Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
28 MARZO 2017
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Un viento del Este

José Luis Restán

Me viene la tentación de decir que eran de otra pasta. Pero seguramente no es así, estaban hechos de la misma carne y de la misma sangre que nosotros, y profesaron la misma fe de los apóstoles. Sucedió que una circunstancia dramática, una situación límite, puso a prueba los quilates de su fe y permitió que todos contempláramos el espectáculo de su paradójica victoria. Poco a poco van saliendo de escena, apenas si queda ya alguno entre nosotros. Pero su vida ha fecundado la tierra de la Iglesia y muchos nos sentimos hoy en deuda.

El pasado sábado ha fallecido el cardenal Miloslav Vlk, arzobispo emérito de Praga, tras una dura enfermedad que atravesó como todas las demás circunstancias de su agitada vida, como una ocasión para mostrar que todo es diferente cuando has sido alcanzado por el amor de Jesús. Una sociedad aparentemente dura e impermeable frente al testimonio de la fe, como puede parecer a veces la sociedad checa, se ha conmovido acompañando los últimos meses de uno de sus mejores hijos, un hombre que resume en su biografía toda la pasión y las esperanzas de este pueblo.

El año 2005 pude saludarle en un hotel de Praga, donde fue anfitrión de la asamblea de la Conferencia Europea de Radios Cristianas. Pero en realidad yo le conocía tiempo atrás, desde la época en que, junto a otros amigos, rastreaba todas las noticias que llegaban del otro lado del Telón de Acero, encontrando en las historias de aquellos cristianos alimento y acicate para nuestra propia aventura. Eran los años ochenta, los primeros de un Papa llegado del Este que nos reveló la potencia y riqueza de aquellos testimonios para nosotros escondidos. Y entre todos los países comunistas, Checoslovaquia se llevaba la palma a la hora de reprimir cualquier presencia significativa de los cristianos en la plaza, especialmente tras la corta primavera de 1968, cuando pareció que todo podía cambiar.

Aclaremos que la región de Bohemia, en la que nació Miloslav, incuba un resentimiento histórico hacia la Iglesia Católica debido a la forma en que fue combatida la herejía de Jan Hus. No obstante, la primavera de Praga permitió descubrir a gran parte de la población que la Iglesia era un baluarte en la lucha por la libertad. En 1971 la policía ya había fichado al cura Vlk y había calibrado su potencial peligrosidad. Primero le enviaron a una parroquia perdida en las montañas bohemias, hasta retirarle después, en 1978, el permiso para ejercer el sacerdocio. Por ese motivo “el ciudadano Miloslav Vlk” hubo de trasladarse a Praga, donde trabajaba como limpiacristales mientras por la noche ejercía su ministerio clandestinamente, reuniéndose con pequeños grupos de laicos en sus propias casas.

Un viento del Este

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El diapasón de la asamblea episcopal

José Luis Restán

La renovación de cargos en la Conferencia Episcopal Española, que acaba de tener lugar, refleja una lógica continuidad (la Iglesia nunca se mueve mediante saltos ni rupturas) matizada por algunos elementos interesantes para comprender la dinámica histórica en la que se inscribe la presencia y misión de la Iglesia. El principal factor de continuidad es la reelección del cardenal Ricardo Blázquez como presidente para un segundo trienio. Blázquez concita en este momento un amplio consenso entre obispos que pueden tener acentos y sensibilidades diversas. Representa a un tiempo la solidez doctrinal y la cordialidad pública, se le reconoce una trayectoria no exenta de sacrificios gravosos (como su ministerio en Bilbao en años muy duros, marcados por el terror de ETA) y una capacidad de sumar que, ahora mismo, resulta imprescindible. Sus apelaciones a la laicidad positiva consagrada por nuestro texto constitucional, y su advertencia clara y templada sobre las consecuencias de un laicismo agresivo que parece tristemente rebrotar, sintetizan con austeridad castellana la palabra de la Iglesia en este último trienio, que incluye un 2016 marcado por la inestabilidad política y el populismo.

El último trienio de la CEE ha estado marcado por el cansancio que había provocado un modo de presencia pública que vino exigido por la pleamar del zapaterismo. Las valoraciones pueden ser diversas y aun contradictorias, pero es un hecho que una mayoría episcopal reclamaba una especie de pausa, un replanteamiento de las formas y un redimensionamiento de las insistencias, en línea también con las sugerencias del papa Francisco. Por otra parte, batallas de muy hondo calado social y ético como las del aborto, el matrimonio homosexual o Educación para la Ciudadanía, requerían ya un nuevo planteamiento, una vez que las respectivas legislaciones están asentadas. Además, el fuerte impacto social de la crisis económica unido a la cuestión creciente de la inmigración y posteriormente de los refugiados reclamaban una renovada atención eclesial, no sólo en el plano de la acción (que jamás ha faltado) sino también en el discurso público. A eso vino a responder la Instrucción Pastoral “Iglesia servidora de los pobres”, que en absoluto ha representado una ruptura pero sí un acento propio de la implicación histórica de la Iglesia.

El nuevo periodo que ahora se abre sigue marcado en buena medida por estas claves, pero el tiempo histórico corre de prisa y los obispos entienden que las coordenadas de 2017 no son exactamente las mismas que las de 2014. Quizás eso explique la relativa “sorpresa” de que hayan llamado de nuevo al cardenal Antonio Cañizares a ocupar la vicepresidencia. Y es que Cañizares ha representado la necesidad de alzar la voz en defensa de libertades fundamentales, no solo de los católicos, frente a una prepotencia y una intolerancia redivivas. El acoso a la escuela concertada y a los símbolos católicos en el ámbito de la comunidad y el ayuntamiento valencianos ha movido al arzobispo de aquella sede a levantar la voz, y consecuentemente a sufrir acoso social y político. Pero algo similar, aunque con envoltorio más blando, sucede en otras Comunidades Autónomas, donde gobiernos de izquierda y derecha imponen la ideología de género a través de la escuela y del discurso oficial, amenazando con sanciones que constituyen un grave peligro para la libertad.

El diapasón de la asamblea episcopal

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Una sorpresa numérica

José Luis Restán

No es uno de tantos barómetros de opinión, ni una encuesta como la famosa EPA que define el trascendental mapa del empleo en España. Es una contabilidad minuciosa de las Declaraciones de la Renta presentadas en 2016 y revela que casi el 35% llevaban estampada la X en la casilla correspondiente a la Iglesia Católica. Eso significa que nueve millones de contribuyentes han apostado por esa realidad que muchos dibujan como un dinosaurio. Han decidido libre y voluntariamente que una parte (pequeña, desde luego) de sus impuestos se dedique a sostener sus actividades. En definitiva, han querido dar oxígeno a una labor tantas veces caricaturizada desde los medios.

Puede resultar una sorpresa, incluso para los mejor dispuestos. Más aún si pensamos que en los últimos diez años el apoyo expresado a la Iglesia a través de este gesto (tan frío, tan personal, tan supuestamente desapasionado) ha crecido de manera sostenida. Naturalmente, se puede y se debe argumentar el renovado esfuerzo de modernización y transparencia que ha desplegado la Iglesia en España a la hora de gestionar sus fondos y a la hora de solicitarlos a cada ciudadano. Todo eso, sin duda, ha ayudado, pero no es suficiente para explicar la aparente contradicción.

Nos hartamos de decir, no sin razón, que la secularización en España ha sido un movimiento vertiginoso, constantemente acelerado. Unos festejan, y otros deploran, la supuesta irrelevancia de la Iglesia en cuanto a la generación de cultura, y hasta se hacen bromas sobre la distancia afectiva y efectiva de la mayoría de los españoles respecto a su propuesta moral. Por otra parte, la lluvia ácida que ha sufrido la comunidad católica desde los principales medios y centros de cultura no puede dejar de afectar a su imagen pública. “E pur si muove”, que diría el clásico.

Los resultados de la Asignación Tributaria no contradicen otros parámetros sociológicos que ponderan la condición de minoría del catolicismo consciente y comprometido en nuestro país, pero sí nos ayudan a entender que la realidad es más compleja de lo que manifiestan algunos esquemas simplistas. Tampoco relativizan las notorias debilidades del cuerpo eclesial: su escaso pulso misionero, la tendencia individualista de sus miembros, la falta de densidad cultural y la dificultad para articular un diálogo crítico. Todo eso no deja de ser una verdad dolorosa y acuciante por el hecho de que un 35% de las declaraciones de la renta apoyen la actividad de la Iglesia.

