Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
4 DICIEMBRE 2016

Eichmann en Jerusalén (H. Arendt)

La conocida obra de Hannah Arendt tiene un enorme interés para nosotros. Y no porque subraye los horrores de la guerra y del aparato estatal nacionalsocialista. A esto estamos bien acostumbrados gracias a las películas y a los documentales. El interés del libro “Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal” radica en la paradoja aparentemente inexplicable que toma cuerpo en la figura de Adolf Eichmann: un hombre normal que gestiona y coordina de forma normal la a-normalidad más grande que pueda ser pensada. Más allá de la curiosidad, histórica y psicológica que, en el mejor de los casos, pueda despertar la personalidad de Eichmann, el ensayo de Arendt azota la conciencia de cualquiera que experimente en su carne lo que ella misma llamó “la banalidad del mal”.    

Eichmann era un hombre –así lo dijeron los distintos informes psicológicos realizados con ocasión del juicio- absolutamente normal. «Más normal que yo, tras pasar por el trance de examinarle», se dijo que había exclamado uno de ellos. Y otro consideró que los rasgos psicológicos de Eichmann, su actitud hacia su esposa, hijos, padre y madre, hermanos, hermanas y amigos, era «no solo normal, sino ejemplar». (…) Tras las palabras de los expertos en mente y alma, estaba el hecho indiscutible de que Eichmann no constituía un caso de enajenación en el sentido jurídico, ni tampoco de insania moral. Esta descripción no nos deja de sorprender (es precisamente esta sorpresa la que Arendt no quiso soslayar), habida cuenta de que Eichmann fue uno de los máximos responsables del exterminio contra los judíos durante la II Guerra Mundial. Su misión, simple y llanamente, consistía en coordinar y agilizar las deportaciones de los judíos desde todos los rincones de Europa hasta los campos de exterminio.  

Aunque Eichmann confesó no haber matado jamás a ningún judío ni haber mandado ni siquiera una sola de sus muertes, más tarde matizaría esta declaración diciendo: «Sencillamente, no tuve que hacerlo». Pero dejó bien sentado que hubiera matado a su propio padre, si se lo hubieran ordenado.

Eichmann tampoco constituía un caso de anormal odio hacia los judíos, ni un fanático antisemita, ni tampoco un fanático de cualquier otra doctrina. «Personalmente» nunca tuvo nada contra los judíos, sino que, al contrario, le asistían muchas «razones de carácter privado» para no odiarles.  

Este es el aspecto escalofriante de su personalidad y la razón por la que la reflexión que hace Arendt sobre su caso es tremendamente provocadora. Es relativamente fácil culpabilizar a todos aquellos que nos han precedido para comenzar una nueva época, para desprendernos del mal que nos acecha y que, en el caso alemán, nos les dejaba levantarse. Ahora bien, la misma personalidad de Eichmann pone de manifiesto lo ridículo que sería convertirlo en el gran chivo expiatorio. Lo sería por dos razones fundamentales. La primera es que Eichmann se limitó a obedecer, como obedecieron cientos de miles de alemanes. La segunda es que, a ojos de Arendt, el mal de Eichmann radicaba en la atrofia de su razón, en su incapacidad para pensar, juzgar y decidir de forma autónoma, pecado del que, hasta la fecha, nadie está libre.  

Los peligros de esta atrofia (o ignorancia) ya nos los enseñó Sócrates. “La banalidad del mal” radica justamente en esta cerrazón, en la sutil (pero catastrófica) distancia de uno mismo respecto de sí, de uno mismo respecto de los otros. Eichmann era un hombre débil, obediente y ordenado, fingía ser un ingeniero, y vivía al amparo de sus mayores, escondiéndose y al mismo tiempo queriendo resaltar. “Su lenguaje llegó a ser burocrático porque era verdaderamente incapaz de expresar una sola frase que no fuera una frase hecha. (¿Fueron estos clichés lo que los psiquiatras consideraron tan «normal» y «ejemplar»?”).  

Cuanto más se le escuchaba, más evidente era que su incapacidad para hablar iba estrechamente unida a su incapacidad para pensar, particularmente, para pensar desde el punto de vista de otra persona. No era posible establecer comunicación con él, no porque mintiera, sino porque estaba rodeado por la más segura de las protecciones contra las palabras y la presencia de otros, y por ende contra la realidad como tal.  

Eichmann en Jerusalén (H. Arendt)

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Temor y temblor (Kierkegaard)

El milagro de la fe reside en que Abraham y Sara fueron lo suficientemente jóvenes para desear, y en que la fe mantuvo el deseo, y de este modo la juventud.

Kierkagaard es uno de esos autores que, como él mismo afirma, “no escribe sistemas ni promesas de sistema; no ha caído en el exceso de sistema ni se ha consagrado al sistema”. Pero Kierkegaard no es genial por ser antihegeliano, ni es admirable gracias a esa débil “virtud” contemporánea de hacer coincidir objetividad y neutralidad.  

