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19 NOVIEMBRE 2017
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Más que a China, deberíamos temernos a nosotros mismos

Robi Ronza

Como de costumbre, los diarios y telediarios han seguido el congreso del Partido Comunista Chino que ha tenido lugar estos días en Pekín con sentimientos encontrados. Por un lado admirados, o al menos consolados, por la granítica estabilidad del régimen; por otro un poco preocupados por el papel económico de primer orden que China ocupa a nivel planetario. Teniendo en cuenta sus dimensiones objetivas, en realidad que China ocupe tal lugar es sencillamente natural. Lo anómalo es el hecho de que, bajo la presión del extraordinario desarrollo de Occidente, durante casi un siglo y medio ese papel haya sido menor.

Las dimensiones demográficas de China, como las de India por otro lado, son un dato de facto, y escandalizarse es una pérdida de tiempo. Se trata más bien de ver cómo gestionarlo positivamente. Desde finales del siglo XVIII Occidente empezó a ver esas dimensiones como un peligro. Es una historia que empieza con Napoleón y su frase “Cuando China despierte el mundo temblará”, y continúa con la difusión del temor al “peligro amarillo” a lo largo del siglo XIX. Como inciso, es curioso notar que no exista ningún lugar común similar respecto a la India, a pesar de que sus dimensiones demográficas son parecidas.

En el ámbito de las relaciones internacionales, la historia demuestra que el equilibrio es posible, pero a cambio de que todos asuman sus respectivas responsabilidades. Es cierto que China siempre se ha concebido como el centro del mundo. En el discurso programático inaugural del congreso del partido, el presidente chino Xi Jinping volvió a confirmarlo, aunque con una hábil cautela. Pero luego él y también China deberán rendir cuentas con la realidad de las cosas. Como europeos, como occidentales, como gente que detenta la mayor parte del control en todos los ejes fundamentales del desarrollo, más que nunca no tenemos nada que temer más que a nosotros mismos y la crisis de civilización que estamos atravesando. Si no conseguimos superarla, caeremos y no por un golpe externo sino por colapso interno.

Sobre China, como europeos debemos preocuparnos ante todo por no haber ni siquiera intentado todavía delinear una política común al respecto. Entretanto, Alemania está desarrollando su propia política con China, dejando fuera a la UE. Por su parte, Trump viajará el mes que viene a China para reunirse con Xi Jinping, recién reconfirmado por el congreso de su partido; y por otro lado el secretario de Estado Rex Tilleson tiene previsto visitar Dehli, con la que Washington pretende reforzar la cooperación con el fin de contener la influencia china en Extremo Oriente. La Unión Europea haría bien en hacer lo mismo, si tuviera una política exterior común, que no es el caso.

Nadie más que India, que tiene dimensiones demográficas análogas y que están en la misma parte del mundo, puede con su presencia hacer frente al avance de China. Además, no hay que olvidar que India es una democracia, mientras que China es el mayor y más estable régimen autoritario del mundo. Y también por eso tenemos con India una proximidad concreta que no habría que descuidar.

Más que a China, deberíamos temernos a nosotros mismos

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>AUSTRIA Y ALEMANIA

Elecciones a ninguna parte

Ángel Satué

El gran historiador británico Arnold Toynbee (en su obra A Study of History), afirma que el suicido de la civilización se produce cuando los líderes dejan de reaccionar de un modo innovador a los retos que tienen delante.

Asume por tanto que deben existir minorías, líderes, élites que de uno u otro modo son las que preparan el camino a la mayoría. Personas que sean capaces de ejercer un liderazgo creativo, como si de un sacerdocio se tratase. Por amor a su vocación y a los demás.

Entre populus y plebs cabe la misma distinción que podría darse entre alta cocina y comida basura. En ambos casos, el pueblo, la plebe, serán lideradas por unas minorías. Sólo en el primer caso, las minorías nacerán y se harán del propio pueblo, siendo verdaderamente libres. Cuando en cambio, tan solo hay plebe, el ejercicio responsable de la libertad es prácticamente imposible.

En Austria, el pasado domingo, el partido ultraderechista quedó como tercera fuerza política en el parlamento austríaco, superando la barrera del 4%, que prevé la Constitución para favorecer la gobernabilidad. El FPÖ de Heinz Christian Strache obtuvo un 26%, quedando a décimas de los socialdemócratas. El Nuevo Partido Popular (ÖVP) austríaco, liderado por el treintañero Sebastian Kurz (31) logró un 31,7%.

El ganador moral, empero, ha sido el FPÖ en la medida en que durante la campaña electoral ha condicionado absolutamente el mensaje, tanto en el fondo como en las formas: inmigración, cierre de fronteras, fin de las ayudas a inmigrantes...

Prácticamente al mismo tiempo, en Alemania, hace apenas tres semanas era AFD –partido de extrema derecha– la que obtenía unos brillantes resultados, cosechando un 13% del voto alemán, que en teoría lo creíamos vacunado frente al nazismo y al comunismo, y otros ismos. O eso creíamos.

¿Hay tantos xenófobos y racistas en estos países del norte? Qué duda cabe que los habrá dentro de ese 26%, pero la pregunta que me hago es, por comparación, si los había en los años 30 en Austria y Alemania, y otros países del este fascista del período de entreguerras. Era un racismo expresado contra otro tipo de extranjero. Sobre todo, creo que había gente con miedo, con esperanzas no cumplidas, frustradas, con ganas de seguridad y de bienestar, que habían dejado de ser pueblo para ser plebe, deseosa de seguir a cualquiera que le dijera lo que querían oír. ¿Puede volver a pasar? Claro que sí.

En el auge de estos extremismos políticos que se dan en la actualidad, pienso que hay más riesgos para todos nosotros de los que atisbamos en lontananza. Ahora el enemigo es el musulmán, o el refugiado sirio o libio, o el negro de ébano o el latino, y si no, es el funcionario de Bruselas, con sus sueldos de 5.000 euros netos, y toda su regulación y normativas, pero no tardaremos en ver que el enemigo es el otro, el francés, o el polaco, o el español, o el alemán. Entonces, será tarde, porque Merkel en Alemania, o Kurz en Austria, habrán jugado con los argumentos de los extremistas para permanecer en el poder, pues no otra cosa ha pasado en sendos partidos conservadores.

>AUSTRIA Y ALEMANIA

Elecciones a ninguna parte

Ángel Satué | 0 comentarios valoración: 2  31 votos
>ALEMANIA

El miedo entra en escena

Ángel Satué

Si hay una imagen que destacaría de las pasadas elecciones alemanas es la de todos los candidatos en un mismo estudio de televisión, comentando los resultados electorales… en la noche electoral. Es admirable lo que los españoles debemos aprender aún de democracia, participación, civismo y transparencia.

También dan lecciones malas los del norte. Por ejemplo, la irrupción de un 13% de votantes en las filas del primer partido de extrema derecha alemán con representación parlamentaria desde la época más oscura de Europa, la nazi, solo superada por la Europa comunista.

