Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
22 FEBRERO 2017
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Los retos de la ciencia en la Universidad española

Nicolás Jouve

En 1930 ya señaló Ortega y Gasset que la “Misión de la Universidad” es enseñar las profesiones intelectuales y hacer investigación científica y preparar futuros investigadores.

El principal destinatario de lo que se hace en la Universidad es la sociedad, por la repercusión en el nivel cultural y bienestar a través de la formación de profesionales en todos los campos y por la repercusión de los avances científicos en la salud, alimentación, comunicaciones, transporte, etc.

Si nos fijamos en el fomento de la investigación, el principal problema de los responsables de la política científica es el de dar prioridad a los campos que más y mejor vayan a repercutir en beneficio de la sociedad. Pero cuando hablamos de beneficio no necesariamente estamos hablando de economía. Hay otros déficits que afectan al nivel cultural y social. Aunque a veces no lo parezca, no solo de tecnología vive el hombre, y no hay que volcar todos los esfuerzos en ciencia y tecnología. Hay un desequilibrio patente entre lo que hacemos o podemos hacer y lo que afecta al pensamiento, y la moral… por lo que habrá que dedicar más atención a otras áreas del conocimiento, como las humanidades, el arte, la literatura o la música, por ejemplo. No nos quejemos después del desmoronamiento de la sociedad en las costumbres y el comportamiento. A esto se refiere el filósofo alemán Hans Jonas, que echa en falta un análisis de los fines de las investigaciones y denuncia el hecho de sus consecuencias: “El ser humano –dice Jonas– ha aumentado su poder dominador de la naturaleza, pero no se ha preocupado por crecer con la misma intensidad en el conocimiento de las consecuencias de ese poder”.

Es preciso tener en cuenta todo esto y ampliar el horizonte respecto a la idea de algún partido político en las elecciones del 20 de diciembre de 2015 de crear un “Comité de Ciencia y Tecnología” para asesorar al Gobierno de la nación en temas de investigación y desarrollo en el que intervinieran investigadores y especialistas de reconocido prestigio españoles y extranjeros.

Un segundo frente en la expectativa de la ciencia afecta a la propia Universidad. La positiva evolución económica de las últimas décadas y la descentralización de las competencias educativas tras la aprobación de la Constitución de 1978 ha llevado a la existencia de una excesiva dotación que según datos oficiales actuales se traduce en 85 universidades, con 1.828 centros entre públicas y privadas, y una oferta de unas 13.500 titulaciones diferentes. Lo mucho no es equivalente a lo bueno, y así ocurre que en el Ranking Web de las Universidades, donde se comparan los resultados académicos de 12.000 universidades de todo el mundo –en base a su producción científica y el número de citaciones en revistas de investigación de todas las ramas–, las universidades españolas no están muy bien colocadas. Los primeros puestos los acaparan las universidades americanas (Harvard, Stanford, Massachusetts, Berkeley…), y hay que descender a la posición 141 para encontrar la primera de entre las españolas, la de Barcelona (que ocupa el puesto 36 entre las europeas)… y aún más allá de los 200 primeros lugares encontraremos las siguientes, en el 205 la Complutense de Madrid, en el 209 la de Granada y en el 210 la de Valencia (72, 74 y 75 entre las europeas, respectivamente).

Los retos de la ciencia en la Universidad española

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Todorov y su resistencia ante el totalitarismo

Corrado Bagnoli

Ha muerto, a los 77 años de edad, Tzvetan Todorov (1939-2017), uno de los intelectuales europeos más relevantes y aclamados, pero paradójicamente entre los menos escuchados en estos años en que la deriva del pensamiento hacia formas de negación de la dignidad humana y su involución hacia la incapacidad de aceptar al otro se están convirtiendo en la clave de la sociedad contemporánea.

El último libro de este pensador, nacido en Bulgaria pero establecido en Francia desde la época de su colaboración con Roland Barthes, es un himno a los valores de la libertad y la justicia mediante la celebración de personajes que han afrontado el suplicio y la muerte para defender estos valores hasta el fondo. “Resistentes” es el título de este último acto en un itinerario que se atraviesa toda la cultura del siglo XX y que se cierra aquí recordando las experiencias de Etty Hillesum, Boris Pasternak, Nelson Mandela entre otros, con una advertencia que Todorov siempre ha señalado desde las páginas de sus libros y en todas las ocasiones públicas que ha tenido. Una advertencia que ya expresó de manera admirable en un ensayo de 2007, “La literatura en peligro”, donde recuerda que la literatura, las grandes obras de arte, también deben entrar “en el gran diálogo entre los hombres que empezó en la noche de los tiempos y del que cada uno de nosotros, por insignificante que parezca, sigue formando parte”.

Cuando apenas tenía 24 años, Todorov llegó a París procedente de un país donde el régimen comunista había aniquilado toda forma de libertad intelectual. Él mismo narra su experiencia como estudioso de la literatura en su patria, dominada por el totalitarismo comunista. Decidió sustraerse de las exigencias de la ideología dominante, ocupándose en su tesis de aquellos aspectos que no tenían nada que ver con la ideología, es decir, todo lo que en las obras literarias tuviera que ver con el texto como tal y sus formas lingüísticas. Fue una decisión que le libró de la censura y que le llevó a dedicarse al estilo, la composición, las formas narrativas, en una palabra a las técnicas literarias, obligándole a dejar a un lado lo que en cambio constituye el auténtico valor de la literatura: el pensamiento, los valores expresados en una obra, su significado más profundo.

Ya en Francia, combatió tenazmente las ideas del formalismo que había contribuido a difundir y comienza progresivamente su reflexión sobre aspectos como la relación con el otro, tema dominante en “La conquista de América” (1982), donde pone bajo sospecha el pensamiento colonizador. De 1991 es “Frente al límite”, donde nos pone en guardia ante los horrores del totalitarismo, al que sigue considerando un peligro importante para nuestra sociedad, en absoluto derrotado, precisamente porque lo considera un producto perverso de la sociedad de masas, cuya potencia deshumanizadora nunca ha dejado de crecer.

En todos sus libros, hasta el último, Todorov subraya con fuerza el valor de la voluntad y responsabilidad individuales, incluso en las peores situaciones de abuso y opresión. También sobre el tema del terrorismo se expresó con claridad, sin olvidar nunca que el enemigo no era el otro, que el mal habita en el corazón del hombre, de todo hombre, y que ahí es donde cada uno de nosotros debe combatirlo. “El enemigo también es interior, nuestros demonios nos llevan a parecernos al adversario para combatirlo mejor. Pero aterrorizar a los terroristas significa hacerse como ellos”. Lo que decía Todorov de la literatura, de la que hablaba como una experiencia “cuyo último horizonte no es la verdad sino el amor”, resume en última instancia su inagotable labor de búsqueda siempre orientada a salvaguardar, en todos los ámbitos de su producción, las formas más altas de la relación entre los hombres, a defender el valor absoluto de cada persona concreta.

Todorov y su resistencia ante el totalitarismo

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>Entrevista a Julián Carrón

«Los problemas no nos los crean los otros, los otros nos hacen conscientes de los problemas que tenemos»

Ángel L. Fernández Recuero

Quedamos con Julián en la cafetería del Hotel de las Letras en Madrid aprovechando uno de sus viajes relámpago a España. Conversamos sobre política, razón y ciencia y nos explica las raíces del cambio que se está produciendo en la sociedad occidental con la Ilustración como elemento clave. También nos cuenta cómo se vive el cristianismo en Comunión y Liberación y de qué forma puede ser clave en nuestro futuro. Julián es cercano, amable y claro y tiene un gran poder de convicción, incluso ante un ateo recalcitrante como quien lo entrevista.

>Entrevista a Julián Carrón

«Los problemas no nos los crean los otros, los otros nos hacen conscientes de los problemas que tenemos»

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Nuestra memoria contra el 'Auschwitz' de la cultura

Giorgio Buccellati

Escribo desde Damasco, donde hemos participado en una serie de encuentros Marilyn (la arqueóloga Marilyn Kelly) y yo. El acto principal fue un coloquio sobre la situación actual del patrimonio arqueológico en Siria, junto a una docena de colegas sirios y otros tantos colegas extranjeros. A decir verdad, todos nos sentíamos sirios, y este aspecto de gran solidaridad y calor humano se hacía más fuerte en cada intervención. Pueden ustedes imaginar nuestro estado de ánimo cuando, justo durante la comunicación de un colega polaco sobre los trabajos de restauración este verano de las estatuas de Palmira que el estado islámico hizo pedazos, llegó la noticia de que miembros de ese mismo grupo habían vuelto a ocupar la ciudad y el museo. O cuando durante la cena recibimos la noticia de que toda la ciudad de Alepo había vuelto a ser atacada.

