Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
17 ENERO 2018
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La caja de Pandora del presidente Wilson

Antonio R. Rubio Plo

No es un centenario para celebrar en la América de Trump. El 8 de enero de 1918 el presidente Thomas Woodrow Wilson leyó ante el Congreso sus famosos catorce puntos para la paz y la organización de las relaciones internacionales con la vista puesta en el fin de la Primera Guerra Mundial. Cien mil soldados americanos murieron en las trincheras europeas y otros tanto fueron víctimas de la epidemia de gripe que barrió entonces el planeta. Hay quien piensa que EEUU debió de elegir otro método para convertirse en la primera potencia mundial. Inmiscuirse en los asuntos europeos contravenía el testamento de George Washington que había recomendado a sus compatriotas en 1796 justamente lo contrario. Un partidario de Trump, y que al mismo tiempo tuviera ciertas nociones de historia, nos recordaría que el demócrata Wilson llevó a su país a un gran error en política exterior: convertirse en apóstol de la democracia en el mundo. Fue la negación de America First, aunque los aislacionistas de la época de Roosevelt resultaron los verdaderos inventores de este eslogan, pero Wilson pensaba, sin duda, que EEUU ocuparía el primer lugar, en todos los sentidos, si asumía una activa participación en los asuntos mundiales.

Con Wilson primero, y más tarde con Roosevelt y Truman, surgió el concepto de EEUU como líder de Occidente o de lo que más tarde se daría en llamar mundo libre. Hoy en día es difícil, sin embargo, definir dicho mundo y más todavía designar a su líder. Tanto es así que algunos se preguntan si ese líder será Macron o Merkel. Más preocupante es que haya otros que afirmen que solo la Rusia de Putin encarna los auténticos valores de Occidente. Pero volvamos al centenario de un discurso del que salió la Sociedad de Naciones, la consagración del libre comercio internacional y la prohibición de la diplomacia secreta, aunque algunos condicionaron este límite a los tratados en su forma clásica y no a ningún otro tipo de acuerdo entre los gobiernos. Gran parte de los puntos abren la puerta al derecho de autodeterminación de los pueblos del Imperio austro-húngaro y otomanos, entre otros, además de reconocer la independencia de Polonia o garantías territoriales para los Estados balcánicos que lucharon en el bando de los aliados. Nada dicen, sin embargo, los puntos de la autodeterminación de Irlanda, que se habían sublevado contra los británicos en 1916.

La caja de Pandora del presidente Wilson

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>IGNACIO ZULOAGA

El último maestro de la gran escuela española de pintura

Elena Simón

La Fundación Mapfre avanza un paso más en su brillante trayectoria expositiva con la muestra “Zuloaga en el París de la Belle Époque (1889-1914)”, que cierra este domingo. En ella defiende la condición vanguardista, reconocida internacionalmente, de Zuloaga enfrentada al juicio negativo en su país, donde era considerado un divulgador vergonzoso de la España negra: estamos ante la “cuestión Zuloaga”.

La exposición trabaja cinco secciones: Sus años primeros en París. El círculo francés de amigos y maestros como Gauguin, Emile Bernard o Rodin. Zuloaga y sus retratos entre los famosos de este género en París. Su faceta coleccionista (El Greco, Zurbarán, Goya). La vuelta a las raíces y a los grandes maestros españoles.

Esta exposición se ha trazado el objetivo, y lo ha conseguido, de relanzar el prestigio de Zuloaga, europeo y vanguardista, gran viajero, quien vivió durante 25 años en París, al menos unos meses cada año, pues su alma inquieta le llevó a trabajar también permanentemente en Sevilla, Segovia o Zumaya, para retornar después cada año a su hogar francés en París, desde donde era proyectado con éxito hacia Europa y América.

Ignacio Zuloaga (1870-1945), natural de Eibar (Guipúzcoa), fue nieto del armero jefe de la Real Armería del Palacio Real de Madrid, e hijo de Plácido Zuloaga, el damasquinador más célebre de Europa. Se educó en Francia con los jesuitas y vivió envuelto en colecciones artísticas en su casa desde la cuna, y muy joven, con dieciséis años, decide romper los deseos de su padre, que anhelaba estudios de ingeniero para el chico, y dedicarse a la pintura. Solo su madre le apoya y le da a escondidas escasos dineros, por lo que tendrá que trabajar en lo que se tercie.

Tras copiar a los maestros del Prado, Velázquez, El Greco y Ribera, marcha con diecinueve años a una Roma decadente que le hace cambiar el rumbo hacia París, la meca del arte en aquel momento. Residirá en Montmartre, con Santiago Rusiñol entre otros, y formará parte del naciente grupo Simbolista, encabezado por Gauguin, a cuyas tertulias asistía, con Maurice Denis, Serusier, Toulouse Lautrec, etc. Se casó en París, con 29 años, con Valentine Dethomas, cartel de esta exposición, concebida en su figura romántica casi como El Caballero del Greco, en una pose realizada cuatro años antes de su compromiso. Era hermana de Maxime, amigo de Zuloaga y también pintor, quien había sugerido al pintor tomar a sus hermanas por modelos, gratuitamente, dado el escaso poder adquisitivo del artista. Valentine era hija de banqueros, de la alta burguesía parisina, lo que relacionó y promocionó a Ignacio entre las altas esfera de la ciudad.

Este gran retratista y paisajista, además de dramaturgo pictórico, retomaba a Velázquez, a Ribera, a Goya, y al Greco, al que redescubre, desempolvándolo ante la vanguardia europea y lo descubre a pintores como Modigliani, o Picasso, que se apasionó en su juventud por él.

>IGNACIO ZULOAGA

El último maestro de la gran escuela española de pintura

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Carta a Alessandro D'Avenia sobre el arte de ser frágiles

Antonio R. Rubio Plo

Estimado Alessandro: Me atrevo a escribirte porque tu libro me ha entusiasmado al leerlo en estas Navidades. Soy profesor como tú, en mi caso de historia, pero nunca he entendido el relato histórico como una sucesión de acontecimientos. Escribo a menudo sobre relaciones internacionales, si bien intento hacer más ensayo que crónica. Pienso que los hechos sirven para suscitar reflexiones y enseñanzas. Los hechos pueden ser didácticos aunque los protagonistas no estén dispuestos a cambiar sus actitudes y conductas en nombre de su libertad, reducida a una mera elección. Coincido también contigo en que más importante es la literatura que la mera historia de la literatura y, por cierto, la literatura es imprescindible para comprender la historia y la política.

En España han traducido tu libro como “El arte de la fragilidad”, pero me gusta más el original “L’arte di essere fragili”. Con todos mis respetos para los editores, el título me suena a un simple enunciado, un postulado impersonal. En cambio, la expresión italiana tiene más fuerza porque me parece mucho más personal y comprometida. Te confieso que quise leer tu libro para hacer una reseña, una entre las muchas que hago a lo largo del año, pero no es menos cierto que si había elegido tu libro, que por cierto nadie me recomendó, es porque intuía que me podía gustar e incluso entusiasmar. El interés y el entusiasmo han sido plenos no solo porque me he sentido identificado con algunas de tus experiencias como docente sino también porque tu libro es una invitación a la vida, al afán de saber en la búsqueda de la belleza y la verdad, al encuentro con los otros que es el descubrimiento de un nuevo mediterráneo en un mundo en que se nos predica que tenemos que ser autosuficientes.

