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24 ENERO 2017
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>Nínive 7

Keremles

Fernando de Haro

“Aloja” es la palabra que utiliza Almass para referirse a Dios. Es un término del dialecto siriaco de Keremles, uno de los pueblos cristianos de la llanura de Nínive. En Qaraqosh, a escasos kilómetros, se habla otro dialecto. Keremles tiene una larga historia. Su origen se hunde en el tiempo de los sumerios. Todavía en el centro del pueblo, ahora abandonado, hay una arquitectura popular que recuerda las formas asirias. Su iglesia más antigua, la de San Jorge, es una fundación del siglo VI.

Almass, madre de familia, se seca las lágrimas con un pañuelico de papel. Se acerca a unos 50 llenos de vida, se mueve como un rabo de lagartija. Llora al contemplar el que fue su cuarto hasta que el Daesh les obligó a escaparse, a ella y a su familia, en una noche que recuerda con dolor. El vinagre sobre la encimera de la cocina, las camas en la azotea (en las noches de un verano de 50 grados se duerme al raso ), el cepillo de dientes sobre el lavabo hablan de esas horas en las que dejó todo atrás. “Mis hijos ya estaban dormidos, eran las 12 de la noche, los desperté y nos metimos en el coche”, recuerda. Antes de abandonar el pueblo, después de más de dos años de ocupación, el Daesh quemó su hogar como quemó el 80 por ciento de las casas de Keremles.

Ya han pasado dos veranos pero Almass no se acostumbra. “En Keremles teníamos una vida bonita, por la mañana iba a la iglesia a rezar y después volvía a trabajar en las cosas de la casa”, explica. El marido de Almass era un hombre de varios oficios, como casi todo el mundo en el pueblo. Le dedicaba un rato al campo, trabajaba en la construcción y también en un taller mecánico. Me lo enseña con orgullo. En la puerta, una jaculatoria a “Aloja”. La higuera, tenaz, en el jardincillo donde estaban las gallinas, se resiste a la guerra. El marido de Almass además es diácono y se dedicaba a enseñar a los niños en la escuela de la iglesia la escritura caldea, una de las variantes del siriaco que contrae la lengua. Por eso guardaba con mimo, junto a su cuarto, una respetable biblioteca que ahora está reducida a cenizas.

Paseamos por un Keremles desierto en compañía de Almass y su marido. El día es soleado y bajo una tierna luz de invierno que calienta el alma se suaviza el aspecto de las calles desiertas, el abandono y la soledad. La iglesia parroquial se ha salvado del incendio pero las cruces están, como siempre, mutiladas. En su atrio se esconde el doble martirio de un sacerdote de Mosul. El padre Ragheed, originario de Keremles, fue asesinado por Al Qaeda en Mosul cuando todavía era muy joven. Le amenazaron de muerte pero no quiso abandonar a sus fieles. Ahora su tumba, en la que fue su parroquia, está profanada. El Daesh no lo ha dejado reposar en paz. También están profanadas las tumbas que rodean la cercana iglesia de san Jorge. Un ataúd abierto yace a la entrada.

Almass estrecha el pañuelico de sus lágrimas entre las manos y le viene un suspiro al pecho. Llora con los ojos y me sonríe con la boca. “Nuestra vida no puede ser otra cosa que confiar en Dios (Aloja), rezarle”, me dice. Pocas palabras, rotundas, ciertas. Pocas palabras que sostienen una vida difícil.

Keremles está lleno de túneles. El Daesh los utilizaba para escapar. Entramos en uno de ellos que se alarga unos 70 metros. En las paredes, sacos terreros. Sobre el suelo todavía la sandalia de algún combatiente. Y la porquería de la guerra: ropa sucia, una caja de queso de marca egipcia rasgada, restos de combustible, el humo negro de un generador y los nombres de los combatientes escritos aquí y allí.

Almass, como todos los cristianos de la llanura de Nínive, tenía la costumbre de visitar el monasterio de san Behnam. Un monasterio levantado en el siglo IV. Junto a la tumba de uno de los fundadores del cristianismo en esta región, se construyó una iglesia ricamente decorada con un estilo oriental fascinante. La iglesia está rodeada de numerosas estancias donde las familias solían pasar varios días de celebración y de fiesta.

>Nínive 7

Keremles

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  34 votos
>Nínive 6

Qaraqosh, Iraq

Fernando de Haro

Yohanna Towaya rebusca entre sus libros. Por las ventanas rotas entra un viento helado. Quizás el frío esté dentro del cuerpo. Quizás el frío provenga de la destrucción a la que no te acostumbras, de las casas sin alma ni vida, de que todo esté sucio, con ese polvo siniestro que deja la guerra.

Yohanna es un nombre siriaco. Este profesor de derecho comercial, que en el tiempo libre explotaba una granja familiar, a sus 60 años, ha comenzado la vida tres veces. Huyó de Mosul por las amenazas de Al Qaeda, huyó de Qaraqosh pocas horas antes de que llegara el Daesh. Y ha vuelto a empezar en Erbil. “Lo primero que les dije a mis hijos y a mis hermanos cuando llegamos al Kurdistán con lo puesto fue que tenían que olvidarse del pasado, que no podíamos lamentarnos por lo perdido, que había que empezar de nuevo”, me dice. No se lamenta delante de su antigua biblioteca, saca de un montón un libro de arte cristiano de la llanura de Nínive, lo limpia, y me lo regala. Las jornadas con Yohanna, que me acompaña desde hace varios días, son de trece horas. No se para a comer. Solo el domingo se detiene una hora para asistir a misa.

“Estuve en los Estados Unidos explicando lo que nos había pasado. La comunidad internacional tiene razón al calificar lo que le ha sucedido a la minoría yazidí como un genocidio –explica–. Pero no pueden negar que a nosotros nos ha sucedido lo mismo. Naciones Unidas no quiere reconocer nuestro genocidio porque dice que tuvimos la opción de quedarnos en nuestras casas pagando el impuesto islámico. ¿Qué opción es esa? Además no es cierto, la única opción era convertirse al islam”. Yohanna no se lamenta, no se altera pero tiene una tenacidad de hierro. “No podemos volver a nuestras casas mientras no haya seguridad. Y la batalla que se va a producir después de la batalla de Mosul ya ha comenzado. Los kurdos quieren quedarse con la llanura de Nínive, los chiítas quieren quedarse con llanura de Nínive, y los estadounidenses, como siempre, como en 2003, no tienen un plan para el día después” –asegura–.

Yohanna lo da todo por su pueblo pero es muy crítico con lo que está sucediendo en los campos de refugiados. “Hemos cambiado desde que salimos de Qaraqosh. Cuando vivíamos allí éramos laboriosos, estudiábamos. Ahora el dinero fácil de la ayuda de las Iglesias y de la comunidad internacional nos está volviendo perezosos. Yo le he dicho a los obispos que no tienen que repartir a todos, solo a los más necesitados. Lo que hay que hacer es buscarles trabajo. Nos pagan poco, pero si no trabajamos no tenemos futuro. No se puede educar a los jóvenes si creamos un sistema de asistencia permanente”, señala.

Entramos en una pequeña instalación militar y Yohanna me presenta a Jaward Habbed, el general que está al mando de la Niniveh Plain Protection Units. Una milicia cristiana formada por 500 hombres que presta, sobre todo, servicios de seguridad bajo el paraguas del ejército iraquí. Su valor es solo testimonial. “Nosotros estamos aquí para proteger a los cristianos, porque nadie se ocupa de ellos”. Poco pueden hacer un puñado de hombres en una región en la que se han desplegado casi todos los poderes de Próximo Oriente.

A Yohanna le llaman desde Mosul sus amigos musulmanes, los que le ayudaron a escapar una vez. Le dicen que han ido a comprar cartones de cigarrillos para celebrar la liberación de su barrio. De fondo se oye el combate.

Nos encaminamos al cementerio de Qaraqosh. Una patrulla iraquí no quiere dejarnos pasar. Es el único momento en el que Yohanna se altera. Al final lo consigue. Las tumbas están saqueadas, las cruces destruidas. Algunos cuerpos han sido extraídos de sus nichos. Yohanna se detiene ante la tumba de su padre y reza unos minutos. Yohanna reza; Yohanna quiere que su pueblo trabaje; Yohanna no mira al pasado; Yohanna quiere futuro. Yohanna es un cristiano recio. Yohanna es un cristiano.

>Nínive 6

Qaraqosh, Iraq

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  40 votos
>Nínive 5

Mar Mattai

F.H.

El abuna Yousif Ibrahim no es muy alto. Viste sotana negra y el gorro de los monjes orientales. Durante nuestras dos primeras horas de conversación se muestra distante, guarda largos silencios. Cambia después de que comamos unas deliciosas cebollas frescas del huerto monacal con un guiso de carne. Saca un paquete de cigarrillos, enciende varios y se apasiona hablando de fútbol y de política.