Temor y temblor está enteramente dedicado a la figura de Abraham. En el estudio de la misma se ve en qué sentido Kierkegaard huye del sistema. Es fácil escuchar sermones insignificantes sobre Abraham o extraer alguna moraleja de su historia, pero a costa, dirá Kierkagaard, de violentar la trama de los hechos, de ignorar el momento en que el viejo Abraham se dirige al monte de Moriah dispuesto a sacrificar su “única esperanza”. Kierkegaard, como si pisara tierra sagrada, se descalza ante el camino que recorrió Abraham, el que va de la felicidad de su casa hasta el monte de Moriah. “Si tuviese que hablar sobre Abraham, pintaría ante todo el dolor de la prueba. Para finalizar, chuparía como una sanguijuela toda la angustia, toda la miseria y todo el martirio del paterno sufrimiento para poder representar el de Abraham, haciendo notar sin embargo que en medio de sus aflicciones él creía. Recordaría que el viaje duró tres días y buena parte del cuarto e incluso que esos tres días y medio duraron infinitamente más que los miles de años que me separan del patriarca”.  

Pero Kierkagaard se expresa todavía de forma más radical y habla del torbellino de contradicciones que debieron de agolparse y estrujarse en la mente de Abraham, de la contradicción sin la cual no se comprendería nada del padre de la fe: “es en esta contradicción donde reside la angustia capaz de dejarnos entregados al insomnio y sin la cual, sin embargo, Abraham no es el hombre que es”. Él es el caballero de la fe, el que ha combatido contra Dios mismo, el que recobra el mundo gracias “al absurdo, a la resignación infinita”, a la conciencia de que para Dios nada es imposible. “Abraham no renunció a Isaac por la fe; al contrario, lo obtuvo por ella”. Este es el hecho sorprendente y misterioso que no se puede copiar ni reproducir, que se esconde y se escabulle de entre las manos cuando queremos aferrarlo. La grandeza de Abraham fue que anheló lo imposible y en lo imposible se le dio y se le volvió a dar lo más inesperado. 

Temor y temblor (Kierkegaard)

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La peste (Camus)

Cuando la peste comienza a arremeter contra la ciudad de Oran (Argelia) nadie se imagina hasta qué punto el mundo conocido, el que es familiar y querido, se vendrá abajo. “Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas". Al principio, ni los ciudadanos bien asentados ni el poder quieren creer lo que ya es evidente. Con el paso del tiempo, lo único que anhelan es escapar del mal que los atenaza. Tras meses de muerte, parece que los hombres se olvidan de vivir: "Todos tenían miradas errantes, todos parecían sufrir de la separación de aquello que constituye su vida. Y como no podían pensar siempre en la muerte, no pensaban en nada".  

Camus nos introduce en los abismos de la miseria, aquella que nace de las guerras o de las enfermedades más devastadoras. Sin duda, no sólo el recuerdo de las grandes epidemias aletea sobre la novela. La reciente II Guerra Mundial, finalizada apenas tres años antes que el libro, se había tragado a muchos más hombres de los que habían perecido en cualquiera de las pestes anteriores. El pesimismo y el optimismo luchan ferozmente en cada una de las personas de Oran, generando desesperación y esperanzas en un vaivén que parece no acabarse nunca. En esta incertidumbre existencial, Camus nos presenta a grandes batalladores, incansables en su lucha contra el mal, pero conscientes de su limitadas fuerzas: “puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”.  

La peste que describe Camus no sólo divide a sanos de enfermos, a hombres afortunados de hombres sin suerte. Estas divisiones generan inquietud y desasosiego en miles de personas que afanosamente se esfuerzan en evitar lo inevitable. La peste también hace emerger los secretos y las luchas más hondas de los hombres, y es aquí es donde combate la esperanza contra la desesperanza más radical, la grandeza del corazón del hombre frente a todas las miserias y mezquindades:  

Rieux sabía lo que estaba pensando en aquel momento el pobre viejo que lloraba, y también como él pensaba que este mundo sin amor es un mundo muerto, y que al fin llega un momento en que se cansa uno de la prisión, del trabajo y del valor, y no exige más que el rostro de un ser y el hechizo de la ternura en el corazón.

La peste (Camus)

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El Sunset limited (C. McCarthy)

La conocida pieza de teatro de Cormac McCarthy, publicada en 2006, nos presenta el diálogo a quemarropa entre un blanco y un negro. No sabemos sus nombres. Sabemos sólo que el blanco tenía “un billete de ida en el Sunset Limited” y que el negro se lanzó a las vías del tren para rescatarlo.  

El profesor universitario, el blanco, se carga de razones y, de algún modo, expresa ese orgullo impotente tan característico de la decadencia occidental. En realidad, emerge como el último residuo de voluntad, de afirmación de uno mismo frente a la nada del mundo. “Pero aun así, digo yo, para qué sirven todas esas ideas si no lo mantienen a uno clavado al andén cuando entra el Sunset Limited a más de cien por hora”. El negro no es un intelectual, al menos en el sentido en que lo es su interlocutor y, sin embargo, un puñado de viejas razones le mantienen pegado a la vida.  

