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4 DICIEMBRE 2016
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Los que le atacan y los que le adulan

José Luis Restán

La homilía del papa Francisco durante el consistorio para la creación de nuevos cardenales tuvo un acento especialmente cortante cuando advirtió que el virus de la polarización y la enemistad se cuela también en las formas de pensar, de sentir y de actuar de los miembros de la Iglesia. Y pasando su mirada por los nuevos purpurados señaló que el hecho de proceder de tierras lejanas, tener diferentes costumbres, color de piel, idioma y condición social, incluso el pensar distinto o celebrar la fe con ritos diversos, “no sólo no nos hace enemigos, al contrario, es una de nuestras mayores riquezas”.

Algunos han entendido este reclamo del Papa como una forma de responder a las polémicas (cada vez más agrias y encendidas) que recorren el cuerpo eclesial, y que en no pocos casos tienen en su centro al propio Francisco. Es posible, pero a mí inmediatamente me han traído a la memoria las palabras severas de su predecesor, Benedicto XVI, en aquella tremenda primavera de 2009, cuando citó la carta de San Pablo a los Gálatas: “cuidado, pues si os mordéis y devoráis unos a otros, acabaréis por destruiros mutuamente”. El asunto, como se ve, no es nuevo en la historia de la Iglesia.

Se han producido otras referencias, más o menos explícitas, en diversas intervenciones recientes de Francisco. Por ejemplo en la entrevista concedida al diario Avvenire, en la que rechaza que esté acelerando en temas como el ecumenismo o el magisterio sobre la familia: “es el camino de la Iglesia, el que marcó el Concilio Vaticano II y el que han emprendido mis predecesores”. El Papa se refiere a las críticas que le llueven desde algunos sectores y distingue: “cuando no hay un espíritu malvado, ayudan a caminar… otras veces no son honestas, están hechas con espíritu malvado para fomentar división”. Francisco sitúa la procedencia de esas críticas que no nacen del fondo limpio de la experiencia de la fe: se trata de un rigorismo legalista que tiende a separar la norma de su fuente, y esa fuente no es otra que el acontecimiento de Cristo vivo en el camino de la Iglesia.

Ciertamente, es justo preguntar y debatir en ese camino. Lo han hecho los grandes santos, a veces con sufrimiento y pagando en primera persona. Pero lo han hecho siempre desde dentro, con humildad y sentido de pertenencia, sin esa ácida hostilidad que observamos cada día en algunos críticos de Francisco que parecen partisanos de una causa ideológica. Partisanos, por cierto, que se sienten justificados para emplear las peores artimañas. Podría decirse que ellos “no hacen prisioneros” en ésta que consideran su guerra por la verdad.

Los que le atacan y los que le adulan

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Tocar con la mano el perdón de Dios

Massimo Borghesi

Acaba de publicarse la carta apostólica “Misericordia et misera” que el Papa Francisco ha escrito al concluir el Jubileo. El título, tomado de san Agustín, fue anticipado en cierto modo en la entrevista que Francisco concedió a Andrea Tornielli en el libro “El nombre de Dios es Misericordia”. El pontífice afirmaba entonces que “en su Meditación ante la Muerte, el beato Pablo VI revelaba el fundamento de su vida espiritual en la síntesis propuesta por san Agustín: miseria y misericordia”. En la carta apostólica, el Papa escribe: "Misericordia et misera son las dos palabras que san Agustín usa para comentar el encuentro entre Jesús y la adúltera. No podía encontrar una expresión más bella y coherente que esta para hacer comprender el misterio del amor de Dios cuando viene al encuentro del pecador: «Quedaron sólo ellos dos: la miserable y la misericordia»”.

Este episodio se une en la carta a otro narrado por Lucas, el de la pecadora que lava con sus lágrimas y enjuga con sus cabellos los pies de Jesús en la casa del fariseo que le acoge. Dos mujeres, quizás ambas prostitutas, como en las dos historias que narraba el Papa en la entrevista con Tornielli. Dos ejemplos de la misericordia de Dios, del perdón y del amor de Jesús por los pecadores.

Para Francisco, estos ejemplos muestran el rostro de Dios, el rostro al que la Iglesia debe mirar hoy más que nunca para testimoniarlo en un mundo congelado, dominado por una mentalidad técnica y utilitarista que ya no conoce la gratuidad. Un mundo violento donde el amor se confunde con el eros y la posesión.

Contrariamente a lo que afirman sus críticos, Francisco no es un “buenista”, un ingenuo adulador del mundo actual. Al contrario, tiene una visión dramática del momento presente, un mundo sin vínculos marcado por una tercera guerra mundial a trozos. Personalmente, Jorge Mario Bergoglio no se concibe como un hombre “bueno” sino como un pobre pecador al que Dios ha mirado con misericordia. Es la definición de sí mismo que dio al padre Antonio Spadaro en su entrevista para La Civiltà Cattolica. Por eso le gusta tanto la “Conversión de Mateo” de Caravaggio. Por eso, cada vez que se encuentra con los presos, se pregunta: “¿Y por qué yo no?”.

En “El nombre de Dios es Misericordia”, el Papa afirma: “La centralidad de la misericordia, que para mí representa el mensaje más importante de Jesús, puedo decir que ha crecido poco a poco en mi vida sacerdotal como consecuencia de mi experiencia de confesor, de las muchas historias positivas y hermosas que he conocido”. Probablemente se refiere a su experiencia madurada durante su “exilio” en Córdoba, la ciudad argentina en la que residió desde junio de 1990 hasta mayo de 1992. Aquí, privado de cualquier otra tarea, él que a los 36 años había sido Provincial de los jesuitas en Argentina, pasó un periodo de dura prueba.

Como narra su biógrafo Austen Ivereigh, “su principal tarea cotidiana era la de confesar. Pasaba horas y horas escuchando el sufrimiento y los sentimientos de culpa de los alumnos y profesores de la universidad, pero también de la gente de los barrios que llegaba al centro de la ciudad porque los sacerdotes de los barrios pobres estaban demasiado ocupados los domingos diciendo misa como para escuchar confesiones. Bergoglio nunca había dedicado tanto tiempo a ser instrumento y vehículo del perdón y de la misericordia. Eso le fue moldeando, le acercó al pueblo fiel y le ayudó a considerar su propios problemas desde una perspectiva más adecuada”.

Tocar con la mano el perdón de Dios

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Atrevernos (a educar) con la ideología de género

José Luis Restán

El cardenal Willem Eijk, arzobispo de Utrech, es uno de los mayores expertos del momento en cuestiones bioéticas. Con algo de humor podría decirse que “ha sido cocinero antes que fraile”, ya que fue médico antes de recibir la ordenación sacerdotal. Hace unos días su palabra, oída y buscada en muchos lugares, provocó un cierto respingo al apuntar desde Oxford la “necesidad de una Encíclica u otro documento magisterial para frenar el avance de la ideología de género entre los creyentes”. El cardenal holandés reconocía que el magisterio eclesial es nítido al respecto, pero en seguida advertía (con conocimiento de causa) que la presión ambiental, la intolerancia creciente y la costumbre social hacen que muchos católicos cedan poco a poco a la persuasión de la ideología de género. Una verdad evidente, que ha tenido el valor de decir en voz alta.

Evidentemente no faltan pronunciamientos episcopales de distinto tenor al respecto. Por su parte Benedicto XVI dedicó su último discurso a la Curia, en la navidad de 2012, a este desafío trascendental, con una intervención que convendría retomar y desarrollar. En cuanto a Francisco, no han faltado reiterados pronunciamientos, en términos muy contundentes, sobre la colonización ideológica que supone y el daño que provoca en nuestras sociedades. Dicho esto, tendría pleno sentido un nuevo documento magisterial de alto rango, puesto que estamos ante una materia caliente, con graves implicaciones antropológicas, éticas y culturales.

Pero el riesgo, más aún, el daño actual al pueblo cristiano que señala el cardenal Eijk, no puede combatirse sólo con una clarificación doctrinal y un discurso cultural a la altura de este desafío (que me adelanto a considerar absolutamente necesarios, también en la predicación habitual en nuestras parroquias). La respuesta, una vez más, es una educación con toda la amplitud de su significado. Hace días comentaba a un grupo de profesores, afligidos por este gran problema de nuestra época, que es relativamente sencillo encontrar materiales o expertos capaces explicar adecuadamente los diversos elementos implicados en la ideología de género. Pero es mucho más arriesgada y exigente la tarea de educar a nuestros niños y jóvenes (y a nuestros amigos y compañeros, ¿por qué no?) en el significado y valor de la diferencia sexual, en la belleza del matrimonio y de la familia. El papa Francisco ha subrayado que el testimonio de ese valor y esa belleza es la forma adecuada de abrir brecha en el muro de la ideología de género. Teniendo claro que no se puede reducir el testimonio a buen ejemplo o a complicidad afectiva; el testimonio porta consigo sus razones, que se deben desvelar con paciencia y teniendo en cuenta la situación humana, la razón y la libertad de aquel con quien nos encontramos.

