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29 SEPTIEMBRE 2016
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Cristianismo y leyes: sin altas pretensiones

Georges Cottier

Paginasdigital.es publica, por su interés, un fragmento de un texto escrito por el cardenal Georges Cottier, teólogo emérito de la Casa Pontificia, editado en 2009 por la revista 30 Giorni.

Los primeros legisladores cristianos no abrogaron inmediatamente las leyes romanas sobre prácticas no conformes o incluso contrarias a la ley natural, como el concubinato y la esclavitud. El cambio se dio mediante un camino lento, marcado muchas veces por marchas atrás, a medida que el número de cristianos aumentaba en la población, y, con ellos, el impacto del sentido de la dignidad de la persona. Al principio, para garantizar el consenso de los ciudadanos y conservar la paz social, se mantuvieron en vigor las llamadas «leyes imperfectas», que evitaban perseguir acciones y conductas en contraste con la ley natural. El mismo santo Tomás, que no tenía dudas sobre el hecho de que la ley debe ser moral, añade que el Estado no debe poner leyes demasiado severas y “altas”, porque serán despreciadas por la gente que no será capaz de aplicarlas.

El realismo del hombre político reconoce el mal y lo llama por su nombre. Reconoce que hay que ser humildes y pacientes, que hay que combatirlo sin la pretensión de desarraigarlo de la historia humana mediante instrumentos de coerción legal. Es la parábola de la cizaña, que también vale a nivel político. Por otra parte, esto en él no se convierte en justificación de cinismo o de indiferentismo. El esfuerzo por disminuir en lo posible el mal es persistente. Es una obligación.

También la Iglesia ha percibido siempre como lejana y peligrosa la ilusión de eliminar totalmente el mal de la historia por vía legal, política o religiosa. La historia, también la reciente, está sembrada de desastres causados por el fanatismo de quienes pretendían secar las fuentes del mal en la historia de los hombres, acabando por transformar todo en un gran cementerio. Los regímenes comunistas seguían exactamente esta lógica. Así como el terrorismo religioso, que mata incluso en nombre de Dios. Y cuando un médico abortista es asesinado por militantes antiaborto –ocurrió recientemente en Estados Unidos– hay que admitir que incluso los impulsos ideales más altos, como la sacrosanta defensa del valor absoluto de la vida humana, pueden corromperse y transformarse en su contrario, convirtiéndose en palabras de orden a disposición de una ideología aberrante.

Cristianismo y leyes: sin altas pretensiones

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A vueltas con las leyes y los cristianos

José Luis Restán

Querido director:

No puedo sino estar plenamente de acuerdo con la afirmación de Joseph Ratzinger sobre San Agustín, recogida al final del interesante texto del cardenal Cottier publicado por Páginas: «no desea ni la eclesialización del Estado, ni una estatalización de la Iglesia, sino que en medio de los ordenamientos de este mundo, que son y deben ser ordenamientos mundanos, aspira a hacer presente la nueva fuerza de la fe en la unidad de los hombres en el Cuerpo de Cristo, como elemento de transformación, cuya forma completa será creada por Dios mismo, cuando la historia alcance su fin».

También comparto la evidencia expresada por Cottier de que “el rechazo por parte de los cristianos de todo lo que no es compatible con la doctrina de los apóstoles no se ha manifestado nunca como antagonismo radical respecto al orden constituido en cuanto tal en sus puntos esenciales jurídicos, culturales, políticos y sociales”.

Yo mismo, en el artículo publicado en este medio titulado “El cristiano y las leyes”, afirmaba que “los cristianos han practicado siempre un sano realismo. Según los bienes que estuvieran en juego, y las posibilidades reales de influir en el debate público, a veces han tolerado leyes injustas, buscando el modo de limitar su impacto dañino. En otras ocasiones las han combatido, y cuando estaban en juego bienes supremos han aceptado incluso la cárcel y el martirio, como testimonio de la verdad que estaba siendo atropellada”.

Pero me atrevo a decir que la saludable distinción de Cottier no puede ser entendida como una suerte de indiferencia de los cristianos respecto a los ordenamientos jurídicos y políticos de nuestro mundo. Ni Agustín, ni Tomás de Aquino, ni desde luego Joseph Ratzinger compartirían semejante tesis. Todos ellos han postulado la implicación realista y prudente de los cristianos para conseguir plasmar dichos ordenamientos del modo más cercano posible al ideal, sabiendo siempre que se trataba de intentos imperfectos, o como le gustaba decir a Don Giussani, “irónicos”. Y por supuesto, en un contexto crecientemente descristianizado, todos los papas han urgido a los cristianos a implicarse en esta labor, incluyendo la denuncia de las leyes injustas, especialmente aquellas que atacan directamente la dignidad sagrada de las personas.

