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22 FEBRERO 2017
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Trump y la Unión Europea: peligro (I)

Ángel Satué

El show de Trump ha dado el salto de la pantalla a la arena de las relaciones internacionales. El showman-businessman venido a “político” declaró recientemente obsoleta a la OTAN, criticó gravemente la política de acogida de refugiados de Merkel, afirmó que la Unión es un pretexto para Alemania poder controlar Europa, se ha salido del Tratado Transatlántico de Inversiones con la Unión Europea y propuso a un candidato a embajador –Malloch– ante la Unión Europea en cuyo bagaje encontramos su apoyo al Brexit, su oposición al euro y, para más inri, se jactó de haber colaborado para acabar con la Unión Soviética, y que podría hacer lo propio con otra Unión (la europea). Esto es en política exterior lo que viene a ser en gastronomía comerse un percebe a las bravas, cosa que, por cierto, servidor vio de otro americano en una cena informal con su Administración. Es lo que sucede cuando aparece un liderazgo superpersonalista y autoritario. Nunca hay suficientes paños calientes.

La respuesta de Europa ha sido inequívoca, pero aún se queda en palabras. Aún en estado de shock por una ruptura del orden internacional conocido hasta la fecha, y la necesidad de tener que volar sola después de un letargo de 70 años, nuestro Donald, el bueno, Tusk, presidente del Consejo europeo, ha llegado a afirmar que “la presidencia de Trump es un riesgo para Europa”. Véase que no dice la Unión, sino que aquí está pensando, como buen polaco, en el oso ruso, en el este de Ucrania, en el Cáucaso, por no hablar de los estados bálticos.

Sirva esta metáfora: un nuevo vecino ha venido, y es un macarra de cuidado, que ni come ni dejará comer. Los niños formales europeos no saben qué hacer, y el chivato o pepito grillo se ha ido con los donuts y varias ojivas nucleares. Además, hay otro macarra al este (mucho) y un chino enorme que no sabe si seguir comiendo o ayudar a los asustados chavalitos.

Al tiempo, nuestro Donald tuiteó que “debemos recordar verdades olvidadas: una Europa unida para evitar otra catástrofe histórica. Los tiempos de la unidad europea se corresponden con los mejores de nuestra historia”.

Con este tweet, el presidente del Consejo Europeo se lanzaba a defender Europa el pasado 31 de enero, antes de la cumbre informal de Malta, en clara alusión a la situación geopolítica de 2017, mencionando veladamente las guerras mundiales, el nazismo, el fascismo y el comunismo, la guerra fría y, en definitiva, el drama del hombre europeo de finales del siglo XX y primeros del XXI. Pero, ¿por qué? ¿Estamos ante un envite tan grande para Europa como para sacar a pasear nuestros monstruos familiares? Cuesta creerlo. Es más bien pasar a la mayoría de edad.

Recordar verdades. Verdades olvidadas. Sin duda, es una buena noticia que desde la atalaya del Consejo europeo, que impulsa y define las orientaciones políticas generales de la Unión, se recuerde a los europeos que existen al menos dos verdades, en lo que llaman la era de la postverdad (relativismo que anunciara el Papa BXVI): (1) que nos unimos para evitar otra catástrofe histórica; (2) que los tiempos de la unidad europea son los mejores en la centenaria historia europea.

Trump y la Unión Europea: peligro (I)

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Vértigo francés

José Luis Restán

La última encuesta publicada sobre las presidenciales francesas ofrece unos resultados de vértigo. Según ese estudio, realizado entre los días 31 de enero y 1 de febrero, la líder del Frente Nacional, Marine Le Pen, obtendría en la primera vuelta un 25% de los sufragios; le seguiría el independiente Emmanuel Macron (que se define como social-liberal) con un 20,5%; descendería a la tercera posición el candidato del centro-derecha François Fillon, con un 18,5%, mientras que el socialista Benoit Hamon quedaría relegado a la cuarta plaza con un 16,5%. Siempre según esta foto, en la segunda vuelta Macron se alzaría con la victoria con un 63% frente al 37% de Le Pen. Lo cierto es que la situación es tremendamente volátil, pero en los cuarteles generales de socialistas y republicanos cunde el pánico, y no sólo allí.

Le Pen ha lanzado su campaña en Lyon con un discurso incendiario, consciente de que es la única capaz de explotar el malhumor de los franceses, su hastío por la debilidad de los partidos centrales y su miedo al futuro: miedo a la globalización, al terrorismo, a la pérdida de la propia identidad. Miedos legítimos con una base real, aunque después alimenten figuras grotescas y reclamen salidas disparatadas. Miedos que no habrían debido ser menospreciados, tampoco cortejados (como hace Le Pen) sino tenidos en cuenta para mantener un verdadero diálogo social, una conversación nacional viva. La respuesta de Le Pen es brutalmente sencilla: nacionalismo, proteccionismo, desvinculación de la Unión Europea, rechazo a los inmigrantes. Y todo ello envuelto en un discurso grandilocuente con muy escasa densidad pero enorme eficacia movilizadora. Un discurso, por cierto, que aunque invoque tramposamente a la tradición, nada tiene que ver con la raíz cristiana de Francia

No es extraño que aquella inquietante y desconocida “prima”, la prima de riesgo, haya vuelto a presentar su tarjeta de visita en los mercados europeos. La victoria final de Le Pen significaría el acta de defunción de la Unión Europea, cuyo germen está en el abrazo de hierro franco-alemán para garantizar paz, libertad y estabilidad al continente. Seguramente Le Pen no se sentará esta vez en El Elíseo, pero el mero hecho de que sea la más votada en la primera vuelta colocaría a la Unión en una situación de tremenda inquietud y abriría un periodo de debilidad difícilmente previsible.

Lo cierto es que Sarkozy dejó su trabajo reformista a medio camino, mientras Hollande ha decepcionado a propios y extraños. En economía ha navegado patéticamente entre dos aguas, mientras que en las cuestiones culturales y de proyecto nacional ha profundizado en el viejo sectarismo de una parte de la izquierda. Con todo ello ha achicharrado a la joven promesa de Emmanuel Valls.

El PSF está abierto en canal, roto por el eje, con dos almas irreconciliables. Pero se alzado con la victoria más arcaica, la que representa Benoit Hamon, relegado a una humillante cuarta plaza en las encuestas. Hamon representa una suerte de autismo político, como si nada de lo que ha sucedido en el mundo los últimos diez años fuese con él. Sigue aferrado al estatalismo y al laicismo, y sueña con soluciones que no hacen cuentas con la disciplina que implica la moneda común. Por desgracia para él, sus cantos de sirena no reverdecen las esperanzas de la izquierda. Aquellos a los que querría dirigirse prefieren comprar su producto a la señora Le Pen, amarga paradoja que ya experimentó hace años el comunismo francés.

Vértigo francés

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>Entrevista a Mikel Azurmendi

'Europa está paralizada por el miedo que nos tenemos mutuamente a comenzar a hablar'

Juan Carlos Hernández

Hablamos con Mikel Azurmendi sobre inmigración y populismos. Azurmendi lamenta que en Europa no hay libertad de opinión sobre importantes asuntos en los que la corrección política ya ha determinado su punto de vista verdadero.

En nuestra sociedad la llegada masiva de inmigrantes se ve como una amenaza a nuestro modo de vida. Por ejemplo, nuestra visión de la dignidad de la mujer y de su papel podría entrar en conflicto con otras culturas. ¿Tiene Europa la capacidad de proponer una identidad sólida y segura? ¿Cómo conjugar la necesaria acogida con la defensa de nuestros valores?

