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23 JULIO 2018
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El Papa con sus hermanos de Oriente y la urgencia de salvar a los cristianos

Federico Pichetto

Casi ha pasado desapercibido el histórico encuentro en Bari entre el Papa y los delegados de las iglesias orientales para afrontar juntos la dramática situación de los cristianos en Oriente Medio. Nunca antes en la historia un pontífice había conseguido reunir una especie de mini-concilio ecuménico de unas horas con representantes de todas las confesiones religiosas presentes en un territorio. Será por la urgencia del momento –en Iraq los cristianos han pasado del millón en 2003 (antes de la guerra de Bush) a los actuales poco más de 200.000–, será por la estrecha red de relaciones personales con todos los líderes religiosos que Bergoglio ha establecido en estos años de pontificado, o será por Bari, la más ecuménica de las ciudades italianas que custodia las reliquias de san Nicolás. El caso es que el milagro ha sucedido y la iniciativa del pontífice podría no quedarse en un evento aislado.

De hecho, como Francisco ha repetido varias veces, en la sangre de sus mártires –más que en las reflexiones o en los tratados políticos– es donde los cristianos pueden reconocer mejor su unidad. Vivimos una época que el recientemente desaparecido cardenal Tauran no dejaba de calificar como amenazada no por “un choque de civilizaciones sino más bien por un choque de ignorancias y radicalismos” que impiden la paz, que dificultan el conocerse y el reconocerse.

Pero algunas mentes mal intencionadas han destacado que en Bari se han visto pocos “líderes”. Muchos delegados pero ningún jefe de verdad. El hecho es que nunca como ahora ha tenido que afrontar el cristianismo eso que san Pablo llamaba la esclavitud de los “stoikeia tou cosmou”, los elementos del mundo, es decir, todos esos factores culturales que se proponen determinar la identidad del Yo antes que la fe. San Pablo pensaba en los planetas y en los astros, de los que los hombres hacían derivar su propio destino a través de los horóscopos. Hoy son en cambio los nacionalismos, los distintivos de etnia, género y rol social los que vienen a invalidar la experiencia personal de los creyentes, insinuando la sospecha de que el ser de un país, hombre o mujer, empleado o en paro, resulta mucho más determinante para la persona que el reconocimiento de Cristo presente.

La cuestión es más urgente que nunca, ¿qué es lo más determinante en este momento histórico? ¿Qué factor es el que expresa más quién soy yo? ¿Qué es lo que más “pesa” en mi manera de afrontar la realidad? Hay toda una generación de cristianos que sostiene, implícita o explícitamente, que lo que hoy decide quiénes somos es la pertenencia a una patria o las circunstancias que vivimos, como si pesara mucho más el ser rusos, franceses, o el vivir solos, que el ser hombres salvados. La experiencia de la fe es débil porque no incide en la conciencia del yo, sigue siendo como algo añadido a lo que hace de mí lo que Yo soy, haciendo así que el determinismo sea más letal para la fe incluso que el relativismo.

El Papa con sus hermanos de Oriente y la urgencia de salvar a los cristianos

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Elogio de la pasividad y las tres caridades

Antonio R. Rubio Plo

El pasado 1 de julio se celebró la fiesta litúrgica del Beato Antonio Rosmini (1798-1855), fundador del Instituto de los Hijos de la Caridad, un hombre de mente enciclopédica, sacerdote, filósofo y teólogo. Conocí tardíamente el pensamiento de Rosmini, si se puede hablar así porque no es fácil de abarcar todo un universo en el que conviven en armonía la fe y la razón. Lo más llamativo es que mis encuentros se han ido sucediendo a lo largo de los años, nunca de forma continuada y extensa, aunque siempre han servido para darme un toque de atención en mis reflexiones y un cierto apremio para aspirar a saber más. Una vez fue una conferencia de un experto en Madrid, un profesor de la universidad de Pavía; otra la invitación de un buen amigo para que escribiera la reseña de una biografía de Rosmini, “El manto de púrpura”; y más recientemente el descubrimiento, en un medio de un montón de volúmenes a precio de saldo, de un libro italiano, escrito hace tiempo por el historiador Mario Sgarbossa. De todo he sacado la misma conclusión: Rosmini, hombre del siglo XIX, es un profeta para el siglo XXI.

Fue un incomprendido durante muchos años hasta el extremo de que hasta 2001 la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe no le rehabilitó plenamente, pues en 1887 habían sido condenadas cuarenta de sus proposiciones. Quedó entonces claro que la obra rosminiana no tenía nada que ver con el panteísmo, el jansenismo y el liberalismo, tal y como pensaban sus críticos. En realidad, Rosmini había intentado vincular la teología y la filosofía, aunque la corriente dominante de la Ilustración preconizaba una separación radical. Por lo demás, nuestro filósofo realzó la importancia de la persona en relación con el Derecho. Fue un adelantado de la defensa de los auténticos derechos humanos, unos derechos de la persona confundidos deliberadamente por algunas ideologías contemporáneas por unos pretendidos derechos de los individuos y de los colectivos.

Elogio de la pasividad y las tres caridades

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Custodiar el espesor del presente

Giuseppe Frangi

“Os animo a custodiar el espesor del presente”. Lo dijo el Papa Francisco hace unos días ante la redacción del periódico Avvenire. Es una de esas frases que se te quedan en la cabeza porque no consigues encajarla en los parámetros habituales del razonamiento, en este caso sobre el oficio de informar, y entre las recomendaciones normales de la ética profesional. Por ello, esta no es una reacción con efecto retardado sino un intento de mostrar la sorprendente densidad de esas palabras.

El primer concepto con el que deberíamos medirnos es el del presente. Francisco desata todas las perplejidades que podemos tener al respecto, en el sentido de que ni siquiera toma en consideración la hipótesis de que pueda haber una mirada escéptica hacia el tiempo en que vivimos. El “presente” para él es una categoría positiva a priori. Habría podido limitarse a recomendarnos “custodiar el presente” sin más, dando por descontado que el “presente” ya es un valor. En cambio, ha querido reforzar ese concepto, como si estuviera hablando a gente llena de reservas respecto a esta idea, diciendo entonces que lo que hay que custodiar es el “espesor del presente”.

No es que Bergoglio no sea consciente de lo que caracteriza a esta etapa de la historia. Él mismo recurrió a la imagen acuñada por Zygmunt Bauman de una época ‘líquida’. “Nos movemos en la llamada ‘sociedad líquida’, sin puntos fijos, carente de referentes sólidos y estables; la cultura de lo efímero, del usar y tirar”, dijo a los dominicos el año pasado. Habló de un tiempo marcado por “un carnaval mundano”.

¿Pero cómo puede haber espesor en un presente unánimemente definido como líquido? Parece una contradicción en sí misma. Pero la palabra del Papa es consciente y precisa. Tanto es así que pide incluso “custodiar” ese espesor, que evidentemente es algo no solo real sino además muy valioso. Bergoglio sabe que todos dudamos sobre el valor de esta época, por eso su primera palabra es de ánimo, para lanzar al corazón más allá de los obstáculos que encontramos para amar el momento que estamos llamados a vivir.

