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16 ENERO 2019

Entre muchas confusiones y unas pocas conclusiones surcan estas reflexiones

La carne tras el concepto

Funcionamos así. Oímos a diario, una y otra vez, que hay sufrimiento en el mundo. Sabemos que hay personas llamando a nuestras puertas, trepando por nuestras vallas, lanzándose a los mares que bañan nuestras costas, para optar a una mínima parte de lo que nosotros vivimos como cotidiano. Lo sabemos, y lo asumimos, adoptando en mayor o menor medida discursos de justificación. Y es entonces cuando una imagen nos abofetea y nos obliga a caer en la cuenta de lo terriblemente encarnada que es la realidad que hemos intentado atrapar en nuestros conceptos. Ante la visión de un pequeño cuerpo inerte en una playa, de un niño que podría estar jugando en cualquiera de nuestros parques ajeno a todo el horror del mundo, muchos cambian sus discursos. Y donde antes había recelos, ahora parece haber aperturas de brazos.

Pero la maquinaria sigue funcionando. Los conceptos se hacen carne, la carne muere, y esa muerte acaba siendo de nuevo transformada en concepto, en imagen de propaganda. Y ese dolor con el que hemos tomado contacto no ha llegado a traspasar nuestra carne, sino, simplemente, nos ha rozado por un momento. Ha llegado a la fibra sensibe, pero tal vez su camino no se ha completado: no ha alcanzado la fibra vital. Nos ha hecho sentir lástima, pero tal vez no compasión. Ha podido conmovernos, pero tal vez no ha llegado a movernos.

Para esta reflexión no he tomado la fotografía del pequeño Aylan muerto en la playa, que probablemente ustedes han visto ya demasiadas veces. He optado por una imagen que cualquiera con una mínima cultura cristiana podrá reconocer: la prueba de Santo Tomás, el apóstol que, ante la noticia de la Resurrección de Jesús, dijo aquello de «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.». Es un ejemplo paradigmático del «si no lo veo, no lo creo», o, más aún, «si no lo toco, no lo creo». Una muestra de cómo tantas veces no nos basta con lo que oímos y exigimos tomar contacto con esa carne que hay detrás del concepto.

La carne tras el concepto

#NoTeHagasElMuerto

Un año más, llegó el día de Todos los Santos. Para muchos (por desgracia, cada vez más), el día que va después de Halloween. Y es que celebrar la noche del 31 de octubre disfrazándose y decorándolo todo con motivos terroríficos es algo que se ha instalado entre las costumbres de nuestros contemporáneos, hasta el punto de eclipsar muchas otras otras tradiciones. Las películas y series estadounidenses, la mercadotecnia (o marketing, como el respetable guste) y las clases de inglés del colegio han conseguido lo que las familias y el entorno inmediato dejaron de hacer hace tiempo: configurar el calendario mental de las nuevas generaciones. Y del mismo modo que cada vez es menos frecuente disfrazarse en Carnaval, cada vez lo es más hacerlo en Halloween, a pesar de que la cosa dure menos y la temática de los disfraces sea más restringida y monótona.
Mucha gente se aventura a establecer los orígenes de esta fiesta, y la verdad es que no sé quién tiene razón. Puede que en origen tuviera que ver con alguna conmemoración antigua de la llegada de los días oscuros, esto es, la llegada del otoño (o el final del verano, aquel que nuestros padres conmemoraban con la canción del Dúo Dinámico). Los cambios de estación siempre han tenido importancia en las manifestaciones de religiosidad natural. Pero hoy todo esto ha cambiado mucho y la llegada del otoño no nos suele parecer un motivo para festejar (aunque este esté siendo tan extrañamente caluroso). Lo que ha quedado es un batiburrillo de paganismo, noche de brujas y difuntos, y todo ello, en apariencia, exclusivamente al servicio de la juerga (que eso sí es muy español). Y digo en apariencia, porque también hay algún locatis suelto por ahí que se toma lo de esta noche como muy en serio, se van a cementerios y acaban burlándose de lo más sagrado. Y eso sí que no puede ser. Y como esta fiesta, en apariencia inocente, da ocasión a este tipo de estupideces, es necesario no estimular más su celebración.
Como respuesta a esto, comunidades católicas de todo el mundo han dedicado esta noche a realizar iniciativas de evangelización y oración, que en muchos sitios han llamado «Holywins», en un juego de palabras que transforma el vocablo «Halloween» para resaltar el triunfo de la santidad, que es lo que inicialmente veníamos celebrando ese día. Me parece una iniciativa bella, ¿qué mejor manera de celebrar la satidad que dando testimonio por las calles y orando?

