Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
29 SEPTIEMBRE 2016
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El empeño de cuidar la vida

José Luis Restán

La asamblea de los obispos de Canadá, reunida estos días, afronta el desafío que supone la aprobación de la norma que legaliza el suicidio asistido y la eutanasia en aquel país. La Iglesia católica no ha permanecido pasiva en los debates previos, participando activamente en una amplia coalición civil denominada HealthCARE and Conscience. El arzobispo de Toronto, cardenal Thomas Collins, tomó la palabra el pasado mes de febrero ante el Comité Especial Adjunto del parlamento canadiense para estudiar este grave asunto, y advirtió sobre el riesgo de que la nueva legislación impulse un cambio de mentalidad según el cual matar a una persona se verá en ciertos casos como una forma de “cuidado de la salud”, y sobre la presión que soportarán en el futuro los más vulnerables, de modo que el supuesto “derecho a morir” en la práctica se convertirá para algunos en el “deber de morir”.

Lo cierto es que esas advertencias, así como el testimonio de una larga tradición de cuidados a los enfermos terminales que promueve su dignidad integral, no fueron escuchadas por los parlamentarios canadienses, que han preferido montar en la ola del nihilismo y la ingeniería social. El tiempo permitirá calibrar las consecuencias sociales de esta legislación, que evidentemente no nace de la nada, sino sobre la base de una cultura alimentada por los grandes centros de poder desde hace décadas, y seguramente por la debilidad de una verdadera cultura de la vida.

Por todo ello los obispos canadienses han invitado a su asamblea a un ponente de excepción, el cardenal de Utrech, Willem Eijk, médico antes que teólogo, experto en bioética médica y pastor de una comunidad que vive desde 1993 en el contexto de la permisividad social y el apoyo legal a la eutanasia. El cardenal holandés ha dibujado ante sus hermanos el sombrío panorama de una sociedad que, en buena medida, se ha embotado frente a las grandes preguntas éticas que surgen de la cuestión de la eutanasia. Y a buen seguro que también ha señalado la debilidad de la respuesta eclesial durante muchos años. En cualquier caso, la cultura nihilista ambiental y una legislación pro-activa han actuado como un sistema de biela-manivela que ha profundizado una mentalidad no sólo permisiva sino favorecedora de la eutanasia. De modo que lo que empezó siendo respuesta legal a supuestos problemas-límite, ahora se acepta como solución plausible para quien atraviesa una depresión o sufre una discapacidad. “Una vez que se permite acabar con la vida de alguien que padece algunos tipos de sufrimiento, ¿por qué no habría que permitirlo para quien sufre un poco menos?”. Seguramente las cosas no serán deferentes en Canadá.

Mientras la ley C-14 entraba en vigor y daba sus primeros pasos, este verano se inauguraba en Montreal, junto al Riviére-des-Praires, un moderno pabellón para enfermos terminales enclavado en la Citadelle Marie-Clarc, que regentan las hermanas de la Caridad de Santa María. Las religiosas lo han construido porque muchos enfermos no querían abandonar el hospital (ya existente desde hace cincuenta años) por el terror a morir solos, todo un signo de la época en que vivimos. Y lo han concebido como un lugar en el que los enfermos viven serenamente hasta el final, con una atención que tiene en cuenta todas las dimensiones de su vida. El pabellón “Oasis de paz” dispone de 36 camas y está pensado para que las familias puedan estar siempre cerca, con habitaciones grandes, y ventanas que se abren sobre el río y permiten contemplar la belleza del paisaje, también en los últimos momentos de la vida. Pero el alma de este lugar son las hermanas y voluntarios cuyo estilo consiste en la escucha, la sonrisa, el respeto a la dignidad de cada uno, de manera que el pabellón se convierte en un santuario. “Nuestro valor como sociedad se medirá por el apoyo que demos a los más vulnerables”, había dicho el cardenal Collins ante el Comité parlamentario. La partida está abierta, en todos los campos.

El empeño de cuidar la vida

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Madre Teresa: la caridad necesaria para vivir

Giorgio Vittadini

La reciente canonización de la Madre Teresa, lejos de ser un hecho que solo interese a los creyentes, si nos fijamos atentamente representa en cambio un desafío ante muchos de los lugares comunes típicos de la mentalidad dominante a nivel global. Los hemos visto estos días y por eso merece la pena hacer ciertas reflexiones sobre este hecho. En medio de un gran consenso y admiración sorprendida de los que hemos sido testigos, los medios de todo el mundo han tirado de archivo para publicar artículos, libros e investigaciones todos ellos con un denominador común: denunciar que la Madre Teresa “no era precisamente una santa”.

Ha vuelto a la primera plana el libro del desaparecido Christopher Hitchens, “The missionary position”, publicado originalmente en 1995, donde entre otras cosas afirma que la monja solía utilizar el dinero obtenido con la beneficencia para abrir conventos en vez de hospitales, propagando el no al aborto, a las relaciones pre-matrimoniales y al uso de los preservativos, moviéndose así como un instrumento al servicio del poder político y teológico de la Iglesia católica.

Otros artículos denuncian la escasez de sus estructuras, la falta de condiciones higiénicas y médicas fundamentales, en una perspectiva según la cual se habría exaltado el sufrimiento en lugar de combatirlo.

Lo primero que me viene a la mente, ante esta incapacidad para entender el significado real de la misión de la Madre Teresa, es la actualidad que cobran las palabras de Benedicto XVI en la encíclica “Deus Caritas Est”, es decir, que “la caridad siempre será necesaria”. Una frase que contrasta totalmente con aquella que tanto gustaba a las ideologías de los siglos XIX y XX, liberalismo y comunismo: “No hace falta caridad, sino justicia”.

Por un lado, se despreciaba la caridad que estaba en la raíz del magisterio de la Iglesia, porque se afirmaba que solo el progreso económico podía emancipar a la humanidad del hambre, de la enfermedad y el subdesarrollo. Por otro, se consideraba hipócrita o incluso dañino ayudar a los hombres en sus necesidades inmediatas porque distraía del intento de construir estructuras más justas y duraderas para todos.

Entendámonos. No es que el reclamo al progreso y a la justicia social sea un error. Pensemos en la encíclica “Populorum Progressio”: “El desarrollo es el nuevo nombre de la paz”, de Pablo VI; o en los continuos llamamientos de los pontífices, sobre todo del Papa Francisco, para que las estructuras económicas, sociales y políticas no opriman al pobre, al débil, al enfermo, al marginado. ¿Pero qué serían el progreso y la lucha por la justicia sin la práctica de la caridad? Las innumerables obras presentes en todo el mundo, en el surco trazado por la Madre Teresa, siguen permitiendo a millones de personas afrontar la existencia y también la muerte con un respeto total a su dignidad humana.

Madre Teresa: la caridad necesaria para vivir

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Una nueva oportunidad para Europa

José Luis Restán

Han causado revuelo unas palabras del cardenal Schönborn durante una misa en la magnífica catedral vienesa de San Esteban, el pasado 11 de septiembre. Se cumplían 333 años de la batalla en la que Viena se salvó del asalto de las fuerzas otomanas. De no haber resistido Viena gracias al ejército guiado por el rey polaco Jan Sobieski, el imperio turco habría penetrado hasta los confines occidentales del continente con consecuencias impredecibles. Schönborn dedicó su homilía a la situación actual de Europa, y en un momento dado se preguntó si hoy podría tener lugar un tercer intento de conquista islámica, añadiendo que “muchos musulmanes lo piensan y lo desean, y creen que Europa está acabada”.

En realidad este quiebro provocador dista mucho de ser el centro de la homilía del arzobispo de Viena, pero se convirtió inmediatamente en el foco de atención provocando una gran barahúnda. Schönborn siempre ha reflexionado sobre Europa, y no precisamente en clave de autodefensa. Son conocidas las numerosas iniciativas de la diócesis vienesa para acoger a los refugiados (en un contexto adverso por lo que a opinión pública se refiere) y el cardenal siempre ha reivindicado una Europa de la acogida, en nombre de sus inequívocas raíces cristianas.

Aprovechando el Evangelio del hijo pródigo que había sido proclamado, Schönborn comparó la situación de la vieja Europa con la del hermano menor que pidió a su padre la herencia y la dilapidó. “Hemos malbaratado nuestra valiosa herencia cristiana, y ahora nos encontramos problemas que nos angustian por todas partes, no sólo económicos, que también vendrán, sino sobre todo humanos, religiosos y de fe”. El camino, por tanto, debería ser el mismo del hijo pródigo, el del regreso a la casa de su padre con un corazón arrepentido: “Señor, danos otra oportunidad, no olvides que somos tu pueblo… no rechaces a esta Europa que ha dado tantos santos, no nos rechaces porque nos hayamos hecho tibios en nuestra fe”.