Custodiar el espesor del presente

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Scola: 'Todavía nos estamos defendiendo del «despertador» de Francisco'

Andrea Tornielli

«Para nosotros los europeos la elección del Papa Francisco fue como un gancho al estómago, un “despertador”. No sé qué tanto hemos hecho nuestro este “despertador” o cuánto todavía nos estamos defendiendo». El arzobispo emérito ambrosiano, Angelo Scola, participó en la presentación del libro de Massimo Borghesi “Jorge Mario Bergoglio. Una biografía intelectual”, organizada por el Centro Cultural de Milán. A su lado, además del autor del volumen, estaba el encargado de la vicepresidencia de la Pontificia Comisión para América Latina, Guzmán Carriquiry Lecour. Es una de las primeras apariciones en público desde que el cardenal dejó la guía de la diócesis. Y también fue la ocasión para desmontar esas que el cardenal Scola llama «leyendas metropolitanas» sobre el Papa Bergoglio, su pensamiento y su formación teológica.

Carriquiry, que fungió como trámite entre Borghesi y el Papa para que el autor obtuviera las cuatro preciosas entrevistas en las que Bergoglio responde a las preguntas del profesor, comenzó recordando la «abundancia de publicaciones» sobre el actual Pontífice; una abundancia que a menudo hace difícil distinguir y «jerarquizar» la mole de información. No dejó de criticar la «sobreexposición mediática» del Papa y la «autoreferencialidad» de muchos de estos textos, que tienen a «separar su figura del pueblo de Dios», convirtiéndolo casi en un súper héroe. Textos cuyo efecto es el de concentrarse sobre el dedo en lugar de fijarse en la luna, es decir la persona y la personalidad del Pontífice en lugar de su mensaje.

«El libro de Borghesi –continuó– se aleja netamente de toda esta sobreabundancia de títulos y contribuciones, y ayuda a conocer mejor su personalidad, no solo intelectual». Carriquiry recordó que «el Papa Francisco no pretende definirse “teólogo”» y que su mensaje parece pasar gracias a la «gramática de la simplicidad, que nunca es simplismo», porque «se concentra en lo esencial». Las raíces de esta actitud, evidente en el documento programático del Pontificado, la exhortación “Evangelii gaudium”, se encuentran en el documento final de Aparecida, redactado al final del encuentro del Episcopado latinoamericano en el Santuario mariano más importante de Brasil en 2007.

Para concluir, el encargado de la vicepresidencia de la Pontificia Comisión para América Latina, uruguayo que ha vivido gran parte de su vida trabajando en la Curia romana, recordó los prejuicios «de esos ambientes que ven desde lo alto al “Papa latinoamericano”», con la misma actitud de todos los que, cuando comenzó el Pontificado de Juan Pablo II, veían con suficiencia al «Papa polaco».

Al tomar la palabra, el cardenal Scola subrayó la importancia del volumen de Borghesi, aunque se quejó, bromeando, por la tipografía elegida, «un poco demasiado pequeña para los de mi edad». Dijo que este libro es «una empresa difícil y compleja», con un «resultado precioso para la Iglesia universal». El de Francisco, explicó el arzobispo emérito de Milán, retomando una imagen que el mismo Francisco ha utilizado en varias ocasiones, «es un papado poliédrico, y su magisterio es también poliédrico». Scola dijo que el libro de Borghesi ayuda a «superar ciertas leyendas metropolitanas» e insistió en que el pensamiento de Francisco es «muy sólido». «Hay que desmontar un prejuicio –continuó–, según el cual un pensador católico, sobre todo un teólogo, tiene que ser forzosamente un académico. No es así».

Scola: 'Todavía nos estamos defendiendo del «despertador» de Francisco'

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>GAUDETE ET EXSULTATE

Ser santos, la gracia de una felicidad más grande que nuestras medidas

Federico Pichetto

El impacto es de esos que dejan huella. Gaudete et Exsultate, la nueva exhortación apostólica del Papa Francisco sobre la llamada a la santidad en el mundo actual, redibuja los contornos de una experiencia –la de la santidad– que durante mucho tiempo que ha considerado propia de unos pocos y para unos pocos. Son muchos los matices de este documento y muchas las intervenciones que podrán ayudar a entenderlo, pero de momento podemos empezar por señalar algunos detalles que hacen reflexionar y dejan el gusto de ciertas palabras de Francisco.

En primer lugar, la consideración del hecho de que la santidad tiene que ver con la alegría. Es la tercera exhortación apostólica de este pontífice que en su título hace una referencia explícita a la alegría. De hecho, Evangelii Gaudium y Amoris Laetitia son las bases de un programa sistemático del obispo de Roma que tiene en la reconciliación del cristianismo con el placer y la alegría de vivir su clave más alta y rompedora. Ser cristianos, ser santos, es experimentar una conmoción y una belleza única donde no caben moralismos, y que abre de par en par a un deseo infinito de bien y de autenticidad sin compromisos formales.

El don de la vida coincide con el don de la felicidad. Esta es la conciencia que el encuentro con Cristo, aun como un alba vacilante, despierta poderosamente en cada uno de nosotros. Hagamos lo que hagamos, sea cual sea nuestro camino, la última palabra es este inicio indómito de ternura y misericordia que nunca se rinde y que, como un presentimiento, nos sigue y nos busca.

La santidad por tanto no es un resultado, no es el fruto de un conocimiento gnóstico o de una voluntad pelagiana de perfección, no es la repetición de un modelo sino una inmersión en la vida, una relación verdadera con uno mismo y con la realidad. Todos podemos pensar en los rostros de ciertos amigos y en su carrera hacia Dios llena de entusiasmo y de una gran libertad. Santos de la puerta de al lado, como los llama el Papa, que no se encuentran sobre los altares, cuya vida no es tanto un modelo de imitación sino una mirada a seguir. La prueba está en que su ausencia, como la ausencia de tantos de nuestros seres queridos, nos ha dejado dolor, consternación, pero también espacio para una nueva e impensable presencia. Porque estos testimonios operantes que diariamente entre nosotros trabajan, ríen y habitan intensamente cada instante no eliminan toda la aridez y fatiga del vivir, la pregunta de un porqué, de un sentido ante la injusticia y el dolor.

>GAUDETE ET EXSULTATE

Ser santos, la gracia de una felicidad más grande que nuestras medidas

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El Judas de don Primo Mazzolari

Antonio R. Rubio Plo

Don Primo Mazzolari, el párroco de un pueblecito llamado Bozzolo, no lejos de Mantua, y cuya tumba fue visitada por el papa Francisco en junio de 2017, pronunció una sorprendente homilía el Jueves Santo de 1958. Atardecía y en el exterior de la iglesia llovía con intensidad, mientras los feligreses de aquella parroquia escuchaban la homilía de la misa que daría paso al lavatorio de los pies de doce muchachos de la localidad.