La presencia cristiana está tejida siempre con hechos y palabras que se reclaman mutuamente, también en este campo que toca una fibra especialmente delicada de nuestra existencia, porque tiene que ver con nuestro deseo de felicidad, de compañía y de plenitud afectiva. Bienvenido sea ese documento auspiciado por el cardenal que puede ayudarnos de tantas formas, pero que no nos ahorrará el trabajo de la educación, del testimonio a campo abierto, del encuentro cuerpo a cuerpo con la necesidad del otro, con su búsqueda y sus extravíos.

Atrevernos (a educar) con la ideología de género

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Deseo de cooperar y libertad para testimoniar

José Luis Restán

Apenas habían transcurrido doce horas desde la confirmación de la victoria de Donald Trump, cuando aparecía (en inglés y español) un comunicado del Presidente de la Conferencia Episcopal de los EEUU, el arzobispo Joseph E. Kurtz, de Louisville, Kentucky. Para nadie es un secreto que ambos candidatos a la Casa Blanca provocaban seria preocupación y profundos recelos (por distintos motivos) a los obispos estadounidenses. Pero estos han demostrado inteligencia y libertad para hacer oír su voz en un contexto de división y extremismo, en el que los católicos pueden desempeñar un papel decisivo a la hora de tejer la unidad y de preservar los fundamentos de la convivencia.

El comunicado del arzobispo Kurtz, que sin duda goza del consenso de la cúpula de la USBC, invita a los norteamericanos a que no se contemplen unos a otros a la luz de la división entre demócratas y republicanos, sino que vean el rostro de Cristo en sus vecinos, especialmente en los que sufren, o en aquellos con quienes estén en desacuerdo. Un llamamiento de especial valor cuando la fractura social se hace tan patente y cuando las palabras y los gestos se prodigan para zaherir al diferente.

El texto recuerda las palabras del papa cuando se dirigió al Congreso de los Estados Unidos en 2015, en las que Francisco subrayaba que “toda actividad política debe servir y promover el bien de la persona humana y estar fundada en el respeto de su dignidad". En esa perspectiva, la Conferencia de Obispos espera poder trabajar con el futuro presidente para proteger la vida humana desde su comienzo más vulnerable, hasta su fin natural, un tema en el que Trump ha realizado guiños, pero en el que su trayectoria es como poco ambigua.

Por otra parte advierte que los obispos están firmemente comprometidos en la tarea de ofrecer a los inmigrantes y refugiados una auténtica acogida que respete su dignidad, lo cual no tiene por qué poner en riesgo la seguridad del país. Un asunto en el que el choque de los obispos con Trump ya está anunciado, pero llega el momento de ir más allá de la retórica incendiaria y de pasar a los hechos, y en materia de inmigración, la Iglesia católica se mueve en lo concreto y es un interlocutor imprescindible para cualquier administración.

La Declaración, muy completa y articulada, llama la atención sobre la violenta persecución que amenaza a los cristianos y a los creyentes de otras confesiones en diversas partes del mundo, especialmente en el Medio Oriente. Trump parece orientar su política exterior en clave de mayor aislamiento y menos compromiso, pero los obispos subrayan desde el principio el liderazgo internacional que esperan de los Estados Unidos en esta materia tan decisiva.

El tema de la libertad religiosa también tiene su vertiente interna, recodemos el clarividente y duro documento de la USBC sobre este tema, en el que denunciaba el riesgo real para “la más preciosa de nuestras libertades”. En este campo, la polarización ideológica practicada por Obama ha llevado a momentos de alta tensión con los obispos en los últimos años. Veremos si en este terreno se producen mejoras reales, más allá de declaraciones para la galería.

El arzobispo Kurtz ya anuncia que los obispos reclamarán de la nueva administración su compromiso con la libertad religiosa dentro del país, para que los creyentes sigan siendo libres de proclamar su fe y de vivir conforme a sus convicciones, y advierte que esto afecta también en lo que se refiere a la verdad sobre el hombre y la mujer, y a la naturaleza del vínculo matrimonial. Y es que la era Obama ha estado marcada por una abusiva pretensión de imponer la ideología de género en todas las franjas de la vida social, incluso con amenazas y sanciones que han afectado ya a centros escolares, hospitales y órdenes religiosas. El tiempo dirá si mejoran las cosas en este campo, pero parece cuando menos ingenuo basar grandes esperanzas en algunas declaraciones oportunistas de la campaña de Trump.

La Declaración concluye afirmando que “cada elección trae un nuevo comienzo”, pero reconoce que algunos pueden preguntarse si el país está en condiciones de reconciliarse tras la dureza de una campaña muy poco edificante. La Iglesia no propone estrategias alambicadas, sino que invoca a su Señor para que conceda la fortaleza para curar y para unir a la sociedad, al tiempo que recuerda a los católicos la tarea inexcusable que les espera: ser testigos fieles y gozosos del amor curativo de Jesús. Un amor real, practicado en el tejido de la vida cotidiana, que los Estados Unidos necesitan más que nunca.

Deseo de cooperar y libertad para testimoniar

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El ecumenismo de la conversión

José Luis Restán

El Papa predica con el ejemplo, y su viaje a Suecia para hacer memoria de los acontecimientos ligados a la Reforma junto a los fieles de las comunidades luteranas es una buena ilustración. El centro romano (fundamento de unidad para la Iglesia, pero piedra de tropiezo histórico para ortodoxos y reformados) se ha movido a la periferia, entendida en múltiples sentidos. Periferia gélida, ya que Suecia ha sido durante siglos uno de los países más duros para la vida de los católicos; periferia en cuanto realidad (las comunidades de la Reforma) que comparte elementos sustanciales del Credo apostólico, pero que vive un desgarro patente respecto a la Católica; y periferia también porque se trata de un lugar fuertemente secularizado, en el que conviven el escepticismo y la búsqueda del sentido de la vida.

Francisco no ha viajado para celebrar ni festejar los hechos dramáticos que siguieron a la célebre protesta de Martín Lutero expresada en sus tesis de Wittenberg. Por el contrario, en continuidad con los gestos y palabras de san Juan Pablo II en Copenhague y de Benedicto XVI en Erfurt, Francisco ha querido proseguir, con un gesto ciertamente audaz, el arduo camino hacia la unidad querida ardientemente por el Señor. Aunque hablando de audacia, no viene mal recordar estos días jalones como la Declaración conjunta sobre la Doctrina de la Justificación (fuertemente auspiciada por el Prefecto Joseph Ratzinger) o el vertiginoso discurso en el convento de los agustinos de Erfurt a cargo de Benedicto XVI.

Para sostener ese camino es preciso purificar la memoria de aquellos acontecimientos, por los que unos y otros, luteranos y católicos, hemos de pedir perdón, y así lo reconoce la Declaración firmada conjuntamente en Lund. También es necesaria una escucha recíproca y paciente, y un diálogo teológico en profundidad que ya ha ofrecido buenos frutos en los últimos 50 años, y que permite deshacer malentendidos históricos y hablar de un camino que conduce del conflicto a la comunión. Lo cual no significa que los obstáculos hayan desaparecidos o sean de menor cuantía. La propia Declaración de Lund se refiere a la imposibilidad actual de participar en la misma mesa de la Eucaristía como una herida que permanece abierta. Una herida que no se puede sanar con “arreglos” o concesiones, sino a través de un camino de conversión que necesariamente ha de afectar a la mente y al corazón.

Hoy más que nunca se hace dramáticamente urgente el testimonio concorde de la fe que nos une en Cristo salvador, ante un mundo desorientado y sediento de respuestas. Hay un ecumenismo de la sangre, que han realizado los mártires cristianos de todas las confesiones y que fue bellamente subrayado por san Juan Pablo II durante el Jubileo del año 2000; existe también un ecumenismo de la caridad al que Francisco llama insistentemente, y que encuentra intenso eco en la Declaración firmada en Lund, cuando se insta a las comunidades católicas y luteranas a comprometerse en la acogida y el socorro de quienes son forzados a huir a causa de la guerra y de la persecución.

