Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
29 NOVIEMBRE 2020
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Dudas y esperanza tras la victoria de Arce en Bolivia

Arturo Illia

Finalmente las elecciones se celebraron en Bolivia con la victoria del Movimento Socialista MAS, con más del 55% de los votos. Los dos partidos de la oposición (Comunidad Ciudadana y Creemos Bolivia) consiguieron el 28,83% y el 14% respectivamente, por lo que Luis Alberto Arce Catacora es el nuevo presidente.

Antes ministro de Economía y Finanzas, Arce es reconocido como el artífice del desarrollo de Bolivia durante los años de presidencia del polémico Evo Morales, aunque el crecimiento del país no se ha utilizado solo para crear un bienestar social sino también un ministerio de sanidad que ha llevado a las desastrosas cifras que ha sufrido el país por el Covid-19.

El conocimiento de Bolivia por parte del mundo occidental se basa en muchos estereotipos que son típicos del llamado progresismo “radical chic”, que hace años celebró el triunfo de Evo Morales como la victoria justa del indio sobre el capitalismo.

Pero el “complejo de Cristóbal Colón” se siguió difundiendo desgraciadamente, y lo sigue haciendo, creando estereotipos que unen una manipulación histórica a un análisis bastante superficial de una nación que se aleja mucho de un análisis ecuánime de los hechos. Se tiende a considerar el movimiento indio en su totalidad como una etnia única, oprimida por los conquistadores y sus herederos. Vamos, que la conquista del continente latinoamericano fue obra de un puñado de españoles que tenían unos ideales muy poco “humanos” y que con el paso de los siglos causaron atrocidades inenarrables, pero ese puñado de aventureros lograron someter al continente entero aprovechándose sobre todo de las crueles divisiones que existían (y existen) entre las etnias originarias, que a veces se alinearon con los españoles para diezmar a enemigos de su propia raza.

Este concepto aún persiste porque entre las diversas etnias indias que pueblan los diversos países no corre la misma sangre y Bolivia, donde viven hasta 63 tribus diferentes, es una demostración de ello. La consagración de Morales como presidente fue también la de los aymara de los altiplanos, y los años de poder de Evo se distinguieron también por las expropiaciones de terrenos de otros pueblos, operaciones mezcladas muchas veces con delitos que llegaron al conocimiento de la ONU.

De hecho, los fraudes electorales de 2019 en las elecciones presidenciales provocaron no solo una protesta popular gigantesca, sino también el alejamiento del “caudillo” de su país, camuflado de huida en una serie de fotos inolvidables en las que Evo aparecía como el oprimido para alegría no solo de los “radical chic”, sino también de los presidentes latinoamericanos del “pacto de Sao Paulo”, que sustancialmente obedecen al populismo de inspiración cubana. De hecho enseguida corrió la voz del “golpe de estado militar” que habría depuesto al “legítimo” vencedor de las elecciones (Morales) e instalado en el poder a Janine Añez. Pero los defensores de esta hipótesis pronto quedaron defraudados porque las elecciones se celebraron (aunque con un leve retraso debido al Covid) y la victoria fue para el partido de Morales, ¿pero eso significaba su retorno al poder?

Dudas y esperanza tras la victoria de Arce en Bolivia

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Realidad vs. ideología

Eduardo A. Sánchez

“No existen hechos, solo interpretaciones”. La frase contundente del gran filósofo Nietzsche parecería cobrar cada día más fuerza en la compleja realidad argentina. Los medios de comunicación se afanan en tratar de ganar terreno bajo este axioma. Frente a una opinión pública cada vez más desconcertada ante tanta batería de información, hay quienes se enfervorizan detrás de esta dirección que desemboca en la queja o en una mayor exasperación, creyendo en soluciones ilusorias que nunca llegaron a buen término. Hay de todo. Por un lado, quienes niegan la eficacia destructiva del virus, por el otro quienes solo se fijan en la afectación del virus a la economía, y además quienes se aferran a los ya conocidos dogmas del mercado, siempre los mismos dogmas y teorías que crearon un mundo más injusto y desigual, como expresa el papa Francisco en la reciente encíclica Fratelli Tutti, una mirada llena de esperanza, pero denunciando grandes fracasos frente a modelos que hoy nos ponen como salvadores. En medio de todo este bazar de interpretaciones se instala la famosa y llamada grieta en Argentina. La disputa política ha pasado a ser una suerte de competencia o habilidad para desacreditar más al otro, como si el sistema republicano cambiara los ejes hacia un árbitro impoluto (la corte suprema). No es seguramente lo que imaginó Rousseau cuando pensó en el sistema democrático y su equilibrio de poderes. Los eslóganes más abstractos porque representaban otros ideales de otras épocas, como defendamos la república, logran enconos encendidos y violencia.

Hoy la realidad actual en Argentina indica a través de la consulta a los principales encuestadores serios del país, mediante recientes sondeos, que la imagen del presidente Fernández goza de buena salud, como el líder latinoamericano con mejor imagen en épocas de pandemia (Raúl Kollmann, Pagina 12 de 4 de octubre), a pesar del bombardeo negativo al que le tratan de acorralar por las consecuencias económicas de la pandemia. Sin embargo, haber priorizado el cuidado de la salud desde el inicio y haber preparado el sistema de salud le mantiene con una buena imagen, además de la opción que tomó de haber comenzado por la atención de los que menos tienen en la escala social. La negación de un sistema de gobierno legítimamente elegido por el voto popular en el sistema democrático (48,24% Fernández- Fernández vs 40,28% Macri-Picheto) vía la judicialización de la política, la comparación con otros países de Latinoamérica, la descalificación de los debidos procesos parece ser la base del accionar político de la oposición, acompañada por declaraciones de un expresidente despertando fantasmas de golpes militares. Esta estrategia no le dio resultados en las últimas elecciones, es por ello que una parte de la misma oposición busca alternativas distintas a este tipo de confrontación (encabezados por el actual jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires, Horacio Larreta). Los tenues brotes positivos de una economía como por ejemplo la deuda externa argentina y su sinceramiento frente al sistema financiero internacional, la asistencia a sectores claves, el nuevo diseño presupuestario, etc, fue opacada por las disputas basadas en la confrontación y la violencia.

Realidad vs. ideología

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El destino de Argentina, entre Argenzuela y el narco-estado

Arturo Illia

El camino hacia una Argentina presa del totalitarismo o, como la llaman muchos argentinos, hacia una Argenzuela, avanza imparable con un Gobierno que finge no entender la gran protesta social en su contra y que solo se nutre de contradicciones y también de mentiras. Cada vez resulta más evidente que, por primera vez en su tortuoso camino democrático, el país se encuentra con una figura presidencial que sustancialmente actúa como secretario de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner.

Su desconexión con el país, o al menos con gran parte del mismo, ya es total. Solo se sostiene políticamente por esa parte de la población que vive gracias a subsidios eternos, y también por todo un mundo de sindicalistas y políticos dispuestos a hacer de todo con tal de que nada cambie.

El 1 de septiembre sucedió algo inverosímil. El congreso de diputados tenía que debatir dos iniciativas muy importantes, como la grave crisis turística debida al Covid-19 y el problema de la pesca ilegal. Este segundo tema es fuente de continuos problemas porque el tramo atlántico argentino constituye uno de los mares de pesca más importante del mundo y durante décadas pesqueros de varias nacionalidades, pero sobre todo chinos, pescan ilegalmente en aguas territoriales argentinas. Pero los medios disponibles, en la desastrosa crisis que el país vive desde hace años, no permiten preparar una flota capaz de velar por la seguridad de sus aguas. Por eso era importante encontrar una solución para ambos problemas.