Este ingeniero que un día escogió las soledades es monje en el monasterio más antiguo de Iraq. Su fundación se remonta al siglo IV. Mattai (Mateo), el fundador, vino de Persia y se estableció con un grupo de eremitas en lo alto de una montaña de roca clara, uno de los límites de la llanura de Nínive. Mattai se encontró por casualidad con un miembro de la familia real del momento que se convirtió. El rey ajustició al converso pero al final, en palacio, acabaron recurriendo a Mattai y a su poder de curar. Del monarca para abajo todos aceptaron la nueva fe que les había llegado a través de los eremitas que excavaban las rocas.

Desde el siglo IV los peregrinos han acudido a este lugar santo, que también ha sido lugar de hospitalidad para los refugiados durante la persecución del Daesh. Tras los primeros triunfos del nuevo califato, los monjes acogieron a decenas de familias. Pero cuando el frente se fue moviendo y los terroristas se quedaron a cuatro kilómetros de Mar Mattai, todos se fueron. Todos se fueron menos los monjes que pusieron los archivos a salvo y se dispusieron para lo peor. Esta vez lo peor no ha llegado como sí llegó otras veces. El monasterio, a lo largo de su historia, ha sufrido los ataques de kurdos, persas, mongoles y un largo etcétera. Yousif Ibrahim me muestra los restos de una antigua muralla y el lugar elevado desde el que los asaltantes lanzaban grandes piedras. Desde la terraza del monasterio, que está como colgado en la roca, se extiende una segunda fila de montañas y detrás de ellas Mosul. Hasta no hace mucho se podían escuchar los combates.

Son las cuatro de la tarde. Toca la campana. Es la llamada a la oración. Dos monjes, solo dos monjes, donde hubo cientos, rezan en arameo utilizando el tono recto. Los otros tres que forman parte de la comunidad no han llegado a tiempo. El incienso sube hasta una cúpula excavada en la roca del siglo IX, es lo poco antiguo que han conservado las sucesivas reformas. Quizás esta sea esta la última persecución después de catorce siglos. Los dos monjes son el testimonio de fidelidad y de una larga tradición que puede estar a punto de extinguirse. Al despedirnos el abuna Yousif Ibrahim trabaja en mejorar la instalación de la conexión wifi. Me explica que en este momento es mejor seguir al Barça que al Madrid.

>Nínive 5

Mar Mattai

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>Nínive 4

Teleskof

F.H.

Marvin tiene 20 años. Alto, delgado, discreto y delicado. Marvin no había salido nunca de su pueblo, Teleskof, hasta que tuvo que huir del Daesh. Pasea con nosotros por una localidad en la que había en su momento 4.000 habitantes y que ahora está desierta. Solo algunos equipos de limpieza rompen el silencio en las afueras. Pero a Marvin le gusta el centro, la casa de sus abuelos y el mercado donde ayudaba a uno de sus amigos. En esta parte de Teleskok las construcciones son tradicionales, alguien las llamaría asirias. Cubos limpios por fuera, muros de adobe, grandes terrazas.

Marvin insiste en que tenemos que visitar a su abuelo, que tenemos que acercarnos al cementerio. La suya es una de las primeras tumbas. Está abierta y profanada. Marvin, Ignacio que graba y yo nos quedamos en silencio. Después de unos instantes Marvin, emocionado, me explica: “no quieren dejar descansar a los muertos. Este es un sitio de paz. Mi abuelo estaba descansando”. Hay más tumbas abiertas, las cruces yacen por el suelo rotas.

Caminamos hasta la casa de Marvin. Una de las estrechas calles está llena de zapatos. Salen de un pequeño almacén. Parece que no le gustaron al Daesh o que algún saqueador, después de examinarlos todos, no se quedó con ninguno. Más silencio. La destrucción no es tan intensa como en Batnaya. Las casas están en pie pero quizás por eso la desolación es mayor. Un pueblo pero vacío, como si hubiera caído una bomba que solo hubiera acabado con la vida humana. Un pueblo sin pueblo, cada comercio abandonado a prisa, cada terraza sin voces, cada iglesia sin canto son un gran grito de ausencia.

La casa de Marvin en Teleskof es grande. Una casa de pueblo con una cocina espaciosa en la primera planta. El padre se dedicaba al campo, ha tenido seis hijos. Entramos en el cuarto de los dos hermanos mayores. “Casi todos los recuerdos de mi infancia están aquí”, nos cuenta Marvin. “Pero siempre que vuelvo y abro esta puerta lo que me viene a la memoria es ese día en el que a los 10 de la noche metí algo de ropa en una bolsa y, llorando, la cerré para escapar del Daesh. Todos en mi familia llorábamos. Mi padre dijo que teníamos que marcharnos porque estaban avanzado hacia Teleskof”.

Marvin se sienta en una silla en medio de dos camas. Sobre el suelo sigue tirada su ropa que el Daesh o los saqueadores sacaron de un armario. Sillas rotas, trozos de un espejo sobre los lechos sin colchones. Todo roto, sucio.

“Los primeros meses después de la huida estaba muy confundido –cuenta Marvin–. Yo creía en Dios pero no iba a menudo a la iglesia. Decidí empezar a visitarla más. Le preguntaba a mi Dios por qué había permitido lo que nos había pasado. Yo era un chico normal que quería seguir sus estudios, jugar con sus amigos. Nunca había salido de Teleskof. Le preguntaba a Dios por qué había consentido que nos hicieran esto”. Las palabras de Marvin comienzan a espesarse, respira despacio tras pronunciar cada frase en un inglés que ha aprendido sin salir de un pueblo perdido en el norte de Iraq. “En estos tres años he leído la Biblia, he encontrado a gente que me ha ayudado, me he acercado más a la iglesia y ahora sé que Dios está a mi lado, sosteniéndome, acompañándome”, asegura Marvin. Cuando dice “a mi lado” extiende la mano y señala el espacio que tiene a su derecha. “Estos tres años han sido duros, pero yo ahora soy diferente. Quiero volver cuanto antes, volver a dormir aquí en mi cuarto, en mi cama”.

Marvin, 20 años. Un rostro dulce, una certeza potente, palabras sin ira, sin odio. Una víctima del genocidio de Nínive con un corazón liberado de la espiral del odio que siembra el Daesh. El mal de los terroristas no es para siempre. Marvin, 20 años, un hombre hecho y derecho, reconstruido. Más cristiano, más humano que antes de la huida. Los pueblos, las carreteras, las calles se reconstruirán con esfuerzo, con dinero, con ayuda internacional. ¿Quién cerrará las heridas del corazón? ¿Quién volverá a dar paz a los muertos y a los vivos?

>Nínive 4

Teleskof

F.H. | 0 comentarios valoración: 3  50 votos
>Nínive 3

Batnaya

F.H.

Sulaka tiene los ojos azules. Pasea entre la que fue su casa. El salón está quemado, los milicianos del Daesh lo utilizaron como dormitorio. Entre los escombros encuentra un gran rosario que pendía de la pared, lo toma del suelo y lo besa. Me explicaba que nadie salía de su casa sin dar ese beso. Encima de la cama del cuarto de uno de sus hijos hay ropa sucia hecha un gurruño. No me atrevo a preguntarle si es de la familia o si la dejó la gente del califato. Me enseña lo que queda de su molino y de su almacén de grano. Vuelve a menudo desde que Batnaya fuera liberado.

Estamos a 20 kilómetros al norte de Mosul, el último pueblo antes del frente. Pequeños banderines rojos marcan los lugares donde quedan bombas sin desactivar. Al entrar en esta localidad, en la que vivieron 800 familias cristianas, nos invade a Ignacio y a mí un silencio profundo. Grabamos encima de un pick up. Tardamos en articular alguna palabra. La furia de la guerra, la voluntad de destrucción sistemática de los seguidores del ISIS lo invade todo, mires hacia donde mires. No queda casi ninguna casa en pie. Muchas están reducidas a montones de escombros. Aquí y allí pintadas a favor del califato. Los impactos casi infinitos de las balas en los muros semiderruidos hablan de combates feroces, casa por casa, metro por metro.

La presencia del ISIS es casi física a pesar del paso del tiempo. Un coche estrellado a propósito frente el porche de una vivienda, restos de incendios en cada rincón. Destrucción desordenada, improvisada. El sol limpio de enero parece la única fuerza de redención entre los hierros retorcidos, los cascotes y una soledad preñada de una memoria abrumadora. Hay muchas lanzaderas de proyectiles, caseras, abandonadas a toda prisa, y casquillos por las calles. Y luego están los socavones de las bombas estadounidenses y los túneles que los terroristas utilizaban para refugiarse.

Batnaya es el ground zero del genocidio de la llanura de Nínive.

La iglesia de san Koriakos, orgullo del pueblo, se mantiene en pie. Sus columnas de mármol han resistido la ocupación. Pero los signos de profanación están por todas partes. Una imagen de María tiene las manos amputadas y un disparo en el corazón. He querido besarla antes de seguir adelante. Las Biblias quemadas y tiroteadas yacen en el suelo. En el lugar donde se encontraba una de las cruces que presidía la nave, decenas de impactos de bala. La bandera negra del califato ondeaba sobre el ábside. El primer día de la liberación el párroco restituyó la cruz. En una de las capillas laterales hay grafitis contra los cristianos, redactados en perfecto alemán de un combatiente del Daesh que seguramente llegó de Europa.

