Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
19 FEBRERO 2020
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Mirar hacia lo alto

Giuseppe Frangi

Es digno de seguir con atención el nuevo ciclo de catequesis del papa Francisco dedicado al sermón de las Bienaventuranzas que comenzó con la audiencia de la semana pasada. En este caso, Bergoglio vuelve a confirmar su especial capacidad para adherirse a la concreción del texto evangélico y hacer que nos resulten sorprendentes e “inéditas” páginas que hemos escuchado o leído quién sabe cuántas veces.

Por ejemplo, Francisco pone mucha atención en “cómo” maduró la idea de este discurso. Dice Mateo, en un inciso, que Jesús se decidió a hablar “viendo a la multitud que le seguía”. Jesús se dirige a los discípulos pero en el horizonte, dice el Papa, “están las multitudes, es decir, toda la humanidad”.

Mateo subraya que Jesús subió a un monte que se asomaba al lago de Galilea, probablemente para permitir que le escucharan mejor. Pero Mateo añade un detalle que parece secundario y casi contradictorio respecto al objetivo de ser escuchado. De hecho, para hablar Jesús “se sienta”.

Es un detalle precioso porque nos dice que Jesús no tiene intención de predicar, ni mucho menos de adoptar la actitud de un tribunal. “Jesús no impone nada, pero revela el camino a la felicidad, su camino”, subraya Francisco. Jesús se sienta como si fuera a decir aquellas cosas a sus amigos, los apóstoles, que en efecto se habían reunido en torno a él. Pero entonces, las multitudes ¿qué podían escuchar y entender?

Hay un gran artista contemporáneo, David Hockney, al que le llamó la atención precisamente esta incongruencia e intentó pintar la escena, inspirándose entre otras cosas en un cuadro de Claude Lorrain, artista francés del XVII. Hockney imaginó a Jesús en una cima, obviamente sentado y rodeado por los discípulos. Pero el punto de vista del artista es el de la multitud que está abajo, dispersa a los pies de la montaña. La multitud de los sencillos, todos con la mirada puesta hacia lo alto, ¿qué podían oír o entender de las palabras de Jesús?

Hockney da una respuesta sorprendente: una gran sensación de dulzura. Casi como si el mensaje de Jesús se comunicase por simple atractivo humano. “El sermón de la montaña es un cuadro sobre la posibilidad de mirar hacia lo alto”, explicó Hockney, que quiso titular su obra “A bigger message”.

Pero volvamos a la lectura del papa Francisco. Analizando el sermón de Jesús, el Papa señala que todas las bienaventuranzas se componen de tres partes. Está la palabra “bienaventurados”, luego la situación presente en que los bienaventurados se encuentran, y por último “el motivo de la bienaventuranza, introducido por la conjunción porque”. El motivo de la bienaventuranza, por tanto, no es la condición presente sino la nueva condición recibida por Dios.

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>Entrevista a John W. O`Malley

Iglesia y modernidad. La 'revolución' de León XIII

Danilo Zardin

Es uno de los mayores expertos en la historia y cultura del catolicismo moderno a nivel internacional es el jesuita norteamericano John W. O’Malley. Algunos de sus obras se han traducido a muchas lenguas. Le gustan tanto los marcos sintéticos como las profundizaciones sobre temas específicos. Sus ideas se abren paso por todas partes, abriendo nuevas perspectivas sobre el Renacimiento, el humanismo cristiano, el nacimiento y desarrollo de los jesuitas, los grandes concilios de los últimos siglos. Hablamos con él sobre el sentido que puede tener hoy mirar la historia de la tradición religiosa para comprender mejor las raíces de nuestro presente.

En la actualidad, parece que vuelve a ser evidente que para entender qué es el Occidente contemporáneo no se puede prescindir de una profundización en las raíces religiosas, tan olvidadas pero en cambio aún influyentes. ¿Está de acuerdo?

Estoy muy de acuerdo. Nosotros somos lo que somos como consecuencia de nuestro pasado, lo que significa que no podemos entender el mundo actual sin reconocer con cuánta profundidad ha influido el cristianismo en el curso de la historia occidental. Ignorar el papel el cristianismo en esta historia lleva a una visión fuertemente distorsionada de lo que somos y de lo que está pasando realmente en el mundo. Pero el propio concepto de “historia de la Iglesia” es parte del problema, pues sugiere la idea de una esfera autosuficiente y separada de la historia, como si la Iglesia no hubiera sido siempre un factor vital del desarrollo cultural. Por eso prefiero definirme como “historiador de la cultura religiosa” más que como historiador de la Iglesia. Por ejemplo, he insistido mucho en que algunos de mis libros se publiquen en editoriales laicas y no católicas, para dejar claro que esta parte de la historia es inseparable de la historia de Occidente en general.

Por otro lado, el interés se ha concentrado mucho en aspectos más problemáticos, como la persecución de las diferencias, la lucha contra las herejías, la violencia y la guerra con fines religiosos, la Inquisición, la censura… ¿Por qué se deja notar tanto esta atracción por lo “negativo? ¿No corre el riesgo de deslizarse a una visión deformada, unilateral?

>Entrevista a John W. O`Malley

Iglesia y modernidad. La 'revolución' de León XIII

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Los 'dos' Papas y la crisis de autoridad en la Iglesia

Massimo Borghesi

El eco mundial provocado por la noticia de la publicación, por parte de Fayard, del libro “a cuatro manos” ‘Des profondeurs des nos coeurs’ (Desde lo más profundo de nuestros corazones) por parte del Papa emérito y el cardenal Sarah no solo se debe a su contenido –la confirmación del celibato de los curas como condición inderogable del sacerdocio– sino a su uso mediático pretendido por la parte eclesial contraria al papa Francisco. En estos años esa parte intenta utilizar por todos los modos posibles la figura de Benedicto XVI con el fin de contraponerlo al Papa actual. Sueñan con dividir a la Iglesia a nivel mundial de modo que puedan deslegitimar a Francisco y obligarlo a dimitir. Con su furor, no se dan cuenta de la tragedia, la desorientación y el escándalo que provocan, sembrando división, sospecha y acusaciones de herejía.

Una patología religiosa recorre la Iglesia y las víctimas son, sobre todo, los fieles sencillos a los que suelen pillar desprevenidos y se ven implicados en las oscuras tramas de poder que mueven los hilos tras motivaciones de aparente celo religioso. A la derecha del mundo no le gusta el Papa “argentino”, latinoamericano. A nivel social, lo considera demasiado situado a la izquierda, y por tanto no operativo ante los ejes de poder que modifican sensiblemente la realidad actual.

Pero para deslegitimar a un Papa no basta con atacarlo en el terreno político. Hace falta insinuar la duda religiosa, y ahí es donde entran en juego las diatribas teológicas, los grupos de presión, el activismo de los medios que lanzan obsesivamente acusaciones de herejía. Un Papa avanzado socialmente no puede dejar de ser progresista-modernista en el terreno doctrinal. Y así se crea la leyenda: el Papa buenista es una criatura de Soros, del “amo del mundo” vaticinado por Robert Hugh Benson, cuyo objetivo oculto es la disolución de la Iglesia desde dentro.

Delirios apocalípticos y profecías místicas se confunden en un imaginario según el cual la Iglesia y el mundo se acercan a su fin. La apocalíptica es la otra cara de un mundo oscuro que pide, con prepotencia, orden y seguridad, desorientado e iracundo ante un Papa que pide derribar bastiones y no tener miedo.

