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9 JULIO 2020
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Ennio Morricone. La originalidad nace de la sorpresa

Elena Santa María

A menudo la vida de los grandes genios pasa inadvertida, eclipsada por sus grandes obras. Y cuando uno de estos grandes genios muere, a uno le da por investigar. Algo especial debe haber en el alma de un hombre que compone bandas sonoras como La Misión o Cinema Paradiso.

Para emocionar a todo el mundo hay que emocionarse antes con lo que nadie ve. Ennio Morricone reconoció en una entrevista el año pasado –con nada menos que 90 años– que en toda su vida solo había llorado dos veces. Es evidente que no contó las veces que se le ha escapado la lagrimita en público al dirigir una orquesta o por el agradecimiento de ver reconocida su obra.

Se ha dicho de él que es un mago del sonido, un revolucionario del cine, una leyenda. ¿Pero de dónde nace ese don? A Giuseppe Tornatore –otro genio– le pidieron en una ocasión que describiera a su amigo. Su respuesta fue: “Morricone es un hombre sorprendido”. Sorprendido por la belleza de la música, del cine, de sus hijos y de su mujer. Quizá se entienda mejor con un ejemplo. La primera vez que lloró el compositor italiano fue al visionar La Misión. Imagínese ver La Misión sin escuchar el tema Gabriel’s Oboe. Así la vio él, la primera vez. Y tras hacerlo, se negó a componer la banda sonora, pues pensaba que la película ya lo tenía todo, no había que añadir nada. Gabriel´s Oboe y los demás temas de la película nacieron de esa sorpresa, de esas lágrimas.

Dos días después de su muerte ha salido a la luz una carta de despedida con su firma. En la misiva Ennio pide un funeral privado “para no molestar” y se despide sencillamente de todos los que le eran queridos. De sus palabras se desprende de nuevo esta sorpresa, esta vez por el amor que compartió con su mujer, María, durante más de 60 años. “A ella renuevo el amor extraordinario que nos ha mantenido juntos y que lamento abandonar. Para ella es mi más doloroso adiós”, escribe.

A ella le dedicó este poema: “El sonido de tu voz recoge en el aire un tiempo invisible, inmovilizándolo en un momento eterno. Ese eco ha entrado en mí quebrando los frágiles cristales de mi presente suspendido, sin vuelta atrás. Tendré que buscar el futuro siguiendo ese sonido yo mismo, desesperado eco, para reencontrarme”.

Ennio Morricone. La originalidad nace de la sorpresa

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Bernard-Henri Lévy. 'Un virus mata, no manda mensajes'

Leonardo Martinelli

No ha vivido el confinamiento en su casa de Tánger ni se ha refugiado en la campiña francesa. Bernard-Henri Lévy, filósofo prototipo del intelectual comprometido (a sus 71 años una especie de Dorian Gray que no envejece nunca, ni siquiera físicamente), lo pasó en su apartamento de París. Respetando las reglas impuestas desde arriba (no sin esfuerzo, como un león enjaulado), cada vez que salía nunca cayó en la tentación de pararse a admirar la metrópoli trastornada y silente.

En el Fígaro escribió que París vacía le resultaba fea. Que una ciudad no está hecha para estar vacía. Así que BHL, las siglas por las que lo conocen en su país, se puso a escribir y el resultado es un libro breve y apasionado, ‘Este virus nos vuelve locos’. Se trata de una reflexión sobre la pandemia, pero no sobre un mañana esplendoroso. Nada de la ilusión de tantos que dicen que el coronavirus nos hará mejores y más conscientes. No, lo suyo es un himno escéptico a la libertad en contra de la retórica del “retorno a la naturaleza” o “la supuesta sabiduría recuperada”.

Según su hija Justine, escritora, que le ha acompañado durante estos meses, “el libro ha sido como un impulso nervioso. Se le parece mucho, el resultado es realmente coherente. En él se encuentran su lirismo y su vehemencia”. Lo mismo que expresan sus textos fruto de los múltiples viajes del autor durante los últimos años, del Kurdistán iraquí a los campos de refugiados de Lesbos. El filósofo ha dicho que quería señalar con el dedo “esta epidemia de miedo que se cierne sobre el mundo. En Lacan y Freud existe una diferencia entre ansia y miedo. La primera puede ser buena consejera pero el segundo paraliza. Y con el coronavirus hemos asistido a un miedo mundial. El Primer Miedo Mundial, como la Primera Guerra Mundial”. Este fenómeno igualó a todos los hombres. “La información sobre el Covid-19 lo invadió todo. Era el horror de la mundialización. Una especie de silencio mortal se ciñó sobre el globo y lo han aprovechado los sembradores de la muerte”.

En su ensayo explica que han vuelto a su mente las enseñanzas de uno de los pensadores que más han influido en él, Georges Canguilhem, filósofo y epistemólogo francés, muy famoso en los años 70. “Ante este mesianismo virológico –afirma Lévy–, ante estas riadas de terror y muerte, no podemos cansarnos de recordar el principio básico de mi maestro Canguilhem: ‘Los virus no hablan, los virus no portan mensaje alguno, un virus es, desde tiempos inmemoriales, puro desorden, pura muerte’”.

Lévy insiste en reiterar que su enfoque no pretende negar la urgencia sanitaria. Y que él no es un Trump o un Bolsonaro cualquiera. “Que el confinamiento era necesario desde un punto de vista sanitario es un dato. Por espíritu patriota y por respeto a médicos y enfermeros, expuestos en primera línea y sobrepasados por el trabajo, he respetado todas las reglas impuestas”. Pero no está dispuesto a renunciar a buscar el origen de esto en “una supuesta sabiduría recuperada”, en la “idea de que el confinamiento fura un momento irrepetible para poner orden dentro de uno mismo y recuperar esta relación conmigo mismo como si fuera la más rica de las relaciones humanas”.

Bernard-Henri Lévy. 'Un virus mata, no manda mensajes'

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Bernanos, las máquinas y el determinismo

Antonio R. Rubio Plo

‘Francia contra los robots’, publicada en 1946, es una obra de poco más de un centenar de páginas, escrita por George Bernanos y dada a conocer dos años antes de su prematuro fallecimiento. Está editada en español por Nuevo Inicio, una editorial que aprecia especialmente a dos autores católicos fuera de lo común, Péguy y Bernanos, a los que algunos quisieron arrojar a las tinieblas de un catolicismo heterodoxo, o incluso negar su condición de católicos. Ambos autores tienen algo en común: quieren a su patria y asumen como un todo su historia, pero no son ni católicos nacionalistas, ni nacionalistas católicos. Católicos franceses, aunque universales. Tampoco estaban dispuestos a que el Estado usurpara el papel de la nación, algo que sí sucedió durante las dos guerras mundiales. En el caso de Bernanos, hay que añadir la cualidad de tener un corazón generoso, capaz de reconocer la grandeza de una obra, por encima de ideologías y religiones. De ahí su explícito reconocimiento a Balzac, Hugo, Baudelaire, Proust o Picasso.

