Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
16 AGOSTO 2017
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La utopía de Teresa May

Ángel Satué

¿Puede Gran Bretaña ser una economía abierta, captar riqueza y talento de otras partes del mundo y comunicarse con otras regiones globales, mientras no aprenda a desaprenderse como estado-nación y como imperio? Sencilla y llanamente, no.

El Brexit ha generado de facto dos tipos de ciudadanos en Gran Bretaña: los isleños y los continentales (con perdón de la isla de San Patricio). La primera discusión relevante de las negociaciones sobre el Brexit versa sobre qué estatuto jurídico tendrán los continentales. Es decir, si de iure, sus derechos, libertades y obligaciones serán muy distintos o no.

Tras la propuesta de May ante el Parlamento británico el pasado lunes 26 de junio, puede haber hasta seis tipos de personas en Reino Unido: 1) la Reina; 2) los ciudadanos británicos, con plenos derechos y plenas obligaciones; 3) los “sinpapeles”, sin derechos y con la obligación de salir de la isla; 4) los comunitarios con estatus permanente, siempre que lleven al menos 5 años de residencia en el país en la fecha límite que se fije en las negociaciones, y que tendrán derecho a la reagrupación familiar –línea roja para Merkel, acaso por el Muro de Berlín–, así como los mismos derechos sociales, sanitarios y de pensiones que los británicos; 5) los comunitarios con menos de 5 años de residencia, que gozarán de un estatus temporal hasta que completen los 5 años hasta lograr el estatus permanente; 6) los comunitarios que llegasen desde el 29 de marzo de 2017 al 29 de marzo de 2019, que podrán pedir permiso de residencia, sin garantía de lograr el estatus de permanente. En todo caso, salvo los ciudadanos tipo 2), el resto no podrá votar en elecciones y, salvo los irregulares y la Reina, tendrán una especie de carnet identificativo (en un país que no tiene DNI).

Para el ministro británico encargado de la salida de la Unión Europea, David Davis –antieuropeísta de 68 años con opciones para sustituir a May–, “el Brexit es más difícil que aterrizar en la Luna”. No le falta razón. Acaba de comenzar un largo proceso de dos años de duración, y la propuesta de May, que anticipó la semana pasada en Bruselas, sonrisa va sonrisa viene, dejó muchos escépticos entre los líderes europeos, por lo poco detallada y nada ambiciosa. Ella la calificó de propuesta “seria y adecuada, ajustada”. En juego, la vida en sentido metafórico de 3,2 millones de comunitarios –por un millón dos cientos mil británicos en la UE a 27 estados–.

Es una partida larga, y en algunos momentos ya estamos viendo cómo May, más que negociar la salida, allana el camino para las negociaciones de entrada. Para los germanos, negociadores preparados pero demasiado inflexibles, será lo más parecido a necesitar un psicólogo de urgencia.

La utopía de Teresa May

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La Europa que amó Helmut Kohl

Ángel Satué

El pasado viernes varias organizaciones europeístas que trabajan por lograr algún día los Estados Unidos de Europa se dieron cita en Madrid.

El Grupo Spinelli –que toma su nombre del italiano Altiero Spinelli, uno de los padres fundadores de la idea federal de la Unión–, el Movimiento Europeo y la Unión de Europeístas y Federalistas organizaron un acto en el Congreso de los Diputados sobre los retos y la situación presente de la Unión Europea.

A pesar de casi llegar a los 40 grados, a las 17h, hora torera de antaño, más de 300 personas nos reunimos en una sala moderna y bien refrigerada del Congreso de los Diputados.

El ministro y portavoz del gobierno Méndez de Vigo abrió el acto. Lo acompañaban, entre otros, Joaquín Almunia, Luis Garicano, los eurodiputados Calvet y Elmar Brok, junto a expertos internacionalistas y académicos.

El ministro iba a hablar de Europa en la encrucijada y, al final, habló de Europa en la encrucijada. Pero de otra manera a la que todos imaginábamos. Horas antes había fallecido Helmut Kohl, que para los lectores más jóvenes fue, junto con el francés Mitterrand, de los políticos europeos de raza más fervientes devotos de la unidad del continente, como valor moral.

El grande del democristiano Kohl gobernó Alemania entre 1982 y 1998. En aquel tiempo, tras años en la oposición, se erigió como un estadista incomparable. Tenía, en palabras de Aznar, una “extraordinaria calidad de hombre de Estado y de persona entrañable” y en él “la idea de Alemania era inseparable de la idea europea”. ¿Por qué? Nos lo explicó el ministro y portavoz del gobierno. Una vez le dijo que, de niño, había tenido que recorrer a pie cientos de kilómetros para encontrarse con su familia en el norte de Alemania, lo que le dejó un gran impacto al tener que atravesar las fronteras existentes en el corazón de Europa.

Supo plantar cara a los soviéticos, y no se arredró cuando el Pacto de Varsovia desplegó misiles en el este apuntando a las democracias del oeste. Al escribir estas líneas, me ha venido a la memoria un video que debería ser obligatorio en los colegios, de 22/11/1989, en el que François Mitterrand y Helmut Kohl fueron a hablar ante el Parlamento Europeo en Estrasburgo.

El español Enrique Barón daba el turno de palabra al canciller de la reunificación de Alemania, que pronunció un breve pero intenso discurso de seis minutos. En el primero reconoció que estaban viviendo un momento de importancia histórica para asentar, acto seguido, su compromiso con el desarrollo de las comunidades europeas, como proceso que debía continuar tras la caída del Telón de Acero.

Tuvo tiempo para recordar los méritos del secretario general Gorbachov y su Perestroika en todo el proceso y habló, posiblemente por vez primera, de la reunificación europea, elevando el tono del debate. No se trataba de Alemania, y de la igualdad de los alemanes del este y del oeste, sino que siempre se trató de Europa. En él resonaron las palabras de otro canciller, también democristiano, Konrad Adenauer: “en una Europa unida y libre, una Alemania unida y libre”.

La Europa que amó Helmut Kohl

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Buscando un nuevo rumbo

Ángel Satué

El partido conservador ha ganado las elecciones. Con un sistema electoral en el que hay que ganar circunscripción por circunscripción, en las que sólo puede haber un único ganador, como si se tratara de la película de Los Inmortales, de Christopher Lambert y Sean Connery, los tories han obtenido, por ahora, 318 diputados en los Comunes para los próximos cinco años (tal vez se queden en 319 o 320).

May, sin embargo, no es la ganadora moral. Por la mínima. De una manera nada contundente, su partido ha perdido, al menos, 11 circunscripciones (tenían 331 diputados), y con ellas, la mayoría absoluta, que se sitúa en 326. La derrota de su más directo rival, el partido laborista, ha sido dulce (+/- 261). A pesar de haber planteado May una campaña entre laboralistas y tories (ambos favorables a abandonar la Unión Europea), hay otros partidos con representación en Westminster, y pasan a ser decisivos para conformar un gobierno de coalición, o para apoyar a uno en minoría.

