Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
23 SEPTIEMBRE 2020
Búsqueda en los contenidos de la web

Insurrección en Europa

Ángel Satué

“La insurrección que viene”, del Comité Invisible, es el Evangelio de todo revolucionario del siglo XXI, sea anarquista, comunista o antisistema. Libro por el que, según dice su contraportada, varias personas fueron detenidas en Francia solo por tenerlo (permítame, atento lector, el sonrojo). Ante una sociedad contemporánea de consumo, donde el hombre ha perdido las referencias históricas, éticas, morales, filosóficas y trascendentales que dan sentido a la vida, los radicales prometen la liberación de lo humano por la insurrección, el sabotaje y la revuelta.

Comprenden los anhelos del corazón del hombre, que alberga infinito, pero lo llevan a la autodestrucción, al enfrentamiento y al odio. La autodeterminación del propio Yo es imposible. Los radicales acusan a la élite político-financiera-industrial-religiosa europea de elegir la crisis como forma de gobernar y garantizar la paz social. Frente a la democracia, dicen que “lo que importa para una insurrección es que se haga irreversible”, “una insurrección solo puede triunfar como forma política –no con el ejército-”, “el poder no se concentra en un lugar en el mundo, es el propio mundo”, “bloquearlo todo es la primera reacción de cualquiera que se levante contra el orden actual”…

Desconozco si los que han ayudado a subir a Podemos, dándoles minutos de televisión, situándolos como adversarios, pactando con ellos, saben lo que han hecho, pues Podemos participa del ADN antisistema. No me cabe ninguna duda de que con Podemos influyendo, allá donde esté, hará todos los esfuerzos por sabotear el mejor ejemplo de convivencia y democracia que ha existido en Europa nunca: la Unión Europea.

Sin embargo, el sabotaje no será como predica el libro, sino que la estrategia será mucho más sutil, más trabajada, más de Podemos. Los superpopu-radicales no van a tener un discurso beligerante contra Europa, sino sólo contra la actual Unión Europea –como si fuera posible dividir el concepto, donde por cierto, en uno estarían Rusia y Turquía, y en el otro no–.

El discurso de la izquierda radical no es nuevo, pues reproduce el que ha venido sosteniendo desde tiempos de la Guerra Fría, el que los pueblos de Europa están oprimidos por los capitalistas y los funcionarios y burócratas aburguesados. Sin embargo, este discurso sí se reformula, pues paradójicamente puede pasar por ser el discurso más europeísta que se puede escuchar hoy en Europa, al prometer la Arcadia feliz, donde no hay injusticia, ni desigualdad, ni sueldos bajos ni nadie se muere… sin el permiso del Partido de la Felicidad, es decir, del Partido Comunista.

Así lo demostró el exministro griego de Finanzas Varoufakis en el teatro Rosa de Luxemburgo (que fue marxista) de Berlín el pasado 9 de febrero, al presentar un oxímoron, es decir, al presentar su nuevo partido radical de izquierda Paneuropeo-antiUniónEuropea (esto es, un nuevo tipo de partido imposible, como decir un “instante eterno”). DiEM25, se llama.

Insurrección en Europa

Ángel Satué | 0 comentarios valoración: 3  283 votos

Europa, de inicio en inicio

José Luis Restán

Ha comenzado la cuenta atrás para el Encuentro Madrid 2016, que tendrá lugar del 8 al 10 de abril y cuyo lema será “Europa, un nuevo inicio”. La crisis del proyecto europeo es algo más que un tópico. Cuando se produjeron los debates en torno a la Constitución europea, hace ahora diez años, ya era fácil observar las grietas y el desgaste en el edificio que comenzaron a levantar los padres fundadores tras la segunda guerra mundial. Ahora el cóctel formado por las consecuencias de la crisis económica, los zarpazos del yihadismo y el drama de los refugiados, no dejan lugar a dudas. No pocos analistas señalan que la suspensión de facto del “Espacio Shengen”, por parte de algunos países de la Unión, supone la primera enmienda de calado a un proceso que antes podíamos calificar, ingenuamente, como irreversible.

La imagen del “nuevo inicio” indica una tesis que el EM16 tendrá que desplegar y razonar en diálogo con diversos protagonistas de la vida europea, procedentes de diversas matrices culturales. Sería pretencioso establecer de antemano las conclusiones de ese diálogo. En cualquier caso, la necesidad de un “nuevo inicio” no está necesariamente ligada a un crack definitivo del proyecto europeo, aunque la actual encrucijada haga más sugerente la perspectiva. Tampoco se trata de postular una especie de tabla rasa, como si la experiencia de bien que ha supuesto el camino europeo, concretamente el de los últimos cincuenta años, no tuviese ya ninguna utilidad o valor. Por el contrario, el nuevo inicio indica una dinámica propia de toda experiencia verdaderamente humana. Como indicó genialmente Benedicto XVI en la encíclica Spe Salvi, cada hombre y mujer, cada nueva generación, tiene que apropiarse el legado que ha recibido de sus predecesores a través de una criba vital. En todo lo que tiene que ver con la dimensión ético-cultural, con lo más profundamente humano, no valen inercias ni automatismos.

Es cierto que la aceleración actual de la crisis de la identidad europea hace aún más dramática la necesidad de no dar por supuestos los cimientos de esta construcción, su sustancia y su forma histórica concreta. En realidad no es la primera vez que los europeos afrontamos la necesidad de empezar de nuevo, de recobrar el aliento profundo que habíamos perdido. Seguramente toda la historia de Europa puede contemplarse como una sucesión de ocasiones de este tipo, como documentan de modo vertiginoso las obras del historiador Christopher Dawson. Por ejemplo, los católicos actuales manejamos generalmente una imagen de la llamada “Europa cristiana” demasiado estática y desvinculada de un proceso histórico lleno de zig-zag, meandros, destrucciones y reconstrucciones. Esa “Europa” (cuya imagen requiere, por otra parte, muchas precisiones y matizaciones) no apareció ahí sin más, sino que fue fruto de un camino largo y doloroso. La curva de esa historia es cualquier cosa menos lineal, y en muchos momentos estuvo a punto de quebrarse por completo. Por ejemplo cuando los vikingos arrasaron a sangre y fuego la floreciente cultura monástica en Gran Bretaña, desde la que salieron los monjes para evangelizar Centroeuropa, o cuando los mongoles atacaron la frontera oriental del continente. Naturalmente se podrían multiplicar los casos, y la terrible Segunda Guerra Mundial no sería el menos expresivo de ellos. Y de aquella tragedia surgió un nuevo comienzo, porque bajo los cascotes, físicos y morales, seguía corriendo la linfa de una experiencia que nuevamente salió a la luz a través de figuras como Schuman, Adenauer, Monnet o De Gasperi.

Europa, de inicio en inicio

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  299 votos

Cómo votamos en Europa con los pies

Francisco Pou

Charles Tiebout acuñó el término “votar con los pies” describiendo las corrientes migratorias movidas por circunstancias de vida más favorables a la hora de escoger una patria. Estas “circunstancias”, en muchos casos, son la supervivencia. Es el caso de la gran crisis europea de inmigrantes. No cruzan el Mediterráneo buscando unos puntos menos en el impuesto sobre la renta; buscan sobrevivir, huyendo del hambre, la persecución religiosa o las “limpiezas étnicas”. Es un flujo de personas que, sin vuelta atrás, cambian el rostro de Europa. Casi 500.000 personas sólo en lo que llevamos de año, en el mayor flujo migratorio desde la Segunda Guerra Mundial.

Hay más corrientes de votantes “con los pies”. También los europeos nos movemos. Por eso es bueno echar un vistazo a nuevos peligros y amenazas que están haciendo cambiar el rostro de Europa.

Desde el atentando de Charlie Hebdo, y movidos por la presión de la amenaza, 8.000 judíos franceses han emigrado ya a Israel. “Es la hora ya en Europa de que marchemos a Israel”, decía uno de ellos a la CNN.

El siguiente fenómeno tiene un motivo diferente, pero aplastante. Es el que ha trasladado a 300.000 españoles fuera de nuestras fronteras, desde el inicio de la crisis. La mayoría jóvenes (6 de cada 10 jóvenes de entre 16 y 18 años planean dejar España), y la mayoría talento universitario, más del 80%, que no encuentra salida en su propio país.

