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28 NOVIEMBRE 2020
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La tregua de Nagorno-Karabach

Alessandra de Poli

Según el Washington Post, en el conflicto de Nagorno-Karabach tenemos un aperitivo de cómo serán las guerras en el futuro, con un uso intenso de drones a un precio relativamente bajo. El conflicto se interrumpió cuando Armenia, Rusia y Azerbaiyán firmaron una tregua. Marta Ottaviani explicaba entonces en Avvenire que “para muchos analistas, la parte realmente complicada en el conflicto de Nagorno-Karabakh comienza ahora”.

El primer ministro armenio, Nikol Pashiyan, lo calificaba como una decisión “dolorosa” mientras Azerbaiyán se hacía con el control de la ciudad de Susha y otras zonas del territorio en disputa. Unos días antes de conocerse el acuerdo, en una entrevista a la BBC, el presidente de Azerbaiyán, Ilham Aliyev, decía que en Ereván “las ocasiones de llegar a un compromiso se están reduciendo”. Y así es. Los armenios, decepcionados y enfadados por una tregua que más bien supone la admisión de una derrota, se lanzaron contra los palacios gubernamentales pidiendo la dimisión de Pashiyan.

Un factor importante es la implicación rusa. Mientras todos ponían en evidencia la implicación militar de Turquía en favor de Azerbaiyán, Rusia se quedaba a un lado, moviendo los hilos del conflicto desde atrás. De hecho, la tregua ha ido precedida por una conversación telefónica entre Putin y Erdogan, mientras el Carnegie Endowment for International Peace explicaba por qué Rusia no se había declarado inmediatamente a favor de Armenia contra Bakú. “A diferencia de otras antiguas repúblicas soviéticas con conflictos congelados (Georgia, Ucrania, Moldavia), Azerbaiyán no se ha situado como enemigo de Rusia. Nunca ha tenido un gobierno que haya transformado la retórica antirrusa en una cuestión clave de la política exterior ni que haya declarado la independencia de Rusia como su principal objetivo”

La fisonomía del Cáucaso meridional cambia por tanto con ese nuevo acuerdo, en virtud del cual otras zonas tendrán que pasar a Azerbaiyán que, como afirma Al Monitor, se presenta como vencedor tanto sobre el terreno como a nivel diplomático. “Azerbaiyán y Turquía han sido vencedores sobre el terreno, pero Rusia y Azerbaiyán aparecen como vencedores en la mesa de negociación. Las conquistas diplomáticas de Turquía parecen inciertas. El presidente azerbaiyano ha mencionado un papel para Turquía en la vigilancia del alto el fuego, pero Moscú ha estado rápida para afirmar que solo se desplegarán las fuerzas de paz rusas”.

Al cambiar las relaciones de fuerza sobre el terreno, el conflicto podría volver a congelarse. Sin embargo, según Pierre Haski, Erdogan también sale como vencedor político, una tesis con la que también está de acuerdo Thomas de Waal. Si Rusia tiene la posibilidad de conseguir la presencia de fuerzas armadas allí donde estaba perdiendo influencia, Turquía “se asegura la promesa de un corredor de comunicación que amplía drásticamente sus horizontes orientales, desde Turquía oriental hasta el mar Caspio, pasando por el enclave azerbaiyano de Nakhichevan, que de hecho supone una nueva ruta comercial hasta Asia central”.

Pero aparte de las consideraciones geopolíticas, esta guerra es también “un intento de eliminar a los armenios, otro más, el enésimo, por destruir a esta pequeña tribu cristiana que para sus enemigos son gente que no importa nada, cuya historia ha acabado, cuyas guerras ya han sido combatidas y perdidas”. En palabras de Domenico Quirico, “un obstáculo para los planes imperialistas turcos mientras Europa y todo Occidente sigue mirando”.

La tregua de Nagorno-Karabach

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Wael Farouq: 'Santa Sofía no es símbolo de poder sino testimonio de belleza'

Giulia Cerqueti

“Una agresión”. Wael Farouq, egipcio, musulmán, profesor de Lengua y Cultura árabe en la Universidad Católica de Milán, define con esta contundencia la decisión del presidente turco Erdogan de convertir de nuevo en mezquita Santa Sofía, la antigua basílica bizantina de Estambul, transformada en mezquita con la conquista de los otomanos y en museo desde 1934. “Lo que ha hecho Erdogan es una agresión contra la convivencia para lavarse las manos de la sangre de los miles de víctimas de las guerras de Iraq, Siria y ahora también Libia. No es ninguna sorpresa. El presidente turco es un vendedor de la fe y su decisión es puramente política, no tiene nada que ver con la religión”.

No usa medias tintas Farouq, experto en islam y firme promotor desde hace años del diálogo interreligioso. “La primera pregunta a la que debemos responder es por qué Erdogan ha transformado Santa Sofía en mezquita. En Turquía hoy gobierna una dictadura implicada en muchas guerras, en Siria, Libia, la guerra civil contra los kurdos que estos años se ha endurecido gravemente. Más de una cuarta parte de los periodistas encarcelados en todo el mundo están en Turquía, todos los escritores turcos importantes están en el exilio. Lo que ha hecho Erdogan es una provocación pura y dura contra Occidente. La reacción del mundo occidental y cristiano juega a su favor, le sirve para erigirse como protector del islam ante sus seguidores islamistas, para demostrar a los extremistas que él lucha por el mundo islámico. En Estambul no faltan precisamente mezquitas, no hacía falta tener otra”.

El punto central de la cuestión, según Farouq, es que “Erdogan ve a Santa Sofía como un símbolo de poder. Pero hay que tener en cuenta que este edificio histórico es un testimonio extraordinario de belleza, que resistió a los siglos del imperio otomano. La ideología del islam político mira este edificio como un símbolo de poder, que se conquista por la fuerza y la violencia. Y eso nos lleva a una reflexión fundamental sobre la relación, frágil, lábil, casi inexistente, entre la ideología del islam político y la belleza. ¿Cuántos escritores o artistas, cuántos generadores de belleza pertenecen al islam político? Ninguno. Todos los musulmanes que se distinguen o han distinguido como artistas o filósofos son contrarios a la ideología islamista. La ideología religiosa elimina la belleza porque pone en el centro el valor de la pureza. En cambio, la fe es una experiencia profunda de belleza. Para el islam político, lo que protege la pureza es la ley y la regla –la sharía–, mientras que la fe, para cristianos y musulmanes, contempla y pone en el centro el perdón. Pensemos en Afganistán. Cuando los talibanes llegaron al poder en 2001 destruyeron las estatuas de Buda de Bamiyan, porque para ellos eran símbolos de poder, no testimonios de belleza. Para la ideología, lo bello es peligroso porque habla directamente al corazón, penetra en el alma. Y por eso hay que eliminarlo, aniquilarlo”.

Wael Farouq: 'Santa Sofía no es símbolo de poder sino testimonio de belleza'

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'La decisión de Erdogan abre una seria fractura en su alianza con Putin'

Anais Ginori

“Es comprensible que el Papa se lamente, pero hay que recordar que Santa Sofía es ante todo un símbolo para los ortodoxos”. Olivier Roy está convencido de que la “provocación”, así la define, de reconvertir la antigua basílica y museo de Santa Sofía en mezquita es una decisión fallida de Recep Tayyip Erdogan también para su relación con Vladimir Putin, gran defensor de la Iglesia ortodoxa. “Esta decisión no solo va a acentuar su distancia con los americanos y Occidente en general, sino que puede abrir nuevas tensiones con Rusia”, afirma el orientalista y politólogo, cuyo último libro que se titula ‘¿Europa es aún cristiana? Contra el nuevo nacionalismo’.

¿Erdogan persigue a toda costa el sueño de un nuevo imperio otomano?

