Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
28 NOVIEMBRE 2020
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Sobre la aportación de los cristianos

Fernando de Haro

Miguel Ángel Quintana ha tenido la generosidad de citarme en un reciente artículo titulado “¿Dónde están (escondidos) los intelectuales cristianos?”. Me ha citado como ejemplo positivo de una voz cristiana que aborda debates intelectuales de empaque. Miguel Ángel es uno de los columnistas más estimulantes que tenemos en el debate de ideas, por desgracia, muy escaso en España. Le agradezco las palabras que me dedica. Me siento honrado porque reconozca en mí, un periodista que hace análisis de actualidad y radio generalista de acompañamiento, a un cristiano. Pero difícilmente puedo identificarme como un intelectual cristiano. Mi formación, mis ocupaciones, mis competencias y mi producción tienen poco que ver con las de un verdadero intelectual.

Por otra parte, mi lectura recurrente de Charles Péguy me ha producido desde hace años un rechazo a lo que el poeta francés llamaba “el partido intelectual”. Tengo el máximo respeto a los que dedican su vida al conocimiento. A los que, disponiendo de un amplio saber, nos ayudan a comprender la actualidad y el mundo, a los que nos hacen disfrutar de la belleza. Mi rechazo del “partido intelectual” es el rechazo a una supuesta vanguardia que, por sus estudios, sus lecturas, su agudeza, sus méritos o su fidelidad a una doctrina tiene una clave de interpretación del presente y del pasado que desciende desde lo alto hacia los menos instruidos. Como cristiano católico he sido educado en el rechazo de todo tipo de elitismo gnóstico.

Solo puedo reconocerme como intelectual cristiano en la medida en la que la misma naturaleza del cristianismo requiere de mi intelecto y de mi afecto. También lo es, en ese sentido, una nigeriana viejita a la que habían amputado una mano. La conocí en medio de la estepa. No sabía leer ni escribir. Como han señalado los dos últimos pontificados, el cristianismo no es ni un sistema ético, ni un sistema de ideas. El cristianismo –añado yo– no es la cristiandad, no es un magnífico legado histórico, artístico, filosófico y jurídico. El cristianismo es un acontecimiento: nace y crece como un encuentro, como el que tuvieron hace dos mil años los primeros discípulos con Jesús de Nazaret. Este encuentro, para ser reconocido como el encuentro con Dios encarnado, requiere de la libertad. Requiere de una inteligencia y de un afecto capaces de darse razones del sorprendente fenómeno que se produce cuando se le acoge. Mikel Azurmendi ha escrito recientemente el libro El Abrazo para comprender cómo viven unos cristianos del siglo XXI. Y ha explicado el proceso que hace de la fe un acto razonable. Lo llama “indagación de los vínculos temporales y causales del estupor” suscitado por el encuentro humano del que hablaba antes.

Sobre la aportación de los cristianos

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 4  28 votos

Miguel Ángel Quintana ha tenido la generosidad de citarme en un reciente artículo titulado “¿Dónde están (escondidos) los intelectuales cristianos?”. Me ha citado como ejemplo positivo de una voz cristiana que aborda debates intelectuales de empaque. Miguel Ángel es uno de los columnistas más estimulantes que tenemos en el debate de ideas, por desgracia, muy escaso en España. Le agradezco las palabras que me dedica. Me siento honrado porque reconozca en mí, un periodista que hace análisis de actualidad y radio generalista de acompañamiento, a un cristiano. Pero difícilmente puedo identificarme como un intelectual cristiano. Mi formación, mis ocupaciones, mis competencias y mi producción tienen poco que ver con las de un verdadero intelectual.

>Entrevista a José Luis Vázquez Borau

Etty Hillesum: 'Lo único importante, Dios, es salvar un fragmento de ti en nosotros'

Enrique Chuvieco

Sin tradición religiosa, la mística judía llevó a Dios a los campos de concentración nazis, subraya José Luis Vázquez Borau, autor de Etty Hillesum: una mística en el horror nazi. Hablamos con él coincidiendo con el arranque de EncuentroMadrid, que este viernes 20 de noviembre emite por su canal de YouTube un espectáculo teatral basado en textos de esta autora.

Recientemente ha publicado en la editorial Digital Reasons Etty Hillesum: una mística en el horror nazi, ¿qué ha encontrado en esta mujer?

En primer lugar, se trata de una mujer joven. Murió a los veintinueve años. En segundo lugar, desde que se han dado a conocer sus diarios-cuadernos han tenido un impacto igual o mayor que el Diario de Ana Frank. En tercer lugar, se ha hablado mucho sobre dónde estaba Dios en Auschwitz. Pues bien, gracias al testimonio explícito de Etty Hilesum podemos decir que Dios estaba en Auschwitz en "los actos de caridad de Etty" y de otros testigos como el padre Maximiliano Kolbe.

¿Quién era Etty?

Una judía neerlandesa, que nació el 15 de enero de 1914 en Middelgurg, ciudad de los Paises Bajos, donde su padre daba clases. Tuvo dos hermanos: Jaap (1916) y Mischa (1920). Jaap fue médico y durante la guerra trabajó en el hospital judío de Ámsterdam, pero no sobrevivió a la guerra. Micha fue un excelente pianista, pero fue internado en un centro psiquiátrico en 1939. Las diferencias de caracteres entre los padres provocaron tensiones y desencuentros, creando una atmósfera familiar conflictiva. No había sido educada en la fe judía y carecía de prejuicios con el sexo. Se siente profundamente insatisfecha y decide ir a un psicólogo. Un amigo le recomienda a Julius Spier, de cincuenta y cuatro años, casado y con dos hijos. Spier le anima a leer los Salmos y los Evangelios, no para convertirse sino para tener una comprensión del mundo más exacta. Además, le dice de anotar sus vivencias en un diario que comenzará en 1941, tres años antes de su muerte.

¿Cómo fue su proceso?

La escritura de Etty constituye un canto a la vida como creación de Dios. Toma la costumbre de hacer un largo tiempo de silencio por las mañanas y no puede aceptar que el ser humano solo sea "un barril hueco arrastrado por la historia del mundo" o que la existencia carezca de sentido. Atribuir todo al azar significa condenar el cosmos a la insignificancia y el caos. Etty no reniega de la vida, pese a que la ocupación crece sin cesar, imponiendo el toque de queda a los judíos y privándoles de cualquier derecho. El nazismo no propone nada. Su visión del futuro rinde culto a la muerte y la destrucción. Pese a todo, la vitalidad de Etty prosigue su curso ascendente.

¿Y su compromiso?

>Entrevista a José Luis Vázquez Borau

Etty Hillesum: 'Lo único importante, Dios, es salvar un fragmento de ti en nosotros'

Enrique Chuvieco | 0 comentarios valoración: 2  18 votos

El trauma colectivo

Eugenio Borgna

¿Qué ha pasado en estos meses de cambios tan profundos en nuestra vida con la aparición y extensión de la pandemia? Quiero decir que en la génesis de lo que hoy sigue siendo un drama colectivo han concurrido dos factores: el aislamiento en casa, en residencias y hospitales, y el miedo, miedo al contagio y miedo a la muerte. La virulencia y la rapidez con que se ha difundido la pandemia han sido de tal magnitud que no han permitido tomar medidas inmediatas de prevención y tratamiento, estas han tenido que ceñirse a las consecuencias y, al menos en las primeras semanas de pandemia, no resultaron demasiado útiles. Solo en el momento en que la prensa empezó a mostrar imágenes desgarradoras de gente, y no solo ancianos, que moría en una soledad desértica, percibimos de manera dramática la presencia de una enfermedad de origen desconocido, de evolución imprevisible, y mortal.

