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24 MAYO 2019
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La Europa de las luces y de los jóvenes

Antonio R. Rubio Plo

Hace unos días encontré una frase del pensador franco-búlgaro Tzvetan Todorov que me ha dado que pensar, “no hay Europa sin luces, ni luces sin Europa”. Una frase que viene bien para una reflexión sobre las elecciones al Parlamento Europeo, pero que va más allá de ese evento. La cita es una invitación a la memoria, una apelación a la historia y también a la cultura.

Hubo una generación que vivió en su infancia los horrores de la Segunda Guerra Mundial, y otra inmediatamente posterior que padeció sus consecuencias en los años que precedieron al boom económico de la segunda mitad del siglo XX. Ellos y sus hijos, en gran mayoría, tenían asumido lo que podía ser un mundo en el que solo reinaba la arbitrariedad y la ley del más fuerte, revestidas de ideologías en apariencia contrarias. Y si se habían olvidado, allí estaba el telón de acero para recordárselo en medio de la comodidad de sus refugios del bienestar económico. Pero cayó el muro de Berlín y el nuevo mundo se hizo más complejo e inestable que el de las seguridades aparentes del mundo anterior. En medio de la incertidumbre siempre renace la nostalgia, una nostalgia que no es algo ajustado a la realidad sino que se alimenta de mitos que un historiador riguroso en sus investigaciones, y con sentido común, podría desmontar.

Los mitos están reñidos con la razón, lo cual es una mala noticia para los que creen en la Europa de las luces, una Europa que tiene mucho de cartesiana, pero que es cuestionada en estos tiempos de la derrota del pensamiento, en expresión de Alain Finkielkrauft, con tres décadas de existencia y que aún sigue vigente. No es extraño que este filósofo, ingresado recientemente en la Academia francesa, tenga que soportar insultos y descalificaciones, a los que responde con argumentos que sus interlocutores desprecian precisamente porque su “argumentario” solo es el de las emociones, y entre ellas aflora el antisemitismo dirigido contra Finkielkrauft.

Este tipo de actitudes está reñido con la idea de Europa, renacida en los años de la posguerra. Esa idea se basa, como ha recordado el politólogo Dominique Möisi en un reciente libro, en la reconciliación. Una reconciliación que pusiera fin a las continuas guerras civiles entre europeos de los últimos siglos, pero también a los conflictos internos de cada país. La cooperación y la solidaridad tendrían que ir ahora de la mano para apartar a los viejos fantasmas sembradores de pasiones y violencias. Si ahora esos fantasmas vuelven a la vida, sobrealimentados de mitos indigestos, solo puede ser por un desconocimiento o un olvido egoísta de la historia.

Möisi acuña otra frase acertada en su libro: “Sin jóvenes, no hay Europa”. Para algunos, Europa es una utopía muerta, aunque no tienen claro con qué pueden sustituirla. Su mundo es más pequeño, y quizás sea el resultado de unas sociedades carcomidas por la soledad y la ausencia de horizontes. No siempre es fácil enseñarles historia. Lo digo como profesor, pero no es imposible enseñarles a reflexionar, poner delante de ellos la sombra de la duda para que se atrevan a pensar y alimenten el deseo de saber más.

La Europa de las luces y de los jóvenes

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Europa, más allá del condominio

Maurizio Vitali

A menos de dos semanas para las elecciones europeas, poco se oye hablar de Europa. No es nada nuevo, pero ahora es aún más triste porque Europa, que antes se daba por descontada, hoy está en cuestión, y da la impresión de que no nos damos cuenta de lo que está en juego. Y lo que está en juego es un unicum económico, político y social, una realidad que no tiene igual en el mundo. Bastan tres cifras: 7% de la población que produce el 25% de la riqueza (PIB) del mundo y destina al sistema de bienestar la mitad de los recursos que se destinan al resto del mundo entero. Números que ofrecen la cuenta de resultados de un ethos y una cultura muy peculiares que ya no valoramos… Si bien es cierto que nada se construye ni se salva a nadie quedándose en el quejoso lamento de los valores de antaño. El desafío es hoy, sabiendo que lo que nos interesa hoy, el papel y la misión de la peculiaridad europea en los nuevos escenarios mundiales, no es la polémica intencionada sobre cualquier cosa y su contraria entre bandos enfrentados.

Los partidos que votemos en estas elecciones enviarán a sus diputados a Estrasburgo y estos no se agruparán por países de procedencia sino por grupos políticos, más o menos correspondientes a los diversos partidos europeos (40) a los que los diversos partidos nacionales están afiliados. De modo que sus líneas de acción tendrán que situarse necesariamente dentro de las líneas guías de estas formaciones: las proclamas individuales pueden mostrar una intención más o menos sincera, pero no más.

El principal grupo en el parlamento de Estrasburgo es el Partido Popular Europeo, llamémosle de centro-derecha. En él se encuentran los demócrata-cristianos alemanes, los populares españoles, los republicanos franceses, la antigua Democracia Cristiana italiana, hoy Forza Italia…, con una inspiración de fondo demócrata y liberal, con influencias de la doctrina social cristiana y de la tradición ilustrada. Europeísta convencida, a esta tradición pertenecen los tres padres fundadores de la Comunidad europea –Schuman, De Gasperi y Adenauer–, aunque actualmente no está muy claro si hace algún que otro guiño a los soberanismos. El líder actual, Weber, ha decidido que no, y el partido del húngaro Orbán, campeón de la “democracia no liberal”, ha sido suspendido. Respecto a la inmigración, propone un plan Marshall para África de 50.000 millones. El PPE parece que baja pero no demasiado.

El segundo grupo es la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas. Agrupa a todos los partidos históricos del socialismo europeo. También ellos europeístas convencidos, no tienen una línea de política económica muy diferente de los populares. Se les supone una demarcación más sensible en el tema de los derechos individuales y la paridad de género, temas sobre los cuales el grupo europeo en su conjunto parece más marcado por una impostación laicista. Parece que aquí la caída se prevé mayor.

La Alianza de los Liberales y Demócratas reúne a los liberales alemanes, el Movimiento Demócrata francés, el partido Más Europa de Emma Bonino y Ciudadanos en España. Europeístas sin reservas, con una ideología liberal laica, laica.

La izquierda-izquierda tiene su propio grupo y está muy dispersa.

Europa, más allá del condominio

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Los ciudadanos que forman Europa. Un nuevo desafío

Antonio Spadaro

Reflexionando sobre el devenir de nuestro continente, algunos políticos –pero también partidos y movimientos– parecen poner en cuestión no solo la Unión Europea tal como la conocemos, sino la existencia misma de un proceso de construcción de Europa. ¿Cómo situarse ante estas tensiones, fruto de la desconfianza y de un sentimiento nacionalista?

Demos un paso atrás. En 1918 se firmó un armisticio en Compiègne que puso fin al ruido de las armas, acabando así con un conflicto destructivo, la Primera Guerra Mundial. Pero terminó creando las condiciones de un segundo conflicto en Europa que 21 años después se extendió al mundo entero. También hay que admitir que, con el paso de los siglos, raras veces Europa dejó de estar en guerra. El proceso de construcción de la Unión fue un factor importante en la pacificación del continente, pero aún sigue quedando mucho por hacer. Por tanto, hay que aclarar una cosa: interrumpir o poner en discusión el proceso europeo significa, de hecho, evocar fantasmas que ya habíamos acallado.

