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30 MARZO 2020
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¿Cómo se abraza por WhatsApp?

Elena Santa María

Esta mañana mi hermano y yo hemos buscado en nuestros teléfonos cuándo fue la primera vez que hablamos del dichoso coronavirus por WhatsApp: el 27 de febrero. Y era una broma. Resulta que el auriga romano de Astérix se llamaba así –por cierto, su dibujante, Albert Uderzo, ha fallecido esta semana–.

Casi un mes después los chistes de entonces suenan más fríos que nunca. Hace apenas dos semanas discutíamos entre colegas periodistas si había que estar informando del minuto a minuto del coronavirus, si no estaríamos generando una alerta innecesaria por lo que parecía algo similar a una gripe. También esas discusiones parecen hoy absurdas cuando las cifras se han incrementado tan drásticamente y nuestro sistema de salud está colapsado.

Unas cifras que te estallan en la cara cuando poco a poco van alcanzando a rostros queridos. Primero, la abuela de unos amigos, al día siguiente tu jefa, al siguiente el padre de otro amigo, luego otro y otro más. Hasta que tu propio padre empieza también a tener fiebre. ¿Qué nos está pasando? ¿Cómo estar a la altura del dolor de unos amigos que han tenido que enterrar a su abuela con mascarillas y a un metro de distancia entre ellos? ¿Qué le dices a una amiga médico que se tiene que incorporar a trabajar después de una baja a un hospital desbordado? ¿Cómo se abraza por WhatsApp?

Los consuelos de antes ya no sirven. No es un consuelo pensar que solo afecta a las personas mayores, ni que el 80% de los afectados son leves, ni siquiera que los políticos digan que saldremos de esta. Porque como dice un querido amigo, estos muertos, estos 4.366 muertos (en el momento de publicar este artículo) son nuestros muertos. Son la abuela de Javi y el amigo de Silvia.

¡Qué gran desafío escribir pensando en que los que te van a leer son Javi y Silvia! Me asaltaba este pensamiento al leer un párrafo del columnista Salvador Sostres en ABC: “Tenemos este día, este día de hoy, los ojos, los ojos de tu hija de hoy, los juegos de tu hija de hoy, los besos de tu hija de hoy (…) aunque de repente se hiciera de noche, y nunca más volviera a salir el sol, hemos vivido la historia de belleza, amor y Gracia más extraordinaria que jamás haya sido contada”. Hay que ser valiente para escribir algo así en estos tiempos, señor Sostres.

Pero en algo tiene razón, el hoy se ha vuelto más sencillo que nunca. La vida ahora consiste en obedecer y decir sí al hoy. Sí al gobierno y sí a quedarse en casa, sí a preparar la comida, sí al trabajo que hay que entregar cada día, sí al juego con los pequeños. Y cuando llegan las 20:00h aplaudir en los balcones y encontrarnos con los vecinos, que como nosotros agradecen a los que están dando su vida por salvar la de otros. Y en ese momento resuena otra vez la pregunta. ¿Cómo se abraza por WhatsApp? En estos pequeños gestos también se juega todo.

¿Cómo se abraza por WhatsApp?

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Distancia

Elena Santa María

“Tenemos la vida que nos espera y el reto de sobrevivirla. Tenemos nuestra capacidad de adaptación, nuestra humanidad flexible y maravillosa, y cada día sigue siendo un regalo prodigioso e inmerecido, una caricia de Dios (…) Tenemos este día, este día de hoy, los ojos, los ojos de tu hija de hoy, los juegos de tu hija de hoy, los besos de tu hija de hoy (…) aunque de repente se hiciera de noche, y nunca más volviera a salir el sol, hemos vivido la historia de belleza, amor y Gracia más extraordinaria que jamás haya sido contada”.

Hay que ser valiente para publicar un párrafo como este de Salvador Sostres en ABC. Valiente porque estas palabras las leerán aquellos que en estos días han perdido familiares y amigos sin poder decirles adiós, sin poder abrazarse en los entierros. También los que cuentan las horas en casa, impotentes, mientras su padre o su madre está grave y solo en una habitación de hospital. Cuenta Ana Fuentes en El País que “estaba viviendo esta pandemia de manera virtual, siguiendo la evolución de los datos desde mi ordenador. Hasta que hace una semana me estalló en la cara y todo se volvió real: mi padre dio positivo. Se lo contagiaron en el hospital cuando estaba a punto de recibir el alta por otro achaque. Murió ayer. No pude despedirme de él”. Y sigue: “Miles de familias en medio mundo están siendo privadas de algo que los humanos necesitamos hacer desde que el mundo es mundo: decir adiós”. Cuando todo esto acabe, dice, “celebraremos que estamos vivos”.

Otro posible lector de Sostres es el que está encerrado en casa. Solo o no, enfermo o no, con niños o no, agobiado con el teletrabajo o con el ERTE que si no ha llegado ya está por llegar. Dice Íñigo Domínguez en El País que después de cuatro años ha conocido a su vecino. “No veíamos lo que teníamos delante. Ni al vecino de enfrente, que ayer por primera vez hablamos con él, de balcón a balcón, como en las películas italianas, algo que siempre quise hacer. Solo nos preguntamos qué tal y si todo iba bien, suficiente para empezar después de cuatro años”. Sol Aguirre dice en El Español que ella dedica este tiempo a la escritura. “Ante la sensación de agobio, qué mejor que aprovechar una herramienta invisible para muchos, pero factible para todos: escribamos. Démosle la vuelta a este calcetín que somos para arrojar sobre el papel lo que se esconde dentro, sea lo que sea. Aprendernos es siempre la mejor opción”. Quien quiera que coja el guante.

¿Por qué se nos impone esta distancia en un momento tan desgarrador?

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Distancia

Elena Santa María | 0 comentarios valoración: 3  15 votos

Coronavirus. Lo que estoy aprendiendo

Giorgio Vittadini

Ha empezado el tormento para personas cada vez más cercanas. Y yo fui de los que lucharon por minimizar la amenaza del coronavirus insistiendo a todos una y otra vez en que era “poco más que una gripe”. Me parecía una locura colectiva, no podían ser razonables las medidas que contribuían a doblegar aún más a un pueblo ya con muchos problemas y una economía en recesión. “Hasta las peores gripes se pasan, no perdamos la cabeza y sigamos con nuestras vidas como siempre”. Como estadístico que soy, llevaba la cuenta de las muertes, las comparaba con el número excepcional de decesos por gripe hace tres años y todos los que sucumben cada año a infecciones hospitalarias. “Todo lo que nos dicen es un engaño, una exageración mediática”, pensaba. Es difícil aceptar cambiar, cambiar de idea y de vida.

Para evitarlo, uno puede incluso refugiarse en polémicas que usa como pretexto, convicciones consolidadas (gracias en parte a una vida rica), y hasta puede blandir principios sagrados. Durante la clausura, que al principio viví más bien como una condena, tuve que dedicar mucho tiempo a dar clases online. Me pasaba horas delante del ordenador grabando sin nadie delante, teniendo que volver a empezar cada vez que me equivocaba en algo.

A medida que pasaban los días, la realidad se fue aclarando. Las voces que había dejado en la lejanía se fueron acercando. Hasta que no pude evitar empezar a escucharlas con atención. Los recuentos y las muertes aumentaban. La preocupación se agigantaba. Se disparaban las cifras de muertos y los cálculos de coste-beneficio.

