Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
24 SEPTIEMBRE 2020
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La República de la ruptura

Javier Folgado

Las supuestas irregularidades del Rey Emérito ha puesto en entredicho a nuestra Monarquía. Muchos han aprovechado, este momento de debilidad, para atacar a esta institución secular. Por supuesto que la justicia tendrá que evaluar la credibilidad de estas sospechas pero que como consecuencia de estos presuntos delitos tenga que ponerse en tela de juicio la Monarquía es ya un salto que habría que analizar detenidamente.

El hecho de que una persona que ostente un cargo cometa un delito no implica necesariamente que la institución que representa sea inútil. De hecho, si seguimos la regla de tres no habría institución que quedará en pie (Junta Andaluza, Comunidad Valenciana, Generalitat de Cataluña, Guardia Civil…) en este país incluidos los partidos políticos.

El legado de Juan Carlos I, más allá de lo que pueda juzgar la justicia, en su conjunto ha sido positivo para España aunque solo sea por su liderazgo en la transición, que no fue empresa pequeña y en la que también otras personalidades como Adolfo Suárez y, más en la sombra, Torcuato Fernández-Miranda tuvieron un papel estelar en su liderazgo. Es cierto que la monarquía ha permitido un periodo de cierta estabilidad política que ha ayudado a desarrollar una transición compleja y un periodo posterior de cierta alternancia política. No me parece que una Monarquía sea especialmente ventajosa o no respecto a una República. Pero si en la tradición del país es una institución ya afianzada veo más inconvenientes en cambiarla que en mantenerla. De hecho, en la historia de España la irrupción de las repúblicas siempre ha sido una experiencia traumática. La Monarquía presenta una serie de ventajas ya que permite una figura de relevancia internacional que puede servir de “embajador universal”. Y, por otro lado, es un punto de referencia para el pueblo sin ligazón política.

¿Mejoraría la capacidad de los políticos de llegar a acuerdos con una República? ¿Dejarían los partidos políticos de ser estructuras cerradas donde se cultiva el seguimiento ciego al líder y el desprecio a lo que hagan otros partidos? ¿Depende la mejora de la calidad de nuestra democracia de que el sistema sea una Monarquía o una República? No creo que por ser una República, tampoco por ser una Monarquía, estemos en mejores condiciones de afrontar estas preguntas. Realmente, los males que acusa nuestra joven democracia ¿dependen de cuál sistema rija?

Mañana España podría ser una República, y no tiene que ser algo intrínsecamente malo, pero es notorio que lo más forofos republicanos de nuestro país no coincide con aquellos que buscan el bien común sino con una idea rupturista del país. Y es notorio también como muchos republicanos se han sentido cómodos en los últimos cuarenta y cinco años y este también ha sido otro gran éxito de la Monarquía.

La República de la ruptura

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Llamados a responder

Compañía de las Obras

Las consecuencias de las medidas que ha sido necesario tomar para controlar la pandemia provocada por el Covid 19 están a la vista de todos. Ante esta situación, podemos estar desconcertados, desanimados y enfadados, incluso bloqueados. Sabemos que no podemos quedarnos así mucho tiempo. No nos gusta atascarnos en la queja, limitarnos a protegernos de los golpes. Tenemos un gran deseo de construir, de ser protagonistas de una vida que esté a la altura de los retos. ¿Qué nos puede ayudar? Encontrar a otras personas que ya estén respondiendo de un modo adecuado, participar de la vida que se genera en torno a ellas. Nada resulta hoy más necesario que atesorar la experiencia de relaciones positivas, en las que el compromiso auténtico con la vida y el propio trabajo permiten redescubrir la fuerza del bien y del diálogo.

Durante lo más duro de la pandemia hemos visto a personas para las que el miedo o las dudas sobre el futuro no tenían la última palabra. Esas personas nos ayudan a entender que los hechos implican una llamada (a ser creativos, a trabajar con otros, a repensar lo que dábamos por descontado, a conocernos mejor mientras hacemos). Si no se atiende esa llamada se crece menos como persona.

