Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
30 SEPTIEMBRE 2016

Este es un espacio que "entra en" y "sale de" la vida de infinitas personas: unas veces, reales, otras, ficticias; conocidas, unas, anónimas, otras; teniendo la autora el único fin de plasmar lo que ve y vive, y que otros lo puedan leer. Quizás - y ojalá - le sirva a alguien de algo.

El recuerdo de Marta

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Thinking amish

Cae la tarde. Shawn aún no ha vuelto de la escuela. Plancho la ropa. La de mi padre, la de mi madre, la de mi hermano y la de mi hijo. Me quedo absorta en mis pensamientos. La habitación se va haciendo cada vez más oscura. Sólo cuando el negro es casi total decido encender una vela. Nosotros no usamos electricidad.

Estoy muy cansada. Soy la más fuerte de la comunidad: tengo fama incluso de ser como un hombre, ya que todos saben que, si por mí fuera, pasaría más tiempo arreglando los tejados y las grietas de paredes y los techos que cocinando y fregando cacharros. Pero las cosas que despiertan interés en mí son consideradas cosas de hombres.

Como decía, soy la mujer más fuerte de la comunidad. Pero me siento la más frágil.

No soy feliz aquí.

Después de planchar me siento en una silla de madera, en el comedor, y recorto folios en trozos bastante pequeños. Voy por la Biblia y la abro por cualquier parte. Escojo una frase, la que yo quiera, y la copio en el papel. Escojo otra frase y la copio en otro trozo de papel. Y así sucesivamente, a lo largo de toda la tarde. Me gusta hacer esto porque luego los papeles se reparten entre las personas de la comunidad, y a muchos nos sirve leerlas. A mí me sirvió cuando murió mi marido. Fue como un soplo de aire fresco.

Pero ahora todo es distinto. O igual, tal vez, pero más amargo. Muy amargo. Insoportablemente amargo. Sofocante.

Hace tiempo que le estoy dando vueltas. A abandonar la comunidad. Cuando me levanto por las mañanas, el primer pensamiento que tengo es ése. Mi mente lo ve entonces como una posibilidad nítida, clara. Bajo alegre las escaleras, soñando con ese mundo que existe muy cerca de nosotros y que aún podemos descubrir. Estoy alegre cuando sueño así. Pero enseguida me topo con mi hijo, con mi querido hijo, en la cocina desayunando con su abuela. Mi madre. Shawn y ella están muy unidos. Siempre lo han estado. Cuando los veo juntos, dejo de soñar. ¿Cómo podría quitarles la alegría que tienen por el hecho de que comparten sus vidas?

- Si dejas de ser uno de nosotros, no volveremos a hablarte. Si nos dejas, estás eligiendo el mal, el pecado, el infierno. Si te vas con los english, no irás al cielo-, me dijo, muy serio, mi padre hace varios años, cuando, viviendo aún mi esposo, les confesé que querría salir al mundo para explorarlo, conocerlo y amarlo.

Por supuesto que quiero ir al cielo. Lo que pasa es que tengo mis dudas acerca de la educación que hemos recibido. A nadie le parece bien cuestionarse las cosas, a nadie le parece bien que uno pregunte lo que no comprende: tienes que preguntar lo que ellos quieren que preguntes. Tienes que hacer lo que ellos te dicen. Tienes que vestir como visten ellos. No puedes decidir por tí mismo.

Sí, claro, claro que quiero ir al cielo... Lo que pasa es que quiero conocerlo todo. Y que Shawn pueda conocerlo todo también.

Ya es totalmente de noche. Entra mi madre en el comedor y, al ver el bote de cristal con todos los papeles doblados y metidos dentro, señal de que he cumplido con mi tarea, me mira tiernamente y me dice:

- Muy bien, hija. Nos ayudará a muchos.

Thinking amish

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La espera de un gran amor

Si hubiera que levantarse de la cama cada mañana, lo haría.

Si hubiera que salir de la habitación, lo haría.

Si hubiera que comer y beber, lo haría.

