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24 ENERO 2017
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Un espacio a la altura del emperador

Fernando de Haro

Fue un discurso religioso. En realidad, todos los discursos de los nuevos presidentes de los Estados Unidos lo son de un modo u otro. Pero este lo fue especialmente. No solo por la presencia de la biblia de Lincoln y de la que le regaló su madre. No solo por las oraciones y por las referencias a Dios. Lo fue porque el presidente número 45 de los Estados Unidos ofrece nacionalismo como respuesta al deseo de salir de la nada, de esa nada en la que se sienten muchos de los que le han votado. “Os digo a todos los estadounidenses, en todas las ciudades próximas y lejanas, pequeñas y grandes, de montaña a montaña y de océano a océano, que oigáis estas palabras: nunca volveréis a ser ignorados”, anunció el nuevo inquilino de la Casa Blanca desde las escaleras del Capitolio. En la tierra en la que quizás más se lee la Escritura, muchos estadounidenses supieron identificar rápidamente en esas palabras una actualización de las promesas del gran profeta del Antiguo Testamento. Nunca más llamarán a tu tierra –el Medio Oeste, las ciudades de Detroit, Columbus o San Luis– devastada y abandonada. Ahora le llega un marido.

El que fuera un discurso religioso no significa ni mucho menos que fuese positivo. Las viejas religiones, las que no distinguían lo que había que dar al César y lo que había que dar a Dios, siempre acababan y acaban en idolatría del emperador. En estos tiempos dominados por la perplejidad que provoca la globalización vuelve lo viejo, la sacralización del poder. De momento el Trump presidente sigue siendo como el Trump candidato. Sabe bien cuál es su base. Se ha convertido en el número 45 de los Estados Unidos gracias a la frustración de buena parte de la clase media blanca. Una frustración no solo económica, una frustración antropológica: la de una soledad tan feroz como solo puede generarse en los Estados Unidos. Entre esos blancos las tasas de suicidio, alcoholismo y drogadicción se han incrementado de forma muy significativa. No se puede vivir mucho tiempo ignorado, ignorado por la élite de las costas y, sobre todo, por el destino.

La democracia de los Estados Unidos nunca ha sido laica, al menos tal y como la entendemos en Europa. Pero hay que distinguir. Una cosa es el deseo de construir la ciudad en la colina de los padres fundadores. Y otra cosa bien distinta es el ciclo de sacralización del poder que se ha producido desde que el segundo Bush fue elegido presidente, un ciclo que con Trump se ahonda. Con W. Bush llegaron a la Casa Blanca los teocon, de procedencia izquierdista, intelectuales que pretendían contrarrestar el relativismo y defender los valores del occidental con una sólida teología política. Obama fue una reacción y, como todas las reacciones, se pareció mucho a aquello a lo que se opuso (al movimiento anti-Trump va camino de pasarle lo mismo, se parece demasiado a Trump. Como el antifascismo se parecía mucho al fascismo). El primer presidente negro de los Estados Unidos vino acompañado de un mesianismo voluntarista resumido en el “Yes, We Can”. La política hecha de otro modo, la política bonita para la gente. La palabra gente es quizás la que más veces usó Trump en su primer discurso. La gente contra los políticos, la gente que, por fin, va a salir de la nada. El ciclo de presidencias “religiosas” en los Estados Unidos, muy diferente a las presidencias pragmáticas de Reagan, del primer Bush y de Clinton, es sin duda un signo de los tiempos. No hay quien soporte en la vida diaria el nihilismo postmoderno y el vacío fomenta la transferencia de la sacralidad. El deseo de no ser ignorado es irrefrenable, necesita una respuesta, aunque sea parcial.