Algunos ejemplos de lo que hemos visto:

En el ámbito social

Las personas que llaman a las puertas de las ONG, junto con su necesidad de ayuda, traen preguntas, angustia e incertidumbre. Ante esta situación, el compromiso con los más vulnerables ha llevado a la ONG CESAL (www.cesal.org) a repartir cestas de alimentos a 500 familias en Madrid. Esta acción ha ido más allá de una ayuda asistencial. Ha implicado un acompañamiento, un seguimiento para darle a esas familias el impulso necesario que les permitiera salir de la precariedad. El reparto de menús para personas en situación de vulnerabilidad ha hecho surgir nuevas iniciativas que atendían a una necesidad de formación: cerca de 300 jóvenes en riesgo de exclusión han empezado a recibir cursos de ayudantes de cocina. Eso ha sido posible gracias a la colaboración entre el Ayuntamiento de Madrid, algunas empresas y la propia ONG. Y ha permitido aprender cómo apoyarse en los otros para responder con rapidez, más eficazmente y con más inteligencia.

En Fuenlabrada (Madrid), los responsables de la Casa de San Antonio (www.casadesanantonio.es/es/), una asociación que trabaja con personas en riesgo de exclusión social, se han dado cuenta de que ayudas como el nuevo Ingreso Mínimo Vital son necesarias. Necesarias pero no suficientes. Resulta crucial que los beneficiarios salgan de la situación que lo justifica, y para lograrlo necesitan un entorno de gratuidad, donde se sientan queridos, valorados, afirmados y, al mismo tiempo, se les exija. El Ayuntamiento también lo tiene claro: esta asociación se ha convertido en un referente, el alcalde ha pasado varias horas en su sede rellenando cajas con alimentos.

En las empresas

Llamados a responder

Compañía de las Obras | 0 comentarios valoración: 2  49 votos

La descalificación de la realidad

Juan Carlos Hernández

“Un ‘idealismo’ se ha deslizado en las mentes europeas desde el siglo XVIII y no ha hecho más que crecer desde entonces, consistente en suponer que la realidad debe ajustarse a ciertos deseos del hombre, y si no es así hay que declararla mala e inaceptable. La descalificación de la realidad es un rasgo constante de los últimos dos siglos […] La dificultad ha sido el elemento natural del hombre, y por supuesto lo sigue siendo, aunque se haya ido paliando a costa de tremendos esfuerzos creadores […] Esto lo sabía muy bien el hombre de otras épocas. Las penalidades de todo tipo, las fatigas, los sufrimientos, nada de eso era objeción contra la real grandeza que veían por todas partes, y que significaba una increíble dilatación de su horizonte vital”.

Quien escribe esto es Julián Marías en su memorable ‘La España inteligible’ (Ed. Alianza). Y me ha parecido un comentario muy oportuno para los tiempos que corren. Habíamos pensado que teníamos “derecho” a una sanidad, a una educación, a un nivel de vida… extraordinarios y se nos había olvidado que en buena parte son dones recibidos y que lo que hemos recibido tenemos que volver a ganárnoslo.

Tengo la sensación de que toda la “judicialización” de la vida política y nuestro enfado ante el desafío que ha supuesto esta pandemia tiene en parte que ver con nuestra resistencia a aceptar esta dificultad de la vida como elemento natural en la vida del hombre que decía el gran filósofo español.

Una cosa es que la gestión de la crisis no haya sido buena, en el fondo ninguno estábamos preparados, otra cosa es que no somos todopoderosos. Hay que ser cuidadoso y separar la responsabilidad política de la responsabilidad judicial.

Si este fuera el punto y final de este artículo podría sonar a un pensamiento escéptico sobre nuestra condición humana. Sin embargo, ahora que este virus de ARN ha mortificado nuestra existencia y nuestra “calidad de vida” conviene recordar las palabras del Papa Francisco el Domingo de Ramos: “Mirad a los verdaderos héroes que salen a la luz en estos días. No son los que tienen fama, dinero y éxito, sino son los que se dan a sí mismos para servir a los demás”.

Ahora que han empezado nuevamente las ligas, ¿queremos jugar el partido de la realidad?

