Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
22 MAYO 2018
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Dos en uno

Guadalupe Arbona Abascal

Hace unos días, se presentó en al Facultad de Físicas de la UCM la novela de Juanjo Gómez Cadenas titulada ‘Los saltimbanquis’. El coloquio entre el autor, los asistentes y tres amigos que estábamos en la mesa –un neuro-científico que estudia el Alzheimer en Houston, un exégeta y catedrático de Biblia y yo, profesora de literatura– tuvimos que dar razón de lo que ofrece la novela. No es corriente asistir en una Facultad de Físicas a la presentación de una obra literaria, como no es normal ver a un científico puntero que declara su estima por la belleza y le dedica sus mejores horas. ¿Hay algo en común entre hacer ciencia y escribir literatura? Fue la pregunta que se repitió y abordó de maneras diferentes. La respuesta nos la daba el autor, su mirada es la del estupor, la de la sorpresa porque las cosas sean, pudiendo no ser. Él mismo hacía unos meses, cuando fue nombrado socio de honor de la Asociación Universitas, lo decía. Gómez Cadenas se asombra con lo inmensamente pequeño y hace sentir que por tu uña pasan cada segundo 100 billones de neutrinos; de la misma manera le pasa con lo grande: el cosmos gigante, lo inmensamente grande y lejano, le sobrecoge cuando por la noche alza la vista y ve las estrellas; le pasma que haya cien billones de hombres y mujeres que han pisado esta tierra cada uno con su historia particular; y sigue la retahíla de sus asombros porque no se maravilla menos con la inaudita capacidad del hombre que puede percibir la belleza de una rosa y la de una ecuación matemática. Esta capacidad de mirar los hechos, en su inmensidad, en su pequeñez, en su variedad inmensa… y sobre todo ese asombro es lo que Dostoyevski denominaba la mirada de un artista: “Tomad un hecho cualquiera de la vida real –decía el ruso–, aunque no sea tan evidente a primera vista, y si tenéis un mínimo de fuerza y ojos, reconoceréis en él una profundidad (…) Esta es la cuestión: ¿quién posee esta mirada, quién tiene esta fuerza? Porque no sólo para crear obras de arte, sino simplemente para percibir un hecho, se requiere ser –en cierto modo– un artista” (F. Dostoyevski, ‘Diario de un escritor’).

Dos en uno

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Lo que Marx no sabía

Giorgio Vittadini

Últimamente se multiplican los diagnósticos sobre el cuerpo enfermo del sistema capitalista. Hay quien considera que el incremento de los nuevos ricos (récord en 2017 según el informe Oxfam) es un bien que recaerá en el resto de la población. Pero también hay quien señala la otra cara de la moneda: no solo crece el número de ricos, también el de pobres, y con perspectivas cada vez más inciertas. El capitalismo financiero, que pone en el centro de la organización social el dinero en vez del trabajo, ofrece muchos ejemplos y realmente nadie puede imaginar a qué futuro nos llevará.

Un ingeniero americano contaba a un amigo que en su empresa, muy bien organizada, los robots son los que realizan tareas como elegir, transportar o empaquetar los productos. En teoría, podrían usar robots también para otras labores, pero de momento no era conveniente. ¿Por qué? La recogida del cartón, por ejemplo, explicaba el ingeniero, se la encargaban a los guatemaltecos porque era más barato. No es casual. La financiarización, que comporta rendimientos superiores a los que garantiza la economía real, sumada a la ventaja que supone vivir en áreas urbanas respecto a centros pequeños, está llamada a agudizar la desigualdad entre personas. Los datos sobre el empobrecimiento no dejan lugar a dudas y recuerdan a la situación de la primera industrialización a principios del XIX, con la misma alarma entre los pobres más pobres.

Karl Marx, que nació hace exactamente doscientos años, el 11 de mayo de 1818, tuvo en aquella época el mérito de dedicar su reflexión al tema de la injusticia que se genera con la explotación de los trabajadores. El esquema de la lucha de clases terminó generando una violencia y una opresión aún peor, pero al menos intentó poner en discusión una idea de desarrollo basada en el papel estructural de los explotados. ¿Existe un camino alternativo al esquema marxiano que no sea un simple y distraído encogimiento de hombros? En la misma época en que vivió Marx, nació otro movimiento, el de muchos cristianos que se pusieron al lado de los últimos de los últimos. Entre ellos muchos santos sociales, como don Bosco, Calasancio, Cottolengo. Y un sacerdote francés, desconocido para la mayoría, el padre Stefano Pernet, que dedicó su vida a ayudar a los desheredados de las periferias urbanas en las primeras ciudades industrializadas.

En ambientes hostiles a la Iglesia, Pernet fundó la congregación de las Hermanitas de la Asunción, mujeres jóvenes que acudían a las casas de gente que necesitaba cuidados y desempeñaban tareas sencillas, como cocinar, limpiar, dar la medicación… Sin recibir nada a cambio, a menudo en silencio y sin tener en mente forma alguna de proselitismo. A diferencia de gran parte de la Iglesia de entonces, Pernet no se opuso de forma ideológicamente hostil al mundo nuevo, como dijo a las monjas de la congregación a los pocos días de llegar a Nueva York. “En esta potencia del trabajo hay algo bueno. Nosotros debemos imitarlo, pero dando al buen uso del tiempo un objetivo distinto del ganar dinero. Nuestro objetivo es ganar el corazón de Nuestro Señor y el Paraíso. Podéis estar seguras de que nuestra ganancia es mucho más alta que la de los neoyorquinos. En este país hay energía, vida, grandes esperanzas”.

Lo que Marx no sabía

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¿Tenemos algo en común?

