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5 DICIEMBRE 2016
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El enigmático islam de África: entre aspectos positivos y señales ambiguas

Roberto Fontolán

Usted ha descrito como "enigmática" la realidad del islam en Ghana, ¿en qué sentido?

En el sentido de que conviven signos positivos y hechos que dan lugar a dudas. Empiezo por estos últimos. El islam de Ghana sufre una evidente influencia exterior. Ciertos países actúan a través de ONG e iniciativas sociales y culturales, pero no sabemos cuáles son los contenidos profundos de estos programas. Es cierto que también nuestras iglesias locales están sostenidas por grupos extranjeros, pero nos preocupa la escasa apertura y transparencia de algunos de los proyectos de nuestros hermanos musulmanes. Por ejemplo, recientemente hemos tenido aquí, en Ghana, dos reuniones promovidas por una, así llamada, "Organización de países con minorías musulmanas". Esto deja entender que, al menos en parte, no se acepta una situación en la que los musulmanes son minoría. El último censo oficial registraba a un 65% de cristianos y un 18% de musulmanes, aunque estos últimos aseguran que son cerca del 30%. Luego hay otros aspectos de la vida cotidiana, como las cuestiones derivadas de los matrimonios mixtos, donde los hijos son obligatoriamente educados en la fe islámica, o las ayudas económicas a personas en dificultad a cambio de la "conversión" al islam. Es innegable que se está dando un nuevo fenómeno, una especie de rush hour for God (última hora para Dios), por parte de las religiones en Ghana: grupos de cristianos evangélicos ocupan todos los espacios abiertos de la ciudad, mientras que, gracias a un fuerte empuje islámico, surgen en todos los pueblos mezquitas y minaretes, como para responder a una necesidad de visibilidad con la que últimamente se autofirman.

¿Y los signos positivos?

Se da una buena colaboración en los organismos institucionales, como la Conferencia por la Paz y el Consejo Nacional por la Paz. En ambos organismos, los responsables cristianos y musulmanes colaboran para consolidar la paz en el país. Juntos, por ejemplo, se ocupan como observadores de las elecciones. Son frecuentes las ocasiones de encuentro y confrontación llenas de respeto y atención recíproca, a todos los niveles. Permanece sólida la tradición de convivencia en nuestro pueblo. Familias y pueblos conocen bien la experiencia del pluriconfesionalismo. Y nuestras escuelas cristianas acogen alumnos musulmanes sin ningún problema. Quizá por esta serena historia de vecindad miro con preocupación esta nueva necesidad de autoafirmación.

Frente a esto, ¿qué juicio hace usted de la realidad del cristianismo en su país?

Creo que debemos cambiar la forma de acompañar a las personas hacia la fe. Quiero decir que la catequesis es como un ejercicio intelectual: pura y simple memorización de hechos que no es suficiente como proceso de introducción en la vida de la Iglesia, porque no toca el corazón. El creyente se dice cristiano, pero corre el riesgo de no hacer una verdadera experiencia de conversión, un cambio real de sí mismo. Por eso no nace una pertenencia nueva: los lazos étnicos son más fuertes que los cristianos. Una vez oí decir que "la sangre es más densa que el agua del bautismo": palabras tremendas, más aún si las pronuncia un exponente autorizado del cristianismo. El tribalismo, una indicación buena y necesaria de la identidad y de la pertenencia, se ha convertido en nuestro flagelo. A veces una persona llega a hacerse cristiana gracias a la tribu pero después sigue encontrando en esta pertenencia una solidez y solidaridad mayor que en la pertenencia nueva a la Iglesia. En este sentido, es necesario reconocer que los misioneros y nuestro clero han hecho mucho, pero no suficiente.

¿Cuál es el método de esta "introducción a la fe"?

El método de la evangelización. Lo vemos en los Hechos de los Apóstoles: la palabra de Dios cambie el corazón y, con él, los valores y la manera de ver el mundo, a través de un camino de conversión, de testimonio, de vida comunitaria. Es el método de la fe católica, personal y universal a la vez.

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