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20 FEBRERO 2017
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Abatid los bastiones educativos

Fernando de Haro

En España se prepara un nuevo debate educativo. ¿Serán los cristianos, en este caso, algo más que una de las partes en litigio? ¿Podrán aportar algo original? ¿Están obligados a identificarse con una de las esperadas y conocidas posiciones que se van a enfrentar? La semana pasada se constituyó en el Congreso de los Diputados una subcomisión para estudiar un posible pacto de Estado sobre enseñanza. Pacto que ha sido imposible desde la vuelta a la democracia. Los trabajos van a incluir la comparecencia de 80 ponentes entre profesores, padres, alumnos y expertos.

La legislación educativa española ha sido hegemónicamente socialista desde la transición. Eso le ha dado un claro sesgo comprensivo. El segundo gobierno de Aznar, a última hora (2002), aprobó una ley que intentaba corregir las consecuencias negativas de la comprensividad. El primer Gobierno de Rajoy, con escaso convencimiento, poca ambición y sin escuchar a la comunidad educativa, aprobó una reforma (LOMCE, 2013) encaminada, sobre todo, a conseguir mejores resultados académicos y una cierta unidad en todo el territorio nacional. El segundo Gobierno de Rajoy ya ha renunciado algunos aspectos de la pasada reforma (las reválidas), rechazados radicalmente por la oposición. Y busca, parece que con más sinceridad que los socialistas (Zapatero), un acuerdo.

El problema es que las distancias ideológicas parecen insalvables. Los socialistas y el resto de partidos de izquierda están convencidos de que el Estado, en este caso las Comunidades Autónomas, que son las que tienen transferidas las competencias, son el sujeto educativo primordial para garantizar la igualdad. La planificación para que los nuevos centros de iniciativa social reciban dinero debe someterse, según este modo de pensar, a la existencia de una red completa de colegios de gestión pública. Se trata de una subsidiariedad a la inversa, a favor del Estado. El PP, por su parte, insiste en superar la mentalidad comprensiva, introducir criterios objetivos de evaluación y de calidad. El centro-derecha es más receptivo a defender la tímida subsidiaridad que supone el sistema de conciertos (creado por los socialistas). Un modelo que permite integrar en la red pública a colegios de iniciativa social con autonomía y libertad de ideario. En algunas Comunidades Autónomas donde gobierna el PP, no en todas, esta red subsidiaria supone hasta el 50 por ciento de los centros. Donde gobiernan los socialistas o Podemos el porcentaje tiende a reducirse drásticamente. En realidad, la bandera de los conciertos la mantiene levantada la comunidad católica.

Antes de seguir adelante dejemos claro que el sistema de conciertos, con todas sus imperfecciones, ha sido un instrumento útil para que los padres elijan la enseñanza que quieren para sus hijos. En una sentencia de mayo de 2016, el Tribunal Supremo además dejaba claro que la legislación no otorga “a los centros concertados un carácter secundario o accesorio respecto de los centros públicos, para llegar únicamente donde no lleguen estos últimos, es decir, para suplir las carencias de la enseñanza pública”.

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Vacuna corta

Fernando de Haro

Lo sucedido este fin de semana parece confirmar que España podría haberse convertido en un oasis político. En Francia, los leales a Europa tiemblan porque no tienen candidato. Le Pen de momento acapara el cartel electoral. El terremoto nacionalista amenaza con sacudir con fuerza en las elecciones holandesas y alemanas. Italia sigue a la espera. Por el contrario, los congresos simultáneos del PP, partido de Gobierno, y de Podemos, la fuerza populista, sugieren una cierta estabilidad dentro de los cauces del más tradicional y positivo europeísmo.

