Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
15 SEPTIEMBRE 2019
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Incomprensible

L.M.

Este martes hemos escuchado el testimonio de Ana Julia Quezada, la presunta asesina del niño Gabriel Cruz, el pescaíto. Quezada ha declarado en el juicio de la Audiencia Provincial de Almería. En su relato la acusada ha reconocido que mató al pescaíto, pero que se ve inocente. Con su testimonio Quezada ha querido convencer al jurado de que la muerte del niño no fue premeditada sino accidental. Quezada ha reconocido que el niño era muy educado pero ha contado que le llamó negra fea. Después de eso le tapó la boca y que no recuerda más. El pescaíto habría muerto asfixiado como consecuencia del arrebato de Quezada.

Este testimonio contrasta con el relato de los abogados de los padres de Gabriel que sostuvieron que el niño agonizó entre 45 y 90 minutos. ¿Cuál es más creíble, la versión de Quezada o la de los abogados de los padres? Al final un juicio así es un caso práctico de conocimiento indirecto. Hay muchas cosas que no conocemos de forma directa, hay muchas personas que no han estado en América, pero que creen que existe América porque se fían de testigos fiables que dicen que América existe. ¿Es fiable la declaración de Quezada? El fiscal dio un golpe severo a la fiabilidad que le pudiera quedar porque le ha preguntado si había insultado a Patricia, la madre del pescaíto. Quezada lo ha negado y el fiscal, a continuación, ha hecho que se escuchara una grabación en la que se podía escuchar a Quezada insultando a Patricia.

“Yo nunca le haría daño a un niño”, dijo Quezada. Esto es lo que nos estremece de este juicio. Estamos ante el incomprensible sufrimiento de un inocente al que se le ha arrebatado la vida. El sufrimiento de los inocentes nos deja sin aliento, ¿Por qué alguien puede causar conscientemente dolor a un inocente? Conoceremos el veredicto y la sentencia. Quezada cumplirá condena y seguiremos haciéndonos la misma pregunta. Nos explicarán que el niño le estorbaba y quizás nos expliquen que lo hizo por dinero. Pero seguirán siendo respuestas insuficientes. El mal voluntariamente causado a un inocente es como un vértice, como un enigma irresoluble que desafía nuestra razón. No hay respuesta. No es un mal banal, causado porque se ha ejercido en un sistema totalitario. No es la enfermedad, no es la debilidad, no es el descuido, es la voluntad firme y decidida de hacer daño. Los actos de Quezada desafían nuestra inocencia de creer poder explicarlo todo teniendo en cuenta las causas antecedentes. Aquí hay algo sombríamente más grande y más perverso que todos los análisis.  

Incomprensible

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La luz de Patricia

Lola Martínez

Empieza el juicio por el presunto asesinato del pescaíto. Y eso nos obliga a recordar la búsqueda angustiosa del niño Gabriel Cruz en el Cabo de Gata. Y a recordar también las palabras de Patricia Ramírez, su madre, después de que se supiera que no había desaparecido sino que fue asesinado presuntamente a manos de Ana Julia Quezada, una persona muy cercana. Entonces Patricia, sorprendiendo a todos, pidió que la rabia y el dolor no se transformaran en odio hacia la presunta asesina, que no se hablara más de ella. Patricia, que se había quedado en aquellas horas huérfana de su hijo, que sufría quizás el mayor dolor que pueda sufrir una madre, pidió que todo terminase con un mensaje positivo. "Que quede el amor, que mi pescaíto ya está nadando hacia el cielo”, aseguró Patricia. Todos hubiéramos comprendido que Patricia hubiera levantado su puño contra el cielo y contra todo lo que se mueve, que se hubiera dejado llevar por la ira y la desesperación. Y todos nos quedamos boquiabiertos escuchándole hablar de amor y de su hijo nadando en el cielo. De seguro que este año y estos cuatro meses han sido muy duros para Patricia. Muy duros. La acusada se enfrenta a la pena de prisión permanente revisable por un delito de asesinato. La fiscal ha asegurado que el pequeño "no tuvo opción de salir con vida" de la finca de Rodalquilar en la que murió. La defensa ha sostenido que la muerte fue un accidente. Estos días a todos se nos van a abrir las carnes con lo que pasó en el Cabo de Gata. La justicia de los tribunales tiene que hacer su trabajo. Pero todos sabemos que ninguna sentencia puede reparar el mal sufrido por esa madre. Hace falta otra justicia. Mientras llega parece conveniente no alejarse de la luz que sale de esta madre, de Patricia.

