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30 MARZO 2020
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Una esperanza más fuerte que el frío que acabó con la pequeña Laila

Giuseppe Frangi

Hace unos días, en Facebook, Housan Adnan, médico del hospital Al-Shifa de Afrin, al noroeste de Siria, contaba esta historia de la que fui testigo director. “Hoy, por la mañana temprano, una niña ha llegado a nuestro hospital. La traía su padre desde la tienda en la que viven a pocos kilómetros de aquí y venía helada. Le puso encima todo lo que encontró para mantenerla caliente, hizo todo lo posible por calentar su corazoncito. La estrechaba con fuerza y, llorando, caminó desde las cinco de la mañana en medio de la nieve y el viento, hundiendo sus botas entre los escombros de su país. Sus articulaciones estaba congeladas, pero su corazón la abrazaba con fuerza. Caminó durante dos horas para llegar a nuestro hospital. Con gran dificultad, logramos separarle de su hija y ver el rostro angelical de la pequeña. Sonriente, pero inmóvil. Intentamos por todos los medios oír los latidos de su corazón, pero estaba muerta. Desde hacía una hora. Ese hombre llevaba el cuerpo de su hija sin saberlo”.

Esta niña tiene nombre. Se llama Iman Mahmoud Laila. Y una edad: 18 meses. Nada más nacer, su familia tuvo que huir del barrio en que vivían, en la periferia de Damasco, escenario de una batalla feroz. Huyeron en dirección a Alepo, donde encontraron refugio en un centro improvisado para refugiados. Vivían en una tienda, tal como testimonia el doctor Adnan. El frío de estos días ha llegado a rozar los once grados bajo cero. Ese frío que ha matado a la pequeña Iman Mahmoud Laila, que no es la única, como refieren tantos testimonios dramáticos. No estamos lejos de la frontera con Turquía y aquí se han juntado en los últimos meses más de 700.000 refugiados que huyen de la ofensiva de Assad, causando una nueva emergencia humanitaria que ya todos han olvidado.

Y en el corazón de esta emergencia están los niños. Muchos niños, como nos recuerda un maravilloso documental seleccionado para los Oscar y titulado “For Sama”. Waad al Kateab lo rodó durante el asedio de Alepo, su ciudad. Sama es su hija, que nació durante los disparos, fruto del amor con quien se ha convertido en su marido, un hombre que dirige uno de los últimos hospitales que funcionan en la ciudad.

El film es como una carta a su hija, narrada con la dulce voz de una madre. Una madre que por un lado, al filmar, no ahorra nada de todo lo que ve a su alrededor, pero por otro quiere explicar a su hija por qué ha querido traerla al mundo a pesar de ese infierno.

Al ver la película, nos enfrentamos al contraste entre la dureza y a veces también la atrocidad de muchas situaciones, y la tierna obstinación de la voz narradora de una madre, ese tono siempre comedido y digno con que se dirige a su hija. Sama en árabe significa cielo. Con este nombre sus padres han querido mostrar que esa hija representa para ellos la esperanza: esperanza para ellos pero también para todos los que trabajan con ellos, por ejemplo en el hospital.

Una esperanza más fuerte que el frío que acabó con la pequeña Laila

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Reforma constitucional rusa. ¿Cuánta prisa tiene el Kremlin?

Anna Kondratova

La tarde del pasado 15 de enero, después de que en su discurso anual a las cámaras Putin propusiera una amplia reforma constitucional, los acontecimientos tomaron un ritmo frenético. En cuestión de minutos, el gobierno Medvedev dimitió para permitir al presidente “lanzar la reforma, que –señaló el primer ministro saliente– producirá cambios significativos en el equilibrio entre poderes”. La mañana siguiente tomaba posesión en su despacho el nuevo premier, el exjefe de la Agencia Federal de impuestos Mikhail Mishustin.

Probablemente Medvedev y sus colaboradores se pasaron la noche vaciando escritorios y armarios de papeles y efectos personales para permitir una sucesión tan fulminante, al igual que el resto de ministros. ¿Cómo explicar tanta prisa dentro de un sistema de gobierno donde las cosas parece que no cambian nunca?

El fin último de las reformas constitucionales anunciadas es evidente: hay que resolver el “problema 2024”, es decir, cómo conservar el poder de Vladimir Putin, que al término de su mandato presidencial ya no tendrá posibilidad de reelección. Con este objetivo, la maquinaria estatal lleva tiempo trabajando. Lo anunciado el 15 de enero probablemente sea la “solución B”, a la que el Kremlin no pensaba tener que llegar hasta el último momento. La “solución A” era la creación de un nuevo Estado integrado, constituido por Rusia y Bielorrusia, que reforzaría el “mundo ruso”, cada vez en una mayor crisis y sobre todo permitirá volver a empezar el juego desde cero. La presión del Kremlin sobre Bielorrusia hasta primeros de año ha sido considerable, sirviéndose incluso de varias armas, propuestas más o menos tentadoras de unión y hasta chantajes con el gas y el petróleo.

Pero Putin hizo sus cuentas sin contar con Lukashenko. El “padre” de la nación bielorrusa se resistió y defendió encarecidamente la independencia del país, diciendo alto y claro que, después de Ucrania, Rusia quería meter sus manos en Bielorrusia pero que su país solo estaba dispuesto a llegar a acuerdos y alianzas a cambio de que no haya “anexión” y cada uno permanezca en su casa. A menos que –propuso el 24 de diciembre– Rusia decida entrar a formar parte de Bielorrusia. En otros términos, tanto las propuestas como las amenazas de represalias han sido igualmente ignoradas. No quiera Dios que, resuelta la cuestión de la continuidad en el poder, dentro de un tiempo Putin no decida vengarse de la escasa colaboración de Lukashenko recreando en Bielorrusia alguno de los escenarios ucranianos…

Pasamos así al plan B. Que tenía que realizarse deprisa, porque había que poner punto final a las reformas constitucionales antes del 5 de septiembre de este año. De hecho, en septiembre de 2021 están previstas las elecciones parlamentarias, y por ley no es posible meter mano a la Constitución en el arco de los doce meses previos. En consecuencia, Putin y sus hombres tenían esta fecha tope y el nuevo gobierno tendrá que mantener caliente la situación política dentro y fuera del país.

Reforma constitucional rusa. ¿Cuánta prisa tiene el Kremlin?

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'No habrá acuerdo árabe mientras siga habiendo presencia yihadista'

Entrevista a Wael Farouq

El mariscal Haftar dejó Moscú sin firmar el documento de siete puntos aunque sí lo había firmado Serraj. Según ciertas fuentes, Haftar se habría marchado a los Emiratos Árabes. ¿Para qué? ¿Y por qué no aceptó la propuesta de Putin y Erdogan? Hablamos con Wael Farouq, profesor de árabe en la American University de El Cairo y de Ciencias Islámicas en la facultad copto-católica de la capital egipcia.

¿Por qué cree que Haftar se ha ido de Moscú sin firmar? ¿Cree que puede haber volado a los Emiratos y a otros países árabes para valorar la propuesta y contar con su apoyo?

Seguro que sí. Creo que Haftar se ha dado cuenta de lo que está pasando en Siria.

¿En qué sentido?

La intervención rusa no ha llevado la paz a ese país, que sigue aún dividido y con un gobierno que solo controla una pequeña parte del territorio. El papel de Moscú sirve esencialmente a los intereses de Putin en Oriente Medio. Por eso, no creo que ningún acuerdo pueda ser bueno para los países árabes mientras no ponga el acento en la eliminación de los yihadistas del Isis que se han trasladado a Libia. Es una cuestión importante que el acuerdo de Moscú no contemplaba. Los periódicos árabes destacan justo este aspecto, que representa su mayor preocupación. Hay miles de yihadistas en Libia fuera de control. La experiencia histórica nos ha enseñado que estos libran una guerra por nosotros y luego contra nosotros. Sin eliminarlos totalmente, nunca se aceptará ningún acuerdo en el mundo árabe.

