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28 SEPTIEMBRE 2016
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Juncker apela a la unidad de Europa

Carlos Uriarte Sánchez

El Brexit hizo que la nueva Estrategia Global de Seguridad y Defensa de Federica Mogherini aprobada en julio pasara a un segundo plano. En esta ocasión, en España la falta de gobierno y la corrupción, la campaña de las elecciones gallegas y vascas ha provocado que el discurso del presidente de la Comisión Europea Jean-Claude Juncker ante el Parlamento Europeo y la cumbre informal de jefes de Estado y de gobierno celebrada en Bratislava, a pesar de su importancia después del resultado del referéndum británico, hayan pasado bastante desapercibidos desde un punto de vista informativo y mediático para el común de lo ciudadanos españoles.

Los españoles en estos momentos en que el futuro de Europa está en juego no podemos permitirnos quedarnos en lo anecdótico y nacional. Debemos ser protagonistas comprometidos y actores decisivos en el proceso de construcción europea.

El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, al dirigirse a los miembros del Parlamento Europeo partió con realismo reconociendo una situación: “nuestra Europa se encuentra, al menos en parte, en una crisis existencial”. Recorrió los principales problemas que acucian nuestra Unión destacando los problemas domésticos y la fragmentación, la amenaza terrorista y la crisis de los refugiados esbozando una serie de medidas como la Guardia Europea de Fronteras y Costas, el Sistema Europeo de Información de Viajeros, el refuerzo de Europol, la necesidad de una Estrategia Europea para Siria, la creación de un mando de operaciones conjunto con una única sede, la creación de un Fondo Europeo de Defensa y la importancia de poner en marcha la cooperación estructurada permanente. Además llamó a una acción conjunta y a la unidad para resolverlos y propuso una agenda positiva de iniciativas europeas para los próximos doce meses, pues es consciente de que los retos y desafíos a los que se enfrenta Europa no pueden resolverse en un discurso o con una cumbre más. Los ciudadanos no quieren cumbres ni discursos sino decisiones que mejoren Europa y sus vidas. En esta agenda para avanzar hacia una Europa mejor, con acciones concretas en el corto plazo, el objetivo es una Europa que proteja, preserve el modo de vida europeo, empodere a los ciudadanos, vele por su seguridad interna y externa, y asuma sus responsabilidades. Para la visión a largo plazo sobre el futuro de la Unión, anunció que la Comisión elaborará un Libro Blanco para marzo de 2017.

Juncker apela a la unidad de Europa

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Bratislava, ¿el nuevo rostro de la Unión Europea?

Eugenio Nasarre

¿Qué va a pasar el próximo viernes en Bratislava? ¿Qué van a decir a los europeos los veintisiete jefes de estado y de gobierno, ya con la ausencia de Gran Bretaña? ¿Cómo se va a presentar este nuevo rostro de la Unión Europea?

Los medios europeístas viven una febril agitación. Porque intuyen que esta cumbre tiene, sobre todo, un alto valor simbólico. El Brexit es el golpe más duro que sufre el proceso de construcción europea desde hace muchos años. La secesión del segundo socio de la Unión en población y riqueza y con un papel fundamental en materias claves como defensa, comercio y finanzas es una amputación más que dolorosa. No sólo cambia el mapa de la Unión Europea, el que enseñábamos hasta ahora a los escolares que se asomaban a la realidad europea; cambia la configuración misma del proyecto europeo. Los redactores del ahora famoso artículo 50 del Tratado de la Unión lo plasmaron en el texto pensando que nunca se aplicaría, y menos entre los grandes Estados de la Unión. Ahora sabemos que cualquier Estado, mediante un referéndum en el que tan sólo un tercio de sus ciudadanos, con tal de que superen en número a los partidarios de la posición contraria, digan no a Europa, podrá seguir el camino británico. Abraham Lincoln, en las páginas más dramáticas de la historia norteamericana, vio con claridad lo que significaba un proyecto de secesión para el porvenir de la Unión.

Hay otro momento en la historia de la Unión Europea comparable con el que supone el Brexit. Fue el fracaso de la Comunidad de Defensa por el rechazo de Francia al Tratado en la dramática sesión de la Asamblea Nacional del 30 de agosto de 1954. La amargura y el desconcierto dominaron los ambientes europeístas. Parecía que los sueños del Congreso de La Haya (1948) se venían a pique. Pero llegó Messina (junio de 1955). Y en aquella cumbre, convocada por el gobierno italiano para intentar superar el estado de parálisis, hubo determinación, audacia y realismo. Los seis Estados fundadores decidieron seguir adelante, ciertamente por otro camino más viable: el de la integración económica. Y en poco tiempo fueron capaces de dar vida al Tratado de Roma (marzo de 1957), por el que se creó el Mercado Común.

Hoy necesitamos un “nuevo Messina”. ¿Podrá Bratislava serlo? Para ello los líderes de los 27 Estados deben ser conscientes de la encrucijada en que se encuentra la Unión Europea y de que el interés de las naciones a las que representan está indisolublemente unido a la fortaleza del proyecto de integración europea. Porque la debilidad del proyecto común se trasladaría inexorablemente a las realidades nacionales. El problema es que, desde la perspectiva británica, el éxito del Brexit, es decir la preservación de los intereses británicos, exige un debilitamiento de la Unión Europea o una relativa desnaturalización de la misma. Y ya hay muchas voces en el continente, las enemigas de la integración europea –sean cuales sean sus motivos– que están proclives a escuchar los cantos de sirena de la hábil diplomacia inglesa.

Bratislava no debería centrarse en la cuestión del Brexit. Hay tiempo para negociar con el espíritu más constructivo, pero sin que la Unión Europea abandone lo más precioso de su patrimonio: ser una comunidad de Derecho, sometida a las exigencias del imperio de la ley de la que se ha dotado. Lo que Europa necesita ahora es que Bratislava traslade al demos europeo un doble mensaje: el de una sólida unidad en torno al proyecto europeo, que conviene reafirmar con la mayor solemnidad. Pero no será suficiente la retórica. Habrá de mostrar, también, la voluntad de dar un impulso político, ambicioso y coherente, centrado en los dos aspectos, que constituyen los mayores desafíos para el porvenir de nuestras sociedades en libertad y democracia.

Bratislava, ¿el nuevo rostro de la Unión Europea?

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A propósito de la cumbre de Bratislava

Ángel Satué

Este viernes los “líderes” europeos (son líderes en sus estados, pero ninguno tiene altura de miras a escala europea) se van a reunir en Bratislava, la pequeña y recoleta capital de Eslovaquia, de apenas 400.000 habitantes, para discutir sobre los graves problemas europeos de actualidad.

Los condicionantes, en sí mismos, también son un problema.

El primer condicionante, que no puede calificarse de reto (un problema europeo es un reto pasado por un baño de realidad de 27 primeros ministros y presidentes), es que no estará representado el Reino Unido, el mismo que aún tiene alrededor de 1.500 funcionarios trabajando en y para las instituciones europeas, pues el Brexit no es aún una realidad.

El segundo problema es que hasta 2017 no se celebran las elecciones presidenciales francesas y las federales alemanas, por lo que no es probable que se hayan de adoptar decisiones duraderas ni de alcance europeo. Tampoco ayuda una España sin gobierno, no se sabe hasta cuándo, ni un Renzi con la espada de Damocles de un referéndum sobre su reforma constitucional, ni una Polonia liderando a las naciones de Visegrado (R. Checa, Eslovaquia, Polonia y Hungría), para una menor bruselización de los asuntos europeos.

El tercer problema es que todas las elecciones llevarán marchamo nacional, pese a que los graves problemas a abordar son de escala europea y planetaria.

Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, quiere poner sobre la mesa objetivos comunes, que puedan cumplir los 27 países, para que retorne a los líderes europeos una cierta conciencia de unidad. Lo que pase con los pueblos europeos es toda una incógnita, pues ya hemos visto la separación entre los gobernantes y los ciudadanos, y el desconocimiento de la mayoría, tanto de unos como de otros, de lo que es trabajar por el bien común sin considerar “al otro diferente” un enemigo a batir.

Ya veremos si es posible acordar algo realizable de los tres objetivos “tácticos” que se pretenden, (1) impermeabilizar las fronteras comunes, (2) luchar contra el terrorismo en Europa y donde sea, y (3) recuperar el control sobre la globalización (salvaguardando los intereses de los ciudadanos europeos –si es que existen, los intereses y los ciudadanos europeos–, permaneciendo abiertos al mundo). Esto último parece la cuadratura del círculo, solo al alcance de los ingleses, y no de todos los tiempos.