Don Primo podía haberse referido a la Eucaristía, al mandamiento nuevo o haber meditado sobre las horas que precedieron a la Pasión. Sorprendentemente no lo hizo y dijo a su auditorio que iba a hablar de Judas. Referirse al apóstol traidor no parecía ser muy edificante para los feligreses. Otro párroco habría quizás lanzado una diatriba contra Judas y contra quienes parecían seguir su ejemplo en este mundo. ¿Qué cabía decir de alguien al que el propio Jesús se refirió en el evangelio como un hombre que sería preferible que no hubiera nacido? Sin embargo, el párroco empezó a hablar del pobre Judas y pidió un gesto de piedad para él, sin miedo a calificarle de “nuestro hermano Judas” y sin avergonzarse de ello. Surgió así una insólita homilía de la misericordia, y es muy posible que un hombre culto, como aquel sacerdote, no ignorara la existencia de un capitel en la iglesia románica de la Magdalena de Vezélay, en el que Jesús, bajo los rasgos del buen pastor, carga sobre sus hombros a Judas. A esta imagen aludió también el papa Francisco en uno de sus discursos durante el año de la misericordia. Una imagen inexplicable y poco divulgada porque el aborrecimiento de Judas es universal.

En algunas fiestas populares, en países de tradición católica, se suele quemar, o ahorcar, un muñeco que representa al apóstol traidor. Y además se hace con algazara, a modo de ceremonia festiva y liberadora, pero hay que recordar que semejantes ritos no tienen nada de cristiano. La redención que nos trae Jesús, con su muerte y resurrección, no está vinculada al castigo de Judas. Por el contrario, la Iglesia nos recuerda, al igual que Don Primo Mazzolari en su memorable homilía, que Judas puede ser cualquiera de nosotros. Lo hemos sido tantas veces en tantas pequeñas cosas. Lo malo es que un cúmulo de pequeñas traiciones puede dar lugar a una traición mucho mayor. Es verdad que Jesús dijo que el que entregare al Hijo del hombre no debería de haber nacido, aunque también lo es que ofreció a Judas un pedazo de pan untado y acaso le miró fijamente, con cierta expresión de tristeza porque uno de sus apóstoles, elegido por él entre otros muchos, le iba a traicionar. Pero en el huerto de los olivos, en el instante del prendimiento, Jesús llamó amigo a Judas. El Maestro daba muestras de su perseverancia, propia del pastor que deja a las noventa y nueve ovejas en el monte, y estaba dando una oportunidad a Judas. Y a pesar del arresto de Jesús, el arrepentimiento de Judas seguía siendo posible.  Allí estaba, según Don Primo, “la infinita ternura de la caridad del Señor”. Todo un ejemplo para que nadie desespere, ni de sí mismo, ni de los demás, tampoco de aquellos que están más alejados de la fe cristiana.

El Judas de don Primo Mazzolari

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La educación o un diálogo de corazón a corazón

Federico Pichetto

El nuevo libro entrevista del Papa Francisco, con el elocuente título “Dios es joven”, promete ser una revolución copernicana de la educación en vísperas de uno de los sínodos de los obispos más sorprendentes de la historia reciente de la Iglesia, que en otoño abordará precisamente el tema de los jóvenes. El carácter revolucionario de este libro está presente en cinco párrafos que son una especie de aperitivo para el debate y el trabajo que Bergoglio propone a cualquiera que tenga que medirse con chavales.

Ante todo, los jóvenes dejan de ser para el Papa una categoría sociológica, un objeto de estudio y experimentación, para transformarse en interlocutores. No somos nosotros los que hablan a los jóvenes sino que son ellos los que nos hablan. Sus comportamientos, sus juicios, incluso sus provocaciones, son el desafío que el Misterio de Dios nos dirige para emprender todos juntos un camino de comprensión y conciencia.

En segundo lugar, para el Papa se diluye por tanto la dialéctica pseudo-educativa jóvenes/adultos para dejar espacio al diálogo de corazón a corazón. El corazón de los chavales dialoga con nuestro corazón, por lo que no es posible encontrarse con ninguno de ellos si no es a partir de nuestra propia humanidad, de nuestro deseo vivido en el tiempo. El adulto no es el que sabe vivir, sino el que más veces ha hecho el trabajo de verificación entre lo que desea su propio corazón y las respuestas que cada uno le intenta dar. El adulto solo es autoridad por haber verificado más, solo por este haber atravesado las circunstancias y haberlas mirado a la cara. Uno no es adulto por ser mayor sino por haber hecho un camino de autenticidad que no le lleva a ser mejor que el joven sino más necesitado de lo esencial para vivir.

En tercer lugar, por tanto, se puede decir que para Francisco el deseo es quien decide la dignidad de la relación educativa. Los chavales no son alguien a quien hay que corregir según la idea que uno tenga en la cabeza, ni alguien a quien atraer mostrándose más “amigable”, sino alguien a quien tomar en serio, un Misterio por descubrir. El trabajo educativo no consiste tanto en la transmisión o plasmación ideal del joven como en el compromiso apasionado de uno mismo con las instancias del corazón que el joven manifiesta. La tarea de un adulto no es juzgar la libertad del joven sino medir la propia libertad ante el deseo que se abre camino, aunque lo haga de manera confusa, entre los chavales.

En cuarto lugar, el verdadero enemigo de la educación no es el error sino el pecado, es decir, la tentación de vivir desarraigados, olvidándose de la amplitud y profundidad del propio Yo. Los altibajos, las adicciones, la transgresión, el mismo síndrome de Peter Pan en muchos adultos, son el signo más elocuente del intento de alejarse del propio deseo, del intento de vivir las circunstancias lejos del tormento que nos hace hombres y que se manifiesta como malestar y como necesidad radical de bien.

La educación o un diálogo de corazón a corazón

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Cinco regalos inolvidables de Francisco

Giuseppe Frangi

Hay una característica que personalmente siempre me ha llamado la atención en el Papa Francisco: esa predisposición suya tan positiva, esa simpatía independientemente de quien tenga delante que le lleva siempre a presentarse ante nosotros con gran apertura. Cada vez que lees sus palabras o cualquier cosa referida a él siempre puedes esperar alguna sorpresa. Pero las suyas son sorpresas de esas que siempre te alegran, como cuando recibes un regalo inesperado. En estos cinco años han sido muchos estos regalos, casi cotidianos. Intento aquí elegir cinco de ellos que se me han quedado grabados de manera inolvidable.

En primer lugar, su nombre. La decisión de llamarse Francisco, siendo el primer Papa en hacerlo, era casi como decirlo todo de sí mismo ya desde el primer momento. Un auténtico regalo, como si hubiera percibido que el mundo tenía una gran necesidad de Francisco, de esa sencillez y determinación que caracterizaba al santo de Asís. Francisco es un santo que ama y al mismo tiempo ejerce una gran lucidez en sus juicios. Ama tanto a la gente que les reclama su respeto hacia lo que les ha sido donado, el tesoro de la Tierra. Pero decidir llamarse Francisco (sin número) equivale también a un abrazo. “Abrazar, abrazar. Todos hemos de aprender a abrazar a los necesitados, como San Francisco”, dijo el Papa en Río de Janeiro el 24 de julio de 2013.

