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26 SEPTIEMBRE 2016

Por fin en el Camino. El camino empieza por uno mismo. En realidad, uno lleva haciendo el Camino de Santiago desde hace muchos años. Seguramente desde el mismo instante en que deseó hacerlo. Es pues un largo camino interior el que el peregrino espera recorrer ya hace tiempo, más largo aún que el propio Camino a Santiago. Un camino de amor y de búsqueda. Un camino de perdón y de conmiseración. Un camino de alegría y de dolor. El caminante sabe que Dios presidirá su Camino.

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Salida

José Manuel de Torres

Piedrafita do Cebreiro, 12-julio-2014

Santiago de Compostela, 20-julio-2014

Por fin en el Camino. El camino empieza por uno mismo. En realidad, uno lleva haciendo el Camino de Santiago desde hace muchos años. Seguramente desde el mismo instante en que deseó hacerlo. Es pues un largo camino interior que el peregrino espera recorrer ya hace tiempo, más largo aún que el propio Camino a Santiago. Un camino de amor y de búsqueda. Un camino de perdón y de conmiseración. Un camino de alegría y de dolor. El caminante sabe que Dios presidirá su Camino.

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O Cebreiro (12-07-2014)

José Manuel de Torres

Después de una dura subida por el margen izquierdo de la carretera, llegamos a la primera localidad donde pernoctar. Casas de piedra, pallozas, calles empedradas y una iglesia bien antigua, Santa María a Real, del siglo IX, donde se agolpan los invitados a una boda, nos reciben con la alegría desbordada del inicio. La gente del lugar es amable y conversadora, y vive mayoritariamente del Camino. El caminante escucha por vez primera ese acento melódico gallego que ya no abandonará sus pasos las próximas jornadas. Aunque ya está entrada la tarde, la suerte acompaña y el viajero ocupa la última cama-litera disponible del albergue de la Xunta. Hablamos con los aldeanos y nos informan del horario de misas. Y otra vez, nos sonríe la fortuna, misa de 19 horas de sábado, que ya nos valdrá para el domingo. Después de rezos y confesiones, y del consabido sello de la credencial, nos recogeremos a cenar raciones o empanada gallega, ya veremos, y rápidamente iremos a descansar con la radio pegada a la oreja a ver quien vence en el Brasil - Países Bajos por el tercer puesto del Mundial. El caminante reflexiona y llega a la conclusión de que él, sólo con estar allí, en medio del Camino, ya ha alcanzado una gran victoria. Estamos a 1300 metros de altitud, el aire es límpido y el paisaje se nos antoja avasallador desde lo alto: campiñas, lomas, el verde por doquier, o bosques y retamas que mezclan el amarillo con el frescor del viento. ¡Definitivamente me gusta!

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O Cebreiro (12-07-2014)

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Triacastela (13-07-2014)

José Manuel de Torres

Es difícil encontrar el camino interior cuando el Camino exterior se hace tan duro. Y realmente el de hoy ha sido un duro día de peregrinaje. La subida al alto de San Roque tras pasar Liñares nos ha resultado emocionante. Desde la altura, dominando la campiña, las lomas verdes y los bosques de pinos de montaña y abedules, un mar de nubes bajas cubría los valles y los convertía ¿por arte de magia? en un mar de blanca espuma. Subida tendida y pequeño descenso hasta la localidad de Hospital da Condesa, que toma nombre de un antiguo hospital de peregrinos, hoy ya inexistente. Y un poco más adelante, siempre en subida, el alto de Poio, cuyas durísimas rampas finales después de tanto tobogán rompen las piernas a cualquiera. El caminante resopla y resopla en busca de la respiración perdida y en lo alto se ve obligado a recuperar las fuerzas que le faltan. El potasio de un plátano ayuda lo suyo. Desde allí, ya un largo descenso atravesando pequeños núcleos de casas diseminadas y bordeando en la distancia la carretera hasta Triacastela, villa de los tres castillos. Y siempre antiguas ermitas, de piedra o de pizarra, en honor a Santiago las más, nos recuerdan el sentido transcendente del viaje y el sello celestial de la credencial. Por algo la orden hospitalaria de San Juan de Jerusalén acampó por estos lares. Pendientes de nuevo abruptas, ahora de bajada, nos terminan de machacar las articulaciones de las piernas. Esperemos que tanto cansancio, tras una buena ducha y un suculento almuerzo, mengüe y nos permita recuperar el tono muscular perdido en la etapa de hoy. Con tres buenos amigos del Camino almuerzo y encuentro refugio en el albergue de la Xunta al lado del Río. El caminante sabe que debe descansar algo, y lo hace, pero también se pone a escribir y a reponer viandas y brebajes de sales minerales para el duro día que se avecina. Tras pasar por la lavandería, el Alemania - Argentina en el bar de enfrente resulta emocionante. La final está que arde, pero los pies del caminante no aguantan más y se retira antes de comenzar la prórroga y conocer la victoria final teutona. Ya en sueños y entre ronquidos inquietantes, el peregrino descubre que la realidad mundana empieza a perder pie en el Camino y decide por fin dedicarse en cuerpo y alma a la peregrinación interior.