A propósito de la cumbre de Bratislava

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Ensayo de bomba en Europa. La respuesta viene de Al Azhar

Renato Farina

¿Un suspiro de alivio? En parte sí, en parte no. La catedral de París no ha saltado por los aires y el peligro ha escampado, pero el riesgo sigue siendo inminente. De hecho, lo sucedido es una pésima señal, es como el tic-tac de una bomba de relojería. Esta vez ha salido bien, ¿pero hasta cuándo? El problema es que no se trata de un Unabomber que una vez detenido la vida sigue como si nada, se trata de muchos, demasiados, Bomber que crecen como setas en esta Europa nuestra, donde la semilla del islam wahabita de sello yihadista encuentra terreno fértil por el nihilismo lúdico y cínico que constituye hoy la propuesta dominante para las generaciones más jóvenes. El hecho es que, si ya no esperamos una respuesta buena y positiva, y la mentalidad dominante excluye la posibilidad de que Dios pueda salirnos al encuentro como respuesta a nuestro deseo de felicidad, todo es posible.

El Peugeot cargado con bombonas de gas junto a Notre Dame en París en realidad no ha causado gran efecto. Es como si nos hubiéramos acostumbrado ya a las amenazas. Incluso parece que se ha identificado con un razonable margen de certeza a los que dejaron allí el coche-bomba, unos jóvenes simpatizantes del Isis que los servicios secretos ya tenía identificados como posibles aspirantes a salir del país para enrolarse en el califato.

Lamentablemente interesante, pues significa que los secuaces del yihadismo terrorista se están preparando en Occidente para pasar de las balas y los cuchillos a los coches-bomba, sello de su infame labor en Iraq, Turquía y Pakistán. Significa también que existe un amplio margen para que los sospechosos combatientes del Isis, como tales fichados y controlados por los servicios de inteligencia, puedan encontrar tiempo, espacio y escondite para colocar sus armas.

El detonador no estaba. Probablemente se tratara de un experimento, un ensayo general para ver si el ataque era factible antes de pasar a la acción. Y la respuesta es que es factible. Se puede hacer. Tal vez no en Notre Dame pero análogamente sí en cualquier otra catedral. Con el Isis no se juega: suelen mantener sus atroces promesas.

Un trabajo urgente que hay que hacer es el de vigilar. Reforzar los servicios de inteligencia y aceptar pacientemente los controles policiales. Como también es decisivo ofrecer un testimonio distinto, que dé esperanza y que uno pueda encontrar pronto. Alguien como la Madre Teresa de Calcuta, que en India y allí por donde pasó desactivaba la violencia y la rebelión con amor. No la resignación frente al mal sino el amor cotidiano, cercano, resplandeciente.

El objetivo, como dicen los sitios web cercanos a Al-Baghdadi, se desplaza cada vez más hacia los símbolos del cristianismo y a sus fieles, con un mensaje directo y hasta demasiado claro. Recientemente han llegado incluso a proponer explícitamente al Papa Francisco como enemigo declarado.

A propósito de esto, conviene recordar la polémica suscitada por la visita al pontífice de Al-Tayeb, gran imán de Al Azhar. Considerado negativamente demasiado amigo de Al-Sisi, en realidad supone un hecho excepcional. Al Azhar es el punto de mayor peso doctrinal y moral y en Grozni acaba de celebrarse un “concilio” (llamémoslo así) con las máximas autoridades del islam suní. Junto a Al-Tayeb estaban el gran muftí de Egipto, de Siria, altas personalidades yemeníes. Por primera vez, no se han limitado a condenar el terrorismo sino su raíz doctrinal, el wahabismo, que es la base religiosa e ideológica del fundamentalismo, que con su interpretación del Corán alimenta a Al Qaeda y al Isis, con gran influencia en los Hermanos Musulmanes, y que nutre también financieramente al terrorismo.

Esta condena supone un acto de coraje y por fin marcha una frontera clara entre lo que para un sunita es digno y lo que en cambio es errado, infecto. Por fin una buena noticia.

Ensayo de bomba en Europa. La respuesta viene de Al Azhar

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La Europa todavía libre

Fernando de Haro

Esta vez Merkel ha decido llevar con máxima dignidad y contundencia los pantalones de Europa. El jueves pasado, cuando decidió suspender sus vacaciones y ofrecer una rueda de prensa tras los tres ataques protagonizados por refugiados, lo tenía todo en contra. Sus socios de la CSU, los socialcristianos bávaros (dejando atrás buena parte de sus orígenes), le exigen desde hace tiempo un cambio de política migratoria. Alternativa por Alemania, la formación ultraderechista  gana terreno explotando la xenofobia y solo falta un año para las próximas elecciones. La canciller, ella sí, decidía ser social y cristiana y no corregir. Esta vez no ha habido cambio de rumbo. No se ha buscado  el apoyo de una Turquía cada vez más autoritaria para reforzar la política de deportaciones. Merkel,  enfundada en sus negros pantalones europeos y vistiendo una de sus habituales y nada coquetas chaquetas,  afirmaba con contundencia certezas que no suelen ser muy habituales en estos tiempos. El principio de la dignidad de la persona es innegociable. La Convención de Ginebra existe para cumplirse. No será fácil pero es necesario cumplir con la tarea histórica de acoger al que huye de la guerra.

Es fácil haberse alarmado por la sucesión de tres ataques en poco menos de diez días que se han producido en Alemania. El afgano que atacó con un hacha en un tren, el sirio que quiso provocar una masacre en Ansbach y el que mató a una mujer embarazada eran todos acogidos, beneficiarios de esa hospitalidad que en el último año ha dejado entrar en el país  a un millón de demandantes de asilo. Cuando todo se tambalea es fácil pensar que las pancartas con el Welcome Refugee, el café y el pan para los que llegaba en tren y  el deseo de abrazar nos han jugado una mala pasada. Nos habrían traicionado los buenos sentimientos. Se habría cumplido la profecía de los “realistas”  sobre la amenaza de acoger a musulmanes, hijos de “una religión necesariamente violenta”. La quinta columna del islamismo-islam ( en el fondo inseparable) se habría puesto en pie para acabar con una Europa rendida por su buenismo.

Hace falta cierta perspectiva que este verano de angustia no facilita. Los tres ataques en suelo alemán, uno de ellos de violencia machista, señalan –como ha asegurado la Merkel- que la integración no es fácil. Sin duda muchos de los recién llegados tendrán que aprender a mirar y a tratar de otro modo a las mujeres. Es un reto para todos, también para los no musulmanes. La violencia contra las mujeres es una auténtica plaga en muchos países de Europa. El atacante del tren y el de Ansbach constituyen además  una seria advertencia sobre el riesgo de la radicalización y el peligro de brotes de terrorismo. Pero parece que estamos ante una radicalización sobrevenida semejante a la que han sufrido los otros terroristas que han protagonizado los otros atentados de este verano, terroristas que eran europeos. Uno de los asesinos del padre Jacques Hamel, por ejemplo,  había nacido en el mismo pueblo de Normandia donde le quitó la vida.

Ni los refugiados ni los jóvenes musulmanes que han nacido en nuestras ciudades han sido engendrados como terroristas. Matan en nombre del islam, es cierto, pero es inútil a efectos prácticos precisar si el islam es necesariamente violento. Hay muchos estudios sobre la cuestión y algunos muy buenos. Ciertos pasajes del Corán interpretados fuera de contexto pueden justificar la violencia. Hay grandes poderes económicos y políticos que sacan rédito de esa interpretación. En la historia del islam hay oscilaciones. Y lo que está claro es que detrás de cada musulmán no hay un potencial terrorista. A estas consideraciones se pueden añadir muchas más, pero lo relevante es comprender y frenar el proceso por el que muchos jóvenes, de fuera y de dentro, primero se radicalizan y luego se islamizan.

Paradójicamente, para el reto de ofrecer una propuesta de sentido, el testimonio de muchas de las víctimas de la persecución yihadista es esencial. El terrorismo nihilista es hijo de la disociación entre la libertad y la verdad. Los asesinos huyen de una cultura donde la libertad no tiene verdad (relativismo) para afirmar una verdad sin libertad (fundamentalismo). Los  mártires, como el padre Jacques Hamel y muchos otros en todos los rincones del planeta, entregan la vida renunciado a la violencia y perdonando en un acto de gratuidad supremo en el que la libertad y la verdad están unidas, su testimonio es el de una libertad seducida ante una verdad encarnada y presente.  

La Europa todavía libre

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Reconstruir Europa. Más allá del Brexit

Miguel de Haro Izquierdo

Los tiempos cambian, y sin duda vivimos una metamorfosis que ya no es posible negar, la cuestión es si podemos mantenernos indiferentes ante todo lo que ocurre delante de nuestros ojos, con esta rapidez de vértigo que nos deja atenazados. Una Europa vieja que se ha convertido en campo de batalla, con atentados indiscriminados que se producen en cualquier momento, en cualquier latitud, y que atacan la paz y la seguridad del corazón de Europa, incapaz de acoger a miles de refugiados, con regiones rescatadas económicamente, altas tasas de desempleo, conflictos sociales, etc. Hace casi un mes nos sacudió un movimiento telúrico social en Gran Bretaña que nos dejó noqueados frente a la posibilidad de una Europa, con todas sus carencias y defectos, que podría dejar de ser ese lugar excepcional por el que trabajaron los padres fundadores a mediados del siglo pasado.

