Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
23 ENERO 2019
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La victoria sobre la desesperación

Giuseppe Frangi

¿Para qué sirve rezar? Podríamos reconducir a esta pregunta elemental la catequesis esencial que el papa Francisco está ofreciendo los miércoles en sus audiencias sobre el Padre nuestro. Un itinerario en el que Bergoglio no da nada por descontado, consciente de la condición del hombre de hoy, indefenso y expuesto a las mil ilusiones que continuamente se le proponen. Para ello, el Papa desmonta palabra a palabra la oración que el mismo Jesús nos enseñó, para hacernos tocar con los dedos su concreción y también su fiabilidad.

Por ejemplo, con su habitual capacidad para trabajar sobre las palabras para dar a entender todo su espesor, se centró en la vocación inicial, “padre nuestro”. Una palabra que en arameo tiene un matiz diferente. “Padre” en arameo se dice “abbà”, que no en vano usa san Pablo en dos circunstancias distintas en sus cartas. “Decir ‘abba’ –dijo Francisco– es algo mucho más íntimo, más conmovedor que llamar a Dios ‘padre’ simplemente. Por eso alguno ha propuesto que se tradujese esta palabra original aramea ‘abba’ con 'papá’”.

Si bien “padre” subraya más el aspecto de autoridad, “abbà” señala en cambio una relación familiar. “Debemos imaginar que en estas palabras arameas ha quedado ‘grabada’ la misma voz de Jesús: han respetado el idioma de Jesús”, señaló Francisco en otro momento de su catequesis. Y al decir “grabada” se percibe la conmoción de algo que nace de la vida y toca la nuestra. En esta sencilla invocación, reside por tanto “una fuerza que atrae todo el resto de la oración”.

¿Pero qué puede garantizar que una vez invocado, aun dentro de una relación familiar, “abbà” nos escuche y por tanto la oración nos sirva? Con gran sencillez, el Papa desbrozó el campo de estas posibles perplejidades. “Rezar es a partir de ahora la victoria sobre la soledad y la desesperación”, dijo. “Rezar. La oración cambia la realidad, no lo olvidemos. O cambia las cosas o cambia nuestro corazón, pero siempre cambia. Rezar es a partir de ahora la victoria sobre la soledad y la desesperación”. Es un cambio posible, verificable concretamente en uno mismo. Decir “abbà” (bastaría con eso, dice el Papa) es un hecho que descoloca, que traslada de una condición a otra. Con palabras de Péguy, la oración “es el lugar donde todo se hace fácil”.

La victoria sobre la desesperación

Giuseppe Frangi | 0 comentarios valoración: 3  2 votos

'Mejor vivir como un ateo', dice el Papa, si la fe no se hace vida

Federico Pichetto

Hay frases del Papa que no entran oficialmente en su magisterio pero que describen mejor que otras la intención más profunda que anima un pontificado. Es el caso de la indicación que Bergoglio hizo en la audiencia del primer miércoles de 2019, afirmando que “la gente que va a la iglesia, está ahí todos los días y luego vive odiando a los demás y hablando mal de la gente son un escándalo. Mejor vivir como un ateo que dar contra-testimonio de lo que es ser cristianos”.

Este juicio preciso, pronunciado sin papeles, no estaba en el texto oficial de la audiencia pero en pocas horas ya estaba en todas las redacciones de prensa, despertando simpatía “por un pontífice que exalta a los ateos” y preocupación “por un cristianismo perfecto que no existe y que acaba degradando la devoción de muchos”. Pero lo que el Papa quería decir era algo muy distinto. Una fe que no se hace vida, que no se transforma en compromiso con uno mismo, no es fe sino una forma de ateísmo. Si la fe no implica una verificación, un trabajo personal dentro del drama del vivir, entonces es mejor declararse directamente “no creyentes”.

Creer es una palabra que deriva del indoeuropeo y significa “dar el corazón”, comprometer el corazón con algo. ¿Pero qué es el corazón? El corazón es ese criterio de juicio que la naturaleza –Dios– ha puesto dentro de cada uno y que se desvela como malestar, necesidad, herida, exigencia infinita. Por tanto, hacer experiencia significa comparar lo que uno vive, en un espacio y tiempo concretos, con el propio corazón, con esa necesidad de bien, verdad, justicia y belleza que llevamos dentro. Esta comparación estrecha entre la parte más verdadera de mi yo y la realidad es un trabajo, requiere un trabajo. Dar el corazón, creer, significa comprometerse con esta confrontación intensa, transformadora de la propia relación con las cosas en un juicio continuo.

Pero el cristianismo introduce otro factor. Entra en la historia como el anuncio de que la única respuesta para lo que el corazón espera es Cristo. Por eso, el problema del cristiano es verificar si este anuncio es verdadero, comparar cualquier circunstancia que suceda con la presencia de Cristo que promete cumplir esa exigencia del corazón dentro de esa realidad concreta. O la experiencia de la fe se convierte en continua experiencia de esta verificación, o Cristo se quedará en un mero nombre: vivimos nombrándolo, pero sin que crezca la familiaridad con él, sin experimentarlo realmente, sin creer. ¡Cuántas comunidades enredadas en acaloradas disquisiciones teológicas y eclesiales han dejado de hacer este trabajo de verificación! ¡Cuántas comunidades, preocupadas por sus actuaciones y comparándose con otras, han abdicado de este proceso fundamental que hace “mía” la fe y no un lugar de refugio! Cuántas comunidades han dejado de educar en esta verificación de la fe, prefiriendo iniciativas sociales o discursos intelectuales o moralizantes.

'Mejor vivir como un ateo', dice el Papa, si la fe no se hace vida

Federico Pichetto | 0 comentarios valoración: 2  29 votos
>Entrevista a Agustín Domingo Moratalla

'Bergoglio está obsesionado por transmitir esperanza y comunicar vida'

F.H.

Agustín Domingo Moratalla, catedrático de Filosofía de la Universidad de Valencia, ha participado en la presentación del libro de Massimo Borghesi, Bergoglio: un biografía intelectual (Ediciones Encuentro). Conversamos con él sobre el contenido del volumen.

¿Qué nos descubre el libro de Borghesi sobre Bergoglio?

Como indica en el subtítulo, nos descubre el itinerario intelectual de Jorge Mario Bergoglio. No es el itinerario filosófico, teológico o cultural sino las fuentes o raíces intelectuales que nos permiten entender la complejidad del Papa Francisco. Muchas veces no es fácil precisar dónde está lo teológico, lo filosófico o simplemente lo cultural porque son autores que no han llegado por ciencia infusa sino por el contacto con intelectuales como Amelia Podetti, Alberto Methol Ferré o Juan Carlos Scanonne. El libro nos descubre el itinerario intelectual de un liderazgo complejo donde las etiquetas de las viejas escolásticas teológicas o filosóficas debían dejar paso a una apasionada razón vital, histórica y cordial. Nos descubre la mística de un intelectual de altura que está más obsesionado por transmitir esperanza y comunicar vida que por ser catalogado en rancias escolásticas que no responden a los desafíos del siglo XXI.