Me impactó mucho la actitud general de los colegas sirios, a los que todos nos sentimos profundamente unidos, con el tono de un desafío sereno en respuesta a un desafío demencial. Poniendo siempre el acento en la voluntad de salvaguardar los valores en el mismo momento en que estos eran negados en nombre de otros pseudo-valores. No había en ellos ni histeria ni euforia, que podían emerger según los momentos. Solo había, en cambio, un reclamo continuo a la necesidad de hacer frente con coraje y determinación a una violencia insensata, apoyándose en esa fuerza interior que nace de la fe en lo que es verdadero. En nuestro caso, los valores de la cultura del pasado tal como la conocemos por los monumentos en los que trabajamos.

Esta gran profesionalidad era evidente por lo esencial de todas sus intervenciones, con una altísima y uniforme calidad. La dimensión política solo estaba presente en el sentido más noble de la palabra, el de una polis ideal en la que nos encontramos en solidaridad. Ciudadanos de un pasado compartido, con la firme conciencia de que el trabajo de redescubrir este pasado es el humus para la construcción de un futuro que pueda unir en vez de dividir.

Repasando en su conjunto la historia de las últimas destrucciones cometidas por parte del llamado estado islámico, destrucciones descritas del modo en que un cirujano sabe ver un cuerpo vivo sobre el que operar, me di cuenta de una dimensión particular propia de este caso. Nosotros somos testigos de lo que podríamos definir como el Auschwitz de la cultura. Es la dimensión sistémica, que transforma la ideología en violencia: si en un caso se trataba de un genocidio erigido en sistema, en este otro caso se trata de un “artecidio” igualmente erigido en sistema. No es una violencia apasionada fuera de control, es la violencia de una idea que rechaza fríamente la posibilidad de que otra idea pueda existir. No basta con matar al hombre, hay que matar el artefacto. Así se le quitan al grupo social las coordenadas básicas sobre las que construir la identidad. En este sentido, el ataque a Siria supone una nueva y horrible tragedia.

Precisamente en este contexto llama la atención la reacción tan fuerte pero comedida de la verdadera Siria, esa que para la arqueología está personificada en la Dirección General de Antigüedades y Museos, el equivalente a nuestro Patrimonio Histórico. Todos los colegas de esta entidad se muestran fuertemente unidos a su director general, Maamoun Abdulkarim, y este aspecto de gran calor humano y seriedad profesional también salió a relucir en nuestro encuentro con ellos. Un encuentro que, para Marilyn y para mí, se nos ha grabado en la memoria como el más significativo de todos los que hemos tenido nunca.

Nuestra memoria contra el 'Auschwitz' de la cultura

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Esa acogida que el mundo envidia a Europa

Emma Neri

El documental italiano “Fuego en el mar” ha entrado en la quiniela de los Oscar. Una buena noticia por muchas razones. La primera de ellas la resume el médico protagonista de esta historia, Pietro Bartolo: “Es un deber para cualquier hombre de carne y hueso ayudar a esta gente”. Punto. Nada que añadir. Sea cual sea la razón por la que llegan los inmigrantes, el lugar del que procedan, su idioma, su religión, el color de su piel, hay que ayudarlos. Es una evidencia que se impone delante de los cuerpos desnutridos y deshidratados de estos hombres, mujeres y niños.

El director, Gianfranco Rosi, ya ganó el Oso de Oro en Berlín con esta película, donde narra algo que conoce. Los rostros oscuros y dolientes que emergen del mar se alternan, casi se superponen, a las caras de otros hombres y mujeres que en el fondo son iguales que ellos, los habitantes de Lampedusa. Un niño con los ojos cansados, un marinero exhausto por la vida que lleva entre cielo y mar, un anciano que remienda las redes, una abuela cocinando. Todo ello bajo un título, “Fuego en el mar”, que recuerda a los fogonazos nocturnos de las naves militares lanzando una alarma, una amenaza, un grito.

Dicho esto, también hay que decir que un documental es poco, muy poco, para abordar una emergencia tan grave. Esto es solo una gota, sin querer incomodar a ninguno de los expertos que desde los años setenta están convencidos de que un film es siempre y en todo caso un gesto político, como si el arte bastara para cambiar la realidad. Pero una película no cambia las cosas, como mucho abre paso a una reflexión, a una pregunta. Al menos en este caso nos recuerda a todo algo que puede parecer obvio pero no lo es: la acogida es lo que el mundo envidia de Europa y hunde sus raíces en una fe que nació hace dos mil años en otro lugar, y algunos países europeos como Italia todavía la conservan, aunque con escasa conciencia, como un pequeño primado dentro del pensamiento humanista que hizo nacer a Occidente. Pero sigue siendo poco.

“Hay que promover una acción política y económica que contribuya a poner fin a las migraciones”, dijo el cineasta ruso Aleksandr Sokurov en Venecia, en unas declaraciones por las que fue muy criticado. Por no hablar de Clint Eastwood, acusado de racista por desaprobar la censura a cualquier referencia al islam en los discursos oficiales sobre la inmigración. ¿Qué sucede cuando alguien decide partir? ¿Qué pasará cuando los ocho millones de sirios que lo han perdido todo decidan venir aquí en busca de una nueva vida? ¿Con qué corazón huirán para no tener que volver atrás, o extenderán sus cartones en las calles de una ciudad extranjera? ¿Cómo nos relacionamos con el otro? La política parece haber agotado las respuestas. Hay una imagen inquietante a este respecto grabada en la manifestación a favor de los inmigrantes que habían quedado bloqueados en la frontera italiana por la policía francesa. En la segunda fila se ve a un chico vestido con unos vaqueros y un chaleco rojo. Unos días después, al volante de un camión, arrollaría a 84 personas en el Paseo de los Ingleses en Niza.

Resulta complicado hacer películas sobre un futuro que la política europea ni siquiera es capaz de imaginar, limitándose a buscar atajos a base de muros y alambradas. Pero la crisis de nuestro continente, como ha dicho recientemente el cardenal Schönborn, arzobispo de Viena, no nace con estas migraciones: “Hemos desperdiciado nuestra herencia cristiana”. Un cristianismo vacilante, una cultura del egoísmo, es la bienvenida que encuentran los inmigrantes cuando llegan aquí. Exactamente lo mismo que viven día tras día nuestros propios hijos. Entonces no es de extrañar que –sobre todo en Francia– el tema de la inmigración se convierta en un espejo en el que mirarse. Algunas directoras, mujeres que hablan de mujeres, a veces parecen confundir la libertad con la transgresión, contentándose así con soluciones igualmente convencionales, pero en todo caso sigue siendo dramática la pregunta sobre el significado de todo esto que emerge por todas partes.

Esa acogida que el mundo envidia a Europa

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Una necesidad de comprender que se queda sin respuesta

Salvatore Abbruzzese

En una época caracterizada por un denso flujo cultural como la actual, presa de la contingente crisis económica y la creciente inestabilidad política, pocos autores han gozado en vida de la notoriedad de Zygmunt Bauman (1925-2017). Una notoriedad que ha sobrepasado de lejos los ámbitos académicos y los círculos intelectuales para llegar a un público mucho más amplio, hasta erigirse en referencia de ese mundo global que este sociólogo y filósofo examinó rigurosa y profundamente.

Tal correspondencia entre Bauman y el gran público no es en absoluto casual. De hecho, este sociólogo polaco se presentó ante todos como uno de los pocos intérpretes lúcidos de las tensiones contemporáneas, capaz de ofrecer claves interpretativas a la medida de un presente cada vez más oscuro e inquietante. De manera análoga a otras personalidades del panorama cultural de los últimos veinte años, Zygmunt Bauman se empeñó a fondo en hacer una interpretación de la sociedad posmoderna, analizando en profundidad la progresiva degradación de un sujeto que vive cada vez más solo ante el factor clave de la globalización que le distingue. Pero, a diferencia de otros analistas sociales que consolidaron itinerarios parecidos, alcanzando conceptos igualmente clarificadores, desde la “sociedad del riesgo” de Ulrich Beck al “fin de las sociedades” de Alain Touraine, Bauman nos ofreció metáforas interpretativas –como la conocidísima “sociedad líquida” o la elocuente expresión “vidas desperdiciadas”– capaces de situarse entre el análisis y la denuncia, entre la descripción del escenario contemporáneo y la indicación de contradicciones que bloquean el desarrollo, convirtiéndole en uno de los representantes más eficaces de una ciudadanía intelectual militante.

Precisamente por ello, fue de los pocos en ser leído incluso cuando sus textos no seguían la onda de los hechos propia de una crónica explosiva (como pasa con Gilles Kepel) ni intentaban hacer una relectura del proceso de construcción del mundo moderno (como es el caso de Alain Finkielkraut y Rémi Brague), ni reconstruían analíticamente un proceso específico de fragmentación social (como Chantal Delsol). Zygmunt Bauman era y seguirá siendo (porque la cultura, como decía Hannah Arendt, es la patria inmortal de los hombres mortales) el intérprete de la sociedad global actual, de los riesgos que esta comporta, así como de las introversiones que terminan caracterizando a aquellos que los sufren.