Si hubiera que trabajar, trabajaría.

Si hubiera que relacionarse con las personas, se relacionaría.

Si hubiera que pasar calor al sol y frío bajo la nieve, lo aceptaría.

Si hubiera que envejecer con el tiempo, envejecería.

Si hubiera que vivir grandes tempestades, podría.

Si hubiera que aprender a caminar, aprendería.

A causa, claro está - y sólo es posible cuando es así - de un gran amor.

Todo valdría la pena a causa de un gran amor.

Que - esperaba - pronto llegaría.

__________________

Pintura: Joaquín Sorolla

La espera de un gran amor

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La luna, el cielo, el trigo y el hogar

Llegaba tarde. Como siempre. Además, me iba perdiendo entre los pueblos. Siempre me pierdo cuando voy en coche camino de algún lugar que no conozco.

Música clásica de fondo. Alegría. Miro por los espejos para ver el cielo y sus colores. Quiero mirarlo eternamente. Estoy a punto de salirme de la carretera, por la que no circulan apenas coches (gracias a Dios), por mis intentos de ver aquella belleza. La belleza que ven mis ojos es demasiada como para pasar de largo como si nada. Así que me salgo de la carretera, aparco mi coche en cualquier lugar y salgo. Aire. Enfrente de mí veo el color rosa, el naranja, el verde... Un atardecer que merece silencio.

A mi izquierda, en la parte del cielo que ya está azul oscuro, la luna empieza a brillar fuertemente. Es como nuestra madre en la tierra. En esta tierra que a veces es tan tierra que parece oscura.

A la derecha hay un camino - un camino que empezaba en la izquierda, donde la luna, donde la tierra. Un camino que se pierde a lo lejos pero que se ve llega hasta un pueblecito que tiene algunas luces encendidas: la casa. El hogar. El hogar que nos espera. El camino que nos lleva al hogar- a un hogar que vemos o intuimos de algún modo ya, hoy, en el presente, al ver el atardecer.

Y detrás de mí hay un campo de trigo.

Doy gracias por poder estar asistiendo a semejante espectáculo y me subo al coche para volver a emprender la marcha. Al final he llegado tardísimo al lugar que desconocía.

La luna, el cielo, el trigo y el hogar

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Teníamos hambre; teníamos sed

Esa tarde fue la última del verano. Clara y yo salimos corriendo del coche y, corriendo también, bajamos a la playa.

Allí la una empezó a perseguir a la otra. Nuestros trajes seguían nuestro ritmo y no perdían el pulso de nuestra velocidad, o así nos lo parecía. Íbamos muy rápidamente. Teníamos hambre; teníamos sed. Queríamos jugar con el mar y sumergirnos en él. Queríamos pisar la arena con nuestros pies. Mojarnos la cabeza en ese océano sin fin y luego chupar la sal que habría impregnado nuestros ahora ya desordenados cabellos. Saltar y chapotear, jugar y corretear, y reírnos, y llorar. Pero todo -¡todo!- cerca de aquel mar.

Teníamos hambre; teníamos sed

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Misteriosamente perfectos

Aún era verano. Pero empezó a caer nieve.

Caía, cuando nadie se lo había pedido.

Caía, en forma de copos insoportablemente perfectos.

Caía, y nosotros no podíamos mirar otra cosa.

Misteriosamente perfectos.

Se llevaban algo muy importante.

Pero tampoco nos lo quitaban.

Caían, y todos, a pesar de todo, admirábamos su belleza.

Las estrellas blancas que caían del cielo nos empapaban a todos.

Nos hería.

No entendíamos. ¿Por qué pleno invierno en septiembre?

Y nos resistíamos. Porque amábamos mucho aquella estación.

Caían, y mirábamos enfadados.

Caían, y cubrían todo lo bello para llevárselo.

Caían, y, en el último instante, nos quedamos todos callados.

