Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
25 MAYO 2019

Entre muchas confusiones y unas pocas conclusiones surcan estas reflexiones

La carne tras el concepto

Funcionamos así. Oímos a diario, una y otra vez, que hay sufrimiento en el mundo. Sabemos que hay personas llamando a nuestras puertas, trepando por nuestras vallas, lanzándose a los mares que bañan nuestras costas, para optar a una mínima parte de lo que nosotros vivimos como cotidiano. Lo sabemos, y lo asumimos, adoptando en mayor o menor medida discursos de justificación. Y es entonces cuando una imagen nos abofetea y nos obliga a caer en la cuenta de lo terriblemente encarnada que es la realidad que hemos intentado atrapar en nuestros conceptos. Ante la visión de un pequeño cuerpo inerte en una playa, de un niño que podría estar jugando en cualquiera de nuestros parques ajeno a todo el horror del mundo, muchos cambian sus discursos. Y donde antes había recelos, ahora parece haber aperturas de brazos.

Pero la maquinaria sigue funcionando. Los conceptos se hacen carne, la carne muere, y esa muerte acaba siendo de nuevo transformada en concepto, en imagen de propaganda. Y ese dolor con el que hemos tomado contacto no ha llegado a traspasar nuestra carne, sino, simplemente, nos ha rozado por un momento. Ha llegado a la fibra sensibe, pero tal vez su camino no se ha completado: no ha alcanzado la fibra vital. Nos ha hecho sentir lástima, pero tal vez no compasión. Ha podido conmovernos, pero tal vez no ha llegado a movernos.

Para esta reflexión no he tomado la fotografía del pequeño Aylan muerto en la playa, que probablemente ustedes han visto ya demasiadas veces. He optado por una imagen que cualquiera con una mínima cultura cristiana podrá reconocer: la prueba de Santo Tomás, el apóstol que, ante la noticia de la Resurrección de Jesús, dijo aquello de «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.». Es un ejemplo paradigmático del «si no lo veo, no lo creo», o, más aún, «si no lo toco, no lo creo». Una muestra de cómo tantas veces no nos basta con lo que oímos y exigimos tomar contacto con esa carne que hay detrás del concepto.

La carne tras el concepto

#NoTeHagasElMuerto

Un año más, llegó el día de Todos los Santos. Para muchos (por desgracia, cada vez más), el día que va después de Halloween. Y es que celebrar la noche del 31 de octubre disfrazándose y decorándolo todo con motivos terroríficos es algo que se ha instalado entre las costumbres de nuestros contemporáneos, hasta el punto de eclipsar muchas otras otras tradiciones. Las películas y series estadounidenses, la mercadotecnia (o marketing, como el respetable guste) y las clases de inglés del colegio han conseguido lo que las familias y el entorno inmediato dejaron de hacer hace tiempo: configurar el calendario mental de las nuevas generaciones. Y del mismo modo que cada vez es menos frecuente disfrazarse en Carnaval, cada vez lo es más hacerlo en Halloween, a pesar de que la cosa dure menos y la temática de los disfraces sea más restringida y monótona.
Mucha gente se aventura a establecer los orígenes de esta fiesta, y la verdad es que no sé quién tiene razón. Puede que en origen tuviera que ver con alguna conmemoración antigua de la llegada de los días oscuros, esto es, la llegada del otoño (o el final del verano, aquel que nuestros padres conmemoraban con la canción del Dúo Dinámico). Los cambios de estación siempre han tenido importancia en las manifestaciones de religiosidad natural. Pero hoy todo esto ha cambiado mucho y la llegada del otoño no nos suele parecer un motivo para festejar (aunque este esté siendo tan extrañamente caluroso). Lo que ha quedado es un batiburrillo de paganismo, noche de brujas y difuntos, y todo ello, en apariencia, exclusivamente al servicio de la juerga (que eso sí es muy español). Y digo en apariencia, porque también hay algún locatis suelto por ahí que se toma lo de esta noche como muy en serio, se van a cementerios y acaban burlándose de lo más sagrado. Y eso sí que no puede ser. Y como esta fiesta, en apariencia inocente, da ocasión a este tipo de estupideces, es necesario no estimular más su celebración.
Como respuesta a esto, comunidades católicas de todo el mundo han dedicado esta noche a realizar iniciativas de evangelización y oración, que en muchos sitios han llamado «Holywins», en un juego de palabras que transforma el vocablo «Halloween» para resaltar el triunfo de la santidad, que es lo que inicialmente veníamos celebrando ese día. Me parece una iniciativa bella, ¿qué mejor manera de celebrar la satidad que dando testimonio por las calles y orando?