La historia más reciente del Brexit es ya generalmente conocida. Una parte importante de la población británica argumenta que la Unión Europea ha cambiado de manera sustancial, disponiendo de un mayor control sobre los ciudadanos británicos y sus vidas cotidianas. Pero sobre todo el cansancio de la burocracia de Bruselas, la falta de control sobre la inmigración, la defensa de la soberanía nacional y su consecuente sistema de seguridad nacional, etc. han hecho decir que no a seguir siendo miembro de la UE. Las relaciones entre la Unión Europea y Gran Bretaña no han sido nunca fáciles. Desde su plena incorporación en el año 1973, ya tardía, a la Comunidad Económica Europea (CEE), tras renegociar las condiciones de su entrada, celebró un referendo en 1975 sobre la permanencia en la que votaron un sí incondicional, luego matizado en el año 1985 con la no adhesión a Schengen y la libre circulación de personas.

Los europeos no podemos afrontar el Brexit únicamente en términos económicos, de cuotas y del cumplimiento de plazos para la desconexión. Es importante que valoremos y afrontemos aquellos problemas que han creado esta desafección, porque a nuestras sociedades e instituciones nos atañen de igual manera. La burocracia, el que muchas regiones europeas hayan sufrido la crisis económica de manera imponente, la falta de liderazgo de los gobernantes, la incomprensión frente a los refugiados, etc. Es necesario rescatar el origen que nos permita afrontar el presente. En este sentido es destacable partir de que Europa únicamente será fuerte si pone en el centro de su vida social, política y económica el deseo de paz, y la diversidad de cada cual, la misma paz que fue buscada por los diferentes pueblos de nuestro continente después de dos guerras aterradoras en la primera mitad del siglo XX.

Deberíamos recordar que por encima de cada país reconocemos cada vez más nítidamente la existencia de un bien común, superior al interés nacional, ese bien común en el que se fundamentan y confunden los intereses individuales de nuestros países, tal y como propuso Schuman en Pour L´Europe, lejos de bastarse a sí mismas las naciones son solidarias unas a otras, la mejor forma de servir al propio país es garantizarle la ayuda de los demás mediante la reciprocidad de los esfuerzos y la puesta en común de los recursos.

La responsabilidad debe asumirse por cada uno tal y como decía De Gasperi cuando recibió el Premio Carlomagno en 1952. Las instituciones supranacionales serían insuficientes y correrían el riesgo de ser un lugar de discusión sobre intereses particulares si los hombres que en ellos trabajan no se sintiesen representantes de intereses superiores y europeos. Sin la formación de esta mentalidad europea cualquier fórmula nuestra corre el peligro de quedarse en una abstracción jurídica vacía.

El Brexit es una llamada a los europeos, una ocasión a través de la cual disponer de una mirada abierta y nueva sobre nuestro tiempo. Como indica el último premio Carlomagno de 2016, “si queremos mirar hacia un futuro que sea digno, si queremos un futuro de paz para nuestras sociedades, solamente podremos lograrlo apostando por la inclusión real: «esa que da el trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario». Este cambio (de una economía líquida a una economía social) no sólo dará nuevas perspectivas y oportunidades concretas de integración e inclusión, sino que nos abrirá nuevamente la capacidad de soñar aquel humanismo, del que Europa ha sido la cuna y la fuente”.

Reconstruir Europa. Más allá del Brexit

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Unión Europea. Viva la ayuda del Estado

Giorgio Vittadini

Las ayudas estatales llevan días ocupando el centro del debate político, económico, incluso diplomático, en Europa. Y es que el gobierno italiano ha anunciado su intención de recurrir a la intervención pública directa en el capital de bancos en peligro, algo expresamente prohibido por la re-regulación post-crisis, que obliga a soportar las pérdidas de la quiebra de los bancos sobre todo a los accionistas, y eventualmente también en parte a los depositarios de su dinero.

La narración cultural de las ayudas públicas en 2016 viene a ser esta: la intervención del Estado en la economía pasa a ser un delito político y solo en ciertos casos de emergencia los tecnócratas apátridas de Bruselas pueden valorar la posibilidad de infringir la norma y permitir ayuda pública.

En este escenario, no sorprende que los que invoquen las ayudas estatales en Italia, contra las resistencias de Bruselas y del gobierno alemán, sean los expertos liberales, es decir, los economistas siempre más ortodoxos al afirmar la capacidad autónoma del mercado para autorregular sus propios boom y sus propias crisis, manteniendo lo más alejados posible a los estados y a los políticos.

De hecho, el mercado puede incurrir en “accidentes itinerante” muy graves, y es entonces cuando sucede que las políticas públicas deben ayudar de alguna manera. Por tanto, tampoco es casual que para justificar el recurso a la intervención pública se haga referencia al plan TARP, utilizado en 2008 por Estados Unidos. Al día siguiente del crack de Lehman Brothers, el Tesoro americano arrancó a su Congreso la autorización para comprar 750.000 millones de títulos tóxicos que estaban ahogando a los grandes bancos.

La mano pública, según los liberales, puede por tanto intervenir bondadosamente. Pero el marco sigue rigurosamente circunscrito a la emergencia y la ayuda pública debe limitarse a apuntalar al mercado dentro de los rígidos esquemas dictados por el propio mercado.

En una supuesta “normalidad”, se prohíbe a los Estados interferir en la libre concurrencia entre empresas. La “política económica”, la “política industrial”, sobre el papel, quedaron archivadas a finales del siglo pasado. Pero la cuestión no está precisamente cerrada. Recientemente, la revista Economist –la histórica biblia del liberalismo económico que ambiciona ser liberalismo político-cultural– abría sus páginas con un editorial crítico, mejor dicho, autocrítico, después del resultado del Brexit. “En el último cuarto de siglo, la mayoría ha prosperado, pero muchos electores sienten que les han dejado atrás. Su rabia –reconoce el Economist– está justificada. Los defensores de la globalización, incluida esta revista, tienen que reconocer que los tecnócratas han cometido errores y la gente común ha pagado las consecuencias. La adopción de una moneda europea imperfecta, un esquema tecnocrático por excelencia, ha traído estancamiento y desempleo, y está haciendo pedazos a Europa”. Ya sea el crack de 2008 o el Brexit, hablar de “accidentes itinerantes” que hay que reparar mediante las culturas técnicas ya existentes parece por tanto peligrosamente reductivo, incluso para una publicación fundada en la Londres imperial y convertida casi dos siglos después en la plataforma de las finanzas globalizadas, superando a cualquier “Estado”, a cualquier “ayuda”, a cualquier “política de desarrollo”.

Unión Europea. Viva la ayuda del Estado

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Brexit, educación y Plan Marshall

Giorgio Vittadini

Finanzas y cuentas públicas, aparte. La salida del Reino Unido de la UE es otro signo de la fragilidad de nuestro continente que, sin miedo a exagerar, podemos considerar ahora más expuesto a los “pedazos de tercera guerra mundial”, como dice el Papa Francisco. Es importante recordar que la idea inspiradora de una Europa unida, que nació en la mente y en el corazón de muchos demócratas al término de la Segunda Guerra Mundial, fue la paz: no más guerras entre naciones europeas. Para decirlo todo, el primer y más importante resultado de la Unión es precisamente este, setenta años sin guerras, un resultado consagrado con el Premio Nobel de la Paz en 2012.

No es casual que los dos episodios de guerra en el continente hayan tenido lugar en la ex Yugoslavia y en Ucrania, dos países fuera de la Unión, donde dominaban más bien los intereses divergentes de Rusia y Estados Unidos. Con el Brexit nadie puede plantear razonablemente la hipótesis de que Gran Bretaña quiera la guerra con Europa, pero cuando empiezan a faltar momentos institucionales de debate y se incrementan las divergencias económicas, aumenta desmesuradamente el riesgo de conflicto. “La guerra ya está en Europa”, dijo Bergoglio en el vuelo de regreso de su viaje a Armenia, con el habitual realismo que le caracteriza. Por otro lado, los países europeos, sin vínculos comunitarios, serían más proclives a conflictos causados por motivos económicos y estratégicos en otras partes del mundo.

Pero sin esperar a futuros vientos de guerra, ya tenemos tristes realidades como el resurgir de los nacionalismos, el miedo al diferente y la xenofobia que han puesto su pie no solo en Reino Unido sino también en muchos países del este de Europa. En nada ayuda la falta de ideales en demasiados líderes de opinión que sienten la aspiración a la unidad y al desarrollo para todos como valores abstractos.

Entonces, ¿es que no hay remedio? En absoluto. Precisamente el Brexit podría ser una gran ocasión si nos liberamos del problema de buscar quiénes y en qué se han equivocado, y tratamos en cambio de descubrir qué es lo que puede garantizar nuestra convivencia. Dice Julián Carrón en el libro “La belleza desarmada”: “La naturaleza de la crisis de Europa no es en primer lugar una crisis económica. Tiene que ver con los fundamentos del vivir. (…) Es la reducción del deseo, es decir, del punto de apoyo que hace posible la experiencia de la libertad, de verse libres del miedo, porque posibilita a la razón mirar la realidad impidiendo que nos ahogue”.

