en 71 países del mundo. Desde la caída del Muro de Berlín, la historia, en vez de acabar, como sugiera Francis Fukuyama, ha ido hacia atrás, como había previsto Huntington. Los regímenes no democráticos solo representaban el 12% del PIB mundial en 1990, hoy son el 33% y en breve superarán el 50%, según Foreign Affairs. Los muros, que eran 16 en 1989, hoy son 70, diez de ellos en la Unión Europea. Solo esta involución puede explicar cómo es posible que el último heredero de la Unión Sovética, el antiguo oficial de la KGB Vladimir Putin, pueda decir impunemente que el liberalismo está obsoleto y superado. Por otro lado, ¿quién va a contradecirlo, Donald Trump?

Hay dos óptimas razones que aconsejan tener miedo de verdad por el destino de la libertad, si no por la nuestra sí al menos por la de nuestros hijos. La primera es que el vínculo entre democracia y liberalismo no es obvio. Hay muchos países del mundo donde se vota pero no hay libertad (Rusia, Irán, Turquía, por citar solo algunos). Y los liberales, más antiguos que la democracia, tienen una tendencia innata al elitismo que en ciertas épocas –y esta es una– puede hacer que se adelanten demasiado a las masas, siempre atraídas por un solo hombre al mando.

La lección de Hong Kong: la libertad no es para siempre

Antonio Polito | 0 comentarios valoración: 1  31 votos

Caso Vincent Lambert. Más allá de una cuestión económica

Inmaculada Navas

He leído con interés el artículo Michel Houllebecq publicado en este diario sobre el caso de la muerte de Vincent Lambert, recientemente dado a conocer en los medios de comunicación.

Es un asunto recurrente entre profesionales de la sanidad, sobre todo entre los que tenemos contacto con enfermos discapacitados, que en general se intenta tratar con la máxima delicadeza, discreción y consenso con los familiares de los pacientes. Siempre es doloroso cuando vemos el revuelo y la manipulación que se puede llegar a crear cuando una cuestión así salta a la vox populi y unos y otros lo utilizan para favorecer posiciones ideológicas muchas veces alejadas del detalle de la circunstancia concreta, quién sabe.

El señor Houllebecq en su artículo se pregunta si realmente es tan caro mantener a una persona discapacitada con una sonda de alimentación y cuidados básicos y yo le digo: pues no, efectivamente no lo es. La cuestión no es un problema económico. Tampoco son tantos los pacientes que se encuentran en esta situación y no necesitan de medios extraordinarios desde el punto de vista técnico-hospitalario. De hecho, la mayoría de estos pacientes, salvo en momentos críticos, no necesitarían estar en un hospital de agudos, y esto lo saben bien muchas familias que están cuidándoles en sus domicilios y que conocen mejor que nadie las ventajas de tener a sus familiares en casa.

Los medios extraordinarios que necesitan estos pacientes son tener a alguien que reconozca su valor como persona y que esté dispuesto a cuidarle cada día. Porque hay que lavarles, vestirles, levantarles, peinarles, afeitarles, darles la alimentación y el agua, acostarles un ratito la siesta si lo necesitan, sacarles a pasear en su silla de ruedas si es posible, acostarles por la noche y cambiarles de postura de vez en cuando. Es así de concreta la vida de esta gente, y de sus cuidadores. Llena de sacrificio, sí, pero no excesivamente complicada y no necesariamente infeliz.

Por esto yo entiendo que no es una cuestión solo económica, sino de si existe o no un sujeto humano consciente del valor de la persona discapacitada y capaz de cuidarle. El problema con las personas en situación de estado vegetativo o similares no es si se va a despertar o no (ojalá despertaran). El problema no es si el consenso de médicos que dice que es muy poco probable que se despierte pueda equivocarse. El problema no es el futuro, sino el presente. El problema es si esta persona hoy, que no hace nada, salvo respirar y dejarse amar, tiene un valor, es digna de seguir siendo cuidada. Sin hacerle daño. Sin hacerle procedimientos extraordinariamente invasivos, pero manteniendo unos cuidados básicos. Lo que harías por alguien a quien amas, a quien respetas.

