Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
23 JULIO 2019
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Jawdat Said. El islam de la no violencia

Viviana Schiavo

Violencia y religión. En los últimos años, este binomio se ha convertido en un foco de creciente atención. En los periódicos, en la televisión, en los debates públicos y en los círculos académicos, cada vez más a menudo se interrogan sobre el nexo entre la pertenencia religiosa y el clima de terror y desconfianza mutua difundido por el mundo entero. Sobre todo tras los atentados de 2001, el islam se ha convertido en el principal objeto de estas reflexiones. En cambio, poco se habla sobre la otra cara de la moneda, es decir, sobre la no violencia en el islam. Sin embargo, es algo que existe y que podría contribuir a avivar un debate que tiende a ser unilateral. El mismo papa Francisco, con motivo de la 50ª Jornada Mundial por la Paz, recordó al musulmán Abdul Ghaffar Khan y su acción de no violencia en la liberación de la India. Los pocos estudios realizados sobre la relación entre el islam y la no violencia también reivindican el papel de actores mayoritariamente asiáticos, pero poco se ha dicho sobre el mundo árabe-musulmán.

En cambio, es en el contexto árabe donde toma forma la experiencia de Jawdat Said, intelectual sirio contemporáneo, creador de una teoría sobre la no violencia radical basada en la exégesis coránica, la tradición islámica y la lectura de los fenómenos históricos. Se trata de un autor desconocido en Europa y relativamente poco conocido en el ámbito musulmán, a pesar de la relevancia de sus aportaciones. Una relevancia que va unida a múltiples factores. En primer lugar, la capacidad de conjugar, en el pensamiento y en la acción, una novedad interpretativa con un profundo sentido de pertenencia a la propia fe y tradición, que no sufre reducción ni adaptación alguna. Las reflexiones de Jawdat Said hunden sus raíces en los fundamentos de la religión islámica, sobre todo en el Corán y en la Sunna. Lo suyo no es un intento de leer la Escritura desde una óptica occidental sino sobre todo elaborar un pensamiento teológico-social a la luz de una relectura espiritual, histórica y lingüística del texto sagrado y del mundo, como opera prima de Dios. La doble connotación de este intelectual sirio, a caballo entre la tradición y la renovación, refleja las influencias que recibe. Si inicialmente es el modernismo islámico lo que llama la atención de Said, a través de las ideas de Jamal al-Din al-Afghani y Muhammad ʻAbduh, más tarde orientará su interés hacia el reformismo crítico de Mohammed Arkoun y Malek Bennabi, con su teoría de la “colonización” de los pueblos. Esta doble connotación le costará las críticas de unos y otros. Si el reformismo lo cuenta entre las filas de los islamistas, estos últimos lo critican por ciertas posiciones distantes de la tradición.

Jawdat Said. El islam de la no violencia

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En el aparcamiento del Supremo

Fernando de Haro, Lahore

Nuestra cita es a la entrada de la Ciudad Vieja de Lahore, en la parada de autobuses que vienen de los pueblos a la capital. Junto a un mercado lleno de trajín, de hombres con largas barbas blancas, de mujeres vestidas a lo indio con trajes de vivos colores, con mujeres de hiyabs negros a los que solo se les ven los ojos. Se desayuna en los restaurantes populares, se grita y se comercia, el ruido del tráfico es ensordecedor. A la entrada de la Ciudad Vieja, los antiguos edificios de los hindúes que se marcharon con la partición son como fantasmas congelados de una belleza decadente. Las fachadas pintadas de rosa, de azul brillante, de turquesa acusan la falta de cuidado, los remiendos, los árboles que les salen por las junturas, los cables del tendido eléctrico prendidos de cualquier manera, arracimados, formando nudos. La vida no se detiene, pero el Lahore del esplendor colonial se ha quedado definitivamente en el pasado.

