Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
25 JUNIO 2018
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Los niños, educadores para la paz

Antonio R. Rubio Plo

La lectura del libro “¡A la escuela de la paz! Educar a los niños en el mundo global” (ed. San Pablo) me ha reafirmado en la creencia de que el mundo será mucho más humano gracias a los niños. Los niños son una escuela de humanidad y, en consecuencia, de paz, y esto lo sabe muy bien la Comunidad de Sant’Egidio, que acaba de cumplir cincuenta años de existencia. Todos hemos oído hablar de la labor mediadora de Sant’Egidio en conflictos armados y sus actividades con la gente que vive en la calle o con los refugiados que arriesgan su vida en el Mediterráneo, pero es menos conocida la existencia de sus Escuelas de Paz, donde los protagonistas son los niños, niños marginados y explotados por las guerras o el crimen organizado. Pese a todo, encuentran una oportunidad en las Escuelas para reparar unas vidas lesionadas o rotas por la intransigencia y el egoísmo de los adultos, aferrados a sus intereses materiales o a sus ideologías excluyentes. Las Escuelas materializan el derecho a la educación de los niños que es, sin duda, un derecho al futuro.

No es un libro descriptivo de lo que son las Escuelas de Paz. No entra en consideraciones sociológicas o jurídicas. Lo que importa es la historia personal de cada niño en más de setenta países, desde El Salvador hasta Malaui, desde Buenos Aires a Nápoles. No hay métodos patentados ni reglas mágicas. Es una historia de afecto, ternura y comprensión la protagonizada por los miembros de Sant’Egidio, dirigida a niños carentes de una afectividad que no está entre las coordenadas de un mundo individualista y competitivo. En las Escuelas de Paz a los niños se les da la palabra y se escuchan sus razones. Estos chicos escriben sus testimonios en toda clase de cartas y notas, que no son una mera actividad escolar, sino que expresan el profundo deseo de esa parte fundamental de la humanidad que son los niños de que la paz y la solidaridad reinen en el mundo. Los niños han descubierto, gracias a las Escuelas de Paz, la fuerza de la amistad, que no se reduce, como suele ser habitual, a la gente de su edad, sino que se extiende también a los adultos y a los ancianos.

Para que las Escuelas de Paz se hayan hecho realidad ha sido necesario un viaje a las periferias, las geográficas de las macrociudades o simplemente las existenciales. Mucho antes de que el papa Francisco hablara de la cultura del encuentro, Sant’Egidio lo había puesto en práctica empezando por las periferias de la ciudad de Roma desde finales de la década de 1960. La cultura del encuentro implica además una preferencia por los débiles, entre los que se encuentran los niños, aunque sus testimonios en el libro pueden sorprendernos por lo que muestran de resiliencia y fortaleza. No es extraño que Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, valorara positivamente la labor de Sant’Egidio en la capital argentina.

Los niños, educadores para la paz

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Desde Praga, la crónica de otro '68 (I)

Walter Ottolenghi

¿Se podía atravesar Europa entonces en un tren a vapor? Sí, es más, debía hacerse, saliendo de la vieja Franz-Josef Banhof de Viena hacia lo que era “la otra” Europa, la que estaba detrás del muro, de las barreras de alambre de espino y de las torres de guardia. A mis 19 años, yo era el más joven del grupo. Los otros (Carlo Buora, Massimo Guidetti y Rosalba Mozzati, que unos años más tarde sería mi mujer) eran amigos del centro cultural Charles Péguy de Milán, que había conocido por algunos antiguos compañeros de escuela en Gioventù Studentesca, una realidad que empezaba a romperse –y yo con ella– frente a la exuberancia ideológica que estaba caracterizando aquel comienzo de 1968. La propuesta, vista desde hoy, llevaba en sí todas las connotaciones propias de la locura: “Vamos a conocer de primera mano lo que está pasando en Praga”.