#NoTeHagasElMuerto

Adán y Eva (II)

(aquí puedes leer la primera parte)

Y es que la confianza inicial se había roto y, con ella, esa mirada de amor y veneración hacia la otra persona, tanto en sus cualidades interiores como en su cuerpo. Y es aquí donde entra en juego el pudor: se trata de un natural mecanismo de protección ante el deseo de posesión y dominio del otro. La desnudez, física o afectiva, nos hace vulnerables. Si estoy desnuda en mi casa y anda por ahí mi mascota, no sentiré pudor, porque sé que el animal no tendrá esa mirada de dominio sobre mí. Pero entre personas, esa posibilidad es tristemente frecuente.

¿Y a qué viene que os cuente ahora todo esto? Mi intención es que nos hagamos una ligera idea de la riqueza de significados que posee la desnudez primigenia, la de Adán y Eva, la del hombre y la mujer recién salidos de las manos del Creador. Y que, después de habernos asomado un poco a este misterio, caigamos en la cuenta de lo burdos y estúpidos que resultan ciertos empleos comerciales de esto mismo.

Me refiero ahora al programa de telerrealidad (o reality, para quienes tienen pereza de decirlo en castellano) que ha escandalizado al país y del que solo he tenido noticia a través de los temas de momento (trending topics) de Twitter. No sé nada acerca de la dinámica del concurso o lo que quiera que sea. Solo sé que han tenido la jeta de llamarlo Adán y Eva, y que los participantes andan desnudos por una isla buscando pareja (de cópula, supongo, pues con semejante carta de presentación no creo que se pretenda ni se pueda aspirar a más). Otra vuelta de tuerca dentro del mundo de los experimentos televisivos, de los cuales no sabríamos determinar si son síntoma o causa de la sociedad en que vivimos actualmente. Probablemente sea un poco las dos cosas, un círculo vicioso (qué término tan apropiado) que configura la mentalidad colectiva y la perpetúa. Este programa es solo una muestra. Afortunadamente, los comentarios que he leído en la red social han sido más de rechazo que de aprobación. Pero esto no significaría mucho si, a pesar del rechazo, se sigue visualizando el contenido que es objeto de nuestra crítica.

Y al final, nos guste o no, estaremos perpetuando esta visión del ser humano, de su cuerpo y de su intimidad, que tanto denostamos y tan poco deseamos para nosotros mismos: como objeto de consumo, como mercancía, como objetivo de dominio y posesión. En fin, como todo lo contrario a esa primera desnudez de la que se nos habla en el Génesis, la de Adán y Eva, la del niño inocente, la que propicia la confianza y solo posibilita el Amor.

Adán y Eva (II)

Adán y Eva (I)

Cuenta el Génesis que, en el inicio de los tiempos, creó Yahvé Dios al hombre y a la mujer a partir del barro de la tierra. Conocemos a estos dos primeros seres como Adán y Eva. Estos nombres han llegado a nosotros como eso, simples nombres, pero en su origen etimológico hacían referencia a ese mismo origen. Y lejos de ser una imagen cualquiera, algo tosco propio de una sociedad primitiva, es una preciosa metáfora asumida por quien sabe que su ser es contingente, que no se ha dado a sí mismo la existencia y que procede de lo más sencillo y bajo, a lo que ha de regresar. Su materia prima es el humus, y por ello llamamos humilde a quien reconoce esto.

Adán y Eva, pues, son esos primeros seres con capacidad para pensar, sentir, imaginar, crear, amar y muchas cosas más, y todo ello a la vez. Y, en relación con esa naturaleza inicial, les atribuimos muchas cualidades y características que los humanos actuales hemos perdido. La más visible de todas ellas, y la que ha quedado en mayor medida en el imaginario colectivo, es una: iban desnudos.

