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19 NOVIEMBRE 2017
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William Congdon. Ese punto de encuentro entre la carne y la tierra

Rodolfo Balzarotti

A finales de octubre se celebró en Grosseto (Italia) la “Semana de la Belleza”. En siete días se concentró una gran variedad de propuestas culturales, exposiciones, conciertos, mesas redondas y testimonios. Era la segunda edición y llevaba como lema “Los rostros de la esperanza”, que ha contado con el cardenal Angelo Scola, arzobispo emérito de Milán, invitado a dar una lectio magistralis sobre la esperanza y la belleza precisamente en Grosseto, la diócesis donde comenzó su ministerio episcopal en los primeros años 90.

En esta iniciativa también colaboró la Fundación William Congdon, con una exposición del gran maestro americano que todavía permanece abierta al público durante esta semana. Una selección de 28 obras que no siguen un orden cronológico sino que mezclan pinturas de épocas muy distantes entre sí y que ponen el foco en dos figuras centrales de la producción de este artista: la carne y la tierra. La carne es la de Cristo crucificado, del que se presenta una decena de versiones, todas realizadas en los años 70; la tierra es la Bassa milanesa, sujeto casi exclusivo de la última etapa en la vida de Congdon, entre 1979 y 1998, año de su muerte.

En efecto, la vocación divina de la tierra y la corporeidad –caro cardo salutis– atraviesa como un hilo rojo todo el itinerario artístico de William Congdon. Partiendo de sus vistas urbanas y monumentales de los años 50 hasta su última etapa, renovada por la luz y el color redescubiertos en los escombros, y en los campos de arroz, cebada, grano y maíz de la Bassa lombarda.

En medio, una singular y sorprendente meditación pintada sobre el cuerpo de Cristo crucificado, donde cruz y cuerpo nunca se distinguen y donde ambos están en pleno proceso de consumación, que es también consumación del cosmos, de la naturaleza, del paisaje, de nuestra propia forma de ver y mirar.

Si bien es cierto que en los resultados extremos la imagen canónica del Cristo crucificado ya no es reconocible, eso no se debe a una búsqueda exasperada de novedad u originalidad, sino más bien a una profunda identificación, hasta sentir la contemporaneidad con la Pasión de Cristo, ya no simplemente representada sino testimoniada en el cuerpo mismo de la pintura.

Un proceso análogo de identificación se puede ver en las obras dedicadas a la Bassa milanesa, donde Congdon descubrió una fecundidad insospechada siguiendo el ritmo del tiempo atmosférico, las estaciones y cultivos. La tierra, en su constante diálogo con el cielo, siempre la vio también como “cuerpo”, como dilatación de la pasión de Cristo. Las estaciones del Via Crucis siempre aparecen vinculadas a las estaciones de la tierra.

En las ordenadas partituras de color del último Congdon, la cruz revela en todo caso su doble valor. Por una parte, símbolo cósmico, del cosmos como “coordenada”, donde se cruzan los dos ejes, vertical y horizontal, del panel. Pero por otra parte sigue siendo el marco de la irreducible singularidad cristiana: el cuerpo del Crucificado.

William Congdon. Ese punto de encuentro entre la carne y la tierra

Rodolfo Balzarotti | 0 comentarios valoración: 2  7 votos

La sorprendente fascinación de un bandido

Giuseppe Frangi

Estos días me toca acompañan a menudo a gente que quiere visitar la exposición de Caravaggio en el palacio real de Milán. Una muestra que está siempre abarrotada, pues presenta veinte obras cuya atribución nadie pone en duda, y eso ya es noticia porque a menudo las exposiciones sobre Caravaggio se convierten en un pretexto para insertar en el catálogo obras muy dudosas por interés de sus propietarios.

En 1951 Milán albergó la exposición más importante de la historia sobre Caravaggio. Una exposición mítica, que supuso una novedad extraordinaria desde el punto de vista científico y que contó con un éxito de público nunca superado. Caravaggio hablaba entonces de un mundo aún familiar y bien conocido porque aquellos que hacían fila para admirar sus obras. Hoy el mundo ha cambiado profundamente y la mayoría de los sujetos representados por ese gran artista resultan “oscuros”, aunque su capacidad para atraer y conquistar al público permanece intacta.

Por ser más concretos, ver en 2017 a miles de personas con brillo en los ojos, que no pueden ocultar una conmovida admiración ante un cuadro como la Virgen de los Peregrinos, procedente de la iglesia romana de San Agustín, es algo que llama poderosamente la atención. No basta explicar esta atracción afirmando que obras como estas son de una belleza que irrumpe con evidencia. No basta, porque la belleza no es una categoría que se pueda abstraer del contenido representado ni de la experiencia de quien la hace entrar en una relación profunda y misteriosa con ese contenido. La belleza, para ser tal, siempre se “encarna” en una experiencia. La de Caravaggio, por ejemplo, era la experiencia de un hombre ciertamente al límite, no solo por su temperamento sino también por la dramática inquietud, a veces subversiva, que le invadía. Su historia nos muestra que la belleza nunca es fruto de mecanismos automáticos sino el resultado de una contaminación imprevista de diversos factores y a veces hasta incompatibles sobre el papel. En el caso de Caravaggio, puede suceder que una naturaleza bandida y un temperamento a veces ferozmente antagónico como el suyo desemboquen, por caminos totalmente misteriosos, en obras de una religiosidad intensa, profunda, viva. En el cuadro citado, es una religiosidad impregnada por el espíritu del oratorio de san Felipe Neri.

La belleza es, por tanto, fruto de esta combinación imprevista. Si un público tan vasto e indiferenciado se ve conquistado hoy por la belleza de estas obras, es precisamente porque percibe que esa belleza sigue siendo un proceso en acto: en acto ante los ojos y el corazón de quien los mira. Roberto Longhi, gran historiador de arte del siglo XX, cuando presentó aquella muestra milanesa en 1951, de la que era comisario, afirmaba que la fuerza de Caravaggio es la de saber llevarlo todo al “hoy”, y para subrayar la centralidad de este concepto escribió en cursiva la palabra “hoy”. La belleza de Caravaggio es una estupenda y sorprendente reliquia de un pasado. Es un hecho que sigue tocando el corazón en el presente. Incluso en un presente aparentemente tan lejano como el nuestro.

La sorprendente fascinación de un bandido

Giuseppe Frangi | 0 comentarios valoración: 2  11 votos

En nombre de la verdad, opciones ideológicas (teóricamente) contrarias al relativismo

Massimo Borghesi

www.paginasdigital.es publica un adelanto del libro de Massimo Borghesi, Jorge Mario Bergoglio, una Biografia Intellettuale, dedicado al pensamiento de Francisco.

En el arco de tiempo que va de finales de los años 90 a los primeros años 2000, Bergoglio pone el foco en las categorías que encontraremos en el centro del documento final del gran congreso de la Iglesia latinoamericana en Aparecida en el año 2007. La idea de fondo nace de una fórmula que Bergoglio halla ejemplarmente descrita en la Deus caritas est de Benedicto XVI: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. Es la fórmula citada en la introducción del documento conclusivo de Aparecida y tiene un sabor decididamente “giussaniano”. El hecho de estar presente en Benedicto XVI y luego citada por Francisco en la Evangelii gaudium le confiere un valor especial. Indica el punto inicial de la fe, ayer igual que hoy, y al mismo tiempo supone un juicio histórico sobre la deriva “ética” que caracteriza al catolicismo de la era de la globalización. Una vez terminada la época candente del compromiso histórico de izquierdas, típico de los años ’70, marcados por las teologías políticas, la revolución, la esperanza, etcétera, asistimos desde los años ’80 a una suerte de reflujo, de encerramiento en un recinto protegido. El compromiso en el mundo se confía a la defensa de un conjunto, definido y seleccionado, de valores descendentes de la ética y de la antropología cristiana amenazados por la onda relativista que caracteriza a los nuevos tiempos. Paralelamente, decae la atención por la cuestión social y se atenúa considerablemente la percepción de una Iglesia misionera, proyectada, más allá de sus propios confines, hacia la dimensión del “encuentro”.

