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19 SEPTIEMBRE 2019
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Los orígenes del yihadismo en Europa

Michele Brignone

Desde que Europa entró sistemáticamente en el punto de mira del Estado islámico, políticos y expertos en seguridad se interrogan sobre las modalidades para hacer frente al terrorismo. También ha nacido un debate muy vivo entre los estudiosos del islamismo, sobre todo franceses, que discuten sobre el origen y naturaleza de la militancia yihadista. Todo empezó a partir de un artículo de Olivier Roy publicado en el diario Le Monde el 24 de noviembre de 2015, donde el politólogo francés retomaba y enriquecía algunas tesis de su libro sobre “El fracaso del islam político”, publicado en 1992.

Una revuelta nihilista y generacional

Roy afirma que para explicar el fenómeno de la radicalización hay que desbrozar el campo de dos lecturas: la culturalista y la tercermundista. Según la primera, fundada sobre la idea del choque de civilizaciones, “la revuelta de los jóvenes musulmanes muestra hasta qué punto el islam es incapaz de integrarse, al menos mientras una reforma teológica no retire del Corán la llamada a la yihad”. La segunda “llama constantemente en causa al sufrimiento post-colonial, la identificación de los jóvenes con la causa palestina, su rechazo a las intervenciones occidentales en Oriente Medio y su exclusión de una sociedad francesa racista y xenófoba”.

Para Roy, en cambio, la militancia yihadista no es ni “una revuelta del islam”, ni una “revuelta de los musulmanes”, sino un problema que afecta a dos categorías de jóvenes: las segundas generaciones de inmigrantes y los convertidos al islam, ambos tienen en común el hecho de haber roto con sus padres y con la cultura que estos representan. No se trataría por tanto de una “radicalización del islam” como de una “islamización de la radicalidad”, desde el momento en que el paso al yihadismo sería solo la expresión de un sentimiento de protesta que ya existe. Más “nihilistas que utópicos”, estos militantes estarían fascinados “por el imaginario del héroe, de la violencia y de la muerte”, y no “por la sharía o la utopía”.

Las críticas de Dassetto y Burgat

En realidad, las teorías de Roy suscitaron la perplejidad de varios estudiosos antes incluso de los atentados de París. Por ejemplo, Felice Dassetto, sociólogo italiano residente en Bélgica y pionero de los estudios sobre el islam europeo, en un ensayo de 2014 reprochaba al intelectual francés que propusiera, con la categoría de nihilismo, una interpretación “exclusiva y demasiado simplista, reductiva de una realidad mucho más compleja”.

Pero fue el artículo en Le Monde lo que sacó esta disputa de los círculos académicos. El primero en intervenir en el debate mediático fue François Burgat, rechazando desligar el fenómeno yihadista de las “contraprestaciones de la República en materia de integración, por su pasado colonial o por los errores de su política en el ámbito musulmán”. Burgat concluía diciendo que la hipótesis de Roy “añade solo una nueva piedra (la de la patología social, o incluso mental) en una construcción que reproduce el mismo preconcepto del enfoque culturalista que se supone que pretende superar, distinguiendo de forma peligrosamente intencionada el escenario político europeo del medioriental”.

La contra-narración de Kepel

Los orígenes del yihadismo en Europa

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Cuando Europa pide a las religiones ser 'liberales'

Olivier Rey

Los últimos debates en Europa y Estados Unidos sobre cuestiones clave para la sociedad, como el aborto o los matrimonios entre personas del mismo sexo, muestran que en las sociedades contemporáneas occidentales ya no existe una ley natural común a creyentes y no creyentes. En otras palabras, sea cual sea la genealogía del secularismo contemporáneo, la brecha entre valores religiosos y seculares ha crecido tanto que ya no existe un bien común, y mucho menos un dios común (a “common Go(o)d”). En este contexto, se registra cada vez en más lugares una preocupación muy extendida: ¿cómo conservar una cierta cohesión dentro de sociedades cada vez más diversificadas? Lejos de ser objeto de una simple reflexión teórica, la cuestión resulta más urgente que la creciente presencia musulmana en Europa. Pues el debate en sí no se limita al islam sino que se refiere al significado de la religión (de cualquier religión) en una Europa secular.

Identidad cristiana vs. valores europeos

Son dos las respuestas avanzadas habitualmente dentro de un debate transnacional que va de la filosofía (Habermas, Gauchet, Taylor, Walzer, Manent, Brague…) al derecho y a la política.

La primera insiste en la identidad europea “cristiana” o –mejor dicho– “judeo-cristiana”, que se opone, más o menos explícitamente, al islam. En este tipo de discurso, la referencia a una “identidad cristiana” en vez de al cristianismo representa en realidad una manera de secularizar a este último. Esta corriente subraya la noción de “cultura dominante”, des-universalizando el concepto de derechos humanos. El modo en que se ha impostado el debate sobre las raíces cristianas de Europa es muy instructivo a este respecto. Los padres fundadores de la Unión Europea (Robert Schuman, Jean Monnet, Alcide De Gasperi y otros), aun siendo en gran medida cristianos practicantes, no afrontaron la cuestión de las “raíces cristianas de Europa”, probablemente porque, sobre aspectos importantes de la vida social, se registraba entonces una discrepancia muy reducida entre una visión religiosamente inspirada y otra laica y secular. Si cincuenta años después la identidad cristiana se ha convertido en objeto de discusión, esto ha sucedido precisamente porque el cristianismo como fe y como práctica se ha debilitado, limitándose habitualmente a ser un indicador cultural, o cada vez más un marcador neo-étnico (“verdaderos” europeos contra “migrantes”).

La segunda opción consiste en cambio en subrayar los “valores europeos” y la “identidad (secular) europea”. Inicialmente, estos valores se concebían como una mezcla de liberalismo político, derechos humanos y estado social, pero luego esta última dimensión se vio significativamente obliterada y la primera sufre una desafección creciente, como marca de fábrica de Occidente ya solo quedan los derechos humanos. Respetarlos es una condición sine qua non para acceder a la Unión. Constituyen la “identidad europea” y quizás también la ideología europea. Los derechos humanos fueron establecidos inicialmente en oposición a las ideologías totalitarias, pero a partir de los años ochenta se invocaron para “domesticar” las normas religiosas percibidas en oposición a ellos (condición femenina, libertad de palabra vs. blasfemia, etc). Dentro de esta corriente está el llamamiento a las tradiciones religiosas para que se reformen y, accidentalmente, una actitud de este tipo va implícita en el apoyo ofrecido por los medios seculares al Papa Francisco (“¿conseguirá reformar la Iglesia?”). Algo que se hace muy explícito cuando pasamos a hablar del islam. Este llamamiento a la reforma tiene casi una dimensión autoritaria, hasta el punto de que cuando más pide Europa a las religiones que se vuelvan “liberales”, menos fiel permanece a su supuesto liberalismo “congénito”.

Ciertamente, en la lista de derechos humanos entra también la libertad religiosa. Pero esta es definida al mismo tiempo como un derecho humano y como una amenaza potencial a los derechos humanos. Como consecuencia, se observa en Europa una tendencia discutible a conferir derechos solo a aquellos con cuyos valores se está de acuerdo. Se tiende así a excluir a las comunidades de fe, que por definición no pueden aceptar en bloque los valores seculares. No parece exagerado afirmar que en muchos casos la libertad religiosa está en peligro, no porque haya limitaciones a su ejercicio (debe haber limitaciones), sino porque el simple hecho de practicar la religión en el espacio público siempre se ve en Europa como algo “extraño” en la mejor de las hipótesis y como fanatismo en la peor.

Una tercera opción

Cuando Europa pide a las religiones ser 'liberales'

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Lesbos, el rostro de otra Europa

Giuseppe Frangi

«Los migrantes me plantean un desafío particular por ser Pastor de una Iglesia sin fronteras que se siente madre de todos». Esto lo escribía el papa Francisco en la exhortación apostólica Evangelli Gaudium. Una afirmación donde podemos encontrar la razón que le ha llevado a decidir visitar la isla de Lesbos. Es inútil poner por delante razonamientos culturales o geopolíticos. El Papa, como es propio de su carácter, se ha movido sobre todo en virtud de un ímpetu humano, un deseo de abrazar a los que hoy son migrantes en esa isla-limbo: un pueblo sin patria ni tierra que, a pesar de haber desembarcado en Europa, lo han dejado a las puertas de Europa.