A los frentes que tenía en el horizonte, como la negociación del Brexit –uno duro o uno más suave–, la necesaria construcción de una relación duradera con EE.UU., el terrorismo, la globalización, el multiculturalismo y la economía –que ya no lidera el crecimiento del G7 (hasta 2014, G8, con Rusia, que fue excluida tras la anexión de Crimea)–, se une ahora el frente interno de su partido y la necesidad de gobernar en minoría, o pactar la entrada en el gobierno de los unionistas norirlandeses –con 10 diputados–. Aunque los liberal-demócratas serían el socio natural, aprendieron la lección en el pasado y, salvo un cambio de la ley electoral, y un nuevo referéndum para entrar en la Unión, no es imaginable que apoyen a los conservadores. También hemos de considerar que el Sinn Fein ha ganado 7 asientos en el Parlamento, y que no suelen tomar su acta de diputados, lo que beneficiaría en último término a los tories, pero es muy tentador forzar a los tories a echarse en manos de los norirlandeses unionistas en pura lógica política regional.

May quiso tomar ventaja de la diferencia que le separaba del partido laborista, y reforzar así su posición tanto dentro del partido como frente a Bruselas, y no parece que se hayan cumplido sus expectativas. Le ha pasado algo parecido a lo que le pasó al otro augur torie, Cameron, que casi perdió el referéndum escocés y que provocó, como si tal cosa, la salida del Reino Unido de la Unión Europea.

Buscando un nuevo rumbo

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El Reino Unido puede ganar con una May débil

P.D.

Salvo sorpresa, este jueves Theresa May va a sufrir un importante revés. No va a vencer por el amplio margen que establecían las encuestas cuando convocó las elecciones. Llamó a las urnas para ganar legitimidad en la negociación de un Brexit duro, para que no hubiera quien le tosiera en su nacionalismo frente a Europa.

Ya antes del ataque del pasado sábado, May perdía margen frente a Corbyn. La primera ministra ha querido explotar durante los últimos diez meses un fuerte sentido de la identidad británica esquemático, el que tenían muchos de los votantes del UKIP. Sus discursos han estado impregnados de un nacionalismo barato. Ha asegurado que “si crees que eres ciudadano del mundo no eres ciudadano del mundo”. Su carta de salida de la Unión Europea contenía amenazas sobre la cooperación en seguridad, un tema que se ha vuelto delicadísimo tras los últimos atentados.

Su campaña ha pretendido relativizar al Partido Conservador y ensalzarla a ella y a su gestión. Lo que ha resultado contraproducente. Y la idea del “impuesto de la demencia”, que haría pagar a los mayores parte de su asistencia sanitaria pública, le ha hecho mucho daño. En los últimos días se la ha visto rígida, robótica. A todos sus errores precedentes se ha sumado el de querer utilizar los atentados en su provecho. Ha hecho lo mismo que Corbyn, pero ella estaba al frente del Gobierno.

¿Cómo acabaran votando los británicos que están preocupados por un futuro sin Unión Europea, por el destino del Sistema Nacional de Salud, por el incremento del extremismo y por el crecimiento de la desigualdad? Lo sabremos dentro de unas horas. Pero, a lo mejor, esas preocupaciones, muy reales, dan lugar a un Gobierno menos presuntuoso.

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Alemania vuelve a ser una gran potencia

Robi Ronza

Viendo cómo se está preparando la Alemania de Angela Merkel para el encuentro anual del G20 previsto en Hamburgo los días 7-8 de julio, me viene a la memoria el histórico llamamiento, también en Hamburgo, de Thomas Mann en 1953, en su famoso discurso a los estudiantes del ateneo de la ciudad. Un llamamiento a no lugar ya “por una Europa alemana, sino por una Alemania europea”.

Al menos durante tres siglos, pero con una trágica culminación en el siglo pasado, Europa se ha enfrentado al problema objetivo de Alemania. Bien entendido, no es culpa de nadie que Alemania sea con mucho el más poblado de los principales países de la Europa continental, con más de 81 millones de habitantes. No es culpa de nadie, pero es mérito de los alemanes, que la suya sea la principal economía del continente, y que a su centralidad económica también se pueda añadir su centralidad geográfica. Esta suma de circunstancias es sencillamente un dato de hecho, pero del cual derivan consecuencias que hay que tener en cuenta. Demasiado frenada en su onda expansiva, en el siglo XX Alemania digamos que perdió la cabeza hasta provocar dos guerras mundiales y mancharse con el histórico crimen del nazismo. Pero encerrarla en una jaula terminó siendo una empresa no solo injusta sino también imposible y sin sentido. ¿Pero cómo darle espacio solo en la medida justa para no derivar en desequilibrios catastróficos tanto a nivel económico como político?

Después de su desastrosa derrota en la segunda guerra mundial y su consiguiente reparto entre los vencedores (tres cuartas partes para los aliados y una para la Unión Soviética), y bajo el bloqueo de la guerra fría, aparte de ser más pacífica la segunda de las dos alternativas propuestas por Thomas Mann tenía la ventaja de ser la única posible. Acabada, después de más de 25 años, la guerra fría y fuera de escena la generación que luchó bajo la bandera de la Alemania nazi, en el renacer del sueño hegemónico de la “Europa alemana” ya no hay obstáculos objetivos, ni geopolíticos ni psicológicos. Llegados a este punto, la opción ya no es obligada y por tanto debe ser eventualmente consciente.

Alemania vuelve a ser una gran potencia

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Manchester, el reto de la barbarie

P.D.

Más de 20 muertos en Manchester. La forma de actuar del yihadismo se parece, en este caso, mucho al ataque en la sala Bataclan de París. No es terrorismo low cost, en este caso ha hecho falta al menos una cierta estructura. Buscamos datos para el análisis ante una macabra rutina (Berlín, Londres, Niza, Bruselas…) que cada día nos deja más indiferentes. Como si nos cansáramos hasta de contar muertos.

Por eso, antes que cualquier descripción analítica que nos permita volver a nuestros quehaceres habituales con cierta tranquilidad, el reto es tener presente el dolor de las víctimas y de sus familiares. El nihilismo destructivo que alienta a los terroristas se extiende entre los “buenos” como olvido de la dignidad infinita de los fallecidos: el mal triunfa cuando consigue que se conviertan en nada los asesinados. Al menos un instante en el que afirmar el valor de historia personal de cada uno de los muertos y de los heridos, más allá de la muerte, nos salva de la barbarie. No es verdad que la historia de los atacados sea nada como pretenden los que matan y los que hacen daño. Un instante de conciencia sobre la humanidad de los muertos y sobre la nuestra, la toma en consideración de sus deseos y de los nuestros, esa solidaridad de las almas, quizás un suspiro de petición, es el arma esencial para no ser derrotados. Ya no estamos seguros en ningún rincón y esta plaga exige de nosotros razones suficientes para vivir y morir.

Terror en Manchester, horas después de que se hayan cerrado contratos millonarios en Arabia Saudí. No se lucha contra el yihadismo vendiendo armas a aquellos países que, de modo directo o indirecto, lo alientan. El yihadismo europeo es más difícil de combatir cuando se le da poder a ciertas apropiaciones violentas e ideológicas del islam que se producen en Oriente Próximo.