El proceso de secularización determina, en el mundo cristiano, una reacción ética. Con ella, la idea de Methol Ferré, compartida por Bergoglio, del testimonio cristiano vivido como respuesta adecuada al ateísmo libertino empieza a perderse. La Iglesia se opone pero no es capaz, positivamente, de ponerse, de afirmar una tipología humana en la que el “atractivo de Jesús” sea más fuerte que el atractivo estético de una sociedad opulenta. La deriva ética de la Iglesia indica una estrategia de resistencia, no una era de renacimiento. Esta tendencia ética, por la cual el encuentro cristiano pasa a un segundo plano, permite aclarar la corrección que propone Francisco en la Evangelii gaudium. Se trata de volver a poner en evidencia lo que primerea: la gracia de un anuncio transmitido por un testimonio humanamente creíble.

En nombre de la verdad, opciones ideológicas (teóricamente) contrarias al relativismo

Massimo Borghesi | 0 comentarios valoración: 2  32 votos

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Xi Jinping y la revolución de 1917

Antonio R. Rubio Plo

En un reciente artículo del diario Indian Express se señalaba que Xi Jinping, líder del Partido Comunista Chino (PCCh), ha enterrado el espíritu revolucionario de 1917. Y si la revolución rusa no es conmemorada por todo lo alto en la Rusia de Putin, aunque tampoco se oculte el centenario del hecho, menos habría de serlo en la China actual, pese a que Xi Jinping se proclame heredero de Marx, Lenin y Mao.

No puedo estar de acuerdo con esta opinión porque es un enfoque que mira a la revolución rusa desde los estrechos límites de la ideología. Si un régimen se adapta a los postulados clásicos del marxismo-leninismo, es fiel a la revolución. En caso contrario, no lo es. La principal objeción al régimen chino viene del lado de la economía. Su socialismo de mercado, o su capitalismo de Estado, sería la negación de unos dogmas económicos que apuestan por el colectivismo y rechazan la propiedad privada de los medios de producción. Pero otra objeción al PCCh es que no parece tener deseos de exportar su sistema político-económico al resto del mundo, algo que el maoísmo sí pretendía hacer.

Pese a todo, cualquier mínimo conocedor de los hechos históricos puede llegar a la conclusión de que sin la revolución de 1917 no hubieran sido posibles los actuales regímenes ruso y chino. En el caso de Rusia, la revolución puso fin a un sistema frágil en todos los aspectos, el de los zares, y convirtió al país, ahora bajo las siglas de la URSS, en una potencia global como nunca lo fue en su historia anterior. En consecuencia, la URSS no puede ser vista en la Rusia de Putin como una herencia negativa y vergonzante, tal y como pueda serlo el pasado comunista en países de Europa central y oriental. El comunismo sirvió para superar el estatus de potencia regional, al que Rusia volvió en la posguerra fría.

Xi Jinping y la revolución de 1917

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>Entrevista a Adolf Tobeña

'El progreso racional se acumula poco'

Fernando de Haro

Adolf Tobeña es catedrático de la facultad de Medicina en la Universidad Autónoma de Barcelona y ha escrito “La pasión secesionista” (ED Libros).

En el preludio de su libro, dice que su trabajo está dedicado a bucear “en vectores de la psicobiología del gregarismo, el etnocentrismo y la xenofobia como resortes del nacionalismo de base identitaria que se presentan como modernos”. ¿Todo esto es el secesionismo?

Eso y más. Pero puede brotar en cualquier lado.

Ha brotado en Cataluña.

Ha brotado en la mitad de los catalanes. Eso es importante. Por más buenos, espléndidos que hayan sido los movimientos de agitación y activismo que han puesto en marcha un movimiento de masas sensacional, solo ha captado como máximo a la mitad de los catalanes.

¿Y por qué la mitad de los catalanes se han visto afectados por estos fenómenos de gregarismo, etnocentrismo, xenofobia, nacionalismo que son engañosamente modernos? ¿Qué ha ocurrido?

Que la gente que lo ha montado ha sido fantástica, han sido unos profesionales de primerísimo nivel. Tanto los responsables del diseño de eslóganes, de la construcción de relato, de los movimientos de masa, de las procesiones que han ido montando en la calle a lo largo de los años, ha sido gente de un nivel fantástico, los mejores publicistas, la mejor gente de marketing, los mejores periodistas, los mejores comunicadores han estado detrás, los mejores diseñadores. Y como la influencia se ha ejercido sobre las clases medias, acomodadas, ilustradas y cosmopolitas que son la mayor parte de los secesionistas, es la gente rica, ilustrada, inteligente y ciudadana del mundo la que es secesionista en Cataluña, y son más bien los trabajadores y las capas marginadas y el conjunto de la emigración reciente y lejana los que no son secesionistas. Es decir, esto se ha producido porque los que lo han montado han sido muy buenos. Hablo de los que lo han montado en términos de convencimiento y de persuasión, no de los políticos.

Pero entonces, un hombre o mujer del siglo XXI, cosmopolita, de clase acomodada, etc, heredero de toda una tradición de racionalidad y de capacidad crítica…

Los siglos no cambian muchas cosas en esto. Este es otro error monumental.

¿El progreso no se acumula?

El progreso técnico sí, afortunadamente. Pero el progreso racional y moral, poco, muy poco.

Entonces estamos a merced de ese gregarismo, etnocentrismo y xenofobia aunque seamos ricos…

Sí. Y lo están todos los pueblos. También el resto de españoles lo está. En cada momento, en determinadas circunstancias y en determinadas sociedades, hay elementos para que si unos cuantos espabilados aprovechan esto se ponga en marcha.

¿Y no tiene algo que ver la globalización?

Nada, cero. Eso son pseudoexplicaciones. Cero.

¿Es la misma pasión del nacionalismo de comienzos del XX que llevaba a los chavales como locos a alistarse al ejército en la Primera Guerra Mundial?

Por ejemplo. En realidad hubo euforia en Europa. Los líderes, cuando lo pusieron en marcha y tuvieron sus dudas, tanto los alemanes como los franceses, como los italianos o austríacos o los húngaros, se quedaron perplejos de que después de 40 años de prosperidad y crecimiento urbano sensacional…

…se suicidaran de esta manera.

Exacto. Pero es que iban…

…como a una fiesta.

Exacto. Está retratado por los hermanos Lumiére en crónicas cinematográficas.

Y acababan en la trinchera.

>Entrevista a Adolf Tobeña

'El progreso racional se acumula poco'

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Aclaraciones sobre el origen del catalanismo

L. Seguí

Las obras de referencia del nacionalismo catalán son la Torras i Bages, la de Almirall y la de Prat de la Riba, aunque la primera tiene un sentido antagónico al de las otras dos. El núcleo del debate histórico en torno al catalanismo es si se trata de algo intrínseco al pueblo catalán o si, por el contrario, se debe al influjo “externo” sobre Cataluña y en qué medida.