Misteriosamente perfectos

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Aguardando en plena guerra

Ruido de bombas. Soldados. Guerreros. Médicos- los menos. Niños. Sus hijos. Su marido. Su madre. Sus hermanos. El país que ya no lo es. Al que en unas horas dirá adiós.

La violencia. Las cabezas cortadas que de cuerdas cuelgan. Las crucifixiones. Los ahorcamientos. Esa insoportable mirada de todos aquellos que se han dejado seducir por el mal. La negrura del aire. El dolor del corazón, que reflejan todos los niños a través de esos ojos oscuros que piden misericordia. Unos ojos que todo lo absorben, todo lo juzgan y todo lo sufren. Son los ojos de los más pequeños los que más cuesta mirar.

Muna está quieta a la puerta de su casa. Aguarda. No sabe qué o a quién. Sus hijos están jugando dentro. Frente a sí atardece. Como cada día desde que alcanza a recordar. El sol se va poniendo tímidamente. El cielo lo acompaña tiñéndose de diversos colores. Como cuando era niña e iba con su abuelo a la orilla del río para ver mejor ese espectáculo. Paz.

¡BUM! Un ruido ensordecedor la saca de su ensueño. Es el estallido de una bomba. Muna se sobresalta, temblándole todo el cuerpo a causa del susto. Ha sido lejos de casa. Como todas las veces hasta ahora. Las risas de los niños han se han esfumado en un instante. Enseguida aparece Ali. Con sus ojos. Y sus lágrimas. Y, sobre todo, con ese dolor. Su hijo pequeño se agarra a la túnica de Muna. No dice nada. Sólo llora en silencio.

Muna acaricia la cabeza de su niño mientras ve cómo el sol continúa ocultándose. Y no acaba de entender cómo es posible que el atardecer siga teniendo lugar en un sitio donde todo es terror y muerte. Experimenta dentro de sí un profundo sentimiento de injusticia: el mundo entero debería estar a oscuras como duelo por lo que está aconteciendo en su país: ¿por qué el primero en hacer lo contrario es el sol? ¿Por qué sigue siendo tan bello el atardecer?

A la vez, y casi con vergüenza, da gracias por que esto sea así, puesto que, aunque ella se empeñara en que no hay nada por lo que valga la pena la vida en una situación de guerra tal, el sol, con su modesta pero firme aportación diaria, le susurra lo contrario. Y así el pequeño Ali puede ver-aunque sea sólo por unos instantes- un rostro esperanzado en quien es su madre.

Muna entra en casa y repasa las bolsas que ha preparado para el viaje que emprenderá enseguida junto con su familia.

Aguardando en plena guerra

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El silencio de la luna una noche de verano

Plena noche. Pleno verano. El mes no se sabe, ni tampoco el día del año.

Friedrich lleva desconoce cuánto tiempo cavando. Le duele la espalda. Le pesan los años. Y esos trabajos forzados.

Ignora el lugar en el que está. Durante el día ha hecho calor. La noche se presenta fresca. Ha anochecido hace varias horas ya. "El sol ¿por qué se va? La luna ¿adónde llega?". Porque hace tiempo que la tierra ya no le parece un lugar. La vida que lo rodea es metálica. Sólo escucha gritos y rabia, sólo ve odio y fuego. Y ese gran silencio.

El silencio que lo salva. Es el silencio que se cuela en el amanecer y cuando se pone el sol; cuando sus compañeros de fatigas le sonríen en un momento de despiste de alguno de los soldados que los vigilan; el silencio que envuelve y está a la vez en el corazón del recuerdo de Tanja, su mujer, a la que vio por última vez subiéndose en un terrible vagón camino de sabe quién dónde.

El silencio que lo acompaña cada tarde mientras se dirige, dando pasos, hacia esa tierra en la que debe cavar fosas para... Hasta bien entrado el día. Y ahora ese silencio permanece en la luna, que, llena como cada cierto tiempo y brillante como nunca antes la había visto Friedrich, ilumina ese oscuro agujero en el que hombres matan a otros hombres y seres humanos dejan de serlo. Luna que ilumina ese corazón que ha perdido a su familia y que, sin embargo, continúa latiendo.

