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19 NOVIEMBRE 2017
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>Entrevista a Massimo Borghesi

Descubriendo el pensamiento del Papa Bergoglio

Alver Metalli

Borghesi, filósofo italiano con una larga trayectoria en la cátedra universitaria, estudios y publicaciones, presentará próximamente al público el resultado de un trabajo que estaba faltando. Y esa laguna era el origen de aproximaciones y desconocimientos. Una “full immersion” en las fuentes primarias que fueron alimentando a lo largo del tiempo la manera de ver y de razonar de quien hoy ocupa la cátedra más alta de la Iglesia católica. Para llevar a cabo su investigación, Borghesi recibió una ayuda decisiva, precisamente la del sujeto investigado, quien aportó a su esfuerzo cuatro grabaciones de audio. “A través de un amigo en común, Guzmán Carriquiry, vicepresidente de la Pontificia Comisión para América Latina, pude aprovechar la amabilidad del Papa Francisco y hacerle llegar algunas preguntas”, revela el autor. El resultado del trabajo lo dará a conocer la editorial Jaca Book con el título “JORGE MARIO BERGOGLIO. Una biografía intelectual. Dialéctica y mística”. A continuación ofrecemos algunos anticipos, obtenidos de Borghesi con la complicidad de la amistad.

¿Qué te llevó a empezar este trabajo sobre el pensamiento del Papa?

El prejuicio, sobre todo en el ambiente intelectual y académico, que persiste sobre la imagen del pontificado. El Papa Francisco debió asumir la difícil herencia de Benedicto XVI, uno de los grandes teólogos del siglo XX. Después de un pontificado con una fuerte impronta en el plano intelectual, el estilo pastoral de Bergoglio resultó demasiado “simple” para muchos, no adecuado a los grandes desafíos del mundo metropolitano, secularizado. Al Papa que vino del fin del mundo se le reprocha, en Europa y Estados Unidos, que no es “occidental”, europeo, culturalmente preparado.

¿Cuándo comprendiste que no era así?

>Entrevista a Massimo Borghesi

Descubriendo el pensamiento del Papa Bergoglio

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En la esperanza está la gran belleza

Angelo Scola

La belleza es el “esplendor de la verdad”, decían los antiguos. Un bello paisaje, una compañía significativa, un cultivo de la tierra bien logrado, el resultado de un trabajo artesanal paciente y cuidado, una obra de arquitectura, escultura, pintura, poesía, música, pero sobre todo el milagro siempre sorprendente de un nacimiento, o la dulzura del amor verdadero entre el hombre y la mujer, la energía con que se afronta una prueba relacionada con la salud, o con la muerte… En todas estas manifestaciones de la vida brilla (esplendor) la verdad. De hecho, la verdad no es ante todo un discurso ni un conjunto de fórmulas lógicamente bien trabadas. Ante todo tiene que ver con la maravilla con que la belleza se impone ante la mirada, hasta tocar el corazón de cada hombre. Como en todas las dimensiones profundas de nuestra persona –conocer, amar, creer…–, esperar también presenta dos características importantes.

En primer lugar, la esperanza no nos la podemos dar a nosotros mismos; y en segundo, no podemos ganárnosla de una vez para siempre. ¿Qué quiero decir? Un gran escritor francés, Charles Péguy, dedicó una fascinante obra poética al tema de la esperanza. Dice el poeta: “Para esperar… hace falta ser feliz de verdad… haber recibido una gran gracia”. Hay una antesala de la esperanza y es la alegría de haber recibido un don, “un estado de gracia”. De hecho, Péguy representa a la esperanza como una virtud niña. A ella se une siempre un elemento de gratuidad total, como el juego libre e imprevisible de un niño. Por eso, la “pequeña” esperanza, para caminar, necesita ir de la mano de sus hermanas mayores, la fe y la caridad. Aunque –bien mirado– con sus brincos, sus arranques y sus mañas, es ella la que termina marcando el camino. Pero el recorrido trazado por la virtud niña está lleno de sorpresas, no se puede poseer de antemano, pide un compromiso siempre renovado, un entrenamiento del deseo, como diría san Agustín. Lo entienden perfectamente los padres ante la belleza del nacimiento de un hijo: no se lo dan ellos mismos, lo reciben de Dios (“he adquirido un varón con la ayuda del Señor”, Gen 4,1) pero al mismo tiempo todo padre sabe que tendrá que seguir el camino imprevisible de ese hijo (don) a lo largo de toda su existencia, para que la belleza originaria mantenga las promesas que suscitó.

En la esperanza está la gran belleza

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Mucho más que una 'cuestión moral'

Federico Pichetto

El Papa Francisco ha tenido la ocasión de encontrarse personalmente con los miembros de la Comisión Pontificia para la protección de menores, una nueva realidad que él mismo ha creado para sistematizar las decisiones de sus predecesores a la hora de condenar y denunciar públicamente los abusos a niños por parte del clero.

El camino de esta comisión no ha sido nada fácil: varios abandonos y polémicas por un presunto retraso y una supuesta “poca colaboración” por parte de ciertos organismos eclesiales. Pero Francisco no ha querido derivar el problema y ha hablado, sin medias tintas, de un pecado del que posiblemente la propia Iglesia aún no ha tomado plena conciencia en toda su gravedad, con las resistencias internas de quien reduce la pedofilia a una cuestión moral sin ver, por el contrario, su dimensión patológica.

Se trata de un nuevo paso del pontífice en las palabras y praxis utilizadas estos años. Ya no es solo cuestión de reconocer el fenómeno y colaborar con las autoridades civiles para denunciarlo y castigarlo. Se trata de comprender su verdadera naturaleza. La pedofilia, afirma Francisco, no es un comportamiento del que uno se arrepiente y “ya está”, la pedofilia es un problema inherente a la estabilidad psíquica de la persona, a su madurez afectiva y espiritual, por lo que “basta un solo comportamiento de este tipo” para ser excluido del sacerdocio y reducido al estado laical.

No son palabras sencillas las del sucesor de Pedro. Es como si el Papa llamara a todos a dar un salto de conciencia decisivo, donde ya no se admiten zonas de sombra pero donde “reconocer la culpa” forma parte de un proceso de crecimiento cuyo resultado no se puede gestionar según las leyes canónicas habituales, sino que merece un tratamiento excepcional que haga comprender al tejido social y a la persona el grado de culpa que adquiere un sacerdote pedófilo. Por eso el Papa ha excluido, para un sacerdote condenado por pedofilia y luego arrepentido, la posibilidad de obtener medidas de gracia, pues la gracia sana el pecado pero no puede curar al hombre de una enfermedad psíquica.

Quizás todavía hay demasiado pudor en la Iglesia para afrontar procesos de purificación, para volverse a ganar el pasado de un modo crítico, juzgándolo según el nivel de conciencia que el momento presente ha permitido desarrollar dentro del tejido eclesial. La moral es objetiva: el bien es bien y el mal es mal. Pero hay ciertos momentos de la historia en que algunos males se han combatida y afrontado con fuerza porque apuntaban a problemas antropológicos estructurales más profundos. La pedofilia habla de un camino afectivo insano que disfraza de problema moral lo que, por el contrario, es una cuestión médica y psiquiátrica.

