Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
29 JULIO 2017
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La verdadera victoria es la fe

José Luis Restán

El pasado martes algunos jóvenes cristianos iraquíes auparon sobre sus hombros al cardenal de Lyon, Philippe Barbarin, para que colocase una pequeña imagen de Nuestra Señora de Fourvière en un muro de la antigua catedral de Mosul. La ciudad había sido definitivamente liberada del Daesh hacía pocos días y la férrea seguridad en torno al gesto da idea de la precariedad que todavía domina la vida cotidiana. Pero el arzobispo de Lyon no ha querido esperar para cumplir la promesa realizada tres años atrás, cuando aseguró a los cristianos refugiados en Erbil que una vez liberada Mosul volvería trayendo la imagen de la patrona de la sede primada de las Galias.

La prontitud del cardenal francés para acudir no es una cuestión secundaria, porque hace saber y sentir a los cristianos de Iraq, en este momento trepidante en el que deciden la grave cuestión de la vuelta a sus tierras, que la Iglesia universal sufre y se alegra con ellos, y que no les deja solos. He contemplado las imágenes del cardenal recorriendo las calles de Qaraqosh y Mosul en medio de los aplausos y las lágrimas de los cristianos, muchos de ellos recién llegados. Antes de entrar en la iglesia de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción, en Qaraqosh, para celebrar la eucaristía, Barbarin se ha postrado en tierra junto a los obispos iraquíes y juntos han besado el suelo que da acceso al templo, un gesto que evoca el dolor provocado por la destrucción (no sólo material) que ha llevado a cabo el Daesh, con especial saña donde se encontraban los signos de la presencia cristiana.

Algunos han titulado hermosamente que “la Virgen vuelve a reinar en Mosul”. Dios lo quiera, aunque hay que entender bien ese reinado. Sin olvidar que de momento la ciudad es caótica e insegura, que muchos cristianos sienten miedo y comprensible incertidumbre, y que el panorama político-institucional es inquietante, con las maniobras de kurdos y chiíes para controlar el terreno y con las discordias que ya asoman entre algunos grupos cristianos sobre la mejor fórmula para asegurar su presencia en el futuro.

Las imágenes de estos días están llenas de esperanza y yo no puedo ni quiero sustraerme a la alegría, por ejemplo al contemplar repleta la nave de la iglesia de la Inmaculada en Qaraqosh, cuyos muros siguen ennegrecidos pero en los que vuelve a levantarse el Cuerpo del Señor. Estas imágenes nos hablan de una realidad que afecta a la Iglesia en todo tiempo y lugar. La Iglesia está siempre rompiéndose y reconstruyéndose, como dice Eliot en Los Coros de la Roca. Siempre está mordiendo el polvo y experimentando una regeneración que viene de lo Alto. Es importante observar esta dinámica de destrucción-reconstrucción que nuestros hermanos de Iraq contemplan ahora entre llantos y sonrisas, porque esta dinámica nos afecta a todos, a cada fiel cristiano y a cada una de sus comunidades.

La verdadera victoria es la fe

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En la línea de fuego

José Luis Restán

La República Democrática del Congo es un país que produce vértigo, incluso si se mira de lejos. Inmenso, vibrante, con un paisaje arrebatador, riquezas minerales que provocan los peores instintos y una convivencia siempre al borde del estallido. Los numerosos misioneros con los que he hablado en los últimos años siempre reflejan la paradoja que produce contemplar la aventura de un pueblo lleno de vitalidad y de empuje, y un contorno institucional pésimo que arrastra una corrupción endémica inimaginable y toda clase de abusos de poder. El tablero se complica aún más debido a las tensiones étnicas, a las guerrillas de difícil clasificación (especialmente en la zona lindante con los Grandes Lagos) y la influencia de agentes extranjeros de todo tipo, los chinos han sido los últimos en llegar y son ahora los más activos.

No hace falta decir que la violencia ha acompañado el camino de este gran país africano desde antes incluso de su independencia. El momento actual está marcado por la resistencia del presidente Joseph Kabila a abandonar el poder, tal como establecen la Constitución y los llamados Acuerdos de San Silvestre, firmados “in extremis” con la oposición la noche del pasado 31 de diciembre. Estos acuerdos, alcanzados gracias a la mediación tenaz de los obispos congoleños, establecían la formación de un gobierno de transición que nunca ha visto la luz, entre otras cosas porque el líder de la oposición, Etienne Tshisekedi, falleció inesperadamente en Bruselas mientras se sometía a un chequeo. Lo cierto es que Kabila y la red de intereses que se mueve a su alrededor no desean que se produzca un cambio, mientras aumenta el malestar de la gente y se extiende una sensación de descontrol que el propio presidente usa para justificar su inmovilismo. A inicios de julio el presidente se entrevistó con Marcel Utembi, arzobispo de Kisangani y presidente de la Conferencia Episcopal (CENCO), y de nuevo reiteró su intención de convocar elecciones cuando sea posible. Los obispos católicos, convertidos en actores principales de este drama, ya que son la única fuerza con capacidad para dialogar con todos, conocen de sobra las malas artes de Kabila, pero insisten en que no hay alternativa a los Acuerdos de San Silvestre.

El bloqueo de la situación política tiene numerosos efectos perniciosos para la vida diaria que los obispos no dejan de denunciar. Por ejemplo surgen por todas partes bandas armadas para oponerse a un orden injusto, pero de las que no puede esperarse ninguna solución estable sino que terminan generando un calvario que sufre la gente sencilla. Esta inestabilidad endémica y llena de peligros ha creado una fuerte crisis económica que está llevando la tensión social al límite.

Un hecho destacable es que esa mediación, que cuenta con el apoyo de la inmensa mayoría de la población, no le está saliendo gratis a la Iglesia. De hecho se detecta un crescendo de la violencia contra instituciones católicas en el último año: han sido asaltados e incendiados parroquias y seminarios, especialmente en las regiones de Kivu y Kasai, y también los sacerdotes están en el punto de mira. El pasado día 16 el párroco y el coadjutor de Notre-Dame des Anges, en la región de Kivu-Norte, fueron secuestrados tras un ataque de un grupo de milicianos que destrozaron varios locales y aterrorizaron a la población.

En la línea de fuego

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Testimonio y ciudadanía, claves para el futuro de los cristianos en Oriente Medio

José Luis Restán

El franciscano Pierbattista Pizzaballa acaba de cumplir un año como Administrador Apostólico del Patriarcado de Jerusalén. El suyo fue un nombramiento recibido con extrañeza y no pocas preguntas, tanto dentro como fuera de su diócesis, una de las más queridas pero también de las más “curiosas” del orbe católico, porque incluye cuatro países y tres lenguas diferentes. Lo que nadie puede negar es que este franciscano de 52 años, originario de Bérgamo, es uno de los hombres que mejor conoce las entretelas de Oriente Medio. Quizás por eso diversos medios están publicando estos días entrevistas en las que desgrana su mirada llena de inteligencia y de fe sobre esta dolorida región, verdadera clave para el futuro de la paz en el mundo.

