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16 DICIEMBRE 2019
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Sánchez se marcha, Casado se abstiene

Lola Martínez

Hay mucho nerviosismo del PSOE. Ayer, después de la Ejecutiva Federal, José Luis Ábalos, secretario de organización, comparecía ante los medios y le reprochaba a uno de los periodistas que no se le reconociera la victoria a Pedro Sánchez. El problema no es que la prensa le reconozca o no la victoria a Sánchez. El problema es que Sánchez reconozca la realidad. Ábalos aseguró que no quiere una gran coalición con el PP y que no quiere contar con los independentistas. Entonces no tendrá investidura. La única posibilidad, si no cuenta con el voto afirmativo de ERC o de Bildu, es sumar a siete partidos: PSOE, Unidas Podemos, Más País, BNG, PNV, PRC y Teruel existe. Y ni siquiera así le sale la suma. Haría falta la abstención de ERC o de Bildu. Y ERC ya ha dicho que no va regalar la abstención como en julio, que hay que hablar de autodeterminación y amnistía.

España no puede ir a unas terceras elecciones. Sánchez tendría que tener altura de miras. Sánchez tendría que saber que hay un verbo que se llama dimitir. Primera persona del singular: yo dimito. Como ha hecho Rivera. ¿Por qué tenemos que dar por supuesto que los políticos como Sánchez solo piensan en ellos mismos? ¿Por qué no podemos exigir a nuestros políticos que piensen en el conjunto del país, en España?

El PSOE no quiere hablar de una gran coalición. Muy bien. Que no haya una gran coalición. Pero el PP, segunda fuerza política, tiene que hacer todo lo que esté en su mano para que no haya repetición electoral. El PP ha pedido que Sánchez dé un paso a un lado. El PP tiene miedo de que Vox le coma la tostada. Es lógico que el PP exija un precio alto por el apoyo. Pero Casado no puede convertir su lucha con Vox en el único criterio. Por encima está el bien del país, por encima está evitar que Sánchez se eche en brazos de ERC. El cálculo de lo que pueda perder por el flanco de Vox no puede justificar que el PP no apoye un Gobierno constitucionalista. Sus electores y buena parte de los electores de Vox entenderían un sacrificio del PP.

Sánchez se marcha, Casado se abstiene

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Un proyecto común desde una historia común

Francisco Medina

Cuentan Anne Applebaum en su libro El telón de acero y Michael Burleigh en Causas sagradas, cómo la llegada de las tropas soviéticas a los países de Europa Oriental en 1944 no hizo sino poner en marcha un proceso más sistemático de creación de frentes populares con miras a conseguir la toma del poder por parte de los partidos comunistas y la formación de Estados-satélites de Moscú como medio para modelar la sociedad. Polonia, Alemania Oriental, Hungría, Checoslovaquia, Rumanía, Bulgaria…Con excepción de Yugoslavia y Albania –que impondrían un comunismo de corte propio–, todos y cada uno de ellos fueron cayendo en lo que el presidente Truman denominaría efecto dominó.

7 de mayo de 1945. Una Alemania que había sido galvanizada y organizada en un proyecto ideológico del Reich de los mil años se encuentra totalmente desarticulada y firma el armisticio que ponía fin a la II Guerra Mundial. El país se encontraba totalmente arruinado; y en los años posteriores se produce el éxodo de miles de personas al interior. Entretanto, en la Conferencia de Postdam, los aliados acuerdan la desnazificación de Alemania. El deseo de Roosevelt de congraciarse con Stalin –y que tanto exasperaba a Winston Churchill– resultó un error de consecuencias incalculables. Pronto toda la Europa del Este caería en manos soviéticas.

7 de octubre de 1949. Tras la crisis de Berlín –que obligó a los soviéticos a levantar el bloqueo– y el control de los partidos por parte del Partido Socialista Unificado (SED), la proclamación de la República Democrática Alemana (Deutsche Demokratischen Republik –DDR o RDA–) como nación soberana es el inicio de un proceso más amplio de división de Europa en dos bloques y del inicio de la Guerra Fría. Se consolida el proceso de totalitarismo de situar al Partido por encima del Estado, cuyos órganos se limitarán a aprobar y ejecutar las resoluciones del SED. En 1950, Walter Ulbricht será elegido secretario general y dirigirá los destinos del país hasta su sustitución por Erich Honecker en 1971. Parecía que la puesta en marcha del nuevo experimento político-ideológico de carácter utópico resultaría sencilla.

