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16 ENERO 2019

Entre muchas confusiones y unas pocas conclusiones surcan estas reflexiones

Palabras manoseadas. Hoy: 'compasión'

La palabra con la que rescato del letargo este rinconcillo mío en la red es, desde el punto de vista etimológico, bastante transparente: tenemos, por un lado, la preposición «con», que indica compañía, y, por otro, «pasión». ¿Y qué es pasión? Mucho me temo que estamos ante otra palabra manoseada. Hemos vaciado de significados «pasión», y lo mismo ha ocurrido con «compasión», de manera que ya, más que hermanas, las hemos convertido en antónimas.

Y es que al hablar de pasión, lo que nos viene a la mente suele estar relacionado con el individualismo más exacerbado, lo irracional, lo primario, los impulsos y apetitos, y generalmente encontramos el término vinculando con lo erótico. Visto así, no queda lugar para ningún «con-»:las pasiones son sufridas o gozadas por cada uno, en su fuero más interno, y chocan con las pasiones ajenas, a veces a modo de encuentro, y a veces a modo de desencuentro y de conflicto. Pero, tras el choque, cada cual sigue su camino con sus pasiones.

Ante este panorama, su palabra hermana, o mejor dicho, hija, queda también vaciada: cuando oímos «compasión», generalmente la tenemos por sinónimo de «lástima». Y una palabra que lleva en sí misma la alusión a la comunión vuelve a ser reducida a un mero sentimiento individual y momentáneo.

La compasión es ni más ni menos que «padecer con». Hacer propio el sufrimiento del otro, su padecer, su «pasión». Por evitar las connotaciones negativas con las que hemos cargado al término, hoy preferimos hablar de «empatía». En cualquier caso, algo que resulta complicado en medio de la «globalización de la indiferencia»,tal y como ha denunciado recientemente el Papa Francisco.

En estos días hablamos de otra Pasión, esta con mayúscula, «por antonomasia», como afirma el Diccionario de la RAE. En estos días se derraman lágrimas o se guarda reverencial silencio contemplando al que padece por todos nosotros, seamos o no conscientes de ello. Aparecen sentimientos que mueven a la compasión. No debemos obviar, sin embargo, que hay una compasión primera, previa a la Pasión: Jesús padece de forma voluntaria porque se compadece del dolor y la miseria humana. Nosotros, que padecemos tantas veces, de forma involuntaria o no, estamos llamados a esa misma compasión.

Estos días habremos contemplado la Pasión como meros espectadores si no buscamos salir de ellos pidiendo ser transformados y «contagiados» por esa compasión de la que brota el acontecimiento que celebramos. Solo de esta manera, sufriendo con en que sufre, haciéndonos cargo del otro, abrazando los dolores y alegrías que salen a nuestro encuentro, podremos llevar esperanza en medio de este mundo enfermo de indiferencia

Palabras manoseadas. Hoy: 'compasión'

Dios ha muerto

Hoy, Sábado Santo, una de las lecturas que encuentro más recomendables es El sábado de la historia, libro en el que se combinan unas reflexiones de Joseph Ratzinger (nuestro querido Papa emérito Benedicto XVI) y la obra pictórica del estadounidense William Congdom. Las palabras que he encontrado en las páginas que he leído han sido tan certeras, tan reflejo de lo que nos ocurre, que he querido compartiros algunos fragmentos que sirvan para la reflexión. Solo me hago eco de ello, comparto estas pequeñas gotas de verdad, pero, por supuesto, nada mejor que conseguir el texto entero y detenerse en todo él.

«El misterio terrible del Sábado Santo ha adquirido en nuestro tiempo una realidad aplastante. Ya que esto es el Sábado Santo: día de la ocultación de Dios, día de esa paradoja inaudita que nosotros expresamos en el Credo con las palabras "descendió a los infiernos", descendió dentro del misterio de la muerte».

«¿No es este, de una manera impresionante, nuestro día? ¿No comienza nuestro siglo a ser un gran Sábado Santo, día de la ausencia de Dios, en el que hasta los discípulos tienen un vacío helador en el corazón?».

«Dios ha muerto y nosotros lo hemos matado, recluyéndolo en la concha rancia de nuestros pensamientos habituales, exiliándolo a una forma de piedad sin contenido de realidad y perdida en el giro de las frases devocionales o de las preciosidades arqueológicas; nosotros lo hemos matado a través de la ambigüedad de nuestra vida, que ha extendido un velo de oscuridad también sobre él».

«La imagen que (los discípulos) se habían formado de Dios, en la que habían tratado de encerrarlo, debía ser destruida para que ellos, a través de los escombros de la casa derruida, pudieran ver el cielo, a él mismo».

«La Iglesia, la fe, ¿no se asemejan a una pequeña barca que parece naufragar, que lucha inútilmente contra las olas y el viento, mientras Dios está ausente? [...] Cuando la tempestad pase nos daremos cuenta en qué medida nuestra poca fe estaba cargada de insensatez».

Finaliza Ratzinger su meditación con una preciosa oración de un párrafo entero, que termina así:

«No permitas que tu palabra se pierda en el gran derroche de palabras de estos tiempos. Señor, danos tu ayuda, porque sin ti naufragaremos».

Dios ha muerto

Ecce homo

Volvió a salir Pilato y les dijo: «Mirad, os lo traigo fuera para que sepáis que no encuentro ningún delito en él.» Salió entonces Jesús fuera llevando la corona de espinas y el manto de púrpura. Díceles Pilato: «Aquí tenéis al hombre» Jn. 19, 4-5

Este «aquí tenéis al hombre» es, en la versión latina, ese ecce homo, término que ha pasado a designar tradicionalmente a la imagen torturada y desfigurada de Cristo, y que en tiempos recientes ha vuelto a estar de actualidad (y también por una imagen desfigurada).

Dos simples palabras, que tal vez fueron pronunciadas por rutina jurídica o por no encontrarse otras mejores para tan tremenda situación y que, sin embargo, pueden decir mucho. Yo, al menos, encuentro tras ellas cuatro posibles mensajes:

  • Aquí tenéis al hombre. La primera, la más obvia: aquí tenéis a aquel a quien me habéis entregado para que lleve a la muerte; aquí tenéis al hombre que tanta aversión y terror os causa, al hombre cuya sangre habéis querido verter; aquí lo tenéis, tal y como queríais... Tal vez Pilato pensó que esta visión disuaría a la multitud condenatoria. Pero no fue así.
  • Aquí tenéis lo que es el hombre. A esto puede ser reducido. Sin grandezas, sin hermosuras, apenas sin piel. La mínima expresión de lo que puede ser reconocido como humano, pues a veces lo que se tiende a identificar como humano no es sino capa que cubre la nada.
  • Aquí tenéis de lo que es capaz el hombre. A esto habéis llegado. De esto es capaz la humanidad. Vosotros, que lo condenáis, y los millones que vendrán después, con todas sus masacres, sus crímenes, sus injusticias. Todo ello reflejado en este rostro.
  • Aquí tenéis al Hombre. Este es el verdadero rostro del ser humano: el que se entrega hasta el extremo por amor. El verdadero sentido del hombre, descifrado en el rostro de Cristo. Aquí tenéis aquello que os ha de definir, a Aquel que os ha de definir.

Probablemente cada uno haya encontrado muchos más significados en esas palabras, como en cada palabra, gesto e imagen de los que recorremos durante estos días santos.

Ecce homo

sobre este blog
Susana

Hija, hermana, amiga, novia, tía, alumna, filóloga, monitora, getafense y persona humana en general.
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