En efecto, Alessandro, tienes razón cuando dices que vivimos en una época en la que solo tenemos derecho a vivir si somos perfectos. Ser perfecto, ser autosuficiente, no tener que depender de nadie. Entiendo que algunos lo sean y hasta que se lo crean, aunque si todos hacemos lo mismo, nos tomamos en serio el discurso oficial, lo único que conseguimos es un mundo de miradas desconfiadas, aislamiento, aburrimiento y desesperación. No llegaremos a esa sociedad feliz que surgirá espontáneamente cuando todos seamos autosuficientes. El paraíso posmoderno no tiene más lógica que el viejo paraíso del marxismo. A sus profetas les importa poco: cualquier defecto, debilidad o fragilidad parece estar prohibida. No la citas en tu libro, pero a mí me recuerda todo esto una paradoja del cristianismo, la que dice Pablo de cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Cor, 12,10).

Carta a Alessandro D'Avenia sobre el arte de ser frágiles

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>Entrevista a Clara Pastor, fundadora de la editorial Elba

'Parece que queremos destruir la belleza'

Fernando de Haro

La editorial Elba es uno de esos sellos independientes que han aparecido en el sector del libro en los últimos años y que crea adictos. Ha cautivado a no pocos lectores que son fieles a un catálogo en el que es difícil poner orden. www.paginasdigital.es conversa con su creadora, Clara Pastor. Una mujer formada en Estados Unidos, que después de trabajar en las grandes empresas del sector, decidió emprender una aventura por su cuenta.

Cuando uno repasa la colección de la editorial Elba se encuentra con cosas muy diferentes: artistas, pintores que escriben sobre sí mismos, reflexiones económicas, libros sobre viajes, ¿hay algún hilo conductor?

La desobediencia. Un día alguien me dijo: nunca hay que confundir tu biblioteca con tu editorial. Es un buen consejo, pero no lo sigo, confundo un poco mi biblioteca con mi editorial porque mi trabajo es artesanal. No soy empresaria. Cuando quieres empezar en un sector tan saturado como el editorial, lo inteligente es buscarte un filón para crearte una identidad. Los libros de viajes en sí no me interesan, pero sí la gente que viaja y escribe, como Cesare Brandi, fundador y director del Istituto di Restauro o Instituto para la restauración de monumentos, espléndido viajero y mejor escritor. Luego hay libros que tienen que ver con la crítica literaria, alguna que otra rareza como Sociedad Adquisitiva, que trata de economía pero que en realidad está dedicado a los valores. Es un catálogo que se va construyendo de una forma sensitiva e intuitiva. Son libros que normalmente dejo posar: no voy a las ferias de Frankfurt ni Londres, no tengo nada que hacer allí. Voy descubriendo libros –o me los descubren– y normalmente los leo. A no ser que sea una pasión a primera vista, que puede pasar, normalmente los dejo posar. Si me acuerdo de ellos los vuelvo a considerar. Tienen que ser libros que dejen un rastro, aunque suene esotérico. Los libros pueden ser casi sobre lo que sea, podría editar mañana un libro sobre búhos, que el otro día leí un artículo sobre búhos y tengo cien cosas en la cabeza sobre su relación con los humanos, la ecología… Esto tan disparatado es el hilo conductor: que me interese y que yo crea que puede aportar algo.

Te interesa la cuestión estética. ¿Te reconoces en una posición como la de Roger Scruton, digamos anti-68?

>Entrevista a Clara Pastor, fundadora de la editorial Elba

'Parece que queremos destruir la belleza'

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La editorial Elba es uno de esos sellos independientes que han aparecido en el sector del libro en los últimos años y que crea adictos. Ha cautivado a no pocos lectores que son fieles a un catálogo en el que es difícil poner orden. www.paginasdigital.es conversa con su creadora, Clara Pastor. Una mujer formada en Estados Unidos, que después de trabajar en las grandes empresas del sector, decidió emprender una aventura por su cuenta.

Carta a un joven musulmán

Antonio R. Rubio Plo

Omar Saif Ghobash, un diplomático de los Emiratos Árabes Unidos, ha escrito un libro, Carta a un joven musulmán, dirigido a su hijo, Saif, de diecisiete años. La obra es una invitación a la reflexión, y toda una respuesta llena de realismo y sentido común a los extremismos. Es además un testimonio vital del autor que no se explica sin dos factores decisivos: tener una madre rusa, de familia de sacerdotes ortodoxos, y haberse quedado sin padre a los siete años, cuando desempeñaba el cargo de ministro de asuntos exteriores de los Emiratos y fue tiroteado por un palestino, que ni siquiera le conocía y que seguramente ignoraba que su víctima había sido un gran defensor de la causa palestina.

Las contrariedades podían haber llevado a Saif Ghobash a un ensimismamiento que en otros desemboca en la radicalización, pero no fue así. No renunció a su afán de conocimiento de múltiples saberes, propios y ajenos a su cultura, tal y como demuestra su surtida biblioteca mencionada en una de las cartas del libro. Tampoco renunció a su fe islámica, si bien se negó a identificarla con las soflamas incendiarias de predicadores musulmanes que conoció en su adolescencia en Inglaterra. El sentido común le indicaba que algo no funciona cuando los fieles salen de la mezquita con ganas de desatar la cólera y la violencia. Saif Ghobash no podía entender cómo esos devotos musulmanes no se iban a casa con el orgullo y la satisfacción de haber profundizado en los valores de la propia fe. Por el contrario, el mensaje recibido estaba marcado por la búsqueda de un supuesto purismo, de un retorno a los orígenes, al tiempo de los guerreros y conquistadores de los siglos VII y VIII. En la predicación que escuchó a los quince años, Saif Ghobash apreció que la razón estaba completamente separada de la fe y más tarde podría comprobar el sentido negativo que tiene la palabra filosofía para una mayoría de musulmanes. Los extremistas atribuyen todos los males recaídos sobre el mundo islámico en la falta de fe y de piedad, pero el autor ve un mal bastante grave en el hecho de que un setenta por ciento de la población musulmana del planeta no sepa leer y escribir. El analfabetismo, o un conocimiento estrecho y limitado, no pueden traer nada bueno. Podríamos añadir, sin lugar a dudas, que son incompatibles con la libertad. El contraste es grande con otro islam de siglos pasados, el de 1258, fecha en que los mongoles arrasaron Bagdad destruyendo, entre otras cosas, su gran biblioteca hasta el punto de ennegrecer las aguas del Éufrates.

Carta a un joven musulmán

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Natura

Elena Simón

La pintora expresionista Constanza López Schlichting desnuda su alma en la muestra que presenta hasta mediados de noviembre en la galería madrileña Montsequi, quien ya llevara su obra el pasado año a ESTAMPA, XXIV Feria Nacional de Arte Contemporáneo, en el Matadero de Madrid.