Para los lectores que puedan haberse perdido algún momento de las contorsiones europeas ante la emergencia migratoria, en Lesbos se ha abierto un hotspot –un campo de detención– donde los migrantes que tienen motivos para pedir el derecho de asilo esperan el reconocimiento de ese derecho. Todos los demás, según los acuerdos pagados a golpe de talonario millonario con Turquía, desde abril serán “repatriados”. Resumiendo, Lesbos se ha convertido en el emblema de la confusión y de la hipocresía comunitaria en materia migratoria.

Y es precisamente en Lesbos donde pisará Francisco esta semana, junto al patriarca de Constantinopla, Bartolomé I. Una decisión que evidentemente tiene un carácter político difícil de esconder, pero que va mucho más allá de eso. El gesto de Francisco sugiere de hecho algo más sencillo y también más radical. Es una indicación de otro enfoque delante de lo que ya es el fenómeno humano más impresionante de nuestro tiempo. Para entender basta remitir a las imágenes del pasado Jueves Santo, cuando el Papa, para el rito del lavatorio de pies, eligió dirigirse a Castelnuovo, a las puertas de roma, donde viven “acogidos” 900 inmigrantes. Los que estaban allí cuentan un detalle que no ha salido en las noticias: el Papa quiso saludar uno por uno a todos los inmigrantes, algo que estaba fuera de programa y que duró una hora y media. Sabemos que esto es propio del estilo de Francisco pero, pensando en ese contexto y sobre todo en el contexto europeo, más complejo, ese gesto asumía un significado bien preciso. Que no es mera reafirmación del valor de la acogida sino algo que está antes y que genera las razones de la acogida: el reconocimiento del otro como algo positivo.

En las palabras y gestos del Papa hacia los inmigrantes siempre se percibe el ardor de una simpatía instintiva, que deja incluso en segundo plano por un instante los dramas que les afectan. Esa simpatía que le hace decir palabras sorprendentes, como las que pronunció con ocasión del Ángelus para el Jubileo de los inmigrantes: “Vuestra presencia aquí en esta plaza es signo de esperanza en Dios. No dejéis que os roben la esperanza”.

El Papa invierte los términos. No es la desesperación lo que mueve a los pueblos, sino la esperanza de una vida digna de ser vivida. Y esta esperanza es una experiencia tan poderosa humanamente que se convierte en “signo de la esperanza en Dios”. Cerrar las puertas a estos pueblos migrantes sería por tanto cerrar las puertas a la esperanza que ellos portan. Es una operación de saldo desastrosamente negativo para todos.

La decisión del Papa de ir a Lesbos viene a confirmar esta sencilla verdad, no dictada por análisis o visiones más o menos inteligentes o correctas, sino por una apertura sencilla a la realidad. Que el Papa vaya a Lesbos además acompañado de Bartolomé I, patriarca ecuménico de Constantinopla, indica cómo esta apertura a la realidad (y por tanto al otro) puede ser el rostro de otra Europa. Que desde sus raíces atrae la energía ideal para ir al encuentro en el futuro. Un futuro profundamente distinto del que describen los guiones de los burócratas de Bruselas.

Lesbos, el rostro de otra Europa

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Algo está cambiando en Europa

Robi Ronza

En virtud de nuevos acuerdos (secretos o en todo caso no escritos) entre las principales potencias, algo está cambiando en la escena internacional. Lo que los jefes de gobierno y sus portavoces no dicen abiertamente emerge en todo caso de la nueva “línea” que están adoptando los medios más influyentes, las grandes cadenas televisivas internacionales y las principales agencias de noticias, todas bajo control gubernamental. Los focos se han apagado sobre la situación en Siria e Iraq, se ha reducido considerablemente la cantidad de imágenes conmovedoras sobre las vicisitudes de los refugiados de camino a la Unión Europea. Y el vacío que dejan se llena con dosis masivas de crónica negra.

También son interesantes los comentarios sobre el resultado de las elecciones regionales en Alemania. Alternative für Deutschland, AfD, el partido contrario a la política migratoria de Angela Merkel, ha obtenido un gran resultado, pero en ninguno de los tres länder donde se votaba el partido de la canciller ha sufrido un colapso notable. Mucho peor le ha ido a sus aliados socialdemócratas. Sin embargo, los titulares de los periódicos decían cosas como “Bofetada de los alemanes a Merkel” o “Triunfa la derecha anti-inmigrantes”. Eso significa que en la cima del poder real, que cada vez coincide menos con la esfera del poder formal, el juicio sobre el fenómeno de las migraciones incontroladas hacia Europa está cambiando. Antes los inmigrantes siempre tenían razón y los que querían detenerlos o tan solo hacer un filtro eran siempre y en cualquier caso personas sin corazón (al premier húngaro Orban le acusaron por esto de ser casi un nuevo Hitler). Ahora, en cambio, los buenos también se están volviendo un poco malos, y los malos un poco buenos.

Puesto que ya todos los grandes medios están bajo control directo o indirecto de los gobiernos de las grandes potencias, los cambios de escena en la palestra mediática son un anuncio seguro de giros similares en la política internacional. En esa perspectiva, merece atención el encuentro la semana pasada entre el secretario de Estado norteamericano John Kerry y los ministros de Exteriores de los principales países europeos. Allí no solo se habló de Siria sino también de la crisis palestino-israelí, de la situación en Libia, de la guerra civil en Yemen y de la crisis ucraniana. En un momento en que las cumbres de gobierno se han convertido en acontecimientos donde las exigencias mediáticas suelen ser más importantes que las cuestiones del orden del día, el hecho de que dicho encuentro concluyera sin grandes declaraciones a la prensa puede ser un signo positivo. Por otro lado, la tregua en Siria parece que se va manteniendo. Además, la noticia de que Rusia retirará “el grueso de sus fuerzas” desplegadas en Siria también parece confirmar que a algún secreto acuerdo se ha debido llegar. Aunque se ha matizado que no se trata de un desarme ni del cierre de la base naval ni aérea de las que Rusia dispone en territorio sirio. Por tanto, más que una retirada podría tratarse de una suspensión de los bombardeos.

Algo está cambiando en Europa

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Los destinos de Schengen y la vigencia del pacto europeo

Andrea Pin

El escenario que parece consolidarse de un tiempo a esta parte en el cuadrante mediterráneo es descorazonador. Cientos de miles de personas literalmente a la deriva en el mar, los estados europeos atrapados en un dilema entre sostenibilidad financiera, estabilidad social y la necesidad de salvar vidas humanas que acuden a sus fronteras, la dificultad añadida de distinguir entre la locura de los desesperados que dejan sus países presa de una guerra civil y los inmigrantes económicos, evitando ilusionar a estos últimos con que toda barrera de entrada en Europa haya caído. Las normativas europeas e internacionales distinguen de manera rigurosa los estatus de quien llama a las fronteras, asegurándoles una movilidad diferente. Unos, los extranjeros normalmente residentes y mayoritariamente trabajadores, pueden moverse libremente por Europa, dentro del espacio Schengen; mientras que los otros deben permanecer y gozar de protección en el país de primera acogida.

Es casi inútil añadir el efecto boomerang que han tenido estas normas. Puesto que los países de llegada suelen ser también los más pobres, quienes llegan a las costas meridionales del continente tratan de escapar de sus controles para dirigirse al corazón de Europa, llamando oficialmente por primera vez a las puertas de los países más ricos, que se convierten así en los de primera acogida y deben por tanto hacerse cargo de estos refugiados. Esto ayuda a los países más pobres que, en vez de tener que alojarlos, solo tienen que ver a los inmigrantes transitar por ellos. La reacción de naciones como Austria, Alemania y Francia es el cierre de fronteras y, de hecho, la suspensión de Schengen, a pesar de que algunos de ellos inicialmente abrió sus brazos, invitando a los refugiados y desplazados a marcharse, con el efecto de presionar a todos los países limítrofes que, contra su voluntad, se han convertido en vías improvisadas de acceso a dichos territorios.