Mucho más que una 'cuestión moral'

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Un reclamo para este hoy, tenso y complejo

José Luis Restán

En todos los viajes de Francisco es importante fijarse en los discursos que dirige a los obispos del lugar; quizás no sean siempre los que proporcionan más titulares para la prensa, pero suelen condensar los acentos que el Papa considera más urgentes y sustanciales para guiar el camino de la Iglesia. En el viaje a Colombia es evidente que el nudo gordiano estaba en el mensaje de la reconciliación, pero conviene no olvidar sendos discursos a los obispos colombianos y a la Dirección del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM). En ellos se refleja intensamente lo que Francisco quiere decir cuando se refiere a una “Iglesia en salida”, un núcleo precioso y lleno de sugerencias, que sin embargo corre el riesgo de verse vaciado o reducido por interpretaciones acomodaticias e ideológicas, de uno y otro signo.

Al final del discurso dirigido a los dirigentes del CELAM, tras haber dibujado un panorama nada tranquilizador del momento presente en América Latina, Francisco les pide hacerlo todo con pasión: “pasión en el trabajo de nuestras manos, pasión que nos convierte en continuos peregrinos en nuestras iglesias, como santo Toribio de Mogrovejo, que no se instaló en su sede: de 24 años de episcopado, 18 los pasó entre los pueblos de su diócesis. Hermanos, por favor, les pido pasión, pasión evangelizadora”. Esta frase ayuda más a comprender a Francisco que cualquier debate entre opuestos de los que ahora proliferan: doctrina y pastoral, verdad y misericordia, fe y moral. Hace unas semanas el Secretario de Estado, Pietro Parolin, decía en el Meeting de Rímini que “a través de este movimiento de ‘salida’ el corpus doctrinal de la Iglesia debe recobrar nueva vida en el marco del anuncio misionero”. Y añadía que “esto no tiene nada que ver con un debilitamiento de la identidad cristiana (como sostienen las críticas que algunos dirigen al Papa), sino que representa su reafirmación radical”. Me parece una clave decisiva para entender el pontificado.

En el discurso a los obispos colombianos, Francisco les insta a “tener siempre fija la mirada sobre el hombre concreto”, teniendo en cuenta su historia, sus sentimientos, sus heridas y desilusiones… y les advierte que esa concreción del hombre desenmascara las frías estadísticas, los cálculos manipulados, las estrategias ciegas, las falseadas informaciones”, para recordarles que “realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”. Se trata, por tanto, de entrar con esa luz viva de Jesús (viva y palpitante en la experiencia de la Iglesia) en las encrucijadas de los hombres y mujeres de esta época, y eso significa asumir el riesgo de implicarnos en un cuerpo a cuerpo, con todas sus consecuencias. De ahí la insistencia paternal de Francisco a los obispos en conservar la serenidad, más aún en este momento trepidante. Los tiempos de Dios son largos porque es inconmensurable su mirada de amor, por eso les invitó a fiarse de la potencia escondida de su levadura, sin dejarse atrapar por el desánimo o la impaciencia.

Un reclamo para este hoy, tenso y complejo

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Colombia: la paz necesita raíces

José Luis Restán

A las 23.30, hora española, el papa Francisco aterrizará hoy en Bogotá. Comenzará así un importante viaje a uno de los países con mayor potencial de crecimiento económico en América Latina, pero no solo. Colombia es un país de tremendos contrastes que tienen mucho que ver con su atribulada historia política y social, un país con élites culturales muy desarrolladas y tremendas bolsas de pobreza, con una enorme fractura entre las grandes urbes modernas y las zonas selváticas, y con la sombra pestilente del narcotráfico. Pero, sobre todo, es un país marcado por la traumática experiencia de más de cincuenta años de enfrentamiento armado con diferentes guerrillas, que ha dejado fuera del control del Estado inmensas regiones durante largos períodos, y ha sembrado un cúmulo de dolor y resentimiento que no va a desaparecer de un plumazo.

Francisco había dejado claro que sólo pisaría tierra colombiana cuando se hubiera aclarado la situación en torno a los acuerdos de paz con las FARC, la principal guerrilla del país. Tras la polarización vivida meses atrás en torno a esos acuerdos y el fiasco del referéndum, ahora el escenario parece despejado. A ello contribuye el alto el fuego recién acordado con la otra guerrilla que permanece activa, el ELN. En estas horas los obispos colombianos y los responsables de la Santa Sede han insistido en precisar que el Papa nunca ha sido mediador ni garante de estos acuerdos; lo que ha hecho siempre la Iglesia en Colombia ha sido alentar la negociación, el empeño de buscar la paz y la reconciliación, y en eso el apoyo de los sucesivos Papas, y concretamente de Francisco, ha sido decisivo.

El cardenal Rubén Salazar, arzobispo de Bogotá, ha sido muy cuidadoso a la hora de delimitar las cosas: la Iglesia siempre ha apoyado y sostenido el empeño de buscar la paz, pero no ha sido (ni podía ser) un agente político que participara en la definición del contenido de unos acuerdos que han suscitado encendidos debates en la sociedad colombiana. También ha advertido que las cosas están lejos de haberse resuelto. “Demos el primer paso” es el lema del viaje de Francisco, y quiere indicar precisamente esto: “no se trata de dejar atrás la guerra, sino también de dejar atrás todo aquello que ha conducido a situaciones de inequidad, que han estado en la raíz de la violencia de Colombia, se trata de que la visita del Santo Padre nos ayude… a dejar atrás todos esos fangos que nos impiden caminar y a empezar, decididamente, la construcción de un país nuevo”.

Seguramente ahí está una de las claves de esta visita, la tercera que un Papa realiza a tierras colombianas: se trata de profundizar las raíces de una paz que no puede consistir sólo en la rúbrica de un documento, que por lo demás no ha dejado de suscitar división. Como ya dijo San Juan Pablo II, “no hay paz sin justicia, y no hay justicia sin perdón”. Así que el reconocimiento de la verdad de la historia (tantas veces dolorosa e incómoda), la construcción de la justicia que pueda sustentar una vida civil buena, y el desafío del perdón, después de tanta violencia, son asuntos candentes en los que la presencia y la palabra de Francisco pueden suponer una clarificación y un impulso sustanciales.

Colombia: la paz necesita raíces

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Francisco de Sales o la inteligencia del corazón

Antonio R. Rubio Plo

En este mes de agosto se acaban de cumplir 450 años del nacimiento de san Francisco de Sales, un santo de los años difíciles de las guerras religiosas en Europa, en las que el cristianismo fue secuestrado por las ideologías y la omnipotente razón de Estado. Precisamente por haber vivido en tiempos en los que muchos pensaban que la única forma de defender las diferencias religiosas, por no decir políticas, era a golpe de espada, Francisco es un santo muy oportuno para nuestros días. No solo fue un precursor de la presencia activa de los laicos en el seno de la Iglesia, partiendo de una profunda vida interior, sino que también fue conocido como el santo de la dulzura y de la paciencia, pese a que todos los testimonios son unánimes en señalar que tenía un carácter fuerte.

Francisco de Sales fue nombrado, a principios del siglo XVII, obispo de una Ginebra de mayoría calvinista, en la que el culto a Dios y al César no estaba diferenciado. Casi un siglo de luchas religiosas podían haber hecho su labor imposible. No pocos pensarían que la única forma de que un obispo católico pudiera volver a residir en Ginebra, pues Francisco vivía “exiliado” en la cercana Annecy, sería por la fuerza de las armas. Hubiera bastado, por ejemplo, una entrada por sorpresa de los ejércitos del católico duque de Saboya en la ciudad suiza para resolver la cuestión. Así sería más tarde el sistema político de Westfalia (1648), que sirvió para confirmar que la religión de los gobernantes habría de ser forzosamente la religión de sus súbditos.