Pero no sólo las personas votan “con los pies”. También el dinero y las empresas. Sólo en 2015, más de 3.121 empresas (según un estudio de Expansión) se trasladaron de Barcelona a Madrid. Aunque, desde luego, no todas reportaron la amenaza secesionista como principal motivo (en muchas ocasiones hay miedo al señalamiento político), prácticamente todas reportaban alivios fiscales y entornos más favorables. Se trata de empresas bien conocidas; ING, NH… o la filial de Aguas de Barcelona Agbar Interaguas, por decisión de la francesa Suez de trasladar fuera de Cataluña su sede española. Pero también empresas menos conocidas, hasta un total de 800 empleos, que desaparecen de Barcelona buscando, por lo menos, un entorno más favorable para desarrollar su actividad. Esta semana, un empresario del sector de la publicidad hablaba de que “para este año, la previsión de crecimiento de inversión publicitaria en Cataluña ha pasado de un 4% a un retroceso del 14%, viniendo además de un recorte anterior del 50% con la crisis. La amenaza secesionista ha puesto a los directivos en espera paralizada”.

Salvar la vida, pero también salvar una empresa o poder pensar en un futuro profesional es lo que está moviendo con fuerza el ADN cultural europeo. Una Europa que es la tierra de salvación para los llegados de Siria y otros países de Oriente Medio, pero que para muchos europeos no responde a sus expectativas. Millones de personas que, frente a las narraciones políticas teóricas del Estado del bienestar enfrentan la contundencia imbatible de sus pies.

Cómo votamos en Europa con los pies

Francisco Pou | 0 comentarios valoración: 3  294 votos

La 'C' de Merkel

José Luis Restán

La CDU, el partido de Konrad Adenauer que lideró la reconstrucción de Alemania tras la segunda guerra mundial, tiene estos días una cita trascendental en Karslruhe. Allí se desarrolla un congreso al que la canciller Angela Merkel llegaba, supuestamente, debilitada por su política de acogida a los refugiados. Quizás esa debilidad fuese un espejismo, o quizás no exista hoy por hoy una alternativa posible, lo cierto es que, como ha titulado el Süddeustche Zeitung, “La jefa ha vuelto”. Aquella que Zapatero denominó “fracasada” ha vuelto a demostrar su capacidad de conducción política, más aún, su capacidad de hablar al país que la ha elegido.

¿Cuál es el secreto de Merkel? No tiene nada de ese glamour que ahora identifica lo que algunos denominan “nueva política”, sonríe lo justo, parece dudosamente simpática y no hace concesiones a la galería. Seguramente Merkel no es tampoco un faro intelectual (no la han elegido para eso), pero suele tener clara la ruta y tiene una eficacia envidiable para comunicarla. Es realista pero está muy lejos de un pragmatismo sin alma. Tampoco sería justo identificar a esta hija de un pastor luterano como un mero contable, o un administrador fiable pero desapegado de la realidad palpitante. A algunos les parecerá curioso: la misma correosa firmeza que ha empleado en aplicar la regla de oro de la reducción del déficit en Europa, la ha usado para mantener, contra viento y marea, la necesidad de una política generosa de acogida de los refugiados.

En Karlsruhe Merkel no ha dudado en blandir la “C” que encabeza el acrónimo de su partido: “significa cristiano”, ha dicho la canciller, reivindicando la tradición política de Adenauer. Aquí en España eso resultaría inconcebible, pero en Merkel es una seña de identidad que no resulta impostada. Mil veces ha confesado que su fe no sólo le sostiene en su vida personal sino que da forma a su concepción del mundo, y por tanto de la política. “El problema de Alemania no es mucho islam, sino demasiado poco cristianismo”, se atrevió a decir en una ocasión. Y nadie se le echó encima. Esta vez, ante su propio partido que duda, ha enviado un diagnóstico claro: “nos inquieta lo que va a cambiar, si nuestra cultura se resentirá por la llegada de un número tan alto de musulmanes… pero la exclusión no es una opción”. No es que Merkel no vea el problema, que lo es (también para sus legítimos cálculos políticos), sino que entiende que Alemania sólo puede ser fuerte si tiene la capacidad de acoger y de integrar. Eso requiere un tejido social y una cultura de fondo que, como mínimo, renquean en una Europa en la que la canciller sigue creyendo.

Porque ese es otro aspecto esencial. Frente a los demonios de un nacionalismo exacerbado que vuelven a surgir en la Alemania profunda, Merkel es una garantía rocosa. Su pacto interno con los socialdemócratas del SPD y su alianza de hierro con Francia indican esa decisión de impedir que el gigante alemán bascule hacia el lado oscuro. Lejos de mí pensar que Merkel sea perfecta, y menos aún (sería estúpido) que sea eterna. Y la gran pregunta es si la tradición política, cultural y religiosa que ha forjado su personalidad sigue teniendo hoy la fecundidad necesaria para generar nuevos líderes. En los últimos años le han tirado a la cara los estereotipos más odiosos, y sin embargo su presencia en la cancillería de Berlín ofrece un punto de seguridad, y también de luz, que tal vez un día echemos en falta. En todo caso, qué verdad es que no dan igual unos políticos que otros.

La 'C' de Merkel

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  312 votos

La Europa nihilista se halla indefensa

Robi Ronza

Como siempre sucede en circunstancias de este tipo, ante la trágica secuencia de despiadadas matanzas de civiles indefensos que sacudió París este viernes, el circo mediático internacional solo deja de lanzar lugares comunes, como suele hacer, para ponerse a sembrar el pánico. Pero como el pánico no ayuda ni a entender, ni a defenderse, y sobre todo no ayuda a cambiar la situación, tratemos pues de mirar con otros ojos y con otro ánimo lo que ha pasado y lo que podrá suceder.

Observamos en primer lugar que Europa, Occidente, nunca ha sido tan fuerte pero también tan débil al mismo tiempo como ahora. Fuerte porque su superioridad organizativa, técnica, científica, financiera y militar es absoluta. Débil porque ni el grueso de las elites ni el grueso de la gente común es consciente de las raíces de esta situación, de los siglos de compromisos y sacrificios personales y de pueblo sobre los que se fundamenta, de los valores a los que hay que seguir siendo fieles para que no decaiga, y de las responsabilidades que derivan para el bien común no solo de Occidente sino del mundo entero, musulmanes incluidos. En este contexto, lo primero que hay que hacer es recuperar la capacidad de seguir esa “lección de los hechos”, como invita el pensador francés Alain Finkielkraut en su brillante ensayo “Nosotros, los modernos”.

Ante las enormes dimensiones de la actual crisis, deriva por tanto una responsabilidad específica para los que han conseguido escapar de la censura del sentido religioso, los cristianos en particular. A las urgencias y tragedias de nuestro tiempo, la cultura de la modernidad, fundada totalmente sobre la separación entre las ideas y la realidad, es de hecho incapaz de dar otras respuestas más que las que en este momento están dando los grandes medios, es decir, una menestra hecha de lugares comunes en abstracto y de una irresponsable incitación al pánico.

En esta perspectiva, observamos en primer lugar que somos vecinos del islam. Hay una amplia mayoría musulmana a lo largo de toda la orilla sur del Mediterráneo y el estrecho de Gibraltar hasta Estambul, donde también es musulmán el litoral europeo adyacente. Además, después de un flujo migratorio que comenzó hace ya algunas décadas, hoy casi 23 millones de musulmanes viven en la Europa occidental, donde una buena parte de ellos ha nacido y crecido. Dicho esto, observamos que tal proximidad, innegable e inevitable pero que muchas veces se ha revelado problemática en la historia, lo es más aún ahora, y a nadie hace bien fingir que no es así.

