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24 MAYO 2019
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De la tolerancia a la estima. El mensaje de Francisco y Mohammed VI

Michele Brignone

“¡Síiiii!”, gritan a coro los jóvenes de un grupo escolar respondiendo al profesor que les pregunta si creen que la convivencia interreligiosa es posible. Sucede después de visitar una exposición sobre la presencia cristiana en Marruecos, instalada en el Archivo del Reino de Rabat con motivo de la llegada del Papa a la capital del país. No es que la muestra presentada al público sea particularmente rica. No podría ser de otro modo, puesto que Marruecos ha sido tradicionalmente tierra de cohabitación entre musulmanes y judíos, más que entre musulmanes y cristianos. En la época precolonial, se trata sobre todo de salvoconductos concedidas por califas y sultanes para permitir el tránsito o estancia de religiosos cristianos en su territorio. En la siguiente etapa, la exposición muestra las obras caritativas y educativas gestionadas en Marruecos por congregaciones católicas y las relaciones entre el Reino norteafricano y la Santa Sede. En cambio, no están las páginas más incómodas de esta historia, como el caso de los protomártires franciscanos o el compromiso parcial del catolicismo con el mundo colonial. De hecho, lo que importa es el mensaje contenido en el subtítulo: “La vida en común”, que el Reino se empeñó en difundir por las escuelas para preparar a las nuevas generaciones no solo para recibir al pontífice, sino también para inmunizarse del exclusivismo fundamentalista.

Desde 2003, año de los atentados de Casablanca, el rey Mohamed VI ha emprendido una tarea de renovación en las instituciones islámicas del país, y ha convertido esta apertura al otro en la tarjeta de presentación de Marruecos al exterior. En el discurso en cuatro idiomas pronunciado en la explanada de la torre Hassan, el monarca insistió especialmente en los valores comunes a los tres monoteísmos, pero también añadió que el diálogo y la tolerancia son “insuficientes en la realidad actual”. Las tres religiones abrahámicas, según el rey, no existen de hecho “para tolerarse, con resignación fatalista o educada aceptación, sino para abrirse unas a otras y conocerse mutuamente en la búsqueda constante del bien de todos”. Inmediatamente, el papa Francisco mostró en este punto una notable sintonía con su anfitrión. “Es necesario que pasemos siempre de la simple tolerancia al respeto y a la estima de los demás. Porque se trata de descubrir y aceptar al otro en la peculiaridad de su fe y enriquecerse mutuamente con la diferencia, en una relación marcada por la benevolencia y la búsqueda de lo que podemos hacer juntos. Así entendida, la construcción de puentes entre los hombres, desde el punto de vista interreligioso, pide ser vivida bajo el signo de la convivencia, de la amistad y, más aún, de la fraternidad”.

De la tolerancia a la estima. El mensaje de Francisco y Mohammed VI

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Contra el diablo no se puede luchar solo

Cristiana Caricato

Un Papa contento charlaba con los periodistas a bordo del avión que lo llevaba de regreso a Roma. Llevaba consigo no solo un viaje de dos días al noveno país musulmán visitado en sus 28 viajes apostólicos, con gran júbilo por las calles de Rabat y una fraternal acogida por parte del monarca más enigmático del norte de África, sino también la posibilidad de hablar allí sobre el status de Jerusalén en vísperas de las elecciones israelíes, sin duda condicionadas por la musculosa política de Trump, y llamar al orden a Europa por sus autolesivas medidas antiinmigración.

Sometiéndose a la línea de fuego de las preguntas aéreas, remarcó dos o tres cuestiones que le preocupan especialmente, y que este viaje ha devuelto a primer plano. Sobre todo lo de construir puentes. Como buen ingeniero, ha recordado una verdad que para él resulta evidente, “los que se obstinan en levantar muro, antes o después acaban prisioneros”. Y que el diálogo con el otro, con el que es diferente, no es materia de laboratorio sino un ejercicio “humano”, es decir, hecho de carne, mente, corazón y, sobre todo, manos.

Ha vuelto a dar una lección sobre cómo crecer en la fe a los que le importunaban sobre el castigo, en tierra islámica, a los apóstatas y convertidos, recordando la feliz fórmula sobre el progreso en la fe del monje francés Vicente de Lerins, del siglo V: “annis consolidetur, dilatetur tempore, sublimetur aetate”, es decir, nada es estático, mucho menos el depósito doctrinal, ya sea musulmán o cristiano, hay que darle tiempo. Para reforzar su tesis, se atrevió incluso a llamar en causa a cierta ideología libertaria que pone en riesgo las democracias en Europa y América y el derecho sagrado a la objeción de conciencia en cuestiones éticamente sensibles, como la eutanasia o el aborto. De manera vergonzosa, apuntó. Igual que deberían avergonzarse los gobernantes que, además de muros, instalan también hojas afiladas capaces de cortar la carne de los que, desesperados, van en busca de paz y libertad.

Francisco volvió a hablar de su único enemigo, el diablo. Ese ser que en los últimos tiempos se dedica a intentar dividir y dañar a la Iglesia y del que ya habló en el congreso sobre la protección de menores en el Vaticano. Un problema sobre el que se pueden buscar todas las explicaciones posibles, analizar las causas, castigar a los culpables, pero siempre quedará algo insondable e incomprensible en los esfuerzos de la Iglesia por abordar estos escándalos, algo imposible se entender sin tomar en consideración el misterio del mal.

Eso no significa renunciar a erradicar el problema, aseguró Francisco, sino abordarlo con toda su complejidad. Sin soluciones donatistas que, concentrándose en leyes, normas y prescripciones, olviden otras dimensiones imprescindibles en la estructura eclesial, como la oración, la penitencia, la lucha contra el maligno, demasiado malicioso como para dejarse enjaular por una serie de normas. Se trata de un matiz importante, que tal vez reequilibre una cumbre centrada en una obligada obsesión por el castigo de los culpables y la sanación de las víctimas, pero contra el diablo no se puede luchar solos. Pedir ayuda al Espíritu Santo y dejar un poco de espacio a la Gracia es la verdadera y santa audacia.

Contra el diablo no se puede luchar solo

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>Entrevista a Cristóbal López Romero, arzobispo de Rabat

La Iglesia en Marruecos, un puente entre cristianos y musulmanes

Claudio Fontana

Cristóbal López Romero fue nombrado arzobispo de Rabat el 29 de diciembre de 2017 y tomó posesión el 10 de marzo siguiente. Además de haber desarrollado varias tareas en Paraguay, Bolivia y España, también pasó siete años en Marruecos, de 2003 a 2010, como director de una escuela salesiana. Hablamos con él mientras espera recibir la próxima visita del Papa.

¿Qué supone para la Iglesia en Marruecos y para todo el país la visita del Papa?