Es verdad que no estamos acostumbrados a escuchar un lenguaje semejante en la mayoría de los eclesiásticos centroeuropeos, pero no se puede negar que la imagen trazada por Schönborn es poderosa y sugerente. Y el momento dramático que atravesamos reclama una palabra como ésta, aunque parezca desgarrada. En todo caso nadie se fijó en el reclamo dramático a la conversión, en la invitación a volver a casa, sino en la referencia a la amenaza potencial de una conquista islámica. Esto ha obligado al cardenal a subrayar que “si la herencia cristiana de Europa está en peligro, ello se debe a que los europeos la hemos dilapidado, y eso no tiene absolutamente nada que ver ni con el islam ni con los refugiados; está claro que a muchos islamistas les gustaría aprovecharse de esta situación, pero ellos no son responsables de ella, lo somos nosotros”.

Lo más importante es que la oportunidad de una renovación cristiana de Europa, como ha subrayado el cardenal Schönborn, está en nuestras manos, y no depende de los malvados planes que puedan acariciar unos u otros. Depende sobre todo de que los cristianos europeos dirijamos de nuevo la mirada a Cristo, de que propongamos su palabra y su vida a nuestros compañeros de camino, incluidos los extranjeros que llegan, con respeto y amor incondicionales.

Una nueva oportunidad para Europa

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>Entrevista a Julián Carrón

'La belleza del cristianismo no necesita de otra arma para comunicarse'

Silvina Premat

«Así como la belleza de las montañas no necesita de otra cosa que la belleza misma para comunicarse, la belleza del cristianismo no necesita otra arma para comunicarse más que ella misma». Así explica Julián Carrón, sacerdote español sucesor de Luigi Giussani en la conducción del movimiento eclesial Comunión y Liberación, el título de su libro La belleza desarmada (Encuentro), que se presentó el jueves 15 de septiembre en Buenos Aires.

De 66 años, Carrón era profesor de Sagradas Escrituras en la Facultad de Teología de Madrid hasta que monseñor Luigi Giussani, fundador de Comunión y Liberación, lo llamó a vivir en Milán para asistirlo en la conducción de ese movimiento con presencia en casi un centenar de países. Desde 2005, luego del fallecimiento de Giussani, fue elegido como responsable internacional. En diálogo con La Nación se refirió a su libro que días pasados presentó en San Pablo (Brasil) y Lima (Perú) y en los últimos meses en varias ciudades de Italia.

¿A qué "belleza" se refiere en el título del libro?

Aquí se habla de la belleza de la fe cristiana, de su atractivo y potencia. Cuando Dios se encarna se despoja de todo poder para mostrar su verdad y entra en la historia con la pobreza de su propia humanidad. Así ha empezado el cristianismo, la mayor revolución en la historia. Cristo es el ejemplo de un modo de comunicarse la verdad que no ha necesitado otra cosa que la belleza de la verdad misma. En el libro se habla fundamentalmente de esta belleza y no solo de una belleza estética o sentimental.

¿Por qué "desarmada"? ¿Cuáles son las armas que esa belleza debería usar?

Como cualquier belleza, la belleza del cristianismo no necesita ninguna otra arma para comunicarse más que ella misma. La belleza de las montañas no necesita otra cosa que la belleza misma para poder comunicarse. Es una forma de decir lo que dijo el Concilio (Vaticano II), que la verdad se comunica por la fuerza de la verdad misma, sin otro tipo de ayuda. Por ejemplo, en una situación como la de hoy en la que ISIS usa la violencia para imponer su verdad o en otros momentos la ideología ha impuesto su verdad a través de la fuerza o el mismo cristianismo en algunos momentos. La belleza, que es el resplandor de la verdad, dice Santo Tomás, no necesita ninguna otra fuerza o poder externo a la belleza misma para comunicarse.

¿Cuál es la relación de la belleza estética que expresa el arte y esta belleza de la que usted habla?

Pues que esta belleza es capaz de mover el corazón, por el atractivo que ejerce sobre el hombre. Desde el principio el cristianismo se ha comunicado en la historia a través de instrumentos absolutamente frágiles. San Pablo dice que llevamos un tesoro en vasijas de barro para que se vea que una potencia tan grande no es nuestra sino de Dios. No es solo la capacidad sentimental que provoca sino la capacidad de cambio que suscita en aquel que la encuentra. Como el que suscitó en los primeros que encontraron a Jesús, que nunca habían visto algo igual y se hicieron discípulos suyos hasta cambiar la vida justamente por esto.

¿Hay casos en los que coinciden estos dos "tipos" de belleza?

>Entrevista a Julián Carrón

'La belleza del cristianismo no necesita de otra arma para comunicarse'

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La Iglesia no está congelada, estoy contento

José Luis Restán

Confieso que no he querido esperar. He comenzado a bucear en las “Últimas conversaciones” de Benedicto XVI con Peter Seewald, aunque aún no dispongamos del texto en español. No es un testamento al uso, como el que los últimos papas nos habían regalado, es algo totalmente novedoso en la historia: un papa que narra su propia vida con detalle y que contempla su propia misión desde la distancia, con esa inteligencia tan aguda como apacible, con la certeza de que ha sido un trabajador en la viña, y de que puede confiarse tranquilo al juicio de su Señor, el único que verdaderamente importa.

Hoy sólo quiero centrarme en su mirada sobre el momento que vive la Iglesia guiada por Francisco. No esconde su sorpresa inicial al conocer el nombre de su sucesor, pero tampoco su inmediato contento al contemplar su manera de hablar con Dios y con los hombres. En la llegada a la sede de Pedro de un hombre procedente del otro lado del mar, Benedicto reconoce que la Iglesia está en movimiento, que no se queda congelada en esquemas. Siempre sucede algo imprevisto que la hace renovarse constantemente. “Lo que es bello y estimulante es que precisamente en nuestra época sucedan cosas que ninguno esperaba, y que muestran que la Iglesia está viva y rebosante de nuevas posibilidades”.

Con algo de picardía, Seewald comenta un dicho según el cual Dios corrige a cada papa en la persona de su sucesor, y le pregunta cuál es la corrección que advierte en la figura de Francisco. “Yo diría que su atención hacia los demás, creo que es algo muy importante… quizás yo no haya estado lo suficiente en medio de la gente… Además, también está la decisión con la que afronta los problemas y busca las soluciones”. En otro momento reconoce que la organización y el gobierno práctico de las cosas nunca han sido su fuerte.

Era inevitable la pregunta sobre la supuesta ruptura entre ambos pontificados, que Benedicto rechaza contundente. Por lo demás, todo el recorrido hace evidente que ni el acento en la descentralización, ni la invitación a que la Iglesia se despoje del poder mundano, ni mucho menos la insistencia sobre la misericordia, son puntos de fricción entre ambos pontificados. Al contrario, son expresión de una bella continuidad, lo cual no significa mera repetición. Algunos pueden “construir contraposiciones”, comenta con su templada ironía… Es verdad que Francisco tiene sus acentos diversos, como cualquier papa, “pero no existe contraposición alguna”.

Escucharle sigue siendo como gustar una sinfonía de Mozart… “Estoy contento: hay una nueva frescura en el seno de la Iglesia, una nueva alegría, un nuevo carisma que se dirige a los hombres… y eso es, de por sí, algo bello”. Palabra de Benedicto, sin mediadores interesados.

La Iglesia no está congelada, estoy contento

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'Más allá de la crisis de la Iglesia'. Las seis herencias de Benedicto XVI

Federico Pichetto

Hay algo valiente en la empresa realizada por Roberto Regoli en su libro “Más allá de la crisis de la Iglesia. El pontificado de Benedicto XVI”. Su valentía no radica tanto en querer narrar el pontificado de Joseph Ratzinger, sino en quererlo hacer como historiador. Ahora bien, es evidente para cualquiera que los fenómenos históricos pueden narrarse según el estatuto epistemológico propio de su disciplina solo después de su conclusión, como también es evidente para todos que, de facto, el ejercicio activo del ministerio petrino de Benedicto XVI ha concluido efectivamente, pero –y aquí está el problema– también está claro, sobre todo para la conciencia del pueblo cristiano, que un pontificado termina realmente con la muerte del romano pontífice, a la que siguen las oraciones de toda la Iglesia al Espíritu Santo "pro eligendo pontefice". Con Benedicto, no hemos vivido nada de esto, hasta el punto de que paradójicamente todavía nos encontramos dentro del pontificado de Benedicto XVI, aunque ya no dentro del ejercicio activo que tal ministerio comporta.

