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19 FEBRERO 2020
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Reforma constitucional rusa. ¿Cuánta prisa tiene el Kremlin?

Anna Kondratova

La tarde del pasado 15 de enero, después de que en su discurso anual a las cámaras Putin propusiera una amplia reforma constitucional, los acontecimientos tomaron un ritmo frenético. En cuestión de minutos, el gobierno Medvedev dimitió para permitir al presidente “lanzar la reforma, que –señaló el primer ministro saliente– producirá cambios significativos en el equilibrio entre poderes”. La mañana siguiente tomaba posesión en su despacho el nuevo premier, el exjefe de la Agencia Federal de impuestos Mikhail Mishustin.

Probablemente Medvedev y sus colaboradores se pasaron la noche vaciando escritorios y armarios de papeles y efectos personales para permitir una sucesión tan fulminante, al igual que el resto de ministros. ¿Cómo explicar tanta prisa dentro de un sistema de gobierno donde las cosas parece que no cambian nunca?

El fin último de las reformas constitucionales anunciadas es evidente: hay que resolver el “problema 2024”, es decir, cómo conservar el poder de Vladimir Putin, que al término de su mandato presidencial ya no tendrá posibilidad de reelección. Con este objetivo, la maquinaria estatal lleva tiempo trabajando. Lo anunciado el 15 de enero probablemente sea la “solución B”, a la que el Kremlin no pensaba tener que llegar hasta el último momento. La “solución A” era la creación de un nuevo Estado integrado, constituido por Rusia y Bielorrusia, que reforzaría el “mundo ruso”, cada vez en una mayor crisis y sobre todo permitirá volver a empezar el juego desde cero. La presión del Kremlin sobre Bielorrusia hasta primeros de año ha sido considerable, sirviéndose incluso de varias armas, propuestas más o menos tentadoras de unión y hasta chantajes con el gas y el petróleo.

Pero Putin hizo sus cuentas sin contar con Lukashenko. El “padre” de la nación bielorrusa se resistió y defendió encarecidamente la independencia del país, diciendo alto y claro que, después de Ucrania, Rusia quería meter sus manos en Bielorrusia pero que su país solo estaba dispuesto a llegar a acuerdos y alianzas a cambio de que no haya “anexión” y cada uno permanezca en su casa. A menos que –propuso el 24 de diciembre– Rusia decida entrar a formar parte de Bielorrusia. En otros términos, tanto las propuestas como las amenazas de represalias han sido igualmente ignoradas. No quiera Dios que, resuelta la cuestión de la continuidad en el poder, dentro de un tiempo Putin no decida vengarse de la escasa colaboración de Lukashenko recreando en Bielorrusia alguno de los escenarios ucranianos…

Pasamos así al plan B. Que tenía que realizarse deprisa, porque había que poner punto final a las reformas constitucionales antes del 5 de septiembre de este año. De hecho, en septiembre de 2021 están previstas las elecciones parlamentarias, y por ley no es posible meter mano a la Constitución en el arco de los doce meses previos. En consecuencia, Putin y sus hombres tenían esta fecha tope y el nuevo gobierno tendrá que mantener caliente la situación política dentro y fuera del país.

Reforma constitucional rusa. ¿Cuánta prisa tiene el Kremlin?

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"Los hijos no pertenecen a los padres" o de la ironía de una frase

Guadalupe Arbona Abascal

17 de enero de 2020. Estreno de gobierno y año. Nuestra ministra de Educación, la señora Celaá, decía: «No podemos pensar de ninguna de las maneras que los hijos pertenecen a los padres». Probablemente era una expresión que quería provocar y, si esa fue su intención, la responsable gubernamental dio en la diana de la dolorosa polarización española. Una parte de la sociedad se congratuló: por fin los chicos y chicas españolas podrán tener una educación estatal, lo que incluye una educación afectivo-sexual determinada, todos pensarán y sentirán de manera correcta. Mientras la otra parte alzaba la voz para decir que hay ciertos temas cuya enseñanza solo le compete a la familia y que si no es así, es lícito retirar a los estudiantes de ciertas lecciones y evitarles el adoctrinamiento. La discusión se resumía en la triste alternativa: o los hijos son del Estado o son de los padres. Se daba por supuesto qué cosa sean los hijos.

¿Era lo que pretendía la ministra? Probablemente, pero lo que no supo es que la frase contenía mucho más. Es la fuerza de las palabras que a veces traen la realidad sin mediaciones. De hecho, sé de más de uno que pensó que esa frase era el inicio de una posible conversación sobre lo que es un hijo. La frase de la ministra podía, ironías del destino, despertar una pregunta interesante y necesaria. Y debo decir que yo me la hice: ¿me pertenecen mis hijos? Es la primera pregunta que me asaltó. Además y muy ligada a esta, me hacía otras dos: ¿qué significa ser hijo? y ¿qué es lo más precioso en nuestros hijos?