No pensaba así el obispo Francisco, pues su espiritualidad le hacía desconfiar de reformas y reformadores que se quedaban solo en lo externo. La verdadera reforma tenía que nacer del corazón. En su Introducción a la Vida Devota, escribe: “Por el contrario, hay que empezar por el interior… Quien tiene a Jesús en su corazón no tardará en tenerlo en todas sus acciones… Quien gana el corazón del hombre, gana por entero al hombre”. Todavía hoy seguimos sin asimilar este consejo, y estamos persuadidos, en la mayoría de los aspectos de la vida, que son las normas, escritas o de uso social, las que únicamente contribuyen a configurar al individuo y a la sociedad. Somos, en gran parte, tributarios de la ética formalista de Inmanuel Kant o de la teoría pura del Derecho de Hans Kelsen. Y no es que las normas no sean importantes, pero como diría Pascal, nacido en 1622, el mismo año de la muerte de Francisco de Sales, el corazón tiene razones que la razón no comprende.

Francisco fue conocido como hombre de paciencia, y quien tiene paciencia, es propenso al diálogo que no ha de ser entendido como una opción para la síntesis de ideas contrarias. Por el contrario, el diálogo es una oportunidad para la sencillez y la naturalidad, un momento para proponer, no para imponer, y tampoco para tergiversar las convicciones propias o ajenas. El auténtico diálogo es el que nace del corazón. Sigamos este consejo del santo obispo de Ginebra: “Es necesario que nuestras palabras salgan del corazón antes que de la boca. El corazón habla al corazón, y la lengua solo habla a los oídos”.

Francisco de Sales o la inteligencia del corazón

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La verdadera victoria es la fe

José Luis Restán

El pasado martes algunos jóvenes cristianos iraquíes auparon sobre sus hombros al cardenal de Lyon, Philippe Barbarin, para que colocase una pequeña imagen de Nuestra Señora de Fourvière en un muro de la antigua catedral de Mosul. La ciudad había sido definitivamente liberada del Daesh hacía pocos días y la férrea seguridad en torno al gesto da idea de la precariedad que todavía domina la vida cotidiana. Pero el arzobispo de Lyon no ha querido esperar para cumplir la promesa realizada tres años atrás, cuando aseguró a los cristianos refugiados en Erbil que una vez liberada Mosul volvería trayendo la imagen de la patrona de la sede primada de las Galias.

La prontitud del cardenal francés para acudir no es una cuestión secundaria, porque hace saber y sentir a los cristianos de Iraq, en este momento trepidante en el que deciden la grave cuestión de la vuelta a sus tierras, que la Iglesia universal sufre y se alegra con ellos, y que no les deja solos. He contemplado las imágenes del cardenal recorriendo las calles de Qaraqosh y Mosul en medio de los aplausos y las lágrimas de los cristianos, muchos de ellos recién llegados. Antes de entrar en la iglesia de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción, en Qaraqosh, para celebrar la eucaristía, Barbarin se ha postrado en tierra junto a los obispos iraquíes y juntos han besado el suelo que da acceso al templo, un gesto que evoca el dolor provocado por la destrucción (no sólo material) que ha llevado a cabo el Daesh, con especial saña donde se encontraban los signos de la presencia cristiana.

Algunos han titulado hermosamente que “la Virgen vuelve a reinar en Mosul”. Dios lo quiera, aunque hay que entender bien ese reinado. Sin olvidar que de momento la ciudad es caótica e insegura, que muchos cristianos sienten miedo y comprensible incertidumbre, y que el panorama político-institucional es inquietante, con las maniobras de kurdos y chiíes para controlar el terreno y con las discordias que ya asoman entre algunos grupos cristianos sobre la mejor fórmula para asegurar su presencia en el futuro.

Las imágenes de estos días están llenas de esperanza y yo no puedo ni quiero sustraerme a la alegría, por ejemplo al contemplar repleta la nave de la iglesia de la Inmaculada en Qaraqosh, cuyos muros siguen ennegrecidos pero en los que vuelve a levantarse el Cuerpo del Señor. Estas imágenes nos hablan de una realidad que afecta a la Iglesia en todo tiempo y lugar. La Iglesia está siempre rompiéndose y reconstruyéndose, como dice Eliot en Los Coros de la Roca. Siempre está mordiendo el polvo y experimentando una regeneración que viene de lo Alto. Es importante observar esta dinámica de destrucción-reconstrucción que nuestros hermanos de Iraq contemplan ahora entre llantos y sonrisas, porque esta dinámica nos afecta a todos, a cada fiel cristiano y a cada una de sus comunidades.

La verdadera victoria es la fe

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En la línea de fuego

José Luis Restán

La República Democrática del Congo es un país que produce vértigo, incluso si se mira de lejos. Inmenso, vibrante, con un paisaje arrebatador, riquezas minerales que provocan los peores instintos y una convivencia siempre al borde del estallido. Los numerosos misioneros con los que he hablado en los últimos años siempre reflejan la paradoja que produce contemplar la aventura de un pueblo lleno de vitalidad y de empuje, y un contorno institucional pésimo que arrastra una corrupción endémica inimaginable y toda clase de abusos de poder. El tablero se complica aún más debido a las tensiones étnicas, a las guerrillas de difícil clasificación (especialmente en la zona lindante con los Grandes Lagos) y la influencia de agentes extranjeros de todo tipo, los chinos han sido los últimos en llegar y son ahora los más activos.

No hace falta decir que la violencia ha acompañado el camino de este gran país africano desde antes incluso de su independencia. El momento actual está marcado por la resistencia del presidente Joseph Kabila a abandonar el poder, tal como establecen la Constitución y los llamados Acuerdos de San Silvestre, firmados “in extremis” con la oposición la noche del pasado 31 de diciembre. Estos acuerdos, alcanzados gracias a la mediación tenaz de los obispos congoleños, establecían la formación de un gobierno de transición que nunca ha visto la luz, entre otras cosas porque el líder de la oposición, Etienne Tshisekedi, falleció inesperadamente en Bruselas mientras se sometía a un chequeo. Lo cierto es que Kabila y la red de intereses que se mueve a su alrededor no desean que se produzca un cambio, mientras aumenta el malestar de la gente y se extiende una sensación de descontrol que el propio presidente usa para justificar su inmovilismo. A inicios de julio el presidente se entrevistó con Marcel Utembi, arzobispo de Kisangani y presidente de la Conferencia Episcopal (CENCO), y de nuevo reiteró su intención de convocar elecciones cuando sea posible. Los obispos católicos, convertidos en actores principales de este drama, ya que son la única fuerza con capacidad para dialogar con todos, conocen de sobra las malas artes de Kabila, pero insisten en que no hay alternativa a los Acuerdos de San Silvestre.

El bloqueo de la situación política tiene numerosos efectos perniciosos para la vida diaria que los obispos no dejan de denunciar. Por ejemplo surgen por todas partes bandas armadas para oponerse a un orden injusto, pero de las que no puede esperarse ninguna solución estable sino que terminan generando un calvario que sufre la gente sencilla. Esta inestabilidad endémica y llena de peligros ha creado una fuerte crisis económica que está llevando la tensión social al límite.

