Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
20 JULIO 2019

Entre muchas confusiones y unas pocas conclusiones surcan estas reflexiones

Adán y Eva (II)

(aquí puedes leer la primera parte)

Y es que la confianza inicial se había roto y, con ella, esa mirada de amor y veneración hacia la otra persona, tanto en sus cualidades interiores como en su cuerpo. Y es aquí donde entra en juego el pudor: se trata de un natural mecanismo de protección ante el deseo de posesión y dominio del otro. La desnudez, física o afectiva, nos hace vulnerables. Si estoy desnuda en mi casa y anda por ahí mi mascota, no sentiré pudor, porque sé que el animal no tendrá esa mirada de dominio sobre mí. Pero entre personas, esa posibilidad es tristemente frecuente.

¿Y a qué viene que os cuente ahora todo esto? Mi intención es que nos hagamos una ligera idea de la riqueza de significados que posee la desnudez primigenia, la de Adán y Eva, la del hombre y la mujer recién salidos de las manos del Creador. Y que, después de habernos asomado un poco a este misterio, caigamos en la cuenta de lo burdos y estúpidos que resultan ciertos empleos comerciales de esto mismo.

Me refiero ahora al programa de telerrealidad (o reality, para quienes tienen pereza de decirlo en castellano) que ha escandalizado al país y del que solo he tenido noticia a través de los temas de momento (trending topics) de Twitter. No sé nada acerca de la dinámica del concurso o lo que quiera que sea. Solo sé que han tenido la jeta de llamarlo Adán y Eva, y que los participantes andan desnudos por una isla buscando pareja (de cópula, supongo, pues con semejante carta de presentación no creo que se pretenda ni se pueda aspirar a más). Otra vuelta de tuerca dentro del mundo de los experimentos televisivos, de los cuales no sabríamos determinar si son síntoma o causa de la sociedad en que vivimos actualmente. Probablemente sea un poco las dos cosas, un círculo vicioso (qué término tan apropiado) que configura la mentalidad colectiva y la perpetúa. Este programa es solo una muestra. Afortunadamente, los comentarios que he leído en la red social han sido más de rechazo que de aprobación. Pero esto no significaría mucho si, a pesar del rechazo, se sigue visualizando el contenido que es objeto de nuestra crítica.

Y al final, nos guste o no, estaremos perpetuando esta visión del ser humano, de su cuerpo y de su intimidad, que tanto denostamos y tan poco deseamos para nosotros mismos: como objeto de consumo, como mercancía, como objetivo de dominio y posesión. En fin, como todo lo contrario a esa primera desnudez de la que se nos habla en el Génesis, la de Adán y Eva, la del niño inocente, la que propicia la confianza y solo posibilita el Amor.

Adán y Eva (II)

Adán y Eva (I)

Cuenta el Génesis que, en el inicio de los tiempos, creó Yahvé Dios al hombre y a la mujer a partir del barro de la tierra. Conocemos a estos dos primeros seres como Adán y Eva. Estos nombres han llegado a nosotros como eso, simples nombres, pero en su origen etimológico hacían referencia a ese mismo origen. Y lejos de ser una imagen cualquiera, algo tosco propio de una sociedad primitiva, es una preciosa metáfora asumida por quien sabe que su ser es contingente, que no se ha dado a sí mismo la existencia y que procede de lo más sencillo y bajo, a lo que ha de regresar. Su materia prima es el humus, y por ello llamamos humilde a quien reconoce esto.

Adán y Eva, pues, son esos primeros seres con capacidad para pensar, sentir, imaginar, crear, amar y muchas cosas más, y todo ello a la vez. Y, en relación con esa naturaleza inicial, les atribuimos muchas cualidades y características que los humanos actuales hemos perdido. La más visible de todas ellas, y la que ha quedado en mayor medida en el imaginario colectivo, es una: iban desnudos.

Bien, llegados a este punto de nuestro recorrido, pueden bajarse, si lo desean, aquellos que entre risotadas murmuran: «tetas, culos...» y cosas similares. Pueden dar media vuelta y volver a sintonizar su programa de TV favorito, que presumiblemente formará parte de la parrilla de esa cadena cuyo número es mayor de 4 y menor que 6.

Prosigamos, pues: Adán y Eva iban desnudos. Algunos relacionarán esto con una especie de naturismo primigenio. Lo asociarán con la escasez de atuendo de ciertas sociedades primitivas. Y lamentarán el hecho de que la sociedad y la cultura hayan «impuesto» la necesidad de llevar ropas. Quienes sostengan este argumentario probablemente lo acompañarán de una crítica a los parámetros morales que han imperado en nuestras sociedades, y considerarán que el pudor es un constructo de los mismos.

Volvamos un momento a nuestros primeros padres. Iban, nunca mejor dicho, «como Dios los trajo al mundo». Pero esto no era sino una más de las muchas cualidades que formaban el estado de inocencia primigenia. No necesitaban cubrirse el uno ante el otro, porque donde no hay amenaza no se necesita protección. Pero, tras comer de la manzana que no era una manzana (algún día puede que hablemos de este fruto), nos cuentan que se percataron de su desnudez, sintieron vergüenza y buscaron el modo de taparse.