La oposición, que en el congreso de los diputados cuenta con una mayoría, aunque escasa, se personó en masa, mientras que los diputados que apoyan al Gobierno participaron de manera virtual. El presidente de la cámara, Sergio Massa, un delfín kirchnerista que durante años repudió a este bando político para luego volver al redil (como el presidente Alberto Fernández, por cierto) con una decisión que supera la metafísica, decidió considerar a la oposición ausente en la reunión, a pesar de que tenía ante sus ojos a todos sus miembros en persona. Luego la reunión prosiguió como si nada, a pesar de las protestas de los diputados presentes, y se prolongó hasta las cinco de la madrugada, con la aprobación de dichos procedimientos contando solo los votos virtuales. En la práctica, asistimos a la liquidación política del congreso de los diputados pero, a pesar de que los presentes protestaron por este auténtico “golpe” institucional, Massa decidió aprobar la sesión y por tanto darla por válida.

Al día siguiente asistimos además a lo que se podría definir como “La parodia de la República”, con el presidente Fernández que desde el principio dio por nula la sesión, dada la gravedad de la situación que se produjo, pero al cabo de apenas una hora se convirtió en lo que ya es un clásico de su gestión, revertía la situación dando la sesión por válida. ¿Pero cómo? Porque claramente el “secretario” de Cristina Kirchner ha avalado las ideas de su vicepresidenta, que luego en la práctica, con esta decisión, ha mostrado quién detenta el poder en este país.

El destino de Argentina, entre Argenzuela y el narco-estado

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Una oposición dividida solo ayuda a Maduro

Arturo Illia

En poco más de tres meses, el 6 de diciembre, se celebrarán elecciones parlamentarias en Venezuela, aunque el país sigue sumido en una crisis que ha causado daños que tardarán mucho en repararse. Y todo debido al régimen dictatorial que rige desde 1999, aunque disfrazado de democracia, y que ha dejado a la nación diezmada. Lástima que la oposición no tendrá mucho que decir en la cita electoral, reducida como está por las disputas internas que se han sucedido a lo largo de los años, pero también y sobre todo por la represión con que el régimen de Maduro la ha tratado, que ha llegado a turbar aún más el clima electoral pues hasta en Estados Unidos han pensado en invadir el país, según declaró el senador republicano Marco Rubio, aunque luego lo desmintieron altos cargos estadounidenses. Pero las últimas declaraciones norteamericanas, que hablan de un estricto control de la actividad electoral por parte del llamado G4 (grupo de cuatro partidos representantes de la oposición venezolana), apuntan a no aceptar el resultado, ya sobradamente “cantado” en las anteriores citas electorales, que no tenían nada de libres.

El problema, uno de los problemas de este riquísimo país latinoamericano doblegado al hambre más amarga, reside en una oposición que, insistimos, se encuentra partida en dos y sin rastro de unidad. De hecho, dentro del G4 (que agrupa a Voluntad Popular de Leopoldo López, Primero Justicia de Henrique Capriles, Acción Democrática y Un Nuevo Tiempo) se está librando una lucha entre los que quieren participar en las elecciones (Capriles) para no reducirlas a un plebiscito sin sentido, frente a Leopoldo López, que propone la abstención pero al mismo tiempo un férreo control de las urnas por parte de casi cien mil personas. El presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, tras conseguir, aunque por poco tiempo, reunir una propuesta masiva contra el régimen de Maduro convirtiéndose en líder de la oposición, ha perdido terreno porque en la práctica nunca ha gozado d un verdadero apoyo por parte de EE.UU, que sobre todo después de la llegada de Trump a la Casa Blanca se ha puesto en contra de la oposición más radical y que también es contrario a participar en la votación: “27 partidos, instituciones y exiliados tienen muy claro que no se puede legitimar el fraude y que hace falta un camino único. No se trata de convocar una marcha sino de incrementar la presión nacional e internacional para lograr la transición”. Una declaración que trata de obligar al dictador a negociar bajo presión internacional. Pero dicha presión parece debilitarse, y de ello se aprovecha Maduro, como es habitual, que estos días ha concedido el indulto a 103 opositores que en su momento fueron arrestados, torturados y estaban a la espera de juicio.

Pero esta enésima maniobra de inauguración democrática, muy parecida en sus expectativas a la apertura al diálogo con la oposición de hace años, tampoco tendrá prácticamente ningún efecto más que el de mostrar aún más cuánto necesita este país unas elecciones libres de verdad, en el sentido más real de la palabra, para llevar a cabo ese cambio necesario para salir del túnel de la peor crisis institucional y económica de la historia latinoamericana.

Una oposición dividida solo ayuda a Maduro

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George Floyd, el grito de la América profunda

Giorgio Vittadini

Una América que parece incapaz de encontrarse a sí misma se está mostrando ante el mundo entero. El sueño americano, que siempre ha servido de vínculo de unión en una sociedad tan plural y basada en una meritocracia exasperada, hoy está en una profunda crisis. La carta de un joven de Miami, Joe, a un amigo suyo, puede ayudar a entender algo más de lo que está pasando tras las protestas que se están sucediendo:

“Querido Enrico, probablemente debería empezar diciendo cuánto te agradezco que me hayas pedido que te cuente algo, a pesar de mis reticencias, pues tampoco sé muy bien cómo mirar a muchos de los que me rodean, pero estos hechos y las reacciones que han surgido me han entristecido profundamente. Dicho esto, intentaré describir lo  mejor posible lo que está pasando y tal vez eso pueda ayudarnos a entender.

Estas protestas y revueltas se están produciendo como un grito contra el racismo y la discriminación provocada por el brutal asesinato de George Floyd, condenado casi universalmente tanto por los civiles de todas las razas como por las propias fuerzas del orden. Para nadie es un secreto que el racismo sigue existiendo en América, igual que en otras partes del mundo, pero la falta de humanidad en la muerte de este hombre ha llevado a mucha gente a interrogarse profundamente.

Honestamente, si no hubiera sido por el Covid–19, no estoy totalmente convencido de que las cosas hubieran llegado a este nivel. Las circunstancias son ‘idóneas’: un hombre de color detenido y asesinado por un oficial blanco, todo filmado, la gente tenía más tiempo del que normalmente habría tenido y ya estaba bastante frustrada por el confinamiento. Pero todo eso no lo puede explicar todo. Hay un factor más que percibo en todo esto. En las últimas semanas, con innumerables entrevistas y artículos, todo ha salido a la luz: el miedo de mucha gente (sobre todo ancianos) a que las cosas no cambien, el asesinato y la idealización de George Floyd, la llamada a las armas para defender o condenar, y concretamente los auténticos gritos de dolor y sufrimiento de la gente de la comunidad negra. En muchas de esas entrevistas he percibido que la verdad de la experiencia del dolor y el sufrimiento que muchas de estas personas han vivido es innegable y muy difícil de mirar. Es la manera en que se presta atención a estas experiencias lo que me da esperanzas para un cambio positivo con todo lo que está pasando.