Un hecho destacable es que esa mediación, que cuenta con el apoyo de la inmensa mayoría de la población, no le está saliendo gratis a la Iglesia. De hecho se detecta un crescendo de la violencia contra instituciones católicas en el último año: han sido asaltados e incendiados parroquias y seminarios, especialmente en las regiones de Kivu y Kasai, y también los sacerdotes están en el punto de mira. El pasado día 16 el párroco y el coadjutor de Notre-Dame des Anges, en la región de Kivu-Norte, fueron secuestrados tras un ataque de un grupo de milicianos que destrozaron varios locales y aterrorizaron a la población.

En la línea de fuego

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Testimonio y ciudadanía, claves para el futuro de los cristianos en Oriente Medio

José Luis Restán

El franciscano Pierbattista Pizzaballa acaba de cumplir un año como Administrador Apostólico del Patriarcado de Jerusalén. El suyo fue un nombramiento recibido con extrañeza y no pocas preguntas, tanto dentro como fuera de su diócesis, una de las más queridas pero también de las más “curiosas” del orbe católico, porque incluye cuatro países y tres lenguas diferentes. Lo que nadie puede negar es que este franciscano de 52 años, originario de Bérgamo, es uno de los hombres que mejor conoce las entretelas de Oriente Medio. Quizás por eso diversos medios están publicando estos días entrevistas en las que desgrana su mirada llena de inteligencia y de fe sobre esta dolorida región, verdadera clave para el futuro de la paz en el mundo.

Con su llegada al Patriarcado de Jerusalén, en forma de Administrador Apostólico, se ha quebrado (al menos temporalmente) la práctica de los últimos tiempos de situar al frente de esa Iglesia a un obispo de origen árabe. Desde luego Pizzaballa no era un desconocido, ya que había sido el Custodio franciscano para Tierra Santa durante doce largos años en los que pudo demostrar su conocimiento del terreno, su capacidad de diálogo en todas direcciones (también con el mundo israelí, faceta algo descuidada en el pasado) y su amplitud de miras. Aun así este año como Administrador Apostólico ha sido muy difícil debido a factores internos, a las deudas que arrastra el Patriarcado, y sobre todo porque la crisis profunda que atraviesa toda la región no puede dejar de afectar a la Iglesia. Como él mismo afirma, “no hay una Iglesia en Medio Oriente que pueda considerarse en orden”.

Aún es imposible prever cómo se resolverán los conflictos en Siria e Iraq, y qué desarrollos pueden abrirse para la relación palestino-israelí, asunto completamente bloqueado y sin avances a la vista. En cualquier caso, “Oriente Medio ya no será el mismo, se necesitarán varias generaciones para reconstruir las infraestructuras, pero sobre todo un tejido social estable y sólido, porque la guerra ha hecho saltar todos los equilibrios y las relaciones entre las diversas comunidades”. Pizzaballa no duda a la hora de identificar el rasgo distintivo de las comunidades cristianas en la región: se trata de su capacidad de testimoniar la fe en medio de tremendas dificultades. Reconoce que muchos han emigrado, pero los que han permanecido testimonian su fe con gran valor, no sólo en el interior de sus casas sino cuidando a los ancianos, a los niños, a los discapacitados, a los refugiados, y reuniéndose para orar juntos. Aun así aparecen nuevos desafíos para la Iglesia: las dificultades económicas y laborales son crecientes, están apareciendo con fuerza las sectas, y el cambio generacional plantea cómo transmitir hoy la fe. Pero este hombre lleno de realismo, al que deberían escuchar las cancillerías de todo el mundo, está convencido de que el cristianismo no desaparecerá de Medio Oriente, y reitera que “nuestra fuerza no está en los números sino en el testimonio”.

Testimonio y ciudadanía, claves para el futuro de los cristianos en Oriente Medio

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El relevo de Müller y el factor humano en la Iglesia

José Luis Restán

La decisión del Papa de no renovar al cardenal Gerhard Müller, al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, es un hecho relevante en el gobierno de la Iglesia pero no es algo extraordinario, y tampoco un drama. Müller había sido nombrado en 2012 por Benedicto XVI y, como sucede con todos los prefectos, su mandato se extendía durante un quinquenio. Al inicio de su pontificado, Francisco pudo cambiarle, pero prefirió mantenerlo en su puesto aun sabiendo que su escuela y su estilo eran diferentes. Es algo que se ha puesto de manifiesto con frecuencia durante estos cuatro años, en los que Müller ha sido un colaborador leal que no ha dejado de expresar sus puntos de vista, incluso cuando podían resultar polémicos. La relación entre el Papa y los prefectos de las congregaciones tiene que ser de una gran confianza pero no de coincidencia total en todos los asuntos, estando claro que al final es al Papa a quien corresponde decidir. Creo que así ha sido la relación entre Müller y Francisco: una relación leal en la que no han faltado tensiones.

Sólo el Papa conoce exactamente las razones que le han llevado a no renovar al prefecto Müller en su cargo, y no tiene por qué explicarlas. Lo que es evidente es que Francisco ha preferido abrir una nueva etapa, en la que habrá continuidad pero también un neto cambio de estilo. El arzobispo Luis Ladaria, que ahora asume el timón, era secretario de la CDF ya desde el final del pontificado de Benedicto XVI. No hay ningún salto en el vacío, pero ni su perfil público ni su sensibilidad teológica coinciden con las de Müller. Tampoco hay nada extraño en que Francisco quiera configurar un equipo más ajustado a sus prioridades de fondo y a su estilo pastoral.

No es para escandalizarse que se desboque la literatura sobre el trasfondo de la decisión del Papa, pero no todo vale. Por ejemplo, es una vacuidad (por más que la usen conspicuos vaticanistas) definir al cardenal como "teólogo conservador". Aparte de ser una simpleza que no ayuda a entender nada, resulta que Müller siempre ha estado preocupado por las implicaciones sociales de la fe. Es algo que asimiló en su propio crecimiento en la fe, dentro de la matriz del catolicismo social en su Renania natal. Ha mantenido un intenso diálogo con la mejor teología de la liberación y es conocida su amistad con el peruano Gustavo Gutiérrez, con el que ha colaborado en varias obras. Es evidente su vínculo personal e intelectual con Joseph Ratzinger, pero en mi modesta opinión eso no es signo de conservadurismo teológico sino todo lo contrario. La costumbre de etiquetar y colocar a la gente en trincheras, que por desgracia está lejos de haber sido superada en la Iglesia, ha empujado a la figura de Müller a una u otra orilla en los últimos años, desdibujando su verdadero perfil.

El relevo de Müller y el factor humano en la Iglesia

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>Entrevista a Julián Carrón (I)

«Si no creemos que Francisco es el remedio es porque no comprendemos la enfermedad»

John L. Allen Jr. e Inés San Martín

Don Julián Carrón, sucesor del carismático sacerdote italiano don Luigi Giussani al frente del influyente movimiento de Comunión y Liberación, cuya base natural es la del mundo católico más conservador, ha entendido, probablemente mejor que muchos otros, que el papa Francisco puede suponer una sacudida para el sistema.

Por eso es un firme defensor de Francisco e insiste en afirmar que si no creemos que este Papa es el remedio es porque no comprendemos la naturaleza de la enfermedad que tenemos que afrontar en el mundo secularizado de la posmodernidad.

