Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
20 SEPTIEMBRE 2017
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¿Qué (nos) pasa con el islam?

Miriam Díez Bosch

Samir Khalil Samir es un experto en islam. El periodista Fernando de Haro le ha entrevistado en un libro-entrevista editado por Encuentro. Ambos ahondan en el islam del siglo XXI, y advierten que el islam es plural y está demasiado estereotipado. “No podemos seguir viendo al otro como algo negativo. No es serio que sigamos así”, nos responde.

¿Qué pasa con el islam?

Pasan muchas cosas. ¿Qué nos pasa a nosotros con el islam? ¿Y qué le pasa al islam? Podríamos empezar por ahí. A nosotros nos sobra ignorancia y nos sobran interpretaciones ideológicas sobre el islam, nos sobran leyendas rosas y leyendas negras.

Creemos que el mundo del islam es un mundo compacto y uniforme, cuando es un mundo muy complejo.

De hecho habría que hablar de muchas formas de islam: del islam del pueblo, realmente religioso; del que ha sido instrumentalizado por proyectos políticos y de poder, o sea del islamismo; del chiismo; del sunismo, de las corrientes wahabitas dentro del chiismo que se extiende por el mundo gracias al dinero de Arabia Saudí, de corrientes que rechazan la crítica textual del Corán y que suelen ser poco claras con la cuestión de la violencia; del sunismo de Al Azhar, la gran mezquita del Cairo, que se abre a la libertad religiosa y al concepto de ciudadanía; del sunismo reformista que distingue comunidad religiosa y política; del islam europeo que se enfrenta con los retos de la modernidad…

Estamos hablando de un universo lleno de galaxias muy diferentes entre sí. Y a menudo nos pasa que reducimos esa gran complejidad a cuatro eslóganes o a una interpretación simplista.

Dentro del universo islámico se está viviendo una época de turbulencias muy semejante a la que se vivió en Europa en la I Guerra Mundial. Turbulencias culturales, religiosas, geoestratégicas.

El islam se encuentra ante el reto que la globalización plantea a cualquier forma de pertenencia. En muchos sitios las antiguas identidades están sufriendo una crisis severa. Los padres han perdido la capacidad de transferir sus creencias a los hijos y aparecen “identidades de sustitución”.

Los estamos viendo en Europa con los yihadistas que atentan. Ya no pertenecían a la comunidad islámica, se dedicaban a la droga y a internet. Y el Estado Islámico, que ni es Estado ni es Islámico, les ha ofrecido una identidad nueva, violenta, nihilista que toma como pretexto algunos pasajes del Corán. El islam se encuentra con el reto de hacer frente a esta forma de nihilismo que dice actuar en su nombre.

También hay intereses menos identitarios y más territoriales.

Sí, el reto tiene mucho que ver con las disputas territoriales. Arabia Saudí y los países del Golfo, patrocinadores del wahabismo suní, están luchando por una hegemonía en Oriente Próximo ante el temor de que Irán y la minoría chiita gane terreno. Sin esta clave no se entiende la fuerza del Daesh. Tampoco se entiende sin las equivocaciones de Occidente que sigue pensando en clave de choque de civilizaciones, que firma contratos millonarios con Riad y que da por adquiridos los presupuestos antropológicos necesarios para desarrollar una democracia como la nuestra.

¿Qué (nos) pasa con el islam?

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El canto de amor que dio a conocer a Eliot

Silvia Ballabio

Hace cien años, la revista Poetry publicaba “La canción de amor de J. Alfred Prufrock”, escrita por Thomas Stearns Eliot a los 22 años, gracias a la mediación de Ezra Pound, el mentor de Eliot o su mejor artesano, como el propio Eliot definió a Pound. A esta publicación le siguió un folleto, “Prufrock y otras observaciones” en 1917, y a partir de ahí ya es historia conocida.

El nacimiento de ese astro de la poesía moderna llamado Thomas Stearns Eliot tuvo lugar con aquel poema de 140 versos, reelaborado y revisado como siempre hacía Eliot, y como siempre hecho de fragmentos: suyos, de la Biblia, de Hesíodo, de Shakespeare, Chaucer, Marvell, versos libres por donde desfilan el famoso “paciente eterizado en una mesa”, Miguel Ángel y el menos conocido “yo”, formulado en boca de otros hasta convertirse en un insecto “espetado a la pared”.

Pero más allá del Panteón de la gloria inmortal, el canto de amor menos lírico y romántico de la poesía inglesa, ¿ha sobrevivido a la evolución de la sensibilidad? Retrato de un alma o tumba de su desesperación, este poema está cargado de preguntas planteadas todas en primera persona, como laberintos donde cada ocasión es “tiempo para cien visiones y revisiones / antes del té con tostadas”. No hay espacio para la “pregunta abrumadora” que solo Hamlet osó pronunciar, “To be, or not to be, that is the question”, que en Prufrock se limita a un “¿Me animo, si pudiera / a perturbar el universo?”. Que al final se queda en “¿Me animaré a comer / una papaya?”. Una imparable y precipitada caída.

Aparte de sus quejumbrosas preguntas, la voz casi petulante de Prufrock se desvela en su gesto de decir quién no es él. No es Hamlet, como mucho es un “bufón”. No es Juan el Bautista, y a nadie le importa su cabeza “traída en una fuente”. Tampoco es Lázaro, “vuelto entre los muertos, [para] contarles todo”, ese pobre que vuelve de los cielos para advertir a los que pierden su vida en la tierra. Ni Ulises, puesto que no cree que las sirenas, ni siquiera en sus oídos, “vayan a cantar para mí”. En el océano del ser (o del no ser) no viajamos, ni descubrimos, ni exploramos; “nos ahogamos” en el eterno presente de un mundo donde el tiempo es siempre y solo futuro o una ocasión perdida.

Las palabras de Prufrock han seguido el camino del vino que se deja envejecer, prácticamente imposible de beber el día que se embotella (fue durísimo el comentario anónimo publicado en 1917 en la revista The Times Literary Supplement, afirmando que esas “observaciones no tienen relación alguna con la poesía”) pero que adquiere valor con el paso del tiempo. Las eruditas menciones a la Biblia, Shakespeare, Marwell, Hesíodo o Chaucer sirven de catapulta a sentimientos y sensaciones de miedo, soledad, alienación, frustración e impotencia, que el siglo XX transformó, pasando a ser de sentimientos rechazados por el hombre a la experiencia más común: signo de la disolución del yo. También y sobre todo en la poesía. También y sobre todo en nuestros días.

El canto de amor que dio a conocer a Eliot

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Un sorprendente ecumenismo

Antonio Spadaro y Marcelo Figueroa

In God We Trust. Esta frase aparece impresa en los billetes de Estados Unidos de América y es también el lema nacional. Apareció por primera vez en una moneda en 1864, pero no se hizo oficial hasta la aprobación de una resolución conjunta del Congreso en 1956. Significa: «En Dios confiamos». Un lema importante para una nación que cuenta en sus raíces fundacionales con motivaciones de carácter religioso. Para muchos se trata de una simple declaración de fe, para otros es la síntesis de una problemática fusión entre religión y Estado, fe y política, valores religiosos y economía.