En efecto, hay mucho temor a que desaparezcan nuestros modos de vida que tanto nos ha costado instaurar, unas instituciones para una existencia de libertad, seguridad, pluralismo democrático, igualdad entre hombre y mujer, protección del niño, respeto cívico, idéntica instrucción para todos... todo ello bajo el auspicio de la misma ley para todos. Hay miedo a perderlo, claro que sí. Porque en una sociedad no pueden coexistir culturas contrapuestas en valores relacionados con la dignidad de la persona y el desarrollo de ésta basado en la igualdad de oportunidades. Hasta hace unos treinta años, en varios países europeos fueron dándose entradas masivas de extranjeros, sea de refugiados o de simples necesitados de trabajo o de una vida libre, y todo marchó pasablemente bien porque el ideal de esas gentes era el de asimilarse a la cultura y modos de vida franceses, alemanes, ingleses o belgas. Yo mismo fui emigrante en Alemania y Francia y trabajé dos años en fábrica para poder pagar mis estudios universitarios; dudé de si quedarme a vivir en Francia a estudiar, pero me volví aquí. No me fue muy bien porque hice lo que no debía contra Franco y hube de exiliarme, esta vez forzosamente. Y fui acogido como refugiado político y trabajé de nuevo, limpiando oficinas y otros mil trabajos, pero estudié una carrera en París. Mi hijo es francés y dudé de si venirme con la amnistía de 1976 porque la vida nos iba bien. El emigrante económico acaba quedándose en el lugar donde nacen sus hijos y éstos se vuelven gente de ese país de acogida. El refugiado político, en cambio, siempre piensa en volver a su país, siempre lo añora. Sin embargo, esta pauta centenaria de refugio y acogida con la consiguiente integración social se ha roto con la inmigración magrebí en Francia, Bélgica y Holanda, y con la turca en Alemania. La segunda y tercera generación de esas inmigraciones no han podido o no han querido integrarse cívicamente; una parte de culpa la tienen los padres, que se han guetizado y cerrado culturalmente, pero una gran parte de culpa les corresponde a los gobiernos y a la sociedad de esos países que han permitido guetos, desigualdades de oportunidad escolares, laborales y hasta de trato personal.

Ahora que vienen masivamente gentes de países musulmanes escapando de la guerra o de la miseria política y cultural, coincidiendo con el recrudecimiento islamista en algunos de esos países y con su expansión terrorista en los nuestros, ¿qué podemos hacer?

>Entrevista a Mikel Azurmendi

'Europa está paralizada por el miedo que nos tenemos mutuamente a comenzar a hablar'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 3  69 votos

El desafío a Europa, a abordar por la sociedad civil

Francisco Medina

El pasado 26 de enero tuvo lugar en el Colegio Mayor Roncalli una mesa de estudio dedicada a los Refugiados, fruto de la iniciativa de la Asociación Principios en colaboración con Sociedad Global, cuyo objeto era abordar la problemática en los países de origen, constituyendo la segunda de las mesas organizadas para tratar un fenómeno de carácter global, en línea con lo que se había tratado al abordar la problemática en los países de acogida.

La complejidad del fenómeno –del drama, para ser más exactos– de los refugiados exigía preparar una mesa de contenido, cuyos ponentes se hubiesen fajado tanto a nivel jurídico como en la experiencia sobre el terreno. Y como quiera que la sociedad necesita tomar conciencia de lo que se nos viene, parecía conveniente abordar el tema desde un doble enfoque: desde la óptica jurídico-institucional; y desde la perspectiva de la experiencia en terreno. Y qué mejor que contar con Fernando de Haro, como moderador, cuya experiencia en el drama de los cristianos perseguidos es más que acreditada; Cristina Gortázar, catedrática de Derecho Internacional de ICADE (Universidad Pontificia de Comillas), con un amplio conocimiento sobre las implicaciones jurídicas del Derecho Internacional Humanitario; María Fuentenebro, experta en Acción Humanitaria en países en conflicto –Guatemala, Sudán, Sudán del Sur– y con experiencia en diversos organismos de ONU (entre ellos, el PNUD o el Programa Mundial de Alimentos); o con Irene López, graduada en Relaciones Internacionales y con experiencia en el terreno en campos de refugiados.

Ciertamente, el tema es de una enorme complejidad. Para centrar la cuestión, se partió de las causas del fenómeno de los refugiados, del drama que lleva a miles y miles de familias a abandonar su país. A continuación, se examinó y se valoró la actual política llevada a cabo por la Unión Europea, a la luz de la experiencia de cada ponente; para, finalmente, poder aportar soluciones a largo plazo con objeto de afrontar el fenómeno.

Que el fenómeno de las causas que llevan a los refugiados a salir de sus países no puede abordarse de forma simplista es algo que Cristina Gortázar nos dejó claro, al exponernos la escalofriante cifra estimada de 240 millones de refugiados –entre voluntarios y forzosos–; ciertamente, resulta problemática la tradicional distinción entre el concepto de refugiados que recogen tanto la Convención de Ginebra como el Protocolo de 1969 y el de inmigrantes económicos, que no oculta el drama de unos 60 millones de migrantes forzosos (siendo refugiados unos 20 millones, sin olvidar a los otros 40 millones de personas que aún no han atravesado las fronteras de sus países). En este contexto, y como señalaba María Fuentenebro, no puede olvidarse el doble papel de la ONU de mantenimiento de la paz y de llevar a cabo el mandato de desarrollo, debiendo tener siempre presente la obligación impuesta por el Derecho Internacional Humanitario de garantizar la protección internacional a los refugiados. Irene López hablaba de varias causas, como los Estados frágiles, los conflictos o el cambio climático, algo que fue señalado también por Fernando de Haro, al referirse al continente africano.

En cualquier caso, quedó claro, a juicio de las ponentes, que el llamado “Acuerdo” suscrito entre la Unión Europea y Turquía constituye, en el fondo, una externalización del problema migratorio (Irene López también lo relacionaba con España respecto a Marruecos).

La valoración de la política europea en este tema fue prácticamente unánime. Cristina Gortázar, por ejemplo, en relación las medidas adoptadas a nivel comunitario –en el seno de la Social-Economic Analysis Committee– o las Directivas, señalaba que ni siquiera el llamado pasillo humanitario resultaría suficiente si se siguen manteniendo medidas tales como visados restrictivos o duras sanciones.

El desafío a Europa, a abordar por la sociedad civil

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La paradoja occidental de negar la evidencia

Robi Ronza

“En la continuación de las benditas operaciones que el Estado Islámico está llevando a cabo contra el protector de la cruz, Turquía, un heroico soldado del Califato golpeó una de las discotecas más famosas donde los cristianos celebran su día de fiesta apóstata”. Si no fuera porque rezuman sangre, estas palabras con las que el Isis ha reivindicado la matanza de la noche de año nuevo en la discoteca Reina de Estambul se podrían considerar como ejemplo de humor involuntario.

Mientras no pasa un día sin que en Occidente se afanen en negar la inspiración marcadamente anticristiana del terrorismo islamista, los terroristas se afanan en cambio en aprovechar cualquier ocasión para afirmarla. Como en otros comunicados previos, también aquí hay errores y falsedad. No se entiende en función de qué se puede definir a Turquía como “protector de la cruz”, y el año nuevo es una fiesta laica, no cristiana. Pero eso da igual en este caso. Lo que importa es el motivo que está en la base de tal manipulación.

Paradójicamente, esta feroz movilización del terrorismo islamista contra el Occidente europeo, cuyas raíces cristianas son en efecto muy evidentes, tiene estrechos vínculos con la terrible guerra civil transnacional que lleva años en vigor en el mundo musulmán. Lo confirman los datos sobre las víctimas del terrorismo islamista. En el año que acaba de terminar, frente a los muertos por los cinco atentados más graves en Europa (tres en Bruselas el 22 de marzo, uno en Niza el 14 de julio y otro en Berlín el 23 de diciembre), que fueron casi 140, en Turquía hay que contar seis atentados con bombas en lugares multitudinarios con un total de 209 muertos, y 24 atentados en Iraq llevados a cabo con explosivos y en tales situaciones que provocaron cada uno entre un mínimo de 20 y un máximo de más de 300 muertos.

Por supuesto, los atentados en Europa sumergieron repentinamente en el luto a cientos de familias, y al tener lugar en lugares donde existen poderosas redes televisivas se han multiplicado durante días y días de eco mediático continuo. Sin embargo, los hechos son los hechos, y comprensiblemente en Turquía e Iraq los atentados cometidos en la patria dejan más huella que los cometidos en Europa. Si luego vamos a mirar los años precedentes y vemos también las guerras convencionales que se deben al conflicto entre sunitas, la principal confesión del islam, y las demás confesiones, empezando entre ellas por la chiíta, el rastro de sangre y destrucción no deja de crecer. Por ejemplo, así se explican, desde 1980 hasta hoy, todas las vicisitudes y guerras de Iraq, así como la actual guerra en Siria.