No hay formación xenófoba articulada a la vista. Y el enfrentamiento fratricida entre los dos grandes fundadores de Podemos, Iglesias y Errejón, en Vistalegre II (el Congreso que debía convertir al nuevo partido en opción de Gobierno) ha puesto de manifiesto que la nueva política puede convertirse de forma rápida en vieja política. De momento los sondeos no reflejan el desgaste de las luchas internas (Podemos mantiene una intención de voto del 22 por ciento y el segundo puesto) pero la aureola de “redentora” que acompañaba a la formación ha desaparecido. Y es difícil (aunque todo es posible) que en el inmediato futuro los socialistas vuelvan a buscar un pacto con quien le disputa el espacio político.

El PP ha celebrado quizás el más pacífico de los Congresos de su historia. El partido en el Gobierno está tranquilo por el rápido cambio de ciclo que se ha producido en el último año y medio. El único sucesor de Rajoy es el propio Rajoy. Hace quince meses, el ciclo del actual presidente del Gobierno era claramente declinante. La factura por los casos de corrupción, el deseo de una forma diferente de hacer política, el desgaste de las políticas aplicadas durante la crisis y la conjunción de fuerzas de izquierda hacían pensar que el PP, a pesar de ser la fuerza más votada, iba a estar alejada un tiempo de los centros de decisión. La marca PP era una marca de la que había que alejarse.

Ahora las cosas han cambiado. En 2106 el PP demostró disponer de un suelo electoral alto y, lo más importante, capacidad de recuperar votantes. Rajoy se ha redimido en gran medida al haber superado un veto que, según todos los españoles, había durado ya demasiado. Y además en los últimos meses ha convertido a los socialistas en su mejor socio de Gobierno. Muchos aplauden, incluso, el que consideran inteligente uso del miedo a Podemos. Un Podemos en el 22 por ciento de intención de voto es, según estos, el mejor argumento para mantener una alta fidelidad entre los votantes conservadores de siempre.

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Con el mejor feminismo y más allá

Fernando de Haro

Quizás sean diferentes lados del mismo poliedro. Por una parte, el deseo de seguridad, la inseguridad de la identidad perdida que se convierte en rechazo del migrante, del extranjero. Y el sueño y la violencia de los muros. Por otra el deseo de paternidad, la inseguridad de una identidad que sin hijos se considera infecunda. Y el sueño y la violencia de un mercado en el que se puedan comprar y alquilar vientres para una maternidad de otro modo imposible.

El Congreso del PP que se celebra en Madrid el próximo fin de semana ha desatado la polémica sobre lo que eufemísticamente se llama la “maternidad subrogada”. En España está prohibida. Pero un niño nacido fuera, a resultas de uno de estos contratos, puede ser inscrito en el registro de nuestro país como hijo de los “contratantes”. Eso ha provocado un fenómeno frecuente de “turismo reproductivo”.

Lo último que hubieran querido los dirigentes del PP es que este tema entrara en la agenda del Congreso de un centro-derecha que, a pesar de los vetos, ha conseguido gobernar. De hecho, en la ponencia social no se mencionaba. Pero el debate es irrefrenable. El más que posible sucesor de Rajoy, Núñez Feijoo, se ha mostrado dispuesto a que los vientres de alquiler se regulen. Un muy disminuido sector del partido reclama una discusión abierta y critica que la formación pueda lanzar un mensaje de aprobación. Los líderes pro-vida se han movilizado. Aunque en la España de 2017, paraíso de los nuevos derechos, ya nada es como antes. Uno de los exponentes de ese movimiento preguntaba estos días en privado: “Pero, ¿cómo podemos explicarle a alguien que quiere tener hijos y no puede que su deseo no está por encima de la dignidad de una madre?”. No es fácil. La pregunta es severa. Muchas razones se han quedado viejas.

Han intentado responder a esa cuestión, con mucha seriedad, desde el feminismo. Un grupo de mujeres, entre las que hay grandes nombres de la izquierda (Amparo Rubiales) o destacadas pensadoras (Amelia Valcárcel), unidas tradicionalmente por lo que se ha llamado “la ampliación de los derechos sexuales y reproductivos”, ha puesto en marcha la plataforma www.nosomosvasijas.eu. El lema es muy significativo: “las mujeres no se pueden alquilar o comprar”. Interesante esta reivindicación de la “intangibilidad” de la maternidad. En su manifiesto hay aportaciones sugerentes.

