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28 MARZO 2017
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El fanatismo y la interpretación de los textos

Martino Diez

El fanatismo religioso tiene como característica específica, respecto a otras formas de extremismo, la de servirse del lenguaje de la fe como fuerza de movilización. En esto no hay nada sorprendente: la religión es una de las grandes fuerzas que impulsan al hombre. Resultaría fácil liquidar la cuestión afirmando que el fanatismo representa un uso oportunista de la religión para objetivos que le son ajenos, por ejemplo de naturaleza política, pero en realidad las cosas no son tan sencillas. La mayor parte de los fanáticos, incluidos sus líderes, actúa de buena fe, sin hipocresía. Negarse a medirse con este dato de hecho significa condenarse desde el principio a no comprender este fenómeno.

El fanático actúa por tanto de buena fe, y al hacerlo se sirve de una serie de textos religiosos. Por ejemplo, los comunicados del Isis están llenos de citas del Corán y de los hadith. Por tanto, una de las cuestiones es cómo estos son recibidos y cuáles son las reglas para una correcta interpretación de estos textos. Los cristianos acabamos de empezar el tiempo de la Cuaresma, donde nos acompaña un pasaje del Evangelio muy interesante que narra las tentaciones a las que Satanás somete a Jesús al inicio de su ministerio público (Mt 4,1-11). Si bien la primera de ellas incide en el deseo humano de Jesús de comer pan después de cuarenta días de ayuno, en la segunda tentación Satanás invoca un texto bíblico –versículos 11 y 12 del bellísimo Salmo 91– para sugerir a Jesús que se lance desde lo alto del templo: “Está escrito: «Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos para que tu pie no tropiece con las piedras»”. Pero Jesús responde a la provocación: “También está escrito: «No tentarás al Señor, tu Dios»”. Este breve fragmento evangélico muestra por tanto que un texto revelado, como es la Biblia para los cristianos, también puede prestarse a interpretaciones erradas.

Del mismo modo, en la época de la primera fitna, Ali advertía a sus soldados cuando los enviaba a luchar contra los jariyitas: “No les citéis el Corán, porque el Corán tiene muchos rostros. Tú citas un versículo y ellos citarán otro”. Ante la ambigüedad originaria del texto, la tarea consiste por tanto en definir las reglas para leerlo, cuando la ilusión más peligrosa es justamente pensar que no existen reglas. ¿Pero a quién compete la tarea de dictar estas reglas? Hoy en Occidente no es extraño oír a los no musulmanes explicando a los musulmanes cómo deberían interpretar el Corán o los hadith. Este ejercicio me deja personalmente muy escéptico. De hecho, una cosa es analizar un texto desde el punto de vista científico, en virtud de la universalidad de la razón humana que todos compartimos; y otra es proponer una interpretación vinculante a una comunidad de fe a la que no se pertenece. Esto puede llegar a pasar, como mucho, solo si se hace de puntillas y como una forma extrema de hospitalidad.

El fanatismo y la interpretación de los textos

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El islam se enfrenta al fantasma de la laicidad

Robi Ronza

Una declaración de coexistencia mutua entre cristianos y musulmanes se firmó hace unos días en El Cairo al término de una conferencia sobre “Libertad, ciudadanía, diversidad e integración”, promovida por la universidad de Al Azhar, el principal centro cultural del islam suní, y el Consejo islámico de los Ancianos, un organismo que tiene su sede en Abu Dhabi.

Siguiendo el Mensaje de Amán de junio de 2005 y la Declaración de Marrakesh de enero de 2016, esta nueva declaración es otra importante etapa en el camino iniciado en el seno del mundo musulmán para dar fundamento en términos de ortodoxia islámica a principios como la libertad religiosa, la libertad de conciencia y las libertades civiles. Y, por tanto, deslegitimar el integrismo islamista envaneciendo su pretensión de ser el islam auténtico.

Así se concibe también la Carta de Medina, es decir, el acuerdo que Mahoma suscribió con los habitantes de aquella ciudad garantizando a todos ellos su libertad para profesar libremente su fe, cualquiera que esta fuera. Si bien es cierto que el islam puede liberarse del integrismo solo en virtud de una reforma interna y no por presiones externas, hay que felicitarse por que tal proceso avance positivamente. De hecho, las presiones externas por sí solas no pueden tener más que efectos contraproducentes.

Es importante y prometedor el hecho de que las tres iniciativas hayan tenido lugar bajo la égida de los más relevantes líderes del mundo musulmán sunita: los dos reyes, Abdalá II de Jordania y Mohamed VI de Marruecos, cuyas dinastías proceden de una descendencia directa del Profeta, y el presidente egipcio Abdel Fatah Al-Sisi, es decir, quien gobierna el país más importante del mundo árabe. Pero supone una limitación nada desdeñable el hecho de que todo ello suceda en un ámbito suní que por el momento no llega a implicar al islam chiíta, minoritario pero consistente.

Con el Mensaje de Amán se fundamentaba en el Corán la libertad de la persona, afirmando que “el islam honra a todo ser humano independientemente del color de su piel, raza o religión”. En la Declaración de Marrakesh, teniendo en cuenta que “en diversas partes del mundo musulmán la situación se ha deteriorado peligrosamente a causa del recurso a la violencia y a la lucha armada como instrumento para resolver los conflictos e imponer a otros el propio punto de vista”, se invitaba a los países de mayoría islámica a reformar sus constituciones tomando como base la Carta de Medina, la Carta de Naciones Unidas y otros documentos relacionados, “como la Declaración universal de los derechos humanos”. Y lanzaba además un llamamiento a los “expertos e intelectuales musulmanes de todo el mundo para desarrollar jurisprudencia sobre el concepto de ciudadanía, inclusivo de los diversos grupos”.

Un llamamiento que ha sido acogido de manera evidente en la Conferencia de El Cairo, donde la ciudadanía era el tema clave. En la conferencia han participado más de 600 académicos, políticos y autoridades religiosas cristianas y musulmanas procedentes de casi cincuenta países distintos. Sus dirigentes han sido el presidente del Consejo islámico de los Ancianos y el gran imán de Al Azhar, Ahmad Al Tayyib. El papa cristiano copto Tawadros II también estaba entre los participantes.

El islam se enfrenta al fantasma de la laicidad

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>ENTREVISTA A MASSIMO BORGHESI

'La belleza desarmada es la vía de la misericordia'

Juan Carlos Hernández

Conversamos con el filósofo italiano Massimo Borguesi a propósito de algunos de los contenidos del libro "La belleza desarmada", de Julián Carrón.

Una de las tesis principales del libro es que la Ilustración afirma adquisiciones fundamentales originadas en el cristianismo, como el concepto de persona o libertad, pero quiere prescindir de la experiencia que había permitido que surgieran plenamente. ¿Qué le parece dicha afirmación? Si esto es así, ¿de qué modo este cambio de mentalidad afecta también al pueblo cristiano?

La “autonomía” de los valores cristianos respecto de la fe era uno de los postulados de la cultura ilustrada. El proceso de secularización fue intenso, por parte de la cultura europea, como apropiación del humanismo cristiano separado de Cristo. El juego funcionó mientras la realidad popular todavía era cristiana, pero luego se reveló imposible. Los valores cristianos viven en relación con Cristo, separados de Él mueren. Era lo que decía con total lucidez Romano Guardini en los años del nacionalsocialismo. En el contexto actual, la difusión, después del ’89, del agnosticismo positivista-libertino, tecno-hedonista, llevó a la desaparición de los últimos residuos de la ética cristiana en favor de un modelo de vida fuertemente selectivo. Por ello, una vida solo es digna si es plenamente feliz, saciada, o si se corresponde con los parámetros de la sanidad (bio-psíquica), de la juventud, del éxito, de la riqueza. Fuera quedan aquellos que el papa Francisco llama los “descartados”, los débiles que no tienen derecho de ciudadanía. El fracaso del proyecto ilustrado consagra la actualidad de Nietzsche: solo los “mejores” tienen derecho a existir. Es el triunfo del modelo tecnocrático al servicio del principio del placer. Esta ecuación entre vida-potencia-felicidad, una ecuación que recuerda al pensamiento de Spinoza, en realidad es una confesión de “impotencia”. Nuestros contemporáneos, privados de esperanza, como documenta el agnosticismo radical, están indefensos ante las tragedias y los dramas de la vida. Es como si la capacidad de soportar el mal y el dolor hubiera desaparecido. El Edén prometido es un escenario de cartón que se derrumba al primer soplido del viento. Ante este proceso, muchos cristianos siguen apegados a la idea de una “cristiandad” que ya no existe, consternados ante el avance de una deriva antropológica que no reconoce sacralidad alguna a la vida. Donde una actitud “reactiva” lo apuesta todo a la defensa de determinados valores, que a nivel público se ven continuamente eliminados por la cultura dominante.

