Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
22 NOVIEMBRE 2019
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El error de los adultos

Federico Pichetto

Con una lucidez cada vez más sorprendente con el paso de los años, Susanna Tamaro mira desde su columna en el Corriere della Sera la evolución del mundo, sus dinámicas más profundas, sus señales más potentes. Últimamente se ha centrado varias veces en los jóvenes. Ha descrito su vacío existencial y de sentido, su incapacidad para tener un horizonte donde todo pueda adquirir valor y dirección. Los ha llamado jóvenes “sin memoria” y “sin historia”, evidenciando implícitamente cómo tras la descripción de una generación se esconden los dramas de las precedentes. Tamaro invita por tanto a los adultos a retomar su tarea normativa, poniendo límites, reglas, sacrificios a los más pequeños, tal vez inconsciente de que a esos “mayores” a los que apela les ha pasado algo irreversible que no les permite ejercer la tarea educativa que la escritora espera de ellos.

Todo empieza con los que vivieron la guerra y el hambre en los primeros años de reconstrucción. Aquellos que hicieron todo lo posible para que sus hijos no sufrieran, que la vida les resultara más fácil y menos accidentada. Sin duda, transmitieron a los que vinieron después el sentido del esfuerzo y del sacrificio, pero no el de la “conquista”, la necesidad de volver a tomar posesión de la riqueza transmitida. El 68 ilusionó a todos con que para vivir bastaba con una voluntad firme y una libertad completa. En este contexto se agotó la capacidad de estar delante de la desproporción que se instala en la realidad entre lo que existe y lo que se desea.

Es una especie de estirpe occidental que cada vez se desplaza más ante el sufrimiento, refractaria a permanecer en contacto con el misterio de la ausencia, de lo que no existe, lo que ya no está, lo que no está aún, lo que no se es capaz de aferrar. En los últimos años esta parálisis ante el dolor ha producido una búsqueda cada vez más morbosa del placer y de la satisfacción, inhibiendo la actitud fundamental del hombre de progresar a la hora del fracaso y la derrota.

Han aparecido en escena padres que ya no logran soportar sus propios errores, que no consiguen reconocer que son –por vocación– una de las causas de la infelicidad de sus propios hijos. Porque eso es lo que un padre está llamado a generar en su hijo: esa insatisfacción y esa sensación de “finitud” che empuja al chaval a ponerse en camino para encontrar su propio camino.

Nuestros hijos son víctimas de padres que ya no saben equivocarse, que han dejado de aceptar llevar el sufrimiento y el dolor a la vida de los que aman, son víctimas de padres que no son capaces de verlos llorar. Desde pequeños, intentamos que nuestros hijos dejen de llorar, no les dejamos gustar el sabor de las lágrimas, la percepción de necesitar otra cosa. Les damos muñecos, dibujos animados, pagas, teléfonos, ropa… para que no lloren. Les enseñamos a llamar “malo” al bordillo en que tropiezan, a la mesa, a la silla, al amiguito, a la maestra, al entrenador, al profe. No soportando nuestro dolor, les alejamos del suyo. No siendo capaces de aguantar nuestro llanto, evitamos el suyo.

El error de los adultos

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El medio ambiente no se puede quedar al margen

Giorgio Vittadini

Se han llenado muchas páginas y muchas horas hablando de Greta Thunberg, pero conviene señalar cuánto nos cuesta entrar en materia en los temas ambientales que ella denuncia. Y cuánto oímos hablar de quién estaría detrás de esta joven sueca, más que de los problemas que señala. Se dedica mucha atención a valorar su figura sin que nada de eso sirva para profundizar en aquello de lo que habla.

No se puede negar que el tema ambiental es muy complejo. Resulta complicado, además de controvertido, comprender lo que los científicos, las instituciones, las empresas, los ciudadanos pueden hacer para frenar una situación tan alarmante, o para contener sus nefastas consecuencias.

Desde el deshielo que está causando la elevación del nivel del mar al aumento de la temperatura media de la Tierra, la devastación de grandes zonas de bosque provocando la desertificación, la contaminación del aire en las áreas urbanas e industriales, la reutilización de los residuos, la invasión del plástico en la cadena alimentaria, la aceleración de la extinción de especies vivas. Se piense lo que se piense sobre la responsabilidad de la acción humana, no se puede negar que existe un problema ambiental.

Si alguien no está convencido de que el calentamiento global dependa de la actividad humana, tampoco puede estar convencido de lo contrario. Fenómenos como el aumento de la temperatura y del CO2, ¿son cíclicos o indican un riesgo de colapso? No es poco lo que eso implica y los científicos llevan tiempo difundiendo mensajes alarmantes. Pero, como bloqueados en un eterno presente, la mayoría se desinteresa del futuro del planeta, como si el futuro fuera algo que no les afecta.

Sin embargo, hay una razón probablemente aún más profunda que, en esta época, pasa fácilmente a un segundo plano: la persona está hecha para la belleza y para la verdad, y nada lo atestigua como el arte y la naturaleza. Son tan importantes y esenciales como el pan y el agua. Pensemos en la consternación ante la destrucción de grandes obras como las Torres Gemelas (aparte de la tragedia que se cobró tres mil muertos), el escándalo ante el saqueo de una parte del patrimonio de la civilización como la Piedad de Miguel Ángel, el horror que causó a todos cuando el Isis empezó a destruir Palmira o cuando los talibanes destruyeron las estatuas de Buda en Afganistán.

Y si por cualquier motivo, esta conciencia se hiciera pasar por pagana, el magisterio de la Iglesia ya señaló hace tiempo que una “morada humana” es aquella en que se defiende a la naturaleza. Quien afirma el valor de la vida, desde su concepción hasta el último instante, por el mismo motivo no puede dejar de desear un mundo donde los bosques, los animales, el aire y el agua sean conservados como don del Creador. No puede dejar de considerar como barbarie cualquier ideología que lleve a no respetar el medio ambiente en nombre de un desarrollo económico, haciendo pagar el precio a los más pobres.

Esto no solo afecta a los países en vías de desarrollo. Por eso hay que tomar distancias de los extremismos, histerismos y modas, así como de las manipulaciones económicas y de poder, y ser, junto al papa Francisco, exponentes de un ambientalismo humanista.

El medio ambiente no se puede quedar al margen

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El desarrollo embrionario humano en 4D

Nicolás Jouve

A nadie que conozca un poco de biología le deberían quedar dudas sobre el hecho de que la vida de cualquier ser, sea de la especie que sea, comienza cuando se constituye la información genética que le es propia y de la que dependen sus características biológicas, y finaliza con la muerte, con la suspensión de todas las funciones vitales.