La Unión Europea no parece estar preparada para responder a este desafío. Ha impuesto, sobre papel, la distribución de refugiados entre sus miembros, pero al hacerlo ha provocado una seria crisis política. Varios países del este se habían opuesto a esta solución, pero las instituciones europeas decidieron imponerse, rompiendo la costumbre de buscar la unanimidad en sus decisiones. Probablemente, esos estados rebeldes alzarán la voz en los próximos días, conscientes de esa especie de ultimátum que Gran Bretaña se ha impuesto a sí misma y a la UE, renegociando su propia presencia en la Unión y convocando un referéndum al respecto. ¿Por qué someterse a las decisiones europeas cuando Gran Bretaña para discutirlas amenaza con marcharse? Resumiendo, es cierto que la Unión ha excluido del pacto de estabilidad europeo los gastos nacionales vinculados con la presencia de refugiados, ¿pero de verdad eso puede calmar los ánimos de los ciudadanos de varios países que ven establecerse a personas desesperadas que intentan llegar a fin de mes en una coyuntura tan crítica para la economía y el estado social? Después de todo, no es tan incomprensible que los nacionalismos, los euroescepticismos y los aislacionismos se unan creando plataformas políticas. Estos fenómenos encuentran su raíz en procesos aparentemente incontrolables y de gran alcance, que comprensiblemente dan miedo.

Sin embargo, todo lo expuesto aquí arriba no es todo. Hay otros hechos que merecerían igualmente una reflexión. No es ni realista ni adecuado transformar procesos de alcance global en complejos de culpa, pero tampoco es razonable dirigir una mirada selectiva a los fenómenos que se vienen sucediendo durante la última década.

Los destinos de Schengen y la vigencia del pacto europeo

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Alemania y el futuro de Europa

José Luis Restán

Como se esperaba, las elecciones regionales en tres länder alemanes han supuesto un serio castigo para los partidos de la Grosse Koalition, la CDU de la canciller Merkel y el SPD. No hay duda de que ha sido la política de bienvenida hacia los refugiados la que ha terminado por pasar esta amarga factura, cuyos números más preocupantes se refieren al ascenso del populismo de derecha representado por la AfD, Alternativa para Alemania, que ha sustraído votos a los dos grandes partidos del centro. De poco han servido los llamamientos al buen sentido de tantas fuerzas vivas de la sociedad civil, incluyendo las iglesias católica y evangélica. O quizás hayan impedido que la riada fuese más allá.

En todo caso la situación merece un análisis más fino que los gruesos titulares de prensa. En Sajonia-Anhalt, enclavado en la zona oriental de la República, la CDU ha resistido bien. Curiosamente es en este land donde el populismo ha alcanzado su cota más alta, el 24%, pero no ha sido a costa de los democristianos sino de la izquierda y los socialdemócratas, que pierden 7 y 9,5 puntos respectivamente. Esto demuestra que el fenómeno populista (como sucede en Francia con el Frente Nacional) no bebe exclusiva ni prioritariamente en las fuentes del centro-derecha clásico, sino que es un fenómeno de malestar transversal respecto del sistema.

En Baden-Württenberg, territorio tradicionalmente conservador, el fenómeno es diferente. Allí se alzan con el triunfo Los Verdes, gracias a un candidato moderado como Winfried Krestschmann, que precisamente había apoyado la política de Merkel hacia los refugiados. Paradojas de la política. En Renania-Palatinado la CDU y el SPD resisten bastante bien, aunque también entra la AfD con un nada despreciable 10,2% del voto.

Tiene razón el líder del SPD, Sigmar Gabriel, al decir que “Alemania necesita un gran y amplio centro democrático”. Tiene razón pero no es suficiente, porque la protesta anti-todo (anti-Europa, anti-refugiados, anti-Berlín) ha encontrado una grieta demasiado grande y no bastan las buenas palabras. La CDU y el SPD atesoran importantes méritos: una reforma valiente y pactada del sistema de bienestar, una sabia política de apoyo a la familia y un liderazgo europeo que ha dado seguridad y estabilidad al continente. Pero los hechos están ahí. Como sucede en toda Europa, es preciso que los políticos se fajen también en la batalla cultural y bajen a la calle para conectar con una sociedad asustada y confusa, que ve a sus políticos (incluso si ofrecen resultados más que aceptables) a una distancia sideral de sus problemas. Merkel ha tenido la inusual valentía de entrar en este debate, pero no ha bastado, y ahora deberá hacerlo en un marco de inestabilidad política y de oscuros nubarrones cara a las elecciones legislativas de 2017.

Es pronto para saber si la subida de la AfD es un fenómeno de efervescencia pasajera o si ha llegado para quedarse. Pero contemplando la historia, con todas las salvedades y cautelas necesarias, se comprende la preocupación. Más aún cuando el fenómeno viene acompañado de un contexto de violencia en las calles y de un discurso que postula una Alemania ensimismada y desentendida de los problemas de Europa y del mundo. Veremos qué sucede, porque existe un fondo de sensatez, memoria y tradición en la sociedad alemana que no deberíamos despreciar sin más.

Por lo demás, los resultados de este domingo en Alemania nos afectan a todos, pero también tienen que ver con lo que pasa en los países vecinos. En buena medida las dificultades de Berlín para dar una respuesta razonable y humanista al problema de los refugiados están relacionadas con la cerrilidad y egoísmo de muchos de sus socios europeos, empeñados en rechazar la cuota de responsabilidad que les correspondería dentro de esta aventura común. Alemania ha sido un centro de gravedad fiable para esa aventura, pero no sabemos si lo seguirá siendo en el futuro. Es curioso, algunos lanzan ríos de tinta amarga contra Ángela Merkel desde la derecha, acusándola de buenismo suicida, y de haber propiciado este destrozo. Naturalmente, no suelen decirnos qué política habrían recomendado para afrontar la avalancha de los perseguidos y humillados, más allá de los alambres de espino y las redadas. Puede que Merkel y Gabriel se la hayan jugado (en todo caso habría sido por una buena causa), pero si finalmente son derribados habrá motivos para preocuparse. Como si tuviéramos pocos.

Alemania y el futuro de Europa

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La reflexión del Papa sobre la identidad de Europa

Robi Ronza

A primeros de este mes, el Papa Francisco recibió en audiencia privada a algunos representantes e intelectuales franceses del ámbito cristiano y social. Mediante el cardenal Barbarin, solicitó dicha audiencia Philippe Roux, fundador del grupo Poissons Roses, punto de referencia para los católicos que militan en el partido socialista de François Hollande. En el encuentro, que duró casi hora y media, estaba entre otros el director de la revista La Vie, Jean-Pierre Denis, que luego publicó su relato de lo que allí había sucedido.

En el clima de difusión planetaria de todo tipo de noticias que actualmente caracteriza el mundo de la información, esta audiencia ha resonado sobre todo porque, al tocar el tema del actual flujo de árabes en Europa, el Papa Francisco habló de “invasión árabe”. Suficiente para que durante un par de días solo se discutiera sobre el sentido de tal expresión, cuando para comprenderla habría bastado con leer el relato de Denis. En efecto, los temas clave del coloquio habían sido otros.

¿Cómo responder a la crisis espiritual que atraviesa nuestro continente? ¿Cómo formular una crítica a la modernidad que no sea reaccionario? Estas eran sustancialmente las cuestiones centrales del encuentro, que en su caso específico se referían a Francia y partían de la sensibilidad propia del cristianismo social francés, pero evidentemente tienen una validez general.

En primer lugar, me parece interesante que Francisco, con su mirada de Papa “llegado casi del fin del mundo” y que por tanto no puede ser sospechoso de eurocentrismo, dijera a sus invitados franceses que “el único continente que puede llevar una cierta unidad al mundo es Europa (…). Tal vez China tenga una cultura más antigua, más profunda, pero solo Europa tiene una vocación de universalidad y servicio”. Luego, según el director de La Vie, Francisco volvió a uno de los temas de su discurso del 25 de noviembre de 2014 en Estrasburgo, cuando comparó Europa con una anciana un poco cansada. “¿La anciana puede volver a ser una joven madre?”, le preguntó Denis. “Un jefe de Estado me ha hecho ya esa misma pregunta”, respondió el Papa. “Sí, puede. Pero hay condiciones (…) La renovación no puede ser solo cuantitativa. Si Europa quiere rejuvenecer hace falta que recupere sus raíces culturales. Entre todos los países occidentales, las raíces de Europa son las más fuertes y profundas. A través de la colonización, estas raíces llegaron también al nuevo mundo. Olvidando su historia, Europa se debilita, y así corre el riesgo de convertirse en un espacio vacío”.

Europa, ¿un espacio vacío? La expresión es fuerte, señala Denis. Ataca en el centro y hace daño. También resulta angustioso, porque en la historia de las civilizaciones el vacío siempre remite a la plenitud. “Hoy se puede hablar de invasión árabe, es un hecho social”, pero el Papa continúa: “¡Cuántas invasiones ha conocido Europa a lo largo de su historia! Y siempre ha sabido superarse a sí misma, ir hacia adelante para luego recuperarse engrandecida por el intercambio entre culturas”. ¿Qué hombre de Estado llevará a cabo una renovación así? “A veces me pregunto dónde podría encontrar a un nuevo Schuman o un nuevo Adenauer, los grandes fundadores de la Unión Europea”, suspiró el Papa, “capaces de sobreponerse a la crisis de Europa, minada por egoísmos nacionales, por pequeños mercadeos y juegos sofocantes”.

