Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
26 SEPTIEMBRE 2020
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Cuidar a los enfermos y aprender lo que significa amar

Andrea Tornielli

Incurable nunca es sinónimo de intratable. Esta es la clave de lectura para comprender la carta de la Congregación de la Doctrina de la Fe “Samaritanus bonus”, dedicada al “tratamiento de las personas en fases críticas y terminales de la vida”. El documento, ante una pérdida de la conciencia común acerca del valor de la vida y debido a debates públicos demasiado condicionados a veces por casos concretos que aparecen en los medios, reitera claramente que “el valor inviolable de la vida es una verdad básica de la ley moral natural y un fundamento esencial del orden jurídico”.

Por tanto, “no se puede decidir directamente atentar contra la vida de un ser humano aunque este lo pida”. Desde este punto de vista, la clave de bóveda que sostiene la “Samaritanus bonus” no es una novedad. El magisterio de la Iglesia ha rechazado muchas veces toda forma de eutanasia o suicidio asistido, explicando que alimentación e hidratación son apoyos vitales que se deben garantizar al enfermo. El magisterio también se ha expresado en contra del llamado “encarnizamiento terapéutico” porque ante la inminencia de una muerte inevitable “es lícito tomar la decisión de renunciar a tratamientos que solo provocarían una prolongación precaria y penosa de la vida”.

La carta vuelve a proponer de manera puntual lo que los últimos pontífices ya han señalado, lo cual se consideraba necesario ante legislaciones cada vez más permisivas sobre estos temas. Sus páginas más novedosas son las que se refieren a que el acompañamiento y cuidado de estas personas nunca pueden limitarse a la perspectiva médica. Hace falta una presencia coral para acompañar con afecto la presencia, las terapias adecuadas y proporcionadas, la asistencia espiritual. Resultan significativas las referencias a la familia, que “necesita ayuda y medios adecuados”. Hace falta que los estados reconozcan la primera y fundamental función social de la familia “y su papel insustituible, también en este ámbito, proporcionando recursos y estructuras necesarias para apoyarla”, afirma el documento. El papa Francisco recuerda que la familia “siempre ha sido el ‘hospital’ más cercano”. Pues aún hoy, en muchos lugares del mundo, el hospital es un privilegio para unos pocos, y suele estar muy lejos.

Cuidar a los enfermos y aprender lo que significa amar

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Una encíclica para todos y todas

Andrea Tornielli

“Todos hermanos” es el título que el Papa ha dado a su nueva encíclica, dedicada como dice el subtítulo a la “fraternidad” y a la “amistad social”. El título original en lengua italiana, “Fratelli tutti”, permanecerá tal cual, sin traducirse en todas las lenguas en las que se difundirá el documento. Tomando así la primera palabra de la nueva “carta circular” (eso es lo que significa la palabra “encíclica”) del gran santo de Asís del que el papa Francisco tomó su nombre.

A la espera de conocer el contenido de este mensaje que el sucesor de Pedro quiere dirigir a toda la humanidad y que firmará el próximo 3 de octubre ante la tumba del santo, durante los últimos días hemos asistido a discusiones a propósito del único dato disponible, es decir, el título y su significado. Al tratarse de una cita de san Francisco (Admoniciones, 6, 1: FF 155), el Papa no ha querido modificarla. Pero sería absurdo pensar que el título, en su formulación, contenga intención alguna de excluir entre sus destinatarios a más de la mitad de la población humana, es decir a las mujeres.

Al contrario, Francisco ha elegido estas palabras del santo de Asís para inaugurar una reflexión que le preocupa mucho sobre la fraternidad y la amistad social, y por tanto quiere dirigirse a todas las hermanas y hermanos, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que pueblan la tierra. A todos, de manera inclusiva y nunca excluyente. Vivimos un tiempo marcado por guerras, pobreza, migraciones, cambios climáticos, crisis económicas, pandemia: reconocernos hermanos y hermanas, reconocer en quién encontramos a un hermano o hermana, y para los cristianos reconocer en el que sufre el rostro de Jesús, es una manera de reafirmar la dignidad irreductible de todo ser humano creado a imagen de Dios. También es una forma de recordarnos que de las dificultades actuales nunca podremos salir solos, unos contra otros, norte contra sur, ricos contra pobres, o separados por cualquier otra diferencia excluyente.

Una encíclica para todos y todas

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El Papa ante el Covid: de tú a tú

Giuseppe Frangi

Carlo Chiodi, 50 años, de Bérgamo (Italia), transportista de profesión, en pocos días perdió durante la pandemia a su padre y a su madre. Un dolor del que no era capaz de recuperarse, hasta el punto de agarrar papel y bolígrafo para pedir ayuda al Papa, ya que es creyente. “Movido por mi amor a mis padres y para honrar su memoria, quería someter mi experiencia a la persona que, el pasado 27 de marzo, en el silencio de una plaza de San Pedro vacía, mostró con más fuerza el sufrimiento que estaba atravesando toda la humanidad”, explica. Al cabo de un tiempo, Carlo encontró en su buzón una carta procedente del Vaticano. No era simplemente una respuesta a sus palabras, sino una invitación. Una invitación (ampliada a su mujer y a sus dos hijos) para ir a ver al Papa a Roma y hablar directamente con él sobre su experiencia y sufrimiento.

No había rastro algo de recriminación en sus palabras, ni lamento por un destino tan amargo. Era algo más, y el papa Francisco lo captó enseguida. Era esa pregunta tan humana que todos nos planteamos cuando sufrimos una tragedia: “¿Señor, por qué?”. Una pregunta que puede acabar con nosotros, que a menudo halla respuestas basadas en un sentimentalismo religioso y en una fe reducida a una fórmula un poco mecánica. Pero esta vez, por una vez, Carlo y nosotros nos encontramos otra película, que por una vez resulta sinceramente creíble. El Papa no ha querido responder a la carta de Chiodi con simples palabras, que sin duda habrían sido de dolor, dado de dónde procedían, sino proponiendo un encuentro.

No ha respondido a esa pregunta tan angustiosa con un discurso sino con una presencia, su presencia. A las palabras ha respondido con un abrazo, como demuestra también el tono informal con que dicho encuentro se ha producido. Naturalmente, el Papa quería dar a entender que se trata de un abrazo personal pero que no solo él sino el Señor mismo se unía a ese abrazo a Carlo.

Naturalmente, Francisco también ha hablado y razonado con este hombre marcado por una doble pérdida. Pero hasta en las palabras ha evitado los consuelos fáciles. Se ha apegado a la realidad, una realidad que inevitablemente, como él mismo admitía, hace estallar en el corazón una profunda cólera por la desproporción de tal sufrimiento. Pues bien, ese enfado, decía el Papa, es una forma de oración. Es una manera de dirigirse al Señor no en abstracto sino en la concreción de una relación verdaderamente humana, dirigirse al Señor que es reconocido en la evidencia de su presencia real, justo en el momento en que, con sinceridad, se le pide cuentas de lo sucedido. En relación a la respuesta a ese porqué, el mismo Papa confesó su fragilidad, diciendo que reza “todos los días a Dios para comprender el sentido de este sufrimiento”.

