Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
16 ENERO 2019

Entre muchas confusiones y unas pocas conclusiones surcan estas reflexiones

#NoTeHagasElMuerto

Un año más, llegó el día de Todos los Santos. Para muchos (por desgracia, cada vez más), el día que va después de Halloween. Y es que celebrar la noche del 31 de octubre disfrazándose y decorándolo todo con motivos terroríficos es algo que se ha instalado entre las costumbres de nuestros contemporáneos, hasta el punto de eclipsar muchas otras otras tradiciones. Las películas y series estadounidenses, la mercadotecnia (o marketing, como el respetable guste) y las clases de inglés del colegio han conseguido lo que las familias y el entorno inmediato dejaron de hacer hace tiempo: configurar el calendario mental de las nuevas generaciones. Y del mismo modo que cada vez es menos frecuente disfrazarse en Carnaval, cada vez lo es más hacerlo en Halloween, a pesar de que la cosa dure menos y la temática de los disfraces sea más restringida y monótona.
Mucha gente se aventura a establecer los orígenes de esta fiesta, y la verdad es que no sé quién tiene razón. Puede que en origen tuviera que ver con alguna conmemoración antigua de la llegada de los días oscuros, esto es, la llegada del otoño (o el final del verano, aquel que nuestros padres conmemoraban con la canción del Dúo Dinámico). Los cambios de estación siempre han tenido importancia en las manifestaciones de religiosidad natural. Pero hoy todo esto ha cambiado mucho y la llegada del otoño no nos suele parecer un motivo para festejar (aunque este esté siendo tan extrañamente caluroso). Lo que ha quedado es un batiburrillo de paganismo, noche de brujas y difuntos, y todo ello, en apariencia, exclusivamente al servicio de la juerga (que eso sí es muy español). Y digo en apariencia, porque también hay algún locatis suelto por ahí que se toma lo de esta noche como muy en serio, se van a cementerios y acaban burlándose de lo más sagrado. Y eso sí que no puede ser. Y como esta fiesta, en apariencia inocente, da ocasión a este tipo de estupideces, es necesario no estimular más su celebración.
Como respuesta a esto, comunidades católicas de todo el mundo han dedicado esta noche a realizar iniciativas de evangelización y oración, que en muchos sitios han llamado «Holywins», en un juego de palabras que transforma el vocablo «Halloween» para resaltar el triunfo de la santidad, que es lo que inicialmente veníamos celebrando ese día. Me parece una iniciativa bella, ¿qué mejor manera de celebrar la satidad que dando testimonio por las calles y orando?

#NoTeHagasElMuerto

Palabras manoseadas. Hoy: 'celebrar'

    • ¿Tú celebras Halloween?
    • Qué tontería celebrar la Navidad, solo es un invento de los centros comerciales para hacer caja.
    • ¡Hay que celebrar que comenzamos un año nuevo!
    • Nosotros no celebramos San Valentín, nosotros nos queremos todo el año.
    • Este año no estoy para celebraciones.
    • Si aprobamos, nos emborrachamos para celebrarlo; si no, nos emborrachamos para olvidarlo.

Y así un largo etcétera. Todos hemos oído o dicho frases de este estilo. Hay quienes se apuntan a todas las celebraciones, y quienes, por la razón que sea, las evitan todas. Todos los meses hay varias razones para celebrar alguna cosa: un cumpleaños, una fecha señalada, un éxito deportivo... Y hoy, en una noche en que muchos celebran algo que no sabemos muy bien qué es, he estado dando vueltas al concepto mismo de celebrar. El DRAE reconoce cinco acepciones para este verbo:

celebrar.

(Del lat. celebrāre).

1. tr. Conmemorar, festejar una fecha, un acontecimiento. Celebramos el cumpleaños de Juan.

2. tr. Alabar, aplaudir algo. Celebro tu sabia decisión. Era u. también apl. a pers.

3. tr. Reverenciar, venerar solemnemente con culto público los misterios de la religión y la memoria de sus santos.

4. tr. Realizar un acto, una reunión, un espectáculo, etc. U. t. c. prnl.

5. tr. decir misa. U. t. c. intr.

Hoy veía a los niños volver del colegio con sus disfraces de Halloween. Cuando yo estaba en Primaria, la presencia de este día se limitaba a las clases de inglés. Hoy, al parecer, está casi tan aceptado como nuestro carnaval de toda la vida, solo que con un poco menos de libertad creativa a la hora de elaborar disfraces. El caso es que para ellos no es más que un día en el que ir disfrazado; para muchos adultos, también. No hay más contenido. Ni culto a la muerte, ni simpatía por el demonio, ni nada por el estilo. Un pretexto para hacer algo diferente.

¿No tendría sentido que en la escuela, además de adherirse a todas las celebraciones habidas y por haber, se hiciese por reflexionar sobre el sentido y origen de estas fiestas? Al fin y al cabo, uno de los objetivos principales de la educación es insertar al individuo en una cultura determinada para que sea capaz de asumirla críticamente y relacionarse libremente con el resto de culturas. O eso decimos cuando toca escribir algo formal sobre estos temas.

Bien, pues las tradiciones y fiestas de un pueblo son una parte central de su cultura. Y he aquí un problema: si entramos a ahondar en el origen de nuestras celebraciones, toparemos de lleno con que la inmensa mayoría tienen su origen en la religión, concretamente en la católica. Y claro, eso de hablar en clase de religión no puede ser, está feo, es discriminatorio y tal. Cuando yo estaba en Primaria le cantamos el Cumpleaños feliz a la Constitución Española por sus 20 añitos (y la muy sosa ni se vino a comer tarta con nosotros) y tiramos palomas de papel el Día de la Paz (supe, gracias a mis compañeros que iban a Religión, que tal efeméride se debía al aniversario de la muerte de Gandhi); en Navidad había villancicos, tarjetitas y belén, y en Semana Santa... vacaciones, de cuyo origen nos enterábamos porque la mayoría íbamos a catequesis de Primera Comunión. Porque eso es el ideal, según muchos, ¿no? Que la religión se quede en las parroquias, mientras que en los colegios solo quede un residuo que sirva de pretexto para disfrazarse y hacer manualidades, a poder ser de arbolitos y estrellitas para no ofender.

Y es que vamos tendiendo a quedarnos con la cuarta acepción de la palabra celebrar, sin pasar siquiera por la primera. Y, al menos si queremos que las cosas tengan un porqué y no hacerlas porque toca, la primera debería ser condición previa a la cuarta, el acontecimiento al festejo. Pero, ¿y si alguien descubre que no tiene acontecimiento que celebrar? ¿Se queda sin festejo? Pues vaya faena.

Ojalá, pues, todos encontremos algo que celebrar, en el más pleno de sus sentidos.

Palabras manoseadas. Hoy: 'celebrar'

Para quienes hayan conocido este blog recientemente o gracias al portal Páginas Digital, comento, por poner en antecedentes, que comencé una sección en el mismo que he tenido a bien llamar «Palabras manoseadas», para referirme a aquellos conceptos a los que, de tanto usarlos en un determinado sentido, hemos hecho perder la amplitud que tenían y han quedado empequeñecidos y borrosos, al menos en gran medida.

sobre este blog
Susana

Hija, hermana, amiga, novia, tía, alumna, filóloga, monitora, getafense y persona humana en general.
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