Sulaka habla en arameo. Sus ojos azules están tranquilos en medio de la desolación. Quiere volver, aunque cuatro de sus quince hijos se han marchado a Alemania. Pero él quiere quedarse. Cuando cae el sol retornamos a Alqosh, un pueblo cercano en el que está refugiado. Ha alquilado una casa de dos pisos. Nos invita a cenar. Él y los suyos nos sirven como príncipes. Se une toda la familia. No hay sombras en sus rostros. La hospitalidad es desproporcionada, sacramental. Sobre la mesa han puesto más de 20 platos y no nos dejan marchar sin haberlos probado todos. Sulaka me pregunta, a través del amigo que nos hace de intérprete, qué me parece lo que he visto en Batnaya. Le respondo que tengo la sensación de haber viajado a un infierno, que afortunadamente se ha quedado vacío. Y me quedo con las ganas de decirle también que él y los suyos lo sabrán convertir en un lugar de vida. Alguien que acoge así al extranjero, que le da así de cenar, que le abre su casa de este modo es el más indicado para reconstruir, para empezar de nuevo, para conseguir que el mal no sea irrevocable. Los ojos azules de Sulaka brillan cuando nos despedimos. Me explica que en arameo su nombre significa Asunción.

>Nínive 3

Batnaya

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Nínive 2

F.H., Erbil

El alumno de primera fila se ha dormido. Tiene tres años y no consigue seguir la lección de Neval Nabil, la profesora de inglés que se encarga de la escuela infantil del campo de refugiados Asthi2, en el barrio de Ankawa. Neval da las clases en una caravana. Neval vive con su marido en una caravana: una sola habitación. Su hijo ha nacido en el campo, tiene 10 meses. Neval es contundente: “no quiero volver a Qaraqosh. No hay futuro. Me quiero marchar a Australia”.

Neval tiene 24 años, un inglés correctísimo –sonríe con discreción cuando me escucha hablar– y un marido que trabaja desde las 9 de la mañana a las 12 de la noche en un café para mantener a la familia. La familia de Neval ha vuelto a Qaraqosh de visita después de la liberación. El ejército kurdo deja pasar a los cristianos que vivían en los pueblos de la llanura de Nínive para visitar sus casas. Pero no les deja quedarse a dormir en ellos. Es zona militar. Qaraqosh era el pueblo cristiano más grande de los que rodean Mosul. Ahora es un pueblo fantasma. En esas excursiones de un día los refugiados intentan arreglar hogares que han sido incendiados, saqueados. Algunos, muchos, hacen planes para volver. No quieren marcharse como Neval. Pero no han tomado la decisión aún.

La jornada ha sido larga en Erbil. Con la ayuda de un colega jubilado de la BBC que ha decidido venirse a echar una mano y de una antigua vecina de Mosul, hemos hablado con mucha gente. Responsables eclesiales, jóvenes que trabajan con los refugiados, refugiados, responsables políticos kurdos y un largo etcétera. No es imposible que una buena parte de los 120.000 cristianos vuelvan. Pero hacen falta muchas cosas. La fundamental: cierta seguridad de que lo que pasó no volverá a ocurrir. Anhelan una seguridad como la que se vive en Erbil, ciudad tranquila y limpia, como el Bagdad que conocí en los años 90. Luego hacen falta infraestructuras, dinero para reconstruir las casas derruidas. Luz y agua. ¿Serviría para algo que la declaración de genocidio fuera más contundente? ¿Habría que crear un tribunal especial? Sí, sobre todo para salvaguardar la memoria de las víctimas. Unos a favor del Gobierno de los kurdos para toda la región de Nínive. Otros reclamando una región autónoma con el respeto de Bagdad que ahora no existe.

Neval quizás logre marcharse a Australia. Los más jóvenes quieren otra vida. Neval dejará su tierra, “pero a lo que no renuncio –afirma con contundencia– es a Jesús. Nunca dejaré de ser cristiana”.

Nínive 2

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Nínive 1

Fernando de Haro, Estambul

Volamos hacia Iraq. Nuestro destino es la llanura de Nínive, la llanura que rodea Mosul. Es el lugar en el que, según el Parlamento Europeo y la Secretaría de Estado de Estados Unidos, se ha producido uno de los últimos genocidios, protagonizado en este caso por el Daesh. Genocidio en sentido técnico, con voluntad expresa de eliminar o de hace huir a un grupo religioso o étnico.

Sobrevolamos el Mediterráneo y los Balcanes en una ruta inversa a la que han seguido cientos de miles de refugiados. Esos que han huido del tenebroso proyecto de crear un nuevo califato del terror y de la muerte. Me acompaña I. en este que será nuestro quinto documental. Es el quinto que vamos a rodar después de Egipto, Líbano, Nigeria y la India. Se pone el sol pronto, I. ve una película y yo repaso notas.

Hace un par de meses, cuando hablé por primera vez con las autoridades kurdas que nos prestan su apoyo, me anunciaron que Mosul estaría liberado definitivamente en estas fechas. Pero a pesar de los avances de la coalición internacional, el ejército iraquí, las milicias chiítas y el ejército kurdo, la liberación definitiva tardará en llegar. El post-Daesh en la llanura de Nínive plantea muchos interrogantes.

Nínive (Mosul) y la llanura que le rodea son cuna de la humanidad. En ella se cumple aquello que decía el clásico: “profundo es el pozo del tiempo”. Para no llegar hasta lo más profundo podemos recordar que hace 4.000 años, en la planicie se sucedían en su hegemonía el Imperio Babilónico y del Imperio Asirio. Precisamente una buena parte de los cristianos de la zona, que llegaron en el siglo II, se denominan “asirios del Este”. Asirios, ni árabes ni kurdos. Orgullosos de usar todavía la lengua siriaca, que es un arameo del Este. Hasta el siglo VI la zona estuvo ocupada, sobre todo, por cristianos asirios nestorianos (forman en este momento una Iglesia separada de Roma). Luego llegaron los sirios ortodoxos, miembros de otra Iglesia jacobita, separada también de Roma en los primeros siglos. Y por último se extendieron los caldeos que sí son católicos.

Qaraqosh, Bartalla, Keremlis... son nombres que dicen poco a la opinión publica occidental. Son nuestro destino. Mosul está rodeado por una corona de pueblos de mayoría cristiana que tuvieron que ser abandonados a medida que avanzaba el Daesh. Se encuentran separados del frente y, ahora que han sido liberados, los kurdos garantizan su seguridad. Los cristianos han querido celebrar la Navidad en sus iglesias pero eso no significa ni mucho menos que haya vuelto la normalidad.

120.000 personas salieron huyendo en el verano de 2014 para refugiarse buena parte de ellas en Erbil, en el Kurdistán iraquí. Los kurdos aprovecharon la caída de Sadam para aumentar su autonomía y convertir la región en una especie de estado confederado. De hecho, a diferencia de lo que sucede para viajar a Bagdad, a nosotros los kurdos no nos exigen visado.

¿Volverán esas 120.000 personas a sus casas? Algunas seguro que no porque ya han emigrado a otros países. ¿Qué va a hacer el resto? ¿Han vuelto ya algunos? ¿Cómo han quedado sus iglesias y sus propiedades? ¿Qué seguridad tienen y necesitan? ¿Creen que es conveniente la creación de un tribunal especial para una causa de genocidio como el que se creó en Bosnia? ¿Estarían más seguros si Nínive fuera una provincia autónoma dentro o fuera del Kurdistán? El avance del frente ha ampliado de facto la zona controlada por los kurdos. Ya veremos qué dicen los turcos y los chiítas iraquíes cuando todo acabe. ¿Qué caras, qué sentimientos, qué fe tienen las víctimas de este genocidio? ¿Qué justicia esperan, qué reconciliación es posible? Muchas preguntas a la espera de respuestas.

Nínive 1

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Alá y poder, de Libia a Indonesia una 'mayoría' a la que nadie escucha

Caleb J. Wulff

No dejamos de hablar de terroristas y de terrorismo, definiciones que, aunque objetivamente correctas, corren el riesgo de ocultar la verdadera esencia del problema, es decir, el objetivo al que se dirigen estas acciones terroristas. Sea cual sea su matriz, los actos de terrorismo no son fines en sí mismos sino que se dirigen a un objetivo concreto: infundir terror en el enemigo.

Son actos de guerra que tienen como objetivo no a los miembros de los ejércitos enemigos sino a los civiles, con el fin de debilitar la resistencia psicológica y moral de los que considera adversarios. En este contexto se enmarcan por ejemplo los bombardeos de ciudades italianas y alemanas durante la segunda guerra mundial, dirigidos esencialmente contra objetivos civiles para minar la resistencia de sus poblaciones. De la misma manera habría que juzgar las bombas nucleares lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki, donde la matanza de civiles no fue un “daño colateral” sino el objetivo intencionado para obligar a Japón a rendirse. Una América terrorista que se contrapone a la que envió a tantos de sus hijos a morir en Europa y Asia para defender la libertad propia y de los demás.

