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24 ABRIL 2019
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Leopardi. Más que pesimista, un guerrero en busca del infinito

Tommaso Pagni Fedi

“Hacer y hacerse preguntas –escribe Giuseppe Pacella en su edición del Zibaldone de Leopardi– saca a la luz dudas y contradicciones que, lejos de verse sofocadas, se viven hasta el fondo. Esta es la grandeza del pensamiento leopardiano”. ¿Cómo discutir un juicio así ante las preguntas contenidas en los poemas de sus Cantos, en sus Prosas Morales y en los pensamientos de su Zibaldone?

A pesar de su imagen habitual como un poeta pesimista, un filósofo materialista y un hombre desesperado, en esos versos y reflexiones resplandecen sobre todo la “sensibilidad” y la “virtud” de “una gentil flor (…) que al desierto consuela”. De hecho, Giacomo Leopardi, como su “olorosa” e “inocente” retama, se inclina “bajo el peso del destino”, no “doblegado”, resignándose al límite de la realidad, ni con “delirante orgullo”, como el hombre que se cree señor de la tierra, sino erigiéndose valerosamente en portavoz de “nuestro estado”, “vil” y “alto” al mismo tiempo.

Esta “sensibilidad”, lejos de verse sofocada con respuestas negativas, es como una bomba preparada para estallar, tanto en verso como en prosa, en todos los momentos del llamado “pesimismo” leopardiano. “Ay, ay”, grita en El Sueño, en 1821, “¿qué es esto llamado muerte?”. En 1824, en sus Prosas Morales, Leopardi dirige una pregunta similar a la naturaleza y en abril de 1826 vuelve en el Zibaldone a esta “contradicción” entre vida y muerte, a la que define como “gran misterio”. Dos años más tarde, el poeta de Recanati reafirma esta paradoja en sus versos A Silvia. “Oh tú, naturaleza, ¿por qué no das después lo que un día prometes?, ¿por qué tanto engañas a tus hijos?”. Al final, en los Cantos de 1835, de nuevo frente a la muerte, grita con fuerza. “Naturaleza humana, ¿cómo si tan frágil y vil en todo, si polvo y sombra eres, tan alto sientes?”.

Toda la obra y la vida de Leopardi están atravesadas por un hilo rojo en el que se entrelazan las preguntas comunes a todo hombre: sobre el significado de nuestra existencia y la de los demás, sobre el fin del amor y la muerte, sobre la desproporción entre la plenitud que nuestra naturaleza promete y la incapacidad de la realidad entera para llevar a cumplimiento ese destino. ¿Esto es pesimismo?

Nos encontramos ante un poeta que eleva el alma al Infinito, un pensador que rechaza cualquier reflexión sistemática, un hombre que grita con vehemencia el drama de todos los hombres en todos los tiempos. No vamos a negar que alguna razón da para que le llamen pesimista, bien culpando de la infelicidad universal a su época o lanzando piedras a la naturaleza, como vemos en gran parte de sus Prosas Morales y también a veces en sus Cantos. Sin embargo, incluso cuando tenemos delante al Leopardi más pesimista, esa definición no vale totalmente, pues esas preguntas siguen siendo palpables e incidentes. De hecho, cuando aparece el Leopardi más negativo, la intensidad de esas preguntas resplandece aún con más evidencia, manifestándose no ya en preguntas en el sentido morfosintáctico del término sino en esa facultad para “sentir infinitamente”, probar “un placer infinito” y “perfecto”, que haría al hombre finalmente “feliz”.

En esta dramática tensión hacia un terreno infinito consiste toda la grandeza de Leopardi, incluso cuando no se expresa en preguntas existenciales.

Leopardi. Más que pesimista, un guerrero en busca del infinito

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Cuando el cristianismo se encuentra con el islam

Viviana Schiavo

2019 es un año de festejos para la orden franciscana y la Iglesia católica porque se cumplen 800 años desde aquel 1219 en que, en plena cruzada, en Egipto, un simple fraile de Asís decidió cruzar la frontera del campo cruzado para encontrarse con el jefe de la facción enemiga, armado tan solo con su hábito y su fe. Es el famoso encuentro entre san Francisco y el Sultán. Un encuentro que, ocho siglos después, no deja de interrogarnos. ¿Cuál era el ánimo que guiaba al santo de Asís? ¿Y qué nos dice hoy aquel hecho?

La conversión de Francisco

La historia del patrón de Italia es la historia normal de un joven nacido en una familia rica, destinado a una vida de privilegios. Su sueño, igual que el de muchos de sus contemporáneos, era llegar a ser caballero. Un proyecto ambicioso que sufre un giro inesperado. En 1203, mientras se dirige a Lecce para embarcarse hacia Jerusalén y participar en la IV cruzada, una revelación cambia la vida de Francisco. “¿Por qué buscas al siervo en lugar de al señor?”, le preguntó Dios en una visión nocturna, según palabras del santo. La orden fue volver a Asís.

A partir de entonces, cuenta Tomás de Celano, Francisco “mudó las armas mundanas por las espirituales, y en lugar de la gloria militar recibió una investidura divina”. Con esta invitación a seguir al señor en vez de al siervo, Francisco se transforma, según sus hermanos, en auténtico y espiritual “Miles Christi”, soldado de Cristo, es decir, aquel que ama al enemigo en vez de matarlo. Se trata de una expresión atribuida, desde san Bernardo, a los cruzados, pero que hunde sus raíces en san Pablo, según una acepción totalmente espiritual: “Toma parte en los padecimientos como buen soldado de Cristo Jesús” (2Tim 2,3). No nace pues de Francisco, pero los biógrafos, tras el relato de su visión, empiezan a atribuírsela, recuperando su sentido original. La invitación a la paz se convierte entonces en una constante en el pensamiento del joven. En el capítulo XIV de su Regla no Bulada, escribe que “cuando los hermanos van por el mundo”, en toda casa en la que entren deben desear la paz. “No resistan al malvado, sino, al que les pegue en una mejilla, preséntenle también la otra (…) Den a todo el que les pida; y al que les quite lo que es de ellos, no se lo reclamen”.

Quinta cruzada y encuentro con el Sultán

Cuando el cristianismo se encuentra con el islam

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>El kiosco

Nacer, crecer, morir

Elena Santa María

España será en breve el país del mundo con mayor esperanza de vida. Según la OMS, entre 2015 y 2050 la población mundial con más de 60 años pasará de 900 a 2.000 millones. Pero cuanto mayores nos hacemos, menos queremos saber de la vejez. Dice Leila Guerriero en El País: “en la vida real, no hablamos de esas cosas. Más bien, inventamos más y mejores eufemismos para mentar a los viejos: tercera edad, adultos mayores”. “Seremos muchos, pero vamos hacia la vejez sin saber —sin querer saber— cómo. O casi: dejamos que Netflix nos explique”.

