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3 DICIEMBRE 2016
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Quiere poner las cosas en su sitio

José Luis Restán

Recordemos de nuevo el reconocimiento de la vicepresidenta De la Vega ante el cardenal Bertone: la Iglesia debe ser reconocida como un interlocutor en el debate público. Siempre que no moleste, habría que añadir a la vista de la reacción de Zapatero. En realidad la buscada respuesta del presidente a los obispos pone de manifiesto su ignorancia respecto de lo que pasa en Europa y, peor aún, su deficitaria comprensión de las libertades sociales y su concepción laicista sectaria.

Nuestro presidente debería saber que los obispos franceses apoyaron en su día las grandes manifestaciones por la libertad de educación y por la familia. Debería informarse sobre la gran consulta nacional en torno a las cuestiones bioéticas que está abierta en la laica República francesa, en la que interviene con total desparpajo el mundo católico. Y también debería repasar la iniciativa (de estos mismos días) de la Iglesia católica junto con los anglicanos y judíos del Reino Unido, contra el proyecto de legalizar la eutanasia en ese país. Los ejemplos se pueden multiplicar en Alemania, Holanda e Italia, para que nuestro autista de La Moncloa no muestre semejante indigencia intelectual.

Pero lo peor es la concepción escasamente democrática que pretende negar a una parte consistente de la sociedad, en este caso al mundo católico, su derecho a ser protagonista del debate público. ¿Qué credenciales se deben ostentar para comparecer en dicho debate? ¿Por qué los obispos, que además representan el pensar y el sentir de millones de españoles, no pueden decir su palabra sobre un asunto de trascendencia vital para nuestra convivencia? La Iglesia debe respetar y respeta escrupulosamente los procedimientos democráticos pero, como todo sujeto social vivo, tiene el derecho y la responsabilidad de ofrecer su propio testimonio y sus razones en el espacio de una sana laicidad. Por el contrario la doctrina de Zapatero sobre el debate público apunta maneras muy preocupantes cuando pretende excluir a quienes no comulgan con su agenda de revolución cultural.

En otro momento del coloquio el presidente reconoce que "todavía" la Iglesia tiene un gran peso social en España. Se nota que el reconocimiento le cuesta, más aún, le duele. Ésta no es la España moderna que él sueña, y aunque presume de haber llevado a cabo sus reformas contra viento y marea (o sea, contra una parte sustancial de la sociedad española), comprende que aún le falta tajo. Quizás por eso atisba ya una nueva reforma, quizás "para poner algunas cosas en su sitio". Se trata de la futura ley de libertad religiosa, cubierta hasta la fecha por un inquietante velo de opacidad. Zapatero saca a pasear el anuncio al hilo de su disgusto con los obispos.... "Habrá que hacer algo", le ha dicho su amable interlocutora. "Vamos a hacerlo", advierte como de pasada el presidente. Desde luego se conocen amenazas menos veladas que ésta, pero en las democracias desarrolladas, no. 

En fin, como ya nos tiene acostumbrados, en el refrescante coloquio combina la ideología radical con la fatuidad. Y concluye diciendo que "si fueran (los obispos) un poco más moderados en las tesis que defienden, pues sería mejor". O sea, presidente, oponerse al aborto pero poquito, o defender la libertad de educación pero sin tanto ahínco. Pues va a ser que no. Y si llegase el día en que por las amenazas del poder, la voz de los católicos (y dentro de ella la de los obispos) callara en nuestra sociedad, sería un momento de silencio patético, un signo estremecedor de una sociedad anémica, uniforme y controlada.

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