Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
4 DICIEMBRE 2016

El hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura (Discurso de Juan Pablo II ante la UNESCO, 2 de junio de 1980)

Charles Péguy, un hombre atrevido

El escritor Charles Péguy es uno de los primeros caídos en la batalla del Marne (5 de septiembre de 1914) al recibir un balazo en plena frente en una operación de reconocimiento en unas jornadas decisivas en las que los alemanes están a las puertas de París. Una muerte heroica la de este teniente del ejército francés al que bien podríamos aplicar el calificativo de “un hombre atrevido”, denominación de uno de sus poemas de El pórtico del misterio de la segunda virtud (1912).

Todo apasionado por la verdad es atrevido. Péguy escribe que el que no arriesga no gana y que los cobardes siempre pierden. Fue audaz a lo largo de su vida, aun a costa de distanciarse de aquellos con quienes se había sentido identificado ideológicamente. Sus orígenes humildes y su conocimiento directo de miserias e injusticias le acercan al socialismo. Un Péguy no creyente busca allí la nueva religión de la compasión y la pobreza. Sin embargo, llega un momento en que el escritor descubre no pocas contradicciones entre los dirigentes socialistas, en su mayoría intelectuales burgueses, predicadores de un mesianismo proletario y que rechazan todo lo que no se ajusta a los dogmas de la lucha de clases y el anticlericalismo. Péguy tiene el atrevimiento de afirmar que también es un concepto burgués la lucha de clases, el nuevo tipo de guerra, a la vez civil y mundial, compatibilizada por el socialismo con un fervoroso internacionalismo pacifista. Dice que toda guerra es burguesa al estar fundada sobre la competición y la rivalidad. Antes que la lucha de clases, debería promoverse la unidad entre los hombres. Sin embargo, no acepta el universalismo fácil ni el afán utópico y supuestamente progresista de uniformizar a las sociedades. No quiere hacer a los otros semejantes a él mismo sino que desea que los otros sean los otros. Péguy llega pronto a una conclusión propia del inconformista que siempre fue: “todas las doctrinas son hermosas en su mística y deslucidas en su política”.

El carácter ardiente y apasionado del escritor le hace alejarse de las éticas formales al estilo de Kant, de ese moralismo que para algunos es el único compatible con la libertad. Péguy cree en el hombre de carne y de sangre, y no tiene reparos en afirmar que el kantismo tiene las manos limpias porque en realidad no tiene manos. Nuestro autor está más próximo a Pascal, defensor de las razones del corazón que la mera razón no comprende. Tampoco se ve a sí mismo como un miembro del partido de los intelectuales, tan importantes en la Francia de su época. Por el contrario, desechará los ensayos y discursos para adoptar en los Misterios un estilo literario de mística desbordante, a la vez poesía y teatro, y que conlleva la posibilidad de ser representado en público para buscar una comunión plena con los espectadores.

Charles Péguy, un hombre atrevido

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Juan XXIII, Francisco y la fraternidad universal

El papa bueno, el pontífice del ecumenismo y del acercamiento a los otros, con independencia de su raza, religión o condición social, se forjó en los los años anteriores a su llegada a la sede de Pedro. Destaca muy especialmente su labor  como visitador, administrador apostólico y nuncio en Bulgaria, Grecia, Turquía y Francia, que abarcan el período comprendido entre 1925 y 1952. Monseñor Angelo Roncalli dejó una huella profunda en todos los que trató en estos países, ya fueran ortodoxos, musulmanes o incluso defensores de un laicismo militante.