«A veces no comprendemos ciertos gestos del Papa porque no comprendemos hasta el fondo las implicaciones de lo que él define como un “cambio de época”», ha dicho Carrón a Crux el lunes pasado.

«Es como considerar un tumor como un simple caso de gripe, de modo que la idea de hacer un tratamiento con quimioterapia podría parecer demasiado drástica», ha añadido. «Pero una vez que hemos comprendido la naturaleza de la enfermedad, nos damos cuenta de que no seremos capaces de acabar con ella con una aspirina».

En su casa de Milán, entre otros temas, Carrón ha hablado con Crux de la edición en lengua inglesa de su libro La belleza desarmada (Disarming Beauty), que habla sobre la naturaleza del «acontecimiento» cristiano.

«Los cambios que estamos atravesando son tan radicales, tan sin precedentes, que entiendo que muchas personas no comprendan todavía lo que está sucediendo, o los gestos del Papa Francisco», ha afirmado. «Pero si no comprendemos estos gestos ahora, los comprenderemos cuando nos demos cuenta de las consecuencias que están produciendo».

Carrón sostiene que lo que ha sucedido en la modernidad es que la gente ha perdido de vista qué significa ser hombres. La crisis es mucho más profunda que un simple rechazo de este o aquel precepto moral, y lo que se necesita hoy en día no son reclamos morales o argumentos teológicos, sino el poder de atracción que tiene una vida cristiana vivida plenamente.

«Me doy cuenta de que muchas personas están confundidas y desconcertadas con el Papa, igual que lo estaba la gente con Jesús en su tiempo –y en especial, recordémoslo, las personas más “religiosas”», declara. «Por ejemplo los fariseos que, al no percibir el drama de la situación de los hombres que tenían delante, querían un predicador que dijese sin más a los hombres lo que tenían que hacer, imponiéndoles fardos pesados».

«Todo esto no bastaba para despertar su humanidad. Pero luego vino Jesús, que entró en casa de Zaqueo sin llamarle ladrón y pecador, lo cual habría podido parecer una debilidad. En cambio, nadie desafió a Zaqueo como lo hizo Jesús», ha dicho Carrón.

«Todos los que habían condenado su conducta no le habían movido ni un milímetro de su posición. Fue aquel gesto totalmente gratuito de Jesús lo que triunfó donde otros habían fracasado», ha declarado.

>Entrevista a Julián Carrón (I)

«Si no creemos que Francisco es el remedio es porque no comprendemos la enfermedad»

John L. Allen Jr. e Inés San Martín | 0 comentarios valoración: 3  261 votos

Con la mirada fija en la cruz

José Luis Restán

Francisco comenzó su predicación sobre los cardenales un día antes del Consistorio, cuando invitó a los que ya estaban presentes en Roma a concelebrar con él una misa por su veinticinco aniversario de ordenación episcopal. “No sois la gerontocracia de la Iglesia, como dicen algunos que no entienden nada”, les ha confiado el Papa. Para explicar la figura del cardenal en la Iglesia, Francisco eligió una referencia muy querida para él: la de los abuelos, cuya tarea es comunicar el sentido de la vida a los nietos que les están mirando. Comunicarles su experiencia (sus “sueños”) para que en el futuro ellos puedan ser profetas.

El papa comenzó hablando de Abrahán, que ya anciano, y más allá de cualquier proyecto o expectativa personal, recibió la llamada del Señor: “levántate, sal de tu tierra y ve a donde yo te mostraré”. El cardenalato es también una invitación a salir, a ir más allá, a tener presente un horizonte que no es el habitual de quienes son llamados. Ahora su horizonte va a ser el mundo, para ayudar al sucesor de Pedro en su pastoreo universal. Ni complacencia por lo ya alcanzado, ni nostalgia por una época más tranquila o de mayor fuerza física, ni proyectos fantasiosos, sino seguir a Jesús que va delante. Y eso descompone los planes de cualquiera. Sería patético aspirar, como príncipes, a un puesto a la izquierda o a la derecha. Se les invita a beber del mismo cáliz que bebió su Señor.

A estos pastores, llamados a apretarse especialmente en torno a Pedro, se les pide mirar la realidad, habitar en ella. Y la realidad es la de un mundo herido como fruto del pecado; un mundo por el que el Hijo estuvo dispuesto a subir a la cruz. Ellos no deben desear otra cosa, aunque la forma sea distinta. El Papa lo ha dicho con rotundidad: salvar el mundo, arrancar la raíz del mal, implica caminar decididamente hacia la cruz. A los nuevos purpurados Francisco les ha advertido que miren la realidad y no se distraigan por otros intereses o perspectivas; que caminen delante del pueblo santo de Dios con la mirada fija en la cruz y en la resurrección del Señor.

Ayer era la Iglesia universal, llegada de los cuatro puntos cardinales, la que estaba reunida en torno a Pedro, a través de las razas y culturas, a través de las historias de estos hombres llamados a tejer la unidad del pueblo, y a mantenerlo siempre abierto y dispuesto a comunicar su riqueza al mundo. Hace unos días Francisco fustigaba a esos cristianos que son “de derechas o de izquierdas” antes que de Jesús, que pertenecen “a esto o aquello” en vez de ser hijos humildes y agradecidos de la Iglesia. Y pedía, ante todo, la gracia de tener un corazón que sienta la Iglesia como “madre nuestra y casa nuestra”, en la que se comparte la alegría multiforme del Espíritu Santo. El camino prosigue, como siempre, entre las persecuciones del mundo y las consolaciones de Dios.

Con la mirada fija en la cruz

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Don Milani, Pirandello y un viejo misal

Antonio R. Rubio Plo

El 26 de junio de 1967 moría, con tan solo cuarenta y cuatro años de edad, don Lorenzo Milani, el sacerdote que descubrió en la educación el octavo de los sacramentos, y al que el papa Francisco rindió homenaje con una oración ante su tumba. En efecto, don Milani no concebía la escuela como algo distinto, y radicalmente separado, de su misión de sacerdote. Tampoco quería limitarse a ser un mero emisor de conocimientos, que él, además, tenía en abundancia por proceder de un ambiente familiar culto, de la alta burguesía florentina, aunque ajeno al cristianismo.

Don Milani tenía en gran estima la cultura pero no la reservaba para sí, a la manera de quienes la ocultan como el talento del empleado perezoso, sin posibilidad de producir ganancia por estar envuelto en un pañuelo. “El saber solo sirve para darlo”, escribirá en su Carta a una maestra. No podría ser de otro modo, pues cuando se abraza sinceramente el cristianismo, la vida se torna expansiva en todos los ámbitos. La vida se entiende como comunicación y relación, y el cristiano auténtico recibe una imperiosa llamada, que solo puede ser de origen divino, para salir de los muros del ensimismamiento y la indiferencia.

Sin embargo, una vida, como la de don Milani, no se construye de repente. Antes del fruto estaban las semillas, la de las inquietudes despertadas por sus tempranas lecturas o la de la inestimable cualidad de ser un buen amigo de los amigos, por citar tan solo dos ejemplos. Sobre este particular, me llama la atención una carta del joven Lorenzo Milani, con diecinueve años y todavía alejado de la Iglesia. En el verano de 1942, escribe a su amigo Oreste del Buono, antiguo compañero del liceo Berchet de Milán y futuro periodista y crítico literario, que ha hecho un singular descubrimiento en la capilla de una de las fincas propiedad de su familia: “He encontrado un viejo misal, aquí en Gigliola… He leído la misa. ¿Sabes que es más interesante que Seis personajes en busca de autor?”. Milani parece demostrar un peculiar sentido del humor, pero habla totalmente en serio, aunque esté lejos de sospechar que un año después ingresará en el seminario mayor de Florencia.