La luz de Patricia

Lola Martínez | 0 comentarios valoración: 2  13 votos

Septiembre y la tentación de engañarse

Federico Pichetto

En el capítulo 10 del evangelio de Juan, mientras Jesús pasea por el pórtico del templo de Jerusalén, unos fariseos se acercan para pedirle que no les tuviera más en ascuas y revelara su identidad. El evangelista contextualiza este hecho, este desafío que se presenta como una auténtica súplica, con un dato aparentemente marginal: era invierno.

Pocas cosas en el paso del tiempo son tan sugerentes como la llegada de septiembre. La potencia evocadora que suele ir unida a este mes es enorme, hasta el punto de que, no sin razón, el principio de septiembre se suele celebrar como una especie de año nuevo para la sociedad occidental. Septiembre es por tanto sinónimo de inicio, pero también de fin. Con septiembre, todo lo que se ha vivido –y ha caldeado el corazón durante días o semanas– está destinado a cambiar, a transformarse, incluso a desaparecer.

Se vuelve a empezar, pues. Y se dejan cosas, se pasa página. Lo que vuelve a empezar en septiembre no son las formas convencionales de la vida civil, que sin duda también pero no son las únicas. Lo que vuelve en septiembre es el desafío de la realidad, la relación con la realidad, que nos provoca y nos hace crecer.

Es como si llegara un momento en que el corazón pretendiera saber qué es el dolor que estamos viviendo, el amor que nos ha invadido, el miedo que nos atenaza, la alegría que ha tocado nuestro corazón. No nos tengas más en ascuas, ¡dinos quién eres! La súplica malévola de esos hombres de Jerusalén se convierte en nuestra pregunta, esa pregunta que día a día va abriéndose paso a medida que pasa el tiempo y la realidad vuelve a alcanzarnos y a ponernos de espaldas contra la pared.

Con la experiencia no se puede hacer trampas, ni con la vida. Ese es el invierno del que habla el evangelista, el ansia trepidante del corazón por poner nombre, por descubrir la identidad, por todo lo que nos ha pasado. ¿Cómo se llama esta vida mía? ¿Qué nombre tienen mis lágrimas? ¿Qué es este pecado? ¿De dónde viene toda esta confusión? ¿Quién eres tú que me amas, me abrazas, me besas, me hablas, me desafías, me asaltas? Sería demasiado fácil responder, demasiado obvio. Mejor dar tiempo al tiempo y fiarse de este extraño don que comienza. Y que se llama septiembre.

Septiembre y la tentación de engañarse

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Stonewall Inn. Entender el proceso de construcción identitaria

Francisco Medina

New York, junio de 1969. La redada policial producida en la madrugada del día 28 en Stonewall Inn, un bar situado en el corazón del barrio de Greenwich Village, es la mecha para la serie de manifestaciones y protestas organizadas por la comunidad de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales de la ciudad, que empieza a movilizarse de forma organizada: fundan periódicos, crean estructuras… en pocos años, se ponen en marcha varias organizaciones potentes, a nivel nacional e internacional, para defender los derechos del colectivo LGTBI: en 1970, las primeras marchas del Orgullo gay tienen lugar en New York, Los Ángeles y, con el tiempo, otras ciudades se sumaron. Hoy día, la celebración del Día del Orgullo se ha globalizado, y muchos países han ido aprobando leyes de equiparación del matrimonio homosexual y heterosexual, la posibilidad de adopción de niños por parejas LGTBI, y otras medidas que supondrían una carta de ciudadanía que consumaría su integración total en la sociedad.

