Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
30 SEPTIEMBRE 2016

Educación, filosofía, ciencias sociales, familia, género y bioética, defendiendo la dignidad de la persona, sobretodo de los más vulnerables.

La violencia y el camino al cielo

Diego I. Rosales Meana

La violencia es inherente al mundo. O tal vez no. Tal vez no sea que la violencia es una necesidad de la existencia sino que es solamente la desafortunada expresión histórica de cómo los seres humanos nos las hemos visto con el mundo y con los otros. Una desgraciada y lamentable constante.   La literatura canónica de Occidente es la literatura de las guerras. La Ilíada es la historia de la ira de un hombre y de la guerra que esta ira desató. El poema comienza cuando la guerra ha empezado ya y, al terminar, ésta no ha terminado aún. La Biblia, historia del pueblo judío y de todos los pueblos, narración de un éxodo e historia de la salvación de todo cuando existe, está plagada de acontecimientos sangrientos y escenas que horrorizarían, y horrorizaron, al más perverso de los demonios.  

No solamente la literatura o los relatos fundacionales, sino que la historia misma de los seres humanos, nuestra historia pública y privada y de todos los tipos, ha sido una constante lucha por la supervivencia de quien es victimizado por alguien. Marx podría haber tenido algún tipo de razón también en esto. Históricamente, no solamente las mujeres han sido victimizadas hasta tornar blancos nuestros ojos, sino que también los pobres han sido extorsionados por los ricos, los niños por los adultos, los “anormales” por quienes pretenden ser la regla y la expresión de la norma del bien, estigmatizando al grupo que se les revela como diferente. La diferencia ha sido experimentada como una amenaza de la propia identidad, y por ello a lo diferente se le ha intentado atajar con violencia. Quizás sea por eso que la diferencia más radical y más primera, la más obvia, la que es constatable a partir del nacimiento y quizás un poco antes de él, en la memoria, la diferencia sexual, haya sido la diferencia más marcada y más violentada por los siglos de los siglos. Tal vez por eso las mujeres lo han padecido todo.  

Pero no son sólo la literatura y la historia quienes nos revelan la violencia, sino que la misma experiencia personal del mundo es ya ella misma un drama. La experiencia sensible más primaria, la del tacto, el oído, el gusto, la vista y el olfato, es ya una cierta violencia: lo que no soy yo me penetra y me afecta. Además vivo con hambre y no hay comida a la mano. Con frío y no hay abrigo fácil. Tengo necesidades que duelen. Mi vida es esencialmente trabajo y esfuerzo por cuidarme de lo que me afecta. Comenzamos a ser en la negatividad. Lo primero en la vida es, quizás, un pathos, que me dice que el mundo no soy y yo y que tendré que vérmelas toda la vida con la diferencia. Nacemos violentamente, con el puño cerrado, a grito y llanto pelado, intuyendo –mejor que cualquier lucidez adulta– que hemos sido, desde el nacimiento, convocados a la batalla, al encuentro con lo diferente, a sobrevivir. Yo quiero ser y no puedo, me encuentro siempre con mis inmensas finitudes. Nazco ya habiendo comenzado a morir.  

Por esa razón es que tal vez no hay pregunta más filosófica o más importante que la que inquiere por aquella diferencia, por aquella violencia, la que no acepta que esa negatividad se identifique con el sentido último, y que se plantea la posibilidad de una salvación total. ¿Se puede, acaso, vivir así? Es verdad, asumámoslo de una vez, que vivimos en medio de la violencia, pero también es verdad, asumámoslo con la misma radicalidad, que no queremos padecer violencia nunca más. Si bien históricamente la violencia de género, la lucha de clases, el dominio por el lenguaje, la exclusión de los locos, el norte sobre el sur, han sido algunas formas históricas bajo las cuales esta violencia toma forma, debemos notar que el problema central no se agota en ninguna de estas formas, sino en la posibilidad de pensar en una forma no violenta de entrar en relación con las cosas y con los otros. ¿Es posible vivir la diferencia no como una amenaza sino como una gloria, como una manifestación del bien, como un acontecimiento de lo que salva? En última instancia, ¿es posible, a pesar de toda esta tremenda violencia, vivir con una esperanza absoluta y desaforada?  

La violencia y el camino al cielo

Diego I. Rosales Meana | 0 comentarios valoración: 1  788 votos

La universidad sobrevive sin lo universitario

Marilú Martinez Fisher

Hace unos días tuve la oportunidad de asistir como moderadora a un foro de alumnos en una universidad pública, en la que alumnos y alumnas de distintas instituciones (privadas y públicas) presentaban su opinión respecto al papel de la universidad y del estudiante en la sociedad. Fue una experiencia sumamente rica.

Me llamaron la atención dos acontecimientos. El primero: un maestro le rebatió a una alumna que, por venir de una institución privada, su opinión era ilegítima. Ante esta situación, tuve que intervenir pidiéndole al compañero que recordara que se trataba de un foro para los alumnos y que entre los objetivos no estaba descalificar a los concurrentes, sino dialogar, y que, por ende, sería prudente respetar la libertad de expresión de los estudiantes, premisa que no pudo debatirme. El segundo: el sentimiento compartido, hasta empático y con cierto optimismo utópico, sobre la importancia de ser profesionistas que contribuyan al bien común y no respondan a las lógicas del poder o del mercado. Me dio la impresión de que los alumnos y alumnas perciben que las autoridades y directivos de sus universidades se encuentran sumergidos en una lógica de entender al alumno como objeto (un número más en el sistema o una colegiatura que representa un ingreso más para la institución), olvidando su estatuto de sujeto. A partir de esta experiencia y de la lectura del libro La universidad por hacer Perspectivas poshumanistas para tiempos de crisis[1], recordé aquella tesis de Heidegger: La universidad sobrevive sin lo universitario.

Podríamos preguntarnos cuáles son los síntomas de esta crisis; si es la segmentación e hiper especialización de las áreas del saber, la masificación del estudiante y el profesorado como consumidores del acto educativo, la sustitución progresiva de las humanidades por las disciplinas funcionales y rentables al modelo capitalista, la burocratización creciente y sofisticada de los funcionarios y los procesos universitarios o la investigación financiada e interesada, en oposición a la libre investigación científica, entre otros (Henry, 2006). Lo cierto es que, si profundizamos en cada uno de éstos, encontramos un origen común: el olvido de lo humano. El homo faber, por eliminar la contemplación, redujo la conciencia de humanidad reduciendo la realidad y la verdad a lo científico (Arendt, 2005).

La universidad perdió su razón de ser, como comenta Giménez Giubbani, por su marcado énfasis profesionalizante, y parte de sus crisis se debe a este exceso de deshumanización, sin ninguna visión global y humanista, olvidando su destino universal en cuanto a pluralidad de saberes y tendencias, amplitud de pensamiento, apertura al diálogo y receptividad permanente a los acontecimientos políticos, sociales, científicos, etc.

La universidad sobrevive sin lo universitario

Marilú Martinez Fisher | 1 comentarios valoración: 3  1506 votos
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