Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
30 MARZO 2020
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Preguntas inaplazables

F.H.

Se llamaba, se llama, Fermín González, era de Jaén. Lo trajo a Madrid la Guerra Civil y aquí se quedó. Fermín ha estado trabajando 20 años de voluntario en el Hospital Centro de Cuidados Laguna de Madrid. De voluntario en el centro de paliativos, se dedicaba a agarrar de la mano a los que estaban solos para acompañarlos en sus últimos momentos. A Fermín el coranavirus le sorprendió hace unos días. Cuando le ingresaron pidió el móvil, un cargador, las gafas de cerca y su Biblia.

Estos son buenos días para releer ese gran reportaje de una tragedia que en cierto modo se parece a esta. La Premio Nobel Svetlana Aleksievich escribió un gran reportaje hablando con los supervivientes de la fuga radioactiva de Chernobil, en lo que ahora es Ucrania. No sabemos el número exacto de muertos indirectos pero pudieron ser decenas de miles. Una de las personas que sufrió aquella tragedia decía: “Vivimos en una tierra contaminada (como nosotros), aramos, sembramos…Traemos hijos al mundo. ¿Quiénes somos? ¿Cuál es pues el sentido de nuestro sufrimiento? ¿Por qué hay tanto sufrimiento? Ahora discutimos mucho sobre esto mi amigos y yo. Hablamos de ello a menudo. Nosotros estamos como la gente de Chernobil hace 35 años, estamos ante el desastre virológico, no nuclear. Pero sería un desastre que estuviéramos delante de esto sin hacernos las preguntas que se hacía la gente de Chernobil. No sería humano.

Preguntas inaplazables

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Compañeros de camino

Angelo Scola

En estos días de grave emergencia, la invitación a permanecer en casa tiene una connotación paradójica. Se nos pide que tomemos  distancia unos de otro en términos radicales. Un distanciamiento forzoso que, provocando la amarga experiencia de la soledad, requiere relaciones nuevas, constructivas, libres por fin del narcisismo y el nihilismo.

La naturaleza del yo, que solo se puede comprender como yo-en-relación –“Debes vivir para otro si deseas vivir para ti mismo” (Séneca)– aflora de manera aguda en la autoconciencia de cada uno de nosotros. El hombre siempre experimenta el valor del ideal hacia el que tiende su corazón cuando se ve obligado a percibir su ausencia. La ausencia de una presencia es constitutiva del hombre, y lo es de manera especial en la tragedia actual. “¿Quién eres tú que llenas mi corazón de tu ausencia?” (Lagerkvist).

Tal vez en este momento, los ciudadanos de a pie tenemos más tiempo para pensar, para reflexionar y para leer. Necesitamos una compañía que dilate nuestro horizonte y lo prepare para el momento en que, superada esta situación trágica, podamos retomar una vida más normal.

Por tanto, pueden venir en nuestro auxilio obras imperecederas de hombres y mujeres que marcaron la historia.

Entre los compañeros de camino que podemos encontrar como antídoto a la soledad en la que nos adentramos, puede ser útil retomar ‘Crimen y castigo’, de Dostoievski. En ella, atravesando el drama del mal, sobre todo del mal moral, el gran autor nos permite tocar el fruto noble del yo-en-relación: el amor.

El tríptico de Crimen y castigo

El potente fresco de esta novela se dibuja en tres partes, de dimensiones muy distintas entre sí. La primera, circunscrita, está totalmente ocupada por el análisis del crimen: de la génesis de la idea inicial en la mente de Raskolnikov a su obsesivo agigantamiento, hasta llegar a la ejecución material. En la segunda parte, amplísima, Dostoievski desciende al abismo del alma del protagonista y describe cómo emerge –al inicio frágil y contradictorio, luego cada vez más incontenible– el remordimiento, que le lleva a entregarse y, en cierto sentido, a invocar el castigo para poder librarse del peso de la culpa que lo oprime.

Este análisis ocupa la mayor parte de la novela, porque Dostoievski –aquí como en todas sus obras– es insuperable al ahondar en la raíz profunda del mal en el hombre y, fuera del hombre, en la potencia del demonio.

La tercera es la parte de la redención, la resurrección, condensada en las pocas pero decisivas páginas del epílogo.

Compañeros de camino

Angelo Scola | 0 comentarios valoración: 2  10 votos

Libros para el confinamiento

Juan Carlos Hernández

En este periodo en casa, en el que vivimos saturados por un exceso de información, la lectura puede ser un instrumento, no de evasión sino de pararse a comprender mejor ciertos acontecimientos que el “ruido” del día a día no nos permite discernir. Aquí elaboramos un listado de libros que pueden ayudar al lector, según sus inquietudes, a profundizar en algunos aspectos que hemos discutido en páginasDigital.es en los últimos tiempos.

“El golpe posmoderno” de Daniel Gascón (Ed. Debate)

El articulista de El País ha escrito este libro fundamental para entender el procés gracias al recorrido que hace el autor desde los años del pujolismo, pasando por el 11-M, que modela al nacionalismo catalán, hasta el 1-O. Para Gascón el discurso identitario acaba por negar lo que tenemos en común: la idea de que nuestras experiencias son comunicables, de que podemos entender la alegría o el dolor de los demás. El articulista nos aclara algunas importantes lecciones que deberíamos tener en cuenta para afrontar el desafío catalán como que es más eficaz la violencia administrativa que la violencia física.

“Vida líquida” de Zygmunt Bauman (Ed. Austral)

El sociólogo que acuñó la famosa expresión de “vida líquida” como descripción del modo de vivir de nuestras sociedades modernas. Característica de esta sociedad es la velocidad. “La velocidad, y no la duración, es lo que importa. A la velocidad correcta, es posible consumir toda la eternidad dentro del presente continuo de la vida terrenal” y también el consumismo. “Una economía de consumo debe ser también una economía de objetos que envejecen con rapidez, así como de exceso y de despilfarro”.

“El islam en Europa: ¿una religión más o una cultura diferente?” (Ed. Foro Complutense)

Olivier Roy, en este pequeño libro, analiza el fenómeno del islam en Europa y sus desafíos frente a la globalización. Porque los fundamentalismos son una respuesta al fenómeno de la globalización según el autor. Roy habla de una crisis cultural donde muchos son extranjeros en ambas culturas. ¿Se puede compartir una misma cultura sin compartir una misma fe? Este es el gran desafío porque es lo que está en crisis hoy según Roy.

“¿Postcristianismo? El malestar y las esperanzas de Occidente” de Angelo Scola (Ed. Encuentro)

El cardenal analiza los desafíos del cristianismo frente a la modernidad. Describiendo el momento actual con la metáfora de dolores de parto y transición. Al cristiano le exhorta a que “si no sabe dialogar adecuadamente y teme asistir a la escuela de preguntas del hombre para acogerlas y abrirlas de par en par, está destinado a ser un postcristianismo, una especie de anestesia demasiado débil y, a estas alturas, inútil a la hora de afrontar los dolores de parto”. ¿Cómo es posible la convivencia en una sociedad plural? La relación con el islam, la gratuidad también en la economía, la ecología… son algunos de los desafíos con los el cardenal se confronta en un libro esencial para entender los desafíos que plantea la modernidad al cristianismo.

