Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
25 NOVIEMBRE 2020
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>Editorial

Cerrar heridas

Fernando de Haro

“Es el momento para cerrar las heridas”, una buena frase, una estupenda frase del presidente electo de los Estados Unidos. Biden, después de un recuento de infarto, ha hecho un buen discurso para celebrar una victoria que Trump se niega a reconocer. Va a ser un programa difícil de ejecutar porque las heridas en su país, como en buena parte de Occidente, llegan hasta la última célula del organismo social.

Biden ha ganado con un margen amplio, pero no aplastante. Pero los electores, aunque se empeñen algunos editorialistas de la Costa Este, no han mandado el mensaje de que Trump es inaceptable. El candidato demócrata se ha impuesto por tres puntos en el voto popular. Los titulares que atribuyen la derrota del republicano al abandono de los votantes blancos críticos con la globalización, en el cinturón industrial del Medio Oeste, pueden ser efectistas. Pero la realidad es siempre más compleja. Ni en Wisconsin, ni en Michigan, ni en Pensilvania, Biden ha superado a Trump por más de un punto. No ha habido un abandono masivo y radical del hombre que hizo del proteccionismo una de sus banderas. Las categorías demoscópicas se han revelado demasiado esquemáticas. Hay sí, más evangélicos blancos, que han votado a Biden que a Trump. Biden ha avanzado entre los blancos y Trump entre los negros, los hispanos y los asiáticos. Pero intentar entender el voto solo con moldes identitarios es la mejor manera de caer, desde el principio, en la trampa en la que está atascada la política de Estados Unidos y la política occidental desde hace décadas.

Si Biden quiere realmente cerrar heridas tendrá que superar lo que, con acierto, David Brooks ha llamado una “guerra religiosa”. Una polarización que traslada a la política y usa la política para enfrentar diferentes modos de entender la vida. Cada parte en conflicto considera que el ejercicio del poder es la mejor manera de hacer triunfar un determinado sistema de ideas.

La derecha estadounidense, hace algo más de diez años, creyó llegado el momento de deshacerse del complejo tecnocrático. Era necesario hacer una guerra cultural al mundo liberal (progresista). En la primera oleada de guerras culturales, muchos en la izquierda rechazaban los ideales de la Ilustración por imperialistas. Desde hace un decenio la derecha ataca al progreso porque lo considera parte de un plan de las élites intelectuales para socavar los valores tradicionales. El trumpismo, no Trump, ha estado apoyado por algunos grupos convencidos de la urgencia de plantar batalla a una concepción que utilizaba los resortes del poder para imponer su sensibilidad. El término guerra cultural ha hecho fortuna en la nueva derecha de algunos países de Europa.

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Cerrar heridas

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La última idolatría

Martino Diez

Es inútil mirar a otro lado ante el ataque con arma blanca en la catedral de Niza. La motivación es religiosa, la respuesta debe ser religiosa. No es que no hagan falta detalles sociológicos sobre el terrorista, Brahim Aouissaoui, del que todavía se sabe poco, su probable malestar juvenil, su radicalización, su llegada a Lampedusa… Pero esa no es la cuestión. También es importante contextualizar este crimen tan horrible en la crónica de estos días: el discurso de Macron sobre el separatismo islamista, la nueva polémica en torno a las viñetas satíricas contra el profeta del islam, el asesinato del profesor Samuel Paty, la crisis diplomática.

Y después de Niza, a diferencia de las viñetas, las condenas de casi todo el mundo islámico, empezando por los musulmanes franceses, sin condiciones ni peros, incluso de Erdogan, que hasta un momento antes estuvo avivando el fuego. Porque un versículo coránico, el 22.40, declara la sacralidad de todos los lugares de oración y porque, evidentemente, las tres personas asesinadas no tienen nada que ver con las famosas viñetas. Además, la posición de la Iglesia francesa en este tema, como en todo el tema del separatismo islamista, ha sido muy equilibrada y atenta a la sensibilidad de los creyentes musulmanes.