George Floyd, el grito de la América profunda

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América necesita los dos pulmones

Francisco Medina

La recientes oleada de disturbios que ha seguido a la muerte de George Floyd en Minnesota, a manos de un policía, ha dado paso a la campaña orquestada de derribo –en Estados Unidos y en varios países del mundo– de símbolos y estatuas dedicadas a personajes identificados por el pensamiento dominante como representativos de una cultura identificada como racista: primero fue el almirante genovés Cristóbal Colón; posteriormente, la reina Isabel la Católica o el franciscano español Fray Junípero Serra; y hasta el propio Miguel de Cervantes; sin olvidar a los propios Padres Fundadores (George Washington, Thomas Jefferson), o quienes se aliaron en el bando de la Confederación en la Guerra civil de 1861-1865.

Es tentador comparar la revolución americana del Norte, producida en los últimos estertores del siglo XVIII y que, en muchos aspectos, ha sido señalada como superior a la Revolución Francesa, con la revolución americana que se dio en el Hemisferio Sur del continente en los inicios del siglo XIX. En ambos casos, existía el motor del deseo de iniciar algo nuevo, un nuevo comienzo, un hombre nuevo… pero lo que está sucediendo ahora obliga a apartar la mirada a otro punto, a mi juicio más importante: ¿qué significa esta oleada de protesta en toda la nación estadounidense? ¿Cómo entender estos intentos de reescritura, de implantación de un pensamiento dominante como el Black Lives Matter?

Nunca estuvo cerrada la herida de los años de racismo, fomentada por cierto pensamiento protestante originado en el Bible Belt del Sur. El tema resulta más complejo: muchos de los Padres Fundadores que participaron en la Convención de Filadelfia de 1787, que alumbró la Constitución de los Estados Unidos de América, poseían esclavos y el tema no quedó cerrado, dado que la economía de las colonias del Sur se sustentaba en las plantaciones de algodón, en la que los esclavos constituían el 40% de la población. El caso La Amistad, dilucidado en la Supreme Court, disparó las tensiones entre el Norte y el Sur, que ni el Compromiso de Missouri de 1850 ni la derrota de la Confederación en la Guerra de Secesión consiguieron solventar. La Reconstrucción posterior, planeada por el presidente Lincoln en 1865, fue torpemente puesta en práctica a finales del siglo XIX y no logró la integración de la comunidad negra, a pesar de las medidas adoptadas por el Gobierno Federal, ni desactivar movimientos como el Ku Klux Klan surgidos en el South. Ya en el siglo XX, hubo intentos infructuosos más serios, como el del presidente Kennedy, de eliminar barreras a la integración racial, o el movimiento pacifista de Martin Luther King, que acabó siendo instrumentalizado en el movimiento de oposición a la guerra de Vietnam o en los Black Panthers.

Ahora, en la América del siglo XXI el problema de la integración ya no se identifica exclusivamente con el “problema negro”. De los 325 millones de habitantes que viven en EE.UU., un 18% –59 millones– son de origen hispano; en su mayoría, mexicanos, pero también procedentes de Cuba, Puerto Rico, Guatemala, República Dominicana, Nicaragua. Estados como California, Texas, Florida, New York, Illinois, Arizona, New Jersey, Colorado, Nuevo México y Georgia son los que albergan mayor número de población inmigrante hispana.

América necesita los dos pulmones

Francisco Medina | 0 comentarios valoración: 2  28 votos

Con la excusa del Covid, Argentina expropia empresas

Arturo Illia

La semana pasada se celebró en Argentina el “día de la bandera”, que se festeja en la fecha de la muerte de su creador, el general Juan Manuel Belgrano. Pero este año las celebraciones han coincidido con la protesta general por ciertas decisiones del gobierno actual, cuyo presidente Alberto Fernández ya es considerado como mero secretario de la vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner.

Aprovechando la emergencia sanitaria del Covid-19 (aunque su política ya era bastante clara antes, con decisiones que se mostraron totalmente opuestas a sus promesas electorales) y con un mensaje elaborado con la complicidad de su equipo médico (“o cuarentena o muerte”), se ha instaurado en Argentina un poder totalitario que responde a las lógicas del populismo más extremo, uno de los muchos hijos de la ideología de Rousseau, que al final solo parió dictaduras, “en nombre del pueblo”, se entiende…

De ahí la figura de un presidente que ya no tiene ningún freno lógico en su pensamiento (pues en cuestión de horas cambia de idea) y que sobre todo excluye al parlamento de sus decisiones, basadas en decretos de necesidad y urgencia que encajan perfectamente en el clima de pandemia mundial pero que en Argentina ya ha superado (con 27.476 contagiados, cifra afortunadamente baja) el récord mundial de cuarentena poco inteligente (más de cien días), que ha paralizado el país.

Hace unos días, tras una decisión sorprendente porque solo pocas horas antes, en un encuentro con una asociación de empresarios, había declarado todo lo contrario, Fernández anunció la expropiación de una de las empresas agrícolas históricas y más importantes del país, fundada hace noventa años por inmigrantes italianos, la Vicentin, con sede en la provincia de Santa Fe, empresa que tras entrar en una crisis financiera muy grave pidió un préstamo al Banco Nación que no ha podido devolver aún, lo que la ha llevado técnicamente a la quiebra.

Pero en estos casos suele intervenir un juez para someter a la empresa a una administración controlada para proceder a su venta. Al menos, se hace así en las repúblicas con estado de derecho de facto. Pero en el virreinato argentino, desde hace al menos cuatro décadas es el presidente, violando todas las leyes de Estado, quien organiza una rueda de prensa para anunciar, en un perfecto estilo chavista, la expropiación como acto de salvaguarda de la soberanía alimentaria del país. Es algo así como si un emirato árabe decidiera expropiar una empresa petrolífera para protegerse del peligro de falta de mercado de crudo. Hay que recordar que Argentina es una de las potencias agrícolas mundiales y sus productos básicos permiten alimentar a 450 millones de personas, pero en breve alcanzará el 60% de pobreza, aunque ese es otro tema.

Además, hay que añadir que el 98% de la producción de Vicentin consiste en harina de soja para alimentar pollos y cerdos en China, solo el 1% se dedica al grano y aquí ya se roza el absurdo. Pero si tenemos en cuenta la situación en su conjunto, veremos que Vicentin es titular de bases portuarias en Rosario, ciudad a orillas del río Paraná, cuyas conexiones fluviales son de extrema importancia estratégica, hasta el punto de que se convirtió hace casi veinte años en una de las capitales del tráfico de drogas.

Con la excusa del Covid, Argentina expropia empresas

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Contagios en Perú a pesar de una estricta cuarentena

Arturo Illia

En el que parece destinado a ser el nuevo centro de la pandemia del Covid-19, América Latina, llama muchísimo la atención el caso de Perú. El país andino ocupa actualmente el segundo lugar entre los países contagiados del continente, con más de doscientos mil casos registrados y cinco mil muertes, pero también cien mil curaciones (dato importante para presentar un contexto real del fenómeno).

Pero lo que llama la atención a los observadores es el hecho de que mientras que en Brasil (líder de esta trágica situación) el gobierno de Bolsonaro, al menos inicialmente (pero también después con sucesivas demostraciones teatrales de su presidente), no tomó medidas de prevención, en Perú, en cuanto llegó el virus fue “recibido” con una de las cuarentenas más estrictas de toda América Latina, solo superada por la de Argentina. Pero la firme estrategia del presidente Martín Vizcarra ha servido de muy poco, viendo los números. Más que emergencia se ha definido como catástrofe sanitaria, que ha puesto a todo el sistema al límite de su capacidad, con una ocupación de más del 80% de las camas disponibles. Tal vez sea un poco exagerado el término utilizado por los medios locales, en comparación con las cifras de los sistemas sanitarios de otros países, europeos incluidos, pero refleja muy bien el pánico que se ha generado en todo Perú.