La artista hispano-germana se pone en juego en esta exposición con una poética del paisaje que se recrea en sí misma. La vida y el drama transcurren en ella, acogidos por un silencio vivo, contemplativo: naturalezas de movimientos agitados y naturalezas trepidantes y desbordadas, en el viento, en los árboles, en el fondo marino; y las rocas firmes, que vomitan aguas aceleradas, que se desbocan. El mundo natural grita como la vida misma. Pero también, como en la misma vida, el alma se serena y sobre la tierra antes estéril surge una presencia cálida, rosácea al alba, y la vida resucita en flor de almendro, cantando colores en la campiña veraniega. Ya en el interior del salón, las flores, de intenso carmesí, saltan apasionadas –como el prendedor meninesco de la velazqueña infanta Margarita– dejando apenas ver el jarrón blanco inmaculado que las sujeta con firmeza, en el gran espacio puro y apenas sugerido.

Por la ventana veo el paisaje del jardín, esmaltado de luz en su enlosado que, cual mojadas vidrieras, la lluvia ha disuelto en tornasoles cromáticos. Me sobrecoge la mística del momento. Y las niñas en acción, en un instante irrepetible, potentes, escultóricas, envueltas en color, indiferentes en su disfrute de la naturaleza al mundo y su drama. Así veo el expresionismo de Constanza.

Inició su trayectoria en Berlín con Kaus Flussman, y la continuó por su amistad con el berlinés Achim Niemann, adoptando un lenguaje sencillo y concreto, con su quehacer enriquecido paso a paso por otros amigos y maestros, a veces bien diversos, como el realista y genial Antonio López.

Schlichting se inició con la mancha y el color por pasión, con los ojos puestos en la figura humana, tan propia de la Escuela Española de pintura, que conoce bien por sus estudios de Historia del Arte. Le sedujeron las ciudades bulliciosas y sus gentes como Milán o Madrid, maternidades y de manera especial el mundo infantil. Vieron su trayectoria en Alemania y en Italia, en España, Panamá y EEUU.

En los últimos años la creación de Constanza continúa por derroteros nuevos, paisajes, floreros dialogantes que arrojan el color de sus flores, litografías, collages, en un expresionismo casi abstracto, de íntima y creciente síntesis, con una búsqueda permanente y fiel, la de aquella Presencia que abraza su realidad, la realidad toda.

Natura

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El yihadismo y la ruptura del vínculo entre religión y cultura

Olivier Roy

Las formas de violencia a las que actualmente estamos asistiendo, es decir, la yihad global y el terrorismo, son nuevas en cuanto a su conceptualización, ideologización y estética, pero no en los términos que la describen. De hecho, yihad es un término tan antiguo como islam.

Sin embargo, aparte de los textos de ideólogos como Sayyid Qutb o Muhammad Abd al-Salam Faraj, el primero que intentó instituir una yihad global y globalizada fue Abdallah Azzam (1941-1989). Palestino con pasaporte jordano y profesor en Arabia Saudí, Azzam lanzó un llamamiento a principios de los años 80 invitando a los jóvenes musulmanes de todo el mundo a combatir en Afganistán contra los soviéticos.

Su teoría de la yihad contrasta con la tradición dominante de los juristas. Para él, la yihad, lejos de ser una obligación colectiva, es un deber individual. En otras palabras, el hecho de que haya militantes comprometidos con la yihad no significa que los demás musulmanes queden dispensados de ello. La yihad afecta a todos.

Una nueva noción de yihad

Azzam se distancia así del derecho islámico clásico, según el cual la yihad se limita a un momento y un espacio precisos y solo puede ser proclamada por las autoridades competentes, aparte del hecho de que un menor solo puede participar con autorización de sus padres.

Ciertos pensadores de la galaxia yihadista llegan incluso a declarar que una mujer no necesita autorización de su marido para unirse a la yihad, lo que sin duda supone una ruptura con la tradición musulmana. Azzam añade además que no es necesario que un musulmán esté interesado personalmente en el ataque enemigo. No tiene que esperar una amenaza sobre su territorio sino que tiende a defender a cualquier país musulmán que pueda estar en peligro.

Para Azzam, la yihad no es simplemente una guerra para defender un territorio musulmán sino una forma de ascetismo, una acción espiritual durante la cual el yihadista debe aprender ante todo a separarse de sus vínculos personales, de su familia, de su nación, de su etnia y tribu. Por tanto, la idea es formar un cuerpo de caballeros de la fe que pueda trasladarse a cualquier parte del mundo, unido a un espíritu corporal sin ningún vínculo social.

El proyecto de Azzam no es crear un estado islámico. Se lo dijo muy claramente a los voluntarios que partían hacia Afganistán, a los que ordena no interferir en la vida política afgana. Una vez ganada la guerra –añadió– los voluntarios dejarían el país e irían a luchar a otra parte. Por último, conviene subrayar que esta concepción de yihad no es de naturaleza terrorista. En los años 80, los yihadistas internacionales no atacaban a civiles soviéticos, aviones de línea, diplomáticos… Su yihad es puramente militar.

Abdallah Azzam fue asesinado en 1989 por un grupo de desconocidos y la organización que fundó fue entregada en manos de Osama Bin Laden, que introdujo el terrorismo como método de acción.

El yihadismo y la ruptura del vínculo entre religión y cultura

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La mujer que inspiró a Bergoglio

Massimo Borghesi

Entre los contactos del Bergoglio de esa época, hay uno que fue especialmente importante. Es el que mantuvo con una pensadora de primer nivel: Amelia Podetti Lezcano (1928-1979), profesora de Introducción a la Filosofía e Historia de la Filosofía Moderna de la Universidad del Salvador y la Universidad Nacional de La Plata. Bergoglio sentía una gran admiración por ella. Estudiosa de Husserl, sobre el cual había publicado un libro (“Husserl: esencias, historia, etnología”, Editorial Estudios, Buenos Aires, 1969), Podetti había estudiado en París bajo la dirección de Jean Wahl, Paul Ricoeur, Ferdinand Alquié y Henri Gouhier.

Cuando regresó a su patria su principal objetivo, frente a la hegemonía del cientificismo positivista y el marxismo, fue dar vida a un pensamiento fundado en la tradición cultural del país en una confrontación de alto nivel con la filosofía continental europea. En 1975 fue nombrada Directora Nacional de Cultura y creó el Premio “Consagración Nacional”. Es probablemente la pensadora más significativa de la Argentina en los años ’70 y ofreció un aporte intelectual fundamental a la causa nacional peronista, la “Tercera posición”, que no se identifica con el individualismo ni con el colectivismo. «La intelectual más influyente de Guardia de Hierro en la USAL (Universidad del Salvador, ndt) fue Amelia Podetti, a la que Bergoglio conoció en 1970 y que le presentó a pensadores nacionalistas de izquierda como Arturo Martín Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz. Ella enseñaba las ideas de ambos en la Universidad y, posteriormente, en el Colegio Máximo, al tiempo que editaba la publicación Hechos e Ideas, una revista política peronista que Bergoglio leía. Hasta su prematura muerte en 1979 formó parte del grupo de pensadores – entre los que se encontraba el filósofo uruguayo Alberto Methol Ferré – que veían la Iglesia como instancia clave para el surgimiento de una nueva conciencia continental latinoamericana, la “patria grande”, que ocuparía su lugar en el mundo moderno e influiría de manera importante en él. Aquella era la familia intelectual de Bergoglio: un nacionalismo católico que miraba hacia el pueblo, más que hacia el Estado, que lo hacía también más allá de Argentina, hacia toda América Latina, y que veía Medellín como el principio de un viaje que haría que el continente se convirtiera en un faro para la Iglesia y para el mundo» (A. Ivereigh, “El gran reformador”).