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La Iglesia niña de Laos

José Luis Restán

Todavía recuerdo las escenas en la pequeña televisión en blanco y negro, a mediados de los 70 del pasado siglo, que nos trasladaban la crueldad de la guerra en Indochina. Entre los diversos nombres que se agolpan en la memoria recuerdo el del Pathet Lao, el movimiento comunista que era reflejo del Viet Cong en Laos. Allí se dilucidaba un fragmento de la guerra entre occidente y el comunismo, pero entonces poco sabíamos por estos lares sobre el sufrimiento que todo eso supuso para los católicos de aquellos países. Todo esto viene a cuento de que el próximo 28 de junio, por primera vez en la historia, será agregado al colegio de los cardenales un laosiano, Louis-Marie Ling.

Francisco ya nos tiene acostumbrados a sus sorpresas, pero ésta parecía superior, dado que la comunidad católica en ese país apenas alcanza el 1% de la población, unas 70.000 personas. Sin embargo no ha sido difícil atar cabos. A finales de enero de este año los obispos de Camboya y Laos realizaron la preceptiva visita ad límina y fueron recibidos por el Papa. Francisco confesó la profunda conmoción que había experimentado al escuchar algunos de los testimonios de los obispos laosianos que habían sufrido cárcel por su fidelidad al Evangelio. Uno de ellos, Tito Banchong, tras salir de la cárcel en el año 2000, emprendió la búsqueda de los cristianos dispersos puerta a puerta. Los que habían sobrevivido a las purgas del Pathet Lao se habían refugiado en las aldeas de las montañas, no tenían iglesias ni podían celebrar los sacramentos. Cuando se enteraron de que había vuelto un sacerdote bajaron para que los bendijera y para confesar su fe, que había permanecido intacta.

El otro obispo que contó su historia a Francisco era Louis-Marie Ling que, como el anterior, sufrió prisión durante los años duros del comunismo. Él mismo relató en Roma que aquel fue un tiempo de sufrimiento material que le llevó a adelgazar mucho: “no podíamos celebrar misa pero nosotros mismos éramos un sacrificio vivo que agradaba a Dios”, ha comentado el que ahora es obispo de Paksé, en el centro del país, donde guía a 15.000 fieles. El lema que eligió para su ordenación episcopal es “Todo lo que tengo es tuyo”, y expresa bien su propia conciencia y la de la “Iglesia niña de Laos”, como a él le gusta definirla, una Iglesia volcada en el primer anuncio, especialmente dirigido a las tribus de religión animista. El ya inminente cardenal nació en las montañas y su padre murió cuando sólo tenía 10 meses. En una reciente entrevista ha recordado la pobreza en que vivía su familia, y que para ir a la escuela tenía que caminar seis kilómetros cada día. Sin embargo su obispo logró enviarle a estudiar a Canadá, y a la vuelta pronto fue nombrado vicario de la capital, Vientián, lo que le colocó en el foco de las autoridades y le condujo a la cárcel. Pero de su boca no sale un reproche.

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¿Dónde tienen al obispo Shao?

José Luis Restán

El pasado 18 de mayo, Pedro Shao Zhumin, obispo de Wenzhou, en la región china de Zhejiang, fue convocado de urgencia a la Oficina de Asuntos Religiosos de su ciudad. Desde entonces no hay noticias sobre su paradero ni sobre su estado y condición, como acaba de denunciar la Agencia Asia News, vinculada al Pontificio Instituto de Misiones Extranjeras (PIME). La madre del obispo, una mujer enferma con más de 90 años, ha solicitado reiteradamente poder ver a su hijo pero las autoridades chinas no ofrecen ninguna respuesta. En realidad no hay de qué asombrarse, porque esta es una práctica habitual del régimen de Pekín y el propio Mons. Shao la ha sufrido ya en varias ocasiones, desde que era un joven sacerdote.

El obispo Shao tiene un solo problema: el Papa le había nombrado obispo coadjutor de Wenzhou y le confirmó como pastor de la diócesis al fallecer su predecesor, pero el Gobierno no le ha reconocido como tal. En su caso no se alcanzó el laborioso acuerdo logrado para otras diócesis tras extenuantes tiras y aflojas entre la Santa Sede y el régimen. Pedro Shao nunca ha pertenecido a la Asociación de Católicos Patrióticos, y es posible (aunque la opacidad es total al respecto) que su detención pretenda doblegarle para que acepte encuadrarse en ella. Tampoco es casualidad que esto acontezca en un momento en que diversas fuentes hablan de un bloqueo del diálogo entre la Santa Sede y Pekín con el fin de establecer un marco de funcionamiento para la Iglesia católica en China, que debe incluir un procedimiento que salvaguarde la naturaleza de la Iglesia y que salve los recelos chinos ante supuestas injerencias de una “potencia extranjera”.

Pero decíamos que Mons Shao, a pesar de su juventud (tiene 54 años) ya conoce los delicados procedimientos de la burocracia comunista. En 1999 sufrió un primer arresto, y en 2007, tras un viaje a Europa, fue nuevamente detenido y se le mantuvo en prisión durante nueve meses. Este mismo año, siendo ya obispo de Wenzhou, fue literalmente secuestrado en los días previos a la Pascua para impedir que pudiese presidir los oficios litúrgicos de Triduo Santo. Como se ve, estos funcionarios son detallistas en todo lo que se refiere a los grandes eventos de la comunidad cristiana. Ironías aparte, se trata de enviar un mensaje a la comunidad católica, que en Wenzhou ha estado profundamente dividida entre quienes han buscado adaptarse a las exigencias del régimen y quienes han preferido mantener su libertad en nombre de la fe. El mensaje es que Pedro Shao, a pesar del mandato del Papa, no podrá presidir la diócesis en condiciones seguras mientras no ceda. Así se intenta, además, que no se cierre la fractura entre una parte y otra de la comunidad católica. Por eso su figura representa todo el drama que vive ahora mismo la Iglesia en China.

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>Entrevista a Antonio Spadaro

Francisco y Trump, ¿dos visiones opuestas de la paz?

I.S.

Al principio las expresiones del rostro eran un poco tirantes, pero al terminar la nota de la Santa Sede definió el encuentro como “cordial”. El Papa Francisco y Donald Trump estuvieron media hora cara a cara, hablando de “compromiso común en favor de la vida y de la libertad religiosa y de conciencia”, de la paz en el mundo que hay que buscar mediante “la negociación política y el diálogo interreligioso”, sobre todo por lo que respecta a Oriente Medio y a las comunidades cristianas. “Mirar a los ojos” a Trump y “dar mensajes sencillos pero claros”, sin guiños al poder. Eso es lo que quería el Papa Francisco, y así lo hizo, según cuenta el padre Antonio Spadaro, director de Civiltà Cattolica.

¿Qué impresión le causa que algunos medios estadounidenses los hayan definido como “odd couple” (extraña pareja)?