Javier Prades

Los últimos procesos electorales en EE.UU. y en Europa han avivado la discusión entre las políticas que impulsan «movimientos identitarios» y las que reivindican la «ciudadanía». Las primeras favorecen los intereses de grupos específicos y las segundas privilegian los aspectos formales del procedimiento democrático, como garantía de igualdad en la sociedad civil. El debate jurídico y político resulta complejo, pero saca a la luz algo que incumbe a los actores de la vida social: ¿cómo fomentar que la política no acabe reduciéndose a la defensa de intereses particulares –a veces mediante lobbies muy poderosos– o a una protección abstracta del interés general? La respuesta supera los límites estrictos de la política y nos interpela a cada uno. Necesitamos voces desde todos los sectores sociales que asuman la responsabilidad de señalar lo que compartimos quienes vivimos en España. ¿Podríamos aceptar que existe algo así como un «nosotros» si, por ejemplo, sentásemos en una mesa a representantes de todos los partidos parlamentarios? ¿Y si reuniéramos a españoles arraigados aquí desde hace siglos con emigrantes recién llegados, o a castellanos con catalanes? ¿Y si nos sentásemos en una mesa creyentes junto con agnósticos o ateos? En esta época parece más fácil exigir lo «nuestro» frente a lo de «los otros». Nos cuesta ceder al reto fatigoso de identificar un «nosotros» que no excluya a nadie, a ser posible. Bien mirado, no podemos esquivar la tarea de afirmar un «nosotros» de algún modo. Lo hacemos continuamente. Por eso debemos reconsiderar cómo sucede. Se trata de volver a pensar sobre las notas de lo humano en cuanto tal. Lo más delicado es establecer el modo en que se disciernen las características comunes, cuando vemos las dificultades por las que atraviesan las categorías clásicas de ley natural o de bien común en el terreno moral y jurídico. Algo similar cabe decir sobre el debate reciente entre multiculturalismo, «movimientos identitarios» y «ciudadanía», con todas sus variantes. ¿Qué camino nos conviene seguir? Un primer paso consiste en admitir que las diferencias no pueden llegar hasta el punto de negar lo común. Pensadores como Husserl o Wittgenstein, Lévinas o Derrida, nos recuerdan que la extrañeza y la incomprensibilidad sólo son posibles en un marco de comprensibilidad. Sin esto no se podría ni siquiera advertir lo extraño. Somos distintos, pero no radicalmente extraños: hay entre nosotros –los seres humanos– una identidad más profunda que todas las diferencias, precisamente la que posibilita percibir al otro como diverso de mí. Pues, ¿quién es el «otro»? Es siempre un alter ego, es «otro como yo pero que no soy yo». Si el «otro» no fuera comprendido como un «yo», se oscurecería su alteridad humana y con ello su dignidad fundamental.

¿Tenemos algo en común?

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>Entrevista a Massimo Borghesi

'La amenaza: convertir la gracia en un presupuesto, no la ideología mundana contra la recta doctrina'

Fernando de Haro

El filósofo Massimo Borghesi, autor de “Una biografía intelectual. Dialéctica y mística”, libro en el que desgrana el pensamiento del primero cardenal Bergoglio y luego Papa Francisco, aborda en esta entrevista los pasajes de la carta apostólica Gaudete et Exsultate dedicados al pelagianismo y al gnosticismo.

En la reciente exhortación apostólica de Francisco, Gaudete et Exsultate, hay todo un capítulo dedicado a explicar los peligros de pelagianismo y gnosticismo. Es esta una constante en las intervenciones del Papa. ¿Por qué en el pensamiento de Bergoglio estas dos viejas herejías se asocian a la mundanidad?

Porque expresan la secularización dentro de la Iglesia, no fuera de ella. El peligro de la fe hoy proviene, según el Papa, no tanto ni solo de las ideologías mundanas sino de la mundanización interna a la propia Iglesia. El “mundo” está dentro de la Iglesia y no solo “fuera”. En esto Francisco refleja plenamente la persuasión de Henri de Lubac, uno sus grandes maestros ideales. De Lubac escribía en Meditación sobre la Iglesia: “Lo que Dom Vonier llamaba «la mundanidad espiritual» constituye el mayor peligro para la Iglesia que nosotros somos, la tentación más pérfida, la que renace siempre, insidiosamente, cuando todas las demás son vencidas, y que estas mismas victorias alimentan. Entendemos por ello, decía él, «lo que prácticamente se presenta como un desapego de la otra mundanidad, cuyo ideal moral, incluso espiritual, sería el hombre y su perfeccionamiento, en lugar de la gloria del Señor. La mundanidad del espíritu es una actitud radicalmente antropocéntrica»”. Pelagianismo y gnosticismo son hoy la expresión de esta mundanidad espiritual. El Papa lo dice insistentemente. En la Evangelii gaudium, párrafos 93-97, en su discurso a la Iglesia italiana del 10 de noviembre de 2015, en el capítulo segundo de la exhortación apostólica Gaudete et Exsultate. También se mencionan en la carta Placuit Deo, del 22 de febrero de 2018, a cargo de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

¿Pero por qué gnosticismo y pelagianismo, dos viejas herejías, constituyen los dos peligros para esa mundanidad de la Iglesia hoy?

>Entrevista a Massimo Borghesi

'La amenaza: convertir la gracia en un presupuesto, no la ideología mundana contra la recta doctrina'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  22 votos

Educar la mirada: Saint-Exupéry en tierra de hombres

Chema Alejos

A uno no le salen las cuentas. Fascinado por el ideal que nos ofrece la sociedad, y apostándolo todo por ello, te acabas encontrando desolado por un incumplimiento doloroso. Hay momentos en los que uno percibe destellos de belleza que nos sorprenden en lo cotidiano. De un modo imprevisto, como un ladrón en medio de la noche, sucede algo que te eleva, pero al mismo tiempo ensancha aún más el anhelo de tu ser, para volver a estar mendigando sucedáneos de verdad allí donde nos lo ponen a buen precio. Podríamos decir que somos ontológicamente insatisfechos y consolarnos tontamente con el mal de muchos.

Sin embargo, de vez en cuando se cruzan en nuestra existencia personas que parecen no estar heridas estándolo. Viven en medio de la multitud de un modo envidiable porque saben abrazar aquello que hace la vida verdaderamente grande. Están moldeados por el mismo barro corruptible llamado a la eternidad, pero con una mirada hacia la realidad que la transfigura o, quizá, la miran sabiendo que pueden ser transfigurados por ella.

Saint-Exupéry tiene esa mirada elevada, amplia y profunda. Mirada creativa capaz de descubrir el hilo dorado del que está tejido el mundo, hilo de sutura para la herida abierta de nuestro deseo. Con una imagen muy recurrente en sus escritos, él ha descubierto el agua subterránea que “gracias a ti, se abren en nosotros todas las fuentes cegadas de nuestro corazón”.

Educar la mirada: Saint-Exupéry en tierra de hombres

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Razón y fe, el desafío pendiente de la Ilustración

Costantino Esposito

Al contrario de lo que se suele pensar, la Ilustración es fruto de la historia cristiana. Resulta paradójico, si lo pensamos, que la ideología ilustrada se afirme tanto como una oposición radical frente a la tradición cristiana y el principio de autoridad de la religión en la Europa moderna de los siglos XVII y XVIII. Un periodo marcado, por un lado, por las guerras de religión (o mejor dicho, de política religiosa, justo después de la reforma luterana) que estallaron sobre todo entre católicos y protestantes; y por otro lado, por la lucha por el control y la moralización de la vida política por parte de las iglesias. Con la consiguiente búsqueda de una "tolerancia" posible que salvara, gracias al uso sensato de la razón y del conocimiento, del abuso de una legislación moral de impronta religiosa a toda la sociedad.

Pero este fenómeno no se resuelve solo como una contraposición frontal y teorizada entre Ilustración y cristianismo (como en las puntas extremas de las ideologías francesas de Voltaire o Diderot, entre materialismo, escepticismo y "deísmo"). En realidad, en muchos otros casos la Ilustración europea se concibe ante todo como el cumplimiento o verificación de la tradición cristiana. Pero, esta es la cuestión, entendiendo tal verificación como una reabsorción del evento histórico original en la pureza de la razón moral.

