Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
22 ENERO 2020
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Nuevo año, nuevo inicio

Jesús de Alba

Yendo de peregrinación por Madrid a la catedral de la Almudena con unos amigos el pasado 31 de diciembre en acción de gracias por el año transcurrido, en un momento dado, nos cruzamos en un parque con un matrimonio que estaba con su bebé jugando cerca de un parque.

El entretenimiento consistía en un pequeño coche deportivo teledirigido donde iba el niño y el padre llevando el cochecito de un lado para otro con los dos pulgares de la mano. La cara de los tres, padres con niño incluido, era de aburrimiento absoluto: el nuevo juguete reducía al máximo cualquier riesgo para el bebé, que no podía siquiera fijar la mirada en punto alguno de la realidad apetecido, así como el esfuerzo de los padres por controlar a su niño, que ya no tenían que seguirle por donde sus alocadas patitas pudieran sugerirle. El control y la reducción de posibles riesgos era casi absoluto, pero directamente proporcional al aburrimiento colectivo familiar.

Pensando un poco en esta imagen durante la peregrinación, caí en la cuenta de algo evidente a la cultura y tradición cristiana pero que está totalmente en entredicho por la mentalidad común actual. Dios jamás ha amado al ser humano bajo esta modalidad. Él ha asumido en este loco amor todo el riesgo de la libertad de sus hijos, dándonos en plenitud unas capacidades (talentos lo llama el evangelio) con los que ponernos en juego.

Es verdad que es una relación muchísimo más arriesgada, donde todo podría salir mal, donde el plan inicial, incluso el vínculo con nuestro creador, pudiera llegar a deteriorarse hasta casi romperse y donde además se podría utilizar toda esa libertad para perturbar, incluso destruir, al prójimo. No hay mandos teledirigidos ni posibles atajos que valgan aquí. La libertad, y por tanto la relación o el vínculo, es 100% verdadera. Los riesgos, también.

Tan es así, que luego, en el precioso evangelio del último día del año que escuchamos en la misa que hicimos al llegar de la peregrinación a la catedral en la cripta, el comienzo del evangelio de san Juan que describe de un modo precioso el comienzo de esta locura de Dios con su criatura dice: "Vino a su casa y los suyos no lo recibieron".

Sin embargo, y junto con estas "reglas del juego" sin atajos ni mandos teledirigidos, existe un aliado permanente de Dios que el hombre, cualquiera que sea y haya hecho lo que haya hecho, es incapaz de manipular: su corazón, lugar indeleble de los deseos más humanos de belleza, justicia, perdón, misericordia.

Un comentario de instagram de la editorial Nuevo inicio dice: "Antes de cualquier consideración sobre nuestra urgente necesidad de volver a empezar de nuevo, es importante tener una conciencia clara de nuestra incapacidad para crear la realidad en la que pretendemos movernos. Ninguna estrategia es creadora... Porque esa realidad y ese deseo no lo generamos nosotros, tan pobres y fatigados. Esa realidad nos la encontramos dada, donada; igual que nuestra humanidad; igual que nuestro deseo. Un nuevo inicio solo puede ser un don. Un regalo que podemos acoger con el comienzo de cada día. Creo que ese sí sería un nuevo inicio”.

Nuevo año, nuevo inicio

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Venezuela. El caos de un país con dos parlamentos

Arturo Illia

Los que aún tenían dudas sobre si lo de Venezuela era una dictadura ya pueden solventarlas a menos que, como suele pasar con los populismos, se insista en creer en las “fábulas revolucionarias antiimperialistas”. Hace unos días tuvieron lugar dos hechos muy graves. A los diputados de la oposición a Maduro se les negó el acceso a la sede de la Asamblea Nacional (donde son mayoría) y se eligió sin elección alguna (puesto que no se lograría alcanzar el quorum necesario) a Luis Parra como presidente. Antiguo aliado de Juan Guaidó, Parra se hizo famoso, junto a otros diputados, por estar implicado en un escándalo de ayuda alimentaria, un programa de donación de cajas de alimentos a cargo del Gobierno.

Junto a otros diputados, como José Gregorio Noriega, José Brito, Adolfo Superlano, Conrado Pérez y otros, Parra fue acusado de utilizar su papel en la Comisión de control para favorecer al empresario colombiano Alex Saab, señalado por EE.UU. como hombre de paja de Maduro. Expulsado del partido centrista Primero Justicia, Parra y los demás convergieron, con la ayuda del partido socialista en el poder, en la agrupación parlamentaria que en la práctica se alió con el dictador en una farsa que se acabó transformando en su elección, donde claramente se expresó como objetivo el de convocar elecciones libres. Obviamente, el adjetivo “libre” es puramente metafísico, puesto que la maniobra, realizada en un palacio rodeado de fuerzas armadas, milicias populares y agentes de los servicios secretos venezolanos, impidió la entrada de más de cien diputados que acabaron reuniéndose en la sede del diario El Nacional, donde tuvieron una asamblea que confirmó a Guaidó como presidente ad interim.

