Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
15 DICIEMBRE 2018
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Los volcanes no avisan

Alver Metalli

Volver a Nicaragua después de cuarenta años produce impresión. Estuve aquí otras veces, pero ahora es diferente: termina un ciclo y cada cosa se presenta acompañada por una acumulación de imágenes. También la revolución sandinista está terminando un ciclo. En aquel momento, hace cuarenta años, Daniel Ortega era uno de tantos muchachos que habían salido a la calle cargando fusiles poco sofisticados, la Guardia Nacional de Somoza estaba en desbandada y el dictador con el resto de sus fieles se ponía provisoriamente a salvo en Miami. Un año después, en septiembre de 1980, el disparo de una bazuca lo hizo saltar por el aire en Paraguay, ajusticiado por la mano larga de una revolución que no le había perdonado la crueldad de los últimos años. ¡Cuántas conclusiones simbólicas! Ahora Ortega, casado entre tanto con la señora Murillo, se encuentra acorralado por jóvenes como él, nietos de aquellos que lo impulsaron hasta el vértice de la pirámide y que no le perdonan que haya disparado contra estudiantes universitarios. “Los volcanes no avisan” dice la escritora María López Vigil. Y así es. La catastrófica erupción llegó el 19 de abril y arrasó con todo, como el terremoto de 1972 del que todavía se pueden ver rastros en el centro de Managua. Las paredes del edificio político y social construido por Daniel Ortega están llenas de grietas que anticipan el próximo derrumbe.

Los volcanes no avisan

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>Editorial

Ojos que ven

Fernando de Haro

Esta semana se presenta en Madrid El Abrazo (Almuzara), el último libro de Mikel Azurmedi. El sociólogo, el profesor de filosofía, uno de los grandes artífices de la resistencia intelectual a ETA, el estudioso de la inmigración, referente en tantas cuestiones del pensamiento y de la poca vida cultural independiente que queda en España, se ha internado ahora en una indagación en la vida de los cristianos de Comunión y Liberación. “Mi indagación sobre estos cristianos tan especiales no ha buscado más que inquirir en el sentido de la vida”, apunta.

Azurmendi comienza su trabajo por una serie de encuentros fortuitos, precipitado de infinitas improbabilidades. En un momento de su vida en el que percibe “que los otros me reclamaban”, el sociólogo emprende un sorprendente camino. Un itinerario marcado por decenas de relaciones personales que mira con una capacidad de penetración portentosa. Buena parte de las grandes cuestiones de la filosofía y de la sociología moderna están presentes en esos ojos que llegan con la genialidad que solo tienen ciertos artistas, con un oído absoluto, al “mundo de la vida” que se hace juicio, posibilidad. Lo fascinante es que todo el aparato crítico que Azurmendi lleva encima no sea fuente de escepticismo ante historias humanas llenas de límites, que no alimente objeciones razonables en un noventa por ciento de sus motivos.

“Yo no he sido jamás ateo, pero desde mi juventud siempre pensé que la cuestión de Dios es insoluble”, confiesa en las primeras páginas. Azurmendi acepta la hipótesis que le llega en uno de sus primeros encuentros: “tú puedes llegar a ser un hombre renovado por tu abrazo con Jesús. Eso es el otro”. Y comienza un recorrido en el que el lector se sorprende por la comparación constante entre lo visto y el que mira. Quizás sea este ejercicio el que hace único el libro. Llega un momento en el que la comparación sorprende al propio sociólogo: “aquí donde me hallo levantando acta de lo que he visto, me detiene la perplejidad de haberme salido de la norma científica”. La exigencia de racionalidad es tan seria que abandona el método “de lógica y no de búsqueda de verdad, solo interesado en mostrar la coherencia interna entre creencias y prácticas”. El conocimiento del objeto es tan importante para Azurmendi que decide superar la regla impuesta por Danièle Hervieu-Léger, regla por la que “en materia de sociología, el investigador debe escapar a la comunión con su objeto”.

>Editorial

Ojos que ven

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>Entrevista a Vicente Lozano, columnista de El Mundo

"No es centralismo versus nacionalismo"

Juan Carlos Hernández

¿Cuál es su valoración de lo que llevamos de legislatura?

