Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
23 JULIO 2018
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Italia en desgobierno. La Unión Europea tocada

Ángel Satué

“Cuando Dios quiere joder a alguien lo hace nacer en Sicilia. Cuando lo quiere joder dos veces, lo hace nacer en Palermo”. Es lo que dice Robero Merra, miembro de una familia de latifundistas y jueces, comunista de juventud, socialista radical de Craxi más tarde y en 2007 miembro de Forza Italia, y una de las historias que cuenta el libro “Cómplices. De Corleone al Parlamento”, una historia real de mafia, poder y política italiana.

Esto mismo parece pensar la mayoría de los votantes de la Liga Norte (Salvini), desde luego, y cambiando Sicilia y Palermo por Bruselas, lo pensarán muchos votantes del Movimento 5 Estrellas (Di Maio), más pesimistas y eurófobos. También piensan que cuando los quiere fastidiar tres veces, simplemente es el presidente de Italia, Sergio Matarella, precisamente nacido en Palermo, el que les niega la composición de gobierno a los partidos más votados de Italia.

Esto es lo que ha pasado. El presidente italiano Sergio Mattarella ha declarado solemnemente que no podría encargar gobierno a la coalición populista-nacionalista de extrema derecha identitaria, liderada por un profesor desconocido –Giuseppe Conte– del sur del país, el primero en 30 años. El motivo, que la coalición propuso como ministro de economía a un “euroescéptico”, un economista de 80 años contrario a la moneda única europea.

Las bases de ambos partidos han protagonizado en redes sociales un ir y venir de peticiones de dimisión hacia el presidente Mattarella, acusaciones de golpe de estado, de extralimitación de funciones, de golpe de estado de Alemania, de amenazas recordando el asesinato del hermano del presidente a manos de la Cosa Nostra, de estar al servicio de Bruselas y de Berlín, de no ser una verdadera democracia, etc. Mensajes apoyados por Le Pen y por el asesor de Trump y de Vox, Steve Bannon.

Sin embargo, no es la primera vez que un presidente ejercita su poder de veto, aunque sí ha sido la primera vez que la coalición postulante ha declinado volver a presentar un candidato. Ante esta tesitura, Mattarella, alegando que un nombramiento como el de Paolo Savona –define el euro como “la jaula alemana”– pondría en juego la estabilidad de la economía italiana y de Europa, reconoció que el nombramiento de esta cartera ministerial es trascendente, pues o trae la calma o incendia los mercados.

En estos momentos Italia, que compite en atracción de inversión extranjera con España, tiene una deuda del 130% del PIB que debe financiar, y no se puede permitir (ni el estado ni las familias) que los tipos suban por subir la prima de riesgo del país ante la incertidumbre de salir del euro.

La salida del euro supondría el fin de la moneda única, con lo que es de suponer que la propuesta por parte del Movimiento 5 Estrellas y la Liga Norte era de todo menos inocente.

Italia en desgobierno. La Unión Europea tocada

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Europa merece, una vez más, que la defendamos y que la refundemos

Miguel de Haro Izquierdo

En días pasados conmemoramos la festividad del día de Europa. Para muchos europeos la festividad era lo más parecido a un lúgubre cumpleaños que quiere ser olvidado y silenciado con los amigos más cercanos, ante la fatiga de una celebración vacía, sin esperanza y carente de sentido. Parece como si uno pudiera “palpar en nuestras sociedades cómo se expande la idea y el sentimiento de una Europa cansada y envejecida, no fértil y vital, donde los grandes ideales que inspiraron a Europa parecen haber perdido fuerza y atracción”, tal y como exponía el Papa Francisco en su discurso al recoger el Premio Carlomagno en el año 2016.

Los acontecimientos políticos y sociales generados en muchas naciones europeas en los últimos años han minado la confianza europeísta. La corriente euroescéptica de Gran Bretaña, con un demoledor brexit que daña tanto al país anglosajón como al resto de miembros de la UE por las consecuencias de su separación en el ámbito social, económico, y sobre todo por la ruptura de la unidad del ideal de proyecto común europeo. El problema del euro y el futuro de nuestra política económica y fiscal común. El incremento de partidos anti-integracionistas. La crisis de los refugiados que ha sido incapaz de ser asumida tanto a nivel humanitario como a nivel político y social. Los frecuentes ataques terroristas en Francia, Alemania, España… y el terror que conlleva la pérdida de vidas y su inmediata generación de sentimientos de inseguridad entre la población. La incapacidad de dar respuesta a nuestras fronteras en el sur del Mediterráneo, donde millones de personas mueren soñando poder llegar a un paraíso personal de condiciones más favorables.

Nuestra política exterior y de acción común también se observa debilitada ante un nuevo escenario mundial en que naciones comercialmente superiores a nuestros recursos toman posición ante el futuro de un nuevo orden mundial económico. Nuestra presencia en el conflicto de Siria, las deterioradas relaciones políticas con Rusia y EE.UU, ahonda la sensación de una esclerosis múltiple europea.

Ante tanto desconcierto creo que es importante hacer referencia a dos personalidades que han tenido una especial trascendencia estas semanas, y que pueden recuperar en el presente el liderazgo y el origen de la verdadera Europa. Por un lado, Emmanuel Macron, al concederse el premio Carlomagno en Aquisgrán, y por otro Antonio Tajani, al recibir el premio Carlos V en Yuste.

El presidente francés ha resaltado y recomendado que “no seamos débiles, no nos dividamos, no tengamos miedo, no esperemos” frente a todos los retos y debilidades de nuestro continente. Ante el derrumbe de los principios democráticos y del populismo, “no tengamos miedo del mundo en el que vivimos, de lo que somos, de nuestros principios. No los traicionemos”. Frente a todas las incertidumbres no podemos "estar enfrentados a las tentaciones de abandonar los fundamentos de nuestro Estado de derecho. No cedamos nada".

Europa merece, una vez más, que la defendamos y que la refundemos

Miguel de Haro Izquierdo | 0 comentarios valoración: 3  31 votos

¿Qué laicidad para Francia? Sobre el discurso de Macron a los obispos

Jean Duchesne

El presidente francés Emmanuel Macron visitó el pasado mes de abril el Colegio de los Bernardinos, centro cultural de la diócesis de París en un magnífico edificio medieval restaurado, al que llegó invitado por la Conferencia Episcopal francesa. Allí pronunció un discurso de más de una hora que marcó un punto de inflexión, si no en la historia al menos sí respecto al papel de la Iglesia en la sociedad francesa.

Rechazando claramente un laicismo intransigente, que querría relegar a todas las religiones a la esfera privada, marginadas y excluidas del espacio público, el presidente se presentó como “garante de la libertad de los creyentes y no creyentes”, pero no como “el inventor o promotor de una religión de Estado que sustituya a la trascendencia divina con un credo republicano”. Afirmó que “los vínculos entre la nación francesa y el catolicismo son indestructibles”, y que “Francia se hace más fuerte con el compromiso de los católicos”.

El objetivo de Macron era claramente el de “reparar” el vínculo “dañado” entre Iglesia y Estado, no como hizo Nicolas Sarkozy en 2007 recordando simplemente que la historia daría derechos a los católicos, sino afirmando que “la linfa católica debe contribuir ahora y siempre a mantener viva nuestra nación”, aunque “este país siga manteniendo las distancias con las religiones”. El presidente Macron señaló que “la política se ha dedicado a instrumentalizar e ignorar” a los católicos, mientras estos se han hecho portavoces de “cuestiones que nos afectan a todos, al país entero, a la humanidad entera”, así como “en el diálogo con otras religiones”.