Bien, llegados a este punto de nuestro recorrido, pueden bajarse, si lo desean, aquellos que entre risotadas murmuran: «tetas, culos...» y cosas similares. Pueden dar media vuelta y volver a sintonizar su programa de TV favorito, que presumiblemente formará parte de la parrilla de esa cadena cuyo número es mayor de 4 y menor que 6.

Prosigamos, pues: Adán y Eva iban desnudos. Algunos relacionarán esto con una especie de naturismo primigenio. Lo asociarán con la escasez de atuendo de ciertas sociedades primitivas. Y lamentarán el hecho de que la sociedad y la cultura hayan «impuesto» la necesidad de llevar ropas. Quienes sostengan este argumentario probablemente lo acompañarán de una crítica a los parámetros morales que han imperado en nuestras sociedades, y considerarán que el pudor es un constructo de los mismos.

Volvamos un momento a nuestros primeros padres. Iban, nunca mejor dicho, «como Dios los trajo al mundo». Pero esto no era sino una más de las muchas cualidades que formaban el estado de inocencia primigenia. No necesitaban cubrirse el uno ante el otro, porque donde no hay amenaza no se necesita protección. Pero, tras comer de la manzana que no era una manzana (algún día puede que hablemos de este fruto), nos cuentan que se percataron de su desnudez, sintieron vergüenza y buscaron el modo de taparse.

(Continuará...)

Adán y Eva (I)

La escuela que libera

Comienza la etapa de solicitar colegio para los más pequeños de la casa. Algunos papás y mamás preocupados andarán mirando en foros, ránkings y demás sitios qué colegio es el más adecuado para que sus pequeños crezcan en sabiduría y en gracia, o por lo menos no se pierdan en el intento. Y yo, que últimamente pienso en este tema más de lo habitual por experiencias recientes, quiero tomar prestadas unas geniales palabras del escritor Daniel Pennac, que me sirven para hacer un acercamiento al porqué de mi defensa de la escuela pública, tristemente denostada por algunos sectores ideológicos.

En su libro autobiográfico Mal de escuela, Pennac explica que él, de niño, era tenido por todos como un zoquete que nunca llegaría a nada, y fue gracias a algunos maestros que creyeron en él, que finalmente llegó a terminar los estudios básicos, llegó a la universidad, se convirtió en maestro y, posteriormente, en escritor. Todo un cambio de rumbo, una bofetada a los que miran con tristeza a los alumnos «negados» y piensan en el «gasto» que supone su formación.

Pues bien, indagando en las posibles razones de su temprana incapacidad, comenta lo siguiente:

Tampoco puede obtenerse una explicación a partir de la historia familiar. Es una progresión social en tres generaciones gracias a la escuela laica, gratuita y obligatoria, un ascenso republicano, en suma, una victoria a la Jules Ferry... Otro Jules, el tío de mi padre, el Tío, Jules Pennacchioni, condujo hasta el certificado de estudios a los niños de Guargualé y PilaCanale, los pueblos corsos de la familia; se le deben generaciones de maestros, de carteros, de gendarmes y demás funcionarios de la Francia colonial o metropolitana... (tal vez también algunos bandidos, pero los habría convertido en lectores). El Tío, según dicen, obligaba a hacer dictados y ejercicios de cálculo a todo el mundo y en cualquier circunstancia; se dice también que era capaz de raptar a los niños obligados por sus padres a hacer novillos durante la recolección de las castañas. Los capturaba en el monte, se los llevaba a casa y avisaba al padre esclavista:

—Te devolveré a tu muchacho cuando tenga el certificado.

Si es una leyenda, me gusta. No creo que pueda concebirse de otro modo el oficio de maestro. Todo lo malo que se dice de la escuela nos oculta el número de niños que ha salvado de las taras, los prejuicios, la altivez, la ignorancia, la estupidez, la codicia, la inmovilidad o el fatalismo de las familias.

Así era el Tío.

