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18 SEPTIEMBRE 2018

Por fin en el Camino. El camino empieza por uno mismo. En realidad, uno lleva haciendo el Camino de Santiago desde hace muchos años. Seguramente desde el mismo instante en que deseó hacerlo. Es pues un largo camino interior el que el peregrino espera recorrer ya hace tiempo, más largo aún que el propio Camino a Santiago. Un camino de amor y de búsqueda. Un camino de perdón y de conmiseración. Un camino de alegría y de dolor. El caminante sabe que Dios presidirá su Camino.

>Diario de un caminante a Santiago

Arzúa (17-07-2014)

José Manuel de Torres

El caminante escribe desde cualquier sitio donde pueda sentir menos dolor en las piernas. Los huesos hoy parecen de mantequilla. Los casi 29 kilómetros se han hecho realmente duros, incluso muy duros. Hemos parado en cada una de las iglesias para rezar por buenas intenciones y por algunas almas, que esperamos estén ya en el Cielo.

La marcha empieza de nuevo temprano y enseguida subiendo. Día de viajar por frondosas veredas repletas de abedules, castaños, eucaliptos, pinos, hayas y melojares o rebollares (aquí llamados “carballeiras”). Día también de toboganes sin fin. El caminante aprende pronto que si el camino baja es porque después subirá, y si sube es porque después bajará para salvar algún riachuelo. Hileras de hormiguitas con la mochila a cuestas se lo disputan. El camino es hoy largo y sinuoso (“The long and winding road”, The Beatles), a veces incluso tortuoso. No hay dos caminos iguales, como tampoco hay dos caminantes idénticos. Pero para los árboles, el granito y las vacas que decoran el paisaje, seguramente sólo hay un solo camino y, quizás, cada día, siempre existan tan sólo los mismos caminantes repetidos recorriéndolo una y otra vez sin descanso. Hoy he querido encontrar la huella del camino. Y lo hemos hecho fijándonos en nuestros propios pasos y figurándonos cómo fueron realmente los pasos de los antiguos peregrinos: dónde pisaron y qué piedras de las que pisábamos nosotros pisaron ellos. Tarea ardua si no se pone mucha imaginación. Pero donde este viajero sí encontró su recuerdo fue en las “igrexias” románicas como la de Leboreiro, que, hoy sí, abiertas, reciben como antaño con amor al peregrino para sellar la credencial y poder disfrutar de un momento de recogimiento ante el Santísisimo y ante los Jacobos de turno en los altares. El Camino de Santiago es un camino de Iglesia y de iglesias donde curiosamente sólo unos pocos buscan consuelo al dolor del día y al sufrimiento de la jornada. Los más pasan ensimismados en su propio reto sin siquiera fijarse en que el alma del Camino vive adyacente al mismo bajo los cruceiros , los antiguos hospitales ya desaparecidos y las ermitas románicas y sus cuidados cementerios perimetrales aún en pie.

>Diario de un caminante a Santiago

Arzúa (17-07-2014)

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