Adnan no tiene ojos ni para el bullicio, ni para el mercado, ni para fachada alguna. Se baja del autobús cubierto con una gorra, con un pañuelo que le llega hasta la boca y con unas gafas de sol. En sus movimientos hay nerviosismo. Luego me confesará que siempre que viene a la ciudad tiene miedo, teme que la asociación radical que le ha amenazado de muerte le quite la vida. Adnan tiene cita en el Tribunal Supremo de Lahore. Ha viajado parte de la noche. Lleva siete años acusado por blasfemia. Pasó cinco años en prisión y ahora está en libertad provisional. Todo su caso comenzó porque intentaron que se convirtiera al islam y rechazó hacerlo. En comisaría lo torturaron y en prisión tuvo que sufrir una clara discriminación respecto a los otros presos. Anthony lo defendió en otros tiempos. Ahora está en manos de otro abogado, pero ha acudido esta mañana a recogerlo. Anthony ha tenido una vida difícil desde que decidió dedicarse a la defensa de personas acusadas por la ley de la blasfemia. Hoy no viste el uniforme habitual de los letrados en Pakistán, herencia británica, que se compone de pantalón negro y camisa de algodón blanca. Quiere pasar inadvertido y se ha puesto una camisa de cuadros. Antes de llegar al Tribunal Supremo, nos bajamos del coche y nos escondemos tras unos árboles del parking que usan los abogados. Anthony me explica que entre sus compañeros de profesión hay dos asociaciones islamistas que le amenazan y le presionan a menudo. Suele aguantar sus invectivas, pero hoy es mejor que no le vean. Esperamos media hora a tener noticias. Pasado ese tiempo Adnan llama a Anthony y le informa de que los acusadores no se han presentado y que la vista se ha pospuesto para dentro de unas semanas. Anthony me explica que es una técnica habitual. Los jueces no cumplen los plazos establecidos, dilatan los tiempos y lo hacen con la complicidad de acusadores y de abogados. Denunciantes, magistrados y abogados están en el mismo frente. La inseguridad jurídica es absoluta, nunca se sabe cuándo va a acabar el proceso y las víctimas ven hipotecadas sus vidas.

En el aparcamiento del Supremo

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En el nuevo pueblo de Yadum

Fernando de Haro, Lahore

Yadum ya no vive en su pueblo de siempre, en su pueblo del Punjab donde era pastor. Su nuevo pueblo está cerca del viejo, pero no lo ha vuelto a pisar. El nuevo pueblo de Yadum no tiene las calles asfaltadas y en esta, que es la temporada de lluvias, se forma un barro oscuro. A la entrada hay una pequeña escuela, en el segundo piso de la casa del maestro. Una escuela con tres aulas pequeñitas, con pupitres de madera, sin ventanas, todavía en construcción. Los cuadernos de trabajo están muy bien ordenados en sus anaqueles. Uno de ellos es de inglés, los niños de este pueblo saben decir Hello y te saludan con una gran sonrisa. Desde la terraza de la escuela se ve la aldea completa, de ladrillo, levantada sin orden, según le va llegando el dinero a sus vecinos.

El maestro combate el calor intenso y húmedo cerrando las puertas y las ventanas a cal y canto, sesteando. El maestro está mayor y ahora no trabaja porque es tiempo de vacaciones. El maestro tiene dos nietas guapas y coquetas, vestidas de colores, descalzas, que se cubren la cabeza con un pañuelo y a las que no le gusta que las veamos pelar cebolla. A la entrada del nuevo pueblo de Yadum también hay una iglesia en construcción, con su cruz en la puerta, para que quede claro que es un templo de cristianos. Dos hombres trabajan en terminar el techo. El agua que corre por la calle principal del pueblo de Yadum no está limpia, es agua de letrina. A la puerta de cada casa hay una cortinilla de colores, y detrás un patio con una cocina de gas en el suelo, y después una sola habitación con una gran cama donde duermen todos los miembros de la familia. Las mujeres se asoman al vernos pasar, con rostros tostados, con una belleza sana en medio de la pobreza. En varias esquinas, tiendecitas en las que se venden golosinas. Un hombre gordo, semidesnudo, duerme desparramado a la puerta de su casa. Está tumbado en una de las hamacas del Pakistán que se parecen a las hamacas de la India. Encontramos la casa de Yadum cuando el pueblo se acaba y se hace campo, un campo fértil, casi tropical. Cerca pasa un río y las vacas cruzan por la puerta de la casa de Yadum al volver de abrevar. Son vacas grises con los cuernos cortos y retorcidos. Bajo una acacia tres mujeres, sentadas en el suelo nos ven entrar donde Yadum. Lo encontramos a la puerta, sacando tierra de una carretilla para plantar una pita en una maceta. La nueva casa de Yadum no está acabada. Los muros en pie, el techo cerrado, pero no hay más puerta que la de entrada y no hay nada enlucido. Pero Yadum quiere plantas en su casa y se afana en preparar los tiestos. Yadum está desnudo de cuerpo para arriba, sonríe mucho. Y me explica que se han venido a vivir a un sitio donde el terreno es muy barato.

En el nuevo pueblo de Yadum

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>Entrevista a Francesco Strazzari, profesor de Relaciones Internacionales en la Escuela Superior Santa Ana de Pisa

Argelia y Sudán, ¿primaveras árabes 2.0?