Volvamos con nuestra memoria a los “padres fundadores” de Europa. Su decisión y compromiso se apoyaba en sus respectivas experiencias, algunas de ellas plasmadas por el magisterio social de la Iglesia. Alcide De Gasperi, Altiero Spinelli, Jean Monnet, Robert Schuman, Joseph Bech, Konrad Adenauer, Paul-Henri Spaak... en 1918 no se conocían, pero los tortuosos caminos de la historia les llevaron, cada uno por su parte, a contribuir en un proyecto que permitía crear las condiciones de una sociedad europea pacífica, desarrollada, justa y solidaria. En febrero de 1930, 'La Civiltà Cattolica' ya expresaba así esta conciencia: “Se podrá discutir mucho y batallar sin tregua sobre la técnica de una nueva organización de Europa, pero sin duda no sobre su necesidad actual”. Fueron igualmente fundadoras de Europa todas las ciudadanas y ciudadanos que resistieron a las dos grandes dictaduras del siglo XX, tanto al oeste como al este del continente, derramando su sangre hasta el final de sus vidas, para que los valores que ponen a la persona humana en el centro del proyecto social europeo fueran una realidad, tanto a nivel nacional como supranacional.

En 2012 la UE ganó el premio Nobel por su contribución a la paz, a la reconciliación, a la democracia y a los derechos humanos en Europa. El premio era merecido, pero no olvidemos que estos 60 años de paz en Europa no han discurrido como un río en calma. También han estado llenos de confrontación ideológica, acciones contrarias a los derechos humanos, intervenciones militares que violaban la autodeterminación de los pueblos. Sin embargo, se han vivido acontecimientos que supusieron momentos de despertar para los pueblos y de transformación para la sociedad europea. Uno de ellos fue la caída del Muro de Berlín en 1989, que fue un punto de inflexión en la historia del continente y de la comunidad europea, poniéndola frente a sus responsabilidades, obligándola a abrirse para recibir a los estados del antiguo bloque del este, facilitando así la recuperación y difusión de los valores de la Europa libre. En aquella época, prevalecía el deseo de ampliar la comunidad europea por encima de la profundización política.

Los ciudadanos que forman Europa. Un nuevo desafío

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Cómo salvar a la democracia del miedo

Gustavo Zagrebelsky

El miedo es el hilo conductor de nuestra historia, desde la época de los grandes conflictos en Europa, las “guerras civiles de religión”, los conflictos de clases y la llamada guerra civil europea el siglo pasado, hasta nosotros y el renacimiento del nacionalismo, el llamado soberanismo y el racismo, denominados “supremacismo blanco”. Las situaciones que hemos creado, empezando por el Estado, son hijas del miedo, no de la confianza.

En el Estado hay algo paradójico y contradictorio. Hunde sus raíces en el miedo y se propone combatirlo. La seguridad es su razón de ser. ¿Cómo lo hace? Mediante la concentración, podríamos decir, de la “administración del miedo” en sus manos. Si, por una hipótesis utópica, venciese definitivamente su batalla contra e miedo, ya no tendría razón de ser. Al contrario, la difusión del miedo no hace más que reforzar esa administración. El círculo vicioso de las sociedades de los miedosos reside aquí: la solución se busca en otro miedo, en un miedo mayor que prevalezca sobre los miedos menores. Esta es la paradoja de las instituciones humanas. Para contrastar el miedo se crea otro mayor. Cuanto más crece el miedo, más dispuestos parecemos estar a renuncias que afectan a nuestros derechos y libertades. Protégeme, que yo a cambio me someto, pues cuanto más miedo tengo, más dispuesto estoy a someterme. A medida que avanzan las aspiraciones democráticas, hemos asociado al miedo el consenso, pero es un añadido. La raíz no se ha apagado.

El consenso tiene que ver, pero como un componente penúltimo. El último es el miedo. Si hoy el tema que domina los debates sobre la crisis de la democracia es el miedo, es solo porque emerge así un elemento primordial en todas las sociedades. Resulta hasta superfluo recordar que la representación más famosa de la esencia del Estado moderno, elaborada en tiempos de feroces luchas intestinas por territorios donde coexistían credos religiosos y políticos implacablemente enemigos, tenía en su centro el problema de la liberación del miedo. El Leviatán fue hijo del miedo. Hoy los miedos se han multiplicado. Por ejemplo, por la disponibilidad de bienes naturales esenciales que escasean, por las llamadas identidades culturales amenazadas por el llamado multiculturalismo. Hubo un tiempo en que el miedo afectaba al presente, hoy afecta al presente y al futuro.

Por tanto, entre todos los componentes de la convivencia humana, el miedo es el más determinante. Si distinguimos el miedo extendido como un veneno social del miedo concentrado como instrumento de dominio político, podemos decir que sin el primero, el segundo quedaría atrofiado, pues se mostraría en su total arbitrariedad, quedaría privado de legitimidad, se apoyaría en sus fuerzas desnudas sin justificación. Los “regímenes fuertes” no se basan, en última instancia, en la fuerza sino en el miedo, porque el miedo invoca a la fuerza y la hace no solo tolerable sino incluso deseable. Tiempo de miedos, tiempo de autoritarismos. La historia es un testigo generoso en ejemplos, pero también lo es la actualidad, donde avanzan la internacionalización y la globalización del miedo. Y el miedo nos hace todos más malos: sálvese quien pueda, primero nosotros y los demás al mar.

Cómo salvar a la democracia del miedo

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La desigualdad envenena Europa más que los nacionalismos

Jürgen Habermas

¿Cómo ha podido agudizarse tanto, en los últimos diez años, la contradicción entre la adhesión teórica a Europa (adhesión que se sigue confirmando) y la oposición concreta a las acciones necesarias de cooperación e integración europeas? ¿Cómo va a mantenerse en pie la Unión monetaria europea cuando todos los países asisten a un continuo crecimiento de la resistencia “anti-Bruselas” llevada a cabo por los populismos y cuando en el corazón de Europa, en uno de los seis estados fundadores de la CEE, esta resistencia ha llevado incluso a una alianza programática antieuropeísta entre los populismos de derecha e izquierda?

El tema de la inmigración y las políticas de reconocimiento de asilo político, que desde septiembre de 2015 pueblan los medios alemanes y atraen de manera exclusiva la atención de la opinión pública, se proponen como respuesta inmediata a la pregunta sobre la causa determinante de los mecanismos de defensa cada vez más agudos por parte de los antieuropeístas. Pero si consideramos a Europa en su conjunto, y sobre todo la eurozona en su conjunto, el aumento de las migraciones no puede constituir la explicación principal para el crecimiento de los populismos, pues el cambio de la opinión pública se produjo mucho antes, como respuesta a las controvertidas políticas emprendidas para superar la crisis financiera que comenzó en 2008 y la crisis de deuda soberana desatada con la crisis económica de 2010.

Las voces críticas que más suenan en la escena económica internacional, esto es, las de la corriente anglosajona escorada contra las medidas de austeridad impuestas por Schäuble y Merkel, han obtenido poco espacio y consideración por parte de las redacciones económicas de los grandes medios, exactamente igual que las redacciones políticas han evitado informar sobre los daños sociales y humanos que, no solo en países como Grecia o Portugal, han provocado dichas medidas. En algunas regiones la tasa de desempleo todavía es poco inferior al 20%, mientras el paro juvenil asciende casi al doble. Es un escándalo que, en el edificio todavía incompleto de la UE, una medida capaz de penetrar tan a fondo en el tejido social de cualquier nación se haya adoptado sin ninguna legitimación real, al menos según nuestros habituales estándares democráticos. Esta espina está aún más clavada en la carne y en la conciencia de las poblaciones europeas.