Para nosotros, la visita del Papa significa muchas cosas. En primer lugar, que el Papa aprecia y ama nuestro país, y que valora los esfuerzos que tanto el rey como todo nuestro pueblo está haciendo desde hace tiempo para mejorar las condiciones de vida de la gente. En segundo lugar, que desea reforzar, aquí y en todo el mundo, el diálogo interreligioso y, más concretamente, el encuentro islamo-cristiano. En tercer lugar, significa que el Papa aprueba y anima el camino de esta pequeña comunidad cristiana, visitándola en un momento en que celebramos el año jubilar por los 800 años de presencia franciscana en esta tierra, coincidiendo con el misma aniversario del encuentro entre Francisco de Asís y el sultán Al-Malik en Egipto.

El Papa viene a cumplir su misión de confirmarnos en la fe, a sostener nuestra esperanza (el lema del viaje es “Servidor de la esperanza”) y a encender en nosotros la llama del amor. Francisco es un Papa que no se limita a predicar con palabras y documentos, sino que habla y transmite el Evangelio con gestos y hechos, como el de venir aquí antes incluso de visitar pueblos y naciones tradicionalmente cristianos.

Antes de ser nombrado arzobispo de Rabat, usted ya estuvo en Marruecos de 2003 a 2010, ¿cómo fue su experiencia?

Pasé casi ocho años en Kenitra, una ciudad de más de medio millón de habitantes al norte de Rabat. Soy salesiano y era director de la escuela de Don Bosco. No daba clase, pero todos los días hablaba con los alumnos, con sus padres, participaba en las reuniones de profesores. En la escuela primaria y secundaria todos eran musulmanes. Solo había dos católicos: la escuela y yo. Todos los profesores eran musulmanes y solo esporádicamente tuvimos algunos colaboradores católicos franceses. La experiencia fue muy interesante porque, a pesar de que todos eran musulmanes, la escuela era verdaderamente salesiana.

¿Qué quiere decir? ¿Cómo es posible definir como salesiana una escuela donde todos son musulmanes?

El espíritu familiar, el ambiente de la comunidad educativa, la amabilidad, el sistema preventivo de don Bosco, el sentido religioso (no cristiano, sino musulmán), son los elementos que aún hoy caracterizan esa escuela. Todos los viernes se proclama el Corán, que fue una decisión mía personal. Yo me ponía de pie junto al chaval que, al micrófono, recitaba el Corán. Yo rezaba por mi cuenta, como cristiano.

>Entrevista a Cristóbal López Romero, arzobispo de Rabat

La Iglesia en Marruecos, un puente entre cristianos y musulmanes

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800 años después, un nuevo abrazo y un compromiso de paz

Andrea Tornielli

Ochocientos años después del encuentro entre Francisco de Asís y el sultán Malik Al-Kamil, el Papa que lleva el nombre del santo se ha presentado ante los “hermanos musulmanes” como un “creyente sediento de paz”. Junto al gran imán de Al-Azhar ha firmado una declaración llamada a marcar no solo la historia de las relaciones entre el cristianismo y el islam sino también la propia historia del mundo islámico.

El papa Francisco, inventor de la expresión “guerra mundial a trozos”, se inserta con este viaje y con este gesto en el camino trazado por sus predecesores dando un paso más. Ya san Juan Pablo II, desde el encuentro de Asís de 1986 –cuando pesaba sobre el mundo la amenaza nuclear que lamentablemente vuelve a cernirse sobre nosotros–, implicó a los líderes religiosos para destacar cómo los credos más distintos deben promover la paz, la convivencia, la fraternidad. Después del 11 de septiembre de 2001, cuando el fundamentalismo terrorista se introdujo perturbadoramente en el escenario internacional, el anciano pontífice polaco hizo todos los esfuerzos posibles para borrar cualquier justificación religiosa que abusara del nombre de Dios para explicar actos de violencia, terrorismo, asesinato de hombres, mujeres y niños inocentes. Por este mismo camino avanzó también Benedicto XVI durante todo su pontificado. En septiembre de 2006 el papa Ratzinger decía a los líderes de los países musulmanes que “hace falta que, fieles a las enseñanzas de sus respectivas tradiciones religiosas, cristianos y musulmanes aprendan a trabajar juntos, como ya sucede en varias experiencias comunes, para evitar toda forma de intolerancia y oponerse a cualquier manifestación violenta”.

Ahora el papa Francisco ha firmado un documento donde no solo se rechaza con contundencia cualquier justificación de la violencia cometida en nombre de Dios, sino donde se hacen afirmaciones importantes y vinculantes que afectan al islam y a algunas de sus interpretaciones. Destacan a este respecto las palabras que piden respeto a los creyentes de credos distintos, la condena de toda discriminación, la necesidad de proteger todos los lugares de culto y el derecho a la libertad religiosa, así como el reconocimiento de los derechos de las mujeres. También es significativo cómo subraya una de las raíces más profundas del terrorismo nihilista, que toma su origen de las interpretaciones erróneas de los textos religiosos, pero también de un “deterioro de la ética, que condiciona la acción internacional, y un debilitamiento de los valores espirituales y del sentido de responsabilidad”. Elementos que favorecen la frustración y la desesperación, “llevando a muchos a caer o en la vorágine del extremismo ateo o agnóstico, o bien en el fundamentalismo religioso, en el extremismo o en el integrismo ciego”. Occidente y Oriente, creyentes de religiones distintas que se miran mutuamente como hermanos –declaran el obispo de Roma y el gran imán de Al-Azhar– pueden ayudarse recíprocamente para tratar de evitar que la guerra mundial a trozos estalle con toda su potencia destructiva.

800 años después, un nuevo abrazo y un compromiso de paz

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La teología real nace de la vida y busca respuestas

René Roux

Se acaba de publicar un libro titulado “Luigi Giussani. Il percorso teologico e l’apertura ecuménica” (‘Luigi Giussani. Itinerario teológico y apertura ecuménica’, Cantagalli 2018) que es fruto de un congreso científico celebrado en la Facultad de Teología de Lugano del 11 al 13 de diciembre de 2017 con motivo del 25º aniversario de la fundación de esa Facultad. El encuentro formaba parte de una serie de eventos dedicados al tema general, “Qué teología para el siglo XXI”, y la elección del pensamiento de Giussani correspondía al deseo de abordar un autor original de lengua italiana cuyo pensamiento teológico no hubiera quedado relegado a la academia sino que hubiera tenido un impacto real en la vida de la gente. Se trataba de marcar el estado de la situación de los estudios relativos al pensamiento de Giussani y constituir un punto de referencia para investigaciones posteriores.

Sin duda no se trataba de una empresa nada fácil. El relieve público del autor y las tensiones que sobre todo en los años 80 y 90 surgieron en el ámbito intraeclesial en torno al movimiento de Comunión y Liberación hicieron difícil y lo siguen haciendo aún hoy, en un clima decididamente más sereno, una reconstrucción histórica de su obra sin caer en el riesgo de la parcialidad. De ahí la decisión de centrarse en su pensamiento teológico, premisa necesaria en vistas de una interpretación historiográfica de conjunto.

