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23 OCTUBRE 2017
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La gratuidad, esa revolución que vence al estatalismo y II

Angelo Scola, patriarca de Venecia

Romano Guardini afirmaba que, en la Trinidad, el Amor es poner todo en común, hasta la identidad de la esencia y de la vida,  al mismo tiempo que se realiza una custodia perfecta de cada persona.  Estos elementos nos hablan de una perfección de unidad y de comunidad en Dios que corresponden con su fecundidad. De aquí nace una implicación decisiva para la vida social: "la Trinidad nos enseña que todo lo propio que puede ser común debe ser común. Sólo una cosa no debería serlo: la personalidad, que debe mantener intacta su independencia. Su sacrificio no puede ser ni deseado, ni ofrecido, ni aceptado. Esta actitud (ética) es claramente esencial para toda comunidad.

La dedicación debe ser permitida y ofrecida en el modo y en la medida justa, y será imperfecta la comunidad en que uno tenga que esconderse de los demás. El derecho a la personalidad es sagrado e inviolable, y debe permanecer intacto: en cuanto se traspasa este límite, una comunidad pasa a ser inmediatamente contra natura, inmoral, sea del tipo que sea".

Una nueva ciudadanía

A partir de este giro antropológico y de sus implicaciones sociales, la nueva ciudadanía comporta un replanteamiento de la democracia y sobre todo del papel del Estado. Un Estado que está llamado a ser subsidiario respecto a la sociedad civil y a garantizar las reglas del juego para los individuos y los sujetos sociales.

En este nivel es en el que se plantea la cuestión de la subsidiariedad, desarrollada conceptualmente en el seno de la doctrina social católica, a partir del  planteamiento original de  la encíclica Quadragesimo anno (1931) que ahora recupera  la Caritas in veritate. Precisamente en esta última encíclica, Benedicto XVI ofrece una definición que ayuda a entender sus características básicas: "La subsidiariedad es ante todo una ayuda a la persona a través de la autonomía de los cuerpos intermedios. Dicha ayuda se ofrece cuando la persona y los sujetos sociales no son capaces de valerse por sí mismos e implica siempre una finalidad emancipadora, porque favorece la libertad y la participación a la hora de asumir responsabilidades" (CV, 57). Se trata por tanto de un paradigma aplicable en aspectos muy concretos de la acción social y económica, y que puede generar criterios para el debate institucional y europeo.

De acuerdo con esta visión, el vocabulario de la subsidiariedad pone su eje en el binomio persona/don y confianza/comunidad. Una concepción que renueva de modo personalista (y por tanto relacional) la idea de Estado: no lo entiende ya como factor unificador al más alto nivel de la multiplicidad de individuos concebidos como átomos aislados, sino más bien como factor al servicio subsidiario del libre juego asociativo de personas y comunidades. Personas que no consideradas según un utilitarismo interesado sino, ante todo, como generadoras de un bien común. Esto es decisivo para elaborar una nueva concepción de justicia, tan diferente de la que subyace en el Estado de Hobbes.

La novedad de la Caritas in veritate está en el situarse dentro de la "razón económica" (CV, 32, 36) para afirmar que tal principio es aplicable también al mercado: "En las relaciones mercantiles el principio de gratuidad y la lógica del don, como expresiones de fraternidad, pueden y deben tener espacio en la actividad económica ordinaria" (CV, 36). Esto evidencia por tanto que el principio de subsidiariedad se presta a ser interpretado como elemento imprescindible para la superación de las distorsiones de la modernidad.

Este planteamiento se traduce necesariamente en una relectura profunda de las políticas sociales. Son políticas que están llamadas a experimentar fórmulas de partenariado entre lo público y lo privado, donde a la modalidad reguladora de tipo jerárquico sustituya una regulación reticular capaz de respetar los diferentes códigos simbólicos presentes en la sociedad, así como las diferentes formas organizativas. En esta configuración de las políticas sociales, el Estado y las administraciones públicas locales pierden el papel de gestores directos de los servicios para adquirir un estilo específico de gobierno.

Libertad de elección y recursos

Una aproximación subsidiaria a las políticas sociales tiene en cuenta la creciente libertad de elección de la persona. La libertad puede conseguirse a través del sostenimiento directo de la demanda con los llamados "títulos sociales" (como los bonos), que permiten conseguir una mayor disponibilidad de recursos utilizables en los cuasi mercados de los servicios acreditados. Desde una óptica subsidiaria, la libre elección no se configura en un marco de referencia atomista e individualista. Por el contrario, constituye un elemento fundamental para restituir la libertad y responsabilidad de la persona en el ámbito de sus relaciones constitutivas.

Las primeras que hay que considerar son las relaciones familiares (CV, 44). La familia debería ser el sujeto verdaderamente central en el nuevo bienestar y se le deben reconocer derechos más allá de los individuales. Se abre así el camino a una auténtica subsidiariedad fiscal que considera y valora las responsabilidades familiares concretas que asume cada núcleo.

Democracia económica para un desarrollo integral

La caridad en la verdad es "una exigencia de la razón económica misma" (CV, 36), que en sí misma implica el "principio de gratuidad" y de "lógica del don como expresión de la fraternidad". Por tanto, hay que destacar que el ámbito propio de una economía de gratuidad y de fraternidad debe ir de la sociedad civil al mercado y al Estado. "Hoy podemos decir que la vida económica debe ser comprendida como una realidad de múltiples dimensiones: en todas ellas, aunque en diferente medida y con modalidades específicas, debe haber respecto a la reciprocidad fraterna" (CV, 38).

Se revisan así los tres pilares de la Doctrina Social -dignidad de la persona, principio de solidaridad y principio de subsidiariedad- a partir de una forma concreta de democracia económica. La gratuidad deja de entenderse ya como mera estética de la justicia y del bien común, sin los cuales no se podría hablar ni de caridad ni de verdad. Benedicto XVI no deja lugar a dudas: "Hoy es necesario decir que sin la gratuidad no se alcanza ni siquiera la justicia" (CV, 38).

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