Es una legislatura muy complicada, como estamos viendo en los Presupuestos, que es la ley más importante que tiene que aprobar un gobierno cada año y, por tanto, un fracaso no poder aprobarla. Y da la sensación de que no va a poder sacarla. Es una legislatura muy complicada porque se trata de un gobierno en minoría que tiene que aliarse con partidos más pequeños y muy distintos unos de otros. A los independentistas les da igual lo que pase en España y Podemos es una izquierda radical que va a sacar el máximo partido también para su idea de España, que es muy distinta de la del PSOE. No es una coalición de gobierno que tiene un fin común que es mejorar el país, mejorar la cohesión social, etc. Luego, tenemos una oposición en una situación difícil porque un PP muy tocado por la corrupción tiene una nueva dirección que debe consolidarse. No se sabe qué va a pasar en las elecciones andaluzas y en función de ello tendrá que tomar un derrotero u otro. Tampoco hay una oposición cualificada por mucho que ahora Pablo Casado haya radicalizado la postura del PP en sus ataques al gobierno. Hay inestabilidad en todos los terrenos.

En un artículo reciente, a raíz de la victoria de Bolsonaro, afirmaba que “los partidos tradicionales ya no son capaces de encauzar las aspiraciones y objetivos de buena parte de los ciudadanos”. ¿Podría profundizar en dicha afirmación?

Brasil es un caso paradigmático. Recuerdo la alegría en muchos sectores cuando ganó Lula la presidencia porque por fin un partido de izquierda radical había llegado al poder. Lula había sido un sindicalista muy querido y, de repente, cae en picado por la corrupción. Su sucesora, una persona también con carisma, tiene que dejar el gobierno. Y ahora, ¿quién va a votar al Partido de los Trabajadores? La gente siente que le han defraudado. No son fallos en cuestiones puntuales, es que han hecho todo lo contrario a lo que estaban proponiendo. Entonces, la ciudadanía se va a otro lado. Y ¿qué hay en el otro lado? Al final, busca firmeza, solidez en los argumentos, aunque puedan ser argumentos muy preocupantes. La gente les vota al sentirse defraudada en sus aspiraciones. En cierta medida, ha pasado lo mismo con Trump. Sin duda, está creciendo el extremismo tanto de izquierdas como de derechas.

La irrupción de los populismos, ¿podría ser un síntoma?

Está claro y todos tienen una cosa en común: son firmes en sus convicciones. A Salvini no le importa fotografiarse delante de las inundaciones de Venecia y Bolsonaro no esconde su odio a los homosexuales… Pero en Brasil han votado a Bolsonaro casi 58 millones de personas y hay que preguntarse qué está pasando. La moderación se entiende como algo melifluo, que no tiene fuerza ni solidez y muchos ahora prefieren estos populismos...  Salvini, Orban… tienen muchos votos de ciudadanos que han vivido y viven en democracia. Esta es la contradicción.

>Entrevista a Vicente Lozano, columnista de El Mundo

"No es centralismo versus nacionalismo"

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Gran imán de Egipto: "No queremos conquistar Europa"

Francesco Battistini

“No queremos construir una civilización islámica en Europa, solo queremos una civilización humana y del corazón”. En el gran salón de su residencia, a dos pasos de la universidad de Al Azhar, el gran imán sunita recibe a una delegación del Meeting de Rímini citando a Juan Pablo II (“no queremos construir una civilización cristiana…”). Son días complicados. El caso Khassoggi golpea al islam y reabre en Occidente las preguntas sobre a quién defender y a quién no…

El noble jeque Ahmad al-Tayyeb es educado pero está un poco cansado al volver de un viaje al Vaticano. No habla de política. Solo de san Francisco y del sultán, de su amistad con el papa Francisco. Luego, la foto con un libro de Luigi Giussani en árabe. Y los temas del extremismo religioso, el sufrimiento de los pobres, porque en la ayuda a los últimos el gran imán encuentra un terreno común con el mundo cristiano. “Nosotros no creemos en las teorías del choque de civilizaciones –dice– sino en el encuentro y en el reconocimiento mutuo”.