Frente a la afirmación de Ratzinger: “Hoy no es en modo alguno evidente de por sí lo que es justo respecto a las cuestiones antropológicas fundamentales y pueda convertirse en derecho vigente”. En un contexto de desmoronamiento de las evidencias, ¿cuál es la labor que tenemos que afrontar los católicos para construir la vida en común? ¿Cuál es el modo más inteligente de llevarlo a cabo?

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'La belleza desarmada es la vía de la misericordia'

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¿Se puede reformar el islam?

Michele Brignone

¿Se puede reformar el islam? La pregunta, que ya forma parte del debate público tanto en Occidente como en el mundo musulmán, podría tener una respuesta perentoria: no solo se puede reformar el islam, sino que en los dos últimos siglos ya se ha reformado varias veces. Desde los modernistas hasta los salafitas, no son pocas las corrientes que interpretan el islam en discontinuidad con la tradición premoderna. Por otro lado, el islam mismo prevé la necesidad de una constante renovación interna. De hecho, una famosa cita atribuida a Mahoma afirma que “al cabo de cada siglo Dios enviará un renovador a esta comunidad para que renueve su religión”.

El problema es sobre todo que la dialéctica entre renovación y conservación no siempre conduce por el camino trazado por la modernidad liberal. A veces se acerca, otras se aleja. Así lo muestras dos recientes posicionamientos de Al-Azhar, el prestigioso centro de enseñanza egipcio que se erige como custodio de la tradición islámica “auténtica” y que, al mismo tiempo, se ha comprometido, en contra de las lecturas extremistas, con una obra de renovación del “discurso religioso”, lo cual le ha valido una sentencia de muerte por parte del estado islámico.

El pasado mes de enero, el gran imán de la mezquita Ahmad al-Tayyeb declaró que a los cristianos no se les puede aplicar la dhimma, la protección que la jurisprudencia islámica clásica preveía para las “gentes de la escritura” (judíos y cristianos) a cambio del pago de un impuesto (la jizya), porque esa medida es propia de un contexto histórico ya pasado. En el contexto del estado nacional moderno, los cristianos deben ser considerados ciudadanos de pleno derecho, titulares de los mismos derechos y deberes que los musulmanes. Para justificar esta evolución, el imán evocó los precedentes de la comunidad de Medina, donde el profeta Mahoma habría establecido un “estado” fundado sobre el “principio de ciudadanía”, donde convivían con derechos similares musulmanes, judíos y paganos.

Este procedimiento es un pilar del reformismo islámico: una relectura del islam que, yendo más allá de la jurisprudencia tradicional, busca en el tiempo los orígenes de un posible acuerdo, aunque anacrónico, entre el islam y las instituciones modernas. Lo mismo hicieron hace un año los firmantes de la “Declaración de Marrakech sobre los derechos de las minorías religiosas en el mundo islámico”, que a su vez habían identificado en la “Carta de Medina” una “referencia para garantizar los derechos de las minorías religiosas en tierra del islam”. Antes de ellos, ya habían desarrollado el tema de la ciudadanía ideólogos islámicos como Yousef al-Qaradawi, Rachid Ghannouchi, Tariq al-Bishri y Muhammad Salim al-‘Awwa, que también explicaron sistemáticamente las razones por las cuales la dhimma y el pago de la jizya, prevista de manera explícita en un versículo del Corán (9,29), no valen para el contexto actual. Por no hablar de toda la reflexión del nacionalismo árabe “laico”, que ya abordó y resolvió esta cuestión en el siglo XIX.

Un mes después de las declaraciones sobre la ciudadanía, el imán Al-Tayyeb, junto a otros miembros del Consejo de los Grandes Ulemas de Al-Azhar, se expresó sobre otro tema delicado, el divorcio, esta vez cerrando la posibilidad de eventuales reformas. En un discurso pronunciado ante las personalidades egipcias más importantes, el presidente Abdelfattah al-Sisi solicitó de hecho una ley que limitara la práctica del divorcio oral, por la cual el marido puede repudiar a su mujer simplemente pronunciando una fórmula. El comunicado con que los ulemas de El Cairo reaccionaron a la propuesta del presidente afirma que este tipo de divorcio está documentado entre los musulmanes desde los tiempos del Profeta y se limita a invitar a los legisladores a garantizar los derechos de la mujer y de los hijos, y a esforzarse para intentar hacer frente a este fenómeno a través de la cultura y la educación.

¿Se puede reformar el islam?

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La realidad y el secreto que lleva dentro

Antonella Berni

“Todo lo que viene del sur será llamado grotesco por el lector del norte, a menos que no sea grotesco, en cuyo caso será llamado realista”. Así era Flannery O'Connor, aclamada como la mejor escritora norteamericana de relatos. Quién sabe lo que nos habría regalado si una enfermedad no se la hubiera llevado a los 39 años de edad, en agosto de 1964. A menudo presentada por la crítica como cínica, O'Connor se limitaba a captar y representar la realidad en su aspecto más extraño, filtrado por su lente de observadora aguda, graduada en ciencias sociales.

Sus historias toman forma en la rutina de Georgia, sus personajes nunca son particularmente profundos o caracterizados, la mayoría son sencillos y a veces limitados. La realidad se cumple a su pesar. Precisamente aquí se manifiesta la grandeza de su escritura. Un hecho banal se convierte en un drama, un tonto se transforma en héroe trágico, la crueldad humana es como un fenómeno atmosférico de la naturaleza, terrible pero inevitable. Un río que no se puede parar. Y el lector se convierte en espectador de un final sorprendente.

La gran habilidad de O'Connor reside en mostrar la disparidad entre la limitación de sus personajes, que no comprenden su propio destino, y su realización. En uno de sus relatos más famosos (“Un hombre bueno es difícil de encontrar”), la concatenación de hechos totalmente casuales lleva a toda una familia, abuela incluida, a un final brutal. Podemos enumerar, con el sentido que da la retrospectiva, todas las decisiones aparentemente inocuas que les llevan hasta ese resultado. Todo, la decisión de parar a tomar algo, el giro a la izquierda o a la derecha en un camino que no es familiar, hasta los fallos de memoria de la abuela, tiene la gravedad de una condena.

Los hechos ordinarios con los que se inician sus relatos adquieren complejidad a medida que avanza la obra, del mismo modo que una bola de nieve termina convirtiéndose en un alud ante los ojos del lector.

Una banal maceta con un geranio en el alféizar de una ventana esconde la metáfora de una vida, como es el caso del viejo Dudley (protagonista del relato “El geranio”), que al darse cuenta de que el geranio se ha caído se asoma a la ventana como todos los días, presa de su silla y de su aturdimiento senil. No le compete a él captar el significado del geranio que termina con las raíces al aire porque el final siempre es para el lector, no para despedir a un personaje que acaba su carrera.

De fondo, a menudo pero no siempre, las diferencias entre blancos y negros, algo normal en aquella época, una nota dolorosa aún hoy. La violencia y la opresión se ilustran como si fueran noticias de un informativo, sin juicio alguno por parte de la autora. Incluso al narrar las bajezas del hombre, O'Connor mantiene alto su registro poético, como resarciendo el estupor que provocan algunas de sus historias. Como dijo en una ocasión Elizabeth Bishop, hablando de los relatos de O'Connor, estaban llenos de descripciones breves, frases e intuiciones que formaban una verdadera poesía, más que la suma de muchos poemas juntos.

Nacida en Savannah (Georgia), Flannery O'Connor obtuvo un máster de arte en inglés en el renombrado Iowa Writer's Workshop. El director de entonces, Paul Engle, reconoció años más tarde que tuvo problemas para comprender a Flannery cuando hablaba en su dialecto georgiano. Eran tan incomprensible oírla como placentero leer su prosa, llena de inventiva, dura y viva. Después de la Universidad de Iowa, donde empezó a trabajar en su primer libro, “Sangre sabia”, O'Connor se trasladó a una comunidad de artistas (Yaddo) en el estado de Nueva York, en 1948. En estos años entró en contacto con varias figuras del mundo literario americano, sobre todo neoyorquino. Entre otros, Robert Giroux, que pronto se convertirá en su editor y que alababa la extrema flexibilidad de su escritura y su capacidad para revisar y mejorar un relato. Escribir y escribir, esa era la vida de Flannery, que encontró el periodismo, la actividad en la que empezó, reductivo y poco creativo.