En esto, no obstante, podemos darles también lecciones nosotros, los latinos, pues Podemos en España, el Movimiento 5 Estrellas en Italia, Syriza en Grecia, o la coalición comunista en Portugal, son de extrema izquierda y extremo populismo (social-populistas y comunistas).

La buena noticia es que si hay un común denominador a todos ellos es que son más parecidos sus votantes y militantes a oportunistas, vividores, idealistas, románticos y cabreados que nazis o comunistas, aunque no les conozco a todos. Es una impresión. Esto parece positivo pues de lo contrario estaríamos en una prerrevolución europea.

Otro factor clave de estas elecciones, como de todas las del último lustro, es que pude seguir la noche electoral vía Twitter –una red social muy útil para crear opinión y difundir noticias, información, propaganda e, incluso, desinformación–.

O sea, que el mundo va transformándose, y nosotros con él. Cuando la transformación comienza a superar nuestras seguridades y certezas, comienza a aparecer un sentimiento de miedo e inseguridad. Es aquí donde trabaja el populismo. Casi como psicólogos tratan de que conectemos con nuestras emociones, nuestros sentimientos ante lo que vivimos. Vivimos una realidad, por ejemplo, que incluye a inmigrantes, pero ¿cómo la vivimos? Y sobre todo, ¿cómo la debemos vivir de acuerdo a nuestros valores? Cuando no hay coherencia, concordancia entre sentimientos y valores (no contravalores, por ejemplo, que la muerte o la violencia sean un bien), cuando faltan algunos de los pilares, el hombre se derrumba y con él, la sociedad, el sistema.

Pues en Alemania ha pasado un poco lo que está pasando en el resto de Europa, pero como son más ricos, pues algo menos, y como son más alemanes –dicho con todo el respeto– pues parece que el asalto a los cielos se hará poco a poco y ordenadamente. ¿Se hará? Tal vez. En el pasado, desde luego que se hizo. El presente en cambio es nuestro. De ellos. Es lo bueno. También, cuando no se está preparado ni formado, puede ser lo malo. Los europeos estamos un poco en esto. No sabemos muy bien lo que es bueno o malo, pero queremos decidir por nosotros mismos, todo (¡Oh, Hegel!), pero si nos equivocamos queremos, eso sí, tener una red social y de seguridad, y echamos la culpa al otro, que además parece que reza raro y es oscurito. Creo que tendríamos menos miedo si conociéramos más nuestro arraigo y estaríamos más ciertos en pocas cosas, pero las importantes.  

Así que sí, opino que la bestia del miedo ha aparecido ya formalmente en Alemania. La bestia del miedo no suele tener miedo, sino que se alimenta del de los demás.

>ALEMANIA

El miedo entra en escena

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El secreto del éxito de Alternativa por Alemania

R.G.

Los primeros datos de los resultados de las elecciones alemanas apuntan a que la CDU pierde casi nueve puntos y se queda rozando el 33% de los votos. No está mal, teniendo en cuenta que en otras votaciones consiguió resultados parecidos y estamos en un momento en que el problema de los refugiados ha polarizado el debate político alemán. La Unión sigue siendo la fuerza política más sólida, sin ella no se puede gobernar Alemania, como ha señalado la que con gran probabilidad seguirá siendo canciller, Angela Merkel.

El SPD pierde el 5% de los votos y logra el resultado más débil de su historia desde la Segunda Guerra Mundial, con un 20%. La tercera fuerza política del parlamento será la AFD, con casi el 13% de los votos. Los liberales (FDP) de Christian Lindner son los ganadores de la jornada, pues vuelven al parlamento alemán con más del 10% de los votos. Los Verdes y el partido de izquierda Linke rozan el 9% respectivamente, repartiéndose en gran parte el voto de los jóvenes.

Los resultados confirman la caída del SPD, si no de un modo drástico sí en lo que se refiere al voto joven, un partido que ha decidido no mantener la gran coalición con la Unión, como dijo claramente Martin Schulz en sus primeras apariciones de la jornada. No quiere que la oposición solo sea tarea de la AFD.

Todavía no se puede hacer un análisis preciso, pero lo que está claro es que en el este de Alemania la AFD ha superado el 20% de los votos, convirtiéndose en el segundo partido, muy cerca de la CDU. En el sur de Alemania, la zona más rica del país, la AFD ha llegado casi al 12%, y en la zona oeste ha rozado el 6%. Conviene señalar que casi el 60% de los votantes de AFD afirman haberlo hecho como señal de protesta contra los demás partidos y no por convicción o adhesión al programa del partido de la derecha alemana. Pero todos los partidos deben tenerlo en cuenta. No quieren comprometerse con la AFD, por su retórica hipernacionalista, pero hay que tomar en consideración el miedo de la gente, que especialmente en el este del país se sienten abandonados en sus dificultades (falta de empleo y de viviendas adecuadas, pérdida de la propia identidad, etc), a causa de un presunto, y en parte real, privilegio del empleo para los refugiados.

Cuando un periodista le preguntó a Merkel si será capaz de formar gobierno con liberales y verdes antes de Navidad, la canciller dijo que confía en poderlo hacer porque la responsabilidad del país ante los desafíos de este mundo (revolución digital, graves conflictos internacionales como el de Corea del Norte…) así lo exige. Una coalición “jamaicana” (por los colores) no será fácil, pero parece haber acuerdo sobre el sentido de responsabilidad necesario de cara al futuro del país por parte de los tres partidos llamados en causa.

El secreto del éxito de Alternativa por Alemania

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La cuestión alemana, crucial para todos

G.P.

Estamos en la recta final de las elecciones alemanas, unas votaciones que nos afectan a todos. Por un lado, la Alemania del primer escorzo del siglo XXI tiene en Europa un papel muy parecido a la época del canciller Bismarck. Tan grande que un murmullo suyo reverbera en todo el continente (o al menos en toda la Unión Europea, más aún en la eurozona), pero no lo suficientemente grande como para resolver todos los problemas europeos. En medio de este dilema, las tres cancillerías de Angela Merkel han sido ejemplares.

Por una parte, ha intentado ser una de las raras personalidades políticas europeas con una idea clara del futuro de Europa. No es una “federalista” en el sentido estricto, pero persigue ante todo el proyecto de una confederación donde puedan coexistir estados y naciones con historias y tradiciones diferentes pero con ciertos objetivos fundamentales comunes. A nivel interno (europeo), el de evitar confrontaciones que ya la bañaron en sangre en el pasado, y poder ser “un lugar donde se vive bien y donde uno se alegra de vivir”. Este es el objetivo que Alemania ha perseguido y que le asegura (a menos que haya sorpresas de última hora) un cuarto mandato a la canciller. Últimamente he visitado bastante esta república federal. Se respira bienestar (aunque sin ostentación) y no se advierten grandes diferencias ni tensiones sociales. Un “modelo” al que deberían aspirar numerosos países de la Europa en vías de integración.

