Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
4 DICIEMBRE 2016

Entre muchas confusiones y unas pocas conclusiones surcan estas reflexiones

La carne tras el concepto

Funcionamos así. Oímos a diario, una y otra vez, que hay sufrimiento en el mundo. Sabemos que hay personas llamando a nuestras puertas, trepando por nuestras vallas, lanzándose a los mares que bañan nuestras costas, para optar a una mínima parte de lo que nosotros vivimos como cotidiano. Lo sabemos, y lo asumimos, adoptando en mayor o menor medida discursos de justificación. Y es entonces cuando una imagen nos abofetea y nos obliga a caer en la cuenta de lo terriblemente encarnada que es la realidad que hemos intentado atrapar en nuestros conceptos. Ante la visión de un pequeño cuerpo inerte en una playa, de un niño que podría estar jugando en cualquiera de nuestros parques ajeno a todo el horror del mundo, muchos cambian sus discursos. Y donde antes había recelos, ahora parece haber aperturas de brazos.

Pero la maquinaria sigue funcionando. Los conceptos se hacen carne, la carne muere, y esa muerte acaba siendo de nuevo transformada en concepto, en imagen de propaganda. Y ese dolor con el que hemos tomado contacto no ha llegado a traspasar nuestra carne, sino, simplemente, nos ha rozado por un momento. Ha llegado a la fibra sensibe, pero tal vez su camino no se ha completado: no ha alcanzado la fibra vital. Nos ha hecho sentir lástima, pero tal vez no compasión. Ha podido conmovernos, pero tal vez no ha llegado a movernos.

Para esta reflexión no he tomado la fotografía del pequeño Aylan muerto en la playa, que probablemente ustedes han visto ya demasiadas veces. He optado por una imagen que cualquiera con una mínima cultura cristiana podrá reconocer: la prueba de Santo Tomás, el apóstol que, ante la noticia de la Resurrección de Jesús, dijo aquello de «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.». Es un ejemplo paradigmático del «si no lo veo, no lo creo», o, más aún, «si no lo toco, no lo creo». Una muestra de cómo tantas veces no nos basta con lo que oímos y exigimos tomar contacto con esa carne que hay detrás del concepto.

La carne tras el concepto

Palabras manoseadas. Hoy: 'compasión'

La palabra con la que rescato del letargo este rinconcillo mío en la red es, desde el punto de vista etimológico, bastante transparente: tenemos, por un lado, la preposición «con», que indica compañía, y, por otro, «pasión». ¿Y qué es pasión? Mucho me temo que estamos ante otra palabra manoseada. Hemos vaciado de significados «pasión», y lo mismo ha ocurrido con «compasión», de manera que ya, más que hermanas, las hemos convertido en antónimas.

Y es que al hablar de pasión, lo que nos viene a la mente suele estar relacionado con el individualismo más exacerbado, lo irracional, lo primario, los impulsos y apetitos, y generalmente encontramos el término vinculando con lo erótico. Visto así, no queda lugar para ningún «con-»:las pasiones son sufridas o gozadas por cada uno, en su fuero más interno, y chocan con las pasiones ajenas, a veces a modo de encuentro, y a veces a modo de desencuentro y de conflicto. Pero, tras el choque, cada cual sigue su camino con sus pasiones.

Ante este panorama, su palabra hermana, o mejor dicho, hija, queda también vaciada: cuando oímos «compasión», generalmente la tenemos por sinónimo de «lástima». Y una palabra que lleva en sí misma la alusión a la comunión vuelve a ser reducida a un mero sentimiento individual y momentáneo.

La compasión es ni más ni menos que «padecer con». Hacer propio el sufrimiento del otro, su padecer, su «pasión». Por evitar las connotaciones negativas con las que hemos cargado al término, hoy preferimos hablar de «empatía». En cualquier caso, algo que resulta complicado en medio de la «globalización de la indiferencia»,tal y como ha denunciado recientemente el Papa Francisco.

En estos días hablamos de otra Pasión, esta con mayúscula, «por antonomasia», como afirma el Diccionario de la RAE. En estos días se derraman lágrimas o se guarda reverencial silencio contemplando al que padece por todos nosotros, seamos o no conscientes de ello. Aparecen sentimientos que mueven a la compasión. No debemos obviar, sin embargo, que hay una compasión primera, previa a la Pasión: Jesús padece de forma voluntaria porque se compadece del dolor y la miseria humana. Nosotros, que padecemos tantas veces, de forma involuntaria o no, estamos llamados a esa misma compasión.

Estos días habremos contemplado la Pasión como meros espectadores si no buscamos salir de ellos pidiendo ser transformados y «contagiados» por esa compasión de la que brota el acontecimiento que celebramos. Solo de esta manera, sufriendo con en que sufre, haciéndonos cargo del otro, abrazando los dolores y alegrías que salen a nuestro encuentro, podremos llevar esperanza en medio de este mundo enfermo de indiferencia

Palabras manoseadas. Hoy: 'compasión'

#HazteElSanto

(continuación de #NoTeHagasElMuerto)

Sin embargo, hay cosas de esta oleada de «anti-Halloweens» que me causan reparos. Sin dejar de reconocer lo valiosas que resultan estas iniciativas (yo misma voy a participar en una de ellas), hay una serie de aspectos que creo que merecen, al menos, una pequeña reflexión.

En primer lugar, encuentro un problema en plantearlo como un contraataque al Halloween que celebra la mayoría de la gente. Cierto es que tenemos el deber de combatir el mal, las tinieblas y la ignorancia que a veces les antecede. Pero el NO rotundo debe ser propiciado por un SÍ mucho más grande. No vale ser «anti-todo», porque si te defines como aquello a lo que te opones en realidad estás necesitándolo para establecer tu identidad. Y la luz no necesita las tinieblas, aunque en medio de ellas se haga visible con mayor intensidad.

Y aquí viene mi segunda observación: parece que hemos tenido que esperar a que la perversión de una de nuestras fiestas sea generalizada para ponernos a defenderla furibundamente.  Y manda narices que esto sea así. Porque los católicos tenemos fiestas alucinantes que celebrar, y conmemorando acontecimientos verdaderamente grandes. Sin embargo, a veces las pasamos como si no significasen nada, o como tradición anquilosada, y nos olvidamos del Tercer Mandamiento y de todo lo que implica. Ahora que todo el mundo celebra Halloween, nosotros nos sentimos impelidos a manifestar a todos que lo que nosotros celebramos es a Todos los Santos. Sin embargo, ¿manifestamos con la misma contundencia cuando tiene lugar la reina de nuestras fiestas, la Pascua, y el resto del mundo está lamentando el fin de las vacaciones y la lluvia de las procesiones o festejando frívolamente la llegada de la primavera? Parece que solo nos molesta cuando nuestras fiestas las destruyen otros. Pero no nos damos cuenta de que nosotros mismos estamos silenciando, con nuestra indiferencia y falta de alegría, lo más grande que hemos de celebrar.