Manchester, el reto de la barbarie

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Terremoto Macron: oportunidades y riesgos

José Luis Restán

En Francia asistimos a un fenómeno que analizarán politólogos e historiadores. El nuevo presidente de la República pisa el acelerador para rediseñar el sistema político de su país con una audacia análoga a la que demostraba Napoleón en el campo de batalla. Desde luego, Macron es él y sus circunstancias. Es difícil saber cuánto de lo que está sucediendo responde a un plan, y cuánto a la habilidad del jinete para cabalgar un tigre. Sus primeros pasos demuestran la voluntad de aniquilar a los partidos tradicionales en las próximas legislativas de junio, conformando una “mayoría presidencial” que algunos han calificado con acierto como el “centro líquido”.

Nada más pisar el Elíseo, Emmanuel Macron ha tomado una decisión deslumbrante: nombrar primer ministro a una figura de la derecha, Edouard Philippe, vinculado a uno de los grandes barones republicanos, Alain Juppé. Si la demolición del viejo socialismo (en el que había militado Macron) comenzó con su capacidad de arrastrar a todo el centro izquierda fuera de su oxidado recinto, ahora correspondía una estocada maestra a una derecha herida por el affaire Fillon y amenazada por la desubicación general. La ecuación es clara: muchos electores tradicionales de los republicanos se preguntarán si merece la pena seguir apostando por el partido heredero del gaullismo cuando uno de sus alfiles ostenta nada menos que la Jefatura del Gobierno. Más aún cuando Macron se ha atrevido a presentarse como continuador del estilo del héroe de la liberación francesa.

La composición del gobierno, conocida ayer, ha completado la jugada: lo integran personalidades señeras del socialismo junto a centristas de renombre y republicanos de no poca relevancia. Todos ellos han sido atraídos por el imán del flamante presidente, que les ofrece no sólo una parcela sustanciosa de poder, sino un lugar seguro al sol. Porque, ¿quién les asegura un futuro, de seguir encuadrados en las viejas formaciones de izquierda y derecha? La audacia de Macron tiene que ver con su genio personal pero también con una necesidad casi desesperada que tiene la habilidad de convertir en virtud: y es que en pocos días podría convertirse en un presidente maniatado si su plataforma En Marcha no consigue un sustancioso número de escaños en la Asamblea.

El corrimiento de tierras en el escenario político francés es fascinante, pero también ofrece sombras y motivos de preocupación. Por un lado demuestra que existe un amplio espacio para la colaboración desde la izquierda a la derecha, en el marco del proyecto europeo. En un momento en que el nacionalismo exacerbado, los populismos y el rechazo a la Unión nos devuelven la figura de antiguos fantasmas de la historia europea, disponer de un instrumento político capaz de sumar apoyos y de forjar un programa moderado y regenerador es una buena noticia. En el fondo esto es lo que viene funcionando en Alemania con la gran coalición, pero allí democristianos (CDU) y socialdemócratas (SPD) han mantenido sus perfiles propios, mientras que en Francia se delinea una fuerza transversal que pretende disolver todas las diferencias.

Terremoto Macron: oportunidades y riesgos

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Queda miedo

Mikel Azurmendi

En Francia ya se habla de macronismo, ya lo hizo la televisión pública F2 en su informativo de máxima audiencia. Su ideario: el individuo por encima de todo; ningún colectivo o multitud deben torcer el destino de cada persona. Es preciso, por tanto, tomar riesgos y avanzar en el liberalismo fortaleciendo la igualdad de oportunidades. La clave política actual está en la reforma de la escuela al objeto de que todos salgan a la vida profesional en la misma línea de partida. Ante todo optimismo, la audacia de hoy es ser optimista.

Macron, hijo de médicos, siempre fue el primero de clase. Tras un año en Sciences Po hizo la carrera en el ENA y, a sus 27 años, se plantó en la vida como inspector de finanzas. El socialista Attali se lo atrajo como <i>rapporteur</i> pero también lo hizo Sarkozy. Hollande se lo llevó a un secretariado hasta conferirle el Ministerio de Economía. Macron abandonó a Hollande y se arriesgó a ir solo en la política fundando un mini movimiento <i>En marche</i>, ni de derechas ni de izquierdas. Ese ha sido el gancho para romper lo que parecía imposible. Ha roto el Partido Socialista, ha destrozado el partido de la derecha (<i>Les Républicains</i>) y ha abierto una gran fisura en el <i>Front National</i>. Macron acaba de transformar su propio movimiento robándoles la singladura a los de Sarkozy pues en adelante se harán llamar <i>La République en marche</i>. El exministro socialista Valls ya está con Macron así como otros muchos socialistas, entre quienes destaca Borloo, otro exministro; una decena de partidarios de Jupé también están con Macron. El PS no ha decidido si hay que ayudar a Macron o enfrentarse a él; lo mismo les sucede a Los Republicanos, con un Jupé escondido. La diputada Marechal-Le Pen, sobrina de Marine Le Pen, ha abandonado su cargo de diputada y abandona la política mientras arrecian las críticas dentro del FN.

Macron está preparando su lista de 177 personas para las próximas legislativas. Ya conocemos algunas de ellas, elegidas bajo el triple criterio de probidad absoluta, paridad hombre/mujer y representación de la sociedad civil. Ahí, en las legislativas, se la juega él, pero también los demás partidos. En función de quién sea su elegido para la jefatura del Gobierno, Macron logrará desarbolar del todo ya sea al PS o bien a LR. O a ambos a la vez. El PS ya no parece tener espacio político entre Hamon y Mélenchon; tras la pésima gestión de la corrupción por parte de Fillon y Sarkozy la derecha ha quedado moralmente descompuesta. Queda el populismo, con tantos aires de familia en la derecha y en la izquierda extremas. El populismo es la supuración de la democracia, un pus que sale de sus grietas y que solamente se cura sanando el cuerpo democrático enfermo. Nadie quiere discutir sobre la enfermedad que padecemos, todas las ideologías lo impiden; solamente se mentan síntomas como paro y precariedad económica en una gran franja social, y en la otra, ceguera de la realidad y corrupción política y judicial.

Queda miedo

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Macron, Francia y Europa

Antonio R. Rubio Plo

El 9 de mayo, día de Europa, se conmemoran los sesenta y siete años de la Declaración Schuman, origen del proceso de integración europea. Este aniversario pasa a un primer plano con la victoria del candidato social liberal, Enmanuel Macron, en las elecciones presidenciales francesas. Ha sido un triunfo del europeísmo frente a un nacionalismo aislacionista que incluso amenazaba con un Frexit. Pero no deberíamos olvidar que, pese a lo afirmado por los partidarios de Marine Le Pen, que Macron es un nacionalista francés, un tanto híbrido a la manera de De Gaulle. No es el presidente que encarna el fantasma de la globalización y del capitalismo sin alma. No representa la disolución de los valores franceses. Por el contrario, encarna un nacionalismo más atractivo y puesto al día que el consabido del Front National, anclado en el culto a la tierra y los muertos, en la línea combativa de Maurice Barrès durante la Tercera República.