Stonewall Inn es un símbolo: en su origen, fue un sitio popular entre las personas de ámbitos más marginados de la comunidad homosexual: transexuales, drag queens, jóvenes afeminados, personas que ejercían la prostitución y jóvenes sin techo. Un lugar, además, y esto es igualmente importante, que se insertaba en un país que hervía en ebullición en pleno 1968: la escalada de la Guerra del Vietnam con Johnson; el rechazo a la guerra y el inicio del 68 en Berkeley, Washington D.C., y otras ciudades; el movimiento hippy; el auge de las drogas; el surgimiento del movimiento feminista, el asesinato de Robert Kennedy y Martin Luther King, el movimiento afroamericano y los Black Panther… Claramente, el panorama estaba cambiando, como muestra, el hecho de que la cuestión identitaria volvió a problematizarse a nivel global: Marcuse y tantos otros empezaron a aplicar las categorías del marxismo a las relaciones humanas; y la relación hombre-mujer no podía quedar fuera. Se trataba de acabar con lo antiguo: había que matar la figura del padre, aniquilar la cultura del patriarcado. Y comenzaron a cuestionarse los roles tradicionales de género: el trabajo de la mujer en el hogar fue definido como el reflejo de la explotación por el hombre, al igual que el cuidado de los hijos o la propia figura del matrimonio.

Este proceso que se iba desarrollando –y que sería el germen de lo que hoy día asistimos, el derrumbe de las evidencias– se ha desvelado como un prisma complejo como para ser reducido a las categorías que un cierto pensamiento ideológico –revestido de un disfraz cristiano– tiende a emplear. A mi juicio, puede intuirse que en los Estados Unidos de los años 50, inmersos en un clima de prosperidad económica, la mentalidad conservadora empezaba a mostrarse, en lo económico, pujante; y en lo político y en lo social, asfixiante – quizá por la influencia tan fuerte de la mentalidad protestante puritana y su tendencia a la privatización de la vida (que, en ocasiones, legitimaba dualidades en el comportamiento de las personas, especialmente en lo sexual). En estas coordenadas, no resulta extraño que germinase lo que se conoce hoy día como el movimiento LGTBI.

Stonewall Inn. Entender el proceso de construcción identitaria

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Vacaciones. La banalidad y el milagro

Federico Pichetto

La banalidad hiere profundamente el deseo que tenemos de vivir. El verano puede ser el tiempo de la banalidad y dejarnos con heridas enormes. Son banales los comentarios, los eslóganes, las contraposiciones, pero también es banal a veces el tiempo que pasamos juntos, sin contarnos nunca lo que importa, lo que de verdad llevamos en el corazón. El verano despierta la banalidad, el tiempo libre a veces la amplifica hasta convertirla en la manera normal de vivir, un modo que nos deja más cansados y más solos. El tiempo de descanso se convierte así en el tiempo de la insatisfacción, y el tiempo de las relaciones en una escenografía de ilusiones adornadas de alegría.

El hombre nada puede contra la banalidad. Ni por la fuerza del amor –el otro queda demasiado distante por mucho que se acerque– ni por la fuerza del dolor –todo se olvida enseguida, sepultado por comentarios y palabras que solo intentan quitarnos ese sabor y estupor–. Por eso es un milagro encontrar en el corazón del verano un rostro, una trama de rostros que, en su incierto estar juntos, en su intento torpe de estar ahí, veteado con un poco de épica o con un velo de nostalgia, despierten la fuerza de nuestra dignidad. Dignidad de vivir y de querer vivir. Dignidad de amar y de ser amados. Dignidad de perdonar y de ser abrazados.