Encontrarse, reencontrarse: seamos realistas, decían en el 68, pidamos lo imposible. O al menos lo improbable. Por ejemplo, entrando en el reino del faraón Al Sisi –donde es mejor no hablar de revoluciones– con una exposición sobre el 68 y la revolución de las costumbres. Y llegar a las raíces del sunismo para llevar el evento más arraigado del catolicismo italiano, el Meeting de Rímini. En definitiva, salir al encuentro de este papa de los musulmanes de medio mundo. Por primera vez desde las primaveras árabes, Comunión y Liberación ha viajado a Egipto para intentar llevar a cabo un diálogo que a decir verdad nunca se ha roto del todo pero sí se ha deshilachado un poco.

Bajo el signo del “pluralismo que construye el yo”, se ha celebrado un encuentro de tres días entre la Biblioteca de Alejandría y El Cairo, reiterando a una platea islámica que “yo soy el otro y el otro es un bien para mí”, como resume Roberto Fontolan. “El concepto de la libertad religiosa es un derecho de la persona sobre el que se fundamenta nuestra sociedad plural. Hay que encontrar una tierra media entre el fundamentalismo y el relativismo”. También porque las preguntas que se plantea la juventud egipcia, recuerda la presidenta del Meeting, Emilia Guarnieri, “no son distintas de las que se planteaban los jóvenes a finales de los años sesenta”.

“Es importante interrogarse sobre el extremismo que nació después del 68 –señala el escritor Ahmed Bahaa el-din Shaaban, que era universitario en aquellos años de contestación–, especialmente ahora que nos asedia otro extremismo. Entonces, ninguno de nosotros se interesaba por la religión. Pero al final fue la religión quien se interesó por nosotros”. Se muestra de acuerdo el intelectual Sayed Mahmoud: “La frustración del 68 se parece a la de los jóvenes de las revueltas de la plaza Tahrir contra Mubarak. El caos expresivo del 68 fracasó igual que el de 2011. Lo que queda es la esperanza de una mayor tolerancia y de un posible diálogo”.

Gran imán de Egipto: "No queremos conquistar Europa"

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Merkel y Europa. ¿Nuestro pato cojo?

Ángel Satué

En EE.UU. cuando un presidente inicia su segundo mandato presidencial, se le llama pato cojo o rengo, o en inglés “a lame duck”. Es muy interesante esta figura en el mundo de la política, porque verdaderamente es cuando el líder puede ser más líder, o mejor dicho, más él.

Hace pocas semanas hemos sabido que la canciller alemana Angela Merkel ha renunciado en diciembre a liderar la CDU, y que tampoco repetirá en 2021 como candidata a canciller. Si llega a esa fecha y no hay adelanto electoral –el 52% de los alemanes piensa que habrá elecciones anticipadas–, llegará a estar como canciller el mismo tiempo que su padrino y predecesor, un europeo de pro, y amigo del socialdemócrata Felipe González, Helmut Khöl.

Por tanto, la mujer de hierro alemana lleva unos pocos días siendo libre, y tiene en sus manos modelar su legado. Puede apostar por apoyar a un declinante Macron en un impulso de la Unión Europea –en su vertiente fiscal, monetaria y presupuestaria–, o mirar hacia adentro, y consolidar la coalición con el SPD alemán (socialistas y socialdemócratas), lo cual es muy improbable, o simplemente apostar por que su legado sea el haber traído a Alemania un millón de inmigrantes y refugiados, lo cual parece imposible.

En estos momentos, es muy posible que Merkel sea la última de los líderes europeos que cree aún y bastante en el sistema de gobernanza mundial actual, basado en estados donde impera la ley, la democracia representativa y un sistema de instituciones internacionales y supranacionales que, a pesar de caracterizarse por una esquizofrénica competencia y cooperación, puede regular ciertas materias globales (por definición, el comercio, las finanzas, las catástrofes, el cambio climático, la paz).