Es un problema del presente. A mi me ayudó a entender esto mi amiga Belén, que unos días antes de morir, por cáncer, me pidió que le pusiera crema hidratante en los pies. Entonces entiendes que vale que esos pies estuvieran bien hidratados en ese preciso momento, aunque no volvieran a caminar, por el valor mismo de su persona. Entiendes el valor del momento presente.

Caso Vincent Lambert. Más allá de una cuestión económica

Inmaculada Navas | 0 comentarios valoración: 1  29 votos
>Editorial

No todo es desierto en el Golfo Pérsico

Fernando de Haro

Algunas de las ciudades bañadas por las aguas del Golfo Pérsico, muy cerca del Estrecho de Ormuz, donde se concentra estos días la tensión entre Estados Unidos e Irán, parecen asentamientos lunares. En Doha o en Abu Dabi los aviones aterrizan después de sobrevolar un desierto inhóspito, sacudido en el verano por tormentas de arena que hacen palidecer el sol. Los aeropuertos y los edificios se defienden del mundo exterior formando cápsulas protegidas por potentes sistemas de aire acondicionado, lujo internacional y trabajadores que llegan del Oriente Lejano. El petróleo ha permitido levantar, en un mundo dominado en otro tiempo por caravanas y tiendas, una arquitectura urbana y unas infraestructuras que hablan de una gran riqueza. Los analistas, tras el anuncio de que ha sido derribado un dron iraní y tras la detención de un barco británico, han subrayado precisamente que el Estrecho de Ormuz es uno de los puntos del planeta por los que más petróleo circula del mundo. Y es sin duda uno de los elementos que hay que tener en cuenta para entender lo que está ocurriendo. Pero no es el único, el Golfo Pérsico es la gran frontera entre el mundo sunní y el mundo chiita. A un lado, Arabia Saudí, Catar y los Emiratos Árabes Unidos, al otro lado Irán. El conflicto estos días se produce en el comienzo de lo que Kaplan llama el “mundo de Marco Polo”, el mundo que comienza en la zona este del Océano Índico y que se extiende hasta China. Ese mundo sobre el que seguramente gire buena parte del siglo XXI y que no se entiende sin el escenario de la postguerra de Siria y de Iraq y sin la rivalidad entre las dos principales tendencias del islam.

Mientras todavía no se había terminado la guerra contra el Daesh, Trump se puso del lado de Arabia Saudí sin matiz alguno y sin arreglar el escenario de hegemonía chií creado en Iraq y en Siria, en parte por la intervención de las tropas norteamericanas. El respaldo sin fisuras de Trump a la política de Netanyahu (con gestos innecesarios como el traslado de la Embajada a Jerusalén o el reconocimiento de los Altos del Golán como territorio israelí) y al principie saudí Mohamed Bin Salman (y su más que dudosa reforma) ha supuesto poner a Teherán en el centro del Eje del Mal. Eso explica que Estados Unidos se retirara del acuerdo nuclear del año pasado (uno de los pocos aciertos de Obama en la región) que ponía freno al desarrollo nuclear de Irán a cambio de levantar parte de las sanciones. La tensión de estos días es consecuencia de una apuesta en favor del sunnismo salafista (tradicionalista) de Arabia Saudí, aliado de Tel Aviv, y buen cliente en la compra de armas.

>Editorial

No todo es desierto en el Golfo Pérsico

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  16 votos

La llegada del hombre a la Luna, una empresa sin grandes motivos... ni consecuencias

Robi Ronza

La llegada del hombre a la Luna fue una empresa sin motivo (aparte de un motivo político contingente) que pasó sin ninguna consecuencia relevante. No en vano, después de la visita de doce astronautas en siete misiones distintas (Apolo 11,12, 14, 15, 16, 17), el programa se suspendió y hasta hoy el pie de ningún otro ser humano ha vuelto a pisar suelo en nuestro satélite. Pero desde hace semanas los tambores del circo mediático internacional suenan con fuerza anunciando la conmemoración este sábado del 50º aniversario de la primera llegada del hombre a la Luna.