(Continuará...)

Adán y Eva (I)

Te quiero libre... y responsable

Volvemos a estar a vueltas con el tema del aborto. A muchos les gustaría que este tema hubiese dejado de ser motivo de debate hace tiempo, por haber llegado a ser algo totalmente normalizado y aceptado, pero me temo que eso es altamente improbable, pues todo lo que afecta a lo más esencial de la vida humana estará siempre entre nuestras cuestiones perennes.

Sin embargo, intereses de un lado y de otro se empeñan en apartar del centro lo verdaderamente esencial para poner en la picota otras preguntas en las que cabe un debate más encarnizado y una criminalización más feroz del contrario. ¿A quién le importa cuándo empieza una vida humana? Lo verdaderamente importante es la LIBERTAD, así, a lo grande, aunque, curiosamente, el concepto de libertad que se acabe defendiendo es bastante pequeño, reducido del todo, una simple libertad de elección.

La libertad de elección que se propugna es la libertad para hacer lo que uno quiere y disponer de lo que se tiene al alcance para los propios propósitos. Soy libre de decidir qué hacer con mi propio cuerpo, porque mi bombo es mío. Sin embargo, olvidamos muy frecuentemente que libertad implica responsabilidad, y que, para disponer libremente de algo, debo, en primer lugar (y aunque parezca una perogrullada) disponer auténticamente de ello.

Cuando alguien adquiere la libertad para ejercer de aquello para lo que se ha preparado (libertad, esa sí, que no tenemos garantizada ni por asomo), primero se ha hecho dueño de esos conocimientos, y después está listo para ejercerlos libremente. Pero también se hace tremendamente responsable. Un médico, de un enfermero, de un maestro, de un profesor, de un conductor de cualquier tipo de vehículo... tienen en sus manos decenas de vidas.

Nos parecería absurdo hablar de la libertad de estas personas sin apelar a su responsabilidad. Sin embargo, eso es lo que hacemos cuando se trata de la tan proclamada libertad sexual y reproductiva. Ahí podemos decir sin sonrojarnos que somos libres de hacer lo que nos plazca con nuestro propio cuerpo, pero sin que asome en ningún momento la responsabilidad.

No hablo ahora de los casos de aborto por violación o por razones graves relacionadas con la salud de la madre o del hijo. Esos casos merecen una atención aparte y, por desgracia, son los que acaban utilizando como argumento quienes defienden un aborto totalmente normalizado y sin restricciones. Sin embargo, la realidad es tozuda y muestra que estos casos constituyen un porcentaje mínimo y que gran parte de los abortos que han tenido lugar en los últimos años han sido elección de la madre, sin otras causas.

Llama la atención leer en las redes sociales a chiquillas que aún ni han terminado la ESO afirmar su libertad sobre su propio cuerpo. Lo han aprendido bien pronto. Se aclama sin cesar por todas partes que las mujeres somos libres de disponer de nuestros úteros y demás órganos sexuales. Sin embargo, qué curioso, esa libertad es abanderada después de que se haya dado el embarazo. ¿Dónde estaba la libre disposición del propio cuerpo antes de que tuviera lugar esa fecundación? ¿Dónde la libre elección a la hora de hacer lo que necesariamente se ha de hacer para que eso suceda? Al parecer, en esos momentos no somos tan maduras y autosuficientes, como proclamamos después. Repito que dejo fuera el supuesto terrible de la violación. En la mayor parte de los casos, hemos sido libres y dueñas de nuestros cuerpos para pasar un buen rato con ellos. También lo han sido los caballeros que han compartido con nosotras esos estupendos momentos. Eso sí, ha sido una libertad falseada, porque ni unos ni otros nos hemos hecho plenamente responsables de nuestros actos, de nuestros cuerpos o de los cuerpos ajenos. Después, cuando llega la parte menos agradable, el caballero desaparece del horizonte como si la cosa no hubiera ido con él, y ahí es cuando nosotras, y solo nosotras, somos libres y responsables de nuestros cuerpos, cuando ya llevamos en nuestro interior un cuerpo que no nos pertenece.

Se alude a la libertad de la mujer después del embarazo... ¿Y antes? ¿Hemos sufrido enajenación mental transitoria, aturdidas en una sobredosis de libertad sin libertad? Me parece una absoluta falta de respeto y una utilización de la libertad sexual totalmente al servicio de las ideologías políticas y los intereses comerciales de las multinacionales de los métodos anticonceptivos y del aborto (multinacionales que, contrariamente a lo que podríamos pensar, se dan la mano para conseguir fines comunes). Porque no, no son ONGs. Aunque a veces las ONGs acaben sirviendo a sus intereses con el pretexto de la defensa de ciertos derechos.

Somos libres. Nuestro cuerpo es nuestro, y aunque no nos lo hemos dado a nosotros mismos, podemos disponer de él para lo que nos plazca. Pero la libertad implica conocer y asumir. La libertad, como gran poder que es, conlleva una gran responsabilidad.

Te quiero libre... y responsable

sobre este blog
Susana

Hija, hermana, amiga, novia, tía, alumna, filóloga, monitora, getafense y persona humana en general.
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