Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
9 JULIO 2020
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Coronavirus. Cuando falta la política

Martino Diez

Ha habido cuatro grandes protagonistas en este drama planetario que ha puesto en escena el coronavirus. El primero, sin duda, es la ciencia. Médicos, virólogos, investigadores de enfermedades infecciosas, pero también biólogos, estadistas y matemáticos nos han ayudado a comprender lo que estaba pasando, realizando un considerable esfuerzo de divulgación. En todas partes ha crecido la estima por el conocimiento científico, como si hubiéramos redescubierto que la razón humana, cuando se aplica en serio, es capaz de conocer porciones significativas de la realidad, adaptándose rápidamente a desafíos enormes. Pues solo es cuestión de tiempo, la cura y la vacuna contra el virus acabarán llegando.

En paralelo, hemos asistido a una aceleración tecnológica. Amplias franjas de la población que en Europa habían quedado al margen de la revolución digital por su edad o por pereza han tenido un curso acelerado de alfabetización informática, especialmente urgente en el caso de los profesores, que han tenido que introducirse en ellas de cabeza, y también a sus alumnos, sobre todo enseñándoles un uso crítico.

Aunque la inesperada notoriedad ha generado episodios de protagonismo autocomplaciente, en general los científicos han conservado el sentido del límite. Experiencias como la enfermedad y el contagio, pero también el confinamiento, han despertado preguntas radicales sobre el significado del vivir y el morir. Los positivistas de todos los tiempos sostienen que al progreso de la ciencia corresponde una regresión de la fe. Pero no ha sido así. La gran mayoría de fieles cristianos y musulmanes se han atenido a las rígidas normas del confinamiento, a pesar de que hayan supuesto el sacrificio de renunciar a celebraciones comunitarias tan importantes, aunque no solo, como la Pascua y el Ramadán.

Si la ciencia no ha sustituido a la religión, tampoco la religión –nuestro segundo protagonista– ha sustituido a la ciencia. Es cierto que ha habido grupos que, por ejemplo en Pakistán, han contrapuesto ambas realidades (“mejor escuchar a Dios que a los médicos”), como si ciencia y fe no brotara ambas de la misma fuente. Pero en general ha prevalecido la convicción de que, si bien Dios es totalmente libre para realizar milagros, tampoco hay que forzarle. Cuando el diablo le sugiere que se tire desde el alero del templo, Jesús responde: “No tentarás al Señor, tu Dios” (Mt 4,7). Y dice un famoso hadith: “Un hombre se acercó al enviado de Dios y le preguntó: ‘¿Ato mi camello y confío en Dios o lo dejo libre y confío en Dios?’. Y este le respondió: ‘Átalo y confía en Dios’”.

El problema del mal

Naturalmente, la pandemia plantea de manera ineludible el problema del mal. Por eso han sido tan potentes los gestos del papa Francisco en una plaza vacía, en una basílica desierta, volviendo a hacer visible la respuesta cristiana: que el mal no forma parte del proyecto originario de Dios en su creación y que si Dios lo permite (no “lo quiere”), es para asumirlo en la pasión y resurrección de su hijo, que pasó por ello y salió victorioso

Coronavirus. Cuando falta la política

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Lo que responde a la impotencia no será una muestra de poder sino una presencia

José Medina

Un profundo grito humano atraviesa nuestras ciudades. Una vez más, hombres y mujeres negros temen ser asesinados indiscriminadamente a manos de aquellos que deberían protegerlos y servirles. Y se sienten impotentes.

En una columna de opinión publicada en Los Angeles Times, Kareem Abdul-Jabbar lo expresaba así: “Lo que debemos ver al contemplar a los manifestantes negros de la era de Trump y del coronavirus es gente que se encuentra al límite, no porque quieran que abran los bares y los salones de cosmética sino porque quieren vivir. Respirar”.

Todos nosotros nos sentimos impotentes.

Una manera habitual de desahogar esa impotencia es identificar a un enemigo e idear formas para llegar a someterlo. Saltar al campo de batalla es una manera de restaurar una cierta sensación de poder. Al no estar en primera línea, podemos sentir ese poder tuiteando o simplemente comentando los males de nuestra sociedad.

Pero eso no responde adecuadamente al grito de los que protestan en las calles. La humillación pública que siguió al video viral con la reacción de Amy Cooper ante Christian Cooper, un hombre negro en Central Park, no ayuda a erradicar el racismo.

Martin Luther King Jr. dijo una vez que podríamos matar al asesino pero nunca podremos asesinar al odio que lleva a matar. Quien piense que eliminando a la persona racista que comete violencia derrotaremos al racismo está ignorando un hecho innegable: todos deseamos vivir, y todos somos violentos, y hasta racistas.

Como decía King, “algo dentro de nosotros nos lleva a gritar con Goethe que hay suficientes cosas en mí para hacerme ser caballero y pícaro”.

Todos deseamos vivir, ser amados. Y ese deseo tampoco es ajeno al agente de policía que mató a George Floyd. Y todos somos violentos, con aquellos a los que no conocemos, e incluso con aquellos a los que amamos.

Para ser sinceros, podemos reconocer en nosotros mismos a esa mujer de Central Park, al policía y al saqueador. Asoma en nuestras publicaciones en Facebook e Instagram, aunque salimos indemnes porque nadie lo grabó.

Al margen de nuestro estatus social, raza o religión, a pesar de lo que hayamos hecho o seamos capaces de hacer, todos compartimos ese grito de la calle. Queremos vivir, y no sabemos cómo. ¿Qué puede responder a este grito tan humano?

En 2017, Richard Preston, por aquel entonces ‘mago imperial’ de la sección de Maryland del Ku Klux Klan, disparó contra un hombre negro durante unas manifestaciones de protesta en Charlottesville, Virginia. En lugar de condenar al ostracismo a Preston, Daryl Davis, otro hombre negro, decidió hacerse amigo suyo, y de otros muchos miembros del ‘klan’.

Un año después, la prometida de Preston invitó a Davis a acompañarla en su boda de camino al altar. Al igual que King, Davis cree que solo el amor tiene el poder redentor de transformar a hombres y mujeres, por muy recalcitrantes que puedan ser sus intenciones. Su acción evoca estas palabras de King: “La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad. El odio no puede expulsar al odio; solo el amor puede hacerlo”.

Davis ha tenido que enfrentarse a mucho escepticismo. Muchos creen que su postura no es adecuada para afrontar los problemas endémicos que sufre nuestra sociedad.

Lo que responde a la impotencia no será una muestra de poder sino una presencia

José Medina | 0 comentarios valoración: 2  27 votos

Laudato Si', el recurso de la razón

Giorgio Vittadini

Se han cumplido cinco años de la publicación de la Laudato Si’ del papa Francisco. Pero ni siquiera este aniversario ha dado a esta encíclica la importancia que merece, sobre todo teniendo en cuenta que justo estos días se está reflexionando mucho sobre cómo volver a empezar después de la pandemia, tratando de corregir los defectos del modelo económico, social y medioambiental en que vivimos.

La Laudato Si’ es un concentrado de apuntes, ejemplos, reflexiones, valoraciones que ayudan a mirar con una mirada global y profunda las dinámicas que determinan nuestro tiempo.

¿Por qué entonces se descuida con tanta despreocupación?

Porque tomarla en consideración como merece resultaría embarazoso. Al menos en ciertos casos.

El primero es la el radical estado de acusación al que se somete al sistema de desarrollo financiero. Citaré algunos de los pasajes a propósito de esto en la encíclica. “Los poderes económicos continúan justificando el actual sistema mundial, donde priman una especulación y una búsqueda de la renta financiera que tienden a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad humana y el medio ambiente”. “La economía asume todo desarrollo tecnológico en función del rédito, sin prestar atención a eventuales consecuencias negativas para el ser humano. Las finanzas ahogan a la economía real”. “No es una cuestión de teorías económicas, que quizás nadie se atreve hoy a defender, sino de su instalación en el desarrollo fáctico de la economía”.

