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28 MARZO 2017
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Europa cansada, pero con un patrimonio que necesita el mundo

José Luis Restán

No podía existir marco más significativo e imponente que la Capilla Sixtina, con los frescos de Miguel Ángel sobre las cabezas de los líderes europeos, para hacer memoria de los orígenes y recobrar aliento en este momento de dudas y tribulaciones. La propia decisión de los jefes de Estado y de Gobierno de los 27 de acudir junto al Papa antes de la cumbre para conmemorar el sesenta aniversario de la firma de los Tratados de Roma habla del peso de este momento y reconoce la aportación decisiva de la Iglesia católica a esta aventura. Si contemplamos estos sesenta años, bien podemos decir que todos los papas han sido firmes sostenedores del proyecto europeo, a pesar de que no pocas veces sus instituciones han coqueteado con el laicismo y la ingeniería social. También Francisco, el primer Papa no europeo en doce siglos, ha querido mostrar en esta hora difícil su convicción de que Europa merece ser construida.

El discurso fue denso y profundo, con dos partes bien diferenciadas. La primera, dedicada a hacer memoria de los orígenes, de la mano de los grandes padres fundadores del proyecto de unidad europeo. Como dijo Francisco, volver a Roma sesenta años más tarde no podía ser sólo un viaje al pasado, preñado de nostalgia, sino una ocasión de hacer memoria para construir el futuro. La memoria empieza por afirmar que Europa no es un conjunto de normas y protocolos, sino una manera de concebir al hombre a partir de su dignidad sagrada. Esa ha sido la fuerza generadora de la Unión, y cuando esa conciencia se diluye, todo el edificio se resiente. Reducir los ideales fundacionales de la Unión a las exigencias productivas, económicas y financieras sólo puede conducir al desafecto de los ciudadanos y al colapso de este proyecto.

No podía faltar el recuerdo al empeño europeo de abatir aquel muro que dividía al continente desde el Báltico al Adriático, empeño que apoyó con tanta clarividencia y pasión san Juan Pablo II, el primer pontífice eslavo de la historia. Y sin embargo, subrayó Francisco, hoy se ha perdido la memoria de ese esfuerzo y la conciencia del drama que provocó aquella división. La Europa que venció aquella batalla es la misma que ahora discute cómo dejar fuera de su ámbito los peligros de nuestro tiempo, comenzando por la larga columna de quienes llaman a sus puertas huyendo del hambre y de la guerra. Francisco no se anduvo por las ramas a la hora de advertir que los valores de dignidad, libertad y justicia, que conforman la identidad europea, sólo pervivirán si mantienen su nexo vital con la raíz cristiana que los engendró. En esto no hay sombra de nostalgia ni de confesionalismo, sino el cimiento para edificar una verdadera laicidad en la que puedan reconocerse y encontrarse creyentes y no creyentes.

Europa cansada, pero con un patrimonio que necesita el mundo

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>ROMA

Fueron los optimistas y no los pesimistas los que tuvieron razón

Eugenio Nasarre

La famosa foto de aquel 25 de marzo de 1957 en la Sala de los Horacios y Curiacios del Campidoglio romano no nos debe provocar nostalgia, aunque sí sea justo ser recordada. En ella aparecen sentados los jefes de estado y de gobierno de los seis Estados fundadores de ese “salto a lo desconocido”, como con humildad calificó Robert Schuman la gran aventura de la construcción de la integración europea. Fue el ya viejo canciller Adenauer quien, antes de proceder a la firma de los Tratados de Roma, tomó en primer lugar la palabra y con gran satisfacción dijo: “Hace poco tiempo existían muchos detractores que pensaban que el acuerdo que hoy consagramos oficialmente era irrealizable… Pero fueron los optimistas y no los pesimistas quienes tuvieron razón. Los árboles no deben impedir que veamos el bosque. Los detalles no deben cegarnos en entrever toda la grandeza del progreso alcanzado”.

Llegar a ese momento no fue, en efecto, un camino de rosas. El primer impulso logrado en el Congreso de La Haya de 1948, cuando todavía no se habían apagado los rescoldos de la terrible guerra fratricida europea y ya había comenzado a erigirse el “telón de acero”, tropezó con aquella dramática sesión de la Asamblea Nacional Francesa del 30 de agosto de 1954, en la que Francia haría fracasar la “Europa de la Defensa”. Pocos días antes había fallecido De Gasperi, cuyas últimas preocupaciones terrenales eran los negros nubarrones que amenazaban el proyecto europeo y pedía a los suyos que perseveraran en la idea de una Europa unida.

Parecía que el proyecto había naufragado. Jean Monnet, el artífice de la CECA, primer embrión de una Europa federal, dimitió en su puesto de Alta Autoridad dos meses después. El desconcierto dominaba los ánimos en las opiniones públicas de la “pequeña Europa”. Y se libró el combate entre “pesimistas y optimistas”, que evocó Adenauer en la ceremonia del Campidoglio.

Pero casi un año después se reunían en Messina (junio de 1955) los ministros de Asuntos Exteriores de los seis países fundadores de la Unión Europea. Aquella reunión no tenía otro objeto que contestar a la pregunta: ¿qué hacer? Las conversaciones no fueron fáciles. ¿Una integración europea con un horizonte federal y con cesiones parciales de soberanía era irrealizable? ¿Había que volver a la Europa de Westfalia, la que consagraba la soberanía absoluta de los Estados como un dato irremediable de la realidad europea? La percepción de que la parálisis sería nefasta para las democracias europeas en período de reconstrucción llevó a aquellos dirigentes europeos a trazar un nuevo camino para avanzar hacia “una unión cada vez más estrecha de los pueblos de Europa”: el camino del Mercado Común. Pero hay que advertir que aquel camino no constituía la meta final. En las mentes más lúcidas de los “padres fundadores” el mercado común era una herramienta, sin duda fecunda, para acercar entre sí a los ciudadanos y a los pueblos europeos y poner los cimientos de las “solidaridades de hecho”, a las que había hecho referencia Schuman en su famosa Declaración.

Así, en tiempo veloz, se elaboraron los complejos Tratados que fueron suscritos en el Campidoglio hace ahora sesenta años. Es lo que ahora Europa conmemora con la vista puesta hacia su futuro.

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Fueron los optimistas y no los pesimistas los que tuvieron razón

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O todos moros, o todos cristianos

Ángel Satué

El Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha asentado ya una línea jurisprudencial fallando a favor de excluir del ámbito laboral (público o privado) de los europeos cualquier signo visible de sus convicciones políticas, religiosas o filosóficas. Por tanto, admite el destierro, durante unas 40 horas semanales, del hecho religioso. Es de agradecer que no se haya pronunciado sobre manifestar en el lugar de trabajo preferencias deportivas a la hora del café.

Se separa por tanto con esta línea de interpretación de la tradición liberal y humanista europea, y asume el principio de laicidad negativa, esto es, una neutralidad y equidistancia extremas, que son deshumanizadoras, puesto que tratan de “proteger” al hombre de lo que le es más propio. El ser humano es un ser biológico, social por naturaleza, capaz de pensar racionalmente en la trascendencia y de pensarse a sí mismo en la Historia, el presente y el futuro.

La sentencia es la historia de alrededor de un 3% de mujeres europeas, de confesión musulmana. La Sra. Achbita fue despedida de su trabajo de recepcionista en Bélgica cuando optó por ponerse velo. La Sra. Bougnaoui pasó de llevar “un simple pañuelo bandana” a un “pañuelo islámico” en su lugar de trabajo para clamor de empresa y clientes.

El fallo del Tribunal no deja lugar a dudas. Para el más alto tribunal europeo, “el deseo de un empresario de ofrecer una imagen neutral ante sus clientes del sector público o privado tiene un carácter legítimo… ya que dicho deseo está vinculado con la libertad de empresa”. Además, prosigue, en el caso de la Sra. Achbita, la prohibición es apta para garantizar la correcta aplicación de un régimen de neutralidad general e indiferenciado, siempre que dicho régimen se persiga realmente de forma congruente y sistemática, es decir, no discrimine o prefiera a unas personas o grupos frente a otros. O todos moros, o todos cristianos, o todos neutrales.