Para llegar a la victoria, puesto que dirige el partido con mayoría relativa, Merkel no ha dudado en buscar socios de gobierno (por tanto, alianzas) ni en efectuar cambios sustanciales en las políticas públicas (de especial relieve ha sido la relativa a la inmigración procedente de Oriente Próximo). A veces lo ha hecho sin miramientos, pero siempre pendiente de los “sentimientos” de la opinión pública.

En estos días, víspera de las elecciones, los opinadores se preguntan cuál será su política de alianzas dentro de la república. Más aún se lo preguntarán después del 24 de septiembre, sobre todo si, como suele pasar en Alemania, las negociaciones para la formación de gobierno se alargan. En mi opinión, Angela Merkel ya ha comprendido perfectamente que las alianzas solo se asientan después de definir acuerdos concretos sobre proyectos de ley presentados en el parlamento.

Todas son cuestiones importantes, pero creo que hay una que resulta crucial. ¿Qué pasará después del cuarto mandato de Merkel? Es un problema que nos afecta a todos. No creo que sea posible, entre otras cosas por motivos de edad, un quinto mandato. Además, creo que otro país europeo, por ejemplo Francia, puede aspirar a desarrollar el mismo papel que la República Federal Alemana. Sin embargo, no parece que los demócrata-cristianos y los socialistas cristianos tengan preparado algún sucesor entre sus filas. El partido liberal y el partido verde son demasiado pequeños para aspirar a la cancillería. Los dos partidos de extrema derecha y extrema izquierda no tienen pretensiones de liderazgo europeo, de hecho son antieuropeos. Al día siguiente de las elecciones, el “post-Merkel” debería ser el tema central del debate.

La cuestión alemana, crucial para todos

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Un sexto escenario para Europa

Ángel Satué

El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, compareció el pasado miércoles 13 de septiembre ante el Parlamento para hacer balance del año y presentar el nuevo curso político. El debate sobre el estado de la Unión es la primera gran cita de la política europea, para el curso que comienza tras el parón del verano. El conservador Juncker –elegido por la mayoría del Parlamento en 2014– se dirigió al Parlamento de más de 500 millones de personas, la mayor unión de democracias del mundo.

La expectación era máxima, pues Juncker debía concretar cuál de los cinco escenarios de futuro, de aquí a 2025, pensaba más adecuado para la Unión Europea. Estos escenarios se publicaron por la Comisión antes de la Cumbre de Roma del 25 de marzo, para celebrar el 60º aniversario de la UE. El primero consiste en “Seguir igual”; el segundo, en reducir la Unión al “Mercado único”; el tercero, en apostar por varias velocidades de integración (“Los que desean hacer más, hacen más”); el cuarto, centrarse en hacer menos políticas comunitarias donde no aporte su intervención, pero gastando mejor; y el quinto escenario sería hacer mucho más.

Resultó que Juncker ha invitado a los 500 millones de europeos a un sexto escenario, mezcla de todos los anteriores, basado en una Eurozona para todos los 27 estados (sin Reino Unido) y una Europa a una única y alta velocidad de integración y, por descontado, con el marchamo de origen del intervencionismo comunitario, ciertamente estatalista.

Su discurso se centró en los retos y desafíos a los que se enfrentan los ciudadanos europeos (aviso a nacionalistas: somos ciudadanos europeos, por ser ciudadanos de los 28 países que componen la Unión) en 2017.

"Una UE más unida, fuerte y democrática". “Es el tiempo de movernos desde la reflexión a la acción; del debate a la decisión”. "El Estado de derecho no es una opción: es una obligación". "En Europa impera la fuerza de la ley, no la ley del más fuerte. La UE se basa en el Estado de derecho y hay que respetar las sentencias judiciales". "Turquía se está alejando de la UE a pasos agigantados. No podemos tolerar que los líderes turcos llamen a nuestros primeros ministros nazis y fascistas. Los periodistas deben estar en las redacciones, no en las cárceles". "El Brexit es triste, es trágico: siempre lo lamentaremos, ustedes también". “El Brexit no es el final de Europa". “Los avances en los aspectos financieros (unión bancaria, Eurozona, presupuesto comunitario, fondo monetario europeo bajo control parlamentario, euro ministro de finanzas de la Unión) solo funcionarán si la Unión adopta un pilar de derechos sociales para proteger a trabajadores, pensionistas y garantiza estándares comunes”. “Inmigración legal es una necesidad para una Europa envejecida”. “La gente sin derecho a permanecer en Europa debe ser retornada a sus países de origen”. “Un único presidente que lidere la Comisión y el Consejo Europeo, elegido después de una campaña electoral llevada a cabo por todo el continente”. Extender mayorías cualificadas (en vez de la unanimidad) para política exterior y temas fiscales puede hacer avanzar a la UE en el camino a la integración.

Un sexto escenario para Europa

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Macron recupera el multilateralismo

Antonio R. Rubio Plo

La película Dunkerque se cierra con una cita de Churchill, tomada de su discurso ante la Cámara de los Comunes el 4 de junio de 1940, y en ella se dice que los británicos continuarían la lucha “hasta que el Nuevo Mundo venga al rescate y la liberación del Viejo”. Dicha cita, aunque la victoria definitiva no estaba cercana, hacía presentir un mundo dirigido por las potencias anglosajonas, aunque en realidad solo una de ellas estaría en condiciones de llevar la carga imperial y asociar a la vieja Europa en su objetivo de contención del bloque soviético. Pero hoy el vínculo trasatlántico tiene serias fisuras, que intentan taparse con cumbres políticas más o menos frecuentes e iniciativas que pretenden ser una reinvención de algo que perdió su finalidad originaria. Ya casi nadie cree que el Nuevo Mundo va a venir en rescate del Viejo, ni en lo político, ni en lo económico, ni en lo militar. Sin embargo, sería injusto echarle toda la culpa a Donald Trump. El vínculo trasatlántico se debilitó con Barack Obama, por mucho que este presidente fuera el favorito de bastantes políticos europeos, aunque también George W. Bush tuvo algo que ver pues, con o sin guerra de Iraq, las respectivas visiones del mundo eran divergentes.

Sin ir más lejos, Enmanuel Macron lo ha certificado en la tradicional reunión de finales de agosto del presidente de la República con los embajadores franceses. El orden de 1989, caracterizado por una globalización ultraliberal y la hiperpotencia de un solo Estado, ha tocado a su fin. No le falta razón, aunque algunos sigan especulando qué habría pasado si Trump no hubiese ganado o que a lo mejor en la elección presidencial de 2020 las aguas vuelven a su cauce. En cualquier caso, el presidente francés está en lo cierto al asegurar que el mundo a nuestro alrededor se está transformando y lo peor en este contexto es la inacción. Se refiere a Francia, pero podría ser aplicado a otros países, en los que el peso de la política interna se ha acentuado tanto en los últimos años, al compás de los efectos de la crisis, que no quedan ganas de mirar al exterior y se opta por el repliegue con la ilusión de que se pueden mantener unas fronteras herméticas, o al menos hacérselo creer al electorado. Según Macron, esto es una renuncia a la historia, y es lo mismo que decía Benedicto XVI al asegurar que Europa se está despidiendo de la historia. La inacción no necesariamente es apatía. Muchas veces es desconcierto o sencillamente miedo. Hay quien quiere convencerse de que las guerras de los telediarios no llegarán hasta aquí, salvo con algunos coletazos, en forma de inmigrantes o de terrorismo, que podrán abrir brechas y causar víctimas, pero no derribar los muros de la fortaleza. Quizás esa política exterior, entre la timidez y el desconcierto, sea un reflejo de nuestras sociedades occidentales tan ensimismadas que no ven más allá de su particular horizonte.