La primera y principal razón por la que nos encontramos inmersos en este aluvión de imágenes y comentarios, que durará aún varios días, es puramente técnica. La llegada del hombre a la Luna fue el primer evento espectacular “televisivo”, del que existe una vastísima documentación en los archivos de todas las televisiones del planeta. De modo que toda esta gigantesca espuma mediática a las televisiones les cuesta poco o nada.

Tengo suficiente edad como para haber sido un joven telespectador en directo del evento que ahora se celebra, y recuerdo muy bien que ya entonces me sorprendió el hecho de que se hablaba de todo menos de los motivos culturales y científicos que eventualmente podían justificar tal empresa. Sustancialmente, eso no era extraño, pues hasta el momento no había precedentes. Se había querido ir a la Luna porque técnicamente había sido posible. Eso es todo. En este punto, nada ha cambiado desde entonces. Al no saber o no poder hablar de lo sustancial de la historia, se enfatizaban los más minúsculos detalles irrelevantes.

El único motivo real por el que EE.UU. envió a sus astronautas a la Luna era puramente político y se situaba en el escenario de la guerra fría. En los años precedentes, la Unión Soviética había alcanzado antes que EE.UU. ciertos objetivos en la exploración espacial alrededor de la Tierra, y el impacto propagandístico del evento había sido muy notable. Como no querían permitir de ninguna manera que eso volviera a suceder, Washington se empeñó con todas sus fuerzas en ser los primeros en mandar hombres que tocaran suelo en la Luna. Eso era todo, no había ni hay nada más. La exploración espacial continuó después de otro modo, por otras vías y con vehículos que no requieren la presencia humana. Esta última solo subsiste hoy en… lunas artificiales, es decir, en bases espaciales que orbitan alrededor de la Tierra. Naturalmente, digamos que como un “subproducto”, de los viajes de la Tierra a la Luna también derivaron consecuencias técnicas útiles para el desarrollo de los vectores y bases espaciales actuales, pero esto se podría haber conseguido también de otro modo. Así están las cosas. El resto es espuma mediática.

La llegada del hombre a la Luna, una empresa sin grandes motivos... ni consecuencias

Robi Ronza | 0 comentarios valoración: 1  17 votos
< Anterior 1 |  23  | 4  Siguiente >

>Columna izquierda

>Editorial

vista rápida >
>Editorial

Indio americano o cachorro dálmata

Fernando de Haro

Tom Peters es un británico de 32 años que se ha paseado en las últimas semanas por los programas matutinos de televisión explicando que quiere ser un cachorro dálmata. Declara que le gustaría ser reconocido como el primer hombre transespecie, mezcla de humano y de perro. El caso parece el producto típico de un momento de crisis en los medios: las televisiones generalistas luchan con cualquier cosa contra la inexorable caída de audiencia en favor de pantallas y contenidos más segmentados. Las televisiones de siempre intentan evitar su declive con la industria de la nostalgia, la explotación del miedo y los relatos inverosímiles. En cualquier caso, Tom Peters insiste en que, desde hace años, al salir de su trabajo, vive como si fuera un perro, come golosinas para mascotas y pienso para animales. Asegura que lo hace para huir de una realidad que le resulta demasiado gravosa. Es fácil imaginarnos respondiendo a Tom con un largo discurso dedicado a la objetividad de su naturaleza y la belleza de la condición humana. Podríamos leerle el discurso de Pico de la Mirándola sobre la excelencia de la especie a la que pertenece. Pero seguramente no nos escucharía o diría que precisamente lo que está haciendo es responder a la invitación del gran humanista: ha elegido, y ha elegido no ser hombre. Toda esta conversación (no-conversación) sería fácil. Más difícil es comprender por qué Tom quiere ser perro. Más interesante es asumir, acompañar la soledad, el desconcierto, la inquietud que lleva a Tom a ponerse su disfraz canino.