Ciertamente la Directiva comunitaria cuya legalidad se dilucidaba establece que habrá discriminación directa cuando una persona sea tratada de manera menos favorable que otra en análoga situación; habrá discriminación indirecta cuando una norma o práctica aparentemente neutra, sin embargo, pueda ocasionar una desventaja particular –discrimine– a personas por razón de religión, orientación sexual, ideas, etc… salvo (y es un “salvo” fundamental para comprender la cuestión) que sea justificable objetivamente por la finalidad legítima que se persiga y la proporcionalidad y naturaleza de los medios que se utilicen para la consecución de tal finalidad.

Si el despido de la Sra. Achbita dimana del incumplimiento de una norma interna, concluye la sentencia, no habrá discriminación directa por motivos de religión (siempre que la norma se aplique a todos por igual), y además tampoco habrá discriminación indirecta cuando pueda justificarse objetivamente que la empresa persigue implantar un régimen de neutralidad política, filosófica y religiosa.

O todos moros, o todos cristianos

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Musulmanes en Minsk, una historia de integración

Andrei Strocev

Hoy Europa tiene miedo a la fe islámica de los inmigrantes porque la considera una especie de caballo de Troya, capaz de introducir un factor destructivo de las otras culturas. Muchos mantienen como innato el vínculo entre islam y violencia y a partir de este punto de vista se han ofrecido muchas respuestas distintas.

Un ejemplo es el antropólogo francés René Girard, conocido por sus trabajos bore el sacrificio y lo sagrado, que consideraba que el islam constituía un retorno al pensamiento mítico, del que la tradición bíblica se había liberado después de muchos siglos. Por pensamiento mítico entendía la fe en la eficacia del sacrificio, en su necesidad. En el pensamiento de Girard, los profetas judíos critican los sacrificios cruentos, el cristianismo los abole totalmente, pero el islam vuelve atrás, de ahí su actitud contradictoria con respecto a la violencia. Un discípulo de Girard, el teólogo católico americano William Cavanaugh, planteó la hipótesis de que el problema no era en absoluto el islam sino el hecho de que la ideología de la época moderna había creado el mito de una violencia particular de tipo religioso. Según el mito, este tipo de violencia es incomparablemente más peligrosa que cualquier otra, porque es irracional y no se contenta con ningún resultado. Mientras que la violencia racional por parte del estado secular nos salva de esta fuerza descontrolada. Además, si durante siglos el papel de “chivo expiatorio” lo tuvo el cristianismo, en el siglo XXI este papel lo asumió sin duda el islam.

La tierra bielorrusa, que ha conocido grandes tensiones entre pueblos y culturas distintas, siendo por antonomasia una tierra “de paso”, también ha acogido en su seno a una comunidad islámica. Este hecho se ha insertado de manera estable en el panorama nacional y por eso no ha llamado la atención que el pasado 11 de noviembre se inaugurara en Minsk, en el centro de la ciudad, una gran mezquita con capacidad para más de mil personas. El presidente turco Erdogan estuvo allí porque han sido precisamente los fieles turcos los que han financiado la construcción. Durante el encuentro, Lukašenko recibió de manos de sus invitados el Corán, lo besó y luego, durante la oración, se puso de rodillas junto a los demás.

En internet este gesto ha suscitado muchos debates. Hay quien se ha quedado perplejo y quien bromea comentando que el presidente, que una vez se definió como “ateo ortodoxo” ahora se ha convertido en “ateo musulmán”. En cualquier caso, casi nadie ha cuestionado el hecho de que se haya construido una mezquita en Minsk. En otras ciudades europeas este tema no deja de suscitar reacciones. Por ejemplo, en Milán el proyecto de construir una gran mezquita ha generado infinidad de críticas y se ha pedido la aprobación de leyes restrictivas, pero en Minsk no se ha generado protesta alguna. De hecho, los habitantes saben muy bien que no se trata de un edificio completamente nuevo sino simplemente de la réplica más grande de la vieja mezquita construida en piedra en aquella zona de la ciudad en 1902 y demolida en 1972. Y sabe que aún antes en el mismo lugar se erigía una mezquita de madera desde finales del siglo XVI.

Musulmanes en Minsk, una historia de integración

Andrei Strocev | 0 comentarios valoración: 3  40 votos
>HOLANDA

Rutte vence a los populistas, pero la UE aún no está a salvo

Gianluigi Da Rold

Parece que los holandeses han levantado una barrera al antieuropeísmo que no deja de extenderse por todo el continente. El primer ministro Mark Rutte, líder del partido liberal demócrata, ha vuelto a ganar las elecciones, aunque pierde ocho escaños en el Parlamento, por lo que tendrá que buscar alianzas para gobernar. En cualquier caso, se ha visto frenado el avance que muchos temían del líder del PVV, Geert Wilders, uno de los más aguerridos opositores a la construcción europea y a la inmigración islámica, en la línea de Marine Le Pen, Nigel Farage o Matteo Salvini.

El partido de Wilders se queda en el segundo puesto y gana cinco escaños, pasando de 15 a 20, insuficientes para gobernar. Resumiendo, se consolida, avanza ligeramente, pero no se dispara como se temía en Berlín y Bruselas. Al conocer los resultados, Jean-Claude Juncker felicitó a Mark Rutte por su “clara victoria”. Por su parte, Gert Wilders declaró que “hemos ganado votos, que era nuestro primer objetivo, y Rutte no me ha dejado fuera”.

Por tanto, parece que en Holanda el extremismo antieuropeísta sigue siendo una minoría. Buena parte del electorado está insatisfecha, pero no pone en discusión a la Unión Europea ni la relación con los inmigrantes, ese gran e histórico problema que es la inmigración. Pero no cabe duda de que algo ha pasado en esta confrontación entre europeístas y antieuropeístas holandeses. Por ejemplo, el hecho de que la izquierda laborista y socialista prácticamente haya desaparecido hace pensar que las elecciones en todos los países europeos se juegan entre europeístas y antieuropeístas, más conocidos como extremistas y populistas. Podíamos añadir que, en todo caso, para hacer frente a este fenómeno (todas las miradas están puestas ya en Francia), todos los demás partidos tendrán que alcanzar coaliciones o acuerdos a modo de barrera de contención.

Europa debe tomar nota de la dura y radical división que se está formando. Bruselas debería animar a los eurócratas a pensar en un auténtico salto de calidad para empezar a trabajar en formas de colaboración e integración mayores, más profundas y convincentes, para tratar de recuperar la confianza de los ciudadanos europeos de cara al sexagésimo aniversario de la Europa unida.

En cambio, lamentablemente, lo que estamos viendo es una confrontación entre “los que están a favor” y “los que están en contra”. Una confrontación que barre del mapa culturas diversas como la izquierda de tradición socialdemócrata, que durante años ha sido el motor de la unidad europea y del sistema democrático europeo.

De momento, parece que el riesgo de colapso en Europa se desvanece con el voto holandés, pero no está de más decir que el camino es largo y difícil, y que a la vuelta de la esquina, el 23 de abril, espera una grave cita con las urnas en París. Es probable que esa prueba también la supere la unidad europea, pero si no se produce un cambio de calado a nivel económico y social no se hará más que incrementar el riesgo de implosión.

>HOLANDA

Rutte vence a los populistas, pero la UE aún no está a salvo

Gianluigi Da Rold | 0 comentarios valoración: 3  56 votos

Cinco caminos para la Unión

Ángel Satué

La pasada semana el presidente de la Comisión Europea, del Partido Popular europeo, Jean-Claude Juncker, presentó un Libro Blanco sobre los 5 escenarios políticos posibles que tiene la Unión Europea ante sí la próxima década. No una visión, sino nada más y nada menos que cinco caminos posibles. Los medios y los tertulianos apenas han dedicado unos minutos a este asunto fundamental para una Europa libre, en paz y próspera.

Los escenarios aventurados son: (1) “Sigamos así”. Avanzar como hasta ahora. Poco a poco. Con el riesgo muy probable de que una crisis aún mayor que las vividas acabe con la Unión para siempre; (2) “Nada, excepto el mercado interior”. Amarrarse a una unión de mercaderes; (3) “Los que quieren más, hacen más”. Aprovechar el Tratado de Lisboa, y seguir la estela de las cooperaciones reforzadas en los sectores más importantes –bancario, defensa, justicia–; (4) Consensuar prioridades, abandonando pretensiones sobre áreas como el desarrollo regional, la salud pública, las políticas sociales y de empleo, donde los estados tienen mayor valor añadido –en mi opinión, el título de “Hacer menos más eficientemente” no está bien traído–; (5) “Hacer más todos juntos”, en una clara vía federal, o unionista, basada en la cesión de soberanía de los estados a Bruselas.

