Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
7 AGOSTO 2020
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¿Algún parecido entre la crisis de 2007 y la de 2020?

Luis Rubalcaba, Universidad de Alcalá

En plena crisis de salud pública y el terrible drama que asola gran parte del mundo, hace unos días propuse en páginasDigital.es algunas reflexiones sobre la crisis económica que la acompaña y que permanecerá un tiempo, una vez el virus haya desaparecido o esté controlado. Pretendo ofrecer preguntas antes que respuestas. Me parece que estamos en un tiempo de preguntas y reflexión, de preguntarnos, de poner las preguntas que nos ayuden a trabajar y construir en la dirección de sacar lecciones aprendidas, juicios que ayuden en nuestro quehacer económico, tan lleno de incertidumbres. Hoy simplemente quiero comparar la situación actual con la de 2007, al inicio de la crisis económica precedente.

Todo el mundo dice que esta de ahora es una crisis económica única y a corto plazo, de oferta y de demanda, nada parecida a las crisis anteriores. Y en gran medida es una afirmación correcta. Los desajustes económicos de 2007 no están en 2020, aunque, ojo, que ciertas correcciones se están haciendo por debilidades no bien curadas aún que manifestó la crisis anterior y que nos hacen débiles antes crisis como esta. ¿Se curó bien la burbuja inmobiliaria? ¿Se han saneado ya completamente los balances? ¿Se ajustaron los excesos de deuda a las posibilidades de devolución? ¿Siguen los valores bursátiles la evolución de la economía real? Algunas de estas respuestas no son precisamente positivas y por eso algunas de las correcciones que ya estamos viendo.

De esta crisis se espera que sea muy aguda, pero al mismo tiempo, una reacción rápida, una vuelta a la normalidad rápida, una recuperación en forma de V: caída libre con la crisis del coronavirus, recuperación rápida tras la muerte o control del virus. ¡Ojalá sea así!

Pero existen algunos parecidos entre ambas crisis. El más importante es que entonces se cayó la presunta evidencia de que el valor de los inmuebles y de muchos activos no podía sino solamente subir y subir, y que el sistema financiero no podía colapsar como lo hizo. Esta evidencia cayó, igual que ahora cae la evidencia de que el mundo no puede parar de producir y crecer nunca: ahora vemos gran parte del mundo de “baja por enfermedad forzosa”, toda actividad económica parada superada por un virus de alta letalidad. Y nuevamente nos vemos impelidos a pensar más en el largo plazo.

Al igual que la crisis de 2007 supuso la crisis del cortoplacismo en las finanzas, en el endeudamiento sin control de todo el mundo, en los organismos reguladores y políticos miopes que midieron mal problemas latentes y sus impactos, la crisis actual de 2020 supone la crisis del modelo de crecimiento que excluye situaciones como las de la pandemia actual. A nadie le interesa gastar e invertir para prevenir algo que puede tardar cien años en volverse a repetir. Obviamente este gasto e inversión correspondería a los gobiernos, ya que es posible que no existan mercados cuyos productos se usen a tan largo e incierto plazo. Los gobiernos tendrán que pensar en un largo plazo que seguramente no dará muchos votos cuando pasen unos años de la crisis. Y prever cambios regulatorios que permitan afrontar las situaciones tan terribles que también la economía y el mercado de trabajo están sufriendo.

¿Algún parecido entre la crisis de 2007 y la de 2020?

Luis Rubalcaba, Universidad de Alcalá | 0 comentarios valoración: 2  24 votos

Preguntas para construir en una economía de guerra contra el coronavirus

Luis Rubalcaba

La crisis actual supone la caída de la última de las evidencias económicas acumuladas desde los tiempos de paz de mitad del siglo XX hasta hoy: ya no existe, se ha dicho, ninguna guerra que ponga en peligro nuestra vida y nuestra economía de modo generalizado; afortunadamente las guerras mundiales son cosa de tiempo pretéritos, así como las epidemias y pestes globales eran propias de siglos atrás, y la mal llamada gripe española terminó hace justo un siglo. Es como si desde mediados del siglo XX el mundo siempre caminase en una senda de bienestar que ni siquiera el terrorismo del 9S y del 11S o los conflictos armados que han jalonado el devenir reciente de muchos países en desarrollo, guerras de Iraq y de Siria incluidas, han conseguido cuestionar la “evidencia” de que se podía vivir el propio trabajo y la economía sin miedo a las viejas crisis. Pregunta: ¿Por qué tendemos a pensar que el mundo y la economía transcurren hacia un progreso lineal, siempre hacia mejor?