Claudio Fontana

Argelia y Sudán están viviendo, desde marzo de 2019 y diciembre de 2018 respectivamente, manifestaciones en las calles que han llevado a la caída de Abdelaziz Bouteflika, presidente argelino desde 1999, y Omar al-Bashir, en el gobierno de Jartum desde 1989.

¿Qué está pasando en Argelia y Sudán? ¿Estamos delante de una nueva “primavera árabe”?

Algunos observadores hablan de una “fase 2” de las primaveras árabes. Se trataría de una nueva oleada que en cierto modo habría “digerido” las lecciones de la fase precedente, y especialmente los elementos de ingenuidad y las expectativas a las que respondió el cambio político desatado en 2011. Las semejanzas no faltan. Las manifestaciones en ambos casos están motivadas por problemas relacionados con el encarecimiento de la vida y la pérdida de poder adquisitivo de los ciudadanos, que es un fenómeno evidente tanto en Argelia como en Sudán, dos países fuertemente ligados a la exportación de hidrocarburos. En Sudán, el aumento de precios de los alimentos ha provocado manifestaciones que han llegado a la capital, desembocando en una gran movilización para hacer caer el régimen. En el caso argelino, las dificultades para distribuir los ingresos por gas y petróleo han provocado la entrada en una fase de declive de la vida económica. Al principio de su cuarto mandato, Bouteflika se comprometió con sus promesas habituales. Sustancialmente, invertir esos beneficios en subsidios para mantener el poder adquisitivo de la población, en contra de las indicaciones de los organismos financieros internacionales. Acercándose a su quinto mandato, el presidente octogenario intentó jugar la misma carta, pero esta vez a la población no le ha parecido suficiente y la protesta contra el “sistema” se ha ampliado.

Aparte de los factores económicos, ¿hay otros elementos que compartan con las revueltas de 2011?

Un elemento es el protagonismo de los militares, especialmente el ejército. Luego hay un papel más oscuro que desempeñan otros aparatos de seguridad como las llamadas “tropas en la sombra” de las que se habla en Sudán. En todo caso, tanto en Sudán como en Argelia los aparatos de inteligencia tienen un papel muy controvertido. El ejército refleja y en cierto modo trata de interceptar la pregunta que procede de la movilización popular. Esta acción militar recuerda a la función “termidoriana” y restauradora que llevó a cabo el ejército egipcio con el golpe de estado contra Mohammed Mursi, que fue elegido tras la caída de Hosni Mubarak. De hecho, en aquella ocasión hubo grandes manifestaciones que pedían a voces la intervención del ejército para hacer frente a los fracasos del gobierno vinculado con los Hermanos Musulmanes.

Otra similitud con 2011 se refiere a la aparición de una opinión pública, una sociedad civil y un espacio transnacional de circulación de ideas, que vemos por el hecho de que en la retórica de la calle se observan estandartes y manifestaciones donde argelinos y sudaneses se reclaman mutuamente. También comparten el hecho de que los componentes islámicos no están ausentes en las calles (sobre todo en Argelia) pero no son ellos los que llevan las riendas en estas manifestaciones.

>Entrevista a Francesco Strazzari, profesor de Relaciones Internacionales en la Escuela Superior Santa Ana de Pisa

Argelia y Sudán, ¿primaveras árabes 2.0?

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>Editorial

Esperando el #Me Too del islam

Fernando de Haro, Lahore

El comisario del servicio secreto militar me explica con mucho énfasis que en el islam no está permitido que el hombre lleve al descubierto la parte del cuerpo comprendida entre el ombligo y las rodillas. Lo hace levantándome la camiseta y tocándome las piernas. El clérigo de la madrasa (escuela coránica) donde sucede la escena mira al militar con satisfacción. La madrasa en la que hemos estado grabando hasta unos minutos es una de las históricas de Lahore, la capital del Punjab. En sus aulas, sentados en el suelo, con movimientos rítmicos, a gritos, los niños aprenden de memoria las suras del Corán. El interrogatorio del comisario, que nos obligará más tarde a abandonar precipitadamente Pakistán, demuestra quién manda en el país. Da igual que el primer ministro sea de un partido musulmán o un play boy populista. Quien rige los destinos de esta nación de más de 200 millones de habitantes, encrucijada de Asia, es la alianza entre islamismo y ejército que le dio su identidad. El comisario tiene que demostrar al clérigo que hace cumplir la interpretación más estricta del islam y el clérigo presta su apoyo al comisario. Hasta no hace mucho era frecuente en Lahore, la ciudad fronteriza con la India, que los hombres paseasen con pantalones cortos y zapatillas por sus parques. El avance del partido radical Tehreek-e-Labaik ha cambiado las costumbres. Islamismo sobre islamismo, sobre el de Ali Bhutto de los años 70, sobre el del general Zia de los años 80, sobre el islamismo que impulsó Estados Unidos para combatir en Afganistán a los talibanes.

