Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
4 DICIEMBRE 2016
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La aventura de Fillon

José Luis Restán

Es llamativo el subrayado general de los medios sobre la condición de católico del flamante candidato del centro-derecha a la presidencia de la República Francesa, François Fillon. Pero más curiosa es aún la necesidad que sienten los cronistas de adjetivar dicha condición, y los resultados contradictorios que ofrecen. Por ejemplo, sendos corresponsales en París de los diarios ABC y La Vanguardia han calificado a Fillon como “católico practicante sin estridencias” y como “integrista católico”, respectivamente. Menudo ojo.

En cuanto al primer calificativo, conviene tomarlo con humor. Me pregunto en qué consistirá eso de ser católico “sin estridencias”. Fillon nunca ha escondido su fe, va a Misa con naturalidad (y todo el mundo le ve, claro), y narra su vinculación con la abadía benedictina de Solesmes y con el Movimiento Scout Católico. Desde luego nada de esto parece estridente, como tampoco lo es su reconocimiento público a la enseñanza reciente de los Papas, o su defensa de la familia y de las raíces cristianas de Europa, asuntos que ciertamente cualifican su propuesta política, aunque de ningún modo puede calificarse ésta como “confesional”. Más inquietante resulta la calificación de “integrista”, que constituye toda una tesis… o quizás simplemente demuestra la intolerancia de algunos respecto a la dimensión social del catolicismo y su pretensión de poseer una relevancia pública.

En cualquier caso François Fillon no es un integrista, ni nada que se le parezca. Conoce perfectamente la pluralidad cultural de su país (que no es contradictoria con sus raíces cristianas) y defiende sin ambages la laicidad positiva, tal como la formuló en tiempos su antiguo jefe de filas, Nicolás Sarkozy, al que acaba de batir en buena lid. Que una personalidad como Fillon pueda llegar a la cúspide de la política en la súper laica República Francesa desvela también el humus cultural de nuestros vecinos, mucho más rico, dinámico y variado de cuanto quizás pensábamos. No es momento de profundizar, pero apunto solamente que el catolicismo francés sigue estando muy vivo a la hora de generar personalidades intelectuales, movimientos de renovación espiritual y una presencia civil como la demostrada en fenómenos como la Manif por Tous o Les Villiers. Y no es disparatado sugerir que una parte del clamoroso apoyo cosechado en las primarias del centro-derecha obedezca a que esos sectores sociales le reconocen como un interlocutor más fiable que otros.

Es verdad que Fillon destacó por su tenaz oposición a la Ley Taubira que instituyó el matrimonio homosexual y la adopción por parte de estas parejas, pero ya ha advertido que ahora será imposible dar marcha atrás y derogar dicha ley. Ni el conjunto de su partido, ni tampoco el amplio arco de sus potenciales electores respaldarían tal cosa. Su propuesta consiste en reformar la ley de filiación, basándose en el principio de que un niño siempre es el resultado de un padre y una madre. También se ha comprometido a impedir la legalización de los vientres de alquiler y a promover una auténtica política a favor de las familias.

La aventura de Fillon

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El ejército europeo

Ángel Satué

En marzo de 2015, Junker, presidente de la Comisión Europea, declaró que “un ejército conjunto de los europeos daría a Rusia la impresión de que nos tomamos en serio la defensa de los valores de la Unión Europea”; este ejército “ayudaría a tener una política exterior y de seguridad común”. Parecidas declaraciones las hemos escuchado en 2016. Recientemente, Wolfgang Schäuble, ministro germano de finanzas y uno de los políticos de mayor peso de la Unión Europea, se declaró en octubre a favor de un presupuesto de defensa europeo.

Defender Europa de Rusia, maniobrar ante la victoria de Trump y la presumible retirada de EE.UU. del tablero de juego de la geopolítica europea (al menos, presupuestaria), el Brexit, Siria, Libia, ciberataques… enmarcan este tipo de declaraciones de los políticos. Se observa por tanto un patrón en ellas. Se aprovecha un hecho concreto, de entidad suficiente, para anunciar un ejército europeo.

¿Es algo nuevo? No. En 1948 se firmó el Tratado de Bruselas, con el recuerdo de la IIGM. En 1950, Monnet propuso sentar las bases de la defensa europea sobre una base supranacional y un presupuesto único, que rechazó la Asamblea Nacional francesa. Durante el resto de la guerra fría, hubo intentos de cooperación en armamento, si bien no es hasta el Tratado de Ámsterdam de 1999 cuando resurge, fuera del paraguas de la OTAN, un nuevo empuje europeo de defensa. El último, una declaración conjunta franco-alemana, de junio de 2016, tras el Brexit.

Este nuevo empuje aboga por una Europa capaz de defenderse a sí misma, incluso como pilar europeo dentro de la OTAN, como se vio en la pasada cumbre del Consejo en Bratislava. Para ello, la Unión cuenta con toda la estructura jurídica institucional del Tratado de Lisboa, que prevé la Cooperación Estructurada Permanente, para aquellos grupos de países que quieran avanzar hacia una unión más estrecha.

¿Es necesario? Un ejército europeo es una de las posibilidades para la seguridad de Europa. Hay otras, como seguir con 28 –menos GB– ejércitos nacionales, apenas coordinados, o mejorar en esta coordinación, que sería el camino hecho hasta ahora, o confiarlo todo a la OTAN, o confinarlo solo para misiones de paz. Sin embargo, desde el punto de vista geopolítico es muy conveniente porque, aunque la Unión es básicamente una potencia de “soft power” (diplomacia, cultura, misiones de paz, cooperación), un ejército europeo serviría mejor a nuestra defensa común, ante vecinos imprevisibles como Rusia, Turquía o el propio Sahel, amenazas terroristas físicas y cíber, guerras híbridas y asimétricas, o simplemente porque no debemos depender solo de los EE.UU. ni de su inmenso presupuesto, ni mucho menos del ánimo de su presidente de turno.

El ejército europeo

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Make no mistake. El acuerdo comercial con Canadá impulsará el crecimiento de las pymes europeas

Lucas de Haro (Vancouver)

Bélgica ha conseguido desbloquear el cerrojo que Valonia puso hace un par de semanas sobre CETA, el acuerdo comercial entre Canadá y la Unión Europea. El rechazo de Valonia pasó inicialmente desapercibido o –en algunos casos– celebrado en Europa; sin embargo los canadienses y europeos emigrados a Canadá lo han llorado hasta estas recientes horas de alivio. La cuestión de fondo es si CETA es un acuerdo que ayudaría a la regeneración de la economía real o si por el contrario favorecería a unos pocos con músculo financiero. Veamos de qué va CETA.

Hace algunas semanas, cuando todavía nadie imaginaba posible el frenazo valonés, tuve la ocasión de discutir en un encuentro público con una ejecutiva del Ministerio de Comercio Internacional de British Columbia que había formado parte del equipo negociador de CETA (Comprehensive Economic and Trade Agreement). Le preguntaba si le preocupaba el rechazo al acuerdo que habían manifestado algunos de los nuevos partidos políticos en diferentes países de Europa. La pregunta no le pillaba desprevenida, Monica Gervais decía que los riesgos de CETA eran dos: la confusión con TTIP y una aprobación parcial. TTIP (Transatlantic Trade and Investment Partnership) es el acuerdo comercial que están discutiendo Estados Unidos y la Unión Europea, Canadá ha querido siempre escapar de las simplificaciones políticas y mediáticas que equiparan TTIP y CETA ya que estos dos acuerdos son absolutamente independientes y diferentes en naturaleza. El segundo riesgo estaba asociado a una posible aprobación parcial de CETA. Canadá preveía la posibilidad de que el Parlamento Europeo aprobara la parte del acuerdo sobre la que no hay competencia nacional; no hubiese sido una solución del todo mala ya que la mayor parte del contenido de CETA se hubiese puesto en marcha y el resto de medidas llegarían cuando los parlamentos de todos los Estados miembros ratificaran el acuerdo. Sin embargo, la viabilidad de esta vía de medio está ahora en cuestión ya que Bélgica podría reprobar la calificación de CETA como “acuerdo mixto” a cambio de desbloquear su enmienda a la totalidad. Si esto sucediera, el acuerdo no sería efectivo hasta la ratificación parlamentaria por parte de cada uno de los 28; previas experiencias análogas nos dicen que el proceso podría durar hasta cinco años.

