Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
28 NOVIEMBRE 2020
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El país de la vida

Jesús de Alba

Vísperas del viernes tarde. Me toca confinamiento duro por positivo en Covid. Al cristiano jamás se le ha ahorrado ninguna de las condiciones y circunstancias duras que le toca atravesar a su generación. Es más, tiende a asumir y acompañar las cruces de los demás. Ración doble. Este ha sido el gran pilar sobre el que se ha construido y desarrollado la civilización occidental: recuperar al más débil, acompañarlo, sacarlo adelante. Ternura del hombre, signo de la ternura infinita de Dios.

Corren tiempos de desasosiego, temor, oscuridad, bloqueo, incertidumbre, sombras que empañan la vida común y personal. En medio de tanto malestar y frustración, palabras luminosas: “Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida” (Samo 114).

¿Dónde está ese país de vida que uno siente que se lo han birlado?

Más allá de la situación social actual provocada por la pandemia, interesa saber dónde anda la puerta de entrada y salida de este hermoso país de la vida porque también se observa que hay muchos elementos en la vida que pueden mostrar en el tiempo la doble cara del paraíso o el infierno. Tal vez la más destacada sean las mismas relaciones afectivas que en un primer momento nos introducían en la alegría de vivir y con el tiempo muchas se convierten en el mismísimo infierno. “L'enfer, c'est les autres”, dice la famosa frase de Sartre. El infierno son los otros.

No sabría decir con exhaustividad dónde se encuentra ese país de la vida, pero sí señalar algunas de las características.

1.- La puerta de entrada a este país está siempre como oportunidad en todo instante. Siempre. No tiene que ver tanto con las circunstancias que nos rodean como habitualmente pensamos. Como nos han enseñado las interminables generaciones pasadas, jamás desaparece por dura que sea la circunstancia. Ahí tenemos al padre Kolbe en el campo de concentración de Auschwitz por poner un ejemplo extremo o san Carlos Borromeo en medio de la peste negra, único momento en la historia de la humanidad donde la población decreció de forma notable.

2.- Es una gracia, un don. Pèguy dice que la gracia “es impredecible como una mujer y como una mujer tenaz y obstinada está hecha de una sola pieza. Los hombres que Dios quiere que la tengan, la tienen. Los pueblos que Dios quiere que la tengan, la tendrán (…) la gracia no toma nuestros mismos caminos. Y nunca jamás toma dos veces el mismo itinerario. Es libre, dice la historia, la fuente de toda libertad”.

3.- Un trabajo. La gracia debe encontrar espacio en nuestro corazón testarudo y cerrado tantas veces a su acción.

Conviene no equivocar el tipo de trabajo. Para el hombre moderno, la conciencia es el lugar donde uno genera pareceres y pensamiento propios, y tiene el derecho a afirmarlos porque se considera a sí mismo la fuente de todo. En cambio, para el hombre cristiano la conciencia es el lugar íntimo donde uno busca y escucha la verdad que le viene de Otro más grande.

El país de la vida

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El virus del nihilismo que desafía a jóvenes y adultos

Gerardo Bertolazzi

Para las personas más frágiles y vulnerables, como ancianos y jóvenes, desde el punto de vista psicológico esta fase de recrudecimiento del Covid-19 resulta mucho más desestabilizadora que la fase de confinamiento total, que creaba aislamiento y soledad pero también una fuerte sensación de protección porque parecía que el enemigo oscuro quedaba fuera. Ahora esa esperanza se rompe en sentimientos decepcionantes que pueden transformarse en desesperación e incapacidad para proyectarse en un futuro digno de ser esperado.

Según Eugenio Borgna, “la esperanza nos permite abrirnos al futuro, liberándonos de la obstinada prisión del pasado y del presente”. La progresiva recuperación de relaciones se vive con aprensión y angustia por miedo a perder los “límites” y la distancia que en cierto modo nos protege, no solo del contagio sino de ponernos en juego cuando nos encontramos con los demás.

En los jóvenes y adolescentes, este miedo se expresa en forma de retirada o de violencia, que encuentran en el mundo virtual la posibilidad de desinhibir sus instintos, su agresividad y sus fantasías sexuales de control y posesión del otro, reducido a objeto de dominio omnipotente. El papa Francisco lo identifica muy bien en su carta encíclica Fratelli Tutti. “En la comunicación digital el respeto al otro se hace pedazos y, de esa manera, al mismo tiempo que lo desplazo, lo ignoro y lo mantengo lejos, sin pudor alguno puedo invadir su vida hasta el extremo”.

Durante el confinamiento, se descubrió un canal de chat con decenas de miles de suscripciones, entre ellos muchos jóvenes menores, dedicado al intercambio de imágenes pornográficas violentas animando a la violación. Tras las numerosas denuncias de los padres, a finales de abril se cerró este canal, pero surgieron muchísimas alternativas.

Como he podido ver en varios casos de adolescentes problemáticos que se han sumado de manera acrítica a estos peligrosísimos chats, la dinámica suele ser la del intento psicológico de superar experiencias de frustración e impotencia ante una realidad que no parece permitir tener esperanza en el futuro, y lo hacen mediante la ilusión de la omnipotencia, donde todo es posible en la inmediatez del mundo virtual.

Los mismos episodios de violencia inaudita que hemos visto estos meses entre jóvenes que, mediante reacciones agresivas e incontroladas han llegado a matar sin motivo, también se pueden interpretar como una necesidad narcisista de imponer la propia “superioridad”. Pero a menudo, perseguir una falsa imagen de uno mismo hace al joven más frágil a la hora de vivir de manera dramática sus fracasos y frustraciones, que por tanto expresa de manera agresiva.

Este narcisismo patológico se sitúa en un contexto social dominado culturalmente por el nihilismo, como señala Antonio Polito en un análisis sobre la violencia juvenil que publicó recientemente en el Corriere della Sera. Él define el nihilismo actual como “esa especie de intimidad con la nada (nihil en latín) que se está adueñando de muchos jóvenes. Que vacía de valor sus vidas y les empuja a rebelarse contra cualquier regala, hasta la más elemental, porque en el fondo no hay nada que valga la pena”

El virus del nihilismo que desafía a jóvenes y adultos

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Se puede morir de Covid sin contagiarse

Giovanna Parravicini

“Compararía este periodo a una situación de guerra, cuando las noticias del frente se imponen sobre todas las demás informaciones porque afectan absolutamente a todos”. La periodista Anna Danilova, directora del portal Mundo y Ortodoxia, una de las voces mediáticas más influyentes de Rusia, definía con estas palabras la era Covid.

“Una situación de guerra”. En cierto sentido es inevitable, dada la gravedad y el alcance del problema que nos afecta. Pero ganar la guerra no solo implica cierta fuerza numérica y un armamento adecuado. Implica también, y sobre todo, un horizonte, un sentido que dé valor tanto al vivir como al dar la vida. Pero estas semanas de alerta creciente es como si cualquier otra noticia desapareciera, sacando a la luz una indiferencia que probablemente ya existía antes, aunque no de manera tan clara. Es la lógica del “sálvese quien pueda” que precede a las peores catástrofes porque la opresión de poner a salvo la propia piel –individualmente, aunque se trate de corporaciones o naciones– lleva generalmente a una miopía fatal a la hora de emprender acciones eficaces de salvación.