La descalificación de la realidad

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  28 votos

¿A quién le echamos la culpa?

Juan Carlos Hernández

La crisis del Covid-19 ha puesto de manifiesto de manera aún más evidente algunos de los males de la política no solo en España sino también en buena parte del mundo occidental. Entre otros vamos a enumerar dos.

En primer lugar la desconexión que existe entre el discurso político y la realidad. El postureo político cansa y más cuando tenemos detrás tantos muertos y un desafío económico tan grande. En nuestra experiencia tratamos con personas de distintas ideas políticas. Todos tenemos un cuñado que es más socialista que Alfonso Guerra, una sobrina que no sabemos cómo pero siente fascinación por Unidas Podemos, tenemos un gran amigo que ha sido toda su vida del PP y ahora está con Vox… Y en ningún caso se nos ha ocurrido pensar que por eso eran unos malvados. El médico y el enfermo que ha cuidado con esmero en esta pandemia quizá son de partidos rivales.

Y en segundo lugar el deporte nacional de echar la culpa de todos los males al adversario político. Que en el fondo es la extensión de nuestro creer que el problema siempre está en nuestro jefe, mujer, hijos… Esto se ve agravado por discursos que fomentan la semilla de la discordia. El mensaje es fácil, basta con buscar un chivo expiatorio. Ponga usted el nombre de algo que no le gusta para ponerlo en la diana: facha, progre, independentista, pijo, cristiano, inmigrante… También en el periodismo es fácil crear un enemigo para alinearse con un bando y tener a un público forofo satisfecho que lee lo que quiere que le digan. Lo difícil tanto en la política como en el periodismo es la reflexión serena.

Esto no elude la crítica a la gestión de esta pandemia. Y la lista es larga, por ejemplo, es responsabilidad del gobierno de Sánchez dar unas ruedas de prensa que sirvan para dar indicaciones claras y precisas, no para hacer un mitin político. El gobierno ha sido incapaz de que, en un tiempo razonable, tuviéramos el material de protección necesario. Ha dado en muchas ocasiones mensajes contradictorios para desdecirse días o incluso horas después. Rectificar es de sabios pero no improvisar o actuar de manera descoordinada. Fue su responsabilidad autorizar las manifestaciones del 8M y cualquier acto multitudinario como eventos deportivos durante esas semanas. Sin embargo, Sánchez en lugar de reconocer su error sigue presentándose como adalid del feminismo cuando ese no es el problema.

Estoy completamente seguro de que al presidente del gobierno, sus ministros y sus asesores científicos les duele el gran número de víctimas. Otra cosa es valorar su gestión. Tampoco era necesario que llegara una gran crisis para saber que con los mimbres de este gobierno difícilmente iban a poder gestionar nada con mucho éxito.

¿A quién le echamos la culpa?

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  34 votos

Recuperar el espacio público y la conversación

Francisco Medina

Ante la confusión que se está viviendo hoy en España, es alentador comprobar que aún existen algunas mentes pensantes en la prensa digital y en Twitter que constatan las consecuencias, a nivel social y político, de la cultura de las performances y de los llamados “zascas”, del postureo y el recurso al insulto inmediato, signo de la burbuja y de lo arraigada que está hoy la cultura de lo identitario como autoafirmación. A nivel político, ciertamente, las últimas sesiones del Congreso fueron un lamentable espectáculo, una patética puesta en escena en que el narcisismo del tipo “¿me estás amenazando, Echániz?” o “no envíes a tus sicarios a mi casa. Ven tú” son un reflejo de lo que a nivel social sucede. Los políticos son el rostro de lo que la sociedad, en cierto modo, elige.

Se puede y se debe criticar al Gobierno, y hasta se debe plantear alternativa. Con los desafíos que el COVID-19 ha planteado y los que ya están desde hace tiempo (una economía de rostro humano, una revolución tecnológica que no sustituya al pensamiento y al discurso de los hombres, una urgente toma de conciencia de los desafíos del cambio climático…) podría, y debería, empezar a abrirse camino en la sociedad –entre la gente, entre nosotros– el contenido de la experiencia de lo que significa la vida pública como estar juntos. Que yo pueda ser visto y oído por otros, que podamos mirar un mismo objeto desde diferentes puntos de vista, que existe un mundo común que compartimos, y en el que podemos hablar es un verdadero milagro que nosotros no podemos darnos, es consecuencia de algo que está antes: el origen es prepolítico.