Una sorpresa numérica

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Más grande que todo

José Luis Restán

La conexión telefónica con Kazenze, en la región minera de Katanga, al sur de la República Democrática del Congo, no es la mejor. Empiezo preocupado, porque en la radio las cosas tienen que sonar bien. Pero enseguida cedo al encanto de escuchar a Victoria (Ushindi, en lengua swahili) tranquila en medio de un volcán, casi musical, con esa mezcla, tan típica en los misioneros, que amasa un horizonte inmenso con una conciencia precisa de cada detalle.

En El Espejo de COPE se escucha a Victoria Braquehais, misionera de la Pureza de María que desde 2009 vive con otras cuatro hermanas de su congregación en Kazenze, una población rural en la que mantienen una escuela y un hospital, pero donde, sobre todo, comparten las mil y una vicisitudes del pueblo que el Señor les ha pedido acompañar. “La gente me dice que espabile, que la vida sólo se vive una vez… y yo les digo lo mismo que dice Rafa Nadal: él hace en su vida lo que más le gusta, jugar al tenis; pues yo hago en mi vida lo que más me gusta, ser misionera, vivir esta vida para que otros puedan vivir la suya mejor”.

La República Democrática del Congo es un país inflamable por naturaleza. Victoria da cuenta de la situación con trazos sobrios y precisos: el presidente Kabila habría tenido que dejar el poder en diciembre de 2016, pero se resistió con el pretexto de la inestabilidad de fondo que nos asomaba al caos; la Conferencia Episcopal consiguió sentar a negociar a Kabila con los líderes de la oposición y, tras extenuantes jornadas, se alcanzaron los llamados “Acuerdos de San Silvestre”, la noche del 31 de diciembre. Dichos acuerdos establecían la formación de un gobierno de transición el 28 de enero, difícil operación, complicada además por la inesperada muerte del principal líder de la oposición, Etienne Tshisekedi, mientras se sometía a un chequeo en Bruselas.

Ahora mismo los acuerdos parecen papel mojado, la tensión crece en las calles y la violencia se ha vuelto, paradójicamente, contra la propia Iglesia: en estas semanas han sido atacadas varias parroquias y colegios, y también ha sido asaltado el gran seminario de Malole. La Iglesia en Congo, por cierto, es una comunidad fuertemente probada en el martirio. Victoria reconoce que es difícil identificar la mano que está detrás de todo ello, pero reconoce que responde al objetivo de que Kabila se perpetúe en el poder.

Le pregunto cómo viven, entienden y sienten las misioneras toda esta debacle, cómo influye en su tarea cotidiana. Entonces me cuenta que la tarde del 31 de diciembre la situación era muy tensa y desde la embajada española se les ofreció la posibilidad de salir del país: “pasamos la tarde en adoración al Santísimo y decidimos permanecer… la gente sabe que cuando la situación se pone fea, nosotras no nos vamos, y eso le da mucha paz”. Me interesa conocer las muchas cosas que hacen cada día: sostener la escuela, atender el hospital, ocuparse de las familias para que puedan comer, defender los derechos de los mineros… “Hacemos muchas cosas –reconoce–, intentamos que funcione todo, pero sobre todo se trata de estar con ellos, eso es lo que les da esperanza”.

Más grande que todo

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Tranquilidad, Dios asume siempre el riesgo

José Luis Restán

A veces todo lo que se emborrona parece claro como el agua. La claridad es siempre cosa de los sencillos, que no significa de los simplones o de los tontos. Pero huye de las intenciones aviesas, aunque se revistan de sabia complejidad. Me ha venido a la mente todo esto al leer la magnífica y sabrosa explicación de Francisco a los niños de una parroquia romana sobre cómo se elige al Papa.

Francisco les ha explicado que el elegido no sale por sorteo ni es fruto de una puja… pero tampoco viene anunciado por una trompeta celestial. Hay que rezar, pensar y decidir. Es lo que hacen los cardenales reunidos en cónclave: “hablan entre ellos sobre lo que necesita la Iglesia hoy, y por esto es mejor una personalidad de este perfil o de ese otro… todos razonamientos humanos. Y el Señor envía al Espíritu Santo, y el Espíritu Santo ayuda en la elección. Después, cada uno da su voto y se cuentan los sufragios, y el que tiene dos terceras partes de los números es elegido Papa”.

Después, Francisco explicó a los niños que el que resulta elegido puede no ser el más inteligente, tal vez no es el más rápido para hacer las cosas… Lo que le acredita es que a través de todo el proceso (tan humano, podríamos objetar) es el que Dios quiere para ese momento de la Iglesia. Porque a la hora de elegir había 115 (en el caso de Francisco), pero “Dios es el 116”.

Todo esto podría no ser más que una catequesis chispeante y eficaz, pero en el fondo es mucho más. Es una desautorización de algunas épicas que en estos tiempos se deslizan por el continente digital, es una explicación de la naturaleza de la Iglesia llena de realismo y de conmoción. Porque lo conmovedor no es que desde el cielo baje un decreto, una especie de tabla de piedra con la respuesta grabada, sino que Dios se ha implicado con los hombres, corre el riesgo de contar con su razón y su libertad.

También es extremadamente saludable contemplar el realismo y la serenidad con los que Francisco traza la dinámica histórica de todo esto: “como en todas las cosas de la vida, el tiempo pasa, el Papa debe morir como todos, o jubilarse, como hizo el gran Papa Benedicto, porque no tenía buena salud, y llegará otro, que será diferente, será diverso, tal vez será más inteligente o menos inteligente, no se sabe. Pero llegará otro de la misma manera: elegido por el grupo de los cardenales bajo la luz del Espíritu Santo. ¿Entendieron?”.

Me pregunto si entendemos todos… Si entienden, por ejemplo, los que pregonan lunáticamente el desastre de la Iglesia guiada por Francisco y los que, desde la otra orilla, anuncian el apocalipsis si sale de escena sin dejarlo todo “atado y bien atado”. Menos mal que el buen pueblo de Dios recela siempre de este tipo de profetas y, como los niños de la parroquia romana de Santa María Josefa, está encantado de escuchar a Pedro y se siente seguro anclado a su roca, porque la hace fuerte el número 116.

Tranquilidad, Dios asume siempre el riesgo

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El camino de la verdadera renovación

José Luis Restán

“Yo pertenezco a una orden que tiene ocho siglos de andadura, y siempre que vuelvo a Jesucristo lo hago desde la mirada de San Francisco, que no es decir poca cosa”. Jesús Sanz Montes es franciscano y arzobispo de Oviedo. Inmediatamente cita a Juan Pablo II para subrayar que “la Iglesia es una comunión de vocaciones”, una imagen ciertamente hermosa en la que sacerdocio, laicado y vida consagrada tejen la trama y el envés del cuerpo de la Iglesia. A estas alturas Monseñor Sanz ha probado sobradamente que es un hombre de gobierno, pero sobre todo un pastor, un testigo de Jesucristo que sabe que no puede permitirse el lujo de dar nada por supuesto, porque la relación con Jesús requiere “ser estrenada cada mañana”. También es un profundo teólogo, capaz de hablar en los moldes culturales de nuestro mundo de hoy sin perder la hondura de los antiguos maestros.

En una entrevista en mi programa El Espejo, en la cadena COPE, le he recordado la reciente intervención del papa en la que se refería a la situación de muchas congregaciones religiosas con la imagen de una “hemorragia”. Una imagen ciertamente dura, a la que Francisco no quiso poner paños calientes. Y le he preguntado al arzobispo de Oviedo, que acaba de publicar un libro sobre la renovación de la vida consagrada desde el Vaticano II a nuestros días (“La fidelidad creativa: Itinerario de renovación de la vida consagrada”, BAC), cómo ha resonado en sus oídos esa imagen y qué tipo de reclamo implica.

Jesús Sanz cree que esta metáfora nos obliga a tomar postura de modo inevitable. Una hemorragia, por seguir con la metáfora del papa, “indica que algo en mi cuerpo demanda atención… llega un momento en que por un accidente, o porque la vida no pasa en balde, tengo que tener una atención hacia mi cuerpo en el que existe una herida, algo que se ha podido lastimar… Mirar para otro lado, tener pereza, ignorar la hemorragia… no va a cortar el flujo de sangre”. Las palabras del papa constituyen un reclamo a que la vida consagrada se tome en serio a sí misma, con responsabilidad y gratitud, sin caer en la banalidad ni el pesimismo obsesivo. “Se trata de dejarnos cuidar por un Dios que nos acompaña a través de la Iglesia”.