Pero la eurozona tal como la conocemos sufre un problema que corre el riesgo de perjudicar a todo el proyecto europeo. Nosotros, y especialmente los habitantes de una Alemania en expansión económica, desviamos la mirada ante el simple hecho de que el euro fue adoptado con la expectativa, y al mismo tiempo con la promesa política, de una alineación de condiciones en todos los países miembros, mientras que en lo concreto se ha producido justo lo contrario. Desviamos la mirada ante el motivo real de la falta de cooperación entre los estados, más urgente que nunca, es decir, ante el hecho de que ninguna unión monetaria puede sobrevivir a una divergencia continua y duradera entre los presupuestos económicos de cada país, lo que implica también una divergencia en las condiciones de vida.

La desigualdad envenena Europa más que los nacionalismos

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Macron y los hijos del paraíso

Antonio R. Rubio Plo

Emmanuel Macron ha publicado en destacados medios de comunicación una carta abierta a los ciudadanos europeos con motivo de las elecciones del 26 de mayo. Una redacción bien estudiada y algunas propuestas concretas que tienen el propósito de revindicar al presidente francés como un líder europeo, por no decir el único líder europeo en unos tiempos en que la todavía gran dama de Europa, Ángela Merkel, pasa por horas bajas, un tanto prisionera de una coalición en la que los socialdemócratas nunca se han sentido a gusto porque no la consideran rentable a largo plazo.

Si alguien se proclama europeísta, tendría forzosamente que reconocerse en Macron, aunque en su país de origen el presidente se haya visto cuestionado en los últimos tiempos. Sin embargo, Macron tiene un punto débil: creer que fuera de él mismo no hay más Europa, y sobre todo no alcanzar un consenso suficiente en Francia para sumar con otras fuerzas políticas, al menos en lo que a Europa se refiere, una defensa decidida del proyecto europeo. Lo malo es que el presidente francés consiguió llegar al Elíseo con una gran amplitud de votos conquistados a su izquierda y su derecha, y esto es algo que no le perdonarán los partidos tradicionales que siempre le consideraron un advenedizo. Macron es un presidente posmoderno, sin perfiles políticos bien definidos, pero que parece estar más cerca de un partido que no existe en Francia: un partido liberal progresista a la anglosajona, en la tónica de los demócratas norteamericanos o los liberales canadienses. En el caso de Francia, esta orientación política resultará insuficiente, por no decir descafeinada, si no va acompañada de un cierto estímulo nacionalista sin caer en los extremismos, por supuesto. Los electores, y la opinión pública en general, deben de percibir que cuando Macron habla de Europa, está a la vez hablando de Francia, y que no aspira a diluir el genio francés en el proyecto europeo. Sin dejar de ser europeísta, no se puede bajar la guardia en lo referente al componente nacional, pues sería dar armas a una extrema derecha que no ha renunciado, pese a su abultada derrotada en la segunda vuelta de las elecciones de 2017, a disputar la presidencia francesa para producir un cataclismo histórico tan espectacular como estéril en sus resultados venideros.

Macron y los hijos del paraíso

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>Editorial

Europeos en suelo nuevo

Fernando de Haro

Las elecciones de mayo van a confirmar, salvo que todas las encuestas se equivoquen de forma rotunda, que la Europa de la postguerra se ha convertido en un fenómeno minoritario. Las dos familias políticas, la socialdemócrata y la popular (democratacristiana), las que inspiraron la gran reconstrucción de hace más de 60 años y han sido hegemónicas desde entonces, sumarán en torno a 318 diputados, según la media de las encuestas. La nueva Cámara contará con 705 escaños (pierde 45 por el Brexit). Algunas de las modificaciones serán consecuencia de la salida de los diputados británicos. Pero el mayor cambio lo provocará la falta de confianza en la Europa de siempre. El populismo de izquierda y de derecha, las formaciones antieuropeas y extremas de Italia, España, Alemania y Francia van a tener un peso considerable, dificultando el funcionamiento de las instituciones. Solo los liberales de ALDE, un grupo con ideologías muy diferentes, mejoras sus resultados.

Esta “pérdida de las esencias” en el seno de las instituciones europeas se ha acelerado a raíz de la crisis económica, pero venía ya produciéndose desde los primeros años del siglo. En Alemania, después de la unificación y durante todos los años 90, se mantuvo la hegemonía del SPD y la CDU con una suma de voto ligeramente inferior al 77 por ciento. Al cambiar el siglo, el porcentaje cae drásticamente. Aunque repunta de nuevo tras la segunda crisis de 2012, ahora estaría en el 45 por ciento. La derecha clásica y los socialistas franceses nunca tuvieron tanto apoyo como los alemanes, pero van a acabar en el mismo porcentaje. Antes de la crisis, en España, el PP y el PSOE se repartían el 84 por ciento de los diputados europeos. Esta vez no van a superar el 40 por ciento. En Italia la descomposición de la “Europa de siempre” ha sido mucho más acelerada. Antes de la crisis estaba en el 70 por ciento y ahora va a terminar por debajo del 30 por ciento.

>Editorial

Europeos en suelo nuevo

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>Entrevista a Jürgen Habermas

'Querida Europa, recupera tu alma o morirás populista'

Isabelle Aubert y Jean-François Kervégan

La lección de los clásicos, desde Platón hasta Kant. El vínculo indisoluble entre la política y el derecho. La lucha contra las desigualdades como dique frente al extremismo. El filósofo repasa los grandes retos a los que debe hacer frente la UE en la actualidad.

En sus trabajos, usted da una importancia considerable a los clásicos (Kant, Hegel, Marx, pero también a Durkheim, Weber, Adorno, Mead...) y a la historia de la filosofía, pero eso ya no es muy común entre los filósofos contemporáneos.

Hans-Georg Gadamer explicó el calificativo “clásico”, que utilizamos también para esos pensadores que han instituido una tradición en la historia de la filosofía. Gracias a sus obras, estos filósofos siguen siendo contemporáneos, tanto para las generaciones siguientes como para nosotros. Por eso, no solo nosotros gozamos del privilegio de poder disfrutar en cierta medida de manera sistemática del contenido sustancial de las intuiciones innovadoras contenidas en sus escritos –yendo más allá de la interpretación que puede darse desde el punto de vista histórico–, sino que también tenemos el derecho de comportarnos así. Siempre hemos leído a Platón como un analista de conceptos. Fue el primero en desarrollar un concepto de los conceptos e identificó en el análisis conceptual la vía maestra de la filosofía. Un ejemplo más cercano lo tenemos en Kant que, con la noción de “autonomía”, introdujo un concepto completamente nuevo de libertad de la voluntad.

Aunque usted ya ha hablado mucho de esto, nos interesa volver a la importancia creciente que atribuye usted al derecho en su reflexión crítica sobre la sociedad.

Desde el principio, desde la “Historia y crítica de la opinión pública”, me interesan las tensiones existentes entre el Estado constitucional democrático y el capitalismo, y la contradicción entre los principios básicos que rigen su respectivo funcionamiento. Esto explica también el interés que he ido madurando por la filosofía del derecho de Hegel, por la historia del derecho natural y por la confrontación entre las dos revoluciones constitucionales del siglo XVIII.

¿Cómo concibe actualmente la relación entre derecho y política, y en consecuencia entre filosofía del derecho y filosofía política?

