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24 ENERO 2020
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El pin parental y la necesidad de una experiencia elemental

Javier Folgado

Una nueva polémica, y no será la última, es la que ha surgido en los últimos días por el “pin parental”, una propuesta de Vox en algunas comunidades autónomas por la que los padres pueden “vetar” algunos contenidos especialmente sobre sexualidad, LGTBI y violencia de género.

Cada bando podría pensar que el otro es un malvado (que los habrá) y reducir el debate a las “trincheras ideológicas” pero me parece que este tipo de polémicas son consecuencia principalmente de las “fricciones” de una sociedad plural. La lucha no es entre buenos y malos sino entre hombres que se han emancipado de Dios y otros donde es una presencia que permite afrontar la vida de un modo novedoso. Es cierto, que en las declaraciones de la ministra Celaá (“no podemos pensar que los hijos pertenecen a los padres”, ha afirmado) se observan tics totalitarios. Pero no debemos olvidar que la polémica por el “pin parental” es una expresión más de una sociedad donde una vez descartada la hipótesis del cristianismo ciertas evidencias y juicios se han desvanecido. Aquellos que ya no viven de esta hipótesis buscan vivir como creen que es mejor y en esta búsqueda de nuevos derechos buscan cumplir sus expectativas. No podemos dar por supuesto que muchos planteamientos acerca del final de la vida, la sexualidad... sean compartidos por la sociedad sin la gracia. Lo observaba agudamente el catecismo. “Los preceptos de la ley natural no son percibidos por todos sin dificultad, con firme certeza y sin mezcla alguna de error. En la situación actual la gracias y la Revelación son necesarias al hombre pecador para que las verdades religiosas y morales sean reconocidas por todos y sin dificultad, con una firme certeza y sin mezcla de error”.

Es cierto que ante este desafío la objeción de conciencia podría ser una herramienta útil pero, sobre todo, es necesario que hablemos todos en un lenguaje donde nos podamos entender. ¿De dónde partir en esta sociedad plural como punto de encuentro?

Se puede enseñar a chicos de instituto los métodos anticonceptivos. De hecho, si van a tener relaciones promiscuas lo mejor es que los usen. Pero, ¿habrá algún profesor que les diga que no son una cosa de usar y tirar? ¿Existe un adulto que les diga que lo que buscan en la sexualidad, de un modo más o menos confuso, es un deseo de ser amados infinitamente? Que no son una vaca y un toro. ¿Tenemos algo más bello que mostrar que lo que ven en el colegio? ¿Este es el desafío al que nos enfrentamos los padres?

¿No forma parte de nuestra experiencia que una sexualidad vivida solamente como satisfacción de un placer deja un profundo vacío? O en positivo, ¿no forma parte de nuestra experiencia que la sexualidad cuando es vivida como donación gratuita al otro es una experiencia sublime?

En la experiencia elemental del ser humano, nos podemos entender todos: conservadores, progresistas, agnósticos, creyentes… Por tanto, hace falta testimoniar la belleza de lo que hemos encontrado. Los debates de estos días, y lo que nos queda de legislatura desde la trincheras ideológicas, son la trampa con la que Pedro Sánchez tiene todas las de ganar.

El pin parental y la necesidad de una experiencia elemental

Javier Folgado | 0 comentarios valoración: 2  11 votos

¿Pin-Pon?

Alfonso Calavia

Una mañana me encuentro con dos artículos en la prensa: uno a favor del pin –qué palabreja– y otro a favor del pon –a partir de ahora, lo contrario del pin–. El primero se refería a las declaraciones de uno de los hombres de VOX, Hermann Tertsch, en las que defendía el pin parental “para evitar que tu hijo pretenda penetrar a su hermanito”. ¡Ea!

¿Se habrán levantado hoy los españoles no murcianos con esta curiosa imagen? “Oye tío, vámonos a vivir a La Manga porque estoy viendo a mi hijo Pepito queriendo abrir hueco en su hermanito Menganito…”. En breves se cubrirán las plazas hoteleras de allí, claro… por el miedo al agujero. Y luego está el segundo artículo. Este de <i>Público</i>. Lo escribe Aníbal Malvar. En él afirma que “si esa teoría de la propiedad parental es cierta, el aborto debería también ser libre no solo durante la gestación, sino hasta la mayoría de edad del individuo”. Por supuesto, porque decir que los hijos son propiedad de los padres quiere decir que podemos hacer con ellos lo que nos venga en gana. Los unos incesto y los otros capricho impertinente.

El problema es que quizá existen hombres y mujeres que no están cómodos en ninguna de las posturas anteriores, que no les van bien ni los pantalones pitillo esos estrechos estrechitos, ni aquellos bombachos anchos anchotes. Quizá porque son posiciones extremas, pero extremas por mentirosas y reducidas, no por claras y contundentes, como algunos creen. Por tanto, si nos distanciamos un pelín de pin y pon, podremos darnos cuenta de que tenemos en nuestro país una ocasión de oro para debatir y entrar sin miedo en un tema verdaderamente interesante en cualquier democracia adulta: la educación de los hijos. No perdamos la oportunidad. Preguntas como a quién pertenece un hijo o quién es el sujeto educativo merecen respuestas o, al menos, argumentos de más nivel.

Personalmente me encuentro cercano al pin por entender que los padres tienen mucho que decir en cuestiones educativas de fondo relativas a sus hijos. Vale que el Estado proponga e imparta talleres sobre educación sexual, ambiental o laboral, pero este no debe tener miedo a la libertad de las familias. Si esas charlas son tan interesantes e importantes como afirman, los padres acabarán pagando una cuota para que sus hijos no se queden fuera de las mismas y puedan escuchar y aprender de lo que ahí se dice. Pero lo harán libremente. De la misma manera, es la madre quien decide que su hijo no pasará el fin de semana en casa de su amigo Fulano porque sus padres dicen muchas palabrotas en la comida.

¿Pin-Pon?

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Nuevo año, nuevo inicio

Jesús de Alba

Yendo de peregrinación por Madrid a la catedral de la Almudena con unos amigos el pasado 31 de diciembre en acción de gracias por el año transcurrido, en un momento dado, nos cruzamos en un parque con un matrimonio que estaba con su bebé jugando cerca de un parque.

El entretenimiento consistía en un pequeño coche deportivo teledirigido donde iba el niño y el padre llevando el cochecito de un lado para otro con los dos pulgares de la mano. La cara de los tres, padres con niño incluido, era de aburrimiento absoluto: el nuevo juguete reducía al máximo cualquier riesgo para el bebé, que no podía siquiera fijar la mirada en punto alguno de la realidad apetecido, así como el esfuerzo de los padres por controlar a su niño, que ya no tenían que seguirle por donde sus alocadas patitas pudieran sugerirle. El control y la reducción de posibles riesgos era casi absoluto, pero directamente proporcional al aburrimiento colectivo familiar.