Responder a las preguntas de los alumnos, dialogar con ellos, discutir sobre las tesis, llevar adelante proyectos de investigación, seguir construyendo iniciativas culturales, llegado a cierto punto dejó de ser un intento para mantener alejados el miedo y el dolor, para cicatrizar aprisa las heridas, y empezó a convertirse en mi pequeñísima contribución al mundo, mi manera de decir “aquí estoy”, “estoy presente”. Mientras tanto, me quedaba admirado por lo que hacían y hacen muchos médicos y enfermeros. En la esencialidad y pobreza de la forma, también he visto la raíz profunda de tantas amistades.

Luego empezaron a enfermar amigos y familiares de gente que conozco directamente. El asedio se hacía cada vez más duro. Escuchando el relato de médicos y enfermeros, la enfermedad se fue presentando ante mis ojos como lo que es, una agresión contra la vida: la progresiva pérdida de la capacidad de respirar, la sensación de ahogo, el alejamiento de los familiares, la muerte en soledad.

Luego llegó el tormento de amigos que no podían acompañar a sus seres queridos al cementerio y que solo han rezar juntos por un familiar difunto a través de skype, a miles de kilómetros. También llegó la muerte de un querido amigo.

Nadie tiene ni idea de qué nos espera en el futuro, ni en el más cercano. Medirse con la realidad ahora significa para mí aceptar que no sé, no entiendo y necesito aprender de lo que sucede.

Coronavirus. Lo que estoy aprendiendo

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 2  20 votos

Desde mi casa (1)

P.M.

Ha transcurrido la primera semana completa desde que se declaró el estado de alarma y el confinamiento en casa por la emergencia sanitaria provocada por la pandemia del coronavirus, que ha llegado a nuestro país. El número de contagiados va aumentando por doquier, y el de muertos alcanza la escalofriante cifra de 2.200, y en ascenso.

Decido teletrabajar desde casa y, a tal objeto, el viernes 13 me llevo trabajo suficiente para poder hacerlo estos días. El miedo ha sido lo primero que ha aflorado en mí ante la velocidad y la magnitud de lo que acontece estos días; y que ha calado hasta los tuétanos, porque temes que a tus más queridos les pille esta plaga durante sus idas y venidas en coche de casa al trabajo y del trabajo a casa; o la cantidad de información que te llega al cerebro procedente de los periódicos digitales, y los incesantes reenvíos vía whatsapp,…es tal la sobreestimulación que acabas haciendo “crack”.

En el fondo, sabes que no puedes detener ni controlar algo tan inconmensurable como la realidad. La vida es lo único que no permite el confinamiento, a Dios gracias. El lunes 16 pude ser testigo de la creatividad de muchos amigos míos que deciden organizar un encuentro on-line y poner sobre el tapete virtual cómo afrontaban estas circunstancias que nos tocan vivir. Gestos como éste, además del hecho de que, en nuestra comunidad parroquial, exista la posibilidad de oír misa en directo a través del canal de YouTube, o que algunos amigos de fuera de Madrid te escriban un ¿cómo estás? cargado de humanidad, te hacen caer en la cuenta que, en el fondo, no estoy solo. No estoy a merced de la casualidad. No soy puro azar. Más me vale.

No minusvaloro la dimensión de esta pandemia que se ha llevado por delante a mucha gente mayor, que está muriendo sola, sin una posibilidad de acompañamiento de sus familiares y allegados. Me sobrecoge sólo el hecho de imaginarme las plantas de cualquier hospital en medio de una actividad febril del personal sanitario y los rostros de los ingresados en la UCI, su soledad ante el hecho de la muerte –que todos, tarde o temprano, habremos de afrontar–, o el dolor de los familiares que se ven privados de un velatorio y un entierro en condiciones.

Ahora estoy viendo con más claridad que vivir en serio tu propia humanidad no es automático: no puedes darle al botón on y dejarte llevar por una especie de escalera mecánica que sube y baja Dios sabe hacia dónde. He vivido mucho tiempo a remolque de una especie de vida al tran-tran, a base de ahorrarte el trabajo de mirar tus fantasmas a la cara….y eso no funciona. Porque el problema subsiste: ¿quién vence este miedo que tengo ante la posibilidad de que la vida se me vaya de las manos? Sólo si Dios responde, en lo concreto, a esto, la afirmación de Feuerbach de que el hombre crea a Dios proyectándose sobre él se hace trizas.

Desde mi casa (1)

P.M. | 0 comentarios valoración: 1  11 votos

La vida no está en cuarentena

F.H.

Antes de la cita de las ocho de la tarde, ese momento en el que agradecemos a la gente que combate contra el COVID 19 su dedicación, antes de ese momento, ayer oí a un adolescente que abrió la ventana y gritó para desahogarse: ¡me aburro! Lo hizo tres veces y su clamor rompió el silencio de la calle desierta. Me di cuenta de que la vida no se para, la vida no está en cuarentena. La prueba de que la vida no está en cuarentena es que los adolescentes gritan por los balcones su tedio, y el tedio de ese chico de dieciséis o diecisiete años es la prueba más evidente de que la vida no se detiene. Mi vecino quiere vivir ahora.

Entiendo a los que se vuelven con nostalgia hacia el pasado y entiendo las conversaciones sobre cómo vivíamos cuando la vida era normal y no había COVID 19. Y entiendo a los que hacen planes para cuando esto acabe. Pero el grito de mi vecino adolescente me dice que la vida no está por venir, la vida está ahora entre estas cuatro paredes. Y porque la vida no está en cuarentena podemos llorar ahora a nuestros muertos, que son muchos: habíamos nacido en un mundo en el que nadie se moría o si alguien se moría era a escondidas. Y la vida no está en cuarentena porque de pronto nos hacemos cargo de que la muerte con su gran desafío está siempre cerca, ¡vaya si está cerca!

Y la vida no está en cuarentena porque de pronto nos despertamos a las dos, a las tres, a las cuatro de madrugada pensando en el hospital que está cerca de casa, y en la soledad de quien no puede ser abrazado. De pronto nos hacemos cargo del dolor del mundo. Ese dolor que nos era ajeno. Y nos preguntamos qué sentido tiene. La vida no está en cuarentena y la necesidad es una chispa que enciende las energías para afrontar unas circunstancias inéditas, y ahí están los miles de voluntarios que se ofrecen para repartir comida, y ahí están las zapateras de Petrer y Elda, en Alicante, que han formado una cadena para hacer mascarillas en casa, y ahí están los hosteleros de Madrid que antes de cualquier requisa ofrecieron sus instalaciones.

La vida no está en cuarentena y prueba de ello es que, de pronto, hemos visto a los políticos mostrarse algo unidos. Mi vecino adolescente y yo, entre nuestras cuatro paredes, queremos más que nunca que nuestro tiempo sea útil, queremos querer y queremos ser queridos, mi vecino adolescente y yo no solo queremos resistir, ni aplazar, por eso gritamos al destino, seguimos trabajando, seguimos viviendo.

La vida no está en cuarentena

F.H. | 0 comentarios valoración: 2  28 votos

El 'don' de una crisis que despierta nuestras preguntas

Alfredo Marchisio

“Una crisis nos obliga a volver a plantearnos cuestiones y nos exige nuevas o viejas respuestas, pero, en cualquier caso, juicios directos. Una crisis se convierte en un desastre solo cuando respondemos a ella con juicios preestablecidos, es decir, con prejuicios. Tal actitud no solo agudiza la crisis, sino que además nos impide experimentar la realidad y nos quita la ocasión de reflexionar que esa realidad brinda” (Hannah Arendt, ‘La pluralidad del mundo’, Taurus, 2019).