17 de junio de 1953. Tras la muerte de Stalin, parecía que Moscú emprendería un cierto cambio de rumbo. En la RDA se da un Nuevo Curso a la política económica, para dar más peso a los bienes de consumo. Sin embargo, el aumento de las cuotas de producción provoca un levantamiento en Berlín Este, aplastado por la Volkspolizei y los soviéticos. Sería el preludio de lo que iba a suceder en Hungría tres años después. La DDR crearía su propio Ejército Nacional y se integraría en el Pacto de Varsovia.

13 de agosto de 1961. La Guerra Fría se aproxima al momento más álgido –con la crisis de los misiles de Cuba– y Khruschev decide tensar la cuerda jugando la baza de Berlín. Walter Ulbricht, cuya doctrina de no aproximarse a Alemania Occidental encerraría a la DDR en sí misma, ordena la construcción en secreto de un Muro que partiría a Alemania en dos. Funcionarios y empleados de la Stasi y miembros del Nationale Volksarmee (Ejército Popular Nacional) acordonan el perímetro que dividía a Berlín Oriental de Berlín Occidental y comienzan a consumar la separación física, política y económica de Alemania.

Un proyecto común desde una historia común

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>Editorial

Salvar el centro

Fernando de Haro

La repetición electoral en España deja un panorama político más fragmentado y radicalizado. Las fuerzas del consenso constitucional pierden peso. Avanza el independentismo catalán y vasco. Avanza una derecha soberanista. Las mayorías son más difíciles y la suma más probable es un “Frankenstein” de partidos que no puede dar estabilidad a gobierno alguno y que alejaría a los socialistas de una política de reformas razonables más necesaria que nunca.

Pedro Sánchez, a pesar de haber ganado los comicios, ha sido el gran derrotado. El líder de los socialistas desde el mes de mayo apostó por una repetición electoral y la convirtió en una suerte de plebiscito, una segunda vuelta irresponsable para obtener un respaldo mayor que en abril. Quería gobernar en solitario (con al menos 150 diputados de los 350 que tiene el Congreso). La nueva convocatoria de las urnas ha supuesto dejar al país sin presupuestos y sin un Gobierno estable que afronte la desaceleración económica y el reto de la situación en Cataluña. Sánchez, empeñado en convertir su agenda personal en la agenda del país, minusvaloró el efecto que tenía una cita electoral a pocos días de la sentencia del Tribunal Supremo sobre el intento de independencia de Cataluña. Era más que previsible una sentencia de condena, era más que previsible que esa sentencia provocase durante un cierto tiempo alteraciones del orden público y reacciones airadas.

Sánchez ha fracasado radicalmente, ha perdido tres escaños y 800.000 votos, después de haber utilizado durante meses los resortes del Gobierno para hacer campaña electoral. No suma votos ni de las formaciones a su izquierda ni de los liberales de Ciudadanos que se desploman. La sentencia del procés le da más fuerza al independentismo catalán en el Congreso. Y, sobre todo, la sensación de inseguridad provocada por los altercados tras el pronunciamiento del Tribunal Supremo provoca una subida récord de la derecha soberanista de VOX que se convierte en la tercera fuerza. Con toda probabilidad, si las elecciones se hubiesen celebrado dentro de un par de años, cuando las cosas en Cataluña hubieran estado más calmadas, las contradicciones internas del independentismo catalán habrían pasado factura a los secesionistas. Tampoco habría subido tanto una fuerza como Vox que recoge un voto enfadado y poco reflexivo. Vox trae a la vida política española un antieuropeísmo hasta el momento desconocido y una criminalización de los inmigrantes basada en noticias falsas. No llega a ser una fuerza de ultraderecha como las que han proliferado en Alemania, Italia y Francia, pero es una expresión más del populismo.

Lo llamativo es que, en estas circunstancias, después de este rotundo fracaso que polariza a la sociedad española, Sánchez no se haya planteado dar un paso atrás o al lado para favorecer un Gobierno de las fuerzas constitucionalistas. Se trataría de un acuerdo entre PSOE y PP porque Ciudadanos, que en las pasadas elecciones aspiraba a convertirse en la segunda formación, es ya casi irrelevante con diez diputados.