La paradoja occidental de negar la evidencia

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La crisis de los refugiados pone Alemania patas arriba (y II)

Christoph Scholz

El desafío para Alemania es enorme. Según datos de la oficina federal competente en materia de migración y refugiados, la BAMF, el año pasado llegaron a Alemania 1,5 millones de refugiados. De estos, 1,2 millones se quedaron en Alemania. Según el BAMF, casi 400.000 aún no han presentado la demanda de asilo. Además, quedan 350.000 solicitudes pendientes de revisar. Este año se cree que han llegado otros 200.000, a los que hay que sumar una fuerte inmigración procedente de otros estados de la UE.

Con el llamado “tercer paquete de medidas de asilo”, aprobado recientemente, la gran coalición espera hacerse con el control de la situación, al menos en grandes líneas, también desde el punto de vista de la política interior. Ya en el verano de 2015 el parlamento preparó el primer paquete con el objetivo de acelerar el proceso de asilo, integrar más rápidamente y con mejores perspectivas a los solicitantes de asilo, y devolver antes a su patria a los refugiados sin posibilidades de quedarse. Jóvenes y adolescentes bien integrados conseguirían un mejor acceso al mercado de trabajo. Por otro lado, se endurecieron las condiciones para obtener un permiso de residencia así como los procedimientos de identificación y expulsión.

A partir de agosto de 2015 la oleada de refugiados aumentó repentinamente. Las autoridades fronterizas registraron solo en octubre a 180.000 refugiados. En los ambientes políticos berlineses, reinaba el pánico entre bastidores. La gran coalición trabajó bajo una gran presión en el segundo paquete para encauzar la acogida por canales reglamentarios. Las ciudades y ayuntamientos corrían con los principales gastos al ser responsables del mantenimiento y sistematización. Diariamente llegaban a Múnich varios Intercity procedentes de Austria. La gente proseguía sus viajes en tren y autobús buscando suerte en otras ciudades y localidades, desde el lago Constanza hasta Flensburgo. Se empezó entonces a acondicionar pabellones y recintos feriales, viejos cuarteles y campamentos improvisados. Decenas de miles de funcionarios estatales, militares o colaboradores de obras asistenciales, así como innumerables voluntarios de las comunidades eclesiales o instituciones sociales trabajaron hasta el agotamiento para conseguirlo. Y el 3 de febrero de 2016 el parlamento aprobaba el segundo paquete de medidas de asilo, en virtud del cual se crearon en toda la República federal cinco centros de acogida por los que transitan los grupos de solicitantes de asilo con menos posibilidades de éxito. Es decir, los que han facilitado datos falsos o han destruido intencionadamente documentos, así como personas procedentes de estados clasificados como “seguros”. También se limitó la reagrupación familiar y se simplificó la expulsión de refugiados con problemas de salud.

La crisis de los refugiados pone Alemania patas arriba (y II)

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Recrear nuestra tradición como algo vivo

José Luis Restán

En estos días de miedo y furia, marcados por la amenaza del yihadismo global, se prodigan en los medios las denuncias de la erosión de la cultura occidental, la cultura de la razón y de las libertades, que estaría siendo arrasada a causa de la entrada masiva de inmigrantes, de la ideología de lo políticamente correcto y de la blandura de nuestros gobernantes. En esta coctelera se agitan elementos de muy variada densidad, así que conviene distinguir para aclarar.

Lo primero que es necesario decir es que la crisis de la cultura occidental viene de muy lejos. Sin entrar en disquisiciones histórico-filosóficas, que no vienen al caso, podríamos situar una fecha clave en el mayo del 68. Así que algunos profetas de la catástrofe no han madrugado precisamente. Para quien desee profundizar en serio, recomiendo releer la encíclica Spe Salvi de Benedicto XVI. Es cierto que el momento actual es dramático, pero su incubación ha sido larga y muchos no movieron una ceja.

Desde hace decenios las mejores tradiciones cívicas y la cultura popular de nuestros países europeos se ven erosionadas, carcomidas, resecas, a veces ridiculizadas hasta lo grotesco por una leadership intelectual y mediática que ha jugado a la autodestrucción en nombre de aquellas utopías sesentayochistas. Unos políticos generalmente escasos de bagaje cultural y de coraje moral han contribuido a la faena, pero tampoco les demos un protagonismo que no merecen. Resulta un tanto falaz culpar de este deterioro a la entrada masiva de inmigrantes y refugiados de distintos lugares del mundo.

La cultura pública occidental (especialmente la europea) ha ido perdiendo su savia griega, cristiana e ilustrada, de modo que a veces cuesta encontrara algo de sustancia incluso en aquellas celebraciones que siguen concitando un enorme consenso social, como es el caso de la navidad. Desde luego los responsables no son los inmigrantes. Lo son nuestras élites intelectuales, nuestra anémica sociedad civil, y también quienes nos quejamos amargamente pero somos incapaces de recrear la tradición como hecho vivo y relevante. Ahí tenemos tarea: fatigosa, apasionante, arriesgada. Faltan brazos y sobran lamentos. Y será una preciosa ocasión de diálogo y construcción común para creyentes y agnósticos, cristianos y miembros de otras confesiones.

Pero en todo caso, la respuesta a este mal (al menos es buena noticia que empiece a reconocerse como tal por muchos) no puede consistir en traicionar uno de los rasgos fundamentales de nuestra identidad europea: el de la acogida, el derecho de asilo, la primacía de la dignidad humana y el imperio de la ley. Eso no significa que no se hayan cometido errores en la gestión de la política migratoria, que siempre requerirá ajustes y correcciones. Por cierto, muchos guetos culturales y sociales en las ciudades europeas se alimentan también de un laicismo trasnochado que se resiste a cambiar, pero de eso se habla muy poco en las protestas contra el deterioro de nuestro modo de vida.

La denuncia de las utopías ideológicas que proceden del 68 es necesaria, pero no tiene nada que ver con levantar nuevas “Líneas Maginot”, tan inútiles y patéticas como aquella de 1939 en Francia. Como decía límpidamente hace unos días el cardenal de Viena, Christoph Schönborn, “si la herencia cristiana de Europa está en peligro, se debe a que los europeos la hemos dilapidado, y eso no tiene absolutamente nada que ver ni con el islam ni con los refugiados… está claro que a muchos islamistas les gustaría aprovecharse de esta situación, pero ellos no son los responsables, lo somos nosotros”. Lo ha dicho también, con descarnada claridad, la canciller Ángela Merkel, tan injustamente denostada en estas fechas: “el problema de Europa hoy no es demasiado islam, sino demasiado poco cristianismo”. Y esto lo pueden compartir muchos agnósticos. Empecemos por ahí.

Recrear nuestra tradición como algo vivo

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La crisis de los refugiados pone Alemania patas arriba (I)

Christoph Scholz

“Alemania es un país fuerte. Hemos sido capaces de hacer muchas cosas. ¡Con esto también podremos!”. Este “yes, we can” de la canciller Angela Merkel el 31 de agosto de 2015 ha dividido las almas de los alemanes. Forma parte de la “cultura de bienvenida” a los refugiados, sobre todo de Siria, Afganistán e Iraq, que se debate en toda Europa. Con la crisis de los refugiados, la República federal se enfrenta al mayor desafío desde los tiempos de la reunificación. Su comportamiento decidirá, desde Berlín, el futuro de Europa.

Las motivaciones determinantes para la acogida de cientos de miles de personas que buscan protección no son exclusivamente de orden humanitario sino también geopolítico. Cuando en la noche del 4 al 5 de septiembre de 2015, Angela Merkel y el entonces canciller austriaco Werner Faymann acordaron la apertura de fronteras y el libre paso de un flujo de refugiados que nunca se había visto desde la Segunda Guerra Mundial, se trataba de aplacar una situación de necesidad de decenas de miles de personas que necesitaban protección, pero también de ganar tiempo para una solución política. Todavía prevalecía la convicción de Merkel de que la UE, una de las grandes regiones del bienestar del mundo, con más de 500 millones de habitantes, debería ser capaz de acoger al menos al mismo número de refugiados que el Líbano, Turquía o Jordania. En el origen de esta crisis se sitúa una serie de lagunas esenciales de la política europea. La UE nunca se había movilizado seriamente para buscar una solución al conflicto sirio. Cuando el Programa Mundial de Alimentos redujo después las raciones de los campos de refugiados en Siria debido a los recortes, comenzó la oleada de refugiados. Las autoridades gubernamentales responsables tampoco reconocieron el alcance de aquellos signos claros de la inminente afluencia de personas. También faltó en los estados de la UE la voluntad de ponera punto una política común de asilo.

