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28 ABRIL 2017
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Gana la laicité

Robi Ronza

Tras la victoria en primera vuelta de Emmanuel Macron y Marine Le Pen (han pasado a la segunda ronda con el 23,75 y el 21,53 por ciento de los votos respectivamente), si vamos a lo esencial podremos ver que el resultado electoral en las presidenciales francesas tampoco es el cambio histórico que muchos pretenden ver.

En Marche, el partido de Macron, no es una flor nueva que ha brotado inesperada y milagrosamente en medio del desierto. Más bien es una hábil y oportuna… reencarnación, gracias a la cual el bloque social y de intereses que se reconocían en el viejo partido socialista de François Mitterand se ha hundido en el abismo al que lo han ido precipitando los fracasos presidenciales de Sarkozy y Hollande. En el arco de doce meses, desde que se fundó el 6 de abril del pasado año, En Marche ha conducido a su candidato Macron a la victoria en primera vuelta en unas presidenciales. Si En Marche fuera realmente algo nuevo de verdad, una marcha triunfal de este tipo supondría una novedad absoluta en la historia de los movimientos políticos de todos los tiempos, pero no es así. En cualquier caso sigue habiendo un dato sorprendente: nunca antes había pasado en una gran democracia que un bloque social y de interés consiguiera liberarse en tan poco tiempo de su propio partido de referencia histórica, y más aún salir indemne e incluso victorioso a la escena pública como una fuerza nueva y sin mancha.

Ex alto funcionario del ministerio francés de Economía y en 2008 alto dirigente del banco Rothschild, Emmanuel Macron fue con Hollande ministro de Economía, Industria y Digital entre agosto de 2014 y agosto de 2016. Solo entonces, unos meses después de la fundación de En Marche, dejó el gobierno para poder implicarse más libremente en la campaña electoral que le ha llevado a este éxito. Paralelamente, una eficaz y potente campaña mediática se dedicaba a cambiar su imagen. En pocos meses pasó de ser un experimentado aunque joven ministro socialista a convertirse a los ojos de la opinión pública en un hombre nuevo de orientación “centrista”. Como centrista se ha calificado a su programa, aunque sea de clara inspiración socialista. De repente todos los grandes medios que durante décadas lo habían llevado en palmitas, han dejado a un lado al viejo partido socialista, que ha quedado reducido a las cenizas de un náufrago abandonado a su suerte, en manos de un candidato perdedor dispuesto a recoger lo poco que queda del voto histórico de izquierda.

Gana la laicité

Robi Ronza | 0 comentarios valoración: 3  20 votos

Macron y Le Pen: la tierra, los muertos y la globalización

Antonio R. Rubio Plo

La victoria de Enmanuel Macron en la primera vuelta de las presidenciales francesas, sobre Marine Le Pen, aunque haya sido por un reducido margen, ha tranquilizado a los mercados y a Bruselas que ven alejarse de esta manera el fantasma de un Frexit. Se repetirá la historia de las elecciones de 2002: todos contra Le Pen, en este caso Marine, pues entonces era preferible para la izquierda francesa votar a un presidente bajo sospecha de corrupción a permitir una victoria de la extrema derecha. Relajación general en las primeras páginas de los medios informativos, hostiles por definición a Marine Le Pen. Se ha salvado la UE y de paso, el eje franco-alemán, dirían algunos. Sin embargo, la segunda vuelta conocerá una campaña electoral encarnizada, en la que los asesores de la candidata del Frente Nacional (FN) quizás quieran plantear la lucha como una versión francesa del enfrentamiento entre Donald Trump y Hillary Clinton. En esta ocasión, es una mujer francesa la que pelea contra el establishment, contra el exbanquero Macron que en su día trabajó para los Rotschild, contra los mercaderes de Bruselas y contra todos aquellos que quieren robar el espíritu de Francia en nombre de la globalización, la máxima expresión del nuevo totalitarismo sin rostro.

Pese a sus intentos de adoptar una imagen más atractiva para sus votantes, renegando incluso del legado político de su padre, Marine Le Pen no se ha apartado demasiado de la mentalidad de Maurice Barrès, aquel escritor nacionalista que en 1899 rendía culto en una influyente conferencia a la tierra y a los muertos. Los muertos no son otra cosa que el pasado glorioso de Francia. En este sentido, los muertos están bien vivos, como la Juana de Arco de los mítines del FN, que poco tiene que ver con la santa católica, y en esas reuniones políticas a veces ha resucitado Carlos Martel, el vencedor de los musulmanes en Poitiers (732), al que algunos militantes llaman familiarmente Charlie Martel. Barrès profesaba una ideología con raíces en la tradición y en la tierra, que no es otra que la Francia campesina, y no es casual que uno de sus combativos libros se llame Los Desarraigados. El escritor arremetía contra los partidos de su época que estarían secuestrando el espíritu de la Francia eterna, el de la tierra y los muertos. Dicho nacionalismo solo podía desembocar en agudas críticas de la democracia parlamentaria, considerada no representativa del auténtico pueblo hasta el punto de que un golpe de fuerza no sería censurable para derribar a los políticos corruptos. De hecho, la Tercera República francesa (1870-1940) conoció una abultada crónica de escándalos. En sus primeros tiempos, entre 1886 y 1889, hubo también un político populista, el general Georges Boulanger, aclamado por las multitudes y refrendado por los votos en París, aunque no se atrevió a dar un golpe bonapartista contra la República.

Macron y Le Pen: la tierra, los muertos y la globalización

Antonio R. Rubio Plo | 0 comentarios valoración: 3  26 votos

No habrá frexit

Ángel Satué

Se terminó la incertidumbre. En dos semanas, Francia tendrá nuevo presidente. Un joven de 39 años, delfín de Hollande en el Partido Socialista francés, que era ministro de Economía desde 2014. Se llama Macron.

Su nuevo partido socio-liberal (centrista-moderno), En Marcha, es solo un movimiento. Un soplo. Ha obtenido en primera vuelta electoral cerca del 24% de los votos, muchos provenientes de antiguos votantes socialistas, algunos de cuyos dirigentes le han apoyado públicamente. En frente, la tormenta del Frente Nacional. Con cerca del 22% de apoyo directo. Un partido de derecha identitaria. Fillon, de la derecha conservadora, se quedó en un 19,5% y los comunistas de Melenchón, alrededor del 19%.

Francia ha optado por un candidato joven, más liberal que los demás candidatos, que viene del mundo de las altas finanzas después de obtener plaza como inspector de finanzas del estado. Es parte de la superclase, de la élite contra la que ha votado un 40% de franceses que, en junio, pueden tener esta representación en la Asamblea Nacional (legislativo).

Puede ser una solución momentánea que viene enfrascada en un tarrito de lujo, de la mano de lo antiguo, con una marca inconfundible: Escuela Nacional de Administración y Banca Rothschild. Parece más bien un producto de laboratorio, de última hora, apoyado por los medios y la superclase. Una mezcla perfecta entre lo nuevo y moderno, frente a lo tradicional y de siempre, siendo mucho de lo de siempre.

Macron dice representar la renovación que Francia necesita. De su mano, será sosegada y “tecnoexperta”, europeísta. Le Pen, unos minutos antes, tras conocer los primeros resultados, se congratulaba de que los franceses, los mismos que ya dijeron una vez no a la Constitución europea, podrían por fin elegir entre dos modelos claramente distintos. Entre la globalización y las fronteras abiertas, o una Francia con sus fronteras, y su identidad nacional intacta, si es que eso es posible en una Le Pen que huye de la herencia, y ni que decir tiene de la vivencia, de la Francia cristiana.

Como dice el filósofo Luc Ferry, Macron es un político capaz de plasmar el carisma de Kennedy y Obama –al menos antes de ser presidentes–.