En sus declaraciones quiere hacer del pueblo turco una vanguardia para todos los musulmanes, pero este papel no se lo reconocen los demás países del mundo árabe, de hecho la mayoría rechaza la idea de un nuevo modelo otomano. Igualmente me gustaría señalar que los otomanos no eran nacionalistas turcos. No se puede decir que lo que es bueno para Turquía sea bueno para la ‘umma’ (la comunidad de fieles en el islam).

¿Es entonces un intento de ganar apoyos en el mundo árabe?

No creo que la gente salga a la calle por Erdogan en Marruecos o Túnez. Desde el punto de vista de las alianzas en la región medioriental, Erdogan está cada vez más solo, en la práctica solo puede contar con Qatar. Ahora se aísla aún más porque a nivel del diálogo interreligioso el islam árabe sunita va en la dirección contraria, se ha abierto mucho con la postura de la Liga musulmana mundial o la visita del Papa a Abu Dabi.

¿El presidente turco ha querido contentar a los grupos más radicales?

Las presiones para reconvertir Santa Sofía en mezquita no venían tanto de los islamistas sino de la extrema derecha nacionalista. Basta ver los pocos militantes islámicos que se han manifestado últimamente ante la antigua basílica. No creo que sea una decisión que refuerce a Erdogan, su liderazgo es muy frágil.

¿Por qué le parece frágil el nuevo sultán?

En la primera década de este siglo ha construido su fuerza sobre la base del boom económico, pero eso ya se ha acabado. Últimamente Erdogan se ha encontrado con las dificultades derivadas de la crisis del Covid-19. Aunque tiene un Estado fuerte que tendría los medios para afrontar esta emergencia, ha tardado en tomar medidas de prevención, negando inicialmente la gravedad de la amenaza sanitaria. En los sondeos ha bajado mucho. En este momento, todo le va mal.

En cambio, a nivel internacional, desde Siria hasta Libia, su influencia parece reforzada.

Es una fuerza ilusoria. En los escenarios de guerra donde Turquía está activa militarmente, de manera directa o indirecta, los acontecimientos se han suspendido hasta las próximas decisiones de Rusia. Si Rusia decide reaccionar en Libia o Siria, Erdogan volvería a tener problemas. El diálogo entre Erdogan y Putin pende de un hilo.

¿Cree que su relación con Putin se está rompiendo?

El 80% de los cristianos de Oriente son ortodoxos. De hecho, Rusia ha protestado contra la decisión de Erdogan. El presidente turco corre un grave riesgo porque necesita llegar a acuerdos con Moscú y ahora todo se ha complicado.

'La decisión de Erdogan abre una seria fractura en su alianza con Putin'

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Coronavirus y democracia. ¿Despuntará el modelo chino?

Claudio Fontana

Que lo que ha provocado el Covid-19 no es solo una crisis sanitaria ya es opinión general. Sin necesidad de jugar la carta del pesimismo fácil, podemos pensar en todo caso que el alcance (geo)político, social y económico de la crisis provocada por esta pandemia será incluso más grande y duradera que la crisis sanitaria. Ahora escribirlo es fácil. Venimos de meses de limitación de ciertas libertades fundamentales, hemos asistido al derrumbe de los precios del petróleo, el WTI ha llegado incluso a explorar territorios negativos (aunque la principal causa de esto no es el coronavirus) y se han leído estimaciones de recesión de dos cifras, como un 18% en Italia, 15% en España, 10% en Francia y 8% en Alemania (datos de Capital Economics, citados por el Washington Post). Sin olvidar las previsiones de deuda pública y unos datos devastadores para el empleo. Era menos fácil hacerlo en la llamada fase 1, cuando intentábamos comprender el significado de los datos que se nos iban comunicando en ruedas de prensa diarias. Sin embargo, algunos de los observadores más agudos ya sugerían que empezáramos a mirar a la luna (las crisis que se avecinan, los cambios en todos los niveles) más que a nuestro dedo (la crisis sanitaria).

Entre ellos destaca el historiador israelí Yuval Noah Harari, autor entre otros del bestseller ‘Sapiens. De animales a dioses. Breve historia de la humanidad’, en un largo artículo publicado en el Financial Times.

Harari considera que las decisiones tomadas estos meses determinarán la semblanza del mundo para los años venideros. Pesa sobre él el ejemplo del estado de emergencia declarado por Israel durante la guerra de 1948 y aún en vigor. En la misma línea, Marjorie Buchser ha señalado que las novedades introducidas en estos tiempos de emergencia carecen de pesos y contrapesos adecuados, y tienden a permanecer en vigor incluso con la curva aplanada.

Ahí reside justamente la naturaleza de las emergencias. Aceleran los procesos históricos, como señala Richard Haass en Foreign Affairs, acortando el tiempo que normalmente sería necesario para tomar decisiones importantes como, por ejemplo, la oportunidad de trazar los desplazamientos de los ciudadanos. Decisiones que habría que valorar con más cuidado aún actualmente, en un momento en que la tecnología, nos recuerda Harari, hace posible un modelo de vigilancia totalmente distinto al de los años de la guerra fría, cuando, basándose en la acción de personas físicas, era imposible monitorizar a casi toda la población como hoy podemos imaginar que se puede hacer mediante cámaras y aplicaciones.

Coronavirus y democracia. ¿Despuntará el modelo chino?

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>Entrevista a Javier Gil

COVID-19. Una cuestión de Oriente en el mundo global del siglo XXI

Francisco Medina

Las repercusiones de la pandemia del COVID-19 (4.130.000 millones de infectados a nivel mundial y 283.000 muertos) nos invitan a una mirada al origen de la epidemia, China, y a sus repercusiones en la región de Asia-Pacífico; para ello entrevistamos a Javier Gil Pérez, profesor de la Universidad Pontificia de Comillas y experto en el ámbito de las Relaciones Internacionales.

Hemos visto el origen y evolución del COVID-19 en China; ¿qué claves pueden ayudarnos a entender en qué situación se encuentra China ahora?

Básicamente, yo destacaría varios aspectos: el primero de ellos, que el gobierno de la República Popular China basa su legitimidad, por un lado, en intentar mantener altos índices de desarrollo económico; por otro, seguir elevando sus condiciones de vida de la población china; y, en tercer lugar, ser garante de una cierta estabilidad social, buscando una cierta armonía, que no haya problemas internos graves. Esas serían los tres grandes pilares en los que se enmarcaría la estrategia de China: estabilidad política, desarrollo económico y paz social.

En ese sentido, ¿qué supone el impacto del COVID-19 en China?

El COVID-19 para China significa, a nivel coyuntural, una ruptura de estos tres aspectos que he mencionado. Significa un frenazo en la economía china; y, en ese sentido, habrá que ver los datos, pues los datos oficiales siempre tienden a ser, en mi opinión, sobre todo en los últimos dos años, algo más bajos que otros indicadores de otros países (sobre todo, los manejados por los economistas taiwaneses). Un parón económico, en suma, que supone un problema. Y esto implica que la llamada estabilidad política se resiente mucho, básicamente, porque el partido comunista china ha destacado siempre, y especialmente en los últimos años, por ser un gobierno eficaz a la hora de afrontar los problemas. Pero esta eficacia, durante los primeros meses, se ha visto desbordada. Por eso, cuando el virus -según parece- se ha puesto bajo control, sobre todo en el área de Wuhan, se ha ido mostrando cómo el partido estaba débil, cómo ha reaccionado y, finalmente, con el esfuerzo popular, esta lucha popular del pueblo chino contra el virus se ha ido ganando. Se intenta vender, pues, que la inicial debilidad ha sido superada con la reacción, mostrando que se ha sabido luchar y ganar, exhibir fortaleza y eficacia del sistema en la lucha contra el coronavirus.