De repente cambiaron nuestros hábitos de conducta y se prohibieron hasta los gestos más sencillos y afectuosos, como estrecharse la mano, hacer una caricia, acercarse a una persona enferma o a un amigo. La primera dimensión de lo que todavía hoy sigue siendo un trauma colectivo ha sido el aislamiento. Sus consecuencias psicológicas han sido mucho menos evidentes en los que son más proclives al diálogo interior y a la reflexión, a la meditación y al recogimiento, al silencio y la oración, que han dado un sentido a la pérdida de las relaciones sociales dando paso a todo ello en nuestra vida. Claro que, en la manera de enfrentarse al malestar causado por el aislamiento, también han influido factores como la edad y el lugar de residencia: en grandes ciudades, sobre todo en sus periferias, o en ciudades pequeñas, en casas con espacios amplios o en viviendas con espacios asfixiantes que no permitían la privacidad ni la autonomía.

Las semanas que vivimos aislados podían resultar de ayuda para conocer mejor nuestra vida interior, sus límites y confines, nuestras fragilidades y sensibilidad, pero también podían ser fuente de angustia, desesperación, nostalgia, memoria del corazón, arideciendo nuestras expectativas y esperanzas, y generando las raíces de un trauma colectivo que ni siquiera se apagó cuando la pandemia parecía reducir su intensidad.

La segunda dimensión de este trauma colectivo ha sido el miedo, miedo al contagio, miedo a la muerte, que ha despertado en nuestro interior. La muerte acompaña a la vida en muchas circunstancias dolorosas: la muerte natural, la muerte debida a una enfermedad o a un accidente, la muerte voluntaria. Y cada vez que aparece nos obliga a tomar conciencia de ella, con dolor, desesperación, resignación y oración. La muerte, que las pantallas de televisión nos mostraban en las semanas más duras de la pandemia, se ha visto dañada en su dignidad, en su intimidad, una muerte desgarrada y cosificada, una muerte que llegaba a menudo en una situación de aislamiento atroz. El silencio de la muerte, la soledad de la muerte, la dignidad y la piedad de la muerte, no aparecían en las imágenes que circulaban por las pantallas, que mostraban la humanidad torturada y lacerada por algo radicalmente ajeno al sentido de la muerte como otra imagen de la vida, como decía Rainer Maria Rilke.

El trauma colectivo

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Pueblo y populismo en Fratelli Tutti

Antonio R. Rubio Plo

Se comprenden mejor los documentos e intervenciones del papa Francisco si tenemos en cuenta sus años de episcopado en Buenos Aires, una gran ciudad, capital de un país de enormes expectativas que fue devastado por las tormentas políticas y sociales durante gran parte del siglo XX. Por ejemplo, en 2010 el cardenal Bergoglio se refería al bicentenario de la patria en un documento que mencionaba además otras comunicaciones del episcopado argentino. Sin ir más lejos, en una de ellas se decía que "no podemos dividir el país de una manera simplista, buenos y malos, justos y corruptos, patriotas y apátridas". Esta fractura social, que hoy no parece superada en Argentina, resulta incompatible con los conceptos de pueblo y de fraternidad, muy presentes en el magisterio del actual pontífice y podría decirse, sin exagerar, que la fractura vacía de contenido la palabra "patria".

Esa situación guarda, sin duda, relación con el populismo, al que se refiere la encíclica Fratelli Tutti. Allí podemos leer que "la pretensión de instalar el populismo como clave de lectura de la realidad social tiene otra debilidad: que ignora la legitimidad de la noción de pueblo" (157). En efecto, el populismo es una de las expresiones de la polarización de una sociedad dividida, una elección inapelable entre un "nosotros" y un "ellos" que intenta privar al adversario de su condición humana. El populismo mata, aunque pretenda no estar haciéndolo, la propia idea de pueblo. No se puede esperar otra cosa de una ideología que en los últimos años ha crecido a izquierda y derecha.

La condición insana del populismo es denunciada en Fratelli Tutti (159): "Se convierte en la habilidad de alguien para cautivar en orden a instrumentalizar políticamente la cultura del pueblo, con cualquier signo ideológico, al servicio de su proyecto personal y de su perpetuación en el poder. Otras veces busca sumar popularidad exacerbando las inclinaciones más bajas y egoístas de algunos sectores de la población. Esto se agrava cuando se convierte, con formas groseras o sutiles, en un avasallamiento de las instituciones y de la legalidad". Los ejemplos históricos, y los actuales, están ahí. El populismo desconoce la posibilidad de la alternancia en el poder. Su mesianismo le hace confundir los intereses de los dirigentes con los del pueblo. Persuadido de haber encontrado una fórmula mágica para resolver los problemas de toda índole, pretende llevarnos, sin poder evitar la caricatura, a un pasado o a un futuro mítico, pues es incapaz de reconocer las dificultades del presente.

Pueblo y populismo en Fratelli Tutti

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Jesús también iba al colegio

Giuseppe Frangi

En la cripta de la catedral de Siena, a principios de la pasada década, tuvo lugar uno de los descubrimientos artísticos más extraordinarios de los últimos años. Liberando un espacio de los restos de una antigua obra de relleno por problemas en el coro de la catedral, aparecieron unos frescos extraordinarios de finales del siglo XIII. En algunas partes, esos frescos conservan una calidad cromática impresionante justamente porque han estado durante siglos “protegidos” de la luz y de otros agentes atmosféricos. Este ciclo es un documento precioso del inicio de la gran pintura sienesa, donde algunos expertos han llegado a reconocer en ciertas escenas al primer Duccio, y allí aparece una escena curiosa e insólita: un niño Jesús sentado en un banco de escuela con una tablilla escrita delante. Es un niño Jesús muy aplicado, que levanta la mano para hacer una pregunta al maestro que tiene delante. Es un tema extraño, pero no único. En Alemania, por ejemplo, en una de las vidrieras del siglo XIV de Nuestra Señora de Esslingen, en Stuttgart, el artista representa una escena bellísima de María llevando al colegio a Jesús niño, en este caso un poco reacio. De hecho, le agarra del brazo enérgicamente. Es probable que ambas escenas se inspiraran en el Evangelio de la infancia de Tomás, uno de los evangelios apócrifos. «Entró decidido en la escuela y tomó un libro colocado en el atril», se dice allí. Es bonito pensar en Jesús en clase durante estos días tan delicados e importantes para nuestros colegios. Él también pasó por las aulas, por los maestros, por los pupitres. Él también vivió esas actitudes opuestas de diligencia y pereza. Aquí el primero de la clase, allí un poco rebelde. Un alumno que causaba cierta preocupación a sus padres, aunque eran preocupaciones para las que todos los padres firmarían: Jesús sabía demasiado y dejaba sin palabras a sus maestros, como cuenta el Evangelio de Tomás. Es bonito ver que la escuela es una experiencia importante y decisiva para la historia y el crecimiento de una persona, tanto que hasta el hijo de Dios pasó por allí, como todos. Jesús también tuvo compañeros de clase, hizo deberes con ellos, escuchó las lecciones de los maestros. El hijo de María y José también aprendió a leer y escribir el arameo. Podemos imaginar que le gustaba el colegio, no por su naturaleza especial, sino porque el colegio es una experiencia que no puede no gustar, por mucho que cueste. Es el lugar donde se aprende a aprender. El lugar de los encuentros y de la apertura a la realidad, como dijo el papa Francisco, uno de los grandes forofos de la educación. “Ir a la escuela significa abrir la mente y el corazón a la realidad, en la riqueza de sus aspectos, de sus dimensiones. Y nosotros no tenemos derecho a tener miedo de la realidad. La escuela nos enseña a comprender la realidad. Ir a la escuela significa abrir la mente y el corazón a la realidad, en la riqueza de sus aspectos, de sus dimensiones. ¡Y esto es bellísimo!”, decía Bergoglio en 2014 a un grupo de estudiantes y profesores. Realmente, la escuela es mucho mayor que los miedos.