Y luego está lo de vestir a los niños de santos. Claro, como en la contrafiesta la gente se disfraza, hagamos lo mismo, versionado, en nuestra contra-contrafiesta. Soy la primera a la que le encanta disfrazarse. Pero si lo planteamos todo como un contra-contraataque, tenemos las de perder. Los niños, admitámoslo, encuentran más divertido ir de vampiros, brujas y zombies. Lo han visto en las películas desde que tienen uso de razón.

Porque, además, ¿qué es vestirse de santo? Aparte de Jesús, María, José y algún otro que resulte claramente identificable, disfrazarse de santo es viene siendo vestirse de cura, monja, fraile, obispo o galileo del siglo I. No sé si a los niños les resultará atractivo. Y no niego que sea algo muy educativo: a la vez que disfrazas a la chiquilla de Santa Teresa, le vas explicando quién es, le recitas algún poema suyo... Puede estar bien si se hace bien. Pero, ¿estamos seguros de que ese es el concepto de santidad que queremos transmitirles? Me refiero a convertir al santo en un personaje arquetípico, como ha ocurrido con la bruja o el vampiro. Un personaje presente en el inconsciente colectivo, pero ficticio. Además, lo convertimos en un arquetipo cuyos ropajes coinciden con los de religiosos y religiosas y con los de personas de épocas pasadas. Acabamos identificando santidad con estado de vida y, aunque no queramos, lo mostramos como algo ajeno. ¿Acaso no nos cansamos de decir que la santidad es algo cercano, cotidiano, para todos, que no es algo del pasado ni exclusivo de curas y monjas?

Los niños ya van vestidos de santos todos los días. Y ustedes, y yo. Se nos revistió de santidad el día de nuestro bautismo, y, aunque a veces manchemos ese precioso vestido, lo cierto es que con esta pinta, en este lugar y en este tiempo es en el que tenemos que recorrer nuestro camino de santidad. Como tantos otros, de los cuales no nos podríamos disfrazar, porque visten igual que nosotros y caminan a nuestro lado.

#HazteElSanto

Sin embargo, hay cosas de esta oleada de «anti-Halloweens» que me causan reparos. Sin dejar de reconocer lo valiosas que resultan estas iniciativas (yo misma voy a participar en una de ellas), hay una serie de aspectos que creo que merecen, al menos, una pequeña reflexión.

#NoTeHagasElMuerto

Un año más, llegó el día de Todos los Santos. Para muchos (por desgracia, cada vez más), el día que va después de Halloween. Y es que celebrar la noche del 31 de octubre disfrazándose y decorándolo todo con motivos terroríficos es algo que se ha instalado entre las costumbres de nuestros contemporáneos, hasta el punto de eclipsar muchas otras otras tradiciones. Las películas y series estadounidenses, la mercadotecnia (o marketing, como el respetable guste) y las clases de inglés del colegio han conseguido lo que las familias y el entorno inmediato dejaron de hacer hace tiempo: configurar el calendario mental de las nuevas generaciones. Y del mismo modo que cada vez es menos frecuente disfrazarse en Carnaval, cada vez lo es más hacerlo en Halloween, a pesar de que la cosa dure menos y la temática de los disfraces sea más restringida y monótona.
Mucha gente se aventura a establecer los orígenes de esta fiesta, y la verdad es que no sé quién tiene razón. Puede que en origen tuviera que ver con alguna conmemoración antigua de la llegada de los días oscuros, esto es, la llegada del otoño (o el final del verano, aquel que nuestros padres conmemoraban con la canción del Dúo Dinámico). Los cambios de estación siempre han tenido importancia en las manifestaciones de religiosidad natural. Pero hoy todo esto ha cambiado mucho y la llegada del otoño no nos suele parecer un motivo para festejar (aunque este esté siendo tan extrañamente caluroso). Lo que ha quedado es un batiburrillo de paganismo, noche de brujas y difuntos, y todo ello, en apariencia, exclusivamente al servicio de la juerga (que eso sí es muy español). Y digo en apariencia, porque también hay algún locatis suelto por ahí que se toma lo de esta noche como muy en serio, se van a cementerios y acaban burlándose de lo más sagrado. Y eso sí que no puede ser. Y como esta fiesta, en apariencia inocente, da ocasión a este tipo de estupideces, es necesario no estimular más su celebración.
Como respuesta a esto, comunidades católicas de todo el mundo han dedicado esta noche a realizar iniciativas de evangelización y oración, que en muchos sitios han llamado «Holywins», en un juego de palabras que transforma el vocablo «Halloween» para resaltar el triunfo de la santidad, que es lo que inicialmente veníamos celebrando ese día. Me parece una iniciativa bella, ¿qué mejor manera de celebrar la satidad que dando testimonio por las calles y orando?

#NoTeHagasElMuerto

Adán y Eva (II)

(aquí puedes leer la primera parte)

Y es que la confianza inicial se había roto y, con ella, esa mirada de amor y veneración hacia la otra persona, tanto en sus cualidades interiores como en su cuerpo. Y es aquí donde entra en juego el pudor: se trata de un natural mecanismo de protección ante el deseo de posesión y dominio del otro. La desnudez, física o afectiva, nos hace vulnerables. Si estoy desnuda en mi casa y anda por ahí mi mascota, no sentiré pudor, porque sé que el animal no tendrá esa mirada de dominio sobre mí. Pero entre personas, esa posibilidad es tristemente frecuente.

¿Y a qué viene que os cuente ahora todo esto? Mi intención es que nos hagamos una ligera idea de la riqueza de significados que posee la desnudez primigenia, la de Adán y Eva, la del hombre y la mujer recién salidos de las manos del Creador. Y que, después de habernos asomado un poco a este misterio, caigamos en la cuenta de lo burdos y estúpidos que resultan ciertos empleos comerciales de esto mismo.

Me refiero ahora al programa de telerrealidad (o reality, para quienes tienen pereza de decirlo en castellano) que ha escandalizado al país y del que solo he tenido noticia a través de los temas de momento (trending topics) de Twitter. No sé nada acerca de la dinámica del concurso o lo que quiera que sea. Solo sé que han tenido la jeta de llamarlo Adán y Eva, y que los participantes andan desnudos por una isla buscando pareja (de cópula, supongo, pues con semejante carta de presentación no creo que se pretenda ni se pueda aspirar a más). Otra vuelta de tuerca dentro del mundo de los experimentos televisivos, de los cuales no sabríamos determinar si son síntoma o causa de la sociedad en que vivimos actualmente. Probablemente sea un poco las dos cosas, un círculo vicioso (qué término tan apropiado) que configura la mentalidad colectiva y la perpetúa. Este programa es solo una muestra. Afortunadamente, los comentarios que he leído en la red social han sido más de rechazo que de aprobación. Pero esto no significaría mucho si, a pesar del rechazo, se sigue visualizando el contenido que es objeto de nuestra crítica.