Ha sido un observador del presente, que captaba en su inmediatez, más que un analista del itinerario histórico que lo genera y del que es resultado. Justo este interés suyo por el presente hizo que Bauman se mostrara a la altura de un deseo generalizado de comprender y tener una interpretación general de cuanto sucede hoy, ofreciendo amplias claves conceptuales, capaz de contextualizarlo todo. Su muerte desvela la amplitud de esta necesidad global que había encontrado en él a un intérprete eficaz, y a un militante de los valores compartidos e incontestables que fundamentan la convivencia civil.

Bauman intentó registrar la amplitud del cambio que se está produciendo, renovando así uno de los caminos más consolidados de la sociología, el de ser la ciencia de la crisis, de la fractura de los vínculos sociales, del decaer de las interpretaciones compartidas del mundo y de la vida. Su muerte nos permite reconocer aún mejor la amplitud de una demanda de comprensión actual por parte de una sociedad que ya no se reconoce a sí misma, ni ve las profundas fracturas que se hunden entre los distintos grupos sociales, donde las clases dirigentes ya no saben captar ni comprender las tensiones que sacuden la sociedad que gobiernan, ni los miedos que la atenazan.

Una necesidad de comprender que se queda sin respuesta

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Salvar la semilla

Giorgio Vittadini

En esta Navidad de 2016 parece que vuelven a convivir la incertidumbre, el pesimismo, el miedo al futuro y al mismo tiempo el mensaje de misericordia que hemos escuchado este año durante el jubileo extraordinario. ¿Cómo pueden convivir dos cosas tan contradictorias como son el pesimismo y la misericordia?

Nos lo puede mostrar un viejo amigo que siempre resulta novedoso, el escritor italiano Giovannino Guareschi. Él vivió un momento histórico, el de la posguerra, que sin duda no era mejor que el nuestro. En sus textos nunca ocultó la dureza de la realidad, nunca intentó endulzarla. Mostró toda la violencia de la naturaleza, con inundaciones que lo arrasaban todo, hambre, pobreza, desempleo, y toda la maldad del hombre, capaz de llegar al odio e incluso al asesinato. Pero hasta en la situación más trágica siempre sacaba a la luz un detalle que permitía percibir que la última palabra no es la destrucción sino una esperanza inesperada.

Un niño aterrorizado porque está seguro de haber matado a otro niño cae al río y se ahoga. Los dos se habían peleado tras una riña debida al odio político transmitido por sus respectivos padres. La tragedia es enorme y parece un sinsentido pero hay alguien que sabe mirarla abriendo un horizonte. “El hijo de Pepón se había salvado y lo olvidó todo, pero el de Scartini no. Don Camino miraba el agua del gran río: ‘Oh, tú que acoges las voces que llegan del monte y de la llanura’, susurraba: tú que has visto las angustias de los milenios pasados y ves las de nuestros días, cuéntale a los hombres esta historia, diles: vosotros que cultiváis en vuestro corazón la semilla del odio, liberáis una fiera que luego escapa y masacra la tierna carne de vuestros cuerpos. Una fiera que en la noche corre por los campos adormecidos y penetra en las casas y que luego, al amanecer, se une a la manada que invade el mundo entero. Di a los hombres: ‘Tened piedad de vuestros hijos. Dios tendrá piedad de vosotros’”.

¿Cómo participa el hombre en esta mirada buena del Misterio al mundo? En primer lugar, sufriendo por el propio mal. Este dolor por el propio mal es el primer signo del amor de Dios por el hombre, porque desde ahí puede comenzar un cambio. A partir de ahí la sangre puede convertirse en “agua que purifica”, como dice don Camilo a un hombre que le confiesa haber asesinado a una persona hace muchos años por motivos políticos. “¡Sangre!”, jadeó mirando con horror el cauce del agua. “Su sangre. Bien lo sabía yo que la toqué y aún estaba caliente. Cumplí una orden. Creíamos que era un espía. Yo estaba bien porque cumplí una orden. Oí lo que dijo su padre. Vi lo que hizo su madre. Sangre. Esto no es agua, es sangre”. “Es agua”, le insistió con dulzura don Camilo. “Prueba a tocarla”. El joven retiró la mano espantado, pero don Camilo siguió insistiendo con voz persuasiva y el joven, lentamente, vacilando, acercó la mano al agua. “Mete la mano”, susurró don Camilo. “El agua purifica, lava las manchas de sangre y elimina el odio”. El joven metió la mano en el agua helada. De pronto los ojos se le llenaron de lágrimas que cayeron al agua. Entonces el joven sacó la mano y la guardó goteando”.

El dolor permite reconocer el error y hace nacer ese fruto imposible que es el perdón.

Salvar la semilla

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Adiós al sex symbol que quería ser distinto

Paolo Vites

El 26 de diciembre de 2015 moría Lemmy Kilmester, cantante y líder de los Motorhead. Se abría así, aunque entonces nadie podía imaginarlo, una serie de muertes “ilustres” en el mundo del rock y del pop que ha atravesado todo el año 2016, con un epílogo que llegaba justo un año después. Desde Bowie, a primeros de enero, pasando por Glenn Frey de los Eagles, a Greg Lake, Keith Emerson, Prince, Leonard Cohen, y ahora a los 53 años George Michael.

Un año de lutos “duros” que si por un lado han visto la desaparición de personajes que tenían una cierta edad nos ha dejado atónitos por la juventud del que fue cantante de los Wham. Se habla de un infarto, pero tras las canciones despreocupadas y la imagen de una portada de revista de moda, en realidad muchos habían percibido un profundo sufrimiento que culminó con el paso de los años en una serie de escándalos y excesos. Desde el arresto en 1998 en un baño público de Beverly Hills, donde le hizo una proposición sexual a un policía, sin saber que lo era, cosa que le llevó a revelar su homosexualidad al ídolo de millones de jovencitas, seguido de varios incidentes por conducir bajo el efecto de estupefacientes y el consumo de alcohol. Detrás de la cara bonita y un físico espectacular, la habitual máscara del sufrimiento de quien no es capaz de gestionar su éxito ni su verdadera identidad.

Estuvo ingresado por causas que nunca se aclararon, al parecer una pulmonía, hace pocos años, lo que le obligó a interrumpir una gira. A partir de ahí casi vivía recluido, con pocos conciertos y pocos discos. Hasta morir la noche de Navidad. Algo irónico para quien compuso y llevó al primer puesto de las listas una de las canciones navideñas más famosas de la historia, “Last Christmas”.

George Michael fue amado por el público joven de los años 80 cuando era el cantante de Wham, uno de los muchos grupos adolescentes de aquella década, pero también el primer grupo occidental que actuó en la China comunista, probablemente porque resultaba “inocuo” a nivel de contenidos. Pero él era un cantante de altísimo nivel, y así lo demostró a lo largo de su carrera en solitario. Capaz de devolver la dignidad a la música pop y soul más rica en matices e intensidad, el dúo con Elton John en “Don't let the sun goes down on me” durante el Live Aid de Wembley en 1985 lo consagró como un auténtico artista.

En realidad solo sacó cinco discos desde el primero en 1987, “Faith”, un debut que exalta ya desde la portada su imagen como sex symbol. En el siguiente, “Listen without prejudice vol. 1”, declaraba en el título su voluntad de ser tomado en serio como cantante y como autor. El de 1996, “Older”, demostraba su valía artística, empezando por la conmovedora “Jesus to a child”, dedicada a un amigo suyo brasileño, también músico, que había muerto a causa del Sida, Anselmo Feleppa. El disco tuvo un gran éxito y le consagró por fin ya no como artista juvenil sino maduro, autor de un soul sofisticado e intenso.

Adiós al sex symbol que quería ser distinto

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La conversión de Paul Claudel: un corazón tocado en Notre Dame

Antonio R. Rubio Plo

En la noche de Navidad de 1886 Paul Claudel, un joven de dieciocho años, experimentó en la catedral de Notre Dame una poderosa certidumbre que le llevará a abrazar la fe católica. Aquel hecho inexplicable tuvo lugar ante una imagen de la Virgen y el Niño asentada sobre una columna, ante la que se detienen hoy muchos visitantes de la catedral parisina. A Claudel le fue concedida una fe que, según él mismo escribe, ni todos los libros ni todos los argumentos podrían quebrantar. Pero no se le otorgó la paz porque Jesús dijo que no había venido a la tierra traer paz sino división (Mt 10, 34). Su vida entera, como la de cualquier cristiano que desee ser fiel, constituyó una continua lucha. Lo cierto es que su conversión estuvo marcada por un evidente cambio externo: un joven taciturno y reflexivo, empapado de lecturas y convicciones arraigadas sobre el progreso científico, supuestamente liberador, que se imponía con el siglo XIX, se transformó en un hombre locuaz y apasionado. Su nueva fe le impulsaba a una alegría nunca experimentada hasta entonces.

