Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
21 SEPTIEMBRE 2020
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¿Qué hacer con nuestras heridas?

Giorgio Vittadini

En unos Estados Unidos más divididos que nunca, sucede algo que va contra corriente y que puede enseñarnos algo. El último día del Meeting de Rímini se emitió una entrevista conjunta a dos exponentes de la cultura norteamericana: Cornel West, intelectual de izquierdas, profesor de Práctica de Filosofía Pública en Harvard y Princeton, donde estudia el papel de la raza, el género y la clase social en la sociedad americana; y Robert George, filósofo político, profesor de Derecho en Princeton, considerado por el New York Times como "el pensador conservador cristiano más influyente”.

¿Qué tienen en común un blanco y un negro, un conservador católico pro-life y un activista político de izquierdas? En los 90 se encontraron en Princeton, compartían su rechazo a toda forma de dogmatismo y su pasión por el conocimiento, y desde entonces se hicieron amigos inseparables.

Dice Robert George: “Bueno, creo que el fundamento del vínculo entre nosotros, lo que lo hace tan especial, mucho más que una amistad, es el vínculo de la búsqueda de la verdad. En nuestra juventud ambos contrajimos ese virus de 'fiebre' por el deseo de verdad. Es lo que Sócrates llamaba el "diamante" que siempre nos está impulsando, de manera punzante”.

Responde Cornel West: “Una de las cosas que nos une a mí y a Robbie como hermanos, y que va aún más allá de una profunda amistad, es una sospecha radical hacia cualquier forma de ‘dogmatismo’ y ‘ortodoxia’, ya sea liberal, marxista, conservadora u ortodoxa cristiana. La gente tiende a pensar que las ideologías que dominan el mundo son expresiones de libertad, pero yo creo que el primer problema es darse cuenta de que siempre necesitamos ser liberados. Invoco aquí la gran obra de Chesterton de 1908: las doctrinas cristalizan y se petrifican, perdiendo de vista el amor y la experiencia vivida con el prójimo, que nos obliga a comprometernos en la kenosis, en uno vaciamiento, en el don de nosotros mismos”.

Ambos llegan a una conclusión sencilla y provocadora: “Como nos enseña la música blues, todos tienen heridas, hoy muchos viven desesperados. Pero cada uno se encuentra en el camino de la vida ante esta encrucijada: ¿qué harás con estas heridas? ¿Te convertirás en un amante herido, en alguien que ayuda, que atiende y cura, o en un odioso herido, alguien que odia, que ataca y que inflige aún más heridas al mundo?”.

Esta pregunta no debería dejar indiferente a nadie.

¿Qué hacer con nuestras heridas?

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Meeting. Nihilismo o cristianismo en medio de la COVID-19

Jesús de Alba

Uno de los actos que más me ha impresionado y de los que más he aprendido sobre el mundo de hoy, en el siempre increíble Meeting de Rímini, ha sido el encuentro sobre el nihilismo. La intervención clarividente del profesor Eugenio Galimberti señalaba como punto central del nihilismo el paso de una concepción del tiempo futuro como promesa y, por tanto, positivo, a una en la que el futuro es pura incertidumbre, cuando no directamente una amenaza. Esto ha sucedido, según él, como consecuencia de la desaparición de la cultura cristiana, en la que el futuro es el tiempo de la salvación y es, por tanto, bueno, y de la expansión del nihilismo, en el que el tiempo no es más que una mera sucesión de instantes sin sentido. Basta mirar cómo la juventud vive tantas veces en el mero presente sin perspectiva alguna de futuro, en esa sucesión de instantes vividos sin sentido.

Sin ninguna duda, estas dos posiciones vitales se han puesto sobre el tapete de una manera clarísima en esta pandemia de COVID-19. Miedo ante un futuro amenazante o confianza en un futuro donde se pueden resolver los problemas. Una de las cosas más impresionantes de la Iglesia y del cristianismo es que no está en este mundo para resolver los problemas concretos. Lo que hacen ante todo es colocarnos en la posición de corazón óptima para poder enfrentarlos y responderlos. Don Giussani, en su famoso libro El sentido religioso, llamaba a esta posición del corazón moralidad: “Estamos hablando de ese tipo de objetos que ponen a nuestra persona en juego a la búsqueda del significado de sí misma, de ese tipo de objetos que se nos presentan con la pretensión de tener un significado para nuestra persona: el problema del destino, el problema afectivo y el problema político me parecen las tres categorías en las que se puede resumir este tipo de objetos del conocimiento” (Madrid, Encuentro, 2008, pp. 46-47).