#NoTeHagasElMuerto

Dios ha muerto

Hoy, Sábado Santo, una de las lecturas que encuentro más recomendables es El sábado de la historia, libro en el que se combinan unas reflexiones de Joseph Ratzinger (nuestro querido Papa emérito Benedicto XVI) y la obra pictórica del estadounidense William Congdom. Las palabras que he encontrado en las páginas que he leído han sido tan certeras, tan reflejo de lo que nos ocurre, que he querido compartiros algunos fragmentos que sirvan para la reflexión. Solo me hago eco de ello, comparto estas pequeñas gotas de verdad, pero, por supuesto, nada mejor que conseguir el texto entero y detenerse en todo él.

«El misterio terrible del Sábado Santo ha adquirido en nuestro tiempo una realidad aplastante. Ya que esto es el Sábado Santo: día de la ocultación de Dios, día de esa paradoja inaudita que nosotros expresamos en el Credo con las palabras "descendió a los infiernos", descendió dentro del misterio de la muerte».

«¿No es este, de una manera impresionante, nuestro día? ¿No comienza nuestro siglo a ser un gran Sábado Santo, día de la ausencia de Dios, en el que hasta los discípulos tienen un vacío helador en el corazón?».

«Dios ha muerto y nosotros lo hemos matado, recluyéndolo en la concha rancia de nuestros pensamientos habituales, exiliándolo a una forma de piedad sin contenido de realidad y perdida en el giro de las frases devocionales o de las preciosidades arqueológicas; nosotros lo hemos matado a través de la ambigüedad de nuestra vida, que ha extendido un velo de oscuridad también sobre él».

«La imagen que (los discípulos) se habían formado de Dios, en la que habían tratado de encerrarlo, debía ser destruida para que ellos, a través de los escombros de la casa derruida, pudieran ver el cielo, a él mismo».

«La Iglesia, la fe, ¿no se asemejan a una pequeña barca que parece naufragar, que lucha inútilmente contra las olas y el viento, mientras Dios está ausente? [...] Cuando la tempestad pase nos daremos cuenta en qué medida nuestra poca fe estaba cargada de insensatez».

Finaliza Ratzinger su meditación con una preciosa oración de un párrafo entero, que termina así:

«No permitas que tu palabra se pierda en el gran derroche de palabras de estos tiempos. Señor, danos tu ayuda, porque sin ti naufragaremos».

Dios ha muerto

Te quiero libre... y responsable

Volvemos a estar a vueltas con el tema del aborto. A muchos les gustaría que este tema hubiese dejado de ser motivo de debate hace tiempo, por haber llegado a ser algo totalmente normalizado y aceptado, pero me temo que eso es altamente improbable, pues todo lo que afecta a lo más esencial de la vida humana estará siempre entre nuestras cuestiones perennes.

Sin embargo, intereses de un lado y de otro se empeñan en apartar del centro lo verdaderamente esencial para poner en la picota otras preguntas en las que cabe un debate más encarnizado y una criminalización más feroz del contrario. ¿A quién le importa cuándo empieza una vida humana? Lo verdaderamente importante es la LIBERTAD, así, a lo grande, aunque, curiosamente, el concepto de libertad que se acabe defendiendo es bastante pequeño, reducido del todo, una simple libertad de elección.

La libertad de elección que se propugna es la libertad para hacer lo que uno quiere y disponer de lo que se tiene al alcance para los propios propósitos. Soy libre de decidir qué hacer con mi propio cuerpo, porque mi bombo es mío. Sin embargo, olvidamos muy frecuentemente que libertad implica responsabilidad, y que, para disponer libremente de algo, debo, en primer lugar (y aunque parezca una perogrullada) disponer auténticamente de ello.

Cuando alguien adquiere la libertad para ejercer de aquello para lo que se ha preparado (libertad, esa sí, que no tenemos garantizada ni por asomo), primero se ha hecho dueño de esos conocimientos, y después está listo para ejercerlos libremente. Pero también se hace tremendamente responsable. Un médico, de un enfermero, de un maestro, de un profesor, de un conductor de cualquier tipo de vehículo... tienen en sus manos decenas de vidas.

Nos parecería absurdo hablar de la libertad de estas personas sin apelar a su responsabilidad. Sin embargo, eso es lo que hacemos cuando se trata de la tan proclamada libertad sexual y reproductiva. Ahí podemos decir sin sonrojarnos que somos libres de hacer lo que nos plazca con nuestro propio cuerpo, pero sin que asome en ningún momento la responsabilidad.

