Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
21 MAYO 2019
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Y ahora, ¿qué?

Ángel Satué

Antes de las elecciones ha habido manifiestos que indicaban el sentido del voto. Otros no lo hacían, pero eran suficientemente ambiguos para dejarnos igual. Ha habido conversaciones hasta altas horas de la noche. En familia, con amigos, compañeros de trabajo, hasta en la calle. Hemos retuiteado y reenviado por guasap noticas falsas, verdaderas y medio pensionistas. Hemos creído que todo acababa ayer, lo malo. Que lo bueno empezaba ahora. Que los muros que había se derruían. Que como en la “Nit del Foc”, el fuego se llevaría lo viejo y lo antiguo. Que el voto limpiaría nuestra conciencia, que el voto salvaría España, que el voto aniquilaría o purificaría tal o cual ideología. Hemos pensado que por fin dábamos la colleja que había que dar, el golpe en la mesa que mucho había tardado en llegar. Hemos pateado el trasero del cuñado, aquel que nos dio la murga en Navidad con el “voy a votar a…”. Somos modernos. Todos hemos pensado esto. Es nuestra manera de pensar. Y ahora, ¿qué?

Ahora toca el trabajo más gris y complicado que pueda pedirse a un ciudadano. Recomponer los puentes quebrados dentro de la sociedad. Afianzar los muros, asfaltar el firme, asegurar las tierras. Si hubiera una profesión que exigiese ahora el mayor salario sería la de pontonero. O ingeniero de caminos, canales y puertos (y puentes).

Ahora es el momento, si no se ha hecho antes, de salvar a las personas, aunque militen en otros partidos e ideologías.

Ahora es el momento de superar en nuestro imaginario colectivo la terrible distinción entre amigo-enemigo de Carl Schmitt aplicada a la política, puesto que apostar por una visión más amiga de nuestra visión del mundo es agrupar entre amigos y enemigos, desde la ideología, sin salvar a la persona, sin valorar a otros políticos de otros partidos. Los perjudicados, sin duda alguna, las iniciativas o proyectos concretos.

Ahora es el momento de trabajar de sol a sol, codo con codo. Ese sería el partido que debería surgir, el movimiento aún no concebido.

Ahora es el momento de no escoger a los amigos, pues seleccionamos a los enemigos en el mismo acto. La política no es agrupar a las personas en dos bandos, en varios colores, de manera que el otro es enemigo inevitable.

Ahora es el momento de profundizar en la sociedad civil, que no es sólo libertad para hacer, al más puro sentido liberal, sino que desde el evangelio esta libertad es otra cosa. Es libertad para conmoverme o no con las obras del tú, que es el otro. Con la compañía del “tú”, que es el otro. Contigo mismo.

Ahora es el momento de abandonar y superar la lógica de los espacios, como dice Francisco, y entrar poco a poco, codo con codo, de sol a sol, en la de los procesos.

Y ahora, ¿qué?

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Nuestra Notre Dame

Elena Santa María

Todavía ardía Notre Dame el pasado 15 de abril cuando redes sociales y diarios digitales se llenaban ya de historias y recuerdos, de infinidad de versiones de ‘Mi Notre Dame’. Una de ellas, que precisamente llevaba este nombre, la escribía Pilar Rahola en La Vanguardia. “Recuerdo la primera visita a Notre Dame, joven, atolondrada, sabihonda, descreída. La soberbia de la edad. Y, sin embargo, sólo contemplar el magnífico portal, el tímpano del Juicio Final, las dos elegantes torres, la aguja custodiada por los doce apóstoles..., y en el interior, la inmensa nave gótica (gótico rayonnant, si bien recuerdo), los gigantescos rosetones de los transeptos, el majestuoso órgano..., entonces, ¡qué sensación de humildad! La grandeza del arte se imponía a la impetuosa arrogancia de la juventud, y durante unos instantes fui víctima del síndrome de Stendhal, definitivamente herida por tanta belleza”.

Una belleza que, reconocía Santiago Alba Rico en la Revista Contexto, no puede arder. “Cuando miramos Notre Dame –o cualquier otra catedral– ni la hizo nadie ni somos nadie. Eso es la belleza, que no puede arder. ¿Cómo va a arder la capa de Dios? ¿Cómo va a arder el tiempo en sus vértebras? ¿Cómo va a arder la sobada corteza de la eternidad? ¿Cómo va a arder la objetividad misma y sus manzanas?”.

¿Por qué el incendio de una catedral ha conmocionado a todos? “Aún no se había consumido el fuego y los franceses ya habían postergado los conflictos de la cotidianidad y se habían dado cinco años para volver a levantar su iglesia”, explicaba David Gistau en El Mundo, dando ya una pista, “su iglesia en la que todo les ha ocurrido, en la que todo lo han sido y lo serán todavía”.

También lo dijo Ignacio Camacho en ABC. “Ese es el secreto de esta zozobra que te duele como una punzada: que París es nuestra. Aunque ya no sea, en realidad, como la sientes o como la piensas, aunque ya no responda a la llamada de su propio mito. La fuerza de los símbolos. Por eso te da igual que Notre Dame fuese hoy, más que una iglesia, más que un templo de la fe que ha alumbrado la unidad de un continente, un simple receptáculo turístico. Para ti es un paradigma, un signo, una metáfora de algo que sabes tuyo más allá incluso de su existencia física. De un proyecto de convivencia, de una acumulación de sedimentos históricos, de un modelo de pensamiento y de vida que te estremece contemplar envuelto en llamas, quebrado bajo el presagio de ruina”.

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Nuestra Notre Dame

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El drama de perder una casa que nació para albergar a todos

Giuseppe Frangi

“Notre Drame”, titulaba el diario de la izquierda laica e intelectual francesa, Libération. Un título emblemático y sintético, hasta el punto de que ni siquiera ha añadido una línea de sumario. Un título que documenta una conmoción inesperada. Ese “notre” (nuestra) es la palabra que más resonaba entre las miles de personas que se congregaron a orillas del Sena en un silencio casi irreal, con los ojos puestos en esas llamas que inflamaban el cielo parisino. En el momento en que la antigua catedral se plegaba a la acción devastadora del fuego, cada uno pudo sentir en sus propias carnes hasta qué punto aquella estructura antigua, mirada incluso muchas veces con la suficiencia con que se miran los despojos del pasado, era “suya”. Y por tanto “nuestra”.

No cae simplemente un símbolo. Cae un lugar, una casa que precisamente por esa primera persona del plural era una casa que nació para albergar a todos. Se podía pasar de largo, se podía desdeñar las ceremonias y ritos que, en estos tiempos tan desenvueltamente secularizados, se seguían celebrando en su interior igualmente. Pero esa catedral era una presencia de la que era inimaginable poder prescindir. Una presencia necesaria, algo parecido a la tierra bajo nuestros pies. Ni siquiera consideramos la posibilidad de que pudiera no estar. Imposible pensar en su ausencia.

Nos damos cuenta ahora, frente a ese incendio que en pocas horas se ha tragado la antigua techumbre de la catedral, con sus inclinaciones de 55 grados de pendiente, cubiertas con placas de plomo y apoyadas en una carpintería en madera de roble que en gran parte se remonta hasta el año 1220, “el bosque de Notre-Dame” le llamaban, debido a los 1.300 árboles que hicieron falta para conseguir la madera necesaria.