“Influyó en mí el pensamiento de Amelia Podetti, decana de Filosofía de la Universidad, especialista en Hegel, que falleció joven. De ella tomé la intuición de las “periferias”. Ella trabajaba mucho en eso. Uno de sus hermanos sigue publicando sus escritos y apuntes. Leyendo a Methol Ferré y a Podetti tomé algunas cosas de la dialéctica, en una forma antihegeliana, porque ella era especialista en Hegel pero no era hegeliana” (Papa Francisco, Grabación en audio del autor del 3 de enero de 2017).

Lo que le interesaba a Bergoglio era sobre todo el tema de la inculturación de la fe cristiana en América Latina, uno de los temas que había tratado Amelia Podetti.

La mujer que inspiró a Bergoglio

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Giorgo La Pira, el peregrino de la paz

Antonio R. Rubio Plo

El 5 de noviembre de 1977 fallecía en Florencia uno de sus alcaldes más extraordinarios, Giorgio La Pira, que también fue un acreditado catedrático de Derecho Romano. Su vida y su obra han sido alabadas por el papa Francisco y actualmente está en proceso de beatificación. Mucho antes de que se hablara de la cultura del encuentro, La Pira apostó por ella, por salir de sí mismo y de las luchas partidistas para ir al encuentro del otro, del que estaba distante porque militaba en otra formación política o porque era ajeno a su modelo cultural. Este político militante de la Democracia Cristiana se daba perfecta cuenta de que las victorias electorales, con o sin pactos añadidos, eran insuficientes para construir una sociedad cristiana. Salía así al paso de la extendida mentalidad de que había que esperar cambios única y exclusivamente desde el exterior. La Pira fue al encuentro del ser humano concreto. Entre 1952 y 1956 convocó en Florencia a alcaldes de diversas ciudades del mundo, por encima de las distinciones entre bloques o regímenes políticos. Si las administraciones locales debían de estar al servicio del ciudadano de a pie, de ellas debía de salir el impulso para la construcción de una red de ciudades al servicio de una causa universal: la de la paz amenazada en un tiempo de guerra fría en la que la destrucción del hombre y de su planeta se convertían en una no tan lejana posibilidad.

Giorgio La Pira fue el peregrino de la paz a Moscú, Pekín, Hanoi, El Cairo o Jerusalén, particularmente entre las décadas de 1950 y 1970. En este período se estaba pasando lentamente desde las tensiones y las crisis localizadas a la distensión, aunque esto no impedía que La Pira fuera visto como sospechoso de filocomunismo, o al menos de un idealismo ingenuo e inútil. Escribió casi un millar de cartas privadas a los papas Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI, en las que daba cuenta de sus gestiones. Muchas veces no obtuvo una respuesta explícita, ni tampoco él la esperaba porque tampoco quería comprometer a la Santa Sede, pero en privado los pontífices le animaron a seguir con su tarea. Como decía el cardenal Benelli, arzobispo de Florencia, en los funerales del ex alcalde florentino, al profesor La Pira solo se le puede entender desde la dimensión de la fe. En efecto, las cartas de La Pira, editadas en Italia por el historiador Andrea Riccardi, están llenas de pasajes bíblicos, en particular procedentes de Isaías, y en ellos se encuentra un fundamento de la auténtica paz universal. Sin embargo, el reino mesiánico, vislumbrado por La Pira, no era una empresa temporal. Antes bien, estaba convencido de que el mesianismo materialista no tenía ningún futuro. El marxismo ha sido la versión laica de las esperanzas contenidas en el Antiguo Testamento. No es extraño que los interlocutores soviéticos o chinos de La Pira se sintieran interpelados, según él mismo cuenta, con los pasajes de Isaías. Creían encontrar un cierto paralelismo con sus teorías políticas, pero el reino que ellos preconizaban era plenamente de este mundo.

Giorgo La Pira, el peregrino de la paz

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William Congdon. Ese punto de encuentro entre la carne y la tierra

Rodolfo Balzarotti

A finales de octubre se celebró en Grosseto (Italia) la “Semana de la Belleza”. En siete días se concentró una gran variedad de propuestas culturales, exposiciones, conciertos, mesas redondas y testimonios. Era la segunda edición y llevaba como lema “Los rostros de la esperanza”, que ha contado con el cardenal Angelo Scola, arzobispo emérito de Milán, invitado a dar una lectio magistralis sobre la esperanza y la belleza precisamente en Grosseto, la diócesis donde comenzó su ministerio episcopal en los primeros años 90.

En esta iniciativa también colaboró la Fundación William Congdon, con una exposición del gran maestro americano que todavía permanece abierta al público durante esta semana. Una selección de 28 obras que no siguen un orden cronológico sino que mezclan pinturas de épocas muy distantes entre sí y que ponen el foco en dos figuras centrales de la producción de este artista: la carne y la tierra. La carne es la de Cristo crucificado, del que se presenta una decena de versiones, todas realizadas en los años 70; la tierra es la Bassa milanesa, sujeto casi exclusivo de la última etapa en la vida de Congdon, entre 1979 y 1998, año de su muerte.

En efecto, la vocación divina de la tierra y la corporeidad –caro cardo salutis– atraviesa como un hilo rojo todo el itinerario artístico de William Congdon. Partiendo de sus vistas urbanas y monumentales de los años 50 hasta su última etapa, renovada por la luz y el color redescubiertos en los escombros, y en los campos de arroz, cebada, grano y maíz de la Bassa lombarda.

En medio, una singular y sorprendente meditación pintada sobre el cuerpo de Cristo crucificado, donde cruz y cuerpo nunca se distinguen y donde ambos están en pleno proceso de consumación, que es también consumación del cosmos, de la naturaleza, del paisaje, de nuestra propia forma de ver y mirar.

Si bien es cierto que en los resultados extremos la imagen canónica del Cristo crucificado ya no es reconocible, eso no se debe a una búsqueda exasperada de novedad u originalidad, sino más bien a una profunda identificación, hasta sentir la contemporaneidad con la Pasión de Cristo, ya no simplemente representada sino testimoniada en el cuerpo mismo de la pintura.

Un proceso análogo de identificación se puede ver en las obras dedicadas a la Bassa milanesa, donde Congdon descubrió una fecundidad insospechada siguiendo el ritmo del tiempo atmosférico, las estaciones y cultivos. La tierra, en su constante diálogo con el cielo, siempre la vio también como “cuerpo”, como dilatación de la pasión de Cristo. Las estaciones del Via Crucis siempre aparecen vinculadas a las estaciones de la tierra.

En las ordenadas partituras de color del último Congdon, la cruz revela en todo caso su doble valor. Por una parte, símbolo cósmico, del cosmos como “coordenada”, donde se cruzan los dos ejes, vertical y horizontal, del panel. Pero por otra parte sigue siendo el marco de la irreducible singularidad cristiana: el cuerpo del Crucificado.

William Congdon. Ese punto de encuentro entre la carne y la tierra

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La sorprendente fascinación de un bandido

Giuseppe Frangi

Estos días me toca acompañan a menudo a gente que quiere visitar la exposición de Caravaggio en el palacio real de Milán. Una muestra que está siempre abarrotada, pues presenta veinte obras cuya atribución nadie pone en duda, y eso ya es noticia porque a menudo las exposiciones sobre Caravaggio se convierten en un pretexto para insertar en el catálogo obras muy dudosas por interés de sus propietarios.