Pero sobre todo hace falta un ecumenismo de la conversión. Benedicto XVI dijo en Erfurt que “la fe vivida en un mundo secularizado será la fuerza ecuménica más poderosa que nos guiará a la unidad en el único Señor”. Ese es también el corazón de la homilía de Francisco en la catedral luterana de Lund: “Él es quien nos sostiene y nos anima a buscar los modos para que la unidad sea una realidad cada vez más evidente… Pidamos al Señor que su Palabra nos mantenga unidos, porque ella es fuente de alimento y vida”. La disponibilidad sincera a esta conversión (límpidamente manifestada en los últimos papas) es el hilo de oro que recorre estos últimos cincuenta años de ecumenismo. Sin eso no entendemos nada.

El ecumenismo de la conversión

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La dignidad del cuerpo no desaparece con la muerte

José Luis Restán

Curiosamente, materialismo y espiritualismo han coincidido siempre en un desprecio más o menos sutil del cuerpo. Contra ambos se ha batido históricamente la fe cristiana, que siempre ha manifestado “la alta dignidad del cuerpo humano como parte integrante de la persona con la cual el cuerpo comparte la historia”. La cita pertenece a la Instrucción “Ad resurgendum cum Christo”, de la Congregación para la Doctrina de la fe, sobre la sepultura de los difuntos y la conservación de las cenizas en caso de cremación.

Quizás no sea tan extraño que semejante asunto haya encontrado tanto hueco en los medios de todo el mundo y que el enfoque se haya centrado en la prohibición de esparcir las cenizas de un difunto en el aire, en la tierra o en el agua, así como su conservación en el hogar, salvo situaciones excepcionales. Pero nada de esto se entendería si perdemos de vista la exaltación de la carne que es propia del cristianismo, cuyo centro es la encarnación del Verbo de Dios, su muerte en la cruz y su resurrección. “¡Católicos, no os dejéis robar la resurrección de la carne!”, escribía hace unos años un escritor agnóstico lleno de nostalgia por ese corazón del anuncio cristiano, que a veces se difumina en la conciencia de los propios bautizados.

Por todo ello la Iglesia recomienda insistentemente que los cuerpos de los difuntos sean sepultados en los cementerios u otros lugares sagrados, porque así se expresa más visiblemente su fe en la resurrección de la carne, evitando actitudes y rituales que proyecten imágenes distorsionadas de la muerte, algunas de tanta actualidad como la reencarnación, la fusión con la Madre naturaleza, o la ideas de una suerte de liberación del alma de la “prisión” del cuerpo.

La sepultura de los cuerpos favorece también el recuerdo y la oración por los difuntos, se opone a la ocultación o privatización del hecho de la muerte (que también tiene una dimensión comunitaria) y subraya la comunión entre los vivos y los muertos. En realidad la Instrucción no plantea nada nuevo sino que especifica la disciplina eclesial en diálogo con la evolución cultural de un ambiente secularizado, del que también participamos con frecuencia los cristianos.

La Instrucción deja claro que, a pesar de preferir la sepultura de los muertos, la Iglesia no ve razones doctrinales para evitar la práctica de la cremación, que se ha extendido por razones higiénicas, sociales o económicas. De hecho la cremación no implica la negación de la doctrina cristiana sobre la inmortalidad del alma y la resurrección del cuerpo. Sí aclara el documento que las cenizas del difunto deben mantenerse en un lugar sagrado (salvo situaciones excepcionales discernidas por la autoridad eclesial) para favorecer la oración y el recuerdo de los familiares y de la comunidad cristiana, y evitar el posible olvido o falta de respeto, sobre todo una vez pasada la primera generación, así como prácticas inconvenientes o supersticiosas. Tampoco se permite la dispersión de las cenizas en el aire, en la tierra o en el agua, para evitar malentendidos panteístas, naturalistas o nihilistas.

No se trata de caprichos o de un apego a ciertas formas culturales. También la forma de afrontar la muerte, personal y públicamente, expresa la novedad llena de esperanza que constituye la presencia cristiana en el mundo. La Iglesia proclama que si por la muerte, el alma se separa del cuerpo, en la resurrección Dios devolverá la vida incorruptible a nuestro cuerpo transformado, reuniéndolo con nuestra alma. De este centro deriva la sabiduría que este documento refresca para todos, de modo que también el momento de la muerte del cristiano se convierte en una luz de esperanza para el mundo.

La dignidad del cuerpo no desaparece con la muerte

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Jacob y Joseph, una conversación abierta

José Luis Restán

El pasado 15 de octubre falleció en Nueva York el rabino Jacob Neusner, uno de los mayores estudiosos del hebraísmo en el mundo y autor de numerosos libros. Pero el motivo de que hoy le recuerde es su curiosa historia de amistad con Joseph Ratzinger. Ambos dialogaron sobre todo a través de sus libros, pero tuvieron la posibilidad de conocerse y hablar cara a cara, primero en Nueva York, y más tarde en Roma, donde la familia Neusner fue acogida por Benedicto XVI. En esa ocasión el rabino obtuvo de su amigo Papa la primicia de que ya no volvería a escribir, proporcionándole un buen disgusto. Se entiende, porque no fue el único.

Muchos años atrás, Ratzinger había quedado impresionado por la lectura del libro de Neusner “Un rabino habla con Jesús”, tanto que dedicó quince páginas de su primer volumen sobre Jesús de Nazaret a dialogar, rigurosa y apasionadamente con él. En su libro, Neusner se introducía como uno más entre los judíos que escuchaban a Jesús, y discutía con él. Se veía tocado por la grandeza y la pureza de sus palabras, se tomaba en serio su propuesta, pero en última instancia Jesús llegaba a intranquilizarle. El nudo crucial que impedía al rabino creer en Jesús (a pesar de la simpatía despertada) era su pretensión de identificarse con Dios. A fin de cuentas no es extraño, dado que ese es el punto crítico de cualquier encuentro verdadero entre judíos y cristianos.

Para Benedicto XVI ese coloquio imaginario entre el rabino hebreo y Jesús deja trasparentar toda la dureza de la diferencia entre ambos (judíos y cristianos), pero discurre en un clima de gran amor: el rabino acepta que Jesús es diferente, pero se despide de él sin odio, teniendo siempre presente la fuerza conciliadora del amor dentro de su búsqueda respectiva de la verdad. Este sería, a juicio del papa Ratzinger, el modelo para un verdadero diálogo hebreo-cristiano que no se contente con impulsar actividades comunes o con deshacer prejuicios.

Años después, cuando Benedicto fue objeto de polémicas absurdas y ataques infundados, Jacob Neusner salió en su defensa, reconociendo el precio que estaba pagando por su genuina integridad y su capacidad de exponer la verdad a los hombres de cualquier condición y cultura. No sólo eso, sino que como signo de estima profunda, quiso reseñar el “Jesús de Nazaret” de su amigo Joseph Ratzinger en el diario Jerusalem Post. En ese cálido y exigente artículo, Neusner afirmaba que con el “Jesús de Nazaret” de Benedicto XVI, “el debate judío-cristiano entra en una nueva era… somos capaces de encontrarnos unos a otros en un prometedor ejercicio de razón y crítica”. Y concluía con una confesión personal: “alguien me llamó alguna vez la persona más polemista que jamás había conocido… ahora he encontrado mi contrincante. El Papa Benedicto XVI es otro buscador de la verdad”.

La conversación entre el papa y el rabino ha quedado abierta, pero ambos, a buen seguro, están deseando retomarla bajo la luz que no se apaga.

Jacob y Joseph, una conversación abierta

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Púrpuras de todo el mundo

José Luis Restán

La lista de los cardenales que Francisco creará, en vísperas de cerrar la Puerta Santa del Año de la Misericordia, está dando para muchas interpretaciones, algunas un poco fantasiosas. Me parece que la verdad es más sencilla, que la lista responde a razones menos sinuosas. Por un lado el Papa mantiene a los pastores de algunas sedes estratégicas (por población, historia y peso real) en la parrilla cardenalicia: es el caso de Madrid (Osoro), Chicago (Cupich), Bruselas (De Kesel) y Brasilia (da Rocha). También parece evidente el caso del norteamericano Kevin Farrell, el nuevo Prefecto de la Congregación para los Laicos, la Familia y la Vida. Es lógico que el Papa quiera un cardenal al frente de este nuevo gran dicasterio, fruto de la reforma que impulsa.