Se trata de una situación canónica y teológica extremadamente compleja, que no se le escapa a Regoli y que la reciente celebración de los 65 años de sacerdocio de Joseph Ratzinger han vuelto a plantear de una manera difícilmente eludible. La terminología técnica que describe todo esto está muy articulada y, solo por poder profundizar en ella, vale la pena leer su libro.

Pero la cuestión es mucho más amplia. Entre la misteriosa y paradójica conclusión del ministerio petrino de Benedicto y su inicio, Regoli identifica seis puntos de reflexión que llaman la atención del autor no como simples connotaciones del pontificado sino más bien como seis líneas de reforma nada desdeñables. Por usar una expresión que le gusta a quien hoy ejerce activamente el ministerio petrino –por lo que con razón debe ser llamado Papa a todos los efectos–, Joseph Ratzinger preparó seis procesos que son como la herencia última de una etapa de la Iglesia que comenzó con Pablo VI y que ahora ha dado paso a otra etapa con el “pontificado argentino”.

La primera línea de reforma se refiere a la curia romana. Con Benedicto, mucho cambió y mucho se purificó en comparación con los años impetuosos y enérgicos del “gobierno polaco”. Benedicto trazó muchas trayectorias de discusión que, sin embargo, encontraron resistencias y reticencias en la enigmática personalidad del cardenal Bertone. Aun así, Benedicto llevó a Bertone a “palacio” en 2006, pero eso nunca bastó para que el pueblo cristiano identificar entre ambos esa afinidad ideal que un pontificado teológico y reformador debería hacer presagiar. En este sentido, seguramente resulte más luminosa la segunda de las seis directrices reformadoras planteadas por Regoli, la línea magisterial emprendida en solitario por el pontífice bávaro.

De la liturgia a la dogmática, de la vida religiosa a la encíclica social, Benedicto se movió en la perspectiva de una reconciliación con el pasado que abriera la teología de la Iglesia a una reflexión menos superficial sobre su futuro. El tan contestado motu proprio “Summorum Pontificum” sobre la liturgia devolvía dignidad a lo que una cierta furia iconoclasta post-conciliar parecía querer abolir, es decir, la tradición litúrgica de la Iglesia de Pío V oportunamente integrada en la pluralidad ritual promovida por el Concilio Vaticano II de Juan XXIII y Pablo VI.

'Más allá de la crisis de la Iglesia'. Las seis herencias de Benedicto XVI

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China: tensiones comprensibles ante un escenario inédito

José Luis Restán

Uno de los temas recurrentes este verano ha sido el espinoso diálogo de la Santa Sede con el gobierno de Pekín, que según algunos indicios podría haber avanzado sustancialmente. Parece que esta vez estamos ante algo más que una serpiente de verano. Las respectivas intervenciones del secretario de Estado, cardenal Pietro Parolin, y del arzobispo de Hong Kong, cardenal John Tong, han dado la impresión de querer preparar el camino, despejando previsibles objeciones y procurando serenar los ánimos de quienes advierten contra una suerte de “rendición” de Roma que dejaría especialmente tocados a los católicos que más han sufrido por su fidelidad al Papa y su resistencia al control del régimen comunista.

Parolin ha reconocido que son muchas las esperanzas ante una posible “nueva estación en las relaciones entre la sede apostólica y China”. El secretario de Estado ha puesto especial énfasis en aclarar que esas nuevas relaciones auspiciadas (que podrían incluir la apertura de relaciones diplomáticas) “no son un fin en sí mismo”, ni responden al deseo de apuntarse un “éxito” en el escenario internacional, sino que son “perseguidas (no sin temor)…. sólo en función del bien de los católicos chinos, de todo el pueblo de China y en favor de la paz mundial”.

No es difícil entrever que Parolin ha querido responder, con sobriedad y respeto, a las advertencias severas que ha puesto sobre la mesa un gran testigo de la fe y reconocido luchador por la libertad, el arzobispo emérito de Hong Kong, cardenal Joseph Zen. En efecto, Zen es un viejo conocedor de los sinuosos túneles del régimen chino, ha bregado durante años con sus funcionarios y ha experimentado sus trampas. Algunos le señalan ahora como “aguafiestas”, e incluso dan un paso más, insinuando que prefiere una condición de trinchera antes que un nuevo escenario de tranquilidad que permita la unidad visible de las comunidades católicas en China, y normalice su actividad pública. Son acusaciones que me parecen profundamente injustas después de haber seguido durante años la trayectoria del cardenal, lo cual no significa compartir punto por punto sus críticas.

A Zen le preocupa que un exceso de prisa por “arreglar” el problema conduzca a la Iglesia a repetir algunos errores de la vieja “Ostpolitik”, en la época del Telón de acero. Le preocupa, en definitiva, que la Iglesia ponga en riesgo su libertad a cambio de alguna confortabilidad, beneficiando además a los arribistas y dejando en la cuneta a quienes más han sufrido persecución.

Quizás por eso el cardenal Parolin ha subrayado que el papa Francisco conoce bien, al igual que Juan Pablo II y Benedicto XVI, “el bagaje de sufrimiento, incomprensiones, y a menudo silencioso martirio que la comunidad católica en China lleva sobre sus hombros… pero conoce también cuán vivo es el anhelo de la comunión plena con el sucesor de Pedro, cuántos progresos se han alcanzado, cuántas fuerzas vivas actúan como testimonio del amor a Dios y al prójimo… que es la síntesis de todo el cristianismo”.

China: tensiones comprensibles ante un escenario inédito

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El heroísmo indefenso del P. Jacques

José Luis Restán

Una pequeña iglesia parroquial en Saint-Etienne-du-Rouvray, un pueblo de la periferia de Rouen, en la Alta Normandía. Es un día laborable y la asistencia a la Misa de la mañana es escasa, tan sólo el anciano sacerdote, Jacques Hamel, y otras cuatro personas. Nadie podía imaginar que este lugar tranquilo se convirtiera en objetivo de los asesinos del Daesh. Habían matado ya en discotecas, supermercados, redacciones de periódico, en transportes públicos y hasta en un paseo marítimo. Sería ingenuo pensar que una iglesia podía estar libre de peligro. Dos “valientes” matarifes han asaltado un lugar indefenso por definición, mientras se celebraba la Eucaristía, el amor de los amores. Siguiendo el ritual diabólico de tantas veces, han degollado al sacerdote y casi consiguen repetir la hazaña con uno de los asistentes a la Misa.

Este atentado no es más ni menos que otros tantos sufridos en nuestras carnes durante los últimos meses, pero a nadie se le escapa su valor simbólico para la batalla del yihadismo. Como había dicho semanas atrás con precisión el Patriarca de los Caldeos, Louis Sako, estamos ante algo de naturaleza demoníaca, de ahí nuestra dificultad de entender. Esperemos que en la redacción de Charlie Hebdo hayan tomado nota del contraste. En la pequeña iglesia de Saint-Etienne-du-Rouvray, unas pocas personas celebraban al Dios indefenso clavado en una cruz, al Dios que se hace pan para alimentar la debilidad de los pobres hombres y mujeres del mundo. Un Dios extraño que se ha dejado tocar muchas veces por las manos de un anciano de 84 años, un cura de pueblo como cientos, cuyo heroísmo ha consistido en comunicar la misericordia bajo la lluvia y el sol hasta el último día, un 26 de julio. Contra esto se ha abatido la furia blasfema de los asesinos, una historia vieja de hace más de dos mil años.

Al arzobispo de Rouen, Dominique Lebrun, la sacudida le ha sorprendido en Cracovia junto a cientos de jóvenes de su diócesis que empezaban a participar en la JMJ de Cracovia. Con ellos acababa de visitar la tumba del sacerdote polaco Jerzy Popieluszko, asesinado por algunos policías durante los estertores del régimen comunista. La mención a este gesto en su breve declaración, antes de partir precipitadamente de regreso a Francia, no es fruto de la casualidad. Sobre todo cuando a continuación señala que “la Iglesia católica no puede emplear otras armas sino la oración y la fraternidad entre los hombres”, descartando así cualquier inclinación al odio o a la venganza. Con el corazón encogido, el arzobispo Lebrun ha dejado en Cracovia a sus jóvenes, y ha señalado sin sombra de barroquismo que ellos “son el futuro de la humanidad, la verdadera”. Y les ha pedido “que no bajen los brazos ante la violencia y que se conviertan en apóstoles de la civilización del amor”.