El clima del 68 italiano tuvo sin duda un fuerte impacto a la hora de aceptar esta invitación. Después de haber participado entusiasmadamente en las primeras fases del movimiento estudiantil, comités de agitación, asambleas y ocupaciones de la Universidad Estatal de Milán, me había decepcionado seriamente la deriva rígidamente ideológica e incluso violenta que este movimiento pronto adquirió. La instancia inicial de protesta contra el autoritarismo (en la universidad, en la familia, en la política, en el trabajo) enseguida dejó paso a otro autoritarismo, menos visible en la forma pero seguramente más intolerante y totalizante en su esencia. La primera sangre derramada en los pasillos de la Estatal en los enfrentamientos entre las diversas facciones marcó claramente el punto de no retorno. El comienzo dio en el clavo, pero el camino emprendido no tenía salidas creíbles. Mi desencanto nació después de haber aprendido bien, durante mis años en el liceo Berchet, la diferencia entre autoritarismo y autoridad, gracias al encuentro con personas como Luigi Giussani, el profesor de griego Piero Scazzoso, el director Yoseph Colombo y tantos otros que supieron transmitir su pasión escuchándonos sin imponer nada.

Desde Praga, la crónica de otro '68 (I)

Walter Ottolenghi | 0 comentarios valoración: 2  18 votos
>Entrevista a Alejandro Patrón Costa

La censura contra los que defienden derechos humanos incómodos

Arturo Illia

El pasado 3 de mayo, durante la Feria del Libro internacional en Buenos Aires, se programó la proyección de la película “Será venganza”, dedicada a un tema bastante polémico y escabroso, es de los derechos humanos violados por los militares que prestaban servicio en los años 70, terribles, bajo el gobierno de la Junta Militar. Dirigida por Andrés Paternostro, describe unos hechos que se han visto sistemáticamente silenciados en una Argentina que sigue conociendo tan solo una versión de la historia de aquellos años.

Pero, con gran sorpresa, precisamente el día dedicado a la libertad de prensa, en nombre de la libertad de opinión, como se lee en el comunicado de los organizadores de la muestra, se toma la decisión de cancelar la proyección. Un hecho que no solo provoca las protestas de la prensa y de las organizaciones periodísticas, sino que, como suele pasar en estos casos, difunde la causa de la película de manera masiva, por internet y por otros medios. Hablamos de esto con Alejandro Patrón Costa, presidente del Centro de Estudios sobre Derechos Humanos en Salta, al norte de Argentina, que ha producido este largometraje.

¿Por qué esta película, que trata de los derechos humanos de los protagonistas de las violaciones, quienes son vistos en el mundo entero como parte de una dictadura genocida?

En primer lugar, porque todas las personas, más allá de los delitos de los que estén acusados, deben gozar de derechos humanos. Son un sujeto de derecho y esto debe respetarse, cosa que no está sucediendo. Nuestro centro de estudios nace tomando como punto de partida precisamente esos años 70 que consideramos objeto de una interpretación falsa. Somos un grupo heterogéneo también a nivel ideológico, nos une la convicción de que en Argentina existe una versión creada que manipula la verdad, por eso nos hemos puesto la tarea de contar esta historia mostrándola en su totalidad, en toda su verdad. Al final lo que nos unió fue la destrucción de un monumento en la ciudad de Salta, dedicado a los militares que en 1975, en plena presidencia de Estela Martínez de Perón, lucharon contra el Ejército Revolucionario del Pueblo, una formación terrorista.

¿Qué pasó?

Les atacaron mientras estaban reformando una escuela. En 2012, un asesor vinculado antiguamente al ERP promovió la destrucción del monumento afirmando que los militares, chavales de 18 años que estaban prestando el servicio obligatorio, eran genocidas porque habían matado a dos militantes de ERP en aquel enfrentamiento. El colmo es que luego el monumento fue destruido por militares que pertenecían al mismo batallón que los jóvenes del 75. Eso nos unió, pero al principio no fue fácil, nos acusaban de defender el terrorismo de estado. Empezamos haciendo un documental sobre el combate de Manchalá que presentamos con gran éxito en 2012, justamente en la Feria del Libro, y a partir de ahí en todo un circuito cinematográfico, siempre con las salas llenas. La gente empezó así a hacerse una idea de la profunda manipulación que se ha hecho de aquellos años: no jóvenes idealistas como se ha descrito siempre a los miembros de organizaciones terroristas, sino miembros de un ejército regular, con grados y uniformes.