Los escenarios 3º y 4º son los más probables, según las declaraciones de Juncker y Merkel, pero se echa en falta la mención a la subsidiariedad y a la solidaridad en cualquiera de los cinco escenarios, como si apostar por el 5º supusiera apostar por un estado centralista, o apostar por el 2º por un mercado común europeo, solo.

Por cierto, ¿a que echa de menos saber cómo es Juncker, amable lector, y está pensando que no tiene elementos de juicio, pero que si se hablara de Pablo, Mariano o Albert sería otra cosa? Esto es lo que está en juego. Saber más de Europa porque nos interese más.

Sin duda, Juncker abre la veda para la política. Esto ya es noticia. Política a calzón quitado. ¿Se imaginan a Rajoy esbozando un documento parecido? Sería el éxtasis de los nacionalistas. El fin de Rajoy también en esta España cainita. Se podrá criticar el contenido (¿estamos para escenarios ahora?), el momento (¿tras el Brexit?), las formas (¿un Libro Blanco?), la ausencia de redoble de tambores previo o actividad mediática suficiente que calara en la opinión pública europea… pero ahí está un político haciendo política con un estilo, por cierto, muy inglés, a pesar del Brexit.

Es política porque se trata de comenzar a debatir a escala europea sobre el papel de Europa en el mundo, qué rol en materia de seguridad quiere tener, cómo va a abordar su modelo de bienestar –si a escala nacional o a escala europea–, y su sostenibilidad, así sobre cómo va regular el sector bancario y financiero. Ahora bien, abrir este debate exige buenas dotes de liderazgo, porque es la primera vez que se recuerde que la Comisión admite que exista la posibilidad de ir hacia atrás, en un momento tan crucial, si bien, asumiendo la unidad de los 27, en lo que sea posiblemente una jugada estratégica que podría llamarse: “Iremos a menos, pero todos juntos. O iremos a más, aunque sea unos pocos”.

Cinco caminos para la Unión

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Bielorrusia: defendamos a nuestros muertos

Andrej Strocev

El final del invierno y el inicio de la primavera en Bielorrusia están marcados por una palabra recurrente, “Kuropaty”. De Kuropaty se ha hablado, se ha discutido en Facebook y se piensa continuamente. En Kuropaty se ha cantado, se ha preparado de comer, se ha recitado poesía, se ha rezado. Hay incluso quien ha dormido y despertado allí en las dos últimas dos semanas. ¿Pero qué es Kuropaty?

Así se llama un bosque a las afueras de Minsk. En 1988 los historiadores Zenon Poznjak y Evgenij Šmygalëv publicaron el artículo “Kuropaty, el camino de la muerte”, donde los autores referían los relatos de los habitantes de la zona, según los cuales antes de la guerra en aquel bosque todas las noches se oían los disparos de los fusilamientos. El artículo lo leyó mucha gente y fue imposible ignorarlo. La fiscalía de la Bielorrusia soviética abrió entonces una investigación y comenzaron las excavaciones. En el bosque hallaron más de 500 fosas que contenían restos humanos, ropa, balas. La investigación concluyó que en aquel lugar se había sepultado al menos a treinta mil personas, todas fusiladas por los órganos de la NKVD (policía secreta soviética) entre 1937 y 1941. Una conclusión que después fue confirmada por los habitantes de la zona y algunos exagentes de la NKVD.

Aquello, en los ultimísimos años soviéticos, fue un verdadero shock para nuestra sociedad. En 1988 se celebró en Kuropaty una manifestación masiva que condenaba abiertamente el estalinismo. Las fuerzas del orden dispersaron la concentración utilizando incluso gases lacrimógenos, pero aquello no hizo más que incrementar el interés por Kuropaty, que se convirtió en un importante símbolo de la lucha por la independencia nacional. En 1989, con motivo de la fiesta de los abuelos, tradicionalmente el día de la memoria, que coincide con la fiesta religiosa de todos los santos, tuvo lugar una primera procesión y se plantó en el bosque una gran cruz. Desde entonces, esta procesión se ha repetido todos los años y ahora en ese lugar se encuentran cerca de un millar de cruces.

La tensión política en torno a Kuropaty nunca ha decaído. En Bielorrusia este se ha convertido en el lugar por antonomasia de la memoria de las víctimas soviéticas, aunque algunos han intentado afirmar muchas veces que en realidad en aquel bosque no se sepultó a las víctimas de la NKVD estalinista sino a las de los nazis, asesinadas durante la segunda guerra mundial. Sin embargo, nuevas excavaciones demostraron que aquellos fusilamientos se remontan a finales de los años 30, y que las víctimas son muchas más de treinta mil. Según varios cálculos, podría haber cien mil y hasta doscientas mil. Pero el número preciso se ignora, pues los viejos archivos de la NKVD están cerrados y la actual KGB bielorrusa se niega a abrirlos. Mejor dicho, ni siquiera se sabe si siguen existiendo esos archivos. Por ese mismo motivo, no puede decirse quién, entre todos los muertos asesinados entre 1937 y 1941, está realmente aquí. Solo se han recuperado con certeza unos cuantos nombres.

Bielorrusia: defendamos a nuestros muertos

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Trump y la Unión Europea: peligro (I)

Ángel Satué

El show de Trump ha dado el salto de la pantalla a la arena de las relaciones internacionales. El showman-businessman venido a “político” declaró recientemente obsoleta a la OTAN, criticó gravemente la política de acogida de refugiados de Merkel, afirmó que la Unión es un pretexto para Alemania poder controlar Europa, se ha salido del Tratado Transatlántico de Inversiones con la Unión Europea y propuso a un candidato a embajador –Malloch– ante la Unión Europea en cuyo bagaje encontramos su apoyo al Brexit, su oposición al euro y, para más inri, se jactó de haber colaborado para acabar con la Unión Soviética, y que podría hacer lo propio con otra Unión (la europea). Esto es en política exterior lo que viene a ser en gastronomía comerse un percebe a las bravas, cosa que, por cierto, servidor vio de otro americano en una cena informal con su Administración. Es lo que sucede cuando aparece un liderazgo superpersonalista y autoritario. Nunca hay suficientes paños calientes.

La respuesta de Europa ha sido inequívoca, pero aún se queda en palabras. Aún en estado de shock por una ruptura del orden internacional conocido hasta la fecha, y la necesidad de tener que volar sola después de un letargo de 70 años, nuestro Donald, el bueno, Tusk, presidente del Consejo europeo, ha llegado a afirmar que “la presidencia de Trump es un riesgo para Europa”. Véase que no dice la Unión, sino que aquí está pensando, como buen polaco, en el oso ruso, en el este de Ucrania, en el Cáucaso, por no hablar de los estados bálticos.

Sirva esta metáfora: un nuevo vecino ha venido, y es un macarra de cuidado, que ni come ni dejará comer. Los niños formales europeos no saben qué hacer, y el chivato o pepito grillo se ha ido con los donuts y varias ojivas nucleares. Además, hay otro macarra al este (mucho) y un chino enorme que no sabe si seguir comiendo o ayudar a los asustados chavalitos.

Al tiempo, nuestro Donald tuiteó que “debemos recordar verdades olvidadas: una Europa unida para evitar otra catástrofe histórica. Los tiempos de la unidad europea se corresponden con los mejores de nuestra historia”.

Con este tweet, el presidente del Consejo Europeo se lanzaba a defender Europa el pasado 31 de enero, antes de la cumbre informal de Malta, en clara alusión a la situación geopolítica de 2017, mencionando veladamente las guerras mundiales, el nazismo, el fascismo y el comunismo, la guerra fría y, en definitiva, el drama del hombre europeo de finales del siglo XX y primeros del XXI. Pero, ¿por qué? ¿Estamos ante un envite tan grande para Europa como para sacar a pasear nuestros monstruos familiares? Cuesta creerlo. Es más bien pasar a la mayoría de edad.

