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4 JULIO 2020
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Meditación de Pablo VI ante la muerte. El don de comprender el secreto de la vida

Danilo Zardin

“Finis venit, venit finis. Es el fin… viene el fin”. La lapidaria sentencia del profeta Ezequiel (7,2) marca el tono con que arranca la Meditación de Pablo VI ante la muerte. Se trata de una suerte de testamento espiritual recogido en pocas páginas. El santo pontífice lo redactó muy probablemente en los primeros meses de 1966.

Hacía poco que había concluido el Concilio Vaticano II. La fuerza transformadora del impacto de la crisis de aquellos años cruciales aún no había manifestado los dolorosos resultados que se verían poco después y el vicario de Cristo, a punto de cumplir setenta años, conservaba toda la vivacidad de una inteligencia aguda, unida a una fina sensibilidad pastoral en su largo servicio a la Iglesia. No asomaban amenazas de salud que hicieran presagiar el riesgo de una interrupción próxima de su aventura en el escenario del mundo. Pero el realismo obligaba a reconocer que nada está garantizado para siempre en la vida, ni siquiera las metas más altas y entusiasmantes. El trasfondo de la fragilidad, la volubilidad de las circunstancias, el riesgo de precipitarse en el vacío y en el dolor se perfilan entre los pliegues de cada momento en el camino de la existencia. Ni siquiera un Papa está exento, es algo que todos compartimos.

Pablo VI, en su intensa meditación personal entre los apuntes de sus memorias autobiográficas, se deja interpelar severamente. El contragolpe de su humilde sentido de finitud le obliga a medirse con la vida que pasa. Se convierte en fuente de juicio sobre su camino, sobre las perspectivas más auténticas a las que se abre. En esta línea, su “meditación ante la muerte” es todo lo contrario de una sombría obsesión dominada por las incógnitas de un remoto más allá. Reflexionar sobre el último límite abre la conciencia de par en par hacia una luz más pura y penetrante en el misterio de la existencia en su conjunto. No solo se refiere al fin, o al modo de prepararse para su venida, más tarde o más temprano. Es una meditación que implica al yo como tal, inmerso en el flujo que nos arrastra por el paso del tiempo. Tiene que ver con el compromiso concreto de la vida, en su totalidad, partiendo del presente, del “ahora”, dentro de la profundidad del instante. En este sentido, resulta perfectamente legítimo el subtítulo elegido para la publicación de esta meditación de Pablo VI en una reciente reedición a cargo de Claudio Stercal, ‘Sobre el sentido de la vida’.

“Se impone esta consideración obvia sobre la caducidad de la vida temporal y sobre el acercamiento inevitable y cada vez más próximo de su fin. No es sabia la ceguera ante este destino indefectible, ante la desastrosa ruina que comporta, ante la misteriosa metamorfosis que está por realizarse en mi ser, ante lo que se avecina”.

Meditación de Pablo VI ante la muerte. El don de comprender el secreto de la vida

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>La lección de Havel

En esta crisis está en juego la vida y su sentido

Ubaldo Casotto

El periodista italiano Mattia Feltri decía hace unos días: "Ahora no solo tenemos que salvar vidas, debemos pensar en la supervivencia de la comunidad. Es muy distinto, es un desafío mucho mayor y requiere grandes sacrificios. Pero recordemos que hace 75 años muchos se jugaban la vida por la libertad. Ahora nos jugamos la libertad por la vida. Esperemos que esto no diga algo de nosotros”.

Pero esto dice mucho de nosotros. No quiero abrir, ni me interesa a mí ni creo que, mucho menos, al lector, un debate ideológico entre los que defienden el primado de las libertades constitucionales (entre ellas la de desplazarse), que llamaríamos “no negociables” hasta hace muy poco tiempo, y los tardo-realistas del ‘primum vivere deinde philosophari’ (primero vivir y luego filosofar). Me interesan las preguntas que emergen con fuerza estos días frente a la muerte de tanta gente. ¿Para qué sirve la vida? ¿Para qué sirve la libertad?