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Triacastela (13-07-2014)

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Sarriá (14-07-2014)

José Manuel de Torres

Sarriá (14-07-2014)

¡Vaya día! Hemos empezado la jornada temprano: como a las 6 ya estábamos en pie. Después de un ligero desayuno sobrepasamos raudos Triacastela y elegimos llegar a Sarria por el Monasterio de Samos... ¡sabia pero cansada elección! ¡Sabia para el corazón... pero agotadora para los pies! El peregrino recuerda que en el Camino de Santiago manda la cabeza y que los pies van detrás... aunque no siempre. Así, hay momentos en que las piernas se quejan, dicen basta y algunos peregrinos van quedando atrás por el camino víctimas de la ideación de la realidad. Un paso mantenido y uniforme es sólo una pequeña garantía para nuestra meta: abrazar al Apóstol y, por qué no, ganarnos un trocito de Cielo en la Tierra. La jornada comienza por el asfalto, aunque eso sí, el murmullo del agua nos acompañará con su dulce música todo el recorrido hasta Samos. Enseguida tomamos un camino idílico, realmente paradisíaco. Y pronto llega la sombra reparadora bajo los castaños, hayas y robles que jalonan las corredoiras y el murmullo musical del elemento líquido. Pura melodía andante, como nosotros, sinfonía aún inconclusa que también tiene un destino: el mar atlántico. El caminante recuerda los versos entonces de Jorge Manrique a la muerte de su padre, y pasa a considerarse un riachuelo cuyo morir en el mar de Santiago anhela para purificarse del todo. Las corredoiras son caminos, mejor dicho, veredas virginales donde la piedra hecha pizarra escolta y protege en altura la senda. Y el musgo se adereza sobre ella, y la hiedra termina de cubrirla por donde alcanza, y el verdor se vuelve deslumbrante para la vista del viajero, peregrino esta vez del dulzor de la sombra y de la música juguetona del agua que acompaña nuestros pasos. Si no fuera porque el tiempo está pautado, estas corredoiras gallegas serían un buen sitio para permanecer. ¡Parménides contra Heráclito! ¡Todo fluye, nada permanece!... excepto el rumor del agua que de siempre acompañó al peregrino por estos lares. Y al mismo son, el agua corre y baila y siempre ríe por entre las torrenteras que desde el camino se avistan. Así, entre estas meditaciones, vamos superando pequeñas poblaciones como San Cristobo do Real y otras aldeas, y encontramos paisanos que saludan y responden al saludo mañanero. Alguno incluso se anima a proporcionar al caminante una agradable conversación que muestra el ser gallego tradicional: acogedor, sencillo y bien educado, gente creyente de la tierra y del ganado, que seguramente ve en el peregrino a alguien distinto a quien respeta profundamente. El caminante sabe que estas gentes son religiosas a su modo: la muerte simpre presente en los cementerios que rondan o cercan las ermitas al lado de casas, establos y hórreos diseminados por los concellos que atravesamos: el de Triacastela y luego el de Sarria.

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Sarriá (14-07-2014)

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Portomarín (15-07-2014)

José Manuel de Torres

Portomarín (15-07-2014)