Es decir, no es posible hablar, entonces –como muchos han dicho– de un Chernóbil chino…

No. Chernóbil supuso un golpe muy fuerte a la URSS, es un fallo tecnológico del sistema nuclear. La comparación resulta exagerada, no tiene nada que ver con lo que ha supuesto en China, que, con el paso del tiempo ha logrado limitar el golpe. Cosa muy distinta hubiera sido que de Wuhan se hubiera extendido hacia el este o hacia el sur del país; eso hubiera provocado un caos total. Precisamente, por eso mismo, nada más detectarse o pasado un tiempo -porque es cierto que China ocultó información y tardó, al menos, un par de semanas en tomar medidas-, no ha tenido reparo alguno en proteger la región porque saben que si se hubiera expandido hubiera sido dantesco para la economía china, para la propia legitimidad política del Partido Comunista, y a nivel social. Tuvieron muy claro desde el principio que tenían que afrontarlo y lo hicieron con mucha fuerza.

>Entrevista a Javier Gil

COVID-19. Una cuestión de Oriente en el mundo global del siglo XXI

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Hacia una extraña Pascua

Giovanna Parravicini

“Concédenos, Dios todopoderoso, que quienes desfallecemos a causa de nuestra debilidad encontremos aliento en la pasión de tu Hijo Unigénito”. Esta oración con la que se abre la Semana Santa parece escrita para nosotros ahora, en el mundo entero. Una “extraña” Cuaresma nos adentra en una “extraña” Pascua, algo que nadie habría imaginado pero que también abre panoramas impensables. En Rusia, durante semanas se miró al coronavirus simplemente como un “desastre italiano”.

Luego, lentamente, empezó a abrirse paso la conciencia de que este país no quedaría indemne ante la pandemia, incluso Putin pospuso la fecha del referéndum, previsto para el 22 de abril, para modificar la Constitución, que durante meses ha sido el principal tema de nuestra vida política.

A pesar de todo, las jornadas excepcionalmente primaverales a finales de marzo sorprendían las calles y los parques llenos de gente, sobre todo jóvenes después del cierre de escuelas y universidades decretado por las autoridades. Poco a poco fueron llegando noticias cada vez más alarmantes sobre las oleadas de contagios. Las cifras oficiales aún no son muy elevadas, pero la decisión de poner en cuarentena al país durante todo el mes de abril, los datos de la rápida conversión de hospitales para atender casos de coronavirus, las peticiones de personal sanitario suplementario, etc., permiten intuir fácilmente la gravedad de la situación real.

En este contexto, las diversas comunidades religiosas también han tenido que adoptar limitaciones a la asistencia a lugares de culto, pero si musulmanes y judíos han resuelto el problema con bastante rapidez, los fieles cristianos han opuesto no poca resistencia. A muchos les resultaba casi imposible comprender por qué no se puede asistir a las celebraciones litúrgicas, acercarse a los sacramentos, etc.

Hay quien lo define incluso de “traición”, una especie de “abjuración” de Cristo en nombre de una “egoísta” salvaguarda de la salud física. En parte, es comprensible. La Cuaresma es un periodo en que se multiplican los gestos de oración comunitaria y las formas de piedad religiosa, la asistencia a la liturgia y a los sacramentos. En cambio, aparentemente todo eso se ha suprimido. Todo o, mejor dicho, todas esas formas tradicionales de piedad religiosa con que estamos acostumbrados a identificar la fe cristiana.

¿Basta con la “resignación cristiana” ante los acontecimientos, en nombre de la cual –con las mejores intenciones– los “padres espirituales” han exhortado a obedecer las indicaciones mientras vuelva la “normalidad”? En realidad, las limitaciones impuestas se están convirtiendo en una potente provocación. Paradójicamente, desarrollan una labor que tal vez hoy el patriarca y la jerarquía ortodoxa serían incapaces de lograr, obligando a decidir, con la radicalidad impuesta por encontrarse ante la vida y la muerte, qué es verdaderamente esencial para vivir y, por tanto, qué consistencia tiene la fe.

Hacia una extraña Pascua

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Una esperanza más fuerte que el frío que acabó con la pequeña Laila

Giuseppe Frangi

Hace unos días, en Facebook, Housan Adnan, médico del hospital Al-Shifa de Afrin, al noroeste de Siria, contaba esta historia de la que fui testigo director. “Hoy, por la mañana temprano, una niña ha llegado a nuestro hospital. La traía su padre desde la tienda en la que viven a pocos kilómetros de aquí y venía helada. Le puso encima todo lo que encontró para mantenerla caliente, hizo todo lo posible por calentar su corazoncito. La estrechaba con fuerza y, llorando, caminó desde las cinco de la mañana en medio de la nieve y el viento, hundiendo sus botas entre los escombros de su país. Sus articulaciones estaba congeladas, pero su corazón la abrazaba con fuerza. Caminó durante dos horas para llegar a nuestro hospital. Con gran dificultad, logramos separarle de su hija y ver el rostro angelical de la pequeña. Sonriente, pero inmóvil. Intentamos por todos los medios oír los latidos de su corazón, pero estaba muerta. Desde hacía una hora. Ese hombre llevaba el cuerpo de su hija sin saberlo”.

Esta niña tiene nombre. Se llama Iman Mahmoud Laila. Y una edad: 18 meses. Nada más nacer, su familia tuvo que huir del barrio en que vivían, en la periferia de Damasco, escenario de una batalla feroz. Huyeron en dirección a Alepo, donde encontraron refugio en un centro improvisado para refugiados. Vivían en una tienda, tal como testimonia el doctor Adnan. El frío de estos días ha llegado a rozar los once grados bajo cero. Ese frío que ha matado a la pequeña Iman Mahmoud Laila, que no es la única, como refieren tantos testimonios dramáticos. No estamos lejos de la frontera con Turquía y aquí se han juntado en los últimos meses más de 700.000 refugiados que huyen de la ofensiva de Assad, causando una nueva emergencia humanitaria que ya todos han olvidado.

Y en el corazón de esta emergencia están los niños. Muchos niños, como nos recuerda un maravilloso documental seleccionado para los Oscar y titulado “For Sama”. Waad al Kateab lo rodó durante el asedio de Alepo, su ciudad. Sama es su hija, que nació durante los disparos, fruto del amor con quien se ha convertido en su marido, un hombre que dirige uno de los últimos hospitales que funcionan en la ciudad.

El film es como una carta a su hija, narrada con la dulce voz de una madre. Una madre que por un lado, al filmar, no ahorra nada de todo lo que ve a su alrededor, pero por otro quiere explicar a su hija por qué ha querido traerla al mundo a pesar de ese infierno.

Al ver la película, nos enfrentamos al contraste entre la dureza y a veces también la atrocidad de muchas situaciones, y la tierna obstinación de la voz narradora de una madre, ese tono siempre comedido y digno con que se dirige a su hija. Sama en árabe significa cielo. Con este nombre sus padres han querido mostrar que esa hija representa para ellos la esperanza: esperanza para ellos pero también para todos los que trabajan con ellos, por ejemplo en el hospital.

Una esperanza más fuerte que el frío que acabó con la pequeña Laila

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Reforma constitucional rusa. ¿Cuánta prisa tiene el Kremlin?

Anna Kondratova

La tarde del pasado 15 de enero, después de que en su discurso anual a las cámaras Putin propusiera una amplia reforma constitucional, los acontecimientos tomaron un ritmo frenético. En cuestión de minutos, el gobierno Medvedev dimitió para permitir al presidente “lanzar la reforma, que –señaló el primer ministro saliente– producirá cambios significativos en el equilibrio entre poderes”. La mañana siguiente tomaba posesión en su despacho el nuevo premier, el exjefe de la Agencia Federal de impuestos Mikhail Mishustin.