No veo ninguna alternativa al cuerpo de principios del Estado social democráticamente constituido. Pero actualmente nuestras instituciones democráticas son cada vez más una pura fachada para adaptar el Estado nacional a los imperativos del mercado mundial. En una sociedad cada vez más fragmentada políticamente pero altamente integrada a nivel económico, no disponemos de organizaciones que puedan compensar esta diferencia y combinar por tanto la capacidad de acción y control democráticos. Hoy faltan las premisas mínimas para la formación de regímenes políticos más amplios y mejor dispuestos para cooperar, capaces de domar los mercados financieros no regulados a escala mundial con el fin de disminuir las desigualdades sociales patentes que existen en el seno de las sociedades nacionales, pero sobre todo entre estados y continentes.

¿Cómo puede situarse la teoría crítica respecto a los estudios post-coloniales? ¿Está siendo víctima de un etnocentrismo occidental?

>Entrevista a Jürgen Habermas

'Querida Europa, recupera tu alma o morirás populista'

Isabelle Aubert y Jean-François Kervégan | 0 comentarios valoración: 2  14 votos

Un cerdo es un cerdo: el Brexit

Ángel Satué

Escuchando hace unos miércoles la malograda –por 19 votos– moción de censura contra Theresa May, primera ministra británica, después de que el Parlamento le tumbara un día antes su acuerdo sobre el Brexit con la Unión Europea, una de las diputadas laboristas sostuvo que debía convocarse un segundo referéndum puesto que los británicos votaron contra el Gobierno, y no a favor del Brexit. Votaron, según ella, contra un mal funcionamiento del Sistema Nacional de Salud, los precios de la vivienda y el combustible, por la educación, por unas mejores infraestructuras… En definitiva, pidiendo una intervención del gobierno de Su Majestad más eficaz, más eficiente.

De acordarse esta nueva consulta popular, serían tres en menos de cinco años, para tratar de plantear soluciones definitivas a asuntos no menores como la independencia de Escocia o el Brexit.

El nuevo referéndum parece que es la opción preferida por las élites europeas, incluido Tony Blair, ex líder laborista y ex primer ministro británico.

Para el ex mandatario, en juego está ser una especie de Noruega (a la que le aplica el derecho comunitario con relación al mercado único –libertad de circulación de personas, trabajadores, capitales y mercancías–, sin voto, pero no la política agrícola, la de justicia, interior o la unión aduanera, pudiendo celebrar acuerdos comerciales con terceros e imponer aranceles) o bien de Canadá, en cuanto a gozar de más o menos soberanía en la relación con la Unión Europea omitiendo, sin embargo, el importante acuerdo comercial firmado entre la ex colonia británica y la Unión.

Pero seamos honestos, sinceramente no se ponen todas las fuerzas de un país en marcha para que el Reino Unido acabe siendo solo una especie de Noruega –de 5 millones de habitantes–, pero rodeada por agua.

Por otro lado, las personas de las clases más populares, que leen prensa amarilla, muy tocadas por los vientos de la crisis de 2008, y que achacaron todos sus males a Bruselas, tradicionalmente de sensibilidad laborista, ven en un segundo referéndum un ataque a la propia democracia británica, como si fuera una democracia plebiscitaria y no una democracia parlamentaria desde su revolución Gloriosa, en 1688.

Teniendo en cuenta que May es conservadora, y que su Acuerdo no ha prosperado, es muy posible que ejerza de líder conservadora. A saber, apostará por controlar las fronteras, también las de Irlanda, la inmigración y las costumbres de los de fuera, mientras hará todo lo posible por proteger su industria y su comercio, a sus ciudadanos residentes fuera del Reino Unido pero, sobre todo, a la City, primero de la Unión Europea, después de las regulaciones de propio gobierno, y tratará de que el Brexit se conduzca bajo el principio del “best value from money”, es decir, buscando el mejor uso del dinero de los contribuyentes británicos, o buscando el peor de los contribuyentes del continente. En resumen, un Brexit duro.

Un cerdo es un cerdo: el Brexit

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Brexit: entre el aburrimiento y la incertidumbre

Antonio R. Rubio Plo

Más allá del rechazo del acuerdo del Brexit por el parlamento británico y sin entrar en cuestiones técnicas sobre la salida del Reino Unido de la UE, habría que subrayar que el balance del Brexit, sin haber concluido aún el proceso, es desolador. Lo es para la política interior y exterior británicas, y en definitiva para el prestigio del país.

No cabe, sin embargo, cargar todas las culpas sobre Theresa May porque el problema viene de muy atrás, sobre todo de las divisiones profundas y guerracivilistas del partido conservador. Lo de menos fueron las extravagancias antieuropeas del exministro y exalcalde Boris Johnson, que parece no haber renunciado a sus ambiciones de primer ministro, y quizás haya que remontarse al célebre discurso de Brujas de Margaret Thatcher en 1988. Allí se agitó el fantasma de un superestado europeo, encarnado por la Comisión, que estaría cercenando todo tipo de libertades, incluida la económica. Aquella visión gruesa y simplista de Europa, con aspiraciones a representar la verdadera Europa, la de las naciones, frente a otra falsa y burocratizada, ha alimentado las chirriantes afirmaciones de que los partidarios del Brexit son los continuadores de la lucha épica de Churchill en la II Guerra Mundial. Y no han faltado otras absurdas comparaciones como la de que la UE era como el Imperio romano, una estructura opresora de pueblos entre los que se contaban los primitivos britanos.

David Cameron, que ostenta ahora un discreto cargo oficial y es un conferenciante bien remunerado, pecó de imprudente al pensar que la racionalidad, que él confundía con el pragmatismo, se impondría sobre las emociones desatadas y peligrosas de los antieuropeos. No fue así y esto le costó su carrera política. Su sucesora, Theresa May, que había jugado la carta de la ambigüedad respecto a Europa, se sintió al principio de su mandato con un nivel elevado de autoestima. Las encuestas le sonreían y decidió convocar elecciones anticipadas en espera de que la historia le otorgara el papel de nueva Dama de Hierro. Pero para ser como Thatcher no solo hacía falta ser euroescéptica, si es que May lo fue realmente alguna vez, sino que había también que saber manejar las situaciones. La premier se limitó a jugar con los términos del Brexit, el suave o el duro, y lo que ha conseguido es una humillante derrota parlamentaria que no solo ha sentenciado su futuro político, sino que ha dañado, más todavía si cabe, al partido conservador. Se quiera o no, la única vencedora ha sido la UE que, gracias al extenuante proceso del Brexit, está dando clases prácticas de lo que puede pasar si otro Estado miembro decidiera dar la espalda a Europa.

Brexit: entre el aburrimiento y la incertidumbre

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>Entrevista a Olivier Roy

¿Europa sigue siendo cristiana?

Isabelle de Gaulmyn y Jean-Christophe Ploquin

Olivier Roy es profesor de Ciencias Políticas en el Instituto Europeo de Florencia. En esta entrevista, publicada en el diario galo La Croix, el politólogo francés explica la compleja relación que mantiene hoy Europa con el cristianismo, tema al que dedica su último libro.

Usted es conocido como experto en el islam político. ¿Por qué este libro sobre el cristianismo europeo?