Según el Tratado de Dublín, que prevé que los migrantes deben pedir asilo en su país de entrada al territorio europeo, en Alemania debería haber poquísimos refugiados. Puesto que Alemania tiene muy poca frontera exterior a la Unión, el peso recae sobre todo en los países meridionales, que durante mucho tiempo han dejado partir a la mayoría de los refugiados hacia el norte sin registrarlos. Con la “cultura de bienvenida”, Alemania se ha convertido en el principal país de llegada (junto a Suecia). Además, la República federal registra también un crecimiento económico estable, busca trabajadores especializados y paga grandes prestaciones sociales a los refugiados. De hecho, allí viven ya muchos inmigrantes procedentes de Oriente Medio.

Cuando en el verano de 2015 la inmigración empezó a aumentar de manera dramática, Alemania se enfrentaba a la alternativa entre atenerse estrictamente al Tratado de Dublín y cerrar sus fronteras, o acoger a los refugiados que llegaban en masa para frenar la situación. El gobierno federal decidió por la segunda opción. “La canciller ha querido estar a la atura e la responsabilidad de Alemania como potencia central”, subraya el historiador berlinés Herfried Münkler. En otras palabras, un cierre de fronteras por parte de Alemania, potencia centroeuropea, habría significado el final de la zona Schengen y el inicio de la desintegración de Europa. Aún más, una congestión de cientos de miles de refugiados en la ruta balcánica habría llevado al derrumbe del ordenamiento estatal en los frágiles países del sudeste europeo, como Macedonia, Albania o Bosnia-Herzegovina, con una oleada de refugiados dentro de Europa procedentes de estos países que podría ser aún mayor que el primer flujo de 2015 desde los mismos países balcánicos.

La crisis de los refugiados pone Alemania patas arriba (I)

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Terrorismo. La seguridad no es todo

Angelo Scola

Largo es el rastro de atentados terroristas que han ensangrentado trágicamente este año. ¿Qué postura podemos asumir, como cristianos, ante esta amenaza que incide profundamente en nuestras vidas?

La primera reacción instintiva es el miedo, que es precisamente el objetivo que busca el terrorismo. Y justo después, la exigencia de un refuerzo en las medidas de seguridad. Pero la seguridad no lo es todo. Por sofisticados que sean los sistemas de defensa, siempre habrá una falla, un talón de Aquiles. Por eso resulta esencial la educación, la cultura y el testimonio. Hay que contestar a la ideología yihadista poniéndose y oponiéndose ante ella.

Como cristianos, nuestra postura consiste ante todo en anunciar a Jesucristo, con más vigor y menos complejos. Jesús no esperó a que las condiciones objetivas de su tiempo mejoraran, sino que generó un sujeto nuevo en la historia.

En nuestra posición está ya también nuestra o-posición. La oposición a cualquier forma de violencia en nombre de Dios, como el Papa Francisco no deja de reclamarnos. Y al mismo tiempo oponerse también al sistema económico que hace que, como países occidentales, cerremos los ojos ante los países que fomentan el discurso del extremismo, con la esperanza de que se trate solo de eso, tan solo un discurso. Pero no. No son solo palabras, son hechos. Y muertos, la mayoría de ellos fuera de Europa. Ya hemos perdido demasiado tiempo vendiendo nuestras convicciones, empezando por la libertad religiosa, a cambio de nuestro moderno plato de lentejas. Y ahora la amenaza es global.

En esta doble toma de posición está la contribución más auténtica que podemos ofrecer a nuestros hermanos musulmanes, que en su gran mayoría contemplan consternados todo lo que está pasando, pero a los que les cuesta articular una alternativa clara, descargando demasiado a menudo la responsabilidad tan solo en las condiciones, aun siendo objetivas, de injusticia económica y social. Ponerse y oponerse. Como la luz que, según Juan, “brilla en las tinieblas y las tinieblas no la pudieron apagar”.

Fragmento de la homilía de Navidad

Terrorismo. La seguridad no es todo

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Una comunidad de destino para la nueva Europa

Angelo Scola

Comunidad de destino y vida social buena. Abro también esta perspectiva pensando en la relación con nuestros hermanos de fe musulmana que viven en Italia, aunque la perspectiva vale también a nivel global, porque me parece una condición inevitable para expresar la dignidad total de la persona, respetando su singularidad y con el deseo de reconocer el peso del otro y de los otros en la propia vida. Yo necesito esta amistad cívica, solidaria y esta comunidad de destino, por eso no puedo dejar de encontrarme con quien forma parte, como yo, de la familia humana, partiendo de la propia fe y cultura, y no puedo acercarme a él si no comparto, con absoluto respeto, esta búsqueda apasionada del sentido esencial de la ciudadanía.

Cuando pienso en la reducción de la ciudadanía a las necesarias formulaciones de los derechos mínimos y sostengo que hace falta ir más allá, quiero poner en evidencia un problema nuestro, no una invención a medida para integrar a nuestros hermanos de otra fe. Pensemos en el problema del ecumenismo en relación con la inmigración. Hay 150.000 niños rumanos que van a las escuelas italianas, procedentes de la confesión ortodoxa de Bucarest.

Hablar de amistad cívica y comunidad de destino significa hablar del destino de todos nosotros, porque no puedo edificar ni construir algo si no es sobre la práctica de convicciones que me permiten estar bien en la sociedad y en el mundo, porque la vida ya lleva consigo su propio peso, como decía Pavese. Debemos recuperar a todos los niveles este alto ideal que, como todos los ideales, a diferencia de las utopías, impacta sobre la realidad y la cambia lentamente en virtud de cómo se implica en él la libertad de cada individuo, de los cuerpos intermedios y de una nación.

Desde este punto di vista, no puedo dejar de referirme a la experiencia del cristianismo europeo, porque es el camino que me permite entender cómo mi hermano musulmán podrá realizar esta operación que el imán Oubrou ha descrito y que además reconduce al origen del islam. Y puedo hacerlo compartiendo esa experiencia de pertenencia no hegemónica, no sectaria, no radical que connota mi historia como hombre: la experiencia de la fe que respiré en casa desde niño, en el pequeño contexto de mi pueblo, en la parroquia y en el oratorio. El elemento de la tradición, en el sentido más potente y noble de la palabra, es el punto de partida no para hacer un discurso sobre las raíces cristianas, que tampoco estaría mal, sino precisamente para mirar al futuro.

Veo la debilidad del Occidente europeo, “la sociedad del cansancio” como la define el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han. Hay que mirar al futuro respetando al menos dos condiciones por lo que se refiere a nosotros los cristianos, pero la posición de diálogo y apertura es posible con todos.

El primer elemento para nosotros, bautizados, es vivir y asumir hasta el fondo, sin selecciones arbitrarias, lo que es el cristianismo, cosa que dejamos de hacer hace demasiado tiempo. El cristianismo no se puede reducir al Evangelio, los sacramentos, el impulso a compartir caritativamente, pues los Misterios de la vida cristiana vividos por Jesús, por María, por los santos y por el pueblo santo de Dios tienen implicaciones valiosísimas que, lo queramos o no, han plasmado a lo largo de los siglos la realidad europea. Por ejemplo, la relación entre hombre y mujer, o la manera de concebir la sociedad civil. Nosotros los cristianos debemos aprender de nuevo a ver estos problemas como implicaciones necesariamente contenidas, aun sujetas a evolución, dentro, por ejemplo, del Misterio de la Trinidad. Pongo a menudo este ejemplo a los jóvenes: hoy nos cuesta pensar en la diferencia sexual porque ya no vemos la incidencia histórica de la Trinidad. No vemos todas las implicaciones concretas del Misterio de la Trinidad. Romano Guardini dice que una convivencia civil plural se puede construir a partir de la contemplación del misterio trinitario, el lugar de la identidad absoluta de tres personas que, en cambio, practican la máxima forma de diferencia posible. Todas las diferencias son superadas por la diferencia de las personas de la Trinidad.

Una comunidad de destino para la nueva Europa

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Repensar el islam en Europa

Tareq Oubrou

Soy teólogo, un imán con responsabilidades religiosas, un pastor. Pero también soy un doctor que piensa en su religión dentro de la civilización occidental. Este es el primer y más importante terreno que los musulmanes deben afrontar. Antes de gestionar la presencia musulmana en Europa, hace falta pensarla. El aspecto teológico precede a la práctica, prepara la integración de los musulmanes en una civilización que para ellos es nueva.