“Sólo pienso en minimizar el dolor. Mi vida consiste en eso”. El negro, en cambio, no teme hablar de sus miserias ni de sus delitos, porque habla sin temor de Dios y del sentido de la vida. Pero para el mortecino profesor, Dios y el sentido de la vida son ya meros recursos estériles, palabras vacías; la vida pesa demasiado como para ocuparse seriamente de ellos. Sus esfuerzos se concentran en “minimizar el dolor”, pero en último término, tenemos que decirlo, el dolor sólo se puede apagar en el andén del Sunset Limited. En un inhóspito piso, despojado de todo, un hombre intenta mirar a otro e, impotente, desea devolverle a la vida.  

El Sunset limited (C. McCarthy)

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Intemperie (Jesús Carrasco)

La intemperie le había empujado mucho más allá de lo que sabía y de lo que no sabía acerca de la vida.  

La primera novela de Jesús Carrasco dice mucho sin hacer hablar mucho a sus personajes. Intemperie es la soledad y abandono a los que se ve obligado un niño que, hastiado, solo e indefenso, prefiere adentrarse en el llano, sin agua ni comida, antes que permanecer en su pueblo. En su huida, un viejo pastor lo guiará, como un padre, devolviéndolo a la infancia que nunca tuvo y enseñándole un horizonte rebosante de dignidad. Entendió que el viejo no sería quien le entregara al mundo de los adultos, ese en el que la brutalidad se empleaba sin más razón que la codicia o la lujuria.  

Con la misma rudeza y sabiduría con la que trata a sus cabras, el pastor sabe manejarse en los entresijos de la vida, callando y mandando, rezando y caminando. Igual que en La carretera de Comarc McCharthy (explícita e implícitamente autor de referencia para Jesús Carrasco), la relación entre un hombre y un niño se convierte en el eje que hace girar el mundo, pero no cualquier mundo, sino un mundo humano, el único mundo que puede llamarse humano. Sería imposible sostenerse en la intemperie sin la mano callosa de un pastor, sería materialmente imposible afrontar el pasado y mirar el futuro sin la compañía buena de un hombre que sabe de dónde viene y a dónde se dirige. Las páginas de Intemperie, envueltas en calor, sequedad y persecución, nos introducen en el aspecto más esencial e importante de la vida.  

Intemperie (Jesús Carrasco)

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Black Mirror (1-3)

“Cada episodio tiene un tono diferente, un entorno diferente, incluso una realidad diferente, pero todos tratan acerca de la forma en que vivimos ahora -y la forma en que podríamos estar viviendo en 10 minutos si somos torpes” (Charlie Brooker, creador de la serie).  

Los episodios de Black Mirror, si alguien no está al tanto, son brutales, en el sentido más literal del término. Lejos de las series de entretenimiento policiaco, Black Mirror señala los grandes vicios y fracturas que puede generar (y genera) la sociedad virtual, una sociedad literalmente pegada a los espejos negros de las pantallas de televisiones y teléfonos que, más que devolvernos nuestra propia imagen, nos sacan de nosotros mismos para entretenernos, distraernos e introducirnos en laberintos impersonales. Black Mirror es brutal no sólo por los contenidos que deja ver, sino fundamentalmente por lo hiriente que es o, más bien, por la realidad herida que describe, y, como toda herida que marca nuestra piel, duele.  

Sin entrar en detalles muy escabrosos, el primer episodio relata la sed insaciable y morbosa de miles de espectadores, los tele-espectadores del globo entero, que se ensañan con imágenes horrendas sin ser capaces de marginarlas, sin poder salir a las calles, donde verdaderamente ocurren cosas. El segundo episodio narra la terrible “vida” de un complejo contemporáneamente totalitario en el que pobres individuos están literalmente bombardeados por imágenes de las que no pueden huir: concursos despreciables e imágenes pornográficas que agotan toda forma humana de relación. El tercer episodio narra el salto que ha dado el mundo contemporáneo sustituyendo la memoria por la reproducción. Cada individuo graba todo lo que vive y puede visionarlo él mismo y enseñárselo a otros tantas veces como quiera. Así, la tensión vertiginosa entre presente y pasado se ve reducida al examen analítico de nuestras propias grabaciones, utilizadas para escupir reproches o para intentar agarrar y conservar lo que ya no es nuestro.  

Si lo que separa nuestro mundo de Black Mirror es simplemente la mejora técnica de posibilidades en las que ya estamos adentrados, we have a problem.  

Black Mirror (1-3)

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El retrato de Dorian Gray (O. Wilde)

“Esté siempre a la busca de nuevas sensaciones. No tenga miedo de nada… Un nuevo hedonismo: eso es lo que nuestro siglo necesita. Usted puede ser su símbolo visible”. Lord Henry persuade al joven Dorian Gray, quien en pocos años se convierte en la envidia de la aristocracia londinense, y también, de algún modo, en su pesadilla. El adolescente que en un tiempo “no se había dejado manchar por el mundo” comienza a experimentar la fuerza de las seducciones, al principio de forma sibilina, al final, abiertamente y sin tapujos.  