"Los hijos no pertenecen a los padres" o de la ironía de una frase

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En el impeachment contra Trump, primero las reglas

Riro Maniscalco

Empecemos por situarnos en medio del procedimiento contra el presidente Trump, un auténtico “proceso”. Pero no se trata solo de un proceso ordinario sino un itinerario judicial que los Estados Unidos, en su relativamente joven historia, ha experimentado dos veces, con Andrew Johnson (1868) y Bill Clinton (1998). Las reglas del juego en un desafío como este cuentan bastante: el tiempo que se dé a las partes para presentar sus tesis y pruebas, la autorización de citas a testigos. Toda una complejidad de situaciones y personajes que presentan su historia, desde los “House Managers”, es decir, la acusación demócrata, a los defensores de la Casa Blanca, guiados por Kenneth Starr, que puso a punto el informe que determinó el impeachment de Clinton, o el juez John Roberts, que preside el proceso y el Tribunal Supremo. Todo ello delante de cien senadores, 53 republicanos, 45 demócratas y dos independientes. ¿Será solo la razón de partido la que dicte el voto? Si así fuera, las cifras ya nos darían el veredicto antes de empezar. Pero quién sabe lo que puede pasar.

Para empezar, la primera sorpresa ha llegado en el terreno minado de la admisión de testigos, una de las grandes reglas del juego. Ya hemos escuchado muchos falsos testimonios antes pero últimamente han aparecido grabaciones, declaraciones, documentos que serían relevantes para la acusación. Dados los números, se podría esperar un rechazo total de la cuestión, un no rotundo de los 53 senadores republicanos a la admisión de ciertos testigos. Además, el portavoz del Senado, Mitch McConnell, responsable de guiar la creación de las “reglas del juego”, es un defensor declarado de la tesis republicana según la cual Trump no ha “abusado” sino que sencillamente ha “usado” el poder. Poder del que ha sido investido mediante un proceso democrático de elecciones, es decir, popular porque aquí al presidente lo vota la gente, “don’t forget that”. Inesperadamente, todos los senadores, es decir, literalmente cien sobre cien, acordaron no deliberar sobre la cuestión y decidieron esperar la presentación de las tesis, de defensa y de acusación, antes de decidir sobre la admisión de nuevos testigos. En otras palabras, escuchemos a las partes y luego razonemos sobre ello. Extraña aparición de un criterio distinto del de la pertenencia partidista.

Entonces, ¿todos contentos? Nada de eso. Al presidente y a los hombres de la Casa Blanca no les ha gustado nada. ¿Por qué? Sencillo. Que la gran batalla campal del impeachment comience con un respetuoso intento de encontrar reglas comunes no es para nada una buena señal para quien confía en el partidismo que, con los números en la mano, garantizaría una absolución total y allanaría el camino de cara a una posible reelección.

Pero estoy convencido de que a Trump no le preocupa en absoluto. Se puede lugar por ser el presidente de todos o del 51% de la nación. Él ya tomó su decisión cuando se metió en política. ¡Y que Dios bendiga a América!

En el impeachment contra Trump, primero las reglas

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>Editorial

Sin apearnos del bus amarillo

Fernando de Haro

Tras la pausa navideña, los autobuses amarillos que llevan a los niños a los colegios han vuelto a rodar por las calles de los pueblos y de las ciudades estadounidenses. Algunos no los necesitan porque pueden llegar a clase caminando o porque un familiar los acerca. Pero hay dos millones que no toman el autobús amarillo porque su escuela es su casa. El fenómeno del homeschooling, que comenzó en los Estados Unidos en los años 60, es el método utilizado ya para formar a más de dos millones de personas. Las tasas de crecimiento anuales son altas. Hace 50 años el homeschooling era una expresión de contracultura. Pero cuando en los 70 el Tribunal Supremo decidió eliminar la oración en las escuelas públicas, algunas comunidades cristianas apostaron por la fórmula. Un diez por ciento de los hijos de evangélicos, según algunas estimaciones, forma a sus hijos en el salón. Parecen buscar una opción que aleje a los niños de los peligros de la enseñanza que es para todos. Para salvar la fe, para cultivarla, mejor evitar peligros. Pero la motivación religiosa no es la única, también hay quien prefiere la escuela en casa porque así evita el acoso y un ambiente muy agresivo. Casi desde hace cinco décadas se discute sobre las consecuencias socio-emocionales de la escuela en casa, en la que el ámbito de las relaciones se reduce. Se debate sobre la conveniencia de favorecer opciones que “protegen” la transmisión de los valores en los que se quiere educar. O, por el contrario, la conveniencia de que los chicos verifiquen las hipótesis que les ha ofrecido la familia en un ambiente plural o incluso abiertamente hostil.

