Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
4 DICIEMBRE 2016
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A las cosas, también en política

R.I.

El acercamiento en el Gobierno y el PSOE certificado este jueves en el Consejo de Política Fiscal y Financiera es una buena noticia. Socialistas y populares han acercado posiciones para sacar adelante el techo de gasto, primer paso para los presupuestos. Las Comunidades Autónomas socialistas necesitaban más margen de déficit, el Gobierno les ha ofrecido un 0,6 por ciento, y en ese porcentaje se han puesto de acuerdo. Podemos grita. Que grite. A los socialistas, que necesitan tiempo para rehacerse, les conviene aparecer como un partido de gobierno, como un partido centrado. Es una buena señal que haya un acercamiento práctico del PP, del PSOE y de Ciudadanos sobre la política económica que necesita España. Y al Gobierno le conviene que el PSOE pueda exhibir ciertas victorias, ciertas concesiones.

El relevo de Sánchez por la gestora y los primeros anuncios del Gobierno del PP, que ya no está en campaña, han facilitado una paulatina confluencia de las posiciones de los partidos mayoritarios.

Tal y como afirmaban los socialistas en las dos campañas electorales que hemos tenido en el último año, no es posible, de momento, bajar impuestos para cumplir el objetivo de déficit. El importante crecimiento del PIB no permite por sí solo lograr la consolidación fiscal si no se quieren realizar ajustes en los gastos que comprometan prestaciones sociales. En esto están de acuerdo los dos partidos. El Gobierno de Rajoy ya ha dejado claro que habrá que incrementar los ingresos subiendo los impuestos. No sería imposible que los dos partidos siguieran acercando posiciones.

En la cuestión de las pensiones también ha habido acercamiento. En la primera reunión del Pacto de Toledo la ministra Báñez ha abierto la posibilidad de utilizar los impuestos para sufragar algunas pensiones y las bonificaciones, como pedían los socialistas. En las últimas horas han negociado la eliminación de los topes máximos de las cotizaciones, una reivindicación de la izquierda.

Más allá de las diferencias ideológicas, frente a los problemas concretos, hay un terreno amplio para el entendimiento. A las cosas, también en política.

A las cosas, también en política

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Algo que pide atención

Elena Santa María

El pasado sábado, La Vanguardia publicó una columna de Remei Margarit titulada “El Suspiro”. Empieza así: "En este mundo tan racional y acelerado en el que vivimos aquí en Occidente, lo más difícil es encontrar un tiempo para uno mismo. Y con eso quiero decir un tiempo de calma, de tranquilidad, de quietud, sin ruido alguno, en una palabra: de silencio". Muchas veces este tiempo para uno mismo, que decía Margarit, de silencio (que no es tal) se deja en manos de otros, que nos ahorran el trabajo no siempre fácil de estar en silencio con uno mismo. Un ejemplo de ello es la politización de todo cuanto nos incumbe. Lo confirma Joaquín Luna en La Vanguardia, cuando dice que "la campaña en curso por la reforma horaria de la Generalitat pisa fuerte: si su vida es gris, infeliz o agobiante es porque no deja que nosotros –los funcionarios públicos– organicemos su agenda personal, laboral y privada". Y esto tiene consecuencias. Afirma José Andrés Rojo en El País, hablando de Cuba, que "cuando las sociedades se politizan al máximo, enseguida se impone la diabólica dialéctica entre los míos y los otros (...) para entrar en esa dinámica toca abandonar la distancia crítica y olvidar que tienes que dar tú mismo nombre (y palabras) a tus afectos y que la vida está llena de grises. Eso sí, por ahí es más fácil conquistar la pringosa camaradería de la tribu: nosotros contra ellos".

"Sin ese tiempo no podemos escuchar lo que nos pasa, cuerpo y alma adentro" –continúa Margarit– "Prima el hacer sobre la sencillez de ser o tan sólo de estar. Y es por eso que a veces, desde dentro de la persona se nos escapa un suspiro, un suspiro entrecortado, como el que hacen los niños después de llorar, cuando la pena todavía no les ha abandonado del todo. Y nos sorprende esa cosa que sale de no se sabe dónde y que no teníamos pensado expresar. Ni sabemos tan sólo el porqué, si las circunstancias que estamos viviendo no le convocan. Pero sale y sin permiso, tal cual, por la sencilla razón de que existe y quiere expresarse. ¿Y por qué personas adultas y conscientes de sus palabras y hechos no pueden contener un suspiro? Pues tal vez porque la pequeña criatura que todos llevamos dentro quiere llorar y quizás incluso ya llora aunque no seamos conscientes de ello. Y de repente, el suspiro sale de las entrañas, convertido en testimonio de ese llanto, como diciendo: ‘Este maltrato no lo quiero ya más, necesito mi tiempo’". Ese testimonio nos lo solemos guardar para nosotros. Dice Joana Bonet, también en La Vanguardia, que "es difícil creer que exista alguien que no practique el habla interna, que no se explique el paisaje que contempla desde la ventanilla del coche, que no se narre la extrañeza que le recorre la espalda en un hotel anodino de una ciudad fantasma, la tarde vacía".