En la noche de este lunes, lejos de barajar la posibilidad de una Gran Coalición con el PP, que daría el único Gobierno estable, habló expresamente de un Ejecutivo de “fuerzas progresistas” (la solución Frankenstein).

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Salvar el centro

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El debate que construye

Juan Carlos Hernández

El pasado viernes 8 de noviembre la Compañía de las Obras (CdO) organizó una mesa redonda con la intención de debatir acerca del manifiesto que esta asociación había publicado con motivo de la cita electoral del 10-N. La mesa estaba compuesta por Francisco Romo (director de Colegios FUSARA), Luis Rubalcaba (catedrático de Política Económica de la UAH) y Raúl Jiménez (coordinador del Área de integración de CESAL) miembros de la CdO que habían participado en la redacción de dicho manifiesto, y que se confrontaban con Mikel Buesa (catedrático de Economía de la UCM) y Fernando Palmero (columnista de El Mundo).

El presidente de la CdO, Juan Sánchez Corzo, moderaba el acto y comenzaba parafraseando el título del manifiesto “Necesitamos que vuelvan las políticas y el buen gobierno”. Sánchez Corzo afirmaba que todos vivimos en una “negociación continua”: cuando trabajamos discutimos con los compañeros, ponemos en común ideas; con mayor o menor facilidad nos corregimos y nos dejamos corregir; de igual manera, hacemos concesiones en nuestro ámbito personal. No siempre salimos contentos de estas situaciones, a veces nos parece haber perdido, pero muchas otras nos alegramos del resultado final, sencillamente porque avanzamos.

Como hipótesis de partida el moderador proponía mirar la búsqueda del deseo de felicidad frente a la realidad como punto de partida, como motor que nos mueve en el día a día.

En una primera ronda con los ponentes, Francisco Romo destacaba que “cuando los hombres construyen juntos se supera la ideología. Cuando dos profesores miran el problema de un chaval se sienten unidos a pesar de que piensen distinto. Es mirar la propia realidad lo que te permite superar la ideología”. Luis Rubalcaba comenzó alertando del peligro de “cuando las discusiones se plantean en el plano de las ideas y se renuncia a someter esas ideas a la experiencia. Las propuestas del manifiesto son originales porque nacen de una experiencia que es original. Sin la confianza en las relaciones no puede haber un ámbito de seguridad y si no hay una estabilidad económica y política en el país, es más difícil conseguir esta confianza”.

Por otra parte, Raúl Jiménez, miembro de la ONG CESAL, que trabaja con jóvenes inmigrantes, aseveraba que “la inmigración no es un problema, de hecho necesitamos inmigrantes para poder completar nuestro mercado laboral, el problema es cómo integrarla. Dependiendo de las políticas que pongamos en marcha se puede generar un problema si no se integran bien. Se tiene que trabajar desde Europa por que los flujos sean regulados. Pero la cuestión es que hacemos con los que ya están aquí”. Jiménez desafiaba diciendo que “podemos tener un miedo a que nos quiten cosas pero, ¿eso se resuelve levantando muros o soy yo el que tiene que abrirse al otro?”.

Fernando Palmero comenzó agradeciendo este manifiesto por “tomarse la molestia de reflexionar sobre los problemas de la sociedad española que, aun con particularidades, son básicamente los mismos que en Europa”. El columnista de El Mundo comparaba el espíritu de ilusión que supuso un impulso en Europa como fue la caída del muro de Berlín y, sin embargo, “30 años después, ¿por qué hemos pasado de ese espíritu optimista a levantar muros hoy en día? La irrupción de los populismos y la globalización transforma la sociedad en la que estamos”.

El debate que construye

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Voto por un tripartito constitucional

PáginasDigital

Los españoles acudimos este domingo a las urnas molestos e incómodos por la actitud de la clase política. Nuestros líderes no han sabido ni han querido ponerse de acuerdo para conformar una mayoría suficiente tras las elecciones de abril. Y el resultado de las urnas, salvo sorpresas que contradigan todas las encuestas, va a ser muy parecido al de la pasada primavera. No había impedimento alguno para ese acuerdo.