El hecho de que Valonia vetara la aprobación del acuerdo en el Parlamento Europeo nos dice mucho acerca de la naturaleza política de la Unión, algunos verán en este gesto un paso hacia la legitimación de la Europa de las regiones-naciones. Más allá de la discusión política, la polémica en torno a CETA revela una mirada esquemática e ideológica sobre los intercambios económicos. Reducir aranceles y favorecer el comercio internacional no son necesariamente sinónimos de capitalismo feroz, atomización empresarial y desconsideración hacia el medio ambiente. Chrystia Freeland, ministra de Comercio Internacional de Canadá, plañía su decepción hace unos días por la decisión de Valonia que frenaba el impulso que Alemania, Francia, Austria, Bulgaria y Rumanía estaban dando a CETA. Para Freeland, los valores y principios sociales que comparten Europa y Canadá deberían haber favorecido la aprobación del acuerdo. Aquí vemos las nefastas consecuencias para CETA provocadas por la caricaturización liderada por parte de la opinión pública que ha metido CETA-Canadá en la misma saca que TTIP-Estados Unidos.

Make no mistake. El acuerdo comercial con Canadá impulsará el crecimiento de las pymes europeas

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Referéndum en Hungría: no todo es blanco o negro

Carlos Uriarte Sánchez

El pasado día 5 de septiembre, se producía la declaración por parte del primer ministro de Hungría, Viktor Orban, que estaba preparado para llevar acabo un referéndum sobre la cuestión que afecta a los refugiados en su país.

La pregunta que se planteó para este referéndum era la siguiente: ¿Quiere que la Unión Europea pueda disponer, sin el consentimiento de la Asamblea Nacional sobre el reasentamiento de ciudadanos no húngaros en Hungría?”. El objetivo del referéndum pretendía ser una respuesta a las pretensiones de la Unión Europea a imponer sobre los Estados miembros la obligatoriedad en el reasentamiento de inmigrantes. Desde luego que quienes conocemos Centro Europa y especialmente a los húngaros sabemos de su indudable europeísmo y compromiso con la democracia y la libertad. Fue precisamente en la frontera entre Hungría y Austria, cerca de Sopron, donde el 19 de agosto de 1989 se celebró el famoso “picnic paneuropeo” organizado por el los ministros de exteriores húngaro Gyula Horn y austriaco Alois Mock, en el cual más de 600 ciudadanos de la antigua República Democrática de Alemania aprovecharon para atravesar el telón de acero y cruzar al mundo libre. Toda la operación fue organizada por la Unión Paneuropea presidida entonces por el archiduque Otto de Habsburgo. Por tanto, cuando por unas decisiones políticas, más o menos acertadas, se intenta condenar a todo un país no es justo. En la campaña fruto del acaloramiento quizás no se hayan utilizado los mejores eslóganes pero desde luego el referéndum nada tiene que ver con la pertenencia de Hungría a la Unión Europea, que está fuera de cualquier duda. El debate celebrado en Hungría sería más bien una reflexión sobre qué Europa queremos construir. El gobierno húngaro quiere construir una Europa de las naciones, una comunidad política que sus ciudadanos valoren porque sus voces cuentan. Se trataría de una cuestión de principios y no tanto de reasentar a 1.230 refugiados sobre un total de unos 160.000.

Por otro lado, debemos de tener en cuenta que todavía no tenemos una verdadera política europea de inmigración y refugio y que hasta que no la construyamos entre todos, la competencia sobre el control de las fronteras exteriores de la Unión recae sobre los Estados miembros. Más aún, es obligación de los Estados miembros proteger sus fronteras que lo son también comunes a toda la Unión. Esta protección de las propias fronteras es también una muestra de solidaridad europea.

Cuando tuve la ocasión de analizar la declaración de los países del grupo de Visegrado previa a la cumbre informal de jefes de Estado y de gobierno celebrada recientemente en Bratislava, pude leer un interesante concepto relativo a cómo debe ser la política migratoria de la Unión Europea para Polonia, Chequia, Eslovaquia y Hungría: “la solidaridad flexible”. Sería una fórmula que permitiría a los Estados decidir sobre las formas específicas de contribución teniendo presente su experiencia y potencialidad. En este sentido, en opinión del grupo de Visegrado cualquier mecanismo de distribución debería de ser voluntario. Esto no me parece una posición anti-europeísta sino plenamente en consonancia con la idea de “in necesariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas”, que debería de guiar el proceso de integración europea. Además el proceso de construcción de Europa se ha ido produciendo mediante sucesivas cesiones de competencias. Si esta diversidad europea no se sabe gestionar adecuadamente luego maldecimos cuando se produce un Brexit.

Referéndum en Hungría: no todo es blanco o negro

Carlos Uriarte Sánchez | 0 comentarios valoración: 2  12 votos

España, Europa y la sociedad global

Ángel Satué

Decir que España y la Unión Europea deben afrontar su pérdida de prestigio, poder e influencia internacional es abordar de manera nada sutil un problema de estado para una Europa sin estado y para una España con un estado cuestionado por sus propias regiones autónomas.

Basta con leer algunos de los diarios internacionales más prestigiosos para que la realidad se imponga a cualquier idea o sentimiento preconcebido que tengamos. En realidad, la pérdida de prestigio internacional no es una causa con vida propia, sino que es la consecuencia de una realidad anterior. No se trata de la debilidad geopolítica de que Europa apenas represente el 7% de la población mundial, cuando a principios del siglo XX éramos el 20%, o un PIB cada vez con menor peso mundial. La causa es muy distinta, y es común para España y la Unión Europea. Hemos perdido el afecto, el interés y la voluntad de sentirnos europeos y, en el caso de España, también españoles, como proyectos de vida en común de todos. También hemos perdido el impulso de proyectarnos al futuro, dados los niveles de natalidad menguante. El caso británico y su Brexit, la pésima gestión del conflicto con Rusia en Siria (y Ucrania y Georgia), la crisis griega o el drama de los refugiados mediterráneos, son botones de muestra de una Europa sin fuelle, compuesta por unas naciones que apenas pueden respirar en un mundo globalizado.

Estas ausencias nos llevan a preguntarnos sobre las razones de que no exista compromiso ciudadano para abordar la construcción nacional española y la construcción europea sobre las bases de la persona, y sí, en cambio, proyectos más limitados y localistas, basados en el enfrentamiento de clase (revolución, populismo) o nación (nacionalismo), donde la persona es un instrumento para un fin que se dice mayor, en vez del fin último del sistema como sucede en las grandes democracias del Occidente, las democracias de la vida cotidiana y de las cosas sencillas –hasta lo de Brexit, Reino Unido era una de ellas, pero se ha dejado vencer por el racismo, la xenofofia y su inveterado aislacionismo isleño–.

La ausencia de la necesidad de interdependencia o de la noción de que somos del todo dependientes por parte de la población europea en general, y española en particular, es una cuestión tal vez algo más fundamental que la primera ausencia referida –ausencia de proyecto de vida en común–, pues se adentra en la propia realidad constitutiva de la persona.

Europa y España, y el resto de las naciones europeas, son realidades milenarias que habitan dentro del corazón y la razón del hombre europeo en la categoría más amplia de Occidente. Éste viene a ser un pegamento intelectual donde tienen cabida palabras como libertad, derechos humanos, estado de derecho (rule of law), separación de poderes, pesos y contrapesos (check and balances) y, sobre todo, el individuo como motor de la sociedad. No es la sociedad ni el colectivo el motor de los deseos aspiracionales del individuo, sino que este debe sentirse libre y comprometido para perseguir sus propios ideales. El reto es, por tanto, conjurar los riesgos de toda manipulación partidista de los anhelos del hombre y de sus deseos de mejora y bienestar, puesto que, hoy por hoy, aparecen enfrentados al del resto de europeos y españoles. Se puede decir que el miedo impera en la relación con los otros.

España, Europa y la sociedad global

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Juncker apela a la unidad de Europa

Carlos Uriarte Sánchez

El Brexit hizo que la nueva Estrategia Global de Seguridad y Defensa de Federica Mogherini aprobada en julio pasara a un segundo plano. En esta ocasión, en España la falta de gobierno y la corrupción, la campaña de las elecciones gallegas y vascas ha provocado que el discurso del presidente de la Comisión Europea Jean-Claude Juncker ante el Parlamento Europeo y la cumbre informal de jefes de Estado y de gobierno celebrada en Bratislava, a pesar de su importancia después del resultado del referéndum británico, hayan pasado bastante desapercibidos desde un punto de vista informativo y mediático para el común de lo ciudadanos españoles.

Los españoles en estos momentos en que el futuro de Europa está en juego no podemos permitirnos quedarnos en lo anecdótico y nacional. Debemos ser protagonistas comprometidos y actores decisivos en el proceso de construcción europea.