Quizás a algunos hablar de una “teología” de Luigi Giussani pueda parecerles un poco provocador si solo se identifica “teología” con el género literario de la teología generada en la academia. Pero la teología real, como demuestran los textos de los Padres de la Iglesia, no es solo la “académica”. La teología nace de la vida y responde a ella. Los textos de Giussani son en gran medida textos ocasionales y no “científicos”. No tratan de elaborar un modelo sistemático de pensamiento abstracto, sino comunicar un mensaje, una experiencia de vida que, eso sí, se desvela concebida de un modo profundamente unitario y metodológicamente coherente, caracterizada por una visión de conjunto y una modalidad original de enfoque. La referencia constante a la prueba de la experiencia no constituye un venir a menos del “teologizar” sino que más bien representa el rasgo original del método, que da sus frutos más interesantes en el ámbito hermenéutico y filosófico, es decir, en el modo de dialogar con los textos bíblicos, pero también literarios, filosóficos y teológicos. En ese sentido, el pensamiento de Giussani puede ser justamente considerado como un “pensamiento original”, siguiendo una afortunada expresión utilizada en su momento a este propósito por el cardenal Scola.

El libro se propone por tanto sacar a la luz esa originalidad mediante un análisis ejemplificador de varios elementos, fuentes, encuentros, estudios que han concurrido a formar el pensamiento de Giussani, especialmente su antropología, y a resaltar su alcance educativo, mucho más allá de los límites confesionales.

La teología real nace de la vida y busca respuestas

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La victoria sobre la desesperación

Giuseppe Frangi

¿Para qué sirve rezar? Podríamos reconducir a esta pregunta elemental la catequesis esencial que el papa Francisco está ofreciendo los miércoles en sus audiencias sobre el Padre nuestro. Un itinerario en el que Bergoglio no da nada por descontado, consciente de la condición del hombre de hoy, indefenso y expuesto a las mil ilusiones que continuamente se le proponen. Para ello, el Papa desmonta palabra a palabra la oración que el mismo Jesús nos enseñó, para hacernos tocar con los dedos su concreción y también su fiabilidad.

Por ejemplo, con su habitual capacidad para trabajar sobre las palabras para dar a entender todo su espesor, se centró en la vocación inicial, “padre nuestro”. Una palabra que en arameo tiene un matiz diferente. “Padre” en arameo se dice “abbà”, que no en vano usa san Pablo en dos circunstancias distintas en sus cartas. “Decir ‘abba’ –dijo Francisco– es algo mucho más íntimo, más conmovedor que llamar a Dios ‘padre’ simplemente. Por eso alguno ha propuesto que se tradujese esta palabra original aramea ‘abba’ con 'papá’”.

Si bien “padre” subraya más el aspecto de autoridad, “abbà” señala en cambio una relación familiar. “Debemos imaginar que en estas palabras arameas ha quedado ‘grabada’ la misma voz de Jesús: han respetado el idioma de Jesús”, señaló Francisco en otro momento de su catequesis. Y al decir “grabada” se percibe la conmoción de algo que nace de la vida y toca la nuestra. En esta sencilla invocación, reside por tanto “una fuerza que atrae todo el resto de la oración”.

¿Pero qué puede garantizar que una vez invocado, aun dentro de una relación familiar, “abbà” nos escuche y por tanto la oración nos sirva? Con gran sencillez, el Papa desbrozó el campo de estas posibles perplejidades. “Rezar es a partir de ahora la victoria sobre la soledad y la desesperación”, dijo. “Rezar. La oración cambia la realidad, no lo olvidemos. O cambia las cosas o cambia nuestro corazón, pero siempre cambia. Rezar es a partir de ahora la victoria sobre la soledad y la desesperación”. Es un cambio posible, verificable concretamente en uno mismo. Decir “abbà” (bastaría con eso, dice el Papa) es un hecho que descoloca, que traslada de una condición a otra. Con palabras de Péguy, la oración “es el lugar donde todo se hace fácil”.

La victoria sobre la desesperación

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'Mejor vivir como un ateo', dice el Papa, si la fe no se hace vida

Federico Pichetto

Hay frases del Papa que no entran oficialmente en su magisterio pero que describen mejor que otras la intención más profunda que anima un pontificado. Es el caso de la indicación que Bergoglio hizo en la audiencia del primer miércoles de 2019, afirmando que “la gente que va a la iglesia, está ahí todos los días y luego vive odiando a los demás y hablando mal de la gente son un escándalo. Mejor vivir como un ateo que dar contra-testimonio de lo que es ser cristianos”.

Este juicio preciso, pronunciado sin papeles, no estaba en el texto oficial de la audiencia pero en pocas horas ya estaba en todas las redacciones de prensa, despertando simpatía “por un pontífice que exalta a los ateos” y preocupación “por un cristianismo perfecto que no existe y que acaba degradando la devoción de muchos”. Pero lo que el Papa quería decir era algo muy distinto. Una fe que no se hace vida, que no se transforma en compromiso con uno mismo, no es fe sino una forma de ateísmo. Si la fe no implica una verificación, un trabajo personal dentro del drama del vivir, entonces es mejor declararse directamente “no creyentes”.

Creer es una palabra que deriva del indoeuropeo y significa “dar el corazón”, comprometer el corazón con algo. ¿Pero qué es el corazón? El corazón es ese criterio de juicio que la naturaleza –Dios– ha puesto dentro de cada uno y que se desvela como malestar, necesidad, herida, exigencia infinita. Por tanto, hacer experiencia significa comparar lo que uno vive, en un espacio y tiempo concretos, con el propio corazón, con esa necesidad de bien, verdad, justicia y belleza que llevamos dentro. Esta comparación estrecha entre la parte más verdadera de mi yo y la realidad es un trabajo, requiere un trabajo. Dar el corazón, creer, significa comprometerse con esta confrontación intensa, transformadora de la propia relación con las cosas en un juicio continuo.

Pero el cristianismo introduce otro factor. Entra en la historia como el anuncio de que la única respuesta para lo que el corazón espera es Cristo. Por eso, el problema del cristiano es verificar si este anuncio es verdadero, comparar cualquier circunstancia que suceda con la presencia de Cristo que promete cumplir esa exigencia del corazón dentro de esa realidad concreta. O la experiencia de la fe se convierte en continua experiencia de esta verificación, o Cristo se quedará en un mero nombre: vivimos nombrándolo, pero sin que crezca la familiaridad con él, sin experimentarlo realmente, sin creer. ¡Cuántas comunidades enredadas en acaloradas disquisiciones teológicas y eclesiales han dejado de hacer este trabajo de verificación! ¡Cuántas comunidades, preocupadas por sus actuaciones y comparándose con otras, han abdicado de este proceso fundamental que hace “mía” la fe y no un lugar de refugio! Cuántas comunidades han dejado de educar en esta verificación de la fe, prefiriendo iniciativas sociales o discursos intelectuales o moralizantes.

'Mejor vivir como un ateo', dice el Papa, si la fe no se hace vida

Federico Pichetto | 0 comentarios valoración: 2  29 votos
>Entrevista a Agustín Domingo Moratalla

'Bergoglio está obsesionado por transmitir esperanza y comunicar vida'

F.H.