Friedrich aprovecha que el soldado que lo está vigilando está distraído fumando junto a otro y se detiene para contemplarla. El silencio también envuelve ese instante- efímero y eterno, salvador y desgarrador- en que el joven judío, casi sin querer y sin darse cuenta, ama su propia vida.

El silencio de la luna una noche de verano

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¿Y entonces?

- ¿Y entonces?

- Nada. Me pidió el número.

- ¿Y después?

- Se fue.

- ¿Hace cuánto?

- Nueve días.

- ¿Y ahora?

- Nada.

Está atardeciendo. Se escucha el ruido de una cucharilla que está chocando contra una taza mientras remueve su contenido.

Las dos entonces se quedan mirando por la ventana. Impaciente, la una; nostálgica, la otra. En ese preciso momento se oye la campanilla de la puerta. Entra un hombre apuesto y elegante. Las dos levantan la mirada. Se iluminan sus rostros. Pero no se dicen nada.

¿Y entonces?

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Las 6 a.m. y Ricitos de Oro

Seguimos viviendo como si fuera de noche, pero en realidad el sol anuncia el nuevo día. La discoteca enciende las luces. Nos echan. George sigue en la barra con Sandy. La última copa. Intento salir fuera de ahí. Todos nos dirigimos hacia la salida y se empieza a crear un tapón. Las mujeres rodean el ropero y generan un mayor atasco aún. El humo hace daño a mis ojos. Siempre se me olvida que no estoy hecho para las salidas nocturnas. Pero a George nunca le puedo decir que no cuando me propone algo.

Él sigue dentro. Me quedo fuera esperando y no sé muy bien qué hacer. Hay personas comprando perritos calientes al chino que ha olido un negocio en aprovecharse del hambre que da la madrugada y el apetito que da el alcohol. Varias chicas llaman un taxi entre gritos y risas y se suben en él. Un par de amigos se fuman un porro. Un señor pasea a su perro en el parque de enfrente. Entonces la veo a ella.

Camina a varios pasos detrás de alguien. Es muy guapa. Su cabello, corto y rizado, me recuerda al de Ricitos de Oro, esa niña de los cuentos que me leía mi madre antes de acostarme algunas noche.

Pero ella no sonríe. Tiene la mirada perdida. Parece como si no quisiera seguir a aquel chico. Entonces me ve.

Se queda parada. Tiene unos ojos preciosos. Oscuros como la noche y brillantes como el sol. Nostálgicos como la luna.

Mi corazón da un vuelco. Parece que el suyo también.

Sólo existimos ella y yo. ¿Y si se diera la vuelta y se acercara a mí? ¿Y si el destino la ha puesto ahí para mí?

Nunca me había pasado algo así. Me voy a acercar.

- ¡Venga!

Despierto y veo al hombre al que Ricitos de Oro estaba siguiendo hasta que ha dado conmigo. Ella se gira, dándome la espalda, y le sigue. Como si esa fuera su única opción. Se suben a un coche y se pierden entre el negro de lo que queda de noche y la neblina que trae hoy la madrugada.

- ¡Estabas aquí!

Me doy la vuelta y veo a George y Sandy. Están riéndose por algo que les acaba de pasar. Me ofrecen una calada a un puro. Se la doy y enseguida después nos ponemos en marcha para caminar de vuelta a casa. Sandy se detiene donde el puesto de comida y se compra un perrito. Ya sólo quedan cuatro personas en la puerta. Y ella, ¿dónde estará?

Las 6 a.m. y Ricitos de Oro

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Los ojos de Tracey

Solíamos volver caminando de la escuela con mamá. Los tres juntos. Entonces Tracey solía preguntar por nuestro padre:

- ¿Por qué no nos quiere?

Ella era más pequeña en edad que yo, pero siempre me sentía diminuto a su lado. Decía cosas que a mí no se me podrían haber ocurrido ni aun años después.

