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24 MAYO 2019

Entre muchas confusiones y unas pocas conclusiones surcan estas reflexiones

La carne tras el concepto

Funcionamos así. Oímos a diario, una y otra vez, que hay sufrimiento en el mundo. Sabemos que hay personas llamando a nuestras puertas, trepando por nuestras vallas, lanzándose a los mares que bañan nuestras costas, para optar a una mínima parte de lo que nosotros vivimos como cotidiano. Lo sabemos, y lo asumimos, adoptando en mayor o menor medida discursos de justificación. Y es entonces cuando una imagen nos abofetea y nos obliga a caer en la cuenta de lo terriblemente encarnada que es la realidad que hemos intentado atrapar en nuestros conceptos. Ante la visión de un pequeño cuerpo inerte en una playa, de un niño que podría estar jugando en cualquiera de nuestros parques ajeno a todo el horror del mundo, muchos cambian sus discursos. Y donde antes había recelos, ahora parece haber aperturas de brazos.

Pero la maquinaria sigue funcionando. Los conceptos se hacen carne, la carne muere, y esa muerte acaba siendo de nuevo transformada en concepto, en imagen de propaganda. Y ese dolor con el que hemos tomado contacto no ha llegado a traspasar nuestra carne, sino, simplemente, nos ha rozado por un momento. Ha llegado a la fibra sensibe, pero tal vez su camino no se ha completado: no ha alcanzado la fibra vital. Nos ha hecho sentir lástima, pero tal vez no compasión. Ha podido conmovernos, pero tal vez no ha llegado a movernos.

Para esta reflexión no he tomado la fotografía del pequeño Aylan muerto en la playa, que probablemente ustedes han visto ya demasiadas veces. He optado por una imagen que cualquiera con una mínima cultura cristiana podrá reconocer: la prueba de Santo Tomás, el apóstol que, ante la noticia de la Resurrección de Jesús, dijo aquello de «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.». Es un ejemplo paradigmático del «si no lo veo, no lo creo», o, más aún, «si no lo toco, no lo creo». Una muestra de cómo tantas veces no nos basta con lo que oímos y exigimos tomar contacto con esa carne que hay detrás del concepto.

La carne tras el concepto

Palabras manoseadas. Hoy: 'compasión'

La palabra con la que rescato del letargo este rinconcillo mío en la red es, desde el punto de vista etimológico, bastante transparente: tenemos, por un lado, la preposición «con», que indica compañía, y, por otro, «pasión». ¿Y qué es pasión? Mucho me temo que estamos ante otra palabra manoseada. Hemos vaciado de significados «pasión», y lo mismo ha ocurrido con «compasión», de manera que ya, más que hermanas, las hemos convertido en antónimas.

Y es que al hablar de pasión, lo que nos viene a la mente suele estar relacionado con el individualismo más exacerbado, lo irracional, lo primario, los impulsos y apetitos, y generalmente encontramos el término vinculando con lo erótico. Visto así, no queda lugar para ningún «con-»:las pasiones son sufridas o gozadas por cada uno, en su fuero más interno, y chocan con las pasiones ajenas, a veces a modo de encuentro, y a veces a modo de desencuentro y de conflicto. Pero, tras el choque, cada cual sigue su camino con sus pasiones.

Ante este panorama, su palabra hermana, o mejor dicho, hija, queda también vaciada: cuando oímos «compasión», generalmente la tenemos por sinónimo de «lástima». Y una palabra que lleva en sí misma la alusión a la comunión vuelve a ser reducida a un mero sentimiento individual y momentáneo.

La compasión es ni más ni menos que «padecer con». Hacer propio el sufrimiento del otro, su padecer, su «pasión». Por evitar las connotaciones negativas con las que hemos cargado al término, hoy preferimos hablar de «empatía». En cualquier caso, algo que resulta complicado en medio de la «globalización de la indiferencia»,tal y como ha denunciado recientemente el Papa Francisco.

En estos días hablamos de otra Pasión, esta con mayúscula, «por antonomasia», como afirma el Diccionario de la RAE. En estos días se derraman lágrimas o se guarda reverencial silencio contemplando al que padece por todos nosotros, seamos o no conscientes de ello. Aparecen sentimientos que mueven a la compasión. No debemos obviar, sin embargo, que hay una compasión primera, previa a la Pasión: Jesús padece de forma voluntaria porque se compadece del dolor y la miseria humana. Nosotros, que padecemos tantas veces, de forma involuntaria o no, estamos llamados a esa misma compasión.