El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, al dirigirse a los miembros del Parlamento Europeo partió con realismo reconociendo una situación: “nuestra Europa se encuentra, al menos en parte, en una crisis existencial”. Recorrió los principales problemas que acucian nuestra Unión destacando los problemas domésticos y la fragmentación, la amenaza terrorista y la crisis de los refugiados esbozando una serie de medidas como la Guardia Europea de Fronteras y Costas, el Sistema Europeo de Información de Viajeros, el refuerzo de Europol, la necesidad de una Estrategia Europea para Siria, la creación de un mando de operaciones conjunto con una única sede, la creación de un Fondo Europeo de Defensa y la importancia de poner en marcha la cooperación estructurada permanente. Además llamó a una acción conjunta y a la unidad para resolverlos y propuso una agenda positiva de iniciativas europeas para los próximos doce meses, pues es consciente de que los retos y desafíos a los que se enfrenta Europa no pueden resolverse en un discurso o con una cumbre más. Los ciudadanos no quieren cumbres ni discursos sino decisiones que mejoren Europa y sus vidas. En esta agenda para avanzar hacia una Europa mejor, con acciones concretas en el corto plazo, el objetivo es una Europa que proteja, preserve el modo de vida europeo, empodere a los ciudadanos, vele por su seguridad interna y externa, y asuma sus responsabilidades. Para la visión a largo plazo sobre el futuro de la Unión, anunció que la Comisión elaborará un Libro Blanco para marzo de 2017.

Juncker apela a la unidad de Europa

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Bratislava, ¿el nuevo rostro de la Unión Europea?

Eugenio Nasarre

¿Qué va a pasar el próximo viernes en Bratislava? ¿Qué van a decir a los europeos los veintisiete jefes de estado y de gobierno, ya con la ausencia de Gran Bretaña? ¿Cómo se va a presentar este nuevo rostro de la Unión Europea?

Los medios europeístas viven una febril agitación. Porque intuyen que esta cumbre tiene, sobre todo, un alto valor simbólico. El Brexit es el golpe más duro que sufre el proceso de construcción europea desde hace muchos años. La secesión del segundo socio de la Unión en población y riqueza y con un papel fundamental en materias claves como defensa, comercio y finanzas es una amputación más que dolorosa. No sólo cambia el mapa de la Unión Europea, el que enseñábamos hasta ahora a los escolares que se asomaban a la realidad europea; cambia la configuración misma del proyecto europeo. Los redactores del ahora famoso artículo 50 del Tratado de la Unión lo plasmaron en el texto pensando que nunca se aplicaría, y menos entre los grandes Estados de la Unión. Ahora sabemos que cualquier Estado, mediante un referéndum en el que tan sólo un tercio de sus ciudadanos, con tal de que superen en número a los partidarios de la posición contraria, digan no a Europa, podrá seguir el camino británico. Abraham Lincoln, en las páginas más dramáticas de la historia norteamericana, vio con claridad lo que significaba un proyecto de secesión para el porvenir de la Unión.

Hay otro momento en la historia de la Unión Europea comparable con el que supone el Brexit. Fue el fracaso de la Comunidad de Defensa por el rechazo de Francia al Tratado en la dramática sesión de la Asamblea Nacional del 30 de agosto de 1954. La amargura y el desconcierto dominaron los ambientes europeístas. Parecía que los sueños del Congreso de La Haya (1948) se venían a pique. Pero llegó Messina (junio de 1955). Y en aquella cumbre, convocada por el gobierno italiano para intentar superar el estado de parálisis, hubo determinación, audacia y realismo. Los seis Estados fundadores decidieron seguir adelante, ciertamente por otro camino más viable: el de la integración económica. Y en poco tiempo fueron capaces de dar vida al Tratado de Roma (marzo de 1957), por el que se creó el Mercado Común.

Hoy necesitamos un “nuevo Messina”. ¿Podrá Bratislava serlo? Para ello los líderes de los 27 Estados deben ser conscientes de la encrucijada en que se encuentra la Unión Europea y de que el interés de las naciones a las que representan está indisolublemente unido a la fortaleza del proyecto de integración europea. Porque la debilidad del proyecto común se trasladaría inexorablemente a las realidades nacionales. El problema es que, desde la perspectiva británica, el éxito del Brexit, es decir la preservación de los intereses británicos, exige un debilitamiento de la Unión Europea o una relativa desnaturalización de la misma. Y ya hay muchas voces en el continente, las enemigas de la integración europea –sean cuales sean sus motivos– que están proclives a escuchar los cantos de sirena de la hábil diplomacia inglesa.

Bratislava no debería centrarse en la cuestión del Brexit. Hay tiempo para negociar con el espíritu más constructivo, pero sin que la Unión Europea abandone lo más precioso de su patrimonio: ser una comunidad de Derecho, sometida a las exigencias del imperio de la ley de la que se ha dotado. Lo que Europa necesita ahora es que Bratislava traslade al demos europeo un doble mensaje: el de una sólida unidad en torno al proyecto europeo, que conviene reafirmar con la mayor solemnidad. Pero no será suficiente la retórica. Habrá de mostrar, también, la voluntad de dar un impulso político, ambicioso y coherente, centrado en los dos aspectos, que constituyen los mayores desafíos para el porvenir de nuestras sociedades en libertad y democracia.

Bratislava, ¿el nuevo rostro de la Unión Europea?

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A propósito de la cumbre de Bratislava

Ángel Satué

Este viernes los “líderes” europeos (son líderes en sus estados, pero ninguno tiene altura de miras a escala europea) se van a reunir en Bratislava, la pequeña y recoleta capital de Eslovaquia, de apenas 400.000 habitantes, para discutir sobre los graves problemas europeos de actualidad.

Los condicionantes, en sí mismos, también son un problema.

El primer condicionante, que no puede calificarse de reto (un problema europeo es un reto pasado por un baño de realidad de 27 primeros ministros y presidentes), es que no estará representado el Reino Unido, el mismo que aún tiene alrededor de 1.500 funcionarios trabajando en y para las instituciones europeas, pues el Brexit no es aún una realidad.

El segundo problema es que hasta 2017 no se celebran las elecciones presidenciales francesas y las federales alemanas, por lo que no es probable que se hayan de adoptar decisiones duraderas ni de alcance europeo. Tampoco ayuda una España sin gobierno, no se sabe hasta cuándo, ni un Renzi con la espada de Damocles de un referéndum sobre su reforma constitucional, ni una Polonia liderando a las naciones de Visegrado (R. Checa, Eslovaquia, Polonia y Hungría), para una menor bruselización de los asuntos europeos.

El tercer problema es que todas las elecciones llevarán marchamo nacional, pese a que los graves problemas a abordar son de escala europea y planetaria.

Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, quiere poner sobre la mesa objetivos comunes, que puedan cumplir los 27 países, para que retorne a los líderes europeos una cierta conciencia de unidad. Lo que pase con los pueblos europeos es toda una incógnita, pues ya hemos visto la separación entre los gobernantes y los ciudadanos, y el desconocimiento de la mayoría, tanto de unos como de otros, de lo que es trabajar por el bien común sin considerar “al otro diferente” un enemigo a batir.

Ya veremos si es posible acordar algo realizable de los tres objetivos “tácticos” que se pretenden, (1) impermeabilizar las fronteras comunes, (2) luchar contra el terrorismo en Europa y donde sea, y (3) recuperar el control sobre la globalización (salvaguardando los intereses de los ciudadanos europeos –si es que existen, los intereses y los ciudadanos europeos–, permaneciendo abiertos al mundo). Esto último parece la cuadratura del círculo, solo al alcance de los ingleses, y no de todos los tiempos.

A propósito de la cumbre de Bratislava

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Ensayo de bomba en Europa. La respuesta viene de Al Azhar

Renato Farina

¿Un suspiro de alivio? En parte sí, en parte no. La catedral de París no ha saltado por los aires y el peligro ha escampado, pero el riesgo sigue siendo inminente. De hecho, lo sucedido es una pésima señal, es como el tic-tac de una bomba de relojería. Esta vez ha salido bien, ¿pero hasta cuándo? El problema es que no se trata de un Unabomber que una vez detenido la vida sigue como si nada, se trata de muchos, demasiados, Bomber que crecen como setas en esta Europa nuestra, donde la semilla del islam wahabita de sello yihadista encuentra terreno fértil por el nihilismo lúdico y cínico que constituye hoy la propuesta dominante para las generaciones más jóvenes. El hecho es que, si ya no esperamos una respuesta buena y positiva, y la mentalidad dominante excluye la posibilidad de que Dios pueda salirnos al encuentro como respuesta a nuestro deseo de felicidad, todo es posible.

El Peugeot cargado con bombonas de gas junto a Notre Dame en París en realidad no ha causado gran efecto. Es como si nos hubiéramos acostumbrado ya a las amenazas. Incluso parece que se ha identificado con un razonable margen de certeza a los que dejaron allí el coche-bomba, unos jóvenes simpatizantes del Isis que los servicios secretos ya tenía identificados como posibles aspirantes a salir del país para enrolarse en el califato.