Religión, maniqueísmo político y culto al apocalipsis

Especialmente en ciertos gobiernos de los USA en las últimas décadas, se ha notado el papel cada vez más incisivo de la religión en los procesos electorales y en las decisiones del gobierno. Un papel también en el orden moral a la hora de identificar lo que está bien y lo que está mal.

A veces esta compenetración entre política, moral y religión ha adoptado un lenguaje maniqueo que subdivide la realidad entre el Bien absoluto y el Mal absoluto. De hecho, después de que Bush hablara en su momento de un “eje del mal” al que hacer frente y reclamara la responsabilidad de “liberar al mundo del mal” tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, ahora el presidente Trump orienta su lucha contra una entidad colectiva genéricamente amplia, la de los “malos” o incluso “muy malos”. En ocasiones el tono utilizado en ciertas campañas por parte de sus defensores asume connotaciones que podrían llamarse “épicas”.

Estas actitudes se basan en principios fundamentalistas cristiano-evangélicos de principios del siglo pasado que se han ido radicalizando poco a poco. De hecho, se ha pasado de un rechazo a todo lo que es “mundano”, tal como se consideraba la política, a la persecución de una influencia fuerte y determinante por parte de esa moral religiosa en los procesos democráticos y sus resultados.

El término “fundamentalismo evangélico” que hoy se puede asociar a la “derecha evangélica” o “teo-conservadurismo” tiene sus orígenes en los años 1910-15. En aquella época, un millonario del sur de California, Lyman Stewart, publicó doce volúmenes titulados Fundamentals. El autor trataba de responder a la “amenaza” de las ideas modernistas de la época, mostrando el pensamiento de los autores en los que valoraba un apoyo doctrinal. De este modo ejemplificaba la fe evangélica en sus aspectos morales, sociales, colectivos e individuales. Contó entre sus admiradores con varios líderes políticos e incluso dos presidentes recientes, como Ronald Reagan y George W. Bush.

El pensamiento de los colectivos sociales religiosos inspirados en autores como Stewart considera a Estados Unidos como una nación bendecida por Dios, y no duda en basar el crecimiento económico del país en una adhesión literal a la Biblia. Con el paso de los años también se ha alimentado de la estigmatización de sus enemigos, que han sido progresivamente digamos “demonizados”.

Un sorprendente ecumenismo

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Hölderlin. El dolor no frena a la poesía

Francesco Roat

Las obras de Johann Christian Friedrich Hölderlin (1770-1843) se escribieron a caballo entre los siglos XVIII y XIX, pero su producción poética –a excepción de la juvenil, marcada aún por el clasicismo (oda pindárica) y por modelos consolidados (Klopstock, Stolberg)– sigue siendo considerada de manera unánime como precursora de instancias, inquietudes y formas estilísticas mucho más modernas y casi propias del siglo XX.

No en vano y de manera provocadora, Friederike Mayröcker ha querido abrir una antología de la lírica alemana del siglo XX precisamente volviendo a proponer la lírica hölderliniana, de verso libre, de 1805: Hälfte des Lebens ("Mitad de la vida"), un texto sin duda extremadamente innovador, con una acertada y actual intensidad figurativa, metafórica y alusiva. “Con peras amarillas / y llena de silvestres rosas / pende la tierra sobre el lago. / Vosotros, bellos cisnes, sumergís, / ebrios de besos, la cabeza, / en aguas de sagrada sobriedad. // ¡Ay de mí! ¿Dónde cogeré las flores / cuando sea invierno, y dónde / el relumbre del sol / y la sombra en la tierra? / Los muros se levantan / fríos y sin palabras, y en el viento / las veletas chirrían”.

A propósito de la actualidad de una poesía tan adelantada a su tiempo, Luigi Reitani, en la introducción a su traducción de estos versos al italiano, sostiene sin medias tintas que “ningún otro poeta de la edad moderna expresa del mismo modo la tensión hacia un lenguaje lírico absoluto, capaz de nombrar en la fragilidad de la palabra el todo que es la vida y la creación; el drama de una existencia dedicada a la potencia del arte, en su doble vertiente de esplendor y destrucción”.

En efecto, solo a partir del siglo XX empezó a obtener el reconocimiento que merecía y que aún no le había sido tributado, gracias en primer lugar a la “escuela” de Stefan George y otros intelectuales, entre los que destacan los nombres de Norbert von Hellingrath (responsable de la primera edición crítica de las obras de Hölderlin), Peter Szondi, Heidegger y Gadamer.

Hölderlin. El dolor no frena a la poesía

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Los granos de Mahoma

Wael Farouq

Los orígenes del café se remontan a Etiopía y Yemen, desde donde llegó a Egipto con los estudiantes yemeníes de Al-Azhar, y a la península arábiga con los peregrinos que se dirigían a La Meca, para arribar luego a Levante y Turquía. Desde la Turquía otomana, los mercaderes venecianos lo llevaron hasta Italia, de allí a Inglaterra y Francia, hasta el Nuevo Mundo.

Este movimiento geográfico dio inicio con un paso históricamente muy interesante, sobre todo desde el punto de vista de la historia religiosa. De hecho, el café partió para su viaje de los graneros de los sufitas del Yemen y de los de los monjes cristianos de Etiopía, para los que era una bebida mágica energizante que ayudaba a prolongar las oraciones nocturnas. Por tanto, el café nació en primer lugar como una bebida espiritual, capaz de incrementar las capacidades del cuerpo para responder a las exigencias del espíritu.

Unas décadas después, esta bebida se difundió por La Meca, El Cairo, Damasco y Estambul. Paralelamente, también se extendió un nuevo fenómeno social, es decir, las cafeterías (o cafés), casas reservadas para el consumo de esta bebida, donde la gente se juntaba para escuchar canciones y relatos, asistir al teatro popular, jugar al ajedrez y discutir sobre política y sobre la vida. El café creó un nuevo espacio público fuera del control de las autoridades tradicionales, en primer lugar de la religiosa. Así fue como empezó también la historia de la persecución del café.

Primero, los expertos en derecho islámico afirmaron que el café embriagaba (“café” es una antigua palabra árabe que significa “bebida alcohólica”), pero cuando quedó claro que no era así empezaron a decir que todo aquello que provocaba algún efecto mental, positivo o negativo, estaba prohibido. A principios del siglo XVI, el jeque Abdel Haqq Al-Sanbaty emprendió en El Cairo una violenta campaña contra los bebedores de café. Se decía que estos, en el día de la resurrección, tendrían el rostro negro como sus posos. Esto hizo que los integristas y la gente común empezaran a atacar las cafeterías, donde se produjeron episodios de violencia que condujeron a la caída del primer mártir del café.

Campañas del mismo tipo se repitieron en La Meca, donde los ulemas de la ciudad, convocados por el gobernante Khayr Bey, no prohibieron el café pero declararon que “las reuniones de gente en torno a esta bebida estaba prohibido por la sharía”. Al-Ghuri, sultán de Egipto y del Hijaz, decretó en cambio su prohibición, por ser “portador de corrupción moral”. Lo mismo hizo el sultán otomano Suleiman Al-Qanuni, quien aprobó un edicto en 1546 que vetaba el café y las cafeterías en todo el imperio.