El presidente también animó a los creyentes a no atrincherarse en guetos y seguir actuando como lo están haciendo, para ayudar a aliviar la miseria en todas sus formas, “en un momento de gran fragilidad social”. Esta no es la visión de un líder de partido sino de un hombre de Estado consciente de que las religiones ayudan a vivir y a veces incluso a sobrevivir en un mundo donde los progresos no impiden que las cosas funcionen mal y favorezcan el individualismo más que la solidaridad. Macron invitó a los católicos a participar en los debates, a hacerse notar, a no temer ser “inoportunos” y a presentarse como “voz que sabe ser incómoda”.

El jefe de Estado también marcó límites. La Iglesia, dijo, puede hacer “recomendaciones” pero no “requerimientos”. Macron declaró firmemente que es competencia de las instancias democráticas, de su gobierno y de sí mismo deliberar y emitir las leyes que todos deben respetar. Así el presidente tomaba distancias de monseñor Pontier, arzobispo de Marsella y presidente de la Conferencia Episcopal, que al recibirlo se refirió al problema de la inmigración y la bioética.

En el primer caso, afirmó que hay que conciliar los “principios de humanidad” con la cautela necesaria frente a los “flujos masivos” migratorios. Respecto a la fecundación asistida, los “vientres de alquiler” y la eutanasia, pero también sobre las familias “en sentido amplio” y las parejas homosexuales, señaló que no se pueden dar respuestas simples en nombre de principios abstractos. Macron añadió que la Iglesia debería ser consciente de esto cuando acompaña a personas en situaciones complicadas donde el desafío es encontrar el mal menor y establecer empíricamente lo esencial a preservar.

¿Qué laicidad para Francia? Sobre el discurso de Macron a los obispos

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Dos Europas frente a frente en Hungría

Antonio R. Rubio Plo

Tal y como se esperaba, el primer ministro Viktor Orban ha ganado las elecciones legislativas del 8 de abril de 2018. Algunos dirán que ha sido gracias a un discurso antieuropeo, pero en realidad al primer ministro húngaro, y a su partido Fidesz, no le oiremos clamar contra Europa. Hungría es Europa, un concepto que no tiene que coincidir con Bruselas, aunque la capital belga sea la principal sede de la organización en la que los húngaros se integraron en 2004. Fidesz encarna un acentuado soberanismo, que se muestra escéptico ante el proceso de integración europea, que se ve no como una oportunidad sino como una amenaza para uniformizar los distintos pueblos y culturas que integran nuestro continente.

En contraste, la oposición socialdemócrata da a sus conciudadanos una visión de Europa que no comparte una gran mayoría de húngaros. Por eso solo ha obtenido una veintena de diputados. Y es que los defensores de la integración europea no tienen buena prensa en una Hungría nacionalista, en la que todo europeísmo es sospechoso de limitar la soberanía recuperada por la nación tras la caída del comunismo. Europa, o mejor dicho Bruselas, es una especie de mal necesario. No se trata de abandonar la UE, aunque ésta haga amagos de sancionar o recriminar a Hungría y a otros países centroeuropeos, sino de defender la idea de que Europa, ante todo, es un conjunto de estados soberanos. Tan Europa es Budapest como Berlín, París o Roma. Puede compartirse soberanía en algunos aspectos, sobre todo económicos, pues son ventajosos para países con menor nivel de renta, aunque no se darán pasos significativos hacia una unión más plena, y si esto conlleva estar alejado del pelotón de cabeza, presente en Europa occidental, no importa. Antes bien, habrá que encontrar a países en con planteamientos semejantes para hacer un frente común. Tal parece ser el enfoque del grupo de Visegrado, compuesto por Polonia, Hungría, Chequia y Eslovaquia.

Los gobiernos de esos países en el poder, empezando por el del propio Orban, se han dado perfecta cuenta de que la economía y el bienestar material, en general, no son ilusionantes para un pueblo, no despiertan a los electores de su rutina diaria. El economicismo, asociado a la globalización, y por supuesto a la UE conllevaría el riesgo de dejar en un segundo plano los intereses nacionales y la propia cultura. Consecuencia lógica es la reafirmación de la identidad nacional, que a veces se reviste de defensa de Occidente, de la civilización europea e incluso del cristianismo. La globalización, el mundialismo, se propone liquidar la cultura y la identidad nacional, y los nacionalistas ponen un rostro visible a la amenaza: la inmigración. ¿Por qué han de venir a Hungría sirios y afganos, de religión y cultura musulmana? Para un nacionalista centroeuropeo esto no es xenofobia. Hay otros países, dominados por el multiculturalismo y con mayor nivel económico, que pueden acogerlos. La multiculturalidad solo trae conflictos. El rechazo a este tipo de inmigración no sería xenofobia sino un servicio a la civilización europea.

Dos Europas frente a frente en Hungría

Antonio R. Rubio Plo | 0 comentarios valoración: 2  21 votos

Europa en punto muerto

Ángel Satué

Nuestro dictador ha ganado. Es lo que seguramente haya vuelto a decir el presidente de la Comisión europea, Juncker, del Partido Popular Europeo, al que pertenece el partido húngaro Fidesz vencedor de las pasadas elecciones en Hungría.

Lo lidera Víktor Órban, que ha pasado de militar en posiciones muy liberales en 1980 contra el régimen comunista a, ya en democracia, militar en el conservadurismo nacionalista.

Su partido, que en absoluto es extrema derecha pues hay otro partido en la cámara que es abiertamente xenófobo y antisemita, ha obtenido 133 escaños de los 199 posibles, en coalición con el Partido Popular Demócrata Cristianos (KDNP). La izquierda apenas tiene una representación del 25%, hundiéndose el partido socialista, heredero del que había antes de 1989, y actualmente en el Partido Socialista Europeo.

La participación del 70% en un estado de unos 10 millones de habitantes ha supuesto un record. Todo hay que ponerlo en la perspectiva de que en 1990 el partido Fidesz era un partido minoritario en la cámara con apenas 20 escaños. Sin embargo, ha ido incrementando su resultado, ganando por primera vez en 1998 hasta 2002, y como colofón esta última vez, la tercera consecutiva desde 2010.

Durante la campaña el partido de Órban ha puesto el acento en su stop inmigrantes musulmanes, y su oposición a la política de distribución de los mismos mediante cuotas de la Unión Europea de Merkel –política de cuotas que está siendo en todo caso un estrepitoso fracaso, y que comenzó con una derogación implícita de las normas sobre fronteras de la UE–. También ha centrado el foco en el origen judío del multimillonario de izquierda liberal Soros (si los millonarios tienen ideología), que le pagó sin embargo, según informaciones, parte de sus estudios de Derecho en Inglaterra.

Han sido muchas las críticas en la prensa internacional a ciertas medidas electoralistas como la reducción de la factura del gas para la clase media trabajadora húngara en vísperas electorales. Para los críticos, tanto estas actuaciones como que el Banco Mundial haya empeorado la calificación en materia de corrupción del país, son el botón de muestra para medir la calidad de la democracia húngara. Siempre un escalón por debajo de la Europa occidental y del norte.

Indagando en las razones de una victoria tan rotunda, Hungría y en general los países de “Mitteleuropa” –la Europa del este, antes de la caída del Telón de Acero–, y por supuesto los otros países balcánicos, han hecho una difícil transición desde el sistema de economía centralizada (sin mercado) a una economía de mercado (con intervención del estado). Estas dificultades hacen que muchos húngaros vean el pasado como una etapa de seguridad y de ciertas cotas de bienestar social que hoy añoran. Sucede lo mismo en Rumanía.

Europa en punto muerto

Ángel Satué | 0 comentarios valoración: 2  18 votos

'Islam en Francia' o 'islam de Francia'. El reto de Macron

Jean Duchesne

El presidente francés Emmanuel Macron tiene la ambición de renovarlo todo, pero debe afrontar problemas que sus predecesores no han sido capaces de resolver y para los que ni la transformación del panorama político ni la evolución de la legislación ni los grandes proyectos ofrecen solución.