El discurso de Marine Le Pen subrayaba la oposición radical entre Francia y Europa y participaba de esa opinión generalizada de que los padres franceses de la integración europea no eran auténticos patriotas, ni Jean Monnet, supuesto caballo de Troya de los intereses americanos, ni Robert Schuman, una especie de ingenuo democristiano que debía pensar más en la paz que en los intereses de su país. Si esto hubiera sido así, si el proyecto europeo fuera antifrancés, el general De Gaulle lo habría descartado cuando llegó a la presidencia en 1958. Es sabido, por ejemplo, que los gaullistas se opusieron radicalmente a la Comunidad Europea de Defensa en 1954. Pero De Gaulle decidió dar a Europa un nuevo enfoque, distinto al funcionalista de Monnet, y abogó por una unión europea de Estados soberanos. No concibió los tratados de Roma como el preludio a una unión aduanera transformada posteriormente en unión política, tal y como había sucedido en la unificación alemana en el siglo XIX. Por el contrario, los tratados representaban para el general un instrumento del librecambismo al servicio de la modernización de Francia, en defensa de los intereses franceses porque el escenario geopolítico anterior a 1945, por no decir 1918, ya no volvería. De Gaulle no juzgaba incompatible pertenecer a una organización internacional si la soberanía estatal quedaba a salvo. De ahí que fomentara la reconciliación con Alemania, marcada por la entrevista con Adenauer en Reims (1962) y el tratado del Elíseo (1963). En el enfoque gaullista, más Europa –eso sí, la de los Estados– suponía más Francia, y una Francia en un papel de liderazgo.

Macron, Francia y Europa

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Bruselas y Berlín no bastan para gobernar

Gianluigi da Rold

Emmanuel Macron, que todavía no ha cumplido los cuarenta, es el nuevo presidente de Francia. En la segunda vuelta contra Marine Le Pen, Macron ha ganado con claridad y contundencia, con un 66%, que representa el segundo resultado más alto en unas presidenciales francesas, después del conseguido por Jacques Chirac en 2002 contra Jean-Marie Le Pen.

La actual líder del Frente Nacional supera y dobla el resultado de su padre, llegando casi al 35%, pero demuestra que ni siquiera la Francia “profunda”, que no se alinea con la globalización, que contesta con dureza a la política europea, puede recrear el fantasma de Vichy o una reedición, aunque en clave distinta, del fascismo en la nueva versión definida impropia y esquemáticamente como “populista”, sobre todo en la víspera de la jornada (8 de mayo) que conmemora la derrota histórica del nazismo y la victoria de los aliados en la última guerra mundial.

Según muchos observadores, Emmanuel Macron es un "enfant prodige", discípulo predilecto del gran Jacques Attali, aunque temperamentalmente es todavía frágil para guiar una gran potencia política como Francia. Pero no cabe duda de que hasta ahora Macron ha jugado bien sus cartas, desmarcándose puntualmente de las aguas pantanosas del viejo sistema basado en la contraposición entre gaullistas y socialistas, y llegando a crear un nuevo movimiento, que ni siquiera es aún un partido, En Marche, definiéndose sin miedo alguna como “ni de derechas ni de izquierdas”, interceptando así los nuevos elementos de contestación de las sociedades contemporáneas y poniendo implícitamente en discusión las viejas representaciones políticas de la democracia representativa en Occidente.

En efecto, si constatamos que la base electoral de esta área contestataria frente al establishment desde la extrema derecha puede llegar, en un país grande como Francia, como mucho al 35%, resulta bastante fácil comprender que existe un núcleo duro con el que habrá que medirse durante mucho tiempo y que hará falta una gran habilidad política y reinventar un modelo de establishment que garantice la continuidad de la renovación.

En su primera intervención pública como presidente electo de los franceses, Macron habló, sorprendentemente para un liberal convencido, de lucha contra las desigualdades sociales, pero su movimiento ha representado sobre todo para el electorado francés, desconcertado, una esperanza y al mismo tiempo un refugio frente al miedo a la extrema derecha.

Ciertamente, con la derrota de Marine Le Pen, Europa, la Unión Europea y el europeísmo pueden tomarse un profundo respiro de alivio, pueden seguir su carrera haciendo proyectos y gobernando el continente. Pero aun con el europeísta Macron en el Elíseo, en Bruselas y Berlín harán bien en no descuidar las reformas y ajustes necesarios porque aunque hasta ahora la carta de europeísta ha sido sin duda importante, puede serlo aún más la impronta de derechas que ha caracterizado al antieuropeísmo en varios países, empezando por Francia.

Efectivamente, esta imposibilidad de “ruptura” la ha percibido también Marine Le Pen, que tras la derrota y después de felicitar a Macron, ha anunciado la necesidad de renovar la oposición a la política del gobierno francés y al europeo con un nuevo movimiento que reúna a “todos los patriotas”. En todo caso, hay que decir que se presentan varios problemas en el horizonte.

Bruselas y Berlín no bastan para gobernar

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Gana la laicité

Robi Ronza

Tras la victoria en primera vuelta de Emmanuel Macron y Marine Le Pen (han pasado a la segunda ronda con el 23,75 y el 21,53 por ciento de los votos respectivamente), si vamos a lo esencial podremos ver que el resultado electoral en las presidenciales francesas tampoco es el cambio histórico que muchos pretenden ver.

En Marche, el partido de Macron, no es una flor nueva que ha brotado inesperada y milagrosamente en medio del desierto. Más bien es una hábil y oportuna… reencarnación, gracias a la cual el bloque social y de intereses que se reconocían en el viejo partido socialista de François Mitterand se ha hundido en el abismo al que lo han ido precipitando los fracasos presidenciales de Sarkozy y Hollande. En el arco de doce meses, desde que se fundó el 6 de abril del pasado año, En Marche ha conducido a su candidato Macron a la victoria en primera vuelta en unas presidenciales. Si En Marche fuera realmente algo nuevo de verdad, una marcha triunfal de este tipo supondría una novedad absoluta en la historia de los movimientos políticos de todos los tiempos, pero no es así. En cualquier caso sigue habiendo un dato sorprendente: nunca antes había pasado en una gran democracia que un bloque social y de interés consiguiera liberarse en tan poco tiempo de su propio partido de referencia histórica, y más aún salir indemne e incluso victorioso a la escena pública como una fuerza nueva y sin mancha.

Ex alto funcionario del ministerio francés de Economía y en 2008 alto dirigente del banco Rothschild, Emmanuel Macron fue con Hollande ministro de Economía, Industria y Digital entre agosto de 2014 y agosto de 2016. Solo entonces, unos meses después de la fundación de En Marche, dejó el gobierno para poder implicarse más libremente en la campaña electoral que le ha llevado a este éxito. Paralelamente, una eficaz y potente campaña mediática se dedicaba a cambiar su imagen. En pocos meses pasó de ser un experimentado aunque joven ministro socialista a convertirse a los ojos de la opinión pública en un hombre nuevo de orientación “centrista”. Como centrista se ha calificado a su programa, aunque sea de clara inspiración socialista. De repente todos los grandes medios que durante décadas lo habían llevado en palmitas, han dejado a un lado al viejo partido socialista, que ha quedado reducido a las cenizas de un náufrago abandonado a su suerte, en manos de un candidato perdedor dispuesto a recoger lo poco que queda del voto histórico de izquierda.