Segundo, la casa. Francisco decidió desde el primer día renunciar al apartamento pontificio. Una decisión casi instintiva para alguien acostumbrado a sentirse en casa en las periferias del mundo. Pero esta pequeña revolución también quería decir algo más. Dice a todos que el Papa no “se aparta”, que quiere estar siempre en relación con los demás. Francisco tiene un carácter comunitario innato. No se concibe sin relaciones, empezando por su relación vital con la persona de Jesús, y siguiendo con todos los hombres hijos de Dios. La decisión de vivir en la residencia de Santa Marta es una decisión de normalidad, una opción que le quita todo el énfasis al rol del Papa y esa necesidad tan forzada de tener que ser siempre protagonista de la historia, en el sentido mundano del término.

Tercero, la misa matutina. Es un regalo que va unido al de la casa pero que transforma esta decisión en un verdadero regalo para todos. La misa matutina ante una pequeña platea de fieles en la capilla de Santa Marta es un gesto sencillo, familiar, compartido. Sus palabras durante estas meditaciones tienen la gracia de una informalidad que pasa a los actos siempre y solo mediante la intermediación de un testigo (el periodista encargado de narrar lo que el Papa ha dicho). Es un Papa poco catedrático y muy cercano el que se nos regala casi todas las mañanas en la “crónica” (entre comillas) de la misa.

Cinco regalos inolvidables de Francisco

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Benedicto XVI y el 'necio prejuicio' sobre Francisco

Massimo Borghesi

Benedicto XVI nunca se había lanzado tanto en un juicio referente a la figura de su sucesor, Francisco. Ratzinger, agradecido por haber recibido los once libros de “La teología del Papa Francisco” publicados por la Librería Editora Vaticana, ha escrito una carta al prefecto de la Secretaría de Comunicación, Dario Edoardo Viganò, que ha leído algunos párrafos durante la presentación de esta obra en Roma. El Papa emérito escribe: “Reverendísimo monseñor, muchas gracias por su amable carta del 12 de enero y por el regalo de los once pequeños libros realizados por Roberto Lepore. Celebro esta iniciativa que quiere oponerse y reaccionar al necio prejuicio, según el cual el Papa Francisco sería sólo un hombre práctico, que carece de particular formación teológica o filosófica, al tiempo, que yo habría sido únicamente un teórico de la teología, que hubiera comprendido poco sobre la vida concreta de un cristiano de hoy. Estos pequeños volúmenes muestran con razón que el Papa Francisco es un hombre de profunda formación filosófica y ayudan, por lo tanto, a ver la continuidad interior entre los dos pontificados, si bien con todas las diferencias de estilo y temperamento”.

Se trata de una valoración muy significativa. En otras ocasiones, Benedicto había expresado públicamente su estima y sintonía con Francisco. En su entrevista con el jesuita Jacques Servais, en marzo de 2016, señaló el hilo rojo que unía los últimos pontificados, incluido el de Juan Pablo II, ese hilo tejido por Dios que se llama Misericordia. “El Papa Francisco –afirmaba Benedicto– se encuentra completamente de acuerdo con esta línea. Su práctica pastoral se expresa precisamente en el hecho de que él nos habla continuamente de la misericordia de Dios. Es la misericordia lo que nos mueve hacia Dios, mientras que la justicia nos asusta”.

Ya entonces la continuidad manifiesta trataba de desautorizar a aquellos que, dentro de la Iglesia, intentaban poner en contraposición al Papa Wojtyla, y a él mismo, con el nuevo pontífice. Una línea que ha visto cómo el tradicionalismo católico pasaba con mucho el Rubicón, con acusaciones desprovistas de toda medida e inteligencia. Ahora, con su carta a Viganò, Benedicto vuelve a apoyar públicamente a su sucesor de un modo más claro imposible. Frente a las acusaciones, difundidas en los círculos de denigración de Bergoglio, según los cuales el Papa “argentino” carecería de una preparación intelectual adecuada, el Papa emérito desautoriza radicalmente esta posición declarando que “el Papa Francisco es un hombre de profunda formación filosófica y teológica”. A alguien, como el que firma, que ha publicado hace poco una investigación titulada “Jorge Mario Bergoglio. Una biografía intelectual”, esta declaración de Benedicto no puede sonar más que como una confirmación al máximo nivel. Los maestros del papa, europeos y no solo “argentinos”, son Gaston Fessard, Henri de Lubac, Hans Urs von Balthasar, Romano Guardini. Lo mejor del pensamiento católico del siglo XX. Los que critican a Francisco acusándolo de ignorancia solo demuestran la ignorancia “propia” y su ineptitud para la investigación.

Benedicto XVI y el 'necio prejuicio' sobre Francisco

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La fuerza de Francisco ante todas las críticas

Cristiana Caricato

El Papa “Panchito” ha vuelto a casa. Quince horas de viaje para pisar de nuevo suelo italiano y sumergirse en los asuntos vaticanos, una reforma infinita, y el testimonio de una Iglesia fatigosamente fiel al Evangelio. Ya lejos físicamente de la base aérea de Las Palmas, donde fue recibito al ritmo de “cómo no te voy a querer, si eres el Papa Francisco, vicario de Cristo que nos viene a ver”, no quiso renunciar a la habitual conferencia de prensa a gran altura, trazando un primer balance del viaje que durante ocho días le ha llevado a Chile y Perú. Para la ocasión, preparó un nuevo neologismo, hablando de un viaje “pasteurizado”, que ha pasado –igual que se hace con la leche– del frío al calor y del calor al frío. Desde el sur de Chile hasta el desierto de Iquique, de la foresta amazónica de Puerto Maldonado en Perú a las playas de Trujillo. Pero cuando le preguntaron qué lugar se llevaba en el corazón se refirió al que menos esperábamos, la cárcel de mujeres de Santiago.

Habló de la conmoción que sintió ante esas mujeres, su creatividad, su capacidad para cambiar de vida, para reinsertarse en la sociedad con la fuerza del Evangelio. Cada vez que cruza la puerta de una prisión, Francisco queda fulminado por este pensamiento: “por qué ellos y no yo”. Siempre parte de su debilidad, de la conciencia de su ser pecador, “salvado” por Dios. Un Papa humilde se presentaba ante un grupo de periodistas agotados por las carreras de estos días para seguirle de cerca. Dispuesto a reconocer sus errores, como el de haber apoyado la elección del obispo de Osorno, Juan Barros, ante los micrófonos hablando de “falta de pruebas”. Una declaración que no solo ha herido a las víctimas del padre Ferdinando Karima, el sacerdote chileno condenado por abusos sexuales y mentor del obispo, sino también a víctimas de pedofilia de todo el mundo, que inesperadamente se han encontrado en la incómoda posición de tener que “probar” los abusos sufridos.

También le ha llegado al Papa el reproche del cardenal Sean Patrick O'Malley, obispo de Boston pero sobre todo presidente de la Comisión creada por Francisco para la tutela de menores, que en un documento público sin precedentes tomó postura contra las palabras del pontífice, defendiendo el dolor de las víctimas. “Las palabras del Papa transmiten el mensaje de que si no se pueden probar tus afirmaciones, entonces no te creerán y sustancialmente dan idea de un abandono a aquellos que han visto violada de manera reprobable su dignidad, relegándolos al descrédito”. Francisco, que estuvo en Perú con O'Malley, ante 1.300.000 personas que se dieron cita en la misa final en la base aérea de Las Palmas, por sorpresa y a pesar del cambio de papeles, agradeció públicamente al paladín de las víctimas de pedofilia y gendarme de la línea “tolerancia cero” que inauguró Benedicto y continúa Francisco.