“Escribo este nombre con honor, por toda la verdad y maestría con que mostró la caída y deshonor del hombre”, escribió el poeta Thomas Merton después de su muerte. Porque, al final, O'Connor escribía sobre la realidad sin inventar nada.

La realidad y el secreto que lleva dentro

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Todorov, observador del ser humano

Maletta Sante

Tenía razón el escritor Luca Doninelli al comparar la muerte de Tzvetan Todorov, el pasado 7 de febrero en París, con la desaparición de un pariente querido que dedicó toda su vida a custodiar un tesoro familiar. Uno de los últimos grandes amantes del humanismo (este es el tesoro) y sus valores, practicados en un trabajo intelectual difícil de catalogar desde un punto de vista disciplinar, Todorov fue un historiador de las ideas, un teórico de la literatura, un filósofo y –como le gustaba decir de sí mismo– ante todo un “antropólogo” en sentido amplio, es decir, un observador del ser humano. Tarea que no desarrollaba según observaciones experimentales sino más bien mediante el análisis y la interpretación de productos culturales de naturaleza muy variada: novelas, documentos históricos, escritos filosóficos y últimamente también obras de artes figurativas. Un eclecticismo tal que hacía de Todorov tanto un autor muy estudiado (sus obras) como poco conocido (su persona).

Nacido en 1939 en una familia búlgara culta perseguida por el régimen comunista, Todorov se traslada a París en 1963. Allí entra en los círculos estructuralistas y se quedará a vivir en la capital francesa el resto de su vida. Un periodo decisivo fue su gradual alejamiento del estructuralismo, que encuentra en el libro dedicado a Michail Bachtin y su “principio dialógico” (1981) un nudo fundamental. Los grandes temas de su pensamiento maduro se encuentran en una de las obras más conocidas de Todorov, “La conquista de América”, cuyo subtítulo resulta bastante revelador, “El problema del otro” (1982). Se podría decir que la misma adhesión inicial al estructuralismo estuvo motivada, más o menos conscientemente, por la intuición de que esta perspectiva iluminaría la alteridad radical que habita en el ser humano desde su nacimiento, la del lenguaje. Y es que ninguno de nosotros ha elegido su lengua materna y, propiamente, no puede decirse que el lenguaje nos pertenezca sino que más bien nosotros le pertenecemos a él, que “somos hablados”.

El problema es que, en la perspectiva estructuralista, el lenguaje habla “sin decir nada”. El estructuralismo es incapaz de captar la exigencia ineludible de sentido y de verdad que habita dentro de la palabra humana. De hecho, no se respeta verdaderamente una obra literaria considerándola exclusivamente en sus dimensiones lingüísticas formales y descuidando su veracidad y pretensión de sentido. Detrás de la palabra, hay siempre un sujeto con su inextirpable intuición de un destino misterioso que se expresa en la pregunta “¿cómo debo vivir?”, considerada por Todorov como la pregunta humana por excelencia. Como argumenta en su estupendo ensayo de 2007 “La literatura en peligro”, esta posee por tanto no solo una dimensión cognoscitiva sino también y sobre todo una dimensión moral en cuanto tiene que ver con la conducta de la vida. Ambas dimensiones están estrechamente interrelacionadas en el sentido de que la única exigencia moral auténtica presente en una obra literaria es decir la verdad sobre la realidad creando un universo “ficticio pero verosímil” que nos permita comprender quiénes somos y qué estamos llamados a hacer en el mundo, una comprensión que solo puede nacer mediante una práctica virtuosa del arte de la interpretación.

Todorov, observador del ser humano

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Los retos de la ciencia en la Universidad española

Nicolás Jouve

En 1930 ya señaló Ortega y Gasset que la “Misión de la Universidad” es enseñar las profesiones intelectuales y hacer investigación científica y preparar futuros investigadores.

El principal destinatario de lo que se hace en la Universidad es la sociedad, por la repercusión en el nivel cultural y bienestar a través de la formación de profesionales en todos los campos y por la repercusión de los avances científicos en la salud, alimentación, comunicaciones, transporte, etc.

Si nos fijamos en el fomento de la investigación, el principal problema de los responsables de la política científica es el de dar prioridad a los campos que más y mejor vayan a repercutir en beneficio de la sociedad. Pero cuando hablamos de beneficio no necesariamente estamos hablando de economía. Hay otros déficits que afectan al nivel cultural y social. Aunque a veces no lo parezca, no solo de tecnología vive el hombre, y no hay que volcar todos los esfuerzos en ciencia y tecnología. Hay un desequilibrio patente entre lo que hacemos o podemos hacer y lo que afecta al pensamiento, y la moral… por lo que habrá que dedicar más atención a otras áreas del conocimiento, como las humanidades, el arte, la literatura o la música, por ejemplo. No nos quejemos después del desmoronamiento de la sociedad en las costumbres y el comportamiento. A esto se refiere el filósofo alemán Hans Jonas, que echa en falta un análisis de los fines de las investigaciones y denuncia el hecho de sus consecuencias: “El ser humano –dice Jonas– ha aumentado su poder dominador de la naturaleza, pero no se ha preocupado por crecer con la misma intensidad en el conocimiento de las consecuencias de ese poder”.

Es preciso tener en cuenta todo esto y ampliar el horizonte respecto a la idea de algún partido político en las elecciones del 20 de diciembre de 2015 de crear un “Comité de Ciencia y Tecnología” para asesorar al Gobierno de la nación en temas de investigación y desarrollo en el que intervinieran investigadores y especialistas de reconocido prestigio españoles y extranjeros.

Un segundo frente en la expectativa de la ciencia afecta a la propia Universidad. La positiva evolución económica de las últimas décadas y la descentralización de las competencias educativas tras la aprobación de la Constitución de 1978 ha llevado a la existencia de una excesiva dotación que según datos oficiales actuales se traduce en 85 universidades, con 1.828 centros entre públicas y privadas, y una oferta de unas 13.500 titulaciones diferentes. Lo mucho no es equivalente a lo bueno, y así ocurre que en el Ranking Web de las Universidades, donde se comparan los resultados académicos de 12.000 universidades de todo el mundo –en base a su producción científica y el número de citaciones en revistas de investigación de todas las ramas–, las universidades españolas no están muy bien colocadas. Los primeros puestos los acaparan las universidades americanas (Harvard, Stanford, Massachusetts, Berkeley…), y hay que descender a la posición 141 para encontrar la primera de entre las españolas, la de Barcelona (que ocupa el puesto 36 entre las europeas)… y aún más allá de los 200 primeros lugares encontraremos las siguientes, en el 205 la Complutense de Madrid, en el 209 la de Granada y en el 210 la de Valencia (72, 74 y 75 entre las europeas, respectivamente).

Los retos de la ciencia en la Universidad española

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Todorov y su resistencia ante el totalitarismo

Corrado Bagnoli

Ha muerto, a los 77 años de edad, Tzvetan Todorov (1939-2017), uno de los intelectuales europeos más relevantes y aclamados, pero paradójicamente entre los menos escuchados en estos años en que la deriva del pensamiento hacia formas de negación de la dignidad humana y su involución hacia la incapacidad de aceptar al otro se están convirtiendo en la clave de la sociedad contemporánea.

El último libro de este pensador, nacido en Bulgaria pero establecido en Francia desde la época de su colaboración con Roland Barthes, es un himno a los valores de la libertad y la justicia mediante la celebración de personajes que han afrontado el suplicio y la muerte para defender estos valores hasta el fondo. “Resistentes” es el título de este último acto en un itinerario que se atraviesa toda la cultura del siglo XX y que se cierra aquí recordando las experiencias de Etty Hillesum, Boris Pasternak, Nelson Mandela entre otros, con una advertencia que Todorov siempre ha señalado desde las páginas de sus libros y en todas las ocasiones públicas que ha tenido. Una advertencia que ya expresó de manera admirable en un ensayo de 2007, “La literatura en peligro”, donde recuerda que la literatura, las grandes obras de arte, también deben entrar “en el gran diálogo entre los hombres que empezó en la noche de los tiempos y del que cada uno de nosotros, por insignificante que parezca, sigue formando parte”.

