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13 NOVIEMBRE 2018

Por fin en el Camino. El camino empieza por uno mismo. En realidad, uno lleva haciendo el Camino de Santiago desde hace muchos años. Seguramente desde el mismo instante en que deseó hacerlo. Es pues un largo camino interior el que el peregrino espera recorrer ya hace tiempo, más largo aún que el propio Camino a Santiago. Un camino de amor y de búsqueda. Un camino de perdón y de conmiseración. Un camino de alegría y de dolor. El caminante sabe que Dios presidirá su Camino.

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Portomarín (15-07-2014)

José Manuel de Torres

Portomarín (15-07-2014)

Del albergue del monasterio salimos con precaución, con los deberes del estiramiento bien hechos. Aun así, los primeros kilómetros del día cuestan un potosí y se resienten las articulaciones de las piernas, sobre todo las dos rodillas en las bajadas pronunciadas. Atravesamos campos de maíz y, enseguida, siguiendo el curso del ferrocarril, nos sumergimos de nuevo en la penumbra de las corredoiras, esta vez de piedra granítica, destinadas a encauzar el correr del agua “cando chove”. Y el corazón palpita de deseo de ser también naturaleza inmóvil pero cierta, sonora al viento. La umbría nos lleva de la mano, la sombra nos antecede. Se trata sólo de andar, de dar un paso más y luego otro, y luego otro, y otro más después, de olvidar el dolor u ofrecerlo al Todopoderoso que nos permite andar por el sendero. A veces, fija la vista en el suelo por el esfuerzo y el cansancio, al caminante le parece que los kilómetros se suceden lentamente entre los mojones de la Diputación de Lugo repintados por la desidia, el burzoneo y el aburrimiento de algunos. Al comenzar la etapa en Sarria eran 111 los kilómetros marcados en el hito de piedra, 24 kilómetros después las largas seis horas de camino al peregrino le semejan apenas un pestañeo. El camino enseña muchas cosas, no todas verdaderas. Enseña, por ejemplo, que la vida y la muerte conviven indiferentes y se entremezclan y entrelazan curiosas la una de la otra. Así, los cementerios recoletos cercan las iglesias y las ermitas románicas en busca de la eternidad: muertos en pos de la trascendencia y la vida del mundo futuro, amén. Pero también el viajero descubre este juego a vida o muerte en cada uno de los pequeños animales, mariposas, pájaros, babosas, etc., cuya vida pende de un mal pisotón o de un mal cálculo, y cuyos cuerpocillos ha ido descubriendo con cierto pesar por el camino. También las cruces en homenaje a los peregrinos caídos “en acción” recuerdan que un instante todo lo cambia (para mal o para bien, quién sabe). Aunque el Camino busca ir más allá de las estrellas -Compostela,  “campo das estrelas”-, y encontrar la luz, la vida, la eternidad, para otros muchos, sin embargo, la meta finalmente es el propio camino. El caminante desea con todas sus fuerzas que éste último no sea su caso y aprieta el paso ensimismado en estos pensamientos sobrecogedores.

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Portomarín (15-07-2014)

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