Pero todo esto es secundario. La cuestión es que un joven de 21 años entra en una iglesia y mata a tres personas convencido de estar haciendo la voluntad de Dios. Entonces hay que responder a esto, y decir alto y claro que lo que ha hecho es ante todo un acto de idolatría. ¿Por qué idolatría? Este pecado, el segundo más grave según el Corán, que lo llama ‘shirk’, muchos musulmanes suelen concebirlo como una idea un poco caricaturesca, algo así como las tribus de un bosque perdido que todavía se postran ante las estatuas de sus antepasados. Ha llegado el momento de reflexionar sobre una idolatría mucho más peligrosa, la idolatría de la propia imagen de Dios, que lo degrada a un utensilio para desahogar el propio resentimiento.

En el Corán hay una historia muy interesante, contada varias veces. Es la historia de Iblis, uno de los ángeles (o de los ‘jinn’, según otra versión). Un día, en el amanecer de los tiempos, recibe de Dios una orden imposible. Tiene que postrarse no ante su Señor –algo que lleva haciendo toda la eternidad, con una devoción incansable y feroz– sino ante Adán, al que Dios acaba de modelar en la tierra. Debe ser un error, piensa Iblis, “si yo soy mejor que él”. Así que rechaza la orden, no se postra, y acaba expulsado del paraíso. Así nace el diablo.

La última idolatría

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Se puede morir de Covid sin contagiarse

Giovanna Parravicini

“Compararía este periodo a una situación de guerra, cuando las noticias del frente se imponen sobre todas las demás informaciones porque afectan absolutamente a todos”. La periodista Anna Danilova, directora del portal Mundo y Ortodoxia, una de las voces mediáticas más influyentes de Rusia, definía con estas palabras la era Covid.

“Una situación de guerra”. En cierto sentido es inevitable, dada la gravedad y el alcance del problema que nos afecta. Pero ganar la guerra no solo implica cierta fuerza numérica y un armamento adecuado. Implica también, y sobre todo, un horizonte, un sentido que dé valor tanto al vivir como al dar la vida. Pero estas semanas de alerta creciente es como si cualquier otra noticia desapareciera, sacando a la luz una indiferencia que probablemente ya existía antes, aunque no de manera tan clara. Es la lógica del “sálvese quien pueda” que precede a las peores catástrofes porque la opresión de poner a salvo la propia piel –individualmente, aunque se trate de corporaciones o naciones– lleva generalmente a una miopía fatal a la hora de emprender acciones eficaces de salvación.

Ya lo decía hace medio siglo, en los albores de lo que sería el disenso en la URSS, el joven Vladimir Bukovsky: “…En medio de la multitud, en una situación extrema, vence el instinto de autoconservación. Puede sacrificar una parte esperando salvar al resto, puede disgregarse en grupos buscando la salvación. Y eso es precisamente lo que pierde. ¿Por qué yo?, se pregunta cada uno en medio de la multitud. Solo no puede hacer nada. Y todos perecen. Atrapado contra la pared, el hombre reconoce: ‘Yo soy el pueblo, yo soy la nación’. No puede retroceder, prefiere la muerte física a la espiritual. Y, cosa extraordinaria, al defender su propia integridad defiende a la vez a su pueblo, su clase o partido. Estos hombres son los que conquistan el derecho a la vida para su propia comunidad, aunque tal vez ni lo piensen. Si no lo hago yo, ¿quién lo hará?, se pregunta el hombre atrapado contra la pared. Y salva a todos”.

De este modo, se evaporan las noticias sobre atentados terroristas que se multiplican en Europa y llegan también a Moscú. En las festividades de todos los santos y difuntos, se cerraron las celebraciones en una de las dos iglesias católicas que hay, la histórica de San Luis de los Franceses, por estar vinculada a Francia, jurídicamente y como comunidad francófona.

Se evaporan las dramáticas noticias que llegan de Bielorrusia, después de que Lukashenko ordenara en una reunión con el estado mayor militar que no haya más presos. “No tenemos ninguna posibilidad de retirada –dijo, dejando ver su desesperada decisión de jugarse el todo por el todo– ni ninguna intención de retroceder. A quien toque a un militar, como mínimo se le cortarán las manos”. Los rostros oscuros y atónitos de los presentes, en un breve video que ha circulado, dejan abiertos inquietantes interrogantes sobre lo que le espera al país bajo este brazo de hierro que se desenvuelve en el corazón de Europa desde hace ya tres meses ante el silencio general de la prensa y de la opinión pública.