Lo mismo le está pasando a España. “El abandono del mundo rural y su sustitución por la urbe –unas pocas ciudades de éxito, en realidad– nos hablan no sólo de las nuevas tendencias marcadas por el abanico de oportunidades de la globalización, sino también del debilitamiento de una esperanza. La España vacía refleja el olvido de una parte del país que no supo vertebrarse con todas sus consecuencias. Dicen que España es el país menos poblado de Europa. Reforestar nuestras tierras sería entonces como rehacer un mundo que desaparece. La vida se manifiesta como vida; el abandono, la soledad y la muerte como abandono, soledad y muerte. Protegernos del desierto –hay iniciativas ya en este sentido– equivale a reivindicar el futuro. Y eso también constituye una forma de piedad”. Son las palabras de Daniel Capó en The Objective.

¿Y mientras tanto? Mientras tanto “el estrés nos devora, envenena y mata, pero nos lo negamos hasta que le vemos las orejas al lobo”. Dice Luz Sánchez Mellado en El País que “igual lo que borras en WhatsApp es lo que realmente quieres decirle al otro y no te atreves, lo que te callas a ti mismo es lo que de verdad te quita el sueño y, a veces, la vida”.

Pero de fondo siempre hay una pregunta, como la que le surge a Pilar Rahola en La Vanguardia a raíz del odio que nos rodea. “Millones de muertos en cámaras de gas, niños, ancianos, familias enteras… ¿quién responde al ‘¿por qué?’ final de mi hijo? ¿Y quién responderá a ese mismo ‘¿por qué?’ de otros niños que hoy lloran la muerte de los suyos, entre las decenas de víctimas de la matanza de Nueva Zelanda, perpetrada por supremacistas blancos?”.

>El kiosco

Nacer, crecer, morir

Elena Santa María | 0 comentarios valoración: 2  17 votos

El arte en revolución

Catalina Martin Lloris

Entonces, ¿qué es el arte? ¿Es representación de la realidad o expresión de los sentimientos? ¿Qué busca el artista: quiere representarnos un objeto o conmovernos? Estas son las preguntas que, igual que Tolstoi en 1898, puede hacerse el espectador de hoy cuando visita la exposición “De Chagall a Malévich. El arte en revolución”. Las respuestas las encontramos en la propia exposición cuya selección de obras es apabullante.

Tras la Revolución Industrial, las sociedades que participaban de ella sufren una transformación cultural animadas por el sentimiento de optimismo y una idea de progreso permanente. El arte no se queda al margen. Los artistas también quieren ser partícipes de esta modernidad, quieren crear un lenguaje nuevo con el que, tanto ellos como los espectadores, puedan sentirse identificados. El arte tradicional, el arte mimético queda relegado a las academias. Es así como, gracias a las vanguardias, en 1900, los artistas ofrecen a la sociedad un lenguaje pictórico en el que el hombre moderno se siente correspondido. Se abre la posibilidad de una nueva captación del mundo. En 1904 el fauvismo libera al color de su función descriptiva y le da un valor expresivo, en 1907 el cubismo hace partícipe al espectador de la obra, y más tarde en 1914, Kandinsky, a través de la abstracción, elimina la representación mimética como objetivo primordial. El arte ya no se reduce a ser reflejo de la realidad, sino que quiere transformarla.

En la exposición de la Fundación Mapfre observamos un arte en revolución y al mismo tiempo una revolución en el arte. Es arte en revolución porque los cambios profundos de la sociedad tendrán su reflejo en los temas y es revolución en el arte porque a partir de este momento el arte nunca volverá a ser el mismo. Las vanguardias del siglo XX nos abren la puerta a toda la transformación artística que vivimos en la actualidad. Suponen el camino hacia la cultura visual contemporánea. Este camino se refleja en la muestra a través de la obra de dos artistas opuestos plásticamente: Chagall, más narrativo y lírico, que nos cuenta historias llenas de poesía; y Malevich, más radical, que defiende la supremacía de la nada, del no objeto, de la esencia del arte. Con él el arte se libera de lo superfluo, de lo anecdótico, de lo descriptivo y llega directo a la emoción, a la sensación, a la expresión.

Estos artistas produjeron un cambio de régimen y de paradigma. Ayudaron a una transformación en la forma de ver el mundo. No sólo ellos. Fue un proyecto colectivo. Los artistas que acompañan a Malevich y Chagall en esta muestra se anticiparon e ilustraron la revolución de octubre que se produjo posteriormente en 1917. Pero ellos ya habían vivido antes ese cambio. Una revolución que no supo comprenderlos. De hecho, posteriormente, en 1920 el nuevo régimen totalitario no compartirá su apuesta por la libertad. Muchos emigrarán y algunos, incluso, acabarán en campos de concentración. La libertad siempre está en riesgo.

El arte en revolución

Catalina Martin Lloris | 0 comentarios valoración: 2  15 votos

En qué punto está la renovación del islam promovida en Egipto

Tewfik Aclimandos

Desde la caída del presidente Morsi, se instauró una kulturkampf contra los Hermanos Musulmanes y los salafitas (más bien como respuesta a la kulturkampf impuesta por estos en esos años), y después de que Abd al-Fattah al-Sisi lanzara su llamamiento a una reforma radical del discurso religioso –donde afirmaba sustancialmente que el discurso dominante inspira, produce y alimenta un clima de guerra de los musulmanes contra el resto del mundo y la modernidad–, los círculos que frecuento discuten a menudo por la cuestión de la presunta crisis del discurso religioso.

Ante todo tengo que señalar que soy cristiano y esto incide en cierto modo en los debates. Ciertos temas que se abordan en mi presencia no se tratarían delante de los musulmanes, y viceversa. Además, yo me muevo en ámbitos muy precisos: investigadores, periodistas, altos funcionarios y miembros de las clases medio-altas con preocupaciones de tipo cultural. Y en estos ámbitos hay cabezas muy finas.

Sobre todo siempre percibo una cierta nostalgia. “Hemos crecido en un Egipto diferente, pero en todo caso muy religioso”, es uno de los leitmotiv habituales, a los que sigue el elenco de síntomas del presunto malestar: relaciones negativas entre comunidades cada vez más alejadas; una fe que trata sobre todo de encarnarse en símbolos externos, formales, a veces grotescos, en vez de ser un imperativo que nace del alma; el imperialismo de los hombres de religión, que se pronuncian o se ven movidos a pronunciarse sobre todo tipo de temas, ya sean banales o muy serios y cuyos discursos se ven privados de argumentos, cuando menos; una tendencia a considerar cerradas (en el sentido de una interpretación rigurosa u obtusa) cuestiones que no lo están, así como a considerar abiertas cuestiones que en cambio ya están resueltas.

Esta nostalgia puede querer ser “popular” y referirse a un estilo de vida amenazado que antes se extendía por los barrios populares, pero también puede querer ser meritocrática o aristocrática y afirmar que los ignorantes utilizan la religión reducida a cualquier fórmula para contestar los discursos de los diplomáticos u otros presuntos expertos, o que la religiosidad ostentada no es capaz de desenmascarar un materialismo cada vez más ambicioso.