Pensando un poco en esta imagen durante la peregrinación, caí en la cuenta de algo evidente a la cultura y tradición cristiana pero que está totalmente en entredicho por la mentalidad común actual. Dios jamás ha amado al ser humano bajo esta modalidad. Él ha asumido en este loco amor todo el riesgo de la libertad de sus hijos, dándonos en plenitud unas capacidades (talentos lo llama el evangelio) con los que ponernos en juego.

Es verdad que es una relación muchísimo más arriesgada, donde todo podría salir mal, donde el plan inicial, incluso el vínculo con nuestro creador, pudiera llegar a deteriorarse hasta casi romperse y donde además se podría utilizar toda esa libertad para perturbar, incluso destruir, al prójimo. No hay mandos teledirigidos ni posibles atajos que valgan aquí. La libertad, y por tanto la relación o el vínculo, es 100% verdadera. Los riesgos, también.

Tan es así, que luego, en el precioso evangelio del último día del año que escuchamos en la misa que hicimos al llegar de la peregrinación a la catedral en la cripta, el comienzo del evangelio de san Juan que describe de un modo precioso el comienzo de esta locura de Dios con su criatura dice: "Vino a su casa y los suyos no lo recibieron".

Sin embargo, y junto con estas "reglas del juego" sin atajos ni mandos teledirigidos, existe un aliado permanente de Dios que el hombre, cualquiera que sea y haya hecho lo que haya hecho, es incapaz de manipular: su corazón, lugar indeleble de los deseos más humanos de belleza, justicia, perdón, misericordia.

Un comentario de instagram de la editorial Nuevo inicio dice: "Antes de cualquier consideración sobre nuestra urgente necesidad de volver a empezar de nuevo, es importante tener una conciencia clara de nuestra incapacidad para crear la realidad en la que pretendemos movernos. Ninguna estrategia es creadora... Porque esa realidad y ese deseo no lo generamos nosotros, tan pobres y fatigados. Esa realidad nos la encontramos dada, donada; igual que nuestra humanidad; igual que nuestro deseo. Un nuevo inicio solo puede ser un don. Un regalo que podemos acoger con el comienzo de cada día. Creo que ese sí sería un nuevo inicio”.

Nuevo año, nuevo inicio

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2020 años y un destino bueno

Giuseppe Frangi

Es imposible no quedarse con la boca abierta ante una pequeña escultura de bronce que reapareció clamorosamente en las excavaciones de una necrópolis italiana, en San Gimignano. Se trata de la figura de un hombre joven, vertiginosamente longilínea, que se presentó al público por primera vez el pasado mes de noviembre, después de ser restaurada. La han llamado la “Sombra de San Gimignano”, haciéndose eco de otra famosa escultura etrusca encontrada en el año 1700 y bautizada como la “Sombra de la noche”, también por su alargada figura.

Parece que ahora aparece el “hermano” de aquella famosa escultura. Igualmente de bronce, aún más esbelta, con sus 64 cm de altura y muy pocos de circunferencia. Pero la “Sombra de San Gimignano” no es una sombra. Representa a un hombre, evidentemente muerto a una edad joven. Tiene un rostro que podría ser el de un joven de nuestros días, con el pelo ondulado y una profunda mirada que escruta lo que tiene ante sí. Lleva puesta una toga que dibuja pliegues muy elegantes y que deja un hombro al descubierto. Es un joven en “ofrenda”, como muestra la patena que sostiene su mano y, sobre todo, como revela la otra mano que sale de la toga y extiende la palma hacia el exterior, una mano que remite al motivo que más veces reprodujo el gran Le Corbusier en sus obras arquitectónicas.

Hay elementos, como los zapatos del joven, que hacen pensar en una fecha en torno al siglo III antes de Cristo, por lo que más de dos mil años nos separan de él. Más de dos mil años, pero es como si no lo fuera. De hecho, camina con un paso que resulta actual, parece nuestro, propio de hombres dispuestos a afrontar un año nuevo, con esperanzas y deseos no muy diferentes de los de ese joven que ha sido devuelto a la luz de la tierra donde quedó resguardado durante tantos siglos. Conmueve pensar en la permanencia de la condición humana, emblema de una silueta que se hace sutil, como reducida a lo esencial, casi como si quisiera surcar el inescrutable intersticio que separa la vida de la muerte. Conmueve esa mano sobre la que el escultor quiso poner un acento especial ampliando sus proporciones. Una mano que habla de una espera, de un querer confiarse a un destino bueno, capaz de abrazar tanto la vida como la muerte.

En el libre flujo de pensamientos y lecturas de estos días que pasan de un año a otro, no he podido evitar ligar la imagen de este joven con ciertas páginas de ‘El primer hombre’, el maravilloso libro póstumo de Albert Camus (del que se cumplen 60 años de su muerte). El escritor habla del protagonista, que ha llegado ante la tumba de su padre, que murió cuando él apenas era un niño (un reclamo autobiográfico), y Camus escribe: “Solo, era ese corazón angustiado, ávido de vivir, que se rebelaba contra el orden mortal del mundo que lo había acompañado durante 40 años y que se golpeaba siempre con la misma fuerza contra el muro que lo separaba del secreto de toda vida, queriendo ir más lejos, más allá, y saber, saber antes de morirse, saber por fin para ser, una sola vez, un solo segundo, pero para siempre”.

2020 años y un destino bueno

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La Navidad es el encuentro con la realidad de los hombres

Julián Carrón

Fracaso, derrota, intentos fallidos, una vida no realizada. Cuántas veces este es el criterio con que se mira a una persona (a nivel profesional, existencial, afectivo). Y cuántas veces esa es la mirada con que uno se mira a sí mismo. El resultado es cierta vergüenza de uno mismo, detrás de la cual se esconden situaciones humanas llenas de heridas, dolor y aflicción que cada uno incuba en lo más íntimo como un malestar que a veces eclosiona a nivel personal y social.

Si uno no es capaz, si no está a la altura de los estándares dominantes, que imponen el éxito como criterio del vivir, entonces queda descartado. Eso es lo que el Papa llama «cultura del descarte». Lamentablemente, esta cultura vence –hasta convertirse en mentalidad común– no solo fuera sino también dentro de nosotros.

En medio de todo este descarte, ¿queda algo? Sí, queda nuestra humanidad herida, inquieta, a la espera de algo que nos libere de una situación que parece sin salida. Dios elige precisamente esa situación humana, que ningún esfuerzo nuestro parece poder cambiar, para desafiar la cultura del descarte con la novedad de una mirada que exalta el valor infinito de cada hombre.