Su historia reciente está dominada por las catastróficas consecuencias políticas del escándalo Odebrecht, empresa de construcción brasileña y caso de corrupción que ha implicado a los poderes de media América Latina y que en Brasil dio origen al denominado “Lava Jato”, en cuyas garras acabó el expresidente Lula y gran parte del mundo político del país. Odebrecht se comportó como un auténtico virus que en Perú no solo hizo estragos entre presidentes pasados y presentes (hasta cuatro), sino que fue la causa que llevó al suicidio del más conocido de ellos a nivel internacional (después de Balaude Therry, uno de los políticos más luminosos de la historia latinoamericana), Alan García, protagonista de dos presidencias de signo totalmente opuesto (algo que no es extraño en Sudamérica). Un verdadero huracán que increíblemente acompañó, a pesar de la crisis política que provocó, a un relanzamiento económico del país con cifras “chinas” que hacían inexplicable, al menos en un primer momento, la difusión del Covid.

Contagios en Perú a pesar de una estricta cuarentena

Arturo Illia | 0 comentarios valoración: 2  30 votos
>Entrevista al padre Toto

'En la Villa, la fe transforma la realidad'

F.H.

La Villa 21-24, situada junto al río Matanza Riachuelo, en Buenos Aires, sufre desde hace más de 25 años la pobreza, el consumo de drogas, el hacinamiento, la violencia, la falta de higiene y suministros de agua y luz. El padre Toto, Lorenzo de Vedia, uno de los curas villeros que tanto gustan a Francisco, nos cuenta cómo afronta el desafío del Covid.

¿Cómo está afectando el Covid a la Villa 21?

La vida en la Villa tiene podríamos decir distintas dimensiones. Una, la que no se ve en los medios ni en la opinión pública, la que no trasciende, y esa villa la percibimos los que vivimos acá. Los curas vivimos en la villa y tenemos una percepción que no alcanzan a poder tener los que la miran desde lejos. Entonces, me surge recalcar y resaltar un montón de valores que se viven en la villa, como la solidaridad natural, la interacción entre los vecinos que ahora se han visto con el COVID. El vecino de la Villa, sí o sí, tiene que interactuar con el vecino, a diferencia de gente de otros sectores sociales. Por ejemplo, para sacar el agua, para el tema de la luz, del agua, de lo que sea. No quiero dar una visión romántica; para lo bueno, para lo malo, se interactúa mucho entre los vecinos. También la madre es madre de sus hijos y de los del pasillo. Entonces, hay una capacidad de fiesta, un sentido de religiosidad muy profundo y una religiosidad muy ligada a la vida, no es una religiosidad que aliena o te saca de la realidad o te aísla de la gente, sino que al revés. Es una religiosidad que lleva a comprometerse con los hermanos y entonces, en ese sentido, en la Villa experimentamos que la fe es motor de transformación de la realidad.

Pero después de 25 años de precariedad de la villa, ¿cuál es la situación actual?

>Entrevista al padre Toto

'En la Villa, la fe transforma la realidad'

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Ecuador. Entre la vida y la muerte, una humanidad más verdadera

Stefania Famlonga

El martes 17 de marzo comenzó en Ecuador la cuarentena contra el coronavirus, con toque de queda en todo el país desde las dos de la tarde hasta las cinco de la madrugada siguiente. En el momento de escribir estas líneas, aquí se han registrado casi 3.500 casos y 172 muertes por Covid-19 según datos oficiales, aunque el presidente Lenín Moreno ha tenido que admitir que estos datos no reflejan la realidad. De hecho, desde hace semanas, en la ciudad de Guayaquil (la más golpeada por el coronavirus) hay cada día cientos de muertos que, debido al colapso del sistema sanitario y funerario, no llegan ni siquiera a diagnosticarse y mueren en sus casas (por Covid-19 o cualquier otra enfermedad) y solo van a recogerles varios días después. Mientras tanto, por miedo al contagio, muchos cuerpos son envueltos con sábanas y abandonados en las calles. Hace unos días, el Gobierno respondió implicando a la policía y el ejército en la recogida de cuerpos e instalando salas mortuorias fuera de los hospitales, donde dejan los cadáveres que recogen por la calle a la espera de ser identificados por sus familiares. Al mismo tiempo, parece que el Gobierno está tratando de ayudar a las familias con más dificultades para darles sepultura en los cementerios. Una auténtica tragedia.

Llevo 16 años viviendo en Quito, donde el contagio de momento es menor, unos trescientos casos. El 22 de marzo, a las cinco de la mañana, un amigo de Guayaquil me llamó porque su madre, que sufre diabetes desde hace años, murió de repente en su cama, después de un episodio de fiebre y tos. Logró darle sepultura dignamente, en presencia de su padre y sus dos hermanos. Ese día comprendí mejor que con este virus lo que está en juego es el hecho de vivir o morir. No solo porque el coronavirus puede afectar a cualquiera, sino porque hay una vida que deseamos y podemos vivir incluso con el virus.

Trabajo en ciertos barrios pobres de la ciudad de Quito y todos los días acompañamos a niños, jóvenes y adultos, oreciendo espacios educativos y relaciones que les ayuden a vivir. Estos días, todo el trabajo lo hacemos desde casa con los medios tecnológicos de los que disponemos. Me llama la atención la creatividad que veo surgir entre mi gente, el deseo de acompañarse y apoyarse mutuamente, algo que en esta situación es como si se hubiera centuplicado, la ayuda que uno querría prestar para que la gente no se quede sin comer.

Hay todo un mundo de solidaridad que también aquí se ha puesto en marcha y es conmovedor. Existe una unidad que supera las muchas divisiones que siempre he visto en este país, entre ricos y pobres, entre los que tienen la piel de un color u otro, una unidad que deja sin palabras. Como recordando que todos somos iguales frente al Destino que nos espera, porque lo que nos llevaremos allí no es lo que hayamos recogido en este mundo.

Ecuador. Entre la vida y la muerte, una humanidad más verdadera

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Impotentes ante un enemigo peor que el 11-S

Riro Maniscalco

El 31 de marzo de 2020 el virus superó ya el número de víctimas mortales del 11 de septiembre, que para Estados Unidos constituye una piedra angular. Se imponía así un enemigo sin rostro al que no sabemos combatir. Solo podemos defendernos, pero ni siquiera eso sabemos hacerlo.

Las previsiones suenan a profecía apocalíptica. Las cifras crecen con una rapidez trágica, exponencial en las zonas densamente pobladas, como New York City, y al menos de momento más moderadamente en la Norteamérica “en medio de la nada”, donde el “social distancing”, más que una elección, es una dimensión cotidiana de la vida. Trump ya nos avisó de que nos preparáramos para dos semanas “very painful”, dos semanas muy dolorosas. Nadie se lo podía imaginar, pero solo oír las palabras “very painful” ya dolía. Sobre todo dicho por ese hombre que, ante los desastres que se estaban materializando en Europa, durante mucho tiempo –demasiado– se obstinó en repetir que nosotros nos libraríamos de eso.