En una Francia harta de la superclase política y financiera, y que de computarse el voto en blanco estos alcanzarían un 40% del resultado, el efecto macroniano no deja de ser sorprendente. Como su ascenso y su movimiento, de seis meses de vida. Ante él la autoproclamada candidata del pueblo, Le Pen, y del Frexit. También un porcentaje de abstención del 30%, que sería el primer partido en lid, demasiado alto sabiendo el ascenso del Frente Nacional y de los comunistas antisistema.

En su discurso, lleno de lugares comunes, sabía ya que contaba con el apoyo de conservadores y gaullistas, así como de los socialistas para la segunda vuelta.

¿Será el tapado del régimen gaullista de la V República (1958), que nació tras el desastre de Argelia? ¿Un Suárez a la francesa para una refundación francesa?

No habrá frexit

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A vueltas con Gibraltar

Ángel Satué

El diablo está en los detalles. Para comprender la escalada de declaraciones que en otro tiempo serían prebélicas sobre Gibraltar, que arrecian del sector duro del partido torie británico y de la prensa amarilla, hay que tener en cuenta que se encuadran a pocos días de la carta que Teresa (inquilina del número 14 de Downing St.) envió a Donaldo (presidente del Consejo europeo, de domicilio desconocido). Utilizar el nombre de pila y el tuteo nos resta siempre algo de importancia y solemnidad, y en este momento puede venir bien.

En su Carta datada el 29 de marzo de 2017 invocando el Artículo 50 del Tratado de la Unión Europea, el Reino Unido “olvidó” mencionar Gibraltar. Las comillas obedecen a que algunos de los mentideros publicados hablan de oscuras maniobras de España influyendo en esto. Igual es que Gibraltar tampoco interesa ya tanto. A saber. La cuestión es que para asombro de los llanitos, efectivamente, las cinco páginas de carta a Donaldo desde el otro lado del Canal de la Mancha no mencionan su Roca, nuestro Calpe, nuestro Peñón. No parece tampoco que se cayera durante el trayecto en eurotren, bajo las aguas del mar, dado que la Carta iba escoltada por casacas rojas (¿no hay correo electrónico en la nueva “Global Britain” (GB) a la que se refería Teresa en el foro de Davos”?).

Además, el Consejo europeo de los 27, en respuesta a la Carta, ha elaborado un proyecto de orientaciones o directrices (“Draft Guidelines”) para negociar la desconexión con la isla, que se aprobará el 29 de abril.

En particular, sobre el asunto de Gibraltar, supone una victoria de la diplomacia española que en esta Europa confederada ha logrado que la Unión, por fin, se ponga de nuestra parte, aunque haya sido con motivo de que Gran Bretaña va a dejar de ser miembro de la Unión. Así, una vez que el Reino Unido abandone la Unión, ninguno de los acuerdos entre la Unión Europea y el Reino Unido aplicarán, sin el acuerdo entre el Reino de España y el Reino Unido.

En la práctica, deja en manos del Reino de España que se pueda seguir aplicando el Derecho de la Unión en el Peñón, o no, lo que equivale a un veto si es que el Reino Unido deseaba (que no lo parece a tenor de su Carta) vincular sus acuerdos con la Unión al destino de Gibraltar, o viceversa.

A todo esto se añade la resolución del Parlamento europeo del 5 de abril, que aunque no es vinculante, es el primer pronunciamiento de una institución de la Unión, y se espera que sea el inicio de otras muchas, incluso sectoriales, a medida que se avance en la negociación con el Reino Unido. Además, el Acuerdo final con el Reino Unido no será posible sin la aprobación del Parlamento (y posiblemente, tampoco sin la de la Cámara de los Comunes).

A vueltas con Gibraltar

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La declaración de Roma, en tonos grises

Ángel Satué

La Unión Europea funciona todavía en muchos aspectos como una confederación de estados. Más ahora, pues antes de cada reunión del Consejo europeo para impulsar y definir las orientaciones políticas de la Unión, se reúnen los países que integran el grupo de cabeza, entre los que está España desde el Brexit.

Como es habitual en todos los gobiernos europeos, también el español, –este y todos los anteriores– utilizan en clave nacional y mediática las cumbres europeas. La del pasado 25 de marzo de 2017 en Roma, para conmemorar los 60 años del Tratado de Roma, no fue una excepción.

Rajoy, en esta línea, subrayó que la Declaración mencionara como uno de los valores fundamentales de la UE el Estado de derecho y, en consecuencia, "la obligación de cumplir la ley y el sometimiento de todos, y por supuesto de los gobernantes, a la ley", en una clara alusión nada velada a Cataluña.

Pero esta Declaración debe leerse en clave europea, o no leerse. Es donde encuentra su significado.

La Declaración comienza diciendo: “Nosotros, los líderes de los 27 países de la Unión Europea y de las instituciones comunitarias”. Es decir, antes van los estados. Además, también llama poderosamente la atención que se diga en el primer párrafo que la Unión es un “esfuerzo de largo alcance”, pues en inglés “far-sighted”, que es la expresión usada, se puede traducir también por hipermetropía, es decir, la capacidad de ver cosas que están lejanas más claramente que las cercanas. Creo que esto describe muy bien lo que sucede actualmente en Europa. Bruselas oteando el horizonte, pero perdiendo la toma de tierra.

La Declaración, que recoge el testigo de la anterior Cumbre de Bratislava, honra la memoria, siempre histórica, de dos guerras mundiales, y busca en seguida la complicidad de la población europea joven, hablando de los logros, como el de los altos niveles de protección social, las oportunidades y la seguridad –física y social– que puede dar la Unión a los europeos, en un mundo celeriscambiante.

El mensaje central de la Declaración es la unidad, y esta ha de darse en un contexto. Aunque el tono es optimista, los retos globales e interiores se definen en clave de amenaza: conflictos regionales (Ucrania, Georgia), terrorismo (Alemania, Marsella, París, Londres, Madrid, ¿Italia?), presión migratoria, desigualdades socioeconómicas en relación al proteccionismo...

Nuestros líderes sin líder se comprometen a desarrollar una Agenda centrada en cuatro aspectos:

1. Una Unión segura, donde los europeos se muevan libremente y se sientan seguros frente a mafias, terrorismo, migraciones.

2. Una Unión próspera y sostenible. Sinónimo de más empleo, más mercado, más trasformaciones digitales, de economías convergiendo, con una Unión Económica y Monetaria completada, en entornos medioambientales limpios.

3. Una Unión social. Partiendo de la diversidad de sistemas nacionales, se atraerá a la juventud, a través del crecimiento sostenible y del progreso social, a través de la “preservación de nuestra herencia cultural” y “la promoción de la diversidad cultural”, así como de la extensión de derechos –sin aclarar–.

La declaración de Roma, en tonos grises

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La Europa que ya existe

Giorgio Vittadini

Se acaba de celebrar en Roma el sesenta aniversario de los tratados firmados en 1957 en la capital italiana que llevaron al nacimiento de la Unión Europea. Para la ocasión, los 27 jefes de estado y gobierno de la UE han suscrito una declaración como primer paso hacia una agenda común con el objetivo de relanzar el proyecto europeo. Ya sabemos que el contexto es complejo, con múltiples puntos de tensión como la austeridad, los migrantes, los nuevos ejes internacionales, los diversos populismos, hasta el punto de que el intento de llevar adelante una Europa de dos velocidades, contenido en dicha declaración se ha encontrado con muchos obstáculos.

Con todo esto, el intento de hacer renacer una institución en crisis parece tarea propia de las alquimias políticas, por lo que no sorprende que la mayoría contemple todo esto con cierta confusión. Por otro lado, ni los actuales líderes de Europa ni sus detractores parecen preparados en este momento para interpretar el deseo de los ciudadanos que quieren vivir como europeos todas las oportunidades que su continente les ofrece, y por ello esperan que la cosa pueda volver a levantarse.