¿Cómo es la situación actual respecto a las violaciones de derechos humanos?

>Entrevista a Alejandro Patrón Costa

La censura contra los que defienden derechos humanos incómodos

Arturo Illia | 0 comentarios valoración: 3  19 votos

Un deber de humanidad, un trabajo por hacer

P.D.

La decisión del Gobierno de Pedro Sánchez de acoger en puerto español al Aquarius es una buena decisión. El populista Salvini de la Liga Norte, que es quien rige los destinos de Italia, rechazó el deber humanitario que tenía su país de acoger a los inmigrantes rescatados. Salvini manda en el país vecino a costa de explotar una falsa situación de alarma y de sensación de invasión de migrantes.

Es cierto que durante algunos años Italia fue el país al que más subsaharianos llegaron. Pero desde que la Unión Europea cerró un vergonzoso acuerdo con Libia, la vía italiana para llegar al Viejo Continente ha visto disminuir considerablemente su tránsito. Es precisamente en este momento cuando la xenofobia política italiana ha tomado una decisión que parece querer echar por la borda la labor humanitaria de años. No se puede justificar el gesto de Salvini como un gesto para llamar la atención sobre el problema del flujo migratorio. Son personas, eran personas a la deriva.

Sánchez no ha hecho buenismo. Ha hecho lo que marca el derecho internacional y lo que el deber de humanidad exige. Desde que se ha cerrado la vía italiana de acceso se ha abierto la española. No se pueden abrir de forma indiscriminada las fronteras. Pero no estamos ante la amenaza de una invasión que desestabilice nuestra economía y nuestra cultura. Los flujos migratorios deben regularse con inteligencia. El conjunto de Europa tiene que ayudar a los países del Sur a afrontar este gran reto, esta gran tarea. Y África no puede seguir siendo la gran olvidada.

Un deber de humanidad, un trabajo por hacer

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La depresión y el terror a que el bien nos deje para siempre

Federico Pichetto

Los últimos estudios revelan un aumento considerable en el consumo de antidepresivos, que en algunos países europeos alcanza niveles cercanos al 20% de la población. En cambio, admitir que se sufre una depresión exige superar una especie de tabú con cierto estigma social que afecta a todos los que atraviesan el largo calvario de las enfermedades mentales. Sobre la depresión en concreto, existen muchos mitos y pocas verdades; se ha dejado demasiado al imaginario colectivo.

Al contrario de lo que normalmente se piensa, puede caer en una depresión cualquiera que haya experimentado de manera fuerte y persuasiva un bien, una belleza, una situación de felicidad casi mágica, o de bienestar. En este contexto es donde se ponen de manifiesto ciertas señales, que pueden ser palabras, gestos o miradas de otros que te llevan al terrible pensamiento de que el bien saboreado puede dejar de existir, y que puede no ser “para mí”. Se abre paso la íntima convicción de que yo pueda quedar excluido de la alegría, de la vida.

Resulta paradójico cómo en este punto una parte de nosotros puede llegar a tomar el mando y empezar a comportarse como si ese juicio excluyente, de soledad y daño mental, fuese verdadero. Una parte de nuestra humanidad se encarga de ejecutar la sentencia que la mente ya ha establecido y empieza a provocar acciones y comportamientos que tienden a convalidar y confirmar que la vida, tal como la vivimos una vez, se ha acabado, se ha perdido, ya no volverá más. Y entramos en un torbellino en el que se instauran los esquemas de comportamiento que nutren y amplían la condena sentenciada por nuestra propia mente.

En este proceso se produce una triple trampa: en primer lugar, la identificación de la felicidad con la única felicidad que hasta ese momento hemos considerado como tal; luego la prisa con que se liquidan los gestos, las palabras o miradas que provocaron ese revés, esa turbación; y por último la proyección mental que lleva a aprobar la condena y hacerla efectiva. Identificación, prisa y proyección son los tres errores típicos de la mente que pueden dar lugar a algo capaz de alterar la percepción que tenemos de la realidad.