En 1951 Milán albergó la exposición más importante de la historia sobre Caravaggio. Una exposición mítica, que supuso una novedad extraordinaria desde el punto de vista científico y que contó con un éxito de público nunca superado. Caravaggio hablaba entonces de un mundo aún familiar y bien conocido porque aquellos que hacían fila para admirar sus obras. Hoy el mundo ha cambiado profundamente y la mayoría de los sujetos representados por ese gran artista resultan “oscuros”, aunque su capacidad para atraer y conquistar al público permanece intacta.

Por ser más concretos, ver en 2017 a miles de personas con brillo en los ojos, que no pueden ocultar una conmovida admiración ante un cuadro como la Virgen de los Peregrinos, procedente de la iglesia romana de San Agustín, es algo que llama poderosamente la atención. No basta explicar esta atracción afirmando que obras como estas son de una belleza que irrumpe con evidencia. No basta, porque la belleza no es una categoría que se pueda abstraer del contenido representado ni de la experiencia de quien la hace entrar en una relación profunda y misteriosa con ese contenido. La belleza, para ser tal, siempre se “encarna” en una experiencia. La de Caravaggio, por ejemplo, era la experiencia de un hombre ciertamente al límite, no solo por su temperamento sino también por la dramática inquietud, a veces subversiva, que le invadía. Su historia nos muestra que la belleza nunca es fruto de mecanismos automáticos sino el resultado de una contaminación imprevista de diversos factores y a veces hasta incompatibles sobre el papel. En el caso de Caravaggio, puede suceder que una naturaleza bandida y un temperamento a veces ferozmente antagónico como el suyo desemboquen, por caminos totalmente misteriosos, en obras de una religiosidad intensa, profunda, viva. En el cuadro citado, es una religiosidad impregnada por el espíritu del oratorio de san Felipe Neri.

La belleza es, por tanto, fruto de esta combinación imprevista. Si un público tan vasto e indiferenciado se ve conquistado hoy por la belleza de estas obras, es precisamente porque percibe que esa belleza sigue siendo un proceso en acto: en acto ante los ojos y el corazón de quien los mira. Roberto Longhi, gran historiador de arte del siglo XX, cuando presentó aquella muestra milanesa en 1951, de la que era comisario, afirmaba que la fuerza de Caravaggio es la de saber llevarlo todo al “hoy”, y para subrayar la centralidad de este concepto escribió en cursiva la palabra “hoy”. La belleza de Caravaggio es una estupenda y sorprendente reliquia de un pasado. Es un hecho que sigue tocando el corazón en el presente. Incluso en un presente aparentemente tan lejano como el nuestro.

La sorprendente fascinación de un bandido

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En nombre de la verdad, opciones ideológicas (teóricamente) contrarias al relativismo

Massimo Borghesi

www.paginasdigital.es publica un adelanto del libro de Massimo Borghesi, Jorge Mario Bergoglio, una Biografia Intellettuale, dedicado al pensamiento de Francisco.

En el arco de tiempo que va de finales de los años 90 a los primeros años 2000, Bergoglio pone el foco en las categorías que encontraremos en el centro del documento final del gran congreso de la Iglesia latinoamericana en Aparecida en el año 2007. La idea de fondo nace de una fórmula que Bergoglio halla ejemplarmente descrita en la Deus caritas est de Benedicto XVI: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. Es la fórmula citada en la introducción del documento conclusivo de Aparecida y tiene un sabor decididamente “giussaniano”. El hecho de estar presente en Benedicto XVI y luego citada por Francisco en la Evangelii gaudium le confiere un valor especial. Indica el punto inicial de la fe, ayer igual que hoy, y al mismo tiempo supone un juicio histórico sobre la deriva “ética” que caracteriza al catolicismo de la era de la globalización. Una vez terminada la época candente del compromiso histórico de izquierdas, típico de los años ’70, marcados por las teologías políticas, la revolución, la esperanza, etcétera, asistimos desde los años ’80 a una suerte de reflujo, de encerramiento en un recinto protegido. El compromiso en el mundo se confía a la defensa de un conjunto, definido y seleccionado, de valores descendentes de la ética y de la antropología cristiana amenazados por la onda relativista que caracteriza a los nuevos tiempos. Paralelamente, decae la atención por la cuestión social y se atenúa considerablemente la percepción de una Iglesia misionera, proyectada, más allá de sus propios confines, hacia la dimensión del “encuentro”.

El proceso de secularización determina, en el mundo cristiano, una reacción ética. Con ella, la idea de Methol Ferré, compartida por Bergoglio, del testimonio cristiano vivido como respuesta adecuada al ateísmo libertino empieza a perderse. La Iglesia se opone pero no es capaz, positivamente, de ponerse, de afirmar una tipología humana en la que el “atractivo de Jesús” sea más fuerte que el atractivo estético de una sociedad opulenta. La deriva ética de la Iglesia indica una estrategia de resistencia, no una era de renacimiento. Esta tendencia ética, por la cual el encuentro cristiano pasa a un segundo plano, permite aclarar la corrección que propone Francisco en la Evangelii gaudium. Se trata de volver a poner en evidencia lo que primerea: la gracia de un anuncio transmitido por un testimonio humanamente creíble.

En nombre de la verdad, opciones ideológicas (teóricamente) contrarias al relativismo

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Xi Jinping y la revolución de 1917

Antonio R. Rubio Plo

En un reciente artículo del diario Indian Express se señalaba que Xi Jinping, líder del Partido Comunista Chino (PCCh), ha enterrado el espíritu revolucionario de 1917. Y si la revolución rusa no es conmemorada por todo lo alto en la Rusia de Putin, aunque tampoco se oculte el centenario del hecho, menos habría de serlo en la China actual, pese a que Xi Jinping se proclame heredero de Marx, Lenin y Mao.

No puedo estar de acuerdo con esta opinión porque es un enfoque que mira a la revolución rusa desde los estrechos límites de la ideología. Si un régimen se adapta a los postulados clásicos del marxismo-leninismo, es fiel a la revolución. En caso contrario, no lo es. La principal objeción al régimen chino viene del lado de la economía. Su socialismo de mercado, o su capitalismo de Estado, sería la negación de unos dogmas económicos que apuestan por el colectivismo y rechazan la propiedad privada de los medios de producción. Pero otra objeción al PCCh es que no parece tener deseos de exportar su sistema político-económico al resto del mundo, algo que el maoísmo sí pretendía hacer.

Pese a todo, cualquier mínimo conocedor de los hechos históricos puede llegar a la conclusión de que sin la revolución de 1917 no hubieran sido posibles los actuales regímenes ruso y chino. En el caso de Rusia, la revolución puso fin a un sistema frágil en todos los aspectos, el de los zares, y convirtió al país, ahora bajo las siglas de la URSS, en una potencia global como nunca lo fue en su historia anterior. En consecuencia, la URSS no puede ser vista en la Rusia de Putin como una herencia negativa y vergonzante, tal y como pueda serlo el pasado comunista en países de Europa central y oriental. El comunismo sirvió para superar el estatus de potencia regional, al que Rusia volvió en la posguerra fría.