Tampoco es un secreto que Francisco busca reequilibrar el colegio cardenalicio dando mayor peso a áreas geográficas como África, Asia y América Latina. Y que desea señalar algunas personalidades que por su desempeño pastoral supongan una ilustración de la Iglesia en salida, hospital de campaña y puerta de misericordia, a la que constantemente se refiere. Algunos de los nombres anunciados responden al primer o segundo criterio, e incluso a ambos simultáneamente. El arzobispo de Tlalnepantla, Carlos Aguiar, es una figura descollante del episcopado mexicano, y además ha sido presidente del CELAM. Baltazar Porras, arzobispo de Mérida (Venezuela) ejerció un papel de liderazgo en la denuncia de los desmanes del chavismo en su primera época. México y Venezuela son dos países a cuyas iglesias el Papa desea cuidar especialmente, por su delicada misión en la coyuntura que atraviesan.

En África destaca el arzobispo de Bangui (República Centroafricana), la ciudad casi en guerra en la que Francisco quiso anticipar la apertura de la Puerta Santa. Dieudonné Nzapalainga es el pastor que ha tejido una hermosa amistad con el imán de la ciudad, contribuyendo a la paz y realizando una verdadera catequesis sobre el diálogo interreligioso. El nombre de Maurice Piat, arzobispo de Port-Louis (Isla Mauricio) responde al deseo de que los pequeños países, que apenas cuentan para los poderosos del mundo, estén también representados en Roma junto al Papa.

Es significativo el caso del arzobispo de Dacca (Bangladesh), Patrick D'Rozario, porque Francisco acaba de anunciar un inesperado viaje a ese país de mayoría musulmana, en el que la pequeña comunidad católica ve con preocupación el aumento del fundamentalismo. Y más aún, el caso inédito de un nuncio apostólico como Mario Zenari, que tras recibir la púrpura permanecerá en su puesto, en Damasco, para mostrar así la preferencia del Papa por “la amada y martirizada Siria”.

De la periferia-periferia llega John Ribat, arzobispo de Port Moresby, en Papúa Nueva Guinea. Oceanía también tendrá su espacio en el Colegio, y no sólo los grandes países de tronco anglosajón. En todo caso no se trata de hacer encajar todas las piezas en un esquema, porque de siempre cualquier Papa mantiene en la elección de sus cardenales un amplio espacio de libertad. Puede llamar la atención el nombre del arzobispo de Indianápolis, Joseph Tobin, que fue General de los Redentoristas y estuvo en Roma como secretario de la Congregación para la Vida Consagrada.

A los trece futuros cardenales electores se unen otros cuatro que superan los ochenta años, y por tanto no votarían en un eventual cónclave. Entre ellos brilla sin duda la figura del sacerdote albanés Ernest Simoni Troshani, condenado a muerte por la dictadura comunista de Enver Hoxha, al que posteriormente se le conmutó esa pena y fue enviado a trabajos forzados durante 25 años. Durante su prisión celebraba la misa de memoria en latín, confesaba y distribuía la comunión a escondidas, sabiendo que con ello se jugaba la vida. Todo esto se lo pudo contar Simoni al Papa durante su visita a Albania en 2014, y todos vieron cómo Francisco no podía contener las lágrimas y le besaba las manos. A sus 88 años recibirá una púrpura que es signo de todo lo que ya ha vivido.

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Leedla entera, por favor

José Luis Restán

Algunos colegas están desconcertados. Durante su visita a Georgia y Azerbaiyán, el Papa de la acogida y de la misericordia ha empleado unos tonos de gran severidad a la hora de valorar las consecuencias del divorcio y la pretensión de imponer la ideología de género desde los poderes públicos. Demasiado duro es este lenguaje, han debido pensar, como si las afirmaciones de Francisco fueran nuevas en su pontificado, y como si contradijesen su imagen de la Iglesia como hospital de campaña. La cuestión se la han planteado a Francisco a bocajarro, durante su habitual rueda de prensa en el vuelo de regreso a Roma. En su respuesta, el Papa ha partido de su propia experiencia pastoral como sacerdote y obispo, en la que ha acompañado a personas con tendencia y con prácticas homosexuales. Y ha reconocido que a algunas de esas personas las ha acercado al Señor, pero en otros casos no ha sido posible. Hay que acompañar a las personas como las acompañaría Jesús, que seguramente no despacharía a una persona que se le acerca diciéndole “¡vete, porque eres homosexual!”.

Este acompañamiento hecho de acogida, comprensión, paciencia y lealtad a la verdad, no está en contradicción con la denuncia planetaria de la pretensión de muchos poderes (mediáticos, económicos y políticos) de imponer la “teoría de género”. A esta pretensión de adoctrinamiento, el papa Francisco la ha denominado en numerosas ocasiones “colonización ideológica”, y esto lo ha hecho en Nueva York, ante la sede de Naciones Unidas, y en el último rincón de Filipinas o del Cáucaso. “La vida es la vida -dijo el Papa a los periodistas- y hay que tomar las cosas como vienen… El pecado es el pecado… cada caso hay que acogerlo, acompañarlo, estudiarlo, discernir e integrarlo. Esto es lo que haría Jesús hoy… Es un problema humano, de moral. Y hay que resolverlo como se puede, siempre con la misericordia de Dios, con la verdad, pero siempre con el corazón abierto”. Como hacía Jesús.

Francisco había dicho a los sacerdotes, religiosos y seminaristas en Georgia que hoy está en marcha una “guerra mundial en contra del matrimonio”, al que calificó como la obra más bella de la creación de Dios, y fue especialmente duro al hablar de las consecuencias del divorcio. Como explicó en el avión, en realidad esas cosas están ya dichas (aunque con otras palabras) en la Exhortación Amoris Laetitia. Y es curioso que algunos se sorprendan ahora de este modo de hablar del Papa, como si ello estuviese en contradicción con el ímpetu de acompañar e integrar a las familias heridas.

La Iglesia custodia y presenta la hermosura y la verdad del matrimonio a la humanidad en todo tiempo y lugar. Eso es parte esencial de su misión, pero ella no olvida que “las debilidades humanas existen, los pecados existen, pero siempre la última palabra no la tienen las debilidades, los pecados, ¡sino la misericordia!”. Francisco recordó los cuatro criterios recogidos en la AL: acoger a las familias heridas, acompañar, discernir cada caso e integrar. De esta manera, la Iglesia “colabora en esa recreación maravillosa que ha hecho el Señor con la redención”. La estocada final es de antología: “En Amoris Laetitia todos van al capítulo octavo, pero hay que leerla toda, desde el principio hasta el fin. El centro es el capítulo cuarto, sirve para toda la vida. Pero hay que leerla toda, y releerla y discutirla toda, es un conjunto. Está el pecado, la ruptura, pero también está la cura, la misericordia, la redención”.

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El empeño de cuidar la vida

José Luis Restán

La asamblea de los obispos de Canadá, reunida estos días, afronta el desafío que supone la aprobación de la norma que legaliza el suicidio asistido y la eutanasia en aquel país. La Iglesia católica no ha permanecido pasiva en los debates previos, participando activamente en una amplia coalición civil denominada HealthCARE and Conscience. El arzobispo de Toronto, cardenal Thomas Collins, tomó la palabra el pasado mes de febrero ante el Comité Especial Adjunto del parlamento canadiense para estudiar este grave asunto, y advirtió sobre el riesgo de que la nueva legislación impulse un cambio de mentalidad según el cual matar a una persona se verá en ciertos casos como una forma de “cuidado de la salud”, y sobre la presión que soportarán en el futuro los más vulnerables, de modo que el supuesto “derecho a morir” en la práctica se convertirá para algunos en el “deber de morir”.

Lo cierto es que esas advertencias, así como el testimonio de una larga tradición de cuidados a los enfermos terminales que promueve su dignidad integral, no fueron escuchadas por los parlamentarios canadienses, que han preferido montar en la ola del nihilismo y la ingeniería social. El tiempo permitirá calibrar las consecuencias sociales de esta legislación, que evidentemente no nace de la nada, sino sobre la base de una cultura alimentada por los grandes centros de poder desde hace décadas, y seguramente por la debilidad de una verdadera cultura de la vida.