Durante el último año he leído muchos libros de Václav Havel, el escritor, disidente, presidente de la Checoslovaquia liberada, que pasó cinco años en la cárcel, enfermó en prisión, donde estuvo a punto de morir, que al salir de la cárcel rechazó la propuesta de una vida tranquila exiliado en Occidente y aceptó tener que volver a ser encerrado.

Acudí a releerlo después de la cita de Mattia y tras recibir el testimonio de un hombre de Bergamo que estos días ha perdido a su madre. “Mi mujer me decía: ‘Tu madre es una mujer que nos deja mucho más de lo que nos quita con su ausencia’. Esta es la lección que he aprendido de mi madre, campesina, luego obrera, después ama de casa, una madre a la que se le murió su adorada hija de 17 años y luego su amado esposo. Siempre pidió razones de ello con firmeza pero sin estrépito al Dios que hace todas las cosas, pero sin quitar nunca sus ojos ni su corazón de la realidad. Hasta sus últimos días luchó como una leona. No se dejó morir. Porque la vida no es un derecho. Es un don por el que estar agradecidos en cualquier situación en que nos toque vivirla”.

¿Por qué acudí a releer a Havel?

>La lección de Havel

En esta crisis está en juego la vida y su sentido

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La vocación de la carne

Costantino Esposito

Con el avance del nihilismo –que al principio estalló como una “patología” revolucionaria y acabó siendo aceptado como una fisiología normal propia de la condición humana contemporánea– muta radicalmente el concepto del ser humano como ser “espiritual”.

Ya en el Zaratustra de Nietzsche la voluntad del superhombre coincidía con “permanecer fieles a la tierra” –instalados en la dimensión biológica del cuerpo–, mientras los valores espirituales acababan escondiéndose como “esperanzas ultraterrenas”. Y los que seguían hablando de una realidad espiritual no eran más que “envenenadores”, “denigradores de la vida, moribundos y envenenados”. El espíritu está en otro mundo distinto del terrestre, un supramundo ilusorio y mentiroso, que cubre y sublima las pulsiones telúricas (e inconscientes) que mueven nuestro cuerpo.

Aquí se vislumbra otra gran presencia, a menudo mimetizada, de la filosofía de nuestro tiempo, Arthur Schopenhauer. Suya es la idea de que en el fondo de la realidad, en lo profundo de la vida humana, domina una fuerza ciega, una voluntad que no tiene objetivo ni sentido alguno, más que su misma voluntad, de la que nosotros somos partícipes a través de los instintos de nuestro cuerpo que toda la vida tratamos de contener y sublimar, pero de los que al final somos víctimas impotentes. Porque es una voluntad sin razón, que acaba devorando al propio sujeto de la voluntad. Así el instinto pasa de ser una invitación al placer a ser una condena al dolor más agudo que se pueda experimentar, que hace sufrir de manera absurda, sin un porqué.

Por un lado, el ideal o lo espiritual como un cielo ultramundano cada vez más separado de la tierra; por otro, lo corpóreo y material como el mundo de la voluntad, cada vez más identificada con el instinto. La cuestión es que el espíritu y el cuerpo están juntos o caen juntos. Y si perdemos uno, enseguida perdemos también al otro.

No es difícil darse cuenta de las mutantes condiciones del nihilismo contemporáneo, allí donde el cuerpo de los humanos se considera cada vez más como la puesta en juego por resolver el problema de lo espiritual. Toda una corriente de análisis de las sociedades modernas, que nace con Michel Foucault y llega hasta Giorgio Agamben, ha llamado “biopolítica” al gran dispositivo que el poder –todo “poder” como tal, político, económico, eclesiástico– ejerce para controlar la vida de los seres humanos mediante la normalización o esterilización del “bios”, que es el único recurso –indefenso y expuesto– de la persona, partiendo de su ser sexuado.