A pesar de ello, cuando trasladamos este sencillo principio universal al caso del hombre, por conveniencias sociales o razones ideológicas, se hacen cábalas para minimizar el significado biológico de la fase embrionaria, como si de una etapa oscura e insignificante o hasta inexistente de la vida se tratara. Los avances en el conocimiento, con el desarrollo de la Biología Celular, la Biología Molecular y la Genética, están contribuyendo de forma clara a desvelar los detalles, dando luz y significado a esta etapa, probablemente la más crítica e importante de la vida de un ser vivo, desde el punto de vista biológico.

Dejando a un lado las infundadas opiniones de quienes sitúan el comienzo de la vida en la implantación del embrión en el útero, lo que encierra el deseo de justificar los métodos anticonceptivos o la manipulación de los embriones humanos, lo cierto es que el comienzo de la vida humana, o de cualquier otro ser vivo, tiene lugar en cuanto se constituye la información genética. Es decir, a partir de la fecundación, cuando se establece el programa de instrucciones del que depende el desarrollo y la edificación de todo el organismo. De este modo el cigoto, tras la fusión de los gametos masculino y femenino, encarna la primera realidad corporal del nuevo individuo. Y precisamente en las últimas décadas se han ido acumulando pruebas experimentales de los mecanismos genéticos, moleculares y celulares de cómo a partir del big-bang de esa célula inicial, única y “totipotente” se materializa el desarrollo de la nueva vida. A estas pruebas se añaden ahora, nuevos avances que permiten la visualización de la morfogénesis embrionaria, con una resolución de una sola célula, en embriones de ratón, con un detalle extraordinario y sin precedentes [1].

Durante el desarrollo, a partir de la célula inicial intervienen al menos tres tipos de fenómenos: la “multiplicación” de las células por sucesivas mitosis, lo que determina el crecimiento del embrión; la “diferenciación celular”, que va a hacer que las células en proliferación se vayan dirigiendo hacia una futura especialización funcional; y la “morfogénesis”, que supone la aparición de estructuras en 3D constituidas por las células que se organizan en diferentes tipos de tejidos y órganos. Todo esto obedece a un programa perfectamente coordinado de actividades genéticas, regulado en espacio y tiempo. En definitiva, el desarrollo es continuo y gradual, y a medida que pasa el tiempo el organismo crece en tamaño y complejidad.

El desarrollo embrionario humano en 4D

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Transición energética: cambio de modelo, cambio de época

Francisco Medina

La transición energética está desde hace años en la agenda de la Unión Europea. La creación de varios ministerios dedicados en exclusiva en países como Francia, Portugal o España muestra que el vínculo entre la energía y el clima está llamado a quedarse, como muestra el paquete de medidas sobre energía aprobadas por la Comisión, que constituyen el Marco Legislativo 2030. Paquete de Energía Limpia (más conocido como “Paquete de invierno”).

En efecto, con el referido paquete de medidas, la Unión Europea busca tres objetivos para el período 2021-2030: una reducción, al menos, del 40% de las emisiones de gases de efecto invernadero (con respecto al año 1990); la consecución de una cuota del 32% en energías renovables –en el consumo final de energía–; y la consecución de un 32,5% en concepto de mejora de la eficiencia energética. Objetivos tales que podrán ser revisados al alza.

Con este paquete, Europa se ha marcado el objetivo ambicioso de una Unión de la Energía, con sus 3 objetivos: seguridad de suministro, sostenibilidad y competitividad. Y cuyas dimensiones abarcan desde la seguridad energética al mercado energético interior, pasando por la eficiencia energética, la investigación, la innovación y la competitividad. Todo ello en aras de una descarbonización de la economía, tal como la Hoja de ruta 2050 prevé de una economía competitiva baja en carbono, que se centra en las reducciones de emisiones al objeto de frenar el ascenso de la temperatura media global por encima de los 2ºC.

Es evidente que se avecina un cambio de modelo económico. No sólo por el hecho de que la UE, en 2050, deberá haber reducido sus emisiones un 80% por debajo de los niveles de 1990, sino porque el impacto sobre los principales sectores responsables de las emisiones de Europa –generación de energía, industria, transporte, edificios y construcción, así como la agricultura– será enorme. Y no hay visos de que tal política comunitaria vaya a variar el rumbo a corto-medio plazo.

Para empezar, esta Unión de la Energía ya ha producido frutos: la creación de ACER (Agencia para la Cooperación de los Reguladores de la Energía); la aprobación de Reglamentos y Directivas sobre eficiencia energética de edificios (Directiva UE 2018/844, de 30 de mayo, del Parlamento y del Consejo); sobre el fomento del uso de la energía procedente de fuentes renovables (Directiva UE 2018/2001, de 11 de diciembre); un Reglamento sobre la Gobernanza de la Unión de la Energía y la Acción por el Clima (Reglamento UE 2018/1999, de 11 de diciembre); sobre el mercado interior de la electricidad (Directiva UE 2019/944, de 5 de junio; y Reglamento UE 2019/943, de 5 de junio). La batería de medidas legislativas es abrumadora y llevará tiempo asimilarla.

Transición energética: cambio de modelo, cambio de época

Francisco Medina | 0 comentarios valoración: 2  21 votos
>Entrevista a Maribel Rodríguez

'El respeto a la identidad real de los hijos les ayuda a generar una personalidad segura'

Juan Carlos Hernández

Entrevistamos a la psiquiatra Maribel Rodríguez que analiza los fenómenos de falta de sentido y de búsqueda de felicidad que parecen caracterizar al hombre moderno. “La felicidad se da como la consecuencia de experimentar algo significativo en nuestras vidas”, afirma citando al psiquiatra Viktor Frankl.

El hombre lleva consigo la exigencia de que la vida sea algo bueno. Un síntoma de ello lo vemos en la existencia de gran número de libros de autoayuda, o diferentes terapias que parecen buscar esta felicidad. ¿Nos cuesta encontrar el modo de que sea así?

El deseo de que la vida sea algo bueno parece ser un deseo que se da en toda existencia humana. Y efectivamente, el éxito de los libros de autoayuda y de ciertas terapias refleja que esa necesidad es algo real. El problema es cuando se busca por esas vías sin criterio para diferenciar qué puede ser una ayuda de qué puede ser una mera distracción o engaño.

Y desde luego que a muchos les cuesta encontrar un camino a la felicidad. Parece que para la mayoría de las personas supone un arduo proceso, en el que suele haber diversos impedimentos para encontrarla. Por ejemplo, puede suceder que el ser humano se haga una idea concreta de cómo ha de ser esa supuesta felicidad, sin escuchar sus anhelos más profundos, como cuando solo se buscan meras satisfacciones hedonistas (tener éxito, dinero o placer). También, cuando se pone la felicidad como el principal objetivo se pierde la perspectiva de otras cosas. Ya que la felicidad, como decía el psiquiatra vienés Viktor Frankl, no se encuentra cuando se busca como un objetivo, sino que se da como la consecuencia de experimentar algo significativo en nuestras vidas. Un tipo de felicidad que se ha llamado felicidad eudaimónica y que aporta, a la larga, mucha más plenitud vital, en comparación con la felicidad hedónica (la de que tiene que ver con la mera búsqueda del placer).

