Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
8 JULIO 2020
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El arte de cambiar de perspectiva

Giuseppe Frangi

Los museos reabren sus puertas, los teatros empiezan a asomar la cabeza tímidamente y los cines vuelven a encender las luces. Hay que alegrarse de este lento retorno a la vida, pero cuando hablamos de arte y cultura es inevitable plantearse una pregunta más ambiciosa: ¿qué son capaces de proponer el arte y la cultura a este mundo que sale de la tempestad? ¿Puede contentarse con volver a ser como antes, buscando el consuelo de una presunta continuidad? ¿O la cultura, para llegar a ser ella misma, es decir para ofrecer esperanza y experimentar nuevas perspectivas necesarias, debe tener el coraje dar un salto de discontinuidad respecto a su pasado? Si durante las semanas de la crisis hemos repetido hasta la saciedad el mantra del “nada será como antes”, le toca sobre todo al arte y la cultura remar en esa dirección.

Desde este punto de vista, repasar nuestra historia puede ser un ejercicio útil. Muchas veces, salir de grandes tempestades ha sido posible gracias al coraje de cambiar de perspectiva y de lenguaje, como por ejemplo en la famosa peste negra de 1348, la del Decamerón. En la posguerra, el historiador de arte norteamericano Millard Meiss publicó un estudio para demostrar que la pintura, para superar el trauma de la epidemia, había dado la espalda a la sólida sintaxis del Giotto para aventurarse por senderos más delicados y líricos: los del nuevo gótico florentino, con un carácter más metahistórico. Probablemente Meiss, al afirmar esto, estaba condicionado por la etapa histórica de la que él mismo había sido testigo. La salida de la Segunda Guerra Mundial consagró en Estados Unidos la consolidación de un lenguaje abstracto (los primeros dripping de Pollock datan de 1947); un lenguaje que representaba una clara ruptura con el pasado pero que sobre todo daba forma a una profunda necesidad de libertad y espiritualidad a la vez. Era algo nunca visto, que contagiaría también a Europa al salir de la guerra. Aquí esta novedad se afirmó mediante una confrontación intensa y vivaz entre los que apostaban por un nuevo arte abstracto, libre y gestual, y los que en cambio buscaban una renovación de la tradición realista por vías audaces, donde Picasso era la referencia indiscutible.

Pero si damos un paso atrás en la historia, resulta interesante ver cómo el arte contribuyó a reconstruir la perspectiva después de la tempestad económica de 1929. En este caso, gracias también a un programa público genial, el ‘Public Works of art Project’, los artistas propusieron grandes imágenes murales que estimulaban perspectivas colectivas y de cohesión social. En ese caso fue una inversión valiente (y convincente) en el arte como energía de cambio y reconstrucción.

Personalmente, siempre pienso en la audacia inaudita con que Venecia decidió pasar página en la historia tras la peste de 1576. Decidió construir la Basílica de Santa María de la Salud, enfrente de San Marcos, en señal de agradecimiento pero también como expresión clamorosa de impulso hacia el futuro.

Es por esto que, aun con la alegría de volver a empezar, no podemos ocultar que de la cultura y del arte el mundo se espera algo más, o acaso algo distinto, más allá de la mera continuación del espectáculo después de este largo parón. El coraje de nuevas formas y de nuevas aventuras.

El arte de cambiar de perspectiva

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José Gregorio beato. Un santo no es un santurrón

Bernardo Moncada Cárdenas

«No pude nunca penetrar aquella psicología, ni alcancé jamás a descubrir los secretos de aquella ecuanimidad imperturbable. Yo le veía recorrer, con incansable actividad, el intrincado laberinto del mundo, sin comprender qué fuerza le guiaba o sostenía.» Francisco Antonio Rísquez, sobre José Gregorio Hernández.

«No tengas miedo de la santidad. No te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás fiel a tu propio ser». Papa Francisco, Gaudete et Exsultate.

