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6 DICIEMBRE 2019
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La OTAN y la UE: dos caras de la misma moneda

Antonio R. Rubio Plo

Las recientes declaraciones del presidente Macron a The Economist, en las que se atrevía a asegurar que la OTAN se encuentra en un proceso de muerte cerebral, han sido impactantes. Ha dicho lo que nadie se atreve a expresar en voz alta. Se explica así que otros medios de comunicación hayan querido preguntar a Jens Stoltenberg, secretario general de la Alianza, si comparte esta visión pesimista. Este ha sido el caso de Bernardo de Miguel, corresponsal de El País en Bruselas, con una entrevista preparatoria para la próxima Cumbre conmemorativa del 70º aniversario de la fundación de la OTAN (Londres, 3 y 4 de diciembre). Cabe esperar que dicha reunión sea más lucida que la celebrada en Washington en abril pasado, donde no faltó el inconfundible sello “trumpiano” desmerecedor de la efeméride. Sin embargo, Stoltenberg tuvo su momento de gloria con un discurso ante las dos cámaras del legislativo norteamericano.

¿Podríamos decir que la OTAN de hoy oscila entre Trump y Macron, entre un cierto aislacionismo y un retorno de la política exterior gaullista que da preferencia a Europa antes que al vínculo trasatlántico? No cabe duda de que con Trump este vínculo se ha debilitado, pese a que Stoltenberg en la entrevista insiste en que en 2020 tendrán lugar las maniobras más importantes con participación norteamericana desde el final de la guerra fría. El secretario general siempre pretende limar asperezas con Washington, pero no siempre resulta del todo creíble. La realidad es que Donald Trump no deja de ser un empresario acaudalado que no cree en otras alianzas que las económicas, aunque, por su naturaleza, sean rigurosamente provisionales. Por lo demás, tiene una política exterior errática, no tanto porque pretenda serlo sino porque le gusta asemejarse a una partida de póker, en la que la astucia se considera sinónimo de inteligencia. Esto difícilmente lo soporta cualquier alianza estable.

Con todo, Macron parece criticar más a Macron que a Trump. Considera que la UE y la OTAN son dos caras de la misma moneda y que la unidad europea no puede reemplazar a la unidad trasatlántica. En efecto, hay líderes europeos que creen en la necesidad urgente de una defensa europea porque no terminan de confiar en la OTAN, sobre todo porque desconfían de si funcionará el principio de defensa colectiva a la hora de la verdad. Pero es muy probable que estos líderes sean europeos occidentales y que coincidan con Francia, Bélgica o Luxemburgo. Sin embargo, la mayoría de los líderes europeos centrales y orientales creen, o quieren creer, si no en la OTAN en una relación especial con EEUU, aunque esta tuviera que ser, llegado el caso, de carácter bilateral. En los antiguos países comunistas sigue estando muy extendido el recelo hacia los rusos, que crece exponencialmente cuanto más cerca se encuentran de la frontera con la Federación Rusa. Si no se encuentran tan cerca de ese límite, sus posturas pueden ser más flexibles e incluso presentar a la Rusia de Putin como representante genuino de los valores tradicionales cuestionados por la democracia liberal.

La OTAN y la UE: dos caras de la misma moneda

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Un proyecto común desde una historia común

Francisco Medina

Cuentan Anne Applebaum en su libro El telón de acero y Michael Burleigh en Causas sagradas, cómo la llegada de las tropas soviéticas a los países de Europa Oriental en 1944 no hizo sino poner en marcha un proceso más sistemático de creación de frentes populares con miras a conseguir la toma del poder por parte de los partidos comunistas y la formación de Estados-satélites de Moscú como medio para modelar la sociedad. Polonia, Alemania Oriental, Hungría, Checoslovaquia, Rumanía, Bulgaria…Con excepción de Yugoslavia y Albania –que impondrían un comunismo de corte propio–, todos y cada uno de ellos fueron cayendo en lo que el presidente Truman denominaría efecto dominó.

7 de mayo de 1945. Una Alemania que había sido galvanizada y organizada en un proyecto ideológico del Reich de los mil años se encuentra totalmente desarticulada y firma el armisticio que ponía fin a la II Guerra Mundial. El país se encontraba totalmente arruinado; y en los años posteriores se produce el éxodo de miles de personas al interior. Entretanto, en la Conferencia de Postdam, los aliados acuerdan la desnazificación de Alemania. El deseo de Roosevelt de congraciarse con Stalin –y que tanto exasperaba a Winston Churchill– resultó un error de consecuencias incalculables. Pronto toda la Europa del Este caería en manos soviéticas.

7 de octubre de 1949. Tras la crisis de Berlín –que obligó a los soviéticos a levantar el bloqueo– y el control de los partidos por parte del Partido Socialista Unificado (SED), la proclamación de la República Democrática Alemana (Deutsche Demokratischen Republik –DDR o RDA–) como nación soberana es el inicio de un proceso más amplio de división de Europa en dos bloques y del inicio de la Guerra Fría. Se consolida el proceso de totalitarismo de situar al Partido por encima del Estado, cuyos órganos se limitarán a aprobar y ejecutar las resoluciones del SED. En 1950, Walter Ulbricht será elegido secretario general y dirigirá los destinos del país hasta su sustitución por Erich Honecker en 1971. Parecía que la puesta en marcha del nuevo experimento político-ideológico de carácter utópico resultaría sencilla.

17 de junio de 1953. Tras la muerte de Stalin, parecía que Moscú emprendería un cierto cambio de rumbo. En la RDA se da un Nuevo Curso a la política económica, para dar más peso a los bienes de consumo. Sin embargo, el aumento de las cuotas de producción provoca un levantamiento en Berlín Este, aplastado por la Volkspolizei y los soviéticos. Sería el preludio de lo que iba a suceder en Hungría tres años después. La DDR crearía su propio Ejército Nacional y se integraría en el Pacto de Varsovia.

13 de agosto de 1961. La Guerra Fría se aproxima al momento más álgido –con la crisis de los misiles de Cuba– y Khruschev decide tensar la cuerda jugando la baza de Berlín. Walter Ulbricht, cuya doctrina de no aproximarse a Alemania Occidental encerraría a la DDR en sí misma, ordena la construcción en secreto de un Muro que partiría a Alemania en dos. Funcionarios y empleados de la Stasi y miembros del Nationale Volksarmee (Ejército Popular Nacional) acordonan el perímetro que dividía a Berlín Oriental de Berlín Occidental y comienzan a consumar la separación física, política y económica de Alemania.

Un proyecto común desde una historia común

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1989, un aniversario que sigue siendo incómodo

Maurizio Vitali

El 9 de noviembre se cumplen treinta años de la caída del Muro de Berlín, un evento espectacular, símbolo del fin del sistema comunista soviética. Allí cambió la historia. ¿Y cuáles fueron las fuerzas que cambiaron la historia? La interpretación predominante, desde entonces, atribuye aquella convulsión, inimaginable hasta poco antes, a la inesperada implosión del imperio soviético entero desgastado por una confrontación insostenible con la superioridad económica del Occidente liberal-capitalista. Sería ingenuo negar los factores económicos y políticos. Pero eso no basta para explicarlo. La visión occidentalista casi nunca ha sabido mirar a los hombres y a los acontecimientos del otro lado del muro, ni comprender su alcance histórico, que no se puede medir en términos de inmediata capacidad para tomar el poder.