Pero el resultado de esta operación interpretativa no debe hacernos dar por descontado el origen o impronta cristiana de la Ilustración. De hecho, fue por motivos netamente históricos, y no abstractamente racionales, por lo que la Ilustración pudo concebir sus principios fundamentales. Pienso en la exaltación de la libertad y la razón como constitutivos del individuo, o en el derecho a la igualdad, o en la idea de la historia como progreso hacia un fin completamente humano y racional del mundo. Resulta luminoso en este sentido el juicio del cardenal Ratzinger en 'La Europa de Benito en la crisis de las culturas', sobre el que ha llamado la atención, como contribución esencial para comprender el momento actual, Julián Carrón en los dos primeros capítulos de su libro 'La belleza desarmada'.

Se trata de un fenómeno en cierto modo parecido al que se está poniendo de manifiesto en nuestra época. Del acontecimiento de la encarnación deriva una nueva actitud cultural, pero llegado a cierto punto esa actitud cultural se traduce paradójicamente en una eliminación de la historia que la generó.

Vayamos a lo que escribe el gran Kant en su 'Respuesta a la pregunta: ¿qué es la Ilustración?' (1784). Dice que "es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad", como si uno siguiera siendo menor de edad por decisión propia. Y eso no depende de "una falta de intelecto" sino de la "falta de decisión y de valentía a la hora de servirse del propio intelecto sin la guía de otro".

Razón y fe, el desafío pendiente de la Ilustración

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Lo que la religión puede ofrecer a la política

Adnane Mokrani

Antes de ver qué es lo que la religión ofrece a la política, a la ciudadanía y a la convivencia, debemos entender bien qué es lo que no ofrece. Como teólogo musulmán, creo que la naturaleza y misión de la religión es ante todo educativa: ayudar al hombre a alcanzar una madurez humana y espiritual, realizando y actualizando su potencial innato de humanidad y santidad.

Lo que la religión no puede ofrecer

1. La religión no puede ofrecer un sistema político o económico. De hecho, no se puede identificar una religión con un sistema político. La religión ni es monárquica ni republicana, ni capitalista ni socialista, ni de derechas ni de izquierdas.

Las religiones se han adaptado a lo largo de la historia a sistemas diversos, incluso contradictorios. El Corán habla, por ejemplo, de la consulta, la shura, como valor social (3,159; 42,38) pero no explica cómo puede aplicarse este principio. Habla de la limosna obligatoria, la zakat, (2,43, 83, 110…), como forma de solidaridad social, pero estas indicaciones resultan insuficientes para construir un sistema económico. La ausencia de una teoría política o económica no es un signo de debilidad o carencia, sino más bien un signo de flexibilidad que permite que las religiones sobrevivan a los cambios de época.

Al mismo tiempo, los religiosos han valorado y criticado estos sistemas de varias formas. En otras palabras, es cierto que las religiones no producen sistemas políticos ni económicos, sin embargo no todos los sistemas se perciben del mismo modo por parte de todas las religiones, por de los diversos grupos dentro de una misma religión. Obviamente, todo esto se debe contextualizar histórica y geográficamente.

Hoy el sistema democrático parece ser el más justo del que disponemos para nuestras sociedades contemporáneas, con la condición de que exista una conciencia popular que exija y aplique las reglas democráticas. Esta conciencia colectiva está en la base de una cultura democrática. No se puede transportar la democracia. Una democracia impuesta es una contradicción absurda, una locura que solo puede servir como pretexto para justificar y embellecer tentaciones imperialistas y expansionistas.

2. La religión no ofrece un sistema jurídico. Puede parecer paradójico. Eso no significa que la religión no sea normativa. Esta misma normatividad ha generado a lo largo de la historia sistemas y escuelas jurídicas, pero en nuestro mundo de hoy, secularizado, globalizado, pluralista y sobre todo democrático, resulta difícil cuando no “inmoral” imponer un sistema jurídico religioso. El estado religioso es un estado de hipocresía por naturaleza, pues obliga a la gente a vivir una doble vida, una privada en casa y otra pública en la calle o en el trabajo. Es por tanto un estado antirreligioso porque traiciona y mata aquello que hace de la religión una experiencia auténtica, es decir, la sinceridad del corazón.

Lo que la religión puede ofrecer a la política

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Donatello. La Pascua no es cuestión de buenos modales

Giuseppe Frangi

¿Cómo representar la resurrección? ¿Cómo poner imágenes a un hecho que nadie vio en el momento en que sucedió? En la experiencia de un artista, debe ser como un salto al vacío. O nos refugiamos en el convencionalismo de un imaginario sencillo o, si nos separamos de ahí, corremos el riesgo de ser visionarios. Así nacen obras maestras, como la de Tiziano con un Cristo Olímpico, o la de Mathias Grünewald en el altar de Issenheim, un Cristo como entidad luminosa. Sin embargo, se ve que demasiadas veces los artistas se ven obligados a poner dosis de “invención”, a refugiarse en los “efectos especiales”. En cierto sentido están justamente sujetos ante la grandeza misteriosa de lo acontecido.

Pero Donatello, el gran Donatello, es una excepción. Le llamaron para representar la resurrección al final de su carrera, cuando ya había regresado a Florencia tras su larga estancia en Padua, en uno de los dos púlpitos de la basílica de San Lorenzo, la basílica de los Medici. Donatello ya había trabajado en San Lorenzo hacía treinta años, en la vieja sacristía proyectada por Brunelleschi, realizando las extraordinarias puertas de bronce con los apóstoles discutiendo, que a veces parecen luchar entre sí. Fue un trabajó que le procuró el ostracismo de Brunelleschi, irritado por ese desorden de vida que insertó en el extraordinario equilibrio de su arquitectura.

Esta vez Brunelleschi había muerto hacía 15 años. Y Donatello podía sentirse libre para ser él mismo, aunque teniendo que afrontar un tema “imposible” como la resurrección. Ser él mismo significaba poder renunciar a las buenas maneras. Por eso su narración renuncia a cualquier toque edulcorado. Es una resurrección agitada, con un tono dramático que fluye por los laterales del púlpito. Los testigos están descolocados por lo que ha sucedido. Las mujeres que llegan al sepulcro parecen tambalearse ante la evidencia y el anuncio del ángel. Llevan el velo delante de los ojos, como si fueran clandestinas. Las mujeres iban “con las caras mirando al suelo”, narra Lucas. “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”, dice María Magdalena en el Evangelio de Juan. Fuera los soldados, más que dormir parecen extenuados tras una batalla. Donatello intercepta todo el estupor, pero también ese miedo humanísimo propio de ese instante, ante un hecho que todavía no se comprende bien.