La “bebida del espíritu” tampoco se salvó de la demonización en el mundo cristiano. En el siglo XVII hubo un debate público sobre esta “nueva bebida oriental” que hacía a los ingleses maleables ante los encantos de los turcos –esto es, del islam– para alejarse del cristianismo. Se extendió la convicción de que el café formaba parte de una conjura turca para destruir el cristianismo, lo que llevó al arzobispo de Canterbury William Laud a enviar a la Cámara de los Comunes una nota donde pedía una ley que prohibiera los “granos de Mahoma”, y en 1637 se emitió un edicto en este sentido.

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Liu Xiabo. La soledad del disidente

Antonio R. Rubio Plo

El término disidente parece haber perdido la fuerza que tenía en las décadas de los 70 y 80. Se diría que es un personaje de otros tiempos, propio de sistemas totalitarios ya desaparecidos. Pero el que no se hable hoy mucho de totalitarismos, y hasta se evite el término porque destila incomodidad, no significa que no existan. Y porque existen, también existen los disidentes, todos aquellos que se enfrentan a sistemas que cuestionan la dignidad humana, aunque a menudo intenten seducir a los gobernados con todo un despliegue retórico. La muerte del escritor chino Liu Xiabo, Premio Nobel de la Paz en 2010, supone la desaparición física de un disidente, mientras medios de comunicación oficiales afirman que su recuerdo está destinado a caer en el olvido.

Deng Xiaoping es el padre de la China actual, aunque no hasta el punto de hacer olvidar el legado de Mao, del que Deng afirmaba que había cometido un treinta por ciento de errores, pero desacreditar a Mao, del modo que se hizo en la URSS con Stalin, no es aceptable porque sería cuestionar la legitimidad del partido comunista chino. Las viejas heridas, efectos de la masacre de Tiananmen, de la revolución cultural y de otros experimentos maoístas, han intentado ser cicatrizadas con los bálsamos del orgullo nacional y la prosperidad económica. Sin embargo, Liu Xiabo estaba convencido de que estas recetas eran insuficiente porque eran claramente materialistas, y no eran efectivas frente a la endémica corrupción, resultado inevitable de la ausencia de valores éticos o religiosos.

Liu Xiabo fue un hijo de la revolución cultural y padeció en su niñez la trepidación de las consignas maoístas, que incitaban a niños y jóvenes a rebelarse contra sus progenitores y superiores en nombre de una revolución inconclusa. Vivió una época de sufrimientos y humillaciones que le dejaron profunda huella. En la década de 1980, siendo doctor en literatura china y profesor de universidad, con un brillante currículo académico y la posibilidad de enseñar en universidades norteamericanas, Liu Xiabo echó todo por la borda para solidarizarse con los estudiantes de Tiananmen. Desde entonces comenzaría su vida de disidente, en la que no faltaron años de cárcel y arrestos domiciliarios. Sin embargo, el escritor nunca podría ser clasificado como un mero opositor político. Eso sería olvidar que el disidente, en su versión clásica, tiene una alta preocupación por la ética. No puede concebir la política desvinculada de la ética, es decir, no aspira al poder por el poder. En este sentido, uno de sus slogans era “Ni enemigos, ni odiados”, que otro disidente de la Europa comunista, el checo Vaclav Havel, podía perfectamente haber hecho suyo.

Liu Xiabo. La soledad del disidente

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>Entrevista a Julián Carrón (II)

Un cristianismo más allá de las guerras culturales

John L. Allen Jr. e Inés San Martín

Una de las cuestiones más problemáticas que tienen que afrontar los cristianos en Occidente a comienzos de este siglo es si la Iglesia tiene el deber de seguir combatiendo las batallas culturales, y cómo debería hacerlo.

A la izquierda hay una fuerte corriente de pensamiento que considera que la Iglesia debería mantenerse al margen del campo de batalla porque con respecto a algunos temas, como la contracepción o la mujer, está en el parte equivocada. En el lado opuesto, algunos, como Rod Dreher con su propuesta de la «opción Benedicto», sostienen que la Iglesia debería retirarse porque ya es una perdedora, y lo máximo a lo que puede aspirar en esta cultura es a mantener vivas pequeñas islas de fe.

De hecho don Julián Carón, responsable del influyente movimiento católico de Comunión y Liberación, indica otro modo de afrontar la discusión para evitar poner el énfasis en las batallas culturales. En su opinión, el problema no es que las posiciones tradicionales de la Iglesia estén equivocadas, y mucho menos que la batalla esté ya perdida.

Considera que partir de la ética ha sido siempre un modo equivocado de comunicar al mundo el cristianismo que, en esencia, es un «acontecimiento» –un término que puede parecer banal en su uso corriente, pero que en el lenguaje de Comunión y Liberación, que nace de su fundador, el sacerdote italiano Luigi Giussani, está cargado de significado.

«Que la fe es un acontecimiento significa que la vida de uno cambia cuando se encuentra con un hecho, como les sucedió a Juan y Andrés cuando se encontraron con Jesús», ha declarado a Crux. «No se puede evitar la realidad de un hecho que ha sucedido, no se puede eliminar. Pensemos en san Pablo, que perseguía a los cristianos tratando de eliminarlos. El encuentro con Cristo vivo revolucionó su forma de pensar».

«No se puede reducir la cuestión a una elección entre las batallas culturales y un cristianismo vaciado de contenido, porque ninguna de estas dos hipótesis tiene nada que ver con Abrahán y la historia de la salvación», afirma Carrón. «Abrahán fue elegido por Dios para empezar a introducir en la historia una forma nueva de vivir que pudiese generar con el tiempo una realidad visible capaz de hacer la vida digna, plena».

En su casa de Milán, entre otros temas, Carrón ha hablado con Crux sobre la edición en lengua inglesa de su libro La belleza desarmada (Disarming Beauty), sobre cómo se puede proponer el «acontecimiento» cristiano en la cultura secularizada del Occidente posmoderno.

A continuación, la segunda parte de la conversación de Crux con Carrón.

Recientemente, Rod Dreher ha sostenido que los cristianos deberían abandonar las batallas culturales en Occidente porque ya las han perdido, y lo máximo a lo que pueden aspirar es la «opción Benedicto», es decir, la conservación de pequeñas islas de fe en un contexto de cultura hostil y decadente. Usted parece sostener que deberíamos dejar atrás las batallas culturales sin renunciar a esas posiciones, pero por un motivo distinto.

>Entrevista a Julián Carrón (II)

Un cristianismo más allá de las guerras culturales

John L. Allen Jr. e Inés San Martín | 0 comentarios valoración: 3  149 votos

Job sienta a Dios en el banquillo: sobre el sufrimiento inocente

Ignacio Carbajosa

«Creo que si hay un libro en el mundo que merece la palabra sublime ese es el de Job». Palabras de Jorge Luis Borges en una conferencia pronunciada en el Instituto Cultural Argentino-Israelí en 1965. El mismo calificativo emplea Paul Claudel, de la Academia Francesa, que en su monografía sobre el libro de Job dice que, entre los libros del Antiguo Testamento, «Job es el más sublime, el más conmovedor, el más audaz, y al mismo tiempo el más enigmático, el más desalentador y, estaría por decir, el más repulsivo». Justificando sus calificativos, el autor francés añade: «¿Quién ha defendido la causa del hombre con tanto arrojo, con tanta energía? ¿Quién ha encontrado en las profundidades de su fe espacio para un grito como ese, para un clamor, para una blasfemia como la de Job?». La causa del varón de Us, que es la causa de toda la humanidad, en este libro se convierte en un grito desgarrador dirigido directamente a Dios: ¿por qué el sufrimiento inocente?