Y al final, nos guste o no, estaremos perpetuando esta visión del ser humano, de su cuerpo y de su intimidad, que tanto denostamos y tan poco deseamos para nosotros mismos: como objeto de consumo, como mercancía, como objetivo de dominio y posesión. En fin, como todo lo contrario a esa primera desnudez de la que se nos habla en el Génesis, la de Adán y Eva, la del niño inocente, la que propicia la confianza y solo posibilita el Amor.

Adán y Eva (II)

Adán y Eva (I)

Cuenta el Génesis que, en el inicio de los tiempos, creó Yahvé Dios al hombre y a la mujer a partir del barro de la tierra. Conocemos a estos dos primeros seres como Adán y Eva. Estos nombres han llegado a nosotros como eso, simples nombres, pero en su origen etimológico hacían referencia a ese mismo origen. Y lejos de ser una imagen cualquiera, algo tosco propio de una sociedad primitiva, es una preciosa metáfora asumida por quien sabe que su ser es contingente, que no se ha dado a sí mismo la existencia y que procede de lo más sencillo y bajo, a lo que ha de regresar. Su materia prima es el humus, y por ello llamamos humilde a quien reconoce esto.

Adán y Eva, pues, son esos primeros seres con capacidad para pensar, sentir, imaginar, crear, amar y muchas cosas más, y todo ello a la vez. Y, en relación con esa naturaleza inicial, les atribuimos muchas cualidades y características que los humanos actuales hemos perdido. La más visible de todas ellas, y la que ha quedado en mayor medida en el imaginario colectivo, es una: iban desnudos.

Bien, llegados a este punto de nuestro recorrido, pueden bajarse, si lo desean, aquellos que entre risotadas murmuran: «tetas, culos...» y cosas similares. Pueden dar media vuelta y volver a sintonizar su programa de TV favorito, que presumiblemente formará parte de la parrilla de esa cadena cuyo número es mayor de 4 y menor que 6.

Prosigamos, pues: Adán y Eva iban desnudos. Algunos relacionarán esto con una especie de naturismo primigenio. Lo asociarán con la escasez de atuendo de ciertas sociedades primitivas. Y lamentarán el hecho de que la sociedad y la cultura hayan «impuesto» la necesidad de llevar ropas. Quienes sostengan este argumentario probablemente lo acompañarán de una crítica a los parámetros morales que han imperado en nuestras sociedades, y considerarán que el pudor es un constructo de los mismos.

Volvamos un momento a nuestros primeros padres. Iban, nunca mejor dicho, «como Dios los trajo al mundo». Pero esto no era sino una más de las muchas cualidades que formaban el estado de inocencia primigenia. No necesitaban cubrirse el uno ante el otro, porque donde no hay amenaza no se necesita protección. Pero, tras comer de la manzana que no era una manzana (algún día puede que hablemos de este fruto), nos cuentan que se percataron de su desnudez, sintieron vergüenza y buscaron el modo de taparse.

(Continuará...)

Adán y Eva (I)

Machismo, bipartidismo... y más de lo mismo

Hace unos días tuvo lugar el debate entre los dos principales candidatos  de nuestro país para las Elecciones al Parlamento Europeo del pŕoximo  domingo. Al día siguiente, el candidato del Partido Popular, Miguel  Arias Cañete, afirmó que se había contenido mucho en su discurso porque  mostrar «superioridad intelectual» frente a una mujer habría sido  claramente tachado de machismo. Vaya, que don Miguel concibió el debate  como una guerra entre Alemania y Liechtenstein, como una pelea entre Vin  Diesel y Peter la Anguila, como una partida de ajedrez entre Kasparov y  Belén Esteban, o como un duelo interpretativo entre Luis Tosar y Mario Casas. Desigual a todas luces. Vamos, que Cañete pensaba que se comería con patatas a Valenciano y aún se quedaría con hambre.

Ahora en candidato del Partido Popular ha pedido disculpas. Se ha hecho de rogar seis días (una eternidad, en plena campaña), pero el tema ya ha acaparado el debate político el tiempo suficiente como para sacar las cosas de quicio. Cañete dio por hecho que las tenía todas consigo, pero que algo jugaba en su contra: la sobreprotección que, presuntamente, se ejerce sobre una mujer cuando esta está compitiendo con un hombre en desigualdad de condiciones. Imaginemos por un momento que la situación hubiera sido al revés, y Valenciano (que tampoco es el paradigma del respeto y la consideración) hubiera dicho al día siguiente que no estuvo muy fina porque le daba reparo acorralar dialécticamente a un señor mayor. ¿Habría sido tachada de gerontófoba (término que no se emplea nunca, aunque nuestra sociedad lo es cada vez más)? Probablemente, no. Aunque en campaña ya se sabe que todo vale, o eso parece.

Lo cierto es que fue un debate desigual, pero no porque uno fuese abogado del Estado y la otra no haya terminado la licenciatura, como se ha dicho por ahí con muy mala leche. No. Era desigual porque son dos personas totalmente distintas. El error no está tanto en las palabras de uno o de otro. Está en hacer un «cara a cara» con ellos dos, haciendo de la oposición entre ambos el centro del debate político actual. ¿Se juegan algo el uno contra el otro? Ese es el problema: que sí, que hemos convertido algo que debe ser de todos en cosa de dos (curiosamente, también hemos convertido lo que ha de ser cosa de dos en asunto de todos, pero ese es otro tema). Cuanto más se tiran los trastos a la cabeza, más convierten en una batalla personal lo que ha de ser un asunto social (del mismo modo que pretendemos que asuntos naturalmente sociales se reduzcan a lo meramente personal). Y cuanto más enfrascados están en sus batallas personales, menos estarán haciendo aquello para lo que se supone que son elegidos. Y, lo que es más importante, cuanto más entremos los ciudadanos en esas batallas del «nosotros contra vosotros» y del «y tú más», más estaremos olvidando que lo que se juega no es un partido de fútbol entre equipos de diferentes colores, y que los protagonistas debemos ser nosotros, no solo ellos. Y que mientras sigamos votando en contra de Fulanito o de Menganita, y menos a favor de lo que consideremos mejor para todos, estaremos perpetundo los males que hoy nos aquejan como sociedad.