Entre las cuestiones más embarazosas que arrastra está la integración de la religión islámica en la sociedad francesa. La République se pretende laica, pero reconoce la libertad de conciencia y la existencia de “cultos” que deben ser gestionados por asociaciones oficiales que gozan de derechos pero que también se someten a sus leyes.

Este sistema, solo erigido de manera progresiva mediante la negociación y el compromiso en el siglo XX tras la conflictiva separación entre el Estado y la Iglesia en 1905, se concibió para y con los católicos, y de manera marginal también los protestantes y judíos, ¿pero también puede aplicarse al islam?

La terminología oficial es ya en sí significativa. El objetivo no es organizar “el islam en Francia” sino “un islam de Francia”. Dicho de otro modo, no se trata solo de tener en cuenta la pluralidad de corrientes islámicas que existen en el país y pedirles que se organicen y se doten de unas instancias comunes y representativas que actúen como el interlocutor que los poderes públicos necesitan. La idea es ante todo crear una suerte de islam nacional que, sin eliminar sus diferencias internas, consiga conciliar la pertenencia religiosa con la ciudadanía y la adhesión a los “valores” compartidos por el resto de franceses.

Esto es lo que Macron volvía a proponer en una entrevista que concedió al Journal du Dimanche. El presidente distingue dos líneas de trabajo. Una se sitúa en un plano formal y prevé una estructuración institucional que englobe las diversas corrientes del islam presentes en Francia. La segunda se refiere a la sustancia, es decir, la compatibilidad e incluso la posible convergencia entre las exigencias del islam y los ideales republicanos y laicos. Su todo es prudente y medido, y las motivaciones y objetivos razonables: no importar a Francia las divisiones que laceran al islam en otros lugares del mundo, dar a los musulmanes su lugar y papel en la vida sociocultural, algo que su presencia hace ya inevitable, no acelerar las cosas y avanzar propuestas solo después de una consulta a 360 grados.

¿Qué probabilidad tienen estas laudables intenciones de generar resultados concretos? Obstáculos no faltan. Sobre todo persisten los elementos por los cuales los predecesores del presidente actual no lograron federar el islam de Francia. El Conseil français du Culte musulman, creado en 2003, sigue sin funcionar a causa de desacuerdos internos entre las asociaciones que engloba y que viven en su mayoría de patrocinios extranjeros.

Argelia, Marruecos, Arabia Saudí, los países del Golfo, los Hermanos Musulmanes, Turquía, por no hablar de los salafitas y yihadistas, tienen sus “clientes”, a los que envían predicadores y/o dinero. Unir a todas estas facciones no es nada obvio porque no les interesa. El gobierno no tiene presupuestos para contrarrestar estas influencias externas, y además el Estado no puede financiar ningún “culto”.

Alsacia y los cursos de islamología

'Islam en Francia' o 'islam de Francia'. El reto de Macron

Jean Duchesne | 0 comentarios valoración: 1  13 votos
>Entrevista a Fausto Bertinotti

Nos han robado la revolución

I.S.

“Creo que volveremos a votar rápidamente porque la revolución no ha terminado y si se detiene podría acabar volviéndose contra aquellos que la representan”, es decir, el Movimiento 5 Estrellas y la Liga. Son palabras de Fausto Bertinotti, fundador en 1991 de Refundación Comunista y expresidente de la cámara italiana.

¿Cómo valora los resultados electorales?

La victoria del M5S y la Liga es la manifestación de una revuelta larvada durante mucho tiempo, que no se ha expresado hasta ahora por la falta de sujetos políticos capaces de darle forma.

¿Y los demás partidos?

Se ha acabado con los últimos residuos de tradición política italiana, Forza Italia y PD, que son el fruto de una larga metamorfosis respecto a lo que eran antes.

¿Cree que están en fase terminal?

En mi opinión, sí. Luego la burocracia puede sobrevivir a todo, pero ya como construcciones inertes.

Quedan por tanto la Liga y el M5S, ¿cómo los definiría?

Son dos realidades políticas concurrentes, formadas sobre la onda de una presión política anti-elitista. Ambas hunden las raíces de su éxito en cruzar la línea que ha marcado el paso del anterior sistema político al actual, que todavía no está bien delineado.

¿Cómo ve usted ese anti-elitismo?

Ambiguo. Contiene un elemento importante: la crítica a un poder que ya no tiene legitimación democrática. La moción anti-elitista de la Liga y del M5S es fundada y positiva, la duda está en que esta revuelta oscurece, en vez de sacar a la luz, el verdadero problema de fondo, que es el modelo de desarrollo.

¿Qué podemos perder?

El núcleo del problema es la desigualdad. Y la desigualdad no solo ha sido la gran ausente de la campaña electoral, nos dicen continuamente que el 5% de la población italiana posee el 30% de la riqueza del país pero todos estos datos se dejan al margen, confinados a la esfera de la comunicación pero sin llegar a tocar la esfera política. Nunca había pasado. Antes las clases políticas intentaban hacer ver por todos los medios que podían acabar con la desigualdad, ahora no.

¿La política ha acabado en una burbuja?

Eso es exactamente lo que estoy diciendo. El enfrentamiento con las élites es totalmente fundado, pues las élites son las principales responsables de la burbuja, pero la ofensiva, aunque justificada, contra ellas acaba siendo el alfa y la omega del conflicto político.

M5S y Liga, las dos fuerzas concurrentes, ¿pueden encontrarse bajo el mandamiento de la gobernabilidad?

No. El bloque social del sur es necesariamente portador de una exigencia basada en el tener, porque está empobrecido y derrotado. El norte pide protección frente a la amenaza que supone el riesgo de que la riqueza producida se redistribuya entre otros, el riesgo que representan los inmigrantes para la seguridad y el trabajo, etcétera, etcétera.

Los votantes del norte también han votado contra el liberalismo europeo.

>Entrevista a Fausto Bertinotti

Nos han robado la revolución

I.S. | 0 comentarios valoración: 1  17 votos

Italia. Falta confianza, nadie merece ganar (y II)

Ángel Satué

El sistema italiano está en crisis, como el español, porque flojean las relaciones, que son el mayor respaldo de las personas, más incluso que los valores. Estos nacen de una relación anterior que te llena o te destruye.

1. El sistema político sigue en crisis, y nadie merece ganar. No existe un conjunto de líderes capaces de comprender que el electorado no está ya definido. Es una enorme masa de individuos que han perdido sus referencias culturales, religiosas e ideológicas. Si no hay bancos de peces, ¿cómo se habrá de pescar ahora?

2. Los partidos son vistos, al tiempo, como la solución a, precisamente, el sistema de partidocracia –como en España–, que hace aguas. Sin embargo, siguen siendo elitistas, oligárquicos y endogámicos, dirigidos por cortes de confianza, no de mérito (Renzi se rodeó de su gente de confianza florentina, no de los mejores); su credibilidad ha menguado tras la crisis financiera de 2008; se ha dado una excesiva profesionalización de los políticos, mientras se cuestiona la eficacia del intervencionismo del estado, pese a que es necesaria una cada vez mayor especialización técnica y burocrática.

3. La protesta es natural, legítima, de la amplia clase media con menor salario que en 2008, de trabajadores afectados por la globalización, de jóvenes en paro, de los que ya no trabajan y reciben pensiones, articulada en torno al nacionalismo –como en España, en Baviera, en Silesia, o en Córcega y Escocia– ante la debilidad del estado y la incapacidad de organizar en torno a él a los ciudadanos. Emerge un grito natural que es de miedo y de rechazo, de búsqueda de certezas, que puede pasar al odio y al egoísmo (no otra cosa es el nacionalismo, de por sí ideología excluyente, o el populismo, tan opuesto al humanismo laico y cristiano –que toca la tecla de la virtud–).