Como enseña la tradición cristiana, citando entre otros al antiguo filósofo Platón, las cuatro virtudes cardinales (justicia, prudencia, fortaleza y templanza) son las piedras angulares del buen gobierno. En el mundo en que vivimos, todas ellas están absolutamente descuidadas pero hay una de la que se ha perdido la pista por completo. Se trata de la fortaleza, es decir, de la firmeza. Tanto en Europa como en otros lugares, la confrontación con el islam se debe llevar a cabo con justicia, con prudencia, con templanza pero también con firmeza. Esta es, entre otras, la mejor manera de ayudar a los que, dentro del mundo musulmán, ignorados cuando no censurados en Occidente, tratan de sacar al islam del callejón sin salida, cultural y social, en que está atascado. Pedir con firmeza a los musulmanes que viven en Europa que se integren en nuestro mundo también será una importante ayuda al proceso de autorreforma del que tanto se habla, que obviamente solo será decisivo en la medida en que tenga lugar en su madre patria.

La Europa nihilista se halla indefensa

Robi Ronza | 0 comentarios valoración: 3  326 votos

Quiero ser francés, pero no republicano

Fernando de Haro

En este momento todos somos franceses, todos queremos –menos mal- estar cerca de un pueblo que ha sufrido el terrible golpe del terrorismo. El blanco, el azul y el rojo son nuestros colores. Notre Dame y la Torre Eiffel nuestros símbolos. La sangre vertida es nuestra sangre.

Pero otra cosa es diferente es que queramos ser todos republicanos franceses. La culpa de lo sucedido es solo de los terroristas. Pero el modelo que la república francesa ha utilizado para hacer frente a los problemas que están en el origen del yihadismo y el modo en el que está haciendo la guerra no son una buena referencia.

Francia ha desarrollado un modelo de integración que no ha funcionado. Es un modelo que ofrece como referencia para la vida en común los valores forzosamente laicos de la república. Al final solo queda el individualismo y la soledad. Se han privatizado forzosamente las propuestas de sentido y las experiencias religiosas. De este modo, los jóvenes que viven en las periferias, que buscan un significado, no encuentran más que abstracciones y una cultura del consumo. Francia, como toda Europa, parece sin fuerzas para hacer una propuesta que sea alternativa a la ideología vviolenta. La única respuesta ha sido lo que algunos denominan “una sagrada nada”, valores cívicos que se han quedado huecos, sin un sujeto que los mantenga en pie. La cruz, la media luna y la estrella de David no pueden ser exhibidas en público de forma ostentosa. La igualdad, la fraternidad y la libertad no tienen rostro.

Lo ha explicado con claridad el sociólogo Wieviorka: hay dos procesos que han contribuido a elaborar la radicalización islamista en Francia y en otras partes, sobre todo Bélgica. “Uno -sostiene el sociólogo- se refiere al fracaso de la integración de los hijos de inmigrantes que han vivido el paro, la exclusión social, la crisis de las banlieues, el racismo y que, sin haber hallado un ámbito en la modernidad occidental, le profesan un odio inextinguible”. “El otro proceso atañe a la búsqueda de sentido –añade Wieviorka-. Puede concernir a jóvenes procedentes de sectores integrados de la sociedad deseosos de dar un sentido a su existencia, en desacuerdo total con la cultura del consumo. La falta o la pérdida de sentido en las sociedades europeas, pero también musulmanas -Túnez, por ejemplo- son asumidas de forma fanática por el islamismo radical de grupos terroristas (Al Qaeda) y del proto-Estado que es el Estado Islámico”.

Y luego está el modo de hacer la guerra. Lo ha dicho claro Sarkozy: el Gobierno de Hollande ha errado en su manera de combatir al Daesh. En lugar de sumarse a los esfuerzos ya en marcha ha preferido actuar por su cuenta. Se ha negado además a contar con el apoyo de Bashar Al Ashad, el líder del actual régimen sirio. Es una condición de realismo, sin el que la guerra no se puede ganar. No estaría mal tampoco que Francia revisara su política de venta de armas en Oriente Próximo.

Quiero ser francés, pero no republicano

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  303 votos

La ayuda estatal no es un delito

Giorgio Vittadini

Después de haber entendido que no serán las finanzas las que garanticen la suerte y la progresión, otro mantra, normalizado además en la Unión Europea, está invadiendo la conciencia de políticos, funcionarios, altos dirigentes e incansables opinadores: “no a las ayudas estatales, la economía debe estar en manos privadas”. Hasta los economistas de izquierda, keynesianos o marxistas, se han convertido al liberalismo más puro: una verdadera economía de mercado no puede prever ayudas estatales, el mercado no puede contaminarse, distorsionar la libre competencia perjudica al consumidor y hace que alguien se beneficie injustamente.

¿Cómo están las cosas?

Al otro lado del océano, donde se encuentra la economía de mercado más importante, en 2008, para rescatar a los bancos del mayor colapso de los mercados de siempre, no se dudó en poner en marcha la mayor ayuda estatal de la historia. De hecho, se retiraron 700.000 millones de dólares de los contribuyentes para limpiar los balances de títulos tóxicos, incluso a costa de perder por primera vez la triple A del rating soberano estadounidense, o cerrar durante unos días la administración federal porque el presupuesto se había inflado hasta los límites constitucionales.

¿Acaso no fueron también una “intervención pública” las enormes inyecciones de liquidez realizadas por la FED a la economía durante el largo “quantitative easing”? El estímulo para la recuperación con abundantes créditos abonados, dólares competitivos y medidas de seguridad para el sistema bancario, ¿no fue “política económica”? La política expansiva, hasta las “tasas cero” que la FED se resiste a abandonar, ¿acaso no pilotó las medidas macro? ¿Fue “libre mercado” o más bien “gobierno fuerte”?

Pasando a nuestra Unión Europea, la fractura sobre las ayudas públicas, que están en la base del glorioso inicio de su unidad, corre el riesgo de abrirse hasta los fundamentos de la UE. Desde la CECA de 1951 hasta la UE-28 de 2015, Europa se ha convertido en un mix paritario de solidaridad y competitividad, y de cooperación como “ayuda recíproca” literalmente. La Europa que renace después de las guerras mundiales es historia de economía mixta. La historia cambia cuando, en épocas más recientes, el Tratado europeo aclara que las ayudas estatales de un determinado país no deben ser competitivas para los demás países miembros. ¿Pero es verdad que este principio, tan solemnemente proclamado, lo cumplen los mismos que lo propugnan? No. Hay dos pesos y dos medidas.

La ayuda estatal no es un delito

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 3  282 votos
>Entrevista al padre Samir Khalil Samir

Merkel 'vende' Europa a Erdogan

P.V.

Angela Merkel ha viajado a Turquía, donde se ha reunido con el presidente Erdogan y el primer ministro Ahmet Davutoglu. El jefe de estado turco ha pedido a la canciller que se acelere el proceso de adhesión de Ankara a la Unión Europea, a lo que Merkel ha respondido mostrando su disposición a hacerlo si Turquía colabora en la gestión del problema de los refugiados. Abordamos esta cuestión con el padre Samir Khalil Samir, jesuita egipcio un gran experto en el mundo islámico.

¿Es adecuado volver a hablar de la entrada de Turquía en la UE?

Una cosa era la Turquía de Kemal Ataturk y otra es la actual. Erdogan está tratando claramente de reislamizar la forma de vivir y las normas comunes. Lo está haciendo paso a paso pero sistemáticamente. Ya ha reintroducido el velo en las universidades, y está tomando decisiones que en ciertos casos caracterizan a los fundamentalismos.

Pero muchos definen el islamismo de Erdogan de “moderado”.

Hace un año y medio fue la reacción de los jóvenes, que para expresar que no eran favorables a la islamización salieron a la calle con una cerveza en la mano. Era un símbolo de su rechazo a la islamización de Turquía. En este sentido, Erdogan no es moderado.

¿Tiene sentido un intercambio político respecto a los refugiados?

Me sorprende que Merkel haya reabierto el capítulo de la entrada de Turquía en la UE, y sobre todo que lo haya hecho a cambio de ayuda en inmigración. En realidad, Turquía no ha hecho nada para acoger a los refugiados. Simplemente se ha limitado a dejarles entrar por la presión en sus fronteras, pero luego no les ha ayudado. Por eso me parece sorprendente que Europa llegue a proponer este “do ut des”.

Turquía acoge a dos millones y medio de inmigrantes, ¿le parece poco?