Machismo, bipartidismo... y más de lo mismo

La escuela que libera

Comienza la etapa de solicitar colegio para los más pequeños de la casa. Algunos papás y mamás preocupados andarán mirando en foros, ránkings y demás sitios qué colegio es el más adecuado para que sus pequeños crezcan en sabiduría y en gracia, o por lo menos no se pierdan en el intento. Y yo, que últimamente pienso en este tema más de lo habitual por experiencias recientes, quiero tomar prestadas unas geniales palabras del escritor Daniel Pennac, que me sirven para hacer un acercamiento al porqué de mi defensa de la escuela pública, tristemente denostada por algunos sectores ideológicos.

En su libro autobiográfico Mal de escuela, Pennac explica que él, de niño, era tenido por todos como un zoquete que nunca llegaría a nada, y fue gracias a algunos maestros que creyeron en él, que finalmente llegó a terminar los estudios básicos, llegó a la universidad, se convirtió en maestro y, posteriormente, en escritor. Todo un cambio de rumbo, una bofetada a los que miran con tristeza a los alumnos «negados» y piensan en el «gasto» que supone su formación.

Pues bien, indagando en las posibles razones de su temprana incapacidad, comenta lo siguiente:

Tampoco puede obtenerse una explicación a partir de la historia familiar. Es una progresión social en tres generaciones gracias a la escuela laica, gratuita y obligatoria, un ascenso republicano, en suma, una victoria a la Jules Ferry... Otro Jules, el tío de mi padre, el Tío, Jules Pennacchioni, condujo hasta el certificado de estudios a los niños de Guargualé y PilaCanale, los pueblos corsos de la familia; se le deben generaciones de maestros, de carteros, de gendarmes y demás funcionarios de la Francia colonial o metropolitana... (tal vez también algunos bandidos, pero los habría convertido en lectores). El Tío, según dicen, obligaba a hacer dictados y ejercicios de cálculo a todo el mundo y en cualquier circunstancia; se dice también que era capaz de raptar a los niños obligados por sus padres a hacer novillos durante la recolección de las castañas. Los capturaba en el monte, se los llevaba a casa y avisaba al padre esclavista:

—Te devolveré a tu muchacho cuando tenga el certificado.

Si es una leyenda, me gusta. No creo que pueda concebirse de otro modo el oficio de maestro. Todo lo malo que se dice de la escuela nos oculta el número de niños que ha salvado de las taras, los prejuicios, la altivez, la ignorancia, la estupidez, la codicia, la inmovilidad o el fatalismo de las familias.

Así era el Tío.

La escuela que libera

Dios ha muerto

Hoy, Sábado Santo, una de las lecturas que encuentro más recomendables es El sábado de la historia, libro en el que se combinan unas reflexiones de Joseph Ratzinger (nuestro querido Papa emérito Benedicto XVI) y la obra pictórica del estadounidense William Congdom. Las palabras que he encontrado en las páginas que he leído han sido tan certeras, tan reflejo de lo que nos ocurre, que he querido compartiros algunos fragmentos que sirvan para la reflexión. Solo me hago eco de ello, comparto estas pequeñas gotas de verdad, pero, por supuesto, nada mejor que conseguir el texto entero y detenerse en todo él.

«El misterio terrible del Sábado Santo ha adquirido en nuestro tiempo una realidad aplastante. Ya que esto es el Sábado Santo: día de la ocultación de Dios, día de esa paradoja inaudita que nosotros expresamos en el Credo con las palabras "descendió a los infiernos", descendió dentro del misterio de la muerte».

«¿No es este, de una manera impresionante, nuestro día? ¿No comienza nuestro siglo a ser un gran Sábado Santo, día de la ausencia de Dios, en el que hasta los discípulos tienen un vacío helador en el corazón?».

«Dios ha muerto y nosotros lo hemos matado, recluyéndolo en la concha rancia de nuestros pensamientos habituales, exiliándolo a una forma de piedad sin contenido de realidad y perdida en el giro de las frases devocionales o de las preciosidades arqueológicas; nosotros lo hemos matado a través de la ambigüedad de nuestra vida, que ha extendido un velo de oscuridad también sobre él».

«La imagen que (los discípulos) se habían formado de Dios, en la que habían tratado de encerrarlo, debía ser destruida para que ellos, a través de los escombros de la casa derruida, pudieran ver el cielo, a él mismo».

«La Iglesia, la fe, ¿no se asemejan a una pequeña barca que parece naufragar, que lucha inútilmente contra las olas y el viento, mientras Dios está ausente? [...] Cuando la tempestad pase nos daremos cuenta en qué medida nuestra poca fe estaba cargada de insensatez».

Finaliza Ratzinger su meditación con una preciosa oración de un párrafo entero, que termina así:

«No permitas que tu palabra se pierda en el gran derroche de palabras de estos tiempos. Señor, danos tu ayuda, porque sin ti naufragaremos».

Dios ha muerto

Ecce homo

Volvió a salir Pilato y les dijo: «Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en él.» Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: «Aquí tenéis al hombre» Jn. 19, 4-5

Este «aquí tenéis al hombre» es, en la versión latina, ese ecce homo, término que ha pasado a designar tradicionalmente a la imagen torturada y desfigurada de Cristo, y que en tiempos recientes ha vuelto a estar de actualidad (y también por una imagen desfigurada).

Dos simples palabras, que tal vez fueron pronunciadas por rutina jurídica o por no encontrarse otras mejores para tan tremenda situación y que, sin embargo, pueden decir mucho. Yo, al menos, encuentro tras ellas cuatro posibles mensajes:

  • Aquí tenéis al hombre. La primera, la más obvia: aquí tenéis a aquel a quien me habéis entregado para que lleve a la muerte; aquí tenéis al hombre que tanta aversión y terror os causa, al hombre cuya sangre habéis querido verter; aquí lo tenéis, tal y como queríais... Tal vez Pilato pensó que esta visión disuaría a la multitud condenatoria. Pero no fue así.
  • Aquí tenéis lo que es el hombre. A esto puede ser reducido. Sin grandezas, sin hermosuras, apenas sin piel. La mínima expresión de lo que puede ser reconocido como humano, pues a veces lo que se tiende a identificar como humano no es sino capa que cubre la nada.
  • Aquí tenéis de lo que es capaz el hombre. A esto habéis llegado. De esto es capaz la humanidad. Vosotros, que lo condenáis, y los millones que vendrán después, con todas sus masacres, sus crímenes, sus injusticias. Todo ello reflejado en este rostro.
  • Aquí tenéis al Hombre. Este es el verdadero rostro del ser humano: el que se entrega hasta el extremo por amor. El verdadero sentido del hombre, descifrado en el rostro de Cristo. Aquí tenéis aquello que os ha de definir, a Aquel que os ha de definir.