En este momento tan difícil y nuevo para todos, se despierta nuevamente la pregunta sobre el sentido, que tantas veces queda latente en nuestra vida y que de vez en cuando, en condiciones como la que estamos viviendo, sale a la luz potentemente. Solo eso ya puede ser un dato positivo. Nos estamos interrogando de manera radical sobre muchos aspectos de nuestra vida. ¿Qué sentido tiene este virus? ¿Por qué ha sucedido? ¿Pero el hombre no era “artífice de su fortuna”? Tanto los chicos estudiando en casa como los adultos teletrabajando se plantean estas preguntas y se dividen entre los que tratan de acallarlas y los que las toman en serio.

La provocación Arendt es como siempre radical y adamantina. Normalmente se oye hablar de esta situación a médicos y políticos, se percibe la confusión, en algunos casos la mala información, en otros la protesta y la rabia, pero en el fondo son pocos los que, a partir del dato concreto, tratan de ir a fondo, a la raíz de la cuestión.

No digo que no sea más que oportuna una adecuada información médica, de prevención y también de comportamientos, pero digo que aparte de eso me interesa comprender que tiene que decirme y cambiarme esta circunstancia. Por eso encuentro gran ayuda en figuras como Arendt, porque me obligan a hacerme preguntas y buscar respuestas, al menos me enseñan a estar en el presente con la mirada en tensión.

En el ámbito educativo, por ejemplo, ha supuesto una gran revolución cultural. Estando todos en casa, se buscan mil maneras de hacer frente a la imposibilidad de dar clases presenciales. Como pasa siempre, la circunstancia desvela “el secreto de los corazones” y por tanto la posición última que tiene una persona ante la realidad. Esta circunstancia nos ha traído una hermosa comprobación. La confusión y el miedo no han sido obstáculo sino que más bien han activado la creatividad y la fantasía de cada uno.

Ante todo, el primer resultado de esta comprobación ha sido sorprender a mis colegas deseosos de no retirarse ante la prueba, y luego han surgido todas las reacciones humanas conocidas, una gran solidaridad mutua.

Entre los docentes, la distancia física se ha vencido mediante el uso de videoconferencias y videollamadas y esta modalidad, aunque cansada y bastante invasiva, ha podido acercar a muchos que ni siquiera en la proximidad física se conocían muy bien. Me llama la atención sorprender en los profesores el deseo de “ver” a sus compañeros y alumnos, hasta el punto de organizar videoconferencias con todas las clases para ver “cómo va, qué estáis haciendo”. Aparte de los avisos técnicos sobre tareas y plataformas para compartir materiales, se ha establecido un precioso diálogo a campo abierto.

El 'don' de una crisis que despierta nuestras preguntas

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Cosas que pasan en cuarentena

Elena Santa María

El 9 de marzo –parece que han pasado siglos desde entonces– falleció José Jiménez Lozano. Tras asistir al entierro, www.abc.es/opinion/abci-gabriel-albiac-jimenez-lozano-202003120017_noticia.html" target="_blank">Gabriel Albiac se preguntaba en su columna de ABC: “¿por dónde poner sentido a todo esto? No respondo, por supuesto. Como aquellos vencejos del poema, que «no encuentran la salida,/ la ventana del mundo». Puede ser –pero eso lo pongo yo, que asisto al cierre de la losa en este atardecer de una luz castellana demasiado cristalina–, puede ser que el mundo no tenga ventanas. Ni escape. Ni sentido”. Es una pregunta que nos persigue estos días. Y Albiac insiste, esta vez citando a San Pablo, “muerte, ¿dónde está tu victoria?”.

Una pregunta que, quizá con otra forma, acompañaba a Juan Claudio de Ramón en su paseo por una Roma desierta. Escribe en The Objective: “Medio minuto de soledad en la gran escenografía barroca de Roma basta para ir de la euforia a la desolación, de manera similar a esos días en que la familia se va de veraneo y uno está solo en la ciudad y el entusiasmo por una independencia se torna en depresión y aturdimiento. Brilla el sol y no hay nadie a mi lado”.

Como Roma, Madrid muestra estos días su cara más desconocida. Antonio Lucas ha escrito dos columnas en El Mundo dando cuenta de sus últimas salidas a la calle. En una de ellas explica que unas horas antes de que se decretara el estado de alarma se encontró con una boda con ocho personas en la céntrica iglesia de Santiago. “Para entrar en una iglesia y casarse en un día de alerta nacional hay que tener un valor revolucionario. O creer desenfrenadamente en Dios. O estar realmente convencidos de que es para siempre”, escribe.

Alberto G. Palomo entrevistó a Marina van Zuylen en Ethics sobre la distracción y el tiempo libre. Ella dice que “sin aburrimiento, sin la dolorosa relación con la espera, sin un sentimiento de anhelo, en última instancia, solo hay muerte”. Lo está experimentando Lorena G. Maldonado, que así lo cuenta en El Español: “Ahora que todos somos peligrosos para el resto, y pese al devastador clima de sospecha, soy más humanista que nunca: eso quería contarte. He descubierto que nos necesitamos, que estamos juntos en esto, que sin los demás todo es aburrido, aunque ahora nos vengan tiempos físicamente distantes. Es mentira que el infierno sean los otros, como decía Sartre. Me gusta la gente, me gusta mucho, y el mundo no está, nunca estuvo tan mal hecho. Hoy celebro todos los placeres en los que nunca reparé, las cosas y los seres que di por supuestos. La vida era ancha y era bella hasta hace muy poco, cuando podía estrechar entre mis brazos a mi madre o celebrar tus cumpleaños”.

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Cosas que pasan en cuarentena

Elena Santa María | 0 comentarios valoración: 2  22 votos

El 9 de marzo –parece que han pasado siglos desde entonces– falleció José Jiménez Lozano. Tras asistir al entierro, Gabriel Albiac se preguntaba en su columna de ABC: “¿por dónde poner sentido a todo esto? No respondo, por supuesto. Como aquellos vencejos del poema, que «no encuentran la salida,/ la ventana del mundo». Puede ser –pero eso lo pongo yo, que asisto al cierre de la losa en este atardecer de una luz castellana demasiado cristalina–, puede ser que el mundo no tenga ventanas. Ni escape. Ni sentido”. Es una pregunta que nos persigue estos días. Y Albiac insiste, esta vez citando a San Pablo, “muerte, ¿dónde está tu victoria?”.

Un nuevo inicio en experiencias vivas del bien

Giuseppe Frangi

“Ante experiencias como estas se descubre hasta qué punto puede el hombre adentrarse en el bien”, me decía durante una entrevista fray Piergiacomo, capellán del hospital Juan XXIII de Bérgamo. Lo dice pensando en las decenas de médicos y enfermeros que cada día cruzan unas puertas tras las que la lucha contra el Covid 19 es especialmente dramática. De hecho, el “bien” tiene esta dimensión concreta, dramática, bien distinta de la sentimental, a la que solemos estar acostumbrados. Una dimensión que conlleva un alto precio, pues el 12% de los contagios en la región de Lombardía se ha dado entre el personal sanitario. El “bien” es un territorio muy concreto, en el que hay que adentrarse con coraje y gratuidad, sin recibir nada a cambio como se suele decir, ni dinero ni imagen.