Por último, el resultado más hermoso de este encuentro lo indicaba con gran sencillez el propio Carlo. “Durante la audiencia estábamos temblando”, reconoció. No temblaban porque se estuvieran enfrentando a verdades reveladas sino sencillamente “por la humanidad del Papa, que nos dedicaba un momento de escucha inolvidable”. Nada de discursos, sino un “tú a tú”.

El Papa ante el Covid: de tú a tú

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Un magisterio por la paz y contra la hipocresía

Andrea Tornielli

Estos días el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ha aprobado una resolución para el “cese inmediato de hostilidades en todas las situaciones durante al menos noventa días consecutivos) para garantizar la asistencia humanitaria a las poblaciones afectadas y verificar las devastadoras consecuencias de la expansión del Covid-19. Francisco, con su intervención al final del Ángelus, ha querido mostrar su apoyo a esta iniciativa, deseando que el alto el fuego global sea observado “efectiva y puntualmente”. Este gesto del Papa representa un nuevo paso en un largo camino. Un paso aún más urgente por la crisis provocada por la pandemia, cuyas consecuencias más devastadoras –al igual que las de las guerras– recaen sobre los más pobres.

El domingo 29 de marzo, el pontífice ya avanzó esta petición, apoyando el llamamiento en este sentido lanzado cinco días antes por el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, pidiendo un “alto el fuego global e inmediato en todos los rincones del mundo”, debido a la emergencia provocada por el Covid-19, que no conoce fronteras. Francisco se sumó “a todos aquellos que acojan este llamamiento” e invitó a “todos a secundarlo poniendo fin a toda forma de hostilidad bélica, favoreciendo la creación de corredores humanitarios, la apertura de la diplomacia, la atención a los que se encuentran en situación de mayor vulnerabilidad”.

El Papa mostró su deseo de que el compromiso conjunto contra la pandemia pudiera “llevar a todos a reconocer la necesidad de reforzar nuestros vínculos fraternos como miembros de una única familia. Espero especialmente que suscite en los responsables de las naciones y demás partes involucradas un compromiso renovado para superar rivalidades. Los conflictos no se resuelven con la guerra. Es necesario superar los antagonismos y contrastes mediante el diálogo y una búsqueda constructiva de la paz”.

En los días siguientes, Francisco volvió a deplorar el gasto en armamento y en la homilía pascual afirmó: “Acallemos los gritos de muerte, que terminen las guerras. Que se acabe la producción y el comercio de armas, porque necesitamos pan y no fusiles”. El papa Bergoglio quiso volver a recordar este tema, que representa una constante en su pontificado, así como en la más larga de sus oraciones marianas, a las que invitó a los fieles al término del rezo del rosario en el mes de mayo. “Asiste a los líderes de las naciones, para que actúen con sabiduría, diligencia y generosidad, socorriendo a los que carecen de lo necesario para vivir, planificando soluciones sociales y económicas de largo alcance y con un espíritu de solidaridad. Santa María, toca las conciencias para que las grandes sumas de dinero utilizadas en la incrementación y en el perfeccionamiento de armamentos sean destinadas a promover estudios adecuados para la prevención de futuras catástrofes similares”.

Muchas veces y con diversos motivos el papa Francisco denunció en años pasados la “hipocresía” y el “pecado” de los líderes de esos países que “hablan de paz y venden armas para mantener estas guerras”. Palabras que volvió a repetir tras su último viaje internacional antes de la pandemia, a Tailandia y Japón. “En Nagasaki e Hiroshima permanecí en oración, me reuní con algunos supervivientes y familiares de las víctimas, y reiteré la firme condena a las armas nucleares y la hipocresía de hablar de paz construyendo y vendiendo artefactos de guerra”.

Un magisterio por la paz y contra la hipocresía

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Adiós a Georg Ratzinger

Federico Pichetto

Primeros años noventa del siglo pasado. El majestuoso coro de la catedral de Ratisbona que acompaña la imponente melancolía de la música de Bach en la Pasión de Mateo acaba de sonar ante el crucifijo que ocupa la nave central cuando, entre la suave luz de las vidrieras góticas, asoma la figura de Georg Ratzinger. La mirada firme y decidida del anciano director del coro parece atormentada por la búsqueda de lo sublime mientras otros tormentos, en ese mismo momento, afligen a su hermano menor Joseph en la lejana Roma, donde se enfrenta a las crecientes desviaciones de la fe, que muestran una incapacidad cada vez más evidente de las palabras de la doctrina para mover los corazones.

Georg y Joseph crecieron juntos a la sombra de una cítara que tocaba su padre, como queriendo recordar a los dos hermanos que algo que no es capaz de “mover” tampoco puede aspirar a “enseñar”. Si para Joseph, el teólogo, esto siempre supuso la búsqueda de una fe sencilla que mostrar a aquellos que se adentraban en el nuevo milenio, para Georg, el músico, la trampa se escondía justo en el tercer polo de la tríada ciceroniana, el “delectare”, donde veía el riesgo de la música sacra contemporánea que él estigmatizaba como destino de cualquier canción “moderna”, buscando por el contrario en la profunda inquietud de Mozart y Bach la auténtica clave de su propio ministerio.

Tocar no para gustar sino para despertar. Al principio parecía casi imposible arrogarse una tarea semejante en una época tan proclive al sentimentalismo, pero hasta en los años más oscuros –como soldado reclutado en la Wehrmacht, “liberado” por los aliados y encarcelado en Nápoles– las notas del órgano que aprendió a tocar a los once años compusieron en la mente de Georg una sólida base de la que partir constantemente para poder mirar hacia adelante, a la misericordia de ese Dios por el que siempre se sintió amado y buscado.

Esta firmeza en su fe, este brillo en sus ojos fue lo que empujó a su docto hermano Joseph por el mismo camino, que les llevó juntos al sacerdocio el mismo día en una lejana tarde de junio de 1951. La pregunta de Georg, su perenne insatisfacción y melancolía, se convirtió así para Joseph en puerto seguro para toda certeza conquistada racionalmente, hasta el punto de que para el teólogo bávaro el logos ya no podía calificarse como un razonamiento abstracto formal sino que era necesariamente una Persona, el Verbo de Dios. En el Verbo, lo divino y lo humano, la certeza y la pregunta, el cielo y la tierra, se encuentran sin confundirse ni distinguirse. La grandeza del Dios cristiano reside justamente en el hecho de que Él no necesita apagar el deseo para poder reinar sino, por el contrario, viene al mundo para que ese deseo brille en todo su esplendor.

A los hermanos Ratzinger les encantaba hablar  de esto en sus habituales encuentros y por eso, por un pensamiento tan fresco y verdadero, el joven teólogo estuvo desde el principio entre los acompañantes de su obispo en el Concilio Vaticano II, para luego convertirse en arzobispo de Múnich y prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Adiós a Georg Ratzinger

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José Gregorio beato. Un santo no es un santurrón

Bernardo Moncada Cárdenas

«No pude nunca penetrar aquella psicología, ni alcancé jamás a descubrir los secretos de aquella ecuanimidad imperturbable. Yo le veía recorrer, con incansable actividad, el intrincado laberinto del mundo, sin comprender qué fuerza le guiaba o sostenía.» Francisco Antonio Rísquez, sobre José Gregorio Hernández.