Probablemente cada uno haya encontrado muchos más significados en esas palabras, como en cada palabra, gesto e imagen de los que recorremos durante estos días santos.

Ecce homo

¡Qué papelón!

Ayer, 19 de marzo, celebrábamos el día de San José: día del Padre y día del Seminario. José, esposo de María, la Madre del Señor. Situémonos por un momento en el momento en el que José supo el plan que  estaba reservado para él... debió quedarse ojiplático: ¡qué papelón  tenía encima! Se encontró con que, de repente, tenía como labor custodiar la vida del Salvador y de su Madre, cuidarlo como cualquier  padre cuida a su hijo, trabajar para alimentarlo y darle su sencillo ejemplo. Dios contaba con él para crecer como hombre. Casi nada. Y José se fió. No sé lo que se le pasó por la cabeza, pero se acabó fiando. Podría haber pensado mil cosas, y no me refiero a sospechar de María. Podría haberse dicho a sí mismo que quién era él para que se le encomendara semejante tarea; podría haber antepuesto sus inseguridades a la confianza. También podría haber pensado que aquello no entraba en sus planes. Quizá, que estaba muy ocupado como para hacer caso a esas cosas... y entonces habría puesto todas sus ocupaciones por encima de Dios. O podría haber pensado "ya mañana, si eso, me ocuparé": su pereza habría estado por delante.

No, no es que me guste imaginar  futuribles con José como protagonista. A donde quiero llegar es que nosotros también tenemos "papelones" en nuestra vida, también se nos ha confiado algo; lo de José y María fue único y excepcional en la historia humana, pero ninguno hemos venido a transformar oxígeno en CO2 y comida en excremento, sobrevivir lo mejor posible y luego pudrirnos mientras alimentamos a otros bichos. No. Dios cuenta contigo y conmigo. Tenemos un papel protagonista, pero tendemos a acomodarnos en nuestras  inseguridades («qué voy a hacer yo, quién soy yo»), nuestras perezas  («hoy no, mañaaana»), nuestros muchos afanes («qué mal me pilla todo») y mil cosas más, y nos acabamos conformando con ser secundarios o extras. Y todo por no asumir aquello tan grande a lo que estamos llamados.

José podría haberse perdido en esas cosas, pero confió. En su día, felicitamos a los padres, a los que se les ha confiado custodiar una vida humana (o varias), con todo lo que ella conlleva. También ponemos los ojos en el Seminario, donde esos chicos han aceptado, a pesar de todas sus imperfecciones, que Dios quiera contar con ellos para hacerse presente entre los hombres, y quiera valerse de sus manos para hacerse Eucaristía, para perdonar, para dar su Espíritu a los nuevos bautizados y, para, en resumen, manifestar su amor hacia el mundo.

Fiarse... ¡qué difícil, y qué necesario!

¡Qué papelón!

Avance en primicia

En Antena 3 y La Sexta, dos de las cadenas de TV que más se ven en mi  casa, llevan toda la semana repitiendo una y otra vez que hoy, domingo,  ofrecerían en exclusiva mundial los 10 primeros minutos de la nueva  película del Capitán América.

Y es que a  las personas nos atraen las cosas «en exclusiva», que hacen que nos  sintamos especiales de algún modo. Y nos atraen los avances, las  primicias, las novedades. A veces hasta tal punto que parece que el  valor de las cosas se mide en función de su novedad. Un ejemplo muy  claro de esto son los trailers de las pelíclas que se estrenan en los  cines, que en muchas ocasiones superan en espectacularidad e intensidad a  la propia película. Bien mirado, toda nuestra sociedad, y en particular  la publicidad y los medios que nos rodean, se basan en crear  espectativas. Y, la verdad, que estas abran la puerta a algo verdadero o  a un engaño en toda regla resulta algo bastante secundario.

El otro día, hablándoles a los chavales en catequesis del misterio que celebramos hoy, la Transfiguración de Jesús, me vino a la mente una comparación bastante cutre que espero que, al menos les sirviera para hacerse una pequeña idea del asunto. Es complicado exponer (que no explicar) estos misterios cuando a veces hasta lo más básico es incomprendido u olvidado de forma casi inmediata. Así que saqué a colación de los los 10 primeros minutos del Capitán América. Un anticipo de lo que está por llegar con el estreno de la película (el día de mi cumpleaños, por cierto).

Bien, pues digamos que Jesús ofreció a sus amigos un «avance en primicia» del Cielo.

No sabemos si por 10 minutos o por 10 segundos. En ese momento dejó de existir el tiempo, y Pedro dijo, con razón, aquello de «¡Qué bien se está aquí!». Y, en medio de todo aquello, el anuncio de lo que había de venir, tremendo y doloroso, seguido de un «¡no temáis!». Quel avance en primicia no era para crear expectativas falsas. Era para que, aun sabiendo lo que habría de venir después, se mantuviera una esperanza cierta y fiable.

«En aquella transfiguración se trataba sobre todo de alejar de los  corazones de los discípulos el escándalo de la cruz, y evitar así que la  humillación de la pasión voluntaria conturbara la fe de aquellos a  quienes se había revelado la excelencia de la dignidad escondida», S. León Magno.

Avance en primicia

Te quiero libre... y responsable

Volvemos a estar a vueltas con el tema del aborto. A muchos les gustaría que este tema hubiese dejado de ser motivo de debate hace tiempo, por haber llegado a ser algo totalmente normalizado y aceptado, pero me temo que eso es altamente improbable, pues todo lo que afecta a lo más esencial de la vida humana estará siempre entre nuestras cuestiones perennes.

Sin embargo, intereses de un lado y de otro se empeñan en apartar del centro lo verdaderamente esencial para poner en la picota otras preguntas en las que cabe un debate más encarnizado y una criminalización más feroz del contrario. ¿A quién le importa cuándo empieza una vida humana? Lo verdaderamente importante es la LIBERTAD, así, a lo grande, aunque, curiosamente, el concepto de libertad que se acabe defendiendo es bastante pequeño, reducido del todo, una simple libertad de elección.

La libertad de elección que se propugna es la libertad para hacer lo que uno quiere y disponer de lo que se tiene al alcance para los propios propósitos. Soy libre de decidir qué hacer con mi propio cuerpo, porque mi bombo es mío. Sin embargo, olvidamos muy frecuentemente que libertad implica responsabilidad, y que, para disponer libremente de algo, debo, en primer lugar (y aunque parezca una perogrullada) disponer auténticamente de ello.