Le pregunto a Mons. Sanz sobre el título principal de su libro, “La fidelidad creativa”, y le planteo si ambas palabras no entrañan una cierta contradicción, al menos a primera vista. Antes de explicar cómo se engarza ese binomio, recorre los últimos cincuenta años, un tiempo en que el inmenso universo de la vida consagrada ha sufrido y gozado muchos cambios, muchas luces y sombras de los que el libro intenta hacer un balance sereno.

Para ello identifica tres posiciones, a su juicio insatisfactorias. Una primera corresponde a quienes, inquietos ante el rumbo de los acontecimientos, han pretendido restaurar nostálgicamente un pasado que ya no podía volver; otros, descontentos porque estimaban que habría que haber “avanzado” más, han caído en lo que denomina “pretensión refundadora”; y hay una tercera postura que considera la más frecuente, que corresponde con quienes simplemente se han instalado cómodamente en una mediocridad estéril. Ninguna de estas posturas hace las cuentas con el desafío que hoy tiene planteada la vida consagrada, y ahí es donde entra el binomio acuñado por san Juan Pablo II: la fidelidad creativa, o una creatividad fiel, porque desde ambas vertientes debe ser contemplada para entender bien la imagen.

El camino de la verdadera renovación

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La teología latinoamericana cruza el muro

Alver Metalli

Cerca de cuarenta teólogos provenientes de América Latina y España se reúnen estos días con un grupo de estadounidenses en el prestigioso Boston College de Massachusetts para protagonizar el Primer Encuentro Iberoamericano de Teología. Serán cinco días de diálogos y exposiciones, reflexiones y conferencias con el propósito fundamental de analizar los desarrollos que se han producido en la teología en lengua española de América del Sur y del Norte “en tiempos del Papa Francisco”, según especifica el programa.

La delimitación temporal resulta significativa y se refleja en el título de las principales exposiciones, que comenzarán con “Crisis del cristianismo en un mundo globalizado y en una Iglesia fracturada” e “Iglesia y reforma”, siguiendo la línea que se plantea en los documentos de Aparecida y Evangelii Gaudium. También se abordará “El aporte de la teología del pueblo o teología de la cultura” a la teología universal, como se denomina la corriente de pensamiento teológico “frecuentada” por Bergoglio durante sus años en Argentina. Seguirán en orden de tiempo otros dos temas relevantes en el momento histórico actual: “El discernimiento sociopolítico y la geopolítica pastoral de Francisco” y “Los pueblos pobres ante el drama de la inequidad y la exclusión”. El encuentro concluirá con trabajos sobre “La evangelización en perspectiva profética y liberadora ante el reto de la interculturalidad”.

Los promotores del encuentro de Boston observan que la teología latinoamericana, condensada en torno a los puntos enunciados, ha jugado un papel relevante en el proceso de renovación eclesial que lleva adelante el pontificado de Francisco y ha dejado en el mismo Papa argentino “una impronta socio-cultural que influye en sus escritos y sus gestos”. Resulta también obligada la referencia a Aparecida y al cambio de época que señalan los trabajos de la Conferencia en tierra brasileña, donde ya se anuncia el programa reformador del pontificado que comenzaría pocos años después.

Otro elemento importante será la presencia del representante papal, el arzobispo de Mérida Baltazar Porras Cardozo, uno de los últimos cardenales creados por el Papa Francisco para premiar al país más atormentado del continente americano.

En el encuentro de Boston estará en primera fila el sacerdote argentino Juan Carlos Scannone, jesuita de 86 años y ex profesor del Papa Francisco. En efecto, en 1957 el prof. Scannone enseñaba griego y literatura en el seminario de Villa Devoto, donde Jorge Mario Bergoglio dio sus primeros pasos en el camino del sacerdocio. Scannone es considerado el mayor exponente vivo de esa “Teología del Pueblo” cuyas principales figuras fueron Lucio Gera, Gerardo Farrel y el uruguayo Methol Ferré.

Una teología que ocupará un lugar relevante en las jornadas del Boston College, padre Scannone…

No podría ser de otra manera, considerando que se habla del aporte de la teología latinoamericana…

¿Cómo definiría en pocas palabras el aporte de la Teología del pueblo?

Prefiero remitir a un artículo que escribí en 1982 por pedido del padre Neufeld de la Gregoriana, para el libro “Problemas y perspectivas de la ideología dogmática”. Este aporte mío fue publicado inicialmente en italiano y luego traducido al alemán y al español. En el artículo distinguía cuatro corrientes y una de ellas era la que hoy se denomina “Teología del pueblo”. En esa época yo representaba una de las corrientes de la teología de la liberación. Dos años después, en 1984, la Congregación para la Doctrina de la Fe presentó el primer documento sobre algunos aspectos de la teología de la liberación, la Libertatis Nuntius. Antonio Quarracino, que luego sería arzobispo de Buenos Aires y en aquel momento era secretario general del Celam, confirmó la existencia de estas cuatro corrientes. Por lo tanto se puede decir que fueron reconocidas como líneas dentro de la teología de la liberación. Gustavo Gutiérrez confirma, de manera explícita, que es una corriente con características propias.

¿En qué consiste la característica más destacada?

En el hecho de que no se utilizan ni el método ni las categorías del análisis marxista de la realidad, sino que, sin negar la raíz social, se prefiere un análisis histórico-cultural. En la Teología del pueblo el aspecto histórico-cultural toma la delantera sin restarle importancia al histórico-político.

La teología latinoamericana cruza el muro

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El País también se encuentra con Francisco

P.D.

Ha sido mucho más que una entrevista en portada a cinco columnas y un editorial. Si no fuera una exageración se podría decir que lo de El País, periódico emblema del mundo laico español, ha sido un auténtico encuentro con el Papa Francisco. Después de la entrevista de apertura del pasado domingo, el periódico de Prisa, en un editorial del martes, destacaba que Francisco “no busca enfrentamientos, sino la forja de consensos”. Para concluir que “tanto si el que atiende los mensajes del Papa se sitúa en un marco confesional como si no, siempre resulta muy interesante escucharle”. Francisco ha conseguido derribar un muro, o al menos ha conseguido una buena apertura entre dos mundos que en España están separados desde hace mucho tiempo: el mundo católico y el mundo que el propio periódico denomina “confesional”.

Las preguntas que el director y el corresponsal de Roma le hicieron mostraban que existía “un (real) interés por escucharle”. Las observaciones de Francisco sobre la búsqueda de un salvador en tiempos de crisis, sobre el drama de la inmigración o el reto de la comunicación digital fueron ocasión de un diálogo auténtico.

¿Cómo ha abierto este espacio Francisco? La respuesta a esta pregunta tiene muchas connotaciones para una presencia cristiana en España que, a menudo, se ha dejado llevar por las inercias. Desde luego ha habido inteligencia en Francisco al superar el síndrome del hijo mayor de la parábola del hijo pródigo. Su búsqueda de las periferias, también en el periodismo, ha dado resultados. Como ha dado fruto su voluntad decidida de superar las “ideologías que te impiden tocar la realidad”, también la ideología de la verdad. Hay un par de pasajes de la entrevista en los que el corazón de la experiencia del Papa sale a la luz con especial fuerza. Cuando asegura que “el cristianismo es concreto o no es cristianismo”. Y cuando describe el estupor del hotelero de la parábola del buen samaritano. Ese estupor es el que genera a un cristiano, a un cristiano como el Papa. Una presencia basada en ese estupor es la que abate los muros. Conviene seguir el método Francisco.

El País también se encuentra con Francisco

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Un rayo de luz en Westminster

José Luis Restán

En tiempos de cacofonías e imágenes borrosas (también en el interior de la Iglesia) es importante descubrir una perla como la homilía pronunciada por el cardenal Vincent Nichols, arzobispo de Westminster, con motivo de sus bodas de plata episcopales. Nichols siempre ha sido difícil de clasificar para los amigos del esquematismo: liberal para unos, conservador para otros. Nunca como ahora he visto con tanta claridad lo estúpido de estos esquemas simplones y nada eclesiales. El hecho es que esta homilía me parece para enmarcar.