Naturalmente, a las autoridades del Estado y a la comunidad internacional corresponde la tarea de combatir, desarmar y castigar a los asesinos del Daesh, con la mayor diligencia y eficacia posibles. Pero esta batalla se libra también, y sobre todo, en el corazón de las personas y en el tejido profundo de nuestra convivencia. El padre Jacques es la imagen de un modo de vida, de un significado que ha sostenido la grandeza y amplitud de la vocación europea. Como lo son los jóvenes que llenan estos días Cracovia, portadores de un amor desarmado pero invencible. Para vencer al nihilismo de los asesinos, Europa tiene que volver a ellos su mirada.

El heroísmo indefenso del P. Jacques

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La sangre de Jacques

Fernando de Haro

A Jacques lo han matado un día después de la fiesta del otro Jacques, del primero, de Santiago el Mayor. Como a Santiago, a Jacques Hamel lo han pasado a cuchillo. Lo han hecho en la iglesia del primero de los mártires, en la iglesia de St. Étienne, de San Esteban. Cuando a todos nos parecía que lo de los mártires era cosa del pasado se vuelve a derramar la sangre de los que confiesan la fe en suelo europeo. Ha muerto a los 86 años por una sola razón, por ser cristiano, por estar celebrando misa, por hacer memoria de la sangre derramada. Cuando la vida parecía cumplida, cuando ya parecía todo entregado, que sesenta años de párroco no son nada y lo son todo.

Atónitos y desconcertados volvemos a ver mártires en suelo europeo. El Viejo Continente deja de ser la tierra en la que los cristianos están a salvo. La Gran Persecución, la que deja al año 100.000 bautizados muertos, llega hasta nosotros. Jacques ha muerto como mueren los indios víctimas del hinduismo violento, como mueren muchos jóvenes en el norte de Nigeria cuando les exigen elegir entre su fe y la vida, como mueren en las ciudades y en los pueblos de Siria, de Iraq, de Egipto, como mueren en Pakistán. La hermandad de la sangre, la memoria de la sangre. Ahora nos toca a nosotros.

Un día tras otro de este apocalíptico verano nos hemos negado a reconocer que el islamismo nihilista había puesto a Europa entre sus objetivos. Ahora ya es imposible negarlo. La sangre de Jacques, como la de los muertos de Niza, de Bruselas, de París y la de muchos otros muertos clama contra los poderosos que engendraron al monstruo. Porque sin el dinero de Arabia Saudí y de Qatar no habría habido Daesh. Porque sin ciertos clérigos salafistas y wahabitas no habría esta violencia. Porque sin nuestros errores y nuestra ignorancia arrogante en Iraq y Siria no hubiéramos llegado hasta aquí. Porque sin las armas que los europeos les hemos vendido no les hubiéramos hecho grandes.

Es la hora de que el islam sea más contundente y más claro en la condena. Es la hora en la que necesitamos que los dos Jacques, el primero y el último, intercedan por nosotros para aprender cómo se entrega la vida sin odio, perdonando. Para hacerlo como lo hacen los nigerianos, los sirios, los indios, los pakistaníes y el inmenso coro de mártires de este siglo XXI. Jacques, ruega por nosotros.

La sangre de Jacques

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Je suis le père Jacques Hamel

Jean Duchesne

Lo que ha sucedido en Saint-Étienne du Rouvray no puede suscitar más que horror y también cólera ante tanto odio tan cobardemente cruel y estúpidamente suicida. Después de muchos atentados terroristas, en Francia pero también en Alemania, parece que en este caso los locos enfurecidos no han matado totalmente a ciegas.

Hasta ahora (excluyendo un intento afortunadamente fallido contra una iglesia en Ivry, una banlieue parisina), los fanáticos la habían tomado contra una cierta idea lisonjera que nuestros conciudadanos tienen de sí mismos: la insolencia iconoclasta de Charlie Hebdo, el culto pagano al deporte en el Estadio de Francia, la alegre ligereza del Bataclán y las terrazas de los cafés del distrito XI «radical chic» de París, los fuegos artificiales del 14 de julio en Niza, celebración de una Revolución que promovió ideales pero también produjo realidades menos nobles…

Hoy el caso es completamente distinto. El objeto de la venganza no es Occidente en general ni su prosperidad complaciente y egoísta, que puede parecer un insulto a los pobres del resto del mundo. Es su raíz, su fuente viva aunque tantas veces olvidada, el cristianismo, en uno de los lugares donde, de manera discreta pero invencible, se actualiza de la forma más explícita e intensa: la celebración de la Misa.

La cuestión que se plantea ahora es saber en qué medida los franceses (y los demás) se identifican con las víctimas: un sacerdote anciano, salvajemente degollado, y un puñado de fieles, entre ellos algunas monjas. ¿Osarán reconocerse en ellos y decir “Yo soy el padre Jacques Hamel”, como tanto se gritó y repitió “Je suis Charlie”? ¿O se contentarán con decir que nunca está bien matar a nadie, llegando incluso (a veces) a defender la libertad de conciencia y de culto? Tal vez algo ya se ha movido cuando en las redes sociales se hizo viral, después del camión asesino en el Paseo de los Ingleses, no cualquier otra auto-justificación, sino la de “Pray for Nice” – “Recemos por los inocentes de Niza”, porque el problema no es político ni cultural, sino sobre todo espiritual.

Los cristianos, por su parte, no pueden más que estar conmocionados e indignados, como cualquier ser humano civilizado y digno de este nombre. Pero si tienen que estar aún más conmocionados que los demás no es porque tienen derecho a pensar que sus asambleas eucarísticas ahora están en el punto de mira de estos frustrados presa de pulsiones homicidas desatadas por una propaganda delirante, sino porque se encuentran de nuevo enfrentados, como nadie podía desear ni prever, al misterio del mal en su brutalidad más cruda, ante este enigma insoportable por el cual el amor no es amado, como reveló la Cruz donde se dejó clavar su Señor.

Por tanto, seguiremos yendo a Misa, sean cuales sean nuestros miedos, para recibir al amor que vence al odio y no lo devuelve. Precisamente porque queremos amar a los que se creen nuestros enemigos, las puertas de nuestras iglesias permanecen abiertas.

Je suis le père Jacques Hamel

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Cuando el mal parece vencer

José Luis Restán

Este fin de semana he tenido la oportunidad de participar en varios coloquios con el abad general de la Orden Cisterciense, P. Mauro Giuseppe Lepori, que ha pasado unos días en España. En un momento dado le pregunté sobre el temor que nos causan acontecimientos como el terrible atentado de Niza, o la desazón de ver que la Iglesia pierde vigor en Europa (esa Europa que creció al calor de los monasterios benedictinos). Le confesé que algunas mañanas, tras la obligada lectura del periódico, me invade un malestar de la razón y un miedo ante el futuro, como si la tentación de la desesperanza acechara también entre quienes vivimos, aunque sea torpemente, de la fe. Me parecía pertinente preguntar al superior de una de las órdenes monásticas más importantes sobre la esperanza, la “pequeña esperanza” que diría Péguy, la más “difícil” de las virtudes, que para caminar necesita ir sostenida por sus hermanas mayores, la fe y la caridad. Así que le pregunté cómo vive él este desafío, también cuando mira las estadísticas de su Orden en la vieja Europa, o cuando se despierta bajo el mazazo de una noticia como la que nos llegó de Niza la pasada semana, y uno siente, por un momento, que el mal vence.

El P. Lepori comenzó recordando que cuando San Benito murió no podía tener idea de lo que el movimiento benedictino sería más tarde para Europa. En ese sentido, él no tuvo lo que podríamos llamar un “proyecto europeo”. De hecho, los pocos monasterios que estaban en pie cuando murió desparecieron casi todos. Así que su esperanza nunca pudo radicar en el esplendor de su obra. La esperanza cristiana no se apoya en el análisis de los hechos que tenemos delante, que en todo caso, afirmo yo, tendremos necesariamente que hacer. Por ejemplo, una proclama como la realizada por el presidente Hollande tras el horror de Niza, afirmando que el Estado no será vencido por el terror, no es la expresión de la virtud de la esperanza, es un voluntarismo, o todo lo más un cálculo de probabilidades y una expresión de buenas intenciones para mitigar el miedo.