4. El problema es europeo también. La mayoría de países europeos están viviendo el auge de una nueva política que apela a las emociones (no confundir con sentimientos), donde se apela a una reforma sistémica, sin buscar entrar en relación con lo viejo para fundar lo nuevo. Como si no fuese necesario participar de una comunidad previamente a su reforma. Como si la revolución fuese el único camino.

5. Hay alternativas, pero no son la mayoría beneficiosas. Totalitarismo, revolución, anarquía, nacionalismo, tecno-europeísmo, están sobre la mesa política de los países de Europa. La democracia se mueve cada vez sobre placas tectónicas.

6. En Europa y en el mundo, el globalismo, la otra cara del nacionalismo, progresa en el aumento del poder tecnocrático y reglamentario –que en Italia impuso a Monti–, no da respuestas “ad hominen”, personalizadas, sino a la gran masa de consumidores o pagadores de impuestos, salvando a las grandes corporaciones (salvo la honrosa excepción de la comisaria de Competencia de la UE); mucho menos es eficaz ante problemas nuevos: migraciones, refugiados, terrorismo, empobrecimiento de la clase media, pérdida de competitividad. Pero el estado tampoco. Es que nadie solo tampoco.

Italia. Falta confianza, nadie merece ganar (y II)

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Italia. Falta confianza, nadie merece ganar (I)

Ángel Satué

La nueva ley electoral italiana "Rosatellum bis" de otoño de 2017 tuvo dos padres, Renzi y Berlusconi. Su objetivo compartido era favorecer a partidos concentrados en partes del territorio y coaliciones de partidos, es decir, dar estabilidad y alternancia de gobierno a la política italiana –y mantenerse en el poder–. No es la primera intentona de resolver los problemas vía ley electoral. Anteriormente fue el “Mattarellum” (sistema mayoritario 3/4 a una vuelta) y después, el “Porcellum”.

Buscaban volver a un sistema de “bipartidismo imperfecto” (Giovanni Sartori), de los tiempos de la primera República, en que el miedo a un partido comunista fuerte hizo que no proliferasen partidos pequeños a pesar de tener un sistema proporcional normal. En aquel momento, apareció un “partido bisagra” (Sabino Cassese), la Democracia Cristiana, que supo concentrar el voto (aunque muchas veces dividida).

En las recientes elecciones italianas, el resultado ha sido el opuesto. Lejos de impedir el paso al Movimiento 5 Estrellas (M5E) –movimiento por excelencia anti-clase política–, este partido, virgen aún en alianzas electorales e implantación territorial, ha resultado el más votado (pese a una abstención del 30%). Parecería que el sistema uninominal mayoritario (1/3 de los escaños se elegía por este método que implica que el que gana se lleva el escaño) ha funcionado al revés.

En el sur de Italia, donde M5S tenía más implantación, es donde el partido amarillo ha dado el do de pecho en las votaciones uninominales –seguramente, con un complicado juego de alianzas sotto voce y de apoyos–. En este sentido, sólo un sistema mayoritario a segunda vuelta (V República francesa) posibilita que “el voto sea del ciudadano de verdad, y no del partido o de la mafia” o de otros intereses económicos (Giovanni Sartori). Y es que con la ley electoral actual, los diputados han sido elegidos directamente por los líderes de los partidos, y su primera preocupación será mantener y evitar nuevas elecciones. Nada nuevo bajo el sol. Redundará en mayor desafección con los políticos, los partidos de siempre y –más grave– las instituciones democráticas, y las europeas (que no es lo mismo que decir democráticas en la acepción nacional que todos conocemos).

El M5E, que es anti-clase política, nada europeísta, tampoco a favor de los emigrantes y pro impuestos –lo que le separa de la Liga–, es el reflejo de un deseo de mayor participación “de la gente” en los asuntos del estado, en el gobierno, donde se decide, dentro de los límites mentales y geográficos del estado nacional italiano (de 1870). Es un riesgo político y sistémico que esté solo en la estepa parlamentaria italiana.

El objetivo declarado: que no decidan las élites, sino el pueblo. Desde la Revolución Francesa, este gen que originalmente se llamó “de abajo a arriba”, se activa de vez en cuando en las democracias liberales. Con efectos secundarios. Adversos y beneficiosos, según. Es un gen actualmente activo en las democracias occidentales, incluso en la muy igualitaria Alemania (recordar que tras el pacto entre socialdemócratas y democristianos, la oposición la va a liderar muy probablemente la extrema derecha) y los muy desigualitarios EE.UU. de Trump I (habrá otros).

Italia. Falta confianza, nadie merece ganar (I)

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Elecciones italianas 2018: populismos y funambulismos

Antonio R. Rubio Plo

“Cataclismo electoral en Italia”. Este es uno de los titulares más manidos para definir lo que ha sucedido en este país tras las elecciones legislativas del 4 de marzo de 2018, pero a decir verdad, es un tanto exagerado. Con la ley electoral que ha funcionado por primera vez en estos comicios, se ha conseguido un resultado que era de prever. Una ley en la que se combina la representación proporcional (2/3) con la mayoritaria (1/3) nunca puede desembocar en mayorías estables y suficientes, un fenómeno extraño en la Italia de las sempiternas coaliciones desde los inicios de la Primera República. Desde el final de aquella República, hace un cuarto de siglo, víctima de una corrupción endémica, se diría que Italia intenta encontrar su futuro y su papel en la Europa y en el mundo del siglo XXI. La vieja Italia murió a finales del siglo pasado, pero la nueva no acaba de nacer. ¿Y qué hacen sus políticos? No tienen, por lo general, miras de futuro sino que solo apuntan al corto plazo y buscan chivos expiatorios para ocultar sus debilidades: la globalización, los inmigrantes, los políticos corruptos, Europa, el euro… Esto explica que muchos electores voten como signo de protesta, pero también de desconfianza, y otras veces simplemente dejan de votar. En la Italia actual las negociaciones para formar gobierno serán largas y los gobiernos resultantes estarán en la cuerda floja, pero siempre se ha dicho que los italianos son maestros en el arte del funambulismo.

Se habla de la amenaza populista, aunque en realidad el populismo irrumpió en la política italiana en la Segunda República de la mano de Silvio Berlusconi, que en 1994 aseguraba que quería salvar a Italia de manos de los comunistas, aunque en realidad estos habían dejado de existir y dieron paso al partido democrático, un partido en el que debía caber todo el centro-izquierda o lo que quedaba de él: ex comunistas, socialistas, socialdemócratas, democristianos de izquierda… Berlusconi y su Forza Italia recurrieron entonces al voto del miedo, y hoy han señalado como amenaza al populista Cinco Estrellas, que ha sido el partido más votado (32%) en la democracia italiana, aunque esta formación política ha convertido en uno de sus mantras el cuestionar la democracia representativa. Para populismo, el de la Liga Norte, un populismo del acomodado norte italiano, enfrentado a la mentalidad asistencialista del populismo del sur, donde precisamente ha ganado Cinco Estrellas.

Elecciones italianas 2018: populismos y funambulismos

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>La Conferencia de Seguridad de Múnich

El mundo, ¿hacia el precipicio?

Ángel Satué

Si hubiera que escribir una novela de política internacional y de seguridad, incluso de espías, la Conferencia de Seguridad de Múnich sería un marco excepcional. La 54º edición fue la última y tuvo lugar el fin de semana del 16 al 18 de febrero de este año, bajo el lema “Hacia el precipicio, ¿y vuelta?”.