Mientras que Prat de la Riba busca en la tradición catalana el origen que justifique el nacionalismo propio del resurgir cultural y político que supuso la Renaixença, Almirall en cambio apunta a la influencia que ejercieron las ideas revolucionarias y liberales.

El profesor Canals señala que el historiador Rovira i Virgili mantiene las tesis de Almirall, pero añade con inteligencia que “el entronque entre la influencia francesa y el movimiento catalanista no es directo –ya que la versión española del ideal revolucionario y jacobino condujo a la unidad legislativa y a la centralización estatal– sino indirecto, a través del movimiento romántico”. Pero advierte su complejidad, pues aunque por una parte el romanticismo catalán “se centró en la corriente tradicional e histórica, medievalista y cristiana”, por otra parte pertenece a la “España nueva” a la que Cataluña –por desgracia– se anticipó: la liberal europeizante.

Canals encuentra la clave interpretativa en las tesis del P. Casanovas S.I., que se separa de la interpretación del siglo XVIII como siglo meramente de muerte cultural para Cataluña (Decreto de Nueva Planta y Universidad de Cervera, supresión de los Estudios Generales catalanes, etc), y sostiene que el siglo de muerte fue el XVII y no el XVIII, que es el nexo con la Renaixença –en contra de las tesis que señalan a la Edad Media–, y que fueron precisamente los rasgos burgueses de esa cultura del XVIII los que constituyeron “el mayor esfuerzo por integrarse en la Ilustración europea”.

Por mediación del romanticismo “el resentimiento tópico ante lo borbónico y lo estatal pudo impulsar, oculta bajo la cortina de humo de aquellas confusiones, la real entrega a corrientes opuestas a la verdadera tradición catalana. El progresivo aburguesamiento y el uniformismo barcelonés de las últimas décadas del catalanismo, vino a injertar a la descendencia de los antiguos ‘vigatans’ en un tronco que, por la Renaixença y el Romanticismo, recibía precisamente, transformado por la cultura burguesa del siglo XVIII, el contenido del artificial humanismo ‘botifler’” –es decir, afrancesado y revolucionario.

Aclaraciones sobre el origen del catalanismo

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>Entrevista a Francesco Mercadante

'Nadie cree ya en los principios de la Revolución Francesa, ¿qué será de la democracia?'

Antonio Gnoli

Es uno de los máximos exponentes del pensamiento jurídico de inspiración católica. En su carrera como jurista y profesor universitario, además de la filosofía del derecho se ha dedicado también a la política, la teorética, el arte y la literatura.

Durante los últimos años me he preguntado varias veces qué habría sido de Francesco Mercadante, un hombre irónico, apartado, de escritura detallada y vasta erudición. Recuerdo su gran papel en la editorial Giuffrè, especializada en textos jurídicos, y uno de sus mejores libros, sobre el comentario de Leo Strauss sobre la Tiranía de Jenofonte, así como un volumen dedicado a los años setenta donde anticipaba las incursiones actuales en la democracia plebiscitaria, o un amplio y extraño libro con hechos y testimonios del terremoto de Messina. Recordando a este hombre tan versátil, fornido con un espíritu propio del XVII, discípulo indirecto de Giuseppe Capograssi, uno de los grandes juristas italianos del siglo XX, pensaba en las dunas de arena que cambian de forma por el soplo del viento pero siempre siguen siendo iguales. No cambian en la profundidad de su esencia.

Hace poco lo volví a ver. Se dirigía a las puertas de un palacio romano. De andares cautos, con paso todavía fuerte, figura baja y taurina, inconfundible a pesar del tiempo transcurrido. Sí, siempre él, a pesar de todo. “¿Cómo está, profesor?”, grité. Sorprendido, se giró. “Bien”, respondió, “cuidándome”. Era un estar bien sin lamentos, con el equilibrio nervioso de esas personas que piensan mucho y duermen poco. Me invitó a subir. Una semana después, volví a verle. Nos habíamos quedado en una frase.

Esa frase de Montesquieu refiriéndose a Dios: uno de nosotros es demasiado. No sé si la pronunció como un reconocimiento o como una advertencia.

Yo percibo la dificultad que tenemos cada vez que pensamos o nos medimos con lo absoluto. Aquel príncipe de los moderados exaltaba lo moderno con la cautela del jurista talentoso. A veces los viejos somos increíbles. Estaba releyendo “Los dioses tienen sed” de Anatole France, y pensaba que en esas páginas, no especialmente inspiradas, sobre la Revolución Francesa había algo que nos debía interpelar.

¿Qué era?

Diría que una fecha, 1789, el nacimiento de los principios inmortales. La verdad es que ya no se cree en ninguno. Así que la cuestión es cómo salvar a la democracia que se inspiraba en esos principios. A lo largo de estos dos siglos hemos logrado más libertad y más igualdad, pero los cambios del progresismo que se ha apoyado en estos valores resulta hoy innegable.

El siglo XX alternó progreso con dictadura.

Cada vez estoy más convencido de que las dictaduras del siglo pasado no han hecho más que copiarse unas a otras, rozando el delito de plagio. Los hombrecillos que se han convertido en dictadores son meras estampas que han secundado el cliché del crecimiento, con el aplauso entusiasmado de las multitudes, para luego caer cada vez más en la furia colectiva, hasta la más negra oscuridad. En ese antro de desolación psíquica que Salvatore Satta relató de manera incomparable en “De profundis”, se puede formular esta pregunta nada peregrina: ¿por qué los italianos aceptaron el fascismo?”.

Tal vez por una mezcla de seducción y espejismo.

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'Nadie cree ya en los principios de la Revolución Francesa, ¿qué será de la democracia?'

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Leyendo a Josep Pla: los excesos del romanticismo

Antonio R. Rubio Plo

No sé si en la Cataluña actual, o en la que aspiran a construir los independentistas, se seguirá leyendo a Josep Pla, pero mi respuesta tiene que ser negativa porque no es un escritor cómodo para quienes supeditan su existencia a una política en que la racionalidad brilla por su ausencia. A estos les resulta fácil tacharlo de conservador, cuando en realidad el escritor ampurdanés huyó de todo encasillamiento, incluso literario. El sentido del humor, que en Pla llega a ser socarronería, se da de bruces con formalismos postizos y engolados, bien sean de la política o de la cultura. ¿Qué habría pensado de los acontecimientos de la Cataluña de hoy?

Hombre de experiencias vitales y literarias, Josep Pla no habría necesitado de la formación de un jurista o de un politólogo para dar su punto de vista sobre la situación en su tierra catalana. Nos basta con releer algunos párrafos que escribió sobre el romanticismo, y que resultarían incómodos hoy en día, pues parecen escritos por alguien que no aprueba que el sentimiento sea elevado a la categoría de la religión: “El temperamento romántico implica dar más importancia al sentimiento que a la inteligencia, al instinto que a la prudencia. El romanticismo vive en un mundo hecho a su medida… El romántico, ciudadano de un mundo que no existe, tiene, en el mundo en que vive, un disgusto diario porque las cosas difícilmente se adaptan a sus deseos”. Basta con sustituir romanticismo por nacionalismo, sea del signo que sea, para comprender la clave de muchas cosas que están pasando. Y se llega además a una serie de conclusiones: el romanticismo, en todo lo que tiene de fantasía y de exaltación desorbitada de la imaginación, es forzosamente un movimiento antiintelectual, pone entre paréntesis a la razón y se deja llevar por el sentimiento hasta extremos irracionales. Eso no le podía gustar a Pla, que no creía ni en los porvenires gloriosos ni en esa insensata vulgaridad, atribuida a Stalin o a su apologista, el periodista Walter Duranty, de que para hacer una tortilla hay que romper necesariamente los huevos. No podía creer, ni muchos menos, en que las perturbados de hoy serán los prudentes gobernantes del mañana. No podía creer en los males necesarios que hay que padecer estoicamente, casi con los ojos vendados, para acomodarse en un futuro paraíso.