Libros para el confinamiento

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 1  9 votos

Carta a D. José Jiménez Lozano

Guadalupe Arbona

Madrid, una ciudad sitiada por el miedo y el coronavirus, a 10 de marzo de 2020.

Querido don José:

Ya van dos días después de su viaje y no he podido decirle adiós. Eso no se hace. O sí que se despidió y yo no me di cuenta. Ya me aclarará este extremo. A mí me parece que se marchó silencioso, sin avisar, y nos dejó llorando. Vino aquella señora, la de los espejos, toda enfundada en negro y con zapatos rojos de tacón alto, llegaba con una tijerita en el bolso; es una ladrona astuta y nunca se la espera. Se lo llevó. Nos dejó llorando. Las mujeres solo saben llorar. Usted diría –ya lo estoy imaginando– que solamente las mujeres saben llorar, es un matiz importante y así es.

He mirado y remirado, he leído y releído, he buscado y rebuscado, detrás de mi ventana, en un Madrid recluido y desolado por el coronavirus, sus garzas de porcelana y sus gatitos corteses, sus hogueras devastadoras y sus pañuelos de sangre. He revisado sus almendros obstinados y sus cucos reidores, sus cabos de vela y sus fruteros azules. Me he enfadado con sus monarcas injustos y padecido son sus bobas de corte, he compadecido a Zuleika y al incauto Jonás, he comprado berros y esperado la “noticia” viendo la televisión, he visitado a la señora que abriga a los tomates y a la maestra que abona sus plantas, he comido aceitunas en Viernes Santo mientras movía las cenizas, he ido a la fuente a comer moras y al pinar a ver la querencia de los búhos. Y solo Dios sabe cuándo se las oiré a usted decir otra vez estas historias con palabras nuevas. Ya se hace larga la espera. Ya no me anunciará que me envía algo nuevo o que me espera tal día y a tal hora en su pequeño “Port-Royal” o debajo de los azulejos mozárabes. Ya no me explicará la pata de cabra ni me llevará a ver una virgencita románica. Tampoco me responderá a mis preguntas ni oiré su voz. No lo veré beber coca-cola, ni refunfuñar porque Dora le pone verduras. Y por eso sí, le confieso que Pèguy y usted tienen razón: las mujeres solo sabemos llorar.

Y ¿sabe?, tengo una pregunta que hacerle y no puedo dejar de escribirle. No es urgente, pero sí importante. Sé que se las ingeniará para respondérmela. No será por este veredero, como usted llamaba al correo, pero cuando halle el modo, lo hará con magnanimidad y, entonces, yo volveré a Alcazarén a decírselo a los suyos que ahora son también un poco míos. Es una cuestión que no pude hacerle hace unos días, ni hace meses, ni siquiera cuando le conocí. Y ahora me atrevo: don José, ¿ha llegado a Emaús? ¿Ha llegado a conocer a Ese que iba con nosotros cuando charlábamos en su cuarto de estudiar o me recibía en el jardín o cuando tomábamos café debajo del sauce o comíamos en Olmedo? A Ese que Eliot llamaba el “third”. ¿Se acuerda?

Carta a D. José Jiménez Lozano

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Bernhard Scholz es el nuevo presidente de la Fundación Meeting

La “Fundación Meeting por la amistad entre los pueblos”, que organiza cada año el Meeting de Rímini, ha elegido al nuevo consejo de administración para el próximo trienio. Han sido confirmados Bernhard Scholz, consultor de dirección, Andrea Simoncini, profesor de Derecho constitucional en la Universidad de Florencia, y Giorgio Vittadini, profesor de Estadística en la Universidad Bicocca de Milán. Los nuevos miembros elegidos son Guadalupe Arbona Abascal, profesora de Literatura contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid, y Marco Bersanelli, profesor de Física y Astrofísica en la Universidad degli Studi en Milán.

Bernhard Scholz ha sido elegido como nuevo presidente de la Fundación Meeting, como sucesor de Emilia Guarnieri que la presidió desde 1993.

Todos los consejeros han expresado su profunda gratitud y reconocimiento a Emilia Guarnieri, que formó parte del grupo fundador del Meeting que ha desarrollado durante 24 años la tarea de presidenta.

«Recoger la herencia de los fundadores del Meeting», ha declarado Scholz, «significa renovarse con la savia vital del origen. El dramático momento de emergencia epidemiológica que estamos viviendo nos reclama a una de las intenciones principales que marcaron la historia del Meeting en sus 40 años: redescubrir y testimoniar una esperanza y un coraje capaces de afrontar con libertad y responsabilidad las difíciles circunstancias que la historia nos plantea, una esperanza que permite a cada uno, en su unicidad, contribuir al bien de todos, mediante sus talentos y fragilidades, sus conocimientos y sus preguntas».

«La absoluta necesidad, estas semanas, de reducir al mínimo imprescindible los contactos», añadió el nuevo presidente, «nos hace aún más conscientes de hasta qué punto vivimos de relaciones, del valor del encuentro y del diálogo, del intercambio de experiencias y, sobre todo, de compartir. Mirando a los médicos y enfermeros que, en estas horas dramáticas, en medio de mil dificultades, atienden con extraordinaria dedicación, al límite de sus fuerzas, a los pacientes afectados por el coronavirus, podemos reconocer con admiración y gratitud cómo compartir hasta el sacrificio no solo es un bien valioso para todos sino también una semilla de cambio».

«Ante las crecientes contraposiciones políticas y económicas, a nivel internacional y dentro de los pueblos, frente a la cada vez más frecuente soledad existencial y los problemas sociales», continúa Scholz, «nada resulta hoy más necesario que atesorar la experiencia de relaciones positivas, donde el compromiso auténtico con la propia vida y el propio trabajo permitan redescubrir la fuerza del bien y del diálogo. Solo así hasta la economía y la política podrán afrontar con amplitud de miras los problemas que nos afectan».

Bernhard Scholz es el nuevo presidente de la Fundación Meeting

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Camus y el coronavirus

Giuseppe Frangi

Estos días de coronavirus también saltan automatismos inteligentes: la lista de ventas de Amazon, por ejemplo, muestra que un gran libro como La Peste de Albert Camus ha entrado en la lista de los libros más vendidos. Ojalá la gente lo lea. La Peste es un gran libro que Camus escribe entre 1941 y 1946, mientras atraviesa la oscura experiencia de una Francia asediada por las tropas hitlerianas. Es un libro en el que, salvando las distancias, se pueden encontrar muchas coincidencias con la situación que vivimos estos días: ciudades paralizadas, contagio incontrolable, improvisación en la organización de la asistencia, la circulación de informaciones sin control, la búsqueda afanosa del antídoto capaz de detener la epidemia.