En un abismo tan profundo, el primer antídoto es el contacto, recuperar el contacto con uno mismo, con el propio cuerpo, con la naturaleza y con las cosas. Un contacto en el que empezar a experimentar una posibilidad de salir de ahí. En este punto del camino muchos se preguntan qué papel pueden jugar los fármacos, el psicoanálisis y la fe.

La depresión y el terror a que el bien nos deje para siempre

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Tierra baldía para millennials

Fernando de Haro, Londres

A crowd flowed over London Bridge, so many (sobre el Puente de Londres la multitud fluía). No es el Puente de Londres, sino Hyde Park. Y tampoco exactamente una multitud, pero sí muchos millennials, universitarios con mochila a las espaldas, auriculares en los odios, solitarios. Todos encaminándose hacia una de las más importantes universidades de Londres. Ciudad irreal, esta vez bajo la luz de una mañana que no acaba de arrancar. Como en el gran poema de Thomas, otra vez, cada cual lleva la vista fija ante sus pies (And each man fixed his eyes before his feet). Vienen muchos de ellos de residencias o pisos compartidos en los que no han hablado durante días con nadie, si acaso unas palabras de cortesía muy británica que distancian aún más.

Algunos de estos estudiantes se forman en las mejores universidades del mundo, las de Londres compiten abiertamente con las top de los Estados Unidos. Aprenden con los mejores profesores, con los mejores investigadores, cuentan con la mejor tecnología, con clases grabadas, con seminarios abiertos, con excepcionales bibliotecas y laboratorios… el máximo de lo deseable.

Esta mirada fija ante sus pies esconde un secreto doloroso. En el reino de la soledad, en Londres, los millennials son los más solos. La Oficina Nacional de Estadística hacía público hace unas semanas el informe Loneliness - What characteristics and circumstances are associated with feeling lonely? Según ese trabajo, los “jóvenes adultos” con edades comprendidas entre los 16 y los 24 años se sienten más solos que la gente de mayor edad. Investigación que se complementa con otra realizada por la Universidad de Cambridge (Lonely young adults in modern Britain: findings from an epidemiological cohort study) en la que se concluye que un 7 por ciento de los nacidos entre 1994 y 1995 se sienten a menudo solos. A un porcentaje comprendido entre el 23 y el 31 por ciento no les resulta extraño sentirse aislados o faltos de acompañamiento.

Antes de entrar en clase, o en la biblioteca, se puede desayunar en cualquiera de los supermercados de camino al campus. Londres, que hasta hace unos años era la ciudad en la que no se podía comer dignamente sin gastar una fortuna, cuenta ahora con un supermercado en cada esquina. Ensaladas para uno, platos preparados para uno, alimentos orgánicos para uno, la fórmula es económica, saludable, por poco más de tres libras el almuerzo o la cena están solucionados. No hay que preocuparse por cocinar. Está socialmente aceptado comer a todas horas, comer incluso en clase mientras el profesor imparte sus lecciones. No es necesario socializar para alimentarse. En realidad, sentarse a la mesa va camino de convertirse en una costumbre del pasado.

Tierra baldía para millennials

Fernando de Haro, Londres | 0 comentarios valoración: 2  35 votos

Buen Gobierno, pocos votos

R.I.

Desde que se acabara la transición, España había contado con un buen relevo para los ciclos políticos que se han ido sucediendo. Con independencia de cuál fuera su sesgo ideológico y el éxito en su labor, ha habido hasta ahora un relevo institucional razonable. Eso es lo que está en este momento en cuestión.

Tras la implosión de la UCD, que nunca fue partido, en el 82, el PSOE de Felipe González dispuso de cuadros y de un amplio equipo que acometió tareas esenciales. Al ciclo de González, demasiado largo, demasiado agónico y traumático en su final, le sucedió el ciclo más corto de Aznar. Los casos de corrupción que ahora afloran nos inclinan a ponerlo en cuestión, pero también fue un momento de renovación.

El relevo con Zapatero comenzó a flaquear. El PSOE de 2004 ya no era el de los años 80. El proyecto con el que llegó a la Moncloa era débil y con escasa materia gris. Había demasiado resentimiento. El relevo de Rajoy, por otros motivos, tuvo también bajo perfil. Al perfil ideológico se le respondió con un perfil marcadamente tecnocrático, capaz de frenar los peores efectos de la crisis, pero no de marcar una nueva dirección. El surgimiento de Podemos y de Ciudadanos ponen de manifiesto hasta qué punto la historia comenzada en la transición se ha ido agotando.