Brexit, educación y Plan Marshall

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Francia, la rebelión de los excluidos

Robi Ronza

Debido a un cúmulo de tensiones sociales de orígenes diversos, Francia se ha visto sacudida estas semanas por un conjunto de conflictos heterogéneos pero muy vinculados entre sí por lo que parece a primera vista. Las causas inmediatas del fenómeno son por un lado la Eurocopa de fútbol y por otro la reforma laboral.

Más allá de otros detalles, la causa última es sin embargo solo una, la ya evidente consolidación en Europa de un amplio estrato social constituido por los trabajadores actuales o potenciales con una formación similar, orientada a profesiones y formas de trabajar que ya no tienen futuro. El desarrollo de la economía post-industrial les empuja fuera del mercado, o les ofrece relaciones laborales y niveles salariales pésimos en comparación con lo que esperaban. En cierto modo, es algo parecido al proceso de expulsión imparable de masas de campesinos de los campos ingleses en los siglos XVIII-XIX, pero con una diferencia radical a peor. Al emigrar a las ciudades, esas masas de campesinos desocupados encontraron entonces trabajo abundante en las fábricas urbanas, aunque fuera mal pagado e insalubre. Pero hoy, a estos nuevos desempleados no se les ofrece nada en sustancia. Ni siquiera pueden esperar mucho de la emigración, pues no hay países a los que puedan dirigirse con una esperanza razonable.

En este escenario, los que entre ellos tienen un puesto de trabajo fijo a la antigua usanza se movilizan para defenderlo contra todo y contra todos, sabiendo que si lo pierden ya no lo recuperarán. Aquellos –obviamente más jóvenes en general– que ya no pueden esperar se ven devorados por un ansia feroz, que en muchos de ellos tiende a desembocar en vandalismo y desórdenes en cuanto se les presenta la menor oportunidad. Con la aparición en masa de hinchas de un país a otro y de una ciudad a otra, con la coartada fácil de la pasión deportiva, la Eurocopa supone una ocasión ideal al respecto. Si hacemos la “radiografía” socio-económica de las masas de descendientes de inmigrantes musulmanes no integrados de las que procedían los autores de los últimos atentados terroristas en Francia y Bélgica, vemos que en gran medida se trata de personas que se sitúan en la categoría de esos jóvenes sin empleo o sin futuro. Claro está que también intervienen causas culturales específicas y agravantes de las que mucho se ha hablado, pero este detalle también es importante.

Evidentemente sin darse cuenta del riesgo que suponía, el gobierno francés del primer ministro Manuel Valls abrió el melón de su “jobs act” a pocos meses de la Eurocopa de fútbol, provocando así la unión, antes nunca vista, entre los dos principales segmentos más afectados por el gigantesco malestar social. Ahora no puede hacer otra cosa que intentar afrontar el enorme desafío al orden público que se ha derivado. Pero ya llegará el momento de profundizar en la cuestión. Aprovechar los grandes eventos deportivos para las revueltas ya es un problema que hay que afrontar de manera orgánica, también en la sede europea.

Presentada por el ministro de Trabajo del gobierno de Valls, Myrian El Khomri, la reforma francesa amplía las causas de despido sin reintegro. Una caída en las ventas durante varios trimestres consecutivos y la pérdida de productividad durante varios meses, así como las innovaciones tecnológicas o las reestructuraciones empresariales pueden aducirse como causas legítimas para proceder a despidos. Aunque sobre este punto Valls ha prometido que el artículo referido a los despidos se reformulará “con el fin de evitar que los grandes grupos puedan provocar artificialmente dificultades económicas en sus establecimientos franceses para justificar los despidos”, haciendo una distinción entre los resultados del grupo y los de la sociedad.

Francia, la rebelión de los excluidos

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Brexit: más Europa, menos Alemania

Fernando de Haro

David Cameron, al convocar el referéndum del Brexit, ha cometido un pecado de esencialismo, que también podemos llamar integrismo democrático. Algo poco democrático. Cameron ha cometido un pecado propio de los populismos que no está a la altura de la gran tradición británica. En su competencia con el UKIP prometió la consulta popular, admitió jugar el partido con las reglas fijadas por los populistas. Ese fue su gran error. Un error que puede costarle muy caro a su partido y al conjunto del país.

Desde el Renacimiento los occidentales vivimos en una perpetua exaltación de la voluntad. Ahora vuelve bajo la equívoca identificación de la democracia como la expresión permanente y sistemática de la voluntad popular: la mayoría expresada, aquí y ahora –no sabemos qué dirá dentro de un minuto- pretende imponerse como la única regla. Siglos de democracia británica, también continental, nos habían enseñado que la voluntad popular se expresa a través de muchos cauces, está autolimitada constitucionalmente –aunque la Constitución no sea escrita-. También nos habían enseñado que es necesario contrapesar el pueblo-sufragio con el pueblo-reflexión y con el pueblo-juez. Más aún cuando el imperio de los medios y de los mercados ha creado un nuevo poder.

Todo eso es lo que el conservador nada conservador Cameron ha colgado de la Torre de Londres con el referéndum sobre el Brexit.

¿Cuál es la respuesta que se debe dar si, por desgracia, triunfa el Brexit? Ante todo sosiego. A corto plazo será necesaria mucha política monetaria: manguerazo de liquidez para la especulación que quiere hacerse rica apostando contra el euro y la libra. Y luego la Unión tendrá que poner a los partidarios del Brexit ante sus propias contradicciones. A los partidarios del Brexit solo les reúne su voluntad de salir de la Unión. Pero entre ellos hay tribus muy variadas: los hay que no quieren nada con Europa, los hay que quieren un acuerdo de libre comercio, un acuerdo como el turco de unión aduanera, un acuerdo como el de Noruega que permite participar en la mayor parte del mercado interior comunitario sin necesidad de adherirse a otras políticas europeas como la agricultura, la pesca o política exterior. También está el modelo suizo. Que propongan. Y entonces la Unión deberá decidir estableciendo unas claras líneas rojas. Y aquí la linea-Juncker es inteligente: no se pueden quedar con lo bueno y rechazar lo malo. Un acuerdo de mercado interior sin libertad de movimiento de personas sería inaceptable. No se le consiente al Reino Unido, no se le puede consentir a Noruega. Suiza, que mantiene 120 acuerdos sectoriales con la Unión Europea, contribuye al presupuesto comunitario. El que se va se ha ido.

El Brexit no tiene nada de deseable. Pero si en la Unión Europea hubiera liderazgo podría ser una ocasión para reforzarse. De lo que se trata es de mostrar al mundo que el proyecto de construcción europeo sigue adelante aunque los británicos se hayan quedado atrás. Hay muchas maneras de hacerlo. La más sencilla y más contundente sería avanzar rápido en el gobierno económico. Hasta ahora Alemania, con miedo a las elecciones del otoño del año que viene, ha supuesto un freno. Es un buen momento para levantar ese freno. Para darle una acelerón a la unión bancaria que, como ha señalado recientemente la OCDE, está inacabada y necesita más medidas de vigilancia de las entidades financieras o de garantía de los depósitos. Se puede adelantar la puesta en marcha del Fondo Único de Resolución previsto para las quiebras, que no entra en vigor hasta 2023. Se puede seguir las recomendaciones del FMI de ampliar el Plan Juncker de inversiones, se pueden lanzar más inversiones públicas. Se puede avanzar en la mutualización de la deuda o la integración fiscal. La lista de tareas pendientes para hacer una Europa más federal es muy larga. A grandes males grandes remedios. Si el Reino Unido se va, más Europa. Para eso es necesario que Alemania deje de pensar en términos nacionales y permita a Europa ser Europa. No es el voluntarismo popular, a los pies del populismo, el que nos sacará de esta situación. Y en Francia tenemos presidenciales el próximo año.

Brexit: más Europa, menos Alemania

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El espejo austriaco

José Luis Restán

El auge del populismo en la Europa central se ha cobrado su primera víctima, el hasta ahora canciller austriaco Werner Faymann, cabeza de una coalición integrada por los dos grandes partidos del sistema, socialdemócratas y democristianos. La causa es precisa y contundente: la deblacle sufrida en la primera vuelta de las elecciones presidenciales por los candidatos de los partidos que gobiernan en Viena. De hecho han pasado a la segunda vuelta el candidato de la extrema derecha y el de los ecologistas. Es cierto que el presidente austriaco apenas tiene funciones ejecutivas, pero el mensaje no podía ser más amargo para unos partidos que han protagonizado la gobernación del país desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

En realidad la sombra del populismo viene aleteando sobre la sociedad austriaca desde los años 90, cuando el líder carismático del FPÖ, Jörg Haider, condujo a su partido hasta los palacios vieneses. Haider salió trágicamente de escena al morir en un accidente de tráfico, pero el cansancio de la sociedad hacia los dos grandes partidos ya se había manifestado gravemente, así como el inicio de algunos miedos que ahora han eclosionado: miedo a perder la propia identidad, a ser devorados por la globalización, a perder la seguridad de un estado de bienestar amasado tras la posguerra. Todo ello se ha profundizado y agravado en las circunstancias actuales.

