Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
25 MAYO 2019
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Cartas para una política no ideológica (3)

Mikel Azurmendi/Fernando de Haro

Querido Mikel:

Avanza febrero, hace ya tiempo que fue San Blas, pero el invierno no afloja en Madrid. Hace ya mucho tiempo que me vine de Córdoba a la capital, pero siempre que llegan estas fechas me asalta la sensación de que los fríos en la meseta son eternos. Tú estás acostumbrado.

Me alegro de que aclararas la semana pasada que un Estado democrático como el nuestro ha sido decisivo para que tragedias como las de Cataluña no hayan ido a más. Me parece que en la crítica que hacemos a la confianza en el Estado liberal no hay sombra alguna de ese anarquismo muy de moda, por ejemplo, en Estados Unidos. No me identifico de ningún modo con los antisistema, sean trotskistas, evangélicos o católicos. Me interesa comprender cómo el “sistema” puede recobrar vida.

¿Al proponerme retomar el discurso de Habermas “Fe y saber” lo haces porque crees que hay pistas positivas para salir del paisaje tan oscuro que pintaste en la última carta?

No sé si entiendo a Habermas bien. No estoy muy acostumbrado a las lecturas filosóficas. Él sugiere, si lo interpreto de forma correcta, que la cultura del sentido común en la que se basa el Estado liberal, ante los nuevos desafíos, está necesitada de un aprendizaje. “Sin renunciar a su propia autonomía (a la que no estamos dispuestos a renunciar en Occidente afortunadamente –digo yo–) esa razón (la del Estado liberal) permanece osmóticamente abierta hacia ambos lados, hacia la ciencia y hacia la religión”, señala. Pone tres condiciones para que la conciencia religiosa pueda enseñar algo al estado secular: “elaborar cognitivamente el encuentro con otras religiones”, “acomodarse a la autoridad de las ciencias” y “ajustarse a las premisas de un Estado constitucional”.

¿Crees que esta vía propuesta por Habermas es una salida? Sería una solución muy “alemana”. En España tenemos alergia, después de nuestro XIX y de la dictadura de Franco, a las “aportaciones religiosas” en lo público. ¿Cómo podría ser esa aportación? No sería aceptable una aportación de la fe como cuerpo doctrinal, como principios. Tendría que estar “mediada” por creyentes “racionalmente constitucionales”. ¿No? Me parece que en ese ejercicio de traducir la inteligencia de la fe en una racionalidad constitucional hay poco hábito. Estamos anclados en traducciones antiguas que no sirven para un mundo plural.

No quiero dejar de mencionar que, para Habermas, según lo que entiendo, este “nuevo aprendizaje de la razón” está vinculado a lo que en otro sitio denomina la “dependencia mutua”, el depender los unos de los otros. De hecho, en esta charla acaba asegurando que “el primer hombre que lograse fijar conforme a sus propios gustos las características que va a tener otro hombre, ¿no estaría destruyendo también aquellas libertades que han de regir entre iguales para que esos iguales puedan mantener su diferencia?”. Precioso. Pero de esto hablamos otro día. Siempre agradecido.

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Cartas para una política no ideológica (3)

Mikel Azurmendi/Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  27 votos

El largo viaje de la Ilustración católica y su necesaria revisión

Danilo Zardin

Ansias de un progreso iluminado por la razón y apego tenaz a las formas de conciencia religiosa modelada por el cristianismo parecían, hasta no hace mucho tiempo, dimensiones incompatibles. La idea del conflicto procedía de una visión dualista de la modernidad. No se la concebía como un desarrollo sino como una fractura que había provocado que la tradición se separara de su tronco, abriendo un nuevo camino abierto por las “magníficas suertes” de la independencia del hombre.

Para los intelectuales de la élite dominante, la tradición era sinónimo de opresión y cerrazón y era bueno echarla al mar una vez reducida a pesado lastre. Para los defensores del primado de la fe, en el bando contrario, el cuadro se había invertido. Todo el esplendor residía en un pasado glorioso y la sombra del mal anidaba en su demolición, que dejaba inerte al hombre contemporáneo, exponiéndolo al avance devastador de la dictadura del individualismo útil y de una ética político-civil aplastada por falsas ideologías. En todo caso, imposible salir del esquema de la contraposición. El punto donde la grieta se hacía insalvable se situó entre ambos contendientes en la crisis del XVIII, con el ataque al sistema del Antiguo Régimen mediante la activación de un fermento corrosivo que estalló con la Revolución Francesa.

Muchos hombres de cultura, tanto en el ámbito laico como en el del pensamiento de inspiración religiosa, siguen presis de esta lógica de choque. No han querido rendir cuentas con la revisión que lleva décadas en marcha sobre lo que verdaderamente es la modernidad, sus fundamentos y los procesos mediante los cuales ha obtenido sus materiales de construcción, edificando el “nuevo orden” de un estilo de vida que ha cambiado radicalmente. Se ha corregido profundamente la concepción del despegue de la modernidad occidental. El XVIII y su forma cultural más característica –la Ilustración– se presentan bajo una luz que evidencia rostros en contraste, destacando el alcance de un relato histórico que no es solo polémicamente disgregador. Aunque cada vez más silenciosamente, hay quien ha estado dispuesto a reconocer que la realidad actual es hija de las metamorfosis que han madurado en esa tormentosa fase de transición. La revolución ilustrada entró a formar parte instrumental de nuestro presente. Ha sido la cumbre intelectual y ético-civil en cuyo horizonte se mueven sus partisanos más fanáticos y sus adversarios más irreductibles. La antropología que nos condiciona, la construcción de valores personales de referencia, el cuadro de la moral colectiva, el equilibrio de poderes entre la esfera secular y los residuos de dependencia de lo sagrado con los que se rige el mundo actual derivan de posiciones asumidas en la batalla a favor o en contra de las reformas promovidas por los diseñadores de un nuevo curso de lo que fue la antigua res publica de la cristiandad. Olvidar, ignorar cómo fue, no ayuda a comprender el escenario en que estamos llamados a vivir.

El largo viaje de la Ilustración católica y su necesaria revisión

Danilo Zardin | 0 comentarios valoración: 2  28 votos
>Entrevista a Massimo Borghesi

'La confusión en la Iglesia la provocan los que amplifican el disenso'

Andrea Tornielli

La confusión en la Iglesia existe, pero “quien la provoca no es precisamente el Papa sino aquellos que, con tal de oponerse a él, no dudan en multiplicar las voces de disenso”. Así lo afirma el filósofo Massimo Borghesi, autor del primer estudio científico sobre el pensamiento de Francisco, Jorge Mario Bergoglio. Una biografía intelectual, que en esta entrevista aborda las nuevas críticas que han surgido en varios ámbitos al pensamiento teológico de Joseph Ratzinger, el documento escrito por tres obispos kazajos sobre Amoris Laetitia, y la matriz neoescolástica del tradicionalismo que acusa de modernismo al Concilio Vaticano II y a los papas que se han sucedido desde entonces.

