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24 JULIO 2019
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Caso Vincent Lambert. Más allá de una cuestión económica

Inmaculada Navas

He leído con interés el artículo Michel Houllebecq publicado en este diario sobre el caso de la muerte de Vincent Lambert, recientemente dado a conocer en los medios de comunicación.

Es un asunto recurrente entre profesionales de la sanidad, sobre todo entre los que tenemos contacto con enfermos discapacitados, que en general se intenta tratar con la máxima delicadeza, discreción y consenso con los familiares de los pacientes. Siempre es doloroso cuando vemos el revuelo y la manipulación que se puede llegar a crear cuando una cuestión así salta a la vox populi y unos y otros lo utilizan para favorecer posiciones ideológicas muchas veces alejadas del detalle de la circunstancia concreta, quién sabe.

El señor Houllebecq en su artículo se pregunta si realmente es tan caro mantener a una persona discapacitada con una sonda de alimentación y cuidados básicos y yo le digo: pues no, efectivamente no lo es. La cuestión no es un problema económico. Tampoco son tantos los pacientes que se encuentran en esta situación y no necesitan de medios extraordinarios desde el punto de vista técnico-hospitalario. De hecho, la mayoría de estos pacientes, salvo en momentos críticos, no necesitarían estar en un hospital de agudos, y esto lo saben bien muchas familias que están cuidándoles en sus domicilios y que conocen mejor que nadie las ventajas de tener a sus familiares en casa.

Los medios extraordinarios que necesitan estos pacientes son tener a alguien que reconozca su valor como persona y que esté dispuesto a cuidarle cada día. Porque hay que lavarles, vestirles, levantarles, peinarles, afeitarles, darles la alimentación y el agua, acostarles un ratito la siesta si lo necesitan, sacarles a pasear en su silla de ruedas si es posible, acostarles por la noche y cambiarles de postura de vez en cuando. Es así de concreta la vida de esta gente, y de sus cuidadores. Llena de sacrificio, sí, pero no excesivamente complicada y no necesariamente infeliz.

Por esto yo entiendo que no es una cuestión solo económica, sino de si existe o no un sujeto humano consciente del valor de la persona discapacitada y capaz de cuidarle. El problema con las personas en situación de estado vegetativo o similares no es si se va a despertar o no (ojalá despertaran). El problema no es si el consenso de médicos que dice que es muy poco probable que se despierte pueda equivocarse. El problema no es el futuro, sino el presente. El problema es si esta persona hoy, que no hace nada, salvo respirar y dejarse amar, tiene un valor, es digna de seguir siendo cuidada. Sin hacerle daño. Sin hacerle procedimientos extraordinariamente invasivos, pero manteniendo unos cuidados básicos. Lo que harías por alguien a quien amas, a quien respetas.

Es un problema del presente. A mi me ayudó a entender esto mi amiga Belén, que unos días antes de morir, por cáncer, me pidió que le pusiera crema hidratante en los pies. Entonces entiendes que vale que esos pies estuvieran bien hidratados en ese preciso momento, aunque no volvieran a caminar, por el valor mismo de su persona. Entiendes el valor del momento presente.

Caso Vincent Lambert. Más allá de una cuestión económica

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La llegada del hombre a la Luna, una empresa sin grandes motivos... ni consecuencias

Robi Ronza

La llegada del hombre a la Luna fue una empresa sin motivo (aparte de un motivo político contingente) que pasó sin ninguna consecuencia relevante. No en vano, después de la visita de doce astronautas en siete misiones distintas (Apolo 11,12, 14, 15, 16, 17), el programa se suspendió y hasta hoy el pie de ningún otro ser humano ha vuelto a pisar suelo en nuestro satélite. Pero desde hace semanas los tambores del circo mediático internacional suenan con fuerza anunciando la conmemoración este sábado del 50º aniversario de la primera llegada del hombre a la Luna.

La primera y principal razón por la que nos encontramos inmersos en este aluvión de imágenes y comentarios, que durará aún varios días, es puramente técnica. La llegada del hombre a la Luna fue el primer evento espectacular “televisivo”, del que existe una vastísima documentación en los archivos de todas las televisiones del planeta. De modo que toda esta gigantesca espuma mediática a las televisiones les cuesta poco o nada.