La dignidad es la mejor amiga del deseo. Porque un deseo sin dignidad se queda en capricho, en pretensión, instinto, obstinación. La búsqueda de un amigo, en la canícula de nuestras ciudades o en las alturas de nuestras montañas, es la búsqueda de un bien, de una consistencia, de una humanidad. El milagro no es solo que este amigo esté, que pueda ser una compañía de amigos tal que nos arranque nuestro prejuicio y nuestra suposición más allá de la muerte a la que todo parece estar condenado; el milagro es –sobre todo– permitir que ese rostro que encontramos nos cambie, que esas caras que rompen ciertas jornadas aún las podamos buscar y encontrar. El milagro es que, en el fragor de estos días tan estúpidos pero tan violentos, el corazón pueda tomar afecto a algo, los ojos puedan de nuevo empezar a ver, las manos vuelvan a ponerse a construir. No que suceda –¡la vida sucede siempre!–, no que dure –nadie puede decidir hacerlo durar–, sino que cambie. Ese es el milagro que nos arranca de la banalidad y nos devuelve, con un poco de sana ironía, al temblor del invierno. Si alguien se diera cuenta de todo esto, si alguien encontrara Algo que aunque solo por un instante le devolviera la dignidad, el pecado ya no sería traicionar, o equivocarse, o distraerse. El pecado sería seguir como si nada. Devorarlo en esos pensamientos, en esas palabras y en esos razonamientos que son tan perfectos que hacen que todo se vuelva viejo, y que todo inicio resulte banal. Ese sería el mal, ese sería –incluso en un caluroso día de julio– el final del verano.

Vacaciones. La banalidad y el milagro

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La lección de Hong Kong: la libertad no es para siempre

Antonio Polito

Los jóvenes de Hong Kong nos recuerdan cuánto vale la libertad. Treinta años después de los de Berlín, que la conquistaron a golpe de pico y pala con el Muro; treinta años después de los de Pekín, aplastados por las orugas de los carros armados en la plaza de Tiananmen. Quién sabe si lo conseguirán. La gobernadora de la ciudad, jefa ejecutiva del régimen, ha dado por “muerta” la controversia sobre la ley de extradiciones que se había convertido en el símbolo de la revuelta antichina. Pero Hong Kong ya no es un modelo de éxito ni siquiera para China. Los rascacielos y el nivel de desarrollo ya son más altos en Shangai y Shenzhen; la antigua colonia británica parece haber quedado reducida a un oasis de nostalgia por la “rule of law” en el desierto de los derechos del capitalismo comunista.

Por lo demás, la libertad tampoco está muy de moda entre los jóvenes de Occidente. Menos de un tercio de millennials americanos valora hoy la importancia de vivir en una democracia. Una de cada seis personas en Estados Unidos afirma que un gobierno militar es un buen sistema para guiar el Estado. En los últimos quince años, los derechos individuales se han restringido en 71 países del mundo. Desde la caída del Muro de Berlín, la historia, en vez de acabar, como sugiera Francis Fukuyama, ha ido hacia atrás, como había previsto Huntington. Los regímenes no democráticos solo representaban el 12% del PIB mundial en 1990, hoy son el 33% y en breve superarán el 50%, según Foreign Affairs. Los muros, que eran 16 en 1989, hoy son 70, diez de ellos en la Unión Europea. Solo esta involución puede explicar cómo es posible que el último heredero de la Unión Sovética, el antiguo oficial de la KGB Vladimir Putin, pueda decir impunemente que el liberalismo está obsoleto y superado. Por otro lado, ¿quién va a contradecirlo, Donald Trump?

Hay dos óptimas razones que aconsejan tener miedo de verdad por el destino de la libertad, si no por la nuestra sí al menos por la de nuestros hijos. La primera es que el vínculo entre democracia y liberalismo no es obvio. Hay muchos países del mundo donde se vota pero no hay libertad (Rusia, Irán, Turquía, por citar solo algunos). Y los liberales, más antiguos que la democracia, tienen una tendencia innata al elitismo que en ciertas épocas –y esta es una– puede hacer que se adelanten demasiado a las masas, siempre atraídas por un solo hombre al mando.

La lección de Hong Kong: la libertad no es para siempre

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Caso Vincent Lambert. Más allá de una cuestión económica

Inmaculada Navas

He leído con interés el artículo Michel Houllebecq publicado en este diario sobre el caso de la muerte de Vincent Lambert, recientemente dado a conocer en los medios de comunicación.