¿Podríamos decir que la nuestra es una época marcada por un vacío existencial?

El no encontrar algo que aporte valor a la existencia genera un vacío existencial. Un vacío que significa que la persona no percibe que la vida tenga realmente sentido, por lo que la siente como vacía e insulsa. Efectivamente estamos en una época en la que muchas personas sufren vacío existencial, pues se han perdido muchas referencias que nos llevan a la profundidad, a la sensibilidad, a la percepción consciente del valor de nosotros mismos, de los otros y de muchos aspectos de la vida. Muchas de esas referencias del sentido están presentes en todas las grandes tradiciones espirituales y en algunos sistemas filosóficos. Pero muchos se han desconectado de esos planteamientos e incluso de las mismas preguntas acerca de lo que aporta sentido a nuestras vidas. Anulando las preguntas es más complicado encontrar cualquier respuesta y acabar viviendo de manera automática e impulsiva. Sin darse cuenta de que, a la larga, así se alimenta más el vacío existencial. Porque lo inmediato satisface momentáneamente, pero no colma la necesidad de sentido que hay en nuestras vidas.

>Entrevista a Maribel Rodríguez

'El respeto a la identidad real de los hijos les ayuda a generar una personalidad segura'

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>Editorial

Para no estar amontonados

Fernando de Haro

No es una conversación en medio de la nada. Hay ya un camino hecho que ha permitido un mayor conocimiento entre el islam y Occidente, un comprenderse mejor para afrontar los retos de una convivencia que no es nada fácil. El encuentro entre el secretario general de la Liga Musulmana Mundial, Muhammad Abdul Karim Al-Issa, y el profesor Olivier Roy, que tiene lugar el martes 20 de agosto en el Meeting de Rímini, se produce en un momento crucial para el mundo sunní y para la cultural occidental. Los dos interlocutores son representantes muy significativos y muy lúcidos de dos mundos en transformación que, de hecho, están ya mezclados en las calles de los pueblos y de las ciudades de Europa.

Se trata de conjurar el peligro del que advertía el cardenal Tauran cuando aseguraba, meses antes de morir, que “no nos amenaza un choque de civilizaciones sino el choque de las ignorancias y de los radicalismos”. Eran palabras que pronunciaba un hombre, empeñado hasta el final en el diálogo interreligioso, en su histórica visita de abril de 2018 a Arabia Saudí. Viaje en el que firmaba con Al-Issa un acuerdo de cooperación en nombre del Vaticano.

Al-Issa llega al Meeting representando la sensibilidad de una parte del sunnismo saudí, con una organización detrás que ha construido 7.000 mezquitas y tiene presencia en más de 30 países de Asia y en varios europeos. La Liga Musulmana Mundial, a la que representa, encarna bien la encrucijada en la que se encuentra el sunnismo en este momento. Al-Issa forma parte de un islam oficial que, tras el fracaso del califato del Daesh, busca alejarse del radicalismo. En la misma Arabia Saudí, con todas sus contradicciones, el príncipe  Mohammad bin Salman, quiere distanciar al wahabismo (la tendencia sunní más importante en el país) de la alianza que en 1979 le llevó a la sahwa (el despertar islámico), un pacto con los sectores más extremistas. Arabia Saudí se enfrenta con Qatar, gran promotor de los Hermanos Musulmanes y del fundamentalismo. Todo esto mientras los Emiratos Árabes apoyan al Consejo de los Sabios Musulmanes, entidad que promueve una importante apertura. Prueba de ello es el viaje del Papa Francisco del pasado mes de febrero que celebró una misa en la tierra más sagrada del islam. El documento firmado con motivo de ese viaje, el documento de Abu Dabi, supuso un paso más en la apertura del islam oficial al concepto de ciudadanía, algo esencial para el islam europeo y para el islam de Oriente Próximo. Sin una apertura al concepto y la experiencia de ciudadanía, la expresión cultural de la fe islámica del siglo XXI no afrontará la exigencia de la libertad.

>Editorial

Para no estar amontonados

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Si el yo renace, es posible la confianza

Francisco Medina

En pleno siglo XXI, estamos viviendo verdaderos seísmos en el ámbito del pensamiento posmoderno y en el ámbito más concreto y tangible de las relaciones humanas. Han caído los antiguos paradigmas, y la multiculturalidad, los efectos de la globalización, la revolución digital o el cambio climático constituyen los marcos de referencia de una sociedad en la que se está produciendo a pasos agigantados un derrumbe de las evidencias, en el que la provisionalidad (lo que un día es y mañana puede ser, o no) hace años que ha hecho acto de presencia en el mundo de hoy.

Nuestras relaciones humanas se han hecho provisionales. Ya hace tiempo que conceptos como fidelidad, lealtad o compromiso estable han sido desterrados de este mundo nuestro en el que únicamente importa la cantidad de relaciones, viajes, experiencias que hayamos tenido –esas relaciones de usar y tirar, tan propias del amor líquido que Z. Bauman ha puesto de manifiesto–. En suma, vivimos de los impactos, las sensaciones, las emociones… en base a las cuales construimos nuestra cosmovisión y de las que nos servimos para conectarnos a la red – ya no importa el significado ni las consecuencias de relación, sino el mero placer de consumir. La posesión acaba siendo el común denominador.

Asistimos a una explosión de la diversidad en nuestro mundo de hoy: ya no se trata del binomio homosexualidad-heterosexualidad, ser de izquierdas o derechas, sino que el intercambio de parejas, la cohabitación, las meras relaciones ocasionales o el cambio de ideología, religión o creencias, ya son, per se, vistas como un medio para aflojar los lazos humanos. Se trata de librarnos del vínculo como sea, lo vemos como opresor y generador de injusticias, como algo incapacitante para el disfrute de experiencias. El hombre de hoy sólo debe lealtad a HBO, Netflix o Movistar+, porque aspira a una vida de ocio y entretenimiento.

Es cómoda la realidad virtual: porque permite acumular un conjunto de contactos frecuentes, intensos, breves y sin más consecuencias que proporcionan una enorme gratificación emocional; puedo decidir si quiero ser homosexual, heterosexual, trans o bisexual sin constricciones morales, políticas o sociales; puedo seguir, leer, disfrutar o conocer aquello que me gusta o me apetece, sin tener por qué asumir los riesgos. En definitiva, uno mismo constituye la referencia en base a la cual se construye la propia identidad.

