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16 OCTUBRE 2019

Entre muchas confusiones y unas pocas conclusiones surcan estas reflexiones

Palabras manoseadas. Hoy: 'compasión'

La palabra con la que rescato del letargo este rinconcillo mío en la red es, desde el punto de vista etimológico, bastante transparente: tenemos, por un lado, la preposición «con», que indica compañía, y, por otro, «pasión». ¿Y qué es pasión? Mucho me temo que estamos ante otra palabra manoseada. Hemos vaciado de significados «pasión», y lo mismo ha ocurrido con «compasión», de manera que ya, más que hermanas, las hemos convertido en antónimas.

Y es que al hablar de pasión, lo que nos viene a la mente suele estar relacionado con el individualismo más exacerbado, lo irracional, lo primario, los impulsos y apetitos, y generalmente encontramos el término vinculando con lo erótico. Visto así, no queda lugar para ningún «con-»:las pasiones son sufridas o gozadas por cada uno, en su fuero más interno, y chocan con las pasiones ajenas, a veces a modo de encuentro, y a veces a modo de desencuentro y de conflicto. Pero, tras el choque, cada cual sigue su camino con sus pasiones.

Ante este panorama, su palabra hermana, o mejor dicho, hija, queda también vaciada: cuando oímos «compasión», generalmente la tenemos por sinónimo de «lástima». Y una palabra que lleva en sí misma la alusión a la comunión vuelve a ser reducida a un mero sentimiento individual y momentáneo.

La compasión es ni más ni menos que «padecer con». Hacer propio el sufrimiento del otro, su padecer, su «pasión». Por evitar las connotaciones negativas con las que hemos cargado al término, hoy preferimos hablar de «empatía». En cualquier caso, algo que resulta complicado en medio de la «globalización de la indiferencia»,tal y como ha denunciado recientemente el Papa Francisco.

En estos días hablamos de otra Pasión, esta con mayúscula, «por antonomasia», como afirma el Diccionario de la RAE. En estos días se derraman lágrimas o se guarda reverencial silencio contemplando al que padece por todos nosotros, seamos o no conscientes de ello. Aparecen sentimientos que mueven a la compasión. No debemos obviar, sin embargo, que hay una compasión primera, previa a la Pasión: Jesús padece de forma voluntaria porque se compadece del dolor y la miseria humana. Nosotros, que padecemos tantas veces, de forma involuntaria o no, estamos llamados a esa misma compasión.

Estos días habremos contemplado la Pasión como meros espectadores si no buscamos salir de ellos pidiendo ser transformados y «contagiados» por esa compasión de la que brota el acontecimiento que celebramos. Solo de esta manera, sufriendo con en que sufre, haciéndonos cargo del otro, abrazando los dolores y alegrías que salen a nuestro encuentro, podremos llevar esperanza en medio de este mundo enfermo de indiferencia

Palabras manoseadas. Hoy: 'compasión'

Adán y Eva (II)

(aquí puedes leer la primera parte)

Y es que la confianza inicial se había roto y, con ella, esa mirada de amor y veneración hacia la otra persona, tanto en sus cualidades interiores como en su cuerpo. Y es aquí donde entra en juego el pudor: se trata de un natural mecanismo de protección ante el deseo de posesión y dominio del otro. La desnudez, física o afectiva, nos hace vulnerables. Si estoy desnuda en mi casa y anda por ahí mi mascota, no sentiré pudor, porque sé que el animal no tendrá esa mirada de dominio sobre mí. Pero entre personas, esa posibilidad es tristemente frecuente.

¿Y a qué viene que os cuente ahora todo esto? Mi intención es que nos hagamos una ligera idea de la riqueza de significados que posee la desnudez primigenia, la de Adán y Eva, la del hombre y la mujer recién salidos de las manos del Creador. Y que, después de habernos asomado un poco a este misterio, caigamos en la cuenta de lo burdos y estúpidos que resultan ciertos empleos comerciales de esto mismo.