El nuevo libro de Enrico Maria Radaelli, reseñado por Antonio Livi, con una crítica a Ratzinger –al que se identifica como uno de los responsables de la teología “neomodernista” con derivas “heréticas”– demuestra que muchos opositores al pontífice actual en realidad también son muy críticos con sus predecesores y, en último término, con el Concilio Vaticano II. ¿Qué le parece?

>Entrevista a Massimo Borghesi

'La confusión en la Iglesia la provocan los que amplifican el disenso'

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Remnant: los restos que la guerra no logró arrancar de Siria

Ignacio Pou

No hará más de dos semanas, coincidí con el fotoperiodista de guerra Manu Brabo en la presentación de un nuevo proyecto. En esta ocasión no hablaba de guerra, pero en algún momento dejó escapar un comentario sobre lo que le ha convertido en merodeador en multitud de conflictos bélicos: la guerra cambia los cauces de la vida tal como los conocemos, revela un mundo distinto y totalmente desconocido, en el que la amistad, la vida, la familia o tantos otros valores tienen un peso y una consistencia distintos.

Lo que en la paz experimentamos a menudo como algo superfluo -desde el agua corriente hasta el vínculo familiar o la devoción religiosa- en guerra es el vértice de cada decisión, de cada acto moral. Hay una serie de virtudes, un tipo de heroísmo, que encuentran la mejor ocasión para florecer cuando lo tienen todo en su contra, en medio de la desolación y el peligro inminente.

Algo parecido volví a escuchar esta semana en la presentación del último documental de Fernando de Haro, Remnant: “La guerra saca lo que hay en el corazón de cada persona“. El periodista rebusca entre los restos de una Siria prácticamente destruida, tanto en las ciudades como en los pueblos, para recoger el testimonio de quienes, por falta de medios para huir o por vínculo con la tierra y la comunidad, se han visto obligados a sufrir la guerra en sus propias carnes y en las de sus familiares, amigos y vecinos.

Las protagonistas son diez mujeres, que en medio de una lluvia de bombas, en el secuestro, en la pérdida de un hijo pequeño, en la carestía, la persecución, el miedo y la incomprensión, han pasado por el filtro de la guerra (“la guerra saca lo que hay en el corazón de cada persona”). Lo que ocurre después, aquello de lo que el trabajo de Fernando de Haro es testigo, solo puede provocar estupor y multitud de preguntas: ¿Cómo es posible que después de todo esto no surja el odio? ¿Cómo es posible que no haya resentimiento o el desapego hacia los suyos? ¿De dónde viene esta manera de estar ante el dolor, ante la pérdida y la persecución? Y, más aún, ¿qué sostiene este amor?

Se trata de nueve cristianas y una musulmana que viven en distintos puntos de Siria: Malula, Damasco, Wadi Nasarah, Homs y Alepo. Son todas estas zonas en las que, de distinto modo, la guerra ha puesto a prueba hasta lo indecible la capacidad del ser humano para odiar. Y sin embargo, la respuesta de estas diez mujeres, de la mano de su fe, eleva el misterio de lo religioso a la enésima potencia, en la medida en que es a través de ellas (a través de su sí a su Dios en la incomprensión y en el dolor) como empiezan a manifestarse los cimientos para una nueva Siria que ya empieza a verse entre los escombros.

Remnant: los restos que la guerra no logró arrancar de Siria

Ignacio Pou | 0 comentarios valoración: 2  23 votos

Cartas para una política no ideológica (2)

Mikel Azurmendi / Fernando de Haro

Querido Mikel:

La semana pasada dejábamos abiertos dos asuntos. La posibilidad de hacer una política que tenga como criterio el bien común y la cuestión de la transición. Recojo tus comentarios sobre la dificultad de reconocer un bien que lo sea para todos y te relanzo algunas cuestiones. Esta “disolución” de una ética común de la que tú hablas es la que describe Julián Carrón en La Belleza Desarmada (2016), retomando a Ratzinger: la Ilustración intentó sostener unos valores morales comunes, capaces de superar las contradicciones que generaba ponerse de acuerdo sobre su origen. El proyecto ha fracasado.

Lo que me llama la atención –lo he visto especialmente con motivo de la crisis catalana– es cómo permanece, a pesar del evidente derrumbamiento del proyecto de una moral común, la confianza algo ingenua en la capacidad que puede tener el Estado de Derecho, que es la traducción jurídica del proyecto ilustrado, en solucionar esta situación. No estoy criticando el Estado de Derecho, sino la confianza algo ciega y ahistórica en el liberalismo político. En “ese liberalismo político que es concebido –según Habermas– como una justificación no religiosa y post metafísica de los fundamentos normativos del Estado constitucional democrático”.

Sin duda es necesario, para que el Estado sea laico, que las justificaciones religiosas, metafísicas, o como se las quiera llamar, se “traduzcan” en una racionalidad secular. ¿Pero es posible mantener en pie esos fundamentos y la misma convivencia sin que esas justificaciones estén presentes de algún modo? Presentes, por supuesto, desde la experiencia de cada uno, respetando las reglas propias de una sociedad plural y de la libertad. ¿Por qué seguimos pensando que ser libres e iguales en derechos es suficiente para mantenernos juntos? Me parece más realista Habermas cuando dice que el “Estado liberal debería tener en cuenta la posibilidad de que la “cultura del sentido común” no consiga conservar, frente a los retos totalmente nuevos, el nivel de articulación que tuvo en sus orígenes. Hoy el lenguaje del mercado prevalece en todos sitios, obligando a que todas las relaciones se desarrollen dentro de los esquemas de las preferencias individuales”.

¿Por qué nos falta este realismo elemental? Habermas añade que “los vínculos sociales que nacen del reconocimiento recíproco no se agotan en las nociones contractuales, en las decisiones racionales y en obtener más beneficios” (Fe y Saber, 2001). Interesante la puerta de salida que apunta: el reconocimiento recíproco. Pero eso lo dejamos para otro día. Me parece que, por algunas cosas que te he oído, tú ya no tienes mucha confianza en que el Estado liberal, per se, sea capaz de conservar la cultura del sentido común. ¿Por qué tenemos tanta dificultad para reconocer el problema? ¿No sería ese reconocimiento ya un buen comienzo para resolverlo?

Se nos han disuelto las nieves que llegaron la semana pasada. Supimos que habían llegado porque cayeron, como siempre, sin hacer ruido. Aprendiendo de tu vigilancia, amigo.

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Cartas para una política no ideológica (2)

Mikel Azurmendi / Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  35 votos

Una biografía intelectual de Jorge Mario Bergoglio

Massimo Borghesi

Con motivo del viaje del Papa Francisco, “Humanitas”, la revista de la Pontificia Universidad Católica de Santiago de Chile, ha traducido al español la introducción del último libro del filósofo Massimo Borguesi.