¿Por qué es importante distinguir el "pensamiento polar" de Bergoglio de la "síntesis" de Hegel?

La síntesis de Hegel es compleja y no siempre la describe de la misma forma en sus primeros escritos o en la transcripción que tenemos de sus Lecciones. Ni siquiera podemos decir que en el conjunto de la obra de Hegel hay un único modo de entender la "síntesis" como "Aufhebung". Unas veces hay superación que anula y otras veces que conserva los opuestos en una realidad nueva. El pensamiento polar de Bergoglio incide en el dinamismo o tensión de la dialéctica no utilizada para anular o suprimir sino para resaltar el valor de la una relación entendida como encuentro. En lugar de pensar la naturaleza de la experiencia humana desde una dialéctica cognitiva y sistémicamente entendida (Hegel), Bergoglio participa de una original interpretación de la dialéctica desde la experiencia. Como Blondel, Guardini y otros pensadores del siglo XX, hay que pensar la dialéctica desde la experiencia, no al revés. La presencia de Guardini, De Lubac, Przywara o incluso von Balthasar debe ser planteada en esta clave, donde cualquier modo de entender la dialéctica debe ser entendido desde la experiencia y no al revés.

Pensamos que el contexto cultural en el que Bergoglio desarrolló su trabajo como jesuita y como arzobispo es muy diferente al europeo. ¿Es cierto?

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'Bergoglio está obsesionado por transmitir esperanza y comunicar vida'

F.H. | 0 comentarios valoración: 2  33 votos

Sin emociones no hay razón. Por eso el Papa pide perdón a los jóvenes

Federico Pichetto

Cuando en marzo de 2000 Juan Pablo II se puso de rodillas para pedir perdón por los pecados de la Iglesia, se alzaron no pocas voces críticas por un gesto que –a los ojos de los comentaristas más celosos– parecía una implícita admisión de derrota por parte del Pueblo de Dios respecto a la acción misma del Divino en su cuerpo místico. ¿Cómo podía, y cómo puede, la santa Iglesia ser pecadora? ¿Cómo va a cometer errores?

Una objeción parecida, por otro lado totalmente comprensible a los ojos de quien reconoce en la Iglesia la “compañía de Dios al hombre”, pero que está viciada por un error teológico de fondo, el de considerar la salvación introducida por Cristo en el tiempo como un pack de todo incluido, que empieza y acaba en sí mismo y carece de esa dimensión histórica que el Evangelio resume muy bien en la imagen de la levadura o la semilla. La presencia de Cristo, su misericordia –exactamente igual que la semilla o la levadura– da comienzo en el tiempo a algo nuevo, empieza en el tiempo a salvar y transformar lo humano, pero esa transformación no sucede de manera lineal y progresiva, sino más bien circular y concéntrica. Cuanto más tiempo pasa, más se libera el hombre, si se adhiere a Cristo, del peso del pecado, más se aleja de Satanás y más expresa, inexorablemente, su fuerza y sus potencialidades más remotas.

Las disculpas que presentó el Papa Francisco a los jóvenes al término del Sínodo dedicado a ellos se circunscriben dentro de este extraordinario camino de la Iglesia, que ha llegado a comprender que el mayor error, el pecado que más la puede manchar, es traicionar a la juventud. Delante de la juventud, la Iglesia se ha presentado como alguien que ya sabe, que ya ha entendido, que solo tiene que educar y tallar el espíritu que bulle en una etapa de la existencia condenada a ser superada demasiado deprisa.

Este ha sido el motivo por el que la Iglesia católica, con el tiempo, se ha encontrado luchando contra la libertad, contra el placer, contra la dimensión emotiva y afectiva del individuo. Gran parte de la confusión eclesial sobre muchos de los temas que hoy son objeto de debate social proviene de una última lejanía de la Iglesia respecto de la fuerza e irrupción de la juventud. Se ha estigmatizado a los jóvenes como rebeldes, transgresores, como si fueran cajas que hay que llenar con buenas intenciones y no como un tesoro precioso al que conviene prestar atención y escuchar. “Disculpadnos –les ha dicho Bergoglio– si a menudo no os hemos escuchado; si, en lugar de abrir vuestro corazón, os hemos llenado los oídos”.

Sin emociones no hay razón. Por eso el Papa pide perdón a los jóvenes

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Solo la cruz ayuda a las iglesias a permanecer unidas

Francesco Braschi

Ya estamos en la segunda mitad del mes en que el papa Francisco ha invitado a todos los cristianos a rezar el Rosario invocando a San Miguel Arcángel para que proteja a la Iglesia del diablo y sus intentos de separarnos de Dios y de nuestros hermanos, y no podemos dejar de reconocer cada día la más absoluta pertinencia de esta invitación ante los acontecimientos que agitan la Iglesia, y no solo la Iglesia católica.

No en vano nos recuerda que diabólica es aquella obra que comporta una doble separación: de Dios y de los hermanos. Si nos damos cuenta, esta obra malvada es continua, capaz de insinuarse en cualquier ocasión y de adoptar la forma de cualquier disfraz pues, como nos recuerda san Pablo, “el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz” (2 Cor 11,14). San Pablo formula esta expresión escribiendo a una comunidad –la de Corinto– que él mismo evangelizó  y que se dejaba llevar fácilmente por otros “super-apóstoles” que predicaban una fe más “exclusiva” intelectualmente, llena de una aparente sabiduría y dotada de un alcance cultural más fácilmente aceptable por la cultura del momento. En otras palabras, un mensaje menos radical y exigente de la “cruz de Cristo” que Pablo no solo predicó sino también vivió, prestándose con sencillez y humildad a sostenerla con tal de que no fuera un peso excesivo para nadie. Pero justo esa renuncia suya se convirtió para sus adversarios en un argumento para descalificarlo, acusándolo también de promover con fines personales una colecta de dinero en favor de los pobres de Jerusalén, y para descalificar su doctrina, así como para promocionarse ellos mismos, como portadores de una forma más atractiva y fascinante de cristianismo.

Este episodio, aparentemente tan lejano en el tiempo, nos ayuda a comprender con más claridad el desafío radical al que nos enfrentamos ahora, tanto en Oriente como en Occidente. Un desafío que afecta directamente a nuestra fe y a la Iglesia como lugar de su pleno acontecer. En ámbitos y condiciones distintos, vemos suceder fenómenos similares. En Occidente se trata de la contraposición entre partidos y corrientes de opinión dentro de la Iglesia católica, donde son objeto de contienda el magisterio del papa Francisco, la comprensión de la tradición en sentido estático o dinámico, las modalidades de acercamiento a una humanidad largamente descristianizada. En Oriente estamos siendo testigos sobre todo del conflicto entre los patriarcados de Moscú y Constantinopla a propósito de la autocefalía de la Iglesia en Ucrania. Este dramático conflicto es solo la última manifestación de un problema complejo que afecta –como vimos de manera dramática durante el sínodo ortodoxo en Creta en 2016– por un lado a la forma y a la práctica de las relaciones entre las iglesias ortodoxas, y por otro al testimonio de la ortodoxia en el mundo contemporáneo.