Para empezar, comenzó contemplando la impresionante imagen de Cristo en la cruz, que domina la nave central de la catedral de la Preciosísima Sangre de Jesús en Westminster. Contemplar la propia historia y la situación del mundo a la luz de la cruz es algo que no podemos dar por descontado. El cardenal reconoció que ahora siente el paso del tiempo mucho más rápido que en su juventud y que, conforme envejece, siente más intensamente el misterio de la vida, con su fatiga y sus luchas. Y su ministerio episcopal no puede dejar de orientarse en esa dirección, responder a la vida con todo lo que conlleva de esperanza y dolor.

En la que es su sede, la sede primada de Inglaterra, Nichols reconoció que el gran privilegio del obispo es celebrar el misterio de la sangre de Cristo derramada, en el que encuentran su raíz el sacrificio de la cruz, la eucaristía y el sacerdocio. Ahí descansa “nuestra esperanza y nuestra gloria”. Confieso que me han conmovido estas afirmaciones, porque el celebrante habría podido encontrar otros temas para celebrar sus bodas de plata, pero ha escogido el centro, y a eso un no se acostumbra nunca.

Tampoco se ahorró una mirada, desde ese misterio, a nuestra atribulada época, en la que no se reconoce ni respeta el valor de la vida humana, y en la que las ideologías parecen aceptar como precio del progreso el desprecio e incluso la destrucción de los otros. Y aquí introdujo una amplia referencia a los mártires de este momento “que beben la misma copa de la que Cristo bebió, dando con su propia sangre nueva vida a la Iglesia”. En esta predicación, en la que no encontramos una sola concesión a la galería, el cardenal Nichols subrayó el poder redentor del sufrimiento unido al de Cristo, reconociendo que esto supone para muchos, hoy, un escándalo.

Citando la homilía que Benedicto XVI pronunció allí mismo, en septiembre de 2010, el cardenal pidió a sus sacerdotes vivir su ministerio unidos a Cristo, “para que la fuerza reconciliadora de su sacrificio llegue al mundo en que vivimos”. Un mundo en el que se habla mucho de la necesidad de construir una sociedad más cohesionada, de superar las divisiones y unirnos en un nuevo proyecto social. “Nuestra misión, ha dicho el cardenal Vincent Nichols, es decir, una y otra vez, que esa unidad pretendida tiene una única fuente: nuestra unidad en Dios nuestro creador”.

Este es el aspecto crucial de la misión de la Iglesia hoy, y hace falta ejercerlo con suavidad y firmeza: anunciar que el único poder de reconciliación es la persona de Jesucristo, “cuya Palabra no es una constricción para la libertad del hombre sino la única que libera verdaderamente nuestras mentes e ilumina nuestros esfuerzos para vivir correcta y sabiamente, como personas y como miembros de la sociedad”. Todos los estúpidos esquemas saltan hechos trizas frente a la desnuda belleza y aguda autenticidad de esta predicación. Felicidades, eminencia.

Un rayo de luz en Westminster

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De 'infames' a 'sostenidos en la fe y en la esperanza'

José Luis Restán

El 22 de noviembre de 1981 el papa Juan Pablo II firmaba la Exhortación Apostólica “Familiaris Consortio” que exponía su magisterio sobre el matrimonio y la familia tras acoger el amplio diálogo entre los obispos de todo el mundo desarrollado durante la primera asamblea sinodal de su pontificado, dedicada a “La misión de la familia cristiana en el mundo contemporáneo”. Un primer dato significativo es que tanto Juan Pablo II como Francisco hayan querido dedicar el primer sínodo de sus respectivos pontificados a la familia.

Pero hagamos memoria. El papa Wojtyla, que apenas llevaba dos años en la sede de Pedro, quiso designar como relator general de aquel delicado Sínodo al cardenal Joseph Ratzinger, todavía entonces arzobispo de Munich, gran teólogo caracterizado por el amor a la Tradición y la apertura al diálogo con el mundo moderno. Es curioso, sólo tres días después de firmar la Exhortación, Juan Pablo II llamó al cardenal Ratzinger a Roma para asumir la Congregación para la Doctrina de la Fe. Es evidente que, ya entonces, la compenetración entre ambos (por otra parte tan distintos en cuanto a temperamento e historia) será profunda y muy operativa.

Uno de los asuntos que abordó aquel Sínodo de 1980 es el de la atención pastoral a las denominadas “situaciones irregulares”, y en particular a los divorciados que han contraído un nuevo matrimonio civil. Desde la atalaya de la Exhortación Amoris Laetitia del papa Francisco, es interesante contemplar lo que tuvo lugar entonces, treinta y seis años atrás. En aquel momento seguía vigente el Código de Derecho Canónico de 1917, lógicamente aún no se había modificado dicho texto para introducir todo el bagaje del Concilio Vaticano II, lo cual tendría lugar en 1983.

Pues bien, el CDC entonces aún vigente consideraba a los fieles divorciados vueltos a casar como “ipso facto infames” y “publice indigni” (Can. 2356). Naturalmente, estas calificaciones jurídicas (que expresaban sin duda un aspecto verdadero) no reflejaban la totalidad ni la amplitud del sentimiento y de la conciencia maternal de la Iglesia (ya entonces) respecto a esos hijos suyos, pero sí denotan una cierta sensibilidad pastoral que era hija de unas coordenadas sociológicas e históricas. Como sucedía en tantos otros campos, y seguirá sucediendo, porque la Iglesia vive, piensa y actúa en la historia, no fuera de ella.

Es impactante contrastar esas palabras con la nueva sensibilidad expresada por el número 84 de Familiaris Consortio, en el que Juan Pablo II (con evidente acuerdo de su mano derecha en materia doctrinal) realizaba importantes distinciones: “los pastores, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las situaciones… hay diferencia entre los que sinceramente se han esforzado por salvar el primer matrimonio y han sido abandonados del todo injustamente, y los que por culpa grave han destruido un matrimonio canónicamente válido… están los que han contraído una segunda unión en vista a la educación de los hijos, y a veces están subjetivamente seguros en conciencia de que el precedente matrimonio, irreparablemente destruido, no había sido nunca válido…”. Y a continuación Juan Pablo II instaba a los pastores y a las comunidades “para que ayuden a los divorciados, procurando con solícita caridad que no se consideren separados de la Iglesia” y urge a que la Iglesia los sostenga “en la fe y en la esperanza como madre misericordiosa”.

De 'infames' a 'sostenidos en la fe y en la esperanza'

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Cardenal Müller: Amoris Laetitia es clara en su doctrina y coherente con la Tradición

José Luis Restán

Las contundentes declaraciones del cardenal Gerhard Müller, Prefecto de la Fe, al canal televisivo Tgcom24, ofrecen un punto de luz y serenidad en medio de la agria polémica en torno a algunos puntos de la Exhortación Amoris Laetitia. Para Müller no tiene sentido que alguien plantee una especie de “corrección” al Papa, dado que la doctrina de Amoris Laetitia es plenamente coherente con la Tradición y no contiene nada que plantee un peligro para la fe.

La polémica arranca, en realidad, con el final de la segunda Asamblea Sinodal sobre la familia, y se centra en el capítulo 8, dedicado al acompañamiento pastoral de las situaciones irregulares respecto a la doctrina de la Iglesia. Recordemos aquí la reciente afirmación del cardenal Sebastián en El Espejo de COPE, en el sentido de que “la situación trágica de tantas familias requiere un cambio de actitud pastoral”. Un cambio de actitud pastoral que de ningún modo implicaría una rebaja en la propuesta cristiana sobre el matrimonio, que arraiga directamente en las palabras de Jesús en el Evangelio y ha sido custodiada ininterrumpidamente por la Tradición de la Iglesia.

Sin embargo, el modo en que se expresa esa nueva actitud pastoral para “acompañar, discernir e integrar la fragilidad” ha suscitado algunas reservas, sobre todo en lo que respecta a la posibilidad de que los divorciados vueltos a casar puedan acercarse a los sacramentos tras un cuidadoso discernimiento y bajo determinadas condiciones, y también respecto al papel de la conciencia personal y su relación con la ley de la Iglesia. Esas reservas han encontrado su expresión más clara en la carta que cuatro cardenales (Burke, Cafarra, Meissner y Brandmüller) dirigieron al Papa, planteando cuatro preguntas (las conocidas como “Dubia”) para aclarar si el magisterio contenido en Amoris Laetitia supondría una ruptura, especialmente con la exhortación Familiaris Consortio y con la encíclica Veritatis Splendor, ambas de san Juan Pablo II. Dado que la carta no encontraba respuesta, estos purpurados decidieron hacerla pública, momento en que la polémica se encendió con tonos cada vez más desabridos. Uno de los cuatro firmantes, el norteamericano Burke, ha llegado incluso a sugerir que si el Papa no respondía, habría de ser objeto de una “corrección” pública, algo en lo que no parecen haberle seguido sus compañeros.