En la noche del 28 de febrero de 2013, un helicóptero blanco despegaba de San Pedro, volando sobre la ciudad de Roma, acompañado por el sonido de las campanas de las iglesias de la capital.

Conducía a Benedicto XVI, el ex Pontífice, el primero en renunciar a su ministerio en la era moderna. El teólogo más grande de nuestra época se encontró conduciendo un difícil legado, de Juan Pablo II, con una Iglesia señalada por problemas y escándalos que alteraron y mancharon la imagen de la misma ante el mundo. La determinación de resolverlos y combatirlos no fue suficiente ante el debilitamiento de sus fuerzas. Su sucesor, el arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Mario Bergoglio, venía “del otro extremo del mundo”. La dulzura apacible de Ratzinger era sustituida por la dulzura impetuosa de Francisco, su forma sencilla de hablar, su manera directa de expresarse y llegar al corazón de la gente: un testimonio persuasivo hasta el punto de modificar, en el curso de pocos años, a partir del 13 de marzo de 2013, la mirada a la Iglesia, cuyo pesado legado ya no es objeto de acusación. El éxito planetario de la figura de Francisco no ha cubierto, como en los años de Juan Pablo II, el vacío progresivo de las iglesias; sostiene la fe humilde de los pueblos, de los sencillos, de quienes en el escenario de la historia son los “invisibles”. Sin embargo, el encuentro entre el Pontificado y la realidad popular no ha provocado aplausos y reconocimientos. Como escribe Agostino Giovagnoli:

“Su popularidad, sin embargo, no se extiende por todas partes ni en todos los ambientes, y sobre todo la novedad que él trae no siempre es aceptada y comprendida. Así ocurre con gran parte de las clases dirigentes europeas y especialmente los intelectuales y los académicos del Viejo Continente. De hecho, en Europa, el mundo de la cultura parece al menos dudoso con respecto a él. Indudablemente, ha habido pocas visitas del Papa Francisco a grandes instituciones cultura-les y han sido escasos los encuentros con exponentes de la academia. De él no se recuerdan clases magistrales como las de Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona o en el Collège des Bernardins, en París. Han sido pocas, además, las ocasiones en que ha hablado de manera explícita sobre actividad cultural, investigación científica o problemas de los intelectuales. Pero todo eso no basta para explicar la distancia entre Francisco y el mundo de la cultura europea”.

Una biografía intelectual de Jorge Mario Bergoglio

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Cartas para una política no ideológica (1)

Mikel Azurmendi / Fernando de Haro

Querido Mikel:

No sabes cuánto me alegra que hayas aceptado un diálogo sobre eso que en alguna ocasión has llamado tú "una política no ideológica". Si te parece, mientras nos volvemos a ver, podríamos hacerlo por escrito. No será lo mismo que un buen rato de charla delante de un plato de queso y un vaso vino, como el pasado verano en el Pirineo, pero así podemos ir avanzando.

Algunas mañanas doy un paseo antes de que amanezca y desde una colinilla que hay cerca de casa, con las primeras luces, se ven dos espadañas, una de ellas con algo de historia. En el instante en el que comienza el día, mirando esas dos espadañas recortándose en un cielo rosado, parece que casi todo es posible. Los comienzos son así, con ellos se reabre hasta la ilusión más fatigada. Tengo el mismo sentimiento al escribirte estas líneas. Pero voy ya al asunto.

Estos días unos amigos italianos han escrito un manifiesto en el que reclaman la conveniencia de recuperar el sentido del bien común en política. Ese pronunciamiento me ha hecho pensar en nuestra historia reciente.

Hasta hace 14 o 15 años, seguía más o menos en pie en España cierta unidad creada por la transición. Una unida frágil, poco cuidada, pero que de un modo inconsciente reconocía lo compartido como un referente. Desde entonces ha imperado una política principalmente defensiva (tanto en la izquierda como en la derecha), para afirmarse había que negar al otro. Y el “particularismo”, bien partidista, ideológico, o nacionalista-independentista, ha ido en aumento hasta llegar a un punto que se nos ha hecho insoportable. Hemos llegado a este punto cansados. ¿Qué dices de esto, maestro? He encargado ya en una librería de viejo tu Todos somos nosotros. Buen día.

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Querido Fernando:

Sobre todo no me llames maestro. Soy un pobre discípulo de la vida, un aprendiz consumado. O sea, cumplido e insuperable aprendiz... por todo lo que me queda aún por aprender. Pues errores, los voy viendo en mí cada día que pasa. Esto no es humildad beata ni vanidad impostada, es lo que hay.

Cartas para una política no ideológica (1)

Mikel Azurmendi / Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  36 votos

Los verdaderos archivos del Pentágono

Antonio R. Rubio Plo

La guerra de Vietnam vuelve a ser actualidad en estos días con motivo del estreno de “Los archivos del Pentágono” de Steven Spielberg y del medio siglo de la ofensiva del Tet, el comienzo del año lunar vietnamita en que el ejército de Vietnam del Norte y la guerrilla comunista del Vietcong lanzaron un ataque masivo contra los norteamericanos y sus aliados survietnamitas.

A finales de enero de 1968 las fuerzas comunistas lanzaron una ofensiva contra bases militares y zonas urbanas de Vietnam del Sur, en la que resultó alcanzada la propia embajada norteamericana en Saigón. Desde el punto de vista militar, el ataque fue rechazado y los comunistas perdieron más de 50.000 combatientes, siendo la guerrilla del Vietcong la más castigada. Y sin embargo, esta victoria sobre el terreno marcó el inicio de la retirada y derrota. La Administración Johnson fue incapaz de comprender que la batalla que más importa en nuestros días que es la de la opinión pública, la de la percepción de los hechos por el gran público, un enfoque que suele ser alimentado por los medios en un sentido o en otro. En esta batalla mediática lo de menos son las bajas causadas al enemigo, por muy numerosas que sean, o que este se retire del terreno que ocupa. Si el público cree que se ha iniciado una escalada de un conflicto que hasta entonces se limitaba a acciones de insurgencia y contrainsurgencia, no le bastarán las explicaciones de que el enemigo ha sido derrotado. Su percepción será la de que la situación ha empeorado y puede empeorar mucho más aún. En tales circunstancias, cualquier petición de aumentar el número de fuerzas propias para derrotar “definitivamente” al enemigo no será vista como un paso necesario para ganar una guerra sino como una medida tan peligrosa como contraproducente. En otras palabras, la ofensiva del Tet respondía a un esquema de guerra clásica hasta el momento ausente del escenario de los combates. Los norvietnamitas no volverían a repetirlo hasta la gran ofensiva de abril de 1975 con la que conquistaron todo Vietnam del Sur. Por lo demás, la victoria de 1968 constituyó un espejismo para los norteamericanos, que acaso les hizo creer que la guerra podía ganarse.

