Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
4 JULIO 2020
Búsqueda en los contenidos de la web

Laudato Si`, una encíclica para mirar al futuro después de la pandemia

Andrea Tornielli

Recordar los cinco años de la Laudato Si’ no supone una celebración ritual. La semana y luego el año dedicado a esta encíclica representan una suerte de comprobación para recoger iniciativas, ideas, experiencias, buenas prácticas. Son un modelo para compartir lo que ese documento puso en marcha en comunidades, territorios, en todo el mundo. Y para reflexionar sobre su actividad en el momento actual, cuando el mundo entero lucha contra la pandemia del Covid-19.

Uno de los méritos de este largo texto papal, que parte de los fundamentos de la relación entre las criaturas y el Creador, es haber dado a entender que todo está conectado. No existe una cuestión ambiental separada de la social y los cambios climáticos, las migraciones, las guerras, la pobreza y el subdesarrollo son manifestaciones de una única crisis que antes que ecológica es, desde su raíz, una crisis ética, cultural y espiritual. Se trata de una mirada profundamente realista. Laudato Si’ no nace de nostalgias de tiempos pasados para retrasar el reloj de la historia y devolvernos a formas de vida preindustriales sino que identifica y describe procesos de autodestrucción debidos a la búsqueda del beneficio inmediato, de la divinización del mercado. La raíz del problema ecológico, según el papa Francisco, está justamente en el hecho de que “hay un modo de entender la vida y la acción humana que se ha desviado y que contradice la realidad hasta dañarla”.

Partir de la realidad significa medirse con la objetividad de la condición humana, empezando por el reconocimiento de la limitación del mundo y de sus recursos. Significa estar lejos de la ciega confianza que representa el “paradigma tecnocrático” que, afirma el Papa siguiendo las huellas de Romano Guardini, “ha terminado colocando la razón técnica sobre la realidad, porque este ser humano ni siente la naturaleza como norma válida, ni menos aún como refugio viviente”. La intervención del hombre sobre la naturaleza, seguimos leyendo en la encíclica, “siempre ha acontecido, pero durante mucho tiempo tuvo la característica de acompañar, de plegarse a las posibilidades que ofrecen las cosas mismas. Se trataba de recibir lo que la realidad natural de suyo permite, como tendiendo la mano. En cambio ahora lo que interesa es extraer todo lo posible de las cosas por la imposición de la mano humana, que tiende a ignorar u olvidar la realidad misma de lo que tiene delante”. Por eso “ha llegado el momento de volver a prestar atención a la realidad con los límites que ella impone, que a su vez son la posibilidad de un desarrollo humano y social más sano y fecundo”.

Laudato Si', una encíclica para mirar al futuro después de la pandemia

Andrea Tornielli | 0 comentarios valoración: 2  27 votos

 

>Entrevista a Raúl Jiménez, director del CEPI de Tetuán (gestionado por CESAL)

'Para salir de esta, Gobierno y sociedad civil deben trabajar juntos'

Elena Santa María

La ong CESAL trabaja habitualmente en el acompañamiento de personas en riesgo de exclusión en diferentes ámbitos. Con la llegada del coronavirus han adaptado su labor a las nuevas necesidades que han surgido en este tiempo. En este momento distribuye mil menús diarios en Madrid.

¿Cómo ha cambiado la labor de CESAL desde que comenzó la cuarentena?

Lo primero que vimos como equipo es que teníamos que seguir acompañando, en la medida de lo posible, a los usuarios con los que habitualmente trabajamos. Cambiaba la modalidad, evidentemente, pero no queríamos perder la oportunidad de seguir manteniendo el contacto con ellos. Empezamos a hacer formación online, acompañamiento en apoyo escolar, ocio… diferentes actividades. Y lo que fuimos detectando cada vez más es la preocupación por parte de los padres por la falta de alimentos. Había muchos que trabajaban en el hogar, les habían despedido, y como trabajaban en el mercado negro no tenían ninguna ayuda ni prestación. Otros que estaban trabajando en hostelería o en otros sectores han sufrido retrasos en el pago del ERTE. Entonces decidimos ayudarles y les llevamos una caja de alimentos a su casa. Empezamos con las 30 familias que nos mostraron esta preocupación, pero eso fue creciendo y creciendo, y actualmente estamos en 300 familias y hemos decidido parar porque no podemos atender a más.