La iconografía tiende a representar a los santos en actitudes de afectación rayana en mojigatería. Lejos están las actuales estampitas populares de la fuerza que grandes pintores mostraron en los santos en el medioevo y el renacimiento. Miradas arrebatadas, gestos dulcificados, cuando no rígidamente austeros, reflejan una religiosidad quizá demasiado apoyada en el sentimentalismo y el moralismo. Tal suerte había corrido la imagen del nuevo beato de la Iglesia, el doctor José Gregorio Hernández, con atuendo negro y pose imperturbable. En vísperas del dictamen de la beatificación, muy bien ha hecho la Conferencia Episcopal Venezolana en promover su ligero pero determinante cambio de imagen.

Como acentuaba el cardenal Porras Cardozo en homilía del centenario del accidente que truncó la vida del doctor Hernández, «José Gregorio no fue un superdotado ni un ser excepcional imposible de seguir e imitar. Los invito a que lean la novela que sobre su vida acaba de publicar un profesor universitario de la ULA, titulada “Médico del alma”. Allí constatamos un ser normal como cualquiera de nosotros, salido de este mismo suelo venezolano escaso en recursos y ayuno de muchos medios. Sin embargo, su constancia, su norte seguro como ciudadano y como cristiano lo llevó a ser lo que es hoy para todos nosotros: espejo de lo que cada uno de nosotros queremos y podemos ser».

La trayectoria del beato José Gregorio Hernández muestra cómo se podía habitar, a principios del siglo XX, en el descreído y cínico ambiente de cierta ciencia moderna manteniendo una fe inquebrantable y sincera, sin dividir la personalidad; por el contrario, gozando de envidiable unidad personal. La religiosidad guio una exitosa carrera científica y profesional, y la ciencia, entendida como ferviente búsqueda del sentido divino de la existencia y servicio al bien común, reforzó la religiosidad.

A los cien años del fallecimiento de José Gregorio Hernández, pudimos descubrir la multiplicidad de mundos que este personaje, reducido a severa figurilla de negro, unió en su verdadera historia, todo un cosmos vivo, regido por la fe. La oportunidad fue un coloquio en la Academia de Mérida, cuando Ricardo Contreras, el padre Cándido Contreras, y Fortunato González Cruz, disertaron sobre las facetas de ese diamante de venezolanidad que fue el “Médico de los Pobres”.

En aquel recorrido por la biografía del doctor Hernández, la desbordante humanidad del facultativo, científico, músico, gustoso danzarín y profundo hombre de Iglesia rompió afablemente la habitual estampita para que asomara el hombre. La estatuilla de sombrero negro se abrió como una crisálida para dejar salir la rica calidad de este venezolano ejemplar.

José Gregorio beato. Un santo no es un santurrón

Bernardo Moncada Cárdenas | 0 comentarios valoración: 2  28 votos
>Editorial

Experiencias positivas, no postulados

Fernando de Haro

“No puedo respirar”. Antes de que George Floyd fuera asfixiado en Minneapolis, la misma violencia homicida había provocado miles de víctimas. ¿Por qué ahora las protestas contra el racismo han prendido con más fuerza? ¿Por qué reclaman con justicia una igualdad para los negros y descabezan estatuas con odio hacia el pasado? Porque las cosas han ido demasiado lejos, porque el movimiento Black Lives Matter lleva años organizándose, porque la ceguera de Trump ha complicado todo. Y quizás porque esas tres palabras, “no puedo respirar”, expresan un desencanto, una sensación de angustia, de miedo que va más allá de la lucha en favor de los negros. No puedo respirar con la mascarilla, no puedo respirar metido en casa, no puedo respirar porque he tenido que cerrar mi negocio, no puedo respirar porque no tengo respuestas y compañía para afrontar la muerte y la enfermedad. Las protestas en Estados Unidos, uno de los países occidentales que más sufre los efectos del COVID, pueden ser el primer estallido del malestar que recorre el planeta. El virus que surgió en China (por más que nos digan que ahora ha vuelto con el salmón europeo) estaría manifestándose en Estados Unidos.

El fastidio, las protestas, el desapego hacia las instituciones pueden ir a más. Al menos eso es lo que denunció Merkel la semana pasada, en el discurso con motivo de la presidencia de la UE por Alemania. La canciller, pensando en lo que sucede en su país y en el resto del mundo, alertó de la presencia de fuerzas antidemocráticas, radicales y autoritarias, dispuestas a aprovechar la crisis del COVID. Revindicó la voz de Europa para proteger la dignidad del hombre, la democracia y la libertad. A pesar de todos sus errores, la alemana, que ya está de salida, es lo más parecido a un líder con visión que hayamos tenido en mucho tiempo.