El homeschooling ha sido utilizado por parte de la nueva derecha estadounidense como una bandera. Y así Grover Norquist ha defendido que su “ciudadano ideal es un trabajador autoempleado, formado por el homeschooling, con un permiso de portar armas. Esta persona no necesita ningún maldito Gobierno”. Es evidente que las expresiones de Norquist pertenecen a un anarquismo de derechas extremo. El homeschooling, aunque sea invocado por estos radicales, no está bien representado por sus posiciones. No implica necesariamente un desprecio absoluto por el Gobierno o por el Estado, pero sí conecta con un rechazo muy propio de cierta tradición estadounidense solitaria. Una cierta tradición que no acierta a reconocerse en lo común y en unos contenidos educativos y políticos que sean compartibles por todos. La describía ya Tocqueville en su época con unas palabras que podrían haber sido escritas hoy: “veo una multitud de gente formada por hombres iguales y similares (…) viviendo aparte, como extranjeros los unos de los otros. Sus hijos y amigos son para ellos toda la raza humana. Existen para ellos mismos, están solos. Pueden tener todavía una familia, pero ya no tienen un país”.

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Sin apearnos del bus amarillo

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Género de violencia

Alfonso Calavia

El domingo amanecimos con un presunto nuevo caso de violencia de género. Un mosso habría matado a su ex pareja en Terrassa. Todos los informativos abrirán con manifestaciones en las calles y declaraciones de políticos: “Ni una más”, “Debemos destinar más dinero para evitar la violencia machista”, “Firmeza ante el horror”. Volveremos a escuchar seguramente los cánticos y bailes provenientes de Chile… “El violador eres tú y la culpa no era mía”. Paréntesis, ya se puede disfrutar de su formato remix en las discotecas de medio planeta. Hay vídeos rulando por ahí con cientos de miles de visitas en los que se puede ver a hombres y mujeres moviendo sus esqueletos al son de esta canción. Cierro paréntesis. Palabras y bailes, vídeos y canciones que se quedan a la orilla del gran problema, que desaparecen antes de llegar al ‘quid’ de la cuestión, ni siquiera lo rozan. Creo sinceramente que deberíamos profundizar en la naturaleza del problema para poder proponer soluciones más pertinentes que las descritas hasta ahora.

El PSOE quiere mejorar la atención a las denunciantes y reformar el Código Penal, cosa que está muy bien; el PP habla de prisión permanente revisable y más policías para proteger a las víctimas, fenomenal; Podemos asegura autonomía económica a las víctimas y por supuesto cambiar la definición de ‘violencia machista’, impresionante… Ciudadanos piensa en una nueva ley para prevenir, asistir y proteger a las mujeres y VOX en derogar la Ley de Violencia de Género al considerarla “pura ideología de izquierdas”. ¿Y la educación? ¿De verdad nadie piensa que el problema está en cómo nos relacionamos entre nosotros desde bien pequeñitos? ¿Nadie se pregunta cuál es la verdadera semilla de la violencia? ¿Por qué insistimos en hablar de fondos públicos, leyes y números de teléfono a los que las víctimas pueden llamar? Supongo que es consecuencia de no mirar, por doloroso que sea, el origen. Como si fuéramos un paso por detrás, burros detrás de la zanahoria, el problema se va alejando según vivimos, y la solución… no hablemos de la solución… esa está ya en la Conchinchina.

Género de violencia

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De la oscuridad a la libertad

Giuseppe Frangi

Superado el quinto centenario de Leonardo, en este 2020 abordamos otro no menos fascinante: el de Rafael, muerto en Roma el 6 de abril de 1520. Murió joven, cuando solo tenía 37 años, lo que siempre ha favorecido una lectura muy idealizada de su figura, así como de su obra. Rafael se convirtió en el pintor de lo sublime, de la belleza entendida como culmen absoluto (el bello ideal) e inalcanzable. También hubo un Rafael conmovedor que alimentó la iconografía religiosa que se multiplicaba en millones y millones de imágenes, especialmente gracias a sus representaciones de la Madonna. Pero este centenario puede ser la ocasión de ensanchar la mirada sobre este genio del Renacimiento italiano.

Por ejemplo, Rafael fue un hombre con una extraordinaria capacidad de reinventar los procesos de la producción artística. Cuando, después del año 1510, se vio sometido a una presión creciente por los muchísimos encargos que recibía, organizó el primer taller verdaderamente moderno en sentido científico. Se instaló en el Palacio Caprini de Roma, donde puso a trabajar a decenas de artistas y ayudantes, con un mecanismo que le permitía tener bajo control el trabajo de todo el taller, por el que pasaron todos los personajes más importantes de Roma y no solo. En el proceso productivo, el dibujo asumió una función fundamental como transmisión de ideas y proyectos a su equipo. Como escribió John Shearman, el historiador que más ha revolucionado los estudios sobre Rafael, en aquel taller se daba “una transferencia de esfuerzos que en la tecnología moderna describiríamos como una retirada de recursos de la producción para invertirlos en investigación y desarrollo”. Fue una decisión estratégica que permitió a Rafael gestionar al mismo tiempo trabajos muy complejos, a veces incluso sin participar personalmente en la fase final. Por ejemplo, en 1514 se hizo cargo también de la gigantesca fábrica de San Pedro.