‘Francia contra los robots’ es el resultado de una serie de experiencias vitales que marcaron a Bernanos: el compromiso de Múnich que supuso la cesión a la Alemania de Hitler de territorios checos por parte de las democracias francesa y británica, o la Francia de Vichy, una pretendida “revolución nacional”, desmentida por la colaboración con una potencia tan totalitaria como desprovista de escrúpulos. Georges Bernanos huyó a Brasil durante los años de la Segunda Guerra Mundial y desde allí alimentó la llama de la resistencia al ocupante de su país y a los colaboracionistas. Con la llegada de la victoria sobre las potencias del Eje en 1945, el escritor no creía que hubiera comenzado una nueva era para el mundo, marcada por la paz y la democratización. Sin pelos en la lengua, califica a los vencedores de democracia plutocrática americana, democracia imperial inglesa e imperio marxista soviético. Fueron los participantes en la histórica conferencia de Yalta, que excluyó de un papel destacado en el mundo de la posguerra a Francia, y en general a Europa occidental.

Más allá de una reflexión sobre las relaciones internacionales, Bernanos va a lo esencial y piensa que el mundo triunfante es el de la concepción del hombre que tenían los economistas ingleses de finales del siglo XVIII, lo que más tarde se conocería como liberalismo manchesteriano. Subraya también que Marx y Lenin, pese a su oposición a estas ideas, eran los continuadores de una visión del mundo que reducía al hombre a la categoría de animal económico. Todos estos pensadores estaban lastrados por un determinismo que rebajaba al ser humano a la categoría de hombre masa. Todos apelaban al progreso, aunque en realidad lo único que progresaba era la técnica. Bernanos denuncia a los profetas del determinismo económico, con independencia de su ideología, que eran capaces de justificar por igual las crisis socioeconómicas que las guerras.

Bernanos, las máquinas y el determinismo

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La distancia entre certeza y verdad

Costantino Esposito

¿Qué será de nosotros? Durante la crisis de la pandemia –como en cualquier situación crítica que afecte a la existencia personal y social– esta pregunta vuelve a importunarnos, desgarradora e implacable. Desgarradora porque es signo de una ternura última con nosotros mismos, haciéndose cargo de nuestro destino, es decir, de la posibilidad de cumplir o no lo que deseamos en la vida. Implacable porque se trata de una pregunta a la que no logramos dar una respuesta obvia o automática en virtud de nuestros propósitos o programaciones. De hecho, en ella tocamos con nuestros dedos el hecho de que estar en el mundo significa estar siempre en cuestión, que la vida es una aventura –individual y colectiva– en la que nos la debemos jugar siempre.

La única respuesta que podríamos dar a este interrogante es que nadie puede estar seguro de lo que va a pasar. De hecho, es una incertidumbre siseante que se va extendiendo, como el sentimiento más compartido en nuestra situación actual. Pero un cambio cultural está teniendo lugar ante nuestros ojos. En la larga etapa del nihilismo de la que todos, para bien o para mal, somos herederos, la mayoría consideraba la certeza como una especie de disvalor, un residuo dogmático respecto a la emancipación de la razón crítica, cuya tarea parecía ser en cambio justamente la de desmontar cualquier certeza como si fuera una presunción peligrosa y en definitiva como una pretensión imposible.

Esta posición teórica se basaba en la constatación sincera de que nuestra forma de conocer, siempre parcial y limitada, nunca nos permite aferrar la esencia indudable o la verdad última del mundo. Pero también había otro motivo (tal vez menos inocente y más ideológico) para sostener la imposibilidad de la certeza, es decir, que esta última solo sería en el fondo una construcción nuestra, una estrategia psicológica, cultural y social para protegerse de los riesgos de la vida y del mundo. En resumen, tener certeza significaría ser un iluso. Hasta el punto de decir que la única certeza es que no se puede estar seguro de nada, excepto de una cosa, ya sedimentada en nuestro lenguaje cotidiano, cuando para expresar la absoluta convicción sobre un evento o una persona, decimos que es “tan cierto como la muerte”. Entonces, para vivir uno se agarra a las certezas construidas por nuestro hacer, encerrándose en recintos de seguridad o fiándose de relatos colectivos.

Por otro lado, a pesar de la teoría, la incertidumbre siempre se ha impuesto como el verdadero mal de vivir en el paso del siglo XX al XXI. Es lo que el sociólogo Zygmunt Bauman describió con gran lucidez (por ejemplo en su ensayo ‘Miedo líquido’, Paidós 2006) como una percepción de nuestra impotencia y contingencia después del derrumbe de los diversos intentos modernos de sustituir a Dios como “señores” de nuestras vidas. Para exorcizar esta incertidumbre, los individuos se afanan de buena gana en protegerse de la sociedad y del Estado, pero es una expectativa que se ve cada vez más defraudada y que acaba arrojada sobre nuestros hombros, expuestos ya a tener que afrontar inermes los imprevistos de la vida.

La distancia entre certeza y verdad

Costantino Esposito | 0 comentarios valoración: 2  31 votos
>La lección de Havel

En esta crisis está en juego la vida y su sentido

Ubaldo Casotto

El periodista italiano Mattia Feltri decía hace unos días: "Ahora no solo tenemos que salvar vidas, debemos pensar en la supervivencia de la comunidad. Es muy distinto, es un desafío mucho mayor y requiere grandes sacrificios. Pero recordemos que hace 75 años muchos se jugaban la vida por la libertad. Ahora nos jugamos la libertad por la vida. Esperemos que esto no diga algo de nosotros”.

Pero esto dice mucho de nosotros. No quiero abrir, ni me interesa a mí ni creo que, mucho menos, al lector, un debate ideológico entre los que defienden el primado de las libertades constitucionales (entre ellas la de desplazarse), que llamaríamos “no negociables” hasta hace muy poco tiempo, y los tardo-realistas del ‘primum vivere deinde philosophari’ (primero vivir y luego filosofar). Me interesan las preguntas que emergen con fuerza estos días frente a la muerte de tanta gente. ¿Para qué sirve la vida? ¿Para qué sirve la libertad?

Durante el último año he leído muchos libros de Václav Havel, el escritor, disidente, presidente de la Checoslovaquia liberada, que pasó cinco años en la cárcel, enfermó en prisión, donde estuvo a punto de morir, que al salir de la cárcel rechazó la propuesta de una vida tranquila exiliado en Occidente y aceptó tener que volver a ser encerrado.

Acudí a releerlo después de la cita de Mattia y tras recibir el testimonio de un hombre de Bergamo que estos días ha perdido a su madre. “Mi mujer me decía: ‘Tu madre es una mujer que nos deja mucho más de lo que nos quita con su ausencia’. Esta es la lección que he aprendido de mi madre, campesina, luego obrera, después ama de casa, una madre a la que se le murió su adorada hija de 17 años y luego su amado esposo. Siempre pidió razones de ello con firmeza pero sin estrépito al Dios que hace todas las cosas, pero sin quitar nunca sus ojos ni su corazón de la realidad. Hasta sus últimos días luchó como una leona. No se dejó morir. Porque la vida no es un derecho. Es un don por el que estar agradecidos en cualquier situación en que nos toque vivirla”.

¿Por qué acudí a releer a Havel?

>La lección de Havel

En esta crisis está en juego la vida y su sentido

Ubaldo Casotto | 0 comentarios valoración: 2  22 votos
>Entrevista a Alfredo Marcos

'El pensamiento griego, el derecho romano y la tradición religiosa judeocristiana ha dado lugar a las bases éticas de Occidente'

Enrique Chuvieco

Autor, junto al profesor Carlos Javier Alonso del libro ‘Un paseo por la ética actual’ (Digital Reasons), Marcos es catedrático de Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Valladolid y ha pertenecido a diversos comités hospitalarios de bioética.