Ya lo decía hace medio siglo, en los albores de lo que sería el disenso en la URSS, el joven Vladimir Bukovsky: “…En medio de la multitud, en una situación extrema, vence el instinto de autoconservación. Puede sacrificar una parte esperando salvar al resto, puede disgregarse en grupos buscando la salvación. Y eso es precisamente lo que pierde. ¿Por qué yo?, se pregunta cada uno en medio de la multitud. Solo no puede hacer nada. Y todos perecen. Atrapado contra la pared, el hombre reconoce: ‘Yo soy el pueblo, yo soy la nación’. No puede retroceder, prefiere la muerte física a la espiritual. Y, cosa extraordinaria, al defender su propia integridad defiende a la vez a su pueblo, su clase o partido. Estos hombres son los que conquistan el derecho a la vida para su propia comunidad, aunque tal vez ni lo piensen. Si no lo hago yo, ¿quién lo hará?, se pregunta el hombre atrapado contra la pared. Y salva a todos”.

De este modo, se evaporan las noticias sobre atentados terroristas que se multiplican en Europa y llegan también a Moscú. En las festividades de todos los santos y difuntos, se cerraron las celebraciones en una de las dos iglesias católicas que hay, la histórica de San Luis de los Franceses, por estar vinculada a Francia, jurídicamente y como comunidad francófona.

Se evaporan las dramáticas noticias que llegan de Bielorrusia, después de que Lukashenko ordenara en una reunión con el estado mayor militar que no haya más presos. “No tenemos ninguna posibilidad de retirada –dijo, dejando ver su desesperada decisión de jugarse el todo por el todo– ni ninguna intención de retroceder. A quien toque a un militar, como mínimo se le cortarán las manos”. Los rostros oscuros y atónitos de los presentes, en un breve video que ha circulado, dejan abiertos inquietantes interrogantes sobre lo que le espera al país bajo este brazo de hierro que se desenvuelve en el corazón de Europa desde hace ya tres meses ante el silencio general de la prensa y de la opinión pública.

Se puede morir de Covid sin contagiarse

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La ecología integral, contra todas las pandemias

Giorgio Vittadini

En un momento de emergencia como este, podría parecer fuera de lugar hablar de “tierra futura” y “ecología integral”. El presente, desde el punto de vista sanitaria, económico y social, ya es bastante dramático que afrontar. El futuro puede esperar. Pero hay más de una razón para pensar que las conversaciones entre Carlin Petrini, agrónomo, escritor y fundador de Slow Food, y el papa Francisco, que se acaban de publicar bajo el título “Tierra futura. Diálogos con el papa Francisco sobre ecología integral”, contienen una clave útil para afrontar precisamente el momento presente.

El libro habla de biodiversidad, economía, migraciones, educación, comunidad, pero sobre todo muestra la fuerza de una relación humana que al final destaca como un método luminoso para afrontarlo todo: no las ideologías que dividen sino el amor por el hombre concreto que une. Petrini, agnóstico y excomunista, y el pontífice de la Iglesia católica se mueven por la necesidad de “iniciar discusiones fértiles y fecundas”, “poner en común energías e ideas”. Lo que más hace falta en estos días tan tensos y confusos.

El diálogo, según Carlin, “no es una opción moral”, sino “un auténtico método”. El Papa añade que no se trata de “pulir diferencias y conflictos sino al contrario, de exaltarlas y al mismo tiempo superarlas por un bien mayor”.

El comienzo de su diálogo se remonta a 2013, cuando Petrini se preguntaba en el diario italiano La Repubblica por qué tratamos tan mal a los inmigrantes, cuando hace cien años éramos nosotros los que emigrábamos a América Latina. Y recordaba una tragedia de 1927, cuando el buque “Principessa Mafalda” con destino a Buenos Aires, cargado de emigrantes, se hundió junto a Río de Janeiro. El Papa le llamó conmovido tras leer el artículo porque sus abuelos iban a subirse a aquel buque, aunque partieron al año siguiente, pues no tenían dinero.

Así nació una relación de gran sintonía, incluso de amistad. El Papa le propuso a Petrini escribir la introducción de la encíclica Laudato Si’ y le invitó al sínodo de la Amazonia. Carlin ha creado comunidades laicas llamadas Laudato Si’ para vivir, y no solo discutir, el contenido de la encíclica.

El libro publica cuatro conversaciones que ambos han tenido en estos años, donde hablan de sus preocupaciones por el planeta, al que conciben como una “morada humana”.

El tema va más allá de lo ecológico, como dice el Papa: “No se trata de ambientalismo, que aunque noble no es suficiente. Aquí estamos hablando del modelo de convivencia y de futuro que tenemos y cómo construirlo. Está en juego la enorme cuestión de la justicia social que todavía hoy, en un mundo interconectado y aparentemente próspero como el que tenemos, sigue muy lejos de darse”.

El Papa y Petrini coinciden al denunciar las derivas de la economía moderna, que no se hacen cargo de la humillación de la dignidad de las personas ni de la destrucción del planeta. Las pandemias, como la del Covid-19, nacen de una relación desequilibrada entre el hombre y el medio ambiente, alterado por un progreso indiscriminado, indiferente a los equilibrios profundos y misteriosos que están en la base de la permanencia de la raza humana sobre la Tierra.

La ecología integral, contra todas las pandemias

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¿Qué hacer con nuestras heridas?

Giorgio Vittadini

En unos Estados Unidos más divididos que nunca, sucede algo que va contra corriente y que puede enseñarnos algo. El último día del Meeting de Rímini se emitió una entrevista conjunta a dos exponentes de la cultura norteamericana: Cornel West, intelectual de izquierdas, profesor de Práctica de Filosofía Pública en Harvard y Princeton, donde estudia el papel de la raza, el género y la clase social en la sociedad americana; y Robert George, filósofo político, profesor de Derecho en Princeton, considerado por el New York Times como "el pensador conservador cristiano más influyente”.

¿Qué tienen en común un blanco y un negro, un conservador católico pro-life y un activista político de izquierdas? En los 90 se encontraron en Princeton, compartían su rechazo a toda forma de dogmatismo y su pasión por el conocimiento, y desde entonces se hicieron amigos inseparables.

Dice Robert George: “Bueno, creo que el fundamento del vínculo entre nosotros, lo que lo hace tan especial, mucho más que una amistad, es el vínculo de la búsqueda de la verdad. En nuestra juventud ambos contrajimos ese virus de 'fiebre' por el deseo de verdad. Es lo que Sócrates llamaba el "diamante" que siempre nos está impulsando, de manera punzante”.

Responde Cornel West: “Una de las cosas que nos une a mí y a Robbie como hermanos, y que va aún más allá de una profunda amistad, es una sospecha radical hacia cualquier forma de ‘dogmatismo’ y ‘ortodoxia’, ya sea liberal, marxista, conservadora u ortodoxa cristiana. La gente tiende a pensar que las ideologías que dominan el mundo son expresiones de libertad, pero yo creo que el primer problema es darse cuenta de que siempre necesitamos ser liberados. Invoco aquí la gran obra de Chesterton de 1908: las doctrinas cristalizan y se petrifican, perdiendo de vista el amor y la experiencia vivida con el prójimo, que nos obliga a comprometernos en la kenosis, en uno vaciamiento, en el don de nosotros mismos”.

Ambos llegan a una conclusión sencilla y provocadora: “Como nos enseña la música blues, todos tienen heridas, hoy muchos viven desesperados. Pero cada uno se encuentra en el camino de la vida ante esta encrucijada: ¿qué harás con estas heridas? ¿Te convertirás en un amante herido, en alguien que ayuda, que atiende y cura, o en un odioso herido, alguien que odia, que ataca y que inflige aún más heridas al mundo?”.

Esta pregunta no debería dejar indiferente a nadie.

