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25 MARZO 2019
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Cristianismo y leyes: sin altas pretensiones

Georges Cottier

Paginasdigital.es publica, por su interés, un fragmento de un texto escrito por el cardenal Georges Cottier, teólogo emérito de la Casa Pontificia, editado en 2009 por la revista 30 Giorni.

Los primeros legisladores cristianos no abrogaron inmediatamente las leyes romanas sobre prácticas no conformes o incluso contrarias a la ley natural, como el concubinato y la esclavitud. El cambio se dio mediante un camino lento, marcado muchas veces por marchas atrás, a medida que el número de cristianos aumentaba en la población, y, con ellos, el impacto del sentido de la dignidad de la persona. Al principio, para garantizar el consenso de los ciudadanos y conservar la paz social, se mantuvieron en vigor las llamadas «leyes imperfectas», que evitaban perseguir acciones y conductas en contraste con la ley natural. El mismo santo Tomás, que no tenía dudas sobre el hecho de que la ley debe ser moral, añade que el Estado no debe poner leyes demasiado severas y “altas”, porque serán despreciadas por la gente que no será capaz de aplicarlas.

El realismo del hombre político reconoce el mal y lo llama por su nombre. Reconoce que hay que ser humildes y pacientes, que hay que combatirlo sin la pretensión de desarraigarlo de la historia humana mediante instrumentos de coerción legal. Es la parábola de la cizaña, que también vale a nivel político. Por otra parte, esto en él no se convierte en justificación de cinismo o de indiferentismo. El esfuerzo por disminuir en lo posible el mal es persistente. Es una obligación.

También la Iglesia ha percibido siempre como lejana y peligrosa la ilusión de eliminar totalmente el mal de la historia por vía legal, política o religiosa. La historia, también la reciente, está sembrada de desastres causados por el fanatismo de quienes pretendían secar las fuentes del mal en la historia de los hombres, acabando por transformar todo en un gran cementerio. Los regímenes comunistas seguían exactamente esta lógica. Así como el terrorismo religioso, que mata incluso en nombre de Dios. Y cuando un médico abortista es asesinado por militantes antiaborto –ocurrió recientemente en Estados Unidos– hay que admitir que incluso los impulsos ideales más altos, como la sacrosanta defensa del valor absoluto de la vida humana, pueden corromperse y transformarse en su contrario, convirtiéndose en palabras de orden a disposición de una ideología aberrante.

Cristianismo y leyes: sin altas pretensiones

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A vueltas con las leyes y los cristianos

José Luis Restán

Querido director:

No puedo sino estar plenamente de acuerdo con la afirmación de Joseph Ratzinger sobre San Agustín, recogida al final del interesante texto del cardenal Cottier publicado por Páginas: «no desea ni la eclesialización del Estado, ni una estatalización de la Iglesia, sino que en medio de los ordenamientos de este mundo, que son y deben ser ordenamientos mundanos, aspira a hacer presente la nueva fuerza de la fe en la unidad de los hombres en el Cuerpo de Cristo, como elemento de transformación, cuya forma completa será creada por Dios mismo, cuando la historia alcance su fin».

También comparto la evidencia expresada por Cottier de que “el rechazo por parte de los cristianos de todo lo que no es compatible con la doctrina de los apóstoles no se ha manifestado nunca como antagonismo radical respecto al orden constituido en cuanto tal en sus puntos esenciales jurídicos, culturales, políticos y sociales”.

Yo mismo, en el artículo publicado en este medio titulado “El cristiano y las leyes”, afirmaba que “los cristianos han practicado siempre un sano realismo. Según los bienes que estuvieran en juego, y las posibilidades reales de influir en el debate público, a veces han tolerado leyes injustas, buscando el modo de limitar su impacto dañino. En otras ocasiones las han combatido, y cuando estaban en juego bienes supremos han aceptado incluso la cárcel y el martirio, como testimonio de la verdad que estaba siendo atropellada”.

Pero me atrevo a decir que la saludable distinción de Cottier no puede ser entendida como una suerte de indiferencia de los cristianos respecto a los ordenamientos jurídicos y políticos de nuestro mundo. Ni Agustín, ni Tomás de Aquino, ni desde luego Joseph Ratzinger compartirían semejante tesis. Todos ellos han postulado la implicación realista y prudente de los cristianos para conseguir plasmar dichos ordenamientos del modo más cercano posible al ideal, sabiendo siempre que se trataba de intentos imperfectos, o como le gustaba decir a Don Giussani, “irónicos”. Y por supuesto, en un contexto crecientemente descristianizado, todos los papas han urgido a los cristianos a implicarse en esta labor, incluyendo la denuncia de las leyes injustas, especialmente aquellas que atacan directamente la dignidad sagrada de las personas.

Me permito sugerir este formidable párrafo del cardenal Ratzinger en su libro “Fe, verdad, tolerancia”: «en el ámbito de cada presente concreto, nuestra tarea consistirá en luchar por conseguir la constitución relativamente mejor de la coexistencia humana, y en conservar el bien que de este modo se haya conseguido, superando el mal existente y defendiéndonos contra la irrupción de los poderes de la destrucción». Ojalá lo hagamos.

A vueltas con las leyes y los cristianos

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  837 votos

Cristianismo y leyes: el derecho natural es histórico

Massimo Borghesi

Lo dice San Agustín, la ley tiene que reconocer la condición del hombre pecador. Las evidencias dependen de la historia. Siempre hay una brecha entre derecho natural y derecho positivo, una brecha que varía según el ethos de la nación. Reproducimos un fragmento de "Crítica de la teología política", libro de Massimo Borghesi, que aporta elementos para el debate sobre la relación entre el cristianismo y las leyes en un mundo potsmoderno en el que las evidencias se han derrumbado. El fragmento reproduce el “encuentro intelectual” entre el filósofo del derecho alemán Ernst-Wolfgang Böckenförde y San Agustín.