Con su llegada al Patriarcado de Jerusalén, en forma de Administrador Apostólico, se ha quebrado (al menos temporalmente) la práctica de los últimos tiempos de situar al frente de esa Iglesia a un obispo de origen árabe. Desde luego Pizzaballa no era un desconocido, ya que había sido el Custodio franciscano para Tierra Santa durante doce largos años en los que pudo demostrar su conocimiento del terreno, su capacidad de diálogo en todas direcciones (también con el mundo israelí, faceta algo descuidada en el pasado) y su amplitud de miras. Aun así este año como Administrador Apostólico ha sido muy difícil debido a factores internos, a las deudas que arrastra el Patriarcado, y sobre todo porque la crisis profunda que atraviesa toda la región no puede dejar de afectar a la Iglesia. Como él mismo afirma, “no hay una Iglesia en Medio Oriente que pueda considerarse en orden”.

Aún es imposible prever cómo se resolverán los conflictos en Siria e Iraq, y qué desarrollos pueden abrirse para la relación palestino-israelí, asunto completamente bloqueado y sin avances a la vista. En cualquier caso, “Oriente Medio ya no será el mismo, se necesitarán varias generaciones para reconstruir las infraestructuras, pero sobre todo un tejido social estable y sólido, porque la guerra ha hecho saltar todos los equilibrios y las relaciones entre las diversas comunidades”. Pizzaballa no duda a la hora de identificar el rasgo distintivo de las comunidades cristianas en la región: se trata de su capacidad de testimoniar la fe en medio de tremendas dificultades. Reconoce que muchos han emigrado, pero los que han permanecido testimonian su fe con gran valor, no sólo en el interior de sus casas sino cuidando a los ancianos, a los niños, a los discapacitados, a los refugiados, y reuniéndose para orar juntos. Aun así aparecen nuevos desafíos para la Iglesia: las dificultades económicas y laborales son crecientes, están apareciendo con fuerza las sectas, y el cambio generacional plantea cómo transmitir hoy la fe. Pero este hombre lleno de realismo, al que deberían escuchar las cancillerías de todo el mundo, está convencido de que el cristianismo no desaparecerá de Medio Oriente, y reitera que “nuestra fuerza no está en los números sino en el testimonio”.

Testimonio y ciudadanía, claves para el futuro de los cristianos en Oriente Medio

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El relevo de Müller y el factor humano en la Iglesia

José Luis Restán

La decisión del Papa de no renovar al cardenal Gerhard Müller, al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, es un hecho relevante en el gobierno de la Iglesia pero no es algo extraordinario, y tampoco un drama. Müller había sido nombrado en 2012 por Benedicto XVI y, como sucede con todos los prefectos, su mandato se extendía durante un quinquenio. Al inicio de su pontificado, Francisco pudo cambiarle, pero prefirió mantenerlo en su puesto aun sabiendo que su escuela y su estilo eran diferentes. Es algo que se ha puesto de manifiesto con frecuencia durante estos cuatro años, en los que Müller ha sido un colaborador leal que no ha dejado de expresar sus puntos de vista, incluso cuando podían resultar polémicos. La relación entre el Papa y los prefectos de las congregaciones tiene que ser de una gran confianza pero no de coincidencia total en todos los asuntos, estando claro que al final es al Papa a quien corresponde decidir. Creo que así ha sido la relación entre Müller y Francisco: una relación leal en la que no han faltado tensiones.

Sólo el Papa conoce exactamente las razones que le han llevado a no renovar al prefecto Müller en su cargo, y no tiene por qué explicarlas. Lo que es evidente es que Francisco ha preferido abrir una nueva etapa, en la que habrá continuidad pero también un neto cambio de estilo. El arzobispo Luis Ladaria, que ahora asume el timón, era secretario de la CDF ya desde el final del pontificado de Benedicto XVI. No hay ningún salto en el vacío, pero ni su perfil público ni su sensibilidad teológica coinciden con las de Müller. Tampoco hay nada extraño en que Francisco quiera configurar un equipo más ajustado a sus prioridades de fondo y a su estilo pastoral.

No es para escandalizarse que se desboque la literatura sobre el trasfondo de la decisión del Papa, pero no todo vale. Por ejemplo, es una vacuidad (por más que la usen conspicuos vaticanistas) definir al cardenal como "teólogo conservador". Aparte de ser una simpleza que no ayuda a entender nada, resulta que Müller siempre ha estado preocupado por las implicaciones sociales de la fe. Es algo que asimiló en su propio crecimiento en la fe, dentro de la matriz del catolicismo social en su Renania natal. Ha mantenido un intenso diálogo con la mejor teología de la liberación y es conocida su amistad con el peruano Gustavo Gutiérrez, con el que ha colaborado en varias obras. Es evidente su vínculo personal e intelectual con Joseph Ratzinger, pero en mi modesta opinión eso no es signo de conservadurismo teológico sino todo lo contrario. La costumbre de etiquetar y colocar a la gente en trincheras, que por desgracia está lejos de haber sido superada en la Iglesia, ha empujado a la figura de Müller a una u otra orilla en los últimos años, desdibujando su verdadero perfil.

El relevo de Müller y el factor humano en la Iglesia

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>Entrevista a Julián Carrón (I)

«Si no creemos que Francisco es el remedio es porque no comprendemos la enfermedad»

John L. Allen Jr. e Inés San Martín

Don Julián Carrón, sucesor del carismático sacerdote italiano don Luigi Giussani al frente del influyente movimiento de Comunión y Liberación, cuya base natural es la del mundo católico más conservador, ha entendido, probablemente mejor que muchos otros, que el papa Francisco puede suponer una sacudida para el sistema.

Por eso es un firme defensor de Francisco e insiste en afirmar que si no creemos que este Papa es el remedio es porque no comprendemos la naturaleza de la enfermedad que tenemos que afrontar en el mundo secularizado de la posmodernidad.

«A veces no comprendemos ciertos gestos del Papa porque no comprendemos hasta el fondo las implicaciones de lo que él define como un “cambio de época”», ha dicho Carrón a Crux el lunes pasado.

«Es como considerar un tumor como un simple caso de gripe, de modo que la idea de hacer un tratamiento con quimioterapia podría parecer demasiado drástica», ha añadido. «Pero una vez que hemos comprendido la naturaleza de la enfermedad, nos damos cuenta de que no seremos capaces de acabar con ella con una aspirina».

En su casa de Milán, entre otros temas, Carrón ha hablado con Crux de la edición en lengua inglesa de su libro La belleza desarmada (Disarming Beauty), que habla sobre la naturaleza del «acontecimiento» cristiano.

«Los cambios que estamos atravesando son tan radicales, tan sin precedentes, que entiendo que muchas personas no comprendan todavía lo que está sucediendo, o los gestos del Papa Francisco», ha afirmado. «Pero si no comprendemos estos gestos ahora, los comprenderemos cuando nos demos cuenta de las consecuencias que están produciendo».

Carrón sostiene que lo que ha sucedido en la modernidad es que la gente ha perdido de vista qué significa ser hombres. La crisis es mucho más profunda que un simple rechazo de este o aquel precepto moral, y lo que se necesita hoy en día no son reclamos morales o argumentos teológicos, sino el poder de atracción que tiene una vida cristiana vivida plenamente.

«Me doy cuenta de que muchas personas están confundidas y desconcertadas con el Papa, igual que lo estaba la gente con Jesús en su tiempo –y en especial, recordémoslo, las personas más “religiosas”», declara. «Por ejemplo los fariseos que, al no percibir el drama de la situación de los hombres que tenían delante, querían un predicador que dijese sin más a los hombres lo que tenían que hacer, imponiéndoles fardos pesados».