En el fondo, la diferencia entre europeísmo y populismo no es tan evidente como parece. Y hay muchos ejemplos en este sentido, pero nos limitaremos a citar solo la última afirmación, rica en imprecisiones y con un intento inadecuado de desmentido, hecha por el presidente del Eurogrupo, el holandés Jeroen Dijsselbloem a propósito de los países del sur de Europa, que la podía haber pronunciado cualquiera de los Le Pen: “No puedes gastarte todo el dinero en alcohol y mujeres y luego pedir ayuda”.

¿Hay remedio ante este escenario? ¿Por dónde volver a empezar? Quizás pueda ser desde un punto muy sencillo: la Europa viva “de hecho”, la que existe más allá de la Europa narrada. Mientras la Europa de las instituciones está en crisis, hay una Europa real que ningún acto político podrá eliminar nunca, aunque sus aspectos concretos y constructivos sean ampliamente ignorados.

Es la Europa de los jóvenes que estudian o preparan sus tesis universitarias fuera de sus países gracias a los programas Erasmus, que aprovechan las oportunidades de trabajo que encuentran en el exterior, que viajan mucho gracias a los vuelos low cost, que aprenden idiomas, que dan vida a la cooperación y a nuevas formas de economía tecnológicamente avanzada. No es casual que el Brexit haya contado con el voto de la población más anciana de Gran Bretaña, mientras que los jóvenes se han manifestado en bloque a favor de permanecer en Europa.

Tampoco hay que olvidar la Europa de las grandes instituciones tecnológicas, como el CERN de Ginebra y los proyectos espaciales, así como la de las pequeñas y medianas empresas que nacen desde abajo con espíritu de cooperación, bien distinto de los intentos invasores de las grandes empresas, cuya estrategia principal consiste en colonizar y someter las economías de otros países. Es la Europa de las grandes experiencias de caridad supranacionales como el Banco Europeo de Alimentos, comprometido de manera concreta en el apoyo a tantas personas necesitadas. Es la Europa de la fraternidad que nace entre movimientos culturales, sindicales, religiosos, supranacionales por naturaleza porque están basados en el encuentro de persona a persona, más allá de cualquier frontera.

La Europa que ya existe

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 3  110 votos

Europa en salida

Ángel Satué

Esta semana la Unión Europea y los 27 Estados miembros han rendido homenaje a la firma de los Tratados de Roma de las Comunidades Europeas (CEE y EURATOM) el 25 de marzo de 1957. Sin embargo, un escaso número de los 508 millones de europeos se ha manifestado por esta causa. En Madrid, fuimos apenas unos 140. En Roma, 5.000.

El impacto de la UE en nuestras vidas podría ser más conocido si la Europa de los 50.000 funcionarios (¡ni siquiera fueron a Roma!) y de los escasos 751 eurodiputados se predicara aún más. Europa en salida, o no será. Como le pide Francisco a la Iglesia. Sin duda, será más conocida a medida que los trabajos y las decisiones empresariales exijan un planteamiento a escala europea. Llegará, cuando las relaciones de amistad fragüen en matrimonios mixtos y en amistades para siempre. Llegará, cuando exista un pueblo de la Unión Europea, pues el pueblo europeo actual es amalgama y superposición de identidades nacionales, salvo para aún una muy pequeña élite de trabajadores, funcionarios y estudiantes. Cuando se hablen idiomas.

Con motivo de esta celebración tuve ocasión de representar, junto con otros compañeros, a la Unión de Europeístas y Federalistas de España, invitado por Ramón Jáuregui, en un interesante debate que se celebró en el Parlamento europeo.

Asistimos a la entrada del presidente Antonio Tajani a un Parlamento que se puso en pie, tomado por la ovación apagada de más de 750 ciudadanos de la inaudible y casi inexistente sociedad civil europea, algo incipiente y algo tímida aún. El europeísmo se daba por descontado, pero era un europeísmo contenido, lejos de la euforia, casi burocrático, de gentes que nos movemos, nos hemos movido, o aspiramos a hacerlo en el entorno europeo institucional. Falta aún ese paso de incorporar Europa a la vida cotidiana. Falta tomar conciencia de que se pertenece a una comunidad humana de intereses y valores, que tiene una escala que trasciende lo nacional y que aglutina diferentes naciones, pero que precisa de ese estrecho vínculo con lo nacional.

El debate entre ciudadanos y euro-representantes fue totalmente libre y transparente, respetuoso y lleno de aplausos. En verdad se dio un fructífero diálogo con 24 eurodiputados de las más diversas ideologías en torno a los siguientes temas: el desempleo juvenil, escuchándose que se necesita invertir más y evitar que los jóvenes sean trabajadores itinerantes, o aumentar la empleabilidad de las mujeres, o sobre la necesidad de fijar la población al territorio en las zonas rurales; la globalización, donde la UE puede hacer mucho para que sea cooperativa; la Europa post-Brexit; el terrorismo y la seguridad; y finalmente el cambio climático. “¿En qué lugar en el mundo se da esta libertad?”, preguntaba la vicepresidenta McGuinness.

En ese momento uno piensa si existen motivos para el Parlamento y para la unidad. Si sería deseable que tuviera iniciativa legislativa y que lo estados no pudieran vetar en asuntos de defensa, política exterior y materia fiscal. Si no será un sueño parlamentar y testimoniar un deseo compartido de construir una sociedad europea, y una comunidad política europea. ¿Cómo inspirar el deseo de Europa cuando saliera de ahí?

Europa en salida

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Europa cansada, pero con un patrimonio que necesita el mundo

José Luis Restán

No podía existir marco más significativo e imponente que la Capilla Sixtina, con los frescos de Miguel Ángel sobre las cabezas de los líderes europeos, para hacer memoria de los orígenes y recobrar aliento en este momento de dudas y tribulaciones. La propia decisión de los jefes de Estado y de Gobierno de los 27 de acudir junto al Papa antes de la cumbre para conmemorar el sesenta aniversario de la firma de los Tratados de Roma habla del peso de este momento y reconoce la aportación decisiva de la Iglesia católica a esta aventura. Si contemplamos estos sesenta años, bien podemos decir que todos los papas han sido firmes sostenedores del proyecto europeo, a pesar de que no pocas veces sus instituciones han coqueteado con el laicismo y la ingeniería social. También Francisco, el primer Papa no europeo en doce siglos, ha querido mostrar en esta hora difícil su convicción de que Europa merece ser construida.

El discurso fue denso y profundo, con dos partes bien diferenciadas. La primera, dedicada a hacer memoria de los orígenes, de la mano de los grandes padres fundadores del proyecto de unidad europeo. Como dijo Francisco, volver a Roma sesenta años más tarde no podía ser sólo un viaje al pasado, preñado de nostalgia, sino una ocasión de hacer memoria para construir el futuro. La memoria empieza por afirmar que Europa no es un conjunto de normas y protocolos, sino una manera de concebir al hombre a partir de su dignidad sagrada. Esa ha sido la fuerza generadora de la Unión, y cuando esa conciencia se diluye, todo el edificio se resiente. Reducir los ideales fundacionales de la Unión a las exigencias productivas, económicas y financieras sólo puede conducir al desafecto de los ciudadanos y al colapso de este proyecto.

No podía faltar el recuerdo al empeño europeo de abatir aquel muro que dividía al continente desde el Báltico al Adriático, empeño que apoyó con tanta clarividencia y pasión san Juan Pablo II, el primer pontífice eslavo de la historia. Y sin embargo, subrayó Francisco, hoy se ha perdido la memoria de ese esfuerzo y la conciencia del drama que provocó aquella división. La Europa que venció aquella batalla es la misma que ahora discute cómo dejar fuera de su ámbito los peligros de nuestro tiempo, comenzando por la larga columna de quienes llaman a sus puertas huyendo del hambre y de la guerra. Francisco no se anduvo por las ramas a la hora de advertir que los valores de dignidad, libertad y justicia, que conforman la identidad europea, sólo pervivirán si mantienen su nexo vital con la raíz cristiana que los engendró. En esto no hay sombra de nostalgia ni de confesionalismo, sino el cimiento para edificar una verdadera laicidad en la que puedan reconocerse y encontrarse creyentes y no creyentes.

