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4 ABRIL 2020
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El ´don´ de una crisis que despierta nuestras preguntas

Alfredo Marchisio

“Una crisis nos obliga a volver a plantearnos cuestiones y nos exige nuevas o viejas respuestas, pero, en cualquier caso, juicios directos. Una crisis se convierte en un desastre solo cuando respondemos a ella con juicios preestablecidos, es decir, con prejuicios. Tal actitud no solo agudiza la crisis, sino que además nos impide experimentar la realidad y nos quita la ocasión de reflexionar que esa realidad brinda” (Hannah Arendt, ‘La pluralidad del mundo’, Taurus, 2019).

En este momento tan difícil y nuevo para todos, se despierta nuevamente la pregunta sobre el sentido, que tantas veces queda latente en nuestra vida y que de vez en cuando, en condiciones como la que estamos viviendo, sale a la luz potentemente. Solo eso ya puede ser un dato positivo. Nos estamos interrogando de manera radical sobre muchos aspectos de nuestra vida. ¿Qué sentido tiene este virus? ¿Por qué ha sucedido? ¿Pero el hombre no era “artífice de su fortuna”? Tanto los chicos estudiando en casa como los adultos teletrabajando se plantean estas preguntas y se dividen entre los que tratan de acallarlas y los que las toman en serio.

La provocación Arendt es como siempre radical y adamantina. Normalmente se oye hablar de esta situación a médicos y políticos, se percibe la confusión, en algunos casos la mala información, en otros la protesta y la rabia, pero en el fondo son pocos los que, a partir del dato concreto, tratan de ir a fondo, a la raíz de la cuestión.

No digo que no sea más que oportuna una adecuada información médica, de prevención y también de comportamientos, pero digo que aparte de eso me interesa comprender que tiene que decirme y cambiarme esta circunstancia. Por eso encuentro gran ayuda en figuras como Arendt, porque me obligan a hacerme preguntas y buscar respuestas, al menos me enseñan a estar en el presente con la mirada en tensión.

En el ámbito educativo, por ejemplo, ha supuesto una gran revolución cultural. Estando todos en casa, se buscan mil maneras de hacer frente a la imposibilidad de dar clases presenciales. Como pasa siempre, la circunstancia desvela “el secreto de los corazones” y por tanto la posición última que tiene una persona ante la realidad. Esta circunstancia nos ha traído una hermosa comprobación. La confusión y el miedo no han sido obstáculo sino que más bien han activado la creatividad y la fantasía de cada uno.

Ante todo, el primer resultado de esta comprobación ha sido sorprender a mis colegas deseosos de no retirarse ante la prueba, y luego han surgido todas las reacciones humanas conocidas, una gran solidaridad mutua.

Entre los docentes, la distancia física se ha vencido mediante el uso de videoconferencias y videollamadas y esta modalidad, aunque cansada y bastante invasiva, ha podido acercar a muchos que ni siquiera en la proximidad física se conocían muy bien. Me llama la atención sorprender en los profesores el deseo de “ver” a sus compañeros y alumnos, hasta el punto de organizar videoconferencias con todas las clases para ver “cómo va, qué estáis haciendo”. Aparte de los avisos técnicos sobre tareas y plataformas para compartir materiales, se ha establecido un precioso diálogo a campo abierto.

El "don" de una crisis que despierta nuestras preguntas

Alfredo Marchisio | 0 comentarios valoración: 1  13 votos

 

Carta a D. José Jiménez Lozano

Guadalupe Arbona

Madrid, una ciudad sitiada por el miedo y el coronavirus, a 10 de marzo de 2020.

Querido don José:

Ya van dos días después de su viaje y no he podido decirle adiós. Eso no se hace. O sí que se despidió y yo no me di cuenta. Ya me aclarará este extremo. A mí me parece que se marchó silencioso, sin avisar, y nos dejó llorando. Vino aquella señora, la de los espejos, toda enfundada en negro y con zapatos rojos de tacón alto, llegaba con una tijerita en el bolso; es una ladrona astuta y nunca se la espera. Se lo llevó. Nos dejó llorando. Las mujeres solo saben llorar. Usted diría –ya lo estoy imaginando– que solamente las mujeres saben llorar, es un matiz importante y así es.