La escuela que libera

Dios ha muerto

Hoy, Sábado Santo, una de las lecturas que encuentro más recomendables es El sábado de la historia, libro en el que se combinan unas reflexiones de Joseph Ratzinger (nuestro querido Papa emérito Benedicto XVI) y la obra pictórica del estadounidense William Congdom. Las palabras que he encontrado en las páginas que he leído han sido tan certeras, tan reflejo de lo que nos ocurre, que he querido compartiros algunos fragmentos que sirvan para la reflexión. Solo me hago eco de ello, comparto estas pequeñas gotas de verdad, pero, por supuesto, nada mejor que conseguir el texto entero y detenerse en todo él.

«El misterio terrible del Sábado Santo ha adquirido en nuestro tiempo una realidad aplastante. Ya que esto es el Sábado Santo: día de la ocultación de Dios, día de esa paradoja inaudita que nosotros expresamos en el Credo con las palabras "descendió a los infiernos", descendió dentro del misterio de la muerte».

«¿No es este, de una manera impresionante, nuestro día? ¿No comienza nuestro siglo a ser un gran Sábado Santo, día de la ausencia de Dios, en el que hasta los discípulos tienen un vacío helador en el corazón?».

«Dios ha muerto y nosotros lo hemos matado, recluyéndolo en la concha rancia de nuestros pensamientos habituales, exiliándolo a una forma de piedad sin contenido de realidad y perdida en el giro de las frases devocionales o de las preciosidades arqueológicas; nosotros lo hemos matado a través de la ambigüedad de nuestra vida, que ha extendido un velo de oscuridad también sobre él».

«La imagen que (los discípulos) se habían formado de Dios, en la que habían tratado de encerrarlo, debía ser destruida para que ellos, a través de los escombros de la casa derruida, pudieran ver el cielo, a él mismo».

«La Iglesia, la fe, ¿no se asemejan a una pequeña barca que parece naufragar, que lucha inútilmente contra las olas y el viento, mientras Dios está ausente? [...] Cuando la tempestad pase nos daremos cuenta en qué medida nuestra poca fe estaba cargada de insensatez».

Finaliza Ratzinger su meditación con una preciosa oración de un párrafo entero, que termina así:

«No permitas que tu palabra se pierda en el gran derroche de palabras de estos tiempos. Señor, danos tu ayuda, porque sin ti naufragaremos».

Dios ha muerto

Avance en primicia

En Antena 3 y La Sexta, dos de las cadenas de TV que más se ven en mi  casa, llevan toda la semana repitiendo una y otra vez que hoy, domingo,  ofrecerían en exclusiva mundial los 10 primeros minutos de la nueva  película del Capitán América.

Y es que a  las personas nos atraen las cosas «en exclusiva», que hacen que nos  sintamos especiales de algún modo. Y nos atraen los avances, las  primicias, las novedades. A veces hasta tal punto que parece que el  valor de las cosas se mide en función de su novedad. Un ejemplo muy  claro de esto son los trailers de las pelíclas que se estrenan en los  cines, que en muchas ocasiones superan en espectacularidad e intensidad a  la propia película. Bien mirado, toda nuestra sociedad, y en particular  la publicidad y los medios que nos rodean, se basan en crear  espectativas. Y, la verdad, que estas abran la puerta a algo verdadero o  a un engaño en toda regla resulta algo bastante secundario.

El otro día, hablándoles a los chavales en catequesis del misterio que celebramos hoy, la Transfiguración de Jesús, me vino a la mente una comparación bastante cutre que espero que, al menos les sirviera para hacerse una pequeña idea del asunto. Es complicado exponer (que no explicar) estos misterios cuando a veces hasta lo más básico es incomprendido u olvidado de forma casi inmediata. Así que saqué a colación de los los 10 primeros minutos del Capitán América. Un anticipo de lo que está por llegar con el estreno de la película (el día de mi cumpleaños, por cierto).

Bien, pues digamos que Jesús ofreció a sus amigos un «avance en primicia» del Cielo.

