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24 ENERO 2017
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La paradoja occidental de negar la evidencia

Robi Ronza

“En la continuación de las benditas operaciones que el Estado Islámico está llevando a cabo contra el protector de la cruz, Turquía, un heroico soldado del Califato golpeó una de las discotecas más famosas donde los cristianos celebran su día de fiesta apóstata”. Si no fuera porque rezuman sangre, estas palabras con las que el Isis ha reivindicado la matanza de la noche de año nuevo en la discoteca Reina de Estambul se podrían considerar como ejemplo de humor involuntario.

Mientras no pasa un día sin que en Occidente se afanen en negar la inspiración marcadamente anticristiana del terrorismo islamista, los terroristas se afanan en cambio en aprovechar cualquier ocasión para afirmarla. Como en otros comunicados previos, también aquí hay errores y falsedad. No se entiende en función de qué se puede definir a Turquía como “protector de la cruz”, y el año nuevo es una fiesta laica, no cristiana. Pero eso da igual en este caso. Lo que importa es el motivo que está en la base de tal manipulación.

Paradójicamente, esta feroz movilización del terrorismo islamista contra el Occidente europeo, cuyas raíces cristianas son en efecto muy evidentes, tiene estrechos vínculos con la terrible guerra civil transnacional que lleva años en vigor en el mundo musulmán. Lo confirman los datos sobre las víctimas del terrorismo islamista. En el año que acaba de terminar, frente a los muertos por los cinco atentados más graves en Europa (tres en Bruselas el 22 de marzo, uno en Niza el 14 de julio y otro en Berlín el 23 de diciembre), que fueron casi 140, en Turquía hay que contar seis atentados con bombas en lugares multitudinarios con un total de 209 muertos, y 24 atentados en Iraq llevados a cabo con explosivos y en tales situaciones que provocaron cada uno entre un mínimo de 20 y un máximo de más de 300 muertos.

Por supuesto, los atentados en Europa sumergieron repentinamente en el luto a cientos de familias, y al tener lugar en lugares donde existen poderosas redes televisivas se han multiplicado durante días y días de eco mediático continuo. Sin embargo, los hechos son los hechos, y comprensiblemente en Turquía e Iraq los atentados cometidos en la patria dejan más huella que los cometidos en Europa. Si luego vamos a mirar los años precedentes y vemos también las guerras convencionales que se deben al conflicto entre sunitas, la principal confesión del islam, y las demás confesiones, empezando entre ellas por la chiíta, el rastro de sangre y destrucción no deja de crecer. Por ejemplo, así se explican, desde 1980 hasta hoy, todas las vicisitudes y guerras de Iraq, así como la actual guerra en Siria.

La paradoja occidental de negar la evidencia

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La crisis de los refugiados pone Alemania patas arriba (y II)

Christoph Scholz

El desafío para Alemania es enorme. Según datos de la oficina federal competente en materia de migración y refugiados, la BAMF, el año pasado llegaron a Alemania 1,5 millones de refugiados. De estos, 1,2 millones se quedaron en Alemania. Según el BAMF, casi 400.000 aún no han presentado la demanda de asilo. Además, quedan 350.000 solicitudes pendientes de revisar. Este año se cree que han llegado otros 200.000, a los que hay que sumar una fuerte inmigración procedente de otros estados de la UE.

Con el llamado “tercer paquete de medidas de asilo”, aprobado recientemente, la gran coalición espera hacerse con el control de la situación, al menos en grandes líneas, también desde el punto de vista de la política interior. Ya en el verano de 2015 el parlamento preparó el primer paquete con el objetivo de acelerar el proceso de asilo, integrar más rápidamente y con mejores perspectivas a los solicitantes de asilo, y devolver antes a su patria a los refugiados sin posibilidades de quedarse. Jóvenes y adolescentes bien integrados conseguirían un mejor acceso al mercado de trabajo. Por otro lado, se endurecieron las condiciones para obtener un permiso de residencia así como los procedimientos de identificación y expulsión.

A partir de agosto de 2015 la oleada de refugiados aumentó repentinamente. Las autoridades fronterizas registraron solo en octubre a 180.000 refugiados. En los ambientes políticos berlineses, reinaba el pánico entre bastidores. La gran coalición trabajó bajo una gran presión en el segundo paquete para encauzar la acogida por canales reglamentarios. Las ciudades y ayuntamientos corrían con los principales gastos al ser responsables del mantenimiento y sistematización. Diariamente llegaban a Múnich varios Intercity procedentes de Austria. La gente proseguía sus viajes en tren y autobús buscando suerte en otras ciudades y localidades, desde el lago Constanza hasta Flensburgo. Se empezó entonces a acondicionar pabellones y recintos feriales, viejos cuarteles y campamentos improvisados. Decenas de miles de funcionarios estatales, militares o colaboradores de obras asistenciales, así como innumerables voluntarios de las comunidades eclesiales o instituciones sociales trabajaron hasta el agotamiento para conseguirlo. Y el 3 de febrero de 2016 el parlamento aprobaba el segundo paquete de medidas de asilo, en virtud del cual se crearon en toda la República federal cinco centros de acogida por los que transitan los grupos de solicitantes de asilo con menos posibilidades de éxito. Es decir, los que han facilitado datos falsos o han destruido intencionadamente documentos, así como personas procedentes de estados clasificados como “seguros”. También se limitó la reagrupación familiar y se simplificó la expulsión de refugiados con problemas de salud.

La crisis de los refugiados pone Alemania patas arriba (y II)

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Recrear nuestra tradición como algo vivo

José Luis Restán

En estos días de miedo y furia, marcados por la amenaza del yihadismo global, se prodigan en los medios las denuncias de la erosión de la cultura occidental, la cultura de la razón y de las libertades, que estaría siendo arrasada a causa de la entrada masiva de inmigrantes, de la ideología de lo políticamente correcto y de la blandura de nuestros gobernantes. En esta coctelera se agitan elementos de muy variada densidad, así que conviene distinguir para aclarar.

Lo primero que es necesario decir es que la crisis de la cultura occidental viene de muy lejos. Sin entrar en disquisiciones histórico-filosóficas, que no vienen al caso, podríamos situar una fecha clave en el mayo del 68. Así que algunos profetas de la catástrofe no han madrugado precisamente. Para quien desee profundizar en serio, recomiendo releer la encíclica Spe Salvi de Benedicto XVI. Es cierto que el momento actual es dramático, pero su incubación ha sido larga y muchos no movieron una ceja.

Desde hace decenios las mejores tradiciones cívicas y la cultura popular de nuestros países europeos se ven erosionadas, carcomidas, resecas, a veces ridiculizadas hasta lo grotesco por una leadership intelectual y mediática que ha jugado a la autodestrucción en nombre de aquellas utopías sesentayochistas. Unos políticos generalmente escasos de bagaje cultural y de coraje moral han contribuido a la faena, pero tampoco les demos un protagonismo que no merecen. Resulta un tanto falaz culpar de este deterioro a la entrada masiva de inmigrantes y refugiados de distintos lugares del mundo.

La cultura pública occidental (especialmente la europea) ha ido perdiendo su savia griega, cristiana e ilustrada, de modo que a veces cuesta encontrara algo de sustancia incluso en aquellas celebraciones que siguen concitando un enorme consenso social, como es el caso de la navidad. Desde luego los responsables no son los inmigrantes. Lo son nuestras élites intelectuales, nuestra anémica sociedad civil, y también quienes nos quejamos amargamente pero somos incapaces de recrear la tradición como hecho vivo y relevante. Ahí tenemos tarea: fatigosa, apasionante, arriesgada. Faltan brazos y sobran lamentos. Y será una preciosa ocasión de diálogo y construcción común para creyentes y agnósticos, cristianos y miembros de otras confesiones.

Pero en todo caso, la respuesta a este mal (al menos es buena noticia que empiece a reconocerse como tal por muchos) no puede consistir en traicionar uno de los rasgos fundamentales de nuestra identidad europea: el de la acogida, el derecho de asilo, la primacía de la dignidad humana y el imperio de la ley. Eso no significa que no se hayan cometido errores en la gestión de la política migratoria, que siempre requerirá ajustes y correcciones. Por cierto, muchos guetos culturales y sociales en las ciudades europeas se alimentan también de un laicismo trasnochado que se resiste a cambiar, pero de eso se habla muy poco en las protestas contra el deterioro de nuestro modo de vida.