No hace mucho el presidente soñaba con un país “open for business” en Pascua. Declaraciones que siempre sonaban a aproximaciones y superficialidades, ciertamente con la intención de animar, de dar aliento, pero apoyadas sobre un optimismo infundado. Sin embargo hoy, junto al miedo y el desempleo, lo único que parece crecer en Estados Unidos es la popularidad de Donald Trump. ¿Por qué?

Objetivamente, dan ganas de decir que frente a la crisis del coronavirus el presidente no ha dado una. El cóctel de arrogancia y facilonería con que ha afrontado el problema, el desdén hacia expertos y científicos, la dramática falta de preparación en que nos encontramos, la incapacidad evidente para gestionar lo que somos en medio del caos, la alarma, los requerimientos y procedimientos locales de todo tipo en los diversos Estados, de este a oeste, de norte a sur, empezaban a dar señales de la gravedad de la situación.

Todo esto son hechos inequívocos, a la vista de todos, como el colapso de los hospitales en Nueva York, las tiendas de campaña montadas a toda prisa en Central Park, el gran hospital de campaña instalado en un barco sobre el río Hudson. Pero en medio de todo ello está esa “enfermedad de los no enfermos” que en Trump encuentra la medicina necesaria y en cambio otorga al presidente un consenso nunca visto en estos tres años largos.

La “enfermedad de los no enfermos” es la pesadilla de que todo lo que estamos viviendo ahora pueda llegar a ser “normal”. Si los que combaten contra el coronavirus luchan por su vida, los que por gracia de Dios no han contraído el virus luchan contra una nueva pesadilla: que quizás esto nos esté arrastrando a una nueva vida normal que nunca habríamos imaginado. Una vida sin proyectos, sin encuentros, sin salir de casa, sin verse con los compañeros de trabajo ni tampoco con los amigos, lejos de nuestros seres queridos. Una vida sin dinero, que en un país sin Estado de bienestar significa el infierno en la tierra. Una vida despojada de todo aquello que parecía sostenerla.

Impotentes ante un enemigo peor que el 11-S

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América Latina. Los movimientos del Covid-19 alimentan una bomba social

Arturo Illia

El Covid-19 golpea el mundo, y por tanto también América Latina, pero aquí, como sucede en Australia y en todo el hemisferio sur, le cuesta desarrollarse sobre todo, según dicen los expertos, por el factor estacional. El verano, que está acabando, y el calor han actuado como factor determinante para impedir, al menos de momento, una difusión masiva. Pero lo del calor es una variable que para muchos científicos importa poco o nada, para otros sí, y se sostiene con datos pero, en comparación con Asia y Europa, resultan irrelevantes.

La cuestión parece carecer de la importancia global propia de una guerra bacteriológica que ya ha invadido literalmente todos los medios, hasta llegar incluso a la publicidad, pero lamentablemente el optimismo, por no hablar del descaro ostentado por Bolsonaro en Brasil y López Obrador en México (dos presidentes que animan a la gente a no preocuparse y seguir relacionándose), nos hace estar literalmente en las manos de Dios, por dos motivos.

El primero es la incapacidad, al menos de momento, para realizar controles masivos a la población y la oposición de varios gobiernos a realizarlos, por considerar al Covid-19 como un virus importado, y por tanto se piensa que basta con el cierre del espacio aéreo como medida selectiva para evitar su propagación. Pero también en el caso de medidas de cuarentena general, ya en marcha en muchos países latinoamericanos, hay una bomba a punto de estallar que, en ciertos aspectos, resulta tan peligrosa como el propio virus: la social.

Porque aquí, como en todo el sur, el trabajo en negro ya campa a sus anchas, a lo que se suma la marginación masiva en las favelas y villas miseria donde es imposible no ya realizar un control médico sino incluso velas por el cumplimiento de las normas.

Todo ello pone en riesgo la creación de una situación extremadamente explosiva, también por decisiones francamente increíbles por parte de algunos gobiernos (concretamente el argentino) que han decidido cerrar los bancos durante la cuarentena. Ergo, para poder sacar el dinero necesario uno tiene que dirigirse a los cajeros automáticos con tarjetas de crédito o débito. Pero muchos subsidios, como por ejemplo las pensiones sociales, suelen pagarse en efectivo y eso supone un problema: bancos cerrados, cajeros que por tanto pronto se quedarán sin dinero con la imposibilidad de cargarlos de otro modo, de modo que empeoran la ya crítica situación de grandes masas que si no sufren en su vida diaria la falta de empleo (el trabajo en negro prácticamente desaparece cuando no se permite la movilidad), sufrirán la falta de dinero en efectivo. Pero eso no es todo. Hace unos días, por motivos de trabajo, se me permitió acercarme a una de las mayores villas miseria de Buenos Aires. El espectáculo era increíble, pues en su interior la vida social continuaba como todos los días, sin ningún control operativo como los que se realizan incluso al nivel del toque de queda en más de cien barrios de la capital argentina, como en todo el país.

América Latina. Los movimientos del Covid-19 alimentan una bomba social

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Catástrofe y recuperación, la semilla del futuro solo está en el corazón

Riro Maniscalco

A primera vista, cuando uno mira por la ventana parece que todo es normal, tranquilo, silencioso, como cualquier domingo por la mañana. Uno casi pensaría que demasiado tranquilo para un barrio que ya de por sí suele ser bastante pacífico, como el barrio donde vivimos. New York City no solo está hecha de los rascacielos de Manhattan. Pasan poquísimos coches, no se ve a nadie por las calles y al fondo el parque también se ve desierto.

Una Nueva York fantasmal, como en una película de ciencia-ficción, de esos que te cortan la respiración, pendiente de no se sabe muy bien qué va a pasar pero que seguro será catastrófico. Los neoyorquinos también vemos esta ciudad igual que vosotros, a miles de kilómetros, al otro lado del océano. Vemos nuestra Nueva York por televisión, igual que vemos por televisión cómo se llenan sus hospitales, cómo se extreman las condiciones de trabajo de los sanitarios y cómo aumentan los boletines de guerra de las autoridades. Por televisión, igual que vosotros, sentados en el sofá, al lado de lo que está pasando pero al mismo tiempo tan lejos. Tanto que parece un mundo ajeno, no el nuestro. Mientras la salud nos asista.

Cada uno ve lo que le ofrece el marco de su ventana: un par de árboles, calles desiertas y un silencio inmenso. Los más afortunados, como nosotros, incluso ardillas y flores. En el patio, flores y ardillas saben que ha llegado la primavera, no se saben la pandemia. No es que nosotros sepamos mucho más que ellas, aunque algo más podremos entender.

Hay una gran incertidumbre respecto a todo, hay sensación de confusión, hay quien empieza a pensar –y escribir– que estamos librando una batalla perdida, que hasta nuestra fortificación defensiva, nuestra barricada en casa, llegado a un cierto punto cederá. Será el día del juicio final. También hay quien se obstina en bombear optimismo, tratando de convencer y convencerse de que este desastre pasará y nosotros estaremos entre los que podremos contarla. Aunque cada día decenas de miles de personas pierdan trabajo y salario, hay que pensar que hasta la economía se recuperará rápidamente, y tal vez esos dos trillones de dólares del plan de estímulo que acaban de aprobar las cámaras serán el ventilador que nos devuelva el aire. Catástrofe y recuperación, resultados opuestos anunciados por profetas incapaces de ver y vivir lo que hoy es más evidente e importante: el presente.