¿Y qué se dice en el mundo árabe de Erdogan, que se ha movido más bien a favor de estas milicias?

Erdogan también mira por sus intereses. En el escenario geopolítico de Oriente Medio actúan varios poderes regionales, como Turquía, Irán, Arabia Saudí y Egipto. Cada país tiene sus propios intereses. Los movimientos de Erdogan no van en dirección a la paz, su objetivo es conquistar las fuentes de energía del Mediterráneo. Y también tiene otro motivo.

¿Cuál?

Erdogan necesita encontrar un lugar al que poder mandar a los miles de militantes islámicos que desde Siria llegan ahora a Turquía. Tiene el problema de sacarlos. Naturalmente, también quiere gas, que sigue siendo un gran interés estratégico.

La conferencia de Berlín de este fin de semana, ¿logrará establecer un nuevo orden?

Libia es una bomba muy potente que puede estallar en cualquier momento. Y si estalla, desde luego que no serán Rusia ni Turquía los que paguen las consecuencias, sino los países vecinos, como Egipto, Chipre o Italia. Estos tres países deberían llegar a un acuerdo para actuar juntos e imponer una iniciativa común ante la situación libia.

'No habrá acuerdo árabe mientras siga habiendo presencia yihadista'

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Haití, diez años después

Patrizia Caiffa

Una corona de flores, una oración en silencio ante las fosas comunes que en aquellos infelices días acogieron a decenas de miles de víctimas. Así se desarrolló, un poco en sordina por cuestiones de seguridad, la conmemoración de las al menos 230.000 personas muertas hace diez años en el terremoto que a las 16.53 horas del 12 de enero de 2010, hora punta en la vida de la ciudad, echó abajo a Puerto Príncipe, la capital de Haití.

Una fecha infausta en una situación sociopolítica “insostenible, desoladora e inaceptable”, según cuenta desde Puerto Príncipe Fiammetta Cappellini, responsable de AVSI, ONG presente en Haití desde 1999, que conoce muy bien la isla caribeña, donde vive desde hace 14 años y donde ha formado su familia: un marido haitiano y un hijo de 12 años. Hace diez años estaba allí y vivió en primera persona el terror del seísmo de grado 7 en la escala Richter.

Se quedó para trabajar en la emergencia y luego en la reconstrucción y desarrollo. Entonces se vio obligada a separarse durante meses de su hijo. Era demasiado pequeño y demasiado dramática la situación para dejarlo en Puerto Príncipe, estaría mejor con su familia en Italia. Pero esa amarga posibilidad corre el riesgo de volver a repetirse ahora y de hecho está más preocupada que nunca por su país de adopción y por su gente.

No solo por las catástrofes naturales –terremotos, huracanes, inundaciones, epidemias de cólera– que a cada poco sacuden la isla. Con el paso de los años, los que tuvieron que irse a vivir a los campamentos después del terremoto y luego a refugios temporales han ido recibiendo algo de dinero para trasladarse fuera de la capital. Resultado: se han instalado en un terreno árido e inhóspito a tres kilómetros de Puerto Príncipe donde han construido un inmenso suburbio con casas ilegales, hechas de materiales de desecho recogidos entre los escombros, sin servicios de ningún tipo. Allí viven al menos 300.000 personas en condiciones infrahumanas, tal vez sean más. “Si viene un nuevo terremoto, causará el doble de muertos con total seguridad –afirma–. Es una situación que da mucho miedo”.

En Puerto Príncipe ya no quedan edificios destruidos, ya no se ven escombros, los campamentos han desaparecido, pero la destrucción y las heridas invisibles se notan en la vida de la gente. Hay muchos desastres provocados por el hombre, como la corrupción, la violencia, la miseria y la inestabilidad de los dos últimos años.

Hasta el episcopado haitiano, normalmente cauto en las cuestiones políticas, el pasado mes de septiembre, en el culmen de las violentas protestas que pedían la dimisión del presidente Jovenel Moïse y que paralizaron el país, publicó una carta durísima pidiendo que cesaran. “A pesar de nuestros reiterados llamamientos durante los dos últimos años, los líderes actuales y los responsables políticos permanecen sordos, empeñados en gestionar su poder, sus privilegios y sus intereses mezquinos. Mientras tanto, ciertos sectores de la sociedad se hacen cada vez más ricos, a costa de los pobres que no pueden comer o pagar la escuela de sus hijos”.

Haití, diez años después

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Oriente Medio se queda sin agua

Martino Diez

¿A Oriente Medio llegará antes la reforma teológica o la política? ¿Importa más el paradigma de la modernización autoritaria o el cambio social desde abajo? ¿Los movimientos islamistas se pueden integrar plenamente en el juego democrático? La primera vez que oí estas preguntas estaba empezando a estudiar árabe, hace veinte años, y las sigo escuchando, tal cual. Pero hay un fenómeno que podría transformarlas hasta el punto de hacerlas obsoletas, al menos en su formulación actual. Ese fenómeno se llama crisis ecológica.

La crisis ecológica es un concepto más amplio que el fenómeno del calentamiento global que hoy ocupa los puestos de honor en los informativos. Designa la destrucción del ambiente natural a causa de la explotación excesiva, mala gestión, comportamientos irresponsables, guerras y conflictos. Reducción de los recursos hídricos, desertificación, construcción salvaje, incapacidad para eliminar residuos, son algunas de las formas más habituales de presentarse.

El calentamiento global es un aspecto de la crisis ecológica. Es un hecho observado con certeza científica. Engloba un componente natural ligado a las oscilaciones climáticas y otro debido a la actividad humana, que parece haberse hecho predominante. Lo que todavía parece complicado es avanzar previsiones sobre sus efectos a largo plazo. ¿Cuánto crecerá la temperatura global y qué consecuencias tendrá? ¿Cuánto se elevarán los mares? Separar el calentamiento global de la crisis ecológica en que se inserta implica el riesgo de producir paradójicamente efectos distorsionadores, por ejemplo concentrando todos los recursos –necesariamente finitos– en la modernización del aparato industrial de las economías avanzadas y olvidándose de los demás problemas, típicos de los países más atrasados.

Pues bien, la primera tesis que quisiera avanzar es muy sencilla. Aunque el calentamiento global se frenara de repente desmintiendo todos los modelos de previsión, Oriente Medio ya está al borde del colapso ecológico, lo que implica graves consecuencias en las sociedades europeas.

Personalmente, empecé a tomar conciencia del alcance de este fenómeno en 2008, durante un verano en Damasco. Ya había estado en Siria en 1999, pero en una breve visita invernal. En cambio, aquella vez me quedé más de un mes para trabajar sobre un texto del pensador literato Al-Maʿarri (973-1057). Llevaba en mi cabeza las palabras del viajero medieval Ibn Jubayr (1145-1217): “Sí, Damasco es el paraíso oriental, la fuente de su espléndida luz. Los jardines la rodean como el halo que rodea la luna, como pétalos en torno a una flor. Hacia Oriente se extiende, hasta que se pierde la vista, el verdor de Guta y allí donde se mire queda uno imantado por el esplendor de sus frutos maduros. Oh, sí, conozco muy bien la verdad de lo que de ella se decía: ‘Si el paraíso está aquí en la tierra, sin duda se encuentra en Damasco, pero si no puede estar más que en el cielo, en belleza Damasco lo desafía desde aquí abajo’”.