La reflexión del Papa sobre la identidad de Europa

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En el fango de Idomeni

Giuseppe Frangi

Idomeni es un pequeño pueblo fronterizo entre Grecia y Macedonia. Pero desde hace meses es un punto vital para para los que huyen de Oriente Medio. Punto vital, o más bien embudo. Macedonia ha cerrado sus fronteras, movilizando fuerzas policiales, cuerpos antidisturbios y coches patrulla blindados. Por esta frontera pueden pasar unas pocas decenas de personas al día y, para no perder su puesto en la fila, muchas personas permanecen allí varios días. El problema es que en Idomeni es inverno. La noche del martes un chaparrón convirtió la zona en un pantano. “Idomeni se hunde en el fango. Miles de niños y niñas se pasan los días entre barro, fango, lluvia y frío, en refugios improvisados con altísimo riesgo de contraer enfermedades y morir. Ya no hay palabras para definir esta situación”, afirma Andrea Iacomini, portavoz de Unicef Italia.

En total son casi 13.000 personas aferradas a la esperanza de poder continuar su ruta, que les hizo partir de Siria, Iraq, y dejar los ya insostenibles campos turcos. Trece mil abandonados a sí mismos. Solo les socorren las siglas habituales, en concreto Cáritas y Médicos Sin Fronteras. Las imágenes que llegan de Idomeni nos muestran decenas de voluntarios que organizan esta rutina desesperada. Lo hacen de su bolsillo y con sus fuerzas. MSF, por ejemplo, se ha hecho cargo del coste de la gestión de 13.000 platos por tres turnos diarios, además de los cientos de mantas y tiendas. La organización también ha alquilado tres parcelas de terreno cerca del paso aduanero macedonio para poder montar los campos.

Solo hay un gran ausente en Idomeni: Europa. Se ven voluntarios y trabajadores con petos de muchas siglas distintas, incluidas obviamente las dos citadas, pero no se ve a nadie con el símbolo de Europa. Es una ausencia simbólica que no pasa desapercibida y que pesa como una piedra. Una ausencia que, vista desde este lado, el nuestro, da testimonio irrefutable de un sujeto que no está.

Europa, físicamente, concretamente, no está, no existe, en un momento en que en su propio suelo (porque aunque se finja que no es así, Idomeni es Europa) se están produciendo situaciones de este tipo y nadie toma conciencia de la necesidad, o mejor dicho de la obligación de, como mínimo, organizar y garantizar intervenciones humanitarias. En cambio, como si no pasara nada, se acepta que en Idomeni haya 13.000 personas, entre ellas muchísimos niños, viviendo en el frío y el fango, sin saber cuánto tiempo tendrán que esperar para continuar su camino.

Porque si hay algo seguro es que estas personas seguirán adelante, como todos los que los han precedido. Nadie vuelve atrás. Es como si hubieran erigido un muro a sus espaldas. Por tanto, además de estar en suelo europeo, en cierto sentido ya son europeos. Por destino, por necesidad histórica. “No hay muro que valga”, titula una revista italiana un número totalmente dedicado a la emergencia de inmigrantes.

Ahora se puede entender que la gestión de flujos tan imponentes no es una tarea fácil. Pero el espectáculo que está dando Europa es absolutamente indigno de su presunta “civilización”. Se pueden tener en cuenta los particularismos de gobiernos que, también por razones electorales, restringen sus fronteras. Pero no se puede aceptar un espectáculo como el que estamos viendo en Idomeni, lugar simbólico de muchos otros “limbos” que se han abierto en el propio cuerpo de Europa. Por suerte, para decir que Europa todavía existe ahí están las decenas y decenas de voluntarios que nunca se retiran, dando a su vez un espectáculo de humanidad y también de eficiencia. Como Daniela Oberti, enfermera italiana que lleva cuatro semanas en Idomeni, trabajando en uno de los ambulatorios instalados, donde está previsto que permanezca tres meses. Una web local recoge el testimonio de Daniela: “Estos días tengo la sensación de estar trabajando en medio de la foresta del Congo, o en el desierto de Níger, atendiendo a niños deshidratados y mujeres embarazadas. Solo cuando acabo y salgo de la tienda me doy cuenta de que no estoy en un lugar tan lejos de mi casa”. En Europa.

En el fango de Idomeni

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Insurrección en Europa

Ángel Satué

“La insurrección que viene”, del Comité Invisible, es el Evangelio de todo revolucionario del siglo XXI, sea anarquista, comunista o antisistema. Libro por el que, según dice su contraportada, varias personas fueron detenidas en Francia solo por tenerlo (permítame, atento lector, el sonrojo). Ante una sociedad contemporánea de consumo, donde el hombre ha perdido las referencias históricas, éticas, morales, filosóficas y trascendentales que dan sentido a la vida, los radicales prometen la liberación de lo humano por la insurrección, el sabotaje y la revuelta.

Comprenden los anhelos del corazón del hombre, que alberga infinito, pero lo llevan a la autodestrucción, al enfrentamiento y al odio. La autodeterminación del propio Yo es imposible. Los radicales acusan a la élite político-financiera-industrial-religiosa europea de elegir la crisis como forma de gobernar y garantizar la paz social. Frente a la democracia, dicen que “lo que importa para una insurrección es que se haga irreversible”, “una insurrección solo puede triunfar como forma política –no con el ejército-”, “el poder no se concentra en un lugar en el mundo, es el propio mundo”, “bloquearlo todo es la primera reacción de cualquiera que se levante contra el orden actual”…

Desconozco si los que han ayudado a subir a Podemos, dándoles minutos de televisión, situándolos como adversarios, pactando con ellos, saben lo que han hecho, pues Podemos participa del ADN antisistema. No me cabe ninguna duda de que con Podemos influyendo, allá donde esté, hará todos los esfuerzos por sabotear el mejor ejemplo de convivencia y democracia que ha existido en Europa nunca: la Unión Europea.

Sin embargo, el sabotaje no será como predica el libro, sino que la estrategia será mucho más sutil, más trabajada, más de Podemos. Los superpopu-radicales no van a tener un discurso beligerante contra Europa, sino sólo contra la actual Unión Europea –como si fuera posible dividir el concepto, donde por cierto, en uno estarían Rusia y Turquía, y en el otro no–.

El discurso de la izquierda radical no es nuevo, pues reproduce el que ha venido sosteniendo desde tiempos de la Guerra Fría, el que los pueblos de Europa están oprimidos por los capitalistas y los funcionarios y burócratas aburguesados. Sin embargo, este discurso sí se reformula, pues paradójicamente puede pasar por ser el discurso más europeísta que se puede escuchar hoy en Europa, al prometer la Arcadia feliz, donde no hay injusticia, ni desigualdad, ni sueldos bajos ni nadie se muere… sin el permiso del Partido de la Felicidad, es decir, del Partido Comunista.

Así lo demostró el exministro griego de Finanzas Varoufakis en el teatro Rosa de Luxemburgo (que fue marxista) de Berlín el pasado 9 de febrero, al presentar un oxímoron, es decir, al presentar su nuevo partido radical de izquierda Paneuropeo-antiUniónEuropea (esto es, un nuevo tipo de partido imposible, como decir un “instante eterno”). DiEM25, se llama.

Insurrección en Europa

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Europa, de inicio en inicio

José Luis Restán

Ha comenzado la cuenta atrás para el Encuentro Madrid 2016, que tendrá lugar del 8 al 10 de abril y cuyo lema será “Europa, un nuevo inicio”. La crisis del proyecto europeo es algo más que un tópico. Cuando se produjeron los debates en torno a la Constitución europea, hace ahora diez años, ya era fácil observar las grietas y el desgaste en el edificio que comenzaron a levantar los padres fundadores tras la segunda guerra mundial. Ahora el cóctel formado por las consecuencias de la crisis económica, los zarpazos del yihadismo y el drama de los refugiados, no dejan lugar a dudas. No pocos analistas señalan que la suspensión de facto del “Espacio Shengen”, por parte de algunos países de la Unión, supone la primera enmienda de calado a un proceso que antes podíamos calificar, ingenuamente, como irreversible.