Por todo ello los obispos canadienses han invitado a su asamblea a un ponente de excepción, el cardenal de Utrech, Willem Eijk, médico antes que teólogo, experto en bioética médica y pastor de una comunidad que vive desde 1993 en el contexto de la permisividad social y el apoyo legal a la eutanasia. El cardenal holandés ha dibujado ante sus hermanos el sombrío panorama de una sociedad que, en buena medida, se ha embotado frente a las grandes preguntas éticas que surgen de la cuestión de la eutanasia. Y a buen seguro que también ha señalado la debilidad de la respuesta eclesial durante muchos años. En cualquier caso, la cultura nihilista ambiental y una legislación pro-activa han actuado como un sistema de biela-manivela que ha profundizado una mentalidad no sólo permisiva sino favorecedora de la eutanasia. De modo que lo que empezó siendo respuesta legal a supuestos problemas-límite, ahora se acepta como solución plausible para quien atraviesa una depresión o sufre una discapacidad. “Una vez que se permite acabar con la vida de alguien que padece algunos tipos de sufrimiento, ¿por qué no habría que permitirlo para quien sufre un poco menos?”. Seguramente las cosas no serán deferentes en Canadá.

Mientras la ley C-14 entraba en vigor y daba sus primeros pasos, este verano se inauguraba en Montreal, junto al Riviére-des-Praires, un moderno pabellón para enfermos terminales enclavado en la Citadelle Marie-Clarc, que regentan las hermanas de la Caridad de Santa María. Las religiosas lo han construido porque muchos enfermos no querían abandonar el hospital (ya existente desde hace cincuenta años) por el terror a morir solos, todo un signo de la época en que vivimos. Y lo han concebido como un lugar en el que los enfermos viven serenamente hasta el final, con una atención que tiene en cuenta todas las dimensiones de su vida. El pabellón “Oasis de paz” dispone de 36 camas y está pensado para que las familias puedan estar siempre cerca, con habitaciones grandes, y ventanas que se abren sobre el río y permiten contemplar la belleza del paisaje, también en los últimos momentos de la vida. Pero el alma de este lugar son las hermanas y voluntarios cuyo estilo consiste en la escucha, la sonrisa, el respeto a la dignidad de cada uno, de manera que el pabellón se convierte en un santuario. “Nuestro valor como sociedad se medirá por el apoyo que demos a los más vulnerables”, había dicho el cardenal Collins ante el Comité parlamentario. La partida está abierta, en todos los campos.

El empeño de cuidar la vida

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Madre Teresa: la caridad necesaria para vivir

Giorgio Vittadini

La reciente canonización de la Madre Teresa, lejos de ser un hecho que solo interese a los creyentes, si nos fijamos atentamente representa en cambio un desafío ante muchos de los lugares comunes típicos de la mentalidad dominante a nivel global. Los hemos visto estos días y por eso merece la pena hacer ciertas reflexiones sobre este hecho. En medio de un gran consenso y admiración sorprendida de los que hemos sido testigos, los medios de todo el mundo han tirado de archivo para publicar artículos, libros e investigaciones todos ellos con un denominador común: denunciar que la Madre Teresa “no era precisamente una santa”.

Ha vuelto a la primera plana el libro del desaparecido Christopher Hitchens, “The missionary position”, publicado originalmente en 1995, donde entre otras cosas afirma que la monja solía utilizar el dinero obtenido con la beneficencia para abrir conventos en vez de hospitales, propagando el no al aborto, a las relaciones pre-matrimoniales y al uso de los preservativos, moviéndose así como un instrumento al servicio del poder político y teológico de la Iglesia católica.

Otros artículos denuncian la escasez de sus estructuras, la falta de condiciones higiénicas y médicas fundamentales, en una perspectiva según la cual se habría exaltado el sufrimiento en lugar de combatirlo.

Lo primero que me viene a la mente, ante esta incapacidad para entender el significado real de la misión de la Madre Teresa, es la actualidad que cobran las palabras de Benedicto XVI en la encíclica “Deus Caritas Est”, es decir, que “la caridad siempre será necesaria”. Una frase que contrasta totalmente con aquella que tanto gustaba a las ideologías de los siglos XIX y XX, liberalismo y comunismo: “No hace falta caridad, sino justicia”.

Por un lado, se despreciaba la caridad que estaba en la raíz del magisterio de la Iglesia, porque se afirmaba que solo el progreso económico podía emancipar a la humanidad del hambre, de la enfermedad y el subdesarrollo. Por otro, se consideraba hipócrita o incluso dañino ayudar a los hombres en sus necesidades inmediatas porque distraía del intento de construir estructuras más justas y duraderas para todos.

Entendámonos. No es que el reclamo al progreso y a la justicia social sea un error. Pensemos en la encíclica “Populorum Progressio”: “El desarrollo es el nuevo nombre de la paz”, de Pablo VI; o en los continuos llamamientos de los pontífices, sobre todo del Papa Francisco, para que las estructuras económicas, sociales y políticas no opriman al pobre, al débil, al enfermo, al marginado. ¿Pero qué serían el progreso y la lucha por la justicia sin la práctica de la caridad? Las innumerables obras presentes en todo el mundo, en el surco trazado por la Madre Teresa, siguen permitiendo a millones de personas afrontar la existencia y también la muerte con un respeto total a su dignidad humana.

Madre Teresa: la caridad necesaria para vivir

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Una nueva oportunidad para Europa

José Luis Restán

Han causado revuelo unas palabras del cardenal Schönborn durante una misa en la magnífica catedral vienesa de San Esteban, el pasado 11 de septiembre. Se cumplían 333 años de la batalla en la que Viena se salvó del asalto de las fuerzas otomanas. De no haber resistido Viena gracias al ejército guiado por el rey polaco Jan Sobieski, el imperio turco habría penetrado hasta los confines occidentales del continente con consecuencias impredecibles. Schönborn dedicó su homilía a la situación actual de Europa, y en un momento dado se preguntó si hoy podría tener lugar un tercer intento de conquista islámica, añadiendo que “muchos musulmanes lo piensan y lo desean, y creen que Europa está acabada”.

En realidad este quiebro provocador dista mucho de ser el centro de la homilía del arzobispo de Viena, pero se convirtió inmediatamente en el foco de atención provocando una gran barahúnda. Schönborn siempre ha reflexionado sobre Europa, y no precisamente en clave de autodefensa. Son conocidas las numerosas iniciativas de la diócesis vienesa para acoger a los refugiados (en un contexto adverso por lo que a opinión pública se refiere) y el cardenal siempre ha reivindicado una Europa de la acogida, en nombre de sus inequívocas raíces cristianas.

Aprovechando el Evangelio del hijo pródigo que había sido proclamado, Schönborn comparó la situación de la vieja Europa con la del hermano menor que pidió a su padre la herencia y la dilapidó. “Hemos malbaratado nuestra valiosa herencia cristiana, y ahora nos encontramos problemas que nos angustian por todas partes, no sólo económicos, que también vendrán, sino sobre todo humanos, religiosos y de fe”. El camino, por tanto, debería ser el mismo del hijo pródigo, el del regreso a la casa de su padre con un corazón arrepentido: “Señor, danos otra oportunidad, no olvides que somos tu pueblo… no rechaces a esta Europa que ha dado tantos santos, no nos rechaces porque nos hayamos hecho tibios en nuestra fe”.

Es verdad que no estamos acostumbrados a escuchar un lenguaje semejante en la mayoría de los eclesiásticos centroeuropeos, pero no se puede negar que la imagen trazada por Schönborn es poderosa y sugerente. Y el momento dramático que atravesamos reclama una palabra como ésta, aunque parezca desgarrada. En todo caso nadie se fijó en el reclamo dramático a la conversión, en la invitación a volver a casa, sino en la referencia a la amenaza potencial de una conquista islámica. Esto ha obligado al cardenal a subrayar que “si la herencia cristiana de Europa está en peligro, ello se debe a que los europeos la hemos dilapidado, y eso no tiene absolutamente nada que ver ni con el islam ni con los refugiados; está claro que a muchos islamistas les gustaría aprovecharse de esta situación, pero ellos no son responsables de ella, lo somos nosotros”.

Lo más importante es que la oportunidad de una renovación cristiana de Europa, como ha subrayado el cardenal Schönborn, está en nuestras manos, y no depende de los malvados planes que puedan acariciar unos u otros. Depende sobre todo de que los cristianos europeos dirijamos de nuevo la mirada a Cristo, de que propongamos su palabra y su vida a nuestros compañeros de camino, incluidos los extranjeros que llegan, con respeto y amor incondicionales.

Una nueva oportunidad para Europa

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>Entrevista a Julián Carrón

'La belleza del cristianismo no necesita de otra arma para comunicarse'

Silvina Premat

«Así como la belleza de las montañas no necesita de otra cosa que la belleza misma para comunicarse, la belleza del cristianismo no necesita otra arma para comunicarse más que ella misma». Así explica Julián Carrón, sacerdote español sucesor de Luigi Giussani en la conducción del movimiento eclesial Comunión y Liberación, el título de su libro La belleza desarmada (Encuentro), que se presentó el jueves 15 de septiembre en Buenos Aires.