«No tengas miedo de la santidad. No te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó y serás fiel a tu propio ser». Papa Francisco, Gaudete et Exsultate.

La iconografía tiende a representar a los santos en actitudes de afectación rayana en mojigatería. Lejos están las actuales estampitas populares de la fuerza que grandes pintores mostraron en los santos en el medioevo y el renacimiento. Miradas arrebatadas, gestos dulcificados, cuando no rígidamente austeros, reflejan una religiosidad quizá demasiado apoyada en el sentimentalismo y el moralismo. Tal suerte había corrido la imagen del nuevo beato de la Iglesia, el doctor José Gregorio Hernández, con atuendo negro y pose imperturbable. En vísperas del dictamen de la beatificación, muy bien ha hecho la Conferencia Episcopal Venezolana en promover su ligero pero determinante cambio de imagen.

Como acentuaba el cardenal Porras Cardozo en homilía del centenario del accidente que truncó la vida del doctor Hernández, «José Gregorio no fue un superdotado ni un ser excepcional imposible de seguir e imitar. Los invito a que lean la novela que sobre su vida acaba de publicar un profesor universitario de la ULA, titulada “Médico del alma”. Allí constatamos un ser normal como cualquiera de nosotros, salido de este mismo suelo venezolano escaso en recursos y ayuno de muchos medios. Sin embargo, su constancia, su norte seguro como ciudadano y como cristiano lo llevó a ser lo que es hoy para todos nosotros: espejo de lo que cada uno de nosotros queremos y podemos ser».

La trayectoria del beato José Gregorio Hernández muestra cómo se podía habitar, a principios del siglo XX, en el descreído y cínico ambiente de cierta ciencia moderna manteniendo una fe inquebrantable y sincera, sin dividir la personalidad; por el contrario, gozando de envidiable unidad personal. La religiosidad guio una exitosa carrera científica y profesional, y la ciencia, entendida como ferviente búsqueda del sentido divino de la existencia y servicio al bien común, reforzó la religiosidad.

A los cien años del fallecimiento de José Gregorio Hernández, pudimos descubrir la multiplicidad de mundos que este personaje, reducido a severa figurilla de negro, unió en su verdadera historia, todo un cosmos vivo, regido por la fe. La oportunidad fue un coloquio en la Academia de Mérida, cuando Ricardo Contreras, el padre Cándido Contreras, y Fortunato González Cruz, disertaron sobre las facetas de ese diamante de venezolanidad que fue el “Médico de los Pobres”.

En aquel recorrido por la biografía del doctor Hernández, la desbordante humanidad del facultativo, científico, músico, gustoso danzarín y profundo hombre de Iglesia rompió afablemente la habitual estampita para que asomara el hombre. La estatuilla de sombrero negro se abrió como una crisálida para dejar salir la rica calidad de este venezolano ejemplar.

José Gregorio beato. Un santo no es un santurrón

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Meditación de Pablo VI ante la muerte. El don de comprender el secreto de la vida

Danilo Zardin

“Finis venit, venit finis. Es el fin… viene el fin”. La lapidaria sentencia del profeta Ezequiel (7,2) marca el tono con que arranca la Meditación de Pablo VI ante la muerte. Se trata de una suerte de testamento espiritual recogido en pocas páginas. El santo pontífice lo redactó muy probablemente en los primeros meses de 1966.

Hacía poco que había concluido el Concilio Vaticano II. La fuerza transformadora del impacto de la crisis de aquellos años cruciales aún no había manifestado los dolorosos resultados que se verían poco después y el vicario de Cristo, a punto de cumplir setenta años, conservaba toda la vivacidad de una inteligencia aguda, unida a una fina sensibilidad pastoral en su largo servicio a la Iglesia. No asomaban amenazas de salud que hicieran presagiar el riesgo de una interrupción próxima de su aventura en el escenario del mundo. Pero el realismo obligaba a reconocer que nada está garantizado para siempre en la vida, ni siquiera las metas más altas y entusiasmantes. El trasfondo de la fragilidad, la volubilidad de las circunstancias, el riesgo de precipitarse en el vacío y en el dolor se perfilan entre los pliegues de cada momento en el camino de la existencia. Ni siquiera un Papa está exento, es algo que todos compartimos.

Pablo VI, en su intensa meditación personal entre los apuntes de sus memorias autobiográficas, se deja interpelar severamente. El contragolpe de su humilde sentido de finitud le obliga a medirse con la vida que pasa. Se convierte en fuente de juicio sobre su camino, sobre las perspectivas más auténticas a las que se abre. En esta línea, su “meditación ante la muerte” es todo lo contrario de una sombría obsesión dominada por las incógnitas de un remoto más allá. Reflexionar sobre el último límite abre la conciencia de par en par hacia una luz más pura y penetrante en el misterio de la existencia en su conjunto. No solo se refiere al fin, o al modo de prepararse para su venida, más tarde o más temprano. Es una meditación que implica al yo como tal, inmerso en el flujo que nos arrastra por el paso del tiempo. Tiene que ver con el compromiso concreto de la vida, en su totalidad, partiendo del presente, del “ahora”, dentro de la profundidad del instante. En este sentido, resulta perfectamente legítimo el subtítulo elegido para la publicación de esta meditación de Pablo VI en una reciente reedición a cargo de Claudio Stercal, ‘Sobre el sentido de la vida’.

“Se impone esta consideración obvia sobre la caducidad de la vida temporal y sobre el acercamiento inevitable y cada vez más próximo de su fin. No es sabia la ceguera ante este destino indefectible, ante la desastrosa ruina que comporta, ante la misteriosa metamorfosis que está por realizarse en mi ser, ante lo que se avecina”.

Meditación de Pablo VI ante la muerte. El don de comprender el secreto de la vida

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Laudato Si', una encíclica para mirar al futuro después de la pandemia

Andrea Tornielli

Recordar los cinco años de la Laudato Si’ no supone una celebración ritual. La semana y luego el año dedicado a esta encíclica representan una suerte de comprobación para recoger iniciativas, ideas, experiencias, buenas prácticas. Son un modelo para compartir lo que ese documento puso en marcha en comunidades, territorios, en todo el mundo. Y para reflexionar sobre su actividad en el momento actual, cuando el mundo entero lucha contra la pandemia del Covid-19.

Uno de los méritos de este largo texto papal, que parte de los fundamentos de la relación entre las criaturas y el Creador, es haber dado a entender que todo está conectado. No existe una cuestión ambiental separada de la social y los cambios climáticos, las migraciones, las guerras, la pobreza y el subdesarrollo son manifestaciones de una única crisis que antes que ecológica es, desde su raíz, una crisis ética, cultural y espiritual. Se trata de una mirada profundamente realista. Laudato Si’ no nace de nostalgias de tiempos pasados para retrasar el reloj de la historia y devolvernos a formas de vida preindustriales sino que identifica y describe procesos de autodestrucción debidos a la búsqueda del beneficio inmediato, de la divinización del mercado. La raíz del problema ecológico, según el papa Francisco, está justamente en el hecho de que “hay un modo de entender la vida y la acción humana que se ha desviado y que contradice la realidad hasta dañarla”.