Jesús también iba al colegio

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Una nueva 'Pacem in terris'

Massimo Borghesi

“Fratelli tutti”, la encíclica recién publicada, hay que leerla con atención para comprenderla adecuadamente. De hecho, corremos el riesgo de una banalización mediática que, centrándose en dos o tres puntos, reduzca este documento a una serie de intenciones piadosas. Se trata, sobre todo, de precisar el horizonte en el que se sitúa: un mundo que se precipita hacia destinos de guerra. Los Papas no escriben encíclicas sobre la fraternidad para una tierra tranquila.

La Pacem in Terris de Juan XXIII salió después de que, con la crisis de los misiles en Cuba, estuviéramos a dos pasos de la tercera guerra mundial. No es el caso actual, afortunadamente. Sin embargo, resulta innegable que la crisis de la globalización, el enfrentamiento cada vez más insistente entre bloques (EE.UU, China, Rusia), el continuo combate de guerras por diversas vías, el terrorismo religioso, etc., están configurando un mundo altamente inestable, a punto de estallar.

Hay que añadir las grandes disparidades económicas, la tragedia del Covid con sus efectos en los países más pobres, la inmigración. El cambio de época asiste, después del 89, a un progresivo desmoronamiento de los esquemas y contrapesos que la humanidad había previsto tras la enorme tragedia de la segunda guerra mundial, desde los grandes organismos a la declaración de derechos universales o el proceso de unificación europea. Todo se descompone: la ONU, la UE, el vínculo entre EE.UU y Europa, mientras que el relativismo cultural tiende a exaltar el particularismo y el aislamiento. El espíritu de los tiempos eleva el maniqueísmo en todas sus formas: política, económica, religiosa. Por todas partes resurgen las barreras, antiguas diferencias y viejos nacionalismos.

En este contexto es donde Francisco lanza el sueño de una fraternidad renovada entre pueblos y personas: fraternidad religiosa, política, económica, social. Un sueño análogo al de Martin Luther King, cuyo nombre aparece citado al final junto a los de san Francisco, Gandhi, Desmond Tutu, Charles de Foucauld: “I have a dream”. No se trata de ceder ingenuamente al espíritu utópico, a la filantropía humanitaria, como lamentan los críticos del Papa. Francisco es un realista que conoce perfectamente la crítica de san Agustín a la teología política, a la confusión entre el Reino de Dios y el reino de los hombres. Pero es un realista que sabe que el realismo, si no quiere ser cínico, debe ir siempre más allá, debe arriesgar un proyecto ideal, debe abrir a la esperanza. El cristiano es un hombre con esperanza y no con resignación. El auténtico realismo es un real-idealismo. Por eso, Fratelli Tutti representa en este momento una poderosa roca en el pantano de las ideas, de la política, de una fe estancada.

Una nueva 'Pacem in terris'

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Pregúntame si soy feliz

Costantino Esposito

¿Al final lograremos ser felices de verdad? Esa promesa muda que nos inquieta, y a veces nos roe, ¿se cumplirá? ¿O solo dejará tras de sí un lamento? Eso de la felicidad es como una intencionalidad profunda en cada uno de nuestros gestos, en cada uno de nuestros actos conscientes, en cada iniciativa. Es cierto, de vez en cuando queremos una cosa u otra, miramos determinados resultados, tratamos de resolver problemas concretos, pero esa espera de autocumplimiento es el motor que da arranque y energía a nuestra humanidad.

Normalmente miramos esta espera con una especie de pudor o, como dijo Rilke en una ocasión, con “vergüenza, un poco como se calla una esperanza”. Todo el esfuerzo del pensamiento humano, al menos en esa parte del mundo donde se afirma la filosofía occidental, siempre ha mirado hacia esa realización impronunciable. ¿Cómo podría definirse la plenitud de la vida, es decir, una satisfacción que no sea solo un momento pasajero sino que dure para siempre? Es verdad, a nosotros los “nihilistas” nos sale casi por instinto el manejar estas palabras con gran cautela, mezclada con escepticismo, por lo grande que es su pretensión y por cuánto quema la desilusión que tantas veces hemos sentido. Por eso la felicidad se queda como al margen de nuestros programas, como una espera en el fondo irracional porque no se puede calcular. Muchas veces, cuando hemos intentado producirla nosotros, la felicidad se ha revelado en el fondo como un sueño irreal, acaso imposible.

Hay que decir que el problema de la felicidad ha sido el motor de gran parte de nuestra historia –personal y cultural– hasta codificarse incluso como un “derecho inalienable” en la Declaración de independencia americana en 1776: “el derecho a buscar la felicidad” (pursuit of Happiness).

Las grandes estrategias del mundo clásico, griego y latino brillan aún por su elevación, pero cuanto más brillan más se alejan como cuerpos celestes inalcanzables. ¿Cómo no pensar en el ideal aristotélico según el cual la felicidad perfecta consiste en la actividad contemplativa? Una actividad a la que solo los dioses y filósofos pueden llegar, porque en ellos alcanza su cumplimiento la naturaleza racional de la vida, esa que nos hace libres para ver el mundo desinteresadamente, en su necesidad y eternidad. Pero acude a la mente el contrapunto epicúreo, el de un estoico antiguo, según el cual el hombre solo puede ser feliz si consigue moderar sus necesidades y alcanzar la ausencia de turbación y afanes anímicos, “contento” –es decir satisfecho y delimitado a la vez– en su justa medida. En ambos casos los seres humanos están llamados a realizar la felicidad mediante el ejercicio de sus virtudes o gracias a una estrategia defensiva.

Pregúntame si soy feliz

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El arte de cambiar de perspectiva

Giuseppe Frangi

Los museos reabren sus puertas, los teatros empiezan a asomar la cabeza tímidamente y los cines vuelven a encender las luces. Hay que alegrarse de este lento retorno a la vida, pero cuando hablamos de arte y cultura es inevitable plantearse una pregunta más ambiciosa: ¿qué son capaces de proponer el arte y la cultura a este mundo que sale de la tempestad? ¿Puede contentarse con volver a ser como antes, buscando el consuelo de una presunta continuidad? ¿O la cultura, para llegar a ser ella misma, es decir para ofrecer esperanza y experimentar nuevas perspectivas necesarias, debe tener el coraje dar un salto de discontinuidad respecto a su pasado? Si durante las semanas de la crisis hemos repetido hasta la saciedad el mantra del “nada será como antes”, le toca sobre todo al arte y la cultura remar en esa dirección.