Lamentablemente interesante, pues significa que los secuaces del yihadismo terrorista se están preparando en Occidente para pasar de las balas y los cuchillos a los coches-bomba, sello de su infame labor en Iraq, Turquía y Pakistán. Significa también que existe un amplio margen para que los sospechosos combatientes del Isis, como tales fichados y controlados por los servicios de inteligencia, puedan encontrar tiempo, espacio y escondite para colocar sus armas.

El detonador no estaba. Probablemente se tratara de un experimento, un ensayo general para ver si el ataque era factible antes de pasar a la acción. Y la respuesta es que es factible. Se puede hacer. Tal vez no en Notre Dame pero análogamente sí en cualquier otra catedral. Con el Isis no se juega: suelen mantener sus atroces promesas.

Un trabajo urgente que hay que hacer es el de vigilar. Reforzar los servicios de inteligencia y aceptar pacientemente los controles policiales. Como también es decisivo ofrecer un testimonio distinto, que dé esperanza y que uno pueda encontrar pronto. Alguien como la Madre Teresa de Calcuta, que en India y allí por donde pasó desactivaba la violencia y la rebelión con amor. No la resignación frente al mal sino el amor cotidiano, cercano, resplandeciente.

El objetivo, como dicen los sitios web cercanos a Al-Baghdadi, se desplaza cada vez más hacia los símbolos del cristianismo y a sus fieles, con un mensaje directo y hasta demasiado claro. Recientemente han llegado incluso a proponer explícitamente al Papa Francisco como enemigo declarado.

A propósito de esto, conviene recordar la polémica suscitada por la visita al pontífice de Al-Tayeb, gran imán de Al Azhar. Considerado negativamente demasiado amigo de Al-Sisi, en realidad supone un hecho excepcional. Al Azhar es el punto de mayor peso doctrinal y moral y en Grozni acaba de celebrarse un “concilio” (llamémoslo así) con las máximas autoridades del islam suní. Junto a Al-Tayeb estaban el gran muftí de Egipto, de Siria, altas personalidades yemeníes. Por primera vez, no se han limitado a condenar el terrorismo sino su raíz doctrinal, el wahabismo, que es la base religiosa e ideológica del fundamentalismo, que con su interpretación del Corán alimenta a Al Qaeda y al Isis, con gran influencia en los Hermanos Musulmanes, y que nutre también financieramente al terrorismo.

Esta condena supone un acto de coraje y por fin marcha una frontera clara entre lo que para un sunita es digno y lo que en cambio es errado, infecto. Por fin una buena noticia.

Ensayo de bomba en Europa. La respuesta viene de Al Azhar

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La Europa todavía libre

Fernando de Haro

Esta vez Merkel ha decido llevar con máxima dignidad y contundencia los pantalones de Europa. El jueves pasado, cuando decidió suspender sus vacaciones y ofrecer una rueda de prensa tras los tres ataques protagonizados por refugiados, lo tenía todo en contra. Sus socios de la CSU, los socialcristianos bávaros (dejando atrás buena parte de sus orígenes), le exigen desde hace tiempo un cambio de política migratoria. Alternativa por Alemania, la formación ultraderechista  gana terreno explotando la xenofobia y solo falta un año para las próximas elecciones. La canciller, ella sí, decidía ser social y cristiana y no corregir. Esta vez no ha habido cambio de rumbo. No se ha buscado  el apoyo de una Turquía cada vez más autoritaria para reforzar la política de deportaciones. Merkel,  enfundada en sus negros pantalones europeos y vistiendo una de sus habituales y nada coquetas chaquetas,  afirmaba con contundencia certezas que no suelen ser muy habituales en estos tiempos. El principio de la dignidad de la persona es innegociable. La Convención de Ginebra existe para cumplirse. No será fácil pero es necesario cumplir con la tarea histórica de acoger al que huye de la guerra.

Es fácil haberse alarmado por la sucesión de tres ataques en poco menos de diez días que se han producido en Alemania. El afgano que atacó con un hacha en un tren, el sirio que quiso provocar una masacre en Ansbach y el que mató a una mujer embarazada eran todos acogidos, beneficiarios de esa hospitalidad que en el último año ha dejado entrar en el país  a un millón de demandantes de asilo. Cuando todo se tambalea es fácil pensar que las pancartas con el Welcome Refugee, el café y el pan para los que llegaba en tren y  el deseo de abrazar nos han jugado una mala pasada. Nos habrían traicionado los buenos sentimientos. Se habría cumplido la profecía de los “realistas”  sobre la amenaza de acoger a musulmanes, hijos de “una religión necesariamente violenta”. La quinta columna del islamismo-islam ( en el fondo inseparable) se habría puesto en pie para acabar con una Europa rendida por su buenismo.

Hace falta cierta perspectiva que este verano de angustia no facilita. Los tres ataques en suelo alemán, uno de ellos de violencia machista, señalan –como ha asegurado la Merkel- que la integración no es fácil. Sin duda muchos de los recién llegados tendrán que aprender a mirar y a tratar de otro modo a las mujeres. Es un reto para todos, también para los no musulmanes. La violencia contra las mujeres es una auténtica plaga en muchos países de Europa. El atacante del tren y el de Ansbach constituyen además  una seria advertencia sobre el riesgo de la radicalización y el peligro de brotes de terrorismo. Pero parece que estamos ante una radicalización sobrevenida semejante a la que han sufrido los otros terroristas que han protagonizado los otros atentados de este verano, terroristas que eran europeos. Uno de los asesinos del padre Jacques Hamel, por ejemplo,  había nacido en el mismo pueblo de Normandia donde le quitó la vida.

Ni los refugiados ni los jóvenes musulmanes que han nacido en nuestras ciudades han sido engendrados como terroristas. Matan en nombre del islam, es cierto, pero es inútil a efectos prácticos precisar si el islam es necesariamente violento. Hay muchos estudios sobre la cuestión y algunos muy buenos. Ciertos pasajes del Corán interpretados fuera de contexto pueden justificar la violencia. Hay grandes poderes económicos y políticos que sacan rédito de esa interpretación. En la historia del islam hay oscilaciones. Y lo que está claro es que detrás de cada musulmán no hay un potencial terrorista. A estas consideraciones se pueden añadir muchas más, pero lo relevante es comprender y frenar el proceso por el que muchos jóvenes, de fuera y de dentro, primero se radicalizan y luego se islamizan.

Paradójicamente, para el reto de ofrecer una propuesta de sentido, el testimonio de muchas de las víctimas de la persecución yihadista es esencial. El terrorismo nihilista es hijo de la disociación entre la libertad y la verdad. Los asesinos huyen de una cultura donde la libertad no tiene verdad (relativismo) para afirmar una verdad sin libertad (fundamentalismo). Los  mártires, como el padre Jacques Hamel y muchos otros en todos los rincones del planeta, entregan la vida renunciado a la violencia y perdonando en un acto de gratuidad supremo en el que la libertad y la verdad están unidas, su testimonio es el de una libertad seducida ante una verdad encarnada y presente.  

La Europa todavía libre

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Reconstruir Europa. Más allá del Brexit

Miguel de Haro Izquierdo

Los tiempos cambian, y sin duda vivimos una metamorfosis que ya no es posible negar, la cuestión es si podemos mantenernos indiferentes ante todo lo que ocurre delante de nuestros ojos, con esta rapidez de vértigo que nos deja atenazados. Una Europa vieja que se ha convertido en campo de batalla, con atentados indiscriminados que se producen en cualquier momento, en cualquier latitud, y que atacan la paz y la seguridad del corazón de Europa, incapaz de acoger a miles de refugiados, con regiones rescatadas económicamente, altas tasas de desempleo, conflictos sociales, etc. Hace casi un mes nos sacudió un movimiento telúrico social en Gran Bretaña que nos dejó noqueados frente a la posibilidad de una Europa, con todas sus carencias y defectos, que podría dejar de ser ese lugar excepcional por el que trabajaron los padres fundadores a mediados del siglo pasado.

La historia más reciente del Brexit es ya generalmente conocida. Una parte importante de la población británica argumenta que la Unión Europea ha cambiado de manera sustancial, disponiendo de un mayor control sobre los ciudadanos británicos y sus vidas cotidianas. Pero sobre todo el cansancio de la burocracia de Bruselas, la falta de control sobre la inmigración, la defensa de la soberanía nacional y su consecuente sistema de seguridad nacional, etc. han hecho decir que no a seguir siendo miembro de la UE. Las relaciones entre la Unión Europea y Gran Bretaña no han sido nunca fáciles. Desde su plena incorporación en el año 1973, ya tardía, a la Comunidad Económica Europea (CEE), tras renegociar las condiciones de su entrada, celebró un referendo en 1975 sobre la permanencia en la que votaron un sí incondicional, luego matizado en el año 1985 con la no adhesión a Schengen y la libre circulación de personas.