La imagen del “nuevo inicio” indica una tesis que el EM16 tendrá que desplegar y razonar en diálogo con diversos protagonistas de la vida europea, procedentes de diversas matrices culturales. Sería pretencioso establecer de antemano las conclusiones de ese diálogo. En cualquier caso, la necesidad de un “nuevo inicio” no está necesariamente ligada a un crack definitivo del proyecto europeo, aunque la actual encrucijada haga más sugerente la perspectiva. Tampoco se trata de postular una especie de tabla rasa, como si la experiencia de bien que ha supuesto el camino europeo, concretamente el de los últimos cincuenta años, no tuviese ya ninguna utilidad o valor. Por el contrario, el nuevo inicio indica una dinámica propia de toda experiencia verdaderamente humana. Como indicó genialmente Benedicto XVI en la encíclica Spe Salvi, cada hombre y mujer, cada nueva generación, tiene que apropiarse el legado que ha recibido de sus predecesores a través de una criba vital. En todo lo que tiene que ver con la dimensión ético-cultural, con lo más profundamente humano, no valen inercias ni automatismos.

Es cierto que la aceleración actual de la crisis de la identidad europea hace aún más dramática la necesidad de no dar por supuestos los cimientos de esta construcción, su sustancia y su forma histórica concreta. En realidad no es la primera vez que los europeos afrontamos la necesidad de empezar de nuevo, de recobrar el aliento profundo que habíamos perdido. Seguramente toda la historia de Europa puede contemplarse como una sucesión de ocasiones de este tipo, como documentan de modo vertiginoso las obras del historiador Christopher Dawson. Por ejemplo, los católicos actuales manejamos generalmente una imagen de la llamada “Europa cristiana” demasiado estática y desvinculada de un proceso histórico lleno de zig-zag, meandros, destrucciones y reconstrucciones. Esa “Europa” (cuya imagen requiere, por otra parte, muchas precisiones y matizaciones) no apareció ahí sin más, sino que fue fruto de un camino largo y doloroso. La curva de esa historia es cualquier cosa menos lineal, y en muchos momentos estuvo a punto de quebrarse por completo. Por ejemplo cuando los vikingos arrasaron a sangre y fuego la floreciente cultura monástica en Gran Bretaña, desde la que salieron los monjes para evangelizar Centroeuropa, o cuando los mongoles atacaron la frontera oriental del continente. Naturalmente se podrían multiplicar los casos, y la terrible Segunda Guerra Mundial no sería el menos expresivo de ellos. Y de aquella tragedia surgió un nuevo comienzo, porque bajo los cascotes, físicos y morales, seguía corriendo la linfa de una experiencia que nuevamente salió a la luz a través de figuras como Schuman, Adenauer, Monnet o De Gasperi.

Europa, de inicio en inicio

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Cómo votamos en Europa con los pies

Francisco Pou

Charles Tiebout acuñó el término “votar con los pies” describiendo las corrientes migratorias movidas por circunstancias de vida más favorables a la hora de escoger una patria. Estas “circunstancias”, en muchos casos, son la supervivencia. Es el caso de la gran crisis europea de inmigrantes. No cruzan el Mediterráneo buscando unos puntos menos en el impuesto sobre la renta; buscan sobrevivir, huyendo del hambre, la persecución religiosa o las “limpiezas étnicas”. Es un flujo de personas que, sin vuelta atrás, cambian el rostro de Europa. Casi 500.000 personas sólo en lo que llevamos de año, en el mayor flujo migratorio desde la Segunda Guerra Mundial.

Hay más corrientes de votantes “con los pies”. También los europeos nos movemos. Por eso es bueno echar un vistazo a nuevos peligros y amenazas que están haciendo cambiar el rostro de Europa.

Desde el atentando de Charlie Hebdo, y movidos por la presión de la amenaza, 8.000 judíos franceses han emigrado ya a Israel. “Es la hora ya en Europa de que marchemos a Israel”, decía uno de ellos a la CNN.

El siguiente fenómeno tiene un motivo diferente, pero aplastante. Es el que ha trasladado a 300.000 españoles fuera de nuestras fronteras, desde el inicio de la crisis. La mayoría jóvenes (6 de cada 10 jóvenes de entre 16 y 18 años planean dejar España), y la mayoría talento universitario, más del 80%, que no encuentra salida en su propio país.

Pero no sólo las personas votan “con los pies”. También el dinero y las empresas. Sólo en 2015, más de 3.121 empresas (según un estudio de Expansión) se trasladaron de Barcelona a Madrid. Aunque, desde luego, no todas reportaron la amenaza secesionista como principal motivo (en muchas ocasiones hay miedo al señalamiento político), prácticamente todas reportaban alivios fiscales y entornos más favorables. Se trata de empresas bien conocidas; ING, NH… o la filial de Aguas de Barcelona Agbar Interaguas, por decisión de la francesa Suez de trasladar fuera de Cataluña su sede española. Pero también empresas menos conocidas, hasta un total de 800 empleos, que desaparecen de Barcelona buscando, por lo menos, un entorno más favorable para desarrollar su actividad. Esta semana, un empresario del sector de la publicidad hablaba de que “para este año, la previsión de crecimiento de inversión publicitaria en Cataluña ha pasado de un 4% a un retroceso del 14%, viniendo además de un recorte anterior del 50% con la crisis. La amenaza secesionista ha puesto a los directivos en espera paralizada”.

Salvar la vida, pero también salvar una empresa o poder pensar en un futuro profesional es lo que está moviendo con fuerza el ADN cultural europeo. Una Europa que es la tierra de salvación para los llegados de Siria y otros países de Oriente Medio, pero que para muchos europeos no responde a sus expectativas. Millones de personas que, frente a las narraciones políticas teóricas del Estado del bienestar enfrentan la contundencia imbatible de sus pies.

Cómo votamos en Europa con los pies

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La 'C' de Merkel

José Luis Restán

La CDU, el partido de Konrad Adenauer que lideró la reconstrucción de Alemania tras la segunda guerra mundial, tiene estos días una cita trascendental en Karslruhe. Allí se desarrolla un congreso al que la canciller Angela Merkel llegaba, supuestamente, debilitada por su política de acogida a los refugiados. Quizás esa debilidad fuese un espejismo, o quizás no exista hoy por hoy una alternativa posible, lo cierto es que, como ha titulado el Süddeustche Zeitung, “La jefa ha vuelto”. Aquella que Zapatero denominó “fracasada” ha vuelto a demostrar su capacidad de conducción política, más aún, su capacidad de hablar al país que la ha elegido.

¿Cuál es el secreto de Merkel? No tiene nada de ese glamour que ahora identifica lo que algunos denominan “nueva política”, sonríe lo justo, parece dudosamente simpática y no hace concesiones a la galería. Seguramente Merkel no es tampoco un faro intelectual (no la han elegido para eso), pero suele tener clara la ruta y tiene una eficacia envidiable para comunicarla. Es realista pero está muy lejos de un pragmatismo sin alma. Tampoco sería justo identificar a esta hija de un pastor luterano como un mero contable, o un administrador fiable pero desapegado de la realidad palpitante. A algunos les parecerá curioso: la misma correosa firmeza que ha empleado en aplicar la regla de oro de la reducción del déficit en Europa, la ha usado para mantener, contra viento y marea, la necesidad de una política generosa de acogida de los refugiados.

En Karlsruhe Merkel no ha dudado en blandir la “C” que encabeza el acrónimo de su partido: “significa cristiano”, ha dicho la canciller, reivindicando la tradición política de Adenauer. Aquí en España eso resultaría inconcebible, pero en Merkel es una seña de identidad que no resulta impostada. Mil veces ha confesado que su fe no sólo le sostiene en su vida personal sino que da forma a su concepción del mundo, y por tanto de la política. “El problema de Alemania no es mucho islam, sino demasiado poco cristianismo”, se atrevió a decir en una ocasión. Y nadie se le echó encima. Esta vez, ante su propio partido que duda, ha enviado un diagnóstico claro: “nos inquieta lo que va a cambiar, si nuestra cultura se resentirá por la llegada de un número tan alto de musulmanes… pero la exclusión no es una opción”. No es que Merkel no vea el problema, que lo es (también para sus legítimos cálculos políticos), sino que entiende que Alemania sólo puede ser fuerte si tiene la capacidad de acoger y de integrar. Eso requiere un tejido social y una cultura de fondo que, como mínimo, renquean en una Europa en la que la canciller sigue creyendo.