Partir de la realidad significa medirse con la objetividad de la condición humana, empezando por el reconocimiento de la limitación del mundo y de sus recursos. Significa estar lejos de la ciega confianza que representa el “paradigma tecnocrático” que, afirma el Papa siguiendo las huellas de Romano Guardini, “ha terminado colocando la razón técnica sobre la realidad, porque este ser humano ni siente la naturaleza como norma válida, ni menos aún como refugio viviente”. La intervención del hombre sobre la naturaleza, seguimos leyendo en la encíclica, “siempre ha acontecido, pero durante mucho tiempo tuvo la característica de acompañar, de plegarse a las posibilidades que ofrecen las cosas mismas. Se trataba de recibir lo que la realidad natural de suyo permite, como tendiendo la mano. En cambio ahora lo que interesa es extraer todo lo posible de las cosas por la imposición de la mano humana, que tiende a ignorar u olvidar la realidad misma de lo que tiene delante”. Por eso “ha llegado el momento de volver a prestar atención a la realidad con los límites que ella impone, que a su vez son la posibilidad de un desarrollo humano y social más sano y fecundo”.

Laudato Si', una encíclica para mirar al futuro después de la pandemia

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En el sábado del tiempo

Guillermo Alfaro

El viernes pasado el Papa presidió en la Plaza de San Pedro el Via Crucis. No es su sitio habitual, ya que tradicionalmente se celebra en el Coliseo Romano. Tradición, ritual, arquitectura e historia confluyen en la actualización periódica del camino de Jesús con la Cruz, una vía ascendente que es en realidad descenso a los infernos.

Doce personas en la comitiva, muchísimos metros cuadrados de pavimento a la vista, tal como lo soñó Bernini y luego Sorrentino, velas, fuentes, obelisco, los alzados desnudos, una cruz de madera dentro del abrazo mudo y hueco de la Conciliación. En el eje, un baldaquino, con un Papa solo con su asistente y un atril que iba y venía. Porque el ritual es vaivén.

La comitiva recorrió un círculo en ocho estaciones y una recta en las otras seis. Una llave.

El mundo sumido en el miedo y la angustia mira la televisión para acompañar el camino de la Cruz. Ha oscurecido. Y en la oscuridad, en la conciencia de nuestra vulnerabilidad radical colectiva empezamos a revolvernos sobre nosotros mismos. ¿Se podía saber? ¿Nos mata el gobierno con sus mentiras? ¿Aprovechan los advenedizos las muertes para pescar en río revuelto? ¿Natura nos manda un correctivo porque sobramos algunos? ¿Es una venganza de Dios? Frente a todas esas preguntas, el Papa nos pone delante a un Jesucristo que “en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado en su piedad filial. Y, aun siendo hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna, proclamado por Dios sumo sacerdote según el rito de Melquisedec” (Hb 5, 7 ss). Francisco no tiene miedo a presentar a este mundo magullado y angustiado los testimonios crudos de quien conoce la soledad y la condena, y está en contacto habitual con ella. No solicitó las meditaciones de un docto arzobispo de una diócesis lejana, sino que ha buscado la oración-grito de los detenidos, condenados, acusados y despojados. Gente que, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas presentan oraciones y súplicas al que puede salvarlos de la muerte.

Pero ¿por qué el autor de la carta a los Hebreos dice que Jesús fue escuchado, si no fue librado de la muerte? ¿Si, aun siendo hijo, tuvo que aprender a obedecer y ser llevado a la consumación? A mí me interesa entenderlo, porque el mal que sufre occidente y el mundo entero clama al cielo a gritos y con lágrimas de la misma manera.

¿Por qué digo que el Via Crucis es descenso y no ascenso? Porque es descenso a los infiernos, como profesamos en el Credo. Jesús muere por nosotros, pero no muere en sustitución de nosotros. El paradigma del superhéroe es el de aquel que hace lo que los demás no alcanzamos a hacer o no queremos encargarnos. Y sin embargo, Jesús desciende a los infiernos por la puerta de su Muerte para recorrer con nosotros cada uno de los caminos de la angustia y la desesperación.

En el sábado del tiempo

Guillermo Alfaro | 0 comentarios valoración: 2  19 votos

El sentido de esta Pascua

Angelo Scola

No hablo de la Pascua por deber profesional ni porque sea una fecha que, aunque esté secularizado, marca desde siempre nuestro calendario. Incluso si este año nos vemos obligados a renunciar a la tradicional excursión del lunes de Pascua.

Hablo de ella porque este acontecimiento impone de manera inexorable el tema del final y de mi final.

Muchas veces me he encontrado y he discutido con personas que me decían que hasta el Viernes Santo, hasta ese Crucificado desfigurado en el madero de la cruz, podían llegar. Después no: la resurrección es imposible.

Pascua y coronavirus: ¿mera coincidencia?

Ya se ha hablado mucho del miedo, tal vez para exorcizarlo, pero es una tarea imposible para los recursos de la psicología humana. Se detallan, con la ayuda de la tecno-ciencia, los comportamientos que debemos tener porque el virus es un enemigo desconocido, traicionero y cambia continuamente su estrategia. Luego se plantea la perspectiva económica, que se enfrenta necesariamente a una gran preocupación por la recesión, la pérdida de empleo, la pobreza... Hasta llegar a la política. Prescindamos de su uso instrumental cuando, tal vez movidos por una denuncia justa de los problemas, se propone una solución que solo conviene al propio interés, mientras que ahora es más necesaria que nunca una amistad cívica.

Todas estas son intervenciones decisivas, pero no resuelven la soledad, el vacío ni el dolor que provoca la muerte de un ser querido. No consiguen librarnos del temor de nuestra propia muerte personal. Como tampoco mitigan la consternación frente a la enorme cantidad de hombres y mujeres que mueren, reducidos a mero número, en ataúdes apilados a lo largo de los pasillos de un hospital o en iglesias transformadas en hangares. Muertos en soledad, atendidos por enfermeros y médicos incansables, llamados a vivir una sustitución vicaria de sus familiares, a los que se les prohíbe estar presentes...

Desde los umbrales de las salidas de emergencia emerge una frustración que exige una respuesta más profunda.

¿Hay algo que pueda al menos consolarnos, aparte de darnos explicaciones, dentro de toda esta confusión? No falta la iniciativa de sacerdotes, religiosos y fieles para que, en la oración y en la caridad, no se rompa el resistente hilo que nos une a Dios. Pero eso tampoco logra sanar del todo el dolor por la falta de los gestos litúrgicos, sobre todo de la participación del pueblo fiel en la Santa Misa.

Tampoco los planes de recuperación nacional consiguen arañar la impotencia que nos sorprende cada vez que huimos de este doloroso presente, porque no podemos aguantar  la mirada ante él y nos refugiamos en un futuro imprevisible.

