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25 NOVIEMBRE 2020
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¿Por qué volvemos al colegio?

Ángel Satué

¿Por qué vuelven nuestros hijos? ¿Sólo porque tocaba? ¿Sólo porque lo dicen los políticos, que no se ponen de acuerdo en nada? Después de medio año (¡medio año!) sin las prisas por llegar a tiempo antes de que toque el timbre de entrada, sin poder aparcar en doble fila en Clara del Rey o Corazón de María, sin escuchar el bullicio de los recreos, sin ver correr a los chicos y chicas “del Claret”, o verles cansados y agotados al final de la semana, o con ganas de comerse el mundo (los bachilleres) o simplemente su merienda (los de infantil y primaria), volvemos.

Pero nunca nos fuimos. Hemos visto que el colegio estuvo ahí durante todo el confinamiento y que, en la “vuelta al cole”, hasta ha salido en la tele de lo bien que se ha tratado de hacer. La intención es todo, es la actitud, como dice el bueno de Víctor Kuppers. Y todos nosotros hemos seguido estando.

Ha habido momentos de comedias alocadas de Billy Wilder, o de verdaderos dramas. A mí, el regusto que se me queda, de cara a los niños más pequeños, es la película de “La Vida es Bella”, y su actor Roberto Benigni con su visión de la realidad, diferente precisamente porque la ve muy bien. Si hemos perdido a alguien cercano, seguramente es otro diferente. Pero de cara a los niños, “show must go on”.

Como padres hemos visto en los peores y más duros meses (¡meses!) del confinamiento el TRABAJO de los profesores. ¿De dónde viene su vocación? ¿De un reino de las musas? No lo creo. Viene de muy dentro de ellos, del trabajo que hacen dentro de su trabajo para acercarse al Destino, a través de la educación (Mario Mauro).

A pocos de nosotros nos han visto tantos ojos trabajando, en acción, en nuestro día a día. Tal vez un público menguado de un juzgado. Acaso un cliente. Pero no tantos ojos, inquisidores en ocasiones. Daba igual. Qué sorpresa cuando hemos visto que, vosotros, los profesores de nuestros hijos, es decir, nuestros profesores, no solo dais lecciones de Lengua o Science, o Arts, es que, además, sabéis responder preguntas imposibles de comprender, o tan sencillas que un adulto ya no puede responder sin un frenazo en seco, sin preguntarse qué es esto de la educación. Y sí, con una paciencia infinita, con el tono adecuado para cada situación, ¡y para cada niño! Esto sí es una clase magistral adaptada a cada alumno.

Los profesores os habéis metido en nuestras casas (nosotros en las vuestras también)… pero ya os las conocíais de sobra. Antes del Zoom, el Teams, el Skype… vuestra mirada sobre nuestros hijos nos alcanzaba también a nosotros. Es un superpoder, una visión aumentada.

A mí no deja de sorprenderme la manera de acercaros a cada niño, y cada clase y asignatura. Porque cada niño es único. Desde antes de nacer, todo un proyecto de vida, de persona, de futuro. Cinceláis invisiblemente, gota a gota, una vida, un futuro, el progreso. No es fácil. No ha sido fácil. No será fácil. Pero ya lo sabíais.

¿Por qué volvemos al colegio?

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Mirar al otro como hermano para salvarnos, nosotros y el mundo

Andrea Tornielli

Estamos rodeados por las “sombras de un mundo cerrado”, pero hay quien no se rinde ante el avance de la oscuridad y sigue soñando, esperando, ensuciándose las manos, comprometiéndose para crear fraternidad y amistad social. La tercera guerra mundial a pedazos ya ha comenzado, la lógica de mercado fundada sobre el beneficio parece vencer sobre la buena política, la cultura del descarte parece prevalecer, nadie escucha el grito de los pueblos que pasan hambre, pero hay quien indica un camino concreto para construir un mundo distinto y más humano.

Hace cinco años, el papa Francisco publicaba la encíclica Laudato Si’, captando de manera evidente las conexiones existentes entre crisis medioambiental y social, guerras, migraciones, pobreza. E indicaba un objetivo que alcanzar: un sistema económico y social más justo y respetuoso con la creación, que ponga en el centro al hombre custodio de la madre tierra y no al dinero elevado a divinidad absoluta. Ahora, con la nueva encíclica Fratelli Tutti, el sucesor de Pedro muestra un camino concreto para alcanzar dicho objetivo: reconocerse hermanos y hermanas, hermanos por ser hijos, custodios unos de otros, todos en la misma barca, como ha puesto aún más en evidencia esta pandemia. El camino para no rendirnos a la tentación del ‘homo homini lupus’, de los nuevos muros, del aislamiento, y mirar en cambio el icono evangélico del buen samaritano, tan actual y tan fuera de nuestros esquemas.