Claudel había sido forjado por una educación racionalista en la que todo se ajustaba a los estrechos límites del entendimiento humano, incluso los relatos evangélicos. Eran los tiempos de la Tercera República francesa, cuando la “Vida de Cristo” de Ernest Renan, un antiguo seminarista, constituía una lectura muy difundida, con un Jesús atractivo y amable desde el punto de vista humano y que no era en absoluto Dios. Se da la circunstancia de que unos años antes de su conversión, el adolescente Paul Claudel, estudiante del liceo Louis-le-Grand, recibía del propio Renan un premio por sus excelentes resultados académicos. Esto es una muestra de la inquietud intelectual del futuro escritor que, unos meses antes de acudir a misa a Notre Dame, había empezado a leer la corta producción de Arthur Rimbaud, interrumpida para siempre a los diecinueve años. En principio quizás asintiera, dada su educación laicista, a las diatribas del poema “Las primeras comuniones”, expresión de una virulenta crítica a la hipocresía social y a la estricta educación religiosa que la madre de Rimbaud había dado a su hijo. Pero es muy probable que el espíritu de Claudel se removiera ante estas palabras en prosa de “Una temporada en el infierno”: “No soy prisionero de mi razón. He dicho: ¡Dios! Yo quiero la libertad en la salvación: ¿cómo alcanzarla?... Si Dios me concediera la calma celestial, del aire, la oración –como los antiguos santos–. ¡Los santos!, ¡qué fuertes!, ¡los anacoretas, artistas como ya no los hay!”. Años más tarde, Paul Claudel, el ferviente escritor católico, estará convencido e intentará convencer a otros, no siempre con éxito, de que Rimbaud había vuelto a Dios en su lecho de muerte, pues así lo creía su hermana, presente en aquellos momentos.

Los símbolos de Rimbaud, la liturgia de Notre Dame, el tibio silencio de la noche de Navidad, la acuciante necesidad de volver enseguida a casa para leer la Biblia… Son circunstancias, unidas a la gracia divina que toca los corazones cuando quiere, que cambiaron hace ciento treinta años la vida de Paul Claudel. No siempre podrá transmitir a los demás lo que experimenta en su interior, pero en cierta ocasión aconsejó a uno de sus amigos: “La liturgia y la asiduidad a las ceremonias de la Iglesia enseñan mucho más que los libros. Hay que sumergirse en este inmenso caudal de gloria, de certeza y de poesía”. Con todo, a lo largo de su vida, algunos acusarán a Claudel de intransigente en sus convicciones religiosas, pero en realidad el escritor se asemeja a un río impetuoso, un mensajero que proclama a los cuatro vientos que ha encontrado en Cristo una alegría que nadie le podrá arrebatar. Ese encuentro no le exime de caer en el pecado ni estar libre de las contrariedades de la existencia, pero esa alegría invade toda realidad. Al igual que cada cristiano auténtico, tendrá que seguir luchando para levantarse después de caer. En Claudel, la alegría se renueva en el dolor. Las derrotas se superan con la alegría nacida del triunfo de un Salvador, luz brillante para los que viven en oscuridad y en sombras de muerte (Is 9, 2). Este y otros pasajes de Isaías serían glosados por Claudel en su poema “Chant du marche de Noël”, escrito en sus años de diplomático en Praga entre 1909 y 1911, cuando soñaba con estar en Navidad en Francia y ser el padre de familia que acompaña a todos a la misa del Gallo.

La conversión de Paul Claudel: un corazón tocado en Notre Dame

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'Vida de Jesucristo' de Ricciotti: la fe vinculada a la historia

Antonio R. Rubio Plo

En 1941 se publicaba una “Vida de Jesucristo”, sumamente documentada, obra minuciosa de un historiador, Giuseppe Ricciotti, que situaba con gran acierto a Jesús en su escenario geográfico y en su tiempo. Arqueólogo, editor, comentarista y traductor de la Biblia, este sacerdote conoció un gran éxito, tanto en Italia como fuera de ella, con un libro que superó en su vida las veinte ediciones. Sin embargo, la última edición italiana tiene más de veinte años, y algo menos la versión española. En ambos casos, los editores pretendían redescubrir a nuevos lectores una obra que siempre será de obligada mención dentro del amplio catálogo de vidas de Cristo.

En estos días previos a la Navidad, he vuelto a releer a Ricciotti, a modo de recuerdo del setenta y cinco aniversario de la publicación de su obra. Quizás no lo había consultado antes porque en el fondo me había dejado llevar por un extendido prejuicio: es preferible una obra de espiritualidad sobre los evangelios al trabajo de un concienzudo historiador, lo que en el fondo equivale a decir que no hay que escribir más vidas de Cristo sino leer directamente los evangelios. A mi modo de ver, este enfoque contribuye a separar la fe de la razón, algo que no debería suceder nunca en el cristianismo. Un espiritualismo desencarnado desprecia los detalles históricos e incluso los considera secundarios, pero esto es olvidar que Cristo compartió plenamente nuestra condición humana, que perteneció al pueblo judío y que vivió en una época concreta. Aunque no lo pretendan, esas corrientes fideístas contribuyen a alimentar la idea de que Cristo entra en la categoría de los mitos, pues sus rasgos históricos, reducidos a una mínima expresión, quedan desdibujados y, lo que es peor, son cuestionados para terminar reducidos en las secciones de las bibliotecas a los apartados de la literatura o de la filosofía. Sin el Jesús humano, histórico, el Cristo de la fe se convierte en una entelequia.

Giuseppe Ricciotti no escribió su libro para polemizar con los representantes del método histórico-crítico, en especial alemanes y franceses, que cuestionaban la verosimilitud de los evangelios. Es cierto que en su voluminosa obra no elude este tipo de controversias, aunque no se recrea en ellas porque le apartarían de su objetivo principal: relatar una vida de Jesús que nos ayude a entender mejor tantos detalles de los evangelios. Comprender al Jesús hombre es indispensable para comprender al Cristo Dios. A muchos, Jesús les resulta incomprensible empezando por su propio nacimiento porque es un Dios que rompe con todos los estereotipos habituales del mundo. En efecto, Ricciotti expone con minuciosidad las referencias históricas de la infancia de Cristo, pero a la vez subraya otras realidades: es un Dios nacido en la pobreza, en una gruta rodeado de animales; su palacio es un establo y su trono un pesebre; no cuelgan del techo las lámparas sino las telarañas; no hay olor a incienso sino a estiércol; sus primeros cortesanos son unos pastores que dormían al raso…

'Vida de Jesucristo' de Ricciotti: la fe vinculada a la historia

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La belleza desarmada en España, un diálogo que rompe muros

Elena Santa María

El lunes por la noche Julián Carrón, presidente de la fraternidad de Comunión y Liberación, presentó su libro “La belleza desarmada” en Madrid. Le acompañaban en la mesa Mikel Azurmendi, antropólogo y filósofo, y Juan José Gómez Cadenas, físico y escritor. Moderaba Ignacio Carbajosa, que introdujo el acto explicando el porqué del libro: "este libro nace de la preocupación de este principio de siglo". Se refiere a la crisis, violencia, falta de diálogo, cuestión educativa, afecto, política... y también al papel de la Iglesia en el mundo. ¿Puede un hombre moderno creer en Jesucristo?

"Este es un libro muy serio –comentó Azurmendi al inicio de su intervención– que responde a tres grandes preguntas". Estas son: ¿por qué los cristianos abandonan el cristianismo?, ¿por qué estas evidencias, este prolijo pensamiento y libertad, parece que están agotados?, ¿estamos en un cambio de época o en una época de cambios? Las tres están respondidas, explicó el filósofo. Dijo también que todo el libro gira en torno a un doble eje, el de la teología y la teleología. Todos los pueblos tienen un carácter, una manera de vivir y de ver el mundo que tiene que ser coherente con su estilo de vida. Pero nuestra sorpresa ante el mundo es inexplicable: el mal, el sufrimiento... ¿por qué? "Este libro –añadió Mikel– ancla la teleología (la vida tiene un fin) en una teología nueva. Nueva porque nace de un encuentro, de un acontecimiento que sucedió". Lo explicó citando a Aristóteles: "lo maravilloso es el infinito como el deseo de la esposa que está esperando al esposo", y añadía él: "para los que estamos enamorados creemos que Carrón ha dado en el clavo".

