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20 JUNIO 2019
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Convicciones sin realidad

Fernando de Haro

La miniserie Chernóbil de HBO ha hecho furor. Los cinco capítulos escritos por Craig Mazin y dirigidos por Johan Renck han ocupado el hueco dejado en la audiencia por Juego de Tronos. La pasión por lo sucedido en el reactor nuclear ha generado un extraño turismo de la catástrofe. Chernóbil es mucho más que un desastre nuclear. El accidente de 1986, la cadena de decisiones tomadas, la reacción del poder soviético, la respuesta de los científicos y de la población nos hablan del riesgo de la energía atómica, pero también de la fe y de la realidad, de una realidad negada, y de un pensamiento, de una creencia que construía/construye un sistema contra la experiencia.

Nos atrae la serie porque en estos tiempos de miedo y de incertidumbre refleja las consecuencias de un uso imprudente de la tecnología. Efectos que se prolongan en el tiempo más allá de lo que se puede imaginar. No es solo terror al átomo. La ficción da forma a ese fantasma de la sociedad del riesgo que llevamos en el alma y que puede tener mil maneras de concretarse. El temor está dentro de nosotros y sentimos cierta afinidad por los relatos que alimentan lo que el sociólogo Luhmann llamaba “la extravagante preocupación por las improbabilidades extremas”. Es improbable una invasión de migrantes, una muerte por epidemia generalizada, una violenta guerra en todo el planeta. Pero las distopías cinematográficas que insisten en mundos creados por sucesos de este tipo florecen. La afición que tenemos en este comienzo del siglo por las improbabilidades extremas de destrucción más que por las improbabilidades extremas de ser nos retrata.

Ha habidos algunas críticas que le han afeado a Chernóbil no haber reflejado de modo adecuado cómo funcionaba el poder soviético a mitad de los años 80. Probablemente no se le puede pedir a una serie capacidad suficiente para describir algo que era no solo un conflicto entre la verdad o la mentira, o entre los expertos y los burócratas. Los privilegios de las autoridades, la escasa estima por la vida humana y el abuso del Estado marcaron la reacción a la crisis. Pero el caso Chernóbil es más que todo eso. Es el momento en el que se hace evidente el choque entre la fe del hombre soviético y la realidad. Por eso es tan actual. Y por eso hay que volver a la lectura de Voces de Chernóbil. Con el imponente mosaico de testimonios que construye Svetlana Alexievich, en la que aparece la vida real, el amor, el sufrimiento de los que vivieron el accidente y de los que trabajaron cerca de la central, se comprende por qué, como dice uno de los protagonistas, lo ocurrido sirvió para “aprender a decir yo”.

El monólogo de Marat Filipovich, ex ingeniero del Instituto de Energía Nuclear, refleja el sistema de “doble verdad” en el que se vivía y que se parece, a pesar de que estamos en sociedades libres, al nuestro. El problema era la fe, una fe sin base alguna en la realidad.

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Convicciones sin realidad

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  9 votos
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¿De qué marca son hoy los tanques?

Fernando de Haro

Las palabras de justificación del ministro de defensa chino, Wie Fenghe, han clarificado casi todo. Cuando se cumplían 30 años de la masacre de Tiananmen, el Gobierno-Partido que rige los destinos del Imperio del Centro, ha explicado que era necesario, para mantener la estabilidad y generar la prosperidad de las tres últimas décadas, reprimir a unos estudiantes que reclamaban más libertad. Casi todo ha quedado claro. En 1989 hubo que recurrir a la violencia y matar a miles de universitarios y hoy es necesario seguir utilizando campos de internamiento, la amenaza, la tortura, la persecución del disidente.

Antes del aniversario se habían recrudecido los controles en torno a la plaza de Tiananmen, como cuando se celebra la reunión anual de un Parlamento totalmente controlado por Xi Jinping. Pekín ha vivido las jornadas habituales de un nerviosismo cuyo origen es difícil de precisar. Los responsables de los hoteles, los miembros de base del partido, la ciudad entera está atenta para identificar cualquier movimiento, cualquier persona, que pueda ser una “fuente de inestabilidad”. Las cámaras distribuidas por cada rincón de la capital recogen todas las imágenes posibles y estos días se han examinado, gracias a la nueva tecnología, con especial vigilancia para detectar cualquier tipo de anomalía. Ahora no es como hace 30 años, el poder totalitario con sistemas de Inteligencia Artificial lo hace mucho más eficaz.

Con dificultad se ha podido acceder a la plaza para, aunque sea en silencio, hacer memoria de aquel joven desconocido que desafió a una fila de tanques. No importa. Desde cualquier región del planeta, se puede rendir homenaje a aquel muchacho indefenso, con los brazos caídos, pero con la cabeza bien erguida, delante de un carro de combate con su cañón enorme listo para disparar. La máquina de la opresión es un crustáceo gigante: el tanque de la nada, el tanque de la historia, el tanque sin rostro dispuesto a aplastar frente a la figura solitaria que se mantiene en pie. No se puede rendir homenaje a todas las víctimas sin releer las páginas de los Escritos Corsarios del gran Pasolini denunciando las nuevas formas de dominación de un poder que ya no necesita de la violencia para imponerse. ¿Han desaparecido los tanques de la nada, como decían los liberales ilustrados, precisamente hace tres décadas? ¿Cuáles son ahora los tanques del nuevo poder que domina las plazas del mundo? ¿Cuál es la marca de los nuevos carros de combate?

Ian Buruma, en un provocativo artículo publicado estos días, ha destacado en Tiananmen no triunfó el régimen comunista, sino “un capitalismo autoritario”, el creado por Deng Xiaoping, el hombre de la apertura. “Las clases urbanas educadas de las que había salido la mayoría de los estudiantes que protestaron en 1989 recibieron grandes beneficios”, a cambio de no meterse en política. Lo ocurrido tras Tiananmen dejó claro que democracia y capitalismo eran perfectamente separables. Posiblemente han hecho faltan treinta años para que nos demos cuenta. “Lo que sucedió tras su aplastamiento señala que el capitalismo autoritario se ha convertido en un modelo atractivo para autócratas de todo el mundo, incluso en países que hace treinta años consiguieron librarse del yugo comunista”, concluye con agudeza Buruma.

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Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  21 votos
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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 1  806 votos

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