El itinerario señalado por el papa Francisco se funda en el mensaje de Jesús, que borra toda extrañeza. De hecho, el cristiano está llamado a “reconocer a Cristo en cada ser humano, para verlo crucificado en las angustias de los abandonados y olvidados de este mundo y resucitado en cada hermano que se levanta”. Pero el de la fraternidad es un mensaje que también pueden escuchar, comprender y compartir hombres y mujeres de otros credos, así como no creyentes.

La nueva encíclica se presenta como una summa del magisterio social de Francisco, y recoge de manera sistemática apuntes de pronunciamientos, discursos e intervenciones de sus primeros siete años de pontificado. Toma su origen e inspiración sin duda del “Documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común”, firmado el 4 de febrero de 2019 en Abu Dabi con el gran imán de Al-Azhar, Ahmad Al-Tayyib. De aquella declaración común, piedra angular del diálogo entre religiones, el Papa vuelve a proponer un llamamiento para que se adopte el diálogo como camino, la colaboración común como conducta y el conocimiento mutuo como método y criterio.

Mirar al otro como hermano para salvarnos, nosotros y el mundo

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El error de Charlie Hebdo

Maurizio Vitali

Debo confesar que a mí Charlie Hebdo no me hace gracia. Y eso es un problema para un semanario que se define satírico, y que más bien me parece que recurre al juego fácil (o sucio). Como si en la fiesta de cumpleaños de un niño de tres años, dos abuelos se presentan con sus regalos; uno de ellos con un refinado juego educativo, y el otro con una caja con los personajes de la serie de dibujos animados favoritos del pequeño, Peppa Pig. El pequeño se lanza sin dudar sobre este último. Los dos consuegros eran hombres de mundo y el abuelo pedagógico le dice amablemente al de Peppa Pig: “Has jugado fácil, has ido sobre seguro”. Como es muy educado, dice “has jugado fácil” y no “has jugado sucio”, que en este caso serían más o menos sinónimos.

Charlie Hebdo juega fácil, apuestan sobre seguro, más seguro imposible. Y así venden copias. Llegan a una vulgaridad tan exagerada que acaba resultando paradójicamente inocua, pero con una vehemencia ideológica tan ofensiva que llega a hacer daño realmente a los que creen en algo.

Emmanuel Macron, la mayor parte de los medios franceses, los intelectuales que firman llamamiento, los “yo soy Charlie Hebdo” hacen como el abuelo del regalo de Peppa Pig. Dicen: “La blasfemia forma parte de la inviolable libertad de expresión”, y esta forma parte de los derechos universales del hombre. Es el reflejo opuesto de un Estado islámico, como por ejemplo Pakistán, donde la blasfemia es delito penal. Pero Francia presume de libertad para blasfemar, mientras no concede libertad para llevar velo o cualquier símbolo religioso.

Creo que estamos ante dos errores: la religión corrompida hasta llegar al fundamentalismo y la laicidad que llega a coincidir con el nihilismo. Ambas posiciones, reflejos opuestos, generan intolerancia. Una brutal y desesperada a golpe de macheta, otra a base de cuchilladas de papel. Pero en todo caso el que es diferente es un enemigo que hay que neutralizar. Yo, yo no soy Charlie Hebdo.

Sería bueno salir de esta dialéctica perversa. El plan por el que volver a empezar no debe ser el de la ley ni el derecho penal sino el cultural y, en todo caso, el deontológico. Pero sobre todo el cultural. La modernidad ilustrada creyó que proponía una buena vida separando a la sociedad de las confesiones religiosas. Pero ignoró el sentido religioso. No se trata de la opción opinable de una organización religiosa sino de una necesidad constitutiva de la persona humana: exigencia de significado, razón para vivir, necesidad de cumplimiento, de no ahogarse en una nada desesperante, deprimente o violenta, o simplemente mediocre y resignada a la monotonía que solo rompe de vez en cuando algún que otro breve destello lúdico.

El conflicto entre laicidad y religiones no solo alimenta una abstracción ideológica inútil. El nivel del sentido religioso, o como lo queramos llamar, es donde los hombres pueden encontrarse con un interés común, sin quedar sofocados por la nada. ¿Se puede hacer humor y sátira a este nivel? Sí, señalando las insuficiencias, torpezas, mediante chistes y humor (“y al séptimo día sonrió”). Pero nunca un insulto, que solo hace reír a los sádicos.

El error de Charlie Hebdo

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Igualdad, fraternidad y decoro

R.I.

En Francia los chicos volvieron al colegio el uno de septiembre. Las mascarillas han tapado la boca de los estudiantes franceses, pero algunas chicas de los últimos cursos han decidido ir a clase especialmente destapadas y han montado una campaña en redes sociales para provocar. Y han tenido éxito: en los institutos franceses se ha visto estos días a chicas con pantalones cortos, muy cortos, con escotes de vértigo, con tatuajes muy sexys, con anillos y pendientes muy atrevidos. Los profesores y los directores de colegio han pedido a las chicas que se vistieran de un modo más apropiado e incluso han convocado a los padres.