Después de siglos de debate filosófico en torno a la ética, el significado último de esta palabra parece haberse perdido, ¿Qué es la ética?

Es cierto que la palabra ética, y el prestigio que esta tenía, se ha venido utilizando para todo tipo de finalidades, algunas de carácter meramente ideológico. Pero la ética, en realidad, es una parte muy respetable de la filosofía. También se puede llamar filosofía moral. Es la parte de la filosofía que nos ayuda a reflexionar sobre nuestras convicciones morales. Todo el mundo emplea criterios morales, aunque sea de un modo intuitivo o irreflexivo, para decidir lo que hace o deja de hacer. Pero desde hace siglos la filosofía nos ha ayudado a pensar sobre nuestra moral. Con Sócrates empezó de un modo serio y sistemático esta reflexión.

¿Por qué la cartografía del filósofo Alasdair MacIntyre resulta más útil que la cartografía estándar a la hora de clasificar las distintas corrientes filosóficas sobre la ética?

Tradicionalmente se oponen las éticas deontológicas a las utilitaristas. Las primeras se fijan en el deber. Hago lo que debo, sin reparar en las consecuencias. Las segundas, por el contrario, se fijan en las consecuencias de nuestras acciones, en su utilidad. Pero MacIntyre nos ha hecho ver lo mucho que tienen en común estos dos tipos de ética. En realidad son ambas producto de los tiempos modernos. Entre otras cosas, comparten debilidades. La crítica postmoderna a las éticas de la modernidad ha puesto al descubierto esas debilidades. Las éticas modernas tienen mucho de valioso y esclarecedor, pero son demasiado abstractas, están demasiado desligadas de la vida concreta y real. El pensamiento posmodernista nos sume, así, en el relativismo moral. Puestas así las cosas, se entiende muy bien la función que cumple actualmente la ética de la virtud, que arraiga en tradiciones pre-modernas, como la aristotélica o la tomista, pero, en nuestros días, conversa con las éticas modernas, integra lo mejor de las mismas; además, acepta en muchos puntos la crítica postmoderna, pero es capaz de darle a la misma una función constructiva y alejada del relativismo. A partir de lo dicho emerge un nuevo mapa de la ética. Tenemos las éticas modernas (que MacIntyre engloba bajo el término Enciclopedia), las posmodernas (Genealogía) y las éticas de la virtud (Tradición). Este mapa de la ética actual resulta muy iluminador, muy fructífero a la hora de interpretar los textos de los filósofos e incluso los debates morales socialmente más activos.

«El filósofo norteamericano John Searle decía que las explicaciones reduccionistas de la mente dejaban sin explicar siempre algo, a saber, la mente.»

Tal y como explican en su libro, se ha pasado del racionalismo extremo de Kant a un cientificismo radical, que pretende definir al ser humano desde una concepción únicamente biológica. En este marco se insertan, por ejemplo, las obras del autor superventas Yuval Noah Harari, ¿cómo explican el actual éxito de la corriente cientificista?

>Entrevista a Alfredo Marcos

'El pensamiento griego, el derecho romano y la tradición religiosa judeocristiana ha dado lugar a las bases éticas de Occidente'

Enrique Chuvieco | 0 comentarios valoración: 2  22 votos

La gratitud de haber nacido

Costantino Esposito

La angustia de estos días de pandemia está sacando a la luz, con toda su evidencia, la trama nihilista que marca de arriba abajo nuestra forma en que nos concebimos, a nosotros mismos y la realidad. Pero por otro lado está mostrando de golpe, con evidencia similar, que el nihilismo quizás no esté a la altura de la crisis que estamos viviendo en este tiempo. Son justamente las preguntas que nacen de esta angustiosa emergencia las que muestran que la actitud nihilista de la vida y la cultura, la política y la sociedad, estalla desde dentro. El círculo se rompe y renacen los interrogantes. No renacen a base de análisis –este es el punto de inflexión cultural– pues es cierto que muchas veces la sobreabundancia de análisis corre el riesgo, paradójicamente, de acallar las preguntas más importantes e ignorar el punto decisivo de la situación. Porque la cuestión somos nosotros mismos y esos interrogantes renacen como la “forma propia” de nuestro estar en el mundo.

Da la impresión de que algo está cediendo, y nos descubrimos incapaces de sostener con las categorías habituales el grito de una realidad imprevisible. Un virus patógeno que no se deja aferrar sino que más bien nos aferra y nos “tiene” dramáticamente, dilatando la idea del contagio desde la infección hasta la suspensión generalizada de la normalidad de la vida. Pero lo que en el fondo sigue siendo imprevisible e incontrolable –aun con todas las debidas estrategias de contención– es nuestro existir. Este tiempo de pandemia no solo nos obliga a rendir cuentas con los nuevos y dramáticos problemas de nuestra existencia individual y social, sino a comprender –viviéndolo– que nuestra misma existencia “es” un problema radical que busca una respuesta adecuada. Es el problema de la felicidad, es decir, el interrogante sobre lo absurdo o sensato de nuestro estar en el mundo.

Lo que hoy parece distinto es que estas preguntas vuelvan a plantearse, aunque sea de manera confusa, como una tarea personal. Ya no podemos contentarnos con asumir el significado de nosotros mismos, de nuestro trabajo, de nuestras expectativas y proyectos, vestimenta o códigos ofrecidos por la gran maquinaria de la cultura dominante, que siempre tiene la pretensión –nada desinteresada por cierto– de decirnos quiénes somos y qué debemos desear y perseguir en la vida. Hoy estas preguntas vuelven a ser en primera instancia “nuestras”: son preguntas en primera persona.

Pero para comprender mejor lo que hay en juego partamos del contragolpe “metafísico” (si se puede llamar así) que está marcando a cada uno de nosotros. Como si de pronto tomáramos conciencia del mundo que, hasta hace pocas semanas, habitábamos casi de manera automática y nos diéramos cuenta de su presencia justo en el momento en que se vuelve cada vez más desierto y amenazador, como una escena teatral en la que hubieran desaparecido los actores, escondidos entre bastidores. Y vuelve esa idea molesta, la mayoría de las veces exorcizada por mil cosas que hacer: la idea de que estamos destinados a acabar. No es un simple ‘memento mori’, algo que conocemos demasiado bien. Tampoco se trata de una hipocondría depresiva debida a la restricción de nuestras actividades. Es mucho más. Es que se asoma la conciencia de nuestra finitud. Ahí es donde el nihilismo juega todas sus cartas, pero al final corre el riesgo de hallarse sin más cartas que repartir.

La gratitud de haber nacido

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Reflexión

Pilar Rahola

La maravilla de esta revolución digital acelerada por el confinamiento... De golpe, ahí estamos, cinco supervivientes de la época del papiro pero felizmente metidos en nuestra cajita-pantalla, esperando el turno para hablar, porque esto de la videoconferencia no permite el pisoteo clásico de los debates apasionados. Y así, desde Milán a Barcelona, pasando por Madrid y Granada, mantenemos una intensa reflexión sobre lo humano y lo divino, animados por el culpable del encuentro, nuestro lúcido anfitrión Julián Carrón.