Me permito sugerir este formidable párrafo del cardenal Ratzinger en su libro “Fe, verdad, tolerancia”: «en el ámbito de cada presente concreto, nuestra tarea consistirá en luchar por conseguir la constitución relativamente mejor de la coexistencia humana, y en conservar el bien que de este modo se haya conseguido, superando el mal existente y defendiéndonos contra la irrupción de los poderes de la destrucción». Ojalá lo hagamos.

A vueltas con las leyes y los cristianos

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Cristianismo y leyes: el derecho natural es histórico

Massimo Borghesi

Lo dice San Agustín, la ley tiene que reconocer la condición del hombre pecador. Las evidencias dependen de la historia. Siempre hay una brecha entre derecho natural y derecho positivo, una brecha que varía según el ethos de la nación. Reproducimos un fragmento de "Crítica de la teología política", libro de Massimo Borghesi, que aporta elementos para el debate sobre la relación entre el cristianismo y las leyes en un mundo potsmoderno en el que las evidencias se han derrumbado. El fragmento reproduce el “encuentro intelectual” entre el filósofo del derecho alemán Ernst-Wolfgang Böckenförde y San Agustín.

El arte de la política no “deduce” el derecho positivo del derecho natural sino que lo “interpreta” en función del bien común, que tiene una extensión mayor. Esto lleva a Böckenförde a un singular encuentro con la postura de San Agustín. Al menos por dos factores. El primero viene de la conciencia de que el contenido del derecho natural no prescinde de la evidencia histórica, como parece pensar en cambio la neoescolástica tradicional. La verdad “eterna” de los principios del derecho natural se pone de manifiesto a través de acontecimientos “históricos”, empezando por la revelación cristiana.

La revelación “irrumpió” en la historia, cambió radicalmente, en un momento preciso, el horizonte de la realidad. Gracias a ella, dentro de la historia se hicieron patentes ciertas verdades que hasta entonces no se conocían en absoluto, o solo lo eran en parte. A este respecto, considero totalmente aceptable la interpretación que ve en ello un paso que ha servido a la razón para superar una condición que la veía en cierto sentido mentalmente cerradasobre sí misma, y por tanto “debilitada”, o demasiado ocupada en los mitos, de tal modo que ha sido liberada de adquirir nuevos conocimientos e intuiciones que consideraba verdaderos e imprescindibles. Lo cual también significa que puede haber conocimientos y exigencias, incluso respecto al derecho, que no es posible probar que sean reconocidas universalmente como “ya verdaderas desde siempre”, pero que sin embargo, una vez que han sido acogidas, son válidas por sí mismas. Muchos elementos nos hacen pensar que el reconocimiento de la dignidad humana y de la intangibilidad del hombre representa uno de estos casos.

La esfera del derecho “natural” no es, desde el punto de vista gnoseológico, una esfera autónoma cuya evidencia sea inmediata. Esta ha recibido y recibe su luz del momento teológico. Pero eso significa que la evidencia o no de sus principios depende del proceso de secularización.

El segundo punto de contacto con Agustín reside en la conciencia de que el descarte entre derecho positivo y derecho natural depende (cristianamente) de la condición concreta del hombre pecador.

Cristianismo y leyes: el derecho natural es histórico

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>Cristianismo y leyes

La tentación gnóstica

Georges Cottier

Paginasdigital.es publica, por su interés, un fragmento de un texto escrito en 2009 por el cardenal Georges Cottier, teólogo emérito de la Casa Pontificia, que aporta elementos para el debate sobre la relación entre el cristianismo y las leyes en un mundo potsmoderno en el que las evidencias se han derrumbado.