Me refiero ahora al programa de telerrealidad (o reality, para quienes tienen pereza de decirlo en castellano) que ha escandalizado al país y del que solo he tenido noticia a través de los temas de momento (trending topics) de Twitter. No sé nada acerca de la dinámica del concurso o lo que quiera que sea. Solo sé que han tenido la jeta de llamarlo Adán y Eva, y que los participantes andan desnudos por una isla buscando pareja (de cópula, supongo, pues con semejante carta de presentación no creo que se pretenda ni se pueda aspirar a más). Otra vuelta de tuerca dentro del mundo de los experimentos televisivos, de los cuales no sabríamos determinar si son síntoma o causa de la sociedad en que vivimos actualmente. Probablemente sea un poco las dos cosas, un círculo vicioso (qué término tan apropiado) que configura la mentalidad colectiva y la perpetúa. Este programa es solo una muestra. Afortunadamente, los comentarios que he leído en la red social han sido más de rechazo que de aprobación. Pero esto no significaría mucho si, a pesar del rechazo, se sigue visualizando el contenido que es objeto de nuestra crítica.

Y al final, nos guste o no, estaremos perpetuando esta visión del ser humano, de su cuerpo y de su intimidad, que tanto denostamos y tan poco deseamos para nosotros mismos: como objeto de consumo, como mercancía, como objetivo de dominio y posesión. En fin, como todo lo contrario a esa primera desnudez de la que se nos habla en el Génesis, la de Adán y Eva, la del niño inocente, la que propicia la confianza y solo posibilita el Amor.

Adán y Eva (II)

Adán y Eva (I)

Cuenta el Génesis que, en el inicio de los tiempos, creó Yahvé Dios al hombre y a la mujer a partir del barro de la tierra. Conocemos a estos dos primeros seres como Adán y Eva. Estos nombres han llegado a nosotros como eso, simples nombres, pero en su origen etimológico hacían referencia a ese mismo origen. Y lejos de ser una imagen cualquiera, algo tosco propio de una sociedad primitiva, es una preciosa metáfora asumida por quien sabe que su ser es contingente, que no se ha dado a sí mismo la existencia y que procede de lo más sencillo y bajo, a lo que ha de regresar. Su materia prima es el humus, y por ello llamamos humilde a quien reconoce esto.

Adán y Eva, pues, son esos primeros seres con capacidad para pensar, sentir, imaginar, crear, amar y muchas cosas más, y todo ello a la vez. Y, en relación con esa naturaleza inicial, les atribuimos muchas cualidades y características que los humanos actuales hemos perdido. La más visible de todas ellas, y la que ha quedado en mayor medida en el imaginario colectivo, es una: iban desnudos.

Bien, llegados a este punto de nuestro recorrido, pueden bajarse, si lo desean, aquellos que entre risotadas murmuran: «tetas, culos...» y cosas similares. Pueden dar media vuelta y volver a sintonizar su programa de TV favorito, que presumiblemente formará parte de la parrilla de esa cadena cuyo número es mayor de 4 y menor que 6.

Prosigamos, pues: Adán y Eva iban desnudos. Algunos relacionarán esto con una especie de naturismo primigenio. Lo asociarán con la escasez de atuendo de ciertas sociedades primitivas. Y lamentarán el hecho de que la sociedad y la cultura hayan «impuesto» la necesidad de llevar ropas. Quienes sostengan este argumentario probablemente lo acompañarán de una crítica a los parámetros morales que han imperado en nuestras sociedades, y considerarán que el pudor es un constructo de los mismos.

Volvamos un momento a nuestros primeros padres. Iban, nunca mejor dicho, «como Dios los trajo al mundo». Pero esto no era sino una más de las muchas cualidades que formaban el estado de inocencia primigenia. No necesitaban cubrirse el uno ante el otro, porque donde no hay amenaza no se necesita protección. Pero, tras comer de la manzana que no era una manzana (algún día puede que hablemos de este fruto), nos cuentan que se percataron de su desnudez, sintieron vergüenza y buscaron el modo de taparse.

(Continuará...)

Adán y Eva (I)

sobre este blog
Susana

Hija, hermana, amiga, novia, tía, alumna, filóloga, monitora, getafense y persona humana en general.
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