Agustín Domingo Moratalla, catedrático de Filosofía de la Universidad de Valencia, ha participado en la presentación del libro de Massimo Borghesi, Bergoglio: un biografía intelectual (Ediciones Encuentro). Conversamos con él sobre el contenido del volumen.

¿Qué nos descubre el libro de Borghesi sobre Bergoglio?

Como indica en el subtítulo, nos descubre el itinerario intelectual de Jorge Mario Bergoglio. No es el itinerario filosófico, teológico o cultural sino las fuentes o raíces intelectuales que nos permiten entender la complejidad del Papa Francisco. Muchas veces no es fácil precisar dónde está lo teológico, lo filosófico o simplemente lo cultural porque son autores que no han llegado por ciencia infusa sino por el contacto con intelectuales como Amelia Podetti, Alberto Methol Ferré o Juan Carlos Scanonne. El libro nos descubre el itinerario intelectual de un liderazgo complejo donde las etiquetas de las viejas escolásticas teológicas o filosóficas debían dejar paso a una apasionada razón vital, histórica y cordial. Nos descubre la mística de un intelectual de altura que está más obsesionado por transmitir esperanza y comunicar vida que por ser catalogado en rancias escolásticas que no responden a los desafíos del siglo XXI.

¿Por qué es importante distinguir el "pensamiento polar" de Bergoglio de la "síntesis" de Hegel?

La síntesis de Hegel es compleja y no siempre la describe de la misma forma en sus primeros escritos o en la transcripción que tenemos de sus Lecciones. Ni siquiera podemos decir que en el conjunto de la obra de Hegel hay un único modo de entender la "síntesis" como "Aufhebung". Unas veces hay superación que anula y otras veces que conserva los opuestos en una realidad nueva. El pensamiento polar de Bergoglio incide en el dinamismo o tensión de la dialéctica no utilizada para anular o suprimir sino para resaltar el valor de la una relación entendida como encuentro. En lugar de pensar la naturaleza de la experiencia humana desde una dialéctica cognitiva y sistémicamente entendida (Hegel), Bergoglio participa de una original interpretación de la dialéctica desde la experiencia. Como Blondel, Guardini y otros pensadores del siglo XX, hay que pensar la dialéctica desde la experiencia, no al revés. La presencia de Guardini, De Lubac, Przywara o incluso von Balthasar debe ser planteada en esta clave, donde cualquier modo de entender la dialéctica debe ser entendido desde la experiencia y no al revés.

Pensamos que el contexto cultural en el que Bergoglio desarrolló su trabajo como jesuita y como arzobispo es muy diferente al europeo. ¿Es cierto?

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'Bergoglio está obsesionado por transmitir esperanza y comunicar vida'

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Sin emociones no hay razón. Por eso el Papa pide perdón a los jóvenes

Federico Pichetto

Cuando en marzo de 2000 Juan Pablo II se puso de rodillas para pedir perdón por los pecados de la Iglesia, se alzaron no pocas voces críticas por un gesto que –a los ojos de los comentaristas más celosos– parecía una implícita admisión de derrota por parte del Pueblo de Dios respecto a la acción misma del Divino en su cuerpo místico. ¿Cómo podía, y cómo puede, la santa Iglesia ser pecadora? ¿Cómo va a cometer errores?

Una objeción parecida, por otro lado totalmente comprensible a los ojos de quien reconoce en la Iglesia la “compañía de Dios al hombre”, pero que está viciada por un error teológico de fondo, el de considerar la salvación introducida por Cristo en el tiempo como un pack de todo incluido, que empieza y acaba en sí mismo y carece de esa dimensión histórica que el Evangelio resume muy bien en la imagen de la levadura o la semilla. La presencia de Cristo, su misericordia –exactamente igual que la semilla o la levadura– da comienzo en el tiempo a algo nuevo, empieza en el tiempo a salvar y transformar lo humano, pero esa transformación no sucede de manera lineal y progresiva, sino más bien circular y concéntrica. Cuanto más tiempo pasa, más se libera el hombre, si se adhiere a Cristo, del peso del pecado, más se aleja de Satanás y más expresa, inexorablemente, su fuerza y sus potencialidades más remotas.

Las disculpas que presentó el Papa Francisco a los jóvenes al término del Sínodo dedicado a ellos se circunscriben dentro de este extraordinario camino de la Iglesia, que ha llegado a comprender que el mayor error, el pecado que más la puede manchar, es traicionar a la juventud. Delante de la juventud, la Iglesia se ha presentado como alguien que ya sabe, que ya ha entendido, que solo tiene que educar y tallar el espíritu que bulle en una etapa de la existencia condenada a ser superada demasiado deprisa.

Este ha sido el motivo por el que la Iglesia católica, con el tiempo, se ha encontrado luchando contra la libertad, contra el placer, contra la dimensión emotiva y afectiva del individuo. Gran parte de la confusión eclesial sobre muchos de los temas que hoy son objeto de debate social proviene de una última lejanía de la Iglesia respecto de la fuerza e irrupción de la juventud. Se ha estigmatizado a los jóvenes como rebeldes, transgresores, como si fueran cajas que hay que llenar con buenas intenciones y no como un tesoro precioso al que conviene prestar atención y escuchar. “Disculpadnos –les ha dicho Bergoglio– si a menudo no os hemos escuchado; si, en lugar de abrir vuestro corazón, os hemos llenado los oídos”.

Sin emociones no hay razón. Por eso el Papa pide perdón a los jóvenes

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Solo la cruz ayuda a las iglesias a permanecer unidas

Francesco Braschi

Ya estamos en la segunda mitad del mes en que el papa Francisco ha invitado a todos los cristianos a rezar el Rosario invocando a San Miguel Arcángel para que proteja a la Iglesia del diablo y sus intentos de separarnos de Dios y de nuestros hermanos, y no podemos dejar de reconocer cada día la más absoluta pertinencia de esta invitación ante los acontecimientos que agitan la Iglesia, y no solo la Iglesia católica.

No en vano nos recuerda que diabólica es aquella obra que comporta una doble separación: de Dios y de los hermanos. Si nos damos cuenta, esta obra malvada es continua, capaz de insinuarse en cualquier ocasión y de adoptar la forma de cualquier disfraz pues, como nos recuerda san Pablo, “el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz” (2 Cor 11,14). San Pablo formula esta expresión escribiendo a una comunidad –la de Corinto– que él mismo evangelizó  y que se dejaba llevar fácilmente por otros “super-apóstoles” que predicaban una fe más “exclusiva” intelectualmente, llena de una aparente sabiduría y dotada de un alcance cultural más fácilmente aceptable por la cultura del momento. En otras palabras, un mensaje menos radical y exigente de la “cruz de Cristo” que Pablo no solo predicó sino también vivió, prestándose con sencillez y humildad a sostenerla con tal de que no fuera un peso excesivo para nadie. Pero justo esa renuncia suya se convirtió para sus adversarios en un argumento para descalificarlo, acusándolo también de promover con fines personales una colecta de dinero en favor de los pobres de Jerusalén, y para descalificar su doctrina, así como para promocionarse ellos mismos, como portadores de una forma más atractiva y fascinante de cristianismo.