Los tiempos remotos parecen haber vuelto. Un siglo después de 1918, un nuevo virus sacude al mundo a una escala nunca vista en la historia reciente. La crisis del ébola y de otros virus parecía mostrar la fortaleza del mundo desarrollado capaz de contener fuera de sus fronteras incluso las epidemias más virulentas. Pero la actual crisis muestra que el éxito pasado ante el ébola no fue el resultado de nuestra fortaleza como sociedad, sino de la debilidad de aquel virus, incapaz de transmitirse a gran escala y de viajar de modo asintomático en pacientes durante semanas. Ya lo profetizó Bill Gates en 2015, esto podía pasarnos y no estábamos preparados. Seguramente teníamos que haber invertido más en investigación e innovación para luchas contra pandemias. Hoy la pandemia tiene rasgos más parecidos a la de 1918 que a la del ébola, y la economía se enfrenta a una reducción del PIB muy sustancial, la OCDE dice un 2% de reducción por cada mes de confinamiento. Pregunta: Pero lo no hecho, no hecho está. Y ahora, ¿qué?

Tras esta crisis, el mundo ya ha cambiado, ¿y nosotros? Esto me escribía ayer un amigo mío desde México, asustado por lo que está llegando con el COVID19. Seguramente algo ya ha cambiado en nosotros. Con gran parte de la población mundial obligada a teletrabajar, y con muchos que se han quedado sin trabajo o con su puesto de trabajo en el alero, estamos llamados a no permanecer quietos. Del mismo modo que una vocación y generosidad encomiable lleva a muchos trabajadores de la sanidad y de otros servicios a dejarse la piel, y literalmente la vida en ocasiones, para responder a la pandemia y luchar por la supervivencia, también hay algo dentro de todos nosotros que, aun confinados en nuestras cosas, nos obliga a “salir” de una manera o de otra, a responder a lo que está pasando, aunque no sepamos cómo. Pregunta: ¿Alguien es capaz de decir cómo saldremos de esto?

Preguntas para construir en una economía de guerra contra el coronavirus

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La España que construye: Migración

P.D.

Los migrantes son una oportunidad para España pero su acogida e integración no es algo automático. Su aportación a la vida del país es evidente y así lo han certificado numerosos trabajos. Su presencia y su integración nos invita a reconsiderar por qué estamos juntos, qué experiencias fundamentan nuestra vida común. La Compañía de las Obras y paginasdigital.es han comenzado sus trabajos sobre el proyecto “La España que construye” con una mesa de trabajo dedicada a la migración. Fueron invitadas a participar en esta mesa de trabajo responsables de obras que trabajan en la acogida e integración de migrantes en muy variadas formas, en educación, formación profesional, atención a MENAS y a refugiados. Todos los invitados realizaron sus aportaciones a partir de una contrastada experiencia en el sector. Se les plantearon algunas cuestiones candentes y ofrecemos ahora a nuestros lectores sus principales conclusiones. Esta mesa de trabajo servirá como material para seguir reflexionando, a partir de un trabajo realizado desde abajo, sobre la España que construye en el terreno de la inmigración.

1.- Una gratuidad que estima a la persona

Las políticas migratorias en España son deficientes para la regularización de los que vienen de fuera, para facilitar la relación entre extranjeros y el mercado de trabajo. La política de asilo tiene también importantes deficiencias y el reto de la integración no puede darse, ni mucho menos, por superado. Pero según los participantes, hay una sociedad civil que está haciendo su trabajo: está acogiendo. La gratuidad, especialmente a través del voluntariado, ha creado redes que integran y sostienen. Los migrantes se ven, a menudo, sorprendidos por una valoración de sus personas que no esperaban. La gratuidad es un movimiento de doble dirección porque ayuda al migrante a sentirse estimado, a superar el miedo y el rechazo. También ayuda al que la realiza a saber mejor quién es. En este campo hay un trabajo importante que hacer, “para entender por qué tenemos que acogerles –señala una de las participantes–. Aquí no basta el discurso de que todos somos hermanos. Eso no basta para fundamentar una apertura al otro”.

Se invita a los políticos a conocer más de cerca a la sociedad civil comprometida en este sector. “Cuando hablamos con los políticos, se sorprenden de lo que les contamos, parece que la clase política está muy separada de la realidad”, señala uno de los participantes.