En realidad, mis primeras investigaciones versaban sobre el cristianismo. Mi libro La santa ignorancia suscitó un gran debate en el ámbito cristiano. Hoy estamos asistiendo en Europa a todo un movimiento que subraya la identidad cristiana en oposición al islam. Pero estoy seguro de que el problema del islam, en Europa, es el árbol que no nos deja ver el bosque. Hay tendencias que se remontan a mucho antes de su aparición. El islam no es lo que ha vaciado las iglesias, y los católicos en Francia no se han manifestado contra el islam, sino contra el matrimonio homosexual. Por tanto, lo que intento es descubrir qué es lo que se corresponde con aquella famosa “identidad cristiana” europea.

¿Todavía se puede hablar de una Europa cristiana?

Europa se sigue percibiendo como cristiana. Pero la secularización ha llevado a una profunda descristianización. Desde 1968, Europa ha vivido un cambio antropológico muy importante, que separa profundamente los valores de la sociedad de los de cristianismo. La verdadera descristianización no es tanto el derrumbe de la práctica cristiana sino la referencia a una nueva antropología centrada en el deseo individual, totalmente contrario al cristianismo. En compensación, y esa es la auténtica paradoja, en todos los países, a excepción de Inglaterra, una mayoría de europeos se sigue declarando cristiana. Pero esto ya no tiene nada que ver con la fe. Por el contrario, se constata una ignorancia total de los elementos básicos del cristianismo.

El discurso sobre la identidad cristiana, ¿no es signo de un retorno a lo religioso?

Mi tesis es que aquellos que reivindican para sí una identidad cristiana sin referirse a los valores cristianos aceleran la descristianización. Precisamente aquellos que quieren promover las raíces cristianas no predican en absoluto un retorno a la fe, pues ni ellos mismos la practican. Esto no tiene nada que ver con la religión.

¿Pero la religión no necesita acaso una relación con la cultura?

Sí. Y hoy la distancia entre la comunidad de fe y la cultura es muy grande, un divorcio. Benedicto XVI y Juan Pablo II han sido muy claros sobre esto. Sin embargo, la Iglesia católica sigue enorgulleciéndose de esta relación entre cultura y fe. En Europa, hoy estamos viviendo una crisis cultural mucho más que religiosa. Ciertas religiones como el salafismo y el evangelismo se aprovechan de esta deculturación generalizada. El divorcio de la cultura es mucho más doloroso para el catolicismo. Frente a esta cultura que se les ha hecho tan extraña, su problema es saber cómo situarse en la sociedad.

Usted indica tres actitudes posibles: replegarse sobre uno mismo, la lucha política o el retorno a los valores.

>Entrevista a Olivier Roy

¿Europa sigue siendo cristiana?

Isabelle de Gaulmyn y Jean-Christophe Ploquin | 0 comentarios valoración: 3  19 votos
>Entrevista a Rémi Brague

'Europa debe defenderse del laicismo hipócrita'

Daniele Zappalà

“Europa debe plantearse preguntas claras y dejar de atrincherarse tras la hipocresía del laicismo militante. La felicidad de nuestros jóvenes depende de esto”. El famoso filósofo francés Rémi Brague lleva años realizando un trabajo de elucidación sobre los fundamentos del hecho religioso, a lo que ha dedicado su último ensayo “Sobre la religión”.

¿Por qué ha querido escribir una obra sobre la religión en general?

Por un cierto fastidio a causa del modo en que se emplea, como algo banal, este término extraordinariamente ambiguo. Muchos dicen “las religiones” metiéndolas todas en el mismo saco, a menudo en el mismo saco de basura. He optado por un título plano porque quería reconsiderar así esta noción, planteando preguntas sencillas: ¿de dónde proviene la palabra y su uso?, ¿pertenece al pasado, o estamos en cambio ante la aparición continua de nuevos ídolos, aún más sanguinarios que antes?, ¿qué relación tienen las religiones con el derecho, la política, la violencia?

Sus tesis sobre las raíces cristianas de Europa, expuestas hace más de un siglo, se acogen ahora más favorablemente, incluso fuera del mundo católico y cristiano. ¿Es otro pequeño signo de una reflexión que, de un modo u otro, se abre paso en los países europeos?

Esas tesis me permitieron salir del microcosmos académico. Me alegra poder ayudar a reflexionar sobre el significado de Europa, que es mucho más antiguo y profunda que la UE. Europa bebe de fuentes culturales (prefiero esta metáfora a la de las “raíces”) que son un tesoro. Sería estúpido desprenderse de ellas. Todavía seguimos viviendo gracias a estas fuentes.

En nuestra época, marcada por las preocupaciones ecológicas, ¿las religiones siguen siendo el fundamento más sólido para legitimar nuestro llamamiento a la existencia de las generaciones futuras?

Realmente no veo otro. Los que hablan de “trascendencia horizontal” y nos ofrecen una versión precocinada del viejo mito del progreso no saben lo que dicen. El porvenir, las generaciones futuras, dependen de nuestra voluntad. ¿Cómo podría trascendernos lo que depende de nosotros? Las generaciones futuras existirán si decidimos ahora llamarlas a existir. Pero ciertamente no podemos pedirles su opinión, ni podemos estar totalmente seguros de que serán felices. Solo tenemos derecho a hacerlas nacer si la vida es un bien, un bien sólido y un bien en sí mismo. ¿Cómo afirmarlo si no creemos que todo lo que existe ha sido creado por un Dios bueno?

En Francia, y fuera de ella, los ámbitos laicistas suelen agitar los fantasmas de las guerras de religión. ¿Estas críticas o miedos tienen un fundamento concreto en la Europa actual?

Francia es un país que, después de dos siglos de relativa paz civil, sacudida por revueltas rurales, probó la sangre durante la revolución y no la perdió después, como vimos con la represión y la resistencia que siguió a las purgas de la posguerra. Hay una cierta ironía en el hecho de que los defensores de una laicidad militante, y por tanto guerrillera, quieran causar molestias a los creyentes evocando violencias pasadas. Además, imputándolas a la religión y olvidando el contexto que envenenó las diferencias religiosas, es decir, el nacimiento del estado moderno y su política secularizada, con Maquiavelo o Hobbes.

>Entrevista a Rémi Brague

'Europa debe defenderse del laicismo hipócrita'

Daniele Zappalà | 0 comentarios valoración: 3  20 votos

Reino Unido y la Unión Europea. ¿Rule Britannia?

Ángel Satué

“Hay niebla en el canal. El continente queda aislado”. Es una de las frases que describen el genio del espíritu británico. Esta niebla ahora podría ser el borrador de Acuerdo de 585 páginas sobre el Brexit que se alcanzó esta semana pasada. Un borrador de Acuerdo cuestionado por dos dimitidos ministros y cinco que aún lo son –entre aquellos, el que estaba a cargo del Brexit (¡!)– y por una porción nada desdeñable de diputados tories, y que teniendo en cuenta que tampoco es apoyado –por ahora, pero ya conocemos a los nacionalistas– por el partido norirlandés con representación en el Parlamento –que amenaza también con bloquear los presupuestos generales– , hará muy complicada su aprobación. También la supervivencia de una May que era antes de que ganara el Brexit una de las “remainers” (pro Unión Europea), y no una “brexiter”.

Mi valoración es que se trata de un mal acuerdo para los “brexiters”, que se quieren ir, porque se van a cámara lenta y sin dar un portazo, y un mal acuerdo para los “remainers”, porque se van en todo caso, y porque este acuerdo no fuerza (aún) un segundo referéndum, que en todo caso casaría mal con la democracia (votar y votar hasta que salga quedarse).