«Todo esto no bastaba para despertar su humanidad. Pero luego vino Jesús, que entró en casa de Zaqueo sin llamarle ladrón y pecador, lo cual habría podido parecer una debilidad. En cambio, nadie desafió a Zaqueo como lo hizo Jesús», ha dicho Carrón.

«Todos los que habían condenado su conducta no le habían movido ni un milímetro de su posición. Fue aquel gesto totalmente gratuito de Jesús lo que triunfó donde otros habían fracasado», ha declarado.

>Entrevista a Julián Carrón (I)

«Si no creemos que Francisco es el remedio es porque no comprendemos la enfermedad»

John L. Allen Jr. e Inés San Martín | 0 comentarios valoración: 3  59 votos

Con la mirada fija en la cruz

José Luis Restán

Francisco comenzó su predicación sobre los cardenales un día antes del Consistorio, cuando invitó a los que ya estaban presentes en Roma a concelebrar con él una misa por su veinticinco aniversario de ordenación episcopal. “No sois la gerontocracia de la Iglesia, como dicen algunos que no entienden nada”, les ha confiado el Papa. Para explicar la figura del cardenal en la Iglesia, Francisco eligió una referencia muy querida para él: la de los abuelos, cuya tarea es comunicar el sentido de la vida a los nietos que les están mirando. Comunicarles su experiencia (sus “sueños”) para que en el futuro ellos puedan ser profetas.

El papa comenzó hablando de Abrahán, que ya anciano, y más allá de cualquier proyecto o expectativa personal, recibió la llamada del Señor: “levántate, sal de tu tierra y ve a donde yo te mostraré”. El cardenalato es también una invitación a salir, a ir más allá, a tener presente un horizonte que no es el habitual de quienes son llamados. Ahora su horizonte va a ser el mundo, para ayudar al sucesor de Pedro en su pastoreo universal. Ni complacencia por lo ya alcanzado, ni nostalgia por una época más tranquila o de mayor fuerza física, ni proyectos fantasiosos, sino seguir a Jesús que va delante. Y eso descompone los planes de cualquiera. Sería patético aspirar, como príncipes, a un puesto a la izquierda o a la derecha. Se les invita a beber del mismo cáliz que bebió su Señor.

A estos pastores, llamados a apretarse especialmente en torno a Pedro, se les pide mirar la realidad, habitar en ella. Y la realidad es la de un mundo herido como fruto del pecado; un mundo por el que el Hijo estuvo dispuesto a subir a la cruz. Ellos no deben desear otra cosa, aunque la forma sea distinta. El Papa lo ha dicho con rotundidad: salvar el mundo, arrancar la raíz del mal, implica caminar decididamente hacia la cruz. A los nuevos purpurados Francisco les ha advertido que miren la realidad y no se distraigan por otros intereses o perspectivas; que caminen delante del pueblo santo de Dios con la mirada fija en la cruz y en la resurrección del Señor.

Ayer era la Iglesia universal, llegada de los cuatro puntos cardinales, la que estaba reunida en torno a Pedro, a través de las razas y culturas, a través de las historias de estos hombres llamados a tejer la unidad del pueblo, y a mantenerlo siempre abierto y dispuesto a comunicar su riqueza al mundo. Hace unos días Francisco fustigaba a esos cristianos que son “de derechas o de izquierdas” antes que de Jesús, que pertenecen “a esto o aquello” en vez de ser hijos humildes y agradecidos de la Iglesia. Y pedía, ante todo, la gracia de tener un corazón que sienta la Iglesia como “madre nuestra y casa nuestra”, en la que se comparte la alegría multiforme del Espíritu Santo. El camino prosigue, como siempre, entre las persecuciones del mundo y las consolaciones de Dios.

Con la mirada fija en la cruz

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Don Milani, Pirandello y un viejo misal

Antonio R. Rubio Plo

El 26 de junio de 1967 moría, con tan solo cuarenta y cuatro años de edad, don Lorenzo Milani, el sacerdote que descubrió en la educación el octavo de los sacramentos, y al que el papa Francisco rindió homenaje con una oración ante su tumba. En efecto, don Milani no concebía la escuela como algo distinto, y radicalmente separado, de su misión de sacerdote. Tampoco quería limitarse a ser un mero emisor de conocimientos, que él, además, tenía en abundancia por proceder de un ambiente familiar culto, de la alta burguesía florentina, aunque ajeno al cristianismo.

Don Milani tenía en gran estima la cultura pero no la reservaba para sí, a la manera de quienes la ocultan como el talento del empleado perezoso, sin posibilidad de producir ganancia por estar envuelto en un pañuelo. “El saber solo sirve para darlo”, escribirá en su Carta a una maestra. No podría ser de otro modo, pues cuando se abraza sinceramente el cristianismo, la vida se torna expansiva en todos los ámbitos. La vida se entiende como comunicación y relación, y el cristiano auténtico recibe una imperiosa llamada, que solo puede ser de origen divino, para salir de los muros del ensimismamiento y la indiferencia.

Sin embargo, una vida, como la de don Milani, no se construye de repente. Antes del fruto estaban las semillas, la de las inquietudes despertadas por sus tempranas lecturas o la de la inestimable cualidad de ser un buen amigo de los amigos, por citar tan solo dos ejemplos. Sobre este particular, me llama la atención una carta del joven Lorenzo Milani, con diecinueve años y todavía alejado de la Iglesia. En el verano de 1942, escribe a su amigo Oreste del Buono, antiguo compañero del liceo Berchet de Milán y futuro periodista y crítico literario, que ha hecho un singular descubrimiento en la capilla de una de las fincas propiedad de su familia: “He encontrado un viejo misal, aquí en Gigliola… He leído la misa. ¿Sabes que es más interesante que Seis personajes en busca de autor?”. Milani parece demostrar un peculiar sentido del humor, pero habla totalmente en serio, aunque esté lejos de sospechar que un año después ingresará en el seminario mayor de Florencia.

Don Milani, Pirandello y un viejo misal

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La Iglesia niña de Laos

José Luis Restán

Todavía recuerdo las escenas en la pequeña televisión en blanco y negro, a mediados de los 70 del pasado siglo, que nos trasladaban la crueldad de la guerra en Indochina. Entre los diversos nombres que se agolpan en la memoria recuerdo el del Pathet Lao, el movimiento comunista que era reflejo del Viet Cong en Laos. Allí se dilucidaba un fragmento de la guerra entre occidente y el comunismo, pero entonces poco sabíamos por estos lares sobre el sufrimiento que todo eso supuso para los católicos de aquellos países. Todo esto viene a cuento de que el próximo 28 de junio, por primera vez en la historia, será agregado al colegio de los cardenales un laosiano, Louis-Marie Ling.