El influjo de lord Henry sobre el joven Gray se hace cada vez más poderoso y los dos aristócratas acaban por abandonarse a toda clase de placeres. Por mucho que pueda parecer moralizante la novela de Wilde, el ideal de lord Henry de una vida independiente, sin límites y autónoma, se presenta con rostros distintos en la historia de cada hombre. No basta un reclamo moral para abandonar una vida miserable. Toda inmoralidad es capaz de presentarse con un aire de superioridad en la vida pública: "Represento para ti todos los pecados que nunca has tenido el valor de cometer", le dice lord Henry a Dorian Gray. Dante describe en la Divina Commedia a los tibios (a Dio spiacenti e a' nemici sui), aquellos desgraciados que nunca arriesgaron nada importante en la vida, en una eterna carrera en pos de una bandera que nunca alcanzarán. Más terrible aún que ser un gran pecador, es correr en pos de una bandera (ya sea un pecado o una virtud) que nunca nos atrevemos a enarbolar.  

Dorian Gray, en los abismos del infierno, aún es capaz de decir: “Me gustaría ser capaz de amar –exclamó con una nota de profundo patetismo en la voz–. Quiero escapar, alejarme, olvidar". Quizás ya sea demasiado tarde para ganar, pero al menos, el grito de Gray da inicio a una auténtica carrera.  

El retrato de Dorian Gray (O. Wilde)

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El poder y la gloria (G. Greene)

El padre José recorre caminos sin saber muy bien a dónde ir, sin recordar muy bien por qué razón no huyó cuando pudo huir. Los sacerdotes habían sido expulsados de México y los que durante un tiempo se mantuvieron de incógnito, finalmente se marcharon por miedo a la persecución. Y él, atormentado por sus pecados, lucha por no perder la fe que poco a poco se le había ido escapando de entre las manos, cuando todo estaba en orden, gestionaba su parroquia y sus feligreses cumplían devotamente lo que él les mandaba.  

Tú no te acuerdas del tiempo en que aquí había iglesia. Yo fui un mal católico, pero la religión significaba... Bueno, significaba música, luces, un sitio donde sentarse lejos de este calor...  

El padre José vive literalmente desarraigado, sin patria que le pueda dar alguna clase de cobijo. Era un mal sacerdote, lo sabía: un pater-whiskey, mote puesto a los de su clase; pero el chorreo de sus culpas caía fuera de la vista y del entendimiento, en algún lugar donde las acumulaba en secreto: el vertedero de sus caídas. Pero las viejas costumbres han dado paso a la verdad de las cosas: ya no cumple ningún papel y quiere saldar sus cuentas, quiere comprender qué cartas le quedan. Todos se han marchado y él se ha quedado, luchando consigo mismo, huyendo a duras penas, encontrando a pobres hombres que todavía echan de menos al Dios prohibido.  

El cordón umbilical que le une a la vida, fragilísimo, es quizás la memoria de su propia vocación, la débil conciencia de que un día fue llamado para evitar que la desesperación carcomiera el corazón de los hombres, y el suyo propio. No le sostiene su propia fuerza, ni su valentía, ni una gran fe. Un hilo le mantiene unido a esa tierra miserable: el pensamiento de que si él también se va, Dios se convertiría en un extraño para esa gente, en un recuerdo que difícilmente volvería.  

Pero yo no soy un santo -arguyó él. No soy siquiera un hombre valiente. En cambio, no importa gran cosa que yo sea un cobarde..., y todo lo demás. A pesar de ello, puedo depositar a Dios en la boca del hombre y puedo darle el perdón de Dios. Y esto sucedería igual aunque todos los curas fuesen como yo.  

El poder y la gloria (G. Greene)

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Ojos que no ven

Mira, Felipe, mira qué esplendor, recordaba que le decía su padre con el tono certero que cabía imaginar y lleno además de un asombro que él había querido transmitir también a sus hijos como si eso, el tono, el tono del asombro, pudiera figurar entre lo mejor de una herencia.  

La novela de González Sainz nos sacude entre dos mundos. El primero, dominado por “el tono del asombro”, es el que une a Felipe Díaz Carrión con su pueblo natal, con su padre y con lo más auténtico de la existencia: el bien, la belleza y la verdad. El segundo, más que un mundo, parece la desaparición del mundo propiamente humano. ¿Puede la realidad perder todos sus contornos reconocibles? ¿Pueden los otros perder la condición de compañeros para convertirse en meros extraños o, peor aún, en enemigos radicales? González Sainz nos adentra (desde los ojos de Felipe Díaz, ojos que ven y que no quieren dejar de ver) en este escenario aterrador, indeseable y extraño, que en el fondo no es nada más ni nada menos que el escenario de toda ideología y, más en particular, de esa que durante décadas ha cegado a miles de españoles.  

Felipe Díaz Carrión conocía a la perfección su entorno familiar, pero no se había cansado de él, ni mucho menos lo odiaba. Lo amaba y le hacía sentirse enormemente feliz. El camino que recorría día y noche en paseos interminables “era su fuerza y su temple en la vida, era la índole de su inclinación hacia el mundo y también de su desaparición de él”. “Quitan altanería los caminos, le había dicho una mañana su padre, quitan importancia a lo que no la tiene para dársela, pero ya de una forma más resignadamente sensata, a lo que de veras la tiene”. Cuando las circunstancias económicas le obligan a marcharse con su familia a una ciudad del norte, acaba convirtiéndose en un “hombre de cuneta, un hombre de arcén”, rodeado de impersonalidad y avasallado por ella: palabras y silencios huecos que se lanzan con odio, huchas con dinero en el bar de la esquina para no sé qué presos, miradas de desconfianza y amenaza. Felipe ve atónito e impotente cómo hasta su propia mujer e hijo se abandonan en manos de consignas para acabar abandonándolo a él.    