"Y sería bueno escucharlo porque en este mundo tan sólo tenemos el tiempo, que no se puede despilfarrar en cosas fútiles y ambiciones desbocadas. Se necesita tiempo para escuchar el llanto que provoca el suspiro y eso quiere decir que también se necesita un espacio donde poder expresarse; es una parte importante de la persona porque surge de sus raíces más primarias", insiste Remei Margarit. A Jordi Llavina le enseñó a expresarse su profesora, lo cuenta en La Vanguardia: "aquella auténtica maestra a muchos de nosotros nos marcó más que ningún otro profesor, más que ninguna otra figura pública, célebre, de esos tempranos ochenta. Porque nos enseñó a describir, cargados de palabras y argumentos, las cosas de la existencia que gozan de un tacto blando y poroso como el de la piel de una mandarina. Pero, aún más, nos preparó para combatir todo lo que nos resulta áspero e ingrato como el restregamiento de una lima por la carne viva de una herida, recurriendo al goce de las palabras. A mí me regaló la herramienta más valiosa de toda mi experiencia como estudiante: una suerte de Allen de la sensibilidad. Un tesoro, en definitiva, que tiene que ver con el intangible de la literatura y con las cosas que cuentan de verdad".

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Algo que pide atención

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Animales nocturnos

Juan Orellana

Si hay una película a la que sienta como un guante la calificación de “thriller psicológico” es esta. El director Tom Ford (Un hombre soltero) adapta libremente Tony and Susan, la novela escrita en 1993 por el neoyorkino Austin Wright (1922-2003). El argumento cuenta la historia de Susan Morrow (Amy Adams), una mujer que tras abandonar a su primer marido, el escritor Edward Sheffield (Jake Gyllenhaal), hace más de veinte años, se casó de nuevo con un alto ejecutivo (Armie Hammer). De repente recibe un paquete con el original de Animales nocturnos, una novela de su ex, dedicada a ella. Se trata de una novela negra ambientada en el Oeste. Aprovechando la ausencia de su marido, de viaje, Susan se sumerge en la narración, y va descubriendo en ella muchas cosas que le remueven por dentro.

La película es un drama moral en el que la protagonista se ve obligada a remover su conciencia al son de una novela que aparentemente no tiene nada que ver con ella. En cierto modo, es como si la novela fuese una sutil venganza de su exmarido por la forma en la que fue tratado por ella. La puesta en escena es indudablemente turbadora. Por un lado la trama principal es fría, recuerda a esas películas nórdicas de personajes solitarios en medio de una opulencia impersonal. La belleza de la protagonista contrasta con su amarga vaciedad. En segundo lugar, la trama que reproduce la novela bebe del género propio del western y del cine negro, y recuerda en momentos a Tarantino, a los Cohen o Tommy Lee Jones. Y por último, diversos flashbacks van relacionando episodios de la novela con situaciones de la vida pasada de Susan. Episodios que ella interpreta como metáforas de su propia relación pretérita con Edward.

Una película desasosegadora, que habla de decisiones incorrectas, de escala de valores equivocada, del dolor de los males cometidos. Pero no es una película con esperanza, sino fatalista y claustrofóbica. Interesante el tratamiento que hace del aborto y curioso el planteamiento que propone de la justicia. Una película potente que pone a Amy Adams en buena posición de cara a los Oscar.

Animales nocturnos

Juan Orellana | 0 comentarios valoración: 2  5 votos

La aventura de Fillon

José Luis Restán

Es llamativo el subrayado general de los medios sobre la condición de católico del flamante candidato del centro-derecha a la presidencia de la República Francesa, François Fillon. Pero más curiosa es aún la necesidad que sienten los cronistas de adjetivar dicha condición, y los resultados contradictorios que ofrecen. Por ejemplo, sendos corresponsales en París de los diarios ABC y La Vanguardia han calificado a Fillon como “católico practicante sin estridencias” y como “integrista católico”, respectivamente. Menudo ojo.

En cuanto al primer calificativo, conviene tomarlo con humor. Me pregunto en qué consistirá eso de ser católico “sin estridencias”. Fillon nunca ha escondido su fe, va a Misa con naturalidad (y todo el mundo le ve, claro), y narra su vinculación con la abadía benedictina de Solesmes y con el Movimiento Scout Católico. Desde luego nada de esto parece estridente, como tampoco lo es su reconocimiento público a la enseñanza reciente de los Papas, o su defensa de la familia y de las raíces cristianas de Europa, asuntos que ciertamente cualifican su propuesta política, aunque de ningún modo puede calificarse ésta como “confesional”. Más inquietante resulta la calificación de “integrista”, que constituye toda una tesis… o quizás simplemente demuestra la intolerancia de algunos respecto a la dimensión social del catolicismo y su pretensión de poseer una relevancia pública.