Mientras escucho al comisario predicar se me viene a la cabeza el rostro de Sadaf, una niña de 12 años que horas antes acaba de contarme su historia. Sadaf usa un pañuelo que le cubre la cabeza, viste como una musulmana, o como una hindú. Muchos cristianos del Punjab no se distinguen por su ropa. Son el vivo retrato de lo que decía la carta a Diogneto. Sadaf tiene el rostro severo y la expresión tímida pero enseguida le sale el carácter. Sadaf me ha explicado que una compañera de clase le invitó el pasado mes de abril a pasar una tarde con ella. Después de resistirse durante un tiempo accedió. La invitación fue una trampa para que el hermano de su compañera, Sabtain, la raptara. A Sadaf la drogaron, la trasladaron a Faisalabad y allí Sabtain abusó de ella. Sadaf lo relata todo con aplomo, sin bajar la mirada. Después de la agresión sexual, recibió una instrucción rápida de nociones sobre el islam y fue forzada a convertirse. A la conversión forzada se unió un matrimonio también forzado con un expediente falso. Sadaf no quería ser musulmana y no quería ser una posesión de Sabtain. Así que en un nuevo traslado tuvo el coraje de saltar del autobús en el que viajaba. Huyó y pidió un móvil a una persona desconocida. Consiguió llamar a su padre que fue rápidamente a recogerla. Ahora ha vuelto a ser acogida en su familia. Sadaf, que ya no tiene la mirada de una niña, me explica que ella no quería dejar de ser cristiana.

>Editorial

Esperando el #Me Too del islam

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Dostoyevski. El milagro de la felicidad y nuestras "noches blancas"

Joshua Nicolosi

“¡Dios mío! ¡Todo un minuto de felicidad! ¿Acaso es poco para toda una vida humana?”. Así termina, con esta apremiante pregunta de su protagonista, Noches Blancas, una pequeña joya nacida de la pluma de Fiodor Dostoyevski en 1848. Es la pregunta de un soñador que acaba de ver cómo se esfuma su amor por la hermosa Nastenka, que a su vez esperaba el regreso de su amado, después de un año alejados. Del mismo modo, parece acabar en cenizas la esperanza de que, por una vez, la realidad, que siempre había huido a atrincherarse en la cómoda atmósfera de los sueños, pudiera satisfacer su desesperado deseo de vivir plenamente, de sumergirse en emociones de carne y hueso. De hecho, a nuestro protagonista, después de perder a la muchacha que le había llenado de ilusiones, no le queda más que volver a su habitación para meditar, para digerir un nuevo rechazo de la realidad en nombre de otra nueva dimensión onírica, más reconfortante. ¿Pero realmente puede el sueño aprisionar el alma? ¿O no será más bien un trampolín hacia la concreción de la existencia, por mucho que esta pueda resultar desgarradora e imprevisible?

Bien pensado, todos los hombres, naturalmente en diferente medida, pueden clasificarse como soñadores. Entre otros muchos motivos, la grandeza de Dostoyevski está en que consigue abrir una brecha tanto en el corazón más tenaz e irreductible como en el más temeroso y acobardado. Porque todo soñador, todo ser humano, al imaginar su felicidad, al dibujar en abstracto los escenarios de su realización, se ve invadido por una satisfacción intensa. Encontrar el amor, alcanzar un logro significativo, hacer feliz a las personas queridas, cumplir las propias ambiciones, todas son exigencias connaturales a la estructura humana, que como tal siempre se ve proyectada hacia el futuro.

Pero si este es el círculo existencial del hombre, más aún que el sueño hay una urgencia que le condena inevitablemente: la vida. El sueño no puede quedar apartado de su cumplimiento, pues de lo contrario corre el riesgo de convertirse en desesperación. De hecho, el poder de un sueño se incrementa cuando llega a coincidir con la realidad, casi hace falta una cierta preparación para afrontarlo con coraje de espíritu. Como hace el soñador de Dostoyevski, que se abre ante las lágrimas de una joven abandonada con un amor incondicional y comprensivo, fruto por cierto de un deseo de esa relación madurado en el marco ideal de sus pensamientos.