Recordar verdades. Verdades olvidadas. Sin duda, es una buena noticia que desde la atalaya del Consejo europeo, que impulsa y define las orientaciones políticas generales de la Unión, se recuerde a los europeos que existen al menos dos verdades, en lo que llaman la era de la postverdad (relativismo que anunciara el Papa BXVI): (1) que nos unimos para evitar otra catástrofe histórica; (2) que los tiempos de la unidad europea son los mejores en la centenaria historia europea.

Trump y la Unión Europea: peligro (I)

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Vértigo francés

José Luis Restán

La última encuesta publicada sobre las presidenciales francesas ofrece unos resultados de vértigo. Según ese estudio, realizado entre los días 31 de enero y 1 de febrero, la líder del Frente Nacional, Marine Le Pen, obtendría en la primera vuelta un 25% de los sufragios; le seguiría el independiente Emmanuel Macron (que se define como social-liberal) con un 20,5%; descendería a la tercera posición el candidato del centro-derecha François Fillon, con un 18,5%, mientras que el socialista Benoit Hamon quedaría relegado a la cuarta plaza con un 16,5%. Siempre según esta foto, en la segunda vuelta Macron se alzaría con la victoria con un 63% frente al 37% de Le Pen. Lo cierto es que la situación es tremendamente volátil, pero en los cuarteles generales de socialistas y republicanos cunde el pánico, y no sólo allí.

Le Pen ha lanzado su campaña en Lyon con un discurso incendiario, consciente de que es la única capaz de explotar el malhumor de los franceses, su hastío por la debilidad de los partidos centrales y su miedo al futuro: miedo a la globalización, al terrorismo, a la pérdida de la propia identidad. Miedos legítimos con una base real, aunque después alimenten figuras grotescas y reclamen salidas disparatadas. Miedos que no habrían debido ser menospreciados, tampoco cortejados (como hace Le Pen) sino tenidos en cuenta para mantener un verdadero diálogo social, una conversación nacional viva. La respuesta de Le Pen es brutalmente sencilla: nacionalismo, proteccionismo, desvinculación de la Unión Europea, rechazo a los inmigrantes. Y todo ello envuelto en un discurso grandilocuente con muy escasa densidad pero enorme eficacia movilizadora. Un discurso, por cierto, que aunque invoque tramposamente a la tradición, nada tiene que ver con la raíz cristiana de Francia

No es extraño que aquella inquietante y desconocida “prima”, la prima de riesgo, haya vuelto a presentar su tarjeta de visita en los mercados europeos. La victoria final de Le Pen significaría el acta de defunción de la Unión Europea, cuyo germen está en el abrazo de hierro franco-alemán para garantizar paz, libertad y estabilidad al continente. Seguramente Le Pen no se sentará esta vez en El Elíseo, pero el mero hecho de que sea la más votada en la primera vuelta colocaría a la Unión en una situación de tremenda inquietud y abriría un periodo de debilidad difícilmente previsible.

Lo cierto es que Sarkozy dejó su trabajo reformista a medio camino, mientras Hollande ha decepcionado a propios y extraños. En economía ha navegado patéticamente entre dos aguas, mientras que en las cuestiones culturales y de proyecto nacional ha profundizado en el viejo sectarismo de una parte de la izquierda. Con todo ello ha achicharrado a la joven promesa de Emmanuel Valls.

El PSF está abierto en canal, roto por el eje, con dos almas irreconciliables. Pero se alzado con la victoria más arcaica, la que representa Benoit Hamon, relegado a una humillante cuarta plaza en las encuestas. Hamon representa una suerte de autismo político, como si nada de lo que ha sucedido en el mundo los últimos diez años fuese con él. Sigue aferrado al estatalismo y al laicismo, y sueña con soluciones que no hacen cuentas con la disciplina que implica la moneda común. Por desgracia para él, sus cantos de sirena no reverdecen las esperanzas de la izquierda. Aquellos a los que querría dirigirse prefieren comprar su producto a la señora Le Pen, amarga paradoja que ya experimentó hace años el comunismo francés.

Vértigo francés

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>Entrevista a Mikel Azurmendi

'Europa está paralizada por el miedo que nos tenemos mutuamente a comenzar a hablar'

Juan Carlos Hernández

Hablamos con Mikel Azurmendi sobre inmigración y populismos. Azurmendi lamenta que en Europa no hay libertad de opinión sobre importantes asuntos en los que la corrección política ya ha determinado su punto de vista verdadero.

En nuestra sociedad la llegada masiva de inmigrantes se ve como una amenaza a nuestro modo de vida. Por ejemplo, nuestra visión de la dignidad de la mujer y de su papel podría entrar en conflicto con otras culturas. ¿Tiene Europa la capacidad de proponer una identidad sólida y segura? ¿Cómo conjugar la necesaria acogida con la defensa de nuestros valores?

En efecto, hay mucho temor a que desaparezcan nuestros modos de vida que tanto nos ha costado instaurar, unas instituciones para una existencia de libertad, seguridad, pluralismo democrático, igualdad entre hombre y mujer, protección del niño, respeto cívico, idéntica instrucción para todos... todo ello bajo el auspicio de la misma ley para todos. Hay miedo a perderlo, claro que sí. Porque en una sociedad no pueden coexistir culturas contrapuestas en valores relacionados con la dignidad de la persona y el desarrollo de ésta basado en la igualdad de oportunidades. Hasta hace unos treinta años, en varios países europeos fueron dándose entradas masivas de extranjeros, sea de refugiados o de simples necesitados de trabajo o de una vida libre, y todo marchó pasablemente bien porque el ideal de esas gentes era el de asimilarse a la cultura y modos de vida franceses, alemanes, ingleses o belgas. Yo mismo fui emigrante en Alemania y Francia y trabajé dos años en fábrica para poder pagar mis estudios universitarios; dudé de si quedarme a vivir en Francia a estudiar, pero me volví aquí. No me fue muy bien porque hice lo que no debía contra Franco y hube de exiliarme, esta vez forzosamente. Y fui acogido como refugiado político y trabajé de nuevo, limpiando oficinas y otros mil trabajos, pero estudié una carrera en París. Mi hijo es francés y dudé de si venirme con la amnistía de 1976 porque la vida nos iba bien. El emigrante económico acaba quedándose en el lugar donde nacen sus hijos y éstos se vuelven gente de ese país de acogida. El refugiado político, en cambio, siempre piensa en volver a su país, siempre lo añora. Sin embargo, esta pauta centenaria de refugio y acogida con la consiguiente integración social se ha roto con la inmigración magrebí en Francia, Bélgica y Holanda, y con la turca en Alemania. La segunda y tercera generación de esas inmigraciones no han podido o no han querido integrarse cívicamente; una parte de culpa la tienen los padres, que se han guetizado y cerrado culturalmente, pero una gran parte de culpa les corresponde a los gobiernos y a la sociedad de esos países que han permitido guetos, desigualdades de oportunidad escolares, laborales y hasta de trato personal.

Ahora que vienen masivamente gentes de países musulmanes escapando de la guerra o de la miseria política y cultural, coincidiendo con el recrudecimiento islamista en algunos de esos países y con su expansión terrorista en los nuestros, ¿qué podemos hacer?

>Entrevista a Mikel Azurmendi

'Europa está paralizada por el miedo que nos tenemos mutuamente a comenzar a hablar'

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El desafío a Europa, a abordar por la sociedad civil

Francisco Medina

El pasado 26 de enero tuvo lugar en el Colegio Mayor Roncalli una mesa de estudio dedicada a los Refugiados, fruto de la iniciativa de la Asociación Principios en colaboración con Sociedad Global, cuyo objeto era abordar la problemática en los países de origen, constituyendo la segunda de las mesas organizadas para tratar un fenómeno de carácter global, en línea con lo que se había tratado al abordar la problemática en los países de acogida.