Azurmendi concluyó su intervención diciendo: "me doy cuenta de que lo que propone Carrón es un cambio de paradigma en el sentido etimológico de la palabra. Yo estoy muy alejado de la Iglesia, pero veo que aquí hay una religión primitiva, en el sentido originario que es el asombro de estos tíos (se refiere a los discípulos de Jesús). Esto ha sucedido, y de esto que ha sucedido ha venido esta Europa. Este libro presenta un modelo nuevo, un cambio de lo que yo vivía en la Iglesia a una posibilidad de vivir la fe de una forma razonable. Yo lo definiría así: del sentido de la ley a la ley del sentido. En este libro el sentido religioso es el sentido común".

Por su parte, Gómez Cadenas se sirvió de un artículo publicado en la revista Jot Down, en el que el autor examina los conceptos de belleza y verdad referidos al ajedrez. "Más allá de la lógica y la razón se encuentra el bosque oscuro, el misterio", citó de dicho artículo. ¿Es la belleza el camino de la verdad?, reflexionó Cadenas. "Existe el riesgo de que el arte sea engaño y la belleza una ilusión". Utilizó también la Divina Comedia de Dante para su explicación. "La belleza solo aparece cuando en el paraíso se encuentra a Beatriz, ella es su pasaporte hacia la eternidad, es una belleza que emana de la divinidad". Puede que la belleza no sea más que la ilusión, y la verdad no es siempre halagüeña. Explicó esta tesis con un ejemplo: el universo, que es bello, va a tener un final trágico, y no deja de ser verdad. Continuó citando a Rilke, su poeta favorito y una de las razones por las que aceptó presentar el libro (Carrón lo cita en el libro): "¿Quién si yo llorara me escucharía?", y añadió él: "Rilke dice que la belleza es terror, el terror de no encontrar nada a lo que agarrarse". El libro dice que no hay que confiar en la doctrina cristiana sino en un hombre que es hijo de Dios.

Concluía Cadenas: "Este es el catecismo que me habría gustado que me enseñaran de niño. Tiene mucho que decir y es interesante incluso cuando uno no lo suscribe. La osadía que tenéis me atrae mucho. La verdad que busca Carrón y que buscamos todos es como Ítaca, el lugar donde nos espera la felicidad y la redención, pero quizá no está allí Penélope o no lleguemos nunca. Pero en el viaje hacia allí necesitamos la belleza".

La belleza desarmada en España, un diálogo que rompe muros

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Belleza en gerundio

F.H.

Auditorio Pablo VI. Ciudad universitaria. Madrid. Tarde de un otoño ya frío. Julián Carrón presenta su Belleza Desarmada en diálogo con el antropólogo Mikel Azurmendi y el físico Juan José Cadenas, dos agnósticos. 800 asistentes. Algunos sentados en el suelo del gran auditorio. Hora y media de una conversación intensa. Silencio atentísimo solo interrumpido por algunos aplausos y algunas risas cuando la conversación se distiende. Tres hombres inteligentes, leales y cultos hablando como casi nunca se habla. A ratos se escapa un suspiro de sorpresa, de satisfacción. Por estar asistiendo a una conversación que tiene algo de milagrosa y mucho de bonita. ¿Quién dijo que un gerundio es feo? En realidad solo es hermoso lo que está en gerundio, como ponen de manifiesto los ponentes.

Azurmendi empieza dando las gracias: "tengo que agradecer que me hayáis hecho leer este libro. Es un libro muy serio para gente como yo, que busca la vida buena. Hay tres preguntas a las que responde este libro: ¿por qué los cristianos abandonan el cristianismo?; ¿por qué ese prodigio que supusieron las evidencias europeas está agotado?; ¿estamos en una época de cambios o un cambio de época?”. “Pero además en el libro hay un eje doble en torno al que rota todo –añade Azurmendi–. El de la teleología, estamos para algo, y el de la teología. Toda gira en este volumen en torno a las cuestiones del sentido”. Pronto sale el antropólogo que recuerda que los hombres en las culturas antiguas afirmaban un fin, lo que generaba una cosmovisión. Siempre hay una relación entre una cosmovisión y el estilo de vida. Pero, según el pensador vasco, La Belleza Desarmada se ancla en una teología nueva, en un acontecimiento. En Juan, y en Andrés, y en Zaqueo, y en la Magdalena, que creyeron por un acontecimiento y de ahí surgió un ethos nuevo.

“Carrón ha dado en el clavo, este libro propone un cambio de paradigma –añade Azurmendi–. Frente al paradigma pelagiano y moralista, aquí se bebe en las fuentes primigenias del asombro. Este libro es una cartografía para vivir la fe de un modo nuevo, para vivir de un modo más razonable del cristianismo, más razonable de cómo nos lo propusieron a nosotros”.

Juan José Cadenas expresa con franqueza sus preguntas. “¿Es la belleza el camino a la verdad? Lo cierto puede ser feo. La belleza puede ser una ilusión. ¿No puede ser la belleza una construcción de nuestra mente? Carrón cree que hay una conexión entre la belleza, la verdad y el amor. Yo no estoy seguro. El universo es bello. No seré yo quien cuestione su belleza. ¿Pero a qué verdad conduce esa belleza? Porque el universo se expande y su final es la soledad. No hay Beatriz, como en la Divina Comedia, al final del camino”. Cadenas confiesa que comparte con el autor de La Belleza Desarmada la pasión por Rilke. Pero Rilke asegura que la belleza es el umbral del terror. El físico lee unos versos del poeta que concluyen con un dramático interrogante: ¿a quién, a qué, entonces, podemos confiarnos? Carrón responde que a la osadía de un Dios hecho hombre. “No creo en ello, pero me atrae. Disiento de que sea necesario creer en la divinidad de Jesús. Pero, en última instancia, este libro es el catecismo que me hubiera gustado oír en mi niñez. Este es el catecismo que habría que poner como libro de texto. Me gusta la osadía, el descaro de esta gente de Comunión y Liberación”, concluye Cadenas en su primera intervención.

Belleza en gerundio

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>ENTREVISTA A CAMINO CAÑÓN

'Cuando se ha conocido la verdad, no hay vuelta atrás. Se ha entrado en el terreno de la belleza desarmada'

F.H.

La presidenta del Foro de Laicos, Camino Cañón, comparte con PáginasDigital la lectura del último libro de Julián Carrón, “La belleza desarmada”, que se acaba de presentar en Madrid.

¿Qué reacción ha tenido ante el enfoque que se le da a la presencia cristiana en el libro de "La Belleza Desarmada"?

La de quien se encuentra con algo muy bien formulado y fundamentado que expresa lo que de maneras más de andar por casa he formulado yo misma muchas veces. Por eso, mi reacción fue de gratitud.

Carrón insiste una y otra vez en que a la verdad solo se accede a través de la verdad. ¿Considera pertinente esta insistencia? ¿Por qué?

Cuando la apariencia de una afirmación es de paradoja o de círculo vicioso solo la insistencia posibilita el acercamiento buscando algo genuino y no trivial. En el caso de la verdad, se podría decir de muchos modos, la verdad la llevamos inscrita en la búsqueda no solo de nuestra razón, sino también de nuestro corazón, el ser humano para ser, para vivir como tal, necesita andar en verdad. No puede andar a oscuras, sin saber si es engaño y apariencia o si hay suelo firme. La posverdad de la que se habla estos días es una expresión más de la decadencia a la que las negaciones de la realidad, como referente de lo dicho, han llevado. Cuando se ha conocido la verdad, no hay vuelta atrás. Su búsqueda y su propuesta alcanzan a todo el vivir. Se ha entrado en el terreno de “la belleza desarmada”.

¿El proyecto ilustrado está agotado?

>ENTREVISTA A CAMINO CAÑÓN

'Cuando se ha conocido la verdad, no hay vuelta atrás. Se ha entrado en el terreno de la belleza desarmada'

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El otro es un bien

Julián Carrón

La conciencia de que el otro es un bien es la base sobre la que se puede construir Europa. Si no recuperamos la experiencia elemental de que el otro no es una amenaza, sino un bien para la realización de nuestra persona, será difícil salir de la crisis en la que nos encontramos en las relaciones humanas, sociales y políticas. De aquí deriva la urgencia de que Europa sea un espacio en el que se puedan encontrar los diferentes sujetos, cada uno con su identidad, para ayudarse a caminar hacia el destino de felicidad que todos anhelamos.

Solo en el encuentro con el otro podremos desarrollar juntos el “proceso de argumentación sensible a la verdad” del que habla Habermas. En este sentido, podemos darnos cuenta todavía más del alcance de la afirmación del Papa Francisco: «¡La verdad es una relación! De hecho, todos nosotros captamos la verdad y la expresamos a partir de nosotros mismos: desde nuestra historia y cultura, desde la situación en que vivimos, etc» (Francisco, “Carta a los no creyentes”, la Repubblica, 11 de septiembre de 2013, p. 2). Solo en un encuentro renovado podrán volver a estar vivas esas pocas grandes palabras (la persona, el valor absoluto del individuo, la libertad y dignidad de cada ser humano…) que generaron Europa. Porque, como nos recuerda Benedicto XVI, «incluso las mejores estructuras funcionan únicamente cuando en una comunidad existen unas convicciones vivas capaces de motivar a los hombres para una adhesión libre al ordenamiento comunitario. La libertad necesita una convicción; una convicción no existe por sí misma [ni la puede generar una ley], sino que ha de ser conquistada comunitariamente siempre de nuevo» (Spe salvi, 24). Esta reconquista de las convicciones fundamentales solo se produce dentro de una relación. El método con el que han salido a la luz de forma plena las «convicciones fundamentales» es el método con el que pueden ser conquistadas de nuevo, no existe otro.