Dostoyevski. El milagro de la felicidad y nuestras "noches blancas"

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El dedo de la blasfemia

Fernando de Haro, Islamabad

Basharat es un hombre fornido, con una amabilidad reservada. Vive en una casa de dos pisos en un barrio pobre de Islamabad. En realidad la planta baja es un garaje acondicionado. Llamamos a la puerta de metal. Varios vecinos nos miran con curiosidad desde los balcones cercanos. Basharat nos hace pasar con prisa a una sala cerrada a cal y canto. Es costumbre en esta ciudad mantener algunas estancias cubiertas con pesadas cortinas para que no entre ni un rayo de luz durante el verano. Nos pide que no le tomemos imágenes en la calle y que escondamos la cámara, que es demasiado grande para su voluntad de pasar inadvertido en el barrio. “En esta zona casi todos son musulmanes”, nos dice Basharat mientras abre la palma de la mano y se la pone delante de la barbilla para simular una barba larga.

Basharat enseguida nos saca un gran aperitivo, con hojaldres salados. Se acomoda en uno de los grandes sillones de sala, sillones de invierno para un verano con un calor que desde muy temprano es una especie de mazazo. En la parte alta se oye ajetreo de chiquillos. Durante nuestra conversación irán apareciendo hasta cuatro. El más pequeño de poco más de un año, una fuerza de la naturaleza, tiene pasión por los videos musicales que escucha y baila en el móvil de su padre. La hermana mayor, espigada, seria, intentará meterlo en cintura. La segunda, coqueta, será la única que consiga dominarlo. Basharat trabajó con Shahbaz Bhatti, el ministro cristiano asesinado en 2011 por oponerse a la ley de la blasfemia. Cuando le menciono el nombre del mártir casi se le humedecen los ojos. “Su sangre corre ahora por mis venas”, me dice.

Basharat conoce en su propia piel qué significa sufrir una acusación falsa por la ley de la blasfemia, modificada por el General Zia en 1987 y utilizada como una herramienta de persecución. “Habíamos puesto en marcha un proyecto para la construcción de una iglesia a las afueras de Islamabad. Conseguimos el dinero y compramos el terreno”, me explica Basharat. Cuando iban a empezar las obras, un grupo vinculado a los talibanes formuló una falsa acusación de blasfemia. La policía se presentó en el lugar donde se iba a construir la iglesia y se llevó preso a Basharat. Estuvo cinco meses en la cárcel sin que se precisara cargo alguno contra él. “El período en la cárcel fue duro, pero para mí significó un cambio. Me pasaba el día con la Biblia, la leía a todas horas, dormía con ella, comía con ella, me hacía compañía y eso me transformó”, explica. “En una ocasión decidí ayunar varios días y los carceleros que me vigilaban se conmovieron con ese gesto porque lo hacía por Dios, para mí fue todo un signo”, añade.

El dedo de la blasfemia

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Muere ¿de dolor? un musulmán que perdió mujer e hijo en Niza

Federico Pichetto

El 14 de julio de 2016 la vida di Tahar Mejri cambió para siempre. El atentado terrorista de Niza le arrancó a su mujer y a su hijo de cuatro años. Desde entonces para él, musulmán en Occidente, la vida dejó de ser vida. De hecho, atormentado por su dolor, empezó a dejarse apagar. Hasta que murió, el pasado 15 de junio.

En la muerte de Tahar está en cierto modo la muerte del islam, de la promesa que dio vida al islam, cuando un grupo de pobres campesinos quedó fascinado por primera vez ante la promesa de justicia que el anuncio del profeta introducía en su mundo. Esa justicia que devuelve la dignidad porque devuelve el honor y el respeto a Dios. Esa justicia que el terrorismo en nombre de Alá arrancó en cambio a uno de sus hijos, dejándolo en su océano de dolor sin promesa alguna de rescate.

Pero en la muerte de Tahar también está la muerte de Occidente, que no sabe pronunciar una palabra de bien y de verdad delante del dolor. Tres años en la nada, sin perspectivas, sin una propuesta, sin un nuevo inicio. ¿Quién podría resistir en la nada con un dolor tan pesado en el corazón? ¿Qué podemos ofrecer los occidentales a un corazón traspasado por semejante sufrimiento? ¿Quizás el problema no sea tanto quién llega a nuestras tierras sino la nada que se encuentra, la desesperación y el silencio que respira?