El malestar es alto en España y en Italia, ahora que han desaparecido las medidas excepcionales y se hace balance. La encuesta de Kantar para el Parlamento Europeo refleja que el 63% de los españoles rechaza la gestión de su Gobierno. En Italia el rechazo es del 43%. Pero los italianos están al frente del rechazo de la Unión Europea, por encima de España. Solo un16% de los italianos y solo un 19% de los españoles están satisfechos de la actuación de la UE, algo novedoso en uno de los países más europeístas. El enfado y el fastidio no es solo con las instituciones. Otras encuestas (GAD 3) reflejan cómo el número de españoles que se han sentido tristes ha ido aumentado, ya son más de la mitad. Lo mismo que el número de españoles que se han sentido deprimidos, más de un tercio. El estado de ánimo empeorará porque, como dice el BCE, lo peor está por llegar: el otoño será muy duro.

>Editorial

Experiencias positivas, no postulados

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La distancia entre certeza y verdad

Costantino Esposito

¿Qué será de nosotros? Durante la crisis de la pandemia –como en cualquier situación crítica que afecte a la existencia personal y social– esta pregunta vuelve a importunarnos, desgarradora e implacable. Desgarradora porque es signo de una ternura última con nosotros mismos, haciéndose cargo de nuestro destino, es decir, de la posibilidad de cumplir o no lo que deseamos en la vida. Implacable porque se trata de una pregunta a la que no logramos dar una respuesta obvia o automática en virtud de nuestros propósitos o programaciones. De hecho, en ella tocamos con nuestros dedos el hecho de que estar en el mundo significa estar siempre en cuestión, que la vida es una aventura –individual y colectiva– en la que nos la debemos jugar siempre.

La única respuesta que podríamos dar a este interrogante es que nadie puede estar seguro de lo que va a pasar. De hecho, es una incertidumbre siseante que se va extendiendo, como el sentimiento más compartido en nuestra situación actual. Pero un cambio cultural está teniendo lugar ante nuestros ojos. En la larga etapa del nihilismo de la que todos, para bien o para mal, somos herederos, la mayoría consideraba la certeza como una especie de disvalor, un residuo dogmático respecto a la emancipación de la razón crítica, cuya tarea parecía ser en cambio justamente la de desmontar cualquier certeza como si fuera una presunción peligrosa y en definitiva como una pretensión imposible.

Esta posición teórica se basaba en la constatación sincera de que nuestra forma de conocer, siempre parcial y limitada, nunca nos permite aferrar la esencia indudable o la verdad última del mundo. Pero también había otro motivo (tal vez menos inocente y más ideológico) para sostener la imposibilidad de la certeza, es decir, que esta última solo sería en el fondo una construcción nuestra, una estrategia psicológica, cultural y social para protegerse de los riesgos de la vida y del mundo. En resumen, tener certeza significaría ser un iluso. Hasta el punto de decir que la única certeza es que no se puede estar seguro de nada, excepto de una cosa, ya sedimentada en nuestro lenguaje cotidiano, cuando para expresar la absoluta convicción sobre un evento o una persona, decimos que es “tan cierto como la muerte”. Entonces, para vivir uno se agarra a las certezas construidas por nuestro hacer, encerrándose en recintos de seguridad o fiándose de relatos colectivos.

Por otro lado, a pesar de la teoría, la incertidumbre siempre se ha impuesto como el verdadero mal de vivir en el paso del siglo XX al XXI. Es lo que el sociólogo Zygmunt Bauman describió con gran lucidez (por ejemplo en su ensayo ‘Miedo líquido’, Paidós 2006) como una percepción de nuestra impotencia y contingencia después del derrumbe de los diversos intentos modernos de sustituir a Dios como “señores” de nuestras vidas. Para exorcizar esta incertidumbre, los individuos se afanan de buena gana en protegerse de la sociedad y del Estado, pero es una expectativa que se ve cada vez más defraudada y que acaba arrojada sobre nuestros hombros, expuestos ya a tener que afrontar inermes los imprevistos de la vida.