Miedo o confianza. Nihilismo o cristianismo. Ambos con mascarilla, por supuesto, pero ¡qué diferencias brotan de estas dos actitudes hacia el futuro!

Dos ejemplos concretos:

Uno. El pasado mes de julio recogí en el coche a una amiga con cáncer terminal. Le acababa de salir un nuevo nódulo cancerígeno. Nada mas entrar me espetó si yo no tenía miedo a morir, a no volver a ver a la familia, a los amigos, a las cosas que más quiere uno.

Le dije —y fue una de esas veces en que notas que lo que dices es más grande que tú mismo—, que la vida consiste en buscar un Tesoro (Mt 13,44-46) que vale más que la vida misma, más que todas sus riquezas, padres, madres, familia o amigos, y que por ese Tesoro merecía la pena dejarlo todo e ir a por él. Le dije que ambos teníamos el mismo trabajo, si bien ella estaba en mejor posición que yo, porque en su condición no podía distraerse con los dineros, el orgullo o el poder, sino que cada día podía entrar a la conquista de este Tesoro. En cualquier caso, ambos tenemos el mismo trabajo diario.

Meeting. Nihilismo o cristianismo en medio de la COVID-19

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La batalla del otoño

Fernando de Haro

Melania lució la semana pasada en la Convención Nacional de los Republicanos, para apoyar a su marido, un traje verde con hombreras anchas, botones metálicos, falda por debajo de las rodillas y un cinturón que le ceñía la chaqueta. El estilo recordaba claramente el de un oficial del ejército. Melania es conocida por los mensajes que lanza a través de sus atuendos. Explican los especialistas en la primera dama de los Estados Unidos que cuando está enfadada con su marido recurre, por ejemplo, a los trajes de corte masculino. Melania quiso dejar claro la semana pasada que está preparada para la batalla. ¿Qué batalla? ¿Contra los demócratas liderados por un candidato demasiado viejo? ¿Contra la segunda ola del coronavirus? ¿Contra la crisis económica? La batalla para que la está preparada Melania es la batalla del temor. De esa batalla depende la recuperación de la intención de voto de Trump, que sigue por detrás de Biden en las encuestas.

El editorialista del New York Times, David Brooks, aseguraba este fin de semana que las elecciones presidenciales de los Estados Unidos las va a ganar quien sepa usar mejor el miedo. El resultado estará en función “de cómo los dos rivales manejen la percepción de cuáles son las amenazas” que ponen en peligro la seguridad personal de los estadounidenses. Ganará el candidato que mejor “nos persuada de aquello que debemos temer”. Es una lucha no en el campo de los hechos sino de las percepciones. Brooks venía a sugerirle a Biden que era imposible sustraerse a esta dinámica. Y el columnista del New York Times sugería al candidato demócrata que utilizara la “extendida ansiedad por la seguridad personal”, insistiendo en que el peligro real no son los desórdenes públicos o la globalización sino la incompetencia de Trump y su destrucción del orden social. Doble ración de polarización en unas elecciones presidenciales en las que un estado patológico se considera un dato insuperable y determinante. Todo esto en un contexto en el que las redes sociales y la segmentación de las audiencias en internet están convertidas, después del confinamiento, en un modo de separar el mundo y la percepción que se tiene del mundo. Cada vez son más una realidad en sí misma que instrumentaliza, a menudo, la angustia para echarle la culpa al otro.