Era un encuentro importante y en cierto modo necesario. La visita del presidente norteamericano durante su viaje a Italia por el G7 implicaba naturalmente un encuentro con el Papa. Pero es verdad que era un encuentro potencialmente imprevisible respecto a otros, en el sentido de que el Papa no tenía que conseguir nada del presidente sino mirarle a los ojos y darle mensajes sencillos pero claros. Me parece que ha sido un encuentro muy franco.

Por un lado el Papa de los últimos, por otro el multimillonario más poderoso, símbolo del “America first”.

Sí, estamos delante de dos opciones de vida muy diferentes. Pero creo que hay que distinguir bien entre el Trump candidato y el Trump presidente. Dejando al margen juicios y valoraciones, vemos que en muchos frentes Trump está utilizando otro enfoque, o al menos otros términos. También lo hemos visto en Arabia Saudí con su consideración hacia el mundo islámico. Tendremos que verificar intenciones y resultados.

¿Y en el encuentro con Francisco?

Francisco se mueve guiado por una valoración no ideológica. No divide el mundo en buenos y malos, no tiene una visión hollywoodiense de la realidad, sabe perfectamente que en los grandes contextos internacionales los verdaderos protagonistas son los intereses, y por eso habla con todos. Esta vez ha sido igual. Pero sin entrar en redes ni alianzas. Lo ha hecho manteniendo la relación adecuada entre dimensión política y valores espirituales.

Trump ha regalado al pontífice una selección de textos de Martin Luther King. Los regalos no se eligen casualmente, ¿a qué se debe este?

Estados Unidos es sin duda portador de grandes valores como la libertad, la identidad, la igualdad, valores que vive de una manera muy tensa, incluso a veces contradictoria. Pero son valores a los que el Papa también se refiere constantemente, y se ha visto claramente durante su visita. Con su regalo, Trump ha certificado este acento. Recordemos además que cuando se inauguró oficialmente el mandato presidencial, el Papa Francisco envió al presidente un telegrama donde destacaba la importancia de estos valores, algunos de los cuales parecen estar en contradicción con la línea del excandidato Trump.

Mientras, el Papa le ha correspondido con la Laudato Si', la Evangelii Gaudium y la Amoris Laetitia, más el mensaje por la Jornada Mundial de la Paz.

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Francisco y Trump, ¿dos visiones opuestas de la paz?

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Está en juego la libertad

José Luis Restán

Se ha vuelto frecuente hablar de la “mala calidad” de nuestra democracia, un capítulo suficientemente amplio como para incluir epígrafes muy diversos: desde el excesivo poder del que gozan unos partidos enrocados sobre sí mismos hasta la falta de transparencia de las administraciones y la escasez de mecanismos para luchar contra la corrupción. Pero curiosamente apenas se habla de la merma real de libertad que experimentamos cada día en nuestra convivencia civil. El último caso es el del obispo de Solsona, Xavier Novell, que desde hace dos semanas sufre un violento acoso en las redes sociales, desde algunas instituciones y en la propia calle. El motivo es su ponderada exposición, a modo de pregunta, sobre si la “la confusión en la orientación sexual de bastantes chicos no será debida a que en la cultura occidental la figura del padre estaría simbólicamente ausente”. Por cierto, el obispo Novell introduce la cuestión, en una carta dominical, al hilo de lo que dice al respecto el Papa Francisco en la Exhortación Amoris Laetitia.    

Semejante audacia ha ido demasiado lejos a juicio de diversos grupos LGTB, que han pedido poco menos que la expulsión del obispo de la ciudad común, aparte de cubrirle de una retahíla de improperios que van más allá de cuanto debería permitirse una sociedad sana. La presión ha encontrado inmediatamente eco en una parte de los valientes concejales del ayuntamiento de Cervera, municipio incluido en el territorio diocesano de Solsona, de modo que el obispo ha sido declarado “persona non grata”. Es ésta, por cierto, una de las prácticas más repugnantes que contaminan nuestra democracia, porque el poder (en este caso municipal) se arroga la prerrogativa de expulsar moralmente a un ciudadano, y no porque haya cometido ningún crimen, sino porque su posición pública resulta antipática a estos nuevos totalitarios. Desde luego, nuestra calidad democrática deja mucho que desear.

Pero como toda esta montaña de insultos y desprecios a quien ha osado entrar en el debate público respetuosa y razonadamente no parece suficiente, los nuevos bárbaros han decido practicar otro de sus odiosos procedimientos, el llamado “escrache”, que no es sino una forma de acoso violento (literalmente) a una persona, a veces a la puerta de su propia casa. A partir de ahora, veremos por cuánto tiempo, Xavier Novell tendrá que salir de cualquier celebración litúrgica custodiado por la policía (esperemos que al menos esta siga defendiendo el derecho y la civilización) para impedir que la agresión en curso vaya a mayores.        

Todo esto no es nuevo, especialmente para quienes se atreven a desafiar los postulados de la ideología de género. Lo han sufrido ya varios obispos, profesores, médicos, sicólogos, e incluso una persona como Philippe Ariño, que se declara homosexual y a continuación explica su decisión de oponerse al matrimonio entre personas del mismo sexo y de vivir en continencia. La violencia que se ha despachado contra ellos impunemente no ha merecido apenas reproche social, y por supuesto ninguna tutela judicial. Más aún, algunas instituciones han ejercido sanciones contra estos “disidentes” al amparo de una serie de leyes sobre identidad sexual que no pretenden proteger a nadie frente a una supuesta discriminación, sino imponer una visión antropológica y moral desde el poder y acallar cualquier disidencia al respecto.

Está en juego la libertad

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El silencio y las palabras de Benedicto

José Luis Restán

La publicación anticipada de un texto de Benedicto XVI que servirá como postfacio a la próxima edición del libro "La fuerza del silencio", del cardenal Robert Sarah, ha provocado una pequeña tormenta mediática. Algunos comentarios denuncian que el Papa emérito habría abandonado su retiro y bajado del monte para entrar en batalla. ¿Hay materia para este vocerío? Vayamos por partes.

Durante los últimos cuatro años Benedicto XVI se ha dedicado por entero a la oración por la Iglesia desde su retiro en el monasterio Mater Ecclesiae, dentro del recinto vaticano. Sus apariciones públicas han sido excepcionales y sus intervenciones, escasas y bien medidas. Muchas de ellas destinadas a mostrar su obediencia y amistad de corazón hacia su sucesor, el Papa Francisco. En todo caso el estatuto de un papa emérito no está definido en la Iglesia, más bien se está fraguando sobre la marcha. Benedicto dijo que quería vivir como un monje y así lo ha hecho, pero los monjes hablan en no pocas ocasiones. El propio Papa Francisco le ha invitado a dejarse ver y oír con más frecuencia. Hasta ahora nadie había puesto el grito en el cielo por las diversas intervenciones del Papa emérito, aunque algunas han tocado temas cruciales desde el punto de vista teológico y pastoral.

El texto que se ha convertido en piedra de escándalo se enmarca en la reflexión de Joseph Ratzinger sobre la liturgia, uno de los ejes de su trabajo teológico. En este caso se trata de un apunte breve pero enjundioso sobre el valor del silencio, al hilo de la obra del prefecto de la Congregación para el Culto divino y la disciplina de los sacramentos, el cardenal guineano Robert Sarah. Benedicto XVI vuelve sobre un tema que ha abordado con insistencia, por ejemplo en su trilogía sobre Jesús de Nazaret: la competencia histórica y lingüística, ciertamente necesaria, no es suficiente para entender la Escritura. A veces, incluso, se produce un exceso de verborrea que dificulta entrar en su significado. Lo que falta es "entrar en el silencio de Jesús, del cual nace su Palabra".