Era muy metódico pero también fue un gran experimentador, a pesar de una imagen que le ha convertido en el artista de las “reglas y teorías”. Siempre dispuesto a poner en juego sus certezas y técnicas, como han comprobado los restauradores que recientemente han trabajado en las Estancias Vaticanas. En la maravillosa escena de la liberación de Pedro de la cárcel, han notado con estupor que Rafael recurrió al “esmalte con lima”, una técnica experimental muy arriesgada porque, si no se calibra bien la mezcla con agua, una vez enjugada puede llegar a tapar la pintura. Pero Rafael corrió el riesgo para mostrar, como un auténtico moderno, la humedad de la noche romana bajo una luna surcada de nubes. Esa misma noche pinta el Ángel fulgurante de luz que guía a Pedro, quien emerge de la oscuridad hacia la libertad. En la restauración han visto claramente un detalle maravilloso: la mano de Pedro sobrepasa la cortina de luz para entrelazarse con la del Ángel. Y la cortina de rayos de luz se rompe para abrir esta brecha.

Un detalle de humanidad sencilla e imponente a la vez. Un genio como Rafael visto en los pliegues de su quehacer que muestra otra dimensión distinta pero igualmente genial…

De la oscuridad a la libertad

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El camino a las elecciones en Venezuela puede pasar por Argentina

Arturo Illia

Los últimos acontecimientos en Venezuela han resonado en toda América Latina, generando una profunda incertidumbre frente al futuro de todo el conteniente. El retorno de Guaidó a la presidencia ad interim de la Asamblea Nacional después de la farsa interpretada por Maduro para intentar apropiarse de una institución donde sigue siendo minoría le ha reforzado, dejando en ridículo al dictador que, aunque sigue gozando del apoyo de gran parte de las fuerzas armadas, empieza a mostrar profundas grietas a nivel institucional y político. Es evidente que un régimen como el de Caracas solo puede mantenerse con vida mediante la fuerza, elemento que últimamente ha disuadido a la población de manifestarse intensamente como hacía no hace tanto tiempo. Pero esa fuerza se mantiene porque un cambio eventual en los vértices del poder significaría para los militares que le apoyan la pérdida de jugosas comisiones tanto en el control del estado como en el narcotráfico, que sigue representando un poder oculto, aunque no demasiado.

¿Qué cambio podría permitir a Venezuela volver a la democracia? Es una pregunta muy difícil de responder porque los intereses económicos mantienen la solidez de la dictadura, ¿pero hasta cuándo? Porque en efecto, después de este paso, una economía ya destruida en todos los sentidos, con una inflación tan fuerte que hace que resulte aleatorio difundir las cifras, precipitaría al país en un caos total… y con ello en un bonito problema para una Rusia que, aun exprimiendo las riquezas venezolanas hasta la última gota, nunca podría sostener una normalización (ni siquiera tiene todos los medios para provocarla), debido al efecto del embargo internacional que todavía sufre Venezuela.

Entonces volvería a hacerse necesario una negociación para gestionar los cambios de poder precisos, movimientos que podrían partir de México, Uruguay y Argentina, países no alineados en el embargo, también político, impuesto por las condenas no solo de la ONU sino también de la OEA (Organización de Estados Americanos), confirmadas recientemente por el golpe fallido de Maduro. Especialmente Argentina, después del retorno del peronismo kirchnerista al poder (con medidas económicas que hacen palidecer frente a las del anterior gobierno de Macri y que han golpeado duramente a la clase media y a todo el sector productivo del país), necesita urgentemente a EE.UU para resolver al menos la reestructuración de su deuda con el FMI. Para obtener ese apoyo, debe inventarse algo, así que ahí está la propuesta (ya no tan velada) de encargarse de una intermediación que pueda llevar al tan esperado cambio democrático venezolano.

Aunque Alberto Fernández, el flamante presidente argentino, condenó los hechos de los últimos días, se abstuvo de confirmar la postura de la OEA y, como guinda del pastel, depuso a la embajadora de Buenos Aires que Macri en cambio había reconocido, Elisa Trotta, nombrada por Guaidó. Una política ambigua, por tanto, pero también un pasaporte para poder dialogar con Maduro sobre un eventual retiro a Santo Domingo (donde posee una propiedad fabulosa) y convencer a los líderes militares que lo rodean con una carta de amnistía general. Provocando así un recambio que con el tiempo pueda llegar a las tan ansiadas elecciones.