Macron recupera el multilateralismo

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Europa, la que ya existe

Fernando de Haro, Rímini

El Meeting de Rímini se celebra en la feria de la ciudad. En la feria de la ciudad hay unas pantallas grandes instaladas en cada uno de los corredores por los que se accede a las salas. Y en esas pantallas están proyectando un breaking news, una última hora sobre los ataques en Cataluña. Ha sido encontrado un sospechoso con un cinturón de explosivos en Subirats, parece tratarse de Younes Abouyaaqoub, el autor del masivo atropello de Barcelona.

Es media tarde. En la sala más grande, donde se reúnen varios miles de personas, se desarrolla un encuentro dedicado a Europa. El moderador, Giorgio Vittadini, en su introducción hace una declaración a favor de Europa y del euro, “sin el euro la crisis hubiera sido mucho peor”. Afirmación que distancia al Meeting del populismo de izquierdas y de derechas que en Italia ha crecido en los últimos tiempos. A favor de Europa sí, pero no de la Europa lejana, la Europa de los análisis, sino a favor de la Europa que ya existe. Por eso la mesa redonda comienza con la intervención de un científico del CERN, el proyecto de estudio de las micropartículas, y de una estudiante que ha disfrutado con provecho de una beca Erasmus. Vittadini en la conclusión subrayará que estas y otras experiencias es necesario convertirlas en método. Lo que ya existe nos enseña cómo construir. De un modo subsidiario, de abajo a arriba.

Siguen llegando noticias, ahora a través de los móviles. En Subirats el terrorista ha sido abatido después de haber gritado “Alá es grande”. Se confirma que se trata del autor del atropello de la Rambla de Barcelona, es autor material de al menos 13 asesinatos.

Precisamente del reto del yihadismo habla uno de los ponentes, Antonio Tajani, presidente del Parlamento Europeo. “El terrorismo, la inmigración y el desempleo son los tres grandes retos que en este momento tiene Europa”, sostiene Tajani. La respuesta al terrorismo, apunta, no puede ser solo militar o policial, es necesaria una respuesta cultural. Las nuevas generaciones tienen que entender que nuestra sociedad no está hecha del éxito o del dinero que se obtiene. Tajani apunta a la fractura educativa que hay detrás del yihadismo. Es la cuestión propuesta por el Meeting en el lema de este año: “lo que heredaste de tus padres, vuelve a ganártelo para que sea tuyo”.

En los móviles, junto a la noticia de la captura de Younes se puede leer una entrevista con los abuelos de algunos miembros de la célula terrorista. Dicen que sus nietos no aprendieron el radicalismo con ellos, en Marruecos.

Tajani añade que el miedo al otro solo se produce cuando se tiene una identidad débil. Y cuenta el caso de un misionero en tierras de mayoría musulmana al que respetan porque en un contexto de poca libertad religiosa ha anunciado que va a celebrar misa.

Europa, la que ya existe

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La utopía de Teresa May

Ángel Satué

¿Puede Gran Bretaña ser una economía abierta, captar riqueza y talento de otras partes del mundo y comunicarse con otras regiones globales, mientras no aprenda a desaprenderse como estado-nación y como imperio? Sencilla y llanamente, no.

El Brexit ha generado de facto dos tipos de ciudadanos en Gran Bretaña: los isleños y los continentales (con perdón de la isla de San Patricio). La primera discusión relevante de las negociaciones sobre el Brexit versa sobre qué estatuto jurídico tendrán los continentales. Es decir, si de iure, sus derechos, libertades y obligaciones serán muy distintos o no.

Tras la propuesta de May ante el Parlamento británico el pasado lunes 26 de junio, puede haber hasta seis tipos de personas en Reino Unido: 1) la Reina; 2) los ciudadanos británicos, con plenos derechos y plenas obligaciones; 3) los “sinpapeles”, sin derechos y con la obligación de salir de la isla; 4) los comunitarios con estatus permanente, siempre que lleven al menos 5 años de residencia en el país en la fecha límite que se fije en las negociaciones, y que tendrán derecho a la reagrupación familiar –línea roja para Merkel, acaso por el Muro de Berlín–, así como los mismos derechos sociales, sanitarios y de pensiones que los británicos; 5) los comunitarios con menos de 5 años de residencia, que gozarán de un estatus temporal hasta que completen los 5 años hasta lograr el estatus permanente; 6) los comunitarios que llegasen desde el 29 de marzo de 2017 al 29 de marzo de 2019, que podrán pedir permiso de residencia, sin garantía de lograr el estatus de permanente. En todo caso, salvo los ciudadanos tipo 2), el resto no podrá votar en elecciones y, salvo los irregulares y la Reina, tendrán una especie de carnet identificativo (en un país que no tiene DNI).

Para el ministro británico encargado de la salida de la Unión Europea, David Davis –antieuropeísta de 68 años con opciones para sustituir a May–, “el Brexit es más difícil que aterrizar en la Luna”. No le falta razón. Acaba de comenzar un largo proceso de dos años de duración, y la propuesta de May, que anticipó la semana pasada en Bruselas, sonrisa va sonrisa viene, dejó muchos escépticos entre los líderes europeos, por lo poco detallada y nada ambiciosa. Ella la calificó de propuesta “seria y adecuada, ajustada”. En juego, la vida en sentido metafórico de 3,2 millones de comunitarios –por un millón dos cientos mil británicos en la UE a 27 estados–.

Es una partida larga, y en algunos momentos ya estamos viendo cómo May, más que negociar la salida, allana el camino para las negociaciones de entrada. Para los germanos, negociadores preparados pero demasiado inflexibles, será lo más parecido a necesitar un psicólogo de urgencia.

La utopía de Teresa May

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La Europa que amó Helmut Kohl

Ángel Satué

El pasado viernes varias organizaciones europeístas que trabajan por lograr algún día los Estados Unidos de Europa se dieron cita en Madrid.

El Grupo Spinelli –que toma su nombre del italiano Altiero Spinelli, uno de los padres fundadores de la idea federal de la Unión–, el Movimiento Europeo y la Unión de Europeístas y Federalistas organizaron un acto en el Congreso de los Diputados sobre los retos y la situación presente de la Unión Europea.

A pesar de casi llegar a los 40 grados, a las 17h, hora torera de antaño, más de 300 personas nos reunimos en una sala moderna y bien refrigerada del Congreso de los Diputados.