La semilla del futuro está por entero en el corazón y en las obras de quien ofrece lo que puede y lo que está llamado a hacer. Ahora. Hoy.

Que Dios bendiga América.

Catástrofe y recuperación, la semilla del futuro solo está en el corazón

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El camino a las elecciones en Venezuela puede pasar por Argentina

Arturo Illia

Los últimos acontecimientos en Venezuela han resonado en toda América Latina, generando una profunda incertidumbre frente al futuro de todo el conteniente. El retorno de Guaidó a la presidencia ad interim de la Asamblea Nacional después de la farsa interpretada por Maduro para intentar apropiarse de una institución donde sigue siendo minoría le ha reforzado, dejando en ridículo al dictador que, aunque sigue gozando del apoyo de gran parte de las fuerzas armadas, empieza a mostrar profundas grietas a nivel institucional y político. Es evidente que un régimen como el de Caracas solo puede mantenerse con vida mediante la fuerza, elemento que últimamente ha disuadido a la población de manifestarse intensamente como hacía no hace tanto tiempo. Pero esa fuerza se mantiene porque un cambio eventual en los vértices del poder significaría para los militares que le apoyan la pérdida de jugosas comisiones tanto en el control del estado como en el narcotráfico, que sigue representando un poder oculto, aunque no demasiado.

¿Qué cambio podría permitir a Venezuela volver a la democracia? Es una pregunta muy difícil de responder porque los intereses económicos mantienen la solidez de la dictadura, ¿pero hasta cuándo? Porque en efecto, después de este paso, una economía ya destruida en todos los sentidos, con una inflación tan fuerte que hace que resulte aleatorio difundir las cifras, precipitaría al país en un caos total… y con ello en un bonito problema para una Rusia que, aun exprimiendo las riquezas venezolanas hasta la última gota, nunca podría sostener una normalización (ni siquiera tiene todos los medios para provocarla), debido al efecto del embargo internacional que todavía sufre Venezuela.

Entonces volvería a hacerse necesario una negociación para gestionar los cambios de poder precisos, movimientos que podrían partir de México, Uruguay y Argentina, países no alineados en el embargo, también político, impuesto por las condenas no solo de la ONU sino también de la OEA (Organización de Estados Americanos), confirmadas recientemente por el golpe fallido de Maduro. Especialmente Argentina, después del retorno del peronismo kirchnerista al poder (con medidas económicas que hacen palidecer frente a las del anterior gobierno de Macri y que han golpeado duramente a la clase media y a todo el sector productivo del país), necesita urgentemente a EE.UU para resolver al menos la reestructuración de su deuda con el FMI. Para obtener ese apoyo, debe inventarse algo, así que ahí está la propuesta (ya no tan velada) de encargarse de una intermediación que pueda llevar al tan esperado cambio democrático venezolano.

Aunque Alberto Fernández, el flamante presidente argentino, condenó los hechos de los últimos días, se abstuvo de confirmar la postura de la OEA y, como guinda del pastel, depuso a la embajadora de Buenos Aires que Macri en cambio había reconocido, Elisa Trotta, nombrada por Guaidó. Una política ambigua, por tanto, pero también un pasaporte para poder dialogar con Maduro sobre un eventual retiro a Santo Domingo (donde posee una propiedad fabulosa) y convencer a los líderes militares que lo rodean con una carta de amnistía general. Provocando así un recambio que con el tiempo pueda llegar a las tan ansiadas elecciones.

El camino a las elecciones en Venezuela puede pasar por Argentina

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Argentina se la juega con el FMI para evitar el default

Arturo Illia

Sobre el hecho de que el Gobierno argentino del presidente Alberto Fernández sea de clara (aparte de fuerte) matriz kirchnerista ya no cabe la más mínima duda. Todos los componentes principales están firmemente en manos de la vicepresidenta Cristina Kirchner, que utiliza una técnica de comunicación mediática bastante original, aunque sugerida desde antes de las elecciones presidenciales de 2019 por sus consultores vinculados a Podemos. Se trata de hablar lo menos posible y demostrar su poder con hechos.

Siguiendo fielmente este guion, la que durante sus dos mandatos presidenciales la llevó a inundar los canales televisivos con discursos a la nación, con motivo de inauguraciones de obras públicas o por trabajos que nunca llegaron a cumplimiento, no solo decidió presentarse candidata a la vicepresidencia sino elegir también a su propio candidato para el cargo más alto del país, un hecho único en la historia no solo argentina sino también de la democracia. Y sobre todo someterse a un silencio sepulcral, algo rarísimo si exceptuamos la arenga extremadamente larga pero también irrespetuosa con la ley que tuvo en uno de sus once procesos en curso.

Luego, como es sabido, las elecciones las ganó Alberto (también Fernández), pero desde el primer día de su presidencia las promesas de la campaña electoral se vieron ampliamente desatendidas. Tanto que a día de hoy, si se volviera a votar, el anterior gobierno de Mauricio Macri, acusado de neoliberalismo extremo, ganaría tranquilamente. Durante los años de su presidencia, la antigua oposición (hoy en el gobierno) peronista y kirchnerista, a través de los movimientos sociales y de protesta, organizaba manifestaciones que bloqueaban la actividad de las ciudades casi a diario. Cuando el Gobierno Macri decidió vincular las pensiones con la inflación, sustituyendo los incrementos periódicos de los anteriores gobiernos kirchneristas, corrió el riesgo de la ocupación del Parlamento por parte de los manifestantes (obviamente patrocinados políticamente, hasta el punto de que muchos participaban previo pago de auténticos sueldos) y se recogieron toneladas de piedras que destruyeron la preciosa plaza del Congreso y que impactaron con las fuerzas del orden que se enfrentaron a aquellos vándalos, que llegaron incluso a utilizar un bazooka de producción casera para lanzar proyectiles incendiarios.

Al llegar el nuevo Gobierno, ¿qué hace? Los impuestos registran aumentos hasta del 70%, las pensiones se ven bruscamente recortadas y se elimina la “escala móvil” inflacionaria, los precios de los alimentos se ponen por las nubes, a pesar de los controles y la amenaza de sanciones a la cadena de venta (que nunca se llevaron a cabo), los sueldos se congelan… resumiendo, Fernández se muestra más neoliberal que su predecesor, pero por arte de magia, a pesar de la rabia general, tanto los sindicatos como las organizaciones sociales no protestan lo más mínimo, aceptando en la práctica unas condiciones mucho peores que antes.

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En el impeachment contra Trump, primero las reglas

Riro Maniscalco

Empecemos por situarnos en medio del procedimiento contra el presidente Trump, un auténtico “proceso”. Pero no se trata solo de un proceso ordinario sino un itinerario judicial que los Estados Unidos, en su relativamente joven historia, ha experimentado dos veces, con Andrew Johnson (1868) y Bill Clinton (1998). Las reglas del juego en un desafío como este cuentan bastante: el tiempo que se dé a las partes para presentar sus tesis y pruebas, la autorización de citas a testigos. Toda una complejidad de situaciones y personajes que presentan su historia, desde los “House Managers”, es decir, la acusación demócrata, a los defensores de la Casa Blanca, guiados por Kenneth Starr, que puso a punto el informe que determinó el impeachment de Clinton, o el juez John Roberts, que preside el proceso y el Tribunal Supremo. Todo ello delante de cien senadores, 53 republicanos, 45 demócratas y dos independientes. ¿Será solo la razón de partido la que dicte el voto? Si así fuera, las cifras ya nos darían el veredicto antes de empezar. Pero quién sabe lo que puede pasar.