Desde que esta obra entrara en el canon judío, y por ende cristiano, ha inspirado a multitud de autores y se ha convertido, tal vez, en el libro más «reescrito» del Antiguo Testamento, en especial desde que Leibniz, en la primera mitad del siglo XVIII, diera origen a una rama de la filosofía llamada teodicea, destinada a tratar el problema de la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal. Si Dios es único, bueno y omnipotente, ¿por qué existe el mal? ¿Acaso Dios, que es omnipotente, permite el mal? Entonces tendríamos que dudar de su bondad. ¿Acaso quiere evitar el mal pero no puede? Entonces pondríamos en entredicho su omnipotencia.

Una de las páginas que mejor han planteado el drama del mal y, sobre todo, del sufrimiento inocente, se encuentra en la obra de Fiódor Dostoyevski “Los hermanos Karamazov”. En un diálogo entre Iván y su hermano Aliocha, el primero, incrédulo, quiere evitar que su hermano, novicio, siga los pasos del starets Zósimo. Para ello le plantea la objeción más potente a la existencia de Dios: el sufrimiento inocente. Ya el mal que sufren los adultos sería una objeción de peso pero, al fin y al cabo, «han comido la manzana y han entrado en conocimiento del bien y el mal (…). Y siguen comiéndola». Es decir, tienen una última responsabilidad en el desorden del mundo. Pero el dolor de los niños… es injustificable.

La pluma de Dostoyevski, dando voz a Iván, no nos ahorra el relato de algunas de las atrocidades que se han cometido con los niños, de modo que la objeción a la justicia divina o a su misma existencia no resulte abstracta. En unas páginas durísimas para el lector, Iván describe las barbaridades con las que los turcos frenan las revueltas en su país. Delante de las madres, lanzan los bebés al aire y los reciben en las puntas de sus bayonetas. Hacen reír a un niño en brazos de su madre y lo encañonan con un revólver para que lo coja. En ese momento le vuelan la cabeza. Todo como parte de una pura diversión.

Job sienta a Dios en el banquillo: sobre el sufrimiento inocente

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El Profeta galileo ¿por qué no hace nada?

Javier Prades

Una novela que hace gustar de la escritura y vuelve humano el corazón. Lástima que el título no sugiera la riqueza estremecedora que encierran sus páginas. Basta empezar a leer. Luego está hecho. Desde la primera escena hasta el final ya no hay quien lo deje.

Es muy arriesgado escribir un relato sobre el relato de los relatos, la Biblia. Muy pocas veces dejo de pensar que el original supera infinitamente cualquier versión o adaptación narrativa. No me atrevo a opinar sobre las películas de argumento bíblico, aunque en general me sucede lo mismo. Quizá en la música sí quepa reconocer verdaderas obras maestras que –por decirlo de algún modo– están a la altura del guion bíblico. Victoria, Pergolesi, Bach, Mozart, Dvořák o Poulenc, entre otros, son dignos de la belleza única de la Sagrada Escritura... Pero no me quiero desviar de nuestro asunto.

El relato de la Pasión, proclamado en la liturgia de la Semana Santa, y releído en otros momentos del año litúrgico, soporta maravillosamente el paso del tiempo. No unos meses, no. Más de dos mil años. Cada vez que te acercas a él descubres un matiz de la redacción, un rasgo psicológico, una descripción del drama humano o una consecuencia para tu vida en la que no habías reparado, aunque lo lleves escuchando o leyendo desde hace 50 años. ¿Qué obra de la literatura universal se somete a una prueba semejante?

Los relatos sobre personajes bíblicos, como digo, raramente ayudan a entrar mejor en esta historia inaudita que han tejido los autores sagrados. En el siglo XX, los Misterios de Péguy, el Barrabás de Lagerkvist o el Bar Jona de Sartre, en España Jiménez Lozano... Sin duda hay excepciones de valor. Salisachs también acepta el desafío. Y no sale malparada. Elige un personaje evangélico, conocido popularmente por su nombre, Dimas “el buen ladrón”, pero cuyas andanzas hasta terminar colgado en la cruz no se narran en los evangelios.

La familia de Dimas va dibujándose resueltamente nada más empezar. Destaca la figura grandiosa de su madre, Eva, afligida por una maldición que cayó sobre el niño al nacer. Nos sumergimos en las costumbres y en la mentalidad de los judíos observantes que esperaban al Mesías. Exploramos los corazones de los personajes, sus pliegues más oscuros y sus horizontes más luminosos. Salisachs compone una trama en la que va aflorando poco a poco, aquí y allá, puras alusiones, la figura del Profeta.

Con ese bagaje a las espaldas desembocamos en los capítulos más sobrecogedores de la novela. Dimas se marchó hace años, para cumplir sus sueños y colmar su ambición. Eva queda viuda en casa. Sólo la sostiene el recuerdo de su hijo querido y la esperanza de volver a verlo. Lidia también espera su vuelta para casarse y empezar esa familia vislumbrada tantas veces a escondidas. La noticia cae sobre ellas como un martillazo: han prendido a Dimas por sus crímenes, y va a ser condenado junto con Gestas, tal es el nombre del otro ladrón que será crucificado en el Gólgota. No lo creen. No lo quieren creer. Dimas no.

El Profeta galileo ¿por qué no hace nada?

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La presencia de los cristianos en una sociedad pluralista

Massimo Borghesi

Sin duda, con este título abordamos un tema delicado, complejo, objeto de muchas controversias. Para obtener una reflexión mínimamente útil habría que tener presentes al menos dos factores: el primero es el escenario histórico y sus cambios, y el segundo todo lo que sugiere la fe en el momento histórico actual, a la luz del magisterio del Papa. Resumiendo, tener claro el contexto histórico que ha llevado a la situación presente y tener claro qué es lo que más urge en este momento desde el punto de vista de la fe.

No cabe duda. Los últimos setenta años, desde la posguerra hasta hoy, han visto variaciones sensibles en la presencia de los católicos en el espacio democrático, que ha sufrido profundas mutaciones. Desde 1945 hasta los primeros años 90, el catolicismo político encontró su expresión en la Democracia Cristiana, baluarte de la democracia italiana. La DC era, frente a un partido comunista orgánicamente ligado a la Unión Soviética, la democracia italiana, y esto lo reconocerán, después de 1989, ilustres exponentes del Partido Comunista. La ecuación entre DC y democracia italiana fue posible por una serie de motivos. Primero, el partido de los católicos era un partido popular de masas, el único capaz de oponerse al PC. Los partidos laicos, por el contrario, no tenían ningún consenso popular. Era el partido de la mediación entre las clases sociales y, en este sentido, era un partido "popular". El segundo motivo dependía de la legitimación de las potencias vencedoras, empezando por Estados Unidos. No se podía gobernar sin el consenso americano. Italia era un país vencido, esto lo solemos olvidar, era un país bajo tutela. Y lo sigue siendo, setenta años después. Tercer motivo, la DC no fue un partido clerical sino el heredero del partido popular de Sturzo, es decir, un partido laico de inspiración católica. La DC siempre tuvo esta naturaleza de partido laico de los católicos, y eso era bueno. Esa naturaleza laical y no clerical de la DC permitió el apoyo de las masas. De hecho, en este partido la presencia pública de los católicos se expresaba con figuras de altísimo nivel, como De Gasperi, Fanfani, Moro y el siciliano La Pira.