Según estos autores, el interés de quien manda de verdad en el mundo de hoy, es decir el poder capitalista en su forma extrema económico-financiera, es el de desactivar la potencia desnuda de los cuerpos. Se cumpliría así una trayectoria que va desde la primera época moderna, con el control que los sacerdotes mantenían sobre los cuerpos mediante el instrumento de la confesión de las almas, hasta el rechazo del cuerpo de los migrantes, seres a la deriva despojados de su propia identidad humana.

La vocación de la carne

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Laudato Si', el recurso de la razón

Giorgio Vittadini

Se han cumplido cinco años de la publicación de la Laudato Si’ del papa Francisco. Pero ni siquiera este aniversario ha dado a esta encíclica la importancia que merece, sobre todo teniendo en cuenta que justo estos días se está reflexionando mucho sobre cómo volver a empezar después de la pandemia, tratando de corregir los defectos del modelo económico, social y medioambiental en que vivimos.

La Laudato Si’ es un concentrado de apuntes, ejemplos, reflexiones, valoraciones que ayudan a mirar con una mirada global y profunda las dinámicas que determinan nuestro tiempo.

¿Por qué entonces se descuida con tanta despreocupación?

Porque tomarla en consideración como merece resultaría embarazoso. Al menos en ciertos casos.

El primero es la el radical estado de acusación al que se somete al sistema de desarrollo financiero. Citaré algunos de los pasajes a propósito de esto en la encíclica. “Los poderes económicos continúan justificando el actual sistema mundial, donde priman una especulación y una búsqueda de la renta financiera que tienden a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad humana y el medio ambiente”. “La economía asume todo desarrollo tecnológico en función del rédito, sin prestar atención a eventuales consecuencias negativas para el ser humano. Las finanzas ahogan a la economía real”. “No es una cuestión de teorías económicas, que quizás nadie se atreve hoy a defender, sino de su instalación en el desarrollo fáctico de la economía”.

Para quien pensara todavía que la Laudato Si’ es un manifiesto ecologista, estos párrafos, elegidos entre los muchos del mismo todo, muestran que la verdadera clave de esta encíclica es una visión global y unitaria que tiene en cuenta todos los aspectos implicados como fenómenos conectados entre sí. Los problemas sociales, económicos, ambientales son al mismo tiempo causa y efecto unos de otros.

La segunda razón por la que la Laudato Si’ puede resultar “incómoda” se refiere en cambio a los se dan cuenta perfectamente de que las cosas tal como están no funcionan pero consideran que el problema son los seres humanos. Desde hace tiempo se respira una crítica cada vez más extendida al antropocentrismo en clave culpabilista-apocalíptica.

Se ha acuñado un término, antropoceno, para indicar el impacto negativo que el homo sapiens ha causado al planeta Tierra con su presencia depredadora y destructiva.

La Laudato Si’ también puede sonar a decepción para esa parte del ambientalismo que se apoya en el sentido de culpa más que en el de la responsabilidad, más en la hiper-reglamentación que en la educación y en la confianza. Porque es precisamente una idea positiva del hombre, racional y relacional, la que el papa Francisco propone en cambio.

Por otro lado, deberíamos dejar de pensar en el planeta como si al planeta le interesara lo que piensa el hombre. Es al hombre a quien le interesa si se puede habitar y cómo.

Laudato Si', el recurso de la razón

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 2  24 votos
>Entrevista a Alfredo Marcos

"El pensamiento griego, el derecho romano y la tradición religiosa judeocristiana ha dado lugar a las bases éticas de Occidente"

Enrique Chuvieco

Autor, junto al profesor Carlos Javier Alonso del libro ‘Un paseo por la ética actual’ (Digital Reasons), Marcos es catedrático de Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Valladolid y ha pertenecido a diversos comités hospitalarios de bioética.

Después de siglos de debate filosófico en torno a la ética, el significado último de esta palabra parece haberse perdido, ¿Qué es la ética?