Xi Jinping y la revolución de 1917

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>Entrevista a Adolf Tobeña

'El progreso racional se acumula poco'

Fernando de Haro

Adolf Tobeña es catedrático de la facultad de Medicina en la Universidad Autónoma de Barcelona y ha escrito “La pasión secesionista” (ED Libros).

En el preludio de su libro, dice que su trabajo está dedicado a bucear “en vectores de la psicobiología del gregarismo, el etnocentrismo y la xenofobia como resortes del nacionalismo de base identitaria que se presentan como modernos”. ¿Todo esto es el secesionismo?

Eso y más. Pero puede brotar en cualquier lado.

Ha brotado en Cataluña.

Ha brotado en la mitad de los catalanes. Eso es importante. Por más buenos, espléndidos que hayan sido los movimientos de agitación y activismo que han puesto en marcha un movimiento de masas sensacional, solo ha captado como máximo a la mitad de los catalanes.

¿Y por qué la mitad de los catalanes se han visto afectados por estos fenómenos de gregarismo, etnocentrismo, xenofobia, nacionalismo que son engañosamente modernos? ¿Qué ha ocurrido?

Que la gente que lo ha montado ha sido fantástica, han sido unos profesionales de primerísimo nivel. Tanto los responsables del diseño de eslóganes, de la construcción de relato, de los movimientos de masa, de las procesiones que han ido montando en la calle a lo largo de los años, ha sido gente de un nivel fantástico, los mejores publicistas, la mejor gente de marketing, los mejores periodistas, los mejores comunicadores han estado detrás, los mejores diseñadores. Y como la influencia se ha ejercido sobre las clases medias, acomodadas, ilustradas y cosmopolitas que son la mayor parte de los secesionistas, es la gente rica, ilustrada, inteligente y ciudadana del mundo la que es secesionista en Cataluña, y son más bien los trabajadores y las capas marginadas y el conjunto de la emigración reciente y lejana los que no son secesionistas. Es decir, esto se ha producido porque los que lo han montado han sido muy buenos. Hablo de los que lo han montado en términos de convencimiento y de persuasión, no de los políticos.

Pero entonces, un hombre o mujer del siglo XXI, cosmopolita, de clase acomodada, etc, heredero de toda una tradición de racionalidad y de capacidad crítica…

Los siglos no cambian muchas cosas en esto. Este es otro error monumental.

¿El progreso no se acumula?

El progreso técnico sí, afortunadamente. Pero el progreso racional y moral, poco, muy poco.

Entonces estamos a merced de ese gregarismo, etnocentrismo y xenofobia aunque seamos ricos…

Sí. Y lo están todos los pueblos. También el resto de españoles lo está. En cada momento, en determinadas circunstancias y en determinadas sociedades, hay elementos para que si unos cuantos espabilados aprovechan esto se ponga en marcha.

¿Y no tiene algo que ver la globalización?

Nada, cero. Eso son pseudoexplicaciones. Cero.

¿Es la misma pasión del nacionalismo de comienzos del XX que llevaba a los chavales como locos a alistarse al ejército en la Primera Guerra Mundial?

Por ejemplo. En realidad hubo euforia en Europa. Los líderes, cuando lo pusieron en marcha y tuvieron sus dudas, tanto los alemanes como los franceses, como los italianos o austríacos o los húngaros, se quedaron perplejos de que después de 40 años de prosperidad y crecimiento urbano sensacional…

…se suicidaran de esta manera.

Exacto. Pero es que iban…

…como a una fiesta.

Exacto. Está retratado por los hermanos Lumiére en crónicas cinematográficas.

Y acababan en la trinchera.

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'El progreso racional se acumula poco'

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Aclaraciones sobre el origen del catalanismo

L. Seguí

Las obras de referencia del nacionalismo catalán son la Torras i Bages, la de Almirall y la de Prat de la Riba, aunque la primera tiene un sentido antagónico al de las otras dos. El núcleo del debate histórico en torno al catalanismo es si se trata de algo intrínseco al pueblo catalán o si, por el contrario, se debe al influjo “externo” sobre Cataluña y en qué medida.

Mientras que Prat de la Riba busca en la tradición catalana el origen que justifique el nacionalismo propio del resurgir cultural y político que supuso la Renaixença, Almirall en cambio apunta a la influencia que ejercieron las ideas revolucionarias y liberales.

El profesor Canals señala que el historiador Rovira i Virgili mantiene las tesis de Almirall, pero añade con inteligencia que “el entronque entre la influencia francesa y el movimiento catalanista no es directo –ya que la versión española del ideal revolucionario y jacobino condujo a la unidad legislativa y a la centralización estatal– sino indirecto, a través del movimiento romántico”. Pero advierte su complejidad, pues aunque por una parte el romanticismo catalán “se centró en la corriente tradicional e histórica, medievalista y cristiana”, por otra parte pertenece a la “España nueva” a la que Cataluña –por desgracia– se anticipó: la liberal europeizante.

Canals encuentra la clave interpretativa en las tesis del P. Casanovas S.I., que se separa de la interpretación del siglo XVIII como siglo meramente de muerte cultural para Cataluña (Decreto de Nueva Planta y Universidad de Cervera, supresión de los Estudios Generales catalanes, etc), y sostiene que el siglo de muerte fue el XVII y no el XVIII, que es el nexo con la Renaixença –en contra de las tesis que señalan a la Edad Media–, y que fueron precisamente los rasgos burgueses de esa cultura del XVIII los que constituyeron “el mayor esfuerzo por integrarse en la Ilustración europea”.

Por mediación del romanticismo “el resentimiento tópico ante lo borbónico y lo estatal pudo impulsar, oculta bajo la cortina de humo de aquellas confusiones, la real entrega a corrientes opuestas a la verdadera tradición catalana. El progresivo aburguesamiento y el uniformismo barcelonés de las últimas décadas del catalanismo, vino a injertar a la descendencia de los antiguos ‘vigatans’ en un tronco que, por la Renaixença y el Romanticismo, recibía precisamente, transformado por la cultura burguesa del siglo XVIII, el contenido del artificial humanismo ‘botifler’” –es decir, afrancesado y revolucionario.

Aclaraciones sobre el origen del catalanismo

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>Entrevista a Francesco Mercadante

'Nadie cree ya en los principios de la Revolución Francesa, ¿qué será de la democracia?'

Antonio Gnoli

Es uno de los máximos exponentes del pensamiento jurídico de inspiración católica. En su carrera como jurista y profesor universitario, además de la filosofía del derecho se ha dedicado también a la política, la teorética, el arte y la literatura.

Durante los últimos años me he preguntado varias veces qué habría sido de Francesco Mercadante, un hombre irónico, apartado, de escritura detallada y vasta erudición. Recuerdo su gran papel en la editorial Giuffrè, especializada en textos jurídicos, y uno de sus mejores libros, sobre el comentario de Leo Strauss sobre la Tiranía de Jenofonte, así como un volumen dedicado a los años setenta donde anticipaba las incursiones actuales en la democracia plebiscitaria, o un amplio y extraño libro con hechos y testimonios del terremoto de Messina. Recordando a este hombre tan versátil, fornido con un espíritu propio del XVII, discípulo indirecto de Giuseppe Capograssi, uno de los grandes juristas italianos del siglo XX, pensaba en las dunas de arena que cambian de forma por el soplo del viento pero siempre siguen siendo iguales. No cambian en la profundidad de su esencia.