En mi opinión, y puedo equivocarme, será fundamental para conocer el pensamiento y el legado de Merkel su discurso en la próxima cumbre internacional que tenemos más cercana, esto es, la primera edición del Foro de París sobre la Paz, que se celebrará en Francia este 11 de noviembre, en conmemoración del armisticio entre los Aliados y el Imperio alemán en la Primera Guerra Mundial (o civil europea).

Además, como informa el think tank Elcano, “el Partido Popular Europeo, en su congreso en Helsinki, debe elegir esta semana a su candidato a la presidencia de la Comisión Europea. El socialcristiano bávaro alemán Manfred Weber parte como favorito. Representa un giro a la derecha y la apertura a las derechas radicales que puede necesitar el Partido Popular Europeo tras las elecciones de mayo al Parlamento Europeo”.

Merkel y Europa. ¿Nuestro pato cojo?

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Sin emociones no hay razón. Por eso el Papa pide perdón a los jóvenes

Federico Pichetto

Cuando en marzo de 2000 Juan Pablo II se puso de rodillas para pedir perdón por los pecados de la Iglesia, se alzaron no pocas voces críticas por un gesto que –a los ojos de los comentaristas más celosos– parecía una implícita admisión de derrota por parte del Pueblo de Dios respecto a la acción misma del Divino en su cuerpo místico. ¿Cómo podía, y cómo puede, la santa Iglesia ser pecadora? ¿Cómo va a cometer errores?

Una objeción parecida, por otro lado totalmente comprensible a los ojos de quien reconoce en la Iglesia la “compañía de Dios al hombre”, pero que está viciada por un error teológico de fondo, el de considerar la salvación introducida por Cristo en el tiempo como un pack de todo incluido, que empieza y acaba en sí mismo y carece de esa dimensión histórica que el Evangelio resume muy bien en la imagen de la levadura o la semilla. La presencia de Cristo, su misericordia –exactamente igual que la semilla o la levadura– da comienzo en el tiempo a algo nuevo, empieza en el tiempo a salvar y transformar lo humano, pero esa transformación no sucede de manera lineal y progresiva, sino más bien circular y concéntrica. Cuanto más tiempo pasa, más se libera el hombre, si se adhiere a Cristo, del peso del pecado, más se aleja de Satanás y más expresa, inexorablemente, su fuerza y sus potencialidades más remotas.

Las disculpas que presentó el Papa Francisco a los jóvenes al término del Sínodo dedicado a ellos se circunscriben dentro de este extraordinario camino de la Iglesia, que ha llegado a comprender que el mayor error, el pecado que más la puede manchar, es traicionar a la juventud. Delante de la juventud, la Iglesia se ha presentado como alguien que ya sabe, que ya ha entendido, que solo tiene que educar y tallar el espíritu que bulle en una etapa de la existencia condenada a ser superada demasiado deprisa.

Este ha sido el motivo por el que la Iglesia católica, con el tiempo, se ha encontrado luchando contra la libertad, contra el placer, contra la dimensión emotiva y afectiva del individuo. Gran parte de la confusión eclesial sobre muchos de los temas que hoy son objeto de debate social proviene de una última lejanía de la Iglesia respecto de la fuerza e irrupción de la juventud. Se ha estigmatizado a los jóvenes como rebeldes, transgresores, como si fueran cajas que hay que llenar con buenas intenciones y no como un tesoro precioso al que conviene prestar atención y escuchar. “Disculpadnos –les ha dicho Bergoglio– si a menudo no os hemos escuchado; si, en lugar de abrir vuestro corazón, os hemos llenado los oídos”.

Sin emociones no hay razón. Por eso el Papa pide perdón a los jóvenes

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>Entrevista a Javier Nadal, presidente de la Asociación Española de Fundaciones

'La sociedad civil tiene más capacidad de entendimiento y comprensión que la política'

Juan Carlos Hernández

“Existe un sujeto que es capaz de moverse con generosidad”, afirma Javier Nadal, que ve el 15-M como resultado del desencuentro entre cómo había evolucionado el sistema político y la sociedad civil.

¿Qué labor desarrolla la Asociación Española de Fundaciones?