De modo que el país se encuentra con dos parlamentos, el primero (impuesto por Maduro) claramente forzado, y el segundo reconocido por varios países. El movimiento de Maduro, que quería ocupar así el único organismo que no tiene bajo control reforzando, al menos en teoría, su dictadura, ha llegado distanciándose de las negociaciones que tuvieron como epicentro tiempo atrás a Noruega como país garante para poder llegar a organizar unas elecciones libres.

Después de su elección, Parra tuvo un momento de indecisión porque no sabía cómo proceder con tanta irregularidad, hasta que el líder revolucionario Francisco Torrealba, “director de orquesta” durante toda la farsa, le gritó: “Siéntate, nos quedamos todos aquí, nadie se va”.

Pero al día siguiente tuvo lugar otro suceso gravísimo. El hotel donde se alojaban los diputados de Guaidó fue ocupado por las fuerzas de seguridad que les obligaron a abandonarlo con la excusa de un aviso de bomba, pero una vez fuera ya no se les permitió volver a entrar y se rechazó su presencia.

Venezuela. El caos de un país con dos parlamentos

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El realismo y la esperanza

Andrea Tornielli

Lo que más llama la atención del discurso de Francisco sobre el “estado del mundo” [con motivo de la felicitación del año nuevo a los miembros del cuerpo diplomático acreditado en la Santa Sede] son especialmente las palabras dedicadas a la creciente tensión entre Irán y Estados Unidos. El Papa, que ya había hablado sobre el tema el domingo 5 de enero, reiteró su llamamiento para evitar que el conflicto se intensifique aún más, manteniendo encendida la “llama del diálogo y el autocontrol, en el pleno respeto de la legalidad internacional”. Un llamamiento que se aplica a todas las partes involucradas y que refleja, con realismo, el riesgo de arrastrar a Medio Oriente y al mundo entero a un conflicto con consecuencias incalculables.

Pero aunque hoy los focos se centren sobre el desarrollo de la crisis entre EEUU e Irán, y el ulterior riesgo que esta representa para un Iraq inestable, flagelado por las guerras y el terrorismo, Francisco no simplifica la realidad. Y recuerda muchas otras guerras y violencias muy a menudo olvidadas. Denunció el manto de silencio sobre el destino de la devastada Siria, el conflicto en Yemen, que está atravesando una grave crisis humanitaria con la indiferencia de la comunidad internacional. Citó a Libia, pero también la violencia en Burkina Faso, Malí, Níger y Nigeria. Recordó la violencia contra personas inocentes, incluidos los muchos cristianos asesinados por su lealtad al Evangelio, víctimas del terrorismo y el fundamentalismo.

A quien escuche o lea la larga y detallada lista de las crisis –incluidas las que afectan a América Latina y las causadas por injusticias y corrupción endémica– le impresionará que Francisco comenzara su discurso con una mirada de esperanza, esa esperanza que para los cristianos es una virtud fundamental pero que no puede separarse del realismo. Esperar, explicó el Papa, requiere llamar a los problemas por su nombre y que uno tenga el coraje de afrontarlos. Sin olvidar los desastres causados por las guerras libradas en el tiempo y sus devastaciones. Sin olvidar lo absurdo e inmoral de la carrera por el rearme nuclear y el riesgo concreto de autodestrucción en el mundo. Sin olvidar la falta de respeto por la vida humana y la dignidad; la falta de alimentos, agua y cuidados que sufren tantas poblaciones, la crisis ecológica que muchos todavía fingen no ver.

Pero se puede esperar, porque en un mundo que parece condenado al odio y a los muros, hay mujeres y hombres que no se rinden a las divisiones y no dan la espalda a los que sufren. Porque hay líderes de diferentes religiones que se encuentran e intentan construir un mundo de paz. Porque hay jóvenes que intentan hacer que los adultos sean conscientes de los riesgos que afectan a la creación al acercarse a un punto sin retorno. Uno puede esperar porque en la noche de Belén Dios, el Todopoderoso, decidió convertirse en un niño, pequeño, frágil, humilde, para ganar y cautivar al mundo con su amor y misericordia abundantes.

El realismo y la esperanza

Andrea Tornielli | 0 comentarios valoración: 1  13 votos
>Editorial

Cuando la moderación no es suficiente

Fernando de Haro

El nuevo Gobierno de España va a ser el tercero de la Unión Europea con populistas de izquierda en su seno. Los dos precedentes provocan que la situación sea bastante inédita. Hasta el pasado mes de julio, gobernó la Syriza de Tsipras en Grecia. Pero el populismo griego se había convertido en los últimos años en un centroizquierda convencional. De hecho, Tsipras ha recurrido a fórmulas económicas ortodoxas. El país ha vuelto a un sistema político bipartidista. El caso de Italia con el Gobierno de 5 Estrellas y de Salvini tampoco se puede tomar como referente. Sería demasiado simplista calificar a 5 Estrellas como un movimiento populista de izquierdas y su “convivencia” con Salvini lo convirtió en un experimento particular.