“Notre” (nuestro) era el fuerte sentimiento de impotencia para detener el desastre que en directo y con una velocidad inimaginable estaba devorando el techo y hacía que se precipitara la enorme ajuga del siglo XIX proyectada por Viollet-le-Duc. Lo que mostraba su fragilidad no era la catedral, éramos nosotros (todos) al descubrirnos dramáticamente frágiles al quedar privados de la catedral. “Notre Drame”, como con espontánea sinceridad y con un inesperado dolor de corazón afirma el titular de Libération, aunque quizá lo haya escrito alguien que probablemente no haya puesto un pie allí desde quién sabe cuándo…

El drama de perder una casa que nació para albergar a todos

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>Reconectar el voto y la experiencia social

Por una 'amistad social'

«Lo que está en crisis es este misterioso nexo que une nuestro ser con la realidad, algo tan profundo y fundamental que es nuestro íntimo sustento» (María Zambrano, “Hacia un saber sobre el alma”). Nuestra vida pública, muy ideologizada y con una violencia dialéctica exasperante, parece haber perdido ese «nexo» con la realidad, con la vida cotidiana de la mayoría de los ciudadanos. Cuando nos disponemos a afrontar varias convocatorias electorales, el debate político promueve un ambiente de fractura en nuestra sociedad que no refleja nuestra experiencia real.

Se nos dibuja un país dividido en derechas e izquierdas, invitando a caer de un lado o del otro. El que no cae de mi lado es enemigo. Y al enemigo ni agua. Pero no es así en nuestras familias, en las que un candidato de izquierdas tiene un padre de derechas o un votante de derechas tiene una hija de izquierdas. Con todo, el ambiente enrarecido consigue nublar nuestra experiencia real y separarla de unas ideas que asumimos como nuestras, y que tal vez promovemos, a pesar de que nuestra realidad las desmiente.

¿Realmente la política es esto? El papa Francisco nos recuerda que «la política no es mera búsqueda de eficacia, estrategia y acción organizada. La política es vocación de servicio, diaconía laical que promueve la amistad social para la generación de bien común. Solo de este modo la política colabora a que el pueblo se torne protagonista de su historia» (Discurso a los participantes en un seminario sobre el compromiso político en América Latina, 4 de marzo 2019).

¿Es el “bien común” un concepto demasiado abstracto? ¿Es un ideal inalcanzable? ¿Tenemos que resignarnos a definir nuestra convivencia a partir del axioma de Hobbes, “el hombre es un lobo para el hombre”? Compartimos deseos y exigencias que definen nuestra naturaleza común. Cuando ellos son nuestro punto de partida es fácil reconocer en el otro un compañero de camino y no un enemigo.

Nuestra experiencia nos enseña que somos capaces de colaborar por el bien común en contextos donde no todos piensan igual, como en la familia o en el trabajo. Y el pasado reciente nos enseña que hemos colaborado también en el contexto más amplio de nuestra sociedad: durante la Transición se dejaron atrás enemistades y se sacrificaron posiciones para salir de la dinámica de la violencia y el rencor. La política debe recuperar su vocación de servicio al bien común, que no se reduce al bien de una mayoría que legítimamente se ha impuesto con sus votos.

En el mismo discurso, el Papa afirma que nuestro protagonismo «evita que las llamadas “clases dirigentes” crean que ellas son quienes pueden dirimirlo todo. El famoso adagio liberal exagerado, todo por el pueblo, pero nada con el pueblo». Vivimos tiempos en los que la fractura entre los políticos y la gente de a pie representa una amenaza real a la libertad y a la iniciativa social. El intervencionismo y el mesianismo político viven de espaldas a la riqueza de iniciativas sociales que salen al encuentro de nuestras necesidades. La amenaza crece en la medida que esa iniciativa social no existe o no se expresa libremente.

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Por una 'amistad social'

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Vulnerables

Elena Santa María

Tras el atentado en el que murieron 50 musulmanes en Nueva Zelanda, la primera ministra, Jacinda Ardern, dijo “ellos son nosotros”. Una frase contraria a la que nos encontramos por todas partes “nosotros y ellos”. Con este gesto, reconoce Máriam Martínez-Bascuñán en El País, “no fue debilidad lo que mostró Jacinda Ardern: exhibió, por contra, una fortaleza inusual en la clase política dirigente, reconociendo la vulnerabilidad como el punto de referencia para pensar la política desde otro lugar. Al mostrarse con un pañuelo negro sobre su cabeza para acompañar a las víctimas de las comunidades musulmanas atacadas, abrazándolas y consolándolas, creaba ese ‘nosotros’ que puede surgir en torno a una herida, al sentimiento de pérdida, a esa sensación de vulnerabilidad que experimentamos cuando nos percatamos de que nuestras vidas siempre estarán expuestas al capricho del otro, pero también a su empatía. Ninguna respuesta enérgica, ningún llamamiento a la guerra o la revancha después de un atentado puede cambiar esa azarosa dependencia”.

Es en esa vulnerabilidad donde Lorena G. Maldonado (El Español) se reconoce con Juan José Cortés, que no en sus ideas. “Del dolor uno sabe que requiere rabia, y luego, silencio. Del dolor uno entiende que la compañía no sirve, que las pastillas no sirven, que la compasión no sirve. Del dolor uno cree que devasta, pero al final asume que sólo modifica. Del dolor uno acaba siendo expulsado como un órgano mal trasplantado; del dolor uno se quita los restos húmedos, como de placenta membranosa en la edad adulta, y retoma la vida otra vez, con una identidad a estrenar. Nadie es el mismo después del dolor. Pero ocurre algo: el dolor es ordinario y no milagroso. El dolor no nos beatifica ni nos vuelve ejemplarizantes. El dolor no nos hace puros, quizá al contrario: nos subraya, con implacable crudeza, como lo que nunca dejamos de ser: lúgubremente humanos”.

También se reconoce Juan José Millás (El País) con sus compañeros de vagón. “Había leído las noticias financieras y las deportivas y las culturales y las de sociedad y las de política nacional e internacional, por ese orden, sin dar un solo paso en la dirección del conocimiento. El mundo continuaba siendo impenetrable. Tras su lectura, solo sabía que los que íbamos en aquel vagón tarde o temprano moriríamos”.

“Hacer nada significa soportar el vacío, aguantar la perplejidad de estar libre, asumir la energía acumulada. Hacer nada implica no buscar justificación para estar vivo y comprender que lo que tiene que pasar pasará en el momento que convenga. Hacer nada supone una tal confianza en la vida, una tal convicción de que ella decidirá bien, que habitualmente lleva al vértigo y a la claudicación en favor de cualquier acto que nos entretenga, un chat, una compra, una lectura. Un acto que nos lleva a hacer en vez de a sostener la fe”. Es lo que propone Flavia Company en La Vanguardia. ¿Nos atrevemos?