No le gusta a nadie, y tal vez sea lo único que haga bueno el acuerdo a ojos de la opinión pública, así como que May se pliegue a gobernar una salida en la que no creía aceptando la voluntad de la mayoría –lo cual es valorado por los más acérrimos defensores de la tradición inglesa–. En cualquier caso, si tiene un logro este acuerdo es generar la sensación en la conciencia de la sociedad británica de que no hay vencedores y vencidos, de que todos pierden. En España, esta conciencia es al revés. Sólo unos piensan que han perdido y otros no creen haber ganado. Todo a pesar del abrazo que se dio la “Generación del 78”. Abrazo que quedó retratado en la Constitución. Volviendo al caso inglés, en cuanto a la percepción de que gana la Unión, para una parte muy sustancial de la población es así, lo cual no es bueno “in fine” para la causa de la unidad europea en el Reino Unido, pero es un aviso a navegantes al resto de países de la Unión.

A primeros de diciembre del año pasado se sentaron las bases para este Acuerdo sobre tres grandes victorias para los intereses de la Unión Europea: los derechos de los ciudadanos comunitarios en las islas; el coste del divorcio; la no existencia de frontera entre Irlanda y el territorio británico de Irlanda del Norte.

Con el nuevo acuerdo, la Unión se garantiza un período de tutela sobre el Reino Unido de, mínimo, dos años, en que ésta no tendrá ni voz, ni voto, ni representantes en el Parlamento europeo, y sí le aplicará todo el acervo comunitario.

Reino Unido y la Unión Europea. ¿Rule Britannia?

Ángel Satué | 0 comentarios valoración: 2  21 votos

Merkel y Europa. ¿Nuestro pato cojo?

Ángel Satué

En EE.UU. cuando un presidente inicia su segundo mandato presidencial, se le llama pato cojo o rengo, o en inglés “a lame duck”. Es muy interesante esta figura en el mundo de la política, porque verdaderamente es cuando el líder puede ser más líder, o mejor dicho, más él.

Hace pocas semanas hemos sabido que la canciller alemana Angela Merkel ha renunciado en diciembre a liderar la CDU, y que tampoco repetirá en 2021 como candidata a canciller. Si llega a esa fecha y no hay adelanto electoral –el 52% de los alemanes piensa que habrá elecciones anticipadas–, llegará a estar como canciller el mismo tiempo que su padrino y predecesor, un europeo de pro, y amigo del socialdemócrata Felipe González, Helmut Khöl.

Por tanto, la mujer de hierro alemana lleva unos pocos días siendo libre, y tiene en sus manos modelar su legado. Puede apostar por apoyar a un declinante Macron en un impulso de la Unión Europea –en su vertiente fiscal, monetaria y presupuestaria–, o mirar hacia adentro, y consolidar la coalición con el SPD alemán (socialistas y socialdemócratas), lo cual es muy improbable, o simplemente apostar por que su legado sea el haber traído a Alemania un millón de inmigrantes y refugiados, lo cual parece imposible.

En estos momentos, es muy posible que Merkel sea la última de los líderes europeos que cree aún y bastante en el sistema de gobernanza mundial actual, basado en estados donde impera la ley, la democracia representativa y un sistema de instituciones internacionales y supranacionales que, a pesar de caracterizarse por una esquizofrénica competencia y cooperación, puede regular ciertas materias globales (por definición, el comercio, las finanzas, las catástrofes, el cambio climático, la paz).

En mi opinión, y puedo equivocarme, será fundamental para conocer el pensamiento y el legado de Merkel su discurso en la próxima cumbre internacional que tenemos más cercana, esto es, la primera edición del Foro de París sobre la Paz, que se celebrará en Francia este 11 de noviembre, en conmemoración del armisticio entre los Aliados y el Imperio alemán en la Primera Guerra Mundial (o civil europea).

Además, como informa el think tank Elcano, “el Partido Popular Europeo, en su congreso en Helsinki, debe elegir esta semana a su candidato a la presidencia de la Comisión Europea. El socialcristiano bávaro alemán Manfred Weber parte como favorito. Representa un giro a la derecha y la apertura a las derechas radicales que puede necesitar el Partido Popular Europeo tras las elecciones de mayo al Parlamento Europeo”.

Merkel y Europa. ¿Nuestro pato cojo?

Ángel Satué | 0 comentarios valoración: 2  21 votos

'De momento la polarización no ha afectado a las clases medias'

P.D.

Manuel Mostaza, consultor de administraciones públicas, analiza con paginasdigital.es la situación política y social en España. Mostaza sostiene que el espacio público es cada vez más emocional y menos racional. La polarización actúa como vía de escape.

¿Qué impresión tienes de la situación política actual, que has definido como una hoguera continua?

La sensación que tengo es que el escenario de polarización en que llevamos años metidos no decrece sino que va a más, y eso va generando una especie de hoguera continua y enorme, que no se apaga, que se alimenta, y creo que eso se carga un poco la conexión de ciudadanía, la concordia de ciudadanos que respetan al adversario. Me parece preocupante desde el punto de vista del ciudadano, más incluso que como analista, porque al final la democracia se basa en el respeto a las instituciones, el respeto a las formas y también el respeto al adversario. Y está siendo una cosa demasiado demoledora.

¿Crees que esa polarización se acaba trasladando a la sociedad?

Creo que son dos cosas diferentes. Esa polarización sí cala en el aspecto del debate público, pero como esta es una sociedad de clase media y no la de los años treinta, digamos que la sangre no llega al río. Porque para que la sangre llegue al río necesitas una sociedad empobrecida, muy enfadada. Aquí el enfado se sustancia de manera simbólica a través de esa polarización, pero es verdad que estas cosas degradan los usos y la convivencia, y acabamos aceptando como normal cosas que son auténticas barbaridades. Eso degrada la calidad democrática de un país pero creo que estamos muy lejos de que esa polarización afecte de verdad a la convivencia. En Cataluña sí se parte, pero al final son sociedades de clases medias, insisto, y las sociedades de clases medias es muy complicado que entren en conflicto civil entre ellas o dentro de sí mismas, porque la gente tiene cosas que perder y eso es la mejor vacuna contra las aventuras.

Entonces, ¿hay como dos niveles? Por un lado la polarización política y mediática, y por otro las clases medias construyendo empresa, sociedad.

Eso es. Hace tiempo que nos hemos dado cuenta de que la comunicación y el espacio público es cada vez más emocional y menos racional, y si hace treinta años lo racional en el espacio público tenía un peso y la gente hacía análisis sesudos, se escuchaban o se leían con respeto y autoridad, como esto se ha ido convirtiendo en algo muy emocional, la polarización se lo está comiendo. Pero insisto en que creo que eso es el debate público, el espacio público. Luego, en la vida privada de la gente, eso es una válvula de escape en una situación de crisis pero una sociedad donde la gente tiene unos ingresos, podemos discutir si son muchos o pocos, pero esto no es la España del año 30, donde la gente se moría de hambre, y eso es una garantía de paz social. En ese sentido, la polarización actúa como válvula de escape de la frustración.

Pero que haya esos dos niveles al final genera una especie de esquizofrenia: por un lado una vida más concreta, más normal, pero por otro un discurso que no tiene nada que ver con la realidad.

'De momento la polarización no ha afectado a las clases medias'

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¿Qué Europa hace falta después de Salzburgo? Esta seguro que no

Robi Ronza

La cumbre de Salzburgo de la semana pasada entre jefes de Estado y de gobierno de la Unión Europea era una cita informal. Eso significa que la reunión tenía un orden del día que pretendía favorecer un intercambio de ideas, pero no el objetivo de llegar a decisiones concretas y comprometidas. En ese sentido, no estaba prevista la publicación de comunicado alguno al término de las sesiones. Paradójicamente, eso hacía el encuentro aún más interesante desde el punto de vista político. No teniendo la obligación de llegar a la firma conjunta de un documento final, los 28 líderes podían manifestar mucho más libremente sus respectivas posiciones.