Estos días habremos contemplado la Pasión como meros espectadores si no buscamos salir de ellos pidiendo ser transformados y «contagiados» por esa compasión de la que brota el acontecimiento que celebramos. Solo de esta manera, sufriendo con en que sufre, haciéndonos cargo del otro, abrazando los dolores y alegrías que salen a nuestro encuentro, podremos llevar esperanza en medio de este mundo enfermo de indiferencia

Palabras manoseadas. Hoy: 'compasión'

#NoTeHagasElMuerto

Un año más, llegó el día de Todos los Santos. Para muchos (por desgracia, cada vez más), el día que va después de Halloween. Y es que celebrar la noche del 31 de octubre disfrazándose y decorándolo todo con motivos terroríficos es algo que se ha instalado entre las costumbres de nuestros contemporáneos, hasta el punto de eclipsar muchas otras otras tradiciones. Las películas y series estadounidenses, la mercadotecnia (o marketing, como el respetable guste) y las clases de inglés del colegio han conseguido lo que las familias y el entorno inmediato dejaron de hacer hace tiempo: configurar el calendario mental de las nuevas generaciones. Y del mismo modo que cada vez es menos frecuente disfrazarse en Carnaval, cada vez lo es más hacerlo en Halloween, a pesar de que la cosa dure menos y la temática de los disfraces sea más restringida y monótona.
Mucha gente se aventura a establecer los orígenes de esta fiesta, y la verdad es que no sé quién tiene razón. Puede que en origen tuviera que ver con alguna conmemoración antigua de la llegada de los días oscuros, esto es, la llegada del otoño (o el final del verano, aquel que nuestros padres conmemoraban con la canción del Dúo Dinámico). Los cambios de estación siempre han tenido importancia en las manifestaciones de religiosidad natural. Pero hoy todo esto ha cambiado mucho y la llegada del otoño no nos suele parecer un motivo para festejar (aunque este esté siendo tan extrañamente caluroso). Lo que ha quedado es un batiburrillo de paganismo, noche de brujas y difuntos, y todo ello, en apariencia, exclusivamente al servicio de la juerga (que eso sí es muy español). Y digo en apariencia, porque también hay algún locatis suelto por ahí que se toma lo de esta noche como muy en serio, se van a cementerios y acaban burlándose de lo más sagrado. Y eso sí que no puede ser. Y como esta fiesta, en apariencia inocente, da ocasión a este tipo de estupideces, es necesario no estimular más su celebración.
Como respuesta a esto, comunidades católicas de todo el mundo han dedicado esta noche a realizar iniciativas de evangelización y oración, que en muchos sitios han llamado «Holywins», en un juego de palabras que transforma el vocablo «Halloween» para resaltar el triunfo de la santidad, que es lo que inicialmente veníamos celebrando ese día. Me parece una iniciativa bella, ¿qué mejor manera de celebrar la satidad que dando testimonio por las calles y orando?

#NoTeHagasElMuerto

Adán y Eva (II)

(aquí puedes leer la primera parte)

Y es que la confianza inicial se había roto y, con ella, esa mirada de amor y veneración hacia la otra persona, tanto en sus cualidades interiores como en su cuerpo. Y es aquí donde entra en juego el pudor: se trata de un natural mecanismo de protección ante el deseo de posesión y dominio del otro. La desnudez, física o afectiva, nos hace vulnerables. Si estoy desnuda en mi casa y anda por ahí mi mascota, no sentiré pudor, porque sé que el animal no tendrá esa mirada de dominio sobre mí. Pero entre personas, esa posibilidad es tristemente frecuente.

¿Y a qué viene que os cuente ahora todo esto? Mi intención es que nos hagamos una ligera idea de la riqueza de significados que posee la desnudez primigenia, la de Adán y Eva, la del hombre y la mujer recién salidos de las manos del Creador. Y que, después de habernos asomado un poco a este misterio, caigamos en la cuenta de lo burdos y estúpidos que resultan ciertos empleos comerciales de esto mismo.