>Editorial

La batalla del otoño

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>Editorial

Memoria del futuro en Rímini

Fernando de Haro

Hace unas horas ha terminado el Meeting de Rímini, la tradicional cita cultural que marca el final del verano y el comienzo del curso en Italia. Ha sido probablemente la edición más extraña desde que echara A andar hace cuarenta años esta iniciativa. No había multitudes, como siempre. Ha sido, de hecho, uno de los primeros congresos que se han celebrado en el país desde que apareciera el Covid. Una mezcla de 'on line' y 'on life'. En el antiguo Palacio de Congresos de Rímini, mil personas presentes al día en carne y hueso. En la web del Meeting, decenas de miles de visitantes. La digitalización ha favorecido una intensa internacionalización. El mundo post-Covid y el mundo durante el Covid han estado muy presentes, no solo entre los políticos, los hombres de empresa y científicos que han intervenido. Quizás la aportación más original del Meeting de 2020 ha sido interrogarse si hay alguna posibilidad de superar ese nihilismo que ha crecido con la pandemia y que no se puede vencer ni con mascarilla ni con distancia social. Las palabras que iban a marcar el final de este verano eran reconstrucción y recomienzo. Pero la primera ola del virus prolongada o la segunda ola que ya está presente impide cualquier posibilidad de concretar ese juego de palabras utilizado en España, "nueva normalidad", cada vez más se antoja como un sueño. Pensábamos que a estas alturas ya estaríamos hablando de los malos meses que nos trajo el virus conjugando los verbos en pasado, pero el patógeno se ha instalado obstinadamente en el presente y cuestiona de forma insistente cualquier forma de optimismo. El virus no se va, no hay progreso garantizado a la vista. Casi 23 millones de contagiados en el mundo, casi 800.000 muertos oficiales, las previsiones de recuperación son absolutamente vaporosas.

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Memoria del futuro en Rímini

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El punto es una mirada

Costantino Esposito

El extraño Meeting de este año nos reserva sorpresas. Digo "extraño" porque cuando llegué inmediatamente pensé, formulando una pregunta muda para mis adentros: "¿¡Bueno, y!? ¿Dónde está el Meeting?".

Lo que faltaba era una pieza hasta ahora absolutamente necesaria, o más bien el protagonista principal, que son las personas, los rostros, los propios cuerpos, el movimiento de las personas, a veces incierto, a veces decisivo, pero siempre movido por algo que valía la pena descubrir, seguir, compartir. Gente de carne y hueso: esto es lo que no encontraba, una ausencia que dejó los espacios un poco sin sentido, casi inútiles. Vacíos. Pero incluso la ausencia –como pronto descubriría– puede traer consigo una promesa de plenitud.

Con unos amigos que afortunadamente había encontrado "presencialmente" –y con los que al principio nos miramos como si fuéramos supervivientes– algo absolutamente interesante despegó de inmediato: estábamos viendo a nuestro alrededor y en nuestros propios rostros por qué habíamos venido a Rímini (dejando en casa familia, amigos, compañeros, personas a las que hubiéramos invitado a venir con nosotros...).

Buscábamos, íbamos a la caza de lo que en teoría siempre habíamos sabido, y ahora, cuando la grandiosa maquinaria de las sucesivas ediciones ya probada durante cuarenta años no nos esperaba... pues ahora no era más difícil, sino paradójicamente más fácil, menos evidente, menos "sabido", buscar la presencia que nos había vuelto a atraer este año. Aunque con la mascarilla y el distanciamiento y la medición de la temperatura. Era como algo nuevo, y renacía el desafío y el placer de interceptarlo.

Había que mirar, mirar atentamente lo sucedido en los estudios equipados como una televisión en vivo, las pantallas con los grandes rostros de los invitados conectados a distancia, la forma de estar allí de los invitados que llegaban en persona, que aunque no tenían enfrente a los miles de espectadores del público, sabían que a través de la cámara estaban interactuando con personas de todo el mundo, en sus casas y en las muchas plazas conectadas. La ausencia estaba resultando una presencia aún más concreta, difundida y compartida.

Y es entonces cuando comprendí el punto decisivo, o más bien lo volví a entenderlo, como todas las otras veces que había venido al Meeting, pero esta vez de una manera inédita, extraña, más aguda incluso que cuando creía conocerlo por costumbre y lo esperaba a priori. El punto es una mirada, la mirada de alguien sobre la realidad, sobre el mundo y sobre sí mismo. Porque lo humano se juega todo en una sola mirada, que no es solo una capacidad visual, sino una posición, una "postura" del yo. Tanto es así que muchas veces miramos las cosas pero no las vemos, no las notamos. El punto decisivo, la razón por la que habíamos venido, era una invitación a mirar, seguir e identificarse con la mirada de quien ve más que nosotros, más lejos, más cerca o más profundamente. Y era la misma invitación dirigida a los muchos (la mayoría) que no habían venido, pero que estaban con nosotros siguiendo el rastro de las mismas miradas en diferentes partes del mundo, en diferentes husos horarios, en las más variadas condiciones.