Es precisamente todo esto lo que, a mi juicio, constituye uno de los indicios del cambio de época: el paso del homo faber al homo consumens, quien para poder afirmarse ha de negar todo lo que signifique una relación que implique un compromiso con la realidad, no sólo por cuanto a que sea visto como relación de poder, jerarquía y sumisión, sino por lo que implica de poder dar por terminada tal relación sin que ello me cause daño. En suma, un compromiso me pone límites y me pone ante la evidencia de que yo dependo.

Si el yo renace, es posible la confianza

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Madres, pero no solas

R.I.

Todos estamos sobrecogidos por la historia del recién nacido que fue arrojado al río Besós por su padre de 16 años. La madre del bebé tiene 13 años y ha llevado su embarazo en secreto. Para dar a luz, la pareja reservó una habitación en una pensión de la localidad, en la que el bebé nació sin ninguna asistencia sanitaria. En España, un centenar de niñas menores de 15 años se quedan embarazadas. Y a partir de los 15 años las cifras se triplican. En muchos casos se trata de adolescentes pobres y la familia no sabe que ha sucedido.

Es difícil imaginarse la soledad, la perplejidad, la desorientación de estas mujeres jovencísimas, en una edad que es probablemente la más dificil de la vida. Sin dejar de ser niñas tienen que atender a un bebé, en una sociedad en la que hay mucha soledad. Estas adolescentes viven a menudo en un entorno hostil, sufren en ocasiones amenazas, abandono, cuando no situaciones de maltrato, acoso o presión familiar. La vida cambia mucho cuando se tiene un hijo.

En España la maternidad es una fuente de discriminación para las mujeres, aunque sean mayores de edad, aunque estén económica o profesionalmente bien situadas. Por eso las madres adolescentes que deciden seguir adelante con su embarazo merecen todo el apoyo del mundo, merecen todo el acompañamiento y la ayuda para seguir estudiando, para seguir disfrutando de la vida, con su bebé. Sin duda es necesario hacer un esfuerzo educativo para evitar unos embarazos que no son convenientes a estas edades. Pero a las que quieren tener a su hijo no podemos dejarlas solas.

Madres, pero no solas

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Sin lo gratis no hay democracia

Lola Martínez

Este jueves un coche procedente de la prisión de Brieva llegaba al Hogar Don Orione en Pozuelo, un centro en el que se atiende a discapacitados. En ese coche viajaba Urdangarín que iba a hacer voluntariado con personas que sufren una discapacidad profunda. Urdangarín. Repetirá estas salidas de ocho horas diarias dos veces a la semana después de que el juez de Vigilancia Penitenciaria 1 de Castilla y León, Florencio de Marcos, las autorizase.

Pedro Sánchez, el director del centro, ha explicado que en Don Orione se cuida de la vida. Urdargarín ha entrado en ese club de las personas que hacen voluntariado en España: tiene entre 3,5 y 4 millones de miembros que dedican su tiempo a alguna tarea de forma gratuita. El voluntariado se ha considerado muchas veces como un adorno para gente que tiene mucho tiempo libre o que tiene ciertas inclinaciones altruistas. El voluntariado es mucho más que eso. El voluntariado, el trabajo gratuito es un engranaje esencial de nuestra democracia. En España no lo solemos valorar como no valoramos el sector no lucrativo o tercer sector. Solemos considerar al Tercer Sector una especie de tapa-agujeros cuando es todo lo contrario.

Tenemos la ingenuidad de pensar que una sociedad está en pie porque el Estado y el mercado se ocupan de casi todo. Unas necesidades las cubrimos comprando servicios a las empresas y otras necesidades nos las cubre el Estado del Bienestar después de pagar impuestos. Pero eso no significa que todas las necesidades queden cubiertas. Tenemos necesidades de relación, de cuidados que solo pueden ser gratuitos y ahí es donde entra el voluntariado. Una sociedad no está en pie solo porque funcione el mercado y porque funcione el Estado, porque se apliquen las leyes. Nuestra sociedad tiene déficit democrático también porque tiene déficit de relaciones y déficit de cuidados. Los cuidados no son solo algo privado. No es verdad que nada sea gratis. Hay muchas cosas que son gratis, muchas personas que dan su tiempo y su vida gratis.

Sin lo gratis no hay democracia

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De lecturas y viajes

Elena Santa María

Viajar y leer son actividades reinas del verano. Dice Jordi Nadal en La Vanguardia que, en realidad, viajar es como leer. Y que ambas son necesarias para estar en el mundo real. “Hay que estar en ciudades, paisajes, pueblos, países que nos inviten –y exijan– una comprensión más amplia. Hay que estar con personas que significan lo distinto”.

Uno de los viajes más típicos es ir al pueblo. En el suyo, Pedro Simón –lo cuenta en El Mundo– se ha encontrado con Eme, del que dice: “podemos estar mucho rato juntos y ni hablamos. En este mundo en que todo dios es hacia fuera, Eme es hacia dentro. En rarísimas ocasiones me cita un viaje a las Antípodas, el día en que conoció al ministro, lo de Sole, las mañanas en que iba al rastro con Pe. Creo que cuando ve a mis hijos piensa en el suyo. Ha llegado a un punto en que no necesita el ruido para combatir el miedo. Tiene muy subrayado el libro de Jesús (Montiel) que me regaló. Por ejemplo: «Conquistar la mansedumbre del árbol requiere mucha intemperie»”.

Un poco más lejos, a Edimburgo, se ha ido Jesús Carrasco, aunque no de viaje sino a vivir. En una entrevista de Guadalupe Arbona y Juan José Gómez Cadenas publicada en Jotdown, Carrasco apunta que “la cultura no es solo un disfrute, también es un modo de conocimiento. Entretiene leer, entretiene ver una película, pero también contiene todos los elementos beneficiosos de la ficción, ese espejo que se nos pone delante para que seamos capaces de vernos y de ver el mundo desde otro punto de vista y ese otro punto de vista es el que verdaderamente nos enriquece. (…) Yo he probado las mieles de esa riqueza, como muchísima gente, y quiero seguir expandiendo mi percepción de la realidad, mi contacto con la realidad que tiene que ver con todo. Con el dolor, con la empatía, con el disfrute de la vida, en fin, con todo eso. Y ahí está la cultura, esa forma de percepción de la realidad más rica, más gozosa, más compartida”.