Este episodio, aparentemente tan lejano en el tiempo, nos ayuda a comprender con más claridad el desafío radical al que nos enfrentamos ahora, tanto en Oriente como en Occidente. Un desafío que afecta directamente a nuestra fe y a la Iglesia como lugar de su pleno acontecer. En ámbitos y condiciones distintos, vemos suceder fenómenos similares. En Occidente se trata de la contraposición entre partidos y corrientes de opinión dentro de la Iglesia católica, donde son objeto de contienda el magisterio del papa Francisco, la comprensión de la tradición en sentido estático o dinámico, las modalidades de acercamiento a una humanidad largamente descristianizada. En Oriente estamos siendo testigos sobre todo del conflicto entre los patriarcados de Moscú y Constantinopla a propósito de la autocefalía de la Iglesia en Ucrania. Este dramático conflicto es solo la última manifestación de un problema complejo que afecta –como vimos de manera dramática durante el sínodo ortodoxo en Creta en 2016– por un lado a la forma y a la práctica de las relaciones entre las iglesias ortodoxas, y por otro al testimonio de la ortodoxia en el mundo contemporáneo.

Lo que une procesos tan diversos y extendidos es la representación en todas estas situaciones de una doble tentación: la división como solución y el olvido de la cruz.

Solo la cruz ayuda a las iglesias a permanecer unidas

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Montini, el diplomático

Antonio R. Rubio Plo

Ante la canonización de Pablo VI, resulta de interés recordar alguna de las dimensiones de su variada personalidad. El papa del Concilio, el pontífice peregrino por diversos continentes o el intelectual eclesiástico influenciado por la cultura francesa, no debe de hacernos olvidar a Giovanni Battista Montini, diplomático vaticano. Fueron más de tres décadas las que dedicó a la diplomacia de la Iglesia: un breve período en Polonia y otro mucho más prolongado en una labor en apariencia burocrática, aunque no menos eficaz, en la secretaría de Estado. Después, en 1954, llegaría su nombramiento como arzobispo de Milán, que acabó sorprendiendo a muchos que veían difícilmente compatible sustituir las labores diplomáticas por las pastorales.

Pero no hay un Montini diplomático y otro pastor. Es la misma persona, aunque ejerza una función diferente. Plenamente montiniano es, por ejemplo, el discurso que pronunciara el 25 de abril de 1951 con motivo del 250º aniversario de la fundación de la Academia Pontificia Eclesiástica, una interesante reflexión sobre la diplomacia que no ha perdido un ápice de actualidad. Corrían los años de la guerra fría, de los conflictos interpuestos como el de Corea y de las tensiones internacionales que hacían temer una devastadora guerra nuclear. El mundo se había vuelto sombrío, y particularmente Europa con su división artificial del telón de acero. En este contexto parecía secundario hablar de la diplomacia de un pequeño Estado europeo, que no contaba con las divisiones de ejército de las que tanto alardeaba Stalin como símbolo de su poder expansionista. Habían pasado más de ochenta años tras la desaparición del poder temporal del Papado, aunque la diplomacia vaticana había conocido una revitalización como instrumento en favor de la paz, tal y como demostraron las iniciativas papales durante las dos guerras mundiales y el período de entreguerras.

En su discurso Montini rechaza esa caricatura de la diplomacia, que ha llegado hasta nuestros días, donde para tener éxito, en función de los intereses nacionales, todos los medios son válidos. Astucia y fortuna forman un todo inseparable en la política, oficialmente desde los escritos de Maquiavelo, aunque en realidad esta alianza se fraguó en tiempos inmemoriales. Diplomacia vendría a ser sinónimo de ambigüedades y pluralidad de sentidos. En definitiva, con la diplomacia la palabra no sería un reflejo de la veracidad sino el velo del pensamiento, en expresión de Montini. De ahí la identificación de la diplomacia con etiquetas y formalismos, sobre todo desde los siglos XVII y XVIII, cuando imperaba el sistema de Westfalia en el que el equilibrio de las grandes potencias se presentaba como un modelo ideal, aunque por naturaleza inestable. No es casual que esos mismos Estados, en ejercicio de su poder omnímodo, quisieran controlar a la Iglesia y a las respectivas confesiones religiosas.

Montini, el diplomático

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¿Por qué todo puede ser ocasión?

Federico Pichetto

Delante de los discípulos, que se alarman por los desconocidos que usan el nombre de su maestro para realizar milagros, Jesús se muestra libre y desarmado, y les invita a ir más allá de los bandos y reconocer en esos milagros el signo de la benevolencia del Padre. Esta libertad interior la ha señalado el Papa para indicar –en el Ángelus del domingo– una actitud radical, una posición revolucionaria que está muy lejos del corazón de muchos pero que resulta decisiva para el camino humano de cada uno: la apertura última del corazón a algo que no es nuestro, a lo que no viene de nosotros, a las sorpresas de Dios.

La comunidad cristiana en Occidente está actualmente impregnada de un nuevo sectarismo, una incapacidad última para percibir y acoger el bien que proviene del otro. Es como si el diálogo entre cristianos estuviera construido sobre la búsqueda del error del otro, impugnando esta o aquella doctrina para demostrar una incoherencia, una herejía, que solo puede condenarse con la exclusión de la comunidad o del grupo de los que son creíbles.

La cuestión es que esta actitud no proviene de un defecto del sistema propio del cristianismo, sino de una humanidad que todavía no está educada del todo, por una última resistencia ante el don de la fe. De hecho, toda cerrazón esconde un miedo, el miedo a perder algo, a verse expropiados de algo que percibimos como nuestro, sin lo cual nos sentimos perdidos, irreconocibles. La raíz definitiva de todo esto es la pereza, el antiguo vicio capital que deja a los hombres parados, sin aceptar hacer un camino, considerando lo que poseen como más importante que lo que aman.

La libertad interior de la que habla Francisco es por tanto una pobreza de espíritu integral, que nace de la conciencia de que nada es nuestro, que todo es recibido y podría desaparecer. Por eso el Papa ha rezado en el Ángelus mostrando su cercanía al pueblo indonesio en un momento en que, ante la indiferencia colectiva, sufre un gran duelo a causa de los desastres naturales. Porque no existe contradicción entre la pobreza que pide el Evangelio y conciencia de que toda nuestra riqueza, aunque aparentemente nos la quiten, será devuelta, donada de nuevo.

El Papa pide a la Iglesia que entre en la lógica de la cruz. Disponibles a dar la vida –todo lo que es nuestro y está vivo– con la conciencia de que todo nos será misteriosamente devuelto, con la conciencia de que la misericordia es la última palabra sobre la existencia. Una palabra para la cual no hay excusas. De hecho, todo lo que se defiende es, según esto, el residuo de un poder, de una posesión, que aridece la vida y condena al hombre a la insatisfacción, a un continuo y rencoroso resentimiento que todo lo transforma en lamento, que mortifica el deseo y aleja cualquier posible gusto de vivir.

¿Por qué todo puede ser ocasión?