Pero lo que encontré fue bien distinto. Un río, el Barada, del que Naamán el sirio decía que eran las “mejores de todas las aguas de Israel”, reducido a un riachuelo maloliente, un oasis completamente tragado por el cemento y constantes problemas de provisión hídrica. No es difícil imaginar que ocho años de guerra habrán agravado aún más la emergencia.

Oriente Medio se queda sin agua

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Hovsep, muerto por amar hasta al último terrorista del Daesh

Federico Pichetto

La semana pasada murieron, en un atentado del Isis, el padre Hovsep Petoyan, sacerdote armenio, y su padre Abraham. Estaban de paso por Siria para inspeccionar los trabajos de restauración de la iglesia de Deir ez-Zor cuando su coche fue acribillado en una emboscada que acabó con la vida de ambos e hirió a un tercero, el diácono Fati Sano. Tras el suceso, el Daesh difundió un comunicado señalando ese homicidio como una victoria para el cada vez más débil califato islámico.

¿Pero por qué es una victoria asesinar a un sacerdote? El sacerdote es la encarnación del hecho de que –en medio de todas las calamidades y tormentos de la naturaleza humana– verdaderamente se puede vivir de Cristo, que realmente solo Él basta para saciar al corazón humano. Ridiculizar a los sacerdotes, humillarlos, no es más que un modo de decir que el cristianismo, en el fondo, es una mentira. El sacerdote es el signo más potente de la novedad de vida que Cristo ha traído al mundo. Como un casado, vive en el tiempo; como un consagrado, no pertenece al tiempo; como célibe, vive el amor preferencial de Dios dentro de mil contradicciones; como pastor, profeta y rey, está llamado a ejercer el poder como servicio para la felicidad del prójimo y de la comunidad entera.

El Daesh intuye que, matando a un sacerdote, hiere mortalmente a una parte del corazón del cristianismo. Sobre todo en una tierra donde la Iglesia ha aprendido a no constituirse como parte política en el seno del debate interno de la nación y de la guerra civil, sino a ser signo de misericordia y preferencia para todos, más allá de las estrategias y los bandos internacionales.

Matar al padre Hovsep significaba matar la posibilidad misma de una paz que no naciera de la victoria de alguien sino del encuentro entre todos.

Por tanto, nos llegan importantes lecciones de la periferia del mundo, de un contexto de conflictos y ambigüedades que devuelve, como suele suceder, a los creyentes a lo que es esencial. Es decir, a conservar el potente signo del sacerdocio, sin perseguir mundanización alguna, como mensaje y profecía para todo hombre, casado o en búsqueda, ordenado o desordenado, tanto en el bien como en el afecto. Preservar el sacerdocio es volver a anunciar en la carne la victoria de Cristo sobre el mundo. Y concebir a la Iglesia como madre de los hombres y no como lobby que defiende algunos de sus principales intereses, conscientes de que su tarea no es gobernar o afirmar mediante la ley lo que es fruto de la fe, sino contribuir a hacer más humano el mundo y al último terrorista de esta tierra.

En definitiva, la Iglesia nunca está con alguien o contra alguien, sino al lado de todos, en un reclamo incesante a aceptar la victoria de la cruz, que es una aparente derrota en nombre del amor. El padre Hovsep testimoniaba todo esto, toda esa irreductibilidad de la fe y del cristianismo. Y por eso lo mataron.

Hovsep, muerto por amar hasta al último terrorista del Daesh

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'No habrá paz en el mundo sin paz en Tierra Santa'

Giacomo Gambassi

Llega el aroma del pan fresco por la calle, a dos pasos de la puerta de Jaffa, en la ciudad vieja de Jerusalén. La vía lleva el nombre del palacio que la cierra. Es la calle del patriarcado latino, donde se encuentra la “casa madre” de los católicos ligados a Roma, no solo en Israel y Palestina sino también en Jordania y Chipre. Además de la puerta de entrada, hay placas que recuerdan a los Papas que volvieron “al lugar del que salió Pedro”: Tierra Santa.

“No puede haber paz en el mundo si el Mediterráneo no está en paz”, explica el arzobispo Pierbattista Pizzaballa, administrador apostólico del patriarcado latino de Jerusalén, que participará en un Encuentro de reflexión y espiritualidad titulado “Mediterráneo, frontera de paz” que se celebrará en Italia del 19 al 23 de febrero de 2020 y que cerrará el papa Francisco, donde se darán cita pastores de los tres continentes (Europa, Asia y África). El encargado de guiar los trabajos de la delegación de obispos latinos en las regiones árabes será Pizzaballa, que preside este organismo formado por los pastores del patriarcado de Jerusalén, de las diócesis de Bagdad (Iraq), Yibuti y Mogadiscio (Somalia), y los vicariatos apostólicos de Beirut (Líbano), Alejandría de Egipto, Alepo (Siria), Arabia septentrional y meridional, Omán y Yemen.

Desde las ventanas del palacio que en Occidente llamaríamos episcopal se distinguen los rostros de los viandantes. Bastan pocos detalles para entender a cuál de las tres religiones monoteístas pertenecen: una cruz al cuello, la kipá sobre la cabeza, el libro del Corán bajo el brazo. Unos junto a otros en la Ciudad Santa para los tres credos. “Por desgracia esta no es una tierra de paz. El futuro de Jerusalén es el gran tema, el gran problema cuando se habla de paz”, afirma este arzobispo de 54 años, bergamasco de origen y fraile menor franciscano, que fue custodio de Tierra Santa durante más de once años.

¿Qué papel tiene el Mediterráneo en el escenario mundial?

Es innegable que a lo largo de las orillas de nuestro mar están en juego equilibrios políticos, económicos y sociales que tienen un eco mundial. Allí se cruzan relaciones entre el norte y sur del planeta, pero también entre Occidente y Oriente. Y no solo eso. Desde el punto de vista religioso, esta zona es decisiva para el destino de la humanidad. De hecho, no se puede prescindir de lo sagrado si se quiere construir la paz.

¿Cómo valora el próximo Encuentro que quiere animar a la Iglesia a movilizarse por la reconciliación entre los pueblos?

Es una propuesta más que buena. Entre otras cosas, se remonta a una intuición del alcalde “santo” de Florencia, Giorgio La Pira, que imaginaba el Mediterráneo como un gran lago de Tiberíades donde las iglesias, aunque con dinámicas diferentes, persisten en un contexto cultural parecido. En estos años, toda la región ha vuelto al centro de atención, como muestran las guerras en Siria, el fenómeno migratorio, las cuestiones energéticas, el diálogo interreligioso. Son temas que afectan a todas las iglesias: iglesias que reciben e iglesias que donan.

La Pira reclamó muchas veces el origen mediterráneo de las tres religiones abrahámicas: judaísmo, cristianismo e islam. ¿Cómo se cultiva una cultura de encuentro?

'No habrá paz en el mundo sin paz en Tierra Santa'

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Libertad religiosa en China. El único método es el diálogo

Agostino Giovagnoli

La libertad religiosa es un problema dramático en muchas partes del mundo. Por ello nunca debería ser instrumentalizada. Este principio ocupa actualmente el centro de un duro enfrentamiento entre Estados Unidos y China. El congreso organizado recientemente por el primero ha supuesto la ocasión de un fuerte ataque contra la segunda. “China es la patria de una de las peores crisis de derechos humanos de nuestros tiempos, es sin duda la gran mancha de nuestro siglo”, afirmó el secretario de Estado americano, Mike Pompeo, refiriéndose a la situación de los uigures musulmanes de Xinjiang. “La carta de libertad religiosa es un truco que EE.UU usa desde hace mucho para presionar” a otros países, respondió el Global Times, diario oficioso de Pekín, estigmatizando las contradicciones de la administración Trump, que comenzó con el famoso veto a los visitantes procedentes de siete países musulmanes que agravó “la hostilidad y la extrañeza entre Oriente y el mundo islámico”.