Ante nuestros fracasos, resuenan hoy las palabras del profeta Isaías: «Exulta de alegría, estéril» (Is 54,1), es decir, tú y yo, que nunca logramos dar la talla. «No temas, pues no tendrás ya que avergonzarte; no te sonrojes, pues no serás ya confundida» (Is 54,4). Este es el desafío que Dios lanza a nuestro mundo, tan obstinado en mirarnos según nuestra medida o la de los demás. Dios no se avergüenza de nosotros, de nuestra fragilidad, de nuestras heridas, de nuestro ser sacudidos por todos lados, de ese nihilismo que vacía de sentido la vida.

La Navidad es el encuentro con la realidad de los hombres

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El cuidado de la casa común no es ideología

Francisco Medina

Se ha convertido en el tema de estos días: la organización de la Conference Of Parties (COP) o Cumbre de Naciones Unidas para el Cambio Climático muestra que la cuestión medioambiental ya no es coyuntural. Con independencia de lo que pueda objetarse con el asunto Greta Thunberg, lo cierto es que no se trata de un exceso puntual. Se trata de cómo las consecuencias de un modelo de desarrollo económico sin horizonte ni brújula se están reflejando también a nivel medioambiental. Ya no se trata sólo de los incendios provocados, sino de las toneladas de residuos que se vierten o las emisiones de gases de efecto invernadero que se irradian a la atmósfera.

Existen varias señales que muestran que este tema no es meramente ideológico, aunque, de hecho, pueda ser instrumentalizado de continuo. Primero, por cómo la cuestión ha sido abordada en el ámbito de la Unión Europea: hace poco, el discurso inaugural de la nueva presidenta de la Comisión, Ursula Von der Leyen, señalaba el cambio climático como uno de los desafíos a abordar en el seno de la Unión, y señalaba los ejes de su actuación para los próximos años, destinados a la reducción de las emisiones de CO2 en un 50-55% para el año 2030; la formulación de un Pacto Verde para Europa; la presentación de una propuesta de Ley Europea sobre el Clima, la creación de un Plan de Inversiones Sostenibles para Europa; o la conversión de parte del Banco Europeo de Inversiones en un Banco Climático; sin olvidar el establecimiento de precios a las emisiones, el impuesto sobre el carbono en frontera, o la creación de un Fondo de Transición Justa.

En su discurso dado el miércoles 4 de diciembre en la COP de Naciones Unidas, en Madrid, Von der Leyen ya expuso tal contenido programático, en línea con la posición del Consejo Europeo ante dicha Cumbre, adoptada en febrero de este año, en el que hablaba de la Diplomacia Climática, recordando la amenaza y los efectos devastadores del cambio climático, así como la insuficiencia de las medidas adoptadas para contenerlo. Resulta claro el compromiso de la Unión Europea con el Acuerdo de París, como marco en el que se engloba la lucha mundial contra el cambio climático. Se oyen cada vez más conceptos como economía circular, transición climática o neutralidad climática. Y se busca seguir liderando la acción por el clima a nivel mundial y trabajar para reforzar aún más la cooperación internacional en materia climática.

El cuidado de la casa común no es ideología

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¿Auto-domesticación o simplemente humanidad?

Nicolás Jouve

Recientemente se ha publicado una serie de artículos que sugieren que los seres humanos somos el producto de una auto-domesticación [1]. La idea es que los primeros humanos serían seres poco favorecidos y violentos, y que de ahí la especie habría evolucionado, por una acción directa sobre sí mismos, hacia una mejor apariencia física y unos comportamientos cada vez menos agresivos.

En primer lugar, no debe extrañaros la idea de que el hombre pudo seguir un proceso evolutivo. En eso seguimos las mismas pautas que los demás seres de la naturaleza. Sin embargo, es difícil entender cómo dadas sus características personales pudo modificarse a sí mismo, del mismo modo que lo hizo para domesticar a los animales salvajes y las plantas silvestres.

“La auto-domesticación implicaría un proceso de cribado genético selectivo”

Me explico. Cuando se habla de domesticación hay que pensar en un proceso de cribado genético selectivo, para favorecer lo “mejor” y eliminar lo “peor” a lo largo de las generaciones. Es decir, hay que llevar a cabo una selección artificial basada en las diferencias genéticas para que sea efectiva. Quienes sostienen la idea de que en el hombre se ha practicado una auto-domesticación, han encontrado al menos un gen regulador, el BAZ1B, que controla a una batería de genes estructurales que intervienen en las características faciales, y que nos diferencian de los neandertales [2].

“Podría ser consecuencia de una tendencia natural inherente al propio ser humano”

Sin duda, puede haber habido una selección natural en base a la diversidad en estos genes, pero no hay por qué pensar en la voluntad de obtener generaciones de personas mejor parecidas y menos agresivas, sino que esto podría ser consecuencia de una tendencia natural inherente al propio ser humano, motivado por el atractivo interpersonal y la supervivencia de los más altruistas frente a los más violentos.

Por otro lado, es difícil entender que en una hipotética domesticación humana intervengan los mismos genes en caracteres tan dispares como los rasgos faciales y el comportamiento. Podemos pensar que, tanto en el aspecto físico del rostro como en nuestras acciones como humanos, haya genes que determinen, con sus múltiples variantes alélicas, un rango más o menos amplio de variación. Pongamos por caso alelos para rostro duro o rostro agradable, con diversas alternativas, y también un sistema complejo de múltiples genes repartidos por el genoma con diversos alelos para unas tendencias de comportamiento desde muy bondadoso a muy agresivo, con toda una amplia gama de manifestaciones, condicionadas por factores ambientales. Hoy constatamos que existe esa diversidad tanto para las características físicas como para el comportamiento, tanto más en poblaciones pretéritas. Está claro que, habiendo variabilidad genética puede haber respuesta a la selección. Así, ocurrió con el paso del lobo al perro, los felinos silvestres a los gatos o el teosinte al maíz cultivado.

¿Auto-domesticación o simplemente humanidad?

Nicolás Jouve | 0 comentarios valoración: 2  21 votos

Necesitamos personas libres

Publicamos, por su interés, el manifiesto de Comunión y Liberación ante las elecciones generales del próximo 10 de noviembre

Se nos convoca de nuevo a las urnas. Cuartas Elecciones Generales en cuatro años y segunda vez que se repiten por falta de acuerdo para formar gobierno. Pasó exactamente lo mismo hace tres años, y, en aquel momento, los resultados no cambiaron demasiado la composición de las Cámaras. ¿Qué es lo que debemos aprender?

Desde hace varios años, los españoles hemos optado por un parlamento sin mayorías claras, que no es más que un reflejo de la sociedad actual y un fruto de nuestra historia reciente. Esta nueva configuración acentúa la responsabilidad de nuestros representantes de llegar a acuerdos para formar gobierno. La nueva convocatoria de elecciones es expresión de una cierta dificultad a la hora de ir más allá de la propia ideología y sentarse a hablar con personas que piensan de forma diferente.