El arte de la política no “deduce” el derecho positivo del derecho natural sino que lo “interpreta” en función del bien común, que tiene una extensión mayor. Esto lleva a Böckenförde a un singular encuentro con la postura de San Agustín. Al menos por dos factores. El primero viene de la conciencia de que el contenido del derecho natural no prescinde de la evidencia histórica, como parece pensar en cambio la neoescolástica tradicional. La verdad “eterna” de los principios del derecho natural se pone de manifiesto a través de acontecimientos “históricos”, empezando por la revelación cristiana.

La revelación “irrumpió” en la historia, cambió radicalmente, en un momento preciso, el horizonte de la realidad. Gracias a ella, dentro de la historia se hicieron patentes ciertas verdades que hasta entonces no se conocían en absoluto, o solo lo eran en parte. A este respecto, considero totalmente aceptable la interpretación que ve en ello un paso que ha servido a la razón para superar una condición que la veía en cierto sentido mentalmente cerradasobre sí misma, y por tanto “debilitada”, o demasiado ocupada en los mitos, de tal modo que ha sido liberada de adquirir nuevos conocimientos e intuiciones que consideraba verdaderos e imprescindibles. Lo cual también significa que puede haber conocimientos y exigencias, incluso respecto al derecho, que no es posible probar que sean reconocidas universalmente como “ya verdaderas desde siempre”, pero que sin embargo, una vez que han sido acogidas, son válidas por sí mismas. Muchos elementos nos hacen pensar que el reconocimiento de la dignidad humana y de la intangibilidad del hombre representa uno de estos casos.

La esfera del derecho “natural” no es, desde el punto de vista gnoseológico, una esfera autónoma cuya evidencia sea inmediata. Esta ha recibido y recibe su luz del momento teológico. Pero eso significa que la evidencia o no de sus principios depende del proceso de secularización.

El segundo punto de contacto con Agustín reside en la conciencia de que el descarte entre derecho positivo y derecho natural depende (cristianamente) de la condición concreta del hombre pecador.

Cristianismo y leyes: el derecho natural es histórico

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>Cristianismo y leyes

La tentación gnóstica

Georges Cottier

Paginasdigital.es publica, por su interés, un fragmento de un texto escrito en 2009 por el cardenal Georges Cottier, teólogo emérito de la Casa Pontificia, que aporta elementos para el debate sobre la relación entre el cristianismo y las leyes en un mundo potsmoderno en el que las evidencias se han derrumbado.

La apertura hacia los ordenamientos mundanos es el rasgo distintivo que ha marcado de manera sui generis y desde el principio la presencia de los cristianos en las varias sociedades, desde los tiempos apostólicos y de los Padres de la Iglesia. Desde que los primeros cristianos se vieron ante un imperio que estaba caracterizado por la divinización del emperador, el culto de los ídolos, concepciones filosóficas y culturales estructuradas, prácticas y costumbres contrarias a la vida y a la dignidad de la persona. El rechazo por parte de los cristianos de todo lo que no es compatible con la doctrina de los apóstoles no se ha manifestado nunca como antagonismo radical respecto al orden constituido en cuanto tal en sus puntos esenciales jurídicos, culturales, políticos y sociales. Si se percibe la trascendencia de la vida de gracia, se advierte también que la vida de gracia no niega los ordenamientos culturales, sociales y políticos de este mundo, cuando son compatibles con la ley de Dios, ni de por sí entra en dialéctica con ellos, y al mismo tiempo no se reduce nunca a ellos. Este es el sentido de la palabra “sobrenatural”, que quizás deberíamos poner de nuevo en circulación.

En definitiva, precisamente la apertura promovida por el Concilio Vaticano II respecto a algunas instancias del tiempo moderno confirma una vez más que el Concilio se mueve en el surco de la Tradición. Porque la fidelidad a la Tradición va sugiriendo la lectura de los signos de los tiempos más oportuna y apropiada a las condiciones que se dan.

Contradecir apriorísticamente los contextos políticos y culturales dados no pertenece a la Tradición de la Iglesia. Es más bien una connotación repetida en las herejías de raíz gnóstica, que por prejuicios impulsan al cristianismo a una posición dialéctica respecto a los ordenamientos mundanos, e interpretan la Iglesia como un contrapoder respecto a los poderes, a las instituciones y a los contextos culturales constituidos en el mundo.

Es una característica común a todas las corrientes de raíz gnóstica la de considerar el mundo como mal, y por tanto también los Estados y los ordenamientos mundanos como estructuras que hay que subvertir.

En las relaciones entre la Iglesia y el mundo moderno aflora a veces esta tentación: el impulso a concebir la Iglesia como fuerza antagonista de ese orden político y cultural que después de la Revolución francesa ya no se presentaba como un orden cristiano.

En este sentido, respecto a la relación entre los cristianos y el orden temporal, se revela extraordinariamente actual el criterio sugerido por san Agustín, tal y como se delinea en el volumen juvenil de Joseph Ratzinger “La unidad de las naciones”. Entre Orígenes, seducido por el antagonismo gnóstico contra los ordenamientos mundanos, y Eusebio que los sacraliza, poniendo las bases de todos los cesaropapismos, Ratzinger describe la fecundidad de la perspectiva de Agustín, que no sacraliza ni combate a priori las instituciones seculares, sino que las respeta en su autónoma consistencia y al respetarlas las relativiza, reconoce su utilidad para la condición mundana, manteniendo siempre separadas esta condición y utilidad de la perspectiva mesiánico-escatológica. Según Ratzinger, Agustín en el De civitate Dei «no desea ni la eclesialización del Estado, ni una estatalización de la Iglesia, sino que en medio de los ordenamientos de este mundo, que son y deben ser ordenamientos mundanos, aspira a hacer presente la nueva fuerza de la fe en la unidad de los hombres en el Cuerpo de Cristo, como elemento de transformación, cuya forma completa será creada por Dios mismo, cuando la historia alcance su fin».