La denuncia de las utopías ideológicas que proceden del 68 es necesaria, pero no tiene nada que ver con levantar nuevas “Líneas Maginot”, tan inútiles y patéticas como aquella de 1939 en Francia. Como decía límpidamente hace unos días el cardenal de Viena, Christoph Schönborn, “si la herencia cristiana de Europa está en peligro, se debe a que los europeos la hemos dilapidado, y eso no tiene absolutamente nada que ver ni con el islam ni con los refugiados… está claro que a muchos islamistas les gustaría aprovecharse de esta situación, pero ellos no son los responsables, lo somos nosotros”. Lo ha dicho también, con descarnada claridad, la canciller Ángela Merkel, tan injustamente denostada en estas fechas: “el problema de Europa hoy no es demasiado islam, sino demasiado poco cristianismo”. Y esto lo pueden compartir muchos agnósticos. Empecemos por ahí.

Recrear nuestra tradición como algo vivo

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La crisis de los refugiados pone Alemania patas arriba (I)

Christoph Scholz

“Alemania es un país fuerte. Hemos sido capaces de hacer muchas cosas. ¡Con esto también podremos!”. Este “yes, we can” de la canciller Angela Merkel el 31 de agosto de 2015 ha dividido las almas de los alemanes. Forma parte de la “cultura de bienvenida” a los refugiados, sobre todo de Siria, Afganistán e Iraq, que se debate en toda Europa. Con la crisis de los refugiados, la República federal se enfrenta al mayor desafío desde los tiempos de la reunificación. Su comportamiento decidirá, desde Berlín, el futuro de Europa.

Las motivaciones determinantes para la acogida de cientos de miles de personas que buscan protección no son exclusivamente de orden humanitario sino también geopolítico. Cuando en la noche del 4 al 5 de septiembre de 2015, Angela Merkel y el entonces canciller austriaco Werner Faymann acordaron la apertura de fronteras y el libre paso de un flujo de refugiados que nunca se había visto desde la Segunda Guerra Mundial, se trataba de aplacar una situación de necesidad de decenas de miles de personas que necesitaban protección, pero también de ganar tiempo para una solución política. Todavía prevalecía la convicción de Merkel de que la UE, una de las grandes regiones del bienestar del mundo, con más de 500 millones de habitantes, debería ser capaz de acoger al menos al mismo número de refugiados que el Líbano, Turquía o Jordania. En el origen de esta crisis se sitúa una serie de lagunas esenciales de la política europea. La UE nunca se había movilizado seriamente para buscar una solución al conflicto sirio. Cuando el Programa Mundial de Alimentos redujo después las raciones de los campos de refugiados en Siria debido a los recortes, comenzó la oleada de refugiados. Las autoridades gubernamentales responsables tampoco reconocieron el alcance de aquellos signos claros de la inminente afluencia de personas. También faltó en los estados de la UE la voluntad de ponera punto una política común de asilo.

Según el Tratado de Dublín, que prevé que los migrantes deben pedir asilo en su país de entrada al territorio europeo, en Alemania debería haber poquísimos refugiados. Puesto que Alemania tiene muy poca frontera exterior a la Unión, el peso recae sobre todo en los países meridionales, que durante mucho tiempo han dejado partir a la mayoría de los refugiados hacia el norte sin registrarlos. Con la “cultura de bienvenida”, Alemania se ha convertido en el principal país de llegada (junto a Suecia). Además, la República federal registra también un crecimiento económico estable, busca trabajadores especializados y paga grandes prestaciones sociales a los refugiados. De hecho, allí viven ya muchos inmigrantes procedentes de Oriente Medio.

Cuando en el verano de 2015 la inmigración empezó a aumentar de manera dramática, Alemania se enfrentaba a la alternativa entre atenerse estrictamente al Tratado de Dublín y cerrar sus fronteras, o acoger a los refugiados que llegaban en masa para frenar la situación. El gobierno federal decidió por la segunda opción. “La canciller ha querido estar a la atura e la responsabilidad de Alemania como potencia central”, subraya el historiador berlinés Herfried Münkler. En otras palabras, un cierre de fronteras por parte de Alemania, potencia centroeuropea, habría significado el final de la zona Schengen y el inicio de la desintegración de Europa. Aún más, una congestión de cientos de miles de refugiados en la ruta balcánica habría llevado al derrumbe del ordenamiento estatal en los frágiles países del sudeste europeo, como Macedonia, Albania o Bosnia-Herzegovina, con una oleada de refugiados dentro de Europa procedentes de estos países que podría ser aún mayor que el primer flujo de 2015 desde los mismos países balcánicos.

La crisis de los refugiados pone Alemania patas arriba (I)

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Terrorismo. La seguridad no es todo

Angelo Scola

Largo es el rastro de atentados terroristas que han ensangrentado trágicamente este año. ¿Qué postura podemos asumir, como cristianos, ante esta amenaza que incide profundamente en nuestras vidas?

La primera reacción instintiva es el miedo, que es precisamente el objetivo que busca el terrorismo. Y justo después, la exigencia de un refuerzo en las medidas de seguridad. Pero la seguridad no lo es todo. Por sofisticados que sean los sistemas de defensa, siempre habrá una falla, un talón de Aquiles. Por eso resulta esencial la educación, la cultura y el testimonio. Hay que contestar a la ideología yihadista poniéndose y oponiéndose ante ella.

Como cristianos, nuestra postura consiste ante todo en anunciar a Jesucristo, con más vigor y menos complejos. Jesús no esperó a que las condiciones objetivas de su tiempo mejoraran, sino que generó un sujeto nuevo en la historia.

En nuestra posición está ya también nuestra o-posición. La oposición a cualquier forma de violencia en nombre de Dios, como el Papa Francisco no deja de reclamarnos. Y al mismo tiempo oponerse también al sistema económico que hace que, como países occidentales, cerremos los ojos ante los países que fomentan el discurso del extremismo, con la esperanza de que se trate solo de eso, tan solo un discurso. Pero no. No son solo palabras, son hechos. Y muertos, la mayoría de ellos fuera de Europa. Ya hemos perdido demasiado tiempo vendiendo nuestras convicciones, empezando por la libertad religiosa, a cambio de nuestro moderno plato de lentejas. Y ahora la amenaza es global.

En esta doble toma de posición está la contribución más auténtica que podemos ofrecer a nuestros hermanos musulmanes, que en su gran mayoría contemplan consternados todo lo que está pasando, pero a los que les cuesta articular una alternativa clara, descargando demasiado a menudo la responsabilidad tan solo en las condiciones, aun siendo objetivas, de injusticia económica y social. Ponerse y oponerse. Como la luz que, según Juan, “brilla en las tinieblas y las tinieblas no la pudieron apagar”.

Fragmento de la homilía de Navidad

Terrorismo. La seguridad no es todo

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Una comunidad de destino para la nueva Europa

Angelo Scola

Comunidad de destino y vida social buena. Abro también esta perspectiva pensando en la relación con nuestros hermanos de fe musulmana que viven en Italia, aunque la perspectiva vale también a nivel global, porque me parece una condición inevitable para expresar la dignidad total de la persona, respetando su singularidad y con el deseo de reconocer el peso del otro y de los otros en la propia vida. Yo necesito esta amistad cívica, solidaria y esta comunidad de destino, por eso no puedo dejar de encontrarme con quien forma parte, como yo, de la familia humana, partiendo de la propia fe y cultura, y no puedo acercarme a él si no comparto, con absoluto respeto, esta búsqueda apasionada del sentido esencial de la ciudadanía.

Cuando pienso en la reducción de la ciudadanía a las necesarias formulaciones de los derechos mínimos y sostengo que hace falta ir más allá, quiero poner en evidencia un problema nuestro, no una invención a medida para integrar a nuestros hermanos de otra fe. Pensemos en el problema del ecumenismo en relación con la inmigración. Hay 150.000 niños rumanos que van a las escuelas italianas, procedentes de la confesión ortodoxa de Bucarest.