Se puede morir de Covid sin contagiarse

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La ecología integral, contra todas las pandemias

Giorgio Vittadini

En un momento de emergencia como este, podría parecer fuera de lugar hablar de “tierra futura” y “ecología integral”. El presente, desde el punto de vista sanitaria, económico y social, ya es bastante dramático que afrontar. El futuro puede esperar. Pero hay más de una razón para pensar que las conversaciones entre Carlin Petrini, agrónomo, escritor y fundador de Slow Food, y el papa Francisco, que se acaban de publicar bajo el título “Tierra futura. Diálogos con el papa Francisco sobre ecología integral”, contienen una clave útil para afrontar precisamente el momento presente.

El libro habla de biodiversidad, economía, migraciones, educación, comunidad, pero sobre todo muestra la fuerza de una relación humana que al final destaca como un método luminoso para afrontarlo todo: no las ideologías que dividen sino el amor por el hombre concreto que une. Petrini, agnóstico y excomunista, y el pontífice de la Iglesia católica se mueven por la necesidad de “iniciar discusiones fértiles y fecundas”, “poner en común energías e ideas”. Lo que más hace falta en estos días tan tensos y confusos.

El diálogo, según Carlin, “no es una opción moral”, sino “un auténtico método”. El Papa añade que no se trata de “pulir diferencias y conflictos sino al contrario, de exaltarlas y al mismo tiempo superarlas por un bien mayor”.

El comienzo de su diálogo se remonta a 2013, cuando Petrini se preguntaba en el diario italiano La Repubblica por qué tratamos tan mal a los inmigrantes, cuando hace cien años éramos nosotros los que emigrábamos a América Latina. Y recordaba una tragedia de 1927, cuando el buque “Principessa Mafalda” con destino a Buenos Aires, cargado de emigrantes, se hundió junto a Río de Janeiro. El Papa le llamó conmovido tras leer el artículo porque sus abuelos iban a subirse a aquel buque, aunque partieron al año siguiente, pues no tenían dinero.

Así nació una relación de gran sintonía, incluso de amistad. El Papa le propuso a Petrini escribir la introducción de la encíclica Laudato Si’ y le invitó al sínodo de la Amazonia. Carlin ha creado comunidades laicas llamadas Laudato Si’ para vivir, y no solo discutir, el contenido de la encíclica.

El libro publica cuatro conversaciones que ambos han tenido en estos años, donde hablan de sus preocupaciones por el planeta, al que conciben como una “morada humana”.

El tema va más allá de lo ecológico, como dice el Papa: “No se trata de ambientalismo, que aunque noble no es suficiente. Aquí estamos hablando del modelo de convivencia y de futuro que tenemos y cómo construirlo. Está en juego la enorme cuestión de la justicia social que todavía hoy, en un mundo interconectado y aparentemente próspero como el que tenemos, sigue muy lejos de darse”.

El Papa y Petrini coinciden al denunciar las derivas de la economía moderna, que no se hacen cargo de la humillación de la dignidad de las personas ni de la destrucción del planeta. Las pandemias, como la del Covid-19, nacen de una relación desequilibrada entre el hombre y el medio ambiente, alterado por un progreso indiscriminado, indiferente a los equilibrios profundos y misteriosos que están en la base de la permanencia de la raza humana sobre la Tierra.

La ecología integral, contra todas las pandemias

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>Editorial

Paz para el imperio

Fernando de Haro

La paz del imperio. El criterio de San Agustín en la Ciudad de Dios parece el más conveniente para afrontar los resultados de las elecciones de este martes en Estados Unidos. El mejor resultado será el que mantenga la paz en el imperio. A menos que se apueste por una teologización de la política y se espere de uno de los candidatos la defensa de determinados valores. No parece conveniente, teniendo en cuenta la condición histórica de la sociedad y del hombre del siglo XXI, el mayor bien posible para todos.

Pax Americana. Estados Unidos ya no es el imperio de hace 70 años. Aunque tiene el 43 por ciento de las bombas atómicas del mundo y acumula el 40 por ciento del gasto en defensa. Y en tiempos absolutamente problemáticos como los que vivimos, los errores de un gigante en lento declive –tampoco hay que exagerar– pueden acelerar la formación de la tormenta perfecta.