Cuando apenas tenía 24 años, Todorov llegó a París procedente de un país donde el régimen comunista había aniquilado toda forma de libertad intelectual. Él mismo narra su experiencia como estudioso de la literatura en su patria, dominada por el totalitarismo comunista. Decidió sustraerse de las exigencias de la ideología dominante, ocupándose en su tesis de aquellos aspectos que no tenían nada que ver con la ideología, es decir, todo lo que en las obras literarias tuviera que ver con el texto como tal y sus formas lingüísticas. Fue una decisión que le libró de la censura y que le llevó a dedicarse al estilo, la composición, las formas narrativas, en una palabra a las técnicas literarias, obligándole a dejar a un lado lo que en cambio constituye el auténtico valor de la literatura: el pensamiento, los valores expresados en una obra, su significado más profundo.

Ya en Francia, combatió tenazmente las ideas del formalismo que había contribuido a difundir y comienza progresivamente su reflexión sobre aspectos como la relación con el otro, tema dominante en “La conquista de América” (1982), donde pone bajo sospecha el pensamiento colonizador. De 1991 es “Frente al límite”, donde nos pone en guardia ante los horrores del totalitarismo, al que sigue considerando un peligro importante para nuestra sociedad, en absoluto derrotado, precisamente porque lo considera un producto perverso de la sociedad de masas, cuya potencia deshumanizadora nunca ha dejado de crecer.

En todos sus libros, hasta el último, Todorov subraya con fuerza el valor de la voluntad y responsabilidad individuales, incluso en las peores situaciones de abuso y opresión. También sobre el tema del terrorismo se expresó con claridad, sin olvidar nunca que el enemigo no era el otro, que el mal habita en el corazón del hombre, de todo hombre, y que ahí es donde cada uno de nosotros debe combatirlo. “El enemigo también es interior, nuestros demonios nos llevan a parecernos al adversario para combatirlo mejor. Pero aterrorizar a los terroristas significa hacerse como ellos”. Lo que decía Todorov de la literatura, de la que hablaba como una experiencia “cuyo último horizonte no es la verdad sino el amor”, resume en última instancia su inagotable labor de búsqueda siempre orientada a salvaguardar, en todos los ámbitos de su producción, las formas más altas de la relación entre los hombres, a defender el valor absoluto de cada persona concreta.

Todorov y su resistencia ante el totalitarismo

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>Entrevista a Julián Carrón

«Los problemas no nos los crean los otros, los otros nos hacen conscientes de los problemas que tenemos»

Ángel L. Fernández Recuero

Quedamos con Julián en la cafetería del Hotel de las Letras en Madrid aprovechando uno de sus viajes relámpago a España. Conversamos sobre política, razón y ciencia y nos explica las raíces del cambio que se está produciendo en la sociedad occidental con la Ilustración como elemento clave. También nos cuenta cómo se vive el cristianismo en Comunión y Liberación y de qué forma puede ser clave en nuestro futuro. Julián es cercano, amable y claro y tiene un gran poder de convicción, incluso ante un ateo recalcitrante como quien lo entrevista.

>Entrevista a Julián Carrón

«Los problemas no nos los crean los otros, los otros nos hacen conscientes de los problemas que tenemos»

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Nuestra memoria contra el 'Auschwitz' de la cultura

Giorgio Buccellati

Escribo desde Damasco, donde hemos participado en una serie de encuentros Marilyn (la arqueóloga Marilyn Kelly) y yo. El acto principal fue un coloquio sobre la situación actual del patrimonio arqueológico en Siria, junto a una docena de colegas sirios y otros tantos colegas extranjeros. A decir verdad, todos nos sentíamos sirios, y este aspecto de gran solidaridad y calor humano se hacía más fuerte en cada intervención. Pueden ustedes imaginar nuestro estado de ánimo cuando, justo durante la comunicación de un colega polaco sobre los trabajos de restauración este verano de las estatuas de Palmira que el estado islámico hizo pedazos, llegó la noticia de que miembros de ese mismo grupo habían vuelto a ocupar la ciudad y el museo. O cuando durante la cena recibimos la noticia de que toda la ciudad de Alepo había vuelto a ser atacada.

Me impactó mucho la actitud general de los colegas sirios, a los que todos nos sentimos profundamente unidos, con el tono de un desafío sereno en respuesta a un desafío demencial. Poniendo siempre el acento en la voluntad de salvaguardar los valores en el mismo momento en que estos eran negados en nombre de otros pseudo-valores. No había en ellos ni histeria ni euforia, que podían emerger según los momentos. Solo había, en cambio, un reclamo continuo a la necesidad de hacer frente con coraje y determinación a una violencia insensata, apoyándose en esa fuerza interior que nace de la fe en lo que es verdadero. En nuestro caso, los valores de la cultura del pasado tal como la conocemos por los monumentos en los que trabajamos.

Esta gran profesionalidad era evidente por lo esencial de todas sus intervenciones, con una altísima y uniforme calidad. La dimensión política solo estaba presente en el sentido más noble de la palabra, el de una polis ideal en la que nos encontramos en solidaridad. Ciudadanos de un pasado compartido, con la firme conciencia de que el trabajo de redescubrir este pasado es el humus para la construcción de un futuro que pueda unir en vez de dividir.

Repasando en su conjunto la historia de las últimas destrucciones cometidas por parte del llamado estado islámico, destrucciones descritas del modo en que un cirujano sabe ver un cuerpo vivo sobre el que operar, me di cuenta de una dimensión particular propia de este caso. Nosotros somos testigos de lo que podríamos definir como el Auschwitz de la cultura. Es la dimensión sistémica, que transforma la ideología en violencia: si en un caso se trataba de un genocidio erigido en sistema, en este otro caso se trata de un “artecidio” igualmente erigido en sistema. No es una violencia apasionada fuera de control, es la violencia de una idea que rechaza fríamente la posibilidad de que otra idea pueda existir. No basta con matar al hombre, hay que matar el artefacto. Así se le quitan al grupo social las coordenadas básicas sobre las que construir la identidad. En este sentido, el ataque a Siria supone una nueva y horrible tragedia.

Precisamente en este contexto llama la atención la reacción tan fuerte pero comedida de la verdadera Siria, esa que para la arqueología está personificada en la Dirección General de Antigüedades y Museos, el equivalente a nuestro Patrimonio Histórico. Todos los colegas de esta entidad se muestran fuertemente unidos a su director general, Maamoun Abdulkarim, y este aspecto de gran calor humano y seriedad profesional también salió a relucir en nuestro encuentro con ellos. Un encuentro que, para Marilyn y para mí, se nos ha grabado en la memoria como el más significativo de todos los que hemos tenido nunca.

Nuestra memoria contra el 'Auschwitz' de la cultura

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Esa acogida que el mundo envidia a Europa

Emma Neri

El documental italiano “Fuego en el mar” ha entrado en la quiniela de los Oscar. Una buena noticia por muchas razones. La primera de ellas la resume el médico protagonista de esta historia, Pietro Bartolo: “Es un deber para cualquier hombre de carne y hueso ayudar a esta gente”. Punto. Nada que añadir. Sea cual sea la razón por la que llegan los inmigrantes, el lugar del que procedan, su idioma, su religión, el color de su piel, hay que ayudarlos. Es una evidencia que se impone delante de los cuerpos desnutridos y deshidratados de estos hombres, mujeres y niños.

El director, Gianfranco Rosi, ya ganó el Oso de Oro en Berlín con esta película, donde narra algo que conoce. Los rostros oscuros y dolientes que emergen del mar se alternan, casi se superponen, a las caras de otros hombres y mujeres que en el fondo son iguales que ellos, los habitantes de Lampedusa. Un niño con los ojos cansados, un marinero exhausto por la vida que lleva entre cielo y mar, un anciano que remienda las redes, una abuela cocinando. Todo ello bajo un título, “Fuego en el mar”, que recuerda a los fogonazos nocturnos de las naves militares lanzando una alarma, una amenaza, un grito.

Dicho esto, también hay que decir que un documental es poco, muy poco, para abordar una emergencia tan grave. Esto es solo una gota, sin querer incomodar a ninguno de los expertos que desde los años setenta están convencidos de que un film es siempre y en todo caso un gesto político, como si el arte bastara para cambiar la realidad. Pero una película no cambia las cosas, como mucho abre paso a una reflexión, a una pregunta. Al menos en este caso nos recuerda a todo algo que puede parecer obvio pero no lo es: la acogida es lo que el mundo envidia de Europa y hunde sus raíces en una fe que nació hace dos mil años en otro lugar, y algunos países europeos como Italia todavía la conservan, aunque con escasa conciencia, como un pequeño primado dentro del pensamiento humanista que hizo nacer a Occidente. Pero sigue siendo poco.