Dice Benedicto, y a nadie sorprenderá que lo diga, que "el conocimiento especializado puede en última instancia ignorar lo esencial de la Liturgia, si no se funda sobre el hecho de ser una sola cosa con la Iglesia orante, que aprende una y otra vez del propio Señor qué es el verdadero culto". Por cierto, creo que Francisco suscribiría punto por punto lo que ha escrito su predecesor, incluida la severa crítica al charloteo que termina por hacer superficial, e incluso envenenar, tantos ámbitos de la vida de la Iglesia.

El silencio y las palabras de Benedicto

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Las periferias de un cardenal y de un historiador

Antonio R. Rubio Plo

Hace unos días asistí a la presentación del libro Periferias. Crisis y novedades para la Iglesia, del historiador Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de Sant’ Egidio. Tenía el acto un presentador excepcional, el cardenal Carlos Osoro, que se hace eco del deseo del papa Francisco de un cristianismo que salga a las periferias geográficas y existenciales. Riccardi también comparte esa pasión por la periferia, y la puso en práctica en 1968 con la fundación de su Comunidad en la parroquia romana de Santa María del Trastevere. No es casualidad que esta iglesia sea la “parroquia” en la Ciudad Eterna de don Carlos Osoro. Se trata de un templo que es mucho más que un museo de una esplendorosa geografía urbana. Podríamos definirla, sin miedo a exagerar, como la iglesia de la caridad en Roma, donde encuentran acogida refugiados llegados de la otra orilla del Mediterráneo, y toda clase de personas desfavorecidas, sin hogar ni compañía, necesitadas no solo de ayuda económica sino sobre todo de un calor humano tantas veces ausente en una sociedad tan global como individualista.

Había tenido ocasión de leer Periferie, la obra original, el año pasado. Me llamó la atención que fuera un libro de bolsillo, de no muchas páginas aunque bien trabajadas porque son el fruto de toda una vida de dedicación de su autor al encuentro con las periferias geográficas y existenciales. Publicado por una editorial milanesa, Jaca Book, se inserta en una colección de significativo título, Città possibile, una denominación que podría sonar a utopía. Con todo, si la “utopía” es cristiana, auténticamente cristiana, no tiene nada de utopía. Recordemos que Cristo dijo que su reino no es de este mundo (Jn 18,36), y no ha surgido para un escenario social concreto, lo que no significa, en absoluto, desentenderse de todo lo terreno. Antes bien, el cristianismo implica necesariamente renuncia, salida de uno mismo, porque las falsas seguridades, tentadoras para el cristiano en tiempos difíciles como el nuestro, reducen al creyente a vivir en un gueto o una cárcel, con el consuelo de un frágil espiritualismo que no aguantará los embates de la vida.

Periferias, publicado ahora en español (Ed. San Pablo), tiene ahora un tamaño más vistoso que el original italiano. Ha sido “magia” de los editores, como recordaba su autor en la presentación en Madrid, pero quizás sea un toque de atención a unos lectores que quieren que el mensaje les entre por los ojos, aunque también tiene que entrarles por la palabra, y ante todo por la Palabra. La Palabra es muy rica y continuamente sugerente. En concreto, este libro de Riccardi me ha recordado otros anteriores suyos como Dios no tiene miedo (Ed. San Pablo), en el que aparece una cita que lo explica todo porque es una llamada a participar de los mismos sentimientos de Cristo: “Al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9, 36). Aquí aparecen resumidos un diagnóstico y un programa de vida, pues es una interpelación que trasciende los límites de nuestros sentimientos y nos invita a actuar no con las propias fuerzas y buenas intenciones sino con el espíritu de Cristo.

Las periferias de un cardenal y de un historiador

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Apuesta alta en El Cairo

José Luis Restán

El Papa Francisco pasará tan sólo veintisiete horas en El Cairo pero está claro que esa escasa duración no es el mejor índice para medir la trascendencia de su visita a Egipto. El país del Nilo es clave para la estabilidad del Medio Oriente y en él radica la mezquita-universidad de Al Azhar, centro de referencia cultural y espiritual para todo el islam suní. Además en Egipto se encuentra la comunidad cristiana más numerosa y activa de toda la región, los coptos, con cuya cabeza, el papa Teodoro II, Roma ha abierto un diálogo prometedor. Y por último, el gobierno del general Al Sisi está comprometido en una profunda reforma de la educación islámica y pretende mejorar la situación civil de los cristianos.

Entre las 14h del viernes y las 17h del sábado próximos, se entrecruzarán en El Cairo muchos hilos fundamentales para este momento histórico. Junto a Francisco estará el Patriarca de Constantinopla, Bartolomé. De nuevo los sucesores de los apóstoles Pedro y Andrés aparecerán unidos, como ya sucedió en la oración ante el Santo Sepulcro y en la isla de Lesbos. Pero en esta ocasión, junto a ellos estará también Teodoro, cabeza de una iglesia que remonta sus orígenes al evangelista san Marcos. Alejandría, Constantinopla y Roma conforman un triángulo de oro que nos hace pensar en la primera edad del cristianismo, cuando la nueva fe del nazareno se extendía por la cuenca del Mediterráneo mediante el testimonio de los mártires y con la sabiduría de los grandes Padres. Hoy es nuevamente tiempo de mártires, como acaban de vivir los coptos el pasado domingo de Ramos; también es tiempo de un nuevo diálogo dramático, en este caso con un islam dividido y en proceso de renovación.

El diálogo entre la Santa sede y Al Azhar es una pieza delicada y esencial en un diálogo largo y lleno de meandros que no puede separarse de las vicisitudes concretas de las comunidades cristianas en Siria, Iraq, Líbano y Tierra Santa, como no puede desligarse de la horrenda explosión del yihadismo en el mundo globalizado. Recientemente estuvo en la gran mezquita-universidad el cardenal Jean Louis Tauran, hombre de extrema confianza de los tres últimos papas, que reúne la autenticidad de la fe, la inteligencia histórica y la sabiduría de la diplomacia, en un cuerpo maltratado por la enfermedad desde hace años. En esta ocasión encabezaba una delegación vaticana que participó en un seminario sobre “Religiones y violencia” con esperanzadoras conclusiones. Al Azhar ha sentenciado ya con toda claridad que no puede existir cobertura religiosa para el asesinato y ha condenado sin ambages la violencia del Daesh.

Ahora se trata de reformular un conjunto de enseñanzas presentes en los libros de texto, y más aún en la mentalidad de quienes las imparten. No sólo eso, se trata de purificar el modo en que los cristianos (y otros creyentes) son presentados muchas veces. La posición del cardenal Tauran ha sido muy clara: no se puede mejorar nuestra convivencia y nuestro entendimiento mutuo mientras se siga esparciendo la idea de que los cristianos son “Kuffar”, “infieles”. Más aún, se trata de avanzar (desde la perspectiva islámica) en un nuevo concepto de ciudadanía, de modo que todas las personas gocen de idénticos derechos, que no pueden estar en función de su pertenencia étnica o religiosa.

Apuesta alta en El Cairo

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