La fuerza de Francisco ante todas las críticas

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>EL PAPA EN PERÚ

¿Cómo nace la esperanza en el corazón de la tragedia?

Cristiana Caricato

El océano más hermoso, el preferido por surfistas de todo el mundo, la playa de Huanchaco, a pocos kilómetros de las ruinas de las pirámides incas. En su viaje a Perú, el Papa Francisco ha visitado Trujillo, al noreste del país, “la ciudad de la eterna primavera”. Pero esta región de La Libertad también es la zona más afectada del país por la furia de El Niño, el fenómeno climático que en los primeros meses del año pasado inundó esta región costera provocando numerosas víctimas y enormes daños. Toda la ciudad colonial acabó bajo las aguas: 145 muertos, 18 desaparecidos y más de un millón de desplazados. Casa, infraestructuras, escuelas y hospitales destrozados, aparte de los daños por las lluvias torrenciales, los deslizamientos de tierra y las inundaciones, con graves consecuencias para la industria turística y la economía agrícola, basada en la caña de azúcar, los espárragos y el arroz. Gente sencilla que ha aprendido a conocer la fuerza de la naturaleza, también cuando arrasa con todo de manera destructiva.

Francisco deseaba con fuerza incorporar a su visita una parada obligada para cualquier turista, pero no para saltar las olas ni tomar el sol. Su iniciativa pastoral, como siempre, iba dirigida a llevar consuelo, a ofrecer la cercanía del sucesor de Pedro, enjugar las lágrimas de un pueblo devastado por una naturaleza violenta, acompañada por una tendencia autodestructiva del hombre. Sobre el altar en el que celebró la misa se habían colocado los “caballitos de totora”, unas embarcaciones parecidas a las canoas, construidas con hojas de caña. Un signo del vínculo con el mar y de la dependencia de la pesca. Exactamente igual que los discípulos. El Papa invitó a los afectados a responder a los desafíos del mar con un apego más estrecho a Jesús. Porque Él siempre está, comparte nuestro camino, está a nuestro lado en cada situación dolorosa y nos ayuda a volver a levantarnos. No es un Dios extraño a lo que sentimos y sufrimos, en medio de nuestro dolor nos ofrece su mano, toca nuestras heridas.

Pero no solo eso. Francisco también ha recordado otras muchas tempestades que sacuden las costas y los corazones. En Perú se llama “sicariato” a la violencia organizada, pero también la falta de educación, de trabajo, de vivienda. Son los problemas que vive la gente de Trujillo, que en nuestro mundo parece tan exótica. El Papa ha insistido en que la única vía de salida para afrontar todo esto es la que ofrece el Evangelio: seguir al Señor es ocasión de esperanza. Además, siempre hay una aliada disponible, una “mamita” que intercede siempre, a la que podemos confiar nuestras ansiedades, nuestros pesos y afanes. Ante las olas, desde el palco construido sobre la arena, Francisco se dirigió a ella, entonó un canto a la Virgen e invitó a la multitud a que le acompañara. “Virgencita de la puerta, échame tu bendición. Virgencita de la puerta, danos paz y mucho amor”… Como un niño, Francisco mostró la sencillez de su corazón y la inteligencia del pastor que sabe interpretar el amor del pueblo hacia María.

>EL PAPA EN PERÚ

¿Cómo nace la esperanza en el corazón de la tragedia?

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El realismo de Francisco

Cristiana Caricato

Me costará mucho olvidar el dulce sonido de la pifilca, el ritmo del kultrum, y esa liturgia en el aeródromo de Maquehue, entre viejas pistas de aterrizaje y hangares donde los sicarios de Pinochet torturaban y asesinaban a los indios, y donde ahora tomaba cuerpo la “rogativa”, la oración del pueblo mapuche. Una celebración eucarística por el progreso de los pueblos, con cantos en lengua mapundungune y los colores de la Araucanía, región al sur de Santiago.

Confieso que por un instante imaginé que estaba en el set de la película Misión, envuelta por las notas de trutruca, los cuernos, los colores de los mantos indios. Rodeada de rostros oscuros, marcados por la fatiga y por una vida ligada a los campos de azúcar, herederos de un genio lejano y misterioso. En cambio, estaba en medio de una misa oceánica donde la críptica palabra “inculturación” tomaba sentido milagrosamente. Rito latino y elementos indios perfectamente armonizados. Francisco voló al sur de Chile, en la tierra reivindicada por el pueblo aborigen que más crece en América Latina, los mapuche. Un problema abierto dramáticamente por la democracia chilena, una minoría indígena que espera justicia perennemente por la violencia sufrida, en lucha contra los latifundistas y el gobierno. Araucanía es una región de conflictos pero es bellísima, cantan su dolor los poetas que la amaron, como Violeta Parra y Pablo Neruda. Pero también es la zona más pobre del país, habitada por gente acostumbrada a las privaciones y a las prevaricaciones.

El vínculo visceral con el propio territorio, el orgullo por las tradiciones, la voluntad de preservar un estilo de vida en sintonía con la creación les ha convertido en un pueblo que se defiende. Las injusticias de siglos, recordó Francisco en una homilía que comenzó con una frase en lengua mapuche, se suman a las violaciones de los derechos humanos y a las lágrimas derramadas. Pero también habló de una redención que poco tiene que ver con las iglesias quemadas los días pasados, con la rabia que lleva a prender fuego y destruir vidas. Sencillamente invitó a entrar en este huerto de dolor junto a Jesús implorando el don de la unidad para la región. Una unidad bien definida, tejida con la paciencia de quien confecciona “chandos”, mantas para protegerse del gélido viento que llega de los Andes. Todo un arte para armonizar colores y materiales que precede a una unidad que nunca será uniformidad.

El realismo de Francisco

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>EL PAPA EN CHILE

¿Por dónde empezar cuando el pueblo se siente traicionado?

Cristiana Caricato

Francisco estaba al lado de la presidenta Michelle Bachelet, en la Plaza de la Constitución, bajo el balcón desde el cual hace 31 años el general Pinochet tendió la más vergonzosa trampa a Juan Pablo II, obligándole a hacerse una foto que le perseguiría durante años, agitada cuando se le quería contar entre los anticomunistas más feroces, o acusarlo de connivencias o de amistades hipócritas con dictadores y asesinos. Cualquier chileno sabe que todo se planeó minuciosamente para no dejar otra opción al Papa, que se vio empujado a asomarse con el dictador. Un episodio que ha pasado a la memoria colectiva chilena como el “balconazo”.