No sabemos si por 10 minutos o por 10 segundos. En ese momento dejó de existir el tiempo, y Pedro dijo, con razón, aquello de «¡Qué bien se está aquí!». Y, en medio de todo aquello, el anuncio de lo que había de venir, tremendo y doloroso, seguido de un «¡no temáis!». Quel avance en primicia no era para crear expectativas falsas. Era para que, aun sabiendo lo que habría de venir después, se mantuviera una esperanza cierta y fiable.

«En aquella transfiguración se trataba sobre todo de alejar de los  corazones de los discípulos el escándalo de la cruz, y evitar así que la  humillación de la pasión voluntaria conturbara la fe de aquellos a  quienes se había revelado la excelencia de la dignidad escondida», S. León Magno.

Avance en primicia

Escuadra y cartabón

El año pasado por estas fechas tenía muy reciente la experiencia de haber pasado unos días estupendos en Valencia con motivo el Congreso Nacional de Pastoral Juvenil, evento que demostró haber estado muy cuidado en el antes y el durante. Por desgracia, no parece haber sucedido lo mismo con el después, al menos en lo visible, pues los restos del post-congreso parecen haberse diluido. Prueba de ello es, por ejemplo, la desaparición de su página web. En fin,solo Dios sabe los frutos que está dando.

En aquel puente de Todos los Santos de 2012 tuvo lugar la desgracia del Madrid Arena; ya saben, aquella fiesta de Halloween en la que se admitió más gente de la debida y, a causa de esto, se produjo una avalancha en la que decenas de jóvenes se aplastaron durante unos momentos fatales. Nos fueron llegando noticias de las jóvenes que habían fallecido o estaban en estado crítico, y en las eucaristías y oraciones de aquel congreso las tuvimos presentes. Fue por boca de monseñor Osoro que conocí los nombres de quienes, hasta ese momento, a través de los medios de comunicación, solo había conocido el número.

Monseñor Munilla también las mencionó en su conferencia, que fue de las más aplaudidas del Congreso, aunque también de las más discutidas (es lo que ocurre cuando uno dice las cosas tan claras). Y al referirse a las víctimas del Madrid Arena, y entre ellas a Belén Langdon, de familia católica, vinculada al Opus Dei, con un hermano recientemente ordenado sacerdote y otro en el seminario, hizo un comentario que aun hoy tengo presente: «No existen límites trazados con escuadra y cartabón entre los jóvenes católicos y el resto de los jovenes».

Qué acertado estuvo. No existen, y si las vemos, algo falla. Nada que interese, atraiga o preocupe a nuestra generación nos ha de ser ajeno. Lo cual no quiere decir que nos ajustemos a la mentalidad que esté de moda. Siempre ha sido lo propio del católico estar en el mundo pero sin ser del mundo. Si falta algo de esto, podemos acabar con una especie de esquizofrenia, divididos entre nuestro yo de la iglesia y nuestro yo de casa,nuestro yo de la familia y nuestro yo de los amigos,nuestro yo del fin de semana y nuestro yo de diario,nuestro yo del trabajo y nuestro yo del ocio. Y cuando uno está dividido,más fácil es que las cosas se vacíen de significado.

El Papa Francisco lo dijo de un modo muy gráfico en su ya célebre discurso a los jóvenes argentinos durante la JMJ de Río de Janeiro: «No licúen la fe en Jesucristo; la fe es entera, no se licúa».

Cuantas más fronteras pongamos entre nosotros y los demás, más las acabaremos trazando en el interior de uno mismo. Y un cuerpo dividido difícilmente podrá sobrevivir...

Escuadra y cartabón

Palabras manoseadas. Hoy: 'celebrar'

    • ¿Tú celebras Halloween?
    • Qué tontería celebrar la Navidad, solo es un invento de los centros comerciales para hacer caja.
    • ¡Hay que celebrar que comenzamos un año nuevo!
    • Nosotros no celebramos San Valentín, nosotros nos queremos todo el año.
    • Este año no estoy para celebraciones.
    • Si aprobamos, nos emborrachamos para celebrarlo; si no, nos emborrachamos para olvidarlo.