El camino a las elecciones en Venezuela puede pasar por Argentina

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Florencia, ¿una separación entre la cultura y la vida?

Antonio R. Rubio Plo

Hay ciudades que solo se pueden plantear como ciudades-museo, externamente atrapadas en el tiempo. Son lugares rebosantes de historia que son atravesados por multitudes de turistas, no pocas veces sin detenerse a mirar pausadamente. Dan la impresión de que son nómadas que no van a ninguna parte, aunque tengan marcado un itinerario, y que suelen aliviar la fatiga de sus ojos con compras y comidas. Cuando se publica un nuevo libro sobre alguna de estas ciudades, y siempre que no pretenda ser una guía, suelo fijarme en lo que el autor tiene que contarnos de sus vivencias personales, más allá de este tiempo líquido y emocional plasmado en las imágenes captadas por el teléfono móvil, donde finalmente reposarán en el olvido.

Por eso hay que aplaudir un libro original, Contra Florencia (La línea del horizonte), de Mario Colleoni, un acreditado historiador del arte que sabe mucho de las bellezas del Renacimiento italiano. Es una pequeña colección de retazos de la historia de Florencia que busca atrapar al lector. De este libro se saca la conclusión de que saber relacionar es aspirar a saber más, y no cualquier cosa sino el saber en función de la belleza. En una de las historias de este libro conocemos, por ejemplo, a alguien que quiso inútilmente atrapar la belleza, como Vincenzo Peruggia, el hombre que robó en 1913 la Gioconda del museo del Louvre y la llevó a Florencia. Pensó que la estaba devolviendo a Italia de donde supuestamente Napoleón la había expoliado, y de paso pretendía poner fin a sus dificultades económicas. Su razonamiento era falso, pues Leonardo regaló al rey Francisco I esta obra, pero al menos Peruggia tuvo la satisfacción de contemplar a solas una sonrisa de memoria inmortal.

Contra Florencia es un libro de reposada lectura. Es lo más extraño a una guía, pues está salpicada de acontecimientos y reflexiones de un autor que ha hecho de Florencia su segunda casa. Colleoni deambula por las calles de Florencia, a la interminable búsqueda del auténtico pasado, muchas veces oculto en un presente que mira a todas partes y no ve nada de lo esencial. Hay muchos pequeños detalles, en los que se mezclan cultura y hechos religiosos, insertos en esa imprecisa frontera que separa en Italia la Edad Media del Renacimiento. En realidad, el autor no separa la cultura de la vida. No separarlas es útil para superar el cansancio del turista incapaz de incorporar la belleza a sus vivencias del día. La curiosidad y el dato se pegan a su piel, pero no son capaces de introducirse en su alma.

Colleoni recorre con minuciosidad los palacios florentinos, pero no se olvida de los refectorios de los conventos, soberbia manifestación de la vida, el arte y la religión, y describe con precisión la estética, diferente y opuesta, de artistas tan influyentes como Brunelleschi y Ghiberti. Sin embargo, huye al mismo tiempo del descriptivismo, algo que pueda considerarse en un defecto en algunos profesores de arte, capaces de hacer el más completo inventario y no percibir la más mínima estética. La belleza siempre ha estado reñida con la catalogación. Me imagino que el autor estaría de acuerdo con este juicio.

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El pin parental y la necesidad de una experiencia elemental

Javier Folgado

Una nueva polémica, y no será la última, es la que ha surgido en los últimos días por el “pin parental”, una propuesta de Vox en algunas comunidades autónomas por la que los padres pueden “vetar” algunos contenidos especialmente sobre sexualidad, LGTBI y violencia de género.

Cada bando podría pensar que el otro es un malvado (que los habrá) y reducir el debate a las “trincheras ideológicas” pero me parece que este tipo de polémicas son consecuencia principalmente de las “fricciones” de una sociedad plural. La lucha no es entre buenos y malos sino entre hombres que se han emancipado de Dios y otros donde es una presencia que permite afrontar la vida de un modo novedoso. Es cierto, que en las declaraciones de la ministra Celaá (“no podemos pensar que los hijos pertenecen a los padres”, ha afirmado) se observan tics totalitarios. Pero no debemos olvidar que la polémica por el “pin parental” es una expresión más de una sociedad donde una vez descartada la hipótesis del cristianismo ciertas evidencias y juicios se han desvanecido. Aquellos que ya no viven de esta hipótesis buscan vivir como creen que es mejor y en esta búsqueda de nuevos derechos buscan cumplir sus expectativas. No podemos dar por supuesto que muchos planteamientos acerca del final de la vida, la sexualidad... sean compartidos por la sociedad sin la gracia. Lo observaba agudamente el catecismo. “Los preceptos de la ley natural no son percibidos por todos sin dificultad, con firme certeza y sin mezcla alguna de error. En la situación actual la gracias y la Revelación son necesarias al hombre pecador para que las verdades religiosas y morales sean reconocidas por todos y sin dificultad, con una firme certeza y sin mezcla de error”.