Respecto a su propio libro Intemperie, afirma: “Y luego hay un hecho en la propia historia que se cuenta que para mí es determinante y es que es la historia de un niño que sufre. La mayoría somos sensibles al sufrimiento de los demás y, particularmente, al sufrimiento de un ser desvalido, de un niño indefenso. En ningún momento lo pensé como un posible gancho literario, no iban por ahí los tiros, pero luego pensando y recibiendo lecturas de muchos lectores he llegado a la conclusión de que todos empatizan con el niño y con esa relación paterno filial que se establece entre el niño y el viejo, entre el que se va y el que llega, el que deja la mochila y el que la recoge, el que pierde el oficio y el que lo gana. Ese ciclo de la vida es muy fácilmente comprensible porque todos lo experimentamos. Todos tenemos vivencias de la pérdida, el encuentro, el aprendizaje, el error, el camino errado, el encuentro afortunado, la esperanza, el odio”.

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El oro del Mundial y el deseo de bien

Juan Carlos Hernández

España ha conseguido su segundo Mundial de Baloncesto aparte de la clasificación directa para los próximos Juegos Olímpicos. Una gran gesta si además tenemos en cuenta que la gloriosa generación de los “juniors de oro” ya no está y las numerosas bajas con las que se afrontó el campeonato.

Muchos analistas han escrito que la selección española le ha puesto “cojones” al asunto. Desde luego, se han dejado la piel pero los otros equipos también lo han hecho. Más bien la diferencia ha estado en la dureza mental de saber afrontar los momentos decisivos. España ha ganado, aparte de por su calidad, su entrega en la pista, los planteamientos tácticos de Scariolo… por su dureza mental.

En medio de la alegría por el triunfo obtenido sorprenden las declaraciones de Ricky Rubio. “El baloncesto no es lo más importante en la vida”, se sinceraba el MVP del torneo. Podría ser una traducción moderna de la cita evangélica “De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si se pierde a sí mismo”. Su madre falleció hace unos años de un cáncer y el base español en las declaraciones postpartido la recordaba y afirmaba que su madre aún lo cuidaba donde quiera que esté. Algo parecido ha sucedido con Rudy Fernández que recordaba a su abuelo recientemente fallecido y a su hermana Marta (exjugadora de baloncesto) que hace algunas semanas sufrió un aborto estando en avanzado estado de gestación. El alero español, emocionado al final del partido, agradecía a su familia porque “sin ellos yo no estaría aquí”.

A poco que afloran los sentimientos se percibe que existe un deseo de que las relaciones perduren, existe la necesidad de un padre, de una madre, de un abuelo… incluso –por qué no decirlo– de “algo” más allá de la muerte.

Este mundo moderno, con toda su confusión, no es enemigo. Suscita una simpatía humana uno que diga que el baloncesto no es lo más importante en la vida a pesar de ser oro, nos conmueve uno que diga a su madre fallecida ‘ojalá fueras eterna’.

El oro del Mundial y el deseo de bien

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Incomprensible

L.M.

Este martes hemos escuchado el testimonio de Ana Julia Quezada, la presunta asesina del niño Gabriel Cruz, el pescaíto. Quezada ha declarado en el juicio de la Audiencia Provincial de Almería. En su relato la acusada ha reconocido que mató al pescaíto, pero que se ve inocente. Con su testimonio Quezada ha querido convencer al jurado de que la muerte del niño no fue premeditada sino accidental. Quezada ha reconocido que el niño era muy educado pero ha contado que le llamó negra fea. Después de eso le tapó la boca y que no recuerda más. El pescaíto habría muerto asfixiado como consecuencia del arrebato de Quezada.

Este testimonio contrasta con el relato de los abogados de los padres de Gabriel que sostuvieron que el niño agonizó entre 45 y 90 minutos. ¿Cuál es más creíble, la versión de Quezada o la de los abogados de los padres? Al final un juicio así es un caso práctico de conocimiento indirecto. Hay muchas cosas que no conocemos de forma directa, hay muchas personas que no han estado en América, pero que creen que existe América porque se fían de testigos fiables que dicen que América existe. ¿Es fiable la declaración de Quezada? El fiscal dio un golpe severo a la fiabilidad que le pudiera quedar porque le ha preguntado si había insultado a Patricia, la madre del pescaíto. Quezada lo ha negado y el fiscal, a continuación, ha hecho que se escuchara una grabación en la que se podía escuchar a Quezada insultando a Patricia.

“Yo nunca le haría daño a un niño”, dijo Quezada. Esto es lo que nos estremece de este juicio. Estamos ante el incomprensible sufrimiento de un inocente al que se le ha arrebatado la vida. El sufrimiento de los inocentes nos deja sin aliento, ¿Por qué alguien puede causar conscientemente dolor a un inocente? Conoceremos el veredicto y la sentencia. Quezada cumplirá condena y seguiremos haciéndonos la misma pregunta. Nos explicarán que el niño le estorbaba y quizás nos expliquen que lo hizo por dinero. Pero seguirán siendo respuestas insuficientes. El mal voluntariamente causado a un inocente es como un vértice, como un enigma irresoluble que desafía nuestra razón. No hay respuesta. No es un mal banal, causado porque se ha ejercido en un sistema totalitario. No es la enfermedad, no es la debilidad, no es el descuido, es la voluntad firme y decidida de hacer daño. Los actos de Quezada desafían nuestra inocencia de creer poder explicarlo todo teniendo en cuenta las causas antecedentes. Aquí hay algo sombríamente más grande y más perverso que todos los análisis.  

Incomprensible

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La luz de Patricia

Lola Martínez

Empieza el juicio por el presunto asesinato del pescaíto. Y eso nos obliga a recordar la búsqueda angustiosa del niño Gabriel Cruz en el Cabo de Gata. Y a recordar también las palabras de Patricia Ramírez, su madre, después de que se supiera que no había desaparecido sino que fue asesinado presuntamente a manos de Ana Julia Quezada, una persona muy cercana. Entonces Patricia, sorprendiendo a todos, pidió que la rabia y el dolor no se transformaran en odio hacia la presunta asesina, que no se hablara más de ella. Patricia, que se había quedado en aquellas horas huérfana de su hijo, que sufría quizás el mayor dolor que pueda sufrir una madre, pidió que todo terminase con un mensaje positivo. "Que quede el amor, que mi pescaíto ya está nadando hacia el cielo”, aseguró Patricia. Todos hubiéramos comprendido que Patricia hubiera levantado su puño contra el cielo y contra todo lo que se mueve, que se hubiera dejado llevar por la ira y la desesperación. Y todos nos quedamos boquiabiertos escuchándole hablar de amor y de su hijo nadando en el cielo. De seguro que este año y estos cuatro meses han sido muy duros para Patricia. Muy duros. La acusada se enfrenta a la pena de prisión permanente revisable por un delito de asesinato. La fiscal ha asegurado que el pequeño "no tuvo opción de salir con vida" de la finca de Rodalquilar en la que murió. La defensa ha sostenido que la muerte fue un accidente. Estos días a todos se nos van a abrir las carnes con lo que pasó en el Cabo de Gata. La justicia de los tribunales tiene que hacer su trabajo. Pero todos sabemos que ninguna sentencia puede reparar el mal sufrido por esa madre. Hace falta otra justicia. Mientras llega parece conveniente no alejarse de la luz que sale de esta madre, de Patricia.