Pla identifica el romanticismo con la juvenil carencia de concreción. Hay que coincidir con el escritor en que el romanticismo se mueve a gusto en la inconcreción, y no estaría satisfecho si contemplara algún tipo de planificación del porvenir. Sería como matar la imaginación en la que se mueve. Concretar le resulta violento, pues es como si le privaran de su libertad. Con buen sentido, Josep Pla se pregunta qué puede construirse sobre la vaguedad. Se diría que ese romanticismo ha perdido deliberadamente la brújula y no desea recuperarla.

Leyendo a Josep Pla: los excesos del romanticismo

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>Entrevista a Massimo Borghesi

'En Cataluña han encontrado una nueva religión'

Juan Carlos Hernández y Fernando de Haro

Vivimos una época de caída de las evidencias, también de aquellas evidencias que fundamentaron la democracia. Lo vemos en el auge de los populismos pero, ¿podría ser un ejemplo de esto el movimiento independentista en Cataluña?

El movimiento independentista catalán tiene un origen antiguo. Sus premisas están al comienzo de la era moderna cuando, con el descubrimiento de América, Cataluña tuvo que sufrir las dificultades económicas debidas al desplazamiento del comercio hacia las Américas, de cuyas rutas Cataluña quedaba excluida en favor de Castilla, y con la reducción de su margen de maniobras mercantiles en la cuenca mediterránea, a causa de la expansión otomana. En este contexto es donde maduran los sentimientos anticastellanos y separatistas que llevarán a la decisión política de apoyar a Francia contra Felipe IV. Si bien estas son las premisas más lejanas, hay que decir que el fenómeno del independentismo se ha radicalizado en los últimos diez años, paralelamente al estallido de la crisis económica interna en España y también internacional. La crisis económica funciona como detonador de antiguas rivalidades. El populismo catalán es distinto del italiano, alemán, austriaco, inglés. No tiene nada que ver con los fenómenos de la inmigración, la presencia musulmana, etc. El populismo catalán es un populismo nacional o, mejor dicho, nacionalista. Presenta analogías con el vasco y escocés. Los independentistas piden ser considerados como una auténtica nación. Por eso, en marzo de 2006, adoptaron una nueva versión del Estatuto catalán con la aprobación del entonces presidente José Luis Rodríguez Zapatero, donde se reforzaba a la comunidad autónoma. En el texto se definía a Cataluña como una “nación” dentro del Estado español y se establecía además “el derecho y el deber” de los ciudadanos catalanes de conocer y hablar el catalán y el castellano. Pero en julio de ese mismo año, el Partido Popular de Mariano Rajoy, por aquel entonces en la oposición, presentó un recurso ante el Tribunal Constitucional que, cuatro años después, en junio de 2010, anuló una parte del estatuto catalán, la que establecía la referencia a Cataluña como “nación”, porque no tenía “ningún valor jurídico”. El motivo de la anulación de una parte del estatuto está en el hecho de que la Constitución postfranquista de 1978, que convirtió al país en una monarquía parlamentaria, “no reconoce más que la nación española” y está pensada para una España “indisoluble”. Los principios sancionados constitucionalmente son por tanto superiores a cualquier decisión tomada en un parlamento autónomo.

En el origen del catalanismo está sin duda la obra del obispo Torras i Bages, que a finales del siglo XIX ve en el desarrollo de la identidad regional o nacional de Cataluña un modo de detener la secularización. Ese intento está reflejado en su famosa frase “Cataluña será cristiana o no será”. En la historia ha habido otras operaciones similares. ¿Qué consecuencias tiene una opción de este tipo?

>Entrevista a Massimo Borghesi

'En Cataluña han encontrado una nueva religión'

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El dios cruel de la historia y el elogio de la palabra

Antonio R. Rubio Plo

En una de tantas tertulias políticas de los medios de comunicación, uno de los participantes señalaba que al abordar la cuestión catalana, el gobierno de España conocía muy bien las leyes a aplicar, pero que no había leído libros de historia. Si los hubiera leído, no habrían pasado los acontecimientos del 1 de octubre.

No estoy de acuerdo con esta afirmación. Es indudable que las leyes tienen sus limitaciones y no se puede abordarlas desde una mentalidad cartesiana. De hecho, la equidad estaba presente en la obra de los grandes jurisconsultos romanos, que daban cabida a la ponderación. Pero dejarlo todo en las manos de la Historia, con mayúsculas a la manera hegeliana, es dejarlo en manos de un dios ciego y cruel que, inexorablemente, exige sacrificios humanos, sean éstos incruentos o no. La Historia nos arroja en brazos del determinismo y suele darse de bruces con la libertad humana. La Historia nos puede brindar excelentes ejemplos de la fuerza y la nobleza del ser humano, pero si nos entregamos a ella en cuerpo y alma, e incluso la revestimos del manto de los derechos colectivos, que no son los de las personas concretas, es un dios cruel que se volverá contra nosotros. La Historia es la gran cómplice de determinadas ideologías, las encabezadas por líderes políticos que solían repetir aquello de que la Historia les absolvería. Desde luego no esperaban el juicio divino, dadas sus creencias, pero lo que es peor: tampoco esperaban el juicio inmediato, o en el mejor de los casos la opinión, de los que vivían junto a ellos. No eran Luis XIV para repetir aquello de “el Estado soy yo”, si es que realmente el monarca francés lo dijo porque no tenía ninguna necesidad de decirlo. Sin embargo, tampoco se atrevieron a decir “la Historia soy yo”. Pero está claro que lo pensaban, y quien piensa que él es la Historia, no está lejos de afirmar, simplemente con los meros hechos, que el Estado o el Partido también es él. Ese líder político cae inevitablemente en el determinismo, pero es un determinismo encarnado en él mismo. Y en el fondo no hay ningún líder que se deje llevar por el supuesto determinismo de su ideología. Llegado el caso, suele adaptarse a las circunstancias cambiantes del entorno. Siempre hay un cierto fanatismo que es perfectamente compatible con el relativismo.

Un intermedio de reflexión desde la cartelera de espectáculos. “La forza del destino” de Verdi inauguró la temporada 2012-2013 en el Liceo de Barcelona, después de dieciséis años de ausencia, pero los programadores habrían estado muy acertados si la hubiesen incluido al principio de la actual temporada, si bien han previsto, del 9 al 28 de marzo de 2018, la ópera “Andrea Chenier” de Umberto Giordano, recreación de la trágica historia de un poeta en la Revolución Francesa, víctima él también de los delirios de un gobernante que se creía encarnación de la Historia y de la Virtud, esta última en el sentido maquiavélico del término.

El dios cruel de la historia y el elogio de la palabra

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¿Qué (nos) pasa con el islam?

