Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
4 DICIEMBRE 2016

¿Hay algo nuevo bajo el sol? ¿Es posible que cada amanecer sea diferente? Quiero creer que sí, que se puede escapar de la historia de la buena pipa y que no estamos atascados en el día de la marmota. Este es un blog  que pretende ser una batería de humanidad y optimismo en medio de las noticias hostiles y decepcionantes de nuestro entorno. Un nuevo despertar a la realidad más cercana a las personas, las verdaderas protagonistas de las historias.

Guerra contra esperanza

«Si muero, me imagino que al menos podremos buscar refugio y consuelo en que lo que ha sucedido es el resultado de intentar aliviar el sufrimiento y ayudar a los que lo necesitan», decía el cooperante decapitado en una carta que envió a su familia el mes pasado. Peter Kassig, nombre del joven norteamericano asesinado, había creado una fundación para ayudar a los refugiados tras combatir con el ejército de Estados Unidos en Irak. Llevaba un año desaparecido en Siria y ayer se conoció su final. Nadie está a salvo del grupo yihadista armado más sanguinario de los 80 existentes.

Esta historia, que el mismo Obama ha calificado como “acto de pura maldad”, me ha recordado a la película “El amanecer del planeta de los simios”, la segunda entrega de la serie que sirvió de entretenimiento familiar el domingo. Poco se puede sacar de esta película mediocre desde mi punto de vista, pero creo que aquí puede servir de metáfora -­tenganse en cuenta las distancias-­ de la guerra americana y del mundo occidental con Oriente Medio. Una guerra interminable, llena de odios, sin perdón, sin justicia, sin una mirada al futuro, solo destrucción.

Veo a Kassig como el hombre bueno que confía y tiene fe en el ser humano, que pone su vida al servicio de los que más lo necesitan. Un hombre que dejó las armas para hacer su propia lucha pacífica. En el otro extremo, los radicales belicosos perdidos por sus ansias de venganza.

Parece que los norteamericanos no podrán salir nuca de Oriente. Después de once años en su empeño por democratizar los países árabes y de saldar cuentas tras el 11­S, todo está aún por hacer. Obama creía que había matado al perro y que ya no había “rabia”, quería centrarse en el Pacífico por exigencia de la industria militar, pero se equivocó. Lo único que ha cambiado es la forma del enemigo. Ahora tendrán que volver a las trincheras en un escenario aún peor. Lo tendrán que hacer junto a sus segundos enemigos, los iraníes, y librar una guerrilla urbana contra el Estado Islámico donde muchos civiles serán víctimas. Se redibujan así las fronteras de Oriente Medio y Washington y Teherán están más cerca que nunca. Pero el túnel permanece a oscuras. Sólo se ven pequeños destellos como el de Kassig, que se alejan mucho de los acuerdos políticos. 

No nos engañemos, aunque ahora Bashar ha Asad ya no parezca tan malo, aunque incluso Al Qaeda parezca más moderado, si se consigue acabar con el Estado Islámico, seguirá la guerra. La mejor frase -o la única que merece ser citada- de la película de los simios se escucha tras la derrota del enemigo compartido por los dos bandos unidos por la causa: “La guerra continúa. Los simios han empezado la guerra y los humanos no perdonarán”.

Guerra contra esperanza

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Sin miedo a sentir

“Para sanar cualquier emoción hay que permitirse sentirla, no tener miedo”, decía Eduardo Grecco en una entrevista reciente con La Vanguardia. En las redes sociales cada vez se premia más a los valientes que invierten las duras circunstancias que les tocan vivir y las transforman en intensidad de vida, personas que se atreven a sentir de verdad.

Uno de estos casos de heroicidades humanas es el de Zach Sobiech, un chico de 17 años que tomó esa decisión de “vivir a tope” ante un cáncer que llegó a su vida como un tsunami. Es probable que ya conozcas su historia o que hayas escuchado su famosa “Clouds”, un tema que compuso cuando sabía que le quedaban pocos meses de vida. No era músico profesional, pero encontró en su guitarra un medio de expresión y una muleta más para llevar la enfermedad, una muleta que no estaba hecha de un metal frío, sino del más cálido cariño que Zach encontraba a su alrededor.