De la cumbre ha salido por tanto un cuadro bastante claro de la situación actual de Europa y más concretamente de la UE. Lo bueno es que ese cuadro está claro, lo malo que la situación es evidentemente desastrosa. No tanto por los resultados inmediatos de la cumbre, que de hecho son mejores de lo que se podía esperar, sino por el vacío de ideas y de perspectiva que lo ha caracterizado. También podemos decir que esto no es una novedad, sino solo la confirmación de una situación que lleva años así. El problema es que mientras tanto el mundo no para de cambiar, y eso hace que la inercia de Europa sea cada vez menos sostenible, no solo para Europa sino para el mundo entero.

Incluir en la agenda, como se ha hecho, sustancialmente solo la cuestión de la inmigración irregular y la salida de Gran Bretaña de la Unión significa cerrarse en un perímetro defensivo de corto respiro. Afrontar estas dos cuestiones debe tener sin duda toda la importancia táctica que merece. Sin embargo, a pesar de todo lo que la prensa cuenta, las prioridades estratégicas son bien distintas. Hasta el presidente del Consejo europeo, Donald Tusk, fiel portavoz de Bruselas, lo ha tenido que reconocer respecto a los flujos migratorios de los que se decía que, “a pesar de la retórica agresiva, las cosas se están movimiento en la dirección adecuada”. Los resultados obtenidos hasta el momento se deben “principalmente al hecho de que nos hemos centrado en el control de las fronteras externas y en la cooperación con terceros países, que ha reducido el número de migrantes irregulares de casi dos millones en 2015 a menos de cien mil este año”. En definitiva, el problema se ha afrontado y se ha alejado de la fase de emergencia. Y todo gracias al hecho de que a fin de cuentas, mientras se ponía en la picota a los “malvados” que se alineaban en contra del flujo caótico e incontrolado de inmigrantes, en la realidad de las cosas se han puesto en marcha las políticas y controles que estos proponían en virtud de cuatro puntos: aumento de inversiones en África, reforma del tratado de Dublín, revisión de la operación Sophia, reforma de la Agencia europea para el control de fronteras externas de la Unión.

¿Qué Europa hace falta después de Salzburgo? Esta seguro que no

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>La Unión Europea y China

¿San Jorge y el dragón chino?

Ángel Satué

No es fácil comprender la realidad de las relaciones exteriores de la Unión Europea en los últimos meses. Confluyen intereses nacionales de los estados europeos y muchos asuntos de geopolítica internacional, como la cuestión nuclear iraní, la guerra de Siria, las relaciones con EE.UU. en la OTAN, con el propio Trump, los oleoductos desde Qatar y el Cáucaso pasando por los gaseoductos desde Rusia, la lucha contra los terroristas musulmanes, etc. Además, están los nuevos retos de política global, como el tradicional comercio internacional, el cambio climático, el uso del espacio o el gobierno o arbitraje de la globalización.

En este juego de geopolítica, recientemente, la Unión Europea y China en su 20ª reunión bilateral, han acordado reforzar su “asociación estratégica” (strategic partnership) y su compromiso con las reglas del orden mundial actual, aunque China trabaja por construir un sistema propio, con instituciones mundiales propias.

Esta asociación, que no llega a alianza, incluye la adhesión al sistema de comercio internacional al que China se incorporó hace pocos años, la lucha contra el cambio climático –con una importante cita en diciembre de 2018 en Polonia– y la cooperación en materia de seguridad y en asuntos exteriores, poniendo el acento sobre todo en los progresos en materia de protección recíproca de inversiones. Por cierto, un capítulo este último donde España es un enano en comparación con el nivel de inversión chino en Italia, Francia y Alemania.

En cambio, por otro lado, China (pero también Rusia, buscando su salida al Mediterráneo, y Turquía, buscando su expansión histórica) se vuelca en los Balcanes y el este europeo. Sin duda alguna, el flanco geopolítico más débil de la Unión Europea, sin contar con el ensanchamiento del Océano Atlántico, con la salida del Reino Unido de la Unión. Las relaciones entre China y la Unión vemos que tienen cada vez más importancia. Somos, no en vano, una península euroasiática.

El este de Europa (sin contar la guerra-crisis entre Rusia y Ucrania) es nuevamente el tablón de ajedrez del continente – imperio europeo (Kaplan) que es la Unión Europea, y China quiere estar presente. La Unión, en paralelo, refuerza la europeidad de la región. Prueba de ello es la victoria política a cuya consecución la diplomacia europea no ha escatimado tiempo y recursos, con relación a la denominación del país Macedonia. Este país, junto con Albania, ha comenzado sus conversaciones para entrar en la Unión Europea.

Es en esta región en la que el dinero chino, que igual compra deuda yankee que da créditos a Bulgaria para construir una carretera, comienza a extender sus redes político-económicas, sin pretender “dividir la Unión Europea” en palabras del primer ministro chino, Li Keqiang (excusatio non petita, acusatio manifiesta). En cambio, vemos cómo a primeros de julio tuvo lugar un nuevo encuentro del grupo de países 16+1, donde ese 1 es China y, de los 16, 11 estados pertenecen a la Unión Europea, más otros cinco que no (Estonia, Letonia, Lituania, Hungría, Polonia, República Checa, Eslovaquia, Bosnia-Herzegovina, Croacia, Macedonia, Montenegro, Serbia, Eslovenia, Albania, Bulgaria y Rumanía).

>La Unión Europea y China

¿San Jorge y el dragón chino?

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>Entrevista a Francisco Aldecoa Luzárraga

'El tejado del edificio europeo es la reforma federal'

Ángel Satué

Francisco Aldecoa Luzárraga, catedrático de Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid, ha sido recientemente elegido presidente del Consejo Federal Español del Movimiento Europeo en sustitución de Eugenio Nasarre, que ha estado al frente del mismo los últimos seis años.

El Consejo es una de las 39 secciones del Movimiento Europeo Internacional, constituido en 1949. Tradicionalmente, su presidencia recae en una persona afín ideológicamente al gobierno de turno, y en este caso se ha vuelto a cumplir con esta regla no escrita que es un pacto entre caballeros. Una organización al servicio de Europa para propiciar una identidad europea y que España sea un factor dinamizador en el proceso de construcción de la Unión.  

Recientemente ha colaborado y coordinado con Eugenio Nasarre la edición de un libro llamado “Europa como tarea”. Cuando para unos la Unión ha llegado al máximo de sus posibilidades como superestructura política, mientras que para otros no es sino el comienzo de un proceso federativo mundial, ¿qué tarea es la que queda por hacer aún en Europa?

Me encuentro entre los que entienden que estamos en un momento avanzado del proceso de creación de la Federación Europea., esto es, poner tejado al edificio de la construcción europea. El tejado es la reforma federal. Por otro lado, el proceso federativo mundial de momento es otra cosa, y está parado.

¿Cómo se pueden trasladar las conclusiones e ideas del libro a la sociedad?

La idea del libro es que la Unión Europea está inacabada y hay que dar pasos sucesivos. En el Congreso de la Haya nace Europa, por impulso de la sociedad civil. Es esta la que debe estar presente en la profundización de lo que falta por hacer. Espontáneamente o, mejor, de forma canalizada, por la vía de una mejor participación.