El punto es una mirada

Costantino Esposito | 0 comentarios valoración: 1  36 votos
>Editorial

Primacía del asombro

Fernando de Haro

Abraham Joshua Heschel no escribía sobre el asombro después de haber vivido una vida tranquila y sosegada. Polaco, rabino hijo de rabinos, supo pronto lo nocivo que puede ser un virus: su padre murió de gripe en 1916. Después de trasladarse a Berlín, conoció en propia carne la otra pandemia: la del odio racial. La Gestapo lo deportó a Varsovia, desde donde consiguió escapar a tiempo a Londres y luego a Nueva York. Buena parte de su familia murió en los campos de concentración. “Esta es la tarea en la más negra noche: estar seguro del amanecer, seguro de poder transformar una maldición en una bendición, seguro de que la agonía se convertirá en una canción”, escribía Heschel mientras todo su mundo se derrumbaba. Es seguro que los organizadores del Meeting de Rímini no tuvieron presente, al elegir como lema una de sus frases, las circunstancias en las que se había desarrollado la vida del rabino. Nadie hace un año podía prever que a estas alturas una epidemia habría provocado más de 21 millones de contagios, casi 800.000 muertes y una crisis económica difícil de calificar. Pero aquí estamos, en una devastación para Europa sin precedentes desde la época en la que Heschel tuvo que escapar.

El Meeting de Rímini ha mantenido el lema inicial: “sin asombro nos quedamos sordos ante lo sublime”, frase del rabino polaco. La valoración de la sorpresa que la realidad provoca, la trascendencia que en cada cosa se insinúa no fue para Heschel un motivo para fugarse de lo concreto. Todo lo contrario. El polaco se preguntaba: “¿Es acaso inconcebible que nuestra civilización entera haya sido construida sobre una mala interpretación del hombre? O que la tragedia del hombre se deba a que es un ser que ha olvidado la pregunta: ¿quién es el hombre?”. Fueron esas preguntas las que le hicieron a Heschel comprometerse en la lucha contra el racismo, apoyando a Luther King.

Encerrados en nuestras casas, rodeados por la muerte y la enfermedad, empujados por la necesidad de una reconstrucción económica que exige repensar muchas cosas, nos hemos encontrado todos preguntándonos quiénes somos. En estos últimos meses todos nos hemos planteado de forma muy concreta ese interrogante, asomados a un abismo en el que la tentación de la nada, el nihilismo, no era un juego filosófico. “¿De quién dependo, del azar, de una cadena de ARN o de algo positivo?”, nos hemos preguntado, cientos, miles de veces. “Sin asombro nos quedamos sordos ante lo sublime”. Comentando la frase de Heschel, el presidente del Meeting de Rímini, Bernhard Scholz, ha señalado que “el estupor ante la realidad, incluso en las circunstancias más difíciles, genera una capacidad de iniciativa casi indomable. Sorprenderse de la propia existencia y de la existencia de los otros provoca que atendamos a fuentes de humanidad que en tiempos normales no sabríamos tener. Sin la sorpresa no es posible recomenzar, sin la sorpresa recomenzar es un cálculo. Esa sorpresa es la conciencia de que lo que se ha dado, se te ha dado, gratuitamente”.

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Primacía del asombro

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Mi corazón no duerme

Fernando de Haro
Not too much to ask. No es demasiado pedir. Es el título, que nos remite a una vieja canción de Bob Dylan, con el que el Meeting de Rímini de este año agrupa una serie de tres documentales-entrevistas. Tres conversaciones con José Ángel González Sainz -escritor español-, Maurizio Maggiani -escritor italiano- y Cornel West -filósofo estadounidense-. No es demasiado pedir que en el marasmo de los juegos con la nada alguien tenga un vínculo efectivo con la realidad, alguien sea capaz de ofrecer un rato de conversación que supere los esquemas y las fórmulas manidas. Esas santas y buenas fórmulas que han convertido en nostalgias podridas y en herramientas de poder las palabras que en un tiempo sucedieron. No es demasiado pedir una mirada que nos devuelva el gerundio: lo que está sucediendo. O quizás sí, quizás sea pedir un poco demasiado y eso hace interesante esta serie. 'Mi corazón no duerme' es el título del capítulo que tiene como protagonista a J.A. González Sainz, autor de 'Ojos que no ven', la novela que quizás haya retratado con más agudeza la contaminación nihilista con que la banda terrorista ETA invadió la sociedad española. Los ojos de González Sainz, promotor de un ambicioso proyecto cultural para extranjeros en la ciudad de Soria, miran y remiran buscando "la irrupción de la realidad". "El problema de no querer ver -explica- me pareció siempre esencial; todos en nuestra vida tenemos momentos en los que no queremos ver ciertas cosas y otros momentos en los que se nos abren los ojos, viene una luz y vemos". Confiesa que su obra, su vida, es una búsqueda, una lucha entre lo dado y las palabras, la imaginación, la memoria. Quiere huir de la palabra de los demagogos, de los clérigos, de los ideólogos, de los comunicadores y de la publicidad. Busca esos instantes en los que delante de las cosas, de los árboles, del agua, se produce una "epifanía". "Un ejercicio que hago a menudo con los extranjeros que vienen - explica- es pasearlos y preguntarlos: ¿qué veis? Y al cabo unos días les pregunto otra vez: ¿y ahora qué veis? Reconocen que no habían visto". A González Sainz se le puede atribuir lo que él mismo dice de su gran personaje Felipe Díaz Carrión. Felipe es un hombre de Castilla al que ETA ha arruinado la vida. Ante la tentación de la nada, da un paso atrás. Da un paso atrás por una extraña sabiduría. "Esa sabiduría le viene del camino, es una apertura a lo eterno. Es una sabiduría sabia con deje melancólico, una puerta que se abre sobre los goznes elaborados a partir de los grandes enigmas de la vida del hombre", apunta. "Cualquier narración que se precie, o al menos las que más me interesan, son aquellas en las que aparece un eco de que alguien ha tenido que ver con esos goznes".
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Mi corazón no duerme