Adentrarse en el “bien” quiere decir, por ejemplo, poner al otro por delante de uno mismo. El “bien” implica un don de sí. ¿Cuántos hombres y mujeres se están adentrando estos días en los territorios del “bien”? Muchísimos. Pensemos en los que cuidan a personas con discapacidades graves, a los que están en centros de desintoxicación, donde multitud de trabajadores han decidido permanecer de manera estable con ellos para combatir el riesgo de contagio. Pero pensemos también en los que cuidan a los ancianos en las residencias, que son un auténtico concentrado de fragilidades. Todos lugares complicados en estos días de clausura, donde a los problemas habituales hay que añadir sentimientos de soledad y opresión.

No es fácil ni obvio, como señalaba el Papa en su misa matutina de las siete de la mañana, que estos días está registrando récords de audiencia, al pedir a la diócesis de Roma que mantenga abiertas las puertas de sus parroquias, pidiendo así que se venza la resistencia a adentrarse en los territorios del “bien”, como hace un verdadero padre. Estos días el Papa indicaba otra dimensión del “bien”: la de una mirada amplia de miras, capaz de abrazar otras situaciones de sufrimiento que marcan el mundo de hoy. Refiriéndose naturalmente al drama de los refugiados sirios a las puertas de Europa, para los que el Covid 19 es, paradójicamente, el menor de los riesgos.

Si tenemos que pensar qué será de nosotros después del virus, debemos esperar un nuevo inicio que tenga como base estas experiencias vivas de “bien”, fibra constitutiva de lo que podremos sentir realmente como pueblo. Como decía el cardenal Matteo Zuppi, lo que estamos viviendo es de hecho una “epifanía del mal que supera todas las fronteras y muros detrás de los cuales creíamos vivir tranquilos”. Un mal que es “como un revulsivo que muestra nuestras debilidades, nuestra incapacidad estructural, la dificultad para pensar juntos y buscar respuestas comunes”. Para derrotar a ese mal, hace falta un “bien” potente y gratuito, dispuesto a bajar al ruedo, como se va a una batalla.

Un nuevo inicio en experiencias vivas del bien

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Coronavirus. 'Dios no es un mago'

Federico Pichetto

Aunque al principio todos lo infravaloraron un poco –incluido el que escribe–, el virusCoVid-19 ya está cambiando nuestras vidas y ha supuesto varias vicisitudes. Después del primer impacto, que sobresaltó al norte de Italia en un fin de semana de asalto a los supermercados, siguió un periodo aún más complicado, con numerosos e insólitos hashtag que reflejan la superficialidad con que nos hemos acostumbrado a tratarlo todo, pensando que lo que nos sucede, incluido el trabajo, el amor o la salud, es solo un fenómeno transitorio y no un acontecimiento.

A mi juicio, en este sentido avanza el gran desafío que tenemos por delante. Lo que está pasando estos días no es un hecho transitorio, una alteración del estado de ánimo colectivo ligado a algo a lo que se da demasiado o demasiado poco peso según el fin de semana, sino un acontecimiento, algo que define sin medias tintas un antes y un después.

El primer paso que la libertad de cada uno debe dar es, por tanto y ante todo, el de reconocerlo como tal. Obviamente, como todo acontecimiento, el segundo paso viene dado por la cuestión de la confianza. Cuando sucede algo perturbador como el amor de un hombre o una mujer, un dolor, un luto, una pérdida o una enfermedad, hace falta fiarse de algo. Benedicto XVI solía decir que lo que le falta al hombre occidental en este inicio de milenio no es tanto la fe como la concordancia del intelecto con una verdad religiosa, la fe como virtud social, hasta el punto de que la encíclica que simboliza el paso del pontificado de Ratzinger a Bergoglio lleva justamente el nombre de “Lumen Fidei”.

La crisis de la fe es la crisis de nuestra capacidad para confiar en alguien, alguien que –decía el Siervo de Dios don Luigi Giussani– se impone. Ante un caso epidemiológico, lo que se impone como más autorizado es la medicina: de los médicos esperamos que la política, la economía y la sociedad tomen sus consejos para el bien común porque es de naturaleza médica lo que está sucediendo. Lo que pasa esos días es un hecho sanitario y debemos mirar a los médicos con simpatía y disponibilidad. Lo digo porque creo que estos días, en los que se han dicho tantas cosas y de los que más adelante podremos hacer una síntesis más completa, muestran en pocas palabras dos consecuencias nada desdeñables. Por un lado, asistimos de hecho a la rendición de cuentas entre una economía no pensada para el hombre y el propio hombre. Por primera vez desde la caída del muro de Berlín, Occidente tiene que elegir entre la salvaguarda del propio sistema económico, financiero y productivo, y la supervivencia concreta de la gente.

Coronavirus. 'Dios no es un mago'

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Muerte por hastío

Jesús de Alba

En uno de estos fines de semana de invierno, me dispuse a buscar una misa por el centro de Madrid y me topé, por pura casualidad, con la misa donde participaba una orden monacal religiosa llamada de las hermanas del cordero. Mi asombro fue absoluto (con obispo y todo celebrando). El modo como estaban aquellas monjas y el canto (cantan toda posible intervención del pueblo durante la misa) era increíble. Por momentos parecía estar en el Paraíso.

El atractivo que vi se podría describir como de una potencia humana sobrenatural, excepcional y, a la vez, directa, no había que pertenecer a grupo alguno ni haber formado parte de una historia para percibirlo. Bastaba simplemente con estar allí.

Esto me hizo preguntarme de dónde podría venir el potente atractivo de una comunidad cristiana.

Lo primero que a uno le viene a la cabeza es el número de personas. Pero aquí era más que evidente, no más de 8 monjas (ni siquiera el número 12 de los apóstoles), no era el caso.

Dándole vueltas me encontré que, posiblemente, para que una comunidad cristiana esté viva y mantenga todo su potente y divino atractivo, debe ser justamente eso: la presencia de Dios en medio del mundo.

Y entonces, ¿por qué no todas las comunidades cristianas tienen ese brillo, esa potencia? ¿Cuántas misas (sin minusvalorar un milímetro su eterno valor infinito) y otros actos religiosos pasan sin más por la vida de la Iglesia? ¿Cuándo viene a menos la vida de una comunidad? No sabría decirlo teológicamente, pero me da la impresión de que el ocaso se produce cuando deja de ser signo de lo divino, normalmente porque los propios cristianos de la comunidad se meriendan el espacio que es propiamente de Dios, sustituyendo dicha presencia por el "approach" que cada uno tiene hacia Dios.

¡De nuevo una medida humana! Ya incapaz de nuevo, como cualquier otra ideología, de hacer rebosar las eternas aspiraciones de bien, justicia y verdad que albergan en el corazón de todo hombre.

Dice Houellebecq al terminar uno de sus capítulos del libro Serotonina: "en principio la cuestión es solucionable pero en la práctica ya no lo es, y es así como muere una civilización, sin trastornos, sin peligros y sin dramas y con muy escasa carnicería, una civilización muere simplemente por hastío, por asco de sí misma, qué podía proponerme la socialdemocracia, es evidente que nada, solo una perpetuación de la carencia, una invitación al olvido".

También El Brujo en su último monólogo de teatro hablando de la tragedia griega sugiere que el fin de una civilización se produce cuando pierde su conexión con el significado, lo que significan las cosas que es donde está la verdadera lucha de la humanidad.

Cuán fácilmente nos convertimos en un "vertedero de pensamientos viejos", decía Mona interpretando la dulce y dramática obra ‘Oscar o la felicidad de existir’.