Europa cansada, pero con un patrimonio que necesita el mundo

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>ROMA

Fueron los optimistas y no los pesimistas los que tuvieron razón

Eugenio Nasarre

La famosa foto de aquel 25 de marzo de 1957 en la Sala de los Horacios y Curiacios del Campidoglio romano no nos debe provocar nostalgia, aunque sí sea justo ser recordada. En ella aparecen sentados los jefes de estado y de gobierno de los seis Estados fundadores de ese “salto a lo desconocido”, como con humildad calificó Robert Schuman la gran aventura de la construcción de la integración europea. Fue el ya viejo canciller Adenauer quien, antes de proceder a la firma de los Tratados de Roma, tomó en primer lugar la palabra y con gran satisfacción dijo: “Hace poco tiempo existían muchos detractores que pensaban que el acuerdo que hoy consagramos oficialmente era irrealizable… Pero fueron los optimistas y no los pesimistas quienes tuvieron razón. Los árboles no deben impedir que veamos el bosque. Los detalles no deben cegarnos en entrever toda la grandeza del progreso alcanzado”.

Llegar a ese momento no fue, en efecto, un camino de rosas. El primer impulso logrado en el Congreso de La Haya de 1948, cuando todavía no se habían apagado los rescoldos de la terrible guerra fratricida europea y ya había comenzado a erigirse el “telón de acero”, tropezó con aquella dramática sesión de la Asamblea Nacional Francesa del 30 de agosto de 1954, en la que Francia haría fracasar la “Europa de la Defensa”. Pocos días antes había fallecido De Gasperi, cuyas últimas preocupaciones terrenales eran los negros nubarrones que amenazaban el proyecto europeo y pedía a los suyos que perseveraran en la idea de una Europa unida.

Parecía que el proyecto había naufragado. Jean Monnet, el artífice de la CECA, primer embrión de una Europa federal, dimitió en su puesto de Alta Autoridad dos meses después. El desconcierto dominaba los ánimos en las opiniones públicas de la “pequeña Europa”. Y se libró el combate entre “pesimistas y optimistas”, que evocó Adenauer en la ceremonia del Campidoglio.

Pero casi un año después se reunían en Messina (junio de 1955) los ministros de Asuntos Exteriores de los seis países fundadores de la Unión Europea. Aquella reunión no tenía otro objeto que contestar a la pregunta: ¿qué hacer? Las conversaciones no fueron fáciles. ¿Una integración europea con un horizonte federal y con cesiones parciales de soberanía era irrealizable? ¿Había que volver a la Europa de Westfalia, la que consagraba la soberanía absoluta de los Estados como un dato irremediable de la realidad europea? La percepción de que la parálisis sería nefasta para las democracias europeas en período de reconstrucción llevó a aquellos dirigentes europeos a trazar un nuevo camino para avanzar hacia “una unión cada vez más estrecha de los pueblos de Europa”: el camino del Mercado Común. Pero hay que advertir que aquel camino no constituía la meta final. En las mentes más lúcidas de los “padres fundadores” el mercado común era una herramienta, sin duda fecunda, para acercar entre sí a los ciudadanos y a los pueblos europeos y poner los cimientos de las “solidaridades de hecho”, a las que había hecho referencia Schuman en su famosa Declaración.

Así, en tiempo veloz, se elaboraron los complejos Tratados que fueron suscritos en el Campidoglio hace ahora sesenta años. Es lo que ahora Europa conmemora con la vista puesta hacia su futuro.

>ROMA

Fueron los optimistas y no los pesimistas los que tuvieron razón

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O todos moros, o todos cristianos

Ángel Satué

El Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha asentado ya una línea jurisprudencial fallando a favor de excluir del ámbito laboral (público o privado) de los europeos cualquier signo visible de sus convicciones políticas, religiosas o filosóficas. Por tanto, admite el destierro, durante unas 40 horas semanales, del hecho religioso. Es de agradecer que no se haya pronunciado sobre manifestar en el lugar de trabajo preferencias deportivas a la hora del café.

Se separa por tanto con esta línea de interpretación de la tradición liberal y humanista europea, y asume el principio de laicidad negativa, esto es, una neutralidad y equidistancia extremas, que son deshumanizadoras, puesto que tratan de “proteger” al hombre de lo que le es más propio. El ser humano es un ser biológico, social por naturaleza, capaz de pensar racionalmente en la trascendencia y de pensarse a sí mismo en la Historia, el presente y el futuro.

La sentencia es la historia de alrededor de un 3% de mujeres europeas, de confesión musulmana. La Sra. Achbita fue despedida de su trabajo de recepcionista en Bélgica cuando optó por ponerse velo. La Sra. Bougnaoui pasó de llevar “un simple pañuelo bandana” a un “pañuelo islámico” en su lugar de trabajo para clamor de empresa y clientes.

El fallo del Tribunal no deja lugar a dudas. Para el más alto tribunal europeo, “el deseo de un empresario de ofrecer una imagen neutral ante sus clientes del sector público o privado tiene un carácter legítimo… ya que dicho deseo está vinculado con la libertad de empresa”. Además, prosigue, en el caso de la Sra. Achbita, la prohibición es apta para garantizar la correcta aplicación de un régimen de neutralidad general e indiferenciado, siempre que dicho régimen se persiga realmente de forma congruente y sistemática, es decir, no discrimine o prefiera a unas personas o grupos frente a otros. O todos moros, o todos cristianos, o todos neutrales.

Ciertamente la Directiva comunitaria cuya legalidad se dilucidaba establece que habrá discriminación directa cuando una persona sea tratada de manera menos favorable que otra en análoga situación; habrá discriminación indirecta cuando una norma o práctica aparentemente neutra, sin embargo, pueda ocasionar una desventaja particular –discrimine– a personas por razón de religión, orientación sexual, ideas, etc… salvo (y es un “salvo” fundamental para comprender la cuestión) que sea justificable objetivamente por la finalidad legítima que se persiga y la proporcionalidad y naturaleza de los medios que se utilicen para la consecución de tal finalidad.

Si el despido de la Sra. Achbita dimana del incumplimiento de una norma interna, concluye la sentencia, no habrá discriminación directa por motivos de religión (siempre que la norma se aplique a todos por igual), y además tampoco habrá discriminación indirecta cuando pueda justificarse objetivamente que la empresa persigue implantar un régimen de neutralidad política, filosófica y religiosa.

O todos moros, o todos cristianos

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Musulmanes en Minsk, una historia de integración

Andrei Strocev

Hoy Europa tiene miedo a la fe islámica de los inmigrantes porque la considera una especie de caballo de Troya, capaz de introducir un factor destructivo de las otras culturas. Muchos mantienen como innato el vínculo entre islam y violencia y a partir de este punto de vista se han ofrecido muchas respuestas distintas.

Un ejemplo es el antropólogo francés René Girard, conocido por sus trabajos bore el sacrificio y lo sagrado, que consideraba que el islam constituía un retorno al pensamiento mítico, del que la tradición bíblica se había liberado después de muchos siglos. Por pensamiento mítico entendía la fe en la eficacia del sacrificio, en su necesidad. En el pensamiento de Girard, los profetas judíos critican los sacrificios cruentos, el cristianismo los abole totalmente, pero el islam vuelve atrás, de ahí su actitud contradictoria con respecto a la violencia. Un discípulo de Girard, el teólogo católico americano William Cavanaugh, planteó la hipótesis de que el problema no era en absoluto el islam sino el hecho de que la ideología de la época moderna había creado el mito de una violencia particular de tipo religioso. Según el mito, este tipo de violencia es incomparablemente más peligrosa que cualquier otra, porque es irracional y no se contenta con ningún resultado. Mientras que la violencia racional por parte del estado secular nos salva de esta fuerza descontrolada. Además, si durante siglos el papel de “chivo expiatorio” lo tuvo el cristianismo, en el siglo XXI este papel lo asumió sin duda el islam.