Hablar de amistad cívica y comunidad de destino significa hablar del destino de todos nosotros, porque no puedo edificar ni construir algo si no es sobre la práctica de convicciones que me permiten estar bien en la sociedad y en el mundo, porque la vida ya lleva consigo su propio peso, como decía Pavese. Debemos recuperar a todos los niveles este alto ideal que, como todos los ideales, a diferencia de las utopías, impacta sobre la realidad y la cambia lentamente en virtud de cómo se implica en él la libertad de cada individuo, de los cuerpos intermedios y de una nación.

Desde este punto di vista, no puedo dejar de referirme a la experiencia del cristianismo europeo, porque es el camino que me permite entender cómo mi hermano musulmán podrá realizar esta operación que el imán Oubrou ha descrito y que además reconduce al origen del islam. Y puedo hacerlo compartiendo esa experiencia de pertenencia no hegemónica, no sectaria, no radical que connota mi historia como hombre: la experiencia de la fe que respiré en casa desde niño, en el pequeño contexto de mi pueblo, en la parroquia y en el oratorio. El elemento de la tradición, en el sentido más potente y noble de la palabra, es el punto de partida no para hacer un discurso sobre las raíces cristianas, que tampoco estaría mal, sino precisamente para mirar al futuro.

Veo la debilidad del Occidente europeo, “la sociedad del cansancio” como la define el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han. Hay que mirar al futuro respetando al menos dos condiciones por lo que se refiere a nosotros los cristianos, pero la posición de diálogo y apertura es posible con todos.

El primer elemento para nosotros, bautizados, es vivir y asumir hasta el fondo, sin selecciones arbitrarias, lo que es el cristianismo, cosa que dejamos de hacer hace demasiado tiempo. El cristianismo no se puede reducir al Evangelio, los sacramentos, el impulso a compartir caritativamente, pues los Misterios de la vida cristiana vividos por Jesús, por María, por los santos y por el pueblo santo de Dios tienen implicaciones valiosísimas que, lo queramos o no, han plasmado a lo largo de los siglos la realidad europea. Por ejemplo, la relación entre hombre y mujer, o la manera de concebir la sociedad civil. Nosotros los cristianos debemos aprender de nuevo a ver estos problemas como implicaciones necesariamente contenidas, aun sujetas a evolución, dentro, por ejemplo, del Misterio de la Trinidad. Pongo a menudo este ejemplo a los jóvenes: hoy nos cuesta pensar en la diferencia sexual porque ya no vemos la incidencia histórica de la Trinidad. No vemos todas las implicaciones concretas del Misterio de la Trinidad. Romano Guardini dice que una convivencia civil plural se puede construir a partir de la contemplación del misterio trinitario, el lugar de la identidad absoluta de tres personas que, en cambio, practican la máxima forma de diferencia posible. Todas las diferencias son superadas por la diferencia de las personas de la Trinidad.

Una comunidad de destino para la nueva Europa

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Repensar el islam en Europa

Tareq Oubrou

Soy teólogo, un imán con responsabilidades religiosas, un pastor. Pero también soy un doctor que piensa en su religión dentro de la civilización occidental. Este es el primer y más importante terreno que los musulmanes deben afrontar. Antes de gestionar la presencia musulmana en Europa, hace falta pensarla. El aspecto teológico precede a la práctica, prepara la integración de los musulmanes en una civilización que para ellos es nueva.

El hecho musulmán en Occidente comprende tres realidades:

- una realidad social ligada el fenómeno de la migración;

- una realidad étnico-cultural ligada a los orígenes étnicos y culturales de esta población plural (árabe, bereber, turca, subsahariana);

- una realidad religiosa en el sentido más literal del término.

La presencia musulmana tiene su origen en el momento en que el profeta del islam constituye la ciudad de Medina y la proto-Constitución, sancionando así el nacimiento de una única comunidad formada por los judíos de la Banu Awf (que entonces eran casi la mitad de la población de Medina) y los musulmanes. Por eso, desde el principio hay una especie de secularización, una separación de dos planos: la comunidad espiritual es una cosa, la comunidad política nacional es otra. El profeta no era un presidente, él mismo dijo que no era un rey, cuando gestionaba políticamente la comunidad de Medina rechazó ser coronado rey.

Pero con el tiempo el islam se convirtió en una civilización y asumió una lógica política. Todo el pensamiento teológico y canónigo se forjó en un contexto califal de dominio, donde la comunidad espiritual fue confundiéndose con la comunidad política y la ciudadanía musulmana unió dos elementos, el político y el espiritual. Tras la caída del califato otomano, los musulmanes se encontraron con una nueva configuración, formada por estados-nación con fronteras. En aquel momento, la noción de ciudadanía se desvinculó de la de comunidad espiritual. Los musulmanes que hoy viven en Occidente llevan a sus espaldas esta historia donde lo político y lo espiritual se confunden y amalgaman con lo cultural y antropológico. ¿Es posible hoy ser tanto ciudadanos occidentales como musulmanes a todos los efectos?

Aquí intervienen la teología y el derecho canónico musulmán, que deberían repensarse a la luz de la secularización. No se trata solamente de gestionar la mezquita y la comunidad, sino de pensar una religión en un mundo global y en la civilización occidental, recuperar el nivel espiritual del islam. El musulmán en Occidente es musulmán espiritualmente, en el sentido de que su religión es el islam, pero su civilización es la occidental. Nos encontramos ante lo que yo llamo teología de aculturación. Adaptar el islam al derecho positivo en vigor en el país, o al repertorio jurídico que regula el pluralismo y federa a la nación en un destino común, es necesario pero no suficiente. Las prácticas religiosas deben obviamente tener en cuenta el derecho la Constitución del país, pero también hay que aculturar el islam. Es lo que nuestro hermano católico llama la “teología de la inculturación”, o cómo introducir una religión en la civilización. No se trata de transformar la civilización, sino de adaptarse a esta última, pues de lo contrario la religión terminará desapareciendo. De hecho, sin aculturación no hay recepción ni transmisión de la religión a las nuevas generaciones.

Las religiones se expresan en un contexto jurídico y político. Los musulmanes deben desarrollar una teología de la alteridad. Se parte de una epistemología de la realidad y se interroga a los textos fundantes, es decir, al Corán y a la tradición. Si la exégesis consiste en comprender el texto sagrado en el contexto de su revelación, la hermenéutica aplicada consiste en comprender el texto aquí y ahora.

Repensar el islam en Europa

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Discurso fuerte a la ciudad

José Luis Restán

La fiesta de San Ambrosio convoca cada año a la flor y nata de la sociedad milanesa en el Duomo para escuchar el “Discurso a la ciudad” que pronuncia el arzobispo, cardenal Angelo Scola. El hecho es, en sí mismo, una hermosa ilustración de sana laicidad; es también un banco de pruebas para la capacidad de la Iglesia de hablar a una ciudad evidentemente plural, en un momento de desazón que no acepta la mera repetición de principios ni de buenas intenciones.

El cardenal Scola, que acaba de cumplir 75 años y espera la próxima visita pastoral de Francisco a la diócesis de Milán, ha dedicado su discurso a uno de sus temas preferidos: el cansancio de Europa, sus posibilidades de futuro y el modo en que los cristianos están llamados a participar en esta encrucijada. Scola no es de los que dan por perdida a esta vieja y cansada Europa, siempre ha mostrado una reserva de confianza basada en sus recursos espirituales y culturales. Sin embargo esta vez ha reconocido que, ante las emergencias que se presentan, no existe la suficiente capacidad de pensamiento ni la necesaria fuerza política para afrontarlas.

La incapacidad para afrontar la cuestión migratoria en términos de “acogida” (tal como viene reclamando el Papa) y las respuestas reactivas y autodefensivas, aquí y allá, constituyen a juicio del cardenal el síntoma inequívoco de una decadencia colectiva. También habla de una profunda crisis que afecta a la propia concepción de la política, incapaz de superar los parámetros de la mera gestión del poder. Según Scola, realismo y grandes ideales deben conjugarse para hacer posible una nueva visión de Europa que valore, por una parte, la multiplicidad cultural que la caracteriza desde siempre y que, por otra parte, permita a los Estados reencontrar la unidad necesaria para afrontar los desafíos de este tiempo, principalmente la cuestión de las migraciones y la de la seguridad. Porque, en cualquier caso, los Estados nacionales no pueden afrontar esos desafíos aisladamente. Para el cardenal, pese a todos los desencantos, “Europa no es una opción, sino una verdadera y precisa necesidad”.