El verdadero problema es de qué modo les acoge. El Líbano ha acogido a un millón y medio de refugiados, teniendo solo 4,5 millones de habitantes. Beirut ofrece a los inmigrantes lugares para dormir y da a los niños la posibilidad de ir a la escuela. Jordania, con 6,5 millones de habitantes, acoge a más de un millón de refugiados. En proporción, quien más hace es el Líbano.

Pero Erdogan defiende que él ha cumplido con su parte.

No me parece que Turquía esté haciendo algo para ayudar a los sirios, y por eso no comprendo por qué de un momento a otro hay que darle luz verde para entrar en la UE. En 2006, el entonces presidente de la Comisión, Barroso, declaró que Turquía no entraría en la UE antes del año 2021. Si es sincera la voluntad de entrar en la visión jurídica europea, entonces las cosas podrían cambiar.

En un futuro próximo también se podría proponer a Libia el mismo intercambio si frena los flujos de inmigrantes, ¿no es paradójico?

Eso es precisamente lo que intento decir. Me pregunto qué hay de europeo en Turquía. Solo un parte de Estambul se encuentra en el Viejo Continente, desde el punto de vista geográfico es difícil pretender que Turquía sea europea. Si nos fijamos en el ámbito religioso y cultural, hay muy poco de occidental. Y sobre todo, toda Anatolia está lejísimos del sistema y de la visión europea.

¿El hecho de que Turquía forme parte de la OTAN puede representar una puerta de entrada natural a la UE?

La pertenencia de Turquía a la OTAN es solo un hecho táctico. Recientemente, EE.UU llegó a un acuerdo con Ankara para la intervención en Siria. Pero el objetivo de Erdogan es simplemente bloquear a los kurdos. La mayor preocupación de Ankara es evitar que los kurdos de Iraq, Siria y Turquía se unan para construir su propio estado.

En concreto, ¿qué ha hecho Erdogan en Siria?

Ha intervenido para detener a los kurdos que luchan activamente contra el Isis, y en cambio no lo ha hecho para ayudar a resolver el problema sirio. De hecho, muchos sospechan que las autoridades turcas permiten el paso a voluntarios yihadistas hacia Siria e Iraq, haciendo un doble juego por motivos de interés. EE.UU y Europa no tienen una auténtica voluntad de resolver el problema de la guerra en Oriente Medio.

>Entrevista al padre Samir Khalil Samir

Merkel 'vende' Europa a Erdogan

P.V. | 0 comentarios valoración: 3  285 votos

Un recurso, no un problema

Giorgio Vittadini

Ahora más que nunca la decisión de Berlín de abrir sus fronteras suscita la pregunta de qué va a pasar con toda esa riada humana en fuga y qué cambiará en las sociedades europeas que la acojan.

Toda vida humana debe ser salvada. Su valor inviolable, en el que se funda la civilización occidental, parece prevalecer estos días. Como ha dicho el Papa Francisco, no basta con tolerar, hace falta acoger. Eso implicará ayudar a muchas personas a integrarse, encontrar una casa, lugares para educar a sus hijos, un trabajo seguro y digno. Esto vale para todos, pero sobre todo para la última oleada de refugiados sirios, nigerianos, somalíes, víctimas de guerras que ellos no han querido, provocadas por los fundamentalismos y debidas también a graves errores y connivencias de los países occidentales.

Hace unos días, en su discurso sobre el estado de la Unión en el Parlamento de Estrasburgo, el presidente de la Comisión europea, Jean-Claude Juncker, abordó con decisión esta cuestión: “No olvidemos que el nuestro es un viejo continente afectado por un declive demográfico. Necesitaremos talentos. Hay que afrontar las migraciones de otro modo, no ya como un problema que eliminar sino como un recurso que gestionar de forma eficaz”. ¿Conviene acoger? ¿Se puede hacer? ¿Cómo?

Varios economistas han afirmado estos días que los miles de refugiados que están llegando a Europa pueden ser la respuesta a viejos y graves problemas económicos de los países occidentales, como el sistema de pensiones. Según Bloomberg, Europa necesitaría 42 millones de nuevos europeos en el año 2020 y más de 250 millones más en 2060 para mantener en pie el sistema de pensiones del continente. Según un reciente informe de la Unión Europea, hoy hay cuatro personas en edad de trabajar por cada jubilado; en 2050 serán dos. Si la distancia entre el número de jubilados y personas en edad activa sigue creciendo, el sistema acabará saltando por los aires. Por tanto hacen falta jóvenes, como son la mayoría de los inmigrantes.

Aún hay más. El problema no es solo cuantitativo, sino que también se refiere al nivel de las competencias. Alemania piensa en utilizar a los inmigrantes no solo para los trabajos más humildes sino valorando las calificaciones de muchos de ellos, para favorecer su integración como empleados, dirigentes y empresarios. De hecho, es lo que ya hacen otros países europeos y norteamericanos con los emigrantes: ofrecerles un trabajo cualificado y correspondiente a su preparación y capacidad.

De este modo se abre un enfoque cultural y políticamente nuevo sobre la acogida, que implica por ejemplo más políticas activas, inversión en formación, enseñanza de la lengua, valoración de perfiles que tal vez tengan muchos de los que llegan.

Nos limitamos a pensar en los inmigrantes y refugiados como un problema, en vez de un recurso para trabajos cualificados e incluso iniciativas empresariales, y reservamos a los que llegan los trabajos que nuestros jóvenes no tienen ganas de hacer. Así, los que llegan con una preparación adecuada y con aspiraciones, al final no quiere quedarse aquí. Pero en el fondo, nuestro sistema productivo reserva la misma suerte también a nuestros jóvenes nacionales: no se les valora, ni siquiera a los más cualificados, que al final resultan más competitivos en el mercado internacional, de modo que muchos tienen que marcharse.

No somos capaces de acoger a los que llegan pero también nos cuesta ver y valorar lo que ya tenemos entre nosotros.

Un recurso, no un problema

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 3  285 votos

Una compasión que construye la historia

Por su interés publicamos la Línea Cope de este lunes.

Los ministros de Interior de la Unión Europea se reúnen en Bruselas para intentar encontrar soluciones a la crisis de los refugiados. Sobre la mesa está la propuesta de acoger a 160.000. No es un asunto fácil, es necesario poner orden en la medida de lo posible. Alemania, que ha sido extraordinariamente generosa, se ha visto obligada a reestablecer los controles en sus fronteras.

En cualquier caso, el primer impulso de generosidad mostrado por muchos europeos y sus instituciones no es un error ni el producto de un sentimentalismo fofo. Es humanísimo que ante el dolor del otro se produzca un movimiento de compasión. Esa compasión construye la historia. No hay que sospechar del deseo de ayudar. “Frente a la tragedia de decenas de miles de refugiados que huyen de la muerte estamos llamados a ser hospitalarios”, ha asegurado el Papa Francisco. Luego, es verdad, hay que encontrar soluciones estables y realistas.

Pero la mejor tradición Europea se nutre de la caridad, de la solidaridad hacia el necesitado. Los sirios que huyen de la guerra, cristianos o musulmanes, son víctimas, no verdugos. No es justo sembrar dudas sobre los humillados que dejan atrás el terrorismo. La integración es sin duda un reto, y requiere que Europa responda a una pregunta: ¿por qué estamos juntos? Y esa es una pregunta decisiva para nuestro futuro.

Una compasión que construye la historia

| 0 comentarios valoración: 3  291 votos

Tsipras 'limpia' Syriza pero Nueva Democracia resucita

Sergio Coggiola

De nuevo en las barricadas. Alexis Tsipras y su nueva ¬Syriza se prepara para la “guerra” del 20 de septiembre. Durante los dos días que duró su Conferencia nacional, el presidente se ha lanzado hacia sus "compañeros" recurriendo sobre todo a desafiantes eslóganes de batalla aunque un tanto fuera de lugar. “No depondremos las armas, seguiremos luchando. Estamos aquí para seguir adelante, ¡solo hacia adelante!”. ¿Qué armas? ¿Las que usó en la “guerra” contra la Troika que acabó tan lamentablemente? ¿O las que empuñó la Troika el 13 de julio, el día de la firma de la rendición? Según su antiguo gladiador, Yanis Varufakis, Tsipras justificó su rendición, siempre en términos de “guerra y paz”, apoyándose en el hecho de que “es mejor que un gobierno progresista establezca las condiciones de rendición que reprueba antes que dejar que lo hagan los esbirros de la Troika (Comisión Europea, Banco Central Europeo, Fondo Monetario Internacional), que aprobarían las mismas condiciones de rendición con entusiasmo”.