Probablemente Medvedev y sus colaboradores se pasaron la noche vaciando escritorios y armarios de papeles y efectos personales para permitir una sucesión tan fulminante, al igual que el resto de ministros. ¿Cómo explicar tanta prisa dentro de un sistema de gobierno donde las cosas parece que no cambian nunca?

El fin último de las reformas constitucionales anunciadas es evidente: hay que resolver el “problema 2024”, es decir, cómo conservar el poder de Vladimir Putin, que al término de su mandato presidencial ya no tendrá posibilidad de reelección. Con este objetivo, la maquinaria estatal lleva tiempo trabajando. Lo anunciado el 15 de enero probablemente sea la “solución B”, a la que el Kremlin no pensaba tener que llegar hasta el último momento. La “solución A” era la creación de un nuevo Estado integrado, constituido por Rusia y Bielorrusia, que reforzaría el “mundo ruso”, cada vez en una mayor crisis y sobre todo permitirá volver a empezar el juego desde cero. La presión del Kremlin sobre Bielorrusia hasta primeros de año ha sido considerable, sirviéndose incluso de varias armas, propuestas más o menos tentadoras de unión y hasta chantajes con el gas y el petróleo.

Pero Putin hizo sus cuentas sin contar con Lukashenko. El “padre” de la nación bielorrusa se resistió y defendió encarecidamente la independencia del país, diciendo alto y claro que, después de Ucrania, Rusia quería meter sus manos en Bielorrusia pero que su país solo estaba dispuesto a llegar a acuerdos y alianzas a cambio de que no haya “anexión” y cada uno permanezca en su casa. A menos que –propuso el 24 de diciembre– Rusia decida entrar a formar parte de Bielorrusia. En otros términos, tanto las propuestas como las amenazas de represalias han sido igualmente ignoradas. No quiera Dios que, resuelta la cuestión de la continuidad en el poder, dentro de un tiempo Putin no decida vengarse de la escasa colaboración de Lukashenko recreando en Bielorrusia alguno de los escenarios ucranianos…

Pasamos así al plan B. Que tenía que realizarse deprisa, porque había que poner punto final a las reformas constitucionales antes del 5 de septiembre de este año. De hecho, en septiembre de 2021 están previstas las elecciones parlamentarias, y por ley no es posible meter mano a la Constitución en el arco de los doce meses previos. En consecuencia, Putin y sus hombres tenían esta fecha tope y el nuevo gobierno tendrá que mantener caliente la situación política dentro y fuera del país.

Reforma constitucional rusa. ¿Cuánta prisa tiene el Kremlin?

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'No habrá acuerdo árabe mientras siga habiendo presencia yihadista'

Entrevista a Wael Farouq

El mariscal Haftar dejó Moscú sin firmar el documento de siete puntos aunque sí lo había firmado Serraj. Según ciertas fuentes, Haftar se habría marchado a los Emiratos Árabes. ¿Para qué? ¿Y por qué no aceptó la propuesta de Putin y Erdogan? Hablamos con Wael Farouq, profesor de árabe en la American University de El Cairo y de Ciencias Islámicas en la facultad copto-católica de la capital egipcia.

¿Por qué cree que Haftar se ha ido de Moscú sin firmar? ¿Cree que puede haber volado a los Emiratos y a otros países árabes para valorar la propuesta y contar con su apoyo?

Seguro que sí. Creo que Haftar se ha dado cuenta de lo que está pasando en Siria.

¿En qué sentido?

La intervención rusa no ha llevado la paz a ese país, que sigue aún dividido y con un gobierno que solo controla una pequeña parte del territorio. El papel de Moscú sirve esencialmente a los intereses de Putin en Oriente Medio. Por eso, no creo que ningún acuerdo pueda ser bueno para los países árabes mientras no ponga el acento en la eliminación de los yihadistas del Isis que se han trasladado a Libia. Es una cuestión importante que el acuerdo de Moscú no contemplaba. Los periódicos árabes destacan justo este aspecto, que representa su mayor preocupación. Hay miles de yihadistas en Libia fuera de control. La experiencia histórica nos ha enseñado que estos libran una guerra por nosotros y luego contra nosotros. Sin eliminarlos totalmente, nunca se aceptará ningún acuerdo en el mundo árabe.

¿Y qué se dice en el mundo árabe de Erdogan, que se ha movido más bien a favor de estas milicias?

Erdogan también mira por sus intereses. En el escenario geopolítico de Oriente Medio actúan varios poderes regionales, como Turquía, Irán, Arabia Saudí y Egipto. Cada país tiene sus propios intereses. Los movimientos de Erdogan no van en dirección a la paz, su objetivo es conquistar las fuentes de energía del Mediterráneo. Y también tiene otro motivo.

¿Cuál?

Erdogan necesita encontrar un lugar al que poder mandar a los miles de militantes islámicos que desde Siria llegan ahora a Turquía. Tiene el problema de sacarlos. Naturalmente, también quiere gas, que sigue siendo un gran interés estratégico.

La conferencia de Berlín de este fin de semana, ¿logrará establecer un nuevo orden?

Libia es una bomba muy potente que puede estallar en cualquier momento. Y si estalla, desde luego que no serán Rusia ni Turquía los que paguen las consecuencias, sino los países vecinos, como Egipto, Chipre o Italia. Estos tres países deberían llegar a un acuerdo para actuar juntos e imponer una iniciativa común ante la situación libia.

'No habrá acuerdo árabe mientras siga habiendo presencia yihadista'

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Haití, diez años después

Patrizia Caiffa

Una corona de flores, una oración en silencio ante las fosas comunes que en aquellos infelices días acogieron a decenas de miles de víctimas. Así se desarrolló, un poco en sordina por cuestiones de seguridad, la conmemoración de las al menos 230.000 personas muertas hace diez años en el terremoto que a las 16.53 horas del 12 de enero de 2010, hora punta en la vida de la ciudad, echó abajo a Puerto Príncipe, la capital de Haití.

Una fecha infausta en una situación sociopolítica “insostenible, desoladora e inaceptable”, según cuenta desde Puerto Príncipe Fiammetta Cappellini, responsable de AVSI, ONG presente en Haití desde 1999, que conoce muy bien la isla caribeña, donde vive desde hace 14 años y donde ha formado su familia: un marido haitiano y un hijo de 12 años. Hace diez años estaba allí y vivió en primera persona el terror del seísmo de grado 7 en la escala Richter.

Se quedó para trabajar en la emergencia y luego en la reconstrucción y desarrollo. Entonces se vio obligada a separarse durante meses de su hijo. Era demasiado pequeño y demasiado dramática la situación para dejarlo en Puerto Príncipe, estaría mejor con su familia en Italia. Pero esa amarga posibilidad corre el riesgo de volver a repetirse ahora y de hecho está más preocupada que nunca por su país de adopción y por su gente.

No solo por las catástrofes naturales –terremotos, huracanes, inundaciones, epidemias de cólera– que a cada poco sacuden la isla. Con el paso de los años, los que tuvieron que irse a vivir a los campamentos después del terremoto y luego a refugios temporales han ido recibiendo algo de dinero para trasladarse fuera de la capital. Resultado: se han instalado en un terreno árido e inhóspito a tres kilómetros de Puerto Príncipe donde han construido un inmenso suburbio con casas ilegales, hechas de materiales de desecho recogidos entre los escombros, sin servicios de ningún tipo. Allí viven al menos 300.000 personas en condiciones infrahumanas, tal vez sean más. “Si viene un nuevo terremoto, causará el doble de muertos con total seguridad –afirma–. Es una situación que da mucho miedo”.

En Puerto Príncipe ya no quedan edificios destruidos, ya no se ven escombros, los campamentos han desaparecido, pero la destrucción y las heridas invisibles se notan en la vida de la gente. Hay muchos desastres provocados por el hombre, como la corrupción, la violencia, la miseria y la inestabilidad de los dos últimos años.