Los europeos no podemos afrontar el Brexit únicamente en términos económicos, de cuotas y del cumplimiento de plazos para la desconexión. Es importante que valoremos y afrontemos aquellos problemas que han creado esta desafección, porque a nuestras sociedades e instituciones nos atañen de igual manera. La burocracia, el que muchas regiones europeas hayan sufrido la crisis económica de manera imponente, la falta de liderazgo de los gobernantes, la incomprensión frente a los refugiados, etc. Es necesario rescatar el origen que nos permita afrontar el presente. En este sentido es destacable partir de que Europa únicamente será fuerte si pone en el centro de su vida social, política y económica el deseo de paz, y la diversidad de cada cual, la misma paz que fue buscada por los diferentes pueblos de nuestro continente después de dos guerras aterradoras en la primera mitad del siglo XX.

Deberíamos recordar que por encima de cada país reconocemos cada vez más nítidamente la existencia de un bien común, superior al interés nacional, ese bien común en el que se fundamentan y confunden los intereses individuales de nuestros países, tal y como propuso Schuman en Pour L´Europe, lejos de bastarse a sí mismas las naciones son solidarias unas a otras, la mejor forma de servir al propio país es garantizarle la ayuda de los demás mediante la reciprocidad de los esfuerzos y la puesta en común de los recursos.

La responsabilidad debe asumirse por cada uno tal y como decía De Gasperi cuando recibió el Premio Carlomagno en 1952. Las instituciones supranacionales serían insuficientes y correrían el riesgo de ser un lugar de discusión sobre intereses particulares si los hombres que en ellos trabajan no se sintiesen representantes de intereses superiores y europeos. Sin la formación de esta mentalidad europea cualquier fórmula nuestra corre el peligro de quedarse en una abstracción jurídica vacía.

El Brexit es una llamada a los europeos, una ocasión a través de la cual disponer de una mirada abierta y nueva sobre nuestro tiempo. Como indica el último premio Carlomagno de 2016, “si queremos mirar hacia un futuro que sea digno, si queremos un futuro de paz para nuestras sociedades, solamente podremos lograrlo apostando por la inclusión real: «esa que da el trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario». Este cambio (de una economía líquida a una economía social) no sólo dará nuevas perspectivas y oportunidades concretas de integración e inclusión, sino que nos abrirá nuevamente la capacidad de soñar aquel humanismo, del que Europa ha sido la cuna y la fuente”.

Reconstruir Europa. Más allá del Brexit

Miguel de Haro Izquierdo | 0 comentarios valoración: 3  40 votos

Unión Europea. Viva la ayuda del Estado

Giorgio Vittadini

Las ayudas estatales llevan días ocupando el centro del debate político, económico, incluso diplomático, en Europa. Y es que el gobierno italiano ha anunciado su intención de recurrir a la intervención pública directa en el capital de bancos en peligro, algo expresamente prohibido por la re-regulación post-crisis, que obliga a soportar las pérdidas de la quiebra de los bancos sobre todo a los accionistas, y eventualmente también en parte a los depositarios de su dinero.

La narración cultural de las ayudas públicas en 2016 viene a ser esta: la intervención del Estado en la economía pasa a ser un delito político y solo en ciertos casos de emergencia los tecnócratas apátridas de Bruselas pueden valorar la posibilidad de infringir la norma y permitir ayuda pública.

En este escenario, no sorprende que los que invoquen las ayudas estatales en Italia, contra las resistencias de Bruselas y del gobierno alemán, sean los expertos liberales, es decir, los economistas siempre más ortodoxos al afirmar la capacidad autónoma del mercado para autorregular sus propios boom y sus propias crisis, manteniendo lo más alejados posible a los estados y a los políticos.

De hecho, el mercado puede incurrir en “accidentes itinerante” muy graves, y es entonces cuando sucede que las políticas públicas deben ayudar de alguna manera. Por tanto, tampoco es casual que para justificar el recurso a la intervención pública se haga referencia al plan TARP, utilizado en 2008 por Estados Unidos. Al día siguiente del crack de Lehman Brothers, el Tesoro americano arrancó a su Congreso la autorización para comprar 750.000 millones de títulos tóxicos que estaban ahogando a los grandes bancos.

La mano pública, según los liberales, puede por tanto intervenir bondadosamente. Pero el marco sigue rigurosamente circunscrito a la emergencia y la ayuda pública debe limitarse a apuntalar al mercado dentro de los rígidos esquemas dictados por el propio mercado.

En una supuesta “normalidad”, se prohíbe a los Estados interferir en la libre concurrencia entre empresas. La “política económica”, la “política industrial”, sobre el papel, quedaron archivadas a finales del siglo pasado. Pero la cuestión no está precisamente cerrada. Recientemente, la revista Economist –la histórica biblia del liberalismo económico que ambiciona ser liberalismo político-cultural– abría sus páginas con un editorial crítico, mejor dicho, autocrítico, después del resultado del Brexit. “En el último cuarto de siglo, la mayoría ha prosperado, pero muchos electores sienten que les han dejado atrás. Su rabia –reconoce el Economist– está justificada. Los defensores de la globalización, incluida esta revista, tienen que reconocer que los tecnócratas han cometido errores y la gente común ha pagado las consecuencias. La adopción de una moneda europea imperfecta, un esquema tecnocrático por excelencia, ha traído estancamiento y desempleo, y está haciendo pedazos a Europa”. Ya sea el crack de 2008 o el Brexit, hablar de “accidentes itinerantes” que hay que reparar mediante las culturas técnicas ya existentes parece por tanto peligrosamente reductivo, incluso para una publicación fundada en la Londres imperial y convertida casi dos siglos después en la plataforma de las finanzas globalizadas, superando a cualquier “Estado”, a cualquier “ayuda”, a cualquier “política de desarrollo”.

Unión Europea. Viva la ayuda del Estado

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 2  19 votos

Brexit, educación y Plan Marshall

Giorgio Vittadini

Finanzas y cuentas públicas, aparte. La salida del Reino Unido de la UE es otro signo de la fragilidad de nuestro continente que, sin miedo a exagerar, podemos considerar ahora más expuesto a los “pedazos de tercera guerra mundial”, como dice el Papa Francisco. Es importante recordar que la idea inspiradora de una Europa unida, que nació en la mente y en el corazón de muchos demócratas al término de la Segunda Guerra Mundial, fue la paz: no más guerras entre naciones europeas. Para decirlo todo, el primer y más importante resultado de la Unión es precisamente este, setenta años sin guerras, un resultado consagrado con el Premio Nobel de la Paz en 2012.

No es casual que los dos episodios de guerra en el continente hayan tenido lugar en la ex Yugoslavia y en Ucrania, dos países fuera de la Unión, donde dominaban más bien los intereses divergentes de Rusia y Estados Unidos. Con el Brexit nadie puede plantear razonablemente la hipótesis de que Gran Bretaña quiera la guerra con Europa, pero cuando empiezan a faltar momentos institucionales de debate y se incrementan las divergencias económicas, aumenta desmesuradamente el riesgo de conflicto. “La guerra ya está en Europa”, dijo Bergoglio en el vuelo de regreso de su viaje a Armenia, con el habitual realismo que le caracteriza. Por otro lado, los países europeos, sin vínculos comunitarios, serían más proclives a conflictos causados por motivos económicos y estratégicos en otras partes del mundo.

Pero sin esperar a futuros vientos de guerra, ya tenemos tristes realidades como el resurgir de los nacionalismos, el miedo al diferente y la xenofobia que han puesto su pie no solo en Reino Unido sino también en muchos países del este de Europa. En nada ayuda la falta de ideales en demasiados líderes de opinión que sienten la aspiración a la unidad y al desarrollo para todos como valores abstractos.

Entonces, ¿es que no hay remedio? En absoluto. Precisamente el Brexit podría ser una gran ocasión si nos liberamos del problema de buscar quiénes y en qué se han equivocado, y tratamos en cambio de descubrir qué es lo que puede garantizar nuestra convivencia. Dice Julián Carrón en el libro “La belleza desarmada”: “La naturaleza de la crisis de Europa no es en primer lugar una crisis económica. Tiene que ver con los fundamentos del vivir. (…) Es la reducción del deseo, es decir, del punto de apoyo que hace posible la experiencia de la libertad, de verse libres del miedo, porque posibilita a la razón mirar la realidad impidiendo que nos ahogue”.

Brexit, educación y Plan Marshall

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 2  20 votos

Francia, la rebelión de los excluidos

Robi Ronza

Debido a un cúmulo de tensiones sociales de orígenes diversos, Francia se ha visto sacudida estas semanas por un conjunto de conflictos heterogéneos pero muy vinculados entre sí por lo que parece a primera vista. Las causas inmediatas del fenómeno son por un lado la Eurocopa de fútbol y por otro la reforma laboral.