Los verdaderos archivos del Pentágono

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La lección de Arseny Roginsky

Adriano dell`Asta

Independentismo y centralismo, globalización y diversidad, patriotismo e internacionalismo, identidad y acogida, justicia y misericordia, libertad y verdad… Quién sabe cuántas parejas de palabras podríamos incluir en esta serie para dar idea de un mundo que parece entusiasmarse al pensar en construir nuevos muros o desesperarse por su incapacidad para impedir su construcción… ¿Cuántos valores expresados en estos términos podrían invocar razones válidas para apoyarlos? ¿Cómo ponerse delante de la historia, pasada y futura, con sus viejos muros que ya creíamos derruidos y los nuevos que están naciendo?

Podemos empezar diciendo algo que debería ser evidente pero que parece que todos han olvidado ya. Si palabras como verdad y libertad o justicia y misericordia se siguen contraponiendo, eso significa que algo no va bien en nuestra forma de tomarlas en consideración, porque realmente ¿quién de nosotros querría una libertad condimentada con mentiras vergonzosas, y quién de nosotros querría una verdad que se apoyara en una violencia no menos censurable?

Tal vez si tomamos algún ejemplo de la historia y de la memoria, podemos aclararnos. Es un tema que en muchos países civilizados y pacíficos de nuestra Europa sigue sembrando aún sangrientas divisiones dentro de las propias familias. En Rusia está el caso, recientemente conocido en primer plano, de quien ha descubierto que tenía dentro de su propia familia, al mismo tiempo, a víctimas y verdugos, gente que había acabado en un campo de concentración y gente que la había enviado allí. Los países bálticos nos ofrecen una historia aún más compleja. No solo es el viejo problema de cómo mirar a la Armada Roja, que indudablemente liberó a estos países de la tiranía nazi pero al mismo tiempo envió a los campos siberianos a decenas de miles de inocentes que la tiranía soviética consideraba enemigos potenciales. Una vieja historia a la que recientemente se ha sumado otra que, a decir verdad, no es menos vieja, la de patriotas que habían colaborado de alguna manera con los nazis. Entonces, ¿dónde está la verdad, dónde está el bien?

¿Cómo responder sin caer en un justicialismo que haría renacer viejas divisiones ni precipitarse en un relativismo que abriría una brecha aún mayor, añadiendo a las viejas divisiones también la de un pueblo que ya no sabe encontrar un lenguaje común ante su propia historia real y concreta? Porque otra cosa que debería ser evidente es que la verdad no es un concepto abstracto, ni mucho menos un documento hallado en un archivo, separado de su contexto y de su historia.

La lección de Arseny Roginsky

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La caja de Pandora del presidente Wilson

Antonio R. Rubio Plo

No es un centenario para celebrar en la América de Trump. El 8 de enero de 1918 el presidente Thomas Woodrow Wilson leyó ante el Congreso sus famosos catorce puntos para la paz y la organización de las relaciones internacionales con la vista puesta en el fin de la Primera Guerra Mundial. Cien mil soldados americanos murieron en las trincheras europeas y otros tanto fueron víctimas de la epidemia de gripe que barrió entonces el planeta. Hay quien piensa que EEUU debió de elegir otro método para convertirse en la primera potencia mundial. Inmiscuirse en los asuntos europeos contravenía el testamento de George Washington que había recomendado a sus compatriotas en 1796 justamente lo contrario. Un partidario de Trump, y que al mismo tiempo tuviera ciertas nociones de historia, nos recordaría que el demócrata Wilson llevó a su país a un gran error en política exterior: convertirse en apóstol de la democracia en el mundo. Fue la negación de America First, aunque los aislacionistas de la época de Roosevelt resultaron los verdaderos inventores de este eslogan, pero Wilson pensaba, sin duda, que EEUU ocuparía el primer lugar, en todos los sentidos, si asumía una activa participación en los asuntos mundiales.

Con Wilson primero, y más tarde con Roosevelt y Truman, surgió el concepto de EEUU como líder de Occidente o de lo que más tarde se daría en llamar mundo libre. Hoy en día es difícil, sin embargo, definir dicho mundo y más todavía designar a su líder. Tanto es así que algunos se preguntan si ese líder será Macron o Merkel. Más preocupante es que haya otros que afirmen que solo la Rusia de Putin encarna los auténticos valores de Occidente. Pero volvamos al centenario de un discurso del que salió la Sociedad de Naciones, la consagración del libre comercio internacional y la prohibición de la diplomacia secreta, aunque algunos condicionaron este límite a los tratados en su forma clásica y no a ningún otro tipo de acuerdo entre los gobiernos. Gran parte de los puntos abren la puerta al derecho de autodeterminación de los pueblos del Imperio austro-húngaro y otomanos, entre otros, además de reconocer la independencia de Polonia o garantías territoriales para los Estados balcánicos que lucharon en el bando de los aliados. Nada dicen, sin embargo, los puntos de la autodeterminación de Irlanda, que se habían sublevado contra los británicos en 1916.

La caja de Pandora del presidente Wilson

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>IGNACIO ZULOAGA

El último maestro de la gran escuela española de pintura

Elena Simón

La Fundación Mapfre avanza un paso más en su brillante trayectoria expositiva con la muestra “Zuloaga en el París de la Belle Époque (1889-1914)”, que cierra este domingo. En ella defiende la condición vanguardista, reconocida internacionalmente, de Zuloaga enfrentada al juicio negativo en su país, donde era considerado un divulgador vergonzoso de la España negra: estamos ante la “cuestión Zuloaga”.

La exposición trabaja cinco secciones: Sus años primeros en París. El círculo francés de amigos y maestros como Gauguin, Emile Bernard o Rodin. Zuloaga y sus retratos entre los famosos de este género en París. Su faceta coleccionista (El Greco, Zurbarán, Goya). La vuelta a las raíces y a los grandes maestros españoles.

Esta exposición se ha trazado el objetivo, y lo ha conseguido, de relanzar el prestigio de Zuloaga, europeo y vanguardista, gran viajero, quien vivió durante 25 años en París, al menos unos meses cada año, pues su alma inquieta le llevó a trabajar también permanentemente en Sevilla, Segovia o Zumaya, para retornar después cada año a su hogar francés en París, desde donde era proyectado con éxito hacia Europa y América.

Ignacio Zuloaga (1870-1945), natural de Eibar (Guipúzcoa), fue nieto del armero jefe de la Real Armería del Palacio Real de Madrid, e hijo de Plácido Zuloaga, el damasquinador más célebre de Europa. Se educó en Francia con los jesuitas y vivió envuelto en colecciones artísticas en su casa desde la cuna, y muy joven, con dieciséis años, decide romper los deseos de su padre, que anhelaba estudios de ingeniero para el chico, y dedicarse a la pintura. Solo su madre le apoya y le da a escondidas escasos dineros, por lo que tendrá que trabajar en lo que se tercie.