En cualquier caso François Fillon no es un integrista, ni nada que se le parezca. Conoce perfectamente la pluralidad cultural de su país (que no es contradictoria con sus raíces cristianas) y defiende sin ambages la laicidad positiva, tal como la formuló en tiempos su antiguo jefe de filas, Nicolás Sarkozy, al que acaba de batir en buena lid. Que una personalidad como Fillon pueda llegar a la cúspide de la política en la súper laica República Francesa desvela también el humus cultural de nuestros vecinos, mucho más rico, dinámico y variado de cuanto quizás pensábamos. No es momento de profundizar, pero apunto solamente que el catolicismo francés sigue estando muy vivo a la hora de generar personalidades intelectuales, movimientos de renovación espiritual y una presencia civil como la demostrada en fenómenos como la Manif por Tous o Les Villiers. Y no es disparatado sugerir que una parte del clamoroso apoyo cosechado en las primarias del centro-derecha obedezca a que esos sectores sociales le reconocen como un interlocutor más fiable que otros.

Es verdad que Fillon destacó por su tenaz oposición a la Ley Taubira que instituyó el matrimonio homosexual y la adopción por parte de estas parejas, pero ya ha advertido que ahora será imposible dar marcha atrás y derogar dicha ley. Ni el conjunto de su partido, ni tampoco el amplio arco de sus potenciales electores respaldarían tal cosa. Su propuesta consiste en reformar la ley de filiación, basándose en el principio de que un niño siempre es el resultado de un padre y una madre. También se ha comprometido a impedir la legalización de los vientres de alquiler y a promover una auténtica política a favor de las familias.

La aventura de Fillon

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 4  22 votos

Panzer, pero sonriente: nace el estilo Trump

Robi Ronza

Entre los valores que la Ilustración había creído en vano que podría mantener vivos e incluso hacer crecer aun separándolos de su raíz cristiana, estamos empezando a ver que estaba también la democracia, como confirman las reacciones que la victoria de Trump está provocando en los círculos ilustrados y progresistas de la cultura y la prensa dentro y fuera de Estados Unidos.

En el sentido moderno, universal, de la palabra, la democracia se basa en el principio de la igualdad y en la fraternidad entre todos los hombres en cuanto tales, ya sean hombres o mujeres, cultos o incultos, compatriotas o extranjeros. Pero si no se cree que todos tenemos no solo una mente sino también un alma, y sobre todo un mismo padre común que nos ama a todos con el mismo amor, entonces sentirse iguales y hermanos se convierte con mucho en una empresa harto difícil.

Los primeros síntomas de la crisis ya los hemos podido advertir en la misma patria principal de la democracia moderna, Gran Bretaña, cuando después de la victoria del Brexit en los órganos de prensa considerados como sacrosantos baluartes de las libertades democráticas algunos empezaron a preguntarse si era justo que el voto de los más ancianos y de los residentes fuera de las zonas metropolitanas tuviera el mismo peso que el de los más jóvenes y residentes en Londres. Luego, con la victoria de Trump en las presidenciales americanas tal murmullo se ha ido convirtiendo cada vez más en grito. Con esa hermosa capacidad de dar la vuelta con elegancia a la tortilla, que caracteriza el mundo de los salones burgueses progresistas, en la prosa de los tertulianos más conocidos, lo que en un tiempo fue la mítica clase obrera se ha convertido en una opaca masa de “blancos de mediana edad, poco instruidos, jubilados o desempleados”.

En realidad, el voto de todos ellos, por otro lado favorable a Trump, no basta en ningún caso para explicar su victoria. Con las cuentas en la mano, es evidente que a eso se ha sumado también el voto de un buen número de mujeres y americanos de origen no europeo. ¿Pero cómo reconocerlo? Ni el Washington Post ni el New York Times pueden admitir que a esos blancos de mediana edad, poco instruidos y poco afortunados, también se añaden los negros e hispanos coetáneos suyos y con los mismos problemas, por no hablar de blancos, negros e hispanos igualmente arrugados, en su mayoría de baja estatura y con sobrepeso, que han votado a Trump a pesar de estar a años luz de Melania, Ivanka y todas esas chicas del clan, rigurosamente altas, rigurosamente rubias y rigurosamente en forma. Resumiendo, una gran cantidad de gente “out” que sin embargo ha votado a Trump en vez de Clinton, y quizás no por motivos fútiles.

Llegados a este punto, las dudas sobre la positividad de la democracia quedan a un lado de momento, pero no para dejar espacio a un saludable examen de conciencia. Tampoco para preguntarse si hay algo que no funciona en la propia cultura política y en las propuestas que de ella derivan: en absoluto. Se ha abierto un nuevo camino: el de la búsqueda y si fuera necesario el de la invención de la enorme diferencia que existe entre el Trump presidente y el Trump candidato. Como si quisieran decirnos que el hombre se ha hecho un poco el loco para ganar votos, pero a fin de cuentas sabe que debe hacer lo que nosotros digamos. En realidad, si vamos a ver el texto original de las declaraciones del nuevo presidente que ocupan los titulares de los periódicos, nos daremos cuenta de que el hombre no se mueve ni un milímetro de los objetivos sobre los que se había comprometido con sus electores.