Los ministros de Pedro Sánchez que han tomado posesión este jueves resucitan la ilusión de un relevo más vigoroso, de unos cuadros socialdemócratas con capacidad de dar de nuevo un impulso al proyecto del país dentro del gran consenso constitucional. Salvo algunos perfiles más ideológicos, como los de las carteras de Sanidad, Hacienda y Justicia, estamos ante un equipo sólido que, por supuesto, Ciudadanos, pero tampoco quizás el PP, podría ofrecer en este momento. El PSOE tiene cuadros, tiene Gobierno, pero no tiene votos. Sus 84 diputados lo atestiguan. ¿Puede reconstruirse un partido desde el Gobierno? ¿Es este un Ejecutivo para después de las elecciones? Demasiado pronto para responder. Pero no sería mala cosa que volviera la socialdemocracia.

Buen Gobierno, pocos votos

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No se puede depender de la política

Francisco Medina

En un suspiro, prácticamente. El Gobierno de Rajoy cayó a ritmo de agenda digital. La sentencia del caso Gürtel, que había salpicado al Partido Popular, al mermar críticamente su escasa fuerza, activó el instinto del PSOE de robar el cielo vía moción de censura en claro acuerdo oculto con los partidos nacionalistas y Podemos. Y, finalmente, consummatum est. Nuevo Gobierno socialista, con mayoría de ministras. El PSOE ha logrado lo que parecía imposible sin unas elecciones. Rajoy ha dimitido y Aznar sigue removiendo las aguas.

Jueves, 7 de marzo. Se publica en el Boletín Oficial del Estado el Real Decreto 355/2018, por el que se reestructuran los departamentos ministeriales, creando, nada más y nada menos, que 17 ministerios, a saber: Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, con Josep Borrell; Justicia, con Dolores Delgado; Grande-Marlaska, en Interior; Margarita Robles, en Defensa; Reyes Maroto, en Industria; Màxim Huerta, en Cultura; Nadia Calviño, en Economía y Empresa; Pedro Duque, en Ciencia, Innovación y Universidad; Magdalena Valerio, en Trabajo, Migraciones y Seguridad Social; Meritxell Batet, en Política Territorial y Función Pública; Carmen Montón, en Sanidad, Consumo y Bienestar Social; Luis Planas, en Agricultura, Pesca y Alimentación; Teresa Ribera, en Transición Ecológica; José Luis Ábalos, en Fomento; María Jesús Montero, en Hacienda; Isabel Celaá, en Educación y Formación Profesional, siendo la portavoz del Gobierno; y Carmen Calvo como vicepresidenta del Gobierno y ministra de Igualdad y Relaciones con las Cortes. Muchos de ellos activamente significados en el apoyo a Sánchez tras el intento de coup d´estat contra Sánchez en 2016, que desbloqueó el intento de investidura de Mariano Rajoy en una segunda legislatura bastante tocada.

Desde luego, parecería toda una declaración de principios del perfil político-ideológico que Sánchez quiere dar a una legislatura que tiene todos los visos de ser provisional, aunque podría salir bien su jugada si consigue vender su producto: una España moderna, que hace posible la incorporación plena de la mujer a puestos de responsabilidad y reivindica al colectivo LGTBI –que no homosexual–, que vendría a revertir las “políticas nefastas neoliberales” del PP; y que abandera el diálogo con los nacionalismos –aunque el nombramiento de Borrell es todo un guiño dirigido a calmar a una UE desconcertada–. En este sentido, la mayoría de los ministrados –si se permite este pequeño golpe al diccionario– se ha significado claramente en este programa. Por ejemplo, en el ámbito de la Energía y el Medio Ambiente, Teresa Ribera abanderará, previsiblemente, la bandera de las renewables (energías renovables y el cierre de las nucleares), la abolición del impuesto al sol –cuya conformidad a Derecho fue declarada por el Tribunal Supremo recientemente– o el impulso a la sostenibilidad ambiental.