En este intento de dibujar un cuadro de fuerzas para una hipótesis de renacimiento, Scola ha vuelto a uno de sus temas más genuinos, el de las características de una laicidad que sirva realmente para construir convivencia. Dicha laicidad debe crear condiciones que aseguren la narración de todos los sujetos personales y sociales, para que pueda producirse un reconocimiento recíproco. En ese espacio de testimonio a campo abierto se sitúa la responsabilidad de los cristianos, a los que Scola invita a aceptar el reto de unas circunstancias tantas veces incómodas (por no decir hostiles), venciendo la tentación de encerrar la fe en el ámbito de la intimidad personal, o la de disolverse en el espíritu del tiempo.

“La preocupación crucial es repensar la forma de la fe”, algo que para muchos resultará sorprendente. E insiste: “es necesario un modo nuevo de pensar la fe… de modo que sea ejemplo de humanidad, de vida renovada y fuente de muchas expresiones de convivencia constructiva, de cuidado del otro y de cultura”. Una de las tareas vinculadas a esta nueva forma de la presencia cristiana será “el testimonio del bien de la diferencia sexual… que, lejos de introducir cualquier forma de discriminación, se nos ofrece como un camino para aprender el valor del otro y el don de sí”.

En otro pasaje el cardenal Scola aborda un factor que considera importante para entender la crisis política en que está inmerso el continente: una equívoca concepción de los derechos individuales. La Europa del futuro, precisamente a causa del proceso de mestizaje de culturas y civilizaciones en curso, debe edificarse sobre el reconocimiento y la práctica efectiva de la dignidad inviolable de la conciencia. Y no duda de que un factor fundamental para el renacer de Europa será la defensa de la institución jurídica de la objeción de conciencia, a la que considera un baluarte de la democracia frente a cualquier posible deriva utópica. Una última indicación para los cristianos en esta época brumosa: “deben estar dispuestos a colaborar en esta tarea según la lógica del testimonio, que no excluye la posibilidad del martirio”. Nadie ha podido salir del Duomo sin sentirse provocado, enriquecido y acompañado, en la doble tarea de pensar y construir la ciudad común.

Discurso fuerte a la ciudad

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El islam creó Europa

Ángel Satué

Amigo lector, seguro que con este título he atrapado tu atención. A estas alturas del devenir de Europa, no te habrá resultado extraña una afirmación de este tipo. Apelo a tu innata curiosidad para seguir leyendo.

He estado leyendo los discursos del Papa Francisco que pronunció ante el Parlamento europeo, en 2014 y al recibir este año el Premio Carlomagno, y he querido profundizar en este último personaje histórico, Carlos el Grande, y trazar una línea entre su tiempo y el nuestro. Tal ha sido mi fascinación.

En los últimos años Carlomagno aparece como el referente de los favorables a la causa de la unidad europea, entre los que me encuentro. El Premio Carlomagno o la vía cultural europea de Carlomagno que se impulsa son dos claros ejemplos. Pero, ¿por qué razón?

Aunque en torno al año 800 el concepto de Europa no existía aún, la obra de Carlomagno en el campo militar (dominando del Mar del Norte a Marsella, de la Marca Hispánica a Bohemia), el político (agustinismo y su civitas christiana), el religioso (cristianización), el cultural (Escuela palatina, con Alcuino de York), el monástico (Regla de San Benito unificadora), el diplomático (embajadas del califa de Damasco y Bizancio, con los reyes anglos y el reino de Asturias), el arquitectónico (estilo carolingio) y el comercial (creando un mercado común, prohibiendo el préstamo con intereses o introduciendo el concepto de precio justo), ha contribuido a ser lo que somos ahora como europeos.

Se le considera con razones de peso como el precursor de toda unidad europea. Así, pasó de rey de los francos a emperador del Imperio Romano de Occidente (300 años después de su caída). Su capital, Aquisgrán, es el corazón de Europa (una Europa un poco más germánica que mediterránea y latina). Su tarea fundamental, según Ferdinand Werner, fue unificarla afirmando su esencia cristiana frente a un islam combativo y en expansión. Eghinardo, su cronista (hoy diríamos también su biógrafo) llamó a Carlomagno “rey de los europeos”, si bien muy pronto fue sustituido por rey de la cristiandad (lo que dista de convertirle en un ejemplo de marido fiel). Los mismos súbditos bajo dos poderes diferenciados, aunque necesitados y recelosos el uno del otro, el temporal del Imperio, y el atemporal de la Iglesia. Todo un avance para la sociedad y vida europea del momento, pues daba lugar a la separación entre la Iglesia y el estado.

Y el islam, ¿ayudó entonces a la unidad europea? Ayudó en tanto en cuanto obligó al Imperio Bizantino a defenderse –aun perdiendo Palestina, Siria y Egipto– y porque la conquista de España y África por el islam había convertido al rey de los francos, a Francia, en dueño absoluto del Occidente cristiano (tesis de Henri Pirenee). Y tampoco se puede entender el actual mapa político de Europa sin el Tratado de Verdún del año 840, que repartió Europa entre los tres nietos de Carlomagno (Carlos –Francia–, Lotario –Alemania– y Luis –Holanda y Norte de Italia–).

El islam creó Europa

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>Entrevista a Antonio Polito (Corriere della Sera)

Un 'Renzi bis' con fecha de caducidad

F.F.

El gobierno italiano de Gentiloni ya ha jurado ante el jefe del Estado y se ha presentado en la cámara. Doce de los 18 ministros de Renzi, confirmados en su cargo. Sin embargo, el ex primer ministro parece que pronostica brevedad al nuevo ejecutivo, pues ha hablado de "elecciones inminentes". Hablamos con Antonio Polito, vicedirector del Corriere della Sera.

Por un lado parece que se pone punto final a la crisis. Por otro, se habla de elecciones inminentes. ¿En qué quedamos?

El gobierno de Gentiloni nace bajo la presión de ser la continuación del pasado y enfrentarse a un futuro casi inexistente. Se parece demasiado al gobierno de Renzi.

De hecho, el equipo de gobierno es casi el mismo.

Sí. Esperábamos algún cambio de ritmo, objetivos más ambiciosos, nuevas caras. Pero Gentiloni ha confirmado la estructura y los ejes de poder del gobierno anterior. Al final es el mismo gobierno pero sin Renzi, aunque el cambio es precisamente su ausencia, lo que le da al menos un breve respiro antes de unas posibles elecciones anticipadas, como el mismo Renzi ha dicho a la cúpula del PD. La única variante en el esquema sería que Renzi dejara de ser el líder del partido. En ese caso las perspectivas cambiarían, pero hay que esperar a marzo, con el congreso y las primarias.

Hablar de elecciones inminentes supone tener una nueva ley electoral que proponer y apoyos para aprobarla, o bien confiar en que una norma similar salga de la sentencia del Tribunal Constitucional el 24 de enero.

No creo que Renzi tenga una ley preparada, puesto que esa ley "Made in Italy" que toda Europa debía envidiarnos la quemó en el espacio de una mañana. Después de tres años, todo el parlamento espera que la consulta nos quite las brasas que arden bajo nuestros pies y dé paso a un corta-pega de la ley en vigor que nos permita redactar un texto más o menos parecido al del Tribunal, es decir, más proporcionado y respetuoso con la representación parlamentaria.

Entonces, ¿el gobierno de Gentiloni no será un "gobierno del presidente" Mattarella?

No, de ninguna manera. El presidente ha desarrollado un papel preciso pero esencial, se ha limitado a constatar la orientación de las fuerzas políticas.

Entonces es más un gobierno Renzi.

Es un gobierno Gentiloni que se parece demasiado al de Renzi.

Repasemos los desafíos a los que se enfrenta Renzi. Congreso y primarias del partido en primavera, y elecciones "inminentes" que podrían ser también en primavera, ¿es una coincidencia que se puede abordar?