La Asociación Española de Fundaciones aglutina a un número muy significativo de fundaciones españolas de todo tipo, porque bajo el paraguas del concepto de fundación se hacen muchas actividades. Lo que nos une es el modo jurídico de fundación, que tiene algunas características importantes, y a partir de ahí lo que pretendemos es que las fundaciones se profesionalicen, que mejore el gobierno de la organización, la transparencia y el conocimiento público. Y también que mejore el entorno jurídico y fiscal en el que se desenvuelven, porque las fundaciones, si en algo se caracterizan es en una cuestión muy importante: que su actividad siempre está orientada al interés general, nunca al interés particular, que son organizaciones sin ánimo de lucro y que nacen siempre a partir de un impulso de generosidad.

El fundador siempre pone un recurso, un capital, un patrimonio, aparte de su trabajo o de actividades siempre orientadas al interés general, y ese patrimonio que pone a disposición de la fundación nunca más vuelve a él. Es una donación para una actividad de interés general que, si alguna vez la fundación desapareciese, ese patrimonio necesariamente tiene que ir a adscribirse a otra fundación que tenga una actividad similar. La asociación las aglutina, ayuda a su profesionalización, a la formación, a modernizarse, a ver las tendencias que por el mundo se pueden observar, y tratar de que las fundaciones españolas las adopten.

Oír hablar de impulso de generosidad así puede sorprender a muchos. ¿Existe ese sujeto en España?

Existe, existe y es muy importante. Y esa es una de las obligaciones que nos ponemos en la asociación: darlo a conocer. En España hay 8.500 fundaciones activas aproximadamente, que se financian en el 85% con dinero privado, no solo con donaciones, también porque hacen actividades con las que se financian o a veces por su propia actividad, por ejemplo, una organización que tenga una residencia para colectivos en riesgo, que a veces cobra una parte de ese servicio. El 15% restante tiene un origen público, porque a veces se firman contratos con el sector público ya que en algunas ocasiones el Estado contrata ciertos servicios a una fundación. Estas fundaciones son de origen privado, son personas físicas o jurídicas, y el dinero que se destina a esa fundación es donado por personas o por empresas. El dinero que el conjunto de fundaciones moviliza en España cada año es alrededor de 8.000 millones de euros, lo que supone una media de un millón de euros. Hay muchas fundaciones mucho más pequeñas, y también las hay mucho más grandes, como pasa siempre. La media no suele representar la realidad. Además, hay aproximadamente 240.000 personas trabajando en estas fundaciones, con su salario, aparte de los miles de voluntarios.

Esta realidad es, en muchas ocasiones, desconocida en España.

Es verdad que mucha gente en España puede desconocer qué es una fundación, pero alrededor de todos nosotros están pasando todos los días muchas cosas que se deben a fundaciones, y sin ellas el país sería muy diferente, pues estamos hablando de unos activos muy importantes.

>Entrevista a Javier Nadal, presidente de la Asociación Española de Fundaciones

'La sociedad civil tiene más capacidad de entendimiento y comprensión que la política'

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Bolsonaro, presidente: de contradicciones y decepciones

Antonio R. Rubio Plo

El electorado brasileño ha dado la espalda a los temores sobre la llegada del fascismo a su país, expresados por Noam Chomsky y otras catorce personalidades de izquierda en la prensa internacional, y ha votado por Jair Bolsonaro, el candidato del Partido Social Liberal (PSL), una agrupación que, sin embargo, ha obtenido una escasa representación parlamentaria, un 10% en la Cámara de Diputados y menos de un 5% en el Senado. El manifiesto alarmista de izquierdas, que apareció en la prensa internacional, animaba, en definitiva, a votar a Fernando Haddad, candidato del Partido de los Trabajadores (PT), a pesar de que era un testaferro de Lula da Silva, el expresidente condenado por corrupción. Desde esa perspectiva Haddad sería el candidato de la moderación frente al extremismo, pero dicho argumento no puede convencer a quienes están cansados de escándalos de corrupción, que afectan incluso al partido que, con Lula, pretendía dejar atrás otra época de desprestigio de la política.