Francisco ya nos tiene acostumbrados a sus sorpresas, pero ésta parecía superior, dado que la comunidad católica en ese país apenas alcanza el 1% de la población, unas 70.000 personas. Sin embargo no ha sido difícil atar cabos. A finales de enero de este año los obispos de Camboya y Laos realizaron la preceptiva visita ad límina y fueron recibidos por el Papa. Francisco confesó la profunda conmoción que había experimentado al escuchar algunos de los testimonios de los obispos laosianos que habían sufrido cárcel por su fidelidad al Evangelio. Uno de ellos, Tito Banchong, tras salir de la cárcel en el año 2000, emprendió la búsqueda de los cristianos dispersos puerta a puerta. Los que habían sobrevivido a las purgas del Pathet Lao se habían refugiado en las aldeas de las montañas, no tenían iglesias ni podían celebrar los sacramentos. Cuando se enteraron de que había vuelto un sacerdote bajaron para que los bendijera y para confesar su fe, que había permanecido intacta.

El otro obispo que contó su historia a Francisco era Louis-Marie Ling que, como el anterior, sufrió prisión durante los años duros del comunismo. Él mismo relató en Roma que aquel fue un tiempo de sufrimiento material que le llevó a adelgazar mucho: “no podíamos celebrar misa pero nosotros mismos éramos un sacrificio vivo que agradaba a Dios”, ha comentado el que ahora es obispo de Paksé, en el centro del país, donde guía a 15.000 fieles. El lema que eligió para su ordenación episcopal es “Todo lo que tengo es tuyo”, y expresa bien su propia conciencia y la de la “Iglesia niña de Laos”, como a él le gusta definirla, una Iglesia volcada en el primer anuncio, especialmente dirigido a las tribus de religión animista. El ya inminente cardenal nació en las montañas y su padre murió cuando sólo tenía 10 meses. En una reciente entrevista ha recordado la pobreza en que vivía su familia, y que para ir a la escuela tenía que caminar seis kilómetros cada día. Sin embargo su obispo logró enviarle a estudiar a Canadá, y a la vuelta pronto fue nombrado vicario de la capital, Vientián, lo que le colocó en el foco de las autoridades y le condujo a la cárcel. Pero de su boca no sale un reproche.

La Iglesia niña de Laos

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¿Dónde tienen al obispo Shao?

José Luis Restán

El pasado 18 de mayo, Pedro Shao Zhumin, obispo de Wenzhou, en la región china de Zhejiang, fue convocado de urgencia a la Oficina de Asuntos Religiosos de su ciudad. Desde entonces no hay noticias sobre su paradero ni sobre su estado y condición, como acaba de denunciar la Agencia Asia News, vinculada al Pontificio Instituto de Misiones Extranjeras (PIME). La madre del obispo, una mujer enferma con más de 90 años, ha solicitado reiteradamente poder ver a su hijo pero las autoridades chinas no ofrecen ninguna respuesta. En realidad no hay de qué asombrarse, porque esta es una práctica habitual del régimen de Pekín y el propio Mons. Shao la ha sufrido ya en varias ocasiones, desde que era un joven sacerdote.

El obispo Shao tiene un solo problema: el Papa le había nombrado obispo coadjutor de Wenzhou y le confirmó como pastor de la diócesis al fallecer su predecesor, pero el Gobierno no le ha reconocido como tal. En su caso no se alcanzó el laborioso acuerdo logrado para otras diócesis tras extenuantes tiras y aflojas entre la Santa Sede y el régimen. Pedro Shao nunca ha pertenecido a la Asociación de Católicos Patrióticos, y es posible (aunque la opacidad es total al respecto) que su detención pretenda doblegarle para que acepte encuadrarse en ella. Tampoco es casualidad que esto acontezca en un momento en que diversas fuentes hablan de un bloqueo del diálogo entre la Santa Sede y Pekín con el fin de establecer un marco de funcionamiento para la Iglesia católica en China, que debe incluir un procedimiento que salvaguarde la naturaleza de la Iglesia y que salve los recelos chinos ante supuestas injerencias de una “potencia extranjera”.

Pero decíamos que Mons Shao, a pesar de su juventud (tiene 54 años) ya conoce los delicados procedimientos de la burocracia comunista. En 1999 sufrió un primer arresto, y en 2007, tras un viaje a Europa, fue nuevamente detenido y se le mantuvo en prisión durante nueve meses. Este mismo año, siendo ya obispo de Wenzhou, fue literalmente secuestrado en los días previos a la Pascua para impedir que pudiese presidir los oficios litúrgicos de Triduo Santo. Como se ve, estos funcionarios son detallistas en todo lo que se refiere a los grandes eventos de la comunidad cristiana. Ironías aparte, se trata de enviar un mensaje a la comunidad católica, que en Wenzhou ha estado profundamente dividida entre quienes han buscado adaptarse a las exigencias del régimen y quienes han preferido mantener su libertad en nombre de la fe. El mensaje es que Pedro Shao, a pesar del mandato del Papa, no podrá presidir la diócesis en condiciones seguras mientras no ceda. Así se intenta, además, que no se cierre la fractura entre una parte y otra de la comunidad católica. Por eso su figura representa todo el drama que vive ahora mismo la Iglesia en China.

¿Dónde tienen al obispo Shao?

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>Entrevista a Antonio Spadaro

Francisco y Trump, ¿dos visiones opuestas de la paz?

I.S.

Al principio las expresiones del rostro eran un poco tirantes, pero al terminar la nota de la Santa Sede definió el encuentro como “cordial”. El Papa Francisco y Donald Trump estuvieron media hora cara a cara, hablando de “compromiso común en favor de la vida y de la libertad religiosa y de conciencia”, de la paz en el mundo que hay que buscar mediante “la negociación política y el diálogo interreligioso”, sobre todo por lo que respecta a Oriente Medio y a las comunidades cristianas. “Mirar a los ojos” a Trump y “dar mensajes sencillos pero claros”, sin guiños al poder. Eso es lo que quería el Papa Francisco, y así lo hizo, según cuenta el padre Antonio Spadaro, director de Civiltà Cattolica.

¿Qué impresión le causa que algunos medios estadounidenses los hayan definido como “odd couple” (extraña pareja)?

Era un encuentro importante y en cierto modo necesario. La visita del presidente norteamericano durante su viaje a Italia por el G7 implicaba naturalmente un encuentro con el Papa. Pero es verdad que era un encuentro potencialmente imprevisible respecto a otros, en el sentido de que el Papa no tenía que conseguir nada del presidente sino mirarle a los ojos y darle mensajes sencillos pero claros. Me parece que ha sido un encuentro muy franco.

Por un lado el Papa de los últimos, por otro el multimillonario más poderoso, símbolo del “America first”.

Sí, estamos delante de dos opciones de vida muy diferentes. Pero creo que hay que distinguir bien entre el Trump candidato y el Trump presidente. Dejando al margen juicios y valoraciones, vemos que en muchos frentes Trump está utilizando otro enfoque, o al menos otros términos. También lo hemos visto en Arabia Saudí con su consideración hacia el mundo islámico. Tendremos que verificar intenciones y resultados.

¿Y en el encuentro con Francisco?

Francisco se mueve guiado por una valoración no ideológica. No divide el mundo en buenos y malos, no tiene una visión hollywoodiense de la realidad, sabe perfectamente que en los grandes contextos internacionales los verdaderos protagonistas son los intereses, y por eso habla con todos. Esta vez ha sido igual. Pero sin entrar en redes ni alianzas. Lo ha hecho manteniendo la relación adecuada entre dimensión política y valores espirituales.