Cuando alguien adquiere la libertad para ejercer de aquello para lo que se ha preparado (libertad, esa sí, que no tenemos garantizada ni por asomo), primero se ha hecho dueño de esos conocimientos, y después está listo para ejercerlos libremente. Pero también se hace tremendamente responsable. Un médico, de un enfermero, de un maestro, de un profesor, de un conductor de cualquier tipo de vehículo... tienen en sus manos decenas de vidas.

Nos parecería absurdo hablar de la libertad de estas personas sin apelar a su responsabilidad. Sin embargo, eso es lo que hacemos cuando se trata de la tan proclamada libertad sexual y reproductiva. Ahí podemos decir sin sonrojarnos que somos libres de hacer lo que nos plazca con nuestro propio cuerpo, pero sin que asome en ningún momento la responsabilidad.

No hablo ahora de los casos de aborto por violación o por razones graves relacionadas con la salud de la madre o del hijo. Esos casos merecen una atención aparte y, por desgracia, son los que acaban utilizando como argumento quienes defienden un aborto totalmente normalizado y sin restricciones. Sin embargo, la realidad es tozuda y muestra que estos casos constituyen un porcentaje mínimo y que gran parte de los abortos que han tenido lugar en los últimos años han sido elección de la madre, sin otras causas.

Llama la atención leer en las redes sociales a chiquillas que aún ni han terminado la ESO afirmar su libertad sobre su propio cuerpo. Lo han aprendido bien pronto. Se aclama sin cesar por todas partes que las mujeres somos libres de disponer de nuestros úteros y demás órganos sexuales. Sin embargo, qué curioso, esa libertad es abanderada después de que se haya dado el embarazo. ¿Dónde estaba la libre disposición del propio cuerpo antes de que tuviera lugar esa fecundación? ¿Dónde la libre elección a la hora de hacer lo que necesariamente se ha de hacer para que eso suceda? Al parecer, en esos momentos no somos tan maduras y autosuficientes, como proclamamos después. Repito que dejo fuera el supuesto terrible de la violación. En la mayor parte de los casos, hemos sido libres y dueñas de nuestros cuerpos para pasar un buen rato con ellos. También lo han sido los caballeros que han compartido con nosotras esos estupendos momentos. Eso sí, ha sido una libertad falseada, porque ni unos ni otros nos hemos hecho plenamente responsables de nuestros actos, de nuestros cuerpos o de los cuerpos ajenos. Después, cuando llega la parte menos agradable, el caballero desaparece del horizonte como si la cosa no hubiera ido con él, y ahí es cuando nosotras, y solo nosotras, somos libres y responsables de nuestros cuerpos, cuando ya llevamos en nuestro interior un cuerpo que no nos pertenece.

Se alude a la libertad de la mujer después del embarazo... ¿Y antes? ¿Hemos sufrido enajenación mental transitoria, aturdidas en una sobredosis de libertad sin libertad? Me parece una absoluta falta de respeto y una utilización de la libertad sexual totalmente al servicio de las ideologías políticas y los intereses comerciales de las multinacionales de los métodos anticonceptivos y del aborto (multinacionales que, contrariamente a lo que podríamos pensar, se dan la mano para conseguir fines comunes). Porque no, no son ONGs. Aunque a veces las ONGs acaben sirviendo a sus intereses con el pretexto de la defensa de ciertos derechos.

Somos libres. Nuestro cuerpo es nuestro, y aunque no nos lo hemos dado a nosotros mismos, podemos disponer de él para lo que nos plazca. Pero la libertad implica conocer y asumir. La libertad, como gran poder que es, conlleva una gran responsabilidad.

Te quiero libre... y responsable

Mi casa, tu casa

Hoy, 17 de Noviembre, se celebra el Día de la Iglesia Diocesana. Ya lo habréis visto en los anuncios. Y no, no son sólo para que la gente marque la X de la declaración de la Renta (que también). Es para que caigamos en la cuenta de todos los que formamos parte de esta familia. Ese anuncio, mal entendido, puede entenderse como un "mirad qué buenos somos y qué de cosas hacemos". Mucha gente lo habrá entendido así, y es una pena. Sin embargo, la idea es la de mostrar lo que muchos vivimos diariamente: que Iglesia somos todos los que estamos en ella, y que hay sitio para cada uno. Esto, que a muchos nos parece una perogrullada, precisamente porque lo vivimos cotidianamente y no entendemos otra forma de ser Iglesia, parece que a veces no está lo suficientemente claro. Y es una pena. Pero no por más decirlo se va a entender mejor: es la vivencia la que escribe esto en el corazón de cada uno.

Mucha gente dice que los de Getafe tenemos una gran conciencia de "nuestra Diócesis". Verdaderamente, somos muy afortunados, aunque, como con todo lo bueno, tiene sus riesgos. Pero recuerdo un día que oí decir a un sacerdote: "los de Getafe, con la Diócesis que tenemos, si no somos santos, es para darnos de collejas". Porque lo tenemos tan al alcance... No todo el mundo tiene la dicha de encontrar un lugar donde se viva la fe de forma tan alegre y auténtica. No digo que seamos ni mejor ni peor, vaya, simplemente, somos afortunados, y eso también trae consigo una responsabilidad. No hay día que no me sienta agradecida de haber "caído" aquí. Recuerdo que, de primeras, la juventud diocesana me pareció una pandilla de locos, en el mejor sentido de la palabra. Yo, que había abandonado la parroquia por pereza, por ese momento crítico que fue la adolescencia y por una falta de testimonio vivo cercano a mí, de repente topé con aquella gente, y me cambiaron los esquemas. Una persona me dijo una vez que si me hubiera encontrado con gente que iba a macrodiscotecas, me habría vuelto una fiestera, pero como me había encontrado con gente que iba a misa, pues que me había vuelto católica. Vaya, eso, de primeras, resultó una forma muy sutil de llamarme aborregada. Y no sé si hubiera ido a macrodiscotecas, pero lo que sí sé es que no hubiera cambiado mi vida como esto lo ha hecho. Porque al ver los fallos y limitaciones de ir de macro-discotecas, lo hubiera abandonado. Sin embargo, al ver los fallos y limitaciones de mi Iglesia (los que se ven desde dentro, no los que tanta gente achaca desde el desconocimiento) eso no hace sino que desee más estar en ella. Es como aquello que dicen de Erasmo de Rotterdam, cuando, ante el reproche de los protestantes de que él siguiera en el seno de la Iglesia, contestó: "soporto a esta Iglesia, con la esperanza de que se haga mejor, dado que ella se ve obligada a soportarme a mí, con la esperanza de que yo me haga mejor". Tenía sus cosillas este Erasmo, pero en esto estuvo agudo: recuerdo esta afirmación cuando me salen las quejas. En efecto, en esta Iglesia, yo, tal y como soy, he encontrado un lugar, y como yo, muchos. Yo no soy perfecta, y muchos tendrán queja... pero aquí estoy. Y aquí estamos todos. Qué afortunados somos de tener cada día para caminar avanzando en ello, y cuánto lo dejamos pasar a veces.