Nuestra esperanza radica en que Cristo ya ha vencido y ha redimido al mundo. No sabemos cómo se desarrollará la historia, no podemos saber en qué forma y en qué tiempos Cristo tomará posesión de todo. Pero a través del testimonio de la resurrección que llega hasta el presente, a través de Su presencia actual en medio de su Iglesia, a través del cambio que realiza en aquellos que le acogen y le siguen, sí podemos tener experiencia concreta de que Él vence. Vence incluso dentro de circunstancias que resultan trágicas, como muchas de las que marcan esta hora de la historia. Eso es lo que nos permite atravesar la apariencia de que el mal vence y tiene la última palabra.

El abad Lepori dijo que nuestra gran tarea es ofrecer hoy al mundo lo que denominó “la caridad de la esperanza”, el testimonio de esta victoria misteriosa pero real de Cristo, que atraviesa todas las apariencias y que permite seguir presentes en medio de nuestro mundo tal como es. San Benito y sus monjes fueron ante todo testigos de la misericordia de Dios que es la verdadera novedad, el auténtico límite impuesto al mal (que también en su tiempo resultaba obsceno y prepotente), el principio de una construcción que se levanta una y otra vez, como tantas veces hemos visto en la dramática historia europea.

Tras escucharle me vinieron a la mente estas palabras de Joseph Ratzinger en una de sus homilías de Pentling: “No nos corresponde aclarar cómo terminará la historia… es estrictamente cierto que desde la pequeña y parcial perspectiva de nuestra vida, no podemos ver y comprender todo. La tarea que nos ha dado el Señor es otra: ¡no elucubrar, sino vivir! Vivir en la confianza, que quiere decir conducir nuestra vida delante de Él y, hasta donde sea posible, ayudar a los otros a conducir la suya, del mismo modo que ellos nos ayudan a llevar la nuestra”.

Cuando el mal parece vencer

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Oriente Medio, el trabajo que falta

José Luis Restán

En un reciente coloquio sobre la situación de los cristianos en Oriente Medio, el Nuncio apostólico en Bagdad, Alberto Ortega, comentaba el shock que provocan en muchos musulmanes sencillos las terribles matanzas cometidas invocando el nombre de Alá y la enseñanza del Corán. Personas que trabajan y cuidan a sus familias, que rezan y ayudan a los necesitados, que se sienten parte de una comunidad y herederas de una sabiduría de siglos, se encuentran de pronto con la aberración de que algunos invocan la religión a la que ellos pertenecen para justificar la inhumanidad más absoluta. Pero es preciso ir al fondo de esa conmoción y extraer consecuencias.

Los últimos días han sido terribles en la región, como si la furia asesina ya experimentada tantas veces hubiese desbordado cualquier pesadilla. Primero el atentado en el aeropuerto de Estambul, después el asesinato a sangre fría de rehenes en un restaurante de Dacca, y por último el aquelarre sangriento en un barrio chií de Bagdad, que ha provocado doscientos muertos entre una población que había salido a la calle para festejar el final del Ramadán. Hay algo demoníaco en esta orgía sangrienta, como ha dejado ver el Patriarca de los caldeos, Louis Raphael Sako, que acudió al lugar de los hechos para rezar y consolar a las familias. Es la pretensión de dominar el mundo mediante la eliminación de cualquier obstáculo, el odio convertido en palanca de un delirante proceso histórico.

Mar Sako, que ha prodigado todo tipo de gestos de cercanía y solidaridad práctica con los musulmanes de Irak, no ha dejado de advertir que este cáncer amenaza desde dentro al propio islam, y requiere por tanto un combate mucho más decidido, compacto y tajante. La intervención del patriarca caldeo ha sido, como siempre, concreta y aguda, señalando la necesidad de una condena sin fisuras del uso de la violencia, que no puede quedar restringida al momento de shock provocado por los atentados. La condena de la violencia requiere una traducción educativa sostenida en el tiempo y apoyada en medidas concretas. Es necesaria una relectura auténticamente religiosa de la tradición musulmana, una nueva forma de educación, reclamada insistentemente en Egipto por el presidente Al Sisi; una apertura a la experiencia de ciudadanía, que implica mucho más que la mera tolerancia, implica cancelar definitivamente el sectarismo y emprender la cooperación con los miembros de otras comunidades. Sako ha hablado de construir un verdadero “Estado laico” que custodie el mosaico cultural y religioso de Irak. Y no hay otro camino, aunque sea largo y fatigoso.

La sensación que uno tiene es que el coro de las meras condenas resulta ya estéril y cansino, lo cual explica en este caso la ira de la población contra unas estructuras institucionales que no terminan de poner el dedo en la llaga. Estos días terribles de sangre y de fuego han tenido su momentáneo epílogo con varios atentados en Arabia Saudí, junto al corazón mismo del islam sunní, lo que demuestra que el monstruo no acepta territorios protegidos. El complejo mundo saudí sabe mucho de la génesis de esta monstruosidad que se llama Daesh y que ahora también le golpea. Y desde Teherán ha llegado una extraña invitación a cerrar filas, sunníes y chiíes contra un terror sin fronteras que ha desbordado ya todas las líneas imaginables. No es mala pista, siempre que exista verdadera voluntad de afrontar la raíz de este mal. Porque una cosa está clara, nuestro mundo no está haciendo lo suficiente, no está acertando con la tecla para afrontar este terrible mal.

Quizás nos vendría bien a todos (países occidentales y árabes, musulmanes y laicos secularizados, intelectuales, periodistas y autoridades religiosas, incluso militares y agentes de inteligencia) refrescar aquella vieja lección de Benedicto XVI en Ratisbona. Tanta sangre inocente reclama algo más que agitación y condenas formales. Frente a un gran mal, también las palabras tienen que recobrar su peso y su filo.

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Santo Padre, siga adelante por esa vía

José Luis Restán

Ayer se cumplían 65 años de la ordenación sacerdotal de Joseph Ratzinger y con ese motivo se celebró en el Vaticano una sencilla fiesta de familia en la que el abrazo entre Benedicto y Francisco se convirtió en mensaje elocuente para la Iglesia y para el mundo. Para la ocasión se ha publicado en cinco lenguas (en español la edición corresponde a la BAC) un libro que recoge una selección de los escritos de Joseph Ratzinger sobre el sacerdocio.

En el Prefacio de este libro, titulado “Enseñar y aprender el amor de Dios”, Francisco escribe que su predecesor encarna ejemplarmente el corazón de toda acción sacerdotal: “encarna esa constante relación con el Señor Jesús sin la cual nada es ya verdadero, todo se convierte en rutina, los sacerdotes en asalariados, los obispos en burócratas y la Iglesia deja de ser la Iglesia de Cristo y se convierte en un producto nuestro, en una ONG”. Ayer, con su presencia, el Papa quiso rendir homenaje sobre todo al creyente, al hombre que con toda su vida ha querido comunicar una sola cosa: que amar a Dios y creer en Él es lo único que nos permite mirar hacia el futuro sin miedo ni nostalgia. Era el reconocimiento de toda la Iglesia al testigo que ha compuesto su inmensa sinfonía teológica “de rodillas”.

Esta celebración nos ha permitido escuchar de nuevo la voz de Benedicto tras su retiro. Una voz debilitada por el peso de los años, pero con ese registro de dulzura tan suyo. Y como siempre, su palabra ha sido aguda y precisa, reconociendo que la vida entera consiste en la gratitud fundamental al Señor, y que unidos a su amor (manifestado efectivamente en la cruz) podemos ayudar a transformar el mundo para que sea “un mundo no de muerte, sino de vida, un mundo en que el amor ha vencido a la muerte”. Pero además Benedicto ha aprovechado esta preciosa ocasión para mostrar su amistad de corazón y concordancia sustancial con el pontificado de Francisco, al que deseó que “pueda seguir adelante con todos nosotros por este camino de la Misericordia Divina, mostrando el camino de Jesús, a Jesús, a Dios”.

Cuando regresaba de su reciente viaje a Armenia, el Papa Francisco se refirió a su predecesor como “el hombre que me cuida las espaldas y los hombros con su oración”. Por su parte Benedicto, al agradecer ayer a Francisco su bondad hacia él, dijo que esa bondad “es el lugar donde habito, en el que me siento protegido”. El que tenga oídos, que oiga.