Lo que ha puesto de relieve, a mi juicio, el autollamado movimiento de resistencia democrática es reflejo de un problema estructural originado por la incapacidad para dialogar y para escuchar. A los llamados escraches han sucedido las caceroladas y nuevos escraches, parte del tan cansino movimiento hegeliano que nos está consumiendo de tesis-antítesis, y del que no se deriva ninguna síntesis. Parece como si la única forma de narrar la experiencia de cada uno fuese exhibir banderas (anarquistas, republicanas o monárquicas, lo mismo me da que me da lo mismo) y músculo y soltar mamporros verbales (y físicos) a diestro y siniestro.

Nunca fueron inocentes las protestas que la izquierda, en su día, organizó contra el Gobierno del Partido Popular (el No a la Guerra, el Prestige…y tantas otras convocatorias “espontáneas”), como también resultó evidente la apropiación de un deseo de justicia que albergó, en el origen, el movimiento 15-M (fagocitado por las corrientes que, en su día, fundaron Podemos) o el de las Mareas. La ideología te acaba convirtiendo en un auténtico Maquiavelo. El problema es que te llevas a mucha gente por delante.

Recuperar el espacio público y la conversación

Francisco Medina | 0 comentarios valoración: 3  41 votos
>Entrevista a Mikel Buesa

'El gobierno ha mostrado una notable incompetencia en la gestión de la pandemia'

Juan Carlos Hernández

El catedrático de Economía Aplicada analiza la gestión del Gobierno y los desafíos económicos que ha supuesto la pandemia.

¿Qué valoración le merece la gestión del gobierno frente a la pandemia?

Valoro muy negativamente la gestión de esta epidemia por parte del gobierno de Sánchez. Primero, porque las decisiones para adoptar medidas frente a ella fueron muy tardías, seguramente porque el gobierno tenía otros objetivos políticos de muy corto plazo que interferían en ello, como la celebración del Día de la Mujer. El gobierno no comprendió la dinámica explosiva del COVID-19 y no tomó medidas de distanciamiento social más que cuando la situación estaba fuera de control. Ello hizo inevitable el confinamiento. Segundo, porque durante el confinamiento ha mostrado una notable incompetencia en cuanto a la gestión de suministros, a la protección de los médicos y sanitarios, a la situación de las residencias de ancianos, etc. Además, no es descartable que ello guarde relación con posibles casos de corrupción que podrán desvelarse cuando se investigue la gestión de compras. Tercero, porque todo ello ha estado trufado de mensajes contradictorios en cuanto a la protección individual de los ciudadanos (el uso de mascarillas, por ejemplo), cuando no de mentiras difundidas sin el menor rubor. Cuarto, porque no se ha preparado suficientemente a la población para el proceso de vuelta a la normalidad, ni se han hecho todas las reformas organizativas que puedan garantizar un manejo convencional de la epidemia con los procedimientos habituales de la gestión de la salud pública (por ejemplo, el reforzamiento de los servicios de atención primaria, la ampliación de la plantilla de médicos epidemiólogos, la disponibilidad de test PCR para la detección y aislamiento de contagiados). Y quinto, porque la información sobre el curso de la epidemia ha sido deficiente, sujeta a cambios metodológicos no justificados y tendentes a la ocultación de datos, especialmente en los casos de los sanitarios contagiados y, mucho más importantemente, de las personas fallecidas.

“El mal menor es dejar a Sánchez con sus poderes excepcionales, aunque vigilando estrechamente sus actuaciones”

¿Ve necesario continuar con el estado de alarma? ¿Cree que es adecuada la postura del PP a la hora de abstenerse para prorrogarla?