Gana la laicité

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Macron y Le Pen: la tierra, los muertos y la globalización

Antonio R. Rubio Plo

La victoria de Enmanuel Macron en la primera vuelta de las presidenciales francesas, sobre Marine Le Pen, aunque haya sido por un reducido margen, ha tranquilizado a los mercados y a Bruselas que ven alejarse de esta manera el fantasma de un Frexit. Se repetirá la historia de las elecciones de 2002: todos contra Le Pen, en este caso Marine, pues entonces era preferible para la izquierda francesa votar a un presidente bajo sospecha de corrupción a permitir una victoria de la extrema derecha. Relajación general en las primeras páginas de los medios informativos, hostiles por definición a Marine Le Pen. Se ha salvado la UE y de paso, el eje franco-alemán, dirían algunos. Sin embargo, la segunda vuelta conocerá una campaña electoral encarnizada, en la que los asesores de la candidata del Frente Nacional (FN) quizás quieran plantear la lucha como una versión francesa del enfrentamiento entre Donald Trump y Hillary Clinton. En esta ocasión, es una mujer francesa la que pelea contra el establishment, contra el exbanquero Macron que en su día trabajó para los Rotschild, contra los mercaderes de Bruselas y contra todos aquellos que quieren robar el espíritu de Francia en nombre de la globalización, la máxima expresión del nuevo totalitarismo sin rostro.

Pese a sus intentos de adoptar una imagen más atractiva para sus votantes, renegando incluso del legado político de su padre, Marine Le Pen no se ha apartado demasiado de la mentalidad de Maurice Barrès, aquel escritor nacionalista que en 1899 rendía culto en una influyente conferencia a la tierra y a los muertos. Los muertos no son otra cosa que el pasado glorioso de Francia. En este sentido, los muertos están bien vivos, como la Juana de Arco de los mítines del FN, que poco tiene que ver con la santa católica, y en esas reuniones políticas a veces ha resucitado Carlos Martel, el vencedor de los musulmanes en Poitiers (732), al que algunos militantes llaman familiarmente Charlie Martel. Barrès profesaba una ideología con raíces en la tradición y en la tierra, que no es otra que la Francia campesina, y no es casual que uno de sus combativos libros se llame Los Desarraigados. El escritor arremetía contra los partidos de su época que estarían secuestrando el espíritu de la Francia eterna, el de la tierra y los muertos. Dicho nacionalismo solo podía desembocar en agudas críticas de la democracia parlamentaria, considerada no representativa del auténtico pueblo hasta el punto de que un golpe de fuerza no sería censurable para derribar a los políticos corruptos. De hecho, la Tercera República francesa (1870-1940) conoció una abultada crónica de escándalos. En sus primeros tiempos, entre 1886 y 1889, hubo también un político populista, el general Georges Boulanger, aclamado por las multitudes y refrendado por los votos en París, aunque no se atrevió a dar un golpe bonapartista contra la República.

Macron y Le Pen: la tierra, los muertos y la globalización

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No habrá frexit

Ángel Satué

Se terminó la incertidumbre. En dos semanas, Francia tendrá nuevo presidente. Un joven de 39 años, delfín de Hollande en el Partido Socialista francés, que era ministro de Economía desde 2014. Se llama Macron.

Su nuevo partido socio-liberal (centrista-moderno), En Marcha, es solo un movimiento. Un soplo. Ha obtenido en primera vuelta electoral cerca del 24% de los votos, muchos provenientes de antiguos votantes socialistas, algunos de cuyos dirigentes le han apoyado públicamente. En frente, la tormenta del Frente Nacional. Con cerca del 22% de apoyo directo. Un partido de derecha identitaria. Fillon, de la derecha conservadora, se quedó en un 19,5% y los comunistas de Melenchón, alrededor del 19%.

Francia ha optado por un candidato joven, más liberal que los demás candidatos, que viene del mundo de las altas finanzas después de obtener plaza como inspector de finanzas del estado. Es parte de la superclase, de la élite contra la que ha votado un 40% de franceses que, en junio, pueden tener esta representación en la Asamblea Nacional (legislativo).

Puede ser una solución momentánea que viene enfrascada en un tarrito de lujo, de la mano de lo antiguo, con una marca inconfundible: Escuela Nacional de Administración y Banca Rothschild. Parece más bien un producto de laboratorio, de última hora, apoyado por los medios y la superclase. Una mezcla perfecta entre lo nuevo y moderno, frente a lo tradicional y de siempre, siendo mucho de lo de siempre.

Macron dice representar la renovación que Francia necesita. De su mano, será sosegada y “tecnoexperta”, europeísta. Le Pen, unos minutos antes, tras conocer los primeros resultados, se congratulaba de que los franceses, los mismos que ya dijeron una vez no a la Constitución europea, podrían por fin elegir entre dos modelos claramente distintos. Entre la globalización y las fronteras abiertas, o una Francia con sus fronteras, y su identidad nacional intacta, si es que eso es posible en una Le Pen que huye de la herencia, y ni que decir tiene de la vivencia, de la Francia cristiana.

Como dice el filósofo Luc Ferry, Macron es un político capaz de plasmar el carisma de Kennedy y Obama –al menos antes de ser presidentes–.

En una Francia harta de la superclase política y financiera, y que de computarse el voto en blanco estos alcanzarían un 40% del resultado, el efecto macroniano no deja de ser sorprendente. Como su ascenso y su movimiento, de seis meses de vida. Ante él la autoproclamada candidata del pueblo, Le Pen, y del Frexit. También un porcentaje de abstención del 30%, que sería el primer partido en lid, demasiado alto sabiendo el ascenso del Frente Nacional y de los comunistas antisistema.

En su discurso, lleno de lugares comunes, sabía ya que contaba con el apoyo de conservadores y gaullistas, así como de los socialistas para la segunda vuelta.

¿Será el tapado del régimen gaullista de la V República (1958), que nació tras el desastre de Argelia? ¿Un Suárez a la francesa para una refundación francesa?

No habrá frexit

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A vueltas con Gibraltar

Ángel Satué

El diablo está en los detalles. Para comprender la escalada de declaraciones que en otro tiempo serían prebélicas sobre Gibraltar, que arrecian del sector duro del partido torie británico y de la prensa amarilla, hay que tener en cuenta que se encuadran a pocos días de la carta que Teresa (inquilina del número 14 de Downing St.) envió a Donaldo (presidente del Consejo europeo, de domicilio desconocido). Utilizar el nombre de pila y el tuteo nos resta siempre algo de importancia y solemnidad, y en este momento puede venir bien.