Los hombres del llamado disenso, censurados, perseguidos, aun así estuvieron presentes para testimoniar que el hombre está hecho para vivir libre en la verdad y no esclavo complaciente de las mentiras del poder. “El poder de los sin poder” es el título de la obra de un gran disidente checoslovaco, Václav Havel, que poco después sería elegido presidente de su país. Por tanto, ha habido una fuerza espiritual que se mantuvo encendida durante las décadas oscuras del sacrificio personal hasta el martirio, sin la cual lo que pasó en 1989 no se explica.

En Polonia, esta “fuerza espiritual” forjó un movimiento, Solidarnosc, de hombres trabajadores, que mostró su capacidad de incidencia histórica. Los menos jóvenes todavía guardan en la retina la imagen de los obreros de Danzig en huelga, en agosto de 1980, rezando de rodillas y confesándose en las puertas de las inmensas canteras navales Lenin. Llegaron a ser diez millones. Su misma existencia avergonzaba al marxismo-leninismo, para quien la clase obrera estaba perfectamente representada en el partido guía, que a su vez sostenía las redes del Estado y de la economía en interés del proletariado. Pero he ahí diez millones de obreros que se representaban a sí mismos, bien erguidos, sin romper nunca un solo cristal.

Aquel movimiento fue ilegalizado al año siguiente, y se promulgaron leyes represivas especiales, pero el país no podía mantenerse durante años en estado de asedio. Solidarnosc inspiró también iniciativas innovadoras respecto al mundo del trabajo. No en vano, se tomó el nombre de Centros de Solidaridad para los primeros intentos de acompañar a los jóvenes en sus itinerarios de inserción laboral, fuera de la lógica burocrática e ineficaz de las oficinas de empleo. Tampoco es casual que se llamara Bancos de Solidaridad a los cientos de iniciativas caritativas de ayuda alimentaria para indigentes repartidos por varios países europeos actualmente.

1989, un aniversario que sigue siendo incómodo

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Europa a pedazos

Giorgio Vittadini

La falta de preparación y el cinismo de la administración Trump han mostrado su rostro de manera plástica, por enésima vez, como ya sucedió en las relaciones con Corea del Norte, Arabia Saudí y Venezuela. Esas dos caras no son más que el eco de la desastrosa política exterior americana desde hace más de treinta años, más la "mala gestión" de Bush jr y Obama, implicados en puntos calientes, estratégicos y muy delicados como Iraq, Libia, Afganistán o las Primaveras árabes. El hilo rojo que recorre estos treinta años es la amarga constatación de que América ni siquiera se preocupa por fingir que cumple su papel, muchas veces controvertido, de paladín de la libertad.

Se revela así un dato evidente aunque solo nos afecte indirectamente. Más allá de la pérdida de credibilidad internacional de los Estados Unidos, el problema más grave, que se pone de manifiesto con una evidencia dramática estos días dejando solo al pueblo kurdo tras la decisión de Erdogan de invadir militarmente el noreste de Siria, es la total irrelevancia diplomática de una Europa sin voz, dividida y débil.

Claro que no han faltado, siendo necesarias y justas, las críticas, aunque dando explicaciones, contra los soberanistas de todas latitudes, desde la Liga italiana hasta el premier húngaro Orbán y la ultraderecha de los hermanos Kaczinsky en Polonia. Como tampoco han faltado críticas a los ataques contra el euro o las tendencias centrífugas de muchos nacionalismos en varios países.

Pero la política exterior se está mostrando como el talón de Aquiles en la UE, la carcoma que, con más profundidad que las cuestiones monetarias o económicas, ha ido vaciando poco a poco pero totalmente a Europa. La escandalosa indiferencia y oportunismo con que no se ha tenido el valor de condenar la vergonzosa invasión turca contra los kurdos, con una total incapacidad política para proponer sanciones o la suspensión de la venta de armas al régimen de Erdogan, representa en este caso el último y más sofocante eslabón de una larguísima cadena de silencios y falta de incidencia en la escena internacional.

El indigno acuerdo de Blair y Aznar con el presidente Bush para la intervención armada en Iraq a principios de los 90 y la negociación secreta, que luego tuvo nefastas consecuencias en todo el Mediterráneo, entre Sarkozy y Clinton en 2011 para la invasión de Libia comparten dos rasgos preocupantes. Por un lado, basarse, casi ciegamente, en informaciones falsas y manipuladas; por otro, el intento de desplazar a los aliados europeos, obligados a enfrentarse a hechos consumados, decisiones ya tomadas y operaciones a muy corto plazo sin consulta previa.

Lo peor es que se pueden recordar infinitud de momentos en que se ha desatendido la unidad de intentos, objetivos y estrategias. Cómo no volver con la memoria a la reacción dispersa ante las Primaveras árabes, la confusa posición asumida frente al conflicto en Ucrania, el continuo vaivén en las relaciones con Rusia y China, las tergiversaciones con Venezuela para defender los propios intereses o el neocolonialismo demostrado en tantas ocasiones con los países africanos.

Europa a pedazos

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Cinco años para construir la Unión Europea

Ángel Satué

Del 30 de septiembre al 8 de octubre está previsto que se sometan al escrutinio del Parlamento europeo, en audiencia pública o “hearing”, los candidatos a comisario europeo. Entre ellos está Borrel y los excandidatos a presidir la Comisión, la conocida comisaria liberal Vestager y el socialista Timmermans.

Para poder tener una idea de lo que representa Europa en nuestras vidas, y valorar su legitimidad democrática, es importante conocer el proceso de nombramiento o selección de los candidatos.

Estamos ante un procedimiento en el que el Parlamento ejerce su poder democrático de escudriñar a los candidatos. Estudia y valora su adecuación, personal y profesional, al cargo para los que serían elegidos por un período de cinco años. Existe la doble garantía democrática de la publicidad, al ser audiencias públicas.

Todo comienza cuando el Consejo europeo, junto con el presidente electo de la Comisión Europea, en este caso la presidenta Ursula von der Leyen, adoptan una lista de candidatos, uno por país, para ser comisario europeo. El proceso se sustancia de la siguiente forma:

1. El Parlamento europeo, reunido en los diferentes comités según la materia, ha de aprobar cada candidato.

2. Además, la Comisión, como colegio de comisarios, debe ser finalmente votada por el pleno del Parlamento europeo.

3. Para que tenga lugar la audiencia pública o el “hearing” ante la comisión respectiva, antes se ha de haber superado cualquier conflicto de interés y haber remitido las declaraciones financieras para su revisión.

4. Se remite un cuestionario a los candidatos antes de las audiencias públicas para que completen.

5. La audiencia tiene una duración de tres horas y se emite en directo por internet. En ella, el candidato dispone de 15 minutos de discurso inicial, y ha de responder a no menos de 25 preguntas. Asimismo, tiene derecho a unas breves palabras finales a modo de resumen o cierre de su presentación.

6. Inmediatamente, tiene lugar una reunión de evaluación, que puede requerir una segunda pero más breve intervención o remitir unas preguntas a ser respondidas por escrito.

7. Finalmente, se remite una carta de evaluación, en 24 horas, al órgano compuesto por los presidentes de cada uno de los comités. Estos comunicarán las mismas a la denominada Conferencia de Presidentes, compuesta por el presidente del Parlamento europeo y los líderes de los partidos con representación en el Parlamento. Ellos deciden cerrar el período de audiencias.

8. Finalmente, el presidente electo de la Comisión, en este caso la presidenta Ursula von der Leyen, presentará su colegio de comisarios ante el pleno del Parlamento. Tras la presentación del programa de la Comisión y un debate, se deberá de aprobar la nueva Comisión con la mayoría de los votos emitidos por el Parlamento. Si esto sucede, la Comisión inicia su mandato de 5 años.