Así, la anti-Iglesia que se mueve contra Bergoglio busca sin cesar líderes que, tanto en el ámbito político como eclesial, puedan asumir la imagen del anti-Francisco. Desde Trump hasta Putin, de Orbán a Salvini, o los cardenales Burke, Müller, Sarah, el obispo Viganò, todo es un intento continuo de deslegitimar la obra del pontífice. Hasta el punto de que el pontificado de Bergoglio aparecerá ante los historiadores futuros como una constelación ininterrumpida de fases de retirada.

Esta estrategia de desgaste no tendría que la potencia que tiene si, durante estos años, no hubiera intentado por todos los medios involucrar inútilmente a la figura de Benedicto XVI. Para una parte del catolicismo conservador, la gran renuncia del papa Ratzinger fue un gesto “revolucionario”, imperdonable. “De la cruz no se baja”, decía violentamente el cardenal de Cracovia Stanisław Dziwisz. Ese mundo nunca perdonó a Benedicto su decisión.

Los 'dos' Papas y la crisis de autoridad en la Iglesia

Massimo Borghesi | 0 comentarios valoración: 2  29 votos

El realismo y la esperanza

Andrea Tornielli

Lo que más llama la atención del discurso de Francisco sobre el “estado del mundo” [con motivo de la felicitación del año nuevo a los miembros del cuerpo diplomático acreditado en la Santa Sede] son especialmente las palabras dedicadas a la creciente tensión entre Irán y Estados Unidos. El Papa, que ya había hablado sobre el tema el domingo 5 de enero, reiteró su llamamiento para evitar que el conflicto se intensifique aún más, manteniendo encendida la “llama del diálogo y el autocontrol, en el pleno respeto de la legalidad internacional”. Un llamamiento que se aplica a todas las partes involucradas y que refleja, con realismo, el riesgo de arrastrar a Medio Oriente y al mundo entero a un conflicto con consecuencias incalculables.

Pero aunque hoy los focos se centren sobre el desarrollo de la crisis entre EEUU e Irán, y el ulterior riesgo que esta representa para un Iraq inestable, flagelado por las guerras y el terrorismo, Francisco no simplifica la realidad. Y recuerda muchas otras guerras y violencias muy a menudo olvidadas. Denunció el manto de silencio sobre el destino de la devastada Siria, el conflicto en Yemen, que está atravesando una grave crisis humanitaria con la indiferencia de la comunidad internacional. Citó a Libia, pero también la violencia en Burkina Faso, Malí, Níger y Nigeria. Recordó la violencia contra personas inocentes, incluidos los muchos cristianos asesinados por su lealtad al Evangelio, víctimas del terrorismo y el fundamentalismo.

A quien escuche o lea la larga y detallada lista de las crisis –incluidas las que afectan a América Latina y las causadas por injusticias y corrupción endémica– le impresionará que Francisco comenzara su discurso con una mirada de esperanza, esa esperanza que para los cristianos es una virtud fundamental pero que no puede separarse del realismo. Esperar, explicó el Papa, requiere llamar a los problemas por su nombre y que uno tenga el coraje de afrontarlos. Sin olvidar los desastres causados por las guerras libradas en el tiempo y sus devastaciones. Sin olvidar lo absurdo e inmoral de la carrera por el rearme nuclear y el riesgo concreto de autodestrucción en el mundo. Sin olvidar la falta de respeto por la vida humana y la dignidad; la falta de alimentos, agua y cuidados que sufren tantas poblaciones, la crisis ecológica que muchos todavía fingen no ver.

Pero se puede esperar, porque en un mundo que parece condenado al odio y a los muros, hay mujeres y hombres que no se rinden a las divisiones y no dan la espalda a los que sufren. Porque hay líderes de diferentes religiones que se encuentran e intentan construir un mundo de paz. Porque hay jóvenes que intentan hacer que los adultos sean conscientes de los riesgos que afectan a la creación al acercarse a un punto sin retorno. Uno puede esperar porque en la noche de Belén Dios, el Todopoderoso, decidió convertirse en un niño, pequeño, frágil, humilde, para ganar y cautivar al mundo con su amor y misericordia abundantes.

El realismo y la esperanza

Andrea Tornielli | 0 comentarios valoración: 1  13 votos

Abolido el secreto pontificio. La verdad se ama, no se teme

Federico Pichetto

Las denuncias, los procedimientos y las decisiones internas de la Iglesia inherentes a las causas relacionadas con el abuso de menores ya no estarán cubiertas por el secreto pontificio. La histórica decisión del papa Francisco ha llegado el día de su 83 cumpleaños y marca otro punto de no retorno en la política de la transparencia emprendida por el pontífice sobre un tema que ha marcado profundamente la percepción de la Iglesia entre la gente en estos primeros veinte años del siglo XXI.

Pero detrás de la noticia hay algo más. No mera conspiración, como pretenden ciertos comentaristas incapaces de leer en profundidad las decisiones del Papa, sino –una vez más– una tensión educativa, un deseo de indicar un camino para la experiencia de fe de cada uno.

Para entender el nivel en que se sitúa esta decisión del Papa hay que dar un paso atrás y preguntarse por qué la Iglesia se “inventó” el secreto pontificio. Este nace de la convicción de que existen cosas que solo deben tratar aquellos que viven un juicio que brota de la fe. La Iglesia no puede permitir a cualquiera acercarse a cuestiones delicadas que merecen una mirada que no es merca empatía humana sino el deseo de reconocer –hasta en el caso más oscuro– la impronta del Espíritu. La Iglesia pide silencio para proteger, respectar y dar dignidad a cosas que, de otro modo, podrían abordarse como si se tratara de cotilleos cuando en cambio hablan de grandes dramas y heridas.

Pues bien, este secreto pontificio –que nació para custodiar la mirada de Cristo hacia la realidad– se ha utilizado bastante en el pasado reciente como instrumento de poder y de obstrucción a la justicia humana en cuestiones consideradas propias de una casta que se autojuzga y autoprocesa.

Esta es la revolución –la enésima– que el Papa lleva a cabo: suprimir una medida que nació para perseguir una forma de caridad desde la esfera del poder, del abuso y la violencia. Es como si el Papa nos obligara a preguntarnos si los usos y costumbres con que abordamos cuestiones delicadas e importantes en nuestras comunidades son usos y costumbres al servicio de la verdad, a beneficio de la caridad, o no son más que formas ostentosas de preservar el poder y de obstinada dilación de un juicio claro sobre lo que ha sucedido –y sigue sucediendo– dentro de la vida de la Iglesia.

Francisco nos invita a no tener nada que esconder, nada que defender, nada que considerar superior a la justicia de los hombres, devolviendo la confianza en la humanidad y confiando a esa misma humanidad que los abusos han herido la responsabilidad de emitir un juicio justo y aclarar cómo ni siquiera dentro de la Iglesia se ha escuchado su propio grito.

De hecho, con el secreto pontificio muchísimas víctimas no sabían siquiera los procedimientos –a veces más graves y duros que los civiles– que la Iglesia había aplicado a sus verdugos. Todo quedaba envuelto en un silencio que no animaba a pedir el amor de Cristo sino que abría paso a los malos pensamientos, a las insinuaciones y a una percepción de la Iglesia como casa y fortín inaccesible.

Abolido el secreto pontificio. La verdad se ama, no se teme

Federico Pichetto | 0 comentarios valoración: 2  30 votos
>Entrevista a Angelo Scola

'El Estado laico necesita cristianos'

Domenico Agasso

Fue patriarca de Venecia durante nueve años y arzobispo de Milán durante seis. Hoy el cardenal Angelo Scola está “contento de poder dedicarme a ser cura, escuchar a la gente, confesar”. Imberido, en la provincia de Lecco, es “un buen retiro” para este purpurado de 78 años que, a pesar de “algunos achaques” sigue haciendo “todo lo que hacía antes, pero en menor medida”. Con un “pensamiento dominante: pedir a la Virgen la gracia de ver el rostro de Dios”.