El virus, en el libro de Camus, tiene la forma de ratas que infestan de manera inexorable la ciudad en la que tiene lugar la historia, Orán. Pero lo que hace interesante y hasta necesaria la lectura de La Peste es la razón de ser de este libro: Camus no lo escribe porque le interese documentar una pesadilla sino, al contrario, porque le interesa testimoniar la posibilidad de un antídoto.

Si La Peste es sustancialmente una metáfora que fotografía la caída moral de un pueblo y de una comunidad humana, la respuesta de Camus es una respuesta radicalmente anti-nihilista.

No se confía a las ideologías, proclamas, heroísmos, ni siquiera a los santos, dada su matriz laica. Se confía a la m irada del narrador, el doctor Bernard Rieux, que con pragmatismo y absoluta dedicación afronta esta batalla que para él es profesional y humana a la vez. Rieux atraviesa el túnel de la peste remangándose, sin retirarse jamás, movido por la conciencia de su tarea pero también deseos de buscar un porqué. El porqué, escribe Camus, de “la lucha sorda entre la felicidad de cada hombre y la abstracción de la peste”.

La peste es por tanto una “abstracción”, es decir, una negación de lo humano. Ese es el enemigo contra el que combate el doctor Rieux sin maximalismos. “No tengo afición al heroísmo ni a la santidad”, dice de sí. “Lo que me interesa es ser hombre”. Reconoce que para él la peste es profesionalmente una “interminable derrota”. Pero eso no le exime de que “el más humilde cura de aldea que administra a sus parroquianos y que ha oído la respiración de un moribundo pensara como yo: se dedicara a socorrer la miseria antes que a demostrar sus excelencias”.

Camus es un escritor obstinadamente humano (“algo que se aprende en medio de las plagas: que hay algo en los hombres más digno de admiración que de desprecio”, escribe) y ofrece así algo verdaderamente único en el panorama de la cultura europea del siglo XX.

Camus y el coronavirus

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Pío XII. Un ejercicio de memoria democrática

Francisco Medina

Hace dos días, en línea con lo anunciado por el Papa Francisco el año pasado, el Archivo Apostólico Vaticano comenzó la desclasificación y digitalización de más de 1.300.000 documentos relacionados con el pontificado de Pío XII y la actuación de la Santa Sede en la Segunda Guerra Mundial; en concreto, el período de ocupación alemana en Italia. Documentos tales que estarán a disposición de los investigadores e historiadores que quieran indagar en un capítulo muy complejo de la Historia sobre el que se derramaron litros de desinformación e ideología.

Eugenio Pacelli comenzó su toma de conciencia en relación con el nazismo en su etapa de nuncio apostólico en Alemania, en plena ascensión de Adolf Hitler, contribuyendo a la redacción de la encíclica Mit Brennender Sorge (Con viva preocupación), promulgada por su antecesor –Pío XI–, en la que se ponía sobre el tapete la traumática absorción de la sociedad alemana por un régimen de pensamiento hegemónico totalitario que había utilizado los sentimientos de resentimiento derivados de la firma de los Tratados de Versalles y la verdadera cara que el nacionalsocialismo iba mostrando en relación a la oposición y a los judíos.

Con la elección al solio pontificio, el Papa Pío XII se vio enfrentado al enorme reto de cómo la Iglesia debía resistir frente al caos y el dominio germano en toda Europa. Su papel, marcado por el silencio y la labor oculta, permaneció, durante mucho tiempo, cubierto a raíz de la publicación de la obra teatral de Rolf Hochhuth, El vicario, (1963) y del ensayo El Papa de Hitler, escrito por el historiador Cromwell; que vienen a constituir una especie de documento acusatorio de complicidad con el régimen nazi hacia el Pontífice.

Sin embargo, y aunque la imagen de Pío XII sigue estando distorsionada, lo cierto es que ello no ha ocultado del todo la verdad. El entonces embajador israelí, Mordechai Lewy, reconoció la labor efectuada por Pío XII durante la II Guerra Mundial y la propia primera ministra Golda Meir envió un telegrama, con ocasión del fallecimiento del Papa Pío XII, significando la labor efectuada por la Santa Sede y cómo Pacelli había alzado la voz en favor de los judíos perseguidos.

Las investigaciones más serias vinieron por parte del rabino David Dalin –el mito del Papa de Hitler– y del sacerdote jesuita Pierre Blet, en su libro Pío XII y la Segunda Guerra Mundial (Ediciones Cristiandad), que han arrojado mucha luz acerca de este episodio. También el historiador Michael Burleigh, en su libro Causas Sagradas, reconoce la existencia de los dilemas tan complejos a los que Eugenio Pacelli tuvo que enfrentarse y los numerosos contactos que la Santa Sede estableció a nivel internacional, para impulsar la ayuda humanitaria. También Robert Ventresca, profesor de la Universidad de Ontario, en su libro Soldado de Cristo. Vida del Papa Pío XII, viene a corroborar la fortaleza y claridad con que el entonces nuncio apostólico en el Berlín de 1939 criticó al régimen nazi, siendo consciente de que el mantenimiento de relaciones con el Reich alemán dejaba abierta una posibilidad, aun tenue, de contactar con los obispos alemanes.

Pío XII. Un ejercicio de memoria democrática

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Y los pájaros harán filigranas en su honor

Guadalupe Arbona Abascal

Ha muerto Jiménez Lozano. Tenía como el rey Salomón un corazón inteligente. Su sabiduría provenía de sus largas conversaciones con hombres y mujeres de todos los tiempos. Su alegría irreductible se asomaba cuando charlaba con las palabras de una lengua nueva, la de las gentes que habían conservado el frescor de esa lengua recién estrenada, la del castellano del siglo XVI. Sus historias llenan varios anaqueles y sus personajes nos acompañarán siempre: el mudejarillo, la Teresa de la carreta, Damián y su largo lamento sobre la Guerra civil, las monjas de Port-Royal desafiando al poder, Ruth la espigadora, los mendigos y las lavanderas que nadie ve y él llena de honores. A nosotros nos faltará su alegría que él, estoy segura, derramará en otros lares y compartirá con Aquel que hizo brillar todos los azules del mundo.

Nos queda desear para él lo que quiso para los más pobres, esos que viven sin nada:

En la gélida noche,

a la cabecera del cadáver del mendigo,

reluce una maravillosa puntilla o filigrana,

tejida sobre la nieve por las patitas de los pájaros.

Ni los Faraones, ni los Césares,

tuvieron tal armiño en sus días de gloria,

ni en sus tumbas.

Hoy solo tenemos ánimo para hacer esas puntillas alrededor de su cuerpo y que los pájaros de Alcazarén nos ayuden a completar la tarea.