Pero él, sin proponérselo, sin pensarlo siquiera a decir verdad, sin ponderar ni contrapesar ni tener en cuenta nada que no fuera lo que él llamaba, con palabras que a lo mejor le veían un poco grandes, lo absolutamente irrenunciable y sin excusa alguna que valiera, perseveró allí como perseveran los árboles y las plantas y a veces, aunque sólo a veces, perseveran también algunas personas. Si la violenta impersonalidad de la ideología genera escalofríos y extrañeza, la soledad llena de dolor y dignidad de Felipe Díaz nos hace llorar, y nos devuelve al mundo, al deseo de habitar un mundo verdaderamente humano, a la voluntad de no marcharnos jamás de él.      

Ojos que no ven

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La canción de Guerra (D. Buzzati)

El fragor de sus victorias se extendía por todo el mundo, el sonido de sus pisadas se perdía por las llanuras, cada vez más alejados de las cúpulas plateadas del palacio. Y desde sus campamentos rodeados de ignotas constelaciones se expandía siempre el mismo canto: no alegre, sino triste, no victorioso y guerrero, sino lleno de amargura.  

El rey se regocijaba con las victorias increíbles de sus batallones, pero no comprendía qué era eso que cantaban sus aguerridos soldados. En sus victorias se dejaba presagiar la derrota, quizás la definitiva, pero el rey sólo veía cómo nuevas tierras eran conquistadas.  

Por campos y pueblos, / El tambor sonó / Pero pasados los años / El camino de vuelta, / El camino de vuelta, / Nadie lo encontró.  

El afán de avanzar e imponerse sobre los otros no era suficiente para los soldados. Y el canto decía lo que muchos quizás no se atrevían a decir; secretamente esperaban que sus victorias fueran definitivas, pero en el fondo sabían que nunca volverían. Era una melodía triste, que el rey no soportaba, ni comprendía, pero era más digna que todas las victorias. Aunque el rey quiso evitarlo, todavía resuena.  

Adelante vamos / Y pasados los años / Donde te dejé, / Donde te dejé, / Una cruz hallé.  

La canción de Guerra (D. Buzzati)

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Helena o el mar del verano

Los cuatro hombres quedaron en pie frente a nosotros, se agacharon un poco, juntaron las cabezas y empezaron a cantar. Cantaban a cuatro voces, muy bien, y era una cosa triste, muy bonita (…). Tío Arturo escuchaba muy atento y yo miraba a Helena que tenía lágrimas en los ojos y se apretaba contra tío Arturo como con miedo. Los cantores abrían y cerraban la boca, se hinchaban y se deshinchaban, muy serios, como si estuvieran rezando, tenían los ojos perdidos como si miraran para adentro.  

El relato de Julián Ayesta (1919-1996) nos habla del mundo y sus secretos, que poco a poco se dejan desvelar, aunque no todos. Justamente por eso es mundo y es bello. El mundo comienza a hacerse adulto ante los ojos de un niño que se asoma con curiosidad y ansia a cosas y a personas, y a ella. Los recuerdos se entremezclan con los sueños, los sueños con las realidades, las realidades con los deseos. Todo el relato es como una larga cadena de rostros, escenas y pensamientos, que aparecen y desaparecen con inocencia.  

La adolescencia aparece así como el gran umbral que deja entrever el gusto del mundo (y sus disgustos), la conquista palmo a palmo de unos pequeños y grandes logros. Todo es importante y cada cosa ocupa un lugar preciso, a veces alborotado: las comidas, el tío Arturo, el humo de los puros, el Sporting, los cantos tristes y solemnes de los adultos, los remordimientos y escrúpulos, las risas, el mar del verano, y ella. En medio de todo ello el amor primero se hace hueco ordenando lo desordenado, desordenando lo ordenado.

Juntos y solos, andando juntos y solos entre el silencio del mundo y del mar y del mundo, andando andando. Y todo era como un gran arco y nosotros lo íbamos pasando y al otro lado estaba nuestro mundo y nuestro tiempo y nuestro sol y nuestra noche y estrellas y montes y pájaros y siempre…

Helena o el mar del verano

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El festín de Babette

La misericordia y la verdad se han encontrado. La justicia y la dicha se besarán mutuamente. En nuestra humana debilidad y miopía creemos que tenemos que hacer una elección en esta vida y temblamos ante el riesgo que corremos. Nuestra elección no importa nada. Llega un tiempo en el que se abren nuestros ojos y llegamos a comprender que la gracia es infinita y lo maravilloso, lo único que tenemos que hacer, es esperar con confianza y recibirla con gratitud. La gracia no pone condiciones.  