En España Podemos llega al Gobierno equipado de un contundente aparato ideológico y un pacto con el PSOE que, de aplicarse, supondrá una importante expansión del gasto, una contrarreforma del mercado laboral y una subida de impuestos. El errático Sánchez, desde los primeros pasos, se ha mostrado obsesionado en no perder terreno frente a Podemos, ha nombrado varios ministros económicos de “pura raza” socialdemócrata que bien podrían haber estado en un gabinete de centro-derecha. El líder socialista parece querer recuperar la buena consideración que tenía entre los líderes europeos (en especial de Macron) antes de aliarse con Iglesias.

La mala experiencia del socialista-pre-populista Zapatero está muy viva. El anterior presidente socialista, en plena crisis, se vio obligado a reformar de urgencia la Constitución para evitar una crisis del euro después de haber disparado el déficit. En materia económica, es previsible que haya muchas escaramuzas, que el mercado laboral se haga más rígido, que el desequilibrio de las cuentas públicas vuelva a aumentar de forma significativa, que ciertas subidas de impuestos provoquen miedo entre los inversores. El tiempo que Podemos y PSOE estén en el Gobierno retrasará las reformas educativas y estructurales que permitirían caminar hacia una mayor modernización. Reformas que el PP tampoco acometió con decisión, en parte porque la crisis le comió la agenda. Pero no es difícil imaginar, como ha sucedido en Grecia y en Italia, que Bruselas actuará como salvaguarda contra grandes desmanes.

Otra cosa distinta es el ámbito de las políticas ideológicas, identitarias y antropológicas. El apoyo del independentismo catalán de ERC segmentará, como ya lo está haciendo, al Gobierno hacia unas políticas de identidad territorial que rozarán los límites constitucionales. Quizás los sobrepasen. Pero el identitarismo no se acaba en la cuestión catalana.

>Editorial

Cuando la moderación no es suficiente

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  18 votos

El mayor problema no es Sánchez sino nuestro miedo

Javier Folgado

Pedro Sánchez, que va por la vida haciéndose pasar por moderado, no ha hecho ningún esfuerzo por llegar a un entendimiento con los partidos constitucionalistas. Por otra parte, tanto el PP como Ciudadanos se lo han puesto en bandeja y el presidente no ha tenido y no ha querido ver otra posibilidad que volverse hacia la izquierda y los independentistas. Por mucho que los editoriales de El País lo vean como una ocasión es necesario volver a recordar lo obvio y es que, como Díaz-Ambrona afirmaba en una entrevista a este periódico, no es concebible que ERC coopere a la gobernación de España como ellos mismos han manifestado.

Posiblemente llamar socialista a Pedro Sánchez sea darle un sustrato teórico del cual adolece en buena medida. Sánchez es lo que haga falta. Tanto en la ideología liberal como la conservadora o la socialdemócrata podemos encontrar virtudes y debilidades pero el presidente es fundamentalmente un buen producto de marketing. Sin duda, es esta una época de la política de la imagen y en esos parámetros Sánchez o sus asesores han ganado por goleada. Con mensajes en positivo (“Somos la coalición progresista”), con sus eslóganes de campaña… ha ganado la carrera por la imagen de la moderación, ha ocupado el centro político y es la imagen de la modernidad al menos para una gran parte de los españoles como han demostrado los resultados electorales. También aquí PP y C´s se lo han puesto fácil.

Pero más allá de la imagen, es preocupante ver cómo un sector amplio del PSOE se ha “podemizado”. El PSOE ha sido unas de las patas de nuestra democracia y esta deriva y este dar por bueno el discurso de los independentistas, insisto de un sector del partido, pone en riesgo nuestra estabilidad constitucional.

Una buena pregunta para los sociólogos sería si el votante medio socialista está más cerca del PP que de Unidas Podemos en cuestiones prácticas pero se siente sentimentalmente más cercano al partido de Pablo Iglesias. Una cuestión similar se podría plantear de los votantes del PP cambiando Unidas Podemos por Vox.

No cabe duda que este gobierno va a ser muy dañino para España, hará un país más pobre y menos solidario. ¿Pero son unos malvados todos los que no piensan como yo? ¿Puede un gobierno por malo o bueno que sea sustituir mi responsabilidad frente a mis hijos, frente a mi trabajo…? Existe un mal mayor aún que el gobierno que se nos viene encima y es el miedo que nos paraliza que se observa estos días en nuestras conversaciones. En medio de nuestro enfado no deberíamos caer en la tentación de considerar enemigo al que piensa distinto porque cuando uno se encuentra con otro que narra sus razones descubres que tu razón se abre. Muchos quieren vencer este miedo votando a Vox, que por supuesto que es un voto legítimo, pero que expresa este malestar de muchas personas que en realidad no son extremistas.