En su Carta datada el 29 de marzo de 2017 invocando el Artículo 50 del Tratado de la Unión Europea, el Reino Unido “olvidó” mencionar Gibraltar. Las comillas obedecen a que algunos de los mentideros publicados hablan de oscuras maniobras de España influyendo en esto. Igual es que Gibraltar tampoco interesa ya tanto. A saber. La cuestión es que para asombro de los llanitos, efectivamente, las cinco páginas de carta a Donaldo desde el otro lado del Canal de la Mancha no mencionan su Roca, nuestro Calpe, nuestro Peñón. No parece tampoco que se cayera durante el trayecto en eurotren, bajo las aguas del mar, dado que la Carta iba escoltada por casacas rojas (¿no hay correo electrónico en la nueva “Global Britain” (GB) a la que se refería Teresa en el foro de Davos”?).

Además, el Consejo europeo de los 27, en respuesta a la Carta, ha elaborado un proyecto de orientaciones o directrices (“Draft Guidelines”) para negociar la desconexión con la isla, que se aprobará el 29 de abril.

En particular, sobre el asunto de Gibraltar, supone una victoria de la diplomacia española que en esta Europa confederada ha logrado que la Unión, por fin, se ponga de nuestra parte, aunque haya sido con motivo de que Gran Bretaña va a dejar de ser miembro de la Unión. Así, una vez que el Reino Unido abandone la Unión, ninguno de los acuerdos entre la Unión Europea y el Reino Unido aplicarán, sin el acuerdo entre el Reino de España y el Reino Unido.

En la práctica, deja en manos del Reino de España que se pueda seguir aplicando el Derecho de la Unión en el Peñón, o no, lo que equivale a un veto si es que el Reino Unido deseaba (que no lo parece a tenor de su Carta) vincular sus acuerdos con la Unión al destino de Gibraltar, o viceversa.

A todo esto se añade la resolución del Parlamento europeo del 5 de abril, que aunque no es vinculante, es el primer pronunciamiento de una institución de la Unión, y se espera que sea el inicio de otras muchas, incluso sectoriales, a medida que se avance en la negociación con el Reino Unido. Además, el Acuerdo final con el Reino Unido no será posible sin la aprobación del Parlamento (y posiblemente, tampoco sin la de la Cámara de los Comunes).

A vueltas con Gibraltar

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La declaración de Roma, en tonos grises

Ángel Satué

La Unión Europea funciona todavía en muchos aspectos como una confederación de estados. Más ahora, pues antes de cada reunión del Consejo europeo para impulsar y definir las orientaciones políticas de la Unión, se reúnen los países que integran el grupo de cabeza, entre los que está España desde el Brexit.

Como es habitual en todos los gobiernos europeos, también el español, –este y todos los anteriores– utilizan en clave nacional y mediática las cumbres europeas. La del pasado 25 de marzo de 2017 en Roma, para conmemorar los 60 años del Tratado de Roma, no fue una excepción.

Rajoy, en esta línea, subrayó que la Declaración mencionara como uno de los valores fundamentales de la UE el Estado de derecho y, en consecuencia, "la obligación de cumplir la ley y el sometimiento de todos, y por supuesto de los gobernantes, a la ley", en una clara alusión nada velada a Cataluña.

Pero esta Declaración debe leerse en clave europea, o no leerse. Es donde encuentra su significado.

La Declaración comienza diciendo: “Nosotros, los líderes de los 27 países de la Unión Europea y de las instituciones comunitarias”. Es decir, antes van los estados. Además, también llama poderosamente la atención que se diga en el primer párrafo que la Unión es un “esfuerzo de largo alcance”, pues en inglés “far-sighted”, que es la expresión usada, se puede traducir también por hipermetropía, es decir, la capacidad de ver cosas que están lejanas más claramente que las cercanas. Creo que esto describe muy bien lo que sucede actualmente en Europa. Bruselas oteando el horizonte, pero perdiendo la toma de tierra.

La Declaración, que recoge el testigo de la anterior Cumbre de Bratislava, honra la memoria, siempre histórica, de dos guerras mundiales, y busca en seguida la complicidad de la población europea joven, hablando de los logros, como el de los altos niveles de protección social, las oportunidades y la seguridad –física y social– que puede dar la Unión a los europeos, en un mundo celeriscambiante.

El mensaje central de la Declaración es la unidad, y esta ha de darse en un contexto. Aunque el tono es optimista, los retos globales e interiores se definen en clave de amenaza: conflictos regionales (Ucrania, Georgia), terrorismo (Alemania, Marsella, París, Londres, Madrid, ¿Italia?), presión migratoria, desigualdades socioeconómicas en relación al proteccionismo...

Nuestros líderes sin líder se comprometen a desarrollar una Agenda centrada en cuatro aspectos:

1. Una Unión segura, donde los europeos se muevan libremente y se sientan seguros frente a mafias, terrorismo, migraciones.

2. Una Unión próspera y sostenible. Sinónimo de más empleo, más mercado, más trasformaciones digitales, de economías convergiendo, con una Unión Económica y Monetaria completada, en entornos medioambientales limpios.

3. Una Unión social. Partiendo de la diversidad de sistemas nacionales, se atraerá a la juventud, a través del crecimiento sostenible y del progreso social, a través de la “preservación de nuestra herencia cultural” y “la promoción de la diversidad cultural”, así como de la extensión de derechos –sin aclarar–.

La declaración de Roma, en tonos grises

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La Europa que ya existe

Giorgio Vittadini

Se acaba de celebrar en Roma el sesenta aniversario de los tratados firmados en 1957 en la capital italiana que llevaron al nacimiento de la Unión Europea. Para la ocasión, los 27 jefes de estado y gobierno de la UE han suscrito una declaración como primer paso hacia una agenda común con el objetivo de relanzar el proyecto europeo. Ya sabemos que el contexto es complejo, con múltiples puntos de tensión como la austeridad, los migrantes, los nuevos ejes internacionales, los diversos populismos, hasta el punto de que el intento de llevar adelante una Europa de dos velocidades, contenido en dicha declaración se ha encontrado con muchos obstáculos.

Con todo esto, el intento de hacer renacer una institución en crisis parece tarea propia de las alquimias políticas, por lo que no sorprende que la mayoría contemple todo esto con cierta confusión. Por otro lado, ni los actuales líderes de Europa ni sus detractores parecen preparados en este momento para interpretar el deseo de los ciudadanos que quieren vivir como europeos todas las oportunidades que su continente les ofrece, y por ello esperan que la cosa pueda volver a levantarse.

En el fondo, la diferencia entre europeísmo y populismo no es tan evidente como parece. Y hay muchos ejemplos en este sentido, pero nos limitaremos a citar solo la última afirmación, rica en imprecisiones y con un intento inadecuado de desmentido, hecha por el presidente del Eurogrupo, el holandés Jeroen Dijsselbloem a propósito de los países del sur de Europa, que la podía haber pronunciado cualquiera de los Le Pen: “No puedes gastarte todo el dinero en alcohol y mujeres y luego pedir ayuda”.