Usted está acostumbrado a las lides europeas, es asiduo a los mentideros de Bruselas y de otras capitales europeas, está conectado con la juventud desde su cátedra en la Universidad Complutense y en asociaciones europeístas, ¿tiene Bruselas un modo tecnocrático de hacer política y economía, hasta llegar a ser un fin en sí misma para sus dirigentes?

Yo creo que no. Esta acusación, tan manida, sobre Bruselas es una exageración. Los hitos políticos importantes los ha hecho el Parlamento europeo. A veces ha habido excesos de regular cosas, si me permite la expresión, “tontas”, pero no en lo fundamental. El proceso político, hoy, es equivalente al de los países democráticos y, si cabe, menos tecnocráticos que el de los Estados miembros.

¿Se puede seguir hablando de déficit democrático en la Unión Europea?

No. El fundador de la Unión Europea de Federalistas, Spinelli, ya dijo que existía en el  84 un déficit democrático. Para solucionarlo nace la iniciativa del Parlamento Europeo de establecer un nuevo tratado. Posteriormente, ha habido cinco reformas de los tratados para mejorar el sistema, y actualmente el sistema democrático de la Unión es equivalente al de sus Estados miembros, o incluso en algunos casos es mejor, lo cual no quiere decir que no sea mejorable su calidad democrática, como el caso de nuestro Estado  español.

>Entrevista a Francisco Aldecoa Luzárraga

'El tejado del edificio europeo es la reforma federal'

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Italia en desgobierno. La Unión Europea tocada

Ángel Satué

“Cuando Dios quiere joder a alguien lo hace nacer en Sicilia. Cuando lo quiere joder dos veces, lo hace nacer en Palermo”. Es lo que dice Robero Merra, miembro de una familia de latifundistas y jueces, comunista de juventud, socialista radical de Craxi más tarde y en 2007 miembro de Forza Italia, y una de las historias que cuenta el libro “Cómplices. De Corleone al Parlamento”, una historia real de mafia, poder y política italiana.

Esto mismo parece pensar la mayoría de los votantes de la Liga Norte (Salvini), desde luego, y cambiando Sicilia y Palermo por Bruselas, lo pensarán muchos votantes del Movimento 5 Estrellas (Di Maio), más pesimistas y eurófobos. También piensan que cuando los quiere fastidiar tres veces, simplemente es el presidente de Italia, Sergio Matarella, precisamente nacido en Palermo, el que les niega la composición de gobierno a los partidos más votados de Italia.

Esto es lo que ha pasado. El presidente italiano Sergio Mattarella ha declarado solemnemente que no podría encargar gobierno a la coalición populista-nacionalista de extrema derecha identitaria, liderada por un profesor desconocido –Giuseppe Conte– del sur del país, el primero en 30 años. El motivo, que la coalición propuso como ministro de economía a un “euroescéptico”, un economista de 80 años contrario a la moneda única europea.

Las bases de ambos partidos han protagonizado en redes sociales un ir y venir de peticiones de dimisión hacia el presidente Mattarella, acusaciones de golpe de estado, de extralimitación de funciones, de golpe de estado de Alemania, de amenazas recordando el asesinato del hermano del presidente a manos de la Cosa Nostra, de estar al servicio de Bruselas y de Berlín, de no ser una verdadera democracia, etc. Mensajes apoyados por Le Pen y por el asesor de Trump y de Vox, Steve Bannon.

Sin embargo, no es la primera vez que un presidente ejercita su poder de veto, aunque sí ha sido la primera vez que la coalición postulante ha declinado volver a presentar un candidato. Ante esta tesitura, Mattarella, alegando que un nombramiento como el de Paolo Savona –define el euro como “la jaula alemana”– pondría en juego la estabilidad de la economía italiana y de Europa, reconoció que el nombramiento de esta cartera ministerial es trascendente, pues o trae la calma o incendia los mercados.

En estos momentos Italia, que compite en atracción de inversión extranjera con España, tiene una deuda del 130% del PIB que debe financiar, y no se puede permitir (ni el estado ni las familias) que los tipos suban por subir la prima de riesgo del país ante la incertidumbre de salir del euro.

La salida del euro supondría el fin de la moneda única, con lo que es de suponer que la propuesta por parte del Movimiento 5 Estrellas y la Liga Norte era de todo menos inocente.

Italia en desgobierno. La Unión Europea tocada

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Europa merece, una vez más, que la defendamos y que la refundemos

Miguel de Haro Izquierdo

En días pasados conmemoramos la festividad del día de Europa. Para muchos europeos la festividad era lo más parecido a un lúgubre cumpleaños que quiere ser olvidado y silenciado con los amigos más cercanos, ante la fatiga de una celebración vacía, sin esperanza y carente de sentido. Parece como si uno pudiera “palpar en nuestras sociedades cómo se expande la idea y el sentimiento de una Europa cansada y envejecida, no fértil y vital, donde los grandes ideales que inspiraron a Europa parecen haber perdido fuerza y atracción”, tal y como exponía el Papa Francisco en su discurso al recoger el Premio Carlomagno en el año 2016.

Los acontecimientos políticos y sociales generados en muchas naciones europeas en los últimos años han minado la confianza europeísta. La corriente euroescéptica de Gran Bretaña, con un demoledor brexit que daña tanto al país anglosajón como al resto de miembros de la UE por las consecuencias de su separación en el ámbito social, económico, y sobre todo por la ruptura de la unidad del ideal de proyecto común europeo. El problema del euro y el futuro de nuestra política económica y fiscal común. El incremento de partidos anti-integracionistas. La crisis de los refugiados que ha sido incapaz de ser asumida tanto a nivel humanitario como a nivel político y social. Los frecuentes ataques terroristas en Francia, Alemania, España… y el terror que conlleva la pérdida de vidas y su inmediata generación de sentimientos de inseguridad entre la población. La incapacidad de dar respuesta a nuestras fronteras en el sur del Mediterráneo, donde millones de personas mueren soñando poder llegar a un paraíso personal de condiciones más favorables.

Nuestra política exterior y de acción común también se observa debilitada ante un nuevo escenario mundial en que naciones comercialmente superiores a nuestros recursos toman posición ante el futuro de un nuevo orden mundial económico. Nuestra presencia en el conflicto de Siria, las deterioradas relaciones políticas con Rusia y EE.UU, ahonda la sensación de una esclerosis múltiple europea.

Ante tanto desconcierto creo que es importante hacer referencia a dos personalidades que han tenido una especial trascendencia estas semanas, y que pueden recuperar en el presente el liderazgo y el origen de la verdadera Europa. Por un lado, Emmanuel Macron, al concederse el premio Carlomagno en Aquisgrán, y por otro Antonio Tajani, al recibir el premio Carlos V en Yuste.

El presidente francés ha resaltado y recomendado que “no seamos débiles, no nos dividamos, no tengamos miedo, no esperemos” frente a todos los retos y debilidades de nuestro continente. Ante el derrumbe de los principios democráticos y del populismo, “no tengamos miedo del mundo en el que vivimos, de lo que somos, de nuestros principios. No los traicionemos”. Frente a todas las incertidumbres no podemos "estar enfrentados a las tentaciones de abandonar los fundamentos de nuestro Estado de derecho. No cedamos nada".

Europa merece, una vez más, que la defendamos y que la refundemos

Miguel de Haro Izquierdo | 0 comentarios valoración: 3  44 votos
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