La distancia entre certeza y verdad

Costantino Esposito | 0 comentarios valoración: 2  31 votos

Contagios en Perú a pesar de una estricta cuarentena

Arturo Illia

En el que parece destinado a ser el nuevo centro de la pandemia del Covid-19, América Latina, llama muchísimo la atención el caso de Perú. El país andino ocupa actualmente el segundo lugar entre los países contagiados del continente, con más de doscientos mil casos registrados y cinco mil muertes, pero también cien mil curaciones (dato importante para presentar un contexto real del fenómeno).

Pero lo que llama la atención a los observadores es el hecho de que mientras que en Brasil (líder de esta trágica situación) el gobierno de Bolsonaro, al menos inicialmente (pero también después con sucesivas demostraciones teatrales de su presidente), no tomó medidas de prevención, en Perú, en cuanto llegó el virus fue “recibido” con una de las cuarentenas más estrictas de toda América Latina, solo superada por la de Argentina. Pero la firme estrategia del presidente Martín Vizcarra ha servido de muy poco, viendo los números. Más que emergencia se ha definido como catástrofe sanitaria, que ha puesto a todo el sistema al límite de su capacidad, con una ocupación de más del 80% de las camas disponibles. Tal vez sea un poco exagerado el término utilizado por los medios locales, en comparación con las cifras de los sistemas sanitarios de otros países, europeos incluidos, pero refleja muy bien el pánico que se ha generado en todo Perú.

Su historia reciente está dominada por las catastróficas consecuencias políticas del escándalo Odebrecht, empresa de construcción brasileña y caso de corrupción que ha implicado a los poderes de media América Latina y que en Brasil dio origen al denominado “Lava Jato”, en cuyas garras acabó el expresidente Lula y gran parte del mundo político del país. Odebrecht se comportó como un auténtico virus que en Perú no solo hizo estragos entre presidentes pasados y presentes (hasta cuatro), sino que fue la causa que llevó al suicidio del más conocido de ellos a nivel internacional (después de Balaude Therry, uno de los políticos más luminosos de la historia latinoamericana), Alan García, protagonista de dos presidencias de signo totalmente opuesto (algo que no es extraño en Sudamérica). Un verdadero huracán que increíblemente acompañó, a pesar de la crisis política que provocó, a un relanzamiento económico del país con cifras “chinas” que hacían inexplicable, al menos en un primer momento, la difusión del Covid.

Contagios en Perú a pesar de una estricta cuarentena

Arturo Illia | 0 comentarios valoración: 1  25 votos
>Entrevista a Vicente Lozano

"El ingreso mínimo vital se ha planteado correctamente, no es el PER"

Juan Carlos Hernández

Analizamos con Vicente Lozano la actualidad política marcada por la crisis del COVID-19. Lozano lamenta que tanto el Gobierno como la oposición no hayan sido capaces de ponerse de acuerdo ni de luchar conjuntamente para afrontar esta crisis.

¿Cómo valora la gestión del gobierno frente a esta pandemia?

Me ha parecido confusa y voluble, pero hay que tener en cuenta que ha sido una situación absolutamente nueva y que nadie estaba preparado para esto. A partir de ahí el Gobierno ha dado muchos bandazos, no se ha sabido explicar bien y el resultado no ha sido bueno, porque somos uno de los países con más fallecidos por millón de habitantes. Otro asunto muy grave es el alto índice de personal sanitario contagiado, que también es un dato que proporcionalmente es muy alto. Y luego está la gestión de las residencias que tampoco se ha hecho bien. Pero hay que partir de la premisa de que era complicado y que a todos nos ha pillado poco preparados.

Hemos llegado a esta situación con un Ministerio de Sanidad sin apenas competencias al estar descentralizadas. ¿Con un sistema descentralizado, que también tiene sus bondades, se puede afrontar un problema global de esta índole?

En condiciones normales puede ser positivo que las competencias estén descentralizadas pero en una situación como esta no es conveniente. De hecho, lo primero que se hace en el estado de alarma es recentralizar. Si no las competencias, al menos el mando lo tenía el Ministerio de Sanidad. Y eso significa que en situaciones de emergencia el sistema autonómico no está preparado.

“Ni Gobierno ni oposición han sido capaces de luchar juntos”

La oposición tampoco parece generar una propuesta positiva.