>Cristianismo y leyes

La tentación gnóstica

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Las leyes, el cristiano y el cómo

Fernando de Haro

¿Qué hubiera sucedido si San Pablo en el Areópago hubiese intentado explicar a los atenienses que la esclavitud que sostenía su sistema económico no era justa o que sus costumbres bisexuales eran inadecuadas?

La relación con la cosa pública, la ley y el poder, está en la naturaleza del cristianismo. Nació como un acontecimiento de la historia y esa relación solo puede ser enfocada históricamente. En cada momento, según cuáles sean las circunstancias. Los problemas de comienzo del siglo XXI no se parecen a los del siglo I, pero tampoco a los de hace pocos años. En la era de la globalización, en la que la comunidad católica y otras comunidades cristianas están difundidas por todo el planeta, conviene distinguir al menos tres situaciones bien diferentes. En cada una de ellas se hace urgente, como en los últimos XX siglos, que el contenido cristiano y el método cristiano vayan a la par: también en política es necesario que lo que se afirma coincida con la forma que le es propia (testimonio ofrecido a la libertad). El cristianismo no solo afirma una verdad sino cómo acceder a ella.

Sin progreso continuo

La primera situación se produce a la hora de intervenir, juzgar, promover u oponerse, en su caso, a leyes y normas. El cristianismo, cuando es fiel a su experiencia original, genera una “inteligencia de la realidad” (Benedicto XVI) que puede llegar hasta el derecho. Muchos de los que ahora reconocemos como mínimos éticos compartidos por todos (igualdad y libertad por ejemplo), consagrados en el derecho positivo, no lo fueron durante muchos siglos. Solo una experiencia cristiana sostenida en el tiempo permitió la abolición de la esclavitud (1865 en Estados Unidos y 1886 en España), 18 siglos después de que San Pablo devolviese el esclavo Onésimo a su dueño Filemón con el ruego de que lo tratara como hijo.

Pero la historia, ya lo sabemos, no funciona con la ley del progreso continuo. Y muchas de las evidencias que la experiencia cristiana hizo posibles se han mustiado al tiempo que perdía vigor e incidencia la planta de que la colgaban como frutos. Y así bienes como el matrimonio estable, el significado de la identidad sexual, la conveniencia de contar con un padre y una madre para educar y criar a los hijos o el valor de la vida cuando se sufre, en muchos casos, no se reconocen como tales. Nos parecía natural que hubiera estima por ellos y que el derecho los tutelara. Y ahora sabemos que hace falta algo extraordinario, gracia lo llamaban los antiguos, para mantener en pie lo ordinario.

Esta situación plantea dos preguntas sobre el cómo que no tienen fácil respuesta: ¿cuándo es conveniente que la ley tutele lo que no es reconocido libremente como un bien por la mayoría?, ¿qué criterio de oportunidad debe regir y equilibrar la posibilidad de anunciar lo esencial del cristianismo con la sana aspiración de que las leyes reflejen las consecuencias antropológicas y morales de la fe? La última de las dos cuestiones surge porque también aquí hay un posible conflicto.

Las leyes, el cristiano y el cómo

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  830 votos

El cristiano y las leyes

José Luis Restán

La cuestión de cómo relacionarse con la ley civil ha ocupado durante siglos el pensamiento de grandes maestros de la Iglesia, pero también ha concernido a los fieles sencillos que han tenido que vivir, como ciudadanos y como cristianos, en circunstancias muy diversas. En el presente encontramos esa diversidad si pensamos en la situación de los católicos estadounidenses que afrontan la imposición de sistemas abortivos en hospitales de la Iglesia, en la de los italianos que se manifiestan ante la nueva ley de uniones civiles, o la de los pakistaníes que se baten contra la inicua ley de la blasfemia. Por poner sólo tres ejemplos.

Los cristianos han sabido siempre que la ley positiva no salva, que no es portadora del sentido de la vida, y que siempre será imperfecta y necesitada de corrección. Por otra parte siempre han comprendido la importancia de que la ciudad terrena disponga de leyes justas, y han luchado (en la medida de sus posibilidades históricas) para que reconozcan del modo más aproximado posible la verdadera naturaleza y sentido de las realidades que regulan, y para que protejan con la mayor eficacia algunos valores esenciales para la vida común. Conscientes de todo esto, los cristianos han practicado siempre un sano realismo. Según los bienes que estuvieran en juego, y las posibilidades reales de influir en el debate público, a veces han tolerado leyes injustas, buscando el modo de limitar su impacto dañino. En otras ocasiones las han combatido, y cuando estaban en juego bienes supremos han aceptado incluso la cárcel y el martirio, como testimonio de la verdad que estaba siendo atropellada.

Por lo que se refiere al ámbito de las modernas democracias, tras aclararse la niebla de las polémicas iniciales del siglo XIX los cristianos se han sumado cordialmente a los procesos de debate conducentes a la aprobación de las leyes civiles. En muchos países y durante largo tiempo, diversas plataformas sociales y políticas promovidas por los cristianos han protagonizado ese debate, especialmente en el periodo de la posguerra europea. Es evidente que el proceso de secularización y disolución de la cultura cristiana en amplios sectores sociales ha hecho mucho más áspero el debate público, y ha colocado a los cristianos en Occidente ante el hecho (hasta cierto punto novedoso) de vivir bajo unas leyes cada vez más alejadas de su concepción del mundo y de la vida. Esto exige una saludable distinción entre la propia identidad y las costumbres sociales, requiere una disposición más viva para el testimonio, y establecer un orden de prioridades a la hora de hacerse presentes en el debate público.