En un vídeo que ha difundido CESAL, los voluntarios insisten en que los alimentos son muy importantes, pero no bastan. ¿Cómo acompañáis a las familias que lo han perdido todo?

Siempre hemos querido estar cerca de ellos y acompañarlos. El alimento es una primera necesidad, pero no es solo llevarles ese alimento, sino también decirles que no están solos, que hay gente que se preocupa por ellos. Queremos mostrarles ese punto de humanidad, de decir: en este momento de dificultad siéntete acompañado en lo necesario. Puede ser con una caja de alimentos, pero también siéntete acompañado en todo, si tienes alguna dificultad dímelo, en qué te puedo ayudar, qué otras preocupaciones tienes. Sobre todo, que no se sientan solos, que sientan que hay otro con ellos.

También habéis dicho que de esta crisis vamos a salir solidariamente, que no basta la acción política. Desde vuestra experiencia en CESAL, ¿qué aporta este proyecto vuestro al bien común?

La experiencia que hemos hecho es que no solo basta con la acción política, que es necesaria, pero ellos solos no tienen respuesta a esta necesidad tan brutal que hay. Creo que la sociedad civil también tiene que dar un paso de solidaridad, y estamos viendo cómo mucha gente está donando alimentos o haciendo de voluntarios. Yo creo que es la forma de salir de esta. Para poder salir no solo bastaría la acción de un gobierno sino un pueblo solidario que quiere acompañar y ser protagonista en esta historia, en esta circunstancia dramática. Si no es así yo veo muy difícil que solo con la acción política del Gobierno se pueda salir.

>Entrevista a Raúl Jiménez, director del CEPI de Tetuán (gestionado por CESAL)

'Para salir de esta, Gobierno y sociedad civil deben trabajar juntos'

Elena Santa María | 0 comentarios valoración: 2  28 votos
>Editorial

Todos laicos, todos religiosos

Fernando de Haro

Religiosamente laicos. Esta expresión puede ser la síntesis de una nueva conversación en torno al último libro de Julián Carrón (‘El despertar de lo humano’) que ha tenido lugar con motivo de la presentación del volumen digital en España. Un nuevo diálogo que ha roto la tradicional discontinuidad, incomunicabilidad, que habitualmente preside el mundo de los creyentes y de los no creyentes. Y no ha sido uno de esos habituales gestos ecuménicos en los que se cuida mucho de no pisar terrenos fronterizos ni afirmar certezas. El encuentro, celebrado telemáticamente el pasado miércoles, ha girado en torno a lo que uno de los ponentes, el periodista agnóstico Pedro Cuartango, llamó “la derrota del nihilismo”, o lo que la también la agnóstica Pilar Rahola denominó “el retorno de las preguntas que no queríamos plantearnos”. Dos agnósticos, dos católicos (el poeta Jesús Montiel y el propio autor del libro) más allá de los confines de dos mundos diferentes creados por la reciente historia de España. La razón de la experiencia, urgida por el desafío del coranavirus, no se aísla fácilmente en limites preestablecidos. El cristianismo, como aseguró Rahola, “cuando no es un concepto abstracto, cuando no son fórmulas que se repiten” sino una presencia luminosa, invita a “deslizarse de la duda a la posibilidad de creer”.

La conversación ha tenido especial valor: una ocasión más en la que las reglas de la sociedad secular –que obligaban a no hablar de ciertas cosas salvo en las sacristías– han sido superadas. La refundación de la democracia española tuvo, trescientos años después, su Paz de Wetsfalia en el pacto constitucional del 78. La historia de buena parte de los siglos XIX y XX de este país es una reedición de las guerras de religión entre laicos y católicos. La palabra guerra no es por desgracia una metáfora. Hasta que la transición a la democracia consagró un consenso en torno a ciertos principios sobre cuyos fundamentos ni se discutía ni se hablaba. Los postulados que van más allá de lo ético quedaron privatizados para garantizar la convivencia. Hay sin duda factores positivos en este proceso: el Partido Comunista con su estrategia de reconciliación nacional había renunciado a imponer un proyecto hegemónico a través del poder, como lo hacía la Iglesia católica tras el Concilio Vaticano II. Pero a la postre aquello se tradujo para los católicos tecnocráticos y los católicos de izquierda en una reinterpretación ética de su papel social. La experiencia de fe debía quedar oculta en la nueva ciudad. Pasando el tiempo, el consenso-sobre-los principios-de-los-que-no-se-discute se disuelve. Y vuelven a desarrollarse los recelos: hacia un mundo católico al que se le ve con la pretensión de imponer un mínimo ético ya no compartido y hacia un mundo laico al que se le acusa de querer reducir la diferencia a un pensamiento único.