En definitiva, un orden moral y suave se ha visto suplantado por un desorden caótico camuflado como un formalismo agresivo y por el imperialismo cultural de los religiosos. No recuerdo haber oído debates sobre las repercusiones psicológicas de esta “revolución”: miedo y ansiedad ante un futuro que se escapa y una globalización tan desestabilizadora. En realidad, una sí: un amigo y colega dice que todos en el mundo se sienten minoría, una minoría amenazada, que quiere al mismo tiempo integrarse y subrayar su diferencia.

La nostalgia no es solo un sentimiento propio de ancianos, pues estos últimos también transmiten a los jóvenes una memoria que mistifica el pasado liberal y nasseriano, y tiende a juzgar el presente basándose en ejemplos ciertamente reales pero de los que no se puede deducir una naturaleza “típica” o “extrema”. Por poner un ejemplo, los signos externos de religiosidad no excluyen –más bien es justo lo contrario– un comportamiento irreprensible, íntegro, digno.

En qué punto está la renovación del islam promovida en Egipto

Tewfik Aclimandos | 0 comentarios valoración: 1  12 votos

El amor sacro y profano de Claudel

Roberto Righetto

Paul Claudel también era un bromista. Fue uno de los grandes escritores franceses del siglo XX, a menudo criticado por su amor al barroco y ridiculizado por su fe cristiana. Bromista hasta el punto de que, siendo embajador en Brasil, durante las ceremonias de bienvenida, a veces se dedicaba a tirar a escondidas desde el balcón granos de uva a la gente que pasaba por la calle… como un niño. De su etiqueta de escritor católica, más aún, convertido, considerado reaccionario por sus ideas porque no se alineaba con la intelectualidad laica y progresista parisina, ha venido a sacarlo recientemente la publicación de “Lettres à Ysé”, un volumen que contiene 150 cartas escritas por el poeta a su amada y amante Rosalie Vetch, a la que conoció durante un viaje a China en octubre de 1900 y con la que tuvo una larga relación. Cuando ambos comenzaron a verse y amarse, Claudel tenía 32 años y no había tenido otra relación, de hecho llegó a pensar en entrar en un convento.

Después de su conversión, el día de Navidad de 1886 escuchando el Magnificat en Notre Dame, dudó mucho de contárselo a sus colegas literatos. Participaba asiduamente en las veladas llamadas “chez Mallarmé”, encuentros semanales en la casa del poeta donde se reunía lo mejor del mundo intelectual. Luego pasó a prevalecer su deseo de profundizar en la fe, aunque no hasta el punto de hacerse monje. Sus cartas a Rosie, como él la llamaba, nos devuelven una imagen más completa del gran poeta francés. Un hombre lleno de contradicciones, amante excitado que vive un conflicto lacerante entre su fe y su pasión. No es que esta historia no estuviera ya mencionada en sus diversas biografías, pero ahora ese amor loco de Claudel por una mujer casada y con cuatro hijos, que luego le dejaría en 1904 estando embarazada de él, emerge con toda su potencia. Ya lo dejó ver el poeta en su obra teatral “Partage de midi”, donde la protagonista del triángulo amoroso se llama precisamente Ysé.

Para él, Rosie representa la encarnación de la eterna feminidad. Se reencontraron después de trece años, cuando Claudel recibió una carta de ella estando ya en Brasil. El verano de 1917 retomaron la relación, primero epistolar y luego carnal, reencontrándose en Londres, donde Claudel vio por primera vez a su hija Louise, y más tarde en París. A pesar de que entretanto el poeta se hubiera casado con Reine Sainte-Marie-Perrin, un matrimonio que duró más de 50 años y del que nacieron cinco hijos. En realidad, una historia sin pasión. Para el poeta, el matrimonio siempre se fundará sobre la conveniencia y no sobre el amor.

La biografía de este gran escritor está llena de largas estancias fuera de Francia debido a su actividad diplomática (aparte de China y Brasil, fue embajador en Estados Unidos, Japón, Dinamarca, Bélgica y Alemania) y sobre todo a su intensísima actividad literaria (fue autor de decenas de libros, entre poesía, teatro, ensayo y exégesis). Estaba acostumbrado a levantarse a las seis de la mañana y dedicar sus primeras horas del día a la escritura, para luego volcarse en su trabajo como representante de los intereses comerciales y políticos de su país.

El amor sacro y profano de Claudel

Roberto Righetto | 0 comentarios valoración: 2  14 votos

Wild Wild Country: homenaje a los Buenos

Javier García Arevalillo

En 1980 una secta nacida en India se trasladó, encabezada por su gurú, a un pueblo de 50 habitantes en medio del estado de Oregón. Hay algo que me dejó con la boca abierta durante cada uno de los seis capítulos de esta serie documental, “Wild Wild Country”.

Baghwan Rajneesh, un gurú New Age de India, funda en los 60 una secta, los Sannyassins, que visten de naranja y predican básicamente el nacimiento de un hombre nuevo. Es arriesgado realizar una serie documental de una secta. Pero creo que juzga lo sucedido con ecuanimidad. Y no era fácil, porque estamos en una sociedad que se identificará más fácilmente con el sentimentalismo de los Sannyassins que con la mentalidad de los que se enfrentaron a ellos y les persiguieron.

El gurú va atrayendo a miles de seguidores hasta que decide fundar una comuna en Poona. Pero, por la persecución de la primera ministra Ghandi, decide irse a un gran rancho en el desierto de Oregón y fundar algo más que una comuna: Rajneeshpuram, una nueva ciudad, que llegaría a fagocitar el pueblo cercano de Antelope.

Un gurú ponía el marketing, el mensaje para la nueva religión. El poder detrás de él, la fuerza de la naturaleza detrás de la construcción de un vergel y una ciudad en medio del desierto, fue Ma Anand Sheela, la secretaria personal de Bhagwan y el personaje más interesante de la serie.

Inicialmente me costaba entrar en un documental de sectas… pero esto es otra cosa. Es un ejercicio inteligente, que aborda los grandes temas de fondo al hablar de sectas: la necesidad de la pertenencia, la percepción de ser escogidos, de ser más listos y mejores gracias al conocimiento que compartimos, y sobre todo la veneración acrítica al líder. Ingredientes que generan una energía aparentemente positiva: risas, creatividad, riqueza…

La serie no censura el testimonio de nadie, de ningún bando. Algunos del bando “de la ley”, de la minoría que se enfrentó a la colonización sannyasin, son antipáticos, mientras en el bando sannyassin todo son sonrisas, amor flower power, vivacidad… Pero por los frutos los conoceréis: solo un bando se sumergió sin pudor en la comisión de crímenes para lograr los objetivos. Como decía el fiscal general: al final de la serie vemos hasta qué punto no fue una cuestión de avaricia… fue simple y llanamente maldad. Y no digo más.

Más allá del ritmo trepidante del documental, de lo increíble de la historia, de los giros que van dando los acontecimientos… me parece un precioso homenaje a los pocos “buenos” que no se conformaron con no hacer nada, y que dieron la batalla legal (y moral) contra una realidad que pretendía colonizar hasta su estilo de vida. Y una lección de que detrás de una intensidad fanática se acaba mostrando la violencia de una ideología.