La crisis política actual, cuyo desenlace final está por ver, es reflejo y consecuencia de una crisis más profunda, de naturaleza cultural y moral. Los partidos de centro-izquierda y centro-derecha, que sin duda acumulan muchos méritos, han sido incapaces de conectar con una población castigada por la crisis y asustada ante la globalización y la llegada masiva de inmigrantes. Sus cuadros se han acartonado y atrincherado tras un discurso de fría sensatez administrativa. A sus líderes les faltaba contacto con la calle, no han sido capaces de generar un discurso sincero que proveyera a sus electores de razones para no sucumbir a los cantos de sirena del populismo. Por otra parte, tanto a izquierda como a derecha, han sucumbido al virus de la corrección política, perdiendo la sustancia cultural de sus orígenes, algo particularmente dramático entre la mayoría de los democristianos. Pero no han sido sólo los partidos, hay que repartir responsabilidades. Cabe preguntar por los intelectuales, las universidades, las corporaciones, los sindicatos, las iglesias… Y ninguno encontrará demasiados motivos para presumir.

En todo este maremágnum, los refugiados son solo la punta del iceberg. El populismo, con sus respuestas simples a problemas complejos, sale al encuentro de esos miedos y frustraciones que no han sabido combatir las fuerzas políticas y culturales dominantes durante decenios. En Austria, pero también en Francia, en Holanda, en Grecia… y en la propia Alemania, los extremos triunfan cuando los moderados sucumben ante el materialismo económico, la tibieza moral y la falta de horizonte ideal. Una vez más hace falta decir que la identidad no se defiende levantando murallas, sino regenerándola y viviéndola en el presente. Justo lo que no hemos hecho los europeos en los últimos cuarenta años, por definir una fecha.

Europa afronta un desafío que no se resolverá con mera táctica política. Combatir al populismo en las urnas es imprescindible, pero de nada servirá sin una profunda renovación cultural y moral. Fue precisamente el arzobispo de Viena, Christoph Schönborn, quien advirtió recientemente del peligro de que se levante un nuevo telón de acero en el viejo continente, esta vez para los prófugos e inmigrantes. Schönborn evocó el ejemplo de Robert Schumann, uno de los padres fundadores de la Unión, destacando que vivió la dimensión de la misericordia en su acción política. Una provocativa imagen a la vista de nuestro actual debate político. También el Papa Francisco, al recibir el Premio Carlomagno, ha hecho memoria de Schumann, De Gasperi y Adenauer, que pusieron en marcha ese gran proyecto de paz que fue la Unión Europea. Pero está claro que estas figuras no surgieron de la nada, eran el fruto del camino de un pueblo.

En este momento se requiere inteligencia política, de la que no andan sobrados los actuales líderes, pero a la vez, y sobre todo, una perspectiva ideal y un camino educativo posible. Ahí se sitúa el discurso de Francisco a los líderes europeos. Hace falta convertirlo en herramienta de reconstrucción.

El espejo austriaco

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Los orígenes del yihadismo en Europa

Michele Brignone

Desde que Europa entró sistemáticamente en el punto de mira del Estado islámico, políticos y expertos en seguridad se interrogan sobre las modalidades para hacer frente al terrorismo. También ha nacido un debate muy vivo entre los estudiosos del islamismo, sobre todo franceses, que discuten sobre el origen y naturaleza de la militancia yihadista. Todo empezó a partir de un artículo de Olivier Roy publicado en el diario Le Monde el 24 de noviembre de 2015, donde el politólogo francés retomaba y enriquecía algunas tesis de su libro sobre “El fracaso del islam político”, publicado en 1992.

Una revuelta nihilista y generacional

Roy afirma que para explicar el fenómeno de la radicalización hay que desbrozar el campo de dos lecturas: la culturalista y la tercermundista. Según la primera, fundada sobre la idea del choque de civilizaciones, “la revuelta de los jóvenes musulmanes muestra hasta qué punto el islam es incapaz de integrarse, al menos mientras una reforma teológica no retire del Corán la llamada a la yihad”. La segunda “llama constantemente en causa al sufrimiento post-colonial, la identificación de los jóvenes con la causa palestina, su rechazo a las intervenciones occidentales en Oriente Medio y su exclusión de una sociedad francesa racista y xenófoba”.

Para Roy, en cambio, la militancia yihadista no es ni “una revuelta del islam”, ni una “revuelta de los musulmanes”, sino un problema que afecta a dos categorías de jóvenes: las segundas generaciones de inmigrantes y los convertidos al islam, ambos tienen en común el hecho de haber roto con sus padres y con la cultura que estos representan. No se trataría por tanto de una “radicalización del islam” como de una “islamización de la radicalidad”, desde el momento en que el paso al yihadismo sería solo la expresión de un sentimiento de protesta que ya existe. Más “nihilistas que utópicos”, estos militantes estarían fascinados “por el imaginario del héroe, de la violencia y de la muerte”, y no “por la sharía o la utopía”.

Las críticas de Dassetto y Burgat

En realidad, las teorías de Roy suscitaron la perplejidad de varios estudiosos antes incluso de los atentados de París. Por ejemplo, Felice Dassetto, sociólogo italiano residente en Bélgica y pionero de los estudios sobre el islam europeo, en un ensayo de 2014 reprochaba al intelectual francés que propusiera, con la categoría de nihilismo, una interpretación “exclusiva y demasiado simplista, reductiva de una realidad mucho más compleja”.

Pero fue el artículo en Le Monde lo que sacó esta disputa de los círculos académicos. El primero en intervenir en el debate mediático fue François Burgat, rechazando desligar el fenómeno yihadista de las “contraprestaciones de la República en materia de integración, por su pasado colonial o por los errores de su política en el ámbito musulmán”. Burgat concluía diciendo que la hipótesis de Roy “añade solo una nueva piedra (la de la patología social, o incluso mental) en una construcción que reproduce el mismo preconcepto del enfoque culturalista que se supone que pretende superar, distinguiendo de forma peligrosamente intencionada el escenario político europeo del medioriental”.

La contra-narración de Kepel

Los orígenes del yihadismo en Europa

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Cuando Europa pide a las religiones ser 'liberales'

Olivier Rey

Los últimos debates en Europa y Estados Unidos sobre cuestiones clave para la sociedad, como el aborto o los matrimonios entre personas del mismo sexo, muestran que en las sociedades contemporáneas occidentales ya no existe una ley natural común a creyentes y no creyentes. En otras palabras, sea cual sea la genealogía del secularismo contemporáneo, la brecha entre valores religiosos y seculares ha crecido tanto que ya no existe un bien común, y mucho menos un dios común (a “common Go(o)d”). En este contexto, se registra cada vez en más lugares una preocupación muy extendida: ¿cómo conservar una cierta cohesión dentro de sociedades cada vez más diversificadas? Lejos de ser objeto de una simple reflexión teórica, la cuestión resulta más urgente que la creciente presencia musulmana en Europa. Pues el debate en sí no se limita al islam sino que se refiere al significado de la religión (de cualquier religión) en una Europa secular.

Identidad cristiana vs. valores europeos

Son dos las respuestas avanzadas habitualmente dentro de un debate transnacional que va de la filosofía (Habermas, Gauchet, Taylor, Walzer, Manent, Brague…) al derecho y a la política.

La primera insiste en la identidad europea “cristiana” o –mejor dicho– “judeo-cristiana”, que se opone, más o menos explícitamente, al islam. En este tipo de discurso, la referencia a una “identidad cristiana” en vez de al cristianismo representa en realidad una manera de secularizar a este último. Esta corriente subraya la noción de “cultura dominante”, des-universalizando el concepto de derechos humanos. El modo en que se ha impostado el debate sobre las raíces cristianas de Europa es muy instructivo a este respecto. Los padres fundadores de la Unión Europea (Robert Schuman, Jean Monnet, Alcide De Gasperi y otros), aun siendo en gran medida cristianos practicantes, no afrontaron la cuestión de las “raíces cristianas de Europa”, probablemente porque, sobre aspectos importantes de la vida social, se registraba entonces una discrepancia muy reducida entre una visión religiosamente inspirada y otra laica y secular. Si cincuenta años después la identidad cristiana se ha convertido en objeto de discusión, esto ha sucedido precisamente porque el cristianismo como fe y como práctica se ha debilitado, limitándose habitualmente a ser un indicador cultural, o cada vez más un marcador neo-étnico (“verdaderos” europeos contra “migrantes”).