Muchas de las certezas compartidas en las sociedades occidentales han caído o se han erosionado fuertemente, en muchos casos como consecuencia de batallas ideológicas orquestadas desde el poder político o cultural, especialmente tras los acontecimientos de Mayo del 68. Las leyes responden a ese sustrato cultural, expresado en último término en las mayorías parlamentarias que deben aprobarlas. En este periodo se ha hecho evidente para los cristianos que la cuestión de fondo se juega en el ámbito de la cultura, entendida según los parámetros del histórico discurso de Juan Pablo II ante la UNESCO. Pero esto no significa abandonar sin más el debate que precede y acompaña la conformación de las leyes, a la espera de un cambio cultural que sólo pacientemente podrá llegar. Es más, ambos planos interactúan.

El cristiano y las leyes

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  853 votos

Evidencias que no lo son y vida en común

Julián Carrón

No es evidente que las cuestiones antropológicas esenciales deban convertirse en derecho positivo. Julián Carrón en su reciente libro “La belleza disarmata” recuerda esta frase pronunciada por Benedicto XVI en el Bundestang. Los valores más claros han dejado de ser evidentes. Y eso obliga a repensar el modo en el que el cristiano se pone ante la ley y ante la vida pública. Publicamos, por su interés un fragmento del volumen.

Impresiona en estos tiempos la radicalidad del desafío al que estamos sometidos, la velocidad con que el cambio de mentalidad se está produciendo en los países europeos y en Occidente en general.

Lo que voy a decir no tiene ninguna pretensión de ser completo o exhaustivo. Simplemente quisiera ofrecer algunos puntos de reflexión para tomar conciencia del tiempo que vivimos, siguiendo la percepción, está si realmente consciente, que tienen Benedicto XVI y el Papa Francisco.

Las evidencias y la historia

a) El primer punto con el que hay que medirse es el “derrumbamiento de las evidencias”, por sintetizar en una expresión la situación que describí en mi intervención sobre Europa. Ratzinger hablaba del “desmoronamiento de antiguas certidumbres religiosas” y del consiguiente “desmoronamiento de los sentimientos humanitarios”. ¿De qué se trata? ¿Cómo puede derrumbarse una evidencia? Parece casi una contradicción. ¿Y de qué evidencias estamos hablando?

El punto de partida de este fenómeno, del que queremos ayudarnos a tomar conciencia, hay que buscarlo en el intento ilustrado de sustraer los valores fundamentales que han sostenido a Europa hasta hace pocas décadas de la esfera religiosa y en concreto cristiana en la que habían emergido históricamente. En la época de la “contraposición de las confesiones”, observa Ratzinger, se ha buscado para esos valores y esas normas “una evidencia que los hiciese independientes de las múltiples divisiones e incertezas de las diferentes filosofías y confesiones”. Era un intento comprensible. Después de la división realizada por la Reforma y los consiguientes enfrentamientos, con las llamadas guerras de religión entre los cristianos, se querían “asegurar los fundamentos de la convivencia y, más en general, los fundamentos de la humanidad”, más allá de cualquier referencia al cristianismo, sobre un terreno por decirlo así neutro y aparentemente más seguro, a resguardo de la batalla. “En aquel entonces, pareció que era posible, pues las grandes convicciones de fondo surgidas del cristianismo en gran parte resistían y parecían innegables”. Se pensó que seguirían siendo válidas aunque Dios no existiera.

¿Cuál ha sido el resultado de tal intento? Ratzinger lo subraya sin medias tintas: “La búsqueda de una certeza tranquilizadora, que nadie pueda contestar independientemente de todas las diferencias, ha fallado”. Esas convicciones no han superado la prueba de su “autonomía”, aunque nadie habría imaginado la rapidez de su eclipse. “Ni siquiera el esfuerzo, realmente grandioso, de Kant ha sido capaz de crear la necesaria certeza compartida”. Si Kant, negando la cognoscibilidad de Dios en el ámbito de la razón pura, había mantenido a Dios en el papel de un postulado de la razón práctica, implicada en la actuación moral, después de él se desarrolló el intento “plasmar las cosas humanas menospreciando completamente a Dios”. Al contrario de lo que se pensaba, esta separación parece llevarnos “cada vez más a los límites del abismo, al encerramiento total del hombre”.

Evidencias que no lo son y vida en común

Julián Carrón | 0 comentarios valoración: 3  818 votos

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Evidencias que no lo son y vida en común

Juan Carlos Hernández

Analizamos en profundidad con Daniel Innerarity el momento de la campaña electoral. Para el catedrático de Filosofía Política, existe una invasión de la mentalidad de campaña en todos los momentos del proceso político.

En las campañas electorales se producen situaciones de polarización, pero parece que desde diciembre de 2015 estamos en un escenario nuevo. La polarización ha aumentado tanto que parece haberse disuelto el “nosotros” de un país compartido. ¿Exageramos cuando aseguramos que se disuelve el “nosotros compartido? ¿Hay alguna relación entre esta disolución y la aparición de cordones sanitarios a izquierda y derecha?

Me da la impresión de que hay estrategias de los partidos, de unos más que de otros, que han puesto en marcha dinámicas que luego son difíciles de parar. En términos estructurales me parece que se podría hablar de una invasión de la mentalidad de campaña en todos los momentos del proceso político. ¿En qué se caracteriza una campaña? En que polariza y se critica al adversario (a veces en exceso). El problema es que luego hay que pactar con él y aquellas estrategias que sirvieron para ganar dificultan posteriormente la acción de gobierno, cuando se requiere la colaboración del adversario.