No hablo ahora de los casos de aborto por violación o por razones graves relacionadas con la salud de la madre o del hijo. Esos casos merecen una atención aparte y, por desgracia, son los que acaban utilizando como argumento quienes defienden un aborto totalmente normalizado y sin restricciones. Sin embargo, la realidad es tozuda y muestra que estos casos constituyen un porcentaje mínimo y que gran parte de los abortos que han tenido lugar en los últimos años han sido elección de la madre, sin otras causas.

Llama la atención leer en las redes sociales a chiquillas que aún ni han terminado la ESO afirmar su libertad sobre su propio cuerpo. Lo han aprendido bien pronto. Se aclama sin cesar por todas partes que las mujeres somos libres de disponer de nuestros úteros y demás órganos sexuales. Sin embargo, qué curioso, esa libertad es abanderada después de que se haya dado el embarazo. ¿Dónde estaba la libre disposición del propio cuerpo antes de que tuviera lugar esa fecundación? ¿Dónde la libre elección a la hora de hacer lo que necesariamente se ha de hacer para que eso suceda? Al parecer, en esos momentos no somos tan maduras y autosuficientes, como proclamamos después. Repito que dejo fuera el supuesto terrible de la violación. En la mayor parte de los casos, hemos sido libres y dueñas de nuestros cuerpos para pasar un buen rato con ellos. También lo han sido los caballeros que han compartido con nosotras esos estupendos momentos. Eso sí, ha sido una libertad falseada, porque ni unos ni otros nos hemos hecho plenamente responsables de nuestros actos, de nuestros cuerpos o de los cuerpos ajenos. Después, cuando llega la parte menos agradable, el caballero desaparece del horizonte como si la cosa no hubiera ido con él, y ahí es cuando nosotras, y solo nosotras, somos libres y responsables de nuestros cuerpos, cuando ya llevamos en nuestro interior un cuerpo que no nos pertenece.

Se alude a la libertad de la mujer después del embarazo... ¿Y antes? ¿Hemos sufrido enajenación mental transitoria, aturdidas en una sobredosis de libertad sin libertad? Me parece una absoluta falta de respeto y una utilización de la libertad sexual totalmente al servicio de las ideologías políticas y los intereses comerciales de las multinacionales de los métodos anticonceptivos y del aborto (multinacionales que, contrariamente a lo que podríamos pensar, se dan la mano para conseguir fines comunes). Porque no, no son ONGs. Aunque a veces las ONGs acaben sirviendo a sus intereses con el pretexto de la defensa de ciertos derechos.

Somos libres. Nuestro cuerpo es nuestro, y aunque no nos lo hemos dado a nosotros mismos, podemos disponer de él para lo que nos plazca. Pero la libertad implica conocer y asumir. La libertad, como gran poder que es, conlleva una gran responsabilidad.

Te quiero libre... y responsable

Mi casa, tu casa

Hoy, 17 de Noviembre, se celebra el Día de la Iglesia Diocesana. Ya lo habréis visto en los anuncios. Y no, no son sólo para que la gente marque la X de la declaración de la Renta (que también). Es para que caigamos en la cuenta de todos los que formamos parte de esta familia. Ese anuncio, mal entendido, puede entenderse como un "mirad qué buenos somos y qué de cosas hacemos". Mucha gente lo habrá entendido así, y es una pena. Sin embargo, la idea es la de mostrar lo que muchos vivimos diariamente: que Iglesia somos todos los que estamos en ella, y que hay sitio para cada uno. Esto, que a muchos nos parece una perogrullada, precisamente porque lo vivimos cotidianamente y no entendemos otra forma de ser Iglesia, parece que a veces no está lo suficientemente claro. Y es una pena. Pero no por más decirlo se va a entender mejor: es la vivencia la que escribe esto en el corazón de cada uno.