Durante los meses en que se ha prolongado la polémica, muchas miradas se han concentrado sobre el cardenal Müller por diversos motivos. El primero, su responsabilidad al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, pero también por su cercanía personal al papa emérito Benedicto XVI y porque no es ningún secreto que participó activamente en los debates sinodales, oponiéndose a la línea de sus colegas alemanes Kasper y Marx. Es cierto que Müller no ha respondido de modo formal (por ejemplo mediante una carta con membrete de la Congregación), algo que sólo podría haber hecho por encargo del Papa, sino a través de una entrevista televisiva. Pero eso no resta valor a su entrada en el campo.

Cardenal Müller: Amoris Laetitia es clara en su doctrina y coherente con la Tradición

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>Entrevista al cardenal Fernando Sebastián

'La situación trágica de tantas familias requiere un cambio de actitud pastoral'

José Luis Restán

Entrevista al cardenal Fernando Sebastián, realizada por José Luis Restán en el programa “El Espejo”, de la cadena COPE, con motivo de la publicación del libro “Diez cosas que el papa Francisco quiere que sepas sobre la familia” (Publicaciones Claretianas). En esta entrevista, el cardenal Sebastián, que participó en la primera de las asambleas sinodales dedicadas a la familia, despliega el contenido de la Exhortación Apostólica del Papa Francisco “Amoris Laeticia”, y afronta las críticas que ha suscitado en algunos ambientes

Recuerdo que en “El espejo” concluimos el seguimiento de los Sínodos sobre la familia conversando con usted. Ahora, tras la publicación de este libro, tengo que hacerle una primera pregunta a quemarropa: ¿le sorprenden algunas reacciones irritadas que están fermentando en determinados ambientes sobre el contenido de la exhortación “Amoris Laetitia”, como si este documento del Papa supusiera una ruptura en el camino de la Iglesia?

Me preguntas si me han sorprendido estas reacciones… bueno, sólo relativamente, porque estas reacciones, minoritarias y desconcertadas, las hemos visto siempre en la vida de la Iglesia, me recuerdan a los primeros años del posconcilio, cuando había gente que con la mejor voluntad no podía comprender las relativas innovaciones del Concilio. Ahora pasa un poco lo mismo, hay un cambio de perspectiva, de sensibilidad y de circunstancias a las que tenemos que atender, y algunas personas no entienden que el Magisterio de la Iglesia es un magisterio vivo, que está recuperando continuamente la riqueza de la fuente original, y que trata de responder del mejor modo posible a las circunstancias cambiantes de la vida.

No podemos tocar aquí esas “diez cosas” (a las que se refiere el título del libro) que el Papa quiere que sepamos sobre la familia, pero yo veo al principio un núcleo que se refiere al fundamento, a la claridad de ideas y a la autenticidad del sacramento del matrimonio. Háblenos de este primer paso de su libro.

Claro, es una pena que a veces toda la atención se centre en el famoso capítulo octavo, que es casi un apéndice, porque el centro de la exhortación es la exposición renovada, positiva, vigorosa, con un lenguaje amable y atrayente de la riqueza espiritual del matrimonio cristiano. La principal atención y la energía de la pastoral se deben centrar en el descubrimiento de la riqueza espiritual del sacramento del matrimonio y en la presentación a los fieles de esa riqueza espiritual y humana que el matrimonio cristianamente vivido lleva consigo. Ese es el empuje principal de la exhortación y esa tiene que ser la preocupación central de la Iglesia: presentar el matrimonio no como un contrato al estilo del Derecho Romano, sino como un proyecto de vida entre el varón y la mujer, fundado en el amor, inspirado en el seguimiento de Cristo y orientado hacia la perfección espiritual, personal, natural y sobrenatural, de las personas y la familia. El matrimonio, así entendido, es un camino de enriquecimiento humano, es un camino de santificación, y es un fundamento y un fermento de renovación y de vida, para la Iglesia y para la sociedad entera. Y eso tiene un atractivo y una fuerza, que es lo que tendríamos que tratar de descubrir y de presentar al conjunto de nuestra sociedad.

Usted habla de la necesidad de una “atención pastoral intensa”, quizás estos dos Sínodos y esta exhortación lo que han abierto es una nueva fase en lo que llamamos “pastoral familiar”, que no vamos a decir que no existiera, claro que existía, y se hacía mucho y aquí lo hemos contado, pero que quizás necesitaba una vuelta de tuerca…

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Los que le atacan y los que le adulan

José Luis Restán

La homilía del papa Francisco durante el consistorio para la creación de nuevos cardenales tuvo un acento especialmente cortante cuando advirtió que el virus de la polarización y la enemistad se cuela también en las formas de pensar, de sentir y de actuar de los miembros de la Iglesia. Y pasando su mirada por los nuevos purpurados señaló que el hecho de proceder de tierras lejanas, tener diferentes costumbres, color de piel, idioma y condición social, incluso el pensar distinto o celebrar la fe con ritos diversos, “no sólo no nos hace enemigos, al contrario, es una de nuestras mayores riquezas”.

Algunos han entendido este reclamo del Papa como una forma de responder a las polémicas (cada vez más agrias y encendidas) que recorren el cuerpo eclesial, y que en no pocos casos tienen en su centro al propio Francisco. Es posible, pero a mí inmediatamente me han traído a la memoria las palabras severas de su predecesor, Benedicto XVI, en aquella tremenda primavera de 2009, cuando citó la carta de San Pablo a los Gálatas: “cuidado, pues si os mordéis y devoráis unos a otros, acabaréis por destruiros mutuamente”. El asunto, como se ve, no es nuevo en la historia de la Iglesia.

Se han producido otras referencias, más o menos explícitas, en diversas intervenciones recientes de Francisco. Por ejemplo en la entrevista concedida al diario Avvenire, en la que rechaza que esté acelerando en temas como el ecumenismo o el magisterio sobre la familia: “es el camino de la Iglesia, el que marcó el Concilio Vaticano II y el que han emprendido mis predecesores”. El Papa se refiere a las críticas que le llueven desde algunos sectores y distingue: “cuando no hay un espíritu malvado, ayudan a caminar… otras veces no son honestas, están hechas con espíritu malvado para fomentar división”. Francisco sitúa la procedencia de esas críticas que no nacen del fondo limpio de la experiencia de la fe: se trata de un rigorismo legalista que tiende a separar la norma de su fuente, y esa fuente no es otra que el acontecimiento de Cristo vivo en el camino de la Iglesia.

Ciertamente, es justo preguntar y debatir en ese camino. Lo han hecho los grandes santos, a veces con sufrimiento y pagando en primera persona. Pero lo han hecho siempre desde dentro, con humildad y sentido de pertenencia, sin esa ácida hostilidad que observamos cada día en algunos críticos de Francisco que parecen partisanos de una causa ideológica. Partisanos, por cierto, que se sienten justificados para emplear las peores artimañas. Podría decirse que ellos “no hacen prisioneros” en ésta que consideran su guerra por la verdad.

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Tocar con la mano el perdón de Dios

Massimo Borghesi

Acaba de publicarse la carta apostólica “Misericordia et misera” que el Papa Francisco ha escrito al concluir el Jubileo. El título, tomado de san Agustín, fue anticipado en cierto modo en la entrevista que Francisco concedió a Andrea Tornielli en el libro “El nombre de Dios es Misericordia”. El pontífice afirmaba entonces que “en su Meditación ante la Muerte, el beato Pablo VI revelaba el fundamento de su vida espiritual en la síntesis propuesta por san Agustín: miseria y misericordia”. En la carta apostólica, el Papa escribe: "Misericordia et misera son las dos palabras que san Agustín usa para comentar el encuentro entre Jesús y la adúltera. No podía encontrar una expresión más bella y coherente que esta para hacer comprender el misterio del amor de Dios cuando viene al encuentro del pecador: «Quedaron sólo ellos dos: la miserable y la misericordia»”.