2.- El sistema de regulación contemplado en la Ley de Extranjería no funciona

“De forma irregular entran en España 25.000 personas al año, pero por el aeropuerto de Barajas entran 400.000, que a los tres meses pasan a ser irregulares. Entran regulares con un visado de tres meses, que a los tres meses caduca y se quedan de irregulares –señala uno de los participantes–. El problema en España es que, para regularizar su situación, tienen que estar tres años como irregulares, buscándose la vida para poder presentar un informe de arraigo”.

La España que construye: Migración

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De leyes y de ciudadanos

Francisco Medina

El inicio de la nueva legislatura, la batería de medidas que el Gobierno está impulsando con la aprobación de varios Reales Decretos-Leyes, la aprobación de una proposición de ley para regular la eutanasia, la revisión de la fiscalidad de la Iglesia (el IBI, las inmatriculaciones) o el horizonte posible de una aprobación parlamentaria del proyecto de Ley de Presupuestos Generales del Estado son claros signos de un Gobierno que se aferra a la esperanza de una legislatura de cuatro años.

Y, mientras tanto, la crispación política sigue entre una izquierda acantonada en su reducto ideológico y una derecha con sensación de agotamiento creativo y con falta de inteligencia. La reunión entre Casado y Sánchez de esta semana evidenciaba el diálogo de sordos propio de quienes han decidido que “al enemigo, ni agua”. Y una sociedad española que sufre de síntomas agudos de intolerancia a la frustración, el individualismo y la incomunicación.

Se ha oído mucho, especialmente en algunos entornos sociales, culturales y eclesiales, del rodillo progre, y de la apisonadora de la izquierda, dibujando horizontes un tanto siniestros. Por ejemplo, con el tema de la aprobación de las leyes en los últimos 30 años de democracia, ha sido un mantra repetido que las leyes conforman la sociedad y que el PSOE de Zapatero –y ahora el de Sánchez– han desarrollado un proyecto de ingeniería social. Puede, pero la realidad es más compleja.

Partiendo del hecho de que las leyes, normalmente, expresan una mentalidad social, no es menos cierto que la promulgación de medidas, ideológicas o no, mediante normas legales sea algo automático. Tampoco los ciudadanos estamos excluidos, ni mucho menos, en la tramitación de las normas. Explicaré por qué, y en esta ocasión seré osado y acudiré al Derecho.

Para empezar, ya la Constitución de 1978 –la nuestra– en su artículo 105 contiene un mandato a la Ley para que regule “la audiencia de los ciudadanos, directamente o a través de las organizaciones y asociaciones reconocidas por la ley, en el procedimiento de elaboración de las disposiciones normativas que les afecten”. En suma, se consagra un derecho a la participación ciudadana en los proyectos normativos que afecten a sus derechos e intereses legítimos; derecho tal que fue desarrollado tanto en la Ley 6/1997, de Organización y Funcionamiento de la Administración General del Estado (LOFAGE) –hoy día, derogada–, como en la Ley 50/1997, de 27 de noviembre, del Gobierno, en su artículo 26, en su redacción vigente.

De leyes y de ciudadanos

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Antes los principios que los hechos

Lola Martínez

El ministro de Consumo, Alberto Garzón, hizo el domingo unas declaraciones que han vuelto a incendiar a los fiscales. Aseguró Garzón que la fiscalía forma parte del Gobierno y no del poder judicial. El ministro ha dicho exactamente lo contrario de lo que formula el Estatuto Orgánico del Ministerio Fiscal. Ese estatuto y la realidad dejan claro que la fiscalía forma parte del Poder Judicial. ¿Por qué ha dicho eso Garzón? ¿Por ignorancia? Podría ser. Pero es una hipótesis poco plausible. Garzón es un ministro formado. Más bien se podría pensar que el problema es otro: al nuevo Gobierno de España no le interesan los hechos, lo que le interesan son las declaraciones de intenciones.

Lo mismo sucede con el pin parental. El pin parental, que es un hecho desde el pasado mes de septiembre en Murcia, no le ha interesado a Sánchez y a Iglesias hasta que no han puesto en marcha el Gobierno. También en este caso lo que les interesa es hacer una declaración de principios, una afirmación ideológica: necesitan afirmar que el Estado está por encima de los padres. Iglesias escribía el lunes este tuit: “el Pin Abascal no busca sólo normalizar la desobediencia de la derecha frente a la ley (mañana será el Pin fiscal para que los ricos no paguen impuestos) sino que es un ataque contra la educación pública y las familias que la necesitan”. Los hechos son que en una Comunidad Autónoma se ha puesto en marcha la posibilidad de que los padres autoricen las actividades complementarias para sus hijos si entran en cuestiones delicadas. Los hechos se retuercen, se ignoran. Son el pretexto para hablar de una presunta conspiración de la derecha contra la educación publica, una conspiración de padres homófobos que están intoxicando a sus hijos que necesitan ser rescatados por el Estado.