Cinco años para construir la Unión Europea

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Guardini. La libertad es el auténtico 'efecto Europa'

Monica Scholz-Zappa

Las grandes preguntas de la historia suelen tener su origen en biografías sufridas, como la de Romano Guardini (1885-1968), entre su pertenencia a su Italia natal y su patria cultural alemana, donde creció. La cuestión de Europa se planteó con fuerza en él cuando tuvo que elegir el país donde quería desarrollar su profesión de docente. “Di el paso hacia Alemania con la conciencia de ser europeo”, declaró. ¿Qué podía significar para él entonces (estamos en 1911) dar ese paso con la “conciencia de ser europeo”?

En su discurso de agradecimiento, en 1955 en la Universidad de Mónaco de Baviera con motivo de su 70º cumpleaños, Guardini decía que “el nacionalismo ha causado sin duda bastantes desastres; sin embargo, surge a menudo el interrogante sobre si, con su desaparición, la pertenencia al propio pueblo y Estado no se haría más débil o, mejor dicho, más insegura, más abstracta”. La originalidad de la respuesta que él dará en aquella ocasión no solo representa el fruto de un camino recorrido sino la exhortación implícita a una comprensión de la “cuestión Europa” más viva y turbulenta que nunca. “Se me había hecho evidente para comprometerme personalmente en esa realidad cuyo nombre hoy está en boca de todos, pero de la que entonces nadie hablaba: el hecho ‘Europa’. Pero entonces lo reconocía únicamente como la base sobre la que podía existir: esa realidad ‘Europa’ que sin duda nace de necesidades históricas pero también de la vida de aquellos que viven esa experiencia en su propia existencia”.

En primer lugar, destaca la intensa implicación personal, ese “comprometerme personalmente” que es la clave de su vida. Compromiso no solo en la búsqueda de una ciudadanía, sino de una identidad; lealtad con esa dolorosa tensión, esta polaridad intrínseca de la realidad y del propio yo. Pues la cuestión de la ciudadanía y de la vocación europea son para él, en el fondo, el signo de una pregunta más profunda que le mueve en lo más íntimo: la pregunta sobre la identidad, sobre el espacio de una “fidelidad” y una “pertenencia”. Guardini habla de un “hacerse evidente”, de un reconocimiento. Reconocer algo que está, algo llamado a aclararse, a hacerse claro, una especie de “Europa en él” como criterio de una posible correspondencia.

Durante una reunión del movimiento juvenil de Quickborn, en 1923 en Grüssau, en una época oscurecida por la llegada del nacionalsocialismo, Guardini observaba que “hay un cierto número de personas para las cuales, como consecuencia de su desarrollo, el plano espiritual de Alemania es demasiado pequeño, que reflexionan sobre su núcleo esencial, perciben estar en el plano de Europa (…) Nosotros vemos la ‘Europa viviente’, que ha salido a flote, que vive y ejerce su influjo en un cierto número de personas”.

Guardini. La libertad es el auténtico 'efecto Europa'

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Cirilo y Metodio. La Europa real y el arte de vivir juntos

Giovanna Parravicini

Durante la reciente visita del papa Francisco a Bulgaria y Macedonia del Norte, estuve con un grupo de amigos en Salónica –la antigua Tesalónica–, centro de la Macedonia griega adonde llegó san Pablo después de haber tenido en sueños la visión de un macedonio que invocaba la predicación del Evangelio. Allí nacieron los hermanos santos Cirilo y Metodio, misioneros apostólicos de los eslavos.

El Papa citó a ambos, señalando que la visión de Pablo es un “símbolo de la entrada del cristianismo en Occidente”. Cambió radicalmente los proyectos del apóstol, pues “él se iba a Asia. Es un misterio esa llamada”. Y marcó el inicio de la universalidad del cristianismo, más allá de la civilización europea. Respecto a Cirilo y Metodio, recalcó el hecho de que, “mientras los signos premonitorios presagiaban las dolorosas divisiones que sucederían en los siglos posteriores, eligieron la perspectiva de la comunión. Misión y comunión: dos palabras que se entrelazan siempre en la vida de los dos santos y que pueden iluminarnos el camino para crecer en fraternidad”.

Probablemente no muchos reconozcan en este aparente limbo de tierra en la periferia de Europa, fuera de los tableros de juego de las grandes potencias y de los circuitos intelectuales que forman opinión, un lugar y una experiencia que durante milenios ha determinado en muchos aspectos el rostro de nuestro continente. Sin embargo, ya en el siglo V a.C. el griego Lisias señaló un acontecimiento que tuvo lugar en estas regiones durante las Termópilas en el año 480, un hecho extraordinario. “Aquel día –afirma el orador griego– se instauró la libertad en Europa”. Un puñado de heroicos combatientes salió al encuentro de la muerte, hasta el último día, para impedir al ejército persa la conquista de su tierra. Era el desafío de unos cuantos contra una multitud; la afirmación del valor de la libertad y el honor antes que el propio bienestar y comodidad; el apego a la patria hasta el sacrificio extremo, la conciencia de que el individuo no es inicio y fin de todas las cosas, sino que puede sacrificarse por la comunidad y por los hijos, aun sin esperanza de satisfacción inmediata.

En un valle solitario, que hoy sigue despoblado, donde solo una lápida recuerda el heroísmo de Leónidas y sus 300 soldados espartanos, hace 2.500 años nacía la conciencia que hizo grande la civilización europea; 500 años después, una misteriosa llamada daría rostro y nombre a la nostalgia de la belleza última que distingue al mundo griego. Transcurrirían otros ocho siglos antes de que la consciente y sufrida decisión de Cirilo y Metodio de adoptar una posición propositiva y abierta juntos –algo que hoy a muchos les parece imposible conseguir– pusiera las bases de la unidad de la “Europa del Atlántico a los Urales”, usando una expresión de Juan Pablo II.

Cirilo y Metodio. La Europa real y el arte de vivir juntos

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Europa entre el compromiso y la polarización: un debate en curso

Víctor Pérez-Díaz

Por su interés publicamos la nota redactada por el sociólogo Víctor Pérez tras un coloquio que, sobre el tema “Europa entre el compromiso y la polarización”, tuvo lugar en la Fundación Rafael del Pino en noviembre de 2018.

Diría, de entrada, y con su punto de exageración para propiciar en lo posible una lectura quizá curiosa y un tanto a distancia, que, con esta reflexión, intento dar cuenta de una conversación laboriosa e intensa pero más bien tentativa, sobre un tema excesivo, en el sentido de que apunta a una sobreabundancia de temas, que pueden desbordarnos.

Como interpretación abierta, sin conclusión muy nítida y con su cierto desorden incluido, esta nota trata de dejar constancia de algunas de las ideas fuerza, las avenencias, las disparidades de criterio, las ambigüedades y las indecisiones del debate que tuvo lugar en el coloquio: lo cual, de algún modo, refleja lo que sucede entre los políticos y los ciudadanos europeos, en general. Podría incluso decirse que el carácter de ensayo y tentativa de esta discusión, combinado, sin embargo, con su búsqueda de sentido y su orientación, refleja la mezcla de orden y desorden que caracteriza hoy al debate público en Europa sobre el tema, elites políticas, académicas y mediáticas incluidas. La interpretación aquí esbozada intenta ser fiel a esa experiencia, y apunta a ese contexto de debates en curso.