Para que haya paz en el imperio lo primero es una victoria clara. Si no se produce en estados decisivos como Michigan, Carolina del Norte o Wisconsin todo se puede complicar mucho. Los gobernadores son demócratas y los parlamentos están en manos de los republicanos. Cada uno puede reclamar a su candidato como vencedor. Hay más voto por correo que nunca y el recuento de ese voto no aparece en la noche electoral. Trump puede proclamarse ganador dentro de unas horas y negar la validez del voto por correo si no le es favorable. El caos sería grande.

Un ganador claro. Y mejor si el perdedor es Trump y su presidencia se acaba en el primer mandato. El presidente republicano no es el demonio, pero su salida de la Casa Blanca podría detener algo la segmentación del país. Las políticas identitarias de la izquierda estadounidense, enfocadas en cuestiones de raza, sexo y etnia, han acentuado la fragmentación desde finales del siglo pasado. Han fortalecido la conciencia de pertenecer a una comunidad que estaba por encima de todo. El pensamiento de derechas de los últimos años no ha superado el molde identitario y ha vertido sobre la misma estructura otros contenidos: la defensa de los blancos que no viven en las costas y que han sufrido la globalización, de las comunidades religiosas, del uso de las armas. El proyecto común se diluye. No hay que gobernar para todos, es suficiente con obtener el respaldo de un 30 por ciento de la población. Un país a cuotas. Trump tuvo la inteligencia de conectar con los que no se sentían representados. Y el plan ha seducido a importantes comunidades evangélicas y algunas católicas. Pero no es bueno que el modelo de la polarización infinita, basada en la identidad, se perpetúe. Mina las bases elementales de la democracia: la percepción del otro como una oportunidad. No conviene que desde el centro de uno de los imperios se extienda, como se ha extendido, un modo de concebirse que no tiene en cuenta el conjunto. Tampoco es conveniente que se apoyen modelos de democracia iliberal.

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Paz para el imperio

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El trauma colectivo

Eugenio Borgna

¿Qué ha pasado en estos meses de cambios tan profundos en nuestra vida con la aparición y extensión de la pandemia? Quiero decir que en la génesis de lo que hoy sigue siendo un drama colectivo han concurrido dos factores: el aislamiento en casa, en residencias y hospitales, y el miedo, miedo al contagio y miedo a la muerte. La virulencia y la rapidez con que se ha difundido la pandemia han sido de tal magnitud que no han permitido tomar medidas inmediatas de prevención y tratamiento, estas han tenido que ceñirse a las consecuencias y, al menos en las primeras semanas de pandemia, no resultaron demasiado útiles. Solo en el momento en que la prensa empezó a mostrar imágenes desgarradoras de gente, y no solo ancianos, que moría en una soledad desértica, percibimos de manera dramática la presencia de una enfermedad de origen desconocido, de evolución imprevisible, y mortal.

De repente cambiaron nuestros hábitos de conducta y se prohibieron hasta los gestos más sencillos y afectuosos, como estrecharse la mano, hacer una caricia, acercarse a una persona enferma o a un amigo. La primera dimensión de lo que todavía hoy sigue siendo un trauma colectivo ha sido el aislamiento. Sus consecuencias psicológicas han sido mucho menos evidentes en los que son más proclives al diálogo interior y a la reflexión, a la meditación y al recogimiento, al silencio y la oración, que han dado un sentido a la pérdida de las relaciones sociales dando paso a todo ello en nuestra vida. Claro que, en la manera de enfrentarse al malestar causado por el aislamiento, también han influido factores como la edad y el lugar de residencia: en grandes ciudades, sobre todo en sus periferias, o en ciudades pequeñas, en casas con espacios amplios o en viviendas con espacios asfixiantes que no permitían la privacidad ni la autonomía.

Las semanas que vivimos aislados podían resultar de ayuda para conocer mejor nuestra vida interior, sus límites y confines, nuestras fragilidades y sensibilidad, pero también podían ser fuente de angustia, desesperación, nostalgia, memoria del corazón, arideciendo nuestras expectativas y esperanzas, y generando las raíces de un trauma colectivo que ni siquiera se apagó cuando la pandemia parecía reducir su intensidad.