Antes los principios que los hechos

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>Ante el nuevo gobierno

Aún se puede construir

Francisco Medina

Consummatum est. Tras un turbulento debate de investidura, finalmente, Pedro Sánchez ha logrado su objetivo de ser investido como presidente de Gobierno en coalición con Unidas Podemos y con el apoyo de un núcleo de partidos regionalistas, independentistas y localistas. Ya hay Gobierno. Y desde el 7 de enero de 2020 se han ido concretando los pasos para la puesta en marcha de la composición y nombramiento de los ministros.

Al igual que en 2018, cuando, tras la moción de censura, Sánchez fue investido, el mecanismo ha sido el siguiente: una vez comunicados los ministros del nuevo Gobierno, el proceso comienza con la publicación en el Boletín Oficial del Estado (BOE) de la reestructuración de los ministerios; posteriormente, con el nombramiento de quienes asumen las carteras y la posterior toma de posesión; y los sucesivos Consejos de Ministros en los que irán articulándose la concreción de la estructura: creación y nombramiento de los secretarios de Estado y subsecretarios; nombramiento de secretarios generales técnicos y directores generales y así, sucesivamente, hasta llegar a las unidades con rango de subdirección general. Y, finalmente, la publicación de la estructura orgánica básica de cada departamento ministerial. Así funciona.

Y así ha sido también ahora, con una particularidad: el lunes 13 de enero se publicaron en el BOE el Real Decreto 2/2020, de 12 de enero, por el que se reestructuraban los departamentos ministeriales; y el Real Decreto 3/2020, por el que se establecían cuatro vicepresidencias: la primera, designada a Carmen Calvo, encargada de la cartera de Presidencia, Relaciones con las Cortes y Memoria Democrática; la segunda, para Pablo Iglesias, que tendría la cartera de Derechos Sociales y Agenda 2030; la tercera, para Nadia Calviño, correspondiente a Asuntos Económicos y Transformación Digital; y la cuarta, para Teresa Ribera, responsable del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico.

El peso y tamaño de la administración se engrandece aún más con los ministerios de: Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación; Justicia; Defensa; Hacienda; Interior; Transportes, Movilidad y Agenda Urbana (nombre que sustituye a Fomento); Educación y Formación Profesional; Trabajo y Economía Social; Industria, Comercio y Turismo; Agricultura, Pesca y Alimentación; Política Territorial y Función Pública; Cultura y Deporte; Sanidad; Ciencia e Innovación; Igualdad; Consumo; Inclusión, Seguridad Social y Migraciones; y Universidades, a los que se añaden los ministerios que ostentan las vicepresidencias, en lo que, seguramente, constituya el Gobierno de mayor tamaño en toda la historia de la democracia española, si exceptuamos los primeros Gobiernos de Suárez en la Transición Española.

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Aún se puede construir

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Lo que cuenta es el hacer, no el ser

Lola Martínez

Sánchez ofreció su primera rueda de prensa como presidente del Gobierno el martes. Le preguntaron por la que va a ser la nueva fiscal general del Estado, Dolores Delgado. Y Sánchez dio un triple salto mortal para justificar su elección. Evitó dar explicaciones de por qué ha propuesto a alguien como fiscal general del Estado que ha sido diputada del PSOE y ministra hasta ayer. Acabó asegurando que el PP y las asociaciones de fiscales critican el nombramiento porque bloquean todo, bloquean la justicia. La oposición critica su decisión porque no reconoce el resultado electoral.

El presidente del Gobierno equiparó la crítica a una de sus primeras decisiones con un cuestionamiento de su legitimidad. Reconocer su legitimidad como presidente del Gobierno no significa considerar bueno todo lo que hace. El ser y el hacer son dos cosas distintas en democracia. De hecho, la democracia se basa en la distinción entre los dos planos. Porque se le reconoce como legítimo presidente de un Gobierno democrático y no como monarca absoluto, se critica lo que ha hecho. Sánchez confunde la legitimidad de “su persona” –como le gusta decir– como presidente del Gobierno, legitimidad que solo cuestiona Vox, con que aceptemos todo lo que hace, aunque quiebre claramente la independencia de las instituciones.