Miriam Díez Bosch

Samir Khalil Samir es un experto en islam. El periodista Fernando de Haro le ha entrevistado en un libro-entrevista editado por Encuentro. Ambos ahondan en el islam del siglo XXI, y advierten que el islam es plural y está demasiado estereotipado. “No podemos seguir viendo al otro como algo negativo. No es serio que sigamos así”, nos responde.

¿Qué pasa con el islam?

Pasan muchas cosas. ¿Qué nos pasa a nosotros con el islam? ¿Y qué le pasa al islam? Podríamos empezar por ahí. A nosotros nos sobra ignorancia y nos sobran interpretaciones ideológicas sobre el islam, nos sobran leyendas rosas y leyendas negras.

Creemos que el mundo del islam es un mundo compacto y uniforme, cuando es un mundo muy complejo.

De hecho habría que hablar de muchas formas de islam: del islam del pueblo, realmente religioso; del que ha sido instrumentalizado por proyectos políticos y de poder, o sea del islamismo; del chiismo; del sunismo, de las corrientes wahabitas dentro del chiismo que se extiende por el mundo gracias al dinero de Arabia Saudí, de corrientes que rechazan la crítica textual del Corán y que suelen ser poco claras con la cuestión de la violencia; del sunismo de Al Azhar, la gran mezquita del Cairo, que se abre a la libertad religiosa y al concepto de ciudadanía; del sunismo reformista que distingue comunidad religiosa y política; del islam europeo que se enfrenta con los retos de la modernidad…

Estamos hablando de un universo lleno de galaxias muy diferentes entre sí. Y a menudo nos pasa que reducimos esa gran complejidad a cuatro eslóganes o a una interpretación simplista.

Dentro del universo islámico se está viviendo una época de turbulencias muy semejante a la que se vivió en Europa en la I Guerra Mundial. Turbulencias culturales, religiosas, geoestratégicas.

El islam se encuentra ante el reto que la globalización plantea a cualquier forma de pertenencia. En muchos sitios las antiguas identidades están sufriendo una crisis severa. Los padres han perdido la capacidad de transferir sus creencias a los hijos y aparecen “identidades de sustitución”.

Los estamos viendo en Europa con los yihadistas que atentan. Ya no pertenecían a la comunidad islámica, se dedicaban a la droga y a internet. Y el Estado Islámico, que ni es Estado ni es Islámico, les ha ofrecido una identidad nueva, violenta, nihilista que toma como pretexto algunos pasajes del Corán. El islam se encuentra con el reto de hacer frente a esta forma de nihilismo que dice actuar en su nombre.

También hay intereses menos identitarios y más territoriales.

Sí, el reto tiene mucho que ver con las disputas territoriales. Arabia Saudí y los países del Golfo, patrocinadores del wahabismo suní, están luchando por una hegemonía en Oriente Próximo ante el temor de que Irán y la minoría chiita gane terreno. Sin esta clave no se entiende la fuerza del Daesh. Tampoco se entiende sin las equivocaciones de Occidente que sigue pensando en clave de choque de civilizaciones, que firma contratos millonarios con Riad y que da por adquiridos los presupuestos antropológicos necesarios para desarrollar una democracia como la nuestra.

¿Qué (nos) pasa con el islam?

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El canto de amor que dio a conocer a Eliot

Silvia Ballabio

Hace cien años, la revista Poetry publicaba “La canción de amor de J. Alfred Prufrock”, escrita por Thomas Stearns Eliot a los 22 años, gracias a la mediación de Ezra Pound, el mentor de Eliot o su mejor artesano, como el propio Eliot definió a Pound. A esta publicación le siguió un folleto, “Prufrock y otras observaciones” en 1917, y a partir de ahí ya es historia conocida.

El nacimiento de ese astro de la poesía moderna llamado Thomas Stearns Eliot tuvo lugar con aquel poema de 140 versos, reelaborado y revisado como siempre hacía Eliot, y como siempre hecho de fragmentos: suyos, de la Biblia, de Hesíodo, de Shakespeare, Chaucer, Marvell, versos libres por donde desfilan el famoso “paciente eterizado en una mesa”, Miguel Ángel y el menos conocido “yo”, formulado en boca de otros hasta convertirse en un insecto “espetado a la pared”.

Pero más allá del Panteón de la gloria inmortal, el canto de amor menos lírico y romántico de la poesía inglesa, ¿ha sobrevivido a la evolución de la sensibilidad? Retrato de un alma o tumba de su desesperación, este poema está cargado de preguntas planteadas todas en primera persona, como laberintos donde cada ocasión es “tiempo para cien visiones y revisiones / antes del té con tostadas”. No hay espacio para la “pregunta abrumadora” que solo Hamlet osó pronunciar, “To be, or not to be, that is the question”, que en Prufrock se limita a un “¿Me animo, si pudiera / a perturbar el universo?”. Que al final se queda en “¿Me animaré a comer / una papaya?”. Una imparable y precipitada caída.

Aparte de sus quejumbrosas preguntas, la voz casi petulante de Prufrock se desvela en su gesto de decir quién no es él. No es Hamlet, como mucho es un “bufón”. No es Juan el Bautista, y a nadie le importa su cabeza “traída en una fuente”. Tampoco es Lázaro, “vuelto entre los muertos, [para] contarles todo”, ese pobre que vuelve de los cielos para advertir a los que pierden su vida en la tierra. Ni Ulises, puesto que no cree que las sirenas, ni siquiera en sus oídos, “vayan a cantar para mí”. En el océano del ser (o del no ser) no viajamos, ni descubrimos, ni exploramos; “nos ahogamos” en el eterno presente de un mundo donde el tiempo es siempre y solo futuro o una ocasión perdida.

Las palabras de Prufrock han seguido el camino del vino que se deja envejecer, prácticamente imposible de beber el día que se embotella (fue durísimo el comentario anónimo publicado en 1917 en la revista The Times Literary Supplement, afirmando que esas “observaciones no tienen relación alguna con la poesía”) pero que adquiere valor con el paso del tiempo. Las eruditas menciones a la Biblia, Shakespeare, Marwell, Hesíodo o Chaucer sirven de catapulta a sentimientos y sensaciones de miedo, soledad, alienación, frustración e impotencia, que el siglo XX transformó, pasando a ser de sentimientos rechazados por el hombre a la experiencia más común: signo de la disolución del yo. También y sobre todo en la poesía. También y sobre todo en nuestros días.

El canto de amor que dio a conocer a Eliot

Silvia Ballabio | 0 comentarios valoración: 3  216 votos

Un sorprendente ecumenismo

Antonio Spadaro y Marcelo Figueroa

In God We Trust. Esta frase aparece impresa en los billetes de Estados Unidos de América y es también el lema nacional. Apareció por primera vez en una moneda en 1864, pero no se hizo oficial hasta la aprobación de una resolución conjunta del Congreso en 1956. Significa: «En Dios confiamos». Un lema importante para una nación que cuenta en sus raíces fundacionales con motivaciones de carácter religioso. Para muchos se trata de una simple declaración de fe, para otros es la síntesis de una problemática fusión entre religión y Estado, fe y política, valores religiosos y economía.

Religión, maniqueísmo político y culto al apocalipsis

Especialmente en ciertos gobiernos de los USA en las últimas décadas, se ha notado el papel cada vez más incisivo de la religión en los procesos electorales y en las decisiones del gobierno. Un papel también en el orden moral a la hora de identificar lo que está bien y lo que está mal.