Hasta el episcopado haitiano, normalmente cauto en las cuestiones políticas, el pasado mes de septiembre, en el culmen de las violentas protestas que pedían la dimisión del presidente Jovenel Moïse y que paralizaron el país, publicó una carta durísima pidiendo que cesaran. “A pesar de nuestros reiterados llamamientos durante los dos últimos años, los líderes actuales y los responsables políticos permanecen sordos, empeñados en gestionar su poder, sus privilegios y sus intereses mezquinos. Mientras tanto, ciertos sectores de la sociedad se hacen cada vez más ricos, a costa de los pobres que no pueden comer o pagar la escuela de sus hijos”.

Haití, diez años después

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Oriente Medio se queda sin agua

Martino Diez

¿A Oriente Medio llegará antes la reforma teológica o la política? ¿Importa más el paradigma de la modernización autoritaria o el cambio social desde abajo? ¿Los movimientos islamistas se pueden integrar plenamente en el juego democrático? La primera vez que oí estas preguntas estaba empezando a estudiar árabe, hace veinte años, y las sigo escuchando, tal cual. Pero hay un fenómeno que podría transformarlas hasta el punto de hacerlas obsoletas, al menos en su formulación actual. Ese fenómeno se llama crisis ecológica.

La crisis ecológica es un concepto más amplio que el fenómeno del calentamiento global que hoy ocupa los puestos de honor en los informativos. Designa la destrucción del ambiente natural a causa de la explotación excesiva, mala gestión, comportamientos irresponsables, guerras y conflictos. Reducción de los recursos hídricos, desertificación, construcción salvaje, incapacidad para eliminar residuos, son algunas de las formas más habituales de presentarse.

El calentamiento global es un aspecto de la crisis ecológica. Es un hecho observado con certeza científica. Engloba un componente natural ligado a las oscilaciones climáticas y otro debido a la actividad humana, que parece haberse hecho predominante. Lo que todavía parece complicado es avanzar previsiones sobre sus efectos a largo plazo. ¿Cuánto crecerá la temperatura global y qué consecuencias tendrá? ¿Cuánto se elevarán los mares? Separar el calentamiento global de la crisis ecológica en que se inserta implica el riesgo de producir paradójicamente efectos distorsionadores, por ejemplo concentrando todos los recursos –necesariamente finitos– en la modernización del aparato industrial de las economías avanzadas y olvidándose de los demás problemas, típicos de los países más atrasados.

Pues bien, la primera tesis que quisiera avanzar es muy sencilla. Aunque el calentamiento global se frenara de repente desmintiendo todos los modelos de previsión, Oriente Medio ya está al borde del colapso ecológico, lo que implica graves consecuencias en las sociedades europeas.

Personalmente, empecé a tomar conciencia del alcance de este fenómeno en 2008, durante un verano en Damasco. Ya había estado en Siria en 1999, pero en una breve visita invernal. En cambio, aquella vez me quedé más de un mes para trabajar sobre un texto del pensador literato Al-Maʿarri (973-1057). Llevaba en mi cabeza las palabras del viajero medieval Ibn Jubayr (1145-1217): “Sí, Damasco es el paraíso oriental, la fuente de su espléndida luz. Los jardines la rodean como el halo que rodea la luna, como pétalos en torno a una flor. Hacia Oriente se extiende, hasta que se pierde la vista, el verdor de Guta y allí donde se mire queda uno imantado por el esplendor de sus frutos maduros. Oh, sí, conozco muy bien la verdad de lo que de ella se decía: ‘Si el paraíso está aquí en la tierra, sin duda se encuentra en Damasco, pero si no puede estar más que en el cielo, en belleza Damasco lo desafía desde aquí abajo’”.

Pero lo que encontré fue bien distinto. Un río, el Barada, del que Naamán el sirio decía que eran las “mejores de todas las aguas de Israel”, reducido a un riachuelo maloliente, un oasis completamente tragado por el cemento y constantes problemas de provisión hídrica. No es difícil imaginar que ocho años de guerra habrán agravado aún más la emergencia.

Oriente Medio se queda sin agua

Martino Diez | 0 comentarios valoración: 2  17 votos

Hovsep, muerto por amar hasta al último terrorista del Daesh

Federico Pichetto

La semana pasada murieron, en un atentado del Isis, el padre Hovsep Petoyan, sacerdote armenio, y su padre Abraham. Estaban de paso por Siria para inspeccionar los trabajos de restauración de la iglesia de Deir ez-Zor cuando su coche fue acribillado en una emboscada que acabó con la vida de ambos e hirió a un tercero, el diácono Fati Sano. Tras el suceso, el Daesh difundió un comunicado señalando ese homicidio como una victoria para el cada vez más débil califato islámico.

¿Pero por qué es una victoria asesinar a un sacerdote? El sacerdote es la encarnación del hecho de que –en medio de todas las calamidades y tormentos de la naturaleza humana– verdaderamente se puede vivir de Cristo, que realmente solo Él basta para saciar al corazón humano. Ridiculizar a los sacerdotes, humillarlos, no es más que un modo de decir que el cristianismo, en el fondo, es una mentira. El sacerdote es el signo más potente de la novedad de vida que Cristo ha traído al mundo. Como un casado, vive en el tiempo; como un consagrado, no pertenece al tiempo; como célibe, vive el amor preferencial de Dios dentro de mil contradicciones; como pastor, profeta y rey, está llamado a ejercer el poder como servicio para la felicidad del prójimo y de la comunidad entera.

El Daesh intuye que, matando a un sacerdote, hiere mortalmente a una parte del corazón del cristianismo. Sobre todo en una tierra donde la Iglesia ha aprendido a no constituirse como parte política en el seno del debate interno de la nación y de la guerra civil, sino a ser signo de misericordia y preferencia para todos, más allá de las estrategias y los bandos internacionales.

Matar al padre Hovsep significaba matar la posibilidad misma de una paz que no naciera de la victoria de alguien sino del encuentro entre todos.

Por tanto, nos llegan importantes lecciones de la periferia del mundo, de un contexto de conflictos y ambigüedades que devuelve, como suele suceder, a los creyentes a lo que es esencial. Es decir, a conservar el potente signo del sacerdocio, sin perseguir mundanización alguna, como mensaje y profecía para todo hombre, casado o en búsqueda, ordenado o desordenado, tanto en el bien como en el afecto. Preservar el sacerdocio es volver a anunciar en la carne la victoria de Cristo sobre el mundo. Y concebir a la Iglesia como madre de los hombres y no como lobby que defiende algunos de sus principales intereses, conscientes de que su tarea no es gobernar o afirmar mediante la ley lo que es fruto de la fe, sino contribuir a hacer más humano el mundo y al último terrorista de esta tierra.

En definitiva, la Iglesia nunca está con alguien o contra alguien, sino al lado de todos, en un reclamo incesante a aceptar la victoria de la cruz, que es una aparente derrota en nombre del amor. El padre Hovsep testimoniaba todo esto, toda esa irreductibilidad de la fe y del cristianismo. Y por eso lo mataron.

Hovsep, muerto por amar hasta al último terrorista del Daesh

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'No habrá paz en el mundo sin paz en Tierra Santa'

Giacomo Gambassi

Llega el aroma del pan fresco por la calle, a dos pasos de la puerta de Jaffa, en la ciudad vieja de Jerusalén. La vía lleva el nombre del palacio que la cierra. Es la calle del patriarcado latino, donde se encuentra la “casa madre” de los católicos ligados a Roma, no solo en Israel y Palestina sino también en Jordania y Chipre. Además de la puerta de entrada, hay placas que recuerdan a los Papas que volvieron “al lugar del que salió Pedro”: Tierra Santa.