Eminencia, ¿cómo ve la situación general de la Iglesia, especialmente en Italia y Europa?

La Iglesia, igual que el mundo, atraviesa dolores de parto, especialmente en Europa, y por tanto también en Italia. Dolores de parto es una expresión positiva, pues supone la espera de un nuevo nacimiento.

Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, ¿cuáles son los aspectos más incisivos de sus respectivos pontificados?

Juan Pablo II es el Papa de la libertad, personal, eclesial y social. Benedicto XVI es, como él mismo ha dicho, un “humilde siervo en la viña” que nos donó una profundización genial del sentido cristiano de la vida que aún está por explorar. Francisco es el Papa de la cultura popular, capaz de una cercanía extraordinaria con las personas, sobre todo con los marginados.

¿Cómo interpreta los ataques al Papa desde dentro de la Iglesia?

Los ataques, sobre todo al Papa, siempre son un error. De pequeño aprendí que “el Papa es el Papa”. Otra cosa son las críticas constructivas.

¿Teme que haya un cisma?

No. Más bien temo que en la oposición entre “conservadores” y “progresistas” estemos volviendo cuarenta años atrás. Eso me entristece porque cuando comencé mi ministerio en Milán me parecía que por fin se había superado aquella contraposición.

¿Qué papel debería tener el cristianismo en Europa?

Los cristianos son una comunidad llamada a mantener viva la cuestión del “sentido” de la vida de cada hombre y de cada pueblo. Sentido como significado: ¿por “quién” vuelvo a levantarme todas las mañanas? Y sentido como dirección, es decir, como opción, llena de alegría, por la propuesta de Cristo y de la Iglesia.

El cristianismo parece sacudido por los que quieren convertirlo en una religión civil y quien lo concibe solo con intransigencia doctrinal, ¿qué camino hay que recorrer?

Reducir el cristianismo a religión civil significa afirmar la doctrina y los valores separados de un sujeto personal y comunitario, como si la Iglesia no fuera un lugar de verdad y belleza que abre de par en par a una vida feliz en esta tierra y hace concreta la promesa del paraíso. Los llamados “progresistas” hablan mucho de un retorno al Evangelio, pero no siempre indican sus implicaciones, sobre todo las éticas. En cambio, son muy sensibles a las sociales, pero una reducción de este tipo corre el riesgo de la ideología, aun sin querer.

¿Cree que los católicos todavía pueden contar en la política italiana?

Aunque solo hubiera uno que viviera la política con los criterios citados, contaría. Pero no creo que sea el momento de una nueva etapa del catolicismo político en sentido estricto. Esperamos y rezamos para que surjan cristianos capaces de crear una realidad política “laica” en la que, con condiciones claras, cualquiera pueda encontrar espacio para expresarse.

>Entrevista a Angelo Scola

'El Estado laico necesita cristianos'

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El silencio de Hiroshima y el grito del Papa

Andrea Tornielli

Hubo un grito que rompió el gran silencio en memoria de las víctimas de Hiroshima y Nagasaki. La firme condena no solo del uso sino también de la posesión de armamento atómico que Francisco pronunció desde los lugares simbólicos del holocausto nuclear de la Segunda Guerra Mundial supone un paso más en el magisterio social de la Iglesia, aunque el Papa ya utilizara una expresión parecida en un discurso de hace dos años.

En Nagasaki, en el Atomic bomb Hypocenter Park, el Papa afirmó que la paz y la estabilidad internacional son incompatibles con cualquier intento de construir sobre el miedo a la destrucción mutua o a una amenaza de aniquilación total. Definió como “un atentado continuo que clama al cielo” el dinero gastado y las fortunas adquiridas por fabricar, modernizar, mantener y vender armas, cada vez más destructivas, en el mundo actual, “donde millones de niños y familias viven en condiciones inhumanas”. Y denunció la erosión del enfoque multilateral, un fenómeno más grave aún ante el desarrollo de las nuevas tecnologías de las armas que nos está encaminando hacia una Tercera Guerra Mundial aunque de momento se combate “a trozos”, como suele repetir el propio Francisco.

En Hiroshima, última etapa de su larga jornada japonesa, el Papa quiso reiterar que “el uso de la energía atómica con fines bélicos es, hoy más que nunca, un crimen, no solo contra el ser humano y su dignidad sino contra toda posibilidad de futuro en nuestra casa común. El uso de la energía atómica con fines bélicos es inmoral”. También añadió que es igualmente inmoral la posesión de estas armas devastadoras.

En realidad, el Papa ya habló de esto el 10 de noviembre de 2017, en el Vaticano, dirigiéndose a los participantes en el congreso “Perspectivas para un mundo libre de armas nucleares y un desarme integral”, diciendo que “no podemos evitar sentir una viva sensación de inquietud si consideramos las catastróficas consecuencias humanitarias y ambientales que derivan de cualquier uso de artillería nuclear. Por tanto, tomando en consideración el riesgo de una detonación accidental de dichas armas por un error de cualquier tipo, hay que condenar con firmeza la amenaza que supone su uso, además de su mera posesión, precisamente porque su existencia se debe a una lógica del miedo que no solo afecta a las partes implicadas en el conflicto sino a todo el género humano”.

El silencio de Hiroshima y el grito del Papa

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La conversión de la Iglesia universal

Antonio Spadaro

El Sínodo panamazónico ha sido como el gran fresco del Juicio universal en la Capilla Sixtina, donde todo se pone ante los ojos de Cristo nuestro Señor: la vida de la Iglesia, la política, la economía, la custodia de la casa común. Un gran fresco donde “todo está conectado”, como dijeron varias veces los padres sinodales, citando la Laudato Si’, todo un punto de referencia en este gran evento, donde la encíclica ha tomado un cuerpo concreto. Ahora empieza un proceso que deberá profundizar en los temas tratados. Ya se pueden discernir ciertos rasgos fundamentales de esta experiencia que quedarán en la vida eclesial. Para empezar enumeraré cinco de ellos.

La Iglesia ha asumido plena conciencia de que su doctrina social se preocupa por la defensa del planeta y que esta colisiona con ciertos intereses políticos y económicos, que en muchos casos urden ataques contra la propia Iglesia y sus pastores. La relación entre el cristianismo y la vida del mundo se ha visto impregnada de un sano realismo, más allá de cualquier ideología, asumiendo finalmente los rasgos de un compromiso decisivo de valor global, fruto siempre del impulso evangélico que requiere una “conversión ecológica”.

Roma se convirtió esos días en un lugar de escucha profunda de experiencias del catolicismo consideradas “periféricas” y de frontera. El enfoque “misionero” se integró totalmente con una valoración de la experiencia cristiana en la Amazonia, significativa y profética para la Iglesia universal. Después de la acción misionera, es necesario que la Iglesia local descubra los rasgos específicos de su propio rostro, para el bien del cuerpo entero de la Iglesia universal.

En este sentido, otro elemento claro ha sido el deseo de la Iglesia de una “conversión cultural”, capaz de dar una respuesta verdaderamente católica a la exigencia de una inmersión plena del anuncio del Evangelio y la liturgia en una cultura concreta, valorando su cosmovisión, sus tradiciones, sus símbolos y sus ritos originarios. Pero de manera que el Evangelio purifique las culturas en que se inserta, madurando por tanto el debate eclesial sobre los ritos locales y la inculturación.

El papel de los laicos –especialmente de la mujer– estuvo en el centro del debate. Obispos y sacerdotes hacen lo que pueden, atraviesan distancias enormes, pero las comunidades viven gracias al compromiso de laicos y laicas. Ante los padres se desplegó toda una Iglesia ministerial que se interrogaba para profundizar en qué significa que la Iglesia está fundada en el Bautismo. Por otro lado, la cuestión de los hombres de fe probada no ha puesto en absoluto en discusión el celibato, sino la escucha del drama percibido por la ausencia de los sacramentos en la vida ordinaria de muchos fieles.