¿Qué hacer con nuestras heridas?

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>Entrevista a Marco Bersanelli

Nobel de Física. Agujeros negros, una energía 'fuente' de preguntas

Los agujeros negros son los objetos astronómicos más sugerentes y los que despiertan más curiosidad. Su propia denominación tiene algo de fascinante y tenebroso al mismo tiempo, y su omnívora capacidad para engullirlo todo a su alrededor suscita una curiosidad temerosa. Ahora, con el anuncio del Premio Nobel de Física 2020, llegan a lo más alto del podio científico mundial, y a las portadas de todos los medios.

No es la primera vez que su extraño nombre circula entre los motivos de los premios de la Academia de las Ciencias de Estocolmo. Ya se comentaba cuando recibió el Nobel el físico italiano Riccardo Giacconi, padre de la astronomía de rayos X, que permitió identificar los primeros agujeros negros en los años 70, y volvieron a la palestra en 2017, cuando se premió a los descubridores de las ondas gravitacionales generadas en las profundidades cósmicas por la colisión entre dos agujeros negros.

Pero ahora el agujero negro ocupa el escenario entero, dividiendo en dos el monto del prestigioso premio. La mitad de la suma será para el inglés Roger Penrose, de la Universidad de Oxford, “por el descubrimiento de que la formación de agujeros negros es una robusta previsión de la teoría general de la relatividad”; la otra mitad la compartirán el alemán Reinhard Genzel, de la Universidad de Berkeley en California, y la estadounidense Andrea Ghez, de la Universidad de California en Los Ángeles, “por el descubrimiento de un objeto compacto supermasivo en el centro de nuestra galaxia”.

Hablamos con Marco Bersanelli, profesor de Astrofísica en la Universidad degli Studi de Milán, para que nos guíe por los senderos del espacio-tiempo en relación al significado y valor de este Nobel.

Los agujeros negros son los protagonistas de esta edición del Premio Nobel de Física. Los astrónomos siempre han intentado describir y explicar los fenómenos y cuerpos celestes  luminosos, objeto de posible observación. Pero los agujeros negros no se ven, ni siquiera con megatelescopios. ¿Cómo se llegó a pensar en su existencia?

La idea de que puedan existir cuerpos con un campo gravitacional tan intenso que impida incluso que emerja la luz no es nueva, se remonta a finales del siglo XVIII. Entonces se creía que la luz estaba compuesta por corpúsculos y sometida a las leyes de gravitación de Newton. Pero cuando se descubrió la naturaleza ondulatoria de la luz esta idea entró en crisis. Solo con la introducción de la teoría de la relatividad de Einstein, en 1916, este concepto se retomó y transformó en una hipótesis creíble, y al final consolidada desde el punto de vista físico. Einstein demostró que la gravedad es el efecto de la curvatura del espacio en torno a una masa: cuando mayor es el campo gravitacional, más pronunciada es la curvatura. Dos años después, gracias sobre todo al trabajo de Karl Schwarzschild, se hizo evidente que, dada una masa cualquiera, si esta masa está confinada dentro de una esfera de cierto radio crítico (el llamado “radio de Schwarzschild”), la curvatura del espacio es digamos completa. El espacio se cierra sobre sí mismo alrededor de esa masa. Entonces nada, ni siquiera la luz, puede escapar.

Pero entonces, si los agujeros negros no dan ninguna señal, ¿cómo se pueden estudiar?

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Nobel de Física. Agujeros negros, una energía 'fuente' de preguntas

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Una lógica distinta

Maurizio Vitali

Lo tengo. No lo tengo. Me falta Pizzaballa. Es decir, el cromo de Pierluigi Pizzaballa, mítico portero del Atalanta, y de la Roma, Verona, Milán y de la selección italiana. Al empezar la temporada 63-64 los de Panini no le incluyeron en la colección en la colección de cromos porque no asistió a la sesión de fotos por un accidente, y el cromo faltó durante mucho tiempo. Luego volvió a imprimirse y se convirtió en uno de los más buscados. Aquello acrecentó su fama, que ya era considerable debido a su seriedad profesional y a su curioso apellido. Ahora su sobrino Pierbattista ha sido nombrado patriarca latino de Jerusalén. Igual que su tío es de origen bergamasco, franciscano y sacerdote por vocación, fue custodio de Tierra Santa de 2004 a 2016, administrador apostólico de la sede de Jerusalén (mientras estuvo vacante y llena de deudas) y ahora titular de la misma a todos los efectos, después de haber saneado sus cuentas.

El nombramiento de Pizzaballa ha pasado un poco desapercibido en un momento en que todo el espacio informativo está copado por el Covid, pero se trata de un hecho muy relevante al que conviene mirar. Pizzaballa es una presencia clave en la encrucijada entre el catolicismo y Oriente Medio, y también entre Occidente y Oriente Medio. Una presencia dictada por una lógica distinta a las de las potencias políticas. Quien haya pasado alguna vez por el Meeting de Rímini seguramente lo ha podido constatar en alguna de sus intervenciones, en 2007, 2011, 2014 y 2017.

Mirando esta presencia, uno queda impactado por ciertos rasgos inconfundibles. Ante todo, la perseverancia. “Me quedo” fueron sus primeras palabras como patriarca. Me quedo, sencillamente, en nombre de una Presencia que testimoniar. Luego se ve que de esta conciencia nace una inteligencia aguda de la realidad social y política y la posibilidad de ofrecer una contribución al bien común empezando “desde abajo”. “Me quedo para caminar entre vosotros y con vosotros, con fe y esperanza, esperando la Fuerza que viene de lo alto. No puedo sustraerme a la sugestión y al ‘peso’ de este verbo (quedarse). Es el verbo de la paciencia madura, de la espera vigilante, de la fidelidad cotidiana y seria, no sentimental y ni pasajera”. “Me quedo”, se entiende, en Jerusalén. Esta ciudad no es un detalle de la historia del mundo. “La Iglesia no puede vivir sin Jerusalén, y tampoco Occidente, porque nacieron allí. Y la tarea de los cristianos es estar allí y testimoniar esa presencia con la ‘p’ minúscula”.

Pero Jerusalén también es “el corazón del mundo, donde convergen todas nuestras aspiraciones, pero también las tensiones que hay en todo el mundo”, y la cuestión palestino-israelí, como recuerda Pizzaballa, sigue siendo decisiva aunque haya sido “eliminada de la agenda pública internacional”.

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Educación. Más allá del escepticismo de los adultos y las heridas de los jóvenes

Nicola Itri

Acaba de publicarse un libro de lectura ágil y agradable, escrito por Julián Carrón, bajo el título Educación. Comunicación de uno mismo, una contribución del presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación a la jornada convocada por el papa Francisco el pasado 15 de octubre bajo el lema “Reconstruir el pacto educativo global”.