Para quien pensara todavía que la Laudato Si’ es un manifiesto ecologista, estos párrafos, elegidos entre los muchos del mismo todo, muestran que la verdadera clave de esta encíclica es una visión global y unitaria que tiene en cuenta todos los aspectos implicados como fenómenos conectados entre sí. Los problemas sociales, económicos, ambientales son al mismo tiempo causa y efecto unos de otros.

La segunda razón por la que la Laudato Si’ puede resultar “incómoda” se refiere en cambio a los se dan cuenta perfectamente de que las cosas tal como están no funcionan pero consideran que el problema son los seres humanos. Desde hace tiempo se respira una crítica cada vez más extendida al antropocentrismo en clave culpabilista-apocalíptica.

Se ha acuñado un término, antropoceno, para indicar el impacto negativo que el homo sapiens ha causado al planeta Tierra con su presencia depredadora y destructiva.

La Laudato Si’ también puede sonar a decepción para esa parte del ambientalismo que se apoya en el sentido de culpa más que en el de la responsabilidad, más en la hiper-reglamentación que en la educación y en la confianza. Porque es precisamente una idea positiva del hombre, racional y relacional, la que el papa Francisco propone en cambio.

Por otro lado, deberíamos dejar de pensar en el planeta como si al planeta le interesara lo que piensa el hombre. Es al hombre a quien le interesa si se puede habitar y cómo.

Laudato Si', el recurso de la razón

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 2  25 votos

Casa, silencio, Misterio. Tres palabras en el corazón de los jóvenes

Federico Pichetto

¿Qué supondrá para toda una generación de jóvenes lo que estamos viviendo? ¿Qué huella dejará en su historia, en su desarrollo, en su conciencia? Estos días, entre los miles de entrevistas que nos bombardean desde los medios de comunicación, rara vez podemos escuchar la voz de los jóvenes.

Son la paradoja de este extraño virus. Su violencia con los ancianos o enfermos deja fuera a los millennials y nativos digitales, pero tampoco los deja participar en el debate público del que nace una conciencia compartida, un punto para volver a empezar. Es verdad que se presta mucha atención a la educación, pero incluso ahí parece que es un tema más ligado a los deberes de los adultos, a los exámenes, a los profesores o a las líneas pedagógicas que al punto de vista de nuestros hijos. Como si no fuera importante, como si fuera un argumento menor.

Nadie puede saber qué está sucediendo realmente en el corazón de muchos adolescentes, pero seguramente hay tres palabras que describen de alguna manera el contexto con el que se están midiendo y que podrían ser casi un punto de partida para charlar con ellos, para oír por fin lo que tienen que decir.

La primera palabra es “casa”. Todos están en casa. Cada uno tiene una experiencia distinta de su casa. Para muchos es un lugar del que emanciparse, del que salir rápidamente, un lugar infantil que propone a la atención y a la sensibilidad diversas historias de matrimonios, enfermedades, conflictos. Casa no siempre es una palabra bonita. Estar en casa puede dar miedo, puede faltar el aire, puede hasta resultar terrible. Lo que está en discusión no es el afecto y la gratitud a los padres, algo que un joven está obligado a percibir, a escuchar, a tomar en consideración estando en casa. “Estoy encerrada como un rehén de todo de lo que antes huía”, me escribía una alumna hace unos días. La casa es un ideal, pero no siempre es una realidad fácil.

La segunda palabra es “silencio”, entendido como vacío, soledad, ausencia prolongada de los amigos y de todo el mundo que se tiene como referencia. No es cierto que a los jóvenes les baste con Netflix, la consola y el móvil. Tienen hambre de relaciones, de carne, de amor, de intimidad, de una amistad que ningún adulto ni hermano les puede dar. En este sentido, no son pocos los que estos días están viviendo la experiencia del duelo. Duelo por su propio pasado, por su propia vida, con el miedo –y acaso el presentimiento– de que lo que estamos viviendo no sea un paréntesis sino el inicio de un nuevo periodo en nuestra historia común. Hay tanto afecto, nostalgia, ternura en los miles de videollamadas y chats que animan estos días… En pocas semanas muchos de mis alumnos han pasado de preguntarse “cuándo acabará” o “qué aprenderemos” a “qué será de mí y de mis sueños” o si “realmente esta es la vida que me espera”. En la distancia y en el silencio del que querían huir y en el que ahora se ven obligados a habitar, aprendiendo muchas verdades, pero experimentando a veces como un desencanto, una desilusión amarga que corre el riesgo de apagar todo entusiasmo.

Casa, silencio, Misterio. Tres palabras en el corazón de los jóvenes

Federico Pichetto | 0 comentarios valoración: 2  32 votos
>Entrevista a Raúl Jiménez, director del CEPI de Tetuán (gestionado por CESAL)

'Para salir de esta, Gobierno y sociedad civil deben trabajar juntos'

Elena Santa María

La ong CESAL trabaja habitualmente en el acompañamiento de personas en riesgo de exclusión en diferentes ámbitos. Con la llegada del coronavirus han adaptado su labor a las nuevas necesidades que han surgido en este tiempo. En este momento distribuye mil menús diarios en Madrid.

¿Cómo ha cambiado la labor de CESAL desde que comenzó la cuarentena?

Lo primero que vimos como equipo es que teníamos que seguir acompañando, en la medida de lo posible, a los usuarios con los que habitualmente trabajamos. Cambiaba la modalidad, evidentemente, pero no queríamos perder la oportunidad de seguir manteniendo el contacto con ellos. Empezamos a hacer formación online, acompañamiento en apoyo escolar, ocio… diferentes actividades. Y lo que fuimos detectando cada vez más es la preocupación por parte de los padres por la falta de alimentos. Había muchos que trabajaban en el hogar, les habían despedido, y como trabajaban en el mercado negro no tenían ninguna ayuda ni prestación. Otros que estaban trabajando en hostelería o en otros sectores han sufrido retrasos en el pago del ERTE. Entonces decidimos ayudarles y les llevamos una caja de alimentos a su casa. Empezamos con las 30 familias que nos mostraron esta preocupación, pero eso fue creciendo y creciendo, y actualmente estamos en 300 familias y hemos decidido parar porque no podemos atender a más.

En un vídeo que ha difundido CESAL, los voluntarios insisten en que los alimentos son muy importantes, pero no bastan. ¿Cómo acompañáis a las familias que lo han perdido todo?

Siempre hemos querido estar cerca de ellos y acompañarlos. El alimento es una primera necesidad, pero no es solo llevarles ese alimento, sino también decirles que no están solos, que hay gente que se preocupa por ellos. Queremos mostrarles ese punto de humanidad, de decir: en este momento de dificultad siéntete acompañado en lo necesario. Puede ser con una caja de alimentos, pero también siéntete acompañado en todo, si tienes alguna dificultad dímelo, en qué te puedo ayudar, qué otras preocupaciones tienes. Sobre todo, que no se sientan solos, que sientan que hay otro con ellos.

También habéis dicho que de esta crisis vamos a salir solidariamente, que no basta la acción política. Desde vuestra experiencia en CESAL, ¿qué aporta este proyecto vuestro al bien común?

La experiencia que hemos hecho es que no solo basta con la acción política, que es necesaria, pero ellos solos no tienen respuesta a esta necesidad tan brutal que hay. Creo que la sociedad civil también tiene que dar un paso de solidaridad, y estamos viendo cómo mucha gente está donando alimentos o haciendo de voluntarios. Yo creo que es la forma de salir de esta. Para poder salir no solo bastaría la acción de un gobierno sino un pueblo solidario que quiere acompañar y ser protagonista en esta historia, en esta circunstancia dramática. Si no es así yo veo muy difícil que solo con la acción política del Gobierno se pueda salir.