Miguel Ángel Quintana Paz explicaba en un acertado artículo hace unos días lo que nos ocurre y por qué se dan casos como el de Tom. Quintana no es precisamente un tradicionalista que defienda la incuestionable evidencia objetiva de la naturaleza humana. Se dedica a los estudios de género. El filósofo ha dedicado buenas energías en defensa no de la ideología de género, que dice que no existe, pero sí de todos los valores culturales, variables, que junto al sexo determinan la personalidad. Quintana señala atinadamente que vivimos en una época de hiperindividualismo. Podría parecer que este término es contradictorio con el auge de los nacionalismos y de otros tipos de identidades de grupo. Quintana sostiene que son dos fenómenos confluyentes. “¿No vivimos una época en que cada vez más personas se sienten parte de una identidad común y ansían disolverse en ella? ¿No estamos ante un apogeo de los nacionalismos, ante un resurgir de los fundamentalismos religiosos, ante un empeño de todos por fundirse cada cual en su colectivo (las mujeres, los gais, los distintos grupos de inmigrantes, los negros, los pensionistas, los triscaidecáfobos) y olvidarnos allí de que yo soy yo?” –se pregunta el pensador–. Estamos ante “colectivos que elige el individuo: esa es la ironía de nuestros días”. Es lo que está pasando “con el fundamentalismo islámico: a menudo son jóvenes musulmanes los que optan por afiliarse a mezquitas más y más radicales, obedecer a imanes más y más integristas, alejándose así del islam más moderado de sus familias (o del que ellos mismos profesaban poco tiempo atrás). Es una decisión estrictamente individual. También en los nacionalismos podemos observar idéntico fenómeno. Pronto, con el transhumanismo, quizá podamos elegir incluso nuestra especie o en qué soporte (o bien un cuerpo de carne y hueso, o bien unos bits en un superordenador) preferimos vivir”.

Indio americano o cachorro dálmata

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 1  50 votos
vista rápida >
>Editorial

Esperando el #Me Too del islam

Fernando de Haro, Lahore

El comisario del servicio secreto militar me explica con mucho énfasis que en el islam no está permitido que el hombre lleve al descubierto la parte del cuerpo comprendida entre el ombligo y las rodillas. Lo hace levantándome la camiseta y tocándome las piernas. El clérigo de la madrasa (escuela coránica) donde sucede la escena mira al militar con satisfacción. La madrasa en la que hemos estado grabando hasta unos minutos es una de las históricas de Lahore, la capital del Punjab. En sus aulas, sentados en el suelo, con movimientos rítmicos, a gritos, los niños aprenden de memoria las suras del Corán. El interrogatorio del comisario, que nos obligará más tarde a abandonar precipitadamente Pakistán, demuestra quién manda en el país. Da igual que el primer ministro sea de un partido musulmán o un play boy populista. Quien rige los destinos de esta nación de más de 200 millones de habitantes, encrucijada de Asia, es la alianza entre islamismo y ejército que le dio su identidad. El comisario tiene que demostrar al clérigo que hace cumplir la interpretación más estricta del islam y el clérigo presta su apoyo al comisario. Hasta no hace mucho era frecuente en Lahore, la ciudad fronteriza con la India, que los hombres paseasen con pantalones cortos y zapatillas por sus parques. El avance del partido radical Tehreek-e-Labaik ha cambiado las costumbres. Islamismo sobre islamismo, sobre el de Ali Bhutto de los años 70, sobre el del general Zia de los años 80, sobre el islamismo que impulsó Estados Unidos para combatir en Afganistán a los talibanes.

Mientras escucho al comisario predicar se me viene a la cabeza el rostro de Sadaf, una niña de 12 años que horas antes acaba de contarme su historia. Sadaf usa un pañuelo que le cubre la cabeza, viste como una musulmana, o como una hindú. Muchos cristianos del Punjab no se distinguen por su ropa. Son el vivo retrato de lo que decía la carta a Diogneto. Sadaf tiene el rostro severo y la expresión tímida pero enseguida le sale el carácter. Sadaf me ha explicado que una compañera de clase le invitó el pasado mes de abril a pasar una tarde con ella. Después de resistirse durante un tiempo accedió. La invitación fue una trampa para que el hermano de su compañera, Sabtain, la raptara. A Sadaf la drogaron, la trasladaron a Faisalabad y allí Sabtain abusó de ella. Sadaf lo relata todo con aplomo, sin bajar la mirada. Después de la agresión sexual, recibió una instrucción rápida de nociones sobre el islam y fue forzada a convertirse. A la conversión forzada se unió un matrimonio también forzado con un expediente falso. Sadaf no quería ser musulmana y no quería ser una posesión de Sabtain. Así que en un nuevo traslado tuvo el coraje de saltar del autobús en el que viajaba. Huyó y pidió un móvil a una persona desconocida. Consiguió llamar a su padre que fue rápidamente a recogerla. Ahora ha vuelto a ser acogida en su familia. Sadaf, que ya no tiene la mirada de una niña, me explica que ella no quería dejar de ser cristiana.