Más allá de otros detalles, la causa última es sin embargo solo una, la ya evidente consolidación en Europa de un amplio estrato social constituido por los trabajadores actuales o potenciales con una formación similar, orientada a profesiones y formas de trabajar que ya no tienen futuro. El desarrollo de la economía post-industrial les empuja fuera del mercado, o les ofrece relaciones laborales y niveles salariales pésimos en comparación con lo que esperaban. En cierto modo, es algo parecido al proceso de expulsión imparable de masas de campesinos de los campos ingleses en los siglos XVIII-XIX, pero con una diferencia radical a peor. Al emigrar a las ciudades, esas masas de campesinos desocupados encontraron entonces trabajo abundante en las fábricas urbanas, aunque fuera mal pagado e insalubre. Pero hoy, a estos nuevos desempleados no se les ofrece nada en sustancia. Ni siquiera pueden esperar mucho de la emigración, pues no hay países a los que puedan dirigirse con una esperanza razonable.

En este escenario, los que entre ellos tienen un puesto de trabajo fijo a la antigua usanza se movilizan para defenderlo contra todo y contra todos, sabiendo que si lo pierden ya no lo recuperarán. Aquellos –obviamente más jóvenes en general– que ya no pueden esperar se ven devorados por un ansia feroz, que en muchos de ellos tiende a desembocar en vandalismo y desórdenes en cuanto se les presenta la menor oportunidad. Con la aparición en masa de hinchas de un país a otro y de una ciudad a otra, con la coartada fácil de la pasión deportiva, la Eurocopa supone una ocasión ideal al respecto. Si hacemos la “radiografía” socio-económica de las masas de descendientes de inmigrantes musulmanes no integrados de las que procedían los autores de los últimos atentados terroristas en Francia y Bélgica, vemos que en gran medida se trata de personas que se sitúan en la categoría de esos jóvenes sin empleo o sin futuro. Claro está que también intervienen causas culturales específicas y agravantes de las que mucho se ha hablado, pero este detalle también es importante.

Evidentemente sin darse cuenta del riesgo que suponía, el gobierno francés del primer ministro Manuel Valls abrió el melón de su “jobs act” a pocos meses de la Eurocopa de fútbol, provocando así la unión, antes nunca vista, entre los dos principales segmentos más afectados por el gigantesco malestar social. Ahora no puede hacer otra cosa que intentar afrontar el enorme desafío al orden público que se ha derivado. Pero ya llegará el momento de profundizar en la cuestión. Aprovechar los grandes eventos deportivos para las revueltas ya es un problema que hay que afrontar de manera orgánica, también en la sede europea.

Presentada por el ministro de Trabajo del gobierno de Valls, Myrian El Khomri, la reforma francesa amplía las causas de despido sin reintegro. Una caída en las ventas durante varios trimestres consecutivos y la pérdida de productividad durante varios meses, así como las innovaciones tecnológicas o las reestructuraciones empresariales pueden aducirse como causas legítimas para proceder a despidos. Aunque sobre este punto Valls ha prometido que el artículo referido a los despidos se reformulará “con el fin de evitar que los grandes grupos puedan provocar artificialmente dificultades económicas en sus establecimientos franceses para justificar los despidos”, haciendo una distinción entre los resultados del grupo y los de la sociedad.

Francia, la rebelión de los excluidos

Robi Ronza | 0 comentarios valoración: 2  21 votos

Brexit: más Europa, menos Alemania

Fernando de Haro

David Cameron, al convocar el referéndum del Brexit, ha cometido un pecado de esencialismo, que también podemos llamar integrismo democrático. Algo poco democrático. Cameron ha cometido un pecado propio de los populismos que no está a la altura de la gran tradición británica. En su competencia con el UKIP prometió la consulta popular, admitió jugar el partido con las reglas fijadas por los populistas. Ese fue su gran error. Un error que puede costarle muy caro a su partido y al conjunto del país.

Desde el Renacimiento los occidentales vivimos en una perpetua exaltación de la voluntad. Ahora vuelve bajo la equívoca identificación de la democracia como la expresión permanente y sistemática de la voluntad popular: la mayoría expresada, aquí y ahora –no sabemos qué dirá dentro de un minuto- pretende imponerse como la única regla. Siglos de democracia británica, también continental, nos habían enseñado que la voluntad popular se expresa a través de muchos cauces, está autolimitada constitucionalmente –aunque la Constitución no sea escrita-. También nos habían enseñado que es necesario contrapesar el pueblo-sufragio con el pueblo-reflexión y con el pueblo-juez. Más aún cuando el imperio de los medios y de los mercados ha creado un nuevo poder.

Todo eso es lo que el conservador nada conservador Cameron ha colgado de la Torre de Londres con el referéndum sobre el Brexit.

¿Cuál es la respuesta que se debe dar si, por desgracia, triunfa el Brexit? Ante todo sosiego. A corto plazo será necesaria mucha política monetaria: manguerazo de liquidez para la especulación que quiere hacerse rica apostando contra el euro y la libra. Y luego la Unión tendrá que poner a los partidarios del Brexit ante sus propias contradicciones. A los partidarios del Brexit solo les reúne su voluntad de salir de la Unión. Pero entre ellos hay tribus muy variadas: los hay que no quieren nada con Europa, los hay que quieren un acuerdo de libre comercio, un acuerdo como el turco de unión aduanera, un acuerdo como el de Noruega que permite participar en la mayor parte del mercado interior comunitario sin necesidad de adherirse a otras políticas europeas como la agricultura, la pesca o política exterior. También está el modelo suizo. Que propongan. Y entonces la Unión deberá decidir estableciendo unas claras líneas rojas. Y aquí la linea-Juncker es inteligente: no se pueden quedar con lo bueno y rechazar lo malo. Un acuerdo de mercado interior sin libertad de movimiento de personas sería inaceptable. No se le consiente al Reino Unido, no se le puede consentir a Noruega. Suiza, que mantiene 120 acuerdos sectoriales con la Unión Europea, contribuye al presupuesto comunitario. El que se va se ha ido.

El Brexit no tiene nada de deseable. Pero si en la Unión Europea hubiera liderazgo podría ser una ocasión para reforzarse. De lo que se trata es de mostrar al mundo que el proyecto de construcción europeo sigue adelante aunque los británicos se hayan quedado atrás. Hay muchas maneras de hacerlo. La más sencilla y más contundente sería avanzar rápido en el gobierno económico. Hasta ahora Alemania, con miedo a las elecciones del otoño del año que viene, ha supuesto un freno. Es un buen momento para levantar ese freno. Para darle una acelerón a la unión bancaria que, como ha señalado recientemente la OCDE, está inacabada y necesita más medidas de vigilancia de las entidades financieras o de garantía de los depósitos. Se puede adelantar la puesta en marcha del Fondo Único de Resolución previsto para las quiebras, que no entra en vigor hasta 2023. Se puede seguir las recomendaciones del FMI de ampliar el Plan Juncker de inversiones, se pueden lanzar más inversiones públicas. Se puede avanzar en la mutualización de la deuda o la integración fiscal. La lista de tareas pendientes para hacer una Europa más federal es muy larga. A grandes males grandes remedios. Si el Reino Unido se va, más Europa. Para eso es necesario que Alemania deje de pensar en términos nacionales y permita a Europa ser Europa. No es el voluntarismo popular, a los pies del populismo, el que nos sacará de esta situación. Y en Francia tenemos presidenciales el próximo año.

Brexit: más Europa, menos Alemania

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  24 votos

El espejo austriaco

José Luis Restán

El auge del populismo en la Europa central se ha cobrado su primera víctima, el hasta ahora canciller austriaco Werner Faymann, cabeza de una coalición integrada por los dos grandes partidos del sistema, socialdemócratas y democristianos. La causa es precisa y contundente: la deblacle sufrida en la primera vuelta de las elecciones presidenciales por los candidatos de los partidos que gobiernan en Viena. De hecho han pasado a la segunda vuelta el candidato de la extrema derecha y el de los ecologistas. Es cierto que el presidente austriaco apenas tiene funciones ejecutivas, pero el mensaje no podía ser más amargo para unos partidos que han protagonizado la gobernación del país desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

En realidad la sombra del populismo viene aleteando sobre la sociedad austriaca desde los años 90, cuando el líder carismático del FPÖ, Jörg Haider, condujo a su partido hasta los palacios vieneses. Haider salió trágicamente de escena al morir en un accidente de tráfico, pero el cansancio de la sociedad hacia los dos grandes partidos ya se había manifestado gravemente, así como el inicio de algunos miedos que ahora han eclosionado: miedo a perder la propia identidad, a ser devorados por la globalización, a perder la seguridad de un estado de bienestar amasado tras la posguerra. Todo ello se ha profundizado y agravado en las circunstancias actuales.