Es cierto que ante este desafío la objeción de conciencia podría ser una herramienta útil pero, sobre todo, es necesario que hablemos todos en un lenguaje donde nos podamos entender. ¿De dónde partir en esta sociedad plural como punto de encuentro?

Se puede enseñar a chicos de instituto los métodos anticonceptivos. De hecho, si van a tener relaciones promiscuas lo mejor es que los usen. Pero, ¿habrá algún profesor que les diga que no son una cosa de usar y tirar? ¿Existe un adulto que les diga que lo que buscan en la sexualidad, de un modo más o menos confuso, es un deseo de ser amados infinitamente? Que no son una vaca y un toro. ¿Tenemos algo más bello que mostrar que lo que ven en el colegio? ¿Este es el desafío al que nos enfrentamos los padres?

¿No forma parte de nuestra experiencia que una sexualidad vivida solamente como satisfacción de un placer deja un profundo vacío? O en positivo, ¿no forma parte de nuestra experiencia que la sexualidad cuando es vivida como donación gratuita al otro es una experiencia sublime?

En la experiencia elemental del ser humano, nos podemos entender todos: conservadores, progresistas, agnósticos, creyentes… Por tanto, hace falta testimoniar la belleza de lo que hemos encontrado. Los debates de estos días, y lo que nos queda de legislatura desde la trincheras ideológicas, son la trampa con la que Pedro Sánchez tiene todas las de ganar.

El pin parental y la necesidad de una experiencia elemental

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Los "dos" Papas y la crisis de autoridad en la Iglesia

Massimo Borghesi

El eco mundial provocado por la noticia de la publicación, por parte de Fayard, del libro “a cuatro manos” ‘Des profondeurs des nos coeurs’ (Desde lo más profundo de nuestros corazones) por parte del Papa emérito y el cardenal Sarah no solo se debe a su contenido –la confirmación del celibato de los curas como condición inderogable del sacerdocio– sino a su uso mediático pretendido por la parte eclesial contraria al papa Francisco. En estos años esa parte intenta utilizar por todos los modos posibles la figura de Benedicto XVI con el fin de contraponerlo al Papa actual. Sueñan con dividir a la Iglesia a nivel mundial de modo que puedan deslegitimar a Francisco y obligarlo a dimitir. Con su furor, no se dan cuenta de la tragedia, la desorientación y el escándalo que provocan, sembrando división, sospecha y acusaciones de herejía.

Una patología religiosa recorre la Iglesia y las víctimas son, sobre todo, los fieles sencillos a los que suelen pillar desprevenidos y se ven implicados en las oscuras tramas de poder que mueven los hilos tras motivaciones de aparente celo religioso. A la derecha del mundo no le gusta el Papa “argentino”, latinoamericano. A nivel social, lo considera demasiado situado a la izquierda, y por tanto no operativo ante los ejes de poder que modifican sensiblemente la realidad actual.

Pero para deslegitimar a un Papa no basta con atacarlo en el terreno político. Hace falta insinuar la duda religiosa, y ahí es donde entran en juego las diatribas teológicas, los grupos de presión, el activismo de los medios que lanzan obsesivamente acusaciones de herejía. Un Papa avanzado socialmente no puede dejar de ser progresista-modernista en el terreno doctrinal. Y así se crea la leyenda: el Papa buenista es una criatura de Soros, del “amo del mundo” vaticinado por Robert Hugh Benson, cuyo objetivo oculto es la disolución de la Iglesia desde dentro.

Delirios apocalípticos y profecías místicas se confunden en un imaginario según el cual la Iglesia y el mundo se acercan a su fin. La apocalíptica es la otra cara de un mundo oscuro que pide, con prepotencia, orden y seguridad, desorientado e iracundo ante un Papa que pide derribar bastiones y no tener miedo.

Así, la anti-Iglesia que se mueve contra Bergoglio busca sin cesar líderes que, tanto en el ámbito político como eclesial, puedan asumir la imagen del anti-Francisco. Desde Trump hasta Putin, de Orbán a Salvini, o los cardenales Burke, Müller, Sarah, el obispo Viganò, todo es un intento continuo de deslegitimar la obra del pontífice. Hasta el punto de que el pontificado de Bergoglio aparecerá ante los historiadores futuros como una constelación ininterrumpida de fases de retirada.

Esta estrategia de desgaste no tendría que la potencia que tiene si, durante estos años, no hubiera intentado por todos los medios involucrar inútilmente a la figura de Benedicto XVI. Para una parte del catolicismo conservador, la gran renuncia del papa Ratzinger fue un gesto “revolucionario”, imperdonable. “De la cruz no se baja”, decía violentamente el cardenal de Cracovia Stanisław Dziwisz. Ese mundo nunca perdonó a Benedicto su decisión.