En definitiva, la muerte de Tahar es un poco la muerte de cada uno de nosotros, que morimos decenas de veces antes de morir de verdad. El dolor tiene la capacidad de matar nuestra esperanza, nuestros sueños, nuestros deseos. El dolor parece ser nuestro verdadero enemigo y amenaza con devorar amistades, pasiones, matrimonios, amores, responsabilidades. En el dolor lo perdemos todo. Y nos da tanto miedo. Porque en el fondo sentimos que el dolor nos quita dignidad.

Qué fuerza adquiere el anuncio de la Cruz de Cristo que anuncia a los hombres que vale la pena permanecer en el dolor, porque todo dolor es antesala de la Resurrección, promesa de novedad.

Tahar ha muerto destruido por una promesa de felicidad que sentía traicionada. Y nosotros, occidentales del nuevo milenio, corremos el riesgo de vivir con tanto miedo a sufrir que perdamos las ganas de comprometernos en una promesa de vida, y nos sentimos condenados a una soledad que, en realidad, no es ausencia sino espera del Misterio.

Muere ¿de dolor? un musulmán que perdió mujer e hijo en Niza

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>Entrevista a Pablo Iglesias, director de información de Servimedia

"La suma PSOE y Ciudadanos es más sencilla que lo que se está negociando ahora"

Juan Carlos Hernández

Analizamos con Pablo Iglesias la actualidad política marcada por los vetos y la incapacidad de llegar a grandes consensos. “Es hora de dejar la campaña electoral permanente y trabajar por el bien común”.

¿Qué valoración le merece la política de pactos a la que estamos asistiendo en las últimas semanas, donde parece que los partidos políticos son incapaces de llevar a cabo lo que los electores han decidido en las urnas?

La primera reflexión es que ya no hay reglas, ya no hay ataduras ni condicionantes a la hora de pactar. Veníamos de décadas en las que había ciertos convencionalismos a la hora de pactar, había alianzas naturales y otras que sin ser naturales se consideraban habituales, y el fin del bipartidismo y la fragmentación de los partidos, que ya se ha consolidado en las últimas elecciones generales, hace que todas esas normas o costumbres que existían se hayan acabado. Ahora hay libertad total para pactar por parte de todos y muy poquitos complejos para pactar. Pese a los dos bloques de centro derecha y centro izquierda, en los pactos se ve que eso no tiene que ser así. Sobre todo en sitios pequeños donde se pueden ver pactos no tan usuales. Debido a la fragmentación hay muchos partidos y las sumas pueden ser diversas y no hay que escandalizarse porque pacten los partidos, porque al fin al cabo sin esos pactos no hay gobierno.

¿Se ha equivocado Ciudadanos en su estrategia?

Uno de los grandes errores de la estrategia política –y se está comprobando ahora– es ese giro a la derecha inesperado de Ciudadanos en el mes de enero para afrontar las elecciones generales. En la noche electoral ya se vio que esa estrategia era equivocada si lo que quería el bloque de centro derecha era sumar más. Tras el resultado de las generales, a Ciudadanos le había ido muy bien porque subió y se quedó muy cerca del PP en escaños y votos, así el partido de Albert Rivera vio un oasis en el que estaba a punto de dar el “sorpasso” al PP. La realidad se ha impuesto un mes después en las elecciones de abril y no hay “sorpasso” de Ciudadanos al PP en ningún sitio de España. La realidad es que Ciudadanos ha dado un retroceso, cosa lógica dada su poca implantación territorial.

¿No es un error este giro a la derecha que comentabas, ya que tradicionalmente en España se ganan las elecciones desde el centro?

En la época del bipartidismo es verdad que las elecciones se ganaban desde el centro, ahora con la fragmentación no se puede consagrar esa afirmación totalmente. Ahora el centro político lo podía representar Ciudadanos y, sin embargo, en estas elecciones es el PSOE el que ha representado el centro de la política. Precisamente gracias al giro a la derecha de Ciudadanos y gracias una estrategia electoral y partidista que se ha fraguado desde Moncloa entre Pedro Sánchez y su jefe de gabinete, Iván Redondo. Han sabido ver esa oportunidad al ver cómo Ciudadanos se iba a la derecha y les han dejado el centro libre, y ellos con tacticismo han ocupado el espacio del centro. Entre esto y la fragmentación del voto de la derecha, han conseguido un gran resultado electoral.