La crisis política actual, cuyo desenlace final está por ver, es reflejo y consecuencia de una crisis más profunda, de naturaleza cultural y moral. Los partidos de centro-izquierda y centro-derecha, que sin duda acumulan muchos méritos, han sido incapaces de conectar con una población castigada por la crisis y asustada ante la globalización y la llegada masiva de inmigrantes. Sus cuadros se han acartonado y atrincherado tras un discurso de fría sensatez administrativa. A sus líderes les faltaba contacto con la calle, no han sido capaces de generar un discurso sincero que proveyera a sus electores de razones para no sucumbir a los cantos de sirena del populismo. Por otra parte, tanto a izquierda como a derecha, han sucumbido al virus de la corrección política, perdiendo la sustancia cultural de sus orígenes, algo particularmente dramático entre la mayoría de los democristianos. Pero no han sido sólo los partidos, hay que repartir responsabilidades. Cabe preguntar por los intelectuales, las universidades, las corporaciones, los sindicatos, las iglesias… Y ninguno encontrará demasiados motivos para presumir.

En todo este maremágnum, los refugiados son solo la punta del iceberg. El populismo, con sus respuestas simples a problemas complejos, sale al encuentro de esos miedos y frustraciones que no han sabido combatir las fuerzas políticas y culturales dominantes durante decenios. En Austria, pero también en Francia, en Holanda, en Grecia… y en la propia Alemania, los extremos triunfan cuando los moderados sucumben ante el materialismo económico, la tibieza moral y la falta de horizonte ideal. Una vez más hace falta decir que la identidad no se defiende levantando murallas, sino regenerándola y viviéndola en el presente. Justo lo que no hemos hecho los europeos en los últimos cuarenta años, por definir una fecha.

Europa afronta un desafío que no se resolverá con mera táctica política. Combatir al populismo en las urnas es imprescindible, pero de nada servirá sin una profunda renovación cultural y moral. Fue precisamente el arzobispo de Viena, Christoph Schönborn, quien advirtió recientemente del peligro de que se levante un nuevo telón de acero en el viejo continente, esta vez para los prófugos e inmigrantes. Schönborn evocó el ejemplo de Robert Schumann, uno de los padres fundadores de la Unión, destacando que vivió la dimensión de la misericordia en su acción política. Una provocativa imagen a la vista de nuestro actual debate político. También el Papa Francisco, al recibir el Premio Carlomagno, ha hecho memoria de Schumann, De Gasperi y Adenauer, que pusieron en marcha ese gran proyecto de paz que fue la Unión Europea. Pero está claro que estas figuras no surgieron de la nada, eran el fruto del camino de un pueblo.

En este momento se requiere inteligencia política, de la que no andan sobrados los actuales líderes, pero a la vez, y sobre todo, una perspectiva ideal y un camino educativo posible. Ahí se sitúa el discurso de Francisco a los líderes europeos. Hace falta convertirlo en herramienta de reconstrucción.

El espejo austriaco

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  114 votos

Los orígenes del yihadismo en Europa

Michele Brignone

Desde que Europa entró sistemáticamente en el punto de mira del Estado islámico, políticos y expertos en seguridad se interrogan sobre las modalidades para hacer frente al terrorismo. También ha nacido un debate muy vivo entre los estudiosos del islamismo, sobre todo franceses, que discuten sobre el origen y naturaleza de la militancia yihadista. Todo empezó a partir de un artículo de Olivier Roy publicado en el diario Le Monde el 24 de noviembre de 2015, donde el politólogo francés retomaba y enriquecía algunas tesis de su libro sobre “El fracaso del islam político”, publicado en 1992.

Una revuelta nihilista y generacional

Roy afirma que para explicar el fenómeno de la radicalización hay que desbrozar el campo de dos lecturas: la culturalista y la tercermundista. Según la primera, fundada sobre la idea del choque de civilizaciones, “la revuelta de los jóvenes musulmanes muestra hasta qué punto el islam es incapaz de integrarse, al menos mientras una reforma teológica no retire del Corán la llamada a la yihad”. La segunda “llama constantemente en causa al sufrimiento post-colonial, la identificación de los jóvenes con la causa palestina, su rechazo a las intervenciones occidentales en Oriente Medio y su exclusión de una sociedad francesa racista y xenófoba”.

Para Roy, en cambio, la militancia yihadista no es ni “una revuelta del islam”, ni una “revuelta de los musulmanes”, sino un problema que afecta a dos categorías de jóvenes: las segundas generaciones de inmigrantes y los convertidos al islam, ambos tienen en común el hecho de haber roto con sus padres y con la cultura que estos representan. No se trataría por tanto de una “radicalización del islam” como de una “islamización de la radicalidad”, desde el momento en que el paso al yihadismo sería solo la expresión de un sentimiento de protesta que ya existe. Más “nihilistas que utópicos”, estos militantes estarían fascinados “por el imaginario del héroe, de la violencia y de la muerte”, y no “por la sharía o la utopía”.

Las críticas de Dassetto y Burgat

En realidad, las teorías de Roy suscitaron la perplejidad de varios estudiosos antes incluso de los atentados de París. Por ejemplo, Felice Dassetto, sociólogo italiano residente en Bélgica y pionero de los estudios sobre el islam europeo, en un ensayo de 2014 reprochaba al intelectual francés que propusiera, con la categoría de nihilismo, una interpretación “exclusiva y demasiado simplista, reductiva de una realidad mucho más compleja”.

Pero fue el artículo en Le Monde lo que sacó esta disputa de los círculos académicos. El primero en intervenir en el debate mediático fue François Burgat, rechazando desligar el fenómeno yihadista de las “contraprestaciones de la República en materia de integración, por su pasado colonial o por los errores de su política en el ámbito musulmán”. Burgat concluía diciendo que la hipótesis de Roy “añade solo una nueva piedra (la de la patología social, o incluso mental) en una construcción que reproduce el mismo preconcepto del enfoque culturalista que se supone que pretende superar, distinguiendo de forma peligrosamente intencionada el escenario político europeo del medioriental”.

La contra-narración de Kepel

Los orígenes del yihadismo en Europa

Michele Brignone | 0 comentarios valoración: 2  16 votos

Cuando Europa pide a las religiones ser 'liberales'

Olivier Rey

Los últimos debates en Europa y Estados Unidos sobre cuestiones clave para la sociedad, como el aborto o los matrimonios entre personas del mismo sexo, muestran que en las sociedades contemporáneas occidentales ya no existe una ley natural común a creyentes y no creyentes. En otras palabras, sea cual sea la genealogía del secularismo contemporáneo, la brecha entre valores religiosos y seculares ha crecido tanto que ya no existe un bien común, y mucho menos un dios común (a “common Go(o)d”). En este contexto, se registra cada vez en más lugares una preocupación muy extendida: ¿cómo conservar una cierta cohesión dentro de sociedades cada vez más diversificadas? Lejos de ser objeto de una simple reflexión teórica, la cuestión resulta más urgente que la creciente presencia musulmana en Europa. Pues el debate en sí no se limita al islam sino que se refiere al significado de la religión (de cualquier religión) en una Europa secular.

Identidad cristiana vs. valores europeos

Son dos las respuestas avanzadas habitualmente dentro de un debate transnacional que va de la filosofía (Habermas, Gauchet, Taylor, Walzer, Manent, Brague…) al derecho y a la política.

La primera insiste en la identidad europea “cristiana” o –mejor dicho– “judeo-cristiana”, que se opone, más o menos explícitamente, al islam. En este tipo de discurso, la referencia a una “identidad cristiana” en vez de al cristianismo representa en realidad una manera de secularizar a este último. Esta corriente subraya la noción de “cultura dominante”, des-universalizando el concepto de derechos humanos. El modo en que se ha impostado el debate sobre las raíces cristianas de Europa es muy instructivo a este respecto. Los padres fundadores de la Unión Europea (Robert Schuman, Jean Monnet, Alcide De Gasperi y otros), aun siendo en gran medida cristianos practicantes, no afrontaron la cuestión de las “raíces cristianas de Europa”, probablemente porque, sobre aspectos importantes de la vida social, se registraba entonces una discrepancia muy reducida entre una visión religiosamente inspirada y otra laica y secular. Si cincuenta años después la identidad cristiana se ha convertido en objeto de discusión, esto ha sucedido precisamente porque el cristianismo como fe y como práctica se ha debilitado, limitándose habitualmente a ser un indicador cultural, o cada vez más un marcador neo-étnico (“verdaderos” europeos contra “migrantes”).