Una tarde en que mamá nos recogió, como de costumbre, Tracey estaba muy alterada. Tenía los ojos rojos, signo de que llevaba al menos quince minutos llorando (cuando algo le afectaba, el primer lloro nunca duraba menos de un cuarto de hora) y miraba de un lado para otro, como buscando.

- ¿Qué tienes, hija?-, mamá le preguntó cariñosamente.

Tracey entonces se hizo la tonta y miró para otro lado. Se esforzó por parecer contenta. Exclamó:

- ¡Mirad, una flor!-, y corrió a alcanzar una margarita que había visto junto a un árbol de ciudad. La arrancó y después, en lugar de regalársela a mamá, como siempre hacía, no supo qué hacer con ella. Como si la flor le sobrara. Como si la belleza en el mundo sobrara. Entonces tiró la margarita y rostro adoptó una expresión más seria que la del principio.

Mamá la paró. Le volvió a preguntar qué era lo que le sucedía. Tracey esta vez no se movió: se quedó parada, mirando hacia arriba, a los ojos de mamá. Parecía que la vida le hubiera puesto entre la espada y la pared.

Pasados varios minutos que a mí me resultaron horas, por fin Tracey habló. Lo hizo con un hilo de voz:

- Mamá. Quiero saber quién va a salvar a los niños pobres que no tienen comida en nuestro país y también a los del resto del mundo. También quiero saber quién va a salvar a la abuelita, que está tan enferma, y quién va a cuidar de papá, que está solo. Mamá, ya no me quiero pelear más con Jack. Mamá, ¿hay alguien en todo el mundo que pueda hacer todas estas cosas?

Tracey hablaba con una seriedad que nunca había visto en ella. Al menos, no durante tanto tiempo seguido. Mamá se quedó como de piedra, y parecía que iba a responder algo, pero de pronto calló, y su única expresión fue un abrir y cerrar de su boca en una milésima de segundo. Entonces los ojos de Tracey se llenaron de lágrimas.

Los ojos de Tracey

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Clara y los Reyes (Magos)

Era enero, y el cielo estaba azul. Estábamos lejos de la ciudad… Por Navidad. Los niños íbamos en bicicleta a todas partes. Por la mañana, muy temprano, Clara y yo cogíamos las bicis y, haciendo una carrera a toda velocidad, pedaleábamos hasta la panadería. Allí nos esperaba cada día María, la panadera, que era muy delgada, al contrario de lo que yo siempre habría esperado de una panadera, tenía una sonrisa muy dulce, con hoyuelos en las mejillas, y sonreía más todavía cuando nos veía entrar en su panadería, que no era suya, sino de su padre. Pero como si lo fuera, porque llevaba allí desde niña, y cuando mi padre, de pequeño, iba a comprar el pan como lo hacía yo ahora, se encontraba con María enredando entre las baguettes, las chapatas y todos los demás tipos de panes y todos los tipos de bollos.

Clara llevaba una bolsa de pan y yo otra, porque en la familia, esos días de Navidad, éramos muchos y comíamos mucho pan, y la cantidad de pan nunca era suficiente. Pero aunque hubiésemos llevado cinco veces más pan, se habría agotado, porque en mi casa siempre querían aprovechar todo. Y la comida se aprovechaba lo que más, y teníamos que comer hasta terminar el último trozo no de nuestro plato, sino de las fuentes donde estuviera la comida. Y daba igual que estuviésemos a punto de explotar, siempre había algún mayor que venía y nos decía a los niños, que éramos muchos: “En África los niños se mueren de hambre. Vosotros tenéis comida, así que comportaos como adultos y arrebañad el plato”. Lo que pasa es que yo no veía que los adultos arrebañaran nada de su plato, entonces no entendía por qué nos decían que nos comportáramos como ellos. Pero me callaba y arrebañaba todo, que si no correría el riesgo de quedarme sin roscón el día 6, o, peor, de quedarme sin regalos de los Reyes Magos. Porque los Reyes Magos lo veían todo desde el cielo.