Delante de esta inmensa tragedia, no creo que exista una persona capaz de resignarse a la idea de que la muerte es inevitable. Y dudo bastante de los que aseguran no tener problemas con la muerte. Como tampoco me convencen esos cristianos que hablan de un Paraíso evanescente al que contraponen la vanidad última de esta vida terrena y el apego a este mundo.

Entonces, ¿no hay un camino para encontrar el sentido, como significado y orientación, para vivir este hecho que hiere profundamente nuestra carne?

Lo hay. Es la Pascua, acontecimiento de muerte y resurrección.

El sentido de esta Pascua

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Cosas nuevas que suceden y no vemos

Federico Pichetto

Estoy aprendiendo a mi pesar el valor de la verdad. La verdad nos purifica, nos libera, nos devuelve al mundo más desarmados y por ello –paradójicamente– más fuertes y autorizados.

Siento en el aire una profunda necesidad de verdad. La exigen las familias, que miran al futuro con incertidumbre, la exigen los jóvenes, angustiados por una situación que al principio infravaloramos, la exigen los ancianos, asustados e incapaces aún de comprender del todo el nivel de la amenaza que estamos viviendo, y –por lo que percibo– la exigen también en el fondo los cristianos, dividido soterradamente entre los que ven el abismo que se ha abierto y los que, por el contrario, creen que una posible intervención divina podría resolver toda esta emergencia, aferrados a diatribas sobre el modo de celebrar los ritos sagrados y ejercer la libertad de culto, algo que ya se ha visto ampliamente superado por los trágicos acontecimientos.

Creo por tanto que hay que decir sin equívocos que lo que acaba de empezar es un tiempo que será largo. No es posible pensar realmente en erradicar el virus que nos ha golpeado sin la hipótesis de que las medidas adoptadas, en diversos grados, seguramente nos acompañarán al menos hasta el final del verano. No lo digo yo, lo dicen muchas voces y lo dice la realidad, la curva de casos en Europa y lo que está pasando en China, donde se recuperará una cierta libertad de movimiento en Wuhan el 8 de abril, tres meses después del estallido de la pandemia allí.

Esta amarga verdad tiene consecuencias muy concretas para la comunidad cristiana. No habrá celebraciones de ningún tipo antes de otoño y conviene concienciarse para que esto no suponga motivo de abatimiento sino un espacio para preguntarse aún con más fuerza por qué cada uno elige recibir el don de un sacramento. ¿Por la fiesta que supone? ¿Por los regalos? ¿Por las fotos?

Tal vez lo que está pasando pueda reabrir en nuestro corazón no tanto las expectativas de algo sino la espera de Alguien que mediante la celebración de ese signo nos alcanza y nos dona su amor y su presencia.

Claramente, lo dicho hasta ahora comporta automáticamente otras verdades difíciles de aceptar, pero creo que igualmente compartidas con todo el pueblo. De hecho, no sabemos cuándo ni cómo podremos volver a celebrar misa los sacerdotes delante de nuestra gente.

La celebración del domingo queda totalmente en manos de las familias, igual que la Semana Santa. En este sentido, me viene a la mente el libro del Éxodo, donde se cuenta que la Pascua era una fiesta ante todo para la familia. Los niños se acercaban a los mayores y les preguntaban por qué hacían signos tan particulares y aquella pregunta, según el capítulo 26 del Deuteronomio, servía como ocasión para hablar, cada uno en su propia casa, de la fe de sus padres.

Cosas nuevas que suceden y no vemos

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Un crucifijo bañado por las lágrimas del cielo

Andrea Tornielli

El protagonista de la oración que la noche del viernes 27 de marzo –un anticipo del Viernes Santo– celebró el papa Francisco en una plaza de San Pedro vacía y sumergida en un silencio irreal, fue él. El crucifijo, con la lluvia regando su cuerpo, como añadiendo a la sangre pintada en la madera esa agua que el Evangelio nos cuenta que manó de la herida causada por la lanza.

Ese Cristo crucificado que sobrevivió a las llamas, que los romanos sacaban en procesión contra la peste, ese Cristo crucificado que san Juan Pablo II abrazó durante la liturgia penitencial del Jubileo del año 2000, fue el protagonista silencioso e inerme en el centro de un espacio vacío. Hasta María, Salus populi Romani, encapsulada de tal manera que la lluvia oscureció su imagen, parecía querer ceder el paso, casi desaparecer humildemente, frente a Él, elevado a la cruz para la salvación del mundo.

El Papa parecía minúsculo, curvado, cansado y en soledad mientras subía los escalones del atrio, haciendo suyos los dolores del mundo para ofrecerlos a los pies de la cruz. “Maestro, ¿no te importa que perezcamos?”. La angustiosa crisis que estamos viviendo con la pandemia “desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades” y “ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: despierta, Señor”.

La sirena de una ambulancia, una de las muchas que en estas horas atraviesan nuestros barrios para socorrer a nuevos contagiados, acompañó a las campanas en el momento de la bendición eucarística Urbi et Orbi, cuando el Papa, solo, volvió a asomarse a una plaza desierta y fustigada por la lluvia para hacer la señal de la cruz con la custodia. El protagonista volvía a ser Él, ese Jesús que al inmolarse quiso hacerse alimento para nosotros y hoy vuelve a repetirnos: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?... No tengáis miedo”.

Un crucifijo bañado por las lágrimas del cielo

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Los 'grandes sueños' de Francisco

Andrea Tornielli

“El sueño es un lugar privilegiado para buscar la verdad. También Dios eligió muchas veces hablar en lo sueños”. Estas palabras pronunciadas por Francisco en diciembre de 2018 en una homilía en Santa Marta y referidas a san José, hombre silencioso y concreto, nos ayudan a comprender la mirada del Papa hacia la Amazonia a través de su exhortación postsinodal. Un texto escrito como una carta de amor, donde abundan las citas de poetas que ayudan al lector a entrar en contacto con la extraordinaria belleza de esa región, pero también con sus dramas cotidianos. ¿Por qué el obispo de Roma ha querido dar un valor universal a un sínodo circunscrito a una determinada región? ¿Por qué nos interesa la Amazonia y su destino?

Hojeando las páginas de la exhortación, surge una primera respuesta. Para empezar, porque todo está conectado. De hecho, el equilibrio de nuestro planeta depende del estado de salud de la Amazonia. Puesto que el cuidado de las personas y el de los ecosistemas no pueden ir por separado, no nos debe dejar indiferentes ni la destrucción de la riqueza humana y cultural de las poblaciones indígenas, ni la devastación y las políticas extractoras que destruyen los bosques. Pero hay otro elemento que hace a la Amazonia universal. En cierto modo, las dinámicas que allí se ponen de manifiesto anticipan desafíos que ya tenemos muy cerca: los efectos de una economía globalizada y de un sistema financiero cada vez menos sostenible en la vida de los seres humanos y en el medio ambiente, la convivencia entre pueblos y culturas profundamente distintas, las migraciones, la necesidad de proteger la creación, que corre el riesgo de sufrir heridas irreversibles.