Lo que une procesos tan diversos y extendidos es la representación en todas estas situaciones de una doble tentación: la división como solución y el olvido de la cruz.

Solo la cruz ayuda a las iglesias a permanecer unidas

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Montini, el diplomático

Antonio R. Rubio Plo

Ante la canonización de Pablo VI, resulta de interés recordar alguna de las dimensiones de su variada personalidad. El papa del Concilio, el pontífice peregrino por diversos continentes o el intelectual eclesiástico influenciado por la cultura francesa, no debe de hacernos olvidar a Giovanni Battista Montini, diplomático vaticano. Fueron más de tres décadas las que dedicó a la diplomacia de la Iglesia: un breve período en Polonia y otro mucho más prolongado en una labor en apariencia burocrática, aunque no menos eficaz, en la secretaría de Estado. Después, en 1954, llegaría su nombramiento como arzobispo de Milán, que acabó sorprendiendo a muchos que veían difícilmente compatible sustituir las labores diplomáticas por las pastorales.

Pero no hay un Montini diplomático y otro pastor. Es la misma persona, aunque ejerza una función diferente. Plenamente montiniano es, por ejemplo, el discurso que pronunciara el 25 de abril de 1951 con motivo del 250º aniversario de la fundación de la Academia Pontificia Eclesiástica, una interesante reflexión sobre la diplomacia que no ha perdido un ápice de actualidad. Corrían los años de la guerra fría, de los conflictos interpuestos como el de Corea y de las tensiones internacionales que hacían temer una devastadora guerra nuclear. El mundo se había vuelto sombrío, y particularmente Europa con su división artificial del telón de acero. En este contexto parecía secundario hablar de la diplomacia de un pequeño Estado europeo, que no contaba con las divisiones de ejército de las que tanto alardeaba Stalin como símbolo de su poder expansionista. Habían pasado más de ochenta años tras la desaparición del poder temporal del Papado, aunque la diplomacia vaticana había conocido una revitalización como instrumento en favor de la paz, tal y como demostraron las iniciativas papales durante las dos guerras mundiales y el período de entreguerras.

En su discurso Montini rechaza esa caricatura de la diplomacia, que ha llegado hasta nuestros días, donde para tener éxito, en función de los intereses nacionales, todos los medios son válidos. Astucia y fortuna forman un todo inseparable en la política, oficialmente desde los escritos de Maquiavelo, aunque en realidad esta alianza se fraguó en tiempos inmemoriales. Diplomacia vendría a ser sinónimo de ambigüedades y pluralidad de sentidos. En definitiva, con la diplomacia la palabra no sería un reflejo de la veracidad sino el velo del pensamiento, en expresión de Montini. De ahí la identificación de la diplomacia con etiquetas y formalismos, sobre todo desde los siglos XVII y XVIII, cuando imperaba el sistema de Westfalia en el que el equilibrio de las grandes potencias se presentaba como un modelo ideal, aunque por naturaleza inestable. No es casual que esos mismos Estados, en ejercicio de su poder omnímodo, quisieran controlar a la Iglesia y a las respectivas confesiones religiosas.

Montini, el diplomático

Antonio R. Rubio Plo | 0 comentarios valoración: 1  16 votos

¿Por qué todo puede ser ocasión?

Federico Pichetto

Delante de los discípulos, que se alarman por los desconocidos que usan el nombre de su maestro para realizar milagros, Jesús se muestra libre y desarmado, y les invita a ir más allá de los bandos y reconocer en esos milagros el signo de la benevolencia del Padre. Esta libertad interior la ha señalado el Papa para indicar –en el Ángelus del domingo– una actitud radical, una posición revolucionaria que está muy lejos del corazón de muchos pero que resulta decisiva para el camino humano de cada uno: la apertura última del corazón a algo que no es nuestro, a lo que no viene de nosotros, a las sorpresas de Dios.

La comunidad cristiana en Occidente está actualmente impregnada de un nuevo sectarismo, una incapacidad última para percibir y acoger el bien que proviene del otro. Es como si el diálogo entre cristianos estuviera construido sobre la búsqueda del error del otro, impugnando esta o aquella doctrina para demostrar una incoherencia, una herejía, que solo puede condenarse con la exclusión de la comunidad o del grupo de los que son creíbles.

La cuestión es que esta actitud no proviene de un defecto del sistema propio del cristianismo, sino de una humanidad que todavía no está educada del todo, por una última resistencia ante el don de la fe. De hecho, toda cerrazón esconde un miedo, el miedo a perder algo, a verse expropiados de algo que percibimos como nuestro, sin lo cual nos sentimos perdidos, irreconocibles. La raíz definitiva de todo esto es la pereza, el antiguo vicio capital que deja a los hombres parados, sin aceptar hacer un camino, considerando lo que poseen como más importante que lo que aman.

La libertad interior de la que habla Francisco es por tanto una pobreza de espíritu integral, que nace de la conciencia de que nada es nuestro, que todo es recibido y podría desaparecer. Por eso el Papa ha rezado en el Ángelus mostrando su cercanía al pueblo indonesio en un momento en que, ante la indiferencia colectiva, sufre un gran duelo a causa de los desastres naturales. Porque no existe contradicción entre la pobreza que pide el Evangelio y conciencia de que toda nuestra riqueza, aunque aparentemente nos la quiten, será devuelta, donada de nuevo.

El Papa pide a la Iglesia que entre en la lógica de la cruz. Disponibles a dar la vida –todo lo que es nuestro y está vivo– con la conciencia de que todo nos será misteriosamente devuelto, con la conciencia de que la misericordia es la última palabra sobre la existencia. Una palabra para la cual no hay excusas. De hecho, todo lo que se defiende es, según esto, el residuo de un poder, de una posesión, que aridece la vida y condena al hombre a la insatisfacción, a un continuo y rencoroso resentimiento que todo lo transforma en lamento, que mortifica el deseo y aleja cualquier posible gusto de vivir.

¿Por qué todo puede ser ocasión?

Federico Pichetto | 0 comentarios valoración: 2  27 votos
>Entrevista a Massimo Borghesi

'Para Bergoglio el ideal es el poliedro'

Fernando de Haro

Massimo Borghesi acaba de publicar “Jorge Mario Bergoglio. Una biografía intelectual” (Ediciones Encuentro). Es un libro que sale a la luz en España solo semanas después de que, en un gesto sin precedentes, un ex nuncio, empujado por sectores de la Iglesia de los Estados Unidos, haya pedido la dimisión del Papa. En un momento en el que, de nuevo, Francisco es puesto en cuestión por quien quiere enseñarle al sucesor de Pedro cómo hay que guiar al Pueblo de Dios y afrontar los signos de los tiempos, el volumen adquiere especial relevancia.

¿Por qué te pareció necesario escribir un libro sobre el pensamiento de Bergoglio?