Porque ese es otro aspecto esencial. Frente a los demonios de un nacionalismo exacerbado que vuelven a surgir en la Alemania profunda, Merkel es una garantía rocosa. Su pacto interno con los socialdemócratas del SPD y su alianza de hierro con Francia indican esa decisión de impedir que el gigante alemán bascule hacia el lado oscuro. Lejos de mí pensar que Merkel sea perfecta, y menos aún (sería estúpido) que sea eterna. Y la gran pregunta es si la tradición política, cultural y religiosa que ha forjado su personalidad sigue teniendo hoy la fecundidad necesaria para generar nuevos líderes. En los últimos años le han tirado a la cara los estereotipos más odiosos, y sin embargo su presencia en la cancillería de Berlín ofrece un punto de seguridad, y también de luz, que tal vez un día echemos en falta. En todo caso, qué verdad es que no dan igual unos políticos que otros.

La 'C' de Merkel

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La Europa nihilista se halla indefensa

Robi Ronza

Como siempre sucede en circunstancias de este tipo, ante la trágica secuencia de despiadadas matanzas de civiles indefensos que sacudió París este viernes, el circo mediático internacional solo deja de lanzar lugares comunes, como suele hacer, para ponerse a sembrar el pánico. Pero como el pánico no ayuda ni a entender, ni a defenderse, y sobre todo no ayuda a cambiar la situación, tratemos pues de mirar con otros ojos y con otro ánimo lo que ha pasado y lo que podrá suceder.

Observamos en primer lugar que Europa, Occidente, nunca ha sido tan fuerte pero también tan débil al mismo tiempo como ahora. Fuerte porque su superioridad organizativa, técnica, científica, financiera y militar es absoluta. Débil porque ni el grueso de las elites ni el grueso de la gente común es consciente de las raíces de esta situación, de los siglos de compromisos y sacrificios personales y de pueblo sobre los que se fundamenta, de los valores a los que hay que seguir siendo fieles para que no decaiga, y de las responsabilidades que derivan para el bien común no solo de Occidente sino del mundo entero, musulmanes incluidos. En este contexto, lo primero que hay que hacer es recuperar la capacidad de seguir esa “lección de los hechos”, como invita el pensador francés Alain Finkielkraut en su brillante ensayo “Nosotros, los modernos”.

Ante las enormes dimensiones de la actual crisis, deriva por tanto una responsabilidad específica para los que han conseguido escapar de la censura del sentido religioso, los cristianos en particular. A las urgencias y tragedias de nuestro tiempo, la cultura de la modernidad, fundada totalmente sobre la separación entre las ideas y la realidad, es de hecho incapaz de dar otras respuestas más que las que en este momento están dando los grandes medios, es decir, una menestra hecha de lugares comunes en abstracto y de una irresponsable incitación al pánico.

En esta perspectiva, observamos en primer lugar que somos vecinos del islam. Hay una amplia mayoría musulmana a lo largo de toda la orilla sur del Mediterráneo y el estrecho de Gibraltar hasta Estambul, donde también es musulmán el litoral europeo adyacente. Además, después de un flujo migratorio que comenzó hace ya algunas décadas, hoy casi 23 millones de musulmanes viven en la Europa occidental, donde una buena parte de ellos ha nacido y crecido. Dicho esto, observamos que tal proximidad, innegable e inevitable pero que muchas veces se ha revelado problemática en la historia, lo es más aún ahora, y a nadie hace bien fingir que no es así.

Como enseña la tradición cristiana, citando entre otros al antiguo filósofo Platón, las cuatro virtudes cardinales (justicia, prudencia, fortaleza y templanza) son las piedras angulares del buen gobierno. En el mundo en que vivimos, todas ellas están absolutamente descuidadas pero hay una de la que se ha perdido la pista por completo. Se trata de la fortaleza, es decir, de la firmeza. Tanto en Europa como en otros lugares, la confrontación con el islam se debe llevar a cabo con justicia, con prudencia, con templanza pero también con firmeza. Esta es, entre otras, la mejor manera de ayudar a los que, dentro del mundo musulmán, ignorados cuando no censurados en Occidente, tratan de sacar al islam del callejón sin salida, cultural y social, en que está atascado. Pedir con firmeza a los musulmanes que viven en Europa que se integren en nuestro mundo también será una importante ayuda al proceso de autorreforma del que tanto se habla, que obviamente solo será decisivo en la medida en que tenga lugar en su madre patria.

La Europa nihilista se halla indefensa

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Quiero ser francés, pero no republicano

Fernando de Haro

En este momento todos somos franceses, todos queremos –menos mal- estar cerca de un pueblo que ha sufrido el terrible golpe del terrorismo. El blanco, el azul y el rojo son nuestros colores. Notre Dame y la Torre Eiffel nuestros símbolos. La sangre vertida es nuestra sangre.

Pero otra cosa es diferente es que queramos ser todos republicanos franceses. La culpa de lo sucedido es solo de los terroristas. Pero el modelo que la república francesa ha utilizado para hacer frente a los problemas que están en el origen del yihadismo y el modo en el que está haciendo la guerra no son una buena referencia.

Francia ha desarrollado un modelo de integración que no ha funcionado. Es un modelo que ofrece como referencia para la vida en común los valores forzosamente laicos de la república. Al final solo queda el individualismo y la soledad. Se han privatizado forzosamente las propuestas de sentido y las experiencias religiosas. De este modo, los jóvenes que viven en las periferias, que buscan un significado, no encuentran más que abstracciones y una cultura del consumo. Francia, como toda Europa, parece sin fuerzas para hacer una propuesta que sea alternativa a la ideología vviolenta. La única respuesta ha sido lo que algunos denominan “una sagrada nada”, valores cívicos que se han quedado huecos, sin un sujeto que los mantenga en pie. La cruz, la media luna y la estrella de David no pueden ser exhibidas en público de forma ostentosa. La igualdad, la fraternidad y la libertad no tienen rostro.

Lo ha explicado con claridad el sociólogo Wieviorka: hay dos procesos que han contribuido a elaborar la radicalización islamista en Francia y en otras partes, sobre todo Bélgica. “Uno -sostiene el sociólogo- se refiere al fracaso de la integración de los hijos de inmigrantes que han vivido el paro, la exclusión social, la crisis de las banlieues, el racismo y que, sin haber hallado un ámbito en la modernidad occidental, le profesan un odio inextinguible”. “El otro proceso atañe a la búsqueda de sentido –añade Wieviorka-. Puede concernir a jóvenes procedentes de sectores integrados de la sociedad deseosos de dar un sentido a su existencia, en desacuerdo total con la cultura del consumo. La falta o la pérdida de sentido en las sociedades europeas, pero también musulmanas -Túnez, por ejemplo- son asumidas de forma fanática por el islamismo radical de grupos terroristas (Al Qaeda) y del proto-Estado que es el Estado Islámico”.

Y luego está el modo de hacer la guerra. Lo ha dicho claro Sarkozy: el Gobierno de Hollande ha errado en su manera de combatir al Daesh. En lugar de sumarse a los esfuerzos ya en marcha ha preferido actuar por su cuenta. Se ha negado además a contar con el apoyo de Bashar Al Ashad, el líder del actual régimen sirio. Es una condición de realismo, sin el que la guerra no se puede ganar. No estaría mal tampoco que Francia revisara su política de venta de armas en Oriente Próximo.

Quiero ser francés, pero no republicano

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La ayuda estatal no es un delito

Giorgio Vittadini

Después de haber entendido que no serán las finanzas las que garanticen la suerte y la progresión, otro mantra, normalizado además en la Unión Europea, está invadiendo la conciencia de políticos, funcionarios, altos dirigentes e incansables opinadores: “no a las ayudas estatales, la economía debe estar en manos privadas”. Hasta los economistas de izquierda, keynesianos o marxistas, se han convertido al liberalismo más puro: una verdadera economía de mercado no puede prever ayudas estatales, el mercado no puede contaminarse, distorsionar la libre competencia perjudica al consumidor y hace que alguien se beneficie injustamente.

¿Cómo están las cosas?

Al otro lado del océano, donde se encuentra la economía de mercado más importante, en 2008, para rescatar a los bancos del mayor colapso de los mercados de siempre, no se dudó en poner en marcha la mayor ayuda estatal de la historia. De hecho, se retiraron 700.000 millones de dólares de los contribuyentes para limpiar los balances de títulos tóxicos, incluso a costa de perder por primera vez la triple A del rating soberano estadounidense, o cerrar durante unos días la administración federal porque el presupuesto se había inflado hasta los límites constitucionales.