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Vulnerables

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La singularidad biológica de la especie humana

Nicolás Jouve

Entender el origen de las diferencias y semejanzas que encierran en su genoma las especies de seres vivos que pueblan la Tierra –hasta ahora el único planeta que sabemos está habitado–, requiere conocer previamente varios de los pasos dados por la Biología en los últimos 100 años. Desde que en los años treinta del siglo pasado, la evolución por selección natural dejó de ser una teoría para pasar a ser un hecho reconocido e indiscutible, avalado por la Genética en interacción con todas las ramas de la Biología tras la formulación de la llamada “teoría sintética de la evolución”, no han cesado de brotar en un gran proceso integrador múltiples descubrimientos, que permiten reconocer los elementos comunes que unifican a todas las criaturas de la naturaleza.

El primero y más importante es el conocimiento del ADN, considerada la “molécula de la vida” por ser portadora de la información genética, es decir, la sustancia de los genes. Se trata de un elemento común a todos los seres vivos, responsable de las semejanzas y las diferencias de los millones de especies que existen y han existido sobre el planeta a lo largo de los más de 3.500 millones de años de evolución. El conocimiento de la estructura de esta molécula, considerado el descubrimiento más importante del siglo XX, tuvo lugar en 1953. El ADN está compuesto por dos filamentos que giran uno alrededor del otro, a modo de una escalera de caracol, compuestos por la sucesión de unas unidades, que los mantiene unidas denominadas bases nucleotídicas y que son como los peldaños de la escalera. Se trata de una prodigiosa estructura que permite explicar cómo se almacena, se transmite, se expresa y cambia la información de la que dependen los seres vivos en sus características biológicas y, por tanto, la biodiversidad. Lo más extraordinario, a los efectos que nos interesa destacar aquí, es su “universalidad”. En el formidable árbol de la vida todos los seres por diferentes que sean, compartimos esta misma molécula, que es la responsable de almacenar, transmitir, expresar y mutar para dar forma y continuidad al prodigio de la vida.

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En busca de la política

Elena Santa María

El pasado 5 de marzo David Trueba fue trending topic en Twitter España durante buena parte de la mañana. Lo fue por publicar un artículo en El País en el que decía que “la política actual parece empeñada en lograr que se odien los hombres con las mujeres, los de aquí con los de allá, los taurinos con los que tienen perro y los que van al gimnasio con los que escuchan a Bach. Todo eso es una puesta en escena de los odios más rentables. La locomotora electoral está alimentada por un combustible obsceno que se derrama por las calles, por los salones, a través de tertulias sostenidas con aspavientos y no con argumentos, por dicotomías imposibles donde has de decidir si prefieres matar a papá o a mamá. Muy ciegos hemos de estar para no escapar de ese bochornoso juego. Pero se estimula la ceguera. Nos lanzan ácido a los ojos. Nos sacuden donde más duele. Sentimos la espuela en el lomo. Somos caballos con anteojeras, galgos tras liebres, ratones hambrientos de queso rancio. Pero en realidad somos los dueños de todo esto. Necesitamos que nos muestren las diferencias evidentes entre unas prácticas políticas y otras, pero que lo hagan al mismo tiempo que exhiben su profesionalidad, su capacidad de acuerdo, su dinámica flexible y su talento para no transformar en algo personal lo que solo es una rivalidad saludable. Déjennos convivir”.

La viralidad de este mensaje demuestra que son muchos los que se suman a esa petición: “Déjennos convivir”. De hecho, estos días, con la máquina electoral en marcha, son muchos los artículos que aparecen denunciando la polarización, cada vez más creciente. Javier Pérez Andújar, también en El País, escribía: “se ha impuesto en el diálogo el conmigo o contra mí, que está dando al traste con el juego democrático. Este término nos advierte de que ya nada cabe en política al margen de la adhesión ciega. Los bandos se han conjurado contra las personas. Cualquier gesto hecho aparte de un grupo, de un partido, supone pertenecer al enemigo. Cualquier margen para respirar ha quedado proscrito, y cuanto más negro se pone el ambiente más se acusa de blanquear. Bajo la acusación de blanqueo yace una invocación a la pureza, una cruzada contra lo sucio. Porque sin la pureza es imposible el puritanismo, el agua limpia de la que bebe toda Inquisición. De esto nos están hablando nuestros políticos”.

Con otras palabras, Antón Costas en La Vanguardia, dice algo parecido: “Tenemos que dejar de pensar que nuestra visión está basada en buenos sentimientos y la de los demás en el odio. Tenemos que salir de nuestras respectivas tribus y ponernos de nuevo a escuchar y hablar entre nosotros. Y, en segundo lugar, necesitamos políticas públicas y empresariales que hagan que la economía y la democracia funcionen en favor de la mayoría. De lo contrario, tenemos populismos nacionalistas para rato”.

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En busca de la política

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Exigir una infinita felicidad genera violencia

Cristina Llanos

Muchos de los casos de violencia de género encierran un mal más profundo. En el encuentro con el otro que es tan limitado como yo puede haber la tentación de exigirle una infinitud de felicidad o intentar cambiarle para hacerle a mi medida. Todo esto genera violencia.

En mi larga experiencia como abogada de oficio defendiendo a los presuntos maltratadores nunca se me dio la circunstancia de defender a una mujer maltratadora. Esto me parece significativo ya que culturalmente el varón no se ve denunciando los malos tratos que recibe de una mujer. El varón vive esa violencia doméstica en soledad. La mujer es más proclive a compartir sus problemas, por ello se ve reforzada a denunciar también por un deseo de proteger a sus hijos.

He visto denuncias por mujeres contra sus maridos o parejas, cuyo término es un juicio rápido, donde se resuelve –entre otras– imponer al maltratador una medida de alejamiento. Pues bien, he presenciado cómo la esposa o la mujer maltratada, directamente o por una amiga, intenta localizar y contactar con el sentenciado, incumpliendo el mandato judicial.

Este hecho, no poco frecuente, podía darse por varios motivos: desconocimiento, provocación o deseos de reanudar la convivencia. Les he visto llegar de la mano al juzgado solicitando la suspensión de la medida cautelar de alejamiento; he oído a una mujer pedir al fiscal que interceda para que no juzguen a su pareja por haber quebrantado la condena de la prohibición a acercarse a ella a menos de 500 metros: es que fueron encontrados en un hotel celebrando san Valentín.

Me daba cuenta de que aquel odio que se introdujo entre ellos había desaparecido. Porque el mal, al no tener raíz, no anida entre nosotros. Estamos hechos para el bien, e inconscientemente volvemos a vivir agarrados de la mano esperando el cumplimiento de esa promesa de felicidad que nació entre nosotros cuando nos enamoramos.

Quien se violente ante esta inclinación natural va contra su propia humanidad, se invierte, se enajena.

También he visto denuncias por mujeres a sus maridos o parejas que no se ajustaban a la realidad. Sí, es verdad que, y con seguridad, se partía de un grave conflicto que ya en el hogar se estuviera viviendo, pero he presenciado cómo mujeres simulaban la realidad, mentían.

Con una denuncia de una mujer formulada por teléfono narrando un miedo creíble, el varón es conducido por la policía a comisaría. Luego se averiguará lo sucedido. Y podrán, inclusive después, archivarse las diligencias con la consiguiente libertad para aquel presunto maltratador, pero durmió en el calabozo una noche.

Una simulación de delito por parte de la mujer debe abrir unas diligencias contra ella. No presencié nunca ninguna actuación en este sentido. Sí, por el contrario, severas amonestaciones verbales, por el juez y el fiscal, tanto a ella como a él.