Escribe Carrón en la introducción de este libro que “es difícil imaginar un reto mayor que el educativo. De hecho, el desconcierto domina en todas partes por el vértigo que experimentan los adultos (padres y educadores de todo tipo) y los jóvenes. La expresión «emergencia educativa» nunca ha estado tan cargada de significado como en estos tiempos. Por ello la iniciativa del papa Francisco para «reconstruir el pacto educativo global» es una ocasión para todos: «Todas las instituciones deben interpelarse […] asumiendo un compromiso personal y comunitario […] renovando la pasión por una educación más abierta e incluyente, capaz de la escucha paciente, del diálogo constructivo y de la mutua comprensión». Con este desafío chocan el escepticismo de los adultos y las heridas de los jóvenes. Las dificultades desbordan por todas partes. Hay quien propone acotarlas multiplicando las reglas y las instrucciones de uso, estableciendo normas y límites. Pero reglas e instrucciones de uso se revelan cada vez más incapaces de suscitar el yo, de despertar su interés hasta llegar a implicarlo en un camino que le permita crecer. ¿Y entonces? ¿Tenemos que tirar la toalla y declarar fallido el desafío? «Un imprevisto es la única esperanza», decía Eugenio Montale. (…) Por el contexto en que nos hallamos, se ha generado una sospecha; de hecho, en todos los ámbitos domina una desconfianza en las relaciones, con el consiguiente «basta» ante el riesgo de abuso y de manipulación de los pequeños por parte de los adultos, un riesgo propio de cualquier relación educativa. (…) Aunque, por un lado, esto va a hacer que resulte más difícil responder al desafío educativo, por otro lado –paradójicamente– podrá revelarse como una oportunidad extraordinaria para nosotros los cristianos: podremos testimoniar la sobreabundancia que experimentamos en la relación con Cristo, de la que brotan la libertad y la gratuidad en la relación con el otro”.

Después de la introducción, el primer capítulo del libro se titula “La educación es comunicar el sentido de la vida; no es una palabra, es una experiencia”, y es la transcripción de un discurso que Carrón pronunció con motivo de la inauguración de la escuela Oliver Twist en Como el 19 de septiembre de 2009.

Carrón parte de un hecho sucedido en una escuela para extranjeros en Dublín, donde solo el director lograba comprender a un joven francés que las había liado pardas. “Hizo falta un hombre que no tuviera miedo de arriesgar”, comenta Carrón, “que no se limitara a dar lecciones sino que le retara a tomarse en serio su corazón, mostrándole un modo desconocido para él de mirar la realidad”.

Educación. Más allá del escepticismo de los adultos y las heridas de los jóvenes

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CRISPR-Cas9: una técnica para un Nobel de Química

Nicolás Jouve

Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna han recibido el Nobel de Química por sus investigaciones en el sistema CRISPR-Cas9 como herramienta de “terapia génica” para la curación de enfermedades importantes. Realmente se podría decir que el “padre” de esta técnica es el español Francis Mojica pero la academia sueca ha preferido premiar a quienes han desarrollado las herramientas de edición genética más que a su descubridor. Con tal motivo hemos querido “recuperar” este artículo del profesor Jouve en donde describe el descubrimiento, potencialidad y desafíos que la técnica CRISPR/Cas9 ha aportado.

Hace más de veinte años que el microbiólogo ilicitano Francisco Juan Martínez Mojica, que firma sus publicaciones como Francis Mojica, descubrió que unos microorganismos que habitan en las salinas de Santa Pola (Alicante), las arqueas de la especie Haloferax mediterranei, poseen en su genoma unas cortas secuencias de ADN, repetidas regularmente e interespaciadas, a las que dio el nombre de CRISPR, que en combinación con una enzima llamada Cas9 constituye un sistema de defensa frente a ADN extraño que pudiera invadir su ambiente intracelular [1]. Este descubrimiento es doblemente trascendental, tanto por el interés básico que encierra como por sus potenciales aplicaciones.

En primer lugar por desvelar que no solo los seres más evolucionados han desarrollado sistemas inmunológicos para defenderse de los miles de agentes agresivos que limitan su existencia. El trabajo de Mojica demostraba que también los procariotas unicelulares, archaeas y bacterias, poseen un sistema para defenderse de sus enemigos naturales, usualmente ADN invasor procedente de virus (bacteriófagos), plásmidos u otros orígenes. La primera vez que un ADN extraño entra en el ámbito citoplásmico de una bacteria o una archaea, el ADN invasor se trocea y los pequeños trocitos se integran en el genoma de la bacteria, justo en los espacios intercalares que median entre las secuencias repetidas del sistema CRISPR. Estas pequeñas secuencias de ADN invasor se denominan protoespaciadores y serán utilizadas para defenderse de una ulterior entrada de ADN del mismo agente invasor. La denominación Cas9 se refiere a una enzima que corta el ADN invasor. De este modo, cuando se produce el segundo ataque o posteriores de ADN extraño, la bacteria expresa la región CRISPR. Es decir genera una molécula de ARN mediante el ensamblado de bases nucleotídicas complementarias del ADN previamente integrado, los protoespaciadores. Esta molécula será procesada para dar lugar a varios ARN más pequeños denominados crARN (CRISPR ARN) cada uno de los cuales llevará información de un protoespaciador distinto y una parte de las secuencias repetidas. Lo que va a ocurrir a continuación, es que cada crARN se unirá a otro ARN del sistema denominado transactivador y juntos formarán un complejo con la enzima Cas9. El protoespaciador presente en cada complejo dirige al conjunto hacia las secuencias del ADN invasor, reconoce las bases homólogas presentes en él, hibrida con ellas y promueve su degradación por medio de la enzima Cas9. Se trata de un sistema inmunológico magníficamente ordenado y su descubrimiento se debe a la excelente y meticulosa investigación de Francis Mojica [1].

CRISPR-Cas9: una técnica para un Nobel de Química

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Justicia en forma de armonía

Marta Cartabia

Para comprender la realidad de los delitos y las penas “hace falta haber visto”. Así lo señalaba Piero Calamandrei en una famosa intervención sobre la situación carcelaria publicada en la revista Il Ponte en 1949.

Para Carlo Maria Martini también comenzó así, después de haber visto. Mejor dicho, después de haber visitado. Martini comenzó su actividad pastoral como arzobispo de Milán eligiendo como lugar de elección precisamente la cárcel de San Vittore, donde resonaba para él aquel versículo del capítulo 25 del Evangelio según Mateo que tantas veces citó en sus textos e intervenciones: “Estuve en la cárcel y me visitasteis”.

La acción de visitar en el pensamiento de Martini tiene un valor humano y religioso muy profundo. Son numerosísimas las veces que aparece en sus textos el reclamo a dicho versículo evangélico, donde visitar –lejos de la formalidad del acto de cortesía que suele evocar el lenguaje común– significa implicarse en una relación comprometida, como el pasaje bíblico donde Dios visita a su pueblo.

De haber visto surge la idea. Idea viene del griego idéin, que significa ver. Cuando uno se deja implicar por la experiencia de lo “que hemos oído, visto, contemplado y tocado”, surgen las grandes preguntas. Son sobre todo las “experiencias paradójicas” de un “mundo al revés” las que despiertan las preguntas y las “ideas brotan cuando uno se pone a buscar, se hace preguntas”. De ahí la potencia creativa e innovadora del conocer visitando.

Lo que uno descubre visitando la cárcel es el conocimiento de que detrás de esos muros habita un mundo paradójico, un mundo al revés donde, para frenar la violencia, hay que realizar un acto de fuerza; donde, para tutelar los derechos, hay que limitar derechos; donde, para garantizar la libertad, hay que restringir libertades; donde, para proteger a débiles e indefensos, hay que hacer débiles e indefensos a los agresores y violentos.

La cárcel es un lugar donde sucede que en cada visita las preguntas que surgen son bastante más numerosas y complejas que las respuestas que pueden ofrecerse. En este sentido, la cárcel es una de esas realidades que espera ser visitada, por esa inexplicable potencia de relaciones que allí se establecen, que obligan a hablarse con verdad.