Aquí el principio organizativo se torna en esencial. No sólo puede quedar esta tensión como sana lucha ascética del alma, sino que debe tomar forma.

Muerte por hastío

Jesús de Alba | 0 comentarios valoración: 3  21 votos

Cómo aprendemos a vencer el miedo en medio de las dificultades

Julián Carrón

Vivimos con frecuencia como en una burbuja que nos hace sentirnos al resguardo de los golpes de la vida. Y de este modo nos podemos permitir vivir distraídos, fingiendo que todo se halla bajo nuestro control. Pero las circunstancias desbaratan a veces nuestros planes y nos llaman bruscamente a responder, a tomarnos en serio nuestro yo, a interrogarnos sobre nuestra concreta situación existencial. En estos días la realidad ha sacudido nuestra más o menos tranquila vida cotidiana asumiendo el rostro amenazante del Covid-19, un nuevo virus que ha provocado una emergencia sanitaria internacional.

Paradójicamente estos retos que la realidad no deja de plantearnos pueden convertirse en nuestro mayor aliado, ya que nos obligan a mirar más en profundidad nuestra humanidad. De hecho, situaciones imprevisibles como la actual nos despiertan de nuestro torpor, nos arrancan de la zona de confort en la que nos habíamos instalado cómodamente, y sale así a la luz el camino de maduración que –cada uno personalmente y todos juntos– hemos hecho, la conciencia de nosotros mismos que hemos alcanzado, la capacidad o incapacidad para afrontar la vida que tenemos entre manos. Nuestras pequeñas o grandes ideologías, nuestras convicciones, incluso las religiosas, se ponen a prueba. La costra de las falsas seguridades muestra sus grietas. Cada uno sin distinción se ve concernido por esta circunstancia y percibe mejor quién es.

Es en estas ocasiones donde se entiende que «la fuerza de un sujeto radica en la intensidad de su autoconciencia» (Giussani), en la claridad con la que se percibe a sí mismo y aquello por lo que merece la pena vivir. Porque el enemigo contra el que nos vemos combatiendo no es el coronavirus, sino el miedo. Un miedo que percibimos siempre y que sin embargo sale a la luz cuando la realidad desvela nuestra impotencia esencial, un miedo que con frecuencia nos supera y nos hace reaccionar a veces de forma descompuesta, llevándonos a encerrarnos, a abandonar todo contacto con los demás para evitar el contagio, a aprovisionarnos «por si hiciera falta», etc.

Durante estos días hemos asistido tanto a la difusión de la irracionalidad, individual y colectiva, como a protegernos con propuestas destinadas a salir de la situación lo más rápido posible. Cada uno podrá decir, observando lo que ve que sucede en sí mismo y a su alrededor, qué propuestas son capaces de hacer frente a la circunstancia y de derrotar el miedo y cuáles, en cambio, la agravan.

En esto consiste el valor de cada crisis, como nos enseña Hannah Arendt: «Nos obliga a volver a las preguntas», hace surgir toda la exigencia de significado de nuestro yo. Existe un nexo profundo entre nuestra relación con la realidad y nuestra autoconciencia como hombres. «Un individuo que haya tenido en su vida un impacto débil con la realidad porque, por ejemplo, haya tenido que esforzarse muy poco, tendrá un sentido escaso de su propia conciencia, percibirá menos la energía y la vibración de su razón» (L. Giussani, El sentido religioso, p. 145). La pregunta que surge en este momento con más potencia que cualquier otra es: ¿qué puede vencer el miedo?

Cómo aprendemos a vencer el miedo en medio de las dificultades

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La gente del New York Encounter

Giorgio Vittadini

Hay una imagen que expresa gráfica y dramáticamente el cambio de época que están sufriendo las sociedades occidentales. Con motivo del discurso sobre el estado de la nación, el presidente Donald Trump acabó negándose a estrechar la mano de la portavoz de la cámara, la demócrata Nancy Pelosi. Antes, mientras el presidente recibía los aplausos por su informe, la líder demócrata había roto visiblemente, en directo televisivo, los folios del discurso de Trump.

Parecía que hubiera pasado un siglo, y no veinte años, de las elecciones norteamericanas del año 2000, cuando George W, Bush se impuso por solo 537 votos a Al Gore en Florida, estado que en aquella ocasión resultó decisivo para la elección del inquilino de la Casa Blanca. El Tribunal Supremo de los Estados Unidos se opuso al recuento de papeletas, pero Al Gore no apeló al fraude electoral y, como de costumbre, aceptó la derrota con la llamada de rigor al adversario e invitó a sus votantes a dejar a un lado los rencores y preparar un “proceso de conciliación” por el bien del país.

Pertenecer a la nación norteamericana, a la casa común con la que no podía ninguna ideología, parece que ya no vale, parece que la casa se ha roto, casi derrumbado. La grieta es mucho más profunda que la radical división política. Por esta razón, los organizadores del New York Encounter han querido titular su edición de 2020 “Crossing the Divide”, cruzando la línea divisoria.

El espectáculo inaugural, “Burbujas, pioneros y la chica de Hong Kong”, intentaba profundizar, con destellos evocadores, en la dura historia americana, tejida de grandes esperanzas y de heridas que nunca han sanado del todo. En el escenario, nueve músicos y cuatro actores narraban momentos de la vida de hombres y mujeres que se enfrentaban a su rutina y a la irrupción de imprevistos. Empezando por el “sueño americano”, mencionado incluso en la Constitución: el hombre está dotado de ciertos derechos inalienables, entre los que se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. La nación americana está pensada para sostener este ideal.

Lo vemos al evocar a las madres de familia de los primeros que se establecieron en las praderas de Nebraska; lo refleja el astronauta que vuelve de su viaje a la luna. Hombres y mujeres que parten en busca de algo grande y se topan con la inmensidad de la naturaleza y con una misteriosa experiencia de soledad que agudiza su ansia de infinito. Ni siquiera la esclavitud logra apagar ese deseo, pues los mismos sueños y el mismo anhelo de libertad se hallan en los relatos de los antiguos esclavos entrevistados.

Algo pasa en la sociedad norteamericana que está acabando con ese optimismo tan arraigado. El relato del 11 de septiembre, narrado en forma de artículos, reflexiones y fragmentos de novelas escritas poco después del atentado terrorista muestra un trauma que ha ido decepcionando de manera trágica a los norteamericanos, haciéndoles pensar que aquel sueño en realidad es una utopía. Es el símbolo de un brusco despertar, de la caída de los ideales religiosos, en un contexto de desigualdad creciente entre el consumismo y una pobreza extrema en muchas partes.

La gente del New York Encounter

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Coronavirus. El valor, uno no se lo puede dar

Giorgio Vittadini

Coronavirus: banco de pruebas de nuestra capacidad de raciocinio y, sobre todo, de elección. Estos son los anticuerpos que se esperan después del tsunami, en parte mediático, de un virus que ha llevado a Italia al borde del caos, si no de la recesión.

Estos días se han disparado las preguntas que afectan a los pliegues de nuestra vida personal, que afectan a nuestro compromiso en la búsqueda continua de la verdad y el abandono del cómodo refugio de las opiniones ajenas, del “he oído decir”, de la superficialidad; la disposición a asumir el riesgo sin pretender que este disuelva todas nuestra incertidumbres; el valor de la sociabilidad que, por un lado, nos amenaza y, por otro, nos garantiza la fuerza necesaria para afrontar las dificultades.