El motivo es la presentación, en YouTube, de su último libro, El despertar de lo humano, una profunda reflexión en formato de entrevista con Alberto Savorana. Y, como pasa siempre que nos enfrentamos a las reflexiones de este sacerdote, profesor universitario, estudioso del Nuevo Testamento y presidente de Comunión y Liberación, todos los participantes intentamos elevar el pensamiento para estar a su altura. Carrón es un magnífico agitador de ideas, pero no en el sentido provocador del término, sino en la dimensión ética y transformadora. Y así, siguiendo las huellas de su “despertar humano”, el escritor Jesús Montiel, el periodista Pedro Cuartango, la profesora de la Complutense Guadalupe Arbona y yo misma debatimos sobre los desconciertos y los miedos, pero también las esperanzas que nos ha provocado lo que Carrón llama este “tiempo vertiginoso”, en un viaje hacia los abismos interiores de la existencia.

De la intensa conversación, extraigo algunas ideas-fuerza para la reflexión colectiva. Por ejemplo, la convicción de Cuartango de que la explosión de humanidad que hemos vivido con el confinamiento, con toda esa cantidad ingente de personas que se han dejado la piel en ayudar a la población, médicos, enfermeros, científicos, personal de la limpieza, trabajadores de la alimentación, policías..., es la evidencia de la muerte del nihilismo. La nada ha sido devorada por un todo de miles de seres humanos entregados a la humanidad. Y, también, la idea del amor, que Jesús Montiel eleva a categoría de fuerza-motor, capaz de rescatarnos y protegernos. Hablamos del sentido de lo humano, de la recuperación de valores, de la razón, de la fe... Y aunque unos somos agnósticos y otros creyentes, todos acordamos que el Dios humano, ese que sufre y duele con los dolientes, es una presencia luminosa. Los creyentes la perciben y les acompaña. Los no creyentes, la percibimos en los creyentes que nos acompañan. Y en ambos mundos, se impone la voluntad de trascender por encima de nuestras miserias.

Reflexión

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Juan Pablo II, la grandeza de la normalidad

Antonio R. Rubio Plo

En la conmemoración del centenario del nacimiento de Juan Pablo II han aparecido varios libros interesantes sobre aquel gran pontífice, uno de los más destacados del siglo XX y que sigue siendo fuente de inspiración y meditación para muchos cristianos. Confieso como historiador que hay algo que no llevo bien al abordar la historia del papado. Me refiero al capítulo de las comparaciones, a la manía de algunas personas de destacar los rasgos de un pontificado y contraponerlos a otro, como si de polos opuestos se tratara. Esta mentalidad arroja a algunos papas al olvido o se fija solo en lo anecdótico, en cosas con menos importancia de las que se cree. No se debe caer en la tentación fácil de ideologizar el Magisterio pontificio. Según el papa Francisco, la ideología mata, asesina la vida y hace del Magisterio una pieza de museo. En consecuencia, el Vicario de Cristo no debe ser valorado exclusivamente por unos aspectos de sus enseñanzas, o de su carisma, porque la percepción resultante no se ajustará a la realidad. Por eso ha sido muy oportuna la publicación de ‘San Juan Pablo Magno’ (ed. Palabra), obra en su mayor parte del sacerdote, teólogo y escritor Luigi Maria Epicoco. Es además una entrevista al papa Francisco donde se recogen sus recuerdos y opiniones sobre Juan Pablo II.

La conclusión básica que se debe sacar de la lectura de este libro es que Francisco tiene siempre entre sus referencias al papa polaco. De hecho, en la homilía de la misa que el cardenal Bergoglio pronunció en su memoria en Buenos Aires el 4 de abril de 2005, lo calificó de Juan Pablo II, el coherente: “La coherencia se va elaborando en el corazón con la adoración, con la unción al servicio de los demás y con la rectitud de conducta”. No se trata de cualidades que uno pueda adquirir por sí mismo, no es un voluntarismo de empeñarse en llevar una vida recta. Eso estaría muy en línea con lo que hoy algunos llaman la “autorrealización”. Antes bien, Bergoglio conocía el secreto de Karol Wojtyla, un secreto bien sencillo y aconsejable para todos los cristianos: “Era coherente porque se dejó cincelar por la voluntad de Dios. Se dejó humillar por la voluntad de Dios”. Pero como bien dice el papa Francisco, la elección de Dios es misteriosa, elige el instrumento que Él quiere. Lo único que debe tener en cuenta el elegido es que ha sido elegido porque es amado. Toca a Dios escribir su historia.

Las cualidades de Juan Pablo II fueron importantes: capellán universitario, profesor de Filosofía, alpinista, esquiador, hombre de intensa oración… Pero quien tenía la última palabra era Dios. Y esto mismo podría aplicarse a Jorge Mario Bergoglio, con tareas y responsabilidades desde su juventud. Ambos tendrían que enfrentarse a situaciones inéditas con una mezcla de valor y temor al tiempo. De esa mezcla nace la virtud de la prudencia, la auténtica virtud del gobierno, tal y como señala Francisco en el libro. El valor acompañado del temor sirve para mantener una actitud humilde que permite avanzar con los pies bien pegados a la tierra.

Juan Pablo II, la grandeza de la normalidad

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Viajando por Tiempos recios, leyendo Latinoamérica

Lucas de Haro

A trompicones, por los numerosos incidentes e interrupciones de estos meses, he conseguido terminar Tiempos recios, la última novela de Vargas Llosa. No lograba entrar en ella durante los primeros capítulos; luego, la aparición de Trujillo y Johnny Abbes disparaba la sospecha de que me estaba leyendo una copia lejana de La Fiesta del Chivo.

Pero, según avanza el relato, algunos personajes te van conquistando, sus maltrechas historias –que no sepultan su inteligencia y astucia– transmiten simpatía y compasión; con menos dureza que en la novela sobre el dictador de Dominicana, son las mujeres y los mayores que recuerdan cuando fueron alguien los que mantiene el hilo de humanidad del relato. Un hilo que no fui capaz de identificar con claridad en todo el tiempo que entregué a las más de setecientas páginas de Conversación en la Catedral; me desilusionó la que los expertos catalogan como la obra maestra –o, al menos, una de ellas– de MVLL. Compré la novela en una librería de Lima y los días siguientes paseé por algunos de los escenarios que recorre Zavalita en aquel Perú de Odría, eso calentó la imaginería épica de mi lectura; pero, a pesar de hacerme camino a través de la enrevesada des-cronología narrativa y acabar encajando la majestuosa construcción de los personajes que los entendidos destacan de Conversación en la Catedral, no encontré el rescoldo de vida que se esconde tras el infame recuerdo de Urania Cabral y que estructura La Fiesta del Chivo o en el seductor carácter de Martita, Miss Guatemala, que guía al lector a través de Tiempos recios. Supongo que escribir estas ignominias sólo se las puede permitir un no-experto.

Viajando por Tiempos recios, leyendo Latinoamérica

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Volver a la realidad con el rostro del coronavirus

Antonio Polito

En estos tiempos difíciles, puede resultar muy útil leer el ágil libro-entrevista en que Alberto Savorana entrevista a Julián Carrón, sacerdote español que preside la Fraternidad de Comunión y Liberación. Ya el título advierte de hecho que se trata de una reflexión sobre lo humano más que lo divino, y nos introduce por tanto en una cuestión un poco descuidada: la relevancia pública de la fe en momentos como estos. ‘El despertar de lo humano. Reflexiones de un tiempo vertiginoso’ se ocupa de la irrupción inesperada de la realidad en nuestras vidas, que con el paso del tiempo se habían vuelto bastante irreales, vividas “como en una burbuja”, “de la que huimos a menudo creyendo que así podremos respirar, pues somos incapaces de estar con nosotros mismos”. El coronavirus y todo lo que ha venido y vendrá después constituye de hecho la realidad en su forma más cruda y cruel, pone en crisis nuestro “hábito de sustitución de las cosas y los hechos por su uso estratégicamente fraudulento”.