En la batalla electoral, añadió, se decidirá si el pueblo tiene derecho a combatir y esperar. ¿Y si el pueblo estuviera cansado de combatir y esperar? Tsipras lo ha llevado a las barricadas dos veces en el arco de siete meses, antes de las elecciones de enero y en el referéndum de julio. Obtuvo el 63% de "noes" a la austeridad y a los dictados de Bruselas-Berlín, y una semana después esos “noes” se convirtieron en “síes”. Sobre la consulta referendaria, Tsipras ha esgrimido un razonamiento muy sintético, poco político pero eficaz, como la demagogia electoral. En la práctica, para él el resultado del referéndum fue un "gamoto", literalmente una “patada en el culo”. “Nos honra y enorgullece haber ofrecido al pueblo heleno la posibilidad de decir 'gamoto' a todo lo que ha pasado en los últimos 62 años”. Es decir, mandar a paseo a los partidos adversarios, a la UE, a la injerencia extranjera, a la pérdida de soberanía, podría revelarse como una óptima estrategia electoral para recuperar votos.

En su discurso, Tsipras también ha subrayado que su Syriza representa lo “nuevo” en contraposición con lo “viejo”, es decir, con los demás partidos. Sobre el hecho de que el nuevo ¬Syriza sea lo “nuevo” que avanza hay muchas dudas. Empezando por que nunca ha sido un partido sino un caleidoscopio de ideologías del que forman parte viejos "trombones" procedentes del Pasok (digamos el ala nacional-popular), estalinistas irreductibles del Partido Comunista, sindicalistas vinculados a los mecenas del gobierno, anarquistas, maoístas, troskistas, etcétera, que se han unido para llegar al umbral mínimo necesario (3%) para entrar en el Parlamento. Obviamente, los demás partidos históricos, socialistas y conservadores, no son “nuevos”, pero todos pertenecen a la cultura política que se manifestó después del retorno a la democracia en 1974.

Tsipras 'limpia' Syriza pero Nueva Democracia resucita

Sergio Coggiola | 0 comentarios valoración: 3  280 votos
>Editorial

Refugees Welcome!

Fernando de Haro

La pancartas han sido contundentes: Refugees Welcome! (Refugiados, ¡bienvenidos!). No han colgado del Bundestag o de una sede del Gobierno. Las hemos visto en los estadios de fútbol alemanes. Muchos dicen que acoger a los refugiados sirios es una exigencia moral. Seguramente. Pero antes que eso es una gran oportunidad, una ocasión para descubrirse a sí mismo. Para que Europa recupere energías en la tarea siempre pendiente de recomenzar.

Lo tiene bastante claro Cristina. Es una berlinesa que ha acogido a un sirio en casa. “Estamos encantados de tener en nuestra casa a este nuevo inquilino. Estamos aprendiendo mucho”, le comenta a un periodista radiofónico. En Berlín la sociedad civil se ha organizado antes que las autoridades políticas, antes que las instituciones europeas. Los médicos hacen turnos para atender a los que llegan, las madres de familia mandan mensajes a través de las redes sociales para pedir enseres, se reparten paquetes de bienvenida. No es inútil que municipios y Comunidades Autónomas en España se movilicen para facilitar la acogida. Algunos los critican solo porque sus gobiernos son de izquierdas.

Esta crisis migratoria, la mayor desde la II Guerra Mundial, parece haberse convertido en un gran revulsivo. Una parte de Europa despierta. Alrededor de 270.000 inmigrantes ilegales han llegado en lo que llevamos de año. Grecia se ha convertido en el gran punto de entrada para los que huyen de la guerra de Siria a través de Turquía. Las escenas de dolor y sufrimiento que han abierto los informativos durante todo el verano, la situación en la estación de tren de Budapest, el ahogamiento del pequeño Aylan y su hermano han provocado una movilización de la opinión pública. Merkel se ha convertido esta vez en la líder no de los recortes, sino de la compasión. Los jefes de Estado y de Gobierno europeos tienen sobre la mesa la propuesta de acoger no ya a 40.000 refugiados, cifra propuesta por Bruselas el pasado mes de mayo, sino a 160.000. La ONU dice que el número tiene que elevarse hasta 200.000. Europa podría inspirarse en el sistema de acogida y recolocación que ha puesto en marcha Alemania. De momento se ha suspendido el Acuerdo de Dublín, que obliga a solicitar asilo en el país al que se llega. La inmensa mayoría de refugiados quiere instalarse en las tierras de Merkel o en Suecia. Sin duda es necesario aprobar un sistema de reparto ordenado. La Unión Europea, que ha mostrado una incapacidad política vergonzosa para afrontar el problema griego y la crisis de los bancos, a lo mejor encuentra ante este gran problema un modo de estar a la altura de las circunstancias.

Al reparto de los refugiados con cuotas se oponen el grupo de los antiguos países del Este con Hungría y Polonia a la cabeza. Son los países que más beneficiados resultaron por la generosidad europea de los años 90. Budapest se ha convertido en la capital del miedo. El primer ministro Orban ha sostenido en la última semana, después de levantar un nuevo muro, que hay que defender a Europa de la invasión de los que vienen de “otra civilización”. Electoralismo de corto plazo, miedo a que la prosperidad de Europa se vea desbordada, a no tener capacidad para atender a los que huyen de la guerra. Hungría está en todas partes: como egoísmo, como preocupación lógica por la integración, como una identidad débil. Todos tenemos dentro un voluntario alemán y un primer ministro húngaro.

>Editorial

Refugees Welcome!

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  412 votos

Los inmigrantes no son una amenaza

R.I.

Rajoy inaugura el curso con un paseo con Merkel en el que han hablado de la próxima cumbre europea sobre inmigración. Francia y Alemania reclaman medidas comunes para responder a la mayor crisis de refugiados que vive Europa desde la II Guerra Mundial. Europa no será Europa si no afronta de forma conjunto este reto y si no ofrece soluciones que tengan en cuenta la dignidad de las personas y el de su sufrimiento. El Gobierno de Rajoy no acepta el cupo de 5.849 refugiados que le solicita Bruselas. Hay quien argumenta que la crisis que ha estallado este verano en Europa amenaza con colapsar los instrumentos de cooperación, los mecanismos de seguridad y hasta el orden público en Europa. Se agita el miedo: la inmigración masiva puede dinamitar toda la estabilidad política, la seguridad, los tejidos sociales y la convivencia de Europa.

No es solución digna de Europa levantar muros y alimentar el miedo. No es verdad que los refugiados vayan a poner en peligro el bienestar del Viejo Continente. Tampoco es verdad que no caben todos porque ya han llegado demasiados inmigrantes. De hecho Europa es la región del mundo que menos refugiados acoge. La UE tiene 500 millones de habitantes. Y en este momento solo hay un refugiado por cada 1.900 ciudadanos de la Unión. Este año han llegado 270.000. Pero es que al Líbano, con 4 millones de habitantes, han llegado 2 millones.

Europa puede y debe comportarse mejor de cómo lo ha hecho hasta ahora. Lo aseguraba esta semana en un lúcido editorial The Economist. La mejor tradición europea es la que sabe reconocer que el otro, el diferente, el que sufre, es un bien. Acoger no quita nada, ni siquiera en términos económicos. Acoger te da mucho. El bienestar futuro de Europa depende de saber acoger e integrar a los que vienen de fuera, una fuerza de trabajo que nosotros no generamos.

La respuesta que damos a los refugiados y a los inmigrantes es el síntoma de que nuestro sistema de valores se ha convertido en un fósil. Le falta vida. La vitalidad de una civilización se mide por la frescura de sus certezas, certezas que cuando lo son sirven para dar solidez a los procesos de mestizaje.