Es cierto que la palabra ética, y el prestigio que esta tenía, se ha venido utilizando para todo tipo de finalidades, algunas de carácter meramente ideológico. Pero la ética, en realidad, es una parte muy respetable de la filosofía. También se puede llamar filosofía moral. Es la parte de la filosofía que nos ayuda a reflexionar sobre nuestras convicciones morales. Todo el mundo emplea criterios morales, aunque sea de un modo intuitivo o irreflexivo, para decidir lo que hace o deja de hacer. Pero desde hace siglos la filosofía nos ha ayudado a pensar sobre nuestra moral. Con Sócrates empezó de un modo serio y sistemático esta reflexión.

¿Por qué la cartografía del filósofo Alasdair MacIntyre resulta más útil que la cartografía estándar a la hora de clasificar las distintas corrientes filosóficas sobre la ética?

Tradicionalmente se oponen las éticas deontológicas a las utilitaristas. Las primeras se fijan en el deber. Hago lo que debo, sin reparar en las consecuencias. Las segundas, por el contrario, se fijan en las consecuencias de nuestras acciones, en su utilidad. Pero MacIntyre nos ha hecho ver lo mucho que tienen en común estos dos tipos de ética. En realidad son ambas producto de los tiempos modernos. Entre otras cosas, comparten debilidades. La crítica postmoderna a las éticas de la modernidad ha puesto al descubierto esas debilidades. Las éticas modernas tienen mucho de valioso y esclarecedor, pero son demasiado abstractas, están demasiado desligadas de la vida concreta y real. El pensamiento posmodernista nos sume, así, en el relativismo moral. Puestas así las cosas, se entiende muy bien la función que cumple actualmente la ética de la virtud, que arraiga en tradiciones pre-modernas, como la aristotélica o la tomista, pero, en nuestros días, conversa con las éticas modernas, integra lo mejor de las mismas; además, acepta en muchos puntos la crítica postmoderna, pero es capaz de darle a la misma una función constructiva y alejada del relativismo. A partir de lo dicho emerge un nuevo mapa de la ética. Tenemos las éticas modernas (que MacIntyre engloba bajo el término Enciclopedia), las posmodernas (Genealogía) y las éticas de la virtud (Tradición). Este mapa de la ética actual resulta muy iluminador, muy fructífero a la hora de interpretar los textos de los filósofos e incluso los debates morales socialmente más activos.

«El filósofo norteamericano John Searle decía que las explicaciones reduccionistas de la mente dejaban sin explicar siempre algo, a saber, la mente.»

Tal y como explican en su libro, se ha pasado del racionalismo extremo de Kant a un cientificismo radical, que pretende definir al ser humano desde una concepción únicamente biológica. En este marco se insertan, por ejemplo, las obras del autor superventas Yuval Noah Harari, ¿cómo explican el actual éxito de la corriente cientificista?

>Entrevista a Alfredo Marcos

"El pensamiento griego, el derecho romano y la tradición religiosa judeocristiana ha dado lugar a las bases éticas de Occidente"

Enrique Chuvieco | 0 comentarios valoración: 2  22 votos
>Editorial

El claroscuro de la vulnerabilidad

Fernando de Haro

La primera invasión que han sufrido los Estados Unidos. Así titulaba David Brooks su columna en The New York Times hace unos días. Brooks, brillante editorialista, explicaba que su país “era inmune a las invasiones exteriores y a las corrupciones del viejo mundo. Para Estados Unidos era frecuente permanecer al margen de las plagas que afectaban a otras partes del planeta”. Esta sensación de estar a salvo de las maldiciones, según Brooks, ha tenido hasta ahora una traducción existencial: “nacer estadounidense significaba ser un individualista valiente, atrevido y autosuficiente”. Aislados por dos océanos, se puede sentir uno seguro. Seguramente un estadounidense blanco si vive en Boston o en Sacramento se sentirá mucho más seguro que un negro en Minneapolis. Pero el articulista tiene la lucidez de apuntar qué ha supuesto la pandemia para un país en el que han muerto más de 100.000 personas. “La vieja idea estadounidense sobre la falta de vínculos podía contener un torrente de energía, sin embargo la identidad que ha crecido en las sombras de la plaga puede ser una ocasión de compartir la vulnerabilidad, la humildad que surge cuando se entiende la precariedad de la vida”.