Donatello. La Pascua no es cuestión de buenos modales

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Cristianos y musulmanes. Fe y libertad en la ciudad plural

Angelo Scola

Aunque el tema central del último número de la revista Oasis, “Musulmanes, fe y libertad”, pueda parecer lejano de nuestras preocupaciones cotidianas, el subtítulo, “Por qué esta es la verdadera cuestión del futuro (más que el terrorismo)”, debería disipar toda impresión de algo abstracto. Me han dicho que algunos lo han definido como valiente, pero más que valiente creo que es dramáticamente realista porque el gran nudo sin resolver del que nacen muchas de las tensiones del mundo musulmán, llegando hasta la tragedia del yihadismo, es justamente la ausencia de libertad. En particular, sin libertad se seguirá planteando la trágica alternativa entre gobierno autoritario o dictadura religiosa que aplasta a las iglesias cristianas, en apoyo de las cuales nació Oasis hace ya más de doce años.

Una conversación interrumpida

Libertad y liberación no son sinónimos. Cincuenta años después del 68 conocemos bien la potencia del ideal de liberación (política, económica, social…), su capacidad para movilizar a las masas, como se decía entonces. Sin embargo, la evolución –aunque sería mejor decir la involución– del 68 nos muestra que no hay verdadera liberación sin una concepción adecuada de la libertad. Las revueltas árabes de 2011, que empezaron en Túnez y Egipto, han sido un grito de liberación que no supo abrirse camino hacia la libertad; a causa de la represión, ciertamente, pero también a causa de una insuficiencia interna en las diversas almas de las protestas. Y así el terrorismo, entonces reducido a una posición defensiva, pudo volver a levantar la cabeza. Por eso, en un momento en que el yihadismo acusa el golpe de varias derrotas militares, resulta crucial volver a hablar de libertad, sin descargar tan pronto las responsabilidades en el sistema político global y, por otro lado, sin encerrarse, por lo que a Europa se refiere, en un miope enfoque centrado en la seguridad. Solo así se podrá quitar su base al fundamentalismo.

Pero no es fácil discutir sobre estos temas, al menos en el mundo musulmán. El primer obstáculo son sin duda los constantes ataques a la libertad de expresión que impiden afrontar serenamente las cuestiones más delicadas. ¿Cómo se va a reflexionar sobre la libertad religiosa con la espada del takfīr (acusación a los no creyentes) desenvainada sobre nuestras cabezas? ¿Cómo se va a hablar de los límites del poder político en un estado policial? «Pero lo que el hombre no puede hacer públicamente –escribe el estudioso coránico Emran Al-Badawi en un interesante artículo– lo hace en secreto. O mejor aún en internet». Existe por tanto un debate sobre estos temas que merece ser conocido, aunque se desarrolle en su mayoría de manera subterránea y al margen del discurso oficial, político y religioso.

Cristianos y musulmanes. Fe y libertad en la ciudad plural

Angelo Scola | 0 comentarios valoración: 2  18 votos
>Entrevista a Soledad Puértolas

'A estas horas de la vida no podemos renunciar a los milagros'

P.D.

¿Se ha formado usted alguna opinión sobre el debate que se ha producido entre las mujeres sobre la campaña #MeToo, que es una campaña importante de sensibilización contra la violencia sexual, y la sensibilidad de algunas francesas que creen que es demasiado puritana?

Creo que la reacción de estas mujeres francesas me parece una carta un poco absurda. Todos sabemos lo que implica el juego de la seducción y la línea del acoso. Es una línea difícil de dibujar, pero uno la conoce. Se ha aprovechado siempre la sociedad de la dificultad de trazar esa línea, pero lo que tiene que fomentar la sociedad es el criterio de las personas para saber que esa línea está en alguna parte. Y está en todos los campos de la vida. Siempre hay líneas confusas, eso es la vida, pero este manifiesto francés me parece que es volver a confundir. Debemos tener un criterio: quién me está acosando y con quién estoy jugueteando, donde hasta cierto punto yo sé. La diferencia es clara, y no lo es a la vez, como tantas cosas en la vida. ¿Qué es robar? ¿Robar mucho, robar un poquito? La diferencia la marca uno, la marca la moral, el criterio personal. Lo importante es tener ese criterio personal que te permite saber que la persona que tienes delante no se está aprovechando de ti. Respeto y libertad, en pie de igualdad. Hay que educar en ese criterio.

Usted es una enamorada de la lengua española, siempre ha dicho que la lengua es la manera de relacionarse con el mundo, ¿estamos perdiendo riqueza?

Como en todos los momentos de la historia, se pierde y se gana. Ahora no podemos hacer un balance de lo que hemos perdido y lo que hemos ganado. Hemos ganado muchos extranjerismos, tenemos selfies y emoticonos. Pero en otras cosas perdemos. Ayer hablaba con la tendera de una floristería del término “anugar”, cuando una persona se viene abajo, se anuga. ¡Qué bonito! Pero eso se ha perdido. Hoy día, dado que se comunica mucho, que la comunicación está a un nivel muy próximo a todo el mundo, se simplifica mucho, eso es evidente.

¿La simplificación significa que nuestra relación con el mundo es menos rica, menos compleja? Usted parte del presupuesto de que lengua es igual a relación con el mundo. Menos vocabulario, otro vocabulario, escribir mal en el WhatsApp…

No tanto menos vocabulario, que también, pero lo importante es saber estructurar los pensamientos. Si el pensamiento no está estructurado, no está ligado, entonces creo que se pierde esa capacidad mental. Ligar un pensamiento con otro es muy placentero, es un juego intelectual, como jugar al ajedrez, y con la lengua, hablando, podemos estar constantemente jugando al ajedrez. La lengua ayuda muchísimo porque es nuestro vehículo de expresión y si no lo dominamos, que para empezar no se puede dominar porque es un fenómeno rico que siempre se está haciendo, cuanto menos lo manejemos, más cortos nos quedaremos en nuestra capacidad de comunicar a los demás. No vamos a ser catastrofistas, pero creo que la comunicación se ha simplificado muchísimo y eso implica una pobreza en nuestra red de relaciones superficiales.

>Entrevista a Soledad Puértolas

'A estas horas de la vida no podemos renunciar a los milagros'

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La razón de la razón en Pèguy

Javier Martínez Fernández

Sobre la razón es una obra, como pone de manifiesto una alusión bastante explícita del texto mismo, muy cercana al primer libro de Péguy, Marcel, premier dialogue de la cité harmonieuse. La razón, al igual que la libertad, la justicia y la caridad, es un factor constituyente de la ciudad armoniosa. Esencialmente constituyente. De ahí la pasión con que Péguy defiende la peculiaridad de la razón, y la libertad de la razón y de sus métodos propios. No hay que olvidar que Péguy deseaba publicar otros diálogos sobre la ciudad armoniosa, de los que nunca llegó a escribir más que el título y la portada. Había un Dialogue de l’individu, un Dialogue de la cité, un Dialogue de la cité juste, un Dialogue de la cité charitable y, por fin, un Deuxième dialogue de la cité harmonieuse. La mera enumeración de estos proyectos ilumina muy bien las preocupaciones del poeta y del pensador, preocupaciones que van a acompañarle toda la vida.