Hace poco lo volví a ver. Se dirigía a las puertas de un palacio romano. De andares cautos, con paso todavía fuerte, figura baja y taurina, inconfundible a pesar del tiempo transcurrido. Sí, siempre él, a pesar de todo. “¿Cómo está, profesor?”, grité. Sorprendido, se giró. “Bien”, respondió, “cuidándome”. Era un estar bien sin lamentos, con el equilibrio nervioso de esas personas que piensan mucho y duermen poco. Me invitó a subir. Una semana después, volví a verle. Nos habíamos quedado en una frase.

Esa frase de Montesquieu refiriéndose a Dios: uno de nosotros es demasiado. No sé si la pronunció como un reconocimiento o como una advertencia.

Yo percibo la dificultad que tenemos cada vez que pensamos o nos medimos con lo absoluto. Aquel príncipe de los moderados exaltaba lo moderno con la cautela del jurista talentoso. A veces los viejos somos increíbles. Estaba releyendo “Los dioses tienen sed” de Anatole France, y pensaba que en esas páginas, no especialmente inspiradas, sobre la Revolución Francesa había algo que nos debía interpelar.

¿Qué era?

Diría que una fecha, 1789, el nacimiento de los principios inmortales. La verdad es que ya no se cree en ninguno. Así que la cuestión es cómo salvar a la democracia que se inspiraba en esos principios. A lo largo de estos dos siglos hemos logrado más libertad y más igualdad, pero los cambios del progresismo que se ha apoyado en estos valores resulta hoy innegable.

El siglo XX alternó progreso con dictadura.

Cada vez estoy más convencido de que las dictaduras del siglo pasado no han hecho más que copiarse unas a otras, rozando el delito de plagio. Los hombrecillos que se han convertido en dictadores son meras estampas que han secundado el cliché del crecimiento, con el aplauso entusiasmado de las multitudes, para luego caer cada vez más en la furia colectiva, hasta la más negra oscuridad. En ese antro de desolación psíquica que Salvatore Satta relató de manera incomparable en “De profundis”, se puede formular esta pregunta nada peregrina: ¿por qué los italianos aceptaron el fascismo?”.

Tal vez por una mezcla de seducción y espejismo.

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'Nadie cree ya en los principios de la Revolución Francesa, ¿qué será de la democracia?'

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Leyendo a Josep Pla: los excesos del romanticismo

Antonio R. Rubio Plo

No sé si en la Cataluña actual, o en la que aspiran a construir los independentistas, se seguirá leyendo a Josep Pla, pero mi respuesta tiene que ser negativa porque no es un escritor cómodo para quienes supeditan su existencia a una política en que la racionalidad brilla por su ausencia. A estos les resulta fácil tacharlo de conservador, cuando en realidad el escritor ampurdanés huyó de todo encasillamiento, incluso literario. El sentido del humor, que en Pla llega a ser socarronería, se da de bruces con formalismos postizos y engolados, bien sean de la política o de la cultura. ¿Qué habría pensado de los acontecimientos de la Cataluña de hoy?

Hombre de experiencias vitales y literarias, Josep Pla no habría necesitado de la formación de un jurista o de un politólogo para dar su punto de vista sobre la situación en su tierra catalana. Nos basta con releer algunos párrafos que escribió sobre el romanticismo, y que resultarían incómodos hoy en día, pues parecen escritos por alguien que no aprueba que el sentimiento sea elevado a la categoría de la religión: “El temperamento romántico implica dar más importancia al sentimiento que a la inteligencia, al instinto que a la prudencia. El romanticismo vive en un mundo hecho a su medida… El romántico, ciudadano de un mundo que no existe, tiene, en el mundo en que vive, un disgusto diario porque las cosas difícilmente se adaptan a sus deseos”. Basta con sustituir romanticismo por nacionalismo, sea del signo que sea, para comprender la clave de muchas cosas que están pasando. Y se llega además a una serie de conclusiones: el romanticismo, en todo lo que tiene de fantasía y de exaltación desorbitada de la imaginación, es forzosamente un movimiento antiintelectual, pone entre paréntesis a la razón y se deja llevar por el sentimiento hasta extremos irracionales. Eso no le podía gustar a Pla, que no creía ni en los porvenires gloriosos ni en esa insensata vulgaridad, atribuida a Stalin o a su apologista, el periodista Walter Duranty, de que para hacer una tortilla hay que romper necesariamente los huevos. No podía creer, ni muchos menos, en que las perturbados de hoy serán los prudentes gobernantes del mañana. No podía creer en los males necesarios que hay que padecer estoicamente, casi con los ojos vendados, para acomodarse en un futuro paraíso.

Pla identifica el romanticismo con la juvenil carencia de concreción. Hay que coincidir con el escritor en que el romanticismo se mueve a gusto en la inconcreción, y no estaría satisfecho si contemplara algún tipo de planificación del porvenir. Sería como matar la imaginación en la que se mueve. Concretar le resulta violento, pues es como si le privaran de su libertad. Con buen sentido, Josep Pla se pregunta qué puede construirse sobre la vaguedad. Se diría que ese romanticismo ha perdido deliberadamente la brújula y no desea recuperarla.

Leyendo a Josep Pla: los excesos del romanticismo

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>Entrevista a Massimo Borghesi

'En Cataluña han encontrado una nueva religión'

Juan Carlos Hernández y Fernando de Haro

Vivimos una época de caída de las evidencias, también de aquellas evidencias que fundamentaron la democracia. Lo vemos en el auge de los populismos pero, ¿podría ser un ejemplo de esto el movimiento independentista en Cataluña?

El movimiento independentista catalán tiene un origen antiguo. Sus premisas están al comienzo de la era moderna cuando, con el descubrimiento de América, Cataluña tuvo que sufrir las dificultades económicas debidas al desplazamiento del comercio hacia las Américas, de cuyas rutas Cataluña quedaba excluida en favor de Castilla, y con la reducción de su margen de maniobras mercantiles en la cuenca mediterránea, a causa de la expansión otomana. En este contexto es donde maduran los sentimientos anticastellanos y separatistas que llevarán a la decisión política de apoyar a Francia contra Felipe IV. Si bien estas son las premisas más lejanas, hay que decir que el fenómeno del independentismo se ha radicalizado en los últimos diez años, paralelamente al estallido de la crisis económica interna en España y también internacional. La crisis económica funciona como detonador de antiguas rivalidades. El populismo catalán es distinto del italiano, alemán, austriaco, inglés. No tiene nada que ver con los fenómenos de la inmigración, la presencia musulmana, etc. El populismo catalán es un populismo nacional o, mejor dicho, nacionalista. Presenta analogías con el vasco y escocés. Los independentistas piden ser considerados como una auténtica nación. Por eso, en marzo de 2006, adoptaron una nueva versión del Estatuto catalán con la aprobación del entonces presidente José Luis Rodríguez Zapatero, donde se reforzaba a la comunidad autónoma. En el texto se definía a Cataluña como una “nación” dentro del Estado español y se establecía además “el derecho y el deber” de los ciudadanos catalanes de conocer y hablar el catalán y el castellano. Pero en julio de ese mismo año, el Partido Popular de Mariano Rajoy, por aquel entonces en la oposición, presentó un recurso ante el Tribunal Constitucional que, cuatro años después, en junio de 2010, anuló una parte del estatuto catalán, la que establecía la referencia a Cataluña como “nación”, porque no tenía “ningún valor jurídico”. El motivo de la anulación de una parte del estatuto está en el hecho de que la Constitución postfranquista de 1978, que convirtió al país en una monarquía parlamentaria, “no reconoce más que la nación española” y está pensada para una España “indisoluble”. Los principios sancionados constitucionalmente son por tanto superiores a cualquier decisión tomada en un parlamento autónomo.