Brooks retoma, en estas circunstancias, el valor de la vulnerabilidad que se ha abierto paso en algunos exponentes culturales de los Estados Unidos con proyección popular. Uno de ellos es la investigadora Brené Brown de la Universidad de Houston. Archiconocida por su charla en TED sobre El poder de la vulnerabilidad, su documental en Netflix de hace un año ha causado furor. La tesis de Brown, después de décadas de investigación, es sencilla: la fuerza de la conexión entre las personas es no ocultar sino mostrar sus debilidades. Un mensaje liberador en un mundo en el que las exigencias de éxito personal, profesional y financiero son asfixiantes. Aire fresco en un país donde la “auto-explotación” está a la orden del día.

>Editorial

El claroscuro de la vulnerabilidad

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  24 votos

La primera invasión que han sufrido los Estados Unidos. Así titulaba David Brooks su columna en The New York Times hace unos días. Brooks, brillante editorialista, explicaba que su país “era inmune a las invasiones exteriores y a las corrupciones del viejo mundo. Para Estados Unidos era frecuente permanecer al margen de las plagas que afectaban a otras partes del planeta”. Esta sensación de estar a salvo de las maldiciones, según Brooks, ha tenido hasta ahora una traducción existencial: “nacer estadounidense significaba ser un individualista valiente, atrevido y autosuficiente”. Aislados por dos océanos, se puede sentir uno seguro. Seguramente un estadounidense blanco si vive en Boston o en Sacramento se sentirá mucho más seguro que un negro en Minneapolis. Pero el articulista tiene la lucidez de apuntar qué ha supuesto la pandemia para un país en el que han muerto más de 100.000 personas. “La vieja idea estadounidense sobre la falta de vínculos podía contener un torrente de energía, sin embargo la identidad que ha crecido en las sombras de la plaga puede ser una ocasión de compartir la vulnerabilidad, la humildad que surge cuando se entiende la precariedad de la vida”.

La gratitud de haber nacido

Costantino Esposito

La angustia de estos días de pandemia está sacando a la luz, con toda su evidencia, la trama nihilista que marca de arriba abajo nuestra forma en que nos concebimos, a nosotros mismos y la realidad. Pero por otro lado está mostrando de golpe, con evidencia similar, que el nihilismo quizás no esté a la altura de la crisis que estamos viviendo en este tiempo. Son justamente las preguntas que nacen de esta angustiosa emergencia las que muestran que la actitud nihilista de la vida y la cultura, la política y la sociedad, estalla desde dentro. El círculo se rompe y renacen los interrogantes. No renacen a base de análisis –este es el punto de inflexión cultural– pues es cierto que muchas veces la sobreabundancia de análisis corre el riesgo, paradójicamente, de acallar las preguntas más importantes e ignorar el punto decisivo de la situación. Porque la cuestión somos nosotros mismos y esos interrogantes renacen como la “forma propia” de nuestro estar en el mundo.

Da la impresión de que algo está cediendo, y nos descubrimos incapaces de sostener con las categorías habituales el grito de una realidad imprevisible. Un virus patógeno que no se deja aferrar sino que más bien nos aferra y nos “tiene” dramáticamente, dilatando la idea del contagio desde la infección hasta la suspensión generalizada de la normalidad de la vida. Pero lo que en el fondo sigue siendo imprevisible e incontrolable –aun con todas las debidas estrategias de contención– es nuestro existir. Este tiempo de pandemia no solo nos obliga a rendir cuentas con los nuevos y dramáticos problemas de nuestra existencia individual y social, sino a comprender –viviéndolo– que nuestra misma existencia “es” un problema radical que busca una respuesta adecuada. Es el problema de la felicidad, es decir, el interrogante sobre lo absurdo o sensato de nuestro estar en el mundo.