¿Qué he aprendido de esta experiencia? Que tú, del que me enamoré aquel día, abriste en mí la esperanza de que tú ibas a solucionarme todos los problemas, que tú ibas a darme toda la felicidad que yo deseo en cada instante. Pero al no ser así, porque eres tan limitado como yo, puedo hacer dos cosas: exigirte esta infinitud de felicidad o intentar cambiarte para hacerte a mi medida.

Todo esto genera violencia.

Exigir una infinita felicidad genera violencia

Cristina Llanos | 0 comentarios valoración: 3  21 votos
>El futuro de la escuela

'Más que refundar la escuela hay que potenciar a los maestros'

P.D.

A raíz del nacimiento del primero de sus dos hijos, la periodista Eva Millet empezó a escribir sobre temas de educación y parenting. En 2014 puso en marcha un blog especializado en noticias que ayudan a educar.

¿En qué momento está nuestra escuela?

En una sociedad insatisfecha y exigente, que considera que tiene muchos derechos pero pocos deberes, la escuela, ya sea pública o privada, se cuestiona constantemente. Si a ello le sumamos los constantes cambios de los sucesivos gobiernos, que no han sido capaces de hacer el trabajo que deberían de hacer los políticos (lograr el "bien común", ¿les suena?), y ponerse de acuerdo y pactar una ley educativa para todos, que no cambie cada cuatro años, podría decirse que la escuela tampoco está muy bien tratada desde las administraciones.

Pero, pese a ello, yo quiero creer que la escuela, como institución, funciona. Porque la escolarización universal, gratuita y obligatoria es un éxito de toda sociedad, por mucho que se la ataque. Y yo, que he visitado muchas escuelas en los últimos años, con mis charlas sobre hiperpaternidad, puedo decirte que son lugares que me gustan, que funcionan: no he visitado una escuela que no me transmita buenas sensaciones.

¿Es necesaria una refundación? ¿En qué sentido?

En los últimos años han habido un montón de "refundaciones" de la escuela y del sistema educativo: de la obsesión por la estimulación precoz a finales de los 90/2000 al más reciente mantra de "darle la vuelta a las clases y a la escuela", acabar con el pasado, con las clases magistrales, sustituir al maestro por internet, sustituir al maestro por un coach, etc. ¡Uf! Creo que somos una sociedad un punto destructiva que no sabemos valorar lo que tenemos de bueno y arrasamos con el pasado reciente demasiado rápido.

También hay mucho márketing y mucha competencia entre centros (recordemos que cada vez hay menos niños) y mucha inseguridad de los padres. De repente, surge una nueva manera de enseñar que, nos aseguran, será "la definitiva" y hará más feliz/inteligentes y competentes a nuestros hijos y todos nos volvemos locos.

Es verdad que todos hemos de evolucionar, y la escuela no puede quedarse atrás, pero no creo que se esté quedando atrás, francamente. Mis hijos (ahora en la ESO, ambos en centro público) están estudiando cosas de la misma manera que las estudié yo y cosas de una manera completamente diferente. Ni mejor ni peor, distinta. Y estoy convencida de que una parte fundamental (creo que la más fundamental) del éxito de una escuela radica en la calidad de sus maestros: un buen maestro te cambia la experiencia escolar. Más que refundar la escuela, hay que potenciar a los maestros: ellos son clave. Sin olvidar la capacidad de esfuerzo de los alumnos y el compromiso, de colaboración (no intromisión) de los padres.

¿Qué reto y qué oportunidad supone la enseñanza de las STEM (Science, Technology, Engineering and Maths)? ¿Un enfoque en el desarrollo de habilidades STEM puede alejar de la reflexión?

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'Más que refundar la escuela hay que potenciar a los maestros'

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Locura ordinaria o compañía de personas reales

Giorgio Vittadini

¿Qué tiene que ver el aumento de sucesos violentos sin razón, el malestar y el sinsentido de las sociedades del mundo desarrollado, con la crisis de los cuerpos intermedios, los movimientos, las asociaciones, las compañías y las libres agregaciones de personas? Aparentemente, nada. Los cuerpos intermedios parecen estar en crisis irremediablemente por dos razones. La primera va ligada al derrumbe planetario de la confianza que estamos viviendo. Confianza entre países, entre ciudadanos de distinta procedencia, entre ciudadanos e instituciones, entre las personas y sus agregaciones.

El hombre contemporáneo ya lleva tiempo viviendo las dimensiones globales y “líquidas” de la sociedad, tan bien descritas por el sociólogo polaco Zigmunt Bauman. Todo eso ha llevado a pensar que toda forma de realidad organizada es portadora de intereses particulares contrarios al bien común y por tanto hay que mirarlo con sospecha. En escena solo quedan el Estado y el individuo. Cuando el capitalismo era industrial, necesitaba una mediación entre el individuo y la producción, como por ejemplo en la organización sindical. Pero eso ha cambiado con el tardo capitalismo, el financiero, que ve en la sociedad intermedia un obstáculo a la inmediatez de las transacciones económicas.

Luego hay una segunda razón que ha acelerado radicalmente el proceso. El acceso a la red global ha desatado los vínculos, hasta el punto –como hemos visto– de que muchos piensan que esta es una sociedad formada por mónadas, cada una con sus necesidades y deseos específicos, que contrastan con los de los demás.

En esta línea, Mark Zuckerberg, fundador de Facebook, hace un año publicó un largo manifiesto en el que alaba a las comunidades tal como las conocemos (plazas, clubes deportivos, iglesia), pero subraya que están en declive, así como la confianza y la esperanza, y que para preservarlas hay que restablecer sus “conexiones” a través de las redes sociales. Estas, según Mr. Facebook, no alienan a la gente sino que tienen de hecho un efecto positivo, pues refuerzan el tejido social. Hay quien habla de las redes sociales incluso como los “nuevos cuerpos intermedios”, destacando el valor de su dimensión incluso física, más que virtual. Se trataría de formas de agregación más informales y fluidas, con objetivos más específicos y sin jerarquías fijas, más bien como ámbitos de relación, espacios de sociabilidad.

Pero estas nuevas formas de agregación tampoco están siendo capaces de contener la crisis de confianza que está minando no solo a los cuerpos intermedios, sino a toda la vida social. La desbandada actual afecta a los fundamentos de la existencia porque afecta a la posibilidad de realizar un camino de crecimiento y satisfacción en la familia, en el trabajo, en la vida cotidiana. Parece imposible pensar que la gente pueda estar determinada por una irrenunciable capacidad de bien, de construcción, de positividad. Los cuerpos intermedios no están en crisis porque se hayan vuelto superfluos, sino porque, aislándose, la gente ha perdido la conciencia de su necesidad de relacionarse.

Locura ordinaria o compañía de personas reales

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La convivencia es posible

Elena Santa María

Coincidiendo con San Valentín, que ha llenado redes y prensa de cursilerías y cantos y reflexiones sobre las nuevas formas de amor, varios columnistas habituales han abierto una rendija, a través de sus textos, para contar qué es el amor para ellos. Pilar Rahola, en La Vanguardia, lo hacía para felicitar el cumpleaños al "señor que acompaña mis pasos por la vida". "De golpe empiezan los recuerdos, se amontonan las vivencias y esa cosa pegajosa, pero linda, que es la nostalgia nos envuelve con ternura y nos da un momento nuestro, que no es de nadie. Pienso en la complicidad, ese barro sólido con el que cimentamos la convivencia, y me siento un poco orgullosa de lo que hemos construido, porque así lo hemos construido, pasito a pasito, verdad a verdad, reconstruyendo cada trocito de camino que se había degradado. No es fácil vivir con el otro sin ser el otro, pero el amor es justamente eso, un aprendizaje del otro, poquito a poquito, día a día".