A veces esta compenetración entre política, moral y religión ha adoptado un lenguaje maniqueo que subdivide la realidad entre el Bien absoluto y el Mal absoluto. De hecho, después de que Bush hablara en su momento de un “eje del mal” al que hacer frente y reclamara la responsabilidad de “liberar al mundo del mal” tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, ahora el presidente Trump orienta su lucha contra una entidad colectiva genéricamente amplia, la de los “malos” o incluso “muy malos”. En ocasiones el tono utilizado en ciertas campañas por parte de sus defensores asume connotaciones que podrían llamarse “épicas”.

Estas actitudes se basan en principios fundamentalistas cristiano-evangélicos de principios del siglo pasado que se han ido radicalizando poco a poco. De hecho, se ha pasado de un rechazo a todo lo que es “mundano”, tal como se consideraba la política, a la persecución de una influencia fuerte y determinante por parte de esa moral religiosa en los procesos democráticos y sus resultados.

El término “fundamentalismo evangélico” que hoy se puede asociar a la “derecha evangélica” o “teo-conservadurismo” tiene sus orígenes en los años 1910-15. En aquella época, un millonario del sur de California, Lyman Stewart, publicó doce volúmenes titulados Fundamentals. El autor trataba de responder a la “amenaza” de las ideas modernistas de la época, mostrando el pensamiento de los autores en los que valoraba un apoyo doctrinal. De este modo ejemplificaba la fe evangélica en sus aspectos morales, sociales, colectivos e individuales. Contó entre sus admiradores con varios líderes políticos e incluso dos presidentes recientes, como Ronald Reagan y George W. Bush.

El pensamiento de los colectivos sociales religiosos inspirados en autores como Stewart considera a Estados Unidos como una nación bendecida por Dios, y no duda en basar el crecimiento económico del país en una adhesión literal a la Biblia. Con el paso de los años también se ha alimentado de la estigmatización de sus enemigos, que han sido progresivamente digamos “demonizados”.

Un sorprendente ecumenismo

Antonio Spadaro y Marcelo Figueroa | 0 comentarios valoración: 3  238 votos

Hölderlin. El dolor no frena a la poesía

Francesco Roat

Las obras de Johann Christian Friedrich Hölderlin (1770-1843) se escribieron a caballo entre los siglos XVIII y XIX, pero su producción poética –a excepción de la juvenil, marcada aún por el clasicismo (oda pindárica) y por modelos consolidados (Klopstock, Stolberg)– sigue siendo considerada de manera unánime como precursora de instancias, inquietudes y formas estilísticas mucho más modernas y casi propias del siglo XX.

No en vano y de manera provocadora, Friederike Mayröcker ha querido abrir una antología de la lírica alemana del siglo XX precisamente volviendo a proponer la lírica hölderliniana, de verso libre, de 1805: Hälfte des Lebens ("Mitad de la vida"), un texto sin duda extremadamente innovador, con una acertada y actual intensidad figurativa, metafórica y alusiva. “Con peras amarillas / y llena de silvestres rosas / pende la tierra sobre el lago. / Vosotros, bellos cisnes, sumergís, / ebrios de besos, la cabeza, / en aguas de sagrada sobriedad. // ¡Ay de mí! ¿Dónde cogeré las flores / cuando sea invierno, y dónde / el relumbre del sol / y la sombra en la tierra? / Los muros se levantan / fríos y sin palabras, y en el viento / las veletas chirrían”.

A propósito de la actualidad de una poesía tan adelantada a su tiempo, Luigi Reitani, en la introducción a su traducción de estos versos al italiano, sostiene sin medias tintas que “ningún otro poeta de la edad moderna expresa del mismo modo la tensión hacia un lenguaje lírico absoluto, capaz de nombrar en la fragilidad de la palabra el todo que es la vida y la creación; el drama de una existencia dedicada a la potencia del arte, en su doble vertiente de esplendor y destrucción”.

En efecto, solo a partir del siglo XX empezó a obtener el reconocimiento que merecía y que aún no le había sido tributado, gracias en primer lugar a la “escuela” de Stefan George y otros intelectuales, entre los que destacan los nombres de Norbert von Hellingrath (responsable de la primera edición crítica de las obras de Hölderlin), Peter Szondi, Heidegger y Gadamer.

Hölderlin. El dolor no frena a la poesía

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Los granos de Mahoma

Wael Farouq

Los orígenes del café se remontan a Etiopía y Yemen, desde donde llegó a Egipto con los estudiantes yemeníes de Al-Azhar, y a la península arábiga con los peregrinos que se dirigían a La Meca, para arribar luego a Levante y Turquía. Desde la Turquía otomana, los mercaderes venecianos lo llevaron hasta Italia, de allí a Inglaterra y Francia, hasta el Nuevo Mundo.

Este movimiento geográfico dio inicio con un paso históricamente muy interesante, sobre todo desde el punto de vista de la historia religiosa. De hecho, el café partió para su viaje de los graneros de los sufitas del Yemen y de los de los monjes cristianos de Etiopía, para los que era una bebida mágica energizante que ayudaba a prolongar las oraciones nocturnas. Por tanto, el café nació en primer lugar como una bebida espiritual, capaz de incrementar las capacidades del cuerpo para responder a las exigencias del espíritu.

Unas décadas después, esta bebida se difundió por La Meca, El Cairo, Damasco y Estambul. Paralelamente, también se extendió un nuevo fenómeno social, es decir, las cafeterías (o cafés), casas reservadas para el consumo de esta bebida, donde la gente se juntaba para escuchar canciones y relatos, asistir al teatro popular, jugar al ajedrez y discutir sobre política y sobre la vida. El café creó un nuevo espacio público fuera del control de las autoridades tradicionales, en primer lugar de la religiosa. Así fue como empezó también la historia de la persecución del café.

Primero, los expertos en derecho islámico afirmaron que el café embriagaba (“café” es una antigua palabra árabe que significa “bebida alcohólica”), pero cuando quedó claro que no era así empezaron a decir que todo aquello que provocaba algún efecto mental, positivo o negativo, estaba prohibido. A principios del siglo XVI, el jeque Abdel Haqq Al-Sanbaty emprendió en El Cairo una violenta campaña contra los bebedores de café. Se decía que estos, en el día de la resurrección, tendrían el rostro negro como sus posos. Esto hizo que los integristas y la gente común empezaran a atacar las cafeterías, donde se produjeron episodios de violencia que condujeron a la caída del primer mártir del café.

Campañas del mismo tipo se repitieron en La Meca, donde los ulemas de la ciudad, convocados por el gobernante Khayr Bey, no prohibieron el café pero declararon que “las reuniones de gente en torno a esta bebida estaba prohibido por la sharía”. Al-Ghuri, sultán de Egipto y del Hijaz, decretó en cambio su prohibición, por ser “portador de corrupción moral”. Lo mismo hizo el sultán otomano Suleiman Al-Qanuni, quien aprobó un edicto en 1546 que vetaba el café y las cafeterías en todo el imperio.

La “bebida del espíritu” tampoco se salvó de la demonización en el mundo cristiano. En el siglo XVII hubo un debate público sobre esta “nueva bebida oriental” que hacía a los ingleses maleables ante los encantos de los turcos –esto es, del islam– para alejarse del cristianismo. Se extendió la convicción de que el café formaba parte de una conjura turca para destruir el cristianismo, lo que llevó al arzobispo de Canterbury William Laud a enviar a la Cámara de los Comunes una nota donde pedía una ley que prohibiera los “granos de Mahoma”, y en 1637 se emitió un edicto en este sentido.