“Hay que promover una acción política y económica que contribuya a poner fin a las migraciones”, dijo el cineasta ruso Aleksandr Sokurov en Venecia, en unas declaraciones por las que fue muy criticado. Por no hablar de Clint Eastwood, acusado de racista por desaprobar la censura a cualquier referencia al islam en los discursos oficiales sobre la inmigración. ¿Qué sucede cuando alguien decide partir? ¿Qué pasará cuando los ocho millones de sirios que lo han perdido todo decidan venir aquí en busca de una nueva vida? ¿Con qué corazón huirán para no tener que volver atrás, o extenderán sus cartones en las calles de una ciudad extranjera? ¿Cómo nos relacionamos con el otro? La política parece haber agotado las respuestas. Hay una imagen inquietante a este respecto grabada en la manifestación a favor de los inmigrantes que habían quedado bloqueados en la frontera italiana por la policía francesa. En la segunda fila se ve a un chico vestido con unos vaqueros y un chaleco rojo. Unos días después, al volante de un camión, arrollaría a 84 personas en el Paseo de los Ingleses en Niza.

Resulta complicado hacer películas sobre un futuro que la política europea ni siquiera es capaz de imaginar, limitándose a buscar atajos a base de muros y alambradas. Pero la crisis de nuestro continente, como ha dicho recientemente el cardenal Schönborn, arzobispo de Viena, no nace con estas migraciones: “Hemos desperdiciado nuestra herencia cristiana”. Un cristianismo vacilante, una cultura del egoísmo, es la bienvenida que encuentran los inmigrantes cuando llegan aquí. Exactamente lo mismo que viven día tras día nuestros propios hijos. Entonces no es de extrañar que –sobre todo en Francia– el tema de la inmigración se convierta en un espejo en el que mirarse. Algunas directoras, mujeres que hablan de mujeres, a veces parecen confundir la libertad con la transgresión, contentándose así con soluciones igualmente convencionales, pero en todo caso sigue siendo dramática la pregunta sobre el significado de todo esto que emerge por todas partes.

Esa acogida que el mundo envidia a Europa

Emma Neri | 0 comentarios valoración: 3  200 votos

Una necesidad de comprender que se queda sin respuesta

Salvatore Abbruzzese

En una época caracterizada por un denso flujo cultural como la actual, presa de la contingente crisis económica y la creciente inestabilidad política, pocos autores han gozado en vida de la notoriedad de Zygmunt Bauman (1925-2017). Una notoriedad que ha sobrepasado de lejos los ámbitos académicos y los círculos intelectuales para llegar a un público mucho más amplio, hasta erigirse en referencia de ese mundo global que este sociólogo y filósofo examinó rigurosa y profundamente.

Tal correspondencia entre Bauman y el gran público no es en absoluto casual. De hecho, este sociólogo polaco se presentó ante todos como uno de los pocos intérpretes lúcidos de las tensiones contemporáneas, capaz de ofrecer claves interpretativas a la medida de un presente cada vez más oscuro e inquietante. De manera análoga a otras personalidades del panorama cultural de los últimos veinte años, Zygmunt Bauman se empeñó a fondo en hacer una interpretación de la sociedad posmoderna, analizando en profundidad la progresiva degradación de un sujeto que vive cada vez más solo ante el factor clave de la globalización que le distingue. Pero, a diferencia de otros analistas sociales que consolidaron itinerarios parecidos, alcanzando conceptos igualmente clarificadores, desde la “sociedad del riesgo” de Ulrich Beck al “fin de las sociedades” de Alain Touraine, Bauman nos ofreció metáforas interpretativas –como la conocidísima “sociedad líquida” o la elocuente expresión “vidas desperdiciadas”– capaces de situarse entre el análisis y la denuncia, entre la descripción del escenario contemporáneo y la indicación de contradicciones que bloquean el desarrollo, convirtiéndole en uno de los representantes más eficaces de una ciudadanía intelectual militante.

Precisamente por ello, fue de los pocos en ser leído incluso cuando sus textos no seguían la onda de los hechos propia de una crónica explosiva (como pasa con Gilles Kepel) ni intentaban hacer una relectura del proceso de construcción del mundo moderno (como es el caso de Alain Finkielkraut y Rémi Brague), ni reconstruían analíticamente un proceso específico de fragmentación social (como Chantal Delsol). Zygmunt Bauman era y seguirá siendo (porque la cultura, como decía Hannah Arendt, es la patria inmortal de los hombres mortales) el intérprete de la sociedad global actual, de los riesgos que esta comporta, así como de las introversiones que terminan caracterizando a aquellos que los sufren.

Ha sido un observador del presente, que captaba en su inmediatez, más que un analista del itinerario histórico que lo genera y del que es resultado. Justo este interés suyo por el presente hizo que Bauman se mostrara a la altura de un deseo generalizado de comprender y tener una interpretación general de cuanto sucede hoy, ofreciendo amplias claves conceptuales, capaz de contextualizarlo todo. Su muerte desvela la amplitud de esta necesidad global que había encontrado en él a un intérprete eficaz, y a un militante de los valores compartidos e incontestables que fundamentan la convivencia civil.

Bauman intentó registrar la amplitud del cambio que se está produciendo, renovando así uno de los caminos más consolidados de la sociología, el de ser la ciencia de la crisis, de la fractura de los vínculos sociales, del decaer de las interpretaciones compartidas del mundo y de la vida. Su muerte nos permite reconocer aún mejor la amplitud de una demanda de comprensión actual por parte de una sociedad que ya no se reconoce a sí misma, ni ve las profundas fracturas que se hunden entre los distintos grupos sociales, donde las clases dirigentes ya no saben captar ni comprender las tensiones que sacuden la sociedad que gobiernan, ni los miedos que la atenazan.

Una necesidad de comprender que se queda sin respuesta

Salvatore Abbruzzese | 0 comentarios valoración: 3  269 votos

Salvar la semilla

Giorgio Vittadini

En esta Navidad de 2016 parece que vuelven a convivir la incertidumbre, el pesimismo, el miedo al futuro y al mismo tiempo el mensaje de misericordia que hemos escuchado este año durante el jubileo extraordinario. ¿Cómo pueden convivir dos cosas tan contradictorias como son el pesimismo y la misericordia?

Nos lo puede mostrar un viejo amigo que siempre resulta novedoso, el escritor italiano Giovannino Guareschi. Él vivió un momento histórico, el de la posguerra, que sin duda no era mejor que el nuestro. En sus textos nunca ocultó la dureza de la realidad, nunca intentó endulzarla. Mostró toda la violencia de la naturaleza, con inundaciones que lo arrasaban todo, hambre, pobreza, desempleo, y toda la maldad del hombre, capaz de llegar al odio e incluso al asesinato. Pero hasta en la situación más trágica siempre sacaba a la luz un detalle que permitía percibir que la última palabra no es la destrucción sino una esperanza inesperada.

Un niño aterrorizado porque está seguro de haber matado a otro niño cae al río y se ahoga. Los dos se habían peleado tras una riña debida al odio político transmitido por sus respectivos padres. La tragedia es enorme y parece un sinsentido pero hay alguien que sabe mirarla abriendo un horizonte. “El hijo de Pepón se había salvado y lo olvidó todo, pero el de Scartini no. Don Camino miraba el agua del gran río: ‘Oh, tú que acoges las voces que llegan del monte y de la llanura’, susurraba: tú que has visto las angustias de los milenios pasados y ves las de nuestros días, cuéntale a los hombres esta historia, diles: vosotros que cultiváis en vuestro corazón la semilla del odio, liberáis una fiera que luego escapa y masacra la tierna carne de vuestros cuerpos. Una fiera que en la noche corre por los campos adormecidos y penetra en las casas y que luego, al amanecer, se une a la manada que invade el mundo entero. Di a los hombres: ‘Tened piedad de vuestros hijos. Dios tendrá piedad de vosotros’”.

¿Cómo participa el hombre en esta mirada buena del Misterio al mundo? En primer lugar, sufriendo por el propio mal. Este dolor por el propio mal es el primer signo del amor de Dios por el hombre, porque desde ahí puede comenzar un cambio. A partir de ahí la sangre puede convertirse en “agua que purifica”, como dice don Camilo a un hombre que le confiesa haber asesinado a una persona hace muchos años por motivos políticos. “¡Sangre!”, jadeó mirando con horror el cauce del agua. “Su sangre. Bien lo sabía yo que la toqué y aún estaba caliente. Cumplí una orden. Creíamos que era un espía. Yo estaba bien porque cumplí una orden. Oí lo que dijo su padre. Vi lo que hizo su madre. Sangre. Esto no es agua, es sangre”. “Es agua”, le insistió con dulzura don Camilo. “Prueba a tocarla”. El joven retiró la mano espantado, pero don Camilo siguió insistiendo con voz persuasiva y el joven, lentamente, vacilando, acercó la mano al agua. “Mete la mano”, susurró don Camilo. “El agua purifica, lava las manchas de sangre y elimina el odio”. El joven metió la mano en el agua helada. De pronto los ojos se le llenaron de lágrimas que cayeron al agua. Entonces el joven sacó la mano y la guardó goteando”.