En su cita anual, precedida de la publicación homónima de uno de los informes más prestigiosos sobre seguridad internacional, que analiza por regiones los riesgos para la seguridad global, se dieron cita más de 12 jefes de estado y alrededor de cien jefes de gobierno y ministros de exteriores y defensa, en torno a paneles de trabajo en formato conferencia.

Entre los temas tratados, la manida relación transatlántica, la cooperación europea en defensa y seguridad, las ciberamenazas, la inteligencia artificial –el robot Sophia–, la necesaria arquitectura de seguridad para Oriente Próximo y aspectos de la seguridad humana (catástrofes, epidemias, migraciones…).

Además, en el hotel Bayerischer Hof tuvieron lugar más de mil encuentros bilaterales oficiosos y discretos entre las distintas delegaciones de países, think tanks, ONG y grandes empresas globales, lo que explica, como apunta el think tank ECFR, que sea el único foro del mundo donde, cuando vaya a hablar el Secretario General de Naciones Unidas, se vacíe la sala y comiencen encuentros secretos, que de alguna manera definen la agenda de seguridad mundial para 2018.

El hecho de que a la Conferencia hayan acudido delegaciones de todo el mundo hace que no sólo se trate de un foro de seguridad de y para occidentales –OTAN, Hispanoamérica, Australia y Nueva Zelanda, y Europa–, sino que regiones como Asia, con China, Japón o India, así como Arabia, Turquía, Irán, Rusia, Israel, etc. han podido encontrarse para, en principio, dialogar. En la práctica, lo que ha sucedido es que ha sido un foro que, lejos de conjurar las numerosas mini-crisis para la seguridad internacional que existen en estos momentos, más bien ha sido un escenario para lanzar al mundo reivindicaciones en la más pura clave nacional, sin visos aparentes para que se pueda dar un diálogo verdadero, capaz de asentar las bases para la paz y la libertad.

En este sentido Netanyahu –investigado por corrupción– portó en su mano un pedazo de dron iraní, en un juego de recriminaciones a múltiples bandas en el que también participaron los ministros de exteriores iraní y árabe. Los turcos hicieron lo propio respecto de los kurdos. El ministro ruso de exteriores Lavrov, visiblemente aburrido, negaba la mayor en el asunto de la injerencia rusa en las presidenciales de EE.UU., mientras acusaba a la Unión Europea de una vuelta a la era nazi, mientras que el presidente de Ucrania –país en guerra–, Poroshenko, acusó a Rusia de ser el origen de todos los males por los que atraviesa Europa.

Para comprender qué ha sido una conferencia “de punto muerto”, qué nos depara un 2018 donde las tensiones para la seguridad no irán a menos, debemos recurrir a la doctrina del realismo en las relaciones internacionales, la que permitió a Nixon y Kissinger tener relaciones diplomáticas con Mao hace 60 años.

>La Conferencia de Seguridad de Múnich

El mundo, ¿hacia el precipicio?

Ángel Satué | 0 comentarios valoración: 2  21 votos

En el centro de Europa, Alemania

Ángel Satué

El viernes pasado Alemania se afianzó un poco más en el centro de Europa. Su centro político. Atrás queda el viejo aforismo forjado durante los 40 años posteriores a la II GM, de que era un gigante económico pero un enano político. O al menos, la casi segura Gran Coalición (GROSKO) lucha con denuedo contra ello.

Un afamado sociólogo y encuestador alemán advertía ya en diciembre que Alemania debería ser el más entusiasta de las reformas de Macron, sin llegar a sustituir al francés. Y es que los tiros parecen ir por ahí. Schulz, anfitrión de las conversaciones para reeditar la GROSKO (en política los gestos son importantes), ha dado al documento de 28 páginas, cuya versión final se materializó el pasado viernes, una impronta reformista europeísta clara.

Tras 24 horas de ardua discusión entre la CDU, la bávara CSU y los socialdemócratas del SPD para determinar si finalmente había bases para el inicio de conversaciones formales, las tres partes alcanzaron un principio de acuerdo en pos de dar un gobierno al estado que domina el centro geográfico de la península europea de Asia, Alemania (no sin oposición interna de los más izquierdistas, como Kühnert, líder de las juventudes, el alcalde de Berlín y presidente interino del Consejo Federal del partido, Müller, o los socialistas de Sajonia-Anhalt –con escaso peso en el Congreso Federal–, los de Hesse o Renania del Norte-Westfalia).

Merkel ha conseguido que no se suban los impuestos, mientras que Schulz ha logrado que los empresarios eleven sus cotizaciones al seguro médico de los trabajadores por cuenta ajena (mientras se reduce la contribución al seguro de desempleo). Tal vez aquí se enfrenten los dos modelos de trabajadores de estos primeros años de siglo: los que son por cuenta ajena, y los que son por cuenta propia. Asimismo, se acuerda que en 2025 las mujeres van a promocionar en la Administración en idéntico porcentaje que los hombres para las posiciones de liderazgo. Por otro lado, se incrementan (gradualmente hasta 2012) en 25 euros las prestaciones por hijos, mientras que ambos partidos convienen que las guarderías tiendan a no costar nada a los padres (conscientes del problema demográfico). En materia educativa, el gobierno federal pasa a poder cofinanciar la misma, transferida a los Länder (como en España), mientras se enfatiza la autonomía de estos en la materia. En materia de pensiones, se crea una Comisión de Pensiones y a cualquiera que haya trabajado más de 35 años, cuidado de parientes o criado hijos –esto es, pilares de las relaciones de la comunidad– se le reconoce un 10% más que a los demás. En el delicado asunto de la inmigración, que la opinión pública alemana, y en general de la mayoría de los países centroeuropeos, considera un asunto de “reserva de regulación únicamente nacional”, y no europea, el techo de inmigrantes pasa a estar entre la horquilla de 180.000 a 220.000, sin facilidades para la reagrupación familiar en el caso de los refugiados, que se limita a 1.000 personas al mes, por razones humanitarias. No se va más allá en el asunto de la inmigración. Además, se dice en el documento que la inmigración queda “orientada a los intereses económicos de Alemania”, y que se buscará “la afluencia de profesionales cualificados”.

En el centro de Europa, Alemania

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Alemania, ¿vector o pilar de la Unión Europea?

Ángel Satué

Hay dos frases que explican el encaje de Alemania en Europa en los últimos tiempos, así como las tensiones políticas, económicas y geopolíticas, que de uno u otro modo pasan por Berlín en estos primeros años 20, que ya acaban, del nuevo siglo.

Una es de Henry Kissinger cuando, sobre el tamaño relativo de Alemania, dijo que era “demasiado grande para Europa, demasiado pequeña para el mundo”. Otra, pronunciada por el autor de La Montaña Mágica, Thomas Mann, en 1953, conminando a un grupo de estudiantes de Hamburgo a luchar “no por una Europa alemana sino por una Alemania europea”.

La primera frase es cierta. Alemania necesita de Europa para contar en el mundo globalizado, pero Europa se siente incómoda con una Alemania impetuosa. Fue Woody Allen el que decía que al escuchar a Wagner le entraban ganas de invadir Polonia. Este es el miedo de Europa, que contrarresta muy bien Francia que, no obstante, tiene también ciertos aires imperialistas, pero mejor marketing.

La segunda frase, en resumen, es el proyecto de Merkel, una “Alemania europea”, algo que está aún por conseguir en mi opinión. Salvador de Madariaga les tenía por un pueblo en exceso cerrado y rígido, necesitado de la espontaneidad española. Se sienten por tanto muy cómodos en el primer enunciado de la frase (una Europa alemana), dado que es la primera economía de la Eurozona.

Desde hace décadas Alemania es uno de los dos pilares de la Unión Europea. Francia, con Macron, es en cambio, además del otro pilar, su primer vector, pues si hubiera un Capitán Europa, sin duda alguna sería el ciudadano del Elíseo quien mejor lo encarnaría.