Una imagen puede servir para describir nuestra situación: varios jugadores en torno a una mesa. Se les reparten las cartas y, después de unos minutos mirándolas y otros tantos lanzándose miradas, deciden interrumpir la partida; quieren nuevas cartas. Pero, ¿puede hacer eso un padre que tiene un hijo enfermo? ¿Puede pedir uno nuevo? Y cuando uno vive una situación tensa en el trabajo, ¿puede pedir un cambio de jefe? Y una madre que es llevada al límite por un hijo adolescente, ¿puede pedir saltarse esa etapa?

Esta incapacidad para afrontar la realidad, para mirar a la cara al vecino y empezar la aventura de entrar en el misterio del otro no es solamente de los políticos, nos afecta a todos. La tensión que hemos vivido en Cataluña por las reacciones a la sentencia del Tribunal Supremo ha vuelto a poner encima de la mesa una radical división de la sociedad por motivos ideológicos. Una división dentro de la sociedad catalana, de la que participa el resto de la población española.

Partamos de nuestra experiencia. Las imágenes de los enfrentamientos entre manifestantes y policía han provocado tristeza en muchos, de un lado y de otro. El malestar de estas semanas dice, en positivo, de la existencia en todos nosotros de un deseo de unidad, de fraternidad, de justicia, de verdad y de paz que no conseguimos colmar con nuestras propias manos. He aquí un punto que nos une a todos. Algo que tenemos en común.

Cuando reducimos nuestra identidad a nuestras ideas políticas es difícil escapar de la confrontación, la marginación del otro y el odio, sea de baja o alta intensidad, casi como si perteneciéramos a especies diferentes. Pero el otro, ¿es solamente lo que piensa? ¿Acaso no sufre y padece, no se alegra y se asombra como nosotros? Nuestros deseos y exigencias más elementales (deseo de ser amados, de ser felices, exigencia de significado, de verdad, de bien) son los que delinean nuestro rostro humano y constituyen la base de una convivencia posible: ¡son nuestro primer recurso político!

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Cuándo las coaliciones suman

Antonio Amate

La ministra de Educación en funciones, Isabel Celaá, ha organizado una gran tormenta política al afirmar en el XV Congreso de Escuelas Católicas que el derecho de elección de centro no es un derecho constitucional y aseguró que hay resoluciones del Tribunal que sustentan sus palabras. Ambas afirmaciones son inexactas. Están documentadas en muchos medios y no es el objeto de esta reflexión. La cuestión clave de España, a la vista de los resultados electorales del 28A y del 10N, es si se puede gobernar el país con coaliciones que sumen, es decir, que tomen decisiones capaces de integrar y acoger una mayoría amplia de las diferentes opiniones e intereses que están reflejados en las urnas.

España tiene una única manta para taparse del frío, y si la encogemos hacia un lado de la cama, la única reacción que podemos esperar del otro lado es justamente la contraria. Este es el gran dilema del país desde hace muchos años. Particularmente en la educación.

Entiendo que la izquierda tenga sus prioridades. Entiendo que la derecha tenga sus prioridades. No entiendo ni comparto que esas prioridades se quieran hacer excluyentes y no inclusivas. Esta es la cuestión principal. ¡Basta ya de jugar a ganar y perder! Los que ganaron en 2004 fraguaron la LOE. Los que ganaron en 2011 la LOMCE. Los que han gobernado en 2018 la LOMLOE. Los que han ganado en 2019... ¡Adivina adivinanza!

Nos merecemos progresar. Gobernando la derecha o la izquierda. Toda España merece un Gobierno que la haga avanzar, ir hacia adelante. No dando tumbos o haciendo círculos. Y seamos realistas. Nunca el bien de unos tiene que suponer, por definición, la desgracia para los otros. ¿Por qué si no impera en la sociedad esa sensación de pesimismo endémico hacia la política? Porque tras el escaso gozo de una victoria electoral contra sus vecinos es inevitable una derrota electoral frente a esos mismos vecinos. Todo lo que se promete como un progreso es parcial y efímero, una solución de parte y de partido. Un toma y daca estéril.

Esto es lo que vivimos de manera desalentadora en el reciente XV Congreso de Escuelas Católicas cuando la ministra Celaá, robotizada con el software de la marca izquierda, arremetió contra la escuela concertada. Seguro que ni lo piensa ni lo siente. ¡Otra vez lo mismo! Le propongo a cualquier coalición de izquierdas o de derechas que pueda gobernar España en los próximos años una solución estabilizadora para la educación: priorizar sin excluir. Hagan políticas inclusivas que superen el verdadero bloqueo de España que es la imposibilidad de vivir sin miedo, gobierne quien gobierne.

Cuándo las coaliciones suman

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El error de los adultos

Federico Pichetto

Con una lucidez cada vez más sorprendente con el paso de los años, Susanna Tamaro mira desde su columna en el Corriere della Sera la evolución del mundo, sus dinámicas más profundas, sus señales más potentes. Últimamente se ha centrado varias veces en los jóvenes. Ha descrito su vacío existencial y de sentido, su incapacidad para tener un horizonte donde todo pueda adquirir valor y dirección. Los ha llamado jóvenes “sin memoria” y “sin historia”, evidenciando implícitamente cómo tras la descripción de una generación se esconden los dramas de las precedentes. Tamaro invita por tanto a los adultos a retomar su tarea normativa, poniendo límites, reglas, sacrificios a los más pequeños, tal vez inconsciente de que a esos “mayores” a los que apela les ha pasado algo irreversible que no les permite ejercer la tarea educativa que la escritora espera de ellos.

Todo empieza con los que vivieron la guerra y el hambre en los primeros años de reconstrucción. Aquellos que hicieron todo lo posible para que sus hijos no sufrieran, que la vida les resultara más fácil y menos accidentada. Sin duda, transmitieron a los que vinieron después el sentido del esfuerzo y del sacrificio, pero no el de la “conquista”, la necesidad de volver a tomar posesión de la riqueza transmitida. El 68 ilusionó a todos con que para vivir bastaba con una voluntad firme y una libertad completa. En este contexto se agotó la capacidad de estar delante de la desproporción que se instala en la realidad entre lo que existe y lo que se desea.

Es una especie de estirpe occidental que cada vez se desplaza más ante el sufrimiento, refractaria a permanecer en contacto con el misterio de la ausencia, de lo que no existe, lo que ya no está, lo que no está aún, lo que no se es capaz de aferrar. En los últimos años esta parálisis ante el dolor ha producido una búsqueda cada vez más morbosa del placer y de la satisfacción, inhibiendo la actitud fundamental del hombre de progresar a la hora del fracaso y la derrota.

Han aparecido en escena padres que ya no logran soportar sus propios errores, que no consiguen reconocer que son –por vocación– una de las causas de la infelicidad de sus propios hijos. Porque eso es lo que un padre está llamado a generar en su hijo: esa insatisfacción y esa sensación de “finitud” che empuja al chaval a ponerse en camino para encontrar su propio camino.