La presencia de los cristianos en una sociedad pluralista

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La poesía teológica de Margherita Guidacci

Antonio R. Rubio Plo

Hace 25 años, en junio de 1992, fallecía en Roma Margherita Guidacci, poeta y ensayista, una de las principales representantes de la poesía de inspiración cristiana del siglo XX. No es una escritora demasiado conocida en España, y ni siquiera en su Italia natal fue siempre comprendida. Sin embargo, Guidacci despertó mi interés tras la reciente lectura de uno de sus artículos que parecía escrito hoy mismo. Lo publicó hace unos días L’Osservatore Romano, y en él se denunciaban los peligros de vivir en un mundo mecanocéntrico, en el que las máquinas desplazan a las relaciones humanas. Pensé en el uso prolongado e insaciable de los dispositivos electrónicos con todas sus secuelas de aislamiento y deshumanización, y solo pasado un tiempo me di cuenta de que era un artículo escrito hace varias décadas, aunque no había perdido nada de su fuerza expresiva.

Margherita Guidacci reconocía la existencia de dos épocas en la historia de Occidente, identificados con el Medioevo y la Modernidad: un período teocéntrico y otro antropocéntrico. Lo habitual para muchos intelectuales, y para otros que no lo son tanto, es contraponer los dos períodos, enfrentarlos y apostar por el triunfo inexorable de una de estas dos concepciones de la vida en un supuesto reino de este mundo. En cambio, Guidacci no creía en ese antagonismo perpetuo entre el hombre y Dios. El cristianismo no es una religión de las disyuntivas sino de las integraciones, simbolizada por la conjunción y. La escritora recuerda que el cristianismo abarca lo temporal y lo espiritual, porque Cristo es a la vez Dios y hombre. Sin embargo, al presentar nuestro tiempo como una época mecanocéntrica, Guidacci está certificando que los seres humanos han terminado por desconfiar de la fe y de la razón. Han puesto exclusivamente sus esperanzas en la tecnología, lo que les aleja tanto de la naturaleza como de Dios. Así, la vida humana se concibe como una perfecta imitación de la máquina. Pero Margherita Guidacci, que amaba a la vez la literatura y las matemáticas, sabía muy bien que esto era falso.

Suele ser frecuente que quienes hacen un diagnóstico de la situación del mundo se dejen llevar por la estéril nostalgia de una remota edad de oro. No sucede esto con Margherita Guidacci, autora siempre abierta a la trascendencia, y que no cultiva una poesía de imágenes sombrías y huérfana de significados. Sin embargo, no practicó un estilo literario fruto del ensimismamiento ante las tempranas contrariedades de su vida, marcada por la prematura muerte del padre, el abogado florentino Antonio Guidacci, o por una infancia solitaria con apenas otra compañía que la de los libros. Por el contrario, tal y como subrayan algunos críticos literarios, Margherita Guidacci cultivaba la poesía teológica. Sin embargo, la suya no es una poesía estática, ni mucho menos “contemplativa”. Sus poemas son a la vez de nostalgia de Dios y de combate, y personalmente me recuerdan a la lucha de Jacob con el ángel. Pienso que es una comparación que le habría agradado, pues consideraba la Biblia, en especial los libros proféticos y sapienciales, como una de sus principales inspiraciones.

La poesía teológica de Margherita Guidacci

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Levantar vida con palabras

José Jiménez Lozano

El escritor José Jiménez Lozano recibía hace unos días el Premio Libros con Valores de la Fundación TROA por su obra “Se llamaba Carolina” (Ediciones Encuentro). Publicamos el discurso que pronunció con motivo de la entrega del galardón.

Al felicitarme por este Premio TROA un amigo me escribía un día de éstos: “Se llamaba Carolina” tiene algo de viaje a un mundo que ya no existe, pero que existió y no sabíamos que desaparecería y un poco también la historia de dónde los hombres buscamos refugio ante la traición y para comprender nuestra inhumanidad”.

Está muy bien lo que dice mi amigo, y ya matizaremos él y yo este mensaje, que se parece tanto a una nota del Diario de Roland Barthes en relación con la escritura de la que hablaba en clase. Ésta le fatigaba, anota, y la de Chateubriand, que abría en cuanto llegaba a casa para abrir también la puerta al descanso, le daba satisfacción y la alegría. Así que también, en cierta manera, era un viaje, pero sabía muy bien cuál era el destino y por qué volvía a hacerlo cada día, huyendo de la escritura de aula que le afligía o desarmaba interiormente.

Imaginen ahora al investigador de una escritura casi desconocida, cuya materialidad cuesta lo suyo entender, que se encuentra con una pieza arqueológica tras el trabajo de pico y pala —no de teorías hermenéuticas— y que resulta ser una carta comercial o familiar. Se reconoce inmediatamente una escena cotidiana de cuatro mil años antes, y le produce alegría porque experimenta la conciencia de una igualdad de naturaleza entre aquella escena de vida y nuestro vivir propio hasta en los pequeños detalles de nuestros sentidos, y esto quiere decir que, en este viaje de miles de años, no se ha perdido nada sustancial. Y pienso al recordar esto que, al margen de la muy delicada teoría de valores, lo que parece quererse significar con esta denominación de valores humanos es que éstos, que son los mismos desde que el hombre es hombre, y que por esto también se nos está invitando e imponiendo con escondida coerción a un cambio radical del ser hombres, y esto cuando estamos viendo con nuestros propios ojos varias generaciones de quienes hasta ahora hemos tenido por hombres: la vieja humanidad recién salida de Auchswitz y Kolymá. Y que no ha sido ni rozada por las sucesivas crisis intelectuales, religiosas y morales, por la simple razón de que al menos una minoría de millones de esa humanidad no se ha sentido obligada a tomar parte de esas crisis, porque nadie lo está, pero sí ha sido el material usado en ellas, y ha corrido con sus gastos y sus consecuencias porque, como decía Albert Camus, éstas nunca afectan a quienes formulan esas grandiosos proyectos y metamorfosis.

Levantar vida con palabras

José Jiménez Lozano | 0 comentarios valoración: 3  274 votos
>LA GUERRA DE LOS SEIS DÍAS

Cincuenta años del fracaso de un liderazgo árabe

Antonio R. Rubio Plo

El 5 de junio se cumple medio siglo del inicio de la guerra de los seis días, la campaña militar en la que Israel derrotó a los ejércitos de Egipto, Jordania y Siria, con la consiguiente ocupación de la península del Sinaí, la franja de Gaza, Jerusalén este y los altos del Golán. Los israelíes ganaron en el campo de batalla al desarrollar una brillante operación militar, en la que pusieron en práctica el método de la guerra preventiva. Esta les sirvió, por ejemplo, para destrozar a la fuerza aérea egipcia en sus propios aeródromos y de paso neutralizar al Egipto de Nasser, su enemigo más visible. La forzosa, aunque ineficaz, reacción de jordanos y sirios solo sirvió para aumentar la derrota árabe y dar mayores alas al sueño del sionismo desde finales del siglo XIX: la recuperación para Israel de territorios de su tradición histórica como la parte antigua de Jerusalén y el territorio de Cisjordania, identificado por los colonos judíos con las Judea y Samaria bíblicas.