>Entrevista a Raúl Jiménez, director del CEPI de Tetuán (gestionado por CESAL)

'Para salir de esta, Gobierno y sociedad civil deben trabajar juntos'

Elena Santa María | 0 comentarios valoración: 2  28 votos
>Cuestiones educativas para el tiempo que nos toca vivir (II)

La cuestión fundamental

Ferrán Riera

Poco a poco se van disipando los días grises del confinamiento. Pronto empezará no sólo la reconstrucción. También la organización de una nueva forma de vida. Al menos hasta que llegue la inmunización y aprendamos a vivir mejor preparados para el ataque de cualquier primo hermano del virus. Nos queda mirar el campo de los muertos. Los que nos han dejado en esta pandemia y que queremos despedir como se merecen y ese otro tipo de difuntos que ha dejado este encierro en un sus diversas formas: paro y pobreza, pero también miedo, vergüenza propia y extraña, distanciamiento, desconfianza, perplejidad….

Este virus ha venido a infectar a una sociedad que ya estaba enferma de soledad y de vacío. Primero vimos por la televisión los muros que se levantaban ante refugiados y parias de la tierra, después los muros entre nosotros paradigmáticamente expuestos en forma de incapacidad política para el diálogo y la comprensión mutua o, si se prefiere, alimentados por el egoísmo y los intereses partidistas que pocos han tenido la decencia de reprimir en estos días aciagos. Ahora ha llegado el tiempo de los muros en forma de inevitables mascarillas y guantes que tenemos que ponernos para protegernos los unos de los otros.

Estas semanas he visto matrimonios saltar por los aires, hombres y mujeres en equilibrio precario hacerse un ovillo esperando a que esto pase, gustándose menos a sí mismos porque han visto su peor versión en acción. El hombre no está hecho para vivir en soledad. Cuando le falta esa dimensión comunitaria, por pequeña que sea, hecha de salir a comprar, encontrarse en el café, discutir sobre el fútbol o criticar a la pareja con los amigos mientras tomas el vermouth, se apoca, se debilita y se afea. Si encima lo dejas en casa sin poder salir a construir en el trabajo, en el mundo, lo deprimes.

Está claro que hay excepciones a eso. Y no pocas. Las hemos leído en la prensa también estos días. Los hay que han redescubierto la relación con sus hijos y la vida familiar, están los hombres de estatura gigante que han dado tiempo, dinero, salud, horas de sueño a los demás, algunos incluso (y estos son los mejores) sin esperar nada a cambio o sin pedirlo, que no es lo mismo pero es igual.

¿Qué diferencia habrá entre unos y otros? ¿Acaso existen condiciones genéticas que marcan el carácter, la positividad, el temperamento jovial en una situación como esta? ¿Qué extraño arbitrio separa la mezquindad y el egoísmo de la generosidad y la entrega heroica en un hombre? ¿Se puede educar para ser hombre de un tipo o de otro?

Reconozco, no sin rubor, que yo me balanceo entre esos dos extremos y que, en una suerte de de reproducción vital del extraño caso del Doctor Jekyll y el señor Hyde, en un mismo día puedo recorrer varias veces el arco que va de una posición a la contraria. Si al final resulta que ambos personajes habitan en el hombre no voy a ser yo quien se escandalice por ello. Lo que me interesa es saber si existen condiciones que hagan posible que la bestia deje paso a la belleza interior que hay en las almas. Nos va en ello la vida buena en un mundo que se desmorona.

>Cuestiones educativas para el tiempo que nos toca vivir (II)

La cuestión fundamental

Ferrán Riera | 0 comentarios valoración: 3  44 votos

Ni es el momento ni son las formas

Jesús Pueyo

El Gobierno presentó en marzo su “Proyecto de Ley Orgánica por la que se modifica la Ley Orgánica de Educación” conocido como LOMLOE o Ley Celaá. Estamos ante una nueva ley orgánica de educación que será aprobada sin un consenso razonable y nos aleja del necesario Pacto por la Educación que permita dar estabilidad al sistema educativo. Este Pacto debería figurar entre las cuestiones que los partidos políticos deberían abordar en la Comisión para la Reconstrucción Social y Económica de España que se ha constituido en el Congreso de los Diputados.

El Proyecto de Ley, más allá de proponer modificaciones estructurales del sistema educativo y su currículo que pueden ser mejorables, contiene su dosis de carga ideológica que vuelve a centrarse en medidas que, entre otras cuestiones, dificultan la libertad de enseñanza y de elección por parte de los padres, la presencia de la asignatura de religión en el currículo de las distintas etapas educativas o generan intranquilidad en las familias y profesionales de centros de educación especial. Por supuesto, no hay ni una sola mejora para paliar la difícil situación que tienen los centros concertados y sus profesionales derivada de la escasez de financiación de los conciertos educativos. Eso no interesa.

Por mucho que se empeñen el Gobierno y la ministra de Educación en decir que este Proyecto ha sido debatido y que han podido hacer aportaciones quienes han querido, intentando con ello dar apariencia de diálogo y negociación, la realidad es que el Ministerio se ha negado a trabajar este Proyecto en el marco de la Mesa Sectorial de la Enseñanza Concertada y no ha intentado mejorar y consensuar su texto con el sector.

Si bien el Gobierno sometió a dictamen del Consejo Escolar del Estado un “Anteproyecto de Ley” en enero de 2019, no ha presentado en 2020 el texto del “Proyecto de Ley” que no es exactamente el mismo que presentó en la primera ocasión. Tampoco lo ha remitido al Consejo de Estado para que emitiera un informe como suele ser habitual en leyes de este calado.

Es difícil entender que en la situación tan excepcional que estamos viviendo como consecuencia de la pandemia del COVID-19, el trámite parlamentario de esta Ley siga adelante con la intención por parte del Gobierno de que sea aprobada cuanto antes.

El estado de alarma ha impedido que las organizaciones y agentes sociales que representamos a la comunidad educativa hayamos podido tener reuniones con los grupos parlamentarios con normalidad para explicar nuestras propuestas de enmiendas y tratar de conseguir su apoyo. Parece que tampoco se va a considerar un periodo de comparecencias en el Congreso para que personalidades de reconocido prestigio y representantes de la comunidad educativa puedan trasladar a los partidos políticos su opinión sobre el Proyecto.

Lo urgente ahora no es aprobar una nueva ley. Lo urgente es dar solución a los problemas reales que están teniendo los profesionales, alumnado y familias.

Ni es el momento ni son las formas

Jesús Pueyo | 0 comentarios valoración: 3  24 votos

El secreto de una familia feliz, también en el confinamiento

Elena Santa María

“Un matrimonio que experimenta la fuerza del amor sabe que ese amor está llamado a sanar las heridas de los abandonados, a instaurar la cultura del encuentro, a luchar por la justicia. (…) Dios ha confiado a la familia el proyecto de hacer doméstico el mundo, para que todos lleguen a sentir a cada ser humano como un hermano. Su fecundidad se amplía y se traduce en miles de maneras de hacer presente el amor de Dios en la sociedad. He aquí el secreto de una familia feliz”.

Anna y su familia, junto con otras familias amigas vinculadas a la Asociación Familias para la Acogida, decidieron hace un tiempo, y tras vivir varias situaciones dolorosas, tomarse en serio esta propuesta del Papa en la Exhortación Amoris Laetitia. Comenzaron entonces a ir a misa los domingos a la parroquia de Santa Anna, en el centro de Barcelona. Esta parroquia acoge a personas que viven en situaciones muy dramáticas. Anna y sus amigos comenzaron a comer con ellos un domingo al mes. No a llevarles comida, sino a sentarse a comer con ellos. Y desde entonces, han ido entendiendo la propuesta del Papa para las familias: su tarea no es vivir solas sino dejarse ayudar por la comunidad.

Una experiencia, dice Anna, que pasa por cosas muy concretas: una amistad que crece, la acogida en casa de una chica que estaba en la calle… “Lo que hacemos no es otra cosa que seguir el magisterio del Papa: la familia cristiana es una familia abierta, que ayuda y pide ayuda, que se percibe hambrienta y la Iglesia le da de comer, pero a la vez alimenta a otros”.