La idea surgió a partir de los ataques que el Papa sufrió justo después de la publicación de Amoris Laetitia en 2016. Los críticos, que llegaron hasta el punto de acusar a Francisco de “hereje”, objetaban la escasa preparación del Papa, su “falta de fiabilidad” teológica, su falta de pensamiento “católico”. Después de leer muchos textos de Bergoglio, junto a la espléndida biografía de Austen Ivereigh, tomé plena conciencia de la inconsistencia de estas críticas. De ahí surgió la idea de escribir un libro sobre la formación intelectual de Bergoglio. Curiosamente no solo los críticos del Papa sino tampoco sus admiradores sospechaban, después de cuatro años de pontificado, que Bergoglio tuviera un pensamiento tan profundo y original. Sus defensores pensaban que su formación era solo de tipo “pastoral”. Así fue como surgió Jorge Mario Bergoglio. Una biografía intelectual, ahora traducida al español en Ediciones Encuentro.

En el volumen se señala que el concepto de las periferias lo toma Bergoglio de la pensadora argentina Amelia Podetti. ¿Es una categoría solo sociológica? ¿Por qué para Bergoglio el centro de la experiencia de la Iglesia se ve mejor desde la periferia?

No, no es una categoría “solo” sociológica. También tiene un valor existencial. El mundo, incluido el “mundo de la vida”, se ve mejor desde los bordes que desde el centro. En el centro todo es hermoso, como en las grandes ciudades. En las periferias es donde se comprende lo que el centro desprecia, no quiere ver. Si se quiere curar heridas, sanar puntos frágiles, ocuparse del bien común de la sociedad, no hay que colocarse en el centro de la esfera. El centro es una burbuja que corre el riesgo de estallar si las periferias se incendian. El Papa parte de los últimos, de los descartes de la era de la globalización. Y no por una ideología pauperista-populista sino por espíritu evangélico, por la paz de los pueblos y naciones. No hay ninguna demagogia en todo esto. Lo que hay es ciertamente una gran preocupación por el desierto moral y la ruptura de los vínculos sociales, que se han extendido desmesuradamente en la era de la globalización.

Dedicas un amplio espacio a describir el origen del "pensamiento polar" en Bergoglio. ¿Cuáles son los autores que influyen más en él en esta cuestión?

>Entrevista a Massimo Borghesi

'Para Bergoglio el ideal es el poliedro'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  33 votos

¿Nos salvará el Papa del Titanic?

Giorgio Vittadini

Ni la caída de la producción, ni la ralentización del PIB, la novedad económica más significativa de los últimos días es la acusación radical, por parte del papa Francisco, a los presupuestos que rigen nuestro sistema: el beneficio como fin y no como medio, la obsesión financiera, el paso a un segundo plano de la dignidad del trabajo. “La centralidad actual de la actividad financiera respecto de la economía real no es casual. Tras ello se esconde la decisión de alguien que piensa, equivocadamente, que el dinero se hace con dinero. Pero el dinero de verdad se hace con trabajo. El trabajo es lo que confiere dignidad al hombre, no el dinero”, afirma el pontífice en la reciente entrevista concedida al diario italiano Il Sole 24 Ore.

Será complicado desclasificar estas palabras como “obligadas” por parte de una autoridad católica –la máxima en este caso– para mantener la fe en la bandera de sus valores fundantes: el trabajo como imagen del “Dios eterno trabajador”, la atención a los últimos, la caridad. En las palabras del Papa hay algo más que puede chirriar en las orejas de los neoliberalistas del mundo entero. No es solo una acusación al drenaje de capitales de la economía real a las finanzas, sino también al principio fundamental del liberalismo.

Lo afirma citando las consideraciones del Pablo VI en la encíclica Populorum progressio: la ley del libre cambio, que representa una ventaja para las partes contrayentes que se encuentran en condiciones económicas similares, conduce a “resultados desiguales” entre países en situaciones desiguales. Si bien es cierto que las palabras de esta encíclica se escribieron en 1967, solo podemos imaginar hasta qué punto estas afirmaciones siguen siendo vigentes actualmente. De hecho, los datos lo siguen confirmando, pues crecen las desigualdades entre países y dentro de los propios países.

El principal problema no es por tanto la relación con los países más pobres. El pensamiento del Papa parece dirigirse ante todo a una cierta “pobreza”, mejor dicho, a una cierta “pequeñez” que está afectando a los países más desarrollados. La primera acusación se dirige a la soledad que domina nuestras sociedades, que llena nuestras agendas de contactos pero que nos deja fundamentalmente solos, asustados, no porque nos sintamos amenazados sino aislados. Se han rescindido “los vínculos de pertenencia a la sociedad a la que pertenecemos”. Así, se han debilitado las bases de la construcción común porque mientras se exaltan las “capacidades singulares” se pierde de vista el hecho de que el “resultado alcanzado” no es “simplemente la suma de las capacidades singulares”.

Falta, en definitiva, la dimensión comunitaria, que también se puede mantener viva en el mundo empresarial si no se pierden de vista ciertos elementos: “la distribución y la participación en la riqueza producida, la inserción de la empresa en un territorio, la responsabilidad social, el bienestar empresarial, la paridad salarial entre hombres y mujeres, la conciliación entre la vida familiar y laboral, el respeto al medio ambiente, el reconocimiento de la importancia del ser humano frente a la máquina y el reconocimiento de un salario justo, la capacidad de innovación”.

¿Nos salvará el Papa del Titanic?

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 2  39 votos

El informe Viganò puede hundir a la Iglesia en el moralismo

Massimo Borghesi

La potencia geométrica con que el documento Viganò golpeó al Papa el día que participaba en el Encuentro Mundial de las Familias de Dublín ya se ha puesto de manifiesto abundantemente en todos los medios. Francisco hablaba de la suciedad en la Iglesia, pedía perdón por los vergonzosos delitos del clero, y apareció una carta implicándole, a él y a sus predecesores, como si él mismo fuera corresponsable de esa plaga con sus silencios y omisiones. La maniobra del vaticanista Marco Tosatti, el “creador” del informe Viganò, le salió a la perfección.

Los opositores del Papa no son corderitos blancos. Como zorros viejos, saben usar muy bien los medios. Las críticas deben resultar explosivas, lacerantes, generar caos en nombre de la verdad, poner al rebaño en contra del pastor. Con el informe Viganò, cuyo eco ha sido aún más fuerte en Estados Unidos que en Europa, nos encontramos con el “segundo golpe” contra Francisco. El primero fue con motivo de la publicación de la exhortación apostólica Amoris Laetitia en 2016. Entonces la oposición subterránea contra el Papa salió a la luz y se concentró en una pequeña nota –sobre la posibilidad de dar la comunión, en ciertas condiciones concretas, a los divorciados vueltos a casar– para contestar a la ortodoxia del Papa en materia de matrimonio. Las “dudas” de cuatro cardenales dieron la vuelta al mundo, los tradicionalistas pidieron la acusación del pontífice, una marea negra parecía rodear a Bergoglio. Luego las acusaciones mostraron ser lo que eran, un fuego de paja. El Papa no modificó nada en la doctrina sobre la indisolubilidad del matrimonio. La primera mitad de 2018 se ha caracterizado por una calma relativa, pero tras el informe Viganò volvemos a tener a Francisco bajo la luz de los focos por culpas que se remontan a mucho antes de su pontificado.