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>Entrevista a Massimo Borghesi

'Para Bergoglio el ideal es el poliedro'

Fernando de Haro

Massimo Borghesi acaba de publicar “Jorge Mario Bergoglio. Una biografía intelectual” (Ediciones Encuentro). Es un libro que sale a la luz en España solo semanas después de que, en un gesto sin precedentes, un ex nuncio, empujado por sectores de la Iglesia de los Estados Unidos, haya pedido la dimisión del Papa. En un momento en el que, de nuevo, Francisco es puesto en cuestión por quien quiere enseñarle al sucesor de Pedro cómo hay que guiar al Pueblo de Dios y afrontar los signos de los tiempos, el volumen adquiere especial relevancia.

¿Por qué te pareció necesario escribir un libro sobre el pensamiento de Bergoglio?

La idea surgió a partir de los ataques que el Papa sufrió justo después de la publicación de Amoris Laetitia en 2016. Los críticos, que llegaron hasta el punto de acusar a Francisco de “hereje”, objetaban la escasa preparación del Papa, su “falta de fiabilidad” teológica, su falta de pensamiento “católico”. Después de leer muchos textos de Bergoglio, junto a la espléndida biografía de Austen Ivereigh, tomé plena conciencia de la inconsistencia de estas críticas. De ahí surgió la idea de escribir un libro sobre la formación intelectual de Bergoglio. Curiosamente no solo los críticos del Papa sino tampoco sus admiradores sospechaban, después de cuatro años de pontificado, que Bergoglio tuviera un pensamiento tan profundo y original. Sus defensores pensaban que su formación era solo de tipo “pastoral”. Así fue como surgió Jorge Mario Bergoglio. Una biografía intelectual, ahora traducida al español en Ediciones Encuentro.

En el volumen se señala que el concepto de las periferias lo toma Bergoglio de la pensadora argentina Amelia Podetti. ¿Es una categoría solo sociológica? ¿Por qué para Bergoglio el centro de la experiencia de la Iglesia se ve mejor desde la periferia?

No, no es una categoría “solo” sociológica. También tiene un valor existencial. El mundo, incluido el “mundo de la vida”, se ve mejor desde los bordes que desde el centro. En el centro todo es hermoso, como en las grandes ciudades. En las periferias es donde se comprende lo que el centro desprecia, no quiere ver. Si se quiere curar heridas, sanar puntos frágiles, ocuparse del bien común de la sociedad, no hay que colocarse en el centro de la esfera. El centro es una burbuja que corre el riesgo de estallar si las periferias se incendian. El Papa parte de los últimos, de los descartes de la era de la globalización. Y no por una ideología pauperista-populista sino por espíritu evangélico, por la paz de los pueblos y naciones. No hay ninguna demagogia en todo esto. Lo que hay es ciertamente una gran preocupación por el desierto moral y la ruptura de los vínculos sociales, que se han extendido desmesuradamente en la era de la globalización.

Dedicas un amplio espacio a describir el origen del "pensamiento polar" en Bergoglio. ¿Cuáles son los autores que influyen más en él en esta cuestión?

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'Para Bergoglio el ideal es el poliedro'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  33 votos

¿Nos salvará el Papa del Titanic?

Giorgio Vittadini

Ni la caída de la producción, ni la ralentización del PIB, la novedad económica más significativa de los últimos días es la acusación radical, por parte del papa Francisco, a los presupuestos que rigen nuestro sistema: el beneficio como fin y no como medio, la obsesión financiera, el paso a un segundo plano de la dignidad del trabajo. “La centralidad actual de la actividad financiera respecto de la economía real no es casual. Tras ello se esconde la decisión de alguien que piensa, equivocadamente, que el dinero se hace con dinero. Pero el dinero de verdad se hace con trabajo. El trabajo es lo que confiere dignidad al hombre, no el dinero”, afirma el pontífice en la reciente entrevista concedida al diario italiano Il Sole 24 Ore.

Será complicado desclasificar estas palabras como “obligadas” por parte de una autoridad católica –la máxima en este caso– para mantener la fe en la bandera de sus valores fundantes: el trabajo como imagen del “Dios eterno trabajador”, la atención a los últimos, la caridad. En las palabras del Papa hay algo más que puede chirriar en las orejas de los neoliberalistas del mundo entero. No es solo una acusación al drenaje de capitales de la economía real a las finanzas, sino también al principio fundamental del liberalismo.

Lo afirma citando las consideraciones del Pablo VI en la encíclica Populorum progressio: la ley del libre cambio, que representa una ventaja para las partes contrayentes que se encuentran en condiciones económicas similares, conduce a “resultados desiguales” entre países en situaciones desiguales. Si bien es cierto que las palabras de esta encíclica se escribieron en 1967, solo podemos imaginar hasta qué punto estas afirmaciones siguen siendo vigentes actualmente. De hecho, los datos lo siguen confirmando, pues crecen las desigualdades entre países y dentro de los propios países.

El principal problema no es por tanto la relación con los países más pobres. El pensamiento del Papa parece dirigirse ante todo a una cierta “pobreza”, mejor dicho, a una cierta “pequeñez” que está afectando a los países más desarrollados. La primera acusación se dirige a la soledad que domina nuestras sociedades, que llena nuestras agendas de contactos pero que nos deja fundamentalmente solos, asustados, no porque nos sintamos amenazados sino aislados. Se han rescindido “los vínculos de pertenencia a la sociedad a la que pertenecemos”. Así, se han debilitado las bases de la construcción común porque mientras se exaltan las “capacidades singulares” se pierde de vista el hecho de que el “resultado alcanzado” no es “simplemente la suma de las capacidades singulares”.

Falta, en definitiva, la dimensión comunitaria, que también se puede mantener viva en el mundo empresarial si no se pierden de vista ciertos elementos: “la distribución y la participación en la riqueza producida, la inserción de la empresa en un territorio, la responsabilidad social, el bienestar empresarial, la paridad salarial entre hombres y mujeres, la conciliación entre la vida familiar y laboral, el respeto al medio ambiente, el reconocimiento de la importancia del ser humano frente a la máquina y el reconocimiento de un salario justo, la capacidad de innovación”.

¿Nos salvará el Papa del Titanic?

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 2  44 votos

El informe Viganò puede hundir a la Iglesia en el moralismo

Massimo Borghesi

La potencia geométrica con que el documento Viganò golpeó al Papa el día que participaba en el Encuentro Mundial de las Familias de Dublín ya se ha puesto de manifiesto abundantemente en todos los medios. Francisco hablaba de la suciedad en la Iglesia, pedía perdón por los vergonzosos delitos del clero, y apareció una carta implicándole, a él y a sus predecesores, como si él mismo fuera corresponsable de esa plaga con sus silencios y omisiones. La maniobra del vaticanista Marco Tosatti, el “creador” del informe Viganò, le salió a la perfección.