La apertura hacia los ordenamientos mundanos es el rasgo distintivo que ha marcado de manera sui generis y desde el principio la presencia de los cristianos en las varias sociedades, desde los tiempos apostólicos y de los Padres de la Iglesia. Desde que los primeros cristianos se vieron ante un imperio que estaba caracterizado por la divinización del emperador, el culto de los ídolos, concepciones filosóficas y culturales estructuradas, prácticas y costumbres contrarias a la vida y a la dignidad de la persona. El rechazo por parte de los cristianos de todo lo que no es compatible con la doctrina de los apóstoles no se ha manifestado nunca como antagonismo radical respecto al orden constituido en cuanto tal en sus puntos esenciales jurídicos, culturales, políticos y sociales. Si se percibe la trascendencia de la vida de gracia, se advierte también que la vida de gracia no niega los ordenamientos culturales, sociales y políticos de este mundo, cuando son compatibles con la ley de Dios, ni de por sí entra en dialéctica con ellos, y al mismo tiempo no se reduce nunca a ellos. Este es el sentido de la palabra “sobrenatural”, que quizás deberíamos poner de nuevo en circulación.

En definitiva, precisamente la apertura promovida por el Concilio Vaticano II respecto a algunas instancias del tiempo moderno confirma una vez más que el Concilio se mueve en el surco de la Tradición. Porque la fidelidad a la Tradición va sugiriendo la lectura de los signos de los tiempos más oportuna y apropiada a las condiciones que se dan.

Contradecir apriorísticamente los contextos políticos y culturales dados no pertenece a la Tradición de la Iglesia. Es más bien una connotación repetida en las herejías de raíz gnóstica, que por prejuicios impulsan al cristianismo a una posición dialéctica respecto a los ordenamientos mundanos, e interpretan la Iglesia como un contrapoder respecto a los poderes, a las instituciones y a los contextos culturales constituidos en el mundo.

Es una característica común a todas las corrientes de raíz gnóstica la de considerar el mundo como mal, y por tanto también los Estados y los ordenamientos mundanos como estructuras que hay que subvertir.

En las relaciones entre la Iglesia y el mundo moderno aflora a veces esta tentación: el impulso a concebir la Iglesia como fuerza antagonista de ese orden político y cultural que después de la Revolución francesa ya no se presentaba como un orden cristiano.

En este sentido, respecto a la relación entre los cristianos y el orden temporal, se revela extraordinariamente actual el criterio sugerido por san Agustín, tal y como se delinea en el volumen juvenil de Joseph Ratzinger “La unidad de las naciones”. Entre Orígenes, seducido por el antagonismo gnóstico contra los ordenamientos mundanos, y Eusebio que los sacraliza, poniendo las bases de todos los cesaropapismos, Ratzinger describe la fecundidad de la perspectiva de Agustín, que no sacraliza ni combate a priori las instituciones seculares, sino que las respeta en su autónoma consistencia y al respetarlas las relativiza, reconoce su utilidad para la condición mundana, manteniendo siempre separadas esta condición y utilidad de la perspectiva mesiánico-escatológica. Según Ratzinger, Agustín en el De civitate Dei «no desea ni la eclesialización del Estado, ni una estatalización de la Iglesia, sino que en medio de los ordenamientos de este mundo, que son y deben ser ordenamientos mundanos, aspira a hacer presente la nueva fuerza de la fe en la unidad de los hombres en el Cuerpo de Cristo, como elemento de transformación, cuya forma completa será creada por Dios mismo, cuando la historia alcance su fin».

>Cristianismo y leyes

La tentación gnóstica

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Las leyes, el cristiano y el cómo

Fernando de Haro

¿Qué hubiera sucedido si San Pablo en el Areópago hubiese intentado explicar a los atenienses que la esclavitud que sostenía su sistema económico no era justa o que sus costumbres bisexuales eran inadecuadas?

La relación con la cosa pública, la ley y el poder, está en la naturaleza del cristianismo. Nació como un acontecimiento de la historia y esa relación solo puede ser enfocada históricamente. En cada momento, según cuáles sean las circunstancias. Los problemas de comienzo del siglo XXI no se parecen a los del siglo I, pero tampoco a los de hace pocos años. En la era de la globalización, en la que la comunidad católica y otras comunidades cristianas están difundidas por todo el planeta, conviene distinguir al menos tres situaciones bien diferentes. En cada una de ellas se hace urgente, como en los últimos XX siglos, que el contenido cristiano y el método cristiano vayan a la par: también en política es necesario que lo que se afirma coincida con la forma que le es propia (testimonio ofrecido a la libertad). El cristianismo no solo afirma una verdad sino cómo acceder a ella.