La segunda dimensión de este trauma colectivo ha sido el miedo, miedo al contagio, miedo a la muerte, que ha despertado en nuestro interior. La muerte acompaña a la vida en muchas circunstancias dolorosas: la muerte natural, la muerte debida a una enfermedad o a un accidente, la muerte voluntaria. Y cada vez que aparece nos obliga a tomar conciencia de ella, con dolor, desesperación, resignación y oración. La muerte, que las pantallas de televisión nos mostraban en las semanas más duras de la pandemia, se ha visto dañada en su dignidad, en su intimidad, una muerte desgarrada y cosificada, una muerte que llegaba a menudo en una situación de aislamiento atroz. El silencio de la muerte, la soledad de la muerte, la dignidad y la piedad de la muerte, no aparecían en las imágenes que circulaban por las pantallas, que mostraban la humanidad torturada y lacerada por algo radicalmente ajeno al sentido de la muerte como otra imagen de la vida, como decía Rainer Maria Rilke.

El trauma colectivo

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>Entrevista a Marco Bersanelli

Nobel de Física. Agujeros negros, una energía "fuente" de preguntas

Los agujeros negros son los objetos astronómicos más sugerentes y los que despiertan más curiosidad. Su propia denominación tiene algo de fascinante y tenebroso al mismo tiempo, y su omnívora capacidad para engullirlo todo a su alrededor suscita una curiosidad temerosa. Ahora, con el anuncio del Premio Nobel de Física 2020, llegan a lo más alto del podio científico mundial, y a las portadas de todos los medios.

No es la primera vez que su extraño nombre circula entre los motivos de los premios de la Academia de las Ciencias de Estocolmo. Ya se comentaba cuando recibió el Nobel el físico italiano Riccardo Giacconi, padre de la astronomía de rayos X, que permitió identificar los primeros agujeros negros en los años 70, y volvieron a la palestra en 2017, cuando se premió a los descubridores de las ondas gravitacionales generadas en las profundidades cósmicas por la colisión entre dos agujeros negros.

Pero ahora el agujero negro ocupa el escenario entero, dividiendo en dos el monto del prestigioso premio. La mitad de la suma será para el inglés Roger Penrose, de la Universidad de Oxford, “por el descubrimiento de que la formación de agujeros negros es una robusta previsión de la teoría general de la relatividad”; la otra mitad la compartirán el alemán Reinhard Genzel, de la Universidad de Berkeley en California, y la estadounidense Andrea Ghez, de la Universidad de California en Los Ángeles, “por el descubrimiento de un objeto compacto supermasivo en el centro de nuestra galaxia”.

Hablamos con Marco Bersanelli, profesor de Astrofísica en la Universidad degli Studi de Milán, para que nos guíe por los senderos del espacio-tiempo en relación al significado y valor de este Nobel.

Los agujeros negros son los protagonistas de esta edición del Premio Nobel de Física. Los astrónomos siempre han intentado describir y explicar los fenómenos y cuerpos celestes  luminosos, objeto de posible observación. Pero los agujeros negros no se ven, ni siquiera con megatelescopios. ¿Cómo se llegó a pensar en su existencia?

La idea de que puedan existir cuerpos con un campo gravitacional tan intenso que impida incluso que emerja la luz no es nueva, se remonta a finales del siglo XVIII. Entonces se creía que la luz estaba compuesta por corpúsculos y sometida a las leyes de gravitación de Newton. Pero cuando se descubrió la naturaleza ondulatoria de la luz esta idea entró en crisis. Solo con la introducción de la teoría de la relatividad de Einstein, en 1916, este concepto se retomó y transformó en una hipótesis creíble, y al final consolidada desde el punto de vista físico. Einstein demostró que la gravedad es el efecto de la curvatura del espacio en torno a una masa: cuando mayor es el campo gravitacional, más pronunciada es la curvatura. Dos años después, gracias sobre todo al trabajo de Karl Schwarzschild, se hizo evidente que, dada una masa cualquiera, si esta masa está confinada dentro de una esfera de cierto radio crítico (el llamado “radio de Schwarzschild”), la curvatura del espacio es digamos completa. El espacio se cierra sobre sí mismo alrededor de esa masa. Entonces nada, ni siquiera la luz, puede escapar.

Pero entonces, si los agujeros negros no dan ninguna señal, ¿cómo se pueden estudiar?