La complejidad del fenómeno –del drama, para ser más exactos– de los refugiados exigía preparar una mesa de contenido, cuyos ponentes se hubiesen fajado tanto a nivel jurídico como en la experiencia sobre el terreno. Y como quiera que la sociedad necesita tomar conciencia de lo que se nos viene, parecía conveniente abordar el tema desde un doble enfoque: desde la óptica jurídico-institucional; y desde la perspectiva de la experiencia en terreno. Y qué mejor que contar con Fernando de Haro, como moderador, cuya experiencia en el drama de los cristianos perseguidos es más que acreditada; Cristina Gortázar, catedrática de Derecho Internacional de ICADE (Universidad Pontificia de Comillas), con un amplio conocimiento sobre las implicaciones jurídicas del Derecho Internacional Humanitario; María Fuentenebro, experta en Acción Humanitaria en países en conflicto –Guatemala, Sudán, Sudán del Sur– y con experiencia en diversos organismos de ONU (entre ellos, el PNUD o el Programa Mundial de Alimentos); o con Irene López, graduada en Relaciones Internacionales y con experiencia en el terreno en campos de refugiados.

Ciertamente, el tema es de una enorme complejidad. Para centrar la cuestión, se partió de las causas del fenómeno de los refugiados, del drama que lleva a miles y miles de familias a abandonar su país. A continuación, se examinó y se valoró la actual política llevada a cabo por la Unión Europea, a la luz de la experiencia de cada ponente; para, finalmente, poder aportar soluciones a largo plazo con objeto de afrontar el fenómeno.

Que el fenómeno de las causas que llevan a los refugiados a salir de sus países no puede abordarse de forma simplista es algo que Cristina Gortázar nos dejó claro, al exponernos la escalofriante cifra estimada de 240 millones de refugiados –entre voluntarios y forzosos–; ciertamente, resulta problemática la tradicional distinción entre el concepto de refugiados que recogen tanto la Convención de Ginebra como el Protocolo de 1969 y el de inmigrantes económicos, que no oculta el drama de unos 60 millones de migrantes forzosos (siendo refugiados unos 20 millones, sin olvidar a los otros 40 millones de personas que aún no han atravesado las fronteras de sus países). En este contexto, y como señalaba María Fuentenebro, no puede olvidarse el doble papel de la ONU de mantenimiento de la paz y de llevar a cabo el mandato de desarrollo, debiendo tener siempre presente la obligación impuesta por el Derecho Internacional Humanitario de garantizar la protección internacional a los refugiados. Irene López hablaba de varias causas, como los Estados frágiles, los conflictos o el cambio climático, algo que fue señalado también por Fernando de Haro, al referirse al continente africano.

En cualquier caso, quedó claro, a juicio de las ponentes, que el llamado “Acuerdo” suscrito entre la Unión Europea y Turquía constituye, en el fondo, una externalización del problema migratorio (Irene López también lo relacionaba con España respecto a Marruecos).

La valoración de la política europea en este tema fue prácticamente unánime. Cristina Gortázar, por ejemplo, en relación las medidas adoptadas a nivel comunitario –en el seno de la Social-Economic Analysis Committee– o las Directivas, señalaba que ni siquiera el llamado pasillo humanitario resultaría suficiente si se siguen manteniendo medidas tales como visados restrictivos o duras sanciones.

El desafío a Europa, a abordar por la sociedad civil

Francisco Medina | 0 comentarios valoración: 3  196 votos

La paradoja occidental de negar la evidencia

Robi Ronza

“En la continuación de las benditas operaciones que el Estado Islámico está llevando a cabo contra el protector de la cruz, Turquía, un heroico soldado del Califato golpeó una de las discotecas más famosas donde los cristianos celebran su día de fiesta apóstata”. Si no fuera porque rezuman sangre, estas palabras con las que el Isis ha reivindicado la matanza de la noche de año nuevo en la discoteca Reina de Estambul se podrían considerar como ejemplo de humor involuntario.

Mientras no pasa un día sin que en Occidente se afanen en negar la inspiración marcadamente anticristiana del terrorismo islamista, los terroristas se afanan en cambio en aprovechar cualquier ocasión para afirmarla. Como en otros comunicados previos, también aquí hay errores y falsedad. No se entiende en función de qué se puede definir a Turquía como “protector de la cruz”, y el año nuevo es una fiesta laica, no cristiana. Pero eso da igual en este caso. Lo que importa es el motivo que está en la base de tal manipulación.

Paradójicamente, esta feroz movilización del terrorismo islamista contra el Occidente europeo, cuyas raíces cristianas son en efecto muy evidentes, tiene estrechos vínculos con la terrible guerra civil transnacional que lleva años en vigor en el mundo musulmán. Lo confirman los datos sobre las víctimas del terrorismo islamista. En el año que acaba de terminar, frente a los muertos por los cinco atentados más graves en Europa (tres en Bruselas el 22 de marzo, uno en Niza el 14 de julio y otro en Berlín el 23 de diciembre), que fueron casi 140, en Turquía hay que contar seis atentados con bombas en lugares multitudinarios con un total de 209 muertos, y 24 atentados en Iraq llevados a cabo con explosivos y en tales situaciones que provocaron cada uno entre un mínimo de 20 y un máximo de más de 300 muertos.

Por supuesto, los atentados en Europa sumergieron repentinamente en el luto a cientos de familias, y al tener lugar en lugares donde existen poderosas redes televisivas se han multiplicado durante días y días de eco mediático continuo. Sin embargo, los hechos son los hechos, y comprensiblemente en Turquía e Iraq los atentados cometidos en la patria dejan más huella que los cometidos en Europa. Si luego vamos a mirar los años precedentes y vemos también las guerras convencionales que se deben al conflicto entre sunitas, la principal confesión del islam, y las demás confesiones, empezando entre ellas por la chiíta, el rastro de sangre y destrucción no deja de crecer. Por ejemplo, así se explican, desde 1980 hasta hoy, todas las vicisitudes y guerras de Iraq, así como la actual guerra en Siria.

La paradoja occidental de negar la evidencia

Robi Ronza | 0 comentarios valoración: 3  280 votos

La crisis de los refugiados pone Alemania patas arriba (y II)

Christoph Scholz

El desafío para Alemania es enorme. Según datos de la oficina federal competente en materia de migración y refugiados, la BAMF, el año pasado llegaron a Alemania 1,5 millones de refugiados. De estos, 1,2 millones se quedaron en Alemania. Según el BAMF, casi 400.000 aún no han presentado la demanda de asilo. Además, quedan 350.000 solicitudes pendientes de revisar. Este año se cree que han llegado otros 200.000, a los que hay que sumar una fuerte inmigración procedente de otros estados de la UE.

Con el llamado “tercer paquete de medidas de asilo”, aprobado recientemente, la gran coalición espera hacerse con el control de la situación, al menos en grandes líneas, también desde el punto de vista de la política interior. Ya en el verano de 2015 el parlamento preparó el primer paquete con el objetivo de acelerar el proceso de asilo, integrar más rápidamente y con mejores perspectivas a los solicitantes de asilo, y devolver antes a su patria a los refugiados sin posibilidades de quedarse. Jóvenes y adolescentes bien integrados conseguirían un mejor acceso al mercado de trabajo. Por otro lado, se endurecieron las condiciones para obtener un permiso de residencia así como los procedimientos de identificación y expulsión.

A partir de agosto de 2015 la oleada de refugiados aumentó repentinamente. Las autoridades fronterizas registraron solo en octubre a 180.000 refugiados. En los ambientes políticos berlineses, reinaba el pánico entre bastidores. La gran coalición trabajó bajo una gran presión en el segundo paquete para encauzar la acogida por canales reglamentarios. Las ciudades y ayuntamientos corrían con los principales gastos al ser responsables del mantenimiento y sistematización. Diariamente llegaban a Múnich varios Intercity procedentes de Austria. La gente proseguía sus viajes en tren y autobús buscando suerte en otras ciudades y localidades, desde el lago Constanza hasta Flensburgo. Se empezó entonces a acondicionar pabellones y recintos feriales, viejos cuarteles y campamentos improvisados. Decenas de miles de funcionarios estatales, militares o colaboradores de obras asistenciales, así como innumerables voluntarios de las comunidades eclesiales o instituciones sociales trabajaron hasta el agotamiento para conseguirlo. Y el 3 de febrero de 2016 el parlamento aprobaba el segundo paquete de medidas de asilo, en virtud del cual se crearon en toda la República federal cinco centros de acogida por los que transitan los grupos de solicitantes de asilo con menos posibilidades de éxito. Es decir, los que han facilitado datos falsos o han destruido intencionadamente documentos, así como personas procedentes de estados clasificados como “seguros”. También se limitó la reagrupación familiar y se simplificó la expulsión de refugiados con problemas de salud.