La inteligencia de la realidad

Nosotros, cristianos, no tenemos miedo a entrar sin privilegios en este diálogo a campo abierto. Para nosotros esta es una ocasión extraordinaria de verificar la capacidad que tiene el acontecimiento cristiano para mantenerse en pie ante los nuevos desafíos, puesto que nos ofrece la oportunidad de testimoniar a todos lo que sucede en la existencia cuando el hombre se encuentra con el acontecimiento cristiano en el camino de su vida. En el encuentro con el cristianismo, nuestra experiencia nos ha mostrado que la savia vital de los valores de la persona no son las leyes cristianas, o estructuras jurídicas y políticas confesionales, sino el acontecimiento de Cristo. Por eso nosotros no ponemos nuestra esperanza ni la de los demás en nada que no sea el acontecimiento de Cristo, que vuelve a suceder en un encuentro humano. Esto no significa en modo alguno contraponer la dimensión del acontecimiento y la de la ley, sino reconocer un orden genético entre las dos. Es más, lo que permite que la inteligencia de la fe se convierta en inteligencia de la realidad es precisamente que vuelva a suceder el acontecimiento cristiano, hasta el punto de poder ofrecer una contribución original y significativa reavivando esas convicciones que pueden introducirse en el ordenamiento común.

El largo camino que ha recorrido la Iglesia para aclarar el concepto de «libertad religiosa» puede ayudarnos a entender que defender un espacio de libertad puede que no sea tan poca cosa. Después de un largo trabajo, la Iglesia llegó a declarar en el Concilio Vaticano II que «la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa», mientras sigue a su vez profesando que el cristianismo es la única «religión verdadera». El reconocimiento de la libertad religiosa no es una especie de compromiso, como si dijese: como no hemos conseguido convencer a los hombres de que el cristianismo es la religión verdadera, defendamos al menos la libertad religiosa. No, la razón que ha empujado a la Iglesia a modificar una práctica vigente durante siglos, muchos siglos, ha sido profundizar en la naturaleza de la verdad y en el camino para alcanzarla: «La verdad no se impone sino por la fuerza de la misma verdad».

Solo si Europa se convierte en un espacio de libertad, en donde cada persona pueda ser inmune a la coacción, en donde cada uno pueda hacer su propio camino humano y compartirlo con aquellos con los que se encuentra en él, solo así podrá despertarse el interés por el diálogo, por un encuentro en el que cada uno ofrezca como contribución su propia experiencia para alcanzar esa «certeza compartida» que es necesaria para la vida común.

Nuestro deseo es que España y toda Europa se conviertan en un espacio de libertad en el que puedan encontrarse quienes buscan la verdad. Merece la pena comprometerse por esto.

El otro es un bien

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>Entrevista a Juan José Gómez Cadenas

'Me ha impresionado, como agnóstico, la afinidad con Carrón'

F.H.

El lunes 28 de noviembre se presenta en Madrid La belleza desarmada, libro de Julián Carrón, presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación. Juan José Gómez Cadenas, uno de los físicos de más prestigio en España, será uno de los ponentes. PáginasDigital ha hablado con él.

F.H.

¿Qué le ha sorprendido de la lectura de La belleza desarmada?

Más que sorprendido, yo diría que me han impresionado las numerosas afinidades con el autor y sus puntos de vista. Hace un año esto hubiera sido motivo de sorpresa, dada mi posición como agnóstico y la suya como creyente. No obstante, estos últimos meses he tenido ocasión de conversar en varias ocasiones con Javier Prades, cuya visión del mundo creo que está bastante cerca a la de Julián Carrón. Estas conversaciones, muy gratas para mí, nos han permitido, creo, establecer entre ambos algo que yo llamaría un “puente humanista”, apoyándonos en la razón por una parte y en la convicción de que el ser humano es redimible. Todo esto está también en el libro de Julián, así como la apuesta tenaz por el diálogo. Y otra cosa. Carrón gusta de citar a Rilke, mi poeta favorito. Tampoco estoy seguro de que me sorprendiera (la cita era tan natural y venía tan a cuento que se imponía por necesidad), pero eso sí, se lo agradecí muchísimo.

Carrón, siguiendo a Benedicto XVI, señala un agotamiento del proyecto ilustrado. ¿Es una buena hipótesis para explicar la crisis en la que estamos?

No son pocos los pensadores que han apuntado ese famoso agotamiento. Yo no estoy tan seguro. Creo que el hombre ilustrado, como el hombre cristiano (no son sinónimos, pero tampoco antagónicos) están siendo cuestionados en nuestras sociedades opulentas y a la vez injustas, totalmente conectadas y sin embargo alienantes, basadas en la ciencia y por otra parte proclives a la superstición tecnológica, social o política. Es cierto que no son pocos los intelectuales desanimados ni faltan voces que avisan de que los bárbaros ya están en el ágora. Pero mi punto de vista es que hay que repensar al hombre ilustrado como creo que Carrón, Prades y otros están repensando al hombre cristiano. De hecho, creo que hay que repensarlos a la vez. Y puede que en el proceso haya que darle voz a los bárbaros, que tampoco son necesariamente una maldición, como nos cuenta Kavafis.

¿Qué le parece la insistencia en el valor de la libertad?

Me encanta, tanto la forma en que defiende ese valor (que compartimos) como la claridad con que expone sus argumentos.

¿Qué destacaría de los capítulos dedicados a la educación?

La pasión con la que Julián apuesta por los jóvenes, la convicción de que pueden “salvar el mundo” si se les permite descubrir la verdad. La palabra clave aquí es “descubrir”, Carrón no apuesta por “inculcar valores”, aunque él los suyos los tiene muy claros, sino que está convencido de que el ejercicio de la razón (que a su vez requiere las herramientas que proporciona una cultura científica y humanista) lleva a la verdad. Y aquí vuelvo a estar de acuerdo con él a pesar de que mi verdad y la suya no son idénticas. La búsqueda de la verdad (y de la belleza), la convicción de que es posible darle sentido ético y estético a la vida son elementos claves en los que coincidimos.  

>Entrevista a Juan José Gómez Cadenas

'Me ha impresionado, como agnóstico, la afinidad con Carrón'

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>Entrevista a José Francisco Serrano

'El libro de Carrón, la primera respuesta completa'

Elena Santa María

El libro La belleza desarmada de Julián Carrón se presenta el próximo lunes 28 de noviembre en Madrid. El periodista José Francisco Serrano comenta su contenido en esta entrevista a Páginas Digital.

En un artículo que escribió en ABC decía que la visita de Julián Carrón para presentar su libro “La belleza desarmada” había sido provocadora. ¿Por qué él libro de Carrón es una provocación? ¿Por qué es interesante este libro en un momento como este?

El pontificado del Papa Francisco supone una interpelación de primer orden a la conciencia cristiana, tanto respecto a las prioridades de los contenidos de la propuesta como a la forma del testimonio público de la fe y de sus consecuencias. El libro de Carrón es, según mi modo de ver, la primera respuesta completa sobre cuáles son los fundamentos de referencia de esa nueva forma de testimonio de la esperanza que exige el cambio de época en el que estamos inmersos. Ante un tiempo que se ha acabado y uno que no acaba de nacer, Carrón nos interpela en primera persona y nos zarandea para que no nos quedemos satisfechos en las rutinas a las que nos hemos acostumbrado, en la instituciones en las que nos hemos recostado. Carrón nos pide una parada en activo, un momento de reflexión activa, un examen de conciencia sobre cómo formulamos la propuesta, sobre la relación entre la realidad y las expectativas, dos ámbitos en los que nos jugamos siempre la felicidad. Por cierto, se podría decir que este libro es una pequeña contribución a la reforma de la vida cristiana, que es parte de la de la Iglesia.

Una de las preguntas clave que aparece en el libro es si un hombre culto de nuestros días puede seguir creyendo. ¿Es razonable la fe hoy?