La segunda opción consiste en cambio en subrayar los “valores europeos” y la “identidad (secular) europea”. Inicialmente, estos valores se concebían como una mezcla de liberalismo político, derechos humanos y estado social, pero luego esta última dimensión se vio significativamente obliterada y la primera sufre una desafección creciente, como marca de fábrica de Occidente ya solo quedan los derechos humanos. Respetarlos es una condición sine qua non para acceder a la Unión. Constituyen la “identidad europea” y quizás también la ideología europea. Los derechos humanos fueron establecidos inicialmente en oposición a las ideologías totalitarias, pero a partir de los años ochenta se invocaron para “domesticar” las normas religiosas percibidas en oposición a ellos (condición femenina, libertad de palabra vs. blasfemia, etc). Dentro de esta corriente está el llamamiento a las tradiciones religiosas para que se reformen y, accidentalmente, una actitud de este tipo va implícita en el apoyo ofrecido por los medios seculares al Papa Francisco (“¿conseguirá reformar la Iglesia?”). Algo que se hace muy explícito cuando pasamos a hablar del islam. Este llamamiento a la reforma tiene casi una dimensión autoritaria, hasta el punto de que cuando más pide Europa a las religiones que se vuelvan “liberales”, menos fiel permanece a su supuesto liberalismo “congénito”.

Ciertamente, en la lista de derechos humanos entra también la libertad religiosa. Pero esta es definida al mismo tiempo como un derecho humano y como una amenaza potencial a los derechos humanos. Como consecuencia, se observa en Europa una tendencia discutible a conferir derechos solo a aquellos con cuyos valores se está de acuerdo. Se tiende así a excluir a las comunidades de fe, que por definición no pueden aceptar en bloque los valores seculares. No parece exagerado afirmar que en muchos casos la libertad religiosa está en peligro, no porque haya limitaciones a su ejercicio (debe haber limitaciones), sino porque el simple hecho de practicar la religión en el espacio público siempre se ve en Europa como algo “extraño” en la mejor de las hipótesis y como fanatismo en la peor.

Una tercera opción

Cuando Europa pide a las religiones ser 'liberales'

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Lesbos, el rostro de otra Europa

Giuseppe Frangi

«Los migrantes me plantean un desafío particular por ser Pastor de una Iglesia sin fronteras que se siente madre de todos». Esto lo escribía el papa Francisco en la exhortación apostólica Evangelli Gaudium. Una afirmación donde podemos encontrar la razón que le ha llevado a decidir visitar la isla de Lesbos. Es inútil poner por delante razonamientos culturales o geopolíticos. El Papa, como es propio de su carácter, se ha movido sobre todo en virtud de un ímpetu humano, un deseo de abrazar a los que hoy son migrantes en esa isla-limbo: un pueblo sin patria ni tierra que, a pesar de haber desembarcado en Europa, lo han dejado a las puertas de Europa.

Para los lectores que puedan haberse perdido algún momento de las contorsiones europeas ante la emergencia migratoria, en Lesbos se ha abierto un hotspot –un campo de detención– donde los migrantes que tienen motivos para pedir el derecho de asilo esperan el reconocimiento de ese derecho. Todos los demás, según los acuerdos pagados a golpe de talonario millonario con Turquía, desde abril serán “repatriados”. Resumiendo, Lesbos se ha convertido en el emblema de la confusión y de la hipocresía comunitaria en materia migratoria.

Y es precisamente en Lesbos donde pisará Francisco esta semana, junto al patriarca de Constantinopla, Bartolomé I. Una decisión que evidentemente tiene un carácter político difícil de esconder, pero que va mucho más allá de eso. El gesto de Francisco sugiere de hecho algo más sencillo y también más radical. Es una indicación de otro enfoque delante de lo que ya es el fenómeno humano más impresionante de nuestro tiempo. Para entender basta remitir a las imágenes del pasado Jueves Santo, cuando el Papa, para el rito del lavatorio de pies, eligió dirigirse a Castelnuovo, a las puertas de roma, donde viven “acogidos” 900 inmigrantes. Los que estaban allí cuentan un detalle que no ha salido en las noticias: el Papa quiso saludar uno por uno a todos los inmigrantes, algo que estaba fuera de programa y que duró una hora y media. Sabemos que esto es propio del estilo de Francisco pero, pensando en ese contexto y sobre todo en el contexto europeo, más complejo, ese gesto asumía un significado bien preciso. Que no es mera reafirmación del valor de la acogida sino algo que está antes y que genera las razones de la acogida: el reconocimiento del otro como algo positivo.

En las palabras y gestos del Papa hacia los inmigrantes siempre se percibe el ardor de una simpatía instintiva, que deja incluso en segundo plano por un instante los dramas que les afectan. Esa simpatía que le hace decir palabras sorprendentes, como las que pronunció con ocasión del Ángelus para el Jubileo de los inmigrantes: “Vuestra presencia aquí en esta plaza es signo de esperanza en Dios. No dejéis que os roben la esperanza”.

El Papa invierte los términos. No es la desesperación lo que mueve a los pueblos, sino la esperanza de una vida digna de ser vivida. Y esta esperanza es una experiencia tan poderosa humanamente que se convierte en “signo de la esperanza en Dios”. Cerrar las puertas a estos pueblos migrantes sería por tanto cerrar las puertas a la esperanza que ellos portan. Es una operación de saldo desastrosamente negativo para todos.

La decisión del Papa de ir a Lesbos viene a confirmar esta sencilla verdad, no dictada por análisis o visiones más o menos inteligentes o correctas, sino por una apertura sencilla a la realidad. Que el Papa vaya a Lesbos además acompañado de Bartolomé I, patriarca ecuménico de Constantinopla, indica cómo esta apertura a la realidad (y por tanto al otro) puede ser el rostro de otra Europa. Que desde sus raíces atrae la energía ideal para ir al encuentro en el futuro. Un futuro profundamente distinto del que describen los guiones de los burócratas de Bruselas.

Lesbos, el rostro de otra Europa

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Algo está cambiando en Europa

Robi Ronza

En virtud de nuevos acuerdos (secretos o en todo caso no escritos) entre las principales potencias, algo está cambiando en la escena internacional. Lo que los jefes de gobierno y sus portavoces no dicen abiertamente emerge en todo caso de la nueva “línea” que están adoptando los medios más influyentes, las grandes cadenas televisivas internacionales y las principales agencias de noticias, todas bajo control gubernamental. Los focos se han apagado sobre la situación en Siria e Iraq, se ha reducido considerablemente la cantidad de imágenes conmovedoras sobre las vicisitudes de los refugiados de camino a la Unión Europea. Y el vacío que dejan se llena con dosis masivas de crónica negra.

También son interesantes los comentarios sobre el resultado de las elecciones regionales en Alemania. Alternative für Deutschland, AfD, el partido contrario a la política migratoria de Angela Merkel, ha obtenido un gran resultado, pero en ninguno de los tres länder donde se votaba el partido de la canciller ha sufrido un colapso notable. Mucho peor le ha ido a sus aliados socialdemócratas. Sin embargo, los titulares de los periódicos decían cosas como “Bofetada de los alemanes a Merkel” o “Triunfa la derecha anti-inmigrantes”. Eso significa que en la cima del poder real, que cada vez coincide menos con la esfera del poder formal, el juicio sobre el fenómeno de las migraciones incontroladas hacia Europa está cambiando. Antes los inmigrantes siempre tenían razón y los que querían detenerlos o tan solo hacer un filtro eran siempre y en cualquier caso personas sin corazón (al premier húngaro Orban le acusaron por esto de ser casi un nuevo Hitler). Ahora, en cambio, los buenos también se están volviendo un poco malos, y los malos un poco buenos.

Puesto que ya todos los grandes medios están bajo control directo o indirecto de los gobiernos de las grandes potencias, los cambios de escena en la palestra mediática son un anuncio seguro de giros similares en la política internacional. En esa perspectiva, merece atención el encuentro la semana pasada entre el secretario de Estado norteamericano John Kerry y los ministros de Exteriores de los principales países europeos. Allí no solo se habló de Siria sino también de la crisis palestino-israelí, de la situación en Libia, de la guerra civil en Yemen y de la crisis ucraniana. En un momento en que las cumbres de gobierno se han convertido en acontecimientos donde las exigencias mediáticas suelen ser más importantes que las cuestiones del orden del día, el hecho de que dicho encuentro concluyera sin grandes declaraciones a la prensa puede ser un signo positivo. Por otro lado, la tregua en Siria parece que se va manteniendo. Además, la noticia de que Rusia retirará “el grueso de sus fuerzas” desplegadas en Siria también parece confirmar que a algún secreto acuerdo se ha debido llegar. Aunque se ha matizado que no se trata de un desarme ni del cierre de la base naval ni aérea de las que Rusia dispone en territorio sirio. Por tanto, más que una retirada podría tratarse de una suspensión de los bombardeos.

Algo está cambiando en Europa

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Los destinos de Schengen y la vigencia del pacto europeo

Andrea Pin

El escenario que parece consolidarse de un tiempo a esta parte en el cuadrante mediterráneo es descorazonador. Cientos de miles de personas literalmente a la deriva en el mar, los estados europeos atrapados en un dilema entre sostenibilidad financiera, estabilidad social y la necesidad de salvar vidas humanas que acuden a sus fronteras, la dificultad añadida de distinguir entre la locura de los desesperados que dejan sus países presa de una guerra civil y los inmigrantes económicos, evitando ilusionar a estos últimos con que toda barrera de entrada en Europa haya caído. Las normativas europeas e internacionales distinguen de manera rigurosa los estatus de quien llama a las fronteras, asegurándoles una movilidad diferente. Unos, los extranjeros normalmente residentes y mayoritariamente trabajadores, pueden moverse libremente por Europa, dentro del espacio Schengen; mientras que los otros deben permanecer y gozar de protección en el país de primera acogida.