“No puede haber paz en el mundo si el Mediterráneo no está en paz”, explica el arzobispo Pierbattista Pizzaballa, administrador apostólico del patriarcado latino de Jerusalén, que participará en un Encuentro de reflexión y espiritualidad titulado “Mediterráneo, frontera de paz” que se celebrará en Italia del 19 al 23 de febrero de 2020 y que cerrará el papa Francisco, donde se darán cita pastores de los tres continentes (Europa, Asia y África). El encargado de guiar los trabajos de la delegación de obispos latinos en las regiones árabes será Pizzaballa, que preside este organismo formado por los pastores del patriarcado de Jerusalén, de las diócesis de Bagdad (Iraq), Yibuti y Mogadiscio (Somalia), y los vicariatos apostólicos de Beirut (Líbano), Alejandría de Egipto, Alepo (Siria), Arabia septentrional y meridional, Omán y Yemen.

Desde las ventanas del palacio que en Occidente llamaríamos episcopal se distinguen los rostros de los viandantes. Bastan pocos detalles para entender a cuál de las tres religiones monoteístas pertenecen: una cruz al cuello, la kipá sobre la cabeza, el libro del Corán bajo el brazo. Unos junto a otros en la Ciudad Santa para los tres credos. “Por desgracia esta no es una tierra de paz. El futuro de Jerusalén es el gran tema, el gran problema cuando se habla de paz”, afirma este arzobispo de 54 años, bergamasco de origen y fraile menor franciscano, que fue custodio de Tierra Santa durante más de once años.

¿Qué papel tiene el Mediterráneo en el escenario mundial?

Es innegable que a lo largo de las orillas de nuestro mar están en juego equilibrios políticos, económicos y sociales que tienen un eco mundial. Allí se cruzan relaciones entre el norte y sur del planeta, pero también entre Occidente y Oriente. Y no solo eso. Desde el punto de vista religioso, esta zona es decisiva para el destino de la humanidad. De hecho, no se puede prescindir de lo sagrado si se quiere construir la paz.

¿Cómo valora el próximo Encuentro que quiere animar a la Iglesia a movilizarse por la reconciliación entre los pueblos?

Es una propuesta más que buena. Entre otras cosas, se remonta a una intuición del alcalde “santo” de Florencia, Giorgio La Pira, que imaginaba el Mediterráneo como un gran lago de Tiberíades donde las iglesias, aunque con dinámicas diferentes, persisten en un contexto cultural parecido. En estos años, toda la región ha vuelto al centro de atención, como muestran las guerras en Siria, el fenómeno migratorio, las cuestiones energéticas, el diálogo interreligioso. Son temas que afectan a todas las iglesias: iglesias que reciben e iglesias que donan.

La Pira reclamó muchas veces el origen mediterráneo de las tres religiones abrahámicas: judaísmo, cristianismo e islam. ¿Cómo se cultiva una cultura de encuentro?

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Libertad religiosa en China. El único método es el diálogo

Agostino Giovagnoli

La libertad religiosa es un problema dramático en muchas partes del mundo. Por ello nunca debería ser instrumentalizada. Este principio ocupa actualmente el centro de un duro enfrentamiento entre Estados Unidos y China. El congreso organizado recientemente por el primero ha supuesto la ocasión de un fuerte ataque contra la segunda. “China es la patria de una de las peores crisis de derechos humanos de nuestros tiempos, es sin duda la gran mancha de nuestro siglo”, afirmó el secretario de Estado americano, Mike Pompeo, refiriéndose a la situación de los uigures musulmanes de Xinjiang. “La carta de libertad religiosa es un truco que EE.UU usa desde hace mucho para presionar” a otros países, respondió el Global Times, diario oficioso de Pekín, estigmatizando las contradicciones de la administración Trump, que comenzó con el famoso veto a los visitantes procedentes de siete países musulmanes que agravó “la hostilidad y la extrañeza entre Oriente y el mundo islámico”.

La historia muestra que los Estados han tratado de afirmar o ampliar su soberanía sirviéndose de cuestiones religiosas. Durante siglos, España, Portugal, Francia y otros países europeos han afirmado su poder en América Latina, África y Asia erigiéndose como “protectores” de los derechos de los fieles católicos. En el ámbito anglosajón, han perseguido objetivos parecidos mediante la afirmación de la “libertad religiosa”. A menudo, la afirmación de esta libertad ha ido ligada a la imposición de “puertas abiertas”, donde la presencia de múltiples minorías nacionales, lingüísticas y religiosas favorece el desarrollo de tráficos comerciales, económicos o financieros. En otros casos, en cambio, la libertad religiosa es reivindicada en situaciones –como las regiones fronterizas– donde este problema se mezcla con el de las minorías étnicas, repartidas en diversas soberanías. Suma y sigue.

Hace tiempo, la Iglesia católica se desvinculó de las instrumentalizaciones del colonialismo europeo, rechazando la lógica del protectorado. En China, el Evangelio se anuncia mejor sin los cánones de la armada francesa, afirmaba ya León XIII a finales del siglo XIX. Pero hoy la Iglesia sufre grandes presiones para decantarse en las batallas occidentales en cuestión de libertad religiosa. El acuerdo entre la Santa Sede y China del 22 de septiembre de 2018 no gustó a los que querían usar la cuestión religiosa como arma política contra el gobierno de Pekín. Pero la firmeza de la fe no puede confundirse con afirmaciones de fuerza. Si la Santa Sede aceptara un uso instrumental de la libertad religiosa, se vería como aliada de potencias enemigas de China, y conseguiría bastante poco para la libertad de los creyentes.

Libertad religiosa en China. El único método es el diálogo

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En el aparcamiento del Supremo

Fernando de Haro, Lahore

Nuestra cita es a la entrada de la Ciudad Vieja de Lahore, en la parada de autobuses que vienen de los pueblos a la capital. Junto a un mercado lleno de trajín, de hombres con largas barbas blancas, de mujeres vestidas a lo indio con trajes de vivos colores, con mujeres de hiyabs negros a los que solo se les ven los ojos. Se desayuna en los restaurantes populares, se grita y se comercia, el ruido del tráfico es ensordecedor. A la entrada de la Ciudad Vieja, los antiguos edificios de los hindúes que se marcharon con la partición son como fantasmas congelados de una belleza decadente. Las fachadas pintadas de rosa, de azul brillante, de turquesa acusan la falta de cuidado, los remiendos, los árboles que les salen por las junturas, los cables del tendido eléctrico prendidos de cualquier manera, arracimados, formando nudos. La vida no se detiene, pero el Lahore del esplendor colonial se ha quedado definitivamente en el pasado.

Adnan no tiene ojos ni para el bullicio, ni para el mercado, ni para fachada alguna. Se baja del autobús cubierto con una gorra, con un pañuelo que le llega hasta la boca y con unas gafas de sol. En sus movimientos hay nerviosismo. Luego me confesará que siempre que viene a la ciudad tiene miedo, teme que la asociación radical que le ha amenazado de muerte le quite la vida. Adnan tiene cita en el Tribunal Supremo de Lahore. Ha viajado parte de la noche. Lleva siete años acusado por blasfemia. Pasó cinco años en prisión y ahora está en libertad provisional. Todo su caso comenzó porque intentaron que se convirtiera al islam y rechazó hacerlo. En comisaría lo torturaron y en prisión tuvo que sufrir una clara discriminación respecto a los otros presos. Anthony lo defendió en otros tiempos. Ahora está en manos de otro abogado, pero ha acudido esta mañana a recogerlo. Anthony ha tenido una vida difícil desde que decidió dedicarse a la defensa de personas acusadas por la ley de la blasfemia. Hoy no viste el uniforme habitual de los letrados en Pakistán, herencia británica, que se compone de pantalón negro y camisa de algodón blanca. Quiere pasar inadvertido y se ha puesto una camisa de cuadros. Antes de llegar al Tribunal Supremo, nos bajamos del coche y nos escondemos tras unos árboles del parking que usan los abogados. Anthony me explica que entre sus compañeros de profesión hay dos asociaciones islamistas que le amenazan y le presionan a menudo. Suele aguantar sus invectivas, pero hoy es mejor que no le vean. Esperamos media hora a tener noticias. Pasado ese tiempo Adnan llama a Anthony y le informa de que los acusadores no se han presentado y que la vista se ha pospuesto para dentro de unas semanas. Anthony me explica que es una técnica habitual. Los jueces no cumplen los plazos establecidos, dilatan los tiempos y lo hacen con la complicidad de acusadores y de abogados. Denunciantes, magistrados y abogados están en el mismo frente. La inseguridad jurídica es absoluta, nunca se sabe cuándo va a acabar el proceso y las víctimas ven hipotecadas sus vidas.