>Entrevista a Pablo Iglesias, director de información de Servimedia

"La suma PSOE y Ciudadanos es más sencilla que lo que se está negociando ahora"

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Cristo no puede ser funcionario

Fernando de Haro, Islamabad

La vida hierve en el Barrio 66, uno de los suburbios de Islamabad. El Barrio 66 está a miles de kilómetros de distancia de las zonas residenciales de las afueras, donde viven los altos cargos del ejército, en bonitos chalets con patios interiores en los que el rigor del verano se suaviza con sombras de árboles cuidados y el olor intenso y algo embriagador del jazmín. Aquí es todo bullicio, en las casas de pocos metros cuadrados, construidas sin permiso y sin título de propiedad, una habitación y una cama sirve de dormitorio para toda la familia y la cocina son dos hornillos en un pasillo. Los que han prosperado se han construido una pequeña azotea. Por las calles sin asfaltar pasean jóvenes del brazo, mujeres que se cubren la cabeza con pañuelos de colores, hombres con grandes mostachos y el pelo recio y negro de los indios. No hay barbas largas de piedad en los varones ni sombreros pastunes, ni hiyabs. Pero, por lo demás, nadie puede reconocer por su modo de vestir a los cristianos, que son mayoría en el Barrio 66 y que han llegado aquí, en su mayoría, huyendo de la miseria del Punjab.

Los carniceros exponen, sobre un mostrador de piedra, su producto. Sentados junto a piezas de cordero, espantan sin mucha convicción las moscas con unos latiguillos de plástico. Alguno con inclinaciones por la invención ha construido un artefacto con un motorcillo para no tener que esforzarse mucho. Junto a las carnicerías, dos pequeñas iglesias protestantes. La casa de Younas está en un recodo, con su nombre completo en la puerta. Younas se vino con sus padres del Punjab siendo pequeño. Su camisa y su pantalón, a la europea, están impolutos. Nos invita a entrar. Mónica, su mujer, anda entre fogones y nos saluda con timidez. Nos sentamos en una pequeña salita y Younas nos saca enseguida algunas bebidas. Algunos de los hermanos de Younas han buscado mejor vida en Europa, pero él ha preferido quedarse en Pakistán, a pesar de que las cosas no le han sido fáciles. Su primer hijo sufrió un atentado y anda con dificultad. Las ayudas del Gobierno no han llegado.

El primer nombre de Younas es de origen musulmán, pero el segundo, que usa habitualmente, es Masih, que significa “Cristo”. Younas no ha renunciado a su segundo nombre aunque le ha impedido acceder a un cargo en la Administración. Younas hace veinte años quiso convertirse en funcionario público. Su formación se lo permitía. Pero, a pesar de haberlo solicitado más de quince veces, fue rechazado. “Estoy convencido de que me rechazaron porque me llamo Cristo”, explica Younas. “Creo que afortunadamente las cosas han cambiado en los últimos años”, sostiene. Pero lo cierto es que los estudios hechos por prestigiosos centros de estudios muestran que la discriminación laboral es muy frecuente todavía en Pakistán para los bautizados. El acceso a los altos puestos de la Administración está prácticamente vedado.

Cristo no puede ser funcionario

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Esperando el #Me Too del islam

Fernando de Haro, Lahore

El comisario del servicio secreto militar me explica con mucho énfasis que en el islam no está permitido que el hombre lleve al descubierto la parte del cuerpo comprendida entre el ombligo y las rodillas. Lo hace levantándome la camiseta y tocándome las piernas. El clérigo de la madrasa (escuela coránica) donde sucede la escena mira al militar con satisfacción. La madrasa en la que hemos estado grabando hasta unos minutos es una de las históricas de Lahore, la capital del Punjab. En sus aulas, sentados en el suelo, con movimientos rítmicos, a gritos, los niños aprenden de memoria las suras del Corán. El interrogatorio del comisario, que nos obligará más tarde a abandonar precipitadamente Pakistán, demuestra quién manda en el país. Da igual que el primer ministro sea de un partido musulmán o un play boy populista. Quien rige los destinos de esta nación de más de 200 millones de habitantes, encrucijada de Asia, es la alianza entre islamismo y ejército que le dio su identidad. El comisario tiene que demostrar al clérigo que hace cumplir la interpretación más estricta del islam y el clérigo presta su apoyo al comisario. Hasta no hace mucho era frecuente en Lahore, la ciudad fronteriza con la India, que los hombres paseasen con pantalones cortos y zapatillas por sus parques. El avance del partido radical Tehreek-e-Labaik ha cambiado las costumbres. Islamismo sobre islamismo, sobre el de Ali Bhutto de los años 70, sobre el del general Zia de los años 80, sobre el islamismo que impulsó Estados Unidos para combatir en Afganistán a los talibanes.