Tras copiar a los maestros del Prado, Velázquez, El Greco y Ribera, marcha con diecinueve años a una Roma decadente que le hace cambiar el rumbo hacia París, la meca del arte en aquel momento. Residirá en Montmartre, con Santiago Rusiñol entre otros, y formará parte del naciente grupo Simbolista, encabezado por Gauguin, a cuyas tertulias asistía, con Maurice Denis, Serusier, Toulouse Lautrec, etc. Se casó en París, con 29 años, con Valentine Dethomas, cartel de esta exposición, concebida en su figura romántica casi como El Caballero del Greco, en una pose realizada cuatro años antes de su compromiso. Era hermana de Maxime, amigo de Zuloaga y también pintor, quien había sugerido al pintor tomar a sus hermanas por modelos, gratuitamente, dado el escaso poder adquisitivo del artista. Valentine era hija de banqueros, de la alta burguesía parisina, lo que relacionó y promocionó a Ignacio entre las altas esfera de la ciudad.

Este gran retratista y paisajista, además de dramaturgo pictórico, retomaba a Velázquez, a Ribera, a Goya, y al Greco, al que redescubre, desempolvándolo ante la vanguardia europea y lo descubre a pintores como Modigliani, o Picasso, que se apasionó en su juventud por él.

>IGNACIO ZULOAGA

El último maestro de la gran escuela española de pintura

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  33 votos

Carta a Alessandro D'Avenia sobre el arte de ser frágiles

Antonio R. Rubio Plo

Estimado Alessandro: Me atrevo a escribirte porque tu libro me ha entusiasmado al leerlo en estas Navidades. Soy profesor como tú, en mi caso de historia, pero nunca he entendido el relato histórico como una sucesión de acontecimientos. Escribo a menudo sobre relaciones internacionales, si bien intento hacer más ensayo que crónica. Pienso que los hechos sirven para suscitar reflexiones y enseñanzas. Los hechos pueden ser didácticos aunque los protagonistas no estén dispuestos a cambiar sus actitudes y conductas en nombre de su libertad, reducida a una mera elección. Coincido también contigo en que más importante es la literatura que la mera historia de la literatura y, por cierto, la literatura es imprescindible para comprender la historia y la política.

En España han traducido tu libro como “El arte de la fragilidad”, pero me gusta más el original “L’arte di essere fragili”. Con todos mis respetos para los editores, el título me suena a un simple enunciado, un postulado impersonal. En cambio, la expresión italiana tiene más fuerza porque me parece mucho más personal y comprometida. Te confieso que quise leer tu libro para hacer una reseña, una entre las muchas que hago a lo largo del año, pero no es menos cierto que si había elegido tu libro, que por cierto nadie me recomendó, es porque intuía que me podía gustar e incluso entusiasmar. El interés y el entusiasmo han sido plenos no solo porque me he sentido identificado con algunas de tus experiencias como docente sino también porque tu libro es una invitación a la vida, al afán de saber en la búsqueda de la belleza y la verdad, al encuentro con los otros que es el descubrimiento de un nuevo mediterráneo en un mundo en que se nos predica que tenemos que ser autosuficientes.

En efecto, Alessandro, tienes razón cuando dices que vivimos en una época en la que solo tenemos derecho a vivir si somos perfectos. Ser perfecto, ser autosuficiente, no tener que depender de nadie. Entiendo que algunos lo sean y hasta que se lo crean, aunque si todos hacemos lo mismo, nos tomamos en serio el discurso oficial, lo único que conseguimos es un mundo de miradas desconfiadas, aislamiento, aburrimiento y desesperación. No llegaremos a esa sociedad feliz que surgirá espontáneamente cuando todos seamos autosuficientes. El paraíso posmoderno no tiene más lógica que el viejo paraíso del marxismo. A sus profetas les importa poco: cualquier defecto, debilidad o fragilidad parece estar prohibida. No la citas en tu libro, pero a mí me recuerda todo esto una paradoja del cristianismo, la que dice Pablo de cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Cor, 12,10).

Carta a Alessandro D'Avenia sobre el arte de ser frágiles

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>Entrevista a Clara Pastor, fundadora de la editorial Elba

'Parece que queremos destruir la belleza'

Fernando de Haro

La editorial Elba es uno de esos sellos independientes que han aparecido en el sector del libro en los últimos años y que crea adictos. Ha cautivado a no pocos lectores que son fieles a un catálogo en el que es difícil poner orden. www.paginasdigital.es conversa con su creadora, Clara Pastor. Una mujer formada en Estados Unidos, que después de trabajar en las grandes empresas del sector, decidió emprender una aventura por su cuenta.

Cuando uno repasa la colección de la editorial Elba se encuentra con cosas muy diferentes: artistas, pintores que escriben sobre sí mismos, reflexiones económicas, libros sobre viajes, ¿hay algún hilo conductor?

La desobediencia. Un día alguien me dijo: nunca hay que confundir tu biblioteca con tu editorial. Es un buen consejo, pero no lo sigo, confundo un poco mi biblioteca con mi editorial porque mi trabajo es artesanal. No soy empresaria. Cuando quieres empezar en un sector tan saturado como el editorial, lo inteligente es buscarte un filón para crearte una identidad. Los libros de viajes en sí no me interesan, pero sí la gente que viaja y escribe, como Cesare Brandi, fundador y director del Istituto di Restauro o Instituto para la restauración de monumentos, espléndido viajero y mejor escritor. Luego hay libros que tienen que ver con la crítica literaria, alguna que otra rareza como Sociedad Adquisitiva, que trata de economía pero que en realidad está dedicado a los valores. Es un catálogo que se va construyendo de una forma sensitiva e intuitiva. Son libros que normalmente dejo posar: no voy a las ferias de Frankfurt ni Londres, no tengo nada que hacer allí. Voy descubriendo libros –o me los descubren– y normalmente los leo. A no ser que sea una pasión a primera vista, que puede pasar, normalmente los dejo posar. Si me acuerdo de ellos los vuelvo a considerar. Tienen que ser libros que dejen un rastro, aunque suene esotérico. Los libros pueden ser casi sobre lo que sea, podría editar mañana un libro sobre búhos, que el otro día leí un artículo sobre búhos y tengo cien cosas en la cabeza sobre su relación con los humanos, la ecología… Esto tan disparatado es el hilo conductor: que me interese y que yo crea que puede aportar algo.

Te interesa la cuestión estética. ¿Te reconoces en una posición como la de Roger Scruton, digamos anti-68?

>Entrevista a Clara Pastor, fundadora de la editorial Elba

'Parece que queremos destruir la belleza'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  35 votos

La editorial Elba es uno de esos sellos independientes que han aparecido en el sector del libro en los últimos años y que crea adictos. Ha cautivado a no pocos lectores que son fieles a un catálogo en el que es difícil poner orden. www.paginasdigital.es conversa con su creadora, Clara Pastor. Una mujer formada en Estados Unidos, que después de trabajar en las grandes empresas del sector, decidió emprender una aventura por su cuenta.