La crisis de los refugiados pone Alemania patas arriba (y II)

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Recrear nuestra tradición como algo vivo

José Luis Restán

En estos días de miedo y furia, marcados por la amenaza del yihadismo global, se prodigan en los medios las denuncias de la erosión de la cultura occidental, la cultura de la razón y de las libertades, que estaría siendo arrasada a causa de la entrada masiva de inmigrantes, de la ideología de lo políticamente correcto y de la blandura de nuestros gobernantes. En esta coctelera se agitan elementos de muy variada densidad, así que conviene distinguir para aclarar.

Lo primero que es necesario decir es que la crisis de la cultura occidental viene de muy lejos. Sin entrar en disquisiciones histórico-filosóficas, que no vienen al caso, podríamos situar una fecha clave en el mayo del 68. Así que algunos profetas de la catástrofe no han madrugado precisamente. Para quien desee profundizar en serio, recomiendo releer la encíclica Spe Salvi de Benedicto XVI. Es cierto que el momento actual es dramático, pero su incubación ha sido larga y muchos no movieron una ceja.

Desde hace decenios las mejores tradiciones cívicas y la cultura popular de nuestros países europeos se ven erosionadas, carcomidas, resecas, a veces ridiculizadas hasta lo grotesco por una leadership intelectual y mediática que ha jugado a la autodestrucción en nombre de aquellas utopías sesentayochistas. Unos políticos generalmente escasos de bagaje cultural y de coraje moral han contribuido a la faena, pero tampoco les demos un protagonismo que no merecen. Resulta un tanto falaz culpar de este deterioro a la entrada masiva de inmigrantes y refugiados de distintos lugares del mundo.

La cultura pública occidental (especialmente la europea) ha ido perdiendo su savia griega, cristiana e ilustrada, de modo que a veces cuesta encontrara algo de sustancia incluso en aquellas celebraciones que siguen concitando un enorme consenso social, como es el caso de la navidad. Desde luego los responsables no son los inmigrantes. Lo son nuestras élites intelectuales, nuestra anémica sociedad civil, y también quienes nos quejamos amargamente pero somos incapaces de recrear la tradición como hecho vivo y relevante. Ahí tenemos tarea: fatigosa, apasionante, arriesgada. Faltan brazos y sobran lamentos. Y será una preciosa ocasión de diálogo y construcción común para creyentes y agnósticos, cristianos y miembros de otras confesiones.

Pero en todo caso, la respuesta a este mal (al menos es buena noticia que empiece a reconocerse como tal por muchos) no puede consistir en traicionar uno de los rasgos fundamentales de nuestra identidad europea: el de la acogida, el derecho de asilo, la primacía de la dignidad humana y el imperio de la ley. Eso no significa que no se hayan cometido errores en la gestión de la política migratoria, que siempre requerirá ajustes y correcciones. Por cierto, muchos guetos culturales y sociales en las ciudades europeas se alimentan también de un laicismo trasnochado que se resiste a cambiar, pero de eso se habla muy poco en las protestas contra el deterioro de nuestro modo de vida.

La denuncia de las utopías ideológicas que proceden del 68 es necesaria, pero no tiene nada que ver con levantar nuevas “Líneas Maginot”, tan inútiles y patéticas como aquella de 1939 en Francia. Como decía límpidamente hace unos días el cardenal de Viena, Christoph Schönborn, “si la herencia cristiana de Europa está en peligro, se debe a que los europeos la hemos dilapidado, y eso no tiene absolutamente nada que ver ni con el islam ni con los refugiados… está claro que a muchos islamistas les gustaría aprovecharse de esta situación, pero ellos no son los responsables, lo somos nosotros”. Lo ha dicho también, con descarnada claridad, la canciller Ángela Merkel, tan injustamente denostada en estas fechas: “el problema de Europa hoy no es demasiado islam, sino demasiado poco cristianismo”. Y esto lo pueden compartir muchos agnósticos. Empecemos por ahí.

Recrear nuestra tradición como algo vivo

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  291 votos

La crisis de los refugiados pone Alemania patas arriba (I)

Christoph Scholz

“Alemania es un país fuerte. Hemos sido capaces de hacer muchas cosas. ¡Con esto también podremos!”. Este “yes, we can” de la canciller Angela Merkel el 31 de agosto de 2015 ha dividido las almas de los alemanes. Forma parte de la “cultura de bienvenida” a los refugiados, sobre todo de Siria, Afganistán e Iraq, que se debate en toda Europa. Con la crisis de los refugiados, la República federal se enfrenta al mayor desafío desde los tiempos de la reunificación. Su comportamiento decidirá, desde Berlín, el futuro de Europa.

Las motivaciones determinantes para la acogida de cientos de miles de personas que buscan protección no son exclusivamente de orden humanitario sino también geopolítico. Cuando en la noche del 4 al 5 de septiembre de 2015, Angela Merkel y el entonces canciller austriaco Werner Faymann acordaron la apertura de fronteras y el libre paso de un flujo de refugiados que nunca se había visto desde la Segunda Guerra Mundial, se trataba de aplacar una situación de necesidad de decenas de miles de personas que necesitaban protección, pero también de ganar tiempo para una solución política. Todavía prevalecía la convicción de Merkel de que la UE, una de las grandes regiones del bienestar del mundo, con más de 500 millones de habitantes, debería ser capaz de acoger al menos al mismo número de refugiados que el Líbano, Turquía o Jordania. En el origen de esta crisis se sitúa una serie de lagunas esenciales de la política europea. La UE nunca se había movilizado seriamente para buscar una solución al conflicto sirio. Cuando el Programa Mundial de Alimentos redujo después las raciones de los campos de refugiados en Siria debido a los recortes, comenzó la oleada de refugiados. Las autoridades gubernamentales responsables tampoco reconocieron el alcance de aquellos signos claros de la inminente afluencia de personas. También faltó en los estados de la UE la voluntad de ponera punto una política común de asilo.

Según el Tratado de Dublín, que prevé que los migrantes deben pedir asilo en su país de entrada al territorio europeo, en Alemania debería haber poquísimos refugiados. Puesto que Alemania tiene muy poca frontera exterior a la Unión, el peso recae sobre todo en los países meridionales, que durante mucho tiempo han dejado partir a la mayoría de los refugiados hacia el norte sin registrarlos. Con la “cultura de bienvenida”, Alemania se ha convertido en el principal país de llegada (junto a Suecia). Además, la República federal registra también un crecimiento económico estable, busca trabajadores especializados y paga grandes prestaciones sociales a los refugiados. De hecho, allí viven ya muchos inmigrantes procedentes de Oriente Medio.

Cuando en el verano de 2015 la inmigración empezó a aumentar de manera dramática, Alemania se enfrentaba a la alternativa entre atenerse estrictamente al Tratado de Dublín y cerrar sus fronteras, o acoger a los refugiados que llegaban en masa para frenar la situación. El gobierno federal decidió por la segunda opción. “La canciller ha querido estar a la atura e la responsabilidad de Alemania como potencia central”, subraya el historiador berlinés Herfried Münkler. En otras palabras, un cierre de fronteras por parte de Alemania, potencia centroeuropea, habría significado el final de la zona Schengen y el inicio de la desintegración de Europa. Aún más, una congestión de cientos de miles de refugiados en la ruta balcánica habría llevado al derrumbe del ordenamiento estatal en los frágiles países del sudeste europeo, como Macedonia, Albania o Bosnia-Herzegovina, con una oleada de refugiados dentro de Europa procedentes de estos países que podría ser aún mayor que el primer flujo de 2015 desde los mismos países balcánicos.

La crisis de los refugiados pone Alemania patas arriba (I)

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Terrorismo. La seguridad no es todo

Angelo Scola

Largo es el rastro de atentados terroristas que han ensangrentado trágicamente este año. ¿Qué postura podemos asumir, como cristianos, ante esta amenaza que incide profundamente en nuestras vidas?

La primera reacción instintiva es el miedo, que es precisamente el objetivo que busca el terrorismo. Y justo después, la exigencia de un refuerzo en las medidas de seguridad. Pero la seguridad no lo es todo. Por sofisticados que sean los sistemas de defensa, siempre habrá una falla, un talón de Aquiles. Por eso resulta esencial la educación, la cultura y el testimonio. Hay que contestar a la ideología yihadista poniéndose y oponiéndose ante ella.