La génesis de “pensamientos elevados”, valientes y luminosos de Martini ofrece una reflexión de candente actualidad, que se arraiga en su acción, además de en su pensamiento. El problema de la justicia no solo se puede afrontar desde una clave teórico-especulativa. Martini lo afirma claramente en un diálogo con Gustavo Zagrebelsky. Cualquier intento de acercarse a este tema desde un plano meramente especulativo resulta infructuoso y está destinado a fracasar, porque la justicia no es tanto una idea que se sitúa fuera de nosotros sino “una exigencia que postula una experiencia personal: la experiencia, precisamente, de la justicia o, mejor dicho, de la aspiración a la justicia que nace de la experiencia de la injusticia y del dolor que de ella deriva”.

Otra sugerencia metodológica que custodiar al releer las obras de Martini sobre la justicia se refiere a la escucha de la experiencia vivida, de los acontecimientos de la vida personal y social, de los hechos que entretejen las historias personales y del pueblo, que connotan su magisterio, su pensamiento y su acción.

Justicia en forma de armonía

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¿Por qué volvemos al colegio?

Ángel Satué

¿Por qué vuelven nuestros hijos? ¿Sólo porque tocaba? ¿Sólo porque lo dicen los políticos, que no se ponen de acuerdo en nada? Después de medio año (¡medio año!) sin las prisas por llegar a tiempo antes de que toque el timbre de entrada, sin poder aparcar en doble fila en Clara del Rey o Corazón de María, sin escuchar el bullicio de los recreos, sin ver correr a los chicos y chicas “del Claret”, o verles cansados y agotados al final de la semana, o con ganas de comerse el mundo (los bachilleres) o simplemente su merienda (los de infantil y primaria), volvemos.

Pero nunca nos fuimos. Hemos visto que el colegio estuvo ahí durante todo el confinamiento y que, en la “vuelta al cole”, hasta ha salido en la tele de lo bien que se ha tratado de hacer. La intención es todo, es la actitud, como dice el bueno de Víctor Kuppers. Y todos nosotros hemos seguido estando.

Ha habido momentos de comedias alocadas de Billy Wilder, o de verdaderos dramas. A mí, el regusto que se me queda, de cara a los niños más pequeños, es la película de “La Vida es Bella”, y su actor Roberto Benigni con su visión de la realidad, diferente precisamente porque la ve muy bien. Si hemos perdido a alguien cercano, seguramente es otro diferente. Pero de cara a los niños, “show must go on”.

Como padres hemos visto en los peores y más duros meses (¡meses!) del confinamiento el TRABAJO de los profesores. ¿De dónde viene su vocación? ¿De un reino de las musas? No lo creo. Viene de muy dentro de ellos, del trabajo que hacen dentro de su trabajo para acercarse al Destino, a través de la educación (Mario Mauro).

A pocos de nosotros nos han visto tantos ojos trabajando, en acción, en nuestro día a día. Tal vez un público menguado de un juzgado. Acaso un cliente. Pero no tantos ojos, inquisidores en ocasiones. Daba igual. Qué sorpresa cuando hemos visto que, vosotros, los profesores de nuestros hijos, es decir, nuestros profesores, no solo dais lecciones de Lengua o Science, o Arts, es que, además, sabéis responder preguntas imposibles de comprender, o tan sencillas que un adulto ya no puede responder sin un frenazo en seco, sin preguntarse qué es esto de la educación. Y sí, con una paciencia infinita, con el tono adecuado para cada situación, ¡y para cada niño! Esto sí es una clase magistral adaptada a cada alumno.

Los profesores os habéis metido en nuestras casas (nosotros en las vuestras también)… pero ya os las conocíais de sobra. Antes del Zoom, el Teams, el Skype… vuestra mirada sobre nuestros hijos nos alcanzaba también a nosotros. Es un superpoder, una visión aumentada.

A mí no deja de sorprenderme la manera de acercaros a cada niño, y cada clase y asignatura. Porque cada niño es único. Desde antes de nacer, todo un proyecto de vida, de persona, de futuro. Cinceláis invisiblemente, gota a gota, una vida, un futuro, el progreso. No es fácil. No ha sido fácil. No será fácil. Pero ya lo sabíais.

¿Por qué volvemos al colegio?

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El error de Charlie Hebdo

Maurizio Vitali

Debo confesar que a mí Charlie Hebdo no me hace gracia. Y eso es un problema para un semanario que se define satírico, y que más bien me parece que recurre al juego fácil (o sucio). Como si en la fiesta de cumpleaños de un niño de tres años, dos abuelos se presentan con sus regalos; uno de ellos con un refinado juego educativo, y el otro con una caja con los personajes de la serie de dibujos animados favoritos del pequeño, Peppa Pig. El pequeño se lanza sin dudar sobre este último. Los dos consuegros eran hombres de mundo y el abuelo pedagógico le dice amablemente al de Peppa Pig: “Has jugado fácil, has ido sobre seguro”. Como es muy educado, dice “has jugado fácil” y no “has jugado sucio”, que en este caso serían más o menos sinónimos.

Charlie Hebdo juega fácil, apuestan sobre seguro, más seguro imposible. Y así venden copias. Llegan a una vulgaridad tan exagerada que acaba resultando paradójicamente inocua, pero con una vehemencia ideológica tan ofensiva que llega a hacer daño realmente a los que creen en algo.

Emmanuel Macron, la mayor parte de los medios franceses, los intelectuales que firman llamamiento, los “yo soy Charlie Hebdo” hacen como el abuelo del regalo de Peppa Pig. Dicen: “La blasfemia forma parte de la inviolable libertad de expresión”, y esta forma parte de los derechos universales del hombre. Es el reflejo opuesto de un Estado islámico, como por ejemplo Pakistán, donde la blasfemia es delito penal. Pero Francia presume de libertad para blasfemar, mientras no concede libertad para llevar velo o cualquier símbolo religioso.

Creo que estamos ante dos errores: la religión corrompida hasta llegar al fundamentalismo y la laicidad que llega a coincidir con el nihilismo. Ambas posiciones, reflejos opuestos, generan intolerancia. Una brutal y desesperada a golpe de macheta, otra a base de cuchilladas de papel. Pero en todo caso el que es diferente es un enemigo que hay que neutralizar. Yo, yo no soy Charlie Hebdo.

Sería bueno salir de esta dialéctica perversa. El plan por el que volver a empezar no debe ser el de la ley ni el derecho penal sino el cultural y, en todo caso, el deontológico. Pero sobre todo el cultural. La modernidad ilustrada creyó que proponía una buena vida separando a la sociedad de las confesiones religiosas. Pero ignoró el sentido religioso. No se trata de la opción opinable de una organización religiosa sino de una necesidad constitutiva de la persona humana: exigencia de significado, razón para vivir, necesidad de cumplimiento, de no ahogarse en una nada desesperante, deprimente o violenta, o simplemente mediocre y resignada a la monotonía que solo rompe de vez en cuando algún que otro breve destello lúdico.

El conflicto entre laicidad y religiones no solo alimenta una abstracción ideológica inútil. El nivel del sentido religioso, o como lo queramos llamar, es donde los hombres pueden encontrarse con un interés común, sin quedar sofocados por la nada. ¿Se puede hacer humor y sátira a este nivel? Sí, señalando las insuficiencias, torpezas, mediante chistes y humor (“y al séptimo día sonrió”). Pero nunca un insulto, que solo hace reír a los sádicos.

El error de Charlie Hebdo

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Igualdad, fraternidad y decoro

R.I.