Sólo que, cuando escribe Sobre la razón, Péguy no había experimentado todavía las amargas decepciones que, una tras otra, le harían profundizar en sus ideales hasta el punto de introducirle en el corazón mismo del misterio cristiano, de la redención cristiana. Ése es el largo camino, podríamos decir, de sus tres grandes “misterios”, con los que se ensancha la razón inicial: primero el “misterio de la caridad de Juana de Arco”; luego, el misterio de la “niña esperanza”, de la esperanza teologal y humana, espiritual y carnal, temporal y eterna, un misterio tan grande que Péguy no hace sino asomarse a su “Pórtico”; y, por último, el misterio de “los santos inocentes”, el misterio del sufrimiento humano iluminado por la Encarnación y la Cruz y la Eucaristía. Pero en ese largo camino misterioso, que el poeta recorrió como llevado de la mano por la niña esperanza, Péguy no abandonó nunca, no tuvo nunca que abandonar, ninguno de los anhelos profundos que movían su corazón. Sólo se purificaban. No tuvo que adentrarse en el mundo cristiano a costa de abandonar la creación, o a costa de sacrificar algún factor esencial de lo humano, de la vida humana, de la ciudad humana. Exactamente por la misma razón que no tuvo que abandonar a su mujer, no creyente, y tenazmente no creyente, cuando él encontró la fe. Su mujer era un don de Dios, y su fe era un don de Dios. Si los dos parecían incompatibles a los ojos de los clérigos (y de algunos laicos seriamente clericalizados, como lo estaba por aquella época Jacques Maritain), la Virgen sabría cómo resolver el problema. Él sólo podía orar, y orar, y orar... y hacer lo posible por mantener la esperanza cuando todo parecía indicar que Dios no escuchaba sus oraciones. Igualmente, cuando Péguy encuentra la fe, no tiene que abandonar el viejo concepto de razón que él defendía cuando era ateo. Por el sencillo motivo de que aquel concepto de razón, sin él saberlo, sin él sospecharlo aún, era el concepto cristiano.

La razón de la razón en Pèguy

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'Ejemplaridad, transparencia y legitimación política: cimientos de la monarquía del siglo XXI'

Ángel Satué

Hace pocos días la Fundación Pablo VI organizó un acertado debate sobre la monarquía en España con este título. Más bien fue sobre la Corona. Más bien, sobre la Casa del Rey. Más bien, sobre su gestión económico-presupuestaria y, sobre todo, con la ejemplaridad y la transparencia de ideas de fondo. El auditorio estaba a la altura de los buenos ponentes, los tres funcionarios.

Cabe recordar que SM el rey, en su discurso ante las Cortes Generales el día de su proclamación, dijo que “hoy más que nunca los ciudadanos demandan, con toda razón, que los principios morales y éticos imperen, y la ejemplaridad presida nuestra vida pública”.

Como resumen del encuentro, que se puede ver en la web de la Fundación, llamada a ser a través de este ciclo de conferencias un nuevo foco de pensamiento y de acción de la sociedad civil en lengua española, cuatro ideas entre menciones a Max Weber, Habermas y García Pelayo (y alguna otra auto cita de los ponentes que a sus libros y publicaciones me remito):

1. La Corona como institución histórica se justifica, en nuestra sociedad de primeros del siglo XXI, incluso por los ponentes, básicamente en el utilitarismo y funcionalismo. La Corona es un factor de estabilidad. El criterio sobre su justificación: si lo hace o no bien.

2. Reconocieron la importancia para la Corona y su papel, su capacidad generadora del sentimiento de pertenencia a la nación, que es importante para el funcionamiento del estado (si no, ¿por qué pagar impuestos y distribuir la riqueza nacional solo entre españoles?).

3. La Corona ha de ser ejemplar –si bien es una ejemplaridad que se predica y acota, sobre todo, desde el punto de vista presupuestario, es decir, de bolsillo para arriba–.

4. La Corona y la persona del rey y su familia se confunden, haciendo difícil separar lo público de lo privado, hasta el punto de que la propia Casa del Rey quiso en su día estar sujeta a las normas de transparencia y a unas normas internas de contratación.

Desde mi punto de vista, asistimos a un diálogo interesante sobre la Corona, en particular sobre la Casa del Rey, si bien derivó en demasía hacia la vertiente del control presupuestario. Desde este punto de vista creo haber comprendido que la aproximación al tema del debate fue tratar a la Casa del Rey como un ministerio más y, por tanto, al Rey, en la práctica, como un funcionario más. Pero el sentido de lo dicho lo pone siempre el que escucha, así que es posible que haya otras conclusiones.

Aprovechando este debate, quiero compartir unas ideas sobre la Corona con los lectores de Páginas Digital que me inspiró el escuchar a los tres ponentes, y las preguntas del auditorio.

1. La Corona debe estar en permanente estado de vigilia, en escucha permanente del sentir del pueblo.

2. La ejemplaridad debe ser en la vida pública, y en la vida privada, convirtiéndose entonces en una virtud humanista (Díez Moreno).

'Ejemplaridad, transparencia y legitimación política: cimientos de la monarquía del siglo XXI'

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Las ecuaciones de un ateo que no consiguió prescindir de Dios

Marco Bersanelli

Estaba considerado uno de los físicos teóricos más brillantes de Cambridge cuando, a los 21 años de edad, le diagnosticaron una grave enfermedad degenerativa. Inicialmente, los médicos le dieron más o menos un par de años de vida y no podían creerlo cuando, año tras año, le veían resistir a los embates de aquel insidioso mal. Stephen Hawking tuvo una vida larga, superando todas las previsiones razonables, en condiciones de una creciente aflicción física, apoyado por sofisticados soportes tecnológicos y sobre todo por el afecto de quienes supieron quererle. Hasta que su cuerpo ya exhausto se paró por fin.

Sus numerosas e importantes contribuciones a la física teórica tienen un aspecto en común: tratan de desvelar lo que en la naturaleza aparece como extremo, último, esencial. A Hawking no le apasionaban los problemas de detalles o secundarios, prefería las cuestiones radicales, donde la física parecía acercarse a sus propios límites. Los agujeros negros, por ejemplo, fueron uno de sus principales campos de batalla, objetos en los que la naturaleza del espacio-tiempo es llevada a su límite, casi extremo. Partiendo de consideraciones de termodinámica, Hawking demostró sobre una base teórica que los agujeros negros también emiten una radiación de naturaleza cuántica que hoy lleva su nombre, y que los agujeros negros obedecen a un criterio extremadamente sencillo: tres únicas medidas (masa, carga, momento angular) bastan para describirlos completamente. Luego se dedicó a investigar las condiciones iniciales del universo, allí donde la singularidad inicial prevista por la relatividad general se sumerge en el inefable régimen cuántico. Por último, fue un defensor convencido de la llamada “teoría del todo”, el sueño de llegar a una ley físico-matemática última, capaz de contener todas las demás, decretando así el “fin de la física” y acercándose cada vez más a lo que él mismo llamaba “la mente de Dios”.