Por último, resulta clara la opción y la “conversión” sinodal de la Iglesia. Durante las muchas horas del Sínodo se escucha mucho y se discute mucho, tanto en el aula como en grupos, y con franqueza, dentro de un discernimiento comunitario comprometido, para el que se invoca la presencia del Espíritu. Así han sido las palabras compartidas por los padres sinodales: abiertas, francas, libres, fieles a la Iglesia, movidas por una urgencia pastoral extraordinaria y compartida. En todos los temas tratados, con el deseo de permanecer en la verdad del Evangelio y construir el mundo a partir de esa buena noticia.

La conversión de la Iglesia universal

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>Entrevista a Luis Argüello (2)

'Nos cuesta poner la confianza en la gracia y no en el poder' (2)

Fernando de Haro

paginasdigital.es publica la segunda parte de la entrevista al secretario de la Conferencia Episcopal Española y obispo auxiliar de Valladolid.

Decía Francisco en septiembre: “¡qué importante es sentirse interpelado por las preguntas de los hombres y mujeres de hoy!”. Lo decía en una reunión del Consejo de Promoción de la Nueva Evangelización. ¿Qué cree usted que significa en este momento ser interpelado por el corazón del hombre de hoy, por sus preguntas?

El hombre de hoy nos interpela fuertemente desde un deseo de libertad y de alegría, quiere ver cómo nuestra propia experiencia muestra que ser creyente y haber experimentado el encuentro con el Señor es un encuentro salvador, liberador, nos hace ser más libres. Y que esa libertad se pone de manifiesto en una capacidad de amor que se entrega, de amor que no lleva cuentas, de amor que perdona, como una propuesta de experiencias verdaderamente libres. Creo que la alegría tiene que entrar en diálogo con un escándalo de las mujeres y hombres de hoy.

¿Qué escándalo?

El escándalo del sufrimiento. Es una piedra de tropiezo ante la cual se viene a decir: es preferible no nacer a nacer para sufrir, y es preferible morir a seguir viviendo para sufrir y hacer sufrir a otros. Es necesario ofrecer un testimonio de alegría en el corazón aunque haya lágrimas en los ojos, alegría aunque haya sufrimiento, pues de alguna forma aquí la alegría va vinculada a la esperanza, y la esperanza va vinculada a la fe, a la conciencia de una presencia que además da la certeza de que el final del camino y el camino mismo tiene sentido, está sostenido y habitado. También hay una inquietud en los hombres y mujeres de hoy sobre las posibilidades de la razón. Libertad y razón, que han tenido tanto que ver en el desarrollo del tiempo moderno, hoy se encuentran bajo sospecha. Los creyentes, y dentro de los creyentes los católicos, tenemos la responsabilidad de hacer el elogio práctico de la razón y la libertad. Porque están puestas en duda. Este verano tuve un debate con Arcadi Espada en una Universidad de Verano y el diálogo, que fue tormentoso por la cuestión del nacionalismo, fue en cambio interesante por la cuestión de la libertad. Él me dijo: “usted es creyente y entiendo que crea en la libertad, pero yo ya no creo”. ¡En la libertad, no en Dios!

“La alegría tiene que entrar en diálogo con el escándalo de las mujeres y hombres de hoy por el sufrimiento”

Esa conversación con Arcadi Espada muestra que lo mejor de la cultura racionalista ilustrada duda de su fundamento. Me recuerda lo que decía Niebuhr cuando criticaba a los que él llamaba “anodinos fanáticos de la civilización occidental que consideraban que los logros conquistados eran la forma final de esa cultura”. ¿Se han acabado esos logros conquistados por la Edad de las Luces, el proyecto de Kant del que hablábamos antes?

>Entrevista a Luis Argüello (2)

'Nos cuesta poner la confianza en la gracia y no en el poder' (2)

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  32 votos
>Entrevista a Luis Argüello (1)

'Nos cuesta poner la confianza en la gracia y no en el poder'

Fernando de Haro

El secretario de la Conferencia Episcopal Española y obispo auxiliar de Valladolid analiza en paginasdigital.es la reducción del cristianismo a ética en una perspectiva histórica, describe qué significa comprender en este momento el cristianismo como acontecimiento de gracia y qué puede aportar al hombre del siglo XXI.

El Estudio Europeo de Valores de la Fundación BBVA sostiene que un 60% de los españoles dice que cree en Dios o en un ser superior, pero el porcentaje de los que rezan es muy bajo. Es como si Dios no fuera objeto de la experiencia de muchos, ¿por qué cree que se produce este fenómeno?

Creo que ha habido, en el seno de las grandes iglesias de larga tradición, un último tramo del camino en el que precisamente se ha acentuado la importancia de los valores y de las consecuencias sociales, obras culturales y de todo tipo que la fe pudiera tener. Pero se ha dejado un poco atrás el cultivo de la experiencia del encuentro vivo con quien es la fuente de valores y obras. Recuerdo haber escuchado al menos dos veces a Benedicto XVI diciendo que no bastan las consecuencias sociales de la fe si no se cultiva el encuentro vivo con una persona. Las guerras de religión en Europa, que marcaron el tiempo moderno, llevaron a –valga la expresión– meter a Jesucristo en el armario y vivir de las consecuencias. Eso también se hizo con reflexiones teóricas. Kant elabora una moral autónoma del acontecimiento cristiano. Y en la filosofía se hace una construcción no tanto desde los hechos, de la realidad, sino de las interpretaciones, de las aproximaciones, de las apariencias. Todo eso se conjuga y hace que ahora digamos que vivimos una crisis de valores. El manantial del que han podido brotar los valores, que no se han hecho virtudes, nos pilla más lejos.

Hablaba usted de la insistencia del cristianismo como encuentro. En el magisterio de Francisco y de Benedicto hay una insistencia en el cristianismo como acontecimiento. Pero a pesar de la insistencia de los dos últimos pontífices, pervive muchas veces una concepción nocional y ética de la fe. ¿Qué falta para que la compresión del cristianismo como acontecimiento se convierta en una cuestión metodológica para la educación de la fe?

Falta en la conciencia de los propios cristianos vivir esta experiencia. Y no solo vivirla individualmente sino como pueblo, como una realidad comunitaria donde esto pueda ser cultivado. La inercia de la que vivimos hace que muchos de nuestros debates sean sobre cuestiones morales desgajadas de su fundamento y se conviertan en debates moralistas en la mayor parte de los casos. Son debates que vienen también provocados por cómo nos mira la sociedad. Porque la sociedad de alguna forma nos sigue mirando desde el punto de vista cultural como una referencia de valores y, desde el punto de vista político, en una clave de nacional-catolicismo. Nos cuesta salir de ahí, poner la confianza en la gracia y no en el poder, que eso es lo que creo que significa salir del nacional-catolicismo, y fundamentar nuestra propia propuesta de vida, de vida buena, en el encuentro con el Señor.

>Entrevista a Luis Argüello (1)

'Nos cuesta poner la confianza en la gracia y no en el poder'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  38 votos

¿Cuál es el puesto de la persona en una 'casa' enferma e inhóspita?

Federico Pichetto

El Sínodo de los obispos dedicado a la Amazonía se ha visto precedido por meses de polémicas en las que se enfrentaban, desde una perspectiva cada vez más política, los que consideran que el pontificado de Francisco es solo un paréntesis y los que –por el contrario– perciben en las líneas trazadas por el Papa argentino en estos siete años una auténtica declinación metodológica del Concilio Vaticano II, sobre todo respecto a las relaciones de la Iglesia de Roma con el mundo moderno.