El mayor problema no es Sánchez sino nuestro miedo

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2020 años y un destino bueno

Giuseppe Frangi

Es imposible no quedarse con la boca abierta ante una pequeña escultura de bronce que reapareció clamorosamente en las excavaciones de una necrópolis italiana, en San Gimignano. Se trata de la figura de un hombre joven, vertiginosamente longilínea, que se presentó al público por primera vez el pasado mes de noviembre, después de ser restaurada. La han llamado la “Sombra de San Gimignano”, haciéndose eco de otra famosa escultura etrusca encontrada en el año 1700 y bautizada como la “Sombra de la noche”, también por su alargada figura.

Parece que ahora aparece el “hermano” de aquella famosa escultura. Igualmente de bronce, aún más esbelta, con sus 64 cm de altura y muy pocos de circunferencia. Pero la “Sombra de San Gimignano” no es una sombra. Representa a un hombre, evidentemente muerto a una edad joven. Tiene un rostro que podría ser el de un joven de nuestros días, con el pelo ondulado y una profunda mirada que escruta lo que tiene ante sí. Lleva puesta una toga que dibuja pliegues muy elegantes y que deja un hombro al descubierto. Es un joven en “ofrenda”, como muestra la patena que sostiene su mano y, sobre todo, como revela la otra mano que sale de la toga y extiende la palma hacia el exterior, una mano que remite al motivo que más veces reprodujo el gran Le Corbusier en sus obras arquitectónicas.

Hay elementos, como los zapatos del joven, que hacen pensar en una fecha en torno al siglo III antes de Cristo, por lo que más de dos mil años nos separan de él. Más de dos mil años, pero es como si no lo fuera. De hecho, camina con un paso que resulta actual, parece nuestro, propio de hombres dispuestos a afrontar un año nuevo, con esperanzas y deseos no muy diferentes de los de ese joven que ha sido devuelto a la luz de la tierra donde quedó resguardado durante tantos siglos. Conmueve pensar en la permanencia de la condición humana, emblema de una silueta que se hace sutil, como reducida a lo esencial, casi como si quisiera surcar el inescrutable intersticio que separa la vida de la muerte. Conmueve esa mano sobre la que el escultor quiso poner un acento especial ampliando sus proporciones. Una mano que habla de una espera, de un querer confiarse a un destino bueno, capaz de abrazar tanto la vida como la muerte.

En el libre flujo de pensamientos y lecturas de estos días que pasan de un año a otro, no he podido evitar ligar la imagen de este joven con ciertas páginas de ‘El primer hombre’, el maravilloso libro póstumo de Albert Camus (del que se cumplen 60 años de su muerte). El escritor habla del protagonista, que ha llegado ante la tumba de su padre, que murió cuando él apenas era un niño (un reclamo autobiográfico), y Camus escribe: “Solo, era ese corazón angustiado, ávido de vivir, que se rebelaba contra el orden mortal del mundo que lo había acompañado durante 40 años y que se golpeaba siempre con la misma fuerza contra el muro que lo separaba del secreto de toda vida, queriendo ir más lejos, más allá, y saber, saber antes de morirse, saber por fin para ser, una sola vez, un solo segundo, pero para siempre”.

2020 años y un destino bueno

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Abandonar el campo embarrado

Lola Martínez

Ya tenemos presidente del Gobierno, pero no tenemos Gobierno. Este miércoles Felipe VI en broma le ha dicho a Pedro Sánchez, tras la promesa de su cargo, que la toma de posesión “ha sido rápida, simple y sin dolor”, a lo que ha añadido que “el dolor viene después”. A lo mejor no era en broma. El dolor de después ya ha empezado: se nota en los esfuerzos para marcar el terreno perdido frente a Podemos. Carmen Calvo el sábado decía en el Congreso que había que darse prisa en formar el Ejecutivo. Ahora la formación de Gobierno se pospone hasta la semana que viene. Sánchez, como en otras ocasiones, pliega las instituciones a sus necesidades personales: en este caso marcar terreno frente a Podemos. Así arranca esta legislatura, con el socio principal intentado recuperar el terreno ya perdido frente a un Iglesias que le ha comido la merienda a Sánchez, que le ha hecho la agenda económica e ideológica. Iglesias selecciona las políticas, Iglesias hace el discurso e Iglesias anuncia los pasos a dar. No va a ser fácil lo del Gobierno de coalición.

Siempre quedará la solución adoptada durante el debate de investidura. Hacer oposición de la oposición. La fórmula está ensayada. Sánchez convirtió el debate de investidura en un ataque a la oposición para no tener que explicar qué había pactado con ERC. Es una estrategia hábil porque obliga a la oposición a jugar en un campo que Sánchez controla. Y así siempre se gana. Los términos del debate están invertidos, es la oposición la que tiene la culpa de todo. También Iglesias nos dio la clave de lo que va a hacer al anunciar que van a ser atacados por lo que son, no por lo que hacen. Este va a ser un Gobierno identitario: tan pronto como se juzgue su gestión se presentará como una víctima de la derecha, del IBEX 35, del patriarcado, de los antiprogresistas y de los autoritarios. Este Gobierno tiene como gasolina la polarización de los extremos. Hay que abandonar el campo embarrado. La oposición política y la oposición de la sociedad civil que no quiera verse arrastrada por la polarización del Gobierno va a requerir inteligencia, sangre fría, razones y y no sentimientos exaltados, ganas de construir más que discutir.