Nos ha tocado esta pandemia, que es la mayor crisis sanitaria y económica que hemos tenido en los últimos tiempos, con los peores políticos en el Gobierno y en la oposición desde la transición. Cualquier politólogo o analista lo dirá. No han sido capaces de ponerse de acuerdo ni de luchar conjuntamente. Ni el Gobierno para proponer en serio ni desde la oposición para plantear al Gobierno algún tipo de ayuda.

Ha habido algún caso de políticos de diferentes partidos reconociéndose en una preocupación común como en el Ayuntamiento de Madrid y que sí han sido capaces de llegar a acuerdos.

Ha pasado en alguna Comunidad Autónoma como Castilla y León y en el Ayuntamiento de Madrid entre otros, pero al final son pequeñas islas en el maremágnum de la crispación. Lo hemos visto en el último debate de prolongación del estado de alarma, donde ya se llega a los insultos personales. De ahí no se puede sacar nada. Y eso es porque no hay altura política.

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"El ingreso mínimo vital se ha planteado correctamente, no es el PER"

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 1  25 votos

La descalificación de la realidad

Juan Carlos Hernández

“Un ‘idealismo’ se ha deslizado en las mentes europeas desde el siglo XVIII y no ha hecho más que crecer desde entonces, consistente en suponer que la realidad debe ajustarse a ciertos deseos del hombre, y si no es así hay que declararla mala e inaceptable. La descalificación de la realidad es un rasgo constante de los últimos dos siglos […] La dificultad ha sido el elemento natural del hombre, y por supuesto lo sigue siendo, aunque se haya ido paliando a costa de tremendos esfuerzos creadores […] Esto lo sabía muy bien el hombre de otras épocas. Las penalidades de todo tipo, las fatigas, los sufrimientos, nada de eso era objeción contra la real grandeza que veían por todas partes, y que significaba una increíble dilatación de su horizonte vital”.

Quien escribe esto es Julián Marías en su memorable ‘La España inteligible’ (Ed. Alianza). Y me ha parecido un comentario muy oportuno para los tiempos que corren. Habíamos pensado que teníamos “derecho” a una sanidad, a una educación, a un nivel de vida… extraordinarios y se nos había olvidado que en buena parte son dones recibidos y que lo que hemos recibido tenemos que volver a ganárnoslo.

Tengo la sensación de que toda la “judicialización” de la vida política y nuestro enfado ante el desafío que ha supuesto esta pandemia tiene en parte que ver con nuestra resistencia a aceptar esta dificultad de la vida como elemento natural en la vida del hombre que decía el gran filósofo español.

Una cosa es que la gestión de la crisis no haya sido buena, en el fondo ninguno estábamos preparados, otra cosa es que no somos todopoderosos. Hay que ser cuidadoso y separar la responsabilidad política de la responsabilidad judicial.

Si este fuera el punto y final de este artículo podría sonar a un pensamiento escéptico sobre nuestra condición humana. Sin embargo, ahora que este virus de ARN ha mortificado nuestra existencia y nuestra “calidad de vida” conviene recordar las palabras del Papa Francisco el Domingo de Ramos: “Mirad a los verdaderos héroes que salen a la luz en estos días. No son los que tienen fama, dinero y éxito, sino son los que se dan a sí mismos para servir a los demás”.

Ahora que han empezado nuevamente las ligas, ¿queremos jugar el partido de la realidad?

La descalificación de la realidad

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 1  23 votos
>Editorial

Identidad y hechos, en conflicto

Fernando de Haro

Paradójico. Estados Unidos, Bélgica y el Reino Unido pertenecen al club de países occidentales más golpeados por el COVID. La realidad de la pandemia ha irrumpido con fuerza desbaratando, con su irreductibilidad, opiniones e interpretaciones. La objetividad de los muertos, los enfermos, los problemas del sistema sanitario y la crisis económica es difícil de diluir. Y ha sido en estos países en los que con más furia ha prendido la guerra de las estatuas. Rueda por el suelo Colón, Leopoldo II, o Churchill. La lucha contra el racismo, siempre necesaria, exige ahora derribar la memoria de piedra. Y la emprende con figuras tan absolutamente dispares y lejanas entre sí como el descubridor de América y un monarca belga responsable de las mayores atrocidades del colonialismo contemporáneo. Cuando un hecho biológico se ha impuesto de forma incontestable, algunos han sentido la necesidad de cancelar los hechos, personajes en este caso complejos, con la guillotina de un juicio anacrónico.