Wild Wild Country: homenaje a los Buenos

Javier García Arevalillo | 0 comentarios valoración: 2  17 votos
>El futuro de la escuela

'Eduquemos en el respeto a la consistencia de los grifos'

P.D.

Entrevista a Gregorio Luri, doctor en filosofía y licenciado en Ciencias de la Educación. Ha trabajado como maestro de primaria, como profesor de filosofía en bachillerato y como profesor universitario en la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado varios textos de política, filosofía y pedagogía. En 2017 recibió el Premio MEP (Mejora tu Escuela Pública).

¿En qué momento está nuestra escuela? ¿Es necesaria una refundación? ¿En qué sentido?

Lo primero que hay que decir es que la escuela es una causa noble, pero imperfecta. Es una noble causa imperfecta. En la medida en que ponemos el acento en su nobleza o en su imperfección contribuimos a la una o a la otra. Precisamente por su nobleza, la escuela nunca está completamente satisfecha consigo misma y eso está bien. Pero tiene que saber gestionar su insatisfacción con inteligencia. La escuela, como la ley, debe ser tocada con mano temblorosa, porque lo que está continuamente puesto en cuestión corre el riesgo de dejar de ser respetado. En resumen: la escuela debe aprender a aprender de su propia experiencia y esto sólo es posible si se compromete con prácticas reflexivas y con la consecución de evidencias.

¿Un enfoque en el desarrollo de habilidades STEM puede alejar de la reflexión?

Soy un firme partidario de reforzar las STEM, pero con un matiz: lo que necesitamos es dar forma curricular a un humanismo STEM. Para ello debemos comenzar pensando que las matemáticas son un lenguaje y que quien no lo domina no podrá dialogar con su tiempo. Añado que las matemáticas han formado siempre parte del núcleo del humanismo. Un sistema educativo fracasado es, por ejemplo, aquel cuyos alumnos viven con angustia el aprendizaje de las matemáticas y las ciencias. Pensar un problema matemático es un fenomenal ejercicio de reflexión.

Cada vez es más necesaria la creatividad, ¿cómo vincular STEM con innovación?

El ser humano necesita de la creatividad tanto como de las rutinas. Un discurso pedagógico que no comprenda la importancia de la rutina no comprende al ser humano. Por otra parte, la creatividad es un concepto universalmente alabado, pero eso no quiere decir que sepamos cómo fomentarla. Desde los años 60 se han desarrollado cientos de programas de desarrollo de la creatividad con resultados más bien mediocres. Proporcionemos conocimientos a nuestros alumnos. Todo conocimiento sustantivo nos recrea y aprendiendo a recrearnos, creamos. El joven que tenga conocimientos podrá ser un joven creativo o, en su defecto, un magnífico técnico.

¿La insistencia en el desarrollo de competencias puede convertir la educación en instrucción?

El riesgo del aprendizaje competencial es que tiende a ignorar el gozo de la comprensión, del descubrimiento, de la persecución de un objeto; la alegría del disfrute gratuito del instante, de perderse en la contemplación de las nubes, de dejarse invadir por la emoción de la música; etc. Cuando Sócrates estaba a punto de morir, se empeñó en aprender a tocar con la flauta una canción. “Pero Sócrates, le preguntaron, ¿de qué te va a servir eso?”. “Me servirá, contestó, para tocar esta canción con soltura”. Dicho lo anterior, yo siempre he sido partidario de la taxonomía de Bloom que entiende el dominio cognoscitivo como un proceso que sigue esta dirección: conocimiento, comprensión, aplicación, análisis, síntesis y (auto)evaluación.

>El futuro de la escuela

'Eduquemos en el respeto a la consistencia de los grifos'

P.D. | 0 comentarios valoración: 3  21 votos
>Entrevista a Joseba Arregi

'El populismo es peligroso cuando tiende a convertirse en totalitarismo'

Juan Carlos Hernández

Dialogamos con Joseba Arregi sobre los desafíos de la modernidad. “La posmodernidad es el resultado de la acumulación de los efectos colaterales secundarios no queridos pero estructuralmente propios de lo que ha querido la propia modernidad”, afirma exconsejero del Gobierno Vasco.

¿Existe una falta del sentimiento del nosotros que se diluye en los intereses particulares?

El nosotros, si tiene que ser un nosotros civilizado, cívico, adaptado al estado de derecho, no puede ser un yo o un nosotros construido fuera de la igualdad de derechos, fuera de la igualdad ante la ley. Tiene que ser contando y partiendo de esa igualdad ante la ley, igualdad en derechos y libertades. Lo que pasa es que los pequeños colectivos que se han constituido después de la crisis del capitalismo, de la cultura moderna, en el posmodernismo y demás, son yoes colectivos particulares pero que se unen en alguna identificación particular, no en la identificación universal de los derechos y de la igualdad ante la ley, sino en sentimientos étnicos, en las políticas de género, que también son identidades particulares que no llegan a ser universales.

En definitiva, no son representantes de un nosotros constituido en base a una conversación y a una negociación permanente de lo que es el bien público, el bien común. Son unidos por intereses o sentimientos particulares, y eso se ha acrecentado tremendamente en lo que se llama la cultura del capitalismo de consumo, que sobrevalora el sujeto, los sentimientos subjetivos, las emociones, los intereses colectivos particulares, sin que haya un horizonte de un nosotros que constituya al conjunto de la comunidad política.

Últimamente se ha hablado mucho de los movimientos feministas. ¿Cuál es su valoración?

>Entrevista a Joseba Arregi

'El populismo es peligroso cuando tiende a convertirse en totalitarismo'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  17 votos

Brexit de HBO

Javier García Arevalillo

Me ha llamado mucho la atención esta producción que, de una forma parecida a como dibujaba “Margin Call” la crisis de 2008, nos ofrece un relato ágil y profundo del referéndum por la salida de Reino Unido de Europa.

Se han centrado en la perspectiva de los dos directores de campaña. Dos personas con motivaciones opuestas para contar su historia: uno por ego, el otro por la amargura que genera haber perdido teniendo la razón. Aunque Benedict Cumberbatch lleva el peso narrativo, me ha gustado mucho el papel del jefe de campaña pro-Europa, interpretado por alguien muy familiar para los aficionados de Black Mirror… Es el famoso primer ministro del primer capítulo de la serie. Y, francamente, su actuación es impecable. Al ser el protagonista el director de campaña del OUT, ¿no acabamos empatizando con sus motivaciones? ¿No se da esa famosa idealización del villano?

Los guionistas son muy claros desde el principio en las motivaciones de cada uno. Y en el carácter manipulador de la campaña que dirige Dom Cunnings. La escena en la que deciden el lema es muy reveladora. Es la descripción de las fuerzas que mueven el populismo. Y hay que reconocerle a la película que, aunque ridiculiza a los personajes más ridículos del proceso (mención especial a Nigel Farage), es muy seria mostrando las pulsiones más preocupantes y serias que se generaron antes y después del referéndum, y que también estamos viviendo aquí.

Una cosa es criticar el Brexit, y otra criticar el referéndum. ¿Qué dicen los guionistas sobre este punto?