Lo que hoy parece distinto es que estas preguntas vuelvan a plantearse, aunque sea de manera confusa, como una tarea personal. Ya no podemos contentarnos con asumir el significado de nosotros mismos, de nuestro trabajo, de nuestras expectativas y proyectos, vestimenta o códigos ofrecidos por la gran maquinaria de la cultura dominante, que siempre tiene la pretensión –nada desinteresada por cierto– de decirnos quiénes somos y qué debemos desear y perseguir en la vida. Hoy estas preguntas vuelven a ser en primera instancia “nuestras”: son preguntas en primera persona.

Pero para comprender mejor lo que hay en juego partamos del contragolpe “metafísico” (si se puede llamar así) que está marcando a cada uno de nosotros. Como si de pronto tomáramos conciencia del mundo que, hasta hace pocas semanas, habitábamos casi de manera automática y nos diéramos cuenta de su presencia justo en el momento en que se vuelve cada vez más desierto y amenazador, como una escena teatral en la que hubieran desaparecido los actores, escondidos entre bastidores. Y vuelve esa idea molesta, la mayoría de las veces exorcizada por mil cosas que hacer: la idea de que estamos destinados a acabar. No es un simple ‘memento mori’, algo que conocemos demasiado bien. Tampoco se trata de una hipocondría depresiva debida a la restricción de nuestras actividades. Es mucho más. Es que se asoma la conciencia de nuestra finitud. Ahí es donde el nihilismo juega todas sus cartas, pero al final corre el riesgo de hallarse sin más cartas que repartir.

La gratitud de haber nacido

Costantino Esposito | 0 comentarios valoración: 2  23 votos
>Entrevista a Javier Gil

COVID-19. Una cuestión de Oriente en el mundo global del siglo XXI

Francisco Medina

Las repercusiones de la pandemia del COVID-19 (4.130.000 millones de infectados a nivel mundial y 283.000 muertos) nos invitan a una mirada al origen de la epidemia, China, y a sus repercusiones en la región de Asia-Pacífico; para ello entrevistamos a Javier Gil Pérez, profesor de la Universidad Pontificia de Comillas y experto en el ámbito de las Relaciones Internacionales.

Hemos visto el origen y evolución del COVID-19 en China; ¿qué claves pueden ayudarnos a entender en qué situación se encuentra China ahora?

Básicamente, yo destacaría varios aspectos: el primero de ellos, que el gobierno de la República Popular China basa su legitimidad, por un lado, en intentar mantener altos índices de desarrollo económico; por otro, seguir elevando sus condiciones de vida de la población china; y, en tercer lugar, ser garante de una cierta estabilidad social, buscando una cierta armonía, que no haya problemas internos graves. Esas serían los tres grandes pilares en los que se enmarcaría la estrategia de China: estabilidad política, desarrollo económico y paz social.

En ese sentido, ¿qué supone el impacto del COVID-19 en China?

El COVID-19 para China significa, a nivel coyuntural, una ruptura de estos tres aspectos que he mencionado. Significa un frenazo en la economía china; y, en ese sentido, habrá que ver los datos, pues los datos oficiales siempre tienden a ser, en mi opinión, sobre todo en los últimos dos años, algo más bajos que otros indicadores de otros países (sobre todo, los manejados por los economistas taiwaneses). Un parón económico, en suma, que supone un problema. Y esto implica que la llamada estabilidad política se resiente mucho, básicamente, porque el partido comunista china ha destacado siempre, y especialmente en los últimos años, por ser un gobierno eficaz a la hora de afrontar los problemas. Pero esta eficacia, durante los primeros meses, se ha visto desbordada. Por eso, cuando el virus -según parece- se ha puesto bajo control, sobre todo en el área de Wuhan, se ha ido mostrando cómo el partido estaba débil, cómo ha reaccionado y, finalmente, con el esfuerzo popular, esta lucha popular del pueblo chino contra el virus se ha ido ganando. Se intenta vender, pues, que la inicial debilidad ha sido superada con la reacción, mostrando que se ha sabido luchar y ganar, exhibir fortaleza y eficacia del sistema en la lucha contra el coronavirus.