En Francia los chicos volvieron al colegio el uno de septiembre. Las mascarillas han tapado la boca de los estudiantes franceses, pero algunas chicas de los últimos cursos han decidido ir a clase especialmente destapadas y han montado una campaña en redes sociales para provocar. Y han tenido éxito: en los institutos franceses se ha visto estos días a chicas con pantalones cortos, muy cortos, con escotes de vértigo, con tatuajes muy sexys, con anillos y pendientes muy atrevidos. Los profesores y los directores de colegio han pedido a las chicas que se vistieran de un modo más apropiado e incluso han convocado a los padres.

El ministro de Educación Jean-Michel Blanquer ha pedido que en el colegio se vaya vestido de una manera republicana. ¿Qué significa vestirse de una manera republicana? Suponemos que el ministro de Educación francés lo que ha querido decir es que al colegio no se debe ir con escotes de vértigo porque al colegio se va, sobre todo, a estudiar y que una cierta discreción en la manera de vestir se deduce de los grandes valores que inspiran la república francesa: libertad, igualdad, fraternidad, y también recato o sentido común en el vestir. Quizás el mayor fracaso de los valores republicanos, que son los valores occidentales desde la revolución francesa, es que tenga que ser un ministro, con el peso del Estado, el que tenga que hacer un llamamiento a que se respete el sentido común.

Cuando el Estado tiene que ir al rescate de valores que, en principio, son evidentes, es que algo no funciona. Para una cierta generación podía ser evidente que hay que vestirse de forma adecuada para ir al colegio, porque el colegio es el lugar del aprendizaje, donde a uno le enseñan y uno aprende. Pero está visto que para la nueva generación de franceses eso ya no es evidente. Y es un poco ingenuo pensar que el Estado puede fabricar las evidencias que se han destruido, puede hacer recuperar los valores que ya no existen. Esta ha sido siempre la soberbia falta de realismo del republicanismo francés y de muchos otros sistemas políticos. De hecho, si tienes que recurrir al Estado para mantener ciertos valores es que ya están derrotados.

El problema es más de fondo: los europeos pensamos que ciertos valores, ciertas evidencias, como la vestirse de forma adecuada para ir al colegio –libertad, igualdad, fraternidad y decoro– se conquistaron de un modo definitivo en cierto momento de la historia y que forman ya parte del paisaje, de la mentalidad de nuestros hijos y de nuestros jóvenes. Habría sucedido como con el descubrimiento de que la tierra es redonda, o de la electricidad: una vez hecho el descubrimiento ya no se olvida. Pero en lo que tiene que ver con las evidencias, con los valores, cada generación tiene que reconquistarlos. A menudo pensamos que los chicos tienen ciertos valores y ciertas evidencias porque respetan las formas, pero en la mayoría de los casos debajo de esas formas no hay más que vacío.

Igualdad, fraternidad y decoro

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La influencia de las redes sociales y la prohibición del toro de la Vega

Francisco Medina

Dialogamos con Carmen Valor, profesora de la Universidad de Comillas, coautora del estudio realizado junto con otros dos investigadores de la Metropolitan Manchester University y de la Universitat Rovira i Virgili, acerca de la influencia de las redes sociales en la desaparición de ciertas tradiciones o hábitos culturales

¿Por qué este estudio? ¿De dónde nace la idea?

Surgió por un estudio previo en el que habíamos constatado que a la gente no se le dejaba expresar enfado moral. Cualquier expresión de este tipo era reprimido por su entorno: eres un aburrido, no me amargues la vida. Socioculturalmente, se reprimía esto. Cuando empecé a seguir el caso del toro de la Vega, vi que eso no pasaba. De hecho, era al revés: la sensación de enfado era muy fuerte y explícita, así que empezamos a seguir el caso como un caso de deslegitimación o desinstitucionalización: ¿por qué desaparece una tradición?

¿En qué medida puede decirse que los comentarios en las redes sociales han sido el factor detonante o el elemento causal, si se quiere, de la prohibición del Toro de la Vega?

Hay que asumir que, cuando estudias procesos socioculturales, se puede constatar que la vida social se ve influida por muchas cosas. No es que digamos que éste ha sido “el” factor, sino que ha sido un proceso muy evidente, y probablemente habrá otros. Se superpone con otros procesos, pero este estaba presente de manera muy clara. Cuando lo analizas en el tiempo, hay una evidencia de que esta construcción del estigma, esta estereotipación emocional del supporter, desapareció al llegar la prohibición del toro de la Vega. El debate social desapareció. En este sentido, fue uno de los detonantes, que se apoya en otras cosas que estaban sucediendo. Además, me parece importante destacar que el partido que lo prohibió era, más bien, pro-taurino. Si fuera en otro caso, de otro partido de signo distinto, podríamos haber aludido a dinámicas de partido para esa prohibición.

En suma, el hecho de que fuese el PP no parece corresponderse con la dinámica habitual de los lobbies.

Claro, no había una presión interna en el partido, o de sus votantes; de hecho, era el mismo partido que, poco antes, había aprobado la protección patrimonial de la tauromaquia, y el toro de la Vega, aunque algunos no lo crean, es un caso de tauromaquia, y así se refleja y debate como tal en el Diario de Sesiones. Cuando analizas los datos, ves que esto que estaba pasando en la opinión pública fue asumido por el regulador, y en los diarios de sesiones, se refleja que otros parlamentarios de izquierda recogen, literalmente, comentarios colgados en redes sociales.

En su estudio, menciona la construcción de un discurso emocional generador de estereotipos estigmatizantes a grupos sociales defensores de esta tradición. ¿Cómo se ha construido este discurso, qué papel juega en los procesos de desinstitucionalización y qué consecuencias tiene?

La influencia de las redes sociales y la prohibición del toro de la Vega

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Limpiando el mundo

Elena Santa María

El mismo día que se hace evidente la guerra entre el Gobierno y la Comunidad de Madrid por cómo controlar la situación, ya incontrolable, se desata la polémica entre el Poder Judicial y el Gobierno a causa de la monarquía. Y, además, cada vez da más miedo salir a la calle. Cualquiera con el que te cruzas se convierte inmediatamente en sospechoso de transmitir el maldito virus. En días como este, no es una buena idea refugiarse en Twitter. Las discusiones de los telediarios se trasladan al timeline, también lo hace mi queja. Pero entre clamores por el país que nos están dejando, me llama la atención el hilo que escribe una médico. Ella, desde luego, sí tiene razón para quejarse, pero no lo hace.

La mujer relata el último episodio que ha vivido en Urgencias. Con la que está cayendo, se presentó en su hospital un individuo de 50 años con lumbago. La sanitaria pensaba cómo despacharlo rápido cuando el hombre le pidió que no le recetara relajantes; después de la muerte de su hija le había costado mucho desengancharse. “Hoy me han curado a mí”, concluye ella la historia.

Me ha hecho pensar en una de las señoras que limpian la oficina todos los días. La pobre está muy preocupada por la situación de Madrid y cada día pregunta: ¿qué se dice hoy?, ¿vamos mejor? Últimamente la respuesta siempre es negativa. Ella vive en uno de los barrios del sur que están confinados así que se ha hecho con un salvoconducto para poder venir al centro. Un día confesó que su miedo no es tener que atravesar media ciudad en transporte público, sino lo que le pueda pasar a su hermano, que es médico.

Está muy orgullosa de él, luchando en primera línea contra el virus. Pero sabe que su propio trabajo es fundamental. “Yo limpio todo a fondo para que los que venís a la oficina no os contagiéis”. No sé si nos habrá librado del virus, pero desde luego, después de hablar con ella, resuenan las palabras de la médico de Urgencias. Hoy me han limpiado a mí.