Mi casa, tu casa

Escuadra y cartabón

El año pasado por estas fechas tenía muy reciente la experiencia de haber pasado unos días estupendos en Valencia con motivo el Congreso Nacional de Pastoral Juvenil, evento que demostró haber estado muy cuidado en el antes y el durante. Por desgracia, no parece haber sucedido lo mismo con el después, al menos en lo visible, pues los restos del post-congreso parecen haberse diluido. Prueba de ello es, por ejemplo, la desaparición de su página web. En fin,solo Dios sabe los frutos que está dando.

En aquel puente de Todos los Santos de 2012 tuvo lugar la desgracia del Madrid Arena; ya saben, aquella fiesta de Halloween en la que se admitió más gente de la debida y, a causa de esto, se produjo una avalancha en la que decenas de jóvenes se aplastaron durante unos momentos fatales. Nos fueron llegando noticias de las jóvenes que habían fallecido o estaban en estado crítico, y en las eucaristías y oraciones de aquel congreso las tuvimos presentes. Fue por boca de monseñor Osoro que conocí los nombres de quienes, hasta ese momento, a través de los medios de comunicación, solo había conocido el número.

Monseñor Munilla también las mencionó en su conferencia, que fue de las más aplaudidas del Congreso, aunque también de las más discutidas (es lo que ocurre cuando uno dice las cosas tan claras). Y al referirse a las víctimas del Madrid Arena, y entre ellas a Belén Langdon, de familia católica, vinculada al Opus Dei, con un hermano recientemente ordenado sacerdote y otro en el seminario, hizo un comentario que aun hoy tengo presente: «No existen límites trazados con escuadra y cartabón entre los jóvenes católicos y el resto de los jovenes».

Qué acertado estuvo. No existen, y si las vemos, algo falla. Nada que interese, atraiga o preocupe a nuestra generación nos ha de ser ajeno. Lo cual no quiere decir que nos ajustemos a la mentalidad que esté de moda. Siempre ha sido lo propio del católico estar en el mundo pero sin ser del mundo. Si falta algo de esto, podemos acabar con una especie de esquizofrenia, divididos entre nuestro yo de la iglesia y nuestro yo de casa,nuestro yo de la familia y nuestro yo de los amigos,nuestro yo del fin de semana y nuestro yo de diario,nuestro yo del trabajo y nuestro yo del ocio. Y cuando uno está dividido,más fácil es que las cosas se vacíen de significado.

El Papa Francisco lo dijo de un modo muy gráfico en su ya célebre discurso a los jóvenes argentinos durante la JMJ de Río de Janeiro: «No licúen la fe en Jesucristo; la fe es entera, no se licúa».

Cuantas más fronteras pongamos entre nosotros y los demás, más las acabaremos trazando en el interior de uno mismo. Y un cuerpo dividido difícilmente podrá sobrevivir...

Escuadra y cartabón

Palabras manoseadas. Hoy: 'celebrar'

    • ¿Tú celebras Halloween?
    • Qué tontería celebrar la Navidad, solo es un invento de los centros comerciales para hacer caja.
    • ¡Hay que celebrar que comenzamos un año nuevo!
    • Nosotros no celebramos San Valentín, nosotros nos queremos todo el año.
    • Este año no estoy para celebraciones.
    • Si aprobamos, nos emborrachamos para celebrarlo; si no, nos emborrachamos para olvidarlo.

Y así un largo etcétera. Todos hemos oído o dicho frases de este estilo. Hay quienes se apuntan a todas las celebraciones, y quienes, por la razón que sea, las evitan todas. Todos los meses hay varias razones para celebrar alguna cosa: un cumpleaños, una fecha señalada, un éxito deportivo... Y hoy, en una noche en que muchos celebran algo que no sabemos muy bien qué es, he estado dando vueltas al concepto mismo de celebrar. El DRAE reconoce cinco acepciones para este verbo:

celebrar.

(Del lat. celebrāre).

1. tr. Conmemorar, festejar una fecha, un acontecimiento. Celebramos el cumpleaños de Juan.

2. tr. Alabar, aplaudir algo. Celebro tu sabia decisión. Era u. también apl. a pers.

3. tr. Reverenciar, venerar solemnemente con culto público los misterios de la religión y la memoria de sus santos.

4. tr. Realizar un acto, una reunión, un espectáculo, etc. U. t. c. prnl.

5. tr. decir misa. U. t. c. intr.

Hoy veía a los niños volver del colegio con sus disfraces de Halloween. Cuando yo estaba en Primaria, la presencia de este día se limitaba a las clases de inglés. Hoy, al parecer, está casi tan aceptado como nuestro carnaval de toda la vida, solo que con un poco menos de libertad creativa a la hora de elaborar disfraces. El caso es que para ellos no es más que un día en el que ir disfrazado; para muchos adultos, también. No hay más contenido. Ni culto a la muerte, ni simpatía por el demonio, ni nada por el estilo. Un pretexto para hacer algo diferente.

¿No tendría sentido que en la escuela, además de adherirse a todas las celebraciones habidas y por haber, se hiciese por reflexionar sobre el sentido y origen de estas fiestas? Al fin y al cabo, uno de los objetivos principales de la educación es insertar al individuo en una cultura determinada para que sea capaz de asumirla críticamente y relacionarse libremente con el resto de culturas. O eso decimos cuando toca escribir algo formal sobre estos temas.

Bien, pues las tradiciones y fiestas de un pueblo son una parte central de su cultura. Y he aquí un problema: si entramos a ahondar en el origen de nuestras celebraciones, toparemos de lleno con que la inmensa mayoría tienen su origen en la religión, concretamente en la católica. Y claro, eso de hablar en clase de religión no puede ser, está feo, es discriminatorio y tal. Cuando yo estaba en Primaria le cantamos el Cumpleaños feliz a la Constitución Española por sus 20 añitos (y la muy sosa ni se vino a comer tarta con nosotros) y tiramos palomas de papel el Día de la Paz (supe, gracias a mis compañeros que iban a Religión, que tal efeméride se debía al aniversario de la muerte de Gandhi); en Navidad había villancicos, tarjetitas y belén, y en Semana Santa... vacaciones, de cuyo origen nos enterábamos porque la mayoría íbamos a catequesis de Primera Comunión. Porque eso es el ideal, según muchos, ¿no? Que la religión se quede en las parroquias, mientras que en los colegios solo quede un residuo que sirva de pretexto para disfrazarse y hacer manualidades, a poder ser de arbolitos y estrellitas para no ofender.