En la misma perspectiva, sería objetivamente más cercano a la realidad hablar de islam terrorista en vez de terrorismo islámico, contraponiéndolo a ese islam decididamente mayoritario que rechaza el terrorismo como medio para imponer la propia religión y la propia concepción del Estado. Sin embargo, el problema del fundamentalismo islámico no termina con el fenómeno del terrorismo. En Oriente Medio y en el norte de África, esas que consideramos organizaciones terroristas, como el Isis, Boko Haram o los shabaab somalíes, dieron lugar a auténticas estructuras estatales y las propias articulaciones de Al Qaeda se comportan como ejércitos, aunque sean irregulares.

El islam terrorista, en sus diversas formas, se presenta por tanto como una expresión extrema de un islam armado que encuentra fundamento y apoyo en corrientes concretas del variado mundo musulmán. El principal responsable de esta deriva fundamentalista, al menos por lo que se refiere a los sunitas, se puede identificar en el salafismo y su derivación saudí, el wahabismo. Contra estas corrientes se celebró el pasado mes de agosto en Grozni (Chechenia) un congreso donde participaron casi doscientas personalidades del mundo suní procedentes de varios países musulmanes. El congreso terminó con la práctica exclusión sunita del salafismo/wahabismo y por tanto con una condena explícita de Arabia Saudí y de Qatar, donde estas corrientes son dominantes. Una decisión que de todos modos no parece haber tenido grandes efectos prácticos empezando por la ONU, donde Arabia Saudí sigue sentada en el Consejo de los Derechos Humanos. Ni parece plantear problemas la falta de libertad religiosa que domina en los países regidos por la sharía, la ley coránica, donde los no musulmanes se ven sometidos a duras discriminaciones, que se extienden muchas veces también a corrientes islámicas que no son bien vistas, como es el caso de los chiítas. Estos, por su parte, instauraron una rígida teocracia en Irán.

La tendencia a la radicalización islamista va en aumento. Las intervenciones de Occidente derribaron las dictaduras militares que gobernaban países como Afganistán, Iraq o Libia, un intento que también se puso en marcha en Siria con un resultado caótico que ha dejado gran espacio a los movimientos fundamentalistas. El mismo proceso se está produciendo en Pakistán, con un precio especialmente alto para los cristianos, como muestran el asesinato de Shahbaz Bhatti y la condena a muerte de Asia Bibi, los casos más evidentes de una persecución mucho más amplia. Fenómenos similares empiezan a salir a la luz en un estado hasta ahora sustancialmente tolerante, como Indonesia, el país musulmán más poblado, donde acabó procesado el gobernador cristiano de Yakarta. Igual que en Pakistán, aquí también hay una ley de la blasfemia que se utiliza para discriminar y atacar a los no musulmanes.

De nuevo emerge el punto crítico que distingue al islam en gran parte: la estrecha identificación entre religión y política, que lleva inevitablemente a la constitución de teocracias. Sin resolver este problema, las mayorías islámicas pacíficas no conseguirán contrastar a las minorías fundamentalistas.

Alá y poder, de Libia a Indonesia una 'mayoría' a la que nadie escucha

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>Entrevista a Nihal Batdal

'El atentado de Estambul no es otro Bataclan'

Caza al hombre en Estambul en busca del responsable de la masacre de la discoteca Reina en fin de año, situada a orillas del Bósforo. Un ataque que causó 39 muertos y 69 heridos. La policía sigue pistas relacionadas con el estado islámico. La prensa europea ha recordado inmediatamente los sucesos de la sala Bataclan, lugar emblemático de la vida parisina y escenario del atentado cometido por un comando del Isis el 13 de noviembre de 2015. Pero hay que ser prudentes, según la intelectual turca Nihal Batdal.

¿Por qué tantos ataques contra Turquía?

Porque este país no es capaz de reconocer la gravedad de la situación. Este atentado se podía haber previsto, la invitación a no celebrar el año nuevo ha ocupado muchísimo espacio estos días en los discursos públicos, en los periódicos y en las redes sociales. El Milli Gazete (Gaceta Nacional) decía el 31 de diciembre que era el último día para decidir. El titular era “¡Fiestas no!”. ¿Un ultimátum? ¿Una sugerencia? No lo sé, pero es un ejemplo entre otros muchos.

¿El gobierno también advirtió del peligro?

La Dirección de Asuntos Religiosos (Diyanet Isleri Baskanligi) en su discurso del viernes condenaba públicamente las fiestas de año nuevo, poniendo en su punto de mira sobre todo el consumo de alcohol y los juegos de azar, diciendo que “no son para un creyente”. Obviamente, nadie ha dicho que se vaya a disparar contra la gente que festeje, pero salta a la vista la mentalidad que se está creando.

¿Entonces habrían elegido ese objetivo por ser típicamente occidental?

Claro. El Reina es un local de clase alta, esa clase social que todavía no considera el año nuevo como el mal que viene de Occidente. Por eso se ataca a quien se atreve a celebrar el año nuevo a pesar de todas las invitaciones a no hacerlo.

Gran parte de la prensa europea ha visto el atentado de Estambul como el Bataclan turco, ¿es una lectura adecuada?

Yo no estoy de acuerdo. El Bataclan se ha convertido en un símbolo, pero hay que ver las dinámicas internas de cada país que sufre atentados parecidos. En Turquía, la batalla contra la población más secularizada se está recrudeciendo cada vez más. ¿Pero quién libra esta batalla? ¿Y contra quién? En Turquía esta batalla se ve alimentada e incitada por un lenguaje excluyente: el que bebe no es buen creyente, el que juega no es buen creyente, etcétera.

Son insinuaciones muy fuertes, una acusación grave.

>Entrevista a Nihal Batdal

'El atentado de Estambul no es otro Bataclan'

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>Entrevista al padre Francesco Patton, Custodio de Tierra Santa

Igual es más fácil reconstruir Siria que Europa

I.S.

“La única novedad real es la que supone la encarnación del Hijo de Dios, su pasión, muerte y resurrección”. Todo gira en torno a esta piedra viva, esta certeza, en el diálogo con el padre Francesco Patton, elegido el pasado mes de mayo como Custodio de Tierra Santa. “Nuestra fe no se basa en un mito sino en algo que ha acontecido en la historia”.

Usted no solo es custodio de los santos lugares sino el superior de los hermanos menores que viven en todo Oriente Medio. ¿Cuál es su balance personal de estos siete meses en la Custodia?

Más que el superior, estoy llamado a ser su custodio, que es una palabra muy bonita porque es bíblica —invita a custodiar el rebaño, la casa, la familia— y porque la usó san Francisco para expresar el servicio que debemos prestarnos entre hermanos para ayudarnos mutuamente a vivir nuestra vocación, cada uno según su propia responsabilidad. Mi balance personal se sitúa a mitad de mi “noviciado” en Tierra Santa, así que todavía tengo muchísimo que aprender, pero puedo decir que estoy contento por la disponibilidad que he encontrado entre mis hermanos, entre la gente y también a nivel ecuménico.

¿Qué sentido tiene hoy, con los cristianos repartidos por el mundo entero, custodiar los santos lugares?

¿Qué sentido tiene custodiar la memoria de nuestros orígenes? El sentido de ser conscientes de nuestras raíces para poder vivir hoy nuestra fe con humildad y conciencia. Por desgracia, el nuestro es el tiempo de la “memoria corta”, donde solo cuenta lo que es nuevo. Pero aquí, en realidad, custodiamos los lugares donde es posible recordar que la única verdadera novedad es la que supone la encarnación del Hijo de Dios, su pasión, muerte y resurrección. ¿Acaso hay novedades más grandes o importantes que el hecho de que Dios haya colmado la distancia que nos separaba de Él precisamente aquí, en Nazaret y Belén? ¿Hay una novedad mayor que la que emana del sepulcro vacío, que testimonia que la muerte ha sido realmente derrotada para siempre y lo testimonia delante de todos aquellos que saben ver los signos de Dios y creer lo que Dios nos dice mediante esos signos? Custodiar estos lugares significa ofrecer a todos los que vienen aquí la posibilidad de “tocar” lo que el beato Pablo VI llamaba acertadamente el quinto Evangelio. Custodiar los santos lugares y hacerlos accesibles para los peregrinos quiere decir afirmar físicamente que nuestra fe no se basa en un mito sino en algo que ha acontecido en la historia. Usando el lenguaje del Nuevo Testamento, algo que aconteció “en la plenitud de los tiempos”.

Ha concluido el Jubileo de la Misericordia. El Papa Francisco habla de misericordia en todo momento. ¿Por qué? ¿Qué añade la misericordia a lo que ya conocemos de la verdad por nuestra fe?