Nuestros hijos son víctimas de padres que ya no saben equivocarse, que han dejado de aceptar llevar el sufrimiento y el dolor a la vida de los que aman, son víctimas de padres que no son capaces de verlos llorar. Desde pequeños, intentamos que nuestros hijos dejen de llorar, no les dejamos gustar el sabor de las lágrimas, la percepción de necesitar otra cosa. Les damos muñecos, dibujos animados, pagas, teléfonos, ropa… para que no lloren. Les enseñamos a llamar “malo” al bordillo en que tropiezan, a la mesa, a la silla, al amiguito, a la maestra, al entrenador, al profe. No soportando nuestro dolor, les alejamos del suyo. No siendo capaces de aguantar nuestro llanto, evitamos el suyo.

El error de los adultos

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El medio ambiente no se puede quedar al margen

Giorgio Vittadini

Se han llenado muchas páginas y muchas horas hablando de Greta Thunberg, pero conviene señalar cuánto nos cuesta entrar en materia en los temas ambientales que ella denuncia. Y cuánto oímos hablar de quién estaría detrás de esta joven sueca, más que de los problemas que señala. Se dedica mucha atención a valorar su figura sin que nada de eso sirva para profundizar en aquello de lo que habla.

No se puede negar que el tema ambiental es muy complejo. Resulta complicado, además de controvertido, comprender lo que los científicos, las instituciones, las empresas, los ciudadanos pueden hacer para frenar una situación tan alarmante, o para contener sus nefastas consecuencias.

Desde el deshielo que está causando la elevación del nivel del mar al aumento de la temperatura media de la Tierra, la devastación de grandes zonas de bosque provocando la desertificación, la contaminación del aire en las áreas urbanas e industriales, la reutilización de los residuos, la invasión del plástico en la cadena alimentaria, la aceleración de la extinción de especies vivas. Se piense lo que se piense sobre la responsabilidad de la acción humana, no se puede negar que existe un problema ambiental.

Si alguien no está convencido de que el calentamiento global dependa de la actividad humana, tampoco puede estar convencido de lo contrario. Fenómenos como el aumento de la temperatura y del CO2, ¿son cíclicos o indican un riesgo de colapso? No es poco lo que eso implica y los científicos llevan tiempo difundiendo mensajes alarmantes. Pero, como bloqueados en un eterno presente, la mayoría se desinteresa del futuro del planeta, como si el futuro fuera algo que no les afecta.

Sin embargo, hay una razón probablemente aún más profunda que, en esta época, pasa fácilmente a un segundo plano: la persona está hecha para la belleza y para la verdad, y nada lo atestigua como el arte y la naturaleza. Son tan importantes y esenciales como el pan y el agua. Pensemos en la consternación ante la destrucción de grandes obras como las Torres Gemelas (aparte de la tragedia que se cobró tres mil muertos), el escándalo ante el saqueo de una parte del patrimonio de la civilización como la Piedad de Miguel Ángel, el horror que causó a todos cuando el Isis empezó a destruir Palmira o cuando los talibanes destruyeron las estatuas de Buda en Afganistán.

Y si por cualquier motivo, esta conciencia se hiciera pasar por pagana, el magisterio de la Iglesia ya señaló hace tiempo que una “morada humana” es aquella en que se defiende a la naturaleza. Quien afirma el valor de la vida, desde su concepción hasta el último instante, por el mismo motivo no puede dejar de desear un mundo donde los bosques, los animales, el aire y el agua sean conservados como don del Creador. No puede dejar de considerar como barbarie cualquier ideología que lleve a no respetar el medio ambiente en nombre de un desarrollo económico, haciendo pagar el precio a los más pobres.

Esto no solo afecta a los países en vías de desarrollo. Por eso hay que tomar distancias de los extremismos, histerismos y modas, así como de las manipulaciones económicas y de poder, y ser, junto al papa Francisco, exponentes de un ambientalismo humanista.

El medio ambiente no se puede quedar al margen

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El desarrollo embrionario humano en 4D

Nicolás Jouve

A nadie que conozca un poco de biología le deberían quedar dudas sobre el hecho de que la vida de cualquier ser, sea de la especie que sea, comienza cuando se constituye la información genética que le es propia y de la que dependen sus características biológicas, y finaliza con la muerte, con la suspensión de todas las funciones vitales.

A pesar de ello, cuando trasladamos este sencillo principio universal al caso del hombre, por conveniencias sociales o razones ideológicas, se hacen cábalas para minimizar el significado biológico de la fase embrionaria, como si de una etapa oscura e insignificante o hasta inexistente de la vida se tratara. Los avances en el conocimiento, con el desarrollo de la Biología Celular, la Biología Molecular y la Genética, están contribuyendo de forma clara a desvelar los detalles, dando luz y significado a esta etapa, probablemente la más crítica e importante de la vida de un ser vivo, desde el punto de vista biológico.

Dejando a un lado las infundadas opiniones de quienes sitúan el comienzo de la vida en la implantación del embrión en el útero, lo que encierra el deseo de justificar los métodos anticonceptivos o la manipulación de los embriones humanos, lo cierto es que el comienzo de la vida humana, o de cualquier otro ser vivo, tiene lugar en cuanto se constituye la información genética. Es decir, a partir de la fecundación, cuando se establece el programa de instrucciones del que depende el desarrollo y la edificación de todo el organismo. De este modo el cigoto, tras la fusión de los gametos masculino y femenino, encarna la primera realidad corporal del nuevo individuo. Y precisamente en las últimas décadas se han ido acumulando pruebas experimentales de los mecanismos genéticos, moleculares y celulares de cómo a partir del big-bang de esa célula inicial, única y “totipotente” se materializa el desarrollo de la nueva vida. A estas pruebas se añaden ahora, nuevos avances que permiten la visualización de la morfogénesis embrionaria, con una resolución de una sola célula, en embriones de ratón, con un detalle extraordinario y sin precedentes [1].

Durante el desarrollo, a partir de la célula inicial intervienen al menos tres tipos de fenómenos: la “multiplicación” de las células por sucesivas mitosis, lo que determina el crecimiento del embrión; la “diferenciación celular”, que va a hacer que las células en proliferación se vayan dirigiendo hacia una futura especialización funcional; y la “morfogénesis”, que supone la aparición de estructuras en 3D constituidas por las células que se organizan en diferentes tipos de tejidos y órganos. Todo esto obedece a un programa perfectamente coordinado de actividades genéticas, regulado en espacio y tiempo. En definitiva, el desarrollo es continuo y gradual, y a medida que pasa el tiempo el organismo crece en tamaño y complejidad.