Santo Padre, siga adelante por esa vía

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>Nota editorial

La misericordia como prioridad

P. D.

La libertad religiosa y la libertad de la Iglesia son fundamentos esenciales de nuestro ordenamiento constitucional. Son por eso muy preocupantes los últimos ataques a los sentimientos de los católicos que se han producido en nuestro país. Son expresión de una severa falta de calidad de nuestra vida democrática.

Sin renunciar a todos los instrumentos jurídicos y políticos necesarios para que la libertad religiosa sea efectivamente tutelada, nos parece que la mejor forma de hacer efectiva esa libertad es ejercerla. Y que el contenido esencial de su ejercicio, en este momento, es la misericordia. Nuestra experiencia es que la misericordia, con origen en lo que tradicionalmente se denomina el ámbito religioso, tiene decisivas consecuencias políticas e históricas. Esta convicción se ha visto reforzada por una particular interpretación, no ciertamente la única, del pontificado del papa Francisco. El actual pontífice -en clara continuidad con Juan Pablo II y BenedictoXVI-, convencido de que el hombre de hoy está marcado por profundas heridas y por el peso de errores que ni siquiera se atreve a reconocer, propone la misericordia como don y tarea para un mundo que se encuentra en una encrucijada histórica. La misericordia no es buenismo, no significa renunciar a las libertades propias de un Estado de Derecho. Pero sí es un criterio y un principio que orienta el modo de ejercerlas. Hacer experiencia de la misericordia y dar testimonio de ella cualifica. Hay diferentes modos legítimos de ejercer la libertad religiosa en un sistema plural. Encontrar la forma más conveniente de hacerlo, la más inteligente y la más conveniente a los propios fines es sin duda un reto apasionante. Un reto no suficientemente afrontado.

>Nota editorial

La misericordia como prioridad

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No queremos contiendas, sino defender la verdad

José Luis Restán

En Filipinas, un país que debería resultar especialmente cercano a los españoles, la Iglesia afronta un momento crucial marcado por al ascenso a la presidencia de un político populista de modales autoritarios, Rodrigo Duterte, que desde el primer momento ha buscado la confrontación con la Iglesia católica sin ahorrar insultos ni comentarios picantes. La paradoja radica en que una población que se volcó intensa y fervorosamente en la visita del Papa Francisco (como lo hizo anteriormente con San Juan Pablo II, que visitó dos veces el archipiélago), apenas un año después ha elegido para la más alta magistratura a un político provocador y pendenciero que no conoce el decoro institucional, cuya vitola radica en el éxito conseguido en la lucha contra la criminalidad durante su etapa como alcalde de Davao, en el violento sur del país. De hecho Duterte propone combatir la inseguridad incluso al precio de conculcar derechos humanos fundamentales, y ha postulado con fuerza la reinstauración de la pena de muerte. Su perfil de outsider y su lenguaje desenvuelto parecen haber convencido a los votantes.

Recordemos que Filipinas es el único país mayoritariamente católico en Extremo Oriente, en el que la religiosidad popular es un factor clave en la vida de la nación. La Iglesia ha defendido siempre las libertades y los derechos humanos, desde la época en que el cardenal Jaime Sin se convirtió en verdadero “defensor civitatis” frente a la dictadura de Ferdinand Marcos. Desde entonces los obispos filipinos han mantenido un perfil alto de intervención pública para denunciar la pobreza y la corrupción, y para defender los grandes valores de la Tradición cristiana que están en la base de la identidad del país. Esto lo han hecho frente a todo tipo de presidentes, algunos de ellos surgidos de las propias filas de un catolicismo social muy vivo, como fue el caso de Corazón Aquino.

Quizás forme parte de su atavío populista, el caso es que Duterte la ha emprendido con los obispos nada más fajarse la banda presidencial, sin intentar previamente un espacio de diálogo con una de las fuerzas constructivas reales de la nación. En estos meses los obispos han demostrado algo más que prudencia, evitando entrar al trapo de las provocaciones e incluso de los insultos. El cardenal de Manila, Luis Antonio Tagle, ordenó a todas las comunidades de su diócesis una novena especial de oración por los nuevos gobernantes y advirtió frente a tentaciones mesiánicas, ya que ningún gobierno “puede presumir de ser capaz de solucionar todo”. Por su parte el presidente de la Conferencia Episcopal, Sócrates Villegas, pidió a los políticos recién elegidos que no viesen a la Iglesia como un contrincante, y les ofreció su colaboración por el bien del país. En vano se han esperado signos de conciliación por parte de un presidente que quizás prevé, ya veremos sin con sagacidad o miopía, que al desafiar a la Iglesia genera un enfrentamiento del que puede sacar beneficio. En cualquier caso el precio será muy alto en términos de fractura social, un pantano en que se mueve muy a gusto.

Durante su Asamblea Plenaria, que acaba de celebrarse, los obispos filipinos han dejado claro que la Iglesia no busca nunca la confrontación con la autoridad legítima; no se trata de vencer en una contienda, se trata de continuar anunciando, pase lo que pase, lo que es justo y lo que es equivocado, se trata de defender siempre a los débiles, se trata en definitiva de mantenerse firmes en la fe. Pero como ha dicho Mons. Villegas, “este periodo puede ser útil, puede ser un momento de purificación que nos haga volver a nuestros orígenes, que nos haga entender la necesidad de permanecer firmes en el Señor y de volver a lo esencial, porque podremos ser puestos a prueba”. Y es que el único poder verdadero de la Iglesia consiste en la verdad que anuncia y en el amor que ofrece. Quizás la estúpida aversión de la nueva presidencia permita verificar que esto es radicalmente cierto.

No queremos contiendas, sino defender la verdad

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Prioridad en esta encrucijada histórica

José Luis Restán

Hace días el presidente de la CEE, cardenal Ricardo Blázquez, señalaba que España se adentra en un momento crucial de su historia, y advertía del riesgo de quebrar las coordenadas socio-culturales de nuestra convivencia. La libertad religiosa está en el centro de ese riesgo, aunque haya estado paradójicamente ausente del debate entre los cuatro candidatos a la presidencia del Gobierno. Y aunque durante un largo año hemos contemplado una amplia distribución geográfica del problema, en los últimos meses Valencia se ha convertido en el epicentro.

La gota que ha colmado el vaso ha sido la profanación de sendas imágenes de Nuestra Señora de los Desamparados y de la Virgen de Montserrat, llevada a cabo por la asociación Endavant para promover la marcha del orgullo gay. Pero como ha señalado una Nota de la Secretaría de la Conferencia Episcopal, se trata de “un episodio más de una espiral que atenta contra el legítimo ejercicio de la libertad religiosa y la libre predicación del Evangelio en una sociedad plural”. Es preciso destacar que durante el desarrollo de la mencionada espiral, los distintos estamentos eclesiales han observado una sobria contención de gestos y palabras, evitando entrar en dialécticas estériles pero aportando razones bien ponderadas al debate público. Ahí se insertan, por ejemplo, varias declaraciones de los obispos de Galicia sobre la laicidad, o las intervenciones de los arzobispos de Madrid y Barcelona recordando que la libertad religiosa es el centro de nuestro sistema de convivencia.

La serenidad y la racionalidad siempre deben ser una seña de identidad de una presencia cristiana, lo cual no está reñido con que esa presencia se haga visible en la calle y esté marcada por una especial intensidad afectiva, como sucederá esta tarde en la Plaza de la Virgen de los Desamparados de Valencia. El cardenal Antonio Cañizares ha explicado que este acto de desagravio “es un gesto necesario en una situación en la que no se respeta la libertad religiosa garantizada por la Constitución”. Será un gesto popular, expresivo y orante, marcado por la impronta de la dimensión mariana de nuestra fe, realizado en la calle y en el templo. La situación es seria, y junto al deseo que debe animar siempre al encuentro y al diálogo con todos, a la paciencia necesaria para escuchar las razones de los demás y ofrecer las propias, un gesto público de esta naturaleza tiene también un valor de testimonio necesario en una sociedad de la imagen y de la comunicación global.

En este momento es más necesario que nunca usar la brújula que nos dejó orientada Benedicto XVI en su visita a Santiago de Compostela, al hacer memoria de nuestra atormentada historia de choques entre la tradición católica y el pensamiento laico, y augurar que España sea un laboratorio europeo para el diálogo y el reencuentro entre una fe amiga de la razón y una laicidad despojada de prejuicios antirreligiosos. Sería injusto decir que aquella saludable invitación ha caído en saco roto, porque ha existido un esfuerzo real por parte de muchas realidades de la Iglesia y también por parte de intelectuales señeros del mundo laico.