Por otro lado, Juan Manuel de Prada respondía así en una entrevista de Iñako Díaz-Guerra en El Mundo, a raíz de su última novela: "La vida pierde misterio porque nosotros perdemos curiosidad. En cuanto al amor, por muy cínico que seas, por más sucedáneos que inventes, lo sigues necesitando. Todos aspiramos al amor porque hemos sido creados para estar unidos. Es el meollo de la existencia y del acto creativo. En mi novela, para el protagonista conocer a Lucía es dejar al hombre viejo y sufrir una metamorfosis completa. (...) Sé que ahora se dice que la mujer no tiene que ser musa. Es una monserga demencial de cierto feminismo. No veo mejor forma de cambiar eso que llaman el patriarcado que ser musa, porque la musa transforma radicalmente al hombre, te levanta de los escombros".

Tras describir una serie de casos que demuestran que "lo común es que te rompan el corazón en mil pedazos", Ana Sharife en Revista Contexto reconoce que "el amor nos proporciona una medida del tiempo y el espacio a través de la cual el mundo te pertenece por entero, parece hecho para ti. Una de las sensaciones más poderosas e intensas que la mente humana puede experimentar. Amar hasta sentir que el cielo roza el fondo dormido de los océanos".

También Sol Aguirre, en El Español, describe el amor al hablar de las enfermedades mentales. "Sostener al que, en un momento dado, no se sostiene por sí mismo nos pone a prueba, nos enfrenta con nuestros fantasmas, con nuestra propia debilidad. Esa que, inevitablemente, sentiremos en algún momento de nuestra vida y que, con suerte, o con ayuda, quedará en pura anécdota. Prestemos atención, a nosotros y a los nuestros. Insomnio, alejamiento de las amistades, incapacidad para afrontar los problemas cotidianos, abuso de drogas o alcohol, desórdenes alimenticios. Hagamos saltar la alarma. Querámonos mucho, cuidémonos en cuerpo y alma. No somos un ensayo".

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La convivencia es posible

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New York Encounter. Algo indestructible

Giorgio Vittadini

No es fácil contar a alguien que acabas de conocer qué es el New York Encounter, tres días de encuentros, exposiciones y espectáculos sobre temas de interés general, como científicos, económicos, sociales, religiosos. Después de visitar hace un par de semanas los locales del Metropolitan Pavilion de Manhattan, alguien comentaba: “Hay un programa lleno de encuentros, pero mucha gente parece haber venido aquí para pasar tiempo juntos. ¿Cuál es el objetivo de este evento? Sois católicos, ¿el objetivo de esta iniciativa es ampliar vuestra comunidad de pertenencia? Antes de venir pensaba que era un congreso cultural, pero en realidad en los encuentros se da mucho espacio al diálogo sobre experiencias personales”.

Efectivamente, pueden surgir ciertas dudas cuando al lado de la producción artística de Andy Warhol se habla de su experiencia religiosa, o cuando un importante jurista de la universidad de Princeton sube al escenario para hablar de Bob Dylan y tocar su música. O cuando un famoso columnista del New York Times cuenta su historia de caídas y recuperaciones porque uno puede estar “destrozado y cerrado o destrozado y abierto”.

Hay momentos en la historia en que hay que pararse a pensar cómo volver a empezar. Por eso hay que encontrarse, salir de los espacios en que uno se siente protegido. Hace falta mirarse a la cara, intentar entender y aprender del que tenemos delante. Para que se vuelvan a encender los motores, para aprender a desear más, para incrementar las ganas de conocer, construir, invertir en algo.

Esta es la convicción que ha llevado a los organizadores del NYE a poner en el centro de esta kermés precisamente ese “algo” que reacciona en nosotros, que se rebela, que no se rinde y que quiere volver a empezar. En esta edición se ha hablado del descubrimiento de nuevos planetas, de cómo hacer negocio humanamente, de cómo educar a los jóvenes, de migraciones, siempre con el objetivo de conocer, pero también de verificar si esta naturaleza nuestra que desea siempre más es realmente indestructible, si verdaderamente es “algo de lo que partir”, como decía el lema.

Para comprender la urgencia de esta pregunta, hay que ver qué ha pasado en América en los últimos años. “Las estadísticas no bastan, hay que mirar alrededor”, dice Angelo Sala, uno de los organizadores del Encounter: el malestar, la incertidumbre, la dificultad de vivir, incluso el miedo de mirar a los ojos al que tenemos delante son evidentes. Junto a una renovada exigencia de justicia (aun con fenómenos que a veces resultan excesivos, como podría ser el “Mee too”), el emerger de un tribalismo moderno, el aumento en la tasa de suicidios, la dependencia de drogas y opiáceos, la creciente soledad y el sofocante políticamente correcto que nos encierra en burbujas que limitan las posibilidades de expresarse.

Ni siquiera el deseo del éxito o de construir una familia es ya suficiente para afrontar el futuro con confianza. En vez de pararse a analizar lo que no funciona, los organizadores del NYE han querido poner en el centro de esta kermés experiencias personales donde se ve ese “algo” en nosotros que es indestructible. Como decía Luigi Giussani, recordado en una exposición realizada por alumnos de enseñanzas superiores, “amo a Cristo porque amo la vida, y no al contrario”.

New York Encounter. Algo indestructible

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 2  15 votos

Vientres

Inma Monsó

Por su interés, publicamos este artículo de Inma Monsó, de ayer en el diario La Vanguardia.

Un hijo no es un parche. No es un parche para cicatrizar la herida narcisista. No es un parche para suplir una vida en la que los encuentros amorosos no han colmado tus expectativas. No es un parche para completar la foto de esa familia feliz que nos han vendido y que jamás ha existido salvo a ratos, como todo en esta vida. Un hijo no es un parche, aunque desear hijos para parchear la vida es legítimo: nuestros deseos son libres. Ahora bien: empeñarse en hacer realidad ese deseo a cualquier precio es algo muy distinto.

Un deseo no es un derecho. Un deseo intenso de ser madre o padre es una obsesión que se cura con el tiempo (por no mencionar los deseos que al cumplirse se convierten en un infierno). Emprender una batalla larga y compleja para llegar a fabricar un hijo mediante el alquiler de un vientre ajeno es de un narcisismo que debería hacer reflexionar a muchos. Cuando la vida obstaculiza nuestros deseos es responsabilidad del adulto enfrentarse al deseo insatisfecho o aprovecharlo para más altas miras.