El desarrollo embrionario humano en 4D

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Transición energética: cambio de modelo, cambio de época

Francisco Medina

La transición energética está desde hace años en la agenda de la Unión Europea. La creación de varios ministerios dedicados en exclusiva en países como Francia, Portugal o España muestra que el vínculo entre la energía y el clima está llamado a quedarse, como muestra el paquete de medidas sobre energía aprobadas por la Comisión, que constituyen el Marco Legislativo 2030. Paquete de Energía Limpia (más conocido como “Paquete de invierno”).

En efecto, con el referido paquete de medidas, la Unión Europea busca tres objetivos para el período 2021-2030: una reducción, al menos, del 40% de las emisiones de gases de efecto invernadero (con respecto al año 1990); la consecución de una cuota del 32% en energías renovables –en el consumo final de energía–; y la consecución de un 32,5% en concepto de mejora de la eficiencia energética. Objetivos tales que podrán ser revisados al alza.

Con este paquete, Europa se ha marcado el objetivo ambicioso de una Unión de la Energía, con sus 3 objetivos: seguridad de suministro, sostenibilidad y competitividad. Y cuyas dimensiones abarcan desde la seguridad energética al mercado energético interior, pasando por la eficiencia energética, la investigación, la innovación y la competitividad. Todo ello en aras de una descarbonización de la economía, tal como la Hoja de ruta 2050 prevé de una economía competitiva baja en carbono, que se centra en las reducciones de emisiones al objeto de frenar el ascenso de la temperatura media global por encima de los 2ºC.

Es evidente que se avecina un cambio de modelo económico. No sólo por el hecho de que la UE, en 2050, deberá haber reducido sus emisiones un 80% por debajo de los niveles de 1990, sino porque el impacto sobre los principales sectores responsables de las emisiones de Europa –generación de energía, industria, transporte, edificios y construcción, así como la agricultura– será enorme. Y no hay visos de que tal política comunitaria vaya a variar el rumbo a corto-medio plazo.

Para empezar, esta Unión de la Energía ya ha producido frutos: la creación de ACER (Agencia para la Cooperación de los Reguladores de la Energía); la aprobación de Reglamentos y Directivas sobre eficiencia energética de edificios (Directiva UE 2018/844, de 30 de mayo, del Parlamento y del Consejo); sobre el fomento del uso de la energía procedente de fuentes renovables (Directiva UE 2018/2001, de 11 de diciembre); un Reglamento sobre la Gobernanza de la Unión de la Energía y la Acción por el Clima (Reglamento UE 2018/1999, de 11 de diciembre); sobre el mercado interior de la electricidad (Directiva UE 2019/944, de 5 de junio; y Reglamento UE 2019/943, de 5 de junio). La batería de medidas legislativas es abrumadora y llevará tiempo asimilarla.

Transición energética: cambio de modelo, cambio de época

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>Entrevista a Maribel Rodríguez

'El respeto a la identidad real de los hijos les ayuda a generar una personalidad segura'

Juan Carlos Hernández

Entrevistamos a la psiquiatra Maribel Rodríguez que analiza los fenómenos de falta de sentido y de búsqueda de felicidad que parecen caracterizar al hombre moderno. “La felicidad se da como la consecuencia de experimentar algo significativo en nuestras vidas”, afirma citando al psiquiatra Viktor Frankl.

El hombre lleva consigo la exigencia de que la vida sea algo bueno. Un síntoma de ello lo vemos en la existencia de gran número de libros de autoayuda, o diferentes terapias que parecen buscar esta felicidad. ¿Nos cuesta encontrar el modo de que sea así?

El deseo de que la vida sea algo bueno parece ser un deseo que se da en toda existencia humana. Y efectivamente, el éxito de los libros de autoayuda y de ciertas terapias refleja que esa necesidad es algo real. El problema es cuando se busca por esas vías sin criterio para diferenciar qué puede ser una ayuda de qué puede ser una mera distracción o engaño.

Y desde luego que a muchos les cuesta encontrar un camino a la felicidad. Parece que para la mayoría de las personas supone un arduo proceso, en el que suele haber diversos impedimentos para encontrarla. Por ejemplo, puede suceder que el ser humano se haga una idea concreta de cómo ha de ser esa supuesta felicidad, sin escuchar sus anhelos más profundos, como cuando solo se buscan meras satisfacciones hedonistas (tener éxito, dinero o placer). También, cuando se pone la felicidad como el principal objetivo se pierde la perspectiva de otras cosas. Ya que la felicidad, como decía el psiquiatra vienés Viktor Frankl, no se encuentra cuando se busca como un objetivo, sino que se da como la consecuencia de experimentar algo significativo en nuestras vidas. Un tipo de felicidad que se ha llamado felicidad eudaimónica y que aporta, a la larga, mucha más plenitud vital, en comparación con la felicidad hedónica (la de que tiene que ver con la mera búsqueda del placer).

¿Podríamos decir que la nuestra es una época marcada por un vacío existencial?

El no encontrar algo que aporte valor a la existencia genera un vacío existencial. Un vacío que significa que la persona no percibe que la vida tenga realmente sentido, por lo que la siente como vacía e insulsa. Efectivamente estamos en una época en la que muchas personas sufren vacío existencial, pues se han perdido muchas referencias que nos llevan a la profundidad, a la sensibilidad, a la percepción consciente del valor de nosotros mismos, de los otros y de muchos aspectos de la vida. Muchas de esas referencias del sentido están presentes en todas las grandes tradiciones espirituales y en algunos sistemas filosóficos. Pero muchos se han desconectado de esos planteamientos e incluso de las mismas preguntas acerca de lo que aporta sentido a nuestras vidas. Anulando las preguntas es más complicado encontrar cualquier respuesta y acabar viviendo de manera automática e impulsiva. Sin darse cuenta de que, a la larga, así se alimenta más el vacío existencial. Porque lo inmediato satisface momentáneamente, pero no colma la necesidad de sentido que hay en nuestras vidas.

>Entrevista a Maribel Rodríguez

'El respeto a la identidad real de los hijos les ayuda a generar una personalidad segura'

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>Editorial

Para no estar amontonados

Fernando de Haro

No es una conversación en medio de la nada. Hay ya un camino hecho que ha permitido un mayor conocimiento entre el islam y Occidente, un comprenderse mejor para afrontar los retos de una convivencia que no es nada fácil. El encuentro entre el secretario general de la Liga Musulmana Mundial, Muhammad Abdul Karim Al-Issa, y el profesor Olivier Roy, que tiene lugar el martes 20 de agosto en el Meeting de Rímini, se produce en un momento crucial para el mundo sunní y para la cultural occidental. Los dos interlocutores son representantes muy significativos y muy lúcidos de dos mundos en transformación que, de hecho, están ya mezclados en las calles de los pueblos y de las ciudades de Europa.