Las cosas importantes se resuelven viviendo, haciendo. Por eso es el momento de que la sociedad española tome el protagonismo para mostrar que es más lo que nos une que lo que nos separa, que por encima de diferencias ideológicas podemos construir juntos.

Abandonar el campo embarrado

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Oriente Medio se queda sin agua

Martino Diez

¿A Oriente Medio llegará antes la reforma teológica o la política? ¿Importa más el paradigma de la modernización autoritaria o el cambio social desde abajo? ¿Los movimientos islamistas se pueden integrar plenamente en el juego democrático? La primera vez que oí estas preguntas estaba empezando a estudiar árabe, hace veinte años, y las sigo escuchando, tal cual. Pero hay un fenómeno que podría transformarlas hasta el punto de hacerlas obsoletas, al menos en su formulación actual. Ese fenómeno se llama crisis ecológica.

La crisis ecológica es un concepto más amplio que el fenómeno del calentamiento global que hoy ocupa los puestos de honor en los informativos. Designa la destrucción del ambiente natural a causa de la explotación excesiva, mala gestión, comportamientos irresponsables, guerras y conflictos. Reducción de los recursos hídricos, desertificación, construcción salvaje, incapacidad para eliminar residuos, son algunas de las formas más habituales de presentarse.

El calentamiento global es un aspecto de la crisis ecológica. Es un hecho observado con certeza científica. Engloba un componente natural ligado a las oscilaciones climáticas y otro debido a la actividad humana, que parece haberse hecho predominante. Lo que todavía parece complicado es avanzar previsiones sobre sus efectos a largo plazo. ¿Cuánto crecerá la temperatura global y qué consecuencias tendrá? ¿Cuánto se elevarán los mares? Separar el calentamiento global de la crisis ecológica en que se inserta implica el riesgo de producir paradójicamente efectos distorsionadores, por ejemplo concentrando todos los recursos –necesariamente finitos– en la modernización del aparato industrial de las economías avanzadas y olvidándose de los demás problemas, típicos de los países más atrasados.

Pues bien, la primera tesis que quisiera avanzar es muy sencilla. Aunque el calentamiento global se frenara de repente desmintiendo todos los modelos de previsión, Oriente Medio ya está al borde del colapso ecológico, lo que implica graves consecuencias en las sociedades europeas.

Personalmente, empecé a tomar conciencia del alcance de este fenómeno en 2008, durante un verano en Damasco. Ya había estado en Siria en 1999, pero en una breve visita invernal. En cambio, aquella vez me quedé más de un mes para trabajar sobre un texto del pensador literato Al-Maʿarri (973-1057). Llevaba en mi cabeza las palabras del viajero medieval Ibn Jubayr (1145-1217): “Sí, Damasco es el paraíso oriental, la fuente de su espléndida luz. Los jardines la rodean como el halo que rodea la luna, como pétalos en torno a una flor. Hacia Oriente se extiende, hasta que se pierde la vista, el verdor de Guta y allí donde se mire queda uno imantado por el esplendor de sus frutos maduros. Oh, sí, conozco muy bien la verdad de lo que de ella se decía: ‘Si el paraíso está aquí en la tierra, sin duda se encuentra en Damasco, pero si no puede estar más que en el cielo, en belleza Damasco lo desafía desde aquí abajo’”.

Pero lo que encontré fue bien distinto. Un río, el Barada, del que Naamán el sirio decía que eran las “mejores de todas las aguas de Israel”, reducido a un riachuelo maloliente, un oasis completamente tragado por el cemento y constantes problemas de provisión hídrica. No es difícil imaginar que ocho años de guerra habrán agravado aún más la emergencia.

Oriente Medio se queda sin agua

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>Editorial

Identarismos tóxicos

Fernando de Haro

El debate de investidura de Sánchez ha dado protagonismo a varios identarismos de signo tóxico. Son estos identarismos los que van a marcar lo que dure la legislatura que se inicia. El empeño del candidato socialista de gobernar no buscando el apoyo del centroderecha del PP y del centro liberal de Ciudadanos supone pagar un alto precio. El coste más caro, no suficientemente indicado en el marasmo de los últimos días, es que aquellas formaciones que basan su discurso en una identidad excluyente acceden a importantes cuotas de poder. La socialdemocracia del PSOE, caracterizada desde la transición a la democracia por un proyecto modernizador y europeísta para toda España, se diluye en beneficio de la posición independentista catalana y vasca, en beneficio del populismo de izquierda de Podemos.