He mirado y remirado, he leído y releído, he buscado y rebuscado, detrás de mi ventana, en un Madrid recluido y desolado por el coronavirus, sus garzas de porcelana y sus gatitos corteses, sus hogueras devastadoras y sus pañuelos de sangre. He revisado sus almendros obstinados y sus cucos reidores, sus cabos de vela y sus fruteros azules. Me he enfadado con sus monarcas injustos y padecido son sus bobas de corte, he compadecido a Zuleika y al incauto Jonás, he comprado berros y esperado la “noticia” viendo la televisión, he visitado a la señora que abriga a los tomates y a la maestra que abona sus plantas, he comido aceitunas en Viernes Santo mientras movía las cenizas, he ido a la fuente a comer moras y al pinar a ver la querencia de los búhos. Y solo Dios sabe cuándo se las oiré a usted decir otra vez estas historias con palabras nuevas. Ya se hace larga la espera. Ya no me anunciará que me envía algo nuevo o que me espera tal día y a tal hora en su pequeño “Port-Royal” o debajo de los azulejos mozárabes. Ya no me explicará la pata de cabra ni me llevará a ver una virgencita románica. Tampoco me responderá a mis preguntas ni oiré su voz. No lo veré beber coca-cola, ni refunfuñar porque Dora le pone verduras. Y por eso sí, le confieso que Pèguy y usted tienen razón: las mujeres solo sabemos llorar.

Y ¿sabe?, tengo una pregunta que hacerle y no puedo dejar de escribirle. No es urgente, pero sí importante. Sé que se las ingeniará para respondérmela. No será por este veredero, como usted llamaba al correo, pero cuando halle el modo, lo hará con magnanimidad y, entonces, yo volveré a Alcazarén a decírselo a los suyos que ahora son también un poco míos. Es una cuestión que no pude hacerle hace unos días, ni hace meses, ni siquiera cuando le conocí. Y ahora me atrevo: don José, ¿ha llegado a Emaús? ¿Ha llegado a conocer a Ese que iba con nosotros cuando charlábamos en su cuarto de estudiar o me recibía en el jardín o cuando tomábamos café debajo del sauce o comíamos en Olmedo? A Ese que Eliot llamaba el “third”. ¿Se acuerda?

Carta a D. José Jiménez Lozano

Guadalupe Arbona | 0 comentarios valoración: 3  30 votos
>El kiosco

Cosas que pasan en cuarentena

Elena Santa María

El 9 de marzo –parece que han pasado siglos desde entonces– falleció José Jiménez Lozano. Tras asistir al entierro, www.abc.es/opinion/abci-gabriel-albiac-jimenez-lozano-202003120017_noticia.html" target="_blank">Gabriel Albiac se preguntaba en su columna de ABC: “¿por dónde poner sentido a todo esto? No respondo, por supuesto. Como aquellos vencejos del poema, que «no encuentran la salida,/ la ventana del mundo». Puede ser –pero eso lo pongo yo, que asisto al cierre de la losa en este atardecer de una luz castellana demasiado cristalina–, puede ser que el mundo no tenga ventanas. Ni escape. Ni sentido”. Es una pregunta que nos persigue estos días. Y Albiac insiste, esta vez citando a San Pablo, “muerte, ¿dónde está tu victoria?”.

Una pregunta que, quizá con otra forma, acompañaba a Juan Claudio de Ramón en su paseo por una Roma desierta. Escribe en The Objective: “Medio minuto de soledad en la gran escenografía barroca de Roma basta para ir de la euforia a la desolación, de manera similar a esos días en que la familia se va de veraneo y uno está solo en la ciudad y el entusiasmo por una independencia se torna en depresión y aturdimiento. Brilla el sol y no hay nadie a mi lado”.

Como Roma, Madrid muestra estos días su cara más desconocida. Antonio Lucas ha escrito dos columnas en El Mundo dando cuenta de sus últimas salidas a la calle. En una de ellas explica que unas horas antes de que se decretara el estado de alarma se encontró con una boda con ocho personas en la céntrica iglesia de Santiago. “Para entrar en una iglesia y casarse en un día de alerta nacional hay que tener un valor revolucionario. O creer desenfrenadamente en Dios. O estar realmente convencidos de que es para siempre”, escribe.

