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16 JULIO 2019

Por fin en el Camino. El camino empieza por uno mismo. En realidad, uno lleva haciendo el Camino de Santiago desde hace muchos años. Seguramente desde el mismo instante en que deseó hacerlo. Es pues un largo camino interior el que el peregrino espera recorrer ya hace tiempo, más largo aún que el propio Camino a Santiago. Un camino de amor y de búsqueda. Un camino de perdón y de conmiseración. Un camino de alegría y de dolor. El caminante sabe que Dios presidirá su Camino.

>Diario de un caminante a Santiago

Sarriá (14-07-2014)

José Manuel de Torres

Sarriá (14-07-2014)

¡Vaya día! Hemos empezado la jornada temprano: como a las 6 ya estábamos en pie. Después de un ligero desayuno sobrepasamos raudos Triacastela y elegimos llegar a Sarria por el Monasterio de Samos... ¡sabia pero cansada elección! ¡Sabia para el corazón... pero agotadora para los pies! El peregrino recuerda que en el Camino de Santiago manda la cabeza y que los pies van detrás... aunque no siempre. Así, hay momentos en que las piernas se quejan, dicen basta y algunos peregrinos van quedando atrás por el camino víctimas de la ideación de la realidad. Un paso mantenido y uniforme es sólo una pequeña garantía para nuestra meta: abrazar al Apóstol y, por qué no, ganarnos un trocito de Cielo en la Tierra. La jornada comienza por el asfalto, aunque eso sí, el murmullo del agua nos acompañará con su dulce música todo el recorrido hasta Samos. Enseguida tomamos un camino idílico, realmente paradisíaco. Y pronto llega la sombra reparadora bajo los castaños, hayas y robles que jalonan las corredoiras y el murmullo musical del elemento líquido. Pura melodía andante, como nosotros, sinfonía aún inconclusa que también tiene un destino: el mar atlántico. El caminante recuerda los versos entonces de Jorge Manrique a la muerte de su padre, y pasa a considerarse un riachuelo cuyo morir en el mar de Santiago anhela para purificarse del todo. Las corredoiras son caminos, mejor dicho, veredas virginales donde la piedra hecha pizarra escolta y protege en altura la senda. Y el musgo se adereza sobre ella, y la hiedra termina de cubrirla por donde alcanza, y el verdor se vuelve deslumbrante para la vista del viajero, peregrino esta vez del dulzor de la sombra y de la música juguetona del agua que acompaña nuestros pasos. Si no fuera porque el tiempo está pautado, estas corredoiras gallegas serían un buen sitio para permanecer. ¡Parménides contra Heráclito! ¡Todo fluye, nada permanece!... excepto el rumor del agua que de siempre acompañó al peregrino por estos lares. Y al mismo son, el agua corre y baila y siempre ríe por entre las torrenteras que desde el camino se avistan. Así, entre estas meditaciones, vamos superando pequeñas poblaciones como San Cristobo do Real y otras aldeas, y encontramos paisanos que saludan y responden al saludo mañanero. Alguno incluso se anima a proporcionar al caminante una agradable conversación que muestra el ser gallego tradicional: acogedor, sencillo y bien educado, gente creyente de la tierra y del ganado, que seguramente ve en el peregrino a alguien distinto a quien respeta profundamente. El caminante sabe que estas gentes son religiosas a su modo: la muerte simpre presente en los cementerios que rondan o cercan las ermitas al lado de casas, establos y hórreos diseminados por los concellos que atravesamos: el de Triacastela y luego el de Sarria.

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Sarriá (14-07-2014)

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