Yo diría que sí. El problema real es cuándo estará disponible la ley electoral. Puesto que el 24 de enero se emitirá la sentencia, podrían pasar dos o tres semanas antes de conocer las motivaciones. Y las motivaciones son indispensables para entender qué es lo que no funciona para adaptar la nueva ley electoral. Ya que no me parece nada fácil llegar a un entendimiento, hará falta algo de tiempo. Así que antes de junio me parece imposible ir a las urnas.

¿Podemos pensar que el secretario del PD desconfía del gobierno y quiera por ello ir a votar?

Eso no, pero me parece que el pacto interno está claro: cuando haya ley electoral se disuelve el parlamento y se vota. Está claro que hay que sumar una serie de factores: los tiempos de la ley electoral, las fuerzas que presionan para acortar los plazos, la fecha tope del 15 de septiembre para renovar a los parlamentarios. Muchas incógnitas que hacen dudar de que la ley electoral esté a tiempo para votar en junio. Siempre hay que terminar haciendo cuentas con la realidad.

Como en las elecciones francesas, por ejemplo.

En junio podríamos encontrarnos con una nueva presidenta Le Pen que anuncie la salida de Francia de la Unión. O con un empeoramiento de la crisis económica y financiera.

¿Y entonces?

>Entrevista a Antonio Polito (Corriere della Sera)

Un 'Renzi bis' con fecha de caducidad

F.F. | 0 comentarios valoración: 3  73 votos

La verdadera crisis empieza ahora

Gianluigi Da Rold

“Mi experiencia de gobierno acaba aquí”, dijo Matteo Renzi, con dificultades para ocultar su conmoción por el resultado del referéndum constitucional del domingo. Termina su gobierno y empieza el gran baile final de la crisis italiana. Para comprender la realidad siempre hay que recordar la lección de la historia, que no avanza a saltos. Quien no respeta los tiempos de la historia, al final termina siendo inevitablemente arrasado.

El premier habló al país en un clima de dramática decepción por la derrota. El resultado es despiadado. El “revoltijo”, como lo llamaba Renzi, no solo ha ganado sino que literalmente ha barrido. Tras toneladas de arrogancia y superficial seguridad, lo mínimo que se podía hacer era admitir públicamente que había sido derrotado por un misil de cabeza múltiple. El “no” a la reforma constitucional se impone exactamente por un 59,5% frente al 40,5% del “sí”, propuesto hace un año como la panacea, una suerte de remedio universal contra todos los males de los italianos. Además, esta vez los italianos no se han quedado en casa, no han desertado de las urnas, y han superado los porcentajes de participación en las europeas, acercándose a los datos del año 2013. Ha ido a votar el 68%, una afluencia muy alta teniendo en cuenta los tiempos en los que estamos y delante de un referéndum que parecía un crucigrama para-jurídico.

Bien mirado, es como si los italianos hubieran ido a votar no tanto para defender que la Constitución es intocable sino para rechazar una línea política fracasada. Han ido a votar para denunciar el profundo malestar social que sienten por las cifras del PIB, el desempleo, el crecimiento, las exportaciones, la deuda… Probablemente sea un error entender que contra el “sí” ha ganado un movimiento político opuesto, un proyecto alternativo al gobierno apoyado en el centro-izquierda y en socios incómodos, o un movimiento que ha querido defender la Constitución a toda costa. Si nos fijamos en la afluencia de voto y en el reparto del “no” por el territorio nacional, da la sensación de que se muestra rechazo a toda una clase dirigente que no ha sido capaz de elaborar una línea política.

Los que hoy recogen las protestas de los italianos tienen que cambiar en primer lugar y radicalmente la política económica y social, pues de otro modo la protesta y la contestación de la llamada “nueva clase política” seguirán tal cual. Tal vez el presidente del Consejo y sus ministros todavía no han comprendido que la política económica que han hecho después de casi diez años de crisis económica no ha servido para resolver nada. Igual que el brexit y la elección de Donald Trump, la gran mayoría de los analistas, la inteligencia mediática y económica se esfuerza en buscar explicaciones, pero en este caso hay algo más. Si con el brexit y con Trump estábamos en el “filo de la navaja”, aquí la brecha entre el sí y el no es mucho más clara, impresionante y despiadada.

La verdadera crisis empieza ahora

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La aventura de Fillon

José Luis Restán

Es llamativo el subrayado general de los medios sobre la condición de católico del flamante candidato del centro-derecha a la presidencia de la República Francesa, François Fillon. Pero más curiosa es aún la necesidad que sienten los cronistas de adjetivar dicha condición, y los resultados contradictorios que ofrecen. Por ejemplo, sendos corresponsales en París de los diarios ABC y La Vanguardia han calificado a Fillon como “católico practicante sin estridencias” y como “integrista católico”, respectivamente. Menudo ojo.

En cuanto al primer calificativo, conviene tomarlo con humor. Me pregunto en qué consistirá eso de ser católico “sin estridencias”. Fillon nunca ha escondido su fe, va a Misa con naturalidad (y todo el mundo le ve, claro), y narra su vinculación con la abadía benedictina de Solesmes y con el Movimiento Scout Católico. Desde luego nada de esto parece estridente, como tampoco lo es su reconocimiento público a la enseñanza reciente de los Papas, o su defensa de la familia y de las raíces cristianas de Europa, asuntos que ciertamente cualifican su propuesta política, aunque de ningún modo puede calificarse ésta como “confesional”. Más inquietante resulta la calificación de “integrista”, que constituye toda una tesis… o quizás simplemente demuestra la intolerancia de algunos respecto a la dimensión social del catolicismo y su pretensión de poseer una relevancia pública.

En cualquier caso François Fillon no es un integrista, ni nada que se le parezca. Conoce perfectamente la pluralidad cultural de su país (que no es contradictoria con sus raíces cristianas) y defiende sin ambages la laicidad positiva, tal como la formuló en tiempos su antiguo jefe de filas, Nicolás Sarkozy, al que acaba de batir en buena lid. Que una personalidad como Fillon pueda llegar a la cúspide de la política en la súper laica República Francesa desvela también el humus cultural de nuestros vecinos, mucho más rico, dinámico y variado de cuanto quizás pensábamos. No es momento de profundizar, pero apunto solamente que el catolicismo francés sigue estando muy vivo a la hora de generar personalidades intelectuales, movimientos de renovación espiritual y una presencia civil como la demostrada en fenómenos como la Manif por Tous o Les Villiers. Y no es disparatado sugerir que una parte del clamoroso apoyo cosechado en las primarias del centro-derecha obedezca a que esos sectores sociales le reconocen como un interlocutor más fiable que otros.

Es verdad que Fillon destacó por su tenaz oposición a la Ley Taubira que instituyó el matrimonio homosexual y la adopción por parte de estas parejas, pero ya ha advertido que ahora será imposible dar marcha atrás y derogar dicha ley. Ni el conjunto de su partido, ni tampoco el amplio arco de sus potenciales electores respaldarían tal cosa. Su propuesta consiste en reformar la ley de filiación, basándose en el principio de que un niño siempre es el resultado de un padre y una madre. También se ha comprometido a impedir la legalización de los vientres de alquiler y a promover una auténtica política a favor de las familias.

La aventura de Fillon

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El ejército europeo

Ángel Satué

En marzo de 2015, Junker, presidente de la Comisión Europea, declaró que “un ejército conjunto de los europeos daría a Rusia la impresión de que nos tomamos en serio la defensa de los valores de la Unión Europea”; este ejército “ayudaría a tener una política exterior y de seguridad común”. Parecidas declaraciones las hemos escuchado en 2016. Recientemente, Wolfgang Schäuble, ministro germano de finanzas y uno de los políticos de mayor peso de la Unión Europea, se declaró en octubre a favor de un presupuesto de defensa europeo.

Defender Europa de Rusia, maniobrar ante la victoria de Trump y la presumible retirada de EE.UU. del tablero de juego de la geopolítica europea (al menos, presupuestaria), el Brexit, Siria, Libia, ciberataques… enmarcan este tipo de declaraciones de los políticos. Se observa por tanto un patrón en ellas. Se aprovecha un hecho concreto, de entidad suficiente, para anunciar un ejército europeo.