Este episodio se une en la carta a otro narrado por Lucas, el de la pecadora que lava con sus lágrimas y enjuga con sus cabellos los pies de Jesús en la casa del fariseo que le acoge. Dos mujeres, quizás ambas prostitutas, como en las dos historias que narraba el Papa en la entrevista con Tornielli. Dos ejemplos de la misericordia de Dios, del perdón y del amor de Jesús por los pecadores.

Para Francisco, estos ejemplos muestran el rostro de Dios, el rostro al que la Iglesia debe mirar hoy más que nunca para testimoniarlo en un mundo congelado, dominado por una mentalidad técnica y utilitarista que ya no conoce la gratuidad. Un mundo violento donde el amor se confunde con el eros y la posesión.

Contrariamente a lo que afirman sus críticos, Francisco no es un “buenista”, un ingenuo adulador del mundo actual. Al contrario, tiene una visión dramática del momento presente, un mundo sin vínculos marcado por una tercera guerra mundial a trozos. Personalmente, Jorge Mario Bergoglio no se concibe como un hombre “bueno” sino como un pobre pecador al que Dios ha mirado con misericordia. Es la definición de sí mismo que dio al padre Antonio Spadaro en su entrevista para La Civiltà Cattolica. Por eso le gusta tanto la “Conversión de Mateo” de Caravaggio. Por eso, cada vez que se encuentra con los presos, se pregunta: “¿Y por qué yo no?”.

En “El nombre de Dios es Misericordia”, el Papa afirma: “La centralidad de la misericordia, que para mí representa el mensaje más importante de Jesús, puedo decir que ha crecido poco a poco en mi vida sacerdotal como consecuencia de mi experiencia de confesor, de las muchas historias positivas y hermosas que he conocido”. Probablemente se refiere a su experiencia madurada durante su “exilio” en Córdoba, la ciudad argentina en la que residió desde junio de 1990 hasta mayo de 1992. Aquí, privado de cualquier otra tarea, él que a los 36 años había sido Provincial de los jesuitas en Argentina, pasó un periodo de dura prueba.

Como narra su biógrafo Austen Ivereigh, “su principal tarea cotidiana era la de confesar. Pasaba horas y horas escuchando el sufrimiento y los sentimientos de culpa de los alumnos y profesores de la universidad, pero también de la gente de los barrios que llegaba al centro de la ciudad porque los sacerdotes de los barrios pobres estaban demasiado ocupados los domingos diciendo misa como para escuchar confesiones. Bergoglio nunca había dedicado tanto tiempo a ser instrumento y vehículo del perdón y de la misericordia. Eso le fue moldeando, le acercó al pueblo fiel y le ayudó a considerar su propios problemas desde una perspectiva más adecuada”.

Tocar con la mano el perdón de Dios

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Atrevernos (a educar) con la ideología de género

José Luis Restán

El cardenal Willem Eijk, arzobispo de Utrech, es uno de los mayores expertos del momento en cuestiones bioéticas. Con algo de humor podría decirse que “ha sido cocinero antes que fraile”, ya que fue médico antes de recibir la ordenación sacerdotal. Hace unos días su palabra, oída y buscada en muchos lugares, provocó un cierto respingo al apuntar desde Oxford la “necesidad de una Encíclica u otro documento magisterial para frenar el avance de la ideología de género entre los creyentes”. El cardenal holandés reconocía que el magisterio eclesial es nítido al respecto, pero en seguida advertía (con conocimiento de causa) que la presión ambiental, la intolerancia creciente y la costumbre social hacen que muchos católicos cedan poco a poco a la persuasión de la ideología de género. Una verdad evidente, que ha tenido el valor de decir en voz alta.

Evidentemente no faltan pronunciamientos episcopales de distinto tenor al respecto. Por su parte Benedicto XVI dedicó su último discurso a la Curia, en la navidad de 2012, a este desafío trascendental, con una intervención que convendría retomar y desarrollar. En cuanto a Francisco, no han faltado reiterados pronunciamientos, en términos muy contundentes, sobre la colonización ideológica que supone y el daño que provoca en nuestras sociedades. Dicho esto, tendría pleno sentido un nuevo documento magisterial de alto rango, puesto que estamos ante una materia caliente, con graves implicaciones antropológicas, éticas y culturales.

Pero el riesgo, más aún, el daño actual al pueblo cristiano que señala el cardenal Eijk, no puede combatirse sólo con una clarificación doctrinal y un discurso cultural a la altura de este desafío (que me adelanto a considerar absolutamente necesarios, también en la predicación habitual en nuestras parroquias). La respuesta, una vez más, es una educación con toda la amplitud de su significado. Hace días comentaba a un grupo de profesores, afligidos por este gran problema de nuestra época, que es relativamente sencillo encontrar materiales o expertos capaces explicar adecuadamente los diversos elementos implicados en la ideología de género. Pero es mucho más arriesgada y exigente la tarea de educar a nuestros niños y jóvenes (y a nuestros amigos y compañeros, ¿por qué no?) en el significado y valor de la diferencia sexual, en la belleza del matrimonio y de la familia. El papa Francisco ha subrayado que el testimonio de ese valor y esa belleza es la forma adecuada de abrir brecha en el muro de la ideología de género. Teniendo claro que no se puede reducir el testimonio a buen ejemplo o a complicidad afectiva; el testimonio porta consigo sus razones, que se deben desvelar con paciencia y teniendo en cuenta la situación humana, la razón y la libertad de aquel con quien nos encontramos.

La presencia cristiana está tejida siempre con hechos y palabras que se reclaman mutuamente, también en este campo que toca una fibra especialmente delicada de nuestra existencia, porque tiene que ver con nuestro deseo de felicidad, de compañía y de plenitud afectiva. Bienvenido sea ese documento auspiciado por el cardenal que puede ayudarnos de tantas formas, pero que no nos ahorrará el trabajo de la educación, del testimonio a campo abierto, del encuentro cuerpo a cuerpo con la necesidad del otro, con su búsqueda y sus extravíos.

Atrevernos (a educar) con la ideología de género

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Deseo de cooperar y libertad para testimoniar

José Luis Restán

Apenas habían transcurrido doce horas desde la confirmación de la victoria de Donald Trump, cuando aparecía (en inglés y español) un comunicado del Presidente de la Conferencia Episcopal de los EEUU, el arzobispo Joseph E. Kurtz, de Louisville, Kentucky. Para nadie es un secreto que ambos candidatos a la Casa Blanca provocaban seria preocupación y profundos recelos (por distintos motivos) a los obispos estadounidenses. Pero estos han demostrado inteligencia y libertad para hacer oír su voz en un contexto de división y extremismo, en el que los católicos pueden desempeñar un papel decisivo a la hora de tejer la unidad y de preservar los fundamentos de la convivencia.

El comunicado del arzobispo Kurtz, que sin duda goza del consenso de la cúpula de la USBC, invita a los norteamericanos a que no se contemplen unos a otros a la luz de la división entre demócratas y republicanos, sino que vean el rostro de Cristo en sus vecinos, especialmente en los que sufren, o en aquellos con quienes estén en desacuerdo. Un llamamiento de especial valor cuando la fractura social se hace tan patente y cuando las palabras y los gestos se prodigan para zaherir al diferente.

El texto recuerda las palabras del papa cuando se dirigió al Congreso de los Estados Unidos en 2015, en las que Francisco subrayaba que “toda actividad política debe servir y promover el bien de la persona humana y estar fundada en el respeto de su dignidad". En esa perspectiva, la Conferencia de Obispos espera poder trabajar con el futuro presidente para proteger la vida humana desde su comienzo más vulnerable, hasta su fin natural, un tema en el que Trump ha realizado guiños, pero en el que su trayectoria es como poco ambigua.

Por otra parte advierte que los obispos están firmemente comprometidos en la tarea de ofrecer a los inmigrantes y refugiados una auténtica acogida que respete su dignidad, lo cual no tiene por qué poner en riesgo la seguridad del país. Un asunto en el que el choque de los obispos con Trump ya está anunciado, pero llega el momento de ir más allá de la retórica incendiaria y de pasar a los hechos, y en materia de inmigración, la Iglesia católica se mueve en lo concreto y es un interlocutor imprescindible para cualquier administración.