El dolor permite reconocer el error y hace nacer ese fruto imposible que es el perdón.

Salvar la semilla

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 3  289 votos

Adiós al sex symbol que quería ser distinto

Paolo Vites

El 26 de diciembre de 2015 moría Lemmy Kilmester, cantante y líder de los Motorhead. Se abría así, aunque entonces nadie podía imaginarlo, una serie de muertes “ilustres” en el mundo del rock y del pop que ha atravesado todo el año 2016, con un epílogo que llegaba justo un año después. Desde Bowie, a primeros de enero, pasando por Glenn Frey de los Eagles, a Greg Lake, Keith Emerson, Prince, Leonard Cohen, y ahora a los 53 años George Michael.

Un año de lutos “duros” que si por un lado han visto la desaparición de personajes que tenían una cierta edad nos ha dejado atónitos por la juventud del que fue cantante de los Wham. Se habla de un infarto, pero tras las canciones despreocupadas y la imagen de una portada de revista de moda, en realidad muchos habían percibido un profundo sufrimiento que culminó con el paso de los años en una serie de escándalos y excesos. Desde el arresto en 1998 en un baño público de Beverly Hills, donde le hizo una proposición sexual a un policía, sin saber que lo era, cosa que le llevó a revelar su homosexualidad al ídolo de millones de jovencitas, seguido de varios incidentes por conducir bajo el efecto de estupefacientes y el consumo de alcohol. Detrás de la cara bonita y un físico espectacular, la habitual máscara del sufrimiento de quien no es capaz de gestionar su éxito ni su verdadera identidad.

Estuvo ingresado por causas que nunca se aclararon, al parecer una pulmonía, hace pocos años, lo que le obligó a interrumpir una gira. A partir de ahí casi vivía recluido, con pocos conciertos y pocos discos. Hasta morir la noche de Navidad. Algo irónico para quien compuso y llevó al primer puesto de las listas una de las canciones navideñas más famosas de la historia, “Last Christmas”.

George Michael fue amado por el público joven de los años 80 cuando era el cantante de Wham, uno de los muchos grupos adolescentes de aquella década, pero también el primer grupo occidental que actuó en la China comunista, probablemente porque resultaba “inocuo” a nivel de contenidos. Pero él era un cantante de altísimo nivel, y así lo demostró a lo largo de su carrera en solitario. Capaz de devolver la dignidad a la música pop y soul más rica en matices e intensidad, el dúo con Elton John en “Don't let the sun goes down on me” durante el Live Aid de Wembley en 1985 lo consagró como un auténtico artista.

En realidad solo sacó cinco discos desde el primero en 1987, “Faith”, un debut que exalta ya desde la portada su imagen como sex symbol. En el siguiente, “Listen without prejudice vol. 1”, declaraba en el título su voluntad de ser tomado en serio como cantante y como autor. El de 1996, “Older”, demostraba su valía artística, empezando por la conmovedora “Jesus to a child”, dedicada a un amigo suyo brasileño, también músico, que había muerto a causa del Sida, Anselmo Feleppa. El disco tuvo un gran éxito y le consagró por fin ya no como artista juvenil sino maduro, autor de un soul sofisticado e intenso.

Adiós al sex symbol que quería ser distinto

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La conversión de Paul Claudel: un corazón tocado en Notre Dame

Antonio R. Rubio Plo

En la noche de Navidad de 1886 Paul Claudel, un joven de dieciocho años, experimentó en la catedral de Notre Dame una poderosa certidumbre que le llevará a abrazar la fe católica. Aquel hecho inexplicable tuvo lugar ante una imagen de la Virgen y el Niño asentada sobre una columna, ante la que se detienen hoy muchos visitantes de la catedral parisina. A Claudel le fue concedida una fe que, según él mismo escribe, ni todos los libros ni todos los argumentos podrían quebrantar. Pero no se le otorgó la paz porque Jesús dijo que no había venido a la tierra traer paz sino división (Mt 10, 34). Su vida entera, como la de cualquier cristiano que desee ser fiel, constituyó una continua lucha. Lo cierto es que su conversión estuvo marcada por un evidente cambio externo: un joven taciturno y reflexivo, empapado de lecturas y convicciones arraigadas sobre el progreso científico, supuestamente liberador, que se imponía con el siglo XIX, se transformó en un hombre locuaz y apasionado. Su nueva fe le impulsaba a una alegría nunca experimentada hasta entonces.

Claudel había sido forjado por una educación racionalista en la que todo se ajustaba a los estrechos límites del entendimiento humano, incluso los relatos evangélicos. Eran los tiempos de la Tercera República francesa, cuando la “Vida de Cristo” de Ernest Renan, un antiguo seminarista, constituía una lectura muy difundida, con un Jesús atractivo y amable desde el punto de vista humano y que no era en absoluto Dios. Se da la circunstancia de que unos años antes de su conversión, el adolescente Paul Claudel, estudiante del liceo Louis-le-Grand, recibía del propio Renan un premio por sus excelentes resultados académicos. Esto es una muestra de la inquietud intelectual del futuro escritor que, unos meses antes de acudir a misa a Notre Dame, había empezado a leer la corta producción de Arthur Rimbaud, interrumpida para siempre a los diecinueve años. En principio quizás asintiera, dada su educación laicista, a las diatribas del poema “Las primeras comuniones”, expresión de una virulenta crítica a la hipocresía social y a la estricta educación religiosa que la madre de Rimbaud había dado a su hijo. Pero es muy probable que el espíritu de Claudel se removiera ante estas palabras en prosa de “Una temporada en el infierno”: “No soy prisionero de mi razón. He dicho: ¡Dios! Yo quiero la libertad en la salvación: ¿cómo alcanzarla?... Si Dios me concediera la calma celestial, del aire, la oración –como los antiguos santos–. ¡Los santos!, ¡qué fuertes!, ¡los anacoretas, artistas como ya no los hay!”. Años más tarde, Paul Claudel, el ferviente escritor católico, estará convencido e intentará convencer a otros, no siempre con éxito, de que Rimbaud había vuelto a Dios en su lecho de muerte, pues así lo creía su hermana, presente en aquellos momentos.

Los símbolos de Rimbaud, la liturgia de Notre Dame, el tibio silencio de la noche de Navidad, la acuciante necesidad de volver enseguida a casa para leer la Biblia… Son circunstancias, unidas a la gracia divina que toca los corazones cuando quiere, que cambiaron hace ciento treinta años la vida de Paul Claudel. No siempre podrá transmitir a los demás lo que experimenta en su interior, pero en cierta ocasión aconsejó a uno de sus amigos: “La liturgia y la asiduidad a las ceremonias de la Iglesia enseñan mucho más que los libros. Hay que sumergirse en este inmenso caudal de gloria, de certeza y de poesía”. Con todo, a lo largo de su vida, algunos acusarán a Claudel de intransigente en sus convicciones religiosas, pero en realidad el escritor se asemeja a un río impetuoso, un mensajero que proclama a los cuatro vientos que ha encontrado en Cristo una alegría que nadie le podrá arrebatar. Ese encuentro no le exime de caer en el pecado ni estar libre de las contrariedades de la existencia, pero esa alegría invade toda realidad. Al igual que cada cristiano auténtico, tendrá que seguir luchando para levantarse después de caer. En Claudel, la alegría se renueva en el dolor. Las derrotas se superan con la alegría nacida del triunfo de un Salvador, luz brillante para los que viven en oscuridad y en sombras de muerte (Is 9, 2). Este y otros pasajes de Isaías serían glosados por Claudel en su poema “Chant du marche de Noël”, escrito en sus años de diplomático en Praga entre 1909 y 1911, cuando soñaba con estar en Navidad en Francia y ser el padre de familia que acompaña a todos a la misa del Gallo.

La conversión de Paul Claudel: un corazón tocado en Notre Dame

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'Vida de Jesucristo' de Ricciotti: la fe vinculada a la historia

Antonio R. Rubio Plo

En 1941 se publicaba una “Vida de Jesucristo”, sumamente documentada, obra minuciosa de un historiador, Giuseppe Ricciotti, que situaba con gran acierto a Jesús en su escenario geográfico y en su tiempo. Arqueólogo, editor, comentarista y traductor de la Biblia, este sacerdote conoció un gran éxito, tanto en Italia como fuera de ella, con un libro que superó en su vida las veinte ediciones. Sin embargo, la última edición italiana tiene más de veinte años, y algo menos la versión española. En ambos casos, los editores pretendían redescubrir a nuevos lectores una obra que siempre será de obligada mención dentro del amplio catálogo de vidas de Cristo.