Sin progreso continuo

La primera situación se produce a la hora de intervenir, juzgar, promover u oponerse, en su caso, a leyes y normas. El cristianismo, cuando es fiel a su experiencia original, genera una “inteligencia de la realidad” (Benedicto XVI) que puede llegar hasta el derecho. Muchos de los que ahora reconocemos como mínimos éticos compartidos por todos (igualdad y libertad por ejemplo), consagrados en el derecho positivo, no lo fueron durante muchos siglos. Solo una experiencia cristiana sostenida en el tiempo permitió la abolición de la esclavitud (1865 en Estados Unidos y 1886 en España), 18 siglos después de que San Pablo devolviese el esclavo Onésimo a su dueño Filemón con el ruego de que lo tratara como hijo.

Pero la historia, ya lo sabemos, no funciona con la ley del progreso continuo. Y muchas de las evidencias que la experiencia cristiana hizo posibles se han mustiado al tiempo que perdía vigor e incidencia la planta de que la colgaban como frutos. Y así bienes como el matrimonio estable, el significado de la identidad sexual, la conveniencia de contar con un padre y una madre para educar y criar a los hijos o el valor de la vida cuando se sufre, en muchos casos, no se reconocen como tales. Nos parecía natural que hubiera estima por ellos y que el derecho los tutelara. Y ahora sabemos que hace falta algo extraordinario, gracia lo llamaban los antiguos, para mantener en pie lo ordinario.

Esta situación plantea dos preguntas sobre el cómo que no tienen fácil respuesta: ¿cuándo es conveniente que la ley tutele lo que no es reconocido libremente como un bien por la mayoría?, ¿qué criterio de oportunidad debe regir y equilibrar la posibilidad de anunciar lo esencial del cristianismo con la sana aspiración de que las leyes reflejen las consecuencias antropológicas y morales de la fe? La última de las dos cuestiones surge porque también aquí hay un posible conflicto.

Las leyes, el cristiano y el cómo

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El cristiano y las leyes

José Luis Restán

La cuestión de cómo relacionarse con la ley civil ha ocupado durante siglos el pensamiento de grandes maestros de la Iglesia, pero también ha concernido a los fieles sencillos que han tenido que vivir, como ciudadanos y como cristianos, en circunstancias muy diversas. En el presente encontramos esa diversidad si pensamos en la situación de los católicos estadounidenses que afrontan la imposición de sistemas abortivos en hospitales de la Iglesia, en la de los italianos que se manifiestan ante la nueva ley de uniones civiles, o la de los pakistaníes que se baten contra la inicua ley de la blasfemia. Por poner sólo tres ejemplos.

Los cristianos han sabido siempre que la ley positiva no salva, que no es portadora del sentido de la vida, y que siempre será imperfecta y necesitada de corrección. Por otra parte siempre han comprendido la importancia de que la ciudad terrena disponga de leyes justas, y han luchado (en la medida de sus posibilidades históricas) para que reconozcan del modo más aproximado posible la verdadera naturaleza y sentido de las realidades que regulan, y para que protejan con la mayor eficacia algunos valores esenciales para la vida común. Conscientes de todo esto, los cristianos han practicado siempre un sano realismo. Según los bienes que estuvieran en juego, y las posibilidades reales de influir en el debate público, a veces han tolerado leyes injustas, buscando el modo de limitar su impacto dañino. En otras ocasiones las han combatido, y cuando estaban en juego bienes supremos han aceptado incluso la cárcel y el martirio, como testimonio de la verdad que estaba siendo atropellada.

Por lo que se refiere al ámbito de las modernas democracias, tras aclararse la niebla de las polémicas iniciales del siglo XIX los cristianos se han sumado cordialmente a los procesos de debate conducentes a la aprobación de las leyes civiles. En muchos países y durante largo tiempo, diversas plataformas sociales y políticas promovidas por los cristianos han protagonizado ese debate, especialmente en el periodo de la posguerra europea. Es evidente que el proceso de secularización y disolución de la cultura cristiana en amplios sectores sociales ha hecho mucho más áspero el debate público, y ha colocado a los cristianos en Occidente ante el hecho (hasta cierto punto novedoso) de vivir bajo unas leyes cada vez más alejadas de su concepción del mundo y de la vida. Esto exige una saludable distinción entre la propia identidad y las costumbres sociales, requiere una disposición más viva para el testimonio, y establecer un orden de prioridades a la hora de hacerse presentes en el debate público.