Esa “Querida Amazonia”, protagonista de esta carta de amor de Francisco, representa ante todo un desafío para la Iglesia, llamada a encontrar nuevas vías para evangelizar, anunciando el corazón del mensaje cristiano, ese kerygma que hace presente al Dios de la misericordia que amó tanto al mundo que sacrificó a su Hijo en la cruz. En la Amazonia, el hombre no es la enfermedad a combatir para cuidar el medio ambiente. Los pueblos nativos deben preservarse, con sus culturas y tradiciones. Pero también tienen derecho a un testimonio evangélico. No hay que excluirlos de la misión, de la atención pastoral de una Iglesia representada por los rostros curtidos por el sol de tantos misioneros, capaces de recorrer días y días en canoa solo para visitar a grupos de gente perdida y llevarles la caricia de Dios y el conforto regenerador de sus sacramentos.

Los 'grandes sueños' de Francisco

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>Entrevista a Angelo Scola

'No se puede permanecer en el miedo'

P.R.

“En 1576 Milán fue atacada por la peste. La llamaron la peste de san Carlos porque hubo un hombre, precisamente san Carlos, que la vivió de un modo diferente, sin miedo, llegando a dar la vida por los demás y de esta manera hizo que todos usaran su nombre para denominar dicha peste. Si estos días de miedo, legítimo, nos hicieran volver a una forma de vivir las relaciones así, como hizo san Carlos, no serían días desperdiciados. En aquellos días encuentro una indicación precisamente sobre cómo estar dentro de esta prueba”. Angelo Scola ha decidido vivir en Imberido di Oggiono después de dejar la guía de la archidiócesis de Milán a Mario Delpini. Ha querido regresar a los manzonianos lugares de su infancia, cerca del lago de Como, a apenas diez kilómetros de Malgrate, el pueblo donde nació hace 78 años, hijo de Carlo, camionero, y Regina, ama de casa.

Cuando era niño, ¿vivió situaciones parecidas a esta?

En ciertos aspectos, sí. Recuerdo los pequeños féretros blancos de los funerales de los niños, entre ellos algunos de mis primos, que morían por pulmonías y tuberculosis. Yo mismo padecí tuberculosis a los veinte años. Todavía había miedo y confusión. Aunque las familias tenían muchos niños y, por tanto, aun con un dolor único y terrible a la vez, las muertes se veían mitigadas por la presencia de los muchos que quedaban. Además, había una referencia neta y clara a la fe en la resurrección, por lo que todo se vivía al final con esperanza.

Alessandro Manzoni no criticó el miedo de la gente, pero denunció el instinto atávico de mirar a nuestros semejantes como una amenaza, como un potencial agresor, ¿por qué?

Ante todo hay que decir que el miedo es una reacción normal de defensa frente a un acontecimiento inesperado y amenazador. El yo se pierde. Es inevitable. No hay que escandalizarse. Lo importante es hacer que ese miedo evolucione de una manera racional, captar el significado del hecho extraordinario que está sucediendo.

¿Por qué ver al otro como un potencial enemigo?

En el miedo no se puede permanecer y por eso se buscan vías para quitárselo de encima. Buscar un enemigo es una de ellas. Son actitudes que no están bien. A mí, por ejemplo, me llama la atención que los medios hablen de los muertos por coronavirus casi con alivio por el hecho de que muchos de esas personas sean ancianas. Yo también lo soy, y oír ciertos discursos no me hace mucha gracia.

Giovanni Boccaccio, cuyo Decamerón estaba ambientado en un lugar en cuarentena durante la epidemia de la peste en Florencia, también habló de este envenenamiento social en las relaciones.

Es un poco lo que sucede hoy también respecto a las migraciones. Quien es diferente da miedo. Todo eso debería abrir una reflexión sobre qué tipo de relación se tiene con uno mismo y con los demás, en qué tipo de sociedad deseamos vivir. En todo caso es evidente que ciertas reacciones también son hijas de las comunidades con las que uno se relaciona. Si, por ejemplo, un creyente vive en una comunidad cristiana que solo habla de miedo, está claro que reaccionará de una cierta manera en determinadas situaciones.

La Iglesia ha tomado medidas, por ejemplo en Lombardía, suspendiendo las misas. ¿Está de acuerdo?

>Entrevista a Angelo Scola

'No se puede permanecer en el miedo'

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El odio a los últimos papas, una cuestión política

Massimo Borghesi

En su desprecio hacia el papa Francisco, los ultras católicos anti-Bergoglio evitan incluso llamarlo por su nombre. El Papa se convierte así en “el argentino de Santa Marta”. Francisco es el “argentino” igual que Juan Pablo II era el “polaco” y Benedicto XVI, el “pastor alemán”. Estas formas de racismo clerical nos recuerdan que no es nuevo eso de que los papas sean objeto de desprecio. Sobre todo los últimos.

Pablo VI, el pontífice del Concilio Vaticano II, fue objeto, por parte de los conservadores y de la derecha política, de continuos ataques, viñetas satíricas y burlas. Los conservadores de hoy solo lo recuerdan por el discurso del humo de Satanás en la Iglesia postconciliar y por la Humanae Vitae dedicada a la crítica del aborto y la anticoncepción. Más de una vez se recuerdan sus documentos sociales, empezando por la Populorum progressio.

Juan Pablo II tuvo un destino parecido. Alabado por todo el frente político que veía en él un baluarte contra el comunismo soviético, el abanderado de la liberación de Polonia de la dictadura. Fue igualmente loado por aquellos para quienes sus correcciones de las derivas marxistas de la teología eran esenciales para mantener la fe. Pero después del 89 una gran parte de los entusiastas se perdió por el camino. No agradaron ni sus críticas al capitalismo de los años 90 ni su encuentro de Asís con los representantes de las religiones del mundo, juzgado como una cesión al relativismo. Tampoco gustó su petición de perdón, en nombre de la Iglesia universal, por los errores y pecados cometidos con motivo del gran jubileo del año 2000. Para la mentalidad conservadora, la Iglesia estaba exenta de errores y pecados, no debía someterse al juicio del mundo.

La oposición más dura se manifestó en 2003-2004, con motivo de la guerra norteamericana contra el régimen de Saddam Hussein en Iraq. Vimos entonces a un Papa viejo y enfermo erigirse como un león frente al presidente Bush jr. y la idea de una cruzada cristiano-occidental contra el eje (islámico) del “Mal”. En aquella ocasión, buena parte de aquellos que apoyaron y aplaudieron al joven Juan Pablo II contra el comunismo le dejó solo. Le siguieron por su orientación política y por esa misma razón le dejaban entonces.

El odio a los últimos papas, una cuestión política

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Mirar hacia lo alto

Giuseppe Frangi

Es digno de seguir con atención el nuevo ciclo de catequesis del papa Francisco dedicado al sermón de las Bienaventuranzas que comenzó con la audiencia de la semana pasada. En este caso, Bergoglio vuelve a confirmar su especial capacidad para adherirse a la concreción del texto evangélico y hacer que nos resulten sorprendentes e “inéditas” páginas que hemos escuchado o leído quién sabe cuántas veces.