En cierto modo, este conflicto se puede considerar como la continuación de la crisis de Suez (1956), en la que el Egipto de Nasser, derrotado en el campo de batalla, salió vencedor en el frente político con la retirada de franceses, británicos e israelíes. Uno de los detonantes de los sucesos de 1967 fue el bloqueo del estrecho de Tirán por unidades de artillería egipcias que impedían el paso de los navíos mercantes israelíes tanto por el estrecho como por el canal de Suez. Con este acto hostil, Nasser pretendería acrecentar su papel como líder del mundo árabe, dividido entonces entre monarquías conservadoras y repúblicas progresistas, otro ejemplo de las tensiones de la guerra fría. En aquel 1967 Egipto estaba además atrapado en la guerra civil de Yemen, en la que sus fuerzas apoyaban a los republicanos yemeníes frente a la monarquía tradicional respaldada por los saudíes. Tampoco las iniciativas panarabistas de Nasser, con todos sus ingredientes de nacionalismo, socialismo y antiimperialismo, parecían tener mucho eco en el exterior, sobre todo desde el fracaso de la República Árabe Unida, una asociación a la que Siria puso fin en 1961.

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Cincuenta años del fracaso de un liderazgo árabe

Antonio R. Rubio Plo | 0 comentarios valoración: 3  274 votos

Cristianos y musulmanes en el mundo del siglo XXI: ¿se pueden tender puentes?

Javier Prades

El viaje del papa Francisco a Egipto a finales de abril puede aportar algunas claves originales para comprender el futuro no solo de ese país y del Oriente Medio en su conjunto, sino, más en general, para favorecer la convivencia entre mundo occidental y mundo islámico en el siglo que estamos empezando.

Abundan los indicios de que esa convivencia es muy frágil, cuando no se ve envuelta en un conflicto permanente. Por citar solo algunos episodios, recordemos que el intento de Donald Trump, a finales de enero, de aprobar un decreto presidencial por el que prohibir o limitar la entrada en Estados Unidos a los ciudadanos de varios países árabes no ha sido un hecho aislado. En su campaña electoral para las elecciones presidenciales francesas, Marine Le Pen tildó la influencia islámica de «insoportable» y ha descrito a Francia como a un país abocado a una «elección de civilización». Y no es la única en Europa. Otros líderes políticos han hablado abiertamente en contra del islam. Los recelos y la desconfianza son muy profundos, alimentados por el terrorismo islamista indiscriminado y por las sospechas generalizadas que acompañan a los procesos masivos de inmigración hacia Europa y América originados en las guerras de Irak y Siria.

La cuestión es delicada porque no queda claro si se están comparando culturas y civilizaciones en general, o se alude a una problemática específicamente intrarreligiosa. De entrada parece más bien que los protagonistas de los episodios citados perciben la religión en sus inevitables implicaciones para la vida social y política. Por eso, para afrontar la cuestión con alguna esperanza de éxito, hará falta un diálogo a muchas voces, contando con los actores seculares y los religiosos. Entre las voces seculares, Jürgen Habermas se ha convertido en un defensor de la necesidad de emprenderlo, pero también Peter Sloterdijk y otros lo están intentando.

Cristianos y musulmanes en el mundo del siglo XXI: ¿se pueden tender puentes?

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Pilar Rahola se siente abrazada por el libro de Julián Carrón, La Belleza Desarmada

Pilar Rahola ha asegurado que La Belleza Desarmada le ha “interpelado, interrogado, enfadado y cautivado”, en un encuentro que ha mantenido con el presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación, en el marco de las jornadas de PuntBCN.  La propia Rahola ha relanzado como suya la pregunta que Carrón se hace en el libro: “Pero nosotros, cristianos, ¿creemos todavía en la capacidad que tiene la fe que hemos recibido de provocar un atractivo en aquellos con los que nos encontramos? ¿Creemos todavía en la fascinación victoriosa de su belleza desarmada?”.

La escritora catalana ha invitado al autor del libro y a todos los cristianos a “¡salir del armario!” para que entre en el espacio público “la luz en tiempos de oscuridad, la de los que estáis haciendo un viaje trascendente, en medio de un mundo en ruinas”. Ha añadido que en este momento de crisis de lo humano, le interesa un cristianismo como el de Comunión y Liberación, que plantea interrogantes y no es una estructura de poder. En este sentido ha exaltado el retorno a la vida de los primeros cristianos que ve en el movimiento de Carrón. Rahola se ha manifestado en contra de una religión del miedo, la costumbre, o el mercado.

Julián Carrón, por su parte, ha descrito el camino que ha hecho la Iglesia para darse cuenta de que la verdad exige la libertad y por eso hoy el cristianismo solo puede presentarse como “belleza desarmada”. Los dos ponentes han coincidido en subrayar el valor de la libertad. Rahola ha descrito con dolor y desazón la remisión de la libertad en la política internacional, en los organismos internacionales, en las democracias con el advenimiento de figuras políticas preocupantes, la presión de lo políticamente correcto y la ambigüedad de muchas figuras políticas. En ese momento Julián Carrón, conmovido, ha asegurado, “te abrazaría”. A lo que Pilar Rahola ha contestado: “Ya lo has hecho con tu libro”. El abrazo real se ha producido al final del encuentro.

Carrón ha insistido en que la crisis es una ocasión para que cada uno sea protagonista y compruebe que ningún poder pueda impedir que el yo se vea reducido. El presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación ha añadido que “la pregunta sobre la posibilidad de creer razonablemente” es una cuestión que lleva siempre consigo. Y ha añadido que el cristianismo puede fascinar y desafiar la violencia siempre que no esté reducido a doctrinas, ritos, a reglas o a coherencia ética.

PuntBCN ha reunido el pasado fin de semana en Barcelona a centenares de personas en un encuentro que ha tenido como lema “El diálogo es la relación con el otro, sea quien sea, sea como sea”.

Pilar Rahola se siente abrazada por el libro de Julián Carrón, La Belleza Desarmada

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>Entrevista a Sebastià Alzamora

'PuntBCN me sugiere que el paraíso son los otros'

P.D.

El poeta y novelista Sebastià Alzamora ha participado en un diálogo durante el encuentro PuntBCN que ha tenido lugar durante el pasado fin de semana en Barcelona. Ha hablado con www.paginasdigital.es de las claves de ese diálogo.

¿Por qué ha querido participar en el PuntBCN?

Porque me parece una excelente iniciativa que busca promover el encuentro y el intercambio entre diferentes visiones del mundo, desde la fe pero también desde la literatura, el arte o el pensamiento, y siempre desde la pluralidad y el respeto mutuo como principios.