Se trata de conjurar el peligro del que advertía el cardenal Tauran cuando aseguraba, meses antes de morir, que “no nos amenaza un choque de civilizaciones sino el choque de las ignorancias y de los radicalismos”. Eran palabras que pronunciaba un hombre, empeñado hasta el final en el diálogo interreligioso, en su histórica visita de abril de 2018 a Arabia Saudí. Viaje en el que firmaba con Al-Issa un acuerdo de cooperación en nombre del Vaticano.

Al-Issa llega al Meeting representando la sensibilidad de una parte del sunnismo saudí, con una organización detrás que ha construido 7.000 mezquitas y tiene presencia en más de 30 países de Asia y en varios europeos. La Liga Musulmana Mundial, a la que representa, encarna bien la encrucijada en la que se encuentra el sunnismo en este momento. Al-Issa forma parte de un islam oficial que, tras el fracaso del califato del Daesh, busca alejarse del radicalismo. En la misma Arabia Saudí, con todas sus contradicciones, el príncipe  Mohammad bin Salman, quiere distanciar al wahabismo (la tendencia sunní más importante en el país) de la alianza que en 1979 le llevó a la sahwa (el despertar islámico), un pacto con los sectores más extremistas. Arabia Saudí se enfrenta con Qatar, gran promotor de los Hermanos Musulmanes y del fundamentalismo. Todo esto mientras los Emiratos Árabes apoyan al Consejo de los Sabios Musulmanes, entidad que promueve una importante apertura. Prueba de ello es el viaje del Papa Francisco del pasado mes de febrero que celebró una misa en la tierra más sagrada del islam. El documento firmado con motivo de ese viaje, el documento de Abu Dabi, supuso un paso más en la apertura del islam oficial al concepto de ciudadanía, algo esencial para el islam europeo y para el islam de Oriente Próximo. Sin una apertura al concepto y la experiencia de ciudadanía, la expresión cultural de la fe islámica del siglo XXI no afrontará la exigencia de la libertad.

>Editorial

Para no estar amontonados

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Si el yo renace, es posible la confianza

Francisco Medina

En pleno siglo XXI, estamos viviendo verdaderos seísmos en el ámbito del pensamiento posmoderno y en el ámbito más concreto y tangible de las relaciones humanas. Han caído los antiguos paradigmas, y la multiculturalidad, los efectos de la globalización, la revolución digital o el cambio climático constituyen los marcos de referencia de una sociedad en la que se está produciendo a pasos agigantados un derrumbe de las evidencias, en el que la provisionalidad (lo que un día es y mañana puede ser, o no) hace años que ha hecho acto de presencia en el mundo de hoy.

Nuestras relaciones humanas se han hecho provisionales. Ya hace tiempo que conceptos como fidelidad, lealtad o compromiso estable han sido desterrados de este mundo nuestro en el que únicamente importa la cantidad de relaciones, viajes, experiencias que hayamos tenido –esas relaciones de usar y tirar, tan propias del amor líquido que Z. Bauman ha puesto de manifiesto–. En suma, vivimos de los impactos, las sensaciones, las emociones… en base a las cuales construimos nuestra cosmovisión y de las que nos servimos para conectarnos a la red – ya no importa el significado ni las consecuencias de relación, sino el mero placer de consumir. La posesión acaba siendo el común denominador.

Asistimos a una explosión de la diversidad en nuestro mundo de hoy: ya no se trata del binomio homosexualidad-heterosexualidad, ser de izquierdas o derechas, sino que el intercambio de parejas, la cohabitación, las meras relaciones ocasionales o el cambio de ideología, religión o creencias, ya son, per se, vistas como un medio para aflojar los lazos humanos. Se trata de librarnos del vínculo como sea, lo vemos como opresor y generador de injusticias, como algo incapacitante para el disfrute de experiencias. El hombre de hoy sólo debe lealtad a HBO, Netflix o Movistar+, porque aspira a una vida de ocio y entretenimiento.

Es cómoda la realidad virtual: porque permite acumular un conjunto de contactos frecuentes, intensos, breves y sin más consecuencias que proporcionan una enorme gratificación emocional; puedo decidir si quiero ser homosexual, heterosexual, trans o bisexual sin constricciones morales, políticas o sociales; puedo seguir, leer, disfrutar o conocer aquello que me gusta o me apetece, sin tener por qué asumir los riesgos. En definitiva, uno mismo constituye la referencia en base a la cual se construye la propia identidad.

Es precisamente todo esto lo que, a mi juicio, constituye uno de los indicios del cambio de época: el paso del homo faber al homo consumens, quien para poder afirmarse ha de negar todo lo que signifique una relación que implique un compromiso con la realidad, no sólo por cuanto a que sea visto como relación de poder, jerarquía y sumisión, sino por lo que implica de poder dar por terminada tal relación sin que ello me cause daño. En suma, un compromiso me pone límites y me pone ante la evidencia de que yo dependo.

Si el yo renace, es posible la confianza

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Madres, pero no solas

R.I.

Todos estamos sobrecogidos por la historia del recién nacido que fue arrojado al río Besós por su padre de 16 años. La madre del bebé tiene 13 años y ha llevado su embarazo en secreto. Para dar a luz, la pareja reservó una habitación en una pensión de la localidad, en la que el bebé nació sin ninguna asistencia sanitaria. En España, un centenar de niñas menores de 15 años se quedan embarazadas. Y a partir de los 15 años las cifras se triplican. En muchos casos se trata de adolescentes pobres y la familia no sabe que ha sucedido.

Es difícil imaginarse la soledad, la perplejidad, la desorientación de estas mujeres jovencísimas, en una edad que es probablemente la más dificil de la vida. Sin dejar de ser niñas tienen que atender a un bebé, en una sociedad en la que hay mucha soledad. Estas adolescentes viven a menudo en un entorno hostil, sufren en ocasiones amenazas, abandono, cuando no situaciones de maltrato, acoso o presión familiar. La vida cambia mucho cuando se tiene un hijo.

En España la maternidad es una fuente de discriminación para las mujeres, aunque sean mayores de edad, aunque estén económica o profesionalmente bien situadas. Por eso las madres adolescentes que deciden seguir adelante con su embarazo merecen todo el apoyo del mundo, merecen todo el acompañamiento y la ayuda para seguir estudiando, para seguir disfrutando de la vida, con su bebé. Sin duda es necesario hacer un esfuerzo educativo para evitar unos embarazos que no son convenientes a estas edades. Pero a las que quieren tener a su hijo no podemos dejarlas solas.

Madres, pero no solas

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Sin lo gratis no hay democracia

Lola Martínez

Este jueves un coche procedente de la prisión de Brieva llegaba al Hogar Don Orione en Pozuelo, un centro en el que se atiende a discapacitados. En ese coche viajaba Urdangarín que iba a hacer voluntariado con personas que sufren una discapacidad profunda. Urdangarín. Repetirá estas salidas de ocho horas diarias dos veces a la semana después de que el juez de Vigilancia Penitenciaria 1 de Castilla y León, Florencio de Marcos, las autorizase.