El general Lorens ha llegado a la cumbre del éxito militar y social. Pero vuelve a un pueblo perdido en Jutlandia, donde décadas atrás dejó esperando al amor de su vida. En su retorno, tanto los evangélicos del pueblo como el viejo general se topan con una cena inesperada. Babette, una cocinera francesa, ha empleado todo su dinero en ofrecer un festín a los aldeanos que la acogieron cuando ella huía de la Comuna parisina.  

Mirad, lo que hemos elegido nos es concedido y lo que rechazamos nos es dado. Incluso se nos devuelve aquello que tiramos porque la misericordia y la verdad se han encontrado y la justicia y la dicha se besarán.    

Luce un nuevo año. Los propósitos se acumulan y se hacen viejos nada más ser mentados. Traicionamos nuestras perfectas intenciones antes incluso de pronunciarlas y nos hacemos esclavos de ellas, bien porque las perseguimos sin éxito, bien porque sabemos que no nos devolverán nada, incluso aunque las alcanzáramos. En la película de Gabriel Axel se insinúan estos dos callejones sin salida: por un lado, el de los viejos puritanos del pueblo, que tiemblan al pensar que los manjares de Babette derretirán sus paladares. Por otro lado, el del general Lorens, consciente de sus malas elecciones y atormentado por lo que pudo hacer y no hizo. Sin embargo, la rigidez militar de los evangélicos y el malestar puritano del general acaban rindiéndose ante la gracia culinaria de Babette. La gratuita sobreabundancia, capaz de apartar los propósitos infecundos y de borrar la mala conciencia, nos abre la única vía posible. Si años atrás Lorens pensaba que la vida era despiadada, en el día del gran banquete exclama que “en este mundo nuestro todo es posible”.

El festín de Babette

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Los olvidados de los olvidados

Los enfermos mentales representan una vergüenza para las familias, para la sociedad, para los poderes públicos, y debería serlo para la humanidad entera. Cuando veo a un hombre bloqueado en un tronco, es la imagen de mi propia persona y de la humanidad. Cuando veo a una mujer desnuda en la calle, prisionera en un tronco, es la imagen de mi madre y de todas las mujeres del mundo.  

El documental de Carles Caparrós (2010) cuenta “la historia de miles de enfermos mentales y un loco”. Grégoire Ahongbonon es el loco que desde 1983 recorre miles de kilómetros polvorientos entre Costa de Marfil, Benin y Burkina Faso para sanar y recuperar a enfermos de toda índole. En 1992 comenzó a ocuparse de los olvidados de los olvidados, los enfermos mentales. Los rescata de la calle o de sus propias casas, les da ropa limpia, medicamentos y un hogar (“jamás volverás a dormir en la calle”, les dice, a sabiendas de que niños y viandantes los apedrean y apalean). Finalmente, hace todo lo posible para que los enfermos puedan volver a sus casas y sean aceptados.  

No creo que nadie pueda explicar exactamente de dónde sale Grégoire, por qué decidió dedicarse por entero a esos “diablos encadenados por sus propias familias”, de dónde saca el amor y la autoridad para abajarse a la tierra, romper (literalmente) las cadenas que los atan al infierno y desafiar a poblados enteros para que se atrevan a tratarlos con la dignidad y el respeto que nunca tuvieron. Es fácil olvidarse de África, también es fácil albergar sentimientos melifluos o desear cambiar la historia de los hombres. Grégoire, sin pedir permiso a nadie, sin pedir un aumento salarial, sin protestar violentamente, ha comenzado a cambiar el mundo. La pregunta que me asalta no es cómo evitar el mal de la tierra, sino esta otra: ¿Cómo un hombre vulgar y corriente llega a convertirse en un verdadero huracán para el mundo entero?  

Si un pobre hombre como yo que no sabe de nada, que es un inútil, un inútil en todo, ha vuelto su mirada a estos enfermos, que están olvidados por todos los intelectuales, por todos los sabios del mundo, si Dios ha querido que un miserable como yo emprenda una actividad semejante es para que podamos todos abrir los ojos, es para permitir a la humanidad abrir los ojos. Hay hombres que están olvidados y Dios nos interpela, nos interpela a todos.  

Los olvidados de los olvidados

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La gran belleza

Cuando llegué a Roma, a los 26 años, me precipité muy pronto en lo que podría llamarse ‘la espiral de la mundanidad’. Yo no quería ser simplemente un mundano. Quería convertirme en el rey de los mundanos.  

La película de Sorrentino goza de verdaderos destellos de belleza, insuficientes, eso sí, para hacernos alcanzar la gran belleza, esa que un amable escritor, el protagonista del film, busca desde su juventud. En el umbral de la vejez, Jep Gambardella observa y vive la decadencia de su mundo (de nuevo, la caída de Roma): fiestas y amistades desparramadas, rostros envejecidos, recuerdos que no vuelven, máscaras que (ya) dejan ver los trucos de la obra que representan. Ni siquiera la hermosura de la eterna Roma es capaz de devolverles el gusto que nunca poseyeron. “Me voy. Me marcho al pueblo, a casa de mis padres [dice uno de los tristes protagonistas]. Después de 40 años, Roma me ha desilusionado”.  