En el aparcamiento del Supremo

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>Entrevista a Francesco Strazzari, profesor de Relaciones Internacionales en la Escuela Superior Santa Ana de Pisa

Argelia y Sudán, ¿primaveras árabes 2.0?

Claudio Fontana

Argelia y Sudán están viviendo, desde marzo de 2019 y diciembre de 2018 respectivamente, manifestaciones en las calles que han llevado a la caída de Abdelaziz Bouteflika, presidente argelino desde 1999, y Omar al-Bashir, en el gobierno de Jartum desde 1989.

¿Qué está pasando en Argelia y Sudán? ¿Estamos delante de una nueva “primavera árabe”?

Algunos observadores hablan de una “fase 2” de las primaveras árabes. Se trataría de una nueva oleada que en cierto modo habría “digerido” las lecciones de la fase precedente, y especialmente los elementos de ingenuidad y las expectativas a las que respondió el cambio político desatado en 2011. Las semejanzas no faltan. Las manifestaciones en ambos casos están motivadas por problemas relacionados con el encarecimiento de la vida y la pérdida de poder adquisitivo de los ciudadanos, que es un fenómeno evidente tanto en Argelia como en Sudán, dos países fuertemente ligados a la exportación de hidrocarburos. En Sudán, el aumento de precios de los alimentos ha provocado manifestaciones que han llegado a la capital, desembocando en una gran movilización para hacer caer el régimen. En el caso argelino, las dificultades para distribuir los ingresos por gas y petróleo han provocado la entrada en una fase de declive de la vida económica. Al principio de su cuarto mandato, Bouteflika se comprometió con sus promesas habituales. Sustancialmente, invertir esos beneficios en subsidios para mantener el poder adquisitivo de la población, en contra de las indicaciones de los organismos financieros internacionales. Acercándose a su quinto mandato, el presidente octogenario intentó jugar la misma carta, pero esta vez a la población no le ha parecido suficiente y la protesta contra el “sistema” se ha ampliado.

Aparte de los factores económicos, ¿hay otros elementos que compartan con las revueltas de 2011?

Un elemento es el protagonismo de los militares, especialmente el ejército. Luego hay un papel más oscuro que desempeñan otros aparatos de seguridad como las llamadas “tropas en la sombra” de las que se habla en Sudán. En todo caso, tanto en Sudán como en Argelia los aparatos de inteligencia tienen un papel muy controvertido. El ejército refleja y en cierto modo trata de interceptar la pregunta que procede de la movilización popular. Esta acción militar recuerda a la función “termidoriana” y restauradora que llevó a cabo el ejército egipcio con el golpe de estado contra Mohammed Mursi, que fue elegido tras la caída de Hosni Mubarak. De hecho, en aquella ocasión hubo grandes manifestaciones que pedían a voces la intervención del ejército para hacer frente a los fracasos del gobierno vinculado con los Hermanos Musulmanes.

Otra similitud con 2011 se refiere a la aparición de una opinión pública, una sociedad civil y un espacio transnacional de circulación de ideas, que vemos por el hecho de que en la retórica de la calle se observan estandartes y manifestaciones donde argelinos y sudaneses se reclaman mutuamente. También comparten el hecho de que los componentes islámicos no están ausentes en las calles (sobre todo en Argelia) pero no son ellos los que llevan las riendas en estas manifestaciones.

>Entrevista a Francesco Strazzari, profesor de Relaciones Internacionales en la Escuela Superior Santa Ana de Pisa

Argelia y Sudán, ¿primaveras árabes 2.0?

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En el nuevo pueblo de Yadum

Fernando de Haro, Lahore

Yadum ya no vive en su pueblo de siempre, en su pueblo del Punjab donde era pastor. Su nuevo pueblo está cerca del viejo, pero no lo ha vuelto a pisar. El nuevo pueblo de Yadum no tiene las calles asfaltadas y en esta, que es la temporada de lluvias, se forma un barro oscuro. A la entrada hay una pequeña escuela, en el segundo piso de la casa del maestro. Una escuela con tres aulas pequeñitas, con pupitres de madera, sin ventanas, todavía en construcción. Los cuadernos de trabajo están muy bien ordenados en sus anaqueles. Uno de ellos es de inglés, los niños de este pueblo saben decir Hello y te saludan con una gran sonrisa. Desde la terraza de la escuela se ve la aldea completa, de ladrillo, levantada sin orden, según le va llegando el dinero a sus vecinos.

El maestro combate el calor intenso y húmedo cerrando las puertas y las ventanas a cal y canto, sesteando. El maestro está mayor y ahora no trabaja porque es tiempo de vacaciones. El maestro tiene dos nietas guapas y coquetas, vestidas de colores, descalzas, que se cubren la cabeza con un pañuelo y a las que no le gusta que las veamos pelar cebolla. A la entrada del nuevo pueblo de Yadum también hay una iglesia en construcción, con su cruz en la puerta, para que quede claro que es un templo de cristianos. Dos hombres trabajan en terminar el techo. El agua que corre por la calle principal del pueblo de Yadum no está limpia, es agua de letrina. A la puerta de cada casa hay una cortinilla de colores, y detrás un patio con una cocina de gas en el suelo, y después una sola habitación con una gran cama donde duermen todos los miembros de la familia. Las mujeres se asoman al vernos pasar, con rostros tostados, con una belleza sana en medio de la pobreza. En varias esquinas, tiendecitas en las que se venden golosinas. Un hombre gordo, semidesnudo, duerme desparramado a la puerta de su casa. Está tumbado en una de las hamacas del Pakistán que se parecen a las hamacas de la India. Encontramos la casa de Yadum cuando el pueblo se acaba y se hace campo, un campo fértil, casi tropical. Cerca pasa un río y las vacas cruzan por la puerta de la casa de Yadum al volver de abrevar. Son vacas grises con los cuernos cortos y retorcidos. Bajo una acacia tres mujeres, sentadas en el suelo nos ven entrar donde Yadum. Lo encontramos a la puerta, sacando tierra de una carretilla para plantar una pita en una maceta. La nueva casa de Yadum no está acabada. Los muros en pie, el techo cerrado, pero no hay más puerta que la de entrada y no hay nada enlucido. Pero Yadum quiere plantas en su casa y se afana en preparar los tiestos. Yadum está desnudo de cuerpo para arriba, sonríe mucho. Y me explica que se han venido a vivir a un sitio donde el terreno es muy barato.