Cuando la política se traslada al ámbito de la identidad se crea una fractura insalvable. La política es el ámbito de la gestión, de lo contingente. La identidad como negro, como blanco, como progresista, como liberal o como presidente del Gobierno, perfectamente legítima, ni es cuestionada ni da un plus de valor a las decisiones que se toman. Quien acepta entrar en un debate de legitimidad y de identidades hace la misma política de Sánchez, que es una política de fracturas insalvables. El que ha sido elegido por el Congreso como presidente tiene toda la legitimidad, es decir toda la bendita vulnerabilidad de un sistema democrático, para ser valorado, juzgado y votado por lo que hace, no por lo que es.

Lo que cuenta es el hacer, no el ser

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El mayor problema no es Sánchez sino nuestro miedo

Javier Folgado

Pedro Sánchez, que va por la vida haciéndose pasar por moderado, no ha hecho ningún esfuerzo por llegar a un entendimiento con los partidos constitucionalistas. Por otra parte, tanto el PP como Ciudadanos se lo han puesto en bandeja y el presidente no ha tenido y no ha querido ver otra posibilidad que volverse hacia la izquierda y los independentistas. Por mucho que los editoriales de El País lo vean como una ocasión es necesario volver a recordar lo obvio y es que, como Díaz-Ambrona afirmaba en una entrevista a este periódico, no es concebible que ERC coopere a la gobernación de España como ellos mismos han manifestado.

Posiblemente llamar socialista a Pedro Sánchez sea darle un sustrato teórico del cual adolece en buena medida. Sánchez es lo que haga falta. Tanto en la ideología liberal como la conservadora o la socialdemócrata podemos encontrar virtudes y debilidades pero el presidente es fundamentalmente un buen producto de marketing. Sin duda, es esta una época de la política de la imagen y en esos parámetros Sánchez o sus asesores han ganado por goleada. Con mensajes en positivo (“Somos la coalición progresista”), con sus eslóganes de campaña… ha ganado la carrera por la imagen de la moderación, ha ocupado el centro político y es la imagen de la modernidad al menos para una gran parte de los españoles como han demostrado los resultados electorales. También aquí PP y C´s se lo han puesto fácil.

Pero más allá de la imagen, es preocupante ver cómo un sector amplio del PSOE se ha “podemizado”. El PSOE ha sido unas de las patas de nuestra democracia y esta deriva y este dar por bueno el discurso de los independentistas, insisto de un sector del partido, pone en riesgo nuestra estabilidad constitucional.

Una buena pregunta para los sociólogos sería si el votante medio socialista está más cerca del PP que de Unidas Podemos en cuestiones prácticas pero se siente sentimentalmente más cercano al partido de Pablo Iglesias. Una cuestión similar se podría plantear de los votantes del PP cambiando Unidas Podemos por Vox.

No cabe duda que este gobierno va a ser muy dañino para España, hará un país más pobre y menos solidario. ¿Pero son unos malvados todos los que no piensan como yo? ¿Puede un gobierno por malo o bueno que sea sustituir mi responsabilidad frente a mis hijos, frente a mi trabajo…? Existe un mal mayor aún que el gobierno que se nos viene encima y es el miedo que nos paraliza que se observa estos días en nuestras conversaciones. En medio de nuestro enfado no deberíamos caer en la tentación de considerar enemigo al que piensa distinto porque cuando uno se encuentra con otro que narra sus razones descubres que tu razón se abre. Muchos quieren vencer este miedo votando a Vox, que por supuesto que es un voto legítimo, pero que expresa este malestar de muchas personas que en realidad no son extremistas.

El mayor problema no es Sánchez sino nuestro miedo

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Abandonar el campo embarrado

Lola Martínez

Ya tenemos presidente del Gobierno, pero no tenemos Gobierno. Este miércoles Felipe VI en broma le ha dicho a Pedro Sánchez, tras la promesa de su cargo, que la toma de posesión “ha sido rápida, simple y sin dolor”, a lo que ha añadido que “el dolor viene después”. A lo mejor no era en broma. El dolor de después ya ha empezado: se nota en los esfuerzos para marcar el terreno perdido frente a Podemos. Carmen Calvo el sábado decía en el Congreso que había que darse prisa en formar el Ejecutivo. Ahora la formación de Gobierno se pospone hasta la semana que viene. Sánchez, como en otras ocasiones, pliega las instituciones a sus necesidades personales: en este caso marcar terreno frente a Podemos. Así arranca esta legislatura, con el socio principal intentado recuperar el terreno ya perdido frente a un Iglesias que le ha comido la merienda a Sánchez, que le ha hecho la agenda económica e ideológica. Iglesias selecciona las políticas, Iglesias hace el discurso e Iglesias anuncia los pasos a dar. No va a ser fácil lo del Gobierno de coalición.