Tengo suficiente edad como para haber sido un joven telespectador en directo del evento que ahora se celebra, y recuerdo muy bien que ya entonces me sorprendió el hecho de que se hablaba de todo menos de los motivos culturales y científicos que eventualmente podían justificar tal empresa. Sustancialmente, eso no era extraño, pues hasta el momento no había precedentes. Se había querido ir a la Luna porque técnicamente había sido posible. Eso es todo. En este punto, nada ha cambiado desde entonces. Al no saber o no poder hablar de lo sustancial de la historia, se enfatizaban los más minúsculos detalles irrelevantes.

El único motivo real por el que EE.UU. envió a sus astronautas a la Luna era puramente político y se situaba en el escenario de la guerra fría. En los años precedentes, la Unión Soviética había alcanzado antes que EE.UU. ciertos objetivos en la exploración espacial alrededor de la Tierra, y el impacto propagandístico del evento había sido muy notable. Como no querían permitir de ninguna manera que eso volviera a suceder, Washington se empeñó con todas sus fuerzas en ser los primeros en mandar hombres que tocaran suelo en la Luna. Eso era todo, no había ni hay nada más. La exploración espacial continuó después de otro modo, por otras vías y con vehículos que no requieren la presencia humana. Esta última solo subsiste hoy en… lunas artificiales, es decir, en bases espaciales que orbitan alrededor de la Tierra. Naturalmente, digamos que como un “subproducto”, de los viajes de la Tierra a la Luna también derivaron consecuencias técnicas útiles para el desarrollo de los vectores y bases espaciales actuales, pero esto se podría haber conseguido también de otro modo. Así están las cosas. El resto es espuma mediática.

La llegada del hombre a la Luna, una empresa sin grandes motivos... ni consecuencias

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Realidad real

Lola Martínez

A Daniel los Reyes le trajeron su primera Nitendo cuando tenía 12 años. Era un apasionado de los videojuegos, demasiado apasionado. Daniel, de hecho, pronto se convirtió en un adicto. Los estudios empezaron a irle mal, no quería salir de casa, engordó mucho.

La desintoxicación de los videojuegos no fue fácil para Daniel, que tuvo que ingresar en una clínica para su tratamiento. Sufría mono de las pantallas.

Estas situaciones las hemos visto en series, pero la historia de Daniel no es una serie. Hace unos días en la reunión que la OMS ha celebrado en Ginebra en su 72ª reunión anual ha incluido la adicción a los videojuegos en su lista de trastornos. En España el control y prevención de este tipo de enfermedades ya lleva meses incluido en la Estrategia contra las Drogas. El 18% de los jóvenes entre 14 y 17 años en nuestro país hace un uso excesivo de los videojuegos.

El abuso de los videojuegos es solo uno de los trastornos que está provocando la saturación digital. Saturación digital es una expresión que se está utilizando últimamente para describir la desconexión de la realidad real que nos acecha.

El lujo antes era la tecnología. Ahora el lujo es lo analógico, lo real, real. De un modo probablemente intuitivo nos rebelamos contra un exceso de virtualidad, y quizás por eso buscamos cámaras analógicas en los mercadillos, discos de vinilo, turismo rural en algún sitio donde cante un gallo con cresta y con plumas. Ahora lo offline, lo desconectado es tendencia. Podemos comprar por Amazon cualquier libro pero volvemos a las librerías, podemos saludar a todos nuestros amigos por WS pero de lo que tenemos nostalgia es de un desayuno o de una comida lenta con mucha sobremesa y mucha conversación, donde poder mirarnos a los ojos y poder tocarnos.

Este fin de semana he leído una estupenda columna de esa buena directora de cine que es Isabel Coixet. Coixet explicaba que cuando está en pleno rodaje de un proyecto, “hay un momento mágico en el que todo parece encajar y sientes que la cámara capta algo intangible, una corriente de amor que tiene que ver con la química y hasta con la metafísica. Minutos más tarde, me doy cuenta de que era un espejismo y de que tengo que seguir intentando plasmar algo que quizá es inalcanzable: la realidad en todas sus capas, compleja, inasible, complicada, rica, dura”. La realidad inasible, que no se puede aferrar del todo, dice Coixet, quizá eso es lo de que tenemos nostalgia en esta época virtual.