En el origen del catalanismo está sin duda la obra del obispo Torras i Bages, que a finales del siglo XIX ve en el desarrollo de la identidad regional o nacional de Cataluña un modo de detener la secularización. Ese intento está reflejado en su famosa frase “Cataluña será cristiana o no será”. En la historia ha habido otras operaciones similares. ¿Qué consecuencias tiene una opción de este tipo?

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'En Cataluña han encontrado una nueva religión'

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El dios cruel de la historia y el elogio de la palabra

Antonio R. Rubio Plo

En una de tantas tertulias políticas de los medios de comunicación, uno de los participantes señalaba que al abordar la cuestión catalana, el gobierno de España conocía muy bien las leyes a aplicar, pero que no había leído libros de historia. Si los hubiera leído, no habrían pasado los acontecimientos del 1 de octubre.

No estoy de acuerdo con esta afirmación. Es indudable que las leyes tienen sus limitaciones y no se puede abordarlas desde una mentalidad cartesiana. De hecho, la equidad estaba presente en la obra de los grandes jurisconsultos romanos, que daban cabida a la ponderación. Pero dejarlo todo en las manos de la Historia, con mayúsculas a la manera hegeliana, es dejarlo en manos de un dios ciego y cruel que, inexorablemente, exige sacrificios humanos, sean éstos incruentos o no. La Historia nos arroja en brazos del determinismo y suele darse de bruces con la libertad humana. La Historia nos puede brindar excelentes ejemplos de la fuerza y la nobleza del ser humano, pero si nos entregamos a ella en cuerpo y alma, e incluso la revestimos del manto de los derechos colectivos, que no son los de las personas concretas, es un dios cruel que se volverá contra nosotros. La Historia es la gran cómplice de determinadas ideologías, las encabezadas por líderes políticos que solían repetir aquello de que la Historia les absolvería. Desde luego no esperaban el juicio divino, dadas sus creencias, pero lo que es peor: tampoco esperaban el juicio inmediato, o en el mejor de los casos la opinión, de los que vivían junto a ellos. No eran Luis XIV para repetir aquello de “el Estado soy yo”, si es que realmente el monarca francés lo dijo porque no tenía ninguna necesidad de decirlo. Sin embargo, tampoco se atrevieron a decir “la Historia soy yo”. Pero está claro que lo pensaban, y quien piensa que él es la Historia, no está lejos de afirmar, simplemente con los meros hechos, que el Estado o el Partido también es él. Ese líder político cae inevitablemente en el determinismo, pero es un determinismo encarnado en él mismo. Y en el fondo no hay ningún líder que se deje llevar por el supuesto determinismo de su ideología. Llegado el caso, suele adaptarse a las circunstancias cambiantes del entorno. Siempre hay un cierto fanatismo que es perfectamente compatible con el relativismo.

Un intermedio de reflexión desde la cartelera de espectáculos. “La forza del destino” de Verdi inauguró la temporada 2012-2013 en el Liceo de Barcelona, después de dieciséis años de ausencia, pero los programadores habrían estado muy acertados si la hubiesen incluido al principio de la actual temporada, si bien han previsto, del 9 al 28 de marzo de 2018, la ópera “Andrea Chenier” de Umberto Giordano, recreación de la trágica historia de un poeta en la Revolución Francesa, víctima él también de los delirios de un gobernante que se creía encarnación de la Historia y de la Virtud, esta última en el sentido maquiavélico del término.

El dios cruel de la historia y el elogio de la palabra

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¿Qué (nos) pasa con el islam?

Miriam Díez Bosch

Samir Khalil Samir es un experto en islam. El periodista Fernando de Haro le ha entrevistado en un libro-entrevista editado por Encuentro. Ambos ahondan en el islam del siglo XXI, y advierten que el islam es plural y está demasiado estereotipado. “No podemos seguir viendo al otro como algo negativo. No es serio que sigamos así”, nos responde.

¿Qué pasa con el islam?

Pasan muchas cosas. ¿Qué nos pasa a nosotros con el islam? ¿Y qué le pasa al islam? Podríamos empezar por ahí. A nosotros nos sobra ignorancia y nos sobran interpretaciones ideológicas sobre el islam, nos sobran leyendas rosas y leyendas negras.

Creemos que el mundo del islam es un mundo compacto y uniforme, cuando es un mundo muy complejo.

De hecho habría que hablar de muchas formas de islam: del islam del pueblo, realmente religioso; del que ha sido instrumentalizado por proyectos políticos y de poder, o sea del islamismo; del chiismo; del sunismo, de las corrientes wahabitas dentro del chiismo que se extiende por el mundo gracias al dinero de Arabia Saudí, de corrientes que rechazan la crítica textual del Corán y que suelen ser poco claras con la cuestión de la violencia; del sunismo de Al Azhar, la gran mezquita del Cairo, que se abre a la libertad religiosa y al concepto de ciudadanía; del sunismo reformista que distingue comunidad religiosa y política; del islam europeo que se enfrenta con los retos de la modernidad…

Estamos hablando de un universo lleno de galaxias muy diferentes entre sí. Y a menudo nos pasa que reducimos esa gran complejidad a cuatro eslóganes o a una interpretación simplista.

Dentro del universo islámico se está viviendo una época de turbulencias muy semejante a la que se vivió en Europa en la I Guerra Mundial. Turbulencias culturales, religiosas, geoestratégicas.

El islam se encuentra ante el reto que la globalización plantea a cualquier forma de pertenencia. En muchos sitios las antiguas identidades están sufriendo una crisis severa. Los padres han perdido la capacidad de transferir sus creencias a los hijos y aparecen “identidades de sustitución”.

Los estamos viendo en Europa con los yihadistas que atentan. Ya no pertenecían a la comunidad islámica, se dedicaban a la droga y a internet. Y el Estado Islámico, que ni es Estado ni es Islámico, les ha ofrecido una identidad nueva, violenta, nihilista que toma como pretexto algunos pasajes del Corán. El islam se encuentra con el reto de hacer frente a esta forma de nihilismo que dice actuar en su nombre.

También hay intereses menos identitarios y más territoriales.

Sí, el reto tiene mucho que ver con las disputas territoriales. Arabia Saudí y los países del Golfo, patrocinadores del wahabismo suní, están luchando por una hegemonía en Oriente Próximo ante el temor de que Irán y la minoría chiita gane terreno. Sin esta clave no se entiende la fuerza del Daesh. Tampoco se entiende sin las equivocaciones de Occidente que sigue pensando en clave de choque de civilizaciones, que firma contratos millonarios con Riad y que da por adquiridos los presupuestos antropológicos necesarios para desarrollar una democracia como la nuestra.

¿Qué (nos) pasa con el islam?

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