La misericordia es Dios mismo. No olvidemos lo que le dice el ángel a san José cuando le aclara el sentido del embarazo de la Virgen María y le explica el significado que tendrá la existencia de ese niño. Será el Emmanuel, es decir, Dios con nosotros, y se llamará “Jesús, y Él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21). La misericordia es una de las formas en que Dios se nos manifiesta y nos dona la salvación. En los evangelios hay una invocación muy recurrente que nosotros utilizamos aún en la liturgia: “Kyrie, eleison”, una invocación brevísima que significa precisamente “Señor, ten misericordia”. La misericordia nos recuerda que somos frágiles y pecadores, y que al mismo tiempo Dios nos ofrece acogida, perdón, salvación y vida nueva a través de su hijo Jesús. Quien sube al Calvario y se detiene a rezar ante la Cruz está llamado a vivir esta experiencia y darse cuenta del “elevado precio” de la misericordia. Esto no debería hacernos superficiales en la vida cristiana, sino sobre todo agradecidos y responsables. Los santos que vivieron esta experiencia de la misericordia siempre se sintieron provocados a dar la propia vida. Subrayar la misericordia hoy quiere decir ante todo darnos cuenta que nosotros en primer lugar, a lo largo de todo el arco de nuestra vida, necesitamos misericordia. Pero también quiere decir tomar en serio lo que nos dice Jesús en el discurso de la montaña: “Sed misericordiosos como el Padre” (Lc 6,36).

>Entrevista al padre Francesco Patton, Custodio de Tierra Santa

Igual es más fácil reconstruir Siria que Europa

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Ese estupor que nos cambió la vida

Adriano Dell`Asta

Romano Scalfi ha subido al cielo el día de la venida a tierra del Señor. Solo eso ya es un gran misterio y un gran consuelo. Decir que deja tras de sí una enorme herencia es verdad, porque Rusia Cristiana es sin duda una realidad cuyo papel y testimonio son indiscutibles. Todavía estábamos pensando en redactar un comunicado en ruso cuando la red se llenó de comentarios y homenajes de los primeros amigos rusos que se habían enterado de la noticia. La gran poetisa Olga Sedakova escribía, menos de tres horas después de la muerte del padre: “pocos como él amaron tanto a Rusia y su tradición cristiana, e hicieron tanto para que fuera conocida en el mundo”. Sin duda, la herencia que deja el padre Romano es enorme.

Pero decir todo esto no es suficiente, porque el padre Romano deja algo más. Deja una miríada de personas que se lo deben todo. Yo mismo le debo todo, como muchísimos otros, pero como todos de una forma única. Él mismo solía decir que Dios los crea únicos, mientras que el diablo hace copias.

Por tanto, a él debo todo lo que me constituye. Ante todo, gracias al padre Romano recuperé la fe, como muchos otros, pero como algo que era para mí. En Legnano, una noche de niebla en que yo buscaba las vías de la revolución, él me hizo caer en la cuenta de otra Rusia a la que amar sin miedo: la de un Cristo capaz de transfigurar el mundo entero, donde no hacía falta soñar un futuro brillante porque el presente ya estaba totalmente lleno de sentido, un sentido que pasaba a través de las injusticias, las dificultades y el dolor, sí, pero que no por eso era menos real, concreto y eficaz.

Luego, gracias a él, encontré una dirección que darle a mis investigaciones y a mis estudios. Mientras muchos seguían perdiéndose siguiendo contraposiciones abstractas (derecha e izquierda, conservadores y progresistas, fe y razón), él nos hacía descubrir en la fe una potencia de unidad y de significado que lo simplificaban todo, sin separarnos ni un instante del compromiso del trabajo ni anular la dificultad de los problemas y divisiones. Sencillamente, la fe, igual que Cristo, se convertía en “luz de la razón”, y en esa luz la razón podía funcionar mejor, resolviendo problemas sin anular el misterio de la vida. “Los conceptos de Dios crean ídolos, solo el estupor aferra algo”, no dejaba de repetirnos en los seminarios que impartía en la Universidad Católica junto a don Giussani. Era precioso verlos discutir sobre quién había sido el primero en sugerir al otro aquella cita de Gregorio de Nisa. Para luego empezar con una serie de citas que nos dejaban sin palabras por lo hermosas que eran y por su capacidad para comprender y exaltar todo nuestro deseo de verdad. Mientras descubríamos la vieja tradición, surgía toda una nueva Filokalia del oriente y occidente modernos, con Leopardi, Péguy, De Lubac, Dostoievski, Soloviev, Berdiayev.

Gracias al padre Romano, en un mundo que pretendía resolverlo todo y producía más crisis de las que creía superar (eran los años de la contestación y el fin de los grandes sueños), pudimos comprobar que aquella razón, iluminada por la fe, daba luz a nuestra vida precisamente porque nos permitía descubrir el misterio que la hacía inagotable, irreducible. No era un discurso ni una proclama, sino el relato de la resistencia en los campos de concentración y en las prisiones soviéticas, es decir, el relato de cómo era posible vivir incluso en el abismo de la negación más radical de lo humano.

Ese estupor que nos cambió la vida

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Los cristianos de Egipto ya no se siente protegidos por Al Sisi

Chiara Pellegrino

El atentado contra una iglesia de El Cairo el pasado 11 de diciembre, reivindicado por el Estado Islámico, aparte de querer atacar a los cristianos y castigar a los coptos por su postura política en Egipto, también es un ataque al presidente Abdel Fattah Al-Sisi. En la explosión, que se produjo en una sala de oración adyacente a la catedral de Abassiya, en el corazón popular de la capital, murieron 25 personas.

Desde su elección para la cátedra de san Marcos, en noviembre de 2012, poco después de la revolución, el papa Tawadros II, patriarca de los coptos ortodoxos egipcios, llamó a los fieles a salir de las iglesias y participar en la actividad política, con el deseo de ser “la sal de la tierra y la luz del mundo” (Mt. 5,13). Si hasta la primavera de 2013 las autoridades coptas se mantuvieron distantes del gobierno del presidente islamista Mohammed Morsi, después no dudaron en apoyar a su sucesor, el general Al-Sisi. El atentado terrorista “pretende minar la (ya escasa) credibilidad del presidente sacando a la luz su incapacidad para proteger a las minorías religiosas”, afirma Georges Fahmi, investigador egipcio en el Instituto Universitario Europeo de Fiesole (Italia). Según él, el gobierno egipcio se encuentra desde hace tiempo ante dos graves amenazas. Por un lado, la acción del Estado Islámico, que con este atentado ha demostrado que es capaz de ampliar su radio de acción más allá de la península del Sinaí y llegar al corazón del país. Por otro, los Hermanos Musulmanes, una parte de los cuales ha empezado a radicalizarse por las políticas de represión adoptadas por el presidente hacia ellos: “La hermandad se divide entre los que están contra la violencia y los que dicen que la pasividad no ha logrado resultados y por tanto hay que actuar con fuerza”.

En este caso, “los Hermanos han negado cualquier responsabilidad, diciendo que los coptos no tienen nada que ver con su lucha contra el régimen”, y el atentado ha sido reivindicado por el Estado Islámico. Para Fahmi, esto no hace más que confirmar la ineficacia de la campaña contra el fundamentalismo llevada a cabo en el Sinaí por parte del gobierno. De hecho, el joven que cometió el atentado estuvo en prisión hace dos años. Reclutando en las cárceles a individuos que salen en pocos años y vuelven a formar parte de la vida civil, el Isis consigue atacar más fácilmente en el corazón de las sociedades de los diversos países.

Si bien es cierto que el tema de la seguridad es prioritario, las medidas de represión y las leyes por sí solas no son suficientes para poner freno al terrorismo, como ha señalado el periodista Amr Al-Shubaki. Es más, a veces, la solución militar y de seguridad puede surtir el efecto contrario y ser un factor de difusión del terrorismo en vez de contención. El presidente Al-Sisi está llamado a actuar también y sobre todo en otros frentes, como el económico y social. Egipto lleva meses atravesando una profunda crisis económica. “En estos días, el Parlamento está trabajando en la promulgación de nuevas leyes para prevenir atentados e incrementar el nivel de seguridad del país –explica George Fahmi–. La cuestión es que las leyes son necesarias pero no suficientes para prevenir la amenaza terrorista. Desde hace varios meses Egipto vive de hecho una grave crisis económica que empeora los problemas que ya había, como por ejemplo la marginación en ciertos grupos sociales. Las reservas de divisas extranjeras se están agotando y por eso se reduce la importación de productos, las inversiones exteriores en Egipto han caído, igual por otro lado que el turismo”.

Los cristianos de Egipto ya no se siente protegidos por Al Sisi

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Berlín: el mal no es irrevocable

P.D.

Madrid, Londres, París, ahora Berlín. Las personas asesinadas en la capital alemana celebraban de forma tradicional la Navidad que se acerca. En un mercadillo y junto a una iglesia destruida, memoria de lo que supuso otra borrachera ideológica en la Europa del siglo XX. Las víctimas celebraban por adelantado el gran acontecimiento de paz que marca la historia: la afirmación de la dignidad, de una compasión infinita por cada persona.