>Entrevista a Mikel Buesa

'El gobierno ha mostrado una notable incompetencia en la gestión de la pandemia'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  31 votos

¿Condenados a la polarización?

Javier Folgado

A la ya habitual polarización de la vida política en España se ha venido a sumar la crisis por el COVID-19. Teniendo en cuenta la crisis económica que ya está entre nosotros no parece que vayamos camino de calmar los ánimos. En las conversaciones en los chats o en los titulares de periódicos se acusa de todos los males a políticos de un signo u otro; quizá no acabamos de ser conscientes del todo de nuestra fragilidad a pesar del “bofetón” de realismo que ha supuesto esta pandemia. Pero creo que es necesario hacer una puntualización.

Una cosa es la justa crítica cuando se considera que la gestión no ha sido la adecuada y otra cosa es la sospecha o la acusación de que al adversario político las víctimas, tanto las que han fallecido a causa de la enfermedad o la están padeciendo como a las víctimas económicas, le resultan indiferentes.

Se puede considerar nefasta la gestión del gobierno de Sánchez, de hecho a mi juicio ha resultado bastante incompetente, pero si partimos de la hipótesis de que al adversario político no le preocupa la vida de las personas entonces es imposible construir una vida en común. Lo mismo podríamos decir si el gobierno estuviera ocupado por la derecha como en el caso de la Comunidad de Madrid. ¿Acaso un político del PSOE o del PP o del partido que sea no tiene padres ancianos objeto de sus desvelos? ¿No tendrán también hijos jóvenes que han perdido su trabajo? Quizá de un modo equivocado, pero ¿no buscarán el bien común?

Introducir la sospecha de que ser de unas determinadas siglas políticas implica que no eres sensible a los enfermos, a los trabajadores, a los empresarios… envenena nuestra vida pública. Cuando un partido o dirigente busca sembrar la semilla de la discordia y eludir el debate sereno no ayuda a construir el bien común. Lo hacen todos los partidos… aunque algunos más que otros. O mejor, algunos dirigentes más que otros.

Seguramente un lector avezado podría objetar que en muchas ocasiones los políticos solo buscan su propio interés e incluso en los casos más graves se dan casos de corrupción (no es un problema exclusivo de la política). Efectivamente esto ocurre y en exceso, desgraciadamente. Pero si esto es así es porque la persona, con su libertad, ha decidido actuar de este modo, no es por su pertenencia a un partido u otro. La realidad ha mostrado que la corrupción no es patrimonio de ningún partido político sino más bien es directamente proporcional al poder que se tiene.

Los simpatizantes o afiliados o votantes también tenemos nuestra parte de corresponsabilidad al seguir como forofos, y no con espíritu crítico, las consignas de nuestro partido “favorito” o las consignas de nuestra cabecera periodística favorita.

¿Condenados a la polarización?

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La poliédrica realidad de la administración pública en España

Francisco Medina

La enorme crisis en la que nos ha metido la pandemia del coronavirus no sólo ha afectado a la salud de las personas, también nos va a dejar una crisis económica de dimensiones desconocidas. Ante la incertidumbre y el miedo que nos despiertan, ya vienen anticipándose, como en otras ocasiones, legiones de economistas, profesores, expertos, sociólogos, juristas, think tanks, asociaciones, ciudadanos o partidos políticos, sean todos ellos de tendencias socialdemócratas, liberales, populistas, nacionalistas, comunistas o sin orientación ideológica alguna.

En España, en determinados ambientes académicos, empresariales o de las escuelas de negocios, vuelve a cobrar fuerza el mensaje de que hay que reducir el gasto público para salir del hoyo en el que estamos metidos. “No más Estado, no más Administración, no más funcionarios”. Es un mensaje que ha calado también en la política, en Twitter y entre la gente. La reciente creación de los nuevos 22 Ministerios no ha contribuido, precisamente, a pacificar la cuestión.

Sin embargo, la cuestión del tamaño del sector público resulta más compleja de lo que parece y el debate está trufado de ideología –a derecha y a izquierda–. Quizá aportar algunas cifras pueda ayudar a una visión más poliédrica.