Del albergue del monasterio salimos con precaución, con los deberes del estiramiento bien hechos. Aun así, los primeros kilómetros del día cuestan un potosí y se resienten las articulaciones de las piernas, sobre todo las dos rodillas en las bajadas pronunciadas. Atravesamos campos de maíz y, enseguida, siguiendo el curso del ferrocarril, nos sumergimos de nuevo en la penumbra de las corredoiras, esta vez de piedra granítica, destinadas a encauzar el correr del agua “cando chove”. Y el corazón palpita de deseo de ser también naturaleza inmóvil pero cierta, sonora al viento. La umbría nos lleva de la mano, la sombra nos antecede. Se trata sólo de andar, de dar un paso más y luego otro, y luego otro, y otro más después, de olvidar el dolor u ofrecerlo al Todopoderoso que nos permite andar por el sendero. A veces, fija la vista en el suelo por el esfuerzo y el cansancio, al caminante le parece que los kilómetros se suceden lentamente entre los mojones de la Diputación de Lugo repintados por la desidia, el burzoneo y el aburrimiento de algunos. Al comenzar la etapa en Sarria eran 111 los kilómetros marcados en el hito de piedra, 24 kilómetros después las largas seis horas de camino al peregrino le semejan apenas un pestañeo. El camino enseña muchas cosas, no todas verdaderas. Enseña, por ejemplo, que la vida y la muerte conviven indiferentes y se entremezclan y entrelazan curiosas la una de la otra. Así, los cementerios recoletos cercan las iglesias y las ermitas románicas en busca de la eternidad: muertos en pos de la trascendencia y la vida del mundo futuro, amén. Pero también el viajero descubre este juego a vida o muerte en cada uno de los pequeños animales, mariposas, pájaros, babosas, etc., cuya vida pende de un mal pisotón o de un mal cálculo, y cuyos cuerpocillos ha ido descubriendo con cierto pesar por el camino. También las cruces en homenaje a los peregrinos caídos “en acción” recuerdan que un instante todo lo cambia (para mal o para bien, quién sabe). Aunque el Camino busca ir más allá de las estrellas -Compostela,  “campo das estrelas”-, y encontrar la luz, la vida, la eternidad, para otros muchos, sin embargo, la meta finalmente es el propio camino. El caminante desea con todas sus fuerzas que éste último no sea su caso y aprieta el paso ensimismado en estos pensamientos sobrecogedores.

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Portomarín (15-07-2014)

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Palas de Rei (16-07-2014)

José Manuel de Torres

El caminante sabe bien dónde empieza el camino cada día, pero no alcanza a saber si cumplirá la jornada sin contratiempo. También sabe que el camino a veces engaña y cuando parece ser una línea recta se ondula sin remedio y se retuerce, y cuando parece que termina de empinarse no lo consigue y persiste cuesta arriba hasta el infinito. Si el camino engaña como un demonio es porque uno en el fondo está dispuesto a dejarse engañar. El camino es la metáfora perfecta de la vida, serpentea de izquierda a derecha, de arriba a abajo, zigzaguea sin fin, nos abraza como un amante posesivo y nos rechaza luego despechado por nuestra infidelidad. Amanece no, clarea todavía, y el Miño embalsado y embelesado en Belesar nos hace llorar de emoción mientras lo atravesamos ante la estampa inédita a nuestros ojos de la primera luz sobre el agua. A decenas surgen por doquier los cantos y los trinos de los pájaros primeros del alba. La escena, en verdad, emociona. Todavía medio a oscuras, el peregrino se deshace del sentimiento a duras penas y emprende su trabajo: caminar sin descanso. El peregrino ha descubierto ya que caminar es un duro trabajo cotidiano, igual de duro que ir al trabajo cada día en la vida normal. Se empina pues la mañana sobre un bosque que se intuye entreverado de robles y de hayas, y casi sin resuello se alcanza una hilera de pinos que adornan el sendero y donde nos sorprende en estampida un pequeño cervatillo. Con la luz ya ganando a las sombras, se deja ver una densa niebla tan llena de humedad que se produce el curioso fenómeno de desprenderse como una fina lluvia cada vez que el viento azuza las ramas de los árboles por donde atravesamos. Pasado Cortapezas espera Gonzar y sus diseminadas casas típicas. Se alterna la piedra con la tierra del camino, pero el verdor no nos llega a los sentidos en su esplendor por la espesa masa de agua pegada a los suelos. Son muchos los peregrinos que nos superan, seguros de sí mismos; nosotros también adelantamos a algunos, pero el Camino finalmente pone a cada cual en su sitio, como pasa también en nuestras vidas.

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Palas de Rei (16-07-2014)

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Arzúa (17-07-2014)

José Manuel de Torres

El caminante escribe desde cualquier sitio donde pueda sentir menos dolor en las piernas. Los huesos hoy parecen de mantequilla. Los casi 29 kilómetros se han hecho realmente duros, incluso muy duros. Hemos parado en cada una de las iglesias para rezar por buenas intenciones y por algunas almas, que esperamos estén ya en el Cielo.