Una violencia imprevisible ha vuelto a dejar muchas familias rotas, mucho dolor, mucho sufrimiento. El sufrimiento de esas víctimas es nuestro. Sin asumirlo, de algún modo, nuestra respuesta sería incompleta. Rezar por los fallecidos y por los heridos, para quien tenga experiencia de Dios, no es un gesto inútil. Necesitamos, cada uno con su tradición, afirmar el valor infinito de nuestras víctimas, el valor que ha querido negar un terrorismo nihilista.

El ataque de Berlín y los anteriores que hemos sufrido ponen de manifiesto nuestra vulnerabilidad. Hay mucho que hacer todavía en coordinación policial. Hay muchas responsabilidades que exigir a los países de Oriente Próximo que financian una instrumentalización ideológica y violenta del islam. Países que en muchos casos aparecen como aliados de Occidente. Hay que exigir a los líderes religiosos que rechacen sin ambigüedad el asesinato en nombre de Dios. Los últimos pronunciamientos de Al Azhar, la gran mezquita suní de Egipto, no son suficientes.

Pero esta violencia requiere mucho más de nosotros europeos. El terrorismo quiere sembrar un mal irreparable, generar la división, cuestionar nuestra estima por la dignidad de toda persona, de cualquier persona. El terrorismo conseguiría su propósito si diera alas a los que cuestionan la política de acogida de los refugiados, si alentara el populismo. Estamos ante una provocación. Nos equivocaríamos si empezáramos a poner en duda lo que nos ha hecho europeos. Son tiempos difíciles, tiempos que nos exigen una experiencia cargada de razones para vivir y para morir, para no tener miedo de nosotros mismos y de los otros. No bastan los valores abstractos, no basta nuestra gran tradición. El desafío es demasiado grande. Nos hace falta algo, alguien, que nos sostenga, que nos acompañe, que ponga carne a aquello en lo que creemos. La historia de la Navidad es la historia de esa carne.  

Berlín: el mal no es irrevocable

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La mano de Herodes sobre la cuna del niño Jesús

Federico Pichetto

La mano del terror se abate esta vez sobre Berlín. Una ideología perversa, que priva a las personas de su propio rostro y los deja reducidos a símbolos, ha invadido uno de los mercados navideños más populares de la ciudad, sembrando de nuevo el terror y la muerte.

Entre los puestos se consuma el deseo y la espera de muchos que, más allá de las múltiples reducciones llevadas a cabo en nuestro tiempo, todavía reconocen en la Navidad un momento de unidad y de paz, de serenidad y bien. La furia de Herodes se vuelve a dirigir contra la cuna del Niño Jesús y la matanza de los Inocentes vuelve a ser sinónimo de una violencia ciega y despiadada, un odio obstinado y convencido que trata de eliminar todo aquello que somos y representamos. Esa Europa a la que tanto le cuesta existir como unión de estados y como comunidad es paradójicamente, a los ojos de los terroristas, bien compacta y sin fronteras, testimonio inequívoco de una cultura y de una civilización que atacar y abatir.

Otra vez el mundo se para, otra vez Occidente cuenta a sus muertos, pero –sobre todo– otra vez el continente tiene que medirse con su incapacidad para responder y reaccionar a todo esto. A la UE le falta una expresión social y civil porque le falta el sentido último de una pertenencia, de una conciencia de sí, de una vocación. El atentado de Berlín saca a la luz la pobreza de una identidad que solo sabe declinarse en función de un binario económico nutrido por la austeridad y por un nacionalismo que se ofrece como solución a buen precio, actitudes opuestas pero complementarias que se ponen de manifiesto en el rechazo total a su propia historia, en la condena sesetayochista de lo que somos y de lo que hemos construido con nuestro frágil intento de ser un pueblo, de ser sociedad.

Una unión de naciones que se encamina hacia el suicidio y por tanto herida en el corazón por un pasado que ha rechazado obstinadamente y –precisamente por ello– se encuentra sin dirección ni futuro. La guerra total que tantos querrían, igual que la inercia letal que sostienen otros, no se mide con lo que vino a salvar el Niño Jesús: una paternidad capaz de llevarla por un camino más elevado. Los muertos de Berlín son en realidad huérfanos, hombres privados de un Padre que ya no saben, precisamente por eso, ser hermanos. Sea cual sea el epílogo de esta enésima tragedia, sea cual sea la próxima votación o la próxima contienda nacional que pronto ocupe el lugar de nuestras lágrimas de estos días, lo que ha pasado en el corazón político del continente en la semana de Navidad es una advertencia para todos: mientras no recuperemos nuestra propia identidad, mientras no volvamos a vivir una experiencia auténtica y abierta de la realidad y de la vida, solo sabremos reaccionar, contraatacar o –más mezquino aún– agachar la cabeza y callar.

En vísperas del 25 de diciembre, lo que más necesitamos es una educación, un camino que nos permita reconquistar, transmitir y reelaborar la herencia de nuestros padres para poderla expresar en el momento presente con la fuerza de quien está agradecido por lo que ha recibido, y con la perspectiva de quien está seguro de su destino. Un horizonte que no podemos dejar en manos de la muerte pero que necesita, una vez más, del gemido de la Vida, de la belleza desarmada de un Niño que, con su presencia, vino al mundo para cambiar nuestro corazón y hacernos el gran don de la salvación, de una existencia realmente humana que sepa responder a cualquier odio con la ternura de un Bien, con la certeza de un Amor, con la mirada sencilla y revolucionaria de un Hijo. Para volver a descubrir el don que nos ha sido dado, para recuperar el gusto de volver valientemente a vivir juntos. En todo, incluso delante de la muerte.

La mano de Herodes sobre la cuna del niño Jesús

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>YEMEN

El comercio de armas y esos diez mil muertos de los que nadie habla

Caleb J. Wulff

“El mundo ha cerrado los ojos ante lo que está pasando en Yemen”. Esta declaración de Jamie McGoldrick, representante de la ONU en Yemen, describe a la perfección la situación que vive el país más pobre de Oriente Medio, que ya lo era antes de la guerra civil. La mitad de sus casi 28 millones de habitantes tiene problemas para conseguir una alimentación suficiente y, según la ONU, al menos siete millones de personas pasan hambre, más de dos millones de ellos son niños.

En estos días, la agencia Reuters ha emitido la noticia de la suspensión de las importaciones de maíz por la imposibilidad de efectuar los pagos en dólares y las facciones en lucha se acusan mutuamente de la responsabilidad por este gravísimo empeoramiento de la situación, especialmente grave desde el punto de vista sanitario y de acceso a los recursos hídricos, con dificultades que afectarían a casi 20 millones de yemeníes. Según las organizaciones humanitarias presentes allí, la mitad de las estructuras sanitarias está inactiva, destruidas por los bombardeos o bien por falta de fondos. McGoldrick también ha denunciado la falta de recursos, pues solo ha llegado la mitad de lo prometido: “La política se ha puesto por encima de la humanidad”.

A esta dramática situación, hay que añadir los casi tres millones de refugiados internos del país, los diez mil muertos y los cerca de 37.000 heridos, en su mayoría civiles, a consecuencia de los bombardeos aéreos de la coalición guiada por los saudíes. Esto ha llevado a acusaciones de crímenes de guerra sobre todo a la coalición saudí, aunque los Houthi no han quedado inmunes de críticas. En Estados Unidos y el Reino Unido se ha desencadenado un debate abierto, ya que ambos estados son los principales proveedores de armas a Arabia Saudí, cuyas importaciones en 2015 supusieron casi el 15% del mercado total de armamento. Las críticas apuntan sobre todo a la provisión de bombas de racimo, muchas consideradas ilegales, pero el congreso dominado por los republicanos ha apoyado esta vez al presidente Obama, rechazando la prohibición. El nuevo gobierno británico también ha mantenido su postura del lado de Riad.

Y es que en la coalición liderada por Arabia Saudí participan también Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Canadá, cuyos gobiernos podrían ser esenciales en la búsqueda de una solución definitiva al marasmo yemení y a la consiguiente crisis humanitaria. Sin embargo, sus posiciones parecen plegarse a las de Riad, por lo que podemos pensar que las exportaciones de armamento también condicionen las posturas de otros gobiernos europeos. A decir verdad, el Parlamento europeo se ha expresado a favor de un bloqueo de la venta de armas a los saudíes, pero solo se trata de una opinión consultiva, que se demostrará carente de incidencia.

Yemen siempre ha sido un país muy turbulento y hasta 1990 estaba dividido en dos estados separados: Yemen del Norte y Yemen del Sur. Para algunos, el retorno a esta subdivisión podría ser la única solución al conflicto actual. El principal obstáculo a una solución compartida sigue siendo la reticencia saudí a conceder poder a los Houthi que, como miembros de la secta chiíta de los zahid, son considerados como una prolongación de Irán. Es totalmente probable que Irán vea favorable el levantamiento de los Houthi, como elemento desestabilizador del adversario saudí, pero su presencia parece mucho menos directa respecto del apoyo dado a los chiítas en Siria. Además, Riad teme que cualquier concesión hecha a los Houthi pudiera llevar a peticiones análogas por parte de la minoría chiíta en Arabia Saudí, difícilmente tolerables por la dinastía reinante, apoyada por los radicales wahabitas, que consideran a los chiítas unos herejes que habría que condenar sin vacilar.