Siempre quedará la solución adoptada durante el debate de investidura. Hacer oposición de la oposición. La fórmula está ensayada. Sánchez convirtió el debate de investidura en un ataque a la oposición para no tener que explicar qué había pactado con ERC. Es una estrategia hábil porque obliga a la oposición a jugar en un campo que Sánchez controla. Y así siempre se gana. Los términos del debate están invertidos, es la oposición la que tiene la culpa de todo. También Iglesias nos dio la clave de lo que va a hacer al anunciar que van a ser atacados por lo que son, no por lo que hacen. Este va a ser un Gobierno identitario: tan pronto como se juzgue su gestión se presentará como una víctima de la derecha, del IBEX 35, del patriarcado, de los antiprogresistas y de los autoritarios. Este Gobierno tiene como gasolina la polarización de los extremos. Hay que abandonar el campo embarrado. La oposición política y la oposición de la sociedad civil que no quiera verse arrastrada por la polarización del Gobierno va a requerir inteligencia, sangre fría, razones y y no sentimientos exaltados, ganas de construir más que discutir.

Las cosas importantes se resuelven viviendo, haciendo. Por eso es el momento de que la sociedad española tome el protagonismo para mostrar que es más lo que nos une que lo que nos separa, que por encima de diferencias ideológicas podemos construir juntos.

Abandonar el campo embarrado

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Frente a polarización, amistad cívica

Francisco Medina

Incertidumbre: ésa sería la nota que caracterizaría la realidad política, económica y social de nuestro país desde que en el año 2015 se celebraron las elecciones generales que dieron la mayoría al Partido Popular. No puede hablarse ya de mayorías suficientes que proporcionen estabilidad, como tampoco puede hablarse de estabilidad económica –con una crisis que se nos viene encima–, ni mucho menos social –crisis en Cataluña, polarización social también en el resto de España–. No está escrito, ni mucho menos, que pueda haber un Gobierno investido en diciembre. Polarización en lo político.

Polarización también en lo social; también es un hecho. Un ejemplo significativo ha sido la polémica derivada de las declaraciones de la ministra de Educación y Formación Profesional, en la que venía a afirmar que no existía, stricto sensu, un derecho de los padres a elegir la educación de sus hijos e invocaba algunos pronunciamientos del Tribunal Constitucional acerca de una ley que no llegó a aplicarse. Sectores de la enseñanza concertada parecen haber desenterrado el hacha de guerra y la Conferencia Episcopal ha entrado en el ruedo del debate. Parece haber comenzado una batalla por ver quién gana, qué relato es el que va a prevalecer.

En su libro La promesa de la política, Hannah Arendt señala que la política viene a ser el mundo realmente propio del hombre, entendida como el conjunto de condiciones con arreglo a las cuales hombres y mujeres –en su pluralidad y en su distinción unos de otros– viven juntos y se acercan para conversar con una libertad que solamente ellos pueden otorgar y garantizarse mutuamente. Según la pensadora, sólo en la libertad de nuestro conversar unos con otros es como emerge el mundo, como realidad objetiva y poliédrica. La experiencia del mundo y la conversación son componentes inseparables; es la libertad para interactuar, mediante el discurso, y su confrontación con otros donde experimentamos, al tiempo, la pluralidad del hombre y nuestro ser únicos

¿Cómo articular esta dinámica? Para Hannah Arendt, es la amistad política la que hace posible el diálogo veraz y entender la verdad inherente a la opinión del otro. Porque el amigo comprende cómo y en qué condiciones el mundo común se aparece al otro. En suma, hace posible la simpatía, ver el mundo desde el punto de vista del otro (o, como actualmente se dice, ponerse en el punto de vista del otro) es lo que constituye el conocimiento político por excelencia. Por eso, la virtud más quintaesencial de un verdadero hombre de Estado es comprender el mayor número posible de realidades (no tanto puntos de vista subjetivos, que también), tal y como ellas se muestran en las opiniones de los ciudadanos y, a la vez, ser capaz de conectar a sus propios ciudadanos con sus opiniones, de forma que se haga evidente lo común. Porque sólo al hablar con los otros sobre el mundo tal como se me muestra es como surge lo común a nosotros.

Frente a polarización, amistad cívica

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