Estos dos bloques se encaminaron abiertamente hacia el cónclave transformando cada episodio de la vida de la Iglesia en un pretexto para reafirmar sus propias tesis y consolidar el consenso entre los grandes electores del próximo sucesor de Pedro. Desde este punto de vista, no cabe duda de que a ambos bandos les conviene alimentar la confusión en torno a las grandes citas de la Iglesia, empezando por este sínodo.

En realidad, el instrumento del sínodo lo puede utilizar un pontífice de tres maneras: por vía ordinaria, cuando la asamblea representativa de los obispos de todo el mundo se ve llamada –bajo la guía del Papa– a reflexionar y discutir cuestiones inherentes a la vida de la Iglesia que además el propio obispo de Roma considera especialmente dirimentes; por vía extraordinaria, cuando el Papa perciba una especial urgencia por tomar posición o reflexionar sobre un determinado problema; o por vía especial, en cuyo caso el Romano Pontífice juzga significativa la situación de una determinada zona del mundo, hasta el punto de detener sobre ella la mirada del episcopado de dicha zona y –en general– de los representantes de la Iglesia del mundo entero.

Este último caso es el que emprende el camino de la reflexión sobre la Amazonía como tierra de “nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral”. Bergoglio señala la Amazonía como una síntesis muy eficaz de nuestro tiempo.  De hecho, en ella vemos cómo la economía capitalista consume los recursos del planeta sin crear otros nuevos y –algo aún más significativo– sin preocuparse por las consecuencias humanas, espirituales y éticas que ese consumo comporta. La Amazonía es símbolo de un liberalismo que ha vencido la batalla con el comunismo, pero que no ha sido capaz de afirmar ni difundir el bienestar para todos los hombres, incrementando los desequilibrios sociales y reduciendo considerablemente las potencialidades propias del ecosistema de nuestro planeta.

Se trata por tanto de una casa enferma, inhóspita, maltratada. Ese es el tema central del Instrumentum Laboris del sínodo, un resumen potente y preciso de cómo la responsabilidad humana –con sus decisiones– puede comprometer el desarrollo y el derecho a la felicidad de cualquier persona. Tal derecho, afirma el documento preparatorio del sínodo, se ve especialmente perjudicado en la medida en que las condiciones sociales, económicas y políticas de una región no hagan viable el camino del anuncio del Evangelio, de modo que la difusión de la Buena Nueva en las poblaciones más alejadas de la tierra necesita esa “plenitud de los tiempos” que ya en los orígenes del cristianismo permitió que la fe pudiera penetrar hasta los ganglios más profundos de la sociedad.

¿Cuál es el puesto de la persona en una 'casa' enferma e inhóspita?

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La Iglesia de rostro amazónico y los nuevos ministerios

Andrea Tornielli

De las intervenciones en el aula estos primeros días del Sínodo, junto al grito de las poblaciones indígenas que piden respeto invocando atención y cuidado por lo creado, emerge otro grito. El de las comunidades cristianas diseminadas por territorios vastísimos. El de los pastores que, con solo una decena de sacerdotes deben atender a quinientas comunidades dispersas en cien mil kilómetros cuadrados, con dificultades considerables para trasladarse de un lugar a otro.

Se ha puesto en evidencia y se ha criticado una manera de afrontar este tema sin el corazón del pastor. Un enfoque que no parte de ese grito y no lo hace suyo, que no parte de la exigencia de esos cristianos a los que no se les permite celebrar la eucaristía más de una o dos veces al año, cristianos que no pueden confesarse ni contar con el conforto de un sacerdote cuando van a morir.

Cualquier reflexión, cualquier intento de respuesta, cualquier confrontación desde posiciones distintas a esta debería identificarse con este sufrimiento. Una situación que tiene características propias, que no se pueden superponer a otras. El Sínodo sobre la evangelización en la Amazonía está llamado, por tanto, a proponer respuestas posibles. Una de ellas, como es sabido, es la posibilidad de abrir –como excepción y de manera experimental– la ordenación sacerdotal a hombres ancianos de probada fe (no de abolir ni hacer opcional el celibato permitiendo que los sacerdotes se casen). Pero no se trata de la única vía posible, a pesar de que sobre ella se concentre todo el debate mediático.

De hecho, existen otras vías y otras respuestas al grito de esas comunidades que miran, por ejemplo, hacia una mayor valorización del diaconado permanente conferido a hombres casados, tratando de incrementar y formar adecuadamente vocaciones indígenas. La formación adecuada para los ministros ordenados, religiosos y laicos es, de hecho, una exigencia que ha salido en muchas de las intervenciones en el aula sinodal. Por ejemplo, se ha planteado la posibilidad de nuevos ministerios para laicos, especialmente para las mujeres, reconociendo la extraordinaria dedicación de muchas religiosas que dedican toda su vida al servicio de las comunidades amazónicas.

La eucaristía es que lo que hace la Iglesia, la celebración eucarística es el corazón, la fuente y el fundamento de la vida comunitaria. Pero, con la creatividad del Espíritu, allí donde el sacerdote no pueda estar presente, podría pensarse –y así se ha llegado a decir– en nuevos ministerios que se correspondan con las necesidades de los pueblos amazónicos para predicar la Palabra, guiar a las comunidades, acompañar en los sacramentos del bautismo, el matrimonio y la unción de enfermos, o presidir las liturgias de exequias. Nuevos caminos que deberían implicar sobre todo a los indígenas como agentes pastorales, como diáconos permanentes y como nuevos ministros no ordenados capaces de reconocer los dones que el Señor hace a los miembros de las comunidades nativas. El Sínodo está en camino.

La Iglesia de rostro amazónico y los nuevos ministerios

Andrea Tornielli | 0 comentarios valoración: 1  29 votos
>Entrevista a Pierbattista Pizzaballa

'A algunos judíos les fascina la figura de Jesús'

Aldo Cazzullo

Estamos delante del santo sepulcro con el hombre que lo custodió durante doce años, hasta que el Papa lo nombró arzobispo, confiándole el patriarcado de Jerusalén, “donde soy una especie de comisario prefecto”, dice con una sonrisa Pierbattista Pizzaballa.

Lleva 29 años en Jerusalén, ¿cómo es ser cristiano hoy en el lugar donde Cristo fue crucificado?

No somos perseguidos, como en Siria e Iraq, ni nos hemos extinguido como está sucediendo en el norte de África y en Turquía.

Pero después de la Segunda Guerra Mundial, en Palestina el 20% de la población era cristiana, ahora no llega al 2%.

Los cristianos tienen menos hijos. Y muchos se han ido a Occidente o América Latina. Tal vez la Providencia nos quiere pequeños. La época en que estamos en el poder, el tiempo de los bizantinos y los cruzados, fue la más difícil.

El Evangelio se pregunta si cuando vuelva el Hijo del hombre encontrará fe en la Tierra.

Sí, la encontrará. Como una comunidad recogida, vital y muy valiosa.

¿El Evangelio se refería al planeta o a Tierra Santa?

En Jerusalén, yo he aprendido que no se trata de elegir sino de sumar. Valen ambas cosas.

¿Realmente Jesús fue crucificado y sepultado aquí?

Pruebas científicas no las tendremos nunca. Pero es una creencia que dura ya dos mil años. Tenemos la tradición bíblica, la coherencia desde entonces hasta hoy, y el reconocimiento oficial de la Iglesia.

¿El Gólgota y la tumba no están demasiado cerca?

Era un lugar dañado, justo fuera de los muros, un lugar de muerte. Es verosímil que los sepulcros estuvieran en el lugar de la ejecución. Lo cierto es que se encontraron muchas cruces. Según la tradición, hicieron que las tocara un enfermo y la cruz verdadera le devolvió la salud.