>Editorial

Todos laicos, todos religiosos

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  39 votos

Reflexión

Pilar Rahola

La maravilla de esta revolución digital acelerada por el confinamiento... De golpe, ahí estamos, cinco supervivientes de la época del papiro pero felizmente metidos en nuestra cajita-pantalla, esperando el turno para hablar, porque esto de la videoconferencia no permite el pisoteo clásico de los debates apasionados. Y así, desde Milán a Barcelona, pasando por Madrid y Granada, mantenemos una intensa reflexión sobre lo humano y lo divino, animados por el culpable del encuentro, nuestro lúcido anfitrión Julián Carrón.

El motivo es la presentación, en YouTube, de su último libro, El despertar de lo humano, una profunda reflexión en formato de entrevista con Alberto Savorana. Y, como pasa siempre que nos enfrentamos a las reflexiones de este sacerdote, profesor universitario, estudioso del Nuevo Testamento y presidente de Comunión y Liberación, todos los participantes intentamos elevar el pensamiento para estar a su altura. Carrón es un magnífico agitador de ideas, pero no en el sentido provocador del término, sino en la dimensión ética y transformadora. Y así, siguiendo las huellas de su “despertar humano”, el escritor Jesús Montiel, el periodista Pedro Cuartango, la profesora de la Complutense Guadalupe Arbona y yo misma debatimos sobre los desconciertos y los miedos, pero también las esperanzas que nos ha provocado lo que Carrón llama este “tiempo vertiginoso”, en un viaje hacia los abismos interiores de la existencia.

De la intensa conversación, extraigo algunas ideas-fuerza para la reflexión colectiva. Por ejemplo, la convicción de Cuartango de que la explosión de humanidad que hemos vivido con el confinamiento, con toda esa cantidad ingente de personas que se han dejado la piel en ayudar a la población, médicos, enfermeros, científicos, personal de la limpieza, trabajadores de la alimentación, policías..., es la evidencia de la muerte del nihilismo. La nada ha sido devorada por un todo de miles de seres humanos entregados a la humanidad. Y, también, la idea del amor, que Jesús Montiel eleva a categoría de fuerza-motor, capaz de rescatarnos y protegernos. Hablamos del sentido de lo humano, de la recuperación de valores, de la razón, de la fe... Y aunque unos somos agnósticos y otros creyentes, todos acordamos que el Dios humano, ese que sufre y duele con los dolientes, es una presencia luminosa. Los creyentes la perciben y les acompaña. Los no creyentes, la percibimos en los creyentes que nos acompañan. Y en ambos mundos, se impone la voluntad de trascender por encima de nuestras miserias.

Reflexión

Pilar Rahola | 0 comentarios valoración: 2  30 votos

Recuperar el espacio público y la conversación

Francisco Medina

Ante la confusión que se está viviendo hoy en España, es alentador comprobar que aún existen algunas mentes pensantes en la prensa digital y en Twitter que constatan las consecuencias, a nivel social y político, de la cultura de las performances y de los llamados “zascas”, del postureo y el recurso al insulto inmediato, signo de la burbuja y de lo arraigada que está hoy la cultura de lo identitario como autoafirmación. A nivel político, ciertamente, las últimas sesiones del Congreso fueron un lamentable espectáculo, una patética puesta en escena en que el narcisismo del tipo “¿me estás amenazando, Echániz?” o “no envíes a tus sicarios a mi casa. Ven tú” son un reflejo de lo que a nivel social sucede. Los políticos son el rostro de lo que la sociedad, en cierto modo, elige.

Se puede y se debe criticar al Gobierno, y hasta se debe plantear alternativa. Con los desafíos que el COVID-19 ha planteado y los que ya están desde hace tiempo (una economía de rostro humano, una revolución tecnológica que no sustituya al pensamiento y al discurso de los hombres, una urgente toma de conciencia de los desafíos del cambio climático…) podría, y debería, empezar a abrirse camino en la sociedad –entre la gente, entre nosotros– el contenido de la experiencia de lo que significa la vida pública como estar juntos. Que yo pueda ser visto y oído por otros, que podamos mirar un mismo objeto desde diferentes puntos de vista, que existe un mundo común que compartimos, y en el que podemos hablar es un verdadero milagro que nosotros no podemos darnos, es consecuencia de algo que está antes: el origen es prepolítico.