Es decir, no es posible hablar, entonces –como muchos han dicho– de un Chernóbil chino…

No. Chernóbil supuso un golpe muy fuerte a la URSS, es un fallo tecnológico del sistema nuclear. La comparación resulta exagerada, no tiene nada que ver con lo que ha supuesto en China, que, con el paso del tiempo ha logrado limitar el golpe. Cosa muy distinta hubiera sido que de Wuhan se hubiera extendido hacia el este o hacia el sur del país; eso hubiera provocado un caos total. Precisamente, por eso mismo, nada más detectarse o pasado un tiempo -porque es cierto que China ocultó información y tardó, al menos, un par de semanas en tomar medidas-, no ha tenido reparo alguno en proteger la región porque saben que si se hubiera expandido hubiera sido dantesco para la economía china, para la propia legitimidad política del Partido Comunista, y a nivel social. Tuvieron muy claro desde el principio que tenían que afrontarlo y lo hicieron con mucha fuerza.

>Entrevista a Javier Gil

COVID-19. Una cuestión de Oriente en el mundo global del siglo XXI

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Casa, silencio, Misterio. Tres palabras en el corazón de los jóvenes

Federico Pichetto

¿Qué supondrá para toda una generación de jóvenes lo que estamos viviendo? ¿Qué huella dejará en su historia, en su desarrollo, en su conciencia? Estos días, entre los miles de entrevistas que nos bombardean desde los medios de comunicación, rara vez podemos escuchar la voz de los jóvenes.

Son la paradoja de este extraño virus. Su violencia con los ancianos o enfermos deja fuera a los millennials y nativos digitales, pero tampoco los deja participar en el debate público del que nace una conciencia compartida, un punto para volver a empezar. Es verdad que se presta mucha atención a la educación, pero incluso ahí parece que es un tema más ligado a los deberes de los adultos, a los exámenes, a los profesores o a las líneas pedagógicas que al punto de vista de nuestros hijos. Como si no fuera importante, como si fuera un argumento menor.

Nadie puede saber qué está sucediendo realmente en el corazón de muchos adolescentes, pero seguramente hay tres palabras que describen de alguna manera el contexto con el que se están midiendo y que podrían ser casi un punto de partida para charlar con ellos, para oír por fin lo que tienen que decir.

La primera palabra es “casa”. Todos están en casa. Cada uno tiene una experiencia distinta de su casa. Para muchos es un lugar del que emanciparse, del que salir rápidamente, un lugar infantil que propone a la atención y a la sensibilidad diversas historias de matrimonios, enfermedades, conflictos. Casa no siempre es una palabra bonita. Estar en casa puede dar miedo, puede faltar el aire, puede hasta resultar terrible. Lo que está en discusión no es el afecto y la gratitud a los padres, algo que un joven está obligado a percibir, a escuchar, a tomar en consideración estando en casa. “Estoy encerrada como un rehén de todo de lo que antes huía”, me escribía una alumna hace unos días. La casa es un ideal, pero no siempre es una realidad fácil.

La segunda palabra es “silencio”, entendido como vacío, soledad, ausencia prolongada de los amigos y de todo el mundo que se tiene como referencia. No es cierto que a los jóvenes les baste con Netflix, la consola y el móvil. Tienen hambre de relaciones, de carne, de amor, de intimidad, de una amistad que ningún adulto ni hermano les puede dar. En este sentido, no son pocos los que estos días están viviendo la experiencia del duelo. Duelo por su propio pasado, por su propia vida, con el miedo –y acaso el presentimiento– de que lo que estamos viviendo no sea un paréntesis sino el inicio de un nuevo periodo en nuestra historia común. Hay tanto afecto, nostalgia, ternura en los miles de videollamadas y chats que animan estos días… En pocas semanas muchos de mis alumnos han pasado de preguntarse “cuándo acabará” o “qué aprenderemos” a “qué será de mí y de mis sueños” o si “realmente esta es la vida que me espera”. En la distancia y en el silencio del que querían huir y en el que ahora se ven obligados a habitar, aprendiendo muchas verdades, pero experimentando a veces como un desencanto, una desilusión amarga que corre el riesgo de apagar todo entusiasmo.