No se puede depender de la política

Francisco Medina | 0 comentarios valoración: 2  16 votos

¿Qué política para los católicos?

Massimo Borghesi

“Catholicism and Citizenship” (catolicismo y ciudadanía) es el título de un brillante texto que Massimo Faggioli, profesor del departamento de Teología y Ciencias religiosas de la Villanova University (Philadelphia), ha publicado recientemente. El núcleo de los ensayos recogidos en este libro gira, de hecho, sobre la relación que une al catolicismo actual con la vida política y social de las democracias occidentales, caracterizadas por un vacío en la participación tras la crisis ético-político-ideal causada por los procesos de secularización.

Este vacío documenta, en el ámbito eclesial, el declive de la apertura y de la esperanza que, en el contexto del Concilio Vaticano II, marcaron el encuentro entre catolicismo y modernidad, representado particularmente por la Gaudium et Spes. Faggioli es un atento lector de los procesos y dinámicas de la Iglesia americana. De procedencia italiana, es capaz de valorar los cambios que, en el curso de los últimos treinta años, han marcado una distancia progresiva con la herencia conciliar.

Una distancia que invierte la concepción de la relación entre Iglesia y sociedad, fe y política. El encuentro conciliar entre la Iglesia y la democracia representó una separación, en la primera mitad de los años 60, del ideal de la “cristiandad” que dominó el escenario teológico durante casi un siglo. Por otro lado, la participación en los procesos democráticos, con la euforia progresiva y humanitaria en los años 60, se vio envuelta por un manto irenista difícilmente justificable en el contexto actual.

La democracia “de valores” de entonces cedió paso a la democracia relativista y posmoderna de hoy. Donde la reacción de una parte conspicua del mundo católico vuelve, como en los años del preconcilio, a ver en la democracia a un enemigo, no ya a un aliado. Con el resultado de favorecer el empuje hacia una dimensión impolítica, según los cánones de un espiritualismo sectario por un lado o de una militancia combativa, también fuertemente identitaria y polémica.

En ambos casos la presencia católica demuestra no salir del gueto, ser subalterna de procesos de secularización a los que idealmente se opone. Esto sucede cuando los contenidos de la biopolítica (aborto, familia, etc) ocupan la agenda por completo, o cuando el cristianismo viene a identificarse con una cultura, una tradición, que se opone a otras. Es lo que ha pasado en EE.UU, donde la Iglesia, tras la secularización del Partido Demócrata que ha desertado progresivamente de su cita con los católicos, sus apoyos tradicionales, se ha situado en un ámbito de progresiva radicalización. Según Faggioli, “esto que ha pasado en las últimas dos décadas habla de un cierto grado de ‘americanización’ del catolicismo mundial. El post 11 de septiembre de 2001 ha hecho a todos en cierta medida neo-durkheimianos (también a los católicos no americanos). Por otro lado, son evidentes las señales de un nuevo “americanismo católico”, distinto del que condenó León XIII en 1899 como reacción a la decadencia del papel de América en el mundo global”.

¿Qué política para los católicos?

Massimo Borghesi | 0 comentarios valoración: 2  33 votos

Adiós a Rajoy, hola a los socialdemócratas

P.D.

Rajoy ha anunciado su despedida. Desde la marcha de Aznar ha regido los destinos del PP y en los últimos siete años ha estado al frente del Gobierno. En su haber: estabilidad, serenidad en los momentos difíciles del rescate financiero, haber mantenido a la derecha unida, haberse atrevido a realizar reformas (tímidas) económicas que eran esenciales, no haber pretendido imponer proyecto ideológico alguno, haber servido de dique para experimentos extraños. En su debe: un partido que hablaba con una sola voz, la suya, sin sucesor, ni personalidades fuertes; una forma de hacer política funcionarial, pasiva, sin proyecto educativo y cultural, sin ambición en el escenario internacional. Tecnocracia para un mundo en el que la tecnocracia ya no sirve. Desconexión de la vida social, especialmente relevante en último periodo. ¿Cuál no será la situación de desamparo de la derecha española que hasta Aznar se propone como líder? ¿No habrá leído los periódicos ni visto los telediarios de los últimos meses? ¿No considerará relevante lo de sus exministros y la sentencia de la Gürtel?