Desde este punto de vista, repasar nuestra historia puede ser un ejercicio útil. Muchas veces, salir de grandes tempestades ha sido posible gracias al coraje de cambiar de perspectiva y de lenguaje, como por ejemplo en la famosa peste negra de 1348, la del Decamerón. En la posguerra, el historiador de arte norteamericano Millard Meiss publicó un estudio para demostrar que la pintura, para superar el trauma de la epidemia, había dado la espalda a la sólida sintaxis del Giotto para aventurarse por senderos más delicados y líricos: los del nuevo gótico florentino, con un carácter más metahistórico. Probablemente Meiss, al afirmar esto, estaba condicionado por la etapa histórica de la que él mismo había sido testigo. La salida de la Segunda Guerra Mundial consagró en Estados Unidos la consolidación de un lenguaje abstracto (los primeros dripping de Pollock datan de 1947); un lenguaje que representaba una clara ruptura con el pasado pero que sobre todo daba forma a una profunda necesidad de libertad y espiritualidad a la vez. Era algo nunca visto, que contagiaría también a Europa al salir de la guerra. Aquí esta novedad se afirmó mediante una confrontación intensa y vivaz entre los que apostaban por un nuevo arte abstracto, libre y gestual, y los que en cambio buscaban una renovación de la tradición realista por vías audaces, donde Picasso era la referencia indiscutible.

Pero si damos un paso atrás en la historia, resulta interesante ver cómo el arte contribuyó a reconstruir la perspectiva después de la tempestad económica de 1929. En este caso, gracias también a un programa público genial, el ‘Public Works of art Project’, los artistas propusieron grandes imágenes murales que estimulaban perspectivas colectivas y de cohesión social. En ese caso fue una inversión valiente (y convincente) en el arte como energía de cambio y reconstrucción.

Personalmente, siempre pienso en la audacia inaudita con que Venecia decidió pasar página en la historia tras la peste de 1576. Decidió construir la Basílica de Santa María de la Salud, enfrente de San Marcos, en señal de agradecimiento pero también como expresión clamorosa de impulso hacia el futuro.

Es por esto que, aun con la alegría de volver a empezar, no podemos ocultar que de la cultura y del arte el mundo se espera algo más, o acaso algo distinto, más allá de la mera continuación del espectáculo después de este largo parón. El coraje de nuevas formas y de nuevas aventuras.

El arte de cambiar de perspectiva

Giuseppe Frangi | 0 comentarios valoración: 2  26 votos
>Entrevista a Dmitri Strotsev

El 'fiurer' Lukashenko se preparaba para el 'Maydan' y recibió 'evalución'

Larisa Danilenko

«¿Qué novedad tenemos? Un pueblo», escribía Dmitri Strotsev en su página de Facebook uno de los días de las protestas en Bielorrusia.

Dmitri es un conocido poeta bielorruso, pensador y ciudadano comprometido, autor de diez poemarios, organizador del festival Pamezhzhza (“zona fronteriza”) y director del proyecto literario “Escuela de Minsk”. En estos momentos, la editorial de Kiev Dux y litera está preparando la edición de uno de sus libros de poemas en cuatro lenguas, dedicado a Bielorrusia y Ucrania.

En sus páginas de redes sociales, durante estos días, vemos fotografías de las acciones de protesta, algunos análisis breves de la situación y nuevos versos. Son leídos, citados y traducidos al ucraniano, georgiano, inglés, alemán y chino.

Como minskeño, Strotsev entiende y participa del estado de ánimo que los “expertos del diván” no perciben, cuando acusan a los bielorrusos de nos ser suficientemente radicales. Como poeta y filósofo, es capaz de formular el pensamiento sutil y menos evidente de lo que está sucediendo.

Grabamos esta entrevista durante varios días. Nuestros intentos de contacto tuvieron que ser interrumpidos en varias ocasiones, por los cortes de internet en Bielorrusia durante los primeros días de las protestas y por la decisión de Dmitri de acompañar a su hija a las calles y su participación en la marcha “Mujeres de blanco” por el mercado Komarovski, en Minsk.

Dmitri Strotsev ha relatado para Ucrainskaya Pravda cómo un pueblo supera su dependencia del absolutismo anclado en el poder. Nos ha hablado también del cuadro Eva (comúnmente llamado la Mona Lisa bielorrusa), que tras el año 92 se convirtió en el símbolo de las protestas, dando lugar a una nueva palabra en lengua bielorrusa: “evalución”. De por qué en Bielorrusia hoy no se escuchan las voces de Svetlana Alexievich y Serguey Mijalko, pero sí se escucha la de Victoria Tsoya. De cómo el sistema dictatorial construido en estos años está “fundiendo” a su creador. Y de por qué los bielorrusos no tienen prisa por asaltar el Palacio de la independencia, quemar su tejado y preparar “cócteles molotov”.

Nuestra primera pregunta es sobre lo que pasó en Minsk, el 23 de agosto, visto con los ojos de uno de los participantes en la marcha a la que asistieron cien mil bielorrusos.

La marcha del 23 de agosto estuvo precedida por amenazas de que dispararían a la gente. El ministro de defensa, Jrenin, en su discurso dijo más o menos: «Los soldados dispararán primero al aire y después, tirarán a dar». Acudimos a esta marcha como si fuera la última. Pero resultó que vino más gente de la esperada, más que el domingo anterior. Solo en la plaza de la Independencia y sus alrededores se concentraros más de 200.000 personas. La manifestación se encaminó al Palacio presidencial. Se trata de una construcción monstruosa en estilo asiático, a orillas del lago Kosmolski. Y resulta que el gobierno se asustó tanto, que montó una barricada de escudos, rodeándose de los geos y reforzándola con automóviles.

Entonces, en el territorio del palacio, vimos alzarse un helicóptero. Pensamos que el presidente escapaba, pero, en realidad, era lo contrario: el helicóptero volaba trayendo al dictador. Era una evidente puesta en escena: llega el “amo” y reparte a todos su merecido.

>Entrevista a Dmitri Strotsev

El 'fiurer' Lukashenko se preparaba para el 'Maydan' y recibió 'evalución'

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La vocación de la carne

Costantino Esposito

Con el avance del nihilismo –que al principio estalló como una “patología” revolucionaria y acabó siendo aceptado como una fisiología normal propia de la condición humana contemporánea– muta radicalmente el concepto del ser humano como ser “espiritual”.

Ya en el Zaratustra de Nietzsche la voluntad del superhombre coincidía con “permanecer fieles a la tierra” –instalados en la dimensión biológica del cuerpo–, mientras los valores espirituales acababan escondiéndose como “esperanzas ultraterrenas”. Y los que seguían hablando de una realidad espiritual no eran más que “envenenadores”, “denigradores de la vida, moribundos y envenenados”. El espíritu está en otro mundo distinto del terrestre, un supramundo ilusorio y mentiroso, que cubre y sublima las pulsiones telúricas (e inconscientes) que mueven nuestro cuerpo.

Aquí se vislumbra otra gran presencia, a menudo mimetizada, de la filosofía de nuestro tiempo, Arthur Schopenhauer. Suya es la idea de que en el fondo de la realidad, en lo profundo de la vida humana, domina una fuerza ciega, una voluntad que no tiene objetivo ni sentido alguno, más que su misma voluntad, de la que nosotros somos partícipes a través de los instintos de nuestro cuerpo que toda la vida tratamos de contener y sublimar, pero de los que al final somos víctimas impotentes. Porque es una voluntad sin razón, que acaba devorando al propio sujeto de la voluntad. Así el instinto pasa de ser una invitación al placer a ser una condena al dolor más agudo que se pueda experimentar, que hace sufrir de manera absurda, sin un porqué.

Por un lado, el ideal o lo espiritual como un cielo ultramundano cada vez más separado de la tierra; por otro, lo corpóreo y material como el mundo de la voluntad, cada vez más identificada con el instinto. La cuestión es que el espíritu y el cuerpo están juntos o caen juntos. Y si perdemos uno, enseguida perdemos también al otro.