En los países donde una confesión religiosa es minoritaria, o el ambiente laicista quiere recluirla en los lugares del culto, la inclinación más habitual del creyente sería refugiarse al lado de los suyos, no tener apenas contacto con aquellos que pueden “contaminar” su fe. Se asemeja, en cierto modo, a aquellos fieles de Tesalónica a los que Pablo reprochaba su espera pasiva del fin del mundo (2 Tes 2, 2). Un cristiano debe comprender que ocultarse es alejarse de la luz, algo que contradice las palabras de su Maestro de que la luz sirve para alumbrar a todos los de la casa (Mt 5, 15). Por lo demás, el día Pentecostés supuso para la Iglesia una llamada apremiante a dar testimonio de Jesús. Recordemos que el papa Francisco  exhorta a hacer de la fe una “cultura del encuentro”.  El mensaje es idéntico al proclamado por monseñor Roncalli en una memorable homilía de Pentecostés pronunciada en la catedral de Estambul, el 28 de mayo de 1944.

Juan XXIII, Francisco y la fraternidad universal

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Charles Malik, un filósofo cristiano en la ONU

El 10 de diciembre de 1948 la Asamblea General de la ONU aprobaba la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en un momento en que seguían presentes en el recuerdo las atrocidades ligadas a la terrible mezcla de guerra total e ideologías letales que conllevaron el sacrificio de miles de vidas. Por entonces, el filósofo y diplomático libanés Charles Malik (1906-1987) intuyó que en el debate en torno a los derechos humanos, la humanidad se jugaba más de lo que podía pensarse. Malik, relator del proyecto de Declaración, está considerado junto a Eleanor Roosevelt y René Cassin como uno de los padres de aquel texto fundamental. Era de fe ortodoxa griega y, como buen cristiano, sus inquietudes eran universales. Casi al final de su vida, insistía en que no solo hay que ganar a las almas sino también a las mentes. Criticó el antiintelectualismo en que habían caído algunos cristianos, temerosos de ver contaminada su fe. En cambio, Malik nunca disoció la razón de la fe, pues “quien gane el mundo entero y pierda la mente del mundo, descubrirá muy pronto que ha perdido el mundo”

Malik propuso a la comisión redactora del proyecto de Declaración, valorarcuatro principios básicos: la dignidad inherente del ser humano por encima de la pertenencia a cualquier grupo nacional o cultura; la libertad de pensamiento y de conciencia como una de las más sagradas e inviolables posesiones del individuo; el rechazo de cualquier presión procedente del Estado, de la religión o de otros entes para coaccionar la libertad individual; y la afirmación de que la conciencia de la persona, así en los grupos como en los individuos, es el juez competente. De ahí que el resultado final de la libertad, según Malik, va más allá del derecho a existir. Es, ante todo, el derecho a ser alguien. La huella del filósofo libanés está presente, entre otros pasajes, en el preámbulo de la Declaración, que se refiere a “el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”. Pero se percibe, de modo particular, en el art. 18 de esta norma fundamental: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o creencia, así como la libertad de manifestar su religión o creencia, individual o colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto o la observancia”. Malik sabría anticiparse plenamente a quienes, como Juan Pablo II, afirmarían años que la libertad religiosa es un test de la observancia de los otros derechos fundamentales.

Por lo demás,  el filósofo libanés no estaría de acuerdo con aquellos que proclaman que no es esencial la fundamentación de los derechos humanos. Lo importante, según ellos, es cumplir las disposiciones de las leyes nacionales y de los convenios internacionales en esta materia. Otros incluso lo dirían con una expresión de corte rousseauniano: obedecer a la ley nos hace libres. Son los que están convencidos de que en nuestra avanzada sociedad occidental no existe ningún Creonte al que desobedecer sus supuestos mandatos injustos. En ese caso, nuestro modelo no debe ser Antígona sino su hermana Ísmena, siempre dispuesta a prestar obediencia a los que están en el poder y a justificar su postura con un “soy incapaz de obrar en contra de los ciudadanos”. A Malik le inquietaría hoy la falta de interés por fundamentar los derechos humanos, pues equivale a eludir toda reflexión sobre la naturaleza del ser humano. En 1948, algunos juristas y filósofos estaban convencidos del retorno del iusnaturalismo. No dejaba de ser una ilusión. Lo que volvía era ese optimismo ingenuo en el poder de la razón que en otros tiempos engendrara monstruos. Sin ser un pesimista antropológico, Malik era mucho más realista: estaba seguro de que el hombre podía conocer la verdad, aunque estaba convencido de que alcanzarla dependía, sobre todo, de su voluntad.