La inmensa mayoría de los votantes habíamos optado por partidos constitucionalistas que, afortunadamente, comparten un amplio consenso en cuestiones básicas. Las diferencias ideológicas entre las formaciones con mayor representación parlamentaria en la legislatura que no echó a andar no son tan relevantes como algunos nos quieren hacer creer. La coincidencia en muchas cuestiones esenciales es un patrimonio político y social. Si no se cuida aumentará la tendencia a que los jóvenes apuesten, como ya lo están haciendo, por fórmulas contrarias al sistema. Esta polarización inducida por las élites, por desgracia, se traslada a la vida social. Coloniza y debilita una experiencia de concordia elemental que existe entre la gente.

Crece en los extremos un discurso antisistema, de izquierda y de derecha, pero solo ha sumado un 24 por ciento de los votos. Las fuerzas del independentismo catalán y vasco representan solo un 6 por ciento del total nacional. Es cierto que el secesionismo ha sido una fuente de tensión en la vida política pero también un acicate para encontrar soluciones dentro del marco constitucional. Más allá de las diferencias reales de ideas, que son absolutamente legítimas, es necesario llegar a un acuerdo. Sería inadmisible una repetición electoral. Votaremos el domingo sabiendo que el tiempo de las llamadas “mayorías suficientes” se ha acabado. La fragmentación parlamentaria no parece que vaya a hacer posible la mayoría de bloques de izquierda y de derecha.

Por eso nos parece que el voto más inteligente y realista es el que apoye una mayoría transversal de constitucionalistas. Una mayoría que dé estabilidad a España para dar respuesta a la cuestión catalana, para afrontar la ralentización de la economía, para empezar a afrontar las grandes reformas que están pendientes desde hace años.

Si todas las encuestas no se equivocan de forma rotunda, será el PSOE el que obtenga más votos y más escaños. El voto al PSOE es un voto a la formación que puede liderar un tripartito informal con PP y Ciudadanos. Cuando hablamos de tripartito no hablamos ni de gran coalición ni de entrada en el Gobierno de los de Casado y de los de Rivera. Hablamos una serie de acuerdos que permitan la investidura y aprobar unos presupuestos. El voto al PSOE tiene riesgos. Porque Pedro Sánchez ha mostrado poca flexibilidad y poca disposición para llegar a compromisos con el PP y Ciudadanos. Porque no ha mostrado empatía con el nuevo tiempo político. Porque el recuerdo de su acercamiento al independentismo está muy fresco. Porque su política económica plantea dudas. Y porque ha mostrado demasiada facilidad para la políticas de fractura.

Voto por un tripartito constitucional

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A tres día del voto

Lola Martínez

España no tiene problemas económicos serios y si los tiene el PSOE es el mejor partido para resolverlos. La situación en Cataluña está controlada porque el Gobierno de Sánchez es muy eficaz. Sánchez tiene mano firme con el independentismo. Esto son los tres mensajes que con gran urgencia tiene que colocar el candidato Sánchez de aquí al domingo porque las encuestas no le son favorables. Desde el lunes no se pueden publicar encuestas pero, como es habitual, el Periódico de Andorra está dando a conocer las suyas, y ese sondeo dice que los socialistas no mejoran, que pueden tener entre 115 y 120 diputados, por debajo de lo que le daba la media de las encuesta hasta el lunes, que eran 125.

Por eso Ábalos ha dicho que el paro ha aumentado porque hay más confianza en encontrar un trabajo, por eso Marlaska ha dicho que las protestas contra el Rey fueron "mínima oposición". Y por eso en el debate del lunes Sánchez prometió recuperar el delito por referéndum ilegal que suprimió Zapatero y por eso también en el debate prometió que traería de vuelta a Carles Puigdemont. Una promesa que no está en su mano cumplir porque depende de que la justicia belga ejecute la nueva euroorden. Por nerviosismo o por banalidad política, o por las dos razones, Sánchez ha asegurado que si la fiscalía ha pedido al juez que reactive la euroorden es porque la fiscalía está a sus órdenes. “Yo soy el que mando. Y yo voy a traer a Puigdemont”. A Sánchez le ha dado lo mismo contradecirse, le ha dado lo mismo faltar a la verdad, le ha dado lo mismo poner en peligro la euroorden. Hay que ganar votos como sea. Hace unos meses el propio Sánchez, en relación al caso de desobediencia de Torra, defendía justo lo contrario, que la fiscalía era independiente.