No es difícil darse cuenta de las mutantes condiciones del nihilismo contemporáneo, allí donde el cuerpo de los humanos se considera cada vez más como la puesta en juego por resolver el problema de lo espiritual. Toda una corriente de análisis de las sociedades modernas, que nace con Michel Foucault y llega hasta Giorgio Agamben, ha llamado “biopolítica” al gran dispositivo que el poder –todo “poder” como tal, político, económico, eclesiástico– ejerce para controlar la vida de los seres humanos mediante la normalización o esterilización del “bios”, que es el único recurso –indefenso y expuesto– de la persona, partiendo de su ser sexuado.

Según estos autores, el interés de quien manda de verdad en el mundo de hoy, es decir el poder capitalista en su forma extrema económico-financiera, es el de desactivar la potencia desnuda de los cuerpos. Se cumpliría así una trayectoria que va desde la primera época moderna, con el control que los sacerdotes mantenían sobre los cuerpos mediante el instrumento de la confesión de las almas, hasta el rechazo del cuerpo de los migrantes, seres a la deriva despojados de su propia identidad humana.

La vocación de la carne

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Ennio Morricone. La originalidad nace de la sorpresa

Elena Santa María

A menudo la vida de los grandes genios pasa inadvertida, eclipsada por sus grandes obras. Y cuando uno de estos grandes genios muere, a uno le da por investigar. Algo especial debe haber en el alma de un hombre que compone bandas sonoras como La Misión o Cinema Paradiso.

Para emocionar a todo el mundo hay que emocionarse antes con lo que nadie ve. Ennio Morricone reconoció en una entrevista el año pasado –con nada menos que 90 años– que en toda su vida solo había llorado dos veces. Es evidente que no contó las veces que se le ha escapado la lagrimita en público al dirigir una orquesta o por el agradecimiento de ver reconocida su obra.

Se ha dicho de él que es un mago del sonido, un revolucionario del cine, una leyenda. ¿Pero de dónde nace ese don? A Giuseppe Tornatore –otro genio– le pidieron en una ocasión que describiera a su amigo. Su respuesta fue: “Morricone es un hombre sorprendido”. Sorprendido por la belleza de la música, del cine, de sus hijos y de su mujer. Quizá se entienda mejor con un ejemplo. La primera vez que lloró el compositor italiano fue al visionar La Misión. Imagínese ver La Misión sin escuchar el tema Gabriel’s Oboe. Así la vio él, la primera vez. Y tras hacerlo, se negó a componer la banda sonora, pues pensaba que la película ya lo tenía todo, no había que añadir nada. Gabriel´s Oboe y los demás temas de la película nacieron de esa sorpresa, de esas lágrimas.

Dos días después de su muerte ha salido a la luz una carta de despedida con su firma. En la misiva Ennio pide un funeral privado “para no molestar” y se despide sencillamente de todos los que le eran queridos. De sus palabras se desprende de nuevo esta sorpresa, esta vez por el amor que compartió con su mujer, María, durante más de 60 años. “A ella renuevo el amor extraordinario que nos ha mantenido juntos y que lamento abandonar. Para ella es mi más doloroso adiós”, escribe.

A ella le dedicó este poema: “El sonido de tu voz recoge en el aire un tiempo invisible, inmovilizándolo en un momento eterno. Ese eco ha entrado en mí quebrando los frágiles cristales de mi presente suspendido, sin vuelta atrás. Tendré que buscar el futuro siguiendo ese sonido yo mismo, desesperado eco, para reencontrarme”.

Ennio Morricone. La originalidad nace de la sorpresa

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Bernard-Henri Lévy. 'Un virus mata, no manda mensajes'

Leonardo Martinelli

No ha vivido el confinamiento en su casa de Tánger ni se ha refugiado en la campiña francesa. Bernard-Henri Lévy, filósofo prototipo del intelectual comprometido (a sus 71 años una especie de Dorian Gray que no envejece nunca, ni siquiera físicamente), lo pasó en su apartamento de París. Respetando las reglas impuestas desde arriba (no sin esfuerzo, como un león enjaulado), cada vez que salía nunca cayó en la tentación de pararse a admirar la metrópoli trastornada y silente.

En el Fígaro escribió que París vacía le resultaba fea. Que una ciudad no está hecha para estar vacía. Así que BHL, las siglas por las que lo conocen en su país, se puso a escribir y el resultado es un libro breve y apasionado, ‘Este virus nos vuelve locos’. Se trata de una reflexión sobre la pandemia, pero no sobre un mañana esplendoroso. Nada de la ilusión de tantos que dicen que el coronavirus nos hará mejores y más conscientes. No, lo suyo es un himno escéptico a la libertad en contra de la retórica del “retorno a la naturaleza” o “la supuesta sabiduría recuperada”.

Según su hija Justine, escritora, que le ha acompañado durante estos meses, “el libro ha sido como un impulso nervioso. Se le parece mucho, el resultado es realmente coherente. En él se encuentran su lirismo y su vehemencia”. Lo mismo que expresan sus textos fruto de los múltiples viajes del autor durante los últimos años, del Kurdistán iraquí a los campos de refugiados de Lesbos. El filósofo ha dicho que quería señalar con el dedo “esta epidemia de miedo que se cierne sobre el mundo. En Lacan y Freud existe una diferencia entre ansia y miedo. La primera puede ser buena consejera pero el segundo paraliza. Y con el coronavirus hemos asistido a un miedo mundial. El Primer Miedo Mundial, como la Primera Guerra Mundial”. Este fenómeno igualó a todos los hombres. “La información sobre el Covid-19 lo invadió todo. Era el horror de la mundialización. Una especie de silencio mortal se ciñó sobre el globo y lo han aprovechado los sembradores de la muerte”.

En su ensayo explica que han vuelto a su mente las enseñanzas de uno de los pensadores que más han influido en él, Georges Canguilhem, filósofo y epistemólogo francés, muy famoso en los años 70. “Ante este mesianismo virológico –afirma Lévy–, ante estas riadas de terror y muerte, no podemos cansarnos de recordar el principio básico de mi maestro Canguilhem: ‘Los virus no hablan, los virus no portan mensaje alguno, un virus es, desde tiempos inmemoriales, puro desorden, pura muerte’”.

Lévy insiste en reiterar que su enfoque no pretende negar la urgencia sanitaria. Y que él no es un Trump o un Bolsonaro cualquiera. “Que el confinamiento era necesario desde un punto de vista sanitario es un dato. Por espíritu patriota y por respeto a médicos y enfermeros, expuestos en primera línea y sobrepasados por el trabajo, he respetado todas las reglas impuestas”. Pero no está dispuesto a renunciar a buscar el origen de esto en “una supuesta sabiduría recuperada”, en la “idea de que el confinamiento fura un momento irrepetible para poner orden dentro de uno mismo y recuperar esta relación conmigo mismo como si fuera la más rica de las relaciones humanas”.