La cuestión que plantea el libro es cuál es la racionalidad interna de la fe y cuál es la racionalidad predominante en el mundo en orden al diálogo y al encuentro. Cuando hablamos de racionalidad estamos hablando de la capacidad de percibir el sentido, de expresar el sentido y de converger en una propuesta de sentido, tanto personal como social. La racionalidad, por ejemplo, especulativa, escolástica, que puede partir de un santo Tomás de Aquino no bien digerido y que nos puede llevar a un idealismo más o menos hegeliano, a la hora de formular el testimonio público, nos ha podido conducir al filo del abismo de las ideas y de las tentaciones de convertir la fe en ideología. Lo mismo ocurre en esta tentación especulativa de la fe con la cuestión moral. De ahí que Carrón nos pregunte sobre qué marcos cognitivos, expresivos, lingüísticos, conceptuales, elaboramos y articulamos la racionalidad creyente. Un dato: qué capacidad tenemos de generar lenguajes que sean comprensibles en el contexto vital de nuestro tiempo; hasta qué punto argumentaciones silogísticas sobre cuestiones disputadas de la sociedad civil nos impiden un diálogo público que sea percibido de forma adecuada para la propuesta.

Cuando presentó el libro a la prensa Carrón decía: "No hay otra posibilidad de que el cristianismo pueda ser presentado si no es con una belleza desarmada". ¿Qué le parece esta afirmación?

Carrón, y en esto sigue a Giussani después de su vuelta de Norteamerica -con perdón por esta exégesis de la vida y pensamiento de Giussani-, abre en este libro la reflexión a la vía estética del testimonio y a la actualización de esa vía estética como condición de viabilidad. La belleza desarmada también de una belleza sin adherencias, sin los oropeles de los géneros y formas de una historia pasada que han hecho decir a no pocos de nuestros contemporáneos que la belleza de la fe era una buena pieza de museo, casi una reliquia. La belleza de la fe nace de la misma experiencia de la fe. Es por tanto también una invitación a recuperar la experiencia auténtica.

>Entrevista a José Francisco Serrano

'El libro de Carrón, la primera respuesta completa'

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Las razones de un Nobel que no se retira

Paolo Vites

En los años 70 aquel bootleg, con una calidad sonora más que óptima, era algo de lo que estar muy orgullosos. Nos permitía no solo escuchar sino casi tocar con nuestras manos aquella gira maravillosa, cuando Bob Dylan, acompañado de músicos que después dieron la vida a la extraordinaria aventura de The Band, cambió para siempre la historia de la música rock.

Descubrimos el sonido de aquella revolución, pudimos ser partícipes y testigos aunque con diez años de retraso. Era el año 1966 y en Inglaterra esos conciertos eran duramente contestados por ciertos espectadores, que parecían contratados directamente por grupos políticos de izquierda para boicotear al Dylan pop, traidor a la contestación, vendido a la música comercial, como describe el libro "Like the night (revisited): Bob Dylan and the road to the Manchester Free Trade Hall", de CP Lee, que reconstruye la historia de aquella gira con numerosos testimonios. Esos grupos políticos estaban tan anclados a una visión ideológica que no entendían cómo una guitarra eléctrica podía llegar a ser un arma revolucionaria mucho más potente que el juglar folk que cantaba “Blowin' in the wind”. En cambio, todos los jóvenes del mundo captaron su fuerza subversiva.

Aquel bootleg se llamó por error "Royal Albert Hall", en referencia al lugar de Londres donde Dylan actuó el 26 de mayo, pero en realidad contenía el concierto de unos diez días antes en el Free Trade Hall de Manchester. La diferencia de lugar no habría sido tan importante si el Free Trade Hall no hubiera sido el lugar donde tuvo lugar el momento más dramático, y a la vez el más épico con retrospectiva, de aquellos encuentros que tenían lugar cada noche entre el artista y su público. Fue cuando un espectador le llamó “¡Judas!”, seguido de un aplauso tronador. Otro gritó: "I'm never listening to you again, ever!" (nunca volveré a escucharte, jamás) y Dylan le respondió: "I don't believe you" (no te creo). Luego hubo una pausa y Dylan volvió a la carga: "You're a liar" (eres un mentiroso). Al final, enardecido, Dylan se giró hacia los músicos pidiéndoles que tocaran “jodidamente fuerte” (“Play it fuckin' loud!”). Lo que siguió fue la más abrasadora, apocalíptica y devastadora versión de “Like a rolling stone”.

La corrección del lugar del evento llegó con el cuarto volumen de la Bootleg Series publicado en 1998, titulado irónicamente "The ‘Royal Albert Hall’ Concert". Nuestro viejo bootleg, que entre otras cosas solo contenía la parte eléctrica del show y que con el paso del tiempo ha ido adquiriendo cuotas bastante más elevadas en el mercado de coleccionistas, se podía quedar guardado en la estantería para siempre.

Ahora, para cerrar el círculo, llega "The Real Royal Albert Hall", el concierto de Londres del 26 de mayo, un doble CD que sale el 25 de noviembre y que es un extracto de un monumental cofre de 36 CD, "The 1966 Live Recordings", que contiene casi todos los espectáculos de aquella gira que desde Hawai a Australia atravesó los Estados Unidos hasta llegar a Irlanda, Francia, Suecia e Inglaterra.

Tras la publicación de este cofre se esconden motivos relacionados con los derechos de copyright. El año pasado se publicó otro cofre monumental con todas las grabaciones en estudio de Dylan en 1965. La ley sobre derechos de autor establece que, pasados 50 años, el artista y la casa discográfica ya no tienen derechos sobre lo ya registrado. Para recuperarlos basta con publicarlo todo de manera oficial. Así que, si no cambia la ley, podemos esperar en los próximos años aluviones similares.

Sobra decir que el box, aunque no supone precios desorbitados, será una buena compra solo para coleccionistas, fetichistas e historiadores de la música, pues la escaleta de conciertos es idéntica a otras publicaciones, con poquísimas excepciones. El doble CD "Royal Albert Hall" tampoco presenta grandes diferencias con el concierto de Manchester desde el punto de vista del repertorio aunque, junto al anterior, permite tener una visión suficiente de aquella gira tan emocionante.

Las razones de un Nobel que no se retira

Paolo Vites | 0 comentarios valoración: 3  170 votos
>Entrevista* a Julián Carrón

'Solo con la frescura del origen'

Fernando de Haro

Julián Carrón, presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación, presenta estos días en Madrid “La belleza desarmada” (Ediciones Encuentro), un libro en el que se sintetiza su modo de ver el mundo actual. Conversamos con Carrón buscando los puentes de esta última obra, escrita en Italia, con la situación de nuestro país.

A menudo utiliza una expresión del Papa Francisco: este tiempo no es una “época de cambios sino un cambio de época”. ¿En qué consiste ese cambio de época?

Ese cambio de época no es un cambio cualquiera. En los últimos siglos ha habido cambios que han afectado profundamente a la vida de todos, por ejemplo la Revolución Industrial. Pero, a pesar de esos cambios, el contenido fundamental de la convivencia, lo que sostenía la trama de la relación entre las personas dentro la sociedad, permanecía. El problema es que ahora se han derrumbado las bases fundamentales de la convivencia. Prueba de ello es la dificultad que tenemos de entrar en relación con los otros, de ponernos de acuerdo. En España lo vemos claramente por lo que ha sucedido con el Gobierno. En Europa vemos levantarse, de nuevo, muros. Todo esto, ¿qué significa? Esta es la pregunta que tenemos que hacernos para poder entender por qué el Papa habla de cambio de época.

En el libro habla de la necesidad de reconocer al otro como un bien. Llega a decir que el otro es un bien, incluso en política. Se nota que usted es español porque la historia reciente de España, con la excepción de la Transición, ha sido una historia donde a menudo hemos estado metidos en las trincheras. Y a medida que avanza la globalización nos sentimos más inseguros y siempre buscamos el chivo expiatorio en el otro ¿Cómo se sale de esta dinámica?

Se sale, me parece, observando lo que ya hemos tenido, reconociendo nuestra historia. Cuando nosotros hemos considerado al otro como el enemigo a batir o eliminar, hemos creado más líos de los que hemos resuelto. Hay algo en nuestro modo de relacionarnos con el otro que quizá no es adecuado. En algunos momentos luminosos, como en la Transición, hemos visto que abrirnos a la posibilidad del otro y a crear un espacio en el ámbito común no solo no es una desgracia sino la única posibilidad de vivir juntos. A lo mejor es un poco más lento de lo que algunos querrían, pero sin crear una trama de relaciones en las que cada uno pueda encontrarse como en casa, será difícil que podamos crecer. Todos tenemos una experiencia elemental de que el otro es un bien. Cuando un padre tiene un hijo, cuando uno se enamora, cuando uno encuentra a una persona que es significativa para su vida tiene esa experiencia. El otro no es por definición un adversario, un enemigo, es alguien que me hace crecer. Si nosotros no descubrimos esto - aun con el que parece que tiene rasgos que no me convencen del todo-, si no descubrimos aquello que nos puede unir, será difícil generar los vínculos que nos permitan vivir juntos.