En este periodo tan delicado, en que aún no está en el cargo y está formando su gobierno, sencillamente usa un tono más benévolo y conciliador en la forma. Eso es todo. Sobre esto hay un documento que merece atención. Se trata de los apuntes de su reciente encuentro a puerta cerrada con el estado mayor del New York Times. Trump tuvo el gesto de ir él mismo para encontrarse con el director y algunas firmas importantes de esta cabecera en su propia sede. Es significativa la documentación fotográfica de la entrada de Trump en el patio de la sede del periódico, recibido por una multitud de gente que le hacían fotos con sus smartphones desde las barreras. De la lectura de los apuntes de la conversación, difundidos por internet a medida que el encuentro tenía lugar, podemos entender lo astuto y decidido que es Trump, y lo incapaces que son sus interlocutores de entender la nueva realidad que tienen delante.

Panzer, pero sonriente: nace el estilo Trump

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La belleza desarmada en España, un diálogo que rompe muros

Elena Santa María

El lunes por la noche Julián Carrón, presidente de la fraternidad de Comunión y Liberación, presentó su libro “La belleza desarmada” en Madrid. Le acompañaban en la mesa Mikel Azurmendi, antropólogo y filósofo, y Juan José Gómez Cadenas, físico y escritor. Moderaba Ignacio Carbajosa, que introdujo el acto explicando el porqué del libro: "este libro nace de la preocupación de este principio de siglo". Se refiere a la crisis, violencia, falta de diálogo, cuestión educativa, afecto, política... y también al papel de la Iglesia en el mundo. ¿Puede un hombre moderno creer en Jesucristo?

"Este es un libro muy serio –comentó Azurmendi al inicio de su intervención– que responde a tres grandes preguntas". Estas son: ¿por qué los cristianos abandonan el cristianismo?, ¿por qué estas evidencias, este prolijo pensamiento y libertad, parece que están agotados?, ¿estamos en un cambio de época o en una época de cambios? Las tres están respondidas, explicó el filósofo. Dijo también que todo el libro gira en torno a un doble eje, el de la teología y la teleología. Todos los pueblos tienen un carácter, una manera de vivir y de ver el mundo que tiene que ser coherente con su estilo de vida. Pero nuestra sorpresa ante el mundo es inexplicable: el mal, el sufrimiento... ¿por qué? "Este libro –añadió Mikel– ancla la teleología (la vida tiene un fin) en una teología nueva. Nueva porque nace de un encuentro, de un acontecimiento que sucedió". Lo explicó citando a Aristóteles: "lo maravilloso es el infinito como el deseo de la esposa que está esperando al esposo", y añadía él: "para los que estamos enamorados creemos que Carrón ha dado en el clavo".

Azurmendi concluyó su intervención diciendo: "me doy cuenta de que lo que propone Carrón es un cambio de paradigma en el sentido etimológico de la palabra. Yo estoy muy alejado de la Iglesia, pero veo que aquí hay una religión primitiva, en el sentido originario que es el asombro de estos tíos (se refiere a los discípulos de Jesús). Esto ha sucedido, y de esto que ha sucedido ha venido esta Europa. Este libro presenta un modelo nuevo, un cambio de lo que yo vivía en la Iglesia a una posibilidad de vivir la fe de una forma razonable. Yo lo definiría así: del sentido de la ley a la ley del sentido. En este libro el sentido religioso es el sentido común".

Por su parte, Gómez Cadenas se sirvió de un artículo publicado en la revista Jot Down, en el que el autor examina los conceptos de belleza y verdad referidos al ajedrez. "Más allá de la lógica y la razón se encuentra el bosque oscuro, el misterio", citó de dicho artículo. ¿Es la belleza el camino de la verdad?, reflexionó Cadenas. "Existe el riesgo de que el arte sea engaño y la belleza una ilusión". Utilizó también la Divina Comedia de Dante para su explicación. "La belleza solo aparece cuando en el paraíso se encuentra a Beatriz, ella es su pasaporte hacia la eternidad, es una belleza que emana de la divinidad". Puede que la belleza no sea más que la ilusión, y la verdad no es siempre halagüeña. Explicó esta tesis con un ejemplo: el universo, que es bello, va a tener un final trágico, y no deja de ser verdad. Continuó citando a Rilke, su poeta favorito y una de las razones por las que aceptó presentar el libro (Carrón lo cita en el libro): "¿Quién si yo llorara me escucharía?", y añadió él: "Rilke dice que la belleza es terror, el terror de no encontrar nada a lo que agarrarse". El libro dice que no hay que confiar en la doctrina cristiana sino en un hombre que es hijo de Dios.

Concluía Cadenas: "Este es el catecismo que me habría gustado que me enseñaran de niño. Tiene mucho que decir y es interesante incluso cuando uno no lo suscribe. La osadía que tenéis me atrae mucho. La verdad que busca Carrón y que buscamos todos es como Ítaca, el lugar donde nos espera la felicidad y la redención, pero quizá no está allí Penélope o no lleguemos nunca. Pero en el viaje hacia allí necesitamos la belleza".

La belleza desarmada en España, un diálogo que rompe muros

Elena Santa María | 0 comentarios valoración: 3  19 votos

El ejército europeo

Ángel Satué

En marzo de 2015, Junker, presidente de la Comisión Europea, declaró que “un ejército conjunto de los europeos daría a Rusia la impresión de que nos tomamos en serio la defensa de los valores de la Unión Europea”; este ejército “ayudaría a tener una política exterior y de seguridad común”. Parecidas declaraciones las hemos escuchado en 2016. Recientemente, Wolfgang Schäuble, ministro germano de finanzas y uno de los políticos de mayor peso de la Unión Europea, se declaró en octubre a favor de un presupuesto de defensa europeo.