Es un asunto recurrente entre profesionales de la sanidad, sobre todo entre los que tenemos contacto con enfermos discapacitados, que en general se intenta tratar con la máxima delicadeza, discreción y consenso con los familiares de los pacientes. Siempre es doloroso cuando vemos el revuelo y la manipulación que se puede llegar a crear cuando una cuestión así salta a la vox populi y unos y otros lo utilizan para favorecer posiciones ideológicas muchas veces alejadas del detalle de la circunstancia concreta, quién sabe.

El señor Houllebecq en su artículo se pregunta si realmente es tan caro mantener a una persona discapacitada con una sonda de alimentación y cuidados básicos y yo le digo: pues no, efectivamente no lo es. La cuestión no es un problema económico. Tampoco son tantos los pacientes que se encuentran en esta situación y no necesitan de medios extraordinarios desde el punto de vista técnico-hospitalario. De hecho, la mayoría de estos pacientes, salvo en momentos críticos, no necesitarían estar en un hospital de agudos, y esto lo saben bien muchas familias que están cuidándoles en sus domicilios y que conocen mejor que nadie las ventajas de tener a sus familiares en casa.

Los medios extraordinarios que necesitan estos pacientes son tener a alguien que reconozca su valor como persona y que esté dispuesto a cuidarle cada día. Porque hay que lavarles, vestirles, levantarles, peinarles, afeitarles, darles la alimentación y el agua, acostarles un ratito la siesta si lo necesitan, sacarles a pasear en su silla de ruedas si es posible, acostarles por la noche y cambiarles de postura de vez en cuando. Es así de concreta la vida de esta gente, y de sus cuidadores. Llena de sacrificio, sí, pero no excesivamente complicada y no necesariamente infeliz.

Por esto yo entiendo que no es una cuestión solo económica, sino de si existe o no un sujeto humano consciente del valor de la persona discapacitada y capaz de cuidarle. El problema con las personas en situación de estado vegetativo o similares no es si se va a despertar o no (ojalá despertaran). El problema no es si el consenso de médicos que dice que es muy poco probable que se despierte pueda equivocarse. El problema no es el futuro, sino el presente. El problema es si esta persona hoy, que no hace nada, salvo respirar y dejarse amar, tiene un valor, es digna de seguir siendo cuidada. Sin hacerle daño. Sin hacerle procedimientos extraordinariamente invasivos, pero manteniendo unos cuidados básicos. Lo que harías por alguien a quien amas, a quien respetas.

Es un problema del presente. A mi me ayudó a entender esto mi amiga Belén, que unos días antes de morir, por cáncer, me pidió que le pusiera crema hidratante en los pies. Entonces entiendes que vale que esos pies estuvieran bien hidratados en ese preciso momento, aunque no volvieran a caminar, por el valor mismo de su persona. Entiendes el valor del momento presente.

Caso Vincent Lambert. Más allá de una cuestión económica

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La llegada del hombre a la Luna, una empresa sin grandes motivos... ni consecuencias

Robi Ronza

La llegada del hombre a la Luna fue una empresa sin motivo (aparte de un motivo político contingente) que pasó sin ninguna consecuencia relevante. No en vano, después de la visita de doce astronautas en siete misiones distintas (Apolo 11,12, 14, 15, 16, 17), el programa se suspendió y hasta hoy el pie de ningún otro ser humano ha vuelto a pisar suelo en nuestro satélite. Pero desde hace semanas los tambores del circo mediático internacional suenan con fuerza anunciando la conmemoración este sábado del 50º aniversario de la primera llegada del hombre a la Luna.

La primera y principal razón por la que nos encontramos inmersos en este aluvión de imágenes y comentarios, que durará aún varios días, es puramente técnica. La llegada del hombre a la Luna fue el primer evento espectacular “televisivo”, del que existe una vastísima documentación en los archivos de todas las televisiones del planeta. De modo que toda esta gigantesca espuma mediática a las televisiones les cuesta poco o nada.