Realidad real

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Una muerte impuesta por el Estado

Michel Houellebecq

El Estado francés ha logrado imponer lo que perseguía con ahínco y desde hace unos años también varios familiares, la muerte de Vincent Lambert.

Debo confesar que cuando la ministra de “Solidaridad y Salud” (en este caso valoro mucho la solidaridad) presentó un recurso de casación me quedé estupefacto. Estaba convencido de que el gobierno permanecería neutral en este caso. Después de todo, Emmanuel Macron había declarado poco antes que no tenía ninguna intención de implicarse. Pensé, estúpidamente, que sus ministros seguirían la misma línea.

Tendría que haber sospechado de Agnès Buzyn. A decir verdad, no me fiaba demasiado de ella desde que declaró que la conclusión que podemos sacar de las tristes historias parecidas a esta es que nunca hay que olvidarse de dejar por escrito, y con tiempo, las últimas voluntades (en realidad, hablaba como cuando uno recuerda a los niños que tienen que hacer sus deberes y ni siquiera se preocupó de precisar en qué sentido podían ir estas voluntades, como dándolo casi por descontado).

Vincent Lambert no había dejado ninguna disposición escrita. Circunstancia agravante, era enfermero. Debería saber, mejor que cualquier otro, que el hospital público tiene otras muchas cosas de las que ocuparse que de mantener con vida a los incapacitados (gentilmente recalificados como “vegetales”).

La sanidad pública está al límite y, si hay demasiados Vincent Lambert, corremos el riesgo de perder un montón de dinero (a propósito, me gustaría saber por qué: una sonda para el agua, otra para la alimentación, no me parece que eso suponga una intervención de alta tecnología, se podría hacer en el domicilio, se hace en la mayoría de los casos, y es lo que siempre han reclamado, a voces y con gran insistencia, sus padres).

Vincent Lambert vivía en un estado mental particular. Y no, no fue el centro universitario hospitalario quien le abandonó a su suerte, me sorprende darme cuenta. De hecho, Vincent Lambert no sufría dolores insoportables, no sufría en absoluto. Ni siquiera estaba al final de su vida. Vivía en un estado mental particular, sobre el que sería mucho más honesto admitir que aún no tenemos conocimientos precisos. No era capaz de comunicarse con los que le rodeaban, o lo hacía de un modo casi imperceptible (tampoco en esto hay nada extraño, su estado era parecido al que nos adentramos cada uno de nosotros al caer la noche). Su condición (esto es más raro) parecía irreversible. Escribo “parecía” porque he hablado con muchos médicos, por mí mismo y por otras personas (algunas agonizantes) y nunca, en ninguna circunstancia, un médico ha sido capaz de afirmar estar seguro, con una seguridad del cien por cien, de lo que iba a suceder. Pero también puede ser. Puede suceder que todos los médicos consultados, sin excepción, se hayan mostrado de acuerdo para formular un pronóstico idéntico: pero en mi experiencia nunca ha sucedido.

Una muerte impuesta por el Estado

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Las máquinas no saben de significados

Lola Martínez

Es tiempo de pre-matrículas y de matrículas para el próximo curso. Muchos apostarán por Administración y Dirección de Empresas, por Ingeniería informática o por Comercio y Marketing, ninguno de esos estudios en España tiene formación humanística. Algo muy diferente a lo que sucede en universidades como Oxford, la universidad de élite del Reino Unido que incluye en sus planes de estudio las lenguas clásicas, la filosofía, la literatura, y sus alumnos explican que esas materias que parecen no servir para nada les permiten entender mejor el mundo.