Todo está cubierto bajo la charlatanería y el ruido. El silencio y el sentimiento. La emoción y el miedo. Los destellos demacrados e inconstantes de belleza. Y finalmente el abandono desgraciado y el hombre miserable. A diferencia de sus amigos de infancia, Gambardella “estaba destinado a la sensibilidad”. Esto es lo que hace que no se convierta (del todo) en un hombre vulgar en medio de la vulgaridad. Al alba, cuando todos se levantan, él pasea por Roma, observando rostros y esculturas, después de haber alargado y consumido la noche. Pero entre fiesta y fiesta su rostro se apaga.  

La voz en off de Gambardella no es la de un hombre arrogante, orgulloso de su miseria o de “la fauna que le rodea”. Aunque ya está cansado, y lo sabe y le duele, parece que la vida no le concederá otras oportunidades. Sorrentino tampoco se las da. Su novedosa película juega entre el drama y la distracción, entre el hastío y el anhelo. Quizás juegue demasiado, haciendo de la película (y de la vida) un laberinto sin salida. A Jep solo le queda escribir sobre la nada o, lo que es lo mismo, seguir interpretando un papel que, en definitiva, “es solo un truco”.  

La gran belleza

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Barioná, el hijo del trueno

Baltasar.- Barioná, es verdad que somos muy viejos y muy sabios y que conocemos todo el mal de la tierra. Sin embargo, cuando hemos visto esa estrella en el cielo nuestro corazón ha vibrado de alegría, como el de los niños. Nos hicimos como niños y nos pusimos en camino porque queríamos cumplir con nuestro deber de hombres, que es esperar.  

La voz de Baltasar es más grave que el grito arrogante (y humano, demasiado humano) de Barioná, ese judío cansado de esperar por los muchos atropellos sufridos. Barioná y Baltasar no son personajes ficticios, edulcorados personajes de una navidad lejana e inexistente. Los dos, viejos lobos, son dos hombres, dos rostros del mismo hombre, los dos rostros de cada hombre.  

El propio Sartre se quiso distanciar de su pequeña joya de teatro, escrita y representada durante su prisión a manos del ejército alemán. Aún así, la voz de Baltasar, venida de muy lejos, y el llanto de Barioná, siguen resonando en el teatro del mundo.  

Baltasar.- Porque ésa es tu desesperanza: rumiar el instante fugaz, mirarte el ombligo con una mirada rencorosa y estúpida, arrancar de tu tiempo el futuro y encerrarlo en un círculo alrededor del presente. Entonces ya no serás un hombre, Barioná. No serás más que una piedra dura y negra en el camino.

(…)

Baltasar.- Sufres, y no siento compasión alguna por tu sufrimiento: ¿por qué no ibas a tener que sufrir? Pero tienes a tu alrededor esta bella noche de tinta, esos cantos en el establo, y este frío seco y duro, hermoso, implacable como la virtud. Y todo esto te pertenece. Esta bella noche, henchida de tinieblas y fuegos que la atraviesan como los peces hienden el mar, te está esperando. Te espera al borde del camino, tímida y tiernamente, porque Cristo ha venido para regalártela. Lánzate hacia el cielo y serás libre -¡Oh criatura superflua entre todas las criaturas superfluas!- libre y palpitante, asombrada porque existes en pleno corazón de Dios, en el reino de Dios, que está así en el Cielo como en la tierra.  

Barioná, el hijo del trueno

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Una mirada (in)habituada

Tenía una mirada indeciblemente nueva, una mirada no embotada, no cansada, no aplastada bajo los intentos, bajo los remordimientos, bajo los arrepentimientos, bajo los remiendos (Verónica).  

Péguy está hablando de Victor Hugo. En su libro Verónica. Diálogo de la historia y el alma carnal (también llamado Clío) dedica páginas y páginas a hablarnos de la genialidad (eterna e infantil) de Victor Hugo. Es eterna porque parece descubrirnos cosas que siempre estuvieron ahí (y que paradójicamente nunca nadie había visto). También porque la inteligencia de los que llamamos genios se remonta a un origen misterioso, a un “arché” más profundo que ellos mismos. Y al mismo tiempo es infantil. Sólo hay genialidad, parece decir Péguy, si el niño que un día abandonamos vuelve a preguntar y a curiosear.  

“Todas las esperanzas, todas las carreras del genio se nos abren secretamente. No tendremos, no tenemos más que retomar la senda del niño que fuimos”. En estas palabras parecen resonar esas otras más antiguas, pero igual de eternas: “Si no os hacéis como niños…”. La genialidad que persiguen tantos hombres, que en el fondo todos perseguimos, se nos escurre de las manos y no sabemos por qué. “La mayor parte de las fortunas son gratuitas”, aclara Péguy.  

“¡Él no miraba el mundo con una mirada habituada!”. “Veía el mundo, en fin, como si acabara de venir al mundo. Veía el mundo como si saliera de las manos del fabricante”. ¿Volverá a nosotros el ansia irrefrenable de los niños, esa que ya hemos perdido bajo los intentos y los remordimientos, bajo los arrepentimientos y los remiendos? Quizás tengamos que volver a gatear si queremos pasar a las mejores estancias, si no nos queremos perder los secretos eternos de la vida.  