Podrían haber idealizado la figura de Dom como un idealista de la libertad que, aunque no esté a favor de la salida, sí lo está de que la gente se pronuncie… De hecho, esta claridad de juicio la mantiene en los siguientes eventos: el asesinato de la diputada pro-Europa, por supuesto. Pero hay otra escena en la que un grupo de control pierde completamente los papeles y manifiesta la división que está generando el referéndum entre vecinos, entre estratos sociales, entre generaciones… Los efectos nocivos que decía el propio Cunnings que tiene intentar reducir cuestiones complejas a preguntas de sí y no.

La producción se puede asimilar a un capítulo más de Black Mirror. Aunque el desarrollo del mensaje visceral es clave, el otro gran eje de la campaña fueron las redes sociales. Concretamente, el experimento de la empresa AggregateIQ por el que, según el propio Cunnings, hizo llegar más de mil millones de mensajes publicitarios a los votantes indecisos y micro-segmentados. La irrupción de los algoritmos en la campaña electoral. En palabras de nuestro protagonista, el instrumento con el que hackeó el sistema, y sin el cual no habría podido ganar. Asusta pensar en esta campaña, o en otras posteriores, en las que las “fake news”, los famosos bulos, no sólo han campado a sus anchas: han sido diseñados y teledirigidos a los colectivos de interés. Es Black Mirror en el mundo real.

Brexit de HBO

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>Entrevista a Angelo Scola

'La pérdida del sentido de la vida inevitablemente genera un miedo radical'

Juan Carlos Hernández

El cardenal Angelo Scola presenta este jueves en el auditorio Bankia de Madrid su último libro “He apostado por la libertad” (Ed. Encuentro). Hemos dialogado con él acerca de algunas de las reflexiones que desarrolla en otro libro suyo reciente “¿Postcristianismo?” (Ed. Encuentro). Ante una sociedad que es plural, el cardenal emérito de Milán ve esencial el ejercicio paciente de narrarse y dejarse narrar como camino para reconocer los rasgos comunes que permiten construir una sociedad.

En su libro describe el contexto actual como de “momentos de parto y transición”. ¿Cuáles son los signos que percibe que le hacen usar esta descripción? Por otra parte, hay un miedo y un deseo de huir de una postmodernidad que se percibe como amenaza. ¿Qué permite recuperar la vocación por la historia?

Para describir el momento histórico que estamos viviendo me gusta más utilizar la expresión “dolores de parto” que la palabra “crisis”, porque este término, sin quitarle nada al sufrimiento y dureza de los riesgos que supone este tiempo de transición, abre al futuro, y por tanto a la esperanza. Indica el nuevo nacimiento al que inexorablemente va orientado. Además, la esperanza está en el ADN del cristiano. De hecho, este tiene la certeza de que el Padre es quien guía la historia y, por tanto, esta no pierde su naturaleza como terreno de encuentro entre Su libertad y la nuestra. En este sentido, no podemos dejar de escuchar las palabras del Papa sobre el cambio de época.

Ante fenómenos como la globalización o la pérdida de referentes morales muchos sienten que el suelo bajo sus pies se resquebraja. ¿Podría ser este el origen de los populismos más que una cuestión meramente económica? ¿Podrían ser los populismos signos de una inseguridad existencial?

Seguramente, los populismos de todo tipo surgen en periodos históricos en que las certezas sobre las que se ha construido un cierto estilo de vida se desmoronan. Esto se ve muy bien en la caída de las costumbres, que manifiesta la caída de los valores éticos y de una capacidad generativa. De ahí viene la pérdida del sentido de la vida que inevitablemente genera un miedo radical. Sin embargo, eso no significa que haya que ser superficiales con los problemas socio-económicos que hay que afrontar. La crisis financiera, la grave injusticia en la distribución de la riqueza, por citar solo algunos ejemplos… en síntesis, eso que el papa Francisco define como la cultura del descarte, son cuestiones que no se pueden desatender.

Acerca de la laicidad habla como un espacio donde los distintos se puedan narrar y no como un espacio neutro. Pero en una sociedad donde no todos comparten los mismos valores es complejo poder buscar juntos el bien común. ¿Qué camino se debe de hacer para una construcción positiva?

A convivir, aun con visiones distintas, estamos obligados de hecho. Pero esto, lejos de ser un dato negativo, es –como decía Maritain– un “valor práctico” para la realización del bien común. Narrándonos y dejándonos narrar, con el espíritu de una auténtica laicidad, podemos identificar pacientemente rasgos comunes en el camino.

>Entrevista a Angelo Scola

'La pérdida del sentido de la vida inevitablemente genera un miedo radical'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  20 votos

Conrad, la belleza de franquear los confines

Carlo Bortolozzo

“La niebla que veo ante mí, por primera vez en mi vida me enfrento a saber lo que dejo y no poder imaginar lo que encontraré, qué carga de responsabilidad llevar esta nave hacia un rumbo que nadie sabe…”. Será por estos primeros días de frío invierno, pero estas palabras de una canción de Jovanotti, inspiradas en “La línea de sombra” de Joseph Conrad me han transportado a hechos lejanos.

Leo la letra de esa canción en un panel de la sala de espera de un taller, donde uno esperaría encontrar textos e imágenes muy diferentes. Me gusta pensar que alguien lance un mensaje en una botella en lugares improbables, como una flor que brota entre las piedras, para despertar en los corazones adormecidos la espera de la que hablaba la gran novela anglo-polaca.

A menudo invito a mis alumnos a leer historias del mar, de confines e inquietudes, para que prenda en ellos la fascinación de la distancia y de la espera. En este sentido, ¿qué mejor que grandes autores como Melville, Stevenson o Conrad? Mediante la vieja metáfora del viaje por mar, ellos narran la gran aventura de la vida, tomada en algún momento decisivo de crisis. “La línea de la sombra”, publicada en 1916, narra ese delicado paso entre la juventud y la edad madura, esa “región crepuscular” que suele ir marcada por acontecimientos aparentemente insignificantes que luego se revelan decisivos.

El joven oficial de la marina que protagoniza la historia decide abandonar la vida del mar sin motivos aparentes. Siente que algo de su edad juvenil ha acabado, “el malestar nuevo de la juventud que llega a su término”, afirma, afectado de “tedio e insatisfacción”. Capturado por un “sentimiento de vacío de la vida”, cae preso en un “desvanecimiento profundo”. Le parece que ya no hay nada que esperar del mundo, nada “nuevo, original, revelador”; “ninguna sabiduría que adquirir, ningún placer que gustar”. Pero estando en un hotel mientras esperaba los documentos para su repatriación, sucede algo imprevisto que pone en marcha todas sus energías adormecidas: la notificación de un puesto de mando como capitán de una nave.

Lo imprevisible sucede, “como si al volver la página de un libro descubriese la palabra que explicara todo lo anterior”. Sobre la nave, que parte hacia Bangkok, pesa la maldición del capitán anterior, muerto tras volverse loco, pero el joven comandante no lo advierte, inmerso en un clima de acontecimientos prodigiosos. Había sucedido algo que superaba con mucho sus expectativas, pues hasta entonces había pensado en el cargo de mando “como resultado de una lenta promoción al servicio de una compañía respetable, la recompensa de largos y leales servicios”.