Historias como la de Zach y como las de tantas otras personas luchadoras hacen que la admiración por ellas venza a la pena que se pueda sentir. Estos son testimonios que conmueven y que unen a la gente, que contagian una pasión por la vida común a toda la humanidad. 

En unas partes del mundo se aprueba la eutanasia infantil y “se ayuda a los ancianos a morir para que no padezcan enfermedades”, en otros se persigue la legalización del aborto y, después, hay otros lugares, más pequeños e insignificantes, donde se fraguan historias que defienden la vida y la viven como un regalo en todas sus circunstancias.

Quizá estaría bien empaparnos de testimonios de este entusiasmo enraizado en la realidad más humana. Quizá de ese modo no se relativizaría tanto cuando alguien elige la muerte antes que la vida y se sabría situar mejor la verdadera tristeza y la auténtica alegría. Como explicaba Grecco, si no nos permitimos sentir la pena, no lograremos superarla. Y digo yo, si no vivimos el dolor, quizá tampoco gocemos tanto de los momentos de alegría.

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En femenino, no feminista

Hay un chiste que cuenta que, en una cena, Michelle Obama se encontró con un “ex novio”. Él era uno de los cocineros de la fiesta. Obama no se contuvo y le dijo a su mujer: “Si te hubieses casado con él, probablemente serías cocinera”. Michelle reaccionó rápidamente: “No querido, ¡él sería el presidente!

En verdad, la mujer es el pilar de una familia y, por lo tanto, una de las bases de la sociedad. Muchas ONGs ya son conscientes de esta realidad y tienen claro que, para ayudar a un país en vías de desarrollo, lo mejor es empezar por ellas. Eso será una garantía de apoyo para muchas familias y un camino seguro de prosperidad. ¿Motivos? Puede ser la genética, la cultura, lo que sea, pero esto es así. Son ellas las que perciben mejor las necesidades y los sentimientos de los que las rodean. Sin duda, esta es una generalización que hago con cierto atrevimiento, pero creo que esa sensibilidad y esa empatía son el mejor nexo de unión. Y precisamente es esto lo que más falta hace hoy, unión.

¿Por qué entonces son ellas las que más sufren? ¿Por qué permanecen en la sombra? La ley de la selva existe también entre los humanos cuando falta educación y corazón. Asociar fortaleza a fuerza física o a cosas materiales es un gran atraso fruto de la ignorancia.

Este post se lo dedico a unas valientes que salieron del agujero machista con gran esfuerzo y que hicieron uso del gran don del ser humano que nos diferencia de los animales: la creatividad. El entusiasmo puede hacer mucho, pero la necesidad y la urgencia, aún más. Ellas querían una vida más dulce, más satisfactoria, y se pusieron a cosechar miel. “Nosotras valemos mucho, sabemos trabajar y podemos continuar nuestra vida”, dice una de estas mujeres bolivianas que trabaja en AMPROM. Son como abejas, sacan su colmena adelante. Ya no sirve aquello de “detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer”. Ella ya no tiene por qué estar detrás, es libre de luchar por sus sueños. Lo que se defiende es la igualdad de oportunidades.

En femenino, no feminista

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Pajarita de San Valentín

Claudia Greciet

Hace pocos días encontré una metáfora curiosa para describir el amor. Todo empieza con una pajarita de papel: el idilio, las primeras citas, el enamoramiento, eso es una parajarita. ¿Se entiende? Claro que no, aún no ha acabado la explicación. ¿Cuánto se tarda en hacer una pajarita? ¿Tres minutos? ¿Otros cinco si es la primera vez que lo haces y tienes que aprender? Pues eso es el amor adolescente, una pajarita fácil de hacer, divertida, todo ilusión. ¿Y el amor duradero? Eso es más que una pajarita, eso es una obra de papiroflexia. Como esta:

Pajarita de San Valentín

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Claudia Greciet

Periodista entusiasta de las buenas historias que se encuentran en la calle.
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