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3 DICIEMBRE 2016
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¿Pero qué tiene que ver el gusto por la vida con el aborto?

Fernando de Haro

De todo se puede hablar menos de lo que sucede al ver lo visible, título de un fantástico artículo de Muñoz Molina publicado este sábado en El País. El novelista, hablando de un cuadro de Vermeer, escribe que para el pintor "no había nada que mirado atentamente no fuera memorable". Así es la mirada del artista pero también la de cualquiera, que sin ser un genio ve lo visible: su drama de hombre en cada cosa, su necesidad de gustar de cada instante, su anhelo de Infinito.

Por eso es tan interesante una pregunta que he escuchado en los últimos días: ¿pero qué tiene que ver el aborto con el gusto por la vida? Es un interrogante formulado por una persona que está en contra de las intenciones del Gobierno y que ha leído ya el manifiesto sobre la reforma de la regulación del aborto que este jueves presentan los de Comunión y Liberación. El manifiesto no pretende recoger firmas y ha empezado a repartirse para poder hablar de las cosas de las que no se habla en el Reino de España. Está encabezado con una frase de Theilhard de Chardin: "El verdadero peligro de nuestra época es la pérdida del gusto de vivir". La pregunta es lógica y supone haber aceptado el reto de "cruzar la frontera".

La ley impulsada por Zapatero es, sin duda, una aberración jurídica porque convierte el aborto en un derecho. Pero, como dice el propio manifiesto, lo peor es que impulsa un cambio de mentalidad para ocultar una evidencia propia de nuestra civilización: toda vida merece ser protegida. Esa evidencia la pretende destruir el Gobierno, aunque el poder político no parte de cero. Encuentra apoyo en una sensibilidad, cada vez más difundida, que no percibe con claridad el valor de la vida.

La cultura siempre está antes que la política. Desde 1985 hemos visto que la ley no ha sido suficiente: hemos tenido una norma que, en teoría, sólo despenalizaba el aborto en algunos supuestos. En la práctica, ha sido un coladero para un aborto casi libre. ¿Qué se puede hacer para recuperar esa evidencia que se difumina? Como señalaba Romano Guardini, Europa sufrió el pasado siglo el espejismo de pensar que podían defenderse los valores de su tradición sin la experiencia humana que los hizo surgir.

La vida de los hombres no se escribe como los libros de filosofía y, aunque en abstracto puedan formularse y repetirse los más altos principios, la existencia está hecha de tiempo, de carne y de sangre. Por eso todos necesitamos, para estar seguros de algo, la experiencia de que el valor que estamos dispuestos a afirmar es capaz de interesarnos, de hacer más plena nuestra existencia. Por eso los cristianos afirman tan insistentemente la necesidad de la Encarnación.

Los valores y los principios ya estaban en el corazón de Adán y Eva. Pero faltaba algo, en realidad faltaba todo: siempre es necesaria la compañía que transforme la fría repetición de la doctrina en un conocimiento amoroso. Una compañía que nos permita decir lo que, ante su hija, decía Mounier a su mujer: "no quiero que perdamos estos días, días llenos de una gracia desconocida". La hija del pensador francés estaba aquejada de una encefalitis que hoy justificaría un aborto libre. Hay personas que han hecho esa experiencia y, por eso, en los últimos años han surgido en España nuevas realidades que se dedican a atender a las madres solas y a los hijos no deseados que han llegado a nacer. No se puede defender la vida sin sentir como propia esa dedicación.

Los de Comunión y Liberación dicen que para librar esta batalla hay que partir del drama de la mujer que siente al hijo no deseado como una amenaza. Sin censuras. En realidad, si somos sinceros tenemos que admitir que todos, de algún modo, hemos sentido la vida como una amenaza. Por eso necesitamos, así concluye el manifiesto, escuchar siempre y muy cerca "el eco de aquel hombre de Nazaret que supo acompañar la soledad de una joven madre y devolverle a su hijo con estas palabras: ‘Mujer no llores'". De esto sí se puede hablar, cruzando cualquier frontera. 

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