La marcha empieza de nuevo temprano y enseguida subiendo. Día de viajar por frondosas veredas repletas de abedules, castaños, eucaliptos, pinos, hayas y melojares o rebollares (aquí llamados “carballeiras”). Día también de toboganes sin fin. El caminante aprende pronto que si el camino baja es porque después subirá, y si sube es porque después bajará para salvar algún riachuelo. Hileras de hormiguitas con la mochila a cuestas se lo disputan. El camino es hoy largo y sinuoso (“The long and winding road”, The Beatles), a veces incluso tortuoso. No hay dos caminos iguales, como tampoco hay dos caminantes idénticos. Pero para los árboles, el granito y las vacas que decoran el paisaje, seguramente sólo hay un solo camino y, quizás, cada día, siempre existan tan sólo los mismos caminantes repetidos recorriéndolo una y otra vez sin descanso. Hoy he querido encontrar la huella del camino. Y lo hemos hecho fijándonos en nuestros propios pasos y figurándonos cómo fueron realmente los pasos de los antiguos peregrinos: dónde pisaron y qué piedras de las que pisábamos nosotros pisaron ellos. Tarea ardua si no se pone mucha imaginación. Pero donde este viajero sí encontró su recuerdo fue en las “igrexias” románicas como la de Leboreiro, que, hoy sí, abiertas, reciben como antaño con amor al peregrino para sellar la credencial y poder disfrutar de un momento de recogimiento ante el Santísisimo y ante los Jacobos de turno en los altares. El Camino de Santiago es un camino de Iglesia y de iglesias donde curiosamente sólo unos pocos buscan consuelo al dolor del día y al sufrimiento de la jornada. Los más pasan ensimismados en su propio reto sin siquiera fijarse en que el alma del Camino vive adyacente al mismo bajo los cruceiros , los antiguos hospitales ya desaparecidos y las ermitas románicas y sus cuidados cementerios perimetrales aún en pie.

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Arzúa (17-07-2014)

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Santiago de Compostela (18-07-2014)

José Manuel de Torres

El caminante, que él recuerde, nunca había andado 41 kilómetros en una sola jornada en los 52 años que le contemplan. La etapa ha sido sencillamente brutal. La salida de Arzúa, pasadas las 6 y media  de la mañana, y con un pequeño desayuno de café con leche y un bollo de chocolate, levanta el ánimo al andante que “emprende” el camino sin ataduras y con la resolución de llegar cuanto más lejos, mejor. La senda pronto se empina y los repechos descendentes y ascendentes para vadear continuos riachuelos machacan aún más los doloridos músculos del caminante, que se propone seguir con la buena costumbre de sellar la credencial en las iglesias que bordean el Camino, pero hoy, lamentablemente, no las encuentra abiertas hasta llegar a la Catedral. También han desaparecido los mojones que nos aliviaban la mente y nos descubrían lo rápido o lo lento que consumíamos los kilómetros. Así que nos orientamos con los nombres de los pueblos que vamos dejando atrás: Cortobe, Calzada, Ferreiros, Salceda, Santa Irene, Pedrouzo, San Antón y Lavacolla. Hoy la lucha entre la cabeza y el corazón ha sido descomunal. La cabeza exigía parar y el corazón rogaba continuar: un paso más, por favor. Dicen que un peregrino como este que me acompaña dejó escrito en su tumba este epitafio: “Ante mi tumba reza, haz como yo, impón el corazón a la cabeza”. El viajante, a estas alturas del camino, tiene la imaginación absolutamente desbordada por la experiencia mística y desvaría a lo don Quijote. Definitivamente, el camino hace amigos verdaderos y ofrece lo mejor de cada persona. Las historias dolorosas abundan entre los caminantes: pérdidas, separaciones, heridas del corazón que sólo el corazón del Camino sabe cuidar y reparar. Y al compartir los sufrimientos los caminantes van perdiendo lastre y recobran las fuerzas del espíritu. Recuperar energía en las piernas, ése ya es otro cantar.

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Santiago de Compostela (18-07-2014)

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Santiago de Compostela (19-07-2014)

José Manuel de Torres

Lo que más impresiona del Camino es que nunca se acaba. El caminante sigue despues caminando en el camino de la vida, el verdadero de cada día, una vez alcanzada la meta de abrazar al Apóstol. El caminante ya sabe que si cae en el Camino, el otro caminante que le acompaña a su lado procurará raudo que se levante, pues la meta siempre queda a una jornada de camino hasta completar la definitiva jornada. El viajante se acuerda aquí de Manrique y las coplas a la muerte de su padre: “Este mundo es el camino / para el otro, que es morada / sin pesar, / mas cumple tener buen tino / para andar esta jornada / sin errar...”. El caminante, peregrino en la Tierra, espera, con la gracia de Dios, alcanzar la plenitud del Camino algún día. Las metas cotidianas también esperan sin dilación y el viaje interior debe continuar en cada corazón humano. El caminante sabe que el amor preside su camino y que ayudar al prójimo es el camino más rápido hacia la meta de las estrellas, la eternidad.

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Santiago de Compostela (19-07-2014)

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