Lo primero es darnos cuenta de que el relato habitual que subyace en el debate tiende a ser uno de (muy) corta duración. Insiste en la fundación de una Europa políticamente más o menos unida que arranca de la experiencia de las dos guerras civiles europeas del siglo XX, en particular de la II Gran Guerra. Un trauma, de conflictos por superar. Luego vendría un período relativamente largo y bastante exitoso en términos de paz, estabilidad política, prosperidad e influencia en el mundo. De modo que el relato combina un mal recuerdo de guerras europeas, que a su modo nos une, con un buen recuerdo de post-guerra, que también nos une, de otra forma. Post-guerra en la que las distancias entre demo-cristianos, liberales, conservadores, social-demócratas no son tan grandes; en realidad acaban siendo, más bien, relativamente pequeñas. Y todo esto nos aboca a la caída del muro, y a ser testigos del fracaso de la alternativa, de la Europa del Este. Y al llamado fin de la historia.

Lo que ahora ocurre es que los europeos se han dado cuenta o se van dando cuenta de que la historia no ha terminado. Parecen desorientados. Y la crisis económica reciente (que no les ha afectado a todos por igual) ha reforzado esa sensación. Ahora es normal hablar de crisis, futuro problemático, desigualdad creciente, distancia entre ciudadanos y clase política, batallas culturales, tensiones en torno a la inmigración, una geopolítica reactiva, etcétera.

El debate sobre qué hacer en estas circunstancias tiende a plantearse entre dos bandos bastante hostiles entre sí, de globalistas y de nacionalistas o localistas; y aquí es donde se van alternando y sucediendo las críticas a un globalismo de establishment con poca capacidad de liderazgo, y a diversos populismos con su exceso de demagogia. Pero también a unos medios de comunicación que no facilitan apenas el debate, y a unas elites culturales que tampoco proporcionan un relato convincente.

Europa entre el compromiso y la polarización: un debate en curso

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>EUROPA

Entre el miedo y la esperanza

Juan Carlos Hernández

La asociación “sed.cultura” organizó un encuentro, en la sede de la editorial Ediciones Encuentro, el pasado lunes 10 de junio con Joseph Weiler, senior fellow del Centro de Estudios Europeos de Harvard, y José María de Areilza, secretario general de Aspen Institute y profesor titular de la cátedra Jean Monnet en ESADE, con el motivo de dialogar sobre los retos que Europa afronta en esta nueva etapa política en un contexto social y económico cargado de incertidumbres.

Sed.cultura busca ayudar a construir un lugar en el que podamos aprender de otros entre personas que buscan la verdad. La asociación quiere “generar espacios y oportunidades de encuentro”, según palabras del moderador del acto, Antonio Lázaro. “Aunque España sea quizá uno de los países de Europa menos euroescépticos, miedo y esperanza podrían ser las palabras que definen el momento en el que vive Europa”, empezaba afirmando el moderador como hipótesis de partida.

Joseph Weiler comenzó destacando la “revolución silenciosa que se está produciendo en Europa como comunidad de destino como consecuencia del Brexit. Ahora todo el mundo entiende que es imposible abandonar la Unión Europea”. Por otra parte, el Parlamento Europeo ha ganado poder pero el problema del déficit democrático no está resuelto, ya que no existe la posibilidad de elegir gobierno europeo. No existe la posibilidad de elegir entre una opción de centro derecha o de centro izquierda. Las opciones se reducen a pro-europeo o anti-Europa pero no hacia qué dirección va a tomar.

José María de Areilza destacaba cómo los padres fundadores de Europa supieron “aunar realismo e idealismo”. El realismo de poner en común la producción del acero y el carbón y el idealismo del perdón a los enemigos. “Hoy el idealismo está denostado en política”. Es muy difícil reinventarse cuando se tienen 70 años, recalcaba de Areilza al ser preguntado sobre qué camino debe recorrer Europa. “Tenemos que volver a hablar de ideales, la UE no puede aspirar a regularlo todo y ser compatible, al mismo tiempo, con las identidades de los países. No se trata de crear un ‘superestado’ europeo”.

Podemos pensar que este cambio debe ser protagonizado por una gran personalidad pero esa esperanza resulta infantil. Los cambios necesitan grandes acuerdos, ya que la mayoría de los desafíos a los que nos enfrentamos vienen de fuera de nuestras fronteras estamos frente a un reto muy grande si Europa no es capaz de tener una influencia en el mundo.

Weiler continuaba el diálogo destacando que “no es posible que millones de personas en Europa se hayan vuelto fascistas y populistas de repente”, preguntado acerca de los nacionalismos. “Después de la aparición de los fascismos en Europa la palabra patriotismo ha sido denostada. Pero es un valor que hay que recuperar cuando es entendido como corresponsabilidad de la persona ante lo que pasa en nuestra sociedad. Es necesario recuperar este sano patriotismo que significa ser responsable de la patria”.

“El discurso político se reduce a una propuesta mercantil”, no existe un ideal como decía su discípulo Areilza; en los programas de los partidos se encuentran solamente promesas materiales pero ningún ideal.

>EUROPA

Entre el miedo y la esperanza

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Europa. Gana la abstención

Ángel Satué

Un eurodiputado es un hombre o mujer, medio diputado. Lo esperable sería que su condición política, de alcance europeo, hiciera de estos políticos europeos unos representantes absolutamente imbricados en la representación de la opinión pública europea. Ésta es, hoy por hoy, inexistente, salvo quizá por los 20 millones de europeos que viven en otros países europeos distintos al suyo, los seguidores de la Champions y de Eurovisión.

¿Esto qué quiere decir? Quiere decir que en la Unión Europea el derecho para proponer “leyes europeas” (se llaman directivas, reglamentos) lo tiene la Comisión europea (un colegio de políticos seleccionados, de entre los propuestos por los países, en función del color del gobierno de turno de cada uno de los 28 países), no los eurodiputados. La aprobación definitiva de las leyes se hace mediante la codecisión, entre el Consejo europeo y el Parlamento europeo.

Por lo tanto, del resultado a las elecciones del Parlamento europeo no sale un gobierno de la Unión. Todo lo más, el presidente de la Comisión será el elegido por el Parlamento, y esto sucede así desde 2014.

En cambio, en España, por ejemplo, las leyes votadas por las Cortes las pueden proponer tanto el Congreso, el Senado, el Gobierno, los ciudadanos, y las Asambleas autonómicas.

Centrado el verdadero problema de la democracia en la Unión, la madre de todas las cuestiones, que como explica el profesor Weiler, de visita en Madrid el próximo 10 de junio en el Espacio Encuentro, es el déficit democrático, podemos comprender que se haya abstenido uno de cada dos europeos. Es un grave problema de credibilidad para la Unión. Veremos si no se acrecienta nombrando como presidente de la Comisión a algún político diferente a alguno de los cabezas de lista de las formaciones políticas europeas (Barnier), aunque suena con fuerza la candidata de los liberales (Vestager), en detrimento del alemán del PPE, Weber.

Si bien es cierto que en 2014 la participación fue del 42% y este año casi del 51%, estamos lejos aún de alcanzar el 60% de 1979, cuando se votó por vez primera de manera directa al Parlamento europeo.

En la era digital, en la era de los medios de comunicación, en la era de los transportes y fórmulas de movilidad de todo tipo, parece que no existe esa percepción de comunidad compartida entre europeos. El europeo aún vive y respira fronteras hacia adentro, aunque una regulación muy importante le viene directamente “impuesta” ya desde Bruselas y Estrasburgo. El nuevo imperio europeo es una realidad aún lejana para sus ciudadanos, que viven dentro de él más como vasallos que como hombres libres. Un imperio sin emperador. Unas leyes con escasa legitimidad democrática.