Alberto G. Palomo entrevistó a Marina van Zuylen en Ethics sobre la distracción y el tiempo libre. Ella dice que “sin aburrimiento, sin la dolorosa relación con la espera, sin un sentimiento de anhelo, en última instancia, solo hay muerte”. Lo está experimentando Lorena G. Maldonado, que así lo cuenta en El Español: “Ahora que todos somos peligrosos para el resto, y pese al devastador clima de sospecha, soy más humanista que nunca: eso quería contarte. He descubierto que nos necesitamos, que estamos juntos en esto, que sin los demás todo es aburrido, aunque ahora nos vengan tiempos físicamente distantes. Es mentira que el infierno sean los otros, como decía Sartre. Me gusta la gente, me gusta mucho, y el mundo no está, nunca estuvo tan mal hecho. Hoy celebro todos los placeres en los que nunca reparé, las cosas y los seres que di por supuestos. La vida era ancha y era bella hasta hace muy poco, cuando podía estrechar entre mis brazos a mi madre o celebrar tus cumpleaños”.

>El kiosco

Cosas que pasan en cuarentena

Elena Santa María | 0 comentarios valoración: 2  22 votos

El 9 de marzo –parece que han pasado siglos desde entonces– falleció José Jiménez Lozano. Tras asistir al entierro, Gabriel Albiac se preguntaba en su columna de ABC: “¿por dónde poner sentido a todo esto? No respondo, por supuesto. Como aquellos vencejos del poema, que «no encuentran la salida,/ la ventana del mundo». Puede ser –pero eso lo pongo yo, que asisto al cierre de la losa en este atardecer de una luz castellana demasiado cristalina–, puede ser que el mundo no tenga ventanas. Ni escape. Ni sentido”. Es una pregunta que nos persigue estos días. Y Albiac insiste, esta vez citando a San Pablo, “muerte, ¿dónde está tu victoria?”.

Un nuevo inicio en experiencias vivas del bien

Giuseppe Frangi

“Ante experiencias como estas se descubre hasta qué punto puede el hombre adentrarse en el bien”, me decía durante una entrevista fray Piergiacomo, capellán del hospital Juan XXIII de Bérgamo. Lo dice pensando en las decenas de médicos y enfermeros que cada día cruzan unas puertas tras las que la lucha contra el Covid 19 es especialmente dramática. De hecho, el “bien” tiene esta dimensión concreta, dramática, bien distinta de la sentimental, a la que solemos estar acostumbrados. Una dimensión que conlleva un alto precio, pues el 12% de los contagios en la región de Lombardía se ha dado entre el personal sanitario. El “bien” es un territorio muy concreto, en el que hay que adentrarse con coraje y gratuidad, sin recibir nada a cambio como se suele decir, ni dinero ni imagen.

Adentrarse en el “bien” quiere decir, por ejemplo, poner al otro por delante de uno mismo. El “bien” implica un don de sí. ¿Cuántos hombres y mujeres se están adentrando estos días en los territorios del “bien”? Muchísimos. Pensemos en los que cuidan a personas con discapacidades graves, a los que están en centros de desintoxicación, donde multitud de trabajadores han decidido permanecer de manera estable con ellos para combatir el riesgo de contagio. Pero pensemos también en los que cuidan a los ancianos en las residencias, que son un auténtico concentrado de fragilidades. Todos lugares complicados en estos días de clausura, donde a los problemas habituales hay que añadir sentimientos de soledad y opresión.

No es fácil ni obvio, como señalaba el Papa en su misa matutina de las siete de la mañana, que estos días está registrando récords de audiencia, al pedir a la diócesis de Roma que mantenga abiertas las puertas de sus parroquias, pidiendo así que se venza la resistencia a adentrarse en los territorios del “bien”, como hace un verdadero padre. Estos días el Papa indicaba otra dimensión del “bien”: la de una mirada amplia de miras, capaz de abrazar otras situaciones de sufrimiento que marcan el mundo de hoy. Refiriéndose naturalmente al drama de los refugiados sirios a las puertas de Europa, para los que el Covid 19 es, paradójicamente, el menor de los riesgos.