Esperando el #Me Too del islam

Fernando de Haro, Lahore | 0 comentarios valoración: 2  92 votos
vista rápida >
>Editorial

Convicciones sin realidad

Fernando de Haro

La miniserie Chernóbil de HBO ha hecho furor. Los cinco capítulos escritos por Craig Mazin y dirigidos por Johan Renck han ocupado el hueco dejado en la audiencia por Juego de Tronos. La pasión por lo sucedido en el reactor nuclear ha generado un extraño turismo de la catástrofe. Chernóbil es mucho más que un desastre nuclear. El accidente de 1986, la cadena de decisiones tomadas, la reacción del poder soviético, la respuesta de los científicos y de la población nos hablan del riesgo de la energía atómica, pero también de la fe y de la realidad, de una realidad negada, y de un pensamiento, de una creencia que construía/construye un sistema contra la experiencia.

Nos atrae la serie porque en estos tiempos de miedo y de incertidumbre refleja las consecuencias de un uso imprudente de la tecnología. Efectos que se prolongan en el tiempo más allá de lo que se puede imaginar. No es solo terror al átomo. La ficción da forma a ese fantasma de la sociedad del riesgo que llevamos en el alma y que puede tener mil maneras de concretarse. El temor está dentro de nosotros y sentimos cierta afinidad por los relatos que alimentan lo que el sociólogo Luhmann llamaba “la extravagante preocupación por las improbabilidades extremas”. Es improbable una invasión de migrantes, una muerte por epidemia generalizada, una violenta guerra en todo el planeta. Pero las distopías cinematográficas que insisten en mundos creados por sucesos de este tipo florecen. La afición que tenemos en este comienzo del siglo por las improbabilidades extremas de destrucción más que por las improbabilidades extremas de ser nos retrata.

Ha habidos algunas críticas que le han afeado a Chernóbil no haber reflejado de modo adecuado cómo funcionaba el poder soviético a mitad de los años 80. Probablemente no se le puede pedir a una serie capacidad suficiente para describir algo que era no solo un conflicto entre la verdad o la mentira, o entre los expertos y los burócratas. Los privilegios de las autoridades, la escasa estima por la vida humana y el abuso del Estado marcaron la reacción a la crisis. Pero el caso Chernóbil es más que todo eso. Es el momento en el que se hace evidente el choque entre la fe del hombre soviético y la realidad. Por eso es tan actual. Y por eso hay que volver a la lectura de Voces de Chernóbil. Con el imponente mosaico de testimonios que construye Svetlana Alexievich, en la que aparece la vida real, el amor, el sufrimiento de los que vivieron el accidente y de los que trabajaron cerca de la central, se comprende por qué, como dice uno de los protagonistas, lo ocurrido sirvió para “aprender a decir yo”.

El monólogo de Marat Filipovich, ex ingeniero del Instituto de Energía Nuclear, refleja el sistema de “doble verdad” en el que se vivía y que se parece, a pesar de que estamos en sociedades libres, al nuestro. El problema era la fe, una fe sin base alguna en la realidad.

Convicciones sin realidad

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 1  103 votos
vista rápida >
>Editorial

Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 1  900 votos

>Columna derecha

>CULTURA

vista rápida >

Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  2669 votos
vista rápida >

Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón | 88 comentarios valoración: 2  3771 votos

>SÍGUENOS EN

>Entrevistas

El otro es un bien, también en política

Arte y pintura en Páginas Digital

El caballero de la mano en el pecho

David vencedor de Goliat de Caravaggio

>Boletín electrónico

Recibe los titulares de PÁGINASDIGITAL.es en tu correo electrónico
Darse alta y baja en el boletín electrónico

 

Darme de baja