Usted es cristiano, pero en el libro hay una permanente referencia a la sociedad plural, a la necesidad del diálogo con los no cristianos, con los no creyentes. ¿Por qué este deseo, esta tensión permanente a encontrarse con los que no comparten su fe?

>Entrevista* a Julián Carrón

'Solo con la frescura del origen'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  192 votos

La belleza desarmada en Madrid

P.D.

“Hacía tiempo que la editorial Rizzoli en Italia me había pedido material para publicar un libro, pero yo no tenía particular interés en la publicación porque ya estaba bastante ocupado con la responsabilidad del movimiento de Comunión y Liberación. Al final cedí porque me parecía una ocasión de hacer un balance de lo que había dicho y de entrar en el debate del momento sobre el futuro de Europa, la inmigración, el terrorismo o los nuevos derechos”,  señala Carrón en una intervención en la que el acento extremeño le vuelve en algunas frases.

El autor indica que el libro es un intento de entender en qué consiste el cambio de época del que habla Francisco. ¿Qué se ha derrumbado? El cristianismo era la base fundamental de Europa. “Tras la reforma se produjeron las guerras de religión. La religión dejó de ser la base común de los europeos. Y entonces se intentó salvar la razón como elemento de unión. La Ilustración intentó salvar las verdades fundamentales y se buscó una evidencia que quedara a salvo de las disputas religiosas. Se pretendía así que las grandes convicciones del cristianismo resistieran. La libertad, el valor de la vida, o la dignidad humana parecían un patrimonio común”, añade. Pero, según Carrón, el intento de fundar una evidencia prescindiendo de la historia particular que le dio origen ha fracasado, como ha señalado el Papa Benedicto. Tenemos dificultad para reconocer las cosas más elementales, tenemos miedo de traer hijos al mundo, tenemos miedo de la libertad. Lo que antes era evidente ha dejado de serlo.

El presidente de la Fraternidad de CL cita a Arendt:  la crisis nos fuerza a volver a preguntarnos. La crisis exige preguntas viejas y nuevas. Si afrontamos la crisis con prejuicios la agravamos. La crisis, por eso, puede ser una ocasión. ¿Qué es lo que no funciona en Europa? ¿Qué es lo que nos hace estar juntos?

“El desafío afecta a todos. Hace algunos años nos hubiera parecido imposible lo que está sucediendo en la campaña electoral de Estados Unidos o que se quiera levantar un muro en Calais. Tenemos preguntas sin respuestas inmediatas. El cristianismo también tiene este desafío. ¿Sigue siendo pertinente el cristianismo? ¿Un hombre culto de nuestros días puede seguir creyendo?”, se pregunta el autor.

En este momento, apunta el responsable de CL, la fe tiene una posibilidad única para ofrecer las respuestas a estos desafíos. Eso sí, a condición de que el cristianismo haga también examen de conciencia. “La Iglesia también ha tenido parte de responsabilidad en el derrumbamiento de las evidencias. El cristianismo ha dejado de ser interesante para los propios cristianos. ¿Qué hemos perdido por el camino? Solo si el cristianismo recupera su ser puede ser atractivo”, añade.  

Carrón lanza una pregunta: ¿Cómo puede ser el cristianismo presentado en este momento? “La libertad es lo que más estimamos –responde-. Y la Iglesia con la cuestión de la libertad ha hecho un gran camino. No hay otra modalidad de proponer el cristianismo que la fuerza de la verdad misma. No hay otra posibilidad de que el cristianismo pueda ser presentado si no es con una belleza desarmada. Esto no depende de una dialéctica, no sirve una defensa en abstracto. El problema no es quién tiene razón sino cómo se puede vivir. Habrá un nuevo interés por el cristianismo si la gente se encuentra con una nueva modalidad de vivir la vida. Solo a través de la belleza que resplandece el cristianismo puede ser interesante”.

Según el autor de La Belleza desarmada, el problema del nihilismo, origen de muchos de los problemas actuales, no se resuelve con muros. En este tiempo somos todos menos presuntuosos y eso nos permite encontrarnos con gente que en otros tiempos calificábamos como enemigos y que ahora pueden enseñarnos cosas.

“¿Y cómo se responde a la ideología de género?”, ha preguntado uno de los asistentes. “Se responde si los que defienden esa ideología se encuentran con otra posibilidad –ha asegurado Carrón-. Nos parece poco que, por ejemplo, el hijo de una pareja homosexual vea la belleza de que otro compañero tenga padre y madre. Pero son esos hechos los que abren una brecha en el muro. Lo que puede vencer a la ideología son hechos que desafíen. Se ha luchado por los valores de una forma ideológica. Y eso ha fracasado. Los valores fracasan si no están ligados con su origen histórico. A la ideología se la desafía con la vida, con la vida que vibra en nosotros, con un acontecimiento. Esto puede parecer ingenuo, pero no lo es. A veces lo que hemos hecho pasar por cristianismo no lo es, es ética kantiana”.

La belleza desarmada en Madrid

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Yihadismo: el último totalitarismo del siglo XX

Chiara Pellegrino

Se acaba de publicar en Francia un libro titulado “Le jihadisme. Le comprendre pour mieux le combattre”, escrito a tres manos y destinado al gran público, en un intento de ofrecer algunas coordinadas que permitan a los ciudadanos europeos comprender el fenómeno del yihadismo en tres niveles: histórico, sociológico y jurídico. Philippe Migaux, experto en seguridad internacional, ofrece una panorámica sobre los orígenes históricos de la ideología yihadista, definida como el último totalitarismo del siglo XX, y sobre el nuevo tipo de terrorismo que ha generado, muy distinto –precisa desde las primeras páginas– del terrorismo revolucionario, que apunta a cambiar radicalmente la forma de un Estado (Brigadas Rojas); del terrorismo de liberación, que reclama la independencia de una parte del territorio del Estado (Frente de Liberación Nacional); o del terrorismo de Estado, que sostiene con medios ilegales la diplomacia del gobierno (Siria, Iraq, Libia antes de la guerra).

Migaux recorre brevemente las etapas de la formación del pensamiento yihadista, desde el nacimiento del salafismo con Ibn Taymiyya y la aparición del wahabismo teorizado por Ibn ‘Abd al-Wahhāb (m. 1792), hasta la aparición de los Hermanos Musulmanes en Egipto en 1928, cuya elaboración de un sistema global fundado en la religión habría contribuido silenciosamente a modelar la peligrosa ideología del Estado islámico. “Dios es nuestro objetivo, el mensajero de Dios nuestra guía, el Corán nuestra Constitución, la yihad nuestra vía”, decía Hassan al-Banna, fundador de la Hermandad. El pensamiento político de este último, que todavía no preveía la lucha armada, se radicalizó después con Sayyid Qutb, quien reactivó la idea de “jāhiliyya”, la ignorancia pre-islámica, aplicándola a las sociedades no islámicas o redes de gobernantes impíos a los que era lícito combatir hasta la efusión de sangre, y la práctica de la yihad para permitir al islam, según explica Migaux, asegurarse el liderazgo de la humanidad. A este breve excursus histórico le sigue una panorámica muy útil sobre la evolución de la estrategia yihadista.

De la dimensión histórica del fenómeno se pasa a la sociológica, antropológica y psicológica con la contribución de Farhad Khosrokhavar, experto franco-iraní del islam chiíta y europeo. Su reflexión se centra en el atractivo poder que la yihad ejerce entre los jóvenes musulmanes en Europa, originando dos tipologías diferentes de actores: lo jóvenes socialmente excluidos residentes en las banlieue francesas o en los poor districts ingleses por un lado, y los cada vez más numerosos adolescentes y neo-conversos de clase media. Según Khosrokhavar, a los jóvenes yihadistas europeos no les atrae tanto el islam en sí sino lo que representa. Se ha convertido en la “religión de los oprimidos y por eso atrae tanto a los jóvenes inmigrantes de segunda, tercera o cuarta generación (…) como a los jóvenes conversos de clase media que encuentran en el islam radical una dimensión anti-imperialista encarnada en los años 70 por los movimientos de izquierda”.

El libro se cierra con una breve aportación de David Bénichou, jurista y vicepresidente del polo antiterrorista del tribunal de París. Aborda las implicaciones jurídicas del yihadismo, ilustrando las 23 medidas adoptadas en Francia en el año 2014 para combatir contra las filas sirias –y que se han mostrado evidentemente insuficientes a la vista de los atentados de 2015– así como otras cuestiones diversas, como el ciber-terrorismo y la toma de rehenes. Aparte de notas muy técnicas y documentadas, llaman la atención ciertas consideraciones polémicas y provocadoras, que no añaden nada a los contenidos pero que alimentan en sentido negativo la reflexión: el miedo a que la laïcité francesa, conquistada tras una larga lucha de emancipación de la Iglesia, pueda ser “malvendida a las corrientes más extremistas y minoritarias del último de los monoteísmos”.

Yihadismo: el último totalitarismo del siglo XX

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