Limpiando el mundo

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Covid, imprevisto y esperanza

Giorgio Vittadini

De manera muy esquemática, las reacciones al imprevisto, cuando no al trauma, de la pandemia, puede decirse que han sido de dos tipos. En la primera parte del confinamiento, cuando el Covid-19 dejó de ser una nueva y extraña enfermedad que amenazaba a una ciudad china desconocida para la mayoría, en los balcones de las casas, en los debates televisivos, en los mensajes de internet, empezó a circular el tranquilizador eslogan de “todo saldrá bien”. Luego llegaron las imágenes de camiones militares transportando féretros y el clima se oscureció. Muchos no han resistido ante una realidad cada vez más imprevisible y sometida a un miedo que, en muchos casos, todavía dura, mientras que otros, al menos aparentemente, lo han vencido con una especie de descuido. Ante el riesgo de un posible nuevo contagio, muchos ya no van a bares y restaurante, no viajan, no se reúnen, preferirían prolongar indefinidamente el teletrabajo.

Se han visto y se siguen viendo reacciones, públicas y privadas, de todo tipo: desde la banalización de problemas muy complejos hasta la utilización de esta situación para saldar ciertas cuentas políticas, y no solo eso. Mientras tanto, muchas autoridades, en vez de admitir más que comprensiblemente que aún no tienen la situación bajo control, fingen que ya lo saben todo y prometen milagros que todos sabemos que son imposibles.

A esto se corresponde la pretensión de los que preferirían que las intervenciones asistenciales, inevitables y obligadas a corto plazo, se transformaran en eternas, pues siempre tiene que haber alguien que nos saque de las situaciones difíciles.

Sin embargo, ha habido y hay otro tipo de reacción ante este imprevisto. Lo constatamos durante los peores momentos de la emergencia sanitaria, con la creación de puestos de cuidados intensivos, multiplicando hasta ocho veces los que había antes, con el compromiso humano y profesional de médicos, enfermeros, personal sanitario, voluntarios, profesores, solo por citar algunos.

Una gran capacidad para reaccionar al imprevisto, volviéndose a poner en pie, que vemos ahora en empresario y trabajadores que vuelven a poner en marcha un país que casi se ha parado y que parecía haber perdido su deseo antes del Covid-19.

¿Cuál es la diferencia entre la primera y la segunda reacción? La expresa una palabra pronunciada muchas veces por el papa Francisco en sus intervenciones: esperanza. La esperanza es la experiencia de un presente que nos da la certeza del futuro, según una definición de Luigi Giussani. Un presente que es un Dios encarnado que camina cada día al lado del hombre cansado y agotado para darle consuelo.

Esperanza es también una palabra laica. Y se refiere al verdadero vínculo con los seres queridos, los amigos, la comunidad, el grupo social de pertenencia, el propio pueblo.

Covid, imprevisto y esperanza

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De Virgilio al Apolo 13. Quien tiene esperanza sabe volver a empezar

Emilia Guarnieri

“A quien más sabe es a quien más duele perder el tiempo”. Con estas palabras, mientras Virgilio comienza con Dante la subida al Purgatorio, explica la urgencia que siente de conocer el camino para llegar a la cima de la montaña. Para quien es consciente de una tarea o de un objetivo a alcanzar (¡para “quien más sabe”!, por tanto), perder el tiempo es doloroso.

He aprendido por experiencia que una de las maneras más sencillas de perder el tiempo ante los objetivos que alcanzar es no utilizar los recursos disponibles. Tergiversar, quejarse, echar la culpa a otros, litigar, ceder a la reactividad más instintiva, no mirar todos los factores de la realidad, fingir que no se sabe algo que sí se sabe: así nos defendemos de los problemas, tratando de evitar afrontarlos. Mientras que la vida es una aparición continua de problemas que exigen que se afronten y se intenten resolver.

Siempre me ha fascinado la historia del Apolo 13, la misión espacial americana que en 1970, después de una explosión en el módulo de servicio, no llegó a la Luna pero logró devolver vivos a casa a los tres astronautas. “Houston we have a problem!”. Así empezó todo, dándose cuenta de que tenían un problema. Estaba claro que había que “resolverlo”, a pesar de que todo, desde el agua hasta el oxígeno, iba desapareciendo. Coraje, determinación, preparación, flexibilidad, por parte de los astronautas y del equipo de Houston, todo contribuyó a lograrlo. Y cuando hizo falta construir un adaptador de filtros de anhídrico carbónico, fue el momento en que saltó la intuición de los “recursos”. En la base de Houston, los ingenieros de la NASA se encerraron en una sala en busca de una solución posible usando solo los objetos que los astronautas podían utilizar a bordo. Los únicos recursos disponibles. “Inventaron” el adaptador utilizando un calcetín, cinta adhesiva y trozos de plástico que arrancaron de las portadas de los manuales de a bordo. Tenía una forma tan insólita que los astronautas lo llamaron “buzón”, feo pero adecuado para resolver el problema.

Ante la presión de la vida, cuando uno es leal y está abierto, se da cuenta de manera evidente de los recursos disponibles. Porque los recursos no son lo que nos gustaría tener para resolver problemas sino lo que la realidad nos da a cada instante para “arreglarnos”.

Estos días dominados por el caos por la reapertura de las aulas, el tema de los recursos suena terriblemente actual. Faltan muchas cosas (espacio, transporte, docentes), pero también hay otras muchas. Existen recursos que podemos valorar y utilizar, también en una ocasión como esta. Desde materiales hasta las ganas que los alumnos tienen de volver a clase.

Otro recurso fundamental es la conciencia arraigada en la historia de nuestro pueblo: la capacidad para volver a empezar, la capacidad para buscar soluciones, juntarse, valorar los intentos positivos, vengan de donde vengan, mediar y ponerse de acuerdo. Si hoy, entre los que tienen que volver a poner en marcha la educación, dominara este deseo positivo de resolver problemas y no solo la contraposición (por razones que poco tienen que ver con el bien de los alumnos) tal vez se podrían identificar antes las soluciones posibles, con menos pérdida de tiempo, con menos daño, con más sabiduría y realismo.

De Virgilio al Apolo 13. Quien tiene esperanza sabe volver a empezar

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Preguntas abiertas

Francisco Medina

Cuando el estado de alarma llegaba a su fin y comenzaba la llamada “desescalada”, llegué a pensar que lo peor había pasado, que íbamos a ir volviendo poco a poco a la normalidad, a retomar nuestra vida de antes: vivir en casa como si no hubiese pasado nada, ir a trabajar como antes, salir de paseo, ir con amigos, ir a la iglesia…como antes del confinamiento.

Pero no ha sido así.

La verdad, tal como han ido desarrollándose las cosas, no podía ser de otra manera: con el ocio nocturno, las salidas de vacaciones a la playa, o las reuniones familiares y de grupos de amigos, los contagios se han disparado, los ingresos hospitalarios han subido y en algunos municipios se ha vuelto a lo que parece ser un nuevo confinamiento. La segunda ola ha llegado para quedarse, con un inicio de curso aciago e incierto en los colegios -con un más que probable incremento de los contagios- y, en lo político, lo económico y lo social, aún no hemos visto nada de lo que se avecina.

Es difícil asimilar la huella de los 50.000 muertos que el coronavirus ha dejado en estos meses. Detrás de las cifras está el rostro de gente que, directa o indirectamente, hemos conocido (padres, madres, hijos, abuelos, primos, hermanos, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, conciudadanos…); el dolor de sus familiares, las secuelas de aquellos que lo han padecido, el miedo de los mayores que viven solos o en residencias…

¿Hemos aprendido algo de todo este tsunami?