El ministro y portavoz del gobierno Méndez de Vigo abrió el acto. Lo acompañaban, entre otros, Joaquín Almunia, Luis Garicano, los eurodiputados Calvet y Elmar Brok, junto a expertos internacionalistas y académicos.

El ministro iba a hablar de Europa en la encrucijada y, al final, habló de Europa en la encrucijada. Pero de otra manera a la que todos imaginábamos. Horas antes había fallecido Helmut Kohl, que para los lectores más jóvenes fue, junto con el francés Mitterrand, de los políticos europeos de raza más fervientes devotos de la unidad del continente, como valor moral.

El grande del democristiano Kohl gobernó Alemania entre 1982 y 1998. En aquel tiempo, tras años en la oposición, se erigió como un estadista incomparable. Tenía, en palabras de Aznar, una “extraordinaria calidad de hombre de Estado y de persona entrañable” y en él “la idea de Alemania era inseparable de la idea europea”. ¿Por qué? Nos lo explicó el ministro y portavoz del gobierno. Una vez le dijo que, de niño, había tenido que recorrer a pie cientos de kilómetros para encontrarse con su familia en el norte de Alemania, lo que le dejó un gran impacto al tener que atravesar las fronteras existentes en el corazón de Europa.

Supo plantar cara a los soviéticos, y no se arredró cuando el Pacto de Varsovia desplegó misiles en el este apuntando a las democracias del oeste. Al escribir estas líneas, me ha venido a la memoria un video que debería ser obligatorio en los colegios, de 22/11/1989, en el que François Mitterrand y Helmut Kohl fueron a hablar ante el Parlamento Europeo en Estrasburgo.

El español Enrique Barón daba el turno de palabra al canciller de la reunificación de Alemania, que pronunció un breve pero intenso discurso de seis minutos. En el primero reconoció que estaban viviendo un momento de importancia histórica para asentar, acto seguido, su compromiso con el desarrollo de las comunidades europeas, como proceso que debía continuar tras la caída del Telón de Acero.

Tuvo tiempo para recordar los méritos del secretario general Gorbachov y su Perestroika en todo el proceso y habló, posiblemente por vez primera, de la reunificación europea, elevando el tono del debate. No se trataba de Alemania, y de la igualdad de los alemanes del este y del oeste, sino que siempre se trató de Europa. En él resonaron las palabras de otro canciller, también democristiano, Konrad Adenauer: “en una Europa unida y libre, una Alemania unida y libre”.

La Europa que amó Helmut Kohl

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Buscando un nuevo rumbo

Ángel Satué

El partido conservador ha ganado las elecciones. Con un sistema electoral en el que hay que ganar circunscripción por circunscripción, en las que sólo puede haber un único ganador, como si se tratara de la película de Los Inmortales, de Christopher Lambert y Sean Connery, los tories han obtenido, por ahora, 318 diputados en los Comunes para los próximos cinco años (tal vez se queden en 319 o 320).

May, sin embargo, no es la ganadora moral. Por la mínima. De una manera nada contundente, su partido ha perdido, al menos, 11 circunscripciones (tenían 331 diputados), y con ellas, la mayoría absoluta, que se sitúa en 326. La derrota de su más directo rival, el partido laborista, ha sido dulce (+/- 261). A pesar de haber planteado May una campaña entre laboralistas y tories (ambos favorables a abandonar la Unión Europea), hay otros partidos con representación en Westminster, y pasan a ser decisivos para conformar un gobierno de coalición, o para apoyar a uno en minoría.

A los frentes que tenía en el horizonte, como la negociación del Brexit –uno duro o uno más suave–, la necesaria construcción de una relación duradera con EE.UU., el terrorismo, la globalización, el multiculturalismo y la economía –que ya no lidera el crecimiento del G7 (hasta 2014, G8, con Rusia, que fue excluida tras la anexión de Crimea)–, se une ahora el frente interno de su partido y la necesidad de gobernar en minoría, o pactar la entrada en el gobierno de los unionistas norirlandeses –con 10 diputados–. Aunque los liberal-demócratas serían el socio natural, aprendieron la lección en el pasado y, salvo un cambio de la ley electoral, y un nuevo referéndum para entrar en la Unión, no es imaginable que apoyen a los conservadores. También hemos de considerar que el Sinn Fein ha ganado 7 asientos en el Parlamento, y que no suelen tomar su acta de diputados, lo que beneficiaría en último término a los tories, pero es muy tentador forzar a los tories a echarse en manos de los norirlandeses unionistas en pura lógica política regional.

May quiso tomar ventaja de la diferencia que le separaba del partido laborista, y reforzar así su posición tanto dentro del partido como frente a Bruselas, y no parece que se hayan cumplido sus expectativas. Le ha pasado algo parecido a lo que le pasó al otro augur torie, Cameron, que casi perdió el referéndum escocés y que provocó, como si tal cosa, la salida del Reino Unido de la Unión Europea.

Buscando un nuevo rumbo

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El Reino Unido puede ganar con una May débil

P.D.

Salvo sorpresa, este jueves Theresa May va a sufrir un importante revés. No va a vencer por el amplio margen que establecían las encuestas cuando convocó las elecciones. Llamó a las urnas para ganar legitimidad en la negociación de un Brexit duro, para que no hubiera quien le tosiera en su nacionalismo frente a Europa.

Ya antes del ataque del pasado sábado, May perdía margen frente a Corbyn. La primera ministra ha querido explotar durante los últimos diez meses un fuerte sentido de la identidad británica esquemático, el que tenían muchos de los votantes del UKIP. Sus discursos han estado impregnados de un nacionalismo barato. Ha asegurado que “si crees que eres ciudadano del mundo no eres ciudadano del mundo”. Su carta de salida de la Unión Europea contenía amenazas sobre la cooperación en seguridad, un tema que se ha vuelto delicadísimo tras los últimos atentados.

Su campaña ha pretendido relativizar al Partido Conservador y ensalzarla a ella y a su gestión. Lo que ha resultado contraproducente. Y la idea del “impuesto de la demencia”, que haría pagar a los mayores parte de su asistencia sanitaria pública, le ha hecho mucho daño. En los últimos días se la ha visto rígida, robótica. A todos sus errores precedentes se ha sumado el de querer utilizar los atentados en su provecho. Ha hecho lo mismo que Corbyn, pero ella estaba al frente del Gobierno.

¿Cómo acabaran votando los británicos que están preocupados por un futuro sin Unión Europea, por el destino del Sistema Nacional de Salud, por el incremento del extremismo y por el crecimiento de la desigualdad? Lo sabremos dentro de unas horas. Pero, a lo mejor, esas preocupaciones, muy reales, dan lugar a un Gobierno menos presuntuoso.

El Reino Unido puede ganar con una May débil

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Alemania vuelve a ser una gran potencia

Robi Ronza

Viendo cómo se está preparando la Alemania de Angela Merkel para el encuentro anual del G20 previsto en Hamburgo los días 7-8 de julio, me viene a la memoria el histórico llamamiento, también en Hamburgo, de Thomas Mann en 1953, en su famoso discurso a los estudiantes del ateneo de la ciudad. Un llamamiento a no lugar ya “por una Europa alemana, sino por una Alemania europea”.