La historia muestra que los Estados han tratado de afirmar o ampliar su soberanía sirviéndose de cuestiones religiosas. Durante siglos, España, Portugal, Francia y otros países europeos han afirmado su poder en América Latina, África y Asia erigiéndose como “protectores” de los derechos de los fieles católicos. En el ámbito anglosajón, han perseguido objetivos parecidos mediante la afirmación de la “libertad religiosa”. A menudo, la afirmación de esta libertad ha ido ligada a la imposición de “puertas abiertas”, donde la presencia de múltiples minorías nacionales, lingüísticas y religiosas favorece el desarrollo de tráficos comerciales, económicos o financieros. En otros casos, en cambio, la libertad religiosa es reivindicada en situaciones –como las regiones fronterizas– donde este problema se mezcla con el de las minorías étnicas, repartidas en diversas soberanías. Suma y sigue.

Hace tiempo, la Iglesia católica se desvinculó de las instrumentalizaciones del colonialismo europeo, rechazando la lógica del protectorado. En China, el Evangelio se anuncia mejor sin los cánones de la armada francesa, afirmaba ya León XIII a finales del siglo XIX. Pero hoy la Iglesia sufre grandes presiones para decantarse en las batallas occidentales en cuestión de libertad religiosa. El acuerdo entre la Santa Sede y China del 22 de septiembre de 2018 no gustó a los que querían usar la cuestión religiosa como arma política contra el gobierno de Pekín. Pero la firmeza de la fe no puede confundirse con afirmaciones de fuerza. Si la Santa Sede aceptara un uso instrumental de la libertad religiosa, se vería como aliada de potencias enemigas de China, y conseguiría bastante poco para la libertad de los creyentes.

Libertad religiosa en China. El único método es el diálogo

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En el aparcamiento del Supremo

Fernando de Haro, Lahore

Nuestra cita es a la entrada de la Ciudad Vieja de Lahore, en la parada de autobuses que vienen de los pueblos a la capital. Junto a un mercado lleno de trajín, de hombres con largas barbas blancas, de mujeres vestidas a lo indio con trajes de vivos colores, con mujeres de hiyabs negros a los que solo se les ven los ojos. Se desayuna en los restaurantes populares, se grita y se comercia, el ruido del tráfico es ensordecedor. A la entrada de la Ciudad Vieja, los antiguos edificios de los hindúes que se marcharon con la partición son como fantasmas congelados de una belleza decadente. Las fachadas pintadas de rosa, de azul brillante, de turquesa acusan la falta de cuidado, los remiendos, los árboles que les salen por las junturas, los cables del tendido eléctrico prendidos de cualquier manera, arracimados, formando nudos. La vida no se detiene, pero el Lahore del esplendor colonial se ha quedado definitivamente en el pasado.

Adnan no tiene ojos ni para el bullicio, ni para el mercado, ni para fachada alguna. Se baja del autobús cubierto con una gorra, con un pañuelo que le llega hasta la boca y con unas gafas de sol. En sus movimientos hay nerviosismo. Luego me confesará que siempre que viene a la ciudad tiene miedo, teme que la asociación radical que le ha amenazado de muerte le quite la vida. Adnan tiene cita en el Tribunal Supremo de Lahore. Ha viajado parte de la noche. Lleva siete años acusado por blasfemia. Pasó cinco años en prisión y ahora está en libertad provisional. Todo su caso comenzó porque intentaron que se convirtiera al islam y rechazó hacerlo. En comisaría lo torturaron y en prisión tuvo que sufrir una clara discriminación respecto a los otros presos. Anthony lo defendió en otros tiempos. Ahora está en manos de otro abogado, pero ha acudido esta mañana a recogerlo. Anthony ha tenido una vida difícil desde que decidió dedicarse a la defensa de personas acusadas por la ley de la blasfemia. Hoy no viste el uniforme habitual de los letrados en Pakistán, herencia británica, que se compone de pantalón negro y camisa de algodón blanca. Quiere pasar inadvertido y se ha puesto una camisa de cuadros. Antes de llegar al Tribunal Supremo, nos bajamos del coche y nos escondemos tras unos árboles del parking que usan los abogados. Anthony me explica que entre sus compañeros de profesión hay dos asociaciones islamistas que le amenazan y le presionan a menudo. Suele aguantar sus invectivas, pero hoy es mejor que no le vean. Esperamos media hora a tener noticias. Pasado ese tiempo Adnan llama a Anthony y le informa de que los acusadores no se han presentado y que la vista se ha pospuesto para dentro de unas semanas. Anthony me explica que es una técnica habitual. Los jueces no cumplen los plazos establecidos, dilatan los tiempos y lo hacen con la complicidad de acusadores y de abogados. Denunciantes, magistrados y abogados están en el mismo frente. La inseguridad jurídica es absoluta, nunca se sabe cuándo va a acabar el proceso y las víctimas ven hipotecadas sus vidas.

En el aparcamiento del Supremo

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>Entrevista a Francesco Strazzari, profesor de Relaciones Internacionales en la Escuela Superior Santa Ana de Pisa

Argelia y Sudán, ¿primaveras árabes 2.0?

Claudio Fontana

Argelia y Sudán están viviendo, desde marzo de 2019 y diciembre de 2018 respectivamente, manifestaciones en las calles que han llevado a la caída de Abdelaziz Bouteflika, presidente argelino desde 1999, y Omar al-Bashir, en el gobierno de Jartum desde 1989.

¿Qué está pasando en Argelia y Sudán? ¿Estamos delante de una nueva “primavera árabe”?

Algunos observadores hablan de una “fase 2” de las primaveras árabes. Se trataría de una nueva oleada que en cierto modo habría “digerido” las lecciones de la fase precedente, y especialmente los elementos de ingenuidad y las expectativas a las que respondió el cambio político desatado en 2011. Las semejanzas no faltan. Las manifestaciones en ambos casos están motivadas por problemas relacionados con el encarecimiento de la vida y la pérdida de poder adquisitivo de los ciudadanos, que es un fenómeno evidente tanto en Argelia como en Sudán, dos países fuertemente ligados a la exportación de hidrocarburos. En Sudán, el aumento de precios de los alimentos ha provocado manifestaciones que han llegado a la capital, desembocando en una gran movilización para hacer caer el régimen. En el caso argelino, las dificultades para distribuir los ingresos por gas y petróleo han provocado la entrada en una fase de declive de la vida económica. Al principio de su cuarto mandato, Bouteflika se comprometió con sus promesas habituales. Sustancialmente, invertir esos beneficios en subsidios para mantener el poder adquisitivo de la población, en contra de las indicaciones de los organismos financieros internacionales. Acercándose a su quinto mandato, el presidente octogenario intentó jugar la misma carta, pero esta vez a la población no le ha parecido suficiente y la protesta contra el “sistema” se ha ampliado.

Aparte de los factores económicos, ¿hay otros elementos que compartan con las revueltas de 2011?

Un elemento es el protagonismo de los militares, especialmente el ejército. Luego hay un papel más oscuro que desempeñan otros aparatos de seguridad como las llamadas “tropas en la sombra” de las que se habla en Sudán. En todo caso, tanto en Sudán como en Argelia los aparatos de inteligencia tienen un papel muy controvertido. El ejército refleja y en cierto modo trata de interceptar la pregunta que procede de la movilización popular. Esta acción militar recuerda a la función “termidoriana” y restauradora que llevó a cabo el ejército egipcio con el golpe de estado contra Mohammed Mursi, que fue elegido tras la caída de Hosni Mubarak. De hecho, en aquella ocasión hubo grandes manifestaciones que pedían a voces la intervención del ejército para hacer frente a los fracasos del gobierno vinculado con los Hermanos Musulmanes.