Los opositores del Papa no son corderitos blancos. Como zorros viejos, saben usar muy bien los medios. Las críticas deben resultar explosivas, lacerantes, generar caos en nombre de la verdad, poner al rebaño en contra del pastor. Con el informe Viganò, cuyo eco ha sido aún más fuerte en Estados Unidos que en Europa, nos encontramos con el “segundo golpe” contra Francisco. El primero fue con motivo de la publicación de la exhortación apostólica Amoris Laetitia en 2016. Entonces la oposición subterránea contra el Papa salió a la luz y se concentró en una pequeña nota –sobre la posibilidad de dar la comunión, en ciertas condiciones concretas, a los divorciados vueltos a casar– para contestar a la ortodoxia del Papa en materia de matrimonio. Las “dudas” de cuatro cardenales dieron la vuelta al mundo, los tradicionalistas pidieron la acusación del pontífice, una marea negra parecía rodear a Bergoglio. Luego las acusaciones mostraron ser lo que eran, un fuego de paja. El Papa no modificó nada en la doctrina sobre la indisolubilidad del matrimonio. La primera mitad de 2018 se ha caracterizado por una calma relativa, pero tras el informe Viganò volvemos a tener a Francisco bajo la luz de los focos por culpas que se remontan a mucho antes de su pontificado.

El informe Viganò puede hundir a la Iglesia en el moralismo

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>PAPA FRANCISCO

Los negocios no viven de facturar muchos ceros sino de un corazón abierto

Giuseppe Frangi

“Es como una pequeña encíclica”, le dijo el Papa a Guido Gentili, director del diario italiano Il Sole 24 Ore, al término de una larga e intensa entrevista de dos páginas que este periódico acaba de publicar. Una pequeña encíclica que toca muchos temas de la actualidad social y económica. El entrevistador no buscaba anécdotas para conseguir titulares, por eso el discurso de Francisco pudo distenderse, con gran claridad y amplitud. El inicio del diálogo es emblemático del tipo de mirada de Francisco hacia el desarrollo económico y el crecimiento. Inmediatamente advierte que lo que hoy ya no funciona es confiar en performance individuales como motores de tracción de una riqueza colectiva. Esa lógica no funciona, como demuestra el hecho de que este proceso esté generando descartes a nivel humano y social. Descartes que ya no solo genera gente explotada y pobre, sino “expulsados” y “completamente rechazados”.

El Papa habla también de “exclusión estratégica de los que viven al lado”. Eso no es verdadero crecimiento, es un crecimiento enfermo. Es un proceso que ha olvidado la componente fundamental de todo desarrollo auténtico: la dimensión de pueblo. Aquí Francisco hace una interesante observación. Dice que la dimensión de pueblo no es el resultado de una acción voluntarista. La dimensión de pueblo es un dato de hecho que consiste en millones de acciones cotidianas, la mayoría gratuitas, que permiten la convivencia. Para caer en la cuenta de esto, señala el Papa, basta “mirar alrededor con el corazón abierto”. Es un dato de hecho que tiene en la dinámica familiar el primer modo de desvelarse. ¿Cuál es la característica fundamental de esta amalgama que reconocemos como pueblo? La de ser inclusivo, afirma Francisco. De una economía enferma de individualismo ansioso, debemos pasar a una economía basada en esa aportación realmente positiva que es propia de toda dinámica comunitaria. Es un cambio de paso que no solo obedece a necesidades morales sino también a una lógica de convivencia auténtica.

El Papa dice también que este paso hacia una economía inclusiva no es solo una buena intención sino una realidad ya presente y activa en el tejido social. Es el tercer sector, un sujeto que ya no solo tiene un rol “reparador” (reparar las heridas abiertas en el tejido social por un desarrollo desigual) sino propulsivo. Es decir, que pone en marcha procesos cuyo beneficio no solo se mide en dividendos sino en valor y crecimiento social generado. Tampoco se trata aquí de armarse de buenas intenciones sino de convencerse para caminar sobre terrenos más sólidos, y el bienestar social es la condición esencial para que una empresa pueda crecer. “Perseguir únicamente el beneficio ya no garantiza la vida de una empresa”, afirma con mucha determinación Francisco.

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Los negocios no viven de facturar muchos ceros sino de un corazón abierto

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Iglesia y pedofilia, una purificación inevitable

Federico Pichetto

¿A quién afecta la cuestión del vínculo entre Iglesia católica y pedofilia, tristemente de vuelta a las portadas informativas en estas últimas semanas? ¿Es un problema del Papa? ¿De ciertos obispos? ¿O solo afecta a los implicados? ¿O a las jóvenes víctimas? El sistema mediático parece estar concebido para contar a diario delitos que afectan a otros, se ocupa de poner al lector o usuario del lado delos buenos y a la caza de los malos. Sacerdotes, cardenales y papas se convierten en la encarnación de un mal que, si ellos desaparecen, parece que se puede tener seriamente la esperanza de poder acabar con él.

La verdad es que el tema de la pedofilia afecta a todos, sin excluir a nadie. Tiene que ver ante todo con nuestra manera de relacionarnos con el dolor de los demás. Familias enteras reclaman justicia por heridas mortales causadas por hombres que afirmaban servir a Dios y estos gritos de dolor en vez de usarse, incluso en parte del mundo católico, como advertencia o invitación a la penitencia, se utilizan como prueba de la bondad de sus prejuicios hacia la Iglesia, el Papa y la doctrina.

En vez de sentir vergüenza y pedir perdón por el dolor que una parte de un único cuerpo ha provocado a muchos, se defienden poniendo en evidencia todo el bien que hace la comunidad cristiana, casi como si infinitas buenas acciones pudieran justificar en el fondo un crimen.

El vínculo entre pedofilia e Iglesia afecta por tanto a la relación de cada creyente con el poder. ¿Cuántas veces la “misión divina”, la “causa”, el “buen nombre” de una parroquia, de una orden religiosa, de una comunidad o movimiento, ha prevalecido sobre las reglas, sobre la dignidad y sobre la historia de las personas, transformando basura y mezquindad en “despreciables” daños colaterales? ¿Cuántas veces una sensación de impunidad ha rodeado a los gurús del momento, volviendo sordas las conciencias individuales al imperativo evangélico de la responsabilidad y el amor?

El vínculo entre pedofilia e Iglesia católica afecta a fin de cuentas a todo creyente que crea poder dejar a sus espaldas los errores cometidos, sus propios pecados, en virtud de una autoabsolución colectiva, impuesta por la necesidad de sentirse siempre entre los justos y por el poder purificador de una misericordia utilizada no como camino de conciencia sino como arma de banalización de la más tétrica lascivia.

No existen los pedófilos y los otros. No se puede esperar reducir el grito del Papa a un ridículo debate sobre pedofilia y homosexualidad, pedofilia y celibato sacerdotal, o a un conflicto de política interna dentro de una iglesia que va perdiendo el sentido de lo sagrado en nombre de una creciente mundanización de la confrontación y del diálogo fraterno. La cuestión del vínculo entre pedofilia e Iglesia católica va a abrir escenarios inéditos que verán precipitarse inexorablemente la credibilidad de la Iglesia, la probable casi extinción del catolicismo en muchos países del mundo, la apertura de un debate cada vez más necesario sobre los seminarios, la sexualidad, la relación entre fe y deseo.