Los inmigrantes no son una amenaza

R.I. | 0 comentarios valoración: 3  286 votos

Las perspectivas de la Eurozona: dónde estamos y hacia dónde vamos

El arte de la moneda única. Las políticas de austeridad como medicina para curar la crisis o como un fármaco inútil o incluso perjudicial. Cómo reactivar la economía y el empleo en Europa. Temas aún más actuales y urgentes tras la dimisión del primer ministro griego Tsipras, que también han sido objeto de debate en el Meeting de Rímini en una discusión moderada por el presidente de la Compañía de las Obras, Bernard Scholz, con tres economistas de fama mundial: el italiano Domenico Lombardi, el alemán Hans-Wernr Sinn y el francés Edmond Alphandéry, que dirigen importantes centros de estudios económicos internacionales en Canadá, Alemania y Bélgica respectivamente.

El diálogo comenzó con tres preguntas. ¿Grecia es un caso aislado o un problema sistémico para la moneda única? ¿Las reformas reclamadas en muchos países son instrumento suficiente para salir de la crisis? ¿Es posible un recorte o una reestructuración de la deuda en los países de la UE? Sobre todo, se puso en evidencia cómo la simplificación y la incapacidad de captar la complejidad de la situación se han convertido en la puerta de entrada de los populismos, nacionalismos y tentaciones de huida del euro.

Escuecen las certezas de quienes consideran el euro como el mayor mal de nuestras economías y señalan cifras como las presentadas por Domenico Lombardi referidas a su país: “Italia tiene un avance primario, en intereses de deuda, de los más altos de la UE, las políticas fiscales son eficaces y contienen nuestra deuda en poco más del 130% del PIB; si hubiéramos mantenido el nivel medio de otros países superaríamos el 200%”. Según Donati, los problemas son estructurales y previos a la crisis: baja productividad, escasa competitividad, bajo número de graduados sobre todo en el ámbito científico, poca capacidad de atraer inversiones externas, exceso de burocracia. Cuestiones todas que poco tienen que ver con el euro: “El desafío para Italia es el crecimiento. Con los decimales de este año y de los siguientes, nuestro PIB no volverá a niveles de 2010 hasta 2033”.

La situación de Grecia es distinta. La economía helena cuenta con una base productiva limitada, con más de veinte años de deudas destinadas a financiar el bienestar y los salarios que han llevado al país al colapso. Según Sinn, las decisiones políticas del gobierno Tsipras han agravado aún más la situación: “Grecia ha obtenido en estos años créditos por 434.000 millones de euros. Es como si cada familia griega hubiera recibido 83.000 euros. Es un coste insostenible para los países de la UE”. Para el economista alemán, la única solución posible es una salida temporal, durante cinco años, de la moneda única y el retorno al dracma. “Así podrían atraer a nuevos inversores, el precio de la vida volvería a estar al alcance de todos los ciudadanos y habría tiempo para realizar las reformas estructurales necesarias para recuperar el país”.

Una hipótesis totalmente contraria a la del francés Alphandéry: “Con dracma o con euro, las dificultades y necesidades de reforma seguirían invariables, y provocaríamos una herida incurable a la idea misma de Unión Europea”. De hecho, sobre una cosa todos los ponentes estaban de acuerdo: relanzar el proceso de unificación política. Algo que también tendría consecuencias económicas.

Las perspectivas de la Eurozona: dónde estamos y hacia dónde vamos

| 0 comentarios valoración: 3  297 votos
>Entrevista a Massimo Cacciari, filósofo y ex alcalde de Venecia

'Falta política. Estamos en la Europa de los fuertes que acaba con la Europa de los pueblos'

Marco Guerra

Grecia, entre la espada y la pared, parece que al final tendrá que someterse al dictado de la UE, que le impone incluso la apertura dominical de los comercios. ¿Se está pisoteando su soberanía?

Yo estoy conmocionado por cómo se está comportando el liderazgo europeo con Grecia. El mensaje que se está ofreciendo es el de una Europa de los fuertes que dicta las condiciones a los elementos más débiles de la Unión. Es una imagen devastadora, prácticamente la contraria de esa Europa de los pueblos que todos dicen querer construir.

Además de Grecia, ¿habrá efectos colaterales sobre otros países de la Unión?

Digamos que las cancillerías del continente están haciendo todo lo posible para que ganen los diversos Le Pen y Salvini, cuando no incluso los movimientos más nacionalistas presentes sobre todo en los países del este.

Precisamente los países del este, junto al bloque noreuropeo, son los que han mostrado más hostilidad ante la hipótesis de nuevas ayudas a Atenas.

Estamos hablando de satélites de Alemania, pues los países del este están ligados por un doble hilo a la política alemana. Por eso, Berlín en su momento apostó mucho por la ampliación de la UE hacia los países del antiguo bloque comunista. Una ampliación a toda costa, que se hizo deprisa, y que ha creado varios problemas, sobre todo en la relación con Rusia, lo que está creando divisiones políticas en Europa.

Lo que llama la atención no es tanto la reclamación a Grecia para que devuelva la deuda pública, sino la voluntad de imponerle políticas de claro sello liberal para alcanzar el objetivo. ¿Estamos ante una colonización político-ideológica?

Se puede dar una respuesta de izquierdas o de derechas ante la crisis griega, podemos discutir y entrar a valorar cuál es el enfoque más adecuado pero, en mi opinión, lo más grave no es la voluntad de imponer un modelo liberal, sino sobre todo la falta de conciencia de un destino común europeo entre los líderes de la Unión. El eje central de la Europa carolingia, París-Berlín, no piensa en una Europa que vaya más allá de las recetas financieras. Y ese no es el sentir de una cultura común. Es solo la imposición de los más fuertes sobre los más débiles sin ninguna estrategia política. Los errores cometidos son un detalle frente a esta falta de visión común ante el futuro de la UE.

>Entrevista a Massimo Cacciari, filósofo y ex alcalde de Venecia

'Falta política. Estamos en la Europa de los fuertes que acaba con la Europa de los pueblos'

Marco Guerra | 0 comentarios valoración: 3  276 votos

Grecia, Ucrania, crisis... ¿pero Europa no era un sueño de democracia, paz y prosperidad?

Rodolfo Casadei

En 2004, las insistentes intrigas de una comisión del Parlamento europeo consiguieron que se le negara el nombramiento como comisario de justicia, libertad y seguridad, discriminándole en virtud de sus convicciones religiosas y morales, pero Rocco Buttiglione nunca dejó de ser un ferviente europeísta. Toda su carrera política se ha desarrollado en Italia, donde ha sido ministro dos veces, diputado en cinco legislaturas (incluida la actual) y senador en una, más un periodo de dos años, entre 1999 y 2001, que pasó en el Parlamento europeo.

Durante décadas, la Unión Europea ha representado un sueño posible de democracia, paz y prosperidad. Ahora la prosperidad ya no está asegurada, como vemos en el caso de Grecia y otras economías de la Europa meridional. La paz está peligro, como vemos con la guerra en Ucrania; y la democracia corre el riesgo de hacerse irrelevante en un momento en que todas las políticas más importantes se deciden en Bruselas. ¿Cómo hemos llegado a este punto y cuál es el camino para salir de él?

Después de la gran etapa de los padres fundadores (De Gasperi, Adenauer y Schumann), en los años ochenta, con el pontificado de Juan Pablo II, vivimos un gran empuje para redescubrir las razones de la unidad de Europa, que es ante todo una unidad cultural, y solo después económica. Estas razones se presentaron bajo la forma de una nueva evangelización, que volvió a actualizar el encuentro con la fe cristiana, que constituyó a los pueblos europeos como tales, y las relaciones de fraternidad que los han convertido en una familia de pueblos. Este redescubrimiento de la fe cristiana generó un gran testimonio frente al comunismo, provocando su caída. La mayor potencia policial del mundo se derrumbó ante un testimonio indefenso.