Y los pájaros harán filigranas en su honor

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Chesterton, un columnista alegre e ingenioso

Antonio R. Rubio Plo

The Illustrated London News fue una revista semanal británica que aparecía todos los sábados entre 1843 y 1971, y tenía además difusión en EEUU. Durante más de treinta años, Gilbert Keith Chesterton escribió una columna en el semanario sobre los temas más dispares, y siempre al hilo de la actualidad. El Club Chesterton de la Universidad CEU San Pablo y Ediciones Encuentro se han propuesto dar a conocer a los lectores en español esta monumental producción, en la confianza de que las reflexiones de este artista de la palabra, pródigo en paradojas y retruécanos, sirvan de inspiración a quienes viven en un mundo no mucho más complejo del que conoció Chesterton.

Vegetarianos, imperialistas y otras plagas es el título de la recopilación de artículos correspondiente a 1907. Hay dos maneras de abordar el libro, no incompatibles entre sí. Una, situar los artículos en el contexto de su época, y otra, buscar en él argumentos válidos para el mundo de hoy. En mi opinión, no se puede separar una de la otra. Al leer este libro me imagino la pequeña y alegre Inglaterra de Chesterton, la del Londres cosmopolita y la de las hosterías de la campiña inglesa. La Inglaterra eduardiana sigue confiada en su poder e influencia universales, pero al mismo tiempo vive un cierto provincianismo que en el fondo es una extraña confianza en que su sistema político y organización socio-económica le protegerán de todas las tormentas interiores y exteriores. Un joven escritor de treinta y tres años recorre Fleet Street, entonces la calle de la prensa londinense, contempla la cúpula de San Pablo a lo lejos y alimenta su inspiración literaria en las tabernas cercanas. Es un hombre feliz y optimista, aunque no es todavía el hombre que construirá su hogar definitivo, con su esposa Frances, en Beaconsfield, no lejos del tren de cercanías que le llevará casi a diario a Londres. Ese Chesterton será un hombre un tanto más sosegado, sin por ello dejar de manifestar su espíritu libre y combativo.

Chesterton, un columnista alegre e ingenioso

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Florencia, ¿una separación entre la cultura y la vida?

Antonio R. Rubio Plo

Hay ciudades que solo se pueden plantear como ciudades-museo, externamente atrapadas en el tiempo. Son lugares rebosantes de historia que son atravesados por multitudes de turistas, no pocas veces sin detenerse a mirar pausadamente. Dan la impresión de que son nómadas que no van a ninguna parte, aunque tengan marcado un itinerario, y que suelen aliviar la fatiga de sus ojos con compras y comidas. Cuando se publica un nuevo libro sobre alguna de estas ciudades, y siempre que no pretenda ser una guía, suelo fijarme en lo que el autor tiene que contarnos de sus vivencias personales, más allá de este tiempo líquido y emocional plasmado en las imágenes captadas por el teléfono móvil, donde finalmente reposarán en el olvido.

Por eso hay que aplaudir un libro original, Contra Florencia (La línea del horizonte), de Mario Colleoni, un acreditado historiador del arte que sabe mucho de las bellezas del Renacimiento italiano. Es una pequeña colección de retazos de la historia de Florencia que busca atrapar al lector. De este libro se saca la conclusión de que saber relacionar es aspirar a saber más, y no cualquier cosa sino el saber en función de la belleza. En una de las historias de este libro conocemos, por ejemplo, a alguien que quiso inútilmente atrapar la belleza, como Vincenzo Peruggia, el hombre que robó en 1913 la Gioconda del museo del Louvre y la llevó a Florencia. Pensó que la estaba devolviendo a Italia de donde supuestamente Napoleón la había expoliado, y de paso pretendía poner fin a sus dificultades económicas. Su razonamiento era falso, pues Leonardo regaló al rey Francisco I esta obra, pero al menos Peruggia tuvo la satisfacción de contemplar a solas una sonrisa de memoria inmortal.

Contra Florencia es un libro de reposada lectura. Es lo más extraño a una guía, pues está salpicada de acontecimientos y reflexiones de un autor que ha hecho de Florencia su segunda casa. Colleoni deambula por las calles de Florencia, a la interminable búsqueda del auténtico pasado, muchas veces oculto en un presente que mira a todas partes y no ve nada de lo esencial. Hay muchos pequeños detalles, en los que se mezclan cultura y hechos religiosos, insertos en esa imprecisa frontera que separa en Italia la Edad Media del Renacimiento. En realidad, el autor no separa la cultura de la vida. No separarlas es útil para superar el cansancio del turista incapaz de incorporar la belleza a sus vivencias del día. La curiosidad y el dato se pegan a su piel, pero no son capaces de introducirse en su alma.

Colleoni recorre con minuciosidad los palacios florentinos, pero no se olvida de los refectorios de los conventos, soberbia manifestación de la vida, el arte y la religión, y describe con precisión la estética, diferente y opuesta, de artistas tan influyentes como Brunelleschi y Ghiberti. Sin embargo, huye al mismo tiempo del descriptivismo, algo que pueda considerarse en un defecto en algunos profesores de arte, capaces de hacer el más completo inventario y no percibir la más mínima estética. La belleza siempre ha estado reñida con la catalogación. Me imagino que el autor estaría de acuerdo con este juicio.

Florencia, ¿una separación entre la cultura y la vida?

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Esa distancia entre conocimiento y afecto

Costantino Esposito

Para poder conocer las cosas, hay que amarlas. Se necesita una mirada de afecto hasta cuando utilizamos nuestra inteligencia como mero procedimiento de cálculo. Pero no hay que entender esta dimensión afectiva como un añadido “sentimental” o como una emoción subjetiva respecto a la fría constatación de los datos objetivos de la realidad.

Al contrario, ese afecto constituye la motivación de fondo de cualquier acto cognoscitivo nuestro, una apertura de nuestra mente en busca del sentido de las cosas. Podemos describirlo como una “atracción” que la realidad –las cosas, las personas, la naturaleza, los acontecimientos– ejerce siempre sobre nuestro yo, invitándolo y retándolo a un viaje de descubrimiento. Pero la cuestión no es automática, porque tiene que ver con nuestra libertad. El punto crítico es si nosotros aceptamos o declinamos esta invitación de la realidad, y por tanto si secundamos o mortificamos este afecto original al ser.

Uno de los signos más inquietantes y dramáticos del nihilismo de nuestra época es el de haber separado progresivamente el momento cognoscitivo del momento afectivo en nuestra experiencia. Eso hace posible, incluso casi necesario, prescindir de la pregunta por el sentido último de las cosas para poder conocerlas objetivamente.

Extraña situación la que se ha venido a crear. En el fondo, el nihilismo del siglo XX nació como reacción violenta a las pretensiones del positivismo de finales del XIX, según el cual la realidad está hecha solo de datos empíricos mensurables cuantitativamente por la ciencia, y cuanto más progresa esta última en su explicación del mundo, tanto más el mundo iría perdiendo ese sentido de “misterio” metafísico o religioso que en realidad sería solo fruto de la ignorancia.