Iglesia y pedofilia, una purificación inevitable

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El Papa con sus hermanos de Oriente y la urgencia de salvar a los cristianos

Federico Pichetto

Casi ha pasado desapercibido el histórico encuentro en Bari entre el Papa y los delegados de las iglesias orientales para afrontar juntos la dramática situación de los cristianos en Oriente Medio. Nunca antes en la historia un pontífice había conseguido reunir una especie de mini-concilio ecuménico de unas horas con representantes de todas las confesiones religiosas presentes en un territorio. Será por la urgencia del momento –en Iraq los cristianos han pasado del millón en 2003 (antes de la guerra de Bush) a los actuales poco más de 200.000–, será por la estrecha red de relaciones personales con todos los líderes religiosos que Bergoglio ha establecido en estos años de pontificado, o será por Bari, la más ecuménica de las ciudades italianas que custodia las reliquias de san Nicolás. El caso es que el milagro ha sucedido y la iniciativa del pontífice podría no quedarse en un evento aislado.

De hecho, como Francisco ha repetido varias veces, en la sangre de sus mártires –más que en las reflexiones o en los tratados políticos– es donde los cristianos pueden reconocer mejor su unidad. Vivimos una época que el recientemente desaparecido cardenal Tauran no dejaba de calificar como amenazada no por “un choque de civilizaciones sino más bien por un choque de ignorancias y radicalismos” que impiden la paz, que dificultan el conocerse y el reconocerse.

Pero algunas mentes mal intencionadas han destacado que en Bari se han visto pocos “líderes”. Muchos delegados pero ningún jefe de verdad. El hecho es que nunca como ahora ha tenido que afrontar el cristianismo eso que san Pablo llamaba la esclavitud de los “stoikeia tou cosmou”, los elementos del mundo, es decir, todos esos factores culturales que se proponen determinar la identidad del Yo antes que la fe. San Pablo pensaba en los planetas y en los astros, de los que los hombres hacían derivar su propio destino a través de los horóscopos. Hoy son en cambio los nacionalismos, los distintivos de etnia, género y rol social los que vienen a invalidar la experiencia personal de los creyentes, insinuando la sospecha de que el ser de un país, hombre o mujer, empleado o en paro, resulta mucho más determinante para la persona que el reconocimiento de Cristo presente.

La cuestión es más urgente que nunca, ¿qué es lo más determinante en este momento histórico? ¿Qué factor es el que expresa más quién soy yo? ¿Qué es lo que más “pesa” en mi manera de afrontar la realidad? Hay toda una generación de cristianos que sostiene, implícita o explícitamente, que lo que hoy decide quiénes somos es la pertenencia a una patria o las circunstancias que vivimos, como si pesara mucho más el ser rusos, franceses, o el vivir solos, que el ser hombres salvados. La experiencia de la fe es débil porque no incide en la conciencia del yo, sigue siendo como algo añadido a lo que hace de mí lo que Yo soy, haciendo así que el determinismo sea más letal para la fe incluso que el relativismo.

El Papa con sus hermanos de Oriente y la urgencia de salvar a los cristianos

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Elogio de la pasividad y las tres caridades

Antonio R. Rubio Plo

El pasado 1 de julio se celebró la fiesta litúrgica del Beato Antonio Rosmini (1798-1855), fundador del Instituto de los Hijos de la Caridad, un hombre de mente enciclopédica, sacerdote, filósofo y teólogo. Conocí tardíamente el pensamiento de Rosmini, si se puede hablar así porque no es fácil de abarcar todo un universo en el que conviven en armonía la fe y la razón. Lo más llamativo es que mis encuentros se han ido sucediendo a lo largo de los años, nunca de forma continuada y extensa, aunque siempre han servido para darme un toque de atención en mis reflexiones y un cierto apremio para aspirar a saber más. Una vez fue una conferencia de un experto en Madrid, un profesor de la universidad de Pavía; otra la invitación de un buen amigo para que escribiera la reseña de una biografía de Rosmini, “El manto de púrpura”; y más recientemente el descubrimiento, en un medio de un montón de volúmenes a precio de saldo, de un libro italiano, escrito hace tiempo por el historiador Mario Sgarbossa. De todo he sacado la misma conclusión: Rosmini, hombre del siglo XIX, es un profeta para el siglo XXI.

Fue un incomprendido durante muchos años hasta el extremo de que hasta 2001 la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe no le rehabilitó plenamente, pues en 1887 habían sido condenadas cuarenta de sus proposiciones. Quedó entonces claro que la obra rosminiana no tenía nada que ver con el panteísmo, el jansenismo y el liberalismo, tal y como pensaban sus críticos. En realidad, Rosmini había intentado vincular la teología y la filosofía, aunque la corriente dominante de la Ilustración preconizaba una separación radical. Por lo demás, nuestro filósofo realzó la importancia de la persona en relación con el Derecho. Fue un adelantado de la defensa de los auténticos derechos humanos, unos derechos de la persona confundidos deliberadamente por algunas ideologías contemporáneas por unos pretendidos derechos de los individuos y de los colectivos.

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Custodiar el espesor del presente

Giuseppe Frangi

“Os animo a custodiar el espesor del presente”. Lo dijo el Papa Francisco hace unos días ante la redacción del periódico Avvenire. Es una de esas frases que se te quedan en la cabeza porque no consigues encajarla en los parámetros habituales del razonamiento, en este caso sobre el oficio de informar, y entre las recomendaciones normales de la ética profesional. Por ello, esta no es una reacción con efecto retardado sino un intento de mostrar la sorprendente densidad de esas palabras.

El primer concepto con el que deberíamos medirnos es el del presente. Francisco desata todas las perplejidades que podemos tener al respecto, en el sentido de que ni siquiera toma en consideración la hipótesis de que pueda haber una mirada escéptica hacia el tiempo en que vivimos. El “presente” para él es una categoría positiva a priori. Habría podido limitarse a recomendarnos “custodiar el presente” sin más, dando por descontado que el “presente” ya es un valor. En cambio, ha querido reforzar ese concepto, como si estuviera hablando a gente llena de reservas respecto a esta idea, diciendo entonces que lo que hay que custodiar es el “espesor del presente”.

No es que Bergoglio no sea consciente de lo que caracteriza a esta etapa de la historia. Él mismo recurrió a la imagen acuñada por Zygmunt Bauman de una época ‘líquida’. “Nos movemos en la llamada ‘sociedad líquida’, sin puntos fijos, carente de referentes sólidos y estables; la cultura de lo efímero, del usar y tirar”, dijo a los dominicos el año pasado. Habló de un tiempo marcado por “un carnaval mundano”.

¿Pero cómo puede haber espesor en un presente unánimemente definido como líquido? Parece una contradicción en sí misma. Pero la palabra del Papa es consciente y precisa. Tanto es así que pide incluso “custodiar” ese espesor, que evidentemente es algo no solo real sino además muy valioso. Bergoglio sabe que todos dudamos sobre el valor de esta época, por eso su primera palabra es de ánimo, para lanzar al corazón más allá de los obstáculos que encontramos para amar el momento que estamos llamados a vivir.

Custodiar el espesor del presente

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