La esperanza reside en un salto colectivo de calidad en la responsabilidad y en la capacidad de valorar lo que nos dicen los políticos, los medios y los científicos porque, aunque no seamos expertos, podemos establecer nexos con las informaciones que nos llegan.

No pueden no surgir dudas sobre las draconianas normas tomadas para garantizar la salud pública en lugares como Lombardía. No se puede no estar preocupados por las consecuencias en la vida personal y social de una nueva crisis económica, con incremento del desempleo, ulterior crecimiento de la pobreza, mayores dificultades para los estudiantes y empeoramiento de la calidad de vida para los más débiles.

Las personas que han perdido la vida porque el nuevo virus ha empeorado sus ya precarias condiciones de salud suponen una cifra inferior a los que mueren por infecciones hospitalarias. Para algunos expertos, esta nueva dolencia podría tener efectos devastadores si no hubiera estrictas medidas preventivas. Para otros, no es tan grave. El hecho es que el 95% de los enfermos se cura. Nadie renuncia a ir al hospital por el hecho de que se produzcan 38.000 infecciones hospitalarias letales cada año en Italia. Nadie deja de ir en coche a pesar de las escalofriantes cifras de muertos en accidentes de tráfico, que pueden suceder en cualquier momento y en cualquier parte; nadie abandona las grandes ciudades porque los efectos de la contaminación pueden acortar la vida. Por tanto, el problema no es que se aprueben medidas preventivas sino hacer que estas sean proporcionadas al peligro que se quiere combatir.

En este caso, como en otros (véase la crisis de las “vacas locas”), ciertos políticos han caído presa de las emociones de la gente y de los mecanismos mediáticos. En muchos casos prevalece un clima de miedo que lleva a reacciones desproporcionadas, como el asalto a los supermercados para abastecerse de alimentos y productos de primera necesidad suficientes para soportar un largo aislamiento. Si confirma una desconfianza previa hacia los demás en los lugares públicos, desde el metro a la calle, el puesto de trabajo o la comunidad de residencia. El miedo y la irracionalidad determinan el comportamiento de individuos que parecen esperar una catástrofe inminente.

Coronavirus. El valor, uno no se lo puede dar

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Para que crezca la democracia hay que sembrar en la educación

Marta Cartabia

“En las formas y en los límites de la constitución” es un fragmento del primer artículo de la Constitución italiana que, después de definir a Italia como república democrática, afirma que “la soberanía pertenece al pueblo, que la ejerce en las formas y en los límites de la constitución”. ¿Por qué hablar de democracia con motivo de la inauguración del año académico en uno de los grandes ateneos italianos, que ofrece cursos de estudio para todas las ramas del saber: humanística, técnico-científica, así como en el ámbito sociopolítico?

Ante todo, es la memoria viva de la riqueza de la vida universitaria lo que me ha llevado a orientar mis reflexiones hacia los fundamentos constitucionales de la democracia, con la convicción de que la vitalidad de una democracia depende en gran medida de la cuestión educativa en sentido amplio, donde las universidades tienen un papel fundamental. No en vano el tema educativo –primero la alfabetización, luego el acceso a la escuela de cualquier orden o grado, llegando hasta la formación universitaria– ha estado siempre entre las cuestiones fundacionales de las democracias modernas aunque, como hemos observado recientemente, el tema de la educación “se ha convertido hoy en la cenicienta –económica e ideológica– de las grandes cuestiones sociales, como si el futuro de un país no dependiera sobre todo de cuánto –y cómo– se invierte en los propios recursos humanos”.

Sembrar en el campo educativo significa invertir en los ciudadanos de hoy y de mañana. Un nexo muy estrecho liga el destino de la democracia con el de la educación, y esa es la emergencia que apela a la atención de todos.

Se vuelve a discutir mucho sobre democracia y con tonos preocupantes. Las democracias constitucionales contemporáneas parecen atravesar una etapa de crisis, como sugieren los numerosísimos estudios sobre el tema, que muestran aspectos de fragilidad sobre todo por el impacto de los nuevos medios. Algunos lanzan incluso la hipótesis de que ya hemos entrado hace tiempo en una nueva fase, la de la posdemocracia, según la afortunada expresión de Colin Crouch.

A propósito de ello, conviene recordar que “crisis” no significa “declive” de por sí. Como en el paso de las edades de la vida, atravesar una fase de crisis puede introducirnos en una conciencia más sólida, con la condición de que volvamos a plantearnos las preguntas fundamentales e intentemos responderlas con respuestas frescas, libres de prejuicios. La época que atravesamos es una época de grandes transformaciones en todas las estructuras democráticas.

La aparición de los nuevos medios ha provocado un impacto de proporciones epocales en las dinámicas democráticas. El terremoto tiene su epicentro en las modalidades de formación de la opinión pública.

En este sentido, se contraponen dos líneas distintas de pensamiento, que con cierta simplificación podríamos definir como tecno-optimistas o tecno-pesimistas.

Los primeros observan que si bien es cierto que un componente decisivo de toda sociedad democrática viene dado por la libertad de información y de expresión del pensamiento, las nuevas tecnologías se presentan como “fuerzas democratizadoras” (Robert Post). Es verdad que la red ofrece espacios inéditos que por la difusión de noticias, informaciones, opiniones de interés público pueden presentarse como un instrumento capaz de reavivar el debate público.

Para que crezca la democracia hay que sembrar en la educación

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El coronavirus y nuestros miedos

Maurizio Vitali

De un día para otro Italia se ha puesto a la cabeza en la lista de países occidentales con casos de personas infectadas por coronavirus. De golpe ha cambiado la vida de la gente, sobre todo en el norte. Se han cerrado escuelas, universidades, museos, hasta el Duomo de Milán. No pueden ir a trabajar los que hayan estado en contacto con gente que haya viajado a China y en caso de que sea posible hay que trabajar desde casa. Una casa que, por cierto, debe estar abastecida de lo necesario para resistir una carestía. El pasado domingo se suspendieron los partidos de fútbol y la opción mayoritaria fue salir corriendo al supermercado, porque nunca se sabe.

Ha llegado el miedo. Desde cierto punto de vista, podría decirse que nos puede ayudar a adoptar comportamientos prudentes y responsables, en una medida razonable y dentro de un contexto favorable, con indicaciones claras por parte de las autoridades competentes, abolición de las recriminaciones entre las fuerzas políticas, confianza en el sistema sanitario, cuidado de una información correcta por parte de quien la divulga, atención a la autoridad de las fuentes y mucha prudencia con las redes sociales. Aprender comportamientos virtuosos es un gran servicio de responsabilidad, con uno mismo y con los demás.

Sin embargo, también conviene hacer frente a este miedo que recurrentemente nos asalta (por atentados terroristas, por una epidemia, por el Sida, el SARS, un tsunami) y luego se nos pasa, normalmente sin hacernos dar un paso adelante. No está mal dejar paso a un poco de reflexión sobre lo que nos sucede. Algunos artículos ponen de manifiesto un miedo moderno muy peculiar que surge en un mundo que busca tener “la situación bajo control”, donde se cree que todo puede estar controlado gracias al poder de la tecnociencia, a la racionalidad que todo lo indaga, lo conoce, lo prevé y lo domina.