La Declaración, muy completa y articulada, llama la atención sobre la violenta persecución que amenaza a los cristianos y a los creyentes de otras confesiones en diversas partes del mundo, especialmente en el Medio Oriente. Trump parece orientar su política exterior en clave de mayor aislamiento y menos compromiso, pero los obispos subrayan desde el principio el liderazgo internacional que esperan de los Estados Unidos en esta materia tan decisiva.

El tema de la libertad religiosa también tiene su vertiente interna, recodemos el clarividente y duro documento de la USBC sobre este tema, en el que denunciaba el riesgo real para “la más preciosa de nuestras libertades”. En este campo, la polarización ideológica practicada por Obama ha llevado a momentos de alta tensión con los obispos en los últimos años. Veremos si en este terreno se producen mejoras reales, más allá de declaraciones para la galería.

El arzobispo Kurtz ya anuncia que los obispos reclamarán de la nueva administración su compromiso con la libertad religiosa dentro del país, para que los creyentes sigan siendo libres de proclamar su fe y de vivir conforme a sus convicciones, y advierte que esto afecta también en lo que se refiere a la verdad sobre el hombre y la mujer, y a la naturaleza del vínculo matrimonial. Y es que la era Obama ha estado marcada por una abusiva pretensión de imponer la ideología de género en todas las franjas de la vida social, incluso con amenazas y sanciones que han afectado ya a centros escolares, hospitales y órdenes religiosas. El tiempo dirá si mejoran las cosas en este campo, pero parece cuando menos ingenuo basar grandes esperanzas en algunas declaraciones oportunistas de la campaña de Trump.

La Declaración concluye afirmando que “cada elección trae un nuevo comienzo”, pero reconoce que algunos pueden preguntarse si el país está en condiciones de reconciliarse tras la dureza de una campaña muy poco edificante. La Iglesia no propone estrategias alambicadas, sino que invoca a su Señor para que conceda la fortaleza para curar y para unir a la sociedad, al tiempo que recuerda a los católicos la tarea inexcusable que les espera: ser testigos fieles y gozosos del amor curativo de Jesús. Un amor real, practicado en el tejido de la vida cotidiana, que los Estados Unidos necesitan más que nunca.

Deseo de cooperar y libertad para testimoniar

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El ecumenismo de la conversión

José Luis Restán

El Papa predica con el ejemplo, y su viaje a Suecia para hacer memoria de los acontecimientos ligados a la Reforma junto a los fieles de las comunidades luteranas es una buena ilustración. El centro romano (fundamento de unidad para la Iglesia, pero piedra de tropiezo histórico para ortodoxos y reformados) se ha movido a la periferia, entendida en múltiples sentidos. Periferia gélida, ya que Suecia ha sido durante siglos uno de los países más duros para la vida de los católicos; periferia en cuanto realidad (las comunidades de la Reforma) que comparte elementos sustanciales del Credo apostólico, pero que vive un desgarro patente respecto a la Católica; y periferia también porque se trata de un lugar fuertemente secularizado, en el que conviven el escepticismo y la búsqueda del sentido de la vida.

Francisco no ha viajado para celebrar ni festejar los hechos dramáticos que siguieron a la célebre protesta de Martín Lutero expresada en sus tesis de Wittenberg. Por el contrario, en continuidad con los gestos y palabras de san Juan Pablo II en Copenhague y de Benedicto XVI en Erfurt, Francisco ha querido proseguir, con un gesto ciertamente audaz, el arduo camino hacia la unidad querida ardientemente por el Señor. Aunque hablando de audacia, no viene mal recordar estos días jalones como la Declaración conjunta sobre la Doctrina de la Justificación (fuertemente auspiciada por el Prefecto Joseph Ratzinger) o el vertiginoso discurso en el convento de los agustinos de Erfurt a cargo de Benedicto XVI.

Para sostener ese camino es preciso purificar la memoria de aquellos acontecimientos, por los que unos y otros, luteranos y católicos, hemos de pedir perdón, y así lo reconoce la Declaración firmada conjuntamente en Lund. También es necesaria una escucha recíproca y paciente, y un diálogo teológico en profundidad que ya ha ofrecido buenos frutos en los últimos 50 años, y que permite deshacer malentendidos históricos y hablar de un camino que conduce del conflicto a la comunión. Lo cual no significa que los obstáculos hayan desaparecidos o sean de menor cuantía. La propia Declaración de Lund se refiere a la imposibilidad actual de participar en la misma mesa de la Eucaristía como una herida que permanece abierta. Una herida que no se puede sanar con “arreglos” o concesiones, sino a través de un camino de conversión que necesariamente ha de afectar a la mente y al corazón.

Hoy más que nunca se hace dramáticamente urgente el testimonio concorde de la fe que nos une en Cristo salvador, ante un mundo desorientado y sediento de respuestas. Hay un ecumenismo de la sangre, que han realizado los mártires cristianos de todas las confesiones y que fue bellamente subrayado por san Juan Pablo II durante el Jubileo del año 2000; existe también un ecumenismo de la caridad al que Francisco llama insistentemente, y que encuentra intenso eco en la Declaración firmada en Lund, cuando se insta a las comunidades católicas y luteranas a comprometerse en la acogida y el socorro de quienes son forzados a huir a causa de la guerra y de la persecución.

Pero sobre todo hace falta un ecumenismo de la conversión. Benedicto XVI dijo en Erfurt que “la fe vivida en un mundo secularizado será la fuerza ecuménica más poderosa que nos guiará a la unidad en el único Señor”. Ese es también el corazón de la homilía de Francisco en la catedral luterana de Lund: “Él es quien nos sostiene y nos anima a buscar los modos para que la unidad sea una realidad cada vez más evidente… Pidamos al Señor que su Palabra nos mantenga unidos, porque ella es fuente de alimento y vida”. La disponibilidad sincera a esta conversión (límpidamente manifestada en los últimos papas) es el hilo de oro que recorre estos últimos cincuenta años de ecumenismo. Sin eso no entendemos nada.

El ecumenismo de la conversión

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La dignidad del cuerpo no desaparece con la muerte

José Luis Restán

Curiosamente, materialismo y espiritualismo han coincidido siempre en un desprecio más o menos sutil del cuerpo. Contra ambos se ha batido históricamente la fe cristiana, que siempre ha manifestado “la alta dignidad del cuerpo humano como parte integrante de la persona con la cual el cuerpo comparte la historia”. La cita pertenece a la Instrucción “Ad resurgendum cum Christo”, de la Congregación para la Doctrina de la fe, sobre la sepultura de los difuntos y la conservación de las cenizas en caso de cremación.

Quizás no sea tan extraño que semejante asunto haya encontrado tanto hueco en los medios de todo el mundo y que el enfoque se haya centrado en la prohibición de esparcir las cenizas de un difunto en el aire, en la tierra o en el agua, así como su conservación en el hogar, salvo situaciones excepcionales. Pero nada de esto se entendería si perdemos de vista la exaltación de la carne que es propia del cristianismo, cuyo centro es la encarnación del Verbo de Dios, su muerte en la cruz y su resurrección. “¡Católicos, no os dejéis robar la resurrección de la carne!”, escribía hace unos años un escritor agnóstico lleno de nostalgia por ese corazón del anuncio cristiano, que a veces se difumina en la conciencia de los propios bautizados.

Por todo ello la Iglesia recomienda insistentemente que los cuerpos de los difuntos sean sepultados en los cementerios u otros lugares sagrados, porque así se expresa más visiblemente su fe en la resurrección de la carne, evitando actitudes y rituales que proyecten imágenes distorsionadas de la muerte, algunas de tanta actualidad como la reencarnación, la fusión con la Madre naturaleza, o la ideas de una suerte de liberación del alma de la “prisión” del cuerpo.

La sepultura de los cuerpos favorece también el recuerdo y la oración por los difuntos, se opone a la ocultación o privatización del hecho de la muerte (que también tiene una dimensión comunitaria) y subraya la comunión entre los vivos y los muertos. En realidad la Instrucción no plantea nada nuevo sino que especifica la disciplina eclesial en diálogo con la evolución cultural de un ambiente secularizado, del que también participamos con frecuencia los cristianos.

