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8 DICIEMBRE 2016
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>Entrevista a Paolo Carozza

'Los derechos humanos fallan si no intentamos entender al hombre'

Horacio Morel (Buenos Aires)

¿Por qué está usted en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos?

Los miembros de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (C.I.D.H.) son nominados por sus países, y luego son elegidos por la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (O.E.A.). En el 2003, el Gobierno de los Estados Unidos de América nominó a un candidato que no fue elegido por la Asamblea General, principalmente porque fue designado sólo por razones políticas y no contaba con experiencia sobre derechos humanos. Fue la primera vez en la historia de la C.I.D.H que el candidato de EEUU no fue seleccionado para integrar la Comisión. Por ello, cuando dos años más tarde (2005) volvió a realizarse la elección para designar a sus nuevos miembros, el Departamento de Estado de los EEUU quería asegurarse de que no se repitiese lo sucedido con anterioridad. Entonces, en vez de buscar al candidato en el mundo de la política, se eligió buscarlo en la comunidad académica; yo fui designado por el Departamento de Estado como candidato por los EEUU tanto por la recomendación de otros catedráticos de derecho internacional como por mis libros y artículos sobre derecho internacional, derechos humanos, derecho comparativo y América Latina. Además el hecho de que viví en Chile y de que hablo español fue de mucha ayuda.

¿Cómo valora la situación de los derechos humanos en América Latina?

Creo que el mayor logro del movimiento de los derechos humanos en el hemisferio fue sencillamente aumentar la conciencia en la vida pública y política de que la persona humana necesita estar en el centro de discusión sobre justicia, derecho y el bien común; la idea de que los derechos humanos es una forma de educarnos a nosotros mismos sobre la prioridad de la persona, y sobre cuál es el deber del hombre en virtud de su humanidad. El hombre tiene una dignidad que ningún régimen político, ya sea de izquierda o de derecha, puede borrar, porque antecede a cualquier sistema político o mentalidad convencional, es dada.

Siempre fue -y sigue siendo- un enorme desafío trasladar ese principio de respeto por la dignidad humana y la justicia al derecho y a la política del continente. Eso fue verdad en los primeros esfuerzos por proteger a los indígenas de la esclavitud en el siglo XVI y lo sigue siendo hoy, incluso si en algún momento las dimensiones exactas de las más serias amenazas a la dignidad humana son siempre diferentes y específicas a las circunstancias de cada época. En el pasado reciente, el sistema interamericano fue apelado principalmente para enfrentar los regímenes criminales del terrorismo de Estado.

Pero eso ya ha cambiado.

Hoy estamos en un período diferente de la historia del continente, en un período donde generalmente existe la democracia, pero los sistemas democráticos son débiles y marcados por extendidos fracasos institucionales. La masiva incapacidad de la administración de justicia en tantos lugares; la exclusión social de largos segmentos de la población; la inexistencia de una vida política que esté orientada hacia el aseguramiento del bien común, son algunas de las clases de cuestiones que, si no se resuelven, podrían llevar eventualmente a otra ola de desilusión del modelo económico y político de la democracia, a un serio malestar social y conflictivo, y al aumento de nuevas amenazas para la libertad y dignidad humanas. Ya podemos ver estos peligros presentes en un cierto número de países del hemisferio.

Al mismo tiempo, merece acentuarse que en otros países la prosperidad económica y el colapso de las más tradicionales certezas de la vida alimentan un nuevo materialismo -y el correspondiente debilitamiento de la solidaridad-, y esto también lleva a nuevas y diferentes especies de amenazas a la dignidad humana. Finalmente, los usos ideológicos de los derechos humanos como modo de perseguir intereses parciales que no corresponden al bien de las personas en comunidad siempre serán un peligro, tal como fue anticipado por quienes fundaron el primer sistema internacional de derechos humanos después de la Segunda Guerra Mundial, y tal como se ha demostrado verdadero en diferentes formas a través de sus 60 años de historia.

¿Se involucra personalmente en su trabajo?

El primer caso que presenté, de parte de la Comisión, a la Corte Interamericana de Derechos Humanos, fue sobre la masacre de un grupo de estudiantes y un profesor en una universidad en Perú llevada a cabo por agentes del régimen de Fujimori. Estaba profundamente conmocionado por el sentimiento de pérdida que las familias de las victimas expresaron. Luego de haber presenciado eso, los derechos humanos no podían más ser para mí sólo una materia académica ni una discusión abstracta ante el sufrimiento humano. Y por la misma razón, el caso fue un recordatorio real de que yo no podía pretender ser capaz de darles justicia e integridad por mis propios esfuerzos; ¡era imposible! Algo más grande era implícitamente el objeto de su deseo. Como el deseo de Leopardi por el sentido infinito de belleza de una mujer o de las estrellas, así era el deseo de justicia del que fui testigo: el principio de algo lo suficientemente grande como para responder a los infinitos deseos y necesidades del corazón.