La guillotina que decapita estatuas está afilada en un catálogo de valores que pretende simplificar la complejidad de la historia. Colón no fue un santo, pero tampoco un genocida. Su descubrimiento y la posterior conquista de América están llenos de sombras pero generaron un fecundo mestizaje que inaugura la Edad Moderna y permite el desarrollo de los derechos humanos universales. Churchill era un británico a caballo del XIX y del XX, sabemos o sabíamos lo que eso significa. Pero sin él hubiera sido más difícil acabar con el racismo nazi.

La guerra de las estatuas, cuando no ha acabado la pandemia, posiblemente tiene que mucho que ver el conflicto tan propio de nuestro tiempo entre la identidad y los hechos. Tenemos una extraña facilidad para que sea la identidad (en este caso pensada y decidida al margen de la realidad) la que determine los hechos. Cuando lo normal y lo sano es lo contrario, que sean los hechos los que configuran la identidad. La lucidez, todavía no alcanzada en el terreno práctico, sobre la igualdad de todos los hombres (en realidad no hay razas) y lo abominable del racismo, se alcanza a través de un largo y complejo proceso histórico. Nuestra identidad de personas del siglo XXI, conscientes de que “Black Lives Matter” no surge por un ejercicio abstracto de ingenuo maniqueísmo.

Los hechos, con su tozudez, son los que nos configuran. Antes de la pandemia podíamos haber elegido una identidad antiglobalización, soberanista, partidaria del cierre de fronteras para los migrantes. Pero los hechos nos han mostrado que sin la mano de obra extranjera, que vive en nuestros países de forma irregular, nuestras economías no están en pie: no se pueden recoger las cosechas en el campo. Italia y Portugal han tenido que regularizar una buena cantidad de migrantes. Han sido menos en España, pero el país se ha dado cuenta de que sin los 700.000 irregulares con los que cuenta hay muchas cosas que no funcionan.

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Identidad y hechos, en conflicto

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Coronavirus y democracia. ¿Despuntará el modelo chino?

Claudio Fontana

Que lo que ha provocado el Covid-19 no es solo una crisis sanitaria ya es opinión general. Sin necesidad de jugar la carta del pesimismo fácil, podemos pensar en todo caso que el alcance (geo)político, social y económico de la crisis provocada por esta pandemia será incluso más grande y duradera que la crisis sanitaria. Ahora escribirlo es fácil. Venimos de meses de limitación de ciertas libertades fundamentales, hemos asistido al derrumbe de los precios del petróleo, el WTI ha llegado incluso a explorar territorios negativos (aunque la principal causa de esto no es el coronavirus) y se han leído estimaciones de recesión de dos cifras, como un 18% en Italia, 15% en España, 10% en Francia y 8% en Alemania (datos de Capital Economics, citados por el Washington Post). Sin olvidar las previsiones de deuda pública y unos datos devastadores para el empleo. Era menos fácil hacerlo en la llamada fase 1, cuando intentábamos comprender el significado de los datos que se nos iban comunicando en ruedas de prensa diarias. Sin embargo, algunos de los observadores más agudos ya sugerían que empezáramos a mirar a la luna (las crisis que se avecinan, los cambios en todos los niveles) más que a nuestro dedo (la crisis sanitaria).

Entre ellos destaca el historiador israelí Yuval Noah Harari, autor entre otros del bestseller ‘Sapiens. De animales a dioses. Breve historia de la humanidad’, en un largo artículo publicado en el Financial Times.

Harari considera que las decisiones tomadas estos meses determinarán la semblanza del mundo para los años venideros. Pesa sobre él el ejemplo del estado de emergencia declarado por Israel durante la guerra de 1948 y aún en vigor. En la misma línea, Marjorie Buchser ha señalado que las novedades introducidas en estos tiempos de emergencia carecen de pesos y contrapesos adecuados, y tienden a permanecer en vigor incluso con la curva aplanada.