Lo que ha puesto de relieve, a mi juicio, el autollamado movimiento de resistencia democrática es reflejo de un problema estructural originado por la incapacidad para dialogar y para escuchar. A los llamados escraches han sucedido las caceroladas y nuevos escraches, parte del tan cansino movimiento hegeliano que nos está consumiendo de tesis-antítesis, y del que no se deriva ninguna síntesis. Parece como si la única forma de narrar la experiencia de cada uno fuese exhibir banderas (anarquistas, republicanas o monárquicas, lo mismo me da que me da lo mismo) y músculo y soltar mamporros verbales (y físicos) a diestro y siniestro.

Nunca fueron inocentes las protestas que la izquierda, en su día, organizó contra el Gobierno del Partido Popular (el No a la Guerra, el Prestige…y tantas otras convocatorias “espontáneas”), como también resultó evidente la apropiación de un deseo de justicia que albergó, en el origen, el movimiento 15-M (fagocitado por las corrientes que, en su día, fundaron Podemos) o el de las Mareas. La ideología te acaba convirtiendo en un auténtico Maquiavelo. El problema es que te llevas a mucha gente por delante.

Recuperar el espacio público y la conversación

Francisco Medina | 0 comentarios valoración: 3  41 votos

Juan Pablo II, la grandeza de la normalidad

Antonio R. Rubio Plo

En la conmemoración del centenario del nacimiento de Juan Pablo II han aparecido varios libros interesantes sobre aquel gran pontífice, uno de los más destacados del siglo XX y que sigue siendo fuente de inspiración y meditación para muchos cristianos. Confieso como historiador que hay algo que no llevo bien al abordar la historia del papado. Me refiero al capítulo de las comparaciones, a la manía de algunas personas de destacar los rasgos de un pontificado y contraponerlos a otro, como si de polos opuestos se tratara. Esta mentalidad arroja a algunos papas al olvido o se fija solo en lo anecdótico, en cosas con menos importancia de las que se cree. No se debe caer en la tentación fácil de ideologizar el Magisterio pontificio. Según el papa Francisco, la ideología mata, asesina la vida y hace del Magisterio una pieza de museo. En consecuencia, el Vicario de Cristo no debe ser valorado exclusivamente por unos aspectos de sus enseñanzas, o de su carisma, porque la percepción resultante no se ajustará a la realidad. Por eso ha sido muy oportuna la publicación de ‘San Juan Pablo Magno’ (ed. Palabra), obra en su mayor parte del sacerdote, teólogo y escritor Luigi Maria Epicoco. Es además una entrevista al papa Francisco donde se recogen sus recuerdos y opiniones sobre Juan Pablo II.

La conclusión básica que se debe sacar de la lectura de este libro es que Francisco tiene siempre entre sus referencias al papa polaco. De hecho, en la homilía de la misa que el cardenal Bergoglio pronunció en su memoria en Buenos Aires el 4 de abril de 2005, lo calificó de Juan Pablo II, el coherente: “La coherencia se va elaborando en el corazón con la adoración, con la unción al servicio de los demás y con la rectitud de conducta”. No se trata de cualidades que uno pueda adquirir por sí mismo, no es un voluntarismo de empeñarse en llevar una vida recta. Eso estaría muy en línea con lo que hoy algunos llaman la “autorrealización”. Antes bien, Bergoglio conocía el secreto de Karol Wojtyla, un secreto bien sencillo y aconsejable para todos los cristianos: “Era coherente porque se dejó cincelar por la voluntad de Dios. Se dejó humillar por la voluntad de Dios”. Pero como bien dice el papa Francisco, la elección de Dios es misteriosa, elige el instrumento que Él quiere. Lo único que debe tener en cuenta el elegido es que ha sido elegido porque es amado. Toca a Dios escribir su historia.

Las cualidades de Juan Pablo II fueron importantes: capellán universitario, profesor de Filosofía, alpinista, esquiador, hombre de intensa oración… Pero quien tenía la última palabra era Dios. Y esto mismo podría aplicarse a Jorge Mario Bergoglio, con tareas y responsabilidades desde su juventud. Ambos tendrían que enfrentarse a situaciones inéditas con una mezcla de valor y temor al tiempo. De esa mezcla nace la virtud de la prudencia, la auténtica virtud del gobierno, tal y como señala Francisco en el libro. El valor acompañado del temor sirve para mantener una actitud humilde que permite avanzar con los pies bien pegados a la tierra.