¿Hay remedio ante este escenario? ¿Por dónde volver a empezar? Quizás pueda ser desde un punto muy sencillo: la Europa viva “de hecho”, la que existe más allá de la Europa narrada. Mientras la Europa de las instituciones está en crisis, hay una Europa real que ningún acto político podrá eliminar nunca, aunque sus aspectos concretos y constructivos sean ampliamente ignorados.

Es la Europa de los jóvenes que estudian o preparan sus tesis universitarias fuera de sus países gracias a los programas Erasmus, que aprovechan las oportunidades de trabajo que encuentran en el exterior, que viajan mucho gracias a los vuelos low cost, que aprenden idiomas, que dan vida a la cooperación y a nuevas formas de economía tecnológicamente avanzada. No es casual que el Brexit haya contado con el voto de la población más anciana de Gran Bretaña, mientras que los jóvenes se han manifestado en bloque a favor de permanecer en Europa.

Tampoco hay que olvidar la Europa de las grandes instituciones tecnológicas, como el CERN de Ginebra y los proyectos espaciales, así como la de las pequeñas y medianas empresas que nacen desde abajo con espíritu de cooperación, bien distinto de los intentos invasores de las grandes empresas, cuya estrategia principal consiste en colonizar y someter las economías de otros países. Es la Europa de las grandes experiencias de caridad supranacionales como el Banco Europeo de Alimentos, comprometido de manera concreta en el apoyo a tantas personas necesitadas. Es la Europa de la fraternidad que nace entre movimientos culturales, sindicales, religiosos, supranacionales por naturaleza porque están basados en el encuentro de persona a persona, más allá de cualquier frontera.

La Europa que ya existe

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 3  417 votos

Europa en salida

Ángel Satué

Esta semana la Unión Europea y los 27 Estados miembros han rendido homenaje a la firma de los Tratados de Roma de las Comunidades Europeas (CEE y EURATOM) el 25 de marzo de 1957. Sin embargo, un escaso número de los 508 millones de europeos se ha manifestado por esta causa. En Madrid, fuimos apenas unos 140. En Roma, 5.000.

El impacto de la UE en nuestras vidas podría ser más conocido si la Europa de los 50.000 funcionarios (¡ni siquiera fueron a Roma!) y de los escasos 751 eurodiputados se predicara aún más. Europa en salida, o no será. Como le pide Francisco a la Iglesia. Sin duda, será más conocida a medida que los trabajos y las decisiones empresariales exijan un planteamiento a escala europea. Llegará, cuando las relaciones de amistad fragüen en matrimonios mixtos y en amistades para siempre. Llegará, cuando exista un pueblo de la Unión Europea, pues el pueblo europeo actual es amalgama y superposición de identidades nacionales, salvo para aún una muy pequeña élite de trabajadores, funcionarios y estudiantes. Cuando se hablen idiomas.

Con motivo de esta celebración tuve ocasión de representar, junto con otros compañeros, a la Unión de Europeístas y Federalistas de España, invitado por Ramón Jáuregui, en un interesante debate que se celebró en el Parlamento europeo.

Asistimos a la entrada del presidente Antonio Tajani a un Parlamento que se puso en pie, tomado por la ovación apagada de más de 750 ciudadanos de la inaudible y casi inexistente sociedad civil europea, algo incipiente y algo tímida aún. El europeísmo se daba por descontado, pero era un europeísmo contenido, lejos de la euforia, casi burocrático, de gentes que nos movemos, nos hemos movido, o aspiramos a hacerlo en el entorno europeo institucional. Falta aún ese paso de incorporar Europa a la vida cotidiana. Falta tomar conciencia de que se pertenece a una comunidad humana de intereses y valores, que tiene una escala que trasciende lo nacional y que aglutina diferentes naciones, pero que precisa de ese estrecho vínculo con lo nacional.

El debate entre ciudadanos y euro-representantes fue totalmente libre y transparente, respetuoso y lleno de aplausos. En verdad se dio un fructífero diálogo con 24 eurodiputados de las más diversas ideologías en torno a los siguientes temas: el desempleo juvenil, escuchándose que se necesita invertir más y evitar que los jóvenes sean trabajadores itinerantes, o aumentar la empleabilidad de las mujeres, o sobre la necesidad de fijar la población al territorio en las zonas rurales; la globalización, donde la UE puede hacer mucho para que sea cooperativa; la Europa post-Brexit; el terrorismo y la seguridad; y finalmente el cambio climático. “¿En qué lugar en el mundo se da esta libertad?”, preguntaba la vicepresidenta McGuinness.

En ese momento uno piensa si existen motivos para el Parlamento y para la unidad. Si sería deseable que tuviera iniciativa legislativa y que lo estados no pudieran vetar en asuntos de defensa, política exterior y materia fiscal. Si no será un sueño parlamentar y testimoniar un deseo compartido de construir una sociedad europea, y una comunidad política europea. ¿Cómo inspirar el deseo de Europa cuando saliera de ahí?

Europa en salida

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Europa cansada, pero con un patrimonio que necesita el mundo

José Luis Restán

No podía existir marco más significativo e imponente que la Capilla Sixtina, con los frescos de Miguel Ángel sobre las cabezas de los líderes europeos, para hacer memoria de los orígenes y recobrar aliento en este momento de dudas y tribulaciones. La propia decisión de los jefes de Estado y de Gobierno de los 27 de acudir junto al Papa antes de la cumbre para conmemorar el sesenta aniversario de la firma de los Tratados de Roma habla del peso de este momento y reconoce la aportación decisiva de la Iglesia católica a esta aventura. Si contemplamos estos sesenta años, bien podemos decir que todos los papas han sido firmes sostenedores del proyecto europeo, a pesar de que no pocas veces sus instituciones han coqueteado con el laicismo y la ingeniería social. También Francisco, el primer Papa no europeo en doce siglos, ha querido mostrar en esta hora difícil su convicción de que Europa merece ser construida.

El discurso fue denso y profundo, con dos partes bien diferenciadas. La primera, dedicada a hacer memoria de los orígenes, de la mano de los grandes padres fundadores del proyecto de unidad europeo. Como dijo Francisco, volver a Roma sesenta años más tarde no podía ser sólo un viaje al pasado, preñado de nostalgia, sino una ocasión de hacer memoria para construir el futuro. La memoria empieza por afirmar que Europa no es un conjunto de normas y protocolos, sino una manera de concebir al hombre a partir de su dignidad sagrada. Esa ha sido la fuerza generadora de la Unión, y cuando esa conciencia se diluye, todo el edificio se resiente. Reducir los ideales fundacionales de la Unión a las exigencias productivas, económicas y financieras sólo puede conducir al desafecto de los ciudadanos y al colapso de este proyecto.