Trump ha regalado al pontífice una selección de textos de Martin Luther King. Los regalos no se eligen casualmente, ¿a qué se debe este?

Estados Unidos es sin duda portador de grandes valores como la libertad, la identidad, la igualdad, valores que vive de una manera muy tensa, incluso a veces contradictoria. Pero son valores a los que el Papa también se refiere constantemente, y se ha visto claramente durante su visita. Con su regalo, Trump ha certificado este acento. Recordemos además que cuando se inauguró oficialmente el mandato presidencial, el Papa Francisco envió al presidente un telegrama donde destacaba la importancia de estos valores, algunos de los cuales parecen estar en contradicción con la línea del excandidato Trump.

Mientras, el Papa le ha correspondido con la Laudato Si', la Evangelii Gaudium y la Amoris Laetitia, más el mensaje por la Jornada Mundial de la Paz.

>Entrevista a Antonio Spadaro

Francisco y Trump, ¿dos visiones opuestas de la paz?

I.S. | 0 comentarios valoración: 3  176 votos

Está en juego la libertad

José Luis Restán

Se ha vuelto frecuente hablar de la “mala calidad” de nuestra democracia, un capítulo suficientemente amplio como para incluir epígrafes muy diversos: desde el excesivo poder del que gozan unos partidos enrocados sobre sí mismos hasta la falta de transparencia de las administraciones y la escasez de mecanismos para luchar contra la corrupción. Pero curiosamente apenas se habla de la merma real de libertad que experimentamos cada día en nuestra convivencia civil. El último caso es el del obispo de Solsona, Xavier Novell, que desde hace dos semanas sufre un violento acoso en las redes sociales, desde algunas instituciones y en la propia calle. El motivo es su ponderada exposición, a modo de pregunta, sobre si la “la confusión en la orientación sexual de bastantes chicos no será debida a que en la cultura occidental la figura del padre estaría simbólicamente ausente”. Por cierto, el obispo Novell introduce la cuestión, en una carta dominical, al hilo de lo que dice al respecto el Papa Francisco en la Exhortación Amoris Laetitia.    

Semejante audacia ha ido demasiado lejos a juicio de diversos grupos LGTB, que han pedido poco menos que la expulsión del obispo de la ciudad común, aparte de cubrirle de una retahíla de improperios que van más allá de cuanto debería permitirse una sociedad sana. La presión ha encontrado inmediatamente eco en una parte de los valientes concejales del ayuntamiento de Cervera, municipio incluido en el territorio diocesano de Solsona, de modo que el obispo ha sido declarado “persona non grata”. Es ésta, por cierto, una de las prácticas más repugnantes que contaminan nuestra democracia, porque el poder (en este caso municipal) se arroga la prerrogativa de expulsar moralmente a un ciudadano, y no porque haya cometido ningún crimen, sino porque su posición pública resulta antipática a estos nuevos totalitarios. Desde luego, nuestra calidad democrática deja mucho que desear.

Pero como toda esta montaña de insultos y desprecios a quien ha osado entrar en el debate público respetuosa y razonadamente no parece suficiente, los nuevos bárbaros han decido practicar otro de sus odiosos procedimientos, el llamado “escrache”, que no es sino una forma de acoso violento (literalmente) a una persona, a veces a la puerta de su propia casa. A partir de ahora, veremos por cuánto tiempo, Xavier Novell tendrá que salir de cualquier celebración litúrgica custodiado por la policía (esperemos que al menos esta siga defendiendo el derecho y la civilización) para impedir que la agresión en curso vaya a mayores.        

Todo esto no es nuevo, especialmente para quienes se atreven a desafiar los postulados de la ideología de género. Lo han sufrido ya varios obispos, profesores, médicos, sicólogos, e incluso una persona como Philippe Ariño, que se declara homosexual y a continuación explica su decisión de oponerse al matrimonio entre personas del mismo sexo y de vivir en continencia. La violencia que se ha despachado contra ellos impunemente no ha merecido apenas reproche social, y por supuesto ninguna tutela judicial. Más aún, algunas instituciones han ejercido sanciones contra estos “disidentes” al amparo de una serie de leyes sobre identidad sexual que no pretenden proteger a nadie frente a una supuesta discriminación, sino imponer una visión antropológica y moral desde el poder y acallar cualquier disidencia al respecto.

Está en juego la libertad

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El silencio y las palabras de Benedicto

José Luis Restán

La publicación anticipada de un texto de Benedicto XVI que servirá como postfacio a la próxima edición del libro "La fuerza del silencio", del cardenal Robert Sarah, ha provocado una pequeña tormenta mediática. Algunos comentarios denuncian que el Papa emérito habría abandonado su retiro y bajado del monte para entrar en batalla. ¿Hay materia para este vocerío? Vayamos por partes.

Durante los últimos cuatro años Benedicto XVI se ha dedicado por entero a la oración por la Iglesia desde su retiro en el monasterio Mater Ecclesiae, dentro del recinto vaticano. Sus apariciones públicas han sido excepcionales y sus intervenciones, escasas y bien medidas. Muchas de ellas destinadas a mostrar su obediencia y amistad de corazón hacia su sucesor, el Papa Francisco. En todo caso el estatuto de un papa emérito no está definido en la Iglesia, más bien se está fraguando sobre la marcha. Benedicto dijo que quería vivir como un monje y así lo ha hecho, pero los monjes hablan en no pocas ocasiones. El propio Papa Francisco le ha invitado a dejarse ver y oír con más frecuencia. Hasta ahora nadie había puesto el grito en el cielo por las diversas intervenciones del Papa emérito, aunque algunas han tocado temas cruciales desde el punto de vista teológico y pastoral.

El texto que se ha convertido en piedra de escándalo se enmarca en la reflexión de Joseph Ratzinger sobre la liturgia, uno de los ejes de su trabajo teológico. En este caso se trata de un apunte breve pero enjundioso sobre el valor del silencio, al hilo de la obra del prefecto de la Congregación para el Culto divino y la disciplina de los sacramentos, el cardenal guineano Robert Sarah. Benedicto XVI vuelve sobre un tema que ha abordado con insistencia, por ejemplo en su trilogía sobre Jesús de Nazaret: la competencia histórica y lingüística, ciertamente necesaria, no es suficiente para entender la Escritura. A veces, incluso, se produce un exceso de verborrea que dificulta entrar en su significado. Lo que falta es "entrar en el silencio de Jesús, del cual nace su Palabra".

Dice Benedicto, y a nadie sorprenderá que lo diga, que "el conocimiento especializado puede en última instancia ignorar lo esencial de la Liturgia, si no se funda sobre el hecho de ser una sola cosa con la Iglesia orante, que aprende una y otra vez del propio Señor qué es el verdadero culto". Por cierto, creo que Francisco suscribiría punto por punto lo que ha escrito su predecesor, incluida la severa crítica al charloteo que termina por hacer superficial, e incluso envenenar, tantos ámbitos de la vida de la Iglesia.