De manera genial, Conrad intuye que “en la noción de recompensa hay siempre algo desagradable”. Le parece mucho más grande la gratuidad y el asombro ante un acontecimiento imprevisto. El nuevo encargo superaba “mis previsiones más razonables”, como si el joven fuera destinado a una nave desconocida “por un poder superior a todos los prosaicos agentes del mundo comercial”. Se descubre puesto al mando, “no de acuerdo con el curso habitual de las cosas, sino como por arte de magia”.

Conrad, la belleza de franquear los confines

Carlo Bortolozzo | 0 comentarios valoración: 2  15 votos

La política no basta

Marta Cartabia

Del Concilio Vaticano II en adelante, el itinerario de clarificación sobre las relaciones entre Iglesia y Estado se ha desarrollado de manera continua y en aumento, recuperando el espíritu de los orígenes del cristianismo, el cual, siguiendo la máxima evangélica “Dad al César lo que es del César”, introdujo una alteridad y complementariedad entre orden espiritual y orden temporal nunca vistas en el mundo pagano.

Esa claridad adamantina de los orígenes luego se fue ofuscando a lo largo de la historia, desde el edicto de Tesalónica en el año 380 con Teodosio. Pero la modernidad, al desatar un proceso de laicización de las costumbres y de la cultura dominante, volvió a interrogar a la Iglesia sobre su relación con la “ciudad del hombre”, conduciéndola a un camino de reflexión y purificación, de modo que la invitación a dedicarse de los asuntos de la polis se dirigió hacia los creyentes, sin olvidar que “no es lícito que la Iglesia se convierta en una entidad política o pretenda actuar como grupo de poder”; de otro modo, la Iglesia “aniquilaría tanto la esencia del Estado como la suya propia”.

Naturalmente, el cristianismo como “religión de la encarnación” y como realidad comunitaria interlocutora de la comunidad civil indudablemente incide en la vida social. Sin embargo, la Iglesia no está llamada a dar directrices políticas a los creyentes ni a ocupar un espacio entre los poderes temporales, mucho menos el puesto de la religión civil. Por eso es necesaria siempre una distancia entre la realidad eclesial como tal y la realidad mundana, para preservar la libertad de todos.

La razón profunda de esa última alteridad va ligada a la convicción de que la política no es ni debe ser el ámbito de los absolutos. “Nunca existirá en este mundo el reino del bien definitivamente consolidado. Quien promete un mundo mejor que dure irrevocablemente para siempre hace una promesa falsa, e ignora la libertad humana. (…) Si hubiera estructuras que fijaran de manera irrevocable una determinada –buena– condición del mundo, se estaría negando la libertad del hombre, y por este motivo no serían, en definitiva, estructuras buenas de ninguna manera”. El Estado no es la totalidad. La historia demuestra las aberraciones de los Estados que pierden de vista esta condición. En lenguaje agustiniano, podríamos decir que las estructuras de la polis se caracterizan por una necesaria imperfección y están abiertas a na incesante perfectibilidad. Esto aligera el peso al hombre político y le abre un camino hacia una política equilibrada y racional.

La política no basta

Marta Cartabia | 0 comentarios valoración: 2  16 votos

El alma de Freddie

Davide Prosperi

El protagonista de mi historia es Frederick Farookh Bulsara, Freddie Mercury, como quiso llamarse para quitarse de encima aquel epíteto racial, Paki, que le resultaba bastante indigesto. El 24 de octubre se estrenó en Reino Unido la película biográfica sobre la voz principal de Queen, que gusta a espectadores de diferentes generaciones, y especialmente a jóvenes que no conocieron a los Queen.

Como fan de los primeros, me preocupaba que este film cayera en el relato habitual del joven transgresor, excéntrico, con ropa llamativa y hasta un poco perturbado, al que le encantaba llamar la atención con sus excesos. Por no hablar de la posible instrumentalización, también evidente, del paladín de batallas socioculturales que francamente empiezan a resultar agotadoras. Pero no hay nada de eso. El director ha hecho un buen trabajo. Ha conseguido mostrar el profundo drama de un joven dotado de una voz y un temperamento extraordinarios, y de una fragilidad igualmente extraordinaria, en busca de su propio rostro humano. El film suscita compasión, la misma compasión que sentí ante su muerte. Ahí empieza mi historia, mi viaje (¿fantástico?) entre los textos de sus canciones.

Había una vez un cantante, hijo de padres parsis, zoroástricos, que tenía una relación complicada pero respetuosa con su padre, un empleado de banca que trabajaba para el gobierno inglés en las colonias británicas. Excéntrico, fastidiosamente ostentoso, abiertamente bisexual, aquel cantante tuvo un gran amor en su vida: Mary Austin, la mujer a la que dejó la mitad de su herencia. De ella dijo en una entrevista en 1985: “Todos mis amantes me preguntan por qué no puedo sustituir a Mary, pero es sencillamente imposible”. En ella, Freddie ve el signo de una promesa que nunca en su vida se cumplirá. Su tendencia narcisista, junto al creciente consumo de estupefacientes, se convierten en un peaje a pagar por la fama en un mundo en el que no consigue llegar a sentirse aceptado y del que siente una sed desesperada. Nunca conseguirá desengancharse. Sin embargo, esta figura femenina marca un punto de inflexión en la concepción que el cantante tendrá de sí mismo: hay una promesa incumplida para la que se siente hecho, ante ella nunca conseguirá hallar reposo. La suya será una vida dura, pero no puede dejar de desear la plenitud. A menudo se ha dicho que Queen tenía dos almas: una blanca (el alegre y positivo Brian May) y otra negra (el oscuro y reflexivo Freddie Mercury), como las caras de su álbum recopilatorio Queen II. La verdad es que Freddie contenía en sí ambas caras.

El alma de Freddie

Davide Prosperi | 0 comentarios valoración: 3  17 votos

La 'belleza desarmada' en Egipto

Niccolò Magnani

“En un mundo como el que vivimos, donde se trata de resolver conflictos creando muros, necesitamos generar espacios donde, escuchándonos y abriéndonos a la contribución de los demás, podamos salir distintos de como entramos. Y eso a pesar de todas nuestras diferencias, por las que tantas veces pensamos que es imposible. Esta es la belleza desarmada que trato de comunicar, que nos atrae a todos, sin necesidad de otras ‘armas’”. Así terminó en Alejandría (Egipto) la presentación de su libro “La Belleza Desarmada” Julián Carrón, en una conferencia de alto valor simbólico, social y religioso, en un templo de la cultura musulmana como es la histórica Biblioteca Alejandrina.