Para empezar, la primera sorpresa ha llegado en el terreno minado de la admisión de testigos, una de las grandes reglas del juego. Ya hemos escuchado muchos falsos testimonios antes pero últimamente han aparecido grabaciones, declaraciones, documentos que serían relevantes para la acusación. Dados los números, se podría esperar un rechazo total de la cuestión, un no rotundo de los 53 senadores republicanos a la admisión de ciertos testigos. Además, el portavoz del Senado, Mitch McConnell, responsable de guiar la creación de las “reglas del juego”, es un defensor declarado de la tesis republicana según la cual Trump no ha “abusado” sino que sencillamente ha “usado” el poder. Poder del que ha sido investido mediante un proceso democrático de elecciones, es decir, popular porque aquí al presidente lo vota la gente, “don’t forget that”. Inesperadamente, todos los senadores, es decir, literalmente cien sobre cien, acordaron no deliberar sobre la cuestión y decidieron esperar la presentación de las tesis, de defensa y de acusación, antes de decidir sobre la admisión de nuevos testigos. En otras palabras, escuchemos a las partes y luego razonemos sobre ello. Extraña aparición de un criterio distinto del de la pertenencia partidista.

Entonces, ¿todos contentos? Nada de eso. Al presidente y a los hombres de la Casa Blanca no les ha gustado nada. ¿Por qué? Sencillo. Que la gran batalla campal del impeachment comience con un respetuoso intento de encontrar reglas comunes no es para nada una buena señal para quien confía en el partidismo que, con los números en la mano, garantizaría una absolución total y allanaría el camino de cara a una posible reelección.

Pero estoy convencido de que a Trump no le preocupa en absoluto. Se puede lugar por ser el presidente de todos o del 51% de la nación. Él ya tomó su decisión cuando se metió en política. ¡Y que Dios bendiga a América!

En el impeachment contra Trump, primero las reglas

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Venezuela. El caos de un país con dos parlamentos

Arturo Illia

Los que aún tenían dudas sobre si lo de Venezuela era una dictadura ya pueden solventarlas a menos que, como suele pasar con los populismos, se insista en creer en las “fábulas revolucionarias antiimperialistas”. Hace unos días tuvieron lugar dos hechos muy graves. A los diputados de la oposición a Maduro se les negó el acceso a la sede de la Asamblea Nacional (donde son mayoría) y se eligió sin elección alguna (puesto que no se lograría alcanzar el quorum necesario) a Luis Parra como presidente. Antiguo aliado de Juan Guaidó, Parra se hizo famoso, junto a otros diputados, por estar implicado en un escándalo de ayuda alimentaria, un programa de donación de cajas de alimentos a cargo del Gobierno.

Junto a otros diputados, como José Gregorio Noriega, José Brito, Adolfo Superlano, Conrado Pérez y otros, Parra fue acusado de utilizar su papel en la Comisión de control para favorecer al empresario colombiano Alex Saab, señalado por EE.UU. como hombre de paja de Maduro. Expulsado del partido centrista Primero Justicia, Parra y los demás convergieron, con la ayuda del partido socialista en el poder, en la agrupación parlamentaria que en la práctica se alió con el dictador en una farsa que se acabó transformando en su elección, donde claramente se expresó como objetivo el de convocar elecciones libres. Obviamente, el adjetivo “libre” es puramente metafísico, puesto que la maniobra, realizada en un palacio rodeado de fuerzas armadas, milicias populares y agentes de los servicios secretos venezolanos, impidió la entrada de más de cien diputados que acabaron reuniéndose en la sede del diario El Nacional, donde tuvieron una asamblea que confirmó a Guaidó como presidente ad interim.

De modo que el país se encuentra con dos parlamentos, el primero (impuesto por Maduro) claramente forzado, y el segundo reconocido por varios países. El movimiento de Maduro, que quería ocupar así el único organismo que no tiene bajo control reforzando, al menos en teoría, su dictadura, ha llegado distanciándose de las negociaciones que tuvieron como epicentro tiempo atrás a Noruega como país garante para poder llegar a organizar unas elecciones libres.

Después de su elección, Parra tuvo un momento de indecisión porque no sabía cómo proceder con tanta irregularidad, hasta que el líder revolucionario Francisco Torrealba, “director de orquesta” durante toda la farsa, le gritó: “Siéntate, nos quedamos todos aquí, nadie se va”.

Pero al día siguiente tuvo lugar otro suceso gravísimo. El hotel donde se alojaban los diputados de Guaidó fue ocupado por las fuerzas de seguridad que les obligaron a abandonarlo con la excusa de un aviso de bomba, pero una vez fuera ya no se les permitió volver a entrar y se rechazó su presencia.

Venezuela. El caos de un país con dos parlamentos

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Argentina. Se acaba la 'fiesta'

Arturo Illia

La jornada del 10 de diciembre en Argentina fue en ciertos aspectos un día memorable debido a la ceremonia de toma de posesión de la presidencia por parte de Alberto Fernández, un hecho que supone el retorno del peronismo al poder. Al llegar al palacio del Congreso de la nación conduciendo su propio coche, el nuevo presidente fue recibido en la Cámara de diputados por un auditorio que se puso a entonar la marcha peronista, seguida de un grito de “¡Volvimos!” en una platea formada por gran parte del peronismo y acompañada en la plaza por una multitud de gente que llegó en una cadena interminable de autobuses escolares en una excursión que incluía hasta el almuerzo y también, en muchos casos, un ticket de asistencia de casi 800 pesos.

Con ello no quiero decir que todos los presentes se sirvieran de dicho bono, puesto que ideológicamente Argentina nunca ha sido capaz de quitarse de encima el atuendo fascista de un militar que llegó al poder con un golpe de Estado en 1943 para encarnarse después en el creador del populismo latinoamericano que aún sobrevive a pesar de que siempre ha provocado gravísimas crisis en el continente, peores incluso que el liberalismo más desenfrenado. Pero el peronismo en Argentina, especialmente en los últimos 30 años, siempre ha tenido la audacia de ceder el poder cuando la bomba de la crisis estaba en el aire, dejando un Estado con las cajas vacías para luego, puesto que las recuperaciones requieren años y son caminos llenos de sacrificios para todos, presentarse como la solución mágica de la situación, siempre en nombre del pueblo pero con el único resultado de preparar otra bomba… repitiendo la historia cíclicamente.

Pero esta vez, en su discurso inicial, el flamante presidente, que recientemente también prometió intervenciones rápidas para resolver lo que él mismo ha definido como una emergencia social, económica y alimentaria, enseguida apuntó que no usará la varita mágica y que la solución de los problemas heredados del gobierno de Macri llevará tiempo.

“Pero hay que tener en cuenta –declara el analista y economista Agustín Etchebarne, de la Fundación Libertad y Progreso– que la positividad de un discurso sustancialmente equilibrado, con propuestas concretas de un Estado de derecho dotado de una justicia independiente, el Nunca Más de los bajos fondos de la política y sus implicaciones con los servicios secretos, tiene como contrapeso a movimiento ultrakirchnerista de La Campora y a Cristina Fernández de Kirchner. Se repite así una situación ya vivida con el retorno de Perón en los años 70, soportado por las agrupaciones FAP y Montoneros, cuyos hijos y nietos parece que estamos viendo. Con el resultado de transmitir una cierta tensión dentro del propio equipo del presidente”.