Por ejemplo, Francisco pone mucha atención en “cómo” maduró la idea de este discurso. Dice Mateo, en un inciso, que Jesús se decidió a hablar “viendo a la multitud que le seguía”. Jesús se dirige a los discípulos pero en el horizonte, dice el Papa, “están las multitudes, es decir, toda la humanidad”.

Mateo subraya que Jesús subió a un monte que se asomaba al lago de Galilea, probablemente para permitir que le escucharan mejor. Pero Mateo añade un detalle que parece secundario y casi contradictorio respecto al objetivo de ser escuchado. De hecho, para hablar Jesús “se sienta”.

Es un detalle precioso porque nos dice que Jesús no tiene intención de predicar, ni mucho menos de adoptar la actitud de un tribunal. “Jesús no impone nada, pero revela el camino a la felicidad, su camino”, subraya Francisco. Jesús se sienta como si fuera a decir aquellas cosas a sus amigos, los apóstoles, que en efecto se habían reunido en torno a él. Pero entonces, las multitudes ¿qué podían escuchar y entender?

Hay un gran artista contemporáneo, David Hockney, al que le llamó la atención precisamente esta incongruencia e intentó pintar la escena, inspirándose entre otras cosas en un cuadro de Claude Lorrain, artista francés del XVII. Hockney imaginó a Jesús en una cima, obviamente sentado y rodeado por los discípulos. Pero el punto de vista del artista es el de la multitud que está abajo, dispersa a los pies de la montaña. La multitud de los sencillos, todos con la mirada puesta hacia lo alto, ¿qué podían oír o entender de las palabras de Jesús?

Hockney da una respuesta sorprendente: una gran sensación de dulzura. Casi como si el mensaje de Jesús se comunicase por simple atractivo humano. “El sermón de la montaña es un cuadro sobre la posibilidad de mirar hacia lo alto”, explicó Hockney, que quiso titular su obra “A bigger message”.

Pero volvamos a la lectura del papa Francisco. Analizando el sermón de Jesús, el Papa señala que todas las bienaventuranzas se componen de tres partes. Está la palabra “bienaventurados”, luego la situación presente en que los bienaventurados se encuentran, y por último “el motivo de la bienaventuranza, introducido por la conjunción porque”. El motivo de la bienaventuranza, por tanto, no es la condición presente sino la nueva condición recibida por Dios.

Mirar hacia lo alto

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>Entrevista a John W. O`Malley

Iglesia y modernidad. La 'revolución' de León XIII

Danilo Zardin

Es uno de los mayores expertos en la historia y cultura del catolicismo moderno a nivel internacional es el jesuita norteamericano John W. O’Malley. Algunos de sus obras se han traducido a muchas lenguas. Le gustan tanto los marcos sintéticos como las profundizaciones sobre temas específicos. Sus ideas se abren paso por todas partes, abriendo nuevas perspectivas sobre el Renacimiento, el humanismo cristiano, el nacimiento y desarrollo de los jesuitas, los grandes concilios de los últimos siglos. Hablamos con él sobre el sentido que puede tener hoy mirar la historia de la tradición religiosa para comprender mejor las raíces de nuestro presente.

En la actualidad, parece que vuelve a ser evidente que para entender qué es el Occidente contemporáneo no se puede prescindir de una profundización en las raíces religiosas, tan olvidadas pero en cambio aún influyentes. ¿Está de acuerdo?

Estoy muy de acuerdo. Nosotros somos lo que somos como consecuencia de nuestro pasado, lo que significa que no podemos entender el mundo actual sin reconocer con cuánta profundidad ha influido el cristianismo en el curso de la historia occidental. Ignorar el papel el cristianismo en esta historia lleva a una visión fuertemente distorsionada de lo que somos y de lo que está pasando realmente en el mundo. Pero el propio concepto de “historia de la Iglesia” es parte del problema, pues sugiere la idea de una esfera autosuficiente y separada de la historia, como si la Iglesia no hubiera sido siempre un factor vital del desarrollo cultural. Por eso prefiero definirme como “historiador de la cultura religiosa” más que como historiador de la Iglesia. Por ejemplo, he insistido mucho en que algunos de mis libros se publiquen en editoriales laicas y no católicas, para dejar claro que esta parte de la historia es inseparable de la historia de Occidente en general.

Por otro lado, el interés se ha concentrado mucho en aspectos más problemáticos, como la persecución de las diferencias, la lucha contra las herejías, la violencia y la guerra con fines religiosos, la Inquisición, la censura… ¿Por qué se deja notar tanto esta atracción por lo “negativo? ¿No corre el riesgo de deslizarse a una visión deformada, unilateral?

>Entrevista a John W. O`Malley

Iglesia y modernidad. La 'revolución' de León XIII

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Los 'dos' Papas y la crisis de autoridad en la Iglesia

Massimo Borghesi

El eco mundial provocado por la noticia de la publicación, por parte de Fayard, del libro “a cuatro manos” ‘Des profondeurs des nos coeurs’ (Desde lo más profundo de nuestros corazones) por parte del Papa emérito y el cardenal Sarah no solo se debe a su contenido –la confirmación del celibato de los curas como condición inderogable del sacerdocio– sino a su uso mediático pretendido por la parte eclesial contraria al papa Francisco. En estos años esa parte intenta utilizar por todos los modos posibles la figura de Benedicto XVI con el fin de contraponerlo al Papa actual. Sueñan con dividir a la Iglesia a nivel mundial de modo que puedan deslegitimar a Francisco y obligarlo a dimitir. Con su furor, no se dan cuenta de la tragedia, la desorientación y el escándalo que provocan, sembrando división, sospecha y acusaciones de herejía.

Una patología religiosa recorre la Iglesia y las víctimas son, sobre todo, los fieles sencillos a los que suelen pillar desprevenidos y se ven implicados en las oscuras tramas de poder que mueven los hilos tras motivaciones de aparente celo religioso. A la derecha del mundo no le gusta el Papa “argentino”, latinoamericano. A nivel social, lo considera demasiado situado a la izquierda, y por tanto no operativo ante los ejes de poder que modifican sensiblemente la realidad actual.

Pero para deslegitimar a un Papa no basta con atacarlo en el terreno político. Hace falta insinuar la duda religiosa, y ahí es donde entran en juego las diatribas teológicas, los grupos de presión, el activismo de los medios que lanzan obsesivamente acusaciones de herejía. Un Papa avanzado socialmente no puede dejar de ser progresista-modernista en el terreno doctrinal. Y así se crea la leyenda: el Papa buenista es una criatura de Soros, del “amo del mundo” vaticinado por Robert Hugh Benson, cuyo objetivo oculto es la disolución de la Iglesia desde dentro.

Delirios apocalípticos y profecías místicas se confunden en un imaginario según el cual la Iglesia y el mundo se acercan a su fin. La apocalíptica es la otra cara de un mundo oscuro que pide, con prepotencia, orden y seguridad, desorientado e iracundo ante un Papa que pide derribar bastiones y no tener miedo.