En estos días previos a la Navidad, he vuelto a releer a Ricciotti, a modo de recuerdo del setenta y cinco aniversario de la publicación de su obra. Quizás no lo había consultado antes porque en el fondo me había dejado llevar por un extendido prejuicio: es preferible una obra de espiritualidad sobre los evangelios al trabajo de un concienzudo historiador, lo que en el fondo equivale a decir que no hay que escribir más vidas de Cristo sino leer directamente los evangelios. A mi modo de ver, este enfoque contribuye a separar la fe de la razón, algo que no debería suceder nunca en el cristianismo. Un espiritualismo desencarnado desprecia los detalles históricos e incluso los considera secundarios, pero esto es olvidar que Cristo compartió plenamente nuestra condición humana, que perteneció al pueblo judío y que vivió en una época concreta. Aunque no lo pretendan, esas corrientes fideístas contribuyen a alimentar la idea de que Cristo entra en la categoría de los mitos, pues sus rasgos históricos, reducidos a una mínima expresión, quedan desdibujados y, lo que es peor, son cuestionados para terminar reducidos en las secciones de las bibliotecas a los apartados de la literatura o de la filosofía. Sin el Jesús humano, histórico, el Cristo de la fe se convierte en una entelequia.

Giuseppe Ricciotti no escribió su libro para polemizar con los representantes del método histórico-crítico, en especial alemanes y franceses, que cuestionaban la verosimilitud de los evangelios. Es cierto que en su voluminosa obra no elude este tipo de controversias, aunque no se recrea en ellas porque le apartarían de su objetivo principal: relatar una vida de Jesús que nos ayude a entender mejor tantos detalles de los evangelios. Comprender al Jesús hombre es indispensable para comprender al Cristo Dios. A muchos, Jesús les resulta incomprensible empezando por su propio nacimiento porque es un Dios que rompe con todos los estereotipos habituales del mundo. En efecto, Ricciotti expone con minuciosidad las referencias históricas de la infancia de Cristo, pero a la vez subraya otras realidades: es un Dios nacido en la pobreza, en una gruta rodeado de animales; su palacio es un establo y su trono un pesebre; no cuelgan del techo las lámparas sino las telarañas; no hay olor a incienso sino a estiércol; sus primeros cortesanos son unos pastores que dormían al raso…

'Vida de Jesucristo' de Ricciotti: la fe vinculada a la historia

Antonio R. Rubio Plo | 0 comentarios valoración: 3  297 votos

La belleza desarmada en España, un diálogo que rompe muros

Elena Santa María

El lunes por la noche Julián Carrón, presidente de la fraternidad de Comunión y Liberación, presentó su libro “La belleza desarmada” en Madrid. Le acompañaban en la mesa Mikel Azurmendi, antropólogo y filósofo, y Juan José Gómez Cadenas, físico y escritor. Moderaba Ignacio Carbajosa, que introdujo el acto explicando el porqué del libro: "este libro nace de la preocupación de este principio de siglo". Se refiere a la crisis, violencia, falta de diálogo, cuestión educativa, afecto, política... y también al papel de la Iglesia en el mundo. ¿Puede un hombre moderno creer en Jesucristo?

"Este es un libro muy serio –comentó Azurmendi al inicio de su intervención– que responde a tres grandes preguntas". Estas son: ¿por qué los cristianos abandonan el cristianismo?, ¿por qué estas evidencias, este prolijo pensamiento y libertad, parece que están agotados?, ¿estamos en un cambio de época o en una época de cambios? Las tres están respondidas, explicó el filósofo. Dijo también que todo el libro gira en torno a un doble eje, el de la teología y la teleología. Todos los pueblos tienen un carácter, una manera de vivir y de ver el mundo que tiene que ser coherente con su estilo de vida. Pero nuestra sorpresa ante el mundo es inexplicable: el mal, el sufrimiento... ¿por qué? "Este libro –añadió Mikel– ancla la teleología (la vida tiene un fin) en una teología nueva. Nueva porque nace de un encuentro, de un acontecimiento que sucedió". Lo explicó citando a Aristóteles: "lo maravilloso es el infinito como el deseo de la esposa que está esperando al esposo", y añadía él: "para los que estamos enamorados creemos que Carrón ha dado en el clavo".

Azurmendi concluyó su intervención diciendo: "me doy cuenta de que lo que propone Carrón es un cambio de paradigma en el sentido etimológico de la palabra. Yo estoy muy alejado de la Iglesia, pero veo que aquí hay una religión primitiva, en el sentido originario que es el asombro de estos tíos (se refiere a los discípulos de Jesús). Esto ha sucedido, y de esto que ha sucedido ha venido esta Europa. Este libro presenta un modelo nuevo, un cambio de lo que yo vivía en la Iglesia a una posibilidad de vivir la fe de una forma razonable. Yo lo definiría así: del sentido de la ley a la ley del sentido. En este libro el sentido religioso es el sentido común".

Por su parte, Gómez Cadenas se sirvió de un artículo publicado en la revista Jot Down, en el que el autor examina los conceptos de belleza y verdad referidos al ajedrez. "Más allá de la lógica y la razón se encuentra el bosque oscuro, el misterio", citó de dicho artículo. ¿Es la belleza el camino de la verdad?, reflexionó Cadenas. "Existe el riesgo de que el arte sea engaño y la belleza una ilusión". Utilizó también la Divina Comedia de Dante para su explicación. "La belleza solo aparece cuando en el paraíso se encuentra a Beatriz, ella es su pasaporte hacia la eternidad, es una belleza que emana de la divinidad". Puede que la belleza no sea más que la ilusión, y la verdad no es siempre halagüeña. Explicó esta tesis con un ejemplo: el universo, que es bello, va a tener un final trágico, y no deja de ser verdad. Continuó citando a Rilke, su poeta favorito y una de las razones por las que aceptó presentar el libro (Carrón lo cita en el libro): "¿Quién si yo llorara me escucharía?", y añadió él: "Rilke dice que la belleza es terror, el terror de no encontrar nada a lo que agarrarse". El libro dice que no hay que confiar en la doctrina cristiana sino en un hombre que es hijo de Dios.

Concluía Cadenas: "Este es el catecismo que me habría gustado que me enseñaran de niño. Tiene mucho que decir y es interesante incluso cuando uno no lo suscribe. La osadía que tenéis me atrae mucho. La verdad que busca Carrón y que buscamos todos es como Ítaca, el lugar donde nos espera la felicidad y la redención, pero quizá no está allí Penélope o no lleguemos nunca. Pero en el viaje hacia allí necesitamos la belleza".

La belleza desarmada en España, un diálogo que rompe muros

Elena Santa María | 0 comentarios valoración: 3  310 votos

Belleza en gerundio

F.H.

Auditorio Pablo VI. Ciudad universitaria. Madrid. Tarde de un otoño ya frío. Julián Carrón presenta su Belleza Desarmada en diálogo con el antropólogo Mikel Azurmendi y el físico Juan José Cadenas, dos agnósticos. 800 asistentes. Algunos sentados en el suelo del gran auditorio. Hora y media de una conversación intensa. Silencio atentísimo solo interrumpido por algunos aplausos y algunas risas cuando la conversación se distiende. Tres hombres inteligentes, leales y cultos hablando como casi nunca se habla. A ratos se escapa un suspiro de sorpresa, de satisfacción. Por estar asistiendo a una conversación que tiene algo de milagrosa y mucho de bonita. ¿Quién dijo que un gerundio es feo? En realidad solo es hermoso lo que está en gerundio, como ponen de manifiesto los ponentes.

Azurmendi empieza dando las gracias: "tengo que agradecer que me hayáis hecho leer este libro. Es un libro muy serio para gente como yo, que busca la vida buena. Hay tres preguntas a las que responde este libro: ¿por qué los cristianos abandonan el cristianismo?; ¿por qué ese prodigio que supusieron las evidencias europeas está agotado?; ¿estamos en una época de cambios o un cambio de época?”. “Pero además en el libro hay un eje doble en torno al que rota todo –añade Azurmendi–. El de la teleología, estamos para algo, y el de la teología. Toda gira en este volumen en torno a las cuestiones del sentido”. Pronto sale el antropólogo que recuerda que los hombres en las culturas antiguas afirmaban un fin, lo que generaba una cosmovisión. Siempre hay una relación entre una cosmovisión y el estilo de vida. Pero, según el pensador vasco, La Belleza Desarmada se ancla en una teología nueva, en un acontecimiento. En Juan, y en Andrés, y en Zaqueo, y en la Magdalena, que creyeron por un acontecimiento y de ahí surgió un ethos nuevo.