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>Editorial

La admiración como conocimiento

Fernando de Haro

Azurmendi en italiano. El libro El Abrazo de Mikel Azurmendi, publicado hace un par de años en español, aparece dentro de unos meses en italiano. El que fuera profesor en la Universidad del País Vasco y en París, antropólogo y ensayista, con motivo de esta nueva edición, ha recorrido de nuevo su itinerario de aproximación al cristianismo en un documental-entrevista que será presentado en el Meeting de Rímini.

En su infancia su padre le educó desde muy pronto en el trabajo duro. Dos horas antes de entrar en el colegio y dos horas después trabajaba en la carbonería familiar. Allí aprendió a hacer bien las cosas, a hacerlas hasta que estuvieran realmente terminadas. Entró muy joven en el seminario de San Sebastián, pero a los 21 años el cristianismo ya había dejado de ser algo significativo, se había reducido a un referente mítico y a reglas. Lo que realmente le interesaba en ese momento -estamos en los años 60- era la justicia social, la justica que consideraba imposible bajo el régimen de Franco. Así que salió del País Vasco, viajó a Francia y a Alemania. Estuvo trabajando en una fábrica, en un empleo muy duro. Fuera de España, uno de los miembros de la banda terrorista ETA, que estaba naciendo en ese momento, le captó. Ingresó en la organización, volvió a España y trabajó de descargador para conseguir nuevos adeptos.

Pero pronto se topa con lo que realmente significa el terrorismo. En una reunión de su grupo se vota si hay que matar a una persona. Por un solo voto “se le perdona la vida”. Esa experiencia le marcará para siempre. Le repugna profundamente el hecho de atentar contra la vida, de matar o de ser matado. Cuando se produce en el 68 el primer asesinato de ETA, el terrorista que lo comete es uno de los jóvenes que había captado. Y se da cuenta de que él podría haber sido el asesino. Desde ese momento empieza una lucha contra ETA que marca buena parte de su vida. La banda no le perdona su oposición y vivirá muchos años amenazado. Tendrá que utilizar un cierto tiempo una identidad falsa.

>Editorial

La admiración como conocimiento

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>Entrevista a Guillermo Fernández

'Nos hace falta repensar nuestro modelo productivo'

Juan Carlos Hernández

Conversamos con el coordinador del estudio “Distancia social y derecho al cuidado”, un informe elaborado por la Fundación FOESSA y Cáritas española que analiza la situación social en nuestro país.

¿Qué escenario post COVID-19 ha dejado, desde un punto de vista de la exclusión social, esta pandemia?

Lo que hemos visto, en este grupo de personas, es que se ha confirmado la tendencia que venía detectándose en los últimos años y es que el sector de la población más excluido ha continuado creciendo y esta pandemia lo que ha hecho ha sido disparar, aún más, las cifras de exclusión social. En tres meses hemos perdido prácticamente todo lo que habíamos conseguido recuperar en los últimos cinco años de recuperación económica.

Otro elemento importante es que en términos de empleo, donde más o menos la mitad de ese grupo se había reinsertado al mercado laboral, pues prácticamente ha perdido la mitad de las posibilidades que tenían en el mercado de trabajo.