Es indiscutible que la ciencia y la tecnología han hecho progresos enormes, pero no es verdad que el hombre lo tenga todo bajo control. Esta presunción suele desvelar una cierta ilusión y así pasa que luego nos volvemos locos cuando sucede algo imprevisto. No aceptamos la idea del imprevisto, la exorcizamos. Queremos acabar con la famosa cita “un imprevisto es la única esperanza” del poeta Montale (“Y ahora, ¿qué será / de mi viaje? / Demasiado cuidadosamente lo he estudiado / sin saber nada de él. Un imprevisto / es la única esperanza. Pero me dicen / que es una estupidez decírselo”).

Nuestros miedos revelan generalmente una inseguridad existencial de fondo y permanente. Para Zygmunt Bauman, se debe “al debilitamiento de los vínculos, la disgregación de las comunidades, la sustitución de la solidaridad humana por la competición”. Como decía Julián Carrón en el Corriere della Sera el 23 de diciembre de 2018, “la inseguridad existencial con la que tan frecuentemente tiene que hacer cuentas el hombre de hoy le hace caer en el miedo. ¡Cuántas situaciones hay que no puede controlar con sus fuerzas!”.

El coronavirus y nuestros miedos

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>Sobre la proposición de ley orgánica de regulación de la eutanasia

La persona frente a la ley

Inmaculada Navas, neuróloga

Hace unas semanas algunos médicos estuvimos en el Colegio de Médicos de Madrid, donde se presentó la propuesta de Ley que se debatió el pasado 11 de febrero en el Congreso de los Diputados. La decisión ya estaba tomada: la ley saldrá cuando haya suficiente apoyo político, la eutanasia se ofrecerá como una prestación más del sistema sanitario y los profesionales podremos colaborar o ser objetores. No hay vuelta de hoja.

En aquella tarde no faltaron las intervenciones de los expertos en cuidados paliativos, que probablemente son los que cuenten con una experiencia mayor en el cuidado de personas al final de la vida. También hubo representantes de asociaciones de enfermos. Es común la preocupación por no ver desatendidos los cuidados de aquellos que no desean morir, sino que piden vivir de forma digna su enfermedad, con el mayor apoyo posible para paliar el sufrimiento. En ese sentido, creo que es de gran interés leer el comunicado de la SECPAL y AECPAL sobre la Proposición de Ley.

Para mí la extrañeza mayor de todo esto es que venga una ley a meter el dedo en algo tan sagrado y tan delicado como es la relación con el paciente, sobre todo en los momentos finales de su vida, cuando el dolor asoma, psicológicamente hay flojedad y la familia muchas veces no sabe muy bien cómo actuar. Me parece que es el tiempo de privilegiar más que nunca ese espacio de relación donde los profesionales pueden ayudar a hacer un acompañamiento dentro del cuidado, y convertir esos últimos días en una ocasión de bien para la vida de una persona junto con sus seres queridos.

Me preocupa la ley no sólo por la situación en que nos deja a los profesionales sanitarios (ejecutores de un proyecto ideológico), sino sobre todo por la situación en que deja a tantas personas que viven y vivirán condiciones de enfermedad y grave dependencia y que dependen de que haya uno que acepte el reto de cuidarles, si la ley lo permite.

>Sobre la proposición de ley orgánica de regulación de la eutanasia

La persona frente a la ley

Inmaculada Navas, neuróloga | 0 comentarios valoración: 3  30 votos

¿La guadaña o la flor?

Alfonso Calavia

Hace un par de días me metí en la web de Público y me topé con esta sugerente fotografía. Aparece un monigote –que supongo quiere representar a una persona huyendo del fuego– corriendo a todo correr para refugiarse a la vuelta de la esquina; bueno, mejor a la vuelta de la guadaña, donde imagino que habrá un sitio calentito sin sobresaltos impertinentes. También pude leer su explicación, título, subtítulo o como quieran llamarlo: Más allá no duele. Pero lo mejor de la imagen es que el muñecajo tiene un solo ojo y la nariz más grande que las manos, no tiene boca ni tampoco orejas. Yo creo que el dibujante quería hacerle correr hacia el más allá y sanseacabó.

Pero hablemos del más acá. No sé si conocerán al escritor húngaro Imre Kertész. Le dieron el Nobel de Literatura a principios de siglo, y mucho antes, siendo adolescente, lo metieron en Auschwitz. Fíjense en lo que dejó escrito: “Pese a la reflexión y al sentido común, no podía ignorar un deseo sordo que se había deslizado dentro de mí, vergonzosamente insensato y sin embargo tan obstinado: yo quería vivir todavía un poco más en aquel bonito campo de concentración”. ¡Aquel bonito campo de concentración! “Una antítesis en toda regla”, diría un profesor de Lengua. Aunque, curiosamente, aquí no es un recurso literario, sino la pura realidad. Impresiona mucho constatar la capacidad de atracción que tiene el más acá, incluso en Auschwitz. Vamos que si este señor se hubiera dibujado a sí mismo lo habría hecho agarrándose al fuego. Como el hombre del que habla Ortega en sus Meditaciones, que por lo visto fue a ahorcarse de un árbol y finalmente cambió de opinión porque cuando se echaba la cuerda al cuello, percibió el aroma de una flor a los pies del tronco. O como uno de los pacientes oncológicos de mi mujer, que no le queda mucho tiempo en esta vida, pero es hablarle del Madrid-Atleti y de la patada de Valverde en los últimos minutos de aquel partidazo y se enciende; se podría tirar hablando de ello horas y horas.

¿La guadaña o la flor?

Alfonso Calavia | 0 comentarios valoración: 4  52 votos

Hoy la vida vuelve a renacer

Giorgio Vittadini

En tiempos complicados como estos, la pasión humana y civil, la que hace interesante la convivencia cotidiana con los que nos rodean, parece haberse convertido en un bien raro. Por no hablar de la confianza en la posibilidad de dar un giro de tuerca. Por esa razón conviene seguir contando historias de renacimiento como esta que viene del lejano Brasil pero que podría suceder en cualquier parte.

En los años 90, la Ribeira Azul de Salvador de Bahía era una zona señalada en el mapa pero no se veía porque estaba totalmente anegada. Una espléndida entrada del océano totalmente cubierta de chozas, puentes desvencijados, palafitos pegados unos a otros. Podías ver a un anciano durmiendo en una cabaña con el agua mojando los muebles, o a un niño corriendo peligrosamente por pasarelas de madera que se balanceaban, o mujeres buscando desesperadamente lugares donde lavar la ropa.

Era el infierno de las favelas de Bahía, la antigua y fascinante capital de Brasil. Incomparable a las grandes aglomeraciones de Sao Paulo o Belo Horizonte, una realidad más trágica debido a las condiciones de vida y las relaciones humanas.

En la franja de playa que llevaba hasta la Ribeira Azul, a mediodía solía haber una fila de niños y jovencitos que todos los días se lanzaban en busca de comida. Pero lo que las ONG conseguían hacer entonces era, como mucho, asegurar un menú un día sí y otro no. Veías a chavales llorando cuando no les tocaba ese día, lloraban en silencio, apartados, partícipes de la desesperación común.

La ONG Avsi no se rindió ante aquello. Reunió a los habitantes de los palafitos y se comprometió con ellos en un proyecto de reconstrucción habitacional con servicios en la cosa. La iniciativa era ambiciosa, pero el Banco Mundial se interesó en el proyecto y puso dinero. Cuando la construcción casi había terminado, la Ribeira Azul reapareció en todo su esplendor. El proyecto podía darse por finalizado.