El hecho musulmán en Occidente comprende tres realidades:

- una realidad social ligada el fenómeno de la migración;

- una realidad étnico-cultural ligada a los orígenes étnicos y culturales de esta población plural (árabe, bereber, turca, subsahariana);

- una realidad religiosa en el sentido más literal del término.

La presencia musulmana tiene su origen en el momento en que el profeta del islam constituye la ciudad de Medina y la proto-Constitución, sancionando así el nacimiento de una única comunidad formada por los judíos de la Banu Awf (que entonces eran casi la mitad de la población de Medina) y los musulmanes. Por eso, desde el principio hay una especie de secularización, una separación de dos planos: la comunidad espiritual es una cosa, la comunidad política nacional es otra. El profeta no era un presidente, él mismo dijo que no era un rey, cuando gestionaba políticamente la comunidad de Medina rechazó ser coronado rey.

Pero con el tiempo el islam se convirtió en una civilización y asumió una lógica política. Todo el pensamiento teológico y canónigo se forjó en un contexto califal de dominio, donde la comunidad espiritual fue confundiéndose con la comunidad política y la ciudadanía musulmana unió dos elementos, el político y el espiritual. Tras la caída del califato otomano, los musulmanes se encontraron con una nueva configuración, formada por estados-nación con fronteras. En aquel momento, la noción de ciudadanía se desvinculó de la de comunidad espiritual. Los musulmanes que hoy viven en Occidente llevan a sus espaldas esta historia donde lo político y lo espiritual se confunden y amalgaman con lo cultural y antropológico. ¿Es posible hoy ser tanto ciudadanos occidentales como musulmanes a todos los efectos?

Aquí intervienen la teología y el derecho canónico musulmán, que deberían repensarse a la luz de la secularización. No se trata solamente de gestionar la mezquita y la comunidad, sino de pensar una religión en un mundo global y en la civilización occidental, recuperar el nivel espiritual del islam. El musulmán en Occidente es musulmán espiritualmente, en el sentido de que su religión es el islam, pero su civilización es la occidental. Nos encontramos ante lo que yo llamo teología de aculturación. Adaptar el islam al derecho positivo en vigor en el país, o al repertorio jurídico que regula el pluralismo y federa a la nación en un destino común, es necesario pero no suficiente. Las prácticas religiosas deben obviamente tener en cuenta el derecho la Constitución del país, pero también hay que aculturar el islam. Es lo que nuestro hermano católico llama la “teología de la inculturación”, o cómo introducir una religión en la civilización. No se trata de transformar la civilización, sino de adaptarse a esta última, pues de lo contrario la religión terminará desapareciendo. De hecho, sin aculturación no hay recepción ni transmisión de la religión a las nuevas generaciones.

Las religiones se expresan en un contexto jurídico y político. Los musulmanes deben desarrollar una teología de la alteridad. Se parte de una epistemología de la realidad y se interroga a los textos fundantes, es decir, al Corán y a la tradición. Si la exégesis consiste en comprender el texto sagrado en el contexto de su revelación, la hermenéutica aplicada consiste en comprender el texto aquí y ahora.

Repensar el islam en Europa

Tareq Oubrou | 0 comentarios valoración: 3  191 votos

Discurso fuerte a la ciudad

José Luis Restán

La fiesta de San Ambrosio convoca cada año a la flor y nata de la sociedad milanesa en el Duomo para escuchar el “Discurso a la ciudad” que pronuncia el arzobispo, cardenal Angelo Scola. El hecho es, en sí mismo, una hermosa ilustración de sana laicidad; es también un banco de pruebas para la capacidad de la Iglesia de hablar a una ciudad evidentemente plural, en un momento de desazón que no acepta la mera repetición de principios ni de buenas intenciones.

El cardenal Scola, que acaba de cumplir 75 años y espera la próxima visita pastoral de Francisco a la diócesis de Milán, ha dedicado su discurso a uno de sus temas preferidos: el cansancio de Europa, sus posibilidades de futuro y el modo en que los cristianos están llamados a participar en esta encrucijada. Scola no es de los que dan por perdida a esta vieja y cansada Europa, siempre ha mostrado una reserva de confianza basada en sus recursos espirituales y culturales. Sin embargo esta vez ha reconocido que, ante las emergencias que se presentan, no existe la suficiente capacidad de pensamiento ni la necesaria fuerza política para afrontarlas.

La incapacidad para afrontar la cuestión migratoria en términos de “acogida” (tal como viene reclamando el Papa) y las respuestas reactivas y autodefensivas, aquí y allá, constituyen a juicio del cardenal el síntoma inequívoco de una decadencia colectiva. También habla de una profunda crisis que afecta a la propia concepción de la política, incapaz de superar los parámetros de la mera gestión del poder. Según Scola, realismo y grandes ideales deben conjugarse para hacer posible una nueva visión de Europa que valore, por una parte, la multiplicidad cultural que la caracteriza desde siempre y que, por otra parte, permita a los Estados reencontrar la unidad necesaria para afrontar los desafíos de este tiempo, principalmente la cuestión de las migraciones y la de la seguridad. Porque, en cualquier caso, los Estados nacionales no pueden afrontar esos desafíos aisladamente. Para el cardenal, pese a todos los desencantos, “Europa no es una opción, sino una verdadera y precisa necesidad”.

En este intento de dibujar un cuadro de fuerzas para una hipótesis de renacimiento, Scola ha vuelto a uno de sus temas más genuinos, el de las características de una laicidad que sirva realmente para construir convivencia. Dicha laicidad debe crear condiciones que aseguren la narración de todos los sujetos personales y sociales, para que pueda producirse un reconocimiento recíproco. En ese espacio de testimonio a campo abierto se sitúa la responsabilidad de los cristianos, a los que Scola invita a aceptar el reto de unas circunstancias tantas veces incómodas (por no decir hostiles), venciendo la tentación de encerrar la fe en el ámbito de la intimidad personal, o la de disolverse en el espíritu del tiempo.

“La preocupación crucial es repensar la forma de la fe”, algo que para muchos resultará sorprendente. E insiste: “es necesario un modo nuevo de pensar la fe… de modo que sea ejemplo de humanidad, de vida renovada y fuente de muchas expresiones de convivencia constructiva, de cuidado del otro y de cultura”. Una de las tareas vinculadas a esta nueva forma de la presencia cristiana será “el testimonio del bien de la diferencia sexual… que, lejos de introducir cualquier forma de discriminación, se nos ofrece como un camino para aprender el valor del otro y el don de sí”.

En otro pasaje el cardenal Scola aborda un factor que considera importante para entender la crisis política en que está inmerso el continente: una equívoca concepción de los derechos individuales. La Europa del futuro, precisamente a causa del proceso de mestizaje de culturas y civilizaciones en curso, debe edificarse sobre el reconocimiento y la práctica efectiva de la dignidad inviolable de la conciencia. Y no duda de que un factor fundamental para el renacer de Europa será la defensa de la institución jurídica de la objeción de conciencia, a la que considera un baluarte de la democracia frente a cualquier posible deriva utópica. Una última indicación para los cristianos en esta época brumosa: “deben estar dispuestos a colaborar en esta tarea según la lógica del testimonio, que no excluye la posibilidad del martirio”. Nadie ha podido salir del Duomo sin sentirse provocado, enriquecido y acompañado, en la doble tarea de pensar y construir la ciudad común.

Discurso fuerte a la ciudad

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  188 votos

El islam creó Europa

Ángel Satué

Amigo lector, seguro que con este título he atrapado tu atención. A estas alturas del devenir de Europa, no te habrá resultado extraña una afirmación de este tipo. Apelo a tu innata curiosidad para seguir leyendo.

He estado leyendo los discursos del Papa Francisco que pronunció ante el Parlamento europeo, en 2014 y al recibir este año el Premio Carlomagno, y he querido profundizar en este último personaje histórico, Carlos el Grande, y trazar una línea entre su tiempo y el nuestro. Tal ha sido mi fascinación.

En los últimos años Carlomagno aparece como el referente de los favorables a la causa de la unidad europea, entre los que me encuentro. El Premio Carlomagno o la vía cultural europea de Carlomagno que se impulsa son dos claros ejemplos. Pero, ¿por qué razón?