De unos 400 millones de electores, la mitad decidió no participar, y de los que lo hicieron (50,97%) se decantaron por otro proyecto europeo diferente al del centro derecha, centro izquierda y liberales alrededor del 40% de los electores. De estos, un 15% votó a populistas de izquierdas y verdes, y alrededor de un 25% a conservadores, populistas de derecha y extrema derecha xenófoba.

Europa. Gana la abstención

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La lección europea de Romano Guardini

Francesco Milano

¿Europa es una utopía? Al sueño de los padres fundadores de Europa, ¿todavía le queda alguna posibilidad? Estas preguntas son de total actualidad, mueven nuestra historia pero interpelan aún más intensamente nuestro presente y nuestro futuro. No son preguntas retóricas, inútiles ni ociosas, sino problemas abiertos a los que hay que prestar máxima atención. Todavía podemos encontrar una palabra luminosa en Romano Guardini y su reflexión dedicada al desarrollo de la cultura europea y al crecimiento de un ethos europeo. Guardini abordó el significado de Europa en muchos de sus escritos, en algunos persiste en su análisis ofreciendo valiosas pistas y sugerencias, ya desde los primeros años de su producción filosófica y de su importante actividad educativa.

Podemos identificar tres líneas de investigación dentro del pensamiento de Guardini, útiles para intentar responder a las preguntas planteadas. La primera línea guardiniana es, en mi opinión, la línea de la fidelidad: la capacidad para saber armonizar las distintas fidelidades en una única gran dimensión de fidelidad. Guardini, italiano de nacimiento, alemán por decisión, fue consciente muy pronto de los peligros del nacionalismo en un mundo que mudaba rápidamente y que ya llevaba tiempo atravesando procesos de globalización que él supo identificar claramente. Europa será biográficamente el lugar que acoja sus dos fidelidades, pero culturalmente es el espacio de una unidad capaz de mantener unidas las diferencias, abriéndolas al mundo entero. Por tanto, para Guardini, la fidelidad no viene a asumir ese carácter absoluto que tuvieron y tienen visiones políticas angostas, capaces de comprender tan solo el vínculo con la propia tierra, sino que adquiere sentido y valor solo desde una perspectiva más amplia y comprensiva. Por otra parte, Guardini estaba convencido desde sus años de juventud, como testimonia Joseph Aussem, de que “ya no existe el dato de hecho de un pueblo como un mundo en sí mismo” y que “un pueblo asciende y desciende con el otro”. Por tanto, en el nuevo espacio europeo ya no se considera la patria –afirma Guardini– “en su antigua forma cerrada, sino coordinada junto con las demás naciones del continente europeo”.

Guardini tampoco absolutiza a Europa y esto es lo que hace especialmente significativo su europeísmo. Ya en los años 20 escribía en sus Cartas del Lago de Como: “Antes –sin ninguna duda– Europa consideraba su propia cultura como medida en virtud de la cual valorar y criticar a todas las demás (…) La autocomplacencia del hombre europeo ha estallado (…) La conciencia y obra de cada pueblo son examinadas y juzgadas a la luz de una crítica fundada sobre la conciencia del mundo entero”, un mundo “donde pueblos diversos, cada uno con su propia cultura, tendrán que coexistir y cooperar”. Esto planteaba ya entonces nuevas tareas a Europa y le imponía una nueva y diversa apertura de horizontes. La cuestión planteada por Guardini resulta aún más actual casi un siglo más tarde, después de toda la compleja historia del siglo XX y los primeros años del nuevo milenio. En Europa se hace cada vez más necesaria una perspectiva distinta de la historia y de su unidad, una visión capaz de unir el todo a la parte, repensando de manera diferente su relación, su composición potencial y su difícil equilibrio.

La lección europea de Romano Guardini

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La Europa de las luces y de los jóvenes

Antonio R. Rubio Plo

Hace unos días encontré una frase del pensador franco-búlgaro Tzvetan Todorov que me ha dado que pensar, “no hay Europa sin luces, ni luces sin Europa”. Una frase que viene bien para una reflexión sobre las elecciones al Parlamento Europeo, pero que va más allá de ese evento. La cita es una invitación a la memoria, una apelación a la historia y también a la cultura.

Hubo una generación que vivió en su infancia los horrores de la Segunda Guerra Mundial, y otra inmediatamente posterior que padeció sus consecuencias en los años que precedieron al boom económico de la segunda mitad del siglo XX. Ellos y sus hijos, en gran mayoría, tenían asumido lo que podía ser un mundo en el que solo reinaba la arbitrariedad y la ley del más fuerte, revestidas de ideologías en apariencia contrarias. Y si se habían olvidado, allí estaba el telón de acero para recordárselo en medio de la comodidad de sus refugios del bienestar económico. Pero cayó el muro de Berlín y el nuevo mundo se hizo más complejo e inestable que el de las seguridades aparentes del mundo anterior. En medio de la incertidumbre siempre renace la nostalgia, una nostalgia que no es algo ajustado a la realidad sino que se alimenta de mitos que un historiador riguroso en sus investigaciones, y con sentido común, podría desmontar.

Los mitos están reñidos con la razón, lo cual es una mala noticia para los que creen en la Europa de las luces, una Europa que tiene mucho de cartesiana, pero que es cuestionada en estos tiempos de la derrota del pensamiento, en expresión de Alain Finkielkrauft, con tres décadas de existencia y que aún sigue vigente. No es extraño que este filósofo, ingresado recientemente en la Academia francesa, tenga que soportar insultos y descalificaciones, a los que responde con argumentos que sus interlocutores desprecian precisamente porque su “argumentario” solo es el de las emociones, y entre ellas aflora el antisemitismo dirigido contra Finkielkrauft.

Este tipo de actitudes está reñido con la idea de Europa, renacida en los años de la posguerra. Esa idea se basa, como ha recordado el politólogo Dominique Möisi en un reciente libro, en la reconciliación. Una reconciliación que pusiera fin a las continuas guerras civiles entre europeos de los últimos siglos, pero también a los conflictos internos de cada país. La cooperación y la solidaridad tendrían que ir ahora de la mano para apartar a los viejos fantasmas sembradores de pasiones y violencias. Si ahora esos fantasmas vuelven a la vida, sobrealimentados de mitos indigestos, solo puede ser por un desconocimiento o un olvido egoísta de la historia.

Möisi acuña otra frase acertada en su libro: “Sin jóvenes, no hay Europa”. Para algunos, Europa es una utopía muerta, aunque no tienen claro con qué pueden sustituirla. Su mundo es más pequeño, y quizás sea el resultado de unas sociedades carcomidas por la soledad y la ausencia de horizontes. No siempre es fácil enseñarles historia. Lo digo como profesor, pero no es imposible enseñarles a reflexionar, poner delante de ellos la sombra de la duda para que se atrevan a pensar y alimenten el deseo de saber más.

La Europa de las luces y de los jóvenes

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Europa, más allá del condominio

Maurizio Vitali

A menos de dos semanas para las elecciones europeas, poco se oye hablar de Europa. No es nada nuevo, pero ahora es aún más triste porque Europa, que antes se daba por descontada, hoy está en cuestión, y da la impresión de que no nos damos cuenta de lo que está en juego. Y lo que está en juego es un unicum económico, político y social, una realidad que no tiene igual en el mundo. Bastan tres cifras: 7% de la población que produce el 25% de la riqueza (PIB) del mundo y destina al sistema de bienestar la mitad de los recursos que se destinan al resto del mundo entero. Números que ofrecen la cuenta de resultados de un ethos y una cultura muy peculiares que ya no valoramos… Si bien es cierto que nada se construye ni se salva a nadie quedándose en el quejoso lamento de los valores de antaño. El desafío es hoy, sabiendo que lo que nos interesa hoy, el papel y la misión de la peculiaridad europea en los nuevos escenarios mundiales, no es la polémica intencionada sobre cualquier cosa y su contraria entre bandos enfrentados.