Los electores han proporcionado a Bolsonaro un voto de confianza en detrimento de los partidos tradicionales. Con su voto han elevado al poder a un símbolo, más que a un hombre concreto. No es un voto de adhesión sino un voto de disconformidad con la situación existente, en la que las noticias sobre la corrupción o la violencia sorprenden a poca gente. Con todo, es un poco pronto para considerar al nuevo presidente como un Trump brasileño, aunque ambos coincidan en profusión de gestos extemporáneos. Coinciden también en que no simpatizan con los medios de comunicación mayoritarios, y parece que la Folha de Sao Paulo, un periódico casi centenario, no está entre las simpatías de Bolsonaro, aunque no es el único caso. El presidente electo acusa a esos medios de faltar a la verdad y el enfrentamiento está servido desde antes de iniciarse el mandato.

Cuando un candidato vence porque su discurso es un alegato contra el sistema, cabe preguntarse en qué momento decepcionará a la mayoría de los que le dieron la victoria, porque, en otras circunstancias, Bolsonaro habría quedado eliminado en la primera vuelta. Tiene, por tanto, muchos votos prestados. En el momento en que no se cuide a esos votantes, existe el riesgo de que se decepcionen pronto. Y las decepciones llegan cuando se quiere navegar entre dos aguas. Este es el caso de la economía, porque Bolsonaro pretende dar plenos poderes a Paulo Guedes, un gurú económico ultraliberal, que llevarían a la privatización de empresas públicas, algo capaz de aliviar el déficit público. Pero este enfoque liberal chocará, sin duda, con los sectores nacionalistas, entre los que hay antiguos militares, que abogan por el mantenimiento de empresas públicas como signo indispensable de la identidad de un país. Y nos olvidemos la cuestión ecológica. Se atribuye a Bolsonaro poca sensibilidad en estos temas, pues es, al igual que Trump, de los que niegan la existencia del cambio climático. Ni que decir tiene que cualquier iniciativa destinada a reducir la protección ambiental de la Amazonia encontrará un rechazo, amplificado por los medios de todo en el mundo, en sectores socio-políticos brasileños.

Bolsonaro, presidente: de contradicciones y decepciones

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>Columna izquierda

>Editorial

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El sueño de volver a contar

Fernando de Haro

En España, la celebración del 40 aniversario de la Constitución ha coincidido con la aparición como fuerza parlamentaria (de momento solo en Andalucía) de una fuerza de derecha con un ideario hasta ahora ausente. Vox cuestiona algunos de los principios esenciales de la Carta Magna como Podemos lo hace por la izquierda o el independentismo catalán de forma transversal. El nuevo partido, al rechazar el modelo territorial de las Comunidades Autónomas (un federalismo no reconocido ni vertebrado del todo), alimenta uno de sus vectores en la reacción al proceso secesionista que se intentó materializar hace algo más de un año. Es nuevo. Ni siquiera hace cuatro décadas existía una derecha parlamentaria que rechazara el texto constitucional.

La solemnidad de las celebraciones del 40 cumpleaños de la Constitución, con buenos discursos de la presidenta del Congreso y del Rey Felipe VI, ha silenciado por unos momentos la crisis política. Cuanto más solemnes han sido las celebraciones en torno a la Constitución de 1978 (la que más tiempo ha estado en vigor desde que se iniciara la revolución liberal en España hace 200 años), más evidente se ha hecho que en las cuatro últimas décadas la experiencia que la hizo posible ha ido apagándose por la “neutralidad liberal” que domina el espacio público. Una neutralidad, alimentada por izquierda y derecha, que ha considerado una cuestión privada el reconocimiento del otro, la reconciliación, la unidad pre-política y pre-jurídica, los elementos de significado implicados en el hecho de ser ciudadano.

Más de un 85 por ciento de los españoles hacen una valoración positiva de la Constitución del 78. Valoración que no es del texto sino del acuerdo que lo fundamenta. Pero un 27 por ciento cree que en este momento España está estancada. Al menos uno de cada cuatro españoles cuestiona los partidos y la política. No es de extrañar que desde la derecha surjan ahora “opciones de protesta” que hasta el momento no habían existido. La política como pura gestión, la política como fuente de corrupción, provoca rechazo y resurge la política como utopía, como queja. Es el síntoma de un proceso que exige una respuesta adecuada. Al final lo que está en juego es si la participación en el espacio público tiene que optar entre la tecnocracia neutral o la frustración, si hay algún protagonismo posible en un ámbito dominado por la partitocracia.