Charles Malik, un filósofo cristiano en la ONU

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Jan Twardowski y el humanismo del Amor

Antonio R. Rubio Plo

Los poemas del sacerdote polaco Jan Twadorwski (1915-2006) beben en las fuentes evangélicas. Son expresión simultánea de belleza y fe profunda. Nos demuestran que poseía un corazón joven, como lo es del todos aquellos que sienten un agradecido asombro por todo lo que nos rodea y no se dejan invadir por el tedio y la soledad. Nos habla de fe, esperanza y amor en un mundo que carece de ellas. No cae, sin embargo, en los recursos fáciles de ciertos poemas afectados y grandilocuentes. Reflejan una mística en la que la contemplación de Dios no olvida olvidara a los seres humanos. El autor se inclina ante el hombre, ante la  grandeza de su dignidad.  Algunos filósofos y muchos políticos proclaman la sacralización del ser humano. Su visión materialista les lleva a coronar al hombre aunque ese rey esté desnudo, despojado de su dimensión espiritual. En cambio, Twadorwski es un humanista que quiere abrirse a una realidad espiritual más allá de la mera experiencia de los ojos. El amor al hombre de este sacerdote polaco está impregnado de misericordia, palabra que horrorizará a esos ingenieros sociales que creen que esa palabra es un atentado contra la justicia. Pero misericordia es sinónimo de cristianismo, por no decir de comprensión y de una sonrisa. Hay quien calificaría esto de ingenuidad o de simpleza, pero quien lo vea así, probablemente tenga una visión limitada del amor. Tampoco entenderá que el amor sea desinteresado. El Dios cristiano practica un amor así. Quiere ser amado libremente aunque esto le lleve a dar una imagen de debilidad: “El Omnipotente, cuando ama, sabe ser el más débil”.

Muchos de los mejores poemas de Twardowski corresponden a las dos últimas décadas del siglo XX, cuando su autor ha superado los límites de los setenta y ls ochenta años. La única forma de superar los achaques del tiempo es verse como un enamorado de Dios, al que se ama con un corazón humano, no desde la fe seca, propia de la creencia en el abstracto e inmóvil Dios de los filósofos, sino desde la que nace del amor forjado en la esperanza de ver a Alguien que ahora está oculto a la vista. Es comprensible para alguien que proclama: “Yo, un sacerdote, creo en Dios como lo haría un niño”.

Con todo, se nos argumentará que esto es utópico frente a la dura realidad del ambiente, donde abundan las incomprensiones y los desprecios para todos aquellos que pretendan estar abiertos a la trascendencia. Sin embargo, Twardowski tiene en sus versos respuesta a esta objeción: “Cualquiera que sale a nuestro encuentro viene de Su parte, mas nos resulta tan cabalmente corriente, que no nos percatamos de ello”. ¿Y qué decir a los que no quedarán tan satisfechos con este consejo porque quieren milagros, con o sin comillas, porque buscan la reciprocidad del otro por medio de su conducta? La convivencia humana no puede reducirse a simples tácticas. ¿Hemos olvidado la existencia de la libertad humana? ¿Queremos un mundo de siervos, que temen y no aman? Polonia y otros países ya lo experimentaron cuando estaban sometidos al comunismo “benefactor”. Por el contrario, nuestro poeta y sacerdote nos da una respuesta al escribir estos versos para niños en 1993, cuando ha llegado la decepcionante época del poscomunismo: “Cuando no seas querido, no esperes en reciprocidad rosas y una llamada; no gimas, no solloces. Lo que más importa justamente es que seas tú quien ame”.