Aunque en torno al año 800 el concepto de Europa no existía aún, la obra de Carlomagno en el campo militar (dominando del Mar del Norte a Marsella, de la Marca Hispánica a Bohemia), el político (agustinismo y su civitas christiana), el religioso (cristianización), el cultural (Escuela palatina, con Alcuino de York), el monástico (Regla de San Benito unificadora), el diplomático (embajadas del califa de Damasco y Bizancio, con los reyes anglos y el reino de Asturias), el arquitectónico (estilo carolingio) y el comercial (creando un mercado común, prohibiendo el préstamo con intereses o introduciendo el concepto de precio justo), ha contribuido a ser lo que somos ahora como europeos.

Se le considera con razones de peso como el precursor de toda unidad europea. Así, pasó de rey de los francos a emperador del Imperio Romano de Occidente (300 años después de su caída). Su capital, Aquisgrán, es el corazón de Europa (una Europa un poco más germánica que mediterránea y latina). Su tarea fundamental, según Ferdinand Werner, fue unificarla afirmando su esencia cristiana frente a un islam combativo y en expansión. Eghinardo, su cronista (hoy diríamos también su biógrafo) llamó a Carlomagno “rey de los europeos”, si bien muy pronto fue sustituido por rey de la cristiandad (lo que dista de convertirle en un ejemplo de marido fiel). Los mismos súbditos bajo dos poderes diferenciados, aunque necesitados y recelosos el uno del otro, el temporal del Imperio, y el atemporal de la Iglesia. Todo un avance para la sociedad y vida europea del momento, pues daba lugar a la separación entre la Iglesia y el estado.

Y el islam, ¿ayudó entonces a la unidad europea? Ayudó en tanto en cuanto obligó al Imperio Bizantino a defenderse –aun perdiendo Palestina, Siria y Egipto– y porque la conquista de España y África por el islam había convertido al rey de los francos, a Francia, en dueño absoluto del Occidente cristiano (tesis de Henri Pirenee). Y tampoco se puede entender el actual mapa político de Europa sin el Tratado de Verdún del año 840, que repartió Europa entre los tres nietos de Carlomagno (Carlos –Francia–, Lotario –Alemania– y Luis –Holanda y Norte de Italia–).

El islam creó Europa

Ángel Satué | 0 comentarios valoración: 3  185 votos
>Entrevista a Antonio Polito (Corriere della Sera)

Un 'Renzi bis' con fecha de caducidad

F.F.

El gobierno italiano de Gentiloni ya ha jurado ante el jefe del Estado y se ha presentado en la cámara. Doce de los 18 ministros de Renzi, confirmados en su cargo. Sin embargo, el ex primer ministro parece que pronostica brevedad al nuevo ejecutivo, pues ha hablado de "elecciones inminentes". Hablamos con Antonio Polito, vicedirector del Corriere della Sera.

Por un lado parece que se pone punto final a la crisis. Por otro, se habla de elecciones inminentes. ¿En qué quedamos?

El gobierno de Gentiloni nace bajo la presión de ser la continuación del pasado y enfrentarse a un futuro casi inexistente. Se parece demasiado al gobierno de Renzi.

De hecho, el equipo de gobierno es casi el mismo.

Sí. Esperábamos algún cambio de ritmo, objetivos más ambiciosos, nuevas caras. Pero Gentiloni ha confirmado la estructura y los ejes de poder del gobierno anterior. Al final es el mismo gobierno pero sin Renzi, aunque el cambio es precisamente su ausencia, lo que le da al menos un breve respiro antes de unas posibles elecciones anticipadas, como el mismo Renzi ha dicho a la cúpula del PD. La única variante en el esquema sería que Renzi dejara de ser el líder del partido. En ese caso las perspectivas cambiarían, pero hay que esperar a marzo, con el congreso y las primarias.

Hablar de elecciones inminentes supone tener una nueva ley electoral que proponer y apoyos para aprobarla, o bien confiar en que una norma similar salga de la sentencia del Tribunal Constitucional el 24 de enero.

No creo que Renzi tenga una ley preparada, puesto que esa ley "Made in Italy" que toda Europa debía envidiarnos la quemó en el espacio de una mañana. Después de tres años, todo el parlamento espera que la consulta nos quite las brasas que arden bajo nuestros pies y dé paso a un corta-pega de la ley en vigor que nos permita redactar un texto más o menos parecido al del Tribunal, es decir, más proporcionado y respetuoso con la representación parlamentaria.

Entonces, ¿el gobierno de Gentiloni no será un "gobierno del presidente" Mattarella?

No, de ninguna manera. El presidente ha desarrollado un papel preciso pero esencial, se ha limitado a constatar la orientación de las fuerzas políticas.

Entonces es más un gobierno Renzi.

Es un gobierno Gentiloni que se parece demasiado al de Renzi.

Repasemos los desafíos a los que se enfrenta Renzi. Congreso y primarias del partido en primavera, y elecciones "inminentes" que podrían ser también en primavera, ¿es una coincidencia que se puede abordar?

Yo diría que sí. El problema real es cuándo estará disponible la ley electoral. Puesto que el 24 de enero se emitirá la sentencia, podrían pasar dos o tres semanas antes de conocer las motivaciones. Y las motivaciones son indispensables para entender qué es lo que no funciona para adaptar la nueva ley electoral. Ya que no me parece nada fácil llegar a un entendimiento, hará falta algo de tiempo. Así que antes de junio me parece imposible ir a las urnas.

¿Podemos pensar que el secretario del PD desconfía del gobierno y quiera por ello ir a votar?

Eso no, pero me parece que el pacto interno está claro: cuando haya ley electoral se disuelve el parlamento y se vota. Está claro que hay que sumar una serie de factores: los tiempos de la ley electoral, las fuerzas que presionan para acortar los plazos, la fecha tope del 15 de septiembre para renovar a los parlamentarios. Muchas incógnitas que hacen dudar de que la ley electoral esté a tiempo para votar en junio. Siempre hay que terminar haciendo cuentas con la realidad.

Como en las elecciones francesas, por ejemplo.

En junio podríamos encontrarnos con una nueva presidenta Le Pen que anuncie la salida de Francia de la Unión. O con un empeoramiento de la crisis económica y financiera.

¿Y entonces?

>Entrevista a Antonio Polito (Corriere della Sera)

Un 'Renzi bis' con fecha de caducidad

F.F. | 0 comentarios valoración: 3  174 votos

La verdadera crisis empieza ahora

Gianluigi Da Rold

“Mi experiencia de gobierno acaba aquí”, dijo Matteo Renzi, con dificultades para ocultar su conmoción por el resultado del referéndum constitucional del domingo. Termina su gobierno y empieza el gran baile final de la crisis italiana. Para comprender la realidad siempre hay que recordar la lección de la historia, que no avanza a saltos. Quien no respeta los tiempos de la historia, al final termina siendo inevitablemente arrasado.

El premier habló al país en un clima de dramática decepción por la derrota. El resultado es despiadado. El “revoltijo”, como lo llamaba Renzi, no solo ha ganado sino que literalmente ha barrido. Tras toneladas de arrogancia y superficial seguridad, lo mínimo que se podía hacer era admitir públicamente que había sido derrotado por un misil de cabeza múltiple. El “no” a la reforma constitucional se impone exactamente por un 59,5% frente al 40,5% del “sí”, propuesto hace un año como la panacea, una suerte de remedio universal contra todos los males de los italianos. Además, esta vez los italianos no se han quedado en casa, no han desertado de las urnas, y han superado los porcentajes de participación en las europeas, acercándose a los datos del año 2013. Ha ido a votar el 68%, una afluencia muy alta teniendo en cuenta los tiempos en los que estamos y delante de un referéndum que parecía un crucigrama para-jurídico.

Bien mirado, es como si los italianos hubieran ido a votar no tanto para defender que la Constitución es intocable sino para rechazar una línea política fracasada. Han ido a votar para denunciar el profundo malestar social que sienten por las cifras del PIB, el desempleo, el crecimiento, las exportaciones, la deuda… Probablemente sea un error entender que contra el “sí” ha ganado un movimiento político opuesto, un proyecto alternativo al gobierno apoyado en el centro-izquierda y en socios incómodos, o un movimiento que ha querido defender la Constitución a toda costa. Si nos fijamos en la afluencia de voto y en el reparto del “no” por el territorio nacional, da la sensación de que se muestra rechazo a toda una clase dirigente que no ha sido capaz de elaborar una línea política.