Me temo que estamos estancados. Inmersos en nuestras peleas ancestrales. El COVID-19 ha desatado otros virus latentes en nosotros: el hooliganismo político, (pongo de Fiscal General del Estado a uno de los nuestros; de Secretarios de Estado, Subsecretarios, Secretarios Generales Técnicos, Directores Generales, y demás, a gente de los nuestros; construyo un relato histórico que legitime a los nuestros; utilizo las cátedras y Departamentos de las Universidades para poner a uno de los nuestros; creo Comisiones de investigación para dar caña a los otros y oculto los pecados de los nuestros; en los Plenos del Congreso y del Senado maniobro para proteger a los nuestros y lincharles a ellos); el hooliganismo social (el individualismo tan concreto del consumo de las plataformas digitales; el móvil como referencia cognoscitiva; la inmediatez de los mensajes colgados en Twitter…) y el hooliganismo económico, traducido en una obscena veneración de una concepción economicista de la libertad en las relaciones y transacciones comerciales, fruto de esa economía líquida.

En España, hemos vivido muchos años de forofismo: frente a la ensoñación ideológica de un hombre nuevo que el PSOE de Rodríguez Zapatero había alentado, el Partido Popular de José María Aznar y Mariano Rajoy sólo ofrecía tecnocracia y un capitalismo irresponsable de los amiguetes, y dejó completamente abandonado el tema educativo y social, ahondando en el páramo cultural en el que estamos, fruto de una endogamia corrosiva que ha penetrado hasta la médula en nuestra sociedad y se ha reflejado en el mundo educativo y en nuestras universidades.

Preguntas abiertas

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Meeting. Nihilismo o cristianismo en medio de la COVID-19

Jesús de Alba

Uno de los actos que más me ha impresionado y de los que más he aprendido sobre el mundo de hoy, en el siempre increíble Meeting de Rímini, ha sido el encuentro sobre el nihilismo. La intervención clarividente del profesor Eugenio Galimberti señalaba como punto central del nihilismo el paso de una concepción del tiempo futuro como promesa y, por tanto, positivo, a una en la que el futuro es pura incertidumbre, cuando no directamente una amenaza. Esto ha sucedido, según él, como consecuencia de la desaparición de la cultura cristiana, en la que el futuro es el tiempo de la salvación y es, por tanto, bueno, y de la expansión del nihilismo, en el que el tiempo no es más que una mera sucesión de instantes sin sentido. Basta mirar cómo la juventud vive tantas veces en el mero presente sin perspectiva alguna de futuro, en esa sucesión de instantes vividos sin sentido.

Sin ninguna duda, estas dos posiciones vitales se han puesto sobre el tapete de una manera clarísima en esta pandemia de COVID-19. Miedo ante un futuro amenazante o confianza en un futuro donde se pueden resolver los problemas. Una de las cosas más impresionantes de la Iglesia y del cristianismo es que no está en este mundo para resolver los problemas concretos. Lo que hacen ante todo es colocarnos en la posición de corazón óptima para poder enfrentarlos y responderlos. Don Giussani, en su famoso libro El sentido religioso, llamaba a esta posición del corazón moralidad: “Estamos hablando de ese tipo de objetos que ponen a nuestra persona en juego a la búsqueda del significado de sí misma, de ese tipo de objetos que se nos presentan con la pretensión de tener un significado para nuestra persona: el problema del destino, el problema afectivo y el problema político me parecen las tres categorías en las que se puede resumir este tipo de objetos del conocimiento” (Madrid, Encuentro, 2008, pp. 46-47).

Miedo o confianza. Nihilismo o cristianismo. Ambos con mascarilla, por supuesto, pero ¡qué diferencias brotan de estas dos actitudes hacia el futuro!

Dos ejemplos concretos:

Uno. El pasado mes de julio recogí en el coche a una amiga con cáncer terminal. Le acababa de salir un nuevo nódulo cancerígeno. Nada mas entrar me espetó si yo no tenía miedo a morir, a no volver a ver a la familia, a los amigos, a las cosas que más quiere uno.

Le dije —y fue una de esas veces en que notas que lo que dices es más grande que tú mismo—, que la vida consiste en buscar un Tesoro (Mt 13,44-46) que vale más que la vida misma, más que todas sus riquezas, padres, madres, familia o amigos, y que por ese Tesoro merecía la pena dejarlo todo e ir a por él. Le dije que ambos teníamos el mismo trabajo, si bien ella estaba en mejor posición que yo, porque en su condición no podía distraerse con los dineros, el orgullo o el poder, sino que cada día podía entrar a la conquista de este Tesoro. En cualquier caso, ambos tenemos el mismo trabajo diario.

Meeting. Nihilismo o cristianismo en medio de la COVID-19

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>Entrevista a Fernando Vidal

'Ante el tsunami del coronavirus se ha alzado un tsunami de solidaridad social de primera magnitud'

Juan Carlos Hernández

El sociólogo apuesta por la sociedad civil avivando la comunidad de barrio, fortaleciendo la autonomía y desarrollo de la sociedad profesional, y estrechando la cooperación con la sociedad empresarial para ser capaces de estar a la altura del desafío que tenemos por delante.

¿Qué le ha parecido la respuesta de la sociedad civil frente a esta pandemia? ¿Existe una energía social para construir?

La pandemia Covid-19 ha sido un tiempo que ha confinado a dos tercios de la humanidad en un periodo imprevisto, corto e intenso, lo cual ha cortado drásticamente la expansión del contagio. Dicho confinamiento no hubiera sido posiblemente meramente con el peso de la ley, sino que ha sido un gran logro de la sociedad civil. La auto-organización es lo que ha hecho posible que en las condiciones de cuarentena las personas vulnerables hayan sido atendidas, gracias a los voluntariados organizados por ONG, redes vecinales y la solidaridad familiar. La necesidad levantó una gran ola solidaria no solo en España. A mitad de marzo el gobierno británico solicitó a una de las mayores ONG la creación de una red de 250.000 voluntarios para poder atender a dos millones de personas vulnerables durante el confinamiento. En dos semanas ya se habían apuntado más de setecientos mil ciudadanos y el programa tuvo que dejar de aceptar voluntarios. En España carecemos de datos generales, pero en una de las ciudades más castigadas, Madrid, se organizaron cincuenta redes vecinales espontáneas que con distintos tamaños y modos movilizaron a más de cinco mil voluntarios que atendieron a unas quince mil personas. El dato fue aportado por uno de los líderes de dichas redes en la Comisión de Reconstrucción del Ayuntamiento de Madrid. También hay datos de una de las principales organizaciones que ayudan a personas sin hogar, Bocatas. Durante el confinamiento recibieron medio millar de nuevos voluntarios para ayudar a las 675 personas sin hogar que se quedaron en las calles de Madrid durante la pandemia. La inmediata respuesta tras el confinamiento, ante la trepidante crisis económica, ha elevado más redes vecinales y parroquiales. Por ejemplo, en una de las zonas más afectadas de Madrid por la mortandad de la pandemia, Tetuán-Ventilla, las parroquias jesuitas han llegado a recaudar en una sola semana más de veinte mil euros y a movilizar voluntarios para conseguir doce toneladas de comida semanales para repartir en los hogares necesitados. Es evidente que ante el tsunami del coronavirus se ha alzado un tsunami de solidaridad social de primera magnitud.

“Una de las medidas más importantes para construir una mayor sociedad civil sería el fortalecimiento de las sociedades profesionales”

>Entrevista a Fernando Vidal

'Ante el tsunami del coronavirus se ha alzado un tsunami de solidaridad social de primera magnitud'

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