“Carrón ha dado en el clavo, este libro propone un cambio de paradigma –añade Azurmendi–. Frente al paradigma pelagiano y moralista, aquí se bebe en las fuentes primigenias del asombro. Este libro es una cartografía para vivir la fe de un modo nuevo, para vivir de un modo más razonable del cristianismo, más razonable de cómo nos lo propusieron a nosotros”.

Juan José Cadenas expresa con franqueza sus preguntas. “¿Es la belleza el camino a la verdad? Lo cierto puede ser feo. La belleza puede ser una ilusión. ¿No puede ser la belleza una construcción de nuestra mente? Carrón cree que hay una conexión entre la belleza, la verdad y el amor. Yo no estoy seguro. El universo es bello. No seré yo quien cuestione su belleza. ¿Pero a qué verdad conduce esa belleza? Porque el universo se expande y su final es la soledad. No hay Beatriz, como en la Divina Comedia, al final del camino”. Cadenas confiesa que comparte con el autor de La Belleza Desarmada la pasión por Rilke. Pero Rilke asegura que la belleza es el umbral del terror. El físico lee unos versos del poeta que concluyen con un dramático interrogante: ¿a quién, a qué, entonces, podemos confiarnos? Carrón responde que a la osadía de un Dios hecho hombre. “No creo en ello, pero me atrae. Disiento de que sea necesario creer en la divinidad de Jesús. Pero, en última instancia, este libro es el catecismo que me hubiera gustado oír en mi niñez. Este es el catecismo que habría que poner como libro de texto. Me gusta la osadía, el descaro de esta gente de Comunión y Liberación”, concluye Cadenas en su primera intervención.

Belleza en gerundio

F.H. | 0 comentarios valoración: 3  316 votos
>ENTREVISTA A CAMINO CAÑÓN

'Cuando se ha conocido la verdad, no hay vuelta atrás. Se ha entrado en el terreno de la belleza desarmada'

F.H.

La presidenta del Foro de Laicos, Camino Cañón, comparte con PáginasDigital la lectura del último libro de Julián Carrón, “La belleza desarmada”, que se acaba de presentar en Madrid.

¿Qué reacción ha tenido ante el enfoque que se le da a la presencia cristiana en el libro de "La Belleza Desarmada"?

La de quien se encuentra con algo muy bien formulado y fundamentado que expresa lo que de maneras más de andar por casa he formulado yo misma muchas veces. Por eso, mi reacción fue de gratitud.

Carrón insiste una y otra vez en que a la verdad solo se accede a través de la verdad. ¿Considera pertinente esta insistencia? ¿Por qué?

Cuando la apariencia de una afirmación es de paradoja o de círculo vicioso solo la insistencia posibilita el acercamiento buscando algo genuino y no trivial. En el caso de la verdad, se podría decir de muchos modos, la verdad la llevamos inscrita en la búsqueda no solo de nuestra razón, sino también de nuestro corazón, el ser humano para ser, para vivir como tal, necesita andar en verdad. No puede andar a oscuras, sin saber si es engaño y apariencia o si hay suelo firme. La posverdad de la que se habla estos días es una expresión más de la decadencia a la que las negaciones de la realidad, como referente de lo dicho, han llevado. Cuando se ha conocido la verdad, no hay vuelta atrás. Su búsqueda y su propuesta alcanzan a todo el vivir. Se ha entrado en el terreno de “la belleza desarmada”.

¿El proyecto ilustrado está agotado?

>ENTREVISTA A CAMINO CAÑÓN

'Cuando se ha conocido la verdad, no hay vuelta atrás. Se ha entrado en el terreno de la belleza desarmada'

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El otro es un bien

Julián Carrón

La conciencia de que el otro es un bien es la base sobre la que se puede construir Europa. Si no recuperamos la experiencia elemental de que el otro no es una amenaza, sino un bien para la realización de nuestra persona, será difícil salir de la crisis en la que nos encontramos en las relaciones humanas, sociales y políticas. De aquí deriva la urgencia de que Europa sea un espacio en el que se puedan encontrar los diferentes sujetos, cada uno con su identidad, para ayudarse a caminar hacia el destino de felicidad que todos anhelamos.

Solo en el encuentro con el otro podremos desarrollar juntos el “proceso de argumentación sensible a la verdad” del que habla Habermas. En este sentido, podemos darnos cuenta todavía más del alcance de la afirmación del Papa Francisco: «¡La verdad es una relación! De hecho, todos nosotros captamos la verdad y la expresamos a partir de nosotros mismos: desde nuestra historia y cultura, desde la situación en que vivimos, etc» (Francisco, “Carta a los no creyentes”, la Repubblica, 11 de septiembre de 2013, p. 2). Solo en un encuentro renovado podrán volver a estar vivas esas pocas grandes palabras (la persona, el valor absoluto del individuo, la libertad y dignidad de cada ser humano…) que generaron Europa. Porque, como nos recuerda Benedicto XVI, «incluso las mejores estructuras funcionan únicamente cuando en una comunidad existen unas convicciones vivas capaces de motivar a los hombres para una adhesión libre al ordenamiento comunitario. La libertad necesita una convicción; una convicción no existe por sí misma [ni la puede generar una ley], sino que ha de ser conquistada comunitariamente siempre de nuevo» (Spe salvi, 24). Esta reconquista de las convicciones fundamentales solo se produce dentro de una relación. El método con el que han salido a la luz de forma plena las «convicciones fundamentales» es el método con el que pueden ser conquistadas de nuevo, no existe otro.

La inteligencia de la realidad

Nosotros, cristianos, no tenemos miedo a entrar sin privilegios en este diálogo a campo abierto. Para nosotros esta es una ocasión extraordinaria de verificar la capacidad que tiene el acontecimiento cristiano para mantenerse en pie ante los nuevos desafíos, puesto que nos ofrece la oportunidad de testimoniar a todos lo que sucede en la existencia cuando el hombre se encuentra con el acontecimiento cristiano en el camino de su vida. En el encuentro con el cristianismo, nuestra experiencia nos ha mostrado que la savia vital de los valores de la persona no son las leyes cristianas, o estructuras jurídicas y políticas confesionales, sino el acontecimiento de Cristo. Por eso nosotros no ponemos nuestra esperanza ni la de los demás en nada que no sea el acontecimiento de Cristo, que vuelve a suceder en un encuentro humano. Esto no significa en modo alguno contraponer la dimensión del acontecimiento y la de la ley, sino reconocer un orden genético entre las dos. Es más, lo que permite que la inteligencia de la fe se convierta en inteligencia de la realidad es precisamente que vuelva a suceder el acontecimiento cristiano, hasta el punto de poder ofrecer una contribución original y significativa reavivando esas convicciones que pueden introducirse en el ordenamiento común.

El largo camino que ha recorrido la Iglesia para aclarar el concepto de «libertad religiosa» puede ayudarnos a entender que defender un espacio de libertad puede que no sea tan poca cosa. Después de un largo trabajo, la Iglesia llegó a declarar en el Concilio Vaticano II que «la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa», mientras sigue a su vez profesando que el cristianismo es la única «religión verdadera». El reconocimiento de la libertad religiosa no es una especie de compromiso, como si dijese: como no hemos conseguido convencer a los hombres de que el cristianismo es la religión verdadera, defendamos al menos la libertad religiosa. No, la razón que ha empujado a la Iglesia a modificar una práctica vigente durante siglos, muchos siglos, ha sido profundizar en la naturaleza de la verdad y en el camino para alcanzarla: «La verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad».

Solo si Europa se convierte en un espacio de libertad, en donde cada persona pueda ser inmune a la coacción, en donde cada uno pueda hacer su propio camino humano y compartirlo con aquellos con los que se encuentra en él, solo así podrá despertarse el interés por el diálogo, por un encuentro en el que cada uno ofrezca como contribución su propia experiencia para alcanzar esa «certeza compartida» que es necesaria para la vida común.

Nuestro deseo es que España y toda Europa se conviertan en un espacio de libertad en el que puedan encontrarse quienes buscan la verdad. Merece la pena comprometerse por esto.

El otro es un bien

Julián Carrón | 0 comentarios valoración: 3  311 votos
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