Pero los sucesos que nos ocupan demuestran cuánto camino falta por andar, y también el potencial destructivo de algunos aprendices de brujo que han llegado al poder municipal y autonómico hace justamente un año. Algunos están jugando con fuego. Y por eso es urgente fomentar una auténtica amistad cívica, una construcción común y una recíproca aceptación de las legítimas diferencias. En eso debemos estar, como católicos y como ciudadanos, sin olvidar que la protección del derecho a la libertad religiosa (que es siempre libertad de todos y para todos) debe ser una prioridad social y política en esta encrucijada histórica.

Prioridad en esta encrucijada histórica

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Cristianos en una Europa sin certezas

José Luis Restán

El diálogo sobre la forma en que la fe debe hacerse presente en un mundo crecientemente alejado de la experiencia cristiana no ha hecho más que empezar. De eso dan cuenta, afortunadamente, numerosos artículos publicados en Páginas. Como ha dicho el Papa Francisco, nadie tiene “la fórmula”, y con toda seguridad existen caminos diversos y complementarios, como ya ha sucedido a lo largo de la historia. En todo caso, como explicaba recientemente el cardenal Scola en una entrevista, “la fe tiene implicaciones antropológicas, sociales, ecológicas, que en una sociedad plural entran en relación con otras visiones del mundo. Los cristianos están llamados a llevar su testimonio público utilizando también las formas jurídicas, económicas, culturales y sociales de que dispone, con el coraje de confrontarse mediante una narración continua con los demás sujetos que habitan en esta sociedad, en vista de un reconocimiento mutuo”. Puede que los llamados “valores cristianos” no sean ya reconocidos mayoritariamente por una mayoría de la sociedad europea, pero eso no nos dispensa de esa “narración continua” de la que habla Scola, usando las formas jurídicas, culturales y políticas a nuestro alcance.

Quisiera afrontar ahora un punto delicado del debate. La revelación de Cristo aclara el fondo de la realidad en todos sus aspectos, abre la razón y educa la mirada para reconocer la verdad de un modo más completo. Por eso la Iglesia ha sostenido siempre, aunque hoy parezca una provocación, que el hombre que conoce a Cristo está en las mejores condiciones para comprender la realidad y adherirse a ella en su verdad. Éste es un desafío que estamos llamados a verificar frente al mundo en esta hora histórica.

Ahora bien, toda la Tradición cristiana sostiene que el corazón del hombre está hecho para reconocer la verdad. Las verdades que propone el cristianismo no vienen de la estratosfera, corresponden al corazón del hombre, si bien éste puede experimentar todo tipo de dificultades (personales, históricas, culturales…) para reconocerlas. Por eso, entre las verdades que la fe aclara y sostiene, y los hombres de esta época en que han caído tantas certezas compartidas, no existe una sima insalvable. Y también la experiencia nos lo muestra cada día. Eso es lo que permitió la inmediata conexión y amistad (no exenta de dramatismo y dureza) entre el cristianismo y la filosofía griega (en la medida en que ésta buscaba precisamente la verdad). Eso es lo que explica la sintonía impactante de Don Luigi Giussani con personajes como Leopardi o Pavese, y eso es lo que me hace vibrar a mí cuando leo a un escritor agnóstico como Vasili Grosman, y reconozco en él la verdad de lo humano explicada como poca gente sabe hacerlo. Y eso también es lo que sucedió durante el pontificado de Benedicto XVI, cuando tantos hombres y mujeres que no tienen fe, reconocieron en su juicio ético-cultural una verdad entusiasmante y necesaria para vivir.

Cristianos en una Europa sin certezas

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Arriba y abajo, la ironía de la evangelización

José Luis Restán

La abadía de Echternach, en Luxemburgo, fundada en el lejanísimo año 698 por San Willibrord, contempla cada año una nutrida procesión que discurre durante más de tres horas portando las reliquias de este gran misionero del que apenas sabemos algo por estos pagos. Pero no es mi intención ofrecer una lección de historia, aunque la historia cuenta, y pesa. Este año han participado diez mil personas, lo que indica que debemos matizar bien las referencias gruesas (por otro lado indudablemente verdaderas) a una Europa secularizada. A los fieles luxemburgueses se unieron otros muchos llegados de las regiones del sur de Holanda, de Lorena y del Palatinado.

Este año me parece destacable la homilía pronunciada por el cardenal Wim Eijk, arzobispo de Utrecht, que presidió la celebración. Eijk es una figura notable del nuevo catolicismo que despunta en Holanda, sin duda minoritario pero también creativo, realista y al tiempo audaz, con notable espesor cultural y de vuelta ya de muchas martingalas de decenios pasados. Su homilía partió de un texto de la Carta a los Hebreos que recomienda a los fieles de la primera comunidad: “acordaos de vuestros guías, que os anunciaron la Palabra de Dios; fijaos en el desenlace de su vidas e imitad su fe”. Y a continuación les advierte de que no se dejen arrastrar “por doctrinas complicadas y extrañas”. El cardenal no se anduvo por las ramas al afirmar a los participantes en la procesión que estas recomendaciones bien pueden aplicarse a nuestros días en el corazón de Europa, que ha visto un rápido declinar de la fe.

Uno de esos guías a los que recordar en tiempos de apremio es precisamente San Willibrord, un monje nacido en el norte de Inglaterra que evangelizó el territorio de los actuales Países Bajos a finales del siglo VII, siendo confirmado en su labor por el papa Sergio I. Pero según Eijk, su impulso no nació de un plan de evangelización ni buscó la creación de grandes estructuras, sencillamente pretendía seguir la vida de Jesús y de sus primeros apóstoles. Por eso aceptaba no tener un lugar donde reposar su cabeza, y asumía el rechazo, la incomprensión y la violencia que se volvían contra su anuncio siempre pacífico y lleno de alegría.

Es cierto, como explica el cardenal, que Willibrord y sus compañeros también pusieron en marcha obras e instituciones, y además buscó el apoyo del rey de los francos. Pero muchas de ellas fueron destruidas repetidamente. El “éxito” de su apostolado podría resumirse como “tres pasos adelante y dos hacia atrás”. En realidad así es siempre la evangelización, no faltan los frutos pero tampoco momentos de serio retroceso. Y mirando a sus tierras, Eijk sabe de lo que está hablando. Pero esa libertad respecto del éxito, de los planes y de las estructuras, daba a la presencia de Willibrord un innegable atractivo, una frescura de la fe que llamaba a otros a seguirle y a multiplicar su obra.

“¿Acaso podemos no ver en todo esto una comparación con lo que ha sucedido tantas veces?”, se ha preguntado el arzobispo de Utrecht. “Tristemente hay que reconocer que la Iglesia, una vez más, ha bajado varios escalones en los últimos 50 años”. Por eso es más necesario que nunca el apremio: recordad a vuestros guías, a los que os anunciaron por primera vez la palabra de la salvación.

Lejos de cualquier nostalgia o arqueologismo, el cardenal aclara que no podemos seguir literalmente (mecánicamente) los pasos de San Willibrord, pero sí podemos aprender de él la dinámica de su fe, aprender a realizar la misión con estructuras mucho menos poderosas e influyentes que hace medio siglo (recordemos aquí que Eijk ha tenido que cerrar, dolorosamente, varias parroquias en su diócesis). También nosotros, como aquellos monjes llegados de la norteña Escocia, somos invitados a “estar en la carretera con Jesús”, sin protecciones, haciendo frente a muchas formas de oposición, sostenidos únicamente por la verdad y la belleza de una fe experimentada personalmente. La homilía concluyó con una mirada al futuro, con un punto de ironía esperanzada: “no soy profeta, pero puedo aseguraros que la actual cultura secular no durará para siempre, y también será reemplazada por una nueva cultura… y entonces quizás podamos subir unos cuantos escalones otra vez”.