Defender Europa de Rusia, maniobrar ante la victoria de Trump y la presumible retirada de EE.UU. del tablero de juego de la geopolítica europea (al menos, presupuestaria), el Brexit, Siria, Libia, ciberataques… enmarcan este tipo de declaraciones de los políticos. Se observa por tanto un patrón en ellas. Se aprovecha un hecho concreto, de entidad suficiente, para anunciar un ejército europeo.

¿Es algo nuevo? No. En 1948 se firmó el Tratado de Bruselas, con el recuerdo de la IIGM. En 1950, Monnet propuso sentar las bases de la defensa europea sobre una base supranacional y un presupuesto único, que rechazó la Asamblea Nacional francesa. Durante el resto de la guerra fría, hubo intentos de cooperación en armamento, si bien no es hasta el Tratado de Ámsterdam de 1999 cuando resurge, fuera del paraguas de la OTAN, un nuevo empuje europeo de defensa. El último, una declaración conjunta franco-alemana, de junio de 2016, tras el Brexit.

Este nuevo empuje aboga por una Europa capaz de defenderse a sí misma, incluso como pilar europeo dentro de la OTAN, como se vio en la pasada cumbre del Consejo en Bratislava. Para ello, la Unión cuenta con toda la estructura jurídica institucional del Tratado de Lisboa, que prevé la Cooperación Estructurada Permanente, para aquellos grupos de países que quieran avanzar hacia una unión más estrecha.

¿Es necesario? Un ejército europeo es una de las posibilidades para la seguridad de Europa. Hay otras, como seguir con 28 –menos GB– ejércitos nacionales, apenas coordinados, o mejorar en esta coordinación, que sería el camino hecho hasta ahora, o confiarlo todo a la OTAN, o confinarlo solo para misiones de paz. Sin embargo, desde el punto de vista geopolítico es muy conveniente porque, aunque la Unión es básicamente una potencia de “soft power” (diplomacia, cultura, misiones de paz, cooperación), un ejército europeo serviría mejor a nuestra defensa común, ante vecinos imprevisibles como Rusia, Turquía o el propio Sahel, amenazas terroristas físicas y cíber, guerras híbridas y asimétricas, o simplemente porque no debemos depender solo de los EE.UU. ni de su inmenso presupuesto, ni mucho menos del ánimo de su presidente de turno.

El ejército europeo

Ángel Satué | 0 comentarios valoración: 2  11 votos

Belleza en gerundio

F.H.

Auditorio Pablo VI. Ciudad universitaria. Madrid. Tarde de un otoño ya frío. Julián Carrón presenta su Belleza Desarmada en diálogo con el antropólogo Mikel Azurmendi y el físico Juan José Cadenas, dos agnósticos. 800 asistentes. Algunos sentados en el suelo del gran auditorio. Hora y media de una conversación intensa. Silencio atentísimo solo interrumpido por algunos aplausos y algunas risas cuando la conversación se distiende. Tres hombres inteligentes, leales y cultos hablando como casi nunca se habla. A ratos se escapa un suspiro de sorpresa, de satisfacción. Por estar asistiendo a una conversación que tiene algo de milagrosa y mucho de bonita. ¿Quién dijo que un gerundio es feo? En realidad solo es hermoso lo que está en gerundio, como ponen de manifiesto los ponentes.

Azurmendi empieza dando las gracias: "tengo que agradecer que me hayáis hecho leer este libro. Es un libro muy serio para gente como yo, que busca la vida buena. Hay tres preguntas a las que responde este libro: ¿por qué los cristianos abandonan el cristianismo?; ¿por qué ese prodigio que supusieron las evidencias europeas está agotado?; ¿estamos en una época de cambios o un cambio de época?”. “Pero además en el libro hay un eje doble en torno al que rota todo –añade Azurmendi–. El de la teleología, estamos para algo, y el de la teología. Toda gira en este volumen en torno a las cuestiones del sentido”. Pronto sale el antropólogo que recuerda que los hombres en las culturas antiguas afirmaban un fin, lo que generaba una cosmovisión. Siempre hay una relación entre una cosmovisión y el estilo de vida. Pero, según el pensador vasco, La Belleza Desarmada se ancla en una teología nueva, en un acontecimiento. En Juan, y en Andrés, y en Zaqueo, y en la Magdalena, que creyeron por un acontecimiento y de ahí surgió un ethos nuevo.

“Carrón ha dado en el clavo, este libro propone un cambio de paradigma –añade Azurmendi–. Frente al paradigma pelagiano y moralista, aquí se bebe en las fuentes primigenias del asombro. Este libro es una cartografía para vivir la fe de un modo nuevo, para vivir de un modo más razonable del cristianismo, más razonable de cómo nos lo propusieron a nosotros”.