La primera cita pública del papa argentino se ha producido en un clima diferente. Él se ha presentado desarmado, consciente de las muchas expectativas que su visita ha generado, pero también de la gran desconfianza por parte de la opinión pública. Una característica chilena, como ha admitido la presidenta saliente, que en el Patio de los Naranjos, ante 700 diputados y representantes de la sociedad civil, hablaba de un Chile distinto después de pasar del dolor a la esperanza, del miedo a la confianza. Un Chile de contornos desconocidos donde Bergoglio ha decidido entrar admitiendo errores y pidiendo perdón. En un país indignado por los delitos sexuales que han implicado a sacerdotes y religiosos, en una iglesia herida por el escándalo del padre Fernando Karadima, condenado por abusos a menores, dividida por el nombramiento de uno de sus hijos espirituales como obispo. Ha expresado su dolor y vergüenza por el daño irreparable causado a los niños por parte de ministros de la iglesia.

El Papa Francisco ha pedido perdón y ha invitado al episcopado a apoyar a las víctimas, a escuchar a los pequeños que esperan respuestas reales para un futuro digno. Un movimiento sorprendente que indica el camino, el único posible, no solo para una Iglesia chilena con una credibilidad en caída libre, sino para toda la nación. Se pudo comprender mejor después, en una catedral llena de monjas, frailes, seminaristas y sacerdotes, donde el Papa pronunció uno de los discursos más hermosos de su pontificado, a una Iglesia herida y humillada. Un texto articulado sobre la vida de Pedro y la primera comunidad. En el altar estaban el obispo Bernardino Piñera, el más anciano del mundo a sus 101 años, y monseñor Juan Barros, el cuestionado pastor de la diócesis de Osorno. Y muchos hombres y mujeres esperando la consolación de un padre, abatidos, confusos y turbados. Exactamente igual que Pedro tras la muerte del maestro. El pontífice es como un padre que conoce el dolor de sus hijos y, con voz suave, mira de frente la cuestión de los abusos, el dolor de las víctimas, las comunidades heridas, pero también la vergüenza de los sacerdotes insultados en el metro o en la calle. Pide coraje y lucidez a la hora de llamar a las cosas por su nombre, y no “quedarse rumiando la desolación”.

>EL PAPA EN CHILE

¿Por dónde empezar cuando el pueblo se siente traicionado?

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Mirar antes de juzgar, el desafío de Francisco al llegar a Chile

Cristiana Caricato

Al final se le pregunté. Rostro serio y mirada directa. “Santo Padre, ¿podría decirnos qué es lo que le da su médico? Nosotros corremos sin tregua para intentar seguirle el ritmo y usted está siempre super en forma”. Me mira al principio un poco cauteloso, como intentando descifrar el tono de mi razonamiento, y luego me suelta con sorna: “Pero si yo no voy al médico, voy a una bruja”. No hay quien le pille, siempre sabe salir airoso, incluso cuando le asaltas en la ronda de saludos a gran altitud, en el Boeing 777 que le lleva a Santiago. La capital de Chile era la primera etapa de su visita a América Latina, la segunda será Perú. Países que él mismo ha reconocido conocer bien, pues los frecuentó siendo un joven estudiante jesuita, luego como provincial y finalmente como obispo. En Chile tiene más de un amigo, además de muchos recuerdos, como cuando con sus antiguos compañeros de la casa de formación en la periferia de Santiago se divertía definiendo a Chile como “una franja de tierra larga y estrecha, agarrada a las montañas para no caer al mar”.

Cuenta las anécdotas en español, idioma que estos días le permitirá desenvolverse libremente con los fieles que acudirán a recibirle a todas partes. 21 discursos previstos en una semana, pero no parece que le preocupen demasiado cuando le ves en la fila del avión charlando con los corresponsales, fotógrafos y cámaras, o matando el tiempo interminable de un vuelo de más de 15 horas. Las primeras de las 42 que pasará en el aire en su 22º viaje internacional. Termina dando también alguna información, poniéndonos al corriente de que la de Santiago es la ruta más larga de Alitalia, la compañía que siempre tiene el honor de llevarlo a su destino. Charlando y saludando, entre bromas, autógrafos y selfies, termina respondiendo también a una pregunta que se adelanta a la habitual rueda de prensa del vuelo de vuelta.

La compañera del Messaggero le pregunta si realmente tiene miedo de una posible guerra nuclear. Francisco no vacila y, como dijo hace tan solo ocho días al cuerpo diplomático reunido en la Sala Regia del Palacio Apostólico, responde que estamos al límite. “Me da miedo que hasta un simple incidente pueda desencadenar una guerra nuclear. No se puede correr el riesgo de que la situación se precipite”. Un pontífice asustado, es decir, más convencido que nunca de que el desarme nuclear es impostergable. “Hay que destruir las armas”, dice con firmeza al terminar la conversación, antes de pasar a otro tema y a otra cuestión. Pero en sus ojos todavía lleva la mirada del niño japonés con su hermanito muerto cargado a la espalda, captada en 1945 en una dramática imagen en sepia por Joseph Roger O'Donnell, fotógrafo americano. Estaba delante de un horno crematorio, en una Nagasaki recién atacada por la bomba atómica.

Mirar antes de juzgar, el desafío de Francisco al llegar a Chile

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La diplomacia de la misericordia

Cristiana Caricato

Mucho se ha hablado de los seis días que el Papa ha pasado entre Myanmar y Bangladesh. Hay a quien le parece demasiado, o demasiado poco, sin faltar los que han intentado interpretar cada gesto o palabra. Quizás se ha dado cuenta y por eso ha querido narrarlo él mismo en el vuelo de regreso a Roma.

Probablemente, en este interrogatorio al que dócilmente Francisco se somete cada vez que vuelve a casa después de un viaje, completamente dedicado esta vez a su visita al sureste asiático, sin otras digresiones, haya querido contribuir a aclarar las cosas. Sobre la cuestión de los rohingya, ha querido ponernos delante toda la importancia y sabiduría que tiene eso que ya se ha dado en llamar la “diplomacia de la misericordia”. Una cosa es cierta. Obligando a los medios a seguir y profundizar en esta crisis y en el destino de la minoría étnica más perseguida del mundo, deja los focos encendidos sobre esta región del planeta incluso después de su marcha.

Pero conoce bien a sus ovejas, y tal vez por eso ha querido hacer él mismo el balance y análisis de este viaje, señalando ciertos puntos.

1. La palabra “rohingya” la ha pronunciado cuando el momento estaba maduro. Es decir, al término de un viaje que le ha llevado a ponerse cara a cara con los generales birmanos y con la Premio Nobel San Suu Kyi, abrazando a los pobrecillos de los campos de Cox's Bazar.

2. Nunca tuvo la intención de callarse nada, pero en nombre del diálogo (o del fin, como diría Maquiavelo) ha querido dejar pasar oportunamente el mensaje antes que levantar obstáculos terminológicos embarazosos.

3. A veces un poco de paciencia consigue más que un “portazo en las narices”.

4. Sí, cuando abrazó a los refugiados rohingya, lloró, aunque intentó que no se notara.

5. Cierto, la sospecha sobre la petición de adelanto de la cita por parte de los generales birmanos le abordó (se presentaron el mismo día de la llegada de Bergoglio a Myanmar, en el arzobispado, antes de los encuentros institucionales con el presidente y la consejera de Estado, como si quisieran decir: aquí mandamos nosotros)…

6. …pero él siempre abre la puerta a quien llama.