¿Acaso no fueron también una “intervención pública” las enormes inyecciones de liquidez realizadas por la FED a la economía durante el largo “quantitative easing”? El estímulo para la recuperación con abundantes créditos abonados, dólares competitivos y medidas de seguridad para el sistema bancario, ¿no fue “política económica”? La política expansiva, hasta las “tasas cero” que la FED se resiste a abandonar, ¿acaso no pilotó las medidas macro? ¿Fue “libre mercado” o más bien “gobierno fuerte”?

Pasando a nuestra Unión Europea, la fractura sobre las ayudas públicas, que están en la base del glorioso inicio de su unidad, corre el riesgo de abrirse hasta los fundamentos de la UE. Desde la CECA de 1951 hasta la UE-28 de 2015, Europa se ha convertido en un mix paritario de solidaridad y competitividad, y de cooperación como “ayuda recíproca” literalmente. La Europa que renace después de las guerras mundiales es historia de economía mixta. La historia cambia cuando, en épocas más recientes, el Tratado europeo aclara que las ayudas estatales de un determinado país no deben ser competitivas para los demás países miembros. ¿Pero es verdad que este principio, tan solemnemente proclamado, lo cumplen los mismos que lo propugnan? No. Hay dos pesos y dos medidas.

La ayuda estatal no es un delito

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>Entrevista al padre Samir Khalil Samir

Merkel 'vende' Europa a Erdogan

P.V.

Angela Merkel ha viajado a Turquía, donde se ha reunido con el presidente Erdogan y el primer ministro Ahmet Davutoglu. El jefe de estado turco ha pedido a la canciller que se acelere el proceso de adhesión de Ankara a la Unión Europea, a lo que Merkel ha respondido mostrando su disposición a hacerlo si Turquía colabora en la gestión del problema de los refugiados. Abordamos esta cuestión con el padre Samir Khalil Samir, jesuita egipcio un gran experto en el mundo islámico.

¿Es adecuado volver a hablar de la entrada de Turquía en la UE?

Una cosa era la Turquía de Kemal Ataturk y otra es la actual. Erdogan está tratando claramente de reislamizar la forma de vivir y las normas comunes. Lo está haciendo paso a paso pero sistemáticamente. Ya ha reintroducido el velo en las universidades, y está tomando decisiones que en ciertos casos caracterizan a los fundamentalismos.

Pero muchos definen el islamismo de Erdogan de “moderado”.

Hace un año y medio fue la reacción de los jóvenes, que para expresar que no eran favorables a la islamización salieron a la calle con una cerveza en la mano. Era un símbolo de su rechazo a la islamización de Turquía. En este sentido, Erdogan no es moderado.

¿Tiene sentido un intercambio político respecto a los refugiados?

Me sorprende que Merkel haya reabierto el capítulo de la entrada de Turquía en la UE, y sobre todo que lo haya hecho a cambio de ayuda en inmigración. En realidad, Turquía no ha hecho nada para acoger a los refugiados. Simplemente se ha limitado a dejarles entrar por la presión en sus fronteras, pero luego no les ha ayudado. Por eso me parece sorprendente que Europa llegue a proponer este “do ut des”.

Turquía acoge a dos millones y medio de inmigrantes, ¿le parece poco?

El verdadero problema es de qué modo les acoge. El Líbano ha acogido a un millón y medio de refugiados, teniendo solo 4,5 millones de habitantes. Beirut ofrece a los inmigrantes lugares para dormir y da a los niños la posibilidad de ir a la escuela. Jordania, con 6,5 millones de habitantes, acoge a más de un millón de refugiados. En proporción, quien más hace es el Líbano.

Pero Erdogan defiende que él ha cumplido con su parte.

No me parece que Turquía esté haciendo algo para ayudar a los sirios, y por eso no comprendo por qué de un momento a otro hay que darle luz verde para entrar en la UE. En 2006, el entonces presidente de la Comisión, Barroso, declaró que Turquía no entraría en la UE antes del año 2021. Si es sincera la voluntad de entrar en la visión jurídica europea, entonces las cosas podrían cambiar.

En un futuro próximo también se podría proponer a Libia el mismo intercambio si frena los flujos de inmigrantes, ¿no es paradójico?

Eso es precisamente lo que intento decir. Me pregunto qué hay de europeo en Turquía. Solo un parte de Estambul se encuentra en el Viejo Continente, desde el punto de vista geográfico es difícil pretender que Turquía sea europea. Si nos fijamos en el ámbito religioso y cultural, hay muy poco de occidental. Y sobre todo, toda Anatolia está lejísimos del sistema y de la visión europea.

¿El hecho de que Turquía forme parte de la OTAN puede representar una puerta de entrada natural a la UE?

La pertenencia de Turquía a la OTAN es solo un hecho táctico. Recientemente, EE.UU llegó a un acuerdo con Ankara para la intervención en Siria. Pero el objetivo de Erdogan es simplemente bloquear a los kurdos. La mayor preocupación de Ankara es evitar que los kurdos de Iraq, Siria y Turquía se unan para construir su propio estado.

En concreto, ¿qué ha hecho Erdogan en Siria?

Ha intervenido para detener a los kurdos que luchan activamente contra el Isis, y en cambio no lo ha hecho para ayudar a resolver el problema sirio. De hecho, muchos sospechan que las autoridades turcas permiten el paso a voluntarios yihadistas hacia Siria e Iraq, haciendo un doble juego por motivos de interés. EE.UU y Europa no tienen una auténtica voluntad de resolver el problema de la guerra en Oriente Medio.

>Entrevista al padre Samir Khalil Samir

Merkel 'vende' Europa a Erdogan

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Un recurso, no un problema

Giorgio Vittadini

Ahora más que nunca la decisión de Berlín de abrir sus fronteras suscita la pregunta de qué va a pasar con toda esa riada humana en fuga y qué cambiará en las sociedades europeas que la acojan.

Toda vida humana debe ser salvada. Su valor inviolable, en el que se funda la civilización occidental, parece prevalecer estos días. Como ha dicho el Papa Francisco, no basta con tolerar, hace falta acoger. Eso implicará ayudar a muchas personas a integrarse, encontrar una casa, lugares para educar a sus hijos, un trabajo seguro y digno. Esto vale para todos, pero sobre todo para la última oleada de refugiados sirios, nigerianos, somalíes, víctimas de guerras que ellos no han querido, provocadas por los fundamentalismos y debidas también a graves errores y connivencias de los países occidentales.

Hace unos días, en su discurso sobre el estado de la Unión en el Parlamento de Estrasburgo, el presidente de la Comisión europea, Jean-Claude Juncker, abordó con decisión esta cuestión: “No olvidemos que el nuestro es un viejo continente afectado por un declive demográfico. Necesitaremos talentos. Hay que afrontar las migraciones de otro modo, no ya como un problema que eliminar sino como un recurso que gestionar de forma eficaz”. ¿Conviene acoger? ¿Se puede hacer? ¿Cómo?

Varios economistas han afirmado estos días que los miles de refugiados que están llegando a Europa pueden ser la respuesta a viejos y graves problemas económicos de los países occidentales, como el sistema de pensiones. Según Bloomberg, Europa necesitaría 42 millones de nuevos europeos en el año 2020 y más de 250 millones más en 2060 para mantener en pie el sistema de pensiones del continente. Según un reciente informe de la Unión Europea, hoy hay cuatro personas en edad de trabajar por cada jubilado; en 2050 serán dos. Si la distancia entre el número de jubilados y personas en edad activa sigue creciendo, el sistema acabará saltando por los aires. Por tanto hacen falta jóvenes, como son la mayoría de los inmigrantes.

Aún hay más. El problema no es solo cuantitativo, sino que también se refiere al nivel de las competencias. Alemania piensa en utilizar a los inmigrantes no solo para los trabajos más humildes sino valorando las calificaciones de muchos de ellos, para favorecer su integración como empleados, dirigentes y empresarios. De hecho, es lo que ya hacen otros países europeos y norteamericanos con los emigrantes: ofrecerles un trabajo cualificado y correspondiente a su preparación y capacidad.

De este modo se abre un enfoque cultural y políticamente nuevo sobre la acogida, que implica por ejemplo más políticas activas, inversión en formación, enseñanza de la lengua, valoración de perfiles que tal vez tengan muchos de los que llegan.