Las feministas que no quieren ser vasijas aseguran que “alquilar el vientre de una mujer no se puede catalogar como una técnica de reproducción asistida”. No aceptan “la lógica neoliberal” que quiere introducir está práctica en el mercado, “ya que se sirve de la desigualdad estructural de las mujeres”. En realidad –aseguran– estamos ante “un hecho social que cosifica el cuerpo de las mujeres y mercantiliza el deseo de ser padres-madres”. Provocativa la denuncia contra la instrumentalización del deseo por parte del mercado y la reducción de la persona a cosa. Concluyen, de hecho, afirmando la irreductibilidad de la persona, de esa dimensión de la persona que es el cuerpo. “El derecho a la integridad no puede quedar sujeto a ningún tipo de contrato”. En realidad, lo que afirma este feminismo es lo propio de la tradición europea, la esencia de la Ilustración.

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Con el mejor feminismo y más allá

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Los muros de la debilidad

Fernando de Haro

Los muros se construyen contra el enemigo interior, no contra el exterior. Cuando Alemania del Este levantó, en la noche del 12 al 13 de agosto de 1961, la barrera que partió Berlín la bautizó como Antifaschistischer Schutzwall, pared de protección antifascista. Se trataba de “proteger” a la población que había quedado en la zona comunista de los elementos totalitarios que impedían el desarrollo del verdadero socialismo. Tuvo cierta eficacia a corto plazo para contener la emigración masiva hacia la libertad, pero no resistió el medio plazo.

Tampoco ha sido nada eficaz el muro más famoso del siglo XXI: el que Israel comenzó a construir para defender a su población del terrorismo. En los 15 años que han transcurrido desde que se empezó a levantar, la posibilidad de una paz estable se ha ido alejando cada vez más. El muro y la política en favor de los asentamientos de los colonos en Cisjordania, en una tierra que según el derecho internacional es de los palestinos, ha convertido a Israel en una fortaleza asediada. No solo por las diferentes versiones del terrorismo palestino que se van sucediendo –la última protagonizada por lobos solitarios que ya no están controlados ni por Hamas ni por la OLP-. También por un desnivel demográfico que en algún momento tendrá consecuencias.

El muro en Jerusalén, por poner solo el ejemplo de uno de los puntos más conflictivos, en sus cinco primeros años produjo un descenso del 50 por ciento de las visitas de los palestinos a los hospitales. Las familias separadas, las dificultades para trabajar al otro lado, el aislamiento de muchas poblaciones o las arbitrariedades en los check-points son una herida permanentemente abierta. Y ahora Netanyahu, empeñado en ganar pequeñas batallas y perder la guerra definitiva por la paz, ha aprobado 2.500 viviendas más en Jerusalén Este, territorio ocupado.

Trump reivindica el muro israelí como un ejemplo. Pero como titulaba estos días una aguda columna del Chicago Tribune, "Trump´s wall is about resentment and fear, not inmigration". El muro de Trump en realidad lo empezó a construir Bill Clinton en 1993 y lo continuó W. Bush. De los 3.000 kilómetros de frontera que comparten México y Estados Unidos ya hay vallados y amurallados 1.100. En este momento el saldo migratorio es negativo: hay más mexicanos que vuelven a casa de los que se van. El número de “espaldas mojadas” detenidos en la frontera se ha reducido a los niveles más bajos desde 1971, y en su mayoría son menores o grupos familiares que llegan desde América Central. Douglas S. Massey, profesor de la Universidad de Princeton, que estudia desde hace años en el Mexican Migration Project los movimientos a un lado y a otro de la frontera, tiene una provocativa hipótesis. Asegura que el muro ha producido un efecto contraproducente porque ha frenado los movimientos de retorno que una frontera más porosa facilitaba. Los muros alimentan a las mafias.

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Los muros de la debilidad

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