El lema del PuntBCN afirma "El diàleg és la relació amb lastre". ¿Qué le sugiere esta afirmación?

Que, como ha escrito recientemente un poeta y novelista portugués, el paraíso son los otros, al revés de lo que afirmaba Sartre. Creo que cualquier idea no ya de felicidad, sino de mejoramiento de uno mismo, pasa necesariamente por el reconocimiento del otro y por el diálogo con él.

Usted ha escrito que "la literatura nos enseña que la realidad es mucho más amplia de lo que creemos". ¿En qué consiste esa amplitud?

En todo aquello que escapa a nuestras percepciones inmediatas, que son torpes y limitadas. En la imaginación, en el sueño, en la intuición, en la anticipación. También en la alienación. Y en la fe, por supuesto. Todos esos son ámbitos que se encuentran fuera de lo que llamamos realidad tangible, y la literatura es uno de los vehículos que nos permite recorrerlos.

En 'Crim de sang' se adentra en los orígenes de la confrontación humana, en la dialéctica amigo-enemigo. ¿Cree que esta dialéctica puede superarse? ¿Cómo?

Por desgracia no creo que pueda ser superada, porque también forma parte de la condición humana, en relación muy estrecha con el mal, con la capacidad de hacer el mal. Tiene que ver con el dilema o la paradoja de la libertad: somos libres para amar, pero también para odiar. No podemos anular eso, pero sí que podemos esforzarnos en elegir amar, en elegir no odiar ni destruir. No es una cuestión de superación, sino de elección y de cómo usamos nuestra libertad.

¿Por qué suele decir que la poesía y el pensamiento son inseparables?

Porque se encuentran muy cercanos en la zona del cerebro que nos permite intentar comprender el mundo en el que vivimos. Aunque la poesía, además de conocimiento, aporta también belleza, en tanto que es un arte, una expresión artística.

Su poema "La Part visible" acaba con estos versos: "No hi ha bona intenció, com/ no hi ha dona a qui no li agradin les flors, i, en algun punt entre aquestes certeses,/ es troba el terme mig d'un amor ver". ¿El amor verdadero y el término medio son incompatibles?

Seguramente, porque el amor tiende a ser excesivo en muchas de sus manifestaciones. Excesivo porque por naturaleza es amoral y salvaje. Luego puede ser domesticado o sometido a normativas y convenciones, pero no es extraño que tarde o temprano acabe por escapar a nuestro control. Y cuando eso sucede, el término medio sencillamente deja de tener sentido.

>Entrevista a Sebastià Alzamora

'PuntBCN me sugiere que el paraíso son los otros'

P.D. | 0 comentarios valoración: 3  348 votos

Don Quijote, mi hija y la resurrección

Wael Farouq

Mi hija Noura, cuando llega la hora de ir a dormir, se sumerge bajo las mantas y hace como que duerme. En realidad, se mete furtivamente a leer, con la ayuda de una pequeña linterna. Normalmente, finjo no verla porque de pequeño yo era más vulnerable que ella ante la tentación de la lectura. Leía en los momentos y lugares menos oportunos: en clase durante la lección, en la mezquita durante el sermón… Tapaba las cubiertas de los libros con papel blanco para no dejar ver los títulos. La lectura era para mí una acción secreta que podía gustar solamente a escondidas.

Pero hace unas noches no pude ignorar lo que hacía Noura. Lloraba y temblaba bajo las sábanas. Corrí preocupado a verla, levanté la colcha y me dijo con las mejillas bañadas en lágrimas: “Ha muerto, papá, ¡ha muerto!”. “¿Quién ha muerto?”, le pregunté. “¡Don Quijote!”. La abracé disimulando una sonrisa. Recordé cuando lloraba en secreto por los héroes de las historias que leía. Le dije: “No estés triste, tesoro. Volverá a la vida”. “¿Cómo?”. “Cuando alguien empiece a leer la novela, es así desde hace siglos”. Pero Noura no quedó convencida de que la muerte fuera solo un juego, o que Don Quijote pudiera ser capaz de engañarla, y decidió compadecerse de él.

En el mundo real, todos los días mueren personas por las que no sentimos tristeza alguna porque no sabemos quiénes son ni conocemos su historia. Cuando leemos o escuchamos noticias de atentados terroristas, dictaduras y guerras, sentimos rabia, miedo, pero tristeza no. No nos entristecemos por 34 o 47 víctimas de las que solo conocemos el número, y por ello las olvidamos enseguida: pocos minutos después de publicar un post enfurecido donde desahogamos nuestro rechazo y nuestra condena, separándonos de la violencia, publicamos otro en la misma timeline hablando de moda, alimentación, carreras de coches o fútbol.

Mi hija de diez años no ha aceptado la idea de que la muerte sea un juego en el caso de Don Quijote. En cambio nosotros, actualmente, vivimos la muerte como un juego en el que hemos llegado a ser expertos. El temor reverencial hacia la muerte se ha perdido porque la muerte ha quedado desprovista de historias. Ya no es más que una información despojada de cualquier experiencia humana, una información que utilizamos para vencer los conflictos ideológicos. Y así hemos caído en una dolorosa paradoja: la muerte nos aflige más en los relatos que en la realidad.

En los relatos no hay individuos, sino personas. Los relatos son el cuerpo de la experiencia humana, son lo que transforma los hechos en verdad y la información en conocimiento. No en vano, en las tres religiones abrahámicas, Dios eligió historias concretas como fórmula principal para comunicarse con las personas. ¿Qué quedaría de la Torá, del Evangelio y del Corán si les quitáramos sus relatos? ¿Cómo podríamos relacionarnos con las enseñanzas divinas y cómo estas enseñanzas podrían relacionarse con nosotros sin esos relatos, sin ese espacio que estas historias abren a la experiencia y al encuentro? ¿Pero cómo podremos comprender hoy los libros sagrados si hemos perdido el interés por los relatos y no les prestamos credibilidad alguna, hasta el punto de haberlos convertido en la antítesis de la realidad y de la verdad?

Don Quijote, mi hija y la resurrección

Wael Farouq | 0 comentarios valoración: 3  421 votos

De la voz a la presencia. Un documental ucraniano

Pëtr Zacharov

Cuando una situación está confusa… hay que intentar comprender. Puede sonar a Perogrullo pero sin embargo, en esta época de crisis, es importante captar el sentido que se esconde tras las cosas evidentes. Pero comprender no es lo mismo que conocer. Cuando una persona se queja de que nadie la comprende, desea que la escuchen, no que la analicen. Comprender quiere decir saber captar la voz humana más allá de la confluencia de factores sociales, históricos, biográficos. A esto se dedica el cine documental. No la producción científico-divulgativa de la BBC sino la mirada del hombre hacia una situación humana concreta tomando la forma de una narración fílmica.

A este trabajo se dedica el cineasta Vitaly Mansky, fundador del festival de cine documental de Moscú Artdocfest. Durante sus 21 años de carrera profesional, Mansky ha narrado el espíritu de sacrificio de la campiña rusa, la escandalosa gira del dúo ruso de música pop t.A.T.u, la vida cotidiana en Corea del Norte, pero en todo ello siempre resuenan las palabras del gran Aleksei German: “No puedo hacer una película si no está mi padre dentro”. Todo lo que hace el artista habla de él como el punto personal donde el hombre y el mundo se encuentran. Y en los documentales de Mansky esto mismo lo testimonia la voz en off del cineasta.