Los granos de Mahoma

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Liu Xiabo. La soledad del disidente

Antonio R. Rubio Plo

El término disidente parece haber perdido la fuerza que tenía en las décadas de los 70 y 80. Se diría que es un personaje de otros tiempos, propio de sistemas totalitarios ya desaparecidos. Pero el que no se hable hoy mucho de totalitarismos, y hasta se evite el término porque destila incomodidad, no significa que no existan. Y porque existen, también existen los disidentes, todos aquellos que se enfrentan a sistemas que cuestionan la dignidad humana, aunque a menudo intenten seducir a los gobernados con todo un despliegue retórico. La muerte del escritor chino Liu Xiabo, Premio Nobel de la Paz en 2010, supone la desaparición física de un disidente, mientras medios de comunicación oficiales afirman que su recuerdo está destinado a caer en el olvido.

Deng Xiaoping es el padre de la China actual, aunque no hasta el punto de hacer olvidar el legado de Mao, del que Deng afirmaba que había cometido un treinta por ciento de errores, pero desacreditar a Mao, del modo que se hizo en la URSS con Stalin, no es aceptable porque sería cuestionar la legitimidad del partido comunista chino. Las viejas heridas, efectos de la masacre de Tiananmen, de la revolución cultural y de otros experimentos maoístas, han intentado ser cicatrizadas con los bálsamos del orgullo nacional y la prosperidad económica. Sin embargo, Liu Xiabo estaba convencido de que estas recetas eran insuficiente porque eran claramente materialistas, y no eran efectivas frente a la endémica corrupción, resultado inevitable de la ausencia de valores éticos o religiosos.

Liu Xiabo fue un hijo de la revolución cultural y padeció en su niñez la trepidación de las consignas maoístas, que incitaban a niños y jóvenes a rebelarse contra sus progenitores y superiores en nombre de una revolución inconclusa. Vivió una época de sufrimientos y humillaciones que le dejaron profunda huella. En la década de 1980, siendo doctor en literatura china y profesor de universidad, con un brillante currículo académico y la posibilidad de enseñar en universidades norteamericanas, Liu Xiabo echó todo por la borda para solidarizarse con los estudiantes de Tiananmen. Desde entonces comenzaría su vida de disidente, en la que no faltaron años de cárcel y arrestos domiciliarios. Sin embargo, el escritor nunca podría ser clasificado como un mero opositor político. Eso sería olvidar que el disidente, en su versión clásica, tiene una alta preocupación por la ética. No puede concebir la política desvinculada de la ética, es decir, no aspira al poder por el poder. En este sentido, uno de sus slogans era “Ni enemigos, ni odiados”, que otro disidente de la Europa comunista, el checo Vaclav Havel, podía perfectamente haber hecho suyo.

Liu Xiabo. La soledad del disidente

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>Entrevista a Julián Carrón (II)

Un cristianismo más allá de las guerras culturales

John L. Allen Jr. e Inés San Martín

Una de las cuestiones más problemáticas que tienen que afrontar los cristianos en Occidente a comienzos de este siglo es si la Iglesia tiene el deber de seguir combatiendo las batallas culturales, y cómo debería hacerlo.

A la izquierda hay una fuerte corriente de pensamiento que considera que la Iglesia debería mantenerse al margen del campo de batalla porque con respecto a algunos temas, como la contracepción o la mujer, está en el parte equivocada. En el lado opuesto, algunos, como Rod Dreher con su propuesta de la «opción Benedicto», sostienen que la Iglesia debería retirarse porque ya es una perdedora, y lo máximo a lo que puede aspirar en esta cultura es a mantener vivas pequeñas islas de fe.

De hecho don Julián Carón, responsable del influyente movimiento católico de Comunión y Liberación, indica otro modo de afrontar la discusión para evitar poner el énfasis en las batallas culturales. En su opinión, el problema no es que las posiciones tradicionales de la Iglesia estén equivocadas, y mucho menos que la batalla esté ya perdida.

Considera que partir de la ética ha sido siempre un modo equivocado de comunicar al mundo el cristianismo que, en esencia, es un «acontecimiento» –un término que puede parecer banal en su uso corriente, pero que en el lenguaje de Comunión y Liberación, que nace de su fundador, el sacerdote italiano Luigi Giussani, está cargado de significado.

«Que la fe es un acontecimiento significa que la vida de uno cambia cuando se encuentra con un hecho, como les sucedió a Juan y Andrés cuando se encontraron con Jesús», ha declarado a Crux. «No se puede evitar la realidad de un hecho que ha sucedido, no se puede eliminar. Pensemos en san Pablo, que perseguía a los cristianos tratando de eliminarlos. El encuentro con Cristo vivo revolucionó su forma de pensar».

«No se puede reducir la cuestión a una elección entre las batallas culturales y un cristianismo vaciado de contenido, porque ninguna de estas dos hipótesis tiene nada que ver con Abrahán y la historia de la salvación», afirma Carrón. «Abrahán fue elegido por Dios para empezar a introducir en la historia una forma nueva de vivir que pudiese generar con el tiempo una realidad visible capaz de hacer la vida digna, plena».

En su casa de Milán, entre otros temas, Carrón ha hablado con Crux sobre la edición en lengua inglesa de su libro La belleza desarmada (Disarming Beauty), sobre cómo se puede proponer el «acontecimiento» cristiano en la cultura secularizada del Occidente posmoderno.

A continuación, la segunda parte de la conversación de Crux con Carrón.

Recientemente, Rod Dreher ha sostenido que los cristianos deberían abandonar las batallas culturales en Occidente porque ya las han perdido, y lo máximo a lo que pueden aspirar es la «opción Benedicto», es decir, la conservación de pequeñas islas de fe en un contexto de cultura hostil y decadente. Usted parece sostener que deberíamos dejar atrás las batallas culturales sin renunciar a esas posiciones, pero por un motivo distinto.

>Entrevista a Julián Carrón (II)

Un cristianismo más allá de las guerras culturales

John L. Allen Jr. e Inés San Martín | 0 comentarios valoración: 3  219 votos

Job sienta a Dios en el banquillo: sobre el sufrimiento inocente

Ignacio Carbajosa

«Creo que si hay un libro en el mundo que merece la palabra sublime ese es el de Job». Palabras de Jorge Luis Borges en una conferencia pronunciada en el Instituto Cultural Argentino-Israelí en 1965. El mismo calificativo emplea Paul Claudel, de la Academia Francesa, que en su monografía sobre el libro de Job dice que, entre los libros del Antiguo Testamento, «Job es el más sublime, el más conmovedor, el más audaz, y al mismo tiempo el más enigmático, el más desalentador y, estaría por decir, el más repulsivo». Justificando sus calificativos, el autor francés añade: «¿Quién ha defendido la causa del hombre con tanto arrojo, con tanta energía? ¿Quién ha encontrado en las profundidades de su fe espacio para un grito como ese, para un clamor, para una blasfemia como la de Job?». La causa del varón de Us, que es la causa de toda la humanidad, en este libro se convierte en un grito desgarrador dirigido directamente a Dios: ¿por qué el sufrimiento inocente?