El informe Viganò puede hundir a la Iglesia en el moralismo

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>PAPA FRANCISCO

Los negocios no viven de facturar muchos ceros sino de un corazón abierto

Giuseppe Frangi

“Es como una pequeña encíclica”, le dijo el Papa a Guido Gentili, director del diario italiano Il Sole 24 Ore, al término de una larga e intensa entrevista de dos páginas que este periódico acaba de publicar. Una pequeña encíclica que toca muchos temas de la actualidad social y económica. El entrevistador no buscaba anécdotas para conseguir titulares, por eso el discurso de Francisco pudo distenderse, con gran claridad y amplitud. El inicio del diálogo es emblemático del tipo de mirada de Francisco hacia el desarrollo económico y el crecimiento. Inmediatamente advierte que lo que hoy ya no funciona es confiar en performance individuales como motores de tracción de una riqueza colectiva. Esa lógica no funciona, como demuestra el hecho de que este proceso esté generando descartes a nivel humano y social. Descartes que ya no solo genera gente explotada y pobre, sino “expulsados” y “completamente rechazados”.

El Papa habla también de “exclusión estratégica de los que viven al lado”. Eso no es verdadero crecimiento, es un crecimiento enfermo. Es un proceso que ha olvidado la componente fundamental de todo desarrollo auténtico: la dimensión de pueblo. Aquí Francisco hace una interesante observación. Dice que la dimensión de pueblo no es el resultado de una acción voluntarista. La dimensión de pueblo es un dato de hecho que consiste en millones de acciones cotidianas, la mayoría gratuitas, que permiten la convivencia. Para caer en la cuenta de esto, señala el Papa, basta “mirar alrededor con el corazón abierto”. Es un dato de hecho que tiene en la dinámica familiar el primer modo de desvelarse. ¿Cuál es la característica fundamental de esta amalgama que reconocemos como pueblo? La de ser inclusivo, afirma Francisco. De una economía enferma de individualismo ansioso, debemos pasar a una economía basada en esa aportación realmente positiva que es propia de toda dinámica comunitaria. Es un cambio de paso que no solo obedece a necesidades morales sino también a una lógica de convivencia auténtica.

El Papa dice también que este paso hacia una economía inclusiva no es solo una buena intención sino una realidad ya presente y activa en el tejido social. Es el tercer sector, un sujeto que ya no solo tiene un rol “reparador” (reparar las heridas abiertas en el tejido social por un desarrollo desigual) sino propulsivo. Es decir, que pone en marcha procesos cuyo beneficio no solo se mide en dividendos sino en valor y crecimiento social generado. Tampoco se trata aquí de armarse de buenas intenciones sino de convencerse para caminar sobre terrenos más sólidos, y el bienestar social es la condición esencial para que una empresa pueda crecer. “Perseguir únicamente el beneficio ya no garantiza la vida de una empresa”, afirma con mucha determinación Francisco.

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Los negocios no viven de facturar muchos ceros sino de un corazón abierto

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Iglesia y pedofilia, una purificación inevitable

Federico Pichetto

¿A quién afecta la cuestión del vínculo entre Iglesia católica y pedofilia, tristemente de vuelta a las portadas informativas en estas últimas semanas? ¿Es un problema del Papa? ¿De ciertos obispos? ¿O solo afecta a los implicados? ¿O a las jóvenes víctimas? El sistema mediático parece estar concebido para contar a diario delitos que afectan a otros, se ocupa de poner al lector o usuario del lado delos buenos y a la caza de los malos. Sacerdotes, cardenales y papas se convierten en la encarnación de un mal que, si ellos desaparecen, parece que se puede tener seriamente la esperanza de poder acabar con él.

La verdad es que el tema de la pedofilia afecta a todos, sin excluir a nadie. Tiene que ver ante todo con nuestra manera de relacionarnos con el dolor de los demás. Familias enteras reclaman justicia por heridas mortales causadas por hombres que afirmaban servir a Dios y estos gritos de dolor en vez de usarse, incluso en parte del mundo católico, como advertencia o invitación a la penitencia, se utilizan como prueba de la bondad de sus prejuicios hacia la Iglesia, el Papa y la doctrina.

En vez de sentir vergüenza y pedir perdón por el dolor que una parte de un único cuerpo ha provocado a muchos, se defienden poniendo en evidencia todo el bien que hace la comunidad cristiana, casi como si infinitas buenas acciones pudieran justificar en el fondo un crimen.

El vínculo entre pedofilia e Iglesia afecta por tanto a la relación de cada creyente con el poder. ¿Cuántas veces la “misión divina”, la “causa”, el “buen nombre” de una parroquia, de una orden religiosa, de una comunidad o movimiento, ha prevalecido sobre las reglas, sobre la dignidad y sobre la historia de las personas, transformando basura y mezquindad en “despreciables” daños colaterales? ¿Cuántas veces una sensación de impunidad ha rodeado a los gurús del momento, volviendo sordas las conciencias individuales al imperativo evangélico de la responsabilidad y el amor?

El vínculo entre pedofilia e Iglesia católica afecta a fin de cuentas a todo creyente que crea poder dejar a sus espaldas los errores cometidos, sus propios pecados, en virtud de una autoabsolución colectiva, impuesta por la necesidad de sentirse siempre entre los justos y por el poder purificador de una misericordia utilizada no como camino de conciencia sino como arma de banalización de la más tétrica lascivia.

No existen los pedófilos y los otros. No se puede esperar reducir el grito del Papa a un ridículo debate sobre pedofilia y homosexualidad, pedofilia y celibato sacerdotal, o a un conflicto de política interna dentro de una iglesia que va perdiendo el sentido de lo sagrado en nombre de una creciente mundanización de la confrontación y del diálogo fraterno. La cuestión del vínculo entre pedofilia e Iglesia católica va a abrir escenarios inéditos que verán precipitarse inexorablemente la credibilidad de la Iglesia, la probable casi extinción del catolicismo en muchos países del mundo, la apertura de un debate cada vez más necesario sobre los seminarios, la sexualidad, la relación entre fe y deseo.

Iglesia y pedofilia, una purificación inevitable

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El Papa con sus hermanos de Oriente y la urgencia de salvar a los cristianos

Federico Pichetto

Casi ha pasado desapercibido el histórico encuentro en Bari entre el Papa y los delegados de las iglesias orientales para afrontar juntos la dramática situación de los cristianos en Oriente Medio. Nunca antes en la historia un pontífice había conseguido reunir una especie de mini-concilio ecuménico de unas horas con representantes de todas las confesiones religiosas presentes en un territorio. Será por la urgencia del momento –en Iraq los cristianos han pasado del millón en 2003 (antes de la guerra de Bush) a los actuales poco más de 200.000–, será por la estrecha red de relaciones personales con todos los líderes religiosos que Bergoglio ha establecido en estos años de pontificado, o será por Bari, la más ecuménica de las ciudades italianas que custodia las reliquias de san Nicolás. El caso es que el milagro ha sucedido y la iniciativa del pontífice podría no quedarse en un evento aislado.