De hecho, el aire “festivo” que lo rodeaba se vio interrumpido inmediatamente por varios episodios que se podrían definir (como otros ya preparados por Fernández antes de la investidura) de errores que provocaron la huida del enviado de Trump, Mauricio Claver-Carone, que abandonó el aula al darse cuenta de que entre los invitados también estaba el expresidente ecuatoriano Correa (buscado por su país) y el actual ministro venezolano de Comunicación, Jorge Rodríguez, que figura con prohibición de entrada tanto en Argentina como en otros 19 países por ser considerado responsable de actividades criminales en su país.

Argentina. Se acaba la 'fiesta'

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>Entrevista a Carlos Hoevel, profesor de Filosofía de la Economía en la Universidad Pontificia de Chile

'En América Latina hay hartazgo por la endémica cultura del privilegio'

Fernando de Haro

Carlos Hoevel repasa para www.paginasdigital.es las causas de las protestas en América Latina. No están animadas solo por cuestiones económicas, según Hoevel, que apunta a cuestiones antropológicas. El profesor de la Universidad Pontificia de Argentina repasa y juzga los acontecimientos que han marcado las últimas semanas en su país y en Argentina.

¿Hay algún denominador común en las protestas que se están produciendo en Colombia, Bolivia, Ecuador y Chile?

Tiendo a interpretar el movimiento de protestas en América Latina dentro del contexto de las protestas que observamos en muchas partes del mundo. Lo común que veo tanto en Santiago como en El Cairo, en Bogotá como en París o en La Paz como en Hong Kong, es un descontento muy grande con la clase dirigente en general, sea esta última de izquierda, de centro o de derecha. En muchas partes parece registrarse un fin de la tolerancia por parte del ciudadano común, a una clase dirigente que, al mismo tiempo que acumula cada vez más privilegios y sospechas de corrupción, no ofrece soluciones a los problemas de su vida cotidiana. También veo en común el papel que están teniendo las nuevas tecnologías de la comunicación para potenciar enormemente -y a veces de modo irrealista- tanto las expectativas de progreso como las posibilidades de acción conjunta, rápida y sorpresiva, de los hasta hace no mucho tiempos silenciosos y dispersos disconformes.

Un tercer elemento en común es la crisis de la globalización que ha detenido, de modo bastante abrupto, el crecimiento del consumo y la mejora del bienestar en estos países. Hay que tomar en cuenta el hecho de que por primera vez en la historia de América Latina -gracias a la prosperidad inédita por el auge del precio de los commodities durante el vertiginoso ascenso de China- muchas personas han logrado salir de la indigencia o la pobreza crónica e ingresado ya sea a un estado de pobreza más tolerable o al estrato más bajo de la clase media. Pero al detenerse el flujo de dinero que entraba por las exportaciones, este ascenso que venían disfrutando se ha detenido. A esto hay que sumarle el uso puramente consumista que han hecho varios gobiernos -populistas o no- del dinero ingresado en los últimos tiempos de prosperidad. Muchos se han concentrado en cobrar impuestos, aumentar el gasto estatal, fomentar inversiones estatales o de empresas subsidiadas no competitivas, generando una cultura consumista de base económica débil que produce expectativas poco realistas y desmesuradas de progreso rápido y fácil, y han descuidado la inversión privada genuina a largo plazo que es la que crea empleos competitivos y estables.

¿Y el factor de la desigualdad?

>Entrevista a Carlos Hoevel, profesor de Filosofía de la Economía en la Universidad Pontificia de Chile

'En América Latina hay hartazgo por la endémica cultura del privilegio'

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  125 votos

Carlos Hoevel repasa para www.paginasdigital.es las causas de las protestas en América Latina. No están animadas solo por cuestiones económicas, según Hoevel, que apunta a cuestiones antropológicas. El profesor de la Universidad Pontificia de Argentina repasa y juzga los acontecimientos que han marcado las últimas semanas en su país y en Argentina.

>Entrevista a Federico Ponzoni, profesor de la Universidad Católica de Chile

'Lo que pide Chile es un nuevo pacto de convivencia'

Lola Martínez

Las protestas sacuden desde hace días “el oasis chileno”. El profesor Ponzoni, de la Universidad Católica, ofrece las claves de lo que está sucediendo, relativizando la importancia de la desigualdad.

¿Cuál es la causa de las protestas que se están produciendo en Chile?

Desde mi perspectiva no hay una sola causa sino varias. La desigualdad que ha bajado, pero no suficientemente. La configuración de la globalización en este momento está creando incertidumbre, miedo y rabia en todo el mundo. Porque divide entre quien es parte de su círculo y quien es excluido de ella. La cultura del abuso difundida a todo nivel en la sociedad chilena. El escándalo de la Iglesia católica, en realidad, es espejo de una sociedad profundamente abusiva, en el interior de la familia, en las relaciones de trabajo incluso en la manera en la que se conduce en el tráfico. El "desmoronamiento de antiguas certezas" que actúa a todo nivel. No hay certeza de que lo que se dice en los medios sea verdad. No hay certeza de que mi trabajo sirva a un propósito más grande. No hay certeza de que las mismas palabras tengan significado y por lo tanto la forma de hacerse escuchar es la violencia. Un sistema educativo que no educa en la democracia, en el cual las humanidades están relegadas en un rincón del currículum y donde no se enseña ni educación cívica ni habilidades de pensamiento crítico, reflexivo y dialógico.

El 18-O además no se explica sin una falla profunda de los órganos de inteligencia estatal. Las anteriores cuatro causas hacen de Chile un pasto seco muy apto para quemar, pero existe un cierto consenso en que la chispa desde la que estalló el incendio hubiese podido y debido ser prevenida con una obra paciente y seria de los servicios de seguridad nacional.

¿Es un problema económico o de expectativas democráticas?

Ni lo uno ni lo otro. Es un problema de una crisis profunda del pacto social que ha regido el país por los treinta años de vuelta a la democracia. Mucho de lo que se pide en la calle tiene que ver con un ajuste al sistema económico: mejores pensiones, mejor sistema de salud, mejor acceso a la educación, etc. Pero junto a esos pedidos se añade el del fin de los abusos y el de una nueva constitución. Me parece poder afirmar que lo que Chile pide es un nuevo pacto de convivencia social sobre bases más igualitarias. Desde otra perspectiva, pero es un problema de sentido. Muchos de los jóvenes que protestan sienten que el gesto de rebeldía, la expresión de la rabia, la pertenencia a algo más grande que dé finalmente sentido a una vida que de otra forma no lo tendría. Uno de los eslóganes más terribles que se ha escuchado ha sido "Luchar hasta que tenga sentido vivir".

¿Qué importancia tiene la desigualdad?

Voy a atreverme a afirmar que tiene una importancia relativa. Me parece que, como hemos dicho antes, la desigualdad es sólo una de las causas del 18-O. El malestar que se expresa en las marchas no va sólo dirigido a obtener mayores beneficios sociales, es un grito desordenado y desestructurado que pide una vida llena de sentido. De hecho, con una nueva constitución no se va a obtener más igualdad.

>Entrevista a Federico Ponzoni, profesor de la Universidad Católica de Chile

'Lo que pide Chile es un nuevo pacto de convivencia'

Lola Martínez | 0 comentarios valoración: 2  46 votos
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