Casa, silencio, Misterio. Tres palabras en el corazón de los jóvenes

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>Entrevista a Josep Antoni Durán i Lleida

"Esta pandemia exigirá una revisión de la globalización"

Ángel Satué

Vivimos en un tiempo de transformaciones sociales, agravadas por la pandemia planetaria de 2019. “Todo fluye y nada está en reposo”, decía Heráclito. ¿Estamos abocados al cambio continuo en la forma de organización del estado en España?

Como introducción, me parece necesario remarcar que la pandemia que estamos sufriendo va a cambiar muchas cosas. Todavía no sabemos exactamente cuáles y sobre todo en qué sentido y con qué intensidad.

Pero lo que vendrá tras la crisis será en muchos aspectos diferente a lo que tenemos ahora. La incertidumbre es, hoy por hoy, lo que domina cualquier reflexión sobre el futuro. Quien diga que tiene ya las respuestas está mintiendo y si mentir es siempre grave, lo es mucho más ahora en la crisis más global que hemos tenido en décadas.

Desde la Constitución del 78 España es un Estado autonómico, con pretensiones federales, pero sin llegar a ser un estado federal. Con anterioridad a la pandemia, el sistema autonómico español había entrado en crisis. Se necesitan cambios, que incluso pueden ser constitucionales.

La gestión muy centralizada de la crisis sanitaria, con concentración de poder en el gobierno central en competencias transferidas a las CCAA, puede acelerar en un futuro próximo esos ajustes en el Estado de las Autonomías. Alemania, que como es sabido es un Estado federal, ha optado por una permanente coordinación de las decisiones de la canciller Merkel con los ministros-presidentes de los länders. Aquí se ha optado por otro tipo de gestión y ha producido rechazo de las autonomías con mayor o menor intensidad en función de si su gobierno es o no del mismo color político que el del gobierno central.

En este sentido, la pandemia podría acelerar un cambio que previamente ya estaba en la lista de espera de la agenda política.

Estos cambios vendrían en un clima político, cuando menos, enrarecido…

El problema de España de cara a afrontar cambios en la organización del estado es la fuerte polarización de la política y el ascenso del populismo, sea de derechas o de izquierdas.

Los cambios positivos son aquellos que se dan mediante consenso, es decir diálogo, transacción, renuncias y acuerdo. No parece que el clima de nuestras Cortes Generales sea el más adecuado para profundizar esa vía. A ello hay que añadir la falta de lealtad institucional y no me refiero solo a la cuestión catalana con la posición secesionista del independentismo. Este es un caso aparte.

Y, ¿podría haber cambios en la propia organización de la Unión Europea?

La pandemia afecta y afectará también a la estructura de la Unión Europea. Europa se ha hecho paso a paso y la coyuntura global antes del coronavirus exigía ya dar pasos de gigante en la profundización de la unificación europea. Jean Monnet hablaba de que Europa se iría forjando en crisis y sería la suma de las soluciones adaptadas para esas crisis. La UE estaba inmersa en una de ellas, y muy profunda, antes de la pandemia. No resolvimos bien la crisis financiera de 2008, ni la del euro de 2010. Ni tampoco la de los refugiados de 2015.

Además, la globalización nos demandaba mayor integración para afrontar los retos políticos, económicos y tecnológicos de un nuevo escenario caracterizado por la pujanza de China y la renuncia de los EEUU al atlantismo y al multilateralismo.

>Entrevista a Josep Antoni Durán i Lleida

"Esta pandemia exigirá una revisión de la globalización"

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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