¿Usted siente una fuerza especial en este lugar?

Sí, sobre todo de noche, cuando hay menos gente.

A veces la multitud es insoportable. Ahora mismo hay una mujer haciéndose un selfie delante de la cruz.

Algunos son turistas, no peregrinos. A veces se convierte en un mercado. Pero la intensidad de la fe de muchos contribuye a la potencia del lugar.

¿Quién es Jesús para los judíos?

Hay todo un abanico de posturas. Algunos lo consideran un falso profeta y aborrecen su nombre. A otros les fascina. Muchos defienden que un judío cambió la historia. Y hay una comunidad de judíos mesiánicos convencidos de que Jesús era realmente el mesías.

¿Usted se encuentra con ellos?

Sí, pero no reconocen a la Iglesia. Su idea es devolver a Jesús a los judíos. Algunos están fascinados y me hacen muchas preguntas sobre nuestra religión, pero no es fácil de entender. En parte por los contrastes seculares entre cristianos y judíos, en parte también por los dogmas.

¿Qué es lo más difícil de explicar?

La resurrección. Es durísimo hacer que acepten la resurrección de la carne. Una amiga judía me dijo: “Jesús es un personaje extraordinario, y lo seguiría siendo aunque no hubiera resucitado”. Pero sin la resurrección de Cristo –le respondí–, no existiría el cristianismo.

También hay católicos de lengua hebrea, ¿no?

Sí. Muchos nacieron aquí de inmigrantes filipinos e indios. Para ellos he traducido la liturgia al hebreo.

La Iglesia es considerada tradicionalmente filopalestina.

Bueno, es una Iglesia compuesta por árabes palestinos…

>Entrevista a Pierbattista Pizzaballa

'A algunos judíos les fascina la figura de Jesús'

Aldo Cazzullo | 0 comentarios valoración: 2  24 votos

Un deseo no formal de diálogo entre Putin y el Papa

Giovanna Parravicini

Hace unos días un destacado representante de la diplomacia vaticana me desveló una “confidencia” del papa Francisco sobre las visitas de jefes de Estado: “Las cuestiones de política internacional las tratan abajo, en el sótano, con la Secretaría de Estado. Cuando llegan a mí suelen preguntarme otras cosas, cosas personales, a veces hasta me interpelan para saber si Dios existe de verdad. Y, honestamente, estas cosas son las que más me interesan”.

En el décimo aniversario de la instauración de plenas relaciones diplomáticas entre Rusia y la Santa Sede, el presidente ruso ha visitado por tercera vez al papa Francisco (es su quinta visita al Vaticano). Evidentemente, haber sacado tiempo para una cita con el Papa dentro del intenso programa de la jornada romana de Putin indica ya un interés no formal por este encuentro.

Hablar de “interés no formal” no significa, evidentemente, reducir el coloquio a una dimensión intimista, de “confesionario”, sino al contrario, reconocerle un respiro más amplio, global, respecto al ámbito estrictamente político. Un interés “no formal” que existe por ambas partes, y ciertamente por parte del Papa –como dijo recientemente en una entrevista monseñor Paolo Pezzi, arzobispo metropolita de la Madre de Dios en Moscú–, que no pierde una ocasión para hacer “que haya una implicación lo más amplia posible para ayudar a la presencia de los cristianos, sostener un proceso de paz, favorecer la salvaguarda de la casa común, nuestra tierra”.

No es casual que precisamente sobre el aspecto de la “globalidad” del interés de este encuentro hayan insistido estos días, entre las diversas entrevistas y declaraciones en los medios de comunicación, dos figuras pertenecientes a ambas “partes”. Por un lado, el embajador ruso en el Vaticano, Aleksander Avdeev; por otra, el secretario de la Conferencia Episcopal católica en Rusia, el padre Igor’ Kovalevski. Este último deseó que “el encuentro pueda contribuir a la solución de los problemas globales que se plantean en la civilización actual –no solo los problemas políticos, sino cuestiones más amplias– y que el diálogo abra un camino humano independientemente de las respectivas visiones políticas y pertenencias confesionales”.

Es cierto que en la agenda había temas de política internacional como Siria, Venezuela, Ucrania, pero, como señalaba también monseñor Pezzi, se puede “imaginar que sobre la mesa de confrontación no faltaron los temas preferidos del Santo Padre: el progreso hacia la paz, la salvaguarda de la casa común, la defensa de lo creado”.

A propósito de “interés no formal” tampoco será casual que, al margen del encuentro entre el presidente ruso y el Papa, se haya firmado un acuerdo de colaboración entre el ministerio ruso de Sanidad y las estructuras pediátricas del Vaticano, que prevé –además del tratamiento en el hospital del Niño Jesús de pequeños pacientes con patologías raras (incurables en su país) procedentes de Rusia– una serie de intercambios a nivel de nuevas tecnologías, investigaciones científicas y experiencias médicas. Siguiendo el espíritu de Francisco y de su caridad operativa, pero también las nuevas aperturas al voluntariado y a la solidaridad que se observan en la sociedad civil rusa. Que sin duda Putin no habrá dejado pasar inadvertidas.

Un deseo no formal de diálogo entre Putin y el Papa

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El mundo del papa Francisco

Giorgio Vittadini

Con una carta abierta a jóvenes economistas, emprendedores y emprendedoras de todo el mundo, religión y nacionalidad, el papa Francisco ha convocado una jornada de tres días para “estudiar y practicar una economía diferente”. Inspirado en el santo patrón de Europa, la cita se titula “Economy of Francesco” y se celebrará en Asís del 26 al 28 de marzo de 2020. En la carta, el Papa afirma: “Vuestras  universidades, vuestras empresas, vuestras organizaciones son canteras de esperanza para construir otras formas de entender la economía y el progreso, para combatir la cultura del descarte, para dar voz a los que no la tienen, para proponer nuevos estilos de vida”.

Merece la pena detenerse en el alcance de esta gran iniciativa, que ya ha empezado a estimular el interés de muchos jóvenes y que se empezará a anticipar en cierto modo en el Meeting de Rímini del próximo mes de agosto.

La crisis económica de 2008 ha puesto la palabra fin a la ilusión de las “magníficas y progresivas suertes” que dominaban el mundo hasta entonces. La monocultura neoliberal, con la idea de que el desarrollo llevará tarde o temprano al bienestar de todos, considera cualquier crisis coyuntural como un mal inevitable (cuando no necesario) y “externalidades negativas” a las anomalías causadas, como la creciente desigualdad, las enormes rentas financieras, el desarrollo sin empleo, la sumisión de la vida humana al trabajo, el cambio climático o la destrucción del planeta.

¿Por dónde empezar para dar una nueva perspectiva al sistema económico mundial? Desde hace más de veinte años, se empezó a usar el término “sostenibilidad” para afirmar algo muy sencillo: el objetivo del desarrollo es el bien común. La ONU estableció 17 objetivos de sostenibilidad para el año 2030 que se refieren a una amplia gama de temas económicos, sociales, ambientales. Para entender por dónde empezar y para apreciar el valor de esta iniciativa del Papa, hay que comprender cuál es el punto de conexión entre los objetivos de sostenibilidad, es decir, el bien común: la centralidad de la persona y de la cultura consiguiente, es decir, la subsidiariedad.