Como cristianos, nuestra postura consiste ante todo en anunciar a Jesucristo, con más vigor y menos complejos. Jesús no esperó a que las condiciones objetivas de su tiempo mejoraran, sino que generó un sujeto nuevo en la historia.

En nuestra posición está ya también nuestra o-posición. La oposición a cualquier forma de violencia en nombre de Dios, como el Papa Francisco no deja de reclamarnos. Y al mismo tiempo oponerse también al sistema económico que hace que, como países occidentales, cerremos los ojos ante los países que fomentan el discurso del extremismo, con la esperanza de que se trate solo de eso, tan solo un discurso. Pero no. No son solo palabras, son hechos. Y muertos, la mayoría de ellos fuera de Europa. Ya hemos perdido demasiado tiempo vendiendo nuestras convicciones, empezando por la libertad religiosa, a cambio de nuestro moderno plato de lentejas. Y ahora la amenaza es global.

En esta doble toma de posición está la contribución más auténtica que podemos ofrecer a nuestros hermanos musulmanes, que en su gran mayoría contemplan consternados todo lo que está pasando, pero a los que les cuesta articular una alternativa clara, descargando demasiado a menudo la responsabilidad tan solo en las condiciones, aun siendo objetivas, de injusticia económica y social. Ponerse y oponerse. Como la luz que, según Juan, “brilla en las tinieblas y las tinieblas no la pudieron apagar”.

Fragmento de la homilía de Navidad

Terrorismo. La seguridad no es todo

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Una comunidad de destino para la nueva Europa

Angelo Scola

Comunidad de destino y vida social buena. Abro también esta perspectiva pensando en la relación con nuestros hermanos de fe musulmana que viven en Italia, aunque la perspectiva vale también a nivel global, porque me parece una condición inevitable para expresar la dignidad total de la persona, respetando su singularidad y con el deseo de reconocer el peso del otro y de los otros en la propia vida. Yo necesito esta amistad cívica, solidaria y esta comunidad de destino, por eso no puedo dejar de encontrarme con quien forma parte, como yo, de la familia humana, partiendo de la propia fe y cultura, y no puedo acercarme a él si no comparto, con absoluto respeto, esta búsqueda apasionada del sentido esencial de la ciudadanía.

Cuando pienso en la reducción de la ciudadanía a las necesarias formulaciones de los derechos mínimos y sostengo que hace falta ir más allá, quiero poner en evidencia un problema nuestro, no una invención a medida para integrar a nuestros hermanos de otra fe. Pensemos en el problema del ecumenismo en relación con la inmigración. Hay 150.000 niños rumanos que van a las escuelas italianas, procedentes de la confesión ortodoxa de Bucarest.

Hablar de amistad cívica y comunidad de destino significa hablar del destino de todos nosotros, porque no puedo edificar ni construir algo si no es sobre la práctica de convicciones que me permiten estar bien en la sociedad y en el mundo, porque la vida ya lleva consigo su propio peso, como decía Pavese. Debemos recuperar a todos los niveles este alto ideal que, como todos los ideales, a diferencia de las utopías, impacta sobre la realidad y la cambia lentamente en virtud de cómo se implica en él la libertad de cada individuo, de los cuerpos intermedios y de una nación.

Desde este punto di vista, no puedo dejar de referirme a la experiencia del cristianismo europeo, porque es el camino que me permite entender cómo mi hermano musulmán podrá realizar esta operación que el imán Oubrou ha descrito y que además reconduce al origen del islam. Y puedo hacerlo compartiendo esa experiencia de pertenencia no hegemónica, no sectaria, no radical que connota mi historia como hombre: la experiencia de la fe que respiré en casa desde niño, en el pequeño contexto de mi pueblo, en la parroquia y en el oratorio. El elemento de la tradición, en el sentido más potente y noble de la palabra, es el punto de partida no para hacer un discurso sobre las raíces cristianas, que tampoco estaría mal, sino precisamente para mirar al futuro.

Veo la debilidad del Occidente europeo, “la sociedad del cansancio” como la define el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han. Hay que mirar al futuro respetando al menos dos condiciones por lo que se refiere a nosotros los cristianos, pero la posición de diálogo y apertura es posible con todos.

El primer elemento para nosotros, bautizados, es vivir y asumir hasta el fondo, sin selecciones arbitrarias, lo que es el cristianismo, cosa que dejamos de hacer hace demasiado tiempo. El cristianismo no se puede reducir al Evangelio, los sacramentos, el impulso a compartir caritativamente, pues los Misterios de la vida cristiana vividos por Jesús, por María, por los santos y por el pueblo santo de Dios tienen implicaciones valiosísimas que, lo queramos o no, han plasmado a lo largo de los siglos la realidad europea. Por ejemplo, la relación entre hombre y mujer, o la manera de concebir la sociedad civil. Nosotros los cristianos debemos aprender de nuevo a ver estos problemas como implicaciones necesariamente contenidas, aun sujetas a evolución, dentro, por ejemplo, del Misterio de la Trinidad. Pongo a menudo este ejemplo a los jóvenes: hoy nos cuesta pensar en la diferencia sexual porque ya no vemos la incidencia histórica de la Trinidad. No vemos todas las implicaciones concretas del Misterio de la Trinidad. Romano Guardini dice que una convivencia civil plural se puede construir a partir de la contemplación del misterio trinitario, el lugar de la identidad absoluta de tres personas que, en cambio, practican la máxima forma de diferencia posible. Todas las diferencias son superadas por la diferencia de las personas de la Trinidad.

Una comunidad de destino para la nueva Europa

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Repensar el islam en Europa

Tareq Oubrou

Soy teólogo, un imán con responsabilidades religiosas, un pastor. Pero también soy un doctor que piensa en su religión dentro de la civilización occidental. Este es el primer y más importante terreno que los musulmanes deben afrontar. Antes de gestionar la presencia musulmana en Europa, hace falta pensarla. El aspecto teológico precede a la práctica, prepara la integración de los musulmanes en una civilización que para ellos es nueva.

El hecho musulmán en Occidente comprende tres realidades:

- una realidad social ligada el fenómeno de la migración;

- una realidad étnico-cultural ligada a los orígenes étnicos y culturales de esta población plural (árabe, bereber, turca, subsahariana);

- una realidad religiosa en el sentido más literal del término.

La presencia musulmana tiene su origen en el momento en que el profeta del islam constituye la ciudad de Medina y la proto-Constitución, sancionando así el nacimiento de una única comunidad formada por los judíos de la Banu Awf (que entonces eran casi la mitad de la población de Medina) y los musulmanes. Por eso, desde el principio hay una especie de secularización, una separación de dos planos: la comunidad espiritual es una cosa, la comunidad política nacional es otra. El profeta no era un presidente, él mismo dijo que no era un rey, cuando gestionaba políticamente la comunidad de Medina rechazó ser coronado rey.

Pero con el tiempo el islam se convirtió en una civilización y asumió una lógica política. Todo el pensamiento teológico y canónigo se forjó en un contexto califal de dominio, donde la comunidad espiritual fue confundiéndose con la comunidad política y la ciudadanía musulmana unió dos elementos, el político y el espiritual. Tras la caída del califato otomano, los musulmanes se encontraron con una nueva configuración, formada por estados-nación con fronteras. En aquel momento, la noción de ciudadanía se desvinculó de la de comunidad espiritual. Los musulmanes que hoy viven en Occidente llevan a sus espaldas esta historia donde lo político y lo espiritual se confunden y amalgaman con lo cultural y antropológico. ¿Es posible hoy ser tanto ciudadanos occidentales como musulmanes a todos los efectos?

Aquí intervienen la teología y el derecho canónico musulmán, que deberían repensarse a la luz de la secularización. No se trata solamente de gestionar la mezquita y la comunidad, sino de pensar una religión en un mundo global y en la civilización occidental, recuperar el nivel espiritual del islam. El musulmán en Occidente es musulmán espiritualmente, en el sentido de que su religión es el islam, pero su civilización es la occidental. Nos encontramos ante lo que yo llamo teología de aculturación. Adaptar el islam al derecho positivo en vigor en el país, o al repertorio jurídico que regula el pluralismo y federa a la nación en un destino común, es necesario pero no suficiente. Las prácticas religiosas deben obviamente tener en cuenta el derecho la Constitución del país, pero también hay que aculturar el islam. Es lo que nuestro hermano católico llama la “teología de la inculturación”, o cómo introducir una religión en la civilización. No se trata de transformar la civilización, sino de adaptarse a esta última, pues de lo contrario la religión terminará desapareciendo. De hecho, sin aculturación no hay recepción ni transmisión de la religión a las nuevas generaciones.