La segunda opción consiste en cambio en subrayar los “valores europeos” y la “identidad (secular) europea”. Inicialmente, estos valores se concebían como una mezcla de liberalismo político, derechos humanos y estado social, pero luego esta última dimensión se vio significativamente obliterada y la primera sufre una desafección creciente, como marca de fábrica de Occidente ya solo quedan los derechos humanos. Respetarlos es una condición sine qua non para acceder a la Unión. Constituyen la “identidad europea” y quizás también la ideología europea. Los derechos humanos fueron establecidos inicialmente en oposición a las ideologías totalitarias, pero a partir de los años ochenta se invocaron para “domesticar” las normas religiosas percibidas en oposición a ellos (condición femenina, libertad de palabra vs. blasfemia, etc). Dentro de esta corriente está el llamamiento a las tradiciones religiosas para que se reformen y, accidentalmente, una actitud de este tipo va implícita en el apoyo ofrecido por los medios seculares al Papa Francisco (“¿conseguirá reformar la Iglesia?”). Algo que se hace muy explícito cuando pasamos a hablar del islam. Este llamamiento a la reforma tiene casi una dimensión autoritaria, hasta el punto de que cuando más pide Europa a las religiones que se vuelvan “liberales”, menos fiel permanece a su supuesto liberalismo “congénito”.

Ciertamente, en la lista de derechos humanos entra también la libertad religiosa. Pero esta es definida al mismo tiempo como un derecho humano y como una amenaza potencial a los derechos humanos. Como consecuencia, se observa en Europa una tendencia discutible a conferir derechos solo a aquellos con cuyos valores se está de acuerdo. Se tiende así a excluir a las comunidades de fe, que por definición no pueden aceptar en bloque los valores seculares. No parece exagerado afirmar que en muchos casos la libertad religiosa está en peligro, no porque haya limitaciones a su ejercicio (debe haber limitaciones), sino porque el simple hecho de practicar la religión en el espacio público siempre se ve en Europa como algo “extraño” en la mejor de las hipótesis y como fanatismo en la peor.

Una tercera opción

Cuando Europa pide a las religiones ser 'liberales'

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Lesbos, el rostro de otra Europa

Giuseppe Frangi

«Los migrantes me plantean un desafío particular por ser Pastor de una Iglesia sin fronteras que se siente madre de todos». Esto lo escribía el papa Francisco en la exhortación apostólica Evangelli Gaudium. Una afirmación donde podemos encontrar la razón que le ha llevado a decidir visitar la isla de Lesbos. Es inútil poner por delante razonamientos culturales o geopolíticos. El Papa, como es propio de su carácter, se ha movido sobre todo en virtud de un ímpetu humano, un deseo de abrazar a los que hoy son migrantes en esa isla-limbo: un pueblo sin patria ni tierra que, a pesar de haber desembarcado en Europa, lo han dejado a las puertas de Europa.

Para los lectores que puedan haberse perdido algún momento de las contorsiones europeas ante la emergencia migratoria, en Lesbos se ha abierto un hotspot –un campo de detención– donde los migrantes que tienen motivos para pedir el derecho de asilo esperan el reconocimiento de ese derecho. Todos los demás, según los acuerdos pagados a golpe de talonario millonario con Turquía, desde abril serán “repatriados”. Resumiendo, Lesbos se ha convertido en el emblema de la confusión y de la hipocresía comunitaria en materia migratoria.

Y es precisamente en Lesbos donde pisará Francisco esta semana, junto al patriarca de Constantinopla, Bartolomé I. Una decisión que evidentemente tiene un carácter político difícil de esconder, pero que va mucho más allá de eso. El gesto de Francisco sugiere de hecho algo más sencillo y también más radical. Es una indicación de otro enfoque delante de lo que ya es el fenómeno humano más impresionante de nuestro tiempo. Para entender basta remitir a las imágenes del pasado Jueves Santo, cuando el Papa, para el rito del lavatorio de pies, eligió dirigirse a Castelnuovo, a las puertas de roma, donde viven “acogidos” 900 inmigrantes. Los que estaban allí cuentan un detalle que no ha salido en las noticias: el Papa quiso saludar uno por uno a todos los inmigrantes, algo que estaba fuera de programa y que duró una hora y media. Sabemos que esto es propio del estilo de Francisco pero, pensando en ese contexto y sobre todo en el contexto europeo, más complejo, ese gesto asumía un significado bien preciso. Que no es mera reafirmación del valor de la acogida sino algo que está antes y que genera las razones de la acogida: el reconocimiento del otro como algo positivo.

En las palabras y gestos del Papa hacia los inmigrantes siempre se percibe el ardor de una simpatía instintiva, que deja incluso en segundo plano por un instante los dramas que les afectan. Esa simpatía que le hace decir palabras sorprendentes, como las que pronunció con ocasión del Ángelus para el Jubileo de los inmigrantes: “Vuestra presencia aquí en esta plaza es signo de esperanza en Dios. No dejéis que os roben la esperanza”.

El Papa invierte los términos. No es la desesperación lo que mueve a los pueblos, sino la esperanza de una vida digna de ser vivida. Y esta esperanza es una experiencia tan poderosa humanamente que se convierte en “signo de la esperanza en Dios”. Cerrar las puertas a estos pueblos migrantes sería por tanto cerrar las puertas a la esperanza que ellos portan. Es una operación de saldo desastrosamente negativo para todos.

La decisión del Papa de ir a Lesbos viene a confirmar esta sencilla verdad, no dictada por análisis o visiones más o menos inteligentes o correctas, sino por una apertura sencilla a la realidad. Que el Papa vaya a Lesbos además acompañado de Bartolomé I, patriarca ecuménico de Constantinopla, indica cómo esta apertura a la realidad (y por tanto al otro) puede ser el rostro de otra Europa. Que desde sus raíces atrae la energía ideal para ir al encuentro en el futuro. Un futuro profundamente distinto del que describen los guiones de los burócratas de Bruselas.

Lesbos, el rostro de otra Europa

Giuseppe Frangi | 0 comentarios valoración: 2  22 votos

Algo está cambiando en Europa

Robi Ronza

En virtud de nuevos acuerdos (secretos o en todo caso no escritos) entre las principales potencias, algo está cambiando en la escena internacional. Lo que los jefes de gobierno y sus portavoces no dicen abiertamente emerge en todo caso de la nueva “línea” que están adoptando los medios más influyentes, las grandes cadenas televisivas internacionales y las principales agencias de noticias, todas bajo control gubernamental. Los focos se han apagado sobre la situación en Siria e Iraq, se ha reducido considerablemente la cantidad de imágenes conmovedoras sobre las vicisitudes de los refugiados de camino a la Unión Europea. Y el vacío que dejan se llena con dosis masivas de crónica negra.

También son interesantes los comentarios sobre el resultado de las elecciones regionales en Alemania. Alternative für Deutschland, AfD, el partido contrario a la política migratoria de Angela Merkel, ha obtenido un gran resultado, pero en ninguno de los tres länder donde se votaba el partido de la canciller ha sufrido un colapso notable. Mucho peor le ha ido a sus aliados socialdemócratas. Sin embargo, los titulares de los periódicos decían cosas como “Bofetada de los alemanes a Merkel” o “Triunfa la derecha anti-inmigrantes”. Eso significa que en la cima del poder real, que cada vez coincide menos con la esfera del poder formal, el juicio sobre el fenómeno de las migraciones incontroladas hacia Europa está cambiando. Antes los inmigrantes siempre tenían razón y los que querían detenerlos o tan solo hacer un filtro eran siempre y en cualquier caso personas sin corazón (al premier húngaro Orban le acusaron por esto de ser casi un nuevo Hitler). Ahora, en cambio, los buenos también se están volviendo un poco malos, y los malos un poco buenos.

Puesto que ya todos los grandes medios están bajo control directo o indirecto de los gobiernos de las grandes potencias, los cambios de escena en la palestra mediática son un anuncio seguro de giros similares en la política internacional. En esa perspectiva, merece atención el encuentro la semana pasada entre el secretario de Estado norteamericano John Kerry y los ministros de Exteriores de los principales países europeos. Allí no solo se habló de Siria sino también de la crisis palestino-israelí, de la situación en Libia, de la guerra civil en Yemen y de la crisis ucraniana. En un momento en que las cumbres de gobierno se han convertido en acontecimientos donde las exigencias mediáticas suelen ser más importantes que las cuestiones del orden del día, el hecho de que dicho encuentro concluyera sin grandes declaraciones a la prensa puede ser un signo positivo. Por otro lado, la tregua en Siria parece que se va manteniendo. Además, la noticia de que Rusia retirará “el grueso de sus fuerzas” desplegadas en Siria también parece confirmar que a algún secreto acuerdo se ha debido llegar. Aunque se ha matizado que no se trata de un desarme ni del cierre de la base naval ni aérea de las que Rusia dispone en territorio sirio. Por tanto, más que una retirada podría tratarse de una suspensión de los bombardeos.

Algo está cambiando en Europa

Robi Ronza | 0 comentarios valoración: 2  17 votos
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