La tierra bielorrusa, que ha conocido grandes tensiones entre pueblos y culturas distintas, siendo por antonomasia una tierra “de paso”, también ha acogido en su seno a una comunidad islámica. Este hecho se ha insertado de manera estable en el panorama nacional y por eso no ha llamado la atención que el pasado 11 de noviembre se inaugurara en Minsk, en el centro de la ciudad, una gran mezquita con capacidad para más de mil personas. El presidente turco Erdogan estuvo allí porque han sido precisamente los fieles turcos los que han financiado la construcción. Durante el encuentro, Lukašenko recibió de manos de sus invitados el Corán, lo besó y luego, durante la oración, se puso de rodillas junto a los demás.

En internet este gesto ha suscitado muchos debates. Hay quien se ha quedado perplejo y quien bromea comentando que el presidente, que una vez se definió como “ateo ortodoxo” ahora se ha convertido en “ateo musulmán”. En cualquier caso, casi nadie ha cuestionado el hecho de que se haya construido una mezquita en Minsk. En otras ciudades europeas este tema no deja de suscitar reacciones. Por ejemplo, en Milán el proyecto de construir una gran mezquita ha generado infinidad de críticas y se ha pedido la aprobación de leyes restrictivas, pero en Minsk no se ha generado protesta alguna. De hecho, los habitantes saben muy bien que no se trata de un edificio completamente nuevo sino simplemente de la réplica más grande de la vieja mezquita construida en piedra en aquella zona de la ciudad en 1902 y demolida en 1972. Y sabe que aún antes en el mismo lugar se erigía una mezquita de madera desde finales del siglo XVI.

Musulmanes en Minsk, una historia de integración

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>HOLANDA

Rutte vence a los populistas, pero la UE aún no está a salvo

Gianluigi Da Rold

Parece que los holandeses han levantado una barrera al antieuropeísmo que no deja de extenderse por todo el continente. El primer ministro Mark Rutte, líder del partido liberal demócrata, ha vuelto a ganar las elecciones, aunque pierde ocho escaños en el Parlamento, por lo que tendrá que buscar alianzas para gobernar. En cualquier caso, se ha visto frenado el avance que muchos temían del líder del PVV, Geert Wilders, uno de los más aguerridos opositores a la construcción europea y a la inmigración islámica, en la línea de Marine Le Pen, Nigel Farage o Matteo Salvini.

El partido de Wilders se queda en el segundo puesto y gana cinco escaños, pasando de 15 a 20, insuficientes para gobernar. Resumiendo, se consolida, avanza ligeramente, pero no se dispara como se temía en Berlín y Bruselas. Al conocer los resultados, Jean-Claude Juncker felicitó a Mark Rutte por su “clara victoria”. Por su parte, Gert Wilders declaró que “hemos ganado votos, que era nuestro primer objetivo, y Rutte no me ha dejado fuera”.

Por tanto, parece que en Holanda el extremismo antieuropeísta sigue siendo una minoría. Buena parte del electorado está insatisfecha, pero no pone en discusión a la Unión Europea ni la relación con los inmigrantes, ese gran e histórico problema que es la inmigración. Pero no cabe duda de que algo ha pasado en esta confrontación entre europeístas y antieuropeístas holandeses. Por ejemplo, el hecho de que la izquierda laborista y socialista prácticamente haya desaparecido hace pensar que las elecciones en todos los países europeos se juegan entre europeístas y antieuropeístas, más conocidos como extremistas y populistas. Podíamos añadir que, en todo caso, para hacer frente a este fenómeno (todas las miradas están puestas ya en Francia), todos los demás partidos tendrán que alcanzar coaliciones o acuerdos a modo de barrera de contención.

Europa debe tomar nota de la dura y radical división que se está formando. Bruselas debería animar a los eurócratas a pensar en un auténtico salto de calidad para empezar a trabajar en formas de colaboración e integración mayores, más profundas y convincentes, para tratar de recuperar la confianza de los ciudadanos europeos de cara al sexagésimo aniversario de la Europa unida.

En cambio, lamentablemente, lo que estamos viendo es una confrontación entre “los que están a favor” y “los que están en contra”. Una confrontación que barre del mapa culturas diversas como la izquierda de tradición socialdemócrata, que durante años ha sido el motor de la unidad europea y del sistema democrático europeo.

De momento, parece que el riesgo de colapso en Europa se desvanece con el voto holandés, pero no está de más decir que el camino es largo y difícil, y que a la vuelta de la esquina, el 23 de abril, espera una grave cita con las urnas en París. Es probable que esa prueba también la supere la unidad europea, pero si no se produce un cambio de calado a nivel económico y social no se hará más que incrementar el riesgo de implosión.

>HOLANDA

Rutte vence a los populistas, pero la UE aún no está a salvo

Gianluigi Da Rold | 0 comentarios valoración: 3  166 votos

Cinco caminos para la Unión

Ángel Satué

La pasada semana el presidente de la Comisión Europea, del Partido Popular europeo, Jean-Claude Juncker, presentó un Libro Blanco sobre los 5 escenarios políticos posibles que tiene la Unión Europea ante sí la próxima década. No una visión, sino nada más y nada menos que cinco caminos posibles. Los medios y los tertulianos apenas han dedicado unos minutos a este asunto fundamental para una Europa libre, en paz y próspera.

Los escenarios aventurados son: (1) “Sigamos así”. Avanzar como hasta ahora. Poco a poco. Con el riesgo muy probable de que una crisis aún mayor que las vividas acabe con la Unión para siempre; (2) “Nada, excepto el mercado interior”. Amarrarse a una unión de mercaderes; (3) “Los que quieren más, hacen más”. Aprovechar el Tratado de Lisboa, y seguir la estela de las cooperaciones reforzadas en los sectores más importantes –bancario, defensa, justicia–; (4) Consensuar prioridades, abandonando pretensiones sobre áreas como el desarrollo regional, la salud pública, las políticas sociales y de empleo, donde los estados tienen mayor valor añadido –en mi opinión, el título de “Hacer menos más eficientemente” no está bien traído–; (5) “Hacer más todos juntos”, en una clara vía federal, o unionista, basada en la cesión de soberanía de los estados a Bruselas.

Los escenarios 3º y 4º son los más probables, según las declaraciones de Juncker y Merkel, pero se echa en falta la mención a la subsidiariedad y a la solidaridad en cualquiera de los cinco escenarios, como si apostar por el 5º supusiera apostar por un estado centralista, o apostar por el 2º por un mercado común europeo, solo.

Por cierto, ¿a que echa de menos saber cómo es Juncker, amable lector, y está pensando que no tiene elementos de juicio, pero que si se hablara de Pablo, Mariano o Albert sería otra cosa? Esto es lo que está en juego. Saber más de Europa porque nos interese más.

Sin duda, Juncker abre la veda para la política. Esto ya es noticia. Política a calzón quitado. ¿Se imaginan a Rajoy esbozando un documento parecido? Sería el éxtasis de los nacionalistas. El fin de Rajoy también en esta España cainita. Se podrá criticar el contenido (¿estamos para escenarios ahora?), el momento (¿tras el Brexit?), las formas (¿un Libro Blanco?), la ausencia de redoble de tambores previo o actividad mediática suficiente que calara en la opinión pública europea… pero ahí está un político haciendo política con un estilo, por cierto, muy inglés, a pesar del Brexit.