Tengo suficiente edad como para haber sido un joven telespectador en directo del evento que ahora se celebra, y recuerdo muy bien que ya entonces me sorprendió el hecho de que se hablaba de todo menos de los motivos culturales y científicos que eventualmente podían justificar tal empresa. Sustancialmente, eso no era extraño, pues hasta el momento no había precedentes. Se había querido ir a la Luna porque técnicamente había sido posible. Eso es todo. En este punto, nada ha cambiado desde entonces. Al no saber o no poder hablar de lo sustancial de la historia, se enfatizaban los más minúsculos detalles irrelevantes.

El único motivo real por el que EE.UU. envió a sus astronautas a la Luna era puramente político y se situaba en el escenario de la guerra fría. En los años precedentes, la Unión Soviética había alcanzado antes que EE.UU. ciertos objetivos en la exploración espacial alrededor de la Tierra, y el impacto propagandístico del evento había sido muy notable. Como no querían permitir de ninguna manera que eso volviera a suceder, Washington se empeñó con todas sus fuerzas en ser los primeros en mandar hombres que tocaran suelo en la Luna. Eso era todo, no había ni hay nada más. La exploración espacial continuó después de otro modo, por otras vías y con vehículos que no requieren la presencia humana. Esta última solo subsiste hoy en… lunas artificiales, es decir, en bases espaciales que orbitan alrededor de la Tierra. Naturalmente, digamos que como un “subproducto”, de los viajes de la Tierra a la Luna también derivaron consecuencias técnicas útiles para el desarrollo de los vectores y bases espaciales actuales, pero esto se podría haber conseguido también de otro modo. Así están las cosas. El resto es espuma mediática.

La llegada del hombre a la Luna, una empresa sin grandes motivos... ni consecuencias

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Realidad real

Lola Martínez

A Daniel los Reyes le trajeron su primera Nitendo cuando tenía 12 años. Era un apasionado de los videojuegos, demasiado apasionado. Daniel, de hecho, pronto se convirtió en un adicto. Los estudios empezaron a irle mal, no quería salir de casa, engordó mucho.

La desintoxicación de los videojuegos no fue fácil para Daniel, que tuvo que ingresar en una clínica para su tratamiento. Sufría mono de las pantallas.

Estas situaciones las hemos visto en series, pero la historia de Daniel no es una serie. Hace unos días en la reunión que la OMS ha celebrado en Ginebra en su 72ª reunión anual ha incluido la adicción a los videojuegos en su lista de trastornos. En España el control y prevención de este tipo de enfermedades ya lleva meses incluido en la Estrategia contra las Drogas. El 18% de los jóvenes entre 14 y 17 años en nuestro país hace un uso excesivo de los videojuegos.

El abuso de los videojuegos es solo uno de los trastornos que está provocando la saturación digital. Saturación digital es una expresión que se está utilizando últimamente para describir la desconexión de la realidad real que nos acecha.

El lujo antes era la tecnología. Ahora el lujo es lo analógico, lo real, real. De un modo probablemente intuitivo nos rebelamos contra un exceso de virtualidad, y quizás por eso buscamos cámaras analógicas en los mercadillos, discos de vinilo, turismo rural en algún sitio donde cante un gallo con cresta y con plumas. Ahora lo offline, lo desconectado es tendencia. Podemos comprar por Amazon cualquier libro pero volvemos a las librerías, podemos saludar a todos nuestros amigos por WS pero de lo que tenemos nostalgia es de un desayuno o de una comida lenta con mucha sobremesa y mucha conversación, donde poder mirarnos a los ojos y poder tocarnos.

Este fin de semana he leído una estupenda columna de esa buena directora de cine que es Isabel Coixet. Coixet explicaba que cuando está en pleno rodaje de un proyecto, “hay un momento mágico en el que todo parece encajar y sientes que la cámara capta algo intangible, una corriente de amor que tiene que ver con la química y hasta con la metafísica. Minutos más tarde, me doy cuenta de que era un espejismo y de que tengo que seguir intentando plasmar algo que quizá es inalcanzable: la realidad en todas sus capas, compleja, inasible, complicada, rica, dura”. La realidad inasible, que no se puede aferrar del todo, dice Coixet, quizá eso es lo de que tenemos nostalgia en esta época virtual.