Según el Ministerio de Política Territorial y Función Pública, a julio de 2019, existen 2.595.575 empleados públicos en España –un 5% de la población total–, distribuidos de la siguiente forma: en la Administración General del Estado (incluyendo Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y funcionarios de la Administración de Justicia), en torno a 515.000, menos del 20% del total. En el caso de las Administraciones autonómicas –incluyendo al personal docente e investigador y al personal de administración y servicios de las universidades transferidas–, el número de empleados públicos ronda los 1.500.000, constituyendo casi el 60% del total; y en la Administración Local (es decir, Ayuntamientos, Diputaciones, Cabildos y Consejos Insulares), el número de empleados es algo más de 580.000 –en torno al 23% del total–.

En suma, el primer elemento que nos revela lo poliédrico de la cuestión es la diversidad: empleados públicos no equivale en exclusiva a funcionarios de carrera, sino que engloba a personal laboral (sometido o no a régimen de convenio), el personal interino o el personal eventual.

La segunda nota a tener en cuenta: que es evidente que el mayor número de empleados públicos reside en las Comunidades Autónomas. Las que más empleados públicos tienen en nómina son: en primer lugar, Andalucía, con casi 295.000; Cataluña, en segundo lugar, con unos 205.000; la Comunidad de Madrid, rondando los 185.000; y la Comunidad Valenciana, con unos 145.000; seguidas por Castilla y León (con casi 95.000) Galicia (rondando en torno a los 94.000) o País Vasco (en torno a unos 75.000). Comunidades como Extremadura o Asturias se sitúan en un rango más bajo, por debajo de los 50.000.

Y si tenemos en cuenta el porcentaje de empleados públicos funcionarios por Administraciones, éstos representan, en la Administración General del Estado, el 82%; en tanto que, en la Administración autonómica, dicho porcentaje cae a un 56%; y en la Administración local, la cifra es aún menor, 33,15%.

La poliédrica realidad de la administración pública en España

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Covid: una oportunidad para nosotros y nuestras empresas

Juan Sánchez Corzo, presidente de CDO España

Nuestras empresas, casi sin excepción, están recibiendo el impacto del Covid-19 y de las medidas que el Gobierno ha adoptado para controlar la pandemia; el comercio ha cerrado o está a medio gas, los que trabajamos en oficinas estamos teletrabajando y en muchos casos el negocio ha bajado, las profesiones de contacto personal han interrumpido su actividad, hay empresas que han visto cómo su facturación ha descendido más de un 90%…; solo en el mes de marzo el número de desempleados ha crecido en 300.000 personas, por no hablar de los 600.000 que han visto cómo se suspendían sus contratos o se reducían sus jornadas a través de ertes.

Ante esta situación, podemos estar desconcertados, desanimados, enfadados, superados… y tristes, o incluso desesperados. ¿Qué nos permite salir de ahí? De Luigi Giussani, sacerdote italiano fundador del movimiento eclesial Comunión y Liberación, hemos aprendido un método: la solución de los problemas que la vida nos pone delante todos los días “no llega afrontando directamente los problemas, sino profundizando en la naturaleza del sujeto que los afronta”. Esto quiere decir que afrontar los problemas que cada uno de nosotros tiene hace posible conocernos a nosotros mismos y nuestra vocación, que es única e irrepetible.

Nuestros socios están viviendo experiencias sumamente interesantes, de las que surgen unas primeras hipótesis sobre cómo afrontar la situación. A pesar de la dureza del momento puede ser una oportunidad histórica para aprender de lo que está pasando, para volver al por qué trabajamos, por qué hacemos empresa. Tenemos necesidad de compartir la propia experiencia con otros, de plantear preguntas y de conocer qué están haciendo los demás.

Hay algunos cambios que no tienen marcha atrás. El teletrabajo ha llegado para quedarse. Tiene dificultades porque ahora en casa estamos todos. Hay interrupciones constantes, horarios interminables, desorganización… En el teletrabajo hay una oportunidad, pero estableciendo un ritmo, un orden y utilizando aún más la delegación como instrumento de gestión, lo que implica la necesidad de fiarnos más unos de otros. Esta situación ha roto barreras entre los compañeros. Nos hemos introducido en casa de los demás, el trabajo y la vida privada no están separados y es más fácil encontrarnos a nivel personal. Aun así, el contacto directo sigue siendo necesario.