Arriba y abajo, la ironía de la evangelización

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La hija mayor en la encrucijada

José Luis Restán

El Papa Francisco se ha permitido dirigir “una modesta crítica” a la Francia cuya seña de identidad es la “laicité”, pero a la que no por ello Francisco deja de considerar como “la hija mayor de la Iglesia”. Ha sido durante una entrevista concedida al diario La Croix, una cabecera histórica de la prensa católica europea. Tras reconocer los valores de la laicidad, el Papa ha señalado que Francia tiende todavía hoy a considerar a las religiones como sub-culturas, en lugar de reconocerlas como “culturas a título pleno, con todos sus derechos”. Este enfoque es una herencia de la Ilustración, pero Francisco entiende, y ese ha sido su mensaje, que ha llegado la hora de que Francia dé un paso adelante y acepte “que la apertura a la trascendencia es un derecho para todos”.

Antes de proponer su crítica en un tono más que cordial, Francisco había afirmado rotundamente que “los Estados deben ser seculares, los Estados confesionales acaban mal, van contra la historia”. Su propuesta para avanzar sería un marco de laicidad acompañado por una sólida ley que garantice la libertad religiosa, de modo que las personas sean “libres de profesar su fe en el corazón de sus propias culturas, y no en sus márgenes”. Esta reflexión, aunque dirigida a Francia con acentos bastante sabrosos, tiene una valencia europea y una aplicación directa a la situación cultural que despunta en España.

Los periodistas han planteado también al Papa la forma en que los católicos deben hacerse presentes en un contexto cultural crecientemente alejado de la tradición cristiana, y especialmente el modo de afrontar las legislaciones que consideran injustas y contrarias a valores y derechos fundamentales. Francisco ha señalado que el Parlamento es el ámbito propio para aprobar las leyes tras su debate y argumentación, y a continuación ha reivindicado la necesidad de que el Estado respete la conciencia de los ciudadanos. “El derecho a la objeción de conciencia debe ser reconocido dentro de la estructura jurídica, porque es un derecho humano, también para los funcionarios públicos”. Además, indicó que el Estado debe tomar en consideración las críticas frente a las leyes aprobadas, también cuando provienen de los católicos, observando que “esa sería una verdadera forma de laicidad”.

Francisco retomó implícitamente la cuestión de las religiones consideradas como subculturas al ironizar sobre la tendencia a despreciar los argumentos propuestos por los católicos en el debate público, porque supuestamente ellos hablan “como si fuesen curas”. Con este argumento patético se descarta, de hecho, un sólido pensamiento que en Francia se ha desarrollado notablemente, y ha contribuido durante siglos a configurar la vida de la nación. Y de esta manera se empobrece notablemente la conversación nacional, que debe afrontar asuntos cruciales como la acogida e integración de los inmigrantes, la cohesión social, el empleo de los jóvenes y una educación capaz de transmitir una hipótesis de significado.

El Papa ha bromeado con los periodistas de La Croix al decir que Francia “es la hija mayor… pero no siempre la más fiel”. De hecho su historia está cuajada de grandes santos y profundos pensadores, pero también es el país en que se acuñó el término “país de misión”, hace ya más de cincuenta años. Con todos sus matices propios, Francia representa la trayectoria de la vieja Europa, con una fecunda tradición cristiana llena de creatividad, pero también con una insana tendencia actual a marginarla del tejido de la ciudad común. Por eso Europa es también, con toda propiedad, “una periferia que evangelizar”. Quizás esta entrevista, mucho más amplia de lo reflejado en este artículo, sea el preámbulo de lo que Francisco pueda decir próximamente en París, ya que el presidente Hollande ha confirmado su invitación para una visita que por su trascendencia esperamos todos, no sólo los franceses.

La hija mayor en la encrucijada

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>Entrevista al cardenal Angelo Scola, arzobispo de Milán

'Más que los derechos, importa la libertad'

Martino Cervo

“Existe un pueblo vivo, un núcleo”. Algo duro de roer, parece decir Angelo Scola. Está hablando de la Brianza, enclave italiano que el cardenal ha recorrido en una serie capilar de visitas pastorales por toda la zona. El arzobispo de Milán observa con asombro la confirmación de una “participación activa, no formal” de la gente en estos encuentros, signo tangible no de un clericalismo sino de una “pregunta por el sentido” que late y se afianza en hombres y mujeres.

Eminencia, ha dicho usted que para el cristiano “la misión no es estrategia”, ¿qué significa?

Que la misión es testimonio. Lo vemos leyendo el Evangelio. Para cumplir la misión que le confía el Padre, Jesús no elabora estrategias sino que propone con su autoridad una vida, un tipo de relación plenamente humana, cuya fuente está en su relación con el Padre, que los suyos serán luego llamados a comunicar por todo el mundo. Él implica a todos, empezando por los apóstoles, en una creciente, concretísima familiaridad con su persona. No hay nada estratégico, ni para los individuos ni para las comunidades cristianas, ni siquiera cuando surgen las primeras exigencias “institucionales”, como describe el célebre pasaje de los Hechos que nos habla de la primera comunidad de Jerusalén. Reunirse para vivir la cena eucarística y para escuchar la enseñanza de los apóstoles, así como la tensión a vivir la comunión, son todos elementos concretos muy arraigados en lo cotidiano para comunicar, de manera libre y espontánea, un tipo de vida. Porque cada uno de nosotros comunica lo que es. Pero el testimonio no se puede reducir al buen ejemplo: es una forma de conocer adecuadamente la realidad, es decir, de comunicar la verdad. Esta es la verdadera razón de ser del cristianismo, es la modalidad con que el cristianismo intenta hablar a todos los hombres. El cristianismo, si es fiel a su naturaleza, nunca tiene miras hegemónicas. Estas, en cambio, se desarrollan fácilmente en el terreno de la ideología o de la utopía. En ciertos momentos, la Iglesia también ha sido víctima de ello, pero en su esencia el cristianismo incide en la historia cuando permanece en esta posición testimonial. El resultado de la obra que el Padre confía a sus hijos, a partir de la Cruz de Jesús, nunca está en sus manos.

Esta definición de misión, ¿no lleva a una especie de retirada, a una concepción privada de la fe?

En absoluto, porque el cristianismo –como afirmó en una ocasión el cardenal Ratzinger– por el mero hecho de decirle al hombre quién es y cómo vivir ya genera cultura. Juan Pablo II observó que “una fe que no se hace cultura no es madura, y sobre todo no se comunica”. El testimonio expresa la modalidad con que esta fe se hace cultura. No para conquistar un poder sino para comunicar un atractivo encontrado como sentido de la vida y que no se puede mantener por sí mismo. Todos hablan de principios, de valores, pero estos se quedan en el papel. Yo prefiero decir que la fe tiene implicaciones antropológicas, sociales, ecológicas, que en una sociedad plural entran en relación con otras visiones del mundo. Los cristianos están llamados a llevar su testimonio público utilizando también las formas jurídicas, económicas, culturales y sociales de que dispone, con el coraje de confrontarse mediante una narración continua con los demás sujetos que habitan en esta sociedad, en vista de un reconocimiento mutuo. Si yo estoy convencido de que una sociedad es sana cuando se fundamenta sobre una familia como unión estable y abierta a la vida entre un hombre y una mujer, tengo el deber de proponer esta visión, más aún en una sociedad plural. Si no la propongo, le quito algo a esta sociedad. No me gusta el lenguaje de la militancia, lo considero totalmente superado en nuestra sociedad. Desde este punto de vista, me parece que la posición del Papa Francisco resulta muy eficaz.

¿Qué ha visto en la Brianza durante estas semanas de visitas pastorales?

Un núcleo de pueblo aún muy sólido, que vive un sensus fidei elemental, originario y poderoso, del que aprendo mucho. Pero, como decía el beato Pablo VI, esta fe al salir de la iglesia y entrar en la vida cotidiana no siempre consigue asumir la “mentalidad y los sentimientos” de Cristo. Recuperando una famosa imagen suya, debemos colmar el foso que separa la fe y la vida, para pasar de la fe por convención a la fe por convicción, para poder decir con sencillez a cualquiera: “Ven a ver”, como dijo Jesús a Juan y Andrés. Este es el filo de la espada en el que nos movemos.

Ocho de los ayuntamientos de la Brianza irán a votar en menos de un mes, ¿qué espera y qué pide a los cristianos?

>Entrevista al cardenal Angelo Scola, arzobispo de Milán

'Más que los derechos, importa la libertad'

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>Entrevista al cardenal Angelo Scola, arzobispo de Milán
>Entrevista al cardenal Angelo Scola, arzobispo de Milán

Bomberos observan las llamas mientras se acercan a la estación de bomberos Casa Loma en las montañas de Santa Cruz cerca de Loma Prieta, California (EE.UU).  JOSH EDELSON (AFP)

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