Otra similitud con 2011 se refiere a la aparición de una opinión pública, una sociedad civil y un espacio transnacional de circulación de ideas, que vemos por el hecho de que en la retórica de la calle se observan estandartes y manifestaciones donde argelinos y sudaneses se reclaman mutuamente. También comparten el hecho de que los componentes islámicos no están ausentes en las calles (sobre todo en Argelia) pero no son ellos los que llevan las riendas en estas manifestaciones.

>Entrevista a Francesco Strazzari, profesor de Relaciones Internacionales en la Escuela Superior Santa Ana de Pisa

Argelia y Sudán, ¿primaveras árabes 2.0?

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En el nuevo pueblo de Yadum

Fernando de Haro, Lahore

Yadum ya no vive en su pueblo de siempre, en su pueblo del Punjab donde era pastor. Su nuevo pueblo está cerca del viejo, pero no lo ha vuelto a pisar. El nuevo pueblo de Yadum no tiene las calles asfaltadas y en esta, que es la temporada de lluvias, se forma un barro oscuro. A la entrada hay una pequeña escuela, en el segundo piso de la casa del maestro. Una escuela con tres aulas pequeñitas, con pupitres de madera, sin ventanas, todavía en construcción. Los cuadernos de trabajo están muy bien ordenados en sus anaqueles. Uno de ellos es de inglés, los niños de este pueblo saben decir Hello y te saludan con una gran sonrisa. Desde la terraza de la escuela se ve la aldea completa, de ladrillo, levantada sin orden, según le va llegando el dinero a sus vecinos.

El maestro combate el calor intenso y húmedo cerrando las puertas y las ventanas a cal y canto, sesteando. El maestro está mayor y ahora no trabaja porque es tiempo de vacaciones. El maestro tiene dos nietas guapas y coquetas, vestidas de colores, descalzas, que se cubren la cabeza con un pañuelo y a las que no le gusta que las veamos pelar cebolla. A la entrada del nuevo pueblo de Yadum también hay una iglesia en construcción, con su cruz en la puerta, para que quede claro que es un templo de cristianos. Dos hombres trabajan en terminar el techo. El agua que corre por la calle principal del pueblo de Yadum no está limpia, es agua de letrina. A la puerta de cada casa hay una cortinilla de colores, y detrás un patio con una cocina de gas en el suelo, y después una sola habitación con una gran cama donde duermen todos los miembros de la familia. Las mujeres se asoman al vernos pasar, con rostros tostados, con una belleza sana en medio de la pobreza. En varias esquinas, tiendecitas en las que se venden golosinas. Un hombre gordo, semidesnudo, duerme desparramado a la puerta de su casa. Está tumbado en una de las hamacas del Pakistán que se parecen a las hamacas de la India. Encontramos la casa de Yadum cuando el pueblo se acaba y se hace campo, un campo fértil, casi tropical. Cerca pasa un río y las vacas cruzan por la puerta de la casa de Yadum al volver de abrevar. Son vacas grises con los cuernos cortos y retorcidos. Bajo una acacia tres mujeres, sentadas en el suelo nos ven entrar donde Yadum. Lo encontramos a la puerta, sacando tierra de una carretilla para plantar una pita en una maceta. La nueva casa de Yadum no está acabada. Los muros en pie, el techo cerrado, pero no hay más puerta que la de entrada y no hay nada enlucido. Pero Yadum quiere plantas en su casa y se afana en preparar los tiestos. Yadum está desnudo de cuerpo para arriba, sonríe mucho. Y me explica que se han venido a vivir a un sitio donde el terreno es muy barato.

En el nuevo pueblo de Yadum

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El dedo de la blasfemia

Fernando de Haro, Islamabad

Basharat es un hombre fornido, con una amabilidad reservada. Vive en una casa de dos pisos en un barrio pobre de Islamabad. En realidad la planta baja es un garaje acondicionado. Llamamos a la puerta de metal. Varios vecinos nos miran con curiosidad desde los balcones cercanos. Basharat nos hace pasar con prisa a una sala cerrada a cal y canto. Es costumbre en esta ciudad mantener algunas estancias cubiertas con pesadas cortinas para que no entre ni un rayo de luz durante el verano. Nos pide que no le tomemos imágenes en la calle y que escondamos la cámara, que es demasiado grande para su voluntad de pasar inadvertido en el barrio. “En esta zona casi todos son musulmanes”, nos dice Basharat mientras abre la palma de la mano y se la pone delante de la barbilla para simular una barba larga.

Basharat enseguida nos saca un gran aperitivo, con hojaldres salados. Se acomoda en uno de los grandes sillones de sala, sillones de invierno para un verano con un calor que desde muy temprano es una especie de mazazo. En la parte alta se oye ajetreo de chiquillos. Durante nuestra conversación irán apareciendo hasta cuatro. El más pequeño de poco más de un año, una fuerza de la naturaleza, tiene pasión por los videos musicales que escucha y baila en el móvil de su padre. La hermana mayor, espigada, seria, intentará meterlo en cintura. La segunda, coqueta, será la única que consiga dominarlo. Basharat trabajó con Shahbaz Bhatti, el ministro cristiano asesinado en 2011 por oponerse a la ley de la blasfemia. Cuando le menciono el nombre del mártir casi se le humedecen los ojos. “Su sangre corre ahora por mis venas”, me dice.

Basharat conoce en su propia piel qué significa sufrir una acusación falsa por la ley de la blasfemia, modificada por el General Zia en 1987 y utilizada como una herramienta de persecución. “Habíamos puesto en marcha un proyecto para la construcción de una iglesia a las afueras de Islamabad. Conseguimos el dinero y compramos el terreno”, me explica Basharat. Cuando iban a empezar las obras, un grupo vinculado a los talibanes formuló una falsa acusación de blasfemia. La policía se presentó en el lugar donde se iba a construir la iglesia y se llevó preso a Basharat. Estuvo cinco meses en la cárcel sin que se precisara cargo alguno contra él. “El período en la cárcel fue duro, pero para mí significó un cambio. Me pasaba el día con la Biblia, la leía a todas horas, dormía con ella, comía con ella, me hacía compañía y eso me transformó”, explica. “En una ocasión decidí ayunar varios días y los carceleros que me vigilaban se conmovieron con ese gesto porque lo hacía por Dios, para mí fue todo un signo”, añade.

El dedo de la blasfemia

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Cristo no puede ser funcionario

Fernando de Haro, Islamabad

La vida hierve en el Barrio 66, uno de los suburbios de Islamabad. El Barrio 66 está a miles de kilómetros de distancia de las zonas residenciales de las afueras, donde viven los altos cargos del ejército, en bonitos chalets con patios interiores en los que el rigor del verano se suaviza con sombras de árboles cuidados y el olor intenso y algo embriagador del jazmín. Aquí es todo bullicio, en las casas de pocos metros cuadrados, construidas sin permiso y sin título de propiedad, una habitación y una cama sirve de dormitorio para toda la familia y la cocina son dos hornillos en un pasillo. Los que han prosperado se han construido una pequeña azotea. Por las calles sin asfaltar pasean jóvenes del brazo, mujeres que se cubren la cabeza con pañuelos de colores, hombres con grandes mostachos y el pelo recio y negro de los indios. No hay barbas largas de piedad en los varones ni sombreros pastunes, ni hiyabs. Pero, por lo demás, nadie puede reconocer por su modo de vestir a los cristianos, que son mayoría en el Barrio 66 y que han llegado aquí, en su mayoría, huyendo de la miseria del Punjab.