¿Es algo nuevo? No. En 1948 se firmó el Tratado de Bruselas, con el recuerdo de la IIGM. En 1950, Monnet propuso sentar las bases de la defensa europea sobre una base supranacional y un presupuesto único, que rechazó la Asamblea Nacional francesa. Durante el resto de la guerra fría, hubo intentos de cooperación en armamento, si bien no es hasta el Tratado de Ámsterdam de 1999 cuando resurge, fuera del paraguas de la OTAN, un nuevo empuje europeo de defensa. El último, una declaración conjunta franco-alemana, de junio de 2016, tras el Brexit.

Este nuevo empuje aboga por una Europa capaz de defenderse a sí misma, incluso como pilar europeo dentro de la OTAN, como se vio en la pasada cumbre del Consejo en Bratislava. Para ello, la Unión cuenta con toda la estructura jurídica institucional del Tratado de Lisboa, que prevé la Cooperación Estructurada Permanente, para aquellos grupos de países que quieran avanzar hacia una unión más estrecha.

¿Es necesario? Un ejército europeo es una de las posibilidades para la seguridad de Europa. Hay otras, como seguir con 28 –menos GB– ejércitos nacionales, apenas coordinados, o mejorar en esta coordinación, que sería el camino hecho hasta ahora, o confiarlo todo a la OTAN, o confinarlo solo para misiones de paz. Sin embargo, desde el punto de vista geopolítico es muy conveniente porque, aunque la Unión es básicamente una potencia de “soft power” (diplomacia, cultura, misiones de paz, cooperación), un ejército europeo serviría mejor a nuestra defensa común, ante vecinos imprevisibles como Rusia, Turquía o el propio Sahel, amenazas terroristas físicas y cíber, guerras híbridas y asimétricas, o simplemente porque no debemos depender solo de los EE.UU. ni de su inmenso presupuesto, ni mucho menos del ánimo de su presidente de turno.

El ejército europeo

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Make no mistake. El acuerdo comercial con Canadá impulsará el crecimiento de las pymes europeas

Lucas de Haro (Vancouver)

Bélgica ha conseguido desbloquear el cerrojo que Valonia puso hace un par de semanas sobre CETA, el acuerdo comercial entre Canadá y la Unión Europea. El rechazo de Valonia pasó inicialmente desapercibido o –en algunos casos– celebrado en Europa; sin embargo los canadienses y europeos emigrados a Canadá lo han llorado hasta estas recientes horas de alivio. La cuestión de fondo es si CETA es un acuerdo que ayudaría a la regeneración de la economía real o si por el contrario favorecería a unos pocos con músculo financiero. Veamos de qué va CETA.

Hace algunas semanas, cuando todavía nadie imaginaba posible el frenazo valonés, tuve la ocasión de discutir en un encuentro público con una ejecutiva del Ministerio de Comercio Internacional de British Columbia que había formado parte del equipo negociador de CETA (Comprehensive Economic and Trade Agreement). Le preguntaba si le preocupaba el rechazo al acuerdo que habían manifestado algunos de los nuevos partidos políticos en diferentes países de Europa. La pregunta no le pillaba desprevenida, Monica Gervais decía que los riesgos de CETA eran dos: la confusión con TTIP y una aprobación parcial. TTIP (Transatlantic Trade and Investment Partnership) es el acuerdo comercial que están discutiendo Estados Unidos y la Unión Europea, Canadá ha querido siempre escapar de las simplificaciones políticas y mediáticas que equiparan TTIP y CETA ya que estos dos acuerdos son absolutamente independientes y diferentes en naturaleza. El segundo riesgo estaba asociado a una posible aprobación parcial de CETA. Canadá preveía la posibilidad de que el Parlamento Europeo aprobara la parte del acuerdo sobre la que no hay competencia nacional; no hubiese sido una solución del todo mala ya que la mayor parte del contenido de CETA se hubiese puesto en marcha y el resto de medidas llegarían cuando los parlamentos de todos los Estados miembros ratificaran el acuerdo. Sin embargo, la viabilidad de esta vía de medio está ahora en cuestión ya que Bélgica podría reprobar la calificación de CETA como “acuerdo mixto” a cambio de desbloquear su enmienda a la totalidad. Si esto sucediera, el acuerdo no sería efectivo hasta la ratificación parlamentaria por parte de cada uno de los 28; previas experiencias análogas nos dicen que el proceso podría durar hasta cinco años.

El hecho de que Valonia vetara la aprobación del acuerdo en el Parlamento Europeo nos dice mucho acerca de la naturaleza política de la Unión, algunos verán en este gesto un paso hacia la legitimación de la Europa de las regiones-naciones. Más allá de la discusión política, la polémica en torno a CETA revela una mirada esquemática e ideológica sobre los intercambios económicos. Reducir aranceles y favorecer el comercio internacional no son necesariamente sinónimos de capitalismo feroz, atomización empresarial y desconsideración hacia el medio ambiente. Chrystia Freeland, ministra de Comercio Internacional de Canadá, plañía su decepción hace unos días por la decisión de Valonia que frenaba el impulso que Alemania, Francia, Austria, Bulgaria y Rumanía estaban dando a CETA. Para Freeland, los valores y principios sociales que comparten Europa y Canadá deberían haber favorecido la aprobación del acuerdo. Aquí vemos las nefastas consecuencias para CETA provocadas por la caricaturización liderada por parte de la opinión pública que ha metido CETA-Canadá en la misma saca que TTIP-Estados Unidos.

Make no mistake. El acuerdo comercial con Canadá impulsará el crecimiento de las pymes europeas

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Referéndum en Hungría: no todo es blanco o negro

Carlos Uriarte Sánchez

El pasado día 5 de septiembre, se producía la declaración por parte del primer ministro de Hungría, Viktor Orban, que estaba preparado para llevar acabo un referéndum sobre la cuestión que afecta a los refugiados en su país.

La pregunta que se planteó para este referéndum era la siguiente: ¿Quiere que la Unión Europea pueda disponer, sin el consentimiento de la Asamblea Nacional sobre el reasentamiento de ciudadanos no húngaros en Hungría?”. El objetivo del referéndum pretendía ser una respuesta a las pretensiones de la Unión Europea a imponer sobre los Estados miembros la obligatoriedad en el reasentamiento de inmigrantes. Desde luego que quienes conocemos Centro Europa y especialmente a los húngaros sabemos de su indudable europeísmo y compromiso con la democracia y la libertad. Fue precisamente en la frontera entre Hungría y Austria, cerca de Sopron, donde el 19 de agosto de 1989 se celebró el famoso “picnic paneuropeo” organizado por el los ministros de exteriores húngaro Gyula Horn y austriaco Alois Mock, en el cual más de 600 ciudadanos de la antigua República Democrática de Alemania aprovecharon para atravesar el telón de acero y cruzar al mundo libre. Toda la operación fue organizada por la Unión Paneuropea presidida entonces por el archiduque Otto de Habsburgo. Por tanto, cuando por unas decisiones políticas, más o menos acertadas, se intenta condenar a todo un país no es justo. En la campaña fruto del acaloramiento quizás no se hayan utilizado los mejores eslóganes pero desde luego el referéndum nada tiene que ver con la pertenencia de Hungría a la Unión Europea, que está fuera de cualquier duda. El debate celebrado en Hungría sería más bien una reflexión sobre qué Europa queremos construir. El gobierno húngaro quiere construir una Europa de las naciones, una comunidad política que sus ciudadanos valoren porque sus voces cuentan. Se trataría de una cuestión de principios y no tanto de reasentar a 1.230 refugiados sobre un total de unos 160.000.

Por otro lado, debemos de tener en cuenta que todavía no tenemos una verdadera política europea de inmigración y refugio y que hasta que no la construyamos entre todos, la competencia sobre el control de las fronteras exteriores de la Unión recae sobre los Estados miembros. Más aún, es obligación de los Estados miembros proteger sus fronteras que lo son también comunes a toda la Unión. Esta protección de las propias fronteras es también una muestra de solidaridad europea.