Es casi inútil añadir el efecto boomerang que han tenido estas normas. Puesto que los países de llegada suelen ser también los más pobres, quienes llegan a las costas meridionales del continente tratan de escapar de sus controles para dirigirse al corazón de Europa, llamando oficialmente por primera vez a las puertas de los países más ricos, que se convierten así en los de primera acogida y deben por tanto hacerse cargo de estos refugiados. Esto ayuda a los países más pobres que, en vez de tener que alojarlos, solo tienen que ver a los inmigrantes transitar por ellos. La reacción de naciones como Austria, Alemania y Francia es el cierre de fronteras y, de hecho, la suspensión de Schengen, a pesar de que algunos de ellos inicialmente abrió sus brazos, invitando a los refugiados y desplazados a marcharse, con el efecto de presionar a todos los países limítrofes que, contra su voluntad, se han convertido en vías improvisadas de acceso a dichos territorios.

La Unión Europea no parece estar preparada para responder a este desafío. Ha impuesto, sobre papel, la distribución de refugiados entre sus miembros, pero al hacerlo ha provocado una seria crisis política. Varios países del este se habían opuesto a esta solución, pero las instituciones europeas decidieron imponerse, rompiendo la costumbre de buscar la unanimidad en sus decisiones. Probablemente, esos estados rebeldes alzarán la voz en los próximos días, conscientes de esa especie de ultimátum que Gran Bretaña se ha impuesto a sí misma y a la UE, renegociando su propia presencia en la Unión y convocando un referéndum al respecto. ¿Por qué someterse a las decisiones europeas cuando Gran Bretaña para discutirlas amenaza con marcharse? Resumiendo, es cierto que la Unión ha excluido del pacto de estabilidad europeo los gastos nacionales vinculados con la presencia de refugiados, ¿pero de verdad eso puede calmar los ánimos de los ciudadanos de varios países que ven establecerse a personas desesperadas que intentan llegar a fin de mes en una coyuntura tan crítica para la economía y el estado social? Después de todo, no es tan incomprensible que los nacionalismos, los euroescepticismos y los aislacionismos se unan creando plataformas políticas. Estos fenómenos encuentran su raíz en procesos aparentemente incontrolables y de gran alcance, que comprensiblemente dan miedo.

Sin embargo, todo lo expuesto aquí arriba no es todo. Hay otros hechos que merecerían igualmente una reflexión. No es ni realista ni adecuado transformar procesos de alcance global en complejos de culpa, pero tampoco es razonable dirigir una mirada selectiva a los fenómenos que se vienen sucediendo durante la última década.

Los destinos de Schengen y la vigencia del pacto europeo

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Alemania y el futuro de Europa

José Luis Restán

Como se esperaba, las elecciones regionales en tres länder alemanes han supuesto un serio castigo para los partidos de la Grosse Koalition, la CDU de la canciller Merkel y el SPD. No hay duda de que ha sido la política de bienvenida hacia los refugiados la que ha terminado por pasar esta amarga factura, cuyos números más preocupantes se refieren al ascenso del populismo de derecha representado por la AfD, Alternativa para Alemania, que ha sustraído votos a los dos grandes partidos del centro. De poco han servido los llamamientos al buen sentido de tantas fuerzas vivas de la sociedad civil, incluyendo las iglesias católica y evangélica. O quizás hayan impedido que la riada fuese más allá.

En todo caso la situación merece un análisis más fino que los gruesos titulares de prensa. En Sajonia-Anhalt, enclavado en la zona oriental de la República, la CDU ha resistido bien. Curiosamente es en este land donde el populismo ha alcanzado su cota más alta, el 24%, pero no ha sido a costa de los democristianos sino de la izquierda y los socialdemócratas, que pierden 7 y 9,5 puntos respectivamente. Esto demuestra que el fenómeno populista (como sucede en Francia con el Frente Nacional) no bebe exclusiva ni prioritariamente en las fuentes del centro-derecha clásico, sino que es un fenómeno de malestar transversal respecto del sistema.

En Baden-Württenberg, territorio tradicionalmente conservador, el fenómeno es diferente. Allí se alzan con el triunfo Los Verdes, gracias a un candidato moderado como Winfried Krestschmann, que precisamente había apoyado la política de Merkel hacia los refugiados. Paradojas de la política. En Renania-Palatinado la CDU y el SPD resisten bastante bien, aunque también entra la AfD con un nada despreciable 10,2% del voto.

Tiene razón el líder del SPD, Sigmar Gabriel, al decir que “Alemania necesita un gran y amplio centro democrático”. Tiene razón pero no es suficiente, porque la protesta anti-todo (anti-Europa, anti-refugiados, anti-Berlín) ha encontrado una grieta demasiado grande y no bastan las buenas palabras. La CDU y el SPD atesoran importantes méritos: una reforma valiente y pactada del sistema de bienestar, una sabia política de apoyo a la familia y un liderazgo europeo que ha dado seguridad y estabilidad al continente. Pero los hechos están ahí. Como sucede en toda Europa, es preciso que los políticos se fajen también en la batalla cultural y bajen a la calle para conectar con una sociedad asustada y confusa, que ve a sus políticos (incluso si ofrecen resultados más que aceptables) a una distancia sideral de sus problemas. Merkel ha tenido la inusual valentía de entrar en este debate, pero no ha bastado, y ahora deberá hacerlo en un marco de inestabilidad política y de oscuros nubarrones cara a las elecciones legislativas de 2017.

Es pronto para saber si la subida de la AfD es un fenómeno de efervescencia pasajera o si ha llegado para quedarse. Pero contemplando la historia, con todas las salvedades y cautelas necesarias, se comprende la preocupación. Más aún cuando el fenómeno viene acompañado de un contexto de violencia en las calles y de un discurso que postula una Alemania ensimismada y desentendida de los problemas de Europa y del mundo. Veremos qué sucede, porque existe un fondo de sensatez, memoria y tradición en la sociedad alemana que no deberíamos despreciar sin más.

Por lo demás, los resultados de este domingo en Alemania nos afectan a todos, pero también tienen que ver con lo que pasa en los países vecinos. En buena medida las dificultades de Berlín para dar una respuesta razonable y humanista al problema de los refugiados están relacionadas con la cerrilidad y egoísmo de muchos de sus socios europeos, empeñados en rechazar la cuota de responsabilidad que les correspondería dentro de esta aventura común. Alemania ha sido un centro de gravedad fiable para esa aventura, pero no sabemos si lo seguirá siendo en el futuro. Es curioso, algunos lanzan ríos de tinta amarga contra Ángela Merkel desde la derecha, acusándola de buenismo suicida, y de haber propiciado este destrozo. Naturalmente, no suelen decirnos qué política habrían recomendado para afrontar la avalancha de los perseguidos y humillados, más allá de los alambres de espino y las redadas. Puede que Merkel y Gabriel se la hayan jugado (en todo caso habría sido por una buena causa), pero si finalmente son derribados habrá motivos para preocuparse. Como si tuviéramos pocos.

Alemania y el futuro de Europa

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La reflexión del Papa sobre la identidad de Europa

Robi Ronza

A primeros de este mes, el Papa Francisco recibió en audiencia privada a algunos representantes e intelectuales franceses del ámbito cristiano y social. Mediante el cardenal Barbarin, solicitó dicha audiencia Philippe Roux, fundador del grupo Poissons Roses, punto de referencia para los católicos que militan en el partido socialista de François Hollande. En el encuentro, que duró casi hora y media, estaba entre otros el director de la revista La Vie, Jean-Pierre Denis, que luego publicó su relato de lo que allí había sucedido.

En el clima de difusión planetaria de todo tipo de noticias que actualmente caracteriza el mundo de la información, esta audiencia ha resonado sobre todo porque, al tocar el tema del actual flujo de árabes en Europa, el Papa Francisco habló de “invasión árabe”. Suficiente para que durante un par de días solo se discutiera sobre el sentido de tal expresión, cuando para comprenderla habría bastado con leer el relato de Denis. En efecto, los temas clave del coloquio habían sido otros.

¿Cómo responder a la crisis espiritual que atraviesa nuestro continente? ¿Cómo formular una crítica a la modernidad que no sea reaccionario? Estas eran sustancialmente las cuestiones centrales del encuentro, que en su caso específico se referían a Francia y partían de la sensibilidad propia del cristianismo social francés, pero evidentemente tienen una validez general.