Resulta extraño que quien nos reclame a la “realidad que se hace real”, a la “realidad que ha entrado sin permiso”, sea un hombre de fe en otra realidad. Pero esta aparente incongruencia deriva de una idea equivocada que nos hemos formado de la religión con el paso del tiempo. Es decir, como una zona de confort, un amortiguador espiritual, una regla de comportamiento, un sistema de preceptos morales. Mientras que, en cambio –como diría Carrón siguiendo los pasos de don Giussani—, el cristianismo es sobre todo un acontecimiento, un encuentro, del que por tanto podemos sacar fuerzas para vivir y actuar en este mundo.

De hecho, ¿cómo reacciona Carrón frente a esta irrupción de lo real en nuestras vidas? Reclamándonos a esa exigencia de entender “que llamamos razón”. Apela a los hechos y, por tanto, a la razón. No debe sorprendernos si recordamos que en el cristianismo el Verbo de Dios se filtra como Logos de la cultura griega de los evangelistas y apologetas. Logos quería decir discurso racional, el lenguaje de los filósofos, opuesto como tal al mito, al discurso de los poetas.

Naturalmente, razón no quiere decir mirar las cosas “a través del ojo de la cerradura de nuestra medida racionalista”. Razón y racionalismo son dos cosas distintas. Pero la razón es una “lente” que nos acerca el objeto de la realidad y permite que “las cosas desvelen su sentido”. Como decía Shakespeare, nos ayuda a entender que “hay más cosas en el cielo y en la tierra que en tu filosofía”. Esta es exactamente la lección de esta pandemia.

Volver a la realidad con el rostro del coronavirus

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En tiempo de 'peste', necesitamos la esperanza de Manzoni y Don Camilo

Emilia Guarnieri

Estos días de pandemia de coronavirus he releído otra gran historia de contagio y miedo, la peste que describe Manzoni. Siempre he percibido en la “poesía” manzoniana una capacidad de revelar el Misterio que habita en la realidad. Y, justo en este momento, quería interceptar esa “revelación”. Iba buscando el relato de una peste que llevara dentro ese factor añadido que hace posible vivirla. Ante todo encontré una estima por la realidad en cada respiro de esa prosa reposada, puntual, analítica pero nada monótona, que ama cada detalle antes de describirlo. Dedica una página entera a “su” viña, con la que Renzo se reencuentra al volver a su pueblo tras el paso de la peste, “pobre viña”, reducida a “un batiburrillo de tallos… una maraña de plantas… zarzas por todas partes”. Cada flor, cada rama, cada pequeño detalle de toda esa vegetación, ¡llamado por su nombre! No se trata de la erudición del botánico sino del afecto de quien había sacado adelante esa viña con un proyecto muy distinto al de verla ahora en ese estado.

Porque entre finales de 1629 y principios del año siguiente en Milán se propagó la peste. En medio de una incredulidad e ignorancia generalizadas, al principio nadie quería creer que se tratara de la peste y cuando fue inevitable rendirse a la evidencia se rechazó la idea de que fuera una enfermedad (que por tanto habría que afrontar como tal) y se prefirió pensar en los “untadores”, ungüentos venenosos repartidos por motivos desconocidos. Esta mentira compartida dio lugar entre el pueblo a la cólera, y la cólera “prefiere atribuir los males a una perversidad humana, contra la que pueda hacer valer sus venganzas” antes que reconocer una causa objetiva.

Manzoni comenta que todo esto se podría evitar “tomando el método propuesto hace tanto tiempo de observar, escuchar, comparar, pensar antes de hablar”. Pero no fue así. Y hasta a la razón, esa capacidad de darse cuenta de la realidad, de adherirse a ella y afirmarla en la totalidad de sus factores, le costaba abrirse paso. “El pobre sentido humano se topaba con los fantasmas que él mismo había creado”, “el buen juicio existía, pero estaba oculto por miedo al sentir común”.

En tiempo de 'peste', necesitamos la esperanza de Manzoni y Don Camilo

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La crítica de la derecha religiosa en Augusto Del Noce

Massimo Borghesi

El 30 de diciembre de 1989 moría en Roma Augusto Del Noce, uno de los filósofos católicos más insignes de la posguerra italiana, pero el trigésimo aniversario de su muerte ha pasado casi desapercibido. Algún que otro encuentro sin publicidad y algún que otro artículo de prensa. Pero el nombre de Del Noce vuelve a emerger, de vez en cuando, la mayoría de las veces en obras de autores que recurren a su pensamiento para criticar el progresismo ideológico-religioso. Con el resultado de ofrecer, en general, una imagen conservadora, afín a la derecha político-religiosa. La misma que hoy ve en el papado al enemigo a batir, un punto de crisis en la tradición eclesial. De este modo, Del Noce, que tuvo una influencia decisiva en el pensamiento democrático de uno de los pensadores clave de América Latina, Alberto Methol Ferré, el filósofo amigo de Jorge Mario Bergoglio, se convierte en un autor utilizado para criticar a la Iglesia de Francisco. Se trata de una instrumentalización que no pueden hallar justificación alguna.

En 2011, bastante antes del papado actual, publiqué un libro titulado ‘Augusto Del Noce. La legitimación crítica de lo moderno’, donde la versión conservadora y tradicionalista del filósofo piamontés se ve refutada radicalmente. Después de aquello, la versión Del Noce de “derechas” perdió toda credibilidad. Su crítica al progresismo, dominante en los años 70-80 marcados por la hegemonía marxista a nivel mundial, debía completarse mediante su crítica a la reacción. “La ideología reaccionaria constituye el derrocamiento de la posición progresista, no su superación”. De ese modo, quien quiera dar razón del pensamiento de Del Noce debe dar cuenta de ambos aspectos que, en él, describen dos lados de un problema cuya solución representa la tarea del pensamiento católico contemporáneo. Un pensamiento todavía enredado en la dialéctica entre progreso y reacción, modernismo y antimodernismo. Con el resultado de faltar siempre a su cita con la historia y quedar sometido al poder o contrapoder de turno. Prueba evidente de ello es la actual crítica teológica al pontificado, caracterizada por una identificación perfecta con la derecha política. El papa Francisco se convierte así en chivo expiatorio de medio siglo de post-concilio. Todas las reservas del tradicionalismo eclesial se descargan sobre el pontífice con el secreto deseo de liquidar con él toda una etapa conciliar. Por otro lado, la reflexión delnociana, sobre todo la de los años 50-60, conserva toda su actualidad porque se mueve en la misma longitud de onda del Concilio Vaticano II: encontrar un punto de encuentro entre el humanismo cristiano y las libertades modernas, entre catolicismo y modernidad.

Como escribe en 1967: “La posición reaccionaria, […] es la negación radical del mundo moderno, tanto en su momento liberal como socialista. Para mí, en cambio, existe un valor esencial que se ha afirmado claramente solo en el mundo moderno y que el cristianismo puede asumir y elevar en su pureza, el momento liberal. […] Respondo que mi posición es extremadamente similar a la de Maritain, cuando esta sea interpretada correctamente”.

