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19 SEPTIEMBRE 2019

Entre muchas confusiones y unas pocas conclusiones surcan estas reflexiones

La carne tras el concepto

Funcionamos así. Oímos a diario, una y otra vez, que hay sufrimiento en el mundo. Sabemos que hay personas llamando a nuestras puertas, trepando por nuestras vallas, lanzándose a los mares que bañan nuestras costas, para optar a una mínima parte de lo que nosotros vivimos como cotidiano. Lo sabemos, y lo asumimos, adoptando en mayor o menor medida discursos de justificación. Y es entonces cuando una imagen nos abofetea y nos obliga a caer en la cuenta de lo terriblemente encarnada que es la realidad que hemos intentado atrapar en nuestros conceptos. Ante la visión de un pequeño cuerpo inerte en una playa, de un niño que podría estar jugando en cualquiera de nuestros parques ajeno a todo el horror del mundo, muchos cambian sus discursos. Y donde antes había recelos, ahora parece haber aperturas de brazos.

Pero la maquinaria sigue funcionando. Los conceptos se hacen carne, la carne muere, y esa muerte acaba siendo de nuevo transformada en concepto, en imagen de propaganda. Y ese dolor con el que hemos tomado contacto no ha llegado a traspasar nuestra carne, sino, simplemente, nos ha rozado por un momento. Ha llegado a la fibra sensibe, pero tal vez su camino no se ha completado: no ha alcanzado la fibra vital. Nos ha hecho sentir lástima, pero tal vez no compasión. Ha podido conmovernos, pero tal vez no ha llegado a movernos.

Para esta reflexión no he tomado la fotografía del pequeño Aylan muerto en la playa, que probablemente ustedes han visto ya demasiadas veces. He optado por una imagen que cualquiera con una mínima cultura cristiana podrá reconocer: la prueba de Santo Tomás, el apóstol que, ante la noticia de la Resurrección de Jesús, dijo aquello de «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.». Es un ejemplo paradigmático del «si no lo veo, no lo creo», o, más aún, «si no lo toco, no lo creo». Una muestra de cómo tantas veces no nos basta con lo que oímos y exigimos tomar contacto con esa carne que hay detrás del concepto.

La carne tras el concepto

Dios ha muerto

Hoy, Sábado Santo, una de las lecturas que encuentro más recomendables es El sábado de la historia, libro en el que se combinan unas reflexiones de Joseph Ratzinger (nuestro querido Papa emérito Benedicto XVI) y la obra pictórica del estadounidense William Congdom. Las palabras que he encontrado en las páginas que he leído han sido tan certeras, tan reflejo de lo que nos ocurre, que he querido compartiros algunos fragmentos que sirvan para la reflexión. Solo me hago eco de ello, comparto estas pequeñas gotas de verdad, pero, por supuesto, nada mejor que conseguir el texto entero y detenerse en todo él.

«El misterio terrible del Sábado Santo ha adquirido en nuestro tiempo una realidad aplastante. Ya que esto es el Sábado Santo: día de la ocultación de Dios, día de esa paradoja inaudita que nosotros expresamos en el Credo con las palabras "descendió a los infiernos", descendió dentro del misterio de la muerte».

«¿No es este, de una manera impresionante, nuestro día? ¿No comienza nuestro siglo a ser un gran Sábado Santo, día de la ausencia de Dios, en el que hasta los discípulos tienen un vacío helador en el corazón?».

«Dios ha muerto y nosotros lo hemos matado, recluyéndolo en la concha rancia de nuestros pensamientos habituales, exiliándolo a una forma de piedad sin contenido de realidad y perdida en el giro de las frases devocionales o de las preciosidades arqueológicas; nosotros lo hemos matado a través de la ambigüedad de nuestra vida, que ha extendido un velo de oscuridad también sobre él».

«La imagen que (los discípulos) se habían formado de Dios, en la que habían tratado de encerrarlo, debía ser destruida para que ellos, a través de los escombros de la casa derruida, pudieran ver el cielo, a él mismo».

«La Iglesia, la fe, ¿no se asemejan a una pequeña barca que parece naufragar, que lucha inútilmente contra las olas y el viento, mientras Dios está ausente? [...] Cuando la tempestad pase nos daremos cuenta en qué medida nuestra poca fe estaba cargada de insensatez».

Finaliza Ratzinger su meditación con una preciosa oración de un párrafo entero, que termina así:

«No permitas que tu palabra se pierda en el gran derroche de palabras de estos tiempos. Señor, danos tu ayuda, porque sin ti naufragaremos».

Dios ha muerto

Ecce homo

Volvió a salir Pilato y les dijo: «Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en él.» Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: «Aquí tenéis al hombre» Jn. 19, 4-5

Este «aquí tenéis al hombre» es, en la versión latina, ese ecce homo, término que ha pasado a designar tradicionalmente a la imagen torturada y desfigurada de Cristo, y que en tiempos recientes ha vuelto a estar de actualidad (y también por una imagen desfigurada).

Dos simples palabras, que tal vez fueron pronunciadas por rutina jurídica o por no encontrarse otras mejores para tan tremenda situación y que, sin embargo, pueden decir mucho. Yo, al menos, encuentro tras ellas cuatro posibles mensajes:

  • Aquí tenéis al hombre. La primera, la más obvia: aquí tenéis a aquel a quien me habéis entregado para que lleve a la muerte; aquí tenéis al hombre que tanta aversión y terror os causa, al hombre cuya sangre habéis querido verter; aquí lo tenéis, tal y como queríais... Tal vez Pilato pensó que esta visión disuaría a la multitud condenatoria. Pero no fue así.
  • Aquí tenéis lo que es el hombre. A esto puede ser reducido. Sin grandezas, sin hermosuras, apenas sin piel. La mínima expresión de lo que puede ser reconocido como humano, pues a veces lo que se tiende a identificar como humano no es sino capa que cubre la nada.
  • Aquí tenéis de lo que es capaz el hombre. A esto habéis llegado. De esto es capaz la humanidad. Vosotros, que lo condenáis, y los millones que vendrán después, con todas sus masacres, sus crímenes, sus injusticias. Todo ello reflejado en este rostro.
  • Aquí tenéis al Hombre. Este es el verdadero rostro del ser humano: el que se entrega hasta el extremo por amor. El verdadero sentido del hombre, descifrado en el rostro de Cristo. Aquí tenéis aquello que os ha de definir, a Aquel que os ha de definir.

Probablemente cada uno haya encontrado muchos más significados en esas palabras, como en cada palabra, gesto e imagen de los que recorremos durante estos días santos.

Ecce homo

sobre este blog
Susana

Hija, hermana, amiga, novia, tía, alumna, filóloga, monitora, getafense y persona humana en general.
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