De 66 años, Carrón era profesor de Sagradas Escrituras en la Facultad de Teología de Madrid hasta que monseñor Luigi Giussani, fundador de Comunión y Liberación, lo llamó a vivir en Milán para asistirlo en la conducción de ese movimiento con presencia en casi un centenar de países. Desde 2005, luego del fallecimiento de Giussani, fue elegido como responsable internacional. En diálogo con La Nación se refirió a su libro que días pasados presentó en San Pablo (Brasil) y Lima (Perú) y en los últimos meses en varias ciudades de Italia.

¿A qué "belleza" se refiere en el título del libro?

Aquí se habla de la belleza de la fe cristiana, de su atractivo y potencia. Cuando Dios se encarna se despoja de todo poder para mostrar su verdad y entra en la historia con la pobreza de su propia humanidad. Así ha empezado el cristianismo, la mayor revolución en la historia. Cristo es el ejemplo de un modo de comunicarse la verdad que no ha necesitado otra cosa que la belleza de la verdad misma. En el libro se habla fundamentalmente de esta belleza y no solo de una belleza estética o sentimental.

¿Por qué "desarmada"? ¿Cuáles son las armas que esa belleza debería usar?

Como cualquier belleza, la belleza del cristianismo no necesita ninguna otra arma para comunicarse más que ella misma. La belleza de las montañas no necesita otra cosa que la belleza misma para poder comunicarse. Es una forma de decir lo que dijo el Concilio (Vaticano II), que la verdad se comunica por la fuerza de la verdad misma, sin otro tipo de ayuda. Por ejemplo, en una situación como la de hoy en la que ISIS usa la violencia para imponer su verdad o en otros momentos la ideología ha impuesto su verdad a través de la fuerza o el mismo cristianismo en algunos momentos. La belleza, que es el resplandor de la verdad, dice Santo Tomás, no necesita ninguna otra fuerza o poder externo a la belleza misma para comunicarse.

¿Cuál es la relación de la belleza estética que expresa el arte y esta belleza de la que usted habla?

Pues que esta belleza es capaz de mover el corazón, por el atractivo que ejerce sobre el hombre. Desde el principio el cristianismo se ha comunicado en la historia a través de instrumentos absolutamente frágiles. San Pablo dice que llevamos un tesoro en vasijas de barro para que se vea que una potencia tan grande no es nuestra sino de Dios. No es solo la capacidad sentimental que provoca sino la capacidad de cambio que suscita en aquel que la encuentra. Como el que suscitó en los primeros que encontraron a Jesús, que nunca habían visto algo igual y se hicieron discípulos suyos hasta cambiar la vida justamente por esto.

¿Hay casos en los que coinciden estos dos "tipos" de belleza?

>Entrevista a Julián Carrón

'La belleza del cristianismo no necesita de otra arma para comunicarse'

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La Iglesia no está congelada, estoy contento

José Luis Restán

Confieso que no he querido esperar. He comenzado a bucear en las “Últimas conversaciones” de Benedicto XVI con Peter Seewald, aunque aún no dispongamos del texto en español. No es un testamento al uso, como el que los últimos papas nos habían regalado, es algo totalmente novedoso en la historia: un papa que narra su propia vida con detalle y que contempla su propia misión desde la distancia, con esa inteligencia tan aguda como apacible, con la certeza de que ha sido un trabajador en la viña, y de que puede confiarse tranquilo al juicio de su Señor, el único que verdaderamente importa.

Hoy sólo quiero centrarme en su mirada sobre el momento que vive la Iglesia guiada por Francisco. No esconde su sorpresa inicial al conocer el nombre de su sucesor, pero tampoco su inmediato contento al contemplar su manera de hablar con Dios y con los hombres. En la llegada a la sede de Pedro de un hombre procedente del otro lado del mar, Benedicto reconoce que la Iglesia está en movimiento, que no se queda congelada en esquemas. Siempre sucede algo imprevisto que la hace renovarse constantemente. “Lo que es bello y estimulante es que precisamente en nuestra época sucedan cosas que ninguno esperaba, y que muestran que la Iglesia está viva y rebosante de nuevas posibilidades”.

Con algo de picardía, Seewald comenta un dicho según el cual Dios corrige a cada papa en la persona de su sucesor, y le pregunta cuál es la corrección que advierte en la figura de Francisco. “Yo diría que su atención hacia los demás, creo que es algo muy importante… quizás yo no haya estado lo suficiente en medio de la gente… Además, también está la decisión con la que afronta los problemas y busca las soluciones”. En otro momento reconoce que la organización y el gobierno práctico de las cosas nunca han sido su fuerte.

Era inevitable la pregunta sobre la supuesta ruptura entre ambos pontificados, que Benedicto rechaza contundente. Por lo demás, todo el recorrido hace evidente que ni el acento en la descentralización, ni la invitación a que la Iglesia se despoje del poder mundano, ni mucho menos la insistencia sobre la misericordia, son puntos de fricción entre ambos pontificados. Al contrario, son expresión de una bella continuidad, lo cual no significa mera repetición. Algunos pueden “construir contraposiciones”, comenta con su templada ironía… Es verdad que Francisco tiene sus acentos diversos, como cualquier papa, “pero no existe contraposición alguna”.

Escucharle sigue siendo como gustar una sinfonía de Mozart… “Estoy contento: hay una nueva frescura en el seno de la Iglesia, una nueva alegría, un nuevo carisma que se dirige a los hombres… y eso es, de por sí, algo bello”. Palabra de Benedicto, sin mediadores interesados.

La Iglesia no está congelada, estoy contento

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'Más allá de la crisis de la Iglesia'. Las seis herencias de Benedicto XVI

Federico Pichetto

Hay algo valiente en la empresa realizada por Roberto Regoli en su libro “Más allá de la crisis de la Iglesia. El pontificado de Benedicto XVI”. Su valentía no radica tanto en querer narrar el pontificado de Joseph Ratzinger, sino en quererlo hacer como historiador. Ahora bien, es evidente para cualquiera que los fenómenos históricos pueden narrarse según el estatuto epistemológico propio de su disciplina solo después de su conclusión, como también es evidente para todos que, de facto, el ejercicio activo del ministerio petrino de Benedicto XVI ha concluido efectivamente, pero –y aquí está el problema– también está claro, sobre todo para la conciencia del pueblo cristiano, que un pontificado termina realmente con la muerte del romano pontífice, a la que siguen las oraciones de toda la Iglesia al Espíritu Santo "pro eligendo pontefice". Con Benedicto, no hemos vivido nada de esto, hasta el punto de que paradójicamente todavía nos encontramos dentro del pontificado de Benedicto XVI, aunque ya no dentro del ejercicio activo que tal ministerio comporta.

Se trata de una situación canónica y teológica extremadamente compleja, que no se le escapa a Regoli y que la reciente celebración de los 65 años de sacerdocio de Joseph Ratzinger han vuelto a plantear de una manera difícilmente eludible. La terminología técnica que describe todo esto está muy articulada y, solo por poder profundizar en ella, vale la pena leer su libro.

Pero la cuestión es mucho más amplia. Entre la misteriosa y paradójica conclusión del ministerio petrino de Benedicto y su inicio, Regoli identifica seis puntos de reflexión que llaman la atención del autor no como simples connotaciones del pontificado sino más bien como seis líneas de reforma nada desdeñables. Por usar una expresión que le gusta a quien hoy ejerce activamente el ministerio petrino –por lo que con razón debe ser llamado Papa a todos los efectos–, Joseph Ratzinger preparó seis procesos que son como la herencia última de una etapa de la Iglesia que comenzó con Pablo VI y que ahora ha dado paso a otra etapa con el “pontificado argentino”.

La primera línea de reforma se refiere a la curia romana. Con Benedicto, mucho cambió y mucho se purificó en comparación con los años impetuosos y enérgicos del “gobierno polaco”. Benedicto trazó muchas trayectorias de discusión que, sin embargo, encontraron resistencias y reticencias en la enigmática personalidad del cardenal Bertone. Aun así, Benedicto llevó a Bertone a “palacio” en 2006, pero eso nunca bastó para que el pueblo cristiano identificar entre ambos esa afinidad ideal que un pontificado teológico y reformador debería hacer presagiar. En este sentido, seguramente resulte más luminosa la segunda de las seis directrices reformadoras planteadas por Regoli, la línea magisterial emprendida en solitario por el pontífice bávaro.