La crítica de la derecha religiosa en Augusto Del Noce

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Despertar lo humano

Mikel Azurmendi

Merece la pena darles una vuelta a ciertas “reticencias” del amigo Gregorio Luri ante la reciente propuesta de Julián Carrón (El despertar de lo humano) para estos vertiginosos tiempos de pandemia y reclusión social. Son reticencias que, sumadas a las del libro precedente ¿Dónde está Dios?, le producen cierto tufo de “emotivismo” doctrinal así como una sensación de “relegación de la ley” moral a favor de un “cristianismo de la experiencia”.

Mi reflexión me lleva a restablecer la pertinencia del texto de Carrón en haber fijado el encuentro como el despertador humano que le hace sonar la hora de su propia capacidad de Dios. Ésta se hace creíble únicamente “si vemos aquí y ahora a personas en las que se documente la victoria de Dios sobre el miedo y sobre la muerte, su presencia real y contemporánea, y por tanto un modo nuevo de afrontar las circunstancias, lleno de una esperanza y de una alegría normalmente desconocidas y, a la vez, orientado hacia una laboriosidad indómita. Más que cualquier discurso tranquilizador o receta moral, lo que necesitamos es toparnos con personas en las que podamos ver encarnada la experiencia de esta victoria, de un abrazo que permite estar ante la herida del sufrimiento, del dolor, en las que se testimonie la existencia de un significado proporcional a los desafíos de la vida” (pg.41). En virtud de ello una buena parte del texto de Carrón se dedica a referenciar testimonios de personas que en medio de la sorpresiva reclusión han despertado al Dios que llevaban dentro.

El propio Luri reconoce indirectamente que en él mismo el hecho del encuentro es más decisivo que su filosófica fe en la ley moral, pues termina su reflexión yendo más allá de todas esas sus reticencias “para reconocer, sin peros de ninguna clase, que ninguna vale nada frente a mi admiración incondicional por la entrega entusiasta e insistente de mis amigos de Comunión y Liberación a sus hermanos”. Reconoce con ello que más razonabilidad que en todo su argumentario la hay en su admiración a determinada gente por su entrega a los demás. Como no tengo presunción alguna de que exagera o miente, me tengo que preguntar por qué es así. No existe más que una respuesta: porque esa admiración de Gregorio Luri hacia ciertas personas “con las que se ha topado” nace de la autoridad que le merecen a causa de su existencia entregada.

La admiración, sí, he ahí la piedra de toque del encuentro. Spinoza la definió como la sorpresa ante un hecho que contradice nuestra experiencia pasada. Y daba a entender que el sorpresivo hecho es positivo, un bien. Una sorpresa, pues, generando asombro. Una emoción que remueve positivamente las neuronas-espejo y conduce al sentimiento de que aquello tan inesperadamente bueno es también bueno para mí. Jesús obró así, captó uno a uno a sus discípulos por su porte existencialmente admirable y no por un discurso moral o teológico, muchas veces incomprensible para ellos. Emoción a pie de calle también, pues las masas lo admiraban y le seguían. Otra cosa era cómo dar razón de todo ello, cómo estatuir que el amor era la regla de oro y que amar a Dios y al otro lo era todo, puesto que el resto de la ley “vendría por añadidura”.

Despertar lo humano

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El infinito que está dentro

Costantino Esposito

Hay una gran paradoja que acompaña desde su inicio la historia del nihilismo y cuyo cumplimiento hoy vemos más claramente: el verdadero sentido de la “muerte de Dios” –la fórmula con que de Nietzsche en adelante se alude a la crisis irreversible de toda trascendencia, ontológica, religiosa o moral– reside en la muerte del “yo”. El ser que yo soy ya no se concibe como un “dato” objetivo, sino como el “caso” subjetivo de un proceso evolutivo impersonal, un momento de tránsito provisional, eso que el nihilismo oriental, inspirado en el budismo, llamaría la “no-permanencia” o “no-existencia” del yo individual. Momentos accidentales en el flujo necesario de la naturaleza: eso serían los seres humanos, y no está dicho que la falta de un sentido personal sea una pérdida. Según algunos, podría ser hasta una liberación, la posibilidad de vivir la vida tal cual es, en su acontecer desnudo, y basta.

Esta paradoja es el caso de la cultura actual. De hecho, por un lado parece imponerse en todos los frentes la ideología de la performance, según la cual nuestro ser consistiría en el logro, pero reduciendo los logros a la afirmación de una propia imagen de poder (sea el que sea); pero por otro lado, si este juego no se “logra” –lo que suele suceder, o sale mal, o sencillamente no dura– nuestro ser queda literalmente aniquilado, reducido a cero, ya no sirve para nada. Aquí nace la “cultura del descarte”, en la que el papa Francisco identifica con total evidencia uno de los problemas más dramáticos de nuestras sociedades.

¿Pero qué puede poner en cuestión tal perspectiva –no solo socio-económica sino en primer lugar antropológica– del “descarte de uno mismo”? El reclamo a una sabiduría individual o a una moralidad pública ya no resultan eficaces. La deontología no es capaz de entenderse con la ontología. ¿Habrá algún punto en el que apoyarse para afrontar el problema? Y si lo hay, no puede venir de fuera de la experiencia, solo puede nacer desde su interior. Un punto ganado por la urgencia misma del vivir que nos inquieta a diario, un punto que emerja de la inmanencia de la vida misma. Si existe un sentido trascendente, o se encuentra en la inmanencia o sencillamente no se da.

Aquí volvemos al problema existencial del nihilismo, allí donde la vida parece ser una “inmanencia absoluta”, por usar una expresión del filósofo Gilles Deleuze (L’immanence: une vie... de 1995), que retoma una idea típica de Spinoza, para quien la vida es una potencia natural absoluta, “movimiento que no empieza ni acaba”, conciencia impersonal, al mismo tiempo “sin objeto y sin yo”, por extraño que pueda parecer al sentido común una conciencia que no sea conciencia de algo y que no sea conciencia de sí. Solo una “inmanencia pura”, según Deleuze, permitiría una “felicidad completa”, como la de los recién nacidos, que “se parecen todos, no poseen una individualidad propia, pero tienen singularidades, una sonrisa, un gesto, una mueva, hechos que no son caracteres subjetivos. Los recién nacidos están atravesados por una vida inmanente que es potencia pura, y también felicidad a través de los sufrimientos y debilidades”.

El infinito que está dentro

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>Entrevista a Fernando de Haro

'El Covid ha destapado la disociación entre la globalización económica, cultural y de la gobernanza'

Gonzalo Jiménez Tapia

Gonzalo Jiménez Tapia, estudiante de doble grado en Historia y Periodismo, entrevista al director de paginasdigital.es con motivo de la publicación de su último libro, ‘La ventaja de mirar insistentemente una lata de sopa’, Ediciones Encuentro, 2020.

Son muchas las entrevistas que ha concedido sobre la persecución de los cristianos, pero acaba de publicarse su último libro hace dos meses, sobre el que se le ha preguntado poco. Por esa razón hoy le quiero preguntar sobre ‘La ventaja de mirar insistentemente una lata de sopa’. La historia que cuenta en la introducción sobre las latas de Warhol y su visita a Cambridge me lleva a preguntarme sobre la globalización. Dentro de las críticas que asocia usted a esa sociedad que se ha hecho individualista parece que culpa a la globalización. ¿Es la globalización el problema de esa sociedad individualista o hay más factores?