Realidad real

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Una muerte impuesta por el Estado

Michel Houellebecq

El Estado francés ha logrado imponer lo que perseguía con ahínco y desde hace unos años también varios familiares, la muerte de Vincent Lambert.

Debo confesar que cuando la ministra de “Solidaridad y Salud” (en este caso valoro mucho la solidaridad) presentó un recurso de casación me quedé estupefacto. Estaba convencido de que el gobierno permanecería neutral en este caso. Después de todo, Emmanuel Macron había declarado poco antes que no tenía ninguna intención de implicarse. Pensé, estúpidamente, que sus ministros seguirían la misma línea.

Tendría que haber sospechado de Agnès Buzyn. A decir verdad, no me fiaba demasiado de ella desde que declaró que la conclusión que podemos sacar de las tristes historias parecidas a esta es que nunca hay que olvidarse de dejar por escrito, y con tiempo, las últimas voluntades (en realidad, hablaba como cuando uno recuerda a los niños que tienen que hacer sus deberes y ni siquiera se preocupó de precisar en qué sentido podían ir estas voluntades, como dándolo casi por descontado).

Vincent Lambert no había dejado ninguna disposición escrita. Circunstancia agravante, era enfermero. Debería saber, mejor que cualquier otro, que el hospital público tiene otras muchas cosas de las que ocuparse que de mantener con vida a los incapacitados (gentilmente recalificados como “vegetales”).

La sanidad pública está al límite y, si hay demasiados Vincent Lambert, corremos el riesgo de perder un montón de dinero (a propósito, me gustaría saber por qué: una sonda para el agua, otra para la alimentación, no me parece que eso suponga una intervención de alta tecnología, se podría hacer en el domicilio, se hace en la mayoría de los casos, y es lo que siempre han reclamado, a voces y con gran insistencia, sus padres).

Vincent Lambert vivía en un estado mental particular. Y no, no fue el centro universitario hospitalario quien le abandonó a su suerte, me sorprende darme cuenta. De hecho, Vincent Lambert no sufría dolores insoportables, no sufría en absoluto. Ni siquiera estaba al final de su vida. Vivía en un estado mental particular, sobre el que sería mucho más honesto admitir que aún no tenemos conocimientos precisos. No era capaz de comunicarse con los que le rodeaban, o lo hacía de un modo casi imperceptible (tampoco en esto hay nada extraño, su estado era parecido al que nos adentramos cada uno de nosotros al caer la noche). Su condición (esto es más raro) parecía irreversible. Escribo “parecía” porque he hablado con muchos médicos, por mí mismo y por otras personas (algunas agonizantes) y nunca, en ninguna circunstancia, un médico ha sido capaz de afirmar estar seguro, con una seguridad del cien por cien, de lo que iba a suceder. Pero también puede ser. Puede suceder que todos los médicos consultados, sin excepción, se hayan mostrado de acuerdo para formular un pronóstico idéntico: pero en mi experiencia nunca ha sucedido.

Una muerte impuesta por el Estado

Michel Houellebecq | 0 comentarios valoración: 3  24 votos

Las máquinas no saben de significados

Lola Martínez

Es tiempo de pre-matrículas y de matrículas para el próximo curso. Muchos apostarán por Administración y Dirección de Empresas, por Ingeniería informática o por Comercio y Marketing, ninguno de esos estudios en España tiene formación humanística. Algo muy diferente a lo que sucede en universidades como Oxford, la universidad de élite del Reino Unido que incluye en sus planes de estudio las lenguas clásicas, la filosofía, la literatura, y sus alumnos explican que esas materias que parecen no servir para nada les permiten entender mejor el mundo.