Este estatismo alemán, en mi opinión consustancial al carácter germano, ahora se hace más evidente porque le dificulta ser vector. Y desde luego el resultado de las pasadas elecciones de septiembre, en que el centrista CDU-CSU de Merkel no obtuvo mayoría absoluta para gobernar, no ayuda.

Una vez rotas las negociaciones para la formación del gobierno a la jamaicana (liberales, ecologistas y centristas), está en ciernes, con una probabilidad del 50%, una reedición de una GROSKO (Gran Coalición) entre la CDU con los socialdemócratas del SPD. A este respecto, el congreso del SPD reeligió la semana pasada a Schulz para dirigirlo, y le dio luz verde e incondicional para iniciar “unas conversaciones abiertas” con Merkel.

El presidente de Alemania, por otro lado, reforzado en su papel moderador tras estas semanas de parálisis política, podrá convocar en enero unas nuevas elecciones, o bien instar a Merkel a gobernar en minoría, si no se da al final la GROSKO.

Dado que el SPD se la ha jugado de cara a sus bases y sus juventudes entrando a negociar con la CDU, más aún cuando el socio bávaro de ésta –la CSU– acaba de elegir a un líder radical, la sola mención a nuevas elecciones debe provocar en Schulz como mínimo sudores fríos pues ya en septiembre tocó su suelo electoral (20,5%). Es de esperar, en pago por la responsabilidad de estado, un gobierno merkeliano minoritario si no hay GROSKO, antes que un anticipo electoral.

Alemania, ¿vector o pilar de la Unión Europea?

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Más que a China, deberíamos temernos a nosotros mismos

Robi Ronza

Como de costumbre, los diarios y telediarios han seguido el congreso del Partido Comunista Chino que ha tenido lugar estos días en Pekín con sentimientos encontrados. Por un lado admirados, o al menos consolados, por la granítica estabilidad del régimen; por otro un poco preocupados por el papel económico de primer orden que China ocupa a nivel planetario. Teniendo en cuenta sus dimensiones objetivas, en realidad que China ocupe tal lugar es sencillamente natural. Lo anómalo es el hecho de que, bajo la presión del extraordinario desarrollo de Occidente, durante casi un siglo y medio ese papel haya sido menor.

Las dimensiones demográficas de China, como las de India por otro lado, son un dato de facto, y escandalizarse es una pérdida de tiempo. Se trata más bien de ver cómo gestionarlo positivamente. Desde finales del siglo XVIII Occidente empezó a ver esas dimensiones como un peligro. Es una historia que empieza con Napoleón y su frase “Cuando China despierte el mundo temblará”, y continúa con la difusión del temor al “peligro amarillo” a lo largo del siglo XIX. Como inciso, es curioso notar que no exista ningún lugar común similar respecto a la India, a pesar de que sus dimensiones demográficas son parecidas.

En el ámbito de las relaciones internacionales, la historia demuestra que el equilibrio es posible, pero a cambio de que todos asuman sus respectivas responsabilidades. Es cierto que China siempre se ha concebido como el centro del mundo. En el discurso programático inaugural del congreso del partido, el presidente chino Xi Jinping volvió a confirmarlo, aunque con una hábil cautela. Pero luego él y también China deberán rendir cuentas con la realidad de las cosas. Como europeos, como occidentales, como gente que detenta la mayor parte del control en todos los ejes fundamentales del desarrollo, más que nunca no tenemos nada que temer más que a nosotros mismos y la crisis de civilización que estamos atravesando. Si no conseguimos superarla, caeremos y no por un golpe externo sino por colapso interno.

Sobre China, como europeos debemos preocuparnos ante todo por no haber ni siquiera intentado todavía delinear una política común al respecto. Entretanto, Alemania está desarrollando su propia política con China, dejando fuera a la UE. Por su parte, Trump viajará el mes que viene a China para reunirse con Xi Jinping, recién reconfirmado por el congreso de su partido; y por otro lado el secretario de Estado Rex Tilleson tiene previsto visitar Dehli, con la que Washington pretende reforzar la cooperación con el fin de contener la influencia china en Extremo Oriente. La Unión Europea haría bien en hacer lo mismo, si tuviera una política exterior común, que no es el caso.

Nadie más que India, que tiene dimensiones demográficas análogas y que están en la misma parte del mundo, puede con su presencia hacer frente al avance de China. Además, no hay que olvidar que India es una democracia, mientras que China es el mayor y más estable régimen autoritario del mundo. Y también por eso tenemos con India una proximidad concreta que no habría que descuidar.

Más que a China, deberíamos temernos a nosotros mismos

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>AUSTRIA Y ALEMANIA

Elecciones a ninguna parte

Ángel Satué

El gran historiador británico Arnold Toynbee (en su obra A Study of History), afirma que el suicido de la civilización se produce cuando los líderes dejan de reaccionar de un modo innovador a los retos que tienen delante.

Asume por tanto que deben existir minorías, líderes, élites que de uno u otro modo son las que preparan el camino a la mayoría. Personas que sean capaces de ejercer un liderazgo creativo, como si de un sacerdocio se tratase. Por amor a su vocación y a los demás.

Entre populus y plebs cabe la misma distinción que podría darse entre alta cocina y comida basura. En ambos casos, el pueblo, la plebe, serán lideradas por unas minorías. Sólo en el primer caso, las minorías nacerán y se harán del propio pueblo, siendo verdaderamente libres. Cuando en cambio, tan solo hay plebe, el ejercicio responsable de la libertad es prácticamente imposible.

En Austria, el pasado domingo, el partido ultraderechista quedó como tercera fuerza política en el parlamento austríaco, superando la barrera del 4%, que prevé la Constitución para favorecer la gobernabilidad. El FPÖ de Heinz Christian Strache obtuvo un 26%, quedando a décimas de los socialdemócratas. El Nuevo Partido Popular (ÖVP) austríaco, liderado por el treintañero Sebastian Kurz (31) logró un 31,7%.

El ganador moral, empero, ha sido el FPÖ en la medida en que durante la campaña electoral ha condicionado absolutamente el mensaje, tanto en el fondo como en las formas: inmigración, cierre de fronteras, fin de las ayudas a inmigrantes...

Prácticamente al mismo tiempo, en Alemania, hace apenas tres semanas era AFD –partido de extrema derecha– la que obtenía unos brillantes resultados, cosechando un 13% del voto alemán, que en teoría lo creíamos vacunado frente al nazismo y al comunismo, y otros ismos. O eso creíamos.

¿Hay tantos xenófobos y racistas en estos países del norte? Qué duda cabe que los habrá dentro de ese 26%, pero la pregunta que me hago es, por comparación, si los había en los años 30 en Austria y Alemania, y otros países del este fascista del período de entreguerras. Era un racismo expresado contra otro tipo de extranjero. Sobre todo, creo que había gente con miedo, con esperanzas no cumplidas, frustradas, con ganas de seguridad y de bienestar, que habían dejado de ser pueblo para ser plebe, deseosa de seguir a cualquiera que le dijera lo que querían oír. ¿Puede volver a pasar? Claro que sí.

En el auge de estos extremismos políticos que se dan en la actualidad, pienso que hay más riesgos para todos nosotros de los que atisbamos en lontananza. Ahora el enemigo es el musulmán, o el refugiado sirio o libio, o el negro de ébano o el latino, y si no, es el funcionario de Bruselas, con sus sueldos de 5.000 euros netos, y toda su regulación y normativas, pero no tardaremos en ver que el enemigo es el otro, el francés, o el polaco, o el español, o el alemán. Entonces, será tarde, porque Merkel en Alemania, o Kurz en Austria, habrán jugado con los argumentos de los extremistas para permanecer en el poder, pues no otra cosa ha pasado en sendos partidos conservadores.