Los carniceros exponen, sobre un mostrador de piedra, su producto. Sentados junto a piezas de cordero, espantan sin mucha convicción las moscas con unos latiguillos de plástico. Alguno con inclinaciones por la invención ha construido un artefacto con un motorcillo para no tener que esforzarse mucho. Junto a las carnicerías, dos pequeñas iglesias protestantes. La casa de Younas está en un recodo, con su nombre completo en la puerta. Younas se vino con sus padres del Punjab siendo pequeño. Su camisa y su pantalón, a la europea, están impolutos. Nos invita a entrar. Mónica, su mujer, anda entre fogones y nos saluda con timidez. Nos sentamos en una pequeña salita y Younas nos saca enseguida algunas bebidas. Algunos de los hermanos de Younas han buscado mejor vida en Europa, pero él ha preferido quedarse en Pakistán, a pesar de que las cosas no le han sido fáciles. Su primer hijo sufrió un atentado y anda con dificultad. Las ayudas del Gobierno no han llegado.

El primer nombre de Younas es de origen musulmán, pero el segundo, que usa habitualmente, es Masih, que significa “Cristo”. Younas no ha renunciado a su segundo nombre aunque le ha impedido acceder a un cargo en la Administración. Younas hace veinte años quiso convertirse en funcionario público. Su formación se lo permitía. Pero, a pesar de haberlo solicitado más de quince veces, fue rechazado. “Estoy convencido de que me rechazaron porque me llamo Cristo”, explica Younas. “Creo que afortunadamente las cosas han cambiado en los últimos años”, sostiene. Pero lo cierto es que los estudios hechos por prestigiosos centros de estudios muestran que la discriminación laboral es muy frecuente todavía en Pakistán para los bautizados. El acceso a los altos puestos de la Administración está prácticamente vedado.

Cristo no puede ser funcionario

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Ojos sin amargura

Fernando de Haro, Islamabad

El padre Nasir tiene una sonrisa acogedora, hay algo en sus gestos que destila jovialidad. No se queja a pesar de que hemos acudido a la cita con una hora de retraso. Islamabad ha amanecido con un bochorno de lluvia. Nuestro conductor se ha retrasado y nosotros nos hemos retrasado grabando los rostros de un mercado que nos ha imantado. Las caras de Islamabad, la capital de Pakistán, se parecen muchas veces a las caras de la India, con mujeres engalanadas con los colores más bonitos del mundo. Pero en otras ocasiones se parecen a las caras de Afganistán, con el gesto severo de los pastunes, con sus gorros que parecen tartas de trapo, con sus barbas largas que quieren demostrar una gran piedad.

Nasir nació en Sarguda, un pueblecito del Punjab, una de las regiones más pobres de Pakistán donde se quedaron buena parte de los cristianos del país tras la partición de la India. No tuvo una infancia fácil: era el único bautizado del colegio, no podía beber en la misma fuente que sus compañeros musulmanes porque si lo hacía, la contaminaba. Han pasado más de treinta años pero la situación no ha cambiado. “Hay niñas que están en el colegio y que tienen que andar mucho para poder beber”, me comenta. Nasir no se arredraba con facilidad y quería ser el líder de los alumnos. El director de la escuela le explicó que solo podría lograrlo si lograba memorizar una buena cantidad de suras del Corán. El reto era especialmente complicado porque la lengua materna de Nasir no es el árabe sino el urdu. “El árabe no es difícil cuando sabes urdu, muchas veces es una cuestión de pronunciación”, añade. Nasir le pidió a su padre permiso para estudiar el Corán, memorizó las suras y pasó la prueba mejor que sus compañeros.

“El problema de la discriminación de los cristianos se sufre en las zonas rurales como las mías, donde la gente no está bien educada”, añade Nasir. Los cristianos –explica el sacerdote– suelen tener los peores trabajos y es frecuente que los contraten para hacer algo y que luego les paguen menos de lo acordado. Las condiciones laborales muchas veces son prácticamente de semi-esclavitud. No es extraño que los patronos llamen a sus empleados cristianos a trabajar en el campo a medianoche. Si prosperan acaban acusándolos de blasfemia a la policía.

Ojos sin amargura

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Oportunidades y desafíos de las minorías islámicas en el mundo

Yahya Sergio Yahe Pallavicini

En el siglo XXI, tal vez por primera vez en la historia, las comunidades islámicas están presentes en todos los países del mundo, incluso allí donde el islam no es mayoritario. En Europa hay 25 millones de musulmanes, en China casi 30. Esto supone una serie de desafíos inéditos para la umma, la comunidad islámica. Los instrumentos sapienciales de la tradición no faltan pero hoy hace falta un nuevo esfuerzo de interpretación, adaptado a los tiempos posmodernos y las sociedades occidentales secularizadas.

Precisamente sobre esto discutieron el pasado mes de mayo en Abu Dhabi más de 550 representantes religiosos, intelectuales, científicos y figuras políticas procedentes de diversas instituciones islámicas, hombres de negocios y otras entidades de más de 140 países de todo el mundo. “El futuro del musulmán: oportunidades y desafíos” fue el título de esta primera conferencia internacional de minorías islámicas bajo el patrocinio del ministro de Estado por la Tolerancia de los Emiratos Árabes Unidos, S.A. Shaykh Nahyan Bin Mubarak Al Nahyan, donde se firmó una declaración final con objetivos claros y compartidos.

Seguridad y ciudadanía

La presencia de musulmanes fuera de los países de mayoría islámica se ha valorado por parte de los sabios de Abu Dhabi como una “riqueza” y no como un elemento de posible “amenaza” a una identidad meramente dependiente de fronteras geográficas o nacionales. Por eso hacen falta instrumentos operativos concretos para la “integración de las comunidades islámicas en el contexto no islámico”, como señala la Carta Global de las Comunidades Musulmanas redactada y adoptada por este congreso a su término. Entre otros puntos, se pide “a los musulmanes que cumplan con su deber en sus comunidades y países con el fin de alcanzar la paz y la seguridad social, y proteger a sus hijos de las corrientes extremistas y de los movimientos separatistas”.

Respeto a las leyes y jurisdicciones

El congreso reafirmó su adhesión a todas las cartas de derechos humanos “que prohíben la discriminación racial, religiosa y la limpieza étnica, que minan las bases más importantes sobre las que se funda la ONU, como salvaguarda de la paz y de la seguridad internacional, la democracia y el respeto a los derechos humanos”. En otras palabras, se pide a los países de acogida que acepten las exigencias de ciudadanía de los musulmanes y, a los países islámicos, que ofrezcan un apoyo intelectual adecuado para una justa definición de las exigencias educativas y religiosas de los musulmanes allí donde son minoritarios.

Dignidad y fraternidad interreligiosa por los valores sagrados

Oportunidades y desafíos de las minorías islámicas en el mundo

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El hilo que une Abu Dabi con Rabat

Michele Brignone

En el mapa del mundo árabe, Abu Dabi y Rabat se encuentran en las antípodas: en el extremo oriente y junto al golfo Pérsico la primera, en el extremo occidente y orientada hacia el Atlántico la segunda. Pero estos días su distancia geográfica se ha visto colmada simbólicamente por la presencia del papa Francisco. La secuencia extraordinariamente cercana de ambos viajes papales no parece simple coincidencia. De hecho, ambos países tienen varias características en común.