Vox ha surgido en Andalucía con fuerza (10 por ciento de votos) sumando, según los primeros estudios demoscópicos, diversos elementos. El rechazo a la descentralización autonómica es uno de ellos, seguramente el más importante. A eso hay que añadir la reacción provocada por aumento de la llegada de inmigrantes (percibida falsamente como una suerte de invasión) y la voluntad de que, por fin, haya quien defienda cierta “agenda católica”. Una agenda que querría ser respuesta a una secularización inducida desde el poder y que pone el énfasis en ciertos aspectos –la defensa del no nacido, respuesta a la ideología de género– y minusvalora otros –migrantes, proyecto común–. A todo eso hay que sumar la reacción a las políticas emprendidas para luchar contra la tremenda lacra de la violencia que sufren las mujeres (la inmensa mayoría de los votantes de Vox son hombres). Hay muchos otros componentes que con el tiempo irán desvelando su peso.

El sueño de volver a contar

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La Europa del contrapunto

Fernando de Haro

Huang y John han seguido con poca atención la cumbre del G20. John, vecino de Miami, ha visto las imágenes de la cena de Donald Trump y de Xi Jinping en la televisión del 7Eleven donde suele comprar su café con sabor a vainilla. Y Haung le ha echado un vistazo a la foto publicada en la prensa oficial. No se ha detenido a leer la información. Ni Huang ni John siguen de cerca la guerra comercial que desde junio enfrenta a las dos principales economías del mundo.

Huang trabaja en una compañía inmobiliaria de Wenzhou, una ciudad al borde del mar, de tamaño medio, en la costa, en plena expansión. El clima es más benigno que en la cercana Sanghai. La empresa de Huang, controlada por el Estado, realiza inversiones en la Nueva Ruta de la Seda. Huang trabaja muy duro, su nivel de vida ha subido, está orgulloso de lo que está haciendo Xi Jinping por su país, orgulloso de la capacidad de control que el Estado tiene sobre los ciudadanos –es una garantía de seguridad–, de la expansión más allá de los mares de Asia. Huang piensa que, después de tantos años de un trabajo callado, China por fin puede mostrarle al mundo cómo es de grande.

John es votante de Trump, siente rechazo hacia su arrogancia, hacia sus excesos. No le gusta el modo que tiene de hablar de los inmigrantes. Pero aunque no se lo confiese del todo, vibra cuando le escucha hablar de América. Aunque no es ese el motivo por el que votó al actual presidente. Le votó y le volvería a votar porque su historia le impide votar a los demócratas. John es un hombre religioso, convertido después de algunos problemas con el alcohol, rechaza la vida de los ricos que han venido a jubilarse a Florida. Rechaza esa vida liberal, que parece haber perdido las esencias de la América que madruga, esos Estados Unidos de la infelicidad donde cunde la adicción a los opiáceos.

Huang y John no deciden el destino del mundo. O sí. Al menos no lo deciden como sus presidentes, pero sin ellos no hubiéramos tenido el G20 que se ha celebrado en Buenos Aires. A comienzos de siglo ya era evidente que el Planeta Tierra necesitaba algo así como un “Gobierno del Mundo”. Sabíamos que las soberanías nacionales, tal y como habían quedado definidas en Westfalia, eran incapaces de hacer frente a las necesidades de la globalización, al imperio del dinero. Tampoco los proyectos de integración regional estaban a la altura. Era necesario crear nuevas instancias. Y por algunos momentos se pensó que el G20 podría servir como herramienta inicial para desarrollar ese nuevo gobierno global. La cumbre del G20, de hecho, celebrada en Washington en 2008, si no fue un Consejo de Ministros planetario al menos sirvió para tomar la decisión de no cometer los errores del 29 y apostar por la mayor fiesta de política monetaria expansiva de la historia.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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>CULTURA

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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