Cuando sucedió esto, en Europa una clase política responsable, encarnada por Helmut Kohl, supo atraer la energía moral necesaria para realizar un gran proyecto político, que debía ligar indisolublemente Alemania con Occidente. Con la caída de la Unión Soviética, era inevitable que Alemania volviera a moverse hacia el este, con el riesgo de dividir Europa con el nacimiento de un nuevo imperio alemán en su centro. En cambio, Kohl optó por una Alemania europea, en vez de por una Europa alemana, y quiso el euro como instrumento para unir firmemente a Alemania con la Europa occidental. La ampliación de la Unión al este no representaba una expansión, sino una reunificación de Europa: eran los pueblos del este yendo hacia Europa, y no Alemania avanzando hacia el este. Fue un gran éxito. Hay que recordar la Europa de 1991: los pueblos del este habían perdido las seguridades que, aun en la indigencia, el comunismo les garantizaba, y todavía no había un nuevo sistema económico. El peligro de que la Europa centro-oriental se dividiera en dos, con unos países acercándose a Berlín y otros volviendo bajo el ala de Moscú, llenos de resentimiento, en cuanto Rusia volviera a ser una potencia de nivel mundial, era muy fuerte. Pero fueron capaces de construir, con nuestra ayuda, sistemas funcionales, dando lugar a un extraordinario desarrollo económico que ha dado esperanza a millones de personas.

Luego esta serie de éxitos se interrumpió y empezaron las derrotas. Entre 1998 y 2005 encajamos unas cuantas. Primero se decidió dejar los valores cristianos fuera de la constitución europea y luego los pueblos rechazaron la constitución. Hay una lógica que subyace a estos dos hechos. Si no nos une la fe cristiana, ¿qué es lo que mantiene unida Europa? ¿Por qué debería sentir como un hermano, por ejemplo, a un búlgaro? Al decaer el ímpetu ideal, decayó también el ímpetu político. Y así hemos tenido quince años marcados por los egoísmos nacionales, durante los cuales la clave europea no ha sido la tradición cristiana común sino el fin de todos los valores, y lo máximo que hemos logrado expresar ha sido apertura a los derechos LGBT. Europa es como un magnífico castillo que guarda dentro obras de arte, muebles y tapices maravillosos, pero donde falta el techo. Mientras luce el sol puede funcionar, pero cuando llueve todo se descompone. Y la lluvia ha llegado con la crisis financiera y económica. Ante esta crisis Europa parece indefensa, sin espíritu de solidaridad ni voluntad de reaccionar.

Grecia, Ucrania, crisis... ¿pero Europa no era un sueño de democracia, paz y prosperidad?

Rodolfo Casadei | 0 comentarios valoración: 3  267 votos
>Entrevista a Mario Mauro

Sin un referéndum, Europa está al borde de una guerra

P.V.

¿Cómo valora el resultado del referéndum en Grecia?

Ante todo hay que respetar el voto griego. Se equivocan los que lo interpretan como una especie de eliminatoria entre el euro y el dracma, porque evidentemente detrás hay mucho más que eso. Hay un juicio negativo sobre Europa por parte de grupos de la derecha soberanista griega, pero también lo que han votado “sí” realmente no quieren una Europa tal como está. El referéndum no se refería a un juicio contingente técnico sobre euro y dracma, sino que se abría en cambio al sentido y al proyecto político de la Unión Europea.

¿Qué le parece la forma en que los líderes europeos han reaccionado a la victoria del “no”?

Las declaraciones de los protagonistas europeos dicen mucho sobre su estado de ánimo y su disponibilidad real. La insistencia sobre el hecho de que ahora será Atenas quien tenga que hacer una propuesta es realmente paradójica. Personalmente, me parece un error que se añade sobre otro error. Solo Juncker ha intentado poner más corazón que obstáculos. Pero hoy no basta con buenas intenciones, habría que replantearse de manera crítica los errores de los últimos 30 años.

Algunos parecen condenados a no entenderse. ¿No sería mejor que cada uno fuera por su lado, como propone Grillo en Italia al referirse a la relación entre italianos y alemanes?

El único resultado histórico posible de la posición de Grillo sería el conflicto. Si no nos entendemos y cada uno va por su camino, debemos ser conscientes de que antes o después nuestros caminos volverán a encontrarse. Y si en ese punto nadie frena a tiempo y no hay un semáforo, terminaremos chocando. La actitud de Grillo carece de una perspectiva histórica real porque lleva a repetir los errores de un pasado que hoy nos parece muy lejano pero que podría repetirse mucho antes de lo que podamos esperar.

¿Con qué consecuencias?

Ese pasado condujo a las potencias europeas a emprender dos guerras mundiales, y hoy el problema de la guerra en Europa es muy real. Detrás de las crisis se esconde una suerte de guerra económica-financiera. Pero una cosa es encontrar una composición sobre los aspectos marginales de una crisis, y otra es cuando hay ejércitos alineados que marchan uno contra otro.

¿La convivencia forzosa en el euro no acerca aún más la perspectiva de una guerra?

No es así, y el ejemplo americano, por lejano que nos parezca, así lo documenta. La Constitución de EE.UU no excluye totalmente la posibilidad de nuevos derechos, pero genera anticuerpos para que en vista de un bien común supremo se pongan en un segundo plano los intereses particulares de los estados.

¿Pero qué tiene que ver eso con Europa?

Muchos problemas nacen del hecho de que hoy los países del este con un pasado comunista sienten con mucha fuerza el sentido de su ser nación. Durante muchos años, los países del Mediterráneo se han limitado a utilizar a la UE como un cajero automático, pero no se han organizado como sistema nacional que recogiera los reflejos estratégicos de esa construcción. Las naciones del norte en cambio son mucho más capaces de realizar esta operación. Por último, han llegado los países del este y su protagonismo exasperado ha obligado a todas las demás naciones a replantearse su forma de estar en Europa. Pero esto no permite afrontar ciertas cuestiones de fondo.

>Entrevista a Mario Mauro

Sin un referéndum, Europa está al borde de una guerra

P.V. | 0 comentarios valoración: 3  260 votos

El proyecto europeo amenazado

Eugenio Nasarre

El resultado del plebiscito que Tsipras convocó, con nocturnidad y alevosía, ha abierto la más peligrosa de las crisis que la Unión Europea ha sufrido en sus más de sesenta años de andadura. Hay muy serios motivos para estar hondamente preocupados, porque la democracia y el proyecto europeo mismo están en juego. Basta con hacer el recuento de quienes en toda Europa celebraban exultantes en la noche del domingo la victoria de Tsipras, en Gran Bretaña, en Francia, en Italia, en Portugal o en España: todos ellos declarados enemigos del proyecto europeo e instalados en la ola del populismo antidemocrático, que como un fantasma recorre hoy Europa.

Algunos de los dirigentes europeos han expresado su “respeto” al pronunciamiento del pueblo griego. Pero en esta hora grave resulta necesario ir al fondo de las cosas. ¿Es respetable un plebiscito convocado en medio de una negociación en el marco de las reglas existentes en el seno de la Unión Europea? ¿Un plebiscito sin tiempo para hacer una campaña en la que se suministrara a los ciudadanos griegos toda la información para conocer razonablemente las consecuencias de la encrucijada griega? ¿Un plebiscito que, como todos los que se conocen en las peores páginas de la historia europea, apelaba a los sentimientos más primarios en una sociedad convulsa por las medidas que ha adoptado el gobierno griego? ¿Un plebiscito en el que se ha buscado un enemigo exterior y se han atizado los sentimientos de odio que queríamos desterrar siempre en Europa?

Pensemos por un momento que otros países de la Unión Europea se lanzaran a seguir el camino emprendido por Tsipras. Que los plebiscitos se convirtieran en un arma en manos de cada uno de los gobiernos de los Estados de la Unión Europea para no someterse a las reglas de la Unión. Sencillamente, el proyecto europeo estaría muerto. Pero no sólo por la incompatibilidad del propio mecanismo con el espíritu de la construcción europea, sino porque –como ha pasado en Grecia– este tipo de procedimientos inevitablemente provoca el auge de los nacionalismos, alimenta la búsqueda del enemigo exterior a los propios males y errores, y la pérdida del concepto del “bien común” europeo.