La primera viene representada por su compromiso para hacer frente al extremismo religioso. Marruecos y los Emiratos, que comparten además su pertenencia a la escuela jurídica maliki, han reaccionado con determinación al desafío lanzado por el terrorismo yihadista, promoviendo en su patria y en el exterior una lectura abierta y conciliadora del islam. La monarquía marroquí fue la primera en moverse, respondiendo a los atentados de Casablanca en 2003 con una significativa reforma de la estructura religiosa del país. A diferencia de Marruecos, que alberga una de las universidades islámicas más antiguas del mundo (Qarawiyyin di Fes) y cuyo jefe de Estado es llamado el “comandante de los creyentes”, los Emiratos no disponen de instituciones religiosas tradicionales tan prestigiosas. Sin embargo, en el contexto marcado por las revueltas árabes de 2011 y después con la afirmación del yihadismo terrorista, Abu Dabi impulsó la creación de nuevas organizaciones religiosas que rápidamente transformaron los Emiratos en un centro de referencia para el mundo musulmán contemporáneo.

En 2016, el esfuerzo de ambos estados asumió la forma de una iniciativa conjunta, la Conferencia de Marrakech sobre los derechos de las minorías religiosas en el mundo islámico, promovida por el Ministerio marroquí de Habous o Asuntos Islámicos, y por el Foro para la Promoción de la Paz en las Sociedades Musulmanas, una fundación con sede en los Emiratos Árabes Unidos dirigida por Abdullah Bin Bayyah.

No es casual que en sus viajes el papa Francisco haya visitado dos lugares simbólicos de la política religiosa de estos países, el Consejo de Sabios musulmanes de Abu Dabi, una red de ulemas presidida por el gran imán de Al Azhar, Ahmad al-Tayyeb, y el Instituto Mohammed VI para la formación de imanes en Rabat, nacido en 2015 para formar guías religiosos preparados frente a las interpretaciones fundamentalistas.

Pero la afinidad entre Emiratos y Marruecos no se limita al islam que promueven. También les caracteriza la presencia, en su territorio, de consistentes comunidades de inmigrantes. Hacia el país del Golfo convergen millones de personas procedentes de países asiáticos (India, Filipinas, Bangladesh, Pakistán, etc.); por su parte, Marruecos es territorio tanto de residencia como de tránsito para migrantes que llegan del África subsahariana. A este fenómeno va unida la presencia de la Iglesia tanto en el Golfo como en el extremo occidente norteafricano. Y ya sabemos la importancia que estas realidades tienen para el Papa, que nos tiene acostumbrados a mirar el mundo desde sus periferias.

Uno de los intelectuales más valorados por el papa Francisco, el pensador uruguayo Alberto Methol Ferré, leía las relaciones entre las iglesias europeas y latinoamericanas a la luz de la distinción entre “iglesia-fuente” e “iglesia-reflejo”. La elección de Bergoglio al solio pontificio marca en este sentido la consagración de la tradición latinoamericana como “fuente” para toda la Iglesia universal.

El hilo que une Abu Dabi con Rabat

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Entre Netanyahu y Gantz, si vía de salida palestina

Filippo Landi

Apagados los focos sobre Gaza, la campaña electoral en Israel retoma su curso “normal”. La política israelí, en esto, resulta un poco extraña a ojos europeos. El problema de encontrar solución al conflicto con los palestinos se ha convertido en un obstáculo a las estrategias de partidos, viejos y nuevos, que se disputan la mayoría de los 120 diputados de la Knéset, el parlamento israelí. Se habla de todo, de Jerusalén al Golán, de la confrontación con los países árabes “moderados” a la guerra latente con Irán, del apoyo de Donald Trump a Israel a las nuevas posibles alianzas con Arabia Saudí, Egipto…

Por estas razones, misil disparado desde Gaza que explotó en la periferia de Tel Aviv no ha desviado el curso de la campaña electoral. El primer ministro Netanyahu ha intentado evitar una nueva guerra a poco más de una semana de las elecciones, ha debido considerar que el impacto electoral no sería positivo.

El pasado domingo se reabrieron los puestos de control en la frontera entre Israel y Gaza, el de Kerem Shalom para el paso de mercancías y el de Erez para el tránsito de personas. Todo ello a pocas horas de los últimos bombardeos, pero esa reapertura formaba parte del compromiso no escrito que llevó, el día anterior, a contener la rabia de los palestinos de Gaza, que salieron a la calle para recordar el primer aniversario de la Marcha del Retorno de refugiados. Hace un año, en mayo, en un solo día murieron casi setenta palestinos. El pasado sábado, el balance de víctimas fue de cuatro jóvenes muertos a manos de soldados israelíes y un centenar de heridos. Un balance dramático, sin duda, pero contenido. El gobierno de Netanyahu ofreció en las horas previas una serie de aperturas para aliviar las consecuencias del asedio de Gaza en la población: camiones de mercancías y ayuda humanitaria, ampliación de la zona de pesca frente a las costas de Gaza, energía eléctrica más horas al día, luz verde a las ayudas financieras prometidas por Qatar.

Cuando parece que ha vuelto la calma, Netanyahu y su nuevo principal adversario, el ex general Benny Gantz, junto a los líderes de una miríada de pequeños partidos posibles aliados unos de otros, han vuelto a la “confrontación”. Los sondeos afirman que el nuevo partido de “centro” Azul y Blanco de Gantz podría llegar a 31 escaños, distanciándose del Likud de Netanyahu, que podría quedarse en 27. Pero el bloque los partidos de centro-derecha, empezando por los que se nutren de los votos judíos ultraortodoxos, podría regalar a Netanyahu la mayoría en la Knéset, haciéndole superar el listón de los 60 votos necesarios para la mayoría. Ya pasó en las elecciones de febrero de 2009, cuando Tzipi Livni, líder de Kadima, derrotó al Likud de Netanyahu, pero nada pudo contra el bloque de sus aliados.

Entre Netanyahu y Gantz, si vía de salida palestina

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>Entrevista a Nihal Batdal

La nueva fuerza que ha derrotado a Erdogan en Turquía

I.S.

La derrota de Erdogan en Turquía ha sido dura, tanto que esta vez ha sido él quien ha denunciado un fraude electoral exigiendo un recuento de votos, sobre todo en Ankara, la capital de país, que ha pasado a la oposición después de 25 años. Pero no solo Ankara. La oposición laica ha ganado en las principales ciudades turcas, desde el centro industrial de Adana al turístico en Antalya. Pero, sobre todo, pierde Estambul. Hablamos con la periodista turca Nihil Batdal.

¿Ya se ha confirmado la derrota en Estambul?

Por lo que dicen hasta las agencias estatales, en Estambul, aunque por pocos miles de votos, ha ganado el candidato del partido republicano, Ekrem Imamoglu. Es un dato de enorme importancia. El propio Erdogan dijo en campaña que perder Estambul significaba perderlo todo.

Estas grandes victorias en los principales centros metropolitanos, ¿eran esperadas o ha sido una sorpresa?

La gente no se lo esperaba, muchos ni siquiera han ido a votar porque ya están desilusionados y empiezan a pensar que es imposible hacer algo contra un gobierno que lo controla todo. Por suerte, ha habido mucha gente que ha votado de todas formas, a pesar de estar segura de que la victoria no era posible. La gente era muy pesimista.

Entonces la sorpresa ha sido doble, pero en Anatolia y en la Turquía rural Erdogan ha ganado. ¿El país está dividido después de estas elecciones?

La pérdida de las grandes metrópolis supone una gran pérdida, el propio Erdogan empezó su carrera política como alcalde de Estambul, le interesaba especialmente mantener su control. La pérdida de Ankara es también muy importante, era algo que no pasaba desde hace muchos años. Pero no diría que la nación está dividida en dos, como dice el gobierno.

¿Qué importancia ha tenido en estas elecciones la profunda crisis económica de Turquía y el voto anti-Erdogan?

La crisis económica es el principal motivo de esta victoria, pero la novedad que nos muestran estas elecciones es que se han unido dos fuerzas. El voto político anti-Erdogan no bastaba para conseguir el cambio que se ha logrado, se ha unido la clase intelectual y cultural con la clase medio-baja que necesita un bienestar económico. Las dos cosas juntas han dado lugar a esta victoria.