Esta presentación vio en tierras egipcias, aparte del presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación y autor del libro, al traductor y decano de la facultad de Lenguas y Literaturas Extranjeras en la Bedr University de El Cairo, Hussein Mahmoud. Otros protagonistas fueron Marta Cartabia, vicepresidenta del Tribunal Constitucional italiano, y Wael Farouq, profesor de Lengua y Literatura árabes en la Universidad Católica de Milán. La pregunta sobre el papel de la religión como “adhesivo” entre los pueblos, en un periodo tan complejo como el que hoy vivimos, reside en el texto de Carrón, pero va mucho más allá. “Nos preguntamos qué está pasando”, dijo Mahmoud en su intervención, “en Europa… pero también aquí. Es una pregunta que afecta a todos, creyentes o no. La religión se da en la vida cuando muestra su fuerza para iluminarla”.

Encuentro y libertad

Sin la verificación de la fe, ilustra el autor en este ensayo que acaba de traducirse al árabe, los desafíos cotidianos que nos rodean se incrementan, y con ellos la incertidumbre existencial del hombre. El profesor musulmán señaló en este sentido que “hace falta que fe, religión y cultura vayan unidas. El hombre sin fe es como si tuviera la batería descargada”.

El diálogo partió de una amistad personal y de una voluntad de encontrarse entre mundos muy diferentes pero “interesados” en perseguir el deseo de bien y felicidad que alberga el corazón de cada individuo. Solo de un profundo cambio del pensamiento, se lee en La Belleza Desarmada, puede nacer “el reconocimiento del otro como un ‘don’, un bien en sí mismo”, afirmó Carrón también en su intervención. Según la vicepresidenta del Tribunal Constitucional italiano, las palabras clave del libro son dos esencialmente: “encuentro y libertad. Para él la fe es un acontecimiento que respeta la libertad”. Podría decirse por tanto que existe una relación entre ley y libertad, aunque con la mayor delicadeza y complejidad. “¿Cómo se puede respetar la libertad sin caer en el relativismo? La ley puede ser “bella” cuando es capaz de dejar espacios blancos de libertad, explicó Cartabia, que subrayó que “siempre y en todas partes hace falta un encuentro. En una sociedad plural lo que necesitamos no es tanto la integración entre culturas sino la interacción entre personas”.

La belleza del encuentro

La 'belleza desarmada' en Egipto

Niccolò Magnani | 0 comentarios valoración: 1  17 votos

El enigma del tiempo, la voz de un anuncio

Costantino Esposito

Desde el dormitorio del apartamento donde vivía antes, una séptima planta frente a una antigua fábrica transformada en facultad universitario, de vez en cuando me pasaba que cuando estaba a punto de dormirme, en verano –con las persianas por la mitad y la ventana abierta–, percibía una señal típica de dos notas que anunciaban una llegada o salida en la cercana estación central.

De día era imposible distinguirlo, por el ruido del tráfico y el continuo vaivén de estudiantes y de los bares de la zona. Pero de noche, en esas noches donde el silencio baila sobre la brisa húmeda del mar, a menudo llegaba esa voz de mujer que presidía la noche y orquestaba el paso del tiempo. Pensándolo bien, ¿cuántos y cuáles podían ser los trenes que llegaran o salieran a tan altas horas de la noche? Quizás solo fueran convoyes de paso, cargados de mercancía, que salían o se dirigían al puerto. Pero esas dos señales que daban paso a aquella voz me hacían percibir algo aún menos palpable que la brisa misteriosa pero al mismo tiempo más concreto que los trenes que iban y venían: eso tan enigmático y sin embargo tan evidente que es el tiempo.

En ese estado tan especial que es el umbral del sueño, cuando estamos a punto de dormirnos o recién despertados, lo que sabemos y poseemos como forma de nuestra conciencia ya no se rige por un orden consecutivo sino que empieza a desbordarse; y lo que normalmente permanece custodiado en una cierta zona y secuencia de nuestra memoria comienza a asociarse libremente, reclamando como de lejos y despertando a personas, imágenes, nociones que se mezclan en nuestra mente, no con el peso de quien debe acumular informaciones sino con la ligereza de quien mira el mundo desde arriba, como si fuera volando.

En una de esas noches, la mujer encargada de anunciar, soberana del reino, llamó con su ritmo y cadencia habituales un tren que trajo a visitarme a Aristóteles. Descubrí entonces porque efectivamente el gran filósofo griego siempre llegaba puntual, justo a tiempo, al encuentro de las esperas del alma y las preguntas de la razón.

¿Pero qué tiene que ver, me preguntarán los lectores y también yo mismo, el IV libro de la Física de Aristóteles con el anuncio sordo de las llegadas y salidas de la estación central? El gran griego escribió que para comprender el tiempo hay que partir del movimiento, del paso de algo que cambia de su potencia al acto, pero que sigue siendo en potencia otra cosa… Pero este movimiento, en sí mismo, no es aún tiempo, porque para comprender el tiempo hace falta que lo que pasa, lo que se mueve, lo que cambia, se mida como un paso del “antes” al “después”. Pero no existe algo que sea en sí mismo el antes, el durante y el después. Estos solo existen porque existo yo, es decir, un alma, una psyché que los mide. Esta medida es el tiempo. Mejor dicho, el tiempo es este ser medido el movimiento por parte de un alma, una voz, la voz de la misteriosa anunciadora que dice al movimiento de vez en cuando cuál es su medida, y en virtud de esta medida lo hace llegar o partir.

El enigma del tiempo, la voz de un anuncio

Costantino Esposito | 0 comentarios valoración: 2  23 votos

Centenario del fin de una guerra y de una falsa paz

Antonio R. Rubio Plo

Termina 2018 con la conmemoración del centenario de la Primera Guerra Mundial, que irá acompañado en los próximos meses de otra efeméride de hace un siglo, la del tratado de Versalles, que supuestamente cerraba la contienda, pero lo hacía en falso al imponer la paz de los vencedores. En un siglo en el que el poder de la técnica no ha dejado de crecer, no hemos podido terminar con el fantasma de la guerra, o mejor dicho el de los temores a una violencia que sigue desatada en nuestro mundo, en el que las guerras no se declaran y la vida humana es destrozada y humillada por quienes ni siquiera se plantean derrotar al enemigo como sucedía en las batallas clásicas. Los soldados y sus brillantes uniformes, al menos en los desfiles de gala, han sido sustituidos por delincuentes y terroristas que no luchan cara a cara.

Vivimos en un mundo de las guerras sin victorias, que suelen ser también las guerras sin final, que brotan endémicamente sobre el terreno, se extinguen lentamente para emerger cuando menos cabe esperar. Por eso, la palabra paz se devalúa, se repite tanto que termina por carecer de sentido. La paz no es ausencia de guerra. Ese fue el error de cálculo de los vencedores de la Gran Guerra, que pensaba también en el equilibrio de fuerzas militares, lógicamente a su favor, y no tomaron en consideración los orgullos nacionales de los otros, de los vencidos o de sus propios aliados. El armisticio de 1918 fue incapaz de eliminar las semillas del rencor de pueblos muy diversos, no solamente de los alemanes vencidos sino también de los italianos, rusos y japoneses, por no hablar también de los pueblos colonizados. De las cenizas no emergió un mundo nuevo, aunque surgiera una organización que pretendía trabajar por la paz, la Sociedad de Naciones, si bien esta no era la voluntad política de una parte de sus Estados miembros. 1919 impuso una pax romana, obtenida por la fuerza, aunque el tratado de Versalles instituyera la Sociedad de Naciones, que pretendía asegurar la tranquilidad en el orden, sin querer darse cuenta de que aquel orden mundial era tan frágil como injusto.