Sánchez ha estado obligado a normalizar las posiciones de ERC. A cambio de la abstención del independentismo, el socialismo ha asumido como propias tres posiciones de una concepción de la identidad catalana excluyente: la definición de lo que sucede en Cataluña como un conflicto político, la necesidad de que no intervengan las autoridades judiciales y la creación de una mesa de negociación bilateral que desvirtúa a los organismos de representación de la soberanía (el Congreso y el Parlamento de Cataluña). Solo si acepta que el modo normal de ser de los catalanes es semejante al de los irlandeses del norte, que han sufrido la “ocupación británica”, tiene sentido utilizar el término conflicto. Solo si se entiende que ser catalán significa tener una identidad que excluye la española, se reivindica y se asume la necesidad de que los jueces suspendan la aplicación de las leyes que garantizan la soberanía de todos los españoles (la aplicación de las leyes se llama ahora “judicialización"). Solo así se entiende, en fin, la creación de una mesa bilateral de negociación entre el Gobierno de España y el Gobierno de Cataluña con una agenda de asuntos de los que constitucionalmente no se puede disponer.

Sánchez, sin haber firmado un acuerdo con Bildu, a cambio de su abstención ha tenido que normalizar el identarismo excluyente de un independentismo vasco que justificó la violencia. El blanqueo de Bildu es pasivo. A cambio de su abstención, el socialismo español no combate el discurso de una forma de concebir la identidad vasca que no ha abjurado del terrorismo. Bildu, al no haber pedido perdón por los 900 asesinatos de ETA, formación de la que es heredera, asume que para ser vasco, para liberarse del yugo que suponía y supone España, hubo un tiempo cercano en el que era necesario recurrir a la violencia. El identarismo en este caso es tan excluyente que contempla la aniquilación del otro. Aceptar este discurso supone dar un paso atrás en la tarea de construir un relato preciso de lo que pasó en el País Vasco durante décadas. Bildu nunca permitirá que se cuente la verdadera historia de ETA, lo que supone condenar a los vascos a vivir en la mentira.

>Editorial

Identarismos tóxicos

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Ante el abismo del yo

Costantino Esposito

¿A qué nos referimos exactamente cuando decimos “yo”? Se trata sin duda de una de las palabras más usadas, llegando a veces incluso hasta el abuso, en nuestros discursos, uno de los conceptos más presentes en nuestros pensamientos. Pero es una palabra extraña, un simple pronombre que nos indica a nosotros mismos en sustitución de nuestro nombre propio. Cuando uno quiere hablar de sí mismos no dice su nombre, a menos que sea un niño, ellos a veces sí repiten el nombre por el que se sienten llamados por sus padres. Pero llegado a cierto punto del crecimiento cognitivo de la propia personalidad, uno empieza a llamarse a sí mismo “yo” y el nombre, que al principio resonaba como un eco o una repetición, con el valor de una respuesta a alguien que me estaba llamando, pasa a ser alto distinto, algo más íntimo. Y pasamos al discurso “en primera persona”.

Resultaría extraño preguntarse a qué se refiere este pronombre, pues es evidente –hasta obvio– que se refiere al que habla, al sujeto del discurso, a alguien que tiene conciencia de estar tomando la iniciativa lingüística para ejercer la práctica comunicativa. Al decir “yo”, emerge mi propia identidad. Soy, por tanto, soy yo, ni tú, ni él, ni ella. Me pronuncio y me delimito, me identifico. Y gracias a eso puedo hablar del mundo, de las cosas y de las personas, puedo comunicarme con los demás, puede soñar y esperar, puedo amar y odiar, puedo entristecerme y alegrarme. Nunca estaremos lo suficientemente atentos a este hecho, evidente y misterioso a la vez, de nuestro ser un “yo”. Evidente porque es el fenómeno más cercano a cada uno de nosotros, pero también misterioso porque indica un punto de discontinuidad, una interrupción, un salto en el continuum de la naturaleza física, química y biológica, el salto que llamamos de conciencia, es decir, de darse cuenta de existir, de vivir descubriéndose uno mismo. Porque nuestro yo no es una estructura natural que se nos da de una vez por todas. Su paño no es (solo) del orden natural sino sobre todo del histórico.

Bastaría reflexionar sobre una experiencia cotidiana sencilla para darnos cuenta. ¿Cuántas veces miramos la realidad que nos rodea, miramos las cosas, las personas, los acontecimientos, sin caer efectivamente en la cuenta de lo que estamos viendo? Los tenemos delante pero no nos damos cuenta de que existen. De eso dependen muchos problemas, incomprensiones, crisis, desavenencias personales, sociales y políticas.