Desde que esta obra entrara en el canon judío, y por ende cristiano, ha inspirado a multitud de autores y se ha convertido, tal vez, en el libro más «reescrito» del Antiguo Testamento, en especial desde que Leibniz, en la primera mitad del siglo XVIII, diera origen a una rama de la filosofía llamada teodicea, destinada a tratar el problema de la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal. Si Dios es único, bueno y omnipotente, ¿por qué existe el mal? ¿Acaso Dios, que es omnipotente, permite el mal? Entonces tendríamos que dudar de su bondad. ¿Acaso quiere evitar el mal pero no puede? Entonces pondríamos en entredicho su omnipotencia.

Una de las páginas que mejor han planteado el drama del mal y, sobre todo, del sufrimiento inocente, se encuentra en la obra de Fiódor Dostoyevski “Los hermanos Karamazov”. En un diálogo entre Iván y su hermano Aliocha, el primero, incrédulo, quiere evitar que su hermano, novicio, siga los pasos del starets Zósimo. Para ello le plantea la objeción más potente a la existencia de Dios: el sufrimiento inocente. Ya el mal que sufren los adultos sería una objeción de peso pero, al fin y al cabo, «han comido la manzana y han entrado en conocimiento del bien y el mal (…). Y siguen comiéndola». Es decir, tienen una última responsabilidad en el desorden del mundo. Pero el dolor de los niños… es injustificable.

La pluma de Dostoyevski, dando voz a Iván, no nos ahorra el relato de algunas de las atrocidades que se han cometido con los niños, de modo que la objeción a la justicia divina o a su misma existencia no resulte abstracta. En unas páginas durísimas para el lector, Iván describe las barbaridades con las que los turcos frenan las revueltas en su país. Delante de las madres, lanzan los bebés al aire y los reciben en las puntas de sus bayonetas. Hacen reír a un niño en brazos de su madre y lo encañonan con un revólver para que lo coja. En ese momento le vuelan la cabeza. Todo como parte de una pura diversión.

Job sienta a Dios en el banquillo: sobre el sufrimiento inocente

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El Profeta galileo ¿por qué no hace nada?

Javier Prades

Una novela que hace gustar de la escritura y vuelve humano el corazón. Lástima que el título no sugiera la riqueza estremecedora que encierran sus páginas. Basta empezar a leer. Luego está hecho. Desde la primera escena hasta el final ya no hay quien lo deje.

Es muy arriesgado escribir un relato sobre el relato de los relatos, la Biblia. Muy pocas veces dejo de pensar que el original supera infinitamente cualquier versión o adaptación narrativa. No me atrevo a opinar sobre las películas de argumento bíblico, aunque en general me sucede lo mismo. Quizá en la música sí quepa reconocer verdaderas obras maestras que –por decirlo de algún modo– están a la altura del guion bíblico. Victoria, Pergolesi, Bach, Mozart, Dvořák o Poulenc, entre otros, son dignos de la belleza única de la Sagrada Escritura... Pero no me quiero desviar de nuestro asunto.

El relato de la Pasión, proclamado en la liturgia de la Semana Santa, y releído en otros momentos del año litúrgico, soporta maravillosamente el paso del tiempo. No unos meses, no. Más de dos mil años. Cada vez que te acercas a él descubres un matiz de la redacción, un rasgo psicológico, una descripción del drama humano o una consecuencia para tu vida en la que no habías reparado, aunque lo lleves escuchando o leyendo desde hace 50 años. ¿Qué obra de la literatura universal se somete a una prueba semejante?

Los relatos sobre personajes bíblicos, como digo, raramente ayudan a entrar mejor en esta historia inaudita que han tejido los autores sagrados. En el siglo XX, los Misterios de Péguy, el Barrabás de Lagerkvist o el Bar Jona de Sartre, en España Jiménez Lozano... Sin duda hay excepciones de valor. Salisachs también acepta el desafío. Y no sale malparada. Elige un personaje evangélico, conocido popularmente por su nombre, Dimas “el buen ladrón”, pero cuyas andanzas hasta terminar colgado en la cruz no se narran en los evangelios.

La familia de Dimas va dibujándose resueltamente nada más empezar. Destaca la figura grandiosa de su madre, Eva, afligida por una maldición que cayó sobre el niño al nacer. Nos sumergimos en las costumbres y en la mentalidad de los judíos observantes que esperaban al Mesías. Exploramos los corazones de los personajes, sus pliegues más oscuros y sus horizontes más luminosos. Salisachs compone una trama en la que va aflorando poco a poco, aquí y allá, puras alusiones, la figura del Profeta.

Con ese bagaje a las espaldas desembocamos en los capítulos más sobrecogedores de la novela. Dimas se marchó hace años, para cumplir sus sueños y colmar su ambición. Eva queda viuda en casa. Sólo la sostiene el recuerdo de su hijo querido y la esperanza de volver a verlo. Lidia también espera su vuelta para casarse y empezar esa familia vislumbrada tantas veces a escondidas. La noticia cae sobre ellas como un martillazo: han prendido a Dimas por sus crímenes, y va a ser condenado junto con Gestas, tal es el nombre del otro ladrón que será crucificado en el Gólgota. No lo creen. No lo quieren creer. Dimas no.

El Profeta galileo ¿por qué no hace nada?

Javier Prades | 0 comentarios valoración: 3  277 votos

La presencia de los cristianos en una sociedad pluralista

Massimo Borghesi

Sin duda, con este título abordamos un tema delicado, complejo, objeto de muchas controversias. Para obtener una reflexión mínimamente útil habría que tener presentes al menos dos factores: el primero es el escenario histórico y sus cambios, y el segundo todo lo que sugiere la fe en el momento histórico actual, a la luz del magisterio del Papa. Resumiendo, tener claro el contexto histórico que ha llevado a la situación presente y tener claro qué es lo que más urge en este momento desde el punto de vista de la fe.

No cabe duda. Los últimos setenta años, desde la posguerra hasta hoy, han visto variaciones sensibles en la presencia de los católicos en el espacio democrático, que ha sufrido profundas mutaciones. Desde 1945 hasta los primeros años 90, el catolicismo político encontró su expresión en la Democracia Cristiana, baluarte de la democracia italiana. La DC era, frente a un partido comunista orgánicamente ligado a la Unión Soviética, la democracia italiana, y esto lo reconocerán, después de 1989, ilustres exponentes del Partido Comunista. La ecuación entre DC y democracia italiana fue posible por una serie de motivos. Primero, el partido de los católicos era un partido popular de masas, el único capaz de oponerse al PC. Los partidos laicos, por el contrario, no tenían ningún consenso popular. Era el partido de la mediación entre las clases sociales y, en este sentido, era un partido "popular". El segundo motivo dependía de la legitimación de las potencias vencedoras, empezando por Estados Unidos. No se podía gobernar sin el consenso americano. Italia era un país vencido, esto lo solemos olvidar, era un país bajo tutela. Y lo sigue siendo, setenta años después. Tercer motivo, la DC no fue un partido clerical sino el heredero del partido popular de Sturzo, es decir, un partido laico de inspiración católica. La DC siempre tuvo esta naturaleza de partido laico de los católicos, y eso era bueno. Esa naturaleza laical y no clerical de la DC permitió el apoyo de las masas. De hecho, en este partido la presencia pública de los católicos se expresaba con figuras de altísimo nivel, como De Gasperi, Fanfani, Moro y el siciliano La Pira.

La presencia de los cristianos en una sociedad pluralista

Massimo Borghesi | 0 comentarios valoración: 3  278 votos
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