En cambio, ahora parece que el antiguo adversario del nihilismo (frente al cual Nietzsche podría proclamar ferozmente que “no existen hechos, solo interpretaciones”) encuentra paradójicamente su venganza total en la fase del nihilismo tecnológico contemporáneo. Y eso ha pasado porque el conocimiento tecno-científico del mundo también se asimila en un proceso de “construcción” de la realidad donde la medida y el cálculo no se limitan a aplicarse a datos “reales” sino que los determinan y en cierto modo los “crean” y reproducen. Las “interpretaciones” nietzschianas se han convertido en las producciones digitales del mundo.

Pero sin sentido personal no es posible vivir, como la experiencia nos demuestra cada día. Sin un significado, la vida resultaría insoportable. Y entonces se activan los dispositivos de seguridad y la cuestión del sentido se desplaza del ámbito del conocimiento al del sentimiento. El significado, si existe, hay que rastrearlo en nuestras emociones. Y eso ya no es una cuestión de realidad, sino de “feeling”. Ya no pertenece a la ontología sino a la psicología, ya no tiene que ver con el reconocimiento de una verdad de la existencia sino con la construcción cultural del propio “sí mismo”, como una “auto-poiesis”, dicho en el vocabulario de la antropología cultural.

Esa distancia entre conocimiento y afecto

Costantino Esposito | 0 comentarios valoración: 2  26 votos
>Entrevista a Olga Sedakova

'En Rusia aún no se ha perdido la capacidad de compasión'

Dmitrij Severov

Olga Sedakova cumple 70 años. Gran poetisa y traductora agudísima, Sedakova es uno de los máximos exponentes del pensamiento ruso actual, punto de referencia para muchos. En esta entrevista con el portal tayga.info comparte algunas de sus reflexiones y esperanzas.

Usted ha hablado muchas veces de sus maestros, ¿cómo elegía a sus maestros?, ¿qué ha recibido de cada uno de ellos?

Yo llamaría maestros a esas personas con las que he tenido una relación directa de verdad. Porque, en el fondo, también se puede aprender de Goethe u otros, pero no puede uno definirse discípulo de Goethe. Llamo maestros a aquellos con los que he mantenido un diálogo directo, que me han dicho algo, y con los que, como alumna, he pasado un examen (no necesariamente en sentido académico). Creo que el encuentro con maestros ha sido un aspecto insólito en mi vida. Cuando más vivo, más cuenta me doy de la suerte que he tenido. Desde la enseñanza elemental siempre he tenido unos profesores maravillosos, incluso en materias en las que yo no podía despertar en ellos gran interés, como matemáticas o música.

Empezaría por mi maestro de piano, Michail Grigorevic Erochin, que era jovencísimo entonces. La suerte hizo que nos encontráramos casualmente, porque él daba clases particulares para llegar a fin de mes. Después llegó a ser concertista, y dejó de dar clases. Él me hizo descubrir no solo la música sino todo un universo de significados culturales. Se graduó en la Escuela central de Música con Heinrich Neuhaus, y por aquel entonces estudiaban muy bien y de manera poliédrica. Me recitaba poemas que yo no conocía. Con él oí hablar por primera vez de Rilke; en clase me leía en alemán sus versos de ‘El libro de las horas’ (entonces no se encontraban traducciones rusas) y las iba traduciendo sobre la marcha. Yo, al oí esas estrofas, me daba cuenta de que estaba sucediendo algo que cambiaría mi vida entera. El profesor me mandaba ir a ver cosas por los museos de Moscú. Por ejemplo, para tocar una pieza determinada, me recomendaba ir a ver un paisaje determinado. Pero me gustaría señalar que yo nunca he buscado maestros, en cierto modo ellos vinieron a mí. En todo caso, para que esto suceda hace falta una cierta reciprocidad.

¿Una especie de lenguaje para iniciados, para quien comprende las cuestiones más refinadas?

>Entrevista a Olga Sedakova

'En Rusia aún no se ha perdido la capacidad de compasión'

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La multitud de los números primos

Tatiana A. Kasatkina

La razón por la que a los jóvenes de hoy les atrae la filosofía de Dostoyevski y sienten la necesidad de acercarse a ella tiene que von el objetivo mismo por el que el autor escribió esos textos literarios donde se inserta su filosofía. Dostoyevski quería ofrecer al lector modelos de comportamiento orientados a hacer que el hombre piense, exista y se relacione con el mundo de un modo nuevo, a otro nivel. El orden de los factores de cambio es absolutamente preciso. El primero se sitúa al nivel del comportamiento, es decir, de la experiencia personal. A partir de ahí es hombre puede abrirse de par en par a una manera nueva y diferente de pensar y sentir el mundo.

En la situación actual, en un momento histórico en que la imagen y percepción que el hombre tiene de cuál es su lugar en el mundo están sufriendo cambios impetuosos, estos modelos de comportamiento son extraordinariamente necesarios.

Las preguntas que Dostoyevski sitúa en el centro de su obra son, de hecho, las mismas que los jóvenes de hoy reconocen esenciales para vivir (…) En virtud de todo lo anterior, he podido constatar que la interacción entre la posición existencial de los jóvenes y adolescentes de hoy y la filosofía de Dostoyevski se realiza, sobre todo, según las líneas fuertes de ciertas preguntas.

¿Qué relación se da entre el hombre y el mundo, y cómo se construye esa relación? ¿Es el hombre quien depende del mundo, o el mundo depende del hombre? Es decir, ¿el hombre está definido por el mundo en que le toca existir? ¿Debe ocupar en el mundo un espacio ya prefijado? Para ocupar su espacio, ¿debe obligar a los demás a apretarse? ¿O, en cambio, la aparición de un nuevo hombre cambia al mundo, ofreciéndole posibilidades que no tenía y un espacio y tiempo nuevos a los que antes nadie tenía acceso?

En otras palabras, ¿qué produce en el mundo la aparición de un nuevo ser humano? ¿Agota o enriquece el mundo? (…) ¿Qué caracteriza la relación hombre-mundo? ¿Miseria e impotencia, o más bien la omnipotencia del hombre “pequeño” respecto al mundo? Y entonces, ¿por qué el hombre se siente “pequeño” frente al mundo? ¿Es una percepción de sí que depende de la naturaleza o en cambio es algo que le viene impuesto por la sociedad, que se fija el objetivo de alcanzar y garantizar la estabilidad, de conservar lo que hay, insertando rígidamente lo nuevo que aparece en el perímetro de lo que ya existe? (...) ¿Cómo alcanzar la omnipotencia humana? ¿Cómo cambiar el mundo? En otras palabras, ¿dónde puede encontrar el hombre las herramientas que le permitan influir en el mundo, dando lugar a cambios al mismo tiempo imponentes y no destructivos?