¿La polarización política es un falso espejo de la vida social? ¿En nuestro espacio público hay sujetos que se narran, hay relaciones interpersonales y relaciones entre entidades sociales más sanas de las que se dan en la política de partidos?

Es normal que en la política haya una dramatización de los antagonismos que no tiene por qué coincidir con el que hay en la vida real. En la política hay siempre esos dos elementos (antagonización y escenificación) y los ciudadanos tendríamos que aprender a descodificar un poco lo que observamos en la esfera política. Lo que ocurre es que a veces en la vida los personajes que interpretamos terminan devorando a la persona que somos.

Los estudios sociológicos reflejan un interés sostenido por lo político, pero una desafección hacia los líderes políticos. Parece imposible pensar en la política como una vocación animada por un ideal. ¿Qué nos ha pasado? ¿Tenemos graves carencias culturales y educativas?

En mi último libro “Comprender la democracia” analizo un problema que me preocupa desde hace tiempo. Hablamos de una ciudadanía que decide y controla, pero lo cierto es que carecemos de las capacidades necesarias para ello por falta de conocimiento político, por estar sobrecargados, incapaces de procesar la información cacofónica o simplemente desinteresados. El origen de nuestros problemas políticos reside en el hecho de que la democracia necesita unos actores que ella misma es incapaz de producir. Una opinión pública que no entienda la política y que no sea capaz de juzgarla puede ser fácilmente manipulable.

'El entrelazamiento de los destinos colectivos impide definir nuestro bien como el reverso del mal de otros'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 1  9 votos
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Evidencias que no lo son y vida en común

Fernando de Haro

Alberto López Basaguren es catedrático de Derecho Constitucional y se mueve en el entorno de los socialistas del País Vasco. Conversa con paginasdigital.es sobre el 40 aniversario de la Constitución y defiende una reforma de la Carta Magna. Se muestra convencido de la posibilidad de fraguar una mayoría no independentista en Cataluña y de un federalismo que, por fuerza, tiene que ser asimétrico.

¿Hemos conmemorado de modo adecuado los 40 años de la Constitución? ¿Qué es lo que debe quedar tras esta conmemoración?

La conmemoración del aniversario de la Constitución debía tener, necesariamente, un amplio aspecto de celebración, de reconocimiento laudatorio de su significado absolutamente excepcional en nuestra historia como sistema político democrático. Los elogios a la Constitución son absolutamente merecidos y es difícil excederse al hacerlos. Nada que objetar a ello. Es la primera Constitución plenamente democrática, en total sintonía con las de los sistemas democráticos más sólidos de Europa, que es integradora –y no de un partido– y que pervive durante cuarenta años. La combinación de estas características es única en nuestra historia, por lo que los elogios son merecidos. Pero he tenido la impresión de que, en muchos casos, los elogios eran una forma de auto-convencimiento, de encerramiento, de tratar de alejar cualquier otra consideración que no fuese la simplemente adulatoria, de tratar de que no se escuchase ninguna otra consideración. En mi opinión, se trata de alabanzas que, en el mejor de los casos, solo miran al pasado, de forma estéril, sin tratar de extraer ninguna enseñanza, sin mirar al futuro. Sin plantearse qué y cómo debemos hacer para que la Constitución, nuestro sistema democrático, tenga una más larga vida. Me gustaría que tras esta conmemoración quedase la convicción de que la Constitución, qué y cómo se hizo, es una fuente de enseñanza para ver cómo somos capaces de que, dentro de diez años, podamos conmemorar los cincuenta años de la Constitución; y de que las generaciones que nos siguen puedan llegar a conmemorar su primer centenario. Y estoy absolutamente convencido de que eso no se logrará sobre la base de declamaciones laudatorias puramente autocomplacientes, defensivas, atrincheradas en el inmovilismo, que se niegan a afrontar los retos que tenemos frente a nosotros, creyendo que esas declamaciones son una concha defensiva inexpugnable.

'Hay que advertir a los políticos de que es urgente la reforma de la Constitución'

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Evidencias que no lo son y vida en común

P.D.

paginasdigital.es conversa con Andrea Levy, vicesecretaria de Estudios y Programas del Partido Popular, sobre los retos de fondo que emergen en la campaña electoral. Levy responde a preguntas que no se le plantean habitualmente.

En las campañas electorales se produce una situación polarización, pero parece que desde diciembre de 2015 estamos en un escenario nuevo. La polarización ha aumentado tanto que parece haberse disuelto el “nosotros” de un país compartido.

Tenemos que asumir que España ha pasado de apostar por un sistema bipartidista que, a pesar de sus imperfecciones, otorgaba una estabilidad evidente al país, a un sistema pluripartidista con múltiples actores políticos donde se dificulta la posibilidad de alcanzar acuerdos y llegar a consensos debido a la multiplicidad de vetos cruzados.

Esto, además, es un balón de oxígeno para la izquierda, puesto que la dispersión del voto del centro derecha minimiza las opciones de gobierno. Lo vimos en 2015 en la ciudad de Madrid donde, a pesar de que el Partido Popular fue la fuerza más votada y preferida por los madrileños, los votos a VOX impidieron que tuviésemos la mayoría. Ahora, en el escenario electoral en el que nos encontramos, muchos advierten de la posibilidad de volver a vivir un escenario en el que el centro derecha tenga mayoría en votos pero cuya fragmentación disminuiría las opciones de una clara mayoría.

¿La opción por un determinado partido a la hora de votar tiene que ver más con opciones ideológicas o con pulsiones de última hora que con experiencias concretas de implicación social?