Al menos durante tres siglos, pero con una trágica culminación en el siglo pasado, Europa se ha enfrentado al problema objetivo de Alemania. Bien entendido, no es culpa de nadie que Alemania sea con mucho el más poblado de los principales países de la Europa continental, con más de 81 millones de habitantes. No es culpa de nadie, pero es mérito de los alemanes, que la suya sea la principal economía del continente, y que a su centralidad económica también se pueda añadir su centralidad geográfica. Esta suma de circunstancias es sencillamente un dato de hecho, pero del cual derivan consecuencias que hay que tener en cuenta. Demasiado frenada en su onda expansiva, en el siglo XX Alemania digamos que perdió la cabeza hasta provocar dos guerras mundiales y mancharse con el histórico crimen del nazismo. Pero encerrarla en una jaula terminó siendo una empresa no solo injusta sino también imposible y sin sentido. ¿Pero cómo darle espacio solo en la medida justa para no derivar en desequilibrios catastróficos tanto a nivel económico como político?

Después de su desastrosa derrota en la segunda guerra mundial y su consiguiente reparto entre los vencedores (tres cuartas partes para los aliados y una para la Unión Soviética), y bajo el bloqueo de la guerra fría, aparte de ser más pacífica la segunda de las dos alternativas propuestas por Thomas Mann tenía la ventaja de ser la única posible. Acabada, después de más de 25 años, la guerra fría y fuera de escena la generación que luchó bajo la bandera de la Alemania nazi, en el renacer del sueño hegemónico de la “Europa alemana” ya no hay obstáculos objetivos, ni geopolíticos ni psicológicos. Llegados a este punto, la opción ya no es obligada y por tanto debe ser eventualmente consciente.

Alemania vuelve a ser una gran potencia

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Manchester, el reto de la barbarie

P.D.

Más de 20 muertos en Manchester. La forma de actuar del yihadismo se parece, en este caso, mucho al ataque en la sala Bataclan de París. No es terrorismo low cost, en este caso ha hecho falta al menos una cierta estructura. Buscamos datos para el análisis ante una macabra rutina (Berlín, Londres, Niza, Bruselas…) que cada día nos deja más indiferentes. Como si nos cansáramos hasta de contar muertos.

Por eso, antes que cualquier descripción analítica que nos permita volver a nuestros quehaceres habituales con cierta tranquilidad, el reto es tener presente el dolor de las víctimas y de sus familiares. El nihilismo destructivo que alienta a los terroristas se extiende entre los “buenos” como olvido de la dignidad infinita de los fallecidos: el mal triunfa cuando consigue que se conviertan en nada los asesinados. Al menos un instante en el que afirmar el valor de historia personal de cada uno de los muertos y de los heridos, más allá de la muerte, nos salva de la barbarie. No es verdad que la historia de los atacados sea nada como pretenden los que matan y los que hacen daño. Un instante de conciencia sobre la humanidad de los muertos y sobre la nuestra, la toma en consideración de sus deseos y de los nuestros, esa solidaridad de las almas, quizás un suspiro de petición, es el arma esencial para no ser derrotados. Ya no estamos seguros en ningún rincón y esta plaga exige de nosotros razones suficientes para vivir y morir.

Terror en Manchester, horas después de que se hayan cerrado contratos millonarios en Arabia Saudí. No se lucha contra el yihadismo vendiendo armas a aquellos países que, de modo directo o indirecto, lo alientan. El yihadismo europeo es más difícil de combatir cuando se le da poder a ciertas apropiaciones violentas e ideológicas del islam que se producen en Oriente Próximo.

Manchester, el reto de la barbarie

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Terremoto Macron: oportunidades y riesgos

José Luis Restán

En Francia asistimos a un fenómeno que analizarán politólogos e historiadores. El nuevo presidente de la República pisa el acelerador para rediseñar el sistema político de su país con una audacia análoga a la que demostraba Napoleón en el campo de batalla. Desde luego, Macron es él y sus circunstancias. Es difícil saber cuánto de lo que está sucediendo responde a un plan, y cuánto a la habilidad del jinete para cabalgar un tigre. Sus primeros pasos demuestran la voluntad de aniquilar a los partidos tradicionales en las próximas legislativas de junio, conformando una “mayoría presidencial” que algunos han calificado con acierto como el “centro líquido”.

Nada más pisar el Elíseo, Emmanuel Macron ha tomado una decisión deslumbrante: nombrar primer ministro a una figura de la derecha, Edouard Philippe, vinculado a uno de los grandes barones republicanos, Alain Juppé. Si la demolición del viejo socialismo (en el que había militado Macron) comenzó con su capacidad de arrastrar a todo el centro izquierda fuera de su oxidado recinto, ahora correspondía una estocada maestra a una derecha herida por el affaire Fillon y amenazada por la desubicación general. La ecuación es clara: muchos electores tradicionales de los republicanos se preguntarán si merece la pena seguir apostando por el partido heredero del gaullismo cuando uno de sus alfiles ostenta nada menos que la Jefatura del Gobierno. Más aún cuando Macron se ha atrevido a presentarse como continuador del estilo del héroe de la liberación francesa.

La composición del gobierno, conocida ayer, ha completado la jugada: lo integran personalidades señeras del socialismo junto a centristas de renombre y republicanos de no poca relevancia. Todos ellos han sido atraídos por el imán del flamante presidente, que les ofrece no sólo una parcela sustanciosa de poder, sino un lugar seguro al sol. Porque, ¿quién les asegura un futuro, de seguir encuadrados en las viejas formaciones de izquierda y derecha? La audacia de Macron tiene que ver con su genio personal pero también con una necesidad casi desesperada que tiene la habilidad de convertir en virtud: y es que en pocos días podría convertirse en un presidente maniatado si su plataforma En Marcha no consigue un sustancioso número de escaños en la Asamblea.

El corrimiento de tierras en el escenario político francés es fascinante, pero también ofrece sombras y motivos de preocupación. Por un lado demuestra que existe un amplio espacio para la colaboración desde la izquierda a la derecha, en el marco del proyecto europeo. En un momento en que el nacionalismo exacerbado, los populismos y el rechazo a la Unión nos devuelven la figura de antiguos fantasmas de la historia europea, disponer de un instrumento político capaz de sumar apoyos y de forjar un programa moderado y regenerador es una buena noticia. En el fondo esto es lo que viene funcionando en Alemania con la gran coalición, pero allí democristianos (CDU) y socialdemócratas (SPD) han mantenido sus perfiles propios, mientras que en Francia se delinea una fuerza transversal que pretende disolver todas las diferencias.

Terremoto Macron: oportunidades y riesgos

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Queda miedo

Mikel Azurmendi

En Francia ya se habla de macronismo, ya lo hizo la televisión pública F2 en su informativo de máxima audiencia. Su ideario: el individuo por encima de todo; ningún colectivo o multitud deben torcer el destino de cada persona. Es preciso, por tanto, tomar riesgos y avanzar en el liberalismo fortaleciendo la igualdad de oportunidades. La clave política actual está en la reforma de la escuela al objeto de que todos salgan a la vida profesional en la misma línea de partida. Ante todo optimismo, la audacia de hoy es ser optimista.