No creo que la globalización sea culpable de la situación en la que estamos. La globalización desvela una debilidad cultural sobre todo en Occidente, porque toda la cultura occidental en los últimos dos o tres siglos se ha basado en el ideal de la Ilustración que se ha acabado. Ese ideal consistía en tener unos valores comunes que fuesen capaces de superar los enfrentamientos entre los europeos. En realidad, este modelo basado en unos valores que no reclaman a su fundamento provoca que la Ilustración entre en crisis.

La globalización no creo que sea mala. Tiene efectos muy positivos, pero desvela la crisis previa, que es una crisis antropológica y cultural. Esos valores universales abstractos de la Ilustración, antes de que la globalización se materializara, habían perdido consenso y su sostén. El modelo ilustrado sostiene que hay una serie de valores universales que por su propia fuerza se van a imponer. Con la globalización se desvela que no se han impuesto, que no son compartidos.

Incluso la crisis del Covid-19 nos va a ayudar a comprender que la globalización es más aparente que real. Hay ciertamente una globalización del consumo, pero bajo la globalización perviven unas diferencias culturales que he podido constatar en mis viajes. La globalización, sobre todo, provoca una reacción contraria de aquellas culturas previas que han quedado muy debilitadas.

¿Se refiere a lo que menciona en el libro de una presencia del nihilismo en el islam o a la pérdida de valores en Europa que se ha trasladado a otros países occidentales?

Exacto. Las culturas básicas están en crisis. Está en crisis la cultura occidental y el mundo cultural y religioso del islam. Además, yo conozco menos, pero me he podido asomar al mundo hindú, que es muy importante. Hay que tener en cuenta que India tiene un gran peso. Esas tres culturas están en crisis, estaban en crisis antes de la globalización. La globalización provoca un estado de perplejidad y entonces se desarrolla el nacionalismo, el particularismo, el soberanismo.

Un nacionalismo que puede tomar vías violentas como en el hinduismo político o el islamismo del Daesh y Boko Haram introduce la teologización de la soberanía y del islamismo. ¿Cómo es ese proceso en el islamismo?

>Entrevista a Fernando de Haro

'El Covid ha destapado la disociación entre la globalización económica, cultural y de la gobernanza'

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'La tarea es el cambio ahora, como dice Carrón'

Eugenio Nasarre

Eugenio Nasarre, hombre de la transición, muchos años diputado, presidente del Movimiento Europeo en España, comenta para paginasdigital.es el último libro-entrevista de Julián Carrón, ‘El despertar de lo humano’.

Necesitamos conversar. Por eso he leído con fruición la conversación entre Julián Carrón y Alberto Savorana. Confieso que no llevo bien quedarme encerrado en casa. Desde que tengo uso de razón política lo que me ha gustado es conspirar en los cafés, coger el tranvía o el metro, acudir a los mítines, ver a la gente, compartir lo que nos acontece: el asesinato de Kennedy o la caída del muro de Berlín. Pero todo eso no tiene nada que ver con esta cuarentena.

Ninguna conversación es etérea. Toda tiene un lugar y una hora. La de Carrón y Savorana transcurre en Milán, uno de los epicentros de la pandemia de esta primavera. Me sumo a ella en Madrid, otro de los lugares azotados con virulencia por esta peste del siglo XXI. Pienso en Milán y en Madrid, dos grandes urbes con sus historias, con sus herencias, con sus vínculos, con su futuro, que hemos de compartir también. Milán y Madrid y tantas otras ciudades europeas unidas por esta realidad inédita para los hombres de nuestro tiempo.

Lo primero que tenemos que reconocer es que somos historia, que no venimos de la nada. He seguido los acontecimientos de Milán con la abundante, ¿demasiada?, información que recibimos por internet. Hay que digerirla. Hay que tomar perspectiva. Y he acudido a lo obvio: a Manzoni, a la Milán de la peste de 1630. Toda pandemia transforma a la ciudad y a sus habitantes. En el relato de Manzoni hay asombrosas semejanzas con lo que nos está pasando. Pero hay también diferencias, porque ninguna vivencia humana es repetible. Hay dos diferencias que nos deben interpelar. Forman parte de las reflexiones de Julián Carrón. Acaso estén conectadas. Son: la cercanía o lejanía de Dios y los avances científicos y técnicos. En la Milán de 1630 Dios está más cercano, forma parte del corazón de esa comunidad sufriente. En la Milán de 1630 no hay grandes complejos hospitalarios ni Ucis, sino lazaretos.

Vivíamos en la inopia

'La tarea es el cambio ahora, como dice Carrón'

Eugenio Nasarre | 0 comentarios valoración: 2  23 votos

Cuarteto para el fin del tiempo

Antonio R. Rubio Plo

La prisión ha ayudado a llenar páginas en blanco de hombres de caracteres opuestos y motivaciones dispares: Tomás Moro, Cervantes, Dostoievski, Hitler, Gramsci… Para dar salida a una mente inquieta ha sido válido cualquier objeto sobre cualquier superficie, si se daba el caso de que los prisioneros eran privados de pluma y papel. En esas circunstancias, un compositor podría escribir unas notas, pero difícilmente llevarlas a su instrumento. Si además ese músico estuviera recluido en un campo de concentración, rodeado de toda clase de miserias físicas y morales, ¿qué sentido tendría componer? Una música sin esperanza no debería nacer, o nacer cuando el peligro hubiera pasado, y ese sería el momento de expresar desasosiego y elevar un clamor de justicia. Esta fue, por ejemplo, la atmósfera del oratorio de Arnold Schöenberg, Un superviviente de Varsovia, repleta en medio de horrores.

Sin embargo, en un campo de concentración también puede suceder un milagro. El compositor francés Olivier Messiaen estrenó una de sus obras en el campo de Gorlitz ante un auditorio de cinco mil personas entre recluidos y guardianes a finales de 1941. La audiencia estaba pendiente del piano de Messaien y del violín, violoncello y clarinete de otros tres prisioneros franceses. Así se estrenó el Cuarteto para el fin del tiempo, que evoca una lectura del Apocalipsis con la presencia de un ángel que levanta la mano hacia el cielo y proclama el fin del tiempo. Música de misticismo y misterio, quizás no apta para todos los oídos, aunque capaz de hacer meditar a hombres zarandeados por el dolor y a guardianes prisioneros de la obediencia debida.

El tiempo se detuvo para todos en tierras de Silesia, pero la sensibilidad y el talento musical de un prisionero, un joven organista de la iglesia parisina de la Trinité, abrieron ventanas de eternidad. Nada de músicas apocalípticas al estilo del siglo XIX, en el estilo de Berlioz y Verdi, y sí, por el contrario, una liturgia insinuante de pájaros en la madrugada, algo familiar a un prisionero. Las primeras notas de la obra sugerían la presencia de esos “pequeños profetas de una alegría inmaterial”, en palabras del propio Messaien.

Recordar este insólito estreno musical equivale a rechazar que vivimos en un mundo sin sentido en el que la desconfianza sería la base de la seguridad, e incluso de la libertad, una libertad individualista. Lo cierto es que Messaien llevaba en su equipaje discos de Bach, Beethoven, Ravel y Stravinski. Este es un detalle que llamó la atención del comandante del campo, un melómano que no se había deshumanizado, y le ofreció papel para componer y un piano. De esta manera surgió la primera audición de una obra que Hitler y Stalin habrían rechazado, uno por “música degenerada” y otro por no ajustarse al “realismo socialista”. No podían prever que con el tiempo esa obra tendría más de cien registros discográficos.