Una mirada (in)habituada

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¡Existo! Incluso en el tormento existo

Así como John, el salvaje de Huxley, se negaba a aceptar un orden tranquilizador pero inhumano, Dostoievski nos plantea el mismo dilema a través del terrible diálogo entre Cristo y el Gran Inquisidor, que es el corazón de su novela Los hermanos Karamazov.  

“¿Olvidaste que el hombre prefiere la paz, e incluso la muerte, a la libertad para discernir el bien y el mal?”. Esta es la gran acusación que el viejo inquisidor, haciéndose eco de las tentaciones del “Espíritu de la nada” en el desierto, lanza contra Cristo. Los hombres tienen miedo de la libertad y, por eso, prefieren abrazar la paz y la felicidad que “el Espíritu de las profundidades” ofrece sibilinamente. Si para ello han de vender su alma a Satanás, “bienvendida” estará. El ansia de pan (primera tentación), el anhelo por superar las incertidumbres humanas (segunda tentación), y el sueño de un poder y una autoridad definitivas (tercera tentación) perturban el corazón de los “débiles revoltosos” que, antes de seguir padeciendo la libertad, prefieren entregarla.  

“¿Acaso no es una prueba de amor a los hombres comprender su debilidad, aligerar su carga, incluso tolerar el pecado, teniendo en cuenta su flaqueza, siempre que lo hagan con nuestro permiso?”. El Cristo de Dostoievski calla y escucha al viejo en silencio, quizás porque no tenga nada que añadir, nada distinto de lo que hizo y dijo en otro tiempo.  

Dostoievski, que no amaba las fórmulas precocinadas ni las respuestas pseudo-intelectuales, responde con un grito desgarrador al final de su novela. Las palabras de Dimitri Karamazov no llegan siquiera a maldecir su miserable situación, tampoco a lloriquear un destino más favorable. Es la libertad de un hombre que no quiere escapar de sí mismo, el alma descubierta de un Karamazov que no ha querido malvender su libertad al Espíritu de la nada.  

¿El sufrimiento? No le temo, por cruel que sea. Antes le temía, pero ahora no le temo. Siento en mí una energía que me permitirá hacer frente a todos los sufrimientos, con tal que pueda decirme a cada momento: “¡Existo!”. Incluso en el tormento, aun en las convulsiones de la tortura, existo. Y atado a la picota, sigo existiendo; veo el sol, y si no lo veo, sé que brilla. Y saber esto es vivir plenamente. ¡Oh Aliocha, mi buen Aliocha; la filosofía es mi perdición! ¡Al diablo la filosofía!

¡Existo! Incluso en el tormento existo

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Quiero poesía, quiero peligro real

John, el joven salvaje de “Un mundo feliz”, aprendió a leer en un tugurio de Malpaís, una de esas reservas auténticamente humanas que quedaban en el año 632 después de Ford. Del mismo modo, Shakespeare se había convertido para él en el último reducto de una vida digna de ser vivida. Cuando arrancan a John de su patria natal y lo conducen a Londres los versos del escritor inglés fluyen en su mente alocadamente. El salvaje se había aferrado a él y ya no lo podía soltar. La sociedad tan asquerosamente limpia y perfecta que tenía ante sus ojos le repugnaba; en su aplastante orden no había espacio para Shakespeare, porque era antiguo, ni para las pasiones humanas, ni para el matrimonio, ni para las guerras, ni para nada que no estuviera perfectamente controlado, medido y condicionado.

Pero John, arrastrado por sus recuerdos y por las viejas páginas de literatura que le habían enseñado a leer y a vivir, sentía asco por esa satisfacción que todos habían aceptado, esa por la cual todo el mundo “está a gusto; está a salvo; nunca está enferma; no teme la muerte; ignora la pasión y la vejez”.

Preferiría ser desdichado antes que gozar de esa felicidad falsa, embustera, que tenéis aquí (…).

No quiero comodidad. Yo quiero a Dios, quiero poesía, quiero peligro real, quiero libertad, quiero bondad, quiero pecado.

-En suma -dijo Mustafá Mond-, usted reclama el derecho a ser desgraciado.

-Muy bien, de acuerdo -dijo el Salvaje, en tono de reto-. Reclamo el derecho a ser desgraciado.

En este blog sólo pretendo mancharme un poco las manos, tocar la poesía, la bondad y el pecado de algunas páginas que prefiero no olvidar.

Quiero poesía, quiero peligro real

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Una crítica admirable! - Extraordinaria crítica, le felicito y le agradezco su escritura. Cordialmente. - Por ANGEL RAFAEL LOMBARDI BOSCAN
NECESITO ENCONTRAR EL DOCUMENTAL INTEGRO - Gracias por tu aportación, INCREIBLE, Nacho. Por favor Marcos Pou, donde podría encontrar el documental integro? Gracias mi mail es: nachocleman@gmail.com - Por Nacho Clemente
Documental - Gracias Marcos, no sabía que el original durara más. Lo veré sin duda. Un saludo - Por Nacho de los Reyes

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