Los partidos que votemos en estas elecciones enviarán a sus diputados a Estrasburgo y estos no se agruparán por países de procedencia sino por grupos políticos, más o menos correspondientes a los diversos partidos europeos (40) a los que los diversos partidos nacionales están afiliados. De modo que sus líneas de acción tendrán que situarse necesariamente dentro de las líneas guías de estas formaciones: las proclamas individuales pueden mostrar una intención más o menos sincera, pero no más.

El principal grupo en el parlamento de Estrasburgo es el Partido Popular Europeo, llamémosle de centro-derecha. En él se encuentran los demócrata-cristianos alemanes, los populares españoles, los republicanos franceses, la antigua Democracia Cristiana italiana, hoy Forza Italia…, con una inspiración de fondo demócrata y liberal, con influencias de la doctrina social cristiana y de la tradición ilustrada. Europeísta convencida, a esta tradición pertenecen los tres padres fundadores de la Comunidad europea –Schuman, De Gasperi y Adenauer–, aunque actualmente no está muy claro si hace algún que otro guiño a los soberanismos. El líder actual, Weber, ha decidido que no, y el partido del húngaro Orbán, campeón de la “democracia no liberal”, ha sido suspendido. Respecto a la inmigración, propone un plan Marshall para África de 50.000 millones. El PPE parece que baja pero no demasiado.

El segundo grupo es la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas. Agrupa a todos los partidos históricos del socialismo europeo. También ellos europeístas convencidos, no tienen una línea de política económica muy diferente de los populares. Se les supone una demarcación más sensible en el tema de los derechos individuales y la paridad de género, temas sobre los cuales el grupo europeo en su conjunto parece más marcado por una impostación laicista. Parece que aquí la caída se prevé mayor.

La Alianza de los Liberales y Demócratas reúne a los liberales alemanes, el Movimiento Demócrata francés, el partido Más Europa de Emma Bonino y Ciudadanos en España. Europeístas sin reservas, con una ideología liberal laica, laica.

La izquierda-izquierda tiene su propio grupo y está muy dispersa.

Europa, más allá del condominio

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Los ciudadanos que forman Europa. Un nuevo desafío

Antonio Spadaro

Reflexionando sobre el devenir de nuestro continente, algunos políticos –pero también partidos y movimientos– parecen poner en cuestión no solo la Unión Europea tal como la conocemos, sino la existencia misma de un proceso de construcción de Europa. ¿Cómo situarse ante estas tensiones, fruto de la desconfianza y de un sentimiento nacionalista?

Demos un paso atrás. En 1918 se firmó un armisticio en Compiègne que puso fin al ruido de las armas, acabando así con un conflicto destructivo, la Primera Guerra Mundial. Pero terminó creando las condiciones de un segundo conflicto en Europa que 21 años después se extendió al mundo entero. También hay que admitir que, con el paso de los siglos, raras veces Europa dejó de estar en guerra. El proceso de construcción de la Unión fue un factor importante en la pacificación del continente, pero aún sigue quedando mucho por hacer. Por tanto, hay que aclarar una cosa: interrumpir o poner en discusión el proceso europeo significa, de hecho, evocar fantasmas que ya habíamos acallado.

Volvamos con nuestra memoria a los “padres fundadores” de Europa. Su decisión y compromiso se apoyaba en sus respectivas experiencias, algunas de ellas plasmadas por el magisterio social de la Iglesia. Alcide De Gasperi, Altiero Spinelli, Jean Monnet, Robert Schuman, Joseph Bech, Konrad Adenauer, Paul-Henri Spaak... en 1918 no se conocían, pero los tortuosos caminos de la historia les llevaron, cada uno por su parte, a contribuir en un proyecto que permitía crear las condiciones de una sociedad europea pacífica, desarrollada, justa y solidaria. En febrero de 1930, 'La Civiltà Cattolica' ya expresaba así esta conciencia: “Se podrá discutir mucho y batallar sin tregua sobre la técnica de una nueva organización de Europa, pero sin duda no sobre su necesidad actual”. Fueron igualmente fundadoras de Europa todas las ciudadanas y ciudadanos que resistieron a las dos grandes dictaduras del siglo XX, tanto al oeste como al este del continente, derramando su sangre hasta el final de sus vidas, para que los valores que ponen a la persona humana en el centro del proyecto social europeo fueran una realidad, tanto a nivel nacional como supranacional.

En 2012 la UE ganó el premio Nobel por su contribución a la paz, a la reconciliación, a la democracia y a los derechos humanos en Europa. El premio era merecido, pero no olvidemos que estos 60 años de paz en Europa no han discurrido como un río en calma. También han estado llenos de confrontación ideológica, acciones contrarias a los derechos humanos, intervenciones militares que violaban la autodeterminación de los pueblos. Sin embargo, se han vivido acontecimientos que supusieron momentos de despertar para los pueblos y de transformación para la sociedad europea. Uno de ellos fue la caída del Muro de Berlín en 1989, que fue un punto de inflexión en la historia del continente y de la comunidad europea, poniéndola frente a sus responsabilidades, obligándola a abrirse para recibir a los estados del antiguo bloque del este, facilitando así la recuperación y difusión de los valores de la Europa libre. En aquella época, prevalecía el deseo de ampliar la comunidad europea por encima de la profundización política.

Los ciudadanos que forman Europa. Un nuevo desafío

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Cómo salvar a la democracia del miedo

Gustavo Zagrebelsky

El miedo es el hilo conductor de nuestra historia, desde la época de los grandes conflictos en Europa, las “guerras civiles de religión”, los conflictos de clases y la llamada guerra civil europea el siglo pasado, hasta nosotros y el renacimiento del nacionalismo, el llamado soberanismo y el racismo, denominados “supremacismo blanco”. Las situaciones que hemos creado, empezando por el Estado, son hijas del miedo, no de la confianza.

En el Estado hay algo paradójico y contradictorio. Hunde sus raíces en el miedo y se propone combatirlo. La seguridad es su razón de ser. ¿Cómo lo hace? Mediante la concentración, podríamos decir, de la “administración del miedo” en sus manos. Si, por una hipótesis utópica, venciese definitivamente su batalla contra e miedo, ya no tendría razón de ser. Al contrario, la difusión del miedo no hace más que reforzar esa administración. El círculo vicioso de las sociedades de los miedosos reside aquí: la solución se busca en otro miedo, en un miedo mayor que prevalezca sobre los miedos menores. Esta es la paradoja de las instituciones humanas. Para contrastar el miedo se crea otro mayor. Cuanto más crece el miedo, más dispuestos parecemos estar a renuncias que afectan a nuestros derechos y libertades. Protégeme, que yo a cambio me someto, pues cuanto más miedo tengo, más dispuesto estoy a someterme. A medida que avanzan las aspiraciones democráticas, hemos asociado al miedo el consenso, pero es un añadido. La raíz no se ha apagado.