7. En ningún caso ha negociado la Verdad.

8. A pesar de las dificultades innegables, no pierde la esperanza de una solución para la crisis rohingya. La suya es una esperanza cristiana.

9. Todos saben que le gustaría ir a China, pero no será en breve.

10. En el fondo, lo que más le ha gustado de este viaje ha sido la posibilidad de hablar con el pueblo. El pueblo de Dios. Eso le hace feliz.

Podríamos seguir. Pero está claro que la visita a Myanmar y Bangladesh es algo que Francisco no olvidará fácilmente. Y nosotros tampoco.

La diplomacia de la misericordia

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>Entrevista a Massimo Borghesi

Descubriendo el pensamiento del Papa Bergoglio

Alver Metalli

Borghesi, filósofo italiano con una larga trayectoria en la cátedra universitaria, estudios y publicaciones, presentará próximamente al público el resultado de un trabajo que estaba faltando. Y esa laguna era el origen de aproximaciones y desconocimientos. Una “full immersion” en las fuentes primarias que fueron alimentando a lo largo del tiempo la manera de ver y de razonar de quien hoy ocupa la cátedra más alta de la Iglesia católica. Para llevar a cabo su investigación, Borghesi recibió una ayuda decisiva, precisamente la del sujeto investigado, quien aportó a su esfuerzo cuatro grabaciones de audio. “A través de un amigo en común, Guzmán Carriquiry, vicepresidente de la Pontificia Comisión para América Latina, pude aprovechar la amabilidad del Papa Francisco y hacerle llegar algunas preguntas”, revela el autor. El resultado del trabajo lo dará a conocer la editorial Jaca Book con el título “JORGE MARIO BERGOGLIO. Una biografía intelectual. Dialéctica y mística”. A continuación ofrecemos algunos anticipos, obtenidos de Borghesi con la complicidad de la amistad.

¿Qué te llevó a empezar este trabajo sobre el pensamiento del Papa?

El prejuicio, sobre todo en el ambiente intelectual y académico, que persiste sobre la imagen del pontificado. El Papa Francisco debió asumir la difícil herencia de Benedicto XVI, uno de los grandes teólogos del siglo XX. Después de un pontificado con una fuerte impronta en el plano intelectual, el estilo pastoral de Bergoglio resultó demasiado “simple” para muchos, no adecuado a los grandes desafíos del mundo metropolitano, secularizado. Al Papa que vino del fin del mundo se le reprocha, en Europa y Estados Unidos, que no es “occidental”, europeo, culturalmente preparado.

¿Cuándo comprendiste que no era así?

>Entrevista a Massimo Borghesi

Descubriendo el pensamiento del Papa Bergoglio

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En la esperanza está la gran belleza

Angelo Scola

La belleza es el “esplendor de la verdad”, decían los antiguos. Un bello paisaje, una compañía significativa, un cultivo de la tierra bien logrado, el resultado de un trabajo artesanal paciente y cuidado, una obra de arquitectura, escultura, pintura, poesía, música, pero sobre todo el milagro siempre sorprendente de un nacimiento, o la dulzura del amor verdadero entre el hombre y la mujer, la energía con que se afronta una prueba relacionada con la salud, o con la muerte… En todas estas manifestaciones de la vida brilla (esplendor) la verdad. De hecho, la verdad no es ante todo un discurso ni un conjunto de fórmulas lógicamente bien trabadas. Ante todo tiene que ver con la maravilla con que la belleza se impone ante la mirada, hasta tocar el corazón de cada hombre. Como en todas las dimensiones profundas de nuestra persona –conocer, amar, creer…–, esperar también presenta dos características importantes.

En primer lugar, la esperanza no nos la podemos dar a nosotros mismos; y en segundo, no podemos ganárnosla de una vez para siempre. ¿Qué quiero decir? Un gran escritor francés, Charles Péguy, dedicó una fascinante obra poética al tema de la esperanza. Dice el poeta: “Para esperar… hace falta ser feliz de verdad… haber recibido una gran gracia”. Hay una antesala de la esperanza y es la alegría de haber recibido un don, “un estado de gracia”. De hecho, Péguy representa a la esperanza como una virtud niña. A ella se une siempre un elemento de gratuidad total, como el juego libre e imprevisible de un niño. Por eso, la “pequeña” esperanza, para caminar, necesita ir de la mano de sus hermanas mayores, la fe y la caridad. Aunque –bien mirado– con sus brincos, sus arranques y sus mañas, es ella la que termina marcando el camino. Pero el recorrido trazado por la virtud niña está lleno de sorpresas, no se puede poseer de antemano, pide un compromiso siempre renovado, un entrenamiento del deseo, como diría san Agustín. Lo entienden perfectamente los padres ante la belleza del nacimiento de un hijo: no se lo dan ellos mismos, lo reciben de Dios (“he adquirido un varón con la ayuda del Señor”, Gen 4,1) pero al mismo tiempo todo padre sabe que tendrá que seguir el camino imprevisible de ese hijo (don) a lo largo de toda su existencia, para que la belleza originaria mantenga las promesas que suscitó.

En la esperanza está la gran belleza

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Mucho más que una 'cuestión moral'

Federico Pichetto

El Papa Francisco ha tenido la ocasión de encontrarse personalmente con los miembros de la Comisión Pontificia para la protección de menores, una nueva realidad que él mismo ha creado para sistematizar las decisiones de sus predecesores a la hora de condenar y denunciar públicamente los abusos a niños por parte del clero.

El camino de esta comisión no ha sido nada fácil: varios abandonos y polémicas por un presunto retraso y una supuesta “poca colaboración” por parte de ciertos organismos eclesiales. Pero Francisco no ha querido derivar el problema y ha hablado, sin medias tintas, de un pecado del que posiblemente la propia Iglesia aún no ha tomado plena conciencia en toda su gravedad, con las resistencias internas de quien reduce la pedofilia a una cuestión moral sin ver, por el contrario, su dimensión patológica.

Se trata de un nuevo paso del pontífice en las palabras y praxis utilizadas estos años. Ya no es solo cuestión de reconocer el fenómeno y colaborar con las autoridades civiles para denunciarlo y castigarlo. Se trata de comprender su verdadera naturaleza. La pedofilia, afirma Francisco, no es un comportamiento del que uno se arrepiente y “ya está”, la pedofilia es un problema inherente a la estabilidad psíquica de la persona, a su madurez afectiva y espiritual, por lo que “basta un solo comportamiento de este tipo” para ser excluido del sacerdocio y reducido al estado laical.

No son palabras sencillas las del sucesor de Pedro. Es como si el Papa llamara a todos a dar un salto de conciencia decisivo, donde ya no se admiten zonas de sombra pero donde “reconocer la culpa” forma parte de un proceso de crecimiento cuyo resultado no se puede gestionar según las leyes canónicas habituales, sino que merece un tratamiento excepcional que haga comprender al tejido social y a la persona el grado de culpa que adquiere un sacerdote pedófilo. Por eso el Papa ha excluido, para un sacerdote condenado por pedofilia y luego arrepentido, la posibilidad de obtener medidas de gracia, pues la gracia sana el pecado pero no puede curar al hombre de una enfermedad psíquica.