Juan José Cadenas expresa con franqueza sus preguntas. “¿Es la belleza el camino a la verdad? Lo cierto puede ser feo. La belleza puede ser una ilusión. ¿No puede ser la belleza una construcción de nuestra mente? Carrón cree que hay una conexión entre la belleza, la verdad y el amor. Yo no estoy seguro. El universo es bello. No seré yo quien cuestione su belleza. ¿Pero a qué verdad conduce esa belleza? Porque el universo se expande y su final es la soledad. No hay Beatriz, como en la Divina Comedia, al final del camino”. Cadenas confiesa que comparte con el autor de La Belleza Desarmada la pasión por Rilke. Pero Rilke asegura que la belleza es el umbral del terror. El físico lee unos versos del poeta que concluyen con un dramático interrogante: ¿a quién, a qué, entonces, podemos confiarnos? Carrón responde que a la osadía de un Dios hecho hombre. “No creo en ello, pero me atrae. Disiento de que sea necesario creer en la divinidad de Jesús. Pero, en última instancia, este libro es el catecismo que me hubiera gustado oír en mi niñez. Este es el catecismo que habría que poner como libro de texto. Me gusta la osadía, el descaro de esta gente de Comunión y Liberación”, concluye Cadenas en su primera intervención.

Belleza en gerundio

F.H. | 0 comentarios valoración: 3  27 votos
>ENTREVISTA A CAMINO CAÑÓN

'Cuando se ha conocido la verdad, no hay vuelta atrás. Se ha entrado en el terreno de la belleza desarmada'

F.H.

La presidenta del Foro de Laicos, Camino Cañón, comparte con PáginasDigital la lectura del último libro de Julián Carrón, “La belleza desarmada”, que se acaba de presentar en Madrid.

¿Qué reacción ha tenido ante el enfoque que se le da a la presencia cristiana en el libro de "La Belleza Desarmada"?

La de quien se encuentra con algo muy bien formulado y fundamentado que expresa lo que de maneras más de andar por casa he formulado yo misma muchas veces. Por eso, mi reacción fue de gratitud.

Carrón insiste una y otra vez en que a la verdad solo se accede a través de la verdad. ¿Considera pertinente esta insistencia? ¿Por qué?

Cuando la apariencia de una afirmación es de paradoja o de círculo vicioso solo la insistencia posibilita el acercamiento buscando algo genuino y no trivial. En el caso de la verdad, se podría decir de muchos modos, la verdad la llevamos inscrita en la búsqueda no solo de nuestra razón, sino también de nuestro corazón, el ser humano para ser, para vivir como tal, necesita andar en verdad. No puede andar a oscuras, sin saber si es engaño y apariencia o si hay suelo firme. La posverdad de la que se habla estos días es una expresión más de la decadencia a la que las negaciones de la realidad, como referente de lo dicho, han llevado. Cuando se ha conocido la verdad, no hay vuelta atrás. Su búsqueda y su propuesta alcanzan a todo el vivir. Se ha entrado en el terreno de “la belleza desarmada”.

¿El proyecto ilustrado está agotado?

>ENTREVISTA A CAMINO CAÑÓN

'Cuando se ha conocido la verdad, no hay vuelta atrás. Se ha entrado en el terreno de la belleza desarmada'

F.H. | 0 comentarios valoración: 2  10 votos
>Editorial

De la patria al peor imperio

Fernando de Haro

La muerte de Fidel es como un espejo, las reacciones que provoca retratan las posiciones ideológicas de cada uno. Vuelven algunas viejas sensibilidades que ensalzan a Castro. Pero la pregunta más importante es la más práctica. ¿Todo ha quedado atado y bien atado? ¿Lo que no consiguió Franco tras su muerte lo logrará Fidel Castro? El Comandante, con mayúscula porque en la isla no hay otro, había dejado oficialmente el poder en 2008. Se había convertido en un anciano de movimientos torpes, enfundado siempre en ropa deportiva. Aparentemente no contaba nada. Ya ni tenía fuerzas para una de sus grandes pasiones: esos largos monólogos en los que pontificaba sobre lo divino y lo humano. Era incluso un estorbo para su hermano Raúl, el actual presidente, por sus salidas de tono. La muerte de Fidel es para algunos irrelevante, solo una ocasión del castrismo para mostrarse más vivo que nunca. Su fallecimiento en la cama no tendría otro valor político que confirmar la capacidad de resistencia del comunismo cubano.

Seguramente las cosas no son tan sencillas. Es cierto que el poder real en Cuba hasta el pasado viernes ha estado en y está en manos Raúl Castro y, sobre todo, en manos del grupo de militares, no más de diez, que integran el Politburó. Son esos militares los que controlan la industria pesada y la industria turística del país. Tienen más poder que el Partido Comunista. Se trata de una especie de Junta Militar en la que sus miembros se vigilan intensamente pensado en el día en que muera Raúl Castro (que tiene 85 años) o en el que se retire (tiene prometido que lo hará en 2018). En ese momento lo más probable es que haya un duelo abierto entre Miguel Díaz Canel, el vicepresidente del Gobierno, que representa el ala reformista, y Alejandro Castro, hijo de Raúl Castro, coronel que controla todos los servicios de inteligencia y que representa el ala dura.