Pedro Sánchez, el director del centro, ha explicado que en Don Orione se cuida de la vida. Urdargarín ha entrado en ese club de las personas que hacen voluntariado en España: tiene entre 3,5 y 4 millones de miembros que dedican su tiempo a alguna tarea de forma gratuita. El voluntariado se ha considerado muchas veces como un adorno para gente que tiene mucho tiempo libre o que tiene ciertas inclinaciones altruistas. El voluntariado es mucho más que eso. El voluntariado, el trabajo gratuito es un engranaje esencial de nuestra democracia. En España no lo solemos valorar como no valoramos el sector no lucrativo o tercer sector. Solemos considerar al Tercer Sector una especie de tapa-agujeros cuando es todo lo contrario.

Tenemos la ingenuidad de pensar que una sociedad está en pie porque el Estado y el mercado se ocupan de casi todo. Unas necesidades las cubrimos comprando servicios a las empresas y otras necesidades nos las cubre el Estado del Bienestar después de pagar impuestos. Pero eso no significa que todas las necesidades queden cubiertas. Tenemos necesidades de relación, de cuidados que solo pueden ser gratuitos y ahí es donde entra el voluntariado. Una sociedad no está en pie solo porque funcione el mercado y porque funcione el Estado, porque se apliquen las leyes. Nuestra sociedad tiene déficit democrático también porque tiene déficit de relaciones y déficit de cuidados. Los cuidados no son solo algo privado. No es verdad que nada sea gratis. Hay muchas cosas que son gratis, muchas personas que dan su tiempo y su vida gratis.

Sin lo gratis no hay democracia

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>El kiosco

De lecturas y viajes

Elena Santa María

Viajar y leer son actividades reinas del verano. Dice Jordi Nadal en La Vanguardia que, en realidad, viajar es como leer. Y que ambas son necesarias para estar en el mundo real. “Hay que estar en ciudades, paisajes, pueblos, países que nos inviten –y exijan– una comprensión más amplia. Hay que estar con personas que significan lo distinto”.

Uno de los viajes más típicos es ir al pueblo. En el suyo, Pedro Simón –lo cuenta en El Mundo– se ha encontrado con Eme, del que dice: “podemos estar mucho rato juntos y ni hablamos. En este mundo en que todo dios es hacia fuera, Eme es hacia dentro. En rarísimas ocasiones me cita un viaje a las Antípodas, el día en que conoció al ministro, lo de Sole, las mañanas en que iba al rastro con Pe. Creo que cuando ve a mis hijos piensa en el suyo. Ha llegado a un punto en que no necesita el ruido para combatir el miedo. Tiene muy subrayado el libro de Jesús (Montiel) que me regaló. Por ejemplo: «Conquistar la mansedumbre del árbol requiere mucha intemperie»”.

Un poco más lejos, a Edimburgo, se ha ido Jesús Carrasco, aunque no de viaje sino a vivir. En una entrevista de Guadalupe Arbona y Juan José Gómez Cadenas publicada en Jotdown, Carrasco apunta que “la cultura no es solo un disfrute, también es un modo de conocimiento. Entretiene leer, entretiene ver una película, pero también contiene todos los elementos beneficiosos de la ficción, ese espejo que se nos pone delante para que seamos capaces de vernos y de ver el mundo desde otro punto de vista y ese otro punto de vista es el que verdaderamente nos enriquece. (…) Yo he probado las mieles de esa riqueza, como muchísima gente, y quiero seguir expandiendo mi percepción de la realidad, mi contacto con la realidad que tiene que ver con todo. Con el dolor, con la empatía, con el disfrute de la vida, en fin, con todo eso. Y ahí está la cultura, esa forma de percepción de la realidad más rica, más gozosa, más compartida”.

Respecto a su propio libro Intemperie, afirma: “Y luego hay un hecho en la propia historia que se cuenta que para mí es determinante y es que es la historia de un niño que sufre. La mayoría somos sensibles al sufrimiento de los demás y, particularmente, al sufrimiento de un ser desvalido, de un niño indefenso. En ningún momento lo pensé como un posible gancho literario, no iban por ahí los tiros, pero luego pensando y recibiendo lecturas de muchos lectores he llegado a la conclusión de que todos empatizan con el niño y con esa relación paterno filial que se establece entre el niño y el viejo, entre el que se va y el que llega, el que deja la mochila y el que la recoge, el que pierde el oficio y el que lo gana. Ese ciclo de la vida es muy fácilmente comprensible porque todos lo experimentamos. Todos tenemos vivencias de la pérdida, el encuentro, el aprendizaje, el error, el camino errado, el encuentro afortunado, la esperanza, el odio”.

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De lecturas y viajes

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El oro del Mundial y el deseo de bien

Juan Carlos Hernández

España ha conseguido su segundo Mundial de Baloncesto aparte de la clasificación directa para los próximos Juegos Olímpicos. Una gran gesta si además tenemos en cuenta que la gloriosa generación de los “juniors de oro” ya no está y las numerosas bajas con las que se afrontó el campeonato.

Muchos analistas han escrito que la selección española le ha puesto “cojones” al asunto. Desde luego, se han dejado la piel pero los otros equipos también lo han hecho. Más bien la diferencia ha estado en la dureza mental de saber afrontar los momentos decisivos. España ha ganado, aparte de por su calidad, su entrega en la pista, los planteamientos tácticos de Scariolo… por su dureza mental.

En medio de la alegría por el triunfo obtenido sorprenden las declaraciones de Ricky Rubio. “El baloncesto no es lo más importante en la vida”, se sinceraba el MVP del torneo. Podría ser una traducción moderna de la cita evangélica “De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si se pierde a sí mismo”. Su madre falleció hace unos años de un cáncer y el base español en las declaraciones postpartido la recordaba y afirmaba que su madre aún lo cuidaba donde quiera que esté. Algo parecido ha sucedido con Rudy Fernández que recordaba a su abuelo recientemente fallecido y a su hermana Marta (exjugadora de baloncesto) que hace algunas semanas sufrió un aborto estando en avanzado estado de gestación. El alero español, emocionado al final del partido, agradecía a su familia porque “sin ellos yo no estaría aquí”.

A poco que afloran los sentimientos se percibe que existe un deseo de que las relaciones perduren, existe la necesidad de un padre, de una madre, de un abuelo… incluso –por qué no decirlo– de “algo” más allá de la muerte.

Este mundo moderno, con toda su confusión, no es enemigo. Suscita una simpatía humana uno que diga que el baloncesto no es lo más importante en la vida a pesar de ser oro, nos conmueve uno que diga a su madre fallecida ‘ojalá fueras eterna’.

El oro del Mundial y el deseo de bien

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