Sí, Dios. Porque su trayectoria humana y científica ha estado marcada por una casi implacable necesidad de medirse con la posibilidad de un creador, la mayoría de las veces para negarla. Su posición a este respecto pasó por varias fases, oscilando desde una religiosidad panteísta hasta llegar, en los últimos años, a un explícito y radical ateísmo. El extraordinario éxito de sus obras divulgativas y su visibilidad mediática, que han creado un nuevo icono de la figura del científico, se han presentado tras un halo de incompatibilidad entre el enfoque científico y la fe en Dios.

Más de una vez, su intento ha sido el de demostrar sobre una base científica la no necesidad de Dios como causa del inicio del universo. En los años ochenta propuso un modelo cosmológico donde el universo no tiene confines en el espacio-tiempo, como si llegando al Polo Norte nosotros no encontráramos frontera alguna, aunque el polo sea un punto límite de nuestra descripción del globo terrestre. Según este modelo, en línea de principios, es posible evitar el problema del comienzo de los tiempos y, en consecuencia, según Hawking, de una intervención divina. Más recientemente, siguiendo otro filón, identificaba en una fluctuación del vacío cuántico primordial la posible preparación de un universo autogenerado por las leyes físicas. Por tanto, concluía, “el universo se creó a sí mismo de la nada, sin necesidad de ningún creador”.

Las ecuaciones de un ateo que no consiguió prescindir de Dios

Marco Bersanelli | 0 comentarios valoración: 3  21 votos

Testori, gratitud sin deudas

Giuseppe Frangi

El 16 de marzo se cumplen 25 años de la muerte de Giovanni Testori y no se puede imaginar una manera más “testoriana” de celebrar este aniversario que la publicación del libro de Luca Doninelli, titulado “Una gratitud sin deudas. Giovanni Testori, un maestro”. El título ya anuncia un libro sanamente “irregular”, no meramente celebrativo. El esquema aceptado normalmente establece que en la relación con el maestro uno se siente claramente agradecido, pero también deudor, pero la relación de Doninelli con Testori rompe los esquemas. La reconstrucción y documentación de esta anomalía consiste precisamente en la fascinación y en la sorpresa. Doninelli parte de una pregunta sencilla formulada con un tono casi propio de Manzoni: ¿pero qué es un maestro? La respuesta que poco a poco se va desvelando entre las páginas parece más bien un estremecimiento continuo. No hay rastro de la idea habitual de discipulado, donde el que sigue se encuentra con un camino ya sabiamente trazado por delante.

Por ser concretos, en el caso de Doninelli, a esta pregunta no le sigue una respuesta, pues después de cada pregunta nos encontramos siempre con un campo abierto ante nosotros donde se abren hipótesis y posibilidades totalmente inesperadas. “El maestro es más bien una casualidad”, escribe Doninelli. “Una casualidad que nos puede tocar el corazón en nuestra relación incesante con el futuro, en ese ganglio vital de un continuo hacer-deshacer-rehacer proyectos, que es la materia de la que estamos hechos”.

Si generalmente pensamos que el movimiento correcto es el del discípulo que va en busca del maestro, en el caso de Testori la dinámica es la contraria. “He aquí otro significado de la palabra ‘maestro’. Un hombre empieza a convertirse en nuestro maestro cuando nos hace entender que él ha recorrido todos los caminos del mundo para llegar hasta nosotros, y no al contrario. Un maestro no es un sublime prestador de obras sino un hombre que se nos entrega totalmente, un corazón que se desnuda ante nosotros”.

Parece evidente que este relato va más allá de lo biográfico, pues está lleno de sobresaltos que van abriendo brecha en el corazón del lector. Es un libro que provoca recaídas en las que cada uno puede intentar verse reflejado y descubrir correspondencias con el propio camino, incluso correspondencias nunca antes razonadas, de las que uno quizás nunca ha tomado suficiente conciencia.

Aunque obviamente hay un recorrido biográfico y autobiográfico que coincide además con una etapa delicada y decisiva de la historia italiana a finales de los 70. Estas páginas oscilan entre la evocación aún sorprendida por ciertas circunstancias y los apuntes de un magisterio anómalo. Por lo que respecta al asombro, llama la atención el recuerdo del segundo encuentro con el maestro. “Testori salió a abrir. Un perfume de madera de sándalo salía por la puerta y se extendió por el patio. Al verme, dijo dos veces mi nombre. Luca, Luca. Inmediatamente uno de mis esquemas mentales empezó a derrumbarse. Ese hombre tan importante, ese gran intelectual no se había olvidado de mi nombre aunque hubieran pasado más de veinticuatro horas. Este pequeñísimo gesto bastó para colocarme en la posición adecuada, la de alguien a la espera”.

Testori, gratitud sin deudas

Giuseppe Frangi | 0 comentarios valoración: 1  11 votos

Cartas para una política no ideológica (4)

Mikel Azumendi/Fernando de Haro

Queridísimo Mikel:

¡Qué buenas son tus letras! Te escribo estas en una mesa llena de yuanes y de todos los artilugios necesarios para diez días de rodaje. Mañana me voy a China a grabar uno de mis documentales. No lo vamos a tener fácil.

Me propones que dejemos atrás a Habermas. Estoy de acuerdo, pero antes de hacerlo no me resisto a volver a algunas cosas de las que nos hemos ocupado.

Comentando las tres condiciones que ponía el pensador alemán para que lo religioso pudiera hacer una aportación a la democracia en la sociedad postsecular (“elaborar el encuentro con otras religiones”, “acomodarse a la autoridad de las ciencias” y “ajustarse a las premisas de un Estado constitucional”), dices que este es un mensaje dirigido al islam porque el cristianismo lo tiene ya superado. No lo tengo tan claro. Los sociólogos más avisados ya han señalado que lo religioso tiene un gran peso en este comienzo del siglo XXI. Y a mí me parece muy interesante la tesis de Olivier Roy cuando señala que el proceso circular que ha animado siempre la relación entre las cuestiones de sentido (la verdadera religión) y la cultura en estos tiempos se está fracturando. La religiosidad reaparece con fuerza, pero disociada de la cultura que le es propia y, por eso, es utilizada ideológicamente. De este modo desaparece la relación entre racionalidad y religiosidad. En el islamismo el proceso es claro, en el hinduismo político (del que se aprovecha el nacionalismo) también. Y Roy denuncia que ese proceso está presente en ciertas formas evangélicas.