En España tener un título universitario no garantiza encontrar trabajo. En 2018, el 27,7% de los titulados que finalizaron sus estudios en 2014 no tenía empleo. Es un desafío en una situación como la que tenemos en plena Revolución Digital. En los próximos años muchos de los empleos en todas las escalas, que actualmente realizan los seres humanos, serán automatizados. Se estima que el 60% de todas las ocupaciones tienen al menos un 30% de posibilidades de automatizarse. Por eso es necesario reflexionar sobre el futuro del trabajo y de la educación. Es necesario plantearse cuál es el futuro de las universidades. Hay que tener en cuenta que el año pasado compañías como Facebook, Amazon y Google buscaron jóvenes que habían acabado el bachillerato para darles ellas mismas la educación superior.

En este contexto las humanidades, como en Oxford, quizás puedan rescatarnos. Ante el acelerado desarrollo tecnológico, ante la digitalización se hace más necesario todo lo que es propiamente humano: la creatividad, el pensamiento crítico, la inteligencia emocional, la capacidad de inspirar y de trabajar con otros, la capacidad de entender y valorar las cuestiones de sentido. Las humanidades nos dan habilidades para aprender a aprender. Esta habilidad es esencial, para que podamos ser capaces de reinventarnos, y las artes y humanidades son una ayuda imprescindible.

A más digitalización más humanización. La educación, capaz de desarrollar de forma integral a las personas (en lo emocional, en lo cognitivo y en lo social), no se puede concebir sin las humanidades y sin las artes. Son muchos los estudios que muestran el efecto beneficioso del arte en el aprendizaje de las matemáticas y la lengua. La música puede mejorar la capacidad de leer, escribir y aprender lenguas extranjeras. Canaliza nuestra curiosidad natural hacia la creación de lo nuevo y permite compartir significados complejos. A más digitalización, más humanización. Las máquinas no saben de significados.

Las máquinas no saben de significados

Lola Martínez | 0 comentarios valoración: 2  17 votos

A través de la pantalla

Lola Martínez

Israel ha vivido en las últimas semanas una intensa polémica porque una cuenta de Instagram, a nombre de un personaje ficticio, ha sido utilizada para contar en primera persona la historia de la Soah. Historias de Eva relata en primera persona –llena de etiquetas y emoticonos– la experiencia de una adolescente húngara conducida a las cámaras de gas en 1944. Las imágenes de @Eva.Stories en Instagram aspiran a mantener vivo ese recuerdo entre los nacidos en el actual milenio. Los partidarios aseguran que hay que utilizar las nuevas formas narrativas y los detractores aseguran que es un proyecto digital que, en su opinión, menosprecia a la juventud israelí.

“Una cuenta ficticia en Instagram de una chica asesinada en el Holocausto no parece el modo más correcto de contar las historias. Las historias de EVA reflejan hasta qué punto Istagram está cambiando las cosas. Pero el cambio de esta red social con 1.000 millones de seguidores es más profundo. Son ya muchos los que viajan y viven para poder colgar buenas fotos. Todavía no ha cumplido 10 años y esta app de fotografías y vídeos nacida en octubre de 2010 ya se ha convertido en el medio de comunicación dominante para muchos jóvenes.

Y esto ha cambiado la vida de muchos; según un estudio de Booking, el 21% de los viajeros españoles prefiere alojarse en establecimientos atractivos que puedan fotografiar y mostrar en redes sociales, el 19% aspira a convertirse en influencers viajando y el 13% busca alojamientos similares a los que escogen sus ídolos. Pero no solo eso: en la era del postureo un 7% de los viajeros españoles ha preferido publicar una foto más favorecedora de un viaje anterior en lugar de una tomada en el viaje que estaba haciendo; un 6% ha utilizado una foto de un alojamiento en el que no había estado. El esfuerzo por descubrir la cultura, la forma de vida o las gentes de un lugar ha dejado paso a montones de viajeros que hacen cola para inmortalizar el atardecer más codiciado sin tratar de conocer lo que están viendo.

Todos somos contadores de historias y cualquier herramienta que lo permita es buena. Otra cosa es que nos haya cambiado la mirada. Vamos súper preocupados por hacer la foto perfecta y terminamos viviendo a través de la pantalla del teléfono.

A través de la pantalla

Lola Martínez | 0 comentarios valoración: 2  15 votos
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