Y es que vamos tendiendo a quedarnos con la cuarta acepción de la palabra celebrar, sin pasar siquiera por la primera. Y, al menos si queremos que las cosas tengan un porqué y no hacerlas porque toca, la primera debería ser condición previa a la cuarta, el acontecimiento al festejo. Pero, ¿y si alguien descubre que no tiene acontecimiento que celebrar? ¿Se queda sin festejo? Pues vaya faena.

Ojalá, pues, todos encontremos algo que celebrar, en el más pleno de sus sentidos.

Palabras manoseadas. Hoy: 'celebrar'

Para quienes hayan conocido este blog recientemente o gracias al portal Páginas Digital, comento, por poner en antecedentes, que comencé una sección en el mismo que he tenido a bien llamar «Palabras manoseadas», para referirme a aquellos conceptos a los que, de tanto usarlos en un determinado sentido, hemos hecho perder la amplitud que tenían y han quedado empequeñecidos y borrosos, al menos en gran medida.

Replantear la huelga

Las huelgas, como medida de protesta ante una situación que se considera injusta, o ante amenazas a los derechos laborales, surgen en el contexto del mundo obrero, en el que han posibilitado considerables mejoras en las condiciones de los trabajadores, al menos desde la Revolución Industrial hasta ahora, aunque está claro que en eso aún hay mucho por hacer. En los trabajos relacionados con la producción, los empleados muestran, paralizando su actividad durante un tiempo, lo necesaria que es esta, y que no pueden realizarla de cualquier manera; este mensaje llega a quienes requieren de su mano de obra, y tratan de llegar a un acuerdo que beneficie a ambas partes.

Por tanto, una huelga como medida de presión tiene sentido en el mundo del transporte, de las fábricas, del comercio... donde un parón en la actividad perjudica, directamente (aunque no exclusivamente) a quien está amenazando las condiciones de los trabajadores.

Dicho esto, ¿a quién perjudica una huelga en educación? Está claro que no a quienes están amenazando a los derechos de estudiantes y docentes, que se limitan a contemplar la situación desde sus escaños y despachos, sin que les salpique más que a título nominal. El mensaje les llega de lejos, no hay auténtica presión. Bien al contrario, les sirve de pretexto para cerrarse aún más en su postura.

Paralizar la actividad en el sector de la educación a quien perjudica es a los estudiantes, que pierden clase, a los padres, que no tienen dónde dejar a los niños esa mañana, y a los docentes, que pierden parte de su sueldo y del tiempo que necesitan para cumplir sus objetivos curriculares.

No podemos organizar las protestas de educación con los esquemas de las fábricas, los transportes o los comercios. No sirve igual. Por mucho que se tenga conciencia de clase obrera, que eso sería un asunto aparte, no somos operarios de fábrica ni comerciantes. En la educación no hay clientes (y no queremos que los haya, ¿verdad? por eso nos oponemos a la LOMCE y su visión mercantilista de la educación). En la educación hay niños y jóvenes que llegarán a final de curso, a la Selectividad, la Reválida, o lo que quieran ponerles, habiendo perdido clases; y, lo que es más importante, habrán perdido tiempo de aprendizaje.

Además, una huelga de Educación desvirtúa el sentido de la protesta y el concepto mismo de huelga. El sentido de la protesta, por lo que he dicho, porque el mensaje no llega a quien tiene que llegar del modo en que le tiene que llegar; y el concepto de huelga, pues, no nos engañemos, todos hemos sido alumnos, y, aunque los hay muy concienciados, para una gran parte de los mismos una huelga no es más que un día libre para quedarse en casa durmiendo.

Es necesario repensar la huelga, replantear la protesta. Seguro que pueden encontrarse fórmulas más propias para defender la educación sin dejar de educar. Iniciativas como la de las aulas en la calle, por ejemplo, son, a mi juicio, mucho más efectivas. Seamos creativos. En muchas de las materias que están presentes en los colegios e institutos puede tratarse la ley educativa como centro de interés. Muchos dirán que eso es meter ideología en el aula. Obviamente, no se podría hacer de cualquier manera. Pues se tendría que formar, más que informar. Pero... para eso están las aulas, ¿no? Información sobreabunda por todas partes. Formación no, y es ahí donde queda patente lo necesario que es protegerla y defenderla.

Replantear la huelga

Reemprendiendo

Buceando entre palabras comenzó su inestable andadura en abril de 2009, y desde entonces hasta hoy ha ido cambiando, como yo. Surgió de una necesidad, la de expresarme y tratar de compartir mis muchas incertidumbres y mis pocas certezas, para compartirlas con quienes puedan encontrarlas útiles o entretenidas de leer.

No he sido diligente a la hora de actualizar contenido, y no he publicado ni una décima parte de lo que ha estado en mi mente escribir. Estos últimos meses, por cuestiones personales, había dejado de hacerlo y no tenía muy claro cuándo volver a ello, ni si lo haría.

Sin embargo, los amigos del portal Páginas Digital han tenido a bien hacerme un hueco entre su comunidad de blogueros, oportunidad que agradezco enormemente. Es una buena ocasión para reemprender esta tarea que me ha permitido conocer y leer a gente tan interesante y que aporta tanta lucidez por estos mundos.

Así pues, desde ahora las entradas (pocas o muchas, aunque espero que más que antes) las publicaré simultáneamente en ambos sitios, y en el blogroll de mi dirección de siempre añadiré tanto las noticias de Páginas Digital como las novedades de sus blogueros.

Reemprendemos, pues.

Reemprendiendo

sobre este blog
Susana

Hija, hermana, amiga, novia, tía, alumna, filóloga, monitora, getafense y persona humana en general.
Búsqueda en los contenidos de la web

La imagen del día

>SÍGUENOS EN

Julián Carrón sobre los desafíos de Europa

Marcados con la N de nazareno

Persecución en Kaduna

Arte y pintura en Páginas Digital

El caballero de la mano en el pecho

David vencedor de Goliat de Caravaggio

Ministerio de educación y cultura

>Boletín electrónico

Recibe los titulares de PÁGINASDIGITAL.es en tu correo electrónico
Darse alta y baja en el boletín electrónico

 

Darme de baja

>Últimos post

5 SEPTIEMBRE 2015

La carne tras el concepto

2 NOVIEMBRE 2014

#HazteElSanto

1 NOVIEMBRE 2014

#NoTeHagasElMuerto

31 OCTUBRE 2014

Adán y Eva (II)

>DESCARGA NUESTRA APP