Erdogan ya ha dicho que habrá que esperar a las próximas elecciones dentro de cuatro años, mientras que en Turquía siempre se ha votado una vez al año, ¿es señal de que el presidente está asustado?

Sí, porque cuando uno tiene miedo al cambio obviamente prefiere la estabilidad. Se votaba una vez al año para confirmar su poder, en cambio, ahora que sabe que corre el riesgo de perderlo todo prefiere espaciar el voto cada cuatro años, con la esperanza de recuperar apoyos.

¿Se puede decir que Turquía asiste por fin a un cambio inesperado?

>Entrevista a Nihal Batdal

La nueva fuerza que ha derrotado a Erdogan en Turquía

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>Entrevista a monseñor Mario Zenari, arzobispo de Damasco

'El hambre está matando a más niños que las bombas'

I.S.

Según Unicef, en 2018 murieron en Siria 1.106 niños, es el mayor número de niños muertos en un año desde que empezó la guerra. Pero la realidad seguramente es más grave que los números proporcionados por la ONU. Números que dicen que la guerra en Siria está muy lejos de haber acabado a pesar de las proclamas de Trump y Putin. En Siria la gente sigue muriendo y, como siempre, la población civil paga el precio más alto.

Como señala en esta entrevista monseñor Mario Zenari, arzobispo de Damasco –aunque es una noticia que nunca se ha difundido en Occidente, lo que hace pensar en cuántos casos se conocen y cuántos se ignoran– cerca de 70 niños menores de cinco años de edad han muerto de frío y de hambre intentando llegar a los campos de refugiados, huyendo de Baghouz, el último bastión del Isis.

Monseñor Zenari, Unicef habla de más de mil niños muertos en 2018, la cifra más alta desde que empezó el conflicto. ¿La situación sigue siendo tan dramática?

Por desgracia, la ONU es una fuente fiable. Por tanto, estas cifras son verídicas. La gente sigue muriendo en Siria. Aparte de los campos de minas, diseminados por todas partes, o los explosivos abandonados, también se muere de hambre y de frío. Desde diciembre, entre los niños y las madres que huyeron de Baghouz hacia los campos de refugiados, muchos murieron, hubo unos setenta niños menores de cinco años que murieron en la calle a causa del frío, la deshidratación y la desnutrición.

¿Pero la guerra no se encamina hacia su conclusión?

Es un gran disparate decir que la guerra ha terminado, no es así. En la provincia de Idlib (donde se encuentran los milicianos del Isis huidos del resto del país) todavía viven tres millones de civiles y nadie sabe qué va a pasar. Hay zonas, como Damasco y Homs, donde ya no caen bombas, pero la población tiene que enfrentarse a otro tipo de bomba: la pobreza. La ONU ha declarado que ocho de cada diez personas en Siria viven por debajo del umbral de la pobreza.

En esta situación tan dramática, los países occidentales siguen manteniendo las sanciones contra Assad. ¿Qué le parece?

Hablar de eso quiere decir abrir un capítulo infinito y difícil de abordar. Hay en marcha varios tipos de sanciones, desde las personales, que afectan a 277 personas que no pueden viajar a Europa, hasta las comerciales y de productos petrolíferos. Y eso doblega a Siria.

La Iglesia siempre ha estado en primera línea ayudando a la población, ¿cómo están las cosas actualmente?

Cada uno hace lo que puede. El grueso de la ayuda viene de Naciones Unidas, que debe atender a casi 13 millones de personas necesitadas de asistencia humanitaria. Las iglesias siempre intentan llegar a la gente en la medida de sus posibilidades.

¿Se ha retomado la actividad comercial en Damasco?

En el centro de la ciudad las tiendas siempre han estado abiertas, así como los restaurantes, también porque allí están las embajadas y los palacios de gobierno. Pero Damasco no refleja lo que pasa en el resto de Siria. Basta ir a la periferia, donde hay barrios enteros donde falta comida y trabajo.

>Entrevista a monseñor Mario Zenari, arzobispo de Damasco

'El hambre está matando a más niños que las bombas'

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>Entrevista a Olivier Roy

'Una guerra más racial que religiosa'

Lorenzo Cremonesi (Corriere della sera)

“Los terroristas que han cometido la masacre en Nueva Zelanda son auténticos neonazis. La suya no es una guerra de religión, sino de raza. No se presentan como yihadistas cristianos contra los musulmanes. Todo lo contrario, son paganos blancos que se ven como paladines de la raza blanca y van a la caza de los negros. No se trata de un fenómeno social, no representan un movimiento, su base política es casi nula. Pero son muy peligrosos, bastarían veinte o treinta fanáticos como ellos, dispuestos a atacar en Estados Unidos, Europa o Australia, para crear problemas muy serios”. Con palabras del politólogo francés Olivier Roy, experto en radicalismo islámico, que recientemente ha publicado un libro sobre el estado de la identidad cristiana en Europa. “Pero en este caso las categorías interpretativas son diferentes. Para entender el mensaje de los nuevos racistas paganos tenemos que remontarnos a los textos de Arthur de Gobineau y a los teóricos del racismo laico del XIX europeo, a los padres del antisemitismo nazi. Sin duda, un supremacista blanco muy cercano a su sensibilidad es Oswald Mosley, el fundador del fascismo británico”.

¿No le parece paradójico y extraño que, justo cuando el Isis está a punto de ser abatido en Siria y el terrorismo islámico parece aquietarse, estos terroristas blancos ataquen mezquitas en un lugar remoto y tranquilo?

Diría que no es extraño en absoluto. Hay que leer sus documentos para comprender que ellos se conciben como héroes mártires solitarios, vanguardia de una batalla en devenir. Como Ander Breivik, el terrorista de Oslo en 2011, o Timothy McVeigh, responsable de la matanza de Oklahoma City en 1995. Su gesto quiere ser una piedra en el estanque. Afirman que la democracia occidental no se sabe defender, que es cobarde ante la invasión migratoria. Son puros gestos demostrativos. Casan totalmente con la teoría de la “gran sustitución” del autor francés Renaud Camus: la Europa blanca está en peligro por el hecho de que está siendo sustituida por los inmigrantes. Junto a él, citan también a Jean Respail y su novela más famosa, “El campamento de los santos”. Aquí también predomina la idea de que el peligro de la migración radica en su carácter silencioso, progresivo, no violento. Si les dejamos, los inmigrantes harán suyas nuestras casas. El diferente siempre se ve como alguien hostil y astuto en su falsa quietud. A sus ojos, la masacre de las mezquitas desata las contradicciones, enciende los focos.

¿Pero por qué en Nueva Zelanda?

Porque siempre ha sido considerada como una región periférica. Es un lugar simbólico, una señal de alarma: si los de fuera llegan hasta aquí, estamos acabados.

¿Qué relación tienen con los nuevos populismos?

Los consideran moderados y decadentes, aliados que han perdido el rumbo. Por ejemplo, acusan a Marine Le Pen por haber bajado el tono y haber sido derrotada en las últimas elecciones presidenciales. Se consideran intérpretes de la pequeña burguesía blanca empobrecida, se quejan del feminismo y de la caída de la masculinidad. Quizás por un instante creyeron a los populistas, pero ya no. Dicen que no es el momento de ir a votar sino de cargar la ametralladora. Me recuerdan a los anarquistas nihilistas que mataban a reyes y príncipes como gestos demostrativos. Se creen instrumentos de un plan histórico superior.

¿Pueden captar adeptos?

>Entrevista a Olivier Roy

'Una guerra más racial que religiosa'

Lorenzo Cremonesi (Corriere della sera) | 0 comentarios valoración: 2  14 votos
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