Carta a un joven musulmán

Antonio R. Rubio Plo

Omar Saif Ghobash, un diplomático de los Emiratos Árabes Unidos, ha escrito un libro, Carta a un joven musulmán, dirigido a su hijo, Saif, de diecisiete años. La obra es una invitación a la reflexión, y toda una respuesta llena de realismo y sentido común a los extremismos. Es además un testimonio vital del autor que no se explica sin dos factores decisivos: tener una madre rusa, de familia de sacerdotes ortodoxos, y haberse quedado sin padre a los siete años, cuando desempeñaba el cargo de ministro de asuntos exteriores de los Emiratos y fue tiroteado por un palestino, que ni siquiera le conocía y que seguramente ignoraba que su víctima había sido un gran defensor de la causa palestina.

Las contrariedades podían haber llevado a Saif Ghobash a un ensimismamiento que en otros desemboca en la radicalización, pero no fue así. No renunció a su afán de conocimiento de múltiples saberes, propios y ajenos a su cultura, tal y como demuestra su surtida biblioteca mencionada en una de las cartas del libro. Tampoco renunció a su fe islámica, si bien se negó a identificarla con las soflamas incendiarias de predicadores musulmanes que conoció en su adolescencia en Inglaterra. El sentido común le indicaba que algo no funciona cuando los fieles salen de la mezquita con ganas de desatar la cólera y la violencia. Saif Ghobash no podía entender cómo esos devotos musulmanes no se iban a casa con el orgullo y la satisfacción de haber profundizado en los valores de la propia fe. Por el contrario, el mensaje recibido estaba marcado por la búsqueda de un supuesto purismo, de un retorno a los orígenes, al tiempo de los guerreros y conquistadores de los siglos VII y VIII. En la predicación que escuchó a los quince años, Saif Ghobash apreció que la razón estaba completamente separada de la fe y más tarde podría comprobar el sentido negativo que tiene la palabra filosofía para una mayoría de musulmanes. Los extremistas atribuyen todos los males recaídos sobre el mundo islámico en la falta de fe y de piedad, pero el autor ve un mal bastante grave en el hecho de que un setenta por ciento de la población musulmana del planeta no sepa leer y escribir. El analfabetismo, o un conocimiento estrecho y limitado, no pueden traer nada bueno. Podríamos añadir, sin lugar a dudas, que son incompatibles con la libertad. El contraste es grande con otro islam de siglos pasados, el de 1258, fecha en que los mongoles arrasaron Bagdad destruyendo, entre otras cosas, su gran biblioteca hasta el punto de ennegrecer las aguas del Éufrates.

Carta a un joven musulmán

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Natura

Elena Simón

La pintora expresionista Constanza López Schlichting desnuda su alma en la muestra que presenta hasta mediados de noviembre en la galería madrileña Montsequi, quien ya llevara su obra el pasado año a ESTAMPA, XXIV Feria Nacional de Arte Contemporáneo, en el Matadero de Madrid.

La artista hispano-germana se pone en juego en esta exposición con una poética del paisaje que se recrea en sí misma. La vida y el drama transcurren en ella, acogidos por un silencio vivo, contemplativo: naturalezas de movimientos agitados y naturalezas trepidantes y desbordadas, en el viento, en los árboles, en el fondo marino; y las rocas firmes, que vomitan aguas aceleradas, que se desbocan. El mundo natural grita como la vida misma. Pero también, como en la misma vida, el alma se serena y sobre la tierra antes estéril surge una presencia cálida, rosácea al alba, y la vida resucita en flor de almendro, cantando colores en la campiña veraniega. Ya en el interior del salón, las flores, de intenso carmesí, saltan apasionadas –como el prendedor meninesco de la velazqueña infanta Margarita– dejando apenas ver el jarrón blanco inmaculado que las sujeta con firmeza, en el gran espacio puro y apenas sugerido.

Por la ventana veo el paisaje del jardín, esmaltado de luz en su enlosado que, cual mojadas vidrieras, la lluvia ha disuelto en tornasoles cromáticos. Me sobrecoge la mística del momento. Y las niñas en acción, en un instante irrepetible, potentes, escultóricas, envueltas en color, indiferentes en su disfrute de la naturaleza al mundo y su drama. Así veo el expresionismo de Constanza.

Inició su trayectoria en Berlín con Kaus Flussman, y la continuó por su amistad con el berlinés Achim Niemann, adoptando un lenguaje sencillo y concreto, con su quehacer enriquecido paso a paso por otros amigos y maestros, a veces bien diversos, como el realista y genial Antonio López.

Schlichting se inició con la mancha y el color por pasión, con los ojos puestos en la figura humana, tan propia de la Escuela Española de pintura, que conoce bien por sus estudios de Historia del Arte. Le sedujeron las ciudades bulliciosas y sus gentes como Milán o Madrid, maternidades y de manera especial el mundo infantil. Vieron su trayectoria en Alemania y en Italia, en España, Panamá y EEUU.

En los últimos años la creación de Constanza continúa por derroteros nuevos, paisajes, floreros dialogantes que arrojan el color de sus flores, litografías, collages, en un expresionismo casi abstracto, de íntima y creciente síntesis, con una búsqueda permanente y fiel, la de aquella Presencia que abraza su realidad, la realidad toda.

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El yihadismo y la ruptura del vínculo entre religión y cultura

Olivier Roy

Las formas de violencia a las que actualmente estamos asistiendo, es decir, la yihad global y el terrorismo, son nuevas en cuanto a su conceptualización, ideologización y estética, pero no en los términos que la describen. De hecho, yihad es un término tan antiguo como islam.

Sin embargo, aparte de los textos de ideólogos como Sayyid Qutb o Muhammad Abd al-Salam Faraj, el primero que intentó instituir una yihad global y globalizada fue Abdallah Azzam (1941-1989). Palestino con pasaporte jordano y profesor en Arabia Saudí, Azzam lanzó un llamamiento a principios de los años 80 invitando a los jóvenes musulmanes de todo el mundo a combatir en Afganistán contra los soviéticos.

Su teoría de la yihad contrasta con la tradición dominante de los juristas. Para él, la yihad, lejos de ser una obligación colectiva, es un deber individual. En otras palabras, el hecho de que haya militantes comprometidos con la yihad no significa que los demás musulmanes queden dispensados de ello. La yihad afecta a todos.

Una nueva noción de yihad

Azzam se distancia así del derecho islámico clásico, según el cual la yihad se limita a un momento y un espacio precisos y solo puede ser proclamada por las autoridades competentes, aparte del hecho de que un menor solo puede participar con autorización de sus padres.

Ciertos pensadores de la galaxia yihadista llegan incluso a declarar que una mujer no necesita autorización de su marido para unirse a la yihad, lo que sin duda supone una ruptura con la tradición musulmana. Azzam añade además que no es necesario que un musulmán esté interesado personalmente en el ataque enemigo. No tiene que esperar una amenaza sobre su territorio sino que tiende a defender a cualquier país musulmán que pueda estar en peligro.