En cambio, un hombre de negocios acompañado por su mujer visitó la zona y se dieron cuenta de que la reconstrucción material solo era una premisa, que para hacer estable el desarrollo hay que invertir en las personas.

Enfrente de Bahía hay islas espléndidas donde los alemanes han invertido en turismo de lujo y han ganado mucho dinero. Pero aquella pareja milanesa tenía otras ideas y se preguntó: ¿de qué sirve construir casas con servicios higiénicos si luego los jóvenes que pasan de la favela a la casa siguen presos de la delincuencia, de la ignorancia, del tráfico de drogas, del desempleo estructural? Sin educación, cualquier intervención innovadora acaba destinada al fracaso. Tras su ayuda y compromiso, la pareja fue a hablar con don Luigi Giussani y decidió construir una iglesia. El resultado habla por sí solo. Mucha gente, sobre todo muchos jóvenes, conoció en esta iglesia a los sacerdotes misioneros que la guían, reconociendo en ellos un punto de referencia humano, afectivo, espiritual e incluso material. Por primera vez había alguien que pensaba en ellos, que se dedicaba a ellos.

Hoy la vida vuelve a renacer

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Cómo poder mirar y acompañar el sufrimiento de la enfermedad

Cristina Morán*

En el momento actual las necesidades sanitarias para abordar una situación de enfermedad al final de la vida, tanto en pacientes oncológicos como no oncológicos, no llega ni al 50%, a diferencia de otros países como Inglaterra o los países escandinavos donde se llega a dar cobertura a prácticamente todas las personas que lo necesitan.

En España, las competencias en el ámbito de la sanidad están transferidas, en función de la comunidad autónoma en la que resides eres atendido por especialistas de cuidados paliativos las 24 horas al día tanto en hospitales como en domicilio como en las unidades que existen de apoyo, pero lamentablemente en otras no.

Los cuidados paliativos surgieron para dar respuesta de una manera humana, real y concreta, con la actitud de prevenir y tratar el sufrimiento evitable y de acompañar aquel sufrimiento que no pueda ser evitado.

Las herramientas fundamentales de los profesionales para realizar esta labor son la CIENCIA, que nos exige una evaluación precisa, rigor metodológico, experiencia clínica y fiabilidad terapéutica, para aliviar los síntomas (quitando el dolor, la fatiga, la falta de apetito, el insomnio, la tristeza…), y la COMPASIÓN, que posibilita percibir y comprender el sufrimiento del otro, e impulsa a aliviarlo.

A diario acompaño a pacientes y sus familias en este momento vital tan importante, donde de forma clara manifiestan su miedo a continuar con dolor o pasarlo mal o sentirse una carga para sus familias. Los cuidados paliativos nacieron para dar una respuesta humana para abordar de forma multidisciplinar acompañando el dolor físico, emocional y espiritual que todos en un momento así viviremos.

No solo damos la mano sino respuesta a las necesidades más concretas que en este momento salen a flor de piel y a las familias les enseñamos a mirar cuál es la mejor manera de cuidar y de abrazar a su ser querido en este momento.

A lo largo de estos años trabajando codo con codo con mi enfermera en los domicilios, algún paciente me ha pedido que le ponga algo para desaparecer, porque tal como está en ese momento no puede seguir adelante. No voy a negar que he visto personas con dolores tremendos, con situaciones muy complejas a las que en meses no se le ha dado respuesta y cuando me llaman para que empecemos a trabajar con ellos, encontramos a pacientes y familias desesperadas por situaciones que se han hecho habituales como tener dolor, ansiedad, fatiga, angustia…. todo el día sin que nadie les haya dado un correcto tratamiento. Es como si tuviéramos unas gafas de ver empañadas que hacen que todo lo que veas esté nublado, estar con mucha carga de síntomas no ayuda a ver nada de lo que tienes delante y tus familiares también se desesperan.

En estas situaciones mi respuesta siempre ha sido la misma: hemos venido para mejorar los síntomas que tiene, para acompañarle en esta etapa y para que sepa que no va a estar solo sino acompañado hasta el final. Puedo asegurar que ninguno de ellos me ha dicho “eso no lo quiero”, todo lo contrario, me han dado un abrazo, se han puesto a llorar, se han sorprendido de que extraños pongan en valor el bien que para todos es que él esté.

Cómo poder mirar y acompañar el sufrimiento de la enfermedad

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Declaración de Emergencia Climática: oportunidad para los cristianos

Francisco Medina

El pasado 21 de enero, el Consejo de Ministros aprobó la Declaración de Emergencia Climática y Ambiental en España, en virtud de la cual el Gobierno se compromete a adoptar, en los primeros 100 días, una batería de 30 medidas en el marco de la lucha contra el cambio climático; algunas de las cuales se concretarán en normas del ordenamiento jurídico; entre ellas, un proyecto de Ley de Cambio Climático y Transición Energética (que, en su día, había sido esbozado por el Ministerio de Energía, Turismo y Agenda Digital cuando Álvaro Nadal estaba al frente); o un proyecto de Ley para alcanzar las emisiones netas cero en 2050.

Otras medidas incluyen la hoja de ruta para la descarbonización de la economía; la aprobación del segundo Plan Nacional de Adaptación al Cambio Climático; o la creación de una Asamblea Ciudadana del Cambio Climático; o la Estrategia de Transición Justa, en la que se articularán los convenios que se firmen con los sectores industrial y de servicios. También se habla de una Estrategia de Lucha contra la Desertificación y de una Estrategia Nacional Forestal. La Estrategia frente al Reto Demográfico viene acompañada de otras acciones ambiciosas, como la transformación del sector financiero público y privado a través de un Plan Nacional de Acción de Finanzas Sostenibles y los llamados bonos verdes a emitir por el Tesoro Público. O la Estrategia de Economía Circular. Y ya se ha presentado el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima 2021-2030 para su aprobación por la Comisión Europea.

Ahora bien, la pregunta es: esta batería de medidas contenidas en la Declaración, ¿está en sintonía con el sentir de los ciudadanos? En el documento “Los españoles ante el cambio climático. Apoyo ciudadano a los elementos, instrumentos y procesos de una Ley de Cambio Climático y Transición Energética”, del Real Instituto Elcano, se refleja que la lucha contra el cambio climático y la cuestión de la transición energética no son aspectos alejados de la vida de la ciudadanía, así lo indican en cuatro aspectos:

1.- La preocupación por el medio ambiente y el cambio climático: en el que la respuesta de los españoles, cuando se formula una pregunta abierta (no dirigida), es mayoritaria la mención al cambio climático o sus impactos como aspectos que más les preocupan; como resulta mayoritaria la constatación de que estamos realizando acciones gravemente dañinas para el medioambiente.

En cuanto al nivel de conciencia ecológica, medido según el índice NEP (rango de 1 a 5 puntos), la puntuación media de la población española, según el Informe, vendría a situarse en los 3,69 puntos –aproximadamente, la media de los países desarrollados–.

2.- El conocimiento sobre la realidad del cambio climático: sólo un 3% tiene dudas sobre su existencia; y la atribución de sus efectos a la acción del hombre es prácticamente unánime, aunque es minoritario el hecho de que tales cambios sean ya perceptibles; y una mayoría piensa que no hay acuerdo en la comunidad científica. Es mayoritaria la opinión de quienes piensan que España no hace lo suficiente para tomar medidas (un 81%).

Declaración de Emergencia Climática: oportunidad para los cristianos

Francisco Medina | 0 comentarios valoración: 1  13 votos
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