El economista Giancarlo Mazzocchi hablaba en los años 70 de un tipo de empresa que no ponía en el centro sus “recursos humanos” sino a la persona como recurso, y perseguía su beneficio teniendo en cuenta el bien de la comunidad y del territorio en que trabajaba. Precisamente esas dimensiones que ignoran los políticos y los economistas responsables del desbarajuste actual. Desde entonces se empezó a investigar a nivel global sobre las cualidades humanas que están en juego en el aprendizaje y en el trabajo: responsabilidad, estabilidad emocional, capacidad de aprender de la experiencia y de la realidad, empatía y amigabilidad en el trabajo, sentido del propio destino. Estos estudios no delinean nuevos esquemas económicos sino que “sencillamente” devuelven a la persona íntegra al centro de la vida económica, después de que fuera expulsada por muchos (en la época positivista, neoclásica y en la monetarista actual) que piensan que la economía es como una ciencia natural, y por tanto está sujeta a mecanismos previsibles que se pueden estudiar.

El mundo del papa Francisco

Giorgio Vittadini | 1 comentarios valoración: 2  17 votos

La fuerza «desequilibrada» del cristianismo

Andrea Monda

Por su interés, publicamos la entrevista de L’Osservatore Romano a Julián Carrón, presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación, que amplía a toda Europa su reflexión sobre la crisis de la sociedad actual y sobre el papel de la Iglesia.

Giuseppe De Rita, reflexionando en estas páginas sobre la crisis actual de la sociedad italiana y europea, hacía referencia al pasado y decía que en la Edad Media el buen gobierno de una comunidad se apoyaba sobre dos autoridades: la civil, que garantizaba la seguridad, y la espiritual, que ofrecía a los ciudadanos el sentido de la existencia. Estas dos autoridades no pueden concentrarse en una sola persona, y sin embargo, en Europa se tiende con frecuencia a la concentración del poder. En este contexto, ¿cuál puede ser el papel de la Iglesia, y por tanto su responsabilidad?

En realidad, ambos aspectos están muy ligados entre ellos. En el ánimo de mucha gente se percibe la sombra de un gran miedo, de una profunda inseguridad. Pero, ¿de qué se trata? ¿Cómo hacer frente a ello? Si las personas no encuentran una respuesta radical al miedo, este acaba dominando y produce reacciones deslavazadas. Sin embargo, resulta evidente que la política no es, no puede ser capaz de responder al ansia de seguridad, al desconcierto que el hombre tiene en su interior. Entonces sale a la luz la verdadera cuestión. La sociedad –con todas sus instituciones, los partidos, los sindicatos, las escuelas de cualquier orden y nivel, y sus realidades vivas, las comunidades, la Iglesia– tiene ante sí un desafío: ¿quién responde a esta necesidad de seguridad que aparece a la vez que el miedo? No se puede responder a esta necesidad confiando la solución a muros, sean del tipo que sean. Cuando se propagan las actitudes más hostiles, en la línea del homo homini lupus, cuando cualquier persona o cosa se convierte en un enemigo potencial, la respuesta nunca se puede reducir a una cuestión de «policías» o «muros».

El miedo parece ser el sentimiento más difundido hoy en día cuando, paradójicamente, la sociedad nunca ha sido tan segura como ahora. ¿Cómo se explica esto?

La fuerza «desequilibrada» del cristianismo

Andrea Monda | 0 comentarios valoración: 3  18 votos

Una hoja de ruta para el futuro de Europa y sus pueblos

Andrea Tornielli

A partir de los discursos que el papa Francisco ha pronunciado en Rumanía se puede trazar una hoja de ruta para el futuro de Europa y del mundo. Dirigiéndose al presidente y a las autoridades del país, el pontífice explicó que la atención a los últimos representa “la mejor verificación de la bondad real del modelo social que se está construyendo”. De hecho, una sociedad, cuanto más “se preocupa por la suerte de los más desfavorecidos”, señaló Francisco, “más puede declararse verdaderamente civil”. Para llegar a esto, hacen falta almas y corazones libres “del extensivo poder de los centros de altas finanzas”, con la “conciencia de la centralidad de la persona humana y de sus derechos inalienables”.

No es la primera vez que el Papa pone el dedo en una de las llagas de nuestro tiempo, un sistema económico-financiero que ha puesto en el centro al “dios dinero” y lo idolatra, en vez de situar en el centro a las mujeres y hombres que trabajan. Son palabras, estas del sucesor de Pedro, transversales e incómodas, porque no se pueden encasillar fácilmente. Palabras que describen el malestar que viven tantos pueblos frente al poder y a estructuras cada vez más invasivas e inhumanas. Una señal de alarma para una Europa que parece acaso olvidarse de cuidar a las personas, cuando en cambio debería estar más cerca de esa alma de los pueblos citada por el Papa.

Esta mirada de Francisco también estuvo presente en sus encuentros con las autoridades de la Iglesia ortodoxa rumana. El Papa invitó a los cristianos a “escuchar juntos al Señor”, sobre todo en estos tiempos “en que los caminos del mundo nos han conducido a rápidos cambios sociales y culturales. Son muchos los que se han beneficiado del desarrollo tecnológico y el bienestar económico, pero la mayoría de ellos han quedado inevitablemente excluidos, mientras que una globalización uniformadora ha contribuido a desarraigar los valores de los pueblos, debilitando la ética y la vida en común, contaminada en tiempos recientes por una sensación generalizada de miedo y que, a menudo fomentada a propósito, lleva a actitudes de aislamiento y odio”.

“Tenemos necesidad de ayudarnos”, añadió el pontífice, “para no rendirnos a las seducciones de una ‘cultura del odio’, de una cultura individualista que, tal vez no sea tan ideológica como en los tiempos de la persecución ateísta, es sin embargo más persuasiva e igual de materialista. A menudo nos presenta como una vía para el desarrollo lo que parece inmediato y decisivo, pero que en realidad sólo es indiferente y superficial”.

Por eso, en la reformulación del Padre Nuestro que el papa Bergoglio propuso en la nueva catedral ortodoxa de Bucarest, se incluye la oración para que el Señor done a todos los cristianos “el pan de la memoria, la gracia de que fortalezcas las raíces comunes de nuestra identidad cristiana, indispensables en este tiempo en el que la humanidad, y las jóvenes generaciones en particular, corren el riesgo de sentirse desarraigadas en medio de tantas situaciones líquidas, incapaces de cimentar la existencia”.

Una hoja de ruta para el futuro de Europa y sus pueblos

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De la tolerancia a la estima. El mensaje de Francisco y Mohammed VI

Michele Brignone

“¡Síiiii!”, gritan a coro los jóvenes de un grupo escolar respondiendo al profesor que les pregunta si creen que la convivencia interreligiosa es posible. Sucede después de visitar una exposición sobre la presencia cristiana en Marruecos, instalada en el Archivo del Reino de Rabat con motivo de la llegada del Papa a la capital del país. No es que la muestra presentada al público sea particularmente rica. No podría ser de otro modo, puesto que Marruecos ha sido tradicionalmente tierra de cohabitación entre musulmanes y judíos, más que entre musulmanes y cristianos. En la época precolonial, se trata sobre todo de salvoconductos concedidas por califas y sultanes para permitir el tránsito o estancia de religiosos cristianos en su territorio. En la siguiente etapa, la exposición muestra las obras caritativas y educativas gestionadas en Marruecos por congregaciones católicas y las relaciones entre el Reino norteafricano y la Santa Sede. En cambio, no están las páginas más incómodas de esta historia, como el caso de los protomártires franciscanos o el compromiso parcial del catolicismo con el mundo colonial. De hecho, lo que importa es el mensaje contenido en el subtítulo: “La vida en común”, que el Reino se empeñó en difundir por las escuelas para preparar a las nuevas generaciones no solo para recibir al pontífice, sino también para inmunizarse del exclusivismo fundamentalista.