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Un espacio a la altura del emperador

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  13 votos
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Jonás llevaba razón

Fernando de Haro (Qaraqosh, Iraq)

Escribo desde Qarasqosh, el ground zero del genocidio cristiano en el norte de Iraq. Un genocidio que no se quiere reconocer. Cinco check points desde Erbil para llegar a la que fue la mayor ciudad cristiana del país. Los tres primeros de los peshmergas. El ejército kurdo dosifica la entrada. Desde la siete de la mañana, largas colas para cruzar los controles. Los kurdos permiten a los cristianos visitar sus casas a cuenta gotas. Dos horas antes de la puesta del sol tienen que volver. El ejército iraquí, que controla la zona más cercana a Qaraqosh, es más flexible. A la entrada de la ciudad patrullan también las fuerzas estadounidenses. De fondo se oyen los bombardeos, explosiones roncas, irreales. El responsable de la milicia cristiana cuenta que ha detenido a dos miembros del Daesh a escasos kilómetros.

Al llegar a las primeras calles la imagen es dantesca. Como la que he visto al norte de Mosul, en Batnaya y en Teleskof. Pero aquí la desolación si cabe es más impresionante. Se trata de un gran pueblo fantasma. La única ventaja es que no hay minas. Las casas abandonadas a toda prisa están saqueadas. Muchas de ellas bombardeadas por la coalición internacional. Los cristianos que han conseguido entrar esta mañana queman sus ropas a las puertas de sus hogares. No quieren recuperar nada que los milicianos del Daesh hayan usado. Se elevan columnas de humo aquí y allá. Todos los muebles han desaparecido. Cuando alguien del Daesh se casaba venía a Qaraqosh a abastecerse. Las pocas mujeres que no se marcharon fueron violadas repetidamente y convertidas en “esposas” del Estado Islámico.

En la gran catedral sirio católica, levantada con el esfuerzo de todo el pueblo, los representantes del califato instalaron una galería de tiro. Han quemado el techo y en las columnas de la nave principal hay pintadas en favor del Estado Islámico. La voluntad de destrucción del Daesh tiene una obsesión: las cruces. Las mutila todas, las derriba, las fusila.

El cementerio está custodiado por el ejército iraquí. Hace falta una larga negociación para visitarlo. La soledad de los muertos solo está acompañada por el ladrido de perros sin sueño. El Estado Islámico ha profanado las tumbas, como en los pueblos del norte.

Se ha cumplido la profecía del profeta Jonás. Las madres de los niños cristianos de Nínive les enseñaban a sus hijos desde hace 30 años que la profecía se había cumplido tres veces. Pero esta es la cuarta vez que Nínive (Mosul) y su llanura es destruida. Jonás llevaba razón. No será la última, pronto puede llegar la definitiva. El Daesh no es ya la mayor amenaza.

Cuando el Daesh tomó la llanura de Nínive había 120.000 cristianos. Escaparon a Erbil y a los pueblos del norte. La mitad se ha marchado ya del país. Y los otros 60.000 no saben si volver. Todo el mundo tiene pretensiones sobre sus tierras. Los kurdos, que no lo defendieron en su momento, quieren ampliar su frontera. El gobierno de Iraq, chiíta, acaricia la idea de transformar los pueblos cristianos en una zona de su propia confesión que sirva de contención a los suníes. La moderación islámica de los kurdos parece estar convirtiéndose en radicalismo.

Lo “extraño” es que, en estas circunstancias, Naciones Unidas se niegue a calificar lo sucedido como un genocidio. Lo ha hecho Estados Unidos y lo ha hecho el Parlamento Europeo. ¿Por qué no una resolución que reconozca los hechos? ¿Es necesario contentar en este caso las pretensiones chiítas?

Nínive ha sido destruida por cuarta vez pero Jonás sigue saliendo de la ballena al tercer día. Los cristianos no saben si podrán volver. Pero no pocos en estas circunstancias redescubren su fe. Con conmoción se puede escuchar cómo un joven de 20 años, que huyó del Daesh, en su cuarto desordenado y utilizado por el califato, me dice que en estos dos años y medio se ha dado cuenta de que Dios está a su lado. Si un joven mira sin odio su destino es que la ballena ha sido vencida. Jonás llevaba razón.

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Jonás llevaba razón

Fernando de Haro (Qaraqosh, Iraq) | 0 comentarios valoración: 3  53 votos

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