Nos limitamos a pensar en los inmigrantes y refugiados como un problema, en vez de un recurso para trabajos cualificados e incluso iniciativas empresariales, y reservamos a los que llegan los trabajos que nuestros jóvenes no tienen ganas de hacer. Así, los que llegan con una preparación adecuada y con aspiraciones, al final no quiere quedarse aquí. Pero en el fondo, nuestro sistema productivo reserva la misma suerte también a nuestros jóvenes nacionales: no se les valora, ni siquiera a los más cualificados, que al final resultan más competitivos en el mercado internacional, de modo que muchos tienen que marcharse.

No somos capaces de acoger a los que llegan pero también nos cuesta ver y valorar lo que ya tenemos entre nosotros.

Un recurso, no un problema

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Una compasión que construye la historia

Por su interés publicamos la Línea Cope de este lunes.

Los ministros de Interior de la Unión Europea se reúnen en Bruselas para intentar encontrar soluciones a la crisis de los refugiados. Sobre la mesa está la propuesta de acoger a 160.000. No es un asunto fácil, es necesario poner orden en la medida de lo posible. Alemania, que ha sido extraordinariamente generosa, se ha visto obligada a reestablecer los controles en sus fronteras.

En cualquier caso, el primer impulso de generosidad mostrado por muchos europeos y sus instituciones no es un error ni el producto de un sentimentalismo fofo. Es humanísimo que ante el dolor del otro se produzca un movimiento de compasión. Esa compasión construye la historia. No hay que sospechar del deseo de ayudar. “Frente a la tragedia de decenas de miles de refugiados que huyen de la muerte estamos llamados a ser hospitalarios”, ha asegurado el Papa Francisco. Luego, es verdad, hay que encontrar soluciones estables y realistas.

Pero la mejor tradición Europea se nutre de la caridad, de la solidaridad hacia el necesitado. Los sirios que huyen de la guerra, cristianos o musulmanes, son víctimas, no verdugos. No es justo sembrar dudas sobre los humillados que dejan atrás el terrorismo. La integración es sin duda un reto, y requiere que Europa responda a una pregunta: ¿por qué estamos juntos? Y esa es una pregunta decisiva para nuestro futuro.

Una compasión que construye la historia

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Tsipras 'limpia' Syriza pero Nueva Democracia resucita

Sergio Coggiola

De nuevo en las barricadas. Alexis Tsipras y su nueva ¬Syriza se prepara para la “guerra” del 20 de septiembre. Durante los dos días que duró su Conferencia nacional, el presidente se ha lanzado hacia sus "compañeros" recurriendo sobre todo a desafiantes eslóganes de batalla aunque un tanto fuera de lugar. “No depondremos las armas, seguiremos luchando. Estamos aquí para seguir adelante, ¡solo hacia adelante!”. ¿Qué armas? ¿Las que usó en la “guerra” contra la Troika que acabó tan lamentablemente? ¿O las que empuñó la Troika el 13 de julio, el día de la firma de la rendición? Según su antiguo gladiador, Yanis Varufakis, Tsipras justificó su rendición, siempre en términos de “guerra y paz”, apoyándose en el hecho de que “es mejor que un gobierno progresista establezca las condiciones de rendición que reprueba antes que dejar que lo hagan los esbirros de la Troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo, Fondo Monetario Internacional), que aprobarían las mismas condiciones de rendición con entusiasmo”.

En la batalla electoral, añadió, se decidirá si el pueblo tiene derecho a combatir y esperar. ¿Y si el pueblo estuviera cansado de combatir y esperar? Tsipras lo ha llevado a las barricadas dos veces en el arco de siete meses, antes de las elecciones de enero y en el referéndum de julio. Obtuvo el 63% de "noes" a la austeridad y a los dictados de Bruselas-Berlín, y una semana después esos “noes” se convirtieron en “síes”. Sobre la consulta referendaria, Tsipras ha esgrimido un razonamiento muy sintético, poco político pero eficaz, como la demagogia electoral. En la práctica, para él el resultado del referéndum fue un "gamoto", literalmente una “patada en el culo”. “Nos honra y enorgullece haber ofrecido al pueblo heleno la posibilidad de decir 'gamoto' a todo lo que ha pasado en los últimos 62 años”. Es decir, mandar a paseo a los partidos adversarios, a la UE, a la injerencia extranjera, a la pérdida de soberanía, podría revelarse como una óptima estrategia electoral para recuperar votos.

En su discurso, Tsipras también ha subrayado que su Syriza representa lo “nuevo” en contraposición con lo “viejo”, es decir, con los demás partidos. Sobre el hecho de que el nuevo ¬Syriza sea lo “nuevo” que avanza hay muchas dudas. Empezando por que nunca ha sido un partido sino un caleidoscopio de ideologías del que forman parte viejos "trombones" procedentes del Pasok (digamos el ala nacional-popular), estalinistas irreductibles del Partido Comunista, sindicalistas vinculados a los mecenas del gobierno, anarquistas, maoístas, troskistas, etcétera, que se han unido para llegar al umbral mínimo necesario (3%) para entrar en el Parlamento. Obviamente, los demás partidos históricos, socialistas y conservadores, no son “nuevos”, pero todos pertenecen a la cultura política que se manifestó después del retorno a la democracia en 1974.

Tsipras 'limpia' Syriza pero Nueva Democracia resucita

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>Editorial

Refugees Welcome!

Fernando de Haro

La pancartas han sido contundentes: Refugees Welcome! (Refugiados, ¡bienvenidos!). No han colgado del Bundestag o de una sede del Gobierno. Las hemos visto en los estadios de fútbol alemanes. Muchos dicen que acoger a los refugiados sirios es una exigencia moral. Seguramente. Pero antes que eso es una gran oportunidad, una ocasión para descubrirse a sí mismo. Para que Europa recupere energías en la tarea siempre pendiente de recomenzar.

Lo tiene bastante claro Cristina. Es una berlinesa que ha acogido a un sirio en casa. “Estamos encantados de tener en nuestra casa a este nuevo inquilino. Estamos aprendiendo mucho”, le comenta a un periodista radiofónico. En Berlín la sociedad civil se ha organizado antes que las autoridades políticas, antes que las instituciones europeas. Los médicos hacen turnos para atender a los que llegan, las madres de familia mandan mensajes a través de las redes sociales para pedir enseres, se reparten paquetes de bienvenida. No es inútil que municipios y Comunidades Autónomas en España se movilicen para facilitar la acogida. Algunos los critican solo porque sus gobiernos son de izquierdas.

Esta crisis migratoria, la mayor desde la II Guerra Mundial, parece haberse convertido en un gran revulsivo. Una parte de Europa despierta. Alrededor de 270.000 inmigrantes ilegales han llegado en lo que llevamos de año. Grecia se ha convertido en el gran punto de entrada para los que huyen de la guerra de Siria a través de Turquía. Las escenas de dolor y sufrimiento que han abierto los informativos durante todo el verano, la situación en la estación de tren de Budapest, el ahogamiento del pequeño Aylan y su hermano han provocado una movilización de la opinión pública. Merkel se ha convertido esta vez en la líder no de los recortes, sino de la compasión. Los jefes de Estado y de Gobierno europeos tienen sobre la mesa la propuesta de acoger no ya a 40.000 refugiados, cifra propuesta por Bruselas el pasado mes de mayo, sino a 160.000. La ONU dice que el número tiene que elevarse hasta 200.000. Europa podría inspirarse en el sistema de acogida y recolocación que ha puesto en marcha Alemania. De momento se ha suspendido el Acuerdo de Dublín, que obliga a solicitar asilo en el país al que se llega. La inmensa mayoría de refugiados quiere instalarse en las tierras de Merkel o en Suecia. Sin duda es necesario aprobar un sistema de reparto ordenado. La Unión Europea, que ha mostrado una incapacidad política vergonzosa para afrontar el problema griego y la crisis de los bancos, a lo mejor encuentra ante este gran problema un modo de estar a la altura de las circunstancias.

Al reparto de los refugiados con cuotas se oponen el grupo de los antiguos países del Este con Hungría y Polonia a la cabeza. Son los países que más beneficiados resultaron por la generosidad europea de los años 90. Budapest se ha convertido en la capital del miedo. El primer ministro Orban ha sostenido en la última semana, después de levantar un nuevo muro, que hay que defender a Europa de la invasión de los que vienen de “otra civilización”. Electoralismo de corto plazo, miedo a que la prosperidad de Europa se vea desbordada, a no tener capacidad para atender a los que huyen de la guerra. Hungría está en todas partes: como egoísmo, como preocupación lógica por la integración, como una identidad débil. Todos tenemos dentro un voluntario alemán y un primer ministro húngaro.

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Refugees Welcome!

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El otro es un bien, también en política

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