¿Qué significa “cambiar el mundo cambiando uno mismo? ¿Y por qué debo ser yo mismo el instrumento de apoyo para producir un cambio y obtener un resultado que vaya mucho más allá de mi mero cambio personal?

¿Por qué el sacrificio de sí, el donarse totalmente (es decir, salir de los confines de uno mismo), no lleva a una reducción sino al contrario, a un incremento de mí mismo que coincide con mi realización? ¿Cómo puede el don de sí crear vínculos con los demás e influir en el mundo?

La multitud de los números primos

Tatiana A. Kasatkina | 0 comentarios valoración: 2  25 votos

Anton Chejov. El amor por la belleza y la verdad

Antonio R. Rubio Plo

Anton Chejov coleccionaba iconos y tenía un crucifijo en la cabecera de su cama en la casa que se había comprado en Yalta. Le gustaban las lecturas sobre los monasterios de Rusia y las vidas de los santos. Se emocionaba con el sonido de las campanas y acudía a la iglesia para deleitarse con la liturgia ortodoxa, quizás en recuerdo de aquellos días en que cantaba con sus hermanos en las ceremonias, estimulado por un padre que amaba la música y entonaba himnos en su propia casa, aunque su progenitor nunca se planteó que esto fuera incompatible con imponer su autoridad sobre sus hijos y subordinados a fuerza de golpes.

Estos detalles no convierten necesariamente a alguien en una persona religiosa, pues el amor por la belleza no siempre es paralelo a la búsqueda de la verdad, más exigente que la mera delectación. Pero si Anton Pavlovic Chejov, nacido hace ciento sesenta años, el 29 de enero de 1860, no hubiera buscado algo más con estas aficiones, éstas se hubieran agotado en sí mismas.

En los últimos años de su vida el escritor comentaba que había perdido la fe, le incomodaban las inquietudes metafísicas de un Tolstoi y no quería encontrar a Dios en Dostoievski y, pese a todo, era el mismo que ponía esta reflexión en boca de Masha, una de las protagonistas de ‘Las tres hermanas’: «Me parece que un hombre debe tener fe o buscarla. De otro modo, su vida está vacía, completamente vacía».

Chejov era un hombre con dudas de fe, aunque al mismo tiempo estaba convencido de la necesidad que los rusos tenían de creer, y no precisamente en esa religión secular, difundida por intelectuales como Tolstoi y Turgueniev que hacía del campesino una especie de santo. Al hombre no se le debe juzgar por lo que es, sino por sus obras. El campesino descrito por Chejov ayunaba y se abstenía de carne en la Cuaresma, pero no enseñaba oraciones a los niños; se emocionaba al oír las Escrituras, aunque era incapaz de leerlas.

El campesino idealizado sólo existía en los libros, donde se olvidaba que podía ser bruto e ignorante, o algo mucho peor: ser capaz de la misma bajeza y crueldad que sus amos. No deja de ser una tremenda paradoja que los campesinos se convirtieran, décadas después, en las principales víctimas de un régimen cuyas ansias de ingeniería social enlazaban con aquellas teorías librescas del siglo XIX.

Irene Nemirovsky, que describió el lado más humano del escritor, afirmó que la obra de Chejov no enseña nada, que no tiene pretensiones morales, como las de otros literatos rusos. También lo afirman aquellos que consideran sus historias como anodinas e insípidas, lo que confirmaría que el propio escritor llegara a decir que podía convertir a un cenicero en protagonista de un cuento. Otros le tachan de autor pesimista y sombrío, mas eso no encaja con su jovialidad y amabilidad, no exentas de melancolía, que testimonian muchos de sus contemporáneos.

Anton Chejov. El amor por la belleza y la verdad

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El identitarismo y el muro del agnosticismo

Massimo Borghesi

Una de las acusaciones que vuelven entre los críticos del papa Francisco es la de que las iglesias no se llenan durante su pontificado. La secularización no se detiene, los jóvenes se alejan, el número de los creyentes disminuye en vez de crecer. De todo ello sería directamente responsable el Papa con su costumbre de anteponer la misericordia a la verdad, con su buenismo renunciador que llevaría al olvido de la gran tradición de la Iglesia.

Sería fácil objetar que también con Juan Pablo II las plazas se llenaban pero las iglesias estaban vacías. Tampoco con Benedicto XVI asistimos a una inversión de la tendencia. En realidad, los que acusan al Papa partiendo de las variaciones en bolsa de las acciones de los creyentes pecan, a su pesar, de papolatría. Los procesos espirituales que marcan la vida de la Iglesia no dependen en absoluto de la figura del pontífice y la tendencia hacia la descristianización de Europa, que afecta a todo Occidente, incluidos los Estados Unidos, no es cosa de hoy. Avanza desde la mutación antropológica de los años 70 del siglo pasado, sufre una aceleración en los años 80-90, y se generaliza en el nuevo milenio. Nos enfrentamos a un proceso que, aparentemente, se presenta como irreversible. No se trata de ateísmo, como podía ser en los años 70 dominados por el marxismo. Nos enfrentamos sobre todo a un agnosticismo vivido, inconsciente, que no se plantea el problema religioso por la sencilla razón de que ya no tiene noticia de él ni testimonio directo.

El nuevo agnosticismo es distinto del kantiano del XIX, para el que no es obvio saber si Dios existía, aunque era preferible que así fuese. También es distinto del agnosticismo positivista, que tiende a superar al propio ateísmo disolviendo, de raíz, las preguntas metafísicas y la exigencia de lo divino. De Dios no se sabe nada porque no hay nada que saber. El agnosticismo de los jóvenes de hoy es diferente. Diferente también del de sus padres que, decepcionados por la época de las utopías del 68, se impregnaron de un profundo escepticismo. Para los jóvenes, por el contrario, ser agnósticos significa no saber nada de Dios ni, en Europa, de la vida cristiana. No son contrarios a la fe, aunque no escapan de los prejuicios de la tradición ilustrada. Son más bien ajenos, distantes, lejanos. Pertenecen al reino de los sin-religión, los ‘nones’, según la designación americana estudiada por Guillaume Cuchet en su reciente artículo “La montée des sans-religion en Occident”.

El identitarismo y el muro del agnosticismo

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De la oscuridad a la libertad

Giuseppe Frangi

Superado el quinto centenario de Leonardo, en este 2020 abordamos otro no menos fascinante: el de Rafael, muerto en Roma el 6 de abril de 1520. Murió joven, cuando solo tenía 37 años, lo que siempre ha favorecido una lectura muy idealizada de su figura, así como de su obra. Rafael se convirtió en el pintor de lo sublime, de la belleza entendida como culmen absoluto (el bello ideal) e inalcanzable. También hubo un Rafael conmovedor que alimentó la iconografía religiosa que se multiplicaba en millones y millones de imágenes, especialmente gracias a sus representaciones de la Madonna. Pero este centenario puede ser la ocasión de ensanchar la mirada sobre este genio del Renacimiento italiano.