La luz de Patricia

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Septiembre y la tentación de engañarse

Federico Pichetto

En el capítulo 10 del evangelio de Juan, mientras Jesús pasea por el pórtico del templo de Jerusalén, unos fariseos se acercan para pedirle que no les tuviera más en ascuas y revelara su identidad. El evangelista contextualiza este hecho, este desafío que se presenta como una auténtica súplica, con un dato aparentemente marginal: era invierno.

Pocas cosas en el paso del tiempo son tan sugerentes como la llegada de septiembre. La potencia evocadora que suele ir unida a este mes es enorme, hasta el punto de que, no sin razón, el principio de septiembre se suele celebrar como una especie de año nuevo para la sociedad occidental. Septiembre es por tanto sinónimo de inicio, pero también de fin. Con septiembre, todo lo que se ha vivido –y ha caldeado el corazón durante días o semanas– está destinado a cambiar, a transformarse, incluso a desaparecer.

Se vuelve a empezar, pues. Y se dejan cosas, se pasa página. Lo que vuelve a empezar en septiembre no son las formas convencionales de la vida civil, que sin duda también pero no son las únicas. Lo que vuelve en septiembre es el desafío de la realidad, la relación con la realidad, que nos provoca y nos hace crecer.

Es como si llegara un momento en que el corazón pretendiera saber qué es el dolor que estamos viviendo, el amor que nos ha invadido, el miedo que nos atenaza, la alegría que ha tocado nuestro corazón. No nos tengas más en ascuas, ¡dinos quién eres! La súplica malévola de esos hombres de Jerusalén se convierte en nuestra pregunta, esa pregunta que día a día va abriéndose paso a medida que pasa el tiempo y la realidad vuelve a alcanzarnos y a ponernos de espaldas contra la pared.

Con la experiencia no se puede hacer trampas, ni con la vida. Ese es el invierno del que habla el evangelista, el ansia trepidante del corazón por poner nombre, por descubrir la identidad, por todo lo que nos ha pasado. ¿Cómo se llama esta vida mía? ¿Qué nombre tienen mis lágrimas? ¿Qué es este pecado? ¿De dónde viene toda esta confusión? ¿Quién eres tú que me amas, me abrazas, me besas, me hablas, me desafías, me asaltas? Sería demasiado fácil responder, demasiado obvio. Mejor dar tiempo al tiempo y fiarse de este extraño don que comienza. Y que se llama septiembre.

Septiembre y la tentación de engañarse

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Stonewall Inn. Entender el proceso de construcción identitaria

Francisco Medina

New York, junio de 1969. La redada policial producida en la madrugada del día 28 en Stonewall Inn, un bar situado en el corazón del barrio de Greenwich Village, es la mecha para la serie de manifestaciones y protestas organizadas por la comunidad de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales de la ciudad, que empieza a movilizarse de forma organizada: fundan periódicos, crean estructuras… en pocos años, se ponen en marcha varias organizaciones potentes, a nivel nacional e internacional, para defender los derechos del colectivo LGTBI: en 1970, las primeras marchas del Orgullo gay tienen lugar en New York, Los Ángeles y, con el tiempo, otras ciudades se sumaron. Hoy día, la celebración del Día del Orgullo se ha globalizado, y muchos países han ido aprobando leyes de equiparación del matrimonio homosexual y heterosexual, la posibilidad de adopción de niños por parejas LGTBI, y otras medidas que supondrían una carta de ciudadanía que consumaría su integración total en la sociedad.

Stonewall Inn es un símbolo: en su origen, fue un sitio popular entre las personas de ámbitos más marginados de la comunidad homosexual: transexuales, drag queens, jóvenes afeminados, personas que ejercían la prostitución y jóvenes sin techo. Un lugar, además, y esto es igualmente importante, que se insertaba en un país que hervía en ebullición en pleno 1968: la escalada de la Guerra del Vietnam con Johnson; el rechazo a la guerra y el inicio del 68 en Berkeley, Washington D.C., y otras ciudades; el movimiento hippy; el auge de las drogas; el surgimiento del movimiento feminista, el asesinato de Robert Kennedy y Martin Luther King, el movimiento afroamericano y los Black Panther… Claramente, el panorama estaba cambiando, como muestra, el hecho de que la cuestión identitaria volvió a problematizarse a nivel global: Marcuse y tantos otros empezaron a aplicar las categorías del marxismo a las relaciones humanas; y la relación hombre-mujer no podía quedar fuera. Se trataba de acabar con lo antiguo: había que matar la figura del padre, aniquilar la cultura del patriarcado. Y comenzaron a cuestionarse los roles tradicionales de género: el trabajo de la mujer en el hogar fue definido como el reflejo de la explotación por el hombre, al igual que el cuidado de los hijos o la propia figura del matrimonio.

Este proceso que se iba desarrollando –y que sería el germen de lo que hoy día asistimos, el derrumbe de las evidencias– se ha desvelado como un prisma complejo como para ser reducido a las categorías que un cierto pensamiento ideológico –revestido de un disfraz cristiano– tiende a emplear. A mi juicio, puede intuirse que en los Estados Unidos de los años 50, inmersos en un clima de prosperidad económica, la mentalidad conservadora empezaba a mostrarse, en lo económico, pujante; y en lo político y en lo social, asfixiante – quizá por la influencia tan fuerte de la mentalidad protestante puritana y su tendencia a la privatización de la vida (que, en ocasiones, legitimaba dualidades en el comportamiento de las personas, especialmente en lo sexual). En estas coordenadas, no resulta extraño que germinase lo que se conoce hoy día como el movimiento LGTBI.

Stonewall Inn. Entender el proceso de construcción identitaria

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Vacaciones. La banalidad y el milagro

Federico Pichetto

La banalidad hiere profundamente el deseo que tenemos de vivir. El verano puede ser el tiempo de la banalidad y dejarnos con heridas enormes. Son banales los comentarios, los eslóganes, las contraposiciones, pero también es banal a veces el tiempo que pasamos juntos, sin contarnos nunca lo que importa, lo que de verdad llevamos en el corazón. El verano despierta la banalidad, el tiempo libre a veces la amplifica hasta convertirla en la manera normal de vivir, un modo que nos deja más cansados y más solos. El tiempo de descanso se convierte así en el tiempo de la insatisfacción, y el tiempo de las relaciones en una escenografía de ilusiones adornadas de alegría.