Las campañas electorales son más importantes que nunca. El ciudadano cada vez elige más tarde su voto por lo que los partidos nos vemos obligados a presentar los mejores proyectos posibles, los más viables y los más beneficiosos. Si algo ha cambiado en las últimas décadas es la infinidad de canales de comunicación existentes a través de los cuales cualquier ciudadano, con independencia de donde viva, puede tener acceso a toda la información sobre qué pensamos cada uno. En ese sentido, el Partido Popular tiene una clara ventaja: somos conocidos, reconocibles y previsibles. El ciudadano sabe que cuando gobierna el Partido Popular se crea empleo, se mejoran las condiciones de vida de la gente y se aumentan las oportunidades. Nos presentamos a las elecciones con un programa electoral atractivo para cumplirlo. Que nadie busque frases grandilocuentes disfrazadas de propuestas, porque lo que van a encontrar es soluciones reales a los problemas y preocupaciones de los ciudadanos, no eslóganes vacíos.

'Hay que huir del enfrentamiento y del revanchismo'

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>Reconectar el voto y la experiencia social

Evidencias que no lo son y vida en común

P.D.

La Casa Estela de Cometa nació hace dos años, creada por un grupo de personas que hacen voluntariado de acompañamiento a niños y jóvenes tutelados que viven en residencias de la Comunidad de Madrid. La Casa se ocupa de acoger a jóvenes que han finalizado la tutela. Su directora, Meri Gómez, reflexiona con paginasdigital.es sobre el valor político de esta experiencia.

¿Qué experiencia de construcción social y de participación ciudadana habéis hecho desde que se fundara vuestra casa?

Construcción social se podría llamar a todo lo que hacemos. La casa se crea con la idea de construir un entorno en el que las chicas extuteladas puedan disfrutar de un lugar que les permita crecer como personas, formarse y poder participar de una vida activa dentro de la sociedad. Entendemos que para construir la sociedad hacen falta sujetos con una base firme en la vida y creemos que la casa es una experiencia de construcción social muy potente. Personas firmes en la vida son las que son capaces de construir dentro de la sociedad. En cuanto a participación ciudadana, en la casa hemos visto cómo hay un lenguaje que todo el mundo entiende y sabe hablar, basta tener un interlocutor, es el lenguaje de la caridad, hemos visto cómo gente, amigos cercanos, familiares, amigos de amigos, incluso desconocidos que han oído la existencia de la casa, nos han ayudado y nos ayudan diariamente, de muchas formas: con el mantenimiento de la casa, económicamente, con gestiones de cualquier índole y sobre todo siendo nuestros amigos. Hemos visto así que hay un punto común en el hombre más allá de condiciones sociales e ideologías en el que es posible el diálogo.

'Necesitamos un Gobierno que piense un futuro común para todos'

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>Entrevista a Daniel Gascón

Evidencias que no lo son y vida en común

Juan Carlos Hernández

Entrevistamos a Daniel Gascón, es escritor, traductor y editor de la edición española de la revista Letras Libres. “A pesar de las circunstancias actuales, de una conversación pública irresponsable y propensa al antagonismo, las instituciones de la democracia liberal resisten”, afirma el articulista del periódico El País.

En un editorial de este periódico se afirmaba que “la democracia requiere de una conciencia del nosotros, de un bien común para aquellos que pertenecen a una comunidad siempre superior a los intereses de los grupos particulares y a sus diferencias. Es lo que ha desaparecido”. ¿Qué le sugiere esta afirmación?

Me parece que se produce una especie de rechazo a ciertos impulsos disgregadores: social y culturalmente rompen algunos vínculos; económicamente estamos en una situación más inestable e individualista. El mundo del trabajo ya no es como antes, una cierta idea de identidad que tenía que ver con la clase, con lo que eras y hacías, se debilita. El Estado-nación tampoco sirve para muchos de esos problemas. No hay otro modelo económico viable que la economía de mercado desde el 89, pero este tiene fallos y produce injusticias. Creo que son factores que influyen en una percepción de la identidad amenazada, y que eso tiene que ver con el rebrote de los nacionalismos, del repliegue. Defiendes algo que crees que corre peligro de desaparecer.

Muchos grupos tienden a intentar defender sus intereses particulares, que pueden ser legítimos, pero que a veces pueden caer en una estigmatización del que piensa distinto. Mark Lilla habla de una “política de la identidad”. ¿Podría ayudar el juicio de Lilla a explicar lo que está ocurriendo?

Estamos en un tiempo de subjetivismo y polarización. Es más importante el elemento expresivo, nuestra visión sobre el mundo, que lo que sucede fuera. Lilla dice que el énfasis en la identidad por parte de los progresistas ha sido contraproducente, porque debilita la unión que permitiría la victoria de la izquierda. Para él, tienes que ganar para defender los derechos de las minorías, tienes que buscar un discurso que unifique para luego implementar tu programa. Un problema de esa idea es que a lo mejor estás hablando de un mundo que ya no puede ser. El discurso encajaba en una comunidad más homogénea y afianzaba una coalición de votantes que ahora parece más complicada por muchos factores. Otros dirían que ese universalismo, que se presenta teñido de nostalgia, no dejaba de ser un particularismo, y que lo que se presentaba como algo para todos era menos inclusivo de lo que pensamos.

¿Cómo se pueden traducir sus ideas a la realidad española?

'Existe una percepción de la identidad amenazada, y es por los nacionalismos'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  14 votos
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>Entrevista a Francisco Igea

Evidencias que no lo son y vida en común

F.H.

Francisco Igea es médico, entró en política como diputado nacional de Ciudadanos tras las elecciones que hubo que repetir. Acaba de ganar las primarias de su partido en Castilla y León.

La polarización ha aumentado mucho en el último tiempo y parece que se ha disuelto la percepción del “nosotros” como país.