¿Pero cómo puede llegar a suceder? La prueba radica en un fenómeno sencillísimo, es decir, si prestamos o no atención a la realidad. De hecho, para prestar atención hace falta que exista un yo, porque nuestro estar en el mundo nunca funciona como un piloto automático que proceda mecánicamente, sino que depende de lo consciente que yo sea de mi relación con la realidad. Sin esa conciencia, pierdes hasta la realidad, se interrumpe la experiencia de las cosas y, al mismo tiempo, si evitas la realidad acabas perdiendo tu “yo”.

Ante el abismo del yo

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Indio americano o cachorro dálmata

Fernando de Haro

Tom Peters es un británico de 32 años que se ha paseado en las últimas semanas por los programas matutinos de televisión explicando que quiere ser un cachorro dálmata. Declara que le gustaría ser reconocido como el primer hombre transespecie, mezcla de humano y de perro. El caso parece el producto típico de un momento de crisis en los medios: las televisiones generalistas luchan con cualquier cosa contra la inexorable caída de audiencia en favor de pantallas y contenidos más segmentados. Las televisiones de siempre intentan evitar su declive con la industria de la nostalgia, la explotación del miedo y los relatos inverosímiles. En cualquier caso, Tom Peters insiste en que, desde hace años, al salir de su trabajo, vive como si fuera un perro, come golosinas para mascotas y pienso para animales. Asegura que lo hace para huir de una realidad que le resulta demasiado gravosa. Es fácil imaginarnos respondiendo a Tom con un largo discurso dedicado a la objetividad de su naturaleza y la belleza de la condición humana. Podríamos leerle el discurso de Pico de la Mirándola sobre la excelencia de la especie a la que pertenece. Pero seguramente no nos escucharía o diría que precisamente lo que está haciendo es responder a la invitación del gran humanista: ha elegido, y ha elegido no ser hombre. Toda esta conversación (no-conversación) sería fácil. Más difícil es comprender por qué Tom quiere ser perro. Más interesante es asumir, acompañar la soledad, el desconcierto, la inquietud que lleva a Tom a ponerse su disfraz canino.

Miguel Ángel Quintana Paz explicaba en un acertado artículo hace unos días lo que nos ocurre y por qué se dan casos como el de Tom. Quintana no es precisamente un tradicionalista que defienda la incuestionable evidencia objetiva de la naturaleza humana. Se dedica a los estudios de género. El filósofo ha dedicado buenas energías en defensa no de la ideología de género, que dice que no existe, pero sí de todos los valores culturales, variables, que junto al sexo determinan la personalidad. Quintana señala atinadamente que vivimos en una época de hiperindividualismo. Podría parecer que este término es contradictorio con el auge de los nacionalismos y de otros tipos de identidades de grupo. Quintana sostiene que son dos fenómenos confluyentes. “¿No vivimos una época en que cada vez más personas se sienten parte de una identidad común y ansían disolverse en ella? ¿No estamos ante un apogeo de los nacionalismos, ante un resurgir de los fundamentalismos religiosos, ante un empeño de todos por fundirse cada cual en su colectivo (las mujeres, los gais, los distintos grupos de inmigrantes, los negros, los pensionistas, los triscaidecáfobos) y olvidarnos allí de que yo soy yo?” –se pregunta el pensador–. Estamos ante “colectivos que elige el individuo: esa es la ironía de nuestros días”. Es lo que está pasando “con el fundamentalismo islámico: a menudo son jóvenes musulmanes los que optan por afiliarse a mezquitas más y más radicales, obedecer a imanes más y más integristas, alejándose así del islam más moderado de sus familias (o del que ellos mismos profesaban poco tiempo atrás). Es una decisión estrictamente individual. También en los nacionalismos podemos observar idéntico fenómeno. Pronto, con el transhumanismo, quizá podamos elegir incluso nuestra especie o en qué soporte (o bien un cuerpo de carne y hueso, o bien unos bits en un superordenador) preferimos vivir”.

Indio americano o cachorro dálmata

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Esperando el #Me Too del islam

Fernando de Haro, Lahore

El comisario del servicio secreto militar me explica con mucho énfasis que en el islam no está permitido que el hombre lleve al descubierto la parte del cuerpo comprendida entre el ombligo y las rodillas. Lo hace levantándome la camiseta y tocándome las piernas. El clérigo de la madrasa (escuela coránica) donde sucede la escena mira al militar con satisfacción. La madrasa en la que hemos estado grabando hasta unos minutos es una de las históricas de Lahore, la capital del Punjab. En sus aulas, sentados en el suelo, con movimientos rítmicos, a gritos, los niños aprenden de memoria las suras del Corán. El interrogatorio del comisario, que nos obligará más tarde a abandonar precipitadamente Pakistán, demuestra quién manda en el país. Da igual que el primer ministro sea de un partido musulmán o un play boy populista. Quien rige los destinos de esta nación de más de 200 millones de habitantes, encrucijada de Asia, es la alianza entre islamismo y ejército que le dio su identidad. El comisario tiene que demostrar al clérigo que hace cumplir la interpretación más estricta del islam y el clérigo presta su apoyo al comisario. Hasta no hace mucho era frecuente en Lahore, la ciudad fronteriza con la India, que los hombres paseasen con pantalones cortos y zapatillas por sus parques. El avance del partido radical Tehreek-e-Labaik ha cambiado las costumbres. Islamismo sobre islamismo, sobre el de Ali Bhutto de los años 70, sobre el del general Zia de los años 80, sobre el islamismo que impulsó Estados Unidos para combatir en Afganistán a los talibanes.