Pero llegó el confinamiento y tuvieron que interrumpirse las comidas. Algunas familias, ya amigas, les llamaron porque no tenían nada que comer. Entonces Anna y sus amigos se empezaron a plantear cómo responder a las nuevas necesidades de estas familias amigas. El problema no era solo llevar una caja de comida, también llamar por teléfono, acompañar. Y poco a poco han surgido otras necesidades: juguetes para los niños, buscar un dentista para un dolor de muelas, evitar desalojos. La experiencia como familia –Anna tiene seis hijos– es clave para entender a otra familia.

Durante estas semanas, la bola de nieve se ha hecho grande y muchas familias se han unido a esta comunidad. “Es como si todo el mundo desease responder a este momento histórico y a la vez tener una vida más profunda”, dice Anna. Pero no le gusta hablar de voluntariado porque no lo es. Hay que romper con la idea de que unas familias ayudan y otras son ayudadas, insiste Anna, porque el beneficio es mutuo. Lo explica así: “dejándonos ayudar por otros y abriéndonos a las necesidades de otros todo el peso de la familia se simplifica. El dolor es más dolor y la alegría más alegría”. Y esto lo perciben también los niños. Es más fácil saberse querido, hagas lo que hagas, cuando tus padres quieren a aquellos que son denigrados por la sociedad.

Algunos que han recibido ayuda están pidiendo también cómo poder ayudar. “Familias acompañando a familias” es esto, una comunidad de familias que se necesitan y se acogen entre sí porque han descubierto que este es el método para ser una familia feliz, también durante el confinamiento.

El secreto de una familia feliz, también en el confinamiento

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Lo que nuestros cuerpos esperan para volver a empezar

Emilia Guarnieri

“Los ángeles serán puros, pero son puros espíritus, no son carnales. No saben lo que es tener un cuerpo, ser un cuerpo”. En estos tiempos, la relación con el cuerpo, con nuestros cuerpos, resulta dramática. Por eso, con qué facilidad golpea el corazón la apasionada carnalidad de los versos de Péguy. Hemos visto muchos cuerpos, demasiados. Cuerpos enfermos, amenazados, contagiados, aislados, transportados en ambulancias, en féretros, en camiones. Cuerpos que nos gustaría ver curados, no amenazados, no distanciados ni asustados los unos de los otros. Los cuerpos son los que nos hacen sufrir ahora, pero nunca querríamos deshacernos de ellos porque nuestra humanidad, la percepción de nuestros deseos, el estupor ante la realidad, hemos aprendido a conocerlos mediante esa “pobre criatura carnal” que es cada uno de nosotros.

Los ángeles, continúa Péguy, “no conocen esa ligazón misteriosa, esa ligazón creada, infinitamente misteriosa, del alma y del cuerpo. Pues Dios no creó solamente el alma y el cuerpo. Sino que creó también ese lazo misterioso, esa vinculación, esa ligazón del cuerpo y del alma, de un espíritu y de una materia”. Nuestros cuerpos se han convertido ahora en un peligro, en factor de riesgo. Nos vemos obligados a distanciarlos, cubrirlos, esterilizarlos. Debemos dar gracias a la tecnología que nos permite seguir comunicándonos, trabajar, hacer proyectos, dar clases, tantas actividades que no se han parado gracias al teletrabajo. Pero nos faltan tantas cosas de la vida. Decenas de plataformas informáticas y conexiones en directo han sustituido la corporeidad, el contacto físico, el abrazo, la reunión en torno a una mesa, el desayuno con los amigos, la clase en las aulas, la conferencia con la gente delante, la misa con el pueblo.

De este modo, falta la emoción que provoca un gesto, la vibración de una mirada, el aroma de un plato compartido, nos falta el imprevisto de una reacción que no puedes ocultar mediante un clic, el gusto de cruzar miradas, el intercambio de afecto en un abrazo. Hoy vale, ¡pero no es lo mismo! No podemos obviarlo. Debemos conservar el deseo de “hacer” y “estar” juntos. Tendremos (tal vez y la tenemos) la tentación de pensar que una llamada es más sencilla que una reunión de trabajo, que el teletrabajo reduce los tiempos, que “en casa” es más cómodo, que las clases online son igual de eficaces que el trabajo en el aula.

Ya estamos intentando imaginar el después, la fase 2. La economía y la producción deben volver a empezar. Pero la convivencia también tiene que volver a empezar en todas sus dimensiones. La gente debe poder volver a encontrarse, mirarse a los ojos, discutir unos frente a otros, educar y enseñar en vivo. Esa carnalidad es lo que nos falta. Nos gustaría que los que hoy están pensando en la desescalada la tuvieran en cuenta entre sus prioridades. Las grandes cosas siempre se han hecho implicándose en encuentros humanos, amistades compartidas, en una concreción que incluye también los cuerpos. Hasta Dios, para salvar el mundo, tomó un cuerpo, aceptó morir, acabar en un sepulcro para luego resucitar y permanecer presente en el mundo. Este Dios presente en la historia es quien da esperanza incluso a nuestra corporeidad.

Lo que nuestros cuerpos esperan para volver a empezar

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Cuando falta la carnalidad del encuentro

Daniele Mencarelli

Anoche saludé a mis padres por videollamada. Viven a unos cientos de metros de mi casa y nunca habría imaginado tener que usar la tecnología para hacer lo más natural del mundo, algo que suelo hacer personalmente, en carne y hueso. Un saludo, una mirada de afecto mutuo.

Saludo hubo, pero no esa satisfacción inconsciente con la que solía salir de casa de mis padres. Solo ahora puedo darme cuenta. La satisfacción que nace del contacto, de la maravillosa carnalidad del amor, del abrazo de la sangre.

No son tanto palabras lo que falta en este momento, sino cuerpos, caricias, besos. Sobre todo los de nuestros padres, el mayor grupo de riesgo. Las palabras resisten, como los discursos, las teorías, pero no sabemos qué hacer con ellas cuando nos falta, como ahora, la presencia tangible que las hace vivas.

Sin presencia, el hombre se habla a sí mismo, corre el riesgo de caer en tópicos, banalidades. Un abrazo es un abrazo, dice sin decir, desvela la ternura por quien tenemos delante al mismo tiempo que nos recuerda la propia. El abrazo de un padre y de una madre.

Hace unos días, en elmundo.es, Julián Carrón ponía como ejemplo precisamente la figura materna como antídoto al miedo. El niño corre hacia su madre para superar y vencer sus miedos. Una presencia, por tanto. La completitud de uno en el otro, en quien acrecienta con su acogida nuestras capacidades y certezas. Un método, como señalaba acertadamente Carrón, válido siempre, que muestra cómo el encuentro con quien testimonia y reaviva la presencia de Dios es el único método que tenemos para derrotar realmente a nuestros miedos en este momento, que son nuestros miedos de siempre.

Esta obligada distancia entre unos y otros puede ser útil para hacernos reflexionar justamente sobre este tema. La carnalidad de la presencia. La carnalidad del amor como instrumento de revelación. Pero, más a fondo aún, lo que estamos viviendo nos debe hacer preguntarnos si nuestra vida está realmente abierta al encuentro y acogida de esa Presencia, y a su grandeza. No se trata de una teoría sobre el vivir, ni una doctrina carente de cuerpo y sangre, sino el acontecimiento de un encuentro que derrote nuestros miedos, de niños eternos que buscan quien los complete.

Algo supremo y sencillo, como el abrazo de un padre y una madre, porque solo así puede existir, porque solo así podemos verificar en nuestra vida ese sentimiento de esperanza más fuerte que todo lo demás. Más fuerte que la muerte, que la enfermedad. Más fuerte que estos días de obligada distancia que nos sorprenden más desnudos y más solos. La presencia carnal del encuentro, porque sobre eso se apoya el universo entero.