A diferencia de Siria, donde los rebeldes resultan ser los “buenos” y por tanto cuentan con el apoyo de Estados Unidos y de Occidente, aquí los rebeldes son los “malos” y Occidente se pone del lado de los “buenos” de Riad. Y pide paciencia por los “daños colaterales” arriba descritos.

>YEMEN

El comercio de armas y esos diez mil muertos de los que nadie habla

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'Damnatio memoriae' y trazos de unidad

Olga Sedakova

Para mí, es el día más importante del calendario. En la plaza Lubianka, cuando se leen los nombres de los inocentes que fueron asesinados, se siente al mismo tiempo un profundísimo dolor y una honda purificación, como en la tragedia griega. No hay otro evento público que me haga sentir nada parecido.

Es muy importante que los que lean los nombres sean tanto personas para las que estas víctimas forman parte de su propia memoria personal y familiar, como personas que no tengan familiares directos entre ellas. Ninguno de mis familiares directos murió así, pero esto va más allá de la memoria familiar y por eso me gusta que se lean los nombres de estas personas aunque sean absolutamente desconocidos. De otro modo se podría considerar todo esto como una celebración privada: los descendientes de aquellos que sufrieron la represión, los “ofendidos”, recuerdan a “sus” seres queridos. Sin embargo, se trata de algo que afecta al país entero.

Este dolor es común, aunque en tu familia no haya ninguna víctima. Hasta en tres ocasiones me he encontrado con personas que, después de leer los nombres que le habían tocado, han dicho inesperadamente que ellos pertenecían “al otro lado”, que sus abuelos eran los que perseguían y ajusticiaban a esta gente. Y cada una de estas veces he visto un arrepentimiento con tanta fuerza y sinceridad que impactaba a todos.

Las personas que recordamos en la plaza Lubianka es como si las hubieran matado dos veces. La primera físicamente, para inmediatamente después matar también su memoria. Es como si aquí se aplicara la antigua prescripción que había en la Roma imperial de la “damnatio memoriae”, la maldición de la memoria. Cuando se destruía a un enemigo del Estado, a un enemigo del César, se destruía también como un ritual la memoria de esa persona. Su nombre se eliminaba de todos los documentos y de todas las inscripciones, se destruían también sus retratos. Es lo mismo que pasó aquí en el siglo XX. Y debemos recordar que casi todos estaban de acuerdo. Sin ser delatores ni carceleros, nosotros también hemos participado en esta destrucción de la memoria. Al leer y escuchar los nombres de los que murieron, tratamos de expiar esta culpa común. De ahí deriva probablemente esa sensación de purificación, de catarsis.

'Damnatio memoriae' y trazos de unidad

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No hay paz sin derechos de las minorías

Robi Ronza

Son al menos 25, quizás aún más, las personas que perdieron la vida el domingo en El Cairo, víctimas de una bomba que estalló con la intención de causar una masacre entre las familias cristianas que participaban en la liturgia dominical en la iglesia copta de San Pedro. Aparte de los muertos se cuentan numerosos heridos, algunos muy graves. El presidente egipcio Abdul Fattah Al-Sisi proclamó tres días de luto nacional y ha prometido que su gobierno hará todo lo posible para identificar y castigar a los autores del crimen. La iglesia de san Pedro se erige cerca de la catedral de san Marcos, sede del patriarca de la Iglesia copta, la iglesia cristiana más numerosa del mundo árabe. El atentado ha tenido lugar por tanto en el corazón de lo que se podría llamar el “vaticano” de los coptos.

Iglesia de los orígenes, desarrollada y consolidada en Egipto mucho antes de la conquista musulmana, la Iglesia copta, donde hoy se reconocen cerca del 10% de los egipcios, tiene una historia reiteradamente marcada por persecuciones y masacres. Y todavía en el Egipto contemporáneo los coptos sufren diversas marginaciones y discriminaciones. A pesar de que el gobierno actual se ha comprometido públicamente a tutelar su libertad, de hecho la situación es mejor de lo que era en un pasado no muy lejano. Pero eso basta para convertirlos en un objetivo de las organizaciones terroristas contrarias al régimen actual. Resulta difícil determinar si este atentado se debe al odio contra los cristianos o contra el gobierno. Probablemente sean ambas cosas. Lo que está claro es que en Egipto los coptos terminan pagando demasiado a menudo las consecuencias de cualquier tipo de tensión.

Hasta hoy, salvo el caso del Líbano, no hay un solo país árabe o de mayoría musulmana donde la libertad religiosa sea total. No es raro que las minorías musulmanas también sufran discriminaciones, los chiítas en países de mayoría sunita o viceversa. Pero esto no puede servir de consuelo ni desviarnos de un problema que es común a todo el mundo musulmán, ya sea sunita o chiíta: su persistente incapacidad para hacer suyo el principio de laicidad. Claro que no es tarea fácil, tratándose de un principio que entra en la historia con Jesucristo y que luego llega significativamente a su plenitud, después de siglos de penalidades, sobre todo en los países de tradición cristiana. Su desarrollo es hoy más urgente que nunca si no queremos que la globalización no se convierta cada vez más en semilla de fricciones, crisis y guerras sin fin.

Por otro lado, la paradójica pretensión de imponer la laicidad por la fuerza, que marca hasta hoy toda la historia de la Turquía postotomana, no deja de provocar una violencia similar. Son 38 las víctimas de los dos atentados cometidos este fin de semana contra las fuerzas de seguridad en Estambul. Ambos han sido reivindicados por los Halcones de la Libertad, una formación extremista del nacionalismo kurdo, cercana al PKK, el partido que eligió la vía del terrorismo y la lucha armada para defender la causa de los kurdos, la gran minoría nacional a la que la Turquía moderna, es decir la posotomana, nunca ha reconocido plenos derechos.

Mientras los coptos egipcios son una minoría religiosa, los kurdos turcos, musulmanes sunitas y turcos propiamente dichos, son una minoría étnica. Pero por caminos distintos se llega a la misma voluntad de prevaricación, y por tanto a la misma violencia. O se aprende a reconocer en el otro una profunda proximidad en el destino, que va más allá de cualquier diferencia inmediata, o estaremos tentados de hacer al otro más parecido a nosotros aunque sea por la fuerza, o de liberarnos de él eliminándolo. En último término, este es el problema que subyace a todos estos conflictos, lo que los hace fácilmente manipulables por los grandes poderes, ya sean políticos, económicos o militares.

Sin perjuicio de la oportunidad de hacer todo lo que sea posible a corto plazo, no cabe la más mínima duda de que hay que empezar inmediatamente, por largo que pueda parecer el camino, a trabajar para eliminar los obstáculos culturales que se interponen a este respecto. En esta perspectiva, los cristianos tienen una responsabilidad totalmente particular por ser los herederos primogénitos, entre otras cosas, del valor y del principio de la laicidad y de todas sus múltiples y positivas consecuencias.

No hay paz sin derechos de las minorías

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Contra los coptos, contra Egipto

Fernando de Haro

“Señor ten misericordia de nosotros”, cantaba un grupo de coptos todavía aturdidos después de que 25 de sus hermanos hubieran sido asesinados junto a la catedral de San Marcos en El Cairo este domingo. Otro grupo entonaba los himnos de la liturgia: “Ofrecemos nuestra sangre y nuestra alma por la cruz”. A pocos metros, el caos. La policía recogía entre gritos y llantos los cascotes y los restos humanos.

La sangre copta vuelve a correr en Egipto, la Iglesia de los mártires, perseguida desde su fundación, vuelve a ser golpeada, en plena misa dominical. El atentado ha sido aún más sangriento que el de Alquidisim, en Alejandría, en la Navidad de 2011. Fue aquel atentado de hace seis años, nunca esclarecido, el que provocó en gran mediada la caída de Mubarak. La Catedral de San Marcos está protegida desde hace años por estrictas medidas de seguridad. A los controles del ejército se añaden los de los propios coptos ortodoxos que no permiten acceder a las celebraciones a nadie que no enseñe la cruz que todos los fieles llevan tatuada. La Catedral es en realidad un amplio complejo. Frente a la iglesia principal, en uno de los laterales, se encuentra la capilla de San Pedro y San Pablo, residencia del Patriarca, que es la que ha sido golpeada. La masacre seguramente hubiera sido mayor si la explosión hubiese tenido lugar algunas horas después. Es habitual que después de la misa del domingo, en la Catedral, las familias se reúnan en un pequeño jardín cercano para almorzar en un restaurante popular que regentan los propios coptos.