Mientras escucho al comisario predicar se me viene a la cabeza el rostro de Sadaf, una niña de 12 años que horas antes acaba de contarme su historia. Sadaf usa un pañuelo que le cubre la cabeza, viste como una musulmana, o como una hindú. Muchos cristianos del Punjab no se distinguen por su ropa. Son el vivo retrato de lo que decía la carta a Diogneto. Sadaf tiene el rostro severo y la expresión tímida pero enseguida le sale el carácter. Sadaf me ha explicado que una compañera de clase le invitó el pasado mes de abril a pasar una tarde con ella. Después de resistirse durante un tiempo accedió. La invitación fue una trampa para que el hermano de su compañera, Sabtain, la raptara. A Sadaf la drogaron, la trasladaron a Faisalabad y allí Sabtain abusó de ella. Sadaf lo relata todo con aplomo, sin bajar la mirada. Después de la agresión sexual, recibió una instrucción rápida de nociones sobre el islam y fue forzada a convertirse. A la conversión forzada se unió un matrimonio también forzado con un expediente falso. Sadaf no quería ser musulmana y no quería ser una posesión de Sabtain. Así que en un nuevo traslado tuvo el coraje de saltar del autobús en el que viajaba. Huyó y pidió un móvil a una persona desconocida. Consiguió llamar a su padre que fue rápidamente a recogerla. Ahora ha vuelto a ser acogida en su familia. Sadaf, que ya no tiene la mirada de una niña, me explica que ella no quería dejar de ser cristiana.

Esperando el #Me Too del islam

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Convicciones sin realidad

Fernando de Haro

La miniserie Chernóbil de HBO ha hecho furor. Los cinco capítulos escritos por Craig Mazin y dirigidos por Johan Renck han ocupado el hueco dejado en la audiencia por Juego de Tronos. La pasión por lo sucedido en el reactor nuclear ha generado un extraño turismo de la catástrofe. Chernóbil es mucho más que un desastre nuclear. El accidente de 1986, la cadena de decisiones tomadas, la reacción del poder soviético, la respuesta de los científicos y de la población nos hablan del riesgo de la energía atómica, pero también de la fe y de la realidad, de una realidad negada, y de un pensamiento, de una creencia que construía/construye un sistema contra la experiencia.

Nos atrae la serie porque en estos tiempos de miedo y de incertidumbre refleja las consecuencias de un uso imprudente de la tecnología. Efectos que se prolongan en el tiempo más allá de lo que se puede imaginar. No es solo terror al átomo. La ficción da forma a ese fantasma de la sociedad del riesgo que llevamos en el alma y que puede tener mil maneras de concretarse. El temor está dentro de nosotros y sentimos cierta afinidad por los relatos que alimentan lo que el sociólogo Luhmann llamaba “la extravagante preocupación por las improbabilidades extremas”. Es improbable una invasión de migrantes, una muerte por epidemia generalizada, una violenta guerra en todo el planeta. Pero las distopías cinematográficas que insisten en mundos creados por sucesos de este tipo florecen. La afición que tenemos en este comienzo del siglo por las improbabilidades extremas de destrucción más que por las improbabilidades extremas de ser nos retrata.

Ha habidos algunas críticas que le han afeado a Chernóbil no haber reflejado de modo adecuado cómo funcionaba el poder soviético a mitad de los años 80. Probablemente no se le puede pedir a una serie capacidad suficiente para describir algo que era no solo un conflicto entre la verdad o la mentira, o entre los expertos y los burócratas. Los privilegios de las autoridades, la escasa estima por la vida humana y el abuso del Estado marcaron la reacción a la crisis. Pero el caso Chernóbil es más que todo eso. Es el momento en el que se hace evidente el choque entre la fe del hombre soviético y la realidad. Por eso es tan actual. Y por eso hay que volver a la lectura de Voces de Chernóbil. Con el imponente mosaico de testimonios que construye Svetlana Alexievich, en la que aparece la vida real, el amor, el sufrimiento de los que vivieron el accidente y de los que trabajaron cerca de la central, se comprende por qué, como dice uno de los protagonistas, lo ocurrido sirvió para “aprender a decir yo”.

El monólogo de Marat Filipovich, ex ingeniero del Instituto de Energía Nuclear, refleja el sistema de “doble verdad” en el que se vivía y que se parece, a pesar de que estamos en sociedades libres, al nuestro. El problema era la fe, una fe sin base alguna en la realidad.

Convicciones sin realidad

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>Editorial

Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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>Columna derecha

>CULTURA

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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