Los desafíos a los que se enfrenta la Unión Europea en esta situación inédita son formidables. Porque en estas frenéticas jornadas posteriores al plebiscito se está configurando un clima de opinión que nada ayuda al proyecto europeo. Muchos griegos creen que han derrotado a los crueles oligarcas de la Unión Europea. Los populismos están envalentonados y hablan ya de “otra Europa”, con argumentos fundados en una concatenación de mentiras. Los críticos de la Unión Europea están cargando sus baterías para denunciar las debilidades de la Unión, sus imperfecciones institucionales, la incapacidad de sus dirigentes para haber hecho frente a la crisis. En los medios de comunicación se empieza ya a distinguir entre “halcones” y “palomas”: unos guardianes de la ortodoxia, otros tendentes a la compasión. No nos engañemos: todas las tendencias anti-europeístas que habitan en el continente han encontrado la mejor ocasión para poner en cuestión la integración europea.

Sí. Es un momento grave para Europa. Resolver la cuestión griega no es un asunto de paños calientes. Es posible que se logre un acuerdo in extremis. Pero los males creados exigen unas soluciones más profundas. Las familias políticas que han construido la Unión Europea deben hacer una profunda reflexión y adoptar decisiones que vayan más allá del caso griego. Deben saber que para combatir eficazmente a los populismos, que si avanzan minarán el proyecto europeo, es imprescindible fortalecer las instituciones de la Unión, caminar hacia un mayor federalismo, alimentarse del espíritu de los “padres fundadores” y supeditar los intereses particulares al bien común europeo. Es una batalla política que todos los verdaderos demócratas europeos deben afrontar con coraje, porque hoy más que nunca se puede decir que el proyecto europeo y nuestras democracias están indisolublemente unidos: no pueden salvarse por separado.

El proyecto europeo amenazado

Eugenio Nasarre | 0 comentarios valoración: 3  237 votos

Las emergencias que Europa no quiere ver

Robi Ronza

La crisis griega es, digámoslo una vez más, un temporal disfrazado de huracán. Como todo temporal, requiere algunas precauciones, pero lo cierto es que no es un grave problema. Si monopoliza las primeras páginas de diarios y telediarios es solo porque le conviene a un sistema mediático gobernado por cadenas televisivas transnacionales especializadas en programas de crónica televisada permanente. En este escenario, una historia como la del referéndum griego “funciona” igual que una final de mundial de fútbol. Bien gestionado, reclama al gran público y por tanto tiene un gran valor publicitario. Eso es todo.

Los problemas urgentes y graves de la Europa de hoy son otros, esos de los que se habla poco o nada. Hoy la información es un espejo sustancialmente deformado, donde con nuestras fuerzas estamos llamados a poner remedio cada día en la medida de nuestras posibilidades. Siguiendo el caso de la Unión Europea, su problema más grave no es Grecia sino la creciente inestabilidad de toda su frontera estratégica hacia el este y sureste, desde Ucrania hasta Oriente Próximo. Tanto en el caso de Ucrania como en el de las guerras en curso en Siria e Iraq, por no hablar de la anarquía en Libia, no se está haciendo nada serio ni eficaz. A la sombra de la continua rueda de encuentros (ampliamente reflejados por los telediarios) de los principales líderes de la Unión Europea, todo sigue parado. Si vemos cómo era la situación a principios de año, veremos que no se ha dado ni siquiera un paso adelante, y por tanto se han dado muchos pasos hacia atrás.

Cada vez es más evidente que los Estados Unidos se están retirando del área euro-mediterránea, dejando tras de sí varios focos de crisis y tensión. Alemania se ilusiona con ser la heredera del papel protagonista de una Unión Europea de guía alemana, pero es una tentación a la que es mejor ayudarla a resistirse. En la historia siempre las ambiciones hegemónicas de Alemania han tenido un pésimo resultado no solo para Europa sino para la propia Alemania. Lo que ya vemos basta para concluir que esta vez podría acabar igual. Pero para eso no basta con una declaración televisiva y alguna entrevista en los principales periódicos. Hace falta un proyecto claro y un trabajo sistemático, hace falta establecer relaciones y saber mantenerlas, hace falta crear las condiciones necesarias para alianzas estables.

Hace falta acabar con las reuniones del Eurogrupo inspiradas solo en la necesidad de dar respuestas inmediatas a problemas inmediatos. Así no se construye el papel propio de una entidad como la Unión Europea que, por sus dimensiones económicas, geográficas y geopolíticas, junto a Estados Unidos, Rusia, China y la India, es uno de los cinco actores principales de las relaciones internacionales de nuestro tiempo. Y no puede evitar serlo. Cuando de hecho se tienen ciertas dimensiones, uno no puede salir de escena: o se convierte en una gran locomotora o se transformará en un gran vagón de cola.

Las emergencias que Europa no quiere ver

Robi Ronza | 0 comentarios valoración: 3  232 votos
>Editorial

Grecia en una Europa más europea

Fernando de Haro

La victoria del no pone las cosas mucho más difíciles para afrontar la difícil situación que vive el país. Tsipras está ahora crecido y querrá hacer valer su triunfo pero en cualquier caso hay que volver a la mesa de negociación. En realidad antes de la convocatoria del referéndum el acuerdo estaba casi cerrado, sólo había una diferencia de 100 millones. Había consenso sobre el IVA, sobre el  recorte de gastos, sobre el calendario para prorrogar la edad de jubilación, sobre  las privatizaciones… Se habían armonizado las posiciones, por más que se quiera hacer guerra con el asunto, en torno a la  necesidad de reestructurar la deuda.

Habrá que volver a la mesa de negociación porque sin la ayuda del BCE Grecia cae en el infierno  y porque necesita urgentemente mucho dinero. El FMI ha estimado esa necesidad de fondos en 50.000 millones de euros para el tercer rescate,  a lo que hay que añadir una quita de la deuda y un alargamiento de los  plazos.  Grecia ha sido, sí, el socio díscolo. Ha engañado, ha hecho trampas, pero es nuestro socio.  Se puede retomar la conversación donde se había quedado. Y cuadrar el círculo: rescatarla de nuevo, esta vez con más inteligencia, y conseguir que modernice su economía. Es también una buena ocasión para acelerar la unión fiscal (no hay que parar hasta conseguir un Gobierno económico) y la  unión bancaria.

Europa como proyecto surgió en 1950 para cuadrar un dilema para el que tampoco parecía haber salida.  Durante 70 años el crecimiento económico de Francia y de Alemania, en los sectores industriales del acero y del carbón, había sido fuente de conflictos  muy sangrientos. Parecía irresoluble la ecuación que siempre daba como resultado la guerra cuando una de las dos potencias quería aumentar su riqueza.

No es inútil retomar los textos de aquellos años. Alemania, la que ahora reparte certificados de “europeidad”, era entonces la gran amenaza. Podemos releer las palabras que el secretario de Estado de los Estados Unidos, Dean Acheson, dirigía a Schuman, entonces ministro de Asuntos Exteriores de Francia,  en octubre de 1949. Acheson le explica a Schuman algo de lo que este estaba convencido: era necesario un cambio de paradigma. Podemos sustituir la palabra Alemania por Grecia y la misiva gana una actualidad sorprendente.  “En la mayoría de los casos, nos hemos acostumbrado durante los últimos cuatro años a decidir por los alemanes (griegos en 2015) o a imponerles nuestros puntos de vista. Evidentemente podríamos pretender que los alemanes (griegos de 2015) nos dieran una prueba de un comportamiento conforme a nuestra espera. ¿Pero nos lo podemos permitir con el poco tiempo del que disponemos? ¿No sería más sabio dar el primer paso y conceder de antemano a los alemanes (griegos de 2015) un crédito político que todavía no se han merecido del todo? No podemos esperar de los alemanes (griegos de 2015) un deseo de cooperar una vez que los hayamos condenado a la inanición”. La carta parece escrita hoy.

>Editorial

Grecia en una Europa más europea

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  354 votos
< Anterior 4 |  5 |  6 |  78  | 9  | 10  Siguiente >

>SÍGUENOS EN

>Entrevistas

El otro es un bien, también en política

Arte y pintura en Páginas Digital

El caballero de la mano en el pecho

David vencedor de Goliat de Caravaggio

>Boletín electrónico

Recibe los titulares de PÁGINASDIGITAL.es en tu correo electrónico
Darse alta y baja en el boletín electrónico

 

Darme de baja