Se van a cumplir dos años desde que se anunciara la reapertura de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos. Obama, en un gesto inteligente, que estuvo auspiciado por el Papa Francisco, quiso reabrir su país a Cuba, pero en este tiempo Raúl Castro no ha dado pasos significativos para abrir Cuba a la libertad. Las embajadas en La Habana y en Washington funcionan con normalidad, el presidente saliente ha paseado el deshielo por la Habana vieja, los cubanos han podido bailar con la música en directo de los Rolling Stones. Pero en lo esencial todo sigue igual. Como quedó claro en VII Congreso del Partido Comunista Cubano de la pasada primavera, Raúl Castro no es Gorbachov. Las reformas económicas en favor de la iniciativa privada son tan tímidas y tan simbólicas que no aportan más crecimiento. La tasa de formación de capital no rebasa el 9 por ciento mientras que en las economías más pobres de América Latina triplica esa referencia (27 por ciento República Dominicana, 21 por ciento Bolivia).

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De la patria al peor imperio

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De la patria al peor imperio

Fernando de Haro

La muerte de Fidel es como un espejo, las reacciones que provoca retratan las posiciones ideológicas de cada uno. Vuelven algunas viejas sensibilidades que ensalzan a Castro. Pero la pregunta más importante es la más práctica. ¿Todo ha quedado atado y bien atado? ¿Lo que no consiguió Franco tras su muerte lo logrará Fidel Castro? El Comandante, con mayúscula porque en la isla no hay otro, había dejado oficialmente el poder en 2008. Se había convertido en un anciano de movimientos torpes, enfundado siempre en ropa deportiva. Aparentemente no contaba nada. Ya ni tenía fuerzas para una de sus grandes pasiones: esos largos monólogos en los que pontificaba sobre lo divino y lo humano. Era incluso un estorbo para su hermano Raúl, el actual presidente, por sus salidas de tono. La muerte de Fidel es para algunos irrelevante, solo una ocasión del castrismo para mostrarse más vivo que nunca. Su fallecimiento en la cama no tendría otro valor político que confirmar la capacidad de resistencia del comunismo cubano.

Seguramente las cosas no son tan sencillas. Es cierto que el poder real en Cuba hasta el pasado viernes ha estado en y está en manos Raúl Castro y, sobre todo, en manos del grupo de militares, no más de diez, que integran el Politburó. Son esos militares los que controlan la industria pesada y la industria turística del país. Tienen más poder que el Partido Comunista. Se trata de una especie de Junta Militar en la que sus miembros se vigilan intensamente pensado en el día en que muera Raúl Castro (que tiene 85 años) o en el que se retire (tiene prometido que lo hará en 2018). En ese momento lo más probable es que haya un duelo abierto entre Miguel Díaz Canel, el vicepresidente del Gobierno, que representa el ala reformista, y Alejandro Castro, hijo de Raúl Castro, coronel que controla todos los servicios de inteligencia y que representa el ala dura.

Se van a cumplir dos años desde que se anunciara la reapertura de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos. Obama, en un gesto inteligente, que estuvo auspiciado por el Papa Francisco, quiso reabrir su país a Cuba, pero en este tiempo Raúl Castro no ha dado pasos significativos para abrir Cuba a la libertad. Las embajadas en La Habana y en Washington funcionan con normalidad, el presidente saliente ha paseado el deshielo por la Habana vieja, los cubanos han podido bailar con la música en directo de los Rolling Stones. Pero en lo esencial todo sigue igual. Como quedó claro en VII Congreso del Partido Comunista Cubano de la pasada primavera, Raúl Castro no es Gorbachov. Las reformas económicas en favor de la iniciativa privada son tan tímidas y tan simbólicas que no aportan más crecimiento. La tasa de formación de capital no rebasa el 9 por ciento mientras que en las economías más pobres de América Latina triplica esa referencia (27 por ciento República Dominicana, 21 por ciento Bolivia).

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La concertada puede dar el primer paso

Fernando de Haro

El nuevo Gobierno echa a andar en España. Las dos tareas más urgentes: aprobar unos presupuestos que permitan reducir el déficit al 3 por ciento (lo que supone un ajuste de 5.500 millones de euros) y el Pacto de Educación prometido para los próximos seis meses. La minoría parlamentaria de Rajoy no le va a impedir sacar adelante las cuentas públicas. A sus 137 diputados añadirá, sin dificultad, los de Ciudadanos (32), los del nacionalismo vasco (5) y el voto canario (1). Solo le haría falta un diputado más y es posible que los socialistas (84) acaben absteniéndose.

El presidente del Gobierno tiene el viento a favor. De vez en cuando, para ganar más fuerza, recuerda que puede convocar unas nuevas elecciones de las que él y su partido saldrían ganando. Y al final la economía se ha convertido en un terreno más o menos neutro en la que el acuerdo es fácil. Hay que subir impuestos y eso lo haría cualquier partido de la oposición constitucional.