En el nuevo pueblo de Yadum

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El dedo de la blasfemia

Fernando de Haro, Islamabad

Basharat es un hombre fornido, con una amabilidad reservada. Vive en una casa de dos pisos en un barrio pobre de Islamabad. En realidad la planta baja es un garaje acondicionado. Llamamos a la puerta de metal. Varios vecinos nos miran con curiosidad desde los balcones cercanos. Basharat nos hace pasar con prisa a una sala cerrada a cal y canto. Es costumbre en esta ciudad mantener algunas estancias cubiertas con pesadas cortinas para que no entre ni un rayo de luz durante el verano. Nos pide que no le tomemos imágenes en la calle y que escondamos la cámara, que es demasiado grande para su voluntad de pasar inadvertido en el barrio. “En esta zona casi todos son musulmanes”, nos dice Basharat mientras abre la palma de la mano y se la pone delante de la barbilla para simular una barba larga.

Basharat enseguida nos saca un gran aperitivo, con hojaldres salados. Se acomoda en uno de los grandes sillones de sala, sillones de invierno para un verano con un calor que desde muy temprano es una especie de mazazo. En la parte alta se oye ajetreo de chiquillos. Durante nuestra conversación irán apareciendo hasta cuatro. El más pequeño de poco más de un año, una fuerza de la naturaleza, tiene pasión por los videos musicales que escucha y baila en el móvil de su padre. La hermana mayor, espigada, seria, intentará meterlo en cintura. La segunda, coqueta, será la única que consiga dominarlo. Basharat trabajó con Shahbaz Bhatti, el ministro cristiano asesinado en 2011 por oponerse a la ley de la blasfemia. Cuando le menciono el nombre del mártir casi se le humedecen los ojos. “Su sangre corre ahora por mis venas”, me dice.

Basharat conoce en su propia piel qué significa sufrir una acusación falsa por la ley de la blasfemia, modificada por el General Zia en 1987 y utilizada como una herramienta de persecución. “Habíamos puesto en marcha un proyecto para la construcción de una iglesia a las afueras de Islamabad. Conseguimos el dinero y compramos el terreno”, me explica Basharat. Cuando iban a empezar las obras, un grupo vinculado a los talibanes formuló una falsa acusación de blasfemia. La policía se presentó en el lugar donde se iba a construir la iglesia y se llevó preso a Basharat. Estuvo cinco meses en la cárcel sin que se precisara cargo alguno contra él. “El período en la cárcel fue duro, pero para mí significó un cambio. Me pasaba el día con la Biblia, la leía a todas horas, dormía con ella, comía con ella, me hacía compañía y eso me transformó”, explica. “En una ocasión decidí ayunar varios días y los carceleros que me vigilaban se conmovieron con ese gesto porque lo hacía por Dios, para mí fue todo un signo”, añade.

El dedo de la blasfemia

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Cristo no puede ser funcionario

Fernando de Haro, Islamabad

La vida hierve en el Barrio 66, uno de los suburbios de Islamabad. El Barrio 66 está a miles de kilómetros de distancia de las zonas residenciales de las afueras, donde viven los altos cargos del ejército, en bonitos chalets con patios interiores en los que el rigor del verano se suaviza con sombras de árboles cuidados y el olor intenso y algo embriagador del jazmín. Aquí es todo bullicio, en las casas de pocos metros cuadrados, construidas sin permiso y sin título de propiedad, una habitación y una cama sirve de dormitorio para toda la familia y la cocina son dos hornillos en un pasillo. Los que han prosperado se han construido una pequeña azotea. Por las calles sin asfaltar pasean jóvenes del brazo, mujeres que se cubren la cabeza con pañuelos de colores, hombres con grandes mostachos y el pelo recio y negro de los indios. No hay barbas largas de piedad en los varones ni sombreros pastunes, ni hiyabs. Pero, por lo demás, nadie puede reconocer por su modo de vestir a los cristianos, que son mayoría en el Barrio 66 y que han llegado aquí, en su mayoría, huyendo de la miseria del Punjab.

Los carniceros exponen, sobre un mostrador de piedra, su producto. Sentados junto a piezas de cordero, espantan sin mucha convicción las moscas con unos latiguillos de plástico. Alguno con inclinaciones por la invención ha construido un artefacto con un motorcillo para no tener que esforzarse mucho. Junto a las carnicerías, dos pequeñas iglesias protestantes. La casa de Younas está en un recodo, con su nombre completo en la puerta. Younas se vino con sus padres del Punjab siendo pequeño. Su camisa y su pantalón, a la europea, están impolutos. Nos invita a entrar. Mónica, su mujer, anda entre fogones y nos saluda con timidez. Nos sentamos en una pequeña salita y Younas nos saca enseguida algunas bebidas. Algunos de los hermanos de Younas han buscado mejor vida en Europa, pero él ha preferido quedarse en Pakistán, a pesar de que las cosas no le han sido fáciles. Su primer hijo sufrió un atentado y anda con dificultad. Las ayudas del Gobierno no han llegado.

El primer nombre de Younas es de origen musulmán, pero el segundo, que usa habitualmente, es Masih, que significa “Cristo”. Younas no ha renunciado a su segundo nombre aunque le ha impedido acceder a un cargo en la Administración. Younas hace veinte años quiso convertirse en funcionario público. Su formación se lo permitía. Pero, a pesar de haberlo solicitado más de quince veces, fue rechazado. “Estoy convencido de que me rechazaron porque me llamo Cristo”, explica Younas. “Creo que afortunadamente las cosas han cambiado en los últimos años”, sostiene. Pero lo cierto es que los estudios hechos por prestigiosos centros de estudios muestran que la discriminación laboral es muy frecuente todavía en Pakistán para los bautizados. El acceso a los altos puestos de la Administración está prácticamente vedado.

Cristo no puede ser funcionario

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Ojos sin amargura

Fernando de Haro, Islamabad

El padre Nasir tiene una sonrisa acogedora, hay algo en sus gestos que destila jovialidad. No se queja a pesar de que hemos acudido a la cita con una hora de retraso. Islamabad ha amanecido con un bochorno de lluvia. Nuestro conductor se ha retrasado y nosotros nos hemos retrasado grabando los rostros de un mercado que nos ha imantado. Las caras de Islamabad, la capital de Pakistán, se parecen muchas veces a las caras de la India, con mujeres engalanadas con los colores más bonitos del mundo. Pero en otras ocasiones se parecen a las caras de Afganistán, con el gesto severo de los pastunes, con sus gorros que parecen tartas de trapo, con sus barbas largas que quieren demostrar una gran piedad.

Nasir nació en Sarguda, un pueblecito del Punjab, una de las regiones más pobres de Pakistán donde se quedaron buena parte de los cristianos del país tras la partición de la India. No tuvo una infancia fácil: era el único bautizado del colegio, no podía beber en la misma fuente que sus compañeros musulmanes porque si lo hacía, la contaminaba. Han pasado más de treinta años pero la situación no ha cambiado. “Hay niñas que están en el colegio y que tienen que andar mucho para poder beber”, me comenta. Nasir no se arredraba con facilidad y quería ser el líder de los alumnos. El director de la escuela le explicó que solo podría lograrlo si lograba memorizar una buena cantidad de suras del Corán. El reto era especialmente complicado porque la lengua materna de Nasir no es el árabe sino el urdu. “El árabe no es difícil cuando sabes urdu, muchas veces es una cuestión de pronunciación”, añade. Nasir le pidió a su padre permiso para estudiar el Corán, memorizó las suras y pasó la prueba mejor que sus compañeros.

“El problema de la discriminación de los cristianos se sufre en las zonas rurales como las mías, donde la gente no está bien educada”, añade Nasir. Los cristianos –explica el sacerdote– suelen tener los peores trabajos y es frecuente que los contraten para hacer algo y que luego les paguen menos de lo acordado. Las condiciones laborales muchas veces son prácticamente de semi-esclavitud. No es extraño que los patronos llamen a sus empleados cristianos a trabajar en el campo a medianoche. Si prosperan acaban acusándolos de blasfemia a la policía.

Ojos sin amargura

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