¿La fiscalía es dependiente o independiente del Gobierno? Los fiscales desde luego no toman una u otra decisión porque les llamen de Moncloa. Al fiscal general del Estado lo nombra el Gobierno y el Gobierno tiene mucha mano en el Consejo Fiscal. Pero la fiscalía española es la más autónoma de toda la UE. No tiene una dependencia jerárquica, tiene una relación orgánica, pero no una dependencia funcional de lo que le diga el Gobierno. Además en España el fiscal tiene el contrapeso del juez de instrucción que compensa cualquier filiación política del fiscal. La actual fiscal general del Estado, la fiscal Segarra, ha dado prueba de independencia. Sánchez con estas declaraciones puede provocar que la justicia belga diga que no hay separación de poderes y que al final no nos manden a Puigdemont.

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Estados de paz

Agustín Domingo Moratalla

Publicamos, por su interés, este artículo publicado el domingo 27 de octubre de 2019 en el diario Las Provincias.

Uno de los conceptos más importantes de la ética política es el de “estados de paz”. No tiene nada que ver con la “paz de los cementerios”, ni está relacionado con el libro de Gironella que llevaba por título “Ha estallado la paz”. Menos aún con los famosos “años de paz” del régimen de Franco. Sin embargo, conviene traerlo a la memoria para reflexionar sobre la calificación moral de la exhumación e inhumación de Franco como un acto de justicia restaurativa.

El concepto de “estados de paz” aparece en la obra de Paul Ricoeur que lleva por título ‘Caminos del reconocimiento’. Se entiende bien cuando lo pensamos como una situación contraria a tiempos cainitas de venganza, lucha y enfrentamiento. Lo utiliza para mostrar que la ética pública de sociedades modernas no puede ser una permanente “lucha por el reconocimiento”, como si la historia de los pueblos fuera un sucesivo enfrentamiento entre víctimas y verdugos, amos y esclavos. Quiere marcar distancias con Hobbes y Hegel para quienes la guerra de todos contra todos, o la lucha entre amos y esclavos era el motor de la historia. Una historia a la altura de la dignidad humana necesita momentos de confianza mutua, de sosiego, de reconciliación, de fiesta y de generosidad mutua. Los ciudadanos no pueden estar en permanente lucha si quieren construir relaciones de amistad cívica y cooperación mutua. Un estado de paz describe un tiempo esperanzado de convivencia y consolidación de la amistad cívica.

Ricoeur recuerda el gesto del canciller Willy Brandt cuando se arrodilló en Varsovia ante el monumento en memoria de las víctimas del Holocausto. Era un gesto que podía contribuir a terminar con las luchas y los procesos de victimización continua. Nuestra transición está llena de gestos de esta naturaleza que supusieron la reconciliación entre españoles. El Rey Juan Carlos, Adolfo Suárez, Santiago Carrillo, el cardenal Tarancón y cientos de ciudadanos que protagonizaron la transición a la democracia son ejemplos de que los estados de paz tienen más fuerza cívica que la permanente voluntad de lucha. Los estados de paz representan una lógica social de la sobreabundancia y la generosidad que desborda la lógica de la equivalencia cuya versión más primitiva es la Ley del Talión.

Las amnistías y el perdón forman parte de esta justicia cordial que parece incomprensible porque emerge de una generosidad cívica y no de un odio victimario. Después de comprobar la teatralización mediática realizada con el traslado de Franco, hay dudas razonables de que la Ley de memoria histórica haya fortalecido el estado de paz que generó nuestra transición. No se está utilizando para fortalecer la convivencia y la amistad cívica sino para potenciar electoralistas relatos de lucha y revictimización social. Tristes iniciativas de odio y resentimiento, sin migaja alguna de generosidad moral.

Estados de paz

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Indio americano o cachorro dálmata

Fernando de Haro

Tom Peters es un británico de 32 años que se ha paseado en las últimas semanas por los programas matutinos de televisión explicando que quiere ser un cachorro dálmata. Declara que le gustaría ser reconocido como el primer hombre transespecie, mezcla de humano y de perro. El caso parece el producto típico de un momento de crisis en los medios: las televisiones generalistas luchan con cualquier cosa contra la inexorable caída de audiencia en favor de pantallas y contenidos más segmentados. Las televisiones de siempre intentan evitar su declive con la industria de la nostalgia, la explotación del miedo y los relatos inverosímiles. En cualquier caso, Tom Peters insiste en que, desde hace años, al salir de su trabajo, vive como si fuera un perro, come golosinas para mascotas y pienso para animales. Asegura que lo hace para huir de una realidad que le resulta demasiado gravosa. Es fácil imaginarnos respondiendo a Tom con un largo discurso dedicado a la objetividad de su naturaleza y la belleza de la condición humana. Podríamos leerle el discurso de Pico de la Mirándola sobre la excelencia de la especie a la que pertenece. Pero seguramente no nos escucharía o diría que precisamente lo que está haciendo es responder a la invitación del gran humanista: ha elegido, y ha elegido no ser hombre. Toda esta conversación (no-conversación) sería fácil. Más difícil es comprender por qué Tom quiere ser perro. Más interesante es asumir, acompañar la soledad, el desconcierto, la inquietud que lleva a Tom a ponerse su disfraz canino.