El ministro de Educación Jean-Michel Blanquer ha pedido que en el colegio se vaya vestido de una manera republicana. ¿Qué significa vestirse de una manera republicana? Suponemos que el ministro de Educación francés lo que ha querido decir es que al colegio no se debe ir con escotes de vértigo porque al colegio se va, sobre todo, a estudiar y que una cierta discreción en la manera de vestir se deduce de los grandes valores que inspiran la república francesa: libertad, igualdad, fraternidad, y también recato o sentido común en el vestir. Quizás el mayor fracaso de los valores republicanos, que son los valores occidentales desde la revolución francesa, es que tenga que ser un ministro, con el peso del Estado, el que tenga que hacer un llamamiento a que se respete el sentido común.

Cuando el Estado tiene que ir al rescate de valores que, en principio, son evidentes, es que algo no funciona. Para una cierta generación podía ser evidente que hay que vestirse de forma adecuada para ir al colegio, porque el colegio es el lugar del aprendizaje, donde a uno le enseñan y uno aprende. Pero está visto que para la nueva generación de franceses eso ya no es evidente. Y es un poco ingenuo pensar que el Estado puede fabricar las evidencias que se han destruido, puede hacer recuperar los valores que ya no existen. Esta ha sido siempre la soberbia falta de realismo del republicanismo francés y de muchos otros sistemas políticos. De hecho, si tienes que recurrir al Estado para mantener ciertos valores es que ya están derrotados.

El problema es más de fondo: los europeos pensamos que ciertos valores, ciertas evidencias, como la vestirse de forma adecuada para ir al colegio –libertad, igualdad, fraternidad y decoro– se conquistaron de un modo definitivo en cierto momento de la historia y que forman ya parte del paisaje, de la mentalidad de nuestros hijos y de nuestros jóvenes. Habría sucedido como con el descubrimiento de que la tierra es redonda, o de la electricidad: una vez hecho el descubrimiento ya no se olvida. Pero en lo que tiene que ver con las evidencias, con los valores, cada generación tiene que reconquistarlos. A menudo pensamos que los chicos tienen ciertos valores y ciertas evidencias porque respetan las formas, pero en la mayoría de los casos debajo de esas formas no hay más que vacío.

Igualdad, fraternidad y decoro

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Pregúntame si soy feliz

Costantino Esposito

¿Al final lograremos ser felices de verdad? Esa promesa muda que nos inquieta, y a veces nos roe, ¿se cumplirá? ¿O solo dejará tras de sí un lamento? Eso de la felicidad es como una intencionalidad profunda en cada uno de nuestros gestos, en cada uno de nuestros actos conscientes, en cada iniciativa. Es cierto, de vez en cuando queremos una cosa u otra, miramos determinados resultados, tratamos de resolver problemas concretos, pero esa espera de autocumplimiento es el motor que da arranque y energía a nuestra humanidad.

Normalmente miramos esta espera con una especie de pudor o, como dijo Rilke en una ocasión, con “vergüenza, un poco como se calla una esperanza”. Todo el esfuerzo del pensamiento humano, al menos en esa parte del mundo donde se afirma la filosofía occidental, siempre ha mirado hacia esa realización impronunciable. ¿Cómo podría definirse la plenitud de la vida, es decir, una satisfacción que no sea solo un momento pasajero sino que dure para siempre? Es verdad, a nosotros los “nihilistas” nos sale casi por instinto el manejar estas palabras con gran cautela, mezclada con escepticismo, por lo grande que es su pretensión y por cuánto quema la desilusión que tantas veces hemos sentido. Por eso la felicidad se queda como al margen de nuestros programas, como una espera en el fondo irracional porque no se puede calcular. Muchas veces, cuando hemos intentado producirla nosotros, la felicidad se ha revelado en el fondo como un sueño irreal, acaso imposible.

Hay que decir que el problema de la felicidad ha sido el motor de gran parte de nuestra historia –personal y cultural– hasta codificarse incluso como un “derecho inalienable” en la Declaración de independencia americana en 1776: “el derecho a buscar la felicidad” (pursuit of Happiness).

Las grandes estrategias del mundo clásico, griego y latino brillan aún por su elevación, pero cuanto más brillan más se alejan como cuerpos celestes inalcanzables. ¿Cómo no pensar en el ideal aristotélico según el cual la felicidad perfecta consiste en la actividad contemplativa? Una actividad a la que solo los dioses y filósofos pueden llegar, porque en ellos alcanza su cumplimiento la naturaleza racional de la vida, esa que nos hace libres para ver el mundo desinteresadamente, en su necesidad y eternidad. Pero acude a la mente el contrapunto epicúreo, el de un estoico antiguo, según el cual el hombre solo puede ser feliz si consigue moderar sus necesidades y alcanzar la ausencia de turbación y afanes anímicos, “contento” –es decir satisfecho y delimitado a la vez– en su justa medida. En ambos casos los seres humanos están llamados a realizar la felicidad mediante el ejercicio de sus virtudes o gracias a una estrategia defensiva.

Pregúntame si soy feliz

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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