Para Azzam, la yihad no es simplemente una guerra para defender un territorio musulmán sino una forma de ascetismo, una acción espiritual durante la cual el yihadista debe aprender ante todo a separarse de sus vínculos personales, de su familia, de su nación, de su etnia y tribu. Por tanto, la idea es formar un cuerpo de caballeros de la fe que pueda trasladarse a cualquier parte del mundo, unido a un espíritu corporal sin ningún vínculo social.

El proyecto de Azzam no es crear un estado islámico. Se lo dijo muy claramente a los voluntarios que partían hacia Afganistán, a los que ordena no interferir en la vida política afgana. Una vez ganada la guerra –añadió– los voluntarios dejarían el país e irían a luchar a otra parte. Por último, conviene subrayar que esta concepción de yihad no es de naturaleza terrorista. En los años 80, los yihadistas internacionales no atacaban a civiles soviéticos, aviones de línea, diplomáticos… Su yihad es puramente militar.

Abdallah Azzam fue asesinado en 1989 por un grupo de desconocidos y la organización que fundó fue entregada en manos de Osama Bin Laden, que introdujo el terrorismo como método de acción.

El yihadismo y la ruptura del vínculo entre religión y cultura

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La mujer que inspiró a Bergoglio

Massimo Borghesi

Entre los contactos del Bergoglio de esa época, hay uno que fue especialmente importante. Es el que mantuvo con una pensadora de primer nivel: Amelia Podetti Lezcano (1928-1979), profesora de Introducción a la Filosofía e Historia de la Filosofía Moderna de la Universidad del Salvador y la Universidad Nacional de La Plata. Bergoglio sentía una gran admiración por ella. Estudiosa de Husserl, sobre el cual había publicado un libro (“Husserl: esencias, historia, etnología”, Editorial Estudios, Buenos Aires, 1969), Podetti había estudiado en París bajo la dirección de Jean Wahl, Paul Ricoeur, Ferdinand Alquié y Henri Gouhier.

Cuando regresó a su patria su principal objetivo, frente a la hegemonía del cientificismo positivista y el marxismo, fue dar vida a un pensamiento fundado en la tradición cultural del país en una confrontación de alto nivel con la filosofía continental europea. En 1975 fue nombrada Directora Nacional de Cultura y creó el Premio “Consagración Nacional”. Es probablemente la pensadora más significativa de la Argentina en los años ’70 y ofreció un aporte intelectual fundamental a la causa nacional peronista, la “Tercera posición”, que no se identifica con el individualismo ni con el colectivismo. «La intelectual más influyente de Guardia de Hierro en la USAL (Universidad del Salvador, ndt) fue Amelia Podetti, a la que Bergoglio conoció en 1970 y que le presentó a pensadores nacionalistas de izquierda como Arturo Martín Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz. Ella enseñaba las ideas de ambos en la Universidad y, posteriormente, en el Colegio Máximo, al tiempo que editaba la publicación Hechos e Ideas, una revista política peronista que Bergoglio leía. Hasta su prematura muerte en 1979 formó parte del grupo de pensadores – entre los que se encontraba el filósofo uruguayo Alberto Methol Ferré – que veían la Iglesia como instancia clave para el surgimiento de una nueva conciencia continental latinoamericana, la “patria grande”, que ocuparía su lugar en el mundo moderno e influiría de manera importante en él. Aquella era la familia intelectual de Bergoglio: un nacionalismo católico que miraba hacia el pueblo, más que hacia el Estado, que lo hacía también más allá de Argentina, hacia toda América Latina, y que veía Medellín como el principio de un viaje que haría que el continente se convirtiera en un faro para la Iglesia y para el mundo» (A. Ivereigh, “El gran reformador”).

“Influyó en mí el pensamiento de Amelia Podetti, decana de Filosofía de la Universidad, especialista en Hegel, que falleció joven. De ella tomé la intuición de las “periferias”. Ella trabajaba mucho en eso. Uno de sus hermanos sigue publicando sus escritos y apuntes. Leyendo a Methol Ferré y a Podetti tomé algunas cosas de la dialéctica, en una forma antihegeliana, porque ella era especialista en Hegel pero no era hegeliana” (Papa Francisco, Grabación en audio del autor del 3 de enero de 2017).

Lo que le interesaba a Bergoglio era sobre todo el tema de la inculturación de la fe cristiana en América Latina, uno de los temas que había tratado Amelia Podetti.

La mujer que inspiró a Bergoglio

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Giorgo La Pira, el peregrino de la paz

Antonio R. Rubio Plo

El 5 de noviembre de 1977 fallecía en Florencia uno de sus alcaldes más extraordinarios, Giorgio La Pira, que también fue un acreditado catedrático de Derecho Romano. Su vida y su obra han sido alabadas por el papa Francisco y actualmente está en proceso de beatificación. Mucho antes de que se hablara de la cultura del encuentro, La Pira apostó por ella, por salir de sí mismo y de las luchas partidistas para ir al encuentro del otro, del que estaba distante porque militaba en otra formación política o porque era ajeno a su modelo cultural. Este político militante de la Democracia Cristiana se daba perfecta cuenta de que las victorias electorales, con o sin pactos añadidos, eran insuficientes para construir una sociedad cristiana. Salía así al paso de la extendida mentalidad de que había que esperar cambios única y exclusivamente desde el exterior. La Pira fue al encuentro del ser humano concreto. Entre 1952 y 1956 convocó en Florencia a alcaldes de diversas ciudades del mundo, por encima de las distinciones entre bloques o regímenes políticos. Si las administraciones locales debían de estar al servicio del ciudadano de a pie, de ellas debía de salir el impulso para la construcción de una red de ciudades al servicio de una causa universal: la de la paz amenazada en un tiempo de guerra fría en la que la destrucción del hombre y de su planeta se convertían en una no tan lejana posibilidad.

Giorgio La Pira fue el peregrino de la paz a Moscú, Pekín, Hanoi, El Cairo o Jerusalén, particularmente entre las décadas de 1950 y 1970. En este período se estaba pasando lentamente desde las tensiones y las crisis localizadas a la distensión, aunque esto no impedía que La Pira fuera visto como sospechoso de filocomunismo, o al menos de un idealismo ingenuo e inútil. Escribió casi un millar de cartas privadas a los papas Pío XII, Juan XXIII y Pablo VI, en las que daba cuenta de sus gestiones. Muchas veces no obtuvo una respuesta explícita, ni tampoco él la esperaba porque tampoco quería comprometer a la Santa Sede, pero en privado los pontífices le animaron a seguir con su tarea. Como decía el cardenal Benelli, arzobispo de Florencia, en los funerales del ex alcalde florentino, al profesor La Pira solo se le puede entender desde la dimensión de la fe. En efecto, las cartas de La Pira, editadas en Italia por el historiador Andrea Riccardi, están llenas de pasajes bíblicos, en particular procedentes de Isaías, y en ellos se encuentra un fundamento de la auténtica paz universal. Sin embargo, el reino mesiánico, vislumbrado por La Pira, no era una empresa temporal. Antes bien, estaba convencido de que el mesianismo materialista no tenía ningún futuro. El marxismo ha sido la versión laica de las esperanzas contenidas en el Antiguo Testamento. No es extraño que los interlocutores soviéticos o chinos de La Pira se sintieran interpelados, según él mismo cuenta, con los pasajes de Isaías. Creían encontrar un cierto paralelismo con sus teorías políticas, pero el reino que ellos preconizaban era plenamente de este mundo.