Si tenemos que pensar qué será de nosotros después del virus, debemos esperar un nuevo inicio que tenga como base estas experiencias vivas de “bien”, fibra constitutiva de lo que podremos sentir realmente como pueblo. Como decía el cardenal Matteo Zuppi, lo que estamos viviendo es de hecho una “epifanía del mal que supera todas las fronteras y muros detrás de los cuales creíamos vivir tranquilos”. Un mal que es “como un revulsivo que muestra nuestras debilidades, nuestra incapacidad estructural, la dificultad para pensar juntos y buscar respuestas comunes”. Para derrotar a ese mal, hace falta un “bien” potente y gratuito, dispuesto a bajar al ruedo, como se va a una batalla.

Un nuevo inicio en experiencias vivas del bien

Giuseppe Frangi | 0 comentarios valoración: 2  16 votos
>Editorial

Un antivirus para la culpa

Fernando de Haro

The Lancet acaba de publicar un oportuno artículo, ‘The psychological impact of quarantine and how to reduce it: rapid review of the evidence’ (“El impacto psicológico de la cuarentena y cómo reducirlo”). El trabajo es una recopilación de los estudios que se hicieron con motivo de las cuarentenas en las epidemias de SARS en 2003 en China y en Canadá, y las que hubo en África del Este durante el Ébola. A estas alturas, con toda España y toda Italia encerrada, no necesitamos leer un artículo científico para saber las consecuencias que trae vivir en cuatro paredes: estrés postraumático, desarreglos emocionales, ansiedad y un largo etcétera. Las recomendaciones también las conocemos: información, abastecimiento, lucha contra el aburrimiento y comunicación. Pero hay tres efectos descritos por The Lancet que difícilmente son superables con ejercicios de higiene psicológica: el miedo, el estigma y la culpa.

El virus muestra que somos vulnerables porque ni nuestras costumbres ni nuestros sistemas sanitarios estaban preparados para algo así. La vulnerabilidad, en el siglo en que lo tecnológico iba a estar muy por encima de lo biológico, es un dato con cientos de miles de infectados y muchos muertos. Un dato, no una evidencia, porque todavía hay quien se empeña en un gnosticismo imposible y cita algunas páginas del libro de David Deutsch (El comienzo del infinito) para defender que “todos los fracasos –todos los males– se deben a un conocimiento insuficiente. Esta es la clave de la filosofía racional de lo incognoscible. Carecería de contenido si hubiese limitaciones fundamentales a la creación de conocimiento, pero no las hay”. Predicar a estas alturas que el conocimiento insuficiente es culpable del mal que sufrimos es como echarle la culpa de la muerte por infección a todos los que investigaron antes que Fleming y no descubrieron la penicilina.

Pero el mal del virus, el mal es así, genera no solo miedo sino la necesidad de encontrar un culpable: los chinos y su costumbre de comer animales salvajes, la globalización, la falta de previsión, la del Gobierno nacional, la del Gobierno regional, la falta de coordinación de la Unión Europea o nuestra propia negligencia. No tenemos en este momento los datos suficientes para hacer una descomposición analítica de la cadena de errores que ha provocado la aparición de la pandemia. Pero esos datos y ese análisis siempre estarán por detrás del reto que supone encarar el dolor, el sufrimiento y la muerte. El estigma de los compañeros de trabajo, de los recluidos en cuarentena, no es otra cosa que recurso al viejo chivo expiatorio de los antiguos sacrificios. Desvela la tendencia universal que tenemos todos a descargar la violencia acumulada por el mal real o supuestamente sufrido en una víctima de recambio.

El virus muestra nuestra vulnerabilidad, exige experiencias y razones que nos saquen de la dinámica habitual de la transferencia de culpa. El miedo busca culpables más allá de lo razonable cuando lo supuestamente razonable es una descomposición casi infinita de causas.

>Editorial

Un antivirus para la culpa

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  18 votos

The Lancet acaba de publicar un oportuno artículo, ‘The psychological impact of quarantine and how to reduce it: rapid review of the evidence’ (“El impacto psicológico de la cuarentena y cómo reducirlo”). El trabajo es una recopilación de los estudios que se hicieron con motivo de las cuarentenas en las epidemias de SARS en 2003 en China y en Canadá, y las que hubo en África del Este durante el Ébola. A estas alturas, con toda España y toda Italia encerrada, no necesitamos leer un artículo científico para saber las consecuencias que trae vivir en cuatro paredes: estrés postraumático, desarreglos emocionales, ansiedad y un largo etcétera. Las recomendaciones también las conocemos: información, abastecimiento, lucha contra el aburrimiento y comunicación. Pero hay tres efectos descritos por The Lancet que difícilmente son superables con ejercicios de higiene psicológica: el miedo, el estigma y la culpa.