Y un tercer impacto que estamos observando es el factor salud. En los últimos años, fruto lógicamente del incremento de la esperanza de vida, ha vuelto a emerger no porque la gente más excluida haya sufrido más el COVID sino porque han sufrido más las consecuencias del cierre sanitario (seguimiento de tratamientos, acceso a hospitales, enfermedades crónicas…) ya que era una población con un mayor deterioro en términos de salud.

Otro elemento interesante que hemos visto en esta investigación tiene que ver con la resiliencia de los entornos de apoyo cercanos. Este era un grupo donde tradicionalmente casi la mitad de él no contaba con ese tipo de apoyo y hemos observado qué ha pasado con la otra mitad que aún sí los conservaba y hemos visto que en términos de apoyo emocional se ha conservado. La gente seguía pudiendo tirar a nivel emocional del ambiente a su alrededor pero todo lo que eran redes y materiales de apoyo han tendido todavía más a romperse, a degradarse, es decir, la falta de colchón de resistencia de estas familias ha terminado por quebrarse totalmente. Emocionalmente todavía tienen soporte pero materialmente ya prácticamente no tienen capacidad de tirar de nadie de sus alrededores.

Ante la pandemia ha habido un movimiento loable de muchas personas que han ayudado de distintas formas pero ¿se ha convertido esto en método o se corre el riesgo de que, pasada la emotividad del momento, se diluya?

>Entrevista a Guillermo Fernández

'Nos hace falta repensar nuestro modelo productivo'

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>Editorial

Bizancio desarmado: ninguna guerra de civilizaciones

Fernando de Haro

No ha sido un 29 de mayo. Pero casi. A finales de mayo de 1543, Mehmet II, conocido luego como el conquistador, conseguía entrar en Constantinopla. La tomaba después de un largo asedio. Y hacía su camino triunfal desde Santa Sofía hasta el Palacio Imperial, aclamado por sus soldados. El viernes pasado, el camino ha sido el inverso: Erdogan salía de su residencia en un largo coche negro con dos banderas en las que ondeaba la media luna. Entraba en Santa Sofía para iniciar la oración del viernes. Los mosaicos cubiertos, que no quedara rastro de la Roma cristiana de Oriente. Erdogan ha querido deshacer simbólicamente el camino emprendido por Kemal Atatürk y su proyecto de una república laica. El presidente turco deja atrás el kemalismo con un nacionalismo religioso neotomano. En el momento en el que agarraba el micrófono para rezar hacía un gesto de teología política muy propio de este siglo XXI.

Los cristianos de Oriente lloran estos días la conversión de Haghia Sofia, de nuevo, en una mezquita. Hemos vuelto al siglo XVI, a la caída de Bizancio. Hay sin duda motivos para las lágrimas. Pero antes de la “reconquista de Constantinopla” por Erdogan, se había ya producido otra reconquista más importante. Esos cristianos orientales han recuperado, con su testimonio, no con las armas ni con la política, el Bizancio anterior a la primera basílica del 360, la construida por Constancio II. Con el testimonio dado bajo la presión sangrienta del Daesh y del yihadismo, los cristianos de Oriente han vuelto al Bizancio sin fracturas. El ecumenismo de la sangre ha devuelto la unidad que se perdió tras el Concilio de Nicea (325) y el de Calcedonia (451). Se ha cerrado, con la última persecución, la fractura abierta con la revuelta de Alejandría y de Antioquía contra el Bizancio que proclamaba la divinidad y la humanidad de Jesús. Ya no hay en la vida práctica distinción entre nestorianos, monofisitas e “imperiales”. El testimonio supera, por elevación, el buscado conflicto de civilizaciones.

El gesto de Erdogan es contrario a una tradición que es normativa en el islam. Los piadosos recuerdan que, cuando se le ofreció al segundo califa Umar (581-644) la posibilidad de rezar en el Santo Sepulcro, la rechazó. No quería que los musulmanes pudieran utilizar su oración como argumento para transformar una iglesia en mezquita.

El presidente turco lucha por recuperar su popularidad que ha descendido de forma considerable desde la crisis de 2008. La nueva recesión provocada por el Covid ha disminuido aún más el respaldo. Erdogan intenta poner de su parte a los sectores islamistas a los que tanto necesita. De hecho, en las elecciones municipales de marzo del año pasado, buscó la bendición de un grupo de clérigos.

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Bizancio desarmado: ninguna guerra de civilizaciones

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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