Un embarazo no es un estado de gracia. No en la mayoría de casos. Es un estado natural, eso sí, tan natural como la enfermedad o la muerte. Fragiliza el organismo, altera las constantes y provoca todo tipo de problemas como cualquier embarazada sabe, que se subliman y soportan (la naturaleza es sabia de vez en cuando), por la compensación del encuentro con la vida que llega. Cada una puede hacer con su propio cuerpo lo que crea oportuno. Pero alquilar el cuerpo de otra mujer es, se mire como se mire, una mercantilización abu­siva en toda regla. Para disimularla, en los debates sobre el tema suele aparecer ­como adorno la palabra altruismo, el altruismo de la mujer que alquila el vientre. La falacia se desmonta por sí sola: todas las mujeres dispuestas a alquilar su vientre tienen economías modestas. Sospechosa coincidencia: ¿ninguna mujer rica o de clase acomodada es altruista?

Soy partidaria de que el Gobierno solucione la situación de las familias retenidas en Kíev (lo hecho, hecho está, ahí están esas vidas y que sea para bien), pero no de legalizar la gestación subrogada. Facilitar a los ciudadanos que paguen a cualquier precio un deseo que dista mucho de ser ­legítimo pone a estos al nivel de las cria­turas: se los infantiliza creyéndolos incapaces de satisfacer ese deseo por otras vías o de renunciar a él. Se les atribuye una inmadurez que, en este caso, es un defecto especialmente relevante, pues está en juego un crío, y se supone que los críos han de ser educados por adultos, no por otros críos incapaces de dar mejor salida a sus frustraciones.

Un gobierno que legitima la gestación subrogada es un gobierno que declara a sus ciudadanos incapaces de ­entender algo tan sencillo (repitámoslo de nuevo) como esto: que un deseo no es un derecho.

Vientres

Inma Monsó | 0 comentarios valoración: 2  24 votos
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Demasiado tiempo con los ojos secos

Elena Santa María

El cantante Dani Martín se preguntaba en una entrevista reciente en Jot Down "¿por qué el mundo está como está ahora mismo? ¿Por qué un tío desde una ventana se pone a matar gente en Las Vegas? ¿Qué pasa en este planeta? ¿Por qué hay tanta desigualdad, por qué somos tan malos vecinos? (...) ¿Qué cojones está pasando aquí?".

¿Qué está pasando aquí? Carlos G. Reigosa en La Voz de Galicia responde que "la realidad es que el guirigay que tenemos en España, con más de media docena de versiones para explicar lo que sucede y lo que debería suceder, confunde hasta a los más hábiles y mejor formados". Y añade que, "sin embargo, debe recordarse que las verdades deben prevalecer y que caminar de su mano suele tener el premio de las decisiones sabias, que tan necesarias son para el buen funcionamiento de las sociedades, de los Estados y de los propios individuos. Porque la verdad sí existe y nos hace dignos y libres. ¿Acaso han olvidado esto nuestros políticos?".

¿Qué está pasando aquí? Pedro Simón, en El Mundo, responde con un ejemplo concreto de algo que también está pasando. Lo hace con el ejemplo de Luisa, una mujer sobre la que dice que "hubo un tiempo lejano en que le sobraban todos y le faltaba su espacio. No tenía tiempo para ella, ni espejo, ni pausa, y así fueron pasando los años. Hasta que poco a poco se le fue devolviendo todo de golpe. Las horas. El hueco en el sofá. El mando para ella sola. La soledad, claro. Y el miedo también. En España hay más de tres millones de personas que viven solas porque no les queda otra. Uno de cada cuatro mayores no recibe nunca visitas de familiares cercanos. Tienes no sé cuántas ocupaciones. Un montón de contactos en las redes. Muchas pantallas que mirar. Pero cuánto hace que no vas a ver a Luisa".

¿Qué está pasando aquí? Jorge Marirrodriga, en El País, dice que lo que pasa es que "cantamos a lo que no tenemos y aspiramos a lo que no podemos alcanzar. Somos humanos. Es cierto que esa búsqueda puede convertirse en persecución y esa inquietud, en enfermedad. Y si es generalizada, en una pandemia. Pero, si lo pensamos detenidamente, ese anhelo es el motor que, al final, nos mueve. Tal vez no se puede ser totalmente feliz todo el tiempo". Pero concluye que “seguramente perseguir la felicidad es doloroso y frustrante y encima puede que la cosa acabe mal. O no. En la duda –y la esperanza– que genera ese ‘o no’ reside lo importante. Chesterton decía que si de verdad vale la pena hacer algo, entonces vale la pena hacerlo a toda costa. Y ya lo canta Meat Loaf: recorrer todo el camino solo es el comienzo".

¿Qué está pasando aquí? Otra respuesta concreta de un hecho concreto. En este caso del día siguiente a la celebración de la gala de los Goya. Carlos Boyero, crítico de cine de El País, escribió entonces que "la revelación más gozosa, conmovedora y memorable de esta fiesta de pompa y circunstancias que este año les ha quedado tan correcta y previsiblemente empoderada (creo que se dice así) ha sido el discurso de agradecimiento de un señor muy bajito, calvo y con terribles problemas de visión llamado Jesús Vidal. Noto la cercanía de la lágrima (con causa o sensiblera, me da igual cómo aflore en estos ojos que llevan secos tanto tiempo) ante lo que cuenta y cómo lo expresa al recibir su premio. Ignoro si Jesús Vidal es un actor extraordinario, con capacidad para provocar en los receptores las sensaciones que le dé la gana, si su discurso estaba preparado o improvisado, pero fue precioso. Hablo de memoria, aunque no creo que me ofusque. Creo haber escuchado a Jesús Vidal lo siguiente: ‘Amar la vida con los ojos de la inteligencia y del corazón’ y ‘sí me gustaría tener un hijo como yo porque tengo unos padres como vosotros’. Destila emoción auténtica, cercanía sentimental, calidez, verdad". De nuevo la verdad que decía Reigosa que nos hace dignos y libres. Y en ese momento, con los ojos secos o no, todos la reconocieron.

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Demasiado tiempo con los ojos secos

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Julen, los medios y la educación

José Luis Rodríguez Torrego

En las últimas semanas las columnas de los periódicos se han llenado de juicios de valor sobre el comportamiento de los medios durante el rescate del pequeño Julen, en los que se sostienen posiciones discrepantes sobre el tratamiento que se ha dado a la noticia. Unos afirman que, en líneas generales, este tratamiento ha sido adecuado y razonable, mientras que otros consideran que la información se ha convertido en puro espectáculo. Resulta curiosa la transversalidad de las opiniones de los columnistas, que se han agrupado en posiciones contrarias sin atender a los criterios ideológicos que a menudo presiden sus textos.

Uno se pregunta por qué se da esta gran diferencia de percepción en un tema sobre el que no pesa el condicionamiento ideológico que habitualmente lastra la opinión pública. Y hablo de percepción porque el material con el que se han confeccionado estos juicios se reduce –inevitablemente– a impresiones. Estas opiniones no hacen referencia a estudios realizados sobre el tratamiento mediático de la noticia de Julen, en los que se establezca qué medios analizar, con qué metodología, y a qué criterios éticos apelar para juzgar los distintos comportamientos, o para llegar a una conclusión general.

De entrada, parece razonable hacerse preguntas previas sobre lo publicado del caso: ¿hablamos solo de lo que se ha visto en medios tradicionales o incluimos el último tuit descerebrado de nuestro timeline, o incluso el hoax que nos llega por whatsapp? ¿Nos limitamos a considerar el contenido de los informativos y de la prensa, o metemos en el saco a las tertulias con las que televisiones y radios llenan horas de programación a un coste asumible? La propia definición de medio de comunicación es, en la época de la sociedad red, una cuestión abierta.