Es política porque se trata de comenzar a debatir a escala europea sobre el papel de Europa en el mundo, qué rol en materia de seguridad quiere tener, cómo va a abordar su modelo de bienestar –si a escala nacional o a escala europea–, y su sostenibilidad, así sobre cómo va regular el sector bancario y financiero. Ahora bien, abrir este debate exige buenas dotes de liderazgo, porque es la primera vez que se recuerde que la Comisión admite que exista la posibilidad de ir hacia atrás, en un momento tan crucial, si bien, asumiendo la unidad de los 27, en lo que sea posiblemente una jugada estratégica que podría llamarse: “Iremos a menos, pero todos juntos. O iremos a más, aunque sea unos pocos”.

Cinco caminos para la Unión

Ángel Satué | 0 comentarios valoración: 3  175 votos

Bielorrusia: defendamos a nuestros muertos

Andrej Strocev

El final del invierno y el inicio de la primavera en Bielorrusia están marcados por una palabra recurrente, “Kuropaty”. De Kuropaty se ha hablado, se ha discutido en Facebook y se piensa continuamente. En Kuropaty se ha cantado, se ha preparado de comer, se ha recitado poesía, se ha rezado. Hay incluso quien ha dormido y despertado allí en las dos últimas dos semanas. ¿Pero qué es Kuropaty?

Así se llama un bosque a las afueras de Minsk. En 1988 los historiadores Zenon Poznjak y Evgenij Šmygalëv publicaron el artículo “Kuropaty, el camino de la muerte”, donde los autores referían los relatos de los habitantes de la zona, según los cuales antes de la guerra en aquel bosque todas las noches se oían los disparos de los fusilamientos. El artículo lo leyó mucha gente y fue imposible ignorarlo. La fiscalía de la Bielorrusia soviética abrió entonces una investigación y comenzaron las excavaciones. En el bosque hallaron más de 500 fosas que contenían restos humanos, ropa, balas. La investigación concluyó que en aquel lugar se había sepultado al menos a treinta mil personas, todas fusiladas por los órganos de la NKVD (policía secreta soviética) entre 1937 y 1941. Una conclusión que después fue confirmada por los habitantes de la zona y algunos exagentes de la NKVD.

Aquello, en los ultimísimos años soviéticos, fue un verdadero shock para nuestra sociedad. En 1988 se celebró en Kuropaty una manifestación masiva que condenaba abiertamente el estalinismo. Las fuerzas del orden dispersaron la concentración utilizando incluso gases lacrimógenos, pero aquello no hizo más que incrementar el interés por Kuropaty, que se convirtió en un importante símbolo de la lucha por la independencia nacional. En 1989, con motivo de la fiesta de los abuelos, tradicionalmente el día de la memoria, que coincide con la fiesta religiosa de todos los santos, tuvo lugar una primera procesión y se plantó en el bosque una gran cruz. Desde entonces, esta procesión se ha repetido todos los años y ahora en ese lugar se encuentran cerca de un millar de cruces.

La tensión política en torno a Kuropaty nunca ha decaído. En Bielorrusia este se ha convertido en el lugar por antonomasia de la memoria de las víctimas soviéticas, aunque algunos han intentado afirmar muchas veces que en realidad en aquel bosque no se sepultó a las víctimas de la NKVD estalinista sino a las de los nazis, asesinadas durante la segunda guerra mundial. Sin embargo, nuevas excavaciones demostraron que aquellos fusilamientos se remontan a finales de los años 30, y que las víctimas son muchas más de treinta mil. Según varios cálculos, podría haber cien mil y hasta doscientas mil. Pero el número preciso se ignora, pues los viejos archivos de la NKVD están cerrados y la actual KGB bielorrusa se niega a abrirlos. Mejor dicho, ni siquiera se sabe si siguen existiendo esos archivos. Por ese mismo motivo, no puede decirse quién, entre todos los muertos asesinados entre 1937 y 1941, está realmente aquí. Solo se han recuperado con certeza unos cuantos nombres.

Bielorrusia: defendamos a nuestros muertos

Andrej Strocev | 0 comentarios valoración: 3  173 votos

Trump y la Unión Europea: peligro (I)

Ángel Satué

El show de Trump ha dado el salto de la pantalla a la arena de las relaciones internacionales. El showman-businessman venido a “político” declaró recientemente obsoleta a la OTAN, criticó gravemente la política de acogida de refugiados de Merkel, afirmó que la Unión es un pretexto para Alemania poder controlar Europa, se ha salido del Tratado Transatlántico de Inversiones con la Unión Europea y propuso a un candidato a embajador –Malloch– ante la Unión Europea en cuyo bagaje encontramos su apoyo al Brexit, su oposición al euro y, para más inri, se jactó de haber colaborado para acabar con la Unión Soviética, y que podría hacer lo propio con otra Unión (la europea). Esto es en política exterior lo que viene a ser en gastronomía comerse un percebe a las bravas, cosa que, por cierto, servidor vio de otro americano en una cena informal con su Administración. Es lo que sucede cuando aparece un liderazgo superpersonalista y autoritario. Nunca hay suficientes paños calientes.

La respuesta de Europa ha sido inequívoca, pero aún se queda en palabras. Aún en estado de shock por una ruptura del orden internacional conocido hasta la fecha, y la necesidad de tener que volar sola después de un letargo de 70 años, nuestro Donald, el bueno, Tusk, presidente del Consejo europeo, ha llegado a afirmar que “la presidencia de Trump es un riesgo para Europa”. Véase que no dice la Unión, sino que aquí está pensando, como buen polaco, en el oso ruso, en el este de Ucrania, en el Cáucaso, por no hablar de los estados bálticos.

Sirva esta metáfora: un nuevo vecino ha venido, y es un macarra de cuidado, que ni come ni dejará comer. Los niños formales europeos no saben qué hacer, y el chivato o pepito grillo se ha ido con los donuts y varias ojivas nucleares. Además, hay otro macarra al este (mucho) y un chino enorme que no sabe si seguir comiendo o ayudar a los asustados chavalitos.

Al tiempo, nuestro Donald tuiteó que “debemos recordar verdades olvidadas: una Europa unida para evitar otra catástrofe histórica. Los tiempos de la unidad europea se corresponden con los mejores de nuestra historia”.

Con este tweet, el presidente del Consejo Europeo se lanzaba a defender Europa el pasado 31 de enero, antes de la cumbre informal de Malta, en clara alusión a la situación geopolítica de 2017, mencionando veladamente las guerras mundiales, el nazismo, el fascismo y el comunismo, la guerra fría y, en definitiva, el drama del hombre europeo de finales del siglo XX y primeros del XXI. Pero, ¿por qué? ¿Estamos ante un envite tan grande para Europa como para sacar a pasear nuestros monstruos familiares? Cuesta creerlo. Es más bien pasar a la mayoría de edad.

Recordar verdades. Verdades olvidadas. Sin duda, es una buena noticia que desde la atalaya del Consejo europeo, que impulsa y define las orientaciones políticas generales de la Unión, se recuerde a los europeos que existen al menos dos verdades, en lo que llaman la era de la postverdad (relativismo que anunciara el Papa BXVI): (1) que nos unimos para evitar otra catástrofe histórica; (2) que los tiempos de la unidad europea son los mejores en la centenaria historia europea.

Trump y la Unión Europea: peligro (I)

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Vértigo francés

José Luis Restán

La última encuesta publicada sobre las presidenciales francesas ofrece unos resultados de vértigo. Según ese estudio, realizado entre los días 31 de enero y 1 de febrero, la líder del Frente Nacional, Marine Le Pen, obtendría en la primera vuelta un 25% de los sufragios; le seguiría el independiente Emmanuel Macron (que se define como social-liberal) con un 20,5%; descendería a la tercera posición el candidato del centro-derecha François Fillon, con un 18,5%, mientras que el socialista Benoit Hamon quedaría relegado a la cuarta plaza con un 16,5%. Siempre según esta foto, en la segunda vuelta Macron se alzaría con la victoria con un 63% frente al 37% de Le Pen. Lo cierto es que la situación es tremendamente volátil, pero en los cuarteles generales de socialistas y republicanos cunde el pánico, y no sólo allí.