Macron, hijo de médicos, siempre fue el primero de clase. Tras un año en Sciences Po hizo la carrera en el ENA y, a sus 27 años, se plantó en la vida como inspector de finanzas. El socialista Attali se lo atrajo como <i>rapporteur</i> pero también lo hizo Sarkozy. Hollande se lo llevó a un secretariado hasta conferirle el Ministerio de Economía. Macron abandonó a Hollande y se arriesgó a ir solo en la política fundando un mini movimiento <i>En marche</i>, ni de derechas ni de izquierdas. Ese ha sido el gancho para romper lo que parecía imposible. Ha roto el Partido Socialista, ha destrozado el partido de la derecha (<i>Les Républicains</i>) y ha abierto una gran fisura en el <i>Front National</i>. Macron acaba de transformar su propio movimiento robándoles la singladura a los de Sarkozy pues en adelante se harán llamar <i>La République en marche</i>. El exministro socialista Valls ya está con Macron así como otros muchos socialistas, entre quienes destaca Borloo, otro exministro; una decena de partidarios de Jupé también están con Macron. El PS no ha decidido si hay que ayudar a Macron o enfrentarse a él; lo mismo les sucede a Los Republicanos, con un Jupé escondido. La diputada Marechal-Le Pen, sobrina de Marine Le Pen, ha abandonado su cargo de diputada y abandona la política mientras arrecian las críticas dentro del FN.

Macron está preparando su lista de 177 personas para las próximas legislativas. Ya conocemos algunas de ellas, elegidas bajo el triple criterio de probidad absoluta, paridad hombre/mujer y representación de la sociedad civil. Ahí, en las legislativas, se la juega él, pero también los demás partidos. En función de quién sea su elegido para la jefatura del Gobierno, Macron logrará desarbolar del todo ya sea al PS o bien a LR. O a ambos a la vez. El PS ya no parece tener espacio político entre Hamon y Mélenchon; tras la pésima gestión de la corrupción por parte de Fillon y Sarkozy la derecha ha quedado moralmente descompuesta. Queda el populismo, con tantos aires de familia en la derecha y en la izquierda extremas. El populismo es la supuración de la democracia, un pus que sale de sus grietas y que solamente se cura sanando el cuerpo democrático enfermo. Nadie quiere discutir sobre la enfermedad que padecemos, todas las ideologías lo impiden; solamente se mentan síntomas como paro y precariedad económica en una gran franja social, y en la otra, ceguera de la realidad y corrupción política y judicial.

Queda miedo

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Macron, Francia y Europa

Antonio R. Rubio Plo

El 9 de mayo, día de Europa, se conmemoran los sesenta y siete años de la Declaración Schuman, origen del proceso de integración europea. Este aniversario pasa a un primer plano con la victoria del candidato social liberal, Enmanuel Macron, en las elecciones presidenciales francesas. Ha sido un triunfo del europeísmo frente a un nacionalismo aislacionista que incluso amenazaba con un Frexit. Pero no deberíamos olvidar que, pese a lo afirmado por los partidarios de Marine Le Pen, que Macron es un nacionalista francés, un tanto híbrido a la manera de De Gaulle. No es el presidente que encarna el fantasma de la globalización y del capitalismo sin alma. No representa la disolución de los valores franceses. Por el contrario, encarna un nacionalismo más atractivo y puesto al día que el consabido del Front National, anclado en el culto a la tierra y los muertos, en la línea combativa de Maurice Barrès durante la Tercera República.

El discurso de Marine Le Pen subrayaba la oposición radical entre Francia y Europa y participaba de esa opinión generalizada de que los padres franceses de la integración europea no eran auténticos patriotas, ni Jean Monnet, supuesto caballo de Troya de los intereses americanos, ni Robert Schuman, una especie de ingenuo democristiano que debía pensar más en la paz que en los intereses de su país. Si esto hubiera sido así, si el proyecto europeo fuera antifrancés, el general De Gaulle lo habría descartado cuando llegó a la presidencia en 1958. Es sabido, por ejemplo, que los gaullistas se opusieron radicalmente a la Comunidad Europea de Defensa en 1954. Pero De Gaulle decidió dar a Europa un nuevo enfoque, distinto al funcionalista de Monnet, y abogó por una unión europea de Estados soberanos. No concibió los tratados de Roma como el preludio a una unión aduanera transformada posteriormente en unión política, tal y como había sucedido en la unificación alemana en el siglo XIX. Por el contrario, los tratados representaban para el general un instrumento del librecambismo al servicio de la modernización de Francia, en defensa de los intereses franceses porque el escenario geopolítico anterior a 1945, por no decir 1918, ya no volvería. De Gaulle no juzgaba incompatible pertenecer a una organización internacional si la soberanía estatal quedaba a salvo. De ahí que fomentara la reconciliación con Alemania, marcada por la entrevista con Adenauer en Reims (1962) y el tratado del Elíseo (1963). En el enfoque gaullista, más Europa –eso sí, la de los Estados– suponía más Francia, y una Francia en un papel de liderazgo.

Macron, Francia y Europa

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Bruselas y Berlín no bastan para gobernar

Gianluigi da Rold

Emmanuel Macron, que todavía no ha cumplido los cuarenta, es el nuevo presidente de Francia. En la segunda vuelta contra Marine Le Pen, Macron ha ganado con claridad y contundencia, con un 66%, que representa el segundo resultado más alto en unas presidenciales francesas, después del conseguido por Jacques Chirac en 2002 contra Jean-Marie Le Pen.

La actual líder del Frente Nacional supera y dobla el resultado de su padre, llegando casi al 35%, pero demuestra que ni siquiera la Francia “profunda”, que no se alinea con la globalización, que contesta con dureza a la política europea, puede recrear el fantasma de Vichy o una reedición, aunque en clave distinta, del fascismo en la nueva versión definida impropia y esquemáticamente como “populista”, sobre todo en la víspera de la jornada (8 de mayo) que conmemora la derrota histórica del nazismo y la victoria de los aliados en la última guerra mundial.

Según muchos observadores, Emmanuel Macron es un "enfant prodige", discípulo predilecto del gran Jacques Attali, aunque temperamentalmente es todavía frágil para guiar una gran potencia política como Francia. Pero no cabe duda de que hasta ahora Macron ha jugado bien sus cartas, desmarcándose puntualmente de las aguas pantanosas del viejo sistema basado en la contraposición entre gaullistas y socialistas, y llegando a crear un nuevo movimiento, que ni siquiera es aún un partido, En Marche, definiéndose sin miedo alguna como “ni de derechas ni de izquierdas”, interceptando así los nuevos elementos de contestación de las sociedades contemporáneas y poniendo implícitamente en discusión las viejas representaciones políticas de la democracia representativa en Occidente.