En estas críticas a la prensa (curiosamente publicadas por los propios periódicos) resuena la antigua cuestión de la construcción de las noticias por parte de los medios de comunicación, y también las teorías pesimistas –que Umberto Eco llamaba “apocalípticas”– sobre la cultura y la incapacidad de los receptores de los mensajes de sustraerse a la influencia de los medios: Lippmann, Young, Lasswell, y otros, a los que se incorporan perspectivas más actuales que añaden como factor la irrupción de las nuevas tecnologías. Preocupaciones y simpatías de autores solventes como Bauman, Habermas o Castells, o de personajes dudosos como el anti-tecnológico Harari (una especie de Unabomber inconsecuente, pacífico y vegano).

Julen, los medios y la educación

José Luis Rodríguez Torrego | 0 comentarios valoración: 2  21 votos
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La pérdida y la espera

Elena Santa María

Poco a poco todo vuelve a la normalidad, pero la búsqueda y el posterior hallazgo del cuerpecito de Julen puso España patas arriba. Son muchos los que escribieron sobre lo que sucedió en esos días de rescate. Xavier Vidal-Folch escribió en El País que el rescate se hizo porque "tratando de rescatar lo imposible, esta sociedad por tantas cosas apurada pugnó por reencontrarse consigo misma, con sus valores elementales, la vida, la solidaridad frente al infortunio. Así, a todos los que no le conocíamos nos hizo mejores. A todos puso en disposición de alerta gratuita. Más importante que todo lo anterior. En el trato a Julen ha predominado lo mejor de la cultura obrera (que declina) de este país. La silenciosa sobriedad de los mineros asturianos. La disposición indómita de ingenieros y guardias. La habilidad técnico-industrial de los constructores de la caja metálica de salvamento. La cocina cotidiana de las mujeres del pueblo, ofreciendo antes que preguntando. Todos los que trabajaron perdiendo dinero, simplemente, porque había que hacerlo".

Pero tras el esfuerzo vino el hallazgo, y con él el silencio. También en El País, Félix de Azúa hablaba así de la muerte de un niño. "Toda pérdida es temible, pero la de un niño espanta en grado sumo. Es como si nos robaran la huella que debemos dejar por unos pocos años en este mundo. La sola memoria real a la que podemos aspirar. La pérdida de un niño es la experiencia más radical de la muerte. Puede morir un pariente o un respetado ciudadano y se le llora un tiempo, pero la muerte de un niño nos destruye hasta el tuétano, es una visión demasiado pavorosa de la fragilidad de nuestra condición. Basta doblar una esquina y la lluvia negra nos devora. Hace poco se publicó la fotografía de un niño ahogado tras el naufragio de una balsa. Estaba de rodillas y con los bracitos a lo largo del cuerpo, la cara hundida en la arena. No hay imagen más espantosa. Produce un miedo supremo ante la voracidad de la nada".

En una entrevista para ABC, Fernando Savater reconoce cuatro años después de haber perdido a su mujer que "el sufrimiento es permanente. Lloro a Sara todos los días, lo mismo en el primero que hoy. En eso no he cambiado en absoluto" y que "lo peor es descubrir que nada se derrumba después de la hecatombe, que mañana habrá otro amanecer y sus ojos no estarán para gozarlo. Lo peor es ver que los días se dilatan en su ausencia, y que no hay dolor que pare el tiempo".

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La pérdida y la espera

Elena Santa María | 0 comentarios valoración: 2  15 votos

La Escuela que debe nacer de nuevo

Ferrán Riera

Los tiempos siguen cambiando y si algo caracteriza el nuestro es que la velocidad del cambio aumenta a la espera siempre de cosas nuevas que dejen atrás las anteriores. La tecnología sigue respondiendo a esa impaciencia estructural que se ha apoderado de los hombres. En los cafés y en los breves diálogos de la cola del supermercado nos quejamos de las prisas, de la dificultad para disfrutar el momento y de la imposibilidad para detenerse un momento y mirar. Nos quejamos y seguimos intentando no perder la base de ritmos suministrada por las noticias, los anuncios y los vaivenes económicos y sociales.

Ante este panorama difícil lo tienen las instituciones seculares que se dirigen a lo perenne, a lo que permanece. La escuela es una de ellas y en estos momentos se revuelve en la incomodidad de querer afirmar valores sólidos que puedan sostener a los hombres del mañana mientras se halla inmersa como lo estamos todos en la sociedad líquida para la que la única verdad reconocida parece ser el cambio.

Una rápida mirada a nuestro entorno político y social y podemos comprobar cómo en nuestro mundo se están poniendo patas arriba instituciones, tradiciones y estructuras que parecían intocables. Parece que las antiguas consignas de mayo del 68 (“bajo los adoquines está la playa”) y las proclamas inconformistas de quienes querían cambiarlo todo estén surtiendo efecto 50 años después. La democracia y el derecho tan reclamados por unos y otros están en crisis y a las puertas de un sistema que se ha vuelto inestable llaman a centenares de miles que huyen del propio y de su pobreza.

La escuela, como tantas otras herencias de nuestros padres, también ha sido sentada en el banco de los acusados. Se la acusa de no responder a las exigencias educativas del momento, de no estar al día, de no tener capacidad de reacción, de no ser útil, de intentar perpetuar un sistema que ha fracasado y los mejores maestros, los que se preocupan, van de un lado a otro intentando que los padres estén contentos, que los chicos aprendan y que no se pierdan nada. Subidos a la red boleando todas las pelotas que hay en juego deben estar atentos a que las piedras que caen no les pillen debajo y ya no les queda tiempo para pensar qué están haciendo ni cómo va el partido.

Pero si hay que pararse un momento es para mirar. El verbo más importante en educación es “mirar”. No podemos exigir otra cosa a los colegios que no sea esta. ¡Que los profesores miren! ¡Que la dirección mire! Que miren antes de actuar, antes de decidir, antes de reñir y antes de premiar. Que miren el entorno, el clima y el paisaje de sus alumnos, sus heridas y su necesidad.

La Escuela que debe nacer de nuevo

Ferrán Riera | 0 comentarios valoración: 2  27 votos

No estamos desbordados por los MENAS

Isabel Lázaro González

Desde que en la década de los noventa del siglo pasado comenzaron a llegar a España extranjeros solos que no alcanzaban la mayoría de edad, el mensaje que insistentemente ofrece el sistema desde su llegada es claro: “no os queremos”. No me refiero a respuestas defensivas o respuestas solidarias individuales. Hablo de las normas y recursos con los que articulamos política y jurídicamente el sistema.

Son muchas las cuestiones relevantes que plantea esta respuesta al jurista que considera que la defensa de los derechos humanos es la tarea esencialmente vinculada al corazón del Derecho. En las líneas que siguen voy a referirme a algunas de ellas que se generan dentro del sistema de protección de menores, dejando para otros momentos los puntos calientes sobre la determinación de la edad, la inaccesibilidad de hecho a la protección internacional por más que las normas consideren compatible la protección como menor con la protección internacional o la desprotección que puede darse cuando el niño llega a la edad adulta.