El silencio y las palabras de Benedicto

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Las periferias de un cardenal y de un historiador

Antonio R. Rubio Plo

Hace unos días asistí a la presentación del libro Periferias. Crisis y novedades para la Iglesia, del historiador Andrea Riccardi, fundador de la Comunidad de Sant’ Egidio. Tenía el acto un presentador excepcional, el cardenal Carlos Osoro, que se hace eco del deseo del papa Francisco de un cristianismo que salga a las periferias geográficas y existenciales. Riccardi también comparte esa pasión por la periferia, y la puso en práctica en 1968 con la fundación de su Comunidad en la parroquia romana de Santa María del Trastevere. No es casualidad que esta iglesia sea la “parroquia” en la Ciudad Eterna de don Carlos Osoro. Se trata de un templo que es mucho más que un museo de una esplendorosa geografía urbana. Podríamos definirla, sin miedo a exagerar, como la iglesia de la caridad en Roma, donde encuentran acogida refugiados llegados de la otra orilla del Mediterráneo, y toda clase de personas desfavorecidas, sin hogar ni compañía, necesitadas no solo de ayuda económica sino sobre todo de un calor humano tantas veces ausente en una sociedad tan global como individualista.

Había tenido ocasión de leer Periferie, la obra original, el año pasado. Me llamó la atención que fuera un libro de bolsillo, de no muchas páginas aunque bien trabajadas porque son el fruto de toda una vida de dedicación de su autor al encuentro con las periferias geográficas y existenciales. Publicado por una editorial milanesa, Jaca Book, se inserta en una colección de significativo título, Città possibile, una denominación que podría sonar a utopía. Con todo, si la “utopía” es cristiana, auténticamente cristiana, no tiene nada de utopía. Recordemos que Cristo dijo que su reino no es de este mundo (Jn 18,36), y no ha surgido para un escenario social concreto, lo que no significa, en absoluto, desentenderse de todo lo terreno. Antes bien, el cristianismo implica necesariamente renuncia, salida de uno mismo, porque las falsas seguridades, tentadoras para el cristiano en tiempos difíciles como el nuestro, reducen al creyente a vivir en un gueto o una cárcel, con el consuelo de un frágil espiritualismo que no aguantará los embates de la vida.

Periferias, publicado ahora en español (Ed. San Pablo), tiene ahora un tamaño más vistoso que el original italiano. Ha sido “magia” de los editores, como recordaba su autor en la presentación en Madrid, pero quizás sea un toque de atención a unos lectores que quieren que el mensaje les entre por los ojos, aunque también tiene que entrarles por la palabra, y ante todo por la Palabra. La Palabra es muy rica y continuamente sugerente. En concreto, este libro de Riccardi me ha recordado otros anteriores suyos como Dios no tiene miedo (Ed. San Pablo), en el que aparece una cita que lo explica todo porque es una llamada a participar de los mismos sentimientos de Cristo: “Al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados y abatidos como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9, 36). Aquí aparecen resumidos un diagnóstico y un programa de vida, pues es una interpelación que trasciende los límites de nuestros sentimientos y nos invita a actuar no con las propias fuerzas y buenas intenciones sino con el espíritu de Cristo.

Las periferias de un cardenal y de un historiador

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Apuesta alta en El Cairo

José Luis Restán

El Papa Francisco pasará tan sólo veintisiete horas en El Cairo pero está claro que esa escasa duración no es el mejor índice para medir la trascendencia de su visita a Egipto. El país del Nilo es clave para la estabilidad del Medio Oriente y en él radica la mezquita-universidad de Al Azhar, centro de referencia cultural y espiritual para todo el islam suní. Además en Egipto se encuentra la comunidad cristiana más numerosa y activa de toda la región, los coptos, con cuya cabeza, el papa Teodoro II, Roma ha abierto un diálogo prometedor. Y por último, el gobierno del general Al Sisi está comprometido en una profunda reforma de la educación islámica y pretende mejorar la situación civil de los cristianos.

Entre las 14h del viernes y las 17h del sábado próximos, se entrecruzarán en El Cairo muchos hilos fundamentales para este momento histórico. Junto a Francisco estará el Patriarca de Constantinopla, Bartolomé. De nuevo los sucesores de los apóstoles Pedro y Andrés aparecerán unidos, como ya sucedió en la oración ante el Santo Sepulcro y en la isla de Lesbos. Pero en esta ocasión, junto a ellos estará también Teodoro, cabeza de una iglesia que remonta sus orígenes al evangelista san Marcos. Alejandría, Constantinopla y Roma conforman un triángulo de oro que nos hace pensar en la primera edad del cristianismo, cuando la nueva fe del nazareno se extendía por la cuenca del Mediterráneo mediante el testimonio de los mártires y con la sabiduría de los grandes Padres. Hoy es nuevamente tiempo de mártires, como acaban de vivir los coptos el pasado domingo de Ramos; también es tiempo de un nuevo diálogo dramático, en este caso con un islam dividido y en proceso de renovación.

El diálogo entre la Santa sede y Al Azhar es una pieza delicada y esencial en un diálogo largo y lleno de meandros que no puede separarse de las vicisitudes concretas de las comunidades cristianas en Siria, Iraq, Líbano y Tierra Santa, como no puede desligarse de la horrenda explosión del yihadismo en el mundo globalizado. Recientemente estuvo en la gran mezquita-universidad el cardenal Jean Louis Tauran, hombre de extrema confianza de los tres últimos papas, que reúne la autenticidad de la fe, la inteligencia histórica y la sabiduría de la diplomacia, en un cuerpo maltratado por la enfermedad desde hace años. En esta ocasión encabezaba una delegación vaticana que participó en un seminario sobre “Religiones y violencia” con esperanzadoras conclusiones. Al Azhar ha sentenciado ya con toda claridad que no puede existir cobertura religiosa para el asesinato y ha condenado sin ambages la violencia del Daesh.

Ahora se trata de reformular un conjunto de enseñanzas presentes en los libros de texto, y más aún en la mentalidad de quienes las imparten. No sólo eso, se trata de purificar el modo en que los cristianos (y otros creyentes) son presentados muchas veces. La posición del cardenal Tauran ha sido muy clara: no se puede mejorar nuestra convivencia y nuestro entendimiento mutuo mientras se siga esparciendo la idea de que los cristianos son “Kuffar”, “infieles”. Más aún, se trata de avanzar (desde la perspectiva islámica) en un nuevo concepto de ciudadanía, de modo que todas las personas gocen de idénticos derechos, que no pueden estar en función de su pertenencia étnica o religiosa.

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La sangre de los mártires y la ironía cristiana de construir la ciudad

José Luis Restán

La liturgia de la Semana Santa, que acabamos de celebrar, nos ha puesto delante de los ojos el hecho imponente de que la salvación del mundo no acontece mediante la victoria de una justicia o de un poder humano, sino mediante el sufrimiento del Justo, mediante la muerte y resurrección de Jesús. Para los apóstoles, que no andaban sobrados de filosofía, se trataba de algo a la vez sencillo y tremendo, que tuvo que cambiar radicalmente su modo de pensar. Ellos esperaban que el verdadero Reino de Israel fuese restablecido por la fuerza (evidentemente buena y justa) de un Mesías que habría tenido que abatir a sus enemigos en el campo de batalla, y se encontraron con la paradoja de que el Mesías era ejecutado en el infamante palo de la cruz. Así había de ser, como les había advertido el Maestro, y al verle resucitado, en medio de un estupor inenarrable, evidentemente recordaron aquella advertencia, lo cual no quita nada al hecho de que su mentalidad hubo de darse la vuelta como un calcetín.