Las religiones se expresan en un contexto jurídico y político. Los musulmanes deben desarrollar una teología de la alteridad. Se parte de una epistemología de la realidad y se interroga a los textos fundantes, es decir, al Corán y a la tradición. Si la exégesis consiste en comprender el texto sagrado en el contexto de su revelación, la hermenéutica aplicada consiste en comprender el texto aquí y ahora.

Repensar el islam en Europa

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Discurso fuerte a la ciudad

José Luis Restán

La fiesta de San Ambrosio convoca cada año a la flor y nata de la sociedad milanesa en el Duomo para escuchar el “Discurso a la ciudad” que pronuncia el arzobispo, cardenal Angelo Scola. El hecho es, en sí mismo, una hermosa ilustración de sana laicidad; es también un banco de pruebas para la capacidad de la Iglesia de hablar a una ciudad evidentemente plural, en un momento de desazón que no acepta la mera repetición de principios ni de buenas intenciones.

El cardenal Scola, que acaba de cumplir 75 años y espera la próxima visita pastoral de Francisco a la diócesis de Milán, ha dedicado su discurso a uno de sus temas preferidos: el cansancio de Europa, sus posibilidades de futuro y el modo en que los cristianos están llamados a participar en esta encrucijada. Scola no es de los que dan por perdida a esta vieja y cansada Europa, siempre ha mostrado una reserva de confianza basada en sus recursos espirituales y culturales. Sin embargo esta vez ha reconocido que, ante las emergencias que se presentan, no existe la suficiente capacidad de pensamiento ni la necesaria fuerza política para afrontarlas.

La incapacidad para afrontar la cuestión migratoria en términos de “acogida” (tal como viene reclamando el Papa) y las respuestas reactivas y autodefensivas, aquí y allá, constituyen a juicio del cardenal el síntoma inequívoco de una decadencia colectiva. También habla de una profunda crisis que afecta a la propia concepción de la política, incapaz de superar los parámetros de la mera gestión del poder. Según Scola, realismo y grandes ideales deben conjugarse para hacer posible una nueva visión de Europa que valore, por una parte, la multiplicidad cultural que la caracteriza desde siempre y que, por otra parte, permita a los Estados reencontrar la unidad necesaria para afrontar los desafíos de este tiempo, principalmente la cuestión de las migraciones y la de la seguridad. Porque, en cualquier caso, los Estados nacionales no pueden afrontar esos desafíos aisladamente. Para el cardenal, pese a todos los desencantos, “Europa no es una opción, sino una verdadera y precisa necesidad”.

En este intento de dibujar un cuadro de fuerzas para una hipótesis de renacimiento, Scola ha vuelto a uno de sus temas más genuinos, el de las características de una laicidad que sirva realmente para construir convivencia. Dicha laicidad debe crear condiciones que aseguren la narración de todos los sujetos personales y sociales, para que pueda producirse un reconocimiento recíproco. En ese espacio de testimonio a campo abierto se sitúa la responsabilidad de los cristianos, a los que Scola invita a aceptar el reto de unas circunstancias tantas veces incómodas (por no decir hostiles), venciendo la tentación de encerrar la fe en el ámbito de la intimidad personal, o la de disolverse en el espíritu del tiempo.

“La preocupación crucial es repensar la forma de la fe”, algo que para muchos resultará sorprendente. E insiste: “es necesario un modo nuevo de pensar la fe… de modo que sea ejemplo de humanidad, de vida renovada y fuente de muchas expresiones de convivencia constructiva, de cuidado del otro y de cultura”. Una de las tareas vinculadas a esta nueva forma de la presencia cristiana será “el testimonio del bien de la diferencia sexual… que, lejos de introducir cualquier forma de discriminación, se nos ofrece como un camino para aprender el valor del otro y el don de sí”.

En otro pasaje el cardenal Scola aborda un factor que considera importante para entender la crisis política en que está inmerso el continente: una equívoca concepción de los derechos individuales. La Europa del futuro, precisamente a causa del proceso de mestizaje de culturas y civilizaciones en curso, debe edificarse sobre el reconocimiento y la práctica efectiva de la dignidad inviolable de la conciencia. Y no duda de que un factor fundamental para el renacer de Europa será la defensa de la institución jurídica de la objeción de conciencia, a la que considera un baluarte de la democracia frente a cualquier posible deriva utópica. Una última indicación para los cristianos en esta época brumosa: “deben estar dispuestos a colaborar en esta tarea según la lógica del testimonio, que no excluye la posibilidad del martirio”. Nadie ha podido salir del Duomo sin sentirse provocado, enriquecido y acompañado, en la doble tarea de pensar y construir la ciudad común.

Discurso fuerte a la ciudad

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  307 votos

El islam creó Europa

Ángel Satué

Amigo lector, seguro que con este título he atrapado tu atención. A estas alturas del devenir de Europa, no te habrá resultado extraña una afirmación de este tipo. Apelo a tu innata curiosidad para seguir leyendo.

He estado leyendo los discursos del Papa Francisco que pronunció ante el Parlamento europeo, en 2014 y al recibir este año el Premio Carlomagno, y he querido profundizar en este último personaje histórico, Carlos el Grande, y trazar una línea entre su tiempo y el nuestro. Tal ha sido mi fascinación.

En los últimos años Carlomagno aparece como el referente de los favorables a la causa de la unidad europea, entre los que me encuentro. El Premio Carlomagno o la vía cultural europea de Carlomagno que se impulsa son dos claros ejemplos. Pero, ¿por qué razón?

Aunque en torno al año 800 el concepto de Europa no existía aún, la obra de Carlomagno en el campo militar (dominando del Mar del Norte a Marsella, de la Marca Hispánica a Bohemia), el político (agustinismo y su civitas christiana), el religioso (cristianización), el cultural (Escuela palatina, con Alcuino de York), el monástico (Regla de San Benito unificadora), el diplomático (embajadas del califa de Damasco y Bizancio, con los reyes anglos y el reino de Asturias), el arquitectónico (estilo carolingio) y el comercial (creando un mercado común, prohibiendo el préstamo con intereses o introduciendo el concepto de precio justo), ha contribuido a ser lo que somos ahora como europeos.

Se le considera con razones de peso como el precursor de toda unidad europea. Así, pasó de rey de los francos a emperador del Imperio Romano de Occidente (300 años después de su caída). Su capital, Aquisgrán, es el corazón de Europa (una Europa un poco más germánica que mediterránea y latina). Su tarea fundamental, según Ferdinand Werner, fue unificarla afirmando su esencia cristiana frente a un islam combativo y en expansión. Eghinardo, su cronista (hoy diríamos también su biógrafo) llamó a Carlomagno “rey de los europeos”, si bien muy pronto fue sustituido por rey de la cristiandad (lo que dista de convertirle en un ejemplo de marido fiel). Los mismos súbditos bajo dos poderes diferenciados, aunque necesitados y recelosos el uno del otro, el temporal del Imperio, y el atemporal de la Iglesia. Todo un avance para la sociedad y vida europea del momento, pues daba lugar a la separación entre la Iglesia y el estado.

Y el islam, ¿ayudó entonces a la unidad europea? Ayudó en tanto en cuanto obligó al Imperio Bizantino a defenderse –aun perdiendo Palestina, Siria y Egipto– y porque la conquista de España y África por el islam había convertido al rey de los francos, a Francia, en dueño absoluto del Occidente cristiano (tesis de Henri Pirenee). Y tampoco se puede entender el actual mapa político de Europa sin el Tratado de Verdún del año 840, que repartió Europa entre los tres nietos de Carlomagno (Carlos –Francia–, Lotario –Alemania– y Luis –Holanda y Norte de Italia–).

El islam creó Europa

Ángel Satué | 0 comentarios valoración: 3  305 votos
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