El consenso tiene que ver, pero como un componente penúltimo. El último es el miedo. Si hoy el tema que domina los debates sobre la crisis de la democracia es el miedo, es solo porque emerge así un elemento primordial en todas las sociedades. Resulta hasta superfluo recordar que la representación más famosa de la esencia del Estado moderno, elaborada en tiempos de feroces luchas intestinas por territorios donde coexistían credos religiosos y políticos implacablemente enemigos, tenía en su centro el problema de la liberación del miedo. El Leviatán fue hijo del miedo. Hoy los miedos se han multiplicado. Por ejemplo, por la disponibilidad de bienes naturales esenciales que escasean, por las llamadas identidades culturales amenazadas por el llamado multiculturalismo. Hubo un tiempo en que el miedo afectaba al presente, hoy afecta al presente y al futuro.

Por tanto, entre todos los componentes de la convivencia humana, el miedo es el más determinante. Si distinguimos el miedo extendido como un veneno social del miedo concentrado como instrumento de dominio político, podemos decir que sin el primero, el segundo quedaría atrofiado, pues se mostraría en su total arbitrariedad, quedaría privado de legitimidad, se apoyaría en sus fuerzas desnudas sin justificación. Los “regímenes fuertes” no se basan, en última instancia, en la fuerza sino en el miedo, porque el miedo invoca a la fuerza y la hace no solo tolerable sino incluso deseable. Tiempo de miedos, tiempo de autoritarismos. La historia es un testigo generoso en ejemplos, pero también lo es la actualidad, donde avanzan la internacionalización y la globalización del miedo. Y el miedo nos hace todos más malos: sálvese quien pueda, primero nosotros y los demás al mar.

Cómo salvar a la democracia del miedo

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La desigualdad envenena Europa más que los nacionalismos

Jürgen Habermas

¿Cómo ha podido agudizarse tanto, en los últimos diez años, la contradicción entre la adhesión teórica a Europa (adhesión que se sigue confirmando) y la oposición concreta a las acciones necesarias de cooperación e integración europeas? ¿Cómo va a mantenerse en pie la Unión monetaria europea cuando todos los países asisten a un continuo crecimiento de la resistencia “anti-Bruselas” llevada a cabo por los populismos y cuando en el corazón de Europa, en uno de los seis estados fundadores de la CEE, esta resistencia ha llevado incluso a una alianza programática antieuropeísta entre los populismos de derecha e izquierda?

El tema de la inmigración y las políticas de reconocimiento de asilo político, que desde septiembre de 2015 pueblan los medios alemanes y atraen de manera exclusiva la atención de la opinión pública, se proponen como respuesta inmediata a la pregunta sobre la causa determinante de los mecanismos de defensa cada vez más agudos por parte de los antieuropeístas. Pero si consideramos a Europa en su conjunto, y sobre todo la eurozona en su conjunto, el aumento de las migraciones no puede constituir la explicación principal para el crecimiento de los populismos, pues el cambio de la opinión pública se produjo mucho antes, como respuesta a las controvertidas políticas emprendidas para superar la crisis financiera que comenzó en 2008 y la crisis de deuda soberana desatada con la crisis económica de 2010.

Las voces críticas que más suenan en la escena económica internacional, esto es, las de la corriente anglosajona escorada contra las medidas de austeridad impuestas por Schäuble y Merkel, han obtenido poco espacio y consideración por parte de las redacciones económicas de los grandes medios, exactamente igual que las redacciones políticas han evitado informar sobre los daños sociales y humanos que, no solo en países como Grecia o Portugal, han provocado dichas medidas. En algunas regiones la tasa de desempleo todavía es poco inferior al 20%, mientras el paro juvenil asciende casi al doble. Es un escándalo que, en el edificio todavía incompleto de la UE, una medida capaz de penetrar tan a fondo en el tejido social de cualquier nación se haya adoptado sin ninguna legitimación real, al menos según nuestros habituales estándares democráticos. Esta espina está aún más clavada en la carne y en la conciencia de las poblaciones europeas.

Pero la eurozona tal como la conocemos sufre un problema que corre el riesgo de perjudicar a todo el proyecto europeo. Nosotros, y especialmente los habitantes de una Alemania en expansión económica, desviamos la mirada ante el simple hecho de que el euro fue adoptado con la expectativa, y al mismo tiempo con la promesa política, de una alineación de condiciones en todos los países miembros, mientras que en lo concreto se ha producido justo lo contrario. Desviamos la mirada ante el motivo real de la falta de cooperación entre los estados, más urgente que nunca, es decir, ante el hecho de que ninguna unión monetaria puede sobrevivir a una divergencia continua y duradera entre los presupuestos económicos de cada país, lo que implica también una divergencia en las condiciones de vida.

La desigualdad envenena Europa más que los nacionalismos

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Macron y los hijos del paraíso

Antonio R. Rubio Plo

Emmanuel Macron ha publicado en destacados medios de comunicación una carta abierta a los ciudadanos europeos con motivo de las elecciones del 26 de mayo. Una redacción bien estudiada y algunas propuestas concretas que tienen el propósito de revindicar al presidente francés como un líder europeo, por no decir el único líder europeo en unos tiempos en que la todavía gran dama de Europa, Ángela Merkel, pasa por horas bajas, un tanto prisionera de una coalición en la que los socialdemócratas nunca se han sentido a gusto porque no la consideran rentable a largo plazo.

Si alguien se proclama europeísta, tendría forzosamente que reconocerse en Macron, aunque en su país de origen el presidente se haya visto cuestionado en los últimos tiempos. Sin embargo, Macron tiene un punto débil: creer que fuera de él mismo no hay más Europa, y sobre todo no alcanzar un consenso suficiente en Francia para sumar con otras fuerzas políticas, al menos en lo que a Europa se refiere, una defensa decidida del proyecto europeo. Lo malo es que el presidente francés consiguió llegar al Elíseo con una gran amplitud de votos conquistados a su izquierda y su derecha, y esto es algo que no le perdonarán los partidos tradicionales que siempre le consideraron un advenedizo. Macron es un presidente posmoderno, sin perfiles políticos bien definidos, pero que parece estar más cerca de un partido que no existe en Francia: un partido liberal progresista a la anglosajona, en la tónica de los demócratas norteamericanos o los liberales canadienses. En el caso de Francia, esta orientación política resultará insuficiente, por no decir descafeinada, si no va acompañada de un cierto estímulo nacionalista sin caer en los extremismos, por supuesto. Los electores, y la opinión pública en general, deben de percibir que cuando Macron habla de Europa, está a la vez hablando de Francia, y que no aspira a diluir el genio francés en el proyecto europeo. Sin dejar de ser europeísta, no se puede bajar la guardia en lo referente al componente nacional, pues sería dar armas a una extrema derecha que no ha renunciado, pese a su abultada derrotada en la segunda vuelta de las elecciones de 2017, a disputar la presidencia francesa para producir un cataclismo histórico tan espectacular como estéril en sus resultados venideros.

Macron y los hijos del paraíso

Antonio R. Rubio Plo | 0 comentarios valoración: 2  22 votos
>Editorial

Europeos en suelo nuevo

Fernando de Haro

Las elecciones de mayo van a confirmar, salvo que todas las encuestas se equivoquen de forma rotunda, que la Europa de la postguerra se ha convertido en un fenómeno minoritario. Las dos familias políticas, la socialdemócrata y la popular (democratacristiana), las que inspiraron la gran reconstrucción de hace más de 60 años y han sido hegemónicas desde entonces, sumarán en torno a 318 diputados, según la media de las encuestas. La nueva Cámara contará con 705 escaños (pierde 45 por el Brexit). Algunas de las modificaciones serán consecuencia de la salida de los diputados británicos. Pero el mayor cambio lo provocará la falta de confianza en la Europa de siempre. El populismo de izquierda y de derecha, las formaciones antieuropeas y extremas de Italia, España, Alemania y Francia van a tener un peso considerable, dificultando el funcionamiento de las instituciones. Solo los liberales de ALDE, un grupo con ideologías muy diferentes, mejoras sus resultados.