De hecho, como Francisco ha repetido varias veces, en la sangre de sus mártires –más que en las reflexiones o en los tratados políticos– es donde los cristianos pueden reconocer mejor su unidad. Vivimos una época que el recientemente desaparecido cardenal Tauran no dejaba de calificar como amenazada no por “un choque de civilizaciones sino más bien por un choque de ignorancias y radicalismos” que impiden la paz, que dificultan el conocerse y el reconocerse.

Pero algunas mentes mal intencionadas han destacado que en Bari se han visto pocos “líderes”. Muchos delegados pero ningún jefe de verdad. El hecho es que nunca como ahora ha tenido que afrontar el cristianismo eso que san Pablo llamaba la esclavitud de los “stoikeia tou cosmou”, los elementos del mundo, es decir, todos esos factores culturales que se proponen determinar la identidad del Yo antes que la fe. San Pablo pensaba en los planetas y en los astros, de los que los hombres hacían derivar su propio destino a través de los horóscopos. Hoy son en cambio los nacionalismos, los distintivos de etnia, género y rol social los que vienen a invalidar la experiencia personal de los creyentes, insinuando la sospecha de que el ser de un país, hombre o mujer, empleado o en paro, resulta mucho más determinante para la persona que el reconocimiento de Cristo presente.

La cuestión es más urgente que nunca, ¿qué es lo más determinante en este momento histórico? ¿Qué factor es el que expresa más quién soy yo? ¿Qué es lo que más “pesa” en mi manera de afrontar la realidad? Hay toda una generación de cristianos que sostiene, implícita o explícitamente, que lo que hoy decide quiénes somos es la pertenencia a una patria o las circunstancias que vivimos, como si pesara mucho más el ser rusos, franceses, o el vivir solos, que el ser hombres salvados. La experiencia de la fe es débil porque no incide en la conciencia del yo, sigue siendo como algo añadido a lo que hace de mí lo que Yo soy, haciendo así que el determinismo sea más letal para la fe incluso que el relativismo.

El Papa con sus hermanos de Oriente y la urgencia de salvar a los cristianos

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Elogio de la pasividad y las tres caridades

Antonio R. Rubio Plo

El pasado 1 de julio se celebró la fiesta litúrgica del Beato Antonio Rosmini (1798-1855), fundador del Instituto de los Hijos de la Caridad, un hombre de mente enciclopédica, sacerdote, filósofo y teólogo. Conocí tardíamente el pensamiento de Rosmini, si se puede hablar así porque no es fácil de abarcar todo un universo en el que conviven en armonía la fe y la razón. Lo más llamativo es que mis encuentros se han ido sucediendo a lo largo de los años, nunca de forma continuada y extensa, aunque siempre han servido para darme un toque de atención en mis reflexiones y un cierto apremio para aspirar a saber más. Una vez fue una conferencia de un experto en Madrid, un profesor de la universidad de Pavía; otra la invitación de un buen amigo para que escribiera la reseña de una biografía de Rosmini, “El manto de púrpura”; y más recientemente el descubrimiento, en un medio de un montón de volúmenes a precio de saldo, de un libro italiano, escrito hace tiempo por el historiador Mario Sgarbossa. De todo he sacado la misma conclusión: Rosmini, hombre del siglo XIX, es un profeta para el siglo XXI.

Fue un incomprendido durante muchos años hasta el extremo de que hasta 2001 la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe no le rehabilitó plenamente, pues en 1887 habían sido condenadas cuarenta de sus proposiciones. Quedó entonces claro que la obra rosminiana no tenía nada que ver con el panteísmo, el jansenismo y el liberalismo, tal y como pensaban sus críticos. En realidad, Rosmini había intentado vincular la teología y la filosofía, aunque la corriente dominante de la Ilustración preconizaba una separación radical. Por lo demás, nuestro filósofo realzó la importancia de la persona en relación con el Derecho. Fue un adelantado de la defensa de los auténticos derechos humanos, unos derechos de la persona confundidos deliberadamente por algunas ideologías contemporáneas por unos pretendidos derechos de los individuos y de los colectivos.

Elogio de la pasividad y las tres caridades

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Custodiar el espesor del presente

Giuseppe Frangi

“Os animo a custodiar el espesor del presente”. Lo dijo el Papa Francisco hace unos días ante la redacción del periódico Avvenire. Es una de esas frases que se te quedan en la cabeza porque no consigues encajarla en los parámetros habituales del razonamiento, en este caso sobre el oficio de informar, y entre las recomendaciones normales de la ética profesional. Por ello, esta no es una reacción con efecto retardado sino un intento de mostrar la sorprendente densidad de esas palabras.

El primer concepto con el que deberíamos medirnos es el del presente. Francisco desata todas las perplejidades que podemos tener al respecto, en el sentido de que ni siquiera toma en consideración la hipótesis de que pueda haber una mirada escéptica hacia el tiempo en que vivimos. El “presente” para él es una categoría positiva a priori. Habría podido limitarse a recomendarnos “custodiar el presente” sin más, dando por descontado que el “presente” ya es un valor. En cambio, ha querido reforzar ese concepto, como si estuviera hablando a gente llena de reservas respecto a esta idea, diciendo entonces que lo que hay que custodiar es el “espesor del presente”.

No es que Bergoglio no sea consciente de lo que caracteriza a esta etapa de la historia. Él mismo recurrió a la imagen acuñada por Zygmunt Bauman de una época ‘líquida’. “Nos movemos en la llamada ‘sociedad líquida’, sin puntos fijos, carente de referentes sólidos y estables; la cultura de lo efímero, del usar y tirar”, dijo a los dominicos el año pasado. Habló de un tiempo marcado por “un carnaval mundano”.

¿Pero cómo puede haber espesor en un presente unánimemente definido como líquido? Parece una contradicción en sí misma. Pero la palabra del Papa es consciente y precisa. Tanto es así que pide incluso “custodiar” ese espesor, que evidentemente es algo no solo real sino además muy valioso. Bergoglio sabe que todos dudamos sobre el valor de esta época, por eso su primera palabra es de ánimo, para lanzar al corazón más allá de los obstáculos que encontramos para amar el momento que estamos llamados a vivir.

Custodiar el espesor del presente

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Scola: 'Todavía nos estamos defendiendo del «despertador» de Francisco'

Andrea Tornielli

«Para nosotros los europeos la elección del Papa Francisco fue como un gancho al estómago, un “despertador”. No sé qué tanto hemos hecho nuestro este “despertador” o cuánto todavía nos estamos defendiendo». El arzobispo emérito ambrosiano, Angelo Scola, participó en la presentación del libro de Massimo Borghesi “Jorge Mario Bergoglio. Una biografía intelectual”, organizada por el Centro Cultural de Milán. A su lado, además del autor del volumen, estaba el encargado de la vicepresidencia de la Pontificia Comisión para América Latina, Guzmán Carriquiry Lecour. Es una de las primeras apariciones en público desde que el cardenal dejó la guía de la diócesis. Y también fue la ocasión para desmontar esas que el cardenal Scola llama «leyendas metropolitanas» sobre el Papa Bergoglio, su pensamiento y su formación teológica.