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Indio americano o cachorro dálmata

Fernando de Haro

Tom Peters es un británico de 32 años que se ha paseado en las últimas semanas por los programas matutinos de televisión explicando que quiere ser un cachorro dálmata. Declara que le gustaría ser reconocido como el primer hombre transespecie, mezcla de humano y de perro. El caso parece el producto típico de un momento de crisis en los medios: las televisiones generalistas luchan con cualquier cosa contra la inexorable caída de audiencia en favor de pantallas y contenidos más segmentados. Las televisiones de siempre intentan evitar su declive con la industria de la nostalgia, la explotación del miedo y los relatos inverosímiles. En cualquier caso, Tom Peters insiste en que, desde hace años, al salir de su trabajo, vive como si fuera un perro, come golosinas para mascotas y pienso para animales. Asegura que lo hace para huir de una realidad que le resulta demasiado gravosa. Es fácil imaginarnos respondiendo a Tom con un largo discurso dedicado a la objetividad de su naturaleza y la belleza de la condición humana. Podríamos leerle el discurso de Pico de la Mirándola sobre la excelencia de la especie a la que pertenece. Pero seguramente no nos escucharía o diría que precisamente lo que está haciendo es responder a la invitación del gran humanista: ha elegido, y ha elegido no ser hombre. Toda esta conversación (no-conversación) sería fácil. Más difícil es comprender por qué Tom quiere ser perro. Más interesante es asumir, acompañar la soledad, el desconcierto, la inquietud que lleva a Tom a ponerse su disfraz canino.

Miguel Ángel Quintana Paz explicaba en un acertado artículo hace unos días lo que nos ocurre y por qué se dan casos como el de Tom. Quintana no es precisamente un tradicionalista que defienda la incuestionable evidencia objetiva de la naturaleza humana. Se dedica a los estudios de género. El filósofo ha dedicado buenas energías en defensa no de la ideología de género, que dice que no existe, pero sí de todos los valores culturales, variables, que junto al sexo determinan la personalidad. Quintana señala atinadamente que vivimos en una época de hiperindividualismo. Podría parecer que este término es contradictorio con el auge de los nacionalismos y de otros tipos de identidades de grupo. Quintana sostiene que son dos fenómenos confluyentes. “¿No vivimos una época en que cada vez más personas se sienten parte de una identidad común y ansían disolverse en ella? ¿No estamos ante un apogeo de los nacionalismos, ante un resurgir de los fundamentalismos religiosos, ante un empeño de todos por fundirse cada cual en su colectivo (las mujeres, los gais, los distintos grupos de inmigrantes, los negros, los pensionistas, los triscaidecáfobos) y olvidarnos allí de que yo soy yo?” –se pregunta el pensador–. Estamos ante “colectivos que elige el individuo: esa es la ironía de nuestros días”. Es lo que está pasando “con el fundamentalismo islámico: a menudo son jóvenes musulmanes los que optan por afiliarse a mezquitas más y más radicales, obedecer a imanes más y más integristas, alejándose así del islam más moderado de sus familias (o del que ellos mismos profesaban poco tiempo atrás). Es una decisión estrictamente individual. También en los nacionalismos podemos observar idéntico fenómeno. Pronto, con el transhumanismo, quizá podamos elegir incluso nuestra especie o en qué soporte (o bien un cuerpo de carne y hueso, o bien unos bits en un superordenador) preferimos vivir”.

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Esperando el #Me Too del islam

Fernando de Haro, Lahore

El comisario del servicio secreto militar me explica con mucho énfasis que en el islam no está permitido que el hombre lleve al descubierto la parte del cuerpo comprendida entre el ombligo y las rodillas. Lo hace levantándome la camiseta y tocándome las piernas. El clérigo de la madrasa (escuela coránica) donde sucede la escena mira al militar con satisfacción. La madrasa en la que hemos estado grabando hasta unos minutos es una de las históricas de Lahore, la capital del Punjab. En sus aulas, sentados en el suelo, con movimientos rítmicos, a gritos, los niños aprenden de memoria las suras del Corán. El interrogatorio del comisario, que nos obligará más tarde a abandonar precipitadamente Pakistán, demuestra quién manda en el país. Da igual que el primer ministro sea de un partido musulmán o un play boy populista. Quien rige los destinos de esta nación de más de 200 millones de habitantes, encrucijada de Asia, es la alianza entre islamismo y ejército que le dio su identidad. El comisario tiene que demostrar al clérigo que hace cumplir la interpretación más estricta del islam y el clérigo presta su apoyo al comisario. Hasta no hace mucho era frecuente en Lahore, la ciudad fronteriza con la India, que los hombres paseasen con pantalones cortos y zapatillas por sus parques. El avance del partido radical Tehreek-e-Labaik ha cambiado las costumbres. Islamismo sobre islamismo, sobre el de Ali Bhutto de los años 70, sobre el del general Zia de los años 80, sobre el islamismo que impulsó Estados Unidos para combatir en Afganistán a los talibanes.