Giorgo La Pira, el peregrino de la paz

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William Congdon. Ese punto de encuentro entre la carne y la tierra

Rodolfo Balzarotti

A finales de octubre se celebró en Grosseto (Italia) la “Semana de la Belleza”. En siete días se concentró una gran variedad de propuestas culturales, exposiciones, conciertos, mesas redondas y testimonios. Era la segunda edición y llevaba como lema “Los rostros de la esperanza”, que ha contado con el cardenal Angelo Scola, arzobispo emérito de Milán, invitado a dar una lectio magistralis sobre la esperanza y la belleza precisamente en Grosseto, la diócesis donde comenzó su ministerio episcopal en los primeros años 90.

En esta iniciativa también colaboró la Fundación William Congdon, con una exposición del gran maestro americano que todavía permanece abierta al público durante esta semana. Una selección de 28 obras que no siguen un orden cronológico sino que mezclan pinturas de épocas muy distantes entre sí y que ponen el foco en dos figuras centrales de la producción de este artista: la carne y la tierra. La carne es la de Cristo crucificado, del que se presenta una decena de versiones, todas realizadas en los años 70; la tierra es la Bassa milanesa, sujeto casi exclusivo de la última etapa en la vida de Congdon, entre 1979 y 1998, año de su muerte.

En efecto, la vocación divina de la tierra y la corporeidad –caro cardo salutis– atraviesa como un hilo rojo todo el itinerario artístico de William Congdon. Partiendo de sus vistas urbanas y monumentales de los años 50 hasta su última etapa, renovada por la luz y el color redescubiertos en los escombros, y en los campos de arroz, cebada, grano y maíz de la Bassa lombarda.

En medio, una singular y sorprendente meditación pintada sobre el cuerpo de Cristo crucificado, donde cruz y cuerpo nunca se distinguen y donde ambos están en pleno proceso de consumación, que es también consumación del cosmos, de la naturaleza, del paisaje, de nuestra propia forma de ver y mirar.

Si bien es cierto que en los resultados extremos la imagen canónica del Cristo crucificado ya no es reconocible, eso no se debe a una búsqueda exasperada de novedad u originalidad, sino más bien a una profunda identificación, hasta sentir la contemporaneidad con la Pasión de Cristo, ya no simplemente representada sino testimoniada en el cuerpo mismo de la pintura.

Un proceso análogo de identificación se puede ver en las obras dedicadas a la Bassa milanesa, donde Congdon descubrió una fecundidad insospechada siguiendo el ritmo del tiempo atmosférico, las estaciones y cultivos. La tierra, en su constante diálogo con el cielo, siempre la vio también como “cuerpo”, como dilatación de la pasión de Cristo. Las estaciones del Via Crucis siempre aparecen vinculadas a las estaciones de la tierra.

En las ordenadas partituras de color del último Congdon, la cruz revela en todo caso su doble valor. Por una parte, símbolo cósmico, del cosmos como “coordenada”, donde se cruzan los dos ejes, vertical y horizontal, del panel. Pero por otra parte sigue siendo el marco de la irreducible singularidad cristiana: el cuerpo del Crucificado.

William Congdon. Ese punto de encuentro entre la carne y la tierra

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La sorprendente fascinación de un bandido

Giuseppe Frangi

Estos días me toca acompañan a menudo a gente que quiere visitar la exposición de Caravaggio en el palacio real de Milán. Una muestra que está siempre abarrotada, pues presenta veinte obras cuya atribución nadie pone en duda, y eso ya es noticia porque a menudo las exposiciones sobre Caravaggio se convierten en un pretexto para insertar en el catálogo obras muy dudosas por interés de sus propietarios.

En 1951 Milán albergó la exposición más importante de la historia sobre Caravaggio. Una exposición mítica, que supuso una novedad extraordinaria desde el punto de vista científico y que contó con un éxito de público nunca superado. Caravaggio hablaba entonces de un mundo aún familiar y bien conocido porque aquellos que hacían fila para admirar sus obras. Hoy el mundo ha cambiado profundamente y la mayoría de los sujetos representados por ese gran artista resultan “oscuros”, aunque su capacidad para atraer y conquistar al público permanece intacta.

Por ser más concretos, ver en 2017 a miles de personas con brillo en los ojos, que no pueden ocultar una conmovida admiración ante un cuadro como la Virgen de los Peregrinos, procedente de la iglesia romana de San Agustín, es algo que llama poderosamente la atención. No basta explicar esta atracción afirmando que obras como estas son de una belleza que irrumpe con evidencia. No basta, porque la belleza no es una categoría que se pueda abstraer del contenido representado ni de la experiencia de quien la hace entrar en una relación profunda y misteriosa con ese contenido. La belleza, para ser tal, siempre se “encarna” en una experiencia. La de Caravaggio, por ejemplo, era la experiencia de un hombre ciertamente al límite, no solo por su temperamento sino también por la dramática inquietud, a veces subversiva, que le invadía. Su historia nos muestra que la belleza nunca es fruto de mecanismos automáticos sino el resultado de una contaminación imprevista de diversos factores y a veces hasta incompatibles sobre el papel. En el caso de Caravaggio, puede suceder que una naturaleza bandida y un temperamento a veces ferozmente antagónico como el suyo desemboquen, por caminos totalmente misteriosos, en obras de una religiosidad intensa, profunda, viva. En el cuadro citado, es una religiosidad impregnada por el espíritu del oratorio de san Felipe Neri.

La belleza es, por tanto, fruto de esta combinación imprevista. Si un público tan vasto e indiferenciado se ve conquistado hoy por la belleza de estas obras, es precisamente porque percibe que esa belleza sigue siendo un proceso en acto: en acto ante los ojos y el corazón de quien los mira. Roberto Longhi, gran historiador de arte del siglo XX, cuando presentó aquella muestra milanesa en 1951, de la que era comisario, afirmaba que la fuerza de Caravaggio es la de saber llevarlo todo al “hoy”, y para subrayar la centralidad de este concepto escribió en cursiva la palabra “hoy”. La belleza de Caravaggio es una estupenda y sorprendente reliquia de un pasado. Es un hecho que sigue tocando el corazón en el presente. Incluso en un presente aparentemente tan lejano como el nuestro.

La sorprendente fascinación de un bandido

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