Cuando tuve la ocasión de analizar la declaración de los países del grupo de Visegrado previa a la cumbre informal de jefes de Estado y de gobierno celebrada recientemente en Bratislava, pude leer un interesante concepto relativo a cómo debe ser la política migratoria de la Unión Europea para Polonia, Chequia, Eslovaquia y Hungría: “la solidaridad flexible”. Sería una fórmula que permitiría a los Estados decidir sobre las formas específicas de contribución teniendo presente su experiencia y potencialidad. En este sentido, en opinión del grupo de Visegrado cualquier mecanismo de distribución debería de ser voluntario. Esto no me parece una posición anti-europeísta sino plenamente en consonancia con la idea de “in necesariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas”, que debería de guiar el proceso de integración europea. Además el proceso de construcción de Europa se ha ido produciendo mediante sucesivas cesiones de competencias. Si esta diversidad europea no se sabe gestionar adecuadamente luego maldecimos cuando se produce un Brexit.

Referéndum en Hungría: no todo es blanco o negro

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España, Europa y la sociedad global

Ángel Satué

Decir que España y la Unión Europea deben afrontar su pérdida de prestigio, poder e influencia internacional es abordar de manera nada sutil un problema de estado para una Europa sin estado y para una España con un estado cuestionado por sus propias regiones autónomas.

Basta con leer algunos de los diarios internacionales más prestigiosos para que la realidad se imponga a cualquier idea o sentimiento preconcebido que tengamos. En realidad, la pérdida de prestigio internacional no es una causa con vida propia, sino que es la consecuencia de una realidad anterior. No se trata de la debilidad geopolítica de que Europa apenas represente el 7% de la población mundial, cuando a principios del siglo XX éramos el 20%, o un PIB cada vez con menor peso mundial. La causa es muy distinta, y es común para España y la Unión Europea. Hemos perdido el afecto, el interés y la voluntad de sentirnos europeos y, en el caso de España, también españoles, como proyectos de vida en común de todos. También hemos perdido el impulso de proyectarnos al futuro, dados los niveles de natalidad menguante. El caso británico y su Brexit, la pésima gestión del conflicto con Rusia en Siria (y Ucrania y Georgia), la crisis griega o el drama de los refugiados mediterráneos, son botones de muestra de una Europa sin fuelle, compuesta por unas naciones que apenas pueden respirar en un mundo globalizado.

Estas ausencias nos llevan a preguntarnos sobre las razones de que no exista compromiso ciudadano para abordar la construcción nacional española y la construcción europea sobre las bases de la persona, y sí, en cambio, proyectos más limitados y localistas, basados en el enfrentamiento de clase (revolución, populismo) o nación (nacionalismo), donde la persona es un instrumento para un fin que se dice mayor, en vez del fin último del sistema como sucede en las grandes democracias del Occidente, las democracias de la vida cotidiana y de las cosas sencillas –hasta lo de Brexit, Reino Unido era una de ellas, pero se ha dejado vencer por el racismo, la xenofofia y su inveterado aislacionismo isleño–.

La ausencia de la necesidad de interdependencia o de la noción de que somos del todo dependientes por parte de la población europea en general, y española en particular, es una cuestión tal vez algo más fundamental que la primera ausencia referida –ausencia de proyecto de vida en común–, pues se adentra en la propia realidad constitutiva de la persona.

Europa y España, y el resto de las naciones europeas, son realidades milenarias que habitan dentro del corazón y la razón del hombre europeo en la categoría más amplia de Occidente. Éste viene a ser un pegamento intelectual donde tienen cabida palabras como libertad, derechos humanos, estado de derecho (rule of law), separación de poderes, pesos y contrapesos (check and balances) y, sobre todo, el individuo como motor de la sociedad. No es la sociedad ni el colectivo el motor de los deseos aspiracionales del individuo, sino que este debe sentirse libre y comprometido para perseguir sus propios ideales. El reto es, por tanto, conjurar los riesgos de toda manipulación partidista de los anhelos del hombre y de sus deseos de mejora y bienestar, puesto que, hoy por hoy, aparecen enfrentados al del resto de europeos y españoles. Se puede decir que el miedo impera en la relación con los otros.

España, Europa y la sociedad global

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Juncker apela a la unidad de Europa

Carlos Uriarte Sánchez

El Brexit hizo que la nueva Estrategia Global de Seguridad y Defensa de Federica Mogherini aprobada en julio pasara a un segundo plano. En esta ocasión, en España la falta de gobierno y la corrupción, la campaña de las elecciones gallegas y vascas ha provocado que el discurso del presidente de la Comisión Europea Jean-Claude Juncker ante el Parlamento Europeo y la cumbre informal de jefes de Estado y de gobierno celebrada en Bratislava, a pesar de su importancia después del resultado del referéndum británico, hayan pasado bastante desapercibidos desde un punto de vista informativo y mediático para el común de lo ciudadanos españoles.

Los españoles en estos momentos en que el futuro de Europa está en juego no podemos permitirnos quedarnos en lo anecdótico y nacional. Debemos ser protagonistas comprometidos y actores decisivos en el proceso de construcción europea.

El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, al dirigirse a los miembros del Parlamento Europeo partió con realismo reconociendo una situación: “nuestra Europa se encuentra, al menos en parte, en una crisis existencial”. Recorrió los principales problemas que acucian nuestra Unión destacando los problemas domésticos y la fragmentación, la amenaza terrorista y la crisis de los refugiados esbozando una serie de medidas como la Guardia Europea de Fronteras y Costas, el Sistema Europeo de Información de Viajeros, el refuerzo de Europol, la necesidad de una Estrategia Europea para Siria, la creación de un mando de operaciones conjunto con una única sede, la creación de un Fondo Europeo de Defensa y la importancia de poner en marcha la cooperación estructurada permanente. Además llamó a una acción conjunta y a la unidad para resolverlos y propuso una agenda positiva de iniciativas europeas para los próximos doce meses, pues es consciente de que los retos y desafíos a los que se enfrenta Europa no pueden resolverse en un discurso o con una cumbre más. Los ciudadanos no quieren cumbres ni discursos sino decisiones que mejoren Europa y sus vidas. En esta agenda para avanzar hacia una Europa mejor, con acciones concretas en el corto plazo, el objetivo es una Europa que proteja, preserve el modo de vida europeo, empodere a los ciudadanos, vele por su seguridad interna y externa, y asuma sus responsabilidades. Para la visión a largo plazo sobre el futuro de la Unión, anunció que la Comisión elaborará un Libro Blanco para marzo de 2017.

Juncker apela a la unidad de Europa

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Bratislava, ¿el nuevo rostro de la Unión Europea?

Eugenio Nasarre

¿Qué va a pasar el próximo viernes en Bratislava? ¿Qué van a decir a los europeos los veintisiete jefes de estado y de gobierno, ya con la ausencia de Gran Bretaña? ¿Cómo se va a presentar este nuevo rostro de la Unión Europea?

Los medios europeístas viven una febril agitación. Porque intuyen que esta cumbre tiene, sobre todo, un alto valor simbólico. El Brexit es el golpe más duro que sufre el proceso de construcción europea desde hace muchos años. La secesión del segundo socio de la Unión en población y riqueza y con un papel fundamental en materias claves como defensa, comercio y finanzas es una amputación más que dolorosa. No sólo cambia el mapa de la Unión Europea, el que enseñábamos hasta ahora a los escolares que se asomaban a la realidad europea; cambia la configuración misma del proyecto europeo. Los redactores del ahora famoso artículo 50 del Tratado de la Unión lo plasmaron en el texto pensando que nunca se aplicaría, y menos entre los grandes Estados de la Unión. Ahora sabemos que cualquier Estado, mediante un referéndum en el que tan sólo un tercio de sus ciudadanos, con tal de que superen en número a los partidarios de la posición contraria, digan no a Europa, podrá seguir el camino británico. Abraham Lincoln, en las páginas más dramáticas de la historia norteamericana, vio con claridad lo que significaba un proyecto de secesión para el porvenir de la Unión.

Hay otro momento en la historia de la Unión Europea comparable con el que supone el Brexit. Fue el fracaso de la Comunidad de Defensa por el rechazo de Francia al Tratado en la dramática sesión de la Asamblea Nacional del 30 de agosto de 1954. La amargura y el desconcierto dominaron los ambientes europeístas. Parecía que los sueños del Congreso de La Haya (1948) se venían a pique. Pero llegó Messina (junio de 1955). Y en aquella cumbre, convocada por el gobierno italiano para intentar superar el estado de parálisis, hubo determinación, audacia y realismo. Los seis Estados fundadores decidieron seguir adelante, ciertamente por otro camino más viable: el de la integración económica. Y en poco tiempo fueron capaces de dar vida al Tratado de Roma (marzo de 1957), por el que se creó el Mercado Común.