Quizás todavía hay demasiado pudor en la Iglesia para afrontar procesos de purificación, para volverse a ganar el pasado de un modo crítico, juzgándolo según el nivel de conciencia que el momento presente ha permitido desarrollar dentro del tejido eclesial. La moral es objetiva: el bien es bien y el mal es mal. Pero hay ciertos momentos de la historia en que algunos males se han combatida y afrontado con fuerza porque apuntaban a problemas antropológicos estructurales más profundos. La pedofilia habla de un camino afectivo insano que disfraza de problema moral lo que, por el contrario, es una cuestión médica y psiquiátrica.

Mucho más que una 'cuestión moral'

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Un reclamo para este hoy, tenso y complejo

José Luis Restán

En todos los viajes de Francisco es importante fijarse en los discursos que dirige a los obispos del lugar; quizás no sean siempre los que proporcionan más titulares para la prensa, pero suelen condensar los acentos que el Papa considera más urgentes y sustanciales para guiar el camino de la Iglesia. En el viaje a Colombia es evidente que el nudo gordiano estaba en el mensaje de la reconciliación, pero conviene no olvidar sendos discursos a los obispos colombianos y a la Dirección del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM). En ellos se refleja intensamente lo que Francisco quiere decir cuando se refiere a una “Iglesia en salida”, un núcleo precioso y lleno de sugerencias, que sin embargo corre el riesgo de verse vaciado o reducido por interpretaciones acomodaticias e ideológicas, de uno y otro signo.

Al final del discurso dirigido a los dirigentes del CELAM, tras haber dibujado un panorama nada tranquilizador del momento presente en América Latina, Francisco les pide hacerlo todo con pasión: “pasión en el trabajo de nuestras manos, pasión que nos convierte en continuos peregrinos en nuestras iglesias, como santo Toribio de Mogrovejo, que no se instaló en su sede: de 24 años de episcopado, 18 los pasó entre los pueblos de su diócesis. Hermanos, por favor, les pido pasión, pasión evangelizadora”. Esta frase ayuda más a comprender a Francisco que cualquier debate entre opuestos de los que ahora proliferan: doctrina y pastoral, verdad y misericordia, fe y moral. Hace unas semanas el Secretario de Estado, Pietro Parolin, decía en el Meeting de Rímini que “a través de este movimiento de ‘salida’ el corpus doctrinal de la Iglesia debe recobrar nueva vida en el marco del anuncio misionero”. Y añadía que “esto no tiene nada que ver con un debilitamiento de la identidad cristiana (como sostienen las críticas que algunos dirigen al Papa), sino que representa su reafirmación radical”. Me parece una clave decisiva para entender el pontificado.

En el discurso a los obispos colombianos, Francisco les insta a “tener siempre fija la mirada sobre el hombre concreto”, teniendo en cuenta su historia, sus sentimientos, sus heridas y desilusiones… y les advierte que esa concreción del hombre desenmascara las frías estadísticas, los cálculos manipulados, las estrategias ciegas, las falseadas informaciones”, para recordarles que “realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”. Se trata, por tanto, de entrar con esa luz viva de Jesús (viva y palpitante en la experiencia de la Iglesia) en las encrucijadas de los hombres y mujeres de esta época, y eso significa asumir el riesgo de implicarnos en un cuerpo a cuerpo, con todas sus consecuencias. De ahí la insistencia paternal de Francisco a los obispos en conservar la serenidad, más aún en este momento trepidante. Los tiempos de Dios son largos porque es inconmensurable su mirada de amor, por eso les invitó a fiarse de la potencia escondida de su levadura, sin dejarse atrapar por el desánimo o la impaciencia.

Un reclamo para este hoy, tenso y complejo

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  129 votos

Colombia: la paz necesita raíces

José Luis Restán

A las 23.30, hora española, el papa Francisco aterrizará hoy en Bogotá. Comenzará así un importante viaje a uno de los países con mayor potencial de crecimiento económico en América Latina, pero no solo. Colombia es un país de tremendos contrastes que tienen mucho que ver con su atribulada historia política y social, un país con élites culturales muy desarrolladas y tremendas bolsas de pobreza, con una enorme fractura entre las grandes urbes modernas y las zonas selváticas, y con la sombra pestilente del narcotráfico. Pero, sobre todo, es un país marcado por la traumática experiencia de más de cincuenta años de enfrentamiento armado con diferentes guerrillas, que ha dejado fuera del control del Estado inmensas regiones durante largos períodos, y ha sembrado un cúmulo de dolor y resentimiento que no va a desaparecer de un plumazo.

Francisco había dejado claro que sólo pisaría tierra colombiana cuando se hubiera aclarado la situación en torno a los acuerdos de paz con las FARC, la principal guerrilla del país. Tras la polarización vivida meses atrás en torno a esos acuerdos y el fiasco del referéndum, ahora el escenario parece despejado. A ello contribuye el alto el fuego recién acordado con la otra guerrilla que permanece activa, el ELN. En estas horas los obispos colombianos y los responsables de la Santa Sede han insistido en precisar que el Papa nunca ha sido mediador ni garante de estos acuerdos; lo que ha hecho siempre la Iglesia en Colombia ha sido alentar la negociación, el empeño de buscar la paz y la reconciliación, y en eso el apoyo de los sucesivos Papas, y concretamente de Francisco, ha sido decisivo.

El cardenal Rubén Salazar, arzobispo de Bogotá, ha sido muy cuidadoso a la hora de delimitar las cosas: la Iglesia siempre ha apoyado y sostenido el empeño de buscar la paz, pero no ha sido (ni podía ser) un agente político que participara en la definición del contenido de unos acuerdos que han suscitado encendidos debates en la sociedad colombiana. También ha advertido que las cosas están lejos de haberse resuelto. “Demos el primer paso” es el lema del viaje de Francisco, y quiere indicar precisamente esto: “no se trata de dejar atrás la guerra, sino también de dejar atrás todo aquello que ha conducido a situaciones de inequidad, que han estado en la raíz de la violencia de Colombia, se trata de que la visita del Santo Padre nos ayude… a dejar atrás todos esos fangos que nos impiden caminar y a empezar, decididamente, la construcción de un país nuevo”.

Seguramente ahí está una de las claves de esta visita, la tercera que un Papa realiza a tierras colombianas: se trata de profundizar las raíces de una paz que no puede consistir sólo en la rúbrica de un documento, que por lo demás no ha dejado de suscitar división. Como ya dijo San Juan Pablo II, “no hay paz sin justicia, y no hay justicia sin perdón”. Así que el reconocimiento de la verdad de la historia (tantas veces dolorosa e incómoda), la construcción de la justicia que pueda sustentar una vida civil buena, y el desafío del perdón, después de tanta violencia, son asuntos candentes en los que la presencia y la palabra de Francisco pueden suponer una clarificación y un impulso sustanciales.

Colombia: la paz necesita raíces

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  153 votos
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