Muchas de las certezas compartidas en las sociedades occidentales han caído o se han erosionado fuertemente, en muchos casos como consecuencia de batallas ideológicas orquestadas desde el poder político o cultural, especialmente tras los acontecimientos de Mayo del 68. Las leyes responden a ese sustrato cultural, expresado en último término en las mayorías parlamentarias que deben aprobarlas. En este periodo se ha hecho evidente para los cristianos que la cuestión de fondo se juega en el ámbito de la cultura, entendida según los parámetros del histórico discurso de Juan Pablo II ante la UNESCO. Pero esto no significa abandonar sin más el debate que precede y acompaña la conformación de las leyes, a la espera de un cambio cultural que sólo pacientemente podrá llegar. Es más, ambos planos interactúan.

El cristiano y las leyes

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Evidencias que no lo son y vida en común

Julián Carrón

No es evidente que las cuestiones antropológicas esenciales deban convertirse en derecho positivo. Julián Carrón en su reciente libro “La belleza disarmata” recuerda esta frase pronunciada por Benedicto XVI en el Bundestang. Los valores más claros han dejado de ser evidentes. Y eso obliga a repensar el modo en el que el cristiano se pone ante la ley y ante la vida pública. Publicamos, por su interés un fragmento del volumen.

Impresiona en estos tiempos la radicalidad del desafío al que estamos sometidos, la velocidad con que el cambio de mentalidad se está produciendo en los países europeos y en Occidente en general.

Lo que voy a decir no tiene ninguna pretensión de ser completo o exhaustivo. Simplemente quisiera ofrecer algunos puntos de reflexión para tomar conciencia del tiempo que vivimos, siguiendo la percepción, está si realmente consciente, que tienen Benedicto XVI y el Papa Francisco.

Las evidencias y la historia

a) El primer punto con el que hay que medirse es el “derrumbamiento de las evidencias”, por sintetizar en una expresión la situación que describí en mi intervención sobre Europa. Ratzinger hablaba del “desmoronamiento de antiguas certidumbres religiosas” y del consiguiente “desmoronamiento de los sentimientos humanitarios”. ¿De qué se trata? ¿Cómo puede derrumbarse una evidencia? Parece casi una contradicción. ¿Y de qué evidencias estamos hablando?

El punto de partida de este fenómeno, del que queremos ayudarnos a tomar conciencia, hay que buscarlo en el intento ilustrado de sustraer los valores fundamentales que han sostenido a Europa hasta hace pocas décadas de la esfera religiosa y en concreto cristiana en la que habían emergido históricamente. En la época de la “contraposición de las confesiones”, observa Ratzinger, se ha buscado para esos valores y esas normas “una evidencia que los hiciese independientes de las múltiples divisiones e incertezas de las diferentes filosofías y confesiones”. Era un intento comprensible. Después de la división realizada por la Reforma y los consiguientes enfrentamientos, con las llamadas guerras de religión entre los cristianos, se querían “asegurar los fundamentos de la convivencia y, más en general, los fundamentos de la humanidad”, más allá de cualquier referencia al cristianismo, sobre un terreno por decirlo así neutro y aparentemente más seguro, a resguardo de la batalla. “En aquel entonces, pareció que era posible, pues las grandes convicciones de fondo surgidas del cristianismo en gran parte resistían y parecían innegables”. Se pensó que seguirían siendo válidas aunque Dios no existiera.

¿Cuál ha sido el resultado de tal intento? Ratzinger lo subraya sin medias tintas: “La búsqueda de una certeza tranquilizadora, que nadie pueda contestar independientemente de todas las diferencias, ha fallado”. Esas convicciones no han superado la prueba de su “autonomía”, aunque nadie habría imaginado la rapidez de su eclipse. “Ni siquiera el esfuerzo, realmente grandioso, de Kant ha sido capaz de crear la necesaria certeza compartida”. Si Kant, negando la cognoscibilidad de Dios en el ámbito de la razón pura, había mantenido a Dios en el papel de un postulado de la razón práctica, implicada en la actuación moral, después de él se desarrolló el intento “plasmar las cosas humanas menospreciando completamente a Dios”. Al contrario de lo que se pensaba, esta separación parece llevarnos “cada vez más a los límites del abismo, al encerramiento total del hombre”.

Evidencias que no lo son y vida en común

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