La historia cristiana que arranca del acontecimiento de la Resurrección ha necesitado volver una y otra vez a este punto central, ciertamente paradójico: es la muerte y resurrección de Cristo la que realiza la única liberación radical, la única salvación personal e histórica verdaderamente sustancial, y ningún esfuerzo por establecer la justicia puede sustituir a ese hecho. Ahora bien, para los cristianos hubo de plantearse inmediatamente cómo moldeaba esta verdad central su forma de estar en el mundo, cómo habían de entender su relación con los diversos poderes de la época y con los ordenamientos de una ciudad de la que nunca quisieron segregarse (como bien revela la famosa Carta a Diogneto) y de la que siempre se han sentido protagonistas en la medida de sus posibilidades.

Dejando a un lado exageraciones unilaterales que siempre fueron adecuadamente corregidas y purificadas, la línea maestra del magisterio y del sentir eclesial fue siempre la de reconocer la autoridad civil constituida y colaborar con ella en cuanto fuera posible. Evidentemente no por instinto de sumisión, sino porque entendía que esa autoridad ocupaba un lugar en el designio de Dios para el hombre. Para los cristianos dicha autoridad nunca fue portadora del sentido de la vida, del bien y de la verdad, y por tanto no se le reconocía un valor sagrado, pero sí un valor relevante para el orden y la convivencia, como formularía de modo transparente San Agustín.

La sangre de los mártires y la ironía cristiana de construir la ciudad

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El Patriarca entre los refugiados musulmanes

José Luis Restán

En medio del caos y de la guerra de todos contra todos en que se ha convertido Oriente Medio se echan en falta iniciativas realistas, constructivas y de largo alcance. No es fácil porque muchas veces predominan los intereses de grupo, los objetivos a corto plazo o la mera reacción dictada por el miedo o la venganza. Por todo eso resulta aún más admirable el liderazgo que ejerce en Iraq (y no sólo entre los cristianos) el Patriarca de los Caldeos, Louis Sako. En él se reúnen el coraje de la fe, la inteligencia de la historia y el valor personal. Y cuando eso sucede, es preciso dar gracias y levantar acta.

El pasado lunes Sako atravesó las puertas del campo de refugiados de Hammam al Halil, apenas a quince minutos de los suburbios de Mosul, donde todavía se libran duros combates entre las fuerzas iraquíes y los yihadistas del Daesh que defienden los últimos reductos del que ha sido su bastión. En este campo malviven 25.000 refugiados musulmanes y el Patriarca ha querido llevar personalmente ayuda para unas 3.000 personas, procedente de una colecta realizada en las semanas precedentes por los católicos iraquíes, que desde luego no viven en el mejor de los mundos. Sólo una autoridad como la de Sako ha podido generar un acontecimiento que aquí, en occidente, seguramente ha pasado inadvertido, pero que tiene una fuerza simbólica impresionante en el mundo oriental.

El Patriarca se entremezcló con los refugiados llevando a la vista su cruz pectoral, y mientras les estrechaba las manos y les entregaba las ayudas, repetía este mensaje: nosotros no somos “kuffar”, es decir, no somos “infieles”, creemos en el mismo Dios y estamos cerca de vosotros, queremos construir juntos el Iraq del futuro, una nación unida en la que sea preservado el mosaico étnico, cultural y religioso que nos han legado las generaciones anteriores. Las escenas se repitieron posteriormente en un segundo campo donde se alojan otras 11.000 personas, también todos musulmanes. Junto a las ayudas para un millar de familias, Sako entregó dinero en efectivo para la compra de medicamentos y de otros artículos de primera necesidad, y les repitió el mismo mensaje de cercanía y solidaridad.

El Patriarca entre los refugiados musulmanes

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El joven Montini y las estrellas

Antonio R. Rubio Plo

Giovanni Maria Vian, director de L'Osservatore Romano, presentó recientemente en España una antología de textos del beato Pablo VI, recogidos en un libro bajo el título “Un hombre como vosotros” (Ed. Cristiandad). Unos son de tipo privado, dirigidos a familiares y amigos, otros corresponden a las etapas de su trabajo en la secretaría de Estado vaticana y en el arzobispado de Milán, y no faltan algunos documentos significativos de su pontificado. Es sabido que el papa Montini es un referente para Francisco, promotor de su beatificación, y es muy posible que en poco tiempo asistamos a su canonización. Pablo VI fue un papa incomprendido en su época, blanco de las críticas de “conservadores” y “progresistas”. Hay quien le consideró una especie de Hamlet, atormentado por la duda y la debilidad, y aún hoy algunos se sorprenden porque Francisco ve en él a un pontífice de la alegría, puesta de manifiesto en la exhortación apostólica Gaudete in Domino (1975). En efecto, Pablo VI transmitía una serenidad gozosa, asentada en la roca de su fe y en la seguridad de aceptar constantemente la voluntad divina. Esta cualidad ya estaba presente en el joven Montini, y la encontramos en una carta a su amigo y compañero de clase Andrea Trebeschi.

La carta está fechada el 30 de noviembre de 1914. La Gran Guerra ha estallado hace unos meses, aunque no hay ecos de ella en la misiva, quizás porque Italia no participaba aún en la contienda. El texto es sencillo, escrito con la confianza de quien se dirige a un amigo muy querido. Transmite nobleza y serenidad, aunque a la vez expresa en pocas palabras los ideales de un auténtico cristiano. ¿Cómo no recordar al leerla el salmo 18, con su mensaje de que los cielos proclaman la gloria de Dios? En la fecha citada estaba empezando una fase de luna llena, que permite contemplar mejor las estrellas. El joven Montini las observa y esa mirada le acerca más a Dios y le transmite una alegría de vivir que recuerda a esa alegría que Cristo prometió a sus discípulos que nadie les arrebataría (Jn 16, 22). Impresiona la sencillez y la cercanía de esta carta a Andrea Trebeschi, un periodista y político italiano muerto en 1945 en el campo de concentración de Mauthausen.

El joven Montini y las estrellas

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Un viento del Este

José Luis Restán

Me viene la tentación de decir que eran de otra pasta. Pero seguramente no es así, estaban hechos de la misma carne y de la misma sangre que nosotros, y profesaron la misma fe de los apóstoles. Sucedió que una circunstancia dramática, una situación límite, puso a prueba los quilates de su fe y permitió que todos contempláramos el espectáculo de su paradójica victoria. Poco a poco van saliendo de escena, apenas si queda ya alguno entre nosotros. Pero su vida ha fecundado la tierra de la Iglesia y muchos nos sentimos hoy en deuda.

El pasado sábado ha fallecido el cardenal Miloslav Vlk, arzobispo emérito de Praga, tras una dura enfermedad que atravesó como todas las demás circunstancias de su agitada vida, como una ocasión para mostrar que todo es diferente cuando has sido alcanzado por el amor de Jesús. Una sociedad aparentemente dura e impermeable frente al testimonio de la fe, como puede parecer a veces la sociedad checa, se ha conmovido acompañando los últimos meses de uno de sus mejores hijos, un hombre que resume en su biografía toda la pasión y las esperanzas de este pueblo.