Ahí reside justamente la naturaleza de las emergencias. Aceleran los procesos históricos, como señala Richard Haass en Foreign Affairs, acortando el tiempo que normalmente sería necesario para tomar decisiones importantes como, por ejemplo, la oportunidad de trazar los desplazamientos de los ciudadanos. Decisiones que habría que valorar con más cuidado aún actualmente, en un momento en que la tecnología, nos recuerda Harari, hace posible un modelo de vigilancia totalmente distinto al de los años de la guerra fría, cuando, basándose en la acción de personas físicas, era imposible monitorizar a casi toda la población como hoy podemos imaginar que se puede hacer mediante cámaras y aplicaciones.

Coronavirus y democracia. ¿Despuntará el modelo chino?

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Lo que responde a la impotencia no será una muestra de poder sino una presencia

José Medina

Un profundo grito humano atraviesa nuestras ciudades. Una vez más, hombres y mujeres negros temen ser asesinados indiscriminadamente a manos de aquellos que deberían protegerlos y servirles. Y se sienten impotentes.

En una columna de opinión publicada en Los Angeles Times, Kareem Abdul-Jabbar lo expresaba así: “Lo que debemos ver al contemplar a los manifestantes negros de la era de Trump y del coronavirus es gente que se encuentra al límite, no porque quieran que abran los bares y los salones de cosmética sino porque quieren vivir. Respirar”.

Todos nosotros nos sentimos impotentes.

Una manera habitual de desahogar esa impotencia es identificar a un enemigo e idear formas para llegar a someterlo. Saltar al campo de batalla es una manera de restaurar una cierta sensación de poder. Al no estar en primera línea, podemos sentir ese poder tuiteando o simplemente comentando los males de nuestra sociedad.

Pero eso no responde adecuadamente al grito de los que protestan en las calles. La humillación pública que siguió al video viral con la reacción de Amy Cooper ante Christian Cooper, un hombre negro en Central Park, no ayuda a erradicar el racismo.

Martin Luther King Jr. dijo una vez que podríamos matar al asesino pero nunca podremos asesinar al odio que lleva a matar. Quien piense que eliminando a la persona racista que comete violencia derrotaremos al racismo está ignorando un hecho innegable: todos deseamos vivir, y todos somos violentos, y hasta racistas.

Como decía King, “algo dentro de nosotros nos lleva a gritar con Goethe que hay suficientes cosas en mí para hacerme ser caballero y pícaro”.

Todos deseamos vivir, ser amados. Y ese deseo tampoco es ajeno al agente de policía que mató a George Floyd. Y todos somos violentos, con aquellos a los que no conocemos, e incluso con aquellos a los que amamos.

Para ser sinceros, podemos reconocer en nosotros mismos a esa mujer de Central Park, al policía y al saqueador. Asoma en nuestras publicaciones en Facebook e Instagram, aunque salimos indemnes porque nadie lo grabó.

Al margen de nuestro estatus social, raza o religión, a pesar de lo que hayamos hecho o seamos capaces de hacer, todos compartimos ese grito de la calle. Queremos vivir, y no sabemos cómo. ¿Qué puede responder a este grito tan humano?

En 2017, Richard Preston, por aquel entonces ‘mago imperial’ de la sección de Maryland del Ku Klux Klan, disparó contra un hombre negro durante unas manifestaciones de protesta en Charlottesville, Virginia. En lugar de condenar al ostracismo a Preston, Daryl Davis, otro hombre negro, decidió hacerse amigo suyo, y de otros muchos miembros del ‘klan’.

Un año después, la prometida de Preston invitó a Davis a acompañarla en su boda de camino al altar. Al igual que King, Davis cree que solo el amor tiene el poder redentor de transformar a hombres y mujeres, por muy recalcitrantes que puedan ser sus intenciones. Su acción evoca estas palabras de King: “La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad. El odio no puede expulsar al odio; solo el amor puede hacerlo”.

Davis ha tenido que enfrentarse a mucho escepticismo. Muchos creen que su postura no es adecuada para afrontar los problemas endémicos que sufre nuestra sociedad.

Lo que responde a la impotencia no será una muestra de poder sino una presencia

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>CULTURA

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón | 522 comentarios valoración: 2  4249 votos

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