La Instrucción deja claro que, a pesar de preferir la sepultura de los muertos, la Iglesia no ve razones doctrinales para evitar la práctica de la cremación, que se ha extendido por razones higiénicas, sociales o económicas. De hecho la cremación no implica la negación de la doctrina cristiana sobre la inmortalidad del alma y la resurrección del cuerpo. Sí aclara el documento que las cenizas del difunto deben mantenerse en un lugar sagrado (salvo situaciones excepcionales discernidas por la autoridad eclesial) para favorecer la oración y el recuerdo de los familiares y de la comunidad cristiana, y evitar el posible olvido o falta de respeto, sobre todo una vez pasada la primera generación, así como prácticas inconvenientes o supersticiosas. Tampoco se permite la dispersión de las cenizas en el aire, en la tierra o en el agua, para evitar malentendidos panteístas, naturalistas o nihilistas.

No se trata de caprichos o de un apego a ciertas formas culturales. También la forma de afrontar la muerte, personal y públicamente, expresa la novedad llena de esperanza que constituye la presencia cristiana en el mundo. La Iglesia proclama que si por la muerte, el alma se separa del cuerpo, en la resurrección Dios devolverá la vida incorruptible a nuestro cuerpo transformado, reuniéndolo con nuestra alma. De este centro deriva la sabiduría que este documento refresca para todos, de modo que también el momento de la muerte del cristiano se convierte en una luz de esperanza para el mundo.

La dignidad del cuerpo no desaparece con la muerte

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Jacob y Joseph, una conversación abierta

José Luis Restán

El pasado 15 de octubre falleció en Nueva York el rabino Jacob Neusner, uno de los mayores estudiosos del hebraísmo en el mundo y autor de numerosos libros. Pero el motivo de que hoy le recuerde es su curiosa historia de amistad con Joseph Ratzinger. Ambos dialogaron sobre todo a través de sus libros, pero tuvieron la posibilidad de conocerse y hablar cara a cara, primero en Nueva York, y más tarde en Roma, donde la familia Neusner fue acogida por Benedicto XVI. En esa ocasión el rabino obtuvo de su amigo Papa la primicia de que ya no volvería a escribir, proporcionándole un buen disgusto. Se entiende, porque no fue el único.

Muchos años atrás, Ratzinger había quedado impresionado por la lectura del libro de Neusner “Un rabino habla con Jesús”, tanto que dedicó quince páginas de su primer volumen sobre Jesús de Nazaret a dialogar, rigurosa y apasionadamente con él. En su libro, Neusner se introducía como uno más entre los judíos que escuchaban a Jesús, y discutía con él. Se veía tocado por la grandeza y la pureza de sus palabras, se tomaba en serio su propuesta, pero en última instancia Jesús llegaba a intranquilizarle. El nudo crucial que impedía al rabino creer en Jesús (a pesar de la simpatía despertada) era su pretensión de identificarse con Dios. A fin de cuentas no es extraño, dado que ese es el punto crítico de cualquier encuentro verdadero entre judíos y cristianos.

Para Benedicto XVI ese coloquio imaginario entre el rabino hebreo y Jesús deja trasparentar toda la dureza de la diferencia entre ambos (judíos y cristianos), pero discurre en un clima de gran amor: el rabino acepta que Jesús es diferente, pero se despide de él sin odio, teniendo siempre presente la fuerza conciliadora del amor dentro de su búsqueda respectiva de la verdad. Este sería, a juicio del papa Ratzinger, el modelo para un verdadero diálogo hebreo-cristiano que no se contente con impulsar actividades comunes o con deshacer prejuicios.

Años después, cuando Benedicto fue objeto de polémicas absurdas y ataques infundados, Jacob Neusner salió en su defensa, reconociendo el precio que estaba pagando por su genuina integridad y su capacidad de exponer la verdad a los hombres de cualquier condición y cultura. No sólo eso, sino que como signo de estima profunda, quiso reseñar el “Jesús de Nazaret” de su amigo Joseph Ratzinger en el diario Jerusalem Post. En ese cálido y exigente artículo, Neusner afirmaba que con el “Jesús de Nazaret” de Benedicto XVI, “el debate judío-cristiano entra en una nueva era… somos capaces de encontrarnos unos a otros en un prometedor ejercicio de razón y crítica”. Y concluía con una confesión personal: “alguien me llamó alguna vez la persona más polemista que jamás había conocido… ahora he encontrado mi contrincante. El Papa Benedicto XVI es otro buscador de la verdad”.

La conversación entre el papa y el rabino ha quedado abierta, pero ambos, a buen seguro, están deseando retomarla bajo la luz que no se apaga.

Jacob y Joseph, una conversación abierta

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Púrpuras de todo el mundo

José Luis Restán

La lista de los cardenales que Francisco creará, en vísperas de cerrar la Puerta Santa del Año de la Misericordia, está dando para muchas interpretaciones, algunas un poco fantasiosas. Me parece que la verdad es más sencilla, que la lista responde a razones menos sinuosas. Por un lado el Papa mantiene a los pastores de algunas sedes estratégicas (por población, historia y peso real) en la parrilla cardenalicia: es el caso de Madrid (Osoro), Chicago (Cupich), Bruselas (De Kesel) y Brasilia (da Rocha). También parece evidente el caso del norteamericano Kevin Farrell, el nuevo Prefecto de la Congregación para los Laicos, la Familia y la Vida. Es lógico que el Papa quiera un cardenal al frente de este nuevo gran dicasterio, fruto de la reforma que impulsa.

Tampoco es un secreto que Francisco busca reequilibrar el colegio cardenalicio dando mayor peso a áreas geográficas como África, Asia y América Latina. Y que desea señalar algunas personalidades que por su desempeño pastoral supongan una ilustración de la Iglesia en salida, hospital de campaña y puerta de misericordia, a la que constantemente se refiere. Algunos de los nombres anunciados responden al primer o segundo criterio, e incluso a ambos simultáneamente. El arzobispo de Tlalnepantla, Carlos Aguiar, es una figura descollante del episcopado mexicano, y además ha sido presidente del CELAM. Baltazar Porras, arzobispo de Mérida (Venezuela) ejerció un papel de liderazgo en la denuncia de los desmanes del chavismo en su primera época. México y Venezuela son dos países a cuyas iglesias el Papa desea cuidar especialmente, por su delicada misión en la coyuntura que atraviesan.

En África destaca el arzobispo de Bangui (República Centroafricana), la ciudad casi en guerra en la que Francisco quiso anticipar la apertura de la Puerta Santa. Dieudonné Nzapalainga es el pastor que ha tejido una hermosa amistad con el imán de la ciudad, contribuyendo a la paz y realizando una verdadera catequesis sobre el diálogo interreligioso. El nombre de Maurice Piat, arzobispo de Port-Louis (Isla Mauricio) responde al deseo de que los pequeños países, que apenas cuentan para los poderosos del mundo, estén también representados en Roma junto al Papa.

Es significativo el caso del arzobispo de Dacca (Bangladesh), Patrick D'Rozario, porque Francisco acaba de anunciar un inesperado viaje a ese país de mayoría musulmana, en el que la pequeña comunidad católica ve con preocupación el aumento del fundamentalismo. Y más aún, el caso inédito de un nuncio apostólico como Mario Zenari, que tras recibir la púrpura permanecerá en su puesto, en Damasco, para mostrar así la preferencia del Papa por “la amada y martirizada Siria”.

De la periferia-periferia llega John Ribat, arzobispo de Port Moresby, en Papúa Nueva Guinea. Oceanía también tendrá su espacio en el Colegio, y no sólo los grandes países de tronco anglosajón. En todo caso no se trata de hacer encajar todas las piezas en un esquema, porque de siempre cualquier Papa mantiene en la elección de sus cardenales un amplio espacio de libertad. Puede llamar la atención el nombre del arzobispo de Indianápolis, Joseph Tobin, que fue General de los Redentoristas y estuvo en Roma como secretario de la Congregación para la Vida Consagrada.

A los trece futuros cardenales electores se unen otros cuatro que superan los ochenta años, y por tanto no votarían en un eventual cónclave. Entre ellos brilla sin duda la figura del sacerdote albanés Ernest Simoni Troshani, condenado a muerte por la dictadura comunista de Enver Hoxha, al que posteriormente se le conmutó esa pena y fue enviado a trabajos forzados durante 25 años. Durante su prisión celebraba la misa de memoria en latín, confesaba y distribuía la comunión a escondidas, sabiendo que con ello se jugaba la vida. Todo esto se lo pudo contar Simoni al Papa durante su visita a Albania en 2014, y todos vieron cómo Francisco no podía contener las lágrimas y le besaba las manos. A sus 88 años recibirá una púrpura que es signo de todo lo que ya ha vivido.

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