Cuando falta la carnalidad del encuentro

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Es ingenuo pensar que la epidemia nos hará más buenos

Emilia Guarnieri

“Esta noche rezamos de nuevo por los enfermos de coronavirus, por los médicos, los enfermeros, los empleados de limpieza, los farmacéuticos, por todos los que están implicados, los que han perdido amigos y familiares, por los que han muerto”. Desde el 14 de marzo, un joven italiano da comienzo cada día al rosario que reza conectado con más de 150 amigos.

Anoche, yo también estaba pegada a la pantalla, con la corona en la mano respondiendo a las oraciones, acompañada por un montón de jóvenes que no conozco, y tuve esta intuición: “Estos chavales y yo estamos viviendo a través de este gesto una relación con el mundo entero, con la totalidad”. Y acudieron a mi mente las palabras con que don Giussani, presentando un texto de ‘La anunciación a María’ de Paul Claudel, definía el amor. “El amor es existir en función de un designio total. El amor es generador de lo humano, generador de la historia de la persona en cuanto generación de un pueblo”.

El pequeño gesto de amor de esos chicos, su ímpetu de puesta en común, su deseo de estar con los que dan su vida y los que la han perdido contribuye a la generación de un pueblo.

En la Edad Media que describe Claudel las catedrales eran el símbolo de la unidad del pueblo, el punto positivo y de esperanza que todo el pueblo, donando de lo suyo, contribuía a construir, al que todos podían mirar, en medio de guerras, peste y lepra. “Tantos campanarios cuya sombra al girar escribe la hora sobre toda una ciudad”, afirma Pierre de Craon, el protagonista, el constructor de catedrales, el genio que da forma a la generosa donación de oro y dinero que da cada uno para poder construir la catedral. Algo que es un bien para todos, se erige a partir de muchos pequeños gestos de amor, de sacrificio, de ofrenda.

Ofrecerse uno mismo, el propio tiempo, el dinero, el conocimiento, para que un bien para todos pueda erigirse. Porque sin el espacio de esta ofrenda amorosa no hay construcción.

Hoy nos preguntamos mucho sobre cómo será el “después”, tanto desde el punto de vista sanitario como de reconstrucción. Recetas y proyectos nos bombardean por todas partes. Lo que tienen responsabilidad tendrán que confrontarse, elegir, arriesgar y decidir. Todos sabemos los intereses más o menos nobles que persigue cada uno. Todos vemos la tentación de poder que incluso estos días anima ciertas polémicas políticas. Sería ingenuo pensar o pretender que el coronavirus nos hiciera a todos repentinamente buenos.

Es ingenuo pensar que la epidemia nos hará más buenos

Emilia Guarnieri | 0 comentarios valoración: 2  21 votos
>(Apuntes para un diario del confinamiento)

Cuestiones educativas de este tiempo que nos toca vivir

Ferrán Riera

Dicen que aprenderemos de esto. Que nos transformará en menos pretensiosos, que se transmutarán valores y regresaremos a las cosas que verdaderamente importan, que seremos más humanos. Perdonad el pesimismo.

¿Qué aprendimos de la 2ª guerra mundial, de los campos de concentración y del holocausto? ¿Qué fraternidad global provocó la conciencia de tanto sufrimiento? ¿No hemos visto después a hombres amontonados en campos de refugiados, nuevos éxodos y a una multitud perdiendo salud y esperanza en el tránsito de llegar a nuestra casa para después devolverlos porque no tenemos solución o porque nos da miedo abrir una puerta que no sabemos dónde nos llevará?

“De todo se aprende”, oigo decir estos días. Y esto, por deformación profesional, me interesa. Unos están aprendiendo a desconfiar de un sistema sanitario que no ha resistido el embate como desearíamos y que está requiriendo el sacrificio de tantos profesionales entregados, desde su vocación a una situación desproporcionada y peligrosa para su vida. Otros aprenden a luchar para mejorar las condiciones, para que no vuelva a suceder. Los más se intentan consolar con el redescubrimiento de las cosas sencillas y esenciales que habíamos olvidado en el hogar. Sin ánimo de menosprecio... ¿es realmente este el aprendizaje del que hablamos?, ¿el que deseamos?

¿De qué podemos aprender si el miedo domina? Cuando, en tiempos de crisis, lo que nos mueve es el miedo a perder, entonces ahondamos en ella haciéndola más profunda, convirtiéndola en una crisis de aquello que es más humano. Miedo a perder el control, a perder lo que tengo, a quedarme sin papel higiénico, miedo al fracaso (que es miedo a perder el éxito), miedo a perder la salud y la vida... acaso también miedo a perder seguidores y votos… los tiempos de crisis no se afrontan con hombres que se protegen de aquello a lo que temen. Hombres que no quieren perder. Los tiempos de crisis necesitan hombres movidos por certezas. De otro modo las cosas se empequeñecen y nos asfixian. Esta es la tarea educativa en estos momentos históricos si no queremos que una pandemia de tristeza invada los cuerpos colonizados por el virus: espolearnos a buscar la respuesta a la pregunta de si hay algo que permita vencer el miedo a perder lo que uno ama.

Quizá lo que podamos aprender tenga más que ver con el conocimiento de la naturaleza humana que no con el cambio que esta misma naturaleza pueda experimentar. Quizá tenga que ver con el descubrir de qué cosas y de qué gestos un hombre puede esperar ser salvado de la aparentemente inevitable caída hacia la nada. Caída que una crisis como esta pone de manifiesto y precipita en el tiempo.

Es tiempo de estar atentos a las cosas pequeñas y dejar que el corazón tome forma. Es tiempo de darse cuenta de las pequeñas cosas, no sea que en ellas estuviera escondido el contenido de la gran verdad que se nos escapa cuando la mirada es al por mayor. No sea que encontremos pistas para no tener miedo nunca más. De los campos de concentración salieron la mitad de los presos que sobrevivieron a aquel infierno maldiciendo a Dios y la otra mitad alabándolo.

>(Apuntes para un diario del confinamiento)

Cuestiones educativas de este tiempo que nos toca vivir

Ferrán Riera | 0 comentarios valoración: 3  38 votos

Nosotros somos el punto de partida

Costantino Esposito

Si me preguntaran dónde nos llevará esta emergencia universal del coronavirus, qué nos enseñará, cómo cambiará nuestras vidas y hábitos sociales, francamente no sabría responder. No porque falten análisis, previsiones y las más diversas interpretaciones de los datos. De hecho proliferan por todas partes, aunque rara vez logran aclarar algo o ensanchar nuestro campo de visión, la mayoría de las veces lo restringen.

Esto no quiere decir para nada que estén equivocados o no sean útiles. Es inevitable, y también necesario, que los diversos aspectos de esta crisis –sanitaria, económica, social, cultural, educativa, psicológica…– de vez en cuando se sopesen y evidencien. Todo enfoque nos dará elementos nuevos para entender lo que ya está pasando en todo el mundo. Pero esos enfoques, por muy necesarios que sean, tal vez aún no sean suficientes para darnos la clave para afrontar la situación.

A través de todos estos análisis, lo que necesitamos es un punto sintético. Sin duda, no para reducir la complejidad y enormidad del problema que nos asalta, sino para mirarlo a la cara de verdad. No podemos limitarnos tan solo a buscar “culpables”, que seguro que los hay. Pensemos por ejemplo en las políticas liberales de reducción del gasto público en sanidad o el riesgo de que Estados Unidos se sirva de la emergencia viral como ocasión para una política autoritaria. No podemos limitarnos a estigmatizar las responsabilidades debidas al dominio incontrolado del hombre sobre la naturaleza o a la ideología del beneficio como único objetivo de la vida. ¿Quién podría negar que todos nos vemos tentados de encerrarnos en este infernal mecanismo del éxito a toda costa?

Pero tampoco podemos responder al desafío limitándonos a hacer un llamamiento a una nueva ética, ya no centrada en el poder sino en la fragilidad, no en la violencia sino en la responsabilidad. Aunque naturalmente nadie podrá ignorar que esta circunstancia impone un cambio urgente en nuestros comportamientos públicos y privados.