La actitud del comandante es una nota de esperanza para todos los tiempos. Tendremos que confiar en que siempre habrá alguien que no obedecerá órdenes arbitrarias, como aquella del Führer de incendiar París, que existirá alguien que no cree que la disciplina es un sinónimo de la moral.

Cuarteto para el fin del tiempo

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Despertares de lo humano

Gregorio Luri

El filósofo, pedagogo y ensayista Gregorio Luri comenta para paginasdigital.es el libro de Julián Carrón, ‘El despertar de lo humano. Reflexiones de un tiempo vertiginoso’. Fraternidad de Comunión y Liberación, 2020.

El azar amigo me permite descubrir este oportuno libro de Carrón justo cuando estoy releyendo a García Morente. Aquí tengo, sobre la mesa, su Ensayo sobre la vida privada, con su consejo a reaccionar contra el “vivir extravertido, falto de sinceridad, amorfo, lleno de cobardía mental”. A su lado está esa extraordinaria confesión íntima, El hecho extraordinario, donde García Morente se rebela contra la “satisfacción modorrosa” de la vida inercial. Cuando, después, al abrir el libro de Carrón, leo que “vivir en el desconocimiento de uno mismo no es precisamente lo máximo para la propia autorrealización”, no puedo menos de agradecerle al azar amigo su generosidad.

Hay tiempos, que pueden durar décadas, en los que la vida parece deslizarse sin fricciones, surfeando sobre la realidad y, si se tiene una inquietud, se acude a un libro de autoayuda. Son tiempos propensos a olvidar que a las vacas gordas les suceden, tarde o temprano, las flacas. Así que cuando se insinúa en el horizonte una nubecilla gris, la recibimos estéticamente. Si va tomando cuerpo y dominado el horizonte, nos decimos que no será para tanto. Pero si un rayo rasga el cielo y comienza a llover entre truenos y relámpagos, nos miramos unos a otros desconcertados. ¿Cómo es que las autoridades públicas no han hecho algo para evitar el diluvio?

La vida, sin habernos avisado de sus intenciones, se nos retuerce entre las manos; cada hora nos desborda con retos inéditos y asistimos perplejos a la conversión de lo extraordinario en rutina, mientras oímos cómo la muerte va dando aldabonazos por las casas de nuestro barrio.

“En estos momentos”, escribe García Morente, “es cuando el hombre vuelve la vista a Dios.”

La conversión de García Morente presenta muchas similitudes con la de uno de sus maestros, el neokantiano Herman Cohen, uno de los pensadores más respetados de Alemania, fallecido el 4 de abril de 1918. Su última obra, publicada póstumamente, se titula La religión de la razón desde las fuentes del judaísmo y constituyó una fenomenal sorpresa para sus discípulos.

Cohen se había empeñado durante su vida, con un formidable fervor especulativo, en hacer del judaísmo una religión de la razón que fuera coherente con la filosofía de Kant. Pero en su última obra se acercaba a Dios de una manera que corregía toda su aproximación anterior. Si antes lo había concebido como una idea, ahora lo trata como un Tú capaz de dirigir al hombre concreto que cada uno somos el mandato específico de cuidar no tanto de la ley como de nuestro hermano. Si hasta ese momento la razón era el vínculo entre Dios y el hombre, ahora ese vínculo es el amor, afirmando así la primacía de la relación intersubjetiva sobre el mandato de la ley, porque sería en la relación entre dos seres humanos singulares donde se realiza la copresencia de Dios y el hombre.

El judaísmo deja de ser así tanto la religión de la ley como de la razón, porque el mandato de amor desborda los límites de cualquier otro imperativo.

Despertares de lo humano

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>Entrevista a Teresa Gutiérrez de Cabiedes

'Solo publiqué mi novela sobre Van Thuan porque cambió mi vida'

Fernando de Haro

Teresa Gutiérrez de Cabiedes publicó hace dos años “Van Thuan, libre entre rejas”, una reconstrucción de los trece años que pasó el cardenal vietnamita en la cárcel. Una historia especialmente pertinente en este tiempo de confinamiento.

¿Por qué quisiste contar la historia de Van Thuan?

Realmente, la historia me buscó a mí. Escribí un libro entrevista a un amigo suyo. Era un arzobispo al que ponía contra las cuerdas con preguntas de actualidad. Le expuse que nuestro mundo “vende” que la libertad es hacer lo que te dé la gana y cosechar cuanto más éxito mejor. Y le desafié a contestarme por qué la Iglesia se atreve a seguir proponiendo que uno es más libre cuando se deja hacer por Dios y se entrega a los demás. No me contestó con un discurso filosófico o teológico. Simplemente dijo: “Yo conocí a un hombre que fue absolutamente libre estando injustamente preso”. Aquel “érase una vez” me trasplantó a la adolescencia, en la que había leído la vida de Van Thuan. Pensé: si esa persona era real y su vida puede cambiar mi vida, quiero saber cuál es su secreto. Y expresé en voz alta: “¡Esa historia es una novela en la que la realidad supera la ficción!”. A los meses, una llamada me puso contra las cuerdas a mí: “¿Cómo va la novela?”.

¿Cómo trabajaste para investigar en su vida?

Lo primero que hice fue comprarme su obra completa (casi toda estaba ya traducida al castellano). Estuve varios meses “confinada” con él: leyendo y orando. Después me planteé cientos de preguntas y empecé a buscar testigos que aún vivieran. A muchos los encontré por correo electrónico. A algunos familiares y colaboradores cercanos pude entrevistarlos en Roma, las jornadas posteriores a la Eucaristía que cada 16 de septiembre se ofrece por su alma en la iglesia de los Carmelitas del Trastevere donde está enterrado. Esas personas me pusieron en contacto con otras. En paralelo, iba documentándome sobre la historia, el paisaje, la gastronomía de Vietnam (en parte con ayuda de seminaristas clandestinos que estudian en mi ciudad). Desde el principio hasta el final tenía claro que sólo publicaría la historia si todo el contenido era real (salvando alguna licencia menor), si lo podía leer un no creyente y salir enriquecido, y si la experiencia de Van Thuan cambiaba mi vida (si se cumplían mis dudas de que fuera una especie de Superman en versión canonizable, prefería que le hicieran un altar y pedirle milagros, pero no narrar su historia interior).

¿Cuál era la historia familiar de Van Thuan?

Tanto por la vertiente materna como por la paterna pertenecía a familias capitales para la historia convulsa de ese país. Uno de sus tíos fue el primer presidente de la Primera República de Vietnam del Sur (y murió cruentamente asesinado). Pero, sobre todo, llevaba en la sangre un torrente de martirios que venía de muchas generaciones atrás. Toda la familia de su padre había muerto quemada en una iglesia de paja un domingo. Su padre se salvó porque estudiaba en el extranjero. Sus padres eran personas sencillamente extraordinarias. De modo particular, es imposible entender un alma como la de Van Thuan sin conocer a fondo la riqueza interior de su madre.

>Entrevista a Teresa Gutiérrez de Cabiedes

'Solo publiqué mi novela sobre Van Thuan porque cambió mi vida'

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