Es verdad, como señalas, que en España sufrimos eso que Victoria Camps llama “una militancia que considera que el hecho religioso es, por sí mismo, perjudicial para la vida en común”. Pero a mí el laicismo me interesa menos porque, como decía el otro, ¡no es mi tarea juzgar de las cosas de fuera! Ese laicismo probablemente tiene algo que ver con cierta incapacidad católica para aceptar la revolución liberal del XIX. Sí me interesa secundar, por el contrario, la invitación a “traducir” en “razón pública”, es decir en argumentaciones antropológicas compartibles o comprensibles por todos, la experiencia cristiana. Por dos razones. Porque este sano ejercicio que va de la cultura a la fe y de la fe a la cultura refuerza una verdadera religiosidad –sin racionalidad no hay auténtica experiencia cristiana (al menos como la entiende la tradición católica)– y el peligro señalado por Roy es muy real. Y porque este trabajo es una de las grandes aportaciones que se pueden hacer al bien común.

Cartas para una política no ideológica (4)

Mikel Azumendi/Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  15 votos

El problema de mirar el arte con sospecha

Giuseppe Frangi

Permítanme una premisa: hay pocas dudas de que el conde Balthusz Klossowski de Rola, más conocido por su nombre artístico Balthus, alimentara durante su vida una gran atracción por las jovencitas. Tampoco cabe duda de que dicho conde fuera, lo quisiera o no, un artista de gran importancia en el siglo XX, capaz de pintar algunos cuadros que se han convertido en iconos. Pues bien, sucede ahora que una obra de Balthus, expuesta en uno de los museos más importantes del mundo, el Metropolitan de Nueva York, se ha puesto en el punto de mira acusada de promover la pedofilia.

Fue una mujer, Mia Merril, quien lanzó una petición a través de la web thepetitioniste pidiendo al museo americano que retirara la obra. Esta petición ha recogido ocho mil firmas (que tampoco suponen una marea) pero sin duda ha alcanzado el objetivo de crear un caso mediático mundial. El cuadro en cuestión se titula “Therese dreaming” y representa a una joven en posición poco decorosa, adormecida en una silla. Balthus pintó muchos cuadros de este tipo que efectivamente pueden molestar por el punto de vicio que contienen. Pero el arte siempre ha tenido que ver con el lado oscuro que habita en todo ser humano. Y Balthus, en cierto sentido, muestra en público a través del arte su lado oscuro; tal vez también era una forma de mantenerlo bajo control.

Ante esta polémica inédita podemos hacer algunas reflexiones. La primera es que si hubiera que empezar a valorar el arte partiendo de la base del peligro potencial de ciertas obras, tendríamos que afrontar una serie infinita de posibles objeciones. Por poner un ejemplo, la Judit de Caravaggio, ¿acaso no podría verse como una apología del homicidio? ¿Quién garantiza que las Venus de Tiziano no puedan animar en quien las ve un instinto hacia el estupro? ¿Y quién nos asegura que la mujer desnuda del famoso “Déjeuner sur l'herbe” de Manet no pueda verse como una legitimación del acoso? El elenco podría continuar hasta el infinito según las preocupaciones y sensibilidades de quien mire una obra. Pero la premisa de razonamientos de este tipo es que el usuario de una obra de arte no tenga capacidad de juicio ni sea capaz de interponer un filtro razonable entre sí mismo y el sujeto representado. Evidentemente, no es así.

Aún queda otra reflexión por hacer. Hoy ya no existen zonas francas y estos revuelos de populismo ético ya no ahorran nada. El arte, que siempre se ha concebido como un mundo en sí mismo y por tanto intocable, también tiene que rendir cuentas con estos humores incontrolables que no conocen límites por arriba ni por abajo. Por eso, la defensa del Metropolitan suena débil, incluso bloqueada en la perspectiva de un arte concebido como aristocracia espiritual, y por tanto legitimada para todo o casi todo. Probablemente, las cosas ya no son así. Estamos ante una gran mezcla de valores y culturas donde el arte también está llamado a ganarse su legitimación. Y probablemente eso también vendrá bien…

El problema de mirar el arte con sospecha

Giuseppe Frangi | 0 comentarios valoración: 1  15 votos

Sin desnudo no hay arte

Giuseppe Frangi

Han despedido a un profesor de Utah por dar una clase de historia del arte donde aparecían cuadros de desnudos. No merece la pena perder tiempo en comentar una idiotez como esta, pero la noticia se presta a una pequeña aclaración que naturalmente no tiene nada que ver con cuestiones morales porque en este caso la moral probablemente no viene a cuento.

Se trata de una aclaración muy sencilla. Sin desnudo (es decir, sin cuerpos en su condición más pura y “creatural”) tampoco hay arte. El cuerpo humano es la obra maestra de Dios, que Dios habría querido siempre en su más pura quintaesencia, si Adán y Eva no hubieran liado la que liaron. A partir de esa preferencia original, el cuerpo se ha convertido a lo largo de la historia en el motivo generador de las más grandes experiencias artísticas.

Hay un magnífico ensayo de Luciano Bellosi, gran y delicadísimo historiador del arte, donde se cuenta una historia muy reveladora. Bellosi estaba estudiando uno de los grandes misterios de la historia del arte italiano, los frescos del Camposanto de Pisa, que gracias a sus estudios se atribuyeron a Buonamico Buffalmacco. A lo largo de su investigación, Bellosi llegó a este descubrimiento: en torno a 1345, en Italia había tenido lugar una profunda revolución en el mundo de la moda. Gracias a la aparición de un nuevo estilo procedente de Francia, las mujeres empezaron a vestir ropas más ceñidas, mientras que entre los hombres se difundió el uso de las calzas, que fueron el prototipo de lo que sería el pantalón. Era un adiós definitivo a los ropajes unisex, anchos y largos, con forma de saco, que encontró la reprobación, entre otros, del viejo Boccaccio.

La constatación de que este giro moderno en la moda tendría una fecha muy concreta fue un elemento decisivo para su investigación, por la confirmación de la paternidad de Buffalmacco en tan importante ciclo. Pero al margen de esto, Bellosi hacía otra reflexión muy interesante. Aquel giro en el mundo de la moda, que marcaba de un modo tan evidente y “escandaloso” los cuerpos de la gente y diferenciaba a hombres y mujeres, sirvió de espoleta para la mayor revolución artística del último milenio, la de Masaccio, Donatello y Brunelleschi. Una revolución cuyo centro era la poderosa percepción de la fisicidad y de la realidad concreta de los cuerpos. Los héroes de Masaccio vestidos tan modernos (cuando están vestidos) también eran el fruto de esta contaminación cotidiana. Porque sin cuerpos no hay arte, por mucho que esto turbe a los irreductibles moralistas de Utah.

Sin desnudo no hay arte

Giuseppe Frangi | 0 comentarios valoración: 1  21 votos

Cartas para una política no ideológica (3)

Mikel Azurmendi/Fernando de Haro

Querido Mikel:

Avanza febrero, hace ya tiempo que fue San Blas, pero el invierno no afloja en Madrid. Hace ya mucho tiempo que me vine de Córdoba a la capital, pero siempre que llegan estas fechas me asalta la sensación de que los fríos en la meseta son eternos. Tú estás acostumbrado.