Bernard-Henri Lévy. 'Un virus mata, no manda mensajes'

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Bernanos, las máquinas y el determinismo

Antonio R. Rubio Plo

‘Francia contra los robots’, publicada en 1946, es una obra de poco más de un centenar de páginas, escrita por George Bernanos y dada a conocer dos años antes de su prematuro fallecimiento. Está editada en español por Nuevo Inicio, una editorial que aprecia especialmente a dos autores católicos fuera de lo común, Péguy y Bernanos, a los que algunos quisieron arrojar a las tinieblas de un catolicismo heterodoxo, o incluso negar su condición de católicos. Ambos autores tienen algo en común: quieren a su patria y asumen como un todo su historia, pero no son ni católicos nacionalistas, ni nacionalistas católicos. Católicos franceses, aunque universales. Tampoco estaban dispuestos a que el Estado usurpara el papel de la nación, algo que sí sucedió durante las dos guerras mundiales. En el caso de Bernanos, hay que añadir la cualidad de tener un corazón generoso, capaz de reconocer la grandeza de una obra, por encima de ideologías y religiones. De ahí su explícito reconocimiento a Balzac, Hugo, Baudelaire, Proust o Picasso.

‘Francia contra los robots’ es el resultado de una serie de experiencias vitales que marcaron a Bernanos: el compromiso de Múnich que supuso la cesión a la Alemania de Hitler de territorios checos por parte de las democracias francesa y británica, o la Francia de Vichy, una pretendida “revolución nacional”, desmentida por la colaboración con una potencia tan totalitaria como desprovista de escrúpulos. Georges Bernanos huyó a Brasil durante los años de la Segunda Guerra Mundial y desde allí alimentó la llama de la resistencia al ocupante de su país y a los colaboracionistas. Con la llegada de la victoria sobre las potencias del Eje en 1945, el escritor no creía que hubiera comenzado una nueva era para el mundo, marcada por la paz y la democratización. Sin pelos en la lengua, califica a los vencedores de democracia plutocrática americana, democracia imperial inglesa e imperio marxista soviético. Fueron los participantes en la histórica conferencia de Yalta, que excluyó de un papel destacado en el mundo de la posguerra a Francia, y en general a Europa occidental.

Más allá de una reflexión sobre las relaciones internacionales, Bernanos va a lo esencial y piensa que el mundo triunfante es el de la concepción del hombre que tenían los economistas ingleses de finales del siglo XVIII, lo que más tarde se conocería como liberalismo manchesteriano. Subraya también que Marx y Lenin, pese a su oposición a estas ideas, eran los continuadores de una visión del mundo que reducía al hombre a la categoría de animal económico. Todos estos pensadores estaban lastrados por un determinismo que rebajaba al ser humano a la categoría de hombre masa. Todos apelaban al progreso, aunque en realidad lo único que progresaba era la técnica. Bernanos denuncia a los profetas del determinismo económico, con independencia de su ideología, que eran capaces de justificar por igual las crisis socioeconómicas que las guerras.

Bernanos, las máquinas y el determinismo

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La distancia entre certeza y verdad

Costantino Esposito

¿Qué será de nosotros? Durante la crisis de la pandemia –como en cualquier situación crítica que afecte a la existencia personal y social– esta pregunta vuelve a importunarnos, desgarradora e implacable. Desgarradora porque es signo de una ternura última con nosotros mismos, haciéndose cargo de nuestro destino, es decir, de la posibilidad de cumplir o no lo que deseamos en la vida. Implacable porque se trata de una pregunta a la que no logramos dar una respuesta obvia o automática en virtud de nuestros propósitos o programaciones. De hecho, en ella tocamos con nuestros dedos el hecho de que estar en el mundo significa estar siempre en cuestión, que la vida es una aventura –individual y colectiva– en la que nos la debemos jugar siempre.

La única respuesta que podríamos dar a este interrogante es que nadie puede estar seguro de lo que va a pasar. De hecho, es una incertidumbre siseante que se va extendiendo, como el sentimiento más compartido en nuestra situación actual. Pero un cambio cultural está teniendo lugar ante nuestros ojos. En la larga etapa del nihilismo de la que todos, para bien o para mal, somos herederos, la mayoría consideraba la certeza como una especie de disvalor, un residuo dogmático respecto a la emancipación de la razón crítica, cuya tarea parecía ser en cambio justamente la de desmontar cualquier certeza como si fuera una presunción peligrosa y en definitiva como una pretensión imposible.

Esta posición teórica se basaba en la constatación sincera de que nuestra forma de conocer, siempre parcial y limitada, nunca nos permite aferrar la esencia indudable o la verdad última del mundo. Pero también había otro motivo (tal vez menos inocente y más ideológico) para sostener la imposibilidad de la certeza, es decir, que esta última solo sería en el fondo una construcción nuestra, una estrategia psicológica, cultural y social para protegerse de los riesgos de la vida y del mundo. En resumen, tener certeza significaría ser un iluso. Hasta el punto de decir que la única certeza es que no se puede estar seguro de nada, excepto de una cosa, ya sedimentada en nuestro lenguaje cotidiano, cuando para expresar la absoluta convicción sobre un evento o una persona, decimos que es “tan cierto como la muerte”. Entonces, para vivir uno se agarra a las certezas construidas por nuestro hacer, encerrándose en recintos de seguridad o fiándose de relatos colectivos.

Por otro lado, a pesar de la teoría, la incertidumbre siempre se ha impuesto como el verdadero mal de vivir en el paso del siglo XX al XXI. Es lo que el sociólogo Zygmunt Bauman describió con gran lucidez (por ejemplo en su ensayo ‘Miedo líquido’, Paidós 2006) como una percepción de nuestra impotencia y contingencia después del derrumbe de los diversos intentos modernos de sustituir a Dios como “señores” de nuestras vidas. Para exorcizar esta incertidumbre, los individuos se afanan de buena gana en protegerse de la sociedad y del Estado, pero es una expectativa que se ve cada vez más defraudada y que acaba arrojada sobre nuestros hombros, expuestos ya a tener que afrontar inermes los imprevistos de la vida.

La distancia entre certeza y verdad

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>La lección de Havel

En esta crisis está en juego la vida y su sentido

Ubaldo Casotto

El periodista italiano Mattia Feltri decía hace unos días: "Ahora no solo tenemos que salvar vidas, debemos pensar en la supervivencia de la comunidad. Es muy distinto, es un desafío mucho mayor y requiere grandes sacrificios. Pero recordemos que hace 75 años muchos se jugaban la vida por la libertad. Ahora nos jugamos la libertad por la vida. Esperemos que esto no diga algo de nosotros”.

Pero esto dice mucho de nosotros. No quiero abrir, ni me interesa a mí ni creo que, mucho menos, al lector, un debate ideológico entre los que defienden el primado de las libertades constitucionales (entre ellas la de desplazarse), que llamaríamos “no negociables” hasta hace muy poco tiempo, y los tardo-realistas del ‘primum vivere deinde philosophari’ (primero vivir y luego filosofar). Me interesan las preguntas que emergen con fuerza estos días frente a la muerte de tanta gente. ¿Para qué sirve la vida? ¿Para qué sirve la libertad?

Durante el último año he leído muchos libros de Václav Havel, el escritor, disidente, presidente de la Checoslovaquia liberada, que pasó cinco años en la cárcel, enfermó en prisión, donde estuvo a punto de morir, que al salir de la cárcel rechazó la propuesta de una vida tranquila exiliado en Occidente y aceptó tener que volver a ser encerrado.

Acudí a releerlo después de la cita de Mattia y tras recibir el testimonio de un hombre de Bergamo que estos días ha perdido a su madre. “Mi mujer me decía: ‘Tu madre es una mujer que nos deja mucho más de lo que nos quita con su ausencia’. Esta es la lección que he aprendido de mi madre, campesina, luego obrera, después ama de casa, una madre a la que se le murió su adorada hija de 17 años y luego su amado esposo. Siempre pidió razones de ello con firmeza pero sin estrépito al Dios que hace todas las cosas, pero sin quitar nunca sus ojos ni su corazón de la realidad. Hasta sus últimos días luchó como una leona. No se dejó morir. Porque la vida no es un derecho. Es un don por el que estar agradecidos en cualquier situación en que nos toque vivirla”.