Así, la anti-Iglesia que se mueve contra Bergoglio busca sin cesar líderes que, tanto en el ámbito político como eclesial, puedan asumir la imagen del anti-Francisco. Desde Trump hasta Putin, de Orbán a Salvini, o los cardenales Burke, Müller, Sarah, el obispo Viganò, todo es un intento continuo de deslegitimar la obra del pontífice. Hasta el punto de que el pontificado de Bergoglio aparecerá ante los historiadores futuros como una constelación ininterrumpida de fases de retirada.

Esta estrategia de desgaste no tendría que la potencia que tiene si, durante estos años, no hubiera intentado por todos los medios involucrar inútilmente a la figura de Benedicto XVI. Para una parte del catolicismo conservador, la gran renuncia del papa Ratzinger fue un gesto “revolucionario”, imperdonable. “De la cruz no se baja”, decía violentamente el cardenal de Cracovia Stanisław Dziwisz. Ese mundo nunca perdonó a Benedicto su decisión.

Los 'dos' Papas y la crisis de autoridad en la Iglesia

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El realismo y la esperanza

Andrea Tornielli

Lo que más llama la atención del discurso de Francisco sobre el “estado del mundo” [con motivo de la felicitación del año nuevo a los miembros del cuerpo diplomático acreditado en la Santa Sede] son especialmente las palabras dedicadas a la creciente tensión entre Irán y Estados Unidos. El Papa, que ya había hablado sobre el tema el domingo 5 de enero, reiteró su llamamiento para evitar que el conflicto se intensifique aún más, manteniendo encendida la “llama del diálogo y el autocontrol, en el pleno respeto de la legalidad internacional”. Un llamamiento que se aplica a todas las partes involucradas y que refleja, con realismo, el riesgo de arrastrar a Medio Oriente y al mundo entero a un conflicto con consecuencias incalculables.

Pero aunque hoy los focos se centren sobre el desarrollo de la crisis entre EEUU e Irán, y el ulterior riesgo que esta representa para un Iraq inestable, flagelado por las guerras y el terrorismo, Francisco no simplifica la realidad. Y recuerda muchas otras guerras y violencias muy a menudo olvidadas. Denunció el manto de silencio sobre el destino de la devastada Siria, el conflicto en Yemen, que está atravesando una grave crisis humanitaria con la indiferencia de la comunidad internacional. Citó a Libia, pero también la violencia en Burkina Faso, Malí, Níger y Nigeria. Recordó la violencia contra personas inocentes, incluidos los muchos cristianos asesinados por su lealtad al Evangelio, víctimas del terrorismo y el fundamentalismo.

A quien escuche o lea la larga y detallada lista de las crisis –incluidas las que afectan a América Latina y las causadas por injusticias y corrupción endémica– le impresionará que Francisco comenzara su discurso con una mirada de esperanza, esa esperanza que para los cristianos es una virtud fundamental pero que no puede separarse del realismo. Esperar, explicó el Papa, requiere llamar a los problemas por su nombre y que uno tenga el coraje de afrontarlos. Sin olvidar los desastres causados por las guerras libradas en el tiempo y sus devastaciones. Sin olvidar lo absurdo e inmoral de la carrera por el rearme nuclear y el riesgo concreto de autodestrucción en el mundo. Sin olvidar la falta de respeto por la vida humana y la dignidad; la falta de alimentos, agua y cuidados que sufren tantas poblaciones, la crisis ecológica que muchos todavía fingen no ver.

Pero se puede esperar, porque en un mundo que parece condenado al odio y a los muros, hay mujeres y hombres que no se rinden a las divisiones y no dan la espalda a los que sufren. Porque hay líderes de diferentes religiones que se encuentran e intentan construir un mundo de paz. Porque hay jóvenes que intentan hacer que los adultos sean conscientes de los riesgos que afectan a la creación al acercarse a un punto sin retorno. Uno puede esperar porque en la noche de Belén Dios, el Todopoderoso, decidió convertirse en un niño, pequeño, frágil, humilde, para ganar y cautivar al mundo con su amor y misericordia abundantes.

El realismo y la esperanza

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Abolido el secreto pontificio. La verdad se ama, no se teme

Federico Pichetto

Las denuncias, los procedimientos y las decisiones internas de la Iglesia inherentes a las causas relacionadas con el abuso de menores ya no estarán cubiertas por el secreto pontificio. La histórica decisión del papa Francisco ha llegado el día de su 83 cumpleaños y marca otro punto de no retorno en la política de la transparencia emprendida por el pontífice sobre un tema que ha marcado profundamente la percepción de la Iglesia entre la gente en estos primeros veinte años del siglo XXI.

Pero detrás de la noticia hay algo más. No mera conspiración, como pretenden ciertos comentaristas incapaces de leer en profundidad las decisiones del Papa, sino –una vez más– una tensión educativa, un deseo de indicar un camino para la experiencia de fe de cada uno.

Para entender el nivel en que se sitúa esta decisión del Papa hay que dar un paso atrás y preguntarse por qué la Iglesia se “inventó” el secreto pontificio. Este nace de la convicción de que existen cosas que solo deben tratar aquellos que viven un juicio que brota de la fe. La Iglesia no puede permitir a cualquiera acercarse a cuestiones delicadas que merecen una mirada que no es merca empatía humana sino el deseo de reconocer –hasta en el caso más oscuro– la impronta del Espíritu. La Iglesia pide silencio para proteger, respectar y dar dignidad a cosas que, de otro modo, podrían abordarse como si se tratara de cotilleos cuando en cambio hablan de grandes dramas y heridas.

Pues bien, este secreto pontificio –que nació para custodiar la mirada de Cristo hacia la realidad– se ha utilizado bastante en el pasado reciente como instrumento de poder y de obstrucción a la justicia humana en cuestiones consideradas propias de una casta que se autojuzga y autoprocesa.

Esta es la revolución –la enésima– que el Papa lleva a cabo: suprimir una medida que nació para perseguir una forma de caridad desde la esfera del poder, del abuso y la violencia. Es como si el Papa nos obligara a preguntarnos si los usos y costumbres con que abordamos cuestiones delicadas e importantes en nuestras comunidades son usos y costumbres al servicio de la verdad, a beneficio de la caridad, o no son más que formas ostentosas de preservar el poder y de obstinada dilación de un juicio claro sobre lo que ha sucedido –y sigue sucediendo– dentro de la vida de la Iglesia.

Francisco nos invita a no tener nada que esconder, nada que defender, nada que considerar superior a la justicia de los hombres, devolviendo la confianza en la humanidad y confiando a esa misma humanidad que los abusos han herido la responsabilidad de emitir un juicio justo y aclarar cómo ni siquiera dentro de la Iglesia se ha escuchado su propio grito.

De hecho, con el secreto pontificio muchísimas víctimas no sabían siquiera los procedimientos –a veces más graves y duros que los civiles– que la Iglesia había aplicado a sus verdugos. Todo quedaba envuelto en un silencio que no animaba a pedir el amor de Cristo sino que abría paso a los malos pensamientos, a las insinuaciones y a una percepción de la Iglesia como casa y fortín inaccesible.

Abolido el secreto pontificio. La verdad se ama, no se teme

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