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3 DICIEMBRE 2016
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>El Gobierno aprueba el proyecto de ley del aborto

Vive, vive siempre

La debilidad para percibir el valor de la vida no es algo vinculado exclusivamente a sectores marginales, mujeres solas, adolescentes sin formación sexual. Esa debilidad afecta a un porcentaje considerable de parejas estables. Por eso se requiere un cambio cultural, una educación y una compañía humana que ayude a entender el valor de la vida y a sostenerlo cuando parece enemigo de los deseos de felicidad. Un cambio para que, en los casos extremos, la madre al menos se pregunte si existe alguna posibilidad de que un hijo no deseado o con malformaciones puede suponer algo positivo. Se trata, en el fondo, de recuperar un gusto por la vida tan profundamente humano y tan razonable que nos permita afirmarla cuando ya no la controlamos. No en los despachos o en los discursos, sino en las casas de acogida, en los lugares donde las madres deciden, en los hospitales, al pie de las camas donde los enfermos gimen.

El reto social que supone el aborto puede verse metafóricamente descrito en la sobrecogedora novela de Corman McCarthy La Carretera. Los dos personajes, padre e hijo, avanzan hacia el sur por un mundo desolado y cubierto de cenizas. Es un mundo en el que no quedan alimentos ni combustible; cubierto por los restos de una civilización extinguida en la que los cadáveres son como chatarra vieja. Con una sobriedad y fuerza expresiva conmovedora, el autor describe la lucha esencial que un adulto, en compañía de un niño, libra minuto a minuto por reconocer el valor de la existencia. Es una lucha concreta, desnuda, jalonada por diálogos elementales y cargados de sentido, marcada por la búsqueda de comida y abrigo. Se libra frente a amenazas exteriores y a fantasmas, sueños interiores que presentan a la muerte como una dulce evasión. En la carretera estamos todos, en un mundo cubierto de cenizas como el de McCarthy. Hay que denunciar con insistencia las leyes injustas. Pero como al padre de La Carretera, nos hace falta un diálogo continuo con alguien que nos enseñe a amar la vida. Un Estado puede negar, como sucedía en el Imperio Romano, la dignidad de algunas personas. Pero no puede sofocar una realidad social que exprese en la carne de la existencia, a través de obras, la conveniencia de que la vida sea respetada y acogida. Y en esas obras, en esos gestos humanos es donde está la posibilidad de cambio.

Hace unos meses un matrimonio de origen argentino y afincado en España, con dos hijas, recibió una petición de la Asociación Familias para la Acogida. Es una asociación dedicada a la adopción. Se trataba de una petición para hacerse cargo de un niño de tres años ciego y con una hemiparesia izquierda. Después de haberlo acogido, Elizabeth -la madre de familia- escribe en un periódico: "hace ya cuatro meses que Luis está con nosotros, y podemos decir que, si bien es bueno para él el hecho de tener una familia, él es sobre todo un bien para nosotros". En el colegio de Teresa, una de las dos hijas de Elizabeth, se habla de los planes del Gobierno para cambiar la regulación del aborto. Se discute sobre si se debe abortar cuando el hijo que puede nacer va a ser minusválido. Teresa responde: "sería un niño como mi hermano". Se hace el silencio. Las compañeras conocen a su hermano. La evidencia se abre paso. Se abre paso con la labor de organizaciones sociales entre las que están los centros de acogida que reciben las peticiones de entidades como Red Madre o Fundación Madrina. En España hay, según algunas estimaciones, 40 residencias para acoger a madres que son sostenidas por religiosas. La mayoría funciona desde hace 20 años. Este tejido  social está acompañado por iniciativas políticas como las que ha puesto en marcha el Foro de la Familia: desde 2006 en todas las Comunidades Autónomas ha impulsado iniciativas legislativas populares para que se promulguen leyes regionales en apoyo de las madres embarazadas. Con más de 40.000 firmas de respaldo, el Parlamento de Castilla y León ha sacado adelante en diciembre de 2008 una ley que garantiza a las madres ayuda, asesoramiento y orientación. En Valencia se ha aprobado en junio de 2009 la Ley de Protección de la Maternidad, que marca un interesante rumbo. La nueva norma considera, para cuestiones concretas, al hijo no nacido como un miembro de la familia que computa para acceder a un colegio o para recibir algunas ayudas sociales. El mejor modo de comprender la ventaja de una norma así fue escuchar las críticas de la oposición, que acusaron al Gobierno de Francisco Camps de haberse buscado una "excusa para financiar una red paralela de organizaciones que trabajan a favor de la vida y que son enemigas de la libertad de las mujeres".

Vive, vive siempre es un libro que quiere ser una contribución más a recuperar la evidencia del valor de la vida. Empieza con una cita de de esa obra monumental de la literatura del siglo XX que es Vida y Destino de Vasili Grossman. "Vive, vive para siempre", con esa última frase acaba su carta uno de su personajes. Es Anna Semionovna, una doctora judía que vive en una pequeña ciudad ucraniana y que ha sido confinada en el gueto. Escribe una misiva a su hijo, Víctor Pávlovich, un físico que está a salvo. Las páginas en las que la Anna describe a su querido Vitia cómo vibra el drama humano en aquéllos que están condenados a una muerte segura despiertan en el lector una conmoción poco frecuente. Siempre en Grossman, testigo y narrador excepcional de los horrores del nazismo y del stalinismo, aparece de mil modos la afirmación de lo humano, de la vida, hasta donde ésta se percibe como una manifestación de lo eterno. El grito de Anna Semionovna se pronuncia en esa Europa que ha visto a los soldados disparar a los niños, humillar a los hombres hasta lo inimaginable en el gulag, matar de hambre y de frío a millones de campesinos y convertir en jabón a los vecinos. Refleja la fuerza de un amor que "nadie tendrá nunca el poder de matar". Ni los más terribles horrores del siglo XX fueron capaces de apagar un amor y un gusto por la vida que se afirma hasta "la última línea de la última carta", y que ahora se apaga en medio de la frivolidad.

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