Un día por fin llegó esa noche en que vendrían los Reyes. Eran los mismos Reyes que habían ido a ver al niño Jesús al pesebre hacía mil novecientos ochenta años. Yo muchas veces tenía miedo de verlos, porque seguro que estaban llenos de arrugas, de tan viejos como debían de ser. Porque ellos eran humanos. Entonces, estarían arrugados como los árboles, viejos como un alcornoque viejo. Pero por suerte nunca los vi.

Clara y los Reyes (Magos)

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Habitación en Nueva York

Medianoche. Nueva York. Silencio que interroga. El sonido de las hojas del periódico que lee él. El teclear de ella. Un ambiente cargado que aparenta lo contrario. La apacible lectura de él, el inquietante malestar de ella. Ese silencio.

Tanto ruido a lo largo de la noche. Para encontrarse en ese silencio ahora.

Gritos a lo lejos de jóvenes que se entregan a la noche. La luz encendida del hombre que vive enfrente, que escribe mientras todos duermen.

La mujer con el vestido rojo cambia cinco veces la manera de sentarse en un minuto. Toca una canción de Chopin con sus bellas manos. El hombre no levanta la mirada ni dice una sola palabra. Ella deja de ver el piano como su aliado para reconquistar a quienes considera sus enamorados.

La madera del pasillo suena. Unos pasos desiguales de hombre guían a su dueño hacia una habitación no lejos de ésta.

El traje rojo no sirve. El cuidado moño tampoco. Las manos suaves, las perfectas melodías, el perfume de esta noche o su dulce sonrisa no han sido suficientes para que el hombre la mire.

Él, enfrascado en su lectura, espera otra cosa. Una cosa distinta de aquélla que tiene delante. No lo sabe. Ahora, en este instante, espera entre las letras del diario, en la profundidad o la importancia del contenido de las noticias; en las crónicas de los corresponsales o en las historias de las disputas políticas que se suceden en Nueva York. Pura espera. ¿De qué?

La luz no permite abandonar la esperanza de algo que lo cambie todo, que lo renueve; de algo que convierta lo viejo en nuevo, lo imposible en viable, lo herido en curado. Así, son dos los corazones que, en una noche neoyorquina, sin mirarse entre sí por temor a no encontrar nada, siguen esperando.  

Habitación en Nueva York

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Habitación de hotel

Las tres de la madrugada. Calor. Sed. La ropa se le pega al cuerpo. Baja del tren. No hay un alma en la estación. Camina hacia el primer hotel que encuentra. Una vez dentro, sube las escaleras de madera. El taconeo de sus zapatos es el único sonido que se escucha además del pasar las hojas de un libro del recepcionista.

Las tres y media de una de esas noches en las que se está tan cansado que no se puede conciliar el sueño. Una mezcla entre el fin de una larga jornada agotadora y el inicio de algo fresco, tanto como la brisa que entra por la ventana y roza el cuerpo, ahora prácticamente desnudo, de la mujer.

El deshacer la maleta. El asomarse a la ventana para sentir un vínculo mayor entre el alma de uno y la respiración de la noche. Sentarse en la cama y quedarse absorto en los propios pensamientos. Que pase el tiempo sin que uno se dé cuenta y ni siquiera esté pensando en nada extraordinario, en nada por lo que valdría la pena dormir menos una noche.

Las cuatro de la madrugada. Se da cuenta de que tiene un folleto entre las manos. Lleva un tiempo ensimismada mirándolo, pero no se ha fijado en lo que pone. No es importante.

Busca el interruptor para apagar una luz que parece insaciable. Y se queda mirando el techo mientras, desde la calle, sigue llegando un viento ligero, veraniego, que lo impregna todo de frescura. De esa frescura que porta el susurro de que algo está por comenzar.

Habitación de hotel

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Sólo un beso - más

Las nueve de la noche. Un viernes. Katia y Alicia se preparan para salir. Maquillaje, risas, nervios, prisas. ¿Estarán ellos? ¿Cómo se comportarán ellas?