Centenario del fin de una guerra y de una falsa paz

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Discutir a Dios

Miguel Ángel Quintana

Un hecho singular acaeció el pasado 13 de octubre, sábado, en el Pabellón de Cristal de la madrileña Casa de Campo ante un millar largo de asistentes.

En primer lugar, lo que los convocaba no era un evento deportivo o artístico, sino un debate. Tengo para mí, desde hace ya años, que una de las principales diferencias entre la cultura anglosajona y la nuestra es que allí los debates apasionan de veras, aquí solo de boquilla. Puedes notar enseguida que mucho público se revuelve, incómodo, si dos ponentes de cualquier evento académico o cultural se enzarzan en una discusión seria, incluso aunque se haya publicitado como tal; solo unos pocos nos arrellanamos en nuestros asientos. Cuando estudié en la Universidad de Salamanca la carrera de Filosofía, una especialidad que en principio se prestaría a la discusión constante, vi transcurrir los cinco años que duraba la licenciatura sin que ningún profesor sugiriera nunca algo así como “Bueno, ahora vamos a dedicar el resto de la clase a debatir estas ideas de, qué sé yo, el pensador Voir M. Granovetter”. Decía Ludwig Wittgenstein que un filósofo que nunca discute es como un boxeador que jamás saltara al ring; en España nos gustan más los masajes que nos pueda dar con la toalla el entrenador, o el público, o incluso el supuesto contrincante. La cosa ha llegado tan lejos que el Ayuntamiento de Madrid ya convoca, incluso, debates en los que se reserva la participación a solo los que estén de acuerdo con la propuesta de la alcaldesa que se pretende discutir.

El pasado 13 de octubre en el Pabellón de Cristal, empero, la cosa se planteó desde el inicio como un debate y como uno no reservado a gente concordante. Se trató además de un debate bien serio tanto por su temática (Dios, el mal, la libertad), como por sus dos ponentes: el sacerdote Julián Carrón, presidente de Comunión y Liberación, ante Pedro G. Cuartango, periodista de ABC y agnóstico contundente.

Es este el segundo aspecto que vuelve singular nuestro acontecimiento. Incluso en ambientes religiosos resulta un tanto insólito ponerse a discutir sobre Dios, sin más. No escasean sin embargo en ambientes católicos las charlas sobre la sociedad, sobre pastoral, sobre diversas preocupaciones económicas, sobre los esfuerzos interreligiosos o ecuménicos, sobre la propia organización de la Iglesia, sobre tal o cual aspecto exegético. Y cómo podríamos negar la relevancia de todo ello. Pero si recordamos el pasaje que nos refiere Lucas (10, 38-42) sobre Jesús y sus amigas Marta y María, quizá esas preocupaciones se cuenten más entre las que embargaban a la primera que entre las que recomendablemente cautivaron a la segunda. ¿Por qué no hablar a veces, incluso a menudo, tan solo de Dios?

Discutir a Dios

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Voegelin y Flannery O'Connor. Sin Abrahán no hay historia

Roberto Gabellini

Abrahán, Voegelin y O’Connor, con un vínculo aparentemente bastante improbable, han encontrado un inesperado punto de encuentro en una recensión escrita por Flannery O’Connor (1925-1964) en 1958.

La escritora americana, desde mediados de los años 50 hasta 1964, año de su muerte, reseñó más de un centenar de libros –entre ensayos y novelas– para dos periódicos diocesanos de Georgia, considerando esta tarea parte de su propia vocación y participación en la vida de la Iglesia.

El elenco de autores tratados confirma entre otras cosas su atención a la cultura y al catolicismo europeos, que la propia O’Connor admite en sus cartas: de Guitton a Guardini, de Gilson a De Lubac, a Eliade, Mounier, Mauriac, Péguy. Entre estas reseñas se encuentran las relativas a los tres volúmenes publicados entonces de “Orden e historia” de Eric Voegelin (1901-1985).

Para el primero de estos libros “Israel y la revelación”, O’Connor identifica en la salida de Abrahán de Ur el nudo central del libro y la llamada por parte de Dios como el punto de ruptura, el desgarro del que nace la historia (ya no es el hombre quien busca a Dios sino que es Dios quien busca al hombre), por lo que el hombre da un “salto en el ser”.

Resulta significativo que O’Connor —a través de Voegelin— oponga a la mentalidad de su tiempo este “salto” o, dicho de otro modo, este nacimiento del yo, un tema que por otro lado, en un periodo tan marcado por la “fragilidad del ser” como el nuestro, sigue siendo de gran actualidad y no se enmarca en una sola discusión entre expertos.

Voegelin y Flannery O'Connor. Sin Abrahán no hay historia

Roberto Gabellini | 0 comentarios valoración: 2  21 votos
>Entrevista a Joseba Arregi

'Siempre hay que pensar desde el otro'

Juan Carlos Hernández

Joseba Arregi participó la semana pasada en la presentación del libro de Mikel Azurmendi “El abrazo” (Ed: Almuzara) donde el autor vasco relata su convivencia en los últimos años con los amigos que pertenecen a la experiencia eclesial de Comunión y Liberación. El exconsejero del Gobierno Vasco afirma que el libro “te cuestiona y te hace avanzar y lo que soporta todo eso es al final la fuerza del encuentro con Jesús que te dice: ‘tú solo no puedes pero yo estoy contigo’”.

En la presentación del libro se le veía como un niño con zapatos nuevos. ¿Un cristianismo vivido con autenticidad es pertinente al corazón del hombre?

Creo que sí, al final hoy que tanto se habla de verdad, que uno de los gravísimos problemas que tenemos hoy en día es que todas las palabras están ya malgastadas, hasta el punto de que no significan nada. Términos como caridad, honestidad, todo ha perdido ya su sentido. Hay que volver a recuperar el término “verdad”. Pensamos que la verdad está en los números, en las estadísticas, y no hay forma más fácil de mentir que con las estadísticas. Hay que buscar otro tipo de verdad, y no puede ser una verdad teórica sino una verdad de vida. Esa verdad de vida hoy se puede encontrar en pocos sitios más que en el cristianismo. En la vida del cristiano que es vida o intento de seguir en la vida propia de cada uno, en la medida de las posibilidades, el ejemplo de Cristo que es darse por los demás. Y por tanto vivir desde las exigencias de los demás. En la presentación del libro de Mikel Azurmendi quería haber citado a un rabino que cuenta en una lectura talmúdica de Levinas y dice: “los derechos humanos son siempre primero los derechos del otro, no los de uno mismo”. Siempre hay que pensar desde el otro. Esa es la enseñanza del cristianismo y es la verdad de la vida. Darse porque hemos recibido. Ese vivir desde el otro, y el ejemplo más claro es Jesucristo que vive para los otros y desde los otros, que somos nosotros.

>Entrevista a Joseba Arregi

'Siempre hay que pensar desde el otro'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  20 votos
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