¿Por qué acudí a releer a Havel?

>La lección de Havel

En esta crisis está en juego la vida y su sentido

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>Entrevista a Alfredo Marcos

'El pensamiento griego, el derecho romano y la tradición religiosa judeocristiana ha dado lugar a las bases éticas de Occidente'

Enrique Chuvieco

Autor, junto al profesor Carlos Javier Alonso del libro ‘Un paseo por la ética actual’ (Digital Reasons), Marcos es catedrático de Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Valladolid y ha pertenecido a diversos comités hospitalarios de bioética.

Después de siglos de debate filosófico en torno a la ética, el significado último de esta palabra parece haberse perdido, ¿Qué es la ética?

Es cierto que la palabra ética, y el prestigio que esta tenía, se ha venido utilizando para todo tipo de finalidades, algunas de carácter meramente ideológico. Pero la ética, en realidad, es una parte muy respetable de la filosofía. También se puede llamar filosofía moral. Es la parte de la filosofía que nos ayuda a reflexionar sobre nuestras convicciones morales. Todo el mundo emplea criterios morales, aunque sea de un modo intuitivo o irreflexivo, para decidir lo que hace o deja de hacer. Pero desde hace siglos la filosofía nos ha ayudado a pensar sobre nuestra moral. Con Sócrates empezó de un modo serio y sistemático esta reflexión.

¿Por qué la cartografía del filósofo Alasdair MacIntyre resulta más útil que la cartografía estándar a la hora de clasificar las distintas corrientes filosóficas sobre la ética?

Tradicionalmente se oponen las éticas deontológicas a las utilitaristas. Las primeras se fijan en el deber. Hago lo que debo, sin reparar en las consecuencias. Las segundas, por el contrario, se fijan en las consecuencias de nuestras acciones, en su utilidad. Pero MacIntyre nos ha hecho ver lo mucho que tienen en común estos dos tipos de ética. En realidad son ambas producto de los tiempos modernos. Entre otras cosas, comparten debilidades. La crítica postmoderna a las éticas de la modernidad ha puesto al descubierto esas debilidades. Las éticas modernas tienen mucho de valioso y esclarecedor, pero son demasiado abstractas, están demasiado desligadas de la vida concreta y real. El pensamiento posmodernista nos sume, así, en el relativismo moral. Puestas así las cosas, se entiende muy bien la función que cumple actualmente la ética de la virtud, que arraiga en tradiciones pre-modernas, como la aristotélica o la tomista, pero, en nuestros días, conversa con las éticas modernas, integra lo mejor de las mismas; además, acepta en muchos puntos la crítica postmoderna, pero es capaz de darle a la misma una función constructiva y alejada del relativismo. A partir de lo dicho emerge un nuevo mapa de la ética. Tenemos las éticas modernas (que MacIntyre engloba bajo el término Enciclopedia), las posmodernas (Genealogía) y las éticas de la virtud (Tradición). Este mapa de la ética actual resulta muy iluminador, muy fructífero a la hora de interpretar los textos de los filósofos e incluso los debates morales socialmente más activos.

«El filósofo norteamericano John Searle decía que las explicaciones reduccionistas de la mente dejaban sin explicar siempre algo, a saber, la mente.»

Tal y como explican en su libro, se ha pasado del racionalismo extremo de Kant a un cientificismo radical, que pretende definir al ser humano desde una concepción únicamente biológica. En este marco se insertan, por ejemplo, las obras del autor superventas Yuval Noah Harari, ¿cómo explican el actual éxito de la corriente cientificista?

>Entrevista a Alfredo Marcos

'El pensamiento griego, el derecho romano y la tradición religiosa judeocristiana ha dado lugar a las bases éticas de Occidente'

Enrique Chuvieco | 0 comentarios valoración: 2  27 votos

La gratitud de haber nacido

Costantino Esposito

La angustia de estos días de pandemia está sacando a la luz, con toda su evidencia, la trama nihilista que marca de arriba abajo nuestra forma en que nos concebimos, a nosotros mismos y la realidad. Pero por otro lado está mostrando de golpe, con evidencia similar, que el nihilismo quizás no esté a la altura de la crisis que estamos viviendo en este tiempo. Son justamente las preguntas que nacen de esta angustiosa emergencia las que muestran que la actitud nihilista de la vida y la cultura, la política y la sociedad, estalla desde dentro. El círculo se rompe y renacen los interrogantes. No renacen a base de análisis –este es el punto de inflexión cultural– pues es cierto que muchas veces la sobreabundancia de análisis corre el riesgo, paradójicamente, de acallar las preguntas más importantes e ignorar el punto decisivo de la situación. Porque la cuestión somos nosotros mismos y esos interrogantes renacen como la “forma propia” de nuestro estar en el mundo.

Da la impresión de que algo está cediendo, y nos descubrimos incapaces de sostener con las categorías habituales el grito de una realidad imprevisible. Un virus patógeno que no se deja aferrar sino que más bien nos aferra y nos “tiene” dramáticamente, dilatando la idea del contagio desde la infección hasta la suspensión generalizada de la normalidad de la vida. Pero lo que en el fondo sigue siendo imprevisible e incontrolable –aun con todas las debidas estrategias de contención– es nuestro existir. Este tiempo de pandemia no solo nos obliga a rendir cuentas con los nuevos y dramáticos problemas de nuestra existencia individual y social, sino a comprender –viviéndolo– que nuestra misma existencia “es” un problema radical que busca una respuesta adecuada. Es el problema de la felicidad, es decir, el interrogante sobre lo absurdo o sensato de nuestro estar en el mundo.

Lo que hoy parece distinto es que estas preguntas vuelvan a plantearse, aunque sea de manera confusa, como una tarea personal. Ya no podemos contentarnos con asumir el significado de nosotros mismos, de nuestro trabajo, de nuestras expectativas y proyectos, vestimenta o códigos ofrecidos por la gran maquinaria de la cultura dominante, que siempre tiene la pretensión –nada desinteresada por cierto– de decirnos quiénes somos y qué debemos desear y perseguir en la vida. Hoy estas preguntas vuelven a ser en primera instancia “nuestras”: son preguntas en primera persona.

Pero para comprender mejor lo que hay en juego partamos del contragolpe “metafísico” (si se puede llamar así) que está marcando a cada uno de nosotros. Como si de pronto tomáramos conciencia del mundo que, hasta hace pocas semanas, habitábamos casi de manera automática y nos diéramos cuenta de su presencia justo en el momento en que se vuelve cada vez más desierto y amenazador, como una escena teatral en la que hubieran desaparecido los actores, escondidos entre bastidores. Y vuelve esa idea molesta, la mayoría de las veces exorcizada por mil cosas que hacer: la idea de que estamos destinados a acabar. No es un simple ‘memento mori’, algo que conocemos demasiado bien. Tampoco se trata de una hipocondría depresiva debida a la restricción de nuestras actividades. Es mucho más. Es que se asoma la conciencia de nuestra finitud. Ahí es donde el nihilismo juega todas sus cartas, pero al final corre el riesgo de hallarse sin más cartas que repartir.