Sesión light de una discoteca de la capital. Una cola infinita. Un deseo más grande. Espera. Una espera interminable. Las dos amigas de quince años hablan entre ellas y observan a los chicos y chicas de su edad que las rodean. Van a divertirse hoy. Como se divierten los mayores. Buscan entre la multitud de jóvenes a aquéllos que la semana anterior les arrebataron el corazón. Por encima. No están.

Sólo un beso - más

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Camboya. Tenía que haber algo.

Habíamos hecho las maletas y nos habíamos ido al otro lado del mundo. En busca de algo grande. Deseando aportar algo grande a ese nuevo lugar. Necesitando encontrar algo grande, también.  

Nos recibió un hombre muy amable. Había vivido el horror del genocidio de su país. Yo no sabía nada acerca de Camboya. Nada más aparte del documental que había visto sobre las niñas que acababan en prostíbulos; documental que había despertado en mí ese deseo de conocer y de ir a aquel lugar que no hace tanto había sido maltratado por Pol Pot y los Jemeres Rojos.

Camboya. Tenía que haber algo.

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Como un padre

Llegó el día de la despedida. Era junio de 1964, y todos los chicos de mi edad saldríamos para siempre del colegio en el que habíamos pasado internos la mayor parte de nuestra vida. Estábamos muy alborotados haciendo las maletas, corriendo por los pasillos en busca de Peter, que se marchaba antes, para decirle adiós, o de Matt, a quien se le habían olvidado sus bártulos. Esos bártulos que siempre llevaba consigo – y que siempre perdía por el camino. Otros compañeros se pusieron a hacer una guerra de almohadas, ya que por fin no serían castigados por ello (la pobre señorita Merphis había partido de vacaciones la noche anterior confiando en sus “angelitos”, a los que decía que les había criado “mejor de lo que una madre jamás lo hubiera hecho”). Y es que en “El Robledal” todos los chicos vivíamos como huérfanos, ya que nuestras familias vivían a muchas horas de allí y rara vez se dejaban caer por el internado.

Como un padre

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La primera tarde de verano

21 de junio. Por fin habían llegado las vacaciones de verano. Juan llegó a casa corriendo desde el colegio, que estaba a cinco minutos, subió las escaleras de la entrada de dos en dos y, una vez en su cuarto, tiró la mochila al suelo. Esa mochila que normalmente pesaba tanto pero que, justo ese día, lo había hecho tan poco como una pluma del pájaro más pequeño del mundo.

Juan estaba contento, exultante de alegría.

No quiso perder un segundo, porque “la vida es breve”, le había dicho siempre su abuela. Desde la primera vez que oyó estas palabras, Juan se había empezado a tomar la vida muy en serio. También había comenzado a mirarse en el espejo por las mañanas, para ver si su cara ya era de mayor. Pero no, en todo el tiempo que llevaba buscando una huella del paso del tiempo en su cuerpo, no había conseguido dar con ninguna.

Abrió las ventanas de su cuarto - que eran el doble de grandes que él - de par en par, y vio lo que tenía ante sí: el jardín verde, verde; el árbol de la casa de enfrente, tan robusto que daban ganas de treparlo otra vez; el pájaro naranja que volvía cada año como si se tratara de uno más en aquel hogar donde vivía una pareja de ancianos. El canto alegre del pájaro, que le hacía desear ser pájaro él también y volar por todo el cielo. “¡Por el inmenso cielo!”, exclamó, imaginándose a sí mismo con unas alas enormes recorriendo el mundo. El mundo entero, por supuesto.

Ensimismado con esta idea que nacía de aquella experiencia de haber mirado por la ventana, Juan se apresuró y bajó corriendo al jardín, por donde se puso a “revolotear” hasta caer, exhausto, sobre el césped. Juan rió, y se dio cuenta de que su vida estaba llamada a ser una vida grande.

La primera tarde de verano

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Farfallina

De formación, periodista. En realidad, sólo vividora.
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