Mientras escucho al comisario predicar se me viene a la cabeza el rostro de Sadaf, una niña de 12 años que horas antes acaba de contarme su historia. Sadaf usa un pañuelo que le cubre la cabeza, viste como una musulmana, o como una hindú. Muchos cristianos del Punjab no se distinguen por su ropa. Son el vivo retrato de lo que decía la carta a Diogneto. Sadaf tiene el rostro severo y la expresión tímida pero enseguida le sale el carácter. Sadaf me ha explicado que una compañera de clase le invitó el pasado mes de abril a pasar una tarde con ella. Después de resistirse durante un tiempo accedió. La invitación fue una trampa para que el hermano de su compañera, Sabtain, la raptara. A Sadaf la drogaron, la trasladaron a Faisalabad y allí Sabtain abusó de ella. Sadaf lo relata todo con aplomo, sin bajar la mirada. Después de la agresión sexual, recibió una instrucción rápida de nociones sobre el islam y fue forzada a convertirse. A la conversión forzada se unió un matrimonio también forzado con un expediente falso. Sadaf no quería ser musulmana y no quería ser una posesión de Sabtain. Así que en un nuevo traslado tuvo el coraje de saltar del autobús en el que viajaba. Huyó y pidió un móvil a una persona desconocida. Consiguió llamar a su padre que fue rápidamente a recogerla. Ahora ha vuelto a ser acogida en su familia. Sadaf, que ya no tiene la mirada de una niña, me explica que ella no quería dejar de ser cristiana.

Esperando el #Me Too del islam

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>Editorial

Convicciones sin realidad

Fernando de Haro

La miniserie Chernóbil de HBO ha hecho furor. Los cinco capítulos escritos por Craig Mazin y dirigidos por Johan Renck han ocupado el hueco dejado en la audiencia por Juego de Tronos. La pasión por lo sucedido en el reactor nuclear ha generado un extraño turismo de la catástrofe. Chernóbil es mucho más que un desastre nuclear. El accidente de 1986, la cadena de decisiones tomadas, la reacción del poder soviético, la respuesta de los científicos y de la población nos hablan del riesgo de la energía atómica, pero también de la fe y de la realidad, de una realidad negada, y de un pensamiento, de una creencia que construía/construye un sistema contra la experiencia.

Nos atrae la serie porque en estos tiempos de miedo y de incertidumbre refleja las consecuencias de un uso imprudente de la tecnología. Efectos que se prolongan en el tiempo más allá de lo que se puede imaginar. No es solo terror al átomo. La ficción da forma a ese fantasma de la sociedad del riesgo que llevamos en el alma y que puede tener mil maneras de concretarse. El temor está dentro de nosotros y sentimos cierta afinidad por los relatos que alimentan lo que el sociólogo Luhmann llamaba “la extravagante preocupación por las improbabilidades extremas”. Es improbable una invasión de migrantes, una muerte por epidemia generalizada, una violenta guerra en todo el planeta. Pero las distopías cinematográficas que insisten en mundos creados por sucesos de este tipo florecen. La afición que tenemos en este comienzo del siglo por las improbabilidades extremas de destrucción más que por las improbabilidades extremas de ser nos retrata.

Ha habidos algunas críticas que le han afeado a Chernóbil no haber reflejado de modo adecuado cómo funcionaba el poder soviético a mitad de los años 80. Probablemente no se le puede pedir a una serie capacidad suficiente para describir algo que era no solo un conflicto entre la verdad o la mentira, o entre los expertos y los burócratas. Los privilegios de las autoridades, la escasa estima por la vida humana y el abuso del Estado marcaron la reacción a la crisis. Pero el caso Chernóbil es más que todo eso. Es el momento en el que se hace evidente el choque entre la fe del hombre soviético y la realidad. Por eso es tan actual. Y por eso hay que volver a la lectura de Voces de Chernóbil. Con el imponente mosaico de testimonios que construye Svetlana Alexievich, en la que aparece la vida real, el amor, el sufrimiento de los que vivieron el accidente y de los que trabajaron cerca de la central, se comprende por qué, como dice uno de los protagonistas, lo ocurrido sirvió para “aprender a decir yo”.

El monólogo de Marat Filipovich, ex ingeniero del Instituto de Energía Nuclear, refleja el sistema de “doble verdad” en el que se vivía y que se parece, a pesar de que estamos en sociedades libres, al nuestro. El problema era la fe, una fe sin base alguna en la realidad.

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>Editorial

Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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>CULTURA

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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