Por ejemplo, Rafael fue un hombre con una extraordinaria capacidad de reinventar los procesos de la producción artística. Cuando, después del año 1510, se vio sometido a una presión creciente por los muchísimos encargos que recibía, organizó el primer taller verdaderamente moderno en sentido científico. Se instaló en el Palacio Caprini de Roma, donde puso a trabajar a decenas de artistas y ayudantes, con un mecanismo que le permitía tener bajo control el trabajo de todo el taller, por el que pasaron todos los personajes más importantes de Roma y no solo. En el proceso productivo, el dibujo asumió una función fundamental como transmisión de ideas y proyectos a su equipo. Como escribió John Shearman, el historiador que más ha revolucionado los estudios sobre Rafael, en aquel taller se daba “una transferencia de esfuerzos que en la tecnología moderna describiríamos como una retirada de recursos de la producción para invertirlos en investigación y desarrollo”. Fue una decisión estratégica que permitió a Rafael gestionar al mismo tiempo trabajos muy complejos, a veces incluso sin participar personalmente en la fase final. Por ejemplo, en 1514 se hizo cargo también de la gigantesca fábrica de San Pedro.

Era muy metódico pero también fue un gran experimentador, a pesar de una imagen que le ha convertido en el artista de las “reglas y teorías”. Siempre dispuesto a poner en juego sus certezas y técnicas, como han comprobado los restauradores que recientemente han trabajado en las Estancias Vaticanas. En la maravillosa escena de la liberación de Pedro de la cárcel, han notado con estupor que Rafael recurrió al “esmalte con lima”, una técnica experimental muy arriesgada porque, si no se calibra bien la mezcla con agua, una vez enjugada puede llegar a tapar la pintura. Pero Rafael corrió el riesgo para mostrar, como un auténtico moderno, la humedad de la noche romana bajo una luna surcada de nubes. Esa misma noche pinta el Ángel fulgurante de luz que guía a Pedro, quien emerge de la oscuridad hacia la libertad. En la restauración han visto claramente un detalle maravilloso: la mano de Pedro sobrepasa la cortina de luz para entrelazarse con la del Ángel. Y la cortina de rayos de luz se rompe para abrir esta brecha.

Un detalle de humanidad sencilla e imponente a la vez. Un genio como Rafael visto en los pliegues de su quehacer que muestra otra dimensión distinta pero igualmente genial…

De la oscuridad a la libertad

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La caída y la gracia

Massimo Borghesi

El 4 de enero de 1960 el automóvil que conducía Michel Gallimard se estrelló contra un árbol en la Nacional 5, en el tramo Sens-París. En el coche, un deportivo Vacel Vega, viajaba también Albert Camus, que moría en el acto. Terminaba así, trágicamente, la existencia de un escritor cuya obra filosófico-literaria impactó profundamente y dio mucho que hablar a la generación de la segunda posguerra. Poco antes de morir, en diciembre del ’57, había recibido en Estocolmo el Premio Nobel de Literatura.

Cuando se cumplen 60 años de su desaparición, Camus sigue siendo uno de los pocos autores cuya figura y obra nunca han caído en el olvido. Siguen saliendo ensayos sobre él y la editorial Gallimard mantiene en París la edición de inéditos y epistolarios. A pesar de la mole de estudios sobre él, hay un aspecto de su reflexión todavía por explorar, el de su dimensión religiosa. Pero esta, especialmente a raíz del tema de ‘La caída’, publicada en 1956, resulta particularmente evidente. Después del ciclo del absurdo y de la revuelta –‘El extranjero’, ‘Calígula’, ‘La peste’, ‘El hombre rebelde’– emergen, en el Camus de los años 50, nuevas exigencias. El hombre rebelde puede juzgar al divino Demiurgo solo si es más justo que él, “pero eso”, escribe, “exige una inocencia que ya no tengo”. Un nuevo pesimismo entra en escena. Camus ya no cree en la beata inocencia del mundo. Por primera vez sale a la luz la exigencia de una gracia, esperada y violentada a la vez. “Cuando hemos visto una sola vez resplandecer la felicidad en el rostro de un ser querido, descubrimos que no puede existir para el hombre otra vocación que la de originar esa luz en los rostros que nos rodean… y desgarra pensar en el infortunio y las sombras que proyectamos, por el solo hecho de vivir, en los corazones que encontramos”. Para superar esta violencia natural, el corazón debería verse “transfigurado”, pero no es fácil. “Siempre hay una parte del hombre que quiere morir y que pide ser perdonada”. El perdón, que es una forma de amor, es complicado porque, rigurosamente, “nadie merece ser amado – nadie está a la altura de este don supremo”. Por eso, “el amor de Dios, por lo que parece, es el único que logramos soportar porque siempre queremos ser amados, a pesar de nosotros mismos”. Camus advierte entonces “el peso insoportable de este mundo, del cual, al comienzo, estaba tan satisfecho”.

La caída y la gracia

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Ante el abismo del yo

Costantino Esposito

¿A qué nos referimos exactamente cuando decimos “yo”? Se trata sin duda de una de las palabras más usadas, llegando a veces incluso hasta el abuso, en nuestros discursos, uno de los conceptos más presentes en nuestros pensamientos. Pero es una palabra extraña, un simple pronombre que nos indica a nosotros mismos en sustitución de nuestro nombre propio. Cuando uno quiere hablar de sí mismos no dice su nombre, a menos que sea un niño, ellos a veces sí repiten el nombre por el que se sienten llamados por sus padres. Pero llegado a cierto punto del crecimiento cognitivo de la propia personalidad, uno empieza a llamarse a sí mismo “yo” y el nombre, que al principio resonaba como un eco o una repetición, con el valor de una respuesta a alguien que me estaba llamando, pasa a ser alto distinto, algo más íntimo. Y pasamos al discurso “en primera persona”.

Resultaría extraño preguntarse a qué se refiere este pronombre, pues es evidente –hasta obvio– que se refiere al que habla, al sujeto del discurso, a alguien que tiene conciencia de estar tomando la iniciativa lingüística para ejercer la práctica comunicativa. Al decir “yo”, emerge mi propia identidad. Soy, por tanto, soy yo, ni tú, ni él, ni ella. Me pronuncio y me delimito, me identifico. Y gracias a eso puedo hablar del mundo, de las cosas y de las personas, puedo comunicarme con los demás, puede soñar y esperar, puedo amar y odiar, puedo entristecerme y alegrarme. Nunca estaremos lo suficientemente atentos a este hecho, evidente y misterioso a la vez, de nuestro ser un “yo”. Evidente porque es el fenómeno más cercano a cada uno de nosotros, pero también misterioso porque indica un punto de discontinuidad, una interrupción, un salto en el continuum de la naturaleza física, química y biológica, el salto que llamamos de conciencia, es decir, de darse cuenta de existir, de vivir descubriéndose uno mismo. Porque nuestro yo no es una estructura natural que se nos da de una vez por todas. Su paño no es (solo) del orden natural sino sobre todo del histórico.