Me refiero ahora al programa de telerrealidad (o reality, para quienes tienen pereza de decirlo en castellano) que ha escandalizado al país y del que solo he tenido noticia a través de los temas de momento (trending topics) de Twitter. No sé nada acerca de la dinámica del concurso o lo que quiera que sea. Solo sé que han tenido la jeta de llamarlo Adán y Eva, y que los participantes andan desnudos por una isla buscando pareja (de cópula, supongo, pues con semejante carta de presentación no creo que se pretenda ni se pueda aspirar a más). Otra vuelta de tuerca dentro del mundo de los experimentos televisivos, de los cuales no sabríamos determinar si son síntoma o causa de la sociedad en que vivimos actualmente. Probablemente sea un poco las dos cosas, un círculo vicioso (qué término tan apropiado) que configura la mentalidad colectiva y la perpetúa. Este programa es solo una muestra. Afortunadamente, los comentarios que he leído en la red social han sido más de rechazo que de aprobación. Pero esto no significaría mucho si, a pesar del rechazo, se sigue visualizando el contenido que es objeto de nuestra crítica.

Y al final, nos guste o no, estaremos perpetuando esta visión del ser humano, de su cuerpo y de su intimidad, que tanto denostamos y tan poco deseamos para nosotros mismos: como objeto de consumo, como mercancía, como objetivo de dominio y posesión. En fin, como todo lo contrario a esa primera desnudez de la que se nos habla en el Génesis, la de Adán y Eva, la del niño inocente, la que propicia la confianza y solo posibilita el Amor.

Adán y Eva (II)

Adán y Eva (I)

Cuenta el Génesis que, en el inicio de los tiempos, creó Yahvé Dios al hombre y a la mujer a partir del barro de la tierra. Conocemos a estos dos primeros seres como Adán y Eva. Estos nombres han llegado a nosotros como eso, simples nombres, pero en su origen etimológico hacían referencia a ese mismo origen. Y lejos de ser una imagen cualquiera, algo tosco propio de una sociedad primitiva, es una preciosa metáfora asumida por quien sabe que su ser es contingente, que no se ha dado a sí mismo la existencia y que procede de lo más sencillo y bajo, a lo que ha de regresar. Su materia prima es el humus, y por ello llamamos humilde a quien reconoce esto.

Adán y Eva, pues, son esos primeros seres con capacidad para pensar, sentir, imaginar, crear, amar y muchas cosas más, y todo ello a la vez. Y, en relación con esa naturaleza inicial, les atribuimos muchas cualidades y características que los humanos actuales hemos perdido. La más visible de todas ellas, y la que ha quedado en mayor medida en el imaginario colectivo, es una: iban desnudos.

Bien, llegados a este punto de nuestro recorrido, pueden bajarse, si lo desean, aquellos que entre risotadas murmuran: «tetas, culos...» y cosas similares. Pueden dar media vuelta y volver a sintonizar su programa de TV favorito, que presumiblemente formará parte de la parrilla de esa cadena cuyo número es mayor de 4 y menor que 6.

Prosigamos, pues: Adán y Eva iban desnudos. Algunos relacionarán esto con una especie de naturismo primigenio. Lo asociarán con la escasez de atuendo de ciertas sociedades primitivas. Y lamentarán el hecho de que la sociedad y la cultura hayan «impuesto» la necesidad de llevar ropas. Quienes sostengan este argumentario probablemente lo acompañarán de una crítica a los parámetros morales que han imperado en nuestras sociedades, y considerarán que el pudor es un constructo de los mismos.

Volvamos un momento a nuestros primeros padres. Iban, nunca mejor dicho, «como Dios los trajo al mundo». Pero esto no era sino una más de las muchas cualidades que formaban el estado de inocencia primigenia. No necesitaban cubrirse el uno ante el otro, porque donde no hay amenaza no se necesita protección. Pero, tras comer de la manzana que no era una manzana (algún día puede que hablemos de este fruto), nos cuentan que se percataron de su desnudez, sintieron vergüenza y buscaron el modo de taparse.

(Continuará...)

Adán y Eva (I)

sobre este blog
Susana

Hija, hermana, amiga, novia, tía, alumna, filóloga, monitora, getafense y persona humana en general.
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