En primer lugar, me parece interesante que Francisco, con su mirada de Papa “llegado casi del fin del mundo” y que por tanto no puede ser sospechoso de eurocentrismo, dijera a sus invitados franceses que “el único continente que puede llevar una cierta unidad al mundo es Europa (…). Tal vez China tenga una cultura más antigua, más profunda, pero solo Europa tiene una vocación de universalidad y servicio”. Luego, según el director de La Vie, Francisco volvió a uno de los temas de su discurso del 25 de noviembre de 2014 en Estrasburgo, cuando comparó Europa con una anciana un poco cansada. “¿La anciana puede volver a ser una joven madre?”, le preguntó Denis. “Un jefe de Estado me ha hecho ya esa misma pregunta”, respondió el Papa. “Sí, puede. Pero hay condiciones (…) La renovación no puede ser solo cuantitativa. Si Europa quiere rejuvenecer hace falta que recupere sus raíces culturales. Entre todos los países occidentales, las raíces de Europa son las más fuertes y profundas. A través de la colonización, estas raíces llegaron también al nuevo mundo. Olvidando su historia, Europa se debilita, y así corre el riesgo de convertirse en un espacio vacío”.

Europa, ¿un espacio vacío? La expresión es fuerte, señala Denis. Ataca en el centro y hace daño. También resulta angustioso, porque en la historia de las civilizaciones el vacío siempre remite a la plenitud. “Hoy se puede hablar de invasión árabe, es un hecho social”, pero el Papa continúa: “¡Cuántas invasiones ha conocido Europa a lo largo de su historia! Y siempre ha sabido superarse a sí misma, ir hacia adelante para luego recuperarse engrandecida por el intercambio entre culturas”. ¿Qué hombre de Estado llevará a cabo una renovación así? “A veces me pregunto dónde podría encontrar a un nuevo Schuman o un nuevo Adenauer, los grandes fundadores de la Unión Europea”, suspiró el Papa, “capaces de sobreponerse a la crisis de Europa, minada por egoísmos nacionales, por pequeños mercadeos y juegos sofocantes”.

La reflexión del Papa sobre la identidad de Europa

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En el fango de Idomeni

Giuseppe Frangi

Idomeni es un pequeño pueblo fronterizo entre Grecia y Macedonia. Pero desde hace meses es un punto vital para para los que huyen de Oriente Medio. Punto vital, o más bien embudo. Macedonia ha cerrado sus fronteras, movilizando fuerzas policiales, cuerpos antidisturbios y coches patrulla blindados. Por esta frontera pueden pasar unas pocas decenas de personas al día y, para no perder su puesto en la fila, muchas personas permanecen allí varios días. El problema es que en Idomeni es inverno. La noche del martes un chaparrón convirtió la zona en un pantano. “Idomeni se hunde en el fango. Miles de niños y niñas se pasan los días entre barro, fango, lluvia y frío, en refugios improvisados con altísimo riesgo de contraer enfermedades y morir. Ya no hay palabras para definir esta situación”, afirma Andrea Iacomini, portavoz de Unicef Italia.

En total son casi 13.000 personas aferradas a la esperanza de poder continuar su ruta, que les hizo partir de Siria, Iraq, y dejar los ya insostenibles campos turcos. Trece mil abandonados a sí mismos. Solo les socorren las siglas habituales, en concreto Cáritas y Médicos Sin Fronteras. Las imágenes que llegan de Idomeni nos muestran decenas de voluntarios que organizan esta rutina desesperada. Lo hacen de su bolsillo y con sus fuerzas. MSF, por ejemplo, se ha hecho cargo del coste de la gestión de 13.000 platos por tres turnos diarios, además de los cientos de mantas y tiendas. La organización también ha alquilado tres parcelas de terreno cerca del paso aduanero macedonio para poder montar los campos.

Solo hay un gran ausente en Idomeni: Europa. Se ven voluntarios y trabajadores con petos de muchas siglas distintas, incluidas obviamente las dos citadas, pero no se ve a nadie con el símbolo de Europa. Es una ausencia simbólica que no pasa desapercibida y que pesa como una piedra. Una ausencia que, vista desde este lado, el nuestro, da testimonio irrefutable de un sujeto que no está.

Europa, físicamente, concretamente, no está, no existe, en un momento en que en su propio suelo (porque aunque se finja que no es así, Idomeni es Europa) se están produciendo situaciones de este tipo y nadie toma conciencia de la necesidad, o mejor dicho de la obligación de, como mínimo, organizar y garantizar intervenciones humanitarias. En cambio, como si no pasara nada, se acepta que en Idomeni haya 13.000 personas, entre ellas muchísimos niños, viviendo en el frío y el fango, sin saber cuánto tiempo tendrán que esperar para continuar su camino.

Porque si hay algo seguro es que estas personas seguirán adelante, como todos los que los han precedido. Nadie vuelve atrás. Es como si hubieran erigido un muro a sus espaldas. Por tanto, además de estar en suelo europeo, en cierto sentido ya son europeos. Por destino, por necesidad histórica. “No hay muro que valga”, titula una revista italiana un número totalmente dedicado a la emergencia de inmigrantes.

Ahora se puede entender que la gestión de flujos tan imponentes no es una tarea fácil. Pero el espectáculo que está dando Europa es absolutamente indigno de su presunta “civilización”. Se pueden tener en cuenta los particularismos de gobiernos que, también por razones electorales, restringen sus fronteras. Pero no se puede aceptar un espectáculo como el que estamos viendo en Idomeni, lugar simbólico de muchos otros “limbos” que se han abierto en el propio cuerpo de Europa. Por suerte, para decir que Europa todavía existe ahí están las decenas y decenas de voluntarios que nunca se retiran, dando a su vez un espectáculo de humanidad y también de eficiencia. Como Daniela Oberti, enfermera italiana que lleva cuatro semanas en Idomeni, trabajando en uno de los ambulatorios instalados, donde está previsto que permanezca tres meses. Una web local recoge el testimonio de Daniela: “Estos días tengo la sensación de estar trabajando en medio de la foresta del Congo, o en el desierto de Níger, atendiendo a niños deshidratados y mujeres embarazadas. Solo cuando acabo y salgo de la tienda me doy cuenta de que no estoy en un lugar tan lejos de mi casa”. En Europa.

En el fango de Idomeni

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Insurrección en Europa

Ángel Satué

“La insurrección que viene”, del Comité Invisible, es el Evangelio de todo revolucionario del siglo XXI, sea anarquista, comunista o antisistema. Libro por el que, según dice su contraportada, varias personas fueron detenidas en Francia solo por tenerlo (permítame, atento lector, el sonrojo). Ante una sociedad contemporánea de consumo, donde el hombre ha perdido las referencias históricas, éticas, morales, filosóficas y trascendentales que dan sentido a la vida, los radicales prometen la liberación de lo humano por la insurrección, el sabotaje y la revuelta.

Comprenden los anhelos del corazón del hombre, que alberga infinito, pero lo llevan a la autodestrucción, al enfrentamiento y al odio. La autodeterminación del propio Yo es imposible. Los radicales acusan a la élite político-financiera-industrial-religiosa europea de elegir la crisis como forma de gobernar y garantizar la paz social. Frente a la democracia, dicen que “lo que importa para una insurrección es que se haga irreversible”, “una insurrección solo puede triunfar como forma política –no con el ejército-”, “el poder no se concentra en un lugar en el mundo, es el propio mundo”, “bloquearlo todo es la primera reacción de cualquiera que se levante contra el orden actual”…

Desconozco si los que han ayudado a subir a Podemos, dándoles minutos de televisión, situándolos como adversarios, pactando con ellos, saben lo que han hecho, pues Podemos participa del ADN antisistema. No me cabe ninguna duda de que con Podemos influyendo, allá donde esté, hará todos los esfuerzos por sabotear el mejor ejemplo de convivencia y democracia que ha existido en Europa nunca: la Unión Europea.

Sin embargo, el sabotaje no será como predica el libro, sino que la estrategia será mucho más sutil, más trabajada, más de Podemos. Los superpopu-radicales no van a tener un discurso beligerante contra Europa, sino sólo contra la actual Unión Europea –como si fuera posible dividir el concepto, donde por cierto, en uno estarían Rusia y Turquía, y en el otro no–.

El discurso de la izquierda radical no es nuevo, pues reproduce el que ha venido sosteniendo desde tiempos de la Guerra Fría, el que los pueblos de Europa están oprimidos por los capitalistas y los funcionarios y burócratas aburguesados. Sin embargo, este discurso sí se reformula, pues paradójicamente puede pasar por ser el discurso más europeísta que se puede escuchar hoy en Europa, al prometer la Arcadia feliz, donde no hay injusticia, ni desigualdad, ni sueldos bajos ni nadie se muere… sin el permiso del Partido de la Felicidad, es decir, del Partido Comunista.

Así lo demostró el exministro griego de Finanzas Varoufakis en el teatro Rosa de Luxemburgo (que fue marxista) de Berlín el pasado 9 de febrero, al presentar un oxímoron, es decir, al presentar su nuevo partido radical de izquierda Paneuropeo-antiUniónEuropea (esto es, un nuevo tipo de partido imposible, como decir un “instante eterno”). DiEM25, se llama.

Insurrección en Europa

Ángel Satué | 0 comentarios valoración: 2  10 votos
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