Bastaría reflexionar sobre una experiencia cotidiana sencilla para darnos cuenta. ¿Cuántas veces miramos la realidad que nos rodea, miramos las cosas, las personas, los acontecimientos, sin caer efectivamente en la cuenta de lo que estamos viendo? Los tenemos delante pero no nos damos cuenta de que existen. De eso dependen muchos problemas, incomprensiones, crisis, desavenencias personales, sociales y políticas.

¿Pero cómo puede llegar a suceder? La prueba radica en un fenómeno sencillísimo, es decir, si prestamos o no atención a la realidad. De hecho, para prestar atención hace falta que exista un yo, porque nuestro estar en el mundo nunca funciona como un piloto automático que proceda mecánicamente, sino que depende de lo consciente que yo sea de mi relación con la realidad. Sin esa conciencia, pierdes hasta la realidad, se interrumpe la experiencia de las cosas y, al mismo tiempo, si evitas la realidad acabas perdiendo tu “yo”.

Ante el abismo del yo

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El filósofo del pueblo

Massimo Borghesi

Han pasado diez años desde que murió Alberto Methol Ferré (1929-2009), uruguayo de Montevideo, uno de los mayores, si no el mayor, de los intelectuales católicos latinoamericanos contemporáneos. Fundador de revistas como «Nexo» (1955) o «Víspera» (1967), consultor del Celam, la Conferencia Episcopal Latinoamericana, fue autor de numerosos libros y ensayos.

En 2006, el periodista Alver Metalli publicó una entrevista que le hizo en un volumen titulado “El Papa y el filósofo”, con un subtítulos que sentaba una premisa: “Jorge Mario Bergoglio y Alberto Methol Ferré: afinidades electivas de un Papa y de un filósofo del Río de la Plata”. Allí el entrevistador reconstruye de manera precisa las etapas de una relación personal e ideal entre el joven Jorge Mario Bergoglio, responsable de los jesuitas argentinos y luego arzobispo de Buenos Aires, y el intelectual católico uruguayo. Ambos compartían la estima por el jesuita francés Gaston Fessard, por una visión del catolicismo entendido como ‘coincidentia oppositorum’.

Por un lado, a Bergoglio le llamaba la atención la mirada “histórica” de Methol, su capacidad para delinear grandes escenarios geopolíticos y espirituales, y por otro, su pasión por la Iglesia encarnada en los pliegues de la historia, una Iglesia “popular”, no subalterna a los designios hegemónicos de las potencias mundiales y las élites secularizadas. La cercanía, suya y de Methol Ferré, a la “teología del pueblo” de la Escuela del Río de la Plata, la versión argentina, no marxista, de la teología de la liberación de Lucio Gera, Gerardo Farrel, Juan Carlos Scannone, autores sensibles a los temas de la religiosidad popular los pobres, la cultura y la historia latinoamericana. Temas también muy queridos para Bergoglio, que encontraba en Methol a un autor que “nos ayudaba a pensar”. En la entrevista todo eso emerge con gran evidencia. Su mirada a la realidad, su atención a las respuestas que el momento actual exige a la fe, la relación entre la posición cristiana y la modernidad, son otros puntos que documentan un pensamiento “católico” raro. Raro en América Latina y en Europa.

El primer punto es que el pensamiento cristiano, si quiere serlo, arraigado por tanto en la Encarnación, no puede ser sino histórico. En esto, Methol aceptaba totalmente el desafío del pensamiento laico según el cual, frente a la pérdida de la propia historia del pensamiento católico moderno, la superioridad de una perspectiva se demuestra en su capacidad para interpretar la historia. Sus modelos eran tres politólogos americanos y un filósofo italiano: Francis Fukuyama, Samuel Huntington, Zbigniew Brzeziński y Augusto Del Noce.

El filósofo del pueblo

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Cristianismo y libertad en un editorial navideño

Antonio R. Rubio Plo

Vermont Royster (1914-1996) fue uno de los principales editorialistas de The Wall Street Journal en los años de la guerra fría, y he recuperado uno de sus famosos editoriales, publicado hace setenta años en la Navidad de 1949. Lleva por título In Hoc Anno Domini, y el periódico norteamericano lo reproduce cada 24 de diciembre.

En aquel lejano invierno se vivía en una gran incertidumbre sobre el destino de la humanidad. La geopolítica indicaba que no habían triunfado la paz y la libertad, pese a la terrible conflagración que el mundo nunca antes había conocido. Por el contrario, el bloque comunista aparecía como una gran mancha roja en la esfera mundial que se extendía desde el Elba hasta el Asia del Pacífico, sobre todo tras el reciente triunfo de la revolución maoísta. Era el mismo año en que la URSS de Stalin realizaba su primera prueba nuclear, lo que marcó el inicio de la carrera de armamentos que mantendría al mundo en vilo en las décadas siguientes. Vermont Royster debía de tener algunos de estos acontecimientos en mente cuando escribió el editorial.

Pasan los regímenes políticos y cambian las situaciones internacionales, pero los grandes temas del escrito, el cristianismo y la libertad, no pasan. Royster nos habla del mundo cuando Saulo viaja a Damasco en busca de cristianos para encarcelar. Otro ejemplo de que el mundo del imperio romano es más un lugar de opresión que de civilización. Es un mundo en que existe el orden porque el brazo largo de la ley romana y las legiones así lo garantizan. La opresión se reparte de forma casi igualitaria excepto "para los amigos de Tiberio César". El mundo romano es un lugar de cobradores de impuestos que gravan hasta la más mínima actividad, y ese dinero sirve principalmente para pagar legiones y los juegos circenses con que el emperador entretiene a una plebe ignorante y sedienta de sangre.

"¿Para qué sirve un hombre sino para servir al César?", nos dice Royster, que es otra forma de decir: "¿Para qué sirve un hombre sino para servir al Estado?". Nuestro editorialista piensa seguramente en el Estado comunista o en el intervencionista, pero si viviera hoy, el periodista pensaría que el culto al Estado, la nueva encarnación del emperador romano, sigue vigente, aunque ahora se presenta como un ente benefactor de unos ciudadanos a los que adula y a la vez procura educar sus mentes desde niños en la nueva religión cívica de lo políticamente correcto. No importaría el rostro huraño del emperador acuñado en las monedas o el semblante afable de un líder político de nuestros días que nos vende un relato hecho a su medida y a la de sus electores. Royster vería hoy en ambos a enemigos de la libertad y, por supuesto, del cristianismo. De hecho, nos recuerda que el cristianismo es una religión cuyo fundador supo distinguir claramente entre las obligaciones para con Dios y para con el César. El problema surge cuando el César, que asume cada vez más los rasgos de un déspota oriental al tiempo que el imperio se va extendiendo, pretende que le rindan culto.

Cristianismo y libertad en un editorial navideño

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