El hombre nada puede contra la banalidad. Ni por la fuerza del amor –el otro queda demasiado distante por mucho que se acerque– ni por la fuerza del dolor –todo se olvida enseguida, sepultado por comentarios y palabras que solo intentan quitarnos ese sabor y estupor–. Por eso es un milagro encontrar en el corazón del verano un rostro, una trama de rostros que, en su incierto estar juntos, en su intento torpe de estar ahí, veteado con un poco de épica o con un velo de nostalgia, despierten la fuerza de nuestra dignidad. Dignidad de vivir y de querer vivir. Dignidad de amar y de ser amados. Dignidad de perdonar y de ser abrazados.

La dignidad es la mejor amiga del deseo. Porque un deseo sin dignidad se queda en capricho, en pretensión, instinto, obstinación. La búsqueda de un amigo, en la canícula de nuestras ciudades o en las alturas de nuestras montañas, es la búsqueda de un bien, de una consistencia, de una humanidad. El milagro no es solo que este amigo esté, que pueda ser una compañía de amigos tal que nos arranque nuestro prejuicio y nuestra suposición más allá de la muerte a la que todo parece estar condenado; el milagro es –sobre todo– permitir que ese rostro que encontramos nos cambie, que esas caras que rompen ciertas jornadas aún las podamos buscar y encontrar. El milagro es que, en el fragor de estos días tan estúpidos pero tan violentos, el corazón pueda tomar afecto a algo, los ojos puedan de nuevo empezar a ver, las manos vuelvan a ponerse a construir. No que suceda –¡la vida sucede siempre!–, no que dure –nadie puede decidir hacerlo durar–, sino que cambie. Ese es el milagro que nos arranca de la banalidad y nos devuelve, con un poco de sana ironía, al temblor del invierno. Si alguien se diera cuenta de todo esto, si alguien encontrara Algo que aunque solo por un instante le devolviera la dignidad, el pecado ya no sería traicionar, o equivocarse, o distraerse. El pecado sería seguir como si nada. Devorarlo en esos pensamientos, en esas palabras y en esos razonamientos que son tan perfectos que hacen que todo se vuelva viejo, y que todo inicio resulte banal. Ese sería el mal, ese sería –incluso en un caluroso día de julio– el final del verano.

Vacaciones. La banalidad y el milagro

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La lección de Hong Kong: la libertad no es para siempre

Antonio Polito

Los jóvenes de Hong Kong nos recuerdan cuánto vale la libertad. Treinta años después de los de Berlín, que la conquistaron a golpe de pico y pala con el Muro; treinta años después de los de Pekín, aplastados por las orugas de los carros armados en la plaza de Tiananmen. Quién sabe si lo conseguirán. La gobernadora de la ciudad, jefa ejecutiva del régimen, ha dado por “muerta” la controversia sobre la ley de extradiciones que se había convertido en el símbolo de la revuelta antichina. Pero Hong Kong ya no es un modelo de éxito ni siquiera para China. Los rascacielos y el nivel de desarrollo ya son más altos en Shangai y Shenzhen; la antigua colonia británica parece haber quedado reducida a un oasis de nostalgia por la “rule of law” en el desierto de los derechos del capitalismo comunista.

Por lo demás, la libertad tampoco está muy de moda entre los jóvenes de Occidente. Menos de un tercio de millennials americanos valora hoy la importancia de vivir en una democracia. Una de cada seis personas en Estados Unidos afirma que un gobierno militar es un buen sistema para guiar el Estado. En los últimos quince años, los derechos individuales se han restringido en 71 países del mundo. Desde la caída del Muro de Berlín, la historia, en vez de acabar, como sugiera Francis Fukuyama, ha ido hacia atrás, como había previsto Huntington. Los regímenes no democráticos solo representaban el 12% del PIB mundial en 1990, hoy son el 33% y en breve superarán el 50%, según Foreign Affairs. Los muros, que eran 16 en 1989, hoy son 70, diez de ellos en la Unión Europea. Solo esta involución puede explicar cómo es posible que el último heredero de la Unión Sovética, el antiguo oficial de la KGB Vladimir Putin, pueda decir impunemente que el liberalismo está obsoleto y superado. Por otro lado, ¿quién va a contradecirlo, Donald Trump?

Hay dos óptimas razones que aconsejan tener miedo de verdad por el destino de la libertad, si no por la nuestra sí al menos por la de nuestros hijos. La primera es que el vínculo entre democracia y liberalismo no es obvio. Hay muchos países del mundo donde se vota pero no hay libertad (Rusia, Irán, Turquía, por citar solo algunos). Y los liberales, más antiguos que la democracia, tienen una tendencia innata al elitismo que en ciertas épocas –y esta es una– puede hacer que se adelanten demasiado a las masas, siempre atraídas por un solo hombre al mando.

La lección de Hong Kong: la libertad no es para siempre

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Caso Vincent Lambert. Más allá de una cuestión económica

Inmaculada Navas

He leído con interés el artículo Michel Houllebecq publicado en este diario sobre el caso de la muerte de Vincent Lambert, recientemente dado a conocer en los medios de comunicación.

Es un asunto recurrente entre profesionales de la sanidad, sobre todo entre los que tenemos contacto con enfermos discapacitados, que en general se intenta tratar con la máxima delicadeza, discreción y consenso con los familiares de los pacientes. Siempre es doloroso cuando vemos el revuelo y la manipulación que se puede llegar a crear cuando una cuestión así salta a la vox populi y unos y otros lo utilizan para favorecer posiciones ideológicas muchas veces alejadas del detalle de la circunstancia concreta, quién sabe.

El señor Houllebecq en su artículo se pregunta si realmente es tan caro mantener a una persona discapacitada con una sonda de alimentación y cuidados básicos y yo le digo: pues no, efectivamente no lo es. La cuestión no es un problema económico. Tampoco son tantos los pacientes que se encuentran en esta situación y no necesitan de medios extraordinarios desde el punto de vista técnico-hospitalario. De hecho, la mayoría de estos pacientes, salvo en momentos críticos, no necesitarían estar en un hospital de agudos, y esto lo saben bien muchas familias que están cuidándoles en sus domicilios y que conocen mejor que nadie las ventajas de tener a sus familiares en casa.

Los medios extraordinarios que necesitan estos pacientes son tener a alguien que reconozca su valor como persona y que esté dispuesto a cuidarle cada día. Porque hay que lavarles, vestirles, levantarles, peinarles, afeitarles, darles la alimentación y el agua, acostarles un ratito la siesta si lo necesitan, sacarles a pasear en su silla de ruedas si es posible, acostarles por la noche y cambiarles de postura de vez en cuando. Es así de concreta la vida de esta gente, y de sus cuidadores. Llena de sacrificio, sí, pero no excesivamente complicada y no necesariamente infeliz.