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Nobel de Física. Agujeros negros, una energía "fuente" de preguntas

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Una lógica distinta

Maurizio Vitali

Lo tengo. No lo tengo. Me falta Pizzaballa. Es decir, el cromo de Pierluigi Pizzaballa, mítico portero del Atalanta, y de la Roma, Verona, Milán y de la selección italiana. Al empezar la temporada 63-64 los de Panini no le incluyeron en la colección en la colección de cromos porque no asistió a la sesión de fotos por un accidente, y el cromo faltó durante mucho tiempo. Luego volvió a imprimirse y se convirtió en uno de los más buscados. Aquello acrecentó su fama, que ya era considerable debido a su seriedad profesional y a su curioso apellido. Ahora su sobrino Pierbattista ha sido nombrado patriarca latino de Jerusalén. Igual que su tío es de origen bergamasco, franciscano y sacerdote por vocación, fue custodio de Tierra Santa de 2004 a 2016, administrador apostólico de la sede de Jerusalén (mientras estuvo vacante y llena de deudas) y ahora titular de la misma a todos los efectos, después de haber saneado sus cuentas.

El nombramiento de Pizzaballa ha pasado un poco desapercibido en un momento en que todo el espacio informativo está copado por el Covid, pero se trata de un hecho muy relevante al que conviene mirar. Pizzaballa es una presencia clave en la encrucijada entre el catolicismo y Oriente Medio, y también entre Occidente y Oriente Medio. Una presencia dictada por una lógica distinta a las de las potencias políticas. Quien haya pasado alguna vez por el Meeting de Rímini seguramente lo ha podido constatar en alguna de sus intervenciones, en 2007, 2011, 2014 y 2017.

Mirando esta presencia, uno queda impactado por ciertos rasgos inconfundibles. Ante todo, la perseverancia. “Me quedo” fueron sus primeras palabras como patriarca. Me quedo, sencillamente, en nombre de una Presencia que testimoniar. Luego se ve que de esta conciencia nace una inteligencia aguda de la realidad social y política y la posibilidad de ofrecer una contribución al bien común empezando “desde abajo”. “Me quedo para caminar entre vosotros y con vosotros, con fe y esperanza, esperando la Fuerza que viene de lo alto. No puedo sustraerme a la sugestión y al ‘peso’ de este verbo (quedarse). Es el verbo de la paciencia madura, de la espera vigilante, de la fidelidad cotidiana y seria, no sentimental y ni pasajera”. “Me quedo”, se entiende, en Jerusalén. Esta ciudad no es un detalle de la historia del mundo. “La Iglesia no puede vivir sin Jerusalén, y tampoco Occidente, porque nacieron allí. Y la tarea de los cristianos es estar allí y testimoniar esa presencia con la ‘p’ minúscula”.

Pero Jerusalén también es “el corazón del mundo, donde convergen todas nuestras aspiraciones, pero también las tensiones que hay en todo el mundo”, y la cuestión palestino-israelí, como recuerda Pizzaballa, sigue siendo decisiva aunque haya sido “eliminada de la agenda pública internacional”.

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Pueblo y populismo en Fratelli Tutti

Antonio R. Rubio Plo

Se comprenden mejor los documentos e intervenciones del papa Francisco si tenemos en cuenta sus años de episcopado en Buenos Aires, una gran ciudad, capital de un país de enormes expectativas que fue devastado por las tormentas políticas y sociales durante gran parte del siglo XX. Por ejemplo, en 2010 el cardenal Bergoglio se refería al bicentenario de la patria en un documento que mencionaba además otras comunicaciones del episcopado argentino. Sin ir más lejos, en una de ellas se decía que "no podemos dividir el país de una manera simplista, buenos y malos, justos y corruptos, patriotas y apátridas". Esta fractura social, que hoy no parece superada en Argentina, resulta incompatible con los conceptos de pueblo y de fraternidad, muy presentes en el magisterio del actual pontífice y podría decirse, sin exagerar, que la fractura vacía de contenido la palabra "patria".

Esa situación guarda, sin duda, relación con el populismo, al que se refiere la encíclica Fratelli Tutti. Allí podemos leer que "la pretensión de instalar el populismo como clave de lectura de la realidad social tiene otra debilidad: que ignora la legitimidad de la noción de pueblo" (157). En efecto, el populismo es una de las expresiones de la polarización de una sociedad dividida, una elección inapelable entre un "nosotros" y un "ellos" que intenta privar al adversario de su condición humana. El populismo mata, aunque pretenda no estar haciéndolo, la propia idea de pueblo. No se puede esperar otra cosa de una ideología que en los últimos años ha crecido a izquierda y derecha.

