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4 DICIEMBRE 2016
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La bomba de relojería de Irán

Mario Mauro, vicepresidente del Parlamento Europeo

Aunque todavía no sabemos la magnitud de los fraudes de  las elecciones presidenciales, está claro que la protesta de Musavi, apoyada por un buen número de votantes, es más un choque de fuerzas dentro del régimen que un intento real, o posible, de jaque mate al gobierno dictatorial del presidente Ahmadineyad.

Mientras crece la tensión entre las facciones opuestas con las protestas, el candidato vencido ha reiterado en los últimos días su petición de anular las elecciones en una carta enviada al principal órgano legislativo del país. Musavi sostiene firmemente que las elecciones deben ser anuladas. 

Este intento de reaccionar ante las prevaricaciones de Ahmadineyad ha provocado enfrentamientos, muertos y heridos, sin que se puedan dar cifras precisas. Mientras tanto no disminuye la tensión en las calles. Los partidarios de Musavi utilizan todos los medios para oponerse al régimen de Ahmadineyad, en particular en el sur de Teherán.

De nada sirven las medidas de contención utilizadas por la policía. El acto más grave es el ataque contra el mausoleo del ayatolá Jomeini, que busca provocar la ira de los iraníes que veneran al líder religioso chií. Fue Jomeini quien en 1979 estuvo al frente de la revolución que eliminó al Sha apoyado por los  EE.UU. Este ataque señala la gran fractura provocada por estas elecciones. 

El país está al borde de la guerra civil. En la capital hay un despliegue masivo de fuerzas de seguridad para prevenir más concentraciones. El ayatolá Jamenei ha dicho que los dirigentes de las protestas serán los responsables de cualquier derramamiento de sangre si continúan las manifestaciones. Las palabras de Jamenei parecen referirse a una futura represión por parte de las autoridades contra los manifestantes. Jamenei sostiene que las elecciones se ganaron de forma transparente por Ahmadineyad y que no ha habido fraude. 

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, ha optado por una línea suave. Al tiempo que condena la violencia de las fuerzas de seguridad e insiste en que los iraníes deben tener libertad para protestar, no ha dado señales concretas de querer tomar medidas para remediar la situación.

Hay una gran sed de libertad y de democracia en Irán. Pero  por desgracia está dirigida, como siempre, hacia luchas y combates, hacia la intimidación y la muerte. Hay una mentalidad de fondo que se debe replantear. Esta última protesta ha sido provocada no por un deseo genuino de liberación sino por la posibilidad de un fraude. Tenemos que empezar a trabajar, proponiendo modelos alternativos de democracia y desarrollo. Es necesario intervenir para no dejar el país a merced de la multitud enfurecida y de los jefes que siguen dictando leyes, metiendo miedo a los Estados Unidos y a Gran Bretaña para que dejen de interferir en los asuntos internos de Irán.

Por las calles ardiendo, las decenas de muertos, los edificios destruidos y, sobre todo, por las palabras del presidente Ahmadineyad parece difícil vislumbrar un rayo de paz. De hecho, Irán sigue siendo una bomba de relojería que la comunidad internacional debe desactivar antes de que sea demasiado tarde.

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