Carriquiry, que fungió como trámite entre Borghesi y el Papa para que el autor obtuviera las cuatro preciosas entrevistas en las que Bergoglio responde a las preguntas del profesor, comenzó recordando la «abundancia de publicaciones» sobre el actual Pontífice; una abundancia que a menudo hace difícil distinguir y «jerarquizar» la mole de información. No dejó de criticar la «sobreexposición mediática» del Papa y la «autoreferencialidad» de muchos de estos textos, que tienen a «separar su figura del pueblo de Dios», convirtiéndolo casi en un súper héroe. Textos cuyo efecto es el de concentrarse sobre el dedo en lugar de fijarse en la luna, es decir la persona y la personalidad del Pontífice en lugar de su mensaje.

«El libro de Borghesi –continuó– se aleja netamente de toda esta sobreabundancia de títulos y contribuciones, y ayuda a conocer mejor su personalidad, no solo intelectual». Carriquiry recordó que «el Papa Francisco no pretende definirse “teólogo”» y que su mensaje parece pasar gracias a la «gramática de la simplicidad, que nunca es simplismo», porque «se concentra en lo esencial». Las raíces de esta actitud, evidente en el documento programático del Pontificado, la exhortación “Evangelii gaudium”, se encuentran en el documento final de Aparecida, redactado al final del encuentro del Episcopado latinoamericano en el Santuario mariano más importante de Brasil en 2007.

Para concluir, el encargado de la vicepresidencia de la Pontificia Comisión para América Latina, uruguayo que ha vivido gran parte de su vida trabajando en la Curia romana, recordó los prejuicios «de esos ambientes que ven desde lo alto al “Papa latinoamericano”», con la misma actitud de todos los que, cuando comenzó el Pontificado de Juan Pablo II, veían con suficiencia al «Papa polaco».

Al tomar la palabra, el cardenal Scola subrayó la importancia del volumen de Borghesi, aunque se quejó, bromeando, por la tipografía elegida, «un poco demasiado pequeña para los de mi edad». Dijo que este libro es «una empresa difícil y compleja», con un «resultado precioso para la Iglesia universal». El de Francisco, explicó el arzobispo emérito de Milán, retomando una imagen que el mismo Francisco ha utilizado en varias ocasiones, «es un papado poliédrico, y su magisterio es también poliédrico». Scola dijo que el libro de Borghesi ayuda a «superar ciertas leyendas metropolitanas» e insistió en que el pensamiento de Francisco es «muy sólido». «Hay que desmontar un prejuicio –continuó–, según el cual un pensador católico, sobre todo un teólogo, tiene que ser forzosamente un académico. No es así».

Scola: 'Todavía nos estamos defendiendo del «despertador» de Francisco'

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>GAUDETE ET EXSULTATE

Ser santos, la gracia de una felicidad más grande que nuestras medidas

Federico Pichetto

El impacto es de esos que dejan huella. Gaudete et Exsultate, la nueva exhortación apostólica del Papa Francisco sobre la llamada a la santidad en el mundo actual, redibuja los contornos de una experiencia –la de la santidad– que durante mucho tiempo que ha considerado propia de unos pocos y para unos pocos. Son muchos los matices de este documento y muchas las intervenciones que podrán ayudar a entenderlo, pero de momento podemos empezar por señalar algunos detalles que hacen reflexionar y dejan el gusto de ciertas palabras de Francisco.

En primer lugar, la consideración del hecho de que la santidad tiene que ver con la alegría. Es la tercera exhortación apostólica de este pontífice que en su título hace una referencia explícita a la alegría. De hecho, Evangelii Gaudium y Amoris Laetitia son las bases de un programa sistemático del obispo de Roma que tiene en la reconciliación del cristianismo con el placer y la alegría de vivir su clave más alta y rompedora. Ser cristianos, ser santos, es experimentar una conmoción y una belleza única donde no caben moralismos, y que abre de par en par a un deseo infinito de bien y de autenticidad sin compromisos formales.

El don de la vida coincide con el don de la felicidad. Esta es la conciencia que el encuentro con Cristo, aun como un alba vacilante, despierta poderosamente en cada uno de nosotros. Hagamos lo que hagamos, sea cual sea nuestro camino, la última palabra es este inicio indómito de ternura y misericordia que nunca se rinde y que, como un presentimiento, nos sigue y nos busca.

La santidad por tanto no es un resultado, no es el fruto de un conocimiento gnóstico o de una voluntad pelagiana de perfección, no es la repetición de un modelo sino una inmersión en la vida, una relación verdadera con uno mismo y con la realidad. Todos podemos pensar en los rostros de ciertos amigos y en su carrera hacia Dios llena de entusiasmo y de una gran libertad. Santos de la puerta de al lado, como los llama el Papa, que no se encuentran sobre los altares, cuya vida no es tanto un modelo de imitación sino una mirada a seguir. La prueba está en que su ausencia, como la ausencia de tantos de nuestros seres queridos, nos ha dejado dolor, consternación, pero también espacio para una nueva e impensable presencia. Porque estos testimonios operantes que diariamente entre nosotros trabajan, ríen y habitan intensamente cada instante no eliminan toda la aridez y fatiga del vivir, la pregunta de un porqué, de un sentido ante la injusticia y el dolor.

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Ser santos, la gracia de una felicidad más grande que nuestras medidas

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El Judas de don Primo Mazzolari

Antonio R. Rubio Plo

Don Primo Mazzolari, el párroco de un pueblecito llamado Bozzolo, no lejos de Mantua, y cuya tumba fue visitada por el papa Francisco en junio de 2017, pronunció una sorprendente homilía el Jueves Santo de 1958. Atardecía y en el exterior de la iglesia llovía con intensidad, mientras los feligreses de aquella parroquia escuchaban la homilía de la misa que daría paso al lavatorio de los pies de doce muchachos de la localidad.

Don Primo podía haberse referido a la Eucaristía, al mandamiento nuevo o haber meditado sobre las horas que precedieron a la Pasión. Sorprendentemente no lo hizo y dijo a su auditorio que iba a hablar de Judas. Referirse al apóstol traidor no parecía ser muy edificante para los feligreses. Otro párroco habría quizás lanzado una diatriba contra Judas y contra quienes parecían seguir su ejemplo en este mundo. ¿Qué cabía decir de alguien al que el propio Jesús se refirió en el evangelio como un hombre que sería preferible que no hubiera nacido? Sin embargo, el párroco empezó a hablar del pobre Judas y pidió un gesto de piedad para él, sin miedo a calificarle de “nuestro hermano Judas” y sin avergonzarse de ello. Surgió así una insólita homilía de la misericordia, y es muy posible que un hombre culto, como aquel sacerdote, no ignorara la existencia de un capitel en la iglesia románica de la Magdalena de Vezélay, en el que Jesús, bajo los rasgos del buen pastor, carga sobre sus hombros a Judas. A esta imagen aludió también el papa Francisco en uno de sus discursos durante el año de la misericordia. Una imagen inexplicable y poco divulgada porque el aborrecimiento de Judas es universal.