La cuestión es que estos intentos de “elaborar el luto” de la pandemia no pueden resolver el impacto que está provocando en nuestras existencias, ni vencer la desorientación que nos invade al ver el número de víctimas o nuestras ciudades forzosamente desiertas, ni derrotar al  miedo, hijo de una incertidumbre que no logramos exorcizar. Claro que esperamos la vacuna como el punto a partir del cual podamos decir que por fin estamos fuera de la crisis. Pero la cuestión es qué está pasando ahora, mientras esperamos.

Casi duele la ingenuidad con que seguimos repitiendo que todo irá bien y que juntos lo conseguiremos permaneciendo encerrados en casa. Cada uno de nosotros así lo desea, naturalmente, pero lo que necesitamos es descubrir si hay algo que ahora nos permita experimentar un bien, para nosotros y para todos. O la vida es ahora, o no es. Claro que debemos preparar el futuro, pero solo si hay un motivo en el presente que nos permita caminar, y si eso presente está lleno de la conciencia de nuestro pasado, de la memoria de nuestra procedencia.

Nosotros somos el punto de partida

Costantino Esposito | 0 comentarios valoración: 2  28 votos

Desde mi casa (3)

P.M.

En suspenso. Es como si la vida estuviese en suspenso en las casi cuatro semanas que llevo de confinamiento en mi casa. Ataúdes saliendo del Palacio de Hielo, gente que muere en el hospital, familiares que no pueden ir a despedirles, sacudidas emocionales con posibles secuelas. Te conmueve hasta la médula, aunque, en el fondo, confías en que, como a los israelitas del Antiguo Testamento en Egipto con las plagas, “la muerte pase de refilón” y no se detenga en las jambas de las puertas.

Pero la muerte no te deja indiferente.

Conocí a Efrén Fernández cuando tenía 12 años y estudiaba en el Colegio Menesiano del Parque de las Avenidas. Enseñaba Religión en lo que era entonces séptimo de Educación General Básica, y también Historia en lo que era BUP y COU. Fue profesor mío, y confieso que no fui un alumno fácil para él: a los doce años y con las hormonas a flor de piel, un servidor era un reincidente neto que se chupaba los castigos de venir a clase a las 8:00 de la mañana. Para eso había que liarla parda.

Con todo lo malandro que podías ser con él, siempre existía otra mirada cargada de una medida más grande: su paciencia, y su afecto cuando tiraba de ti y te echaba la bronca, no terminaban cuando dejabas el colegio e ibas a la universidad, incluso cuando estabas trabajando; la Historia, de un modo u otro, se te hacía vida gracias a él.

El Hermano Efrén, como siempre le llamábamos, murió en Bilbao el 24 de marzo a los 88 años. No sé si ha sido de coronavirus, pero su muerte me ha hecho hacer memoria de lo que he vivido y a reconocer lo evidente: que me hizo un poco más grande el corazón. Con personas excepcionales como él, el pasado puede ser abrazado.

Doy gracias por haberme encontrado con él y por haber sido alumno suyo.

Estos días, llamadas, whatsapps y correos electrónicos de amigos y compañeros de trabajo actuales y antiguos –con los que sigo manteniendo contacto– te sacan del bunker existencial en el que, subrepticiamente, te instalas ante la magnitud de lo que sucede. Vuelve a salir lo mezquino que eres… hasta que hablas con la vecina del segundo –que te dice que no es lo mismo un Domingo de Ramos sin palmas en las ventanas–, o con amigos o conocidos de los que hace la tira que no sabes nada de ellos… Y te sorprendes porque hace tiempo que no lanzabas un “¿cómo estás?” distinto del típico how do you do? anglosajón.

Pero quien realmente me está sorprendiendo es J., compañero del Ministerio, y lo que está empezando a surgir de esta relación desde hace un par de meses. Hemos hablado ya por Skype dos veces estos días, y para estas fechas me ha reenviado La muerte de Cristo, las meditaciones de Benedicto XVI en Viernes Santo y Sábado Santo y yo le he pasado la homilía del Papa del día 27 de marzo. Él, que vive con su novia, se atreve a hablarme de Cristo, a mí, que llevo desde pequeño yendo a la Iglesia. ¿Cómo se atreve?

Desde mi casa (3)

P.M. | 0 comentarios valoración: 2  19 votos

¿Cómo estás?

Juan Carlos Hernández

En España comienza a disminuir, de forma paulatina, el número de contagios así como de fallecidos según los últimos datos. La saturación de los hospitales en los últimos días empieza a remitir. Nunca podremos agradecer plenamente a los servicios sanitarios el esfuerzo realizado estas semanas.

Frente a esto se comienza a hacer las quinielas sobre cuándo empezará a disminuir la dureza del confinamiento. De hecho, Pedro Sánchez ya ha insinuado en la rueda de prensa del pasado fin de semana que se está estudiando cómo se podría empezar a ejecutar el “día después” con un restablecimiento gradual de la actividad social y económica. En cualquier caso, es pronto para lanzar las campanas al vuelo.

Tiempo habrá para preguntarse si la gestión del Gobierno ha sido adecuada, aunque justo es reconocer que una situación así supera la capacidad de cualquier Gobierno y sistema sanitario. Sin embargo, su gestión ha estado siempre en tela de juicio desde distintos sectores. Incluido el último escándalo cuando algunas de las cabeceras más importantes del periodismo en España (El Mundo, ABC, La Razón…) se han negado a participar en las rueda de prensa del presidente del Gobierno alegando que más que servir para un sano ejercicio de rendir cuentas se ha convertido en un mitin del presidente con preguntas previamente seleccionadas. Finalmente el Gobierno ha cedido y podrá haber preguntas en “directo” por videoconferencia y se podrá “repreguntar”.

Otro aspecto que llena estos días las tertulias son los nuevos desafíos frente al futuro.

¿Cómo cambiará esta crisis nuestra relación con el trabajo? Es probable que el trabajo de estos días desde casa nos haya mostrado una potencialidad con la tecnología actual que pueda traernos ciertos paradigmas nuevos. Quizá hayamos descubierto un potencial que no habíamos querido explorar aún.

¿Cómo cambiarán nuestras relaciones personales? Precisamente si pasamos más tiempo haciendo teletrabajo, ¿corremos el peligro de perder las relaciones personales? Es un riesgo, sin duda, pero también una ocasión de mayor autenticidad. De hecho, nunca habíamos tenido esa mirada de estima por ese vecino desconocido como hasta ahora, precisamente ahora que no estamos físicamente juntos, cuando nos asomamos al balcón a la hora de los aplausos. He entendido esto mejor cuando la semana pasada, al salir para hacer la compra para los de mi casa y para una vecina, me encontraba a un conocido y le preguntaba: “¿cómo estás?”. Y me contestaba que antes nos preguntábamos “¿cómo estás?” como un signo de cortesía, casi como una pregunta banal. Sin embargo, “¿cómo estás?” ahora ya no es banal. Sin necesidad de acercarnos físicamente nos estábamos abrazando.

¿Cómo estás?

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  21 votos

Para cuando volvamos a construir

Giorgio Vittadini

Estaría bien que muchos ejemplos grandes y pequeños que llenan los informativos de estos días quedaran grabados en la memoria colectiva. Nos vendrán bien cuando tengamos que volver a empezar. Es bueno recordar la dedicación y el sacrificio del personal sanitario, que está viviendo cada día entre la vida y la muerte; el ejército de voluntarios que está prodigando apoyo y asistencia de todo tipo; todos aquellos que van a trabajar en condiciones complicadas, con sueldo reducidos, vacaciones anticipadas; las enormes donaciones de empresarios y ciudadanos particulares; los profesores de todos los niveles que se inventan todo lo que pueden para dar clase online; la cantidad de empresas que han reconvertido su actividad para fabricar mascarillas u otro material sanitario.