>AUSTRIA Y ALEMANIA

Elecciones a ninguna parte

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>ALEMANIA

El miedo entra en escena

Ángel Satué

Si hay una imagen que destacaría de las pasadas elecciones alemanas es la de todos los candidatos en un mismo estudio de televisión, comentando los resultados electorales… en la noche electoral. Es admirable lo que los españoles debemos aprender aún de democracia, participación, civismo y transparencia.

También dan lecciones malas los del norte. Por ejemplo, la irrupción de un 13% de votantes en las filas del primer partido de extrema derecha alemán con representación parlamentaria desde la época más oscura de Europa, la nazi, solo superada por la Europa comunista.

En esto, no obstante, podemos darles también lecciones nosotros, los latinos, pues Podemos en España, el Movimiento 5 Estrellas en Italia, Syriza en Grecia, o la coalición comunista en Portugal, son de extrema izquierda y extremo populismo (social-populistas y comunistas).

La buena noticia es que si hay un común denominador a todos ellos es que son más parecidos sus votantes y militantes a oportunistas, vividores, idealistas, románticos y cabreados que nazis o comunistas, aunque no les conozco a todos. Es una impresión. Esto parece positivo pues de lo contrario estaríamos en una prerrevolución europea.

Otro factor clave de estas elecciones, como de todas las del último lustro, es que pude seguir la noche electoral vía Twitter –una red social muy útil para crear opinión y difundir noticias, información, propaganda e, incluso, desinformación–.

O sea, que el mundo va transformándose, y nosotros con él. Cuando la transformación comienza a superar nuestras seguridades y certezas, comienza a aparecer un sentimiento de miedo e inseguridad. Es aquí donde trabaja el populismo. Casi como psicólogos tratan de que conectemos con nuestras emociones, nuestros sentimientos ante lo que vivimos. Vivimos una realidad, por ejemplo, que incluye a inmigrantes, pero ¿cómo la vivimos? Y sobre todo, ¿cómo la debemos vivir de acuerdo a nuestros valores? Cuando no hay coherencia, concordancia entre sentimientos y valores (no contravalores, por ejemplo, que la muerte o la violencia sean un bien), cuando faltan algunos de los pilares, el hombre se derrumba y con él, la sociedad, el sistema.

Pues en Alemania ha pasado un poco lo que está pasando en el resto de Europa, pero como son más ricos, pues algo menos, y como son más alemanes –dicho con todo el respeto– pues parece que el asalto a los cielos se hará poco a poco y ordenadamente. ¿Se hará? Tal vez. En el pasado, desde luego que se hizo. El presente en cambio es nuestro. De ellos. Es lo bueno. También, cuando no se está preparado ni formado, puede ser lo malo. Los europeos estamos un poco en esto. No sabemos muy bien lo que es bueno o malo, pero queremos decidir por nosotros mismos, todo (¡Oh, Hegel!), pero si nos equivocamos queremos, eso sí, tener una red social y de seguridad, y echamos la culpa al otro, que además parece que reza raro y es oscurito. Creo que tendríamos menos miedo si conociéramos más nuestro arraigo y estaríamos más ciertos en pocas cosas, pero las importantes.  

Así que sí, opino que la bestia del miedo ha aparecido ya formalmente en Alemania. La bestia del miedo no suele tener miedo, sino que se alimenta del de los demás.

>ALEMANIA

El miedo entra en escena

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El secreto del éxito de Alternativa por Alemania

R.G.

Los primeros datos de los resultados de las elecciones alemanas apuntan a que la CDU pierde casi nueve puntos y se queda rozando el 33% de los votos. No está mal, teniendo en cuenta que en otras votaciones consiguió resultados parecidos y estamos en un momento en que el problema de los refugiados ha polarizado el debate político alemán. La Unión sigue siendo la fuerza política más sólida, sin ella no se puede gobernar Alemania, como ha señalado la que con gran probabilidad seguirá siendo canciller, Angela Merkel.

El SPD pierde el 5% de los votos y logra el resultado más débil de su historia desde la Segunda Guerra Mundial, con un 20%. La tercera fuerza política del parlamento será la AFD, con casi el 13% de los votos. Los liberales (FDP) de Christian Lindner son los ganadores de la jornada, pues vuelven al parlamento alemán con más del 10% de los votos. Los Verdes y el partido de izquierda Linke rozan el 9% respectivamente, repartiéndose en gran parte el voto de los jóvenes.

Los resultados confirman la caída del SPD, si no de un modo drástico sí en lo que se refiere al voto joven, un partido que ha decidido no mantener la gran coalición con la Unión, como dijo claramente Martin Schulz en sus primeras apariciones de la jornada. No quiere que la oposición solo sea tarea de la AFD.

Todavía no se puede hacer un análisis preciso, pero lo que está claro es que en el este de Alemania la AFD ha superado el 20% de los votos, convirtiéndose en el segundo partido, muy cerca de la CDU. En el sur de Alemania, la zona más rica del país, la AFD ha llegado casi al 12%, y en la zona oeste ha rozado el 6%. Conviene señalar que casi el 60% de los votantes de AFD afirman haberlo hecho como señal de protesta contra los demás partidos y no por convicción o adhesión al programa del partido de la derecha alemana. Pero todos los partidos deben tenerlo en cuenta. No quieren comprometerse con la AFD, por su retórica hipernacionalista, pero hay que tomar en consideración el miedo de la gente, que especialmente en el este del país se sienten abandonados en sus dificultades (falta de empleo y de viviendas adecuadas, pérdida de la propia identidad, etc), a causa de un presunto, y en parte real, privilegio del empleo para los refugiados.

Cuando un periodista le preguntó a Merkel si será capaz de formar gobierno con liberales y verdes antes de Navidad, la canciller dijo que confía en poderlo hacer porque la responsabilidad del país ante los desafíos de este mundo (revolución digital, graves conflictos internacionales como el de Corea del Norte…) así lo exige. Una coalición “jamaicana” (por los colores) no será fácil, pero parece haber acuerdo sobre el sentido de responsabilidad necesario de cara al futuro del país por parte de los tres partidos llamados en causa.

El secreto del éxito de Alternativa por Alemania

R.G. | 0 comentarios valoración: 3  81 votos

La cuestión alemana, crucial para todos

G.P.

Estamos en la recta final de las elecciones alemanas, unas votaciones que nos afectan a todos. Por un lado, la Alemania del primer escorzo del siglo XXI tiene en Europa un papel muy parecido a la época del canciller Bismarck. Tan grande que un murmullo suyo reverbera en todo el continente (o al menos en toda la Unión Europea, más aún en la eurozona), pero no lo suficientemente grande como para resolver todos los problemas europeos. En medio de este dilema, las tres cancillerías de Angela Merkel han sido ejemplares.

Por una parte, ha intentado ser una de las raras personalidades políticas europeas con una idea clara del futuro de Europa. No es una “federalista” en el sentido estricto, pero persigue ante todo el proyecto de una confederación donde puedan coexistir estados y naciones con historias y tradiciones diferentes pero con ciertos objetivos fundamentales comunes. A nivel interno (europeo), el de evitar confrontaciones que ya la bañaron en sangre en el pasado, y poder ser “un lugar donde se vive bien y donde uno se alegra de vivir”. Este es el objetivo que Alemania ha perseguido y que le asegura (a menos que haya sorpresas de última hora) un cuarto mandato a la canciller. Últimamente he visitado bastante esta república federal. Se respira bienestar (aunque sin ostentación) y no se advierten grandes diferencias ni tensiones sociales. Un “modelo” al que deberían aspirar numerosos países de la Europa en vías de integración.