En algunas fiestas populares, en países de tradición católica, se suele quemar, o ahorcar, un muñeco que representa al apóstol traidor. Y además se hace con algazara, a modo de ceremonia festiva y liberadora, pero hay que recordar que semejantes ritos no tienen nada de cristiano. La redención que nos trae Jesús, con su muerte y resurrección, no está vinculada al castigo de Judas. Por el contrario, la Iglesia nos recuerda, al igual que Don Primo Mazzolari en su memorable homilía, que Judas puede ser cualquiera de nosotros. Lo hemos sido tantas veces en tantas pequeñas cosas. Lo malo es que un cúmulo de pequeñas traiciones puede dar lugar a una traición mucho mayor. Es verdad que Jesús dijo que el que entregare al Hijo del hombre no debería de haber nacido, aunque también lo es que ofreció a Judas un pedazo de pan untado y acaso le miró fijamente, con cierta expresión de tristeza porque uno de sus apóstoles, elegido por él entre otros muchos, le iba a traicionar. Pero en el huerto de los olivos, en el instante del prendimiento, Jesús llamó amigo a Judas. El Maestro daba muestras de su perseverancia, propia del pastor que deja a las noventa y nueve ovejas en el monte, y estaba dando una oportunidad a Judas. Y a pesar del arresto de Jesús, el arrepentimiento de Judas seguía siendo posible.  Allí estaba, según Don Primo, “la infinita ternura de la caridad del Señor”. Todo un ejemplo para que nadie desespere, ni de sí mismo, ni de los demás, tampoco de aquellos que están más alejados de la fe cristiana.

El Judas de don Primo Mazzolari

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La educación o un diálogo de corazón a corazón

Federico Pichetto

El nuevo libro entrevista del Papa Francisco, con el elocuente título “Dios es joven”, promete ser una revolución copernicana de la educación en vísperas de uno de los sínodos de los obispos más sorprendentes de la historia reciente de la Iglesia, que en otoño abordará precisamente el tema de los jóvenes. El carácter revolucionario de este libro está presente en cinco párrafos que son una especie de aperitivo para el debate y el trabajo que Bergoglio propone a cualquiera que tenga que medirse con chavales.

Ante todo, los jóvenes dejan de ser para el Papa una categoría sociológica, un objeto de estudio y experimentación, para transformarse en interlocutores. No somos nosotros los que hablan a los jóvenes sino que son ellos los que nos hablan. Sus comportamientos, sus juicios, incluso sus provocaciones, son el desafío que el Misterio de Dios nos dirige para emprender todos juntos un camino de comprensión y conciencia.

En segundo lugar, para el Papa se diluye por tanto la dialéctica pseudo-educativa jóvenes/adultos para dejar espacio al diálogo de corazón a corazón. El corazón de los chavales dialoga con nuestro corazón, por lo que no es posible encontrarse con ninguno de ellos si no es a partir de nuestra propia humanidad, de nuestro deseo vivido en el tiempo. El adulto no es el que sabe vivir, sino el que más veces ha hecho el trabajo de verificación entre lo que desea su propio corazón y las respuestas que cada uno le intenta dar. El adulto solo es autoridad por haber verificado más, solo por este haber atravesado las circunstancias y haberlas mirado a la cara. Uno no es adulto por ser mayor sino por haber hecho un camino de autenticidad que no le lleva a ser mejor que el joven sino más necesitado de lo esencial para vivir.

En tercer lugar, por tanto, se puede decir que para Francisco el deseo es quien decide la dignidad de la relación educativa. Los chavales no son alguien a quien hay que corregir según la idea que uno tenga en la cabeza, ni alguien a quien atraer mostrándose más “amigable”, sino alguien a quien tomar en serio, un Misterio por descubrir. El trabajo educativo no consiste tanto en la transmisión o plasmación ideal del joven como en el compromiso apasionado de uno mismo con las instancias del corazón que el joven manifiesta. La tarea de un adulto no es juzgar la libertad del joven sino medir la propia libertad ante el deseo que se abre camino, aunque lo haga de manera confusa, entre los chavales.

En cuarto lugar, el verdadero enemigo de la educación no es el error sino el pecado, es decir, la tentación de vivir desarraigados, olvidándose de la amplitud y profundidad del propio Yo. Los altibajos, las adicciones, la transgresión, el mismo síndrome de Peter Pan en muchos adultos, son el signo más elocuente del intento de alejarse del propio deseo, del intento de vivir las circunstancias lejos del tormento que nos hace hombres y que se manifiesta como malestar y como necesidad radical de bien.

La educación o un diálogo de corazón a corazón

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Cinco regalos inolvidables de Francisco

Giuseppe Frangi

Hay una característica que personalmente siempre me ha llamado la atención en el Papa Francisco: esa predisposición suya tan positiva, esa simpatía independientemente de quien tenga delante que le lleva siempre a presentarse ante nosotros con gran apertura. Cada vez que lees sus palabras o cualquier cosa referida a él siempre puedes esperar alguna sorpresa. Pero las suyas son sorpresas de esas que siempre te alegran, como cuando recibes un regalo inesperado. En estos cinco años han sido muchos estos regalos, casi cotidianos. Intento aquí elegir cinco de ellos que se me han quedado grabados de manera inolvidable.

En primer lugar, su nombre. La decisión de llamarse Francisco, siendo el primer Papa en hacerlo, era casi como decirlo todo de sí mismo ya desde el primer momento. Un auténtico regalo, como si hubiera percibido que el mundo tenía una gran necesidad de Francisco, de esa sencillez y determinación que caracterizaba al santo de Asís. Francisco es un santo que ama y al mismo tiempo ejerce una gran lucidez en sus juicios. Ama tanto a la gente que les reclama su respeto hacia lo que les ha sido donado, el tesoro de la Tierra. Pero decidir llamarse Francisco (sin número) equivale también a un abrazo. “Abrazar, abrazar. Todos hemos de aprender a abrazar a los necesitados, como San Francisco”, dijo el Papa en Río de Janeiro el 24 de julio de 2013.

Segundo, la casa. Francisco decidió desde el primer día renunciar al apartamento pontificio. Una decisión casi instintiva para alguien acostumbrado a sentirse en casa en las periferias del mundo. Pero esta pequeña revolución también quería decir algo más. Dice a todos que el Papa no “se aparta”, que quiere estar siempre en relación con los demás. Francisco tiene un carácter comunitario innato. No se concibe sin relaciones, empezando por su relación vital con la persona de Jesús, y siguiendo con todos los hombres hijos de Dios. La decisión de vivir en la residencia de Santa Marta es una decisión de normalidad, una opción que le quita todo el énfasis al rol del Papa y esa necesidad tan forzada de tener que ser siempre protagonista de la historia, en el sentido mundano del término.

Tercero, la misa matutina. Es un regalo que va unido al de la casa pero que transforma esta decisión en un verdadero regalo para todos. La misa matutina ante una pequeña platea de fieles en la capilla de Santa Marta es un gesto sencillo, familiar, compartido. Sus palabras durante estas meditaciones tienen la gracia de una informalidad que pasa a los actos siempre y solo mediante la intermediación de un testigo (el periodista encargado de narrar lo que el Papa ha dicho). Es un Papa poco catedrático y muy cercano el que se nos regala casi todas las mañanas en la “crónica” (entre comillas) de la misa.

Cinco regalos inolvidables de Francisco

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