Juan Pablo II, la grandeza de la normalidad

Antonio R. Rubio Plo | 0 comentarios valoración: 2  49 votos
>Entrevista a Mikel Buesa

"El gobierno ha mostrado una notable incompetencia en la gestión de la pandemia"

Juan Carlos Hernández

El catedrático de Economía Aplicada analiza la gestión del Gobierno y los desafíos económicos que ha supuesto la pandemia.

¿Qué valoración le merece la gestión del gobierno frente a la pandemia?

Valoro muy negativamente la gestión de esta epidemia por parte del gobierno de Sánchez. Primero, porque las decisiones para adoptar medidas frente a ella fueron muy tardías, seguramente porque el gobierno tenía otros objetivos políticos de muy corto plazo que interferían en ello, como la celebración del Día de la Mujer. El gobierno no comprendió la dinámica explosiva del COVID-19 y no tomó medidas de distanciamiento social más que cuando la situación estaba fuera de control. Ello hizo inevitable el confinamiento. Segundo, porque durante el confinamiento ha mostrado una notable incompetencia en cuanto a la gestión de suministros, a la protección de los médicos y sanitarios, a la situación de las residencias de ancianos, etc. Además, no es descartable que ello guarde relación con posibles casos de corrupción que podrán desvelarse cuando se investigue la gestión de compras. Tercero, porque todo ello ha estado trufado de mensajes contradictorios en cuanto a la protección individual de los ciudadanos (el uso de mascarillas, por ejemplo), cuando no de mentiras difundidas sin el menor rubor. Cuarto, porque no se ha preparado suficientemente a la población para el proceso de vuelta a la normalidad, ni se han hecho todas las reformas organizativas que puedan garantizar un manejo convencional de la epidemia con los procedimientos habituales de la gestión de la salud pública (por ejemplo, el reforzamiento de los servicios de atención primaria, la ampliación de la plantilla de médicos epidemiólogos, la disponibilidad de test PCR para la detección y aislamiento de contagiados). Y quinto, porque la información sobre el curso de la epidemia ha sido deficiente, sujeta a cambios metodológicos no justificados y tendentes a la ocultación de datos, especialmente en los casos de los sanitarios contagiados y, mucho más importantemente, de las personas fallecidas.

“El mal menor es dejar a Sánchez con sus poderes excepcionales, aunque vigilando estrechamente sus actuaciones”

¿Ve necesario continuar con el estado de alarma? ¿Cree que es adecuada la postura del PP a la hora de abstenerse para prorrogarla?

>Entrevista a Mikel Buesa

"El gobierno ha mostrado una notable incompetencia en la gestión de la pandemia"

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  23 votos
>Editorial

Despertar con un vasco y un navarro

Fernando de Haro

Un vasco y un navarro han sido los protagonistas en paginasdigital.es de un diálogo de altura con motivo de la publicación del último libro de Julián Carrón, ‘El despertar de lo humano’. En esta conversación, en tiempo de confinamiento, han surgido cuestiones decisivas para comprender existencialmente cómo usamos la razón los huérfanos de la Ilustración y cuál es la naturaleza del cristianismo.

El navarro es Gregorio Luri, pedagogo y ensayista. El vasco, Mikel Azurmendi, antropólogo. Luri, que ha acogido el libro de Carrón con una seriedad poco frecuente, ha confesado su admiración “por la entrega entusiasta e insistente de mis amigos de Comunión y Liberación (CL) a sus hermanos”, al tiempo que ha expresado sus dificultades para compartir el subrayado en “un cristianismo de la experiencia” y en un “cristianismo del encuentro”. Luri, al que hay que agradecer su franqueza, “no puede evitar encontrar en el encuentro un emotivismo”. Le resulta difícil “aceptar un cristianismo como religión de la experiencia que ignore el valor de la ley”, un cristianismo que se ha convertido en “una religión de la salida de la religión”.

El navarro teme la enésima reaparición de Marción, el famoso hereje gnóstico del siglo II, que opuso el Dios del Antiguo Testamento, el Demiurgo malo, al Demiurgo bueno, el Dios del evangelio. Es lógico que Luri esté preocupado por la dialéctica que enfrenta la ley y el evangelio. La reinterpretación gnóstica del cristianismo que opone los dos Testamentos, como ha indicado Borghesi, recurre una larga trayectoria que tiene mucho que ver con el proceso teórico de la secularización.