Jan Twardowski y el humanismo del Amor

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Baltasar Gracián, discreto y piadoso

Antonio R. Rubio Plo

Al mediodía del 12 de octubre, sale de la basílica del Pilar una imagen de la Virgen en plata dorada, adornada con joyas antiguas, perlas y pedrería, para iniciar una breve procesión que pueda pasar un tanto desapercibida en medio de la marea humana que ofrenda flores a la Patrona de la Hispanidad. Es una imagen procesional muy esbelta y airosa, de más de un metro de altura, con la llamativa peculiaridad de que la Virgen no aparece con el Niño entre los brazos. Se trata de una obra maestra de orfebrería, guardada todo el año en un armario de la sacristía mayor, y se atribuye a Miguel Cubeles, un platero valenciano afincado en la capital aragonesa. Debió de ejecutarla hacia 1620 por encargo de Bartolomé de Morlanes, «capellán del Rey Nuestro Señor en la santa Iglesia de Nuestra Señora del Pilar de Zaragoza».

Este eclesiástico, donante de la espléndida imagen mariana y miembro de una ilustre familia de artistas del Renacimiento aragonés, fue un gran erudito y coleccionista de antigüedades, un asiduo del círculo de intelectuales que frecuentaba en Huesca la residencia de Vicencio Juan de Lastanosa, mecenas y protector de Baltasar Gracián, el jesuita aragonés, autor de El Discreto, un tratado donde se alaba al hombre prudente con cualidades necesarias para moverse en sociedad. Uno de los capítulos de esta obra está dedicado a Morlanes, y allí leemos este consejo lapidario, no exento de ironía y ajeno a los tópicos atribuidos al Barroco: «Que el saber las cosas y no obrarlas, no es ser filósofo, sino gramático».

Pese a todo, en la valoración actual de Gracián pesan demasiado las alabanzas que de sus aforismos hicieran Schopenhauer o Nietzsche, y abundan los críticos que han resaltado el contraste entre la condición sacerdotal del escritor y sus saberes mundanos, una filosofía utilizada hoy a modo de píldoras de autoayuda por psicólogos y teóricos de estrategias empresariales. De ahí que sean frecuentes los reproches que rebajan a Gracián a la condición de experto en dobleces, simulaciones y engaños, unas acusaciones que marginan su fervoroso libro de ascética El comulgatorio y reducen el resto de su obra a una especie de maquiavelismo de corto alcance para la vida cotidiana. El autor barroco es víctima de la filosofía de la sospecha que, pese a lo que algunos creen, no es la antesala de la verdad. Se ha construido concienzudamente el mito de un Gracián mundano y relativista con el que se pretende silenciar otro Gracián piadoso, devoto de la Eucaristía y de la Virgen, cuyo santuario del Pilar no estaba muy distante del colegio jesuita de Zaragoza donde Gracián fue maestro de Sagrada Escritura desde 1650.

La devoción mariana de Baltasar Gracián surge espontánea en diversas meditaciones de El comulgatorio, uno de los mejores libros escritos para difundir el valor de la comunión frecuente, rico en imágenes y sensibilidades, que debe mucho al ejercicio de la buena imaginación de Ignacio de Loyola aplicada a la práctica diaria de la oración, y en el que el protagonista es un Dios hecho hombre. La carnalidad del Verbo es la negación de un racionalismo, que empieza a triunfar en Occidente en la época de Gracián, y que pretende persuadir a los hombres de que el mundo está dejado de la mano de Dios, reducido al distante papel de un relojero que se ha limitado a dar cuerda a su artefacto.

Baltasar Gracián, discreto y piadoso

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Antonio R. Rubio Plo

Doctor en Derecho y licenciado en Geografía e Historia. Profesor de política comparada y de política exterior de España. Siempre interesado por las raíces cristianas de la cultura.
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