De la liturgia a la dogmática, de la vida religiosa a la encíclica social, Benedicto se movió en la perspectiva de una reconciliación con el pasado que abriera la teología de la Iglesia a una reflexión menos superficial sobre su futuro. El tan contestado motu proprio “Summorum Pontificum” sobre la liturgia devolvía dignidad a lo que una cierta furia iconoclasta post-conciliar parecía querer abolir, es decir, la tradición litúrgica de la Iglesia de Pío V oportunamente integrada en la pluralidad ritual promovida por el Concilio Vaticano II de Juan XXIII y Pablo VI.

'Más allá de la crisis de la Iglesia'. Las seis herencias de Benedicto XVI

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China: tensiones comprensibles ante un escenario inédito

José Luis Restán

Uno de los temas recurrentes este verano ha sido el espinoso diálogo de la Santa Sede con el gobierno de Pekín, que según algunos indicios podría haber avanzado sustancialmente. Parece que esta vez estamos ante algo más que una serpiente de verano. Las respectivas intervenciones del secretario de Estado, cardenal Pietro Parolin, y del arzobispo de Hong Kong, cardenal John Tong, han dado la impresión de querer preparar el camino, despejando previsibles objeciones y procurando serenar los ánimos de quienes advierten contra una suerte de “rendición” de Roma que dejaría especialmente tocados a los católicos que más han sufrido por su fidelidad al Papa y su resistencia al control del régimen comunista.

Parolin ha reconocido que son muchas las esperanzas ante una posible “nueva estación en las relaciones entre la sede apostólica y China”. El secretario de Estado ha puesto especial énfasis en aclarar que esas nuevas relaciones auspiciadas (que podrían incluir la apertura de relaciones diplomáticas) “no son un fin en sí mismo”, ni responden al deseo de apuntarse un “éxito” en el escenario internacional, sino que son “perseguidas (no sin temor)…. sólo en función del bien de los católicos chinos, de todo el pueblo de China y en favor de la paz mundial”.

No es difícil entrever que Parolin ha querido responder, con sobriedad y respeto, a las advertencias severas que ha puesto sobre la mesa un gran testigo de la fe y reconocido luchador por la libertad, el arzobispo emérito de Hong Kong, cardenal Joseph Zen. En efecto, Zen es un viejo conocedor de los sinuosos túneles del régimen chino, ha bregado durante años con sus funcionarios y ha experimentado sus trampas. Algunos le señalan ahora como “aguafiestas”, e incluso dan un paso más, insinuando que prefiere una condición de trinchera antes que un nuevo escenario de tranquilidad que permita la unidad visible de las comunidades católicas en China, y normalice su actividad pública. Son acusaciones que me parecen profundamente injustas después de haber seguido durante años la trayectoria del cardenal, lo cual no significa compartir punto por punto sus críticas.

A Zen le preocupa que un exceso de prisa por “arreglar” el problema conduzca a la Iglesia a repetir algunos errores de la vieja “Ostpolitik”, en la época del Telón de acero. Le preocupa, en definitiva, que la Iglesia ponga en riesgo su libertad a cambio de alguna confortabilidad, beneficiando además a los arribistas y dejando en la cuneta a quienes más han sufrido persecución.

Quizás por eso el cardenal Parolin ha subrayado que el papa Francisco conoce bien, al igual que Juan Pablo II y Benedicto XVI, “el bagaje de sufrimiento, incomprensiones, y a menudo silencioso martirio que la comunidad católica en China lleva sobre sus hombros… pero conoce también cuán vivo es el anhelo de la comunión plena con el sucesor de Pedro, cuántos progresos se han alcanzado, cuántas fuerzas vivas actúan como testimonio del amor a Dios y al prójimo… que es la síntesis de todo el cristianismo”.

China: tensiones comprensibles ante un escenario inédito

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El heroísmo indefenso del P. Jacques

José Luis Restán

Una pequeña iglesia parroquial en Saint-Etienne-du-Rouvray, un pueblo de la periferia de Rouen, en la Alta Normandía. Es un día laborable y la asistencia a la Misa de la mañana es escasa, tan sólo el anciano sacerdote, Jacques Hamel, y otras cuatro personas. Nadie podía imaginar que este lugar tranquilo se convirtiera en objetivo de los asesinos del Daesh. Habían matado ya en discotecas, supermercados, redacciones de periódico, en transportes públicos y hasta en un paseo marítimo. Sería ingenuo pensar que una iglesia podía estar libre de peligro. Dos “valientes” matarifes han asaltado un lugar indefenso por definición, mientras se celebraba la Eucaristía, el amor de los amores. Siguiendo el ritual diabólico de tantas veces, han degollado al sacerdote y casi consiguen repetir la hazaña con uno de los asistentes a la Misa.

Este atentado no es más ni menos que otros tantos sufridos en nuestras carnes durante los últimos meses, pero a nadie se le escapa su valor simbólico para la batalla del yihadismo. Como había dicho semanas atrás con precisión el Patriarca de los Caldeos, Louis Sako, estamos ante algo de naturaleza demoníaca, de ahí nuestra dificultad de entender. Esperemos que en la redacción de Charlie Hebdo hayan tomado nota del contraste. En la pequeña iglesia de Saint-Etienne-du-Rouvray, unas pocas personas celebraban al Dios indefenso clavado en una cruz, al Dios que se hace pan para alimentar la debilidad de los pobres hombres y mujeres del mundo. Un Dios extraño que se ha dejado tocar muchas veces por las manos de un anciano de 84 años, un cura de pueblo como cientos, cuyo heroísmo ha consistido en comunicar la misericordia bajo la lluvia y el sol hasta el último día, un 26 de julio. Contra esto se ha abatido la furia blasfema de los asesinos, una historia vieja de hace más de dos mil años.

Al arzobispo de Rouen, Dominique Lebrun, la sacudida le ha sorprendido en Cracovia junto a cientos de jóvenes de su diócesis que empezaban a participar en la JMJ de Cracovia. Con ellos acababa de visitar la tumba del sacerdote polaco Jerzy Popieluszko, asesinado por algunos policías durante los estertores del régimen comunista. La mención a este gesto en su breve declaración, antes de partir precipitadamente de regreso a Francia, no es fruto de la casualidad. Sobre todo cuando a continuación señala que “la Iglesia católica no puede emplear otras armas sino la oración y la fraternidad entre los hombres”, descartando así cualquier inclinación al odio o a la venganza. Con el corazón encogido, el arzobispo Lebrun ha dejado en Cracovia a sus jóvenes, y ha señalado sin sombra de barroquismo que ellos “son el futuro de la humanidad, la verdadera”. Y les ha pedido “que no bajen los brazos ante la violencia y que se conviertan en apóstoles de la civilización del amor”.

Naturalmente, a las autoridades del Estado y a la comunidad internacional corresponde la tarea de combatir, desarmar y castigar a los asesinos del Daesh, con la mayor diligencia y eficacia posibles. Pero esta batalla se libra también, y sobre todo, en el corazón de las personas y en el tejido profundo de nuestra convivencia. El padre Jacques es la imagen de un modo de vida, de un significado que ha sostenido la grandeza y amplitud de la vocación europea. Como lo son los jóvenes que llenan estos días Cracovia, portadores de un amor desarmado pero invencible. Para vencer al nihilismo de los asesinos, Europa tiene que volver a ellos su mirada.

El heroísmo indefenso del P. Jacques

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La sangre de Jacques

Fernando de Haro

A Jacques lo han matado un día después de la fiesta del otro Jacques, del primero, de Santiago el Mayor. Como a Santiago, a Jacques Hamel lo han pasado a cuchillo. Lo han hecho en la iglesia del primero de los mártires, en la iglesia de St. Étienne, de San Esteban. Cuando a todos nos parecía que lo de los mártires era cosa del pasado se vuelve a derramar la sangre de los que confiesan la fe en suelo europeo. Ha muerto a los 86 años por una sola razón, por ser cristiano, por estar celebrando misa, por hacer memoria de la sangre derramada. Cuando la vida parecía cumplida, cuando ya parecía todo entregado, que sesenta años de párroco no son nada y lo son todo.

Atónitos y desconcertados volvemos a ver mártires en suelo europeo. El Viejo Continente deja de ser la tierra en la que los cristianos están a salvo. La Gran Persecución, la que deja al año 100.000 bautizados muertos, llega hasta nosotros. Jacques ha muerto como mueren los indios víctimas del hinduismo violento, como mueren muchos jóvenes en el norte de Nigeria cuando les exigen elegir entre su fe y la vida, como mueren en las ciudades y en los pueblos de Siria, de Iraq, de Egipto, como mueren en Pakistán. La hermandad de la sangre, la memoria de la sangre. Ahora nos toca a nosotros.