Hoy necesitamos un “nuevo Messina”. ¿Podrá Bratislava serlo? Para ello los líderes de los 27 Estados deben ser conscientes de la encrucijada en que se encuentra la Unión Europea y de que el interés de las naciones a las que representan está indisolublemente unido a la fortaleza del proyecto de integración europea. Porque la debilidad del proyecto común se trasladaría inexorablemente a las realidades nacionales. El problema es que, desde la perspectiva británica, el éxito del Brexit, es decir la preservación de los intereses británicos, exige un debilitamiento de la Unión Europea o una relativa desnaturalización de la misma. Y ya hay muchas voces en el continente, las enemigas de la integración europea –sean cuales sean sus motivos– que están proclives a escuchar los cantos de sirena de la hábil diplomacia inglesa.

Bratislava no debería centrarse en la cuestión del Brexit. Hay tiempo para negociar con el espíritu más constructivo, pero sin que la Unión Europea abandone lo más precioso de su patrimonio: ser una comunidad de Derecho, sometida a las exigencias del imperio de la ley de la que se ha dotado. Lo que Europa necesita ahora es que Bratislava traslade al demos europeo un doble mensaje: el de una sólida unidad en torno al proyecto europeo, que conviene reafirmar con la mayor solemnidad. Pero no será suficiente la retórica. Habrá de mostrar, también, la voluntad de dar un impulso político, ambicioso y coherente, centrado en los dos aspectos, que constituyen los mayores desafíos para el porvenir de nuestras sociedades en libertad y democracia.

Bratislava, ¿el nuevo rostro de la Unión Europea?

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A propósito de la cumbre de Bratislava

Ángel Satué

Este viernes los “líderes” europeos (son líderes en sus estados, pero ninguno tiene altura de miras a escala europea) se van a reunir en Bratislava, la pequeña y recoleta capital de Eslovaquia, de apenas 400.000 habitantes, para discutir sobre los graves problemas europeos de actualidad.

Los condicionantes, en sí mismos, también son un problema.

El primer condicionante, que no puede calificarse de reto (un problema europeo es un reto pasado por un baño de realidad de 27 primeros ministros y presidentes), es que no estará representado el Reino Unido, el mismo que aún tiene alrededor de 1.500 funcionarios trabajando en y para las instituciones europeas, pues el Brexit no es aún una realidad.

El segundo problema es que hasta 2017 no se celebran las elecciones presidenciales francesas y las federales alemanas, por lo que no es probable que se hayan de adoptar decisiones duraderas ni de alcance europeo. Tampoco ayuda una España sin gobierno, no se sabe hasta cuándo, ni un Renzi con la espada de Damocles de un referéndum sobre su reforma constitucional, ni una Polonia liderando a las naciones de Visegrado (R. Checa, Eslovaquia, Polonia y Hungría), para una menor bruselización de los asuntos europeos.

El tercer problema es que todas las elecciones llevarán marchamo nacional, pese a que los graves problemas a abordar son de escala europea y planetaria.

Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, quiere poner sobre la mesa objetivos comunes, que puedan cumplir los 27 países, para que retorne a los líderes europeos una cierta conciencia de unidad. Lo que pase con los pueblos europeos es toda una incógnita, pues ya hemos visto la separación entre los gobernantes y los ciudadanos, y el desconocimiento de la mayoría, tanto de unos como de otros, de lo que es trabajar por el bien común sin considerar “al otro diferente” un enemigo a batir.

Ya veremos si es posible acordar algo realizable de los tres objetivos “tácticos” que se pretenden, (1) impermeabilizar las fronteras comunes, (2) luchar contra el terrorismo en Europa y donde sea, y (3) recuperar el control sobre la globalización (salvaguardando los intereses de los ciudadanos europeos –si es que existen, los intereses y los ciudadanos europeos–, permaneciendo abiertos al mundo). Esto último parece la cuadratura del círculo, solo al alcance de los ingleses, y no de todos los tiempos.

A propósito de la cumbre de Bratislava

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Ensayo de bomba en Europa. La respuesta viene de Al Azhar

Renato Farina

¿Un suspiro de alivio? En parte sí, en parte no. La catedral de París no ha saltado por los aires y el peligro ha escampado, pero el riesgo sigue siendo inminente. De hecho, lo sucedido es una pésima señal, es como el tic-tac de una bomba de relojería. Esta vez ha salido bien, ¿pero hasta cuándo? El problema es que no se trata de un Unabomber que una vez detenido la vida sigue como si nada, se trata de muchos, demasiados, Bomber que crecen como setas en esta Europa nuestra, donde la semilla del islam wahabita de sello yihadista encuentra terreno fértil por el nihilismo lúdico y cínico que constituye hoy la propuesta dominante para las generaciones más jóvenes. El hecho es que, si ya no esperamos una respuesta buena y positiva, y la mentalidad dominante excluye la posibilidad de que Dios pueda salirnos al encuentro como respuesta a nuestro deseo de felicidad, todo es posible.

El Peugeot cargado con bombonas de gas junto a Notre Dame en París en realidad no ha causado gran efecto. Es como si nos hubiéramos acostumbrado ya a las amenazas. Incluso parece que se ha identificado con un razonable margen de certeza a los que dejaron allí el coche-bomba, unos jóvenes simpatizantes del Isis que los servicios secretos ya tenía identificados como posibles aspirantes a salir del país para enrolarse en el califato.

Lamentablemente interesante, pues significa que los secuaces del yihadismo terrorista se están preparando en Occidente para pasar de las balas y los cuchillos a los coches-bomba, sello de su infame labor en Iraq, Turquía y Pakistán. Significa también que existe un amplio margen para que los sospechosos combatientes del Isis, como tales fichados y controlados por los servicios de inteligencia, puedan encontrar tiempo, espacio y escondite para colocar sus armas.

El detonador no estaba. Probablemente se tratara de un experimento, un ensayo general para ver si el ataque era factible antes de pasar a la acción. Y la respuesta es que es factible. Se puede hacer. Tal vez no en Notre Dame pero análogamente sí en cualquier otra catedral. Con el Isis no se juega: suelen mantener sus atroces promesas.

Un trabajo urgente que hay que hacer es el de vigilar. Reforzar los servicios de inteligencia y aceptar pacientemente los controles policiales. Como también es decisivo ofrecer un testimonio distinto, que dé esperanza y que uno pueda encontrar pronto. Alguien como la Madre Teresa de Calcuta, que en India y allí por donde pasó desactivaba la violencia y la rebelión con amor. No la resignación frente al mal sino el amor cotidiano, cercano, resplandeciente.

El objetivo, como dicen los sitios web cercanos a Al-Baghdadi, se desplaza cada vez más hacia los símbolos del cristianismo y a sus fieles, con un mensaje directo y hasta demasiado claro. Recientemente han llegado incluso a proponer explícitamente al Papa Francisco como enemigo declarado.

A propósito de esto, conviene recordar la polémica suscitada por la visita al pontífice de Al-Tayeb, gran imán de Al Azhar. Considerado negativamente demasiado amigo de Al-Sisi, en realidad supone un hecho excepcional. Al Azhar es el punto de mayor peso doctrinal y moral y en Grozni acaba de celebrarse un “concilio” (llamémoslo así) con las máximas autoridades del islam suní. Junto a Al-Tayeb estaban el gran muftí de Egipto, de Siria, altas personalidades yemeníes. Por primera vez, no se han limitado a condenar el terrorismo sino su raíz doctrinal, el wahabismo, que es la base religiosa e ideológica del fundamentalismo, que con su interpretación del Corán alimenta a Al Qaeda y al Isis, con gran influencia en los Hermanos Musulmanes, y que nutre también financieramente al terrorismo.

Esta condena supone un acto de coraje y por fin marcha una frontera clara entre lo que para un sunita es digno y lo que en cambio es errado, infecto. Por fin una buena noticia.

Ensayo de bomba en Europa. La respuesta viene de Al Azhar

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