Mucha gente dice que los de Getafe tenemos una gran conciencia de "nuestra Diócesis". Verdaderamente, somos muy afortunados, aunque, como con todo lo bueno, tiene sus riesgos. Pero recuerdo un día que oí decir a un sacerdote: "los de Getafe, con la Diócesis que tenemos, si no somos santos, es para darnos de collejas". Porque lo tenemos tan al alcance... No todo el mundo tiene la dicha de encontrar un lugar donde se viva la fe de forma tan alegre y auténtica. No digo que seamos ni mejor ni peor, vaya, simplemente, somos afortunados, y eso también trae consigo una responsabilidad. No hay día que no me sienta agradecida de haber "caído" aquí. Recuerdo que, de primeras, la juventud diocesana me pareció una pandilla de locos, en el mejor sentido de la palabra. Yo, que había abandonado la parroquia por pereza, por ese momento crítico que fue la adolescencia y por una falta de testimonio vivo cercano a mí, de repente topé con aquella gente, y me cambiaron los esquemas. Una persona me dijo una vez que si me hubiera encontrado con gente que iba a macrodiscotecas, me habría vuelto una fiestera, pero como me había encontrado con gente que iba a misa, pues que me había vuelto católica. Vaya, eso, de primeras, resultó una forma muy sutil de llamarme aborregada. Y no sé si hubiera ido a macrodiscotecas, pero lo que sí sé es que no hubiera cambiado mi vida como esto lo ha hecho. Porque al ver los fallos y limitaciones de ir de macro-discotecas, lo hubiera abandonado. Sin embargo, al ver los fallos y limitaciones de mi Iglesia (los que se ven desde dentro, no los que tanta gente achaca desde el desconocimiento) eso no hace sino que desee más estar en ella. Es como aquello que dicen de Erasmo de Rotterdam, cuando, ante el reproche de los protestantes de que él siguiera en el seno de la Iglesia, contestó: "soporto a esta Iglesia, con la esperanza de que se haga mejor, dado que ella se ve obligada a soportarme a mí, con la esperanza de que yo me haga mejor". Tenía sus cosillas este Erasmo, pero en esto estuvo agudo: recuerdo esta afirmación cuando me salen las quejas. En efecto, en esta Iglesia, yo, tal y como soy, he encontrado un lugar, y como yo, muchos. Yo no soy perfecta, y muchos tendrán queja... pero aquí estoy. Y aquí estamos todos. Qué afortunados somos de tener cada día para caminar avanzando en ello, y cuánto lo dejamos pasar a veces.

Mi casa, tu casa

Escuadra y cartabón

El año pasado por estas fechas tenía muy reciente la experiencia de haber pasado unos días estupendos en Valencia con motivo el Congreso Nacional de Pastoral Juvenil, evento que demostró haber estado muy cuidado en el antes y el durante. Por desgracia, no parece haber sucedido lo mismo con el después, al menos en lo visible, pues los restos del post-congreso parecen haberse diluido. Prueba de ello es, por ejemplo, la desaparición de su página web. En fin,solo Dios sabe los frutos que está dando.

En aquel puente de Todos los Santos de 2012 tuvo lugar la desgracia del Madrid Arena; ya saben, aquella fiesta de Halloween en la que se admitió más gente de la debida y, a causa de esto, se produjo una avalancha en la que decenas de jóvenes se aplastaron durante unos momentos fatales. Nos fueron llegando noticias de las jóvenes que habían fallecido o estaban en estado crítico, y en las eucaristías y oraciones de aquel congreso las tuvimos presentes. Fue por boca de monseñor Osoro que conocí los nombres de quienes, hasta ese momento, a través de los medios de comunicación, solo había conocido el número.

Monseñor Munilla también las mencionó en su conferencia, que fue de las más aplaudidas del Congreso, aunque también de las más discutidas (es lo que ocurre cuando uno dice las cosas tan claras). Y al referirse a las víctimas del Madrid Arena, y entre ellas a Belén Langdon, de familia católica, vinculada al Opus Dei, con un hermano recientemente ordenado sacerdote y otro en el seminario, hizo un comentario que aun hoy tengo presente: «No existen límites trazados con escuadra y cartabón entre los jóvenes católicos y el resto de los jovenes».

Qué acertado estuvo. No existen, y si las vemos, algo falla. Nada que interese, atraiga o preocupe a nuestra generación nos ha de ser ajeno. Lo cual no quiere decir que nos ajustemos a la mentalidad que esté de moda. Siempre ha sido lo propio del católico estar en el mundo pero sin ser del mundo. Si falta algo de esto, podemos acabar con una especie de esquizofrenia, divididos entre nuestro yo de la iglesia y nuestro yo de casa,nuestro yo de la familia y nuestro yo de los amigos,nuestro yo del fin de semana y nuestro yo de diario,nuestro yo del trabajo y nuestro yo del ocio. Y cuando uno está dividido,más fácil es que las cosas se vacíen de significado.

El Papa Francisco lo dijo de un modo muy gráfico en su ya célebre discurso a los jóvenes argentinos durante la JMJ de Río de Janeiro: «No licúen la fe en Jesucristo; la fe es entera, no se licúa».

Cuantas más fronteras pongamos entre nosotros y los demás, más las acabaremos trazando en el interior de uno mismo. Y un cuerpo dividido difícilmente podrá sobrevivir...

Escuadra y cartabón

sobre este blog
Susana

Hija, hermana, amiga, novia, tía, alumna, filóloga, monitora, getafense y persona humana en general.
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