Esta “pérdida de las esencias” en el seno de las instituciones europeas se ha acelerado a raíz de la crisis económica, pero venía ya produciéndose desde los primeros años del siglo. En Alemania, después de la unificación y durante todos los años 90, se mantuvo la hegemonía del SPD y la CDU con una suma de voto ligeramente inferior al 77 por ciento. Al cambiar el siglo, el porcentaje cae drásticamente. Aunque repunta de nuevo tras la segunda crisis de 2012, ahora estaría en el 45 por ciento. La derecha clásica y los socialistas franceses nunca tuvieron tanto apoyo como los alemanes, pero van a acabar en el mismo porcentaje. Antes de la crisis, en España, el PP y el PSOE se repartían el 84 por ciento de los diputados europeos. Esta vez no van a superar el 40 por ciento. En Italia la descomposición de la “Europa de siempre” ha sido mucho más acelerada. Antes de la crisis estaba en el 70 por ciento y ahora va a terminar por debajo del 30 por ciento.

>Editorial

Europeos en suelo nuevo

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  24 votos
>Entrevista a Jürgen Habermas

'Querida Europa, recupera tu alma o morirás populista'

Isabelle Aubert y Jean-François Kervégan

La lección de los clásicos, desde Platón hasta Kant. El vínculo indisoluble entre la política y el derecho. La lucha contra las desigualdades como dique frente al extremismo. El filósofo repasa los grandes retos a los que debe hacer frente la UE en la actualidad.

En sus trabajos, usted da una importancia considerable a los clásicos (Kant, Hegel, Marx, pero también a Durkheim, Weber, Adorno, Mead...) y a la historia de la filosofía, pero eso ya no es muy común entre los filósofos contemporáneos.

Hans-Georg Gadamer explicó el calificativo “clásico”, que utilizamos también para esos pensadores que han instituido una tradición en la historia de la filosofía. Gracias a sus obras, estos filósofos siguen siendo contemporáneos, tanto para las generaciones siguientes como para nosotros. Por eso, no solo nosotros gozamos del privilegio de poder disfrutar en cierta medida de manera sistemática del contenido sustancial de las intuiciones innovadoras contenidas en sus escritos –yendo más allá de la interpretación que puede darse desde el punto de vista histórico–, sino que también tenemos el derecho de comportarnos así. Siempre hemos leído a Platón como un analista de conceptos. Fue el primero en desarrollar un concepto de los conceptos e identificó en el análisis conceptual la vía maestra de la filosofía. Un ejemplo más cercano lo tenemos en Kant que, con la noción de “autonomía”, introdujo un concepto completamente nuevo de libertad de la voluntad.

Aunque usted ya ha hablado mucho de esto, nos interesa volver a la importancia creciente que atribuye usted al derecho en su reflexión crítica sobre la sociedad.

Desde el principio, desde la “Historia y crítica de la opinión pública”, me interesan las tensiones existentes entre el Estado constitucional democrático y el capitalismo, y la contradicción entre los principios básicos que rigen su respectivo funcionamiento. Esto explica también el interés que he ido madurando por la filosofía del derecho de Hegel, por la historia del derecho natural y por la confrontación entre las dos revoluciones constitucionales del siglo XVIII.

¿Cómo concibe actualmente la relación entre derecho y política, y en consecuencia entre filosofía del derecho y filosofía política?

No veo ninguna alternativa al cuerpo de principios del Estado social democráticamente constituido. Pero actualmente nuestras instituciones democráticas son cada vez más una pura fachada para adaptar el Estado nacional a los imperativos del mercado mundial. En una sociedad cada vez más fragmentada políticamente pero altamente integrada a nivel económico, no disponemos de organizaciones que puedan compensar esta diferencia y combinar por tanto la capacidad de acción y control democráticos. Hoy faltan las premisas mínimas para la formación de regímenes políticos más amplios y mejor dispuestos para cooperar, capaces de domar los mercados financieros no regulados a escala mundial con el fin de disminuir las desigualdades sociales patentes que existen en el seno de las sociedades nacionales, pero sobre todo entre estados y continentes.

¿Cómo puede situarse la teoría crítica respecto a los estudios post-coloniales? ¿Está siendo víctima de un etnocentrismo occidental?

>Entrevista a Jürgen Habermas

'Querida Europa, recupera tu alma o morirás populista'

Isabelle Aubert y Jean-François Kervégan | 0 comentarios valoración: 2  14 votos

Un cerdo es un cerdo: el Brexit

Ángel Satué

Escuchando hace unos miércoles la malograda –por 19 votos– moción de censura contra Theresa May, primera ministra británica, después de que el Parlamento le tumbara un día antes su acuerdo sobre el Brexit con la Unión Europea, una de las diputadas laboristas sostuvo que debía convocarse un segundo referéndum puesto que los británicos votaron contra el Gobierno, y no a favor del Brexit. Votaron, según ella, contra un mal funcionamiento del Sistema Nacional de Salud, los precios de la vivienda y el combustible, por la educación, por unas mejores infraestructuras… En definitiva, pidiendo una intervención del gobierno de Su Majestad más eficaz, más eficiente.

De acordarse esta nueva consulta popular, serían tres en menos de cinco años, para tratar de plantear soluciones definitivas a asuntos no menores como la independencia de Escocia o el Brexit.

El nuevo referéndum parece que es la opción preferida por las élites europeas, incluido Tony Blair, ex líder laborista y ex primer ministro británico.

Para el ex mandatario, en juego está ser una especie de Noruega (a la que le aplica el derecho comunitario con relación al mercado único –libertad de circulación de personas, trabajadores, capitales y mercancías–, sin voto, pero no la política agrícola, la de justicia, interior o la unión aduanera, pudiendo celebrar acuerdos comerciales con terceros e imponer aranceles) o bien de Canadá, en cuanto a gozar de más o menos soberanía en la relación con la Unión Europea omitiendo, sin embargo, el importante acuerdo comercial firmado entre la ex colonia británica y la Unión.

Pero seamos honestos, sinceramente no se ponen todas las fuerzas de un país en marcha para que el Reino Unido acabe siendo solo una especie de Noruega –de 5 millones de habitantes–, pero rodeada por agua.

Por otro lado, las personas de las clases más populares, que leen prensa amarilla, muy tocadas por los vientos de la crisis de 2008, y que achacaron todos sus males a Bruselas, tradicionalmente de sensibilidad laborista, ven en un segundo referéndum un ataque a la propia democracia británica, como si fuera una democracia plebiscitaria y no una democracia parlamentaria desde su revolución Gloriosa, en 1688.

Teniendo en cuenta que May es conservadora, y que su Acuerdo no ha prosperado, es muy posible que ejerza de líder conservadora. A saber, apostará por controlar las fronteras, también las de Irlanda, la inmigración y las costumbres de los de fuera, mientras hará todo lo posible por proteger su industria y su comercio, a sus ciudadanos residentes fuera del Reino Unido pero, sobre todo, a la City, primero de la Unión Europea, después de las regulaciones de propio gobierno, y tratará de que el Brexit se conduzca bajo el principio del “best value from money”, es decir, buscando el mejor uso del dinero de los contribuyentes británicos, o buscando el peor de los contribuyentes del continente. En resumen, un Brexit duro.

Un cerdo es un cerdo: el Brexit

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