La condición insana del populismo es denunciada en Fratelli Tutti (159): "Se convierte en la habilidad de alguien para cautivar en orden a instrumentalizar políticamente la cultura del pueblo, con cualquier signo ideológico, al servicio de su proyecto personal y de su perpetuación en el poder. Otras veces busca sumar popularidad exacerbando las inclinaciones más bajas y egoístas de algunos sectores de la población. Esto se agrava cuando se convierte, con formas groseras o sutiles, en un avasallamiento de las instituciones y de la legalidad". Los ejemplos históricos, y los actuales, están ahí. El populismo desconoce la posibilidad de la alternancia en el poder. Su mesianismo le hace confundir los intereses de los dirigentes con los del pueblo. Persuadido de haber encontrado una fórmula mágica para resolver los problemas de toda índole, pretende llevarnos, sin poder evitar la caricatura, a un pasado o a un futuro mítico, pues es incapaz de reconocer las dificultades del presente.

Pueblo y populismo en Fratelli Tutti

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>Editorial

Por elevación

Fernando de Haro

La política española se vio sacudida la semana pasada por un extraño discurso. Un discurso cada vez más sorprendente en ciertos ámbitos políticos europeos, colonizados por la polarización de los contrarios que se vive en Estados Unidos. La inoportuna moción de censura de Vox, partido afín a todas las formaciones antieuropeas, no tenía oportunidad de prosperar. No podía relevar en la presidencia del Gobierno a Sánchez. Su objetivo era reforzar al nuevo partido y ganar terreno a la derecha clásica del PP. Cuando su líder parecía arrinconado, pronunció una intervención rara en estos tiempos. Casado criticó la voluntad de crear bloques cerrados, de enfrentar, de romper la convivencia común. Palabras que en otro tiempo hubieron sido habituales. Sonaron nuevas después de que el polo de la izquierda y del nacionalismo se haya estado retroalimentado de las posiciones de una derecha cada vez más radicalizada por la aparición de Vox. Casado rompía de forma contundente con el partido que toma como referencia a Trump, que rechaza cada vez más a la Unión Europea. Hasta hace unos días, el líder del PP intentaba no perder votantes contemporizando con el partido que reclama un nuevo centralismo. Pero ha decidido que el mejor modo de ofrecer una alternativa no es confirmar el centrifugado de la vida política. De momento la rentabilidad en intención de voto no ha sido muy grande. No ha recuperado a muchos de sus antiguos votantes que se confirman en sus posiciones. Pero ha mostrado voluntad de romper la dialéctica de polarización entre contrarios que tanto daño ha hecho al país. Y ha desenmascarado la retroalimentación de los externos que favorece la radicalización de la izquierda. Otra cosa es que sea capaz de materializar su declaración de intenciones. No lo tiene fácil.

Vox, la tercera fuerza política en España, bebe de diferentes corrientes. Una de ellas, la menos dañina, es un nacionalismo español de corte conservador que antes estaba cómodo en el PP. Otras conectan con el tipo de reacción que llevó a Trump a ganar las elecciones en Estados Unidos hace cuatro años. También hay católicos que intentan copiar la respuesta de algunos católicos y protestantes estadounidenses a la llamada “hegemonía progresista”. Sensibilidades, como los de la izquierda populista, que reflejan el mismo fenómeno: el consenso en torno a los valores universales que sustenta la democracia ha ido adelgazando hasta llegar a la anorexia.

Hace cuatro años los resultados en ciudades como Kenosha (Wisconsin) o los suburbios de Detroit (Michigan) le dieron la victoria en el voto electoral, que no popular, a Trump. Eran zonas demócratas que apostaron por Obama en su momento y que votaron al republicano. Se ha descrito hasta la saciedad cómo el péndulo pasó de un lado a otro por razones emocionales, por un sentimiento de abandono ante los efectos de la globalización. No había ya una base común de valores compartidos que detuviera a los votantes ante las posiciones de Trump. Muchos vecinos de Kenosha, donde las protestas contra el racismo han sido respondidas con milicias privadas, tenían más motivos para estar enfadados que para buscar la moderación.

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Por elevación

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>CULTURA

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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