Coronavirus. "Dios no es un mago"

Federico Pichetto

Aunque al principio todos lo infravaloraron un poco –incluido el que escribe–, el virusCoVid-19 ya está cambiando nuestras vidas y ha supuesto varias vicisitudes. Después del primer impacto, que sobresaltó al norte de Italia en un fin de semana de asalto a los supermercados, siguió un periodo aún más complicado, con numerosos e insólitos hashtag que reflejan la superficialidad con que nos hemos acostumbrado a tratarlo todo, pensando que lo que nos sucede, incluido el trabajo, el amor o la salud, es solo un fenómeno transitorio y no un acontecimiento.

A mi juicio, en este sentido avanza el gran desafío que tenemos por delante. Lo que está pasando estos días no es un hecho transitorio, una alteración del estado de ánimo colectivo ligado a algo a lo que se da demasiado o demasiado poco peso según el fin de semana, sino un acontecimiento, algo que define sin medias tintas un antes y un después.

El primer paso que la libertad de cada uno debe dar es, por tanto y ante todo, el de reconocerlo como tal. Obviamente, como todo acontecimiento, el segundo paso viene dado por la cuestión de la confianza. Cuando sucede algo perturbador como el amor de un hombre o una mujer, un dolor, un luto, una pérdida o una enfermedad, hace falta fiarse de algo. Benedicto XVI solía decir que lo que le falta al hombre occidental en este inicio de milenio no es tanto la fe como la concordancia del intelecto con una verdad religiosa, la fe como virtud social, hasta el punto de que la encíclica que simboliza el paso del pontificado de Ratzinger a Bergoglio lleva justamente el nombre de “Lumen Fidei”.

La crisis de la fe es la crisis de nuestra capacidad para confiar en alguien, alguien que –decía el Siervo de Dios don Luigi Giussani– se impone. Ante un caso epidemiológico, lo que se impone como más autorizado es la medicina: de los médicos esperamos que la política, la economía y la sociedad tomen sus consejos para el bien común porque es de naturaleza médica lo que está sucediendo. Lo que pasa esos días es un hecho sanitario y debemos mirar a los médicos con simpatía y disponibilidad. Lo digo porque creo que estos días, en los que se han dicho tantas cosas y de los que más adelante podremos hacer una síntesis más completa, muestran en pocas palabras dos consecuencias nada desdeñables. Por un lado, asistimos de hecho a la rendición de cuentas entre una economía no pensada para el hombre y el propio hombre. Por primera vez desde la caída del muro de Berlín, Occidente tiene que elegir entre la salvaguarda del propio sistema económico, financiero y productivo, y la supervivencia concreta de la gente.

Coronavirus. "Dios no es un mago"

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Y los pájaros harán filigranas en su honor

Guadalupe Arbona Abascal

Ha muerto Jiménez Lozano. Tenía como el rey Salomón un corazón inteligente. Su sabiduría provenía de sus largas conversaciones con hombres y mujeres de todos los tiempos. Su alegría irreductible se asomaba cuando charlaba con las palabras de una lengua nueva, la de las gentes que habían conservado el frescor de esa lengua recién estrenada, la del castellano del siglo XVI. Sus historias llenan varios anaqueles y sus personajes nos acompañarán siempre: el mudejarillo, la Teresa de la carreta, Damián y su largo lamento sobre la Guerra civil, las monjas de Port-Royal desafiando al poder, Ruth la espigadora, los mendigos y las lavanderas que nadie ve y él llena de honores. A nosotros nos faltará su alegría que él, estoy segura, derramará en otros lares y compartirá con Aquel que hizo brillar todos los azules del mundo.

Nos queda desear para él lo que quiso para los más pobres, esos que viven sin nada:

En la gélida noche,

a la cabecera del cadáver del mendigo,

reluce una maravillosa puntilla o filigrana,

tejida sobre la nieve por las patitas de los pájaros.

Ni los Faraones, ni los Césares,

tuvieron tal armiño en sus días de gloria,

ni en sus tumbas.

Hoy solo tenemos ánimo para hacer esas puntillas alrededor de su cuerpo y que los pájaros de Alcazarén nos ayuden a completar la tarea.

Y los pájaros harán filigranas en su honor

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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