Otra cosa bien diferente es el Pacto de Educación. La enseñanza es el mejor ejemplo de una política ideologizada en la que se enfrentan dos modos de entender el Estado, la sociedad y la persona, sin posibilidades aparentes de encontrar un terreno común. Desde que volvió la democracia a España hasta 2014, salvo un breve período, las leyes que han regido el sistema educativo han sido socialistas. En parte porque al centro-derecha le interesó poco la cuestión (Aznar solo impulsó un cambio cuando estaba a punto de finalizar sus ocho años de mandato) en parte porque los socialistas derogaron inmediatamente y con mucho sectarismo esa reforma. La actual ley de educación, la LOMCE (2014), promulgada por el PP, se ha encontrado con una oposición férrea. Es una norma que con timidez quiere corregir el modelo comprensivo puesto en marcha a mitad del siglo XX en el Reino Unido, vigente todavía en España, a pesar de sus malos resultados. La comprensividad, en nombre de la igualdad, da a todos los alumnos la misma enseñanza, sin distinguir entre resultados, aptitudes o inclinaciones. La LOMCE establecía reválidas externas para garantizar la calidad y fomentar la competencia entre los colegios. Y implantación de esas reválidas ha sido el caballo de batalla de toda la oposición. El Gobierno sufrió la semana pasada una derrota en el Parlamento porque hasta sus socios reclamaron que no las pusiera en marcha y derogara la LOMCE. La derrota ha sido más simbólica que real porque Rajoy había prometido ya que las suspendería, como así hizo el viernes.

La negociación para un Pacto de Educación fracasará si se centra en los presupuestos ideológicos. Es muy difícil localizar puntos de encuentro sobre la asignatura de Religión, el régimen de conciertos (que permite una alta tasa de subsidiariedad educativa) o la mayor o menor comprensividad necesaria. La izquierda entiende la laicidad a la francesa, es muy reacia a introducir criterios de competencia y quiere dar protagonismo a los centros de gestión pública. El PP, no por convencimiento propio sino porque tiene detrás a muchos votantes con esa sensibilidad, está inclinado a dar un mejor trato al sistema de conciertos. Se debate sobre un marco general, porque luego cada Comunidad Autónoma es la competente.

La concertada puede dar el primer paso

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>Editorial

Mosul es nombre de libertad seducida

Fernando de Haro

En arameo. Los dos curas se hablan entre ellos en la lengua de Jesús. Acuerdan cómo trepar al segundo piso de la parroquia de la Inmaculada Concepción de Qaraqosh, a 30 kilómetros de Mosul. La iglesia, que antes de la llegada del Daesh albergaba a 3.000 fieles, está ahora ennegrecida. El altar profanado, los libros de canto por el suelo, el órgano destrozado. Los yihadistas utilizaban el templo como arsenal porque sabían que la coalición no lo bombardearía. Los dos curas sirio católicos llegan al tejado e improvisan una cruz con dos trozos de madera. La plantan junto a la torre semiderruida. Son unos segundos. Pero la cruz vuelve a estar sobre el cielo de Qaraqosh, sujeta por los dos curas que cantan, en arameo, la lengua de Jesús. Cantan un Aleluya. Las campanas, las campanas cristianas de la llanura de Nínive han vuelto a sonar. Las crónicas que nos llegan invitan a viajar hasta el que ahora es el lugar más santo del mundo. Para ponerse de rodillas y besar de forma discreta, mientras el fragor de la batalla suena muy cerca, esa cruz de los curas sirio católicos que hablan en Arameo. Por los que ya no están, por los que se han mantenido fieles en medio de la gran persecución, por los musulmanes que han visto ultrajado el nombre del Corán con la barbarie de los yihadistas (“¿qué sentirías si unos terroristas estuvieran matando en nombre de tu religión?”, preguntan los piadosos seguidores de Mahoma). Qaraqosh, pueblo de 50.000 habitantes, fue un pueblo-refugio hasta agosto de 2014. Hacia Qaraqosh huyeron los cristianos de Mosul cuando las cosas se pusieron mal, de Qaraqosh huyeron hacia el Kurdistán.

Obama, antes de salir de la Casa Blanca, quiere conseguir una victoria. Y dejar así atrás los errores de Bush y sus propios errores. La intervención de Bush en 2003 y el desmantelamiento del ejército y de la policía convirtieron a Iraq en un estado casi fallido. El radicalismo democrático de Obama, hace cinco años, y sus idas y venidas impidieron una victoria más rápida sobre el Daesh. Nadie sabe ni cómo ni cuándo va a ser liberado Mosul. La toma de los pueblos circundantes está siendo relativamente rápida. La ambigüedad de hace dos años ha desaparecido. Haber acabado con las fuentes de financiación, sobre todo con la venta de petróleo a través de Turquía, y con el doble juego de Erdogan ha sido de gran ayuda. En las localidades pequeñas, rodeadas de campo, se puede utilizar armamento pesado y técnicas de guerra tradicional. Otra cosa bien distinta es conquistar y limpiar una ciudad grande como Mosul si los yihadistas resisten y no huyen a Raqa, la capital de su califato de horror, en el norte de Siria. Entonces habría que pelear casa por casa. La moral de los combatientes es un factor esencial. Hasta no hace mucho el nihilismo violento, la nada destructiva, ejercía una gran fascinación.

Mosul es nombre de libertad seducida

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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La imagen del día

Vista general de un colorido pueblo conocido por los lugareños como Kampung Warna-Warni en Malang, Java Oriental (Indonesia). Fully Handoko (EFE)

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