El sector social vuelve a adquirir protagonismo. Nuestros socios del sector sin ánimo de lucro ven multiplicarse el número de personas que acuden a pedir ayuda, no solo entre la población inmigrante, habitualmente más vulnerable, también entre los españoles. Es urgente saber qué podemos hacer por todos los que pierden su trabajo.

Covid: una oportunidad para nosotros y nuestras empresas

Juan Sánchez Corzo, presidente de CDO España | 0 comentarios valoración: 2  18 votos

Que España funcione (QEF)

Ángel Satué

En 1982 el periodista ya desaparecido Pepe Oneto entrevistó al expresidente del gobierno Felipe González. Cuando le preguntó qué quería para España, aquel dijo: “que España funcione”. Hizo un lema de estas palabras.

Casi 40 años después, los españoles debemos hacer cuentas con esta aspiración, sumergidos en la gran crisis sanitaria y social que inaugura el siglo XXI con el “virus chino”, que cambiará el equilibrio geopolítico mundial, en consecuencia, la globalización y, por supuesto, el contrato social entre los ciudadanos y sus respectivos estados, y la manera de entender la vida y las relaciones con los demás, la convivencia.

La Constitución española de 1978 ha traído a España más de 40 años de prosperidad y libertad, y tras la derrota sin bombo ni platillos de ETA, de paz.

La democracia, en su vestido de Estado democrático y social de Derecho, también de alternancia de partidos, ha conseguido lo que ningún gobernante en siglos de historia de esta nación.

Ahora bien, es manifiesto que, como toda maquinaria, en ocasiones, tiene fallos. Es algo consustancial a todo lo humano en contraposición a lo divino, y quien lo niegue, miente. Si la maquinaria es buena, la reparación será más costosa, pero también tardará más en requerir reparación. Como dijo JFK en Berlín, “la libertad tiene muchas dificultades y la democracia no es perfecta”.

España, en estos años veinte del siglo XXI, vuelve a necesitar una reforma, una “resintonización”, porque es necesario reformar para seguir progresando, que es un concepto temporal, hacia delante, que implica inevitablemente cambios. Es decir, ha habido fallos, todos podemos poner alguno sobre la mesa, de la sociedad civil y el mercado (organización social), y del estado (organización política), pero aún más importante es saber que tienen remedio en el marco de los valores que recoge nuestra Constitución en su Preámbulo. Es decir, el cambio puede y debe ser tranquilo, desde el diálogo y el consenso. Es lo que hemos dado al mundo en el siglo XX: la reconciliación nacional. Si alguien os pregunta cómo, decidles que vengan a España, y vean.

No hace falta demoler para hacer de nuevo, no hace falta acabar con la libertad para instaurar algo supuestamente mejor, una arcadia feliz, como sostienen los nacionalistas, o los amigos del muro de Berlín, verdadero muro de las lamentaciones europeo.

Los muros caen por el paso del tiempo o los tiran. El muro no cayó, lo tiraron, cuando la vieja ideología comunista o socialismo real se hizo irrespirable e insoportable para hombres y mujeres. Una ideología del siglo XIX, condenada recientemente por el Parlamento europeo, junto con el nazismo, y derrotada en 1989 por los propios trabajadores a los que decía proteger, hastiados de la corrupción de la nomenklatura (élite social) y de los apparátchik (funcionarios soviéticos) de aquellas “democracias populares”. Hartos también de las colas en las tiendas y mercados mientras nevaba, de la cartilla de racionamiento, de la escasez, de los coches Lada como única marca, de la economía de estado y dirigida, de la lluvia ácida, del control total del Estado, porque el derecho natural de los hombres es tomar decisiones libres y allí eran presos tras un muro.

Que España funcione (QEF)

Ángel Satué | 0 comentarios valoración: 2  25 votos
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