Mientras Rajoy se va, el Gobierno de Sánchez llega con aromas socialdemócratas. Prueba de ello es que Borrell (felipismo) va a Exteriores y Nadia Calviño, hasta ahora directora general de Presupuestos en Bruselas, a Economía.

Borrell ha sido uno de los políticos e intelectuales que ha criticado con más fundamento y seriedad los postulados del independentismo. Sus trabajos de investigación sobre los balances fiscales han desmontado la falsedad del victimismo económico tan usado por el nacionalismo y el secesionismo. Sus intervenciones tras el referéndum ilegal del 1 de octubre y la DUI tuvieron la fuerza de un constitucionalismo inteligente.

Pero la debilidad de un Gobierno apoyado solo por 84 diputados, que toma el poder con los votos de Podemos y del secesionismo, no se soluciona recurriendo a los socialdemócratas de toda la vida.

Adiós a Rajoy, hola a los socialdemócratas

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Al amanecer, cantos

Fernando de Haro

Es un pánico moral, sin base en la realidad. Alimentado por los fantasmas, por las frustraciones, por un enfado con un mundo insatisfactorio, por la búsqueda de un chivo expiatorio en el que descargar los (supuestos) agravios sufridos. El Viejo Continente se agita estos días dividido ante el nuevo y previsible fracaso del Consejo Europeo del jueves y del viernes próximo. Seis meses después de que fuera imposible un acuerdo sobre la política de asilo e inmigración, nada ha avanzado, salvo la histeria. Este domingo Juncker convocó cumbre informal en Bruselas y el Consejo ha hecho circular la propuesta de las “plataformas” en África, una especie de placebo para alejar el pánico. Mano dura para una amenaza más pensada que real. A lo mejor esta Europa del miedo aprende algo si escucha qué se dice, cómo se ve la realidad, cómo se reza en algunos de los barcos de subsaharianos.

La crisis política provocada por la inmigración se produce en un momento de descenso del flujo de personas. La OCDE hacía públicas hace unos días las cifras de llegadas a los 37 países de esta organización. Por primera vez desde 2011, han disminuido un 5 por ciento. Alemania, que es en gran medida el epicentro del terremoto, vio cómo en 2017 las peticiones de asilo se reducían de forma drástica (un 44 por ciento). El impacto en la población laboral de los refugiados que nos han llegado al mundo desarrollado, según la OCDE, será de menos del 1 por ciento.

Durante los cinco primeros meses del año, según la OIM (Organización Internacional de las Migraciones), han llegado a través del Mediterráneo algo más de 40.000 inmigrantes, el año pasado en el mismo período lo habían hecho 80.000 y en 2015 fueron 215.000. Salvini ha desatado la crisis cuando las estadísticas son contundentes. Según Frontex, en los cuatro primeros meses del año las llegadas a Italia se han reducido un 60 por ciento, después de que en 2017 se hubieran reducido ya un 60 por ciento respecto a 2016. En España se han triplicado, pero según los últimos datos del CIS, la inmigración solo representa un problema para el 6 por ciento de los ciudadanos. No hay una relación directa entre la preocupación de la opinión pública, la reacción de los políticos y los hechos.

Al amanecer, cantos

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Un miedo a los inmigrantes que nos retrata

Fernando de Haro

La flotilla del Aquarius ha recalado en Valencia después de que el Gobierno del socialista Pedro Sánchez aceptara dar puerto seguro a los 630 inmigrantes sacados del mar. Mientras los barcos se acercaban a la ciudad levantina, en las horas previas a su llegada, cerca de 1.000 subsaharianos eran rescatados en las costas andaluzas. En el sur de España, desde hace algunos meses, hay un Aquarius cada poco tiempo. Hasta el pasado mes de mayo las llegadas se habían duplicado respecto al año pasado. Según algunas estimaciones habían llegado 8.300 inmigrantes en cinco meses. La primera obligación es sacar del agua a los que están a punto de fenecer. Garantizar unas fronteras seguras no significa ni mucho menos dejar morir a nadie. Si Europa dejara de ser Europa, si Europa dejara de proteger efectivamente la dignidad de cualquier persona, no sería ese paraíso al que muchos quieren saltar.