Por esto yo entiendo que no es una cuestión solo económica, sino de si existe o no un sujeto humano consciente del valor de la persona discapacitada y capaz de cuidarle. El problema con las personas en situación de estado vegetativo o similares no es si se va a despertar o no (ojalá despertaran). El problema no es si el consenso de médicos que dice que es muy poco probable que se despierte pueda equivocarse. El problema no es el futuro, sino el presente. El problema es si esta persona hoy, que no hace nada, salvo respirar y dejarse amar, tiene un valor, es digna de seguir siendo cuidada. Sin hacerle daño. Sin hacerle procedimientos extraordinariamente invasivos, pero manteniendo unos cuidados básicos. Lo que harías por alguien a quien amas, a quien respetas.

Es un problema del presente. A mi me ayudó a entender esto mi amiga Belén, que unos días antes de morir, por cáncer, me pidió que le pusiera crema hidratante en los pies. Entonces entiendes que vale que esos pies estuvieran bien hidratados en ese preciso momento, aunque no volvieran a caminar, por el valor mismo de su persona. Entiendes el valor del momento presente.

Caso Vincent Lambert. Más allá de una cuestión económica

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La llegada del hombre a la Luna, una empresa sin grandes motivos... ni consecuencias

Robi Ronza

La llegada del hombre a la Luna fue una empresa sin motivo (aparte de un motivo político contingente) que pasó sin ninguna consecuencia relevante. No en vano, después de la visita de doce astronautas en siete misiones distintas (Apolo 11,12, 14, 15, 16, 17), el programa se suspendió y hasta hoy el pie de ningún otro ser humano ha vuelto a pisar suelo en nuestro satélite. Pero desde hace semanas los tambores del circo mediático internacional suenan con fuerza anunciando la conmemoración este sábado del 50º aniversario de la primera llegada del hombre a la Luna.

La primera y principal razón por la que nos encontramos inmersos en este aluvión de imágenes y comentarios, que durará aún varios días, es puramente técnica. La llegada del hombre a la Luna fue el primer evento espectacular “televisivo”, del que existe una vastísima documentación en los archivos de todas las televisiones del planeta. De modo que toda esta gigantesca espuma mediática a las televisiones les cuesta poco o nada.

Tengo suficiente edad como para haber sido un joven telespectador en directo del evento que ahora se celebra, y recuerdo muy bien que ya entonces me sorprendió el hecho de que se hablaba de todo menos de los motivos culturales y científicos que eventualmente podían justificar tal empresa. Sustancialmente, eso no era extraño, pues hasta el momento no había precedentes. Se había querido ir a la Luna porque técnicamente había sido posible. Eso es todo. En este punto, nada ha cambiado desde entonces. Al no saber o no poder hablar de lo sustancial de la historia, se enfatizaban los más minúsculos detalles irrelevantes.

El único motivo real por el que EE.UU. envió a sus astronautas a la Luna era puramente político y se situaba en el escenario de la guerra fría. En los años precedentes, la Unión Soviética había alcanzado antes que EE.UU. ciertos objetivos en la exploración espacial alrededor de la Tierra, y el impacto propagandístico del evento había sido muy notable. Como no querían permitir de ninguna manera que eso volviera a suceder, Washington se empeñó con todas sus fuerzas en ser los primeros en mandar hombres que tocaran suelo en la Luna. Eso era todo, no había ni hay nada más. La exploración espacial continuó después de otro modo, por otras vías y con vehículos que no requieren la presencia humana. Esta última solo subsiste hoy en… lunas artificiales, es decir, en bases espaciales que orbitan alrededor de la Tierra. Naturalmente, digamos que como un “subproducto”, de los viajes de la Tierra a la Luna también derivaron consecuencias técnicas útiles para el desarrollo de los vectores y bases espaciales actuales, pero esto se podría haber conseguido también de otro modo. Así están las cosas. El resto es espuma mediática.

La llegada del hombre a la Luna, una empresa sin grandes motivos... ni consecuencias

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Realidad real

Lola Martínez

A Daniel los Reyes le trajeron su primera Nitendo cuando tenía 12 años. Era un apasionado de los videojuegos, demasiado apasionado. Daniel, de hecho, pronto se convirtió en un adicto. Los estudios empezaron a irle mal, no quería salir de casa, engordó mucho.

La desintoxicación de los videojuegos no fue fácil para Daniel, que tuvo que ingresar en una clínica para su tratamiento. Sufría mono de las pantallas.

Estas situaciones las hemos visto en series, pero la historia de Daniel no es una serie. Hace unos días en la reunión que la OMS ha celebrado en Ginebra en su 72ª reunión anual ha incluido la adicción a los videojuegos en su lista de trastornos. En España el control y prevención de este tipo de enfermedades ya lleva meses incluido en la Estrategia contra las Drogas. El 18% de los jóvenes entre 14 y 17 años en nuestro país hace un uso excesivo de los videojuegos.

El abuso de los videojuegos es solo uno de los trastornos que está provocando la saturación digital. Saturación digital es una expresión que se está utilizando últimamente para describir la desconexión de la realidad real que nos acecha.

El lujo antes era la tecnología. Ahora el lujo es lo analógico, lo real, real. De un modo probablemente intuitivo nos rebelamos contra un exceso de virtualidad, y quizás por eso buscamos cámaras analógicas en los mercadillos, discos de vinilo, turismo rural en algún sitio donde cante un gallo con cresta y con plumas. Ahora lo offline, lo desconectado es tendencia. Podemos comprar por Amazon cualquier libro pero volvemos a las librerías, podemos saludar a todos nuestros amigos por WS pero de lo que tenemos nostalgia es de un desayuno o de una comida lenta con mucha sobremesa y mucha conversación, donde poder mirarnos a los ojos y poder tocarnos.

Este fin de semana he leído una estupenda columna de esa buena directora de cine que es Isabel Coixet. Coixet explicaba que cuando está en pleno rodaje de un proyecto, “hay un momento mágico en el que todo parece encajar y sientes que la cámara capta algo intangible, una corriente de amor que tiene que ver con la química y hasta con la metafísica. Minutos más tarde, me doy cuenta de que era un espejismo y de que tengo que seguir intentando plasmar algo que quizá es inalcanzable: la realidad en todas sus capas, compleja, inasible, complicada, rica, dura”. La realidad inasible, que no se puede aferrar del todo, dice Coixet, quizá eso es lo de que tenemos nostalgia en esta época virtual.

Realidad real

Lola Martínez | 0 comentarios valoración: 2  21 votos
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