Un día tras otro de este apocalíptico verano nos hemos negado a reconocer que el islamismo nihilista había puesto a Europa entre sus objetivos. Ahora ya es imposible negarlo. La sangre de Jacques, como la de los muertos de Niza, de Bruselas, de París y la de muchos otros muertos clama contra los poderosos que engendraron al monstruo. Porque sin el dinero de Arabia Saudí y de Qatar no habría habido Daesh. Porque sin ciertos clérigos salafistas y wahabitas no habría esta violencia. Porque sin nuestros errores y nuestra ignorancia arrogante en Iraq y Siria no hubiéramos llegado hasta aquí. Porque sin las armas que los europeos les hemos vendido no les hubiéramos hecho grandes.

Es la hora de que el islam sea más contundente y más claro en la condena. Es la hora en la que necesitamos que los dos Jacques, el primero y el último, intercedan por nosotros para aprender cómo se entrega la vida sin odio, perdonando. Para hacerlo como lo hacen los nigerianos, los sirios, los indios, los pakistaníes y el inmenso coro de mártires de este siglo XXI. Jacques, ruega por nosotros.

La sangre de Jacques

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Je suis le père Jacques Hamel

Jean Duchesne

Lo que ha sucedido en Saint-Étienne du Rouvray no puede suscitar más que horror y también cólera ante tanto odio tan cobardemente cruel y estúpidamente suicida. Después de muchos atentados terroristas, en Francia pero también en Alemania, parece que en este caso los locos enfurecidos no han matado totalmente a ciegas.

Hasta ahora (excluyendo un intento afortunadamente fallido contra una iglesia en Ivry, una banlieue parisina), los fanáticos la habían tomado contra una cierta idea lisonjera que nuestros conciudadanos tienen de sí mismos: la insolencia iconoclasta de Charlie Hebdo, el culto pagano al deporte en el Estadio de Francia, la alegre ligereza del Bataclán y las terrazas de los cafés del distrito XI «radical chic» de París, los fuegos artificiales del 14 de julio en Niza, celebración de una Revolución que promovió ideales pero también produjo realidades menos nobles…

Hoy el caso es completamente distinto. El objeto de la venganza no es Occidente en general ni su prosperidad complaciente y egoísta, que puede parecer un insulto a los pobres del resto del mundo. Es su raíz, su fuente viva aunque tantas veces olvidada, el cristianismo, en uno de los lugares donde, de manera discreta pero invencible, se actualiza de la forma más explícita e intensa: la celebración de la Misa.

La cuestión que se plantea ahora es saber en qué medida los franceses (y los demás) se identifican con las víctimas: un sacerdote anciano, salvajemente degollado, y un puñado de fieles, entre ellos algunas monjas. ¿Osarán reconocerse en ellos y decir “Yo soy el padre Jacques Hamel”, como tanto se gritó y repitió “Je suis Charlie”? ¿O se contentarán con decir que nunca está bien matar a nadie, llegando incluso (a veces) a defender la libertad de conciencia y de culto? Tal vez algo ya se ha movido cuando en las redes sociales se hizo viral, después del camión asesino en el Paseo de los Ingleses, no cualquier otra auto-justificación, sino la de “Pray for Nice” – “Recemos por los inocentes de Niza”, porque el problema no es político ni cultural, sino sobre todo espiritual.

Los cristianos, por su parte, no pueden más que estar conmocionados e indignados, como cualquier ser humano civilizado y digno de este nombre. Pero si tienen que estar aún más conmocionados que los demás no es porque tienen derecho a pensar que sus asambleas eucarísticas ahora están en el punto de mira de estos frustrados presa de pulsiones homicidas desatadas por una propaganda delirante, sino porque se encuentran de nuevo enfrentados, como nadie podía desear ni prever, al misterio del mal en su brutalidad más cruda, ante este enigma insoportable por el cual el amor no es amado, como reveló la Cruz donde se dejó clavar su Señor.

Por tanto, seguiremos yendo a Misa, sean cuales sean nuestros miedos, para recibir al amor que vence al odio y no lo devuelve. Precisamente porque queremos amar a los que se creen nuestros enemigos, las puertas de nuestras iglesias permanecen abiertas.

Je suis le père Jacques Hamel

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Cuando el mal parece vencer

José Luis Restán

Este fin de semana he tenido la oportunidad de participar en varios coloquios con el abad general de la Orden Cisterciense, P. Mauro Giuseppe Lepori, que ha pasado unos días en España. En un momento dado le pregunté sobre el temor que nos causan acontecimientos como el terrible atentado de Niza, o la desazón de ver que la Iglesia pierde vigor en Europa (esa Europa que creció al calor de los monasterios benedictinos). Le confesé que algunas mañanas, tras la obligada lectura del periódico, me invade un malestar de la razón y un miedo ante el futuro, como si la tentación de la desesperanza acechara también entre quienes vivimos, aunque sea torpemente, de la fe. Me parecía pertinente preguntar al superior de una de las órdenes monásticas más importantes sobre la esperanza, la “pequeña esperanza” que diría Péguy, la más “difícil” de las virtudes, que para caminar necesita ir sostenida por sus hermanas mayores, la fe y la caridad. Así que le pregunté cómo vive él este desafío, también cuando mira las estadísticas de su Orden en la vieja Europa, o cuando se despierta bajo el mazazo de una noticia como la que nos llegó de Niza la pasada semana, y uno siente, por un momento, que el mal vence.

El P. Lepori comenzó recordando que cuando San Benito murió no podía tener idea de lo que el movimiento benedictino sería más tarde para Europa. En ese sentido, él no tuvo lo que podríamos llamar un “proyecto europeo”. De hecho, los pocos monasterios que estaban en pie cuando murió desparecieron casi todos. Así que su esperanza nunca pudo radicar en el esplendor de su obra. La esperanza cristiana no se apoya en el análisis de los hechos que tenemos delante, que en todo caso, afirmo yo, tendremos necesariamente que hacer. Por ejemplo, una proclama como la realizada por el presidente Hollande tras el horror de Niza, afirmando que el Estado no será vencido por el terror, no es la expresión de la virtud de la esperanza, es un voluntarismo, o todo lo más un cálculo de probabilidades y una expresión de buenas intenciones para mitigar el miedo.

Nuestra esperanza radica en que Cristo ya ha vencido y ha redimido al mundo. No sabemos cómo se desarrollará la historia, no podemos saber en qué forma y en qué tiempos Cristo tomará posesión de todo. Pero a través del testimonio de la resurrección que llega hasta el presente, a través de Su presencia actual en medio de su Iglesia, a través del cambio que realiza en aquellos que le acogen y le siguen, sí podemos tener experiencia concreta de que Él vence. Vence incluso dentro de circunstancias que resultan trágicas, como muchas de las que marcan esta hora de la historia. Eso es lo que nos permite atravesar la apariencia de que el mal vence y tiene la última palabra.

El abad Lepori dijo que nuestra gran tarea es ofrecer hoy al mundo lo que denominó “la caridad de la esperanza”, el testimonio de esta victoria misteriosa pero real de Cristo, que atraviesa todas las apariencias y que permite seguir presentes en medio de nuestro mundo tal como es. San Benito y sus monjes fueron ante todo testigos de la misericordia de Dios que es la verdadera novedad, el auténtico límite impuesto al mal (que también en su tiempo resultaba obsceno y prepotente), el principio de una construcción que se levanta una y otra vez, como tantas veces hemos visto en la dramática historia europea.

Tras escucharle me vinieron a la mente estas palabras de Joseph Ratzinger en una de sus homilías de Pentling: “No nos corresponde aclarar cómo terminará la historia… es estrictamente cierto que desde la pequeña y parcial perspectiva de nuestra vida, no podemos ver y comprender todo. La tarea que nos ha dado el Señor es otra: ¡no elucubrar, sino vivir! Vivir en la confianza, que quiere decir conducir nuestra vida delante de Él y, hasta donde sea posible, ayudar a los otros a conducir la suya, del mismo modo que ellos nos ayudan a llevar la nuestra”.

Cuando el mal parece vencer

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Vista general de un colorido pueblo conocido por los lugareños como Kampung Warna-Warni en Malang, Java Oriental (Indonesia). Fully Handoko (EFE)

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