Para llegar a la victoria, puesto que dirige el partido con mayoría relativa, Merkel no ha dudado en buscar socios de gobierno (por tanto, alianzas) ni en efectuar cambios sustanciales en las políticas públicas (de especial relieve ha sido la relativa a la inmigración procedente de Oriente Próximo). A veces lo ha hecho sin miramientos, pero siempre pendiente de los “sentimientos” de la opinión pública.

En estos días, víspera de las elecciones, los opinadores se preguntan cuál será su política de alianzas dentro de la república. Más aún se lo preguntarán después del 24 de septiembre, sobre todo si, como suele pasar en Alemania, las negociaciones para la formación de gobierno se alargan. En mi opinión, Angela Merkel ya ha comprendido perfectamente que las alianzas solo se asientan después de definir acuerdos concretos sobre proyectos de ley presentados en el parlamento.

Todas son cuestiones importantes, pero creo que hay una que resulta crucial. ¿Qué pasará después del cuarto mandato de Merkel? Es un problema que nos afecta a todos. No creo que sea posible, entre otras cosas por motivos de edad, un quinto mandato. Además, creo que otro país europeo, por ejemplo Francia, puede aspirar a desarrollar el mismo papel que la República Federal Alemana. Sin embargo, no parece que los demócrata-cristianos y los socialistas cristianos tengan preparado algún sucesor entre sus filas. El partido liberal y el partido verde son demasiado pequeños para aspirar a la cancillería. Los dos partidos de extrema derecha y extrema izquierda no tienen pretensiones de liderazgo europeo, de hecho son antieuropeos. Al día siguiente de las elecciones, el “post-Merkel” debería ser el tema central del debate.

La cuestión alemana, crucial para todos

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Un sexto escenario para Europa

Ángel Satué

El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, compareció el pasado miércoles 13 de septiembre ante el Parlamento para hacer balance del año y presentar el nuevo curso político. El debate sobre el estado de la Unión es la primera gran cita de la política europea, para el curso que comienza tras el parón del verano. El conservador Juncker –elegido por la mayoría del Parlamento en 2014– se dirigió al Parlamento de más de 500 millones de personas, la mayor unión de democracias del mundo.

La expectación era máxima, pues Juncker debía concretar cuál de los cinco escenarios de futuro, de aquí a 2025, pensaba más adecuado para la Unión Europea. Estos escenarios se publicaron por la Comisión antes de la Cumbre de Roma del 25 de marzo, para celebrar el 60º aniversario de la UE. El primero consiste en “Seguir igual”; el segundo, en reducir la Unión al “Mercado único”; el tercero, en apostar por varias velocidades de integración (“Los que desean hacer más, hacen más”); el cuarto, centrarse en hacer menos políticas comunitarias donde no aporte su intervención, pero gastando mejor; y el quinto escenario sería hacer mucho más.

Resultó que Juncker ha invitado a los 500 millones de europeos a un sexto escenario, mezcla de todos los anteriores, basado en una Eurozona para todos los 27 estados (sin Reino Unido) y una Europa a una única y alta velocidad de integración y, por descontado, con el marchamo de origen del intervencionismo comunitario, ciertamente estatalista.

Su discurso se centró en los retos y desafíos a los que se enfrentan los ciudadanos europeos (aviso a nacionalistas: somos ciudadanos europeos, por ser ciudadanos de los 28 países que componen la Unión) en 2017.

"Una UE más unida, fuerte y democrática". “Es el tiempo de movernos desde la reflexión a la acción; del debate a la decisión”. "El Estado de derecho no es una opción: es una obligación". "En Europa impera la fuerza de la ley, no la ley del más fuerte. La UE se basa en el Estado de derecho y hay que respetar las sentencias judiciales". "Turquía se está alejando de la UE a pasos agigantados. No podemos tolerar que los líderes turcos llamen a nuestros primeros ministros nazis y fascistas. Los periodistas deben estar en las redacciones, no en las cárceles". "El Brexit es triste, es trágico: siempre lo lamentaremos, ustedes también". “El Brexit no es el final de Europa". “Los avances en los aspectos financieros (unión bancaria, Eurozona, presupuesto comunitario, fondo monetario europeo bajo control parlamentario, euro ministro de finanzas de la Unión) solo funcionarán si la Unión adopta un pilar de derechos sociales para proteger a trabajadores, pensionistas y garantiza estándares comunes”. “Inmigración legal es una necesidad para una Europa envejecida”. “La gente sin derecho a permanecer en Europa debe ser retornada a sus países de origen”. “Un único presidente que lidere la Comisión y el Consejo Europeo, elegido después de una campaña electoral llevada a cabo por todo el continente”. Extender mayorías cualificadas (en vez de la unanimidad) para política exterior y temas fiscales puede hacer avanzar a la UE en el camino a la integración.

Un sexto escenario para Europa

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Macron recupera el multilateralismo

Antonio R. Rubio Plo

La película Dunkerque se cierra con una cita de Churchill, tomada de su discurso ante la Cámara de los Comunes el 4 de junio de 1940, y en ella se dice que los británicos continuarían la lucha “hasta que el Nuevo Mundo venga al rescate y la liberación del Viejo”. Dicha cita, aunque la victoria definitiva no estaba cercana, hacía presentir un mundo dirigido por las potencias anglosajonas, aunque en realidad solo una de ellas estaría en condiciones de llevar la carga imperial y asociar a la vieja Europa en su objetivo de contención del bloque soviético. Pero hoy el vínculo trasatlántico tiene serias fisuras, que intentan taparse con cumbres políticas más o menos frecuentes e iniciativas que pretenden ser una reinvención de algo que perdió su finalidad originaria. Ya casi nadie cree que el Nuevo Mundo va a venir en rescate del Viejo, ni en lo político, ni en lo económico, ni en lo militar. Sin embargo, sería injusto echarle toda la culpa a Donald Trump. El vínculo trasatlántico se debilitó con Barack Obama, por mucho que este presidente fuera el favorito de bastantes políticos europeos, aunque también George W. Bush tuvo algo que ver pues, con o sin guerra de Iraq, las respectivas visiones del mundo eran divergentes.

Sin ir más lejos, Enmanuel Macron lo ha certificado en la tradicional reunión de finales de agosto del presidente de la República con los embajadores franceses. El orden de 1989, caracterizado por una globalización ultraliberal y la hiperpotencia de un solo Estado, ha tocado a su fin. No le falta razón, aunque algunos sigan especulando qué habría pasado si Trump no hubiese ganado o que a lo mejor en la elección presidencial de 2020 las aguas vuelven a su cauce. En cualquier caso, el presidente francés está en lo cierto al asegurar que el mundo a nuestro alrededor se está transformando y lo peor en este contexto es la inacción. Se refiere a Francia, pero podría ser aplicado a otros países, en los que el peso de la política interna se ha acentuado tanto en los últimos años, al compás de los efectos de la crisis, que no quedan ganas de mirar al exterior y se opta por el repliegue con la ilusión de que se pueden mantener unas fronteras herméticas, o al menos hacérselo creer al electorado. Según Macron, esto es una renuncia a la historia, y es lo mismo que decía Benedicto XVI al asegurar que Europa se está despidiendo de la historia. La inacción no necesariamente es apatía. Muchas veces es desconcierto o sencillamente miedo. Hay quien quiere convencerse de que las guerras de los telediarios no llegarán hasta aquí, salvo con algunos coletazos, en forma de inmigrantes o de terrorismo, que podrán abrir brechas y causar víctimas, pero no derribar los muros de la fortaleza. Quizás esa política exterior, entre la timidez y el desconcierto, sea un reflejo de nuestras sociedades occidentales tan ensimismadas que no ven más allá de su particular horizonte.

Macron recupera el multilateralismo

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