En los tiempos del miedo y la incertidumbre en que vivimos, que son tiempos de incertidumbre económica y política, lo que está triunfando en gran parte es el mensaje del egoísmo. El mensaje nacionalista no es más que un mensaje egoísta, es el egoísmo elevado a categoría política. Siempre he dicho que es un mensaje egoísta y adolescente que se mira a sí mismo. Y el mensaje populista también es un mensaje egoísta, de que el culpable es otro, hay un enemigo responsable, se huye de la responsabilidad. Y todo eso hace que se diluya el “nosotros”, que se diluya la capacidad de pensar que nosotros somos responsables, que todos y cada uno somos responsables de las cosas, que todos y cada uno participamos de esto, pues siempre es más fácil buscar un enemigo que buscar una solución o asumir una responsabilidad.

Tenemos una participación electoral en torno al 70%, pero la participación ciudadana en España es del 20%. ¿Hay desconexión entre la vida política y la actividad social?

Hay mucha desconexión porque los partidos son estructuras muy cerradas y la gente piensa que el mundo es lo que pasa en twitter. Nos pasa a todos que se nos olvida llegar a casa y abrir la ventana, salir y hablar con la gente, y ver que a la mayoría de la población la política no le ocupa casi nada de su tiempo, le ocupa su familia, la enfermedad, el trabajo, las cosas importantes. A veces los políticos somos incapaces de hablarle a la gente de esas cosas, de escucharles y dejar un rato de hablar de política, de ser humanos, que es una de las cosas que a veces uno pierde cuando se mete en esa burbuja.

¿Cree que hay una burbuja, que la vida social va por otro lado, que las relaciones interpersonales son más sanas que las que se viven en el ámbito de los partidos?

Creo que afortunadamente sí, aunque hay sitios de España donde desafortunadamente eso no es real y donde se vive una polarización social potente, por ejemplo en Cataluña, donde se vive un grado de enfrentamiento civil real, pero la mayoría de la población en España sigue compartiendo amigos de uno y otro lado, tiene una vida normal, y eso es lo que hay que intentar, que la división política no se convierta en división social. Siempre ha sido una de mis obsesiones acabar con el frentismo, luchar contra esa manera de entender la política tan del Madrid y del Barça que a veces tiene este país.

'Es necesaria una política que vuelva a ser servicio al ciudadano'

F.H. | 0 comentarios valoración: 2  21 votos
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>Entrevista a Manuel Reyes Mate, filósofo

Evidencias que no lo son y vida en común

Fernando de Haro

Manuel Reyes Mate posiblemente es el pensador español que más esfuerzo ha dedicado a reflexionar sobre la condición de las víctimas. paginasdigital.es conversa con Reyes Mate sobre el reto de la globalización, la crisis migratoria, las identidades excluyentes, el nacionalismo y otras cuestiones que marcan la actualidad.

Usted ha asegurado que “la pregunta que se hiciera Hannah Arendt en su ensayo de 1943 ‘We refugees’ sobre la significación política del refugiado sigue teniendo actualidad en pleno siglo XXI”. ¿Por qué?

Para Arendt los refugiados son la vanguardia de los pueblos –y no la retaguardia o un efecto secundario– porque lo que se hizo con ellos, el poder lo puede hacer con cualquiera. “Ellos” eran el pueblo judío alemán, alemanes por los cuatro costados, que habían luchado por Alemania en la I Guerra Mundial, que se sentían totalmente asimilados, y que, de repente, son señalados como “otros”, privados de su nacionalidad, es decir, desnaturalizados. Son devueltos a su estado natural de meros seres humanos. Y ellos descubren que eso es ser menos que nada, porque lo importante son los papeles. Bueno, pues su tesis es que lo que el Estado hitleriano ha hecho con ellos, los judíos, porque son de otra sangre aunque compartan la misma tierra, lo pueden hacer mañana con los gitanos, con los enfermos mentales, con los improductivos o con los viejos. De poco sirve decir que “todos nacemos iguales y libres” si el Estado se arroga la facultad de decir quiénes son los sujetos de los derechos políticos y sociales. Ese era un problema que tenía la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789. Hay que tomarse en serio los derechos del hombre. No hay que admitir la distinción entre “nacionales” y “nacionalizados”. Y hay que exigir que el ser humano sea siempre un ciudadano.

¿Qué desvela sobre Occidente la reacción a los refugiados y a las migraciones?

'Nos hemos acostumbrado a marcar nuestras señas de identidad excluyendo'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  22 votos
Juan José Laborda saludado por Su Majestad el Rey de España vista rápida >
>Entrevista a Juan José Laborda, expresidente del Senado

Evidencias que no lo son y vida en común

Fernando de Haro

Juan José Laborda, socialista, fue una de las referencias en el Senado, donde tuvo escaño desde 1977 hasta 2004. Miembro del Consejo de Estado, analiza con www.paginasdigital.es los 40 años de la Constitución, el momento por el que pasa España y los retos del independentismo catalán.

Comienza el juicio por el proceso de secesión. ¿Además de una respuesta jurídica habría que dar otra política? ¿En qué términos?

La Justicia actúa de acuerdo con la ley, es independiente. Pero los que no acatan la Constitución dirán que el juicio es político. La respuesta política que los demócratas pueden dar es defender al Tribunal que juzga los delitos que presuntamente cometieron Carles Puigdemont, Oriol Junqueras y los demás procesados. Sería necesario que en este asunto hubiera una actitud común por parte de los partidos constitucionales, pero me temo que eso será imposible, lo cual me parece estúpido, además de negativo para la calidad de nuestra democracia.

¿Cómo sería posible volver a encuadrar a la mitad de los catalanes que apuestan por la independencia en el marco constitucional? ¿Es posible? ¿Qué sería necesario?