Mientras escucho al comisario predicar se me viene a la cabeza el rostro de Sadaf, una niña de 12 años que horas antes acaba de contarme su historia. Sadaf usa un pañuelo que le cubre la cabeza, viste como una musulmana, o como una hindú. Muchos cristianos del Punjab no se distinguen por su ropa. Son el vivo retrato de lo que decía la carta a Diogneto. Sadaf tiene el rostro severo y la expresión tímida pero enseguida le sale el carácter. Sadaf me ha explicado que una compañera de clase le invitó el pasado mes de abril a pasar una tarde con ella. Después de resistirse durante un tiempo accedió. La invitación fue una trampa para que el hermano de su compañera, Sabtain, la raptara. A Sadaf la drogaron, la trasladaron a Faisalabad y allí Sabtain abusó de ella. Sadaf lo relata todo con aplomo, sin bajar la mirada. Después de la agresión sexual, recibió una instrucción rápida de nociones sobre el islam y fue forzada a convertirse. A la conversión forzada se unió un matrimonio también forzado con un expediente falso. Sadaf no quería ser musulmana y no quería ser una posesión de Sabtain. Así que en un nuevo traslado tuvo el coraje de saltar del autobús en el que viajaba. Huyó y pidió un móvil a una persona desconocida. Consiguió llamar a su padre que fue rápidamente a recogerla. Ahora ha vuelto a ser acogida en su familia. Sadaf, que ya no tiene la mirada de una niña, me explica que ella no quería dejar de ser cristiana.

Esperando el #Me Too del islam

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>Editorial

Convicciones sin realidad

Fernando de Haro

La miniserie Chernóbil de HBO ha hecho furor. Los cinco capítulos escritos por Craig Mazin y dirigidos por Johan Renck han ocupado el hueco dejado en la audiencia por Juego de Tronos. La pasión por lo sucedido en el reactor nuclear ha generado un extraño turismo de la catástrofe. Chernóbil es mucho más que un desastre nuclear. El accidente de 1986, la cadena de decisiones tomadas, la reacción del poder soviético, la respuesta de los científicos y de la población nos hablan del riesgo de la energía atómica, pero también de la fe y de la realidad, de una realidad negada, y de un pensamiento, de una creencia que construía/construye un sistema contra la experiencia.

Nos atrae la serie porque en estos tiempos de miedo y de incertidumbre refleja las consecuencias de un uso imprudente de la tecnología. Efectos que se prolongan en el tiempo más allá de lo que se puede imaginar. No es solo terror al átomo. La ficción da forma a ese fantasma de la sociedad del riesgo que llevamos en el alma y que puede tener mil maneras de concretarse. El temor está dentro de nosotros y sentimos cierta afinidad por los relatos que alimentan lo que el sociólogo Luhmann llamaba “la extravagante preocupación por las improbabilidades extremas”. Es improbable una invasión de migrantes, una muerte por epidemia generalizada, una violenta guerra en todo el planeta. Pero las distopías cinematográficas que insisten en mundos creados por sucesos de este tipo florecen. La afición que tenemos en este comienzo del siglo por las improbabilidades extremas de destrucción más que por las improbabilidades extremas de ser nos retrata.

Ha habidos algunas críticas que le han afeado a Chernóbil no haber reflejado de modo adecuado cómo funcionaba el poder soviético a mitad de los años 80. Probablemente no se le puede pedir a una serie capacidad suficiente para describir algo que era no solo un conflicto entre la verdad o la mentira, o entre los expertos y los burócratas. Los privilegios de las autoridades, la escasa estima por la vida humana y el abuso del Estado marcaron la reacción a la crisis. Pero el caso Chernóbil es más que todo eso. Es el momento en el que se hace evidente el choque entre la fe del hombre soviético y la realidad. Por eso es tan actual. Y por eso hay que volver a la lectura de Voces de Chernóbil. Con el imponente mosaico de testimonios que construye Svetlana Alexievich, en la que aparece la vida real, el amor, el sufrimiento de los que vivieron el accidente y de los que trabajaron cerca de la central, se comprende por qué, como dice uno de los protagonistas, lo ocurrido sirvió para “aprender a decir yo”.

El monólogo de Marat Filipovich, ex ingeniero del Instituto de Energía Nuclear, refleja el sistema de “doble verdad” en el que se vivía y que se parece, a pesar de que estamos en sociedades libres, al nuestro. El problema era la fe, una fe sin base alguna en la realidad.

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>Editorial

Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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>Columna derecha

>CULTURA

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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