La gratitud de haber nacido

Costantino Esposito | 0 comentarios valoración: 2  23 votos

Reflexión

Pilar Rahola

La maravilla de esta revolución digital acelerada por el confinamiento... De golpe, ahí estamos, cinco supervivientes de la época del papiro pero felizmente metidos en nuestra cajita-pantalla, esperando el turno para hablar, porque esto de la videoconferencia no permite el pisoteo clásico de los debates apasionados. Y así, desde Milán a Barcelona, pasando por Madrid y Granada, mantenemos una intensa reflexión sobre lo humano y lo divino, animados por el culpable del encuentro, nuestro lúcido anfitrión Julián Carrón.

El motivo es la presentación, en YouTube, de su último libro, El despertar de lo humano, una profunda reflexión en formato de entrevista con Alberto Savorana. Y, como pasa siempre que nos enfrentamos a las reflexiones de este sacerdote, profesor universitario, estudioso del Nuevo Testamento y presidente de Comunión y Liberación, todos los participantes intentamos elevar el pensamiento para estar a su altura. Carrón es un magnífico agitador de ideas, pero no en el sentido provocador del término, sino en la dimensión ética y transformadora. Y así, siguiendo las huellas de su “despertar humano”, el escritor Jesús Montiel, el periodista Pedro Cuartango, la profesora de la Complutense Guadalupe Arbona y yo misma debatimos sobre los desconciertos y los miedos, pero también las esperanzas que nos ha provocado lo que Carrón llama este “tiempo vertiginoso”, en un viaje hacia los abismos interiores de la existencia.

De la intensa conversación, extraigo algunas ideas-fuerza para la reflexión colectiva. Por ejemplo, la convicción de Cuartango de que la explosión de humanidad que hemos vivido con el confinamiento, con toda esa cantidad ingente de personas que se han dejado la piel en ayudar a la población, médicos, enfermeros, científicos, personal de la limpieza, trabajadores de la alimentación, policías..., es la evidencia de la muerte del nihilismo. La nada ha sido devorada por un todo de miles de seres humanos entregados a la humanidad. Y, también, la idea del amor, que Jesús Montiel eleva a categoría de fuerza-motor, capaz de rescatarnos y protegernos. Hablamos del sentido de lo humano, de la recuperación de valores, de la razón, de la fe... Y aunque unos somos agnósticos y otros creyentes, todos acordamos que el Dios humano, ese que sufre y duele con los dolientes, es una presencia luminosa. Los creyentes la perciben y les acompaña. Los no creyentes, la percibimos en los creyentes que nos acompañan. Y en ambos mundos, se impone la voluntad de trascender por encima de nuestras miserias.

Reflexión

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Juan Pablo II, la grandeza de la normalidad

Antonio R. Rubio Plo

En la conmemoración del centenario del nacimiento de Juan Pablo II han aparecido varios libros interesantes sobre aquel gran pontífice, uno de los más destacados del siglo XX y que sigue siendo fuente de inspiración y meditación para muchos cristianos. Confieso como historiador que hay algo que no llevo bien al abordar la historia del papado. Me refiero al capítulo de las comparaciones, a la manía de algunas personas de destacar los rasgos de un pontificado y contraponerlos a otro, como si de polos opuestos se tratara. Esta mentalidad arroja a algunos papas al olvido o se fija solo en lo anecdótico, en cosas con menos importancia de las que se cree. No se debe caer en la tentación fácil de ideologizar el Magisterio pontificio. Según el papa Francisco, la ideología mata, asesina la vida y hace del Magisterio una pieza de museo. En consecuencia, el Vicario de Cristo no debe ser valorado exclusivamente por unos aspectos de sus enseñanzas, o de su carisma, porque la percepción resultante no se ajustará a la realidad. Por eso ha sido muy oportuna la publicación de ‘San Juan Pablo Magno’ (ed. Palabra), obra en su mayor parte del sacerdote, teólogo y escritor Luigi Maria Epicoco. Es además una entrevista al papa Francisco donde se recogen sus recuerdos y opiniones sobre Juan Pablo II.

La conclusión básica que se debe sacar de la lectura de este libro es que Francisco tiene siempre entre sus referencias al papa polaco. De hecho, en la homilía de la misa que el cardenal Bergoglio pronunció en su memoria en Buenos Aires el 4 de abril de 2005, lo calificó de Juan Pablo II, el coherente: “La coherencia se va elaborando en el corazón con la adoración, con la unción al servicio de los demás y con la rectitud de conducta”. No se trata de cualidades que uno pueda adquirir por sí mismo, no es un voluntarismo de empeñarse en llevar una vida recta. Eso estaría muy en línea con lo que hoy algunos llaman la “autorrealización”. Antes bien, Bergoglio conocía el secreto de Karol Wojtyla, un secreto bien sencillo y aconsejable para todos los cristianos: “Era coherente porque se dejó cincelar por la voluntad de Dios. Se dejó humillar por la voluntad de Dios”. Pero como bien dice el papa Francisco, la elección de Dios es misteriosa, elige el instrumento que Él quiere. Lo único que debe tener en cuenta el elegido es que ha sido elegido porque es amado. Toca a Dios escribir su historia.

Las cualidades de Juan Pablo II fueron importantes: capellán universitario, profesor de Filosofía, alpinista, esquiador, hombre de intensa oración… Pero quien tenía la última palabra era Dios. Y esto mismo podría aplicarse a Jorge Mario Bergoglio, con tareas y responsabilidades desde su juventud. Ambos tendrían que enfrentarse a situaciones inéditas con una mezcla de valor y temor al tiempo. De esa mezcla nace la virtud de la prudencia, la auténtica virtud del gobierno, tal y como señala Francisco en el libro. El valor acompañado del temor sirve para mantener una actitud humilde que permite avanzar con los pies bien pegados a la tierra.

Juan Pablo II, la grandeza de la normalidad

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Viajando por Tiempos recios, leyendo Latinoamérica

Lucas de Haro

A trompicones, por los numerosos incidentes e interrupciones de estos meses, he conseguido terminar Tiempos recios, la última novela de Vargas Llosa. No lograba entrar en ella durante los primeros capítulos; luego, la aparición de Trujillo y Johnny Abbes disparaba la sospecha de que me estaba leyendo una copia lejana de La Fiesta del Chivo.

Pero, según avanza el relato, algunos personajes te van conquistando, sus maltrechas historias –que no sepultan su inteligencia y astucia– transmiten simpatía y compasión; con menos dureza que en la novela sobre el dictador de Dominicana, son las mujeres y los mayores que recuerdan cuando fueron alguien los que mantiene el hilo de humanidad del relato. Un hilo que no fui capaz de identificar con claridad en todo el tiempo que entregué a las más de setecientas páginas de Conversación en la Catedral; me desilusionó la que los expertos catalogan como la obra maestra –o, al menos, una de ellas– de MVLL. Compré la novela en una librería de Lima y los días siguientes paseé por algunos de los escenarios que recorre Zavalita en aquel Perú de Odría, eso calentó la imaginería épica de mi lectura; pero, a pesar de hacerme camino a través de la enrevesada des-cronología narrativa y acabar encajando la majestuosa construcción de los personajes que los entendidos destacan de Conversación en la Catedral, no encontré el rescoldo de vida que se esconde tras el infame recuerdo de Urania Cabral y que estructura La Fiesta del Chivo o en el seductor carácter de Martita, Miss Guatemala, que guía al lector a través de Tiempos recios. Supongo que escribir estas ignominias sólo se las puede permitir un no-experto.

Viajando por Tiempos recios, leyendo Latinoamérica

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