Le Pen ha lanzado su campaña en Lyon con un discurso incendiario, consciente de que es la única capaz de explotar el malhumor de los franceses, su hastío por la debilidad de los partidos centrales y su miedo al futuro: miedo a la globalización, al terrorismo, a la pérdida de la propia identidad. Miedos legítimos con una base real, aunque después alimenten figuras grotescas y reclamen salidas disparatadas. Miedos que no habrían debido ser menospreciados, tampoco cortejados (como hace Le Pen) sino tenidos en cuenta para mantener un verdadero diálogo social, una conversación nacional viva. La respuesta de Le Pen es brutalmente sencilla: nacionalismo, proteccionismo, desvinculación de la Unión Europea, rechazo a los inmigrantes. Y todo ello envuelto en un discurso grandilocuente con muy escasa densidad pero enorme eficacia movilizadora. Un discurso, por cierto, que aunque invoque tramposamente a la tradición, nada tiene que ver con la raíz cristiana de Francia

No es extraño que aquella inquietante y desconocida “prima”, la prima de riesgo, haya vuelto a presentar su tarjeta de visita en los mercados europeos. La victoria final de Le Pen significaría el acta de defunción de la Unión Europea, cuyo germen está en el abrazo de hierro franco-alemán para garantizar paz, libertad y estabilidad al continente. Seguramente Le Pen no se sentará esta vez en El Elíseo, pero el mero hecho de que sea la más votada en la primera vuelta colocaría a la Unión en una situación de tremenda inquietud y abriría un periodo de debilidad difícilmente previsible.

Lo cierto es que Sarkozy dejó su trabajo reformista a medio camino, mientras Hollande ha decepcionado a propios y extraños. En economía ha navegado patéticamente entre dos aguas, mientras que en las cuestiones culturales y de proyecto nacional ha profundizado en el viejo sectarismo de una parte de la izquierda. Con todo ello ha achicharrado a la joven promesa de Emmanuel Valls.

El PSF está abierto en canal, roto por el eje, con dos almas irreconciliables. Pero se alzado con la victoria más arcaica, la que representa Benoit Hamon, relegado a una humillante cuarta plaza en las encuestas. Hamon representa una suerte de autismo político, como si nada de lo que ha sucedido en el mundo los últimos diez años fuese con él. Sigue aferrado al estatalismo y al laicismo, y sueña con soluciones que no hacen cuentas con la disciplina que implica la moneda común. Por desgracia para él, sus cantos de sirena no reverdecen las esperanzas de la izquierda. Aquellos a los que querría dirigirse prefieren comprar su producto a la señora Le Pen, amarga paradoja que ya experimentó hace años el comunismo francés.

Vértigo francés

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  303 votos
>Entrevista a Mikel Azurmendi

'Europa está paralizada por el miedo que nos tenemos mutuamente a comenzar a hablar'

Juan Carlos Hernández

Hablamos con Mikel Azurmendi sobre inmigración y populismos. Azurmendi lamenta que en Europa no hay libertad de opinión sobre importantes asuntos en los que la corrección política ya ha determinado su punto de vista verdadero.

En nuestra sociedad la llegada masiva de inmigrantes se ve como una amenaza a nuestro modo de vida. Por ejemplo, nuestra visión de la dignidad de la mujer y de su papel podría entrar en conflicto con otras culturas. ¿Tiene Europa la capacidad de proponer una identidad sólida y segura? ¿Cómo conjugar la necesaria acogida con la defensa de nuestros valores?

En efecto, hay mucho temor a que desaparezcan nuestros modos de vida que tanto nos ha costado instaurar, unas instituciones para una existencia de libertad, seguridad, pluralismo democrático, igualdad entre hombre y mujer, protección del niño, respeto cívico, idéntica instrucción para todos... todo ello bajo el auspicio de la misma ley para todos. Hay miedo a perderlo, claro que sí. Porque en una sociedad no pueden coexistir culturas contrapuestas en valores relacionados con la dignidad de la persona y el desarrollo de ésta basado en la igualdad de oportunidades. Hasta hace unos treinta años, en varios países europeos fueron dándose entradas masivas de extranjeros, sea de refugiados o de simples necesitados de trabajo o de una vida libre, y todo marchó pasablemente bien porque el ideal de esas gentes era el de asimilarse a la cultura y modos de vida franceses, alemanes, ingleses o belgas. Yo mismo fui emigrante en Alemania y Francia y trabajé dos años en fábrica para poder pagar mis estudios universitarios; dudé de si quedarme a vivir en Francia a estudiar, pero me volví aquí. No me fue muy bien porque hice lo que no debía contra Franco y hube de exiliarme, esta vez forzosamente. Y fui acogido como refugiado político y trabajé de nuevo, limpiando oficinas y otros mil trabajos, pero estudié una carrera en París. Mi hijo es francés y dudé de si venirme con la amnistía de 1976 porque la vida nos iba bien. El emigrante económico acaba quedándose en el lugar donde nacen sus hijos y éstos se vuelven gente de ese país de acogida. El refugiado político, en cambio, siempre piensa en volver a su país, siempre lo añora. Sin embargo, esta pauta centenaria de refugio y acogida con la consiguiente integración social se ha roto con la inmigración magrebí en Francia, Bélgica y Holanda, y con la turca en Alemania. La segunda y tercera generación de esas inmigraciones no han podido o no han querido integrarse cívicamente; una parte de culpa la tienen los padres, que se han guetizado y cerrado culturalmente, pero una gran parte de culpa les corresponde a los gobiernos y a la sociedad de esos países que han permitido guetos, desigualdades de oportunidad escolares, laborales y hasta de trato personal.

Ahora que vienen masivamente gentes de países musulmanes escapando de la guerra o de la miseria política y cultural, coincidiendo con el recrudecimiento islamista en algunos de esos países y con su expansión terrorista en los nuestros, ¿qué podemos hacer?

>Entrevista a Mikel Azurmendi

'Europa está paralizada por el miedo que nos tenemos mutuamente a comenzar a hablar'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 3  300 votos

El desafío a Europa, a abordar por la sociedad civil

Francisco Medina

El pasado 26 de enero tuvo lugar en el Colegio Mayor Roncalli una mesa de estudio dedicada a los Refugiados, fruto de la iniciativa de la Asociación Principios en colaboración con Sociedad Global, cuyo objeto era abordar la problemática en los países de origen, constituyendo la segunda de las mesas organizadas para tratar un fenómeno de carácter global, en línea con lo que se había tratado al abordar la problemática en los países de acogida.

La complejidad del fenómeno –del drama, para ser más exactos– de los refugiados exigía preparar una mesa de contenido, cuyos ponentes se hubiesen fajado tanto a nivel jurídico como en la experiencia sobre el terreno. Y como quiera que la sociedad necesita tomar conciencia de lo que se nos viene, parecía conveniente abordar el tema desde un doble enfoque: desde la óptica jurídico-institucional; y desde la perspectiva de la experiencia en terreno. Y qué mejor que contar con Fernando de Haro, como moderador, cuya experiencia en el drama de los cristianos perseguidos es más que acreditada; Cristina Gortázar, catedrática de Derecho Internacional de ICADE (Universidad Pontificia de Comillas), con un amplio conocimiento sobre las implicaciones jurídicas del Derecho Internacional Humanitario; María Fuentenebro, experta en Acción Humanitaria en países en conflicto –Guatemala, Sudán, Sudán del Sur– y con experiencia en diversos organismos de ONU (entre ellos, el PNUD o el Programa Mundial de Alimentos); o con Irene López, graduada en Relaciones Internacionales y con experiencia en el terreno en campos de refugiados.

