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3 DICIEMBRE 2016
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Veinte años después, realismo y esperanza

José Luis Restán

La que aquí llamábamos "Iglesia del silencio" era capaz de convocar a los jóvenes, a los obreros y a los intelectuales, para levantar una gran esperanza, un proyecto de construcción social que recuperaba la gloriosa tradición cristiana del centro y este de Europa. Y todo aquello sucedía sin violencia, con un aire de libertad festiva en las calles, como un vértigo de recuperada alegría. ¡Qué aburrido y banal nos parecía nuestro Occidente de cada día, frente al espectáculo de aquella inesperada victoria, cuyo telón de fondo era el gran Papa llegado del Este!  

Ahora Benedicto XVI está a punto de viajar a Praga. Ha elegido la República Checa como punto geográfico para hacer memoria de los veinte años transcurridos desde la caída del comunismo y para hacer cuentas con la realidad presente. Dos décadas después de la revolución de terciopelo los ciudadanos checos sienten un sabor agridulce al contemplar el recorrido. Prosperidad incierta, desorientación moral, falta de esperanza: es una partitura que se interpreta más o menos en todos los países que se liberaron por aquellas fechas del dogal comunista, y que hoy desafía muy especialmente a la Iglesia. El Papa lo sabe, y sus discursos no serán una alegre conmemoración sin más.

Esta visita no se celebrará en medio de aquel entusiasmo que recibió al Papa Wojtyla en la plaza de San Wenceslao, cuando toda la sociedad reconocía a la minoritaria comunidad católica un papel de catalizador de la resistencia. Esta vez el clima será más hosco, más frío y reticente, y quizás por ello el viaje será menos épico pero más trascendental: ahora se trata estrictamente de la fe y de su capacidad para generar una nueva cultura en medio del desierto que avanza. Es un hecho contrastado que los grandes ideales cívicos y espirituales que sirvieron para derribar la dictadura comunista no han mantenido su fuelle, y un aire de cinismo lo circunda todo: escepticismo, pérdida de las raíces cristianas, incertidumbre cara al futuro, miedo a perder la propia identidad. Todo esto lo han dicho los obispos checos en una carta dirigida al pueblo cristiano con motivo de la esperada visita del Papa.

En esa carta reconocen que "la gente tiene miedo a perder su propia identidad y descubre su incapacidad para responder claramente a la pregunta sobre quiénes somos y cuál es nuestro papel en la sociedad". Y refiriéndose a la situación de los católicos advierten que "si no sabemos quiénes somos y cuál es nuestra misión, terminaremos por defender tímidamente al cristianismo como una especie de debilidad personal para la que demandamos tolerancia, algo que está muy lejos de nuestra tarea de ser testigos de la verdad de Dios". Atrás quedan los días en que los jóvenes de Praga subían la colina para alcanzar la imponente catedral de San Vito y reclamar con cantos la presencia del anciano cardenal Tomasek, el roble de Bohemia. Después de la exaltación ha llegado el cansancio y tras el heroísmo, la mediocridad. Esto vale para el conjunto de la sociedad (que arrastra las taras de la ideología comunista contra la que se levantó) y también para una Iglesia que fue un icono para la resistencia, pero que ha encontrado tremendas dificultades a la hora de realizar su misión en el nuevo contexto.

El virus del relativismo ha mutado y es ahora más fuerte y esquivo. El enemigo ya no es la ideología totalitaria perfectamente encarnada en personas e instituciones, sino que se expande por doquier, un poco como si fuera el aire que se respira. El propio arzobispo de Praga, Miroslav Vlk, reconocía en una entrevista que para la Iglesia ahora es más difícil identificar el adversario y también la tarea. Hace veinte años los jóvenes desconocían su tradición cristiana pero miraban a la Iglesia como un faro de esperanza, pero la nueva generación está embebida de los mitos del consumismo y el placer a bajo coste, se alimenta de series televisivas disolventes y oscila entre el desprecio y el rencor hacia la fe que forjó la historia de la nación. Es algo que no resulta difícil entender desde Occidente.

Benedicto XVI no llegará con una sinfonía de loas ni una mirada nostálgica. Tampoco perderá el tiempo con un arsenal de críticas. Hace pocos días subrayaba que la misión esencial de la Iglesia es "ayudar a curar la herida interior del hombre, su lejanía de Dios, ya que el bien primero y esencial del que tiene necesidad es la cercanía de Dios mismo". Y como si se anticipara a la situación que afrontará estos días en la República Checa, decía: "si reflexionamos sobre la perplejidad del mundo ante las grandes cuestiones del presente y del futuro, entonces también dentro de nosotros debería brotar nuevamente la alegría por el hecho de que Dios nos ha mostrado gratuitamente su rostro, su voluntad, a sí mismo. Si esta alegría resurge en nosotros, tocará también el corazón de los no creyentes". Efectivamente, en las tierras liberadas del comunismo se ve hoy claramente que no basta apelar a la heroica resistencia de aquellos años ni a la riqueza de la tradición, que gritan, por ejemplo, las preciosas iglesias de Praga.

Desde luego, el testimonio y el sacrificio de aquellos años no han sido inútiles, son una semilla para el futuro, una garantía de humilde pero tenaz esperanza. Pero los hijos de aquella generación que cantó a la libertad frente a los tanques necesitan encontrar hoy al cristianismo como hecho presente, capaz de dar razón de la propia vida y de las circunstancias de la historia, capaz de generar sociedad y de comunicar esperanza. Será una construcción lenta y paciente, desprovista de muchos resortes de antaño, basada sólo en la experiencia y el testimonio de la fe. Es la hora de un nuevo inicio, de una construcción como la que siglos atrás iniciaron los monjes, pero esta vez dentro de las calles y plazas en las que ya no campea el añejo estalinismo, sino el sutil nihilismo.

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