Desde 2003, año de los atentados de Casablanca, el rey Mohamed VI ha emprendido una tarea de renovación en las instituciones islámicas del país, y ha convertido esta apertura al otro en la tarjeta de presentación de Marruecos al exterior. En el discurso en cuatro idiomas pronunciado en la explanada de la torre Hassan, el monarca insistió especialmente en los valores comunes a los tres monoteísmos, pero también añadió que el diálogo y la tolerancia son “insuficientes en la realidad actual”. Las tres religiones abrahámicas, según el rey, no existen de hecho “para tolerarse, con resignación fatalista o educada aceptación, sino para abrirse unas a otras y conocerse mutuamente en la búsqueda constante del bien de todos”. Inmediatamente, el papa Francisco mostró en este punto una notable sintonía con su anfitrión. “Es necesario que pasemos siempre de la simple tolerancia al respeto y a la estima de los demás. Porque se trata de descubrir y aceptar al otro en la peculiaridad de su fe y enriquecerse mutuamente con la diferencia, en una relación marcada por la benevolencia y la búsqueda de lo que podemos hacer juntos. Así entendida, la construcción de puentes entre los hombres, desde el punto de vista interreligioso, pide ser vivida bajo el signo de la convivencia, de la amistad y, más aún, de la fraternidad”.

De la tolerancia a la estima. El mensaje de Francisco y Mohammed VI

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Contra el diablo no se puede luchar solo

Cristiana Caricato

Un Papa contento charlaba con los periodistas a bordo del avión que lo llevaba de regreso a Roma. Llevaba consigo no solo un viaje de dos días al noveno país musulmán visitado en sus 28 viajes apostólicos, con gran júbilo por las calles de Rabat y una fraternal acogida por parte del monarca más enigmático del norte de África, sino también la posibilidad de hablar allí sobre el status de Jerusalén en vísperas de las elecciones israelíes, sin duda condicionadas por la musculosa política de Trump, y llamar al orden a Europa por sus autolesivas medidas antiinmigración.

Sometiéndose a la línea de fuego de las preguntas aéreas, remarcó dos o tres cuestiones que le preocupan especialmente, y que este viaje ha devuelto a primer plano. Sobre todo lo de construir puentes. Como buen ingeniero, ha recordado una verdad que para él resulta evidente, “los que se obstinan en levantar muro, antes o después acaban prisioneros”. Y que el diálogo con el otro, con el que es diferente, no es materia de laboratorio sino un ejercicio “humano”, es decir, hecho de carne, mente, corazón y, sobre todo, manos.

Ha vuelto a dar una lección sobre cómo crecer en la fe a los que le importunaban sobre el castigo, en tierra islámica, a los apóstatas y convertidos, recordando la feliz fórmula sobre el progreso en la fe del monje francés Vicente de Lerins, del siglo V: “annis consolidetur, dilatetur tempore, sublimetur aetate”, es decir, nada es estático, mucho menos el depósito doctrinal, ya sea musulmán o cristiano, hay que darle tiempo. Para reforzar su tesis, se atrevió incluso a llamar en causa a cierta ideología libertaria que pone en riesgo las democracias en Europa y América y el derecho sagrado a la objeción de conciencia en cuestiones éticamente sensibles, como la eutanasia o el aborto. De manera vergonzosa, apuntó. Igual que deberían avergonzarse los gobernantes que, además de muros, instalan también hojas afiladas capaces de cortar la carne de los que, desesperados, van en busca de paz y libertad.

Francisco volvió a hablar de su único enemigo, el diablo. Ese ser que en los últimos tiempos se dedica a intentar dividir y dañar a la Iglesia y del que ya habló en el congreso sobre la protección de menores en el Vaticano. Un problema sobre el que se pueden buscar todas las explicaciones posibles, analizar las causas, castigar a los culpables, pero siempre quedará algo insondable e incomprensible en los esfuerzos de la Iglesia por abordar estos escándalos, algo imposible se entender sin tomar en consideración el misterio del mal.

Eso no significa renunciar a erradicar el problema, aseguró Francisco, sino abordarlo con toda su complejidad. Sin soluciones donatistas que, concentrándose en leyes, normas y prescripciones, olviden otras dimensiones imprescindibles en la estructura eclesial, como la oración, la penitencia, la lucha contra el maligno, demasiado malicioso como para dejarse enjaular por una serie de normas. Se trata de un matiz importante, que tal vez reequilibre una cumbre centrada en una obligada obsesión por el castigo de los culpables y la sanación de las víctimas, pero contra el diablo no se puede luchar solos. Pedir ayuda al Espíritu Santo y dejar un poco de espacio a la Gracia es la verdadera y santa audacia.

Contra el diablo no se puede luchar solo

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>Entrevista a Cristóbal López Romero, arzobispo de Rabat

La Iglesia en Marruecos, un puente entre cristianos y musulmanes

Claudio Fontana

Cristóbal López Romero fue nombrado arzobispo de Rabat el 29 de diciembre de 2017 y tomó posesión el 10 de marzo siguiente. Además de haber desarrollado varias tareas en Paraguay, Bolivia y España, también pasó siete años en Marruecos, de 2003 a 2010, como director de una escuela salesiana. Hablamos con él mientras espera recibir la próxima visita del Papa.

¿Qué supone para la Iglesia en Marruecos y para todo el país la visita del Papa?

Para nosotros, la visita del Papa significa muchas cosas. En primer lugar, que el Papa aprecia y ama nuestro país, y que valora los esfuerzos que tanto el rey como todo nuestro pueblo está haciendo desde hace tiempo para mejorar las condiciones de vida de la gente. En segundo lugar, que desea reforzar, aquí y en todo el mundo, el diálogo interreligioso y, más concretamente, el encuentro islamo-cristiano. En tercer lugar, significa que el Papa aprueba y anima el camino de esta pequeña comunidad cristiana, visitándola en un momento en que celebramos el año jubilar por los 800 años de presencia franciscana en esta tierra, coincidiendo con el misma aniversario del encuentro entre Francisco de Asís y el sultán Al-Malik en Egipto.

El Papa viene a cumplir su misión de confirmarnos en la fe, a sostener nuestra esperanza (el lema del viaje es “Servidor de la esperanza”) y a encender en nosotros la llama del amor. Francisco es un Papa que no se limita a predicar con palabras y documentos, sino que habla y transmite el Evangelio con gestos y hechos, como el de venir aquí antes incluso de visitar pueblos y naciones tradicionalmente cristianos.

Antes de ser nombrado arzobispo de Rabat, usted ya estuvo en Marruecos de 2003 a 2010, ¿cómo fue su experiencia?

Pasé casi ocho años en Kenitra, una ciudad de más de medio millón de habitantes al norte de Rabat. Soy salesiano y era director de la escuela de Don Bosco. No daba clase, pero todos los días hablaba con los alumnos, con sus padres, participaba en las reuniones de profesores. En la escuela primaria y secundaria todos eran musulmanes. Solo había dos católicos: la escuela y yo. Todos los profesores eran musulmanes y solo esporádicamente tuvimos algunos colaboradores católicos franceses. La experiencia fue muy interesante porque, a pesar de que todos eran musulmanes, la escuela era verdaderamente salesiana.

¿Qué quiere decir? ¿Cómo es posible definir como salesiana una escuela donde todos son musulmanes?

El espíritu familiar, el ambiente de la comunidad educativa, la amabilidad, el sistema preventivo de don Bosco, el sentido religioso (no cristiano, sino musulmán), son los elementos que aún hoy caracterizan esa escuela. Todos los viernes se proclama el Corán, que fue una decisión mía personal. Yo me ponía de pie junto al chaval que, al micrófono, recitaba el Corán. Yo rezaba por mi cuenta, como cristiano.

>Entrevista a Cristóbal López Romero, arzobispo de Rabat

La Iglesia en Marruecos, un puente entre cristianos y musulmanes

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