En España tener un título universitario no garantiza encontrar trabajo. En 2018, el 27,7% de los titulados que finalizaron sus estudios en 2014 no tenía empleo. Es un desafío en una situación como la que tenemos en plena Revolución Digital. En los próximos años muchos de los empleos en todas las escalas, que actualmente realizan los seres humanos, serán automatizados. Se estima que el 60% de todas las ocupaciones tienen al menos un 30% de posibilidades de automatizarse. Por eso es necesario reflexionar sobre el futuro del trabajo y de la educación. Es necesario plantearse cuál es el futuro de las universidades. Hay que tener en cuenta que el año pasado compañías como Facebook, Amazon y Google buscaron jóvenes que habían acabado el bachillerato para darles ellas mismas la educación superior.

En este contexto las humanidades, como en Oxford, quizás puedan rescatarnos. Ante el acelerado desarrollo tecnológico, ante la digitalización se hace más necesario todo lo que es propiamente humano: la creatividad, el pensamiento crítico, la inteligencia emocional, la capacidad de inspirar y de trabajar con otros, la capacidad de entender y valorar las cuestiones de sentido. Las humanidades nos dan habilidades para aprender a aprender. Esta habilidad es esencial, para que podamos ser capaces de reinventarnos, y las artes y humanidades son una ayuda imprescindible.

A más digitalización más humanización. La educación, capaz de desarrollar de forma integral a las personas (en lo emocional, en lo cognitivo y en lo social), no se puede concebir sin las humanidades y sin las artes. Son muchos los estudios que muestran el efecto beneficioso del arte en el aprendizaje de las matemáticas y la lengua. La música puede mejorar la capacidad de leer, escribir y aprender lenguas extranjeras. Canaliza nuestra curiosidad natural hacia la creación de lo nuevo y permite compartir significados complejos. A más digitalización, más humanización. Las máquinas no saben de significados.

Las máquinas no saben de significados

Lola Martínez | 0 comentarios valoración: 2  14 votos

A través de la pantalla

Lola Martínez

Israel ha vivido en las últimas semanas una intensa polémica porque una cuenta de Instagram, a nombre de un personaje ficticio, ha sido utilizada para contar en primera persona la historia de la Soah. Historias de Eva relata en primera persona –llena de etiquetas y emoticonos– la experiencia de una adolescente húngara conducida a las cámaras de gas en 1944. Las imágenes de @Eva.Stories en Instagram aspiran a mantener vivo ese recuerdo entre los nacidos en el actual milenio. Los partidarios aseguran que hay que utilizar las nuevas formas narrativas y los detractores aseguran que es un proyecto digital que, en su opinión, menosprecia a la juventud israelí.

“Una cuenta ficticia en Instagram de una chica asesinada en el Holocausto no parece el modo más correcto de contar las historias. Las historias de EVA reflejan hasta qué punto Istagram está cambiando las cosas. Pero el cambio de esta red social con 1.000 millones de seguidores es más profundo. Son ya muchos los que viajan y viven para poder colgar buenas fotos. Todavía no ha cumplido 10 años y esta app de fotografías y vídeos nacida en octubre de 2010 ya se ha convertido en el medio de comunicación dominante para muchos jóvenes.

Y esto ha cambiado la vida de muchos; según un estudio de Booking, el 21% de los viajeros españoles prefiere alojarse en establecimientos atractivos que puedan fotografiar y mostrar en redes sociales, el 19% aspira a convertirse en influencers viajando y el 13% busca alojamientos similares a los que escogen sus ídolos. Pero no solo eso: en la era del postureo un 7% de los viajeros españoles ha preferido publicar una foto más favorecedora de un viaje anterior en lugar de una tomada en el viaje que estaba haciendo; un 6% ha utilizado una foto de un alojamiento en el que no había estado. El esfuerzo por descubrir la cultura, la forma de vida o las gentes de un lugar ha dejado paso a montones de viajeros que hacen cola para inmortalizar el atardecer más codiciado sin tratar de conocer lo que están viendo.

Todos somos contadores de historias y cualquier herramienta que lo permita es buena. Otra cosa es que nos haya cambiado la mirada. Vamos súper preocupados por hacer la foto perfecta y terminamos viviendo a través de la pantalla del teléfono.

A través de la pantalla

Lola Martínez | 0 comentarios valoración: 2  13 votos
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