Otra situación que tuvo un gran impacto sobre mi punto de vista del trabajo fue una visita que realicé a algunas comunidades de indígenas en el chaco paraguayo para verificar sus condiciones de vida en conexión con un caso planteado ante nosotros. Su absoluta desprotección y condiciones de vida sub-humanas me escandalizaron, pude comprender que el problema de los derechos humanos es en profundidad un problema de nuestros corazones -de caridad- mucho antes que un problema de justicia, de leyes y sistemas de servicios sociales.

¿Qué le ayuda a realizar su trabajo?

No sé cómo podría haber realizado este trabajo sin la educación que recibí de la Iglesia a través de Don Giussani y la presencia de mis amigos, y su constante recordatorio del verdadero destino de las cosas. Es la única cosa que me mantiene alejado de reducir todo a una construcción ideológica o de caer en la desesperación de ver la malicia y el sufrimiento del mundo. Es la única cosa que me permitió notar que el corazón de cada persona es mi corazón. Porque la unidad que mi encuentro con Cristo ha generado y sostenido, ir al rezo matutino con mis estudiantes en la universidad y mirar fijamente a mis hijos en casa por la noche son los recordatorios diarios de la indestructible dignidad de cada hombre, que hace de los derechos humanos algo real, algo distinto a un proyecto utópico.

Usted ha dedicado su vida a la educación. ¿Qué piensa de la crisis educativa de la que se habla con tanta frecuencia?

En cada universidad que conocí -estudié y di clases en tres continentes diferentes- hay una verdadera necesidad de entender qué es la educación, qué significa educar y cómo uno puede impartir una educación auténtica dirigida hacia la libertad y satisfacción de sus estudiantes. Por un lado, necesitamos tener un mayor sentido de la amistad con los estudiantes, un deseo genuino de acompañarlos en el camino de hacer crecer sus capacidades para observar y juzgar la realidad. Por otra parte, necesitamos vencer la fragmentación del conocimiento en la variedad de campos técnicos separados y especializados y recuperar un sentido del todo que fue la inspiración original de la "uni"-versidad. Donde enseño, la Universidad de Notre Dame, las condiciones para construir una verdadera educación son más fuertes que las de las mayoría de las universidades modernas porque es un lugar que todavía está abierto al sentido religioso y sus relaciones con la razón y el conocimiento, aunque aún tenemos un largo camino para alcanzar una educación digna de la grandeza de la persona humana.

¿Por qué se han vulnerado tanto los derechos humanos en América Latina?

Muchas de las razones, especialmente en América Latina, tienen que ver con la particular dinámica política e ideológica de los últimos 50 años. Pero una parte importante de la respuesta es también que los cristianos han abandonado los derechos humanos; están, en gran parte, ausentes de la discusión, del estudio, de la práctica. Es una triste ironía, porque la idea y la práctica de los derechos humanos nacieron de las semillas de la cultura cristiana y fueron acunados por la Iglesia, pero ahora han sido bastantes abandonados a otros; es como si una madre hubiera abandonando a su hijo para que fuese criado por otra persona que tiene una muy diferente concepción del destino del chico. El aborto es un buen ejemplo. El actual énfasis de los derechos humanos aboga a favor de la liberación de la mujer a través del asesinato de una vida humana, y ello representa un triunfo de la autonomía radical sobre la solidaridad. En parte es la idea dominante porque está apoyada por inmensos intereses políticos y económicos. Pero es también una situación que fue posible en gran parte por la ausencia de la cultura cristiana que atestigüe, en su experiencia y en su práctica, la verdad de que la dignidad humana y la justicia exigen una profunda solidaridad para ambos, la madre y el hijo. Para decirlo con otras palabras, el problema del aborto no es tan sólo un problema de afirmar los correctos valores y principios o no; es ante todo un problema que demanda la presencia de un nuevo y diferente estilo de vida en comunidad con un "otro", de cuidado por el que es vulnerable y débil, y de aceptar vida humana en todas sus etapas como un regalo y un misterio. Los derechos "humanos" siempre fallarán si no buscamos siempre comprender primero lo que significa ser humano.

¿Qué piensa sobre el conflicto de Honduras?

Honduras es un complejo y complicado conflicto que tiene muchas raíces y muchas consecuencias, pero una cosa que aprendí estando allá para observar las condiciones de los derechos humanos luego de "coup d´ etat" es que el bien común de las personas es lo que más sufre en tan intensa polarización ideológica. Es un hermoso país y un hermoso pueblo, y sus necesidades para el desarrollo -no desarrollo en un estricto sentido técnico o económico, sino un desarrollo humano integral- son tremendas y todavía completamente ignoradas en el contexto actual. No creo que pueda ser simplemente abordado a través del paradigma de los derechos humanos o a través de una intervención política internacional, por ejemplo. Debe afrontarse con un acercamiento que empieza con las personas, y esto construye una cultura de libertad y comunidad, de derechos y responsabilidades.

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