Los que hoy recogen las protestas de los italianos tienen que cambiar en primer lugar y radicalmente la política económica y social, pues de otro modo la protesta y la contestación de la llamada “nueva clase política” seguirán tal cual. Tal vez el presidente del Consejo y sus ministros todavía no han comprendido que la política económica que han hecho después de casi diez años de crisis económica no ha servido para resolver nada. Igual que el brexit y la elección de Donald Trump, la gran mayoría de los analistas, la inteligencia mediática y económica se esfuerza en buscar explicaciones, pero en este caso hay algo más. Si con el brexit y con Trump estábamos en el “filo de la navaja”, aquí la brecha entre el sí y el no es mucho más clara, impresionante y despiadada.

La verdadera crisis empieza ahora

Gianluigi Da Rold | 0 comentarios valoración: 3  181 votos

La aventura de Fillon

José Luis Restán

Es llamativo el subrayado general de los medios sobre la condición de católico del flamante candidato del centro-derecha a la presidencia de la República Francesa, François Fillon. Pero más curiosa es aún la necesidad que sienten los cronistas de adjetivar dicha condición, y los resultados contradictorios que ofrecen. Por ejemplo, sendos corresponsales en París de los diarios ABC y La Vanguardia han calificado a Fillon como “católico practicante sin estridencias” y como “integrista católico”, respectivamente. Menudo ojo.

En cuanto al primer calificativo, conviene tomarlo con humor. Me pregunto en qué consistirá eso de ser católico “sin estridencias”. Fillon nunca ha escondido su fe, va a Misa con naturalidad (y todo el mundo le ve, claro), y narra su vinculación con la abadía benedictina de Solesmes y con el Movimiento Scout Católico. Desde luego nada de esto parece estridente, como tampoco lo es su reconocimiento público a la enseñanza reciente de los Papas, o su defensa de la familia y de las raíces cristianas de Europa, asuntos que ciertamente cualifican su propuesta política, aunque de ningún modo puede calificarse ésta como “confesional”. Más inquietante resulta la calificación de “integrista”, que constituye toda una tesis… o quizás simplemente demuestra la intolerancia de algunos respecto a la dimensión social del catolicismo y su pretensión de poseer una relevancia pública.

En cualquier caso François Fillon no es un integrista, ni nada que se le parezca. Conoce perfectamente la pluralidad cultural de su país (que no es contradictoria con sus raíces cristianas) y defiende sin ambages la laicidad positiva, tal como la formuló en tiempos su antiguo jefe de filas, Nicolás Sarkozy, al que acaba de batir en buena lid. Que una personalidad como Fillon pueda llegar a la cúspide de la política en la súper laica República Francesa desvela también el humus cultural de nuestros vecinos, mucho más rico, dinámico y variado de cuanto quizás pensábamos. No es momento de profundizar, pero apunto solamente que el catolicismo francés sigue estando muy vivo a la hora de generar personalidades intelectuales, movimientos de renovación espiritual y una presencia civil como la demostrada en fenómenos como la Manif por Tous o Les Villiers. Y no es disparatado sugerir que una parte del clamoroso apoyo cosechado en las primarias del centro-derecha obedezca a que esos sectores sociales le reconocen como un interlocutor más fiable que otros.

Es verdad que Fillon destacó por su tenaz oposición a la Ley Taubira que instituyó el matrimonio homosexual y la adopción por parte de estas parejas, pero ya ha advertido que ahora será imposible dar marcha atrás y derogar dicha ley. Ni el conjunto de su partido, ni tampoco el amplio arco de sus potenciales electores respaldarían tal cosa. Su propuesta consiste en reformar la ley de filiación, basándose en el principio de que un niño siempre es el resultado de un padre y una madre. También se ha comprometido a impedir la legalización de los vientres de alquiler y a promover una auténtica política a favor de las familias.

La aventura de Fillon

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El ejército europeo

Ángel Satué

En marzo de 2015, Junker, presidente de la Comisión Europea, declaró que “un ejército conjunto de los europeos daría a Rusia la impresión de que nos tomamos en serio la defensa de los valores de la Unión Europea”; este ejército “ayudaría a tener una política exterior y de seguridad común”. Parecidas declaraciones las hemos escuchado en 2016. Recientemente, Wolfgang Schäuble, ministro germano de finanzas y uno de los políticos de mayor peso de la Unión Europea, se declaró en octubre a favor de un presupuesto de defensa europeo.

Defender Europa de Rusia, maniobrar ante la victoria de Trump y la presumible retirada de EE.UU. del tablero de juego de la geopolítica europea (al menos, presupuestaria), el Brexit, Siria, Libia, ciberataques… enmarcan este tipo de declaraciones de los políticos. Se observa por tanto un patrón en ellas. Se aprovecha un hecho concreto, de entidad suficiente, para anunciar un ejército europeo.

¿Es algo nuevo? No. En 1948 se firmó el Tratado de Bruselas, con el recuerdo de la IIGM. En 1950, Monnet propuso sentar las bases de la defensa europea sobre una base supranacional y un presupuesto único, que rechazó la Asamblea Nacional francesa. Durante el resto de la guerra fría, hubo intentos de cooperación en armamento, si bien no es hasta el Tratado de Ámsterdam de 1999 cuando resurge, fuera del paraguas de la OTAN, un nuevo empuje europeo de defensa. El último, una declaración conjunta franco-alemana, de junio de 2016, tras el Brexit.

Este nuevo empuje aboga por una Europa capaz de defenderse a sí misma, incluso como pilar europeo dentro de la OTAN, como se vio en la pasada cumbre del Consejo en Bratislava. Para ello, la Unión cuenta con toda la estructura jurídica institucional del Tratado de Lisboa, que prevé la Cooperación Estructurada Permanente, para aquellos grupos de países que quieran avanzar hacia una unión más estrecha.

¿Es necesario? Un ejército europeo es una de las posibilidades para la seguridad de Europa. Hay otras, como seguir con 28 –menos GB– ejércitos nacionales, apenas coordinados, o mejorar en esta coordinación, que sería el camino hecho hasta ahora, o confiarlo todo a la OTAN, o confinarlo solo para misiones de paz. Sin embargo, desde el punto de vista geopolítico es muy conveniente porque, aunque la Unión es básicamente una potencia de “soft power” (diplomacia, cultura, misiones de paz, cooperación), un ejército europeo serviría mejor a nuestra defensa común, ante vecinos imprevisibles como Rusia, Turquía o el propio Sahel, amenazas terroristas físicas y cíber, guerras híbridas y asimétricas, o simplemente porque no debemos depender solo de los EE.UU. ni de su inmenso presupuesto, ni mucho menos del ánimo de su presidente de turno.

El ejército europeo

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Make no mistake. El acuerdo comercial con Canadá impulsará el crecimiento de las pymes europeas

Lucas de Haro (Vancouver)

Bélgica ha conseguido desbloquear el cerrojo que Valonia puso hace un par de semanas sobre CETA, el acuerdo comercial entre Canadá y la Unión Europea. El rechazo de Valonia pasó inicialmente desapercibido o –en algunos casos– celebrado en Europa; sin embargo los canadienses y europeos emigrados a Canadá lo han llorado hasta estas recientes horas de alivio. La cuestión de fondo es si CETA es un acuerdo que ayudaría a la regeneración de la economía real o si por el contrario favorecería a unos pocos con músculo financiero. Veamos de qué va CETA.

Hace algunas semanas, cuando todavía nadie imaginaba posible el frenazo valonés, tuve la ocasión de discutir en un encuentro público con una ejecutiva del Ministerio de Comercio Internacional de British Columbia que había formado parte del equipo negociador de CETA (Comprehensive Economic and Trade Agreement). Le preguntaba si le preocupaba el rechazo al acuerdo que habían manifestado algunos de los nuevos partidos políticos en diferentes países de Europa. La pregunta no le pillaba desprevenida, Monica Gervais decía que los riesgos de CETA eran dos: la confusión con TTIP y una aprobación parcial. TTIP (Transatlantic Trade and Investment Partnership) es el acuerdo comercial que están discutiendo Estados Unidos y la Unión Europea, Canadá ha querido siempre escapar de las simplificaciones políticas y mediáticas que equiparan TTIP y CETA ya que estos dos acuerdos son absolutamente independientes y diferentes en naturaleza. El segundo riesgo estaba asociado a una posible aprobación parcial de CETA. Canadá preveía la posibilidad de que el Parlamento Europeo aprobara la parte del acuerdo sobre la que no hay competencia nacional; no hubiese sido una solución del todo mala ya que la mayor parte del contenido de CETA se hubiese puesto en marcha y el resto de medidas llegarían cuando los parlamentos de todos los Estados miembros ratificaran el acuerdo. Sin embargo, la viabilidad de esta vía de medio está ahora en cuestión ya que Bélgica podría reprobar la calificación de CETA como “acuerdo mixto” a cambio de desbloquear su enmienda a la totalidad. Si esto sucediera, el acuerdo no sería efectivo hasta la ratificación parlamentaria por parte de cada uno de los 28; previas experiencias análogas nos dicen que el proceso podría durar hasta cinco años.