También se entiende que Luri sienta cierto rechazo por el “cristianismo de la experiencia”, después de que el modernismo hiciera un uso del término subjetivista. La inquietud del navarro es la misma que tenía en 1963, el entonces cardenal de Milán, Montini, futuro Pablo VI, cuando le pidió a Luigi Giussani que aclarase qué entendía por experiencia. El fundador de CL escribió entonces un cuadernillo dedicado a este tema en el que aseguraba que “lo que caracteriza a la experiencia es entender una cosa, descubrir su sentido” y el “sentido de una cosa no lo creamos nosotros; la conexión que la une a todas las demás cosas es objetiva”. En ese texto “el cristianismo del encuentro” se concibe, no como una alternativa a la ley o la objetividad, sino como la forma, el método para que el cristianismo conserve su naturaleza, no sea noción o ética. Cualquier experiencia cristiana, señalaba Giussani, está hecha del “encuentro con un hecho objetivo, originalmente independiente de la persona que tiene la experiencia”. Pero además es necesario “poder percibir adecuadamente el significado de ese encuentro”, su significado para la existencia. “El valor del hecho con el que nos topamos trasciende la fuerza de penetración de la conciencia humana, y requiere por consiguiente un gesto de Dios”.

>Editorial

Despertar con un vasco y un navarro

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  16 votos

Despertar lo humano

Mikel Azurmendi

Merece la pena darles una vuelta a ciertas “reticencias” del amigo Gregorio Luri ante la reciente propuesta de Julián Carrón (El despertar de lo humano) para estos vertiginosos tiempos de pandemia y reclusión social. Son reticencias que, sumadas a las del libro precedente ¿Dónde está Dios?, le producen cierto tufo de “emotivismo” doctrinal así como una sensación de “relegación de la ley” moral a favor de un “cristianismo de la experiencia”.

Mi reflexión me lleva a restablecer la pertinencia del texto de Carrón en haber fijado el encuentro como el despertador humano que le hace sonar la hora de su propia capacidad de Dios. Ésta se hace creíble únicamente “si vemos aquí y ahora a personas en las que se documente la victoria de Dios sobre el miedo y sobre la muerte, su presencia real y contemporánea, y por tanto un modo nuevo de afrontar las circunstancias, lleno de una esperanza y de una alegría normalmente desconocidas y, a la vez, orientado hacia una laboriosidad indómita. Más que cualquier discurso tranquilizador o receta moral, lo que necesitamos es toparnos con personas en las que podamos ver encarnada la experiencia de esta victoria, de un abrazo que permite estar ante la herida del sufrimiento, del dolor, en las que se testimonie la existencia de un significado proporcional a los desafíos de la vida” (pg.41). En virtud de ello una buena parte del texto de Carrón se dedica a referenciar testimonios de personas que en medio de la sorpresiva reclusión han despertado al Dios que llevaban dentro.

El propio Luri reconoce indirectamente que en él mismo el hecho del encuentro es más decisivo que su filosófica fe en la ley moral, pues termina su reflexión yendo más allá de todas esas sus reticencias “para reconocer, sin peros de ninguna clase, que ninguna vale nada frente a mi admiración incondicional por la entrega entusiasta e insistente de mis amigos de Comunión y Liberación a sus hermanos”. Reconoce con ello que más razonabilidad que en todo su argumentario la hay en su admiración a determinada gente por su entrega a los demás. Como no tengo presunción alguna de que exagera o miente, me tengo que preguntar por qué es así. No existe más que una respuesta: porque esa admiración de Gregorio Luri hacia ciertas personas “con las que se ha topado” nace de la autoridad que le merecen a causa de su existencia entregada.

La admiración, sí, he ahí la piedra de toque del encuentro. Spinoza la definió como la sorpresa ante un hecho que contradice nuestra experiencia pasada. Y daba a entender que el sorpresivo hecho es positivo, un bien. Una sorpresa, pues, generando asombro. Una emoción que remueve positivamente las neuronas-espejo y conduce al sentimiento de que aquello tan inesperadamente bueno es también bueno para mí. Jesús obró así, captó uno a uno a sus discípulos por su porte existencialmente admirable y no por un discurso moral o teológico, muchas veces incomprensible para ellos. Emoción a pie de calle también, pues las masas lo admiraban y le seguían. Otra cosa era cómo dar razón de todo ello, cómo estatuir que el amor era la regla de oro y que amar a Dios y al otro lo era todo, puesto que el resto de la ley “vendría por añadidura”.