El signo de estos tiempos no es solo la voluntad y la generosidad, sino también la capacidad. Cuando tengamos que reconstruir el tejido social y económico a nuestro alrededor, sabremos que disponemos de “recursos humanos”. Ciertamente, no bastarán, pero también aquellos que deben tomar decisiones públicas, cuando tengan que tomar medidas para volver a levantar su país, tendrán que dar todo de sí, lo mejor de su persona. Tendrán que tener una estatura, una perspectiva, una percepción del cambio de época que nos espera.

El problema es que no podemos esperar, hay que empezar a pensar ya en la reconstrucción. Será forzosamente una etapa que servirá también de ocasión para realizar cambios radicales de ruta y, a mayor razón, hay que empezar a recoger ideas cuanto antes.

Hay que empezar a planificar, por ejemplo, por qué sectores se va a empezar primero. La capacidad indiscutible de hacer frente a las emergencias debe convertirse en capacidad para programar con criterios claros, que respeten los valores que nos ha enseñado nuestra historia democrática y confirmados en la praxis reciente. Como, por ejemplo, el compromiso por reducir las grandes desigualdades.

Habrá que poner en discusión cómo sostener el empleo y la iniciativa laboral, con qué criterios financiar a las empresas, cómo repensar la estructura burocrática, como instrumento pero nunca como fin, cómo devolverle a la política su papel, sin confundirla con la comunicación, cómo repensar la relación entre el sector público y privado.

Pero para hacer todo eso será importante no olvidar todo lo que estos días el espíritu emprendedor ha sido capaz de hacer. Volver a empezar no significa volver al punto cero sino reconstruir lo humano, relanzar la iniciativa social.

A todos los niveles, los valores sobre los que se basa la experiencia humana vuelven a ser la clave de bóveda después de haber caído en el olvido. Lo recordaba recientemente Luciano Violante en el Corriere della Sera, afirmando que este virus debe acabar con algo que nos ha bloqueado durante los últimos años: “la sospecha hacia las clases dirigentes, la decadencia feliz, la exagerada vigilancia de la empresa por parte de los poderes públicos… el principio de que para construir una sociedad honesta antes hay que destruir todo lo que existe”. En cambio, hace falta “el reconocimiento de todos aquellos que estos meses se están entregando a los demás… la gratitud debe perdurar en el tiempo, también cuando esto acabe”.

Para cuando volvamos a construir

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 2  18 votos
>El kiosco

El amor en tiempos de coronavirus

Elena Santa María

Dice Íñigo Domínguez en El País: “El aplauso es bonito sobre todo cuando se te olvida. Supongo que nos ocurre a la mayoría, pero tiene que haber gente que, no sé, pone la alarma o está mirando el reloj. De pronto te llega un ruido anómalo, como si fuera el mar, que es imposible, porque aquí no hay mar, y tienes un segundo de estupor que está muy bien, hasta que recuerdas: ‘¡Ah, es el aplauso, son las ocho!’. Y sales a ver a los demás, que son muchos, levantan la mano en la trinchera para decir: estamos aquí, seguimos vivos. Conocidos que son médicos, amigos ingresados, te describen emocionados que sí, que los aplausos los oyen, que es un ruido ondulante que llega a todas partes, un minuto de epifanía callejera que acerca a todos los demás, a los desconocidos, y los hace reconocibles. Se eleva en el cielo y, no me creo que esté diciendo esta frase tan cursi, de repente el cielo son los otros”.

Lorena G. Maldonado en El Español: “Todo es menos sexy, pero, a cambio, es más puro. Ya no nos seducen las vidas de los otros –sus planes, el jersey preferido, sus amigos, los conciertos, los vermús–, ahora nos seducen los otros como realmente son, renunciando a su contexto y sus abalorios. Terriblemente humanos. Terriblemente mundanos. Es bello, también”.

Remei Margarit en La Vanguardia: “Tal vez el amor es otra cosa, una afinidad con algunas personas con las que podemos comunicarnos, dejando de lado la posesión; los momentos compartidos de alegrías; la disponibilidad por si alguien nos necesita; la casa ordenada; la amabilidad en el trato; el trabajo bien hecho; el sentimiento de saber que todos somos iguales; la compasión en los momentos de tristeza; la comprensión de la delicadeza; el silencio de los árboles y el canto del viento. Estos quizás pequeños amores de nuestra vida”.

Dice Daniel Capó en The Objective: “No es necesario ser creyente ni haber aprendido el rico simbolismo de la liturgia para entender que, en estas circunstancias, sólo los antiguos son nuestros contemporáneos. No los datos ni la inteligencia artificial; no la propaganda babélica de Harari con su prometida inmortalidad de clase ni los politólogos que recurren a la imaginería de Netflix; no los fakes de Twitter, que confunden la realidad con la ideología, así de forma solemne y boba. No, nuestros contemporáneos no son los que repiten tópicos envueltos en una verborrea vacía ni los que venden la imagen del presidente como un timonel al mando, aunque todos ellos vivan en nuestro tiempo y sean la sustancia de una época. No, porque cuando llegan las grandes crisis retorna ese mundo trágico que han descrito los clásicos, cada uno con sus palabras, cada uno desde unas circunstancias distintas. Es el mundo de los profetas bíblicos, de Homero y Virgilio, de los mártires romanos, de los cronistas medievales, de la caída de Constantinopla, de Shakespeare y Boccaccio”. Quizá el gesto más potente haya sido el de un Papa débil en una plaza de San Pedro totalmente vacía, bajo la lluvia, cargando con todo el dolor del mundo. Quizá el amor que necesitamos en tiempos de coronavirus sea este.

>El kiosco

El amor en tiempos de coronavirus

Elena Santa María | 0 comentarios valoración: 2  20 votos

Dice Íñigo Domínguez en El País: “El aplauso es bonito sobre todo cuando se te olvida. Supongo que nos ocurre a la mayoría, pero tiene que haber gente que, no sé, pone la alarma o está mirando el reloj. De pronto te llega un ruido anómalo, como si fuera el mar, que es imposible, porque aquí no hay mar, y tienes un segundo de estupor que está muy bien, hasta que recuerdas: ‘¡Ah, es el aplauso, son las ocho!’. Y sales a ver a los demás, que son muchos, levantan la mano en la trinchera para decir: estamos aquí, seguimos vivos. Conocidos que son médicos, amigos ingresados, te describen emocionados que sí, que los aplausos los oyen, que es un ruido ondulante que llega a todas partes, un minuto de epifanía callejera que acerca a todos los demás, a los desconocidos, y los hace reconocibles. Se eleva en el cielo y, no me creo que esté diciendo esta frase tan cursi, de repente el cielo son los otros”.

¿Resistiremos?

Juan Carlos Hernández

En España estamos viviendo un gran desafío para poder afrontar los altos índices de propagación del COVID19, hecho que se ve agravado por la saturación de los servicios sanitarios. Faltan respiradores y material de protección pero, más allá de eso, ¿cómo afrontar el drama de una circunstancia así?

El exceso de información y, también, de desinformación produce una gran angustia. En estos días las portadas de los periódicos se llena de noticias sobre el coronavirus, nos llega a nuestro móvil el enésimo chiste sobre el asunto y la enésima discusión sobre la inoperancia del Gobierno, sobre la chapuza de los pedidos de los test rápidos que resultaron inútiles, si era adecuado mantener la manifestación feminista del pasado 8M... Pero todas estas discusiones se vuelven penúltimas cuando lo que surge es la pregunta sobre la vida, cuando vemos la muerte cerca, que es algo que no tenemos en cuenta en nuestro quehacer diario.

En medio de tanto “ruido” una flor se ha asomado en mi jardín. Un columnista del periódico El Mundo, Vicente Lozano, afirmaba en una interesante columna: “Esta sociedad tecnológica, la del iPhone, la del coche autónomo, la del 5G, la de los algoritmos, la del viaje a Marte puede verse paralizada. No todo está al alcance del hombre [,,,] No somos autosuficientes. Lo que nos está ocurriendo es una lección de humildad que pone en evidencia la fragilidad de la condición humana”.