¿Por qué los coptos, la mayoría cristiana más significativa y más numerosa de Oriente Próximo, vuelven a ser golpeados? Los últimos seis años han sido especialmente difíciles para los hijos de San Marcos. Mubarak siempre restringió severamente su libertad. Cuando se quiso desestabilizar al rais se les golpeó. Las primeras semanas de la primavera egipcia de 2011, cuando la plaza de Tharir estaba tomada por la revolución, fueron unas semanas de esperanza. El Corán y la cruz volvían a levantarse juntos, como en los tiempos del Wafd, como a principios del siglo XX cuando se luchó por la independencia. Pero los Hermanos Musulmanes pronto robaron la revolución. En el breve período de tiempo en el que Morsi y el islamismo estuvieron en el poder (un año escaso) la persecución se recrudeció. Y cuando en 2013 el pueblo echó a Morsi del poder, los coptos se convirtieron en objetivo del islamismo y de los Hermanos Musulmanes. No hay nada más fácil para desestabilizar la presidencia de Al Sisi que atacar a algún cristiano o alguna iglesia. Solo en agosto de 2013, tras la salida de Morsi, fueron atacadas 200 propiedades cristianas.

La presidencia del general Al Sisi está siendo, con todas sus limitaciones, buena para los coptos. Personalmente les mostró su apoyo la pasada Navidad. La Constitución de 2014 reconoce como nunca los derechos civiles y la libertad de los cristianos. Se hace mención a María, al patrimonio de los coptos, se tutela la libertad religiosa, se les reserva una cuota de representación política en los consejos locales y en el Parlamento. Durante 2016 se ha aprobado una ley que regula un asunto pendiente desde hace décadas: la autorización para construir iglesias. Hasta el momento seguía vigente un decreto otomano de 1856 que exigía la autorización presidencial. Lo que en la práctica suponía una discrecionalidad absoluta. La nueva norma no es la panacea pero puede servir para desbloquear la situación: sigue siendo necesaria la autorización pero ahora es del gobernador local.

¿A quién le molesta esta relativa libertad de los coptos bajo Al Sisi? Desde su llegada al poder se ha producido un ataque al mes. La masacre de este domingo es un salto en la escalada que se viene produciendo desde hace un tiempo. Se suceden los incidentes de acoso y ataques, aparentemente espontáneos. Resurge el proyecto de una limpieza étnica que quiere eliminar a la minoría cristiana del país. Y en momentos de debilidad de Al Sisi, un atentado como este sirve para cuestionar su liderazgo.

Contra los coptos, contra Egipto

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Momento dramático en Indonesia

José Luis Restán

En Indonesia, un inmenso archipiélago en el que viven 255 millones de personas, tiene lugar un experimento político-social de profunda trascendencia. Se trata de comprobar si es posible una auténtica democracia y un Estado que garantice la libertad religiosa y la convivencia armónica de las minorías, en un país de abrumadora mayoría musulmana. Con ese programa alcanzó la presidencia en 2014 Joko Widodo, un musulmán reformista que ha gozado del apoyo entusiasta de los cristianos, y que lógicamente concita el violento rechazo de los sectores fundamentalistas del país.

La realización de su programa choca cotidianamente con obstáculos de diversa índole. Ahora mismo el volcán político indonesio tiene su boca de erupción en Yakarta, la capital, ya que su gobernador, el cristiano Basuki Purnama, aliado político del presidente Widodo, va a ser procesado bajo la acusación de un supuesto delito de blasfemia. Esta acusación, amparada por una legislación perversa, viene siendo usada por los islamistas en diferentes países para liquidar física o socialmente a las minorías.

El caso del gobernador Purnama es revelador de cuanto está en juego. En un discurso pronunciado el pasado septiembre para anunciar su segunda candidatura a la gobernación de Yakarta, se atrevió a citar una sura del Corán para sostener que todos los indonesios (musulmanes, cristianos o budistas) tienen el legítimo derecho a votar por él. La ira nunca escondida de los radicales islamistas encontró una vía en el atrevimiento del político cristiano al citar el Corán para defender su más que razonable postura. Según los inductores del proceso, Purnama habría incurrido en delito de blasfemia, ya que sólo un musulmán podría (según ellos) gobernar a otros musulmanes.

El proceso, que desembocará en una vista el próximo 13 de diciembre, ha provocado fuertes tensiones en la calle. Por un lado los islamistas han realizado varias manifestaciones para exigir el arresto y castigo del gobernador, mientras que el 30 de noviembre se producía una gran procesión para reivindicar la tolerancia y la acogida, que culminó con una gran oración por la unidad compartida por fieles de las diversas religiones. Se habla de una impresionante concentración superior al millón de personas, que reviste un carácter histórico y revela la profundidad y dramatismo de lo que está en juego: defender la identidad plural de Indonesia, consagrada por la llamada “Pancasila”, que subyace al actual sistema constitucional, abiertamente desafiado por los fundamentalistas.

La realidad es que bajo una legalidad formal que defiende el pluralismo y los derechos de todos, el acoso violento a las minorías es un hecho cotidiano en la Indonesia profunda, tanto mayor cuanto más alejado se esté de una capital cosmopolita cuya realidad es bien distinta a la de otras ciudades y a las extensas zonas rurales de las diversas islas. Lo más probable es que Purnama goce de una defensa en toda regla y de una adecuada protección personal, pero no puede decirse lo mismo de los diecinueve millones de cristianos esparcidos por el país.

En todo caso, la condena del gobernador cristiano por parte del Tribunal de Yakarta tendría un efecto devastador para el programa reformista del presidente Widodo y para el futuro de la convivencia.

Momento dramático en Indonesia

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  82 votos

El populismo: un complejo fenómeno para un cambio de época

Francisco Medina

En este siglo XXI, estamos asistiendo de forma privilegiada a procesos de cambio social, político, económico… a nivel global. La política tradicional y la sociedad civil se están viendo convulsionados por procesos internos que se han activado por las consecuencias de la crisis. La división del mundo entre el pueblo –concebido como sabio y virtuoso– y las élites –vistas como explotadoras y corruptas– está teniendo una difusión sorprendente.

El término populismo no es unívoco, sino poliédrico. Así, puede definirse un populismo de izquierdas como movimiento político-social cuya concepción del mundo está marcada por la división entre ricos y pobres, en línea con el pensamiento marxista. Según esta corriente, es la oligarquía dominante la que explota los recursos naturales y económicos en su propio beneficio, acentuando las desigualdades y siendo responsable de los efectos devastadores de la Gran Recesión, provocada por la avaricia y la especulación. Autores como Hobsbawm o Noah Chomsky se han hecho eco de muchos de los postulados de este populismo de izquierdas, cuyas soluciones –enmarcadas en la línea de la resolución marxista tesis-antítesis– no pasan de ser meros recetarios propagandísticos o, en el mejor de los casos, sentimentales.

Existe otro populismo, el populismo de derechas, que, si bien no profundiza en el conflicto de clases marxista, sí presenta la vuelta a la tradición propia o, si se quiere, un repliegue frente a los problemas que la realidad político-social plantea y que puede amenazar todo lo conseguido. Llegando, en ocasiones, al rechazo del diferente, del que llega de fuera. La tradición que se desea recuperar ya no se propone como algo vivo, sino en clave de paraíso perdido de John Milton.

En cualquier caso, ambas corrientes plantean una exigencia de verdad, de justicia, de construcción de una sociedad más verdadera, más justa… que exige dar una respuesta adecuada a los problemas económicos, sociales y existenciales provocados por la crisis. Podría decirse que surge como resultado de un proceso de globalización que, según algunos, exige ser replanteado. Ciertamente, bajo el populismo subyacen las frustraciones vitales de la gente, mal canalizadas y azuzadas de forma explícita por los mass media. Ambos, asimismo, conciben al otro como el culpable de los problemas sociales, políticos, económicos… se traza la barrera que separa a los “buenos” de los “malos”.

Es interesante observar, en este sentido, cómo se ha difundido a nivel global.

En primer lugar, para mirar al origen, hay que acudir a América Latina: en la primera década del siglo XXI, el fenómeno comenzó con el régimen chavista de Venezuela y ha contagiado a otros países del entorno (los indigenismos de Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador, la presidencia controvertida de Lula da Silva en Brasil…).

Posteriormente, el fenómeno ha adquirido un carácter transcontinental, a raíz de las consecuencias de la Gran Recesión, al pasar a los países de la Unión Europea (2008-2011). Primero, surge en Grecia, con Syriza, un partido situado más a la izquierda del PASOK que supo recoger las frustraciones de una población griega que percibía como lejanas las instituciones comunitarias y los mecanismos de la Unión Económica y Monetaria y la Unión Política previstos tanto en el Tratado de Maastricht (1992) como en los sucesivos tratados de modificación, así como por el Tratado de Lisboa.

En nuestro entorno, no cabe olvidar, en el caso español, el papel que un grupo de profesores de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid ha venido desempeñando como correa de transmisión. La experiencia del asesoramiento al régimen chavista (léase Juan Carlos Monedero) les ha permitido articular un discurso propio typical Spanish –que ha sabido ganarse a un sector muy importante de la sociedad, como los jóvenes y los afectados duramente por la crisis– y un movimiento que les permita ir más allá de la representación parlamentaria y apropiarse de las instituciones del Estado. Podemos, en este sentido, debería calificarse más como movimiento que como un partido.

El populismo: un complejo fenómeno para un cambio de época

Francisco Medina | 0 comentarios valoración: 3  81 votos
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