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9 DICIEMBRE 2016
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'Somos un partido moderno'..., pero eso ¿qué significa?

Ignacio Santa María

Una de las discusiones más interesantes que, sobre la situación  por la que atraviesa el PP, se ha suscitado entre políticos y observadores es si el partido que dirige Mariano Rajoy sabrá encontrar en el congreso de junio un discurso propio y original o bien terminará dejándose arrastrar por la fuerte corriente del pensamiento dominante de la que el zapaterismo es sólo una punta de lanza. El PP podría ser entonces una fuerza que se amolde a la revolución cultural que lidera el PSOE o simplemente se resigne a ser sólo un lastre que ralentizara su desarrollo pero sin tomar nunca la iniciativa.

En medio de ese debate, aparece el mensaje imperativo y urgente de Esperanza Aguirre: "tenemos que demostrar que somos un partido moderno". Pero, al ser preguntada por ello, da pocas pistas al respecto: "no somos franquistas, ni homófobos".

¿Qué significa ser modernos para Aguirre y para otros tantos barones y dirigentes populares? Quizá detrás de la palabra "modernidad" sólo se esconda el vacío de una postura simplemente estética de fascinación por el movimiento y lo cambiante. Los avances no son necesariamente positivos: también se pueden dar pasos hacia el precipicio. Importa, mucho más que avanzar, saber hacia dónde se avanza.

Si una fuerza política como el PP hace un ejercicio de realismo para distinguir bien los desafíos de nuestra sociedad y las peticiones que emanan de la sociedad civil, si antepone a cualquier cosa el bien común, entonces podrá ser una fuerza moderna, en el mejor sentido de la palabra. En Europa, líderes como Sarkozy o Merkel han sabido construir una alternativa moderna frente al anquilosamiento de la izquierda y han conseguido conectar con las necesidades reales de una mayoría de los electores.

El proyecto político de Zapatero representa en buena parte un retroceso a nuestro más oscuro pasado porque ha tendido la mano a aquellas fuerzas que se autoexcluyeron del consenso constitucional de 1978 y que siguen siendo contrarias a los principios de buena convivencia y solidaridad que presidieron el inicio de nuestra democracia.

El PP tiene ahora una ocasión estupenda para hacer por tanto su propia lectura de la palabra modernidad, mirando siempre al interés general y liberándose de mitos y prejuicios. De este modo, si lo moderno es avanzar hacia el bien común, habría que concluir que moderno es que la libertad de las personas esté por encima de la de los territorios; que las iniciativas de la sociedad civil tengan prioridad sobre el Estado y no sean ahogadas por éste; es moderna la solidaridad entre las comunidades autónomas y la igualdad entre sus ciudadanos; es moderno que el poder garantice una libertad real en la educación en lugar de invadir competencias que no le son propias o que el factor religioso forme parte de la vida pública con total normalidad y sea considerado como un motor de cohesión social y solidaridad; y es moderno defender la vida humana, proteger y apoyar a la familia o impulsar aquellas investigaciones que, sin sacrificar óvulos fecundados, están dando ya los mejores resultados para el tratamiento de enfermedades incurables. Y si no les parece moderno, que al menos expliquen por qué.

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