Miguel Ángel Quintana Paz explicaba en un acertado artículo hace unos días lo que nos ocurre y por qué se dan casos como el de Tom. Quintana no es precisamente un tradicionalista que defienda la incuestionable evidencia objetiva de la naturaleza humana. Se dedica a los estudios de género. El filósofo ha dedicado buenas energías en defensa no de la ideología de género, que dice que no existe, pero sí de todos los valores culturales, variables, que junto al sexo determinan la personalidad. Quintana señala atinadamente que vivimos en una época de hiperindividualismo. Podría parecer que este término es contradictorio con el auge de los nacionalismos y de otros tipos de identidades de grupo. Quintana sostiene que son dos fenómenos confluyentes. “¿No vivimos una época en que cada vez más personas se sienten parte de una identidad común y ansían disolverse en ella? ¿No estamos ante un apogeo de los nacionalismos, ante un resurgir de los fundamentalismos religiosos, ante un empeño de todos por fundirse cada cual en su colectivo (las mujeres, los gais, los distintos grupos de inmigrantes, los negros, los pensionistas, los triscaidecáfobos) y olvidarnos allí de que yo soy yo?” –se pregunta el pensador–. Estamos ante “colectivos que elige el individuo: esa es la ironía de nuestros días”. Es lo que está pasando “con el fundamentalismo islámico: a menudo son jóvenes musulmanes los que optan por afiliarse a mezquitas más y más radicales, obedecer a imanes más y más integristas, alejándose así del islam más moderado de sus familias (o del que ellos mismos profesaban poco tiempo atrás). Es una decisión estrictamente individual. También en los nacionalismos podemos observar idéntico fenómeno. Pronto, con el transhumanismo, quizá podamos elegir incluso nuestra especie o en qué soporte (o bien un cuerpo de carne y hueso, o bien unos bits en un superordenador) preferimos vivir”.

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Esperando el #Me Too del islam

Fernando de Haro, Lahore

El comisario del servicio secreto militar me explica con mucho énfasis que en el islam no está permitido que el hombre lleve al descubierto la parte del cuerpo comprendida entre el ombligo y las rodillas. Lo hace levantándome la camiseta y tocándome las piernas. El clérigo de la madrasa (escuela coránica) donde sucede la escena mira al militar con satisfacción. La madrasa en la que hemos estado grabando hasta unos minutos es una de las históricas de Lahore, la capital del Punjab. En sus aulas, sentados en el suelo, con movimientos rítmicos, a gritos, los niños aprenden de memoria las suras del Corán. El interrogatorio del comisario, que nos obligará más tarde a abandonar precipitadamente Pakistán, demuestra quién manda en el país. Da igual que el primer ministro sea de un partido musulmán o un play boy populista. Quien rige los destinos de esta nación de más de 200 millones de habitantes, encrucijada de Asia, es la alianza entre islamismo y ejército que le dio su identidad. El comisario tiene que demostrar al clérigo que hace cumplir la interpretación más estricta del islam y el clérigo presta su apoyo al comisario. Hasta no hace mucho era frecuente en Lahore, la ciudad fronteriza con la India, que los hombres paseasen con pantalones cortos y zapatillas por sus parques. El avance del partido radical Tehreek-e-Labaik ha cambiado las costumbres. Islamismo sobre islamismo, sobre el de Ali Bhutto de los años 70, sobre el del general Zia de los años 80, sobre el islamismo que impulsó Estados Unidos para combatir en Afganistán a los talibanes.

