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12 DICIEMBRE 2018
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El sueño de volver a contar

Fernando de Haro

En España, la celebración del 40 aniversario de la Constitución ha coincidido con la aparición como fuerza parlamentaria (de momento solo en Andalucía) de una fuerza de derecha con un ideario hasta ahora ausente. Vox cuestiona algunos de los principios esenciales de la Carta Magna como Podemos lo hace por la izquierda o el independentismo catalán de forma transversal. El nuevo partido, al rechazar el modelo territorial de las Comunidades Autónomas (un federalismo no reconocido ni vertebrado del todo), alimenta uno de sus vectores en la reacción al proceso secesionista que se intentó materializar hace algo más de un año. Es nuevo. Ni siquiera hace cuatro décadas existía una derecha parlamentaria que rechazara el texto constitucional.

La solemnidad de las celebraciones del 40 cumpleaños de la Constitución, con buenos discursos de la presidenta del Congreso y del Rey Felipe VI, ha silenciado por unos momentos la crisis política. Cuanto más solemnes han sido las celebraciones en torno a la Constitución de 1978 (la que más tiempo ha estado en vigor desde que se iniciara la revolución liberal en España hace 200 años), más evidente se ha hecho que en las cuatro últimas décadas la experiencia que la hizo posible ha ido apagándose por la “neutralidad liberal” que domina el espacio público. Una neutralidad, alimentada por izquierda y derecha, que ha considerado una cuestión privada el reconocimiento del otro, la reconciliación, la unidad pre-política y pre-jurídica, los elementos de significado implicados en el hecho de ser ciudadano.

Más de un 85 por ciento de los españoles hacen una valoración positiva de la Constitución del 78. Valoración que no es del texto sino del acuerdo que lo fundamenta. Pero un 27 por ciento cree que en este momento España está estancada. Al menos uno de cada cuatro españoles cuestiona los partidos y la política. No es de extrañar que desde la derecha surjan ahora “opciones de protesta” que hasta el momento no habían existido. La política como pura gestión, la política como fuente de corrupción, provoca rechazo y resurge la política como utopía, como queja. Es el síntoma de un proceso que exige una respuesta adecuada. Al final lo que está en juego es si la participación en el espacio público tiene que optar entre la tecnocracia neutral o la frustración, si hay algún protagonismo posible en un ámbito dominado por la partitocracia.

Vox ha surgido en Andalucía con fuerza (10 por ciento de votos) sumando, según los primeros estudios demoscópicos, diversos elementos. El rechazo a la descentralización autonómica es uno de ellos, seguramente el más importante. A eso hay que añadir la reacción provocada por aumento de la llegada de inmigrantes (percibida falsamente como una suerte de invasión) y la voluntad de que, por fin, haya quien defienda cierta “agenda católica”. Una agenda que querría ser respuesta a una secularización inducida desde el poder y que pone el énfasis en ciertos aspectos –la defensa del no nacido, respuesta a la ideología de género– y minusvalora otros –migrantes, proyecto común–. A todo eso hay que sumar la reacción a las políticas emprendidas para luchar contra la tremenda lacra de la violencia que sufren las mujeres (la inmensa mayoría de los votantes de Vox son hombres). Hay muchos otros componentes que con el tiempo irán desvelando su peso.

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El sueño de volver a contar

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La Europa del contrapunto

Fernando de Haro

Huang y John han seguido con poca atención la cumbre del G20. John, vecino de Miami, ha visto las imágenes de la cena de Donald Trump y de Xi Jinping en la televisión del 7Eleven donde suele comprar su café con sabor a vainilla. Y Haung le ha echado un vistazo a la foto publicada en la prensa oficial. No se ha detenido a leer la información. Ni Huang ni John siguen de cerca la guerra comercial que desde junio enfrenta a las dos principales economías del mundo.

Huang trabaja en una compañía inmobiliaria de Wenzhou, una ciudad al borde del mar, de tamaño medio, en la costa, en plena expansión. El clima es más benigno que en la cercana Sanghai. La empresa de Huang, controlada por el Estado, realiza inversiones en la Nueva Ruta de la Seda. Huang trabaja muy duro, su nivel de vida ha subido, está orgulloso de lo que está haciendo Xi Jinping por su país, orgulloso de la capacidad de control que el Estado tiene sobre los ciudadanos –es una garantía de seguridad–, de la expansión más allá de los mares de Asia. Huang piensa que, después de tantos años de un trabajo callado, China por fin puede mostrarle al mundo cómo es de grande.

John es votante de Trump, siente rechazo hacia su arrogancia, hacia sus excesos. No le gusta el modo que tiene de hablar de los inmigrantes. Pero aunque no se lo confiese del todo, vibra cuando le escucha hablar de América. Aunque no es ese el motivo por el que votó al actual presidente. Le votó y le volvería a votar porque su historia le impide votar a los demócratas. John es un hombre religioso, convertido después de algunos problemas con el alcohol, rechaza la vida de los ricos que han venido a jubilarse a Florida. Rechaza esa vida liberal, que parece haber perdido las esencias de la América que madruga, esos Estados Unidos de la infelicidad donde cunde la adicción a los opiáceos.

Huang y John no deciden el destino del mundo. O sí. Al menos no lo deciden como sus presidentes, pero sin ellos no hubiéramos tenido el G20 que se ha celebrado en Buenos Aires. A comienzos de siglo ya era evidente que el Planeta Tierra necesitaba algo así como un “Gobierno del Mundo”. Sabíamos que las soberanías nacionales, tal y como habían quedado definidas en Westfalia, eran incapaces de hacer frente a las necesidades de la globalización, al imperio del dinero. Tampoco los proyectos de integración regional estaban a la altura. Era necesario crear nuevas instancias. Y por algunos momentos se pensó que el G20 podría servir como herramienta inicial para desarrollar ese nuevo gobierno global. La cumbre del G20, de hecho, celebrada en Washington en 2008, si no fue un Consejo de Ministros planetario al menos sirvió para tomar la decisión de no cometer los errores del 29 y apostar por la mayor fiesta de política monetaria expansiva de la historia.

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La Europa del contrapunto

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  19 votos
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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

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