Su último film se titula Rodnye (2016) y es una respuesta a la crisis política y a la guerra en Ucrania, acontecimientos que los padres de Mansky contemplan desde Odessa, Leópolis, Sebastopol, Doneck. Cuatro ángulos geográfica y políticamente muy distantes: el sur pragmático, el oeste patriótico, Crimea y el Donbass. Esta generación, formada bajo el régimen soviético, tras la “revolución de la dignidad” de 2014 se ve obligada por primera vez a caer en la cuenta de su propia situación geográfica. Bajo el influjo del televisor, que aparece a menudo como fondo de las escenas, esta conciencia se convierte en “posicionamiento político”. El cineasta termina siendo el único personaje del film que se siente incómodo en este contexto, hasta el punto de que su voz en off pasa a la lengua ucraniana, sin sonrojarse por sus muchos errores.

La película se ha rodado siguiendo el riguroso equilibrio típico de Mansky, unido a una voz extremadamente personal. Mirar y no juzgar es la primera regla del que quiere ver. No esconderse detrás de los hechos es la primera regla del narrador honesto. Un estilo que permite al espectador comprender la posición del autor y al mismo tiempo formular un juicio autónomo sobre lo que ha visto. El breve episodio de la mesa en la que cantan las cancioncillas de los dibujos animados soviéticos para algunos puede resultar un signo de desolación y para otros puede suponer un tierno recuerdo.

De la voz a la presencia. Un documental ucraniano

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La resistencia del cristianismo en sus lugares de origen

Martino Diez

“A fuerza de discursos sobre estas personas que sufren, corremos el riesgo de convertirlos en una entidad abstracta”. Esta observación, profundamente verdadera, corresponde a Mons. Pascal Gollnisch, que desde 2010 es el director general de “Œuvre d’Orient”, una importante obra de apoyo a los cristianos orientales que nació en 1856 y promueve más de mil proyectos en la región. Para contrarrestar este riesgo de abstracción, publica un breve libro que “quiere ser más un testimonio y una reflexión personal que el análisis de un experto”. Un testimonio que habla de miles de kilómetros recorridos por Oriente Medio desde los años de su formación en el seminario y luego con una serie ininterrumpida de encuentros con responsables eclesiales y políticos, pero también con mucha gente común, como los refugiados del Kurdistán iraquí, cuyas dramáticas historias abren las páginas de este libro.

Ya se sabe que la historia de las iglesias orientales es compleja y solo los ritos católicos en esa región suman ya siete. Respecto a las múltiples explicaciones que circulan por los medios, la primera parte del libro aborda claramente cómo se produjeron las divisiones que llevaron al nacimiento de estas iglesias y los principales puntos de debate teológico, mientras que un apéndice muy útil ofrece una breve ficha de cada una de las iglesias católicas orientales, con su punto de referencia en Francia. La única reserva es la toma de distancia sobre todo respecto a las “oleadas tardías de misioneros europeos enviados por la Iglesia latina de Roma” y al Occidente “conquistador y latino”. Aunque las razones de esta crítica son muy comprensibles, conviene recordar que si el patrimonio teológico y litúrgico de estas iglesias no se ha perdido, se debe a la obra de muchos misioneros latinos que a lo largo de los siglos dieron su vida generosamente al servicio de estas comunidades.

De los cristianos orientales, el autor destaca su opción de fondo a favor de la no violencia, también y sobre todo en los conflictos activos, y la radical contestación que opera respecto a las lógicas de poder y dominio que están llevando a las sociedades mediorientales al colapso. Aquí el discurso, para huir de cualquier sombra de intelectualismo, evoca algunos episodios recientes de martirio, como el ataque a la catedral siro-católica de Bagdad en 2010, como un siniestro presagio de lo que llegaría poco después en Iraq.

La resistencia del cristianismo en sus lugares de origen

Martino Diez | 0 comentarios valoración: 3  449 votos

La economía como don e intercambio

Angelo Scola

Mercado: una realidad de «cultura dinámica»

Algunas referencias a un replanteamiento de la concepción antropológica implicada en el intercambio económico nos podrían conducir a reformular la idea de mercado. Para encontrar una salida realista y sostenible de la crisis, hay que superar una idea de mercado en cuanto rígido factor natural en favor de lo que realmente es: una realidad de cultura dinámica.

Concebido como rígido factor natural, el mercado se convierte en un lugar de relaciones anónimas e impersonales y, por tanto, en último término indiferentes, de tal modo que acaba vinculado a «las teorías de la “recaída favorable”, que presuponen que todo crecimiento económico, favorecido por el libre mercado, es capaz de producir por sí mismo una mayor equidad e inclusión social en el mundo».

En cambio, una concepción de la economía como don e intercambio responsable entre sujetos en relación exige una concepción muy distinta de la relación entre ética y finanzas, en la que el punto de partida está efectivamente constituido por los sujetos que actúan dentro del mercado y por la densa red de relaciones mediante las cuales cada uno incide potencialmente en la situación de todos los demás.

De hecho, el mercado presenta una interdependencia sólidamente estructurada. Esconderse tras el anonimato, impidiendo mirar de manera realista esa red de relaciones financieras, nos priva del coraje necesario para hablar abiertamente del poder –que es distinto según los sujetos implicados– mediante el cual algunos ejercen una enorme influencia en el sistema de relaciones económicas y financieras, con decisiones y operaciones muy concretas. Las raíces de este poder se encuentran en la capacidad de control, ya sea de recursos materiales (grandes patrimonios) o inmateriales (flujos de información y comunicaciones). Sin subestimar el peso de la dimensión material, hoy reviste una importancia especial el poder ejercido por el control de los recursos inmateriales. Este poder aparentemente “soft” tiene en cambio una gran incidencia en la dimensión material del sistema de interdependencias: la evolución de la economía y las finanzas refleja de hecho las expectativas, las motivaciones y las convicciones que se forman en esa trama cotidiana de relaciones (…).

El «deber» de un riesgo razonable

Por tanto, una perspectiva ética realista, ¿qué pide a los operadores financieros? El coraje de ser sujetos capaces de asumir el riesgo de una acción constructiva, aunque sea en condiciones de incertidumbre. Para garantizar la razonabilidad de este riesgo, hay que tomarse muy en serio no solo las causas de la incertidumbre “sistémica”, sino también las de la incertidumbre relativa a la calidad de las relaciones. Es decir, ¿me puedo fiar? ¿Por qué y cuánto me puedo fiar de mis socios potenciales?

Afrontar el riesgo de una acción constructiva es, por tanto, el primer gran desafío ético ante el cual se encuentran los sujetos, pequeños y grandes, dispuestos a asumir la responsabilidad que deriva de su pequeño o gran poder. Allí donde nadie tiene el coraje de emprender acciones arriesgadas, la incertidumbre objetiva termina bloqueándolo todo en un status quo que se hace cada día más problemático y arriesgado.

La economía como don e intercambio

Angelo Scola | 0 comentarios valoración: 3  468 votos
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