Mientras escucho al comisario predicar se me viene a la cabeza el rostro de Sadaf, una niña de 12 años que horas antes acaba de contarme su historia. Sadaf usa un pañuelo que le cubre la cabeza, viste como una musulmana, o como una hindú. Muchos cristianos del Punjab no se distinguen por su ropa. Son el vivo retrato de lo que decía la carta a Diogneto. Sadaf tiene el rostro severo y la expresión tímida pero enseguida le sale el carácter. Sadaf me ha explicado que una compañera de clase le invitó el pasado mes de abril a pasar una tarde con ella. Después de resistirse durante un tiempo accedió. La invitación fue una trampa para que el hermano de su compañera, Sabtain, la raptara. A Sadaf la drogaron, la trasladaron a Faisalabad y allí Sabtain abusó de ella. Sadaf lo relata todo con aplomo, sin bajar la mirada. Después de la agresión sexual, recibió una instrucción rápida de nociones sobre el islam y fue forzada a convertirse. A la conversión forzada se unió un matrimonio también forzado con un expediente falso. Sadaf no quería ser musulmana y no quería ser una posesión de Sabtain. Así que en un nuevo traslado tuvo el coraje de saltar del autobús en el que viajaba. Huyó y pidió un móvil a una persona desconocida. Consiguió llamar a su padre que fue rápidamente a recogerla. Ahora ha vuelto a ser acogida en su familia. Sadaf, que ya no tiene la mirada de una niña, me explica que ella no quería dejar de ser cristiana.

Esperando el #Me Too del islam

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Convicciones sin realidad

Fernando de Haro

La miniserie Chernóbil de HBO ha hecho furor. Los cinco capítulos escritos por Craig Mazin y dirigidos por Johan Renck han ocupado el hueco dejado en la audiencia por Juego de Tronos. La pasión por lo sucedido en el reactor nuclear ha generado un extraño turismo de la catástrofe. Chernóbil es mucho más que un desastre nuclear. El accidente de 1986, la cadena de decisiones tomadas, la reacción del poder soviético, la respuesta de los científicos y de la población nos hablan del riesgo de la energía atómica, pero también de la fe y de la realidad, de una realidad negada, y de un pensamiento, de una creencia que construía/construye un sistema contra la experiencia.

Nos atrae la serie porque en estos tiempos de miedo y de incertidumbre refleja las consecuencias de un uso imprudente de la tecnología. Efectos que se prolongan en el tiempo más allá de lo que se puede imaginar. No es solo terror al átomo. La ficción da forma a ese fantasma de la sociedad del riesgo que llevamos en el alma y que puede tener mil maneras de concretarse. El temor está dentro de nosotros y sentimos cierta afinidad por los relatos que alimentan lo que el sociólogo Luhmann llamaba “la extravagante preocupación por las improbabilidades extremas”. Es improbable una invasión de migrantes, una muerte por epidemia generalizada, una violenta guerra en todo el planeta. Pero las distopías cinematográficas que insisten en mundos creados por sucesos de este tipo florecen. La afición que tenemos en este comienzo del siglo por las improbabilidades extremas de destrucción más que por las improbabilidades extremas de ser nos retrata.

Ha habidos algunas críticas que le han afeado a Chernóbil no haber reflejado de modo adecuado cómo funcionaba el poder soviético a mitad de los años 80. Probablemente no se le puede pedir a una serie capacidad suficiente para describir algo que era no solo un conflicto entre la verdad o la mentira, o entre los expertos y los burócratas. Los privilegios de las autoridades, la escasa estima por la vida humana y el abuso del Estado marcaron la reacción a la crisis. Pero el caso Chernóbil es más que todo eso. Es el momento en el que se hace evidente el choque entre la fe del hombre soviético y la realidad. Por eso es tan actual. Y por eso hay que volver a la lectura de Voces de Chernóbil. Con el imponente mosaico de testimonios que construye Svetlana Alexievich, en la que aparece la vida real, el amor, el sufrimiento de los que vivieron el accidente y de los que trabajaron cerca de la central, se comprende por qué, como dice uno de los protagonistas, lo ocurrido sirvió para “aprender a decir yo”.

El monólogo de Marat Filipovich, ex ingeniero del Instituto de Energía Nuclear, refleja el sistema de “doble verdad” en el que se vivía y que se parece, a pesar de que estamos en sociedades libres, al nuestro. El problema era la fe, una fe sin base alguna en la realidad.

Convicciones sin realidad

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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>Columna derecha

>CULTURA

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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