Despertar lo humano

Mikel Azurmendi | 0 comentarios valoración: 3  28 votos

Despertares de lo humano

Gregorio Luri

El filósofo, pedagogo y ensayista Gregorio Luri comenta para paginasdigital.es el libro de Julián Carrón, ‘El despertar de lo humano. Reflexiones de un tiempo vertiginoso’. Fraternidad de Comunión y Liberación, 2020.

El azar amigo me permite descubrir este oportuno libro de Carrón justo cuando estoy releyendo a García Morente. Aquí tengo, sobre la mesa, su Ensayo sobre la vida privada, con su consejo a reaccionar contra el “vivir extravertido, falto de sinceridad, amorfo, lleno de cobardía mental”. A su lado está esa extraordinaria confesión íntima, El hecho extraordinario, donde García Morente se rebela contra la “satisfacción modorrosa” de la vida inercial. Cuando, después, al abrir el libro de Carrón, leo que “vivir en el desconocimiento de uno mismo no es precisamente lo máximo para la propia autorrealización”, no puedo menos de agradecerle al azar amigo su generosidad.

Hay tiempos, que pueden durar décadas, en los que la vida parece deslizarse sin fricciones, surfeando sobre la realidad y, si se tiene una inquietud, se acude a un libro de autoayuda. Son tiempos propensos a olvidar que a las vacas gordas les suceden, tarde o temprano, las flacas. Así que cuando se insinúa en el horizonte una nubecilla gris, la recibimos estéticamente. Si va tomando cuerpo y dominado el horizonte, nos decimos que no será para tanto. Pero si un rayo rasga el cielo y comienza a llover entre truenos y relámpagos, nos miramos unos a otros desconcertados. ¿Cómo es que las autoridades públicas no han hecho algo para evitar el diluvio?

La vida, sin habernos avisado de sus intenciones, se nos retuerce entre las manos; cada hora nos desborda con retos inéditos y asistimos perplejos a la conversión de lo extraordinario en rutina, mientras oímos cómo la muerte va dando aldabonazos por las casas de nuestro barrio.

“En estos momentos”, escribe García Morente, “es cuando el hombre vuelve la vista a Dios.”

La conversión de García Morente presenta muchas similitudes con la de uno de sus maestros, el neokantiano Herman Cohen, uno de los pensadores más respetados de Alemania, fallecido el 4 de abril de 1918. Su última obra, publicada póstumamente, se titula La religión de la razón desde las fuentes del judaísmo y constituyó una fenomenal sorpresa para sus discípulos.

Cohen se había empeñado durante su vida, con un formidable fervor especulativo, en hacer del judaísmo una religión de la razón que fuera coherente con la filosofía de Kant. Pero en su última obra se acercaba a Dios de una manera que corregía toda su aproximación anterior. Si antes lo había concebido como una idea, ahora lo trata como un Tú capaz de dirigir al hombre concreto que cada uno somos el mandato específico de cuidar no tanto de la ley como de nuestro hermano. Si hasta ese momento la razón era el vínculo entre Dios y el hombre, ahora ese vínculo es el amor, afirmando así la primacía de la relación intersubjetiva sobre el mandato de la ley, porque sería en la relación entre dos seres humanos singulares donde se realiza la copresencia de Dios y el hombre.

El judaísmo deja de ser así tanto la religión de la ley como de la razón, porque el mandato de amor desborda los límites de cualquier otro imperativo.

Despertares de lo humano

Gregorio Luri | 0 comentarios valoración: 2  26 votos
< Anterior 1 |  2 |  3 |  45  Siguiente >

>Columna derecha

>CULTURA

vista rápida >

Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  3139 votos
vista rápida >

Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón | 514 comentarios valoración: 2  4243 votos

>SÍGUENOS EN

>Entrevistas

El otro es un bien, también en política

Arte y pintura en Páginas Digital

El caballero de la mano en el pecho

David vencedor de Goliat de Caravaggio

>Boletín electrónico

Recibe los titulares de PÁGINASDIGITAL.es en tu correo electrónico
Darse alta y baja en el boletín electrónico

 

Darme de baja