Y así un largo etcétera. Todos hemos oído o dicho frases de este estilo. Hay quienes se apuntan a todas las celebraciones, y quienes, por la razón que sea, las evitan todas. Todos los meses hay varias razones para celebrar alguna cosa: un cumpleaños, una fecha señalada, un éxito deportivo... Y hoy, en una noche en que muchos celebran algo que no sabemos muy bien qué es, he estado dando vueltas al concepto mismo de celebrar. El DRAE reconoce cinco acepciones para este verbo:

celebrar.

(Del lat. celebrāre).

1. tr. Conmemorar, festejar una fecha, un acontecimiento. Celebramos el cumpleaños de Juan.

2. tr. Alabar, aplaudir algo. Celebro tu sabia decisión. Era u. también apl. a pers.

3. tr. Reverenciar, venerar solemnemente con culto público los misterios de la religión y la memoria de sus santos.

4. tr. Realizar un acto, una reunión, un espectáculo, etc. U. t. c. prnl.

5. tr. decir misa. U. t. c. intr.

Hoy veía a los niños volver del colegio con sus disfraces de Halloween. Cuando yo estaba en Primaria, la presencia de este día se limitaba a las clases de inglés. Hoy, al parecer, está casi tan aceptado como nuestro carnaval de toda la vida, solo que con un poco menos de libertad creativa a la hora de elaborar disfraces. El caso es que para ellos no es más que un día en el que ir disfrazado; para muchos adultos, también. No hay más contenido. Ni culto a la muerte, ni simpatía por el demonio, ni nada por el estilo. Un pretexto para hacer algo diferente.

¿No tendría sentido que en la escuela, además de adherirse a todas las celebraciones habidas y por haber, se hiciese por reflexionar sobre el sentido y origen de estas fiestas? Al fin y al cabo, uno de los objetivos principales de la educación es insertar al individuo en una cultura determinada para que sea capaz de asumirla críticamente y relacionarse libremente con el resto de culturas. O eso decimos cuando toca escribir algo formal sobre estos temas.

Bien, pues las tradiciones y fiestas de un pueblo son una parte central de su cultura. Y he aquí un problema: si entramos a ahondar en el origen de nuestras celebraciones, toparemos de lleno con que la inmensa mayoría tienen su origen en la religión, concretamente en la católica. Y claro, eso de hablar en clase de religión no puede ser, está feo, es discriminatorio y tal. Cuando yo estaba en Primaria le cantamos el Cumpleaños feliz a la Constitución Española por sus 20 añitos (y la muy sosa ni se vino a comer tarta con nosotros) y tiramos palomas de papel el Día de la Paz (supe, gracias a mis compañeros que iban a Religión, que tal efeméride se debía al aniversario de la muerte de Gandhi); en Navidad había villancicos, tarjetitas y belén, y en Semana Santa... vacaciones, de cuyo origen nos enterábamos porque la mayoría íbamos a catequesis de Primera Comunión. Porque eso es el ideal, según muchos, ¿no? Que la religión se quede en las parroquias, mientras que en los colegios solo quede un residuo que sirva de pretexto para disfrazarse y hacer manualidades, a poder ser de arbolitos y estrellitas para no ofender.

Y es que vamos tendiendo a quedarnos con la cuarta acepción de la palabra celebrar, sin pasar siquiera por la primera. Y, al menos si queremos que las cosas tengan un porqué y no hacerlas porque toca, la primera debería ser condición previa a la cuarta, el acontecimiento al festejo. Pero, ¿y si alguien descubre que no tiene acontecimiento que celebrar? ¿Se queda sin festejo? Pues vaya faena.

Ojalá, pues, todos encontremos algo que celebrar, en el más pleno de sus sentidos.

Palabras manoseadas. Hoy: 'celebrar'

Para quienes hayan conocido este blog recientemente o gracias al portal Páginas Digital, comento, por poner en antecedentes, que comencé una sección en el mismo que he tenido a bien llamar «Palabras manoseadas», para referirme a aquellos conceptos a los que, de tanto usarlos en un determinado sentido, hemos hecho perder la amplitud que tenían y han quedado empequeñecidos y borrosos, al menos en gran medida.

sobre este blog
Susana

Hija, hermana, amiga, novia, tía, alumna, filóloga, monitora, getafense y persona humana en general.
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