La ruta que antes llevaba a Italia hora encamina a España. El número de inmigrantes a costas italianas en lo que va de 2018 ha disminuido un 80 por ciento. En los últimos meses las llegadas se han reducido considerablemente tras el más que dudoso acuerdo al que llegó la Unión Europea con Libia para cerrar “la vía italiana”. Los países del sur están armados de razones para quejarse de la falta de apoyo y de ayuda que reciben de sus socios de la Unión. Lo dijeron en la cumbre celebrada el pasado mes de enero en Roma. Lo han repetido en su encuentro de las últimas horas el francés Macron y el italiano De Ponte: esto es cosa de todos. Eso no significa ni mucho menos que esté justificado lo que ha hecho Salvini, el líder de la Liga Norte, y el verdadero hombre fuerte de Italia: dejó a la deriva al Aquarius para dar un golpe en la mesa. Los 630 del Aquarius no podían ni debían haber sido utilizados como herramienta política.

La crisis migratoria es algo muy serio. Pero no son los refugiados y los migrantes económicos los que nos han puesto en crisis, ellos simplemente reflejan la crisis política, cultural y existencial que vive Europa. Si Europa estuviera unida y compartiera un proyecto tendríamos recursos institucionales para dar respuestas al reto migratorio con más inteligencia y con más eficacia. La solución no es fácil pero otra Europa podría convertir este desafío en una oportunidad.

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Tierra baldía para millennials

Fernando de Haro, Londres

A crowd flowed over London Bridge, so many (sobre el Puente de Londres la multitud fluía). No es el Puente de Londres, sino Hyde Park. Y tampoco exactamente una multitud, pero sí muchos millennials, universitarios con mochila a las espaldas, auriculares en los odios, solitarios. Todos encaminándose hacia una de las más importantes universidades de Londres. Ciudad irreal, esta vez bajo la luz de una mañana que no acaba de arrancar. Como en el gran poema de Thomas, otra vez, cada cual lleva la vista fija ante sus pies (And each man fixed his eyes before his feet). Vienen muchos de ellos de residencias o pisos compartidos en los que no han hablado durante días con nadie, si acaso unas palabras de cortesía muy británica que distancian aún más.

Algunos de estos estudiantes se forman en las mejores universidades del mundo, las de Londres compiten abiertamente con las top de los Estados Unidos. Aprenden con los mejores profesores, con los mejores investigadores, cuentan con la mejor tecnología, con clases grabadas, con seminarios abiertos, con excepcionales bibliotecas y laboratorios… el máximo de lo deseable.

Esta mirada fija ante sus pies esconde un secreto doloroso. En el reino de la soledad, en Londres, los millennials son los más solos. La Oficina Nacional de Estadística hacía público hace unas semanas el informe Loneliness - What characteristics and circumstances are associated with feeling lonely? Según ese trabajo, los “jóvenes adultos” con edades comprendidas entre los 16 y los 24 años se sienten más solos que la gente de mayor edad. Investigación que se complementa con otra realizada por la Universidad de Cambridge (Lonely young adults in modern Britain: findings from an epidemiological cohort study) en la que se concluye que un 7 por ciento de los nacidos entre 1994 y 1995 se sienten a menudo solos. A un porcentaje comprendido entre el 23 y el 31 por ciento no les resulta extraño sentirse aislados o faltos de acompañamiento.

Antes de entrar en clase, o en la biblioteca, se puede desayunar en cualquiera de los supermercados de camino al campus. Londres, que hasta hace unos años era la ciudad en la que no se podía comer dignamente sin gastar una fortuna, cuenta ahora con un supermercado en cada esquina. Ensaladas para uno, platos preparados para uno, alimentos orgánicos para uno, la fórmula es económica, saludable, por poco más de tres libras el almuerzo o la cena están solucionados. No hay que preocuparse por cocinar. Está socialmente aceptado comer a todas horas, comer incluso en clase mientras el profesor imparte sus lecciones. No es necesario socializar para alimentarse. En realidad, sentarse a la mesa va camino de convertirse en una costumbre del pasado.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 1  223 votos

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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