Cuando un extranjero menor de edad se encuentra en territorio español solo, sin un adulto responsable de él, procede declarar el desamparo y la asunción de la tutela administrativa por la entidad pública competente de la Comunidad Autónoma del lugar en el que el niño se encuentra. Así debe proceder la Administración siempre que, de hecho, a causa del incumplimiento, o del imposible o inadecuado ejercicio de los deberes de protección establecidos por las leyes para la guarda de los menores, los niños queden privados de la necesaria asistencia moral o material. Lo establecen de esta manera tanto la Ley de modificación del sistema de protección de la infancia y la adolescencia como el Código Civil. No juegan ningún papel en la declaración de desamparo ni la nacionalidad ni la residencia del niño. Solo el hecho de encontrarse en España basta cuando se da la situación descrita como causa del desamparo.

El fundamento de la declaración del desamparo colocando al niño bajo tutela de la Administración no puede ser otro que el interés superior del niño; es decir que los niños extranjeros que llegan solos a España deben quedar bajo tutela administrativa con el fin de proteger su interés que hemos reconocido como superior a cualquier otro interés presente en la situación (incluido el legítimo interés del Estado de controlar sus fronteras).

Estos niños ingresan primero en centros de primera acogida y después se distribuyen en acogimiento residencial según los recursos disponibles en la Comunidad Autónoma. Son precisamente las condiciones en las que se encuentran en estos centros las que han saltado a primer plano en los medios de comunicación en distintas ocasiones. La situación en los centros de Melilla o en el de Hortaleza en Madrid expresa la saturación del sistema.

El desbordamiento de los recursos es fruto de la inadaptación del sistema al incremento constante en las llegadas y no de un volumen imposible de afrontar por la sociedad española –a pesar de la impresión de “invasión” que se genera por imágenes y declaraciones de algunos políticos–.

No estamos desbordados por los MENAS

Isabel Lázaro González | 0 comentarios valoración: 2  17 votos

¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?

Ignacio Carbajosa

La búsqueda del pequeño Julen nos ha tenido a todos en vilo durante casi dos semanas. De algún modo las excavaciones para encontrar al niño han ido parejas a ese otro excavar en la profundidad de nuestro ser en busca de sentido. ¿Qué valor tiene la vida? ¿Para qué nacemos? ¿Qué es la muerte? ¿Son el azar y la fortuna los dueños de nuestra vida?

Estas preguntas, que solemos tener medio enterradas y que estos días se han abierto camino como entre zarzas, dicen ya mucho de nuestra naturaleza humana. No ha sido necesario explicitarlas, nos hemos movido de hecho con ellas. ¿Quién no se ha sorprendido encendiendo la televisión, la radio o accediendo a los periódicos digitales para conocer la última hora de un niño que ninguno conocemos? Pero aún llama más la atención el ingente operativo montado en la hasta ahora desconocida localidad de Totalán. Una obra de ingeniería que duraría meses se ha llevado a cabo en algo más de una semana. Se han movilizado medios públicos y privados, nacionales y extranjeros. Una brigada de mineros asturianos ha vivido “a pie de pozo” durante días, preparados para entrar.

“¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder?”. La pregunta del Salmo 8 me ha venido a la cabeza recurrentemente estos últimos días contemplando la movilización del país en torno a la vida del pequeño Julen. Las posibilidades de encontrarlo con vida eran pocas (tal vez ahora nos lo confesamos) y sin embargo no se han escatimado esfuerzos de todo tipo. Nos separan tres mil años de aquel salmista, pero su pregunta sigue dando forma a nuestra pregunta: ¿Qué es el ser humano, tan valioso y tan frágil?

La expresión del Salmo no es problemática y mucho menos escéptica. Nace más bien del asombro y la admiración por las obras de la creación: “Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, // la luna y las estrellas que has creado”. Si comparamos nuestra vida, siempre frágil, con la inmensidad del universo (que hoy conocemos mejor que hace tres mil años), nace de forma natural esta pregunta, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él? Aun siendo poca cosa, sólo el ser humano tiene conciencia de toda la realidad, sólo él es la “autoconciencia” del universo. Misterio entre los misterios, que estos días se movía entre la maquinaria presente en Totalán.

Pero ¿cómo censurar el desgarro y la perplejidad que nos han alcanzado cuando desde el pozo profundo han llegado noticias de muerte? Nos hacemos uno con el sufriente Job, que, en su dolor, convertía la pregunta admirada del salmista en un grito de protesta dirigido a Dios: “¿Qué es el hombre para que te ocupes tanto de él, para que pongas en él tu interés, para que le pases revista por la mañana y lo examines a cada momento? ¿Por qué no apartas de mí la vista y no me dejas ni tragar saliva?”. Admiración y dolor, grandeza y pequeñez, agradecimiento y protesta, vida y muerte, conviven en nosotros. ¿Quién puede penetrar en este misterio sin censurar ninguno de sus factores?

¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?

Ignacio Carbajosa | 0 comentarios valoración: 2  13 votos

The Good Doctor

Javier García Arevalillo

The Good Doctor no sólo me ha gustado, casi diría que me ha cautivado. Y para mí ha sido una sorpresa, porque la empecé a ver sin muchas expectativas. “Autista superdotado que es admitido como cirujano en un hospital”…, de entrada pensé: va a ser House pero sustituyendo a un sociópata por un autista. En algunos aspectos se parece, sobre todo en la estructura de cada capítulo: normalmente dos casos, muchos de solución aparentemente sencilla, pero hacia la mitad se complican misteriosamente.

Me ha llamado la atención el juego que le han sabido dar a un protagonista autista. Sobre todo porque han podido transmitir un trasfondo muy emotivo al personaje sin que este sea ñoño en ningún momento.

Shaun Murphy, autista superdotado, se escapó en su momento de una casa en la que era maltratado, acompañado por su hermano. Hasta que la desgracia se ceba con ellos y el hermano muere. Es precioso ver cómo, sin caer en la sensiblería, ese afecto del hermano es mucho más fuerte que los recuerdos de abuso, las diversas casas de acogida, el rechazo de tantos… hasta lograr su sueño: ser cirujano en un hospital de prestigio.

Lo que en House eran dificultades por su trato inhumano a pacientes y médicos, aquí es una mezcla curiosa más compleja y rica: prejuicios de unos (sobre todo sus jefes y compañeros, pero también algunos familiares de pacientes) y una honestidad sin filtros por parte de Shaun, que le da una frescura especial a la serie.

La actuación de Freddie Highmore, alias Charlie en la Fábrica de Chocolate, no sólo es para enmarcar. Hace necesario ver la serie en VO. Es entrañable la actuación de Richard Schiff como el doctor Glassman, amigo de Shaun y principal mentor para su entrada en el hospital, ejerciendo como una especie de figura paterna para Shaun. Su relación, junto a la que se va estableciendo con su vecina de piso, nos da algunos de los mejores momentos de la serie.

Afortunadamente, los que disfrutamos con el mejor House tenemos una nueva serie de médicos a su altura, a la que engancharnos en familia, con la que disfrutar de la ausencia de pelos en la lengua de Shaun, de su entrañable aprender la empatía… y los que somos unos hipocondríacos de libro, además, tendremos motivos de sobra para pensar que nos morimos cada dos por tres.

The Good Doctor

Javier García Arevalillo | 0 comentarios valoración: 2  14 votos
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