No podía faltar el recuerdo al empeño europeo de abatir aquel muro que dividía al continente desde el Báltico al Adriático, empeño que apoyó con tanta clarividencia y pasión san Juan Pablo II, el primer pontífice eslavo de la historia. Y sin embargo, subrayó Francisco, hoy se ha perdido la memoria de ese esfuerzo y la conciencia del drama que provocó aquella división. La Europa que venció aquella batalla es la misma que ahora discute cómo dejar fuera de su ámbito los peligros de nuestro tiempo, comenzando por la larga columna de quienes llaman a sus puertas huyendo del hambre y de la guerra. Francisco no se anduvo por las ramas a la hora de advertir que los valores de dignidad, libertad y justicia, que conforman la identidad europea, sólo pervivirán si mantienen su nexo vital con la raíz cristiana que los engendró. En esto no hay sombra de nostalgia ni de confesionalismo, sino el cimiento para edificar una verdadera laicidad en la que puedan reconocerse y encontrarse creyentes y no creyentes.

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>ROMA

Fueron los optimistas y no los pesimistas los que tuvieron razón

Eugenio Nasarre

La famosa foto de aquel 25 de marzo de 1957 en la Sala de los Horacios y Curiacios del Campidoglio romano no nos debe provocar nostalgia, aunque sí sea justo ser recordada. En ella aparecen sentados los jefes de estado y de gobierno de los seis Estados fundadores de ese “salto a lo desconocido”, como con humildad calificó Robert Schuman la gran aventura de la construcción de la integración europea. Fue el ya viejo canciller Adenauer quien, antes de proceder a la firma de los Tratados de Roma, tomó en primer lugar la palabra y con gran satisfacción dijo: “Hace poco tiempo existían muchos detractores que pensaban que el acuerdo que hoy consagramos oficialmente era irrealizable… Pero fueron los optimistas y no los pesimistas quienes tuvieron razón. Los árboles no deben impedir que veamos el bosque. Los detalles no deben cegarnos en entrever toda la grandeza del progreso alcanzado”.

Llegar a ese momento no fue, en efecto, un camino de rosas. El primer impulso logrado en el Congreso de La Haya de 1948, cuando todavía no se habían apagado los rescoldos de la terrible guerra fratricida europea y ya había comenzado a erigirse el “telón de acero”, tropezó con aquella dramática sesión de la Asamblea Nacional Francesa del 30 de agosto de 1954, en la que Francia haría fracasar la “Europa de la Defensa”. Pocos días antes había fallecido De Gasperi, cuyas últimas preocupaciones terrenales eran los negros nubarrones que amenazaban el proyecto europeo y pedía a los suyos que perseveraran en la idea de una Europa unida.

Parecía que el proyecto había naufragado. Jean Monnet, el artífice de la CECA, primer embrión de una Europa federal, dimitió en su puesto de Alta Autoridad dos meses después. El desconcierto dominaba los ánimos en las opiniones públicas de la “pequeña Europa”. Y se libró el combate entre “pesimistas y optimistas”, que evocó Adenauer en la ceremonia del Campidoglio.

Pero casi un año después se reunían en Messina (junio de 1955) los ministros de Asuntos Exteriores de los seis países fundadores de la Unión Europea. Aquella reunión no tenía otro objeto que contestar a la pregunta: ¿qué hacer? Las conversaciones no fueron fáciles. ¿Una integración europea con un horizonte federal y con cesiones parciales de soberanía era irrealizable? ¿Había que volver a la Europa de Westfalia, la que consagraba la soberanía absoluta de los Estados como un dato irremediable de la realidad europea? La percepción de que la parálisis sería nefasta para las democracias europeas en período de reconstrucción llevó a aquellos dirigentes europeos a trazar un nuevo camino para avanzar hacia “una unión cada vez más estrecha de los pueblos de Europa”: el camino del Mercado Común. Pero hay que advertir que aquel camino no constituía la meta final. En las mentes más lúcidas de los “padres fundadores” el mercado común era una herramienta, sin duda fecunda, para acercar entre sí a los ciudadanos y a los pueblos europeos y poner los cimientos de las “solidaridades de hecho”, a las que había hecho referencia Schuman en su famosa Declaración.

Así, en tiempo veloz, se elaboraron los complejos Tratados que fueron suscritos en el Campidoglio hace ahora sesenta años. Es lo que ahora Europa conmemora con la vista puesta hacia su futuro.

>ROMA

Fueron los optimistas y no los pesimistas los que tuvieron razón

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O todos moros, o todos cristianos

Ángel Satué

El Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha asentado ya una línea jurisprudencial fallando a favor de excluir del ámbito laboral (público o privado) de los europeos cualquier signo visible de sus convicciones políticas, religiosas o filosóficas. Por tanto, admite el destierro, durante unas 40 horas semanales, del hecho religioso. Es de agradecer que no se haya pronunciado sobre manifestar en el lugar de trabajo preferencias deportivas a la hora del café.

Se separa por tanto con esta línea de interpretación de la tradición liberal y humanista europea, y asume el principio de laicidad negativa, esto es, una neutralidad y equidistancia extremas, que son deshumanizadoras, puesto que tratan de “proteger” al hombre de lo que le es más propio. El ser humano es un ser biológico, social por naturaleza, capaz de pensar racionalmente en la trascendencia y de pensarse a sí mismo en la Historia, el presente y el futuro.

La sentencia es la historia de alrededor de un 3% de mujeres europeas, de confesión musulmana. La Sra. Achbita fue despedida de su trabajo de recepcionista en Bélgica cuando optó por ponerse velo. La Sra. Bougnaoui pasó de llevar “un simple pañuelo bandana” a un “pañuelo islámico” en su lugar de trabajo para clamor de empresa y clientes.

El fallo del Tribunal no deja lugar a dudas. Para el más alto tribunal europeo, “el deseo de un empresario de ofrecer una imagen neutral ante sus clientes del sector público o privado tiene un carácter legítimo… ya que dicho deseo está vinculado con la libertad de empresa”. Además, prosigue, en el caso de la Sra. Achbita, la prohibición es apta para garantizar la correcta aplicación de un régimen de neutralidad general e indiferenciado, siempre que dicho régimen se persiga realmente de forma congruente y sistemática, es decir, no discrimine o prefiera a unas personas o grupos frente a otros. O todos moros, o todos cristianos, o todos neutrales.

Ciertamente la Directiva comunitaria cuya legalidad se dilucidaba establece que habrá discriminación directa cuando una persona sea tratada de manera menos favorable que otra en análoga situación; habrá discriminación indirecta cuando una norma o práctica aparentemente neutra, sin embargo, pueda ocasionar una desventaja particular –discrimine– a personas por razón de religión, orientación sexual, ideas, etc… salvo (y es un “salvo” fundamental para comprender la cuestión) que sea justificable objetivamente por la finalidad legítima que se persiga y la proporcionalidad y naturaleza de los medios que se utilicen para la consecución de tal finalidad.

Si el despido de la Sra. Achbita dimana del incumplimiento de una norma interna, concluye la sentencia, no habrá discriminación directa por motivos de religión (siempre que la norma se aplique a todos por igual), y además tampoco habrá discriminación indirecta cuando pueda justificarse objetivamente que la empresa persigue implantar un régimen de neutralidad política, filosófica y religiosa.

O todos moros, o todos cristianos

Ángel Satué | 0 comentarios valoración: 3  462 votos
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