Ciertamente, el tema es de una enorme complejidad. Para centrar la cuestión, se partió de las causas del fenómeno de los refugiados, del drama que lleva a miles y miles de familias a abandonar su país. A continuación, se examinó y se valoró la actual política llevada a cabo por la Unión Europea, a la luz de la experiencia de cada ponente; para, finalmente, poder aportar soluciones a largo plazo con objeto de afrontar el fenómeno.

Que el fenómeno de las causas que llevan a los refugiados a salir de sus países no puede abordarse de forma simplista es algo que Cristina Gortázar nos dejó claro, al exponernos la escalofriante cifra estimada de 240 millones de refugiados –entre voluntarios y forzosos–; ciertamente, resulta problemática la tradicional distinción entre el concepto de refugiados que recogen tanto la Convención de Ginebra como el Protocolo de 1969 y el de inmigrantes económicos, que no oculta el drama de unos 60 millones de migrantes forzosos (siendo refugiados unos 20 millones, sin olvidar a los otros 40 millones de personas que aún no han atravesado las fronteras de sus países). En este contexto, y como señalaba María Fuentenebro, no puede olvidarse el doble papel de la ONU de mantenimiento de la paz y de llevar a cabo el mandato de desarrollo, debiendo tener siempre presente la obligación impuesta por el Derecho Internacional Humanitario de garantizar la protección internacional a los refugiados. Irene López hablaba de varias causas, como los Estados frágiles, los conflictos o el cambio climático, algo que fue señalado también por Fernando de Haro, al referirse al continente africano.

En cualquier caso, quedó claro, a juicio de las ponentes, que el llamado “Acuerdo” suscrito entre la Unión Europea y Turquía constituye, en el fondo, una externalización del problema migratorio (Irene López también lo relacionaba con España respecto a Marruecos).

La valoración de la política europea en este tema fue prácticamente unánime. Cristina Gortázar, por ejemplo, en relación las medidas adoptadas a nivel comunitario –en el seno de la Social-Economic Analysis Committee– o las Directivas, señalaba que ni siquiera el llamado pasillo humanitario resultaría suficiente si se siguen manteniendo medidas tales como visados restrictivos o duras sanciones.

El desafío a Europa, a abordar por la sociedad civil

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La paradoja occidental de negar la evidencia

Robi Ronza

“En la continuación de las benditas operaciones que el Estado Islámico está llevando a cabo contra el protector de la cruz, Turquía, un heroico soldado del Califato golpeó una de las discotecas más famosas donde los cristianos celebran su día de fiesta apóstata”. Si no fuera porque rezuman sangre, estas palabras con las que el Isis ha reivindicado la matanza de la noche de año nuevo en la discoteca Reina de Estambul se podrían considerar como ejemplo de humor involuntario.

Mientras no pasa un día sin que en Occidente se afanen en negar la inspiración marcadamente anticristiana del terrorismo islamista, los terroristas se afanan en cambio en aprovechar cualquier ocasión para afirmarla. Como en otros comunicados previos, también aquí hay errores y falsedad. No se entiende en función de qué se puede definir a Turquía como “protector de la cruz”, y el año nuevo es una fiesta laica, no cristiana. Pero eso da igual en este caso. Lo que importa es el motivo que está en la base de tal manipulación.

Paradójicamente, esta feroz movilización del terrorismo islamista contra el Occidente europeo, cuyas raíces cristianas son en efecto muy evidentes, tiene estrechos vínculos con la terrible guerra civil transnacional que lleva años en vigor en el mundo musulmán. Lo confirman los datos sobre las víctimas del terrorismo islamista. En el año que acaba de terminar, frente a los muertos por los cinco atentados más graves en Europa (tres en Bruselas el 22 de marzo, uno en Niza el 14 de julio y otro en Berlín el 23 de diciembre), que fueron casi 140, en Turquía hay que contar seis atentados con bombas en lugares multitudinarios con un total de 209 muertos, y 24 atentados en Iraq llevados a cabo con explosivos y en tales situaciones que provocaron cada uno entre un mínimo de 20 y un máximo de más de 300 muertos.

Por supuesto, los atentados en Europa sumergieron repentinamente en el luto a cientos de familias, y al tener lugar en lugares donde existen poderosas redes televisivas se han multiplicado durante días y días de eco mediático continuo. Sin embargo, los hechos son los hechos, y comprensiblemente en Turquía e Iraq los atentados cometidos en la patria dejan más huella que los cometidos en Europa. Si luego vamos a mirar los años precedentes y vemos también las guerras convencionales que se deben al conflicto entre sunitas, la principal confesión del islam, y las demás confesiones, empezando entre ellas por la chiíta, el rastro de sangre y destrucción no deja de crecer. Por ejemplo, así se explican, desde 1980 hasta hoy, todas las vicisitudes y guerras de Iraq, así como la actual guerra en Siria.

La paradoja occidental de negar la evidencia

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La crisis de los refugiados pone Alemania patas arriba (y II)

Christoph Scholz

El desafío para Alemania es enorme. Según datos de la oficina federal competente en materia de migración y refugiados, la BAMF, el año pasado llegaron a Alemania 1,5 millones de refugiados. De estos, 1,2 millones se quedaron en Alemania. Según el BAMF, casi 400.000 aún no han presentado la demanda de asilo. Además, quedan 350.000 solicitudes pendientes de revisar. Este año se cree que han llegado otros 200.000, a los que hay que sumar una fuerte inmigración procedente de otros estados de la UE.

Con el llamado “tercer paquete de medidas de asilo”, aprobado recientemente, la gran coalición espera hacerse con el control de la situación, al menos en grandes líneas, también desde el punto de vista de la política interior. Ya en el verano de 2015 el parlamento preparó el primer paquete con el objetivo de acelerar el proceso de asilo, integrar más rápidamente y con mejores perspectivas a los solicitantes de asilo, y devolver antes a su patria a los refugiados sin posibilidades de quedarse. Jóvenes y adolescentes bien integrados conseguirían un mejor acceso al mercado de trabajo. Por otro lado, se endurecieron las condiciones para obtener un permiso de residencia así como los procedimientos de identificación y expulsión.

A partir de agosto de 2015 la oleada de refugiados aumentó repentinamente. Las autoridades fronterizas registraron solo en octubre a 180.000 refugiados. En los ambientes políticos berlineses, reinaba el pánico entre bastidores. La gran coalición trabajó bajo una gran presión en el segundo paquete para encauzar la acogida por canales reglamentarios. Las ciudades y ayuntamientos corrían con los principales gastos al ser responsables del mantenimiento y sistematización. Diariamente llegaban a Múnich varios Intercity procedentes de Austria. La gente proseguía sus viajes en tren y autobús buscando suerte en otras ciudades y localidades, desde el lago Constanza hasta Flensburgo. Se empezó entonces a acondicionar pabellones y recintos feriales, viejos cuarteles y campamentos improvisados. Decenas de miles de funcionarios estatales, militares o colaboradores de obras asistenciales, así como innumerables voluntarios de las comunidades eclesiales o instituciones sociales trabajaron hasta el agotamiento para conseguirlo. Y el 3 de febrero de 2016 el parlamento aprobaba el segundo paquete de medidas de asilo, en virtud del cual se crearon en toda la República federal cinco centros de acogida por los que transitan los grupos de solicitantes de asilo con menos posibilidades de éxito. Es decir, los que han facilitado datos falsos o han destruido intencionadamente documentos, así como personas procedentes de estados clasificados como “seguros”. También se limitó la reagrupación familiar y se simplificó la expulsión de refugiados con problemas de salud.

La crisis de los refugiados pone Alemania patas arriba (y II)

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