El año 2005 pude saludarle en un hotel de Praga, donde fue anfitrión de la asamblea de la Conferencia Europea de Radios Cristianas. Pero en realidad yo le conocía tiempo atrás, desde la época en que, junto a otros amigos, rastreaba todas las noticias que llegaban del otro lado del Telón de Acero, encontrando en las historias de aquellos cristianos alimento y acicate para nuestra propia aventura. Eran los años ochenta, los primeros de un Papa llegado del Este que nos reveló la potencia y riqueza de aquellos testimonios para nosotros escondidos. Y entre todos los países comunistas, Checoslovaquia se llevaba la palma a la hora de reprimir cualquier presencia significativa de los cristianos en la plaza, especialmente tras la corta primavera de 1968, cuando pareció que todo podía cambiar.

Aclaremos que la región de Bohemia, en la que nació Miloslav, incuba un resentimiento histórico hacia la Iglesia Católica debido a la forma en que fue combatida la herejía de Jan Hus. No obstante, la primavera de Praga permitió descubrir a gran parte de la población que la Iglesia era un baluarte en la lucha por la libertad. En 1971 la policía ya había fichado al cura Vlk y había calibrado su potencial peligrosidad. Primero le enviaron a una parroquia perdida en las montañas bohemias, hasta retirarle después, en 1978, el permiso para ejercer el sacerdocio. Por ese motivo “el ciudadano Miloslav Vlk” hubo de trasladarse a Praga, donde trabajaba como limpiacristales mientras por la noche ejercía su ministerio clandestinamente, reuniéndose con pequeños grupos de laicos en sus propias casas.

Un viento del Este

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El diapasón de la asamblea episcopal

José Luis Restán

La renovación de cargos en la Conferencia Episcopal Española, que acaba de tener lugar, refleja una lógica continuidad (la Iglesia nunca se mueve mediante saltos ni rupturas) matizada por algunos elementos interesantes para comprender la dinámica histórica en la que se inscribe la presencia y misión de la Iglesia. El principal factor de continuidad es la reelección del cardenal Ricardo Blázquez como presidente para un segundo trienio. Blázquez concita en este momento un amplio consenso entre obispos que pueden tener acentos y sensibilidades diversas. Representa a un tiempo la solidez doctrinal y la cordialidad pública, se le reconoce una trayectoria no exenta de sacrificios gravosos (como su ministerio en Bilbao en años muy duros, marcados por el terror de ETA) y una capacidad de sumar que, ahora mismo, resulta imprescindible. Sus apelaciones a la laicidad positiva consagrada por nuestro texto constitucional, y su advertencia clara y templada sobre las consecuencias de un laicismo agresivo que parece tristemente rebrotar, sintetizan con austeridad castellana la palabra de la Iglesia en este último trienio, que incluye un 2016 marcado por la inestabilidad política y el populismo.

El último trienio de la CEE ha estado marcado por el cansancio que había provocado un modo de presencia pública que vino exigido por la pleamar del zapaterismo. Las valoraciones pueden ser diversas y aun contradictorias, pero es un hecho que una mayoría episcopal reclamaba una especie de pausa, un replanteamiento de las formas y un redimensionamiento de las insistencias, en línea también con las sugerencias del papa Francisco. Por otra parte, batallas de muy hondo calado social y ético como las del aborto, el matrimonio homosexual o Educación para la Ciudadanía, requerían ya un nuevo planteamiento, una vez que las respectivas legislaciones están asentadas. Además, el fuerte impacto social de la crisis económica unido a la cuestión creciente de la inmigración y posteriormente de los refugiados reclamaban una renovada atención eclesial, no sólo en el plano de la acción (que jamás ha faltado) sino también en el discurso público. A eso vino a responder la Instrucción Pastoral “Iglesia servidora de los pobres”, que en absoluto ha representado una ruptura pero sí un acento propio de la implicación histórica de la Iglesia.

El nuevo periodo que ahora se abre sigue marcado en buena medida por estas claves, pero el tiempo histórico corre de prisa y los obispos entienden que las coordenadas de 2017 no son exactamente las mismas que las de 2014. Quizás eso explique la relativa “sorpresa” de que hayan llamado de nuevo al cardenal Antonio Cañizares a ocupar la vicepresidencia. Y es que Cañizares ha representado la necesidad de alzar la voz en defensa de libertades fundamentales, no solo de los católicos, frente a una prepotencia y una intolerancia redivivas. El acoso a la escuela concertada y a los símbolos católicos en el ámbito de la comunidad y el ayuntamiento valencianos ha movido al arzobispo de aquella sede a levantar la voz, y consecuentemente a sufrir acoso social y político. Pero algo similar, aunque con envoltorio más blando, sucede en otras Comunidades Autónomas, donde gobiernos de izquierda y derecha imponen la ideología de género a través de la escuela y del discurso oficial, amenazando con sanciones que constituyen un grave peligro para la libertad.

El diapasón de la asamblea episcopal

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Una sorpresa numérica

José Luis Restán

No es uno de tantos barómetros de opinión, ni una encuesta como la famosa EPA que define el trascendental mapa del empleo en España. Es una contabilidad minuciosa de las Declaraciones de la Renta presentadas en 2016 y revela que casi el 35% llevaban estampada la X en la casilla correspondiente a la Iglesia Católica. Eso significa que nueve millones de contribuyentes han apostado por esa realidad que muchos dibujan como un dinosaurio. Han decidido libre y voluntariamente que una parte (pequeña, desde luego) de sus impuestos se dedique a sostener sus actividades. En definitiva, han querido dar oxígeno a una labor tantas veces caricaturizada desde los medios.

Puede resultar una sorpresa, incluso para los mejor dispuestos. Más aún si pensamos que en los últimos diez años el apoyo expresado a la Iglesia a través de este gesto (tan frío, tan personal, tan supuestamente desapasionado) ha crecido de manera sostenida. Naturalmente, se puede y se debe argumentar el renovado esfuerzo de modernización y transparencia que ha desplegado la Iglesia en España a la hora de gestionar sus fondos y a la hora de solicitarlos a cada ciudadano. Todo eso, sin duda, ha ayudado, pero no es suficiente para explicar la aparente contradicción.

Nos hartamos de decir, no sin razón, que la secularización en España ha sido un movimiento vertiginoso, constantemente acelerado. Unos festejan, y otros deploran, la supuesta irrelevancia de la Iglesia en cuanto a la generación de cultura, y hasta se hacen bromas sobre la distancia afectiva y efectiva de la mayoría de los españoles respecto a su propuesta moral. Por otra parte, la lluvia ácida que ha sufrido la comunidad católica desde los principales medios y centros de cultura no puede dejar de afectar a su imagen pública. “E pur si muove”, que diría el clásico.

Los resultados de la Asignación Tributaria no contradicen otros parámetros sociológicos que ponderan la condición de minoría del catolicismo consciente y comprometido en nuestro país, pero sí nos ayudan a entender que la realidad es más compleja de lo que manifiestan algunos esquemas simplistas. Tampoco relativizan las notorias debilidades del cuerpo eclesial: su escaso pulso misionero, la tendencia individualista de sus miembros, la falta de densidad cultural y la dificultad para articular un diálogo crítico. Todo eso no deja de ser una verdad dolorosa y acuciante por el hecho de que un 35% de las declaraciones de la renta apoyen la actividad de la Iglesia.

Una sorpresa numérica

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