El hecho de que Valonia vetara la aprobación del acuerdo en el Parlamento Europeo nos dice mucho acerca de la naturaleza política de la Unión, algunos verán en este gesto un paso hacia la legitimación de la Europa de las regiones-naciones. Más allá de la discusión política, la polémica en torno a CETA revela una mirada esquemática e ideológica sobre los intercambios económicos. Reducir aranceles y favorecer el comercio internacional no son necesariamente sinónimos de capitalismo feroz, atomización empresarial y desconsideración hacia el medio ambiente. Chrystia Freeland, ministra de Comercio Internacional de Canadá, plañía su decepción hace unos días por la decisión de Valonia que frenaba el impulso que Alemania, Francia, Austria, Bulgaria y Rumanía estaban dando a CETA. Para Freeland, los valores y principios sociales que comparten Europa y Canadá deberían haber favorecido la aprobación del acuerdo. Aquí vemos las nefastas consecuencias para CETA provocadas por la caricaturización liderada por parte de la opinión pública que ha metido CETA-Canadá en la misma saca que TTIP-Estados Unidos.

Make no mistake. El acuerdo comercial con Canadá impulsará el crecimiento de las pymes europeas

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Referéndum en Hungría: no todo es blanco o negro

Carlos Uriarte Sánchez

El pasado día 5 de septiembre, se producía la declaración por parte del primer ministro de Hungría, Viktor Orban, que estaba preparado para llevar acabo un referéndum sobre la cuestión que afecta a los refugiados en su país.

La pregunta que se planteó para este referéndum era la siguiente: ¿Quiere que la Unión Europea pueda disponer, sin el consentimiento de la Asamblea Nacional sobre el reasentamiento de ciudadanos no húngaros en Hungría?”. El objetivo del referéndum pretendía ser una respuesta a las pretensiones de la Unión Europea a imponer sobre los Estados miembros la obligatoriedad en el reasentamiento de inmigrantes. Desde luego que quienes conocemos Centro Europa y especialmente a los húngaros sabemos de su indudable europeísmo y compromiso con la democracia y la libertad. Fue precisamente en la frontera entre Hungría y Austria, cerca de Sopron, donde el 19 de agosto de 1989 se celebró el famoso “picnic paneuropeo” organizado por el los ministros de exteriores húngaro Gyula Horn y austriaco Alois Mock, en el cual más de 600 ciudadanos de la antigua República Democrática de Alemania aprovecharon para atravesar el telón de acero y cruzar al mundo libre. Toda la operación fue organizada por la Unión Paneuropea presidida entonces por el archiduque Otto de Habsburgo. Por tanto, cuando por unas decisiones políticas, más o menos acertadas, se intenta condenar a todo un país no es justo. En la campaña fruto del acaloramiento quizás no se hayan utilizado los mejores eslóganes pero desde luego el referéndum nada tiene que ver con la pertenencia de Hungría a la Unión Europea, que está fuera de cualquier duda. El debate celebrado en Hungría sería más bien una reflexión sobre qué Europa queremos construir. El gobierno húngaro quiere construir una Europa de las naciones, una comunidad política que sus ciudadanos valoren porque sus voces cuentan. Se trataría de una cuestión de principios y no tanto de reasentar a 1.230 refugiados sobre un total de unos 160.000.

Por otro lado, debemos de tener en cuenta que todavía no tenemos una verdadera política europea de inmigración y refugio y que hasta que no la construyamos entre todos, la competencia sobre el control de las fronteras exteriores de la Unión recae sobre los Estados miembros. Más aún, es obligación de los Estados miembros proteger sus fronteras que lo son también comunes a toda la Unión. Esta protección de las propias fronteras es también una muestra de solidaridad europea.

Cuando tuve la ocasión de analizar la declaración de los países del grupo de Visegrado previa a la cumbre informal de jefes de Estado y de gobierno celebrada recientemente en Bratislava, pude leer un interesante concepto relativo a cómo debe ser la política migratoria de la Unión Europea para Polonia, Chequia, Eslovaquia y Hungría: “la solidaridad flexible”. Sería una fórmula que permitiría a los Estados decidir sobre las formas específicas de contribución teniendo presente su experiencia y potencialidad. En este sentido, en opinión del grupo de Visegrado cualquier mecanismo de distribución debería de ser voluntario. Esto no me parece una posición anti-europeísta sino plenamente en consonancia con la idea de “in necesariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas”, que debería de guiar el proceso de integración europea. Además el proceso de construcción de Europa se ha ido produciendo mediante sucesivas cesiones de competencias. Si esta diversidad europea no se sabe gestionar adecuadamente luego maldecimos cuando se produce un Brexit.

Referéndum en Hungría: no todo es blanco o negro

Carlos Uriarte Sánchez | 0 comentarios valoración: 3  174 votos

España, Europa y la sociedad global

Ángel Satué

Decir que España y la Unión Europea deben afrontar su pérdida de prestigio, poder e influencia internacional es abordar de manera nada sutil un problema de estado para una Europa sin estado y para una España con un estado cuestionado por sus propias regiones autónomas.

Basta con leer algunos de los diarios internacionales más prestigiosos para que la realidad se imponga a cualquier idea o sentimiento preconcebido que tengamos. En realidad, la pérdida de prestigio internacional no es una causa con vida propia, sino que es la consecuencia de una realidad anterior. No se trata de la debilidad geopolítica de que Europa apenas represente el 7% de la población mundial, cuando a principios del siglo XX éramos el 20%, o un PIB cada vez con menor peso mundial. La causa es muy distinta, y es común para España y la Unión Europea. Hemos perdido el afecto, el interés y la voluntad de sentirnos europeos y, en el caso de España, también españoles, como proyectos de vida en común de todos. También hemos perdido el impulso de proyectarnos al futuro, dados los niveles de natalidad menguante. El caso británico y su Brexit, la pésima gestión del conflicto con Rusia en Siria (y Ucrania y Georgia), la crisis griega o el drama de los refugiados mediterráneos, son botones de muestra de una Europa sin fuelle, compuesta por unas naciones que apenas pueden respirar en un mundo globalizado.

Estas ausencias nos llevan a preguntarnos sobre las razones de que no exista compromiso ciudadano para abordar la construcción nacional española y la construcción europea sobre las bases de la persona, y sí, en cambio, proyectos más limitados y localistas, basados en el enfrentamiento de clase (revolución, populismo) o nación (nacionalismo), donde la persona es un instrumento para un fin que se dice mayor, en vez del fin último del sistema como sucede en las grandes democracias del Occidente, las democracias de la vida cotidiana y de las cosas sencillas –hasta lo de Brexit, Reino Unido era una de ellas, pero se ha dejado vencer por el racismo, la xenofofia y su inveterado aislacionismo isleño–.

La ausencia de la necesidad de interdependencia o de la noción de que somos del todo dependientes por parte de la población europea en general, y española en particular, es una cuestión tal vez algo más fundamental que la primera ausencia referida –ausencia de proyecto de vida en común–, pues se adentra en la propia realidad constitutiva de la persona.

Europa y España, y el resto de las naciones europeas, son realidades milenarias que habitan dentro del corazón y la razón del hombre europeo en la categoría más amplia de Occidente. Éste viene a ser un pegamento intelectual donde tienen cabida palabras como libertad, derechos humanos, estado de derecho (rule of law), separación de poderes, pesos y contrapesos (check and balances) y, sobre todo, el individuo como motor de la sociedad. No es la sociedad ni el colectivo el motor de los deseos aspiracionales del individuo, sino que este debe sentirse libre y comprometido para perseguir sus propios ideales. El reto es, por tanto, conjurar los riesgos de toda manipulación partidista de los anhelos del hombre y de sus deseos de mejora y bienestar, puesto que, hoy por hoy, aparecen enfrentados al del resto de europeos y españoles. Se puede decir que el miedo impera en la relación con los otros.

España, Europa y la sociedad global

Ángel Satué | 0 comentarios valoración: 3  172 votos
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