En efecto, si constatamos que la base electoral de esta área contestataria frente al establishment desde la extrema derecha puede llegar, en un país grande como Francia, como mucho al 35%, resulta bastante fácil comprender que existe un núcleo duro con el que habrá que medirse durante mucho tiempo y que hará falta una gran habilidad política y reinventar un modelo de establishment que garantice la continuidad de la renovación.

En su primera intervención pública como presidente electo de los franceses, Macron habló, sorprendentemente para un liberal convencido, de lucha contra las desigualdades sociales, pero su movimiento ha representado sobre todo para el electorado francés, desconcertado, una esperanza y al mismo tiempo un refugio frente al miedo a la extrema derecha.

Ciertamente, con la derrota de Marine Le Pen, Europa, la Unión Europea y el europeísmo pueden tomarse un profundo respiro de alivio, pueden seguir su carrera haciendo proyectos y gobernando el continente. Pero aun con el europeísta Macron en el Elíseo, en Bruselas y Berlín harán bien en no descuidar las reformas y ajustes necesarios porque aunque hasta ahora la carta de europeísta ha sido sin duda importante, puede serlo aún más la impronta de derechas que ha caracterizado al antieuropeísmo en varios países, empezando por Francia.

Efectivamente, esta imposibilidad de “ruptura” la ha percibido también Marine Le Pen, que tras la derrota y después de felicitar a Macron, ha anunciado la necesidad de renovar la oposición a la política del gobierno francés y al europeo con un nuevo movimiento que reúna a “todos los patriotas”. En todo caso, hay que decir que se presentan varios problemas en el horizonte.

Bruselas y Berlín no bastan para gobernar

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Gana la laicité

Robi Ronza

Tras la victoria en primera vuelta de Emmanuel Macron y Marine Le Pen (han pasado a la segunda ronda con el 23,75 y el 21,53 por ciento de los votos respectivamente), si vamos a lo esencial podremos ver que el resultado electoral en las presidenciales francesas tampoco es el cambio histórico que muchos pretenden ver.

En Marche, el partido de Macron, no es una flor nueva que ha brotado inesperada y milagrosamente en medio del desierto. Más bien es una hábil y oportuna… reencarnación, gracias a la cual el bloque social y de intereses que se reconocían en el viejo partido socialista de François Mitterand se ha hundido en el abismo al que lo han ido precipitando los fracasos presidenciales de Sarkozy y Hollande. En el arco de doce meses, desde que se fundó el 6 de abril del pasado año, En Marche ha conducido a su candidato Macron a la victoria en primera vuelta en unas presidenciales. Si En Marche fuera realmente algo nuevo de verdad, una marcha triunfal de este tipo supondría una novedad absoluta en la historia de los movimientos políticos de todos los tiempos, pero no es así. En cualquier caso sigue habiendo un dato sorprendente: nunca antes había pasado en una gran democracia que un bloque social y de interés consiguiera liberarse en tan poco tiempo de su propio partido de referencia histórica, y más aún salir indemne e incluso victorioso a la escena pública como una fuerza nueva y sin mancha.

Ex alto funcionario del ministerio francés de Economía y en 2008 alto dirigente del banco Rothschild, Emmanuel Macron fue con Hollande ministro de Economía, Industria y Digital entre agosto de 2014 y agosto de 2016. Solo entonces, unos meses después de la fundación de En Marche, dejó el gobierno para poder implicarse más libremente en la campaña electoral que le ha llevado a este éxito. Paralelamente, una eficaz y potente campaña mediática se dedicaba a cambiar su imagen. En pocos meses pasó de ser un experimentado aunque joven ministro socialista a convertirse a los ojos de la opinión pública en un hombre nuevo de orientación “centrista”. Como centrista se ha calificado a su programa, aunque sea de clara inspiración socialista. De repente todos los grandes medios que durante décadas lo habían llevado en palmitas, han dejado a un lado al viejo partido socialista, que ha quedado reducido a las cenizas de un náufrago abandonado a su suerte, en manos de un candidato perdedor dispuesto a recoger lo poco que queda del voto histórico de izquierda.

Gana la laicité

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Macron y Le Pen: la tierra, los muertos y la globalización

Antonio R. Rubio Plo

La victoria de Enmanuel Macron en la primera vuelta de las presidenciales francesas, sobre Marine Le Pen, aunque haya sido por un reducido margen, ha tranquilizado a los mercados y a Bruselas que ven alejarse de esta manera el fantasma de un Frexit. Se repetirá la historia de las elecciones de 2002: todos contra Le Pen, en este caso Marine, pues entonces era preferible para la izquierda francesa votar a un presidente bajo sospecha de corrupción a permitir una victoria de la extrema derecha. Relajación general en las primeras páginas de los medios informativos, hostiles por definición a Marine Le Pen. Se ha salvado la UE y de paso, el eje franco-alemán, dirían algunos. Sin embargo, la segunda vuelta conocerá una campaña electoral encarnizada, en la que los asesores de la candidata del Frente Nacional (FN) quizás quieran plantear la lucha como una versión francesa del enfrentamiento entre Donald Trump y Hillary Clinton. En esta ocasión, es una mujer francesa la que pelea contra el establishment, contra el exbanquero Macron que en su día trabajó para los Rotschild, contra los mercaderes de Bruselas y contra todos aquellos que quieren robar el espíritu de Francia en nombre de la globalización, la máxima expresión del nuevo totalitarismo sin rostro.

Pese a sus intentos de adoptar una imagen más atractiva para sus votantes, renegando incluso del legado político de su padre, Marine Le Pen no se ha apartado demasiado de la mentalidad de Maurice Barrès, aquel escritor nacionalista que en 1899 rendía culto en una influyente conferencia a la tierra y a los muertos. Los muertos no son otra cosa que el pasado glorioso de Francia. En este sentido, los muertos están bien vivos, como la Juana de Arco de los mítines del FN, que poco tiene que ver con la santa católica, y en esas reuniones políticas a veces ha resucitado Carlos Martel, el vencedor de los musulmanes en Poitiers (732), al que algunos militantes llaman familiarmente Charlie Martel. Barrès profesaba una ideología con raíces en la tradición y en la tierra, que no es otra que la Francia campesina, y no es casual que uno de sus combativos libros se llame Los Desarraigados. El escritor arremetía contra los partidos de su época que estarían secuestrando el espíritu de la Francia eterna, el de la tierra y los muertos. Dicho nacionalismo solo podía desembocar en agudas críticas de la democracia parlamentaria, considerada no representativa del auténtico pueblo hasta el punto de que un golpe de fuerza no sería censurable para derribar a los políticos corruptos. De hecho, la Tercera República francesa (1870-1940) conoció una abultada crónica de escándalos. En sus primeros tiempos, entre 1886 y 1889, hubo también un político populista, el general Georges Boulanger, aclamado por las multitudes y refrendado por los votos en París, aunque no se atrevió a dar un golpe bonapartista contra la República.

Macron y Le Pen: la tierra, los muertos y la globalización

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