En estos momentos se hace palpable lo que el gran Leopardi escribía en unos de sus poemas:

Naturaleza humana, ¿cómo

si tan frágil y vil en todo,

si polvo y sombra eres, tan alto sientes?

Una de las lecciones de este desafío, una vez más, es ver cómo la sociedad civil que se mueve desde la gratuidad construye. Y la gratuidad no es una expresión bonita pero vacía sino algo que realmente permite hacer cosas que desde el individualismo serían imposibles. Cuántas empresas grandes o pequeñas que hacen donaciones, cuántos vecinos que se han prestado a ayudarse mutuamente… Y cómo, al mismo tiempo, nos surge la contradicción de que para ayudar al otro, a ese vecino mayor que vive solo o a esa vecina embarazada a punto de dar a luz y cuyo marido no puede regresar a España porque están las fronteras cerradas, me tengo que alejar de ellos. Reconozco que esta contradicción me produce un gran desasosiego.

Al mismo tiempo la saturación del sistema sanitario tiene efectos colaterales como que otras patologías, también graves, no se estén atendiendo correctamente o como que los familiares no puedan visitar a los enfermos en los hospitales.

El gesto de espontaneidad de los aplausos a las 20:00h para agradecer a todos aquellos que cuidan de los enfermos nos ha hecho sentir como una mirada amiga a ese vecino que antes considerábamos extraño y que ahora asoma por su ventana o balcón. Y la sociedad a las 20:00h se conjura al son de Resistiré, una canción del Dúo Dinámico que ahora es la banda sonora de nuestra lucha contra el virus. Un fragmento de la canción dice así:

¿Resistiremos?

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  13 votos

Desde mi casa (2)

P.M.

La realidad es irreductible. Pasan los días y la pandemia sigue extendiéndose, tocando a cuantos pilla a su paso. Algunos de los compañeros del trabajo ya han sido contagiados, y el coronavirus ha llegado a familiares míos cercanos; y de algunos amigos ya sé que están pasando por esto. El miedo agudo que he sentido estos días me indica que el cerco de la vida, para bien o para mal, se estrecha.

No quiero desconectarme de la realidad, pero por salud mental únicamente sigo los informes que, diariamente, el Comité Técnico de Gestión del Coronavirus da en sus ruedas de prensa.

Pero la realidad sigue golpeando.

El contacto virtual con los compañeros de profesión es un alivio en medio de este impacto emocional y existencial. Lo es con algunos amigos, los que no se dejan llevar por el bombardeo de mensajes panfletarios contra el Gobierno o los eslóganes que tan manidamente se repiten –como si la vida fuera un curso de coaching– de “ser positivo”, “ver esa película que te apetece o leer los libros que no has podido”, “pasar tiempo en familia” y los tropecientos mil vídeos que te reenvían de motivación… que, en el fondo, no te liberan del aire comprimido que tienes dentro de ti, porque sabes que la vida no es tuya. Porque, con todo el cariño del mundo, encontrarse con mensajes de amigos que una y otra vez vienen a decir “que si mucha gente de los nuestros ha venido negando el tema”, o que han estado cantando el “Hola, Don Pepito”, “Hola, Don José”, y demás, pues son cosas que no ayudan a vivir la circunstancia tan excepcional que nos toca vivir. No ayudan nada, porque distraen del hecho fundamental: que no estamos en casa de vacaciones, que los que podamos trabajemos desde casa. Seamos funcionarios o trabajemos en el sector privado.

Me reconforta mucho –no porque me esté sedando, sino porque me centra–, una vez más, el encuentro que he tenido este lunes con mis amigos, algunos pasando por la enfermedad, otros sufriendo las consecuencias de la crisis económica que se nos avecina. Les escucho y sus vidas me llenan de esperanza. Aunque nos veamos virtualmente, en el fondo, se me hacen cada vez más cercanos. Seguir el rezo del Rosario en Fátima y la oración guiada por el Papa Francisco en Roma el viernes 27 muestra que hay Alguien más fuerte que la propia desdicha. Gracias a esto, ha nacido de nuevo en mí un amor a mi propia vida. Son estas cosas las que realmente necesito.

Por eso el jueves salí temprano a comprar la comida semanal. Y me he aprovisionado de trabajo para estos próximos quince días, porque tengo muy claro que no me pagan por no hacer nada –aunque el Ministerio no se caiga–. También hay tiempo para leer, rezar, estudiar y pensar. Yo me quedo en casa, pero mi responsabilidad ante el trabajo y la vida no descansan. Vivir mi propia humanidad –mis miedos, mis deseos, mi angustia, mi espera–, el tiempo que se me conceda, no tiene vacaciones.

Desde mi casa (2)

P.M. | 0 comentarios valoración: 2  17 votos

¿Cómo se abraza por WhatsApp?

Elena Santa María

Esta mañana mi hermano y yo hemos buscado en nuestros teléfonos cuándo fue la primera vez que hablamos del dichoso coronavirus por WhatsApp: el 27 de febrero. Y era una broma. Resulta que el auriga romano de Astérix se llamaba así –por cierto, su dibujante, Albert Uderzo, ha fallecido esta semana–.

Casi un mes después los chistes de entonces suenan más fríos que nunca. Hace apenas dos semanas discutíamos entre colegas periodistas si había que estar informando del minuto a minuto del coronavirus, si no estaríamos generando una alerta innecesaria por lo que parecía algo similar a una gripe. También esas discusiones parecen hoy absurdas cuando las cifras se han incrementado tan drásticamente y nuestro sistema de salud está colapsado.

Unas cifras que te estallan en la cara cuando poco a poco van alcanzando a rostros queridos. Primero, la abuela de unos amigos, al día siguiente tu jefa, al siguiente el padre de otro amigo, luego otro y otro más. Hasta que tu propio padre empieza también a tener fiebre. ¿Qué nos está pasando? ¿Cómo estar a la altura del dolor de unos amigos que han tenido que enterrar a su abuela con mascarillas y a un metro de distancia entre ellos? ¿Qué le dices a una amiga médico que se tiene que incorporar a trabajar después de una baja a un hospital desbordado? ¿Cómo se abraza por WhatsApp?

Los consuelos de antes ya no sirven. No es un consuelo pensar que solo afecta a las personas mayores, ni que el 80% de los afectados son leves, ni siquiera que los políticos digan que saldremos de esta. Porque como dice un querido amigo, estos muertos, estos 4.366 muertos (en el momento de publicar este artículo) son nuestros muertos. Son la abuela de Javi y el amigo de Silvia.

¡Qué gran desafío escribir pensando en que los que te van a leer son Javi y Silvia! Me asaltaba este pensamiento al leer un párrafo del columnista Salvador Sostres en ABC: “Tenemos este día, este día de hoy, los ojos, los ojos de tu hija de hoy, los juegos de tu hija de hoy, los besos de tu hija de hoy (…) aunque de repente se hiciera de noche, y nunca más volviera a salir el sol, hemos vivido la historia de belleza, amor y Gracia más extraordinaria que jamás haya sido contada”. Hay que ser valiente para escribir algo así en estos tiempos, señor Sostres.

Pero en algo tiene razón, el hoy se ha vuelto más sencillo que nunca. La vida ahora consiste en obedecer y decir sí al hoy. Sí al gobierno y sí a quedarse en casa, sí a preparar la comida, sí al trabajo que hay que entregar cada día, sí al juego con los pequeños. Y cuando llegan las 20:00h aplaudir en los balcones y encontrarnos con los vecinos, que como nosotros agradecen a los que están dando su vida por salvar la de otros. Y en ese momento resuena otra vez la pregunta. ¿Cómo se abraza por WhatsApp? En estos pequeños gestos también se juega todo.

¿Cómo se abraza por WhatsApp?

Elena Santa María | 0 comentarios valoración: 3  26 votos
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