Para integrar a los catalanes que ahora no están dentro del marco constitucional, habrá que pensar primero en los catalanes que sí se sienten dentro de la Constitución Española. Y para eso es necesario argumentar en qué están equivocados los nacionalistas catalanes. Sin complejos, y con la verdad. No se puede ganar el juego de la integración sin rechazar la aceptación resignada de las ideas de los nacionalistas sobre el Estado y España. El Estado constitucional no es una jaula de nacionalidades, sino la norma que las ha reconocido por primera vez. Cataluña votó la Constitución el 6 de diciembre de 1978 con más porcentaje de votos afirmativos que la mayor parte de los territorios de España. El proceso de reintegración mayoritaria de los catalanes en un marco común requiere tiempo, y un consenso entre los constitucionalistas que dure todo ese tiempo. Y cuando hablo de consenso, no me refiero solo a los partidos. Existe una sociedad civil que espera un signo de la política para ponerse en marcha en ese proyecto, que podríamos calificar de patriotismo constitucional.

'La democracia es incompatible con la noción de enemigo'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  23 votos
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>Entrevista a Joseba Arregi

Evidencias que no lo son y vida en común

Juan Carlos Hernández

Dialogamos con Joseba Arregi sobre los desafíos de la modernidad. “La posmodernidad es el resultado de la acumulación de los efectos colaterales secundarios no queridos pero estructuralmente propios de lo que ha querido la propia modernidad”, afirma exconsejero del Gobierno Vasco.

¿Existe una falta del sentimiento del nosotros que se diluye en los intereses particulares?

El nosotros, si tiene que ser un nosotros civilizado, cívico, adaptado al estado de derecho, no puede ser un yo o un nosotros construido fuera de la igualdad de derechos, fuera de la igualdad ante la ley. Tiene que ser contando y partiendo de esa igualdad ante la ley, igualdad en derechos y libertades. Lo que pasa es que los pequeños colectivos que se han constituido después de la crisis del capitalismo, de la cultura moderna, en el posmodernismo y demás, son yoes colectivos particulares pero que se unen en alguna identificación particular, no en la identificación universal de los derechos y de la igualdad ante la ley, sino en sentimientos étnicos, en las políticas de género, que también son identidades particulares que no llegan a ser universales.

En definitiva, no son representantes de un nosotros constituido en base a una conversación y a una negociación permanente de lo que es el bien público, el bien común. Son unidos por intereses o sentimientos particulares, y eso se ha acrecentado tremendamente en lo que se llama la cultura del capitalismo de consumo, que sobrevalora el sujeto, los sentimientos subjetivos, las emociones, los intereses colectivos particulares, sin que haya un horizonte de un nosotros que constituya al conjunto de la comunidad política.

Últimamente se ha hablado mucho de los movimientos feministas. ¿Cuál es su valoración?

'El populismo es peligroso cuando tiende a convertirse en totalitarismo'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  17 votos
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>Entrevista a Tulio Álvarez

Evidencias que no lo son y vida en común

Juan Carlos Hernández

Hablamos con Tulio Álvarez, reconocido activista por los derechos humanos en Venezuela. Condenado por el régimen de Maduro, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos suspendió la sentencia condenatoria.

¿Cómo es la situación social hoy en día en Venezuela? Se ha hablado en los últimos días incluso de detenciones masivas y arbitrarias.

El rumor de que están llevándose jóvenes en las calles indiscriminadamente para una especie de reclutamiento forzado es falso. Creo que incluso está sembrado por el propio régimen. Lo que ha pasado es que muchachos jóvenes que han participado, como están participando todos los venezolanos, en la protesta han sido retenidos y detenidos, llevados a tribunales como si fueran adultos y condenados, y en este momento están retenidos varias decenas de niños y con órdenes de tribunales. Tenemos el testimonio de una juez que ha tomado esa decisión porque se ha visto forzado, lo cual no hace que esa decisión siga siendo aberrante, pero es una prueba irrefutable de la manipulación. Yo tengo conocimiento de tres jueces que han dictado medidas de detención de estos niños, son aproximadamente entre 70 y 100 niños. Estamos hablando de niños de 14-15 años, en realidad son niños que tienen conciencia política.

¿Cómo es la situación actual de abastecimiento de productos de primera necesidad?

Es imposible que yo te narre el drama social por el tema de la hambruna y la falta de medicinas que se vive en Venezuela. Si yo tratara de llevar esto al máximo grado de perversión que se pueda narrar, yo no tendría la capacidad de mostrar la situación límite en que está Venezuela. Es una situación de hambruna, donde no hay asistencia social, no hay medicinas. Todo enfermo de cualquier enfermedad que necesite un tratamiento está en riesgo de muerte. Las muertes en los hospitales son constantes. Tenemos una situación en la que no hay equipos médicos. Yo trabajo con empresas de equipos médicos que son las que prestan mantenimiento y no los hay. El 90% de los equipos médicos de los hospitales públicos en Venezuela están paralizados. No hay posibilidad de tratamiento de ningún tipo, no hay posibilidad de hacer exámenes básicos de hemodinamia, rayos X, radioterapia… ninguna posibilidad. Y las medicinas, cualquier ciudadano español que tenga una farmacia sabe que diariamente le llegan personas tratando de comprar medicinas para mandarlas a Venezuela. No hay ni las medicinas más básicas, ni para dolor de cabeza, ni antigripales… Es una situación desesperada.

Con la irrupción de Juan Guaidó, ¿se ha podido conseguir por fin la deseada unidad de la oposición en Venezuela?

En Venezuela no hay oposición. Oposición hay en un país que tiene democracia. En Venezuela hay factores democráticos activados y está unánimemente activado todo el factor democrático en contra de la dictadura.

¿Sería más correcto hablar de disidencia?

'En Venezuela no se enfrentan dos actores políticos, hay un régimen de facto contra un pueblo'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  17 votos

El otro es un bien, también en política

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