Me alegro de que aclararas la semana pasada que un Estado democrático como el nuestro ha sido decisivo para que tragedias como las de Cataluña no hayan ido a más. Me parece que en la crítica que hacemos a la confianza en el Estado liberal no hay sombra alguna de ese anarquismo muy de moda, por ejemplo, en Estados Unidos. No me identifico de ningún modo con los antisistema, sean trotskistas, evangélicos o católicos. Me interesa comprender cómo el “sistema” puede recobrar vida.

¿Al proponerme retomar el discurso de Habermas “Fe y saber” lo haces porque crees que hay pistas positivas para salir del paisaje tan oscuro que pintaste en la última carta?

No sé si entiendo a Habermas bien. No estoy muy acostumbrado a las lecturas filosóficas. Él sugiere, si lo interpreto de forma correcta, que la cultura del sentido común en la que se basa el Estado liberal, ante los nuevos desafíos, está necesitada de un aprendizaje. “Sin renunciar a su propia autonomía (a la que no estamos dispuestos a renunciar en Occidente afortunadamente –digo yo–) esa razón (la del Estado liberal) permanece osmóticamente abierta hacia ambos lados, hacia la ciencia y hacia la religión”, señala. Pone tres condiciones para que la conciencia religiosa pueda enseñar algo al estado secular: “elaborar cognitivamente el encuentro con otras religiones”, “acomodarse a la autoridad de las ciencias” y “ajustarse a las premisas de un Estado constitucional”.

¿Crees que esta vía propuesta por Habermas es una salida? Sería una solución muy “alemana”. En España tenemos alergia, después de nuestro XIX y de la dictadura de Franco, a las “aportaciones religiosas” en lo público. ¿Cómo podría ser esa aportación? No sería aceptable una aportación de la fe como cuerpo doctrinal, como principios. Tendría que estar “mediada” por creyentes “racionalmente constitucionales”. ¿No? Me parece que en ese ejercicio de traducir la inteligencia de la fe en una racionalidad constitucional hay poco hábito. Estamos anclados en traducciones antiguas que no sirven para un mundo plural.

No quiero dejar de mencionar que, para Habermas, según lo que entiendo, este “nuevo aprendizaje de la razón” está vinculado a lo que en otro sitio denomina la “dependencia mutua”, el depender los unos de los otros. De hecho, en esta charla acaba asegurando que “el primer hombre que lograse fijar conforme a sus propios gustos las características que va a tener otro hombre, ¿no estaría destruyendo también aquellas libertades que han de regir entre iguales para que esos iguales puedan mantener su diferencia?”. Precioso. Pero de esto hablamos otro día. Siempre agradecido.

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Cartas para una política no ideológica (3)

Mikel Azurmendi/Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  22 votos

El largo viaje de la Ilustración católica y su necesaria revisión

Danilo Zardin

Ansias de un progreso iluminado por la razón y apego tenaz a las formas de conciencia religiosa modelada por el cristianismo parecían, hasta no hace mucho tiempo, dimensiones incompatibles. La idea del conflicto procedía de una visión dualista de la modernidad. No se la concebía como un desarrollo sino como una fractura que había provocado que la tradición se separara de su tronco, abriendo un nuevo camino abierto por las “magníficas suertes” de la independencia del hombre.

Para los intelectuales de la élite dominante, la tradición era sinónimo de opresión y cerrazón y era bueno echarla al mar una vez reducida a pesado lastre. Para los defensores del primado de la fe, en el bando contrario, el cuadro se había invertido. Todo el esplendor residía en un pasado glorioso y la sombra del mal anidaba en su demolición, que dejaba inerte al hombre contemporáneo, exponiéndolo al avance devastador de la dictadura del individualismo útil y de una ética político-civil aplastada por falsas ideologías. En todo caso, imposible salir del esquema de la contraposición. El punto donde la grieta se hacía insalvable se situó entre ambos contendientes en la crisis del XVIII, con el ataque al sistema del Antiguo Régimen mediante la activación de un fermento corrosivo que estalló con la Revolución Francesa.

Muchos hombres de cultura, tanto en el ámbito laico como en el del pensamiento de inspiración religiosa, siguen presis de esta lógica de choque. No han querido rendir cuentas con la revisión que lleva décadas en marcha sobre lo que verdaderamente es la modernidad, sus fundamentos y los procesos mediante los cuales ha obtenido sus materiales de construcción, edificando el “nuevo orden” de un estilo de vida que ha cambiado radicalmente. Se ha corregido profundamente la concepción del despegue de la modernidad occidental. El XVIII y su forma cultural más característica –la Ilustración– se presentan bajo una luz que evidencia rostros en contraste, destacando el alcance de un relato histórico que no es solo polémicamente disgregador. Aunque cada vez más silenciosamente, hay quien ha estado dispuesto a reconocer que la realidad actual es hija de las metamorfosis que han madurado en esa tormentosa fase de transición. La revolución ilustrada entró a formar parte instrumental de nuestro presente. Ha sido la cumbre intelectual y ético-civil en cuyo horizonte se mueven sus partisanos más fanáticos y sus adversarios más irreductibles. La antropología que nos condiciona, la construcción de valores personales de referencia, el cuadro de la moral colectiva, el equilibrio de poderes entre la esfera secular y los residuos de dependencia de lo sagrado con los que se rige el mundo actual derivan de posiciones asumidas en la batalla a favor o en contra de las reformas promovidas por los diseñadores de un nuevo curso de lo que fue la antigua res publica de la cristiandad. Olvidar, ignorar cómo fue, no ayuda a comprender el escenario en que estamos llamados a vivir.

El largo viaje de la Ilustración católica y su necesaria revisión

Danilo Zardin | 0 comentarios valoración: 2  22 votos
>Entrevista a Massimo Borghesi

'La confusión en la Iglesia la provocan los que amplifican el disenso'

Andrea Tornielli

La confusión en la Iglesia existe, pero “quien la provoca no es precisamente el Papa sino aquellos que, con tal de oponerse a él, no dudan en multiplicar las voces de disenso”. Así lo afirma el filósofo Massimo Borghesi, autor del primer estudio científico sobre el pensamiento de Francisco, Jorge Mario Bergoglio. Una biografía intelectual, que en esta entrevista aborda las nuevas críticas que han surgido en varios ámbitos al pensamiento teológico de Joseph Ratzinger, el documento escrito por tres obispos kazajos sobre Amoris Laetitia, y la matriz neoescolástica del tradicionalismo que acusa de modernismo al Concilio Vaticano II y a los papas que se han sucedido desde entonces.

El nuevo libro de Enrico Maria Radaelli, reseñado por Antonio Livi, con una crítica a Ratzinger –al que se identifica como uno de los responsables de la teología “neomodernista” con derivas “heréticas”– demuestra que muchos opositores al pontífice actual en realidad también son muy críticos con sus predecesores y, en último término, con el Concilio Vaticano II. ¿Qué le parece?

>Entrevista a Massimo Borghesi

'La confusión en la Iglesia la provocan los que amplifican el disenso'

Andrea Tornielli | 0 comentarios valoración: 2  28 votos
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